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DOS DÉCADAS DE ESCALAMIENTO DEL CONFLICTO ARMADO EN


COLOMBIA
(1986 - 2006)

Camilo Echandía Castilla

Universidad Externado de Colombia


Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales

Centro de Investigaciones y Proyectos Especiales


Observatorio de Políticas, Ejecución y Resultados de la Administración Pública

Línea de Negociación y Manejo de Conflictos

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Bogotá, Mayo de 2006

A la memoria de mi hermano Darío

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CONTENIDO

PRESENTACIÓN

EL AUTOR

SIGLAS

MAPAS, GRÁFICOS, CUADROS Y TABLAS

CONDICIONES OBJETIVAS Y ESTRATEGIAS EN LA EXPANSIÓN


TERRITORIAL DE LOS PROTAGONISTAS DEL CONFLICTO

Introducción

I. Geografía de la expansión territorial de los grupos irregulares

Las guerrillas
Tendencias municipales en la expansión de la guerrilla
Los grupos de autodefensa

II. Intensidad del conflicto armado y las manifestaciones de violencia

III. Intimidación y poder local

Conclusiones

Bibliografía

INICIOS DE LA PRODUCCIÓN DE AMAPOLA EN ESCENARIOS DEL


CONFLICTO ARMADO

Introducción

I. El desarrollo del cultivo de ilícitos en el marco de las economías de


ciclo corto.

La experiencia agro-exportadora en el siglo XIX

Los cultivos ilícitos como economías especulativas

II. Inserción de la heroína colombiana en el mercado mundial

Producción de amapola y de sus derivados en Colombia

El tráfico de heroína

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Desempeño del mercado mundial de heroína
III. Impacto regional del boom amapolero

Dinamización del conflicto armado en el sur occidente colombiano


Conclusiones

Bibliografía

CAMBIOS EN LA DINÁMICA DEL CONFLICTO ARMADO: IMPLICACIONES


EN LA ECONOMÍA Y EN EL PROCESO DE NEGOCIACIÓN

Introducción

I. Tendencias recientes en la evolución del conflicto armado

II. Lógica de la violencia producida en el conflicto

III. Incidencia en la economía


IV. Implicaciones en el proceso de negociación
Conclusiones

Bibliografía

EL CONFLICTO ARMADO EN MONTES DE MARÍA Y EL


SUROCCIDENTE COLOMBIANO: ENTRE LAS LÓGICAS DE CONTROL
TERRITORIAL Y CONTROL ESTRATÉGICO

Introducción

I. Límites de la estrategia de control territorial en Montes de María

II. La guerra por el control estratégico del suroccidente colombiano

A modo de conclusión: aprendizaje estratégico y geografía

Bibliografía

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ANEXO
Bibliografía temática sobre conflicto armado y violencia en Colombia
Eduardo Bechara Gómez

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PRESENTACIÓN

Con el objetivo de contribuir al debate académico sobre la violencia en el país, el


Centro de Investigaciones y Proyectos Especiales ,CIPE, de la Universidad
Externado de Colombia presenta Dos décadas de escalamiento del conflicto
armado en Colombia 1986 - 2006, publicación de Camilo Echandía Castilla,
profesor titular e investigador de la Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones
Internacionales.

El autor, un reconocido experto en el tema por su amplia experiencia académica y


profesional, examina a través de los cuatro ensayos que componen el libro, los
cambios recientes en el escenario de guerra colombiano, las transformaciones en
la conducta de sus protagonistas y los efectos de la confrontación armada en la
estabilidad política y el desempeño económico del país.

El primer ensayo presenta un análisis del crecimiento de la guerrilla en las décadas


del ochenta y noventa del siglo XX. En el segundo, el autor examina el incremento
registrado en los cultivos de amapola en Colombia, a comienzos de la década del
noventa del siglo pasado, en los escenarios del conflicto armado localizados en el
suroccidente del país (Nariño, Cauca, Huila y Tolima). Los dos capítulos finales
giran en torno a la dinámica reciente del conflicto armado y las perspectivas de
paz. El libro finaliza con una completa bibliografía temática sobre violencia y
conflicto armado en Colombia.

Basándose en una rigurosa evidencia cartográfica, aspecto poco desarrollado en


los estudios sobre la violencia en Colombia, Echandía examina, en primera
instancia, el proceso de expansión territorial de las organizaciones guerrilleras en
las últimas décadas del siglo XX. Durante este período, los grupos alzados en
armas incrementaron su presencia en el territorio del país, el número de sus
frentes y los integrantes en sus filas. Lograron, además, consolidar en torno a
recursos naturales, tanto lícitos -oro y petróleo- como ilícitos -coca y amapola,
economías de guerra que les permitieron contar con los medios para financiar sus
estrategias y planes de guerra.

Los planteamientos expuestos por el autor permiten discutir las interpretaciones


que hacen énfasis, por una parte, en el carácter esencialmente bandoleril de la
guerrilla y, por otra, en las condiciones objetivas1 como explicación de su
presencia.
Echandía destaca cómo la aparición de nuevas estructuras armadas de la guerrilla
se produjo en zonas caracterizadas por su dinamismo económico, próximas a los
centros políticos y administrativos más importantes en el ámbito nacional. Su

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Por "condiciones objetivas" se entienden las realidades políticas, sociales y económicas que
generan un grave deterioro de las condiciones de existencia de no pocos sectores de la población.
En un sentido amplio, la exclusión política, la pobreza y los profundos desequilibrios configuran las
causas objetivas de la violencia, fenómeno que se produce cuando la sociedad ve obstaculizado su
desarrollo, debido a las limitaciones que provienen de las estructuras sociales mismas, producto de
relaciones basadas en la desigualdad.

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presencia y expansión no es el resultado de un proceso aleatorio, sino que
obedece a cálculos estratégicos en función de consideraciones políticas,
económicas y militares.

Adicionalmente, la evidencia presentada deja con poco piso la creencia común de


que alrededor del ochenta por ciento de los homicidios en Colombia corresponde a
una violencia cotidiana, de carácter impulsivo, desligada del contexto del conflicto
armado y de los propósitos estratégicos de sus protagonistas, que simplemente
surge de la intolerancia de la mayoría de la población; rasgo derivado de una
supuesta "cultura" de la violencia, presente en la sociedad colombiana a lo largo
de toda su historia.

Los patrones observados a nivel municipal muestran una muy estrecha relación
entre la expansión de los grupos insurgentes, el surgimiento de organizaciones
armadas ilegales que se les oponen y el incremento de la violencia intencional.

En el segundo ensayo, Echandía se centra en el crecimiento de los cultivos de


amapola, en los primeros años de la década del noventa del siglo pasado, en los
escenarios del conflicto armado ubicados en el suroccidente del país
(departamentos de Nariño, Cauca, Huila y Tolima).

Tal como lo señala, el inicio de la producción de amapola en el país respondió,


fundamentalmente, a circunstancias coyunturales que crearon incentivos para la
expansión de este cultivo ilícito. El boom registrado coincidió con un fuerte
aumento de la presencia de las organizaciones armadas ilegales. Además se
acompañó de un recrudecimiento de la violencia en los territorios donde se
desarrollaron las siembras.

El autor llama la atención sobre los rasgos comunes con las bonanzas de
productos como el tabaco, el añil y la quina, entre otros, durante el auge agro-
exportador del siglo XIX en otras regiones del país.

Las semejanzas se encuentran en las rápidas y traumáticas transformaciones que


experimentaron las zonas productoras para poder responder a la demanda
externa. Es así como en el ámbito local se presentaron cambios profundos en la
estructura de la producción, las relaciones sociales y los patrones de vida
tradicionales, como consecuencia del enriquecimiento repentino de los pobladores
y la intervención de comerciantes, narcotraficantes, terratenientes y
organizaciones armadas ilegales en todos estos procesos.

No obstante, en el caso de la amapola, a diferencia del tabaco, la quina o el añil


en el siglo antepasado, su expansión se enmarca en un contexto particularmente
violento, debido al carácter ilegal que rodea la producción, el tráfico y el consumo
de drogas. Así mismo, la enorme importancia que representan las actividades
ilegales en el financiamiento de los actores organizados de la violencia, hace que
éstos desempeñen un papel preponderante en el control de la producción y la
comercialización de este tipo de productos de carácter ilícito.

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Asimismo, el autor recalca que, a diferencia de lo que ocurre con la cocaína
-donde Colombia tiene unas claras ventajas comparativas frente a otros
competidores-, con los derivados de la amapola tales ventajas eran muy reducidas
y en buena medida podían llegar a su fin una vez desaparecieran los incentivos
estrictamente especulativos que permitieron su aparición.

Los dos ensayos con los que finaliza el libro presentan los cambios recientes en la
dinámica de la guerra y analizan las perspectivas de paz. El primero examina la
evolución del conflicto armado y sus implicaciones en relación con el desempeño
económico y los escenarios de negociación en el país, desde el gobierno de César
Gaviria (1990 - 1994) hasta el período presidencial de Álvaro Uribe (2002 - 2006).
El segundo comprende un análisis de las manifestaciones actuales de la violencia
en la región de los Montes de María en la costa Caribe y en los departamentos de
Nariño, Cauca, Huila y Tolima en el suroccidente colombiano.

De ambos se colige que la confrontación armada en Colombia, lejos de enmarcarse


en un modelo evolutivo, se explica más bien por las sucesivas rupturas
estratégicas que originan cambios en el modus operandi de sus protagonistas.
Echandía enfatiza la sorprendente capacidad de adaptación de los alzados en
armas, rasgo que les ha permitido insistir en la confrontación con el Estado pese a
la prevalencia de un entorno adverso e incierto.

A partir de 2002 es posible observar un cambio en las estrategias y los


movimientos tácticos de los alzados en armas. La decisión del gobierno de Álvaro
Uribe de enfrentar el desafío de los grupos insurgentes con un mayor esfuerzo
militar sobre las estructuras armadas, ha hecho que éstas retomen de su
experiencia anterior los comportamientos propios de la guerra de guerrillas. Se
trata de tácticas de acción que consisten en emboscadas, ataques sorpresivos y/o
atentados que buscan debilitar moral y físicamente al enemigo sin comprometerse
en una lógica bélica directa, que resultaría particularmente costosa para la
insurgencia en las circunstancias actuales. Los Montes de María y el suroccidente
del país ilustran claramente la nueva forma de operar de la guerrilla.

Sin desconocer los resultados positivos en la lucha contra los grupos alzados en
armas, para Echandía es preciso reconocer que difícilmente se conseguirá su
sometimiento por la vía militar. Los resultados obtenidos en este campo deben
interpretarse como una contribución a la creación de las condiciones para negociar
la terminación de la guerra, por cuanto permiten contener la expansión de la
guerrilla y bloquear el acceso a sus principales fuentes de financiamiento, con lo
cual la solución política del conflicto se convierte en una opción.

El autor señala que ante el optimismo manifiesto en el país en términos de lograr


la derrota militar de la guerrilla, los mayores esfuerzos del Estado dirigidos a
transformar la visión positiva que los insurgentes conservan de la continuación de
la guerra deben estar acompañados de una clara disposición de las elites

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económicas a efectuar concesiones, con lo cual estarían madurando las
condiciones para avanzar hacia el logro de la solución negociada del conflicto.

Asimismo, con respecto a las estrategias de las partes en conflicto en el cuatrienio


de Álvaro Uribe, advierte que la fuerza pública y los grupos guerrilleros van por
caminos opuestos. Estos últimos decidieron posponer su objetivo de lograr el
control territorial para buscar, en cambio, el control de posiciones estratégicas que
garanticen su supervivencia y la continuidad de la guerra. En contraste, el Estado
se ha impuesto como objetivo principal lograr el control territorial del suroriente
del país y para conseguirlo desplegó el Plan Patriota, iniciativa que consiste en el
desplazamiento de 27.000 hombres al Caquetá, Guaviare y sur del Meta, por un
período de tiempo no definido, con el fin de golpear los frentes subversivos que
operan en esta zona desde hace décadas.

Los ensayos finales incluyen también una serie de reflexiones en torno a los
interrogantes que suscita el proceso de negociación adelantado con los grupos
paramilitares durante la administración Uribe Vélez, entre los cuales el autor
destaca los siguientes: el primero es si la razón de ser de estas organizaciones es
la confrontación con la guerrilla como se ha manifestado de forma reiterada; el
segundo es si la desmovilización de las estructuras armadas que se produce desde
el año 2003 se traducirá en la desactivación definitiva de este actor de violencia.
Echandía señala con preocupación las manifestaciones urbanas de la violencia que
han surgido en el contexto de este proceso.

Como anexo, el lector encontrará una completa bibliografía temática sobre el


conflicto armado en Colombia y temas relacionados: determinantes, diagnósticos e
interpretaciones sobre la violencia; los actores en conflicto (grupos guerrilleros,
fuerza pública y organizaciones de paramilitares y autodefensas); los estudios
regionales, departamentales y municipales sobre la violencia y la confrontación
armada; los efectos económicos de la guerra y la dimensión económica de la
criminalidad; población civil y enfrentamiento bélico; la caracterización de este
último y las perspectivas sobre la paz y la guerra. El anexo incluye un aparte sobre
conflictos armados y procesos de paz en el mundo y referencias de interés sobre el
tema (publicaciones nacionales e internacionales, centros de estudio e
investigación, páginas de Internet, entre otros). La bibliografía fue realizada por
Eduardo Bechara Gómez, profesional en gobierno y relaciones internacionales de la
Universidad Externado de Colombia y asistente de investigación del CIPE.

CIPE
Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales
Universidad Externado de Colombia

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EL AUTOR

Camilo Echandía es economista, investigador y profesor titular de la Universidad


Externado de Colombia. Es uno de los principales estudiosos del conflicto interno
colombiano y pionero de los análisis sobre su evolución estratégica y la relación con
las condiciones geográficas en las que ocurre. Una parte importante de este trabajo
la ha realizado en las últimas dos décadas en las consejerías presidenciales para la
Reconciliación, Normalización y Rehabilitación Nacional, Defensa y Seguridad
Nacional, la Oficina del Alto Comisionado para la Paz y el Programa de Derechos
Humanos y Derecho Internacional Humanitario. Ha publicado extensamente en
revistas especializadas y en libros individuales y colectivos, entre los que se
encuentran Colombia, inseguridad, violencia y desempeño económico en las áreas
rurales (Universidad Externado de Colombia, Bogotá 1997), El conflicto armado y las
manifestaciones de violencia en las regiones de Colombia (Presidencia de la
República, Bogotá 1999), Violencia, paz y política exterior en Colombia, (Universidad
Externado de Colombia, Bogotá 2004) y Colombia, caminos para salir de la violencia
(Editorial Iberoamericana / Vervuert, Madrid / Frankfurt 2006)

En la preparación de la presente obra el autor contó con la colaboración de Eduardo


Bechara, profesional en Gobierno y Relaciones Internacionales y actualmente
profesor e investigador del Centro de Investigaciones y Proyectos Especiales (CIPE)
de la Universidad Externado de Colombia.

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SIGLAS

Administración del Régimen Subsidiado de Salud ARS


Autodefensas Campesinas del Casanare ACC
Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá ACCU
Autodefensas Unidas de Colombia AUC
Bloque Centauros BC
Corriente de Renovación Socialista CRS
Departamento Nacional de Planeación DNP
Ejército de Liberación Nacional ELN
Ejército Revolucionario del Pueblo ERP
Fuerza Aérea Colombiana FAC
Fuerzas Militares FFMM
Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia FARC
Misión de Apoyo al Proceso de Paz MAPP
Organización de Estados Americanos OEA
Zona de Distensión ZD
Zona de Rehabilitación y Consolidación del Orden Público ZRC

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MAPAS, GRÁFICOS, CUADROS Y TABLAS

CONDICIONES OBJETIVAS Y ESTRATEGIAS EN LA EXPANSIÓN


TERRITORIAL DE LOS PROTAGONISTAS DEL CONFLICTO

Gráficos, cuadros y tablas

Evolución del número de frentes rurales de las guerrillas (1978 - 1998)


Composición de las finanzas de la guerrilla (1991 - 1998)
Intensidad del conflicto en municipios con y sin presencia de coca en 1994
Intensidad del conflicto en municipios con y sin presencia de amapola en 1994
Intensidad del conflicto en municipios con y sin presencia de carbón y petróleo
Intensidad del conflicto en municipios con y sin oro y esmeraldas
Secuestros y ataques guerrilleros (1983 - 1999)
Hombres de las FARC y cultivos de coca (1991 - 1999)
Integrantes autodefensas (1986 - 2000)
Acciones armadas cometidas por grupos de autodefensa (1990 - 2001)
Evolución de la presencia guerrillera según estructuras y tipos de desarrollo
municipal (1985 - 1995)
Comparativo de la actividad armada de la guerrilla (1985 -1991 y 1992 - 1998)
Comparativo de la intensidad de las acciones más recurrentes del conflicto armado
(1985 -1991 y 1992 - 1998)
Participación de las acciones más recurrentes del conflicto armado (1986 - 2002)
Distribución departamental de las acciones más recurrentes del conflicto armado
(1998 - 2001)

Mapas

Actividad armada de los frentes de las FARC en la primera mitad de la década del
noventa, de acuerdo con los períodos en que fueron creados
Presencia territorial de Bloques y Frentes de las FARC
Municipios afectados por la actividad armada de las FARC (1996 - 1998)
Municipios afectados por la actividad armada de las FARC (1999 - 2001)
Presencia territorial de frentes de guerra y frentes del ELN
Municipios afectados por la actividad armada del ELN (1996 - 1998)
Municipios afectados por la actividad armada del ELN (1999 - 2000)
Frentes guerrilleros que se benefician de cultivos ilícitos
Frentes guerrilleros que se benefician de la actividad petrolera
Frentes que se benefician de la actividad minera
Frentes que a través del secuestro y el boleteo obtienen recursos de la agricultura
comercial y la ganadería
Municipios con cultivos de coca en el 2000
Municipios con cultivos de amapola en el 2000
Aproximación al dispositivo de los grupos de autodefensas en 1997
Presencia simultánea de las Autodefensas Unidas de Colombia y cultivo ilícitos
según municipios en el 2000
Municipios con actividad armada de las AUC (1998 - 2001)

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400 municipios con presencia activa de la guerrilla (1986 -1988)
400 municipios con presencia activa de la guerrilla (1989 -1991)
540 municipios con presencia activa de la guerrilla (1992 -1994)
540 municipios con presencia activa de la guerrilla (1995 -1997)
650 municipios con presencia activa de la guerrilla (1998 -2000)
Geografía del conflicto armado en Colombia según intensidad de acción (1996 -
1998)
Geografía del homicidio en Colombia según tasas de cien mil habitantes (1996 -
1998)
Municipios con altas tasas de homicidio y donde se registran el conflicto armado y
la concentración de asesinatos cometidos por las organizaciones armadas (1996 -
1998)
Municipios afectados entre 1992 y 1995 por la intimidación de la guerrilla
Municipios donde la intimidación de la guerrilla llevó a que se presentaran
renuncias de candidatos a las alcaldías y concejos en los comicios de octubre
de1997

INICIOS DE LA PRODUCCIÓN DE AMAPOLA EN ESCENARIOS DEL


CONFLICTO ARMADO

Gráficos, cuadros y tablas

Cultivos ilícitos en Colombia (1989 - 1998)


Porcentaje de hectáreas detectadas con cultivos ilícitos 1994
Número de hectáreas detectadas con cultivos ilícitos por regiones 1994

Mapas

Colombia: aproximación a los municipios donde se han registrado cultivos ilícitos


1994
Aproximación a las zonas de producción de amapola en Nariño, Cauca, Tolima y
Huila 1993

CAMBIOS EN LA DINÁMICA DEL CONFLICTO ARMADO: IMPLICACIONES


EN LA ECONOMÍA Y EN EL PROCESO DE NEGOCIACIÓN

Gráficos, cuadros y tablas

Evolución de la iniciativa armada de la Fuerza Pública y las organizaciones ilegales


(1986 - 2002)
Gráfico comparativo de los combates de las FF.MM. y las acciones armadas de la
guerrilla (enero de 1998 - marzo de 2004)
Gráfico comparativo de los combates que parten por iniciativa de las FF.MM. y las
acciones armadas de los grupos irregulares (1998 - 2005)
Evolución de los combates que las FF.MM. dirigen contra los grupos irregulares
(1998 - 2005)

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Gráfico comparativo de los combates dirigidos por las FF.AA. contra los grupos
irregulares (1998 - 2001, 2002 - 2005)
Gráfico comparativo de las bajas de las FF.AA. y los grupos irregulares producidas
en combate (1998 - 2001, 2002 - 2005)
Evolución de las bajas de las FF.AA. y los grupos irregulares producidas en
combate (1998 - 2001, 2002 - 2005)
Evolución de los combates de las FF.MM. según Departamentos (1998 - 2005)
Evolución de la actividad armada de los grupos irregulares (1998 - 2005)
Gráfico comparativo de la evolución de la actividad armada de los grupos
irregulares (1998 - 2001, 2002 - 2005)
Evolución de las acciones más recurrentes de los grupos irregulares (1998 - 2005)
Gráfico comparativo de la evolución de las acciones más recurrentes de los grupos
irregulares (1998 - 2001, 2002 - 2005)
Gráfico comparativo de la actividad armada de los grupos irregulares según
Departamentos (1998 - 2005)
Evolución del número y la tasa de homicidio (1998 - 2005)
Gráfico comparativo de la intensidad de la confrontación armada y los homicidios
(1998 - 2005)
Víctimas de masacres (1993 - 2004)
Gráfico comparativo de las tasas de homicidios según Departamentos (2000 -
2002, 2003 - 2005)
Departamentos donde se registra una tendencia ascendente en los homicidios
(2003 - 2005)
Evolución de los homicidios en grandes centros urbanos (2000 - 2005)

Mapas

Intensidad del conflicto armado (1998 - 1999)


Municipios afectados por la actividad armada de las FARC (1998 - 2001)
134 municipios atacados por la guerrilla (1998 - 2001)
Difusión de la confrontación armada 2002
Difusión de la confrontación armada 2003
340 municipios donde se concentró el 80% de los homicidios indiscriminados
(1998 - 2001)
Municipios donde se concentraron las masacres cometidas por los grupos armados
ilegales (1998 - 2001)
Asesinatos cometidos por grupos armados organizados 2003
Homicidios indiscriminados 2003
Focos y continuidad geográfica de la tasa de homicidios 2004
Focos y continuidad geográfica de la confrontación armada 2004

EL CONFLICTO ARMADO EN MONTES DE MARÍA Y EL SUROCCIDENTE


COLOMBIANO: ENTRE LAS LÓGICAS DE CONTROL TERRITORIAL Y
CONTROL ESTRATÉGICO

Gráficos, cuadros y tablas

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Gráfico comparativo de la intensidad del conflicto en el país y en la región de los
Montes de María (1990 - 2004)
Gráfico comparativo de los combates de las FFMM y de las acciones de los grupos
irregulares (1990 - 2004)
Evolución de los combates de las FFMM contra los grupos irregulares en Sucre,
Bolívar y Montes de María (1990 - 2004)
Evolución de las acciones armadas de los grupos irregulares en Sucre, Bolívar y
Montes de María (1990 - 2004)
Distribución municipal de las acciones de los grupos irregulares en los Montes de
María (2001 - 2004)
Distribución municipal de los combates de las FFMM (2000 - 2004)
Evolución de los homicidios en municipios de Sucre y Bolívar (1990 - 2004)
Evolución de los asesinatos cometidos por los grupos organizados de la violencia
en Sucre y Bolívar (1990 - 2004)
Gráfico comparativo de los homicidios y los asesinatos cometidos en Montes de
María (1990 - 2004)
Distribución municipal de los asesinatos cometidos por grupos irregulares en
Montes de María (2000 - 2004)
Distribución Municipal de los Homicidios en Montes de María (2000 - 2004)
Evolución de loa intensidad del conflicto a nivel nacional y de los Departamentos
de Tolima, Huila, Cauca y Nariño (1998 - 2004)
Gráfico comparativo de la intensidad del conflicto a nivel departamental (Tolima,
Huila, Cauca y Nariño) entre 1998 y 2004
Evolución de las acciones más recurrentes de los grupos armados en los
Departamentos de Tolima, Huila, Cauca y Nariño (1998 - 2004)
Acciones de los grupos armados y combates de las FFMM en los Departamentos de
Tolima, Huila, Cauca y Nariño (1998 - 2004)
Gráfico comparativo de la intensidad de la confrontación armada, los asesinatos y
los homicidios en el Cauca (1998 - 2004)
Gráfico comparativo de la intensidad de la confrontación armada, los asesinatos y
los homicidios en Nariño (1998 - 2004)
Gráfico comparativo de la intensidad de la confrontación armada, los asesinatos y
los homicidios en el Huila (1998 - 2004)
Gráfico comparativo de la intensidad de la confrontación armada, los asesinatos y
los homicidios en Tolima (1998 - 2004)
Mapas

Municipios de Sucre y Bolívar que conforman la zona de los Montes de María


Ubicación de los grupos guerrilleros y de autodefensa en la zona de los Montes de
María
Combates de las FFMM en el Departamento de Sucre y los municipios de Bolívar
que pertenecen a los Montes de María (1999 - 2001)
Combates de las FFMM en el Departamento de Sucre y los municipios de Bolívar
que pertenecen a los Montes de María (2002 - 2004)
Acciones armadas de los grupos irregulares en el Departamento de Sucre y los
municipios de Bolívar que pertenecen a los Montes de María (1999 - 2001)

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Acciones armadas de los grupos irregulares en el Departamento de Sucre y los
municipios de Bolívar que pertenecen a los Montes de María (2002 - 2004)
Municipios con tasas de homicidios superiores al promedio nacional en el
Departamento de Sucre y los municipios de Bolívar pertenecientes a los Montes de
María (1999 - 2001)
Municipios con tasas de homicidios superiores al promedio nacional en el
Departamento de Sucre y los municipios de Bolívar pertenecientes a los Montes de
María (2002 - 2004)
Distribución de los asesinatos cometidos por los actores armados en el
Departamento de Sucre y los municipios de Bolívar pertenecientes a los Montes de
María (1999 - 2001)
Distribución de los asesinatos cometidos por los actores armados en el
Departamento de Sucre y los municipios de Bolívar pertenecientes a los Montes de
María (2002 - 2004)
Corredores estratégicos en los Departamentos de Tolima, Huila, Cauca y Nariño
Ataques de las FARC a poblaciones a nivel nacional y en los Departamentos de
Tolima, Huila, Cauca y Nariño (1998 - 2002)
Focos y difusión de la confrontación armada en los Departamentos de Tolima,
Huila, Cauca y Nariño (2002 - 2003)
Focos y difusión de la confrontación armada, los asesinatos y los homicidios en
los Departamentos de Tolima, Huila, Cauca y Nariño (2000 - 2001)
Focos y difusión de la confrontación armada, los asesinatos y los homicidios en
los Departamentos de Tolima, Huila, Cauca y Nariño (2002 - 2003)

CONDICIONES OBJETIVAS Y ESTRATEGIAS EN LA


EXPANSIÓN TERRITORIAL DE LOS PROTAGONISTAS DEL
CONFLICTO
Introducción

La evolución de la presencia geográfica de la guerrilla colombiana, durante las


últimas dos décadas del siglo pasado, muestra cómo la aparición de nuevos
frentes se produjo primordialmente en zonas con actividad económica dinámica o
próximas a los centros administrativos y políticos más importantes del país. Este
proceso se realizó sin que las organizaciones alzadas en armas cedieran terreno
en las zonas rurales y marginales donde se implantaron inicialmente hacia
mediados de las décadas del sesenta y setenta. En los años ochenta y noventa, la
lógica aplicada en la conquista de nuevos territorios por parte de estas
organizaciones se relaciona con el potencial estratégico que representan para el
desarrollo de la guerra.

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La evidencia disponible permite discutir las interpretaciones que hacen énfasis, por
una parte, en el carácter esencialmente bandoleril de la guerrilla colombiana y, por
otra, en las condiciones objetivas2 como explicación de su presencia.

La aparición y persistencia en el tiempo de complejos fenómenos de violencia en


escenarios con abundantes recursos naturales, resultado por lo general de
bonanzas en la economía, es uno de los temas más recurrentes hoy en día en los
estudios sobre conflictos armados en el mundo.

De esta forma, en los análisis más recientes sobre las guerras contemporáneas,
producidos particularmente por economistas, la dimensión política de los conflictos
internos se relega a un segundo plano, imponiéndose más bien el estudio de las
formas de financiación de los grupos armados. Desde esta perspectiva, los factores
económicos resultan prioritarios para los actores del conflicto, en la medida que su
viabilidad como organización, así como la capacidad de mantenerse militarmente
activos en el transcurso de la confrontación, dependen en gran parte de la
disponibilidad de recursos para cubrir sus costos de operación3.
A la luz de estos enfoques, adquiere especial interés revisar las razones que
llevaron a la implantación de los grupos guerrilleros en muchas regiones de
Colombia, que comúnmente se ha supeditado a la búsqueda de fondos por parte
de estas organizaciones, a partir de las múltiples actividades asociadas a la
presencia de recursos naturales.

Es decir, en total coincidencia con la visión propuesta por los autores referidos, en
la cual se pone en duda la validez de la formula clausewitziana, de que las guerras
son una forma de continuar la política por otros medios, se impone en cambio
como objetivo primordial de los actores armados, lograr el control de recursos,
bien sean legales o ilegales, con el fin de percibir rentas, al igual que una
organización empresarial.

En este trabajo se mostrará que la guerrilla colombiana, no obstante haber


diversificado su presencia y aumentado su poderío militar, mantiene una elevada
concentración geográfica de la actividad armada en las zonas periféricas. La
elevada concentración del conflicto en estas zonas, donde la presencia de la
guerrilla es histórica, sugiere que la insurgencia no se encuentra en condiciones
de desarrollar actividades sostenidas en las áreas donde su incursión ha sido

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Por "condiciones objetivas" se entienden las realidades políticas, sociales y económicas que
generan un grave deterioro de las condiciones de existencia de no pocos sectores de la población.
En un sentido amplio, la exclusión política, la pobreza y los profundos desequilibrios configuran las
causas objetivas de la violencia, fenómeno que se produce cuando la sociedad ve obstaculizado su
desarrollo debido a las limitaciones que provienen de las estructuras sociales mismas, producto de
relaciones basadas en la desigualdad.
3
Gran parte de la literatura económica actual sobre el tema supone que los actores armados en
escenarios de guerras internas, en particular los no estatales, tienen principalmente objetivos
económicos ligados al control y explotación de rentas derivadas de recursos naturales. Sobre e el
particular se pueden consultar: Collier y Hoeffler, 2001; Collier, 2000; Freeman, 2000; Grossman,
1991.

18
reciente. La expansión de la guerrilla hacia zonas urbanas con mayor potencial
estratégico no se encuentra acompañada de la capacidad de realizar en forma
sostenida acciones ofensivas. La mayor capacidad de fuego de las organizaciones
alzadas en armas tiende a ubicarse en las zonas donde se encuentran las
principales fuentes de financiamiento de estos grupos.

De otra parte, los patrones que se observan a nivel municipal muestran una muy
estrecha relación entre la expansión de los grupos insurgentes, el surgimiento de
organizaciones armadas ilegales que se les oponen y el incremento de la violencia
intencional4.

Pese a que existe un enorme desconocimiento sobre los autores de las muertes en
el país, se ha aceptado que la violencia que está cobrando el mayor número de
víctimas sobrepasa a la que desatan los actores organizados: guerrillas,
autodefensas, grupos de justicia privada, organizaciones armadas al servicio del
narcotráfico, etc.

La evidencia que se presenta en este trabajo deja con poco piso la creencia
común de que alrededor del ochenta por ciento de los homicidios en Colombia
corresponde a una violencia cotidiana, de carácter impulsivo, desligada del
contexto del conflicto armado y de los propósitos estratégicos de sus
protagonistas, que simplemente surge de la intolerancia de la mayoría de la
población; rasgo derivado de un supuesta "cultura" de la violencia, presente en la
sociedad colombiana a lo largo de toda su historia5.

I. Geografía de la expansión territorial de los grupos irregulares

Las guerrillas

Como se puede observar en los mapas y en los gráficos que se presentan al final
(que dan cuenta, en primer término, de la evolución de la localización de las
organizaciones insurgentes y en segundo término de los momentos en los cuales
su crecimiento se ha acelerado), no cabría mayor duda sobre la manera
deliberada en que las guerrillas han puesto en marcha estrategias donde se
reconocen al menos tres propósitos: 1. Lograr una alta dispersión de los frentes;
2. Diversificar sus fuentes de financiación y obtención de recursos; y 3. Aumentar
la influencia a nivel local.

4
El patrón observado para el caso colombiano coincide con las tendencias que se registran en otros
escenarios de guerras civiles. A partir del estudio de diferentes enfrentamientos de esta índole,
Stathis N. Kalyvas concluye que la violencia generada en medio de una confrontación está
estrechamente vinculada con la presencia de los actores armados y la forma cómo se desarrollan
las relaciones entre éstos y la población civil. Tal como lo señala el autor la violencia en medio de la
guerra civil corresponde a un proceso regulado, no se trata de un fenómeno caprichoso y aleatorio.
Kalyvas, 2001.
5
Ver sobre el particular Comisión de Estudios sobre la Violencia, 1987.

19
En el caso del Ejército Popular de Liberación (EPL), en la década del ochenta su
presencia se concentró en zonas de desarrollo agroindustrial, en particular en
Urabá; en regiones con capas de campesinos y colonos, que a su vez empezaban
a constituirse en focos de expansión de nuevos grupos de terratenientes, como
Urabá y Córdoba; y en el Viejo Caldas. Amplió también su influencia en Antioquia
y en zonas de Putumayo, así como en Norte de Santander; departamento donde
coexisten explotaciones petroleras y áreas de colonización. En los centros
urbanos, tuvo alguna tradición desde la década del setenta en las ciudades, en
especial en Medellín.

El EPL firmó con el gobierno de Belisario Betancur un acuerdo de cese al fuego en


1984 que utilizó, al igual que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia
(FARC), para expandirse hacia nuevas zonas e incrementar el número de
combatientes en sus filas, aprovechando la ausencia de iniciativa de la Fuerza
Pública en su contra. El accionar militar del EPL se reanudó a partir de la segunda
mitad de la década del ochenta, después de la toma del Palacio de Justicia por
parte del M-19 y del asesinato de Óscar William Calvo.

En el caso de las FARC, a partir de la Séptima Conferencia celebrada en 1982,


esta organización adoptó una estrategia de crecimiento basada en el
desdoblamiento de los frentes existentes; se determinó, entonces, que cada frente
sería ampliado hasta conseguir la creación de uno por departamento. Para lograr
este propósito estratégico, la diversificación de las finanzas se constituyó en uno
de los objetivos prioritarios dentro de la agenda del movimiento subversivo.
En cuanto a los determinantes financieros que hicieron posible el aumento de los
frentes, la coca en la primera mitad de la década del ochenta juega un papel
decisivo. Los recursos derivados de su explotación le permitieron a la guerrilla
consolidar la presencia de nuevos frentes en Meta, Guaviare y Caquetá. Así
mismo, las FARC se vinculan a esta actividad en los departamentos de Putumayo,
Cauca, Santander y en la Sierra Nevada de Santa Marta.

En cumplimiento de las decisiones adoptadas en la Séptima Conferencia, las FARC,


cuyos núcleos iniciales de expansión nacieron en zonas de colonización, presentan
en los años ochenta cambios importantes. Es así como comienzan a quedar
inscritas en zonas que experimentaron transformaciones en actividades vinculadas
a la ganadería (Meta, Caquetá, Magdalena Medio, Córdoba), la agricultura
comercial (zona bananera de Urabá, partes de Santander, sur del Cesar), e incluso
en zonas de explotación petrolera (Magdalena Medio, Sarare, Putumayo) y
aurífera (Bajo Cauca Antioqueño y sur de Bolívar). Así mismo, se fueron situando
en áreas fronterizas (Sarare, Norte de Santander, Putumayo, Urabá) y en zonas
costeras (Sierra Nevada, Urabá, occidente del Valle del Cauca), que registraban
niveles importantes de actividades relacionadas con el contrabando.

En lo concerniente al Ejército de Liberación Nacional (ELN), es posible observar


como hacia comienzos de la década del ochenta, coincidiendo con el
descubrimiento de importantes yacimientos de petróleo en el país, este grupo
armado resurge y comienza a registrar un crecimiento significativo de sus frentes,

20
luego de la derrota que sufriera en la denominada Operación Anorí adelantada en
su contra por las Fuerzas Militares (FF.MM.) en 1973.

Como en el caso de las FARC, su expansión está estrechamente vinculada con su


fortalecimiento en el plano económico, derivado de la aplicación de la extorsión a
las compañías extranjeras encargadas de la construcción del oleoducto Caño
Limón - Coveñas, práctica que se constituye en su principal medio de obtención de
recursos.

Los cambios producidos en este período al interior de la organización armada no


se limitan únicamente a la forma de obtención de recursos, también comprenden
aspectos relacionados con la definición de nuevos planteamientos estratégicos.

Es así como en 1983 tuvo lugar la denominada Reunión Nacional de Héroes y


Mártires de Anorí, en la que este grupo guerrillero decidió desdoblar los "frentes"
existentes6. En ese entonces la organización contaba con los frentes de guerra
denominados actualmente como nor-oriental y nor-occidental. El primero contaba
con los "frentes"7 Domingo Laín en la región del Sarare y Camilo Torres en la
parte del Magdalena Medio de los departamentos de Santander y Cesar. El
segundo correspondía al "frente" José Antonio Galán en Antioquia.

La expansión del ELN es especialmente significativa entre 1984 y 1986,


coincidiendo con el hallazgo del pozo de petróleo de Caño Limón, la construcción
del oleoducto hasta Coveñas y el inicio del bombeo de crudo. Indudablemente
este proceso le permitió formar una base financiera que explica su muy rápido
crecimiento. Después el ELN continuó ubicándose en áreas de extracción del crudo
y siguiendo el recorrido del oleoducto.

La presencia guerrillera que se manifiesta paralelamente con el descubrimiento y


posterior explotación de yacimientos petroleros, parece encajar en el argumento
de la maldición de los recursos - resource curse argument - formulado por la
reciente literatura económica sobre los conflictos armados (Paul Collier, et al.,
2003, 50-52).

Su planteamiento principal es sencillo: en los escenarios con abundante dotación


de recursos naturales, es mayor la propensión a la violencia y, adicionalmente, se
incrementa la incidencia, intensidad y duración de los conflictos armados. En
términos estadísticos, si el país posee valiosos recursos - siendo el petróleo el más
importante -, la probabilidad de que se presente una confrontación violenta es
considerablemente mayor.

6
Un "frente" guerrillero es "(...) una instancia político-militar y de masas". Varios "frentes"
guerrilleros y regionales (estructuras urbanas) "conforman un frente de guerra, cuyas
características están dadas por la actividad socioeconómica de la región. (...) Un frente de guerra
es el conjunto de estructuras urbanas y rurales que desarrollan la política de la organización en una
gran región del país y que por sus características exige un diseño estratégico específico"
(Harnecker, 1988).
7
La expresión "frente" en este caso no se debe confundir con el frente (sin comillas) que hace
referencia a un conjunto de "frentes" que operan en una región determinada.

21
A la luz de este enfoque, puede existir una correlación significativa entre la
presencia de actores armados y la dependencia hacia recursos naturales al interior
de la economía de un país o región, sin que necesariamente un factor cause el otro
(DiJohn, 2002).

La historia de la guerrilla del ELN en Arauca ilustra de forma clara esta tesis. Una
vez inicia la explotación petrolera a gran escala en este departamento, el "frente"
Domingo Laín desarrolló hábiles esquemas clientelistas para desviar recursos del
erario que le permitieron no sólo fortalecerse financieramente, sino también
consolidar bases de apoyo en la región (Peñate, 1999).

En efecto, cuando parecía inevitable la dispersión del ELN, la implantación del


frente Domingo Laín tiene éxito en Arauca, cuyo núcleo inicial se había formado,
teniendo como objetivo desarrollar trabajo de formación política, de persuasión y
de adoctrinamiento de una de las seccionales de la ANUC. En palabras del
sociólogo Fernando Cubides (2005, 61), resulta providencial que la implantación de
ese frente coincida con el hallazgo petrolero de Caño Limón, los inicios de la
actividad de explotación y la construcción del oleoducto Caño Limón-Río Zulia.

Asimismo, hacia finales de los años ochenta, el ELN conformó el frente Los
Libertadores en el suroccidente de Casanare y a principios de los noventa el frente
José David Suárez que opera en la zona limítrofe de este departamento con
Boyacá. No obstante, y a pesar de que la región donde se implantó esta guerrilla
se caracteriza por importantes explotaciones de petróleo, estos frentes no lograron
el poder que a partir de las extorsiones a las compañías petroleras y sus
contratistas adquirió el frente Domingo Laín en Arauca.

En el caso de las FARC, los frentes 28 y 38 se ubicaron en el piedemonte de


Casanare hacia mediados de los años ochenta, dando cumplimiento al objetivo de
copar la Cordillera Oriental como centro de despliegue estratégico de la
organización en este complejo montañoso.

Las primeras exploraciones petroleras en este departamento se iniciaron en los


años setenta y para 1984, las reservas se estimaban en 47 millones de barriles. En
Tauramena, la empresa Texas Petroleum Company, en asociación con Ecopetrol,
dio inicio a la actividad de exploración en 1985 con la perforación del pozo Leticia-
1, que no resultó exitosa. En 1986 la empresa British Petroleum inició las labores
de exploración en el piedemonte llanero, con la perforación del pozo Cusiana-1,
que permitió en 1989 realizar el descubrimiento de una reserva de petróleo
estimada en 1.500 millones de barriles. La entrada en operación de la British
Petroleum en Cusiana dio pie a que se comenzara a aplicar la extorsión a las
compañías petroleras, el secuestro de técnicos y el sabotaje a las instalaciones,
con lo cual se hizo evidente la intención de la subversión de interferir en la
actividad petrolera.

22
Los contactos armados y las emboscadas fueron las principales acciones realizadas
por la guerrilla en los primeros años de la década del ochenta, no obstante la
situación cambió a partir de 1988, cuando fueron más frecuentes los sabotajes
contra la infraestructura de producción. Con la dinamización de la actividad
petrolera a comienzos de los noventa, la situación del Casanare se vio agravada.

Las FARC articularon sus frentes al dispositivo existente en Arauca y empezaron a


actuar de manera coordinada. Lograron de esta manera extender su presencia a
municipios limítrofes con Arauca, Hato Corozal y Paz de Ariporo, que registran la
misma dinámica. Hacia mediados de la década del noventa, el proceso de
consolidación de las FARC vino a restarle espacio al ELN, tanto en la cordillera
como en el piedemonte.
Sin pretender restarle importancia a la dimensión económica en el proceso de
localización de las guerrillas en el caso colombiano, cabe destacar que la presencia
de estos grupos en muchas zonas del país se encontraba contemplada en los
planes estratégicos definidos por las organizaciones hacia comienzos de los años
ochenta, antes de que se tuviera certeza de la existencia de un importante
potencial económico. Es preciso insistir en que el control de recursos es el medio
que han utilizados los grupos alzados en armas para desarrollar la guerra y
alcanzar su objetivo último. Como lo afirma Rafael Pardo, “La coca, por su carácter
ilegal, no es un recurso cuyo control las FARC quieran tener como objetivo final. Es
el poder lo que los mueve y es también la clave de lo que se negociaría en un
proceso de paz” (Pardo, 2004, 631).

Tendencias municipales en la expansión de la guerrilla

La guerrilla colombiana comenzó a crecer en forma vertiginosa a partir los


primeros años de la década del ochenta. En efecto, al comparar la presencia de
las organizaciones armadas en 1985 con la presencia posterior, se descubre que
173 municipios registraban en ese año presencia guerrillera, mientras que en 1991
llegaba a 437 y en 1995 a 6228.

Los conjuntos municipales donde las organizaciones guerrilleras incursionaron en


proporción mayor corresponden, según su nivel de desarrollo, a los municipios de
campesinado medio cafetero donde la presencia de estas organizaciones en 1985
se registraba en 2% de los municipios, mientras que en 1995 llega al 53%; al
latifundio ganadero y agrícola del Litoral Caribe donde la presencia guerrillera en
1985 se encontraba en 8% de los municipios y en 1995 alcanza el 59%; de igual
forma, en los municipios donde predomina la agricultura comercial de tipo
empresarial y la población rural es elevada, la presencia guerrillera se registraba

8
Esta presencia no revela control territorial, da cuenta más bien de los municipios donde la
guerrilla ha registrado algún tipo de actividad armada. Esta información tiende a coincidir con los
resultados del Censo Nacional de Personerías realizado por la Procuraduría General de la Nación en
el segundo semestre de 1993, donde la mitad de los municipios colombianos registraban presencia
guerrillera. Por otra parte, el censo revela que 138 municipios cuentan con presencia de grupos
paramilitares.

23
en 13% en 1985. Una década después este porcentaje se ubica en el 71% de los
municipios pertenecientes a esta categoría.

Así mismo, los municipios andinos de minifundio deprimido y estable


experimentaron un incremento ostensible en la presencia de las organizaciones
guerrilleras; mientras que en 1985 ésta llegaba al 13% en ambos casos, en 1995
se registra en el 56% para el primer tipo de municipio y 53% para el segundo. En
la estructura rural de campesinado medio no cafetero, la presencia guerrillera
afectaba en 1985 al 15% de los municipios y en 1995 al 58%.

En los municipios que pertenecen a la estructura urbana, también se ha


incrementado la presencia de estructuras de la guerrilla, aunque dadas las
características de los centros urbanos, los grupos alzados en armas ejercen una
presión menor sobre la población que en las zonas rurales y apartadas.

La presencia de la guerrilla se incrementó a partir de 1985, aunque en una


proporción menor que en los casos antes mencionados, en los siguientes
conjuntos de municipios: en el caso del minifundio de la costa Atlántica, de 6.5%
de los municipios afectados en 1985 se pasó a 26% en 1995; en cuanto a la
periferia rural marginal, de 15% de los municipios en 1985, la guerrilla se extendió
al 49% en 1995; por su parte, en el conjunto agricultura comercial de tipo
empresarial con una alta población rural, mientras que el 25% de los municipios
tenían presencia de grupos guerrilleros en 1985, una década más tarde esta cifra
se ubica en el 56%.

En los municipios de colonización interna y de frontera, donde tradicionalmente la


guerrilla ha contado con una fuerte presencia, se registró un crecimiento, aunque
en una proporción menor que en todos los casos ya mencionados. De hecho, en
las zonas de colonización la guerrilla ejerce gran influencia y es así como la
presencia de estos grupos, que en 1985 se registraba en 62% de los municipios
de colonización interna y en 44% de los de colonización de frontera, en 1995 se
extiende al 93% en el primer caso y 81% en el segundo.

La presentación de estas tendencias en la expansión guerrillera en el ámbito


municipal ha suscitado interpretaciones muy diversas por parte de los estudiosos
del tema (Echandía, 1994).

Para algunos, el contraste de las categorías de desarrollo municipal con la


presencia guerrillera, en poco contribuye a explicar la razón de dicha presencia:
“El cuadro nos dice que la guerrilla crece y se asienta en cualquiera de las
categorías. Su presencia y tasa de cambio no están asociadas a las categorías
municipales. En el primer período pesan más aquí que allá y entre los períodos
crecen más en unos que en otros, pero lo esencial es que la guerrilla crece para
todos lados (naturalmente las tasas más altas de crecimiento corresponden a las
categorías con menor presencia previa). Los elementos de enlace que permiten o
estimulan que la guerrilla se multiplique no están asociados con ningún tipo de
estructura productiva y grado de desarrollo municipal” (Gaitán, 1995).

24
Para otros, el ejercicio es más esclarecedor, pues el hecho de que la guerrilla haya
incrementado su presencia en municipios con mayor grado de desarrollo y el
énfasis puesto en los municipios con predominio de agricultura comercial, estaría
indicando todo un propósito estratégico. Lo anterior no significa que haya
disminuido su presencia en áreas tradicionales de asentamiento, como los
municipios con predominio de colonización, sino que la ha diversificado (Cubides,
et al., 1998).

En esta misma línea de interpretación, algunos estudios establecen diferencias en


los municipios en función del valor estratégico que representen para los grupos
guerrilleros, este último depende a su vez del período en que las organizaciones
armadas se hicieron presentes. Es así como los municipios en cuyo territorio la
guerrilla se implantó inicialmente vienen siendo “áreas de refugio”; en los que
adquirió una presencia significativa antes de 1985, aproximadamente, se han
convertido en “áreas para la captación de recursos” - aprovisionamiento logístico -
; y los municipios donde busca expandirse y consolidar su influencia se convierten
en “áreas preferentes para la confrontación armada” (Escobar, 1995).

Por otra parte, el crecimiento de la guerrilla en el ámbito urbano a un ritmo mucho


mayor de lo que crece a nivel global, evidencia la existencia de un plan de
crecimiento y de consolidación de su influencia política. Dicho plan surge cuando
se han consolidado suficientes “zonas de contención” como para hacer imperativa
la construcción de “zonas de expansión”. Este análisis se basa en el desarrollo de
la guerrilla salvadoreña donde el avance hacia lo urbano coincidió, por un lado,
con la especialización del aparato clandestino y, por otro lado, con el paso de
actividades económicas predadoras e intermitentes, que caracterizan a los
movimientos insurgentes en su fase inicial, a una actividad económica continuada:
la extorsión, el secuestro y el cobro de un “impuesto revolucionario”9.

A la luz de estos planteamientos, es posible observar como la presencia y


expansión territorial de los grupos guerrilleros no es el resultado de un proceso
aleatorio, sino que obedece a cálculos estratégicos en función de consideraciones
políticas, económicas y militares. De esta forma, es posible cuestionar la definición
de las guerrillas colombianas como simples expresiones de bandolerismo, tal como
lo establecen la sabiduría convencional y las percepciones generalizadas sobre el
tema.

Como se ha visto, las guerrillas variaron su condición rural con presencia exclusiva
en áreas periféricas, convirtiéndose en organizaciones que buscan consolidar su
influencia en amplias zonas del territorio nacional -incluso urbanas-, y para ello

9
El tipo de racionalidad económica, las formas de financiación características de las diferentes
organizaciones guerrilleras según su estrategia y grado de organización son analizadas por R.T.
Naylor. Véase Naylor, 1993.

25
han aplicado una estrategia que articula circunstancias económicas, políticas y
militares (Rangel, 1998)10.
La guerrilla cambió su manera de buscar el poder, sus formas de accionar
militarmente, de movilizar sectores sociales y de conseguir las finanzas para
subsistir como organización armada. La estrategia que puso en práctica le permitió
transformar buena parte del territorio nacional en teatro de la confrontación
armada, con lo cual logra dispersar y disminuir la contundencia en las operaciones
contra-insurgentes de las FF.MM. Estos cambios sucedidos entre los años ochenta
y noventa evidencian el enorme poderío militar alcanzado por la guerrilla,
sustentado en el hecho de que ha encontrado fuentes de recursos económicos
muy importantes que a su vez determinan su perspectiva del presente, donde los
fondos para la guerra parecieran inagotables11.

Lo dicho hasta aquí permite concluir que la localización de las guerrilleras


evidencia la existencia de propósitos estratégicos en el avance de estas
organizaciones, que a su vez dejan con poco piso las explicaciones de su
presencia en las "condiciones objetivas" que de acuerdo con esta visión
propiciaron su origen y posterior desarrollo en zonas rurales donde el Estado no
está presente. La guerrilla logró extenderse a los centros político-administrativos
más importantes del país y desarrollar actividades armadas en zonas petroleras,
mineras, de cultivos ilícitos, fronterizas y con importante actividad agropecuaria.
La geografía de la presencia guerrillera refleja cómo avanzó de manera cada vez
más evidente hacia las zonas que le proporcionan claras ventajas estratégicas en
la confrontación12.

Los grupos de autodefensa

En Colombia hizo carrera la creencia de que los grupos de autodefensa surgieron


por la demanda de seguridad en zonas afectadas por la guerrilla. Sin embargo, al
considerar la experiencia de muchas regiones con presencia de estas

10
Alfredo Rangel en el artículo citado, explica los impresionantes avances alcanzados por la
guerrilla en la última década en función de las definiciones estratégicas en lo militar, en lo político y
en lo económico, cuya implementación y articulación ha orientado sus líneas de expansión. “Es así
como en lo militar, la definición de áreas de despliegue estratégico y el desarrollo de campañas con
objetivos específicos; en lo económico, la estructuración de planes de finanzas, de metas por
frentes y, sobre todo, la explotación de las actividades económicas y las áreas de mayor potencial
por medio de una gran creatividad y flexibilidad para sustraer parte del excedente económico; y
finalmente, en lo político, la apelación metódica y sistemática al recurso del terror combinada con
un cabal aprovechamiento de las inequidades sociales, de los desequilibrios regionales, del
desempleo juvenil rural y de la precariedad del Estado, sobre todo en su potencial coercitivo y de
justicia, para ganar apoyos forzados y voluntarios”. Véase Rangel, 1998.
11
Para el caso colombiano es importante tener en cuenta que la prolongación del conflicto armado
tiene como fundamento la autonomía adquirida por las guerrillas, sobre todo en el campo
financiero, haciendo que tenga menor importancia la búsqueda de un mayor apoyo social y político,
que es la necesidad inherente a toda guerrilla.
12
Mediante modelos econométricos, Vélez, 1999; Sánchez y Núñez, 2000 y Bottía, 2002,
corroboran este planteamiento mostrando que la lógica en la expansión de la guerrilla hacia nuevos
territorios se encuentra altamente relacionada con su potencial estratégico, representado en la
explotación de recursos mineros, cultivos ilícitos, actividades dinámicas y un nivel de urbanización
superior al de los municipios donde las guerrillas hicieron presencia inicialmente.

26
organizaciones, cabe preguntarse si su oferta de protección no es mayor a la
demanda; si la protección que ofrecen supone el uso real o potencial de la
violencia; y si, en lugar de acabar con una situación de desconfianza, no terminan
más bien alimentándola13.
En este sentido, se ha visto cómo la naturaleza de autodefensa de estos grupos va
mutando hasta convertirse en organizaciones con un claro carácter ofensivo, que
producen violencia y en muchas oportunidades degeneran en bandolerismo. Con
el nombre de autodefensas se presenta una variada gama de organizaciones
armadas, que buscan un tratamiento político por parte del Estado o justifican su
existencia en razón del hostigamiento de la guerrilla, para encubrir en muchos
casos sus verdaderos intereses ligados al crimen organizado.

En el caso de las organizaciones creadas a nivel rural por narcotraficantes, es claro


que cumplen con otras funciones. En efecto, la compra de tierras por
narcotraficantes, que puede aproximarse a cuatro millones de hectáreas
localizadas en 409 municipios, ha sido amparada por grupos armados a su servicio
(Reyes y Gómez, 1997).

En la mayoría de las zonas ganaderas afectadas por la presencia guerrillera y


donde se registran conflictos agrarios, se ha visto cómo los nuevos propietarios
introducen "seguridad" mediante la creación de grupos armados. Los mapas,
elaborados por el sociólogo Alejandro Reyes, dan cuenta de estos procesos hacia
finales de la década del ochenta y comienzos de los noventa (Reyes, 1992).

En esta dirección se puede apreciar una doble dimensión del impacto del
narcotráfico en el sector agropecuario, como lo señala la comisión de estudios
para el sector. Por una parte, el uso de la violencia amparó un proceso de "contra-
reforma agraria", que obligó al campesino a vender o abandonar sus tierras; de
otro lado, se introdujo un rápido proceso modernizador, debido a la adopción de
nuevas tecnologías que determinaron la transformación del latifundio tradicional
en empresas que demandan maquinaria y trabajadores calificados para el manejo
de tecnologías modernas. Todo esto trajo consigo la elevación de los costos
generales de la mano de obra calificada, el alquiler de la maquinaria y los precios
de la tierra (Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural - Departamento Nacional
de Planeación, 1991).

No hay acuerdo sobre el número de municipios con presencia de los grupos de


autodefensa. La información disponible se origina en las Estadísticas generales
sobre violencia en Colombia de la Presidencia de la República (1988-1998); en el
Censo nacional de personerías, realizado por la Procuraduría General de la Nación
(1993); en los estudios de Alejandro Reyes (1992 y 1995); y en el Observatorio
del Narcotráfico del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de
la Universidad Nacional, (1994). De acuerdo con estas fuentes, alrededor de

13
Daniel Pécaut señala que no hay que conformarse con la lógica de protección a la que todas las
organizaciones armadas acuden para justificar su presencia, como si constituyera una simple
respuesta a una demanda, que lograra establecer un dispositivo de confianza permanente.
Consultar Pécaut, 1997b.

27
doscientos municipios registraban presencia de grupos de autodefensa hacia
comienzos de la década del noventa. Debido a que muchos de estos grupos
surgieron como reacción a la presión ejercida por la guerrilla, sus zonas de
influencia coinciden con las de presencia de los alzados en armas.

Al profundizar en el tipo de desarrollo de los municipios con presencia de estos


grupos, se descubre que el 25% pertenece a la estructura rural con dinámica de
colonización; el 47% se asocia a la estructura rural atrasada, particularmente al
tipo latifundio ganadero y agrícola; el 10% se encuentra en la estructura rural
desarrollada de agricultura de tipo comercial y empresarial; el 13% pertenece a la
estructura rural de campesinado medio acomodado y, finalmente, el 5% de los
municipios se encuentra en el nivel urbano.

Entre 1988 y 1998, 24.751 personas fueron asesinadas por los actores
organizados de violencia en el país; de ellas, 3.884 por la guerrilla y 20.887 por
organizaciones armadas no guerrilleras al servicio de diversos intereses14. Estas
muertes se encuentran asociadas, en las zonas rurales, con las actividades de las
autodefensas y las guerrillas, mientras que a nivel urbano se relacionan con las
organizaciones al servicio del narcotráfico, los grupos de justicia privada y a las
denominadas milicias de las FARC y el ELN.

A pesar del enorme sub-registro en la cuantificación de las víctimas de la violencia


organizada en el país, la mayor responsabilidad dentro de estas muertes parece
recaer en las organizaciones de autodefensa, justicia privada y al servicio del
narcotráfico.

Una de las modalidades de violencia que revela la participación de los grupos de


autodefensa es el asesinato colectivo: asesinatos donde se producen, en una
misma acción, cuatro o más víctimas. Entre 1988 y 1990 se presentaron en forma
sistemática acciones de esta naturaleza que cobraron un elevado número de
vidas, coincidiendo con la extensión del modelo paramilitar de Puerto Boyacá a
otras regiones del país. Fue así como, luego de expulsar a la guerrilla de la zona
sur del Magdalena Medio, grupos seleccionados ayudaron a entrenar a otros
semejantes en Córdoba, Urabá, Putumayo y la región del Ariari en el Meta (Reyes,
1991).

No obstante, la tendencia registrada en los primeros años de la década del


noventa, que apuntó a la desintegración de los grupos con mayor estructura y
cubrimiento territorial, así como a la reducción de sus manifestaciones de
violencia, a partir de 1995 comienza a actuar en varios departamentos la
organización armada que lideró Carlos Castaño en Córdoba y Urabá. En efecto, en
Cesar, Bolívar, Magdalena, Sucre y la montaña antioqueña la actividad armada

14
Es preciso aclarar que estas cifras dan cuenta de manera exclusiva de lo que escasamente se
conoce en términos de los homicidios cometidos por los actores organizados de violencia y no
corresponden a las víctimas que en realidad producen estas organizaciones. Existe, en materia de
cuantificación de las víctimas de los actores organizados de violencia, un enorme sub-registro en el
país.

28
atribuida a esta organización se expresó en la realización de matanzas de
campesinos que, por sus características, concuerda con la violencia desatada por
los grupos de autodefensa en los últimos años de la década del ochenta. Estos
hechos evidencian el interés de estos grupos en presentarse como estructuras
armadas no guerrilleras con cobertura multirregional, con un alto grado de
coordinación y un mando unificado, con una doctrina común de operaciones y con
una gran ambición de poder.

A partir de 1997 se presentan hechos de violencia en el sur y en el oriente del


país, que ponen de presente el resurgimiento de las autodefensas. En Meta y
Guaviare comienzan a operar las autodenominadas Autodefensas Unidas de
Colombia (AUC); mientras que en Casanare y Arauca actúan las "Autodefensas
Campesinas", una organización armada que extiende su acción hasta los límites
con Boyacá.

En el mes de julio, el municipio de Mapiripán (Meta) fue escenario de una matanza


de campesinos, reivindicada por las AUC. En agosto se produjeron, en límites
entre Meta y Guaviare, una serie de combates entre las FARC y el grupo
responsables de la masacre referida, evidenciando la fuerte disputa por el dominio
de una zona vital para la actividad coquera en el oriente colombiano.
Posteriormente, en el mes de octubre, una comisión judicial que realizaba una
diligencia de extinción de dominio sobre una propiedad de un narcotraficante, fue
atacada en San Carlos de Guaroa (Meta) por un grupo de autodefensa; en la
acción perdieron la vida un mayor del ejército, cinco soldados, tres funcionarios de
la Fiscalía y dos agentes del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) que
hacían parte de la comisión. Este hecho puso al descubierto la función que
cumplen estas organizaciones en defensa de las propiedades del narcotráfico y,
por otro lado, el alto grado de autonomía de los grupos que se presentan
agrupados bajo las AUC15.

Así mismo, se evidenció cómo las organizaciones paramilitares, en defensa de


intereses estrechamente vinculados al narcotráfico, se enfrentan al Estado tal
como ocurrió en la masacre de “La Rochela” hacia finales de la década pasada.
Más recientemente, en noviembre de 1998, cerca de cuarenta asesinatos y más
de cien casas incineradas dejaron las acciones de los grupos de autodefensa en
los departamentos de Bolívar, Antioquia, Meta y Vichada al inicio del proceso de
paz con las FARC. En la última semana de 1998, aprovechando la declaración de
una tregua unilateral durante la época de navidad por parte de los grupos de
autodefensa, las FARC irrumpieron en el cuartel general de Carlos Castaño en el
Nudo de Paramillo. La retaliación al ataque de las FARC no se hizo esperar y en la
segunda semana de enero de 1999 las autodefensas de Córdoba y Urabá
asesinaron a ciento treinta personas con supuestos vínculos con la guerrilla.

El dispositivo de los grupos de autodefensa tiene una gran semejanza con el que
estos grupos registraban hacia finales de la década del ochenta. Esta coincidencia

15
En el mes de abril de 1997, las autodefensas de Córdoba y Urabá, las del Magdalena Medio y las
de los Llanos Orientales se unieron para integrar las “Autodefensas Unidas de Colombia” (AUC).

29
plantea algunos interrogantes en relación con dos circunstancias: si realmente se
produjo a comienzos de los años noventa la desintegración de los grupos
paramilitares con mayor estructura y cubrimiento territorial, y si las organizaciones
que operan con el brazalete de las AUC son realmente nuevas. En síntesis, si las
organizaciones que muestran actividad elevada a partir de 1995 son las mismas
que actuaron en el pasado, no obstante haber cambiado sus nombres y realizado
grandes esfuerzos para presentarse libres de la influencia del narcotráfico.

Las autodefensas - como las guerrillas - se proponen la consolidación de amplios


territorios y para ello identificaron el ámbito municipal como el escenario propicio
para el incremento de su poder. En la práctica, las organizaciones armadas
sustituyeron el propósito de lograr influencia política a través de candidatos y un
electorado propio, por las prácticas de intimidación que permiten manejar los
gobiernos locales estableciendo, con su presencia armada, las reglas del juego y
los compromisos de los candidatos, impidiendo que escapen a su control, escojan
sus colaboradores y propongan alternativas. A partir de la creación de las AUC,
estos grupos se propusieron contener la expansión de la guerrilla y penetrar las
zonas donde la insurgencia cuenta con las fuentes de financiamiento más
estables. Con este comportamiento, entraron a disputarle a la guerrilla los
enormes recursos económicos que han sido un factor decisivo en su
fortalecimiento.

II. Intensidad del conflicto armado y las manifestaciones de violencia

La información estadística que se presenta en la parte final permite apreciar el


incremento del accionar de la insurgencia y la mayor capacidad ofensiva con que
cuenta a partir de comienzos de la década del noventa. Las acciones propias de la
confrontación, como los contactos armados y los hostigamientos, así como los
sabotajes a la infraestructura económica, aumentaron ostensiblemente en el
conjunto de acciones armadas, mientras que las acciones típicas de financiamiento
(asaltos a poblaciones, entidades y vehículos de transporte) disminuyeron. Estos
cambios ponen de presente la mayor capacidad militar con que cuentan los grupos
guerrilleros, en buena medida por haber logrado diversificar las prácticas de
financiamiento que dependen en alto grado del secuestro, de la extorsión y de las
contribuciones del narcotráfico.

En cuanto a los contactos, las emboscadas, los hostigamientos y los ataques a


instalaciones militares, que entre 1985 y 1991 representaban el 53% del total de
las acciones propias de la confrontación armada, entre 1992 y 1998 aumentaron
su participación al 67%. Se observa, también, que las acciones de sabotaje contra
la infraestructura económica, petrolera, eléctrica y de comunicaciones no varían su
participación con el 27% en ambos períodos. Los asaltos a entidades públicas y
privadas, las acciones de piratería y los ataques a pequeñas poblaciones que
contaban con una participación en el conjunto de acciones del 20%, en el período
más reciente tan sólo representan el 6%.

30
La distribución de las acciones armadas, a nivel departamental, permite
determinar la concentración de hechos de este tipo en las diferentes
circunscripciones. De tal suerte, entre 1985 y 1998 el 75% de las acciones
armadas se registró en once departamentos: Antioquia 21%, Santander 12%,
Norte de Santander 6%, Cesar 6%, Arauca 6%, Meta 5%, Cundinamarca 5%,
Cauca 4%, Bolívar 4%, Huila 3% y Tolima 3%. Por otra parte, Córdoba, Caldas y
Risaralda experimentaron importantes reducciones en la intensidad del conflicto
armado hasta 1992, como consecuencia de la desmovilización del EPL. A partir de
1993, la disminución en el accionar de la guerrilla se mantiene únicamente en
Córdoba. En cambio, Risaralda y Caldas registran la presencia activa de tres
frentes de las FARC y un reducto disidente del EPL.

En el resto del país se produce un aumento sostenido en la intensidad del conflicto


armado. Los departamentos donde se observan los más altos incrementos en la
intensidad del conflicto son: Guajira, Chocó, Bolívar, Magdalena, Sucre, Quindío,
Tolima, Putumayo, Meta, Arauca y Casanare. En todos estos escenarios se
advierte un fuerte avance de los grupos guerrilleros en estos doce años. Las FARC
y el ELN incrementaron su presencia en La Guajira, y Casanare. Así mismo, las
FARC registraron, luego de las operaciones de las FF.MM. contra los campamentos
del secretariado en Uribe (Meta), un fuerte aumento de su presencia en el centro
del país. Otros departamentos donde la intensidad del conflicto armado también
aumentó fueron: Antioquia, Norte de Santander, Cauca, Quindío y Valle.

De otra parte, se observa que en las zonas donde la presencia de los bloques de
frentes de las FARC ha sido fuerte y activa, en el oriente, sur y sur occidente, el
desarrollo de los frentes de guerra del ELN ha sido incipiente y su accionar
armado especialmente bajo. En sentido contrario, donde ha existido mayor
desarrollo de los frentes de guerra del ELN, en el norte y nororiente, la presencia
activa de las FARC ha sido reducida. Por lo tanto, se podría afirmar, sin
desconocer la coincidencia de las FARC y el ELN en muchas regiones, que existe
una división del espacio que se manifiesta en los énfasis diferentes en la presencia
y la intensidad del accionar de cada una de las organizaciones a través de sus
frentes. Las estructuras armadas con presencia en zonas de cultivos ilícitos,
enclaves agrícolas y explotación petrolera y minera, son las que cuentan con una
mayor capacidad de acción armada.

Si se profundiza en la geografía del conflicto armado, se evidencia que el mayor


poderío militar de las organizaciones alzadas en armas se manifiesta con mayor
intensidad en las zonas donde se implantaron los primeros núcleos guerrilleros
(Urabá, Magdalena Medio, Sierra Nevada de Santa Marta, Catatumbo, Sarare y el
sur-oriente). Las zonas más afectadas por la elevada intensidad del conflicto hacia
finales de los años noventa son como en el pasado ante todo rurales16. En efecto,

16
La serie de mapas que se presenta al final da cuenta de la distribución geográfica de las acciones
más recurrentes en el conflicto armado, que son: contactos armados, hostigamientos, ataques
contra instalaciones militares y de policía, acciones de sabotaje, emboscadas, incursiones a
poblaciones y asaltos a entidades. Los municipios destacados registran, en promedio por año, más
de una de estas acciones.

31
el 60% de los doscientos treinta y cuatro municipios afectados por el conflicto
armado entre 1996 y 1998, pertenece a la estructura rural atrasada y de
colonización; el 17% es del tipo campesinado medio; el 10% se caracteriza por el
predominio de la agricultura comercial; y 13% pertenece a la estructura urbana.

La expansión de la guerrilla hacia zonas urbanas y con mayor potencial económico


no se encuentra acompañada de la capacidad de realizar en forma sostenida
acciones ofensivas, inclinándose más hacia la obtención de recursos para el
financiamiento de las organizaciones alzadas en armas. La presencia en municipios
cercanos a los grandes centros urbanos del país, confronta por otra parte la tesis
generalizada que asocia la presencia guerrillera con la inasistencia estatal en las
áreas alejadas del centro del país. Muestra, más bien, que la insurgencia ha
cambiado su dinámica de crecimiento relacionándose con el proceso de
urbanización (Peña, 1998).

De otra parte, con respecto a la intensidad de la violencia, entre 1996 y 1998


trescientas cinco poblaciones superaron la tasa promedio nacional de homicidios;
80% se localizan en diez departamentos: Antioquia (80), Cundinamarca (31), Valle
(28), Boyacá (21), Santander (18), Meta (17), Caquetá (14), Caldas (13),
Risaralda (12) y Quindío (10). Así mismo, el 93% de los municipios con índices
críticos de homicidio pertenece a la estructura rural y el 7% a la urbana. Las zonas
rurales más afectadas por la violencia son aquellas donde priman el campesinado
medio cafetero (72% de los municipios de este tipo registran tasas superiores al
promedio nacional) y la colonización de frontera (56% de los municipios registran
tasas superiores al promedio nacional).

Los municipios cafeteros que se habían caracterizado por el predominio de un


campesinado medio estable y acomodado, dedicado a las actividades de
producción de café, con la crisis albergan un sector endeudado y desesperado. La
cosecha cafetera en estas zonas produce una alta inmigración de trabajadores de
regiones pobres ocasionando alta densidad poblacional que no encuentra pleno
empleo, acentúa la delincuencia, genera expresiones de justicia privada y es
aprovechada por grupos al margen de la ley que encuentran apoyo en los
desempleados. Como ya se ha dicho, la expansión más fuerte de los grupos
guerrilleros se ha registrado en los últimos años sobre los municipios del eje
cafetero, buscando aumentar su presencia en esta zona estratégica, paso obligado
de los intercambios comerciales entre Medellín, Cali y Bogotá. En forma adicional,
en la zona occidental de las cordilleras, en los departamentos de Quindío y
Risaralda, la violencia tiene también una estrecha conexión con las actividades de
narcotráfico en el norte del Valle, que desde allí coordina el acopio y la
exportación de cocaína y heroína producida en el sur del país. Así mismo, el
narcotráfico ha registrado un fuerte proceso de compra de tierras, amparado en
organizaciones armadas muy violentas.

En las zonas de colonización de frontera se registran procesos activos de


colonización, desarrollados por movimientos migratorios generados por la violencia
y la descomposición campesina en la región andina. La carencia de infraestructura

32
vial y de servicios, la poca disponibilidad de suelos para la actividad agrícola, la
baja productividad y la nula integración a los mercados nacionales o regionales
dificultan la vinculación del colono a la tierra, conformándose así una economía
parcelaria itinerante, que a la vez que ensancha la frontera agrícola favorece el
establecimiento de cultivos ilícitos. Las regiones corresponden a las de mayor
intensidad del conflicto armado como son el piedemonte llanero y zonas de
Caquetá, Guaviare, Putumayo, Meta y Casanare. En estos escenarios rurales los
altos índices de violencia se explican en buena medida por la presencia de la
guerrilla y/o los paramilitares que recurren al homicidio para sembrar el terror,
imponerse por la fuerza y ganar espacios de poder en el ámbito local.

Adicionalmente, se puede inferir que los altos niveles de pobreza no se relacionan


en forma automática con la violencia, como tantas veces se ha argumentado en
los enfoques que buscan sus causas en las condiciones objetivas. Las áreas más
violentas en general están asociadas a la existencia de una estructura social
heterogénea con organizaciones armadas enfrentadas en torno a fuertes
intereses. Sin duda, la violencia coincide también con profundos desequilibrios
sociales propios de regiones con economías dinámicas que atraen migrantes y
donde la distribución del ingreso es inequitativa. En estas regiones no se ha
podido establecer firmemente una base jurídica e institucional que dicte con
claridad las reglas del juego y permita neutralizar la acción violenta de los
diferentes actores en competencia. De otro lado, los reducidos niveles de violencia
en general son más frecuentes en los municipios más atrasados y con menor
actividad económica.

Desde la perspectiva que muestran los mapas adjuntos, se tiene que el 70% de
los municipios que registraron un elevado índice de homicidios entre 1996 y 1998,
se encuentran en zonas afectadas por el conflicto armado y que en muchas de
estas localidades se registra también una elevada concentración de muertes
causadas por los actores organizados de la violencia. La convergencia geográfica
de estos fenómenos permite poner de presente que la elevada intensidad de la
violencia en Colombia, tiene una relación muy estrecha con el conflicto armado y
la presencia de grupos irregulares. En efecto, se encuentran municipios con tasas
que superan -en el doble o más- la media nacional y donde las muertes se
originan en las organizaciones de justicia privada en el norte del Valle, el Eje
Cafetero, la montaña antioqueña y la región del occidente de Boyacá; mientras
que en el piedemonte de la Cordillera Oriental (municipios dispersos de Casanare,
Arauca, Meta, Caquetá, Guaviare y parte de Putumayo), el Urabá, y el Magdalena
Medio (municipios de Bolívar, Cesar, Antioquia y Santander) la violencia es
atribuible a los actores del conflicto armado.

La evidencia presentada, permite controvertir el lugar común de que alrededor del


ochenta por ciento de los homicidios en Colombia es resultado de una violencia
cotidiana17.

17
El porcentaje se deduce de las víctimas que según las autoridades fueron asesinadas por las
guerrillas y otros grupos organizados (total homicidios menos víctimas de grupos organizados).

33
Una interpretación también diferente se desprende del análisis de las cifras
producidas por el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses. Se observa que
en las regiones más violentas, donde se registra la mitad de los homicidios que
ocurren en el país, la principal causa reconocida es el "ajuste de cuentas",
mientras que en los departamentos más pacíficos, donde ocurre tan solo el 20%
de los homicidios, la causa que sobresale son las "riñas" producidas por el
consumo de alcohol, los problemas en la convivencia y la intolerancia. Estas
tendencias sugieren que la violencia intencional tiene un peso mayor dentro de los
homicidios de lo que tradicionalmente se había considerado (Programa de
Estudios sobre Seguridad, Justicia y Violencia - Paz Pública, julio de 1997).

Pese al enorme desconocimiento sobre los autores de las muertes en el país, se


ha aceptado que la violencia que produce el mayor número de víctimas sobrepasa
a la que generan las guerrilla, los grupos de autodefensa y las organizaciones de
justicia privada al servicio del narcotráfico18. Como se ha visto, en las localidades
urbanas y rurales aludidas en este trabajo, la presencia de los grupos al margen
de la ley se asocia estrechamente con las altas tasas de homicidios
indiscriminados en escenarios donde a la vez son altos los asesinatos selectivos.
En las zonas rurales de colonización y los barrios periféricos de las ciudades en
acelerada expansión, se observan como factores comunes una sociedad débil,
aunque dinámica y un Estado incapaz de constituirse en mediador de los
conflictos, función que terminan desempeñando las organizaciones armadas
ilegales que se imponen a través de la violencia (Cubides, et al., Op. cit.).

Lo razonable, entonces, es reconocer, como afirma el sociólogo Daniel Pécaut, que


en la violencia actual los fenómenos interactúan y se relacionan de manera que
resulta totalmente inapropiado continuar trazando límites claros entre la violencia
política y aquella que no lo es, y menos aún seguir insistiendo en la supuesta
irrelevancia de la violencia originada en los actores del conflicto armado (Pécaut,
1997a).

III. Intimidación y poder local

Resulta bastante alta la convergencia entre las áreas de influencia histórica de la


guerrilla y las poblaciones que manifiestan simpatía por los grupos alzados en
armas. De esta forma se estaría evidenciando que la fuerte expansión territorial de
la guerrilla, registrada en los últimos años, no guarda relación con su potencial

18
El casi total desconocimiento acerca de los responsables de las muertes violentas en el país se
encuentra asociado a las deficiencias del sistema de justicia, que deja sin investigar dos terceras
partes de los casos que se registran y se inclina por aquellos que tengan, de partida, un
incriminado conocido. Ante esta situación, es de suponer que las muertes producidas por la
violencia organizada son dejadas de lado por los investigadores, por cuanto su esclarecimiento
requiere mayor esfuerzo así como enfrentarse al poder de intimidación con que cuenta este tipo de
violencia. En este aspecto, los datos de Medicina Legal analizados por Mauricio Rubio también
muestran que el conocimiento acerca de las circunstancias de los homicidios es inversamente
proporcional a la violencia. Por ejemplo, se observa cómo el incremento de la violencia se da
acompañado de un mayor misterio alrededor del fenómeno. Es así como en los sitios más pacíficos
del país se conocen las causas en un 61% de los homicidios, mientras que en los más violentos las
causas se saben sólo en el 33% de los casos. Véase Rubio, 1999.

34
político ni electoral, que incluso ha decaído de manera ostensible en las zonas
tradicionalmente bajo su influencia. La expansión territorial de la guerrilla no se
traduce en un mayor poder de convocatoria, sino más bien en el incremento de su
capacidad de intimidación para así aumentar su influencia a nivel local.

A través de la intimidación la guerrilla elige alcaldes y concejales, determina a


quiénes deben favorecer los nombramientos, los contratos, las inversiones físicas,
los programas sociales, etc. La presión de la guerrilla se manifiesta en asesinatos,
secuestros y amenazas que recaen en dirigentes políticos, candidatos, alcaldes,
concejales y funcionarios. Los municipios donde la guerrilla ha buscado ampliar su
poder a través de la intimidación, pertenecen a las zonas donde la expansión
guerrillera se produjo a partir de mediados de los años ochenta, y en su mayoría
coinciden con los patrones de crecimiento identificados en la primera parte de este
artículo.

Se vislumbra en este sentido la salvadorización del conflicto colombiano, en


relación con la conversión creciente de los alcaldes en objetivos militares, en la
perspectiva de consolidar poder en las zonas estratégicas; este último
procedimiento, que empezó en El Salvador a mediados de los ochenta, se tradujo
en una degradación y escalamiento de este conflicto (Bejarano, 1996).
El número de municipios intimidados por la guerrilla, los grupos paramilitares y el
narcotráfico, hacia la segunda mitad de la década del noventa pasa de doscientos.
La estadística se desprende de los reportes de asesinato, secuestro y amenazas
puestas en conocimiento de las autoridades y las denuncias diarias que recibe la
Federación Colombiana de Municipios. Esta información muestra que el mayor
número de localidades afectadas se encuentra en las zonas que han registrado
una fuerte expansión de la guerrilla así como el surgimiento de los grupos que se
le oponen. A nivel local estas organizaciones actúan como redes de poder, que
manejan instrumentos de fuerza y son capaces de imponer su control sobre la
población a través de la intimidación remplazando los lazos de solidaridad
colectiva por la desconfianza mutua que se manifiesta en la ley del silencio y en la
incomunicación que hacen imposible construir comunidad y propiciar el
desarrollo19.

A la vista de la evidencia que se presenta al final, se pueden tener varias hipótesis


que expliquen por qué la guerrilla presionó la renuncia de un conjunto importante
de candidatos a los concejos y alcaldías en 162 municipios en los meses previos a
la realización de comicios electorales del 26 de octubre de 1997.

a) La guerrilla saboteó las elecciones en Nariño y algunos municipios de la


montaña antioqueña donde comenzaba a incursionar, con el propósito de ampliar
su influencia a nivel local.

19
La conceptualización de las organizaciones armadas como redes de poder que imponen su
control a través de la intimidación, fue expuesta por Daniel Pécaut en el conversatorio "El estado de
las investigaciones sobre violencia en Colombia", organizado por el CINEP los días 15 y 16 de
noviembre de 1996 en Sasaima - Cundinamarca.

35
b) En el sur de Bolívar, Bajo Cauca y Magdalena Medio de Antioquia y Meta, las
amenazas de la guerrilla contra los candidatos se producen en las localidades
donde los paramilitares entran a disputarle el poder. Al presionar la renuncia de
los candidatos la guerrilla procuró neutralizar el avance paramilitar e impedir el
control por parte de estos grupos de los gobiernos locales.

c) En las zonas donde las FARC contaban con presencia histórica en el sur del país
(Caquetá, Guaviare, Putumayo, Huila y Cauca), el sabotaje a las elecciones tuvo
como fin hacer una demostración de poderío. En el pasado la presión de la
guerrilla en estas zonas fue mucho menor, en cuanto el propósito de la
intimidación no apuntaba a impedir la elección de las autoridades locales.

Se observa también que en regiones donde el ELN ejerce control territorial


(Arauca), no se presentaron amenazas contra los candidatos lo que indicaría la
existencia de condiciones que le permiten "cogobernar" con las autoridades
legítimamente elegidas.

De otra parte, el rápido avance paramilitar, se expresa en el hecho de que en


zonas presionadas en el pasado por la guerrilla (Urabá, Córdoba, Magdalena,
Casanare y sur del Cesar), las elecciones del 26 de octubre de 1997 se celebraron
sin que los candidatos fueran intimidados por los alzados en armas. En estas
zonas la intimidación corrió por cuenta de los paramilitares que como en el caso
de Urabá, impidieron que se presentaran candidatos de partidos o movimientos de
izquierda.

Los cambios en la dinámica del conflicto hacen preciso reconocer que a pesar del
mayor alcance que la guerrilla logró en el propósito de ampliar su poder a nivel
local, el avance de los grupos paramilitares se expresa, por una parte, en que los
grupos alzados en armas han perdido terreno en el noroccidente del país y, por
otra, en que han tenido que concentrar mayores esfuerzos en neutralizar la
expansión de los grupos irregulares que se les oponen en el Magdalena Medio y
en el oriente del país donde le disputan el control del poder local. Los
paramilitares, se arrogaron la doble tarea de impedir por una parte la expansión
de las guerrillas y, por otra, la de penetrar las zonas donde estas organizaciones
cuentan con las fuentes más estables de financiamiento. Ante esta nueva
situación, las FARC desplegaron mayor poderío en las zonas de presencia
histórica, a través de acciones de gran contundencia militar como las que se
registraron en los ataques contra objetivos militares entre 1996 y 1998. Estos
ataques pusieron al descubierto la gran capacidad bélica, de financiamiento y de
control sobre la población, todo lo cual tendría como fin último sostener las
posiciones de las FARC en las zonas de presencia histórica, mientras en el resto
del territorio realizan acciones con el propósito de dispersar los esfuerzos del
Estado para derrotarlas.

Conclusiones

36
La evidencia presentada sobre la implantación y posterior expansión de la guerrilla
sobre el territorio colombiano corrobora la tesis según la cual puede existir una
correlación significativa entre la presencia de actores armados y la dependencia
hacia recursos naturales, sin que necesariamente un factor cause el otro. En
efecto, la localización de los grupos armados corresponde al desarrollo sistemático
de planes estratégicos que encontró en el débil imperio de la ley un factor
favorable. Si bien no se puede afirmar que la abundancia de recursos naturales
haya sido per se la causa primordial de la implantación de los grupos armados en
diferentes zonas del país, tampoco se puede desconocer que una vez surge la
confrontación armada, la posibilidad de obtener fondos a partir de ciertos tipos de
recursos se convierte en la condición necesaria para garantizar su sostenimiento y
prolongación.

La dimensión territorial de la presencia guerrillera tampoco se puede explicar por


la existencia de condiciones objetivas que se presentan en las zonas rurales y
marginales. No son las condiciones objetivas las que determinan necesariamente
la presencia de las guerrillas sobre el territorio, sino más bien las decisiones
conscientes que han tomado estas organizaciones con el propósito de avanzar en
la confrontación. Como se ha visto, la presencia de los alzados en armas, está
asociada con factores económicos, políticos y militares, que sin duda coinciden con
profundos desequilibrios sociales propios de regiones con economías dinámicas
que atraen migrantes y donde la distribución del ingreso es inequitativa.

También se ha visto cómo, hacia finales de los años noventa, la presencia de las
FARC y el ELN ya no es exclusivamente rural y marginal. No obstante, estas
organizaciones mantienen un elevado grado de concentración de la actividad
armada en áreas periféricas que les han permitido contar con una base de
financiamiento estable. Las estructuras de frentes con presencia en zonas de
cultivos ilícitos, enclaves agrícolas y explotación petrolera y minera, son las que
cuentan con mayor capacidad de acción armada. Así mismo, la elevada
concentración del conflicto en estas zonas donde la presencia de la guerrilla es
histórica, sugiere que no existe consolidación del dominio de la guerrilla y tampoco
se encuentra en condiciones de desarrollar actividades de forma sostenida en las
áreas donde incursionaron en los años noventa. En las áreas de incursión reciente
operan las estructuras de frentes menos desarrolladas y con menor capacidad
ofensiva, que en todo caso representan un riesgo estratégico para las actividades
económicas más dinámicas y para los centros urbanos más importantes del país.

El avance de los grupos paramilitares se traduce, por una parte, en que las
guerrillas registran pérdidas territoriales muy significativas y, por otra, en que han
tenido que concentrar mayores esfuerzos en neutralizar el avance de los grupos
irregulares de signo contrario. En este nuevo escenario, los actores armados en
competencia por el territorio convirtieron a la población civil en objetivo militar,
dando una clara demostración del alto nivel de degradación del conflicto interno20.

20
Según autores como Mary Kaldor, la violencia ejercida contra la población civil es uno de los
rasgos más representativos de los conflictos armados contemporáneos o nuevas guerras, tal como
los denomina esta académica del Reino Unido. En palabras de Mary Kaldor: "Diversos

37
Muestra de ello es la relación muy estrecha entre la presencia de los grupos
insurgentes, el surgimiento de organizaciones armadas ilegales que se les oponen
y el incremento de la violencia, que por otra parte deja con poco piso las
consideraciones corrientes acerca de la supuesta irrelevancia de las muertes
asociadas al conflicto armado.
Adicionalmente, si se comparan los municipios afectados por los homicidios
indiscriminados con los municipios críticos por la elevada intensidad del conflicto
armado y los altos índices de asesinatos causados por los actores organizados, se
descubre una correspondencia muy significativa en la geografía de estos
fenómenos, lo que a su turno sugiere que los altos niveles de violencia tienen una
relación muy fuerte con la presencia de dichos actores. Esta evidencia permite,
por otra parte, controvertir la afirmación corriente en el sentido de que alrededor
del ochenta por ciento de los homicidios en Colombia responde a una violencia
impulsiva, rutinaria y desorganizada.

comportamientos que estaban prohibidos en virtud de las reglas clásicas sobre la guerra y
penalizados en las leyes sobre la materia a finales del siglo XIX y principios del XX, como las
atrocidades contra la población no combatiente, los asedios, la destrucción de los monumentos
históricos, etcétera, constituyen en la actualidad un elemento fundamental de las estrategias de las
nuevas modalidades bélicas" (Kaldor, 2001, 23). Una crítica a los planteamientos de Mary Kaldor
puede encontrarse en Kalyvas, 2001; Hassner y Marchal, 2003; Marchal y Messiant, 2004;
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76
INICIOS DE LA PRODUCCIÓN DE AMAPOLA EN ESCENARIOS
DEL CONFLICTO ARMADO

Introducción

En este trabajo se muestra cómo el inicio de la producción de amapola en


Colombia, durante la última década del siglo XX, respondió
fundamentalmente a circunstancias coyunturales que crearon incentivos para
la expansión de este cultivo ilícito. Así mismo, se sostendrá, luego de haber
analizado las características de la producción, procesamiento y tráfico de la
heroína colombiana, que a diferencia de lo que ocurría con el negocio de la
cocaína, donde se tenían unas ventajas comparativas muy grandes frente a
otros competidores -en términos de dominio y eficiencia en todos los pasos
del negocio-, con la heroína tales ventajas eran muchísimo menores y podían
agotarse por completo una vez los incentivos estrictamente especulativos
que dieron origen a su producción desaparecieran.

Las semejanzas entre las actividades agro-exportadoras en el siglo XIX y los


cultivos ilegales en el período analizado, se encuentran en las rápidas y
traumáticas transformaciones que experimentaron las zonas productoras
para poder responder a la demanda externa. Es importante aclarar que este
estudio no se interesa por la violencia asociada al tráfico de las drogas, cuya
lógica se explica en la existencia de organizaciones que pretenden el control
del negocio, recurriendo a la eliminación de competidores y de grupos
rivales, así como de representantes del Estado o dirigentes políticos que se
opongan a sus actividades. Lo que si se pretende ratificar a través de esta
reflexión, en palabras del historiador Hermes Tovar, es que "el narcotráfico
arrastra consigo componentes de violencia pero no es el único generador de
la misma. Lo que ocurre es que la fuerza de su riqueza y poder ha
encontrado un clima contaminado en donde practicar su propia justicia, le
permite entrar en el juego de otras fuerzas económicas que en el pasado
han actuado del mismo modo" (Tovar, 1993, 31).

El campo de interés se ubica más bien en descubrir a nivel local los cambios
en la estructura de la producción y las relaciones sociales; los efectos del
enriquecimiento repentino de los pobladores y la intervención de
comerciantes, narcotraficantes, terratenientes y organizaciones armadas
ilegales en todos estos procesos.

De hecho productos como la marihuana, la coca o la amapola a diferencia


del tabaco, la quina o el añil en el siglo XIX, se enmarcan en un contexto
particularmente violento debido al carácter ilegal que rodea la producción, el
tráfico y el consumo de drogas. Así mismo, la enorme importancia que
representan las actividades ilegales en el financiamiento de los actores
organizados de la violencia, hace que éstos desempeñen un papel
preponderante en el control de la producción y la comercialización de este

77
tipo de productos.

Es así como la diferencia en las condiciones y variedad de actores que


intervienen en la producción de drogas en Colombia, hacen que esta
reflexión parta del convencimiento de que "hay algunos fenómenos cuyas
formas tienden a reproducirse hoy, pero esto no autoriza a exagerar la idea
de la continuidad a pesar de que en algunas regiones es posible detectar la
presencia de formas de violencia propias del pasado y del presente, en una
inquietante simbiosis" (Camacho, 1991, 34).

I. El desarrollo del cultivo de ilícitos en el marco de las economías


de ciclo corto

La experiencia agro-exportadora en el siglo XIX

El auge agro-exportador a partir de la segunda mitad del siglo XIX en


Colombia, fue el resultado del programa económico de los liberales radicales
y de coyunturas especialmente favorables para los productos de origen
agrícola, que alcanzaron altos precios en los mercados internacionales. La
expansión del sector exportador estuvo indisolublemente ligada a períodos
caracterizados por la escasez en el ámbito externo, por un lado, y a las
mínimas dificultades existentes para entrar a los mercados internacionales,
por otro lado (Ocampo, 1984, 61).

Productos como el tabaco, la quina, el añil e incluso el café en su primera


etapa, para nombrar sólo los más importantes, registraron una permanente
inestabilidad en los mercados debido a los desequilibrios crónicos. Los
altísimos precios que se ofrecían en los momentos de escasez por los
productos de difícil suministro, brindaron oportunidades favorables para
quienes rápidamente lograron adecuar su producción para atender la
demanda externa insatisfecha. Una vez superados los desequilibrios en los
mercados -ya fuera por el restablecimiento de las exportaciones de los
proveedores tradicionales o por el surgimiento de nuevos y más eficientes
productores- los precios se estabilizaban, dejando sin aliciente para
continuar en el negocio a todos los que habían llegado atraídos por las
ganancias extraordinarias surgidas de las coyunturas favorables para la
especulación.

Los frecuentes desequilibrios en los mercados externos de materias primas


llevaron al desarrollo de economías de ciclo corto que forjaron en los
productores una mentalidad muy particular frente a los negocios.
Interesados exclusivamente en responder a los precios especulativos,
dejaron de lado aspectos fundamentales para garantizar la permanencia de
los productos en los mercados externos, como el cuidado de la calidad, la
ampliación de la capacidad productiva y el desarrollo de técnicas que
hicieran más eficientes los procesos de producción. Con esta actitud
claramente especulativa, no se consideraron alternativas diferentes a la de

78
responder a los altos precios internacionales con una producción totalmente
improvisada. El aliciente para entrar a los mercados en corto tiempo
desaparecía debido a que los países con mayores ventajas competitivas
(relaciones capitalistas de trabajo, mayor eficiencia en la producción y mejor
calidad de los productos) terminaban ampliando su producción y llevando el
mercado nuevamente al equilibrio (Ibid., 62).

El comportamiento inestable de los precios de los bienes de origen agrícola,


forjó en los productores una habilidad especial para adaptarse rápidamente a
las condiciones cambiantes de los mercados externos. El espíritu
especulativo se impuso y determinó una alta movilidad de capital, para dirigir
las inversiones hacia la producción exportable que en el momento ofreciera
una alta rentabilidad. Todo esto se tradujo en una conducta empresarial que
rechazó la especialización, intervino en varios negocios y dejó la puerta
abierta a la exportación de capital (Palacios, 1983, 120-121).

El tabaco fue el primer producto de exportación que en este ámbito trajo


importantes modificaciones en la economía interna, representadas
fundamentalmente en la dinamización del comercio, pues los cambios
industriales fueron muy limitados (Jarrison, 1977). El cultivo, especialmente
en Ambalema-Tolima, respondió al incentivo de los altos precios
internacionales, que rápidamente llevó al desarrollo de una actitud
claramente especulativa en el proceso de producción. El producto presentó
una enorme heterogeneidad debido al descuido en el manejo técnico de los
cultivos, que acabó agotando las tierras, sumado a la persistencia de
relaciones precapitalistas de producción que iban en contra del
mejoramiento de la calidad del tabaco (Kalmanovitz, 1984, 259; Bejarano y
Pulido, 1982, 145). Era evidente la inexistencia en la explotación del tabaco
de una actitud encaminada a permanecer en el negocio y superar los
problemas que dificultaban su ingreso a los mercados externos (Ocampo,
Op. cit., 250). De tal suerte, a mediados de la década del setenta, el
surgimiento de Java como productor de tabaco en condiciones capitalistas de
producción, llevó a que el tabaco colombiano fuera desplazado por un
producto muy superior. La suerte que corrió el tabaco se repetiría en las
experiencias de la quina y el añil unos años más tarde.

En la explotación de la quina se reconocen tres momentos de auge de muy


corta duración: 1849-1852, 1867-1873 y 1877-1882, que responden al
incremento de la demanda externa. La explotación de la quina también
estuvo determinada por el incentivo de los altos precios ofrecidos en el
mercado mundial. Al igual que ocurrió en la experiencia tabacalera, la
comercialización de la quina enfrentó problemas asociados a la elevada
heterogeneidad del producto. En relación con este punto, "la mala fe" de los
recolectores de la cascarilla, que no se ceñían a la recolección de una
especie determinada, y que en muchas oportunidades no fue más que el
resultado de una acción involuntaria debido a su ignorancia y falta de
preparación, impidió la consolidación de la quina colombiana en el ámbito

79
externo.

Los comerciantes colombianos, lejos de interesarse por garantizar su


permanencia en el mercado, no incorporaron métodos de selección del
producto que permitieran superar las limitaciones impuestas por el
comportamiento inmediatista de responder a los incrementos de los precios
con una producción improvisada. El liderazgo alcanzado por las fábricas
inglesas, encargadas de la obtención del sulfato de quina, se logró consolidar
en el mercado gracias a la modernización de sus procesos productivos, así
como al suministro constante y especializado de materia prima. Son estas las
razones que llevaron a la terminación del ciclo exportador de la quina
colombiana. Las firmas inglesas sustituyeron el producto colombiano por el
que comenzaron a explotar en sus propias colonias, garantizando de esta
manera un suministro continuo, estabilidad en los precios y alta calidad del
producto (Echandía y Sandoval, 1986).

El auge del cultivo del añil, por su parte, se originó cuando los capitales
invertidos en las plantaciones de tabaco comenzaron a retirarse ante los
primeros síntomas de la crisis en esta actividad. Los comerciantes que no
vieron en la explotación de la quina un negocio con futuro, invirtieron en el
cultivo del añil abrigando la esperanza de que en esta actividad se
encontraran los beneficios que ya para 1860 se les negaban en la producción
de tabaco. Aunque el añil tuvo un impacto menor que los derivados del auge
del tabaco y la quina, debido a su corta permanencia en los mercados
europeos, que pronto encontraron en la anilina un sustituto perfecto del
colorante vegetal, dio origen a la concentración de capitales que precedió las
siembras de café en las faldas de la Cordillera Oriental. Los sembrados de
añil, aunque se ubicaron principalmente en la región del Valle del
Magdalena, se extendieron también a otras zonas de la nación, dinamizando
la economía a nivel regional (Alarcón y Arias, 1987, 175).

La mentalidad especulativa forjada en las economías de ciclo corto sufriría


importantes transformaciones en las últimas dos décadas del siglo XIX con la
producción de café. Si bien, en un comienzo el café fue claramente una
actividad guiada por una mentalidad especulativa, debido a los desequilibrios
en el mercado internacional del grano, su producción comienza a
caracterizarse cada vez más por la creciente participación del capital fijo
dentro del capital total en la hacienda cafetera.

El interés que se comienza a gestar por permanecer en el negocio, llevó a


que hacia finales de siglo se adoptaran en las haciendas procesos técnicos
que mediante el uso de maquinaria moderna lograron que el 90% del grano
exportado se enviara en forma de café pergamino. Estas importantes
transformaciones, introducidas a través de la economía cafetera, evidencian
la ruptura con la mentalidad especulativa que se caracterizó por no arriesgar
mucho en una actividad específica, manteniendo el capital invertido en una
diversidad de empresas de corto plazo y alta rentabilidad acorde con los

80
momentos de desequilibrio en los mercados externos.

Los cultivos ilícitos como economías especulativas

De manera muy semejante a lo ocurrido con el tabaco, la quina y el añil, el


auge de los cultivos ilícitos y la aparición de nuevas zonas productoras para
satisfacer la demanda externa de drogas a finales del siglo XX, se explica en
razón de los altos precios internacionales y la rápida respuesta de la oferta
ante el incentivo creado. El precio se constituye en la señal que determina
qué y cuánto producir, dependiendo de factores tan variados como la
represión de la oferta, la escasez, el desarrollo de nuevas variedades, el
mejoramiento de la calidad o los fenómenos climáticos.

Un buen ejemplo de esto se encuentra en la producción de marihuana en la


década del setenta. El boom de la producción en este período fue el
resultado del creciente consumo en los Estados Unidos (EE.UU.), implantado
por miles de ex-combatientes de la guerra de Vietnam que introdujeron al
país el hábito de fumar hierba. Un fenómeno semejante ocurrió en Europa
donde el consumo de la marihuana se asoció con la rebeldía (Sauloy, 1985).
Por otra parte, la represión contra el tráfico en Méjico en 1975 abrió la
posibilidad para el desarrollo a gran escala del cultivo de marihuana en
Colombia. En 1978, se afirmaba que el comercio de marihuana era
controlado por 60 grandes exportadores en Colombia; la producción anual se
estimaba en 20.000 toneladas; requería de un ejército laboral de 20.000
productores; el 60% de la producción se consumía en los Estados Unidos.

El comienzo de la década del ochenta marca la decadencia de la producción


de marihuana y el inicio del auge de la producción de cocaína. La experiencia
aportada por la estructura productiva y comercial de la marihuana, le
permitió a los traficantes colombianos obtener una clara ventaja sobre los
competidores peruanos y bolivianos en el manejo de este nuevo negocio que
empezaba a surgir con fuerza.
La crisis de la marihuana, como la de los productos de exportación en el
siglo XIX, obedeció a la disminución de la demanda internacional y a las
prácticas especulativas que se vieron reflejadas en la adulteración del
producto, los descuidos en el mantenimiento de la calidad y la aparición de
nuevas zonas de producción más eficientes. A finales de la década del
setenta, las propuestas más atractivas para los capitales surgidos de la
bonanza marimbera se encontraban en actividades especulativas del sector
financiero o en el narcotráfico; este último estimulado por los elevados
precios de la cocaína, en razón del crecimiento desmesurado de la demanda
estadounidense por este producto.

El país contaba con condiciones favorables para el desarrollo de esta


actividad en términos de movilidad de los excedentes, instalación de
laboratorios, disponibilidad de aeropuertos y destrucción de las restricciones
físicas a través de prácticas como el soborno y la intimidación (Arrieta, et al.,

81
1990, 90). A diferencia de la marihuana y los productos característicos de las
economías de ciclo corto del siglo XIX, donde se producían materias primas
sin que mediara ningún proceso industrial, la coca requería de un proceso de
transformación que podía realizarse en el país. Adicionalmente, la cocaína
como producto industrial contiene un valor agregado mayor y su alto costo,
en proporción al volumen y peso, hace que cada envío genere una mayor
fuente de ingresos frente a uno de marihuana (Sauloy, Op. cit., 538). Las
ventajas en el negocio de la cocaína no provenían de factores naturales
como en el pasado, sino tecnológicos.

La incertidumbre creada a raíz del descenso en el precio de la hoja de coca y


la base de cocaína a comienzos de la década del noventa, dejó a los
campesinos dedicados a esta actividad sin posibilidades de alcanzar las
ganancias obtenidas en el pasado. En medio de la crisis una nueva señal
empieza a emitirse con gran fuerza desde los mercados externos para la
producción de sustancias de consumo prohibido. Es así como, en 1992 el
crecimiento de los consumidores de heroína en los Estados Unidos se
estimaba en 75% y el precio al mayorista del kilo oscilaba entre US $65.000
y US $240.000; es decir, entre seis y diez veces más que el kilo de cocaína,
dependiendo del lugar de origen y el grado de pureza del producto. El
aumento en la demanda de heroína en Estados Unidos fue el resultado de
una cruzada emprendida por los países asiáticos a partir de mediados de los
años ochenta en busca de mercados externos, que se vio interrumpida a
finales de esta década por la aplicación de políticas de erradicación de
cultivos de amapola en Turquía y la disminución de la producción en
Birmania y Afganistán, dos de los más importantes productores a nivel
mundial, debido a fenómenos climáticos y perturbaciones de orden político
(Tokatlian, 1992; Tullis, 1991).

II. Inserción de la heroína colombiana en el mercado mundial

El incremento en la demanda de heroína en los Estados Unidos, sumado a la


disminución de la oferta en los países tradicionalmente encargados de la
producción, generó las condiciones necesarias para la entrada de nuevos
oferentes. En Colombia estas circunstancias se tradujeron en un incremento,
por un lado, de las hectáreas sembradas con amapola y, por otro lado, del
número de personas vinculadas a las diferentes etapas del negocio, debido a
su gran rentabilidad. Es así como en diciembre de 1990, los cultivadores de
café en el área limítrofe entre los departamentos de Huila y Cauca advierten
la gestación de una nueva actividad económica, pues les fue imposible
retener trabajadores dado que se pagaba por trabajar en el cultivo de
amapola salarios tres veces superiores a los obtenidos en el cultivo del café;
posteriormente, en febrero de 1992, el precio de la hoja de coca en el Cauca
sólo era de US $ 0.6 por kilo, con un beneficio de US $ 600 por hectárea al
año, mientras que por el látex extraído de la amapola se pagaban US $
2.000 por kilo; de una hectárea de amapola se obtenían entre 8 y 10 kilos de
látex en un semestre, con un beneficio entre US $ 32.000 y US $ 40.000 por

82
año (de Rementería, 1992).

Estas nuevas condiciones que rodearon el surgimiento de la amapola


hicieron imposible la competencia con los cultivos legales, situación que se
vio estimulada aún más por la coyuntura especialmente desfavorable para
los productos básicos con la caída interna y externa de los precios del café,
arroz, algodón, etc., las restricciones impuestas por los países consumidores
para la entrada de algunos de estos productos y el impacto desfavorable de
la apertura económica y la política de ajuste realizadas en la década del
noventa sobre las economías campesinas más vulnerables.

La falta de suministros continuos y suficientes de goma de opio y el poco


conocimiento sobre las técnicas de refinamiento habían impedido que
Colombia se convirtiera en un país proveedor de heroína. Los esfuerzos para
vencer estos obstáculos de acuerdo con la información disponible habrían
sido más evidentes. A primera vista la expansión de los cultivos de amapola,
junto con el mayor esfuerzo en producir heroína de buena calidad, no dejaría
mayores dudas de que los conocimientos y los capitales acumulados en otras
actividades ilícitas, ya se habrían puesto en la tarea de responder a las
condiciones favorables para el desarrollo de esta nueva actividad.

Los factores determinantes en la vinculación de traficantes colombianos al


negocio de la heroína, están asociados a fenómenos tales como la
diversificación del mercado de la cocaína que buscaba penetrar mercados
como el europeo y el asiático; contexto en el cual se hicieron posibles una
serie de alianzas con los grupos que controlaban el negocio de la heroína y
el acceso a variedades de semillas de amapola de alto rendimiento y calidad,
así como a los procesos de transformación óptima.

Otro factor importante está relacionado con los cambios en los EE.UU.
caracterizados por nuevas formas de consumo (fumable e inhalable) y una
presentación de combinaciones de sustancias, fenómenos propios de los
procesos de diversificación en la demanda de mercancías incluídas las drogas
ilícitas. Adicionalmente, se destaca la revolución del mercado de las drogas
ilegales, ligada al incremento sustancial de la oferta, que condicionó las
reglas del juego a través de la optimización de la calidad y pureza de la
sustancia ofrecida, situación que se tradujo en la salida de heroína como la
mejicana y, hasta cierto punto, la de Asia Sur Occidental, con unas mejores
posibilidades para aquellos grupos que sabían manipular las variedades de
mejor calidad o aquellos sectores de empresarios que manejaban
importantes redes de distribución (Vargas y Barragán, 1994).

Producción de amapola y de sus derivados en Colombia 21

21 Los aspectos relativos al cultivo, procesamiento y tráfico de la amapola y sus derivados


se basan en lo fundamental en los siguientes documentos: Departamento Administrativo de
Seguridad (DAS), 1991; Departamento de Justicia de los Estados Unidos - Departamento de

83
En Colombia, el cultivo de amapola registra antecedentes hacia 1984,
cuando en el sur del Tolima fue hallado un plantío con 27 hectáreas;
posteriormente, en marzo de 1990 se descubrieron ocho hectáreas
sembradas de amapola en el Departamento del Huila; a partir de este
momento se produjo el hallazgo de unas dos mil hectáreas distribuidas entre
los departamentos de Cauca, Huila, Tolima, Valle, Caquetá, Cundinamarca,
Nariño, Putumayo, Santander, Boyacá, Antioquia y Caldas.

A partir de 1991 se registró una vertiginosa expansión de los cultivos. La


producción en auge estaba aparentemente patrocinada por personas
vinculadas al negocio de la coca, que comenzaron a comprar el látex de la
amapola a precios muy superiores a los pagados por los productos
tradicionales de la economía campesina.

Es así como, por ejemplo, en el Departamento del Tolima, donde se registró


la producción más elevada y tecnificada, la expansión de las zonas con
siembras de amapola estaba directamente asociada a la llegada de planteros
o financiadores del cultivo, procedentes de los principales centros donde se
ha establecido el narcotráfico: Antioquia, Risaralda, Valle y en menor
proporción Ibagué. Con los planteros llegaron también, atraídos por los altos
salarios que la coca ya no podía pagar, docenas de jornaleros con sus
familias procedentes de Caquetá, el Magdalena Medio, Guaviare y los Llanos
Orientales.

Los organismos encargados de combatir los cultivos ilícitos en el país,


reportaron en 1991 la existencia de 2.500 hectáreas sembradas de amapola;
mientras que a finales de 1993 las estimaciones estaban entre 10.000
hectáreas calculadas por la Policía Nacional y 20.000, distribuidas en 17
departamentos y 113 localizaciones, según el Consejo Nacional de
Estupefacientes. Las cifras disponibles sobre cultivos ilícitos en 1994,
colocaban a la amapola entre la coca y la marihuana. Las plantaciones de
coca oscilaban entre las 35.000 y las 39.000 hectáreas. La marihuana,
nuevamente estimulada debido a la represión al cultivo en Hawai y la sequía
en California, registró un incremento en el área sembrada a partir del
segundo semestre de 1992, año en que la extensión de los cultivos en el
país se estimaba entre 6.000 y 8.000 hectáreas. El crecimiento de la
producción de amapola en Colombia, según las cifras reportadas, hizo que se
aumentara la participación en la producción mundial de 1% a 8.3%;
superando la de Méjico (3.960 hectáreas) y Guatemala (1.721 hectáreas).
Para entonces el país tenía la mayor superficie cultivada de América Latina.
Sin embargo, el cultivo de amapola a nivel interno era relativamente
insignificante al compararlo con el principal productor a nivel mundial,
Birmania (Myanmar) con 165.800 hectáreas. Para este período, Colombia se

Lucha contra el Narcotráfico, abril de 1992; Revista Criminalidad, Policía Nacional, núms. 34,
35 y 36; Consejería Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional, 1992.

84
podía ubicar en el contexto internacional entre Laos y Afganistán que
contaban con 26.045 y 17.100 hectáreas respectivamente (Consejería
Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional, 1994).

La flor de la amapola es cultivada en Colombia en especial en los pisos


térmicos fríos, en alturas que oscilan entre los 2.000 y 2.800 metros sobre el
nivel del mar, propiciando que las regiones escogidas para tal fin se
encuentren ubicadas en zonas montañosas. La mayoría de municipios con
zonas sobre los 2.000 metros es potencialmente apta para producir amapola,
tanto por las características del clima como por las ventajas económicas que
ofrece el cultivo frente a la economía legal. No debe descartarse, sin
embargo, la posibilidad de cultivar la planta en diversos tipos de suelos y
alturas inferiores a las mencionadas, gracias al desarrollo de nuevas
variedades. Las características climáticas y la dimensión ilegal que rodea el
cultivo de la amapola lo convierten en una amenaza contra la estabilidad de
ecosistemas vitales y particularmente frágiles de la región andina. De hecho,
la ampliación de la frontera agrícola, orientada hacia la búsqueda de zonas
aisladas y estratégicas para el desarrollo de la actividad ilegal, se hace a
costa de la tala de los bosques de niebla y páramo bajo, que constituyen
ecosistemas de lentísima recuperación y que, a su vez, desempeñan un
papel vital en el correcto funcionamiento de las fuentes de agua (Molano,
1992).
La producción de amapola estaba concentrada en municipios pertenecientes
a la estructura rural, principalmente en aquellos con características de
minifundio deprimido y estable, propios de la región andina, y en los de
campesinado medio no cafetero y cafetero. Cabe anotar que los municipios
con las características señaladas experimentaron en la primera mitad de la
década del noventa una fuerte incursión por parte de la guerrilla. Así mismo,
muchas de estas localidades han registrado elevados niveles de violencia,
persistentes conflictos agrarios y la compra masiva de tierras por parte de
narcotraficantes (Echandía, 1992).

Como en las actividades especulativas del siglo XIX, es posible observar en el


caso de la amapola, la existencia de diferencias notables en las formas de
vinculación a los procesos productivos, que dependen del nivel de desarrollo
de cada una de las zonas productoras. Estas condiciones como se ha visto
inciden directamente en la calidad del producto y, en últimas, determinan su
permanencia en los mercados internacionales. De tal suerte, la amapola
presentó unas formas de producción muy diversas que a su vez incidieron en
la elevada heterogeneidad que caracterizaría este producto. Las formas de
producción iban desde la compañía donde el campesino aportaba la tierra y
la mano de obra, y un comerciante u otra persona financiaba los insumos y
costos de producción, hasta la de naturaleza campesina donde se empleaba
mano de obra familiar, los niveles de inversión eran muy bajos y no se tenía
ningún cuidado técnico en la obtención del látex.

El panorama que ofrecía la amapola en Colombia en la última década del

85
siglo XX se encontraba determinado por una producción improvisada en la
mayoría de las zonas, como respuesta a las condiciones especulativas
surgidas de los altos precios a nivel externo. Un producto altamente
heterogéneo y las frecuentes adulteraciones que se registraron en varias de
las zonas de producción, completaban el cuadro de una actividad guiada por
condiciones especulativas y con pocas posibilidades hacia el futuro.

Las prácticas de adulteración se registraron en las zonas más importantes de


producción: occidente del Cauca, centro del Huila y en el sur del Tolima. En
estas zonas los campesinos mezclaban con leche de higuerón, papayuelo o
panela el látex de la amapola, o alteraban su peso introduciendo balines de
escopeta en la goma. En el Tolima estas prácticas se presentaron en algunas
veredas del municipio de Chaparral, donde el mercado resultó afectado,
obligando así a que los comerciantes se desplazaran a Planadas, Gaitania,
Roncesvalles y San Antonio. El desprestigio del producto y la desconfianza
imperante trajeron como consecuencia la disminución del precio en un millón
de pesos; de $1´500.000 pasó a $ 500.000 (Consejería Presidencial para la
Defensa y Seguridad Nacional, 1992).

Al igual que las falsificaciones de la quina, el añil y la marihuana que llevaron


al desprestigio de los productos colombianos y a que éstos fueran sustituidos
por otros que ofrecieran mayor legitimidad, el látex de amapola era
adulterado con el propósito de obtener el máximo de ganancia en corto
tiempo, sin que se tuviera en cuenta el riesgo de introducir desconfianza en
el comprador. Fue así como, una vez más, la desconfianza inherente a las
actividades de naturaleza especulativa de ciclo corto, se manifestó en la
disminución del precio y la suspensión en las compras desde el exterior.
Desde luego la desconfianza en las negociaciones pone en ventaja a los
comerciantes quienes siempre manifestarán tener dudas sobre la calidad
para obtener un beneficio económico, incluso en los casos en que el
producto sea legítimo.

Los análisis de las muestras de heroína colombiana practicados desde 1981,


muestran una especie de ingenuidad inicial y problemas crónicos en las
técnicas de producción. Sin embargo, estudios que se realizaron en 1993
revelan una mayor consistencia en el propósito de lograr un producto de
mayor pureza. De las muestras analizadas, la mayoría presentó
características del sur occidente asiático, un reducido número se aproximó al
perfil mejicano y otras resultaron desconocidas. En todo caso es importante
señalar que no existía un perfil definido para la heroína colombiana que
resultaba ser un verdadero enigma.

Por otra parte, en los centros de distribución en los Estados Unidos, la


heroína colombiana era un producto desconocido, tanto para los
distribuidores internos como para la población "adicta". Algunas
investigaciones revelaron que el desconocimiento sobre las características
reales del producto dificultó su venta, a pesar del "rumor" acerca de su alta

86
pureza, que se sustentaba en los resultados arrojados por las muestras
analizadas en la región oriental y central de los EE.UU.; en éstas se llegó a
establecer un grado de pureza cercano al 95% para la heroína colombiana,
mientras que el nivel exigido correspondía al 52%. Esta supuesta alta calidad
del producto parecía derivarse del prestigio alcanzado por la cocaína ya que,
como se verá más adelante, los traficantes colombianos manipulaban
grandes cantidades de heroína producida en Asia.

El tráfico de heroína

Aunque hizo carrera la tesis según la cual los llamados carteles de Medellín y
Cali controlaban la producción y el tráfico del opio y la heroína, se puede
discutir que el negocio haya estado directamente asociado a estas
organizaciones. Parece ser que pequeños grupos independientes trataron de
desarrollar canales de distribución de heroína en varias áreas metropolitanas
de Estados Unidos, pues la consideraban como un producto muy viable que
podía usar las redes ya establecidas para el tráfico de la cocaína con el fin de
proporcionar su ingreso a las principales ciudades de este país.

La hipótesis apunta hacia las mafias del norte del Valle (Roldanillo, Cartago,
Obando, etc.), Armenia y Pereira, que cuentan con una vieja tradición de
contrabando, violencia y tráfico de productos ilegales (marihuana y cocaína),
como los grupos que promovieron, de forma independiente a los dos
grandes y viejos focos dedicados a la cocaína (Medellín y Cali), la
producción, procesamiento y tráfico del opio y heroína en Colombia.

Factores como las contradicciones entre las organizaciones caleñas y


antioqueñas, junto con la "guerra" del Estado contra el cartel de Medellín,
crearon un vacío de poder en las mafias del norte del Valle del Cauca y el eje
cafetero, que tradicionalmente fueron un puente entre los dos grupos más
grandes ya mencionados. Esta situación llevó a que los mafiosos del norte
del Valle, Quindío y Risaralda buscaran un nuevo producto que les permitiera
tener autonomía frente a la competencia y el monopolio de sus viejos
aliados. Siguiendo esta hipótesis se puede concluir que quienes promovieron
el cultivo de amapola y el tráfico de heroína fueron, principalmente, mafiosos
sueltos o independientes provenientes de los viejos focos de Cali y Medellín
(Betancourt y García, 1994, 240-247).

Los narcotraficantes del norte del Valle, al parecer, desarrollaron conexiones


con el bajo mundo italiano que les habrían permitido el ingreso a los canales
de distribución de la droga en Europa. En efecto, algunos estudios señalan la
vinculación de colombianos a las estructuras mafiosas que conformaban la
red internacional del tráfico de heroína; esta circunstancia les permitió
vencer una de las más altas barreras para ingresar en el negocio, en razón
de la larga y fundada tradición de impenetrabilidad de estas organizaciones.
Por ejemplo, en Nueva York, el control y reparto del mercado estaba para
entonces a cargo de La Cosa Nostra, las Triadas Chinas y las bandas chino-

87
tailandesas. La heroína latinoamericana era manejada por chinos y
mejicanos, mientras que la comercialización de la heroína de más alta pureza
y precio proveniente del Sudoeste de Asia era controlada por paquistaníes,
hindúes, libaneses, albaneses, turcos e israelíes, entre otros (Tokatlian, Op.
cit., 1992).

Las técnicas de contrabando empleadas para el tráfico de la heroína


producida en Colombia involucraron las que se venían utilizando con el
comercio de cocaína en menor escala: "mulas" que ingerían desde menos de
una a dos y media libras; encubrimiento de la droga en las suelas de los
tenis, cubiertas de libros, equipos musicales y "cinturones en el cuerpo".
Mientras que la heroína en kilogramos era introducida junto con grandes
cantidades de cocaína, permitiendo a los traficantes ahorrarse miles de
dólares en el pago del transporte, sobornos, etc.

Además de los intentos por desarrollar una capacidad interna de producción


de heroína, las organizaciones colombianas exportaron goma de opio no
procesada o base de morfina para ser refinada en clorhidrato de heroína,
aprovechando los elevados precios. En este sentido es posible que la mafia
italiana haya re-exportado subproductos refinados de la amapola colombiana
a Estados Unidos, por cuanto era más fácil abastecer el mercado americano
a través de esta vía.

Así mismo, la goma de opio colombiana era enviada a Méjico para su


procesamiento final y posterior introducción a los Estados Unidos, pues
desde allí se abastece el mercado con heroína de baja calidad. Otras
informaciones señalan que ante la imposibilidad de abastecer la demanda de
los EE.UU. con heroína colombiana, que no es abundante y tampoco cumple
con los requisitos de calidad exigidos -debido a la alta heterogeneidad en la
producción-, los narcotraficantes cambiaban cocaína por heroína en Europa
donde sus precios eran idénticos, con el fin de introducir heroína a los
Estados Unidos, país en el cual el precio era muy superior al de la cocaína
para ese momento.

Desempeño del mercado mundial de heroína

Al revisar el comportamiento del mercado de la heroína a nivel mundial,


resulta interesante ver que los precios sólo se incrementaron en forma
importante en los Estados Unidos. En Europa los precios de la heroína y de
la cocaína estaban a la par; y en Canadá (ruta por la que era introducida
parte de la heroína a los EE.UU.) los precios se mantuvieron estables. La
heroína que pasaba por Canadá a los EE.UU. provenía en un 42% del
sureste de Asia, 38% del suroeste de este mismo continente, 10% del
Líbano y 10% del oeste de África.

Desde el punto de vista de la producción mundial de amapola, a partir de


1991 las regiones tradicionalmente productoras comienzan a incrementar sus

88
aportes. En efecto, se calcula que la producción de heroína en el suroeste
asiático se incrementó en 1991 en aproximadamente 20%; en relación con
este punto conviene señalar que Afganistán - el principal productor -
abastecía en un 75% el mercado europeo.

Otro factor que contribuye a explicar el aumento de la oferta de heroína en


Europa y la presencia de un fenómeno de saturación en este mercado, es la
recuperación de la producción de heroína en Turquía, proveedor tradicional
de la droga en el occidente del viejo continente, al punto que superó la
producción de Pakistán. El mercado europeo era abastecido también por la
India, que ocupaba el tercer puesto luego de Pakistán, y en un nivel inferior
estaba Nigeria. De acuerdo con las incautaciones de cargamentos de droga
realizadas en Europa, desde 1992 se registró un aumento ostensible en la
calidad de la heroína que se consumía en este mercado. Mientras en 1991 el
mayor grado de pureza llegó al 59.3%, en 1992 esta cifra alcanzó con
frecuencia niveles superiores al 80% (Gendarmerie Royale du Canada,
1994).

En el sureste de Asia, que abastecía en buena medida el mercado


norteamericano, la producción también se colocó en un nivel alto. Birmania
(Myanmar) se mantuvo como el mayor productor de opio de la región, con
un volumen anual estimado en 2.250 toneladas, Laos fue el segundo
productor con 250, mientras que Tailandia aportó entre 30 y 50. La
producción de opio del sureste de Asia era procesada en su mayor parte en
laboratorios localizados en el norte de Tailandia, país que cuenta con
grandes facilidades para el transporte de la droga por vía área o marítima
hacia el resto del mundo. En el Medio Oriente la actividad se ha concentrado
tradicionalmente en el Líbano, donde anualmente se producían entre 30 y 40
toneladas. Las Naciones Unidas anunciaron que durante 1992 no se registró
producción de opio en Baalbek (área de mayor producción) debido a los
programas de erradicación de cultivos que se iniciaron en 1991 por las
autoridades libanesas. Pese a la ausencia de producción registrada durante
1992, se advertía nuevamente una recuperación en esta actividad ilícita,
ante la falta de continuidad en el desarrollo de alternativas para los
cultivadores de amapola en este país.

De acuerdo con las estimaciones realizadas para el momento por los


especialistas en el tema, se esperaba no sólo que la producción de opio y
heroína aumentara, sino también que surgieran nuevas zonas, como por
ejemplo las repúblicas que antes pertenecían a la Unión Soviética. Estos
países pasarían a constituirse en una fuente importante del producto que las
redes tradicionales del tráfico en Asia se encargarían posteriormente de
introducir a los países consumidores. Estas consideraciones llevaron a prever
un aumento en la entrada de cargamentos de heroína a los Estados Unidos,
para atender el incremento de la demanda. Los avances en la integración de
diferentes países del viejo continente durante la década del noventa en la
Comunidad Económica Europea (CEE), predecesora de la actual Unión

89
Europea (UE), es otro elemento que jugaría a favor del flujo de heroína hacia
Norteamérica (Summa Internacional, núm. 80, febrero de 1994).

Todas estas consideraciones sobre la situación de los productores


tradicionales de heroína, llevan a reforzar la tesis de que las posibilidades
para que los traficantes colombianos se abrieran un espacio propio y
lograran consolidar una posición fuerte en el mercado mundial de este
producto durante la década del noventa eran bastante limitadas.

III. Impacto regional del boom amapolero

Los procesos de producción y de comercialización de los productos de


exportación en el siglo XIX se caracterizaron por una clara tendencia a la
concentración de la riqueza, que se generó en manos de grupos de
comerciantes regionales. Con estos ingresos se adquirieron tierras, se
instalaron centros de trasformación de los productos y se generaron nuevas
relaciones de trabajo. En estos procesos los pequeños propietarios fueron
expulsados de sus tierras y convertidos en peones o en productores
dependientes de los grandes compradores. Los procesos de inmigración y la
ampliación y dinamización del mercado laboral generaron alzas en los
salarios. De esta forma, en un contexto especialmente propicio para la
inflación, el crecimiento de la población y del dinero circulante, frente a una
muy limitada provisión de alimentos, se produjo una elevación general de los
precios (Tovar, Op. cit.).

En la explotación de la quina, el mecanismo que se impuso para la


privatización de las tierras públicas, a través de la adjudicación de baldíos,
permitió a los comerciantes, convertidos en empresarios, monopolizar la
explotación y concentrar los excedentes generados en esta actividad. Así
mismo, las ganancias de estos comerciantes se incrementaron gracias al
aumento de las rentas del suelo urbano, los precios de los víveres y demás
artículos de consumo. La inflación se encargó, entonces, de arrebatar a los
trabajadores lo que creían haber ganado de más.

La estabilización de los precios de la quina a nivel internacional, debido al


advenimiento de las quinas de mejor calidad producidas en las Indias
holandesas e inglesas, llevó a la desaparición de las condiciones que habían
permitido a los empresarios radicados en Santander obtener ganancias
especulativas. Con la lógica disminución de las exportaciones se generó una
situación de desempleo que rápidamente se trasladó a las ciudades. Las
zonas que habían alcanzado un alto dinamismo comercial se estancaron, los
precios de la tierra cayeron, lo que significó una enorme pérdida para los
propietarios. La mano de obra y el capital liberado migraron en busca de
mejores oportunidades, y se colocaron en la producción de café.

Los cortos ciclos exportadores del siglo XIX aparecen acompañados por
fenómenos de violencia que cambian de forma dependiendo de la naturaleza

90
de la actividad en cuestión, la localización de la producción y de los actores
que intervienen en el proceso. Las economías exportadoras de ciclo corto
pueden clasificarse en dos tipos; las que operan en los espacios centrales y
las que, como en el caso de los cultivos ilícitos, se desarrollan en zonas
aisladas. En estas últimas, que se desarrollan en los bosques y selvas
apartadas, la intervención del Estado es mínima, propiciando que sus
funciones sean desempeñadas por agentes al margen de la ley.

En el siglo XIX las áreas donde se desarrolló la producción para la


exportación de los productos más importantes fueron entregadas por
concesión del Estado a empresarios nacionales y extranjeros. El vacío que
dejó el Estado, ante la imposibilidad de intervenir directamente en los
procesos de explotación, fue ocupado por empresarios que se constituyeron
en portadores del progreso y la violencia. Este, por ejemplo, fue el caso de
los empresarios alemanes en Santander a través de los negocios del tabaco
y la quina, o de la famosa Casa Arana y de otros caucheros menos
poderosos, que fueron capaces de trastornar por completo la vida de
regiones muy extensas.

En la experiencia quinera, los alemanes tuvieron a su servicio cuadrillas de


hombres armados, que además de garantizar la fidelidad de sus
trabajadores, se ocuparon de la vigilancia de los linderos territoriales que en
la práctica no tenían límites precisos. La ausencia de una definición clara de
los derechos sobre la propiedad creaba un ambiente propicio para la
incursión de "invasores"; esta situación, desde la perspectiva de los grandes
empresarios, resultaba perjudicial para el desarrollo de sus actividades
económicas y justificaba el uso de medios violentos para preservar sus
intereses particulares. Por otra parte, la resistencia de los indígenas del
Carare y el Opón a la incursión de los empresarios, que en busca de los
bosques de quina cruzaron las selvas con caminos, llevó a que poblaciones
enteras fueran deliberadamente perseguidas y exterminadas (Echandía y
Sandoval, Op. cit., 56).

Así mismo, la economía del caucho estuvo acompañada por la violencia que
cobró la vida de cientos de indígenas y asoló muchos valles y riveras de las
selvas de Putumayo, Vaupés y Caquetá. De esta forma, a través del uso de
la violencia se logró la acumulación de recursos que permitió a los
empresarios abastecer de materias primas a la sociedad industrial en
expansión.

El historiador Hermes Tovar destaca la gran semejanza entre el impacto de


las economías de ciclo corto en el siglo XIX y los efectos que en la década
pasada se derivaron de los auges de los cultivos ilícitos a nivel regional: "Los
cuadros deformantes de la realidad propios del siglo XIX y ajenos a la
conciencia de quienes aún no aprenden de la historia, tienen su eco en el
siglo XX con el boom de la marihuana y de la coca. Uno y otro se inscriben
en los contextos básicos que otrora en el pasado, definieron el desarrollo de

91
otros productos tropicales. Estos mismos efectos parece que comienzan a
vivirse en muchas regiones de Colombia con el cultivo de la amapola"(Tovar,
Op. cit., 16).

En efecto, el boom de la amapola introdujo efectos deformantes sobre la


estructura social, los patrones de vida tradicionales, los procesos de
selección y distribución de tierras de cultivo, la formación de mercados de
trabajo y llevó a la aparición de intermediarios y comerciantes. Se dio rienda
suelta al consumo desmedido de muchas mercancías entre las que ocupaban
lugar primordial las armas y el alcohol. Así mismo, aparecieron personas
guiadas por la ambición que se manifestaron a través del incremento de la
prostitución, la delincuencia común, etc. Las organizaciones armadas ilegales
irrumpieron en este escenario y vinieron a desempeñar, en el caso de la
guerrilla, un papel de dueños de la justicia en un contexto donde reinaba la
anarquía, y en el caso de los grupos paramilitares, agentes al servicio de
narcotraficantes que ampararon la compra de tierras.

Dinamización del conflicto armado en el sur occidente colombiano

Con el propósito de destacar el impacto regional del auge en la producción


de amapola hacia comienzos de la década del noventa del siglo pasado, este
trabajo se concentrará en los departamentos que para el momento
registraban la mayor producción: Tolima, Huila, Cauca y Nariño.

El Departamento del Tolima fue uno de los principales escenarios de “la


violencia” de los años cincuenta signada por el fenómeno del bandolerismo.
También se localizaron hacia el sur del Departamento los núcleos de
autodefensa campesina de orientación comunista que fueron la base para la
creación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en
1964 (Sánchez y Meertens, 1989).

Al mismo tiempo, existieron grupos de autodefensa integrados por


comunidades claramente enfrentadas a las guerrillas comunistas, que poco
tienen que ver con las que operan hoy en día. Establecido el Frente Nacional
y desautorizados los grupos violentos y las guerrillas por los directorios
políticos, toda manifestación armada fue calificada como bandolera, sin
entrar en consideraciones de los posibles matices políticos o de sus
orientaciones partidistas (Ibid.)22. De algunas de estas organizaciones en
desarrollo político y reagrupamiento, surgió una clara intención de canalizar
las acciones bandoleras hacia la lucha política (Ibid.)23.

22
Gonzalo Sánchez y Donny Meertens calculan que en 1964 había más de 100 bandas
activas constituidas por campesinos armados. Fue claro el apoyo de gran parte de estas
bandas armadas al MRL, como lo hizo expreso "Sangrenegra".
23
Los mismos autores en el texto citado anteriormente establecen que en octubre de 1962
"Pedro Brincos", quien había organizado y dirigía un grupo armado en el norte del Tolima y
trabajaba en pos de la generación de una organización que aglutinara algunas de las bandas
que allí operaban, se reunió con "Sangrenegra" y "Desquite" para proponer la unión de los
grupos bajo el ideario comunista, pero éstos no aceptaron. "Pedro Brincos" desarrollaba un

92
En el sur del Tolima, grupos de guerrillas liberales se acercaron al Partido
Comunista, mientras que otros decidieron enfrentarlo. Así mismo,
comunidades agrarias e indígenas no sólo sirvieron como guías, sino que se
convirtieron en parte del conflicto, en desarrollo de operaciones contra los
núcleos guerrilleros comunistas del sur del Tolima y Río Chiquito24. Esta
estrategia que fue de fácil implantación, en especial en el sur del
departamento, sin embargo, no es razón suficiente para establecer
continuidad con el fenómeno de los grupos de autodefensa que aparecen a
partir de los años ochenta con el escalamiento del conflicto armado y el auge
del narcotráfico.

Hacia comienzos de la década del noventa, la presencia de la guerrilla se


registró en municipios de minifundio de la región andina y en los de
campesinado acomodado. En el noroccidente del Departamento, con una
importante influencia paisa, operaban el Ejército de Liberación Nacional
(ELN), las FARC y los grupos de autodefensa. En el oriente, que posee
estrechas relaciones con Cundinamarca, las FARC han sido el grupo armado
ilegal predominante. En el sur coinciden la presencia de este grupo
guerrillero y los grupos de autodefensa. En esta zona se concentra la
mayoría de la población con gran influencia indígena, que ha mantenido una
relación muy conflictiva con los actores armados, en particular con los que se
localizan en los resguardos de Gaitania del grupo étnico paez y tinajas, del
grupo coyaima - natagaima.

Tolima es uno de los Departamentos con tasas de homicidio


considerablemente altas durante los años de “la violencia”. Posteriormente,
en la gran escalada nacional de homicidios que se advierte desde 1984, se
observa un comportamiento discreto de esta variable, hasta 1993 cuando
empieza a ascender, registrando luego una tendencia a la baja. En los
municipios del sur del Departamento se concentraban la mayoría de los
factores de violencia. Los municipios con cultivos de amapola fueron para
entonces Ataco, Chaparral, Ortega, Planadas, Rioblanco, San Antonio y
Rovira. En estos municipios se presentó un fenómeno de colonización de
vertiente, presencia de una población trashumante -atraída principalmente
por las bonanzas ofrecidas por los cultivos ilícitos-, una agricultura
campesina deprimida, comunidades indígenas con conflictos de tierras no
resueltos, incremento de la delincuencia común y la presencia muy activa de
las FARC, a través de los frentes VI y XXI y también de grupos de justicia
privada.

Los problemas que afectaron al sector agropecuario en este Departamento


se expresaron en la fuerte contracción de la agricultura comercial (café,

amplio trabajo de fomento revolucionario, con el fin de poner en marcha una estrategia
nacional y coordinar las acciones.
24
Uno de estos grupos fue el que bajo el mando de “Mariachi” no sólo sirvió de fuerza en
contra de las guerrillas comunistas, sino que se convirtió en garante de privilegios políticos en
la región, como lo narra en entrevista personal el historiador Álvaro Muñoz Olarte.

93
algodón y arroz), y también de la economía campesina, situación que generó
un alto índice de desempleo rural. Estas circunstancias llevaron a que los
cultivos ilícitos se constituyeran en una alternativa a la crisis económica y es
así como a partir de 1989 los cultivos de amapola se comenzaron a extender
sobre la Cordillera Central que atraviesa el Departamento.

Por otra parte, la zona indígena de Ortega, Chaparral y Ataco, que ha


registrado un largo conflicto agrario, corresponde con los escenarios donde
se desarrolló con fuerza el cultivo de amapola. En estos municipios el
conflicto agrario ha tenido la interferencia de la guerrilla y de los grupos
paramilitares que han aportado una carga mayor de violencia a un conflicto
con raíces muy profundas.

Las FARC entraron a operar en todos los municipios del sur del Tolima,
donde encontraron una zona propicia para las operaciones guerrilleras; en
ese orden de ideas municipios como Chaparral y Planadas registraron, entre
1990 y 1992, elevados niveles de acciones armadas. La zona también resultó
ser clave para las finanzas por los ingresos derivados de diferentes tipos de
actividades que giraban en torno a los cultivos ilícitos. La guerrilla obtenía
recursos a cambio de garantizar el orden social y evitar abusos por parte de
los comerciantes, sobre todo en las zonas donde la bonanza económica,
derivada de la producción y comercialización de la amapola, introdujo
enormes distorsiones en los patrones de comportamiento de los pobladores
que terminaron expresándose a través de diferentes formas de violencia25.

Las organizaciones paramilitares, en particular la que se denomina "Rojo


Ata" y que opera en los municipios de Rioblanco, Planadas y Ataco, también
participaron en el negocio de la amapola. La presencia de estos grupos se
expresó en el desplazamiento de colonos y campesinos de zonas cocaleras,
que posteriormente fueron organizados en torno a la producción de amapola
y recolección del látex. Este grupo se financiaba con los recursos
provenientes de los cultivos ilícitos, teniendo como objetivo impedir la
incursión guerrillera y la infiltración en las zonas bajo su influencia de
personas cercanas a la guerrilla o que así lo parecieran. Estas
organizaciones, que se han caracterizado por su menor nivel de cohesión
con respecto a la guerrilla, comenzaron a enfrentar dificultades ante el
rápido enriquecimiento de sus integrantes, que se disputaban el control del
aparato armado, con el fin de tener pleno dominio sobre la economía ilegal
(Observatorio de Violencia, 1993a).

La dinámica que adquirió la violencia en el sur del Departamento (sub-región


del Alto Saldaña) parece tener una explicación en el negocio de la amapola.

25
Fuera de los conflictos que ya se han mencionado, éstos son frecuentes también entre los
planteros y los jornaleros, en la medida en que los segundos intentan establecer en zonas
baldías sus propios cultivos lo que naturalmente desemboca en una disputa por el control de
la producción. De acuerdo con la información disponible la guerrilla estaría mediando en
este conflicto en favor de los jornaleros que inician sus propios cultivos.

94
En todos los municipios del sur del Tolima, con excepción de Chaparral, se
aprecia una alta relación entre el aumento del tráfico de armas, el
incremento de los homicidios y la disminución de las lesiones personales. El
aumento en el tráfico de armas en 1992 se relaciona con la mayor capacidad
adquisitiva de los sectores involucrados en el negocio de la amapola (Ibid.,
36). Pese a que en el municipio de Chaparral no se corrobore la relación
entre el aumento de armas de fuego y el incremento de los homicidios,
debido a los fuertes controles impuestos por la guerrilla, no se puede perder
de vista la compleja situación en la que se encuentra la población civil bajo
la presión constante de la subversión; los civiles sufren los efectos del
conflicto armado y la violencia se manifiesta de forma permanente en todos
los aspectos de la vida cotidiana.

En las veredas La Marina y San José de las Hermosas, en jurisdicción del


municipio de Chaparral26, donde se registraron cultivos de amapola, la
guerrilla impuso estrictas normas de control social tendientes a frenar la
escalada de robos, asaltos y asesinatos. La guerrilla estableció para la
delincuencia un régimen de castigos similar al utilizado en las zonas
coqueras bajo su influencia, con penas que iban desde multas en dinero para
quienes protagonizaran riñas, hasta la pena de muerte para los homicidas.
En estas zonas la insurgencia controlaba la llegada de personas atraídas por
la bonanza ilegal, mediante una estricta selección del personal que ofrecía su
trabajo, evitando con esto que los procesos de inmigración se canalizaran
hacia la delincuencia común. La mediación en la comercialización del látex, a
través del cobro de un impuesto a productores y compradores, fue otra de
las tareas que desempeñó en el sur del Tolima. Como en otras regiones la
guerrilla ofrecía a cambio del pago del impuesto, garantizar el orden, asignar
las áreas de cultivo, aplicar "justicia", evitar los abusos de los comerciantes e
impedir la entrada a grupos paramilitares. Por otra parte, ante las prácticas
de adulteración del látex, que se señalaron anteriormente, la guerrilla
impuso un control a la calidad del producto y suspendió el cobro del
impuesto a los compradores para estimular la adquisición del mismo. Estos
últimos en busca de mayores ganancias se trasladaron a zonas sin presencia
guerrillera, para así eludir el pago del impuesto exigido. Además de insistir
en la desconfianza sobre la calidad del producto, los comerciantes crearon
un fenómeno artificial de saturación del mercado, todo esto para deprimir
aún más los precios de compra al campesino.

En contraste, en la vereda San Antonio, el negocio de la amapola se


desarrolló sin que la guerrilla estuviera presente. La primera característica
observada es el apresurado proceso de compra de tierras por parte de
inversionistas que buscaron destinarlas a la siembra de amapola. No se
aprecian mejoras importantes en las fincas campesinas como en otras
localidades vinculadas a la producción de látex, debido a que las personas
que participaron en la producción venían de otros lugares y no tenían ningún

26
Las descripciones que siguen se basan en las siguientes fuentes: Consejería para la
Defensa y Defensa Nacional, 1992, Op. cit., 29-39; Vargas y Barragán, Op. cit., 171- 202.

95
arraigo ni interés en invertir en la producción agropecuaria. La totalidad del
comercio local participa en el negocio; los dueños de los establecimientos
(tiendas, bares, cacharrerías, transportadores, etc.) actuaban como
intermediarios entre los campesinos productores y los grandes compradores,
adquiriendo el látex de los primeros para luego revenderlo a los segundos.
Los comerciantes que percibieron importantes ingresos comenzaron a
adquirir tierras para tener un control directo sobre la producción.

La abundancia de dinero dio lugar a la proliferación de nuevos negocios


como discotecas, bares, tabernas y casas de alquiler de películas de betamax
en el casco urbano, donde antes de la bonanza amapolera la población se
estimaba en apenas 2.500 habitantes. Las deformaciones introducidas por el
consumo desbordado y la abundancia de armas y licor, tuvieron efectos
especialmente graves en esta localidad. Hasta los niños del pueblo, que
empezaron a obtener altos ingresos en la recolección del látex, comenzaron
a portar armas y a trabajar como sicarios al servicio de intermediarios y
comerciantes que requerían de sus servicios, en un escenario muy conflictivo
y donde la justicia privada se imponía. Los muchachos con algún dinero,
movidos por la ambición y el deseo de acceder al mundo del consumo,
pagaban a los que se iniciaban como rayadores para que robaran algunos
gramos de látex diariamente, con el fin de reunir una cantidad importante y
así poder venderla a los comerciantes. Las ganancias se invertían en la
compra de armas que se conseguían en ese momento desde los trescientos
mil pesos. Con el aumento del armamentismo, se convirtió en una práctica
común que cada individuo disparara al aire durante toda una noche de
tragos; y en los fines de semana, cuando se realizaba la compra del látex, se
presentaran sin falta entre dos y tres muertes producidas con arma de
fuego.

En los momentos en que los precios del látex caían por alguna razón,
también se generaba violencia. Así ocurrió en diciembre de 1991, cuando la
baja en los precios desató una ola de asaltos a buses, fincas y
establecimientos comerciales, cometidos por personas que no se resignaron
a ver reducidos sus ingresos. La espiral de violencia se expresó en el
aumento de los homicidios durante 1992.

El Departamento del Huila, por su parte, fue junto con el de Tolima uno de
los principales escenarios de “la violencia” de los años cincuenta. Operaron
allí guerrillas liberales y comunistas; así mismo, diversas bandas de origen
conservador se disputaron muchos de estos espacios con liberales y
comunistas. La agudización de los enfrentamientos se produjo en el
momento en que las organizaciones comunistas con presencia en el Tolima,
decidieron no acogerse a la amnistía ofrecida por el gobierno militar de Rojas
Pinilla y se desplazaron al Huila en busca de nuevos territorios. También, se
localizaron en el Departamento algunos de los núcleos de autodefensa
campesina de orientación comunista que fueron la base para la creación de
las FARC.

96
Entre la celebración en Marquetalia de la primera conferencia de esta
organización guerrillera en 1964 y la cuarta que se llevó a cabo en el Pato en
1971, se definieron los primeros núcleos de expansión en esta región: por
un lado, el oriente del Huila, colindante con las regiones de los ríos Duda,
Ariari, Guayabero en el Meta, el Pato en el Caquetá y, por otro lado, el
occidente del Departamento, colindante con Riochiquito en el Cauca y
Marquetalia en el Tolima (Tovar Zambrano, 1995).

La mayoría de los municipios donde se estableció el cultivo de amapola


correspondían a los de campesinado medio no cafetero y minifundio estable
de la región andina. La presencia guerrillera se encontraba estrechamente
ligada a la producción y comercialización del látex de amapola e incluso se
llegó a afirmar que poseía cultivos propios. El negocio ilícito pasó a
constituirse en la principal fuente de ingresos para la guerrilla; la segunda
fue el pago de secuestros de empresarios del agro; y la tercera el gramaje a
pequeños productores para protegerlos de los abusos de los comerciantes.

En la región del Valle del Alto Magdalena, en el centro y sur del


Departamento donde se extendió el cultivo de amapola, el conflicto de
tierras entre los propietarios de las grandes haciendas con los colonos y
campesinos ha sido persistente. El municipio de Pitalito, por ejemplo, con
graves conflictos agrarios, registró niveles elevados de acción guerrillera y
una tasa de secuestros muy elevada. Baraya, también con conflictos por la
tierra y presencia de cultivos de amapola, presentó la tasa más alta de
homicidios del Departamento. Neiva, Palermo, San Agustín, Tesalia, Timaná
y Yaguara, por su parte, registraron una intensidad media del conflicto
agrario, presencia guerrillera en casi todos los municipios y de grupos
paramilitares en algunos casos.

En el Huila la menor intensidad del conflicto agrario con respecto a otras


regiones y la baja inversión en tierras por parte de narcotraficantes, explica
la baja presencia de grupos paramilitares y las reducidas tasas de asesinatos
atribuibles a estas organizaciones, en contraste con los departamentos de
Tolima y Cauca. La presencia de paramilitares se registró en Neiva,
Colombia, Palestina y Pitalito. Los altos niveles de violencia en municipios
con producción de amapola se encontraban más asociados con la presencia
de la guerrilla en Neiva, Algeciras, Isnos, Pitalito y Tello. Los secuestros, que
alcanzaron niveles críticos en Neiva, Garzón, Isnos, La Plata, Palestina,
Pitalito y Timaná, correspondían a la delincuencia común y a la guerrilla.

En la inspección de Rionegro, municipio de Iquira-Huila27, la guerrilla


participó activamente en el negocio de la amapola. Los efectos para la
economía regional se expresaron, entonces, en el mejoramiento de los

27
Las descripciones que siguen se basan en el documento de la Consejería Presidencial para
la Defensa y Seguridad Nacional y el artículo de Ricardo Vargas y Jackeline Barragán que
fueron citados en la referencia anterior. Ver nota 6 al pie de página.

97
ingresos de los productores y jornaleros, situación que estimuló, a su vez, la
producción legal, así como en el incremento de las inversiones en potreros
para la ganadería y estanques piscícolas y, en general, en la elevación del
nivel de vida de los pobladores. Así mismo, la bonanza amapolera incidió en
el aumento de la actividad del transporte y el comercio.

Como en los otros departamentos, los patrones de vida tradicionales se


distorsionaron de manera significativa con la irrupción brusca de nuevos
hábitos de consumo; las casas campesinas, por ejemplo, comenzaron a
ostentar lujosos electrodomésticos.

Sin embargo, la amapola tuvo también efectos negativos, pues fuera de los
problemas que se derivaron del excesivo consumo de licor y la compra de
armas, que se tradujo en el aumento de las riñas y las muertes, los
campesinos se vieron obligados a sembrar amapola por la presión de la
guerrilla, además los comerciantes estigmatizaban a los que se mantenían al
margen de esta actividad ilícita señalándolos como infiltrados y delatores.

En cuanto al Departamento del Cauca, si bien los conflictos han estado


ligados fuertemente a la defensa de la tierra, también se expresan en la
lucha por la autonomía de las culturas indígenas; el reconocimiento de los
derechos por las negritudes; la profunda heterogeneidad económica; la
deficiencia de servicios públicos; la irrupción del narcotráfico; y el
escalamiento del conflicto armado. Entre estos conflictos se destaca el
generado por la presencia de los actores armados, que atraídos por los
cultivos ilícitos, entran en contradicción con las comunidades indígenas que
se rigen por un orden autónomo. Luego de haberse constituido en un fuerte
movimiento social, las comunidades tradicionales han logrado una
representación política muy importante a nivel local y nacional; esta
situación se traduce en un factor de mayor complejidad en comparación con
otras regiones del país donde éste no es el común denominador.

En este Departamento la producción de amapola se enmarcó en escenarios


donde los factores de violencia interactúan entre sí y se manifiestan de
manera muy intensa. El conflicto por la tenencia de la tierra se expresa de
dos formas: los conflictos asociados con la defensa y expansión de los
territorios indígenas de paeces y guambianos, por un lado, y los conflictos
entre colonos, campesinos y grandes propietarios en los valles planos de los
ríos Cauca y Patía, por otro.

El conflicto agrario, por su parte, ha sido especialmente álgido en los


municipios con población indígena, donde se concentró la producción del
látex de amapola en el contexto de la bonanza. En las comunidades
indígenas las relaciones tradicionales entraron en crisis a medida que se
extendió y desarrolló la actividad ilegal. La irrupción de los cultivos de
amapola alteró, de forma significativa, las tradiciones políticas, económicas y
sociales. En lo político los gobernadores indígenas comenzaron a perder

98
autoridad debido a su permisividad frente a la amapola o por su voluntad de
impedir el cultivo y el tráfico. En lo económico se creó un desestímulo de las
actividades legales, dando prelación a la obtención de dinero fácil y al
consumismo, sin que a largo plazo se mejorara el nivel de vida de la
comunidad. Los comerciantes establecían el pago a los indígenas
recolectores de látex con armas y motocicletas. En un solo día la policía
decomisó a los indígenas en Jambaló, 28 motocicletas de alto cilindraje, que
habían sido robadas en ciudades del Cauca y Valle y, posteriormente,
cambiadas por uno o dos kilos de látex. El impacto más fuerte recayó en lo
social; en pleno auge amapolero fue frecuente el hallazgo de cadáveres
baleados en las carreteras y en el fondo de los abismos. El día domingo era
el más crítico: la ambulancia de Jambaló tenía que hacer entre tres y cuatro
viajes con uno o dos heridos hasta el hospital de Silvia. Ante la frecuente
demanda del servicio se decidió esperar a que se llenara el cupo y hacer un
solo viaje (Navia, 1993).

La guerrilla jugó un papel definitivo en el auge amapolero, fue así como se


encontraba presente en prácticamente todos los municipios donde se
desarrolló el cultivo. Fuera de las FARC, que a través de los frentes VI, VIII y
XXIX tuvo un fuerte control sobre la producción y comercialización del látex,
se encontraban el frente Manuel Vásquez Castaño del ELN y el Pedro León
Arboleda de la disidencia del Ejército Popular de Liberación (EPL). La
presencia guerrillera en zonas amapoleras se expresó en la elevada
intensidad del conflicto armado que se registró entre 1990 y 1993 en los
municipios de Argelia, Balboa, Corinto, El Tambo, Miranda y Patía.

La relación de los pueblos indígenas con las FARC ha sido conflictiva, e


incluso ha llegado a costarles la vida a los líderes de las comunidades que no
se someten a su dominio. En otros casos las FARC se han aliado con
terratenientes locales interesados en frenar los reclamos de tierras. Los
indígenas buscaron una salida negociada a su conflicto con las FARC. De
esta forma en 1985 las comunidades agrupadas en el Comité Regional de
Indígenas del Cauca (CRIC), mediante la resolución de Vitoncó, lograron
restablecer en los resguardos el control de las autoridades tradicionales
(Comisión de Superación de la Violencia, 1992, 62). Sin embargo, el
copamiento por parte de las FARC de los territorios que dejó el Quintín Lame
al desmovilizarse, donde rápidamente se extendió la amapola en la Bota
Caucana, la zona central y los municipios de Argelia, Mercaderes, El Tambo y
Bolívar, dio paso a una nueva fase de intensificación del conflicto
(Observatorio de Violencia, 1993b).

Adicionalmente, los grupos de justicia privada, que tienen una larga tradición
en la resolución violenta de los conflictos agrarios, permitieron la expansión
de la agroindustria de la caña en los límites con el Valle del Cauca, y
ampararon las actividades de narcotraficantes en el Departamento. La
presencia de estos grupos en los municipios con cultivos de amapola se
manifestó activamente en Bolívar, Corinto, La Vega, Mercaderes, Patía, San

99
Sebastián y Totoró. El principal cometido se orientó a la adquisición de
tierras por parte de narcotraficantes del Valle, en especial en el norte del
Cauca. Además de los municipios mencionados, en otros la compra de tierras
fue reportada sin que fuera evidente la acción de los paramilitares (Reyes, et
al., 1992).

Una clara constatación del proceso de compra de tierras por parte de


narcotraficantes en el norte del Cauca lo proporciona la masacre ocurrida en
la hacienda El Nilo, en el municipio de Caloto. Dicha finca se hallaba ocupada
por indígenas, y estaba pendiente un litigio con los propietarios. Los dueños
vendieron la finca a narcotraficantes quienes, a través de un abogado,
amenazaron a los invasores. Las amenazas se cumplieron el 17 de diciembre
de 1991, cuando un grupo de hombres armados asesinó a 20 indígenas.
Otra serie de hechos denunciados en municipios del norte del Departamento,
indican que los narcotraficantes venían invirtiendo en la compra de grandes
propiedades y en la organización de grupos armados para expulsar a los
indígenas que reclamaban derechos sobre la tierra (Comisión de Superación
de la Violencia, Op. cit., 59).

En San Sebastián, zona indígena del oriente del Cauca28, la amapola tuvo el
efecto de resucitar el pueblo. Los indígenas y campesinos vinculados con la
producción se inclinaron hacia la compra de productos suntuarios rompiendo
con los patrones tradicionales de consumo. Así mismo, la certidumbre acerca
de la corta duración de la bonanza llevó a los amapoleros a invertir sus
mayores ingresos en mejoras para las viviendas, en las parcelas, en nuevos
campos de producción como la piscicultura, o la compra de ganado. De otro
lado, los hacendados encontraron en la amapola una fórmula para ampliar
sus propiedades; el campesino abría el tajo en el monte, sacaba una o dos
cosechas y dejaba tirado el barbecho que posteriormente el latifundista
utilizaba como potrero para la ganadería. A medida que esta práctica se
generalizó, las haciendas se fueron ampliando en igual proporción.

El municipio de Jambaló, donde el cultivo de coca en los años setenta


enseñó a sus pobladores los fugaces beneficios y las hondas secuelas de las
bonanzas de corta duración, volvió a experimentar a finales de la década del
ochenta la ilusión del progreso y el rigor de la violencia. Como en otras
localidades del Cauca, los comerciantes llegaron para comprar el látex bajo
la sombra de negocios legales, que les permitieron recuperar sin dificultades
lo que pagaban al indígena. La mediación de los comerciantes se sustentaba
en el dinero, el poder de las armas y los hombres armados a su servicio que
deambulaban por el pueblo y las veredas con cultivos de amapola.

Ante la explosión de violencia el cabildo indígena decidió enfrentar el


problema ratificando las prohibiciones relativas al arrendamiento de las

28
Las descripciones que siguen se basan en las siguientes referencias: Consejería
Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional, 1992, Op. cit., 14-21; Vargas y Barragán,
Op. cit., 25-75.

100
tierras, el control a la presencia de extraños y en particular a los
comerciantes de látex. Se pidió al gobierno ayuda para la erradicación de
cultivos ilícitos y la implementación de programas concertados con la
comunidad orientados al fomento de la producción legal. Las comunidades
indígenas en desacuerdo con la fumigación con químicos, adelantaron la
erradicación manual de la amapola a través de las mingas que dieron
resultados parciales en algunas zonas. Esta actitud en favor de la paz
produjo violencia. En efecto, varios dirigentes indígenas que impulsaron los
acuerdos con el gobierno fueron amenazados de muerte por los amapoleros
o por los indígenas que destruyeron los cultivos al ver deteriorada su
situación económica. Por otra parte, los dirigentes indígenas comprometidos
con la erradicación de los cultivos tuvieron que enfrentarse a las FARC que
respaldaban la expansión de las siembras de amapola (Navia, Op. cit.).

Pasando al Departamento de Nariño, éste ha sido escenario de una gran


variedad de conflictos sociales, expresados en las luchas en defensa de las
identidades culturales y de autonomía de las comunidades indígenas, de las
negritudes en busca de una mayor integración, de los campesinos por la
tierra y de las poblaciones urbanas en demanda de atención del Estado en la
prestación de los servicios públicos básicos y la modernización de la
infraestructura. A la pobreza de sus habitantes se suman la falta de
integración de su población y una economía caracterizada por la producción
de bienes primarios y un muy incipiente desarrollo industrial. La geografía ha
jugado un papel importante en la localización de los grupos armados y en la
conformación de economías de guerra, a partir del cultivo de ilícitos. La
guerrilla hacia comienzos de la década del noventa, atraída por la bonanza
amapolera, estuvo ubicada principalmente en la región andina, la zona más
sobresaliente del Departamento. En efecto, al penetrar la Cordillera de los
Andes forma el nudo de Los Pastos, de donde se desprenden dos ramales: la
Cordillera Occidental y la Cordillera Centro-Oriental.

El panorama de la violencia en Nariño fue totalmente diferente al de Tolima,


Huila y Cauca. Los frentes que promovieron la siembra de la amapola fueron
el XXIX y el VIII de las FARC, con influencia también en el Cauca. El ELN
desde hacía varios años venía promoviendo el cultivo de amapola entre los
pequeños campesinos e impidiendo la entrada de grandes productores. Son
pocos los municipios donde las movilizaciones campesinas pusieron al
descubierto el conflicto por la tierra. Cumbal y Guachucal registraron varias
invasiones de predios, protestas y solicitudes de tierras. Les siguieron
Ipiales, Cuaspud y Túquerres (Reyes, et al., Op. cit., 32).

Las zonas con siembras de amapola se caracterizaron por la extrema


pobreza de los campesinos que las habitaban. Esta situación obligó a las
personas más jóvenes a migrar hacia otras regiones en busca de
oportunidades económicas, de manera que los minifundios terminaron
siendo explotados por personas de avanzada edad y baja productividad. La
producción campesina de amapola reactivó el comercio en los pueblos, pero

101
también afectó negativamente la producción artesanal de muebles y tallas en
madera en la medida en que la explotación de la madera fue desplazada por
actividades que giraban alrededor de los cultivos ilícitos.

El conflicto armado registró una clara tendencia ascendente en los primeros


años de la década del noventa, en la medida en que las FARC
protagonizaron un elevado número de acciones armadas, destacándose las
voladuras del oleoducto Trasandino que parte de Orito y llega a Tumaco. De
los municipios con producción de amapola sobresale Samaniego por el
elevado accionar de los dos frentes de las FARC que actúan en el
Departamento. Es así como, la relativa paz de Nariño comenzó a verse
alterada por el surgimiento de una amplia gama de manifestaciones de
violencia. El auge de la amapola incidió negativamente a nivel social y, en
particular, en la estructura agraria, debido a que muchos campesinos pobres
y sin perspectivas económicas vendieron sus tierras a personas que llegaron
a sembrar amapola, probablemente narcotraficantes interesados en realizar
inversiones en tierras. El incremento de la criminalidad y la delincuencia
común registrado en Pasto, reflejan la difícil situación de las personas que
salieron del campo y se instalaron en la ciudad, agravando los problemas de
desempleo e inseguridad.

Conclusiones

A la luz del presente análisis no se pueden perder de vista las condiciones


estrictamente coyunturales que rodearon el auge de la producción de
amapola y de sus derivados hacia comienzos de la década del noventa. En
este contexto, la droga producida en el país tuvo cabida en el mercado
estadounidense, sin embargo, y lo que es más importante, el fuerte
contraste entre la supuesta alta pureza de la heroína colombiana en los
EE.UU. y la comprobación a nivel interno de la existencia de una altísima
heterogeneidad en la producción y el procesamiento, impidió abastecer la
demanda extranjera con droga de buena calidad. Este hallazgo plantea
serias dudas acerca de la viabilidad de la heroína colombiana durante este
período, y más cuando se tenía la perspectiva del restablecimiento de la
oferta por parte de los productores tradicionales, altamente especializados,
logrando de esta forma el pleno abastecimiento del mercado en el futuro. Lo
que es claro es que la persistencia de las condiciones especulativas que
dieron origen a esta actividad, generó una controversia en torno al
verdadero contenido de heroína en el látex colombiano, situación inherente a
las economías de ciclo corto.

Es razonable plantear, luego de haber revisado las características de la


producción, procesamiento y tráfico de la heroína colombiana, que a
diferencia de lo que ocurre con la cocaína -donde se tienen unas claras
ventajas comparativa frente a otros competidores- con este producto tales
ventajas eran muy reducidas y en buena medida podían llegar a su fin una
vez desaparecieran los incentivos estrictamente especulativos que

102
permitieron la aparición de nuevos productores.

El buen desempeño de la producción en los países que tradicionalmente han


abastecido el mercado mundial de heroína, lleva a reforzar la tesis según la
cual las posibilidades para que los traficantes colombianos se abrieran un
espacio propio y lograran posicionar el producto en el mercado
estadounidense de heroína eran bastante limitadas. Así mismo, en la medida
en que los productores especializados y los nuevos, con claras ventajas
comparativas, aumentaron su participación en el mercado, como
evidentemente sucedió desde mediados de los años noventa, los productores
improvisados, surgidos de los desequilibrios propios del mercado, no
tendrían mayores oportunidades en un escenario dominado por una
producción reconocida por su calidad y que, adicionalmente, era ofrecida en
forma abundante por organizaciones con pleno control sobre el tráfico y la
distribución.

A nivel interno, se observa como el auge de la producción de amapola


coincide con un fuerte aumento de la presencia de las organizaciones
armadas ilegales, y la concentración de las diferentes manifestaciones del
conflicto y la violencia en escenarios donde tienden a desarrollarse con
bastante rapidez las siembras. Si este solo hecho no da pie para que se
establezca una relación entre cultivos ilícitos y violencia, lo que si parece más
claro es la enorme importancia que tienen los cultivos ilícitos en las finanzas
de la guerrilla y el narcotráfico, lo cual hace que estos grupos, que han dado
muestras de estar poco inclinados a respetar las formas tradicionales de
organización social, que les parecen superadas por la historia y manipuladas
por las clases dominantes, toleren aún menos la presencia de movimientos
que escapen a su control, escojan sus socios y propongan alternativas.

Como en las experiencias agro-exportadoras en el siglo XIX, los más


beneficiados con bonanzas derivadas de los cultivos ilícitos son los
intermediarios. Estos mismos intermediarios hacen que los excedentes de la
explotación no se queden en las regiones productoras, sino que se trasladen
a otras localidades o a los centros urbanos. De igual forma, las zonas de
producción quedan expuestas a un clima especialmente propicio para la
gestación de una variedad de conflictos. Al finalizar el ciclo de producción, no
quedan obras de infraestructura social que sustenten unas mejores
condiciones de vida para la población, que se ve abocada al paso de "la
hojarasca" con sus secuelas de ruina, abandono y aislamiento.

Es así como la producción de amapola se desarrolló en escenarios


tradicionalmente conflictivos que se tornaron aún más críticos por todo lo
que conllevó la irrupción de una economía de ciclo corto, portadora de la
ilusión del progreso y de una profunda carga de violencia.

103
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comercialización del añil en Colombia 1850-1880", en: Anuario Colombiano
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110
111
CAMBIOS EN LA DINÁMICA DEL CONFLICTO ARMADO:
IMPLICACIONES EN LA ECONOMÍA Y EN EL PROCESO DE
NEGOCIACIÓN

Introducción

La guerrilla colombiana, que a partir de los años ochenta logró extender su


presencia a zonas de gran significado estratégico, hoy enfrenta la posibilidad de
hacerse militarmente vulnerable y, por ello, ha modificado su conducta en función
de los cambios experimentados recientemente en el escenario de guerra
colombiano, los cuales le han permitido al Estado retomar la iniciativa en la
confrontación armada. De la misma forma como se ha modificado la dinámica del
conflicto, las prioridades de sus protagonistas también han cambiado, haciendo
que la geografía del conflicto corresponda cada vez menos con la presencia estable
de los grupos irregulares y se relacione cada vez más con objetivos de carácter
estratégico que son, en el momento actual, mucho más importantes que la
consolidación de los dominios territoriales.

Este nuevo escenario plantea varias incógnitas: la primera es si con un mayor


esfuerzo militar se va a lograr el sometimiento de los alzados en armas y, por
consiguiente, la superación del conflicto interno; la segunda es si la insurgencia,
ante el propósito gubernamental de lograr su derrota, estaría dando un viraje
hacia la urbanización de la guerra y el sabotaje contra la infraestructura para evitar
su debilitamiento; la tercera es si con los cambios en la conducta de la guerrilla,
ésta se propone afectar gravemente la economía nacional, y la cuarta es si la clase
dirigente del país optará por asumir los costos del escalamiento de la
confrontación, o más bien se inclinará por la construcción de los consensos
necesarios para hacer reformas de fondo en un proceso de paz, con lo cual las
condiciones para lograr una negociación exitosa estarían madurando.

De igual forma, el proceso de negociación adelantado con los grupos paramilitares


durante la administración Uribe Vélez suscita muchos interrogantes, entre los
cuales cabe mencionar dos: el primero es si la razón de ser de estas
organizaciones es la confrontación con la guerrilla como se ha manifestado de
forma reiterada; el segundo es si la desmovilización de las estructuras armadas
que se produce desde el año 2003 se traducirá en la desactivación definitiva de
este actor de violencia.

El objetivo de este trabajo es responder a estas preguntas mediante el análisis del


estado actual del conflicto, los cambios en la conducta de sus principales
protagonistas y las posibles implicaciones en la economía y en el proceso de
negociación.

I. Tendencias recientes en la evolución del conflicto armado

112
A partir de la ofensiva del Ejército contra el secretariado de las Fuerzas Armadas
Revolucionarias de Colombia, FARC, en el municipio de Uribe (Meta) en 1990, la
organización insurgente logró avanzar en el proceso de especialización de sus
frentes y la creación de grupos de choque, como las columnas móviles29. En 1993
ya se vislumbraban los primeros ensayos en esta experiencia: el ataque a Dabeiba
y el bloqueo en la región de Urabá donde participaron más de 500 guerrilleros del
Bloque José María Córdoba. No obstante, sólo hasta 1996 se establece el punto de
partida de una serie de éxitos militares que revelan una mayor capacidad ofensiva
derivada de la acumulación de experiencia en la preparación y conducción táctica
de los ataques.

La crisis que sufrieron las Fuerzas Militares (FF.MM.) se inició el 15 de abril de


1996 con el ataque a Puerres (Nariño) y continuó con la toma de la base militar las
Delicias en el Departamento de Putumayo, el 30 de agosto; el ataque el 7 de
septiembre a la base militar de La Carpa en el Departamento de Guaviare; y la
acción ofensiva contra la base militar de Patascoy en Nariño, el 21 de diciembre.
En 1998 los ataques se intensificaron a partir de marzo, cuando la Brigada Móvil
No. 3 del Ejército fue atacada en el caño El Billar, en el Departamento del Caquetá;
el 3 de agosto, la guerrilla atacó las instalaciones de la Policía en Miraflores,
Guaviare y Uribe, Meta, así como la base militar de Pavarandó en Urabá; en
noviembre, en momentos previos a la creación de la Zona de Distensión (ZD) para
adelantar las conversaciones de paz entre la administración Pastrana Arango
(1998-2002) y las FARC, esta guerrilla tomó por asalto a Mitú, capital del
Departamento de Vaupés, en el suroriente colombiano.

Entre 1996 y 1998 en zonas del sur del país las FARC demostraron su elevada
capacidad de aprendizaje en medio de un entorno adverso e incierto. Así mismo,
pusieron a prueba su capacidad de maniobra, libertad y rapidez de acción. Entre
los cambios más significativos observados en la dinámica del conflicto, se destaca
la prioridad manifiesta que las FARC dieron, entre 1997 y 2001, a los ataques a las
poblaciones para destruir los puestos de policía y debilitar la presencia estatal en
los sitios donde buscaban ampliar su influencia.

La insistencia de las FARC en los ataques contra las instalaciones de la Policía


Nacional a partir de 1997, se convirtió en todo un propósito estratégico, inscrito en
el desarrollo de planes de guerra dispuestos a lograr el control de zonas
específicas cada vez más amplias que se constituyen en núcleos de expansión de
control militar.

Entre 1998 y 2001 ciento treinta y cuatro municipios fueron atacados por la
guerrilla. Al observar la distribución geográfica de los ataques, se evidencia un
patrón de localización que refleja el interés por crear un corredor entre los
departamentos del suroriente colombiano y la costa Pacífica, atravesando
municipios de Huila, Tolima, Cauca y Nariño. La forma sistemática en que fueron
atacados estos municipios revela el propósito de las FARC de compensar la pérdida

29
Estas estructuras responden no sólo a la estrategia del Estado de creación de Brigadas Móviles,
sino también al comienzo de la búsqueda del salto cualitativo en el desarrollo de la guerra.

113
de acceso al mar por el Golfo de Urabá, donde la fuerte presencia paramilitar ha
logrado contener los múltiples intentos por parte de la organización insurgente por
recuperar esta posición estratégica en el noroccidente del país.

En lo concerniente a la dimensión política, las FARC buscaron con los reiterados


ataques el reconocimiento de su influencia en la gestión local del país. Al
constituirse como poder de facto en estos municipios, pretendían ganar legitimidad
y representatividad política en la negociación con el poder central. Se trata de un
objetivo claro y preciso, de gran significado para esta guerrilla. Con esta forma de
proceder se desvirtúa, además, la creencia común que relaciona la presencia de la
guerrilla con la “ausencia del Estado”, puesto que mediante la táctica descrita los
subversivos enmarcaron su expansión territorial en la “expulsión” del Estado, con
lo cual pretendían remplazarlo y proclamarse como grupo hegemónico.

En medio de estos cambios los grupos paramilitares se insertaron en la dinámica


de la guerra y lograron romper la retaguardia del Ejército de Liberación Nacional,
ELN, organización que comenzó a perder hegemonía en una franja del territorio
que abarca desde el nororiente antioqueño hasta Norte de Santander. A esto se
suma la pérdida de influencia en Barrancabermeja, así como en Cúcuta y en
Medellín, mientras que en Arauca las FARC avanzan sobre las posiciones
tradicionales más preciadas del ELN. A partir de 1999 la intensificación de la
ofensiva paramilitar acabó de debilitar militarmente al ELN, penetrando zonas de
elevado valor estratégico para esta agrupación, tanto en Norte de Santander como
en el sur de Bolívar. Los embates paramilitares, sumados a los problemas de
división interna y disidencia, venían debilitando desde 1996 al ELN en Antioquia y
la costa Caribe. A esto hay que agregar la desarticulación de las estructuras
urbanas de la costa y el Valle del Cauca, así como de los frentes Héroes de las
Bananeras y Astolfo González, con presencia en Magdalena y Urabá
respectivamente, como consecuencia de la desmovilización de la Corriente de
Renovación Socialista (CRS).

Las más golpeadas por los paramilitares fueron las estructuras pequeñas, que se
ocupaban del trabajo político más que militar. Como resultado, los frentes del ELN
se vieron forzados a replegarse hacia las zonas montañosas, donde tuvieron que
buscar el apoyo de las FARC. Lo anterior evidencia que las FARC han logrado
absorber al ELN, proceso que se ha venido cumpliendo de varias formas:
reforzando algunos de los frentes para evitar más derrotas militares (como se
puede constatar en el sur de Bolívar); haciendo presencia en zonas de influencia
tradicional (como se ha visto en Arauca) y defendiendo territorios de manera
conjunta (como ha ocurrido en Norte de Santander).

Otra característica sobresaliente de la confrontación armada ha sido la elevada


frecuencia de los enfrentamientos protagonizados por guerrillas y paramilitares.
Mientras que las FARC insisten en mantener su accionar, el ELN ha disminuido el
suyo. Los grupos paramilitares, por su parte, se muestran decididos a ganar
protagonismo e influencia, con lo cual han contribuido en forma significativa a la
degradación del conflicto. A partir de 1997 las autodefensas se trazaron entre sus

114
principales objetivos contener el avance de la guerrilla mediante el enfrentamiento
directo con los grupos subversivos. A su vez decidieron extender su presencia
hacia las zonas de mayor importancia estratégica para la insurgencia, buscando el
apoyo de importantes sectores sociales vinculados con las actividades rurales más
dinámicas a nivel local.

El rápido avance de las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, en el norte del


país, llevó a Carlos Castaño a anunciar que para diciembre de 1998 “colgaría su
hamaca en la Serranía de San Lucas”, zona de presencia histórica de la guerrilla y
de vital importancia para su financiamiento y movimientos. Sin embargo, se puso
de presente la superioridad táctica de la guerrilla puesto que las minas, las
trampas y la zona montañosa le impidieron alcanzar su objetivo. En este sentido,
entre más avanzaban las AUC, mayor resistencia encontraban por parte del ELN y
de las FARC que le propinaron una derrota tras otra en el sur de Bolívar.

El inicio de las negociaciones de paz entre la administración de Andrés Pastrana


con las FARC en julio de 1999 estuvo precedido de una gran ofensiva por parte de
este grupo insurgente. En este contexto, las FARC dirigieron sus acciones contra
los municipios cercanos al área desmilitarizada. Al comparar los datos de violencia
de los municipios que conformaron la Zona de Distensión durante el proceso de
paz con los promedios anteriores e históricos, se descubre la marcada reducción
de las acciones de guerra, hostigamientos y combates. La Fuerza Pública en el
período de vigencia de la ZD logró neutralizar los ataques de los alzados en armas
hacia los municipios vecinos y producirle un alto número de bajas. El mayor control
por parte del Estado, gracias al fortalecimiento de su capacidad aérea, que le
permitió monitorear permanentemente la ZD, impidió que las FARC la siguieran
utilizando de manera táctica, bloqueando de esta forma las posibilidades de
ampliación de su dominio territorial. Como era de esperarse, el grupo armado
perdió interés en la ZD. La ruptura del proceso de paz en febrero de 2002 dio paso
a la segunda ofensiva más grande de la guerrilla, después de la que se registró
entre enero y febrero de 1991.

La tendencia ascendente en la intensidad del conflicto armado30 obedece a que la


Fuerza Pública a partir de 1999 comienza a retomar la iniciativa en la confrontación
gracias al incremento en la movilidad y a la mayor capacidad de reacción aérea
con la que cuenta para contrarrestar los ataques de los alzados en armas31.
A partir de noviembre de 1998, cuando el Ejército recuperó Mitú, se comienzan a
registrar una serie de operaciones exitosas para la Fuerza Pública. A las acciones

30
La intensidad del conflicto armado se determinó de acuerdo con el número de contactos por
iniciativa de la Fuerza Pública y de acciones por iniciativa de las guerrillas. Las acciones por
iniciativa de las guerrillas se dividen en tres: i) las acciones orientadas contra la Fuerza Pública, es
decir, las emboscadas, los ataques a instalaciones militares, los hostigamientos y ataques a
poblaciones; ii) destrucción de infraestructura y iii) los actos con objetivos económicos, es decir las
acciones de piratería terrestre y los asaltos a entidades públicas y privadas.
31
Para más información sobre los cambios en la Fuerza Pública resultado del proceso de
modernización y fortalecimiento militar iniciado en el cuatrienio de Andrés Pastrana y que el
gobierno de Álvaro Uribe ha continuado y profundizado, consultar Fundación Seguridad y
Democracia, 2003; Dávila y Chávez, 2004.

115
de julio de 1999 en Puerto Rico (Caquetá) y Puerto Lleras (Meta) se suma, en
agosto del mismo año, una operación de la Fuerza Aérea Colombiana, FAC, en
Hato Corozal (Casanare) en la que fueron dados de baja 45 combatientes de las
FARC.
Hacia finales del año 2000, en el municipio de Suratá (Santander) la Fuerza Pública
dio de baja a 72 miembros de las FARC y capturó a 136 más, con lo cual
desarticuló una columna que había partido de la zona de distensión con el
propósito de recuperar territorios bajo control de los paramilitares en el Magdalena
Medio. Más tarde el Ejército cercó la región del Sumapaz, corredor estratégico de
las FARC entre Bogotá y la ZD. En la operación fueron dados de baja 16
guerrilleros.
En febrero de 2001, en desarrollo de la operación Gato Negro en el Departamento
de Vichada, que produjo la captura del narcotraficante Fernandiño, fueron dados
de baja 19 integrantes de las FARC y 29 más fueron capturados. Posteriormente,
en mayo, se adelantó la operación Tsumaní en Nariño, que produjo la baja de 12
guerrilleros de las FARC en el municipio de Barbacoas. Durante el mes de agosto
las FF.MM. desplegaron una de las ofensivas más grandes en contra de las FARC
en el suroriente colombiano, cuando fue interceptada en el Departamento de
Guaviare la columna Juan José Rondón, integrada por un elevado número de
guerrilleros que había partido de la ZD con el fin de tomar por asalto
Barrancominas (Guainía), propósito que resultó frustrado gracias a la intervención
de la Fuerza Pública.
Si se analiza el significado de la ZD para las FARC, mientras se adelantaron las
conversaciones de paz, no cabe duda que este escenario tuvo un notorio impacto
en la organización alzada en armas. Pero a la vez quizás se hayan sobreestimado
las ventajas militares generadas por la zona para las FARC. Dada la baja densidad
poblacional de la zona, es improbable que el reclutamiento haya sido significativo.
En segundo lugar, la posibilidad de lanzar ataques desde la Zona de Distensión se
convirtió más en una debilidad que en una fortaleza para el grupo insurgente, pues
el monitoreo constante de la zona le permitió a las FF.MM. detectar los
movimientos de las FARC, interceptarlos oportunamente y causarles fuertes
derrotas. En tercer lugar, fue significativo el despliegue y esfuerzo militar que
debieron realizar las FARC en la zona de distensión para garantizar la seguridad de
los integrantes del Secretariado, los comandantes de bloque, y los miembros de la
mesa de negociaciones y de la comisión temática, entre otros, situación que le
restó movilidad. Lo anterior explica la reducción en los niveles de operatividad de
las FARC registrados en los municipios vecinos a la ZD durante su vigencia.

A partir de 2002 es posible observar un cambio en las estrategias y los


movimientos tácticos de los alzados en armas, en función de las modificaciones en
la dinámica de la confrontación. La decisión del gobierno de Álvaro Uribe de
enfrentar el desafío de la guerrilla con un mayor esfuerzo militar sobre las
estructuras armadas, ha hecho que éstas retomen de su experiencia anterior los
comportamientos propios de la guerra de guerrillas y opten por el repliegue táctico
hacia sus zonas de refugio, lo cual se expresa en una disminución operativa a nivel
nacional. El modus operandi de la guerrilla se caracteriza cada vez más por la

116
realización de acciones intermitentes a través de pequeñas unidades que utilizan la
táctica de golpear y correr, buscando reducir al máximo las bajas y los costos de
operación, mientras que la Fuerza Pública tiene que redoblar sus esfuerzos para
atender los múltiples incidentes que se producen32.

Si bien la insurgencia ha dejado de lado el enfrentamiento directo con el Ejército


para evitar su derrota, optando por golpear indirectamente a su adversario
mediante el sabotaje a la infraestructura económica y en ocasiones practicando el
terrorismo en las ciudades, es preciso reconocer las limitaciones de esta nueva
conducta. Es cierto que la guerrilla ha identificando el sabotaje como una de sus
principales armas de combate -en cuanto a través de una guerra de desgaste
puede impedir la recuperación de su adversario-, pero al mismo tiempo sabe muy
bien que la obtención de los recursos necesarios para lograr sus objetivos de largo
plazo depende de no impactar en forma significativa la economía del país.

La urbanización del conflicto en las condiciones actuales implica para la guerrilla el


riesgo de hacerse militarmente vulnerable, por cuanto demandaría de su parte
contar con los medios para controlar las grandes ciudades y enfrentar el
escalamiento de la confrontación armada; situación que pondría en peligro su
influencia sobre las zonas rurales estratégicas construidas a través del tiempo con
grandes esfuerzos.

Así mismo, la carencia de capacidad de acción para adelantar la confrontación


armada en escenarios urbanos hoy es mayor si se tiene en cuenta que en el año
2003 la retaguardia de las FARC, en Cundinamarca, fue fuertemente golpeada por
el Ejército en desarrollo de la operación Libertad 1. En consecuencia, los frentes
42, 22, 53, 54 y la columna Reinaldo Cuéllar de esta organización, han dejado de
operar en este Departamento ante la ofensiva de la Fuerza Pública que, desde el
mes de junio, libró un elevado número de combates que produjeron cuantiosas
bajas y capturas e hicieron obligatorio el repliegue de estas estructuras armadas
que desde comienzos de los años noventa venían tendiendo un cerco sobre
Bogotá33.

En la medida en que la mayor intensidad del conflicto hoy vuelve a expresarse


mayoritariamente en zonas ante todo rurales, los escenarios más afectados se
encuentran apartados de las actividades económicas más dinámicas, que están
localizadas en las áreas planas integradas a los principales centros de desarrollo

32
La táctica de la guerra de guerrillas falta a las reglas del arte militar clásico porque los
guerrilleros que, a causa de su inferioridad numérica y armamentística, no pueden arriesgarse a
una batalla directa y a campo abierto optan por el aguijonamiento del enemigo, al cual
desconcierta y desgasta interiormente mediante constantes hostigamientos, ataques por sorpresa y
pequeñas encerronas (Waldmann, 1999, 34). Al respecto consultar Waldmann, 1999.
33
Sobre el tema de la expansión de las FARC en los municipios cercanos a la ciudad de Bogotá ver
Peña, septiembre - diciembre 1997. Para profundizar sobre la ofensiva adelantada por la Fuerza
Pública en el Departamento de Cundinamarca durante la administración de Álvaro Uribe consultar
Observatorio de Derechos Humanos del Programa Presidencial para los Derechos Humanos y el
DIH, 2005.

117
nacional. Sin embargo, el objetivo de extender el conflicto armado a las ciudades
no debe subestimarse, dado que en el futuro podría ser el medio utilizado por la
guerrilla para adquirir una mayor capacidad de negociación y apalancar una
demanda de mayor participación en el poder.

En febrero de 2004 se dio inicio al Plan Patriota cuyo objetivo principal apunta a
recuperar el control de un extenso territorio en los departamentos de Caquetá,
Meta y Guaviare, considerado la retaguardia estratégica de las FARC. Desde esta
zona, la organización guerrillera consigue gran parte de sus finanzas, dirige sus
acciones y se encuentra la mayor parte del Secretariado. Al cumplirse los primeros
veinte meses de la iniciativa, entre los resultados operacionales se destacan la
destrucción de 906 campamentos y caletas con más de un millón de municiones,
1.500 armas de corto y largo alcance. Según las Fuerzas Militares, 442 guerrilleros
han perdido la vida en desarrollo de los combates, y por lo menos 30 de ellos eran
mandos medios, entre los que se encontraba el segundo comandante de la
columna Teófilo Forero. No obstante, el golpe más duro que han recibido las FARC
ha sido en términos de su logística y, en alguna medida, a la principal economía de
guerra del Bloque Sur.
En síntesis, las tendencias observadas ponen de presente que el conflicto armado,
en los últimos cuatro años se incrementó principalmente como resultado de los
combates propuestos por la Fuerza Pública y no como consecuencia de las
acciones producidas por iniciativa de las guerrillas. De aquí que entre 2002 y 2005
en 21 Departamentos los combates por iniciativa de las FF.MM. superan los niveles
de actividad armada de los grupos irregulares, siendo Antioquia, Meta, Santander,
Cesar, Caquetá y Magdalena los Departamentos donde la ventaja de la Fuerza
Pública es ostensible. Así mismo, a partir del año 2003, se produce una caída en el
accionar de los grupos irregulares, aunque las FARC se han mantenido en niveles
elevados, e incluso en 2005 registran un leve repunte, como consecuencia de la
insistencia en los sabotajes contra la infraestructura y los hostigamientos,
emboscadas y ataques contra instalaciones de la Fuerza Pública. En el caso del
ELN es notoria la reducción de sus acciones, aún en lo que se refiere a los
sabotajes contra la infraestructura, en tanto que la iniciativa de la FF.MM. en su
contra es cada vez mayor. Los grupos paramilitares, por su parte, disminuyeron
sus acciones a partir de 2003, como resultado de las negociaciones adelantadas
con el gobierno Uribe Vélez, sin embargo, es preciso enfatizar que el cese total de
su actividad armada no se ha producido aún.
II. Lógica de la violencia producida en el conflicto

El conflicto colombiano, al igual que otras guerras internas, ha entrado en un


proceso en el que las víctimas de la violencia se producen mayoritariamente entre
la población y no entre los combatientes armados (Kaldor, 2001). Vale la pena
contrastar esta característica de los conflictos internos recientes, con la visión
clásica de distintos teóricos que destacan cómo los enfrentamientos entre grupos
armados ocupan un lugar central en la evolución de la guerra. La idea de
confrontaciones supone interacciones entre beligerantes y una repetición de los
combates en el tiempo y el espacio que busca la reducción o parálisis de la

118
voluntad de lucha del enemigo. Sin embargo, en los últimos cincuenta años las
modalidades de la guerra se han extendido y las poblaciones, que son fuente de
respaldo económico, político, moral y logístico, se han convertido al mismo tiempo
en medios y objetivos de la confrontación armada. Tienen, además, un valor
militar para los beligerantes que se esconden entre la gente que las conforman o
las usan como escudo humano durante los combates y las enrolan para aumentar
sus efectivos (Lair, 2003).

La evidencia estadística que se presenta al final, permite apreciar los cambios en la


evolución reciente del conflicto armado, poniendo de presente la existencia de
planes cuidadosamente dirigidos hacia el control de posiciones con elevado valor
estratégico para los actores en competencia. De igual manera, se mostrará la alta
concentración de masacres y asesinatos34 selectivos en estas zonas, que al mismo
tiempo vienen experimentando un incremento de los homicidios indiscriminados.

La tendencia creciente de la violencia asociada al conflicto armado, se explica en la


medida en que los protagonistas del conflicto armado desencadenan una dinámica
donde dirigen sus acciones contra los civiles, pues las respuestas para mantener su
influencia sobre las posiciones en disputa se centran en la población. Entre 1997 y
2002, se registran masacres que se explican por la lógica de la expansión de los
grupos paramilitares, inscrita en el propósito de crear un corredor que divida al
norte del centro del país, uniendo Urabá con el Catatumbo, con el objetivo de
iniciar las incursiones y la penetración de las retaguardias de la guerrilla en el sur y
oriente, así como de sus zonas de expansión en el norte del país.

En la disputa por el control de posiciones estratégicas, la guerrilla ha terminado


imitando las prácticas de terror de su adversario y por ello recurre, de igual
manera, a las masacres y a los asesinatos de civiles. Es así como las guerrillas
incrementan por momentos los asesinatos selectivos siguiendo a los grupos
paramilitares que son los principales responsables de estas muertes. Aun cuando
en la mayoría de los casos no se conoce el autor, la correspondencia entre la
mayor intensidad con que se producen los asesinatos y los momentos en que los
grupos paramilitares adquieren protagonismo, evidencia la participación
preponderante de este actor.

De la misma forma como se ha modificado la dinámica del conflicto armado, el


objetivo de la disputa entre sus protagonistas también ha cambiado. En este
sentido, se descubre la razón del enfrentamiento entre guerrillas y autodefensas
en regiones como la Sierra Nevada de Santa Marta, Norte de Santander, Chocó,
Urabá, Magdalena Medio, Montes de María y Nariño, donde los grupos enfrentados
actúan con especial intensidad golpeando civiles inermes con el propósito de lograr
el control sobre corredores y zonas de retaguardia, avanzada y obtención de
recursos económicos (Echandía, et al., 2002).

34
Se utiliza la expresión asesinatos para señalar que son las muertes violentas que se originan por
las acciones de los grupos irregulares.

119
En estas regiones, que se destacan en los mapas adjuntos, la insistencia en los
asesinatos selectivos y masacres, cometidos principalmente por parte de los
grupos paramilitares, tiene el propósito de impedir la consolidación de los avances
del enemigo, golpeando sus redes de apoyo, redes de informantes, familiares y
milicias. Las matanzas pueden ser indiscriminadas. La lista en mano no es más que
un sofisma, aunque en ocasiones sea cierta, pues más allá del interés de eliminar
el apoyo del otro actor armado, está el de demostrar a la población afectada o que
ha convivido con éste, su incapacidad para defenderla y que, en consecuencia,
puede ser mejor plegarse al nuevo actor que terminará sometiéndola bajo el
terror.
A la situación descrita hay que agregar que las comunidades ante la presión de los
grupos armados en los cascos urbanos, muchas veces ubicados en zonas
estratégicas a lo largo de los ríos y carreteras, han preferido desplazarse al área
selvática, o han quedado inmovilizadas en sus lugares de residencia. Muchas
regiones son, cada vez más, objeto de bloqueos económicos en buena parte de su
territorio e interrupciones en el suministro de provisiones. Como resultado, las
comunidades se ven obligadas a desplazarse o imposibilitadas para moverse y
acceder a los servicios mínimos.
Un ejemplo de esta situación lo proporciona el Departamento del Chocó. En el mes
de abril de 2002, se registró en Bojayá un enfrentamiento que produjo la muerte
de 119 civiles, entre ellos 46 niños, en el fuego cruzado entre destacamentos de
las autodefensas y las FARC. La población civil había buscado refugio en la iglesia
de Bellavista, donde fueron alcanzados por un mortero hechizo de las FARC.
También se produjo un número indeterminado de combatientes muertos entre los
integrantes de las fuerzas irregulares. La mayor parte de los pueblos y pequeños
centros urbanos a lo largo de los ríos Atrato, Baudó y San Juan, cuentan con una
elevada presencia paramilitar. A su vez los pueblos ubicados en sectores más altos,
registran la presencia mayoritaria de los grupos guerrilleros, en especial de las
FARC. Ambas fuerzas tienen puestos de control en los ríos y carreteras para
impedir el movimiento de personas y productos35.

Entre 1998 y 2001, el 20% de los homicidios registrados en el país se produjo en


tan sólo 20 municipios localizados en el norte del país (Sierra Nevada de Santa
Marta y el Catatumbo); centro (Viejo Caldas, Valle del Cauca, Cundinamarca,
Tolima y Meta); sur (Caquetá y Putumayo), y costa Pacífica (Cauca y Nariño entre
los ríos Naya y Patía). Al considerar el 40% de los homicidios, este porcentaje
alcanza 60 municipios en su mayoría localizados en los alrededores de los focos ya
mencionados. En la medida en que esta cifra se eleva al 80%, es más notorio el
patrón de concentración de los homicidios desde los focos iniciales hacia
municipios localizados en el oriente (Arauca, Casanare, Guaviare, Meta, Caquetá y
Putumayo); en el noroccidente (Urabá y Paramillo), y el Magdalena Medio.

35
La situación descrita se aprecia también de manera clara con el caso de Condoto en este mismo
Departamento. En el mes de febrero del año en curso, el periódico El Tiempo informó que los
pobladores de Condoto completaban una semana aislados por un bloqueo impuesto por las FARC.
Bajo amenazas de muerte, la guerrilla impedía el ingreso de alimentos y medicinas a esta parte del
Departamento, afectando aproximadamente a 900 personas (El Tiempo, 8 de febrero 2005).

120
Este patrón espacial y temporal de concentración y difusión en la geografía del
homicidio está determinado por el accionar sistemático de los actores organizados,
que en la literatura especializada se define bajo el término de “difusión contagiosa”
(Cohen y Tita, 1999)36. Si se analizan con atención las zonas donde se observa una
alta concentración de la violencia homicida a partir de las cuales se produce la
difusión hacia otras zonas, se descubre que en buena medida corresponden con
aquellas que fueron priorizadas por los grupos paramilitares en su estrategia de
expansión encaminada a crear un corredor que dividiera al norte del centro del país,
para luego incursionar en las zonas de retaguardia de la guerrilla en el sur y oriente
del país.

El enfrentamiento entre organizaciones armadas ilegales y las acciones que éstas


dirigen contra los civiles explican los elevados niveles de homicidios; no hay al
menos otra razón en relación con los cambios tan bruscos registrados en esta
variable en contextos en que la guerrilla y los paramilitares luchan por el
predominio. Por lo tanto, existe una elevada concentración de las muertes
causadas por los protagonistas del conflicto armado en escenarios donde también
son elevados los homicidios indiscriminados. A partir de esta relación se corrobora
la pertinencia de algunas ideas esbozadas por Stathis N. Kalyvas en su teoría sobre
la violencia producida en medio de la confrontación armada (Kalyvas, 2001).
Hay que señalar que el nexo entre la confrontación y la violencia se explica de tres
maneras distintas por el autor aludido: en primer lugar, las estructuras formales
(en particular las militares) son débiles o inexistentes en la confrontación, lo que
hace posible la ocurrencia de todo tipo de excesos; en segundo lugar, la ausencia
de vanguardias claramente definidas y la presencia del enemigo literalmente a sus
espaldas acrecienta la tensión de la tropa y facilita reacciones ante la menor
provocación; en tercer lugar, se desdibuja la diferencia entre civiles y combatientes
(Ibid.).
El autor luego señala que, cuando uno de los protagonistas de la confrontación
incursiona en un territorio en el que un actor de signo contrario ostenta un
dominio elevado, la violencia que genera es de carácter masivo, pues no tiene los
incentivos ni la información suficiente para ejercerla de manera selectiva. Para Eric
Lair esta violencia masiva se convierte en terror pues, en cuanto el territorio es
objeto de disputa entre varias organizaciones, que no logran controlar y
“homogeneizar” una zona según sus intereses, los espacios de negociación
36
A partir del estudio de la distribución geográfica de los homicidios en Pittsburgh (Estados
Unidos), Jacqueline Cohen y George Tita establecen la existencia de un patrón espacial y temporal
de difusión de la violencia. Nuevos focos de violencia surgen como resultado de la difusión de
hechos violentos desde un lugar hacia sectores geográficamente cercanos. Cuando la propagación
geográfica ocurre a través del contagio, se conoce como difusión contagiosa. Los autores
establecen la existencia de dos formas de difusión contagiosa: la relocalización y la expansión. En el
primer caso, los hechos violentos se desplazan hacia un nuevo sector, abandonando por completo
el lugar donde se encontraban originalmente. En el segundo, se desplazan de un lugar a otro, pero
persisten en la localización inicial. Adicionalmente, cuando los hechos violentos se propagan hacia
un sector, tienden a concentrarse y persistir en el tiempo. Sobre el particular, véase Cohen y Tita,
1999, 453-455.

121
disminuyen y se procede a procesos de apropiación violenta. Los procesos de
incursión violenta en una región llevan al actor que controla la zona a responder
con violencia, de tal suerte que cada actor armado utiliza el terror en contra de las
poblaciones con el fin de persuadirlas de que no presten su apoyo, ni material ni
político, a su enemigo. Es una forma de librar una guerra de tipo “estratégico
indirecto” (Lair, 2003).

De acuerdo con Kalyvas, en un conflicto armado el uso de la violencia es limitado


en las zonas en las cuales un actor logra el predominio. La baja o nula disputa,
ante una situación de hegemonía o cercana a la hegemonía, lleva a que el uso de
la violencia sea limitado y selectivo (Kalyvas, Op. cit).

Como se corrobora en los gráficos que aparecen al final de este capítulo, la


elevada intensidad que adquiere la violencia entre 1998 y 2002 tiene una estrecha
relación con el escalamiento del conflicto armado y la enconada disputa entre
guerrillas y paramilitares. En sentido contrario, la disminución de los homicidios
registrada a partir de 2003 se relaciona con la culminación del proceso de
consolidación de la presencia de los grupos paramilitares, que dejan de recurrir a
las masacres y los asesinatos selectivos, así como con el repliegue táctico de las
guerrillas en escenarios regionales donde la Fuerza Publica logró retomar la
iniciativa en la confrontación armada. De aquí la disminución en las tasas de
homicidio entre 2003 y 2005 con respecto a las que se registraron entre 2000 y
2002 en Departamentos como Antioquia, Cesar y los santanderes.

Así mismo, es preciso llamar la atención sobre la información contenida en el


Gráfico, donde aparecen los departamentos que registran incrementos en el
número de homicidios entre 2003 y 2005, es decir, los que muestran una
tendencia contraria a la observada a nivel nacional. Si se tienen en cuenta las
consideraciones realizadas anteriormente sobre la dinámica actual del conflicto,
que tiene sus principales teatros en el sur, occidente y suroriente del país, se logra
explicar el incremento de los homicidios en los departamentos de Nariño, Cauca,
Putumayo y Chocó, de una parte, y en Caquetá y Guaviare, de otra. En todos estos
departamentos el escalamiento del conflicto armado ha ido de la mano del
incremento de la violencia dirigida contra los civiles, como lo indica la información
disponible.

Desde luego que en la reducción de los índices de homicidio que se registra desde
2003 tiene incidencia el proceso de desmovilización de algunas de las estructuras
de las autodefensas, que se produjo en cumplimiento del acuerdo de Santa Fe de
Ralito, suscrito entre la organización ilegal y el gobierno de Álvaro Uribe el 15 de
julio de 2003. Sin embargo, un análisis cuidadoso de las 18 desmovilizaciones
llevadas a cabo entre el 23 de noviembre de 2003 y el 28 de agosto de 2005, en
las cuales cerca de 10.000 hombres entregaron 5.547 armas, demuestra que se
llevaron a cabo en zonas donde no hay cultivos ilícitos. Adicionalmente, resulta
bastante improbable que la guerrilla intente retomar el control de aquellas zonas
que contienen un elevado valor estratégico para los grupos paramilitares, debido a
que se encuentran resguardadas por las estructuras más poderosas que son las

122
que no se han desmovilizado. Entre estas estructuras figuran el Bloque Norte,
Central Bolívar, Minero, Élmer Cárdenas, Vencedores de Arauca, dos facciones del
Bloque Centauros, las Autodefensas Campesinas del Casanare y el Magdalena
Medio, que reúnen cerca de 11.000 combatientes, y cuyas áreas de influencia
corresponden con las regiones del país donde existen las más altas
concentraciones de cultivos de coca37.

En la misma perspectiva, parece claro que lo que se ha dado es una entrega de


armas y no el verdadero desmonte de la organización irregular. Todo indicaría que
las desmovilizaciones han tenido un propósito táctico por cuanto no han
involucrado las estructuras más importantes, que son las que garantizarían una
eventual removilización si el proceso de negociación comenzara a ser adverso a los
intereses de los jefes de la organización ilegal. Así mismo, cabe destacar un
fenómeno que no ha sido tan perceptible, pero que incidirá ostensiblemente en la
seguridad ciudadana. Se trata de la infiltración de redes mafiosas desde las zonas
semiurbanas y rurales de las autodefensas hacia las ciudades más grandes de
Colombia.

Si en los ochenta las mafias de las ciudades centraban sus actividades en


asociaciones y disputas para garantizar el tráfico de drogas, estas organizaciones,
hoy en día, tienen un modo de actuar más parecido a las mafias tradicionales. Su
principal objetivo es el logro del monopolio de la coerción y la protección de una
serie de actividades susceptibles de ser controladas por el crimen organizado como
los nichos de la delincuencia tradicional, los mercados de abastos, los
Sanandresitos, la extorsión a los pequeños comerciantes, las apuestas, el sicariato,
el narcotráfico, el contrabando, y como logro de un nivel superior, la apropiación
del poder político en las ciudades (Duncan, 2005).

La infiltración de redes mafiosas por parte de las autodefensas desde las zonas
rurales hacia las zonas urbanas, particularmente en las ciudades de la costa Caribe y
del nororiente, se manifiesta en el interior del país a través del incremento de los
homicidios en Bogotá en 2005, luego de un largo período caracterizado por la
disminución de las muertes violentas en la capital del país.

Entre las ciudades de la costa, donde las autodefensas y el narcotráfico han tenido
una influencia muy grande en los cambios registrados en los homicidios, se destaca
el caso de Barranquilla. Aunque la situación en esta ciudad es cada vez más crítica,
los homicidios no alcanzan los niveles de otras grandes urbes como Cali o Medellín.

Los índices de homicidio de la capital del Atlántico siempre han estado muy por
debajo de los de Riohacha, Santa Marta y Valledupar y por encima de los de
Montería, Sincelejo y Cartagena. Es importante resaltar que a partir del año 2000,
como consecuencia de la llegada del Bloque Norte, las autodefensas comienzan a

37
Luego de que se produjera el descongelamiento de las negociaciones entre las Autodefensas y el
gobierno Uribe Vélez, el 23 de noviembre de 2005, se anunció la reactivación del proceso de
desmovilización de las estructuras armadas que concluirá hacia febrero de 2006, si se cumple el
cronograma pactado.

123
consolidar su dominio sobre ciertos mercados ilegales y algunos sectores de la
administración pública, tal como se evidencia con la desviación de recursos de las
Administradoras del Régimen Subsidiado de Salud (ARS) y el control de juegos de
azar como el chance. Así mismo, hay que tener en cuenta que, a través de una serie
de enfrentamientos con las estructuras delictivas previamente existentes, el Bloque
Norte de las AUC, bajo el mando de “Jorge 40”, logró posicionarse en Barranquilla.
Es en este marco en el que se produce un incremento en los homicidios entre 2000
y 2003 y que permite explicar la intensificación de la violencia en esta ciudad del
Caribe (Observatorio de Derechos Humanos y DIH, 2006a).

El panorama observado en Cúcuta, en el nororiente del país, no es muy distinto al


registrado en las ciudades de la costa. La incursión de las autodefensas en la capital
de Norte de Santander se produjo desde finales de la década del noventa,
coincidiendo con el notable incremento de cultivos ilícitos en la región del
Catatumbo.
A partir de 2003 las autodefensas entraron en la fase de consolidación de su
presencia. De esta forma, además de desplazar a la guerrilla de los barrios, lograron
también apropiarse de las redes construídas por parte del ELN desde mediados de
los años ochenta. Así mismo, se apropiaron de las redes de la delincuencia
organizada y neutralizaron la pequeña delincuencia, proceso que tiene su momento
más álgido en 2002 como lo muestran las cifras de homicidio.
En el presente las autodefensas tienen una participación significativa en el
contrabando, el tráfico ilegal de vehículos robados, el lavado de dólares y el cambio
de divisas; incluso han llegado a incidir en los negocios de prostitución, venta de
licor y chance, redes ilegales articuladas en su totalidad por las autodefensas en
conexión con el narcotráfico. Su cubrimiento abarca la mayoría de los barrios,
principalmente los de estratos populares, pues cuentan con redes de informantes
conformadas por algunos celadores y unos cuantos comerciantes, tenderos y
transportadores. En estas zonas sus ingresos provienen del cobro de cuotas a
cambio de seguridad. A partir de amenazas y homicidios limitan el accionar de la
pequeña delincuencia en un contexto en el cual la presencia de la Policía Nacional es
insuficiente y la capacidad de impartir justicia limitada (Observatorio de Derechos
Humanos y DIH, 2006b).

Bogotá, por su parte, en comparación con años anteriores registra un incremento de


los homicidios en 2005. La evolución de los homicidios en la capital del país
contrasta con la tendencia observada en ciudades como Medellín, Cali, Cúcuta y
Barranquilla, en las cuales después de registrase un pico, las muertes comienzan a
descender. Al respecto es importante anotar que en Medellín la disminución de los
homicidios se produjo luego de que el Bloque Cacique Nutibara, al mando de “Don
Berna”, lograra el control sobre los sectores de la ciudad que estaban en disputa con
la guerrilla, las bandas y el Bloque Metro de las AUC. De otro lado, es importante
recalcar que el comportamiento de los homicidios en la capital antioqueña ha sido
determinante en la reducción observada desde 2003 en esta variable a nivel
nacional.

124
Algunos informes de prensa señalan que con posterioridad a su desmovilización,
“Don Berna” conserva el control de estructuras armadas dedicadas al ajuste de
cuentas y la extorsión. Las denuncias evidencian que sigue vigente una gran
estructura delincuencial que no se desactivó con la desmovilización del Bloque
‘Héroes de Granada’ de las AUC y que, según organismos de seguridad, depende de
‘Don Berna’ e incluso de la “Oficina de Itagüí”, supuestamente desarticulada en julio
de 2005. El control que “Don Berna” mantiene sobre estructuras mafiosas, se puso
al descubierto con el incremento de la extorsión en Itagüí causado por el traslado
del jefe de las autodefensas a la cárcel del municipio antioqueño en octubre de 2005
(El Tiempo, 31 de octubre de 2005)38.

La infiltración en la capital del país se produce desde los Llanos Orientales por
parte de las Autodefensas Campesinas del Casanare, ACC, al mando de Martín
Llanos y el Bloque Centauros, BC, comandado por Miguel Arroyave. A partir de
2002 las autodefensas de los Llanos se trazaron la tarea de consolidar su presencia
en la zona de Cazucá, en límites entre Bogotá y Soacha, en razón a la elevada
importancia estratégica que tiene para la guerrilla. Las organizaciones insurgentes
vienen desde el Sumapaz por Ciudad Bolívar y desde este sector salen a Soacha,
Silvania y la región del Tequendama.

Con la muerte de Arroyave, producida en septiembre de 2004 por integrantes de la


organización bajo su mando, se pactó una tregua y posteriormente una alianza
entre los dos grupos de los Llanos, hasta hace poco tiempo trenzados en una
guerra a muerte. Sin embargo, las ACC, que han dado muestras de estar
adelantando un acelerado proceso de recomposición y reclutamiento en Bogotá, en
2005 entran a disputarle el control de una serie de actividades ilegales muy
rentables al Frente Capital, apéndice del BC. Esta disputa provocó una vendetta en
el Sanandresito de la 38, Kennedy, Puente Aranda, Mártires, San José y la Plaza
España. De acuerdo con lo informado por la Policía Nacional, las facciones del BC
reacias a desmovilizarse y las ACC se reparten las ‘oficinas’ de cobro en el
Sanandresito de la 38, Santa Fe, 7 de Agosto, Corabastos y Restrepo que cuentan
con al menos 300 hombres (El Tiempo, 30 de octubre de 2005).
A nivel nacional la magnitud de la infiltración en los cargos de elección popular
(gobernaciones, alcaldías y concejos) incrementa aún más las dudas frente a la
posibilidad de lograr, a través del proceso de desmovilización, la desactivación del
poderío alcanzado por los grupos paramilitares. Las enormes ganancias producto
de la corrupción en la contratación pública, la impunidad frente a las instituciones
del Estado y la capacidad de crear una red clientelista propia, son el común
denominador en las regiones donde la influencia que tiene este actor armado es
elevada.

38
La Policía Nacional y otros organismos de seguridad reconocen que las extorsiones se han
convertido en un problema cada vez más complejo. Los cobros forzados pasaron de 1.700 pesos a
4.000 semanales para los comerciantes y de 10.000 a 15.000 para las empresas de transporte.
También subió el precio del minuto de celular en las calles que antes se cobraba a 350 pesos y
ahora a 450. La vacuna se incrementó para brindarle seguridad a ‘El señor’, como es denominado
‘Don Berna’ en Itagüí y Medellín (El Tiempo, 31 de octubre de 2005).

125
En el Departamento de Casanare un escándalo de corrupción llevó a la suspensión
del gobernador elegido para el período 2004-2007, Miguel Ángel Pérez, quien fue
requerido por la justicia, presuntamente por haber recibido 500 millones de pesos
de Martín Llanos para financiar su campaña. Durante la pasada administración, las
fuertes presiones de los grupos armados provocaron la renuncia de tres altos
funcionarios de la gobernación, los secretarios de hacienda, obras y el secretario
privado. Los gobiernos locales al interior del Departamento se encuentran bajo la
presión constante de los grupos irregulares. De igual forma, los contratistas están
en la mira de las autodefensas, pues las organizaciones guerrilleras se han ido
desplazando al piedemonte, donde están los municipios con menores posibilidades
económicas. Una crónica periodística estima que en los contratos de obras, el 30%
es apropiado por los dos grupos de autodefensas que operan en el Departamento
y, en algunos casos, por la guerrilla. Por esta razón la mayoría de las obras quedan
inconclusas y la administración se ve forzada a hacer adiciones y prórrogas en los
contratos. Si estas estimaciones fueran correctas los grupos de autodefensa se
estarían apropiando de una porción nada despreciable de los recursos públicos
cada año. Un botín que explica los intereses en juego en el enfrentamiento que
protagonizaron las dos facciones de las autodefensas durante 2004 en este
Departamento (Semana, 3 de mayo de 2004).

En la región de Montes de María, el proceso de negociación con la administración


de Álvaro Uribe se inició luego de la declaración del cese de hostilidades por parte
de las AUC a finales del año 2002, que se expresó posteriormente en un descenso
ostensible del accionar armado de los grupos con presencia en la zona. Sin
embargo, en el período comprendido entre el inicio del proceso y la
desmovilización de las estructuras del Bloque Norte de las Autodefensas, éstas
continuaron participando activamente en el narcotráfico. Adicionalmente, se
infiltraron con fuerza en los gobiernos locales, logrando de esta forma tener una
injerencia notoria en la definición de las reglas del juego en el ámbito de la política
municipal.

De otro lado, han sido frecuentes los hechos de violencia asociados a ex


integrantes de los grupos que se han desmovilizado. Por ejemplo, los asesinatos
de dos de los jefes del frente Héroes de los Montes de María, que provocó una
‘deserción’ entre los ex integrantes de esta estructura. Aunque en un principio se
rumoró la existencia de un plan pistola implementado por la guerrilla en contra de
los desmovilizados, posteriormente cobró fuerza la hipótesis de que en el trasfondo
de los crímenes estaría una disputa por droga entre los comandantes de la zona
“Diego Vecino” y “Rodrigo Cadena” (El Tiempo, 20 de septiembre de 2005).

Todos estos hechos alimentan la desconfianza en torno al desmantelamiento del


poderío de los grupos paramilitares en el contexto del actual proceso de
desmovilización. Es así como en sectores de los departamentos de Nariño,
Antioquia, Córdoba, Sucre, Chocó, Valle del Cauca y Norte de Santander, donde se
produjeron las primeras desmovilizaciones, la reactivación de extorsiones,
secuestros y amenazas pone de presente la continuación de la participación en

126
actividades delictivas por parte de los integrantes de los grupos desmovilizados39.
Como si lo anterior fuera poco, en algunas de estas zonas las personas que
participaron en los actos de dejación de armas siguen estando bajo la coordinación
de un mando al que reportan novedades con el fin de mantener el control de las
áreas de influencia de las AUC (El Tiempo, 16 de octubre de 2005).

III. Incidencia en la economía

Si se tiene en cuenta la gravedad de la situación colombiana, ha sido poco el


esfuerzo dedicado por los analistas para examinar las implicaciones del conflicto
armado y la violencia sobre el sistema económico en su conjunto o sobre
actividades específicas. El Departamento Nacional de Planeación (DNP) ha
estimando en $16,5 billones de pesos de 2003 los costos generados por las
diversas manifestaciones del conflicto armado en Colombia para el período 1999 -
2003. De estos, un 51,2%, es decir $8,4 billones, son atribuibles al esfuerzo
presupuestal adicional por parte del Estado en el fortalecimiento de la Fuerza
Pública para hacer frente a los grupos armados ilegales (exceso de gasto militar), y
un 21,8%, equivalentes a $3,6 billones, están relacionados con la lucha contra el
flagelo del narcotráfico. La mayor parte de los costos calculados en este ejercicio,
$14,6 billones, corresponden a la categoría de costos directos (88.3% del total de
costos estimados). En estos costos se agrupan las erogaciones asumidas por el
Estado, tanto en la ejecución de política (defensa y seguridad, secuestro, minas
antipersonal, reincorporación, desplazamiento, indemnizaciones), como en la
reparación de infraestructura económica y, en menor medida, los pagos realizados
por agentes privados, tales como rescates de secuestros y extorsiones. Por su
parte, los costos indirectos, ascendieron a $1,9 billones, equivalentes al 11,7% de
dicho total; éstos hacen referencia a los costos que “no implican necesariamente
una asignación directa de recursos (movimiento de caja), pero que representan un
costo de oportunidad o un uso alternativo perdido de bienes o factores de
producción”, y a diferencia de los costos directos no son tan fácilmente
identificables (Pinto Borrego, et al., 2005).

Se podría convenir con Mauricio Rubio, que al excluir de estos cálculos costos tan
importantes como la pérdida de confianza en el sistema de justicia, el deterioro de
la capacidad del Estado de garantizar el monopolio de la fuerza, los efectos en
términos de bienestar sobre la población y/o los costos de transacción y
oportunidad para la sociedad, entre otros, estos estudios subestiman el impacto
real de la violencia y el conflicto en Colombia (Rubio, 1999).

Los resultados de un estudio reciente sobre los efectos de la actividad armada


ilegal en las condiciones sociales, el capital humano y la salud de la población
colombiana, muestran que el conflicto interno ha tenido repercusiones

39
En marzo de 2006, la Misión de Apoyo al Proceso de Paz de la OEA (MAPP), señala por primera
vez serias falencias en la desmovilización. Según su sexto informe trimestral, se han detectado 21
casos de desmovilizados reagrupados en bandas delictivas, bloques desmovilizados que dejaron
reductos armados para continuar con el narcotráfico, y la aparición de nuevos grupos, amén de
problemas en el programa de reinserción. Para más información consultar Organización de Estados
Americanos, 2006.

127
devastadoras para el desarrollo social del país. Así, los homicidios, secuestros y
desplazamientos forzados son mayores en aquellos municipios donde hubo
acciones de grupos irregulares. De igual manera, el crecimiento de alumnos
matriculados en primaria y secundaria fue menor en los que registraron actividad
de grupos ilegales; los afiliados al régimen subsidiado de salud han sido menos
que los potenciales y el descenso de la mortalidad infantil ha sido más lento en
estos municipios (Sánchez y Díaz, 2005).

Aunque las estimaciones sean aún imprecisas, el impacto económico del conflicto
armado, y en particular de la acción de la subversión, no parece desdeñable, sobre
todo en el ámbito municipal y departamental. Un documento realizado por el
Centro de Estudios de Desarrollo (CEDE) de la Facultad de Economía de la
Universidad de los Andes, establece que las diferentes manifestaciones del
conflicto armado y la delincuencia común desaceleraron significativamente el
crecimiento económico de los departamentos en la década del noventa (Querubín,
2003).

Sin embargo, la clase dirigente colombiana ha creído, por largo tiempo, que los
efectos del conflicto armado tienen un alcance sectorial rural, circunscrito a las
actividades agropecuarias en algunas regiones apartadas, sin mayores
repercusiones en el conjunto de la economía nacional y, sobre todo, sin
consecuencias importantes ni para las actividades urbanas, ni para la seguridad de
las ciudades. No cabe duda que esta visión subestima el potencial de
transformación y escalamiento del conflicto, en una trayectoria que ya se ha
experimentado en otros conflictos armados en diferentes áreas del mundo.

La percepción negativa de las elites urbanas en relación con el terrorismo, el


secuestro y la extorsión, realizados por la guerrilla, se pone de presente en los
resultados de la encuesta realizada entre industriales en 1999 (El Tiempo, 17 de
junio de 1999). El 25% de los encuestados consideraba para entonces que los
problemas de la economía estaban relacionados con la inseguridad, 23% con los
altos niveles de tributación, 9% con las dificultades del sector financiero, 7% con
la incertidumbre que se respiraba en ese momento en el país y 36% creía que la
combinación de todos estos factores no generaba ningún aspecto favorable que
motivara la inversión.
Aunque a comienzos del año 2003 ocurrieron hechos como el atentado contra el
club El Nogal en la capital del país, con todo el simbolismo que llevaba implícito,
las expectativas de las elites económicas urbanas en relación con la seguridad
mantienen un alto grado de optimismo, tal como ha quedado plasmado en
diferentes sondeos de opinión. Es de notar que al cumplirse tres años de gobierno
de Álvaro Uribe la percepción de seguridad y las perspectivas del sector privado
frente al desempeño de la economía mostraban una mejoría significativa, a tal
punto que en 2005 se registró el clima de expectativas más favorables desde 1995.
La crisis económica que afectó al país en 1999 estaba prácticamente superada en
2004; desde este año las condiciones para un aumento en la tasas de crecimiento
en el corto plazo se mostraban favorables. Entre los factores que explican la

128
recuperación de la economía del país se pueden destacar tres: primero, el
crecimiento generalizado en el que participan por igual todos los sectores
productivos, la industria, el agro, el comercio, los servicios financieros, los servicios
comunales y obviamente la construcción; segundo, del lado de la demanda, la
contribución de la inversión a la economía; tercero, en las encuestas se muestra
que los consumidores son optimistas, que tienen una buena percepción sobre la
economía y, en la medida en que el consumo de los hogares tienda a recuperarse,
los analistas consideran que en adelante el efecto sobre la demanda y el
crecimiento será decisivo (Fedesarrollo, 2005).
En el caso colombiano es posible apreciar cómo, pese a la persistencia del conflicto
armado, no se presenta un impacto demoledor sobre la economía nacional por
esta causa. Los estudios que comparan las tasas de crecimiento económico en el
país entre los períodos de mayor violencia y los de relativa paz, llegan a la
conclusión de que la violencia explicaría una pérdida estimada entre medio punto
porcentual del PIB (Cárdenas, 2000) hasta dos puntos del PIB en los últimos años
(Vargas, 2003). Las comparaciones del desempeño de la economía colombiana con
las economías de la región circundante indican que el conflicto sólo ha tenido un
impacto marginal, cuando no neutral, sobre el crecimiento y la inversión
(Echeverry, el al., 2001).

La explicación a esta situación radica en que los sectores más afectados han
aprendido a convivir con la violencia impidiendo que la economía se desplome. En
efecto, muchos sectores económicos no han tenido una alternativa diferente a la
de aprender a sobrellevar la inseguridad desarrollando una elevada “disposición a
pagar” (Salazar y Castillo, 2001) que acrecienta la disponibilidad de los recursos
con los que cuentan los grupos alzados en arma, con consecuencias considerables
en el plano político, militar y económico de la confrontación armada.
Es obvio que ni desde el punto de vista social ni del individual, se trata de una
estrategia óptima, sin embargo, en las circunstancias de la situación colombiana,
una estrategia como la de pagar llega a ser la mejor alternativa disponible para los
agentes afectados por las amenazas contra su vida y su patrimonio. Los agentes
de altos ingresos que aceptan el pago de la extorsión exigida por la guerrilla a
cambio de seguridad, están actuando en forma racional: en lugar de avenirse al
rodeo ineficiente y riesgoso por las vías estatales, o por los servicios de seguridad
privada (o paramilitar), prefieren contratar (comprar un seguro) por un cierto
período de tiempo o negociar con el agente directamente responsable de la
amenaza violenta.

El sector agropecuario es uno de los más golpeados por el conflicto armado. En


cuanto es un transferente neto de rentas, principalmente a la guerrilla y a los
paramilitares, a través del boleteo, la extorsión, el secuestro, y de distintos tipos
de “contribuciones” cuya cuantificación no es fácil de precisar, se han creado
mecanismos para neutralizar los impactos negativos de la violencia. En efecto,
como consecuencia del ausentismo de los propietarios por la inseguridad, los
inventarios se han mejorado, las fincas se han sistematizado y las comunicaciones
se han modernizado. Para citar un ejemplo, en el caso del banano los efectos se
han neutralizado evaluando la gestión y controlando la salida física del producto

129
mediante las comercializadoras del fruto. En la palma de aceite, las empresas han
colocado personas claves en la actividad agronómica, industrial y en las relaciones
con terceros. De esta manera, cada uno de ellos tiene sus responsabilidades
asignadas, logrando que la situación de riesgo sea manejable. En cuanto a la
ganadería, el capital no es reinvertido en esta actividad, debido al alto riesgo, sino
en la construcción y en los certificados de depósito a término fijo. En
consecuencia se ha mantenido a toda costa la ganadería extensiva evitando hacer
inversiones en infraestructura y tecnología.

La razón por la que el impacto económico del conflicto interno no ha alcanzado


aún una magnitud mayor, parece provenir de su muy particular articulación con la
economía civil. La guerrilla nunca ha emprendido el saqueo o el sabotaje en forma
sistemática, como sí se ha visto en otros países. Es así, “como todo huésped que
depende de la salud del organismo receptor, la guerrilla no intenta destruir la
economía que le permite su supervivencia y crecimiento, sino maximizar la
extracción viable de recursos económicos mientras se fortalece en términos
militares” (Ibid.).

Cabe señalar que las FARC, mediante la intensificación de su accionar a comienzos


de 2006, encaminado a desvirtuar el éxito de la política de Seguridad Democrática
del gobierno de Álvaro Uribe, lograron incidir en el clima de confianza que había
imperado hasta entonces. En efecto, un sondeo realizado en febrero de 2006 pone
de presente que cerca de la mitad de los encuestados cree que el país va por mal
camino (50,3 %); 34 % cree que la situación económica es mala; 58,3,% regular;
y solo 7,6% buena (El Tiempo, 4 de marzo de 2006).

IV. Implicaciones en el proceso de negociación

Las posibilidades de lograr la paz deben interpretarse a partir del estado del
conflicto armado. Esto es lo que se concluye de un estudio sobre la solución de los
conflictos internos en los últimos cincuenta años (Walter, 1997), que apoya la
hipótesis según la cual la duración y la intensidad de las guerras favorecen el inicio
de las negociaciones, mientras que las condiciones de madurez, como el empate
militar, parecen ser determinantes para que tales negociaciones culminen con
éxito40. Así mismo, la experiencia internacional sobre procesos de paz exitosos
sugiere que en la medida en que las elites consideran que sus intereses
económicos se encuentran seriamente amenazados y que, por lo tanto, estarían
mejor protegidos con una solución negociada que ponga fin al conflicto armado, se
produce un cambio decisivo que lleva a la dirigencia a abandonar su oposición
inflexible a la salida política y a considerar las reformas como la opción más
conveniente (Wood, 2002).

Durante los diálogos con el gobierno de Andrés Pastrana, se puso al descubierto


que las FARC se encuentran muy lejos de una negociación en firme (Ferro, 2003).

40
El empate militar es una situación en la cual ninguno de los combatientes está en capacidad de
hacer avances importantes en el campo de batalla debido a la fuerza del adversario y ninguno de
los dos cree que la situación vaya a mejorar en el futuro cercano.

130
En el cuatrienio anterior, durante el proceso de paz, los comandantes de las FARC
aseveraron: “Nosotros no tenemos nada que negociar, es el establecimiento el que
tiene que decir qué cambios va a realizar”. Con esta afirmación se evidencia cómo
desde su perspectiva política e ideológica, esta guerrilla desconfía profundamente
de la clase dirigente colombiana; le apuesta a la profundización de las
contradicciones y la insurrección popular; considera que no existe democracia en
Colombia y, por tanto, no se puede garantizar su participación en política y menos
el ejercicio legal a la oposición; tiene la percepción de que el entorno
latinoamericano y, en particular, el de los países vecinos les es menos
desfavorable; piensa que las experiencias de negociaciones con otros grupos
armados en Centroamérica y en Colombia han sido un fracaso; y finalmente, la
polarización actual le genera más desconfianza y más desprecio. Por consiguiente,
insistirá en la confrontación que, de acuerdo con sus cálculos, le permitirá
aumentar su poder hasta alcanzar el equilibrio estratégico con el Estado para
allanar el camino de la negociación.

La estrategia militar de la administración Uribe Vélez se ha propuesto como


objetivo principal lograr el control territorial del suroriente del país combatiendo a
los frentes guerrilleros que cuentan con una presencia histórica en esta región. Al
cabo de dos años la estrategia, que ha consumido ingentes esfuerzos, pareciera
haber llegado al tope de sus posibilidades al no haber logrado el desmantelamiento
de las principales estructuras armadas, ni la captura o la baja de los principales
comandantes de las FARC. Esta guerrilla, por su parte, ha sacado provecho de la
aglutinación de las operaciones militares en Caquetá, Guaviare y el sur del Meta,
protagonizando, a partir de 2005, varias acciones contra la Fuerza Pública en
escenarios diferentes al del Plan Patriota.

La ola de ‘paros armados’, impuestos por las FARC en plena coyuntura electoral de
2006, que paralizaron buena parte de los departamentos de Chocó, Guaviare,
Caquetá, Huila, Putumayo y Nariño, el aumento de los ataques contra civiles, -
entre ellos nueve concejales de Rivera (Huila)-, y las emboscadas a unidades
militares que apoyan la erradicación de coca en el Meta, indican que el teatro de la
guerra está cambiando y que la guerrilla pretende diluir el mayor esfuerzo militar
desplegado en el suroriente del país. Las FARC, por ejemplo, le propinaron un duro
golpe a la Fuerza Pública en Vista Hermosa, Meta, a finales de 2005. En el mes de
diciembre, 300 guerrilleros de esta organización atacaron por sorpresa a 90
miembros del Ejército, dejando como saldo 28 integrantes de las FF.MM. muertos.
El incidente se constituye en uno de los mayores reveses militares ocurridos
durante la administración Uribe Vélez. La guerrilla aprovechó la confusión que se
generó cuando una compañía de soldados cayó en un campo minado para lanzar
el ataque, en el que utilizaron cilindros bombas y ametralladoras (El Tiempo, 31 de
diciembre de 2005).

En cuanto a la sociedad colombiana, no parece existir en su interior un consenso


claro ni a favor de la solución negociada ni en apoyo a la vía militar para superar el
conflicto armado, tal como se colige de los sondeos realizados desde mediados de
2001. En pleno proceso de paz, 53% de los ciudadanos estaba a favor del diálogo

131
y 41% en contra. En julio de 2003, las personas a favor del diálogo representan un
48%, contra 47% que apoyaban la vía militar. Al observar la evolución de la
opinión en este intervalo, se puede concluir que hay un 36% que se mantiene
firme con el diálogo, mientras que el 41% se mantiene en la posición favorable a
la aplicación de la mano dura (Cambio, 4 al 11 de agosto de 2003). En otras
palabras, de 5 colombianos 2 están a favor del diálogo, otros 2 a favor de derrotar
a la guerrilla, y 1 se moverá de un extremo al otro dependiendo de las
circunstancias del momento.

A menos de un año de concluir el gobierno Uribe Vélez, dos de cada tres


colombianos (66,9%) cree que la situación del conflicto armado es mala y
prácticamente la misma proporción (62,6%) piensa que el nuevo gobierno debe
negociar con la guerrilla. Aunque la variación no es dramática, frente a lo que
mostraba la encuesta de diciembre de 2005, se evidencia una nueva inclinación
hacia la negociación. Esto lo corrobora el altísimo porcentaje de colombianos
(78%) que aprueba los acercamientos del Gobierno con el ELN para buscar el
diálogo y con las FARC para lograr el acuerdo humanitario (El Tiempo, 4 de marzo
de 2006).

Por su parte, las elites económicas del país, que durante la administración Pastrana
Arango manifestaron su interés en mantener la vía del diálogo para lograr una
solución negociada del conflicto, al comienzo del gobierno de Álvaro Uribe creen
que es posible derrotar militarmente a la guerrilla. Un sondeo realizado en
noviembre de 2002 mostraba que el 69% de los líderes empresariales
entrevistados consideraba que en la solución del conflicto debía privilegiarse la vía
militar, 74% estaba de acuerdo con el impuesto de 1.2% al patrimonio para el
fortalecimiento de las Fuerzas Militares y 89% respaldaba la creación de una red
de cooperantes e informantes de apoyo a la Fuerza Pública (Revista Credencial,
noviembre de 2002). Al cumplirse el tercer año del cuatrienio Uribe Vélez el 28.7%
de los empresarios es partidario del inicio de conversaciones con las FARC por
parte del gobierno en los próximos doce meses. Esto muestra que la posición de
derrotar militarmente a la guerrilla sigue siendo mayoritaria como mecanismo para
conseguir la paz, pese a que cerca de la tercera parte de los empresarios
encuestados esperan que se concrete eventualmente una opción de diálogo con
este grupo guerrillero (Portafolio, 29 de julio de 2005).

Queda por saberse si las condiciones de recuperación y dinamismo, que


prevalecieron en la economía durante el primer cuatrienio de Álvaro Uribe, puedan
prolongarse sin que se produzca un cambio en las condiciones de seguridad del
país que lleve a las elites a apoyar una solución negociada para poner fin al
conflicto armado. Pareciera que ese momento aún está lejos y la guerrilla preferirá
mantenerse como un huésped armado de la economía para compensar sus
deficiencias en el campo de batalla, procurando avanzar hacia el logro de sus
objetivos de largo aliento.

Conclusiones

132
Luego de analizar el estado actual del conflicto armado, los cambios en la conducta
de sus principales protagonistas y las posibles implicaciones en la economía y en el
proceso de negociación, es claro que en Colombia las estrategias y los
movimientos tácticos de las organizaciones guerrilleras se han venido modificando
en función de los cambios experimentados en la dinámica de la confrontación
armada.

Por lo tanto, a pesar de los resultados positivos en la lucha contra la guerrilla,


gracias a la ampliación de la capacidad operativa y de inteligencia del Estado, es
preciso reconocer que difícilmente se conseguirá el sometimiento de los alzados en
armas por la vía militar. Los resultados obtenidos en este campo deben
interpretarse como una contribución a la creación de las condiciones para negociar
la terminación de la guerra, por cuanto permiten contener la expansión de la
guerrilla y bloquear el acceso a sus principales fuentes de financiamiento, con lo
cual la solución política del conflicto se convierte en una opción41.

Si bien la insurgencia ha dejado de lado el enfrentamiento directo con el Ejército


para evitar su derrota, optando por golpear indirectamente a su adversario
mediante el sabotaje a la infraestructura económica y la intensificación del
terrorismo en las ciudades, es necesario reconocer el alcance y las limitaciones de
esta nueva conducta. En efecto, la guerrilla ha identificado el sabotaje de la
economía como el centro de gravedad del conflicto, en cuanto a través de una
guerra de desgaste puede impedir su recuperación y por tanto la de su enemigo,
pero al mismo tiempo sabe muy bien que la obtención de los recursos necesarios
para lograr sus objetivos depende de no afectar de manera grave y significativa la
economía nacional.

En cuanto a la urbanización del conflicto en el momento actual implica el riesgo


bastante serio para la guerrilla de hacerse militarmente vulnerable, por cuanto
demandaría de su parte contar con los medios para controlar a largo plazo las
grandes ciudades y enfrentar el escalamiento de la confrontación armada,
situación que pondría en peligro su influencia sobre las zonas rurales estratégicas
construida a través del tiempo con grandes esfuerzos.

No obstante, vale la pena resaltar que no debe subestimarse el objetivo de


extender el conflicto armado a las ciudades por parte de las organizaciones
guerrilleras. La expansión a las ciudades podría ser el medio utilizado por la
guerrilla en el futuro para adquirir una mayor capacidad de negociación sirviendo
de sustento a una demanda de mayor participación en el poder.

41
En esa misma línea de interpretación y análisis, Jesús Antonio Bejarano señaló como condiciones
para determinar si un conflicto tiene el grado de madurez necesario para que la vía de la
negociación sea una opción viable los siguientes puntos: "La convicción de las partes contendientes
de que en el corto o mediano plazo no pueden lograr una victoria militar; el cálculo de cada una de
ellas de que pueden sacar más ventajas negociando que si continúan la guerra o avanzando
políticamente fuera de la mesa de negociación; y la existencia de un costo cada vez más alta para
cualquiera de las partes que se oponga a buscar una solución negociada al conflicto" (1999, 321).

133
En contraste, las ciudades no parecen ser un objetivo tan lejano para la mafia que
ha experimentado un proceso evolutivo, al pasar de carteles de narcotraficantes a
redes de crimen organizado que basan su mayor o menor grado de poder en la
capacidad de ejercer coerción y protección sobre una serie de transacciones
económicas, políticas y sociales de alto valor estratégico en los centro urbanos.

Como se ha visto, la irrupción masiva de redes mafiosas en las ciudades


colombianas ha sido posible por el apoyo logístico, militar y financiero recibido por
los jefes de las autodefensas desde el campo, en el contexto del proceso de
desmovilización en el contexto del proceso de desmovilización llevado a cabo.
.
Si eventualmente se produce una fuerte ofensiva por parte de la guerrilla tras el
largo período de repliegue, su desenlace dependerá de la capacidad que tenga
para generar una imagen de fortaleza militar ante la opinión pública, más allá de
los resultados operacionales reales. Como lo ha afirmado Román D. Ortiz, pese a
que las FARC pueden sufrir un fuerte desgaste militar, su intención es la de
transmitir a la opinión pública que no pueden ser derrotadas militarmente (Ortiz,
2004). Lo anterior tiene consecuencias directas en el logro de la paz, en la medida
en que bajo las circunstancias anotadas, un acuerdo verdaderamente atractivo
para la guerrilla sólo podría producirse en la medida en que su poder de acción
militar se transforme en cantidades equivalentes de poder legítimo.

En suma, la sorprendente capacidad de adaptación de los alzados en armas a las


nuevas realidades militares, que les ha permitido insistir en la confrontación
armada pese a la prevalencia de un entorno adverso e incierto, hace que se corra
el riesgo muy alto de subestimar hacia el futuro la capacidad de transformación e
impacto del conflicto. Cabe recalcar que ante el optimismo que ha prevalecido
entre las elites, en términos de lograr la derrota militar de la guerrilla, los mayores
esfuerzos del Estado, dirigidos a transformar la visión positiva que los insurgentes
conservan de la continuación de la guerra, deben estar acompañados de una clara
disposición de las elites a efectuar concesiones, con lo cual estarían madurando las
condiciones para avanzar hacia el logro de la solución del conflicto.

134
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156
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Internacional Humanitario.

157
158
Fuente: Policía Nacional.

159
Fuente: Policía Nacional.

160
EL CONFLICTO ARMADO EN MONTES DE MARÍA Y EL
SUROCCIDENTE COLOMBIANO: ENTRE LAS LÓGICAS DE
CONTROL TERRITORIAL Y EL CONTROL ESTRATÉGICO

Introducción
Luego de la terminación de los diálogos entre las Fuerzas Armadas
Revolucionarias de Colombia, FARC, y la administración Pastrana Arango (1998-
2002), y ante la transformación de las capacidades militares del Estado, resultado
del proceso de fortalecimiento y modernización de la Fuerza Pública iniciado en
ese mismo cuatrienio y que el gobierno de Álvaro Uribe ha continuado y
profundizado, este grupo insurgente, gracias a la memoria que ha logrado
forjarse de la confrontación, con el fin de evitar su derrota, decidió retomar el
modus operandi propio de la guerra de guerrillas.
De esta forma, la organización guerrilla decidió posponer su objetivo de lograr el
control territorial para buscar, en cambio, el control de posiciones estratégicas
que garanticen su supervivencia y la continuidad de la guerra. La superioridad
militar del Estado sigue representando un impedimento para pasar a otro estado
de la confrontación en el que las FARC buscarían, mediante la guerra de
movimientos, ampliar su dominio territorial efectivo sin poner en riesgo su
influencia en las zonas de presencia histórica.
Mientras compensan su inferioridad militar, las FARC han tenido que limitar sus
propósitos a copar corredores estratégicos, recurriendo principalmente al minado
de sus vías de acceso. La iniciativa armada de la guerrilla, más que expresarse
en acciones de grandes proporciones, tiene como fin exasperar a la Fuerza
Pública. Se trata de tácticas de acción que consisten en emboscadas, ataques
sorpresivos y/o atentados que buscan debilitar moral y físicamente al enemigo
sin comprometerse en una lógica bélica directa, que resultaría particularmente
costosa para la insurgencia en las circunstancias actuales.

Estas tácticas, además de multiplicar los escenarios de operaciones, dificultan la


identificación del enemigo que en muy pocas ocasiones se presenta como un
frente estático. La literatura especializada coincide en señalar que estas tácticas
son apropiadas sólo en una fase de transición, mientras se está supeditado al
enemigo. En contraste, la decisión militar definitiva que allane el camino hacia el
poder tiene que producirse en una batalla directa entre ejércitos regulares, lo
que demuestra que el objetivo último, como dimensión ideal y real, imprime su
sello sobre los bandos y les impone sus categorías ya por anticipado.

Una serie de hechos ocurridos durante 2005, sumados a la caída en la iniciativa


militar contra los grupos guerrilleros, que se observa desde 2004, sugieren que
en lo que tiene que ver con la estrategia para ganar la guerra, el Ejército y las
FARC van por caminos opuestos. La Fuerza Pública se ha impuesto como

161
objetivo principal lograr el control territorial del suroriente del país y para
conseguirlo desplegó el Plan Patriota, iniciativa que consiste en el
desplazamiento de 27.000 hombres durante un período de tiempo indefinido a
Caquetá, Guaviare y el sur del Meta, con el único fin de golpear los frentes
subversivos que actúan allí desde hace varias décadas. Por el contrario, las FARC
han renunciado a la consolidación del dominio territorial y buscan el control
estratégico de zonas que garanticen su supervivencia, donde la presencia de la
Fuerza Pública es menor.
Es así como, el suroccidente del país (Cauca, Nariño, Huila y Tolima), junto con
los Montes de María en la costa Caribe, registran un nivel elevado de actividad
guerrillera, que incluso sobrepasa la iniciativa militar en su contra. Por lo tanto,
no resulta sorprendente que hayan sido justamente Cauca y Nariño los
departamentos donde las FARC llevaron a cabo las primeras acciones contra las
poblaciones que volvieron a contar con presencia de la Policía Nacional en lo
corrido del gobierno Uribe Vélez. Los subversivos aprovecharon que el Ejército
trasladó al suroriente tropas que estaban acantonadas en la región, y por ello
tuvieron tiempo de mantener algunos retenes en las carreteras y de atacar de
nuevo las poblaciones. Algo similar ocurrió en Putumayo, Departamento clave
desde hace cinco años cuando entró en ejecución el Plan Colombia. Pese al
énfasis de la estrategia de la administración de Álvaro Uribe en esta zona del
país y al despliegue del Plan Patriota, la acción de las FARC en el Departamento
ha venido en aumento.
En este contexto la aspiración de lograr control territorial por parte de la guerrilla
se ha pospuesto dando paso a la búsqueda de control estratégico. Mientras que
lograr el control territorial apunta a mantener por la fuerza y/o con medios
indirectos un dominio sobre una zona y su población, teniendo como fin el
control estratégico lo que cuenta no es prioritariamente la influencia sobre la
población, sino las ventajas asociadas a las lógicas de guerra (Pécaut, 2004, 27).
En este sentido se explican los movimientos, formas de operar y decisiones de
las organizaciones irregulares y la elevada concentración de las acciones
armadas y las manifestaciones de violencia, en regiones en donde los principales
objetivos de la insurgencia se orientan al control de importantes corredores
estratégicos, así como de áreas con recursos económicos, junto con zonas
militares de avanzada y repliegue.
En este trabajo se buscan identificar los cambios recientes en la conducta de los
protagonistas del conflicto armado, derivados de un proceso de aprendizaje en la
guerra interna, en la región de Montes de María y los Departamentos del Cauca,
Nariño, Huila y Tolima que en forma simplificada llamaremos suroccidente
colombiano42. Así mismo, se evidenciará el carácter parcial del dominio territorial
de los actores armados, lo cual implica separar los conceptos de zona geográfica
de presencia con territorio y, de este último, con población, por lo que

42
Las series estadísticas y los mapas que se presentan en este trabajo se construyeron a partir
de la información contenida en los estudios regionales elaborados por el Programa Presidencial
de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario de la Vicepresidencia de la
República. La información se encuentra disponible en Internet:
www.derechoshumanos.gov.co/observatorio.

162
difícilmente se puede hablar de territorialidad, pues los múltiples cambios y
contingencias acercan más la presencia de éstos a diferentes niveles de
“desterritorizalización”.

I. Límites de la estrategia de control territorial en la región de Montes de


María

La confrontación armada en Colombia lejos de enmarcarse en un modelo


evolutivo se explica más bien por las sucesivas rupturas estratégicas que originan
cambios en la conducta de sus protagonistas43. En el caso de Montes de María, a
partir de la segunda mitad de los años noventa, se produce una serie de rupturas
que explican las más recientes modificaciones en los movimientos, formas de
operar y decisiones de las organizaciones irregulares. Una de estas rupturas en la
confrontación corresponde a la ofensiva del Estado emprendida a partir de 2002
para retomar el control territorial en los municipios donde los grupos al margen
de la ley cuentan con presencia histórica.

Con el propósito de asegurar un control eficaz sobre el territorio, el 21 de


septiembre de 2002 el gobierno de Álvaro Uribe, al amparo del Estado de
Conmoción Interior, que estuvo vigente hasta el 30 de abril de 2003, declaró 26
municipios ubicados en los departamentos de Bolívar y Sucre como Zona de
Rehabilitación y Consolidación del Orden Público (ZRC). Del primer departamento
se tomaron: Arroyo Hondo, Calamar, Carmen de Bolívar, Córdoba, El Guamo,
Mahates, María La Baja, San Jacinto, San Juan Nepomuceno y Zambrano. Del
segundo se tomaron: Buenavista, Colosó, Corozal, Chalán, El Roble, Galeras, Los
Palmitos, Morra, Ovejas, San Benito Abad, San Juan de Betulia, San Onofre, San
Pedro, Sincé, Sincelejo y Tolú Viejo. De estos municipios, 15 pertenecen a la
región de Montes de María44, un nudo de colinas y valles que se ha constituido
en una zona de gran valor estratégico para los grupos armados ilegales.

En la década del setenta la región de Montes de María fue identificada por los
grupos alzados en armas como un área de refugio. En la primera mitad de los
años ochenta la insurgencia desarrolló trabajo político entre la población,
aprovechando la frustración del movimiento campesino de los años setenta.
Desde finales de los años noventa las FARC, el Ejército de Liberación Nacional,
ELN, y el Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP, se disputan con las
autodefensas el dominio sobre esta zona por la importancia que tiene como
refugio y corredor vital para la movilización de estas organizaciones en la costa
Caribe. Así mismo, la posibilidad de obtener recursos importantes para el
financiamiento de los grupos armados al margen de la ley, a través del secuestro

43
En relación con el concepto de rupturas estratégicas y la forma cómo éstas se han presentado en
el contexto del conflicto armado colombiano, consultar Lair, 2004.
44
La región de Montes de María o Serranía de San Jacinto se sitúa entre los Departamentos de
Sucre y Bolívar y corresponde a la prolongación de la Serranía de San Jerónimo. Sus alturas
oscilan entre los 200 y 500 metros sobre el nivel del mar. Se destacan las cuchillas de Peñalta y
La Campana, Las Lomas, El Floral, La Mojana, Pozo Oscuro, El Ojo y El Coco.

163
y la extorsión a ganaderos y agricultores, por un lado, y del comercio ilícito de
drogas, por otro, ha hecho que sea una zona codiciada por todos ellos.

Las AUC iniciaron desde finales de 1997 en toda la región de Montes de María un
proceso de incursión y posicionamiento territorial. Entre el río Magdalena y la
carretera Troncal de Occidente se establecieron las autodefensas, actuando
como estructuras armadas y uniformadas que se financiaban mediante el cobro
de vacunas a ganaderos, hacendados y comerciantes, junto con los recursos
provenientes del narcotráfico. Rápidamente estos grupos se extendieron hacia el
Canal del Dique donde vinieron a amparar la ampliación de los dominios del
narcotráfico y la exportación de droga a todo lo largo de la costa Atlántica. A
pesar de la reciente desmovilización del Bloque Norte de las AUC, las estructuras
que tienen presencia en Montes de María y el litoral Caribe, han seguido
delinquiendo, fortaleciéndose económicamente e infiltrándose en las
administraciones municipales. Como resultado han ganado espacios de poder
cada vez más amplios en la política local, desde los cuales vienen incidiendo en
la definición de las reglas del juego en el ámbito municipal.

La región de Montes de María se encuentra divida en tres grandes bloques


geográficos, que permiten explicar la presencia territorial de cada uno de los
actores armados ilegales.

En primer lugar está la región del litoral Caribe. En esta zona desde la década del
ochenta se viene produciendo la compra de tierras por parte de narcotraficantes.
El proyecto de consolidación de los territorios situados alrededor de la carretera
que comunica a Cartagena con la región del Golfo de Morrosquillo, ha estado
acompañado por los grupos de autodefensa que amparan la expansión territorial
y las actividades ilícitas del narcotráfico. Los municipios donde se han registrado
las mayores compras de tierras por parte de narcotraficantes son Tolú, Toluviejo,
San Onofre, Palmito y Sampués.

El segundo bloque geográfico está conformado por la Serranía de San Jacinto. El


difícil acceso a esta zona ha favorecido la localización de la guerrilla desde su
entrada y asentamiento en los años ochenta. Los frentes de las FARC se
encuentran en las partes más altas, mientras que los grupos del ERP y el ELN se
ubican en el piedemonte, cerca de las carreteras donde se han ocupado de la
instalación de retenes. Las personas secuestradas por la subversión son
conducidas a campamentos ubicados en los lugares más inaccesibles de esta
serranía.

En tercer lugar, se encuentra la ribera del Magdalena. Se trata de una zona de


terrenos de sabana donde se ha desarrollado la ganadería extensiva y la
agricultura comercial, y en la que los grupos de autodefensa han encontrado
condiciones favorables para su implantación ante la presión ejercida por parte de
la guerrilla a través del cobro de extorsiones y la realización de secuestros. Los
grupos de autodefensa en la zona, que como en otros lugares no están libres de

164
la influencia del narcotráfico45, han logrado extender su presencia en una amplia
franja del territorio que va desde Calamar en el norte, hasta la parte rural del
municipio de Córdoba.

La disputa entre las guerrillas y los grupos de autodefensa, que ha tenido como
uno de sus principales escenarios a la región de Montes de María, se explica ante
todo por la búsqueda del control estratégico de posiciones vitales para cada uno
de los protagonistas de la confrontación armada. Aunque la región no es
importante para el cultivo de ilícitos, sí lo es para el tráfico de droga producida
en la Serranía de San Lucas y el Bajo Cauca antioqueño. En efecto,
aprovechando la disposición del relieve y las numerosas corrientes que fluyen a
los ríos San Jorge y Cauca y, finalmente, al río Magdalena, la coca procesada
sale del país por el litoral Caribe. La elevada intensidad de la violencia en esta
zona responde al propósito de los actores en competencia de controlar
posiciones geográficas, corredores naturales y el sistema vial, en particular la
carretera troncal que atraviesa la zona. El Carmen de Bolívar es el municipio más
codiciado en la disputa armada por cuanto es el centro económico más
importante y, además, resulta esencial en la logística y obtención de recursos
para las organizaciones al margen de la ley46.

Pasando al tema de la presencia territorial de la guerrilla en esta región del país,


las FARC cuentan con el frente 35 (“Antonio José de Sucre”). Compuesto por
aproximadamente 200 guerrilleros, esta estructura, que opera en Sucre y Bolívar,
pertenece al Bloque Caribe de la organización. En septiembre de 1999 el
Secretariado de las FARC adelantó una reorganización de este frente, que comenzó
a partir de entonces a operar a través de tres estructuras armadas: la compañía
Carmenza Beltrán que cuenta con 50 integrantes aproximadamente y ha
registrado actividad armada en Morroa, Coloso, Ovejas, Toluviejo, San Onofre,
Corozal, Chalán y Los Palmitos; la compañía Robinson Jiménez, que ha operado
en la zona de Sabana, principalmente en los municipios de Betulia, Since,
Buenavista y Galeras, y tiene 60 hombres en sus filas; la compañía Policarpa
Salavarrieta, conformada por 80 efectivos, que actúa en Bolívar conjuntamente con
el frente 37 de las FARC, desplazándose esporádicamente a Sucre.

En la zona de Montes de María del Departamento de Bolívar se localiza el frente


37 (“Benkos Biohó”). También pertenece al Bloque Caribe y opera a través de
cuatro estructuras armadas: la compañía móvil Pedro Góngora Chamorro,

45
En 1998 el narcotraficante Micky Ramírez compró tierras en un área entre el caserío Jesús del
Río en jurisdicción de Zambrano y Jesús del Monte en Carmen de Bolívar donde estableció un
grupo armado a su servicio. En este mismo año en El Guamo el narcotraficante “Chepe” Barrera
compró tierras y estableció un grupo de autodefensa, que amparó la extensión de su dominio
territorial establecido en el Departamento del Magdalena.

46
En este estudio se hará especial énfasis en el período comprendido entre 2003 y 2004. Las
consideraciones correspondientes al período 1990-2002 se encuentran en un estudio realizado
por el Observatorio del Programa Presidencial de Derechos Humanos y DIH de la Vicepresidencia
de la República. Sobre el particular consultar Observatorio del Programa Presidencial de Derechos
Humanos y DIH, agosto de 2003.

165
compuesta por un número aproximado de 57 guerrilleros; la compañía Che
Guevara, integrada por 30 hombres; la compañía Palenque con 35 efectivos que
ha incursionado en el sector Noreste del municipio del Carmen de Bolívar,
especialmente en El Salado, y en los municipios de Zambrano y Córdoba, en los
que su función principal ha sido la consecución de medios de financiamiento y el
reclutamiento; las Fuerzas Especiales Unidad Caribe, que se encuentran
conformadas por 30 guerrilleros y cuya misión es la de realizar labores de
inteligencia y ataque a bases, batallones y puestos de policía. Esta última
estructura se mueve entre los municipios de Carmen de Bolívar, San Jacinto,
María la Baja, San Juan Nepomuceno, El Guamo, Mahates, Calamar, Zambrano y
Córdoba cuenta con algo más de 250 integrantes distribuidos entre el centro y el
norte del Departamento de Bolívar.

En cuanto al ELN, esta organización tiene presencia en la región a través del frente
Jaime Báteman Cayón conformado por 130 guerrilleros. Su área de operaciones
corresponde al centro del Departamento de Bolívar, en los municipios de San
Juan Nepomuceno, San Jacinto y El Carmen de Bolívar (áreas generales de la
Cuchilla de Huamanga, Loma Central, Mula Mamón, La Cansona) y los municipio
de Ovejas, Los Palmitos y Colosó en el Departamento de Sucre (áreas generales
de Pijiguay, Don Gabriel, Almagra, Zapato, La Cruceta, Naranjal, Arenal,
Sabaneta y Oriente, Pechilín, El Bajo don Juan, Calle Larga y La Lata).

Este frente se encuentra conformado por siete estructuras armadas: la Central


compuesta por aproximadamente 25 efectivos que operan en el centro de
Bolívar; el Destacamento, encargado de la seguridad de la estructura Central y
que comprende 33 guerrilleros; la Comisión Kalamarí que ha realizado
operaciones en jurisdicción de los municipio de Ovejas y Los Palmitos y cuenta
con 10 hombres; la Escuadra Militar, compuesta por 10 guerrilleros, que presta
apoyo a la Comisión Kalamarí y efectúa retenes, quemas de vehículos,
emboscadas a la Fuerza Pública, robo de ganado, secuestros y boleteos; la
Comisión Edwin Pérez conformada por diez efectivos y que ha registrado
actividad en jurisdicción de los municipio de Ovejas, los Palmitos y Colosó, y
adicionalmente recibe apoyo de la Estructura Central; las Milicias Rurales que
desarrollan una serie de actividades en el Bajo Don Juan, Calle Larga,
Desbarrancado, Naranjal y Oriente; y finalmente las Milicias Urbanas ubicadas en
la ciudad de Sincelejo.

En lo relacionado con el ERP este grupo opera en el centro de Bolívar y el norte de


Sucre a través de la compañía “Jaider Jiménez”, integrada por 60 guerrilleros. El
área general de operaciones corresponde a los municipios del Carmen de Bolívar,
Ovejas, Chalán y Coloso.
Por su parte, la irrupción de los grupos de autodefensa en los Montes de María
coincide con la gran expansión de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y
Urabá, ACCU, en los departamentos de la costa norte a partir de 1996, año en el
que el modelo implantado por estas organizaciones en la región de Urabá se

166
comienza a extender a otras regiones del país47. El avance de las autodefensas
sobre el Caribe se produjo en un contexto geográfico en el cual el desarrollo de
la actividad guerrillera se encontraba limitado, debido al predominio de amplias
sabanas y a la escasez de accidentes montañosos y selvas (Observatorio del
Programa Presidencial de Derechos Humanos y DIH, 2002).
Desde los años ochenta grupos armados creados por el narcotráfico comenzaron
a actuar en localidades costeras del Departamento de Sucre. Basta recordar que
la muerte de Gonzalo Rodríguez Gacha, alias El Mexicano, se produjo en
diciembre de 1989 como resultado de un operativo de la Policía Nacional
desarrollado entre Tolú y Coveñas, en el que fue dado de baja el temido
narcotraficante. En ese momento la presencia de las autodefensas tuvo la
finalidad de amparar el proceso de adquisición de importantes propiedades por
parte de organizaciones vinculadas al narcotráfico. Para ello se organizaron en
pequeñas estructuras. En cuanto a la identificación de las estrategias
desarrolladas por estos grupos no es fácil apreciar una táctica ofensiva clara, ni
asentamientos importantes y mucho menos planes de control territorial, al ser
organizaciones tan fragmentadas y autónomas.

Entre 1985 y 1996 se desarrollaron múltiples estructuras que después harían


parte del Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC. Es a partir
de 1997 que estos grupos se presentan como una expresión regional de las AUC,
aduciendo que su principal objetivo apunta a contener el avance de la guerrilla y
arrebatarle sus principales fuentes de financiación. Las características que
anteriormente se señalaron permiten entender que las AUC más que una
organización articulada, son el resultado de la fusión de grupos con historias muy
disímiles, intereses múltiples y en todo caso fuertemente ligadas al narcotráfico.
La fusión de grupos da origen, en 1997, al frente “Rito Antonio Ochoa”, cuya
territorialidad coincide con la del frente “Héroes de Montes de María”, que bajo el
mando de “Diego Vecino” se desmovilizó hacia mediados del año 200648.
El objetivo estratégico del frente liderado por “Diego Vecino” se presenta de
manera mucho más clara que en los grupos que lo precedieron, centrándose
principalmente en lograr el control del paso por el Canal del Dique y la
comunicación entre el río Magdalena con el Golfo de Morrosquillo. Esta
estructura adquirió especial protagonismo a partir de 1998, cuando realiza
algunas de las masacres más sangrientas y numerosas que haya presenciado el
país. La evidencia disponible muestra cómo a partir de 2000 la ofensiva indirecta
empleada por el grupo ilegal, encaminada a golpear a la guerrilla cometiendo
asesinatos selectivos y masacres contra la población interpuesta, se
complementa con una serie de enfrentamientos armados principalmente contra
las FARC.

47
Sobre las características y principales rasgos de los grupos de paramilitares y autodefensas
durante las décadas de los ochenta y noventa véase Cubides, 1999, 2005a, 2005b.
48
En cumplimiento del acuerdo de Santa Fe de Ralito suscrito el 23 de julio de 2003 entre el
gobierno Uribe Vélez y las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, y ratificado por ese grupo
armado el 7 de octubre de 2004 a través de un comunicado público llamado "Acto de Fe por la
Paz", se desmovilizaron en 2005 los grupos pertenecientes al Bloque “Héroes de Montes de
María” de las AUC, comandado por Edward Cobo Téllez, alias "Diego Vecino".

167
Buena parte de los esfuerzos en la lucha contra las organizaciones irregulares se
dirigieron contra el Bloque “Héroes de Montes de María”, que al momento de su
desmovilización venía siendo objeto de operaciones por parte de la Fuerza
Pública que contribuyeron, en forma decisiva, a frenar las posibilidades de
expansión de este grupo ilegal. Además, hay que señalar que desde el hallazgo
de las fosas comunes en San Onofre, las denuncias y críticas arreciaron contra
sus comandantes, esto sin contar que no lograron dar cumplimiento al objetivo
estratégico de derrotar a las FARC en las zonas donde esta guerrilla aún cuenta
con presencia.

El cese de hostilidades declarado por las AUC a finales del año 2002, que dio
inicio al proceso de negociación con el gobierno nacional, se expresó después en
un ostensible descenso del accionar armado de los grupos pertenecientes a esta
organización y que contaban con presencia en Sucre. Sin embargo, en el período
comprendido entre el inicio del proceso de negociación y la desmovilización, las
estructuras armadas continuaron participando activamente en el narcotráfico.
Adicionalmente, fue cada vez más evidente su infiltración en las administraciones
municipales y la capacidad con la que cuentan de incidir en la definición de las
reglas del juego de la política local. En respuesta a estos hechos la Armada
Nacional llevó a cabo algunas operaciones que impactaron a los grupos de
autodefensa y sus finanzas (Garzón, 2005), entre las que se destacan una serie
de allanamientos, persecuciones y trabajos de inteligencia que produjeron el
decomiso de más de 3.5 toneladas de cocaína en el Golfo de Morrosquillo en
menos de un año. Se registraron también numerosas capturas y durante 2004 la
baja de 30 integrantes de estos grupos.

En cuanto a la dinámica de la confrontación armada con la guerrilla, la


distribución espacial de los combates liderados por la Fuerza Pública, que en los
últimos tres años recaen principalmente sobre las FARC, corrobora la existencia
de una estrategia cuidadosamente dirigida a lograr el control de las troncales de
Occidente y del Caribe por parte de las autoridades gubernamentales, a fin de
tender un cerco a la guerrilla con el propósito de aislarla en la parte montañosa.
El área que se encuentra entre estas dos arterias viales corresponde a los
municipios que están comunicados por carretera y conforman una zona
estratégica para la región Caribe y el país, de ahí que la administración de Álvaro
Uribe haya priorizado retomar su control. La persistencia en la lucha contra la
guerrilla en los últimos años, le ha permitido a la Fuerza Pública avanzar en el
objetivo de tender un cerco hacia el núcleo principal de las FARC donde
mantiene su principal retaguardia estratégica, lo cual ha llevado a que el grupo
armado desate en forma esporádica ofensivas que comprometen escenarios
diferentes a la zona montañosa. A partir de 2002 la actividad armada de la
guerrilla que se encuentra concentrada en los municipios localizados en el norte,
también comienza a registrase en municipios del centro y sur de Sucre como San
Benito Abad, Sincé, Galeras y Guaranda.

168
En respuesta a la ofensiva de las Fuerza Pública, las FARC han desarrollado, en
cercanía a los centros poblados, hostigamientos frecuentes contra las unidades
militares de la Fuerza Pública. Así mismo, para evitar golpes contundentes la
guerrilla ha optado por replegarse y actuar dividida en pequeños grupos. Otras
formas de adaptación a las nuevas realidades militares consisten en el minado de
los accesos a sus zonas de refugio y la realización de acciones de terrorismo en
las zonas urbanas. Con estas acciones las FARC han buscado, por un lado,
compensar su inferioridad militar y, por otro lado, que el Ejército disminuya la
presión en áreas rurales vitales para su supervivencia y se concentre en la
vigilancia de los cascos urbanos. Durante el año 2004 las bajas de la Fuerza
Pública en este teatro de operaciones ocurrieron ante todo por el uso de minas
antipersonal y no en la confrontación directa con los grupos irregulares. En 2003,
aunque el uso de estos artefactos era corriente, se registraron igualmente
ataques a unidades militares y de la Policía Nacional, y el 24 de junio tuvo lugar
en Carmen de Bolívar una emboscada tendida a una patrulla de la Infantería de
Marina en el sector Loma de los Chivos en la que 15 de sus integrantes perdieron
la vida.

Por otra parte, entre 2000 y 2002 se produjeron 18 enfrentamientos entre las
AUC y las guerrillas. Por la especificidad de su ubicación, que ponen al
descubierto el propósito de las AUC de confrontar a la guerrilla en puntos
estratégicos, cabe destacar algunos de los que se registraron en Bolívar y Sucre.
En Bolívar los enfrentamientos se concentraron principalmente en El Carmen; el
primero ocurrió en enero de 2000 en el corregimiento El Salado entre
subversivos del frente 37 de las FARC e integrantes de las AUC, de los cuales
cinco resultaron muertos; el segundo se produjo en agosto de 2001 en zona
rural del corregimiento La Cansona y el caserío Mula, también entre miembros de
estas dos organizaciones, que produjo el desplazamiento de la población de
cinco veredas hacia la cabecera municipal; el tercero se llevó a cabo en agosto
en el corregimiento Guamanga entre insurgentes de los frentes 35 y 37 de las
FARC y las AUC que secuestraron a diez personas; el cuarto ocurrió en
noviembre de 2002 en el corregimiento Guaymaral entre integrantes del frente
37 de las FARC y las AUC.

De igual forma, han sido varios los enfrentamientos en Córdoba; el primero y


más grave se produjo en febrero de 2000, entre integrantes de las AUC que
dieron de baja a doce subversivos del frente 37 de las FARC y asesinaron a tres
civiles; el segundo se registró en junio de 2000 en el corregimiento de San
Andrés, entre miembros de estas dos organizaciones irregulares, resultando
muertas seis personas entre ellas (alias “Nicolás”), cabecilla de las Autodefensas;
el tercero tuvo lugar en la finca El Guasimal, en noviembre de 2001, también
entre miembros de las AUC y subversivos del frente 37 de las FARC; el cuarto se
libró en enero de 2002 en el corregimiento Tacamocho, luego de que integrantes
de los frentes 35 y 37 de las FARC asaltaran la finca Aguas Vivas. En San Jacinto,
en septiembre de 2002 subversivos del ELN y del ERP, se enfrentaron con las
AUC dando de baja a 17 de sus integrantes, en los sectores Lajitas y Mula.

169
En Sucre la mayoría de los choques entre las AUC y los grupos guerrilleros se
produjeron en Ovejas; el primero en febrero de 2000, en los corregimientos Flor
del Monte, San Rafael y Canutal; el segundo en agosto de 2002 en el
corregimiento de Chengue, entre miembros de las AUC y subversivos del frente
35 de las FARC; en noviembre de 2002 se vuelve a registrar el enfrentamiento
entre las dos organizaciones. En San Onofre los choques entre las Autodefensas
e integrantes del frente 35 de las FARC, originan el desplazamiento de 200
personas procedentes del corregimiento de Cañas Frías y sus alrededores. El
municipio de Sucre también ha sido escenario de enfrentamientos; en junio de
2001 en el corregimiento Palmarito, un encuentro entre las AUC y subversivos
del ERP produce la muerte de un integrante de las autodefensas; en febrero de
2002 en el corregimiento Cocobalanta, las víctimas de los enfrentamientos fueron
cuatro miembros del frente 35 de las FARC; posteriormente; en abril en el sitio
caño Misalo, se registró un nueva acción armada entre las AUC y subversivos del
ERP de los cuales ocho resultaron muertos.

Las rupturas en la confrontación armada, que no sólo explican los cambios


recientes en la correlación de fuerzas entre los diferentes protagonistas,
permiten también descifrar los énfasis en la concentración geográfica de las
manifestaciones de violencia. En efecto, en Montes de María, la elevada
intensidad de la confrontación armada y la violencia se encuentra estrechamente
ligadas a la presencia de los grupos irregulares que pretenden lograr el control
de corredores estratégicos, áreas con recursos económicos y zonas de avanzada
y repliegue. La intensidad de la violencia ha estado determinada por el ritmo de
los desplazamientos de los grupos irregulares sobre el territorio, haciendo que la
lealtad de la población a los actores armados se construya y se deshaga según
los avances y retrocesos de cada uno de ellos. El carácter instrumental del apoyo
de la población a las organizaciones irregulares expresa la necesidad de
garantizar la supervivencia en escenarios donde la confrontación entre los grupos
de autodefensa y las guerrillas obedece a la lucha por el control de objetivos
muy preciados en el desarrollo de la confrontación armada.

En cuanto a la violencia producida por los grupos irregulares contra la población


civil, su baja intensidad registrada entre 1990 y 1995, se modificó
ostensiblemente en 1996. A partir de este año los asesinatos causados por los
grupos armados comienzan a aumentar determinando la dinámica de los
homicidios que se registran en el Departamento49. La actuación de los grupos de
autodefensa a través de la realización de masacres, que explica en buena
medida la elevada intensidad que adquiere la violencia, se enmarca dentro de los
planes de expansión de la organización a nivel nacional. En efecto,
paralelamente a la irrupción de las AUC en los Montes de María, se produce la
incursión de esta organización en el Sur de Bolívar, con lo cual no sólo se llevó a
cabo una ofensiva encaminada a apropiarse de los cultivos ilícitos en la Serranía

49
Se utiliza la expresión asesinatos para señalar que son las muertes violentas que se originan en
los grupos irregulares.

170
de San Lucas, sino que también tuvo lugar una fuerte disputa por el control
estratégico de los corredores necesarios para la exportación de droga.

Para evitar la pérdida de posiciones con elevado valor estratégico, la guerrilla no


se ha quedado atrás en la producción de violencia. Entre 2000 y 2001 a través
de su accionar ha contribuido de manera ostensible en la degradación de la
confrontación armada. La persistencia en los homicidios hasta 2004, que
contrasta con la tendencia descendente observada a nivel nacional desde 2003,
encuentra explicación en las actuaciones de los grupos irregulares que a pesar
de haber dejado de recurrir a las masacres, intensifican entre 2003 y 2004 los
asesinatos selectivos.

El peso de los asesinatos causados por las organizaciones armadas ilegales en el


conjunto de los homicidios registrados, que es imposible determinar con
exactitud debido al sub-registro existente, se descubre en la elevada
correspondencia entre la periodicidad con que se producen los énfasis de los
asesinatos y los homicidios indiscriminados, como se observa en los gráficos
adjuntos. Salta a la vista, que la violencia desencadenada por autodefensas y
guerrillas es la que jalona los homicidios en los años más álgidos (1996 y 2000).
De igual forma, la disminución de las muertes violentas producida a partir de
2001 se relaciona con la consolidación de la presencia de los grupos de
autodefensa entre el Golfo de Morrosquillo y las estribaciones de los Montes de
María. La intensificación de los asesinatos en 2003, que se prolonga hasta 2004,
da cuenta del repunte de las muertes selectivas causadas por los grupos de
autodefensa en el primer año y por la guerrilla en el segundo.

El recurso al terror por parte de los grupos irregulares pone de presente la


existencia de una lógica que se expresa en el propósito de romper la relación
entre el actor armado de signo opuesto con la población; ésta enfrenta, en
consecuencia, la disyuntiva de plegarse al nuevo dominio o desplazarse. La
expansión territorial y la consolidación de la presencia de los grupos de
autodefensa se lograron a través de la difusión del terror en las comunidades
bajo la influencia de la guerrilla. El objetivo primordial apuntaba a invertir las
lealtades e imponerse como actor hegemónico, pero sobre todo buscaba generar
incertidumbre, de tal manera que el carácter imprevisible de las acciones
violentas, creara la expectativa sobre su posible repetición. De tal suerte, al tener
como objetivo el dominio de la población, la implementación del terror por parte
de los grupos de autodefensa tuvo una clara dimensión estratégica50.

En este contexto la opción de la insurgencia consistió en replegarse, amenazar la


gobernabilidad y realizar acciones principalmente de sabotaje, como ya se anotó.
En muy pocos casos la guerrilla pudo responder a las ofensivas de las
autodefensas que lograron desarticular sus redes y penetrar en los cascos

50
Como lo ha señalado Eric Lair, el control de las poblaciones reviste una dimensión estratégica,
en la medida en que son fuente de respaldo económico, político, moral y logístico, y por esta
razón son al mismo tiempo medio y objetivo de la confrontación armada. Sobre el particular
consultar Lair, 2003.

171
municipales a través de la conformación de nuevos apoyos. Por medio de la
aplicación de la violencia indiscriminada se provocó, por un lado, el repliegue de
la guerrilla y, por otro, el control de la población. Con buena parte de las redes
de la guerrilla desarticuladas en su periferia y el repliegue de algunos de sus
frentes, las autodefensas dieron el paso de una violencia indiscriminada a una
violencia cuidadosamente dirigida hacia objetivos específicos.

La disputa entre las fuerzas guerrilleras y los grupos de autodefensa se explica,


ante todo, por la búsqueda del control estratégico sobre puntos vitales para cada
uno de los protagonistas del conflicto. La elevada intensidad de la violencia en
esta zona responde al propósito de los bandos en competencia de controlar
posiciones geográficas y el sistema vial, en particular la carretera troncal que
atraviesa la zona pasando por los municipios de Sincelejo, Corozal, Los Palmitos,
Ovejas, El Carmen de Bolívar, San Jacinto, San Juan Nepomuceno y Calamar,
con ramales a San Pedro, Sincé, San Benito Abad, Toluviejo, Tolú, San Marcos,
San Onofre, Zambrano, El Guamo, Mahates y María La Baja. Así mismo, son
objeto de disputa armada los corredores naturales, como el Arroyo Alférez que
atraviesa la región de Occidente a Oriente desde el municipio de Colosó en Sucre
hasta Zambrano en Bolívar pasando por El Carmen. Este último municipio es el
objetivo más codiciado en la disputa armada por cuanto es el centro económico
más importante y resulta esencial en términos de logística y obtención de
recursos por parte de los actores armados.

Sin lugar a dudas la declaración de la región de Montes de María como Zona de


Rehabilitación y Consolidación, el 21 de septiembre de 2002 -la cual estuvo
vigente hasta el 30 de abril de 2003- le permitió a la Fuerza Pública producir un
quiebre en la dinámica de la confrontación armada. Dentro del conjunto de
medidas que hicieron posible retomar la iniciativa en la confrontación armada por
parte del Estado, se destacan el incremento del pie de fuerza en la zona con más
policías y soldados campesinos en los cascos urbanos, el restablecimiento de la
Fuerza Pública en Colosó y Chalán, así como la entrada en operación de cinco
escuadrones contraguerrilla. Adicionalmente, la entrada en operación de la
Fuerza de Tarea Conjunta del Caribe hacia comienzos de 2005, incrementó el pie
de fuerza al sumarse a la Infantería de Marina tropas de Ejército y el apoyo
aéreo-táctico de la Fuerza Aérea. Teniendo como objetivo principal lograr el
control sobre el extenso territorio de los Montes de María, se introdujo un
esquema de coordinación entre las diferentes fuerzas bajo un solo mando
responsable de la dirección de las operaciones militares.

El alcance limitado de la estrategia estatal de control territorial de esta zona del


Caribe colombiano se descubre al analizar la conducta que caracteriza ahora a la
guerrilla y que se corrobora en las acciones desarrolladas durante 2005, las
cuales muestran un repunte en la iniciativa armada de las FARC que
protagonizan varias acciones de piratería terrestre, sabotajes, hostigamientos y
emboscadas. Si bien las señales de reactivación de las FARC parecen
inequívocas, hasta el momento este grupo guerrillero no ha producido ningún
hecho relevante. Sus acciones han creado sobre todo una situación de zozobra e

172
incertidumbre entre la población ante la posibilidad de que se presente,
eventualmente, una toma guerrillera o acciones contra las comunidades.

Desde el momento en que se creó la ZRC, la actividad armada que las FARC
viene produciendo sigue el principio de economía de fuerza: la guerrilla realiza
mayoritariamente sabotajes, hostigamientos y pequeñas emboscadas, acciones
que implican para el grupo irregular un mínimo gasto militar y una elevada
ganancia estratégica. La ganancia para las FARC se obtiene al agotar física y
moralmente a la Fuerza Pública, mediante la producción de acciones que
multiplican los escenarios de la confrontación y la obligan a dejar de lado su
objetivo principal. De aquí que en Sucre y Bolívar, escenarios diferentes a los
Montes de María hayan comenzado a registrar a partir 2002 actividad armada de
la guerrilla y desde 2003 combates de la Fuerza Pública, con lo cual se diluye la
contundencia militar contra el principal propósito de la estrategia del Gobierno de
Álvaro Uribe y se debilita el cerco tendido hacia la zona de mayor importancia
estratégica para las FARC.

Si bien la Fuerza Pública retomó la iniciativa en la confrontación, la guerrilla


conserva todavía la capacidad para realizar acciones, aunque de manera limitada
si se le compara con el período 2000 - 2002. En efecto, durante 2005, Chalán ha
sido especialmente afectado por el accionar de las FARC. El 11 de enero, en el
sitio La Cruceta, miembros del frente 35 atacaron una patrulla de la Infantería de
Marina, resultando muerto uno de sus integrantes; el 22 de febrero, en el área
rural se produjo otro ataque contra una patrulla, resultando heridos dos infantes;
el 7 de marzo, en el cerro La Lonaza, las FARC producen un nuevo ataque sin
consecuencias fatales. Adicionalmente, en el mes de abril se registró un
hostigamiento a una patrulla en Morroa. El ELN, por su parte, ha minado
corredores en el área montañosa, dificultando así el acceso para las tropas
terrestres a las zonas de retaguardia de este grupo guerrillero.

Es necesario mencionar que la circulación por las vías que rodean los Montes de
María está restringida en horas de la noche y la madrugada por las autoridades,
para evitar retenes y ataques a automotores por parte de los grupos irregulares.
De otra parte, las extorsiones a los dueños de las fincas y ganaderos se siguen
produciendo. El no pago de las denominadas vacunas en ocasiones ha derivado
en la destrucción de las fincas por parte de los grupos guerrilleros. En 2005
fueron once los atentados registrados. Uno de ellos ocurrió dos días después de
la desmovilización del frente “Héroes de Montes de María”, en la finca “Las
Cumbres”, ubicada en la vereda conocida como El Guamo en el municipio de
Sincé. En esta ocasión integrantes del frente 35 de las FARC incendiaron tres
viviendas.

De acuerdo con lo observado en 2005, los civiles se han convertido nuevamente


en objetivos de los grupos guerrilleros, en particular de las FARC, grupo que a
partir de finales de 2004 realizó asesinatos entre la población civil que retornó, y
profirió amenazas contra organizaciones sociales cercanas a programas o fondos
del gobierno nacional, así como proyectos productivos financiados por la nación y

173
el Programa de Paz y Desarrollo de los Montes de María. Las personas vinculadas
a estos proyectos fueron objeto de fuertes presiones, afectando de esta forma la
posibilidad de consolidar procesos sociales alternativos en medio de la
confrontación armada.

A lo anterior se suma la creciente presencia urbana de las milicias en las


cabeceras municipales de algunas poblaciones como Sincelejo y Corozal donde
se afirma que la presencia de estos grupos de la guerrilla se ha extendido en los
barrios periféricos. A la amenaza latente de la insurgencia, hay que agregar el
interés de los narcotraficantes por mantener el dominio sobre el golfo de
Morrosquillo, al tratarse de una de las principales salidas de coca por la costa
Caribe. Con la desactivación de las estructuras de las autodefensas se abre la
posibilidad de que la guerrilla busque apoderarse de corredores como éste. En
este escenario la prevalencia de los intereses del narcotráfico en la región
promovería la reactivación de estructuras armadas que entrarían a remplazar a
las AUC.

II. La guerra por el control estratégico en el suroccidente colombiano

Pasando al estudio de las manifestaciones de la violencia en los departamentos


de Cauca, Nariño, Huila y Tolima, que denominaremos en adelante como
suroccidente colombiano, el conflicto en esta región del país ha ido en aumento.
Hoy en día la zona se constituye en uno de los principales escenarios de la
guerra por el control estratégico entre las organizaciones guerrilleras y los
grupos de autodefensas, por cuanto convergen allí corredores entre la Amazonía
y el océano Pacífico, el Valle del Cauca y Ecuador. Adicionalmente, la región se
caracteriza por su diversidad geográfica; cuenta con valles interandinos y selvas
que se extienden desde la cordillera Central hasta el Pacífico. Estas
características explican los elevados niveles de confrontación entre los grupos
armados y la Fuerza Pública, así como la fuerte competencia entre guerrillas y
paramilitares51.

Por otra parte, la existencia de una gran variedad de pisos térmicos ha facilitado
la implantación de cultivos de coca y amapola por parte de la insurgencia. A
partir de éstos, la guerrilla ha logrado constituir una importante fuente de
financiamiento. Conviene señalar que la economía de guerra no se limita a la
territorialización de los frentes guerrilleros en zonas rurales donde los cultivos
51
Con respecto a la interacción entre la guerra y los factores geográficos cabe señalar que la
selva tiene un papel fundamental en el curso de los conflictos por cuanto constituye una
formidable barrera natural que proporciona una ventaja estratégica para protegerse, disimularse,
descansar y abastecerse mientras obliga a quien no la controla a dispersarse y a acudir a
armamento ligero. Las zonas montañosas de difícil acceso son tradicionalmente los lugares de
repliegue de los grupos armados que buscan sustraerse del alcance de las fuerzas que se
encuentran a la ofensiva o lanzar ataques relámpago desde sus estribaciones antes de
emprender la huida. Por su parte, las vías hidrográficas navegables sirven de soportes a la
movilidad operativa, y a veces táctica cuando son el escenario de combates repetidos. Cumplen
también con una función de aprovisionamiento y logística de primer orden en las economías de
guerra. Ver sobre el particular Lair, 2004, 124.

174
ilícitos se constituyen en el principal medio de obtención de recursos. La
economía de guerra también tiene dimensiones menos territoriales en la
aplicación de la extorsión y el secuestro52. En estas dos grandes fuentes de
financiamiento, que se registran con mayor frecuencia en los principales núcleos
urbanos del suroccidente colombiano, el control territorial no es condición
necesaria para la obtención de recursos por parte de los grupos alzados en
armas.

En el Cauca las zonas donde los grupos guerrilleros han venido operando son: la
bota caucana que comunica el Departamento con Caquetá y Putumayo; el
macizo que comprende también algunos municipios de los Departamentos de
Tolima, Huila, Nariño, Putumayo y Caquetá; la Vía Panamericana que atraviesa el
Departamento desde Nariño hasta el Valle; la zona noroccidental, en particular el
río Naya, que a través del río San Juan, y más arriba por el río Atrato, comunica
con el municipio de Buenaventura (Valle del Cauca) y el Departamento del Chocó
en el Pacífico; la cordillera Oriental, en los municipios de El Tambo, Argelia,
Patía, Balboa y el piedemonte de la cordillera Central, en especial los municipios
de Mercaderes y Bolívar (zona de enclave cocalero), la zona del Pacífico, clave
para el tráfico de armas y de drogas; así como Popayán y sus alrededores, eje
administrativo del Departamento.

De igual manera, Nariño constituye un área sumamente importante para la


guerrilla dentro de una perspectiva estratégica del conflicto. El Departamento es
una zona fronteriza con el Ecuador que, además de tener salida al mar, cuenta
con grandes extensiones de selvas y montañas escarpadas, sumado a la
existencia, por un lado, de vías de acceso a la bota caucana y al Macizo
colombiano y, de otro, de medios para ingresar directamente hacia el alto y bajo
Putumayo. De igual forma, el territorio nariñense en la parte sur se encuentra
atravesado por el Oleoducto Trasandino que parte de Orito y llega a Tumaco. La
actividad comercial es muy importante debido al intercambio con Ecuador,
circunstancia que favorece el contrabando, el tráfico de armas y de drogas
ilícitas. La carretera al mar, con epicentro en Llorente en jurisdicción de Tumaco,
se constituye en un corredor clave para la economía coquera regional en el
suroccidente colombiano, junto con el trayecto de los ríos Nulpe y Guiza que
vierten sus aguas al río Mira, arteria fluvial que posteriormente desemboca en el
Pacífico por cabo Manglares. Hacia el noroccidente del Departamento la
producción y procesamiento de coca han aumentado al amparo de la presencia
preponderante de las FARC en el Charco y Santa Bárbara.

Tal como se colige de la presencia de las organizaciones irregulares en Cauca y


Nariño, de forma similar la localización de los grupos armados en el
Departamento del Huila no se presenta de manera aleatoria, sino en función de
los factores favorables al desarrollo de la confrontación.
52
El mayor o menor grado de territorialidad de la economía de guerra de la guerrilla colombiana
es analizado por Camilo Echandía en un artículo sobre los cambios recientes en la geografía del
conflicto armado. Véase Echandía, 2004.

175
En el caso del Huila es preciso enfatizar la importancia de la Cordillera Oriental, y
de los corredores que la atraviesan, comunicando la zona del suroriente con el
occidente y el centro del país, para explicar la persistencia del conflicto en
municipios que tienen continuidad geográfica con Meta y Caquetá. La localización
de los frentes de las FARC sobre el flanco occidental de la Cordillera Oriental,
obedece al propósito de controlar un amplio corredor de acceso desde el
noroccidente del Caquetá hacia los municipios de Algeciras, Gigante, Garzón,
Guadalupe, Suaza y Acevedo. Así, el frente 13 ha realizado incursiones en los
municipios de Suaza, Acevedo y Palestina; el frente 61 se mueve por los
municipios de Acevedo, Palestina, Timaná, Suaza y Guadalupe; el frente 64
registra actividad en Gigante; el frente 17 ha concentrado su actividad armada
en los municipios de Colombia, Villavieja, Baraya, Tello y el oriente rural de
Neiva. En la zona del Macizo el cultivo de ilícitos ha constituido una de las
principales fuentes de recursos para los frentes 13 y 61 en los municipios de La
Argentina, Oporapa, Saladoblanco, Isnos y San Agustín. El Valle del río
Magdalena, enmarcado por las cordilleras Central y Oriental, comprende las
tierras bajas, onduladas y planas que bordean el río Magdalena con alturas
inferiores a 800 metros sobre el nivel del mar y es una zona vital para las
comunicaciones terrestres a lo largo del Departamento. El valle en la parte sur
presenta áreas boscosas que propician la presencia guerrillera; a medida que se
amplía en el centro y norte, las condiciones son menos favorables para la
logística de los alzados en armas.

Por su parte, la implantación y el posterior desarrollo de la guerrilla en Tolima


han tenido a su favor las características geográficas del Departamento. Las
grandes unidades geográficas que lo atraviesan longitudinalmente han sido
funcionales a la logística insurgente. Gran parte de la cordillera Central se halla
fuertemente fracturada en un sistema de fallas y cuenta con un relieve
escarpado y de vertientes profundas, factores que le han permitido a los frentes
guerrilleros establecer zonas de repliegue y corredores vitales en los
desplazamientos hacia el piedemonte y los Departamentos del Valle del Cauca,
Quindío, Risaralda y Caldas. El piedemonte de la cordillera Central, sobre el cual
se ubica gran parte de la población y se desarrollan las principales actividades
productivas, es la zona donde la guerrilla ha buscado ampliar su influencia,
concentrando buena parte de su accionar armado. El piedemonte occidental de
la cordillera Oriental es otra zona estratégica para la guerrilla por cuanto, gracias
al relieve, le permite establecer corredores hacia Cundinamarca, Huila, Meta y
Caquetá.

La marcada intensificación del conflicto a partir de 2002 se produce como


consecuencia de las acciones de las FARC y los combates por iniciativa de la
Fuerza Pública, dirigidos particularmente contra esta guerrilla. El accionar de los
grupos de autodefensa, así como la constante ofensiva del Ejército, impactaron
de manera directa al ELN, lo cual se traduce en la caída del número de eventos
desarrollados por esta organización que se ha visto obligada a operar
conjuntamente con las FARC. Es importante destacar cómo mientras a nivel

176
nacional las tendencias actuales muestran que las acciones de la guerrilla son
superadas por las de la Fuerza Pública, en Cauca y Huila se observa cómo los
hechos protagonizados por los alzados en armas se producen en número mayor,
mientras que en Nariño sólo en 2004 se advierte una leve ventaja de las acciones
por iniciativa del Ejército, en tanto que en Tolima la ventaja es más clara.

En 2005 el norte del Cauca es el escenario de la primera acción sostenida de las


FARC contra una población, evidenciando el propósito de consolidar corredores
que fueron truncados con el restablecimiento de la presencia de la Policía
Nacional en el marco de la política de Seguridad Democrática. El ataque a la
base de la Fuerza Naval en Iscuandé (Nariño), en el que murieron 15 infantes de
marina en febrero de 2005, y los hostigamientos a Samaniego, Ricaurte,
Guachavez, El Charco (Nariño) y a Jambaló (Cauca), producidos en abril,
simultáneamente con el ataque a Toribío, ponen de presente que no se trata de
hechos aislados, sino de acciones que hacen parte de la misma estrategia. Sin
duda, la concentración de tropas del Ejército en el suroriente del país en
desarrollo del Plan Patriota ha jugado a favor de la nueva estrategia de las FARC
encaminada a intensificar las hostilidades en el suroccidente colombiano.

La estrategia ejecutada por las FARC de erradicar a la Policía Nacional de las


cabeceras municipales y de corregimientos, y que fue complementada con el
destierro de fiscales y jueces y la destrucción de las cárceles, tuvo uno de sus
más álgidos epicentros en el Departamento del Cauca.

Los ataques de la guerrilla en este Departamento desde 1998 se dirigieron


principalmente contra Silvia, Timbio, Caldono, Caloto, Rosas, Piendamó y Páez.
Entre 2001 y 2002 los ataques no cesaron y algunos tuvieron especial impacto:
en febrero de 2001 fue atacado El Tambo; en julio de ese mismo año en Bolívar,
cerca de 500 integrantes de los frentes 60 y 13 destruyeron la estación de
Policía; posteriormente en septiembre, en Almaguer se presentó una incursión
armada; en enero de 2002, fue atacada la estación de Policía de Puracé
causando algunas bajas y daños materiales; en julio los ataques se dirigieron
sobre Toribío y Totoró, poblaciones que han sido escenario de la resistencia
indígena a la presión armada de las FARC; también se presentaron ataques entre
2001 y 2002 en Corinto, Patía, Inzá y Puracé. En 2003, la población de Silvia fue
atacada en mayo y julio por el frente 6 que tuvo como propósito destruir el
puesto de policía; en agosto el frente 8 atacó El Tambo con la intención de
afectar a la Policía Nacional; en octubre los ataques se produjeron en el norte a
través del frente 6 que pretendió golpear a la Policía en Miranda y Jambaló. En
2004 las acciones contra las poblaciones se trasladan hacia el sur y la Bota
caucana. En este escenario fueron llevadas a cabo por el frente 8 que en febrero
atacó Bolívar y en marzo Santa Rosa. En abril de 2005 las FARC, a través de la
columna Jacobo Arenas y del frente 6, vuelven a arremeter contra Toribío, y
mediante la activación de explosivos destruyeron la sacristía, la casa de la cultura
y varias viviendas, todas alrededor del parque principal. En los hechos murieron
una niña de 7 años y dos integrantes de la Policía, y resultaron lesionados 11
civiles y 8 agentes. Durante varios días los guerrilleros resistieron el fuego aéreo,

177
mantuvieron cercado el municipio e impidieron, mediante el minado de puentes y
las vías de acceso, que tropas de la Tercera División del Ejército pudieran
ingresar a la zona. Los habitantes del casco urbano, en su mayoría indígenas,
exasperados por el incesante hostigamiento se vieron obligados a exigir la salida
de la Fuerza Pública para que la guerrilla suspendiera el ataque y levantara el
cerco tendido sobre la población.

En el Huila la mayoría de los ataques a la Policía, se localizaron sobre la cordillera


Oriental y en los límites con los departamentos de Meta y Caquetá. Lo anterior
explica la insistencia del grupo guerrillero en hacer sentir su poder armado en
Neiva, Algeciras, Gigante, Baraya, Tello, Guadalupe, Rivera, Garzón, Acevedo,
Campoalegre y Suaza. Así mismo, se revela la importancia estratégica que para
la subversión tienen Pitalito, Isnos, San Agustín y La Plata, municipios
pertenecientes al Macizo colombiano, zona que ha desempeñado un papel crucial
en el conflicto. Mientras estuvo vigente la Zona de Distensión, fue evidente el
interés de las FARC en desvirtuar el ejercicio del Estado, pues no sólo buscaba
expulsar a la Policía Nacional de estos sitios, sino que tenía el propósito de
supeditar a su aquiescencia el ejercicio de toda actividad gubernamental y
estatal.
En Tolima, el objetivo de golpear a los municipios del Departamento se convirtió
en una prioridad para los frentes tanto de las FARC como del ELN. En 1998,
Dolores, Ataco, Rioblanco y Natagaima fueron blanco de las acciones ofensivas
en el sur, mientras que en el oriente la estrategia se ejecutó en Cunday y
Alpujarra. En 1999 fueron atacadas en el norte las poblaciones de Venadillo,
Villahermosa, Casabianca y Anzoátegui. En 2000, se vuelve a hacer énfasis en el
sur con ataques dirigidos a las poblaciones de Alpujarra, Rioblanco y
Roncesvalles. En 2001, aunque el foco principal de los ataques sigue estando en
San Antonio y Ataco en el sur, se presenta un ataque contra Anzoátegui en el
norte. En 2002, a las acciones de las FARC se sumaron las del ELN, haciendo del
norte del Tolima el objetivo principal de las dos organizaciones guerrilleras,
principalmente en el área conformada por Murillo, Casabianca, Vistahermosa y
Venadillo. Hacia el sur fue atacado Dolores y en el centro del Departamento
Rovira. El último ataque registrado se produjo en 2003 contra San Antonio,
reiterando el interés de las FARC por conservar un corredor hacia el
Departamento del Valle del Cauca.

En Nariño, el primer ataque de las FARC se produjo en junio de 1997, cuando


incursionaron en Barbacoas, destruyendo las instalaciones del puesto de Policía.
En esta acción armada cuatro agentes de la institución perdieron la vida. El
segundo asalto se llevó a cabo en diciembre de 1998 contra San Pablo, donde el
puesto de Policía resultó destruido y las instalaciones de la Casa Cural y la Caja
Agraria fueron incineradas. En 1999 se producen dos nuevos ataques: en el mes
de agosto también fue destruido el puesto de policía en Albán y la sede del
Banco Agrario fue saqueada; en noviembre en La Cruz, la Policía repelió el
ataque, sin embargo, la guerrilla alcanzó a ocasionar daños materiales a las
instalaciones del Banco Agrario y las viviendas aledañas. En el 2000 los ataques
se intensifican, pero se continúan concentrando en el extremo nororiental del

178
departamento en límites con el Cauca. Durante 2001 se producen tres ataques.
Entre enero y julio de 2002 la ofensiva contra los municipios de la zona andina se
intensifica con ocho nuevos ataques.

De otra parte, si se consideran estrictamente los ataques de la guerrilla y los


combates que se producen por iniciativa de la Fuerza Pública, se descubre que
en el Cauca, en ambos casos, se registra una tendencia ascendente, mientras
que en Tolima, Nariño y Huila la actividad guerrillera tiende a caer en los dos
últimos años frente al número creciente de combates propuestos por el Ejército.
Los asaltos con móviles económicos, las acciones de piratería y los retenes
ilegales registran su punto máximo en 2002 y un fuerte descenso en los dos
últimos años. Las acciones de sabotaje, que a partir de la ruptura del proceso de
paz con las FARC fueron especialmente elevadas, en 2004, debido a su reducción
se convierten en la segunda acción más recurrente de la guerrilla después de los
hostigamientos. La insistencia en el sabotaje pone de presente que la guerrilla,
mientras compensa su inferioridad militar, ha decidido golpear la economía y en
particular la infraestructura petrolera, energética, vial y de comunicaciones.

En los mapas que se presentan al final, se evidencia la continuidad geográfica de


las acciones armadas realizadas por el ELN y las FARC entre 2002 y 2003,
dirigidas principalmente contra la Fuerza Pública. Así mismo, se refleja con
claridad el propósito de las FARC de concentrar su acción en sitios específicos de
la geografía que tienen continuidad a través de los cuatro Departamentos. Los
municipios donde la actividad guerrillera se aglutina comunican el suroriente
colombiano, (pasando por municipios del norte del Huila y sur del Tolima), con el
extremo suroccidental del país. La zona del Macizo reviste una importancia
especial dentro del patrón de continuidad de la actividad armada, que parte del
sur del Tolima y va hasta el centro del Cauca, desde donde se bifurca en dos
ramas; una hacia el occidente, que incluye municipios del nororiente de Nariño y
noroeste de Putumayo, y la otra, que va por el oriente recorriendo los municipios
del Huila que limitan con el Cauca hasta alcanzar la parte más occidental del
Departamento del Caquetá. De otro lado, se advierte la existencia de un patrón
geográfico de continuidad en los combates que la Fuerza Pública dirigió entre
2002 y 2003 contra la guerrilla. Estas acciones se producen con el propósito
principal de contener el avance de las FARC hacia la costa Pacífica, que se
expresa a través de los reiterados ataques de la organización insurgente contra
los puestos de policía localizados en sitios estratégicos que definen este corredor.

En 2004 el conflicto presenta uno de sus focos más intensos en el Departamento


del Tolima, alrededor del cañón de Las Hermosas, punto clave del comercio de
amapola y desde donde las FARC atacan Ibagué, Armenia y La Línea. El frente
de combate más importante se encuentra ubicado entre los municipios de
Roncesvalles, Chaparral, Cajamarca, Rovira, Ortega, San Antonio y Anzoátegui,
que tienen como eje este accidente geográfico, un santuario de las FARC, por
tratarse, como ya se mencionó, de uno de los centros de comercio de látex de
amapola más importantes del país. Así mismo, las FARC en 2004 dirigieron sus
accionar armado sobre Caldono, Toribio, Jambaló, Piendamó, Silvia y Santander

179
de Quilichao, municipios que presentan continuidad entre el norte y centro del
departamento, confirmando el interés de este grupo armado en debilitar la
presencia estatal en los sitios que le garantizan movilidad y le permiten el acceso
a zonas de vital importancia.

El impacto del conflicto sobre los civiles tiene su momento más álgido a partir del
año 2000, a raíz de la ofensiva desplegada por los grupos de autodefensas,
circunstancia que se traduce en el aumento de los asesinatos53 y las masacres.
Mediante el empleo sistemático de la violencia dirigida sobre objetivos precisos,
estas organizaciones extendieron su presencia en ciertas áreas del Macizo
colombiano y establecieron control sobre algunos cascos urbanos y tramos de la
carretera Panamericana. Aunque en 2002 se produce una importante reducción
en los niveles de violencia originados en los protagonistas del conflicto en Nariño,
Cauca, y Tolima, su aumento posterior en 2003 en Tolima y Huila y en 2004 en
Cauca pone de presente que la disputa armada sigue vigente, con un impacto
directo sobre la población civil ante el riesgo de la intensificación de la violencia
producida en medio de la guerra.

En el Cauca, Departamento donde la violencia que los protagonistas del conflicto


dirigen contra los civiles ha sido más intensa, una serie de hechos ocurridos a
partir de 2000 evidencia la lucha librada entre las AUC y las guerrillas de las
FARC y el ELN por el control de los cultivos ilícitos de coca y amapola, así como
de los corredores estratégicos.
El conflicto y la violencia han registrado la mayor intensidad en las zonas que
poseen un alto valor estratégico; en éstas, las guerrillas buscan mantener su
presencia ante el firme propósito de las autodefensas de desterrarlas, mientras
que la Fuerza Pública despliega su acción contra los grupos ilegales para
recuperar el control sobre estos territorios. La geografía montañosa ha facilitado
la movilización de los grupos armados ilegales que, por ejemplo, a través de la
zona del Alto Naya en el municipio de Buenos Aires, han establecido un corredor
hacia el puerto de Buenaventura en el Valle del Cauca. De otro lado, se
encuentra el corredor que comunica los municipios de Jambaló, Toribio, Caloto,
Corinto y Miranda con el Departamento del Tolima, el interior del país y los
Llanos Orientales. En el centro del Cauca la acción de las autodefensas ha tenido
como epicentro la ciudad de Popayán, núcleo urbano que se ha constituido en
escenario de acciones de “limpieza social” y donde la influencia por parte de
estos grupos ha ido en ascenso, aprovechando la cercanía con municipios como
Timbio y El Tambo donde su presencia es ostensible. En el sur la topografía ha
permitido la delimitación de los territorios entre las guerrillas y las autodefensas,
mientras que las primeras ocuparon las zonas de montaña y se replegaron hacia
las poblaciones del municipio de Patía, las segundas se asientan en las cabeceras
municipales y tienen influencia en los valles y las partes planas. La competencia
entre las FARC y las autodefensas en Argelia se explica por su ubicación en las
faldas de la cordillera Occidental que permite el acceso a la costa Pacífica a

53
Se utiliza la expresión asesinatos para señalar que son los homicidios que se sabe fueron
llevados a cabo por actores organizados de violencia.

180
través del corregimiento del Plateado, mientras que en Mercaderes responde al
propósito de controlar la vía Panamericana que conduce al Ecuador.
Para entender la dinámica de la violencia desencadenada por los grupos de
autodefensa y las FARC, basta observar los gráficos y mapas adjuntos que
representan la forma secuencial y consecutiva en que estos actores cometen
asesinatos y masacres.

En el Tolima, los avances de los grupos de autodefensas han estado


acompañados de matanzas en zonas de influencia guerrillera hacia el norte del
departamento, las faldas cordilleranas y hacia el valle del Magdalena. En el norte,
Mariquita es escenario de dos masacres en el año 2001; en Falan, anteriormente
dominado por el frente Bolcheviques del Líbano del ELN, las autodefensas
lograron un fuerte control en el corregimiento de Frías, en donde instalaron su
centro de operaciones luego de producirse una masacre en 2001; en Líbano
fueron desaparecidos seis pescadores y 11 cazadores de los municipios,
Palocabildo y Falan, cuyos cadáveres fueron posteriormente hallados en fosas
comunes en el corregimiento de Méndez (Armero - Guayabal) en enero de 2003.
En el piedemonte de la cordillera Central, la acción de las autodefensas se
expresó en dos masacres realizadas en Chaparral entre 1999 y 2001. Hacia el
Valle del Magdalena, en Coyaima, es posible identificar otro foco de la acción
violenta de las autodefensas, con dos matanzas en el mismo lapso. En abril de
2001 se produjo uno de los hechos más graves en el municipio de Valle de San
Juan, cuando integrantes de las AUC asesinaron al presidente de la Junta de
Acción Comunal y a tres personas más, a quienes les incineraron sus viviendas
en la vereda El Neme. Hacia el oriente del Departamento, se presentaron dos
masacres: una en Icononzo y la otra en Prado. Así mismo, las autodefensas han
dirigido sus acciones violentas contra los líderes campesinos que habitan en la
vereda Potosí de Cajamarca, ubicada en el Cañón de Anaime, en especial contra
aquellos que participaron en el proceso de toma de tierras en el mes de marzo
de 2003 en la finca “La Manigua”.

Por su parte, las FARC han golpeado a la población civil a través de asesinatos
colectivos en el sur, norte y oriente del Departamento. En el sur, cabe destacar
los hechos protagonizados en el municipio de Chaparral por el frente 21 que en
1998 asesinó a ocho campesinos en las veredas Guadual, Moral y El Bosque. Esta
misma estructura armada en 2000 recurrió, en dos oportunidades más, a la
masacre en la inspección Santiago Pérez y en el sitio La Dorada en jurisdicción
del municipio de Ataco. En el oriente, Cunday ha sido escenario de dos masacres
cometidas por guerrilleros del frente 25 de las FARC entre 2000 y 2001; las FARC
también han recurrido al asesinato de civiles para bloquear el avance de las
autodefensas, siendo los casos más sonados los ocurridos en abril de 2004 en la
vereda Mundo Nuevo de Icononzo, en donde fueron asesinados los propietarios
de una gallera y una oficina de Cootransfusa por sus supuestos nexos con los
grupos de autodefensa y por negarse a pagar la extorsión exigida por los frentes
55 y 25. En 2001 se registró en el municipio de Líbano, hacia el norte del
Departamento, la muerte de cuatro personas en la vereda Santa Rita a manos de

181
integrantes del frente Tulio Varón de las FARC. Durante 2004 se presentó una
masacre perpetrada por este mismo frente, en la vereda La Trina de Falan.

En Huila, la degradación del conflicto se corrobora al observar las cifras


ascendentes de asesinatos. Las muertes que tienen origen en los actores
organizados de violencia registraron una tendencia descendente en la primera
mitad de la década del noventa. A partir de 1997 el incremento de las muertes,
salvo por una pausa en 1999, ha sido constante y en 2003 registra su punto más
elevado. El ascenso de las muertes selectivas y las masacres coincide con la
mayor participación de las estructuras armadas de la guerrilla desde 1997 y de
las autodefensas desde 2001 en la producción de estos hechos violentos. Pese a
la baja participación de las autodefensas en la realización de asesinatos, el sub-
registro que contienen las cifras disponibles, da pie para pensar que la actuación
de estas organizaciones puede ser mayor y se confunde entre los hechos sin
autor identificado. Entre 1998 y 2002 la guerrilla produjo un elevado número de
muertes en Algeciras, Campoalegre, Acevedo, Pitalito, Isnos, Santa María y
Neiva. Así mismo, las masacres se localizan en municipios donde los actores
armados compiten por el control estratégico. La guerrilla ha realizado masacres
en Acevedo e Isnos, mientras que las autodefensas han recurrido a la misma
práctica en Pitalito, con lo cual se evidencia el interés que ambas organizaciones
tienen en el sur del Departamento.

Adicionalmente, las FARC han realizado masacres en La Plata y Colombia. Los


mapas que representan la evolución de la incidencia del homicidio, corroboran lo
dicho hasta ahora, debido a la persistencia de las muertes en municipios como
Algeciras, Pitalito, Gigante, Garzón, Acevedo o Campoalegre que aparecen de
manera reiterada en los mapas donde se registra la presencia activa de los
actores armados. Así mismo, el patrón geográfico de difusión de los asesinatos
cometidos por los grupos armados y de los homicidios indiscriminados, sugiere
que éste no se construye de manera caprichosa, sino que es el resultado de
planes de control de objetivos precisos.

En Nariño los énfasis con que se producen los homicidios guardan una elevada
relación con la dinámica de los asesinatos cometidos por los grupos irregulares y
la evolución de la confrontación armada. En 2002 se produce el momento más
álgido del conflicto armado, así como de los asesinatos cometidos por los grupos
de autodefensas y la guerrilla, y de los homicidios donde es más difícil identificar
a los responsables, sin embargo, dada la elevada integración con la dinámica de
los asesinatos -que involucran a los actores organizados de la violencia-, la
responsabilidad de las organizaciones irregulares no parece marginal. Respecto a
la participación de estos últimos en la producción de los hechos violentos, el
recurso a las masacres, en momentos en que los asesinatos y los homicidios se
intensifican, pone de presente la elevada intensidad de la competencia entre
estas organizaciones.

Aunque las masacres se comienzan a registrar en Nariño a partir de 1999, es


entre los años 2001 y 2002 que cobran el mayor número de víctimas. Durante

182
2001 se destacan los siguientes hechos: en Barbacoas, guerrilleros
pertenecientes al frente 29 de las FARC asesinaron a ocho personas; en el
corregimiento Llorente en jurisdicción de Tumaco, integrantes de las AUC
asesinaron a ocho jornaleros acusándolos de ser colaboradores de la insurgencia;
en Samaniego, esta misma organización asesinó a cinco personas, entre ellas a
un hermano de un comandante de las FARC en el Cauca y amenazaron con
continuar con estas acciones en el municipio. En el 2002 la pugna entre la
guerrilla y las autodefensas se expresa con especial intensidad en Tumaco. En
este año en diferentes lugares del sector Aldana de la vereda Camellones de
Ipiales, integrantes de las AUC asesinaron a cuatro personas; en la vereda
Caunapi, ocho personas fueron ultimadas por un grupo de las AUC; en la
inspección Llorente, sitio El Pinde, guerrilleros del frente 29 de las FARC
realizaron un retén ilegal, en el cual 5 personas fueron obligadas a bajar de un
bus de servicio público y posteriormente fueron dadas de baja.

El escalamiento del conflicto armado y las manifestaciones de violencia, que


afectan particularmente a la población indígena del suroccidente colombiano
desde 1999, han producido múltiples manifestaciones de resistencia y la
activación de mecanismos de defensa como la Guardia Indígena. Entre los
hechos que generaron mayor conmoción cabe destacar la masacre en la zona del
río Naya, en los límites entre los departamentos del Cauca y Valle, cometida por
el Bloque Farallones de las AUC en abril de 2001, en represalia por la supuesta
colaboración de los habitantes de la zona con una columna del ELN que había
realizado varios secuestros colectivos en el departamento del Valle del Cauca.
Tampoco se puede pasar por alto la fuerte intimidación que la guerrilla ha
ejercido desde el mismo momento en que se produjeron las primeras
manifestaciones de resistencia indígena. Una semana después de que 4.000
integrantes de los cabildos del norte del Cauca expulsaran a los miembros de
una columna del frente 6 de las FARC, que pretendían incorporarse a un
movimiento de protesta en Piendamó, la misma columna en los primeros días de
junio de 1999 atacó en represalia la población de Toribio causando su
destrucción parcial. A partir de marzo de 2002 se evidencia como la
intensificación de la violencia dirigida contra los líderes indígenas se produce
inmediatamente después al momento de mayor activismo del movimiento de
resistencia pacífica por parte de estas comunidades.

Con la reactivación de los ataques a las poblaciones del norte del Cauca a partir
de 2003, el rechazo de la comunidad, a través de la resistencia civil a las
acciones hostiles de la guerrilla, adquirió el protagonismo del período 1999 -
2002. Las protestas se dirigen ahora, principalmente, contra la intensificación de
las operaciones militares en zonas de presencia indígena y por las órdenes de
captura expedidas contra algunos dirigentes, tal como se puso de presente en la
marcha de los habitantes de los resguardos del norte del Cauca a la ciudad de
Cali en septiembre de 2004.

183
Si bien en años anteriores los indígenas del Cauca habían dado muestras de
fuerza colectiva en sus territorios, en ese año lograron la mayor demostración de
cohesión que hayan hecho los pueblos indígenas del país en la historia reciente:
más de 60 mil representantes de diferentes etnias marcharon entre Santander de
Quilichao y Cali, para reclamar el respeto a su territorio y a su autonomía, así
como para pedir que cesen los asesinatos de indígenas. Unos días antes habían
movilizado a unos 400 miembros de la Guardia Indígena hasta el Caquetá,
armados sólo con sus bastones de madera, para rescatar a Arquímedes Vitonás,
alcalde de Toribio, quien permanecía secuestrado desde el 26 de agosto junto
con otros tres líderes, por parte de las FARC. Al igual que en el Cauca, en
Caquetá la Guardia Indígena incursionó en una zona dominada por la guerrilla y
logró el retorno de sus líderes.

Los municipios donde la actividad guerrillera ha sido más intensa se constituyen


en un paso obligado para la comunicación entre suroriente colombiano (pasando
por municipios del norte del Huila y sur del Tolima) con la costa Pacífica, en el
extremo suroccidental del país. Con el ataque sostenido contra Toribio en abril
de 2005, las FARC inician una nueva forma de operar mediante la cual buscan
demostrar que tienen la capacidad de resistir en sus posiciones pese a la
persistencia del fuego aéreo, impedir que lleguen refuerzos del Ejército a la zona
atacada y hacer que la población bajo presión exija la salida de la Policía
Nacional, como condición para que se levante el cerco tendido al casco urbano y
cese el fuego.

En este contexto cabe destacar cómo las comunidades indígenas -particularmente


del nororiente del Cauca- que cuentan con una larga tradición de resistencia, han
puesto toda esta experiencia en función de la oposición pacífica a la acción hostil
de los actores del conflicto armado (Peñaranda, 2004). Mediante la Resolución de
Jambaló de 1999, las comunidades indígenas denunciaron el traslado de la guerra
a sus territorios y la manera como sus protagonistas pretenden involucrar a la
población en la confrontación. La actual etapa de resistencia se caracteriza por la
participación masiva de población local, incluyendo a las autoridades civiles y en
algunos casos religiosas; el empleo de recursos simbólicos sin armas; el rechazo
de la población a los ataques de la guerrilla contra los municipios y los bienes
públicos; la liberación de personas secuestradas; la expresión por medio de gritos
e insultos del sentimiento de desaprobación a la intromisión de los grupos ilegales
en las movilizaciones indígenas; así mismo, una actitud emotiva que no parece
contemplar el riesgo implícito al oponerse a los grupos armados. Estas
manifestaciones de resistencia no armada en las cuales se ha privilegiado la
movilización política y la activación de mecanismos de defensa como la Guardia
Indígena, son la respuesta a la violencia desatada por los grupos irregulares y la
intensificación de las operaciones militares.

En resumen, es posible apreciar como el conflicto armado en el suroccidente


colombiano ha sufrido cambios sustanciales en los últimos dos años. Del
protagonismo armado de las FARC registrado entre 1997 y 2002, período en el
que priorizó la ejecución de ataques que apuntaron a la destrucción de los

184
puestos de policía, se pasó a una posición defensiva y a tácticas que tienen el fin
de desgastar moral y físicamente a la Fuerza Pública. Entretanto los grupos
paramilitares sacaron provecho del repliegue de la guerrilla ampliando
significativamente su presencia. En este proceso se recurrió a los ataques contra
la población civil por medio de asesinatos selectivos, desapariciones forzadas,
masacres y en algunos casos la utilización de la sevicia, como método de terror e
intimidación, contra comunidades acusadas de apoyar a la contraparte.

A modo de conclusión: aprendizaje estratégico y geografía

En este estudio se ha analizado la evolución del aprendizaje estratégico de las


organizaciones armadas que se encuentran en competencia por el control de
posiciones ventajosas en el desarrollo de la confrontación. En particular las FARC
decidieron posponer su objetivo de lograr el dominio territorial. Ante la ofensiva
de la Fuerza Pública, esta organización guerrillera dejó de lado la lógica estricta
de control territorial para seguir la lógica más amplia del control estratégico.
Mientras que el control territorial tiene como objetivo mantener el dominio, a
través de cualquier medio, del territorio y de su población, el control estratégico
selecciona los medios necesarios para consolidar la posición de cada actor frente
al enemigo en el conjunto de la guerra.
En el momento actual los grupos irregulares están considerando la situación de
conjunto de la guerra, más que las condiciones locales de los territorios en
disputa y, por lo tanto, las acciones realizadas a nivel local responden a los
objetivos de la confrontación de conjunto con el enemigo.
Los movimientos de los grupos armados sobre el territorio han variado; las
partes en conflicto han concentrado fuerzas en ciertos puntos decisivos,
poniendo al descubierto que la lucha por el control de posiciones estratégicas se
ha vuelto más intensa. La existencia de estas posiciones es lo que permite
explicar los énfasis espaciales en la realización de acciones y por qué la iniciativa
armada de los grupos irregulares llega a superar a la de la Fuerza Pública en
estos escenarios, en contraste con la tendencia observada a nivel nacional.
La geografía de la guerra por el control estratégico se descubre al observar los
corredores que en el sur del país pasan por el Huila, comunicando al núcleo
central de las FARC con el noroccidente del país. En este contexto, la intensidad
de la confrontación ha sido particularmente crítica en el Tolima. En la costa
norte, uno de los escenarios más intensos de la violencia corresponde a los
municipios de los Montes de María que están comunicados por carretera y
conforman una zona estratégica, no sólo para los departamentos de Sucre y
Bolívar, sino también para la región Caribe y el país. De ahí que los protagonistas
de la confrontación pretendan lograr su control.
Aquí emerge la importancia decisiva de la geografía en la duración de la guerra
irregular colombiana: la existencia de largas cadenas montañosas, que
comunican a distintas regiones y permiten la implantación de estructuras
armadas, ha sido un elemento fundamental en la estrategia de las fuerzas en
oposición al Estado. Todo se encuentra intercomunicado con todo, pero lo está

185
de una cierta forma, que no puede cambiarse a voluntad de los protagonistas de
la guerra. Quién llegó primero a los puntos estratégicos, la forma cómo los ha
definido, sobre la base de qué alianzas sociales y de qué tipo de explotación
económica, es fundamental para entender la lógica de la guerra. Este ha sido un
elemento ignorado por la mayoría de los estudiosos del conflicto en Colombia.
Como se infiere de lo que se ha dicho aquí, los grupos en competencia buscan
sorprender a su adversario con el propósito de agotarlo gradualmente. Desde
luego, como advierte Eric Lair en su trabajo sobre la aproximación militar a la
guerra en Colombia, lo inesperado no es una garantía de éxito o parálisis total
del enemigo, pero permite minar su capacidad de respuesta y su moral (Lair, Op.
cit, 2004). En este contexto la violencia dirigida contra los civiles ha ido en
ascenso. Mientras que los grupos paramilitares eliminan a los civiles en cascos
urbanos y centros poblados, la guerrilla se impone en las zonas rurales y
montañosas, acudiendo en muchos casos a los mismos métodos que su
oponente.
En definitiva, la localización de los actores armados, el aprendizaje estratégico
logrado, la precariedad relativa de sus fuerzas y sus interacciones con la
población civil llevan a pensar en un conflicto estable, dotado de un orden propio
y poco tendiente a una solución militar inmediata.

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Superior de Guerra. Página de Internet:
http://www.esdegue.mil.co/apps/www/section-24.jsp

Centro de Investigaciones y Documentación Socio Económica - Universidad del


Valle. Página de Internet:
http://socioeconomia.univalle.edu.co/nuevo/public/index.php?seccion=CIDSE

Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos. Página de Internet:


http://www.cerac.org.co/

Fundación Ideas para la Paz. Página de Internet: http://www.ideaspaz.org

Fundación Seguridad y Democracia. Página de Internet:


http://www.seguridadydemocracia.org/

Instituto de Estudios Políticos - Universidad de Antioquia. Página de Internet:


http://quimbaya.udea.edu.co/iep/

Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales - Universidad Nacional


de Colombia. Página de Internet: http://www.unal.edu.co/iepri/

Línea de de investigación en Negociación y Manejo de Conflictos - Centro de


Investigaciones y proyectos Especiales, Facultad de Finanzas, Gobierno y
Relaciones Internacionales, Universidad Externado de Colombia. Página de
Internet: http://www.uexternado.edu.co/finanzas_gob/cipe/

Programa de Estudios sobre Seguridad, Justicia y Violencia (Paz Pública) -


Universidad de los Andes. Página de Internet:
http://economia.uniandes.edu.co/html/cede/investigaciones/violencia_conflicto.ht
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