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LOS PODERES DE HECHO Y EL HECHO DEL PODER

Mario Ruiz Sotelo

La historia de México es en buena medida la de sus poderes fácticos. De hecho, le preceden


a su existencia. Aun desde sus inicios, el mundo virreinal fue controlado por ellos, haciendo
caso omiso de las disposiciones centrales de la corona bajo la cínica sentencia “Acátese
pero no se cumpla”. Pero lo peor es que no estamos hablando de una mera anécdota
histórica, sino de un dato que refiere una estructura contra la que se ha luchado, con
frecuencia infructuosamente, en la conformación de las instituciones del Estado. Fue así en
las durante las disputas por el poder en el XIX, pasando por la revolución y lo mismo en el
régimen que le sucedió. Y lo es en los inicios del XXI. Hagamos pues un breve recuento de
este proceso y busquemos perfilar algunas líneas para su posible superación.
Desde antes que su estructura política virreinal fuera articulada ya los poderes de hecho
mostraron su capacidad para imponerse a los controles del Estado. En 1499 la propia reina
Isabel la Católica reprendió a Cristóbal Colón por iniciar el tráfico de esclavos sin su
consentimiento. Posteriormente, en 1542, el hombre más poderoso de occidente, Carlos V
se hizo partícipe de los argumentos de Bartolomé de las Casas y proclamó una reforma a la
legislación de las Indias que se conoció como las “Leyes Nuevas”, en donde se prohibía
heredar las encomiendas a la generación siguiente, buscando terminar así el flagelo que
representaba para los indios esta forma de explotación y el precario beneficio que la Corona
sacaba de ello. Como resultado del inicio de su aplicación, los encomenderos protestaron
sistemáticamente provocando en el caso del Perú el asesinato del virrey Blasco Núñez Vela
y en Nueva España la hostilidad de la oligarquía chiapaneca hacia el obispado de Las
Casas.
Durante el siglo XVII el poder fáctico se consolidó, particularmente el ejercido por la
Iglesia, en sus rubros secular y regular, los comerciantes y hacendados. Las reformas
borbónicas emprendidas en la segunda mitad del XVIII fueron justamente una acción
estatal articulada bajo el signo del despotismo ilustrado con la finalidad de desmantelar el
poder fáctico y ponerlo al servicio del imperio. Aun cuando la Iglesia recibió duros golpes,
como el inicio de la desamortización de bienes y la obligación de pagar impuestos,
mantuvo amplios cotos de poder, amén de que el poder borbónico generó nuevos grupos de
interés, como el de los mineros, los comerciantes y el ejército, los que paulatinamente se
convirtieron en el poder auténtico del virreinato.
Siendo así, la lucha por la independencia no puede entenderse sólo como el afán de
separarse del España, ni tampoco como un conflicto interétnico entre criollos y gachupines,
sino como la disputa por el control político entre la oligarquía virreinal y los grupos que
pretendían formar un orden diferente. Se manifestó así desde el inicio, cuando en 1808,
ante la ausencia de Fernando VII por la invasión napoleónica, los representantes del
Ayuntamiento de la Ciudad de México, encabezados por Francisco Primo de Verdad,
propusieron que un congreso con los representantes de los cabildos asumiera el gobierno
temporal, demanda que habría dejado en minoría a los miembros de los poderes fácticos.
Fue entonces que éstos, en consecuencia, mandaron apresar al Licenciado Verdad y sus
seguidores e hicieron nombrar un nuevo virrey, un gobernante espurio, ilegítimo por no
provenir de la autoridad monárquica al igual que sus sucesores mientras no saliera libre el
monarca hispano. Es esta la razón por la que el cura Hidalgo grita ¡viva Fernando VII!
¡Muera el mal gobierno! Siendo la primera exclamación una estratagema, pues no había
tras ella una auténtica inclinación monárquica, sino, junto a la segunda idea, una clara
referencia al orden ilegítimo instalado por la oligarquía golpista, a la que buscó derrocar en
su alianza con los sectores populares. Como es bien sabido, Morelos continuó la línea
política de Hidalgo, profundizándola y dándole ya un abierto carácter no sólo
independentista y popular, sino constitucional y republicano, pretendiendo con claridad la
búsqueda de de un orden diferente al imperante. Ambos esfuerzas, sin embargo, fueron
derrotados. La consumación de la independencia comenzó a fraguarse hasta 1820, justo
cuando Fernando VII se ve obligado a jurar la Constitución de Cádiz, con la cual se
atacaban los intereses eclesiásticos y comerciales. En consecuencia, los viejos poderes
fácticos de matriz colonial reaccionaron demandando la independencia y la monarquía
porque así se mantendrían intocados sus privilegios, y demostrando con la dicha
consumación que, en efecto, eran ellos el verdadero mando, y que México no era sino el
disfraz que embozaría la estructura de poder del viejo régimen.
Fue así que el nuevo país nació viejo y enfermo. Las corporaciones antiguas impedían la
creación de instituciones nuevas. El Estado existía en el papel, pero no en los hechos. Esa
vulnerabilidad motivaría las agresiones externas de España, Francia y Estados Unidos. La
de éste sería con mucho la que más daños causaría. Estados Unidos emprendió una guerra
de conquista contra México en 1846 encontrando a su paso un ejército desorganizado y un
país desunido. Cuando el presidente Gómez Farías en plena guerra solicitó a la Iglesia su
cooperación para enfrentar a los invasores armaron como respuesta una rebelión que fue
llamada de los polkos, porque en los hechos apoyaba al presidente Polk, quien dirigía al
ejército invasor. La propia Iglesia recibió a los estadounidenses en Puebla con beneplácito y
honores. Los poderes de hecho manifestaban así que preferían perder el país a perder su
poder.
Benito Juárez encabezó la primera gran victoria sobre los poderes de la Iglesia y, en
consecuencia, vale considerarlo el auténtico fundador del Estado mexicano. La resistencia a
su movimiento significó enfrentar la guerra civil de tres años y luego otra contra los
invasores franceses, de la que surgió la efímera usurpación de Maximiliano. El viejo poder
paralelo demostró que realmente era capaz de todo antes que ceder sus canonjías. Con todo,
pudo ser establecida una nueva estructura política basada en los lineamientos de corte
liberal.
Pero la ilusión del cambio duró poco. La estructura oligárquica sobre la que se fundaba la
sociedad mexicana provocó que durante el porfiriato se generara sobre la vieja propiedad
eclesiástica una nueva oligarquía terrateniente nacional apoyada por otra extranjera, las que
generaron nuevamente un poder paralelo, desarrollando entonces un maridaje feliz con el
régimen dictatorial. Feliz, claro, para ellos. El común de la población se formaba en el
miedo a la represión, los levantamientos aplastados, en destierro forzoso. El México
bárbaro tributario de la nueva oligarquía.
Ese el marco bajo el que se explica el estallido de la revolución. Madero, su iniciador,
pretendió un levantamiento breve que terminara con la dictadura pero respetara el orden
establecido. Zapata y los suyos, en cambio, pretendían acabar con la estructura del poder
económico. Ante la carencia de autoridad de mando de Madero, la embajada
estadounidense decidió intervenir en nombre de los suyos para que se hiciera prevalecer los
intereses establecidos en el régimen anterior, apoyando así el golpe de Estado y la
usurpación de Huerta, actos que propiciaron la extensión y generalización del conflicto.
¿Quién ganó esa guerra? Ciertamente no quienes la comenzaron. Al final fue la dirigencia
militar la encargada de formar el nuevo Estado, edificado bajo el estigma de los miles de
muertos y la sospecha permanente de que sus vidas se habían sacrificado en vano.
En el régimen posrevolucionario no sería sino hasta el gobierno del general Cárdenas que
se tocan sustantivamente los privilegios articulados durante el porfiriato, particularmente
con la expropiación petrolera y la reforma agraria. El costo a pagar, sin embargo, fue
bastante elevado. La sacralización del movimiento revolucionario la formación de un
partido tan grande que no cabían los demás. Por lo menos, no para tomar decisiones. ¿por
qué gobernó tantos años el PRI? Sin duda operó en ello la memoria de la terrible guerra
precedente. El miedo a que se repitiera. Pero también y principalmente su capacidad para
organizar e integrar en él a diferentes sectores sociales: obreros, campesinos, trabajadores
no asalariados, empresarios e incluso intelectuales que, a cambio, les conculcó la iniciativa
propia. En torno a tales sectores se conformaron nuevos organismos, corporaciones de
nueva factura que se conformaron como poderes paralelos bajo los cuales descansaría la
envidiable estabilidad ocurrida durante siete décadas. El autoritarismo se convirtió en la
clave para entender al nuevo régimen que en ese sentido, por cierto, no era nada nuevo.
Cuando los trabajadores ferrocarrileros pretendieron en el 58 y 59 organizarse por su cuenta
la respuesta fue la cárcel; cuando los estudiantes quisieron dialogar en el 68 les mandaron
al ejército. Cuando en el 29, 40, el 52 o el 88 un amplio sector de la población se decidió a
votar por un candidato opositor se operó en consecuencia el fraude.
Pero fue a partir de mismo 88 que el régimen autoritario pareció herido de muerte porque
desde entonces comenzó a desarrollarse una insurgencia cívica articulada lo mismo bajo
organizaciones sociales de diferente tipo, rompiendo paulatinamente los efectos del control
político ejercidos por el corporativismo posrevolucionario, propiciando, entre otras cosas,
una serie de reformas electorales donde podemos situar concretamente el desarrollo de la
llamada transición a la democracia, producto de la cual, en el 96, el gobierno perdió la
capacidad de organizar las elecciones. Eso fue lo que propició que en el 97 el PRI perdiera
la mayoría en el Congreso y en el 2000 la presidencia de la República.
Aunado a lo anterior debemos considerar que el modelo neoliberal tiene por principio
central justamente aquel que se resume en la frase:”El mejor Estado es el menor Estado”,
por lo cual el enorme corporativismo estatal comenzó a ser abandonado selectivamente por
los diferentes gobiernos surgidos a partir de los 80. No obstante, a cambio de esos viejos
poderes fácticos surgieron otros. Las empresas públicas fueron privatizadas frecuentemente
a empresarios comprometidos políticamente con los gobiernos en turno, creando así un
sector oligopólico cercano al régimen, aun más sometido que en la etapa anterior. Como
ejemplo emblemático del mismo bien pueden señalarse los medios de comunicación que,
como en el caso de TV Azteca, creada en 1994, se convirtieron en un aliado vital que, a
cambio de su propaganda oficialista, gozaría el fortalecimiento de sus prerrogativas e
incluso la impunidad en sus frecuentes infracciones a la ley. Asimismo, el nuevo sector
empresarial ha conseguido representantes directos en el Congreso, como el sonado caso de
Fernández de Cevallos en su defensa de Jumex o la vistosa influencia obtenida en su
momento por el célebre Kamel Nacif.
Por otra parte, los vestigios del antiguo corporativismo han logrado adecuarse a las nuevas
circunstancias mantener su carácter funcional. La docilidad de buena parte de las
organizaciones sindicales sigue siendo plenamente vigente, destacando en este rubro el caso
del SNTE, sobre el cual se ejerce una cacicazgo vertical y que ha prohijado la formación de
un partido propio (Nueva Alianza), diputaciones y varias carteras del gobierno federal e
incluso en el propio IFE..
Y el poder fáctico más antiguo de todos, la Iglesia Católica, ha ganado terreno bajo la
circunstancia neoliberal, ganando terreno en su protagonismo político y gozando también
de impunidad plena cuando algunos de sus miembros han sido exhibidos en delitos
comunes como el de la pederastia.
Así pues, el desarrollo del modelo neoliberal ha generado el crecimiento de los poderes
fácticos que le permiten un mejor funcionamiento. Ese es uno de los marcos de referencia
que debe estar en el marco del análisis de la llamada transición democrática. La
connivencia entre esos poderes y los del propio gobierno federal sin duda están detrás de
los obstáculos al proceso de transición observados a partir del 2004 y que se expresaron,
primero, en proceso de desafuero contra el Jefe de Gobierno de la Ciudad de México,
Andrés Manuel López Obrador, y posteriormente en la campaña electoral, donde hicieron
causa común lo mismo el Presidente que los protagonistas de los poderes paralelos,
violando todos la ley, hecho reconocido explícitamente por la máxima autoridad electoral
que, contra su propia jurisprudencia, decidió pasar por alto las faltas y se convirtió en una
institución ejemplar no por su capacidad de hacer justicia, sino por su promoción pública de
la impunidad de los actores políticos dejando explícitamente menoscabada no sólo la
transición a la democracia , sino el Estado de derecho.
Por lo visto en nuestra exposición, queda clara la presencia de los poderes fácticos como
uno de los grandes obstáculos a vencer para la construcción de las instituciones del Estado
y de su vida democrática. Los poderes de hecho se han constituido en uno de los hechos de
poder definitorios de los procesos históricos fundamentales de nuestra historia, dejando su
sello en las estructuras oligárquicas que ha formado y en la consecuente injusticia social
que le sucede. El auténtico desmantelamiento del sistema autoritario debe traducirse en una
permanente acotación de aquellos poderes paralelos, sin la cual la anhelada consolidación
democrática seguirá siendo, como lo es hoy, una intangible quimera.