Está en la página 1de 3

SALVANDO A MAMA ANKI

Al salir de la escuelita del pueblo, los niños se dirigían rumbo a casa jugando con la pelota de
plástico. Con sus piececitos maltratados por el frío y quemados por el sol, hacían miles de figuras
en el camino. Le daban duro a la bola pequeña, haciendo bromas y riendo como locos.

Por la ruta, en una casa con techo de paja, vivía doña Anki, una pobre anciana, abandonada a su
suerte y olvidada por sus hijos. Los comuneros que la veían de vez en cuando decían que tenía
un genio de diablo, y por miedo no se acercaban a ella. Pero, en realidad, era una mujer muy
generosa, se ganó con rapidez el cariño de los pequeños viajeros, y cada vez que pasaban por
allí, les convidaba un poco de mote o cancha. Con su voz suave solía decir:

- Niños, coman, que todavía queda largo por caminar.

Los muchachos cómo disfrutaban de la comida, aunque no era suficiente para saciar el hambre
que los castigaba. Sabían que les faltaba mucho para llegar al dulce hogar.

Una tarde mientras la bola hacía su trabajo de costumbre, el viento enrabió, se alzó metros
arriba haciendo remolino, parecía el propio demonio en persona. Los árboles silbaban
enérgicamente dejando volar sus hojas de otoño.

Los muchachos sintieron mucho miedo en el corazón, buscaron refugiarse en la casa de mama
Anki, pero el viento no se los permitió; quedaron tendidos en el suelo, esperando que pasara el
terrible momento.

Después de un largo rato, cuando ya se respiraba un poco de calma, se levantaron mareados y


vieron que humeaba la casa de la anciana.

¡Mama Anki! - gritó Rafael, desesperado.

¡Noooooooo!¡Está en peligro! – replicó Mario.

¡Vamos por ella! - Acotó Juan.

Sin pensarlo los muchachos valientes fueron a rescatarla. Al pasar por la puerta les cayó un palo
con fuego. La casa por dentro ardía , y doña Anki estaba en un rincón atrapada confundida con
el humo. Cómo sollozaba la pobre mujer. Los niños no podían avanzar más, el fuego crecía a
cada instante. Había que tomar el toro por las astas. No había mucho que discutir, el tiempo
apremiaba y la vida de la anciana también.

Salieron como rayo del interior de la casa, se metieron en el fango asqueroso que había cerca.
Pensaron que húmedos serían inmunes al fuego. Los tres hombrecitos de barro enfrentaron al
monstruo rojizo que los golpeaba con sus lenguas quemantes. Sólo sentían que algo se secaba
en sus cuerpos, parecían robots. Irrumpieron la casa y la encontraron aún con vida, aunque un
poco asfixiada. La cubrieron con un camapuncho mojado lo más rápido que pudieron y
escaparon del infierno terrenal a toda prisa. De lejos con una tristeza doliente todos miraban
cómo se quemaba el hogar de la mujer que les daba de comer. Ella ya no estaría allí, sus
estómagos llorarían de hambre. Ya nada sería igual.
La noche se asomaba tan rápido, los niños qué más podrían hacer. Mama Anki no podía caminar,
estaba muy débil. Si la abandonarían, ella moriría y todo sacrificio habría sido en vano. Entonces
acordaron quedarse juntitos, acurrucados para mantener el calor y no enfermar. Solo quedaba
esperar y esperar.

En la casa de los chiquillos había un desconcierto total, una desesperación sin límite; sus padres
que recién habían llegado de la chacra estaban siendo torturados por pensamientos temerosos,
no sabían que hacer, caminaban de aquí para allá preguntado a los vecinos si los habían visto.

-No lo he visto, aunque he escuchado que la gente anda diciendo que pasaron por allí unos
hombres desconocidos medio raros con caballos – dijo algún habitante. Se les paralizó el cuerpo
al oír esta noticia.

El camino hacia la escuela en horas de la noche era muy peligroso, nadie se atrevía a pisarlos
porque supuestamente allí, penaban las almas de los difuntos que no recibieron el perdón de
Dios y, quienes tenían la mala suerte de toparse con ellas, morían. Los padres estaban
angustiados al no saber nada de sus hijos.

Con un crucifijo en el cuello y látigo en mano, despidiéndose de sus esposas, llevando mecheros,
partieron en busca de sus pequeños, con las esperanzas de encontrarlos vivos, y volver sanos y
salvos. Todo estaba oscuro, la luna no había salido esa noche, parecía conspirar contra ellos.
Avanzaron poco a poco escuchando sonidos raros, voces delirantes. A cada instante como nunca
se encomendaban al Divino Creador. Caminaban gritando el nombre de sus hijos:

- ¡Rafaeeeeeeeeeeeeeeeeeeeel!
- ¡Marioooooooooooo!
- ¡Juaaaaaaaaaaaaaan!

Los niños se habían quedado dormidos y entre sueños escucharon sus nombres, y pensaron que
eran algunas almas que venían a llevárselos. Doña Anki no podría protegerlos, estaba
inconsciente. Las voces confundidas se repetían cada vez más fuerte, y los pequeños se pusieron
a gritar llenos de pavor:

- ¡Auxilioooooooooooo!
- ¡Ayúdennos, por favor!

Los padres escuchaban voces tormentosas, intentaron mantener la calma, era inútil hacerlo, el
miedo ya había invadido sus cuerpos. Cayeron de rodillas y no pudieron seguir. Imaginaron muy
cerca la muerte. Estaban tan cerca de sus hijos, pero la duda los alejaba a cada instante.

Inmediatamente, todos hicieron silencio esperando que los rayos del sol aun los hallara con
vida. No durmió nadie esa noche.

Por fin amaneció, padres e hijos salieron de su escondite lentamente, se miraron con un poquito
de desconfianza, se reconocieron, se abrazaron y lloraron intensamente.
Los niños contaron lo sucedido. Llevaron a mama Anki a la posta más cercana y construyeron
una nueva casa para ella.

Pasado algunos días, los pequeños héroes, en la escuelita del pueblo a la hora de la formación,
narraron lo que les había pasado. El director, por el acto solidario que hicieron, los felicitó con
medallas y les obsequió un balón de verdad.