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Movimientos sociales, derechos y ciudadanías

en América Latina

© Cécile Lechenal, Kristina Pirker


Eduardo Bautista, Clara Inés García, Sergio García,
Beatriz Gómez, Felipe Hevia, Tamil Kendall
Omar Manríquez, Mariana Mora, Lucio Oliver Costilla,
Juan Manuel Ramírez, Patricia Safa, Agustín Santella,
Gabriela Scodeller, Pablo Tepichín, Natalia G. Traversaro,
Rubén Antonio Valdés, Felipe Varela,
Carmen Elena Villacorta.

Imagen de portada:
Arturo López Barrera
Sin título
Acuarela sobre opalina

Primera edición diciembre de 2012, Barcelona, España.

© 2012 Fundar, Centro de Análisis e Investigación, A.C.


Cerrada de Alberto Zamora No. 21
04000, Villa Coyoacán.
Ciudad de México, México.

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08022 Barcelona España
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Fax:93 253 09 05
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www.gedisa.com

ISBN 978-84-9784-730-8
IBIC JHB

Impreso en México
Printed in Mexico

Queda prohibida la reproducción total o parcial por


cualquier medio de impresión, en forma idéntica, extractada
o modificada, en castellano o cualquier otro idioma.
Índice

Presentación ..................................................................................... 11
Miguel Pulido

Parte 1. Estado, partidos y actores sociales

Hacia una lectura dinámica de la relación


entre movimientos sociales, derechos y ciudadanía ...............................19
Cécile Lachenal y Kristina Pirker

Capítulo 1
Brasil: Ciudadanía y Estado
ampliado bajo el gobierno Lula ................................................39
Lucio Oliver Costilla

Capítulo 2
Ciclos de protestas sin situaciones revolucionarias,
Argentina 1958-1969-2001 .........................................................79
Agustín Santella y Gabriela Scodeller
Capítulo 3
Formas de relación entre la sociedad política
y la sociedad civil en el México contemporáneo .................... 111
Felipe Hevia y Sergio García

Parte 2. Nuevas y viejas modalidades de participación

Capítulo 4
Investigación aplicada e incidencia política:
reflexiones en torno a una estrategia de participación
ciudadana ..................................................................................153
Kristina Pirker

Capítulo 5
Las asociaciones vecinales de clase media y la construcción
de megaproyectos urbanos. El caso de “Jardines del Sol”
y “La Ciudadela” en Zapopan, México (2006-2008) .............189
Juan Manuel Ramírez Sáiz y Patricia Safa Barraza

Capítulo 6
Responsabilización cívica y rendición de cuentas democrática:
acciones cívicas para transparentar el proceso legislativo
de la reforma petrolera (México, 2008) ..................................221
Omar Manríquez

Parte 3. Nuevas ciudadanías y derechos

Capítulo 7
Encuentros y desencuentros entre el discurso indígena
y el discurso legal. La Ley de Derechos de los Pueblos y
Comunidades Indígenas del Estado de Oaxaca (1998) .........261
Cécile Lachenal
Capítulo 8
Mujeres indígenas latinoamericanas: procesos
organizativos y gestación de demandas ciudadanas ............291
Beatriz Gómez Barrenechea

Capítulo 9
Todos somos clave: epidemiología, género
e incidencia política de mujeres con VIH en México ............ 311
Tamil Kendall

Capítulo 10
Consecuencias de las acciones de gobierno en materia
de VIH en el INER (Instituto Nacional de Enfermedades
Respiratorias): un asunto de rendición de cuentas ...............347
Rubén Antonio Valdez Núñez

Capítulo 11
Sociedad civil en torno al VIH/sida: un recorrido para
alcanzar la efectividad del derecho a la salud en México .....363
Felipe Varela Ojeda

Capítulo 12
Espacios y prácticas de comunicación en el
movimiento territorial “Movimiento Barrios de Pie”
de Córdoba-Argentina .............................................................387
Natalia G. Traversaro

Parte 4. Movimientos sociales y violencia

Capítulo 13
El movimiento de víctimas en Colombia:
¿Por qué una temporalidad tan tardía? ................................. 411
Clara Inés García
Capítulo 14
Oaxaca 2006, prólogo de una crisis política ...........................433
Eduardo Bautista Martínez

Capítulo 15
Frente a un modelo de seguridad de Estado, propuestas
de control y monitoreo ciudadano. Reflexiones desde
el trabajo del monitor civil de la policía en Guerrero ...........457
Mariana Mora

Parte 5. Retos para la teoría democrática

Capítulo 16
Transitología, institucionalismo y democracia:
una mirada centroamericana ..................................................487
Carmen Elena Villacorta

Capítulo 17
El lugar vacío de la democracia ..............................................513
Pablo Tepichín Jasso

Notas obre los autores ...................................................................539


Capítulo 2
Ciclos de protestas sin situaciones
revolucionarias, Argentina 1958-1969-2001

Agustín Santella y Gabriela Scodeller

Introducción

Los datos de la estadística histórica sobre huelgas muestran una con-


siderable vuelta del conflicto laboral en los años 1980, contradicien-
do la difundida idea de su declinación. Sin embargo, pocos dudarían
que entre los años 1970 y los 1980 los trabajadores perdieran con-
siderable combatividad, del mismo modo que en 2001 vuelve a las
grandes rebeliones, aunque con un filón menos combativo que en el
Cordobazo.1 ¿Por qué mayores grados de intensidad huelguística, o
de protestas laborales, no se tradujeron en una mayor confrontación

1
El Cordobazo fue el levantamiento obrero popular que estalló en mayo de 1969,
en Córdoba, la ciudad industrial más importante después de Buenos Aires y pro-
dujo enfrentamientos violentos con las fuerzas policiales y el Ejército. Si bien el
movimiento de protesta fue sometido violentamente, contribuyó a la radicaliza-
ción política y al crecimiento de los grupos de izquierda. Su efecto político más
inmediato fue la renuncia al gobierno del general Juan Carlos Onganía (Nota de
las coordinadoras).

79
Parte 1. Estado, partidos y actores sociales

antagonista en el sistema social? Entre ambas no existe una relación


directa, mecánica, sino que el proceso de radicalización (el contenido
y motivaciones de las protestas) se encuentra en la situación históri-
ca definida como una dinámica compleja. Por ello las comparaciones
de las frecuencias por períodos apenas corresponden al comienzo del
análisis histórico. Para responder dicha pregunta intentaremos ubicar
la dinámica de confrontación de los trabajadores dentro de la situación
histórica como totalidad. Así podremos ver que una menor intensidad
huelguística (medida por cantidad de huelguistas sobre población asa-
lariada) se relaciona de distintas maneras con la intensificación de la
confrontación entre las clases.
En este texto proponemos realizar una contribución al estudio
de largo plazo de las protestas laborales en la Argentina. Una serie de
preguntas se vinculan con este objetivo: ¿Cuáles han sido las modifi-
caciones más importantes en la protesta popular en la Argentina desde
los años 1950 al presente? ¿Representaron los distintos ciclos de luchas
momentos de situaciones revolucionarias? En relación con estas pre-
guntas, esbozaremos un análisis comparativo de los principales ciclos
de protesta desde los años 1950 a la actualidad, un análisis de carácter
preliminar dirigido a construir futuras contrastaciones. La validez de
este ejercicio es tanto historiográfico como teórico sociológico.

Una comparación cuantitativa

McGuire (1996) y Ghigliani (2008) identificaron las limitaciones de


la estadística sobre conflictos laborales en la Argentina. Las series his-
tóricas disponibles no han tenido extensión nacional, han abarcado
períodos sin continuidad en el tiempo, se han construido con unida-
des de registro diferentes, las pocas variables que se han registrado
de huelgas y conflictos no han posibilitado determinar sus causas y
resultados. Paliando parcialmente esta situación, Korzeniewicz (1995)
ha contabilizado las protestas laborales en la Argentina entre 1906 y
1990. Por protesta laboral registró las distintas formas de acción de
trabajadores (ocupados o desocupados), esto es, no sólo las huelgas
fueron registradas. El resultado de esta serie permitió ubicar las prin-

80
2. Ciclos de protestas sin situaciones revolucionarias, Argentina...

Tabla 1. Olas de protesta laboral 1911-1990.

Años de olas Principales olas Cantidad de protestas anuales

1912 1912 16

1918 1918 39

1919 1919 41

1929 22

1932 10

1937 13

1945 23

1946 21

1951 1951 55

1957 1957 70

1958 1958 60

1969 1969 22

1972 18

1975 1975 28

Fuente: Korzeniewicz 1995.

cipales “olas de protesta”, como los años que mostraron frecuencias


simples mayores de protestas laborales (acciones de protesta, en Ta-
bla 1). En la primera mitad del siglo XX y como en otras partes del
mundo, las principales olas se registran en el contexto de la posguerra.
Anteriormente, coincide con un proceso de luchas sociales por el que
se dicta la ley electoral gracias a la cual llegaría el radical H. Yrigoyen
al gobierno (1916-22). Ya en la segunda mitad del siglo, los principa-
les registros construidos por Korzeniewicz corresponden indistinta-
mente a periodos de gobiernos constitucionales (gobiernos peronistas
de 1946-55 y 1973-76, radical de 1983-89 y menemista de 1989-99),
seudo-democráticos (como el del desarrollista A. Frondizi de 1958-

81
Parte 1. Estado, partidos y actores sociales

62) o dictaduras militares (autodenominadas “Revolución Libertado-


ra” de 1955-58, “Revolución Argentina” de 1966-73 y “Proceso de
Reorganización Nacional” de 1976-83). En la contabilidad anual
de protestas obreras que hace el autor mencionado figuran con me-
nos intensidad los años del Plan de Lucha de la CGT (Confederación
General del Trabajo), con una ocupación de fábricas a nivel nacional,
desplegado bajo el gobierno de Arturo Illia (1962-1966).
Como muestra la Tabla 1, después de 1912 y 1918-1919, se señalan
distintos años pico entre los años 1950 y los 1970. En las frecuencias
de protestas se destaca claramente el año 1958 como un pico máximo,
y se ubican 1969-1975 detrás de aquel año con casi la mitad de las pro-
testas contabilizadas.2 Bastante menores son las protestas posteriores.
Pero si comparamos la intensidad huelguística de la ola de 1958 con
los años 1980, vemos en ésta década una recuperación de la conflicti-
vidad laboral que no se evidenciaba en los datos anteriores. A pesar de
las limitaciones señaladas por Ghigliani en la estadística de huelgas,
hemos compilado las fuentes disponibles para períodos distintos, que
corresponden a los años de las olas de protesta.
Como se puede ver en la Tabla 2 y en McGuire (1997: 239), la
actividad huelguística de los años 1980 y primeros 1990 es histórica-
mente significativa, si la comparamos con el pico de los años 1950. De
hecho en los años 1980 las cifras de huelguistas muestran un salto sor-
prendente. En la Tabla 2 compilamos los datos disponibles. Las series
huelguísticas oficiales hasta 1974 solo ofrecen datos para la ciudad de
Buenos Aires. Las estimaciones para años posteriores fueron estable-
cidas con base en los diarios, aunque esto permitió extender datos a
nivel nacional. Aunque la comparación este trunca, así todo llama
la atención la gran cantidad de huelguistas en los años 1986-1987 en
todo el país. Aún si consideráramos que en los años 1950-1970 las
huelgas en Buenos Aires representen la mitad del total nacional (esta
proporción sería menor a medida que pasa el tiempo), las cantidades
de los años 1980 no dejan de por lo menos igualarse a las décadas an-
teriores. Sobre el período posterior encontramos menos significativa

2
La ola de 1951 es definida por el autor como un “falso positivo” en la serie.

82
2. Ciclos de protestas sin situaciones revolucionarias, Argentina...

Tabla 2. Huelgas, huelguistas y fuerza laboral ocupada por bienios pico.


Compilación de datos disponibles.

Bienios pico Huelgas y Huelguistas Trabajadores


paralizaciones asalariados
del trabajo a nivel nacional

1958-1959 (1) 129 (1) 1.688.443 (1, 3) 5.217.333


(censo 60)
1974-1975 2657 271.697 6.377.796
(543 en Capital (Capital Federal (censo 70)
Federal 1974) 1974)

1976-1977 198 620.804 7.142.278


(censo 80)

1979-1980 389 308.057 (2, 3) 7.142.278


(censo 80)

1986-1987 1052 17.227.447 (3) 6.949.832

Fuente: (1) Datos sólo para Capital Federal, en los restantes bienios para todo el
país. (2): no incluye 1.605.100 trabajadores de la huelga general del 27 de abril de
1979. (3): No se contabilizan las huelgas generales. Datos tomados de Fernández
(1985); Zapata (1993); McGuire (1997); Pegoraro (1979).

la comparación huelguística. Como establece la bibliografía especia-


lizada, diversos procesos modificaron el panorama de las protestas y
luchas de los trabajadores. Si bien la protesta laboral no dejó de darse
en los años 1990, la forma huelguística dejó de predominar, incorporán-
dose los cortes de rutas y las manifestaciones en su lugar. En su mayor
parte, estas formas de lucha fueron organizadas por instancias sindica-
les, pero con un importante cambio en cuanto a los sectores laborales
movilizados y sus demandas. Los trabajadores públicos (docentes y
empleados estatales), de transportes y otros servicios públicos pasarán
a protagonizar el proceso, en vez de los trabajadores de la industria
manufacturera. Con las manifestaciones y cortes de ruta emergerán
los trabajadores desocupados como sujetos protagonistas de reclamos.
Desde mitad de los 1980 los trabajadores estatales comienzan a impul-
sar más huelgas que los privados, aunque esta tendencia se incrementa
hacia los 1990.

83
Parte 1. Estado, partidos y actores sociales

Luego del ciclo de protestas del año 2001, en 2004 y 2005 se observa
una vuelta al uso de la huelga como medio principal del conflicto labo-
ral (Etchemendy y Collier, 2007). No obstante, con base en los datos del
Ministerio de Trabajo se puede constatar que la intensidad huelguísti-
ca es significativamente menor que la de los períodos previos. En 2006
la cantidad de huelguistas y las jornadas no trabajadas son menores a
cualquiera de los años 1980 y primeros 1990 (incluyendo 1993). En las
estadísticas de la protesta social de los años 1990 no se registran la
cantidad de personas que participaron de las acciones, haciendo impo-
sible su comparación con los movimientos huelguísticos previos.

Comparaciones cualitativas de los ciclos de protestas

El apartado anterior plantea la posibilidad de que no haya una relación


directa entre mayores frecuencias de protestas y mayores grados de
confrontación entre las clases y grupos en el sistema social y político.
Es el caso de la significativa actividad huelguística de los años 1980.
Pero también de la conflictividad del ciclo de protestas de 1969-1975,
posiblemente de menor frecuencia de acciones que el pico de los años
1958-1959.
A la luz de este panorama, generalmente se considera que en los
años 1970 la conflictividad se radicaliza pronunciadamente a partir de
los eventos de 1969 en Córdoba, abriendo una situación revoluciona-
ria nacional. Luego de una década de hegemonía menemista, la suble-
vación social de 2001 vino a romper el consenso de la desaparición
de las protestas. Algunos autores sugieren un paralelo con 1969
en términos de una insurrección popular, o han presentado las luchas
sociales como beligerancia popular.3 Si bien en todos estos casos iden-
tificamos ciclos de protestas, las diferencias son notables en torno a los
procesos de radicalización, en términos del grado de enfrentamiento
que se plantea entre las clases y el nivel de cuestionamiento al or-

3
Para insurrección, Iñigo Carrera y Cotarelo (2004); Bonnet (2008). Para belige-
rancia, Auyero (2002).

84
2. Ciclos de protestas sin situaciones revolucionarias, Argentina...

den político-social vigente. Con estos enfrentamientos nos referimos


a las luchas que entablan formaciones colectivas directamente clasis-
tas, vinculadas a organizaciones de clase, pero también a las luchas
entre otros tipos de formaciones colectivas no directamente clasistas,
como por ejemplo las “organizaciones de la cultura” (Gramsci, 2006)
o, como se verá en este artículo, las organizaciones políticas armadas.
La bibliografía marxista ha tratado extensamente estos momentos
de disrupción popular, pero no ha distinguido criterios claros para es-
tablecer una relación entre ciclos de protesta y situaciones revolucio-
narias. Con esta “bibliografía marxista” especialmente de autores y
trabajos escritos en los años 1970 (con lo que quizás debamos nom-
brarlo como “marxismo setentista”, aunque de contornos temporales
más anchos que permanecen en el debate actual), se podría constatar
en esa década la confluencia entre los discursos teóricos de las orga-
nizaciones militantes marxistas, y una generación de sociólogos e in-
telectuales en el campo académico. Aunque más enfáticamente en los
textos políticos que en los marxistas académicos, en ambos se com-
parte que la Argentina ha entrado en el tiempo de la situación revolu-
cionaria.4
Pero también las discusiones sociológicas e históricas sobre las re-
voluciones han demostrado la dificultad de su definición. En el mismo

4
De la bibliografía de este marxismo revolucionario se cuentan Santucho 1974 (va-
rias ediciones, originalmente a cargo del PRT, Partido Revolucionario de los Traba-
jadores, primero trotskista luego guevarista); Moreno (1997) (documentos del PST,
Partido Socialista de los Trabajadores, trotskista); Altamira (2002), (compilación
de artículos aparecidos en Prensa Obrera entre 1990-2002, semanario del Partido
Obrero, trotskista). Un rico estudio crítico historiográfico que continúa a Moreno
se encuentra en Werner y Aguirre (2007); y en sus tesis fundamentales en Castillo
(2004: 81-95). Una mención particular es necesaria para el marxismo soviético,
ya que hacia los años 1970 mantenía un discurso ambiguo respecto del proceso
revolucionario. Los documentos comunistas oficiales sostenían un “proceso revo-
lucionario” formalmente basándose en la teoría marxista de la revolución, aunque
sin reformularla a partir de las “vías pacíficas al socialismo”. Véase para América
Latina, Arismendi, (dirigente comunista uruguayo), en Mchedlov y otros (1986).
Del marxismo académico, Portantiero, en Braun (1973: 73-118); Balvé, Marín
(2006 [1972]); Balvé y Balvé (1989); Pozzi y Schneider (2000).

85
Parte 1. Estado, partidos y actores sociales

sentido problemático se encuentra la cuestión de relacionar ciclos em-


píricamente identificables de protestas con la emergencia de situacio-
nes revolucionarias. Muchas veces aparecen vinculados enfatizando
el incremento en cantidad de la conflictividad, más que atender a la
calidad, contenido y sujetos de la lucha, históricamente situados. Di-
cho reduccionismo se vincula en un punto con una división en los
planos de la realidad, considerando que puede desarrollarse un cues-
tionamiento objetivo al régimen, más allá de la conciencia subjetiva
que los sujetos tengan de sus acciones. Pero los datos hasta aquí
presentados indicarían que no es suficiente atender a la intensidad de
la protesta para hablar del desarrollo de una situación revolucionaria.
Dado el carácter preliminar y limitado de este ensayo, es necesario
detenerse en una discusión conceptual. Los conceptos fundamentales
para este análisis histórico surgen de la relación entre los ciclos de pro-
testa y las situaciones revolucionarias. No discutimos las situaciones
revolucionarias desde un modelo normativo ideal de las revoluciones.
En contrario, el concepto de situación revolucionaria destaca las rela-
ciones de poder entre grupos y clases, en base a la ocurrencia de ciertas
condiciones comprobables empíricamente. Es en este marco que nos
interesa sostener que en la Argentina ninguno de estos ciclos de protes-
tas se desarrolló en una situación revolucionaria, si bien en el tramo
del Cordobazo (1969-1975) la situación fuera más aproximada. Esta
orientación del análisis científico hacia lo empírico antes que lo norma-
tivo no puede sin embargo reducir el estudio de los datos de acciones
objetivas, sin prestar atención a las formas de entendimiento, subjetivi-
dad o conciencia de los actores en lucha.
Una de las críticas más recurridas al marxismo académico arriba
mencionado, particularmente las variantes “estructuralistas”, es la falta
de atención a la subjetividad en la acción colectiva.5 Mientras que el

5
Así por ejemplo, “el programa cicsista (CICSO, Centro de Investigaciones en
Ciencias Sociales) descansa en la presunción de que las ideas de las personas son
epidérmicas respecto de la efectividad de la lucha de clases, descarta la proble-
mática de las representaciones pasadas y presentes; así debe anular la emergencia
de una noción de ¨memoria¨, incluso en una dimensión colectiva o social”, Acha
(2010: 3).

86
2. Ciclos de protestas sin situaciones revolucionarias, Argentina...

marxismo y la sociología histórica estructural definían la revolución


como un conjunto de hechos objetivos, redefiniremos “situación re-
volucionaria” como una categoría subjetiva y objetiva que debe ser
incorporada en el análisis empírico. El giro reflexivo en la teoría social
nos permite observar la subjetividad revolucionaria de los analistas en
la construcción de sus datos.
¿Por qué los importantes ciclos de radicalización obreras (que
giran en torno a 1958 y 1969-1975), o protesta popular (nos referimos
a 2001) no se pueden identificar con situaciones revolucionarias?
Veamos, en primer lugar, la definición extendida de ciclos de protesta.
Tarrow (1993) ha definido ciclos de protesta, ampliando la definición
empírico-operacional extendida.6 Los ciclos de protesta son momentos
en que se incrementa la conflictividad en el sistema social, se extiende
geográficamente y entre los sectores sociales, aparecen nuevos movi-
mientos, repertorios de acción y la creación de nuevos marcos de signi-
ficado (Tarrow, 1993: 284). Quienes protestan eligen como realizar un
reclamo a partir de lo que históricamente han aprendido, entre un con-
junto limitado de opciones culturalmente sancionadas. Las formas de
acción refieren a tipos objetivos pero también a modos de expresiones
subjetivas, interpretables por tanto de acuerdo a marcos de significado.
Tarrow define al ciclo de protesta como un incremento de la con-
flictividad dentro del sistema social. Sin embargo, en su aplicación el
desarrollo del ciclo se atiene al estudio de los repertorios de acción
popular, más que al proceso del conflicto dentro del sistema social. El
enfoque sobre el conflicto en el sistema presupone que el eje de la pro-
blemática se traslade a la dinámica de transformación del sistema, no
solo de los movimientos sociales. Este nuevo problema es visto más
de cerca por el concepto de situación revolucionaria. En la conceptua-
lización de Tilly, la situación revolucionaria remite a un momento de
la confrontación en que los grupos en pugna desencadenan una lucha
directa por el poder político, creando una dualidad de poder.7 A partir

6
Para la definición restringida, ver Franzosi (1996), o Silver (2005).
7
“Definimos una situación revolucionaria a partir de tres elementos: la aparición de
contendientes, o coaliciones de contendientes, reclamando la competencia exclu-

87
Parte 1. Estado, partidos y actores sociales

de las críticas surgidas en la bibliografía específica, podemos señalar


que a falta de una referencialidad más clara con los sistemas sociales,
la situación revolucionaria corre el riesgo de limitarse a los cambios
políticos institucionales, sin plantearse la vinculación con la lucha por
el poder social, que conecta al proceso político con la formación de
las clases.8
Entonces ¿Cómo se conectan los ciclos de protesta con las situacio-
nes revolucionarias? El nexo entre ambos fenómenos parte del hecho
de que las revoluciones, como han postulado los marxistas, se basan
en la actividad política extraordinaria de las masas. Según Juan Carlos
Portantiero (1973: 94) y retornando al proceso argentino, “es a partir
del Cordobazo que la lectura de la crisis puede caracterizarse legíti-
mamente no sólo en términos de los conflictos en el interior de las
clases dominantes, sino también como ¨situación revolucionaria¨ en la
definición leninista: cuando las masas son empujadas ¨a una acción
histórica independiente¨”. Empero, la comparación cuantitativa entre
ciclos de protesta, y los datos preliminares que a continuación serán
enriquecidos a partir de la ubicación de los mismos en una determina-
da situación histórica, sugieren que no toda “activación extraordinaria
de las masas” conduce a una situación revolucionaria.
En los análisis marxistas que hemos referido, se ha tendido a asimilar
la existencia de una situación revolucionaria a partir de la emergencia
de la “crisis orgánica” o “crisis hegemónica”. No obstante, la diferen-
cia entre estos dos conceptos y realidades es importante para aclarar
nuestro análisis teórico empírico. Siguiendo al mismo Portantiero, estos
dos conceptos tienden a confundirse como parte de una misma situa-
ción. Escribe que “cuando caracterizamos, por ejemplo, a la situación
argentina como una situación de asimetría entre predominio económico
y hegemonía política, estamos haciendo referencia, en términos de las

siva de control del Estado, o algunos segmentos del mismo, el compromiso con
estos reclamos de una parte significativa de la ciudadanía, la incapacidad o falta
de voluntad de los dominadores para suprimir la coalición alternativa y/o el com-
promiso con sus reclamos”, McAdam, Tilly y Tarrow (2001: 197).
8
Para una comprensión global de las teorías de la revolución, ver Mayer (2010).

88
2. Ciclos de protestas sin situaciones revolucionarias, Argentina...

clases dominantes, a la existencia de una situación de ¨crisis orgánica¨.


Pero una situación de crisis orgánica es siempre potencialmente, para
las clases dominantes, una ¨situación revolucionaria¨. En este sentido,
los rasgos de una y de otra se complementan” (1973: 83).
Nuestras hipótesis generales sobre las dinámicas de la protesta y
las situaciones revolucionarias siguen la perspectiva marxista gram-
sciana, pero de un modo distinto a como lo define aquí Portantiero. La
crisis orgánica no implica necesariamente a la situación revoluciona-
ria, sino “potencialmente”. La crisis orgánica refiere a la clase diri-
gente en el Estado, mientras que, siguiendo una definición estrecha, la
situación revolucionaria hace a la movilización independiente de las
masas (Lenin) pero además el hecho de que esta movilización se con-
vierta en un poder que rivaliza con el poder de las clases dominantes.9
Como el mismo Portantiero aclara en su ensayo “nuestro esfuerzo se
orientará hacia el enfoque de la situación en términos de crisis orgáni-
ca, es decir, en un nivel en el que la presencia de las clases dominadas
opera solo en un segundo plano” (Portantiero, 1973: 84). En las situa-
ciones políticas argentinas que analizaremos contaremos en su mayor
parte con momentos de crisis hegemónica de las clases dominantes,
pero en menor medida con la movilización revolucionaria de las cla-
ses subalternas.
La movilización popular debe traducirse en una transformación
tal de las relaciones de poder que el desarrollo de la lucha enfren-
te dos poderes entre sí y por el control del Estado. El desenlace de
esta confrontación depende de las relaciones de fuerza por las cuales
los grupos contendientes logran o mantienen el apoyo de la población
dividida (clases y grupos). Esta lucha implica el enfrentamiento por

9
“Y el contenido es la crisis de hegemonía de la clase dirigente, que se produce o
bien porque dicha clase fracasó en alguna gran empresa política para la cual requi-
rió o impuso por la fuerza el consenso de las grandes masas (la guerra, por ejem-
plo), o bien porque vastas masas (especialmente de campesinos y de pequeños
burgueses intelectuales) pasaron de golpe de la pasividad a una cierta actividad
y plantearon reivindicaciones que en su caótico conjunto constituyen una revolu-
ción. Se habla de ¨crisis de autoridad¨ y esto es justamente la crisis de hegemonía,
o crisis del Estado en su conjunto.” (Gramsci, 2006: 63).

89
Parte 1. Estado, partidos y actores sociales

el poder de grupos (partidos políticos) que, apoyados en las clases


sociales, se proponen la derrota estratégica de su adversario. Como
ha señalado Wickham-Crowley (1992), el desenlace de esta contienda
depende de la relación entre las fuerzas políticas insurgentes y las ca-
racterísticas de los regímenes políticos, y su capacidad de articular el
apoyo externo e interno de la población.
Tanto en 1958, 1969 o 2001, las luchas se configuraron en ciclos
de protestas, en los múltiples sentidos definidos por Tarrow. Aunque
sin situaciones revolucionarias, estos ciclos dieron lugar a diferentes
configuraciones en las luchas por el poder. Los sectores populares mo-
vilizados, desafiaron parcialmente las relaciones de poder dominantes,
conformando organizaciones, horizontes sociales e históricos subal-
ternos, que en cada etapa condicionaron el curso histórico posterior,
visibles en el reacomodamiento y la transformación de las fuerzas en
pugna y la construcción de una memoria histórica que, de manera ben-
jaminiana, se recupera y resignifica desde el punto de vista de las ba-
tallas presentes y futuras.10

1958: la Resistencia obrera

Para entender las luchas entre las clases en la Argentina es necesario


partir del proceso por el cual los grupos dominantes intentaron excluir
o subordinar la fuerza de la clase trabajadora, una vez desplazado el
peronismo del gobierno en 1955. Es en este contexto de proscripción
política del partido político mayoritario que sucede una de las prin-
cipales olas de protesta laboral en el país. Tratándose de uno de los
temas más recurridos por las ciencias sociales, no podemos sino hacer
una acotada síntesis de estos procesos.
Antes de 1955, los grupos dominantes rechazaron la vinculación de
la representación obrera con el peronismo, a quien enfrentaron como
un movimiento “profundamente autoritario y antidemocrático”. En
este contexto, las luchas entre capitalistas y trabajadores por el control

10
Ver Benjamin (2001).

90
2. Ciclos de protestas sin situaciones revolucionarias, Argentina...

de los ritmos de producción y la distribución del ingreso se conectaron


directamente con las luchas políticas entre peronismo y anti-peronis-
mo. Esta lucha alineó distintos contenidos ideológicos y culturales,
que enfrentaron lo nacional y popular a lo democrático, oponiendo
de hecho dos modelos de ciudadanía (social y política). El gobierno
militar de la “Revolución Libertadora” (1955-58) apoyó la lucha de
los capitalistas por el incremento de la explotación en el terreno de las
políticas económicas y en el proceso productivo directo (promoviendo
políticas de “racionalización de la producción”), y al mismo tiempo
desplegó una represión directa contra los sindicatos y la CGT intervi-
niendo la estructura sindical, ilegalizando y desplazando a los peronis-
tas a favor de los “dirigentes democráticos” (radicales o socialistas, no
así a los comunistas quienes se alinearon con los peronistas).
Las políticas económicas se propusieron la “modernización” y el
“desarrollo económico” a través del incentivo a la inversión de capital
extranjero, y el acercamiento a los fondos de capital internacionales
(como el Fondo Monetario Internacional). El incremento de la pro-
ductividad laboral interna, era una vía perseguida por la “racionaliza-
ción” de la producción, al mismo tiempo que se buscaba la inversión
tecnológica externa. Esta dinámica de lucha económica, que opuso la
estrategia de incremento de la productividad como vía de rentabilidad
capitalista a la resistencia en el lugar de trabajo y la movilización
nacional en defensa del salario obrero, se mantuvo como línea de en-
frentamiento durante los años 1950 y 1960 en una puja de fuerzas
constante, volcada claramente a favor del capital solo a partir del pro-
ceso represivo a una escala históricamente mayor desde 1976, y pro-
fundizada luego en los años 1990.
Desde el golpe militar de 1955 comenzó una larga resistencia al
régimen “democrático” antiperonista. Las protestas de masas de los
trabajadores, y las formas de acción directa violentas se sucedieron
durante los años posteriores al derrocamiento de Perón, constituyen-
do una situación de ingobernabilidad recurrente. Los dirigentes de los
partidos no peronistas intentaron una vía intermedia de negociación
con Perón y los sindicatos. El proceso electoral de 1958 por el que
asumió Frondizi se realizó bajo la promesa de la legalización sindical
a cambio de los votos de las masas peronistas, transacción que Fron-

91
Parte 1. Estado, partidos y actores sociales

dizi dilató, pero además como parte de una retórica que combinaba el
desarrollismo con lo nacional y popular.
Sobre la frustración respecto a estas promesas, se configuró una
situación en que la lucha político sindical confluyó con la disputa en el
marco del ciclo económico. Las formas de protesta obrera mantuvie-
ron su radicalidad. A lo largo de casi un año se sucedieron las huelgas
por rama en casi toda la economía, conjuntamente con manifestacio-
nes beligerantes, enfrentamientos callejeros, colocación de explosivos
por parte de comandos peronistas; respondidas con la represión poli-
cial selectiva a comunistas y peronistas. El pico de confrontación vino
con la resistencia obrera a la privatización del Frigorífico Nacional
Lisandro de la Torre. En enero de 1959 el establecimiento fue tomado
por los obreros. El gobierno los desalojó mediante una dura represión,
que detonó una huelga general de solidaridad, acompañada por las “62
organizaciones”, que la declararon por tiempo indefinido. Este nuclea-
miento político-sindical, de identidad fundamentalmente peronista, se
formó a partir de la proscripción a dicho movimiento agrupando a los
principales gremios de la época. A pesar del considerable grado de
enfrentamiento con el gobierno, la dirección sindical de las 62 orga-
nizaciones no rompió las tratativas con el mismo, en la búsqueda de
un cese a las intervenciones gremiales. Durante el año 1959 se incre-
mentará la intensidad huelguística, aunque en un contexto defensivo,
determinado por la derrota de la huelga general de enero y una fase
recesiva de la economía.
La clase obrera formó parte de la alianza social política del pero-
nismo de modo subordinado hasta 1955. Pero el poder social cons-
truido durante los años peronistas, que impidió a su propio gobierno
avanzar sobre la exigencia de mayor productividad por parte del ca-
pital (sobre todo a partir de 1952), se transformó inmediatamente en
instancias organizativas ya no dependientes del partido o el Estado.
Sin embargo el impacto de las derrotas de 1959 en la clase obrera po-
sibilitó el surgimiento del vandorismo,11 fortaleciendo la estructura

11
A. Vandor, dirigente metalúrgico, fue el principal referente de lo que se conoce
como el “peronismo sin Perón”. La búsqueda de una estrategia autónoma al di-

92
2. Ciclos de protestas sin situaciones revolucionarias, Argentina...

sindical a costa del poder gremial de base. En términos políticos, si


bien la lucha por el retorno de Perón aparecía homogeneizando las
reivindicaciones obreras, de modo incipiente comenzaba a cuestio-
narse aquella inicial relación de subordinación, ya sea respecto de
los cuadros políticos del movimiento o en su relación con el capital.
Mientras las 62 Organizaciones hegemonizadas por el vandorismo
sostuvieron como estrategia la alianza con la burguesía industrial,
para otros ya no habría lugar para alianzas con el capital. Hacia el fin
de este ciclo, los primeros se encontraban debilitados, mientras que
los segundos consolidaban su base social, gestando lo que sería el
inicio de un nuevo ciclo (1969).
Una serie de rasgos adquirirán una significación particular cuan-
do comparemos situaciones históricas. Las líneas de confrontación
entre trabajadores y gobierno, apoyado por las clases capitalistas, se
incrementaron debido a la confluencia de las luchas políticas y econó-
micas, catalizadas durante 1959 por el ciclo económico descendente.
Las relaciones entre sindicatos y gobierno, sin embargo, eran de una
negociación conflictiva, que oscilaba entre la contención de la protes-
ta y la convocatoria de huelgas generales nacionales o por rama. Las
acciones contenían un grado considerable de confrontación violenta.
Al mismo tiempo, regían las leyes represivas contra el comunismo que
permitían las detenciones de dirigentes sindicales, que se aplicaban
junto al estado de sitio. Las líneas de negociación permitían afirmar
esferas de reincorporación de la estructura sindical en el sistema insti-
tucional del Estado. Este proceso de reconocimiento era obstaculizado
por la misma lucha de clases, pero también por la falta de reconoci-
miento político del peronismo.

rigente político exiliado (que no implicaba la construcción de una autonomía de


clase) también tuvo su expresión en el plano político, con el surgimiento de los
partidos neoperonistas. El vandorismo controló los principales gremios industria-
les. Su táctica de “golpear para negociar” buscaba enfrentarse con los distintos
bloques de poder desde una posición de no subordinación, que por un tiempo
proveyó a sus bases con importantes beneficios económicos. Sin embargo, su
inactividad junto a los embates del onganiato debilitaron su hegemonía dentro
del movimiento obrero.

93
Parte 1. Estado, partidos y actores sociales

Por otro lado, todavía en 1959, la protesta expresaba un carácter


predominantemente obrero. Sus luchas, mediadas por la cuestión sin-
dical y peronista, iniciaban contradictoriamente la confluencia con las
“clases medias”, que irían atravesando un proceso de “peronización”.
Estos intentos de acercamiento de los intelectuales y estudiantes al
movimiento obrero, entre 1969 y 1973 adquirirán una forma concreta
de “unidad obrero estudiantil” en las calles. Bajo el programa moder-
nizador y desarrollista de Frondizi se albergaron las expectativas de la
intelectualidad progresista. Los mismos sectores que una década más
tarde se politizarán intensamente en un sentido revolucionario y popu-
lar, estaban experimentando su crisis con el anti peronismo elitista de
la coalición de 1955.12

1969: el Cordobazo

El Cordobazo de 1969 emerge de una situación de importante retro-


ceso producto de las derrotas sufridas en los conflictos colectivos en
1967 y 1968. Pero la radicalidad de los enfrentamientos obedece a la
confluencia de distintos tipos de contradicciones. Continuando con
la línea comparativa de 1959, el gobierno del general Onganía (1966-
1970) había enajenado a las clases medias ilustradas a base de una
continua política represiva moralizante y reaccionaria. La “Revolu-
ción Argentina” se había enfrentado con una parte creciente de la es-
tructura sindical. En un primer momento el régimen que se instaura en
junio de 1966 contó con el apoyo del sindicalismo nucleado en las “62
Organizaciones”. Sin embargo, la represión política irá uniendo en una
oposición común a los sectores negociadores con los sectores comba-
tivos del peronismo sindical, y estos a su vez con los sectores clasis-

12
En este ciclo de protesta, hay que mencionar como indicador de radicalización el
hecho de que entre 1958 y 1961 se discutiera la perspectiva de la “huelga general
insurreccional o revolucionaria” como parte de los repertorios de protesta. Esta
discusión fue impulsada por John William Cooke en sus intercambios epistolares
con Perón, entre otras fuentes.

94
2. Ciclos de protestas sin situaciones revolucionarias, Argentina...

tas de la izquierda.13 La proscripción peronista, la represión continua


a obreros, estudiantes e intelectuales, el programa de racionalización
productiva, la política económica de apoyo a los grandes capitalistas
industriales del sector “moderno” contribuyeron a la conformación de
una amplia coalición galvanizada en los sucesos de rebelión social de
las principales ciudades del interior industrial (Rosario y Córdoba).
La radicalización político-cultural de la nueva generación de es-
tudiantes y trabajadores estuvo profundamente influida por los pro-
cesos insurreccionales y guerrilleros a nivel mundial. Sin embargo,
es necesario ver hasta qué punto este proceso de radicalización cortó
transversalmente a distintos sectores de clase de forma desigual, para
entender las limitaciones del alcance de las ideologías revolucionarias
en la clase trabajadora. Los sucesos de Córdoba instalarán un nue-
vo repertorio de acciones armadas como medio político de protesta
democrático popular, y como vía estratégica revolucionaria. Ambos
sentidos deben ser distinguidos ya que esta confluencia tendrá vigen-
cia en el primer tramo de la lucha armada (1970-1972) y no en el
segundo tramo (1973-1976). Las acciones armadas de la vanguardia
confluirán en el primer tramo con formas de violencia espontánea de
masas, y con una amplia coalición social y política que se enfrentará al
gobierno militar. Sin embargo, la respuesta de los grupos dominantes
constará de un repliegue estratégico y una adaptación frente a la nueva
coyuntura que conseguirá dividir a los distintos sectores de esta am-
plia coalición. Desde 1970 se reabren las líneas de negociación con las
organizaciones sindicales; si bien siempre en una relación de carácter
conflictivo, eran nuevamente institucionalizadas. Sobre esta base fir-
marán acuerdos en 1972 con las organizaciones patronales y el go-

13
“La determinación del nuevo régimen de controlar, y si era necesario reprimir, al
movimiento laboral se hizo patente antes incluso de que se formulara el plan de
Krieger Vasena (…) en respuesta a tales medidas y al plan de Krieger Vasena, la
CGT anunció un plan de lucha que culminaría, sino se obtenían concesiones, en
una huelga general. El gobierno contestó implantando de nuevo el decreto 969 del
gobierno radical, que establecía un control estricto del funcionamiento gremial;
además las autoridades suspendieron sus conversaciones con la CGT y prohibie-
ron todas las reuniones públicas” (James, 1990: 291).

95
Parte 1. Estado, partidos y actores sociales

bierno, que oficiarían los antecedentes para el Pacto Social de 1973, el


cual fracasará definitivamente con la movilización de las bases obreras
en 1975. En un tiempo distinto, debido al conflicto que tenía con la
estructura sindical vandorista, primero Perón apoyará la tendencia in-
surreccional que surge de 1969, hasta que consigue reinstalarse como
interlocutor, y retorna como garante del régimen institucional.
Desde el punto de vista sindical, el Cordobazo se explica por la
legitimidad que habían logrado a partir de 1967 los sectores antivan-
doristas, y su articulación en torno a la CGT nacida al año siguiente. A
partir de aquél hecho, aparecieron o cobraron mayor fuerza experien-
cias sindicales que en general se definían así mismas como antipatro-
nales, antiburocráticas, antiimperialistas, y en muchos casos también
como clasistas. Compartían la apelación a la democracia obrera, la
constante movilización de sus bases y contaban con una importante
cantidad de activistas de organizaciones políticas o político-militares
de la izquierda revolucionaria. A la par que rompían con estrategias re-
formistas, las direcciones de estos gremios lograban dar respuestas
efectivas a las reivindicaciones corporativas de los trabajadores. Esta
experiencia fue protagonizada por un sector joven de la clase obrera
ocupada en la industria automotriz que se instaló en Córdoba a fines
de los años 1950 y por trabajadores de servicios como electricidad,
transporte y teléfonos. Ello suponía una disputa de poder al nivel de
fábrica, que en muchos casos llevaba a plantearse la cuestión del po-
der en términos más amplios. Tal vez por ello, vuelve a cobrar fuerza
el vandorismo como estrategia sindical reformista, aunque ahora ya
no contra Perón sino fuertemente abalada y sostenida por el líder pe-
ronista, para contener a importantes fracciones obreras que habían
roto su vínculo con el peronismo, en su idea de conciliación de cla-
ses, aunque no siempre fuera en términos subjetivos. Para las clases
dominantes, el problema con estas experiencias gremiales ya no se
planteó como en el ciclo anterior en términos de peronismo, sino
de izquierda; era cada vez de mayor aproximación e incorporación de
discursos y prácticas socialistas que incomodaba y las tornaba revul-
sivas. Sin embargo, al no ser explicitado y distinguido claramente el
vínculo entre lucha socialista y demandas corporativas, hacia el cierre
del ciclo pasó a cobrar más fuerza el segundo término de la relación.

96
2. Ciclos de protestas sin situaciones revolucionarias, Argentina...

El primero aparecía más tenuemente en la conciencia del conjunto de


los trabajadores, o se diluyó cuando el proceso represivo avanzó y los
vínculos directos con los activistas de las organizaciones revolucio-
narias se rompieron.
La radicalización de los enfrentamientos violentos populares dis-
tingue a 1969 de 1959. Tanto en las revueltas de masas como en la
formación de grupos organizados, se visualiza el incremento del en-
frentamiento con las fuerzas del régimen. Es por ello que para distintos
autores, no sólo marxistas, comienza aquí un período de militarización
de la política, donde los problemas sociales y políticos comienzan a
ser tratados como problemas militares.14 La lógica de la guerra tiñe
la lente de las distintas fuerzas que confrontan. En este contexto, los
sucesos de 1969 son interpretados por los grupos revolucionarios co-
mo una situación que legitima la acción insurgente armada contra el
Estado, tomando el camino de las revoluciones producto de procesos
de guerras populares. En este sentido, en el ciclo de protestas de 1969
se observa la conformación de grupos insurgentes, con cierto grado
de preparación estratégica e inserción social, que no observamos en
1959, y un contexto político e internacional favorable al inicio de la lu-
cha armada insurgente. Ahora bien, esta lucha no se desarrollará como
situación revolucionaria por una serie de razones.
Wickham-Crowley define las situaciones revolucionarias en Amé-
rica Latina en términos comparativos. Estas se observan en la con-
formación de la dualidad de poderes. Este tipo de situación surge de
regímenes débiles, definidos por su incapacidad de representar y apo-
yarse en las clases dominantes y medias. Del lado insurgente, con la
formación de una coalición social amplia en la que la lucha revolucio-
naria posee cierta preparación y desarrollo militar, y logra un fuerte
apoyo popular. La relación de fuerzas militares se corresponderá con
estas relaciones de fuerzas sociales y políticas.

14
Desde los años 1960 Estados Unidos desarrolló la Doctrina de la Seguridad Na-
cional y la desplegó entre las fuerzas de seguridad latinoamericanas, como medio
de prevención de las insurgencias y los movimientos de protesta locales. Para un
análisis de la formación e intervención militar de los Estados Unidos en la lucha
contrainsurgente continental, ver Wickham-Crowley (1992).

97
Parte 1. Estado, partidos y actores sociales

Utilizando este análisis para la Argentina, en 1969 vemos que una


vanguardia insurgente acoplará campañas relativamente exitosas de
propaganda armada, suscitando un apoyo desigual en las clases traba-
jadoras y medias (estudiantes e intelectuales). Pero al mismo tiempo
que se desarrolla la lucha armada, avanza una línea de consolidación
del régimen en torno a realineamientos de fuerzas, articulada políti-
camente en torno al Gran Acuerdo Nacional15 y económicamente con
el Pacto Social. El régimen recompone los lazos con los sindicatos,
con el empresariado medio y agrario, anteriormente marginados de
las políticas de Ongania y su ministro de economía Krieger Vasena.
Esta relación de fuerzas que atraviesa a los grupos y clases principa-
les a nivel social y político, se expresará en el terreno militar. En los
momentos de enfrentamientos directos entre insurgentes guerrilleros y
fuerzas del régimen (desde 1974 y 1975) ya los revolucionarios habían
perdido la lucha por el apoyo político de las masas a la estrategia polí-
tico militar. Lo cual no significa que desaparezca la violencia política
como parte de la dinámica propia de las protestas obreras.16
Este viraje es de los puntos más delicados en lo que respecta al aná-
lisis del ciclo de protestas y luchas de 1969 a 1975. La acción insur-
gente armada pasará de oficiar el papel representativo de una amplia
coalición a principios de los 1970, a su aislamiento político y exter-
minio militar hacia mediados y finales de la década. Esto es obscure-
cido por el camino ascendente de las protestas obreras y populares en
el transcurso del ciclo. Sin embargo, es posible diferenciar cursos de
acción distintos entre el repertorio de la protesta laboral, que progre-
sivamente vuelve al canal de la lucha económica, y el de la lucha
armada, que se incorpora en una dialéctica de guerra contra el régimen,

15
El objetivo del GAN era institucionalizar el conflicto social y cercar a los grupos
revolucionarios, romper los vínculos con su base social. Para ello se efectúa el
llamado a elecciones, por el que el peronismo retornaría al gobierno, a la vez que
se incrementaba la ‘represión al terrorismo’. Su formulación remite a marzo de
1971, cuando el Viborazo o segundo Cordobazo había hecho evidente la articula-
ción entre sindicalismo combativo y organizaciones armadas.
16
Sobre la relación entre violencia social y política en los movimientos obreros
argentinos en los 70, ver Santella (2008).

98
2. Ciclos de protestas sin situaciones revolucionarias, Argentina...

pero separada de la anterior, enmarcada en una dialéctica interna al


Pacto Social.17 En términos de grupos y clases, mientras que de un
lado la mayoría de la clase trabajadora se expresará en la protesta la-
boral, e institucionalmente en la relación entre sindicatos y gobiernos;
por otro lado, grupos obreros que no se convierten en mayoría organi-
zativa, en alianza con la radicalización estudiantil e intelectual, serán
la base social de las fuerzas insurgentes.
La tesis marxista de la guerra civil postulaba la lucha armada como
continuidad de las luchas populares (Petras, 1988).18 A partir del análi-
sis de las relaciones de poder entre las clases y la relación del régimen
con las mismas, y a diferencia de la mayoría de los análisis marxistas,
sostenemos que del Cordobazo de 1969 no se configuró una situación
revolucionaria. En comparación con 1959, 1969 contiene grupos que
librarán una lucha revolucionaria por el poder. Sin embargo, la base so-
cial de esta lucha no se extendió desde limitadas bases sociales, como
para constituirse en una dualidad de poderes. Cuando el desarrollo mi-
litar insurgente pasó de la “propaganda armada” a enfrentamientos
directos con las fuerzas armadas, se produjeron derrotas militares de
las fuerzas guerrilleras, ya que estos enfrentamientos se dieron en una
relación desigual de fuerzas políticas respecto del régimen y las clases
dominantes, así como con respecto a las fuerzas conservadoras dentro
del movimiento obrero. En este sentido, parafraseando al Lenin de El

17
En un contexto de creciente inflación (en que se esperaba un aumento genera-
lizado de salarios), a mediados de 1973 con la firma del Pacto Social quedan
suspendidas por dos años las negociaciones colectivas. De todas maneras, ello no
significó el cese de los reclamos salariales, aunque la protesta laboral encontró
canales alternativos, expresándose en reclamos por las condiciones de trabajo, en
torno al lugar de trabajo, etc.
18
Para Marín en la “guerra civil” se enfrentaron dos fuerzas sociales (fuerzas del
régimen contra fuerzas del pueblo). En este análisis no se tienen en cuenta las
diferencias entre una acción de masas violenta (como la ocupación de fábricas o
el enfrentamiento contra la policía en manifestaciones) y las acciones armadas de
los grupos organizados revolucionarios. Por lo tanto, se asume que las bases de
los movimientos sociales (los trabajadores que son movilizados en una huelga)
participaron de la guerra civil contra las fuerzas del estado, en igual medida que
lo hacen las fuerzas insurgentes. Ver Marín (1996).

99
Parte 1. Estado, partidos y actores sociales

izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, la vanguardia libró


un enfrentamiento directo con el Estado sin el respaldo de las masas.19
La historiografía y la sociología marxista se han concentrado en
demostrar la profunda trama de solidaridad existente entre trabajado-
res e insurgentes revolucionarios. Sin embargo, esta solidaridad en las
protestas sociales de los trabajadores, debe diferenciarse de la solida-
ridad activa en la movilización militar que presuponía la estrategia del
armamento popular (mayormente expresadas en las tesis de la guerra
popular prolongada). Como sobradamente ha señalado la bibliografía,
el retorno peronista al gobierno en 1973 introdujo un viraje que dividió
a la clase trabajadora no sólo en torno a simpatías morales y políticas
entre distintos sectores de experiencias político-culturales, sino tam-
bién en una lucha al interior de las fábricas entre los organizadores del
movimiento sindical y los militantes clasistas y revolucionarios, lucha
en la cual los primeros (la CGT-Confederación General del Trabajo,
la UOM-Unión Obrera Metalúrgica, el SMATA-Sindicato de Mecáni-
cos y Afines del Transporte Automotor, como ejemplos significativos)
oficiaron como trinchera militar defensiva del régimen en la sociedad
civil. Sin embargo, ha sido poco estudiado cómo estas trincheras fun-
cionaron como parte de una movilización cultural, económica y políti-
ca en la cual los sindicatos recuperaron, entre 1970 y 1975, posiciones
dentro y fuera del sistema político, provocando a su vez un doble re-
sultado, la contención revolucionaria, pero también la prolongación
sin resolución de la crisis de dominación.

2001: el Argentinazo

Después del Cordobazo son los sucesos de diciembre de 2001 los que
permiten identificar un ciclo posterior de envergaduras comparables.
Es importante tener en cuenta que en el transcurso de 1969 a 2001 se
modificó la composición social de la clase trabajadora. Mediante los
procesos de incremento de productividad laboral la industria manufac-

19
Para esta separación entre organizaciones y movimientos, Tarrow (1989).

100
2. Ciclos de protestas sin situaciones revolucionarias, Argentina...

turera pasó de polo de absorción a expulsión de fuerza de trabajo, que


en las nuevas generaciones se incorporó a sectores capitalistas no ma-
nufactureros, el empleo estatal y la desocupación. El crecimiento de
la pobreza, el empleo precario, la sub-ocupación y las actividades en
el llamado “sector informal” debilitaron a los sindicatos industriales y
le dieron mayor espacio a los gremios del sector servicios y comercio,
además de profundizar la segmentación del mercado de trabajo. Estas
tendencias estructurales fueron facilitadas y aceleradas por la política
económica del gobierno de Menem: privatizaciones de empresas pú-
blicas, despidos y liquidación de trabajadores; flexibilidad contractual
y desregulación del mercado laboral. Esta combinación estructural,
más la experiencia histórica de los resultados de los ciclos anteriores
actuó sobre el presente, determinando un cambio notable en la compo-
sición y el liderazgo interno de la protesta laboral. Los trabajadores de
las manufacturas dejaron paso a docentes estatales y desocupados, en
coalición con las clases medias. Pero la división entre estos puso fin
hacia 2003 al ciclo de protestas identificado con el 2001, cierre deter-
minado por la combinación de represión, cooptación de un sector de
los movimientos de desocupados y por los efectos del ciclo económico
sobre el mercado de trabajo. A diferencia del ciclo anterior, el régimen
se basó mucho más en los dos últimos elementos para su recomposi-
ción que en el primero.
Aquí, a diferencia de 1969 y 1959, tuvo como determinante una
crisis económica del tipo más clásico (recesión prolongada, crisis del
patrón dinerario, alta desocupación). En contraste, las sublevaciones
anteriores analizadas no son resultado de este tipo de crisis económi-
cas. Ambas representan momentos de desarrollo capitalista produc-
tivo, con una ampliación de la clase trabajadora. En los años 1950 y
1960, los ciclos de protesta surgen de luchas por la apropiación del
excedente económico entre capital y trabajo, a diferencia del tipo de
explosiones populares explicadas por el empobrecimiento absoluto.
En este sentido, ni 1959 ni 1969 son resultado de la crisis económica,
sino que al revés. Cierto que en 1959 la inflación era muy alta y la re-
cesión golpeó a ciertos sectores de la industria, aunque ambos hechos
se incluían dentro de tendencias de desarrollo productivo. En 1969, las
condiciones económicas coyunturales eran menos graves y el “Cordo-

101
Parte 1. Estado, partidos y actores sociales

bazo” tuvo causales más anti-dictatoriales que económicas. De hecho


los sindicatos que salen a la calle en mayo de 1969 figuran entre los
mejor remunerados del país.
La investigación académica todavía está en ciernes, y los hechos
en cierta manera todavía están frescos. Gran parte de sociólogos ex-
plican la protesta popular de 2001, influidos por la idea de que en la
etapa actual el capitalismo produce una masa marginal incapaz de ser
contenida dentro del sistema institucional. Es lo que Svampa (2008)
ha denominado las sociologías de la descomposición social. Así el
empobrecimiento vuelve a contarse entre los determinantes, si bien la
tesis de la masa marginal se complementa con el análisis de los acto-
res sociales y sus experiencias, que permite visualizar ciertos procesos
de recomposición social y a los primeros como agentes del cambio
histórico.
Una versión más dialéctica afirmó que las resistencias de los traba-
jadores, ocupados y desocupados, pusieron una limitación al progra-
ma neoliberal de inserción competitiva del capitalismo argentino en el
mercado mundial. Las luchas del trabajo dentro del capitalismo, his-
tóricamente determinado en este tipo de dinámica abierta en los años
1990, hicieron que estallaran sus contradicciones internas y pusieron
fin a la década de la hegemonía menemista (Bonnet, 2008).
Tanto Iñigo Carrera como Bonnet identifican en diciembre de 2001
una “insurrección”, que tampoco llevó a una situación revolucionaria.
Al igual que en el ciclo anterior, amplias coaliciones de alianzas de
clases y solidaridad se conformaron en contra del gobierno. De hecho
esto ocasionó la caída de los mismos, en el 2001 en forma inmedia-
ta, en 1969 de forma mediata. Sin embargo, en 2001 la movilización
popular se dirigió contra el personal de gobierno y no contra la forma
del régimen democrático, ni la composición fundamental del poder
social en el Estado, aunque sí en relación a la aplicación de políticas
específicas de Estado.
En 2001 no hubo ningún grupo o clase social que orientara la movi-
lización popular en la lucha por el poder político. Menos aún se desa-
rrollan en este ciclo formas de dualidad de poder en el seno del sistema
social, un proceso que define una situación revolucionaria. La dife-
rencia más contrastante con los anteriores ciclos de protesta de 1959

102
2. Ciclos de protestas sin situaciones revolucionarias, Argentina...

y 1969 hace a las transformaciones estructurales del capitalismo en el


mediano y largo plazo, fundamentalmente en lo que refiere a los su-
jetos de la protesta laboral. Los trabajadores de las manufacturas que
lideraron la protesta laboral (en 1959 los metalúrgicos, y en 1969 los
automotrices), se mantuvieron desmovilizados en 2001, siendo éste
protagonizado por los trabajadores docentes y estatales, y los desocu-
pados organizados durante las luchas de los años 1990, en conjunción
con sectores de las clases medias.
Además de los factores económicos y político institucionales, la
consideración del episodio de 2001 nos lleva a los cambios histórico
culturales. El contexto mundial posterior a 1989 introdujo nuevas
coordenadas en la proyección ideológica de las luchas populares. Los
marcos interpretativos constituidos en las confrontaciones variaron
significativamente (aunque quizás no completamente) respecto de
los patrones históricos del siglo XX. Esto actuó en el plano local
sobre una subjetividad disciplinada por el terrorismo de Estado pri-
mero, y por los efectos de la hiperinflación y desocupación después.
El miedo impuesto por la violencia material directa fue la base para
la construcción de una memoria colectiva carente de historicidad de
las luchas; mientras que la violencia económica profundizó la rup-
tura de ciertos lazos sociales y reconfiguró las identidades políticas
tradicionales.
Con la movilización de un sujeto mucho más heterogéneo, en
2001 coexistieron demandas contradictorias que dan cuenta de la
conciencia política que jugó al romperse la hegemonía menemis-
ta propia de la década anterior (como la mayor segmentación de
los mercados de trabajo). La exigencia de un “capitalismo en serio”
donde se defienda la propiedad privada, convivió con el rechazo al
modelo neoliberal vinculado a cierta tradición nacional popular que
manifestó sentimientos antiimperialistas, conjugada con la exigencia
de que se resolvieran las necesidades básicas para la supervivencia.
La protesta de 2001 significó la vuelta de la política a las calles,
aunque expresada negativamente (y de ahí sus límites) en la consig-
na “que se vayan todos”. Sin embargo, surgieron aunque de modo
disperso y fragmentado una diversidad de experiencias donde lo po-
lítico se puso en acto en términos positivos: proyectos autogestivos de

103
Parte 1. Estado, partidos y actores sociales

los movimientos de desocupados, fábricas recuperadas, colectivos


culturales, asambleas barriales. Paradójicamente y a diferencia del
ciclo anterior, con posterioridad a una protesta que adquirió dimen-
siones nacionales, las experiencias organizativas se desarrollaron a
nivel micro, poco preocupadas por generar procesos de articulación,
de allí que a diferencia del ciclo de protesta de 1969, el poder ni po-
lítico ni social haya sido puesto en cuestión desde el punto de vista
objetivo. La crisis de hegemonía (menemista) fue recompuesta por el
kirchnerismo a partir de 2003.
No obstante, los cuestionamientos se realizaron desde lo subjetivo,
como en las Asambleas populares de la ciudad de Buenos Aires, en tor-
no a una democracia directa, antes que representativa.20 La rebelión
de 2001 introdujo una manera específica en que los sujetos confronta-
dos significaron estos acontecimientos. A la crisis institucional se opu-
sieron sentidos populares y sociales de lo democrático y lo nacional,
en el contexto de una movilización heterogénea (por sus significados
y actores) que buscó restablecer la relación entre derechos sociales y
ciudadanos. Algunos autores argumentan que bajo la consigna “que se
vayan todos”, en una parte de esta movilización, los sectores subalter-
nos imaginaron una subversión del poder.21

Conclusiones provisorias

En lo anterior hemos establecido una hipótesis en cierto modo ne-


gativa común a los distintos ciclos de protesta. Un aumento en la
intensidad de la protesta laboral no define por sí mismo un proceso
de radicalización político-cultural. Para profundizar en el modo en
que se da esta relación es necesario mirar la situación histórica espe-
cífica en que las mismas se desarrollan. No obstante, la idea de que
ciertas “insurrecciones” no equivalieron a situaciones revolucionarias

20
Ver el estudio sobre estas asambleas, en Pérez, Armelino y Rossi (2005).
21
Este proceso está representado, más documentalmente que analíticamente, por
Zibechi (2003).

104
2. Ciclos de protestas sin situaciones revolucionarias, Argentina...

analizando el caso argentino, nos permitió avanzar sobre el nexo entre


ciclos de protestas y transformación del sistema social.
Una exposición incompleta de esta aproximación sin embargo pre-
sentaría una imagen negativa y limitada sobre la lucha social de los
sectores subalternos. Aunque discrepemos sobre el Cordobazo como
inicio de una situación revolucionaria, podemos sostener que los ci-
clos de protesta trajeron cambios sobre la dinámica del sistema capi-
talista y el régimen político, pero también en la conciencia política. A
partir de 2001 los marcos de significación político-culturales se en-
cuentran abiertos, en elaboración y en disputa. Respecto de los ciclos
anteriores, tanto en 1959 como en 1969, los trabajadores impidieron el
pasaje a una nueva forma de acumulación intensiva de capital, a pesar
de las estrategias de modernización y racionalización perseguidas. La
represión genocida de 1976-1983 tiende a oscurecer los efectos posi-
tivos de dicha resistencia laboral. A lo largo de décadas ésta colocó
un límite a la rentabilidad del capital y a la exclusión política, lucha
mediante la cual la clase trabajadora preservó los derechos democrá-
ticos de ciudadanía adquiridos en el avance de los años 1945-1955.
Las protestas laborales adquirieron históricamente un sentido social y
políticamente democrático, y el piso para futuras transformaciones del
sistema social.
Siguiendo una idea bastante aceptada de que toda historia es histo-
ria contemporánea, la anterior comparación entre períodos históricos
constituye un relato construido desde el presente. De este aspecto, la
situación revolucionaria, como momento transitorio de la revolución
en la manera que hemos definido a lo largo de este trabajo, expresa
una categoría de la subjetividad histórica, esto es temporalmente cons-
tituida y constitutiva en la interpretación de los actores, que debe ser
incorporada en el análisis científico de manera crítica. Así la misma
noción de “situación revolucionaria” es parte de la conciencia de los
actores del drama histórico y su definición adquiere significado cam-
biante (Mayer, 2010).
Si en los dos primeros ciclos de protesta, aunque especialmente en el
de 1968, la “revolución” constituía un horizonte de emancipación más
o menos plasmado entre los movimientos obreros y sociales, la expe-
riencia histórica del curso posterior resignifica el contenido, y el deseo

105
Parte 1. Estado, partidos y actores sociales

genérico de emancipación o justicia se vincula con lo democrático u


otros lenguajes o discursos. Acaso de este modo pueda explicarse una
serie de paradojas planteadas en el 2001 argentino. La “insurrección”
(Iñigo Carrera, 2004 y Bonnet, 2008) del 19 y 20 de diciembre de
este año, mostró diversas acciones populares directas contra el poder
político (contra el estado de sitio decretado por el gobierno) pero en
ningún momento esperado como cambio de régimen político o social.
Tan sólo en los sectores radicalizados de la movilización ésta era par-
te de una “transformación” genéricamente definida pero fuertemente
sentida. Lo que queda para otro lugar es plantear la cuestión de si estos
movimientos insurreccionales que impulsaron desde abajo la protesta
popular en la Argentina vienen a reubicar el contenido de lo revolucio-
nario bajo nuevas formas, lenguajes y horizontes de expectativas, tal
como sugieren distintos analistas contemporáneos.

106
2. Ciclos de protestas sin situaciones revolucionarias, Argentina...

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109
Notas sobre los autores

Eduardo Bautista Martínez


Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Autónoma Metropo-
litana, Unidad Xochimilco. Integrante del Sistema Nacional de In-
vestigadores CONACYT. Desde 1998 y hasta la fecha, se desempeña
como Profesor Investigador del Instituto de Investigaciones Socioló-
gicas de la Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca. Es in-
tegrante del Cuerpo Académico Estudios políticos en donde cultiva las
líneas temáticas relaciones de poder, cultura política y movimientos
sociales. Es autor del libro Los nudos del régimen autoritario. Ajustes
y continuidades de la dominación en Oaxaca, editado por Miguel Án-
gel Porrúa, México, 2010. 
ecbm00@gmail.com

Clara Inés García


Socióloga de la Universidad Javeriana, Bogotá, Colombia. Investiga-
dora del Instituto de Estudios Regionales, (INER), en la Universidad
de Antioquia, Colombia. Miembro del Observatorio para el desarrollo

539
Parte 1. Estado, partidos y actores sociales

integral, la convivencia ciudadana y el fortalecimiento institucional,


(ODECOFI) del Centro de Excelencia patrocinado por Colciencias.
Publicó: con Clara Inés Aramburo (Eds) (2011). Geografías de la gue-
rra, el poder y la resistencia. Oriente y urabá antioqueños, 1990 –
2008. Bogotá, Ed CINEP-INER-ODECOFI.
cigarcia@iner.udea.edu.co

Sergio García
Antropólogo social por la ENAH. Su trabajo profesional se ha dado
en las organizaciones de sociedad civil dedicadas a la promoción so-
cial y derechos humanos. Sus temas de investigación y publicaciones
se relacionan con sociedad civil, participación ciudadana, donativos y
filantropía y marcos legales leyes y fiscales para el sector no lucrativo.
Actualmente trabaja temas relacionados con prevención social de las
violencias y del delito.
sergiosalvad@hotmail.com

Beatriz Gómez Barrenechea


Profesora investigadora titular de la Universidad de Guadalajara y
docente a tiempo parcial en la Universidad Pedagógica Nacional,
campus Guadalajara. Tiene estudios de licenciatura en Sicología
social (Universidad Católica del Perú), Maestra en Ciencias Sociales
(Universidad de Guadalajara), estudios de doctorado en Estudios La-
tinoamericanos (Universidad Nacional Autónoma de México). Ejes
de trabajo e investigación: cultura política, trayectorias de vida en
actores sociales emergentes, procesos educativos, interculturalidad y
relaciones sociales de género, movimientos sociales en América Lati-
na, movimientos de mujeres y construcción de ciudadanías. Publicó:
“Saberes ancestrales y reconocimiento de derechos: nuevos espacios
para las mujeres indígenas de las Américas”, en Del Campo, Esther:
Mujeres Indígenas y Políticas públicas en América Latina, Madrid,
Editorial Fundamentos, 2011.
brix_74@hotmail.com

540
Notas sobre los autores

Felipe Hevia
Doctor en antropología (CIESAS). Profesor-investigador CIESAS-
Golfo. Investigador Nacional (nivel I). Líneas de investigación: par-
ticipación, contraloría social, sociedad civil, combate a la pobreza y
educación.
fhevia@ciesas.edu.mx

Tamil Kendall
Maestra en Comunicación por la Universidad de Simon Fraser y can-
didata a Doctora en Estudios Interdisciplinarios (Antropología y Cien-
cias de la Salud) por la Universidad de Colombia Británica (UBC),
ambas en Canadá. Ha trabajado por más de diez años como investiga-
dora con diversos organismos de la sociedad civil, gubernamentales,
e internacionales en América Latina y el Caribe. Su área de especiali-
zación es género, VIH y políticas en salud. Las líneas de investigación
que está explorando actualmente en este campo incluyen los derechos
humanos con enfoque en los derechos sexuales y reproductivos, mi-
gración, y los roles de la sociedad civil organizada en la definición de
prioridades en salud (a nivel local e internacional), procesos de toma
de decisión y rendición de cuentas.

Cécile Lachenal
Doctora en Derecho Público por el Instituto de Altos Estudios de
América Latina de la Universidad de la Sorbona Nueva-Paris 3. Ac-
tualmente es Coordinadora Académica de Fundar, Centro de Análisis
e Investigación. Sus temas de investigación son: derechos de los pue-
blos indígenas y género, movimientos sociales, pluralismo jurídico,
desarrollo y derechos humanos.
cecile@fundar.org.mx

541
Parte 1. Estado, partidos y actores sociales

Omar Manríquez
Licenciado en Ciencia Política y Administración Urbana por la Uni-
versidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), con estudios
de Ingeniería por el Instituto Politécnico Nacional; Diplomado en In-
dustrias Extractivas por la Pontificia Universidad Católica del Perú
y en Dinámica No Lineal y Sistemas Complejos por la UACM. En-
sayista en temas de democracia, movimientos sociales, rendición de
cuentas e industria petrolera. Estudiante de posgrado en Ciencias So-
ciales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLAC-
SO). Consultor independiente en Fundar, Centro de Investigación y
Análisis, A.C.
omarmanriquez@live.com • politikomico@gmail.com.

Mariana Mora
Investigadora del área de derechos humanos de Fundar, Centro de
Análisis e Investigación e investigadora- profesora del Centro de
Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIE-
SAS- México). Es doctora en antropología social por la University
of Texas-Austin (2008) y maestra en estudios latinoamericanos por
la Stanford University (2002). Sus temas de investigación incluyen,
movimientos sociales, derechos de los pueblos indígenas y género,
violencia y la formación del Estado. Sus publicaciones más recientes
incluyen, Luchas muy otras‟: Zapatismo y autonomía en las comuni-
dades indígenas de Chiapas (coordinadora junto con Bruno Baronnet
y Richard Stahler-Sholk. 2011); y capítulos en los libros, Globaliza-
ción, Justicia y Derechos Indígenas desde una perspectiva de Género
y Poder: Una propuesta comparativa (Coordinado por María Teresa
Sierra, Rachel Sieder, Rosalva Aída Hernández Castillo. 2012); Con-
tracorrientes: Apuntes sobre igualdad, diferencia y derechos (editado
por Marco Aparicio. 2011.); La autonomía a debate: políticas de reco-
nocimiento y Estado plurinacional en América Latina (Co-editado por
Miguel González, Araceli Burguete, Santiago Ortiz. 2010).
mmora@fundar.org.mx.

542
Notas sobre los autores

Lucio Oliver Costilla


Doctor en Sociología (1972) por la UNAM, México. Posdoctor en
Sociología política por la Universidade Federal do Ceará (Brasil).
Profesor titular C de tiempo completo, adscrito al Centro de Estudios
Latinoamericanos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de
la UNAM. SNI I. Investigaciones sobre Acumulación de capital, Es-
tado en su integridad, ciudadanía y movimientos sociales en América
Latina (México, Brasil, Bolivia, Argentina y Colombia). Docencia en
el Posgrado en Estudios Latinoamericanos de la UNAM: Problemas
teóricos y metodológicos del análisis social y político de América La-
tina. En la Licenciatura en Sociología: taller de Teoría Social Contem-
poránea (Gramsci).
oliverbar@hotmail.com

Kristina Pirker
Socióloga y Doctora en Estudios Latinoamericanos por parte de la
Universidad Nacional Autónoma de México, (UNAM). Becaria pos-
doctoral de la Coordinación de Humanidades/UNAM en el Centro de
Investigación sobre América Latina y el Caribe de la UNAM (2011-
2013). Entre 2005 y 2010 formó parte del equipo de investigadores
e investigadoras de Fundar, Centro de Análisis e Investigación, A.C.
Sus líneas de investigación son: movimientos sociales, movimientos
guerrilleros y militancia en Centroamérica, participación ciudadana y
democracia en América Latina.
kristina_pirker@yahoo.com.mx

Juan Manuel Ramírez Sáiz


Doctor en Ciencia Política por la Facultad de Ciencias Políticas y So-
ciales de la Universidad Nacional Autónoma de México, (UNAM).
Profesor e investigador del Instituto Tecnológico y de Estudio Superio-
res de Occidente, (ITESO). Interesado en el estudio de los movimien-
tos sociales y de la ciudadanía. Ha publicado: Ciudadanía Mundial,

543
Parte 1. Estado, partidos y actores sociales

2006; El acceso a la información pública gubernamental, 2008; Me-


trópolis, asociaciones vecinales y megaproyectos urbanos, 2010; La
gobernanza y los Consejos Económico-Sociales, 2012.
jmramire@iteso.mx

Patricia Safa Barraza


Doctora en Ciencias Sociales con especialidad en Antropología Social
por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología
Social (CIESAS). Profesora-investigadora del CIESAS en Occiden-
te. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, (SNI), Nivel II,
miembro de la Academia Mexicana de las Ciencias. Ha publicado: (con
Jorge Aceves Lozano) (2009) Relatos de familia en situaciones de cri-
sis. Memorias del malestar y construcción de sentido, CIESAS. Vecinos
y Vecindarios en la Ciudad de México. La construcción de la identidad
local en Coyoacán, México, CIESAS / Porrúa, 2001.
psafa@ciesas.edu.mx

Agustín Santella
Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires. In-
vestigador del CONICET con sede en el Instituto de Investigaciones
Gino Germani de la Universidad de Buenos Aires (IIGG-UBA). Pro-
fesor Adjunto interino de Sociología, Facultad de Ciencias Sociales
(UBA). Docente del Doctorado en Ciencias Sociales de la UBA y de
Historia de UNLP. Investiga sobre conflictividad laboral, relaciones
laborales, acción colectiva, sociología del sindicalismo, y teoría social
e histórica.
agustinsantella@gmail.com

Gabriela Scodeller
Doctora en historia, investigadora del Consejo Nacional de Investiga-
ciones Científicas y Técnicas, (CONICET) en el Instituto de Investiga-

544
Notas sobre los autores

ciones Gino Germani de la Universidad de Buenos Aires, (IIGG-UBA).


Investiga sobre el movimiento obrero en Argentina, se focaliza en la
conflictividad política intragremial así como en la importancia de los
procesos de formación de clase. Actualmente indaga sobre experien-
cias de formación político-sindical en América Latina.
g_scodeller@yahoo.com.ar

Pablo Tepichín Jasso


Politólogo y Maestro en Teoría Crítica. Profesor de la Facultad de
Ciencias Políticas y Sociales, UNAM y de la Universidad Iberoameri-
cana. Imparte: Procesos Políticos, Pensamiento Político Mexicano, y
Ética y Política, respectivamente. Interés en las teorías de Carl Schmitt
y de Slavoj Žižek. Publicó un ensayo Slavoj Žižek: Filosofía y crítica
de la ideología, libro coordinado por la Universidad Iberoamericana,
2011.
pablotep@hotmail.com

Natalia G.Traversaro
Licenciada en Comunicación Social en la Universidad Nacional de
Córdoba Argentina; Diplomada en Estudios Avanzados de la Universi-
dad Complutense de Madrid. Actualmente colabora en la Universidad
Nacional de Córdoba; como Doctoranda en la Universidad Complu-
tense de Madrid. Las líneas de investigación están relacionadas a las
prácticas de comunicación en movimientos sociales de Córdoba Ar-
gentina y las articulaciones entre dichas prácticas y políticas de comu-
nicación.
nataliatraversaro@hotmail.com

Rubén AntonioValdés Núñez


Licenciado en Psicología por la Universidad del Valle de México,
Campus Tlalpan. Es presidente del Comité de Usuarios con VIH de

545
Parte 1. Estado, partidos y actores sociales

los Servicios de Salud del Instituto Nacional de Enfermedades Respi-


ratorias (USINER), desde su creación en 2005.
desaruh@prodigy.net.mx

Felipe Varela Ojeda 


Egresado de la carrera de Relaciones Internacionales de la Facultad
de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Es investigador en el
área de Transparencia y Rendición de Cuentas de Fundar, Centro de
Análisis e Investigación A.C. Sus líneas de investigación son acceso a
la información, transparencia y rendición de cuentas con énfasis en el
presupuesto federal asignado a la prevención del VIH/sida en México.
felipe@fundar.org.mx

Carmen Elena Villacorta


Licenciada en filosofía por la Universidad Centroamericana José Si-
meón Cañas UCA (San Salvador, El Salvador, 2002), misma insti-
tución en la que se desempeñó como analista política, articulista y
docente. En 2010 obtuvo la Maestría en Estudios Latinoamericanos
de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). En la ac-
tualidad, cursa el Doctorado en el mismo programa de Posgrado. Sus
temas de investigación son: teoría de la democracia en América Latina
y construcción de la democracia en El Salvador.
carmenelena.villacortazuluaga@gmail.com

546