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Refugiados, los hijos de la Geopolítica

Informe - Refugiados en el mundo 2019

Por: Jabes Manuel Pimentel y Jorge Maldonado


@jorgemaldonado

“Los refugiados son personas como las demás, como tú y como yo. Antes de ser
desplazados llevaban una vida normal, y su mayor sueño es recuperarla”
Ban Ki-moon. Ex secretario general de la ONU

Actualmente, 68,5 millones de personas en todo el mundo se han visto obligadas a


abandonar sus hogares a causa del conflicto y la persecución, esto se traduce en una
problemática mundial que afecta por completo la dinámica social del planeta. Las
migraciones masivas representan una falencia directa a las políticas públicas de países
subdesarrollados, estas, siempre han sido una problemática que Naciones Unidas ha intentado
erradicar. Por lo cual, entidades como ACNUR son clave a la hora de proteger los Derechos
Humanos de los refugiados en el exterior. En este sentido, la Convención de la ONU sobre
los Refugiados de 1951 es significativa en dos aspectos. En primer lugar, aunque inicialmente
se circunscribe a los refugiados de Europa, ofrece una definición general de refugiado, que
es; toda persona que se encuentra fuera de su país de origen y que no puede regresar a él
como consecuencia de un temor fundado de persecución por motivos de raza, religión o
nacionalidad, por sus opiniones políticas o por su pertenencia a un grupo social. En segundo
lugar, la Convención reconoce que las personas incluidas en la definición de refugiado deben
beneficiarse de ciertos derechos; y que ayudar a los refugiados no ha de ser una mera cuestión
de beneficencia internacional y conveniencia política (ACNUR. 2000). De esta forma, la
política pública internacional adquiere una relevancia en los procesos de construcción y
reconocimiento de los Derechos Humanos para la población mundial.

En este aspecto, el mandato de proporcionar protección internacional a los refugiados


y de hallar soluciones a sus problemas está fundamentado en tres categorías: la repatriación
voluntaria, la integración local en el país de asilo y el reasentamiento desde el país de asilo en
un tercer país (ACNUR. 2000). Tal vez, el principal drama para los sesenta millones de
desplazados que viven en tierra ajena, de los cuales solo la tercera parte ha logrado el estatus
de refugiado, es que el desarraigo es un mal que no tiene cura. Quienes han experimentado la
tragedia de dejarlo todo, de dejarlos a todos y de tener que volver a comenzar -con frecuencia
en entornos hostiles y con realidades estigmatizantés- pueden dar testimonio de cómo
construir una nueva vida es a veces tan compleja como afrontar la persecución, el abuso o la
muerte de seres queridos (M. Solar. 2017). Por consiguiente, ser refugiado en pleno siglo
XXI, implica de una u otra forma la proliferación de un sistema fragmentado por políticas
cuestionables.
Según el informe anual
de Naciones Unidas para
el 2018. Las cifras de
acogida a refugiados en
el mundo cada vez más
incrementan. Turquía,
fue el país que más
refugiados ha recibido
en el mundo, con 3,5
millones de refugiados
en sus fronteras.
Pakistán y Uganda
siguen siendo los
principales países de
asilo con 1,4 millones de refugiados respectivamente. Por su parte, la mayoría de refugiados
en el mundo provienen de Siria (6,3 millones), Afganistán (2,6 millones), Sudán del sur (2,4
millones), Myanmar (1,2 millones) y Somalia (986.400).

De este modo, la experiencia del exilio se va a subdividir entre protegidos y


desprotegidos, pero también en adaptados resignados y en rebeldes con amargura. A la
tranquilidad de algunos en vía de rehacerse o reconquistarse se opone la incapacidad de otros
con menos reservas físicas, éticas o sentimentales para recrear futuro alguno en la diáspora, o
en contra fórmulas suficientes de adaptación a la derrota (J. Gracia. 2010). En este aspecto, la
impotencia de muchos refugiados en el mundo los acerca a unos modelos sociales
implantados por sistemas de gobierno previamente estructurados, sumado a esto, el esfuerzo
y los peligros de salir corriendo, de tener que esconder su identidad, su vocación religiosa y
hasta su profesión u oficio. Hay que agregar dificultades como el asalto a los pocos bienes
que han podido llevar consigo, el desconocimiento de costumbres e idiomas de las nuevas
tierras y el desconcierto que produce la incertidumbre de conocer otro territorio (M. Solar.
2017). En este marco de referencias, el desafío que afrontan los refugiados en el mundo es
cada vez más alarmante, en principio, porque deben seguir estructuras de gobierno ajenas a
sus marcos de referencia.

En efecto, la situación es agobiante en un contexto en el que las guerras abiertas, los


conflictos violentos regionales y la “violencia organizada” forman parte de un “círculo
vicioso” de falta de desarrollo, violencia organizada y migración forzada. Mientras que no se
ponga fin o al menos desacelere a esta espiral negativa, los afectados buscarán refugio y
solución en países más ricos y estables (L. Pries. 2018). Sin embargo, las democracias
liberales hacen distinciones entre los propios refugiados, pues son receptivas a aquellos
refugiados que benefician el mercado o contribuyen al interés nacional. En este sentido, son
bienvenidos quienes cuenten con formación superior o portadores de capital capaces de
invertir en el desarrollo del país, excluyendo, de esta forma, personas que representan mano
de obra barata y cuyo aporte no es significativo a la economía nacional (Villena, D. y
Annoni, D. 2016). De este modo, Paul Collier en su texto “Éxodo: Inmigrantes, emigrantes y
países”, argumenta que los refugiados tienen un efecto económico directo en el desarrollo del
Estado que los ampara:

Además de los efectos políticos indirectos sobre quienes se quedan atrás, la emigración tiene
unos efectos económicos directos. La expresión más común para describirlos es "Fuga de
cerebros": la emigración se lleva a los ciudadanos más brillantes, ambiciosos y mejor
formados de una sociedad. Sin embargo, deberíamos cuidarnos mucho del uso prematuro de
etiquetas que tienen una fuerza normativa tan potente. "Fuga de cerebros" se adelanta a la
cuestión de si la emigración de los más talentosos es o no, a nivel general, adversa para la
sociedad (P. Collier. 2013)

En otras palabras, esto explica la urgencia de olvido ante la situación de emergencia


que muchos Estados le proporcionan a los refugiados que admiten, esto, permite entender que
los descendientes de refugiados, no conozcan la lengua de sus antepasados, ni sigan sus
conceptos básicos y sean gente que a pesar de sus apellidos no tenga relación alguna con otro
país (L. Giraldo. 2008). En este mismo sentido, nuevamente Collier suscita el fundamento e
impacto que tienen los refugiados en los sistemas de gobierno de sus Estados natales:

Si la presión política es una forma en que la emigración podría influir en la calidad de


gobierno, otra es la disponibilidad de personas capaces y motivadas. Las sociedades
pequeñas y pobres sufren una hemorragia de emigrantes con estudios. En la cúspide de la
política pública, el talento humano podría verse socavado. Sin embargo, también podría
verse potenciado si unas pocas personas fundamentales, tras haber adquirido experiencia
vital en el extranjero, volviesen al país de origen. Por la naturaleza del camino escogido, los
ejemplos de personas que abandonan sus sociedades pero que, de lo contrario, se habrían
convertido en líderes valiosos son imposibles de conocer (P. Collier. 2013)

Igualmente, los migrantes y en particular los recién llegados cumplen todas esas
condiciones a la perfección. Ya se les han puesto nombres o cuando menos, se les ha dado un
nombre genérico, además, los diferentes medios de comunicación también constituyen un
papel protagónico en la adaptabilidad de estos nuevos refugiados (Z. Bauman. 2016). Esto
genera que las diásporas mantengan una dinámica constante con el nuevo sistema de
gobierno, por lo cual, la
institucionalidad pública
adquiere mayor valor y
credibilidad en toda la
sociedad civil.

Con relación a la
popularidad de ciertos
Estados Europeos en
proteger y refugiar a
víctimas del conflicto
armado, el informe de
Naciones Unidas en el año 2018, refleja que Alemania fue el país de la UE que dio asilo a
más personas, con un total con más de 198.000 decisiones favorables. A este le siguió Italia y
Turquía, con alrededor de 126.500 solicitudes, Francia, con alrededor de 93.000, Grecia, con
57.000 aprobaciones, Reino Unido, con 33.500 beneficiarios y Australia, Suecia y Bélgica
con un promedio de 18,000 solicitudes. Estas cifras demuestran un progreso considerable, en
concordancia a las políticas públicas internacionales, por lo cual, el papel de entidades como
ACNUR se vuelve cada vez más protagónico en la dinámica mundial.

Por lo que se refiere a América, más de dos millones de centroamericanos


abandonaron forzosa y precipitadamente su tierra de origen debido a la tensa y compleja
situación sociopolítica en varios países de la región -Nicaragua, El Salvador, Guatemala y
Honduras-. La mayor parte de dicha población no fue reconocida como refugiada por los
países receptores, al considerar que el deterioro económico que afectaba a las naciones de
procedencia, sumado a los problemas políticos, hacía sumamente difícil distinguir entre los
que emigran por motivos económicos y los que salían por factores político-ideológicos (M.
Palma. 2000). Esto ha generado que miles de emigrante en América Latina, tengan que
regresar a sus países de origen, por lo cual, gran parte del conflicto interno en dichos países
se ha masificado a partir de sistemas de gobierno poco democráticos.

En este sentido, la extensión de las redes migratorias colombianas y la apertura de la


política migratoria en distintos países de la región como Argentina, permiten que una persona
con necesidades de protección internacional pueda establecerse sin necesidad de acudir al
refugio u otras figuras humanitarias. Estados Unidos y Canadá continúan siendo países de
destino de refugiados colombianos, probablemente, por las redes migratorias ya establecidas
de larga data. Sin embargo, en la última década se ha registrado disminución de flujo hacia el
norte del continente (D. Ortiz y S. Kaminker. 2014). Cada vez, el número de refugiados
colombianos en el exterior incrementa de una forma alarmante, esto genera una crítica
constante al sistema de gobierno actual y a las políticas públicas que deben garantizar los
derechos humanos de los colombianos.

A partir de los
resultados ofrecidos por
el informe anual de
Naciones Unidas, en
concordancia al
desplazamiento interno;
Colombia es el país con
más desplazados en el
mundo, para el 2018
sumaba 7,2 millones de
desplazados internos.
Siria, en el segundo
lugar, con 6,3 millones;
Sudán el tercero, con 3,3 millones; Iraq está en el cuarto lugar, con 3 millones, y República
Democrática del Congo cierra el top 5 con 2,2 millones de desplazados internos. Esto, refleja
claramente una precaria acción política por parte del Gobierno nacional y las instituciones
públicas.

Finalmente, los refugiados viven bajo una fuerte tensión subjetiva que limita tanto su
vida pública como su vida privada. Aprender otro idioma, reclasificarse para conseguir un
trabajo, enfrentarse a otra cultura, siempre buscando similitudes y diferencias. Es como
renunciar a su historia y su pasado. Integrarse a la sociedad de acogida requiere de grandes
esfuerzos y rupturas subjetivas significativas, pues integrarse es como renunciar a “volver” a
su país. Pero, además, los refugiados colombianos, al igual que los migrantes, se enfrentan al
estigma del narcotráfico (D. Ortiz y S. Kaminker. 2014). En definitiva, tal y como están las
cosas -y como todo indica que estarán durante mucho tiempo-, es improbable que las
migraciones masivas vayan a disminuir, ni porque desaparezcan los factores que las
impulsan, ni porque se pongan en práctica ideas más ingeniosas para frenarlas (Z. Bauman.
2016). De este modo, se puede evidenciar cómo la sociedad contemporánea debe estar
preparada para afrontar nuevos retos, en últimas, porque los refugiados como consecuencia
de la geopolítica actual, son un referente de resistencia social, esto significa una alternativa
hacia libertad; en donde todos puedan emanciparse de potencias monopolizadas por el
conflicto. En este sentido, es hora de promover un lugar constituido por todos y para todos.
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Zygmunt Bauman. (2016). “Extraños llamando a la puerta”. Planeta - Editorial. España.


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