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PÉRDIDA Y RECONSTRUCCIÓN:

UNA APROXIMACIÓN CONSTRUCTIVISTA AL ANÁLISIS NARRATIVO DEL DUELO © 1997 Luis Botella, Olga Herrero y Meritxell Pacheco FPCEE Blanquerna

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PREFACIO

La construcción de la identidad ha sido un tema recurrente y significativo en la historia de la psicología prácticamente desde su origen—William James, con la distinción entre I y me, es considerado el pionero de una visión narrativa de la identidad. Ya sea desde una perspectiva evolutiva o desde las teorías de la personalidad, las grandes corrientes del pensamiento psicológico han incorporado una visión propia sobre este fenómeno característicamente humano. Al mismo tiempo, las teorías sobre los trastornos en el funcionamiento psicológico tampoco son ajenas a la consideración de los aspectos de la identidad que quedan afectados por la patología (p.e., en el caso del trastorno de personalidad múltiple), y también la psicoterapia ha sido considerada por algunos autores como un proceso de reconstrucción de la identidad del paciente/cliente. También la psicología social se ha interesado ampliamente por este tema teniendo en cuenta las implicaciones que tiene en cuanto al proceso de socialización. Recientemente, la psicología cognitiva (tradicionalemente inspirada en la metáfora computacional) se ha unido al interés por la identidad y las narrativas recuperando una visión del pensamiento humano más cercana a la atribución del significado que al procesamiento de la información. En este momento histórico, las publicaciones sobre narrativas y construcción de la identidad experimentan un crecimiento exponencial y se cuentan por centenares. Asumiendo el riesgo de simplificar una situación compleja, se puede detectar una tendencia general en este cuerpo creciente de investigación y teorización. Mientras que las teorías más tradicionales (especialmente psicoanálisis y humanismo) consideraban la adquisición de la identidad como el surgimiento de una tendencia interiorizada y prácticamente innata, las más contemporáneas (es decir, constructivismo y construccionismo) la consideran como un proceso de interiorización de discursos y estructuras narrativas con una base no únicamente personal sino también social. En este sentido, la identidad no se considera como algo exclusivamente intrapsíquico e innato, sino como el producto de la co-construcción y negociación de narrativas y discursos presentes en el contexto interpersonal y con una base en el lenguaje—considerado no como una representación de la realidad sino como un instrumento socialmente consensuado de construcción del significado. No es ajeno a este cambio de énfasis el paso de una cultura moderna a una posmoderna, con el consecuente interés por los aspectos de la interacción social que conforman nuestras presentaciones interpersonales e, implícitamente, nuestro sentido de identidad. La confluencia entre constructivismo, construccionismo, posmodernidad, psicología narrativa e interés por la identidad ha permitido recuperar (o, a menudo, descubrir) las conexiones entre psicología, antropología, lengua y literatura, con metodologías inspiradas en la hermenéutica textual como por ejemplo el análisis del discurso, el análisis narrativo o el análisis de conversaciones. La finalidad última de todas estas líneas de investigación y teorización (diversas aunque epistemológicamente compatibles) consiste en un fomento de la comprensión de la persona en sus propios términos—es decir, en el contexto de su discurso. Es en esta zeitgeist constructivista, hermenéutica y posmoderna donde se ubica el presente trabajo.

En este contexto, este trabajo pretende complementar este cuerpo de investigación en dos ámbitos que consideramos especialmente susceptibles de elaboración: (a) la conceptualización teórica sobre la construcción narrativa de la identidad en general y de la pérdida y el duelo en particular y (b) el constraste de un método de análisis textual compatible con este marco teórico. Los seis capítulos de que se compone este trabajo tienen como objetivo alcanzar las finalidades mencionadas. En el primer capítulo se exponen los fundamentos epistemológicos del constructivismo, incidiendo especialmente en las diferencias existentes entre esta epistemología y el objetivismo. El segundo capítulo se basa en los procesos psicológicos humanos como procesos de atribución de significado que se estructuran en narrativas; asumiendo la narrativa como metáfora raíz en psicología, se desarrolla una visión narrativa de la identidad. En el tercer capítulo, se traducen las implicaciones de esta visión en psicoterapia-- entendida como reconstrucción de la narrativa del cliente--haciendo especial hincapié en el paso del modelo médico tradicional al modelo narrativo en psicología. En el cuarto capítulo, y tras hacer explícitas las inconsistencias básicas de las teorías tradicionales del duelo desde la

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epistemología constructivista, se expone una conceptualización constructivista/narrativa de la pérdida y el duelo. En el quinto capítulo, se describe una metodología cualitativa de análisis de narrativas basada en grounded theory. El sexto y último capítulo consiste en la aplicación de dicha metodología a una narrativa de pérdida y reconstrucción. En conclusión, la pretensión general de este trabajo es reivindicar una aproximación al estudio de los fenómenos psicológicos y psico-sociales basada en el respeto fenomenológico por los procesos de atribución de significado, justificación última de nuestro interés por la investigación en psicología desde una perspectiva constructivista.

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CAPÍTULO I INTRODUCCIÓN AL CONSTRUCTIVISMO EN PSICOLOGÍA

El constructivismo intenta dar respuesta a la cuestión de cuál es la relación entre conocimiento y realidad, alejándose a la vez de la postura idealista y de la realista. En consecuencia, se enmarca en el ámbito filosófico tradicional de la epistemología, definida como estudio del conocimiento humano y del proceso de conocer. Según Chiari y Nuzzo (1993), la premisa básica del idealismo es la de que no existe una realidad externa, por lo que el conocimiento es siempre una pura invención del sujeto, y la relación conocimiento/realidad es de simple coincidencia. La respuesta realista a la misma cuestión consiste en afirmar la existencia de una realidad externa, cognoscible e independiente del observador. De esta forma el conocimiento se concibe como reflejo de la realidad, y la relación entre ambos es de correspondencia. Como alternativa a ambas posturas, la epistemología constructivista parte de la premisa de que, exista o no una realidad externa al observador, el significado de ésta es sólo accesible mediante la construcción de dimensiones de interpretación. El conocimiento se concibe como construcción, y la relación entre éste y la realidad es de adaptación entendida como viabilidad. De las definiciones elaboradas por los autores que se han ocupado del tema (por ejemplo, Botella, 1995; Feixas y Villegas, 1990; Lyddon, 1988; Mahoney, 1988, 1991; Mahoney y Lyddon, 1988; Novak, 1988, 1993) se puede abstraer una comunalidad general: el constructivismo parte de la premisa epistemológica fundamental de que tanto los individuos como los grupos de individuos construyen proactivamente modelos de atribución de significado al mundo y a sí mismos, modelos que varían ampliamente de uno a otro y que evolucionan en función de la experiencia. Estos modelos de atribución de significado no se conciben como simples "filtros" de la experiencia continua, sino como creadores activos de nuevas experiencias, que determinan lo que el individuo percibirá como "realidad" (Mahoney y Lyddon, 1988). La alternativa epistemológica al constructivismo se ha denominado objetivismo (véanse Feixas y Villegas, 1990; Mahoney, 1991), y se basa en premisas opuestas a éste. En la Tabla 1.1 (inspirada parcialmente en Johnson et al., 1988 y Feixas y Villegas, 1990) se recogen las diferencias fundamentales entre objetivismo y constructivismo en cuatro ámbitos distintos aunque relacionados: visión del mundo, concepción del conocimiento, naturaleza de la justificación y visión del ser humano. En las páginas que siguen elaboraremos la distinción entre constructivismo y objetivismo guiándonos, para cada uno de los cuatro ámbitos presentados en la Tabla 1.1, por el siguiente esquema: (a) presentación de la premisa objetivista, (b) críticas y limitaciones fundamentales de la premisa objetivista y (c) presentación de la premisa constructivista alternativa.

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Tabla 1.1: Diferencias básicas entre la epistemología objetivista y constructivista.

OBJETIVISMO

 

CONSTRUCTIVISMO

 

Visión del mundo:

Visión del mundo:

 

Mecanicista y/o formista

Organicista y/o contextualista

 

Concepción del conocimiento: Fragmentalismo acumulativo

Concepción

del

conocimiento:

Alternativismo

constructivo

Naturaleza de la justificación:

Naturaleza de la justificación:

 

Valor de verdad

Valor de uso

Visión del ser humano:

Visión del ser humano:

 

Reactivo, pasivo, determinado por su entorno, aislado del medio social

Proactivo, propositivo, en relación dialéctica con su entorno, integrado en su medio social

I. Visión del Mundo

El objetivismo se alinea con la cosmovisión mecanicista (Pepper, 1942). El mecanicismo tiene como metáfora raíz a la máquina. Los pensadores mecanicistas asumen que el mundo funciona como una gran máquina compleja. En consecuencia, aceptan las nociones de causalidad lineal, independencia y unidireccionalidad de las variables, análisis lógico y visión de la realidad como una colección de sistemas cerrados. Conciben los eventos de la naturaleza como producto de la transmisión de fuerzas, visión que aplicada al ser humano ha dado lugar a la necesidad de explicar porqué actúa, pues se le considera esencialmente inerte. El pensamiento mecanicista busca explicaciones causales lineales para cualquier fenómeno, pues los considera producto de causas específicas o cadenas de ellas. El conductismo y el empirismo radical son ejemplos de teorías mecanicistas en psicología. También el psicoanálisis en su formulación inicial, con su metáfora raíz del aparato psíquico como máquina de vapor, y el cognitivismo computacional (basado en la metáfora del ordenador; máquina compleja pero máquina al fin y al cabo) son teorías psicológicas mecanicistas. La visión del mundo como una gran máquina ha ido perdiendo aceptación a medida que la comunidad científica se interesaba por la complejidad en lugar del análisis reduccionista. Algunos ejemplos de la creciente aceptación de conceptos tales como causalidad circular, interdependencia de las variables, o sistemas abiertos son los siguientes: (a) la Teoría General de Sistemas (von Bertalanffy, 1968); (b) las teorías físico-matemáticas del caos (véase la revisión de Hayles, 1990); (c) la nueva biología tal como la proponen Maturana y Varela (1987); y (d) la física cuántica y la teoría de la relatividad. En los trabajos de Johnson (1989) y Sinnott (1990) se analizan las implicaciones de todos estos modelos teóricos para la psicología no-mecanicista. Por otra parte, la consideración objetivista del mundo como constituido por objetos o entidades fijas y estables (propia de la cosmovisión formista) ha recibido un gran número de críticas. Por ejemplo, Ibáñez (1992) destaca la naturaleza construida de toda discriminación. Lo que construimos como objeto es el resultado de una serie de pautas de puntuación del flujo constante de la experiencia, que residen en la propia discursividad de nuestras interacciones lingüísticas y en las propiedades de nuestro sistema nervioso. Según Maturana y Varela (1987):

El acto de indicar cualquier ser, objeto, cosa o unidad implica un acto de distinción que diferencia lo que se ha indicado y lo separa de su fondo. Cada vez que nos referimos a algo explícita o implícitamente, especificamos un criterio de distinción, que indica de qué hablamos y especifica sus propiedades como ser, unidad u objeto. (p. 40) De ello se deduce que la existencia misma del "objeto" requiere de un "sujeto" que trace la distinción, por lo que no podemos concebirlos ontológica ni epistemológicamente separados. En este sentido, no resulta posible calificar ningún conocimiento de "objetivo", pues ningún "objeto" existe de forma independiente a su propio conocimiento. En palabras de Guidano (1993):

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El ordenamiento de nuestro mundo es inseparable de nuestra forma de vivenciarlo y, por lo tanto, la asunción de un punto de vista externo e imparcial capaz de analizar el conocimiento individual independientemente del sujeto que lo posee resulta infundada. (p. 90) El constructivismo, por su parte, adopta una cosmovisión contextualista u organicista (véase Steenbarger, 1991). El contextualismo se basa en la metáfora raíz del acontecimiento histórico. Un ejemplo de teoría contextualista es el pragmatismo de John Dewey o William James, así como la psicología narrativa tal como la propone, por ejemplo, Sarbin (1986). El organicismo, a su vez, ve el mundo como un gran organismo viviente. Para comprender cualquier fenómeno hay que considerar el proceso completo de su evolución. La comprensión del mundo se adquiere dialécticamente, es decir, mediante la resolución de contradicciones aparentes. Mediante este proceso de comprensión, las propias construcciones de la realidad evolucionan con el tiempo hacia niveles crecientes de diferenciación e integración. Entre los modelos organicistas en psicología se incluyen la mayoría de teorías evolutivas (especialmente la de Piaget), la Teoría General de Sistemas aplicada a la terapia familiar y los modelos humanistas basados en la noción de auto- actualización o crecimiento personal (véase Sarbin, 1986). Algunos autores han considerado el constructivismo como una metateoría contextualista (por ejemplo Sarbin, 1977; Sarbin y Mancuso, 1980), mientras otros (por ejemplo Crockett, 1982) la califican de organicista. Berzonsky (1992) y Botella y Gallifa (1993) adoptan una tercera perspectiva al respecto y consideran el constructivismo simultáneamente contextualista y organicista. Esta postura viene avalada por el hecho de que la diferencia entre contextualismo y organicismo parece más teórica que empírica; los resultados de Berzonsky (1992), Botella y Gallifa (1993) y Johnson y Miller (1990, Diciembre), indican consistentemente una correlación positiva significativa entre las puntuaciones de contextualismo y organicismo en una medida diseñada para evaluar la visión del mundo. De hecho, el propio Pepper (1942, p. 147) destacó que "contextualismo y organicismo están tan próximos entre sí que podrían casi denominarse una única teoría".

Concepción del Conocimiento

En cuanto a la concepción del conocimiento, la perspectiva objetivista se basa en el "fragmentalismo acumulativo" (Kelly, 1969a, p. 125). El fragmentalismo acumulativo asume que las evidencias procedentes de diferentes orígenes se acumulan y combinan linealmente contribuyendo al crecimiento general del sistema de representación conceptual. Esta perspectiva implica aceptar que el conocimiento proviene del descubrimiento objetivo y neutral de regularidades, mediante la observación e inducción de leyes y principios. Sin embargo, una de las objeciones fundamentales al objetivismo en psicología radica en que la observación es incapaz de producir hechos por sí misma. El paso del "dato bruto" de la observación al "hecho" implica necesariamente la imposición de una dimensión conceptual que le confiera significado. Entre los autores que han incidido en esta limitación (Harré, 1987; Packer y Addison, 1989; Rosenwald, 1989; Spence, 1982) destaca la aportación de Gergen (1984), quien parte del planteamiento clásico de Collingwood (1946) respecto a la noción de narrativa histórica; "para la historia, el objeto a descubrir no es el mero acontecimiento, sino el pensamiento expresado en él. Descubrir ese pensamiento es comprenderlo" (p. 214). Según Gergen (1984), la explicación histórica no se ocupa (obviamente) de los movimientos físicos de los personajes, sino del significado atribuido a ellos--es decir, la afirmación de que James Cook desembarcó en Nueva Zelanda en Agosto de 1769 hace referencia a las intenciones de Cook, no a la secuencia conductual de saltar del barco y plantar la bandera Británica. Por tanto, es el significado asignado a los hechos el que pasa a formar parte del discurso, no los hechos en sí. Esto lleva a Gergen (1985) a preguntarse:

si el proceso de

identificar los atributos observacionales en sí depende de la posesión de categorías? ¿Cómo pueden las categorías teóricas representar un mapa o reflejo del mundo si cada definición empleada para vincular categoría y observación requiere en sí una definición? ¿Cómo pueden las palabras ser un mapa de la realidad si las restricciones fundamentales a su empleo se derivan del contexto lingüístico? (págs. 266-267).

¿Cómo pueden inducirse las categorías teóricas de la observación

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También Popper (1972) recoge esta crítica al objetivismo en su propuesta de una epistemología evolucionista. Según él, (Popper, 1972), los órganos sensoriales incorporan genéticamente teorías anticipatorias, por lo que la frontera entre lo que se puede asimilar como input y lo que no, depende completamente de la teoría (o estructura innata) del propio organismo. Así, tal como afirma Popper (1972, p. 76):

Desde el punto de vista aquí establecido hemos de rechazar como totalmente infundada toda epistemología que pretenda elegir como punto de partida eso que a ella no le parece en absoluto problemático; es decir nuestras experiencias observacionales "directas" o "inmediatas". Hay que admitir que, en general, estas experiencias son perfectamente "buenas" y eficaces (de lo contrario no habríamos sobrevivido), pero no son ni "directas" ni "inmediatas" ni mucho menos fiables.

En este sentido, el concepto de observación "objetiva" se contrapone al papel proactivo de la cognición humana y a la centralidad de los procesos de atribución de significado en la construcción del conocimiento (véanse Guidano, 1991; Mahoney, 1991). El constructivismo se basa en la noción de "alternativismo constructivo" (Kelly, 1969a, p. 125), que concibe la evolución del conocimiento como un proceso de construcción y reconstrucción continua en el que las evidencias no se suman linealmente sino que pueden alterar todo el marco de referencia conceptual y conducir a un sistema de significado parcial o totalmente distinto. En palabras de Kelly (1969a):

Comprendemos nuestro mundo emplazando construcciones sobre él. Y esa es también la forma en que lo modificamos. El número de construcciones alternativas que podemos emplear no tiene un límite definitivo; sólo el de nuestra imaginación. Con todo, algunas construcciones funcionan mejor que otras, y la tarea de la ciencia es producir las que sean cada vez mejores. (p.

125)

Este proceso es similar al de la evolución de la ciencia tal como la concibe Lakatos (1970). Según este autor, el criterio de bondad de un programa de investigación es su capacidad predictiva. A medida que el programa va acumulando anomalías, se torna cada vez menos predictivo y enrevesado (regresivo). Es en ese momento cuando un grupo de científicos puede optar por un programa (progresivo) que, explicando lo mismo que el anterior, consiga a la vez explicar sus anomalías. Las revoluciones científicas se producen cuando la comunidad abandona el programa regresivo y opta por el progresivo. El programa progresivo, sin embargo, no es una versión mejorada del anterior, sino que implica una visión del conocimiento radicalmente diferente; por ejemplo, la física relativista no es una versión mejorada de la newtoniana, sino que plantea interrogantes inconcebibles desde ésta última. Vemos así como el conocimiento no crece a base de acumular fragmentos de información, sino que se reestructura radicalmente cada vez que se produce un cambio en la forma de concebir los problemas.

Naturaleza de la Justificación

Por lo que respecta a la naturaleza de la justificación, el objetivismo se basa en el valor de verdad de las proposiciones. Una proposición se acepta como cierta cuando se corresponde inequívocamente con la realidad. Desde la perspectiva objetivista el conocimiento verdadero es universal y se corresponde linealmente con la realidad; la meta del conocimiento científico es llegar a revelar esta realidad. Cuando la realidad se desconoce o no es alcanzable, el discurso científico es vano y metafísico. El criterio objetivista de justificación en función del valor de verdad resulta controvertido. Como destaca Ibáñez (1992), para evaluar la adecuación de una representación de la realidad habría que acceder a la realidad de forma independiente a su representación, con el objeto de comparar ambas. Sin embargo, es lógicamente injustificable que se pueda acceder a la realidad al margen de nuestro conocimiento de ella. Como afirma Gergen (1984, p. 182), "un significado es inverificable fuera del marco de referencia de otro sistema de significados". La propia noción objetivista de Verdad (absoluta, atemporal y trascendente) se tambalea ante la premisa de que ningún sistema de significados se agota en sí mismo ni puede explicarse sin recurrir a otros sistemas igualmente revisables--y por tanto, relativos, temporales e inmanentes. En este sentido resulta clarificadora la noción del "núcleo duro" de creencias metafísicas inverificables en la que se basan, según la filosofía post-positivista de la ciencia (por ejemplo, Lakatos, 1970), incluso las teorías más sofisticadas. Este núcleo duro (irrefutable por definición) tiende a autoprotegerse, pues

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de él depende el mantenimiento de un sentido de coherencia y significado. El criterio de justificación o validez de una proposición no se establece en función de su valor de verdad sino de su capacidad predictiva y su coherencia con el resto del sistema (y especialmente con sus aspectos más supraordenados o nucleares, sin olvidar los aspectos consensuales). Es por ello que el constructivismo parte de la premisa de que:

El conocimiento es "cierto" o "falso" a la luz de la perspectiva que hemos escogido asumir. Las certezas y falsedades de este estilo--por muy bien que las contrastemos--no equivalen a verdades y mentiras absolutas. A lo más que podemos aspirar es a ser conscientes de nuestra propia perspectiva y la de los demás cuando formulemos nuestras pretensiones de "verdad" o "falsedad". (Bruner, 1990, p. 25) Ibáñez (1992) destaca que cuando abandonamos el criterio de verdad como principio de justificación:

Nos quedan exactamente los mismos criterios que utilizamos para evaluar cualquier otro

conocimiento (

utilidad, de su inteligibilidad, de las operaciones que permite realizar, de los efectos que

Nos quedan los criterios de juicio acerca de su coherencia, de su

)

produce, del rigor de su argumentación

de uso, y su adecuación a las finalidades que asignamos, nosotros mismos, al desarrollo

de tal o cual tipo de conocimiento. (p. 25)

en definitiva, no su valor de verdad sino su valor

De acuerdo con la postura constructivista, el valor de uso de nuestras teorías personales puede incrementarse mediante una serie infinita de aproximaciones a la realidad. Según Kelly (1955/1991, p. 11) "esencialmente, esto significa que cualquiera de nuestras interpretaciones del universo puede ser evaluada científicamente de forma gradual si persistimos y aprendemos de nuestros errores". Tal como destacan Adams-Webber y Mancuso (1983), el problema no radica en si nuestras hipótesis son ciertas o falsas, sino en la cuestión pragmática de cuál de ellas puede ser el eje de referencia más útil para trazar cursos de acción alternativa en términos de sus consecuencias anticipadas y para atribuir significado al feedback procedente de la experiencia futura.

IV. Visión del Ser Humano

Por último, la cosmovisión mecanicista del objetivismo se traduce en una concepción reactiva y pasiva del ser humano. El objetivismo asume que las circunstancias determinan la conducta y que la persona puede concebirse, idealmente, al margen de su entorno social. Kelly (1969b) destaca como esta visión del ser humano adopta la premisa de que la pasividad humana es el fenómeno y el movimiento el epifenómeno. La inadecuación básica de esta premisa se evidencia cuando, como propone Kelly (1969b), intentamos especificar las condiciones en que se puede concebir al ser humano como una sustancia inerte. La respuesta es que, incluso cuando el observador no puede identificar refuerzos o motivaciones, la persona actúa por el mero hecho de estar viva. "La vida en sí misma puede definirse como una forma o proceso de movimiento" (Kelly, 1969b, p. 80). La aplicación de la visión objetivista del ser humano ha dado lugar a objeciones de carácter ético. Por ejemplo, Viney (1988) ha criticado el modelo que domina la investigación psicológica objetivista por permitir que el experimentador opere como un sujeto reflexivo a la vez que niega implícitamente esta capacidad en el sujeto. En palabras de Stiles (1991) "una perspectiva 'objetiva' externa puede desacreditar la experiencia de los participantes [en el experimento] y fomentar una visión deshumanizada de la persona" (p. 8). La asimetría de esta relación se opone a la concepción del ser humano como científico incipiente que contrasta proactivamente sus propias hipótesis. Viney (1988) propone un modelo de orientación mutua de la investigación, en el que tanto quien recoge los datos como quien los proporciona aportan algo al proceso experimental y se benefician de él. Para satisfacer los requisitos de este modelo, un experimento debería incluir cinco etapas: (a) solicitud del experimentador, (b) respuesta del participante, (c) reflexión del experimentador sobre los datos, (d) revelación de los resultados de esta reflexión al participante y (e) confirmación o desconfirmación de la reflexión del experimentador.

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El constructivismo parte de una visión del ser humano como agente proactivo y propositivo, que se adapta a su entorno a la vez que lo modifica, e integrado en sistemas más amplios de relaciones sociales. La meta de la explicación constructivista no es reducir la conducta humana a cadenas causa-efecto, sino entenderla como forma de experimentación por derecho propio. De este modo el interés recae en la comprensión de las personas y los sistemas sociales en sus propios términos, pues es en ese contexto en el que los procesos psicológicos de anticipación adquieren pleno significado. En resumen, durante las últimas décadas, y coincidiendo con la crisis de la Modernidad como parangón del conocimiento científico, un número creciente de autores han puesto en evidencia una serie de limitaciones de la epistemología objetivista aplicada al estudio de los procesos mentales humanos (véanse Caparrós, 1985; Ibáñez, 1992; Kramer y Bopp, 1989; Reese y Overton, 1970; Riegel, 1979). Según Caparrós (1985):

Filósofos e historiadores de la ciencia así como científicos en general desde finales de los 40 empezaron a distanciarse de los rigores del positivismo lógico y del fisicalismo mostrándose más conscientes de los límites del conocimiento científico y de la importancia de lo incodificable, más atentos a otras formas de conocimiento y a sus relaciones de continuidad con el científico y más propensos a elaborar sus concepciones de la ciencia según criterios derivados del análisis histórico de la auténtica actividad científica. (p. 216).

La mayoría de las objeciones formuladas al objetivismo como epistemología aplicada al estudio de los procesos psicológicos complejos han permanecido sin respuesta, contribuyendo a cuestionar su adecuación y dejándolo sin un fundamento lógico de justificación (Weimer, 1979). Ante la creciente conciencia de las limitaciones críticas del objetivismo aplicado al estudio de los procesos psicológicos humanos, el constructivismo se perfila como posible alternativa ante esta crisis paradigmática. En el próximo apartado se elabora una formulación más detallada de la aplicación de la epistemología constructivista al ámbito de la psicología, en términos de sus premisas básicas.

Premisas Básicas de la Epistemología Constructivista en Psicología

Mahoney (1988, 1991) propone tres rasgos básicos compartidos por las teorías constructivistas en psicología: (a) naturaleza proactiva de los procesos de construcción de significado, (b) estructura nuclear morfogénica y organización jerárquica del significado y (c) desarrollo autoorganizado y ubicuidad del cambio.

Naturaleza Proactiva de los Procesos de Construcción de Significado

Según Mahoney (1988, 1991), este es el rasgo más comúnmente asociado al constructivismo en todos los ámbitos. Se puede resumir en la afirmación de que "el organismo es un participante activo en sus propias experiencias y en su aprendizaje" (Mahoney, 1991, p. 100). También Howard (1986) se hace eco de la necesidad de considerar al ser humano como agente activo en la construcción de sus propios significados si se desea convertir la psicología en una "ciencia humana" por derecho propio. Es importante destacar que el constructivismo no contempla esta función anticipatoria o proactiva como un acto puramente "intelectual". En la anticipación de la experiencia se implica todo el organismo, tanto en sus aspectos emocionales como en los cognitivos y conductuales; de ahí que la mayoría de autores constructivistas rechacen la etiqueta de "cognitivos" en la acepción racionalista (y computacional) habitualmente atribuida al término (véanse Guidano, 1991; Kelly, 1955/1991; Lyddon, 1988, 1990; Mahoney, 1988, 1991; Warren, 1990, 1991). Esta premisa básica de las teorías constructivistas viene avalada por los hallazgos de la investigación neurofisiológica que pusieron en evidencia la importancia de los mecanismos de feedforward (véanse Eccles, 1977; Pribram, 1971; Weimer, 1977) que "sirven para evitar la demora que implica el esperar recibir información del resultado de una acción, preveyéndola anticipadamente" (Montserrat-Esteve, 1985, p. 40). El mecanismo de feedback cibernético se ve

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así complementado por "la capacidad proactiva de orquestar expectativas/intenciones con acciones/experiencias" (Mahoney, 1988, p. 6) La función de anticipación va unida a la disposición a atribuir significado a los acontecimientos y la experiencia-- al "esfuerzo en pos del significado" (Bartlett, 1932) que caracteriza la cognición humana. La práctica totalidad de teorías constructivistas en psicología vinculan el proceso de atribución de significado al lenguaje, aunque van más allá de la acepción tradicional del término, entendido como representación lingüística de la realidad. Maturana y Varela (1987), por ejemplo, no conciben el lenguaje como mecanismo de apropiación de un mundo externo, sino como el origen mismo del proceso de establecer distinciones que dan lugar a un mundo:

Es mediante el proceso del lenguaje que el acto de conocer, en la coordinación conductual que constituye el propio lenguaje, da lugar a un mundo. Creamos nuestras vidas en un acoplamiento lingüístico mutuo, no porque el lenguaje nos permita revelarnos sino porque estamos constituidos en él y en el continuo devenir al que damos lugar junto con los demás. Nos encontramos a nosotros mismos en este acoplamiento co-ontogénico, no como referencia preexistente ni en referencia a un origen, sino como transformación continua en el devenir del mundo lingüístico que construimos con los demás seres humanos. (págs. 234-235).

A partir de lo antedicho, podríamos resumir esta primera premisa compartida por las teorías constructivistas en psicología mediante la afirmación de que los procesos psicológicos humanos implican la atribución proactiva de significado a la experiencia a partir de la construcción de sus réplicas en términos de discriminaciones entendidas en sentido amplio--es decir, cognitivas, emocionales y conductuales simultáneamente.

Estructura Nuclear Morfogénica y Organización Jerárquica del Significado

Mahoney (1988) afirma que los sistemas humanos se organizan (morfogénicamente) alrededor de una serie de procesos supraordenados nucleares que dictan y constriñen a los que se manifiestan en niveles subordinados. El concepto de estructura nuclear morfogénica es compartido por la filosofía post- positivista de la ciencia (por ejemplo, Kuhn, 1970; Lakatos, 1970). Según Kuhn (1970) la comunidad científica construye la realidad que investiga en el seno del marco interpretativo de un paradigma determinado; cuando se evidencian anomalías repetidas en el paradigma se produce un período de crisis que, con el paso del tiempo y la incorporación de nuevas generaciones de científicos, conduce a la progresiva construcción y aceptación de un nuevo paradigma. Lakatos (1970) refina los conceptos de Kuhn (1970) especificando tres niveles de todo paradigma (o "programa de investigación científica"); la "heurística de investigación", que constituye un conjunto de reglas y procedimientos metodológicos; el "cinturón protector", que es el sistema de hipótesis auxiliares verificables; y el "núcleo duro" de proposiciones inverificables. Algunos autores (por ejemplo, Berzonsky, 1989, 1990, 1992; Botella y Gallifa, 1993) han investigado el paralelismo entre la evolución de una teoría científica en general y el de la teoría personal sobre el self en particular (aplicando la metáfora constructivista del "hombre como científico"). Sus resultados ponen en evidencia la importancia de los procesos tácitos de atribución de sentido con relación a la construcción de la propia identidad durante todo el ciclo vital (Berzonsky, 1990).

Desarrollo Autoorganizado y Ubicuidad del Cambio

Mahoney (1988, p. 9) señala como tercer rasgo definitorio de las teorías constructivistas la premisa de que los sistemas humanos "se organizan para proteger y perpetuar su integridad, y se desarrollan vía diferenciaciones estructurales seleccionadas a partir de sus variaciones ensayo- error". En lo tocante a esta característica resulta de particular relevancia la concepción de Campbell (1974) y Popper (1972) sobre epistemología evolucionista. El concepto fundamental que se extrae de estas elaboraciones es el de que el conocimiento sigue un proceso similar al de la selección natural, en el que las hipótesis de mayor valor predictivo "sobreviven" a las demás. Por lo tanto, (a) el criterio último de contraste de la hipótesis no es la verdad absoluta, sino el ajuste entre

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predicción y observación y (b) sujeto y entorno mantienen una relación dialéctica mediante la que se modifican mutuamente.

En palabras de Guidano (1991):

El devenir temporal de cualquier sistema individual de conocimiento debería considerarse como el despliegue (unfolding) de un proceso autoorganizado que, mediante el desarrollo madurativo de las capacidades cognitivas superiores, construye progresivamente un sentido de auto-identidad dotado de rasgos únicos y continuidad histórica y cuyo mantenimiento se torna tan importante como la propia vida. La interdependencia de los procesos de identidad y conocimiento hace posible que la génesis y asimilación de información se regule por las pautas de auto-identidad así estructuradas, y esto a su vez posibilita el ordenamiento continuo de la experiencia según una dimensión coherente y unitaria. (p. 9)

El concepto constructivista de auto-organización encontró apoyo indirecto en los trabajos del Premio Nobel de física de 1977, Ilya Prigogine, sobre estructuras disipativas (Prigogine, 1980; Prigogine y Stengers, 1984). Prigogine demostró que la Ley de la Entropía no se aplica a los sistemas abiertos (como el sistema de conocimiento humano), de forma que en estos sistemas el desorden o entropía no tiende a incrementarse con el tiempo, sino que responden a las perturbaciones del entorno aumentando su estado de equilibrio dinámico. Cuando estos sistemas se enfrentan a una perturbación que excede los umbrales de su capacidad de asimilación, atraviesan un estado temporal de desorganización del que acaba emergiendo una nueva organización estructural cuya viabilidad depende de su capacidad de acomodar la perturbación. Un corolario de esta proposición constructivista es que el cambio (y, por extensión, el desarrollo) forma parte inextricable de la naturaleza humana, que se concibe en sí misma como una forma de movimiento. Como afirma Kelly (1961):

Dado que consideramos desde el principio a los seres humanos como habitantes de la dimensión temporal, es decir, vivos y en movimiento, no necesitamos conjurar fuerzas motivacionales para hacer que se muevan. Sólo nos resta la tarea de explicar las direcciones que adopten sus movimientos. (p. 265).

Como discuten Botella y Feixas (1993), esta "dirección" orienta al ser humano, fundamentalmente, hacia el incremento de la capacidad anticipatoria y la coherencia interna de su sistema de conocimiento, dado que se asume, como se comentó con anterioridad, que el "esfuerzo en pos del significado" (Bartlett, 1932) es una característica innata de los procesos psicológicos. Tras esta presentación sintética de las premisas básicas de la epistemología constructivista y su aplicación a la psicología, el siguiente capítulo de este trabajo se dedica a la exposición y discusión de una de las aproximaciones constructivistas, a nuestro entender, llamadas a constituir una línea fructífera de conceptualización y comprensión en psicología: la psicología narrativa.

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CAPÍTULO II LA NARRATIVA COMO METÁFORA RAÍZ EN PSICOLOGÍA

Han pasado más de diez años desde la publicación del volumen de Sarbin (1986), primer fundamento sólido de la psicología narrativa actual. En el transcurso de estos años, las aproximaciones narrativas a gran variedad de procesos psicológicos humanos han ganado en popularidad, y algunas de ellas constituyen hoy en día un cuerpo creciente de investigación. El atractivo de la narrativa como metáfora raíz del funcionamiento psicológico humano parece ser

particularmente notorio entre constructivistas y son una excelente muestra de ello, entre otros,

el número especial del Journal of Constructivist Psychology (1994) dedicado a teoría y terapia

narrativa y la sección The narrative turn incluida en el volumen Constructivism in Psychotherapy (Neimeyer y Mahoney, 1995). Nuestro interés en el análisis de narrativas del self deriva del hecho de que, a pesar de la creciente atención que han recibido las aproximaciones narrativas en psicología, ha sido escasa la proliferación de métodos que tengan el objeto de leer e interpretar sistemáticamente narrativas del self y que permitan, al mismo tiempo, que el interpretador trabaje con textos de identidad producidos de forma natural (tales como diarios, epistolarios o autobiografías). En este sentido, mientras algunos métodos de análisis son demasiado impresionistas--como el análisis de autocaracterizaciones propuesto por Kelly (1955/1991)--otros imponen demasiadas restricciones a los textos analizados o tienen el objetivo de evaluar únicamente unas pocas dimensiones del texto narrativo (este último sería el caso de algunos de los métodos creados con finalidades de investigación en psicoterapia). Dos métodos merecen especial consideración a este respecto: el método de Análisis del Discurso (Villegas, 1992) y el método para extraer y analizar constructos personales de narrativas del self autobiográficas (Botella y Feixas, 1991). Mientras que ambos permiten que el interpretador trabaje con textos producidos de forma natural, consideramos que el Anáilisis del Discurso requiere demasiado tiempo y que es en algún modo insensible a la dimensión temporal característica de las narrativas, focalizando más en la estructura conceptual y lingüística del texto que en su desarrollo narrativo. Del mismo modo, el resultado final del método de Feixas (1988) es una rejilla que puede someterse a algunas formas de análisis matemático pero, de nuevo, la riqueza narrativa del texto se pierde en el proceso de transformación a un formato de rejilla.

En respuesta a las mencionadas carencias de los métodos tradicionales de análisis de narrativas, nuestra pretensión en la aplicación de la metodología de grounded theory para el análisis de narrativas del self (véase Capítulo V) no es la de obtener un índice cuantitativo de algunas dimensiones textuales, sino la de permitir que el interpretador plantee y responda preguntas sobre la construcción que el autor de la narrativa analizada tiene de su propia identidad. Es la idea de la interpretación como cuestionamiento, profundamente enraizada en

la tradición hermenéutica y narratológica, que nos permite aplicar formas de análisis tales como

las implementadas en el programa informático QSR-NUD·IST. Previamente a la exposición de la investigación realizada sobre narrativa del duelo, es nuestro propósito ahondar en las conexiones teóricas entre procesos psicológicos humanos, atribución de significado, narrativa, identidad y reconstrucción narrativa desde un posicionamiento constructivista, así como en las aplicaciones prácticas derivadas de tales conexiones.

La Narrativa como Principio Organizador en los Procesos Humanos de Atribución de Significado

Habiendo hecho explícita en el Capítulo I la relación de dependencia entre observador

y “realidad” en la construcción del conocimiento, es sumamente explicativa la metáfora que

utiliza Mahoney (1988) cuando describe al ser humano como “co-autor de los guiones de su

vida”. Pone de relieve la idiosincrasia humana en la comprensión del mundo a la vez que, con

el prefijo co-(autor) destaca el papel de aquéllo que acompaña a la persona en la construcción

de la experiencia, ya sean los demás que le rodean, los discursos culturalmente disponibles, o la influencia de los mass-media que presentan estos discursos y perspectivas alternativas o coincidentes con la propia. Es un proceso de interacción dialéctica en continuo desarrollo. Del

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mismo modo, la utilización del término “guión” hace referencia al papel de la narrativa como principio organizador en los procesos humanos de atribución de significado, del que nos ocuparemos a continuación justificando, en primer lugar, en qué nos basamos para afirmar que los procesos psicológicos humanos son procesos de atribución de significado y, en segundo lugar, destacando la estructura narrativa que toman estos procesos de atribución de significado.

Los Procesos Psicológicos Humanos como Procesos de Atribución de Significado

Teniendo en cuenta la primera de las cuatro premisas básicas de la epistemología constructivista en psicología (la naturaleza proactiva de los procesos de construcción de significado; véase Capítulo I), los procesos psicológicos humanos pueden ser considerados como “esfuerzos en pos del significado” (Barlett, 1932). Desde un marco teórico constructivista el ser humano se considera “orientado activamente hacia un entendimiento significativo del mundo en el cual vive” (Neimeyer y Neimeyer, 1993, p. 3). Esta cualidad, se refiere al hecho de que la realidad es proyectada (Gonçalves, 1995b), ni objetivada ni subjetivada por el individuo cognoscente. En palabras de Neimeyer y Neimeyer

(1993):

Ser humano conlleva esforzarse activamente para interpretar la experiencia, buscando

Es este giro hacia el

significado, este esfuerzo hacia la significación y el propósito desde los elementos de

la experiencia, es lo que tipifica la empresa humana y que sirve como piedra angular del pensamiento constructivista. (p. 4)

propósito y significado en los acontecimientos que nos rodean (

)

De todos modos, como se afirma en otro lugar (Botella, Figueras, Herrero, y Pacheco, 1997) este “giro hacia el significado” puede ser interpretado de forma diferente, dependiendo del énfasis que uno ponga en la metáfora racionalista del ser humano como constructor de sistemas conceptuales idealizados y neutrales, o en la metáfora constructivista del ser humano como científico (Kelly, 1955/1991) o narrador de historias (Mair, 1989). En el segundo caso, se hipotetiza que los procesos de atribución de significado asumen una estructura narrativa.

Definición de Narrativa

Autores como Howard (1991) identifican la narrativa con la cultura humana, con la condición misma de ser humano, y otros, como Gonçalves (1995b) llegan incluso a establecer un símil entre vida y narrativa:

La vida es una narrativa, una historia co-construida mediante un intenso intercambio dialéctico entre los individuos y sus nichos ecológicos. Ésta es, sin embargo, una clase única de narrativa. Es una narrativa sin un corte claro entre el principio y el final. Los capítulos que comprenden la narrativa son frecuentemente esquivos, y los personajes y figuras aparecen a menudo definidos con poca precisión. El significado y estructura de esta narrativa se mantiene cambiante a través de una serie de extraños bucles recursivos y ciclos creativos. (p. 196)

Partiendo de la cualidad narrativa de los procesos psicológicos humanos, la aproximación a dichos procesos en general--y a la identidad del self en particular--desde un punto de vista narrativo, requiere una definición de narrativa. Previamente debemos atender a la distinción establecida por Bruner (1990) entre pensamiento lógico-científico o paradigmático (atribuible al objetivismo) y pensamiento narrativo (propio del constructivismo) que subyace a la polaridad discurso argumentativo-discurso narrativo. Así como el pensamiento lógico-científico prescribe la aplicación de la lógica formal, de la descripción y la explicación, del análisis riguroso, para llegar a descubrimientos empíricos que se aproximen paulatinamente a la conquista de la verdad universal, el pensamiento narrativo se ocupa de las particularidades de la experiencia; genera perspectivas cambiantes sin preocuparse de los procedimientos necesarios para crear teorías generales o establecer

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unas verdades universales que no persigue. No establece verdad, sino verosimilitud. White y Epston (1993) concretan en cinco categorías la distinción entre pensamiento lógico-científico y pensamiento narrativo:

I. Experiencia: En el pensamiento lógico-científico, son eliminadas las particularidades de la experiencia personal, en favor de la cosificación y la clasificación. El pensamiento narrativo enfatiza las particularidades de la experiencia vivida, cuyos puntos de unión entre los diferentes aspectos son generadores de significado.

II. Tiempo: En el pensamiento lógico-científico, en la búsqueda de leyes universales, la

dimensión temporal queda excluida. En el pensamiento narrativo la temporalidad es una dimensión crítica; los relatos existen en virtud del desarrollo de los acontecimientos a través del tiempo.

III. Lenguaje: El pensamiento lógico-científico utiliza el modo indicativo, las descripciones cuantitativas y el lenguaje técnico para evitar la polisemia. El pensamiento narrativo suele utilizar el modo subjuntivo para crear un mundo de lenguaje implícito e introducir la perspectiva múltiple; las descripciones son coloquiales y poéticas y la conversación es exploratoria. IV. Iniciativa personal (Agency): Desde el pensamiento lógico-científico se concibe a la persona como un ser pasivo que reacciona ante determinadas fuerzas. En el pensamiento narrativo la persona es protagonista o participante en su mundo de actos interpretativos; construye su realidad.

V. Posición del observador: En el pensamiento lógico-científico el observador se sitúa

por encima y más allá de lo obsevado; se excluye al observador en aras de la objetividad. Lo observado es inmune a los efectos de la observación. En el pensamiento narrativo, el observador y lo observado se sitúan dentro de la narrativa y se influyen mutuamente. Teniendo en cuenta lo antedicho, cuando hablamos de discurso argumentativo nos estamos refiriendo a aquel que tiene su base en el pensamiento lógico-científico o paradigmático. Este tipo de discurso tiene una estructura proposicional y persigue la verdad histórica (aquello que “realmente” aconteció). Los procesos en él implícitos son la explicación y la verificación, y su finalidad básica es argumentativa, la búsqueda de leyes o principios generales. Su polo opuesto, el discurso narrativo, se nutre del pensamiento narrativo, se estructura en narrativas (definidas más adelante) y tiene como criterios de valoración la coherencia y significación--“verdad narrativa”, en términos de Spence (1982). En él están implícitos los procesos de la comprensión y la interpretación y su finalidad es narrativa, la producción de historias concretas.

Prince (1982, p. 4) enfatiza los requisitos formales de las narrativas: “Narrativa es la representación de, como mínimo, dos acontecimientos o situaciones reales o ficticios en una secuencia temporal, ninguno de los cuales presupone o vincula al otro” mientras, por su parte, Sarbin (1986) subraya las funciones psicológicas de la narrativa:

La narrativa es una manera de organizar episodios, acciones y cómputos de acciones; es un logro que reúne hechos mundanales y creaciones fantásticas; tiempo y lugar se incorporan. La narrativa permite la inclusión de las razones de los actores por sus actos, así como las causas de los acontecimientos. (p. 9)

Sarbin (1986) entiende el concepto “narrativa” como sinónimo de “historia”:

Una historia es un cómputo simbolizado de acciones del ser humano que tiene una dimensión temporal. La historia tiene un principio, un punto medio y un final. La historia se sostiene por patrones reconocibles de acontecimientos denominados trama. Los predicados humanos y las soluciones intentadas son centrales a la estructura de la trama. (p. 3)

También Vogel (1994) identifica narrativa con historia:

Una narrativa, considerada como actividad, es la representación del fluir de los acontecimientos en una secuencia significativa. Sin narrativa no hay una

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de la actividad narrativa, es una representación de una secuencia de acontecimientos vinculados por una trama. Un término intercambiable sería historia. (p. 244)

Vogel (1994) destaca dos componentes básicos en su definición de narrativa: la narrativa como representación y la idea de secuencia significativa, que establece el contraste entre lo narrativo y otros tipos de representación: decimos que las narrativas son complejas porque incluyen múltiples acontecimientos, no son estáticas sino que implican cambios en el tiempo, y no son meras crónicas porque incluyen trama/s. “Así, narrativa es representación a un nuevo nivel de organización, uno en el cual el tiempo juega un rol central. Una narrativa es una totalidad que es mayor que la suma de sus partes” (Vogel, 1994, p. 245). A su vez, Polkinghorne (1988, p. 13) describe la narrativa como “aquella clase de esquema organizacional (de la mente) que se expresa en forma de historias”; así, lo narrativo se refiere tanto al proceso de elaboración de una historia (representación) como al resultado de este proceso. Bruner (1990) desde la concepción narrativa de las representaciones mentales, describe tres propiedades básicas de toda narrativa:

I. Secuencialidad: los componentes de la narrativa--actores y acontecimientos--se articulan en torno a una línea argumental que tiene como dimensión básica la temporalidad. II. Naturaleza real o imaginaria: la determinación del discurso viene dada por la trama, con independencia de su veracidad o falsedad. III. Orden negociado de los significados: las narrativas posibilitan la negociación de aquello que es canónico y de aquello que es excepcional en una cultura. Atendiendo a la segunda característica de las narrativas definida por Bruner (1990), a la “secuencia significativa” de Vogel (1994) y tal y como enuncia Serrano (1995), la propiedad básica del discurso narrativo es la trama o línea argumental, que otorga significado a los elementos particulares de la narrativa en un espacio y tiempo concretos. Según Polkinghorne

(1988):

Una trama es capaz de interconectar un complejo conjunto de acontecimientos con el objetivo de crear una única historia. Es capaz de incorporar los contextos social e histórico en los que ocurren los acontecimientos y reconocer el sentido de sucesos únicos o novedosos. Puede elaborar información sobre leyes físicas, disposiciones personales y caracteres, respuestas a las acciones, y contribuir a los procesos de deliberación en la toma de decisiones. Una trama posee la capacidad de articular y consolidar los complejos hilos de múltiples actividades mediante la superposición de sub-tramas. (p. 19)

La Estructura Narrativa de los Procesos de Atribución de Significado

Como se desprende del postulado fundamental de la Psicología de Constructos Personales (PCP; Kelly, 1955/1991): “Los procesos de una persona se canalizan psicológicamente por la manera en que anticipa los acontecimientos”, el papel de la anticipación como tendencia fundamentalmente humana en la interpretación de la experiencia es el núcleo de la PCP y de las teorías constructivistas en general. Algunos autores reconocen la estrecha relación entre historia y anticipación, unos de forma explícita: “parece intuitivamente claro que anticipamos estructurando pequeñas historias sobre cómo las cosas podrían resultar” (Crites, 1975, p. 302) y otros más implícitamente “en nuestras historias nos prolongamos a nosotros mismos para convertirnos en otros:

aprendemos a experimentar con futuros posibles, así como a ganar perspectiva sobre adónde hemos estado” (Doty, 1975, p. 94). En este sentido, Gonçalves (1994, p. 110) señala la relevancia de las narrativas en la construcción de significado: “Las narrativas son vistas como búsquedas intencionales que tienen el objetivo de construir significado”. La función anticipatoria de las narrativas ha sido ampliamente destacada (Gergen y Gergen, 1986; Gonçalves, 1994; Mair, 1989; Neimeyer, 1995) y es este vínculo entre narrativa (o historia) y anticipación lo que lleva a Miller Mair (1989, p. 5) a reescribir tentativamente el postulado fundamental de la PCP como sigue: “Los procesos de las personas están canalizados psicológicamente por las historias que viven y las historias que cuentan”. Sarbin (1986, p. 8), también invitacionalmente, propone un principio narratológico según el cual: “El

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ser humano piensa, percibe, imagina y hace elecciones morales de acuerdo con estructuras narrativas”. Así, destacando el importante papel de la actividad narrativa en la experiencia humana, Sarbin (1986) llega a definir la narrativa como principio organizador de la acción humana, como la manera que tiene la persona de imponer una estructura al flujo de la experiencia (Bruner, 1990, Howard, 1989, 1991; Polkinghorne, 1988; Sarbin, 1986). En palabras de Polkinghorne (1988):

Las personas tratan de organizar su experiencia temporal en totalidades significativas y utilizan la forma narrativa como patrón para unificar los acontecimientos de sus vidas en torno a desarrollos temáticos. (p. 163)

En este sentido, como afirma Sluzki (1995, p. 55): “Nuestro mundo se constituye en y a través de una red de relatos o narrativas múltiples”; estos relatos tendrían un nivel de dominancia variante según el contexto y a partir de ellos establecemos normas de conducta, ordenamos los hechos en el tiempo y atribuimos significados (Gergen, 1982; Shotter, 1984; Sluzki, 1995). Por su parte, Sarbin (1986) describe la narrativa como “metáfora raíz” para la psicología, en el sentido de ser prolífica en el examen e interpretación de la conducta humana. Las “metáforas raíz” precisan los modelos filosóficos o científicos a partir de los cuales se observa, se clasifica, se interpreta y se explica, y determinan las categorías de análisis y el tipo de preguntas a efectuar. Fue Pepper (1942) quien, partiendo de distintas “metáforas raíz”, elaboró una taxonomía de visiones del mundo y concluyó que las diferentes hipótesis cosmológicas--formismo, mecanicismo, organicismo y contextualismo--derivan de distintas “metáforas raíz” (ver Capítulo I). En esta línea, autores como Gergen y Gergen (1986) enuncian que la mayoría de filósofos de la actualidad consideran la filosofía de la ciencia en una fase post-empirista y, por tanto no mecanicista, desde la que se propone que la construcción de teorías científicas se consigue por las convenciones del discurso y no por hipotéticos lazos de unión entre teoría y objeto. Así, el contextualismo contempla como categorías centrales el cambio y la novedad. Presupone que el significado de un acontecimiento es el resultado de la interpretación de unos acontecimientos en relación a otros, se corresponde con la “metáfora raíz” del hecho histórico,

y esta es también la metáfora que atañe a la descripción de la narrativa puesto que, tanto uno como otra, no pueden ser adecuadamente comprendidos si no se localizan en un contexto temporal y espacial (Hermans, 1995). En este sentido, el hecho histórico no se entiende necesariamente como aquello acontecido en el pasado, sino que puede ser vivido en el presente y representado y reconstruido de manera dinámica. Con la aceptación del

contextualismo y de la estrecha vinculación entre historia y narrativa, estamos afirmando que el conocimiento y la existencia son inseparables y se organizan en narrativas (Gonçalves, 1995a).

A esta idea subyace la imposibilidad del conocimiento objetivo y, por inclusión, de la existencia

de una relación unívoca entre el referente y la palabra. En consecuencia, esto nos lleva a destacar la importancia del contexto lingüístico e histórico y a reafirmar la naturaleza subjetiva

de la experiencia humana. Así, desde las teorías que parten de una epistemología constructivista, la persona se concibe como un ser intencional, autor y actor del guión de su vida pero también, como diría Gergen (1992) desde el construccionismo social, el ser humano es esencialmente la manifestación de las relaciones sociales que va construyendo a lo largo de su historia vital. Fundamentalmente, y este es un aspecto que comparten, total o parcialmente, todas las teorías constructivistas (Constructivismo radical, Construccionismo social, Constructivismo Social, Psicología narrativa, Constructivismo evolutivo, Teoría de la asimilación y Psicología de los Constructos Personales) el ser humano se constituye en sujeto de significación a través de la narratividad. De lo expuesto hasta el momento, se deduce la visión del ser humano como ser intencional que atribuye significados a la realidad, que construye y reconstruye en continua interacción con su medio, y que estructura intersubjetivamente sus atribuciones en narrativas localizadas en un contexto dialógico. Así, el ser humano se constituye en ser intencional de significación, en continuo estado de cambio y modificación a raíz de las relaciones que va

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construyendo; son relaciones de interacción sujeto-sujeto, no hay objeto, son relaciones biunívocas. En efecto, en palabras de Gonçalves (1996):

Las narrativas no pueden ser vistas como algo que se origina y se cierra en el propio individuo, en un sistema de exclusividad autopoyética. Su naturaleza experiencial, hermenéutica y discursiva las hace igualmente indisociables de una matriz de

las narrativas sólo tienen existencia en un proceso interpersonal de

construcción discursiva y como tal son inseparables del contexto cultural donde

ocurren. (p. 50)

relaciones (

)

En definitiva, el ser humano anticipa y atribuye significados mediante estructuras narrativas, pero todas las narrativas (incluso las narrativas del self) son esencialmente sociales. Están contextualizadas en el tiempo y el espacio, insertas en un conjunto de convenciones culturales y dirigidas a una audiencia determinada; reflejan la estructura de poder en la que el narrador y la audiencia están inmersos (Mair, 1989).

La Estructura Narrativa de la Identidad

La Identidad como Narrativa del Self

Partiendo del supuesto constructivista de la atribución de significado como finalidad básica de los procesos psicológicos humanos, y de una cosmovisión posmoderna que cuestiona la conceptualización de un self “básico”, “verdadero” o “auténtico” y defiende un self que se va autonarrando continuamente como resultado de las interrelaciones que va construyendo a lo largo de su historia (Gergen, 1992), podemos afirmar que el ser humano se constituye en sujeto de significación mediante la narratividad, y que su identidad es narrativa; es una narrativa del self. Una identidad narrativa es la unidad--o coherencia temporal--que la persona encuentra en la articulación de la propia experiencia en historias; la identidad narrativa, en continuo desarrollo, contrasta indefectiblemente con la tradicional concepción de la identidad, siempre en busca de la estabilidad y de la linealidad y por tanto, obsoleta en una sociedad cada vez más plural, asediada por el continuo avance tecnológico que incrementa la factibilidad de la comunicación interpersonal y del conocimiento de nuevas culturas y perspectivas que no pueden no afectarnos. En palabras de Gergen (1994):

El término “narrativa del self” se referirá a la consideración individual de la relación entre acontecimientos relevantes para el self a lo largo del tiempo. Desarrollando una narrativa del self establecemos conexiones coherentes entre acontecimientos vitales. Más que ver nuestra vida simplemente como “una maldita cosa después de la otra”, formulamos una historia en la que los acontecimientos vitales se relatan sistemáticamente, volviéndose inteligibles por su lugar en una secuencia o proceso de desarrollo. (p. 187)

En este sentido, la teoría de la valorización (Valuation Theory, Hermans, 1987a, 1987b, 1988, 1989, 1995; Hermans, Fiddelaers, De Groot, y Nauta, 1990) se centra en el estudio de la ordenación en estructura narrativa de las experiencias individuales, así como del desarrollo de esas experiencias a lo largo del tiempo. Hermans (1995, p. 248) define “valorización” el término central de su teoría: “Es un proceso activo de construcción de significado. Como tal, es un concepto abierto referido a cualquier cosa que la persona encuentra importante cuando cuenta su historia de vida”. Es una unidad de significado que puede ser vivida por el individuo como algo positivo, negativo o ambivalente. Las valorizaciones están sistemáticamente organizadas y cambian según las interacciones y las diversas situaciones que la persona construye a lo largo de su vida. En cuanto a la construcción de las narrativas del self, Hermans (1995) destaca dos aspectos del self, uno procesual, y otro organizacional. El aspecto procesual se refiere a la

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naturaleza histórica y a la orientación espaciotemporal de la experiencia personal. En cuanto al aspecto organizacional, Hermans (1995) apunta:

El aspecto organizacional enfatiza que la persona, a través del proceso de auto- reflexión, crea un todo compuesto de experiencias divergentes asociadas con diferentes posiciones en el tiempo y el espacio. En este todo compuesto, las experiencias son ordenadas en una narrativa del self coherente e inteligible. (p. 248)

En la consideración conjunta de los aspectos procesual y organizacional del self, así como de la valorización como unidad de significado que implica aspectos relevantes para el self, no podemos obviar el papel esencial de la afectividad en la construcción de narrativas de identidad, destacado ya por otros autores (Bamberg, 1991; Hermans, 1995; McAdams, 1985). Hermans (1995) bajo el supuesto que las personas seleccionan y narran aquellas experiencias que tienen un componente afectivo, ya sea positivo o negativo, ha desarrollado la distinción latente-manifiesto en cuanto a las motivaciones que subyacen al componente afectivo de las valorizaciones. Para este autor, existen dos motivaciones esenciales, comunes a todos los individuos y continuamente activas en cada persona, en el componente afectivo del sistema de valorizaciones: el esfuerzo por el mantenimiento y la expansión del self, y el anhelo de contacto y unión con los demás y el mundo circundante. Las motivaciones básicas representadas latentemente en el componente afectivo de una valorización, influyen en la organización de las narrativas del self que se expresan a un nivel manifiesto aunque, como el mismo Hermans (1995, p. 249) puntualiza: “en el nivel manifiesto, las valorizaciones varían fenomenológicamente, no tan sólo entre individuos sino también dentro de un único individuo a través del tiempo y del espacio”. Teniendo en cuenta los aspectos procesual y organizacional del self, así como las características ya mencionadas en cuanto a la construcción de narrativas del self consideramos que, en el caso óptimo, una narrativa de identidad debería ser capaz de explicar la experiencia pasada (coherencia interna) y de predecir la experiencia futura (capacidad predictiva), contribuyendo al mantenimiento de un sentido de continuidad histórica personal. Esta sería la función psicológica individual--o intrapersonal, en palabras de Neimeyer(1995)--de las narrativas de identidad, al sentido de la cual también se refiere Gergen (1994, p. 187):

“Nuestra identidad presente no es un acontecimiento misterioso y repentino, sino un resultado

sensible de una historia de vida (

para dar a la vida un sentido de significado y dirección”. Del mismo modo, las narrativas de identidad también tienen una función social, ya que sirven de fundamento común-- consensuado o no--a un conjunto de prácticas ritualizadas de interacción. Para una comunidad determinada, estas prácticas serán más o menos homogéneas en función de la similitud entre las narrativas de identidad de sus miembros. Así, la función de las narrativas de identidad es auto y hetero-justificativa.

En un intento de síntesis, si entendemos la identidad como aquéllo que la persona responde ante la pregunta “¿quién soy yo?” más la teoría o narrativa personal sobre cómo ha llegado a ser como es, estamos conceptualizando la identidad--de acuerdo con el construccionismo social--como el posicionamiento en un discurso culturalmente disponible. Se va construyendo durante todo el ciclo vital y, a un nivel nuclear, permite mantener una sensación de continuidad temporal y contextual como ser social. Evolutivamente, entendemos la génesis del sentido de identidad como un proceso en el cual, en primera instancia el niño/adolescente deriva su sentido de identidad del posicionamiento en discursos culturalmente disponibles que las figuras de vinculación emocional le proporcionan. A partir de la adquisición de un sentido de uno mismo en perspectiva (es decir, de la capacidad de verse a sí mismo desde una perspectiva alternativa) la persona puede ser capaz de adquirir consciencia no únicamente de la respuesta a la pregunta “¿quién soy yo?” sino de la teoría o narrativa personal sobre cómo ha llegado a ser quien es. Desde una perspectiva sincrónica, el proceso de construcción de la identidad en el adulto se produce en dos fases, diferentes aunque inseparables. En una primera fase de circunspección personal se produce un proceso de aproximación a los discursos culturalmente disponibles y una elección--no necesariamente explícita--en cuanto al posicionamiento

)

Tales creaciones de orden narrativo pueden ser esenciales

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personal en estos discursos. La elección se produce en función de la capacidad del polo escogido para dotar de significado al sentido familiar de las preguntas sobre quién soy yo y cómo he llegado a ser como soy. En una segunda fase de (in)validación interpersonal se produce un proceso de contraste, necesariamente social, de la anticipación generada en la fase anterior y una reconstrucción serial como resultado de la experiencia. El proceso de construcción e (in)validación de la identidad implica simultáneamente aspectos cognitivos, emocionales, conductuales e interpersonales, y funciona como un ciclo en espiral de forma que, en el caso óptimo, la identidad se configura como un proceso recursivo de complejidad creciente. En este proceso, los otros significativos (o validadores autorizados) actúan como “actores secundarios” de las narrativas personales.

El Self como Narrador de Historias

El self no es una entidad, apartada del mundo y que existe en ella misma sino, más bien, se extiende hacia aspectos específicos del ambiente, tanto interpersonal como físico (Rosenberg, 1979). Si la identidad del self es equiparable a una construcción narrativa, podemos considerar al self como un narrador de historias o, en términos de Hermans y Hermans-Jansen (1995, p. 1) como: “alguien que tiene una historia que contar sobre su propia vida. Contando esa historia la persona otorga especial significación a acontecimientos particulares (o grupos de acontecimientos) que funcionan como unidades de significado”. Aquello que nos distingue como seres humanos es el hecho de ser narradores creativos de historias, de tener la capacidad de descentrarnos de nuestras propias narrativas y contar nuestras propias historias (Gonçalves, 1995b). En este punto, de acuerdo con la clásica distinción establecida por William James (1890) según la cual el self puede ser dividido en (a) el I (o self como conocedor/observador/sujeto/autor) y (b) el me (o self como lo conocido/ observado/objeto/actor o personaje narrativo) cabe la consideración en las narrativas del rol de autor o de actor (sujeto o objeto). La construcción narrativa es posible porque, como describe Hermans (1995):

El self como autor, el I puede construir imaginativamente una historia en la que el me

es el protagonista (

pasado, describiéndose a sí mismo como actor. (p. 49)

el self como autor puede imaginar el futuro y reconstruir el

)

Gonçalves (1995b) en un intento de conciliación entre ambas dimensiones del self (el self como objeto y como sujeto) presenta la alternativa del self como proyecto, es decir: “hacer avanzar los objetos en un proceso de movimiento continuo, inacabado, y en algún modo

impredictible” (Gonçalves, 1995b, p. 197). El ser humano es un narrador que vive alternando la posición de sujeto (fenómeno mental) y objeto (fenómeno físico) en la construcción de su historia; trasciende esta distinción para convertirse en “proyecto”, para adentrarse en el mundo de las potencialidades, de las construcciones humanas tanto intelectuales como físicas. ”En el proceso de la narrativa humana, el individuo es simultáneamente el escritor, lo escrito y el crítico literario” (Gonçalves, 1995b, p. 197). En términos de Lehrer (1988, p. 196): “para

reconciliar el I con el me (desarrollo) el self como texto

que simultáneamente es escrito y

leído. Leer partes de este texto corresponde al me y escribirlo al I”. En la misma línea, Jaynes (1976) argumenta que el self puede ser considerado como un “espacio mental”. El I construye un espacio análogo y, metafóricamente observa al me

moviéndose en ese espacio; dicho proceso puede denominarse “narrativización” (narratization)

al mismo

y, tanto la estructuración de nuestro comportamiento como la asignación de causas forman parte de la narrativización (Hermans y Kempen, 1993).

1

1 En cuanto a la asignación de causas a nuestro comportamiento, también se enfatiza desde la noción socio-cognitiva de la identidad como teoría personal. Según Berzonsky (1992) “en términos socio-cognitivos, se ha conceptualizado la identidad como una teoría autoconstruida

sobre uno mismo. ( )

Una teoría del self sirve como el marco conceptual dentro del cual se

construyen las experiencias personales, guía los procesos que la persona utiliza para afrontar las demandas y problemas del ambiente” (p. 263).

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El me (o self como actor) puede ser identificado con un personaje en una narrativa del self. En términos narrativos, “lo que habitualmente denominamos personaje es un tópico común a un conjunto de proposiciones que predican de él como mínimo algunas características” (Prince, 1982, p. 71). Ya que todas las proposiciones (o conceptos) que son predicadas sobre el personaje me son esencialmente predicadas sobre uno mismo, el me puede ser identificado con el autoconcepto. La narrativización, tal y como la hemos definido con anterioridad, consiste en un doble proceso de (a) entramado o disposición de la trama (emplotment) y (b) tematización (thematization). El entramado implica “construir e interconectar acontecimientos de tal manera que se desarrollen estructuras significativas” (Hermans y Kempen, 1993, p. 22). Podemos definir “entramado” como la ordenación de los acontecimientos narrados a lo largo de una estructura narrativa secuencial y extendida, ya sea en términos de relaciones temporales, espaciales o causales. Vemos entonces la relación dialéctica que existe entre acontecimiento y trama.

Como afirma Polkinghorne (1988), el significado de un acontecimiento deriva de cómo interactúa con la trama; ambos (significado y trama) se transforman mutuamente de modo que determinados acontecimientos no pueden originar cualquier trama y cualquier trama no puede ordenar un conjunto de acontecimientos. Por otro lado, considerando que un tema permite la consideración conjunta de los acontecimientos como partes interrelacionadas de una historia, que “es un pensamiento o idea general del cual se toman un conjunto de proposiciones para convertirse en una explicación” (Prince, 1982, p. 74) la tematización implica la estructuración de los acontecimientos narrados a lo largo de un número más pequeño de temas transversales que son supraordenados a los hechos que están siendo contados. Hermans y Kempen (1993, p. 25) afirman: “El tema funciona como una guía para la selección de ciertos acontecimientos como relevantes y otros como irrelevantes. A partir de un tema que guía, siempre pueden generarse nuevos acontecimientos”. En síntesis, en el proceso de narrativización los acontecimientos se disponen de acuerdo con su relevancia para los temas que guían la narrativa. Una narrativa es coherente en la medida que los acontecimientos entramados en ella son relevantes para su tema, y la consideración de la relevancia de un acontecimiento para un tema en el contexto de la organización total de la historia, depende tanto del narrador como de la perspectiva del destinatario de la narrativa (Hermans y Kempen, 1993). Así, en aras de mantener la relevancia de la narrativa para el destinatario, los supuestos intereses y conocimientos del destinatario son un criterio importante para la selección, ordenamiento y reordenamiento de los acontecimientos en una estructura narrativa. Un cambio en el tema que guía la narrativa--que es siempre posible puesto que “cada cosa que existe puede ser reconstruída” (Kelly, 1955/1991)--se acompaña de un cambio en los acontecimientos seleccionados como relevantes y dispuestos como tales (Hermans y Kempen, 1993). En términos de Hermans y Kempen (1993):

Tal reestructuración de la secuencia original de los acontecimientos es posible por el hecho que una narrativa, al ser contada, no es simplemente una cadena aislada de acontecimientos permanentemente fijos. Más bien, es una organización de acontecimientos flexible en la que el contenido y la organización dependen de las intenciones del narrador y de las cuestiones e intereses del destinatario. Este enclave de la historia en las relaciones sociales la convierte en una verdadera representante de la metáfora raíz del contextualismo. (p. 24)

Esta reestructuración de la narrativa, flexible y dinámica, ha sido denominada “rebiographing” por Howard (1990, 1991) y es el núcleo de la Psicoterapia Narrativa. En palabras de Gonçalves (1995b, p. 199): “el cliente se convierte en un narrador que es capaz de ser la historia, de contarla, reflejarse en ella y reconstruirla”. Habiendo identificado desde el constructivismo la narrativa como metáfora raíz en psicología (Sarbin, 1986) y la reconstrucción narrativa como núcleo de la psicoterapia narrativa, en el siguiente capítulo de este trabajo se especifica la estrecha vinculación entre psicoterapia y reconstrucción, entendiendo

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“reconstrucción” como reconstrucción narrativa de teorías personales, y se dedica un apartado a la intervención en el ámbito tradicional de la psicoterapia a la que ha dado lugar la conceptualización narrativa de la experiencia humana.

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CAPÍTULO III DIMENSIONES NARRATIVAS EN LA RECONSTRUCCIÓN PSICOLÓGICA

Si la reconstrucción psicológica implica un cambio en el tema y en los acontecimientos seleccionados como relevantes en una narrativa de identidad, ésta es un tipo de reconstrucción narrativa que hace referencia al cambio en las narrativas o teorías personales que la persona ha ido construyendo en sus interacciones y con el posicionamiento en discursos disponibles en su ámbito cultural de referencia. Teniendo en cuenta la conceptualización de las narrativas como algo flexible, en continuo desarrollo y reestructuración, el cambio en las teorías personales forma parte de la evolución natural de los seres humanos. No obstante, este capítulo se destina a la consideración de cómo se da esta reconstrucción psicológica en psicoterapia puesto que, como afirma Martin (1994):

La psicoterapia es una forma única de conversación que intenta alterar las teorías personales de los clientes (teorías que han sido construidas en base a la participación en otras conversaciones, previas y actuales) de forma que permitan incrementar la consecución de metas personales y la resolución o afrontamiento de problemas y preocupaciones personales. (p. 98)

En este sentido, la psicoterapia tiene el propósito explícito de alterar aquellas teorías personales que acarrean consecuencias negativas en la forma de sentir, pensar y actuar del ser humano. El mismo Kelly (1955/1991) conceptualizó la psicoterapia como un proceso psicológico que cambia la perspectiva de uno sobre algún aspecto de la vida; implica construir, o, más particularmente, reconstruir. En consecuencia, con el propósito de especificar las dimensiones narrativas en la reconstrucción psicológica, en este capítulo se toma la psicoterapia como paradigma de este tipo de reestructuración puesto que es el ámbito que persigue la alteración de teorías personales disfuncionales como objetivo principal y con un modo de actuación propio y explícito.

La Terapia como Reconstrucción Narrativa

Son muchos los autores que aceptan la ocurrencia de un giro en las terapias psicológicas hacia la narratividad (Bruner, 1990; Gonçalves, 1995a; Gergen y Gergen, 1986; Howard, 1989, 1991; Parker, 1992; Polkinghorne, 1988; Sarbin, 1986, 1990; Villegas, 1995) que se concretaría en el paso progresivo del modelo médico al psicológico y, dentro del modelo psicológico, del racionalismo al constructivismo. Como ha sugerido Mair (1989) desde el constructivismo, la psicología narrativa divergiría de la psicología “empírico-cientifista” u objetivista en el sentido que la segunda huye de las consideraciones políticas e históricas intentando imponer “una historia que acabe con todas las historias” (Mair, 1989, p. 10) mientras que la primera está profundamente comprometida con el contexto y la naturaleza local y política de las narrativas del ser humano. Así, el modelo constructivista que concibe la psicoterapia como un espacio protegido para la co-construcción de significados alternativos más viables--no más verdaderos--en un trabajo de colaboración terapeuta-cliente, supone el desplazamiento radical de una concepción objetivista y racionalista de la terapia a otra constructivista y contextualista o, como dirían Botella y Gallifa (1995) partiendo de la taxonomía de cosmovisiones descrita por Pepper (1942), sería el paso del tratamiento psicológico guiado por una cosmovisión mecanicista a otro originado en una cosmovisión organicista y contextualista (recordemos la identificacción del hecho histórico como “metáfora raíz “ del contextualismo y la estrecha vinculación entre historia y anticipación). Este hecho conlleva importantes implicaciones prácticas que sintéticamente esboza Villegas (1995):

El concepto de curación es substituido por el de cambio, que implica, como criterio, la dimensión temporal y evolutiva. Ya no se trata, por ejemplo, de combatir las ideas absurdas del paciente o de modificar o corregir sus hábitos disfuncionales, sino de

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entender el sentido de la acción humana, la cual es fundamentalmente discursiva y se desarrolla a través de la propia historia como una estructura narrativa. (p. 3)

En este sentido, Viney (1990) destaca la utilidad de la narración en la PCP en comparación con otras teorías psicológicas puesto que la narración describe construyendo (disponiendo la trama o entramando), reconoce el rol del constructor (o narrador de historias) y permite la reconstrucción (re-narración de la historia). Gonçalves (1995b) equipara la función del terapeuta constructivista con la del crítico literario: interpretar narraciones preexistentes y co-crear historias alternativas. La terapia se convierte en un escenario para el ensayo de narraciones alternativas. Gonçalves (1995b) apunta:

La psicoterapia es un escenario bien establecido para narrar y fabricar historias. Como Narciso, los clientes comienzan a reconocerse a ellos mismos en el espejo de sus historias, siendo simultáneamente objetos, sujetos, y proyectos de sí mismos. En la protección del nicho terapéutico, pretenden conquistar la versatilidad de un texto. (p.

199)

Como ya se ha mencionado (Capítulo II), desde el constructivismo se considera la anticipación en la interpretación de la experiencia como una tendencia fundamentalmente humana y se reconoce la eminente función anticipatoria de las narrativas. En el caso óptimo, cuando alguien anticipa su experiencia con una narrativa que aparece incoherente a su actual sentido del self, acontece aquello que Howard (1991) denomina “rebiographing” y que corresponde a una modificación o reelaboración de la narración amenazadora del sentido del self. “La psicología narrativa propone que las personas modifican tácitamente sus narraciones del self (eliminando la información inconsistente)” (Botella, 1995, p. 10) puesto que se intenta proteger al self como figura narrativa (Sarbin, 1986). Partiendo del hecho que “las narrativas proporcionan los contextos y parámetros para las construcciones de la gente y las descripciones de la experiencia” (Lyddon, 1995, p. 77), Hermans (1995) apunta dos supuestos básicos que subyacen a la psicoterapia entendida como reconstrucción narrativa (o psicoterapia narrativa) y que son el núcleo de la intervención desde esta perspectiva: (a) el significado personal de los problemas clínicos pueden ser entendidos contextualizándolos en la narrativa de identidad del cliente y (b) como parte de una historia inteligible, el problema del cliente se comparte con el terapeuta de tal modo que, en el proceso de narrar y re-narrar, el significado personal del problema cambia en el transcurso del tiempo. Así, la psicoterapia se desarrolla en el diálogo, es el producto de las historias narradas por los clientes y por los terapeutas, aunque va más allá de la mera consideración independiente de ambas narrativas para pretender la creación de nuevas historias producidas conjuntamente entre terapeuta y cliente (Viney, 1990). En este proceso, aparece como fundamental la condición de apertura proclamada por Kelly (1955/1991) que consiste en ver el mundo a través de los ojos del cliente, desde su punto de vista, utilizando su lenguaje y metáforas coherentes con sus experiencias de vida. En términos de Mair (1990):

Las palabras y oraciones que pronunciamos hablan de nosotros tanto, o más que

el lenguaje nos moldea y nosotros lo utilizamos. Cada uso del

lenguaje es, en alguna medida, autorreferencial y se refiere a algunos aspectos de nuestra experiencia. Cada cosa que decimos habla de nosotros y de algún aspecto de nuestro mundo. Cada discurso sobre el mundo habla también sobre el self. (p. 124)

nosotros de ellas (

)

Si la psicoterapia es un proceso de influencia social a través del lenguaje (McNamee y Gergen, 1996) que tiene como objetivo fundamental la reconstrucción de la narrativa del cliente, y se considera el lenguaje como algo constructivo que se configura por interacción social, el terapeuta debe estar lo suficientemente atento a las narrativas del cliente y al lenguaje que utiliza para poder llegar a construir un lenguaje común que permita la co-creación de nuevos significados coherentes con la narrativa previa del cliente. El hecho de que las palabras y, por extensión, el lenguaje sean múltiples en cuanto a su significación y sean siempre susceptibles de interpretaciones alternativas “deja a los textos abiertos a más de una única lectura” (Viney, 1990) posibilitando siempre la creación de nuevos significados. En este

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sentido, si los seres humanos actúan en consecuencia a las construcciones que, mediante el lenguaje, han hecho de sí mismos y del mundo, en base a interpretaciones subjetivas y no a hechos “reales” siempre es posible cambiar tales construcciones y lograr una nueva interpretación del mundo (y/o del problema objeto de demanda, en el caso de un cliente en terapia).

Habiendo hecho explícita la posibilidad de reconstrucción de las teorías personales estructuradas en narrativas, es necesario dar respuesta a dos preguntas fundamentales: (a) ¿cuándo surge la necesidad de alterar la/s teoría/s personal/es? y (b) ¿cómo se desarrolla este proceso de alteración o cambio de teorías personales o narrativas?. En cuanto al primer interrogante, ya ha sido respondido parcialmente cuando se hacía referencia a aquellas narrativas incoherentes con el actual sentido del self; los clientes acuden a terapia estando sujetos a aquello que White y Epston (1993) denominan “narración dominante”, que descalifica, limita o niega su personalidad, su sentido del self. De un modo más general, si como Mair (1990, p. 123) afirma: “nuestras vidas se configuran en las historias que vivimos, y la cualidad de nuestra experiencia se teje con las historias que narramos y las formas en las que nos es permitido narrar”, cuando una persona no se ve reflejada a sí misma en las narrativas que los demás cuentan sobre ella, ella misma no es capaz de narrar su propia historia o narra su vida de forma tan ineficaz que sus relatos se hallan en contradicción con su experiencia vivida y no le es posible anticipar nuevos acontecimientos, le faltan aquellos elementos que legitiman y dan un sentido de coherencia y perspectiva a la propia vida. En estos casos, un terapeuta constructivista no intentaría trabajar en la búsqueda de los estándares de la evidencia, procedería de un modo más holístico intentando la aproximación a un nuevo juego de lenguaje que permitiera al cliente acceder a maneras alternativas de reconstruir su narración actual. En palabras de Neimeyer (1995):

En contraste con los terapeutas cognitivos que pretenden desmontar, poco a poco, los pensamientos automáticos distorsionados, las creencias irracionales y las inferencias ilógicas, los terapeutas constructivistas intentan articular el subtexto temático que rodea la trama de la vida del cliente, intentando ayudarle a experimentar con nuevas tramas que abren posibilidades para nuevos capítulos. (p. 22)

En referencia al segundo interrogante planteado, la pregunta sobre cómo se desarrolla el proceso de alteración o cambio de teorías personales o narrativas, el principal objetivo del terapeuta es, partiendo de la existencia de múltiples realidades, ayudar a los clientes a ser conscientes de cómo crean esas realidades y de las consecuencias de tales construcciones; posteriormente les ayudan a contemplar nuevas maneras de verse a sí mismos y al mundo. En términos de Shafer (1981, p. 38): “la terapia facilita que los clientes re-narren su historia de forma que les permita entender los orígenes, sentido y significación de las dificultades presentes y, además, hacerlo de forma que el cambio sea concebible y alcanzable”. Como afirma Viney (1990) los terapeutas pueden ayudar de distintas formas a sus clientes a re-narrar sus historias, por ejemplo alentándoles a experimentar con su propio comportamiento (el role-playing o la terapia de rol fijo podrían ser útiles en este sentido) para crear nuevas historias y re-narrar las antiguas. Aunque, según esta autora, la forma de favorecer la re-narración de historias dependerá del aspecto por el cual la narración pre- existente ha dejado de ser útil (si es demasiado laxa o demasiado rígida, dilatada o constreñida, concreta o abstracta), a continuación se focalizará en el tipo de intervención que proponen White y Epston (1993) para la alteración o cambio de teorías personales o narrativas problemáticas. Si como enuncia E. Bruner (1986), la experiencia vital es más rica que el discurso, una narración nunca podrá abarcar toda la experiencia vivida. White y Epston (1993) se centran en estos aspectos de la experiencia vivida que quedan fuera de la narrativa dominante del cliente para conseguir

la identificación o generación de relatos alternativos que le permitan (al cliente) representar nuevos significados, aportando con ellos posibilidades más deseables, nuevos significados, que las personas experimentarán como más útiles, satisfactorios y con final abierto. (p.31)

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Goffman (1961) denomina “acontecimientos extraordinarios” a aquellos aspectos de la experiencia vivida que caen fuera del relato dominante, e incluyen todos los sucesos, sentimientos, intenciones y acciones que tienen una localización histórica, presente o futura, y que el relato dominante no incorpora. White y Epston (1993) sugieren la identificación de estos “acontecimientos extraordinarios” mediante la externalización de la narrativa dominante, entendiendo por “externalización” la definición, como algo externo al cliente, del patrón disfuncional que se da en la narrativa dominante. La externalización de la narrativa problemática se consigue con la descripción del problema y de la influencia del problema en la vida y las relaciones de la persona; se le pregunta directamente cómo el “problema” ha estado afectando a su vida y a sus relaciones. Así, se considera la descripción del problema independientemente de la descripción de la vida saturada por el problema (White y Epston, 1993) y este hecho favorece la identificación de acontecimientos extraordinarios por parte del cliente, a la vez que proporciona una nueva perspectiva o una nueva manera de “leer” la narrativa identificada como problemática. Como White y Epston (1993) afirman:

Cuando las personas se separan de sus relatos, pueden experimentar un sentimiento

de iniciativa personal; y a medida que se apartan de la representación de sus relatos,

se sienten capaces de intervenir en sus vidas y en sus relaciones. (p. 33)

Cuando ya se han identificado algunos acontecimientos extraordinarios se invita al cliente a que les atribuya significado, organizándolos en una narrativa alternativa que les permita la “reescritura” (en términos de Myerhoff, 1982) de sus vidas. Ya que, como afirman White y Epston (1993, p. 34): “la re-narración de la experiencia necesita del compromiso activo de las personas con la reorganización de su experiencia”, estos autores proponen algunas preguntas, con distintos objetivos, para facilitar este proceso de atribución de nuevos significados a partir de los acontecimientos extraordinarios:

Para invitar a la persona a explicar los acontecimientos extraordinarios, p.e.: “¿cómo pudo resistirse a la influencia del problema en esta ocasión?”. Para invitar a la persona a redescribirse a sí misma y a redescribir también a los demás y sus relaciones con ella según los acontecimientos extraordinarios, p. e.: “usted logró resistirse al problema, ¿qué le dice eso de usted como persona?”. Para invitar a la persona a reflexionar sobre algunas de las nuevas posibilidades que abren los acontecimientos extraordinarios, p. e.: “¿cómo cree usted que esta información sobre usted mismo le afectará en su vida?”.

A medida que se van atribuyendo nuevos significados y se construyen narrativas

alternativas a partir de los acontecimientos extraordinarios, se profundiza en aspectos de la experiencia personal que anteriormente no habían sido relatados y en los efectos de estos acontecimientos en la vida del cliente. Estas narrativas alternativas, o la re-

narración/reconstrucción de las antiguas, son la expresión de aquello que Gonçalves (1995b) conceptualiza como cambio en psicoterapia y que comprende todo el proceso de intervención de White y Epston (1993) que hemos propuesto. Así, como afirma Gonçalves (1995b).

Cambiar es proyectar otra historia mediante la comprensión de la dinámica existente entre la narrativa y el autor de la narrativa. (p.200)

En cuanto a esta re-narración de la historia del cliente, Viney (1990) indica tres criterios-- provenientes de la teoría literaria--para la evaluación de narrativas, que son de utilidad para especificar qué criterios deberá cumplir la nueva narrativa sobre sí mismo que el cliente co- construya con el terapeuta. Según el primer criterio, las narrativas deben proporcionar una secuencia de significados que, conjuntamente formen una entidad singular supraordenada y distinta de sus partes (Kurtzman, 1987); el segundo criterio apunta a la cohesión y consistencia interna de las narrativas (Agar & Hobbs, 1982) y el tercero refiere a la dimensión temporal y a la integración de sus elementos que proporciona continuidad a la narrativa (Schafer, 1983). De todos modos, debemos flexibilizar estos criterios derivados de la teoría literaria para que sean útiles en el ámbito clínico. Según Viney (1990) en terapia, las historias deberían proporcionar integración pero nunca alcanzar la inflexibilidad, ser internamente consistentes pero sólo lo

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suficiente para permitir predicciones viables, integrar los acontecimientos en el tiempo para conseguir una visión coherente del pasado, presente y futuro, así como proveer elecciones viables para los clientes. También es interesante que otorguen sentido de poder y esperanza a los clientes en terapia. Finalmente, afirma que “las buenas narraciones son aquellas que son significativas, primero y de forma más importante para los clientes, pero secundariamente para los terapeutas” (Viney, 1990, p. 439). En definitiva, White y Epston (1995) identifican el proceso de terapia con un “rito de paso”, descrito por van Gennep (1960) como un fenómeno universal que facilita la transición en la vida social de un estatus de identidad a otro. Dividen este “rito de paso” en tres estadios:

separación, liminalidad y reincorporación. Describen el estadio de separación como aquel en el que se separa al cliente de sus roles familiares y estatus habituales para entrar en un mundo social que no le es familiar y en el cual sus presuposiciones sobre la vida quedan suspendidas temporalmente; en terapia, esta etapa se facilita mediante la “externalización” del discurso sobre el problema que, como ya ha sido mencionado, posibilita que el cliente vea su problema como algo externo a él mismo y no como un rasgo inherente a él. En cuanto al espacio liminal, el segundo estadio que White y Epston (1995) describen en el “rito de paso” que constituye el proceso de terapia, se caracteriza por experiencias de desorganización, y confusión, aunque también por un espíritu de exploración y por la aparición de un sentido de posibilidad; el mundo se “subjuntiviza”, es decir, aparece como maleable e hipotético en lugar de fijo y estable, y emergen de este modo conocimientos alternativos que proporcionan nuevas posibilidades al cliente. Es el “como si” de la reconceptualización de los problemas en el proceso terapéutico, que permite a los clientes empezar a construir una narrativa de identidad alternativa. Finalmente, el tercer estadio o estadio de reincorporación constituye la clausura del “rito de paso” (que equivale a la conclusión de la terapia). La persona se resitúa en el orden social de su mundo familiar pero en una posición diferente, que suele estar acompañada por nuevos roles, responsabilidades y libertades; en esta etapa, en el caso óptimo, la persona ha superado exitosamente una transición que será legitimada y reconocida dentro de su propia comunidad. A lo largo de este capítulo se ha desarrollado la idea de la psicoterapia como un proceso en el cual se produce una reconstrucción de las narrativas del cliente. Esta conceptualización de la psicoterapia, representa una alternativa al modelo médico tradicional que es coherente con el constructivismo y que destaca el papel fundamental de los episodios de transición como agentes fomentadores de cambio o reconstrucción. En el siguiente capítulo se incidirá en uno de los episodios de transición más amenazantes para el universo de creencias del ser humano, la pérdida, procediendo a identificar los distintos tipos de pérdida que se pueden experimentar así como el proceso de reconstrucción que siguen.

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CAPÍTULO IV EL ENTRAMADO NARRATIVO DE LA PÉRDIDA

La pérdida es una experiencia inevitable en el ser humano. Desde tiempos remotos hasta la actualidad, la gente ha respondido al tema de la muerte con rituales y solemnemente. En este capítulo se pretende dar una visión actual de la pérdida y de la persona que vive una situación traumática. A pesar de que nos referiremos mayormente a la pérdida de una figura de vinculación emocional, todo lo mencionado en este capítulo puede ser aplicado también a cualquier otro tipo de pérdida significativa (ej., la pérdida del país de origen). Para tratar el tema de la pérdida y del trauma hemos dividido el capítulo en cuatro secciones. En la primera sección se describen los tipos de pérdida que Neimeyer (1993) y Rando (1995) han conceptualizado. En la segunda sección, se exponen los distintos factores que influyen en la elaboración del duelo y que pueden concebirse en términos psicológicos, sociales y fisiológicos. En la tercera sección, analizaremos las incoherencias fundamentales entre las teorías del duelo elaboradas hasta el momento y la metateoría constructivista. Las críticas a estas teorías servirán para elaborar los criterios de un modelo de intervención en el duelo inspirado en la metateoría constructivista y más útil desde esta perspectiva. Estos criterios serán expuestos en la cuarta sección de este capítulo en la que se elaborará una teoría narrativa de la pérdida y del trauma coherente con el constructivismo (véase Capítulo I) y con la visión narrativa de la experiencia humana (véase Capítulo II).

Tipos de Pérdida y Duelo

La pérdida puede ser definida como la sombra de toda posesión (Sluzki, 1991). Rando (1995) considera la pérdida física como la pérdida de algo que es tangible (p.e., la pérdida de una posesión material o de una parte del cuerpo). La pérdida psicológica, por su parte, es la pérdida de algo que es intangible o de naturaleza psicosocial (p.e., la pérdida de una esperanza o de una relación). Este carácter de intangencialidad la hace más difícil de ser reconocida por la gente. Cuando la pérdida es física, en cambio, es tan obvia que para la mayoría de personas es sensato pensar que la persona que la está sufriendo se encuentra desconsolada. Sin embargo, con la pérdida psicológica no siempre es así. En este último tipo de pérdida, la gente en general, e incluso la persona que ha sufrido la pérdida en particular, no son siempre conscientes de que dicha pérdida se ha producido, por lo que la elaboración del duelo puede complicarse. Respecto a la aproximación de Rando (1995) debe tenerse en cuenta que no se trata de una taxonomía cuyos elementos se excluyan mutuamente; es obvio que toda pérdida física comporta una pérdida psicológica, aunque no sea siempre cierto a la inversa.

Relacionado con el concepto de pérdida psicológica se encuentra el del “mundo de supuestos”. Este “mundo de supuestos es un esquema que contiene todo lo que una persona asume que es verdad sobre el mundo y el self a partir de la experiencia previa” (Rando, 1995, p. 217). Dicho de otro modo, es el modelo interno que tiene una persona y que le ayuda a orientarse a sí misma, a reconocer lo que está pasando y a planificar su comportamiento (Parkes, 1988). Según Rando (1995) hay dos tipos de elementos dentro del mundo de supuestos: los globales y los específicos. Los supuestos globales hacen referencia al aspectos generales del self, los otros, la vida y al mundo. Cuando estos supuestos quedan afectados por la pérdida se alteran las creencias acerca del funcionamiento del mundo en general (p.e., puede dejarse de creer que el mundo es justo u ordenado). Por otro lado, los supuestos específicos se refieren a aspectos concretos de la figura de vinculación emocional que se ha perdido y a su continua presencia en el mundo de quien la perdió. La alteración de este tipo de supuestos lleva a afirmaciones del tipo “mi esposa no podrá conocer a sus nietos”. De este modo, una muerte provoca que en el proceso de duelo la persona deba reexaminar su visión del mundo, es decir, reafirmar o modificar las concepciones básicas que realiza acerca de sí misma y de la justicia y orden de su mundo (Klass, 1995) ya que el hecho de sufrir una pérdida puede cuestionar esta visión (Janoff-Bulman, 1989). Más concretamente, “la esencia de un trauma es la desintegración abrupta del propio mundo interno” (Janoff- Bulman, 1992, p.63).

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En este sentido, algunas de las personas que han perdido a su pareja creen experimentar la presencia física de esa persona hasta, aproximadamente, trece meses después de la pérdida. Estas sensaciones son algo más común de lo que se pueda suponer y no son patológicas en ningún sentido. En lugar de ello, este fenómeno tiene que ver con mantener el ordenamiento de la experiencia a un nivel muy fundamental. Además de los dos tipos de pérdida que hemos mencionado hasta ahora, se puede

experimentar otro tipo de pérdida física o psicológica que se desarrolla como consecuencia de

la pérdida inicial. Este otro tipo de pérdida se denomina pérdida secundaria (Rando, 1984).

Cuanto más inmersa en el mundo de supuestos del que experimenta la pérdida estuviera la persona fallecida, más pérdidas secundarias experimentará la persona que sufre su ausencia

(Rando, 1993). En el caso de un matrimonio, por ejemplo, los esposos cumplen muchos roles:

el rol de amigo/a, amante, compañero de viajes, etc. Cuando uno de ellos fallece, el otro pierde

a alguien que estaba cumpliendo todos esos roles simultáneamente y pierde, también, la

oportunidad de seguir realizando conjuntamente todas aquellas actividades que compartía con

el otro, es decir, sufre pérdidas secundarias como consecuencia de la pérdida inicial de la

figura de vinculación emocional. Sin embargo, como se ha comentado con anterioridad, mientras todas las pérdidas físicas llevan asociadas pérdidas psicológicas secundarias, una pérdida psicológica no necesariamente trae consigo pérdidas físicas. La forma que tiene cada individuo de afrontar la pérdida y elaborar el duelo no sólo es idiosincrásica sino que, además, depende de diversos factores que se exponen a continuación.

Factores que Influyen en la Adaptación a la Pérdida

Como ya hemos anticipado, varios factores influyen en la forma en que se elabora el

duelo.

Rando (1993, 1995) divide los factores que influyen en el proceso de duelo en tres tipos: (1) psicológicos, (2) sociales y (3) fisiológicos. Los factores psicológicos son a su vez divididos en función de: (a) las características de la muerte, (b) las características de la naturaleza y significado de la pérdida y (c) las características personales de quien ha experimentado la pérdida.

1. Factores psicológicos

(a) Características de la muerte

Los factores psicológicos incluyen, en primer lugar, las características de la muerte. Rando (1993,1995) considera relevante todo aquello que rodea a la muerte, por ejemplo: el contexto psicosocial donde ha tenido lugar; la anticipación que ha hecho de la muerte la persona que ha experimentado la pérdida; el grado de imprevisión de la muerte; la percepción de la persona que ha experimentado la pérdida de que la muerte se hubiera podido evitar; un largo período de enfermedad antes de la muerte; el grado de certeza respecto a la muerte; el tipo, la cantidad y cualidad de la anticipación del duelo y la implicación con la persona fallecida. Por otra parte, Neimeyer (1993) también considera que la forma en que sucede la muerte del otro es uno de los factores que influyen en el proceso de duelo. Este autor considera cinco formas de muerte (sin pretensión de exhaustividad): (1) la muerte súbita: el hecho de ser sorprendido por la muerte del otro no deja tiempo para poder anticiparla ni despedirse; (2) la muerte lenta: este tipo de muerte puede afectar a la familia tanto en el terreno emocional como económico, además de poder despertar sentimientos de culpabilidad en sus miembros; (3) la pérdida ambigua: este es el caso, por ejemplo, de los niños desaparecidos--el sentimiento de ambigüedad que provoca el desconocer si continúan con vida o no es un factor que influye en el proceso de duelo; (4) la muerte violenta: una muerte de este tipo puede provocar en los demás síntomas de estrés post-traumático y la invalidación de

la visión del mundo sostenida hasta ese momento; y (5) el suicidio: esta última forma de

pérdida acostumbra a ser la más dura pues despierta estigmas, sentimiento de culpabilidad y miedo a ser responsable, de algún modo, de la trágica decisión.

(b) Naturalexa y significado de la pérdida

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Es importante tener en cuenta la calidad de la relación perdida; los roles que la persona fallecida desarrollaba dentro del sistema familiar y social; las características personales del fallecido; la cantidad de asuntos que quedan pendientes entre la persona fallecida y la persona que está de luto; la percepción de ésta sobre el grado de autorealización que la persona fallecida tuvo en vida; el número, tipo y calidad de pérdidas secundarias; y, finalmente, la naturaleza de la relación compartida con la persona fallecida en el momento de su muerte.

(c) Características personales de quien ha experimentado la pérdida

El último factor psicológico que Rando (1993, 1995) tiene en cuenta hace referencia a las características de la persona que está de luto como, por ejemplo: el nivel de madurez e inteligencia; su mundo de supuestos (o visión del mundo); sus experiencias previas (especialmente aquellas que hacen referencia a la pérdida y la muerte); las expectativas sobre el luto y la aflicción; el contexto social, cultural, étnico, generacional y religioso/filosófico/espiritual al que pertenece y su estilo de vida, entre otras.

2. Factores sociales

Según Rando (1993, 1995) los factores sociales incluyen el apoyo social que reciba la persona, así como del reconocimiento, validación, aceptación y asistencia que le proporcionen los demás. También influyen los ritos funerarios o conmemorativos, las implicaciones patrimoniales y la cantidad de tiempo que haya transcurrido desde la muerte del otro.

3. Factores fisiológicos

Tanto las influencias que puede ejercer el consumo de drogas como la nutrición, el descanso, el sueño, el ejercicio y la salud física son factores que, según esta autora, pueden influir en el proceso de duelo.

Críticas a las Teorías Tradicionales del Duelo

A pesar de que todos estos aspectos pueden estar influyendo en el proceso de duelo, cada persona experimentará un duelo particular, distinto al de cualquier otra. Sin embargo, según las teorías tradicionales del duelo (Lindemann, 1944; Engel, 1964; Kubler-Ross, 1969 y Canine, 1990) las personas pasan por una serie de etapas de carácter universal en el proceso de afrontar la propia muerte o en el proceso de duelo. Neimeyer (1997), en cambio, afirma que las personas no muestran necesariamente estos estadios propuestos o, al menos, no los experimentan en la secuencia prescrita por estas teorías. En lugar de ello, la variedad de la secuencia y duración de las reacciones personales a la pérdida difiere ampliamente. Por este motivo, esas teorías son susceptibles de recibir algunas críticas que sugieren la necesidad de elaborar una teoría del duelo que resulte más coherente. En primer lugar, las teorías tradicionales ven la muerte o pérdida como una realidad objetiva, suponiendo que es la misma para toda persona, en cualquier cultura e independientemente de cómo se haya producido dicha muerte. Por otro lado, estas teorías suponen que existen etapas universales de recuperación por lo que toda persona debería pasar por ellas, sin diferencia alguna en dicho proceso. Como consecuencia, estas teorías otorgan al afligido un papel pasivo. El mensaje de este tipo de teorías parece ser que, independientemente de lo que la persona pueda o esté dispuesta a hacer, pasará irremediablemente por esa serie de etapas y experimentará los sentimientos consecuentes con la etapa en la que se encuentre. De este modo, tampoco un terapeuta puede hacer nada por su cliente. Sólo cabe esperar que la persona pase por todas las etapas, restando, así, el poder de acción tanto al cliente como al terapeuta. Con esta forma de entender el proceso de duelo,

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estas teorías subestiman el significado personal de la pérdida y las acciones que uno pueda llevar a cabo para superar el duelo, centrándose en las reacciones emocionales compartidas. Otra crítica que puede hacerse a estas teorías es que todo proceso de duelo que siga procesos distintos de los prescritos como normales es considerado patológico. La consecuencia que esto conlleva es la exigencia de que la persona regrese a su funcionamiento “normal” cuanto antes. Por último, desde estas teorías se dedica muy poca atención a las reacciones de distintas personas ante una misma pérdida; se ve a la aflicción como una experiencia privada de un individuo aislado, sin tener en cuenta su entorno. La tendencia de estas teorías es la de ver al duelo como una experiencia exclusiva de la persona que lo sufre. Las críticas mencionadas hasta este momento se basan en las limitaciones que suponen las teorías tradicionales del duelo tanto para la actuación de los profesionales como para la de los propios sujetos que intentan elaborar el duelo o afrontar su propia muerte. Por este motivo, Neimeyer (1997) propone un modelo alternativo del duelo, basado en una teoría constructivista de la reconstrucción del significado ante una pérdida significativa (Neimeyer, Keesee, y Fortner, 1997; Neimeyer y Stewart, 1996). A continuación se consideran los criterios que debería cumplir un nuevo modelo del duelo (según Neimeyer, 1997) para pasar posteriormente a desarrollar este modelo con más detalle.

Hacia una Conceptualización Constructivista/Narrativa de la Pérdida y el Duelo

Una conceptualización del duelo que sea coherente con el constructivismo debería reconocer la visión proactiva del ser humano. Para ello, debería ser capaz de reconocer que las personas estamos comprometidas en un proceso de construir activamente nuestra realidad o visión del mundo, en lugar de considerar que existe un mundo “objetivo” que puede ser conocido pasivamente del que conoce. Dicha conceptualización constructivista/narrativa debería asumir, en primer lugar, que la pérdida no es algo “objetivo” que distintas personas construyen y viven de igual manera, pasando por las mismas etapas y experimentando los sentimientos propios de cada etapa. Reconocer esta proactividad del ser humano forma parte de las premisas epistemológicas del constructivismo. Esta conceptualización del duelo debería considerar las críticas dirigidas a las visiones tradicionales. Esto implica que debería ser lo suficientemente flexible como para recoger las construcciones de cada individuo sobre la pérdida y la muerte. Así, la persona deja de jugar un rol pasivo para convertirse en alguien que de forma activa afronta los desafíos que le plantea la pérdida. También debería centrarse en el significado que la pérdida tiene para cada persona, en lugar de centrarse únicamente en sus reacciones emocionales. Atender al significado personal permitirá también atender a las respuestas emocionales, conductuales y fisiológicos de la persona. Neimeyer (1997) considera también que una conceptualización constructivista/narrativa del duelo no debería prescribir lo que se considera como un duelo “normal”. Asimismo, debería considerar cómo la pérdida transformará para siempre el mundo de la persona en lugar de sugerir una recuperación que le permita volver a su estado previo. Finalmente, y sin olvidar que el duelo es un proceso idiosincrásico, esta conceptualización debería permitir la incorporación de la consideración del contexto social y familiar. Neimeyer, Keesee y Fortner (1997) proponen seis supuestos básicos para la elaboración de un modelo conceptual constructivista/narrativo del duelo:

1. La muerte como cualquier acontecimiento puede validar o invalidar las suposiciones que

forman la base sobre la cual vivimos, o puede quedar como una experiencia nueva para la cual

no tenemos construcciones.

2. El duelo es un proceso personal, idiosincrásico, íntimo e inextricable de nuestro sentido de

quienes somos.

3. El duelo es algo que nosotros mismos hacemos, no algo que se nos hace a nosotros.

4. El duelo es el acto de afirmar o reconstruir un mundo personal de significado que ha sido

desafiado por la pérdida.

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5. Los sentimientos tienen sus funciones y deben ser entendidos como señales de nuestros

esfuerzos por dar significado.

6. Todos construimos y reconstruimos nuestra identidad como supervivientes de la pérdida en

negociación con los demás. Una vez sugeridos los supuestos básicos que, en el caso óptimo, debería satisfacer una conceptualización constructivista/narrativa de la pérdida y el duelo, a continuación se discute una de las principales aportaciones en este sentido: la elaborada por Neimeyer y Stewart (en prensa). La definición de un acontecimiento traumático que adoptan Neimeyer y Stewart (en prensa) es la propuesta por Sewell (1996) y Sewell, Cromwell, Farrell-Higgins, Palmer, Ohlde, y Patterson (1996) que elaboraron un modelo constructivista del trauma a partir del estudio de la forma en que las personas definen sus experiencias. Sewell (1996) considera, al igual que Kelly (1955/1991), que los individuos otorgan significado a los acontecimientos y situaciones en función de sus experiencias previas. Conforme se van experimentando nuevas situaciones, se van creando nuevos constructos que permiten relacionar la nueva situación con las que se han vivido previamente. No obstante, una experiencia traumática o una pérdida significativa bloquean este proceso y provocan que la situación traumática quede aislada y sin procesar. Por este motivo, Sewell (1996) considera como experiencia traumática cualquier acontecimiento o situación que resulte en esta construcción polarizada y fragmentada. Tal y como afirman Neimeyer y Stewart (en prensa), la actividad y operación de una narrativa, es decir, el entramado, organiza los acontecimientos y experiencias de la vida en la forma de una historia coherente (Polkinghorne, 1991; Terrell y Lyddon, 1995; Vogel, 1994). Más aun, la forma en que las narrativas proporcionan coherencia es mediante el entramado o construyendo una historia unificada que proporcione una “concordancia discordante” o una unidad concordante con los aspectos incongruentes de la experiencia (Ricoeur, 1991). Estas historias son las que permiten que la persona comprenda y responda de forma adaptativa a los acontecimientos y situaciones de la vida. Como se discutió con anterioridad (véase Capítulo II), la narrativa puede ser considerada como el principio organizador de la acción humana (Atkinson, 1995; Bruner, 1986; Hermans, Hermans-Jansen, 1995; Hermans y Kempen, 1993; Mair, 1988; Polkinghorne, 1988, 1991; Russell y Van den Broek, 1992; Sarbin, 1986; Terrell y Lyddon, 1995; Wigren, 1994). Si “la estructura de nuestra vida es inherentemente narrativa” (Kirby, 1991, p.40), también lo serán nuestros problemas. En consecuencia, si “las narrativas juegan un papel fundamental en la consecución de continuidad, orden y una identidad coherente mediante la organización temporal de la experiencia” (Rood, 1997, p. 4), una pérdida significativa o un trauma supondrán la ruptura de esta continuidad. La persona víctima de un trauma o que experimenta la pérdida de alguien o algo significativo siente como si su historia personal estuviera “rota” o “incompleta” (Neimeyer y Stewart, en prensa). La persona experimenta el hecho traumático y la vida después del mismo como “dolorosamente fragmentados y desorganizados” (Neimeyer y Stewart, en prensa, p.8), como si estuvieran disociados o hechos añicos (Siegel, 1995; Van der Kolk y Van der Hart; Van der Hart y Brown, 1992). Esta ruptura traumática de la coherencia temporal de las narrativas personales, especialmente de la narrativa primaria (definida por Neimeyer y Stewart (en prensa) como la suma de la experiencia de todos los roles que desempeña una persona) es lo que estas personas expresan como un “no poder creer en el futuro” (Rood, 1997). Este es un efecto frecuente y perturbador para quien lo experimenta. A pesar de que las narrativas son específicas para cada rol, la narrativa primaria o dominante es aquella que “proporciona una única voz que satisface la necesidad de orden y coherencia mediante la coordinación de las actividades de dar significado y organización” (Rood, 1997, p.6) y que, por lo tanto, proporciona continuidad temporal a la identidad. La ruptura de esta narrativa primaria como consecuencia de un hecho traumático introduce cambios significativos en la visión acerca de uno mismo y del mundo, a menudo reflejados en la invalidación de estas visiones. Además, al experimentar la ruptura como una incapacidad de anticipar el futuro, los posibles selves futuros de la persona aparecen como inciertos y amenazantes (“No tengo ni idea de en quién me convertiré” o “Nunca volveré a ser la misma persona que era antes”). Las personas que han sufrido una pérdida significativa en sus vidas experimentan este miedo a no volver a ser los mismos que eran antes expresando que una parte de ellos murió con la muerte del otro.

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Según Rood (1997), esta discontinuidad temporal de la identidad que se experimenta puede ser lo bastante drástica como para que la persona sienta que también ha perdido su identidad pasada (“No soy la misma persona que era antes”) y aborrezca su identidad presente (“No puedo soportar la persona que ahora veo en el espejo”). Así pues, un trauma o una pérdida significativa provocan una distorsión en el hilo narrativo, introduciendo cambios en la visión que tiene la persona del pasado, presente y futuro. La mayoría de las veces, estos cambios provienen de la invalidación de dichas visiones. Stewart (1996) describe cómo los supervivientes de un hecho traumático “se enfrentan

es muy distinta de la historia primaria, coordinadora. La

narrativa del trauma está ‘escrita’ con símbolos y lenguajes muy diferentes al texto premórbido,

con una narrativa traumática que

primario” (p.363). Dado que a medida que la persona va asumiendo distintos roles va creando narrativas para que éstos queden entramados (Neimeyer y Stewart, en prensa), juntamente con el surgimiento de un nuevo self (el self traumático) surge también una nueva narrativa (la

narrativa del trauma). La creación de este self traumático y esta narrativa del trauma colocan a

la

persona en un “mundo traumático”. Esta noción de múltiples selves conformando la identidad

y

sus correspondientes narrativas, se convierte en una poderosa metáfora para entender el

trauma y la pérdida. Neimeyer y Stewart (en prensa) señalan que la persona que ha vivido una experiencia traumática desempeña distintos roles como, por ejemplo, el rol de “víctima”, “persona herida”, “persona que está de luto”, “superviviente”, etc. según la experiencia vivida. Estos nuevos roles llevan a la persona a adoptar una historia de vida en la que donde se considera una víctima, e incluso a participar en aquéllas relaciones con los demás que colaboren a reforzar esta nueva descripción sobre sí mismas como víctimas vulnerables (Adams-Wetcott, Dafforn y Sterne, 1993) en contraste con su anterior historia de vida.

Neimeyer y Stewart (en prensa) sostienen que:

El self traumático difiere de los demás selves en que fue creado con procesos psicológicos que operaban de forma muy diferente a cuando la persona no estaba implicada en defenderse, escapar, sobrevivir o ser victimizada. El self traumático se forja desde procesos psicológicos (sensación, percepción y cognición) que estaban canalizados por la hipervigilancia, operando en formas dicotómicas primitivas (pero adaptativas), y que implicaban emociones “abrumadoras”, basadas en la supervivencia

(p.9).

Este nuevo self se convierte en una parte esencial de la persona. Tanto es así, que llega a constreñir los otros posibles selves. Según Klion y Pfenninger (1996) mientras exista este self en su forma original, los procesos psicológicos disponibles para los previos selves quedan limitados por los procesos psicológicos utilizados en la creación del self traumático. Es como si este último envolviera a los demás de tal manera que la persona llega a sentir que no es quién era antes. Como se ha mencionado anteriormente, la narrativa del trauma no está “escrita” con los mismos símbolos que el resto de narrativas previas al mismo. Esta nueva narrativa se desarrolla a partir de los recuerdos de visiones, sonidos, olores y sentimientos que la persona experimentó mientras la experiencia traumática tenía lugar. Sin embargo, no es una narrativa que se cree de forma activa y voluntaria, tal y como sucede con el resto de narrativas. Según Neimeyer y Stewart (en prensa) la existencia de narrativas tan dispares crea traumas secundarios. Esto se debe a que la persona debe afrontar los roles que le son familiares con narrativas que han quedado constreñidas por la narrativa del trauma, potenciándose, de este modo, el sentimiento de pérdida de los pasados selves. Estos autores también sostienen que mientras siga operando esta narrativa del trauma seguirán desarrollándose roles traumáticos en situaciones en las que previamente no se hubieran desarrollado, es decir, el self traumático experimenta distintas situaciones como si se tratara del momento de la experiencia traumática. Sewell (1996) afirma que ante una situación que contenga una mínima amenaza, la víctima de un trauma predice la ocurrencia de la experiencia traumática en su totalidad.

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Hasta ahora hemos visto como tras una pérdida significativa o una experiencia que la persona vive como traumática, aparece una disonancia de la identidad (Rood, 1997) dada la existencia de una narrativa del self pre-traumática y otra post-traumática que entran en conflicto. Ante tal situación cabe plantearse cómo tratar al cliente en terapia. Una de las opciones es ayudar al cliente a integrar la nueva narrativa con la anterior tal y como proponen Neimeyer y Stewart (en prensa). Por el contrario, Rood (en prensa) propone que más que defender esta unificación e integración, se debería ayudar al individuo a aceptar esta disonancia con el objetivo de reconstruir un self futuro y la coherencia de la identidad. Neimeyer y Stewart (en prensa) consideran que debe encontrarse la manera de unir el self traumático y su correspondiente narrativa con los selves anteriores y la narrativa primaria que conformaban la historia de vida del individuo previa a la pérdida o experiencia traumática. Estos autores trabajan con sus clientes en un marco integrador desde el cual consideran que la terapia debe permitir la integración de estos selves y narrativas en conflicto en el momento presente. En cambio, la postura de Rood (1997) consiste en utilizar las distintas voces de la identidad pre- y post-traumática en un intento de construir una futura orientación y un posible self futuro. Según este autor, al utilizar estas voces que pertenecen a distintos momentos temporales, la restauración de la coherencia puede empezar sin necesidad de la integración. Rood (1997) refuerza su argumento utilizando el corolario de fragmentación de Kelly (1955/1991) según el cual “una persona puede emplear sucesivamente varios subsistemas de construcción inferencialmente incompatibles entre sí” (p.58). Este modelo pretende utilizar estos estados disonantes, múltiples, para poder trabajar la reconstrucción de los significados personales y de un futuro esperanzador para el individuo. Su objetivo es ayudar a la persona a establecer de nuevo la perspectiva de porvenir para que el pasado, el presente y el futuro vuelvan a estar encadenados y a reinstaurar la continuidad temporal de la propia narrativa. De este modo, se repara aquella ruptura de la coherencia temporal que el trauma o la pérdida provocaron sobre la historia de vida personal. En conclusión, a pesar de que la pérdida y el trauma han sido temas ampliamente trabajados por distintos autores, este capítulo muestra cómo las formas tradicionales de concebirlos limitan las posibilidades de la intervención así como la del propio sujeto. Las discrepancias entre la forma en que las teorías tradicionales concebían el duelo y la manera en que lo conciben el constructivismo y la visión narrativa sugieren la necesidad de elaborar un nuevo modelo del duelo y del trauma que incorpore la visión narrativa de la existencia y que sea coherente con la epistemología constructivista. Como hemos visto, este modelo considera al trauma o a la pérdida como hechos perturbadores de la visión del mundo que hasta ese momento sostenía la persona que pasa por ellos. Este hecho, que queda como una experiencia aislada, sin construir y que distorsiona la coherencia temporal de la historia de vida personal, provoca el surgimiento de un self traumático y de su correspondiente narrativa (la narrativa del trauma) que operan con procesos psicológicos distintos a cuando la persona no se encuentra bajo estas circunstancias.

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CAPÍTULO V ANÁLISIS CUALITATIVO DE NARRATIVAS DE IDENTIDAD:

LA METODOLOGÍA DE GROUNDED THEORY

La metodología de grounded theory 2 fue creada por Glaser y Strauss (1967) como una

aproximación a la investigación cualitativa. Estos autores desarrollaron el método en respuesta

a

la crisis que se percibía en sociología a causa de la inflación de teorías no fundamentadas en

el

análisis exhaustivo de casos con una existencia discursiva concreta. Este método ha despertado el interés de quienes prefieren trabajar con textos en lugar

de con variables cuantitativas y sienten que los cánones de las ciencias naturales limitan sus investigaciones en ciencias sociales. Aunque las ciencias naturales siguen ejerciendo una fuerte influencia sobre las ciencias sociales, el desarrollo creciente de la investigación cualitativa y la aceptación cada vez mayor de su publicación por parte de los consejos editoriales de revistas importantes están contribuyendo a disminuir esa influencia. El propósito de este capítulo es exponer sintéticamente la metodología de grounded theory, en la que se basa nuestra aproximación al análisis de narrativas de identidad en general, y de pérdida y duelo en particular. Para ello, hemos dividido el capítulo en cuatro secciones. En la primera se describe el método en términos de su procedimiento y características principales. Sin embargo, veremos cómo distintos autores incorporan algunos aspectos del procedimiento de distinta forma. En realidad, las diferencias entre autores no se encuentran tan sólo en el procedimiento. Estas disputas provienen del desacuerdo a un nivel más profundo: la base teórica que sustenta el método. Procedentes de distinta formación, sus creadores defienden distintas lógicas de justificación del método. En la segunda sección de este capítulo se exponen las diferencias entre la postura de Glaser y la de Strauss y Corbin. Rennie, descontento con ambos fundamentos teóricos--a pesar de que próximo a Glaser-- decide proponer una nueva lógica de justificación que será desarrollada en la tercera sección. El capítulo continúa con la comparación del método de grounded theory con otros métodos de investigación cualitativa. En esta sección se expondrán tanto sus similitudes como sus diferencias. Asimismo, se propondrá el uso de programas informáticos como una ayuda para el analista. Finalmente, el capítulo concluye con una descripción en forma de glosario de las categorías de análisis incorporadas en nuestra aproximación constructivista/narrativa a la identidad, procedentes de la aplicación de la metodología de grounded theory a textos previamente analizados.

La Metodología de Grounded Theory: Procedimiento

El objetivo del método de la grounded theory consiste en generar una teoría a partir del análisis sistemático de los datos. Esta teoría surge del método de la comparación constante, basado en una actitud ingenua del analista, que intenta que sus prejuicios o expectativas no le influyan. Sin embargo, teniendo en cuenta que éstos pueden ser de interés para la posterior redacción de la teoría, se aconseja a los analistas que lleven un diario de investigación o memoria teórica. Todos estos aspectos serán tratados con detalle a continuación.

El Método de la Comparación Constante

La metodología de grounded theory está compuesta por un conjunto de procedimientos diseñados para promover el estudio sistemático y la representación del significado de los datos que se están estudiando. El objetivo de este método es “conceptualizar una teoría del fenómeno interpretando el significado reflejado en el texto de forma que uno se mantenga fiel

al texto mismo” (Rennie, 1995, p. 207). Tal y como afirma Rennie (en prensa), con la grounded

theory en lugar de utilizar los datos para probar una teoría, éstos datos son utilizados, precisamente, para desarrollar la teoría.

2 La traducción más correcta de Grounded Theory Methodology sería quizá “metodología de la teoría fundamentada en los datos”. Para evitar confusiones con otras traducciones del mismo término, hemos optado por mantenerlo en el original.

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En un análisis de este tipo es necesario contar con datos, categorías y relaciones entre categorías. Lo primero que cabe plantearse es, pues, el tipo de datos que se considera legítimo para ser analizado. La metodología de grounded theory permite tomar cualquier tipo de datos siempre y cuando signifiquen algo (Rennie, en prensa). Estos datos acostumbran a ser de tipo discursivo/textual, de modo que los investigadores disponen de un texto que debe ser analizado. Dado que el objetivo de este método es generar teoría, ésta debe desarrollarse a partir de los datos de que se dispone. Dicho de otro modo, “el desarrollo de las conceptualizaciones se pospone hasta que éstas se deriven de la inmersión en los datos pertenecientes al fenómeno” (Rennie, en prensa, p. 25). El desarrollo de la grounded theory se consigue a partir del método de la comparación constante. El proceso que debe seguir el analista--propuesto por Glaser y Strauss (1967)--es el que se expone a continuación. En primer lugar, se divide el texto en unidades de análisis. Según el analista, éstas pueden adoptar diversas formas. En su versión original del método, Glaser y Strauss (1967) recomendaron el análisis del texto línea por línea. Sin embargo, esta idea inicial no tiene demasiado sentido si tenemos en cuenta que las personas representan el significado de lo que quieren decir mediante palabras, frases y combinaciones de frases, pero no en las líneas de que se compone un texto (Rennie, 1995). De este modo, este autor se inclinó por “decidir las unidades de análisis en función del significado que se manifiesta en el texto” (Rennie, 1995, p. 209). Empezó definiendo la unidad de significado como “un simple pensamiento o concepto” (Rennie, 1995, p. 209). Sin embargo, al ser éstas unidades tan pequeñas, el análisis se volvía demasiado repetitivo. Actualmente concibe como unidades de análisis lo que entendemos por “episodios, temas o tópicos” (Rennie, 1995, p. 210), que pueden extenderse desde unas frases a dos páginas del texto. A pesar de aumentar la complejidad del análisis, pues deben asignarse muchas más categorías a estas unidades de significado, las interrelaciones entre ellas afloran con mayor claridad y el análisis resulta menos redundante. Aunque el grupo de Rennie (p.e. Angus y Rennie, 1989; Rennie, 1992; Rennie y Brewer, 1987; Watson y Rennie, en prensa) 3 considera apropiado acceder directamente de las unidades de significado a las categorías, Glaser y Strauss (1967) recomendaron un paso intermedio: la formulación de códigos. Según los creadores del método, una vez determinadas las unidades de significado, se hace un resumen de las mismas. Las unidades de significado resumidas (códigos) son comparadas dentro de un mismo protocolo y entre ellos con la finalidad de encontrar comunalidades de significado. A estos aspectos en común se les pone una etiqueta. Cada una de estas etiquetas será considerada una categoría. Para Rennie y los miembros de su grupo la forma de acceder a las categorías es preguntando a cada unidad de análisis “¿Qué significado contiene?” (Rennie, 1995, p. 208). La respuesta a esta pregunta puede ser una palabra o una frase; en cualquier caso, dicha respuesta será considerada como una categoría. Rennie, Phillips y Quartaro (1988) recomiendan que en los primeros estadios del análisis estas categorías sean descriptivas. La finalidad de reflejar el lenguaje utilizado en el texto es mantenerse máximamente fiel al mismo. Tras esta primera condensación del significado de la unidad de análisis, el investigador podrá efectuar un segundo resumen de la misma. Tal y como sostienen Rennie et al. (1988) en esta segunda abreviación no es necesario utilizar el mismo lenguaje del texto. En lugar de ello, el analista puede construir categorías que ayuden a explicar las categorías descriptivas y las relaciones que se establecen entre ellas (ver Collaizi, 1979; Sullivan, 1984). La pregunta acerca del significado que contiene cada unidad de análisis se repite una y otra vez. Conforme vayan emergiendo más categorías, las unidades de análisis se comparan con cada categoría. Cada unidad de análisis es asignada a tantas categorías como sea posible. Este procedimiento recibe el nombre de “categorización abierta” (Rennie et al. 1988, p. 143). Las categorías también se comparan dentro de cada protocolo y entre ellos con el objetivo de encontrar más comunalidades. Estas comunalidades entre categorías se denominn categorías de orden superior. Toda esta conceptualización da lugar a una estructura jerárquica, donde las categorías de nivel inferior se consideran propiedades de las categorías que las incluyen, es

3 Tras haber elaborado su estrategia de análisis de forma distinta a la que recomendaron Glaser y Strauss (1967), el grupo de Rennie advirtió que Turner (1981) ya había sugerido previamente una estrategia similar.

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decir, de las categorías de orden superior. Finalmente, se conceptualiza una categoría suprema: la categoría nuclear, fundamentada en las otras categorías. Del mismo modo, cada una de las categorías de orden superior están fundamentadas en las demás categorías que, a su vez, están fundamentadas en los códigos (si el análisis se realiza como indicaron Glaser y Strauss, 1967), y éstos en los datos. Cuando nuevos datos dejan de añadir información a la taxonomía que se está desarrollando, se considera que se ha llegado a la saturación de las categorías. Según Rennie et al. (1988) la saturación suele suceder después del análisis de entre 5 y 10 protocolos (Conrad, 1978; Glaser y Strauss, 1967; Jones, 1980; Pennington, 1983; Phillips, 1984; Quartaro, 1985; Rennie, 1984). Una vez llegados a la saturación, el investigador debe buscar fuentes alternativas de datos si desea generalizar la clasificación alcanzada. Este proceso recibe el nombre de muestreo teórico (Rennie, en prensa). El conjunto de relaciones que se establece entre las categorías de todos los niveles constituye la base para la conceptualización de la teoría del fenómeno. Esta teoría debe emerger al margen de los prejuicios del investigador. Dicho de otro modo, el analista debe hacer un esfuerzo para formular la teoría desde una actitud ingenua, dejando aparte sus prejuicios, expectativas e hipótesis. Hay dos formas de asumir esta actitud. La primera de ellas se basa en retrasar la lectura de la literatura relevante sobre el fenómeno que se está estudiando hasta haber completado el análisis. Una vez terminado el análisis y elaborada la teoría, “las teorías existentes son evaluadas y aquellas que encajan con la grounded theory

son integradas con la misma para que posteriormente puedan enriquecerla (

1988, p. 141). La segunda forma de suspender los propios prejuicios consiste en redactar un diario de investigación o memoria teórica durante el curso del análisis.

)” (Rennie et al.

La Memoria Teórica

Mientras el analista recoge y analiza los datos, inevitablemente está sosteniendo sus propios juicios acerca de los mismos. Pero el objetivo de este tipo de análisis exige mantenerse fiel al texto que se está analizando, por lo que esos prejuicios deben dejarse a un lado o poner entre paréntesis (procedimiento fenomenológico denominado bracketing, ver Giorgi, 1970). La memoria teórica contribuye a separar las propias especulaciones del analista de la teoría fundamentada en el texto. El analista debe ir anotando todas las ideas que va teniendo durante el análisis de los textos, en forma de recordatorios. Tal y como afirman Rennie et al. (1988), estos recordatorios cumplen varias funciones: (a) ayudan al analista a darse cuenta de sus supuestos tácitos y le animan a pensar en temas y patrones entre los datos, (b) hacen surgir especulaciones sobre las propiedades de las categorías, las relaciones entre ellas o posibles criterios para la selección de nuevas fuentes de datos, (c) permiten que el analista conserve ideas que tienen un valor potencial pero que todavía son prematuras, (d) son útiles si surge un hueco entre la teoría y los datos ya que son un recordatorio de las ideas que el analista tuvo durante el análisis, (e) se utilizan para anotar las similitudes que el analista va encontrando entre la teoría que va emergiendo y teorías o conceptos establecidos previamente, y (f) juegan un papel esencial en la redacción de la teoría.

La Redacción de la Teoría

Como ya se ha mencionado, los recordatorios contribuyen de un modo eficaz a la redacción de la teoría pues sirven para tener presente todo aquello que el analista fue considerando durante el análisis. Rennie et al. (1988) advierten de los cuatro criterios que debe cumplir una grounded theory. En primer lugar, debe resultar creíble al lector y para ello debe ser una explicación plausible del fenómeno en cuestión. En segundo lugar, debe ser una aproximación comprehensiva a los datos sin olvidar ningún aspecto de los mismos. Además, debe emerger del proceso de inducción a partir de los datos. Finalmente, debe llevar al analista a la formulación de hipótesis e investigaciones adicionales.

Diferencias entre la Lógica de Justificación de Glaser y la de Strauss y Corbin

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Llegados a este punto, hace falta mencionar aquellos aspectos que han llevado a los creadores de la metodología de grounded theory por caminos distintos. Strauss y Corbin han llevado a cabo algunas modificaciones de dicha metodología con las que Glaser difiere. A continuación se exponen las principales diferencias entre estos autores, basadas en el trabajo de Rennie (en prensa).

La principal disputa que existe entre ellos se basa en la lógica de justificación del método que cada uno de ellos defiende. Para Strauss, afín al interaccionismo simbólico de la escuela de Chicago (ver Blumer, 1969), la lógica de justificación del método es el instrumentalismo de Dewey. Siendo así, Strauss y Corbin respaldan la valoración que hace este autor del método experimental. Glaser, en cambio, discute esta vinculación del método al instrumentalismo de Dewey. Según Glaser, el método fue presentado como una aproximación orientada al descubrimiento para el desarrollo de teoría en sociología. La modificación que Strauss y Corbin han hecho del método original lleva a estos autores a socavar la orientación al descubrimiento que Glaser defiende e irónicamente les acerca a la teorización de la que quisieron escapar al presentar el método en 1967. Concebir distintas lógicas de justificación de la metodología de grounded theory alcanza vastas consecuencias. Mientras según Glaser el método es únicamente inductivo, Strauss y Corbin añaden la forma hipotético-deductiva a la grounded theory. Glaser, formado en la sociología cuantitativa, inductivista, insiste en que este supuesto es erróneo. Según este autor el método sólo lleva al analista a la elaboración de la teoría, no a su posterior verificación, tal y como ya se afirmaba en los primeros trabajos sobre grounded theory (Glaser y Strauss, 1967; Glaser, 1978). De este modo, las categorías desarrolladas durante el análisis son válidas en virtud del propio método. La intención de Glaser es reclamar el aspecto validacional del método remarcando que: “mientras la creatividad es necesaria para generar las categorías y sus propiedades, el investigador siempre debe validar que sean apropiadas y relevantes mediante la saturación, la posibilidad de intercambiar índices, la relación con las categorías nucleares y la integración en la teoría emergente” (Glaser, 1992, p. 18), es decir, mediante indicadores de consistencia interna. De este modo, el método se construye a sí mismo como inherentemente validacional. Ésta es la diferencia entre que el método sea verificacional o validacional. Según Glaser, el método sirve para desarrollar una teoría a partir de los datos y no para verificarla. En cambio, Strauss y Corbin sostienen que la verificación es parte del método e incorporan la prueba de hipótesis en la comparación constante. Dado que la verificación es deductiva, estos autores defienden que el método de la grounded theory es hipotético-deductivo, contrariamente a Glaser que insiste en la forma inductiva del mismo. Esta visión conlleva que Glaser considere como única fuente de datos el texto que se esté analizando. Como se ha mencionado previamente, este autor considera que la validación se mide con indicadores de consistencia interna. Strauss y Corbin han modificado también esta forma de entender el método. Estos autores consideran que no sólo deben tenerse en cuenta los datos que se analizan. En lugar de ello, según Strauss y Corbin, el analista puede hipotetizar relaciones entre categorías que no estén necesariamente en los datos. Esta idea lleva a Strauss y Corbin a ampliar el rango de datos considerados legítimos para la metodología de grounded theory. En la medida en que datos externos al texto puedan ser incorporados en el análisis, los recuerdos del analista podrán servir también como datos empíricos legítimos. Glaser, como se habrá podido comprobar, sigue concibiendo la mayoría de aspectos del método tal y como fueron formulados en las dos primeras obras acerca del mismo (Glaser, 1978; Glaser y Strauss, 1967). De este modo, Glaser critica la incorporación de la introspección del analista como dato aceptable durante el análisis. Más aun, le preocupa que esta modificación lleve al método hacia la subjetividad y dogmatismo. Debe recordarse que el propósito inicial del método residía en mantenerse próximo al texto y fundamentar la generación de la teoría únicamente en los datos; de aquí que el método reciba el nombre de grounded theory (teoría fundamentada en los datos). Otro aspecto que Strauss y Corbin han ampliado del método hace referencia a las condiciones del fenómeno que se está estudiando. Una vez más, el analista se incluye a sí mismo en el análisis de los datos. Según Strauss y Corbin, todas las condiciones que el analista suponga que están influyendo a la experiencia representada por las categorías deben ser incorporadas. Siendo así, cabe la posibilidad de que algunas de estas condiciones no sean extraídas de los datos sino del propio analista u otras fuentes externas al texto. Esto implica la

Pérdida y Reconstrucción

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necesidad de utilizar una matriz condicional. En ella se presentan de forma esquemática todas las condiciones que se supone pueden influir al fenómeno que se está estudiando. La matriz condicional se presenta en los siguientes niveles de influencia: “Internacional; nacional; comunidad; organizacional e institucional; sub-organizacional y sub-institucional; colectivo, grupo e individual; interaccional y acción (Strauss y Corbin, 1990). Así, puede visualizarse como un conjunto de círculos, uno dentro de otro, donde cada (nivel) corresponde a distintos

En los anillos exteriores se encuentran aquellas características

condicionales más distantes a la acción/interacción; mientras que los anillos interiores pertenecen a aquellas características condicionales más próximas a la secuencia acción/interacción. (Strauss y Corbin, 1990, p. 161) Como resultará obvio, Glaser critica esta postura. No se niega a utilizar un esquema teórico que facilite la comprensión de las categorías y la relación que se establece entre ellas. Sin embargo, advierte que se debe ser cuidadoso e incorporar tan sólo aquellas condiciones que se correspondan con los datos que tenemos con la finalidad de no anticipar conceptualizaciones sobre el fenómeno que se está estudiando. Este interés por no forzar los datos es, una vez más, coherente con la formulación inicial de método donde se expone que el analista debe ceñirse al texto (Glaser, 1992). Algo parecido a lo que sucede con las condiciones que influyen a las categorías es lo que ocurre con el significado de las mismas. Las condiciones debían hacerse explícitas en la matriz condicional con el objetivo de permitir una mayor comprensión de las mismas. Del mismo modo, el significado de las categorías debe enriquecerse utilizando un paradigma de codificación. Éste paradigma no es más que un esquema compuesto por “condiciones, contexto y secuencias y consecuencias de la acción/interacción” (Strauss y Corbin, 1990, p. 96). En la versión original del método se alentaba a los analistas a “desarrollar sistemas categóricos que fueran estructurales o de proceso, o de ambos tipos, dependiendo de la interpretación del significado de los datos” (Rennie, en prensa, p. 13). Si bien Glaser sigue respetando esta visión y considera que no todo fenómeno social es necesariamente procesual, para Strauss y Corbin convertir todo fenómeno social en un proceso es una exigencia (Corbin y Strauss, 1990; Strauss, 1987; Strauss y Corbin, 1990, 1994). Una vez mostradas las visiones actuales de los creadores del método de la grounded theory y comprobada su incompatibilidad a ciertos niveles, se hace necesario optar por una de ellas o, como ha hecho Rennie (en prensa), desarrollar una nueva lógica de justificación del método. Este aspecto será elaborado a continuación.

aspectos del mundo

Una Nueva Lógica de Justificación de la Metodología de Grounded Theory:

La Hermenéutica Metódica

Rennie (en prensa) considera que tanto la postura de Strauss y Corbin como la de Glaser son inadecuadas como lógicas de justificación. Por esta razón, se decidió a exponer su propia lógica de justificación a la que ha denominado: hermenéutica metódica para la investigación cualitativa (Rennie, 1996), basándose en los trabajos de Margolis (1986, 1987, 1989, 1995). Su posición es más próxima a la de Glaser que a la de los otros dos autores. Rennie (en prensa) coincide con las críticas de Glaser a las modificaciones que Strauss y Corbin han hecho sobre la versión original del método. No obstante, considera que Glaser defiende débilmente que la metodología de grounded theory se basa únicamente en la inducción. La razón de ello se encuentra en la teoría de la inferencia en la que Glaser se apoya. Ésta consta de dos componentes, la inducción y la deducción. El problema de esta teoría es en que no hay otra forma de validar las inducciones que no sea recurriendo a las deducciones. Por este motivo, Rennie (en prensa) propone que la metodología de grounded theory debe basarse en la teoría de la inferencia de Pierce (1965). Esta teoría considera tres formas de inferencia: la abducción, la inducción y la deducción:

Abducir es hipotetizar, inducir es probar las abducciones y deducir es demostrar la verdad apodíctica derivando una conclusión que está implicada tautológicamente en sus premisas. Así, para Pierce el nuevo conocimiento es sólo abductivo. (Rennie, en prensa, p.25). De este modo, Rennie (en prensa) justifica la simbiosis entre abducción e inducción que él considera como característica de la investigación cualitativa.

Pérdida y Reconstrucción

39

Según Rennie (en prensa) una apropiada lógica de justificación de la grounded theory debe tener presente los aspectos realistas y relativistas del método. Es por este motivo que toma de Margolis (1986, 1987, 1989, 1995) la argumentación a favor de la reconciliación entre

realismo y relativismo. Este autor comparte con filósofos como Wittgenstein (1958) y Heidegger (1927/1962) que más que estar separados dualísticamente del mundo, estamos inmersos en formas de vida en el mundo. Así, las nociones de fundacionalismo, esencialismo y verdad

como correspondencia con la realidad son insostenibles. (

estructura perceptiva del que conoce. Sin embargo, este relativismo no es un idealismo subjetivo; en virtud de nuestra simbiosis con el mundo, es un relativismo sobre el mundo real. (Rennie, en prensa, p. 23-24) La reconciliación entre realismo y relativismo nos lleva a asentir que algunos argumentos son de mayor utilidad que otros a la hora de explicar determinados fenómenos. Por este motivo, la retórica 4 de las ciencias humanas no es una retórica vacía. Según Rennie (1995, autumn) todas las ciencias son retóricas. No obstante, la retórica de las ciencias humanas es distinta a la retórica de las ciencias naturales. “En las ciencias humanas se reconoce que cualquier investigación está inevitablemente condicionada por el marco de referencia del investigador. Este reconocimiento es la base de que el objetivo de las ciencias humanas sea, solamente, alcanzar la comprensión” (Rennie, 1995, p. 325-326). Para ello, se hace imprescindible la presencia de, como mínimo, un sujeto que pretenda comprender a otro. De ello se desprende que las ciencias humanas sean hermenéuticas. Sin embargo, “aunque la investigación cualitativa es hermenéutica, es mejor que las hermenéuticas tradicionales” (Rennie, en prensa, p. 25). Si bien las hermenéuticas tradicionales corren el peligro de convertir el círculo hermenéutico en una circularidad viciosa, esto no sucede en la investigación cualitativa. Ésta consigue reducir dicha circularidad viciosa debido a que “la comprensión holística aplicada a las particularidades se deriva de las mismas particularidades, en virtud de la combinación del bracketing y la simbiosis entre adbucción e inducción” (Rennie, en prensa, p. 26) tal y como sucede con la metodología de grounded theory.

todo conocimiento es relativo a la

)

Rennie (en prensa) destaca otra consecuencia de la reconciliación entre realismo y relativismo. Este autor critica que Glaser y Strauss y Corbin no incorporen en sus respectivas lógicas de justificación del método el debate sobre ontología y epistemología que se está produciendo en la posmodernidad con respecto a la modernidad (p.e. Gergen, 1994; Smith, 1994). Por este motivo, Rennie (en prensa) añade la crítica posmoderna al esencialismo y fundacionalismo a su lógica de justificación. Al integrar la simbiosis entre adbucción e inducción, el bracketing, la reconciliación entre realismo y relativismo, la retórica, la hermenéutica y una teoría no fundacional de verdad, la metodología de grounded theory se vuelve auto-suficiente. Puede considerarse que la grounded theory es persuasiva por sí misma ya que toda pretensión de verdad en investigación cualitativa es retórica (Rennie, en prensa). Dado que el método del que estamos hablando no es el único al que se puede recurrir si se desea hacer investigación cualitativa, resulta interesante considerar cuáles son las características que este método comparte con los demás así cómo qué otras le separan.

La Metodología de Grounded Theory y Otras Formas de Investigación Cualitativa:

Similitudes y Diferencias

La metodología de grounded theory fue desarrollada como un miembro más de la familia de aproximaciones a la investigación cualitativa. Como tal, comparte ciertas similitudes con ellas. No obstante, si es considerado un método más es porque también se diferencia de ellas en algún sentido. A continuación serán elaboradas estas similitudes y diferencias que existen, en

4 Rennie (1995) define la retórica como “una forma de discurso que implica un elemento de relativismo–el relativismo del mundo perceptual del que persuade y su sentido del mundo perceptual de la audiencia” (p. 321). Este mismo autor añade que “sin tener en cuenta cómo llevan a cabo sus trabajos los científicos, para ellos es importante presentarse como habiendo realizado su trabajo en la forma prescrita si quieren persuadir a sus audiencias de la credibilidad de su trabajo. Siendo este el caso de la ciencia natural, más aun lo será de la ciencia social” (Rennie, 1995, p. 322).

Pérdida y Reconstrucción

40

general, entre la metodología de grounded theory y los demás métodos de investigación cualitativa.

Similitudes

Estas similitudes son básicamente estructurales. Atañen al tipo de datos con el que se trabaja y a las características generales del análisis. En primer lugar, todos los métodos que se utilizan en investigación cualitativa utilizan una misma fuente de datos: un texto. Éste puede proceder de orígenes tan diversos como la transcripción de sesiones de terapia, diarios, biografías, canciones, artículos, transcripciones de cintas de vídeo, etc. Todo aquello que pueda ser convertido en un texto escrito es susceptible de ser analizado desde cualquier aproximación cualitativa. No obstante, la investigación cualitativa no cierra sus puertas a las técnicas de análisis cuantitativo. Tanto la grounded theory como cualquier otro método pueden emplearse de forma independiente o, si se desea, pueden combinarse con técnicas cuantitativas. Por otro lado, la investigación cualitativa permite al investigador acercarse a aspectos que acostumbran a ser de difícil acceso con los métodos de investigación tradicionales. Finalmente, otro aspecto interesante que une a las personas interesadas en la investigación cualitativa es la redefinición de los habituales cánones científicos para el estudio del comportamiento humano (Strauss y Corbin, 1994) y la insistencia de que este tipo de trabajo es interpretativo. Por ello, los analistas deben asumir la responsabilidad de su interpretación acerca de lo que es observado, oído o leído.

Diferencias

La principal diferencia entre la metodología de grounded theory y los demás métodos está en su objetivo. Con la grounded theory se pretende generar teoría a partir de los datos de que el analista dispone. En la generación de ésta juega un papel imprescindible la interacción con los datos (Glaser y Strauss, 1970). Pero esta teoría no es tan solo descriptiva como suele suceder en otros métodos. En la metodología de grounded theory se introduce un elemento fundamental: la densidad conceptual. Strauss y Corbin (1994) consideran que ésta se refiere a “la riqueza del desarrollo de conceptos y relaciones--basada en la familiaridad con los datos y en su análisis sistemático” (p. 274). De este modo, la teoría que llega a desarrollarse se caracteriza por esta gran densidad conceptual. Por último, es importante añadir que el análisis que lleva al desarrollo de la grounded theory puede complementarse con la ayuda de algún programa informático. Dada la importante cantidad de información con la que se trabaja, hacer el análisis a mano resulta casi imposible. Las principales ventajas de utilizar un programa informático consisten en evitarse la ardua tarea de escribir las unidades de significado cada vez que son asignadas a una categoría y en evitarse todo el tiempo que se hubiera perdido de haberlo hecho a mano. Uno de los programas que puede utilizarse como complemento del análisis es el QSR- NUD·IST (Richards y Richards, 1993). Este programa es adecuado porque permite utilizar el mismo tipo de datos necesario para el método de la grounded theory (textos de cualquier tipo:

entrevistas, documentos literarios, históricos, diarios, canciones, etc.). Además, con el QSR- NUD·IST se pueden crear y explorar ideas y categorías, tan fundamentales en el método de la grounded theory. Ésto permite una mayor flexibilidad a la hora de establecer relaciones entre ellas y hacer hipótesis. El programa está también diseñado para hacer preguntas al texto y construir teorías, objetivo principal del método de la grounded theory como ya hemos visto. En conclusión, hasta este punto se ha descrito el procedimiento que debe seguir un analista que utiliza la metodología de grounded theory, así como también sus características principales. También se ha visto como en los 30 años que han pasado desde que el método fue presentado por primera vez, ha ido sufriendo cambios que no han sido bien recibidos por todos los autores. Sus creadores, Glaser y Strauss (1967), han ido distanciando sus posturas hasta el punto de que el mismo Glaser (1992) ha llegado a plantearse si alguna vez llegaron a entenderse. Mientras Glaser aboga por el aspecto inductivo y validacional del método, Strauss une su postura a la de su discípula Corbin defendiendo que el método es hipotético-deductivo y que, por lo tanto, es también verificacional. Glaser critica todas las modificaciones que Strauss

Pérdida y Reconstrucción

41

y Corbin han llevado a cabo sobre las características que tenía el método en su inicio. Fiel a

este comienzo, Glaser defiende el método tal y como fue planteado. De este modo, su postura es la más coherente con los orígenes del método. No obstante, resulta sorprendente que la versión más popular sea la de Strauss y Corbin. El hecho de que éstos autores sean más referenciados puede ser debido a su promesa de simplicidad, de estructuración del procedimiento y de verificación. A pesar de que la versión de Glaser esté menos comercializada y parezca menos precisa, en realidad es un mejor camino para llegar a la conceptualización de la teoría (ver Rennie, en prensa). Como se ha explicado en la tercera sección de este capítulo, un tercer autor juega un papel importante en el desarrollo del metodología de grounded theory. Este autor, Rennie, está en desacuerdo con ambas posturas, aunque reconoce que la de Glaser es la más acertada por su coherencia con los objetivos para los que fue creado el método. Rennie expone su hermenéutica metódica que surge como consecuencia del descontento de las otras dos lógicas de justificación de la metodología de grounded theory. La hermenéutica metódica de Rennie está fundamentada en los trabajos de Margolis y en la teoría de la inferencia de Pierce. Con esta última reduce el peligro de la teoría de la inferencia con la que Glaser defiende el carácter inductivo del método. Esta teoría lleva a que las inducciones dependan, en último término, de las deducciones. Para solventar este obstáculo parece que la teoría de Pierce es la más acertada pues acaba afirmando la simbiosis entre abducción e inducción, como ya se ha visto en este capítulo. Con la exposición de su nueva lógica de justificación, la postura de Rennie parece ser la más adecuada pues muestra los puntos débiles en las otras dos a la vez que propone una posible solución.

Llegados a este punto, en las páginas que siguen se presenta el mapa jerárquico para

el análisis de narrativas de identidad (en su estructura básica) desarrollado por nosotros (véase

Botella et al., 1997) a partir del análisis de textos mediante la metodología de grounded theory implementada en el softwaere QSR-NUD·IST. Tras la presentación gráfica del mapa se

incorpora un glosario de definición de las categoría utilizadas en nuestro análisis.

Análisis Cualitativo de Narrativas de Identidad Mediante la Metodología de Grounded Theory: Estructura Básica del Mapa Jerárquico

En términos narratológicos, “leer un texto puede equipararse a procesar los datos textuales gradualmente formulando preguntas al texto y respondiéndolas en base a él” (Prince, 1982, p. 103). Leer (y analizar) un texto narrativo implica que las preguntas formuladas son relevantes. Una pregunta es relevante si su posible respuesta lo es, es decir, para nuestros fines, si acarrea información referida al tópico del concepto de identidad del autor. La finalidad de una análisis constructivista cualitativo de las narrativas de identidad no es llevar a cabo una aproximación estilística, gramatical, o puramente lingüística, sino desarrollar una estructura conceptual altamente formalizada para la lectura de narrativas de identidad a la búsqueda de una mejor comprensión del concepto de identidad de sus autores. Si bien el grado de ambivalencia de algunas narrativas de identidad puede ser elevado en términos de su lectura y análisis, otras presentan un mayor grado de restricciones textuales, es decir, permiten sólo una o unas pocas respuestas correctas a las preguntas planteadas. Leer y analizar una narrativa de identidad desde una perspectiva constructivista significa respetar las restricciones textuales y mantener la propia interpretación tan próxima al texto como sea posible. El proceso de análisis puede ser dividido en dos etapas secuenciales. La primera se lleva a cabo según una serie de conceptos jerárquicamente estructurados y teóricamente relevantes comunes a toda narrativa de identidad. La segunda se lleva a cabo según una serie de conceptos estructurados jerárquicamente y relevantes para la narrativa concreta que está siendo analizada. En el Capítulo VI se incluye la matriz jerárquica utilizada por nosotros para llevar a cabo el análisis.

Glosario

Narrativa del self: Explicación que da un individuo de la relación entre acontecimientos relevantes para él a lo largo del tiempo (Gergen, 1994).

Pérdida y Reconstrucción

42

Autoconcepto extendido: El self no es una entidad, aislada del mundo y con existencia propia sino que más bien se extiende hacia aspectos específicos del entorno, tanto interpersonales como físicos (Rosenberg, 1979). Narrativización: Proceso por el que el yo construye un espacio análogo y observa metafóricamente al mí moviéndose en dicho espacio. Entramado: “Proceso de construcción e interconexión de los acontecimientos de forma que se desarrollen estructuras de significado” (Hermans & Kempen, 1993, p. 22). El entramado puede definirse como la ordenación de los acontecimientos narrados en una estructura narrativa secuencial y extensible (sea en términos de relaciones temporales, espaciales o causales). Tematización: Estructuración de los acontecimientos narrados a lo largo de un número más reducido de temas trans-seccionales superordenados a los hechos que se narran. “Un tema es un pensamiento o idea general del que un conjunto de proposiciones se adopta como ejemplo” (Prince, 1982, p. 74). Conocimiento personal: Base de conocimiento construido en el dominio inter- e intrapersonal. Self: En este contexto, self se refiere al personaje de la narrativa que coincide con la identidad del autor. Otros personajes: Todos aquellos personajes que aparecen en una narrativa del self y no son el self. Acotamiento contextual: Proceso de predicar una serie de proposiciones acerca del personaje self que dependen del contexto en que se coloque narrativamente el personaje. Acotamiento temporal: Proceso de predicar una serie de proposiciones acerca del personaje self que dependen de la dimensión temporal en que se coloque narrativamente el personaje. Acotamiento relacional: Proceso de predicar una serie de proposiciones acerca del personaje self que dependen de la situación relacional en que se coloque narrativamente el personaje. Teoría del self extendida: En términos sociocognitivos, la identidad ha sido conceptualizada como una teoría autoconstruida sobre uno mismo (Berzonsky, 1994). Empleamos el término “teoría del self extendida” para incluir todos los personajes que no son el self pero que, aun así, son relevantes para la teoría del self. Iniciativa (Agency): Posición relativa del autor de la narrativa del self respecto a su autoría; puede ser pasiva o activa. Causalidad: Teoría personal que mantiene el autor de la narrativa del self respecto al origen y causa de los hechos entramados en ella.

Pérdida y Reconstrucción

43

CAPÍTULO VI INVESTIGACIÓN APLICADA:

ANÁLISIS DE UNA NARRATIVA DE PÉRDIDA Y RECONSTRUCCIÓN

En las páginas anteriores de este trabajo se ha trazado una discusión sintética de la epistemología constructivista y sus aplicaciones a la psicología (Capítulo I); se ha justificado la propuesta de adoptar la narrativa como metáfora raíz en psicología (Capítulo II); se han desarrollado las implicaciones de esta perspectiva constructivista/narrativa en cuanto al proceso de reconstrucción psicológica (Capítulo III); se ha aplicado todo lo antedicho a la conceptualización narrativa de la pérdida y el duelo (Capítulo IV) y se ha presentado la metodología de grounded theory como una propuesta metodológica de sólida tradición en las ciencias sociales aplicada al análisis cualitativo de narrativas del self. Llegados a este punto, este capítulo se centrará en la aplicación de la metodología propuesta en las páginas anteriores a una narrativa de pérdida y duelo con características que la convierten en un caso ejemplar desde nuestra perspectiva. Dicha aplicación reviste un doble objetivo: (a) validar el propio método de análisis en cuanto a su utilidad hermenéutica y su sensibilidad a las dimensiones de significado (tácitas y/o explícitas) contenidas en la narrativa y (b) conferir una cierta validación a la conceptualización constructivista/narrativa de la pérdida y el duelo presentada en el Capítulo IV en cuanto a sus supuestos básicos. El estudio de caso que se presenta a continuación se estructura de la siguiente forma:

en primer lugar, se presenta el caso haciendo énfasis en su ejemplaridad, es decir, en su coherencia con los criterios definitorios de trauma, pérdida y duelo presentados en las páginas anteriores. En segundo lugar, se desarrolla la forma de aplicación del método de análisis cualitativo de narrativas del self discutido con más detalle en el Capítulo V. En tercer lugar, se explicitan las hipótesis a contrastar como parte del segundo objetivo de esta aplicación. Finalmente, y como fruto de dicho contraste, se discute la conexión entre nuestra conceptualización teórica de referencia y el estudio de caso objeto de este capítulo.

Presentación del Caso

La narrativa que se analiza a continuación (véase Anexo I) fue entregada a uno de los autores

de doctorado 5 . Dicha narrativa no había sido

solicitada, sino que su autor (como explicita en la propia narrativa) decidió elaborarla por iniciativa propia. El autor (Javier) es un padre de família de 53 años (en el momento de redactar la narrativa), de clase social media-alta y que desempeña un cargo de gestión en una institución universitaria. Aproximadamente un año antes del curso de doctorado (que tuvo lugar en verano de 1996), se enfrentó al hecho traumático del suicidio de su hijo mayor, de 21 años. La narrativa relata algunos detalles de la situación que llevó al suicio, del propio suicidio y de su forma de enfrentarse a él. Consideramos esta narrativa como un “caso ejemplar” dado que se ajusta estrictamente a la definición de hecho traumático adoptada en este trabajo (cualquier acontecimiento o situación que resulte en una construcción polarizada y fragmentada, es decir, que dificulte gravemente el proceso normal de elaboración de la narrativa del self). Dado que el procedimiento de análisis objeto del presente trabajo constituye una forma detallada y sofisticada de “extraer” el significado de la narrativa, manteniéndose fiel a la misma, consideramos innecesario dar más detalles del texto en este punto, puesto que constituirán la propia esencia del análisis que se presenta a continuación.

de este trabajo como producto de un curso

Método de Análisis Cualitativo de Narrativas del Self Basado en la Metodología de Grounded Theory:

Procedimiento de Aplicación mediante el Programa QSR-NUD·IST

El método de análisis cualitativo de narrativas del self objeto del presente trabajo se basa, como se explicitó en capítulos anteriores, en la metodología de grounded theory. De la

5 La narrativa se utiliza con el consentimiento explícito y escrito de su autor. Aun así, para mantener su privacidad se han alterado o eliminado todos aquellos fragmentos que pudieran permitir su identificación así como, evidentemente, su nombre.

Pérdida y Reconstrucción

44

aplicación de esta metodología a una serie de narrativas del self en general procede el mapa jerárquico de categorías de análisis presentado en el Capítulo V. Llegados a este punto, y con la finalidad de analizar una narrativa concreta (la narrativa de pérdida y duelo de Javier que se presenta en el Anexo I), el método a seguir consiste en desarrollar el mapa jerárquico presentado en el Capítulo V con tanto grado de detalle como se requiera para alcanzar la saturación de las categorías en este caso. En la figura 6.1 se presenta dicho mapa jerárquico detallado. El procedimiento de análisis para este desarrollo también procede del método de la comparación constante, que consiste en asignar categorías a cada unidad de análisis y ordenar las categorías jerárquicamente. En una segunda fase, se codifican las unidades de análisi en tantas categorías como corresponda. Una vez categorizado todo el texto, es posible contrastar hipótesis de forma lógico/matemática (mediante los conectores del álgebra de Boole) comparando las categorías entre sí. Este procedimiento sería obviamente imposible sin la ayuda de un procedimiento computerizado, en nuestro caso el programa QSR-NUD·IST, que permite almacenar el resultado de la codificación y combinar automáticamente las categorías utilizando un número potencialmente ilimitado de combinaciones lógicas. Evidentemente, tal sofisticación requiere que el analista defina y operacionalice previamente al análisis las hipótesis que desea contrastar. En nuestro caso optamos por un análisis centrado en el contraste de los seis supuestos básicos de la conceptualización constructivista/narrativa de la pérdida y el duelo presentada en el Capítulo IV.

Supuestos Básicos de la Conceptualización Constructivista/Narrativa de la Pérdida y el Duelo: Hipótesis, Operacionalización y Contraste

Como se discutió en el Capítulo IV, Neimeyer, Keesee y Fortner (1997) proponen seis supuestos básicos para la elaboración de un modelo conceptual constructivista/narrativo del duelo:

1. La muerte como cualquier acontecimiento puede validar o invalidar las suposiciones que

forman la base sobre la cual vivimos, o puede quedar como una experiencia nueva para la cual no tenemos construcciones.

2. El duelo es un proceso personal, idiosincrásico, íntimo e inextricable de nuestro sentido de

quienes somos.

3. El duelo es algo que nosotros mismos hacemos, no algo que se nos hace a nosotros.

4. El duelo es el acto de afirmar o reconstruir un mundo personal de significado que ha sido

desafiado por la pérdida.

5. Los sentimientos tienen sus funciones y deben ser entendidos como señales de nuestros

esfuerzos por dar significado.

6. Todos construimos y reconstruimos nuestra identidad como supervivientes de la pérdida en

negociación con los demás. Adoptando la lógica matemática del programa QSR-NUD·IST, estos seis supuestos básicos pueden ser traducidos en hipótesis contrastables a partir del análisis del mapa de categorías presentado en este trabajo. A continuación se presenta la operacionalización de cada una de las hipótesis derivadas de dichos supuestos básicos, así como el resultado de su contraste a partir de la aplicación del método objeto de este trabajo.

Supuesto 1

Pérdida y Reconstrucción

45

Si “la muerte como cualquier acontecimiento puede validar o invalidar las suposiciones que forman la base sobre la cual vivimos, o puede quedar como una experiencia nueva para la cual no tenemos construcciones” entonces las unidades de análisis 6 codificadas en la categoría “visión del mundo” y, simultáneamente en la fase del entramado de la narrativa analizada correspondiente a la etapa “post-suicidio” deberían aparecer codificadas como emociones “inconstruibles” (experiencia nueva), “validadoras” o “invalidadoras”. La base teórica de esta operacionalización se inspira en la idea, compartida por la mayoría de teorías constructivistas, de que la validación o invalidación de las suposiciones básicas de una persona genera una activación emocional. El resultado del contraste de la hipótesis antedicha (mediante el programa QSR- NUD·IST aplicado a la narrativa objeto de estudio) arroja los siguientes datos:

(a) Del total de unidades de análisis contenidas en la intersección entre las categorías citadas en la hipótesis (26 líneas de texto), 21 confirman la hipótesis, mientras que 7 no (el hecho de que la suma total sea 28 en lugar de 26 se explica porque, tal como se indicó en el Capítulo V, una misma unidad de análisis puede estar codificada en varias categorías). (b) De las 21 unidades de análisis que confirman la hipótesis, 9 se encuentran codificadas como emociones validadoras (líneas de texto nº 47, 57, 58, 62, 63, 65, 68, 71, 84); 7 como invalidadoras (líneas de texto nº 16, 17, 22, 33, 38, 49, 54) y 5 como inconstruibles (líneas de texto nº 16, 32, 49, 111, 112).

(c) De las 7 unidades que, aparentemente, desconfirman la hipótesis, 6 corresponden

a la cita de Francisco Varela incluida en la narrativa (líneas de texto nº 72 a 77). Es por ello que no aparecen codificadas como emociones del autor de la narrativa. La séptima (línea de texto

nº 29), no aparece codificada como emoción porque, a nuestro juicio, se refiere al proceso de reconstrucción posterior a la pérdida pero no claramente a sus componentes emocionales.

(d) Puede resultar chocante que 9 de las unidades de análisis consideradas aparezcan

codificadas como emociones validadoras, es decir, positivas—a pesar de que esta posibilidad aparece recogida en el supuesto básico objeto de contraste. En nuestra opinión ésto se debe a que esas 9 unidades de análisis corresponden todas ellas al proceso de reconstrucción, con lo

cual es lógico que, dado el curso positivo de la reconstrucción en este caso las emociones asociadas sean positivas. Considerado todo lo antedicho, se puede dar por confirmado el supuesto básico operacionalizado en la hipótesis contrastada.

Supuesto 2

Si “el duelo es un proceso personal, idiosincrásico, íntimo e inextricable de nuestro sentido de quienes somos”, entonces el sentido del self de Javier en la narrativa analizada debería variar significativamente en las tres etapas consideradas en el mapa jerárquico que guía el análisis (es decir, pre-suicidio, suicidio y post-suicidio). Como forma de contrastar esta hipótesis, analizamos semánticamente las características atribuidas al self en cada una de dichas etapas. La macroestructura discursiva de la caracterización del self del autor de la narrativa en cada etapa es la siguiente:

Sentido del self durante la etapa “pre-suicidio” (unidades de análisis nº 7, 9, 11): Javier se presenta como una persona de éxito profesional, académico y social basado en el esfuerzo diario, caracterizado por su deseo de ser más en la vida, soberbio, orgulloso como padre, tranquilo y capaz de mantener separados los problemas de su trabajo frente a los del hogar. Sentido del self durante la etapa “suicidio” (unidades de análisis nº 14, 22, 31, 44, 120, 121): En el momento del suicidio de su hijo, Javier se refiere a sí mismo como una persona amenazada por una inminente destrucción psíquica y cuyos sueños han sido truncados por un hecho ajeno e ilógico. Sentido del self durante la etapa “post-suicidio” (unidades de análisis nº 16, 21 a 25, 29

a 31, 37, 40 a 47, 49 a 52, 54 a 58, 62 a 71, 81 a 84, 96, 100 a 103, 111 a 112, 117 a 123): En

la etapa posterior al suicidio, Javier se refire a sí mismo y a su familia de forma multifacética. En primer lugar se enfrenta/n a un proceso de cuestionamiento, crisis, e invalidación interna,

6 Las unidades de análisis en este caso corresponden a las líneas de texto de la narrativa numeradas tal como aparece en la transcripción del Anexo I.

Pérdida y Reconstrucción

46

llevada externamente con aparente serenidad. A medida que el proceso de duelo se va

elaborando, se alcanza un estado de reconstrucción, aceptación, serenidad, tranquilidad, paz

y recuperación de ciertos aspectos del self anterior como por ejemplo las funciones

profesionales y una cierta visión escéptica de la vida (a pesar de que Javier reconoce que su vida tiene un antes y un después).

Considerando todo lo antedicho, se podrá observar que el sentido del self del autor de

la narrativa varía sustancialmente en las tres etapas, lo cual confiere validez al supuesto

teórico objeto de contraste, dado que demuestra que el proceso de duelo es una manifestación

de los procesos personales de construcción de significado.

Supuesto 3

Si “el duelo es algo que nosotros mismos hacemos, no algo que se nos hace a nosotros”,

entonces el número total de unidades de análisis categorizadas como “activas” debería ser superior al de “pasivas”. Como se podrá comprobar en la Tabla 6.1, ésto es efectivamente así, siendo el número total de unidades de análisis codificadas como “activas” de 44 y el de “pasivas” de 23.

Tabla 6.1 Distribución de categorías de análisis “activas” y “pasivas” según la fase del entramado de la narrativa.

 

PRE-SUICIDIO

SUICIDIO

POST-SUICIDIO

 

PASIVA

Total: 3

Total: 4

Total: 19

 

Unidades de análisis:

Unidades de análisis: 14, 31, 32, 44

Unidades de análisis: 17,

9, 12, 13

18, 29

a

32,

37,

41

a 45,

 

50, 52, 56, 58, 101 a 103

ACTIVA

Total: 1

Total: 12

Total: 43

 

Unidades de análisis: 7

Unidades de análisis: 20, 22, 88, 89, 91 a 93, 95, 107 a 110

Unidades de análisis: 16, 20 a 22, 38, 40, 46, 47, 49, 53, 54, 56, 58, 62 a 71, 81 a 84, 88 a 96, 100, 107 a

112

Supuesto 4

Si “el duelo es el acto de afirmar o reconstruir un mundo personal de significado que ha sido

desafiado por la pérdida”, entonces el número de unidades de análisis categorizadas como “reconstrucción” en la categoría “post-suicidio” (que es la que corresponde, en principio, a la fase de duelo) debería ser superior al número de unidades de análisis pertenecientes a cualquier otra categoría diferente de “reconstrucción”. El resultado de este contraste, a primera vista, puede parecer ambivalente, dado que el total de unidades de análisis en la categoría “post-suicidio” es de 84 (unidades de análisis nº 16 a 25, 29 a 33, 37 a 58, 62 a 77, 81 a 84, 88 a 96, 100 a 103, 107 a 113, 117 a 123) de las cuales sólo 42 aparecen codificadas como “reconstrucción” (unidades de análisis nº 29 a 31, 37, 47 a 49, 53 a 58, 62 a 77, 81 a 84, 88 a

96).

Pérdida y Reconstrucción

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Sin embargo, un análisis pormenorizado de estos datos revela que pueden resultar engañosos. De las tres etapas en las que hemos dividido la categoría ”pos-suicidio”, la primera y segunda no son estrictamente de reconstrucción, dado que la experiencia traumática es todavía demasiado reciente. Así, cuando se analizan las distribuciones por separado se obtiene el siguiente patrón. De las 40 unidades de análisis categorizadas en la “etapa 1”

(unidades de análisis nº 16 a 24, 29, 30, 38 a 44, 50 a 52, 56, 100 a 103, 107 a 113, 117 a 123) sólo 3 hacen referencia a “reconstrucción” (unidades de análisis nº 29, 30, 56). De las 6 unidades de análisis categorizadas en la “etapa 2” (unidades de análisis nº 45 a 49, 53) 4 hacen referencia a “reconstrucción” (unidades de análisis nº 47 a 49, 53). Sin embargo, de las

39

unidades de análisis categorizadas en la “etapa 3” (unidades de análisis nº 25, 31 a 33, 37,

54

a 58, 62 a 77, 81 a 84, 88 a 96) 36 hacen referencia a “reconstrucción” (unidades de análisis

nº 31, 37, 54 a 58, 62 a 77, 81 a 84, 88 a 96). El hecho de que un 92.3% (es decir, 36 de 39) de las unidades de análisis pertenecientes a la “etapa 3”, que es la que más propiamente identifica el proceso de elaboración del duelo, confirma el supuesto básico objeto de contraste.

Supuesto 5

Desde la perspectiva del constructivismo, las emociones no se consideran como síntomas sino como indicadores de ciclos de cambio en los patrones de atribución de significado a la experiencia. Dado que estos patrones de cambio pueden ser de validación o de invalidación, la función de las emociones puede ir asociada a una crisis en el sistema de constructos personales o a un proceso de reconstrucción de dicho sistema. En este sentido, si “los sentimientos tienen sus funciones y deben ser entendidos como señales de nuestros esfuerzos de atribución de significado” y dichas funciones pueden ser de “crisis” o de “reconstrucción”, entonces todas la unidades de análisis codificadas como emociones deberían aparecer también como codificadas en la categoría “crisis” o en la categoría “reconstrucción”. Esta hipótesis se cumple, ya que de las 58 unidades de análisis codificadas como emociones (unidades de análisis nº 16 a 22, 24, 31 a 33, 37 a 42, 46, 47, 49, 51, 52, 54, 56 a 58, 62 a 66, 68 a 71, 81, 82, 84, 89 a 92, 94 a 96, 100 a 103, 107, 109 a 113, 120, 122, 123) 28 aparecen codificadas como “reconstrucción” (unidades de análisis nº 24, 31, 37, 47, 49, 54, 56 a 58, 62 a 66, 68 a 71, 81, 82, 84, 89 a 92, 94 a 96) y 31 como “crisis” (unidades de análisis nº 16 a 22, 24, 32, 33, 38 a 42, 46, 51, 52, 100 a 103, 107, 109 a 113, 120, 122, 123).

Supuesto 6

Este supuesto se refiere al papel crucial de los “otros significativos” en el proceso de elaboración del duelo tal como se expuso en el Capítulo IV. Aun así, este supuesto no niega la importancia de los procesos personales/individuales, sino que los contextualiza en un marco sistémico más amplio. En este sentido, si “todos construimos y reconstruimos nuestra identidad como supervivientes de la pérdida en negociación con los demás”, entonces en la “etapa 3” de la categoría “post-suicidio”, que entendemos como la fase propiamente de reconstrucción (como se explicitó en el contraste del supuesto 5), deberían aparecer referencias la los “otros” así como al propio self. Del total de las 39 unidades de análisis categorizadas en la “etapa 3” (unidades de análisis nº 25, 31 a 33, 37, 54 a 58, 62 a 77, 81 a 84, 88 a 96), 19 hacen referencia a los “otros” (unidades de análisis nº 25, 54 a 58, 81 a 84, 88 a 96) y 20 al self (unidades de análisis nº 31 a 33, 37, 62 a 77). Dicho esto, habría que especificar que la distribución de referencias a los “otros” no es uniforme. De entre todos los “otros” citados, destacan 9 referencias a LB, uno de los profesores del curso de doctorado (unidades de análisis nº 54 a 58, 81 a 84) y 7 al recuerdo de la relación con su hijo suicida (unidades de análisis nº 88 a 93, 96). Así como el número de referencias al recuerdo del hijo es de esperar teniendo en cuenta que el hecho traumático es

Pérdida y Reconstrucción

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justamente su muerte, en nuestra opinión, el elevado número de referencias a LB, tal como explica la propia narrativa, se debe al papel fundamental que el propio autor de la narrativa otorga a su intervención. Como conclusión general de este apartado, el análisis cualitativo de la narrativa del duelo objeto de este trabajo valida los seis supuestos básicos de la conceptualización constructivista/narrativa de la pérdida y el duelo. En el propio proceso de contraste de las hipótesis inspiradas en dichos supuestos básicos, y gracias a las características de la metodología de grounded theory, se obtiene una comprensión hermenéutica de la narrativa de identidad. Por ello consideramos que se cumplen los dos objetivos principales de este apartado: (a) validar el propio método de análisis en cuanto a su utilidad hermenéutica y su sensibilidad a las dimensiones de significado (tácitas y/o explícitas) contenidas en la narrativa y (b) conferir una cierta validación a la conceptualización constructivista/narrativa de la pérdida y el duelo presentada en el Capítulo IV en cuanto a sus supuestos básicos.

Anexo I Transcripción de la Narrativa Analizada

RECONSTRUCCIÓN

Haciendo un poco de historia

Pérdida y Reconstrucción

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Haciendo un poco de historia, es preciso remontarse a unos diez años atrás.

En esa época un hombre relativamente joven vivía plenamente el éxito profesional y académico construido con el esfuerzo diario, producto del estudio, la convivencia y el deseo de ser más en la vida. Paralelamente una hermosa familia formada por tres hijos: una niña de 15, un jovencito de 13 y un niño de 4 años, a los que se sumaba una esposa inteligente, culta y excelente compañera. Nada turbaba la tranquilidad de esta familia cuyo padre siempre mantuvo separados los problemas de su trabajo frente a los del hogar. Los niños mayores fueron buenos estudiantes, tuvieron una niñez y una adolescencia tranquila

y la familia fue construyéndose y creciendo al margen de los problemas del común de los

mortales. Pasó el tiempo, los adolescentes llegaron a la universidad y eran el orgullo de un padre que miraba la vida, tal vez con cierta soberbia al observar como sus hijos comenzaban a esbozar una senda triunfal en la vida. De pronto una especie de nube negra se situó sobre ese hogar tan tranquilo hasta la fecha, el hijo adolescente comenzó a cambiar, se veía extraño, se encerraba a llorar en su cuarto, dejó de lado los estudios y entró en una profunda depresión. Se le trató en los mejores centros del país; mejoraba para volver a ser el mismo de años atrás y volvía a caer en depresiones. Un día salió de la casa y nunca más volvió; fue encontrado muerto, producto de un desbarrancamiento en automóvil en circunstancias jamás aclaradas. Tenía 21 años. La familia enfrentó el hecho con serenidad, guardando su dolor para sí, pero cuestionando absolutamente todos los paradigmas que hasta la fecha había respetado. Todos los constructos, producto de años de éxitos sociales y profesionales se remecieron absolutamente. ¿Qué pasó ? ¿Quién tuvo la culpa ? ¿Fue accidente?. Todas estas interrogantes pasaron una y otra vez por la mente de los miembros de esa familia, especialmente por el padre. Finalmente la hipótesis de suicidio fue imponiéndose, con lo cual los constructos personales fueron remecidos absolutamente y la destrucción psíquica comenzó a amenazar, al grupo familiar, especialmente al jefe de éste.

Comenzó a pasar el tiempo y el período de duelo se llevó internamente. Hacia fuera era fuerza, personalidad, dureza; hacia dentro destrucción, cuestionamiento y sentimientos encontrados. Hasta la fecha el duelo continúa después de 2 años.

En busca de luz

Pasó un año y, con mucha fuerza, la familia comenzó a tratar de ver más claro; el más afectado, curiosamente el padre que nunca ha aceptado hasta ahora la tesis del suicidio, retomó con plenitud sus funciones profesionales y académicas (que nunca dejó a la vista de otras personas) y siguió mirando la vida escépticamente, con el mismo éxito de antes. El estudio fue un buen paliativo y comenzó la reconstrucción personal y familiar hace aproximadamente tres meses.

A esta fecha hay paz, tranquilidad y aceptación de un hecho que el padre califica de ajeno e

ilógico.

Pérdida y Reconstrucción

50

Ajeno, porque estas cosas jamás le pasan a uno; uno es testigo de estos hechos. Ilógico, porque no es justo que mueran los hijos.

Reconstrucción y la Teoría de Kelly

La reconstrucción psíquica del padre del joven de 21 años que voluntariamente se quitó la vida han pasado por una serie de pasos en los cuales ha tenido gran influencia que la teoría construcionista de Kelly y que se desarrollarán a continuación, sin mayores pretensiones que entregar hechos y testimonios, producto de las lecturas obligadas de un curso doctoral, de las interrelaciones en él logradas y de la tranquilidad obtenida a la luz de dichos hechos. La primera etapa del proceso de reconstrucción comenzó con un cuestionamiento personal y social. Fue la etapa de la negación, de infelicidad, de largos silencios. Esa etapa fue enfrentada escribiendo muchas y duras poesías, que sirvieron como válvula de escape a la intensa presión que día a día se acumulaba en las instancias psíquicas del padre del suicida.

Paralelamente se desarrolló un ansia autodestructiva que se tradujo en hechos tales como arriesgar la vida en forma innecesaria, buscando algo que no se podía, ni aún puede explicarse. Es interesante señalar que esta etapa fue vivida y sufrida exclusivamente por la persona, quien no comentó absolutamente con nadie la situación. El proceso de destrucción avanzaba paulatinamente, lo que se observaba en la incapacidad de hacer cosas que siempre esta persona mostró. Un día, más o menos a tres meses del hecho trágico de la muerte del joven, el padre debió consultar médico por un problema trivial y surgió el tema durante la conversación. El médico hizo una advertencia en el sentido de buscar ayuda psicológica, dado el estado de deterioro que alcanzaba la persona, lo que se materializó a los pocos días con la concurrencia

al estudio de un Psicólogo especialista en este tipo de casos.

Entre el padre y el profesional se despertó una corriente de simpatía, que terminó con el Psicólogo contándole sus problemas al padre y éste más complicado que antes.

Sin embargo, es preciso decir que estas consultas sirvieron para fortalecer el espíritu del padre

y poco a poco comenzó a mirar el mundo, primero aceptando el hecho y segundo efectuando

una mejor planificación del futuro. Podría decirse que esta etapa corresponde al inicio de la reconstrucción. Eta etapa fue una de las más largas, ya que todo el sistema de constructos fue remecido absolutamente y fue preciso comenzar de nuevo. Hay que vivir un hecho como el relatado para poder entender lo que se siente.