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“Amengual, Francisco c/Universidad de Cuyo”(24/02/1971)

Dictamen del Procurador Fiscal de la Nación


Por res. 238/68 el Decano de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Cuyo, en ejercicio de
las atribuciones del Consejo Académico, impuso al doctor Francisco A. Amengual, profesor de aquella casa
de estudios, la sanción disciplinaria de apercibimiento, medida que, recurrida por la vía jerárquica, fue
confirmada mediante res. 2164/68 del Rector de la mencionada universidad.
La decisión de esta última autoridad fue entonces apelada por el interesado ante la Cámara Federal de
Mendoza, tribunal que, al pronunciarse por segunda vez en la causa a raíz de lo dispuesto por V. E. a fs. 60/61
de ella, confirmó la resolución del Rectorado por sentencia obrante a fs. 65/67.
Contra este fallo ha interpuesto el doctor Amengual recurso extraordinario (fs. 71) sosteniendo, en primer
lugar, que ha sido sancionado a través de un procedimiento incompatible con el derecho que reconoce al art.
18 de la Constitución Nacional, objeción que formula a raíz de haber sido dictada la res. 238/68 sin que
previamente fuera oído.
Observo, sin embargo, que lo argumentado al respecto en el escrito de apelación no abre debate sobre la
validez del art. 224 del Estatuto de la Universidad de Cuyo, expresamente invocado como fundamento de la
aludida resolución.
Con independencia de lo anterior, es de señalar que la omisión que se hace mérito fue luego subsanada en
la propia instancia administrativa, pues tanto en oportunidad de solicitar revocatoria ante el Decano de la
Facultad de Ciencias Médicas, cuanto al interponer recurso jerárquico ante el Rector de la Universidad, el
interesado expuso sus defensas con la amplitud que revelan los respectivos escritos, obrantes a fs. 6/9 y 15/20
del agregado.
Ello establecido, y toda vez que la medida impugnada fue mantenida por las autoridades universitarias sin
poner en tela de juicio la realidad de los hechos que en aquellos recursos se pretendieron eficaces para excluir
de responsabilidad disciplinaria al apelante (v. res. 247/68, consid. segundo, y res. 2164/68, consid. cuarto),
creo que no media lesión jurídica suficiente para estimar desconocida la garantía constitucional antes
mencionada (confr. en igual sentido, doctrina de las sentencias del 10 de octubre de 1969, en las causas
"Kuanir, Juan Enrique" y "Caletti, Oberdan y otros").
También cuestiona al recurrente la legalidad de la sanción por entender que ninguna de las autoridades
antes mencionadas tenía atribuciones para imponerla sin que el comportamiento que motivó dicha medida
estuviera con anterioridad descripto como falta en una norma de carácter general.
V.E. tiene repetidamente declarado que la facultad disciplinaria indispensable para el regular
funcionamiento de la administración y de los servicios públicos no importa el ejercicio de la jurisdicción
penal, ni del poder ordinario de imponer penas (Fallos: 256:97; 258:92; 261:108 y otros), criterio que autoriza
a colocar la práctica de aquella facultad al margen del principio de reserva legal, como en general lo entiende,
por otra parte, nuestra doctrina (confr. Benjamin Villegas Basavilbaso, "Derecho Administrativo", ed. 1950, t.
1, p. 121; Rafael Bielsa, "Derecho Administrativo", ed. 1947, t. 2, ps. 290 y 292; Mandel, María Diez,
"Derecho Administrativo", t. I, p. 326, t. II, ps. 431, 432 y 435).
Luego, el agravio a que me refiero sólo podría prosperar en presencia de un texto que, expresamente,
condicionara el ejercicio de la potestad disciplinaria de los órganos de gobierno de la Universidad a la previa
definición de las infracciones de aquella naturaleza.
A juicio del apelante tal exigencia fluye del art. 233 del Estatuto, pero, a mi entender, dicha norma no
tiene el alcance que aquél le asigna.
Las previsiones de esa cláusula, que encomiendan a las autoridades en ellas mencionadas al establecer un
régimen de disciplina para la Universidad, la calificación de las faltas y la graduación de las sanciones para
cada caso, responden al sano propósito de llegar a una más arreglada administración, pero no incluye
disposición que vede el ejercicio de la potestad disciplinaria, esencial en toda organización jerárquica, durante
el período anterior a la vigencia del régimen general al que aluden.
En consecuencia, y puesto que es principio de recta interpretación que los textos legales no deben ser
considerados, a los efectos de establecer su sentido y alcance, aisladamente, sino correlacionándolos con los
que disciplinan la misma materia (Fallos: 242:247; 264:152; 265:266 y otros), tampoco cabe extraer del
referido art. 233 obstáculo para el uso de la facultad que a los decanos reconoce, sin subordinación a ningún
evento futuro, el art. 45, inc. e del mismo Estatuto.
Lo contrario, en cuanto impediría durante algún lapso la razonable corrección de infracciones cometidas
por el personal y el alumnado de la Universidad, conspiraría contra la ordenada actividad de ella, y, de esta
manera, contra la misma racionalidad del precepto en examen, aspecto al que debe también atenderse en la
labor interpretativa (Fallos: 241:267).
En cuanto a lo demás expresado en el recurso extraordinario, cabe tener presente que la apelación del art.
117 de la ley 17.245 sólo acuerda a los jueces competencia para examinar si las resoluciones de las
universidades nacionales se adecuan a las disposiciones de aquella ley y de los respectivos estatutos.
Luego, no son atendibles los argumentos del apelante enderezados a sostener que su conducta no pudo dar
lugar a la sanción que le fue impuesta, pues tal orden de impugnaciones exceden el ámbito dentro del cual es
posible la revisión judicial de los actos administrativos, entre ellos los emanados de autoridades universitarias,
que comprende, por vía de principio, el control de su regularidad y no el de la conveniencia, el acierto o la
equidad de las medidas adoptadas por funcionarios competentes en ejercicio de atribuciones legales (Fallos:
166:264; 172:396; 177:169; 238:183; sentencias en autos "Kuanir" y "Caletti", ya citados, entre otros).
El eventual acogimiento, como excepción a tal principio, de agravios de la naturaleza indicada, hállase
pues condicionado a la cabal demostración de que lo actuado en sede administrativa es impugnable por razón
de manifiesta arbitrariedad, requisito que, según entiendo, no se cumple en el presente caso.
No satisface dicha exigencia, en efecto, la invocación del estado de necesidad, pues lo manifestado sobre
ese particular no acredita que el apelante se haya visto impedido de cumplir la formalidad que, según las res.
247/68 y 2164/68, le era exigible, esto es, la de informar al Decanato sobre los acontecimientos que el día 26
de agosto de 1968 impidieron el funcionamiento de la cátedra, solicitando en todo caso la adopción de
medidas que hubiera estimado útiles para superar esa situación, en lugar de limitarse, como lo hizo, a notificar
a la mencionada autoridad que por decisión propia se habían suspendido las actividades docentes hasta tanto
fueran nuevamente organizadas, o sea, por término indefinido.
Llegado a este punto, cuadra asimismo precisar que no es relevante para la absoluta descalificación de los
actos administrativos de referencia la circunstancia de que en ellos, como lo señala el tribunal a quo, haya
sido admitida la eficacia de las medidas arbitradas por el profesor titular en resguardo de los intereses
materiales de la cátedra. Tal juicio, obviamente, no es incompatible con la conclusión, ínsita en las mentadas
resoluciones, de que una vez superada la urgencia de los primeros momentos aquél debió procurar los medios
para que la situación suscitada fuera oportunamente examinada por el Decano, como supervisor de las
actividades docentes en la facultad.
Finalmente, juzgo también inoperante, a los efectos arriba señalados, lo que en el memorial de fs. 85 se
expresa en orden a que las clases ya se habían regularizado a la fecha de la res. 288/68, por la que se apercibió
al apelante y se lo emplazó para que reiniciara el servicio docente a su cargo.
No encuentro que la indicada situación obste a estimar configurada la infracción formal que dio lugar al
mantenimiento de la sanción impugnada. Además, la ignorancia por el Decano de que las clases se habían
reanudado demostraría que no fue oportunamente informado de ello por el titular de la cátedra, lo cual, en
todo caso, vendría a corroborar el juicio de las autoridades universitarias acerca de que el doctor Amengual
desconoció, en su actuación posterior al episodio del 26 de agosto de 1968, la atribución que al Decanato
confiere el art. 45, inc. ¿), del Estatuto de la Universidad de Cuyo.
A mérito de las consideraciones precedentes, estimo, pues, que corresponda confirmar el fallo apelado.
Buenos Aires, noviembre de 1970. - Oscar Freire Romero.
Buenos Aires, febrero 24 de 1971.
Considerando: 1°. Que a raíz de la inundación registrada en distintas dependencias del servicio a su cargo,
el doctor Francisco Antonio Amengual, Profesor Titular de Clínica Ginecológica en la Facultad de Medicina
de la Universidad Nacional de Cuyo, ordenó la desocupación de los ámbitos afectados para preservar los
bienes de la cátedra y facilitar las reparaciones oportunas, como así suspender la actividad docente que allí se
impartía, mientras durase la situación de emergencia. De tales circunstancias no dio cuenta, en el día, al
Decano de la Facultad, según nota 2933, del 26/8/68, que luce a fs. 1 del expediente 7-390 adjunto.
2°. Que por res. 238, del 9 de setiembre de 1968, vista la nota de referencia, el Decano resolvió apercibir
al doctor Amengual, previniéndole que en el caso de incurrir nuevamente en hechos similares, "le serán
aplicadas sanciones más severas". Se le emplazó asimismo para que en el término de 24 horas arbitrase las
medidas necesarias a fin de reiniciar la actividad docente y se dispuso poner en conocimiento de los demás
profesores titulares la decisión adoptada (fs. 2/3, ídem).
3°. Que, desestimado por el Decano un pedido de revocatoria por res. 247/68, el doctor Amengual ocurrió
por vía jerárquica ante el Rector de la Universidad, quien a su vez desestimó el recurso y confirmó lo decidido
por el Decano, mediante la res. 2164 del 12 de noviembre de 1968 (fs. 25/26, ídem). Interpuesto, entonces, el
recurso que contempla el art. 117 de la ley 17.245, la Cámara Federal de Mendoza lo declaró improcedente
(fs. 17/18 del principal), decisión que fue dejada sin efecto por esta Corte Suprema, llamada a pronunciarse
por vía del art. 14 de la ley 48 (fs. 60/61, ídem). En consecuencia, los autos volvieron al tribunal de origen,
para que se dictase nuevo fallo que se hiciese cargo del fondo del asunto.
4°. Que, en cumplimiento de lo ordenado, la Cámara Federal de Mendoza, por mayoría, confirmó a fs.
65/67 la res. 2164/68 del Rectorado de la Universidad de Cuyo, confirmatoria, como antes se dijo, de la res.
238/68 del Decano de la Facultad de Medicina. Y vuelven ahora los autos a esta Corte Suprema, a raíz del
nuevo recurso extraordinario que contra aquel pronunciamiento interpone el doctor Amengual a fs. 71/78 y
concede la Cámara a quo a fs. 79.
5°. Que el recurso se funda en la violación de la garantía que consagra el art. 18 de la Constitución
Nacional. Se aduce -entre otros argumentos- que el fallo apelado, en cuanto admite la verdad de la emergencia
que determinó la conducta del doctor Amengual -cuyas disposiciones se reconocen como necesarias y
oportunas- manteniendo, no obstante, la sanción aplicada por la Universidad, es autocontradictorio y no puede
estimarse derivación razonada del derecho vigente.
6°. Que es exacto que la Cámara Federal -como antes el Rector de la Universidad de Cuyo en la
resolución que viene a confirmarse- no cuestiona la emergencia ni la sana intención del apelante. La Cámara a
quo reproduce, en efecto, los términos explícitos de la resolución del Rectorado, según la cual "no existen
dudas sobre la buena fe del profesor ni de la realidad de los acontecimientos, reconociéndose las medidas
preventivas tomadas por el doctor Amengual ante ellos en resguardo de los intereses materiales de la
cátedra...". Pero agrega que la autoridad universitaria considera que la suspensión de la actividad docente que
se desarrollaba en el servicio debió cumplirse llenando la formalidad previa de una solicitud e informando
sobre la emergencia, pues incumbe al Decano y no al Profesor Titular, disponer una medida de ese carácter.
7°. Que, sin perjuicio de los extremos de derecho que luego se analizan, resulta oportuno precisar la
entidad material de los hechos que dan pie a la sanción que se cuestiona, porque es obvio que la autoridad se
consolida y el acatamiento se logra naturalmente merced a un ejercicio razonable de las atribuciones que
confiere la ley; y porque es obvio también que la pertinencia de una sanción, así como la magnitud con que
agravia o la eficacia con que corrige, está en relación directa con la personalidad del sancionado, con la índole
de su función y, desde luego, con el celo y la buena fe o el descuido y la malicia que quepa asignar a su
conducta.
8°. Que este Tribunal, en reiterados pronunciamientos, ha declarado que las decisiones de las
Universidades Nacionales en el orden interno, disciplinario y docente, no son susceptibles, como principio, de
revisión por los jueces (Fallos: 235:337; 238:183; 239:13; 240:440; 251:276; 267:450). Tal principio, empero,
como lo señala el Procurador Fiscal a fs. 106 vta., cede cuando lo actuado en sede administrativa es
impugnable por razón de manifiesta arbitrariedad.
9°. Que, además, con arreglo a la jurisprudencia de esta Corte, un pronunciamiento judicial es susceptible
de descalificación cuando, debiendo fundarse en la norma vigente y en los hechos acreditados de la causa,
adolece de notoria autocontradicción (doctrina de Fallos: 261:209 y 263).
10. Que la apuntada exigencia de fundamentación mínima y coherente es extensible a los actos
administrativos que imponen sanciones disciplinarias en el ámbito universitario, aun cuando ellas no importen
el ejercicio de la jurisdicción represiva ni el poder ordinario de aplicar penas, y no obstante no regir, a su
respecto, los principios generales del Código Penal ni los del ordenamiento ritual correlativo (Fallos: 256:97;
261:118).
11. Que, a la luz de la recordada doctrina, esta Corte considera que, en la especie, es autocontradictoria -
tanto en la resolución del Rectorado como en la sentencia recurrida- admitir la emergencia, la necesidad de
una conducta, la idoneidad de los remedios arbitrados y la buena fe del autor -Profesor Titular y Jefe de un
Servicio médico-, para concluir que ello no exime de sanción en punto a la suspensión parcial de la actividad
docente que se cumplía "in situ", aun cuando ésta derive de la anotada y súbita imposibilidad material.
12. Que si bien es cierto que el Estatuto de la Universidad Nacional de Cuyo otorga al Decano facultades
disciplinarias y puede inferirse que, de modo implícito, le confiere, entre otras, la atribución de suspender las
clases, ello no puede entenderse en desmedro de las prerrogativas propias de un Profesor Titular y Jefe de
Servicio, quien, de acuerdo con lo dispuesto expresamente por el art. 70 de dicho ordenamiento, tiene a su
cargo la dirección de la cátedra, correspondiéndole, por ende, organizar e impartir la enseñanza en
condiciones que la hagan viable y, sin duda, adoptar frente a una situación de emergencia y dando noticia de
ello a la superioridad -como aconteció en el "sub judice"-, las medidas urgentes que impongan las
circunstancias y que, si se reputan eficaces e idóneas -como lo estima, en el caso, el tribunal a quo-, no
pueden al mismo tiempo revestir el carácter de una transgresión a la disciplina, merecedora de sanción, según
se dice en el pronunciamiento recurrido.
13. Que contribuye a abonar la solución que se propugna en la presente, la circunstancia de que no conste
en autos que se haya requerido en momento alguno el informe del Profesor Titular o del Director del
nosocomio, tanto más necesario si se advierte que, a más de sancionarlo, se intima al primero la reanudación,
en el término de 24 horas, de una tarea docente que ya había sido reanudada, sin verificar los pormenores y el
lapso de la interrupción producida, ni establecer si las condiciones del medio físico obstaban de algún modo al
cumplimiento de la intimación. A lo que cabe añadir que tampoco resulta de los obrados que, frente a la nota
cursada por el Profesor Titular el mismo día de la emergencia, el Decano haya puesto en acción las facultades
que le son propias para proveer inmediatamente, por sí, a la superación del estado de cosas que daría pie a su
medida disciplinaria.
14. Que no obsta a lo expuesto la discriminación formal que formula el a quo entre los términos que debió
observar una solicitud de suspensión dirigida al Decano y los que se emplean en la nota glosada a fs. 1 del
expediente adjunto. Tal distinción carece de base desde que en la aludida nota el apelante se limitó a poner en
conocimiento de su superior jerárquico una derivación fáctica de la emergencia acaecida en el local donde
funciona la cátedra, con expresiones que, ni siquiera de modo implícito, significaban desconocer o soslayar
las atribuciones privativas de la autoridad universitaria. La pretensión de fundar la sanción que se cuestiona en
dicha discriminación, comporta, pues, un exceso ritual manifiesto, reñido con la necesidad de acordar
primacía a la verdad jurídica objetiva, que es concorde con el adecuado servicio de la justicia y compatible
con la garantía del art. 18 de la Constitución Nacional (Fallos: 238:550; 247:176; 253:133; 254:311; 268:71 y
otros).
15. Que, por el mérito de todo lo expuesto, la sentencia en recurso debe ser dejada sin efecto, por no
constituir derivación razonada del derecho vigente, con aplicación a las circunstancias comprobadas de la
causa (Fallos: 234:82; 236:27; 238:550; 244:521 y 523; 249:276; 261:209; 262:144; 268:186, entre otros),
resultando, por ende, inoficioso considerar los demás agravios formulados en el escrito de fs. 71/78, y como
se dan en autos circunstancias que indican la conveniencia de un prolongar la sustanciación de estas
actuaciones, la Corte estima que los fundamentos precedentemente reseñados autorizan a ejercer la facultad
acordada por el art. 16, segunda parte, de la ley 48 y, en su mérito, a resolver el fondo del asunto revocando el
fallo de fs. 65/67 y declarando la ilegitimidad de las decisiones administrativas obrantes a fs. 2/3 y fs. 25/26
del expediente adjunto A. 7-390.
Por ello, habiendo dictaminado el Procurador Fiscal, se revoca la sentencia de fs. 65/67, declarándose la
ilegitimidad de las resoluciones administrativas obrantes a fs. 2/3 (238/68, del Decano de la Facultad de
Ciencias Médicas) y 25/26 (2164/68, del Rector de la Universidad Nacional de Cuyo), en el expediente
adjunto A. 7-390, por las que se apercibió al apelante. Con costas. - Eduardo A. Ortiz Basualdo. - Roberto N.
Chute. - Marco A. Risolía. - Luis C. Cabral. - Margarita Argúas.

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