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pacidad de ambas posiciones de renegociar sus supuestos € integrarlos en concepciones inds amplias. Es decir, de la dis- posicion para modificar las posiciones propias a partir de los datos empiricos y de las miradas ms amplias que ofrecen los proyectos interdiseiplinares. 3 El poder de las metdforas El olvido esta leno de memoria. ‘Mario Benedetti En el capitulo anterior hemos visto los que nos parecen los rasgos definitorios de la psicologia cognitiva que ocupan tun hugar central en su configuracién como disciplina cient fica. En este capitulo, nos ocuparemos de las metiforas que han influido y estin determinando su desarrollo, Obviamen- te, el mayor espacio estar dedicado a la visién computacio- nal ya que, como es sabido, es Ia que ha tenido un papel sin- gular en Ia creacién del cognitivismo, Describiremos la mx nera en que se ha establecido la comparacién entre el funcio- namiento de la n re humana y una computadora, sobre to- do a través de la nocién de programa, asi como la influencia que todo ello ha tenido en el estudio de la_ memoria, enten- dida ésta como conocimiento en general, Como se ha indiea- do en paginas anteriores, la metafora computacional no sélo ha sido decisiva para el avance de la psicologia y la ciencia cognitiva, sino que ha sido hasta los aftos ochenta, aproxima damente, la caracteristica distintiva de los trabajos de origen anglosajén de las aportaciones europeas sobre los procesos cognitivos (véase capitulo 1), Ahora bien, en la actualidad dicha metifora ha sufrido 4 2 criticay importantes y tiene tambien serios competidores. Por esta razén, hemos \cluido también las visiones narrativa y conexionista que sin duda son sus sucesoras y rivales, La metafora computacional: ese chip que todos Mevamos dentro Como hemos sefialado en la Invitaci Ja metifora narrativa esta apareciendo con cierta fuerza entre los psicdlogos, an en la actualidad de en otras disciplinas. Dicha metafora suele tomar como punto de partida precisamente las creacio- nes literarias. Asi es que puedle parecer un contrasentido que 10s este apartado, dedicado a la metéfora computa- ional, con una frase que procede de un drama, es decir de un instrumento de ka ‘ompetencia”, entendiendo ésta no e1 el sentido chomskiano sino en el de pura y simple rivalidad. Sin embargo, esta frase que ya hemos utilizado en otra asin (Carretera, 1993) nos si pon ilo un Iicido ex- pareci Xe de la cuestion que nos ocupa, Dicha sentencia se en- ra en la magnifica y fronteriza pieza teatral de C. Marlo- we (15641593) La vida de Eduardo I de Inglaterra, veelabora- da por Bertolt Brecht. En ella, ante el despecho de su esposo que prefi dice: “En mi pobre cabeza caben muy pocas cosas, mis lo que (ca su amante homosexual, la atribulada reina Ana en ella entra sélo se desvanece con una extrema lentitud”, Co ‘mo puede imaginarse, esta muy lejos de mi intencién mante- ner que C. Marlowe, 3 wutor inglés de turbulenta existencia, fuera un precursor de algunas de las ideas seminales del pro- cesamiento de informacion, Sin embargo, lo cierto es que di cha frase recoge con bastante justeza lo que serfa un resumen divulgative, y por ende apretado en exceso, de los aspectos esenciales de la metifora computacional, Esta se basa, por un lado, en las severas limitaciones que tenemos para procesar la nueva informacién o, lo que es lo mismo, para atender simul ineamente pero de forma transitoria a toda ella. Solamente sise produce la atencién podemos incorporar algo, de mane- ra que pase a engrosar nuestro bagaje de conocimientos. Es decir, si no hay atencién no puede haber conocimiento. Por otto lado, la citada metifora incluye la existencia de represen- taciones perdurables que se mantienen toda la vida en una suerte de almacén de gran capacidad, pero que pueden Me- gaa ser un obsticulo para la modificacién de la informacion que ya poseemos. ‘Como se ha indicado en el capitulo anterior, uno de los motivos que impulsaron a los psicdlogos a estudiar con deta- Ie todos estos temas fue precisamente el asombro ante lo que los primeros ordenadores podian Mevar a cabo; asombro compartide hoy dia por la da cotidiana se encuentra cada ver més acompatiada por es tos ingenios tecnolégicos. Por tanto, no debe sorprendernos yoria de la poblacién, cuya vir que el ordenador haya servido de metafora basica en las in- vestigaciones al respect. A primera vista, puede sonar un tanto deshumanizacor que se compare al ser humano con wn ordenador que, al fin y al cabo, no es mais que un aparato y. cen tiltima instancia, un mero conjunto de vos eléctricos disetiados por el hombre. En verdad, como sa- sgazmente ha dicho Bruner (1982) (véase p. 4950) no deja de ser curioso que el ser humano haya terminado mirandose en cl espejo de un mecanismo creado por mismo, aunque no precisamente para ese Como nos recuerda Dennett: “Los filésofos han sofia I durante siglos, Hobbes y Leib- en formas muy diferentes, trataron de explorar las impli do con la inteligencia artifi jones de la idea de particionar la mente en operaciones pequefias y en tltima instancia mecinicas, Descartes 6 incluso la prueba de Turing (la tan discutida propuesta de nti Alan Turing de una audiencia de forma para la computado- ra, en la que el trabajo de la computadora es convencer a los jueces de que estén conversando con un ser humano) y no du: do en formular una confiada prediccién de su inevitable re- sultado: “Es por cierto concebible (afirmaba Descartes) que se pueda hacer una maquina de modo tal que pueda proferir palabras, ¢ incluso palabras apropiaclas a Ia presencia de ac. tos u objetos fisicos que causen algiin cambio en sus 6rganos; come, por ejemplo, si fuera tocada en alguna parte, que pre- guntara qué se est intentando decirle; si se la tocara en otra, que gritara que ha sido herida, y asi para cosas similares. Pe ro nunca podria modificar sus frases para responder al senti- do de lo que se dijera en su presencia, como incluso el mais estipido de los hombres puede hacer’. La apreciacion que ten Descartes de los poderes del mecanismo se hallaba tenida por su conocimiento de los ma- ravillosos automatas de relojeria de su época. Podia ver muy clara y distintamente, sin duda, las limitaciones de esa tecno- logia. iNi atin mil pequenios engranajes —ni aun diez mil— permitiran al aut6mata responder completa y racionalmente! Quiz Hobbes y Leibniz hubieran sido menos confiados en se punto, pero seguramente ninguno de ellos se habria mo- lestado en preguntarse sobre las limitaciones a priori de un millén de pequenos engranajes girando millones de veces por segundo. Para ellos, sencillamente, ée no era un pensa- miento pensable” (Dennett, 1988, p. 321-2 de la traduccién al espaol) ‘Sin embargo, con el tiempo, esto no sélo se ha conver ido en pensable sino en realidad. Es decir, una vez produci- do un potente mec nismo de procesamiento de la informa: cién, los ciemtificos se han percatado de que podia servirles como analogia de su propia m me. En cualquier caso, como es posible que todavia algiin cierto rechazo hacia la comparacién del ser las lector manten, humano con el ordenador, concéda metiforas basacas en algiin tipo de mecanismo han sido de suma utilidad a lo largo de la historia del pensamiento. Por Jos all menos qu regla general, en el ambiente de las humanidades ~y la psico- logia y la educacion pertenecen a él por excelencia— la com paraciGn entre los seres humanos y las maquinas no goza de buena reputacidn, En cuanto se intenta presentar alguna idea al respect en cualquier actividad docente, es frecuente de- tectar entre el publico un patente escepticismo con alguna més! iLos huma- .cunda, (Pues no faltai complejos que las mie mos sentimientos, pasiones, etc.! Tampoco suclen faltar los que mais bien alinean los computadores por el lado de la ideologia dominante, el imperialismo cultural y otras linde zas de los sesenta, olvidando que la ciencia y la tecnologia es pre per se del lado del progreso. Ast es que em- veta de actitud i nos somos mucho mi wast (Tene- pecemos por el principio. ‘Como hemos indicado, la comparacién con las maqui- nas es exactamente eso, una comparacién y no una equivalen- ia, Es decir, se trata de disponer de un modelo que permita diseiar hipétesis y supuestos precisos acerca de procesos que no son obvios para la experiencia directa. Este intento en rea- lidad es tan viejo come la ciencia y la cultura misma, como in- dicaba la anterior cita de Descartes. Es decir, en algain tipo de mecanica, lo cual no equivale necesa jamente a ser mecanicis- tas, Freud y Piaget, sin ir maé lejos, también intentaron dar cuenta de las parcelas de la naturaleza humana que les corres- la formutacion de pondian mediante explicaciones basadas 1 ‘mecanismos. Piaget (1941) titula justamente “el mecanismo del desarrollo mental” la primera exposicidn sitematica de su teoria y declara su interés especifico en el desentraniamiento Brin de los mecanismos en una conocida entrevista con J ae la prcologia com Invoduccin