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La teoría de la sonrisa

Federico Nicolás Rollini

La teoría de la sonrisa

Editorial Autores de Argentina


Rollini, Federico
La teoría de la sonrisa. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores
de Argentina, 2014.
70 p. ; 14x20 cm.

ISBN 978-987-711-226-9

1. Narrativa Argentina. 2. Novela. I. Título


CDD A863

Editorial Autores de Argentina


www.autoresdeargentina.com
Mail: info@autoresdeargentina.com

Diseño de tapa: Justo Echeverría.


Maquetado y diagramación: Maximiliano Nuttini.

Ilustraciones por Melina Avalo.

© 2014 Federico Rollini


Contacto autor: federico.rollini@hotmail.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723.


Impreso en Argentina – Printed in Argentina
A los de siempre,
a los que ponen el hombro día a día
y que a pesar de todo, nunca se rindieron
Índice

Capítulo 1
Un lugar tranquilo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 11
Capítulo 2
Hombre de arcilla. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 33
Capítulo 3
Cambiar para permanecer. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 43
Capítulo 4
La elección pesimista. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 59
Capítulo 5
Blanco o negro. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 71
Capítulo 6
El rompecabezas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 83
Capítulo Final
Cuando el mundo explote. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 95

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Capítulo 1

Un lugar tranquilo

N
o digo nada nuevo si opino que el mundo está loco, perdido y aho-
gado en la hipocresía y el desinterés. No, la verdad, no digo nada
nuevo, pierdo el tiempo tal vez, quizás debería preocuparme me-
nos… ¡Pero qué más da! ¡Soy así! Comer, cagar, morir, nacer o sufrir, ¿quién
sabe? Quizás este es el juego de la vida y yo sigo en el punto de partida. muy
pocas cosas aprendí de todo esto, me sostengo en teorías, pienso y sólo hago
eso, no realizo acciones directas, sólo las pienso… ahí esta el error… creo.
Todos caminan, van para atrás y para adelante, miro a la gente atrevida
por la ventana y me concentro en su valentía, la de afrontar con una sonrisa
sus días, pero… ¿cuántos de ellos serán realmente felices? ¿Alguien vivirá
de sus sueños sobre el gris cemento? Los taxistas, los mendigos, todos me
obligan a reflexionar.
Pierdo las esperanzas, me reniego por momentos, más tarde lo acepto, este
barullo no es más que una tómbola de cosas.

Un bocinazo sacó a Tuomas de su trance de lectura y, para su fortuna,


se percató que estaba cerca de su casa. Puso el señalador y guardó el libro.
La llave giró una sola vez en la cerradura color dorada, abrió la puerta
que lo separaba de su hogar. Agotado por el día de trabajo atravesó el
pasillo que conectaba al resto de las habitaciones hasta llegar al comedor,
allí dejó las llaves sobre la mesa, colgó la campera y la mochila sobre un
guardarropa. Desde la cocina se escuchaba la lucha incesante de Melina
con unas papas que se resistían a ser peladas, sin dudas el pelapapas tam-
bién se resistía a cometer el crimen culinario, declarando a su filo cortan-
te en huelga.
Un suave y delicado beso precedió la frase:
–¿Hola amorcito, cómo fue?
–Otro día más del montón, no creo que vaya a mi biografía.
Tuomas se sentía azorado por el paso de otra jornada, la fatiga de sen-
tirse nadie en su trabajo y no poder planificar un futuro corrompía su ac-
titud diaria. No proyectaba, no imaginaba, se sentía perdido en una selva

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de números, estadísticas y tiempo. Los decimales aniquilaron los paraísos


artificiales donde solía vagar y con el tiempo los sueños se hicieron grises,
hasta desaparecer en una completa neblina.
A pesar de compartir su vida con un ángel sin alas, se sentía solo e
incomprendido. Por momentos, cuestionaba sus creencias y las encerra-
ba en acertijos imposibles de resolver, buscaba respuestas a problemas
retóricos sin solución alguna, empantanaba sus objetivos y amordazaba
al ser cariñoso que habitaba dentro de él. La hostilidad era algo que se
repetía en su personalidad y, con el tiempo, ella empezó a preocuparse
por sus actitudes y aislamientos mentales. Era algo así como si él hubiese
construido una gran muralla entre los dos, tras cada intento de derrumbe
algo la reconstruía de inmediato.
No estaba muerto ni vivo, su semejanza con el personaje de ficción
Augusto, de Miguel de Unamuno, era sorprendente, una copia sudame-
ricana tal vez. Deambulaba como un fantasma por las horas de su vida
como hacía aquel complejo personaje. En lugar del perro Orfeo, Tuomas
tenía un espejo de medio metro en su cuarto, al ver reflejado su imagen
en él lamentaba el paso del tiempo y su pésimo estado físico, se prometía
a sí mismo cambiar, pero desistía de esta idea cuando su cuerpo caía en
las garras de un suave sommier de dos plazas.
–¡A comer! –gritó Melina–. ¡Dale que se te enfría!
A pesar de que llevaban años de noviazgo, el tiempo había desgastado
su paciencia e internamente cada intento de amabilidad o compañerismo
de su chica repercutía negativamente. Los detalles cobraban relevancia y
funcionaban a modo de dagas que penetraban la débil carne.
La cena transcurrió en silencio, solo pequeños comentarios cortaban
el aire tenso. Los ojos de Melina buscaban los de su chico, pero éste, con
perfil cabizbajo, jamás cedió ante los intentos reiterados de su compañera.
–¿Te pasa algo Tuomi?
–No, nada Melu, cansancio nomás.
–Ah, ok. Estás hace varios días así, ¿seguro que no pasó algo?
–Sí, tranquila… todo sigue su curso.
– Hoy me pasó de todo…
Melina comenzó a narrar su día ante los ojos perdidos de él.
–Yo lavo los platos– dijo tajante cuando terminó la historia.
Ella se levantó de la mesa y dejó unos platos sobre la pileta.

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–Si te quedás sin detergente hay uno nuevo en la alacena– dijo.


Una leve sonrisa de aprobación ante el comentario dio pie a Melina
para retirarse al cuarto. Por su lado, Tuomas fregó los platos con lentitud
y pereza. En ese instante comenzó a pensar en su novia y en el futuro, en
la conveniencia de seguir con la relación que llevaba años o en la posi-
bilidad de seguir solo en el camino de la vida. Inicio un monologo inte-
rior acerca del amor cuando pierde su esencia y se transforma en rutina.
Dudaba de cada pensamiento que acontecía en su mente.
¿Había dejado de querer a su compañera? ¿Ella se daría cuenta de esto?
¿Cómo se lo diría llegado el momento?
El miedo se convirtió en una constante y las preguntas en un combus-
tible para su mente, su espíritu temblaba ante el futuro cuando pensaba
en Melina.
Por momentos, su razón se contradecía, perdía la confianza e imagina-
ba un mundo donde su novia lo abandonaba a él. Creía que cada pala-
bra sería como un puñal afilado que desgarraría su carne, generando una
pérdida insostenible e incurable.
Como si esto fuera poco, Tuomas pensó por último en su trabajo.
Tampoco creía llegar a buen puerto en esta etapa de su vida. La rutina lo
asfixiaba y los sonidos del reloj lo enloquecían. No toleraba a la gente en
las calles, ni tampoco a los automovilistas que corrían veloces adonde na-
die sabe. Odiaba tolerar la vida como una carrera, como una competencia
de supervivencia en donde el más fuerte sobrevive. En sus buenas épocas,
soñaba con bosques y pies descalzos, aguas cristalinas de ríos y pájaros
volando. Por supuesto que el tiempo y el humo de colectivos cambiaron
estas imágenes por un espacio vacío, blanco por momentos.

Su día opaco finalizaba repleto de pensamientos poco felices, en minu-


tos sus argumentos se tornaban contradictorios entre sí, se refutaban y gi-
raban ciento ochenta grados. Necesitaba amar y ser amado, pero también
caminar solo. En su cerebro convivían dos ideas que, a corto plazo, refle-
jaban su inestabilidad. A veces quería ser indispensable para su entorno
y por momentos ser invisible ante los ojos de los demás. Anhelaba ser el
todo y la nada danzando por los escenarios del mundo.

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En contraparte, Melina era feliz. tenía una vida similar, trabajaba varias
horas al día, estaba también inmersa en la infernal rutina, pero era distin-
ta a él, la frescura de su ser se reflejaba en la luz que generaban sus ojos
hermosos que, según el día, bailaban entre el celeste y el gris, su sonrisa
iluminaba mucho más que cualquier sol optimista. Decenas de hombres
fantaseaban con ella y Melina soñaba solo con uno, su novio. Era la Julieta
que Shakespeare tanto soñó y que nunca conoció, ante su presencia hasta
el mismo cielo se reclinaba a sus pies.
Le preocupaba todo lo que tenía que ver con él y se entristecía cuando
lo veía mal. Quería una solución para que fuera feliz, pero al realizar las
preguntas siempre recibía las mismas respuestas. Por las noches, lo ob-
servaba lúgubre y distante, temía por su salud y en reiteradas ocasiones
ofreció llevarlo al psicólogo, pero él nunca cedió.

Tuomas cerró la canilla, limpió la pileta, caminó hasta el baño y tomó


del botiquín una pastilla para dormir y la introdujo lentamente en su
boca, su lengua jugó un rato con ella. Balbuceó algunas palabras para sí
mismo delante del espejo y prometió no pensar más por un rato. Por su-
puesto, esto resultó imposible porque cada vez que vislumbraba su con-
denada imagen los pensamientos negativos retornaban con más fuerza
y la cólera contaminaba su corazón, el presente lo asfixiaba y la resigna-
ción era una de las tantas opciones que circulaban libres, sin barreras.
Cansado y desganado se lavó los dientes y se dirigió hacia la cama. Melina
lo esperaba, acostada, su pijama color blanco y con lunares rosas sobresa-
lía entre las sábanas, también blancas.
En la TV pasaban un informe sobre la misteriosa muerte de una chi-
ca. Melina observaba atentamente mientras que Tuomas caminaba de un
lado al otro del cuarto buscando parte de la ropa que debía usar al día si-
guiente para ir a trabajar. Cada tanto, él también se paraba para ver ratos
del show y responder con indignación:
–¡Sacá esto! Es un mamarracho, no es una investigación, es todo un
circo para vender.
–Shhh– respondía ella a cada comentario.
Ante la negativa, la tensión fue subiendo con el transcurso del progra-
ma; las escenas y lo ridículo del conductor lo volvían loco.
–Dale, cambiá que esto es un desastre. Laburé todo el día como para
llegar y ponerme a ver cómo hicieron cagar a una piba y acusan a un

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flaco. Y estos payasos de los medios hacen un circo citando a declarar al


programa “al primo del que conocía a un compañero de colegio del que
fue taxista del asesino…”.
–Bueno Tuomas – dijo ella enojada – pero algo de esto tiene que ser
verdad.
– Nada de esto es verdad, es show, buscan vender con el morbo y la
tragedia.
Melu –dijo él–. No busques moralidad ni ética en los medios y en los
humanos, la gente fue, es y será una mierda y pueden hacer lo que quie-
ran porque se les da el poder para hacerlo, son dioses todopoderosos que
en una hora manejan el mundo y la palabra a su antojo y, lo peor, la gente
que lo consume es tan cómplice como ellos. La gente en esta época se
volvió perversa, juntan sus copas y brindan por la decadencia.
–¡No es así!– contestó la chica y corrió bruscamente las sábanas– hay
gente buena y gente mala, me parece bastante estúpida tu generalización.
–¡Por Dios mujer!– elevó la voz el chico –. Basta con salir a la calle para
darse cuenta de cómo son las cosas, subir a un colectivo, hacer un trámi-
te, lo que sea. Siempre me dijiste que tus compañeros eran muy inútiles.
–Algunos– respondió en voz baja la chica.
Tuomas se puso colorado de furia y dijo:
–Bueno, pero a eso voy, en nuestros trabajos todos se cuidan sus culos y
son capaces de cualquier cosa con tal de sobrevivir. No les importa nada.
–Te recuerdo que tu mejor amigo trabaja con vos, por ende… –dijo la
muchacha con tono soberbio.
–Bueno, sí, Marco es una excepción, pero nada más, uno de un millón,
así no sirve.
–Sabés qué, Tuomi, últimamente estás muy negativo, y creo que ahí está
tu problema, no abrís la cabeza para nada y te encerrás en tus pensamien-
tos– contestó Melina.
El muchacho quedó estupefacto por ese comentario, su cerebro explotó
tratando de buscar un hecho que demostrara esa actitud
–¿Negativo? ¿Yo?, nada de eso. Digo las cosas como son, la gente es así
y tengo miles de pruebas diarias, mientras que vos exponés argumen-
tos basados en excepciones. El mundo está en declive y nadie hace nada
por ayudar al otro, el egoísmo dicta las leyes humanas y las de nuestra
sociedad.

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–¿Y vos qué hacés por la gente? ¿O para cambiar las cosas?– contestó
efusivamente la chica–. No te veo ayudando a las personas.
–Ehh… bueno, ayudo informándoles que su vida es un desastre y que
tiene que cambiar– rió Tuomas.
Enojada, Melina dio media vuelta y se tapó con las sábanas, dándole la
espalda.
–No me parece gracioso– dijo ofuscada–. Estamos hablando en serio
y siempre hacés lo mismo, cuando no tenés respuestas hacés un chiste o
cambiás de tema y así evitás que la gente te demuestre que no tenés razón.
Te odio cuando te creés perfecto.
Un silencio sepulcral cubrió el ambiente, apenas se escuchaban ruidos
provenientes de la calle. Tuomas se desnudó y se acostó al lado de su no-
via. Con la mirada puesta en el techo comentó:
–La conversación desde el inicio fue bastante estúpida, y la verdad estoy
bastante cansado ahora para discutir mi personalidad o mi forma de ser.
–Siempre estás cansado cuando la conversación trata de vos –murmuró
Melina –. Todos tenemos vidas parecidas, algunas más fáciles, otras más
difíciles, es la manera de enfrentarla lo que hace la diferencia. Sin darte
cuenta, andás por la calle esparciendo pesimismo por doquier, te quejás
de todo, nunca ves el lado positivo, todo es malo según tu mirada. De esta
manera te vas a quedar solo.
Las palabras de su novia degollaron su tranquilidad y el impetuoso sen-
timiento de la furia intentó tomar el control, sentía la necesidad de de-
rribar sus comentarios con argumentos infantiles y dañinos. Señalar que
hace mucho que no tenían sexo o que ella era bastante ilusa en cuanto a
sus pensamientos sobre la humanidad o que algunas cosas pueden solu-
cionarse con actitud positiva y sonrisas. Luego de unos segundos, dijo:
–¿Me voy a quedar solo?, ¿m e vas a dejar?
–Pensá antes de hablar– contestó enfurecida la chica mientras clavaba
su mirada en él –. Yo quiero y trato de ser feliz con vos, pero no ayudás en
nada, trato de hablarte, saber qué sentís y cuáles son tus problemas pero
nunca me decís nada, siempre es lo mismo, tu actitud hacia mí cambió
con el tiempo y no sé por qué. A veces pienso que soy una molestia para
vos y que estarías mejor sin mí. Te quiero con toda mi vida, pero vos no
demostrás lo mismo.

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–No es así Melu– dijo lúgubremente Tuomas–. Vos tenés el don de ha-
cer que las cosas malas no te repercutan en la vida, bueno, yo no tengo esa
cualidad y la verdad por momentos veo que somos muy distintos. Tolerás
la rutina y a mí me pesa, la detesto, quiero que mi vida sea distinta y eso
a vos mucho no parece molestarte.
– Claro que no me molesta, porque a fin de cuentas cuentas vivo feliz
y espero que así sea por muchos años más porque entre tanta mierda en
el día sé que puedo llegar a mi casa y estar con el tipo que quiero, tengo a
mis amigas, mi familia está bien, no me falta nada.
– ¿Ves?, a eso me refiero, reducís a cosas como la familia, a los otros y
no es así, hace falta algo más que buena salud, una relación. ¿Y la realiza-
ción personal dónde quedó? ¿Cuál es nuestro proyecto Melu? Lo único
que hacemos hace años es sobrevivir como podemos.
–¿Me estás jodiendo, no? Esto así no tiene sentido, estás totalmente
negado a la vida y eso te esta intoxicando los pensamientos, mejor la se-
guimos en otro momento... ¡Me cansaste! Y la verdad no quiero que me
des más razones para seguir pensando, me voy a quedar con la idea de
que tuviste un día de mierda y listo… ¡Dios, qué pibe rebuscado!
Tuomas masticó bronca, creía tener un buen punto para su planteo y el
corte rotundo de su novia para continuar la charla no le permitía seguir
expulsando sus ideas.
–¿Pensar en qué, Melu? ¡Ahora decime!, vos empezaste todo este qui-
lombo, decime.
–¿Yo lo empecé? Dije “hola” y ya me saltaste a la yugular por tener una
opinión distinta a la tuya.
–Es que tengo razón, no podés…
–Buenas noches varón – sentenció Melina.
Con los ojos abiertos al máximo, Tuomas observó largo rato el techo.
Por momentos, movía su cuerpo en señal de incomodidad. La discusión
que comenzó por un comentario trivial y que se desencadenó en series
de acusaciones cruzadas fue un punto de inflexión para que su mente
empezara a deparar lo que podía ser un probable futuro. Esta no había
sido la primera charla fuerte, sino que se sumaba a una larga lista que ya
llevaba rato largo arrastrándose en los anaqueles de aquella casa. Era eso
pequeño que de pronto se hacía gigante e incontrolable y que, sin susten-
to, generaba miles de dudas cruzadas que se vislumbraban en su mente.

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En un instante, pasaba del miedo a que ella conociera a otro hombre a la


visión de su nueva vida de soltero, repleta de éxito. Su cabeza era un ping
pong donde lo positivo y lo negativo no se sacaban ventajas.
Con el paso de las horas, aturdido por los hechos, cerró los ojos y res-
piró con calma, pero todo fue en vano, las ideas seguían allí presentes, sin
dejarlo dormir. La cama parecía estar hecha de clavos y las volteretas no
lograban dar en el lado indicado. Si se buscaba en el diccionario la pala-
bra “incomodidad” seguramente habría una foto de ese colchón.

El reloj sonó 8:30, como todas las mañanas. Ambos se levantaron sin
saludarse, la batalla del día anterior mostraba sus más oscuras secuelas en
el silencio que los vio ducharse y desayunar. Tuomas salió diez minutos
antes de su casa y caminó pocas cuadras en medio de una neblina que
ya mostraba su fragilidad ante el día. La entrada de la línea B, estación
Medrano, se mostraba turbulenta como siempre. El viaje pasó sin nove-
dades. Llegó a la estación Callao, forcejeó entre la multitud y sin querer
golpeó a una señora. Sin más, tanto era su hastío, se fue sin pedir perdón
ante la perseguidora mirada de la damnificada. Por dentro pensó, subien-
do la escalera, que no había tiempo, existían muchas personas más para
empujar antes de salir de allí.
Susana, la veterana recepcionista, estaba allí. También los cubículos, las
computadoras y el ruido matutino de una oficina administrativa.
Sin saber por dónde empezar, se decidió por una lista de trabajos
pendientes que tenía sobre su escritorio. Realizó tres llamados sin éxito
alguno.
–No, el gerente no viene hasta la próxima semana, ¿quiere dejarme un
mensaje?
Al escuchar esta frase varias veces tuvo la sensación de que estaba lla-
mando al mismo lugar y que era la misma recepcionista la que le con-
testaba. Dejó el teléfono a un lado, suspiró débilmente, tomó fuerzas y
volvió a marcar, quizás la cuarta llamada era la vencida.
–¡Qué lindo verte la cara de orto a la mañana, eh! ¡Me levanta el ánimo
amigo!
Al escucharlo, Tuomas dio media vuelta y vio a Marco, recién llegado
a la oficina, con una sonrisa y ojos enormes. Ambos se abrazaron con
fuerza.

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–¿Qué hacés papá? ¿Todo bien? – preguntó Tuomas.


–Obvio, ayer le ganamos a los de auditoría, partido picante, pero se
tuvieron que comer los mocos, ocho a tres, la rompí.
–¡Bien!
–Sí, encima Suárez, el gerente, se pegó una calentura… Iban perdiendo
y de camunina le metí un caño, lo dejé pagando y le definí abajo contra
un palo al gordo Oliveto…
–¿En serio?
–Ahí de toque se vino Suárez y me agarró del cuello, y me dijo que deje
de sobrarlo, que me iba a matar y bla bla bla…
–Jajajaja ¿y hoy lo viste?
–Ni me saludó, me vio venir y corrió la cara. Sigue caliente el bigotón.
–Che Marco, ¿comemos al mediodía?
–De una, pasame a buscar y vamos, quiero una buena pizza bien
aceitosa.
–¡Dale!– dijo Tuomas sonriendo –. Cierro un par de cosas acá y te paso
a buscar.
Al retirarse su amigo siguió con los quehaceres rutinarios de oficinista,
completó planillas, hizo más llamadas y por último auxilió a una compa-
ñera en su lucha desigual contra una rebelde fotocopiadora.
Los amigos tenían una pizzería favorita que se encontraba en la calle
Corrientes, entre Uruguay y Talcahuano. Disfrutaban el hecho de comer
parados, sentían cierto glamour porteño al hacerlo. Los mozos, los taxis-
tas, las miles de personas y sus ocupaciones se daban cita en aquel lugar.
–Qué lindo es venir acá, por Dios, me corta el día esta pizza– dijo son-
riendo Marco.
Tuomas despejó su vista del plato, sonrió y volvió a redirigirla hacia él.
–¿Qué te pasa amigo?– preguntó Marco al ver esta reacción.
–Me volví a pelear con Melina ayer.
–¡Uh! ¿Qué pasó?
–Otra vez, lo mismo de siempre, empezamos discutiendo por una bo-
ludez y terminó todo en que yo era un tipo que veía todo lo malo y que
todo se estaba yendo al carajo por eso.
–Y tiene razón, sos un negativo de mierda.

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–¡Ah, pero qué amigo sos!– dijo Tuomas enojado–. ¿Vos también me
vas a dar el mismo sermón? Me conocés hace décadas, sabés que soy así.
Es natural.
–No colega, la verdad no es natural, hace un par de años que venís así
y lo peor es que no sé cuándo fue el quiebre, cuándo empezaste con esto,
no tengo ningún hecho concreto en la memoria.
–Es que no lo hay –admitió Tuomas–. La verdad es algo que no lo sé, la
rutina quizás, me mata esto de hacer lo mismo durante años, es siempre
igual, ni peligro ni oportunidad, me siento en el limbo todo el tiempo.
–Bueno, si concluimos que es eso, ¿qué estás haciendo para cambiarlo?
¿O qué querés hacer con tu vida?
–Me gustaría viajar, salir de todo esto.
–Y ahí lo tenés, ¡viajá, papá!
Tuomas bebió un sorbo de gaseosa.
–No tengo la plata, macho, con suerte llegamos a Mar del Plata con
Melu.
–Es algo, por lo menos podés meter una obra con un guión escueto y
mucha nalga, algo como para distraer la vista, vió.
–Jajaja, sí justo con Melu al lado, seguro que eso le encantaría.
–Escuchá, ella se va a jugar unas fichas al casino y vos te vas a ver
Escuadrón de pan dulces, con alguna vedetonga piola.
–Descartada esa actividad amigo– rió Tuomas.
–En fin, Tuomas, podés pasar toda la vida buscando la “gran respuesta”
sobre la felicidad o vivir cada momento y disfrutarlo. Por suerte mira-
te, tus problemas, deberías ser un agradecido de tener estos problemas y
tener motivos y razones que superar. ¿Sabés?, a veces pienso en la gente
rica y la diferencia que hay con ellos, sus problemas son psicológicos o
sentimentales, no son de plata, ellos no piensan que tienen que comer
galletitas de agua porque no les alcanza la plata o que les van a cortar el
gas por falta de pago. Son “otros” problemas, parecen tan lejanos, casi de
película para nosotros. Ahora mirate, ¿cuáles son tus preocupaciones?
La monotonía, eso se cambia, tiene solución, por suerte existe final feliz
para ese problema. Sin darte cuenta estás más cerca de sus problemas que
de los demás, me refiero a los que realmente les cuesta la vida. Disfrutá
de los problemas y hacelos experiencia, que sean parte existencial de vos,
el tan hermoso combustible para este largo camino. Los problemas son

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tendencias positivas encubiertas, son los que realmente nos hacen com-
prender la felicidad y todos sus pormenores. Si la felicidad tuviera que
casarse lo haría con los problemas, te lo aseguro, son el uno para el otro.
–Tenés razón en eso, Marco.
–Y bueno, si es así, ¡a coger que se acaba el mundo, pá!
–Gracias, siempre la palabra justa– dijo Tuomas.
–La verdad es que tengo un don, debería haber sido psicólogo, ganaría
más que en esta oficina de mierda.
–¿Volvemos?
–¡Ay, qué aplicado el señorito responsabilidad! Bancá que me tomo el
porrón y vamos, tengo muchas horas por delante– sonrió Marco.

El día laboral finalizó con calma. Al llegar a su casa, Melina estaba vien-
do tele. Decidió no molestarla y la saludó desde lejos, quería hablar y
pedirle disculpas, pero ese maldito ser llamado orgullo entró con él al
departamento. Esperó en silencio la más mínima frase de ella para poder
iniciar el tema, pero esto nunca sucedió, la noche transcurrió callada-
mente, con algunos ruidos aislados armonizando el ambiente.
Tuomas se acostó junto a su novia, los minutos pasaban, dio muchas
vueltas y, ante esta situación de incomodidad, Melina abrió los ojos.
–¿Qué pasa?, ¿no podés dormir?
–Sí – contestó él.
Melina extendió su brazo, tomó la sábana blanca y cubrió la totalidad
de su cuerpo y el de su compañero.
–¿Seguís caliente por la discusión de ayer?
–Y… no está bueno, admito que me estoy poniendo bobo con esto, pero
yo que sé…
–Si te pregunto algo, ¿te abrirías un toque y por lo menos me dirías
aunque sea una frase?
–Te escucho.
– ¿Tenés dudas sobre nosotros, no?
–De todo, Melu, no solo de eso– respondió asustado Tuomas.
–Ok, es un avance– suspiró–. Bueno, tal vez esto nos ayude a aliviar
esos problemas existencialistas tuyos, copia tercermundista de Henry.

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–A ver, ¿qué planeaste?


– ¿Estás preparado?– rió su compañera.
–¿Para qué?
–¿Estás preparado, sí o no?– gritó entusiasmada ella.
–No te entiendo, sé más clara, ¿qué querés?
–¿Sí o no?– replicó.
–¡Sí!– contestó cansado Tuomas ante tanta vuelta.
–Perfecto, ¡buen viaje!
La chica se arrojó sobre su novio y, sosteniendo la sábana por encima
de sus cuerpos, empezó a dar vueltas dibujando círculos sobre la cama.
Sus cuerpos, cubiertos por la tela, giraban sin destaparse ni caerse del
colchón, las risas comenzaron a evidenciarse en sus rostros, el juego y lo
espontáneo del acto le despertaron una inmensa alegría. Finalmente, su
compañera cesó el juego y dijo: “Bienvenido”. Quitó las sábanas y una luz
impactante cegó a Tuomas, que sólo pudo atinar a taparse a medias los
ojos.

Es muy fina la línea que separa la fantasía de la realidad, si no pregún-


tenselo a Cervantes y su Don Quijote. Un nuevo mundo estremeció los
ojos del chico, un paraíso utópico, distante de cualquier otra concepción
de belleza enarbolada por un cerebro humano. Su mirada se extendió por
todo el campo, que alternaba diversos tipos de colores verdes en sus tex-
turas; sobre los prados, varias especies de flores policromáticas bailaban
junto al viento suave y cálido; los ríos se extendían como pequeñas venas
sobre la tierra transportando agua cristalina, y algunas piedras en sus ori-
llas parecían lunares grises. Al mirar a la derecha, su vista se topó con un
bosque en donde los troncos y las hojas relucían con la luz primaveral del
día. Tuomas caminó un par de metros, sin saber qué hacer, era la inercia
su nuevo jefe y no la razón. De repente sintió en sus pies descalzos un
cosquilleo, bajó la vista y contempló con asombro a un extraño ser: era un
pequeño ojo, circularmente perfecto, con alas hechas de plumas, su iris
se movía de un lado al otro, observando las piernas del humano. Al fina-
lizar el reconocimiento, extendió sus alas y voló rumbo al cielo, lo surcó
mansamente hasta llegar a uno de los árboles del bosque. Unos segundos
después, una andanada de ojos voladores se desplegaron por encima de la
cabeza del nuevo residente. Tuomas disfrutó con una sonrisa aquel acon-

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La teoría de la sonrisa

tecimiento, los bichos dibujaban figuras libres en el aire, iban y venían,


hacían del viento un elemento más de su obra de arte.
Poco duró el baile porque espontáneamente un pequeño sismo sacudió
los pies del humano y lo obligó a replegarse al piso. A lo lejos se escuchó
un pequeño derrumbe y un trueno de alta magnitud. Al darse vuelta,
Tuomas miró asombrado la extensa montaña que brotaba entre uno de
los bosques más grandes y espléndidos que había visto. Se acercó unos
pasos hacia el lugar, se encontraba lejos, pero su vista estaba más fina que
nunca y vio cómo un grupo de pequeñas pirámides caminaban rumbo
al bosque que protegía a la gran rocallosa. Cada uno de estos bichos, al
llegar a su destino, se adosaban a las paredes de la montaña, recompo-
niendo las partes rotas.
Diversos tipos de animales surcaban el extraño mundo. Trotaban allí,
cerca de uno de los ríos, una manada de lobos sin cola y de dientes filosos,
pero de rostro noble y tranquilo; en el aire, las águilas grises planeaban
sin destino alguno, parecían convencidas de lo que hacían, aunque nada
hicieran en ese momento. En el río, los peces saltaban uno tras otro, si-
guiendo el ritmo de las ondas marinas; en un costado un lagarto pequeño
tomaba sol, patas hacia arriba. El olor del lugar generaba en Tuomas el
más bello recuerdo, aquel de su infancia, cuando vacacionaba en las cos-
tas de un balneario familiar cerca de la ciudad de Bahía Blanca.
Pasó bastante tiempo antes de que el muchacho notara la ausencia de
su novia. El nuevo lugar ocupó toda su atención y no reparó que había
llegado a ese sitio acompañado.
–¡Melu!... ¡Melina!–gritó Tuomas mientras daba algunos pasos.
Deambuló un buen rato por el nuevo mundo hasta que se adentró en
uno de los bosques, cercano a la montaña. Allí escuchó la voz de ella que
cantaba una imperceptible melodía, se aproximó y sus ojos se enlazaron
con ataduras de amor y deseo, tomó la mano de ella y se sentaron disfru-
tando el silencio. Tuomas recorrió con su mirada largo rato su cuerpo y
notó la belleza particular del vestido blanco sutilmente escotado y largo
que llevaba puesto, hacía relucir mucho más sus cambiantes ojos, las es-
meraldas más bellas que un humano podría apreciar: cristalinas, lumino-
sas, la envidia de cualquier diosa del Olimpo. Con su otra mano acarició
el pelo largo color castaño, suave como la seda de Oriente. El rostro de
Melina, sereno, aceptaba el destino.
–Estás hermosa– le dijo suavemente en el oído.

- 23 -
Federico Rollini

Esbozó una inmensa sonrisa y agradeció el cumplido proveniente de


su novio.
–¿Qué es todo esto? ¿Cómo llegamos? Me acuerdo que me tapaste y…
Ella le tapó la boca con dos dedos para pedirle silencio, lo abrazó y
juntos cedieron cayendo lentamente sobre el pasto, tomados de la mano.
Miraron al cielo y sus nubes blancas y rosas, ella empezó a cantar una
vieja canción y los recuerdos del muchacho se dispararon como flechas
sin rumbo. Era la misma melodía que sonó el día en que se conocieron.
–El viento es nuestro mejor instrumento, ¿escuchás su risa?– dijo
Melina.
–Perdón, pero no– contestó decepcionado él–. Ahora que lo pienso un
poco más, estoy un poco intranquilo. Si bien estoy con vos, no sé dónde
estamos.
Ella se levantó, observó el horizonte luminoso y dijo:
–Tranquilo, hay luz, sol, animales y nosotros estamos a salvo en este
lugar. De lo único que estoy segura es que estamos lejos de la otra reali-
dad y de todo aquello que cae sobre nosotros con cadenas, hoy somos el
mundo.
Las poéticas palabras elevaron el júbilo en su pecho, pero lejos estuvie-
ron de dar una respuesta contundente a su duda. Cerró los ojos y decidió
que el silencio sería su nueva banda sonora, se sentía cómodo en aquel
lugar, únicamente su corazón y sus latidos emitían sonido alguno. Por
primera vez creyó posible la existencia de un mundo sin computadoras,
números en una pantalla y gente desesperada corriendo por los pasillos,
gritando sus problemas al aire.
Tuomas levantó los párpados y giró la mirada hacia donde estaba su
novia, la confusión y el estupor resonaron fuerte en su pecho: ella habia
desaparecido.
Por un momento pensó que se había dormido o desmayado, pero la
cordura de sus reflexiones y recuerdos imposibilitaban creer en este
desenlace.
Con el paso de los minutos el miedo se transformó en un monstruo
inmenso que aniquilaba su confianza. Cuando la primera duda acerca
de la verosimilitud de la realidad de esta tierra cruzó su mente, las
luces del mundo empezaron a parpadear, se apagaron y prendieron
constantemente, como si fueran dependientes de un interruptor. Ante

- 24 -
La teoría de la sonrisa

esta pesadilla, la mente del chico colapsó y cayó en el suelo sujetando


su cabeza. Desesperado gritó reiteradas veces el nombre de Melina.
Pequeños temblores sacudían su boca, no le permitían respirar bien, y su
corazón parecía a punto de estallar de tantos golpes contra el lado interno
de su pecho. A cada momento el paraíso cambiaba de paisaje y de color,
una naturaleza epiléptica en toda su expresión: por momentos gris, en
otros violeta, rojo… La vida allí dependía de la luz y sólo aparecía cuando
ésta osaba desafiar a la oscuridad que predominaba en el transcurso del
tiempo.
Una voz en la distancia acabó con el martirio de Tuomas. Dulce boca-
nada de aire para aquella terrible situación. Era Melina.
–Tranquilo– dijo–. Estoy acá, en el fresno frente al río.
–¿Dónde?– contestó desesperado el chico.
–¡Date vuelta, ciego! – respondió enfurecida.
La chica estalló en carcajadas al ver la cara pálida de su novio, su lenti-
tud y su miedo en este nuevo mundo le generaba comprensión y ternura.
Tuomas recobró la calma y la observó inquisitivamente en busca de res-
puestas, ella adivinó su pensamiento y comentó:
–Calma genio, decile a tu cerebro que se relaje, estamos bien acá, no
hace falta exasperarse, no creo que te pase nada malo, a menos que lo
busques.
–Flaca… no sé dónde joraca estoy y de la nada me pedís que esté tran-
quilo–respondió Tuomas.
–Si dudás es peor, la luz se va a prender y apagar.
–Pero yo…
–No hace falta decirlo, lo pensaste y el mundo está bastante conectado
con el todo, nosotros, esos animales que están ahí, aquel árbol. Somos
parte de algo inmenso.
–¡Gracias por avisarme antes, eh!
–No creía que tu forma de ser desconfiada te seguiría hasta acá, me
sorprende.
–Uf, fue un infierno de desesperación, nada que envidiarle a la realidad
de donde venimos.
Ambos guardaron silencio, se miraron con curiosidad.
–¿Tu otra vida es un infierno? ¿Sos una persona triste?– preguntó ella.

- 25 -
Federico Rollini

Él la observó y recordó que se encontraba en otro mundo, con reglas


tan distintas que la misma razón nunca podría comprender. Omitió la
anormalidad.
–Toda mi vida creí hacer lo correcto y tomar el buen camino, crecí con
ciertos valores que luego se derrumbaron con el tiempo. Darme cuenta
que somos números, iguales, secos, me enerva. Cada humano es único e
irrepetible, nunca habrá nadie como nosotros que viva en el mismo tiem-
po y que tenga las experiencias que se dan a lo largo de la vida. Siento que
no existe ninguna diferencia entre un número que se refleja en una calcu-
ladora y yo. Muy pocos tienen la chispa, y generalmente no dura mucho.
–Triste. ¿Qué es la chispa?
–Esa luz inexplicable que nos hace diferentes, que nos da el grado de
autenticidad que nos distancia de lo común.
–¿Algo inexplicable?– rió Melina–. Por fin no sos el chico “todo tiene
un por qué”.
–¿Es raro, no?– contestó él–. Me gusta creer que la cultura puede des-
pertar “la chispa” y, de alguna manera, darnos la tan venerada inmor-
talidad. Nuestros cuerpos van a desaparecer, pero lo que dejemos va a
perdurar en el tiempo. Escribir un libro, hacer una canción o pintar un
cuadro, reflejar nuestro espíritu o nuestras ideas sobre la materia.
–¿Y por qué no lo intentás allá? Por ahí eso te mejora la vida, esa de la
que tanto te quejás.
–No soy bueno en nada.
–Nunca lo vas a ser mientras no hagas lo que te guste, aparte tampoco
la meta es “ser bueno” en algo –cuestionó Melina–. Eso me suena a com-
petencia y no está bueno, creo que lo mejor sería que te centres y pongas
toda tu fuerza en alguna actividad y listo, si te llena como persona le das
para adelante.
–En fin, creo que nos estamos desviando del tema principal, ¿cómo
sabés tanto?
–No importa cómo eh, no perdés la capacidad de hacerte el boludo
cuando se habla de vos
–Son años– rió Tuomas.
–Ahí, detrás tuyo se extiende la montaña Omerta. Todo gira alrededor
de ella en esta tierra.

- 26 -
La teoría de la sonrisa

Contempló a la inmensa roca, era la misma que había visto al principio,


cuando apenas entró al extraño territorio. Ésta se extendía hasta las nu-
bes y en su cima tenía una escalera que recorría la montaña en círculo y
derivaba en lo más alto. Un bosque rodeaba el perímetro del lugar, eran
árboles altos, de copas frondosas y vegetación abundante.
–¿Por qué es el centro de todo acá?
–Su existencia tiene una finalidad y esa es la razón de la existencia de
todo lo que nos rodea, sin montaña no habría mundo.
–¿Entonces?
–Su función es acallar las dudas. Cualquiera puede venir y hacer una
consulta. Nuestras vidas entre ambas realidades se entrelazan y Omerta
de alguna forma te permite llegar a la verdad.
–¡Una montaña que quita dudas, eso sí que es de buena suerte!– dijo
Tuomas con sarcasmo–. Y por qué no se crea también una cordillera para
resolver problemas monetarios.
Melina guardó silencio ante el comentario.
–¿Cómo funciona?
–En algún momento lo vas a saber, tiene bastante laburo en estos días
de vidas posmodernas.
Los minutos parecían horas y ellos guardaron sus palabras. Por mo-
mentos, Tuomas sentía en su pecho la conexión con la tierra, ese algo
que habitaba en él libre entre los ríos, árboles y aire, pero su adicción a la
razón sembraba el germen de la desconfianza. Por minutos creía en aquel
lugar y su vida, pero acto seguido la razón se interponía y la misma natu-
raleza se encargaba de ahuyentarla al emitir parpadeos de la luz. Melina
suspiraba con aire descontento cada vez que esto sucedía, se percataba
de los pensamientos negativos de su novio y muchas veces pensó en in-
terrumpirlo, pero no logró jamás juntar el valor para hacerlo, prefirió
quedarse callada y esperar a que él se amoldara.
–Confío en este lugar, creo en todo– dijo sorpresivamente.
Melina sonrió y le tomó la boca entre sus manos:
–Al fin estás diciendo algo positivo, da para descorchar un champagne.
¡Mirá!, no pasó nada, la tierra sabe que estás diciendo la verdad.
–Vos te burlás, pero me cuesta.

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Federico Rollini

–No sabés lo lindo que sos cuando ponés esa carita de miedo o querés
decir algo serio, son mis preferidas– sonrió Melina.
–Claro, igual insisto, seguís haciéndote la gila y no me decís cómo sabes
todo esto.
–No es mi primera vez.
–Ah, mirá vos, viniste sola antes. ¿Tengo que conocer a alguien? ¿Tenés
un amante?
–Varios, y no sabés lo que son. Todos esbeltos y hermosos, de distintos
colores, negros, blancos, amarillos…
–Zorra.
–Viví tanta fiesta que al final me cansé y te traje para hacer la misma
vida que en el otro mundo.
–Pobre de vos, yo soy LA fiesta.
–Sí, en el último tiempo me hiciste acordar a la festividad del Día de
los Muertos.
–Cómo me pasás factura…
–Lo justo y necesario, mi amado y preciado novio.
–Bueno, varias veces. ¿Te puedo preguntar en serio qué hacías?
–Claro que sí, mi apuesto detective– dijo riendo ella–. Caminé, hablé
con personas, animales, dormí, nadé y creo que nada más.
–Este lugar te pone más jocosa.
–¿Ves ese animalito chapoteando al lado del río?
–¿El pato ese?
Al escuchar la última oración, la criatura detuvo su actividad, dio me-
dia vuelta y comenzó a caminar enojado hacia donde estaba sentada la
pareja. Su andar era gracioso porque, al querer ir rápido, su cuerpo se
balanceaba de un lado para el otro.
–¿Me dijiste pato, cuac?
–Eh, sí– contestó él.
Al finalizar la frase, el animal lo abofeteó con fuerza, haciendo que
Tuomas se desplomara sobre el piso.
Al ver esto, Melina sujetó y separó al atacante.
–¿Vito, qué hacés?– dijo enojada.
–El pelotudo éste me llamó pato, cuac.

- 28 -
La teoría de la sonrisa

–Bueno, pero no era para reaccionar así. Se confundió.


La bestia se separó de ella con astucia y se acercó al cuerpo del herido.
–¡Soy un ornitorrinco!, ¿no ves que tengo cola, mulo, cuac?
–Vito, calmate de una vez o te acomodo– respondió ella enceguecida.
–Me voy, cuac.
La bestia se retiró y, a pesar de parecer enojado, su simpático andar
hacía pensar otra cosa. Sus balbuceos y maldiciones se perdían en el aire
mientras se alejaba del lugar rumbo al río.
Tuomas se recuperó del golpe y volvió en sí.
–Carajo que pega fuerte la mierda esa.
–No le digas así a Vito, es bueno pero cabrón.
–¿Vito? Como el gordito petacón de tu trabajo.
Melina lo miró serio.
–Jodéme– dijo él con sorpresa–. ¿Ese era nuestro queridísimo Vito, el
que te invita a salir en tu laburo a pesar de que sabe que salís conmigo?…
Ahora entiendo todo.
–Estuviste rápido, ojala fueses así en otras cosas ¿no?
–Pará, yo no estoy en falta, vos sí… te veías acá con él.
–En este mundo o el otrolo quiero como amigo– dijo ella seriamente.
–¿Tan obsesionado con vos está el muchacho?
–Por desgracia… Él ya sabe todo, pero insiste.
–Infeliz, me pegó duro.
–Hace rato que te merecías un buen golpe– dijo entre carcajadas
Melina–. Y lo peor de todo… ¡fue Vito!
–Ya me lo voy a volver a cruzar al muy cagón. Ahora, otra duda que se
me presenta.
–Dime…
Tuomas centró su mirada en el horizonte.
–¿Por qué un ornitorrinco y no su forma verdadera?
Al preguntar, el silencio se hizo presente, observó hacia todos lados y
notó que Melina ya no estaba allí.
Nervioso, se levantó y comenzó a caminar, a los pocos metros se topó
con el bosque y el miedo fue en aumento al no recibir respuesta de su no-

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Federico Rollini

via ante sus gritos. De pronto, sintió un leve cosquilleo en el pie, al mirar
hacia abajo una majestuosa serpiente dibujaba trazos entre sus piernas
sobre el verde pasto, el susto fue inmenso e inmediatamente se corrió
unos pasos atrás.
–¿Te dio cosquillas mi andar?– dijo la serpiente.
–¿Quién sos?– preguntó asustado.
– Alguien con hambre, que te vio solo e indefenso. Si yo tuviera ganas
de vivir correría en este momento– dijo la escamosa bestia color rosa.
Tuomas comenzó a retroceder lentamente ante la mirada del reptil, que
tenía un andar lento pero seguro. El miedo se apoderó del muchacho con
cada segundo y la serpiente, lejos de cambiar su actitud, se acercaba cada
vez más.
–Si fuera vos me convertiría en un águila o algo similar para irme lejos
y no dejarme atrapar –dijo el animal.
–¿Convertirme?– preguntó asustado Tuomas.
–Es la única pista que te voy a tirar, humano– susurró la serpiente.
Reflexionó brevemente ante estas palabras y al instante se acordó de
Vito, él había elegido ser un animal antes de seguir como humano. Por
dentro, dejó de lado el susto y pensó en el mundo que lo rodeaba y las
posibilidades de cambiar en él.
– ¿Sería más emocionante si fuera un ratón, no?– contestó soberbia-
mente Tuomas.
–Quizás, sería más fácil también, pero si los ratones son un buen
aperitivo…
En ese instante, él cerró sus ojos y, al abrirlos, observó su cuerpo: tenía
pequeñas patitas en vez de manos, sentía mucho calor y el sentido del
olfato se le había intensificado notablemente. Miró a su depredadora y
la vio mucho más grande, gigantesca. Le costaba respirar, el cambio de
hombre a animal era muy notorio, caminar en cuatro patas muy cerca del
piso era una experiencia única.
–Que empiece el juego– dijo la serpiente rosa, y se lanzó.
El ratón esquivó con holgura la primera mordida, pequeñas gotas de
veneno lo salpicaron a su alrededor, la bestia estaba midiendo las accio-
nes, él sabía que el próximo ataque podía ser letal, por eso se posicionó
como para esquivarla y emprender la carrera y escapar. Fue así que el
animal escamoso volvió al ataque, pero esta vez más rápida y violenta-

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La teoría de la sonrisa

mente. Tuomas se movió para uno de sus costados libres y la mordida se


estrelló contra una planta de pétalos grises, allí encontró su oportunidad
y arrancó la fuga.
Giró zigzagueando por el verde pasto, esquivando deformes rocas y
múltiples plantas de miles de colores; el césped liviano y la sensación en
sus pequeñas patas aumentaba aún más sus ganas de seguir corriendo. El
problema ya no era su escamosa perseguidora, sino el placer de escapar,
de no ser humano, de activar miles de sentidos hasta ahora dormidos. No
se confiaba de sus ojos, sí de su olfato y de su percepción, que le abrían
un nuevo panorama.
Al levantar su vista, contempló el extraño color violeta que emanaba
del cielo, sus rayos bañaban de alegría su ser, sentir, vivir lo desconocido.
La muerte ya no era un destino para él, todo era jugar, bailar y disfrutar
El viento acariciaba su rápido andar, peinaba su pelaje y lo motivaba a
superarse; detrás de él, la serpiente rosa seguía sus pasos, amenazante y
hambrienta.
La travesura terminó cuando el pequeño ratón chocó con otro habi-
tante de ese mundo: una enorme tortuga que pasaba por allí se cruzó
en su camino y detuvo el juego. La enorme tortuga color verde traía un
rostro triste, cansado, era tan pesada que ni acusó el golpe. Por otro lado,
el roedor giró un par de veces antes de caer desplomado sobre el piso.
Al recuperar el conocimiento, sintió unas gotas frías sobre su cuerpo,
vio los colmillos de la bestia encima suyo, el fin estaba cerca, pero ya
nada importaba, era feliz, su vida cedió ante el júbilo de lo nuevo, de lo
desconocido.
–Sos mío– dijo la serpiente–. ¿Algún último deseo?
–Ninguno– dijo sonriente el ratón– ya nada importa, estoy tranquilo.
La serpiente abrió su mandíbula, los colmillos presionaron suavemente
el pellejo de Tuomas, el veneno letal comenzó a brotar, cerró los ojos y se
dejó morir en la boca de la bestia. Pensó que sería violenta, pero se sentía
hermoso, se dio cuenta de que la muerte es similar a un beso de despe-
dida cuando uno se siente realizado. Abrió los ojos por última vez y vio
a Melina besar su cuello, se miró a sí mismo, era un humano de carne y
hueso y, sin que existiera una razón o una explicación, abrazó a su novia
y la desnudó en un forcejeo acompañado de besos y caricias. Sus cuer-
pos permanecieron juntos en un ritmo perfecto, el roce imitaba al viento
que mecía las flores en primavera. No había tiempo, sus cuerpos eran

- 31 -
Federico Rollini

dioses que chocaban haciendo temblar al mundo, las maravillas estaban


a sus pies, el retrato perfecto de la vida y el amor, desnudos jugaron a ser
inmortales.
La noche llegó al nuevo mundo, el sol cereza se apagaba lentamente, el
atardecer estaba acompañado por una brisa veraniega, los frutos de los
árboles se encendían en los bosques como las luces de las grandes ciuda-
des. No había estrellas en el cielo.
–Creo que es hora de volver– dijo Melina suspirando.
–No quiero, simplemente no quiero nada de lo que el otro mundo me
pueda ofrecer.
–Tuomi, ¿creés que no vamos a volver?
–No lo sé.
–Confía en mí.
Tomados de la mano caminaron rumbo al bosque. Algunos ojos vola-
dores caminaban por allí, con sus pequeñas patitas; otros volaban a me-
dia altura, buscando lugar en los árboles para arroparse.
–Vení, acostate acá– dijo la chica.
Ambos desplegaron sus cuerpos sobre el pasto. Melina tomó una hoja
grande y verde de aquellos árboles y la transformó en una sábana, tapó
sus cuerpos y se echaron a rodar.

- 32 -
Capítulo 2

Hombre de Arcilla

E
l celular de Tuomas sonó varias veces esa mañana, quien entre dor-
mido y despierto escuchaba el ringtone, la luz del sol traspasaba el
ventanal. Al despertar se encontró en el living, semidesnudo y con
un terrible dolor de cabeza, arrojó la sábana que lo cubría y fue al baño.
Se miró por un momento en el espejo y buscó una explicación lógica a
todo lo que había sucedido: “Fue un sueño, todo fue un sueño”, se dijo a
sí mismo tratando de convencerse. Observó fijamente su imagen y descu-
brió en su espalda algo blanco que se asomaba y lo recogió, era una plu-
ma, más precisamente una de los ojos voladores que andaban por aquel
mundo. La dejó sobre un estante y siguió con su rutina, se duchó con
agua semi caliente para despabilarse y tratar de no pensar en lo ocurrido,
bañarse rápido era la meta. ¿Sueño o realidad? Una prueba contundente
y Melina en el otro cuarto, ¿cómo había llegado al sillón si el último re-
cuerdo era el de su novia tapándolo? El día amanecía lleno de grietas y
en un mundo conocido para él. Escuchó su reloj despertador mientras se
secaba, allí comprendió que todo empezaba de nuevo.
Salió del baño y encontró a Melina tomando un café en la cocina, se
saludaron con actitud distante, esta realidad distaba mucho de aquella en
la montaña Omerta.
El silencio en el ambiente era moneda corriente. Finalmente, luego de
desayunar, se despidieron con palabras vacías que resonaron como un
eco distante. Comenzó a andar su camino de todos los días, algunas cua-
dras, un subte lleno y de nuevo el edificio donde Susana vigilaba celosa-
mente la entrada.
Al sentarse en su cubículo pensó, y mucho, cómo era posible que la
noche anterior hubiera conocido un nuevo mundo y viviera experiencias
tan extraordinarias y, llegada la mañana, en este lado de la realidad, todo
siguiera igual. Su novia no dio indicio de nada con respecto a este tema y
eso lo inhibió para contarle. Él era el primero en dudar de todo, por ello
omitió narrar esa otra realidad-sueño.
Jugó por un rato con la pluma del otro mundo, la observó largo y tendi-
do. En ningún momento se dejó perturbar por sus compañeros, aunque

- 33 -
Federico Rollini

éstos le hablaran, las palabras se perdían en gestos o en el más exquisi-


to silencio. El murmullo de la oficina le fue esquivo, ya no importaba el
mundo como tal, sino el misterio mismo de la vida que yacía en otro
lugar, más extraño, inquietante y tan hermoso, listo para descubrir, pen-
saba. ¿Cuánto faltaba para volver? Era la pregunta que retumbaba en su
cabeza.
El mediodía llegó al reloj y la enorme oficina se despobló. A Tuomas le
parecía extraño que, siendo la hora del almuerzo, Marco no apareciera
para molestarlo como todos los días, por dentro sabía que era la única
costumbre que no lo consternaba dentro de la viciosa rutina, por eso,
con un poco de iniciativa, se dispuso a ir a buscarlo a su piso y darle la
sorpresa. En el camino hacia el piso trece saludó a un conocido y a dos
extras semi conocidos. Se reía de sí mismo al encontrarse tan falso, era
lo correcto, pero ¿lo correcto significaba ser falso? Al parecer la moder-
nidad lo dispuso así y él, como buen perro del sistema que se persigue la
cola por la culpa de saber qué no está bien, cumplió a rajatabla la orden.
Muchos cubículos, teléfonos sonando y un pasillo lleno de gente, la
parte de Auditoría sin duda era la más activa de la empresa, por no de-
cir maniática o enferma. La velocidad de la luz era una obligación en el
currículum de esta gente, mil objetivos, pocos los cumplían y por eso la
locura, Tuomas agradeció no pertenecer a esta sección. A pesar de la
búsqueda, no encontró a Marco por ningún lado. Dado el desconcierto
hizo lo que detestaba efusivamente: tratar con desconocidos.
–Disculpame flaco– dijo Tuomas–. ¿Sabés dónde está Marco?Yo soy
compañero de él, trabajo en los pisos de abajo, en Facturación, ¿sabés si
vino hoy? ¿O si está por algún lado?
–No vino creo, preguntále a Clarisa, ella seguro te tira la posta.
El muchacho le señaló la ubicación de la gerenta. Al llegar, la señora ya
entrada en años lo recibió y le explicó que él estaba enfermo y que, según
el doctor, tenía para tres días de reposo. Tuomas agradeció la informa-
ción y se decidió a llamarlo.
El tono de espera sonó varias veces, hasta que una lúgubre voz contestó:
–Hola–.
–¡Marco, bestia! ¡Soy yo capo!
–¿Quién es yo?– contestó la voz.
–¡Tuomas! ¿Sos boludo que no me reconocés la voz?

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La teoría de la sonrisa

–Disculpá, ¿vos todo bien?


–Sí, todo tranquilo, haciendo que “laburo”, me iba a ir a comer ahora–
respondió alegremente Tuomas– Che, ¿qué te paso?
–Nada, me siento un poco mal, eso es todo– dijo la voz sombría.
–¿Qué tenés?– preguntó Tuomas.
–Un poco de fiebre y mareos– argumentó Marco.
–Uh, bueno, si necesitás algo avisame que paso por allá. Dale, mejorate
y, en serio, no seas gil, llamame cualquier cosa.
–Dale, no te hagas drama, abrazo.
El mediodía ya no era un quiebre en el día, era un fragmento de tiempo
más, por eso Tuomas decidió no comer y seguir trabajando.
Al llegar a su puesto, recogió todos los papeles pendientes y trabajó sin
parar. A pesar de estar horas en ello, la pila seguía siendo interminable,
no podía creer todo lo que había dejado postergado. Por una parte, esto
hacía pasar las horas más rápido, pero por otra sus ojos comenzaron a
sentir la fatiga, la atención mental comenzó a desviarse, ya un clip no
era tal a esa altura, deshacerlo era parte de un juego estilo carcelario, po-
cos recursos, mucha imaginación. Entre la pila inmensa de papeles pudo
divisar algo blanco que surgía, lo tomó y con asombro observó que era
una de las plumas que portaban los ojos voladores. Confuso, pensó en la
que había encontrado a la mañana y recordó que ella estaba en un libro
dentro de la biblioteca. De repente sintió una leve caricia en su pierna,
al mirar para abajo no vio nada, alzó la vista y siguió contemplando la
pluma. A escasos segundos sintió otro roce y corrió su silla de un golpe
hacia atrás. Allí se encontraba la causa de todo este revuelo: pequeño,
frágil, pero hermoso, era un pequeño ojito volador, parecía un pajarito
recién nacido. Tuomas contempló el acontecimiento con asombro y tardó
unos segundos en volver a la realidad. Aquel pequeñuelo despertaba el
mejor de los recuerdos, la montaña, Melina, el inmenso cielo y sus pies
descalzos sobre el suave pasto verde. El pequeño aleteaba confuso debajo
del escritorio, al parecer no le gustó ser descubierto en su travesura y
se movía de un lado al otro entre los cables. Asustado por el ruido que
el bicho emitía al moverse, Tuomas intentó capturarlo, cosa que resultó
complicada en un principio. Finalmente lo sujetó con ambas manos antes
de que se escapara por la oficina y lo puso en un cajón con pocos papeles.
La oscuridad pareció calmar a la infantil criatura del otro mundo, pensó
mucho qué hacer, nadie podía verlo, sería una locura para toda la oficina

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Federico Rollini

contemplar semejante cosa. Abrió rápido el cajón y metió a la bestia en


su abrigo, observó que nadie estuviera viéndolo y comenzó a descender
por las escaleras de emergencia del edificio. Presuroso y mirando de arri-
ba abajo rezó para no cruzarse con nadie en su travesía, pero, como venía
su suerte, Clarisa estaba sentada fumando dos pisos abajo, con los ojos
llorosos. Fue inevitable el encuentro.
–Otra vez, je je– dijo nervioso Tuomas.
–Sí, otra vez– contestó entre lágrimas la veterana mujer.
–Bueno, sigo mi rumbo.
–Disculpame, ¿te puedo hacer una pregunta rara?– dijo Clarisa.
–Sí, decime Clari (maldijo también haberle dicho “Clari”).
–Mi hijo es adolescente y, bueno, él está en una etapa especial…
–Ajá, ¿ y qué pasó?
–Mmm, no me sale decirlo– balbuceó Clarisa.
–Bueno, pero si no me decís no te puedo ayudar– dijo impaciente
mientras la pequeña criatura empezaba suavemente a moverse entre sus
brazos.
–Bueno, encontré a mi hijo tocándose…
Tuomas contuvo la risa y miró para otro lado, tratando de esquivar la
mirada de la pobre padeciente.
–Y… es normal para la edad, ¿cuál es el problema?–dijo.
–Lo vi y esperé que se guardara eso en los pantalones y después me
empezó a insultar, me dijo cosas muy feas.
Hizo un esfuerzo descomunal para contener la risa. Siguió:
–Claro, resulta indispensable que cuando te vuelva a pasar cierres rápi-
do la puerta y hagas como que no viste nada, siempre es lo mejor.
La criatura comenzó a moverse con fuerza al finalizar la frase y los ojos
de Clarisa observaron fijamente a Tuomas y su abrigo.
–¿Qué llevás ahí? ¡Eso se mueve!
–Eh, una paloma casi muerta, chocó contra la ventana y bueno, pobre,
la estaba llevando afuera, a la basura.
–Ah, bueno– dijo la señora apartando la vista–. En fin, ¿me hago la
boluda la próxima?
–Sí, es indispensable– respondió Tuomas.

- 36 -
La teoría de la sonrisa

Sus brazos ya sentían el cansancio por el forcejeo, la charla había con-


cluido mejor de lo esperado, la paloma moribunda resultó muy buena
excusa. Con el primer deber de consuelo cumplido, bajó presuroso por
la escalera y, al llegar al segundo piso, se resbaló y perdió el control de la
situación. La pequeña criatura salió volando junto al abrigo, ambos se
quedaron parados, Tuomas mirando fijamente con mucho miedo y el ojo
volador oteando curioso a su captor y el lugar donde se encontraba; el
aire podía cortarse con cuchillo por la tensión de la situación. El miedo
a que todo sea descubierto y el miedo a un nuevo mundo, ambos con-
trincantes tenían razones para temer, igual de valederas y justas. El ojo
dio el primer movimiento, llevó su cuerpo un escalón más abajo. Tuomas
avanzó un casillero y así repitieron la secuencia por un par de escalones.
Finalmente, el joven tomó coraje y decidió ir por todo, era él o la peque-
ña bestia, a todo o nada, como lo exige el mundo cuando se nos incita a
crecer y a superarnos.
Su cuerpo se abalanzó con potencia y decisión, la criatura parecía asus-
tada pero con agilidad esquivó el primer embate y escapó por la escalera
rumbo a los primeros pisos. Astuto y pícaro, el ojo aprovechó toda su
habilidad y, con confianza, disfrutó de la persecución, saltando en mez-
cla con un tierno vuelo. La criatura llevó hasta al sótano de la empresa
al muchacho, allí ambos se encontraron nuevamente cara a cara, de un
lado escritorios viejos, del otro estanterías llenas de cajas húmedas y, en
el medio de todo esto, un humano al borde de la locura y una criatura de
otro mundo, duelo extraño, exótico.
Ya no era una preocupación la captura, sino más bien qué hacer con él
una vez atrapado. Podría llevarlo a su casa, pero allí estaba Melina, eso
no sería una solución. Tampoco largarlo en un parque o soltarlo en algún
descampado, era una bestiecilla realmente extraña y única para vivir en
este mundo.

Con un último movimiento de resistencia, el ojo volador se escabulló


en un armario al cual le faltaba una puerta. Tuomas se acercó lentamente
y con paciencia esperó cauteloso hasta que éste dejara de volar y se
tranquilizara.
Con viento a favor (y con la intención de terminar con el problema),
Tuomas se lanzó sobre el armario logrando así capturar al pequeño

- 37 -
Federico Rollini

intruso. Al darse vuelta, notó que el pequeño se hallaba calmo, pacífico,


su iris permanecía fijo en él, observando la nada misma.
Aquel momento acontecía como algo hermoso, digno de una foto, pero
de pronto un sonido chirriante lo cortó bruscamente. El muchacho, afe-
rrando fuerte a la criatura entre sus brazos, se dio vuelta y, en un abrir y
cerrar de ojos, el armario roto se vino sobre su humanidad.
Pasó minutos inconciente en la oscuridad antes de que pudiera reco-
brarse de forma plena. Logró observar pequeños hilos de luz que ingresa-
ban por las grietas del mueble.
Sobre su pecho, pudo ver que el ojo volador lo miraba con curiosidad,
agitando suavemente su iris, oteando lo sucedido.
Al recobrar totalmente la conciencia, Tuomas puso sus manos sobre
el armario y comenzó a empujar. Al principio notaba que su fuerza se
encontraba diezmada, pero con el paso de los segundos y los reiterados
intentos, la madera comenzó a romperse. Cada nueva grieta traía con-
sigo más luz, extrañamente ésta variaba entre diferentes colores pocos
comunes, como violeta y rosa. Finalmente, con una patada seca, pudo
escaparse y, al chocar sus ojos con las primeras luces, se percató de que ya
no estaba en su mundo.

A diferencia de su anterior visita, el otro mundo lucía particularmente


distinto. Los verdes campos y árboles tornaron sus colores de acuerdo a
los rayos violetas y rosas que emitía un extraño sol, todo el follaje se regía
por estos colores y, a diferencia de la primera vez, la tierra lucía más árida,
con grandes espacios arenosos en la vegetación. También pudo ver que, a
lo lejos, ya no estaba la misteriosa montaña de las consultas, en su lugar
había un gran edificio, similar al de su trabajo, raramente inclinado hacia
la derecha.
La fauna y la flora también sufrieron los cambios, ya no existían árboles
frondosos o plantas exóticas, el desierto mismo se hizo presente allí en
ese momento.
Tuomas caminó lento y con desconfianza por aquel lugar, buscando
algo que le resultara conocido de su anterior visita. Todo era nuevo y tris-
te para él, con cada paso su desilusión crecía e inmediatamente comenzó
a sentir en su pecho que su corazón no quería estar allí.

- 38 -
La teoría de la sonrisa

Al acercase al edificio notó que el silencio dejaba de ser un privilegio y


que los ruidos de teléfonos, teclados e impresiones aumentaban con cada
paso. Ese mundo ya no era distinto, era igual al otro, lo amargo, lo coti-
diano, la fatigosa rutina se respiraba en el aire nuevamente.
A unos metros del edificio, Tuomas posó su vista sobre aquella imagen.
Se entristeció, pero aun así su cabeza se encontraba repleta de preguntas.
Pudo divisar entre tanto ruido a un guardia en la puerta y decidió acer-
carse para poder saldar estas dudas. Con cada paso notó que la cara del
guardia se desfiguraba hasta transformarse en un círculo de luz, cuerpo
humano y luminosidad facial era el resultado de cada paso.
–Disculpe– dijo el muchacho– ¿me podría decir dónde estoy?
El hombre luminoso no contestó.
–¡Señor! Por favor, ¿podría decirme dónde estoy?– dijo enojado.
El silencio siguió dominando la situación.
Cansado y nervioso, Tuomas optó por la prepotencia e intentó ingresar
al edificio, pero un manotazo evitó la acción. Ya en el piso, tardó unos
segundos en reaccionar y se incorporó tambaleándose.
–¡Ey! ¿Qué haces? ¡Cómo me vas a pegar así hijo de una gran puta!
–No se puede pasar– dijo una voz hermosa que combinaba el tono sua-
ve de una mujer con el tono grueso de un hombre.
–¿Me lo podrías haber dicho antes, no?
–Usted no me lo preguntó– respondió el ser luminoso.
–¿Podrías haber sido amable y contestarme, no?– dijo enojado
Tuomas–. Era más fácil y evitábamos esto, ¿no ves que estoy perdido?
–Usted no está perdido, simplemente es una persona con más dudas
que certezas y por ende, usted sabe dónde está, entonces no es necesario
que yo conteste.
–¿Me estás cargando, no?
– Piense, por favor– respondió con severidad el ser.
–¿Por lo menos me darías indicios?
–Dos preguntas, comience.
–Bueno –suspiró el muchacho–. Es mejor que nada. A ver, va la primera,
¿es la primera vez que estoy acá?
–No.

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Federico Rollini

–Bien, ya casi estoy seguro, pero sólo para despejar todas las dudas,
¿había una chica conmigo la vez anterior ?
–Sí señor.
–Perfecto, ya sé dónde estoy.
–Muy bien, me alegra haber despejado las dudas.
–¿Y la montaña?
El ser luminoso guardó silencio.
–Ya no importa –dijo resignado Tuomas– la verdad, nada se parece a lo
que era, sinceramente me quiero ir.
–Pero no puede, mi estimado señor, usted está aquí por alguna razón.
–¿Qué?, ¿me hablás a mí?
El cielo violeta se abrió de repente con un terrible estruendo, muchas
personas con caras irreconocibles se agruparon alrededor del edificio,
algunos ojos voladores provenientes de su interior cubrieron el cielo y,
dando giros, dibujaron círculos. Entre todas las personas, Tuomas pudo
divisar una cara conocida, se acercó hasta ella para evacuar sus dudas y
pudo ver que sí la conocía. Era la novia de su amigo Marco, Sabrina.
–¡Sabrina! ¡Soy yo, Tuomas!
La chica permaneció inmóvil sin dejar de mirar el cielo.
Inquieto y ofuscado la miró por unos minutos pero no tuvo suerte, ella
seguía allí, en otro mundo. De repente desvió su mirada hasta chocar con
la de Tuomas y extendió su brazo para que éste contemplara el cielo.
Un montón de pequeñas pirámides brotaron por uno de los últimos
ventanales del edificio, allí comenzaron a amontonarse y a formar una
pasarela de piedra.
Los ruidos de oficina cesaron y una figura humana cruzó uno de los
ventanales hasta llegar a la punta de la estructura de roca.
Al reconocerlo, el pecho de Tuomas se heló, era su amigo Marco quien
esperaba ahí, con una mirada perdida observando todo lo que lo rodeaba.
El cielo volvió a explotar y miles de rayos se dispersaron cerca del
edificio.
Desesperado, el chico insistió una vez más preguntando a la novia de
su amigo:
–¡Sabri! Por favor, ¿qué está pasando acá? ¡No entiendo un carajo!

- 40 -
La teoría de la sonrisa

La chica, inmutable, no contestó.


Así, Tuomas miró resignado a su amigo, vio cómo uno de sus pies yacía
fuera de la pasarela, flotando en el aire, y al segundo el resto del cuerpo
comenzó a caer en picada sobre el firmamento.
Un ruido seco, como el caer de un saco de papas, fue lo único que se
escuchó, el silencio sepulcral acompañó el siguiente momento. Al ver a
su amigo en el piso, gritó desaforadamente, sólo para darse cuenta más
tarde que a pesar de la acción, el ambiente no registraba sonido alguno. Se
acercó y abrazó a Marco, él yacía frío y muerto. El edificio mutó su forma
y se transformó nuevamente en la montaña, el lugar retornó a su aspecto
natural y colorido.
Debajo de él la tierra comenzó a agrietarse, un leve sismo dio el empuje
final a su estadía en ese lúgubre lugar. A pesar de sus esfuerzos, cayó de
forma violenta al negro vacío, sosteniendo el inerte cuerpo de su amigo.

- 41 -
Capítulo 3

Cambiar para permanecer

T
res golpes secos retumbaron sobre el armatoste que cubría el cuer-
po de Tuomas antes de que éste pudiera recobrar plenamente la
razón.
–¡Ey, ey! ¿Estás bien? ¡Mirame loco! ¿Estás bien?
La figura de un hombre repitió esta frase varias veces mientras sacaba
el armario que se desarmaba con cada movimiento.
Incómodo por toda la luz que entraba, Tuomas señaló extendiendo su
pulgar hacia arriba, intentando demostrar que su cuerpo y él se encon-
traban en perfecto estado.
–¿Qué pasó, vieja? – preguntó el hombre.
–Nada– repitió varias veces mientras se tomaba la cabeza.
–¿Nada? ¿Seguro?
Tuomas intentó hilar algunos razonamientos que le permitieran zafar.
De a poco, mientras hacía tiempo, pensó que lo mejor sería decir una
mentira lo más verosímil posible.
–Vi una rata… y quise matarla… y se me cayó eso arriba mío – dijo de
forma entrecortada.
El hombre lo observó por unos segundos.
–En esos casos, tenés que avisarnos a nosotros, te hiciste el pulenta y te
dio pesto una rata, genio– sonrió.
–¿Sos Batman capo?– respondió enojado Tuomas.
Ayudó a levantar al muchacho y, dándole una palmada en la espalda:
–Me descubriste, ¡pero sólo de noche, eh! En el día soy maestranza y
rescatista de giles. No le digas a nadie por favor.
Si bien la situación estaba tensa, la última frase ablandó el aire. Lejos de
enojarse, Tuomas sonrió amablemente y agradeció la ayuda.
–¿Te puedo hacer un par de preguntas?
–Sí, decime ¿qué pasa?
–¿Cómo me encontraste acá?

- 43 -
Federico Rollini

–Para ser sincero llegué hace diez minutos y, si no tosías, posiblemen-


te te hubieses quedado mucho tiempo. Bajé para dejar dos sillas rotas y
mientras las acomodaba junto a las otras te escuché, me pegué un lindo
susto.
–¿Qué hora es?
–Las cuatro, ¿por?
–Por nada, la verdad mucho no recuerdo. Corrí a la rata desde las
escaleras y terminé en este lugar.
–¿Era grande la rata?– preguntó el maestranza.
–Sí, bastante– asintió Tuomas.
–Bueno, gracias por avisar, ahora pido que compren veneno y tiramos.
De paso vemos si se me escapa un poco en el escritorio del jefe– dijo
riendo el hombre.
–No es mala idea, eh. Gracias por todo genio– contestó Tuomas.
En ese momento ambos acordaron no decir nada a nadie, parecía ser lo
más fácil y directo. Cada uno siguió su rumbo.
La última vez que Tuomas había visto la hora, el reloj marcaba las tres
de la tarde. La persecución, la visita al otro mundo, todo aquello que pa-
recía una eternidad tan sólo había sido una hora de vida.
Turbado, caminó por las escaleras rumbo a su cubículo. Sueño o reali-
dad, el sentimiento era totalmente contrario al que experimentó en aque-
lla primera visita. Ya no tenía dudas del lugar, sino de lo que había visto.
Un mundo sombrío, lleno de tristeza y lúgubre. Máquinas, lo cotidiano,
todo estaba inmerso y mezclado. Concluyó que no existía una sola forma.
El lugar mutaba de acuerdo a una fuerza que él no podía controlar a pesar
de su primera experiencia. Él poseía la habilidad de cambiar dentro de
ese mundo, pero no el mundo en sí. Si bien en su primera visita no vio
ninguna Consulta, la segunda lo hizo dudar y empezó a hilar concep-
tos que le permitieron sospechar que el aspecto de Omerta dependía de
quién hiciera la consulta. El edificio, los ruidos, todo era muy similar al
lugar donde trabajaban él y Marco.
La imagen de su amigo retumbó miles de veces en su mente, lo man-
tenía lejos de la concentración en aquello que él creía “la otra realidad”.
Frío, sin vida, sólo el miedo podía comprender aquel sentimiento.
Nervioso y asustado tomó el teléfono y volvió a llamarlo varias veces,
su pesar fue en aumento al no recibir respuesta alguna. Sin dar muchas

- 44 -
La teoría de la sonrisa

vueltas decidió rápidamente ir a visitarlo, dejando de lado todas sus res-


ponsabilidades laborales.
Esquivó las miradas de sus compañeros hasta llegar a la calle, allí tomó
el primer taxi y, en un abrir y cerrar de ojos, se encontró en la puerta de
la casa de su amigo.
Tocó varias veces sin suerte, algunos vecinos que conocía de vista ha-
bían salido del lugar, pero en ningún momento sintió confianza como
para preguntar.
Finalmente, y luego de cuarenta minutos, un pequeño hombre vestido
con un traje color caqui se hizo presente. Todo indicaba que era el
encargado.
–Discúlpeme, ¿usted trabaja acá?– preguntó Tuomas.
–Así es, ¿necesitás algo?– respondió con voz fina el diminuto hombre.
–Sí, mirá, estoy buscando a Marco Tarselli, vive en el 5° C.
–¿Y quién lo busca?
–Tuomas, soy amigo, lo estuve llamando pero me atendió a la mañana
y después no pude dar con él.
–Salió al mediodía, justo cuando yo me iba a comer y dormir la sies-
ta, ahora a la tarde no lo vi entrar ni salir. ¿No te atiende el portero o el
celular?
Tuomas giró su cabeza para ambos lado marcando la negativa.
– Lo intenté varias veces sin suerte– dijo.
–No sé qué decirte, apenas lo vea le aviso que lo estabas buscando.
–Perfecto, mil gracias, ¿su nombre es…?
–Jaime Echegoyen, pa’ servirle– sonrió el encargado.
Intercambiaron números de celulares y cada uno siguió con sus asuntos.
Pasaron varios días desde aquella visita, la preocupación por su amigo
iba en aumento. Si bien lograba comunicarse una vez por día, todo era
telefónico, Marco exigía no ser visto, escudándose que todo era pasajero
y que cuando tuviera ganas hablaría de una buena vez. Mientras tanto, los
diálogos solo constaban de palabras aisladas y frases forzadas.
Por esos días, la situación entre Tuomas y Melina comenzó a mejorar. Se
activó entre ambos aquella bella forma de vivir de antaño. Se mostraban
juntos y comprometidos, había más risas y besos. Como siempre, ella
permanecía a pesar de todo, y él, comprendiendo esto, empezó a creer

- 45 -
Federico Rollini

en lo hablado en aquella primera visita al otro mundo, internamente su


compañía lo hacía sentir más fuerte que de costumbre y con otro aire
enfrentaba las adversidades del día a día.
Todo transcurría en paz y armonía, los fantasmas de la inseguridad
descansaban, mientras que la tristeza por su amigo era lo único que en-
torpecía aquel momento.
Fue un mal necesario lo que los unió, y ambos sin decirlo lo pensaban.

El gran hecho que cambiaría la vida de Tuomas llegó justo después de


la última visita.
Se encontraba solo en la casa, Melina cenaba con amigas, un DVD con
un recital de Pearl Jam retumbaba las paredes. Black, Jeremy, Bettermen,
todo un elixir musical invitaba a su cuerpo a moverse, cantar y tocar la
guitarra aérea. En la soledad de su hogar nunca le fue tan fácil cerrar los
ojos, ser Eddie Vedder y tocar para miles de personas.
En la cocina, el ruido del aceite quemando las papas fritas se mezclaba
con el chirrido de la grasa de las hamburguesas quemándose en la plancha.
Finalmente, con la comida ya lista, se sentó en la mesa y empezó a co-
mer con la vista fija en la TV, tratando de no pensar en el día y en los
problemas simples de trabajo y su posible resolución. De pronto un ruido
proveniente del baño lo trajo de vuelta al mundo real. El sonido fue simi-
lar a la caída de algo pesado, como una botella de shampoo o un paquete
de jabones. Tomó el cuchillo como primera medida y luego caminó len-
tamente rumbo al baño. Su respiración comenzó a acelerarse, sus ojos se
abrieron de par en par, la mano tensa sujetando el filo ya se ubicaba en
posición de ataque, sólo bastaba un ruido más pero, para su suerte, todo
aquello terminó felizmente.
Una pequeña pirámide salía del baño caminando de un lado al otro,
se encontraba mareada. Entonces él se dio cuenta que el ruido probable-
mente lo produjo el choque del pequeño intruso al caer al piso.
Siguió con la mirada la caminata del pequeño infiltrado, a duras penas
éste se dirigía al armario, al entrar allí desapareció de su vista y, sin poder
soportar la curiosidad, se acercó hasta el mueble. Su inquietud ante la
situación aumentó cuando desde el baño surgieron otras dos pirámides,
quienes siguieron los pasos de su antecesora.

- 46 -
La teoría de la sonrisa

Las dudas sobre lo que estaba viendo comenzaron a inquietarlo, otra


vez se sentía preso de la demencia y, a su vez, se mostraba curioso y feliz
por lo que estaba pasando. Una última pirámide cruzó del baño al arma-
rio, pero en este caso en su parte puntiaguda llevaba un anillo. Tuomas
se sorprendió al ver que ese era su anillo, el que le había regalado Melina
hacía un par de meses. Miró su mano y comprobó que no lo tenía, por
ende, ése era suyo. Alertado por esto, se apresuró a atrapar al ladrón y se
sumergió en la oscuridad del armario.
Las tinieblas dominaron su corazón por escasos segundos cuando las
puertas se cerraron, la noche era total.Un punto luminoso se destacaba
entre tanta negrura, caminó hasta allí con paso lento y cauteloso. Una voz
suave empezó a sonar con su respectivo eco:
–Seguí derecho y tranquilo.
Al resultarle conocida, caminó como ésta le indicaba. Al llegar al punto
luminoso, introdujo su dedo en él, vio que al moverlo éste se quebraba y
se expandía y más luz fluía del mismo. Desesperado, utilizó ambas manos
para abrirlo y, cuando quiso darse cuenta, ya estaba en el otro mundo.
Allí lo esperaba Melina con una gran sonrisa, su corazón latía tran-
quilo al ver su cara. Ella lo tomó de la mano y caminaron por un rato en
silencio, finalmente ambos se sentaron frente al inmenso paisaje colorea-
do por la noche. La montaña descansaba silenciosa, los ojos voladores
yacían en el bosque en pleno reposo, las pequeñas pirámides con patas
descansaban junto a sus primas las rocas.
–Algunos dicen que la noche hace mejor los lugares porque elimina los
detalles y te permite ver un todo, el aura completa del lugar, se eliminan
los pequeños errores y todo se vuelve más hermoso– dijo Melina.
–Puede ser– respondió Tuomas.
–Por ejemplo, me dijeron que la torre Eiffel es mejor de noche que de
día.
–Deberíamos ir a París.
–¿Y declararnos nuestro amor eterno?
–Eh, sí, no veo por qué no, en realidad estaba más preocupado por
saber cómo son los panchos, me dijeron que son una baguette que le sa-
cás la miga y adentro ponen la salchicha y que queda como el falo de un
perro contento– explotó él en carcajadas.
–Sos un boludo– contestó Melina.

- 47 -
Federico Rollini

Entre silencio y charlas esporádicas el tiempo pasó. Recorrieron el


mundo que ahora se mostraba selvático y, ante el follaje que ofrecía el
mismo, optaron por jugar con él, tocando y descubriendo.
Melina y el ambiente eran perfectos. Él se percató de este hecho y consi-
deró que era un buen momento para repetir lo de aquella primera visita,
donde sus cuerpos se entrelazaron en un puro éxtasis de amor desnudo.
Tuomas buscó cada momento oportuno para acercarse íntimamente a
Melina, aquel mundo se predisponía para ello, era de noche por prime-
ra vez, la mejor de las oscuridades, con centenares de estrellas brillando
celosamente, jugando a ser pecas en el rostro de la galaxia. La noche era
pecado, el mejor de ellos, paraíso afrodisíaco para los que aman. Pero a
cada intento la resistencia de ella surgía y lo desanimaba y lo que alguna
vez fluyó, ahora encontraba sus trabas.
–No estás muy romántica hoy...
–Lo estoy Tuomi, pero no para coger.
–¿Por qué? ¿Pasó algo? Jodeme, ¿acá también menstruás?
–Hoy estás hecho un bobo– dijo ofuscada.
–Perdón Meli, es que la noche, el ambiente y lo de la vez pasada fue
muy bueno.
–Quiero que seamos amigos– dijo con una sonrisa.
Tuomas la miró atónito, una mezcla de sensaciones cruzó su pecho, por
un momento se olvidó de respirar. Melina comenzó a reír.
–Jajaja– explotó en carcajadas–. ¡Te pusiste pálido!
Él continuaba observándola sin decir una palabra.
–Tranquilo, no te estoy dejando y no hay chance de eso, solo es que hoy
quiero ser tu amiga, como cuando nos conocimos.
–¿Amigos? ¿Cuándo lo fuimos? Evidentemente hay una parte de la re-
lación que me perdí. Te conocí la misma noche que apretamos.
–Claro, pero eras lento, tardaste como dos o tres horas en tirar una in-
directa para que te conteste. Mientras tanto me hablabas como un amigo
y la verdad, la pasé bien. Me hablaste más de vos ahí que en todos estos
años de relación.
–Perdón, sinceramente mucho no me acuerdo, pero… vos, si no me
equivoco, tenías una musculosa blanca y una pollera hasta las rodillas.
–¿Y el color de la pollera?

- 48 -
La teoría de la sonrisa

–Eh… azul oscuro.


–La pegaste, tenés suerte. Vos estabas vestido con una camisa leñadora
roja con cuadros negros y blancos, jean negro, zapatillas de lona y tenías
una exagerada cantidad de perfume arriba.
–Guau, qué memoria…
–Menos mal que el perfume era rico, sino estábamos en un problema.
–Admitilo, te cautivé desde el primer momento, mi carisma, gracia y
look…
–Estabas solo en una esquina sin hablarle a nadie, me diste un toque de
pena, te fui a charlar de onda al principio.
–Claaaaro, te haces la heroína, pero no te diste cuenta que yo estaba
cazando y vos eras la presa ideal. Cada vez que te miraba sentía que te
quedaba poco tiempo antes de caer en mis garras.
–Y cada vez que yo te miraba corrías la vista y me parece que en tu teo-
ría algo andaba mal, porque fue la presa la que se acercó al cazador. ¿Algo
no cierra, no?– dijo sonriendo ella.
–Pura estrategia, gordi, así funcionamos los depredadores naturales.
Melina le dio un beso en el cachete y puso su cabeza sobre el hombro
de Tuomas. El silencio de aquel momento vino acompañado de pequeños
y extraños movimientos. A lo lejos se veía cómo algunas pirámides se
dividían en dos líneas y formaban un camino, un pequeño destello que
provenía de sus puntas hacía las veces de iluminación del mismo.
–Perdón que vuelva sobre el tema, no entiendo esto de querer ser ami-
gos– dijo él.
–Porque hoy quiero ser tu amiga, eso es todo, charlar y nada más.
–Tiene que haber una razón.
–¿Te interesa escucharla?
–Me inquieta.
–Es simple, Tuomi, cuando vos querés compartir con alguien tu vida,
en este caso una pareja, no basta con un tipo para tener sexo y llevarse
más o menos bien. Es una cuestión más grande. Cuando te vi no solo bus-
caba un pibe que me gustara, sino un amigo, un compañero, un amante,
alguien que sepa hablar y callar.
–¿Todo eso viste en mí?

- 49 -
Federico Rollini

–Al principio sí, eras completo. Con el tiempo cambiaste y hace mucho
que no veo todo ese conjunto.
–¿Y qué ves ahora?
–Un hombre muerto que camina, que a veces se anima a hablar y reír.
–¿Para tanto Meli?
–No sos el mismo, pero tengo mi teoría y soy fiel a ella, por eso estamos
juntos.
–Por todo lo que decís, debe ser la teoría del morbo ¿no?
–Tiene algo de morbo, sí, puede ser, pero pasa por otro lado.
Melina abrazó fuerte a Tuomas.
–El día que te vi, hubo un momento particular. Estabas hablando de lo
que querías trabajar, decías que te gustaría entrar en un Ministerio y ayu-
dar con pequeñeces a la gente, hacer una calle, construir una vivienda,
algo que modificara en lo cotidiano a personas que lo necesitasen. Había
algo en tu voz que me decía que no mentías y me hizo feliz darme cuenta
de eso, recuerdo bien que en ese momento vos también sonreíste y bajaste
la mirada, por ese breve instante parpadeé y te vi como un anciano, con
pelo sólo en los costados y con arrugas por doquier, con líneas demarca-
das cruzando toda tu cara, pero a la vez con los mismos ojos y la misma
sonrisa que tenías en ese momento. Ahí me di cuenta que podías ser el
extraño caso del “hombre para siempre”.
Tuomas, sin decir ni una palabra quiso besarla muy fuerte, pero recor-
dó que eran amigos. Su pecho comenzó a latir más rápido de lo habitual,
por primera vez se sintió importante para alguien en el mundo, distinto
del resto de los seres del universo. Había un antes y un después de es-
tas palabras, de la increíble teoría salida de la boca de Melina. Algo tan
perfecto que deseó con fuerza recordarlo para llevarlo al otro mundo y
lograr el equilibrio, ponerle fin a los fantasmas del pasado y respirar.
–Qué loco, a pesar de todo seguís acá, al lado, hasta en los sueños.
–¿Esto es un sueño para vos?– preguntó ella.
Permaneció en silencio ante aquella pregunta, las luces del mundo se
apagaron y se prendieron rápida y violentamente: él dudaba.
–Tranquilo Tuomi, si dudás es peor, más que nada por todo lo que te per-
dés, disfrutá porque nunca uno sabe cuánto puede durar la tranquilidad.

- 50 -
La teoría de la sonrisa

Pasaron algunos segundos entre las palabras y el efecto de las mismas.


Todo volvió a la calma.
–Creo que me estoy volviendo loco– rió Tuomas.
–Mejor, mientras más loco te vuelvas menos ataduras y barreras vas a
tener, digo, quizás me podés sorprender, ¿eh?
–¿Me querés loco? ¿Te entendí bien?
–No psicópata, pero sí loco, no sé si me estoy explayando bien.
–Mirá vos, ¿con defectos igual me amás, amiga?
–No me parece defecto, sí virtud– respondió Melina–. Es básico lo que
voy a decir, pero algunas tenemos imán para esas personillas, algunos
son buenos, otros son malos, en fin, creo que así se mantiene el equilibrio
universal.
Al finalizar la última oración un silencio repentino se hizo presente
en el ambiente. Cerca de ellos una mujer de aspecto fantasmal recorría
el sendero construido por las pequeñas pirámides caminantes. La figura
se detuvo por un momento y observó con temple lúgubre a la pareja.
Era una chica joven, de rostro pálido, mejillas grises, ojos marrones, una
trenza larga salía desde su capucha y dejaba ver un pelo castaño con tintes
rubios, muy linda en cuanto a sus facciones pero a su vez tenebrosa por
su presencia.
La situación permaneció tensa hasta que la figura continuó su camino
y se perdió lejos, inalcanzable a la luz de la noche.
–¿Qué extraño, no?– preguntó Tuomas.
Melina la siguió con la mirada atentamente sin prestar atención a las
palabras de su novio, había algo en esa figura que la incomodaba y estaba
segura que no era su aspecto sepulcral sino el motivo para estar en su
mundo.
–¿La conocés?– susurró ella con desconfianza.
Atónito y con un gesto inducido por el miedo a la pregunta, la miró a
los ojos y le respondió negativamente con la cabeza.
Tras esa respuesta ella se acostó en el piso observando el cielo, Tuomas
seguía mirándola, fija e intensamente, cómo si la mismisíma Medusa de
la mitología griega lo hubiese petrificado.
La pregunta de su novia produjo miles de revoluciones por segundo en
su mente, recordó aquel rostro gris y dio vueltas por todos sus recuerdos,

- 51 -
Federico Rollini

al final, logró tranquilizarse cuando se percató de que no la conocía y,


arrojándose sobre el pasto, acompañó el descanso de su compañera.
–Te creo amor, disculpá– dijo ella apenada.
Ambos guardaron silencio otra vez, contemplaron el cielo negro y de-
notaron que algunos rayos procedentes del lado de la montaña se hacían
presentes. Solo luces, sin ruidos ni lluvia, menos aún nubes.
–A ver si entiendo cómo funciona esto– habló Tuomas–. ¿Puede ser
que esté yendo a la montaña a hacer una consulta?
–Parece que sí.
–Su aspecto no era el mejor.
–Es verdad, no parecía feliz, ¿seguro que no la conocés?
–Por segunda vez en un minuto, no Meli.
–Qué raro todo, che– dijo ella suspirando.
Las luces parpadearon de nuevo.
–¿Otra vez, Tuomi?
–Mala mía, lo admito, igual es muy sensible todo esto, ¡soy humano
carajo! ¡Y tengo derecho a la duda! Como Descartes, me acuerdo que
Marco me contó una vez que el tipo dudaba de todo, incluso de la exis-
tencia de las personas de carne y hueso.
–Y esa noche también tu amigo te comentó que tenía sexo con una rei-
na sueca y se murió de neumonía por darle las clases a la noche en pleno
invierno.
–Muy buenas clases diría yo –dijo Tuomas sonriéndole a Melina–.
¿Podríamos tomar un par de clases particulares ahora, no?
–Strike dos– contestó ella de forma seca.
–Ok, otra mala mía, perdón, me olvidé que hoy éramos “amigos– hizo
el gesto de las comillas con los dedos –. Mi memoria anda defectuosa, sin
distinguir los mundos.
–Y aún así, defectuoso y todo, te quiero… “amigo”– dijo Melina riéndo-
se mientras hacía el signo de las comillas.
–¡Qué bueno, che! Gracias.
–También creo que te empecé a amar cuando me enamoré de tus
defectos.

- 52 -
La teoría de la sonrisa

–¿En serio? Al final sos más rara de lo que pensé, ¿por qué nunca me
dijiste esto?
–Porque nunca fuimos amigos, Tuomi.
–Somos pareja, creo que deberíamos decirnos todo ¿no?
–Strike tres y por caradura te lo digo, ¿justo vos me venís a recriminar
eso de abrirnos el uno al otro?
–Bueno, otra mala, agite para la tribuna.
–Creo que existe una fórmula y que ésta puede alimentar la teoría sobre
el amor.
–Es feo de tu parte querer poner el amor en una línea científica, con
leyes y acciones preestablecidas. El amor fluye o no fluye, es simple Meli,
siendo una teoría se vuelve más aburrido.
–La palabra regla suena fuerte, lo admito– contestó ella–, serían pautas
flexibles, muy flexibles, que por ahí pueden ser útiles.
–¡Ah claro, ahora entendí la diferencia! ¿Y te sirvieron estas pautas?–
dijo Tuomas sarcásticamente.
–¡Ay dios! A pesar de que a veces te comportás como un pelotudo, la
verdad confieso que sigo creyendo en estos tips para aguantarte
–¿ No te molesta mi silencio, mi malhumor por las mañanas, noches…
bah, casi todo el día? Sinceramente creo que me mentís– dijo seriamente.
–Como tu amiga el día de hoy puedo decirte que sí, que me moles-
ta mucho que seas así. Primero porque no decís nada, sólo dejás ver el
malhumor y no las razones, y cuando finalmente las exponés son muy
superficiales. Te creés vos solo contra el mundo y no es así, nadie está
solo, nunca estamos solos.
Tuomas miró el oscuro cielo por unos segundos.
–No te lo puedo discutir –reflexionó.
–Igual te lo dije mil veces, en el otro mundo y en este, no depende de mí
ya. Lo que sí puedo decirte es mi fórmula.
Él guardo silencio.
–A los pocos meses, cuando pasó lo de tu viejo y desapareciste, entendí
que eras así y que por más que me jodiera, era tu forma de asimilar las
cosas. Me di cuenta que para quererte iba a tener que bancar eso y en
todo caso con el tiempo hacerte entender que puede haber otra forma de
enfrentarlo, sin dejar de lado al otro.

- 53 -
Federico Rollini

–Puede ser– susurró él.


–Creo que para conocer realmente a alguien y quererlo, tenés que apre-
ciar sus fortalezas, pero a la vez ver si sos capaz de enamorarte también de
sus defectos, aceptarlos y ver si son compatibles con tus propios defectos.
Tuomas permaneció en silencio, su pecho se inquietó al escuchar las
palabras de ella, le costaba creer que la imagen que tenía hacía tiempo no
era tal, sino más profunda, llena de compasión y sabiduría. Internamente
se sintió estúpido por todo el tiempo en que creyó que ella era una simple
mujer, todo se tornó desconocido y excitante, ese fue el momento donde
vio morir y renacer algo, un fénix de test blanca, pelo castaño y ojos azu-
les como nunca antes había visto. Tuvo una necesidad fuerte de besarla y
abrazarla, internamente esta sensación lo quemaba.
La miró a Melina unos segundos, ya no podía negarse ante semejan-
te situación. El instinto arremetió y se disfrazó en un abrazo estridente,
contuvo sus ganas de besarla y se limitó a cercar su cuerpo con los brazos.
Ella sonrió feliz por aquel acto y con un dulce gesto besó su frente. Ambos
permanecieron largo rato en esa misma posición. Los labios pegados a la
frente y los brazos alrededor del cuerpo empezaron a generar ese calor
tan esperado, el de la previa a la “pequeña muerte”, ambos corazones lo
palpitaban y en cada latir ordenaban acercar sus cuerpos aún mas, las
manos independizadas de las ordenes de la razón de a poco comenzaron
a recorrer la espalda de ella dibujando círculos con suavidad. Melina se
separó levemente dejando un pequeño hueco entre sus cuerpos, se mira-
ron mutuamente y, cuando el beso era el único futuro posible, la montaña
hizo sonar su llamado.
El cielo explotó, miles de truenos sonaron al unísono quebrando la ar-
monía de la noche, los relámpagos danzaron entre el cielo y la tierra con
majestuosa concomitancia. Las ráfagas de viento agitaron la fauna y la
flora de aquel lugar. Las copas de los árboles se movían de forma confusa,
de derecha a izquierda y viceversa en pocos segundos. Los ojos voladores
salieron despavoridos de su escondite y volaron trazando giros confusos
e inestables en el aire. Por otro lado, cerca de la pareja, las pequeñas pirá-
mides que habían formado aquel camino por donde pasara la chica fan-
tasma, se desparramaron por doquier, mezclándose con otras pirámides
que se sumaban al frenesí de situaciones.

- 54 -
La teoría de la sonrisa

Al ver esto, más inquietos que asustados, ambos se tomaron de la mano


y se acercaron caminando hacia la montaña. A medida que lo hacían,
veían cómo otros extraños también se perfilaban hacia el mismo destino.
–¿Alguien va a hacer una pregunta?– gritó él.
Ella asintió con la cabeza y continuaron su caminata hacia allí. Tuomas
recordó su anterior visita y, por un momento, pensó en la suerte de su
amigo Marco y la imagen de esa estrepitosa caída resonando con fuerza
en su memoria, aquel cuerpo inerte, frío.
Cerca ya del gran confesionario natural, las pirámides organizadas em-
pezaron a fabricar la pasarela por donde desfilaban aquellos que intenta-
ban poner a prueba su destino. Hermosas flores color violeta y amarillo
nacieron en aquel momento sobre las partes verdes de la montaña y sus
alrededores.
Los truenos y relámpagos cesaron, un silencio inquietante reinó en
aquel lugar, el aire se tornó denso, casi asfixiante. Si bien el mundo pa-
recía tranquilo nuevamente, cualquier mínimo acontecimiento podía
cambiarlo.
Al llegar a la montaña una muchedumbre de sombras silenciosas espe-
raban dóciles, no tenían rostro ni apariencia, eran simples formas huma-
nas sin distinción alguna, hombre o mujer, ya no importaba, eran seres
lúgubres observando la pasarela de piedra que de a poco se formaba.
Tuomas y Melina atravesaron la muralla de espectadores lenta-
mente hasta conseguir un lugar adecuado que les permitiera ver los
acontecimientos.
La espera no fue larga, a los pocos minutos una sombra empezó a divi-
sarse desde la cima, caminó lentamente por la estructura de piedra hasta
llegar al límite de la misma. En ese momento, sin decirse palabra alguna,
reconocieron a la extraña figura. Era la chica fantasma del sendero.

Expectantes, vieron cómo la naturaleza del lugar actuaba ante esta nue-
va consulta: las pirámides ya habían terminado su trabajo, dibujando una
perfecta platea de piedra sobre el aire, los ojos voladores y otros insectos,
parientes de las libélulas, surcaban el cielo y volaban creando perfectos
trazos circulares alrededor de la estructura montañosa. Algunos rayos
surgían entre las negras nubes, iluminando la escena.

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Federico Rollini

Tuomas tomó de la mano a Melina con fuerza, al sentir esto ella se acer-
có hasta que sus cuerpos estuvieron completamente pegados.
Del completo silencio a un gran estallido el cielo se tornó multicolor,
variando entre el rojo, verde y azul, los truenos se transformaron en la
banda sonora del momento y entonces, la chica en la cima, entregada a
su destino, se lanzó.
El cuerpo descendió a una velocidad estrepitosa, las criaturas volado-
ras, revueltas por el ruido, daban vueltas frenéticas y torpes. A pesar de la
situación, la muchedumbre sombría permaneció inerte. Desde los cielos,
un ave similar al fénix fue al encuentro del cuerpo, hizo un movimiento
extraño con su cola, deteniendo con viento la caída del mismo y, con sus
patas, lo sujetó. Un rayo letal impactó de repente a la pareja, ambos se
desprendieron y un ruido seco detuvo el tiempo. Ella yacía en el piso y el
ave había desaparecido.
Como si nada hubiese sucedido, el extraño mundo retornó a su anterior
forma. Era una noche cálida y hermosa, luminosa gracias a las estrellas.
Las bestias que allí moraban desaparecieron de la vista y la paz reinó,
ahora eran sólo Tuomas, Melina y el cuerpo sobre el pasto.
Se acercaron con cautela, él tocó el cuello y miró a su novia con tristeza.
–Está muerta.
–No se equivocaba en lo que pensaba entonces, ojalá sea para mejor
¿no?– dijo ella.
Ambos miraron el cadáver por unos segundos y se percataron de que el
rostro parecía tranquilo, lejos de lo fantasmal, había recuperado su color
de piel marrón claro y se marcaban sus facciones persas.
–Es muy bonita– afirmó ella.
–Sí, nada que ver con la primera vez que la vimos.
Luego de aquel acontecimiento, el lugar se vació enseguida y la tierra
se tragó el cadáver de la chica. Su consulta tuvo una respuesta. Tuomas y
Melina caminaron por un rato largo sin hablarse, cada uno pensando en
lo suyo.
–Vení, vamos a acostarnos cerca de ese arroyo– dijo ella sonriendo.
–Sabía que no aguantarías mi encanto, soy irresistible en cualquier
mundo.

- 56 -
La teoría de la sonrisa

–Sos un tarado en los dos mundos... acordate que nosotras somos siem-
pre las que decidimos lo de coger y también casi todo el resto, a veces le
delegamos alguna que otra decisión.
Se miraron y al instante estallaron en risas, Tuomas tomó de la cadera a
Melina y comenzó a besarla con locura, ambos cuerpos se presionaron de
manera asfixiante, sin dejar grieta alguna, el abrazo los contenía.
Cada beso los separaba más aún de su corta amistad y esto denotaba
silenciosamente un nuevo punto de partida para ambos. Tuomas sentía el
éxtasis de ser la otra parte de un todo, ya no era él, pensó como un “ellos”
contra el mundo.
–Se te nota feliz– dijo ella.
–Muy… ¿vos?
Melina asintió con la cabeza.
–Me pone muy contenta que todo esto pase... te amo Meli.
–Y yo a vos, con locura.
Estrecharon sus cuerpos en un inmenso abrazo. Las estrellas, a pesar de
sus celos, iluminaron la noche con una luz extenuante.
–¿Estás listo para volver Tuomi?
–¿Qué?– respondió con asombro.
–Nos vemos allá– dijo sonriendo Melina.
Ella se separó de él y le indicó que mirara el cielo, allí la pasarela co-
menzó a desmoronarse y, con una inmensa sonrisa, Tuomas se despidió.
–Ganaste Melu, somos amigos…
Al finalizar la frase, la oscuridad cubrió nuevamente la vida.

–Tuomi– repitió varias veces su novia mientras lo movía.


La mano de Melina acariciaba su rostro, al abrir los ojos notó que se
encontraba vestido, arrojado en el sillón.
–¿Qué paso? Uh, me quedé dormido.
–Puede ser– dijo ella–. Además, tenés bastante olor a birra también.
¿Tomaste mucho? ¿Saliste?
–¿Qué Meli?– contestó confuso.
–¿Si saliste, amor?
–No, no, me tomé dos porrones y al parecer me quedé dormido.

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Federico Rollini

–¿Dos porrones nada más? ¿Seguro?


–Sí linda, dos nomás.
–Sos un tibio amor, muy princesa– dijo ella mientras se reía.
Tuomas se reincorporó con cierta dificultad del sillón ante la atenta
mirada de su novia, miró a su alrededor buscando alguna huella de lo
que había pasado anteriormente con las pirámides, caminó hasta el baño,
buscó el frasco roto y, para su sorpresa, éste estaba allí, inmaculado sobre
la estantería. Aturdido por la situación, su corazón lanzaba palpitaciones
más rápidas que las normales ya que temía por estos sueños y la manera
que ingresaba a ellos.
–Vení, gordi, vamos a la cama– dijo ella.
–¿Cómo te fue a vos con las chicas?
–Bien, por suerte, mañana te cuento bien. Vero sigue con los mambos
del ex, sinceramente ya me tiene un toque podrida.
Ambos se acostaron, se dijeron buenas noches y apagaron la luz.
Tuomas miraba atento al techo, ya no veía el cielo lleno de estrellas, sino
una típica pared blanca sin gracia. Al cerrar los ojos se autoconvenció de
que podría dormir sin pensar más y, cuando esto parecía posible, el telé-
fono sonó. Asustados y presurosos, ambos corrieron rumbo al living y él
fue quien levantó el auricular.
–Hola– dijo nervioso.
–¿Tuomas?
–Sí, él mismo, ¿quién habla?
–Soy Jaime Echegoyen, el encargado del edificio de Marco.
–¡Ah, hola! ¿Qué pasó?
–Perdone mi frialdad, pero no hay otra forma de decirlo… su amigo se
suicidó.

- 58 -
Capítulo 4

La elección pesimista

S
omos carne y hueso al nacer, pura motricidad. Partimos de un es-
tímulo hacia una respuesta y de a poco crecemos y el todo que nos
rodea nos invade, nos llena de sentimientos y a partir de éstos crea-
mos una nueva visión del mundo, algo propio y con el sello auténtico,
lo suficientemente noble como para sentirnos únicos y necesarios en el
universo. Nacer y morir, un camino recto lleno de huecos compuestos
por el amor, el odio, la frustración y la alegría, siempre hacia el mismo
final. Cuando nuestro pecho deja de latir todo desaparece y los problemas
recaen en los vivos. La muerte nunca será un problema para el que rea-
liza la acción, siempre es parte de la complejidad de estar vivo, besar con
los labios del corazón el frío sentimiento de la ausencia sin retorno. Nos
educan para sentir y actuar ante la muerte pero nunca para aceptarla. El
vivo, por un tiempo, se transforma en el muerto que camina y que, deses-
perado, busca en el mito del fénix su propia resurrección, el que carga las
cicatrices del pasado, presente y futuro. Una foto y la herida se abre, una
frase y la sangre vuelve a fluir por fuera de nuestros cuerpos.
Por primera vez en su vida, Tuomas quería sentirse un personaje de
literatura, poder ser uno de esos niños de “Un mundo feliz”, aquellos
educados para no sentir la muerte; los funerales eran fiestas con comida
y globos, el fin tenía gusto a alegría. Volver a nacer, nunca haber sido
amigo, desear que fuera un sueño, querer verlo vivo otra vez… miles de
posibilidades y planteos imposibles de cumplir, ésa era su cabeza, era él,
su yo original ante la desgracia.
En el cementerio había varias personas, la mayoría compañeros de
trabajo, hipócritas, para los ojos de Tuomas, quien sabía muy bien la
razón de su presencia. Estaba seguro de que éstos usaban el entierro como
escape del trabajo y que sus lágrimas eran tan falsas como la promesa de
amor de una ninfómana. Sentía bronca, pero no podía culparlos por ello,
por su propia creencia de lo que es la esencia de la mayoría de las personas
en este mundo posmoderno: encontrar la muerte de un “conocido” como
un lugar para expresar su pena por el difunto y a la vez expandir esto a sus
otras esferas para poder ser el centro de atención. Duró pocos minutos

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Federico Rollini

mirando las caras, prefirió agachar su cabeza y cerrar los ojos. Melina
estaba a su lado en silencio, quizás el único llanto sincero del lugar, pensó
él. Su novia respetaba a su amigo y sin duda sabía más de su vida que el
resto de las personas.
El entierro duró menos de media hora, nadie dijo nada al respecto,
cada uno en silencio se acercaba a depositar una flor en la nueva casa del
muerto. Su madre, único familiar presente, lloraba de manera entrecorta-
da y balbuceaba algunas palabras, pero poco se le entendía.
El mundo ya no era igual y nunca podría serlo cuando algo estaba fue-
ra de la pintura de la vida misma. Ahora Marco era un ente caminando
fuera de ella, surcando por el camino de los recuerdos y las anécdotas.
–¿Por qué Meli?, ¿qué mierda se le pasó por la cabeza?
–No lo sé amor, la verdad yo también necesito saberlo.
Ambos se abrazaron y salieron en silencio del cementerio de la
Chacarita. Si bien el sol irradiaba su luz por ese barrio porteño, el vacío
dibujado por el color gris era permanente en el espacio-tiempo. La vuelta
en el colectivo transcurrió en un abrir y cerrar de ojos. Tuomas bajó en
la parada cercana a su casa, mientras que Melina siguió hasta su trabajo.
Al llegar, inmediatamente se echó en su cama, apagó el celular y cerró
los ojos. De inmediato comenzó a recordar aquella visita a la tierra de
la montaña Omerta, su amigo allí descendiendo desde el cielo en plena
caída, aquellos colores extraños, el aire asfixiante y la imagen más fuerte
de todas: la novia de Marco en silencio, viendo a su ex compañero morir
sin hacer nada al respecto. Sintió escalofríos al pensar lo sucedido como
una premonición. Se juzgó intensamente por un rato, pensaba : “Claro,
podría haber hecho más, tendría que haber estado atento a las señales”.
Quiso culparse y por momentos lo logró, pero con el paso de los minutos
supo que la únicas respuestas estaban con su amigo, adentro de un cajón.
Así, como cuando su padre partió, la vida de Tuomas retomó el ca-
mino de la misantropía, el culto a la soledad y el silencio. A pesar de la
experiencia, se dio cuenta de que era algo que no había superado, esa
forma de ser que torna al aislamiento. Melina ya había pasado por este
momento, y muy distinto a él. Ella se refugiaba en sus seres queridos y, al
verlo a su novio comenzando a actuar de la misma manera, generaba un
fuego violento apañado por la impotencia de no encontrar la forma de
ayudarlo. Fue así que ambos, sin quererlo, nuevamente se estaban distan-
ciando bajo el mismo techo. Por supuesto que seguían juntos, compartían

- 60 -
La teoría de la sonrisa

la vida, pero otra vez de la forma en la que cada uno sabía que el futuro
pendía de un hilo. Se respiraba paz, aquella similar a la calma que ante-
cede a la tormenta.
Fue así como empezaron a vivir, ella haciendo sus cosas y él las suyas.
Encontró en el trabajo un refugio inmaculado para no pensar, escondía
sus miserias detrás de miles de papeles, aceptó las invitaciones de sus
compañeros para ir a los bares después de la oficina, cosa que nunca ha-
bía hecho porque él sabía que no quería estar con ellos, no confiabaen
ellos ni los aguantaba, pero en los bares venden alcohol y eso, a su en-
tender, podía obligarlo a dejar de pensar, aunque todo buen borracho de
verdad en esta vida sabe que por más que uno intente ahogar las penas
en los “mares de etilia”, éstas saben nadar, sobreviven y retornan a tierra
firme cuando uno menos lo espera.
Por su parte, Melina, lejos de cambiar, se mantuvo inmaculada a su
lado, soportando el frío entre ellos. Sus amigas eran un soporte nato para
ese momento, y también la experiencia de haberlo vivido sumaba a su
paciencia esa cuota que otras personas no tenían.
Con el paso de las semanas, la brecha entre ellos comenzó a agrandarse.
Él buscaba estar solo y ella acompañada y cada intento plasmaba la ima-
gen frustrante de darse cuenta que eran dos mundos distintos viviendo
en uno solo, incompatibles durante el día. Únicamente encontraban la
paz en el sueño.
Todo lo hermoso experimentado en el mundo de la montaña Omerta
fue enterrado con el paso del tiempo, sólo cuando veía a su novia Tuomas
recordaba flashes de lo sucedido, pero de inmediato se jactaba que eran
solo sueños y que lo real era la otra orilla. Creyó esto por varios días hasta
que un viernes lluvioso de otoño el mundo volvió a aparecer, aunque esta
vez en la vida que él consideraba “real”.
El agua caía a cántaros, ya nadie quedaba en las oficinas de su trabajo.
El centro de la ciudad era una pequeña Venecia, la gente corría furibun-
da por las calles, los autos imitaban a las lanchas y salpicaban a todos
los transeúntes tornando más hostil la situación. Lejos de esta imagen,
él tomó con tranquilidad el día. Resignado optó por ir a contramano de
la sociedad y caminó sin prisa, empapándose de punta a punta. Cruzó
varias cuadras, sin prestar mucha atención a lo que lo rodeaba, todo era
gris, al igual que todos sus días desde la partida de su amigo.

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Federico Rollini

Tuomas caminó derecho por la calle Esmeralda, cruzó Viamonte y


Tucumán, llegó hasta Lavalle y paró unos minutos a tomar un trago.
Mató de un sorbo el primer fernet, sintió el poder amargo del mismo y
luego la Coca-Cola lentamente endulzó un poco su paladar. Pidió otro y
lo sostuvo entre sus manos, bebió por partes, más despacio que antes y
observó con timidez a su alrededor. Notó estar rodeado por muchas per-
sonas viejas, vestidas de trajes, con risas y voces imponentes. Con el paso
de los segundos comenzó a sentirse ahogado, el aire se tornaba asfixiante
entre la humedad y el olor fuerte del café.
Pagó sus tragos. Sin darse cuenta, abonó con más dinero que el que
debía y silenciosamente el mozo guardó la diferencia.
En la calle halló un poco de calma, el trago había sido una buena idea,
pero entrar a ese bar no. Respiró con calma y dejó que la lluvia lo mojara.
Un fuerte choque, en plena calle Lavalle, lo devolvió a la realidad. Bajó
la mirada y contempló, para su asombro, la figura de una bella chica. Se
pidieron disculpas y se miraron por una eternidad. Sin quererlo, ambos
se reconocían, se veían el uno al otro como viejos conocidos sin serlo.
–Disculpá– murmuró él.
–No…no, está bien, mala mía, venía con la cabeza en otra cosa– con-
testó tímidamente la chica.
Ambos se miraron por unos segundos más hasta que ella dio pie para
terminar con aquel encontronazo. Ante esto él sostuvo su brazo:
–Esperá, ¿nos conocemos?
–Eh… no lo creo.
La chica se soltó y empezó a caminar.
–¡Pará! ¡Pará!– insistió él.
–Flaco, no te conozco y me estás poniendo nerviosa, dejame en paz o
empiezo a gritar– respondió la chica.
–¡No! ¡Bancá un segundo!– dijo Tuomas–. No estoy ni loco ni nada.
Tranquila, es que te veo cara muy familiar.
En ese instante, tras una iluminación divina del inconsciente, él la re-
cordó. Ya no tenía un lúgubre aspecto, su cara poseía más color. Era la
chica del velo.
Quemó su cerebro para encontrar la forma de decir aquello, pero a cada
instante se encontraba con la duda. Esa duda de quedar como un loco y

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La teoría de la sonrisa

asustarla o de ser realmente un loco y que esta locura sea compartida. En


fin, Don Quijote somos todos.
–Perdón, parece una contradicción, te dije que no estoy insano de la
cabeza, pero te quiero comentar algo.
Ella lo miró con miedo.
–Sé que te vi y que te conozco, pero no de este lugar, de esta ciudad…
ni de este mundo. Tal vez sea un sueño o un no sé qué, pero estabas ahí,
en ese momento, cerca de una montaña, con un velo y un rostro triste.
En aquel otro lugar nos miramos fijamente y caminaste hacia Omerta e
hiciste una consulta.
La chica abrió los ojos de par en par, sus labios se cerraron y temblaban.
–Salí de acá, estás enfermito– dijo.
–Eh, pero por tu cara no parece. Algo recordaste.
La chica comenzó a andar apurada por la calle dejando atrás a Tuomas
y, ante esto, él inició la persecución en busca de la verdad.
La calle Lavalle se convirtió en una pista de carreras, ambos oponentes
daban lo mejor de sí, ella esquivaba casi trotando a las personas y él, con
trancos largos, se acercaba y alejaba.
La odisea del gato que persigue al ratón terminó cuando el mis-
mo roedor se entregó, la muchacha detuvo su paso y agachó la cabeza.
Expectante, él se puso del lado izquierdo.
–¿Vos también hiciste una consulta?– dijo la chica.
Él suspiró.
–No, no hice ninguna consulta… simplemente estábamos ahí.
–¿Estábamos?
–Estaba.
–Ah, para serte sincera no me acuerdo mucho y menos de vos… solo
tengo algunas imágenes perdidas de ese momento.
–¿Te gustaría tomar algo? Digo, para aclarar, y tranquilizarnos mutua-
mente que no tenemos problemas psicológicos– dijo él sonriendo.
–Por el olor, yo diría que ya tomaste algo.
–¿Tanto se nota?
–Sí…
–Bueno, que esta vez sólo sea café– sentenció Tuomas.

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Federico Rollini

La lluvia arremetió nuevamente en Buenos Aires, copiosa e intensa, una


cortina natural descendiendo del oscuro cielo. La chica y él aprovecharon
su suerte y encontraron un café antes de que se largara la tormenta.
Ambos se miraban, intercambiaban sonrisas y no decían nada. Primero
se descubrían, sabían que eran extraños, pero que tenían una historia en
común, una muy poco convencional.
–Antes que nada, me llamo Yamila ¿Vos sos?...
–Tuomas
–¿Tomás?
–No, Tuomas… con u.
–¿En serio?
–Sí, mis padres eran fineses y vinieron para acá y a los dos años nací yo.
–Ah mirá, perdón la insistencia es que me parecía que me estabas ha-
ciendo un chiste
–Descuidate, pasa con todas las personas nuevas que conozco ¿una le-
tra cambia mucho las cosas?
–¿Y tus papás siguen acá, en Argentina?
–Así es, mi papá en Recoleta y mi vieja en Colegiales.
–¡Uh! Pensé que estaban juntos, no separados.
–Sí, sí, están separados, no les queda otra.
–¿Por qué, no les queda otra? Se llevaban muy mal…
–Eh no, se distanciaron cuando mi viejo se murió y se fue a vivir al
cementerio. Por eso no les queda otra–comenzó a reírse él.
–Ah sos medio boludo– dijo ella enojada–. No está bueno joder con
eso.
–Parte de la crítica me dice boludo, otros creen que soy vanguardia.
Yamila lo miró seria.
–Ah bueno, pero te zarpás en bobo.
–¡Che! ¡Era un chiste, no te enojes!
–Mis viejos murieron y recién estoy saliendo, te fuiste al carajo la ver-
dad. Mejor me voy a la mierda de acá.
Al oír esto, la cara de Tuomas se transformó. Allá atrás quedó su color
piel, ahora sólo lucía blanca.

- 64 -
La teoría de la sonrisa

–¡No! ¡No! ¡Pará che, te pido disculpas, retiro lo dicho, estoy siendo
sincero!
–¿Estás siendo sincero con tus disculpas?– preguntó ella mientras se
ponía su saco.
–¡Sí! ¡Por favor, no te vayas!
–Ok… mis viejos se van a regocijar cuando les diga que un hombre por
fin pidió disculpas por algo.
Ella se sentó de nuevo y empezó a reírse. El rostro de Tuomas pasó del
blanco al rojo.
–Ahhhh, pero qué hija de p…
–Nunca van a poder superar el sentimiento de culpa que te deja una
mujer, ¡jamás! ¿Eh?
–Uff, me re cagué– dijo él.
–Jajaja, sí, por lo pálido que estabas diría que mi actuación fue un diez.
–¿Te dedicás a eso?
–No, para nada… laburo de administrativa en un Ministerio.
–Hacés mal, te creí toda la escena.
–Evidentemente sos un tipo bueno y que siente la culpa. Otro se habría
puesto a la defensiva y me hubiese insultado.
–Te lo merecías, la verdad.
–En fin… ¿cómo fue lo tuyo? ¿Cómo llegaste a ese lugar?– preguntó
ella.
Tuomas comenzó su relato, siempre salvando un detalle. Omitía a su
novia. Internamente ni él sabía por qué lo hacía. Simplemente pasaba.
Narraba la historia con muchos huecos y esto lo complicaba ante la aten-
ta mirada de Yamila. Finalmente, cerró su historia con la tragedia de su
amigo.
–Recibí el llamado y ahí me dijeron que se había muerto. Pienso mu-
cho, casi todos los días, lo que pasó en ese mundo, de alguna manera fue
una premonición que se convirtió en algo real con el paso de los días.
–¿No tuviste alguna señal como para darte cuenta acá, en este mundo?
–Sí, pero uno nunca piensa o se imagina lo peor, a menos que sea un fa-
talista. Él era mi amigo y confiaba en que si pasaba algo me lo iba a decir,
pero eso que lo atormentaba lo superó y creo que nunca voy a saber qué

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Federico Rollini

fue lo que lo llevó a tomar semejante decisión – dijo mientras se secaba


algunas lágrimas.
–Lo lamento mucho, en serio.
Al concluir estas palabras Yamila abrazó con fuerza a Tuomas, acarició
su espalda un instante y él la separó para sonarse la nariz y secarse la cara.
–Así fue nomás, la vida te da y te quita… por eso es tan arriesgada, pero
después de su muerte me di cuenta que prefiero vivir y arriesgarme antes
que perder, es doloroso pero nada es eterno y por eso, de a poco, me estoy
convenciendo de que hay que afianzarse con fuerza a las cosas pequeñas
y soltarlas en el momento adecuado.
–Nuestro deber es brillar fuerte hasta donde dé, no se puede iluminar
toda la oscuridad que nos rodea, solo espantarla un poco– contestó la
chica con una amplia sonrisa.
–¿Vos cómo llegaste a la montaña, cuál fue tu consulta?– preguntó él.
Yamila empezó a narrar su historia entre sorbos intermitentes de café.
El principio era idéntico: entradas confusas, extrañas vivencias. Su vida
entre los dos mundos era una constante, tenía más anécdotas que su com-
pañero de café en ese momento.
–La vida acá me costaba, mucho. Y un día de esos cualquiera regresé a
Omerta e hice la consulta.
–Ese fue el día que te conocí, entonces.
–Puede ser, repito… mucho no me acuerdo.
–Estabas vestida con un velo y un vestido blanco y tenías un aspecto
bastante lúgubre.
–Sí, eso sí, pero no mucho más. Recuerdo la caída, los rayos, y final-
mente me levanté en casa, en este mundo, con la certeza de lo que tenía
que hacer para seguir adelante.
–¿Cuál fue la consulta?
Yamila se detuvo un momento, observó la ventana y el lluvioso día.
–Si tenía que seguir con mi pareja– dijo en voz baja.
Ambos guardaron silencio por unos segundos, la ciudad se movía y
emanaba sus ruidos, pero esta vez no lo suficientemente fuerte como para
interrumpir aquello: el olor a café, la tensión entre sus ojos.
–Luego de esta “pregunta” pasaron un par de semanas de discusiones y
al final conversé con él y, a pesar de que me decía constantemente frases

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La teoría de la sonrisa

grises como “que sí pero que no”, “que tenía sus dudas, pero la quería lu-
char”, veía mucha fragilidad en todos los comentarios y eso cada vez me
daba más certezas. Yo lo amaba con toda mi alma y sinceramente pensé
que era el amor de mi vida. Pero no, yo estaba en la relación y él a veces,
cuando le convenía. Creo que tenía mucho miedo de estar solo.
–Varios pasan por tu situación, debe ser muy complicado la verdad.
–A veces pienso que andamos por la vida tratando de esquivar la sole-
dad en vez de intentar amar, tomarse el tiempo, buscar y forzar a la suerte
para que ocurra. ¡No solo por mí, eh! En eso siempre fui auténtica, nunca
estuve con alguien con quien realmente no quería estar, pero lo veo mu-
cho, con amigos e incluso parte de mi familia. Mi prima pasó años con
un tipo que no quería, y por dentro digo: “¿No te hace sentir mal todo ese
tiempo perdido?”. El amor es claro cuando habla, si luego de un tiempo
no sentís lo mismo, pasa algo malo.
–¿Lo viviste?
–Sí, pero después de las visitas a la montaña pasaban cosas que luego
veía en este mundo, y ataba los cabos sueltos. Cada situación de la reali-
dad es un rompecabezas complejo. Invisible en un principio, pero cuando
conectás las piezas todo genera un sentido distinto.
–Bien, ahora vos sos la desequilibrada, me siento más tranquilo– son-
rió Tuomas.
–Nunca me asimilé como cuerda, ni quiero hacerlo… La locura es sana
mientras te haga feliz.
Ambos sonrieron, intercambiaron miradas de satisfacción que fueron
interrumpidas al instante por el mozo, quien se ofreció para levantar las
tazas.
–¿Vos estás con alguien?– preguntó ella.
–Ehh, no… hace rato.
La cabeza de Tuomas explotó por dentro en un instante, no creía lo que
estaba diciendo, obviaba a Melina, a la única mujer que había conocido
en su vida capaz de soportarlo. Su estado de ánimo empezó a naufragar
en las profundas aguas del cuestionamiento y, al mirar a Yamila, sabía que
todo aquello estaba mal, no por lo cotidiano de sentarse a tomar algo o
conocer a alguien, sino porque estaba tapando de forma siniestra un sol
que se cansaba de brillar para él.

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Federico Rollini

Se levantó asustado, mirando fijo la mesa, sacó su billetera y llamó al


mozo. Observó a la chica y ésta miraba atenta su reacción.
–Disculpame, se me hizo re tarde… Uh, mirá la hora, quedé en que me
veía con mis amigos del barrio e íbamos a comer algo.
–Dale, sí, vayamos–respondió ella ante la abrupta sensación.
–Pago yo, te invito, jajaja– rió forzadamente–. Aceptaste la invitación
de un loco, es lo menos que puedo hacer.
–De ninguna manera, yo pago lo mío. Te lo agradezco igual.
–Por favor, descuidate, en serio, pago yo– repitió.
–Con una condición– dijo ella.
–¿Cuál?
–Dame tu cell.
Siempre hay señales que a uno le indican que puede hacer las cosas
bien, a veces la solución de los problemas puede resultar más fácil de lo
que parece, son los humanos y su esencia quienes complican los miles de
mundos que habitan dentro de éste. Tuomas lo sabía y era consciente de
ello.
–113043…

Regresó a su casa empapado, con el cerebro hecho un torbellino. Ahora


sí estaba seguro que las casualidades no existían… Yamila, el otro mundo
y su influencia en este Ya no parecía un sueño loco, sino una posible rea-
lidad a la cual algunos podían acceder. Por otro lado, aquella respuesta y
sus repercusiones… Si bien ahora había respuestas, el rompecabezas se
había desarmado por otro lado. Al llegar a la casa la vio, Melina barría
tranquila escuchando algo de música, la abrazó fuerte y la besó en una de
sus mejillas. Ella, sin ningún resquemor, lo apartó de su lado.
–Salí, estás mojado– contestó de forma seca.
Observó varias veces su imagen en el espejo, su rostro lucía menos can-
sando, con más color. Esto lo alegró al instante, su altercado en la tarde
llenó el espacio vacío que había en él.
Ella lo llamó a comer al rato, se miraban mutuamente pero sin éxito.
Tuomas intentaba por todos los medios sacarle charla, pero la pared si-
lenciosa construida por su novia le imposibilitaba seguir adelante.
–Sabés, hace varios días que tengo un sueño, por así decirlo, loco…

- 68 -
La teoría de la sonrisa

Tuomas narró lo acontecido en el otro mundo con Marco y su relación


con el temible desenlace. Por dentro esperaba con ansias sentir lo mismo
que le había sucedido con Yamila, esa conexión de vivir algo especial,
lejos de las cadenas que lo ataban al mundo de lo cotidiano.
Melina escuchó toda la historia sin omitir opinión, atenta. Asentía con
la cabeza cuando lo creía correcto, solo para demostrar su atención.
Él concluyó la historia sin mencionar ningún otro dato. Por miedo,
siempre expresó su soledad en aquel mundo.
–Mirá vos, qué raro, ¿no? Igual, qué bueno que al fin te abras.
–De a poco. Todo se puede– dijo él con una gran sonrisa.
–Sí, por suerte encontraste la manera y me alegra mucho por vos, sos
buena persona y te lo merecés.
La frialdad del último comentario forzó la atención de Tuomas.
–Melu, esa frase… se escuchó como un consuelo.
–Qué bueno que puedas darte cuenta, pensé que sería más difícil.
Ambos se miraron, las lágrimas eran una realidad.
–Aguanté hasta donde pude, ya no me hacés bien, para nada. Y esto
que te digo lo vengo pensando hace mucho, creo que lo mejor es seguir
caminando separados.
Con la cabeza gacha, se secó las gotas que caían de sus ojos con una
servilleta. La cuerda finalmente se había roto.
–Te amo gorda, lo pensaste mucho y sé que ahora estás muy convencida
de la decisión que tomaste, pero quiero que sepas que te amo con toda
mi vida.
–Y yo a vos, pero me desgastaste y quiero volver a respirar, no soy feliz
queriéndote, no dudo que sientas cosas fuertes, pero no es lo que busco,
no puedo tirar yo sola de esta relación, desde el principio fue así.
–Lo sé y no lo dudo… me gustaría que el pasado sea distinto para dis-
cutirte, pero tenés razón, vos un sol y yo apagándote. Sólo te puedo ofre-
cer cambiar el futuro, eso es lo que me queda.
–Mañana me voy para lo de mi vieja, Tuomi. Te dejo la casa, más ade-
lante vemos la división de las cosas.
Ella no dio chances para seguir hablando, la seguridad en sus ojos lo
intimidaron y comprendió que no tenía sentido seguir hablando.
–Ok Melu, hablamos eso en otro momento, sabés que no hay drama.

- 69 -
Federico Rollini

Él recogió su campera y saludó a su novia.


–Me voy a un hotel por hoy, va a ser lo mejor– dijo entre lágrimas.
Ella lo aprobó con un gesto, sin mirarlo.
–Chau Tuomi.
–Suerte. Y sé feliz, te quiero.
El llanto tan esperado en estas situaciones nunca fue tal, sólo algunas
gotas curiosas brotaron de sus caras. Se conocían mucho para llorar, re-
conocían mutuamente sus defectos y se respetaron por todo lo vivido.
Él cruzó la puerta y la lluvia dijo presente en la ciudad, la cual parecía
más oscura que nunca.

- 70 -
Capítulo 5

Negro o Blanco

C
aminó toda la noche sin rumbo, Boedo, Almagro, Balvanera, todo
era lo mismo, miles de calles que se convertían en una sola que
se prolongaba entre los abundantes edificios intoxicantes de la
Capital Federal y las luces precarias que poco podían iluminar gracias a
la cortina de agua que bajaba del cielo.
Buscó un bar para ahogar el mal trago. Sin suerte entró a varios que
mostraban lo mejor de la noche porteña: alcohol, música, gente de ca-
cería amorosa, ningún marco era óptimo para su momento, quería un
antro de mala muerte, con gente silenciosa. Todo estaba muy vivo a su
alrededor, demasiado para él.
Al no encontrar ningún lugar, su decepción lo llevó directo a un hotel
de Once. Lo conocía de suerte, tras años de pasar por su puerta mirando
con tristeza a las personas que salían de allí. No era lujoso, ni tampoco lo
peor, quizás era, a su entender, el alojamiento para la clase media sufrida,
venida a menos.
Entró al lugar. Un hombre petiso de tez morena y de ojos achinados que
se encontraba medio dormido lo recibió gentilmente, le dio un cuarto
simple y respondió afirmativamente a la pregunta que tanto preocupaba
a Tuomas: aquel hotel sí vendía pasajes directos a “Etilia”.
Compró un ron barato y una Coca y enfiló para su habitación. Al llegar
a su piso escuchó a una pareja gritar y el llanto de un bebé, sus ojos co-
menzaron a buscar con desdén el cuarto y, para su suerte, a medida que
caminaba, se alejaba cada vez más de aquella estresante situación.
Ingresó a su cuarto, colgó su campera y preparó el tan necesitado y
esperado trago, se sentó en la cama y bebió un sorbo del ron de pésima
calidad que le dio un escalofrí que se extendió por su nuca. Aguantó el
mal trago y reiteró el ritual, lo suficiente como para que la bebida se ade-
cuara a su paladar.
Reposó su cabeza sobre la almohada tratando de acordarse lo menos
posible de Melina, tenía una noche larga por delante y, lejos de estar
cansado, sus ojos se abrían de par en par. Pensaba cómo seguiría todo,

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Federico Rollini

el empezar de nuevo, salir a conocer con “otras intenciones” a la gente.


Tendría un largo camino por delante impulsado a dejar su culto a la
misantropía, a la soledad. Ella era su mundo, sin dudas, la que lo protegía
como una valquiria y, cuando quiso darse cuenta, Melina ya era humana e
infeliz gracias a él. Era la historia del humano que supo matar una deidad.
Pensó que la noche sería larga y giraría en torno a esto, a sus errores.
Pero, para su suerte, vivir en un planeta infestado de mini mundos e his-
torias a veces puede salvar alguna que otra alma en pena.
Todo comenzó con algunos golpes, claramente incitados por una cama
que imitaba el movimiento de un bote en la tempestad, luego empezaron
leves gemidos que fueron acrecentando su volumen con el paso de los
minutos y se mantuvieron constantes, con leves y bajas. Tuomas maldijo
internamente aquello, pero ¿qué podía hacer? ¿Ser lo que siempre rene-
gó? ¿Un viejo de mierda que se quejaba porque el resto era feliz?
Soportó con temple la situación, quería seguir pensando, pero los soni-
dos llamaban su atención.
–No Charly, pará, eso no.
–Dale, dale… nos gusta, dale.
–Te dije que no, salí.
La escena se repitió varias veces, en un momento dejó de darle gracia,
ya no parecía un juego como al principio. Pensó en intervenir, pero de-
sistió rápido.
Al rato, el sueño por fin se hizo presente, sus párpados no resistían más
el día y se cerraban con fuerza. Vivió unos minutos en el mundo del sue-
ño hasta que el sonido de un cristal impactando contra suelo lo despertó
de forma violenta.
–¡Andate a la mierda, enfermo! ¡Salí de acá, pervertido del orto!
–¡No grites, loca de mierda! ¡Yo te pago, sos mía y vas a hacer lo que se
me canta!
–Las pelotas que lo voy a hacer, rajá porque grito más fuerte.
El hombre se abalanzó sobre ella y arrancó una batalla campal entre
los contendientes, los muebles del cuarto retumbaban y caían de manera
estrepitosa. La disputa llegó hasta el pasillo, donde varios inquilinos tem-
porales se asomaban miedosamente desde sus puertas para ver el pleito.
Al salir de su habitación para calmar las aguas, encontró un panorama
muy distinto al que denotaban los gritos.

- 72 -
La teoría de la sonrisa

En el piso se encontraba ese tal Charly, era alto y con ojos marrones,
pelo corto y peinado para el costado, de sus brillosos pómulos surgían
líneas de sangre. Frente a él, Tuomas pudo contemplar que no se trataba
de una mujer, sino más bien de un travesti, mucho más alto que el caído.
Si bien la forma de su cuerpo era idéntica a la de una mujer, sus manos y
espaldas evidenciaban aquello.
–La próxima vez que te vea te rompo las gambas, ¿me escuchaste,
Charly?
–Hijo de p…
–¿Qué dijiste, malparido? Soy “hija de puta”, con A no con O.
Furioso, el travesti empezó a darle patadas al hombre en el suelo, que
se cubría como podía. En ese momento Tuomas se dispuso a dividir las
aguas y paró la pelea.
–¡Tranquila, pará! ¡Lo vas a matar!
–¡Se lo merece este forro! ¡Dejame que lo mato!
–No, no, pará un toque, bajá un cambio.
Charly se reincorporaba de a poco, observó a Tuomas por un instante.
–¡Flaco, tomátelas de acá… hacete humo!– gritó.
El golpeado hombre huyó despavorido, caminando de un lado
para el otro como podía. Finalmente se perdió de la vista de todos los
espectadores.
–¿Estás bien?– preguntó.
–Sí bombón, el muy puto se propasó y lo tuve que ubicar.
–Jajaja, no sabía dónde estaba ese Charly, le diste bien duro.
–Claro mi amor, duro en todos los sentidos– rió la travesti–. Gracias
igual por meterte, fue muy valiente de tu parte.
–Nada que agradecer, hice lo correcto.
–Desireé, encantada.
–Tuomas, un placer.
Ella lo saludó con un fuerte abrazo y él devolvió el gesto, luego cada
uno se retiró a su respectivo cuarto.

La mañana trajo consigo un sol espléndido, atrás quedaron la lluvia y


sus secuelas. Tardó en darse cuenta unos segundos que no estaba en su

- 73 -
Federico Rollini

casa, miró somnoliento los recovecos de la habitación, se levantó can-


sado, pero en minutos solucionó todo y se dispuso a partir rumbo a su
trabajo.
Pasaron los días y éstos se hicieron rutina: casa, oficina, casa. Después
de tanto tiempo, y a pesar de creerse solitario, se dio cuenta de que era un
animal de costumbres, tanto tiempo con Melina había borrado aquella
realidad de imaginarse viviendo solo, padecía cada pequeño acto y mo-
mento, todo le recordaba a ella. La extrañaba con fuerza, pero sabía que
era el fin, ella nunca tomaba decisiones apresuradas, siempre primaba el
sentimiento y él lo sabía muy bien.
Era lunes por la mañana y el aire indicaba que sería un día más. En el
viaje rumbo a su trabajo prendió el piloto automático y cerró sus ojos, la
vibración del celular lo obligó a regresar a la realidad, prefirió obviarlo
y seguir. Al llegar vio una extensa pila de papeles para trabajar. Para su
suerte era algo de rutina y por ello podría seguir en estado fantasmal todo
el día.
El aparato volvió a sonar, estresándolo. Al observar el mensaje de texto
notó que era de un número desconocido y entonces lo abrió: Cómo va
tanto tiempo
Sorprendido, contestó preguntando quién era y a los pocos segundos
otro mensaje llegó:
Yamila
La tarde fue atípica, charlaron largo y tendido, riéndose y burlándose de
lo vivido en la tierra de Omerta. Ella le narraba momentos y secuencias
de sus anteriores visitas, que de a poco recordaba. También charlaron so-
bre lo tierno de las pequeñas criaturitas que habitaban en ese lugar. Aquel
día Tuomas dejó atrás el laburo y se alegróde todo lo que estaba pasando.
Esto de romper la rutina, respirar un nuevo aire y sentirse acompañado
suspendían su estado anímico. Quedaron en verse el jueves por la noche
en una histórica pizzería del centro porteño, que quedaba entre dos hitos
urbanísticos de la ciudad de Buenos Aires, uno histórico y el otro moder-
no: el Obelisco y Puerto Madero.
Ambos demostraban mucha emoción por el encuentro, se contagiaban
la alegría y no paraban de hablar.
El día finalmente llegó, se encontraron en la esquina de Corrientes y
Carlos Pellegrini. Yamila llegó con una gran sonrisa, lucía radiante y sim-
ple. Estaba vestida con unas zapatillas de lona All Star color bordó, un

- 74 -
La teoría de la sonrisa

jean y una remera blanca con bordados cerca del cuello. Él, por su parte,
de jean y camisa cuadrillé.
Pasaron parte de la noche en el lugar, hablaron de su vida, del presente,
ninguno tocó el tema de la montaña. Al aproximarse la medianoche op-
taron por continuar la velada caminando por los diques.
El viento soplaba con fuerza, moviendo los barcos y el agua, poca gente
caminaba por las calles, todo estaba a sus pies. Se sentaron en un banco y
siguieron charlando hasta que el silencio se hizo presente, se observaron
y entendieron que no había que seguir con aquella inflación de palabras.
Se besaron, lento y espaciado. Se reconocían con la mirada por unos
segundos, acariciaban los rostros y cerraban los ojos para retomar el ri-
tual de los labios, sus manos invadían mutuamente los cuerpos. Tuomas
se sentía bien, pero confuso, a pesar del buen momento su cabeza todavía
estaba en otro lado; la lucha era interna, entre él y los recuerdos.
–Besás bien, te felicitó– dijo Yamila.
–Gracias, lo aprendí en la facultad. Igual la profesora me corrigió el
choque de nariz y paleta, por eso me descontó puntos.
–Jajajaja, qué salame.
–¿Grueso o fino?
–No sé, no te vi en pelotas… todavía.
Tuomas se atragantó y rió de los nervios ante la inesperada frase.
–No te tenía tan picantona.
–Son lapsus, hay que saber mantener el equilibrio entre lo bello y lo
rústico, ¿se entiende?
–Claro que sí, muy rico el concepto, licenciada.
–¡Gracias, doctor!
Volvieron a besarse.
–Bueno– dijo él mientras se estiraba–, ¿querés que vayamos a caminar
por otro lugar? ¿Te acompaño al colectivo?
–¡Uh, es re tarde! Dale, sí, vamos a la parada.
Caminaron un par de cuadras hasta llegar a su destino, esperaron largo
rato hasta que el bondi apareció, entre risas y charla la noche se había
esfumado velozmente.
Ahí viene… Hablamos mañana, ¿dale?

- 75 -
Federico Rollini

–Pero…
–¿Pero qué Yami?
–Pensé que querías venir a tomar unos mates a casa.
–¿Ahora?
–No, la próxima vez que Luna se cruce con Marte y se haga roja.
–¿Y eso cuándo pasaría?
–A veces me confundís, no sé si sos un tipo boludo o un boludo que
hace chistes.
– Soy multifacético, mi estimada… dale vamos por unos “mates”– dijo
sonriendo.
–El famoso “goma” para algunos estudiosos del tema.
Terminaron su charla con un beso y se subieron al colectivo.

Llegaron a la casa de Yamila en la zona sur del conurbano bonaerense.


Al separase ella tuvo la suerte de que su ex consiguiera otra casa y le de-
jara esa, un PH amplio de dos ambientes.
Tuomas notó que el hogar estaba decorado con muchas cosas que ha-
cían referencia a la música y el baile.
–¿Te gusta la música o bailar, no?
–Las dos me apasionan, y además están muy relacionadas… ¿a vos?
–Solo lo primero, con respecto a lo otro nunca pude superarme, tengo
una deficiencia crónica que me lo impide.
–Daleee…
–En serio, yo… yo… nací con las articulaciones pegadas.
–Un día y ya te saco la ficha, tirás un comentario en serio y uno en chis-
te. –Básicamente en ese orden– dijo riendo Yamila.
–Mierda, no tenía idea que era tan predecible.
–Bien, vamos a hacer algo, voy a ser tu instructora.
Primero, ella hizo sonar cumbia y le propuso bailar.
–Uff, era verdad lo de las articulaciones soldadas.
–¿Viste?, es un drama con el que vivo día a día.
–¿No hacías algo de deporte?
–Sí, fútbol, amateur por supuesto.

- 76 -
La teoría de la sonrisa

–Claro, pero eso por lo menos te tiene que dar algo de elasticidad.
–Jugaba de defensor, pegaba y despejaba, esas eran mis dos funciones.
–Estás hecho de roble.
–¡Ey, duele che! Recién te conozco y me bardeás de lo lindo.
–Vos lo admitiste, solo afirmo la cruda verdad.
–Dibujala un poco, tenés maneras más elegantes de joderme, como por
ejemplo:
“Estás hecho un finísimo y destacado roble, nacido en bosques exóticos”.
–Mejor te enseño un ritmo más lento.
Yamila se dirigió hasta el equipo de música y buscó un tema adecuado
para la situación. Como toda persona nacida en los 80, sabía cuál era la
melodía adecuada.
–¿Foreigner?– preguntó Tuomas.
–¡Muy bien! ¡Coooorrecto! ¿Y el tema, lo sabés?
–Me mataste, tanto no conozco
–I want to know what love is, un clásico.
–Uff, menos mal. Pensé que saltarías con un Arjona o algo parecido,
tenía miedo.
–Jajaja, nunca, nadie se merece semejante tortura.
–“ Señora de las cuatro…”
–No hace falta che, innecesario…
Ella se acercó, lo abrazó fuertey comenzaron a bailar, dando vueltas len-
tas por la sala. Sin quererlo, Tuomas se rió de la situación ya que parecía
un drama adolescente de una película norteamericana donde el “perde-
dor” por fin bailaba con la porrista dejando de lado al apuesto mariscal
de campo.
–¿Y la gracia de esto?– dijo Yamila.
–Nada, es que parece una película de estudiantes yankees esta situación.
–¡Dios, a ver si con esto te callás!
Ella lo besó con una tempestad indomable, él sólo se dejo llevar.
Recorrieron juntos todo el comedor, golpeando muebles, tirando cosas,
desatando la ira de la pasión, convirtiendo en efímeros a los bienes.
Llegaron al cuarto y, desesperados, se arrancaron la ropa sin separarse
un segundo, las manos sentían el júbilo de saber que los cuerpos

- 77 -
Federico Rollini

encontrados eran infinitos y ninguna parte de los mismos se repetía, todo


era un descubrimiento.
Se acostaron en la cama, Tuomas se posó encima de Yamila, el sudor
y el calor se incorporaron al collage, no existían palabras, solo sonidos,
puros símbolos del éxtasis del placer producido por la fricción. La cama
se transformó en una arena de combate.
Por un instante, en medio del acto, los cuerpos se separaron escasos
centímetros y él contempló el rostro de ella: era hermoso, joven, pero algo
no andaba bien. Pestañó varias veces y el recuerdo en forma de una daga
filosa retornó en ese momento; se acordó de Melina y la razón por la que
ella luchó tanto. La teoría de la sonrisa se hizo presente en su mente y esto
hizo que la contemplara con atención, por dentro su tristeza iba en alza al
no percibir ningún cambio. Al instante decidió anular esto y tildarlo una
pelotudez, pero resultó difícil, el concepto ya se había ramificado en él.
Entre gemidos, sudor y éxtasis, su cabeza no dio respiro, hacía más
fuerte ese concepto y, de a poco, con cada mirada, la decepción iba en
aumento. Se juzgó por estar con otra, porque se estaba engañando a sí
mismo, porque al fin, por primera vez en su vida, estaba convencido de lo
que quería y por lo que debía realmente luchar.
Se apartó violentamente de ella, saltando de la cama. La chica, asustada,
se acurrucó contra la pared que funcionaba de respaldo.
–¡¿Qué te pasa?! ¡¿Estás loco?!
–Perdoname, no puedo… yo, la verdad…
–¿Por qué? ¿Qué pasó, te jodí con algo?
–Nada, vos no, sos una diosa, es que… no puedo, simplemente.
Yamila se tomó el rostro con las manos.
–Vení Tuomas, sentate, tranquilo,
Él obedeció ante la orden,
–¿Es por la otra chica, no?
–¿Qué?– contestó sorprendido.
–En el otro mundo estabas sentado al lado de otra chica ¿es por ella que
no podés?
Agachó la cabeza, ante la mirada atenta de ella.
–Sí, es por Melina…

- 78 -
La teoría de la sonrisa

–Sabés qué… siempre lo supe, pero tenía la esperanza de que entre las
cosas que no me contabas estuviera una supuesta consulta y el final de
esa relación.
–La relación se terminó hace unas semanas– dijo él.
–Sí, pero no la conexión… Que te esté pasando esto no es una casuali-
dad, es una señal y deberías seguirla hasta que finalmente hagas el quie-
bre, para bien o mal.
Yamila abrazó a Tuomas y lo besó con ternura.
–¿Hace mucho que no hablan?
–Desde que cortamos.
–Tenés que hablar y cerrar el capítulo. Hoy fui yo, pero mañana vas a
estar con otra chica y te va a pasar lo mismo. Las historias de amor no
aceptan grises, son todo o nada. Le pusiste mucha energía al principio
y eso me confundió, te juro que si veía algún indicio de que esto podía
pasar, habría sido mucho más inteligente y no estarías acá.
–Creía que me sentía mal con ella, que mi vida era una línea y que ella
era parte de ese estado– dijo él–. Tuve que perderla para darme cuenta
que ella en realidad era quien podía hacer que las cosas estuvieran por
fuera de la pintura de la rutina. Soy un imbécil.
–No la conozco, pero tengo que admitir que en sus ojos había mucha
confianza cuando los vi, seguramente te esmeraste para romper todo.
–Sí, lo hice.
–Andate, intentá arreglar todo, las buenas personas se merecen bellos
milagros.
–Gracias por entenderme, lo siento de todo corazón… en serio.
–Bla bla bla, no sos el primero, ni vas a ser el último, ya me sé el dis-
curso ese.
–¿Está bastante usado, no?
–Ustedes los hombres son lo más predecible del mundo, pasan los si-
glos y nos siguen subestimando. El inflador anímico de la belleza como
consuelo la verdad, no sirve: “Sos hermosa pero no sé qué me pasa”… y
tantos otros. Tienen que inventar algo nuevo o empezar a ser un poco
sinceros, una dosis no vendría mal. “No sos vos, soy yo”, o el famoso
“Estoy confundido” ya expiraron hace rato.
–Ustedes también los usan.

- 79 -
Federico Rollini

–Sí, nos ponemos a su nivel para que entiendan.


–Hiciste de esto ya una lucha de géneros.
–¡Andá!– dijo ella riendo.
Yamila lo acompañó hasta la puerta y, al traspasarla, llamó su atención
con un silbido.
–Y ocurrirán… – dijo mientras cerraba la puerta.

Tuomas salió disparado para la casa de la madre de Melina, donde ella


se alojaba. Necesitaba hablar y arreglar las cosas. Una nueva energía brotó
en él gracias a este “a todo o nada”, sería por siempre de ella o iniciaría una
nueva vida. Dos posibilidades, dos universos distintos con sus alegrías y
tristezas.
Mientras caminaba un par de cuadras hasta una de las avenidas prin-
cipales del conurbano sur para tomarse el primer colectivo que lo llevara
hasta el centro de la Capital Federal, enviaba constante mensajitos de tex-
to a Melina. La última vez que estuvo conectada a la red había sido a las
22:30. Siendo más de las 2 de la mañana, le incomodó un poco no recibir
respuesta. Esperó más de media hora hasta que un celoso colectivo de
la línea 45 se asomó en la parada. El tiempo transcurría y la agitación,
sumada al exceso de palpitaciones, lo ponía incomodo. El chofer, lejos
de exasperarse, paseaba tranquilo disfrutando de la bella madrugada.
Agotado por esto, al ingresar a la ciudad optó por tomarse un taxi.
–Hasta Santa Fe y Borges. Por favor, Seguí por esta y después, en cuanto
puedas, Santa Fe derecho.
–Perfecto, hacemos esa, capo– dijo el taxista.
Al llegar al edificio tocó varias veces el timbre, la respuesta no tardó en
llegar.
–¿Quién es?– dijo una voz entre dormida y severa.
–María José, soy yo, Tuomas… mil perdones por la hora pero por favor
necesito hablar con Melina– dijo un tanto agitado.
–¡Ah, qué susto me pegaste!, ¡qué desubicado por Dios con la hora!
–Mil perdones Majo, pero tengo que hablar con ella, se lo suplico, dí-
gale que me atienda.
–Melina no está, no viene a dormir hoy a la noche acá.
–¿Qué? ¿Y con quién está?

- 80 -
La teoría de la sonrisa

–Ay, no lo sé, mirá lo que me preguntás. Sabés que yo no me meto en su


vida y ella mucho no me dice. Salió y listo.
–Gracias, y disculpame por la hora.

- 81 -
Capítulo 6

El rompecabezas

R
egresó a su casa caminando, amparado por la paz de la noche, sin
pensar en nada. Al llegar, se percató que el amanecer estaba al caer
y que pronto tendría que ir al trabajo. Nada de lo ocurrido lo mo-
tivaba para continuar, era claro que ese día sí faltaría “por enfermedad”.
Al acostarse, preparó el despertador a las 10, cuestión de levantarse, hacer
el llamado y seguir soñando.
Cerró los ojos, pero su cabeza seguía a mil. Ella no estaba en su casa,
tampoco contestaba los mensajes, podía estar en la casa de una amiga o
quizás… “¡Mierda, ella tiene derecho! Por qué no debería estar con otro”,
trataba de convencerse, aunque esto resultara como una daga perforán-
dole la carne.
De repente, unos extraños ruidos provenientes de la cocina entorpe-
cieron su pesadilla. Primero se escuchó el sonido de una lata impactando
contra el piso, luego el de una caja, y otra lata más.
Ante esta nueva escena saltó de la cama y agarró un banquito que tenía
cerca, paso a paso se aproximó a la cocina, tratando de lograr un ángulo
de visión que le posibilitara tener más ventaja en caso de ataque.
Al no tener suerte con esto, y el tiempo apremiándolo ante la amenaza,
Tuomas optó por el ataque directo.
Blandió su banquito como una espada del medioevo, dio un grito de
alerta y aquello que irrumpía en su casa cayó de manera violenta al piso.
Su corazón se detuvo al ver que “eso” no era un humano, sino alguien
muy familiar.
–¡¿Qué haces acá?! … El susto que me pegaste, la put….
–Eh eh eh, momentito, cuac, más respeto, cuac– dijo el ornitorrinco.
–¿Qué haces así y en esa forma Vito? Esto no es Omerta, ¿cómo hiciste?
–Cuac, no te voy a pasar el secreto, cuac.
–Ah, gracias, qué simpático.
–Cuac, tengo hambre ¿algo para comer?, cuac.
–Hay galletitas o pan.

- 83 -
Federico Rollini

–¿Pescado?
–Creo que debe haber una lata de atún en la heladera.
El pequeño visitante abrió la heladera y observó el interior.
–Vos, los otros bichos ¿no tienen otra forma de entrar que no sea rom-
piendo cosas? Una llamada, aviso o señal de humo, no sé, pero otra ma-
nera– contestó Tuomas.
–Cuac, esto es una miseria– dijo Vito mirando el refrigerador–. Botella
de agua., cuac, dos huevos, cuac, una manteca, cuac, y una lata de eso,
cuac. ¿Querés adelgazar o sos un pajero nomás, cuac?
–Atrevido, encima que te ofrezco…
–Cuac, no podés recibir a nadie así, debería darte vergüenza, no puedo
creer que Melina viva acá, cuac.
–Nos distanciamos, por no decir la otra palabra.
–¿Separados, cuac?
–Exacto.
–Buenas noticias para mí, cuac ¡Oh sí, Vito ataca de nuevo!– dijo feliz.
–¿Qué haces acá?
–Dejame comer, cuac.
El animal devoró en un santiamén el contenido de la lata, pero luego
comenzó a chuparla lentamente. Esto exasperó a Tuomas, quien esperaba
una respuesta.
–¡Terminalo de una vez!
–Cuac, qué tipo maleducado. Seguro no recibís muchas visitas, cuac.
–Tengo una duda, ¿por qué elegiste este animal para cambiar tu aspecto?
–Porque en el trabajo tu novia dijo que le parecían tiernos, y bueno,
opté por esta forma para que me dé cabida, pero no tuve suerte y al final
estuve tanto tiempo así que ya me da gusto serlo. Charlamos mucho en
Omerta.
–¿Hablaron?
–Largo y tendido, nos divertimos bastante, cuac, pero cuando yo que-
ría otra cosa ella me paraba el carro, cuac, al fin de cuentas en ningún
lugar voy a poder estar con Melina, cuac.
Tuomas guardó silencio.

- 84 -
La teoría de la sonrisa

–Hablás con mucha libertad de ella y lo que sentís. En otro caso te hu-
biera cagado a trompadas, sabelo.
–Pero ahora no tiene sentido, cuac, te dejó.
Él se levantó de la mesa y el animal quedó sentado solo.
–En fin, ¿qué hacés acá?
–Este atún no estaba muy bien, cuac.
–Me podés contestar la conch…
–Ok, cuac–interrumpió Vito–, abrigate que nos tenemos que ir, te ex-
plico en el camino, cuac.
El impulso de la extraña visita hizo que no cuestionara más e hiciera
caso. El ornitorrinco salió por la puerta de la casa rumbo al pasillo del
edificio. Tuomas, asustado, corrió detrás de él. Vio cómo la criatura baja-
ba graciosamente la escalera maldiciéndolas con murmullos de descon-
tento, luego la bestia aguardó al lado de una puerta.
–Cuac, es por acá, vení.
–¡Pará! Esa es la casa de la del segundo C, se llama Rita…
–No me interesa, cuac.
Abrió la puerta ante la atenta mirada de Tuomas, quien en segundos
quedó enceguecido por la irradiante luz que fluía de ahí.
–Caminá para adelante, confiá en mí, cuac.

Al abrir los ojos contempló de nuevo el otro mundo. Esta vez, éste se
encontraba lejos de lo ideal. Era un lugar árido, casi muerto. Las ramas
secas y la tierra marrón claro le daban un aspecto lúgubre y desolado, a lo
lejos podía ver a la montaña rodeada de árboles, eso era lo único que se-
guía igual. Caminó unos pasos bajo el radiante y sofocante sol buscando
a su guía, el simpático Vito.
El viento empezó a soplar con fuerza generando una tormenta de arena
que, en instantes, se tornó una verdadera pesadilla para Tuomas. La des-
esperación fue en aumento al notarse atrapado en la misma.
–No te asustes, cuac, para adelante, siempre para el frente– repetía la
criatura en medio del temporal.
Cuando éste terminó, él se encontraba enfrente de su guía, quien de
espaldas contemplaba el horizonte desértico.

- 85 -
Federico Rollini

–Muy bien, cuac, vamos a armar el rompecabezas, cuac.


–¿Qué cosa?– preguntó.
–No te hice venir para que disfrutes de una tormenta de arena, cuac,
vos querías respuestas, bueno… entonces ayudame a armarlo, hay que
buscar las piezas.
–¿Me estás jodiendo? ¿No ves dónde estamos?
–Mirá abajo, cuac.
Tuomas observó sus pies y notó que debajo de ellos se encontraba una
pieza de alrededor de un metro, parecía ser la parte de una puerta.
–Ey, acá hay algo– dijo sorprendido.
–Sigamos, cuac.
Buscaron con énfasis en aquel desierto y, con el paso de los minutos,
aumentabasu cosecha de fragmentos.
–Uno debería empezar a armar y el otro seguir buscando, ¿ no?– dijo
Tuomas.
–Cuac, tu primera idea inteligente, felicitaciones, yo busco, vos hacé lo
otro.
–Increíble, ¿por qué le estoy haciendo caso a algo que mide menos de
un metro? Te podría pegar una patada y listo.
–Mido un metro y diez centímetros, y si me pegás, le recuerdo a cada
habitante de este lugar que sos extranjero, cuac.
A partir de ese momento, dejaron atrás el trato áspero y trabajaron en
equipo, uno recolectaba y el otro construía. De a poco cada pieza ensam-
blada dejaba entrever la imagen de una casa color amarillo, con una cerca
blanca, jardín verde, ventanas y puertas marrones y el tejado color rojo.
Ambos contemplaron con asombro su trabajo, su meta se encontraba
cerca del final, sólo restaba un detalle, una pieza que terminara de com-
pletar la ventana.
–Falta esa parte y estamos –– señaló Tuomas.
–Cuac, sí, cuac… mmm… ¿dónde podrá estar?
Empezaron a caminar despacio por la tierra desértica, mirando en de-
talle el piso, buscando hallar la última pieza que le diera las respuestas y
las razones de su nueva visita.
–¡Mirá, cuac!– dijo el ornitorrinco mientras señalaba delante suyo.

- 86 -
La teoría de la sonrisa

Tuomas se dio vuelta y se acercó hasta él.


–¿Qué pasa?
–Ahí hay dos bichos, cuac, miralos, intentan levantar algo, cuac.
Observó lo señalado por su compañero y notó que dos pequeños ojos
volares giraban en torno al piso, luchando por agarrar con sus minúscu-
las patitas lo que allí se encontraba.
–Vení, cuac, algo está pasando, acerquémonos lentamente, lo más sigi-
losos posible, cuac, sino se asustan.
Ambos se aproximaron con cautela y notaron que era cierta la corazo-
nada de la bestia con pico. Las pequeñas criaturas intentaban levantar la
pieza faltante y, a los pocos metros, los ojitos alertaron la llegada de los
ladrones. Cuando éstos se aproximaron ellos adoptaron otra postura, sin
perder la mirada fija en sus adversarios.
Tuomas extendió su brazo con cautela, hablándole de manera amistosa
a los celosos guardianes, quienes miraban nerviosos la situación.
En ese instante, los ojos se alertaron del plan y comenzaron a aletear
con fuerza hacia arriba. Lograron su cometido a medias ya que la pieza
les resultaba pesada, y entonces comenzaron a alejarse del lugar.
Él y el ornitorrinco corrieron detrás de ellos. Al estar en otro mundo,
recordó que allí no había límites y que podía transformarse, como aquella
vez en la que habían estado con Melina. Fue así que Tuomas se transformó
en un lince para ser más veloz y acabar con aquello.
Increíblemente, su compañero, a pesar de su forma, iba a la misma ve-
locidad, dando graciosos pasos cortos.
El cuasi pato se adelantó unos pasos más y se lanzó con fuerza sobre las
criaturas que volaban a media altura, su cuerpo cayó sobre la placa y eso
los obligó a soltarlo.
Victorioso, se sacudió de los hombros el polvo desértico y contempló
la pieza faltante.
–Cuac, sigo siendo el rey, oh sí, cuac…
–Mierda que sos rápido che, no te tenía– dijo asombrado el lince ahora
devenido en humano.
–Cuac, soy una caja de sorpresas ¿no?
–Volvamos, terminemos con esto de una vez.
–Jajaja, esto recién comienza, mi lento amigo.

- 87 -
Federico Rollini

Colocaron la última pieza y el rompecabezas se completó. Observaron


la obra maestra.
–¿Y ahora?– preguntó Tuomas.
–Hasta aquí llegué yo, cuac.
Vito le dio la espalda y empezó a caminar.
–¡Che! ¿Qué hacés?
–Me voy, ya hice mi laburo, cuac.
–Pero ¿y qué hago con todo esto?
–Si fuera vos, entraría a la casa, cuac…
Tuomas se acercó hasta el rompecabezas que se hallaba en el piso, dio
algunos pasos sobre él hasta llegar a la puerta y, al aproximar su mano, la
manija dejó su forma plana y se convirtió en una con todas sus dimensio-
nes. Al abrir la puerta pudo divisar una escalera descendente, era tan alto
el grado de curiosidad que ya no le importaba adónde condujera.
Al bajar, llegó hasta un pasillo con pisos de madera, paredes blancas y
varias puertas de color marrón oscuro, sus pasos rechinaban con fuerza,
cualquiera que habitara ahí se daría cuenta al instante de su presencia.
Al finalizar el pasillo, se encontró con un comedor grande y con am-
plios ventanales donde la luz ingresaba sin oposición, miró la mesa y allí
lo esperaba una cara familiar.
–Bienvenido, llegaste– dijo el hombre de aspecto luminoso.
–Por suerte sí, costó pero estoy acá. ¿Vos eras el que me estaba buscando?
Giró de un lado al otro su cabeza negando.
–Sólo estoy para recibirte, detrás de esa puerta está la persona que te
busca– dijo señalando con su mano.
–Perfecto, ¿puedo pasar sin que me golpées?
–A usted lo han autorizado, jamás podría hacer eso.
Tuomas dudó unos segundos, recordó aquel puñetazo en su segunda
visita y el dolor del mismo, sin embargo, juntó coraje y despacio se acercó
hasta la puerta e ingresó al cuarto ante la atenta mirada del guardián.
El cuarto se extendió ante sus ojos, pudo ver dos sillas y una mesa, so-
bre la misma había dos porrones verdes de cerveza y un plato con papas
fritas acompañadas por panceta y queso.

- 88 -
La teoría de la sonrisa

Al dar unos pasos, obtuvo un mejor ángulo y pudo ver a un hombre de


espaldas que miraba a través de la ventana.
–Al fin, te esperaba Tuomi– dijo con voz alegre el misterioso hombre.
Siguió parado, sin moverse, en alerta por la extraña situación.
–Te extrañaba amigo, bastante.
Marco se dio vuelta y lo miró fijo con una gran sonrisa en su cara.
Sin decir ninguna palabra, él se acercó lentamente a su amigo, inspec-
cionando cada rasgo del mismo, desde los pies hasta la cabeza; su corazón
latía emulando a un doble bombo de Black metal. Sin demora, se abraza-
ron y ninguno pudo contener las lágrimas.
–No entiendo nada, pero esto es lo mejor del universo amigo– dijo
Tuomas.
–Pasó mucho tiempo pero por fin nos reencontramos.
–¿Qué es todo esto?–Una pequeña recepción, para conmemorar los
viejos tiempos. Dos birritas, unas papas, nos tenemos que poner al día…
Con todo este tema de morirse me olvidé de pasarte el nuevo número
para hablar y yo, como nabo, no agendé los contactos – dijo riendo Marco.
Tuomas se apartó de él y lo miró serio.
–Es un chiste, pelotudo– dijo el muerto.
–Seguís conservando el humor negro, eso es bueno.
–Siempre, es marca registrada. Vení, sentate y tomá algo.
Ambos se sentaron y bebieron unos sorbos de cerveza en silencio, mi-
rándose y sonriendo.
–¿Por qué me llamaste o me convocaste?– preguntó el visitante.
–Sé lo que te pasa, cuando me fui dejé muchos cabos sin atar y el señor
Caleb me insistió para que hiciera lo correcto y charlemos.
–¿Quién?–El de aspecto luminoso que estaba en la puerta, es muy hin-
cha cuando se propone algo, no para hasta conseguirlo. Conoce todo de
cada uno, cada acto o momento y es un juez del “todo”, siempre vas termi-
nar haciendo lo que te pide porque te taladra tanto que en un momento
te rendís.
–También pega fuerte.
–Ja, sí, eso también. Perdón por aquello, cuando estaba haciendo la
consulta le ordené que nadie me molestara.

- 89 -
Federico Rollini

–¿Cuál fue tu consulta?


–Ah, ¿ya arrancamos con eso? Pensé que primero te gustaría hablar de
deportes o de cine.
Tuomas guardó silencio.
–Tu cara de orto me está diciendo que no tengo que hacer más chistes
¿no?
–Me conocés, amigo, y bien.
–No creo que tenga sentido decirte lo que pregunté, se deduce solo si
te cuento la historia.
–Te escucho– dijo Tuomas luego de darle un sorbo al porrón.
–Pasaron años para tomar la decisión, fue algo en aumento que creía
que podía controlar, pero la depresión es traicionera, como el vodka y el
tequila, parece que todo está bien hasta que pega y se instala y se hace
parte de uno… ¿Y sabés de qué se alimenta?... De lo cotidiano, de todos
esos días en los cuales no hacemos nada para cambiar nuestro destino.
Somos estrellas, amigo mío, y en vez de brillar fuerte hasta que la muerte
nos obligua a apagarnos, lo hacemos solos, le ahorramos el trabajo.
–Te entiendo, pero es muy abstracto lo que me estás diciendo, siempre
te veía de buen humor, nunca te mostrabas triste.
–Vivía el oficio del payaso creo, hacía reír para tratar de tapar lo malo
que me pasaba, las risas te alimentan hasta que en un momento ya no
podés vivir de eso solamente.
–Insisto Marco, necesito causas concretas para entender, algo que atra-
viese la razón.
–Ya vamos con lo concreto, tranquilo, pero dejame hablar y explicarte
la filosofía del ahorcado.
–Como el tema de Vortex, El árbol de Odín.
–Exacto, ¿te acordás que decía: “La filosofía del ahorcado, compleja y
simple (…) cuando estés cerca del eje la debes poseer”…
–Sí, pero yo no me voy a quitar la vida por más problemas que tenga.
–Lo sé, pero no te lo digo por eso, simplemente es que no te das cuenta
que seguís mis pasos. No disfrutás de estar solo ya, te estás volviendo
adicto y, a diferencia de mi caso, vos vas a vivir mucho más… desperdi-
ciando el tiempo que le pedimos prestado a la eternidad. Cuando Sabri
me dejó, me había dado cuenta que estaba casi solo.

- 90 -
La teoría de la sonrisa

–¿Ella te había dejado?


–Afirmativo.
–Y no me dijiste nada.
–No había mucho para decir, sus razones nunca me cerraron y me ma-
quiné con que estaba con otro tipo.
–¿Era cierto eso?
–Por cómo me vio caer y su reacción pasiva, vaya uno a saber, prefiero
no pensar.
Ambos bebieron un trago de cerveza en silencio.
–Me tenías a mí– interrumpió bruscamente Tuomas.
–Lo sé, y cuando me tocó irme, vos fuiste el último pensamiento amigo,
te pedía perdón mientras enroscaba mi soga al cuello.
Las últimas palabras retumbaron en el pecho del visitante, desde el fu-
neral que buscaba respuestas y, al encontrase con ellas, se ahogó en un
mar de pensamientos encontrados.
–En fin, al no estar más con ella, pensé que ya no tenía nada excepto a
vos y, a pesar de esto, no me permitía, a pesar de la amistad, caerte con mi
desdicha porque tarde o temprano te iba a perder.
–No digas estupideces, jamás iba a pasar eso.
–Sí amigo, era muy factible que sucediera. El humano está siempre listo
para ayudar, pero tiene límites, y si el que sufre no cambia puede ser que
haya hecho de ese sufrimiento un estilo de vida y consuma a su gente,
cagándose en ellos, o realmente ser un inconveniente y mostrar lo mejor
de sí para solucionarlo.
–¿O sea que vos no tenías la fuerza para cambiar eso?
–Era parte de mi vida, pero no concebía cagar a otro. Me rendí y eso es
algo que nunca me voy a perdonar.
–A pesar de esta excusa sigo pensado que fue un acto de enorme egoís-
mo que no te dejaras ayudar.
–Por eso siempre sirven los otros puntos de vista, pero en ese momento
sólo podía pensar en una sola cosa, estaba al filo amigo y uno toma el
camino que creeconveniente.
–Puedo entender pero no perdonarte Marco, ¿te diste cuenta de lo que
hiciste?

- 91 -
Federico Rollini

–Sí, pero ya está hecho.


–¿Te diste cuenta que te mató lo cotidiano, eso de lo que siempre me
quejaba”
–Era más fuerte que eso, pero en cierta medida si, te doy la derecha–
dijo Marco
–Me diste un discurso sobre la vida y los problemas en la pizzeria y hoy
te escucho hablar y me decepciono amigo.
–Lo se, pero los humanos en esencia somos contradicción pura.
–Hipocrita querras decir– Respondió Tuomas enojado
–La contradicción siempre lleva algo de eso, pero si realmente amas,
siempre vas a querer ver a tus seres queridos bien y si es necesario decir
algo que no haces o sentis, bienvenido sea ¡Mierda no se puede luchar
con nuestra condición humana!– dijo Marco furioso dandole un golpe a
la mesa.
Ambos guardaron silencio
–¿Lo volverías a hacer?– preguntó Tuomas.
–Si tuviera otra chance, claro que no. Pero sigo afirmando que una vez
que pasó adquirí noción de eso, somos animales con un poco de razón,
que a veces deben golpearse duro para entender.
Tuomas se levantó de la mesa, caminó por la sala hasta llegar al venta-
nal, allí fijó su mirada en el exterior.
–Siento que todo esto es un engaño, algo que pasa en mi mente. Estoy
escuchando lo que quiero escuchar.
Marco lo observó.
–Lo importante es que entiendas que la vida es una sola y va a estar lle-
na de errores para entretenerse, yo no aprendí esto a tiempo y heme aquí,
arrepentido. Si hubiera entendido que sin cicatrices no valemos la pena,
quizás mi vida hubiese sido otra. Vos estás a un paso de tener una vida
hermosa y a punto de perderla también, es tu momento de brillar, amigo,
y dejar atrás los problemas que no sirven para salir adelante. Hacele caso
al ahorcado, ya estuve adonde estás vos ahora.
–¿Cómo se siente morirse?
–Es como dormirse.
–¿Y todo esto?
–¿Vos en qué crees, Tuomas? ¿Esto te parece real o no?

- 92 -
La teoría de la sonrisa

–No lo sé.
–Sí lo sabés, y tengo una buena prueba.
–¿Cuál?
–La luz de este mundo no parpadeó.
–Necesito creer que no estoy loco, es eso solamente.
–No debería preocuparte eso, Don Quijote bajó los brazos cuando em-
pezó a dudar de él y escuchó al mundo.
–Es cierto– murmuró el visitante.
Con el paso del tiempo, Tuomas dejó de lado estas cuestiones y optó
por girar el tema de la conversación. Recordaron anécdotas entre gritos y
risas. Su juventud parecía vivir en el presente.
–Carajo que la vivimos– dijo riéndose Marco.
–Y siempre zafamos, teníamos mucho culo.
Siguieron así por un rato, hasta que el sonido de un trueno quebró la
paz.
–¿Qué fue eso?– dijo asustado.
–La montaña– contestó el muerto.
Ambos se acercaron al ventanal y vieron cómo desde Omerta rayos
luminosos tajeaban el cielo color bordó/violeta, algunas nubes grises se
instalaban en los alrededores. La fauna y el ritual se repetían como en
cada previa a una consulta: por un lado las pirámides caminando en la
montaña para formar la pasarela y, por otro, los simpáticos ojos voladores
girando en círculos sobre ella.
–¿Alguien va a hacer una Consulta?
–Así es, y yo diría que te apures, Tuomas.
–¿Por qué la advertencia?
–Melina está subiendo la montaña– contestó Marco.

- 93 -
Capítulo final

Cuando el mundo explote

A
través del cristal, Tuomas pudo ver cómo Melina subía la escalera
de la montaña, que se teñía con flores que nacían detrás de cada
paso que daba ella. Amarillas, rojas, azules… el mundo seguía
siendo desértico, solo en Omerta se mantenían vivos los colores.
Asustado, miró a Marco y éste, con mucha calma, le señalo la puerta:
–Dale, andate rápido.
–¿Qué es todo esto?
–Ella se decidió a hacer una consulta.
–¡Mierda! ¡Tengo que parar esto y hablar con ella!
–¿Te imaginás qué puede ser?
–Lo sospecho, pero en realidad la cuestión es otra.
–¿Cuál?
–No sé qué va a preguntar, pero ahora entiendo cémo funciona todo
esto.
Marco lo miró asombrado.
–La montaña solo te dice lo que querés escuchar y te da la fuerza para
llevarlo adelante, es una fuente de autoconvencimiento. Te pasó a vos, a
Yamila, ambos se convencieron de que no estaban felices con sus situa-
ciones de vida y que no podían cambiarla. Se trataba de eso, de perder la
fe en el otro que forma parte de tu vida.
Si ella está convencida de que yo no la amo se va quedar con eso, si la
dejo caer y muere todo se acaba y no voy a dejar que eso pase, nunca más
voy a caminar sin ella al lado.
–Tiene sentido, pero ¿estás seguro de esto?
–Amigo, de lo único que estoy seguro es de que si pierdo a Melu me voy
a volver un hombre religioso y me voy a abrazar fuerte a la idea de la re-
encarnación hasta mi muerte, pensando día tras día en ella y en buscarla
en otra vida.
–No esperes más Tuomi.

- 95 -
–Voy a luchar para que esto no pase.
El cielo se quebró en miles de fragmentos gracias a los rayos.
–Andá, loco lindo, tratá de ser feliz.
–Pará…– Tuomas observó fijo su amigo–, ¿te voy a volver a ver amigo?
–No creo que haga falta, hay que ser felices y dudo que sigamos com-
partiendo este mundo.
–Te voy a extrañar por siempre, sabelo.
–Lo sé– Marco esbozó una sonrisa–, pero esto sigue, recordame como
un gran capítulo en la vida cuando narres tu historia.
–El mejor de todos, lo juro.
–Nunca menos, compañero.
Ambos se abrazaron y, cuando se separaron, Marco volvió a tomar del
brazo a su amigo.
–No se trata de autoconvencimiento, hay señales que te llevan a atar
los cabos sueltos y a veces ves cosas que antes no veías. Pensar eso sería
anular todos tus errores, ella no está ahí de casualidad y, si llegó a esto,
tiene que tener razones reales.
–Es cierto, yo colaboré mucho en todo esto.
–Rompé la cadena del ancla que te ata a ese mundo frío que creaste,
liberate de todas esas falsas seguridades. Para ser felices hay que amar y
salir de ese infierno monótono que se alimenta del enojo que encontra-
mos en las pequeñas cosas que nosotros mismos creamos y mantenemos,
haciéndonos creer que son normales. Los días pueden ser como el agua
de los ríos, nunca iguales y únicos.
Repitieron el abrazo, pero con más intensidad, ambos sabían que podía
ser la última vez que se veían.
Tuomas salió apresurado del cuarto y, en la puerta, Caleb lo despidió
extendiendo su mano. Subió las escaleras y se encontró de nuevo con el
desierto. Se alejó unos pasos y se detuvo cuando escuchó un fuerte ruido
a sus espaldas, al darse vuelta vio que el rompecabezas era succionado
por la tierra. Contempló con un sabor agridulce aquello, triste porque su
amigo se estaba perdiendo allí, pero feliz por tener la chance de verlo de
nuevo y encontrar respuestas.
La teoría de la sonrisa

Con temple, se transformó en un águila y elevó su vuelo, surcó los cie-


los con gran astucia, esquivando rayos y aproximándose cada vez más a
Melina y a la atronadora montaña.
Casi llegando al bosque pudo contemplar desde el aire cómo una hilera
de personas se adentraba en Omerta por el mismo rumbo, eran los testi-
gos de siempre, curiosos ante los acontecimientos.
Ya en la cima, Melina aguardaba que las pequeñas pirámides termina-
ran de construir la pasarela para realizar la consulta. Ella lucía un vestido
negro que terminaba en sus rodillas, su rostro era hermoso como siem-
pre, con ojos mezcla celeste y grises capaces de abrir las nubes más oscu-
ras, su flequillo recogido para atrás dejaba contemplarlo a la perfección.
Ante la atenta mirada del águila que se acercaba velozmente, comenzó
a caminar por la pasarela, la desesperante situación iba en aumento, el
fin parecía estar cerca.
–¡Melu! ¡Melu! ¡No lo hagas!– gritaba y repetía desesperado Tuomas.
Pero, lejos de tener suerte, esta frase se perdía entre los violentos true-
nos que emanaban del cielo. Él la veía caminar, pero ella no lo veía venir.
Melina llegó hasta el final, hasta la punta de la pasarela. A sus pies se
extendía todo ese mundo, contempló el cielo suspirando, deseando que
existiera otra salida, su corazón se detuvo y comprendió que solo queda-
ba entregarse.
Con los ojos cerrados, descendía a una velocidad impresionante. En
ese momento, su novio llegó a su encuentro y la sujetó con sus garras
deteniendo su cuerpo de la caída, pero un rayo proveniente del oscuro
cielo impactó en el cuerpo del águila. En cuestión de segundos recuperó
su forma humana y, ante el inmenso dolor previo al desmayo, sólo atinó
a volver a sujetarla fuerte contra él. Con el último esfuerzo esbozó una
sonrisa:
–Sos mi mundo– dijo entrecortadamente.
Melina también sonrió, como en los viejos tiempos, y la observó por
última vez antes de tocar el suelo y decir adiós a la luz de los rayos que
acribillaban el cielo e iluminaban su piel, que se mostraba cargada de
extensas líneas a lo largo y ancho. Pequeñas arrugas nacían en los pár-
pados, cachetes y frente… su sonrisa y sus ojos la delataban ante el paso
del tiempo.

- 97 -
Federico Rollini

–Ey, despertá– repetía una fina y chirriante voz.


Tuomas abrió los ojos y se halló frente a Rita, su vecina, quien sacudía
su cuerpo mientras lo taladraba sonoramente.
–Eh, ¿qué pasa? ¿Dónde estoy?– dijo, tomándose el rostro.
–Estás en las escaleras. ¿Qué te paso? Estas pálido…
¿Cuál opción era más conveniente narrar, la de la visita a otro mundo o
la del vicio al alcohol y las sustancias?
–Me embriagué y me quedé dormido.
–¡Qué barbaridad, che!– dijo la vecina mientras lo ayudaba a levantar-
se–. Tenés que pensar en vos y en tu salud, sos joven, no podes enfermar-
te así.
–Claro Rita, y prometo no hacerlo más, este es mi punto de inflexión–
la cara de seriedad de Tuomas contenía las ganas de reírse.
–Si querés, con mi grupo de amigos conocemos gente que te pueda
ayudar con estos excesos.
–Si no lo puedo solucionar no dudes que te voy a tocar la puerta, mu-
chas gracias y disculpá el mal momento.
–No, por favor, estoy para ayudarte.
Se saludaron y Tuomas subió por las escaleras hasta su casa. Su cabeza
era un remolino, similar al de una salida fuerte, con resaca de antología.
Al llegar a la casa abrió la puerta y encontró a Melina llenando con ropa
y otras cosas varias bolsas.
–Hola Melu, qué sorpresa.
–Mi mamá dijo que anoche pasaste por casa…
–Sí, necesitaba hablar con vos.
–Perfecto, ayudame a ordenar las cosas y nos tomamos un café.
Pusieron manos a la obra en silencio, él buscaba en ella el intercambio
de miradas, pero la suerte no estaba a la orden del día, ella se mostraba
gentil pero distante.
–Qué baranda, ¿tomaste anoche, no? ¿Saliste?– dijo Melina.
–Sí, salí, tomé y me quedé dormido en las escaleras algunos pisos más
abajo. Rita me hizo un escándalo.
–No es para menos, a nadie le gusta un ebrio tirado y menos dentro de
su edificio.

- 98 -
La teoría de la sonrisa

–Soy vecino, no era para tanto… aparte ni vomité, no debería haber


tanto drama.
Terminaron con la labor y fueron para la cocina, ella se puso a hacer
café ante la atenta mirada de su ex.
–Dos de azúcar, ¿no?
–Tres, quiero sentir la adrenalina– dijo riéndose Tuomas.
Melina sirvió una cucharada más y se sentó.
–Bueno, Tuomas, quedate con todo. Ya hablé con mi vieja y ella me va
a ayudar a comprar cosas nuevas cuando consiga nuevo departamento.
–Ayer fui a verte y no estabas.
–Sí, y... ¿algún problema?
–No, no, ninguno, es que quería verte y hablar.
–¿Ebrio, a la madrugada?
–No es tan así Melu, era de madrugada pero no estaba ebrio, sí tomé,
pero a la tarde. Las versiones de tu mamá siempre son en mi contra, nun-
ca se le puede creer más del cincuenta por ciento de lo que dice.
–¿Qué ibas a decirme ayer?
–Lo que siento.
Melina guardó silencio.
–No sé si fue un sueño o fue real, quizás me estoy volviendo loco, la
verdad no descarto ninguna hipótesis, pero realmente necesito abrirme
y que me escuches… En este último tiempo estuve conectado con otro
lugar, lejos, lo vi a Marco, me explicó qué fue lo que le pasó a él y por qué
se quitó la vida, después hablamos mucho y comprendí que en vez de
crecer me detuve en el tiempo, me estanqué en mi sombría visión de la
realidad… En esta relación siempre hubo dos extremos, yo por un lado
tirando para abajo y vos tirando para arriba. Un día se te cansaron los
brazos y por desgracia yo gané, te ahogué en mi mundo gris y vos, acos-
tumbrada a pelear, te rendiste.
–Así fue Tuomi, pero…
–Melu, pasó otra cosa en ese sueño o lo que sea y fue algo que se repitió
muchas veces. Estábamos juntos y éramos felices, me enseñaste muchas
cosas, fuimos animales, amantes, hasta incluso amigos, y te juro que todo
se sintió muy real. Cada hecho y cada palabra, todo, y eso me dio muchas

- 99 -
Federico Rollini

fuerzas. Yo sé que parece una locura lo que te digo, pero me conocés,


sabés que no te puedo mentir.
Atónita, Melina dejó de lado su café.
–Ayer te volví a soñar, estabas triste y te lanzabas de una montaña ha-
cia el vacío, yo volaba desesperado pero un rayo me lastimó y no pude
salvarte.
–No entiendo a qué viene todo esto, Tuomi.
–En ese mundo me enseñaste algo que se llamaba la teoría de la sonri-
sa, y me contaste cómo sucedía mientras me conocías, y entendí por qué
peleaste tanto por mí a pesar de todo. Quiero creer que algo de todo eso
es cierto, necesito que sea así porque tuve que dármela en la frente para
percatarme de lo que sos. Uno no aprecia lo que tiene hasta que lo pierde,
yo soy uno de esos, de los putos hombres comunes que caminan por esta
tierra, pero tengo algo distinto y vos lo viste, sabés que es esa chispa y, por
toda esta demencia que viví yo sé que todo no puede ser mentira, tiene
que haber algo cierto.
Tuomas tomó su rostro con las manos, tapando y limpiándose los ojos
húmedos.
–En la caída te miré, eras anciana y me sonreíste.
–Tuomi… pará…
–Y eras hermosa…
Ambos se miraron profundamente y dejaron de hablar por un instante.
Melina se acercó a él y lo abrazó.
–Hace mucho que esperaba esto, Tuomi, que por fin me trates como tu
igual y que me hables.
–Es parte del cambio, Melu, y no sólo estoy en la búsqueda del per-
dón, porque cualquier cosa que haga no te va a curar el dolor o devol-
ver el tiempo perdido. Quiero un nuevo inicio, ser tu amigo, amante,
compañero.
–Soy tu mundo, ¿no?– preguntó ella.
Tuomas abrió los ojos de par en par, su cara pasé del color piel al blanco.
–¿Qué dijiste?
–Lo que escuchaste, ¿por qué la cara pálida? Parece que hubieras visto
un fantasma.
–Es que…

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La teoría de la sonrisa

–Sí, fue lo último que me dijiste antes de caer y perder el conocimiento.


Me abrazaste tan fuerte que a pesar de estar inconciente me protegiste
igual. El rayo te dejó inconciente.
–Lo sabías… lo sabías todo.
–Desde el primer minuto.
–Y por qué…
–La verdad, esperaba que vos hicieras la consulta pero después de lo
de Marco me rendí, visité miles de veces Omerta y vos no estabas, no
aparecías.
–Esto es una locura, vos, Marco, Yam… perdón…
–Yamila, decilo sin temor.
–Ah, ¿entonces?...
–Lo suponía, ahora me lo confirmaste… Igual estamos separados, me
encantaría juzgarte pero no puedo.
–O sea que todos los acontecimientos, ¿ya los conocías?
–Ni cuándo, ni dónde… pero siempre me lo imaginé cuando la vi ahí,
¿es curioso el destino, no?
–¿Y dejaste que todo pasara sin hacer nada?
–Aguanté hasta donde pude, después el resto fue por tu cuenta.
–Sigo sin caer, esto sí que es irreal. Hasta Vito me ayudó, ahora que lo
pienso.
–¿Viste?, era buen tipo. Me quiere mucho a mí– sonrió Melina.
–Sí, más de la cuenta– dijo enojado.
Melina lo besó en el cachete y lo abrazó con fuerza, luego recorrió su
rostro hasta que sus labios se unieron. Caminaron al balcón y vieron a la
ciudad moverse, respirar su locura. Permanecieron abrazados contem-
plando ell mundo donde se conocieron.
Al rato, Melina empezó a desarmar sus bolsos. Juntos acomodaron de
nuevo su hogar mientras recordaban anécdotas de Omerta: la persecu-
ción entre el roedor y la serpiente, su charla siendo amigos, todos esos
momentos únicos que los hizo reencontrarse como pareja.
Al desembolsar parte de la ropa de ella, Tuomas vio que, entre algu-
nas remeras, asomaba una hermosa pluma blanca, enseguida recordó su
origen.

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Federico Rollini

Ella se acercó a él y lo apretujó.


–Tengo miedo Melu de que esto siga siendo un sueño– dijo con tono
lúgubre.
Melina observó el rostro preocupado de su novio y, sin consultarle, lo
llevó hasta la cocina. Allí, de uno de los cajones, tomó un cuchillo y se lo
dejó en la mesa.
–El dolor es la señal más clara de la realidad. En los sueños no existe.
–¿Cómo lo sabés?
–¿Qué sentiste cuando el rayo te separó de mí Tuomi?
Ante estas palabras él se quedó pensando en aquel momento.Finalmente
tomó coraje y agarró el cuchillo, lo balanceó entre sus manos, su mirada
se sentó sobre el filo del objeto, miró el rostro de su novia y su sonrisa
cómplice.
Extendió su brazo y clavó la mirada en él, deslizó suavemente el filo a
través de su piel
Melina sonrió y dijo:
–¿Cómo estaba Marco?

FIN

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Libro editado por

Editorial Autores de Argentina