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ÉTICA SOCIAL Y MORAL PÚBLICA

“El principio de que el fin justifica los medios se considera en la ética individualista como la negación
de toda moral social. En la ética colectivista se convierte necesariamente en la norma suprema; no
hay, literalmente, nada que el colectivista consecuente no tenga que estar dispuesto a hacer si sirve
"al bien del conjunto", porque el "bien del conjunto" es el único criterio, para él, de lo que debe
hacerse”. Friedrich Hayek. Filósofo y economista Austriaco 1899 – 1992, Considerado el padre
del liberalismo moderno. Premio Nobel 1974

La historia parece decirnos que los problemas morales de la humanidad son los mismos
de siempre, sin embargo, la reflexión nos permite descubrirlos agravados más y más por
la disponibilidad actual de nuevos medios para seguir haciendo el mal y de extenderlo
con mayor facilidad. Ante estos fenómenos de aceleración y extensión del mal, urge la
necesidad de reflexión ética sistémica que vincule la moral pública con la ética cívica.
La ética cívica es el conjunto de los mínimos de justicia, autonomía moral y política que
hacen realidad la libertad respecto a los cuales una sociedad plural genera las
concepciones morales que la mantienen cohesionada.
Corresponde a la ética social, entre otras funciones morales:
 Preservar el aliento ético de los ciudadanos: capacidad de protesta y de denuncia y a
la vez promoción de la facultad de generar utopías;
 Superar las justificaciones “instrumentales” mediante la permanente clarificación de
los fines y los significados de la existencia humana y del desempeño histórico;
 Aprovechar el pluralismo (étnico, lingüístico, religioso, moral, político, etc.) para
elevar a la sociedad hacia situaciones cada vez más enriquecedoras de humanización;
 Eliminar por razones éticas los propósitos, compromisos o proyectos que no
respetan el mínimo moral postulado por la conciencia ética general formulada
mediante la ampliación constante de la participación social;
 Evidenciar los atropellos a la dignidad y a los derechos humanos que destruyen el
tejido social, lo debilitan o lo ignoran.
En nuestro país, la concentración de la riqueza y del poder por un lado, y la proliferación
de la exclusión, nos han impedido hacer eficaz la ética cívica cuyo código expresa de
manera prístina nuestra Constitución política.
El temor a la participación social como “empoderamiento” del pueblo ha sido concebida
como mero instrumento justificador de decisiones de poder; la identificación sin más de
Estado y Gobierno, ha impedido que sea el pueblo el que diseñe el futuro en el que
quiere vivan y se desarrollen sus descendientes; la falta de ética cívica está humillando de
tal manera al pueblo que, sólo para evitar momentáneamente la revuelta social, se le
ofrecen migajas de “bienestar” como “becas”, donativos, apoyos de “oportunidades” que
lesionan su dignidad humana y generan un ethos de sometimiento, dependencia y pérdida
de autonomía”. Por: Luis G. Benavides I.

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