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Cañón europeo

Existen referencias más concretas en un manuscrito de Walter


de Milemete, capellán de Eduardo III de Inglaterra que se
remonta a 1326 y en el que aparece el dibujo de lo que es
inequívocamente un primitivo cañón. También se conserva un
documento florentino datado el 11 de febrero de 1326 en el que
se trata de la adquisición de proyectiles y cañones metálicos:
pilas seu palloctas ferreas et canones de metal
Llave de mecha (SIGLO XIII)

El primer sistema de ignición que se usó fue la "llave de mecha",


que era un sistema en el que el tirador debía sostener el arma
con una mano y usar la otra para acercar una mecha al fogón en
el momento del disparo, lo que hacía que el arma tuviera escasa
eficacia.
En el siglo XV, se hizo una modificación de este sistema que fue
decisiva para aumentar la eficacia del arma: la incorporación del
serpentín, que consistía en un brazo de hierro en forma de "S"
empernado por su centro al lado derecho de la caja y al que se
fijaba en su extremidad superior un trozo de mecha empapada
en una solución de nitrato potásico. Dicho mecanismo se
activaba provocando la rotación de la pieza hasta que la mecha
se ponía en contacto con la pólvora del fogón, que al principio
estaba ubicado en el centro del arma y para finales del siglo XV
se colocó por razones técnicas en una posición lateral, naciendo
así la cazoleta, un receptáculo en forma de cuchara soldado al
cañón y provisto de tapa.
El serpentín se perfeccionó con la creación de otros sistemas
similares pero que eran más complejos y estaban más
perfeccionados. Uno de ellos era la sierpe a resorte, que utilizaba
un fiador (resorte) para tener levantada la mecha, lista para
disparar, lo cual permitió que el funcionamiento de las armas
fuera más rápido y se pudieran construir los primeros arcabuces
para cazar; otro sistema muy empleado fue el de pestillo o
palanca, que fue el preferido para usos militares hasta principios
del siglo XVIII, durante doscientos años, debido a su simplicidad,
robustez y bajo precio.

Para la caballería se usó una culebrina de mano que apoyaba el


tirador en la coraza y en una horquilla sujeta al arzón a la que se
llamaba petrinal, palabra derivada de poitrine (pecho). Incluso,
parece que se usó esta especie de mulo armado
Hacia 1440 se inventó el arcabuz primitivo, que era la primitiva
culebrina o palo de trueno con una caja de madera a la que
llamaban coz (imagínense el retroceso que debían tener) que
permitía apoyar el arma en el hombro -o bajo el brazo- para
apuntar mejor.Y lo más importante, la invención del serpentín,
que consistía en una pieza móvil alrededor de un eje horizontal,
que servía para acercar al oído la mecha encendida que se
colocaba entre sus quijadas; la llamaron así porque tenía una
forma parecida a una sierpe o serpiente pequeña. Este fue un
adelanto muy importante porque permitió que una persona sola
pudiese soportar el arma, apuntar y dar fuego a la carga de
pólvora.
De todas formas, la verdadera época del arcabuz como tal
arma comenzó cuando se puso una cazoleta junto al oído
(destinada a contener el cebo o polvorín), y se le agregaron
muelles y un disparador análogo al empleado en las ballestas; el
conjunto, montado en una platina, permitía aplicar el fuego por
el lado derecho, dejando libre la parte superior del cañón para
apuntar con más facilidad. A esta cazoleta se le añadió más tarde
una tapa giratoria (cobija) que permitía llevar el arma cargada y
cebada en todo tiempo.
Protegiendo el disparador con un guardamonte se disminuyó el
peligro de un disparo accidental, y ya a finales del siglo XV se
construían arcabuces como este, encontrado en el Barranco de
Acentejo, donde se produjo la batalla y que probablemente fue
usado por las tropas del Adelantado. Hoy está en el Museo de
Almeyda, en depósito del Museo de Bellas Artes.
El serpentín se aproximaba a la cazoleta por la acción del dedo
sobre el disparador y se retiraba por la acción de un muelle al dejar
de apretarlo; esto permitía que la punta de la mecha incidiese
directamente sobre el cebo de pólvora fina que se vertía en la
cazoleta o cazoleja; para lo que había que acompasar
continuamente la mecha y soplar la ceniza. Estas operaciones, y el
uso de la horquilla o gancho, que era indispensable por el peso y
longitud del arma, hacían que su manejo fuera largo y complicado
sin embargo la gente se mataba, y los arcabuceros, singularmente
los españoles y alemanes, iban haciéndose respetar. Este
primitivo arcabuz, llamado también de gancho, no se sabe si por
la horquilla o por la forma curva de la culata, que durante mucho
tiempo no se apoyó en el hombro sino debajo del brazo, subsistió
y se usó en la defensa de plazas hasta el siglo XVIII (en 1711 se
usaron en el sitio de Friburgo).
Poco más tarde, en 1568 y durante la campaña de Flandes, el
Duque de Alba sustituyó totalmente el arcabuz por el mosquete.
La piedra de chispa, introducida hacia 1630, dejó anticuados a los
arcabuces y mosquetes (aunque siguieron usándose durante
todo el siglo XVII), convirtiéndolos en el fusil, que también tardó
en hacer su camino, pues su reinado exclusivo y absoluto no
comenzó hasta 1703.
Arcabuz de rueda del Museo Histórico Militar de Canarias

Hacia 1517, un relojero que se llamaba Juan Kiefus inventó


en Nuremberg la llave de torno o de rueda que consistía en un
disco de acero de unos 3 cm de diámetro y 1 cm de grueso, con su
superficie acanalada, que podía girar rápidamente por la acción
de un muelle; sobre esta rueda se apoyaba una piedra dura (que
podía ser de sílex o mejor de ágata) sujeta entre las quijadas del
pie de gato o gatillo, que es como corrientemente se le llamaba
en español; al girar la rueda producía chispas que inflamaban el
cebo. Este sistema tenía una enorme ventaja, se suprimía la
mecha que se apagaba con la lluvia e impedía toda sorpresa
nocturna por su brillo.
Pero, aunque el mecanismo de rueda significó un paso de gigante
en la evolución de las armas de fuego, era demasiado complicado
y frágil. La pérdida de su llave significaba la inutilización del arma
y las averías solamente podían ser subsanadas por un artesano
especializado.

La invención era buena, pero no era segura; La carga era muy


lenta y peligrosa, había que montar el muelle con una llave y era
muy fácil que se escapase el tiro; la carestía y complicación del
artilugio y algún otro inconveniente más impidieron su
generalización por lo que el arcabuz no subsistió con ella,
quedando solo como arma de caza y para la Caballería, que usó
los petrinales o pedreñales y los enormes pistoletes o pistolas
hasta mediado el siglo XVII (1630 - 1640), en que se introdujo la
llave de pedernal o sílex. La prueba de su poca fiabilidad está en
que en los museos se conservan armas que tienen ambos sistemas,
de mecha y de rueda.

Armas de sílex
En las armas de sílex, el cebo se inflama con las chispas
producidas en el choque entre el pedernal y el acero y es curioso
observar que la llave de sílex, o sea, la que utiliza la percusión de
esta piedra en vez del roce de la pirita para producir fuego, estuvo
allí, a la vista de todos, desde tiempos inmemoriales. Me refiero al
chisquero de piedra y eslabón, milenario instrumento utilizado en
todo el mundo, con el que los arcabuceros y mosqueteros
encendían las mechas de sus arcabuces y mosquetes.

La llegada de los distintos sistemas de llave de sílex fue casi


simultánea, pero el honor de ser la primera corresponde a la llave
de snaphance.
Arcabuz de rueda del Museo Histórico Militar de Canarias

Pero, aunque el mecanismo de rueda significó un paso de


gigante en la evolución de las armas de fuego, era demasiado
complicado y frágil. La pérdida de su llave significaba la
inutilización del arma y las averías solamente podían ser
subsanadas por un artesano especializado.

La invención era buena, pero no era segura; La carga era muy


lenta y peligrosa, había que montar el muelle con una llave y era
muy fácil que se escapase el tiro; la carestía y complicación del
artilugio y algún otro inconveniente más impidieron su
generalización por lo que el arcabuz no subsistió con ella,
quedando solo como arma de caza y para la Caballería, que usó
los petrinales o pedreñales y los enormes pistoletes o pistolas
hasta mediado el siglo XVII (1630 - 1640), en que se introdujo la
llave de pedernal o sílex. La prueba de su poca fiabilidad está en
que en los museos se conservan armas que tienen ambos sistemas,
de mecha y de rueda.

Armas de sílex

En las armas de sílex, el cebo se inflama con las chispas


producidas en el choque entre el pedernal y el acero y es curioso
observar que la llave de sílex, o sea, la que utiliza la percusión de
esta piedra en vez del roce de la pirita para producir fuego, estuvo
allí, a la vista de todos, desde tiempos inmemoriales. Me refiero al
chisquero de piedra y eslabón, milenario instrumento utilizado en
todo el mundo, con el que los arcabuceros y mosqueteros
encendían las mechas de sus arcabuces y mosquetes.

La llegada de los distintos sistemas de llave de sílex fue casi


simultánea, pero el honor de ser la primera corresponde a la llave
de snaphance.
Llave snaphance

Este sistema, procedía de los Países Bajos, donde se desarrolló


a partir de 1570. En España se llamó esnapance o chenapán, con
esa gran facilidad que tenemos los españoles para adaptar los
vocablos extranjeros a nuestra fonética. Parece ser que el nombre
le venía de la forma de esa llave que recordaba a una gallina
picoteando en el suelo: "schnapp-hahn".

El pie de gato llevaba entre sus mordazas un trozo de


pedernal y un disparador lo hacía caer sobre el rastrillo del que
sacaba chispas que incendiaban el cebo de una cazoleta situada al
pie del rastrillo. Con ello, la seguridad del encendido aumentaba y
las vibraciones quedaban reducidas al mínimo. A partir de esa
fecha existían ya armas dotadas de esta llave, que fue aceptada
con júbilo por todos, especialmente por los cazadores, y se
construyó por todas partes.

La llave de «chenapán» acabó desapareciendo ante las


ventajas de otros sistemas, pero se siguió fabricando en el norte
de África. Todas las espingardas o fusiles morunos, tan
característicos, tienen la llave del sistema holandés. Sus artesanos
del siglo XVII la copiaron a través de España, la siguieron haciendo
los del XIX y del XX y las hacen todavía los del XXI para vendérselas
a los turistas. Este es un caso curioso de supervivencia. La que se
muestra es un ejemplar magnífico, que se encuentra en el Museo
Histórico Militar de Canarias.

Espingarda con llave snaphance


En España, las armas de fuego fueron muy toscas hasta muy
entrado el siglo XVI porque la mayoría de los armeros había
despreciado la construcción de armas de fuego dada la perfección
de las armas blancas. Además, las armas de fuego estaban todavía
en tela de juicio; la fracasada expedición a Argel en 1542 se achacó
al defectuoso funcionamiento de arcabuces y mosquetes por
haberse mojado la pólvora; algo parecido le pasó a las tropas de
Enrique II de Francia en Boulogne. Se intentó remediar todos estos
inconvenientes con la “cobija”, pero aún en 1560 el escritor y
filósofo francés Montaigne decía que: las armas de fuego
producían tan poco efecto, salvo el ruido en los oídos al cual se
acostumbra el hombre, que espero se abandonará pronto su uso.

A finales del s. XVI se estableció un gremio de magníficos


artesanos que alcanzó su apogeo en el s. XVIII. En el último tercio
del siglo XVI, se estableció en Madrid un armero genial, Simón
Marcuarte el Mozo, que fue arcabucero de Felipe II y de Felipe
III. Simón Marcuarte inventó la llave de patilla o llave a la
española, la más sencilla, robusta y segura de todas, sin los
defectos ni limitaciones de la holandesa, corrigiendo los defectos
de las llaves anteriores. Esta llave española fue copiada en todo el
mundo, especialmente en Francia, donde se le introdujeron
modificaciones de forma y mecánica, sin mayor beneficio. Este
aparato fue conocido después en el resto de Europa como «llave
de miquelet», porque las usaban los soldados de las milicias
catalanas de “miquelets”. Pero en España se la llamó siempre llave
de patilla.
Llave de patilla

Esta magnífica escopeta está firmada por Gabriel de Algora,


arcabucero del Rey, incluido en el catálogo.
Marcas de los arcabuceros

Firmaban sus cañones con unas marcas y contramarcas


especiales que recogió uno de ellos, Isidro Soler, en su compendio
histórico de Arcabuceros de Madrid. Este arcabucero inventó un
sistema para forjar sus cañones con “callos de herradura”,
aprovechando el hierro más batido… que en aquella fecha hicieron
que se pagara por las escopetas hasta 40 doblones. Con sus
marcas, estos artesanos garantizaban la calidad de sus cañones,
pero desde principios del siglo XVIII, hubo controles de calidad
reglados en las fábricas de armas de España y las armas de fuego
que salían de ellas llevaban las marcas correspondientes. No
obstante, las armas se empezaron a probar mucho antes.

En los tiempos en que la industria armera era una de las más


importantes, los armeros intentaban ensayar y probar sus obras
sometiéndolas a tensiones y esfuerzos superiores a los que se
encontrarían al ser empleados de forma normal; la historia y la
leyenda nos hablan de armas maravillosas que podían realizar
hazañas increíbles en manos de sus afortunados dueños. Uno de
los casos más conocidos fue el ensayo que hizo D. Quijote sobre su
reconstruida celada con un tajo de su espada, ensayo que acabó
en fracaso como casi todas sus hazañas. Pero la mayoría de los
artesanos tenían más éxito que D. Quijote. No solo probaban las
armas que habían fabricado a su satisfacción, sino que se
enorgullecían de ellas y las firmaban con su nombre o con su
punzón. Los artesanos se vieron obligados a efectuar disparos
previos en las condiciones más adversas posibles para evitar los
frecuentes y desastrosos accidentes, que, en alguna ocasión
obligaron a reclutar a los artilleros entre los condenados a la pena
capital, ante la bien fundada duda de qué extremidad emplearía
el proyectil para salir. Durante las guerras de Flandes a mediados
del siglo XVI, el Duque de Alba mandó fundir artillería en los Países
Bajos; ante la gran cantidad de accidentes que sufrían estas
piezas, dispuso que los primeros disparos, hechos con carga doble
de la nominal, se hiciesen con el fundidor sentado a horcajadas
sobre la pieza. Como era de prever, pronto acabaron los
accidentes.

El siglo XVII se caracterizó por la aparición de la bayoneta,


que al principio fue una hoja igual que las de las picas con un
mango de madera que se colocaba en la boca de fuego del arma,
debiendo su nombre a que las primeras se usaron en Bayona
(Pontevedra); en 1689, el general inglés Mackay inventó la
bayoneta de cubo. En España se adoptó la bayoneta en el reinado
de Carlos II, desapareciendo los piqueros del ejército hacia 1703.
El último combate en que se usaron las picas en Europa fue en
1730, en la guerra entre Rusia y Polonia.
El fusil es el arma por excelencia del soldado de Infantería. Al
adoptarse la llave de chispa hacia la mitad del siglo XVII, fue poco
a poco sustituyendo al mosquete y a la pica y definitivamente
abolidos en 1703. Parece que la voz fusil proviene de la palabra
italiana «fucile» (pedernal, encendedor de pedernal) y que, con el
tiempo, el nombre que designaba a la parte causante de la
innovación acabó por designar el arma entera.

A partir de 1715, hubo en España un fusil reglamentario con


llave francesa. Éste era el fusil reglamentario en 1789, con su
bayoneta.

Llegamos al fin al siglo XIX, el de los grandes progresos en el


armamento portátil, pudiendo decirse que si lo consideramos
dividido en cuatro periodos, cada uno de ellos se caracteriza por
una innovación casi radical en las armas de fuego; estas son la
invención del «cebo fulminante», «el rayado», «la retrocarga» y
«la repetición», uniendo a estas últimas la reducción de los
calibres.

El cebo fulminante dio entrada a las Armas de percusión y de


pistón. Durante el siglo XVIII se habían hecho estudios sobre las
pólvoras fulminantes, descubriéndose el fulminato de mercurio; el
armero inglés Forsyth inventó la llave de percusión, a la que llamó
frasco de perfume por su forma peculiar, que consistía en un
estrecho depósito en el que cabía una pequeña cantidad de
explosivo; al golpearlo con una varilla de acero accionada por el
percutor o pie de gato se inflamaba el fulminato, transmitiendo el
fuego a la carga. En España, estas armas se llamaron “de
gusanillo”.

Llave Forsyth de percusión


A pesar del enorme avance que significaron, no tuvieron
aplicación como armas de guerra hasta el descubrimiento de la
cápsula fulminante por el armero inglés Eggs en 1818. La cápsula
de cobre con el mixto fulminante en su interior, fue exportada
enseguida a toda Europa y a partir de 1820 sirvió de base para la
transformación del armamento de chispa en el nuevo sistema de
pistón, conservándose la misma llave a la francesa y la de patilla
que duraron mucho tiempo y limitándose a cambiar el pie de gato
por el percutor, suprimir la cazoleta y adaptar al cañón una pieza
llamada bombeta, que llevaba una chimenea roscada en el oído
para la colocación de la cápsula.

Llave de pistón

En España se adoptó este sistema hacia 1825, cuando ya eran


de mejor calidad las cápsulas y el mixto era de fulminato de
mercurio, que se conserva mejor que el clorato de potasa y no
ataca tanto al metal; el armamento de percusión quedó como
reglamentario en el Ejército, llamándosele vulgarmente de pistón,
que era el nombre que daban en Francia a la cápsula. Para
apreciar la ventaja de esta reforma, basta decir que con el fusil de
chispa y su carga en 12 tiempos, solo se podía hacer un disparo
cada 10 minutos, mientras que con el fusil de percusión que ya
permitió poder reducir la carga a 8 tiempos, se podían hacer 3
disparos cada dos minutos. Además, los fallos que eran de uno
cada quince disparos en el fusil de chispa, pasaron a la proporción
de uno cada 300 en el de pistón.

El rayado en las armas de fuego.

Explicándolo de una forma muy sencilla, para que el proyectil


sea estable en su vuelo, aumentándose con ello su precisión, ha de
girar sobre un eje paralelo a la trayectoria, entonces se produce
un efecto giroscópico que impide que el proyectil cabecee,
consiguiéndose el mismo efecto que en las flechas cuando se
ponen las plumas inclinadas. Para aumentar el alcance había que
eliminar el viento o hueco que existe entre la bala esférica y el
cañón, evitándose entonces que los gases de la combustión de la
pólvora escapasen entre ambos. Los dos efectos se consiguieron
con el rayado de los cañones y el aumento de calibre del proyectil
hasta que entrase forzado en las rayas.
Sistemas de carga.

Después de contemplar esta otra preciosa pintura de


Goya “Fundición de balas, a la luz de la luna, en la sierra de
Tardienta”, que también está en la Casita del Príncipe, en El
Escorial, veamos como fueron cambiando los sistemas de carga
para adaptarse al desarrollo de las armas y algunos de los
diferentes tipos de munición que se usaron:

Al principio, para cargar los cañones y culebrinas de mano,


se llevaba la pólvora en un frasco de cuero o de cuerno y las balas
en un saquete; la pólvora se medía a ojo; a principios del siglo XVI,
los arcabuceros españoles llevaban un talabarte, del que colgaban
una serie de cartuchos de cuero o madera que llevaban cada uno
la pólvora para una carga y un pequeño frasco con el polvorín para
cebar la cazoleta; a este talabarte lo solían llamar «los doce
apóstoles», porque el número de frascos que normalmente llevaba
la bandolera era de 12. La carga del mosquete se hacía en 14
tiempos.

A mediados del siglo XVII hasta que aparecieron las armas


de retrocarga se usaron “cartuchos de papel” en los que iba una
carga de pólvora; el fusilero o el arcabucero rompían el cartucho
con los dientes, y con la pólvora que contenía cebaban y cargaban
(en la picaresca de esa época surgió la costumbre de arrancarse o
romperse los incisivos, ya que los “mellados eran inútiles como
soldados”). El primer cartucho de papel que se usó llevando la
cápsula en el culote y éste reforzado, fue el fusil de aguja Dreyse;
siguieron a este sistema los cartuchos de papel con culote de latón
como los antiguos cartuchos de caza (los actuales son de plástico)
y por último el metálico que debe su origen al cartucho para
carabina Flobert de salón con carga y cebo reunidos, que es el
primer cartucho obturador, que sirvió de punto de partida a todos
los cartuchos metálicos que se vienen usando desde entonces, no
solo de las armas portátiles sino también de la Artillería.
La retrocarga.

Ya sabemos que aunque las primeras armas de fuego fueron


de a cargar por la boca, muy poco tiempo después aparecieron las
de retrocarga, incluso en los cañones de mano y en las piezas de
Artillería, que se usaron hasta principios del siglo XVI en que fue
desapareciendo este sistema.

En 1808 se hicieron los primeros ensayos del fusil de aguja,


Dreyse, que es de cerrojo y por lo tanto de retrocarga, y que usaba
cartucho de papel reforzado y llevaba el cebo fulminante en el
culote; la aguja es impulsada por un muelle espiral y puede decirse
que todos los fusiles que han usado el cierre de cerrojo no han
hecho sino variar el primitivo de Dreyse. Fue el primero que se usó
a gran escala, tanto que en 1840 lo adoptó el ejército prusiano.
A mediados del siglo XIX empezó a disminuirse el calibre de
las armas y ya en 1871 se adoptó el fusil Remington, mod 1871
calibre 11 mm.

Fusil Remington 1871

Armas de repetición.

El último adelanto de las armas en el siglo XIX es el


mecanismo de repetición; ya a mediados de siglo se adoptó el
revólver sistema Colt como armamento para los Oficiales, que fue
la primera arma reglamentaria de repetición que se usó en
España; en realidad, estas armas (de antecarga) hicieron su
aparición en la Guerra de Secesión de los Estados Unidos de
América (1861 – 1865) y ya hacia 1880 se usaban en casi todos los
ejércitos europeos, aunque en este caso se adquirieron por orden
de la Capitanía General de Cuba en 1855.
Revolver Colt mod. 1848

En 1888 se empezaron los estudios para dotar de un arma de


repetición, de retrocarga, al Ejército Español; se nombró una
comisión compuesta por jefes de todas las armas del Ejército y de
la Marina y se adoptó el tipo Máuser, ya reglamentario en
Alemania, Bélgica, Turquía y Argentina, que recibió la
denominación de fusil Máuser español modelo 1893, calibre 7
mm.

Fusil Mauser español, mod. 1893


Revólver
Revólver

La primera pistola capaz de disparar de manera consecutiva antes


de recargar munición fue el revólver, también llamado «pistola
rotativa». Se conoce un modelo similar utilizado por el ejército
británico en el siglo XIX, pero el revólver moderno lo patentó
Samuel Colt en 1835. Este sistema aloja la munición en un tambor
(«barrilete») desmontable que gira con el recorrido de vuelta del
gatillo, colocando de esta manera una nueva recámara («nicho»)
ante el percutor.

Todos los modelos actuales son de doble acción o de doble acción


exclusiva. Se siguen fabricando versiones modernas de modelos
legendarios, como la Colt M1911 y Browning High Power,
respetando su mecanismo original de acción simple tanto para
uso defensivo como deportivo.

Sin embargo, las fuerzas de seguridad y los ejércitos sólo utilizan


las pistolas de doble acción que se han extendido en los últimos
30 años.
Las pistolas de doble acción exclusiva se suelen destinar para
defensa personal al ser su funcionamiento más sencillo, casi como
un revólver.

Cuando se extendió el uso de las ametralladoras Maxim, varios


fabricantes de armas decidieron adaptar el mecanismo de disparo
automático para crear pistolas semiautomáticas. El primer
modelo exitoso fue la Borchardt C-93, creada por el armero
alemán Hugo Bochardt y aparecida en 1894. Era voluminosa,
frágil, incómoda y difícil de maniobrar con una mano; se
caracterizó por un ingenioso mecanismo de acerrojado parecido a
la articulación de la rodilla, que era confiable. Utilizaba el potente
cartucho 7,65 x 25 Borchardt. Se fabricaron pocos ejemplares del
modelo.

Mauser C96
En 1896 aparece el modelo Mauser C96, que utilizaba el cartucho
7,63 x 25 Mauser. Fue el primer modelo semiautomático
empleado en la segunda guerra de los Bóers en Sudáfrica y en las
revoluciones rusa y china. El siguiente modelo exitoso, aparecido
ese mismo año, fue el Luger Parabellum creado por Georg Luger,
y adoptado por el ejército alemán como su pistola oficial durante
la Primera Guerra Mundial. Se caracterizó por mejorar el
mecanismo de seguro de la Bochardt y por ser el primer modelo
en utilizar el cartucho 9 mm Parabellum (o 9 mm Luger en esa
época), también creado por el fabricante. Su modelo sufrió varias
modificaciones y estuvo en producción hasta en la Segunda
Guerra Mundial, donde el ejército alemán tenía otra
reglamentaria (Walther P38), pero la necesidad de armas hizo
continuar la producción de la Luger.
pistolas semiautomáticas fue John Browning,

El primer armero estadounidense en crear pistolas


semiautomáticas fue John Browning, que comienza a desarrollar
sus propias pistolas de acción simple y en 1900 empieza a
colaborar con FN y la marca Colt, para la que diseñó en estos años
varios de los cartuchos clásicos más conocidos para pistola: el 6,35
x 16 (.25 ACP), el 7,65 x 17 (.32 ACP) y el 9 x 17 Corto (.380 ACP, o
más popularmente 9 mm Corto) que empleó indistintamente para
sus diseños en Europa y Estados Unidos.

Todos estos cartuchos ACP (Automatic Colt Pistol) fueron los más
populares para pistola en Europa durante muchos años, aunque
en Estados Unidos pronto se vieron eclipsados por el potente .45
ACP (11,43 x 23) del propio Browning.

La Colt M1911 fue el primer modelo con un excelente poder de


parada, y también el primero en utilizar el cartucho .45 ACP
creado para ese modelo por su fabricante. Un arma legendaria en
Estados Unidos. Ha sido empleada por el ejército estadounidense
durante 74 años. Sólo sufrió algunas modificaciones en 1926 y se
renombró Colt M1911A1.

La primera pistola de doble acción fue la Walther PP-PPK,


diseñada en 1929 para uso policial y en varios cartuchos de baja
potencia. El primer modelo de doble acción de uso militar fue la
Walther P38, usada por primera vez por los alemanes en la
Segunda Guerra Mundial; podía recargarse su munición y dejarse
lista para disparar sin riesgo de disparo accidental.

La pistola Browning High Power, vendida por primera vez en 1935,


es la primera en tener un cargador con dos hileras para almacenar
más munición. Posee además mejores seguros contra disparos
accidentales y otras mejoras. Todavía se sigue fabricando el
modelo original y versiones de doble acción. Junto con el modelo
M1911A1, han sido posiblemente las pistolas más copiadas e
imitadas de la historia. Como anécdota, el arma fue empleada en
la Segunda Guerra Mundial por ambos bandos: los alemanes la
fabricaban en la Bélgica ocupada y los británicos en Canadá.[cita
requerida]
Cargador[editar]

Pistola de bolsillo FIE Titan de acción simple, con cargador de


hilera simple que sólo almacena 6 cartuchos y su munición es el
cartucho .25 ACP. Posee un seguro lateral accesible al pulgar.
El cargador es una pequeña, larga y delgada caja metálica que se
inserta, en la mayoría de los modelos, por la parte inferior de la
empuñadura de la pistola. Sirve para almacenar y cargar la
munición que utilizará la pistola semiautomática.
Posee un resorte en su parte inferior que impulsa a los cartuchos
almacenados a ascender e introducirse uno a uno en la recámara
inmediatamente después del disparo.
Dependiendo del calibre, del número de hileras y dimensiones, los
cargadores almacenan comúnmente entre 7 y 15 cartuchos.
Únicamente los cargadores de pistolas de bolsillo almacenan
6 cartuchos.

Pistolas neumáticas
También existe la pistola neumática, que utiliza gas o aire
comprimido en vez del gas producido por la combustión de la
pólvora; este rara vez se usa para efectuar ataques contra otras
personas debido al escaso poder de parada por la relativa baja
velocidad de salida con que son disparadas las municiones de bajo
calibre, en cambio son mayormente usados para tiro deportivo y
caza menor.