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Potemkin ediciones

Núm. 1 agosto 2013

Con carta de Giovanni Quessep a José Lezama Lima


INDICE

Vacas hongos y leones: Marosa di Giorgio

Ochenta: Giorgio Manganelli

Nan Goldin

Cinco poemas: Eugenio Montale

La bañera: Dolores Labarcena

Estrategia de la garrapata: Severo Sarduy

El desagüe: Ernst Jünger

Carta de Giovanni Quessep a José Lezama Lima

Revista Diásporas: Edición Facsímil


Vacas hongos y leones

Marosa di Giorgio

Con asombro vi pasar un hongo, un topo familiar, sombrío, pasó una


princesa sioux, pasaron rosales charlatanes. “Rodas, Rhodes, Roses”,
decían.

Pasó Perón, pasó un clavel, o mejor, “lo clavel”, porque hubo un perfume
cegador, y un rayo rojo como un rayo me envolvió.

-Di (dije a alguien que no estaba o que estaba y no hacía caso), ¿cuándo se
levantará el alba eterna, caerá la tarde de esta vida?

Los leones rondaban la casa. Los leones siempre rondaron. Siempre se


dijo que los leones rondaron siempre. Parecían salir de los paraísos y el
rosal. Los leones eran sucios y dorados.

Eran muy bellos. Los ojos como perlas. Y un broche brillante en el pecho
entre aquel pelo áureo. Los leones entraron a la casa. Corrimos a esconder
los floreros de sal, de azúcar, el cometa Halley, las queridísimas sábanas
nevadas, la colección de estampillas. Y a traer los sudarios.

Los leones eran al mismo tiempo, presentes e invisibles. Al mismo


tiempo, visibles e invisibles. Se oía el rumor de la leche que robaban, el
clamor de la miel y la carne que cortaban. Llevaron hacia afuera a la
abuela oscura, la que tenía una guía de rositas alrededor del corazón. Y la
comieron fríamente. Como en un simulacro.

Y -¡como si hubiese sido un simulacro!- ella tornó a la casa y dijo: -Los


leones rondaron siempre. Están delante de los paraísos y el rosal.

Dijo: -Los leones están acá.


El alma de Clementina Médici es una gasa gris, blanca, que viene de
metros y metros; a ratos, tiene un bordado en hilos de colores; a ratos,
tiene un olivo de Jerusalén. En un nudo de esa seda anida el Diablo; quedo
pasmada ante sus develaciones, reverberos. Yo quisiera huir, pero
Clementina Médici Mi Madre, me viste de novia a cada instante, de la
cabeza a los pies; me pone una cosa blanca delante de los ojos; yo quisiera
irme, pero es imposible; nado en esa tela, perezco, resucito, desaparezco,
como una mariposilla en un jardín.

La vaca vino a hablar con mi padre. Él la recibió en su escritorio. La vaca


hablaba con voz ronca, en nombre de sí, y de las otras vacas.

Recordó el día de hielo en que nacía, la madre que la bañaba y le dio la


leche, el cyclamen que trajo en las sienes al nacer, como reflejo de su sino
triste, del cuchillo.

Afuera están el Jazmín del Paraguay, todo nevado de azul, azúcar y rocío,
y las tortugas andando inmóviles bajo el plato, serias y despreocupadas.

La vaca hablaba con voz ronca, en su nombre y en el de las otras vacas.


Papá le miró el áspero mantón y los redondos zapatos naturales.

Mamá y sus primas se asomaron a escuchar.

La vaca miró a papá con ojos color de agua.

Papá bajó los suyos, sin prometerle nada.


Ochenta

Giorgio Manganelli

Cuando fue nombrado guardián de los retretes públicos, experimentó al


principio una cierta humillación; y no cabe duda de que su tarea era, y es,
humilde. Debía limpiar las tazas, fregar los suelos, dar papel a quien se lo
pedía, abrir el retrete con bidet a los clientes exigentes. En la escala social
de la sociedad en que vive, pertenecía y pertenece a un escalón muy bajo,
mucho más bajo del barrendero que trabaja al aire libre; él, en efecto, pasa
en los retretes muchas horas al día, y jamás ve el sol, ya que los retretes
son subterráneos, y están abiertos de la mañana a la noche. Su retrete es
solo para hombres, y eso le alegra, ya que es un temperamento tímido y se
sentiría muy embarazado de tener que abrir un retrete a una señora. El
ambiente en el que trabaja es húmedo, siempre tibio, con una temperatura
que no cambia mucho de estación a estación; el servicio no es perfecto,
porque con frecuencia falta el agua, o uno de los lavabos no funciona, y la
gente que ha orinado hace cola para lavarse, o sale con las manos sucias, y
eso no le parece justo. Cobra un sueldo, y los usuarios de los urinarios
suelen darle una pequeña propina; sin embargo, durante mucho tiempo lo
ha pasado mal. Gradualmente ha comenzado a sentirse mejor, no ya
porque no sienta la miseria de su trabajo, sino porque ahora lo siente
simplemente como un trabajo. Ha llegado, incluso, a experimentar un
cierto orgullo, el hecho de ocupar un lugar tan bajo en la escala social le
confiere una dignidad, ya que los guardianes de retretes no pasan de una
decena en toda la ciudad, y son el punto más bajo, un punto extremo por
tanto, y no todo el mundo es capaz de llegar al punto extremo de alguna
cosa. Ahora, además, le está ocurriendo otro cambio: se da cuenta, en
efecto, de que el hombre que orina, el hombre que se encierra para defecar
es algo radicalmente diverso al hombre que camina por las calles de la
ciudad, es un hombre que no miente, que se reconoce criatura, tránsito de
comida, perecedero, y junto con aquel que, apoyado en los azulejos, está
orinando, él ve al hombre desesperado por las propias heces, por la
siniestra eficiencia de su cuerpo, por la incertidumbre acerca de lo que
significa que el ser humano utilice los genitales para orinar. El lugar
ínfimo también es una catacumba, y el guardián de los retretes descubre
que el gesto de orinar contiene una súplica, es la suciedad y la realidad, lo
ínfimo y lo supremo; y él considera ahora su urinario como una iglesia, y a
sí mismo como oficiante.
Nan Goldin

La gente que aparece en mis fotos dice que estar con mi cámara es como
estar conmigo. Es como si mi mano fuera una cámara. En la medida de lo
posible, no quiero que haya ningún mecanismo entre el momento de
fotografiar y yo. La cámara es parte de mi vida cotidiana, como hablar,
comer o tener sexo. Para mí, el instante de fotografiar, en vez de crear
distancia, es un momento de claridad y de conexión emocional. Existe la
idea popular de que el fotógrafo es por naturaleza un voyeur, el último
invitado a la fiesta. Pero yo no soy una colada; esta es mi fiesta. Esta es mi
familia, mi historia.
Cinco poemas

Eugenio Montale

Poesía

El angustiante problema
de si la inspiración es en frío o en caliente
no concierne a la ciencia térmica.
El raptus no produce, el vacío no conduce,
no hay poesía en sorbete o al asador.
Se trata más bien de palabras
un tanto inoportunas
que tienen prisa de salir
del horno o la nevera. El hecho
no tiene mayor importancia. Apenas salen
y ya miran alrededor con aire de decirse:
¿qué hacemos aquí?

Con horror
la poesía rechaza
las glosas de los escoliastas.
Pero no es cierto que la demasiado muda
se baste a sí misma
o al utilero que tropieza con ella
sin saber que él mismo es
el autor.
Aunque me queda poco espero encontrar
el modo de ofrecer al próximo tirano
mis pobres cármenes. No me pedirá sangrías
como Nerón a Lucano. Querrá una loa espontánea
que brote de un corazón agradecido
y la tendrá en abundancia. Así podré
dejar un rastro perdurable. En poesía
lo que cuenta no es el contenido
sino la Forma.

Elogio de nuestro tiempo

No se puede exagerar lo suficiente


la importancia del mundo
(del nuestro, digo)
probablemente el único
en el cual se pueda matar
con arte y a la vez crear
obras de arte destinadas a perdurar
todo una mañana, si bien hecha
de milenios y más. No, no se puede
magnificar lo suficiente. Sólo
apresurarnos pues podría
no estar lejos
la hora en que se hinche demasiado
según el famoso apólogo la rana.
La única ciencia que queda en pie
la escatología
no es una ciencia
sino algo del todo cotidiano.
Se trata de migajas que escapan
sin ser sustituidas
Qué importan las migajas murmura
el vidente; apenas queda el pastel
aquí y allá mordido y un tanto desinflado.
Todo depende de una buena maduración;
cien años más que diez, mil años más que cien
le darán más sabor.
Desde luego será más dichoso,
sin saberlo, el catador futuro
y “el resto es literatura”.

Trad. Pedro Marqués de Armas


La Bañera

Dolores Labarcena

Que sepamos, en 1903 no había calefacción, el agua era fría como la pata
de un muerto, pero se calentaba a trote en cubos que daban el lleno a la
noble adquisición, la bañera. Imagino a la señora Curie, preguntándole a
Pierre, antes de tomar el baño: ¿Qué tienes ahí, amor? Refiriéndose a la
retama de ñañaras que simulaban crustáceos podridos y que eran, desde
hacía tiempo, el atuendo proverbial para cualquier parte de su cuerpo.
Nada, Marie, me quemé, una partícula que saltó, un átomo.

Si algo me atrae de estas vidas dotadas de sapiencia, no es lo que lograron


revelar, ya se ha hablado largo y tendido de ello, sino ese instante en el
que salieron como ratas de su laboratorio, de las probetas y de los cálculos,
y se compraron, al fin, una bañera. Buena elección, con el premio que
obtuvieron en metálico, pues había quien compraba monos y hasta
momias de Pachacamac. En esos años era algo chic.

Confieso que me encantan las bañeras, lo mismo da si ordinarias, o con


patas de león, floreadas, con masajeadores acuáticos…, etc. Hechas a tu
medida. El catálogo es alentador. El mundo revienta de depósitos.

Desde que se tiene memoria, hundirse en aguas remansadas ha sido un


acto placebo para filósofos, aristócratas, poetas, y hasta actores; algunos
obligados a repetir cincuenta veces una misma escena. ¿Recuerdan la
actriz de Psicosis? No muchos quisieran estar en su pellejo luego de ver,
con un nudo casi gordiano en la garganta, la cantidad de puñaladas que le
caen arriba en cada proyección de la película, y esto desde la premier.
Unos segundos de terror en los que Hitchcock no se ahorró ni el agua ni el
sirope de chocolate, era en blanco y negro.

El cine no es la vida, claro está, y las bañeras tienen su encanto, la gente se


arroja en ellas a cavilar. No son pocas las invenciones que han cuajado en
lugar tan estrecho. Cuánto se habrá dilatado en sus aguas la señora Curie,
pensando en su polonio, honor que le haría a Polonia, su país natal.
Cuántas mariposas aleteaban en su estómago. Lo aislé. Bien, pero no era la
respuesta, ¿para qué sirve?
Los científicos son caballos de competición, el público está en las gradas.
Sin ir más lejos, una tarde el señor Curie, mientras cruzaba la calle,
resbaló, cayendo sin remedio bajo las ruedas de un coche que le destrozó
el cráneo. ¿Quién sabe lo que tenía en la cabeza, si el polonio o ir al
barbero? La viuda, luego de velarlo tapó la caja y siguió fiel, sí, pero a sus
experimentos. Lista para asumir la tarea, debía probarle a la humanidad
que su objeto de estudio daría frutos, y no sólo terapéuticos. De ahí que
fuera asediada por físicos y productores de cosméticos que hicieron mal
uso del material radiactivo. Pero en casa del herrero cuchillo de palo. La
señora Curie, no pensó ni un momento que su éxito sería la entrada
triunfal de su epitafio en la lápida. Y enfermó como es lógico, sin saber
qué era lo que incubaba su cuerpo. Menos mal que la muerte le ahorró el
mal trago de descubrirlo.

De todos modos, me deleito con esa imagen laxa y un tanto impúdica del
día en que chapotearon por primera vez en la bañera. Victoriana, de
Shanghái, de cobre, de época con respaldo, colonial, regente,
probablemente blanca; da igual el tipo o modelo que sea, estaban allí como
dos tórtolos. Fue uno de los regalos más significativos que se propinaron
los padres de la radiactividad cuando les dieron el Nobel. Microondas,
quizás dijo Marie a Pierre, con una sonrisa coqueta. ¿No te parece más
expansiva que horno?
Estrategia de la garrapata

Severo Sarduy

La garrapata, decía Roland Barthes –que extraía el dato de dios sabe qué
libertino manual de entomología- espera a veces años y años, trepada a la
rama de un árbol y en estado de somnolencia, o de coma ligero, hasta que
pase por debajo un codiciado animal de sangre caliente.

Se tira entonces, inmediata y ciega, con la puntería infalible de lo


instintivo, y se incrusta en la piel de su presa, hasta morir, harta de esa
jalea negruzca y tibia, saciada al fin la espera.

Después de veinte años de leales servicios –como se dice en esa


despreciable jerga- a la empresa, y de una fidelidad vecina a la adulación o
la penitencia, cometo, en el burdo manejo de unos papeles, un error
mínimo.

-Al fin, me llama el jefecillo, harto y orondo -¡te cogieron con las manos en
la masa!

Como si yo fuera un consuetudinario de la falta, un aprovechado, o un


granuja.

¿Desde cuándo esperaría, trepado, el olor de la sangre?


En el desagüe

Ernst Jünger

Goslar está bañada por el Gose, un angosto riachuelo que según el plano
de Frankenberg desemboca en la ciudad y prosigue de nuevo su curso a
través de un gran canal que cruza la muralla urbana. Este punto débil se
encontraba cubierto antaño por el Wasserburg, un edificio que pertenece a
los tesoros desconocidos de la ciudad y que se ha conservado muy bien.

Intramuros, al Gose se le llama desde tiempos remotos el “desagüe”; ese


nombre siempre se me ha antojado ingenioso como designación de las
aguas sucias y residuales. Sin embargo, hasta donde alcanzo, se remonta al
término latino aquaeductus a través de la forma Agetocht, a mi juicio,
menos apropiada. Es un bello ejemplo de cómo la lengua popular digiere
un vocablo extranjero.

Durante mi paseo diario alrededor de la fortificación doblo a menudo por


el canal de Wasserburg y hago el camino de vuelta a lo largo del desagüe.
Friedrich Georg, un día que me acompañaba, hizo que reparara en una
figura sumergida en el agua, que al principio tomamos por uno de esos
muñecos de peluche de los niños. Sin embargo, al contemplarlo de cerca
descubrimos que se trataba de un corderillo minúsculo, que aún exhibía el
cordón umbilical. La figura, que a un primer golpe de vista fugaz nos
había divertido, nos causó enseguida repugnancia, sobre todo a medida
que reconocíamos con más nitidez que no era sino la postrera imitación de
una forma viviente, y además compuesta por grumos finísimos de fango
que temblaban en la corriente.

Descubrir que una aparición, como en este caso, de algo entrañable, no es


sino una ilusión óptica y que, en el fondo, tras ella se oculta la nada no me
resulta nuevo y, sin embargo, despierta siempre inquietud. Así, a veces
nos encontramos con ojos que se dirían formados por un fango turbio y
helado y que delatan el grado máximo de impasibilidad humana. Existe
hoy una nueva clase de espanto similar al que nos sobresalta cuando nos
topamos con un cadáver oculto en el agua; encuentros en los que se
insinúa una situación teológica absolutamente concreta y frente a los
cuales el ser humano se ve necesitado del amparo, largo tiempo olvidado,
de los severos preceptos purificadores.

Por el contrario, el caso inverso, cuando el muerto se revela vivo, resulta


aliviador. Creemos ver, por ejemplo, un trozo de madera enmohecida, y
en ese mismo instante salta una gran langosta al mismo tiempo que bajo
sus élitros grises se despliega un par de alas luminosas.
Carta de Giovanni Quessep a Lezama… en la que le solicita poemas para la
revista colombiana de poesía Golpe de Dados. Se trata de un original mecanografiado
aparecido en un ejemplar de la primera edición de Paradiso, propiedad del poeta Almelio
Calderón Fornaris, a quien agradecemos el habernos obsequiado este documento.
Revista Diáspora(s). Edición Facsímil (1997-2002)

Presentamos en este volumen la primera edición facsímil de la revista


Diáspora(s) (1997-2002), uno de los documentos más relevantes de la
literatura cubana de las últimas décadas. La revisión de la tradición de las
letras del país, el desmarque del eje Literatura-Nación, la apertura del
pensamiento hacia otras latitudes, el rescate de voces desplazadas, o el
reclamo de un espacio independiente para el intelectual de la isla, fueron
algunas de sus señas de identidad. Sus propuestas ideoestéticas,
conectadas con un deseo de revanguardización de la escritura, avivaron el
debate a finales de siglo, dentro y fuera del campo literario. A pesar de
ello, la publicación en sí fue, en realidad, poco visible. Su concepción
clandestina, a la manera de los samizdat, hizo que circulara en fotocopias
y llegara a un público muy limitado. En la actualidad, sin embargo, el
interés por la revista –y el grupo que la generó– renace en países como
Cuba, EE.UU., Brasil o España, y aún está por determinar su importancia
en la historia de la literatura cubana. Acompañamos la revista con el
análisis y la valoración de diversos escritores y críticos que, de distinto
modo, estuvieron cerca de aquella aventura. Incluimos también el
testimonio de los autores responsables del proyecto, el llamado grupo
Diáspora(s).

Autores varios (Ed. Jorge Cabezas Miranda)

Nota editorial: linkgua-digital.com


Referencias

Marosa di Giorgio (1932-2004). Poeta uruguaya. Con el título Los papeles salvajes
se recopilaron a partir de 1989 sus obras completas. Los poemas fueron tomados
de Medusario. Muestra de poesía latinoamericana (FCE, 1996).

Giorgio Manganelli (1922-1990). Escritor italiano. “Ochenta” forma parte de


Centuria, uno de sus mejores libros, así titulado por contener cien ficciones breves
(Anagrama, 1990).

Nan Goldin (1953). Fotógrafa norteamericana. Una de las más radicales desde
los años sesenta. Registra el mundo del sexo y la droga, y a sí misma como parte
y sobreviviente.

Eugenio Montale (1896-1981). Poeta italiano. Uno de los más grandes del siglo
XX.

Dolores Labarcena (1972). Poeta cubana. “La bañera” pertenece al cuaderno de


prosas Esto es…

Severo Sarduy (1937-1993). Escritor cubano. “Estrategia de la garrapata” es parte


de cuaderno de prosas y apuntes El Cristo de la rue Jacob (1987).

Ernst Jünger (1895-1993). Escritor alemán. El desagüe fue tomado de El corazón


aventurero (Tusquets, 2003).

Giovanni Quessep (1939). Poeta colombiano. Uno de los fundadores de la revista


Golpe de Dados.
Potemkin ediciones