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PAZ EN LA MENTE.

PAZ EN EL CORAZÓN

Dejó la ciudad un viernes a mediodía. En las afueras se detuvo en una


estación de gasolina y le pidió al empleado que llenara el tanque de
la camioneta, una Cherokee negra de doble tracción. Lo observó en
silencio y también en silencio pagó el servicio.
Unos segundos después, retomó la cinta asfáltica, se arrellanó
en el asiento, ajustó el espejo retrovisor, suspiró profundamente, y
pisó el acelerador hasta que la aguja registró 85 km/h. No era una
velocidad alta; calculó que a esa velocidad le tomaría alrededor de 35
minutos llegar al entronque con la carretera que lo llevaría a su
destino final. No se equivocó. Cuando advirtió las primeras señales,
aminoró la velocidad hasta el mínimo indicado, tomó la desviación y
continuó por la nueva ruta.
El camino se extendía como una cinta recta por cinco
kilómetros antes de perderse en un lomerío cubierto con cactáceas y
escasos matorrales casi secos. Sabía que después de la cresta la
carretera se extendía otra vez en línea recta por diez kilómetros antes
de emprender un ascenso sostenido por serranías cubiertas de
monte bajo. Y que más adelante el camino se empinaría al remontar
cerros más altos cubiertos de coníferas.
Esa parte del trayecto era el que más y mejor había disfrutado
siempre. Ese tramo era sinuoso y con frecuencia trascurría en crestas
montañosas que dejaban ver desfiladeros que se hundían muchos
metros allá abajo.
Le gustaban las hondonadas y cañadas: cada que podía se
detenía a contemplarlas: lo anegaba entonces una sensación de
soledad que lo hacía encontrarse consigo mismo y sus recuerdos. Con
los buenos recuerdos, desde luego. Porque los había también malos,
como él bien lo sabía.
Un bostezo repentino le llenó de aire los pulmones. Bostezaba
con frecuencia, sobre todo desde que tomó la decisión de emprender
el viaje. No porque tuviera sueño: había otras razones que él conocía
muy bien.
Iba solo. Para la tarea que tenía en mente no requería
compañía. Más todavía, sabía que le estorbaría. Creía que en la vida
hay empresas que uno debe realizar solo. Y la que lo llevaba entonces
era de ese tipo.
En un divisadero aparcó el vehículo, apagó el motor y
descendió. Cerró la portezuela sin mirar y se acercó al barandal: era
de tiras metálicas macizas. Puso las manos en el borde, echó el
cuerpo ligeramente al frente, como para ganar distancia, miró a lo
lejos, a los paredones pétreos del otro lado, luego hacia abajo, hasta
el fondo del cañón, y recorrió con la vista lentamente el hilo de agua
que se deslizaba con suavidad por entre piedras y mantos de arena
repartidos sin concierto como manteles dispuestos sobre el césped
en día de campo.
Por un momento sintió en las manos el frío del torrentillo y
sonrió para sí mismo. Sólo él sabía por qué. Tal vez la memoria le
había llevado recuerdos de sus años infantiles cuando recorría
aquellas hondonadas en los periodos vacacionales que solía pasar en
compañía de sus padres y hermanos.
Despegó los ojos del fondo y miró a los lados. El cañón se
extendía por kilómetros a derecha e izquierda. El plan yacía a tal vez
ciento cincuenta o doscientos metros.
Fue ahora la imaginación la que copó su mente: como una
película que transcurriera ante sus ojos vio a los animales que hacían
su vida en aquellos montes húmedos, sombríos y calurosos. Jabalíes,
venados, mapaches y una gran variedad de pájaros y aves.
¡Ay aquellas excursiones de cacería en compañía de sus padres
y hermanos! De cacería ecológica, como solían decir, ya que consistía
en la toma de fotografías y películas.
Volvió al carro y de la guantera extrajo un encendedor y un
paquete de cigarrillos. En realidad, no fumaba, pero traía siempre con
él un encendedor y una cajetilla por lo que se pudiera ofrecer. La caja
estaba intacta. La abrió y la golpeó contra el puño izquierdo hasta que
los primeros cigarrillos asomaron sus caritas rubias. Tomó uno, lo
llevó a la boca y hubo de retirarlo porque el papel se le pegó en los
labios. Los humedeció y lo volvió a la boca. Disparó el encendedor,

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llevó la llama al cigarrillo, aspiró profundamente y luego con fuerza
expelió el humo que se perdió en un instante llevado por el viento.
Dio dos o tres chupadas, arrojó el cigarrillo al suelo, lo aplastó con
movimientos giratorios del zapato y se aseguró de que la pavesa
estuviera apagada.
La nicotina que le inundó la sangre le produjo un mareo
repentino. Se recargó en la trompa del carro, descansó la barbilla en
el hueco de la mano izquierda, miró al piso con mirada ausente como
si estuviera frente a una mortificación que lo mantuviera inquieto.
Enseguida, se enderezó, lanzó como al desgaire una mirada a la
cañada, como si quisiera despedirse, volvió lentamente al carro,
encendió la máquina y reanudó el camino.
La carretera se repetía monótonamente: una sucesión
interminable de curvas entre laderas y el bosque denso. Pinos,
encinos, robles y otras malezas y árboles anónimos. A media tarde
llegó el pueblo de su destino. Paró en la gasolinera y pidió al
despachador que llenara el depósito del gas. No habló mucho. Se
sabía observado, pero se hizo el disimulado.
Aunque habían transcurrido varios años desde su última
estadía por aquellas tierras, temía que alguno lo pudiera reconocer;
para evitar el riesgo no entabló conversación con nadie. No quería
contestar preguntas. Se movió hacia la tienda cercana y compró
algunas cosas menores. Pilas para una lámpara, agua mineral,
chocolates, repelente para mosquitos, algunas frutas, café, galletas.
Pagó en silencio y en silencio abordó el todoterreno y continuó
el camino. Diez minutos después dejó el poblado y se internó en el
bosque por un camino de terracería. Con disimulo, observó por los
espejos retrovisores para asegurarse de que nadie lo había seguido.
El camino era sumamente irregular.
La Cherokee daba tumbos y por momentos parecía que perdía
el control. Aferró el volante y disminuyó la velocidad. Las condiciones
del camino lo obligaron a marchar casi a vuelta de rueda. Era evidente
que poca gente se aventuraba por aquel remedo de camino.
La ruta le era conocida. Años atrás la había recorrido muchas
veces cuando pasaba estancias en la cabaña que la familia tenía en

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un lugar escondido del bosque. Llegó a un punto de bifurcación y
tomó el ramal de la derecha. Pronto el camino se empinó
violentamente y se hizo aún más abrupto. Más que camino parecía
un sembradío de piedras afiladas. Por momento temió que una laja
rompiera una llanta. Se le enchinó la piel al imaginar lo que tendría
que hacer. Nada pasó. Afortunadamente.
Veinte minutos después empezó el descenso hacia un valle
escondido en el bosque. Había sólo tres casas que años atrás habían
hospedado a amistades de sus padres. Sabía que habían
desaparecido y que otras personas, a quienes no conocía, las
ocupaban ahora. Las huertas de manzanos, duraznos, albaricoques y
otros frutales lucían sin embargo tan frescas y bellas como en
aquellos tiempos. El mismo arroyito partía el vallecito por en medio.
Al llegar el caserío, unos perros de gran alzada le salieron al
paso, pero no se detuvo. Un viejo setentón asomó su cabellera blanca
por un ventanuco de madera; sin detenerse, se limitó a saludarlo con
un movimiento de mano. Traspuso las casas con la seguridad del que
conoce el camino y la zona y continuó el ascenso.
Caía la tarde cuando llegó a su destino. En la cercanía de la que
había sido la casa de descanso familiar, tomó una desviación que
llevaba a lo más alto de la serranía. Paró el carro al abrigo de un viejo
encino y continuó el camino a pie.
Empezaba a pardear. Llevaba con él una mochila de montaña
y unos tendidos. El camino era una vieja guardarraya maderera en
desuso. Era evidente que nadie había caminado por ahí en muchos
años. ¿Por qué habrían de hacerlo?
Cuando lo tuvo enfrente, se detuvo. Lo miró en silencio. Con
respeto. Con temor. ¿Por qué no decirlo?: Casi con miedo.
Lo miró con la aprensión que había anidado en su corazón
desde siempre, desde la niñez lejana. Sin dejar de mirarlo, descolgó
de los hombros la bolsa de montaña y la depositó suavemente en el
piso rocoso. Lo hizo en silencio. Porque no tenía nada que decir ni a
quién decírselo.
El árbol lucía igual. Majestuoso.

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Como entonces, sus brazos se extendían varios metros lejos del
tronco. Diez, tal vez quince. Él siempre había pensado que el árbol
era dos veces centenario. El tronco era grueso, ligeramente
retorcido; se levantaba muy cerca de la orilla de un barranco y una
de sus ramas se extendía en el vacío.
Se estremeció al mirarla.
Por un momento, pasó por su mente la idea de desandar el
camino, de regresar por donde había llegado, de volver hasta la
seguridad de la ciudad de donde había partido. Así parecía decirlo la
respiración violenta y entrecortada que de improviso le agitó el
pecho. Sintió las manos húmedas. Y un ostensible temblor en las
rodillas. Unas gotas de sudor resbalaron lentamente por la espalda.
Apartó la mirada del árbol y se inclinó hacia la bolsa. Con un
movimiento firme, como para aparentar valor, abrió el cierre y
empezó a sacar el contenido. Las cosas que había comprado en la
tienda de la gasolinera en primer lugar. Luego los artículos que había
traído con él desde que iniciara el viaje. Desamarró una colchoneta y
la extendió sobre la grama, aunque no se retiró sobre ella, sino que
prefirió sentarse a un lado en una piedra grande que había acercado.
Destapó el termo y sirvió un poco de café. Humeaba cuando se llevó
el vaso a la boca; el vaporcillo se le introdujo en la nariz y le
humedeció ligeramente el rostro. Mordisqueó una galleta y apuró el
bocado con un trago de café.
La tarde había caído y las primeras sombras de la noche se
insinuaban. De repente, un vientecillo frío se llegó al paraje. Las
ramas de los árboles respondieron a su influjo, moviéndose de un
lado a otro como en un bailecillo lento. Le acarició el rostro y hubo
de frotarse los brazos para contrarrestar el fresco. Enseguida buscó
en la mochila una chamarra ligera que había llevado con él en
anticipación de esa contingencia. Con movimientos rápidos y sin
pararse se la puso. Estiró las piernas y de inmediato las recogió e
irguió el cuerpo. Tomó conciencia de que estaba nervioso y recordó:
― Le tienes que hacer frente. Es la única forma. Si no lo haces,
nunca vas a recobrar la paz.

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Por eso estaba ahí. Para recobrar la paz que había huido de su
mente y de su corazón quince años atrás, cuando apenas tenía doce
años de su edad. Se sumió en sus recuerdos, dobló las rodillas, entre
cruzó las manos y recargó el rostro en ellas. Así permaneció un rato.
Luego llegaron a sus oídos los cantos de un ave nocturna nativa de
aquellas tierras, llamada corcoveo por los naturales del lugar. Era un
ave huidiza. Todos conocían su voz, pero al decir de los vecinos nadie
la había visto. Aunque todos hablaban de sus hábitos, de su forma y
su color. Fue por eso por lo que sus hermanos y él habían decidido
espiar al pájaro hasta lograr verlo. Se habían preparado para ello.
Desde que se anunció el viaje a la cabaña se agenciaron los
medios que estimaron necesarios para realizar la hazaña. Habían
concluido que no sería una labor fácil de realizar ya que si nadie había
podido ver al pájaro misterioso era porque el animal era sumamente
cuidadoso de dejarse ver. Cada uno de los aventureros hizo un
tambache: una colchoneta, un termo de café, galletas, un
emparedado y unos gemelos de visión nocturna.
Durante el día los muchachos recorrieron los alrededores de la
cabaña y seleccionó cada uno el lugar donde establecería el
campamento para localizar al pájaro. Los días previos habían ubicado
los puntos del bosque donde el ave parecía posarse para emitir su
canto.
Próximo el anochecer, con las últimas luces de la tarde
emprendió cada uno el camino hacía en lugar que había
seleccionado. Por eso él estaba en ese lugar, justamente el que había
escogido para emprender la nocturna aventura. Recordó como si lo
estuviera viviendo otra vez.
Con la noche encima, se escuchó el canto del pájaro.
Pero no allí, donde se hallaba, sino un centenar de metros más
arriba en la montaña. Supuso que a pesar de que se había escondido
tras unos matorrales, el mismo en que ahora se encontraba, el ave lo
había descubierto y que había decidido guardar distancia.
Sin embargo, no se desesperó y aguardó a que el ave retornara
a su querencia. Se atochó tras el matorro y se hizo la promesa de no
hacer ruido. Sin embargo, parecía que el animalillo había enmudecido

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completamente. Como si hubiera decidido desaparecer. Convencido
de que así había sido, decidió renunciar a su aventura y retornar a la
seguridad de la cabaña. Sin embargo, hubo de desistir de su decisión
porque a sus oídos llegaron unos ruidos inesperados. Y unas luces que
aparecían y desaparecían entre los árboles y arbustos, desvaídas
primero y luego más y más intensas. Procedían del lado contrario del
camino que lo había llevado al punto de observación.
Pronto se esclareció el misterio: hasta donde se hallaba arribó
un vehículo de motor. Por la forma de las luces comprendió que se
trataba de un Volkswagen. Se detuvo, pero mantuvo las luces
encendidas, dirigidas hacia el encino. El árbol acusó la iluminación y
adquirió un aspecto espectral, sobre todo las ramas que parecían
brazos extendidos a la caza de quien sabe que cosa.
Del carro bajaron cuatro hombres y se dirigieron al árbol. Su
andar lucía atropellado, justamente como el que hacen varias
personas al caminar juntas al mismo tiempo en un camino angosto.
Uno, el que caminaba al frente, portaba una lámpara sorda que
iluminaba el sendero. En la otra mano llevaba una bolsa larga, como
de ixtle.
Intrigado, se agazapó en el matorral tratando de pasar
desapercibido.
Sintió miedo. Un miedo escalofriante. Que se le metió en el
cuerpo y le hizo sentir un frío paralizante.
A poco se dio cuenta de que uno de los hombres estaba
amordazado y atado a la espalda por las manos y que los otros dos lo
sujetaban por los brazos y lo llevaban casi en vilo.
Hasta entonces nadie había hablado. O al menos, no había
escuchado sus voces. De repente, el hombre prisionero empezó a
gemir. Como presintiendo una desgracia.
El hombre de la bolsa extrajo una cuerda y la arrojó sobre la
rama del encino que pendía sobre la barranca. Con la ayuda de una
vara que apareció de pronto en sus manos como por arte de
prestidigitación, recuperó el extremo libre y lo juntó con el que había
mantenido en las manos. Con gran habilidad hizo un lazo corredizo y
lo puso en el cuello del prisionero.

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Consciente de su suerte, éste gemía con más fuerza que antes
y luchaba por liberarse de sus captores. Sin embargo, éstos lo
mantenían tan fuertemente por los brazos que no podía escaparse.
En un esfuerzo por liberarse, se tiró al piso y pataleó tratando de
tirarlos. Pero fue inútil. Con un tirón fuerte lo levantaron y lo sentaron
en el suelo. Luego habló el hombre de la bolsa. Le dijo:
― Vas a pagar por lo que hiciste. Aunque lo sabes bien, te lo
voy a recordar. Para que no te quede duda alguna de por qué vas a
morir. Hace trece años mataste a nuestro padre. Lo mataste a
traición. Lo cazaste, como a un animal del monte. Por la espalda. Para
robarle. Para robarle el producto de la cosecha que ese día había
vendido. No tuviste el valor para matarlo de frente. Era un hombre
grande. Un hombre bueno. Un hombre de trabajo. Le disparaste y
cuando lo viste tirado te acercaste y tomaste el morral donde llevaba
el dinero. Y abandonaste su cuerpo, allí, en medio del camino, como
se abandona a una alimaña cualquiera. Lo encontramos entrada la
noche cuando fuimos a buscarlo porque no había llegado a la casa a
la hora en que debía llegar. Lo velamos y le dimos sepultura.
Sospechamos que tú lo habías matado porque al día siguiente se te
vio en una cantina jalando la música, bebiendo cerveza, rodeado de
mujeres y de los gorrones que nunca faltan. Tuviste suerte. Porque
alguien te advirtió que íbamos por ti y escapaste al Norte. Pero
sabíamos que volverías. Porque todos vuelven. Y decidimos
esperarte. Y juramos que te mataríamos. No perderíamos el tiempo
entregándote a la justicia. La justicia la haríamos nosotros. Por eso
estás aquí. Para que pagues con tu vida la vida que tomaste. Te
hemos traído hasta este lugar apartado para que nadie encuentre tu
cuerpo. Serás comido por los cuervos y los buitres. Y tus huesos
caerán al fondo donde se pudrirán como sucede con la hojarasca y la
maleza muerta.
El hombre había hablado con voz serena. No había en su voz
odio ni coraje. Había seguridad. La que da la convicción de que se está
haciendo lo debido. Luego, en unos instantes, como en un acto mil
veces ensayado, los hombres que lo habían tomado por los brazos lo
levantaron con gran fuerza mientras que el de la cuerda al mismo
tiempo jalaba de la misma con violencia. Unos gemidos sordos,
roncos, profundos, desesperados, que denunciaban el miedo que lo

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había atrapado salieron de su boca muda cuando fue levantado del
suelo y lanzado hacia el abismo. Unos segundos después, el cuerpo
se sacudía furiosamente con los estertores de la muerte. Cuando ésta
lo alcanzó, el cuerpo adoptó un ligero movimiento pendular, como el
que hacen los objetos suspendidos al ser movidos por el viento. Sin
decir palabra, en silencio, como habían llegado, los hombres
emprendieron el regreso.
No se percataron de la presencia del chamaco porque estaba
oculto en el matorral y el miedo lo había paralizado. Cuando se pudo
mover, recogió la lámpara y a tropezones tomó a su vez el camino a
la cabaña.
Al día siguiente, el padre dio parte a las autoridades. Les dijo
que por la mañana al salir a caminar por el bosque como
acostumbraba a hacerlo antes del desayuno vio al colgado. No
dudaron de su dicho. Previamente, había recogido los objetos que el
chico había dejado y había borrado cualquier evidencia de su
presencia en el lugar la noche previa.
Dos días después la familia volvió a la ciudad. Traspasaron a
otra familia la cabaña y nunca más volvieron. Cambiaron de ciudad,
siempre tratando de que aquel trauma que había atrapado al chico
desapareciera de su corazón y de su mente. Pero nunca había podido
encontrar la cura. Las imágenes de las escenas que había visto
estaban prendidas en su mente.
En las noches, sobre todo, durante el sueño, las imágenes
volvían como pesadilla robándole el descanso. Y en la vigilia también.
Nítidamente pasaban como en una película en blanco y negro cada
uno de los hechos que había vivido aquella noche infausta.
Recibió el consejo: “Tienes que hacer frente a tus pesadillas.
Tienes que volver y mirar aquel paraje. Tienes que revivir el shock.
Para que ya no tengas que huir de él y que te deje en paz.”
Por eso estaba allí. Había venido a encontrarse con sus
fantasmas.
Era de noche, como aquella vez. Ahí estaba él. Y el viejo encino
también. A la orilla del barranco. Con sus ramas amplias y frondosas
como enaguas de matrona antigua. Y ahí estaba asimismo la rama

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que había sostenido al hombre muerto. Como entonces. Como si
nada hubiera cambiado. Como esperándolo a que volviera.
Escuchó en su memoria otra vez la voz del verdugo dictando
sentencia de muerte. Y los gemidos del sentenciado. Y el ruido que
hizo el cuerpo al ser izado con la violencia que lo llevó a la muerte.
Sintió otra vez en la piel el vientecillo fresco que había mecido el
cuerpo.
Pero había ahora una diferencia: no estaba solo como aquella
noche: el corcoveo, que no pudo ver entonces, estaba ahora con él.
Había venido a hacerle compañía. Estaba allí, en la rama del colgado,
cantando su canto onomatopéyico. Encendió la lámpara sorda y lo
miró. El pájaro lo miró a su vez con sus ojos grandes de cazador
nocturno. Se dejó ver por un tiempo largo para que el joven lo
pudiera observar a plenitud. Para que lograra el propósito que lo
había llevado a ese lugar una noche de hacía quince años. De repente
cerró los ojos y desapareció en la noche. Se posó en una rama lejana.
Y cantó por largo rato su canto arrafagado. Como si cantara para el
joven visitante. Luego enmudeció como aquella vez, y no se le
escuchó más.
Apagó la lámpara y mantuvo los ojos en la rama donde el
pájaro había estado. Los cerró y miró hacia la copa del árbol. No vio
nada, como tampoco vio nada cuando dirigió la mirada al frente. Era
una noche obscura y la negrura parecía acentuarse con el transcurrir
del tiempo.
Permaneció en silencio. Y meditó. Y comprendió.
Entendió que en los acontecimientos que había atestiguado
quince años atrás, si bien brutales en sí mismos, no había maldad.
Sino un simple ajuste de cuentas. Un ojo por ojo. Entendible visto
desde la perspectiva de los lugareños. Inaceptable desde la visión de
los extraños. Los hermanos habían perpetrado un acto de justicia.
Como ellos la entendían. Por eso en la voz del verdugo no había
percibido rencor, ni odio, ni coraje. Nunca había visto las cosas de
aquel modo. Hasta ahora. Hasta ahora que las había enfrentado de
nuevo. Las grisuras que habían apenumbrado su mente y su corazón
y que le habían robado el sosiego desaparecieron de pronto.

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Y, como por ensalmo, sintió que una suave placidez había
entrado en su cuerpo. Y en su alma. Y en su mente. Y en su corazón.
Inspiró profundamente; el aire fresco le trajo olores de tierra húmeda
y de las flores que se abrían de noche en esa época del año.
― “Dormiré aquí, con mis fantasmas. He perdido el miedo. He
recuperado la paz. Mañana será otro día” ― se dijo en palabras que
nadie hubiera podido escuchar, simplemente porque las había
pronunciado en silencio.
Recogió sus bártulos y volvió a la Cherokee. Se tendió en el
asiento trasero, se echó encima la colchoneta y durmió
profundamente, como no lo había hecho en muchos años. Porque
había recobrado la paz en la mente y en su corazón. gmg
Gerónimo Martínez García
Dos encinos, Surutato
16 de abril de 2019

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