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"Cahiers ,

1957-1972"

CIORAN

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la indicación del párrafo y número de página es a partir de la edición francesa de esos
"Cahiers, 1957-1972" (Gallimard, 1987), editados por la compañera del escritor rumano,
Simone Boué póstumamente-

Fuente de la versión en español:

http://emilcioran.blogspot.com/

jorgewic, traductor

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Primer deber de cada uno, al levantarse: ruborizarse de sí mismo.

1821 (Pág. 215 – 7)

Si el perro es el más despreciable de los animales es porque el hombre se conoce lo


suficiente como para poder apreciar un compañero que le resulta tan fiel.

1822 (Pág. 215 – 8)

Soy como esas viejas maniáticas que ven en todo desconocido un asesino.

1823 (Pág. 215 – 9)

El reino de lo inesencial.

1824 (Pág. 215 – 10)

Las cosas como son: todos mis pensamientos existen en función de mis miserias. Si he
comprendido ciertas cosas, el mérito hay que situarlo únicamente sobre las lagunas de
mi salud.

1825 (Pág. 215 – 11)

Las cartas de Simone Weil dirigidas al padre Perrin, escritas durante la guerra y
publicadas en Attente de Dieu (Espera de Dios)…, pocas veces he leído algo tan fuerte
referido al grado de exigencia absoluta con uno mismo. El respeto a la Verdad tiende a
lo trágico.

1826 (Pág. 215 – 12)

¿A qué rezarle en el fondo de este universo marchito?

1827 (Pág. 215 – 13)

Esta angustia que se nutre a sí misma. Cualquier pretexto le vale para inflarse, para
exasperarse. Saber que no obedece a ninguna “razón”, y que por tanto hay que
someterse y seguir sufriéndola. No puedo dominarla, emana de todos mis
desfallecimientos, de una debilidad que habría que calificar de ontológica…

1828 (Pág. 215 – 14) (Pág. 216 – 1)

En la medida de lo posible, huir como de la peste de las palabras “infinito” y


“eternidad”.

1829 (Pág. 216 – 2)

Pueblo malhumorado y deshonesto…

1830 (Pág. 216 – 3)


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Todo trabajo en profundidad supone cierto gusto por lo reprimido.

1831 (Pág. 216 – 4)

Esos días en los que la menor contrariedad me sume en una depresión total de la cual
me resulta imposible deshacerme y que me deja la impresión de que jamás acabará, que
me sobrevivirá incluso.

1832 (Pág. 216 – 5)

Nada me gusta más en Calígula que la orden dada a sus guardias de imponer el silencio
absoluto en los establos la noche precedente a los espectáculos circenses de su caballo.

1833 (Pág. 216 – 6)

El discurso de Otón antes de matarse. Rehúsa quejarse o acusar, pues, según dice,
“ocuparse de los dioses o de los hombres es señal de querer seguir vivo”.

1834 (Pág. 216 – 7)

17 marzo 1964.
¡De repente, un recuerdo muy preciso de mi pequeña habitación de la Schumannstrasse
en Berlín, cuando tenía treinta años! ¡Lo cabreado que estuve en aquélla época! Nunca
he conocido después una soledad más opresiva.

1835 (Pág. 216 – 8)

Heidegger y Céline…, dos esclavos de su lenguaje, hasta el punto que para ellos
liberarse de él equivaldría a desaparecer. Esclavizarse del estilo propio, algo así como
entre una necesidad, un juego, y una impostura. ¿Cómo desenredar la parte de cada uno
de estos elementos? Se diría que el fenómeno primordial es la necesidad. Es lo que
absuelve a los maniáticos de su lenguaje.

1836 (Pág. 216 – 9)

L. Muerto de tuberculosis en 1942 o 1943. Durante la ofensiva alemana de 1940,


recuerdo que vino a verme al hotel, a mi habitación donde se encontraban de visita dos
estudiantes rumanos, no recuerdo quiénes. Tuve que ausentarme durante media hora. A
mi regreso, los estudiantes se habían ido, y quedé a solas con L., que me dijo: “Tus
compatriotas son gilipollas…, sí, gilipollas. ¡Les gusta Francia!”
L. tenía tal pánico a ser movilizado que deseaba una derrota rápida. No he conocido por
tanto nadie más francés, en el buen sentido del término, que él.

1837 (Pág. 216 – 10) (Pág. 217 – 1)

La pasión por la música es en sí misma una confesión. Nos sentimos más cercanos a un
desconocido que se dedica a ella que a cualquiera que le resulte indiferente y que
veamos a diario.
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1838 (Pág. 217 – 2)

El masoquismo alemán es intolerable. Ayer noche, conferencia de Hans M.


Enzensberger. De creerle, sólo los alemanes han cometido crímenes durante la última
guerra.
Este pueblo no puede ser más que arrogante o plano, provocador o cobarde.

1839 (Pág. 217 – 3)

Cada uno cree que sólo él persigue la verdad, y que los demás son incapaces de buscarla
y no merecen encontrarla.

1840 (Pág. 217 – 4)

Fragmentos del 1801 al 1820

Lo que más nos gusta en París (*) es asistir a la caída de un hombre.

(*) ¿Por qué sólo en París? He aquí una de las características fundamentales de la
naturaleza humana.

1801 (Pág. 213 – 4)

Nadie es modesto, porque nada se hace modestamente. El orgullo de la derrota.


Sobre su frente llevaba los estigmas del éxito.

1802 (Pág. 213 – 5)

Vergüenza, vergüenza, vergüenza. Disputa con un comerciante, a propósito de una


bombona de butano. Le amenazo, me enfurezco de tal forma que no puedo gesticular
palabra, grito, tiemblo. Y tan desatado estoy que ni alcanzo a contemplarme, a “ser
consciente” de mi estado, contrariamente a lo que me sucede en mis cóleras habituales,
en las que me veo salirme con la mía.
Pero bien sé lo que me ha puesto fuera de mí: ese comerciante al que detesto desde hace
mucho, aunque no me lo haya topado más que tres o cuatro veces en total, a ese
comerciante, le noté contento de no darme la razón.

1803 (Pág. 213 – 6)

La desaparición de los animales, mejor dicho su liquidación, es un acto de una gravedad


sin precedentes. Su verdugo ha invadido literalmente el paisaje. Ya no hay sitio más que
para él. ¡Qué tristeza ver a un hombre ahí donde podría contemplarse a un caballo!

1804 (Pág. 213 – 7)

Si los aztecas practicaron el sacrificio humano fue para apaciguar a los dioses, a los que
se ofrecía sangre a fin de que impidieran que el universo se sumergiera en el caos.
¡Estos precolombinos, creyendo con razón que era necesaria una operación contra
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natura, repetida a diario, para que la naturaleza no se dislocara y viniera abajo!
…En lo que a mí respecta, no puedo creer en las “leyes”; el universo no subsiste más
que por una intervención sobrenatural. Llega el final de un período cósmico, y esa
intervención, una vez concluida, el mundo se deshace en el acto.

1805 (Pág. 214 – 1)

Ahogado en el fracaso…

1806 (Pág. 214 – 2)

Una religión no está viva más que durante la elaboración de sus dogmas. No se cree
realmente hasta mucho tiempo después de se ignore en qué se debe creer exactamente.

1807 (Pág. 214 – 3)

La injusticia…, asentamiento del mundo. La injusticia es la base de este mundo. Sin


ella, me pregunto qué habría de sólido y duradero aquí abajo.

1808 (Pág. 214 – 4)

La amargura de las entrañas.

1809 (Pág. 214 – 5)

Hace falta mucho coraje para hacer frente a la primavera.

1810 (Pág. 214 – 6)

Me siento extraordinariamente cercano al byronismo ruso, desde Petchorine a


Stavroguine.

1811 (Pág. 214 – 7)

He escrito a Armel Guerne, a propósito de La caída en el tiempo: “Mis dudas no han


podido deberse a mis automatismos. Sigo ejecutando gestos a los cuales me es
imposible adherirme. El drama de esta insinceridad impregna el fondo mismo de mi
opúsculo”.

1812 (Pág. 214 – 8)

En París, suelto gemidos tan gratuitos como los de mis paisanos en mi país. Esos
suspiros milenarios, esos suspiros de siempre.

1813 (Pág. 214 – 9)

El aciago demiurgo
Este mundo no puede ser obra más que de un demiurgo sospechoso, e incluso aciago.

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1814 (Pág. 214 – 10)

“A finales del siglo XII algunos partidarios del dualismo moderado en Italia creían que
tras haber dado forma a Eva, el mismo demonio se acostó con ella, y que Caín fue el
hijo de ambos; de esa misma sangre nacieron los perros, cuya cariñosa fidelidad hacia
los hombres viene a probar su origen humano. .” (C. Smidt, Historia y doctrina de la
secta de los Cátaros o Albigenses, Paris, 1849, T. II, p. 69).

1815 (Pág. 214 – 10) (Pág. 215 – 1)

Según un escrito maniqueo, la cólera es la raíz del árbol de la muerte.

1816 (Pág. 215 – 2)

Nadie más apto que yo para comprender los cimientos de la maldición.

1817 (Pág. 215 – 3)

Las abdicaciones del cerebro.

1818 (Pág. 215 – 4)

No soy el mártir de una causa, soy el mártir del ser.


El puro hecho de ser como factor de sufrimiento.

1819 (Pág. 215 – 5)

¿De qué sufrís? – De estar aquí o allá, de estar no importa dónde.

1820 (Pág. 215 – 6)

Fragmentos del 1781 al 1800

Situarse fuera de los propios méritos, como espectador de uno mismo.

1781 (Pág. 211 – 3)

“El sauce pinta el viento


sin necesidad de pincel”
(Saryu)

1782 (Pág. 211 – 4)

Ayer noche, en la iglesia de San Roque, El Mesías. Dos horas de júbilo. Ahora siento
vergüenza de todos esos años en los que estuve deprimido. Es cierto que lo conseguía
sin apenas esfuerzo (y cada uno de los días), mientras que ese otro estado de gloria..., en
rigor, podrían contarse las veces que lo he conocido verdaderamente. Aunque bien es
cierto que en esos momentos era el Amo del Mundo.

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1783 (Pág. 211 – 5)

“En medio de vuestras ocupaciones más agitadas, deteneos un instante para


“contemplar” vuestro espíritu”.
Así reza el octavo precepto (hay diez) de la práctica zen según la Escuela de Tsao-tung.

1784 (Pág. 211 – 6)

“Se sueña para no verse obligado a despertar, porque se desea dormir”. (Freud, Cartas a
Wilhelm Fliess, p. 251).

1785 (Pág. 211 – 7)

Aparte un breve “esplendor” durante la publicación del Breviario de podredumbre, no


he conocido más que oscuridad: ¿realmente me apena? A veces me lo pregunto.

1786 (Pág. 211 – 8)

La melancolía de ser comprendido…, no hay nada más grande para un escritor.

1787 (Pág. 211 – 9)

Mis ataques de angustia: no puedo escapar de ellos más que saliendo…, la calle como
remedio. Quedándome entre cuatro paredes es imposible atajarlos.
Ninguna crisis profunda carece de su trasfondo fisiológico y metafísico a la vez.

1788 (Pág. 211 – 10)

1 marzo 1964. Después de poco más de un año he ido a ver dos películas terribles: Mi
lucha y Los animales. Este última, apta para todos los públicos…, aunque debería estar
prohibida para todo el mundo salvo para los asesinos y los “pesimistas”. La “vida” es
peor que cuanto podamos imaginar: una pesadilla permanente. Todos los seres tiemblan,
hasta los leones. Horrible, horrible…
La piedad, lo mejor de lo que se imaginó.

1789 (Pág. 212 – 1)

2 marzo. La película ésa de Los animales otra vez. He pensado en ella esta noche, al
levantarme, por la mañana de nuevo. Ese espectáculo sobre bestias destruyéndose las
unas a las otras, cuando no de depredadores que devoran restos, nada de nuevo en suma,
lo sabido. Pero es que nunca he contemplado en apenas una hora tanto miedo y tanta
huída a la vez. ¡Todos los animales, los agresores y las víctimas, enzarzados en una
carrera alocada! Puesto que la vida sólo puede continuar destruyéndose, hay que tener
valor para sacar las consecuencias. ¿Cuáles? Huir…, para empezar.

1790 (Pág. 212 – 2)

Estoy mal dotado para la “lucha por la vida”. Y es que la “vida” no me interesa lo
bastante como para luchar en su nombre.
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1791 (Pág. 212 – 3)

Nada puede acometerse a lo grande sin crueldad.

1792 (Pág. 212 – 4)

Tener “carácter”, estar capacitado para la crueldad.

1793 (Pág. 212 – 5)

He soportado a los hombre durante cincuenta y tres años…, eso es lo que debería pensar
cada vez que empiezo a dudar de mí mismo. Como yo digo, ¿tenemos que sacar un
santo de cada uno de nosotros? Todos deberíamos considerarnos santos si se conocieran
nuestros dolores.

1794 (Pág. 212 – 6)

Siempre la misma cantinela : se quiere uno entretener con los ángeles, y hay que salir a
cenar fuera…

1795 (Pág. 212 – 7)

5 marzo, La caída en el tiempo…, el título del “libro” que acabo de terminar. ¡Si
pudiera creer en lo que hago!

1796 (Pág. 212 – 8)

“Enemigo del género humano”, el único título que desearía pretender, y que nunca me
consentirán.

1797 (Pág. 212 – 9)

Para soportar una derrota no hay otro camino que el absoluto o el cinismo. (Aunque
refugiarse en lo absoluto para eludir una derrota supone, por otro lado, cierta dosis de
cinismo…, de ironía más bien).

1798 (Pág. 212 – 10) (Pág. 213 – 1)

La depresión está ligada a todos los fenómenos importantes, y por tanto cotidianos de la
vida…, a la digestión en primer lugar. Ya lo tengo dicho: todo lo que en nosotros hay de
profundo hunde sus raíces en la fisiología.

1799 (Pág. 213 – 2)

Nadie podrá sacarme de la cabeza que este mundo es fruto de un dios tenebroso, de un
demiurgo maldito. Secretos lazos me unen a ese dios, me cuento entre sus
descendientes, prolongo su sombra, me inclino incluso a pensar que me ha
encomendado atender a las consecuencias de la maldición suspendida sobre él y su obra.
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1800 (Pág. 213 – 3)

Fragmentos del 1761 al 1780

Me gusta contradecirme hasta la demencia; no, no se trata de una manía, sino de una
fatalidad: algo que no puedo evitar.

1761 (Pág. 209 – 3)

No estás “muerto” cuando dejas de amar, sino de odiar. El odio conserva.

1762 (Pág. 209 – 4)

Soy un elegíaco que combate a las ideas, desde dentro y sin lograr nunca librarse de
ellas.

1763 (Pág. 209 – 5)

Una certeza, siento la piedad más intensamente que el común de los mortales. Pero eso
no prueba que sea mejor que ellos, no, sólo más débil.

1764 (Pág. 209 – 6)

Vuelvo a casa a las cuatro de la madrugada, un poco achispado. Las calles del casco
antiguo desiertas, las contraventanas totalmente echadas: se diría un pueblo
abandonado, no, una ciudad en la que todos sus habitantes yacieran muertos en el
interior de sus casas. ¿Cómo podrán circular de día?

1765 (Pág. 209 – 7)

He ido a Gallimard por lo de la entrega a P. de su bastón de Académico. El público de


siempre de los cocktails. Una impresión fúnebre: P. de uniforme, rodeado de ancianas y
de escritores dudosos..., después de haber rehuido, durante toda su vida, de tales
honores. De forma muy nítida, esa sensación de entierro o de boda provinciana.

1766 (Pág. 209 – 8)

Depresiones como las mías no son “normales” más que durante la adolescencia y en la
extrema decrepitud.

1767 (Pág. 209 – 9)

He pasado un par de horas maravillosas con una familia rusa. ¡Lo poco que han
cambiado desde sus grandes novelas! Y cuán hermosa esa inadaptación. Por lo demás,
la adaptación es señal de falta de carácter y de vacío interior.

1768 (Pág. 209 – 10)

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Me ubico en una zona indefinida entre la poesía y la prosa, sin poder optar por una o por
la otra; de los poetas tengo el ritmo, de los prosistas, la insistencia. Aunque más bien
creo que, en realidad, para lo que no he nacido es para la palabra.

1769 (Pág. 209 – 11) (Pág. 210 – 1)

Puede suceder que el Alemán posea genio; lo que nunca posee es talento. (Para talento,
el de los Judíos en Alemania –para su maldita desgracia-; porque ha sido éste el que ha
suscitado los celos de sus conciudadanos más pesados...)

1770 (Pág. 210 – 2)

Cada generación vive en lo absoluto, es decir, reacciona como si acabase de alcanzar la


cima de la historia.

1771 (Pág. 210 – 3)

El gran secreto de todo: sentirse el centro del mundo. Eso es exactamente lo que hace
cada individuo.

1772 (Pág. 210 – 4)

22 de febrero... Hace un tiempo primaveral. Todo se deshace en mí, cada célula se abre,
muy abierta. La primavera, recién cumplidos ya los cincuenta y tres, se dedica a cada
momento a abrir todas mis heridas.

1773 (Pág. 210 – 5)

Había creído inocentemente que me había librado de la opinión, que es cosa baladí en
realidad, y tal o cual palabra que me llega no deja de “hacer cualquier cosa”. Lo cierto
es que la idea de indiferencia ha hecho en mí progresos tan increíbles que la tomo por
un estado.

1774 (Pág. 210 – 6)

A., que propuso mis “Definiciones del Dolor” a una revista inglesa, vieron como le
respondían: “It is too depressing”. [“Es demasiado deprimente”]

1775 (Pág. 210 – 7)

Es incisiva la idea de Spengler de que la autobiografía tiene sus orígenes en la


“confesión” católica.
¿Hay “confesiones” antes del cristianismo?

1776 (Pág. 210 – 8)

Mi estado habitual es incompatible con la discusión seria de un problema. Estoy


demasiado febril y en exceso deprimido para ello. Un mínimum de objetividad, eso es
todo lo que anhelo, sin conseguirlo.
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1777 (Pág. 210 – 9)

He intentado escribir cualquier cosa sobre la historia, algo que antaño me apasionaba y
que ahora apenas me intriga, pero me resulta imposible aplicarme a la cuestión más allá
de unos pocos días. Todo lo que no me concierne directamente me aburre... Me resulta
penoso hacer tamaña confesión, que tiene, en cambio, la excusa de parecer
perfectamente natural a los ojos de un poeta o de cualquiera que persiga su propia salud.

1778 (Pág. 210 – 10)

Me gustaría “convertirme”..., ¿pero en qué?

1779 (Pág. 211 – 1)

Para resignarse a ser desconocido hace falta cierta elevación de espíritu; no se consigue
más que después de haber agotado el don de de amargura de que se dispone.
O bien...
El ambicioso no se resigna a la oscuridad más que después de haber agotado todas las
posibilidades de amargura de que dispone.

1780 (Pág. 211 – 2)

Fragmentos del 1741 al 1760

Nada más difícil que ponerse el diapasón del ser. Coger el tono al ser.

1741 (Pág. 206 – 8)

La muerte de Mircea Zapratan [1908-1963, profesor de filosofía, amigo de Cioran]. He


escrito a mi hermano, que me decía en su última carta que había perdido al único amigo
que le quedaba en este mundo. Le hablé de la alegre desesperación de Zapratan y, a
decir verdad, no he conocido a nadie que encarnara como él tal paradoja. Si no hubiera
malogrado su talento, quién sabe lo que habría podido salir de ahí..., quizás una obra.
Pero qué importa. El hombre estaba ahí, era un genio, y si hubiera hecho una obra no
habría podido derramar su “infinite jest” [burla infinita] sobre el primero que llegase.

1742 (Pág. 206 – 9)

Quisiera poder escribir con la libertad de un Saint-Simon, sin preocuparme de la


gramática, sin caer en la superstición del uso correcto y el terror al solecismo. Hay que
rozar a cada momento la incorrección, si se quiere imprimir una marcha animada al
estilo. Cuidarlo, corregirlo es matarlo. La maldición de escribir en una lengua prestada:
no nos podemos permitir el lujo de renovarla con faltas muy personales.

1743 (Pág. 207 – 1)


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El auténtico escritor no piensa nunca en el estilo ni en la literatura: escribe...,
simplemente, se diría que vive de realidades y no de palabras.

1744 (Pág. 207 – 2)

En un artículo de Jorge Guillén acerca de Lorca se hace patente la efervescencia


intelectual de España hacia 1933. Tres años después, la catástrofe. Todas las épocas
intelectualmente fecundas anuncian desastres históricos. Nunca el conflicto ideológico,
las discusiones apasionadas que comprometen a una generación, se reducen al dominio
espiritual: ese hervidero no presagia nada bueno. Las revoluciones y las guerras
representan el espíritu en marcha, es decir, el triunfo y no la degradación final del
espíritu.

1745 (Pág. 207 – 3)

Cuando nació Saint-Simón su padre tenía sesenta y ocho años. Hijo de un anciano
(como Baudelaire). ¿Qué demuestra esto? ¿Un genio tan vigoroso, fruto de la
decrepitud? Una curiosidad digna de resaltar, aunque convendría guardarse de sacar
alguna conclusión precisa.

1746 (Pág. 207 – 4)

Leo algunos textos sobre la fenomenología de Husserl. Es increíble el orgullo de estos


“filósofos” enclaustrados en su terminología de escuela. Orgullo sectario. Además,
conduciendose en todo momento sectariamente.
... Y luego están todos esos que hablan de “antropología filosófica” y nunca del hombre.
Hasta yo, por cierto, he tenido que pasar por ello, y fui adoctrinado para idéntica
aventura e impostura verbal. Fueron Pascal, Nietzsche y Chestov quienes me sacaron de
allí.
¡Qué difícil es contemplar las cosas cara a cara, y qué cómodo atenerse a los problemas!

1747 (Pág. 207 – 5)

¿No nos preguntamos desde siempre en qué consiste el acto de pesar, quien es el que
piensa? Cualquiera que no acepte las cosas tal y como son. El primer pensador fue sin
duda el primer maniático del por qué. En el fondo, hay muy pocos hombres que
padezcan esta manía. De hecho, yo lo he encontrado en un número muy restringido. Ir al
fondo de las cosas, querer llegar más bien, sufrir por no conseguirlo, exige un tipo de
espíritu más raro de lo que se cree. En todo caso, el por qué es una enfermedad insólita,
y por tanto nada contagiosa.

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1748 (Pág. 207 – 6) (Pág. 208 – 1)

Pienso en mis “errores” pasados y no puedo lamentarlos. Sería como pisotear mi


juventud, lo que no deseo a ningún precio. Mis entusiasmos de antaño emanaban de mi
vitalidad, de mi deseo de escándalo y de provocación, de una voluntad de pragmatismo
deteriorado por mi nihilismo de entonces... Lo menos que podemos hacer es aceptar
nuestro pasado; o bien dejar de pensar en él, y considerarlo algo muerto y bien muerto.

1749 (Pág. 208 – 2)

En el funcionamiento de mi espíritu hay algo que no deja de dar vueltas. Más que grave
incluso, es un sabotaje. Pero más vale que no me entretenga mucho en buscar su origen.

1750 (Pág. 208 – 3)

Me hubiera gustado pasar la velada en compañía de un poeta... Pero me esperaba un


prosista.

1751 (Pág. 208 – 4)

Rozanov..., mi hermano.
Sin duda el pensador, no, el hombre con el que tengo más afinidades.

1752 (Pág. 208 – 5)

7 de febrero de 1964.

El sentimiento de maldición sólo se siente verdaderamente cuando se sueña que se


padece en medio mismo del Paraíso.

1753 (Pág. 208 – 6)

Tres días de excursión en Sologne..., ¡quién diría que cerca de París pueden encontrarse
paisajes tan melancólicos (el estanque de Favéle)!

1754 (Pág. 208 – 7)

Gritar asusta a los ángeles...

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1755 (Pág. 208 – 8)

Creerse en trance de inspiración, casi al borde del delirio, cuando en realidad no se trata
más que de una fatiga cercana a la fiebre.

1756 (Pág. 208 – 9)

Aspirar a la dignidad de monstruo es fácil, pero me resulta desagradable conseguirla, ser


su abanderado.

1757 (Pág. 208 – 10)

Esos momentos en que dudo de todo, en que nada detiene el golpe, en que la materia se
deshace, en que hasta el granito me parece demasiado desmenuzable...

1758 (Pág. 208 – 11)

Acabo de escribir una apología del odio. Pero en el fondo lo que yo entiendo por odio
no es más que un arranque de desesperación, la negrura de la desesperación, estado
puramente subjetivo que no tiene nada que ver con la intención de hacer daño, con el
encono contra los demás.

1759 (Pág. 209 – 1)

Como Macbeth, lo que más necesito es rezar, pero al contrario que él ya no puedo decir
amén.

1760 (Pág. 209 – 2)

Fragmentos del 1721 al 1740

Fulanito es, ahora, mi bestia negra. Menganito lo será mañana, y así sucesivamente.
Debemos considerar como un regalo de la Providencia la posibilidad que poseemos de
verter sobre cualquiera de los demás nuestras reservas de bilis (sin que, por lo demás,
ninguno lo sepa ni pueda apercibirse de ello de manera alguna). Tal es el precio exigido
por nuestro equilibrio pues, en otro caso, seríamos nosotros el blanco de todos nuestros
dardos.

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1721 (Pág. 204 – 3)

Gottfried Benn... un bastante buen poeta con trazos del cantautor macabro.

1722 (Pág. 204 – 4)

No puedo interesarme por nadie a quien no le pese alguna fatalidad. (Mi pasión por los
Habsburgo).

1723 (Pág. 204 – 5)

Ayer por la noche, 28 de diciembre, cantada por la coral de Heilbronn, la Cantata nº 68,
Also hat Gott die Welt geliebt. El coro final, una fuga acompañada por los trombones,
era una mezcla de alegría y de no sé qué extraño y poderoso que me ha dejado casi loco.
Se hubiera dicho el jubileo del Juicio Final... Aplaudí como un poseso. Hacía tiempo
que no sentía una exaltación parecida.

1724 (Pág. 204 – 6)

Un mal crónico que padezco..., no, uno de los males crónicos que padezco es este
catarro de laringe, acompañado de la atrofia de las mucosas nasales, una auténtica
maldición para el escritor. Es así de simple, por otro lado: no escribo, en gran medida, a
causa de esa pesadez que desciende sobre mi cabeza y paraliza mis facultades. Las
orejas taponadas y las fosas nasales congestionadas me sumergen en un estado se semi-
idiotez cotidiana. Conozco bien el lamentable, el miserable origen de esas inhibiciones
del espíritu, de la agonía de la idea misma ante mis propios ojos..., de esa derrota de la
inspiración.

1725 (Pág. 204 – 7)

He leído en una revista inglesa la lista de monumentos demolidos de hecho por el barón
Haussmann. Lo increíble es que el populacho le dejó hacer, que apenas encontró
oposición alguna, etc. Nunca ciudad alguna ha sido desfigurada tanto, en tiempos de
paz, como París.

1726 (Pág. 205 – 1)

Saber que es imposible dilucidar quién es inocente y quién culpable, y seguir juzgando,
es algo que hacemos todos de una manera o de otra. Sólo estaría satisfecho el día en que
ya no pudiera emitir juicio alguno sobre nadie. Excluida la vanidad, me entran a veces
ganas de comprender y justificar a todo el mundo. El verdugo no es más libre que su
víctima. Desde el momento en que desempeñamos el oficio de vivir, somos iguales que
el resto, apenas un poco mejores que los demás.

1727 (Pág. 205 – 2)

No podemos menos que admirar a quienes tienen el valor de arrastrarse, de ser


abiertamente cobardes, de confesar sus debilidades. Aunque puede que “admirar” no sea
la palabra... Dejémoslo. A quienes sin duda envidiamos es a quienes, para triunfar, no
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retroceden ni ante el ridículo.

1728 (Pág. 205 – 3)

No temerle al ridículo, exponerse a él incluso... Hace falta para ello cierta fortaleza de
ánimo. Los aventureros, en el sentido positivo y negativo del término, son una prueba
indudable de ello.
Tener miedo al fracaso es temer el ridículo, lo más mezquino que hay. Tirar p’alante...,
en eso consiste justamente no temer convertirse en la burla de nuestros semejantes.

1729 (Pág. 205 – 4)

No conozco un solo hombre interesante que no haya tenido alguna enfermedad más o
menos secreta.

1730 (Pág. 205 – 5)

¿A qué viene lo de demorarse tanto ante cosas ya dichas? El espíritu no sigue ciertos
pasos más que cuando posee la paciencia de volver sobre ellos, es decir, de profundizar.

1731 (Pág. 205 – 6)

Los buenos escritores, observa Nietzsche, no escriben para “die sptizen und
überscharfen Leser” (“para los lectores demasiado sutiles”). Y es cierto, el gran escritor
no tiene nada de esteta.

1732 (Pág. 205 – 7)

El refinamiento es señal de vitalidad deficiente, en el arte, en el amor y en todo.

1733 (Pág. 205 – 8)

El auténtico escritor sólo se encariña de su lengua materna y se dedica a fisgonear en tal


o cual idioma extranjero. Saber limitarse..., ese es su secreto. Nada más funesto para el
arte que una desorbitante amplitud espiritual.

1734 (Pág. 205 – 9) (Pág. 206 – 1)

Nunca perdonamos a quienes apelan a nuestro orgullo.

1735 (Pág. 206 – 2)

Según cuenta Suetonio, al principio de la guerra civil, como Pompeyo declarase que
consideraba como enemigos a todos aquellos que no permanecieran a su lado, César –en
un rasgo de auténtica genialidad- anunció que él se situaría entre sus amigos los
indiferentes y los neutrales.

1736 (Pág. 206 – 3)

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Trabajar, producir, no es reflexionar, es justamente lo contrario. Reflexionar consiste en
situarse aparte de todos los actos, y como por fuera de todas las ideas.

1737 (Pág. 206 – 4)

Señor, ¿por qué no me diste facultades a la medida de lo que siento, palabras dignas de
mis momentos de felicidad o depresión?

1738 (Pág. 206 – 5)

Siempre he vivido con miedo a ser sorprendido por la desgracia..., lo cual ha


envenenado mi existencia. Ese terror, mirado así, tenía su justificación. He intentado
también tomarle la delantera: la desgracia siempre me ha encontrado recostado sobre
ella misma cuando llegaba.

1739 (Pág. 206 – 6)

Armarse de paciencia, ¡qué frase tan cabal! La paciencia es, efectivamente, un arma y
nada puede hacerse contra quien sabe proveerse de ella. De las virtudes, es la que más
falta me hace. Sin ella, estamos indefectiblemente al albur del capricho o de la
desesperación.

1740 (Pág. 206 – 7)

Fragmentos del 1701 al 1720

Para encontrar la verdad, nada como mantenerse en todo equidistante entre el


entusiasmo y la acritud.

1701 (Pág. 202 – 1)

Todo lo que me impide trabajar me sienta bien. Hago chapuzas de la mañana a la


noche..., por huir, por miedo, por nada...
La muerte del espíritu, esa incapacidad para concentrarse en otra cosa que no sean las
mismas, las eternas manías que nos obsesionan.

1702 (Pág. 202 – 2)

Nadie como yo ha cuidado sus defectos con tanta minuciosidad y empeño.

1703 (Pág. 202 – 3)

Leo una biografía de Netchaiev. No hay nada comparable esos fanáticos que tuvieron
una vida.

1704 (Pág. 202 – 4)

Desconfío de todo aquel que quiere mandar sobre otros. Esa arraigada tendencia, común
a tanta gente... ¿es una superioridad, un defecto? Yo creo no poseerla. Siento la idea
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misma de dar una orden como algo ajeno. Y recibirla, más todavía. Ni maestro, ni
esclavo. Eternamente, nada.

1705 (Pág. 202 – 5)

Mis ideas se asocian según un ritmo demasiado precipitado y arbitrario. Paso de una a
otra sin pensar (nunca mejor dicho). Me inundan, sin que pueda obtener el menor
provecho de ellas. Me gustaría poderles decir a cada una ellas: “¡Detente!”..., pero no
me da tiempo.
Si dijera en voz alta lo que me pasa por la cabeza, me encerrarían inmediatamente, y no
por la incoherencia de las ideas o las imágenes, sino a causa de su vertiginosa sucesión,
de su desfile monstruoso y casi ridículo.

1706 (Pág. 202 – 6)

Mi vieja obsesión: romper con todo, retirarme a una cueva... ¡Ay! Si no temiera tanto el
frío, sé que juntaría el coraje suficiente como para abandonarlo todo... Esa debilidad me
aplatana y me empuja a todos los compromisos.

1707 (Pág. 202 – 7)

Obsesión del paso del tiempo.


¡Pensar que cada instante que pasa ha pasado para siempre! Esta observación es trivial.
Sin embargo, deja de serlo cuando la rumias tumbado en la cama y piensas en ese
preciso instante, que se te escapa, que se hunde irremediablemente en la nada. Entonces
te dan ganas de no levantarte nunca más y, en un acceso de sabiduría, piensas en dejarte
morir de hambre.
Yo percibo físicamente la caída de cada instante en lo irreparable. Y después pienso en
tal o cual pasaje de mi infancia: ¿dónde está el que fui? Somos tan insustanciales como
el viento, y, por mucho que escribamos poemas o corramos tras las verdades, sólo son
reales las certidumbres de la inanidad. ¡Todo es vano, salvo el pensamiento de la
Vanidad!

1708 (Pág. 202 – 7) (Pág. 203 – 1)

Escuchaba a Chopin..., y después no sé cuántos años de indiferencia por ello.

1709 (Pág. 203 – 2)

No nos sentimos orgullosos cuando sufrimos, sino cuando hemos sufrido. Nuestras
desgracias no son una lección de modestia. Y, a decir verdad, nada se torna modesto.

1710 (Pág. 203 – 3)

Pertenezco a ese grupo de escritores de corto aliento por simple horror a las palabras.

1711 (Pág. 203 – 4)

A un amigo que me consultó (¿¿??) acerca de su próximo matrimonio, le disuadí. “Pero


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me gustaría al menos dejar mi nombre a alguien, tener descendencia, un hijo...”. “¿Un
hijo?”, le dije. “¿Y quién te asegura que no será un asesino?”. Desde entonces mi amigo
no ha vuelto a dar señales de vida.

1712 (Pág. 203 – 5)

¡Ninguna religión más extraña que la cristiana! Su figura central es un proscrito.

1713 (Pág. 203 – 6)

24 de diciembre. A las 10 de la noche. Solo. Este año he leído tres o cuatro libros sobre
Isabel de Austria, y acabo de terminar otro más. Mi pasión por ella arranca de la
primavera de 1935, cuando en Munich leí Una emperatriz de la soledad de Barres.

1714 (Pág. 203 – 7)

La diferencia entre los creadores y los no-creadores estriba en que los primeros adoran
hablar de sí mismos, mientras los otros lo detestan. Una obra personal es forzosamente
una confesión más o menos enmascarada.

1715 (Pág. 203 – 8)

Tu alma contenía un canto: ¿qué lo ha sofocado?

1716 (Pág. 203 – 9)

La única ciudad donde el ridículo no mata es París. Es porque en ella se admira la


falsedad y casi siempre triunfa..., lo ideal para fulminar el sentido del ridículo.

1717 (Pág. 203 – 10)

Existe un increíble placer en hablar mal de alguien a quien se conoce bien, o al que
incluso se le considera un amigo.
Después, vergüenza y tristeza.

1718 (Pág. 203 – 11)

Los únicos amigos a los que verdaderamente queremos son aquellos con los cuales
tenemos pocos puntos en común, que no poseen las mismas preocupaciones que
nosotros, y a los cuales vemos lo más raramente posible. Por lo demás, la amistad sólo
subsiste mientras no se ponga de manifiesto, mientras no pretenda ir más allá de lo que
ésta es.
1719 (Pág. 204 – 1)

Telefonear a alguien y, de repente, de puro miedo al escuchar su voz, colgar el aparato...


De este cariz son, en resumen, mis relaciones con los demás. Un eremita teñido de
sociabilidad.
1720 (Pág. 204 – 2)

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