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Escritura y seguimiento

de instrucciones
22 DomingoOCT 2017
POSTED BY FERNANDO VÁSQUEZ RODRÍGUEZ IN ENSAYOS
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Una de las razones por las cuales los estudiantes de pregrado y posgrado no logran
avanzar rápidamente en sus textos académicos es porque no siguen las instrucciones
diseñadas por sus maestros o tutores para lograrlo. A veces, por descuido o porque
confían en que la “inspiración” o el “repentismo” les permitan alcanzar el objetivo, sin
seguir el paso a paso dispuesto para tal fin.
A pesar de que se entreguen guías o se tengan como referencia indicaciones
específicas, por lo general estos aprendices de escritura las subvaloran o no las
analizan como corresponde. O puede que las lean en el momento de escuchar la tarea,
para luego, cuando ya están enfrentados a la realización del texto, las olviden o las
consideren inútiles. Es común, de igual manera, que se refunda lo que tenía una
secuencia o se presente de cualquier forma lo que pedía un protocolo específico. Todo
parece indicar que de cara a aprender una técnica, como es la de la escritura, hay una
alta dificultad en esto de seguir las instrucciones o una recurrente salida para tomar el
atajo, la irregularidad o una mal entendida manera de ser creativos.
Tener en cuenta lo que se pide y los tiempos o las formas de hacerlo son cosas
fundamentales, si es que uno desea avanzar o cualificarse en un oficio. Primero se
desbasta la madera y luego se talla; se inicia dominando el puntero y después, mucho
después, se pule el mármol de una estatua. Cada cosa tiene su tiempo y sus
propiedades. No es un asunto baladí. Cómo vamos, por ejemplo, a lanzarnos a
redactar un ensayo si no sabemos distinguir el tema de la tesis, si desconocemos los
tipos de argumento y si, además, carecemos de un repertorio de conexiones lógicas
para facilitar la coherencia entre las ideas. Antes de llegar al párrafo bien logrado
tenemos que conocer la fisonomía de las palabras y las leyes intrínsecas de
relacionarse. Entonces, si logramos sacar provecho a las instrucciones, descubriremos
que cada recomendación o punto de una guía está encaminada a ir alcanzando
paulatinamente ciertos saberes, conocer habilidades especiales o descubrir modos de
vencer particulares obstáculos.
Las secuencias didácticas para aprender a escribir son, precisamente, una concreción
de tal propuesta instruccional. En ellas, se concreta o se condensa toda una suma de
experiencias. Hay observaciones puntuales para el tiempo de cada actividad, al igual
que aclaraciones para no confundir una cosa con otra. Se señalan en esas secuencias
la especificidad de los materiales, el alcance de determinada labor, y se destacan los
objetivos propios de un proceso. Las secuencias didácticas prevén el aprendizaje, lo
prefiguran. Son un esfuerzo del que sabe para llevar por la vía menos dificultosa al que
aprende. Elaborar dichas secuencias demanda tiempo, conocimiento, capacidad
comunicativa y la suficiente experticia para saber distinguir lo fundamental de lo
accesorio, la esencia de lo circunstancial. Y aunque puedan parecerle al aprendiz
tediosas o llenas de muchas indicaciones, lo que están es creándole el mejor escenario
para apropiar un saber-hacer, un arte, una técnica.
Es probable que tales omisiones correspondan a una forma de aprender por vía
episódica, mágica o espontánea. A cierta confianza excesiva en la suerte o en las
lógicas del azar y el chance de la buena fortuna. Poco o nada se repara en los
protocolos a seguir o en las etapas previstas por los que ya son expertos en una labor.
Hasta es posible que haya un desprecio hacia los saberes de la tradición y se tenga
cierta “actitud adánica”, desconociendo lo que otros han ganado o afinado en la
elaboración de determinado producto o artefacto. El resultado, como puede suponerse,
es un ir a tientas, sin un horizonte claro, trastabillándose siempre y haciendo cosas
improcedentes, incompletas o desarticuladas. Por lo demás, al no recibir una
retroalimentación positiva a dichos conatos o intentos de escritura, se empieza a
generar en los aprendices una desmotivación o una desidia para retomar al camino
previsto. Puesto de manera lapidaria: al no seguir las instrucciones la tarea queda mal
hecha y, lo mal hecho, repercute en la desmotivación por aprender.
También cabe pensar que nuestra época de lo rápido, del consumo inmediato, del
facilismo a ultranza, ha desmoronado los soportes de la persistencia, la disciplina y el
estudio concienzudo y responsable. Les cuesta a estos estudiantes universitarios de
hoy aprender paso a paso; quisieran que todo entrara de una vez a sus cabezas y que
sus manos sacaran, como de un sombrero de mago, el ensayo ya hecho, el informe
terminado, la reseña perfecta. No obstante, la artesanía de la escritura exige un ir por
partes, apropiar ciertos procedimientos, diferenciar momentos de composición, conocer
ciertas estructuras y tipologías textuales, reorganizar y conectar las ideas, escuchar las
palabras para descubrir su ritmo interno, disponer a la mano de útiles de apoyo. Y todo
ello no se puede aprender en un instante ni de cualquier forma. De allí que se requiera
compromiso, tiempo, y una disposición de ánimo que permita escudriñar con cuidado y
suma atención lo que en una guía se señala o lo que el maestro pide de una forma
especial. Dicho compromiso es la garantía para que se hagan las correcciones
necesarias y a tiempo, se atiendan las sugerencias de un tutor y se vayan, etapa por
etapa, apropiando los saberes de un arte.
Pero esto de no seguir las instrucciones también afecta al maestro o tutor: lo desgasta
al tener que repetir y remachar una y otra vez lo que el aprendiz no atiende o, por
mero capricho, deja de hacer. Se pierde la esencia de la relación pedagógica, se traba
el vínculo, por andar llamando la atención sobre asuntos que atañen más a la actitud
del que aprende, a su irresponsabilidad académica o a la desatención sobre algo que
se había definido con anterioridad. En lugar de ocuparse en enseñar las
particularidades de una técnica el maestro tiene que malgastar horas en “concientizar”,
reiterar en el seguimiento a los momentos de un proceso o reclamar el cuidado
requerido para elaborar bien una tarea. Es penoso descubrir en los estudiantes
universitarios una “flojera del espíritu” que los lleva al simple cumplimiento de la
entrega de la tarea –así sea de cualquier forma–, pero sin apropiar lo esencial de un
oficio. Este desvío de las funciones primordiales de la docencia por el no seguimiento
de instrucciones hace que los resultados en los saberes y los productos académicos
sean exiguos o de corto alcance.
Una vez más hay que recordar que aprender a escribir, en especial las tipologías
textuales usadas en el mundo universitario, se alcanza de manera progresiva. No es un
saber instantáneo y de “inoculación inmediata”. Entre otras cosas, porque los vacíos de
información con que se llega a la educación superior son abundantes, y porque se
confunde el asistir a clase con el genuino acto de aprender. Se olvida que los estudios
superiores demandan un triple trabajo del estudiante en relación con el tiempo de
clase del profesor. En consecuencia, si no hay constancia, dedicación, atención
concentrada, férrea voluntad de estudiar, apenas se alcanzarán las notas mínimas para
sobrevivir, pero se dejará de asimilar el fundamento y las minucias de la composición
escrita. Tengámoslo presente: ningún arte se aprende sin el esfuerzo continuado, el
seguimiento de reglas y el dominio de útiles específicos. Y, por supuesto, sin la
paciencia necesaria y el gozo interior por descubrir lo desconocido.
La tesis: médula del ensayo
12 MartesABR 2016
POSTED BY FERNANDOVASQUEZRODRIGUEZ IN ENSAYOS
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Ilustración de Chow Hon Lam.

Ya he escrito en otras oportunidades sobre la importancia de la tesis en un ensayo y su


valor al momento de distinguir un texto argumentativo. No obstante, bien
vale profundizar un poco más en tal asunto.
La tesis es la postura personal del autor frente a un tema. Es la manera particular
como el ensayista valora, sopesa, critica, percibe o afronta un aspecto, situación
o materia determinada. Es, por decirlo con una imagen, la carta de compromiso que el
escritor le firma al lector. La tesis, en este sentido, pone en primera escena la voz de
una subjetividad, tal como lo manifestara Montaigne en el prólogo de sus
memorables Ensayos.
Sobra advertir que no es común tener una posición personal sobre un hecho o asunto.
Bien sea porque no hemos sido educados en un pensamiento crítico o porque tememos
a la réplica o los cuestionamientos negativos y preferimos el silencio del anonimato o
nos conformamos con la tranquilizadora opinión de la mayoría. Se requiere, por lo
mismo, un vigor intelectual, una mayoría de edad en nuestro pensamiento para tomar
la palabra y decir: aquí está mi tesis.
Dicho esto, volvamos a nuestra ruta explicativa. Llegar a una tesis demanda un largo
tiempo de meditación y análisis sobre un tema. Al tema hay que pensarlo, examinarlo
con detalle, estudiarlo en su complejidad, ponerlo bajo una lente para que emerjan de
él aspectos inusitados, filones desconocidos, características contradictorias, zonas
ocultas, consecuencias inadvertidas. Sin esta cavilación o examen al tema, endeble
será la tesis resultante o parecerá tan plegada a lo ya sabido que poca atención
generará en un posible lector.
Es el momento de señalar otra cosa: hay temas que para dar el mosto de la tesis
requieren un largo estudio. Exigen investigación, lectura atenta, cotejamiento de
fuentes, trabajo de campo o revisión bibliográfica. Algunos temas no dan su jugo a no
ser que el ensayista asuma la actitud de quien tiene un problema y busque, por todos
los medios, conocer las causas, detallar su fisonomía y desarrollo, avizorar las
consecuencias o encontrar una solución. Puesto de otra forma: hay temas que piden
un trabajo mayor por parte del ensayista; temas que necesitan disolventes especiales
o una labor de pesquisa concentrada para diluir sus fibras más consistentes y obtener
una tesis de calidad.
Prosigamos. La tesis debe presentarse de manera clara, sin justificaciones u ornatos
innecesarios. Debe ser diáfana para el lector y, por lo general, se explicita en el primer
párrafo del ensayo. La claridad de la tesis prefigura el tono o el carácter del ensayo. Y
aunque en algunas ocasiones es necesario ubicar el contexto del escrito, no por ello
debe quedar oscurecida la tesis. Es legítimo encuadrar la tesis pero ella deberá
descollar o ser notoria para el lector. En todo caso, si la tesis no está puesta de
manera transparente, muy seguramente el lector no sabrá cuál es el juego propuesto
por el ensayista, cuál es el meollo del que desea persuadirnos.
Es recomendable consignar la tesis de forma declarativa, y no meramente enunciando
una pregunta. La tesis es una declaratoria, un corto manifiesto en que el autor
proclama su manera personal de entender o comprender un asunto. Es probable que
haya interrogantes que le sirvan de soporte pero, la tesis, en sí misma, es una
proposición sobre la toma de partido del ensayista. En esta perspectiva, el tono de la
tesis guarda una relación con otra modalidad argumentativa: la defensa jurídica. La
tesis, en consecuencia, es categórica, rotunda y concluyente. Los buenos ensayistas,
cuando se trata de dar cuenta de la tesis, no se van por las ramas, no muestran
dubitación. Por el contrario, se presentan axiomáticos, certeros en su planteamiento.
Un aspecto final es el ateniente al aval o al respaldo argumentativo exigido por la tesis.
Me explico: aunque el ensayista es libre de presentar cualquier tipo de tesis, debe
contar con los recursos argumentativos suficientes para solventar dicha apuesta. A
veces parece fácil afirmar determinada cosa sobre algo pero luego nos damos cuenta
de que no tenemos con qué defender o apoyar eso mismo que declaramos. Por ende,
al momento de proclamar la tesis es indispensable tener el cuidado o la precaución de
vislumbrar un “depósito de garantías” al que podamos acudir más adelante. No
olvidemos que el primer párrafo es apenas la apertura del ensayo; después vendrá la
ardua labor de argumentar eso que afirmamos. Y si no tenemos un repertorio de
fuentes, ejemplos, analogías o recursos lógicos, pues no podremos cumplir nuestra
meta persuasiva. Nos quedaremos cortos o será fallido el objetivo mismo de la
argumentación.
Como lo he hecho ver, la tesis es la médula del ensayo. En ella está lo esencial de este
tipo de textos, y por ella es que se produce un ejercicio de argumentación. Así que,
cuando tengamos la tarea o el reto de redactar un ensayo, es importante dimensionar
o recapacitar en los alcances de la tesis y su poder de imantación sobre todas las
partes de esta modalidad de escritura.