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BLOG DESPLAZAMIENTO FORZADO EN EL MARCO DEL CONFLICTO

ARMADO COLOMBIANO

Según Mc Donald (citado en Hewitt, Juarez, Parada, Guerrero, Romero, Salgado y


Vargas, 2016) los individuos en todo el mundo están en riesgo de sufrir situaciones
traumáticas a consecuencia de la violencia generalizada por enfrentamientos. Hecho que ha
sido definido por la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2002) como el empleo
intencional de la fuerza física o el poder, a través de las amenazas o prácticas hacia otro
sujeto o comunidad, con el propósito de ocasionar daño, muerte, trastorno psicológico,
expropiación, etc.

En este sentido, aunque los conflictos armados tienen diversas motivaciones


(económicas, culturales, políticas, etc.), todos sus actores pretenden el poder; circunstancia
que genera graves consecuencias tales como el desplazamiento forzado. Por consiguiente,
las Naciones Unidas han definido este fenómeno como individuos o grupos de personas que
se ven obligadas abandonar sus viviendas o sitios donde normalmente residen como
consecuencia de enfrentamientos armados o hechos de violencia (ONU, citado en Mendoza,
2012) y que además de afectar el bienestar material de las comunidades, frena tanto el
desarrollo personal como social de sus miembros (Serrano, citado en Mendoza, 2007).

Por su parte, algunas ONG consideran que este fenómeno se da como consecuencia
de un enfrentamiento armado debido a intereses de índole económico, social o cultural, etc.
que es usado como una estrategia para ejercer el control tanto de las regiones como de la
población, que además de impedir el progreso de las comunidades, incrementa las ganancias
de estos grupos y el desarrollo de grandes proyectos (Exodo, 1998,).

Según Bennett (citado en Jiménez y Soledad, 2008) los desplazados son individuos
expulsados de manera forzosa (por el gobierno que es el encargado de protegerlos), que se
trasladan de manera colectiva entre las fronteras de un territorio, convirtiéndose en arma para
los grupos insurrectos; a quienes se les hostiga y se les violan sus derechos.

En este orden de ideas, el desplazamiento forzoso tiene un gran impacto en los


diferentes contextos (políticos, social, cultural, familiar, etc.) por que constituye una
violación a los derechos humanos y al derecho internacional humanitario; según lo estipulado
en el art. 17 del Protocolo II de 1997 , donde se establece que no se puede exigir la expulsión
a la población civil por motivos de enfrentamientos armados, a no ser que sea estrictamente
necesario por razones de seguridad y si se diera este hecho, el gobierno en cuestión, debería
garantizar a estas víctimas, unas condiciones óptimas de albergue, salud, seguridad y
alimentación (Lozano y Gómez, 2004).

Según la Ley colombiana 387 de 1997 el desplazamiento forzado se refiere a la


movilización de un individuo o grupo de personas que se han visto obligados a dejar su lugar
de residencia, trabajo para establecerse en otra región del país, en razón a que les han sido
violado sus derechos o se encuentran amenazadas sus vidas, seguridad, etc. por
enfrentamientos armados u otras situaciones de violencia (Ruscheinsky y Baltazar, 2013).

En relación a este fenómeno, existen en la actualidad muchos países que se


encuentran en riesgo de un conflicto bélico, siendo la población civil la más afectada. Cerca
de 2.7 millones de individuos a nivel mundial son víctimas, la mayoría de ellos adultos
desplazados por problemas de índole político (Husain, citado en Hewitt, et al. 2016 ).

En lo que respecta a Colombia, éste ocupa el segundo lugar en el mundo


después de Siria donde existe la mayor cantidad de personas desplazadas, pues cuenta cerca
de 5,3 millones de desplazados internos que corresponde a una cifra acumulada desde 1985
hasta 2015, que han sido reconocidas en el Registro Único de Victimas por el gobierno
nacional. (El País, 2016). Sin embargo, esta circunstancia es difícil de identificar con
precisión (porque los gobiernos no desean reconocer esta problemática; porque estas víctimas
no quieren ser reconocidas; porque se trasladan constantemente de un lugar a otro o porque
se siguen contando como desplazados a individuos que ya han retornado a sus lugares de
origen) (Jiménez y Soledad, 2008).

Pero este fenómeno no es nuevo en nuestro país, según Casanova (citado en Mendoza,
2012) se ha presentado a lo largo de los años bien sea por causas ideológicas, Masacre de las
Bananeras, explotación del caucho, razones políticas, sociales. Así mismo, González, Murad,
Ibáñez y Moya (citados en Jiménez y Soledad, 2008) manifiestan que tanto funcionarios del
Estado como los grupos guerrilleros o paramilitares se han disputado ciertos territorios
nacionales por su gran riqueza minera o por ser lugares estratégicos para cultivos ilícito,
tráfico de armas, ingreso ilegal de moneda extranjera, entre otras.

Así mismo, el desplazamiento forzado individual o familiar, obedece a las amenazas


contra los parientes, el miedo ante los combates por encontrarse en medio del conflicto, las
masacres, los atentados contra la población civil, el temor al reclutamiento. Igualmente, los
daños contra la infraestructura de una región que puede ocasionar su aislamiento, ocasiona la
migración de comunidades enteras (Giraldo,2008).

Otra situación que ha generado desplazamiento en nuestro país, ha sido con ocasión
del desarrollo de grandes proyectos agrícolas por parte de empresas extranjeras y ante la
negativa de los pequeños campesinos a vender sus tierras; éstas han contratado a grupos al
margen de la ley para forzarlos abandonar sus tierras, comprándolas posteriormente a precios
irrisorios ( Vono, 2002). Igualmente, este fenómeno se produce también como consecuencia
de los combates armados, porque no existe una protección adecuada del estado para
garantizar la vida de sus ciudadanos.

En la actualidad, se presentan otros tipos de desplazamientos que consisten en forzar a


los individuos a permanecer en el lugar de origen y a dedicarse a sembrar cultivos ilícitos; los
denominados “paros armados”, donde cercan a las comunidades y generan graves problemas
por escasez de alimentos, combustibles, etc.; el desplazamiento intra-urbano que consiste en
coaccionar algunas familias a otras regiones del país por el dominio de ciertos grupos en
determinados sectores de la ciudad; desplazamientos eventuales entre zonas rurales de una
misma ciudad o expulsión de poblaciones enteras (ésta última bajo la vigilancia de estos
grupos) (Torres, 2011).

Ahora bien, los individuos desplazados por la violencia sufren habitualmente el terror
de la huida desesperada al marcharse con el propósito de librarse de la muerte o las amenazas
frecuentes de estos grupos que han invadidos sus tierras, sometiendo a la población a toda
serie de atentados contra su vida, libertad personal y derechos. Circunstancia que a lo largo
de los años se ha ido incrementando vertiginosamente, debido a las amenazas directas o
indirectas, estas personas se han visto obligadas a dejar sus tierras, desvincularse de sus
amistades con el fin de rehacer su vida y la de sus familias. (Lozano y Gómez, 2004).

Aunque estos desplazamientos se venían realizando desde hace muchos años y a pesar
de las denuncias efectuadas tanto por la iglesia como algunas ONGS de derechos humanos en
razón a los hechos de violencia que estaba viviendo el país desde hace tiempo, esta situación
se mantuvo siempre en silencio por los gobiernos de turno y la atención de esas víctimas
estuvo en un principio a cargo de entidades no gubernamentales. Posteriormente, gracias a
las denuncias de la Conferencia Episcopal en 1995 y a la presión internacional por las
diversas masacres en diferentes regiones del país, que obligaron al gobierno enfrentar este
fenómeno (Morales, Muñoz, Ghiso, Tobón, Patiño, 2011).

Según AMR (2009) el gobierno de turno manifiesto que en nuestro país no existía
ningún tipo de conflicto armado. Sin embargo, los desplazamientos forzados eran una clara
evidencia de esta situación. Precisamente, la organización de derechos humanos Consultoría
para los Derechos Humanos y Desplazamiento (CODHES), indicó que una cifra mayor de
380.000 individuos se vieron avocados a salir de sus tierras por los enfrentamientos entre los
grupos insurgentes y el gobierno nacional. Por su parte, un habitante del Caquetá, manifiesto
en el 2008: “Hay enfrentamientos entre guerrilla y ejército nacional [...] La guerrilla y el
ejército dicen a la gente que se vaya, que habrá enfrentamientos [...] Llega la guerrilla y dice
“hágame el favor”, si no uno tiene que irse. El ejército hace lo mismo. En este momento yo
considero que el gobierno promete cosas que no cumple. Ambos son malos”

Igualmente, los medios de comunicación se han ocupado emitir noticias donde no se


vislumbra verdaderamente la dimensión del conflicto armado que se ha dado en Colombia
durante décadas. Hecho que hace percibir una mentira a gran parte de su población, quien
considera que se vive en un país democrático y próspero y no le dan un verdadero
significado sobre los acuerdos de paz (Álvarez ,2015).

Por otra parte, los distintos actores del conflicto armado colombiano han utilizado a
través del tiempo, métodos similares contra sus enemigos, simpatizantes y cada uno acusa al
otro con relación a la violación de los derechos humanos y defienden sus actos desde su
punto de vista. A su vez, generan un gran miedo y desconfianza entre los miembros de una
comunidad determinada por cuanto no saben cómo actuar ante estos grupos y por el temor a
ser asesinados por ser considerados informantes (Schlenker y Iturralde, 2006).

Según Andrade (2010), en nuestro país, existen 3´303.979 individuos


desplazados, de los cuales el 48,3% corresponde a mujeres, quienes han sido obligadas a
dejar sus lugares de origen debido a la desaparición o muerte de sus esposos o hijos,
separación familiar. Así por ejemplo, en el año 2009, 18.452 de ellas, huyeron debido al
hostigamiento, amenaza y explotación de los grupos armados. Así mismo, tanto las mujeres
como los niños de las distintas regiones del territorio colombiano (sin distingo de etnia,
cultura, religión) están expuestos a ser reclutados o abusados sexualmente, ocasionadores
graves efectos sobre su salud tanto física como psicológica.

Otros autores manifiestan que del total de los desplazados, el 53% corresponde a
mujeres, quienes son sometidas abusos sexuales o son usadas como arma de guerra; hecho
que ha incrementado el reclutamiento forzado de niñas que son obligadas a convertirse
tempranamente en amantes, empleadas, soldados, violentando su dignidad y afectando
seriamente tanto su seguridad familiar como sus creencias y condición sexual. (SIPOD,
citado en Andrade, 2010).

Esta nueva condición de desplazamiento , genera una incertidumbre en las


victimas con respeto a su futuro laboral, educativo y relaciones familiares, suscitando una
inseguridad que afecta significativamente su proyecto de vida y en ocasiones hace un difícil
manejo de esta situación, en razón a que se ven sometidas a modificar su actividades
laborales, radicarse en sitio ajenos y a someterse a un sinnúmero de adversidades; al cambio
de sus costumbres: Desarrollando un constante temor que deriva en una desconfianza hacia
las personas cercanas y hacia sus nuevos vecinos o extraños, lo que constituye un mecanismo
de defensa para evitar ser atacados o discriminados. Así mismo, se ven obligados en muchas
oportunidades, a cambiar su rol en la sociedad y en la cultura lo que también produce un
cambio de actitud y de expresión de sentimientos (Lozano y Gómez, 2004).

En cuanto al orden familiar, esta violencia fragmenta las relaciones


tradicionales, instituyéndose otra forma de poder y sometimiento que pretende involucrarse
dentro de los hogares, lo que obliga a las familias a cambiar temporalmente sus roles
habituales en la sociedad (como son la crianza de los hijos, las actividades domésticas y de
producción económica, entre otras) como una alternativa para enfrentar estas situaciones de
violencia y para subsistir a pesar de los asesinatos selectivos, reclutamientos forzados,
combates, despojo de tierras, etc. Desafortunadamente, este cambio propende a continuar
debido a la inseguridad del medio, lo que produce una recarga en el aspecto tanto afectivo
como económico (Cifuentes, 2009).

Todos estos hechos de violencia se clasifican en delitos contra la vida, libertad


y la seguridad que han ocasionado una verdadera crisis a nivel humanitario y de derechos
humanos, en diversas comunidades colombianas. Estos daños son de tipo tanto afectivo,
psicológico como moral, políticos y socioculturales (Hewitt, et al. 2016).

Pero es que esta problemática tiene una grave implicación en la salud mental
de las víctimas que ante todos estos hechos de violencia se ven expuestos a desarrollar
diversos traumas que dejan una profunda huella y que en ocasiones provocan el consumo de
alcohol o sustancias sicoactivas, aislamiento social, depresión aguda, alteración en las
relaciones familiares, laborales y sociales (CODHES, 1995). Igualmente, McDonald ( citado
en Hewitt, et al. 2012), señala que el enfrentamiento armado ocasiona problemas de índole
físico, mental y emocional en todos los actores de estos hechos que afecta la salud psíquica
no solo de manera inmediata sino también en el futuro, pudiendo ocasionar efectos graves en
todos los ámbitos de la vida, desde trastornos mentales crónicos (en el cual el individuo
manifiesta síntomas de malestar físico, pero sin una causa orgánica) hasta problemas de
comportamiento como es el caso de evasión de la realidad (en donde el individuo no tiene
una explicación acorde con lo que vive, pues no tiene las herramientas para afrontar esta
situación traumática).

Otro hecho es el gran riesgo en que viven muchas de estas comunidades que se
encuentran en regiones aisladas, donde no existe ninguna presencia del estado y donde se
encuentran en medio del conflicto, además porque tienen familiares jóvenes que son
apetecidos por estos grupos; evento que genera en estas víctimas sentimientos encontrados
frente a estos actores del conflicto (en razón a que no saben cómo actuar para salvar sus
vidas).
Entre las afectaciones que se derivan de este hecho se encuentran el estrés
postraumático, ansiedad y depresión; ideas suicidas, ataques de pánico, consumo de drogas.
Así mismo, desmejoramiento de la calidad de vida de los individuos, alejamiento en las
relaciones tanto sociales como familiares, cambio de roles en la familia y extinción de
costumbres. Pero es que los desplazados se ven sometidos a diversas situaciones estresantes
antes, durante y después de la migración, originándose por la presión a que se deben someter
para asumir los nuevos estilos de vida, los sentimientos de rechazo o discriminación por parte
de las de las comunidades a donde llegan.

Según Baró (1988) se considera un trauma psicosocial toda afectación


ocasionada por un hecho de violencia al que ha sido sometido un individuo ante un
acontecimiento violento prolongado, circunstancia que se manifiesta de manera singular en
cada sujeto de acuerdo a los experiencias vividas.

En relación con los traumas psicológicos que afectan a los desplazados, Bernal (2009)
señala que cualquier tipo de violencia puede ser transmitido de padres a hijos que se
identifican con esta o que la rechazan impasiblemente a través del sometimiento. Toda serie
de eventos (rupturas, daños, abandonos, pérdidas de seres queridos, pánico, ansiedad,
carencias materiales, etc.) provocan en estas familias un gran sentimiento de frustración y
donde siempre están evocando situaciones placenteras pasadas y que no tiene relación con la
cruda realidad presente, en razón a que ésta les produce dolor y terror por la violencia
experimentada ( Pécaut, citado en Andrade, Angarita, Perico, Henao y Zuluaga, 2011).

En cuanto a los daños que produce este tipo de violencia en la familia desplazada a
nivel individual o colectivo, Andrade, Angarita, Perico, Henao y Zuluaga, (2011), señalan
que el hecho de ser testigos de tantas crueldades en el contexto del conflicto armado, donde
se debe coexistir en medio del silencio, la frustración, agresividad y el signo que implica el
dolor de evocar hechos dolorosos; el temor de hablar sobre estas situaciones que ocasionan
pavor, inseguridad, entre otras, cada vez que se mencionan. Por lo cual Baró (1998)
manifiesta que la violencia en este estado de estrés surge como una alteración del
comportamiento agresivo, el cual significa constantemente la presencia de una frustración, al
mismo tiempo que siempre que hay una frustración se produce una agresión. En este
sentido, muchos padres son agresivos con sus hijos debidos tantos a las innumerables
frustraciones o ansiedades que han vivido, hechos que en algunas ocasiones son percibidos
por los niños como justificados.

Según Andrade y Cols (citados en Andrade, Angarita, Perico, Henao y Zuluaga, 2011)
entre los traumas de guerra a que se ven sometidos los niños de familias desplazadas, se
encuentran trastornos psicológicos (agresividad, inseguridad, estrés, timidez, reacciones
inesperadas, baja autoestima, dificultades para interrelacionarse, etc.) debido al contexto de
violencia y vejaciones en que se encuentran.

Por otra parte, el desplazamiento forzado también tiene repercusiones de


carácter mixto sobre las poblaciones a donde llegan estas víctimas, en razón a que
constituyen mano de obra barata en los diferentes sectores de la economía; al mismo tiempo
que se incrementan la delincuencia, los robos, asaltos en las calles, mayor adquisión y venta
de drogas.

Desafortunadamente en nuestro país existen algunos hechos que contribuyen al


incremento de este flagelo como son la falta de las fuerzas armadas en algunas regiones, el
incremento de los grupos al margen de la ley. A pesar que desde hace algunos años se han
venido desarrollando una serie de políticas por parte del gobierno nacional para contrarrestar
esta problemática, estas no han sido del todo satisfactorias, circunstancia que se evidencia
ante el incremento acelerado que ha tenido el desplazamiento en los últimos años y las
situaciones precarias y de vulnerabilidad en que se encuentran los desplazados que han
decidido retornar después de algún tiempo a su lugar de origen, esto sumado a lo prolongado
de este conflicto ha creado una percepción de incredulidad en las victimas de desplazamiento
en relación con el gobierno (al considerar que no se les han brindado las garantías necesarias
para defender sus derechos), su ineficiencia., desinterés en la solución de esta situación de
violencia. Así mismo, algunos de estos pobladores se enrolan en las filas de los grupos
insurgentes ante las falsas promesas de una vida mejor y como solución a sus problemas
económicos.

Atendiendo al concepto de Baró sobre las nefastas consecuencias que produce la


violencia sociopolítica en las relaciones sociales, en razón a que estas corresponden a la
plataforma donde nos construimos tanto como individuos como sociedad, este trauma que
afecta de manera significativa salud mental, se hace necesario la intervención de la Psicología
social sobre este contexto, de manera que a través de su comprensión pueda elaborar unas
adecuadas tácticas para atender a estas personas que han sido víctimas de este flagelo,
considerando la situación no como un hecho individual sino como una circunstancia que
afecta a una comunidad bajo unos condiciones sociales, económicas y políticas específicas.

El concepto de polarización social es claro y aplicable a esta problemática del


desplazamiento forzado; ya que logra establecer como en la sociedad se logra fragmentar el
tejido social, lo que conlleva a la legitimación, al ejercicio y naturalización de la violencia, es
decir que todo esto implica que, dentro de los imaginarios colectivos, se logre asumir como
natural, habitual o normal, lo que no es, lo que no debería ser. Frente a todo este proceso que
emerge del desplazamiento forzado, y todos los elementos que en el suscitan, como la
agresión, la destrucción material que estos sufren o también de manera simbólica, se
transforma la convivencia de la violencia en lo cotidiano y en ese proceso de internalización,
se perturba tanto las relaciones sociales, como la identidad del mismo individuo
(Lozada,2004).

La legitimidad, aplica no solo en los contextos donde el desplazamiento forzado


ocurre o donde se hace más evidente, sino que se presentan en todos los espacios sociales,
donde a aparentemente, no se encuentran tan visibilizado. El recurso de la violencia se
legitima, como un modo de poder y control social, convirtiéndose la guerra, el conflicto
armado u otras manifestaciones de violencia, como un fin en sí misma y el desplazamiento
forzado, como una de las tantas consecuencias de estas dinámicas que se van generando a
partir de las mismas (Lozada,2004).

La polarización es visible, cuando la postura de un determinado grupo, supone la


referencia no positiva, a la postura del otro grupo, el cual es percibido finalmente como
enemigo. Esta dinámica compleja, en donde algún grupo familiar o integrante del mismo,
tenga acercamiento del algún tipo hacia algún grupo en específico, no solo va a crear el
alejamiento hacia otros grupos que se encuentran al margen de la ley, sino también su
rechazo o repercusiones que conllevan entre otras cosas a que se origine el desplazamiento
forzado (Lozada,2004).
La prolongación de la guerra y sus manifestaciones, como es el caso del
desplazamiento forzado, supone entre comillas, la normalización de las dinámicas que se
establecen, en las relaciones sociales, que son deshumanizantes y que repercuten de forma
impactante en las personas tanto dentro de su estructuración mental como desde el
desgarramiento somático, afectando así, la percepción de su propia identidad. Lo más
relevante (preocupante), de todo es como la sociedad se va formando dentro de este contexto,
como se va asumiendo de manera connatural, el desprecio por la vida humana, en donde se
concibe que la ley del más fuerte, es la que debe prevalecer, es la que suscita el criterio
social, lo que ayuda entre otras cosas a perpetuar la guerra, tanto de manera subjetiva como
de forma objetiva, lo que mantiene entre otros elementos, el ejercicio del desplazamiento
(Baró,1988).

Frente a esta problemática del desplazamiento forzado, la tarea psicosocial es


insuficiente, ya que la psicoterapia, tanto a nivel grupal o individual, no va a tener el mismo
impacto, mientras no se genere de forma significativa, un cambio relevante en las relaciones
sociales, es decir; de forma estructural, interpersonal y grupal (Baró,1988).

Es necesario y fundamental, iniciar una desideologización, despolarización y entre


otras cosas, un trabajo que logre sanear, las relaciones sociales, que ayuden y permitan a los
sujetos, elaborar su historia dentro de un contexto interpersonal distinto al que viven
actualmente, trabajando así en pro a la creación de un nuevo marco de convivencia, donde se
evidencie un esfuerzo por educar la razón y no generando el accionar desde la fuerza, de tal
manera que la complementariedad en la convivencia, se funde con el fin de resolver los
conflictos y no en establecer una violencia impositiva, frente a otras alternativas (Baró,1988).

El desplazamiento forzado, no es un fin en sí mismo, este por el contrario es la


consecuencia nefasta de todos los elementos que se derivan de la guerra, del conflicto
armado, entre otros; y que la retroalimenta, bajo hilos visibles e invisibles a su vez, que se
arraigan a los imaginarios colectivos de manera directa e indirecta (Baró,1988).

Le corresponde entonces al psicólogo social abordar este trauma psicosocial que ha


creado en estos individuos a consecuencia de los frecuentes hechos de violencia a que han
sido sometidos y que han influido notablemente en su forma de percibir la realidad, de
manera que tengan herramientas para poder analizar, rechazar todas estas prácticas violentas
que van en contra de la dignidad del ser humano y que por haber sido experimentados durante
mucho tiempo, tienden a ser considerados como naturales y pueden ser trasmitidas a otras
generaciones. Igualmente, este especialista debe realizar un trabajo arduo, en razón a que
problemática que se ha instituido en algunas individuos y que hace difícil su manejo; se
debe entonces realizar programas tendientes a reafirmar la identidad de las comunidades; de
manera que estas personas adquieran seguridad, confianza, puedan expresarse libremente,
interactuar con otros; participen en las diferentes actividades, de manera que le den sentido a
su existencia y puedan por sí mismos, más adelante encontrar soluciones a sus problemas.

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