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En esa ocasión les dejamos un relato largo, detallado y en primera persona de un

sobreviviente, una víctima que a diferencia de muchas otras vivió para contar lo que sufrió:

ATENTADO CONTRA LA COMISARÍA TRES DE FEBRERO 2ª

Antecedentes de un crimen:

El atentado terrorista a la comisaría de Ciudadela que se perpetró el 28 de enero de 1977, no


fue un hecho ocasional ni impensado. Se trató de un operativo ampliamente planeado por los
jefes del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y avalado por Montoneros.

Gestado entre estudiantes de la facultad de Filosofía y Letras de la UBA, donde Silvia Juana
Charur, argentina de 22 años de edad, estudiante de psicología, militaba con intenciones de
ganar prestigio y jerarquía, dentro de la organización terrorista ERP. Para ascender al grado de
“combatiente”, debía cometer un acto terrorista de cierta relevancia y dada las condiciones de
su familia como tradicionales comerciantes de Ciudadela, con un negocio en el rubro textil,
donde en un local cercano a la estación de ferrocarril, vendían sus telas con el nombre
comercial de Sedería Charur. Estas características se convirtieron en un fácil objetivo a
conseguir, debido a las condiciones de cercanía de su familia con el personal de la comisaría
local.

Silvia Juana Charur, militaba con el “nombre de guerra” Anita. Su padre oficiaba de presidente
de la Cooperadora policial de la comisaría y este contacto habría de facilitarle el acceso a la
dependencia sin levantar demasiadas sospechas. Su familia intuía que la joven debía estar en
cosas extrañas, pero su rebeldía no permitió ahondar en mayores detalles. Seguramente
podría cometer algún ilícito, pero jamás se les ocurrió pensar que lo haría en el barrio, donde
su familia de judíos sefardíes, era conocida y respetada por toda la comunidad.

La comisión de la Cooperadora policial, había organizado una cena de camaradería para


celebrar el día de la Policía. Como el 13 de diciembre coincidía con un lunes, la fiesta se
programó para la noche del sábado anterior, con la intención de que también pudieran
concurrir más policías con sus respectivas familias.

El salón era un amplio espacio perteneciente a un sindicato gremial. Estaba ubicado en las
inmediaciones de Av. J. B. Justo y Padre Elizalde. Al lugar fuimos invitados todos los numerarios
de todos los turnos con nuestras familias. Indudablemente, ese sería el día indicado para
cometer el atentado, debido a que no solo estaríamos todos los policías de Ciudadela, sino
también nuestras novias, esposas e hijos.

Sin embargo, algo impidió que Silvia Juana Charur, alias Anita, coloque la bomba esa noche. Su
padre estaba entre los miembros de la organización de la cena y de los sorteos de
electrodomésticos que nos habían reservado. Podría decirse que aquella noche, nosotros y
nuestras familias, salvamos las vidas por el azar; más sarcástico aún, si consideramos que el
salón era del gremio de los Atmosféricos.

Pocos días después, la guerrillera intentó poner la bomba en el GADA 101 del Ejército
Argentino, con asiento en Ciudadela. Las posibilidades de ingreso le fueron vedadas por
motivos que desconozco y finalmente, le quedó como último recurso, poner la bomba en la
comisaría de Ciudadela, donde aprovecharía la confianza con la que era atendida,
considerando la cordial relación que su padre tenía con todos nosotros.

Anteriormente, a finales de 1975, también hubo un intento de copamiento de la comisaría,


pero los vecinos alertaron sobre movimientos extraños de personas que se movilizaban en
autos particulares y el personal se preparó para cercar el lugar y repeler cualquier intentona.
Esa vez, el plan de los asesinos volvió a fallar. No pudieron atacar la dependencia desde sus
vehículos con sus granadas “Energa” de uso militar antitanque.

La tarde del atentado:

Habían transcurrido dos meses desde mi nuevo destino, cuando la tarde del 28 de enero de
1977, aproximadamente a las 19:00, vi entrar por el pasillo de la dependencia a la hija del
señor Charur, el presidente de la Cooperadora Policial. Juana Charur, una muchacha de
aspecto grotesco a pesar de sus 22 años, se asomó a la puerta de la oficina del subcomisario
Bonnani, que daba a un costado de ese pasillo, mientras Recalde, uno de los dos policías que
estaban en la garita blindada sobre la vereda, se quedó esperando que Juana termine de
saludar al subcomisario, para revisarle los bolsos que traía colgados de los hombros. Eran tres
bolsos ordinarios de cuerina marrón, típicos de los que usan las mujeres de escasa elegancia.

Desde mi puesto, detrás del escritorio, pude ver cómo ella se apuró a agradecerle a Bonnani
que el día anterior le hubieran enviado al médico de policía para atender a su papá que había
sufrido un pico de presión, lo que evitó que se le produjera un accidente cerebro vascular
grave.

—¡Hola nena! ¿Cómo sigue tu papá? —escuché que le preguntó el subcomisario. Ella, sin soltar
los bolsos, comenzó a comentarle lo que había sucedido. El subcomisario la invitó a pasar a su
despacho dejando la puerta abierta, mientras el policía de la entrada se quedó esperando que
se desocupe para terminar de revisar los bolsos, tarea de rigor para toda persona que
ingresara a la comisaría. Esta norma era de uso común en todas las dependencias, debido a los
frecuentes atentados terroristas.

Cuando Bonnani se dio cuenta que el suboficial Recalde y su compañero Aguirre, continuaban
esperando que la joven termine de explicar, les dijo: —No, está bien, déjenla pasar.

Silvia Juana Charur, agradeció y con el justificativo de que también quería agradecerle al
comisario, se despidió del subcomisario y terminó de ingresar por el pasillo hasta cruzar el
espacio de la sala donde estaba mi escritorio mostrador.
Yo atendía a una señora de apellido Gargaglioni o algo parecido, que estaba con dos criaturas
de unos seis u ocho años. Había venido a denunciar que a la nena le habían arrebatado la
bicicleta mientras paseaba por la vereda de su casa. Se trataba de un típico arrebato de
ladrones de poca monta que la habían empujado para hacerla caer y en ese momento escapar
a toda carrera con la pequeña bicicleta bajo el brazo.

Juana se acercó y también le pregunté cómo se encontraba su padre. Yo no la conocía más que
por las referencias de que era la hija de Charur, un amigo íntimo del comisario Carlos Alberto
Benítez, el subcomisario Ricardo Lorenzo Bonnani y el jefe de Calle, el oficial principal Coscia, a
quienes este hombre, comerciante de la zona, solía venir a conversar de no sé qué temas con
las máximas autoridades de la comisaría.

—¿Sabés si el comisario me puede atender? —me preguntó sin esperar su turno. Le respondí
que apenas terminara de atender a la señora la habría de anunciar. Cuando derivé a la mamá
con sus dos críos a la oficina de Judiciales para que el ayudante Perea le tome la denuncia, me
acerqué al despacho del comisario que estaba al otro extremo de mi escritorio, en una
habitación que daba a la calle, quedando a la misma altura y enfrentado al despacho de
Bonnani.

El edificio era una vieja casona que, entre otros ambientes, debió tener dos dormitorios
separados por el pasillo de acceso. Al convertirse en la dependencia, cada uno de esos
espacios, pasaron a ser las oficinas de los jefes.

Golpeé la puerta del despacho del comisario y este me permitió pasar —Jefe, está la hija de
Charur y vino a agradecer que ayer le hayamos enviado al doctor Rossi, para que atienda al
padre que tuvo un principio de ACV.

—Esperá que termine de ponerme la camisa y hacela pasar cuando te toque timbre. El
comisario se había duchado y estaba a medio vestir. Regresé a mi largo mostrador y de pasada
le dije que Benítez enseguida la iba a tender.

Ella estaba algo nerviosa y se paseaba por la sala, pero no le di importancia. Mientras tanto,
atendí a dos ancianos que habían venido para hacer el certificado de supervivencia.

Cuando sonó el timbre con el que nos comunicábamos entre el comisario y la guardia, le dije a
Juana que podía pasar. Ella entró al despacho y cuando yo me disponía a sentarme para anotar
temas pendientes en el libro de guardia, vi que Juana salía del despacho sin los bolsos y se
dirigía hacia la salida. Me sorprendió verla partir tan pronto.

—¿Ya te vas? —le pregunté antes de dar la orden a los policías de la puerta para que la dejen
salir.

—Voy a buscar los cigarrillos que me olvidé en el negocio de mi viejo.

La sedería de Charur quedaba a la vuelta de la comisaría, por lo que no me resultó sospechoso


que saliera tan presurosa.

Me disponía a continuar con los detalles protocolares del relevo en el libro de guardia, cuando
finalizaba mi charla con mi exalumno, el agente César Landaida. Él había decidido retirarse del
otro lado del mostrador, para dirigirse hacia el fondo del edificio, pasando por la puerta a mi
izquierda. En ese momento, Juan Manuel Molina, otro empleado de “Expedientes”, me pidió si
le facilitaba el teléfono para llamar a su mujer. Pasó por entre el espacio que quedaba entre mí
y la pared a mis espaldas. Llamó a su casa mientras nos despedíamos con Landaida hasta el día
siguiente. Terminé de cerrar el libro de guardia, para entregarlo a mi reemplazante, el oficial
ayudante Omar Rodríguez, que ya había llegado para relevarme. Serían las 19:10 cuando
Rodríguez se aproximaba a la Guardia para hacerse cargo.

Sorpresivamente, no sé en qué momento y sin oír sonido alguno, sentí una llamarada
anaranjada, como un soplete, que me quemaba la cara. Instintivamente me cubrí el rostro con
los brazos y comencé a sentir que muchas cosas me golpeaban por todo el cuerpo. Creo que
debí gritar “¡Basta!” o “¡Paren!” o algo parecido, porque creía que alguien me golpeaba con
cascotes y palos sin que pudiera entender qué estaba pasando. En ese instante también pensé
que debía haber estallado alguna granada debajo del mostrador que se sostenía con bolsas de
arena como si fuera una trinchera. Del lado interno, mi escritorio estaba protegido porque al
dar hacia la puerta de calle, podía ser blanco de algún atentado y ese murete supuestamente
debía servir para protegernos.

Instintivamente busqué mirar hacia la puerta de calle, pero el polvo denso de la mampostería
me llenó los ojos de arena y un humo negro no me dejó ver nada por unos instantes. La sangre
que me caía desde la cabeza y de los brazos, se mezcló con el polvo y alcancé a buscar otra vez
el espacio de la puerta, pero la puerta ya no estaba, todo era una amplia abertura que daba a
la calle, donde pude ver, de modo borroso, a la gente que corría hacia nosotros. Oí la voz de
Juan Manuel que había quedado detrás de mí, aplastado por una viga de hormigón. El sonido
de su voz era apagado y recuerdo que me dijo “sacame de acá hermanito” o algo parecido. Yo
no podía ver bien y tampoco podía moverme porque estaba aprisionado por los escombros. Lo
busqué tanteando y toqué su cabeza, era un pegote pastoso de sangre y polvo, como si le
estuviera tocando los sesos. Busqué salir de entre los escombros y me sorprendió no ver las
baldosas rojizas del piso. Aquel piso familiar no era el mismo, había otro piso diferente,
tapizado con membrana asfáltica. Frente a mí, todo era una amplia puerta donde, del otro
lado, la gente gritaba y corría. Órdenes de tirarse al piso porque “atacaban de afuera”. Yo
seguía sin entender nada y me mantuve en pie. Sentí que me habían transportado en el
tiempo y el espacio a otra dimensión. Algunas cosas me sonaban familiares, pero nada
coincidía con el paisaje que yo conocía.

Cuando pude zafar de entre los escombros, intenté alcanzar la calle. No comprendía qué había
pasado, ni porqué estaba caminando sobre la azotea. Al avanzar unos pasos, vinieron a mi
encuentro los compañeros del tercio que debían relevarnos. Serían ya las 19:30 o 19:45.

Mientras me ayudaban a caminar sobre las pilas de escombros esparcidos en el suelo, traté de
hacerme una compresa en el brazo para detener un chorro de sangre. Mi camisa estaba
tiznada y hecha harapos. La sangre que me chorreaba sobre la cara no me permitía ver con
claridad porque me mojaba los ojos. Poco a poco fui comprendiendo dónde me encontraba.

—¿Qué pasó? —alcancé a preguntarle a uno de mis compañeros de relevo.


—Fue una bomba en el despacho del comisario —dijo el tano Cappeleti que tenía el taller
mecánico a mitad de cuadra y que había corrido en nuestra ayuda.

—Yo escuché la explosión y vi salir el humo negro por la ventana mientras se derrumbaba el
edificio —confirmó seguro de lo que decía.

En ese momento comencé a comprender qué estaba sucediendo, sin importarme que el
sargento Ojeda gritaba “Cúbranse, están tirando desde la calle” mientras corría por sobre los
restos de la medianera de la casa del vecino.

—Fue una bomba —repitió el tano—, yo estaba trabajando en la vereda y vi todo.

—Si fue una bomba, entonces fue la hija de Charur —le dije al oficial ayudante Amado y al
inspector Fernández Nogal, que me ayudaban a salir, mientras me sostenían de ambos lados.

—¿Estás seguro?

—Sí, fue la que recién salió del despacho de Benítez.

—Sí, yo la vi subir a un Renault 12 blanco que la estaba esperando en la esquina y había otro
auto que debía estar de apoyo —volvió a insistir el mecánico.

Mi lugar de trabajo estaba justo debajo de una claraboya, de la que siempre renegué porque
me entraba el resplandor del sol como si fuera una estufa encendida en pleno verano. Cuando
estalló la bomba con 8 kg de Trotyl –según dijeron los peritos después–, las paredes volaron
hechas escombros entre las llamaradas anaranjadas que vi como un soplete en la cara. Yo
había estado en el ojo de la explosión por lo que no escuché ningún sonido. Sin el sostén de las
paredes, el techo se derrumbó y quedé enmarcado dentro de los hierros de la claraboya,
mientras la onda expansiva salió por ese hueco y ambas puertas a los costados de mi
mostrador. Esa misma onda expansiva que salió por la puerta de mi izquierda, arrastró a
Landaida y lo dejó tirado inerme a unos seis metros de donde habíamos estado conversando.
Estaba totalmente fracturado, como si un gigante lo hubiera arrojado contra el suelo varias
veces. La sangre se le escapaba por la boca, la nariz y las orejas. Estaba con los ojos abiertos
que se le fueron llenando del polvo rojizo de los ladrillos molidos. Otro de los compañeros, el
cabo Coria, sufrió el impacto del carro de la Olivetti que se le incrustó en una pierna y gritaba
de dolor mientras esperaba que lo ayudaran a salir de los escombros.

La onda expansiva que escapó por la otra puerta a mi derecha, arrasó con cuanto objeto y
persona se encontraba a su paso. Daniel Cammarota voló atravesando la segunda puerta que
daba al patio y sufrió heridas en ambos brazos, además del revolcón que de no haber sido por
esa segunda puerta que se destrozó con el impacto de su cuerpo, hubiera sido estrellado
contra la última pared. Omar Rodríguez que estaba más atrás, sufrió los golpes de cientos de
objetos que volaban y le dañó los tímpanos dejándolo hipoacúsico y traumatizado.

Solo se escuchaban gritos, voces confusas. Manos amigas me ayudaron a subir al Citroën de
uno de mis compañeros para llevarme hasta el hospital Ramón Carrillo, apenas unas diez
cuadras de distancia. Todo el barrio estaba convulsionado, el tráfico sobre la calle Yrigoyen
estaba trabado y los autos se alineaban en espera de poder avanzar. Dejamos el Citroën y
caminamos una cuadra para llegar al hospital. La gente miraba y gritaba horrorizada al vernos
como zombies. Pude verme reflejado en el vidrio de la puerta al llegar al hospital y mi imagen
me recordó a una película de guerra. Se veían soldados por todas partes. Luego supe que del
GADA 101, habían salido a patrullar después de enterarse del atentado y en una curva cerrada
volcó el camión con soldados que, heridos y contusos, se sumaron a colmar la guardia del
pequeño hospital.

Comenzaba a oscurecer cuando terminaron de suturarme en la guardia. Al rato comenzaron a


aparecer más policías heridos. Daniel Cammarota, Omar Rodríguez, Héctor Coronel, el “Negro”
Ferrari, Molina, decenas de compañeros con diferentes heridas. Los dos suboficiales, Aguirre y
Recalde, que estaban en la puerta, habían sido arrojados al medio de la calle con fracturas en
las piernas. Pregunté por Landaida, me dijeron que había muerto, también el comisario
Benítez; y al subcomisario Bonnani lo habían llevado al hospital Churruca en helicóptero,
porque su estado era grave; un tirante de madera le había roto la cabeza con pérdida de masa
encefálica, además de haber quedado totalmente fracturado debajo de la mampostería.

Junto a dos compañeros, nos dejaron internados para atender la cantidad de cortes en todo el
cuerpo. Uno de los hierros del marco de la claraboya se me había clavado en la espalda, los
escombros me dejaron cortes en el cuero cabelludo, la boca, los brazos, las manos, una de las
orejas y la punta de la nariz, a la que también suturaron junto a decenas de tajos en el resto
del cuerpo. La caída de una viga de hierro me despellejó desde el hombro derecho hasta la
cadera, donde se detuvo gracias a las bolsas de arena que tenía en mi trinchera. Nada evitó
que me doliera todo el cuerpo durante días, como si me hubieran apaleado entre varios
atacantes.

A los dos días, cuando me dieron de alta en el hospital, quise pasar por la comisaría para ver
cómo había quedado. Todo era un montón de escombros apilados donde alcanzaban a verse,
como esqueletos, los hierros de las estructuras y los caños de gas y los de luz que fueron
neutralizados para evitar una desgracia mayor, cuando comenzaron a incendiarse y repetir
explosiones menores.

Al observar las fotos en el sumario del atentado, me sorprendí al ver el cuerpo del comisario
Benítez, tirado entre los escombros. Estaba desnudo y con la cabeza rapada. El único vestigio
de su uniforme era el cinturón de cuero ceñido a la cintura. La onda expansiva le había
quemado la ropa y la cabellera. Su cuerpo era una bolsa de huesos rotos. Bonnani murió a las
pocas horas en el Churruca, estaba tan destrozado que los médicos no pudieron hacer nada
para salvarlo. Landaida, que apenas tenía pocos meses de policía, murió sin siquiera poder
acusársele de algo malo. Ninguno de nosotros había tenido antes alguna oportunidad de
tropezarnos con guerrilleros. Los que sí pudieron haberse topado cierta vez con extremistas,
debieron ser el comisario y el sub, posiblemente por la edad y el rango, pero nunca supe nada
de sus actividades.

Las consecuencias finales:


Luego habríamos de enterarnos que finalmente, Juana Silvia Charur, había logrado los méritos
para ascender al grado de “combatiente” dentro del ERP, aunque otras versiones aseguran que
fue Montoneros quien se adjudicó el atentado.

Aquella tarde del 28 de enero de 1977, justo en el cambio de guardia, Juana Charur, habría de
encontrar la mayor cantidad de policías, para hacer más notable su crimen.

Le dieron apoyo desde dos autos estacionados en las inmediaciones. Se supo que finalmente
consiguió el ansiado ascenso debido al acto cometido. Por referencias de investigaciones
posteriores y confesión de su padre, pudimos enterarnos que Juana pudo escapar del país y
actualmente se encontraría trabajando como maestra en un kibutz en Israel, aprovechando su
origen sefardí. Otras versiones la sindican en el Padrón como Silvia Juana Charur, argentina,
nacida en 1954, a lo que tendría hoy 63 años de edad, CUIT 27-11593646-3, domiciliada en
Madero 336, Liniers, CABA, figurando aún como estudiante. Sin duda, esté donde se
encuentre, Silvia Juana Charur cargará en su memoria los crímenes cometidos y encerrará en
su conciencia el precio que debió pagar para lograr su ascenso en una banda de forajidos.

Por falta de personal, la carpeta médica se nos terminó a los treinta días y volvimos al trabajo,
con las heridas sin terminar de cicatrizar. Recuerdo que lloré, lloré mucho, no por mí, sino por
aquellos que fueron mis alumnos y a los que conocía muy bien. Tipos que no tuvieron ni
siquiera tiempo de cometer infracciones ni fechorías. Me consolaba haber atendido a la mujer
y sus hijos, de apellidos Gargaglioni. También a los dos viejitos que de no haber sido así,
habrían quedado bajo los escombros del techo. A mí me salvó la claraboya de la que tanto
tiempo había renegado.

El oficial sumariante, el médico de policía y sus jefes, nunca se solidarizaron con el daño que
habíamos sufrido. Ignoraron la atención psicológica y sin terminar de sanar las heridas,
caratularon el hecho como lesiones leves para no prolongar el tiempo que nos hubiera
correspondido por lesiones graves. Justo a los treinta días nos ordenaron regresar al servicio.
Sentí que nada de esto tenía que ver con mis aspiraciones profesionales y, a menos de un año
de aquel acontecimiento, pedí irme de baja. Dejé todo con mucho dolor, hubiera querido
terminar mi carrera, pero la incomprensión de mis jefes superó la vocación de servicio.

Por Igualdad, Legalidad y Fraternidad:

Hoy no pido nada en especial, solo reclamo el mismo derecho que les adjudicaron a las otras
víctimas de la represión. Nosotros, los que nunca estuvimos con el terrorismo de Estado,
somos tan víctimas como aquellos que desaparecieron sin ser juzgados. Nosotros, los que
nunca reprimimos a nadie, merecemos el mismo tratamiento de aquellos otros extremistas
que, aun enmascarados de héroes, robaron, secuestraron, asesinaron y se enriquecieron con
sus “botines de guerra”, mientras que el Estado trató de ignorarnos, metiéndonos en una
misma bolsa, por la cobardía de no reconocer que también fuimos víctimas de la dictadura y
hasta de los mismos extremistas, porque en definitiva, los de ambos bandos, tenían la misma
ambición mientras que a nosotros, trataron de borrarnos de la memoria y de la historia de las
víctimas inocentes. Éramos policías, no delincuentes. Tampoco atentamos contra las
instituciones democráticas y sin embargo, a quienes hicieron de un ideal político un delito, se
los galardonó y hasta los reconocieron con cargos de funcionarios en el gobierno más corrupto
de la historia argentina. No pido nada más que Justicia y la igualdad entre las víctimas
inocentes que reconocieron las organizaciones de DD. HH.

Pretendo que también se nos reconozca como martirizados, con el mismo tratamiento e
iguales privilegios aunque no estemos mezclados en una misma lista. Los que nunca robamos
ni matamos a nadie, somos pasibles de ser considerados con los mismos conceptos que
esgrimen las organizaciones de Derechos Humanos, del mismo modo y con el mismo
argumento con el que se considera a las víctimas de la dictadura militar.

Ni más ni menos, nuestras secuelas psicológicas, cicatrices y discapacidades, son tan sensibles
como las de aquellos a quienes se los usó políticamente como mártires de un Estado terrorista,
en el que nuestros ideales nada tuvieron que ver, porque también nosotros fuimos víctimas de
ambos terrorismos y se nos borró durante 40 años de los anales de una parte de la historia
argentina del siglo XX.

Por ello, nos sentimos en pleno derecho de reclamar Justicia, Verdad y Reparación.

Eduardo Jorge Arcuri

DNI 8.258.238