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Salinas Pineda Alexis Sebastián

Un acantilado lleno de arbustos y maleza. Un hombre y una mujer de singular hermosura


vestida únicamente con una tenue túnica de playa; se toman las manos frente a frente. Al
fondo el mar.

H: Oh, bella dama, ¿es que no me dirá nunca su nombre y quién es usted? Pero qué digo si sus
mismos ojos azules y sus divinos cabellos dorados me dicen sin dudar que desciende del propio
cielo.

M: (avergonzada) Mi nombre poco puede importar aquí. (Trata de apartarse) Discúlpeme pero
no era mi intención/

H: (reteniéndola suavemente) ¿Pero qué está diciendo? Si lo único que anhelo ahora saber es
el nombre con el que comenzaré mis poesías, con el que amaneceré cada mañana y caeré
dormido cada noche solo para seguir pronunciándolo en mis sueños. Creo que al menos
merezco saber cómo llamar al bello ser al que ofrendaré mi vida entera.

M: No diga eso, por favor. Yo no pertenezco a este lugar y le aseguro que nunca más me
volverá a ver. Lo mejor será que se olvide ya. No debería estar aquí

H: En eso tiene usted razón, mi bello ángel. Me parece que usted no pertenece a ningún lugar,
y en cambio la tierra entera, al posar sus sublimes pies sobre ella, le pertenece totalmente a su
beldad.

M: Basta, le suplico que pare. Déjeme ir (intenta de nuevo librarse del tierno agarrar del
hombre) No está en su entero juicio.

H: ¿y quién lo estaría frente a usted? (le comienza a besar la mano)

M: Usted no entiende, trate de escucharme por favor/

H: Si me llama loco por amar lo que “jamás volveré a ver” como usted amenaza…

M: usted no me ama/
H: …ayúdeme a recuperar mi cordura, que si usted no es de este pueblo, reino o planeta;
lléveme consigo a donde quiera que usted tenga por hogar.

M: Le sería imposible acompañarme, pobre hombre, así como yo venir al suyo se me debió de
haber prohibido también. (Angustiada) Me arrepiento de todo y me compadezco de usted.
¡Oh, Inocente presa que ignora su tragedia!

H: ¿Prohibido? Como se le puede prohibir el dar vida a la vida que se apaga. Usted llegó a
iluminar mis días llenos de miseria

M: (para sí) ¡ay! su fiebre ya es fatal

H: y a endulzar esta vida mía llena de la sal con la que este maldito océano me diseca y que me
obliga incluso a respirar desde el primero de mis días.

M: (Zafándose de él con gran rudeza. Con cierta confusión a la vez que indignación) ¿Le
disgusta el mar?

H: ¡Lo aborrezco tanto como me aborrece él a mí! Lléveme con usted mi bella…

(Ella comienza a caminar melancólicamente hacia unos arbustos)


Salinas Pineda Alexis Sebastián

¿Lo ve? no me ha dicho aun su nombre, sin él todas mis oraciones serán siempre inacabadas.
No me ha dicho nada. Dígame ¿qué hace usted aquí? ¿Qué razones puede tener alguien como
usted para estar aquí, en el fin del mundo?

M: (sacando de detrás de uno de los arbustos una canasta repleta de frutos rojos) Solo vine
por un momento, a recoger unas cuantas bayas pero…

H: ¡Y que canto tan precioso entonaba mientras lo hacía! (embelesado se acerca a ella)

M: Ahora sé que no debí. ¡Pobre hombre, le he hecho tanto daño y en cambio usted cree que
ha recibido el bien del amor! Le pido perdón por otorgarle una condena que…

(Lo toma de la mano sintiendo pena por él. Al sentir la mano de ella, él suspira largamente y
ella lo suelta)

¿Pero qué hago? ¡Si hablar con usted es como hablarle a un poseso! ¡Cuánto lo siento, de
verdad!

H: ¡¿y qué amor no es una condena?! No suelte mi mano, querida. Larguémonos lejos del
océano absurdo e inmundo. Solo necesitaba una razón, una mínima razón para dejar atrás este
infierno y he aquí usted salida de los cielos que llegan a mi vida

M: por favor calle, no siga…

H: huyamos juntos a su tierra en este instante mismo. (Con complicidad) Aunque dígame
primero ¿hay también ahí un tan infame como basto mar al que detestar y maldecir?

M: (con creciente ira) suficiente, cállese ya…

H: (De frente al mar) ¡Abominables olas, despreciables aguas, por fin me iré de ustedes!

M: (con las manos sobre las orejas) ¡PARE, PARE YA CON ESAS PALABRAS RUDAS!

H: (Desesperado. La toma de los hombros) ¡Si me ha hecho tanto daño como usted me dice, es
su deber apaciguar este fuego de una u otra forma! (Pausa)

(Ella se aparta en silencio y avanza con paso ligero hacia el precipicio. Él, desconcertado, trata
de agarrarla hasta ver que ella se detiene frente la orilla antes de caer)

M: Mire ese precioso infierno infinito y absurdo que tanto detesta, mire ese sublime ir y venir
de sus olas con el que llama como una mano tentadora a cada alma a perderse en su
insondable azul. Mire al demoniaco sol ardiente acercársele y el bullir de las aguas
centelleantes por el mal que se despierta. (Volteando hacia él) Mire a la hija y consorte de la
mar, tan perniciosa como erinias mandadas a conseguir al hombre descuidado. Y mírese, (una
lagrima escurre por su mejilla) la pobre victima condenada (pausa) Lo siento, le ruego me
perdone… yo no quería (toma de nuevo la canasta y voltea de nuevo al abismo)

H: ¡¿Pero qué dice?!

(La mujer cae desapareciendo de la vista del hombre y éste rápidamente se acerca, aturdido, a
mirar por sobre las odiosas aguas)

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