Está en la página 1de 116

Historia Oral y militancia política en

México y en Argentina

Gerardo Necoechea Gracia


Mariana Mastrángelo
Edna Ovalle Rodríguez
Patricia Pensado Leglise
Anna Ribera Carbó
Cristina Viano

Colección Palabras de la Memoria

Programa de Historia Oral

Buenos Aires, 2008

3
Programa de Historia Oral
Historia Oral y militancia política en México y en
Argentina. 1ª ed. Buenos Aires : El Colectivo, 2008.
156 p. ; 21 x 15,5 cm.
ISBN 978-987-1497-09-6
1. Ciencias Sociales . I. Título

Diseño de tapa y diagramación:


Editorial El Colectivo
www.editorialelcolectivo.org
editorialelcolectivo@gmail.com

Impreso en:
Cooperativa Gráfica El río suena
graficaelriosuena@gmail.com

4
FACULTAD DE FILOSOFIA Y LETRAS
UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES

Decano
Hugo Trinchero
Vicedecana
Ana María Zubieta
Secretaria Académica
Leonor Acuña
Secretario de Investigación y Posgrado
Claudio Guevara
Secretario de Supervisión Administrativa
Jorge Vladisauskas
Secretaria de Extensión Universitaria y Bienestar Estudiantil
Reneé Girardi
Secretario General
Jorge Gugliotta

Subsecretario de Publicaciones
Rubén Calmels
Prosecretario de Publicaciones
Jorge Winter
Coordinadora Editorial
Julia Zullo

Consejo Editor
Alejandro Balazote
María Marta García Negroni
Susana Romanos de Tiratel
Susana Cella
Myriam Feldfeber
Diego Villarroel
Adriana Garat
Marta Gamarra de Bóbbola

Programa de Historia Oral


Sección de Etnohistoria
Instituto de Ciencias Antropológicas
Director del Instituto: Dra. Mabel Grimberg
Directora de Sección: Dra. Ana María Lorandi
Director del Programa: Dr. Pablo A. Pozzi
5
Comité editorial

Liliana Barela
(Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires
y Asociación de Historia Oral de la República Argentina)

Josefina Cuesta
(Universidad de Salamanca)

Ana María de la O Castellanos Pinzón


(Universidad de Guadalajara)

Eugenia Meyer
(Universidad Nacional Autónoma de México)

Gerardo Necoechea Gracia


(Instituto Nacional de Antropología e Historia, México)

Pablo Pozzi
(Universidad de Buenos Aires, Programa de Historia Oral)

Alejandro Schneider
(Universidad de Buenos Aires, Programa de Historia Oral)

Miguel Galante
(Universidad de Buenos Aires, Programa de Historia Oral)

Lorena Almeida Gill


(Universidade Federal de Pelotas – Brasil)

Meri Frotsher
(Laboratório de Pesquisa Práticas Culturais e Identidades,
Universidade Estadual do Oeste do Paraná – Unioeste,
Campus de Marechal Cândido Rondon – Paraná – Brasil)

Rachel May
(University of Washington-Tacoma)

6
Índice

Continuidad, ruptura y descubrimiento en el encuentro con la


política de izquierda: memorias de militancia en México, 1950-
1970.
Patricia Pensado Leglise y Gerardo Necoechea Gracia ….....…………9

Militancia anarcosindicalista mexicana en la mirada de Esther


Torres.
Anna Ribera Carbó ……………………………………………...……….. 31

Cultura y Política en el interior de la Argentina. La memoria de


los comunistas en las décadas de 1930 y 1940 y la formación
de una tradición obrera.
Mariana Mastrángelo ………………………………………………………41

Mujeres y movimientos sociales: un acercamiento a Madres de


Plaza de Mayo desde una historia de vida.
Cristina Viano …………………………………………………....……… 61

Autorepresentación y Militancia Política en Mujeres de los


Años Setentas.
Edna Ovalle Rodríguez …………………………………………...………83

Historia, género y memoria: las mujeres en los cortes de ruta


en la Argentina.
Andrea Andujar …………………………………..………………...………95

7
Continuidad, ruptura y descubrimiento
en el encuentro con la política de iz-
quierda: memorias de militancia en
México, 1950-1970.
Patricia Pensado Leglise*
y Gerardo Necoechea Gracia**

Los treinta años entre 1958 y 1988 estuvieron marcados por movi-
mientos que desafiaron el dominio conservador que el Partido Revolu-
cionario Institucional impuso en el gobierno de México desde la segun-
da guerra mundial. Entre las huelgas obreras de 1958 y el movimiento
estudiantil de 1968, alcanzaron la madurez hombres y mujeres que
participaron en la continua insurgencia contra un régimen calificado
de injusto, autoritario, y corrupto. Su politización ocurrió en el contex-
to de huelgas y movilizaciones de obreros, campesinos y estudiantes.
También influyeron las revoluciones, movimientos de liberación nacio-
nal y guerrillas que sucedieron sobre todo en África, Asia y América
Latina. De hecho fue común en esos años despreciar el activismo polí-
tico en México por ser remedo de lo que sucedía en el mundo. Esa fue
una entre otras interpretaciones que consideraban que los movimien-
tos de oposición eran de alguna manera extraordinarios y ajenos a los
procesos sociales que atravesaban el país. Por esa razón nos parece
importante indagar sobre cómo ocurrió la politización de quienes mili-
taron en la oposición de izquierda. Nos interesa en particular entender
la decisión de actuar en el espacio público y el peso relativo que en ella
*
Programa de Historia Oral, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, México.
**
Dirección de Estudios Históricos, Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.

9
tuvieron las relaciones individuales frente a los compromisos ideológi-
cos. Vista desde esta perspectiva, aunque monumental en sus conse-
cuencias, la decisión de militar surgió de la lógica de la vida cotidiana.
La militancia de izquierda, en todas sus variaciones, fue parte inte-
gral de los procesos que caracterizaron a la sociedad mexicana entre
los años de posguerra y el fin de la guerra fría. Para los fines de este
trabajo mencionaremos sólo cuatro de esos procesos. En primer lugar,
la política económica de posguerra, orientada hacia el crecimiento in-
dustrial y el fomento de la economía de mercado. En consecuencia,
quedaron descobijados los campesinos dedicados a la agricultura de
subsistencia, mayoría de la población, relativamente favorecidos por la
reforma agraria impulsada entre el fin de la revolución de 1910 y el
gobierno de Lázaro Cárdenas en la década de 1930. En segundo lugar,
los procesos paralelos de migración del campo a la ciudad y urbaniza-
ción, acelerados por la pauperización rural y la expansión del mercado
de trabajo en la industria urbana. El crecimiento desequilibrado de
unas pocas metrópolis creo presiones extraordinarias, no sólo de vi-
vienda, servicios y trabajo, sino de inclusión política. Al mismo tiempo,
la bonanza industrial incentivó la lucha sindical por mejorar salarios y
condiciones de trabajo. Esta lucha a su vez condujo a los sindicalistas
de base a confrontar el corporativismo y la ausencia de democracia en
los sindicatos. En tercer lugar, las políticas de bienestar social, aunque
limitadas, afectaron positivamente a una pequeña capa de profesionis-
tas y empleados, de obreros e incluso de campesinos, cuyos hijos in-
gresaron a la educación superior. El clima de optimismo, de confianza
en el progreso tenía una cierta base material en la experiencia, además
de ser un discurso repetido en toda ocasión. Por último, a pesar de los
buenos deseos y los esfuerzos, el estado no logró consolidarse de ma-
nera que la sociedad mexicana fue violenta a través del siglo. A la paz
de los sepulcros lograda por Porfirio Díaz a finales del siglo XIX le si-
guió la revolución de principios del XX, seguida a su vez por diferen-
cias políticas que engendraron numerosas rebeliones armadas desde la
década de 1920 hasta e incluyendo la década de 1970.1 En el contexto
de estos procesos, no es extraño que un grupo de hombres y mujeres
decidiera que la utopía del futuro había de fundarse hoy, y que el cam-
bio requería de una nueva revolución.
Los testimonios que hemos recogido en nuestra investigación vienen
de unos pocos de estos hombres y mujeres. La atención la centramos
en el episodio del encuentro con la política y el inicio de la militancia.
La investigación es más amplia, y los testimonios también, pero no nos
1
Para una síntesis del periodo, ver Ilan Semo. El ocaso de los mitos (1958-1968). México, Alianza Edito-
rial Mexicana, 1989; Héctor Aguilar Camín y Lorenzo Meyer. A la sombra de la revolución mexicana.
México, Cal y Arena, 1989; Luis Medina Peña. Hacia el nuevo estado: México, 1920-1993. México, Fondo
de Cultura Económica, 1994.

10
referiremos a ella ahora.2 En cambio si es importante asentar algunas
características de los entrevistados. Debido a nuestros intereses en la
investigación, decidimos no entrevistar a quienes actualmente ocupan
cargos políticos o puestos de liderazgo en alguna organización. Ade-
más, no es nuestro propósito hacer la historia de una organización de
manera que los entrevistados militaron en distintas agrupaciones.
Nuestros entrevistados nacieron dentro de una franja temporal que va
de alrededor de 1940 a más o menos mediados de 1950. Forman en
ese sentido lo que los demógrafos denominan una cohorte, y adquieren
sentido de generación por los sucesos vividos y las referencias compar-
tidas. Estas últimas pasan por el escenario global de la guerra fría, en
particular los años entre el triunfo de la revolución cubana en 1958 al
golpe de estado en Chile en 1973. Todo ello conforma la experiencia
que hace de estos individuos al parecer inconexos, una generación, y
en consecuencia podemos conectar, comparar y analizar sus testimo-
nios como evidencia del periodo.
Por otra parte, la evidencia del recuerdo no es la experiencia dire-
cta. En el proceso de análisis, examinamos la producción del recuerdo
en el momento de la entrevista y la fuerte influencia de la situación
presente. En tanto el recuerdo es selectivo, indagamos también sobre
los filtros que operan en la selección y nos refieren a procesos cultura-
les que conforman una manera de ver el mundo. Abordamos la memo-
ria a través de este trabajo analítico, es decir, de manera crítica y no
para meramente reproducirla.
Por esta razón, en este artículo, abordamos primero la manera de
narrar lo que denominamos el episodio del encuentro con la política,
para después situar esas narraciones en contexto histórico. Encon-
tramos tres distintos moldes narrativos en los testimonios que usa-
mos. Uno resalta la continuidad de una tradición familiar, de manera
que la historia política del sujeto inicia con los padres o los abuelos.
Otro, y en marcado contraste, define un corte tajante entre un antes y
un después en oposición, y presenta el encuentro con la política como
el evento determinante de su cambio. El tercero es similar al relato de
viaje, la travesía de descubrimiento del mundo y de transformación del
individuo que relata. Finalmente, a partir de similitudes y diferencias
en los testimonios, indagamos sobre las relaciones que fueron deter-
minantes en la decisión de militar y en las expectativas a través de las
2
Ver Patricia Pensado L. “¡A cambiar la vida! Historias de vida de militantes en los años 70.” Ponen-
cia presentada en el 2do Encuentro Internacional de Historia Oral, 1er Encuentro Nacional de Historia
Oral, ciudad de Panamá, Panamá, 29-31 de enero, 2007; Gerardo Necoechea G., “La militancia de iz-
quierda en las décadas de 1960 a 1980: el encuentro con la política.” Ponencia presentada en el ya citado
encuentro de Panamá. Versiones anteriores del presente artículo fueron presentadas en el VII Congreso
Internacional de Historia Oral, Guanajuato, México, agosto 29-31, 2007 y VIII Encuentro Nacional, II Con-
greso Internacional de Historia Oral, Buenos Aires, Argentina, octubre 3-5, 2007; agradecemos a los asis-
tentes sus preguntas, críticas y comentarios.

11
cuales fue interpretada la experiencia. La revisión que hacemos arroja
problemas que requieren mayor investigación, y no es nuestro propósi-
to todavía ofrecer respuestas contundentes. Pero el episodio del en-
cuentro con la política resulta clave para entender porque determina-
dos individuos tomaron la decisión de volcar su existencia hacia la
práctica de la militancia política de izquierda.

II
Adolfo y Amelia provienen de familias de inmigrantes españoles.
Sus padres y madres salieron de España después de que los republi-
canos fueron derrotados en la guerra civil y de que el presidente mexi-
cano Lázaro Cárdenas les ofreciera refugio. Ambos crecieron en un
ambiente coloreado por las elecciones políticas de los padres y rodea-
dos de una red social producto de las circunstancias de exilio. Ya jóve-
nes, trabaron relaciones fuera de esos confines con intelectuales, artis-
tas y militantes rojos, nacionalistas o liberales. La herencia familiar no
fue imposición ni accionar mecánico de las elecciones de sus mayores.
El legado consistió en un estilo de vida que orientó sus relaciones,
ideas y acciones.
Adolfo reflexionó sobre la influencia de ese legado en su vida:

“En ese ambiente familiar, cultural próximo a la república española, es decir


muy vinculado a la idea de resistencia antifascista, de la necesidad de recuperar
valores, tradiciones de la república española. Pero al mismo tiempo, por mi
propio carácter o como fuera, o por la actitud de mis padres, desde muy chico
me vinculé de manera muy natural al entorno mexicano en el que vivía. […]
Entonces vivía entre el Colegio Madrid, que era un colegio español republica-
no, con mis amigos, y la vida en la calle, en el barrio, que era intensa, por decir-
lo de alguna manera, aventurada para mi pequeña edad. […] Tuve una infancia
muy plena y muy interesado por la vida natural, la naturaleza, la de un niño
normal. Pero con el atributo además de ser hijo de una inmigración, claro,
condicionó de alguna manera mis posteriores inclinaciones políticas. […] Mi
padre no solía hablar de sus cosas, de la filosofía, de la poesía, porque entonces
era poeta, es decir no hablaba tanto de su trabajo. Pero los comentarios coti-
dianos pues iban fijando una actitud, sobre todo una actitud ante la vida que
fue lo que finalmente absorbimos nosotros los hijos.”3

Amelia refiere lo mismo pero no a modo de reflexión sino de una


breve descripción. En un momento de su vida estaban entretejidas la
cotidianeidad de ver la televisión con la convivencia con otros hijos de
exiliados españoles y el ir y venir de quienes iban “al bote,” es decir, a
la cárcel a visitar a los presos políticos del movimiento estudiantil de
3
Entrevista a Adolfo Sánchez Rebolledo realizada por Patricia Pensado, Jiutepec, Morelos, 7 de sep-
tiembre de 2005.

12
1968. Esa convivencia, a su vez, la situó dentro del grupo que fundó la
revista Punto Crítico, publicación que jugó un importante papel en la
política de izquierda durante las décadas de 1970 y 1980. Cabe añadir
que también Adolfo fue miembro fundador de la revista.

“Entonces yo llego porque . . .porque conocía yo a la gente. Cuando la gente


del sesenta y ocho estaba en el bote yo iba mucho a casa de Carlos Imaz y Beti
Gispert de aquella época, y los domingos la Beti se iba al bote a ver a los com-
pas y regresaba. Yo andaba por ahí, y regresaban con la Chata Campa, la mujer
de Raúl, y bueno, ahí nos fuimos conociendo y así. Después conocí también
allí a un primo de Raúl en el mundial de fútbol, que iban, ellos no tenían televi-
sión. Alejandro iba a casa de Carlos y Beti a ver el fútbol, entonces ahí nos co-
nocimos con Alejandro y trabajamos un tiempo. Todavía estaban en el bote, en
el Comité de Lucha de [la Facultad de] Ciencias y estas cosas. Y cuando se fun-
da la revista, yo soy del grupo fundador porque a mí me jalan para hacerme
cargo, un poquito de la parte administrativa y de esto de la revista. Yo pues era
muy chava [joven] y eso, pero participé en definir cual era . . .estaba en las reu-
niones de cómo se iba a llamar.”4

El testimonio de Edmar es distinto. Su recuerdo procede como des-


enmarañando, buscando las continuidades, sin duda porque sus raí-
ces familiares son un estudio en contrastes. Nació hacia mediados de
siglo y vivió en un barrio popular en el corazón de la ciudad de México,
hasta que su familia lo llevó a vivir a la entonces orilla sur de la ciu-
dad, en Coyoacán. El abuelo paterno era ministro en la iglesia anglica-
na, el materno era masón. Ambos compartían su antipatía por la igle-
sia católica. El abuelo materno provenía de una familia de rancheros
liberales, que combatieron en el ejército juarista contra la invasión
francesa. La familia materna era criolla y la paterna mestiza (la bis-
abuela era mixteca). Sus hijos, los padres de Edmar, estudiaron en la
ciudad de México. El papá de Edmar fue empleado federal, en el tribu-
nal fiscal, activista y dirigente sindical. La mamá fue una mujer de
trabajo antes del matrimonio, y entre múltiples y poco convencionales
empleos, trabajó con el fundador del Instituto Politécnico Nacional,
Ruiz Massieu.5 A través de la entrevista, Edmar reflexiona sobre lo que
hay de su familia en él.

4
Entrevista a Amelia Rivaud Morayta realizada por Gerardo Necoechea Gracia, Ciudad de México, 26
de enero de 2006. Punto Crítico fue fundada en el año de 1972; Raúl es Raúl Alvarez Garín, importante
dirigente estudiantil, que fue miembro del Partido Comunista Mexicano antes de fundar la revista, y dele-
gado por el Instituto Politécnico Nacional al Consejo Nacional de Huelga en 1968; los comités de lucha
eran los núcleos de organización más pequeños en la estructura del Consejo Nacional de Huelga, y que
en muchas escuelas continuaron después de levantada la huelga.
5
El Instituto Politécnico Nacional fue la institución de educación superior emblemática de la presiden-
cia de Lázaro Cárdenas, porque favoreció la educación científica y técnica, y la inclusión de estudiantes
de bajos ingresos, a diferencia de la educación clásica y de elite que se impartía en la Universidad Nacio-
nal Autónoma de México.
13
“Por ese lado, la familia de mi mamá tenía mucha cultura de lectura, era gente
ilustrada, le gustaba mucho leer y gente autodidacta. Tenía mucho esa actitud
de formarse, aprendiendo a leer y escribir, a hacerle todo un trabajo por cuenta
propia sin esta idea de los títulos ni nada. Entonces como que esa carga viene y
esa carga es un tanto subconsciente, y uno la va descubriendo con las experien-
cias de la vida, la va haciendo uno consciente.”

Posteriormente encuentra cómo su pensamiento político deriva de


los preceptos aprendidos con los abuelos.

“Pero yo creo algo de continuidad en ethos. […] Yo me convierto al socialismo


desde un ethos cristiano, y en el fondo toda mi militancia es la de un francisca-
no de la lucha social. Ahí hay un puente. No, yo no pude haber asumido mi
convicción socialista sin ese ethos cristiano, sí, eso a mí me queda totalmente
claro. Cuando yo renuncio al ethos cristiano pues renuncio al socialismo.”

Cómo llegó a esta conclusión, cómo hizo conciente la carga sub-


consciente, aparece descrito en su recuerdo de la huelga de maestros
que ocurrió cuando estaba en segundo o tercero de primaria. En diálo-
go con sus padres tiene su primera lección de política, y lo que observa
lo lleva a la indignación y a conclusiones sobre qué hacer en el mundo.

“¿Por qué cerraron la escuela primaria?


Cerraron la escuela primaria porque los maestros se fueron a huelga.
¿Por qué se fueron a huelga?
Se fueron a huelga porque están pidiendo mejores salarios, mejores condicio-
nes laborales, porque los maestros no están bien pagados.
¡Ah! Mi maestra Tere no está bien pagada, mi maestra Consuelo no está bien
pagada, mi maestra Estela ¡no les pagan bien!
[. . .] Y de pronto hacen una reunión en el intermedio de la huelga, hacen una
reunión porque hay una represión muy fuerte. Balacean y apalean a los maes-
tros y agarran a un grupo de maestros normalistas. Entonces hacen una asam-
blea y la gente colabora, coopera, coopera para sostener el movimiento. Yo veo
a una de las maestras muy golpeada ¿verdad? Porque les remaron duro. Y en-
tonces yo me indigné. [. . .]
Fue un hecho vivencial y yo me quedé con ese gusanito ¿no? Cuando entro a la
secundaria obviamente me encuentro con otros compañeros y decidimos for-
mar un periódico y decidimos poner el primer periódico mural, para hablar so-
bre la Revolución Cubana, sí, y hablar sobre la crisis de los cohetes en el Caribe
y tomamos la sociedad de alumnos de la secundaria.”6

La huelga que recuerda Edmar ocurrió en la ciudad de México en


1958. Los maestros exigían un aumento salarial del 40 por ciento des-
6
Entrevista a Edmar Salinas Callejas realizada por Patricia Pensado Leglise, Ciudad de México, 20
de septiembre de 2005.

14
de 1956, aunque no habían hecho paro. A mediados de abril de 1958,
durante una de sus movilizaciones, fueron desalojados de la plaza cen-
tral, del Zócalo, por la policía. El Movimiento Revolucionario del Magis-
terio, que agrupaba a los opositores al sindicalismo oficial, realizó una
marcha unos días después. Los maestros del Distrito Federal, la sec-
ción IX del sindicato, acordaron parar labores, y el día último del mes
ocuparon los patios del edificio de la Secretaría de Educación Pública.
Recibieron el apoyo de otros sindicatos y de las familias de sus estu-
diantes. Al cabo de poco más de un mes, y habiendo negociado direc-
tamente con el secretario del presidente Ruiz Cortines, obtuvieron un
aumento de más o menos 20 por ciento. El 6 de junio celebraron una
gran marcha de agradecimiento a quienes apoyaron su lucha.7
El año de 1958, en México, fue especial para los sindicatos, los par-
tidos de izquierda y la vida política en general. Los trabajadores sindi-
calizados demandaron aumento salarial y democracia en sus sindica-
tos. En ocasiones llegaron al paro, en ocasiones sólo a la mesa de ne-
gociación pero todos obtuvieron parte del aumento salarial demanda-
do. La democracia interna, en cambio, no fue fácil de obtener. El en-
frentamiento mejor conocido ocurrió en el sindicato de trabajadores
ferrocarrileros, entre los líderes Valentín Campa, del Partido Comunis-
ta (PCM), y Demetrio Vallejo, del Partido Obrero Campesino (POCM) y
la dirección autoritaria y oficial del sindicato. Habiendo triunfado el
movimiento encabezado por los dos primeros, la lucha desencadenó la
represión violenta que culminó en el encarcelamiento de Campa, Valle-
jo y sus seguidores, y la represión generalizada que incluyó al PCM y al
POCM.8 El Partido Revolucionario Institucional, el partido de estado,
declaraba de esa manera su intolerancia frente a cualquier disidencia,
en particular aquella oposición que obstaculizara sus planes de desa-
rrollismo económico. Dentro del mismo campo del régimen posrevolu-
cionario, Cárdenas hizo pública su oposición y posteriormente partici-
pó en el Movimiento de Liberación Nacional, organización motivada por
la revolución cubana y la urgencia de la lucha antiimperialista.9 El na-
cionalismo revolucionario quedó dividido entre los políticos oportunis-
tas cada vez más conservadores y autoritarios y la débil ala de los car-
denistas que sin embargo inyectaban respeto y pasión a los movimien-
tos que la invocaban.
Adolfo, como Edmar, reconoce que estos acontecimientos influyeron
en su adquisición de una conciencia social y la toma de posición de
izquierda.

7
Antonio Alonso. El movimiento ferrocarrilero en México, 1958-1959. México, Era, 1972; pág. 105-
108; Semo, Ocaso, pág. 46-50.
8
Alonso, Movimiento, pág. 110-152; Mario Gil. Los ferrocarrileros. México, Extemporáneos, 1971; Ba-
rry Carr. La izquierda mexicana a través del siglo XX. México, Era, 1996; pág. 208-227.
9
Semo, Ocaso, pág. 65-69.
15
“Mi primer acercamiento con la lucha social fue ser testigo de las grandes ma-
nifestaciones de los trabajadores del magisterio y de los ferrocarrileros. Y luego
las luchas, las primeras luchas estudiantiles que me tocó presenciar. Era a cierta
distancia, como el movimiento, movimiento que se llamó camionero y fue una
acción de los estudiantes para impedir el alza de las tarifas, que se da en ese
contexto de movilización social y adquiere por primera vez también una con-
notación política que da a entender que está en marcha un nuevo movimiento
estudiantil.”10

Otros entrevistados también aludieron a ambos movimientos, el del


magisterio y el de los ferrocarrileros, de manera que posiblemente el
año de 1958 ocupa un lugar especial en el proceso de reconocer el es-
pacio público como el espacio para la acción política de oposición. Co-
mo sea, en los recuerdos de Adolfo y Edmar—indirectamente también
en el de Amelia, porque la Chata Campa era hija de Valentín Campa—
los movimientos de 1958 articulan su propia experiencia con la histo-
ria anterior, ya fuera desde la tradición Comunista ya desde la del na-
cionalismo revolucionario.
El testimonio de Raúl Florencio Lugo Hernández contrasta con los
anteriores precisamente en que introduce un punto de ruptura con el
pasado. También es distinto porque es un testimonio autobiográfico
escrito, que narra cómo el autor se incorporó a la guerrilla en el estado
de Chihuahua. Esta guerrilla es reconocida por muchos como la pri-
mera de corte socialista, y apareció al inicio de la década de 1960.
El testimonio abre significativamente cuando Raúl Florencio está en
la cárcel, escuchando en su celda un mitin que transcurre en la calle.
El autor aclara que su estadía en la cárcel no era por razones políticas
sino, lejos de ello, porque había caído en “salidas falsas, artificiales,
creadas por el enemigo,” y posiblemente se refiere a abuso del alcohol
o delincuencia menor.11 Cuando salió de la cárcel buscó a quienes pro-
testaban y se encontró con un grupo de campesinos que reclamaba
por la demora de las autoridades en resolver su petición de tierras. Es-
te grupo, para subrayar la urgencia y desesperación de su situación,
decidió invadir la propiedad de un latifundista local. Raúl Florencio se
unió al grupo. Invadieron una vez y desalojaron cuando se enteraron
que las tropas estaban por llegar al lugar. Invadieron una segunda y
una tercera vez, prometiendo en cada nuevo intento exhibir mayor fir-
meza frente a la aparición del ejército, y en correspondencia, la repre-
sión fue en aumento. Al final de la tercera invasión, cuando protesta-
ban el encarcelamiento de algunos participantes, Raúl Florencio pidió
la palabra y la maestra que se la concedió lo vio con desconfianza de-
10
Entrevista, Sánchez Rebolledo.
11
Raúl Florencio Lugo Hernández. El asalto al cuartel de Ciudad Madera, testimonio de un sobrevi-
viente. México, Universidad Autónoma Chapingo, 3ra. ed. 2006; pág. 23.

16
bido a su pasado licencioso. Sin embargo, cuando terminó de hablar,
la misma maestra le pidió que arengara con unos vivas a los dirigentes
y a México, y la concurrencia respondió con aplausos. “Mi participa-
ción fue de tal impacto que llegó hasta la ciudad de Chihuahua a oídos
del profesor Arturo Gámiz García quien estaba preso.”12
Para entonces Raúl Florencio había ya leído propaganda revolucio-
naria.

“El efecto causado por esta propaganda en mi persona fue un cambio radical
en mi vida; era como un mundo nuevo al cual me enfrentaba con una sola ar-
ma: el ansia de aprender y comprender, asimilando en lo posible las experien-
cias históricas de la lucha de clases.”13

El “cambio radical” señaló el antes y el después en la vida de Raúl


Florencio. Al poco tiempo subió a la montaña para unirse a la guerrilla
que Gámiz tenía poco de haber iniciado.
El testimonio autobiográfico de Raúl Florencio está escrito. El pro-
cedimiento de la escritura permite una reflexión que es en muchos
sentidos distinta a la que realiza un entrevistado para referir oralmente
sus recuerdos. Una característica es la mayor elaboración con el pro-
pósito de que la escritura sea inteligible. El relato de Raúl Florencio es
en este sentido un pasaje cuidadosamente manufacturado para
transmitir el sentido del suceso, apegándose a una forma narrativa
que es muy similar a los relatos de conversión religiosa. El protagonis-
ta inicia en el lado opuesto, en la antítesis del destino final. Una coin-
cidencia fortuita lo inicia en un viaje de purificación en el que se prue-
ba a sí mismo y a otros su voluntad de transformación y gracias a ello
llega a la otra orilla, a un renacimiento en un mundo nuevo. El resto
del camino tiene entonces sentido y él puede controlar y dirigir sus ac-
ciones con un fin: que la luz del mundo nuevo ilumine la oscuridad de
la vida de aquellos por quienes lucha.
El encuentro de Raúl Florencio con un grupo de campesinos movili-
zados por la demanda de tierras por supuesto no fue excepcional. El
campo mexicano en el periodo de posguerra estuvo constantemente en
rebelión. Las causas variaban según la región pero había algunos ele-
mentos compartidos. Sin duda el más importante era la expectativa de
los campesinos de obtener tierras a través de la reforma agraria, y la
creciente impaciencia ante la lentitud del reparto. Al mismo tiempo,
gracias a huecos legislativos y argucias legales o a la violencia y la co-
rrupción, los grandes terratenientes lograban mantener o incluso
agrandar sus propiedades. Los experimentos de colectivización en los
ejidos, como el de Nueva Italia, fracasaron y el reparto ejidal resultó
12
Ibid., pág. 33.
13
Ibid., pág. 35.

17
insuficiente para acomodar a las nuevas generaciones. La política eco-
nómica a mediados del siglo veinte, además, favoreció la industrializa-
ción urbana a costa del campo, de manera que el crédito ejidal se re-
dujo y la inversión se dirigió al sector agro exportador de gran escala.
La agricultura campesina estaba en crisis y el campesino empobre-
cía.14
En el estado de Chihuahua, en el norte de México, los enormes lati-
fundios y los campesinos sin tierra eran comunes en 1960. Luis Terra-
zas poseía un millón y medio de hectáreas. La Compañía Bosques de
Chihuahua no se quedaba muy atrás y en la región de Madera acapa-
raba la riqueza forestal. En la misma zona, la familia Ibarra acaparaba
la riqueza ganadera. Los Ibarra, durante la segunda mitad del siglo XX
y en el estilo clásico de acumulación de riqueza, recurrieron a la vio-
lencia y la corrupción para agrandar sus propiedades. Mientras, cien
mil ejidatarios ocupaban 4.5 millones de hectáreas y 50 mil campesi-
nos carecían de tierras, y todos esperaban mejorar su condición por
medio del reparto agrario.
En 1963 iniciaron las invasiones de tierras, promovidas y dirigidas
por la Unión General de Campesinos y Obreros de México (UGCOM).
Figuraban como dirigentes de la organización Arturo Gámiz y Pablo
Gómez. Ambos pertenecían al Partido Popular Socialista (PPS), el pri-
mero era maestro rural y el segundo, médico. Su lucha combinó las
invasiones de tierra, los grupos campesinos de autodefensa, las cam-
pañas electorales y la creación de un movimiento armado, Grupo Po-
pular Guerrillero. El desarrollo de los enfrentamientos los llevaron, por
un lado, a romper con la dirigencia nacional de la UGOCM y del PPS,
por considerarlos reformistas, y por otro, a eventualmente optar por la
guerrilla como la mejor vía para proseguir la lucha por el socialismo.
Arturo Gámiz y Pablo Gómez, junto con otros, murieron en el ataque al
cuartel de ciudad Madera, en 1965.15
Procesos similares ocurrieron en otros lugares del país. El movi-
miento liderado por Jaramillo, en ocasiones guerrillero y en ocasiones
14
Sobre la reforma agraria cardenista, ver Michel Gutelman. Capitalismo y reforma agraria en México.
México, Era, 1974; Susana Glantz. El ejido colectivo de Nueva Italia. México, Instituto Nacional de Antro-
pología e Historia, 1974; Semo, Ocaso, pág. 73-77; Roger Hansen. The politics of Mexican development.
Baltimore, The Johns Hopkins University Press, 1971; pág. 56-65 y 116-120.
15
Informe filtrado de la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FE-
MOSP), capítulo 5. México, s. f.; pág. 246-265. Existen tres versiones de este informe. El 15 de diciembre
de 2005, el equipo de investigación histórica de la FEMOSP entregó el Informe ¡Qué no vuelva a suceder!
al Fiscal Especial Ignacio Carrillo Prieto, quien a su vez lo editó para preparar el Informe histórico a la
sociedad mexicana 2006, versión que subió a la red de internet en el portal de la Procuraduría General de
la República el 18 de noviembre de 2006. En su momento hubo críticas de que el Fiscal suprimió partes
importantes del reporte original. La tercera versión es conocida como el Informe filtrado, que consiste de
borradores de capítulos que le fueron enviados a Kate Doyle de National Security Archives, y que apareció
en el portal de NSA: www.gwu.edu/~nsaarchiv/NSAEBB/NSAEBB209/index.htm#informe Esta tercera
versión, presuntamente más cercana a la primera, es la que nosotros consultamos; Lugo Hernández,
Asalto, pág. 95-101.

18
pacífico y legal, se extendió por el centro sur durante las décadas de
1940 y 1950 hasta que Jaramillo y su familia fueron ejecutados en
1962. No muy lejos, en Guerrero, y casi enseguida, 1967, Genaro Ro-
jas primero y Lucio Cabañas después, ambos maestros rurales, dirigie-
ron movimientos en sus pueblos que debido a la represión se convirtie-
ron en guerrillas. Algunos sobrevivientes del ataque al cuartel Madera,
convencidos de la necesidad de un movimiento armado nacional, fue-
ron a dar a Guerrero. Al mismo tiempo, las organizaciones campesinas
ya existentes se radicalizaron mientras que otras aparecieron para en-
causar las demandas masivas por tierra, crédito y mejor distribución.
A través de las siguientes dos décadas los campesinos llevarían a cabo
una lucha intensa para evitar la pauperización.16
Curiosamente Raúl Florencio escoge presentar su politización como
una ruptura con el pasado. El movimiento al que se incorpora, sin em-
bargo, pertenece a una tradición de lucha agraria que atravesó el siglo
XX, por no ir más atrás. No es accidente que los dos movimientos ru-
rales armados más conocidos de ese periodo, el de Gámiz y el de Ca-
bañas, sucedieran en las zonas donde dominaron los dos poderosos
movimientos agrarios de la revolución de 1910, el villismo en Chihua-
hua y el zapatismo en Guerrero. Por supuesto Raúl Florencio describe
su experiencia personal de politización, y no la del movimiento. Es po-
sible, sin embargo, que su idea de ser otra persona a partir de su radi-
calización también muestre la experiencia de la ruptura entre el movi-
miento guerrillero y la vieja izquierda partidista y su política de cambio
gradual, rompimiento acompañado de la promesa de constitución del
hombre nuevo que construirá el futuro socialista. En ese sentido, la
guerrilla aparece como un proceso que purga el futuro socialista de
toda conexión con el pasado. También en ello comparte la tradición
milenarista del zapatismo.
Amelia y Adolfo venían de otra tradición. Son hijos de inmigrantes
de manera tal que comparten la tradición radical de la república y el
Partido Comunista en España. Esa tradición los enlaza con la tradición
mexicana de la oposición política urbana que inicia desde finales del
siglo XIX con los artesanos liberales, anarquistas y socialistas y de la
que surgen en las décadas posteriores a la revolución de 1910 los par-
tidos Comunista y Popular (después Popular Socialista). El naciona-
lismo revolucionario viene también de esa tradición, y su corriente
progresista florece por así decirlo, en la década de 1930. Edmar pro-
viene en cierto modo de esta tradición, aún cuando en su familia no
existió militancia partidista. El abuelo liberal juarista y el abuelo pro-
testante, el padre sindicalista y la madre moderna y trabajadora: esos
16
Sobre Jaramillo y la guerrilla en Guerrero, ver Semo, Ocaso, pág. 77-90; ver también Armando Bar-
tra, Guerrero bronco: campesinos, ciudadanos y guerrilleros en la Costa Grande. México, Era, 2000; sobre
la secuela y los sobrevivientes del ataque al cuartel de Madera, Informe filtrado, pág. 268-275.

19
son los hitos que conformaron el nacionalismo radical y progresista,
dominante hasta la segunda guerra mundial pero que a mitad del siglo
XX avanza hacia la marginación del poder y en consecuencia, a nutrir
la oposición política, mesurada y radical.
Estas tradiciones alimentaron los movimientos políticos disidentes
de las décadas de 1950 a 1980. En muchos momentos se combinan,
así como incluso los militantes entrecruzan caminos. Pero también di-
vergen, en ocasiones reeditando la distancia y desconfianza que marcó
el encuentro de los artesanos urbanos, liberales y anarquistas, con los
campesinos zapatistas que entraron a la ciudad de México en 1914. La
aparente humildad y religiosidad de los segundos chocó con la autosu-
ficiencia arrogante y anticlerical de los primeros, de manera que sus
caminos políticos se separaron, definiendo así organizaciones y secto-
res políticos distintos para obreros y campesinos durante el siguiente
medio siglo.17
El testimonio de Edna contrasta con los anteriores porque no hay
pasado que continuar o romper. Su politización avanzó a través de la
prueba, el error y la acumulación de experiencia. En el camino descu-
brió un mundo nuevo, aunque también fue descubriendo el pasado
que conformó el presente que se desdoblaba frente a ella.
En respuesta a cómo inició su militancia, explicó:

“Bueno, lo que pasa es que yo tuve . . .como que hice un recorrido de diferen-
tes tipos de militancia. Empecé a participar en el movimiento estudiantil, luego
en el movimiento de colonos, luego el movimiento obrero y después paso a la
guerrilla. Entonces, no sé si te refieres tú a la primera militancia, que digamos
sería en el movimiento estudiantil cuando estaba en la preparatoria.”18

Edna ingresó a la preparatoria a los 15 años, en Monterrey, la ciu-


dad más industrializada del norte de México. Recuerda que en su pri-
mer año la invitaron a integrar la planilla de candidatos para la socie-
dad de alumnos, por ser amiguera, y ella aceptó. Más o menos al mis-
mo tiempo aparecieron noticias en los periódicos sobre la represión de
los estudiantes en la ciudad de México; era el año de 1968. Cuando
ella se unió a las protestas de los estudiantes en Monterrey, en solida-
ridad con los estudiantes de la ciudad de México, una de sus nuevas
compañeras le explicó que la planilla para la sociedad de alumnos es-
taba integrada por gente de derecha, y Edna en consecuencia abando-
nó esa actividad.
A continuación pasó brevemente por el Partido Comunista, no como
militante sino como candidata a simpatizante. El hecho de ser presen-
17
Barry Carr. El movimiento obrero y la política en México, 1910-1929. México, Era, 1981; pág. 62-64.
18
Entrevista a Edna Ovalle realizada por Gerardo Necoechea Gracia, Ciudad de México, 27 de julio
de 2006.

20
tada a un hombre que simultáneamente la quería reclutar y seducir, la
llevó a buscar otras opciones. A través de ese tiempo, Edna participaba
también en las brigadas que repartían propaganda y solicitaban fondos
para el movimiento estudiantil. Varios de los amigos cercanos, algunos
de los que le ayudaron a entender sus experiencias pasadas, pertene-
cían a un grupo espartaquista; con ellos inició el estudio de textos polí-
ticos y su activismo tornó más serio.
Entró a la escuela normal y ahí conoció a un grupo de maestros
miembros de la Liga Comunista Espartaco. Con este grupo hizo trabajo
político primero en una colonia proletaria, creando el embrión de lo
que después sería una conocida organización de colonos, Tierra y Li-
bertad. Edna recuerda que para entonces su actividad política ya tenía
un sentido que trascendía las situaciones inmediatas:

“Yo me sentía, bueno mira, ya tenía muy claro, eso creo que fue muy impor-
tante ya a partir de estos círculos de estudio, lo que tenía muy claro era la nece-
sidad de un cambio social, de que la gente, o sea, de crear las condiciones obje-
tivas y subjetivas para un cambio social. Se supone que nosotros estábamos ahí
con esta idea, inclusive habíamos platicado que era una buena posibilidad para
llegarle a los obreros, o sea, nuestro trabajo siempre estuvo enfocado a los
obreros”.

Precisamente por esta orientación hacia los obreros y el cambio so-


cial, su trabajo con colonos le pareció insuficiente.

“Entonces, sí estuve en reuniones, sí estuve, pero yo pensaba que podíamos


hacer otro tipo de cosas, sobre todo orientados hacia el cambio social, no a
perfeccionar una situación que se estaba dando. Más o menos era la idea que
yo tenía, si tú quieres así como muy incipiente. Entonces salí de ahí. No me pe-
leé ni nada, o sea, salimos bien. Les dije que me interesaba otro tipo de traba-
jos.”

Fue a hacer trabajo con los obreros de Fundidora de Monterrey. Ahí


repartió propaganda a las puertas de la fábrica durante el cambio de
turno en las madrugadas. Posteriormente pasó a un grupo guerrillero.
Había para entonces recorrido la oferta política, descubierto el mundo
y ganado conciencia de la necesidad de cambiarlo.
La oferta de activismo político encontrada por Edna era probable-
mente nueva, un fenómeno urbano que inició hacia la medianía del
siglo XX. El asunto por supuesto merece mayor investigación, pero hay
evidencia que sugiere que al menos era distinta por su diversidad y por
estar dirigida casi en exclusiva hacia los jóvenes. Adolfo Sánchez Rebo-
lledo recuerda que fue a principios de la década de 1960 cuando el
Partido Comunista inició un trabajo mayor con jóvenes, en particular
estudiantes. Edmar añade que ello se debió a la derrota de los Comu-
21
nistas en el movimiento obrero, en 1958.19 Como quiera que fuera,
tanto la Juventud Comunista como la del Partido Popular Socialista
intensificaron su trabajo estudiantil a principios de la década del se-
senta. En 1963 el Partido Comunista fundó la Central Nacional de Es-
tudiantes Democráticos.20 El gobierno, en cambio, ya una década an-
tes había lanzado iniciativas apuntadas directamente a los jóvenes. El
presidente Miguel Alemán creó el Instituto Nacional de la Juventud
Mexicana en 1950 con el propósito de preparar a la población de entre
15 y 25 años de edad “en todos los problemas básicos nacionales para
alcanzar el ideal democrático, su prosperidad material y espiritual, lle-
vando a cabo el estudio de esos problemas [y] formulando las solucio-
nes adecuadas . . .”21 El partido del gobierno, el Revolucionario Institu-
cional, contaba con la Confederación de Jóvenes Mexicanos. También
la iglesia y la derecha católica pusieron en acción organizaciones diri-
gidas a las jóvenes. La iglesia católica de hecho había fundado desde
1913 la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, que tuvo una
destacada participación en la guerra cristera de 1926-1929 bajo el
mando de Anacleto Flores. En las décadas de 1950 y sobre todo de
1960 aparecieron varios grupos juveniles, el más prominente entre
ellos el Movimiento Universitario de Renovación Orientadora (MURO),
que disputaron el espacio estudiantil palmo a palmo y con frecuencia
de manera violenta a las organizaciones tanto de izquierda como pro-
gobiernistas.22 Dentro de la iglesia sin embargo, ocurrió también un
enfrentamiento entre derecha e izquierda y ambas se lanzaron a la
conquista de los jóvenes y el paraíso terrenal. El discurso de los parti-
dos políticos y las instituciones tenía un punto en común: conminaban
a los jóvenes a la acción política en aras de alcanzar el ideal preciado
en el futuro, y en consecuencia enfatizaban que el futuro pertenecía a
los jóvenes. Así, de hecho, la noción de que los jóvenes debían partici-
par en la arena política flotaba en el aire, para usar una frase de la
época.
¿Por qué los jóvenes y por qué entonces? No es nuestro propósito
elucidar este asunto a detalle. Tan sólo haremos mención breve de as-
pectos que ayudan a responder esta pregunta.
Consideremos primero la demografía. Al iniciarse la segunda mitad
del siglo XX, México era un país primordialmente de jóvenes, después
de que la revolución de 1910, los movimientos armados de los veinte y
19
Entrevista, Sánchez Rebolledo, 10 noviembre, 2005; entrevista, Salinas Callejas.
20
Carr, Izquierda, pág. 232-233.
21
María Elena Torres Bustillos. “Aproximaciones a las identidades juveniles en México: un estado del
arte, segunda mitad del siglo XX.” Tesis de maestría en historia y etnohistoria, Escuela Nacional de Antro-
pología e Historia, 2002, pág. 26-27.
22
Sobre la Asociación Católica de la Juventud Mexicana y Anacleto Flores, ver Tim Tuck. The holy
war in Los Altos. Tucson, Arizona, The University of Arizona Press, 1982; sobre la derecha católica en la
segunda mitad del siglo XX, ver Álvaro Delgado. El ejército de Dios. México, Plaza y Janés, 2004.

22
la emigración mermaran sobre todo a la población de entre 15 y 40
años. La paz y las expectativas de mejor vida contribuyeron con la na-
turaleza para que los nuevos matrimonios de las décadas de 1930 y
1940 procrearan la generación que maduró entre 1950 y 1970. Pero
también hay que considerar el desplazamiento de la población, que va
en aumento y desde los años treinta prefiere las ciudades. Así, para
1960 México será un país con mayoría urbana y distintivamente jo-
ven.23
Las ideas del momento vinculaban educación, desarrollo económico
y progreso. Los gobiernos de entonces destinaban los dineros públicos
principalmente al desarrollo económico pero aun así aumentó el gasto
social. En 1965 México gastaba menos en educación que muchos otros
países de América Latina; en los próximos años incrementó gradual-
mente el porcentaje del presupuesto dirigido a la educación. En 1965,
apenas una tercera parte de la población en edad de estar en educa-
ción media y superior atendía la escuela; sólo 3 por ciento en las uni-
versidades. Sin embargo, en las décadas de 1940 a 1970 hubo un im-
portante aumento en el número de estudiantes universitarios así como
en la fundación de universidades públicas estatales. En 1970, 43% de
la población entre 5 y 29 años de edad estaba inscrita en algún grado
escolar, principalmente en educación primaria y media. Los estudian-
tes universitarios no rebasaban el 3% y estaban en las grandes ciuda-
des, particularmente concentrados en la Ciudad de México, Monterrey
y Guadalajara. Su número aumentó de manera importante entre fines
de los años cincuenta y mediados de los sesenta. Muchos de ellos lle-
gaban a la ciudad para estudiar, o sus padres habían llegado a la ciu-
dad a trabajar. Para esos jóvenes, la ciudad y la educación superior
eran novedades.24
Ello nos lleva a considerar un tercer factor, ligado a la migración y a
la educación. Los jóvenes de la segunda mitad del siglo ya no siguen el
camino de los padres, ya sea porque dejaron el campo y el trabajo en
la tierra para residir en la ciudad y trabajar en la industria, los servi-
cios y el comercio; ya sea porque pertenecen a una primera generación
que sigue estudios universitarios y aprende profesiones que sus padres
ni siquiera imaginaron. Habría así una ruptura en los roles familiares
y un vacío que otras instituciones gubernamentales, eclesiásticas y
políticas se creían destinadas a llenar.
Todas las tendencias políticas de importancia ponen en la arena
pública un programa y organizaciones para captar el interés y el po-
tencial activismo de los jóvenes. Los partidos políticos dirigen una par-
23
Moisés González Navarro. Población y Sociedad en México (1900-1970). México, UNAM, 1974;
págs. 60 y 72.
24
Thomas N. Osborn. La educación superior en México. México, Fondo de Cultura Económica, 1987;
págs. 42-52; Arturo González Cosío. Historia estadística de la universidad, 1910-1967. México, Universi-
dad Nacional Autónoma de México, 1968; pág. 35; Hansen, Politics, págs. 210-11.
23
te de su esfuerzo de organización a la población joven en el lugar don-
de se encuentran, la escuela de educación superior sea preparatoria o
universidad. Por eso es que la oferta era mayor en los centros urbanos,
donde estaban concentradas las instituciones de educación superior.
Muchos de los entrevistados van a tener su primer contacto con las
organizaciones políticas de izquierda en esos años. El discurso de es-
tas organizaciones no estaba explícitamente dirigido a los jóvenes y su
lugar o importancia en la sociedad, pero estaba implícito que ruptura y
renovación eran tareas que sólo los jóvenes podían llevar a cabo. Este
es un ingrediente nuevo que tiene efectos explosivos en la politización,
tanto porque introduce una idea de misión exclusiva como porque jus-
tifica la falta de paciencia con las estrategias gradualistas de la vieja
izquierda. Surgen, en consecuencia, nuevas organizaciones que se dis-
tinguen por abogar abiertamente por acciones revolucionarias y repu-
diar sin rodeos al gobierno y régimen político.

III
Los testimonios presentados nos permiten de manera tentativa se-
ñalar diferencias y similitudes a la vez que elucidar preguntas para
avanzar en la investigación. A continuación señalamos, primero, la im-
portancia que tienen los maestros en varios testimonios. Coinciden los
testimonios, además, en apuntar la influencia inicial de algún indivi-
duo que conduce al posterior compromiso con determinadas ideas y
organización. Comparamos, en tercer lugar, las expectativas que dejan
entrever estos pasajes y que en parte determinaron la percepción y la
sensación del mundo circundante que acompañaron la politización de
estos militantes. Estos tres puntos no agotan la comparación posible
pero son suficientes para comprender el problema planteado de inicio,
cómo se llega a la idea de actuar en el espacio político, y qué impor-
tancia tienen los lazos personales en las decisiones tomadas para mili-
tar.
Los maestros figuran en varios de los testimonios y desempeñan un
papel importante en la historia que cada uno cuenta. En determinado
momento, aparecen como detonantes de la conciencia social. Esta era
sin duda la meta que perseguían los estudiantes de la Normal, miem-
bros de la Liga Espartaco, con quienes Edna trabó amistad. Sus accio-
nes podían cumplir la misma función de manera indirecta, como el
impacto que tuvo la huelga de maestros en Edmar. En parte, sin duda,
ello era debido al lugar especial que los maestros tenían en la sociedad
de mediados de siglo. En el testimonio de Raúl Florencio es de notar el
respeto mostrado hacia ellos. Este respeto nos alerta a otra caracterís-
tica común: los maestros fueron vínculo con los movimientos del pasa-
do. En el caso de Edmar, la huelga es la bisagra que articula a la iz-
quierda Comunista y Socialista y las luchas sindicales con la politiza-
24
ción de una nueva generación. En la historia de Madera, la presencia
de los maestros es otra característica que une a esta guerrilla rural con
el movimiento revolucionario de 1910 y con los posteriores proyectos
de transformar México, ya fuera a través de la educación clásica distri-
buida en cuadernillos, como era el plan de educación rural de José
Vasconcelos cuando fue secretario de educación en los años veinte, ya
fuera a través de la educación socialista de los años treinta, como era
el plan de Cárdenas.25 La identificación de los maestros con el cum-
plimiento de la labor revolucionaria también ayudo a crear una ideolo-
gía sobre ser maestro a la que con frecuencia se designa como mística
del maestro.
Los maestros, como grupo, tuvieron importancia en impulsar mo-
vimientos y organizaciones del periodo. Ciertas características comu-
nes fueron importantes, y será importante investigar para profundizar
en ellas. En particular parece importante que algunos provenían de
familias obreras—y posiblemente entre los maestros rurales algunos
provenían de familias campesinas—de manera tal que su participación
confiere a estos movimientos un carácter de clase.
Edna destaca la figura de Nora Rivera, maestra y estudiante en la
Normal, con quien tuvo una estrecha relación. Nora era hija de La
Changa Rivera, antiguo líder del sindicato de trabajadores del ferroca-
rril en Monterrey y miembro del Partido Popular Socialista. Hay enton-
ces una línea de continuidad entre el activismo de Nora y el de su pa-
dre. Posiblemente por esa razón fue ella quien explicó a Edna que la
Asociación de Alumnos era de derecha, la llevó después a la Normal y
la introdujo a los maestros de la Liga Espartaco, y la acompañó e in-
trodujo al mundo obrero.
Esta parte del testimonio de Edna enfoca ya no al grupo sino a la
persona que influyó en su politización. Nora claramente ocupó el papel
de guía para Edna. Un figura similar, aunque no era maestra, aparece
en el testimonio de Amelia, la Chata Campa. Ella fue hija de Valentín
Campa, miembro del Partido Comunista y figura prominente durante
la huelga de los trabajadores del ferrocarril en 1958. Nora y La Chata
trazan una línea de continuidad entre su activismo y el de sus padres,
a la vez que rompen con la línea partidista paterna. El mismo papel de
guía lo desempeña, en cierto modo, la maestra cuya voz Raúl Florencio
escuchó desde la cárcel y que posteriormente le concedió el micrófono.
El primer encuentro fue circunstancial. Posteriormente, el respeto y la
amistad confieren un lugar prominente a estos individuos en la vida de
cada uno de los narradores. Ellas fueron individuos clave en la politi-
25
Ver David L. Raby. Educación y revolución social en México (1921-1940). México, Secretaría de
Educación Pública, 1974; Teresa de Sierra Neves, “Construcción del imaginario social del proyecto educa-
tivo socialista en el cardenismo.” Tesis de maestría en historia y etnohistoria, Escuela Nacional de Antro-
pología e Historia, 1998.

25
zación. El primer enganche no fue con una organización o una línea
política sino con una persona; esa conexión fue crucial en el camino
político que cada protagonista siguió.
Los testimonios muestran un horizonte de expectativas nacido en
parte de la revolución de 1910 y en parte de las políticas desarrollistas
de la posguerra. Comparten también la frustración con un presente
que no concuerda con sus expectativas o las pospone para un futuro
que siempre está a la vuelta de la esquina. Pero la diferente manera de
narrar expresa la diferente sensación frente a las expectativas. El con-
traste más claro a este respecto lo encontramos en los testimonios de
Edna y Florencio.
El testimonio de Edna no sólo es el descubrimiento del camino sino
que a cada paso aparecen multitud de opciones. El entorno urbano, su
dinamismo y vivacidad, sin duda fue responsable de esta sensación. La
ciudad engendraba miradas de optimismo hacia el futuro. Edmar refie-
re que los jóvenes podían proyectar el futuro. Explica: “Vivíamos un
presente de ascenso y entonces cuando tu vives un presente de ascenso
proyectas el futuro, tienes un sentido optimista de las cosas, esperas
que con tu esfuerzo puedas hacer algo mejor. Sí, esa es la tónica.”26
Había muchas manera de imaginar y proyectar el futuro, otro factor
que contribuyó a la diversidad de la oferta política. Era también posi-
ble, en todo momento, optar por el avance personal y no por la utopía
social.
Para un sector de la incipiente clase media, en contacto con un
mundo cosmopolita y desencantado, la expectativa es la incesante ex-
perimentación e innovación. En el mundo del arte, los valores del na-
cionalismo oficial son rechazados al tiempo que se desafía la moralidad
estrecha y rígida de la sociedad mexicana. Desde esta perspectiva más
individual y menos directamente política, otros modelan sus actitudes.
Como lo explica Edmundo:

“Era un poco como manifestar un espacio propio en tu vestir, en dejar tu pelo


largo, en ese andar desgarbado ¿no? Era un espacio que tu construías como jo-
ven para conquistar una libertad que a lo mejor no tenías en casa, te digo, por-
que podía ser más coercitiva la vida familiar o la misma vida política o la misma
vida social. Entonces creo que todas esas cosas fueron generando un espíritu
de rebeldía, de buscar algo distinto a lo que alcanzabas a ver en términos de tu
ciudad, de tu sociedad ¿no? Cuestionarte.”27

26
Entrevista, Salinas Callejas.
27
Entrevista a Edmundo Álvarez realizada por Patricia Pensado Leglise, San Antonio de las Alaza-
nas, Coahuila, 5 de noviembre de 2005.

26
En consecuencia también desde la cultura surge un discurso dirigi-
do a los jóvenes en el que la juventud es un estado de rebeldía y de
cambio social, y que en general recibe el nombre de contracultura.28
Frente a la variedad urbana, el ámbito rural en el recuerdo de Raúl
Florencio aparece simple y con opciones restringidas, marcadas en
blanco y negro. Los campesinos aprovechan, quizás incluso confían en
procedimientos instituidos por gobiernos revolucionarios para recla-
mar tierras. Cuando esos mecanismos fallaban, no había búsqueda
optimista entre un sin fin de alternativas. El mundo rural ofrecía poco
a las familias campesinas en las décadas de 1950 y 1960; los jóvenes
de esas familias contemplaban un futuro francamente negro. El relato
de ruptura y conversión de Raúl Florencio expresa la desesperación y
el sentimiento de renacer cuando vislumbra la posibilidad de otro y
mejor futuro. La única opción es sin duda tomar una vez más las ar-
mas.
Los testimonios remiten a las diferencias entre campo y ciudad.
Edna encuentra la variedad de opciones políticas y estilos de vida, uno
de los atractivos del entorno urbano de la época. Para Raúl Florencio,
en cambio, sólo hay de dos sopas: la de las trampas que tiende el ene-
migo o la de la guerrilla. Su testimonio, parecido en forma a los relatos
de conversión religiosa, alude también a la cultura no secularizada de
los campesinos. Estas diferencias probablemente fueron responsables
de la falta de entendimiento entre los grupos de guerrilla rural y los
urbanos, a lo que Raúl Florencio hace referencia velada cuando des-
confía de los intelectuales o relata la incapacidad de los estudiantes
para adaptarse a la actividad militar en el monte. También estaban
presentes en la manera de definir el sujeto revolucionario: los pobres o
la clase obrera, siendo el primero una categoría cristiana que chocaba
con la pretensión racional, objetiva del marxismo revolucionario. El
enfrentamiento entre la guerrilla rural de Lucio Cabañas y la urbana
de la Liga 23 de Septiembre mejor ejemplifica esta dificultad de comu-
nicación entre una tradición y otra.
Adolfo reflexionó sobre la adquisición de un compromiso social y la
decisión de llevarlo al activismo político. Su reflexión engloba distintas
experiencias y ofrece una perspectiva que reconoce los distintos cami-
nos a la vez que la convergencia en la decisión individual de contribuir
a una obra colectiva que transformará el futuro.

“Es una pregunta muy complicada porque tiene varias vertientes que tienen
que ver tanto con la experiencia de las personas—lo que vive y cómo lo vive—
28
Luisa Passerini ofrece un interesante argumento sobre este particular en “La juventud, metáfora del
cambio social (dos debates sobre los jóvenes en la Italia Fascista y en los Estados Unidos durante los
años cincuenta),” en Giovanni Levi y Jean-Claude Schmitt, coords. Historia de los jóvenes. II. La edad
contemporánea. Madrid, Santillana Taurus, 1996; págs. 381-453.

27
como con las razones, digamos, objetivas. […] Hay la experiencia de quien pa-
dece directamente la injusticia y se rebela. La historia de la humanidad está lle-
na de casos de pequeñas o grandes rebeliones de gente que no tolera la injusti-
cia y se rebela contra esas condiciones. Bueno, ese es quizá el elemento más
profundo de toda actitud de compromiso social. Pero hay también quien acce-
de a la idea de cambiar las cosas a través de una vía que combina la experiencia
personal de su tiempo con la experiencia intelectual, con la comprensión más o
menos teórica aunque no necesariamente filosófica, digamos, porque puede ser
literaria o qué sé yo, de que el mundo merece ser cambiado porque es injusto.
Entonces, yo creo que es difícil determinar cuál de estas razones, o si todas
ellas, son las que están detrás de las actitudes de la gente que admite la necesi-
dad de un cambio social. Pero, en todo caso, ningún cambio social es posible
sin una prefiguración de lo que se quiere ir cambiando, es decir, si no se esta-
blece un mecanismo, una idea, una aproximación de lo que uno quisiera susti-
tuir de esa realidad que parece injusta. En ese sentido, el mundo de las ideas in-
terviene como el gran mediador para poder establecer una relación con el
mundo.”29

IV
Hemos recorrido, con los testimonios, el recuerdo de cómo estos in-
dividuos llegaron a la militancia política. Este recorrido nos permitió
identificar tres distintas maneras de narrar esa trayectoria. Hemos si-
tuado esos recuerdos en los contextos de tiempo y lugar que nos ayu-
dan a comprender mejor los sucesos relatados. Finalmente, hemos
comparado algunas similitudes y diferencias, sobre todo para entender
de manera más detallada cómo cada individuo llegó a la militancia.
Constatamos, sin mayor sorpresa, que el activismo inicialmente obe-
dece en mayor medida a la influencia de las relaciones personales que
a la toma de posición ideológica.
Aunque en convergencia hacia el mismo punto, la oposición de iz-
quierda, los caminos de la politización variaron acorde a las circuns-
tancias que rodeaban al individuo. El estudio de esas circunstancias
implica entender la heterogénea sociedad mexicana de mediados del
siglo XX. Los testimonios, situados en ese contexto histórico, refieren
las distintas tradiciones de lucha y activismo político en el México del
siglo XX. Refieren también las importantes diferencias entre el dina-
mismo de la sociedad urbana y la estrechez de la vida rural. En ese
contraste, nos parece importante subrayar como la oferta política ur-
bana, desplegada por instituciones que se adjudicaban jurisdicción
sobre los jóvenes, constituyó un sujeto político y un espacio público de
acción. Es igualmente importante observar cómo otro sujeto político
constituido por el discurso nacionalista de progreso y bienestar social,
29
Entrevista, Sánchez Rebolledo, 15 de diciembre de 2005.

28
los maestros, entrecruzó los caminos de los jóvenes. Relacionar la ex-
periencia individual narrada en los testimonios con el contexto históri-
co nos lleva a comprender cómo diferentes circunstancias y tradiciones
engendraron diferentes expectativas, y cómo el variado y complejo es-
pacio de redes sociales y también de encuentros fortuitos llevó estas
expectativas al terreno de la acción política.
La opción narrativa expresa la sensación de la época que permane-
ce en la memoria. Sabemos que esa sensación y la producción del re-
cuerdo ocurren en el momento de la entrevista, y por lo mismo son
fuertemente influenciados por la situación del presente. En este artícu-
lo no hemos abordado cómo el recuerdo responde, por ejemplo, a las
disputas que aun perviven sobre distintas líneas políticas o a la incer-
tidumbre que el giro hacia la derecha en la política mexicana imprime
a las expectativas futuras de democracia y justicia. En cuanto a los
sucesos relatados, será necesario indagar sobre las distintas tradicio-
nes y entornos culturales para explicar otros aspectos de la desunión
en las organizaciones de izquierda. Otro problema interesante: la con-
tinuidad de una tradición de izquierda que proviene de Europa y que,
en el entorno mexicano, se convierte en un discurso civilizador igual al
de los modernizadores. En fin, el punto es que las distintas narracio-
nes del encuentro con la política nos remiten a la complejidad de la
experiencia, que a su vez dibuja la problemática a dilucidar en el
transcurso de la investigación.

29
Militancia anarcosindicalista mexicana
en la mirada de Esther Torres.
Anna Ribera Carbó∗

La historia del anarcosindicalismo mexicano tiene una muy breve


duración y prácticamente se limita a la organización que se llamó Casa
del Obrero Mundial. La Casa funcionó en la ciudad de México desde
1912 y hasta 1916, y a partir de febrero de 1915, tras el muy conocido
Pacto con la Revolución Constitucionalista, pudo crear una tan amplia
como efímera red de Casas del Obrero, que llegaron a sumar por lo
menos 30 en toda la República. Existen cuatro conocidas historias tes-
timoniales de la Casa del Obrero Mundial. Se trata de los libros de Luis
Araiza (1964), Jacinto Huitrón (1974), Rosendo Salazar (1962) y el muy
temprano de Rosendo Salazar y José G. Escobedo (1922).30 Los cuatro
textos buscan conservar la memoria de una etapa del movimiento
obrero en que éste era independiente de las directrices del Estado y
pretendía la completa emancipación de los trabajadores. Son textos
cargados de subjetividad, por supuesto, que nos permiten ver como se
percibían a sí mismos y como percibían a su organización los militan-
tes de primera fila, como valoraban sus posibilidades de éxito, cuáles

Anna Ribera Carbó en Doctora en Historia por la UNAM e investigadora titular en la Dirección de Es-
tudios Históricos del INAH, México
30
Se trata de Luis Araiza, Historia del movimiento obrero mexicano, Tomo III, México, Ediciones Casa
del Obrero Mundial, 1975; Jacinto Huitrón, Orígenes e historia del movimiento obrero en México, México,
Editores Mexicanos Unidos, 1974; Rosendo Salazar, La Casa del Obrero Mundial, México, Costa-Amic
Editor, 1962 y Rosendo Salazar y José G. Escobedo, Las pugnas de la gleba (Los albores del movimiento
obrero en México), México, Editorial Avante, 1923.
31
eran sus principales preocupaciones, quiénes eran sus teóricos, qué
lecturas los inspiraban, cuáles eran sus asideros históricos. Al escri-
birlos sus autores buscaban dejar memoria de la historia de la Casa,
pero además dirimían en ellos sus confrontaciones ideológicas y pro-
blemas políticos, abonaban sus propias causas y minimizaban o justi-
ficaban sus contradicciones.
Pero ¿cómo vieron los militantes de a pie a la Casa del Obrero Mun-
dial?; ¿cómo militaron aquellos que no participaban en la redacción de
sus periódicos, que no habían leído nunca a los teóricos del anarquis-
mo y que se afiliaron a la Casa al calor del ambiente propicio que gene-
ró la Revolución Mexicana?
Para conocer la historia de la organización que pensó que los sindi-
catos y la escuela racionalista eran los motores para lograr la revolu-
ción social y la emancipación de los trabajadores, el testimonio de Est-
her Torres es imprescindible. La entrevista realizada en febrero de
1975 por María Isabel Souza y Carmen Nava a esta militante de la Ca-
sa forma parte del Archivo de la Palabra del Instituto Nacional de An-
tropología e Historia de México. Las cosas que narra, sobre las que re-
lexiona, confirman, matizan, complementan lo que otras fuentes,
hemerográficas o de archivo, dicen, lo que enriquece la construcción de
una historia sobre la militancia anarcosindicalista en México.31
El testimonio de Esther Torres narra la experiencia recordada, la
experiencia mediada por el tiempo, la cultura y la reflexión.32 Seleccio-
na sus recuerdos insertando su vivencia personal de joven provinciana
recién llegada a la capital, que tras un proceso de “conversión ideológi-
ca” se transforma en una militante sindicalista de lo que ella misma
califica como la época romántica del movimiento obrero mexicano. Es
esta conversión la que estructura y da sentido a la vida de la joven
guanajuatense. Los recuerdos de Esther Torres adquieren, gracias a su
militancia, una significación histórica y ella misma, su vida, se dotan
de sentido en el proceso colectivo de las luchas obreras.
Esther Torres narra que a su natal Guanajuato llegó la noticia de
que en México había una fábrica donde trabajaban las mujeres y en-
tonces Nachita mi hermana, ella se vino, yo no me vine por la escuela,
porque ya estaba adelantada querían que aunque fuera una terminara
la primaria. Más tarde, siguiendo los pasos de su madre y de su her-
mana, Esther llegó a la fábrica. Y yo entré ahí –dice- y encontré luego
luego trabajo. Aquí ganábamos muy bien, decíamos, porque veníamos
de la provincia donde sabíamos que ganaban poquito. Cuando entró
31
Entrevista con Esther Torres realizada por María Isabel Souza y Carmen Nava los días 13 y 25 de
febrero de 1975 en la Ciudad de México. PHO-1-145.
32
Gerardo Necoechea Gracia, Después de vivir un siglo. Ensayos de historia oral, México, INAH,
2005 (Biblioteca del INAH), p.15

32
Madero en la ciudad de México en 1911, Esther ya estaba trabajando
en la Cigarrera Mexicana en la calle de Pugibet.33
Esther trabajaba doce horas al día, de seis a seis, pero entonces
una señorita le dijo a mi mamá que nosotras íbamos a acabar como
acababan otras personas que trabajaban en cigarreras de tuberculosas
(...) y ya entonces mi mamá nos buscó en la fábrica de costura, (...) a mi
me mandaron a la camisería y a Nachita mi hermana a hacer (...) uni-
formes, ropa para obreros, pantalones de mezclilla (...) El patrón, cuan-
do vino la revolución, se asustó y se fue a los Estados Unidos y ya dejó
en otro poder la fábrica.34 En tiempo de revolución pues uno quiere vivir
nada más, dice Esther, y entonces, en la época en que estuvo Carranza
aquí todos teníamos dinero pero no había que comprar, fue cuando vino
el hambre.35
Sin trabajo por falta de materia prima, con una creciente escasez en
la capital de la República, Esther y Nachita Torres hicieron caso a una
muchacha, Guadalupe Gutiérrez, quien les dijo las voy a llevar a la
Casa del Obrero Mundial para que vean que bonito es, que bonito
hablan y se contradicen y luego al final se abrazan y que más allá y que
más acá (...) Y fuimos.36
La Casa del Obrero Mundial se fundó en un mitin celebrado el 22
de septiembre de 1912. Sus miembros se declararon partidarios del
sindicalismo revolucionario y la Casa funcionó como un “centro de di-
vulgación de Ideas Avanzadas”.37 Además de divulgar ideas vinculadas
al anarquismo la Casa se convirtió muy pronto en un centro aglutina-
dor y coordinador de la clase obrera de la ciudad de México. Los sindi-
catos se afiliaron a ella y la Casa misma contribuyó a formar muchos
otros. En su primer año de existencia participó en más de setenta
huelgas y tuvo una gran influencia sobre varios futuros líderes sindi-
cales. Para lograr el objetivo de divulgación ideológica y labor educati-
va, la Casa organizó desde su fundación reuniones públicas los do-
mingos, impartió clases para adultos con inscripción abierta todas las
noches de la semana, abrió una pequeña biblioteca que contenía pri-
mordialmente literatura anarquista y puso sus frustrados empeños en
echar a andar una Escuela Racionalista que emulara las Escuelas Mo-
dernas de Francisco Ferrer Guardia en Barcelona.
En este mundo de trabajadores las mujeres representaban un trein-
ta y cinco por ciento de la fuerza de trabajo remunerada en la ciudad
de México en el año de 1910, muy por encima del promedio nacional
33
Entrevista con Esther Torres, pp.9-12.
34
Ibidem. Pp.14-15.
35
Ibidem. Pp.15-17.
36
Ibidem. Pp.20-21.
37
Luis Araiza, Historia del Movimiento Obrero Mexicano, vol.III. México, Ediciones de la Casa del
Obrero Mundial, 1975, p.17 y Jacinto Huitrón, Orígenes e historia del movimiento obrero en México, Méxi-
co, Editores Mexicanos Unidos, S.A. 1984. p.214.

33
del doce por ciento. La mayoría de los trabajos femeninos se encontra-
ban en el servicio doméstico, pero también en las industrias de alimen-
tos, del vestido y del cigarro, entre las más importantes. Uno de los
grandes retos de la Casa del Obrero Mundial fue incorporar a sus filas
a las mujeres trabajadoras quienes por lo regular eran más inestables
en sus trabajos, tenían trabajos menos calificados y, según John Lear,
tendieron menos que los hombres a iniciar acciones colectivas incli-
nándose más hacia motines por alimentos y vivienda que hacia huel-
gas por condiciones de trabajo.38
Cuando Esther y Nachita Torres llegaron a la Casa del Obrero
Mundial, se acababa de tomar el acuerdo de firmar un Pacto con Ve-
nustiano Carranza y unirse al Constitucionalismo, abandonando la
postura apoliticista que había caracterizado a la organización y com-
prometiéndose a crear unos Batallones Rojos que lucharan a su favor
y en contra de los ejércitos campesinos de la Convención. Hubo com-
pañeras que se fueron a la revolución porque eran de la Casa del Obrero
Mundial, que se fueron de enfermeras, con los primeros auxilios. Esther
y Nachita se hubieran sumado al Grupo Sanitario Ácrata pero, cuen-
tan, no nos dejó ir mi mamá (...) por eso no fuimos, ¡pero de mil amores!
Veíamos el entusiasmo con que se iban las muchachas (...) todas “salud
y salud”; era el saludo oficial, no se decían “buenos días”, “buenas tar-
des” sino se hablaban “salud” y decíamos ¡Ay que bonito!.39
La participación en la Casa del Obrero Mundial requirió de
cierta formación ideológica, de “indoctrinamiento” que corrió a cargo de
Rafael Quintero del sindicato de Tipógrafos.

Él nos dio una conferencia (...) y nos habló de qué cosa era socialismo, cómo
era el socialismo, a que nos conducía el socialismo, de una manera gráfica sen-
cilla, pero tan sencilla, que salíamos de ahí convencidos (...) Cuando salimos di-
jimos: “Qué bonito es esto, cuáles son las armas...qué es un sindicato, cómo es
un sindicato, cómo está formado un sindicato, para que sirve el sindicato (...)
salimos de ahí convencidas, de todos los gremios (...) luego luego nos echamos
a las fábricas en dónde habíamos trabajado.40

Se trata, sin duda, del momento de “conversión” de Esther Torres. A


partir de este momento su vida estuvo marcada por su militancia. Est-
her cuenta que las mujeres participaban en las asambleas, y que una
vez que entramos al círculo, ya también opinábamos.
Genoveva Hidalgo escribió para el periódico semanal de la Casa,
Revolución Social un artículo titulado “También la mujer desea eman-
38
John Lear, Workers, neighbors and citizens. The Revolution in Mexico City. University of Nebraska
Press. Lincoln & London. 2001.PP. 73-74 y224-225.
39
Ibidem. p.22.
40
Ibidem. pp.24-25.

34
ciparse”. En dicho artículo justificaba la participación de las mujeres
en el Grupo Sanitario Ácrata que acompañó a los obreros de la Casa
del Obrero Mundial que se integraron a los Batallones Rojos y fueron a
luchar con las fuerzas constitucionalistas.41 Argumentaba: “...lo que
impulsó a mis compañeras a tomar esa determinación, es una e indu-
dablemente la primera causa: porque la “Casa del Obrero Mundial”,
antes que enseñar otra cosa, enseñó a cumplir con el compañeris-
mo”.42

Tal vez en forma simplificada puede afirmarse que este fue el trata-
miento de las mujeres en el discurso de la Casa del Obrero Mundial: el
de compañeras de los hombres a todos los niveles. Me limitaré a citar
algunos párrafos que al amor libre dedicó Jacinto Huitrón, uno de los
principales dirigentes de la Casa, en un número de Revolución Social y
que confirman esta idea:

La tiranía empieza con las relaciones amorosas de los seres. Lo que debía ser
base de una generación consciente, libre y dichosa, es hoy el producto de una
humanidad fea, esclava y corrompida. (...) El primer verdugo es el marido que
se impone a la mujer, ya sea por la fuerza física o por la fuerza legal o religiosa.
El hombre, al unirse con la mujer, la sociedad lo considera como un pequeño
tirano al que hay que obedecer ciegamente: las relaciones con ellas no son mo-
rales, ni amorosas, sino materiales y despóticas. (...)
Tan solo los anarquistas, los llamados destructores de la humanidad, los ene-
migos del orden, de la moral divina, son bastante atrevidos, nobles y sinceros
para propagar estas nuevas ideas de amor libre, de igualdad, de fraternidad, po-
niendo a la mujer a la misma altura del hombre, considerándola como una
compañera de la vida, como una compañera de sociedad, de lucha, como una
parte integrante de la producción de la especie (...)
¡No más esclavas de la familia, de la sociedad, de la religión, del trabajo y del
hogar! ¡Arriba la mujer! ¡Igualdad en derechos y en deberes para todos! ¡Culti-
vad a la mujer! Que “querer es poder” y “la utopía de hoy será la realidad de
mañana”. Todo es obra de educación, educación y educación, señores egoístas.
¡Reivindicad a la mujer y se manumitirá la humanidad!43

Entre los proyectos que la Casa del Obrero Mundial se empeñó en


realizar y que permitiría está “manumisión de las mujeres”, estaba el
de crear una Escuela Racionalista que, como las Escuelas Modernas
41
En febrero de 1915 la Casa del Obrero Mundial firmó un Pacto con la facción constitucionalista de
la revolución, en el que cambio de apoyo militar a través de los Batallones Rojos obtenía la posibilidad de
hacer propaganda sindicalista por todos los territorios bajo control constitucionalista.
42
Genoveva Hidalgo, “También la mujer desea emanciparse” en Revolución Social, Etapa II, Orizaba,
30 de mayo de 1915. Número 5.
43
Jacinto Huitrón, “Amor sin cadenas” en Revolución Social, Orizaba, 1 de julio de 1915. Etapa II,
Número 9.

35
de Francisco Ferrer Guardia en Cataluña, impulsara una educación
mixta, laica, antiautoritaria, racional e integral.44 Ferrer sostenía que
“la mujer no debe estar recluida en el hogar. El radio de su acción ha
de dilatarse fuera de las paredes de las casas: debería ese radio con-
cluir donde llega y termina la sociedad. Más para que la mujer ejerza
su acción benéfica no se han de convertir en poco menos que cero los
conocimientos que le son permitidos: debieran ser en cantidad y en
calidad los mismos que el hombre se proporciona”.45 Ferrer considera-
ba que la escuela debía generar esa relación de compañerismo entre
hombres y mujeres que nos encontramos más tarde en el discurso de
los miembros de la Casa:

El propósito de la enseñanza de referencia –dice Ferrer- es que los niños de


ambos sexos tengan idéntica educación; que por semejante manera desenvuel-
van su inteligencia, purifiquen el corazón y templen sus voluntades; que la
humanidad femenina y masculina se compenetren, desde la infancia, llegando a
ser la mujer, no de nombre, sino en realidad de verdad, la compañera del hom-
bre.46

Las asambleas de los sindicatos vinculados a la Casa tenían lugar


cada ocho días, un día a la semana hasta que a principios de febrero
de 1916, acabando de manera brutal con la alianza que había hecho
con los trabajadores de la capital, llegó el general Pablo González con
yaquis, nos echó de la Casa, nos sacó nuestros archivos y nos los que-
mó en el patio de Sanborns, y que fue por orden del señor Carranza.47
En el mes de julio de 1916 tuvo lugar la única huelga general
que se ha organizado en la ciudad de México y que tuvo como causa
inmediata la política monetaria del gobierno de Venustiano Carranza.
Esther Torres participó activamente y lo cuenta así:

(...) y entonces sucede que nos acostamos con el billete valiendo un peso y al
otro día en la mañana nos encontramos con la terrible de que valía dos centa-
vos el billete (...) pues ¡’ay! decíamos: ¿ qué hacemos? –“Pues ni modo, pues
vamos a reunirnos a ver que acuerdo tomamos (...) Y desconcierto tremendo, y
pues naturalmente con la salida de Sanborns hubo desbandada (...) el sindicato
(...) era el único que nos podía defender, el único que podía hablar, el único que
44
Francisco Ferrer Guardia fundó la Escuela Moderna en Barcelona en 1910 que encabezó una red
de escuelas en España que implementaron una educación basada en la coeducación de ambos sexos, la
coesducación de clases sociales, el laicismo y el racionalismo, el antiautoritarismo y la educación integral.
Dicha propuesta educativa se vinculó a la creciente militancia anarquista en Cataluña y tuvo un enorme
impacto internacional, sobretodo tras el fusilamiento de Ferrer en 1909. Ver Anna Ribera Carbó, “Ciencia,
luz y verdad. El proyecto educativo de la Casa del Obrero Mundial” en Historias 32, Revista de la Direc-
ción de Estudios Históricos del INAH, México, D.F. Abril-Septiembre, 1994.
45
Francisco Ferrer Guardia, La Escuela Moderna, Madrid, Ediciones Júcar, 1976. P.52.
46
Ibidem. P.49.
47
Ibidem. Pp.28-29.
36
podía actuar, el sindicato, porque independientemente quién puede hacer algo,
¿no?. (...) Por fin se toma el acuerdo ahí, se hace la junta de la federación de
sindicatos (...) Cada sindicato manda un delegado; entre esos delegados íbamos
Nachita mi hermana y yo, el compañero Araiza, el que fue mi esposo, (...) y en-
tonces todos discuten y pues unos dicen que hay que protestar, que hay que
hacer una manifestación de protesta; y pues yo dije que pues a mí me había en-
señado que por medio del sindicato debiéramos de conseguir lo que quería el
trabajador y que (...) como el alma del sindicato era la huelga, yo proponía que
fuéramos una huelga general, una huelga de todos los gremios y todo eso, bue-
no pues entonces dijeron: “Una huelga general”.48

La huelga estalló el 31 de julio de 1916 y, si bien participaron los


sindicatos de la Federación de Sindicatos del Distrito Federal, fueron
los del sindicato de electricistas quienes de hecho paralizaron a la ciu-
dad cortando el servicio en energía. Dejo de nuevo que Esther Torres
haga el relato:

Se apagó la luz, a las doce y media de la noche y nosotros los que estamos ahí:
“Te felicito, te felicito, dándonos abrazos, apretones de mano y todo, y al otro
día en la mañana las calles llenas de pasquines y en cada esquina un grupo de
personas, señores, señoritas, todos leyendo, y la cita fue en la parte poniente de
la Alameda Central, que era ahí el salón Star, el lugar de los electricistas.49

Desde las ocho de la mañana, grupos de trabajadores empezaron a


llegar a la sede de los electricistas, que a las nueve se encontraba llena
de huelguistas. Veinte minutos más tarde dio inicio la sesión. Cuando
Luis Araiza explicaba a la asamblea las decisiones tomadas por el Pri-
mer Comité de Huelga del que formaba parte Esther Torres, compare-
ció el Doctor Atl. Según ella dijo El señor Carranza está disgustadísimo,
disgustadísimo. Me pidió que viniera con la Comisión de Huelga para
tratar con ellos.(...) El Primer Comité de Huelga salió rumbo a Palacio
Nacional acompañado del Doctor Atl. Diez minutos después la gen-
darmería montada, con todo y cabalgadura, entró al Salón Star a sable
desenvainado, obligando a los trabajadores a salir del recinto que fue
clausurado, lo mismo que la sede de la Casa del Obrero Mundial en la
calle Bucareli. En las memorias de Esther Torres permanecía vivo el
recuerdo de aquella jornada:

Cuando llegamos a Palacio, ya estaba una escolta ahí. Luego luego nos rodeó la
escolta, ya subimos escoltados (...) Saludamos al señor presidente, el nos saludó
también, y la emprendió con los compañeros: que eran unos traidores a la pa-
48
Ibidem.,. pp.29-30.
49
Ibidem., pp.33-34.
37
tria (...) Y ellos haciéndole ver que la cuestión era socio-económica, y él dicien-
do que no, que estaban en connivencia con ellos, con los gringos, y por fin
cuando llega a su máximo coraje del señor Carranza le dice al jefe de nuestra
escolta. “Lléveselos a la penitenciaría, que se les aplique la ley del 25 de enero
de 1862; aparte a las mujeres” Le dije, “no señor, nosotros corremos la misma
suerte de nuestros compañeros”. El señor Carranza dijo “todos”. Por eso to-
dos fuimos.”50

Las memorias de Luis Araiza son muy parecidas. Recuerda que


Esther “con virilidad y valentía se encara a Carranza y le refuta la opi-
nión en los términos siguientes: Señor, las mujeres tenemos la misma
representación y la misma responsabilidad en la Huelga que nuestros
compañeros..51 Los miembros del Comité de Huelga fueron conducidos
a la penitenciaría del Distrito Federal, puestos a disposición de las au-
toridades militares y encarcelados en celdas personales con centinelas
de vista. Un día después de acusar de traidores a la patria a los miem-
bros del Comité de Huelga, Carranza decretó la Ley Marcial que decre-
taba la pena de muerte de quienes organizaran, implementaran o sos-
tuvieran huelgas. El día 2 de agosto fue detenido Ernesto Velasco, diri-
gente de los electricistas y se le obligó a reponer el servicio eléctrico. Al
mediodía volvió a haber luz. Fue la señal para que se levantara la
huelga sin haber obtenido nada. El gobierno declaró a la Casa subver-
siva y fuera de la ley.
Mientras tanto los miembros del Primer Comité de Huelga perma-
necían en la penitenciaría. Los trabajadores de la Unión de Empleados
de Restaurante les enviaba desayuno, comida y cena. 52 En el interro-
gatorio les preguntaron que relación tenían con los trabajadores de
Estados Unidos, si la huelga se había acordado general o nacional, la
relación con otros trabajadores y trabajadoras.53 Se les sometió a un
juicio sumario. Luis Harris y Ernesto Velasco, aunque no formaban
parte del comité fueron consignados en virtud de ser los operadores de
la planta de energía de Nonoalco que cortaron el suministro.54 A los
veintiséis días fueron liberados todos, incluyendo a “las dos valientes
compañeras Esther Torres y Angela Inclán”55, y a excepción de Ernesto
Velasco, quien pasó año y medio en la penitenciaría.
La represión que se siguió contra la Casa del Obrero Mundial
acabó con su existencia y los trabajadores de la capital mexicana tu-
vieron que buscar otros espacios y formas de militancia. Esther Torres
reconoce que las cosas, afuera, no fueron fáciles para las mujeres sin-
50
Ibidem. Pp.33-34.
51
Luis Araiza, op.cit., p.144.
52
Ibidem. P.35.
53
Ibidem. P.36.
54
Luis Araiza, op.cit. P.157.
55
Jacinto Huitrón, op.cit. pp.295-296

38
dicalistas: Lo importante es que éramos muy mal vistas; por nuestros
compañeros muy bien vistas porque hasta nos decían compañerita,
compañerita, compañerita, pero por la sociedad éramos mal vistas, por-
que eso no era para una mujer, eso era para el hombre. Los hombres
tenían derecho a hacer todo, ¿verdad?, pero las mujeres no.56
Es seguramente por esto último, porque al interior de la Casa
del Obrero Mundial las mujeres se sintieron respetadas por sus com-
pañeros, y porque en el discurso de la organización se vieron dignifica-
das como trabajadoras, como personas y militantes, que se hicieron
sindicalistas y se aprestaron a luchar por un mundo mejor. Y es por
esto que Esther vio en su época de militante de la Casa en momento
estelar de su vida. Tras la represión las cosas cambiaron. Esther To-
rres contrasta su época de militancia en la Casa del Obrero Mundial
con los tiempos que le siguieron:

Sí, cuando yo fui miembro de la Casa del Obrero Mundial, podríamos decir
que era la edad romántica de la Casa del Obrero Mundial, porque era hermoso,
hermoso, hermoso, que el primero de mayo, ya como por abril empezábamos a
ahorrar, ya empezábamos a tomar acuerdos como vestirnos, que con falda ne-
gra y blusa roja; otra ocasión que de este color y de este otro; un entusiasmo
muy grande para ir por las calles en la manifestación. (...) cantábamos por las
calles el Hijo del pueblo, sin pena, dice mi hermana Nachita: “Si ahorita me dan
mil pesos porque yo cante en la calle, quédense con sus mil pesos”. Pero en
aquella época el entusiasmo, sin saber cantar, brincábamos y cantábamos y
creíamos que éramos los dueños de la situación, con nuestras banderas, con
nuestro estandarte, muy esperanzados de que las cosas cambiarían, ¿verdad?,
cambiarían, ¿verdad?, cambiarían. Yo a esa época le llamo la época romántica
de la Casa del Obrero Mundial”.57

Como se sostiene al inicio de la ponencia, este testimonio de Esther


Torres permite acercarse a quienes como ella militaron sin haber leído
la teoría y recordaron sin haber ideologizado sus memorias. Ella mis-
ma dice: ...pues yo prácticamente un libro socialista no vino a mis ma-
nos, porque yo me conformé con lo que escuché, y con lo que realizába-
mos.58
Esta entrevista me lleva a una última reflexión acerca de la impor-
tancia de los archivos de historia oral. Cuando emprendí la tarea de
escribir una historia de la Casa del Obrero Mundial en el año 2001,
era ya muy tarde para entrevistar a sus actores. Soy deudora de quie-
56
Entrevista con Esther Torres, p.58.
57
Ibidem, p.68.
58
Ibidem., p.59.

39
nes realizaron esta entrevista cuando yo ni siquiera sabía que un día
me dedicaría a la historia.

40
Cultura y Política en el interior de la
Argentina. La memoria de los
comunistas en las décadas de 1930
y 1940 y la formación de
una tradición obrera.
Mariana Mastrángelo59

Las historias personales y la “Historia”, esa que aparece en los li-


bros y con mayúscula, siempre en algún punto se entrecruzan. Este
entrecruzamiento entre historias personales y la historia como disci-
plina que pregunta, analiza y trata de buscar respuestas, es lo que
hace que nuestra asignatura tenga sentido y sea significativa como un
elemento de cambio. Cuando el hombre toma conciencia de que es el
protagonista de la historia y que a su vez puede modificarla, es cuando
nuestra disciplina cumple su objetivo. En este sentido, y en este entre-
tejido de la historia y de las historias personales, la historia oral ha
jugado un rol sumamente importante. Como herramienta metodológi-
ca, ha tendido puentes entre la memoria legítimamente producida por
los historiadores y las memorias individuales, en lo que tienen de per-
sonal y colectivo60. A partir de la definición de historia oral como un
59
Mariana Mastrángelo es doctoranda por la Universidad de Buenos Aires y forma parte del Programa
de Historia Oral de la Universidad de Buenos Aires.
60
Citado en Laura Benadiba y Daniel Plotinsky. De entrevistadores y relatos de vida. Introducción a la
Historia Oral. Buenos Aires: Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Buenos Aires, Imago Mundi,
2005. Pág. 9.

41
intento por combinar el predominio de la narrativa con la búsqueda de
conexión entre biografía e historia, entre experiencia individual y la
transformación de la sociedad61, se intentará en este trabajo vincular
las historias personales con una historia colectiva que marcó gran par-
te de la historia de nuestro país.
En mi caso personal, al igual que en la vida de muchas familias ar-
gentinas, nuestra historia familiar estuvo ligada a la política, y de esta
manera, a la historia argentina contemporánea. Tanto el Partido Pero-
nista, como el Partido Comunista, fueron ingredientes que conforma-
ron el mundo ideológico y político familiar. Por el lado paterno, el pe-
ronismo arraigó desde temprano y fue determinante ya que mi padre,
hijo de obreros, logró salir de uno de los barrios más populares de su
ciudad natal e ingresar a la universidad. Por el lado materno, en cam-
bio, mi abuelo aparte de ser escritor y provenir de una familia burgue-
sa, militó durante muchos años en el Partido Comunista. Es de imagi-
narse las peleas que se generaban en las sobremesas de cualquier
reunión familiar. Estos recuerdos, o partes del fixture familiar, me lle-
varon a estudiar la carrera de Historia. Buscando preguntas y encon-
trando respuestas anquilosadas en la academia, fue que tropecé con la
historia oral. Ahora, ¿Qué era esto de la historia oral? ¿Una herra-
mienta metodológica?, ¿Una nueva ciencia o una nueva disciplina?
Cursando talleres de historia oral es que ésta fue mezclándose con el
trabajo de investigación. Utilizar y crear fuentes orales fue lo que volvió
a ligar en mi trabajo, por medio de la subjetividad que nos proporciona
este tipo de fuentes, eso que debería ser la historia desde mi forma de
ver el mundo. Una historia viva, que tenga que ver con el hombre y no
con los “grandes hombres o próceres” de la Historia con mayúscula.

I
Este trabajo gira en torno a las prácticas políticas y culturales de
los trabajadores en la Argentina a través de un análisis de caso, espe-
cíficamente el de los orígenes del peronismo en la provincia de Córdo-
ba. Para tal efecto, nos centraremos en dos ciudades del interior de la
misma, San Francisco y Río Cuarto en las décadas de 1930 y 1940. La
selección de estas dos ciudades del interior cordobés se debe a que por
su situación socio- económica, son las más importantes de la provincia
de Córdoba, exceptuando la ciudad capital. Por otro lado fueron rele-
vantes en estas ciudades los altos niveles de conflictividad y la presen-
cia desde temprano de partidos de izquierda. Para ahondar en esta
cultura obrera del interior del país nos hemos valido de fuentes escri-
tas y de la Historia Oral como metodología de trabajo. Nuestro objetivo
61
Alessandro Portelli. The Battle of Valle Giulia. Oral History and the art of dialogue. Madison, Wis.:
The University of Wisconsin Press, 1997.

42
es analizar la presencia de una cultura obrera radicalizada62, inda-
gando cual fue la participación de los partidos de izquierda en la cons-
titución del movimiento obrero y si estos adhirieron, en la década de
1940, al peronismo. En esta reconstrucción de nuestro objeto de estu-
dio, la historia oral ha echado luz ya que a través de las memorias de
militantes de izquierda se ha abierto un abanico de cuestionamientos
en torno a las tradicionales hipótesis que se tenían sobre este tema. En
este sentido, se han realizado entrevistas en profundidad a obreros/as
que participaron en una de las huelgas más importantes de la ciudad
de San Francisco en el año 1929, en donde el Partido Comunista ayu-
dó en la organización, movilización y constitución del movimiento
obrero de esta ciudad como sujeto colectivo. También se entrevistó a
obreros e intelectuales que fundaron y dieron vida al Partido Comunis-
ta en la ciudad de Río Cuarto, en donde la influencia de este partido
sobre el resto de la sociedad fue muy importante. Las memorias y tes-
timonios de aquellos protagonistas que en algún momento de sus his-
torias se identificaron con un partido de izquierda, en este caso el Par-
tido Comunista, nos hacen reflexionar sobre una cultura obrera que
hasta el momento sólo se circunscribía a los grandes centros urbanos.

II
Mucho se ha escrito sobre los orígenes del peronismo en la historio-
grafía contemporánea argentina. Sobre todo, desde el campo de la so-
ciología se ha estudiado este fenómeno histórico desde los aspectos
político, económico, cultural y sindical. El problema de la mayoría de
los estudios sobre peronismo es que se han circunscrito a los grandes
centros urbanos en donde se conglomeraban importantes concentra-
ciones obrera. Esto determinaba, para algunas corrientes historiográfi-
cas, que el peronismo tuviera un terreno fértil en donde predicar ya
que el proceso de sustitución de importaciones en la década de 1930
había producido grandes migraciones de personas del campo hacia
ciudades como Buenos Aires o Santa Fe. Estas migraciones hicieron
que hubiera una gran masa disponible de trabajadores ya que la nece-
sidad de trabajo y el bajo o nulo grado de politización hizo que muchos
de estos obreros se sumaran al peronismo. La pregunta es que sucedía
62
Si bien sería complejo hablar aquí de “cultura” como el conjunto de pautas y criterios que articulaban la
identidad del conjunto de los obreros del interior cordobés ya que se requiere de un análisis más profundo,
sí se pueden inferir algunas estructuras de sentimientos, como las denomina el autor inglés Raymond
Williams. Lo que se plantea este trabajo es ver cómo, a través de situaciones coyunturales como fueron la
huelga de 1929 en la ciudad de San Francisco y la constitución de los sindicatos en la ciudad de Río Cuar-
to, los trabajadores fueron mostrando una serie de valores y principios. Estos generaron un comporta-
miento aceptado como “propio” y “correcto” entre los propios obreros, de esta manera fueron organizán-
dose y forjando lazos solidarios entre los mismos. De esta circunstancia es que fue cristalizándose un tipo
de cultura particular, cuya característica más significativa fue la fusión de tradiciones que los inmigrantes
traían de sus lugares de origen con experiencias radicalizadas que los obreros y obreras sanfrancisquen-
ses y riocuartenses fueron adquiriendo a través de la lucha por sus reivindicaciones laborales.

43
fuera de ciudades como Buenos Aires o Santa Fe. ¿El interior presen-
taba la misma realidad? ¿Había industrias y por lo tanto obreros? ¿Se
había generado una ruptura en la tradición y en las prácticas políticas
de los obreros entre 1930 y 1940 como en los grandes centros urba-
nos?
Desde un principio, dentro de la tradición historiográfica sobre los
orígenes del peronismo, encontramos el planteo de un quiebre abrupto
en la tradición y prácticas políticas entre la década de 1930 y 1940.
Esta idea de ruptura entre estos dos períodos la sintetizó el planteo de
José Aricó. Este autor postulaba, en 1979, este conflicto entre los par-
tidos de izquierda y las prácticas políticas de los trabajadores en la dé-
cada de 1930:’Si existían condiciones relativamente favorables para la
conquista de las masas por una izquierda – y más particularmente por
los comunistas – en proceso de renovación y cambio, el problema a in-
dagar sería porqué los hechos siguieron un rumbo distinto y la década
de su mayor presencia en los movimientos sociales y en la vida política
nacional encontró una desembocadura cuyo signo característico fue, en-
tre otros, el radical apartamiento de la izquierda socialista de la con-
ciencia y de la práctica política de los trabajadores y de las clases
populares argentinas.63
Un primer intento de respuesta a esta problemática lo había reali-
zado, en 1962, Gino Germani. El análisis sociológico de este autor so-
bre el surgimiento del peronismo64 presentaría la existencia de un cor-
te abrupto entre una “vieja” y una “nueva” clase obrera en la Argenti-
na, que se habría producido desde los años treinta, a partir del proce-
so de industrialización por sustitución de importaciones. La “vieja” cla-
se obrera aparecía como naturalmente inclinada a ideologías de clase,
esta era mayoritariamente descendiente de una inmigración extranje-
ra, que portaba un carácter autónomo, con una extensa experiencia
político sindical, y contaba a su vez, con una larga relación con el
mundo urbano y la producción industrial. Los “nuevos” trabajadores,
provenientes de una migración interna desde las provincias más po-
bres del país que se mostraba atraída por aquella rápida industrializa-
ción, aparecía, en cambio, con valores de heteronomía, asumiéndose
como “pobres” antes que como “clase”, y se mostraban carentes de ex-
periencia en el mundo industrial, urbano y sindical. Por estas razones,
Gino Germani encontraba que estos nuevos contingentes laborales
habrían sido esquivos a los partidos de clase como el Partido Comunis-
63
José Aricó: “Los comunistas y el movimiento obrero”. En La Ciudad Futura. Suplemento nro.3,
1979.
64
Gino Germani: Política y sociedad en una época de transición. De la sociedad tradicional a la so-
ciedad de masas, Buenos Aires, Editorial Paidós, 1974, 5ta. Edición modificada (1era. edición: 1962), “El
surgimiento del peronismo: el rol de los obreros y de los migrantes internos”, en Mora y Araujo e Ignacio
Llorente (comps.), El voto peronista. Ensayos de sociología electoral argentina, Buenos Aires, Editorial
Sudamericana, 1980.

44
ta y el Partido Socialista, y se habrían convertido en “masa disponible”
para el ejercicio de proyectos autoritarios y demagógicos como el que
llevaría a cabo Juan Domingo Perón desde su llegada al gobierno mili-
tar surgido en 1943.
Relacionada a la línea interpretativa de Gino Germani, Torcuato Di
Tella65, en su estudio sobre la génesis del peronismo, definió a este fe-
nómeno como una “coalición populista”. Esta se caracterizó por tener,
según este autor: 1) un tipo de elite particular, en la cual se distinguí-
an dos actores sociales nuevos que tenían intereses en común: los in-
dustriales y los militares (estos intereses estaban vinculados a la co-
yuntura que se dio en la década de 1930 con el proceso de sustitución
de importaciones); 2) un tipo de participación política popular marcada
por un alto grado de movilización y un bajo nivel de organización au-
tónoma y 3) un tipo de liderazgo carismático. Para T. Di Tella, la parti-
cipación política generada por el peronismo se caracterizó por ser “mo-
vilizacionista”66, en donde las masas movilizadas, carentes de expe-
riencia organizativa, eran aptas para ser controladas por un líder ca-
rismático como Perón. Esta mano de obra proveniente del campo (fal-
tos de experiencia en el mundo industrial y sindical, diría Gino Ger-
mani) para las nuevas industrias en la década de 1930, fueron per-
meables y fácilmente manejadas desde arriba, conformándose estos
nuevos trabajadores en las bases del nuevo movimiento que emergía.
En otra línea interpretativa, esta diferenciación entre “vieja” y “nue-
va” clase obrera ya ha sido saldada en los clásicos trabajos de Miguel
Murmis-Juan Carlos Portantiero, Hugo del Campo y Juan Carlos To-
rre, quienes señalaron la existencia de una interrelación entre estos
dos sectores67. Sin negar el fuerte respaldo que el emergente populis-
mo concitó entre los nuevos componentes del proletariado fabril surgi-
do en los años veinte y treinta. Lo que demostraron estos autores es
que importantes expresiones de la “vieja” clase obrera también fueron
parte decisiva en la conformación del peronismo; pero más importante
es señalar que estos autores rescataron el accionar del Partido Comu-
nista como una experiencia relevante en la historia de la clase obrera
preperonista, dando la idea de continuidad más que de ruptura entre
estos períodos.
Un antecedente en el papel que tuvieron los comunistas en la déca-
da de 1930 es el trabajo inconcluso de Celia Durruty68. El estudio de
esta autora es sugerente para la investigación aquí planteada ya que la
65
Torcuato Di Tella. Clases sociales y estructuras políticas. Buenos Aires, Editorial Paidós, 1974.
66
Torcuato Di Tella. Clases sociales y estructuras políticas. Op. Cit.
67
Miguel Murmis-Juan Carlos Portantiero, Estudios sobre los orígenes del peronismo. Buenos Aires,
Editorial Siglo XXI, 1972. Tomo I. Hugo del Campo, Sindicalismo y peronismo. Los comienzos de un vín-
culo perdurable, Buenos Aires, CLACSO, 1983. Juan Carlos Torre, La vieja guardia sindical y Perón. So-
bre los orígenes del peronismo. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1990.
68
Celia Durruty, Clase obrera y peronismo, Buenos Aires, Ediciones de Pasado y Presente, 1969.

45
misma incursiona en la creación de la Federación Obrera Nacional de
la Construcción y el papel que los militantes del PC jugaron en ella.
Hay que destacar que la preocupación del trabajo se centraba en bus-
car las causas que explicaran por qué el movimiento sindical que se
había ido constituyendo en las décadas de 1920 a 1940, en donde los
comunistas habían tenido un papel fundamental, derivó hacia la con-
formación de un partido como fue el Laborismo en 1945 y la alianza
con el sector militar encabezado por Perón.
Por su parte, en el interior del país, desde la década de 1980 se vie-
ne estudiando lo que César Tcach69 denominó el peronismo periférico.
Estas interpretaciones extracéntricas sobre el origen de este movimien-
to han puesto de relieve que la realidad del interior se presentaba con
características propias. Este autor parte del supuesto de que la clase
obrera era débil y el fenómeno inmigratorio nulo, elementos estos fun-
damentales para las interpretaciones que centran su objeto de estudio
en Buenos Aires y en su proceso de industrialización. En el interior del
país, César Tcach encuentra que el peso de los factores tradicionales
fue central en la configuración del peronismo originario. Acción Católi-
ca, el Partido Demócrata, el sector nacionalista de la UCR, grandes te-
rratenientes, empresarios locales, profesionales, fueron algunas de las
bases con las que contó Perón en el interior del país. Esta estrategia
respondía, siguiendo a Tcach70, a la necesidad de Perón de conseguir el
respaldo de actores políticos y sociales poderosos que facilitasen su
acceso a la presidencia.
Dentro de esta línea interpretativa, las investigaciones de Darío Ma-
cor71, subrayan que los elementos conservadores fueron nucleares en
la constitución del peronismo santafesino. En especial, resalta el rol
que desempeño Acción Católica en estos años. Para este sector, el pe-
ronismo significó un lugar privilegiado para seguir dirigiendo a la so-
ciedad. Este objetivo fue compartido con otros sectores políticos loca-
les, como fueron los radicales conversos, grupos nacionalistas y cua-
dros técnicos del laborismo. De esta manera, concluye este historiador,
esta tradición católica le sirvió a Perón para legitimar su poder en el
interior.

III
El trabajo de César Tcach sobre el peronismo periférico citado ante-
riormente, parte del supuesto de que el movimiento obrero en la ciu-
dad de Córdoba era muy débil o casi nulo, y por esta razón, fueron los
elementos más conservadores de la sociedad cordobesa las que ad-
69
César Tcach. “El enigma peronista: la lucha por su interpretación”. En Historia social, nro. 43, 2002.
70
César Tcach. Op. Cit.
71
Darío Macor y Eduardo Iglesias. El peronismo antes del peronismo: memoria e historia en los orí-
genes del peronismo santafesino. Santa Fe, Centro de Publicaciones, Universidad Nacional del Litoral,
1997.
46
hirieron a este movimiento. Es nuestro objetivo en este trabajo cues-
tionar estas hipótesis de investigación ya que los datos nos demues-
tran una realidad distinta para el caso de la provincia de Córdoba, lo
cual nos obliga a pensar si en la ciudad capital no sucedía algo simi-
lar. Los testimonios recogidos y las fuentes escritas, como los censos
de población y bibliografía específica demuestran que, si bien la indus-
trialización en Córdoba fue incipiente, y sobre todo, estuvo ligado a las
actividades agropecuarias, el movimiento obrero tuvo un peso impor-
tante tanto a nivel numérico como en su temprana organización y poli-
tización. A raíz de la existencia de una realidad que se muestra distin-
ta a la planteada por los estudios extracéntricos, es que concebimos en
esta investigación dos hipótesis de trabajo:
La primera de ellas sugiere que el movimiento obrero formó parte del
entramado social que constituyó el peronismo en esta provincia.
La otra hipótesis sostiene que ha habido una continuidad en las
prácticas políticas y culturales de estos trabajadores, donde la presen-
cia del Partido Comunista ha sido determinante en este proceso.
Partiendo de los datos empíricos, los censos de 1895 y 191472 de-
muestran que la industria argentina se hallaba fuertemente concen-
trada en pocos centros, particularmente en el entorno del Gran Bue-
nos Aires. Esas concentraciones industriales en torno a unos pocos
centros urbanos, y en general ubicados sobre el eje La Plata-Buenos
Aires-Litoral cercano, comienzan en la década de1930 y se acentúan
en los años 1950 y 1960. Para el resto del país se verifica una gran
heterogeneidad por estratos ocupacionales y tipo de actividad. Por
ejemplo, en 1895 la Capital Federal concentraba unas dos terceras
partes de la producción, masa laboral y fuerza motriz, el resto del país,
incluyendo Córdoba y Santa Fe quedaban muy rezagados con respecto
a este. En 1914, ese panorama cambia a favor de una distribución re-
gional más equilibrada, pero dentro de un marco de industrialización
incipiente.73 Por ejemplo para el caso de Córdoba y Santa Fe:

Valor de la producción:
1939: 12%
1946: 12%
Obreros:
1939: 14.5%
1946: 14%
Fuerza motriz:
1939: 16%
1946: 14%
72
Veáse censos de 1895 y 1924 en lo que respecta a la industrialización.
73
Adolfo Dorfman: Cincuenta años de industrialización en la Argentina, 1930-1980. Buenos Aires, Edicio-
nes Solar, 1983

47
Producción: (sólo Córdoba)
1937: 3.5%
1946: 3.5%
Empleo:
1937: 4.5%
1946: 4.5%

Los cambios producidos en la ciudad de Córdoba en 1870 a raíz de


la instalación del ferrocarril, el incremento del comercio y de la cons-
trucción, provocaron un aumento del 2,4% en el sector secundario,
mostrando un claro crecimiento del sector industrial74. Para las auto-
ras Hilda Iparraguirre y Ofelia Pianetto75 esto produjo cambios sustan-
tivos a partir de 1870-1914 en la estructura productiva ya que la mis-
ma se amplió en su base social, empezando a aparecer un importante
número de artesanos urbanos, pequeños productores rurales y subur-
banos y obreros asalariados.
Estos ejemplos demuestran que si bien había una industrialización
incipiente, esta existía y albergaba a un importante porcentaje de obre-
ros. Esto se complejizaría si tomamos en cuenta las memorias de Je-
sús Manzanelli. Este dirigente obrero comunista señalaba que el mo-
vimiento obrero cordobés era tan importante y combativo que para la
década de 1920 y 1930, más de cuarenta sindicatos ingresaron en la
nueva central del proletariado cordobés,76 reuniendo a más de cincuen-
ta mil obreros entre la ciudad y el campo. Quizás esta cifra esta sobre-
dimensionada, puesto que de ser cierta, se puede inferir que Córdoba
sería una de las provincias con más trabajadores organizados en el pa-
ís. Sin embargo, más allá de su estricta veracidad, la misma refleja la
importancia que tenía el movimiento obrero en esta ciudad y particu-
larmente en esa época la U.O.P (Unión Obrera Provincial) que estaba
en manos del Partido Comunista. Para rastrear esta tradición organi-
zativa y política del movimiento obrero cordobés hay que remarcar que
ya en 1870-1880 surgen las primeras organizaciones mutualistas de
trabajadores, y en 1890, se empiezan a organizar los primeros sindica-
tos por oficio en la ciudad (los primeros serán los telégrafos y correos,
siguiéndole los panaderos y los ferroviarios). También es de destacar
que en 1874 se conformó una sección de La Primera Internacional, y
74
Estos datos pueden observarse en el Censo Municipal del año 1906. Véase el Instituto de Estudios
Americanistas.
75
Véase Hilda Iparraguirre y Ofelia Pianetto. La organización de la clase obrera en Córdoba, 1870-
1895. Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba, 1968.
76
En bastardilla ya que la frase es tomada de: Jesús Manzanelli. La vida de un dirigente obrero y co-
munista cordobés. Buenos Aires, Centro de Estudios Marxistas-Leninistas “Victorio Codovilla”. , 1971.
Pág. 17. La Unión Obrera Provincial fue constituida en 1919.

48
en 1890, se inauguró el Club Worwäts, festejándose en esta ciudad el
primer aniversario del Día del Trabajador77.
La necesidad de organización de los obreros en la U.O.P. y previa-
mente en sindicatos se debía, a su vez, a que el nivel de conflictividad
en esta provincia fue una de sus características más sobresalientes
desde las primeras décadas del siglo XX78. Los años 1920 y 1930 estu-
vieron signados por altos niveles de conflictividad, tanto en la provincia
como en la misma capital de Córdoba. Los conflictos de obreros rurales
en el interior de la provincia79, la repercusión de la huelga ferroviaria
del año 191780, el Tampierazo en 1929 en San Francisco y la Reforma
Universitaria en el año 1918 dan cuenta de este fenómeno. Esta última
inauguró un proceso de cuestionamientos a nivel universitario que rá-
pidamente tuvo repercusión en el movimiento obrero cordobés81. A
principios de 1918, la huelga de los obreros del calzado inició la mar-
cha a un conjunto de huelgas que abarcarían varios gremios, entre
ellos a Zapateros, Albañiles, Pintores, Carpinteros, Caleros y Moline-
ros, los que en su gran mayoría triunfaron. En 1918, estos sindicatos
se agruparon en la Federación Obrera Local (en adelante F.O.L) en la
ciudad de Córdoba. Al mismo tiempo, en el sud y oeste de la provincia
agraria, los obreros rurales entraron en pleno período de agitación. De-
legados de la F.O.L. incidían en pueblos y ciudades importantes como
Marcos Juárez, Bell Ville, Villa María, Leones, Río Cuarto. En el térmi-
no de un mes la ola de huelgas se había extendido por toda la zona
agraria, organizándose más de veinte sindicatos, entre ellos, Estibado-
res, Carreros y Oficios Varios.82 En clima de gran agitación, en 1919,
se realizó el Congreso Constitutivo de la Federación Obrera Provincial
(F.O.P.).
En este ambiente de organización y movilización del movimiento
obrero, Córdoba en la década de 1930, estuvo signada por la interven-
ción federal hasta 1932, momento en que se hizo cargo de la goberna-
ción el demócrata Pedro Frías83. En 1936 ganó el radical Amadeo Sa-
battini la gobernación de la provincia, quien estuvo en el poder hasta
1940. El problema del desempleo fue uno de los temas más acucian-
tes que debieron enfrentar estos gobiernos. Es recurrente encontrar en
los diarios de la época la movilización de desocupados en la ciudad ca-
77
Véase Hilda Iparraguirre y Ofelia Pianetto. Op. Cit.
78
La primera huelga que se registra en la ciudad de Córdoba es en 1888, siendo los empleados del
correo los primeros en reclamar aumento de sueldo. De allí en adelante, tipógrafos, foguistas, panaderos,
peones italianos, etc., se ven envueltos en situaciones de resistencia contra la patronal.
79
Sobre conflictos obreros-rurales, véase: Waldo Ansaldi (comp.). Conflictos obreros rurales pam-
peanos. (1900-1937). Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1993.
80
Véase para el tema de la huelga ferroviaria en Córdoba: Mónica Gordillo. El movimiento obrero fe-
rroviario desde el interior del país (1916-1922). Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1988.
81
Roberto A. Ferrero. Historia crítica del movimiento estudiantil de Córdoba. (1918-1943). Córdoba,
Editorial Alción, 1999.
82
Sobre conflictos obreros-rurales, véase: Waldo Ansaldi Op Cit.
23
El doctor Pedro Frías estuvo en su mandato desde 1932 a 1936.
49
pital y en el interior de la provincia, agrupados en la organización de
desempleados “Pan y Trabajo”. Una salida para la desocupación fue
crear una “Junta del Trabajo” en 1934 cuyo objetivo fue “organizar y
realizar en toda la provincia una acción tendiente a combatir el paro
forzoso”84. A su vez, en el aspecto laboral, Córdoba siguió el ritmo del
gobierno nacional al sancionarse la ley 11.729. Ésta dio vigencia a una
serie de conquistas obreras como fueron las vacaciones anuales, in-
demnizaciones por despidos y el sábado inglés. Sin embargo, los con-
flictos obreros siguieron ya que la necesidad de agremiarse surgió de
distintos sectores, entre ellos, maestros, empleados de ómnibus,
chaufferes y de la construcción. También desde la patronal se plantea-
ron disputas con el gobierno. El Centro Comercial provocó un paro en
protesta por la suba de impuestos que tuvo repercusiones en toda la
provincia85 y que un año después generó el cierre total de estableci-
mientos industriales y casas comerciales.
La presencia de partidos de izquierda, tanto en la ciudad capital
como en el interior, es recurrente en la crónica de los diarios de la épo-
ca. Por ejemplo, el Partido Socialista tenía todo un programa de difu-
sión y organización política y cultural en la capital y en el interior de la
provincia. El mismo realizaba mítines, actividades culturales y las mu-
jeres se organizaron en la Federación Femenina Socialista “Carolina
Muzzilli”86. También se daban conferencias y discusiones tanto en la
Casa del pueblo como en la Legislatura provincial. Diputados como
José Guevara, Arturo Da Rocha y Arturo Orgaz eran oradores que to-
caban los más diversos temas como eran el sábado inglés, la jornada
de trabajo máximo de seis horas, la ley de jubilaciones y pensiones y el
voto femenino87. Otro de los temas importantes en la época fue la lu-
cha contra el fascismo. El PS estuvo comprometido a través de siste-
máticas denuncias sobre bandas de fascistas y legionarios que opera-
ban en la ciudad con total impunidad88. Lo paradódijo es que fueron
estas bandas de fascistas y legionarios quienes asesinaron al diputado
socialista José Guevara, en un acto antifascista que el PS había orga-
nizado89.
Trazar la trayectoria del Partido Comunista para el mismo período
se torna más complejo ya que la persecución y represión sistemática
hacía estos militantes impide verlos claramente como a los miembros
del PS. Una muestra de esto es el proyecto de ley sobre represión co-
84
Véase el diario La Voz del Interior de julio de 1934.
85
Véase el diario La Voz del Interior de mayo de 1933.
23
Véase el diario La Voz del Interior de junio de 1932.
87
Véase el diario La Voz del Interior de todo el período 1932.
88
Son notables las intervenciones de estos grupos en el centro de la ciudad. Por ejemplo aparecían
pintadas de propaganda fascista en las paredes de la ciudad contra el pulpo rojo-ácrata. Como también
agresiones físicas en contra de los ciudadanos. Véase La voz del Interior años 1931, 1932 y 1933.
89
Véase el diario La Voz del Interior de septiembre y octubre de 1933.

50
ntra el Partido Comunista que presentó el senador por Buenos Aires,
Sánchez Sorondo. Por esta razón, las intervenciones del PC eran clan-
destinas y de acción directa. Dos casos pueden ser tomados como
ejemplo del clima que se vivía en la época en relación al PC. El primero
de ellos tiene como protagonista al grupo estudiantil comunista Insu-
rrexit. Éste realizó distintos tipos de acciones, entre ellas, mítines co-
mo forma de protesta por la destitución de dos profesores universita-
rios, el Dr. Bermann y el Dr. Orgaz, quienes fueron retirados de sus
cargos por formar parte del PC. Este hecho generó un malestar que se
tradujo en huelgas estudiantiles y de profesores. Hasta el Poder Ejecu-
tivo tuvo que intervenir sobre la decisión del Consejo Directivo de la
Facultad de Medicina para que se les restituyera en sus cargos a estos
dos profesores. Unos meses más tarde, el día lunes17 de octubre de
1932, estallaron 5 bombas en distintos lugares de la ciudad de Córdo-
ba. Hubo varios heridos y un obrero muerto. Dos de las bombas fueron
colocadas en la casa del Doctor Albarenque, dos más en la casa del
Doctor Walter, quienes eran profesores universitarios, y otra en el local
de Insurrexit. La policía culpó a los estudiantes de Insurrexit como los
responsables de estas explosiones, siendo detenidos el presidente de la
federación universitaria, Tomás Bordones, Juan Cabodi, los hermanos
Seguí, Mocchiaro, de Insurrexit, y un italiano, Francisco Nicolai, como
también se allanó el local de este grupo. El martes 18 la Federación
Universitaria hizo un fuerte repudio por el atentado, culpando a los
reaccionarios. Se liberaron a los detenidos y Tomás Bordones declaró
que el día anterior al atentado la ciudad había amanecido empapelada
con carteles del Partido Fascista90. Si bien este hecho quedó sin escla-
recer, y es probable que se los involucrara a los estudiantes errónea-
mente, lo cierto es que a partir de este suceso, cada intervención que
tuvo este grupo estudiantil fue reprimida por la policía.
El segundo ejemplo sucedió en la ciudad de Río IV. El día martes 8
de noviembre de 1932, se enfrentó la policía con obreros en un mitin
del PS, resultando herido el jefe de investigaciones de esta ciudad, un
empleado de nombre Cruz Ticera y el dirigente obrero y comunista An-
tonio Quiroga. El incidente se produjo cuando el diputado nacional
Ángel Giménez estaba hablando y obreros comunistas empezaron a
abuchearlo pidiendo que hablara un verdadero obrero. Intervino la po-
licía, hiriendo de bala al dirigente comunista Antonio Quiroga. Lo inte-
resante de este enfrentamiento es que la intención del PC era con este
disturbio en el mitin del PS distraer a la policía y llegar a tomar la jefa-
tura policial y la municipalidad, cosa que no sucedió porque el tiroteo
que se generó dejo herido a su principal dirigente, quien tuvo que ser
hospitalizado de inmediato.
90
Véase el diario La Voz del Interior de los meses de mayo a octubre de 1932.

51
Estos dos ejemplos son una muestra de las intervenciones del PC,
que sucedían de manera esporádica y clandestina y sólo aparecen en
los diarios cuando son sucesos policiales. Donde sí pueden verse las
actividades políticas y culturales del PC es a través de sus órganos de
difusión. El diario Orientación, periódico oficial del partido, revistas
quincenales como “Bandera de Combate”, “Frente Único”, “Lucha de
Clases”, son algunas de las fuentes que se han podido consultar donde
se pueden encontrar discusiones políticas, actividades culturales, co-
mo proyección de películas soviéticas con posteriores debates, organi-
zación de las mujeres en la Federación Antiguerra de Mujeres, quienes
tenían su propio estatuto y una cede donde se reunían, así como tam-
bién la Federación Femenina Comunista, que también tenía su propio
lugar de reunión. También los dirigentes más destacados del PC reco-
rrían la provincia y la ciudad capital estimulando y organizando a los
obreros en sindicatos.

IV
Para el caso de la ciudad de San Francisco, en 1929 por ejemplo, se
desató una de las huelgas más sangrientas y violentas de la época. Es-
te hecho quedó registrado en los diarios de la época91, tanto a nivel lo-
cal como provincial ya que esta ciudad estuvo parada por tres meses y
fue intervenida por el gobierno provincial. Nicolás Repetto92, diputado
socialista de la época, mencionaba la existencia de un soviet en esta
ciudad. ¿No es extraño que hubiera obreros sino también partidos de
izquierda en una provincia donde supuestamente el movimiento obrero
era débil o prácticamente nulo? Estos interrogantes nos llevaron a co-
tejar los diarios de la época y allí encontramos no sólo que había obre-
ros, sino también que el grado de conflictividad era altísimo. De nuevo
nos preguntamos: ¿No era que no había obreros según los estudios
sobre el peronismo extracéntrico? Veamos que nos dicen los protago-
nistas de la época. A raíz de la huelga de 1929 en la ciudad de San
Francisco entrevistamos a una de las participantes93 de la misma y
esto nos decía:

P: Doña Leticia, ¿Usted participó en la huelga del año 1929?


R: No sé, cosas de juventud, como las compañeras... porque ahí había dos sec-
ciones, la sección mía se hicieron huelguistas, yo también me hice huelguista.
Casi me mataron, porque vi morir a dos. La policía nos tiroteo una mañana que
salimos en manifestación, vi morir a dos muchachos y una chica.
P: ¿A Rosa Venegas?
91
El diario local La Voz de San Justo lleva una crónica minuciosa de la huelga de 1929 en esta ciu-
dad. Los diarios La Voz del Interior y los Principios de la ciudad de Córdoba le dedican las páginas centra-
les durante varias semanas.
92
Minuta presentada por Nicolás Repetto. Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados.
93
Entrevista a Leticia Castelli, octubre de 2001.
52
R: No me acuerdo más los nombres de ellos.
P: Ella es una de las que murió, tenía 14 años de edad.
R: Claro, si yo entré de 14 años en la fábrica.
P: ¿Y en que sección trabajaba usted?
R: En la de paquete, había tres secciones y yo estaba en esa.
P: ¿Y cuánta gente trabajaba allí?
R: Se calculaba 300 personas.

El testimonio de esta participante en la huelga de 1929 no sólo re-


vela el nivel de conflictividad de la época sino también refleja la canti-
dad estimativa de obreros que trabajaban en la fábrica Tampieri, lugar
en donde este conflicto tuvo más eco. En otra entrevista a un obrero
de la misma fábrica, descubrimos a su vez una gran variedad de in-
dustrias para la época. Este trabajador ingresó a trabajar en la década
de 1940, y nos decía:

P: En la década de 1940, ¿Cuántos obreros habrá habido acá en San Francis-


co?, ¿Se acuerda?
R: No, no podría acordarme de cuantos obreros había aquí en San Francisco
P: ¿Y recuerda cuantas fábricas había?
R: Tampieri tenía: fideos, galletitas, molino, transporte; el Molino Río de La
Plata, el molino Boero, Miretti, Magnano y la fundición, que se yo y todas las
fabricas que había por ahí, otras no me acuerdo, estaba Puzzi que estaba acá en
la provincia de Santa Fe, que pertenecía a San Francisco, porque vivía él acá,
pobre el trabajo que hacia era todo trabajo para San Francisco.94

Otro de los testimonios, pero en este caso de un obrero que entró a


la fábrica Tampieri en el año 1944, en los años previos al peronismo,
revela la cantidad estimativa de obreros que había en esa época en la
fábrica:

P: Dígame Don Scavino ¿Por qué la mayoría de los obreros en la fábrica Tam-
pieri eran mujeres?
R: Y porque era mucho trabajo de mujeres, la rosca, que hacia la rosca, o sea
que tres mujeres hacían ocho bolsas a la mañana de 70 kilos y nueve a la tarde
en rosca, tres mujeres nueve horas, había mas o menos 80 mujeres en la rosca,
después cuando la señora Gregoria tocaba el pito y no salías se armaba una… y
porque si salías y dejabas el trabajo y te hacia echar... había 4, 5 secciones había
460 mujeres y 200 hombres cuando yo entre en el año 1944.
P: ¿En el año 1944 había más o menos 700 obreros en su fábrica?
R: Y más o menos… Cuando salí en el año 1977 había solo 25, ya estaba ido,
ya estaba casi todo ido…95

94
Entrevista a Cayetano Bonfiglioni, obrero de la fábrica Tampieri, octubre de 2001.
95
Entrevista a Dionisio Scavino, obrero de la fábrica Tampieri, octubre de 2001.

53
Los distintos testimonios antes citados demuestran un importante
desarrollo industrial ya para las décadas de 1930 y 1940. Sin embar-
go, en la ciudad de San Francisco, desde 1890 encontramos una inci-
piente industrialización que estaba ligada, sobre todo, a la economía
agropecuaria de la época. Una de las primeras industrias que evolu-
cionó en la zona fue una calera que respondía al rápido crecimiento de
la construcción en la ciudad. Otra fábrica que comenzó en esos años a
funcionar fue la de fideos Tampieri, Biava y Cía. En 1920, la fábrica,
que funcionaba sólo con el nombre de Tampieri, contaba con un plan-
tel de 150 operarios, en su mayoría, inmigrantes italianos, polacos,
rusos, yugoslavos aunque también empleaba criollos.
En la misma década comenzaron su actividad industrial una fábri-
ca de zarandas para máquinas agrícolas y otra fábrica de sulkis. A es-
tas industrias se sumaron talleres de herrería y reparación de maqui-
narias agrícolas, talleres de curtiembre, una fábrica de jabones, otra
de calzado, una carpintería mecánica, un taller de metalurgia, una fá-
brica de hielo y gaseosas.
Estos datos dan cuenta, por un lado, que la industria fue uno de
los pilares de desarrollo económico en la ciudad de San Francisco, en
donde la variedad de industrias y el número de obreros96 era importan-
te. Por el otro lado, la huelga de 1929, que involucró a tres de las fá-
bricas más importantes de la ciudad como fueron Miretti, Boero y
Tampieri, puso en evidencia a un movimiento obrero que se organizó,
politizó y movilizó por una lucha que comenzó como una reivindicación
por la jornada de ocho horas y un aumento salarial y terminó politi-
zando a estos trabajadores ya que su reclamo se oriento, gracias a la
ayuda del Partido Comunista, hacia el reconocimiento del sindicato. La
magnitud de la huelga puede indagarse tanto en los periódicos de la
época que llevan una crónica minuciosa de la huelga, en donde por
ejemplo, citan movilizaciones de obreros que sumaban entre 1000 y
1500 manifestantes recorriendo el centro de la ciudad97. Puede tam-
bién apreciarse a partir de la movilización que hizo la Unión Obrero
Provincial mandando a sus dirigentes más importantes de la época,
como fueron los hermanos Manzanelli y Antonio Maruenda a organizar
al movimiento obrero sanfrancisquense. Estos dirigentes, a su vez,
eran importantes cuadros del Partido Comunista ya que la central
obrera cordobesa en este período estaba en manos de este partido. Por
último cabe remarcar que con esta huelga surgen los primeros sindica-
tos en la ciudad de San francisco y de esta manera se fue conformando
96
Aquí solo se esta estimando a grandes rasgos la cantidad de obreros de la fábrica Tampieri en ba-
se a los testimonios de las entrevistas. Con respecto a los censos de población, la sección industria esta
dividida por departamentos para la provincia de Córdoba, lo que hace difícil calcular la cantidad exacta de
trabajadores para la ciudad de San Francisco ya que se toma la totalidad del departamento San Justo.
97
Véase La Voz de San Justo de los meses que van de junio a diciembre de 1929.

54
una experiencia98 de clase que hizo que, por un lado se generaran re-
des solidarias entre los mismos obreros y, por el otro lado, que muchos
de estos trabajadores llegaran a politizarse, sobre todo en el caso de
las obreras de la fábrica Tampieri que conformaron la Asociación Fe-
minista Comunista de San Francisco y la Juventud del Partido Comu-
nista. Estos datos indicarían que hubo una buena recepción de los di-
rigentes del PC dentro del movimiento obrero sanfrancisquense, lo cual
sugeriría la existencia de una cultura radicalizada. Es importante re-
saltar a su vez, los gobiernos del intendente Serafín Trigueros de Go-
doy del partido vecinalista Comité Popular de Defensa Comunal, en las
décadas de 1920, 1930, siendo uno de los promotores de la justa dis-
tribución de las riquezas, la importancia de la educación y de la salud
pública. Estos componentes son los distintos embriones que conforma-
rían el peronismo en esta ciudad en la década de 1940.
El otro ejemplo que se ha tomado en este trabajo de investiga-
ción es el caso de la ciudad de Río Cuarto. En esta ciudad, la industria
tuvo un rol secundario ya que las actividades agropecuarias era la ba-
se de desarrollo económico. Sin embargo, la industria de la construc-
ción absorbió a la mayoría de la mano de obra, junto a algunos talleres
metalúrgicos, molinos de harina y las cosechas temporarias. Para las
décadas de 1930 y 1940, según el censo de la Federación Departamen-
tal de Trabajadores, existían ya las siguientes organizaciones obreras.
Centro Empleados de Comercio, Sindicato Único de la Construcción,
Centro Femenino, Unión Obreros Municipales, Sindicato de Molineros
y Anexos, Sindicato de Estibadores, Gráficos, Canillitas, Metalúrgico,
Ladrilleros, etc. En cuanto a las zonas se explica la cantidad de organi-
zaciones que surgieron en este período. Se mencionan los sindicatos
rurales de Alejandro, Elena, Coronel Baigorria, Adela María, General
Cabrera, Berrotarán, Alcira Gigena y casi todos los pueblos de la re-
gión sur. La Federación contabilizaba en el año1937 a 2568 trabajado-
res nucleados en su seno99. En el año 1935 se conformó la Federación
Obrera Local (F.O.L), el dirigente del Sindicato de la Construcción, Jo-
sé Cagnetta, militante del Partido Comunista fue quien, bajo las órde-
nes de la U.O.P, lo organizó. Estos datos demostrarían, nuevamente,
en otra ciudad del interior de Córdoba, la existencia de un porcentaje
98
Este concepto de experiencia lo tomamos de E. P. Thompson. Este autor plantea que: “las perso-
nas se encuentran en una sociedad estructurada en modos determinados, que pueden ser relaciones de
producción, experimentan la explotación (o la necesidad de mantener el poder sobre los explotados),
identifican puntos de interés antagónico, comienzan a luchar por estas cuestiones y en el proceso de
lucha se descubren como clase, y llegan a conocer este descubrimiento como conciencia de clase. La
clase y la conciencia son siempre las últimas y no las primeras fases del proceso real histórico”, en
E.P.Thompson. Tradición, revuelta y consciencia de clase. Estudios sobre la crisis de la sociedad prein-
dustrial. Barcelona, Editorial Crítica. 1989.Tercera Edición.
99
Estos datos están citados en el valioso trabajo de Víctor Barrios. Rescate a los pioneros. Río Cuar-
to, Universidad Nacional de Río Cuarto, 2000.

55
importante de obreros, así como también la presencia del Partido Co-
munista como organizador de este movimiento obrero y sindical.
En entrevista al escritor y militante comunista Juan Floriani100, este
recuerda a Río Cuarto en los años 1930 y 1940 de la siguiente manera:

P: ¿Y cómo era Río Cuarto cuando usted era chico?


R: Una ciudad pequeña, básicamente de clase media, ítalo-española, con una
colectividad árabe y una colectividad judía también. Básicamente lo que carac-
teriza a la ciudad es su clase media. Por supuesto que en la parte urbana princi-
pal, porque en los alrededores está la gente pobre, sobre todo en siete oficios.
Porque, como esta no es ni ha sido nunca una ciudad industrial, acá el obrero
se las ha tenido que rebuscar de cosas distintas.
P: ¿Pero había obreros acá? ¿En qué trabajaban?
R: Sí que había, por supuesto. Eran de la construcción. Había dos importantes
molinos harineros, uno Deminco y el otro Fénix, que ahora de nuevo ha co-
menzado a funcionar y ese era el núcleo industrial. Lo demás era el siete oficio.
Hacían más que nada la construcción. Muchos se iban para la cosecha, recolec-
ción de maíz.
P: ¿Y había izquierda, había anarquistas, socialistas?
R: Sí, de izquierda había socialista, anarquista y comunista.
P: Cuénteme un poco de cada uno, primero de anarquistas...
R: Anarquistas hubo siempre, pero de una forma inorgánica, como son los
anarquistas, verdad. Tenían incluso dirigentes, los estibadores estaban dirigidos
por anarquistas. Después había socialistas, que tenían su núcleo, incluso toda-
vía tienen su local y su biblioteca, una biblioteca muy interesante.
P: ¿Cómo se llama la biblioteca?
R: Evaristo Segat, que era un dirigente de los socialistas de los comienzos.
P: ¿Los anarquistas también tenían centro cultural?
R: No. Yo por lo menos no conozco un local anarquista. Sí me acuerdo que
tenían dirigentes en estibadores. Los socialistas eran más débiles en sindicatos.
Tenían artesanos, el sindicato de los sastres, por ejemplo.
P: ¿Y había gente que adhería al anarquismo y al socialismo? ¿Mucha, poca?
R: Sí. El socialismo tenía un local, que sigue siendo el mismo hasta la fecha. Y
el Partido Comunista, que se constituyó acá más o menos por el 1930, tenía in-
fluencia en la parte sindical, tenían empleados de comercio, en marineros, tení-
an mucha fuerza en construcción y los ladrilleros. Inclusive Banda Norte, que
era donde estaban fundamentalmente los ladrilleros, le llamaba la pequeña Ru-
sia. Incluso cuando hacían huelga los ladrilleros cortaban el puente e interrum-
pían la comunicación entre los dos sectores. Era un gremio muy combativo. Y
en los gremios de la construcción eran muy fuertes los comunistas.

En otra entrevista al obrero de la construcción y militante del Parti-


do Comunista101 Víctor Barrios, este nos decía:
100
Entrevista Juan Floriáni en septiembre de 2004.
101
Entrevista a Víctor Barrios en agosto de 2006.

56
P: Víctor, ¿Cómo entra a militar al Partido Comunista y por que años?
R: Por mi hermano mayor. Después de mucho tiempo de trabajar en el campo,
él aprendió el oficio de sastre y se vinculó con los Cedriani, Dalmaso, con el
PC, con los que trabajaban en el gremio de la construcción. Por esta razón mi
hermano me inculcó lo que era el comunismo. La época en que entró mi her-
mano en contacto con el Partido Comunista y después yo fue en el año 1938,
1940.
P: ¿Cuántos militantes había aquí en Río Cuarto?
R: Quizás no tenía un gran peso en general, pero la verdad es que había un
gran número de cuadros políticos en el movimiento obrero, en la construcción,
en gastronómicos, en metalúrgicos, en molineros, empleados de comercio.
P: ¿A nivel de dirección o de base?
R: A nivel de dirección y de base. Todos eran militantes, líderes comunistas y
dirigentes obreros de gran peso como Pulmonares, Flores, Cagnetta, quienes
habían ayudado a la formación de las primeras organizaciones obreras y federa-
ciones acá en la zona.
P: Y cuando gana Perón en el ´46, ¿Qué pasa con esta gente?, ¿Pierden el con-
trol de los sindicatos?
R: Indudablemente yo creo que mucha gente que apoyó al Partido Comunista
con su voto en el ´46, muchos de ellos se fueron [sic] al peronismo, se hicieron
peronistas…

Los testimonios antes citados, sumados a los datos registrados


por la Federación Departamental del Trabajador dan cuenta de una
realidad en donde obreros, organización sindical y participación de
partidos de izquierda son los componentes de una sociedad atravesa-
da por elementos conservadores como cita uno de los testimoniantes
por un lado, y de una cultura radicalizada que se manifestaba de dis-
tintas maneras. Una de ellas era a partir de organismos culturales, ya
que cada partido de izquierda tenía su biblioteca o centro cultural.
También lo hacían a través de la organización gremial. Ésta fue pro-
movida por el Partido Comunista, que tendió a crear y a organizar a los
primeros sindicatos de la provincia. Los dirigentes comunistas de la
época tuvieron la ardua tarea de promover la necesidad de agremiarse,
formando grupos de discusión, organizando a los jóvenes a través de la
Juventud Comunista, a las obreras en Asociaciones Feministas y a los
obreros/as en los primeros sindicatos de la época. Las realidades de
los dos ejemplos que se han tomado para el interior de Córdoba tienen
similitudes y diferencias. Lo que se pone en tela de juicio, son los pre-
supuestos de una historiografía cargada de teoría y de poco trabajo de
campo, sobre todo en la mirada que se hace sobre el interior del país.
En este sentido, la historia oral ha jugado un rol fundamental en
este trabajo ya que ha incorporado un abanico de preguntas que han
surgido de las entrevistas realizadas. ¿Había obreros en las ciudades
57
de San Francisco y Río Cuarto? ¿Cuántos? ¿Participaban en política?
¿Por qué? ¿Había partidos de izquierda? ¿Cuáles y desde cuando? Es-
tas son algunas de las preguntas que se formularon en general en las
entrevistas. Las respuestas de los entrevistados estuvieron atravesados
por uno de los problemas más recurrentes que se presentan cuando
uno trabaja con Historia oral: el de la memoria, sobre todo si se tiene
en cuenta que los entrevistados son personas mayores de 70, 80 y
hasta 90 años, como es el caso de las participantes en la huelga de
1929. En este sentido, es importante remarcar aquí lo que Alessandro
Portelli planteara en su libro La muerte de Luigi Trastulli y otras histo-
rias102. Cuando este autor quiso entrevistar a la secretaria del anarco-
sindicalismo de la ciudad de Terni, esta mujer contaba con 93 años, lo
que hizo imposible la entrevista, no sólo por cuestiones propias de la
memoria, sino porque estaba débil físicamente. El problema aquí, co-
mo apunta este autor, no es sólo la memoria de la secretaria, sino que
en muchos de estos casos la culpa es de los historiadores que por dis-
tintas razones dejan pasar a estas personas y sus historias quedan sin
ser contadas. Es sugerente lo que expone Alessandro Portelli para esta
investigación, ya que en el caso de la huelga del año 1929 se planteó
un problema similar. El más recurrente hace referencia al tema de la
memoria. Las obreras que se pudieron entrevistar eran en su mayoría
personas mayores de edad que mezclaban la memoria con el mito y a
su vez a esto se le interponía el olvido. De aquí se pueden derivar al-
gunas reflexiones sobre estas problemáticas. Por un lado, el uso del
mito así como su elaboración, son fenómenos que ocurren siempre
desde el presente, en el momento en que se realizan las entrevistas y al
calor de ellas. De ahí que se resignifiquen y acomoden a partir de las
reflexiones que van haciendo los testimoniantes en diálogo con el en-
trevistador. Ambos construyen y reedifican el mito en la entrevista
puesto que es un proceso que se construye entre dos. Resulta imposi-
ble dejar a un costado los a priori que lleva el entrevistador. El conte-
nido de las entrevistas no busca reflejar toda la confiabilidad de la
memoria sino que ésta va siendo moldeada por la situación del infor-
mante en el presente cuando se realiza la misma. No se trata de una
cuestión de honestidad del protagonista. De ahí que no sólo proporcio-
nan información sino que también transmiten creatividad, iniciativas
colectivas, experiencia de vida, percepciones a través de metáforas y de
figuras y formas de pensar. Todos estos elementos en conjunto consti-
tuyen una cultura determinada, como es el caso específico de la huelga
del año 1929 en la ciudad de San Francisco103 y la constitución de los
102
Véase: Alessandro Portelli. The death of Luigi Trastulli and other stories. Form and Meaning in Oral
History. New York, State University of New York Press, 1991.
103
Estas reflexiones son producto de discusiones que surgieron sobre el tema con el Profesor Pablo
Pozzi.

58
primeros sindicatos en la ciudad de Río Cuarto. Algo similar sucedió
con las entrevistas que se realizaron a los militantes del Partido comu-
nista de Río Cuarto. La omisión y la sobredimensión de la información
que brindaban fue una constante, producto de una práctica militante
de años. Es por ello que el análisis posterior de las fuentes orales debe
ser parte del ejercicio que debe realizar el historiador, al igual que con
las fuentes escritas ya que el elemento subjetivo esta presente en am-
bos tipos de fuentes.

59
Mujeres y movimientos sociales:
un acercamiento a Madres de Plaza
de Mayo desde una historia de vida.

Cristina Viano104**

El 30 de Abril de 2007 se cumplieron 30 años del momento en que


un grupo de catorce mujeres realizara su primer recorrido por la Plaza
de Mayo reclamando por sus hijas e hijos desaparecidos por la dicta-
dura militar que se había instalado en el poder en marzo de 1976 en la
Argentina. Llegarían a ser conocidas y reconocidas mucho más allá de
la geografía social que las obligó a irrumpir en el escenario público.
Desde el momento en que el movimiento de Madres se puso en mar-
cha, en la Plaza, jamás ha detenido su andar; sin embargo esos cami-
nos inaugurales se han diversificado, expandido y también bifurcado a
lo largo de los cambiantes escenarios políticos y sociales por los que
han debido atravesar. Paralelamente una memoria social que las
cuenta no solo como las más revulsivas contradictoras del orden dicta-
torial sino también por sus incansables intentos de expandir los lími-
tes de lo posible trazado por el orden democrático posterior ha forjado
ciertas imágenes predominantes sobre las Madres, en gran parte ali-
mentadas por algunas voces muy potentes y significativas del movi-
miento.

* Historiadora- Centro Latinoamericano de Investigaciones en Historia Oral y Social (CLIHOS) Universidad


Nacional de Rosario.

61
Este trabajo explora al Movimiento de Madres desde un ángulo par-
ticular; el de una historia de vida que rebasa ese marco pero que al
mismo tiempo no puede ser pensada fuera de él. Se trata de la voz de
una mujer que contradice muchos de los supuestos habituales sobre
Madres, al mismo tiempo que nos invita a recorrer otras posiciones y
perspectivas que marcan tanto la complejidad como los innumerables
territorios de desplazamiento del movimiento “en movimiento”. Hermi-
nia Severini es su nombre.

Su historia de vida entrelaza múltiples identidades; como trabaja-


dora, como militante sindical y política y como militante del movimien-
to de derechos humanos. Su rostro envuelto en un pañuelo blanco, su
voz y su presencia forman parte insoslayable del escenario de la pro-
testa social rosarina actual, desbordando ampliamente el campo de la
defensa de los derechos humanos. Sin embargo, aunque su presencia
sea familiar en el ámbito local, su historia de participación social no
comenzó cuando su hija Adriana desapareció. Esa, que es la historia
de muchas Madres no es la historia de Herminia. Nos encontramos
con una trayectoria que fue conjugando distintas rebeldías: frente a las
imposiciones familiares primero, a las conyugales después, y mas tar-
de a las laborales y político-sociales. Los derroteros de Herminia se
han desplegado con paciencia e impaciencia por toda la segunda mitad
del siglo que dejamos atrás; se ha involucrado voluntariamente en sig-
nificativos procesos y experiencias pero también se ha visto arrastrada
a una militancia por la que nunca hubiera deseado tener que transitar.
Pero hagamos un paréntesis ahora.

Pequeños apuntes sobre las historias de vida y sobre esta historia de


vida en particular. Para las/os historiadoras/es orales es un hecho co-
tidiano de nuestra tarea investigativa el construir nuestras propias
“fuentes”. Este proceso encuentra su punto de origen en un acto donde
se despliega una voluntad que debe conjugarse con otra/s: la/s de
quien/es queremos entrevistar. Por ello es frecuente la observación
acerca de que la calidad de las entrevistas depende en gran medida de
la relación que se establece con las/os entrevistadas/os. Sobre esta
relación, intensamente explorada por historiadores orales, sociólogos y
antropólogos sociales, mucho se ha insistido en términos tales como
posiciones de sujeto, jerarquía, desigualdad, luchas por el sentido,
empatía o diferencias varias (de género, de edad, de capital cultural, de
ideología etc.) entre otros tópicos; no obstante lo cual cada situación
requiere de especificaciones particulares, ya que en algún sentido se
trata de una situación única, que condensa el valor de lo particular y
lo general.
62
Señalo entonces que me acerqué a Herminia con la intención de re-
coger un relato amplio de su vida; y destaco que no escogí prestar
atención a los acontecimientos relacionados con las cuestiones que me
preocupaban, sino que en todo momento intenté generar condiciones
para que ella desplazara su relato desde la primera infancia, donde
desplegara libremente su historia, en cuyo interior las disgresiones, los
detalles y las anécdotas me ofrecían invalorables señales. Fue ella
quien dio sentido a su vida y a su propia historia a partir de sus re-
cuerdos que si bien iluminaban algunos momentos y eventos especia-
les principalmente nos informaban sobre significados y sentidos.

La práctica de la historia oral comporta una dimensión personal,


subjetiva, afectiva, que se despliega en el trabajo de campo y que pue-
de suponer un intercambio constante y un constante movimiento de
roles entre las/os sujetos involucrados en él, que lo diferencian cuali-
tativamente del trabajo de archivo105. Ello se ha hecho manifiesto en
esta experiencia; veamos porqué. A Herminia la conocía desde largo
tiempo atrás, aunque en realidad sería más justo decir qué la conocía
no desde una relación interpersonal sino por las propias característi-
cas de ciertos ámbitos de circulación locales y principalmente por su
propia visibilidad en él. Cuando la llamé por teléfono para proponerle
una serie de entrevistas donde me contara sobre su vida aceptó gusto-
samente, aunque las referencias de amigas y amigos en común facili-
taron mi tarea. Luego vendría el momento donde requirió más preci-
siones sobre lo que yo quería hacer, aunque de hecho nuestras con-
versaciones desbordaron el propósito inicial, aun incumplido106. Nues-
tros encuentros comenzaron en el 2004, luego nos hemos seguido
viendo y llamando en distintas circunstancias (cumpleaños, conmemo-
raciones o para saber la una de la otra simplemente). En esos encuen-
tros la presencia del grabador no fue constante ya que compartimos
bastante más tiempo juntas conversando, con la peculiaridad que en
esos momentos los roles se invertían y era Herminia quien me interpe-
laba107. En el 2007 retomamos nuestros encuentros108. Hay un lapso

105
Algunos de estos problemas han sido recorridos en Gabriela Aguila y Cristina Viano “Las voces del
conflicto: en defensa de la historia oral” en Cristina Godoy (editora); Historiografía y Memoria Colectiva.
Tiempos y Territorios, Buenos Aires, Miño y Dávila, 2002.
106
Me refiero al proyecto editorial que da cuenta de militantes políticos y sociales de Rosario en el Siglo
XX al que fui convocada con el propósito de hacer el recorrido biográfico de una Madre. Pensé inmedia-
tamente en Herminia. En la obra, aún sin editar, se releva la presencia de solo dos mujeres: Virginia Bol-
ten, (una militante anarquista de principios del siglo XX) y Herminia.
107
Daniel Bertaux ha señalado que el método compromete a la persona que hará la investigación a una
determinada relación de campo, a ciertas prácticas existenciales que contienen en filigrana unas ciertas
formas de pensamiento y excluyen necesariamente otras. Ver del autor "Los relatos de vida en el análisis
social", en Jorge Aceves Lozano (comp.), La Historia oral, México, UAM, 1993.
63
de tres años en el medio que fueron configurando una relación de con-
fianza y amistad, entendimiento y diálogo. Debo señalar que las entre-
vistas sufrieron desplazamientos en la medida en que advertí que
Herminia se predisponía a contarme ciertos eventos y retornaba con
insistencia a otros tópicos de su vida y de su pensamiento. Esto me
llevó a considerar algunas cuestiones.

Herminia ha sido entrevistada con distintos propósitos en repetidas


ocasiones, aunque en forma sistemática solo en este caso, el resto han
sido para un formato periodístico. En esta dirección nos hemos pre-
guntado si podemos establecer algunos patrones entre quienes habi-
tualmente conceden entrevistas y quienes son entrevistados por prime-
ra vez, es decir entre entrevistadas/os primerizos o avezados109. Hemos
encontrado que algunos militantes que han ocupado lugares de gran
visibilidad poseen una mayor tendencia a reproducir visiones rituali-
zadas; que resultan en una historia que se torna repetitiva. Apuntá-
bamos que con frecuencia esos relatos están absorbidos por la totali-
dad de las líneas de los acontecimientos de los cuales se "sienten par-
te" o formaron parte y asumen las cadencias y las formulaciones de
una épica. La narración de sus experiencias no puede escindirse de la
construcción de un mito sobre sí mismos, mito alimentado fuertemen-
te a su vez en su(s) grupo(s) de referencia. Es muy difícil que estas fi-
guras “mitológicas” salgan del relato circunscripto, convirtiéndose las
entrevistas en extensas y detalladas descripciones que evidencian el
intento de ejercer un monopolio sobre ciertos hechos del pasado a los
que vuelven reiteradamente. Esta asunción de un rol de actores cen-
trales abona en la construcción de una especie de "historia oficial" que
repiten monolíticamente sin dejar espacio para las fisuras o las filtra-
ciones; es que se trata no de entrevistados desprevenidos, sino de mili-
tantes con experiencia, que comprenden el valor de las entrevistas y el
papel que juega el/la historiador/a, por tanto la relación que se cons-
truye entre ambos está fuertemente mediada por la preocupación
del/a entrevistada/o por dejar sus huellas en su paso por la historia y
fijar el sentido de la interpretación.

108
Nuestra diferencia de edad no fue un obstáculo en la posibilidad de comunicarnos, tal vez ello fue
favorecido ampliamente por la disposición y el acostumbramiento de Herminia a tratar con personas más
jóvenes que por mi propia capacidad como historiadora oral. De todos modos aclaro que no imagino posi-
bilidad de aprendizaje y comunicación significativa más importante de aquella que transcurre en el seno
del camino abierto por la narración testimonial y no tengo dudas de que esta posibilidad se halla potencia-
da por el vínculo que puede establecerse entre mujeres.
109
Hemos desarrollado este tópico en Laura Pasquali, Guillermo Ríos y Cristina Viano; “Culturas mili-
tantes. Desafíos y problemas planteados desde un abordaje de historia oral” en Taller. Revista de Socie-
dad, Cultura y Política, Nº 23, Buenos Aires, Asociación de Estudios de Cultura y Sociedad, Marzo de
2006.
64
Es claro que Herminia pertenece al segundo grupo; al de los aveza-
dos. Sin embargo su relato no puede ser cabalmente comprendido en
algunos de los parámetros antes planteados, se escapa a ellos. Su vida
y su pensamiento se ha asentado en un lugar que con frecuencia no
ha sido sencillo: el de la diferencia y la irreductibilidad. Asimismo mi
anterior experiencia me indicaba que algunas diferencias substancia-
les se producían en relatos de varones y mujeres y que ellas remitían
más que a cualquier otra causa directamente al género. Herminia con-
firmó algunas de mis predicciones pero también quebrantó otras. Si
los varones mostraban mayor proclividad al diálogo y en las mujeres
encontraba una resistencia inicial a hablar, acompañada en muchos
casos por cierta desvalorización de los elementos que ellas mismas pu-
dieran aportar; debo decir que con ella nada de esto sucedió. Decidida
a hablar, no escapando a ningún tema y proponiendo otros; pero a su
vez confirmando algo que yo ya había experimentado: que las mujeres
hablamos más en extenso de nuestras relaciones con otras y otros,
hacemos visibles a más personas y a las relaciones que establecemos
con ellas110, es decir que la autoreferencialidad se presenta más dilui-
da.

Es muy frecuente, sobre todo a la hora de abordar temas ríspidos,


que el uso de la primera persona desaparezca y que el relato asuma la
forma de la tercera persona, como si se tratara de experiencias ajenas
(aunque cercanas). Herminia por el contrario nunca eludió la primera
persona. Ello obedece sin dudas a algunas de sus características per-
sonales, que no evaden la polémica, la palabra fuerte, la opinión sos-
tenida, y tampoco y esto sí es verdaderamente infrecuente; el abordar
ciertos temas de naturaleza “privada” aún cuando no mediaba la pre-
gunta directa. Señaladamente del conjunto de mujeres de distintas
edades que he entrevistado Herminia ha sido quien mas libremente me
ha hablado sobre su sexualidad, sus gustos, deseos, sus cuidados.

Conozcamos a Herminia111. Nadie podría suponer, viéndola, que


ha sobrepasado los 80 años. Sin embargo, Herminia nació un 20 de
Marzo de 1926 en el campo, cerca de la pequeña localidad santafesina
de Correa, hija de madre y padre italianos que se conocieron en Argen-
tina, fue la penúltima de 16 hijos; cuando ella nació su hermano ma-
yor tenía 24 años. La enorme vitalidad que la anima la lleva a decir
una y otra vez que piensa vivir hasta los 110 años por lo menos; es que
tiene planificadas intensas y desafiantes tareas.
110
Esto ha sido planteado sostenidamente por distintas investigadoras; entre otras por Isabelle Bertaux-
Wiame en “The life history approach to the study of internal migration” en Biography and society, the life
history approach in the social sciences. Beverley Hills, Sage Publ., 1981.
111
Si bien en este trabajo me he concentrado en la vida adulta de Herminia, los datos previos no pueden
ser soslayados; no se puede prescindir de su historia de vida anterior.
65
Sospecha, con el conocimiento adquirido muchos años después,
que su padre era anarquista. Su sospecha es alimentada entre otras
cosas por el hecho de que siempre lo desveló el que todos los niños su-
pieran leer y escribir. Eso lo llevó junto a otros vecinos a construir una
escuela en el campo que impartía clases hasta 6to grado y a traer un
maestro hijo de españoles desde Tandil a quien primero hubo que en-
señarle a hablar italiano para que pudiera entenderse con las hijas e
hijos de esa colonia. Contradictoriamente la madre de Herminia como
la mayoría de las mujeres de su época nunca aprendió a leer y escribir
aunque si desarrolló gran habilidad para sumar y restar. Herminia
misma fue obligada a dejar la escuela cuando cursaba quinto grado
para cuidar a uno de sus hermanos mayores que enfermó gravemente.
El cuidado permanente de su hermano se prolongó por el lapso de dos
años, hasta que éste murió y para entonces a Herminia no le fue per-
mitido volver a la escuela, ya sabía leer y escribir; ahora debía conti-
nuar trabajando como camarera en el comedor y surtidor de nafta
propiedad de su familia, donde su madre era cocinera.

Es que apenas promediaban los años 30 su familia se había muda-


do a otra pequeña localidad santafesina (Cañada de Gómez) debido a
una enfermedad de su padre y fue allí donde sintió por primera vez eso
que según ella misma afirma, hoy llamamos "discriminación". Su
hablar cruzado generaba las burlas permanentes de sus compañeros.
"Gringuita” fue el apelativo que le reservaron. Primero lloró, luego co-
menzó a defenderse, a golpes, como los varones lo hacían. Y a discutir
con su maestra por ejercer su derecho a defenderse.

Aquello que Herminia sintió como la primera gran imposición en su


vida fue la negativa familiar (madre, padre y también hermanos mayo-
res) que malogró su sueño de ser partera. Poco más tarde y cuando
tenía 20 años se casó con un chofer de camiones con quien reconoce
no tenía grandes cosas en común. "... no nos conocíamos, nos casamos
porque antes había que casarse, había que ser madre, había que ser
mujer. Y yo no entendía mucho de esas obligaciones, yo quería ser otra
cosa. Yo quería ser algo más, a mí me quedaba…, me faltaba, a mí me
faltaba una parte, pero bueno, en esa época no se podía". A su marido
lo define como un machista. (... te imaginás: todo un señor machista,
(...) un colectivero, un muchacho que se crió en la calle manejando, con
todo el concepto de un macho) Su testimonio es profundamente revela-
dor de los límites a los que la existencia femenina se hallaba sometida.
Su deseo de desarrollar una profesión implicaba romper los mandatos
familiares/epocales para una mujer; siguiéndolos luego se casó porque
ser esposa y madre era la forma de “ser mujer”.
66
Su traslado a Rosario, donde su marido trabajaba, implicaría el fin
de sus mudanzas territoriales; que la habían llevado del campo a una
población de apenas un puñado de miles de habitantes y luego a una
ciudad que rápidamente estaba cambiando su fisonomía y sus cos-
tumbres y continuaría haciéndolo sostenidamente durante los años
60. Ya en la ciudad y mientras corrían los años del peronismo se em-
peñó en obtener un crédito hipotecario y construir una pequeña vi-
vienda; en la periferia de Rosario donde todavía vive. Herminia tuvo
por entonces a sus dos hijos; primero a Daniel y cuatro años mas tar-
de, en 1955, a Adriana. La maternidad es un tema particular en su
concepción: sus hijos fueron planificados (por ella) en el marco de su
intenso deseo por tenerlos, en medio de un matrimonio que desde sus
comienzos no fue feliz. “En ese momento si yo no tenía hijos no se que
me iba a pasar, tenía un mal matrimonio y sin hijos no sé que iba a ser,
un desastre de persona iba a ser, no iba a ser nada” manifiesta.

Una señal que los deseos familiares continuaban imponiéndose,


más no los propios, lo anunciaba el hecho que su matrimonio empeo-
raba paso a paso y su creciente necesidad de separarse no podía con-
sumarse sin romper con su familia. Ello fue posible ocho meses des-
pués que sus padres murieron. Entonces Daniel tenía ocho años,
Adriana veinte meses y Herminia apenas 31.

Una militante indisciplinada. “El comienzo de una nueva vida”,


así describe Herminia este momento de su vida, que implicaba dejar
atrás a todos quienes estaban en su contra, sentirse libre y volver a
soñar sus postergados sueños. Como mujer separada que debía man-
tener a sus hijos salió a buscar trabajo y paralelamente se fortaleció su
decisión de estudiar enfermería. Ello se topó con el obstáculo de no
haber terminado la escuela primaria: debía rendir quinto y sexto gra-
do, cosa que logró gracias a su empeño y a solidaridades varias. Hizo
un año de enfermería en la Cruz Roja, luego continuó en la Escuela de
Enfermería del Hospital Centenario, donde hacía las prácticas mien-
tras trabajaba duramente como mucama en un sanatorio, cuidaba y
mantenía a sus hijos y las necesidades materiales arreciaban. Para
poder estudiar debió quebrar los modelos de vida cotidiana familiar
establecidos y poner pupila por un tiempo a su hija Adriana en el
Hogar del Huérfano112.

La política apenas había asomado en su vida a través de los relatos


antifascistas de su padre, luego prolongados en la oposición al pero-

112
Destaco que Herminia usó la palabra “internar”.
67
nismo a quien veía como un fenómeno profundamente autoritario.
Herminia había asimilado la prédica antifascista y antiperonista de su
padre113; sin embargo fueron sus propias condiciones de trabajo y las
de sus compañeras quienes la llevaron directamente al terreno de la
militancia: desde su ámbito de trabajo se involucró en la lucha sindical
y desde la lucha sindical se convirtió en una militante del partido co-
munista. Es muy llamativo el relato de Herminia en relación a su pasa-
je a la militancia y la asunción de una identidad político/partidaria: en
su elección fue definitoria la presencia de otra mujer, una compañera
de trabajo. Su decisión cobró forma en el marco de una huelga y no
parece haber sido producto de una larga meditación sobre qué signifi-
caba hacerse comunista; más bien medió otro elemento de significa-
ción: su profundo antiperonismo.

Mientras trabajaba como enfermera en un sanatorio se declaró una


huelga, y allí conoció a la gente del sindicato. Durante el desarrollo de
la misma Herminia adquirió protagonismo entre sus compañeras " ... a
mí me parecía que el sueldo no alcanzaba, me parecía que era justo salir
a la huelga y saqué a toda la gente, la gente me siguió, ... Y entonces el
sindicato que era peronista rabioso, yo antiperonista ... yo preguntaba
cosas, preguntaba...y ellos creyeron que yo era peronista ... ".En la
asamblea general donde se decidía la continuidad del paro la gente del
sindicato le ordenó votar en contra de la moción de una compañera, a
quien ella no conocía pero con quien se encontró compartiendo posi-
ciones. Y votó en contra de la posición del sindicato, lo que le valió una
pequeña golpiza y la acusación de comunista. “Yo no sabía que era
(ser) comunista, que era (ser) radical, no sabía nada, porque nunca
había tenido militancia. Las costillas, me clavaron los codos en las costi-
llas, patadas en los tobillos, era algo que yo no entendía. ... Entonces fui
y la hable a la muchacha que es Lidia C. que todavía está viva. Enton-
ces le digo- Yo estoy de acuerdo con lo que vos dijiste-, -si yo ví que vos
votaste...me llamo la atención que vos estabas en el grupo de ellos y vo-
taste a favor y que te hicieron?-,- Y me pegaron - le digo - Y vos por qué
votaste a favor mío?-,-Y, porque me interesa lo que vos dijiste, porque yo
estoy de acuerdo con vos.-,- Y pero yo soy del partido comunista-,-
Bueno, yo me quiero afiliar al partido comunista. Y me afilié al partido".
Era el año 1959.

El relato de su vida partidaria es el relato de las relaciones con los


varones del partido: dirigentes, referentes, contactos. Su formación
transitó los carriles de las conversaciones informales con los dirigentes

113
“... en la política éramos antiperonistas y nada más… de la guerra, sí. Y, anti-mussolini, mi papá, anti-
fascista. La que más hablaba era yo con mi papá. Y que me explicara de la guerra, era la que más curio-
sidad tenía. Mis hermanas jamás ... ”
68
del partido comunista local y principalmente con algunos abogados.
En ese marco aprendió las leyes laborales al dedillo y se inició en la
lectura de la historia del movimiento obrero de Rubens Iscaro114. Her-
minia se convirtió en una dirigente sindical aunque nunca aceptó ser
delegada ya que consideraba que ello la separaría de sus compañeras.
Siete sanatorios se constituyeron en sus sucesivos lugares de traba-
jo115. Trabajos que perdía “cada vez que me metía en problemas" seña-
la. Eufemismo ciertamente encubridor del desarrollo de trabajo sindi-
cal. Herminia se consideraba una muy buena trabajadora, muy efi-
ciente en lo suyo pero díscola. La inestabilidad laboral la acompañó
prácticamente toda su vida. Sus trabajos como enfermera eran en ne-
gro, no eran efectivos, y cuando era despedida exigía un telegrama, al
presentarse a un nuevo trabajo decía que venía del campo. El activis-
mo sindical la llevó a conocer, aunque brevemente, la cárcel cuando se
implementó el represivo Plan Conintes durante la presidencia del desa-
rrollista Arturo Frondizi.

Atrapada en una doble pelea; por una parte sentía la persecución


de la conducción del sindicato al punto del hostigamiento y también de
sus patrones. Los principales logros de su participación los describe en
los siguientes términos: “ todo el mundo me conocía, yo tenía mucha
ascendencia en el gremio porque todo el mundo me conocía y me conocía
por luchadora, por decente. Y bueno conseguimos un montón de cosas,
conseguimos que nos pagaran horas extras, conseguimos que nos sen-
táramos para tomar la leche, conseguimos los francos, conseguimos, un
día y medio francos, que nos daban medio día franco, el día entero de
franco. Aprendí los convenios colectivos de trabajo y me los estudié y
entonces ahí peleábamos, peleábamos sin el sindicato…”

Su vida como militante del partido comunista no parece haber sido


un ejemplo de disciplina y obediencia sino que tempranamente mostró
una vocación que la llevó en distintos momentos a tener importantes
discusiones por su intolerancia frente a “los que mandan" o a "las de-
cisiones que se toman y se bajan sin participación". Variadas contradic-
ciones afloran en sus recuerdos. “Y me afilié al partido, ahí conocí la
gloria porque lo conocí al doctor Kehoe, … a los dirigentes, esos dirigen-
tes dioses, esos dirigentes de hierro, esos comunistas que realmente me

114
“La militancia la hacía en el partido pero adentro del trabajo, en el lugar de trabajo, en mi propio lugar,
hacía trabajo sindical… Yo no hacía una vida partidaria, de célula, pero sí tenía la relación de partido con
los dirigentes del partido directamente, ¿me entendés? Entonces ellos me enseñaron las leyes laborales,
leí los cursos de Rubens Iscaro, leí todo, me prepararon ellos para ser una dirigente sindical, entonces
más que tener una vida política partidaria, era una vida partidaria sindical”.
115
Sus trabajos serían invariablemente en “negro” y es sorprendente que pudiera jubilarse hace unos
pocos años. De hecho hacerlo hace poco más de una década porque conservó por 35 años los numero-
sos telegramas de despido.
69
hicieron una militante comunista con la transparencia, con la fuerza, con
el orgullo, con el enfrentamiento tan grande que no te imaginas. Pero to-
do eso lo que me costó fue aferrarme, aprender las leyes sindicales que
me enseñaron los dirigentes sindicales comunistas, mis camaradas me
enseñaron todo y me hice una luchadora, me hice una dirigente... “

El ser indisciplinada parece ser algo que ella porta actualmente con
orgullo, aunque también era un señalamiento de mala conducta que el
partido le reservaba. Le disgustaba el funcionamiento orgánico, el que
resolvieran y luego bajaran las decisiones. “si yo no estaba en la discu-
sión yo no aceptaba, era todo un tire y afloje. … Y me decían que yo no
tenía nivel político, que yo no sabía hablar, que yo no... pero yo vendía
material del partido, yo no tenía nivel político pero como vendedora era
muy buena vendedora, que era que juntaba plata al partido le convenía
esa parte”. Y también la presencia de lo que denomina la burguesía en
el partido (comunistas burgueses en otros pasajes); claramente para
ella el partido debía ser patrimonio de los obreros.

Cuando le pregunté el momento en que dejó de estar orgánicamente


vinculada al partido no pudo señalarlo con precisión, intenté acercar-
me desde otro lugar para que me diera su opinión sobre el apoyo del
partido a la dictadura del 76. Usó una palabra muy frecuente en su
vocabulario; la palabra “traidores”, y descargó la responsabilidad de
tamaña decisión en los dirigentes del partido116. “Esos dirigentes, mu-
chos se murieron, en buena hora que están muertos, eso eran los que
apoyaron, y para mi no eran....no era el Partido Comunista que yo había
mamado… no podía estar, ni tenía militancia…”. La asunción identita-
ria actual de Herminia es la de una comunista sin partido; nunca dejó
de considerarse comunista mas allá de su alejamiento partidario preci-
samente por lo que para ella significa eso en su sentido mas profundo:
"Yo aprendí y me educaron en el partido que ser comunista era ser el
mejor trabajador, el mas solidario, el que mas defendía al compañero".

Es interesante señalar que no hay una sola mención en su vida par-


tidaria a su condición de mujer, ni en términos positivos ni negativos.
Cuando se abandonó el plano de la vida familiar en el relato, donde se
visualizaba clara consciencia de las limitaciones que imponía a sus
deseos el hecho de ser mujer, aunque no muchas posibilidades de su-
perar esa situación sino desde el alejamiento y la ruptura, ella no pa-
reció percibir condicionamientos similares en su vida como militante
política y sindical. Las pocas alusiones a su condición femenina estu-

116
No pude profundizar en esto para saber si se refería a la dirigencia nacional, que nivel de responsabili-
dad le adjudicaba a la dirigencia local con la cual ella se relacionaba, porque evidentemente los dirigentes
eran los mismos a los cuales se había referido “como dirigentes dioses”.
70
vieron referidas exclusivamente a las dificultades de criar a sus hijos
como mujer sola, sin apoyo.

Herminia y su hija Adriana. Si bien la hija y el hijo de Herminia


crecieron en un ambiente común donde las reuniones sindicales y las
movilizaciones que jalonaron la historia nacional y local en los convul-
sionados años 60 no les fueron ajenas, y su madre hablaba de política
con ellos, los llevaba a reuniones, al sindicato y a las marchas; Daniel
a diferencia de Adriana no mostró una vocación militante aunque
Herminia señala que "... aprendió de mi la lucha legal, la lucha sindical,
el compañerismo, no romper una huelga, el trabajar para los compañe-
ros, el unir a los compañeros. Es chofer de camiones". La corta vida de
Adriana, estaría signada por una inquietud permanente que la llevó a
transitar experiencias diversas tanto en lo personal como en lo político.
Herminia recuerda a su hija una y otra vez como una persona inquie-
ta, interesada en su formación: como maestra de inglés, que escribía y
traducía el italiano, practicaba danza acuática y estudiaba análisis de
sistemas. Desarrollando búsquedas políticas que en primer lugar y si-
guiendo la tradición política de su madre la llevaron a la Federación
Juvenil Comunista, pero luego como a muchos otros jóvenes de los
primeros años 70 a transitar de unos espacios a otros: de la Federa-
ción Juvenil Comunista, a un breve interregno en el Partido Socialista
Popular para finalmente recalar a principios del 76 en la mayor
organización de la nueva izquierda peronista de los 70: Montoneros.

Cuando esto ocurrió la derechización del peronismo en el gobierno


era una realidad plena y también los grupos paraestatales que actua-
ban bajo su cobijo; de hecho la Triple A había sido ya la responsable
de cientos de muertes sin que uno sólo de sus integrantes fuera dete-
nido u obstaculizado por alguna instancia policial o judicial. Herminia
polemizó sistemáticamente con Adriana, que ya se había independiza-
do, trabajaba, estudiaba y vivía en una pensión. Decididamente no
compartía la militancia en Montoneros de su hija. Le señalaba sobre
todo su discrepancia con los métodos de la guerrilla.

“Yo no empecé a militar después que desapareció Adriana, yo milita-


ba anteriormente…entonces mi militancia me hizo ver determinadas co-
sas que muchas madres no la habían visto, y muchas madres tampoco
sabían qué hacían sus hijos, en cambio yo si. Yo si sabía que hacía mi
hija, donde estaba y trataba de protegerla aunque no estaba de acuerdo
con esos métodos últimos, si estoy de acuerdo con el cambio, estoy de
acuerdo si hay que hacer una revolución, pero hay que ver el momento,
las condiciones, no eran las condiciones para seguir en ese tren. Había
que salvar la vida para hoy estar dirigiendo, y no que se salvaran la vi-
71
da los dirigentes traidores, que hoy están sentados dirigiendo este pa-
ís…”

Ello nos habilita a realizar una reflexión; es sabido Asociación Ma-


dres de Plaza de Mayo provocó un desplazamiento desde el originario
hijo-desaparecido, motor primero del movimiento de derechos huma-
nos, a la recuperación posterior del hijo-militante revolucionario-
desaparecido. Esas siluetas que se llenaron de vida y de contenido in-
trodujeron como un elemento central la dimensión política del desapa-
recido que se operó bajo la forma de una identificación imaginaria muy
fuerte con la generación de los '70117. La muerte y la desaparición pa-
saron a ser la consecuencia de una determinada vida a la que se com-
pone desde un fuerte imaginario heroico. Herminia pudo en tiempo
real plantear las diferencias con su hija y también puede sostener en el
presente esa diferencia; su trabajo de memoria le permite al propio
tiempo de recuperarla como una militante realizar una crítica intensa
a lo que consideró y considera un camino inapropiado.

Apenas habían pasado unos pocos meses del golpe militar del 24 de
Marzo de 1976 cuando los peores temores de Herminia comenzaron a
cumplirse. Alguien le avisó que su hija estaba presa en la Policía Fede-
ral. Armándose de todas sus fuerzas se encaminó a buscarla, logrando
que Adriana fuera liberada poco después. Presas del miedo que ya do-
minaba a amplios sectores de la sociedad, Adriana se quedó unos días
con su madre y luego intentó seguir con su vida, en tanto la empresa
John Deere, donde trabajaba la despidió, pero, eso sí, enviándole la
liquidación correspondiente. Adriana se mudó entonces a la ciudad de
Santa Fe a pesar de la oposición de su madre quien intentó infructuo-
samente que se fuera a Brasil por un tiempo. Adriana sostenía con
empecinamiento que no iba a marcharse del país. Herminia la recuer-
da diciéndole: " yo te he visto pelear con la policía, yo te he visto hacer
tantas cosas a vos que te desconozco, mamá y tenés miedo" Los meses
siguientes fueron muy difíciles para ambas, el sentimiento del peligro
inminente hacía que sus encuentros fueran clandestinos; el último
domingo de cada mes en una iglesia, sobre todo después que a Adria-
na le pusieron una bomba que redujo su casa de Santa Fe a escom-
bros.

Herminia estaba en Villa Eloísa cuando el 4 de Enero de 1977 un


sobrino le avisó que en el diario había salido la noticia que Adriana
Bianchi, su hija, y tres personas más habían sido "abatidas en un en-

117
Ver al respecto Ezequiel Gatto “Figuraciones: las memorias y sus condiciones”, Ponencia presentada
en el 1er Congreso Argentino-Latinoamericano de Derechos Humanos. Una mirada desde la Universidad.
Rosario, 2007.
72
frentamiento" por las fuerzas de seguridad. Herminia se encaminó a
Santa Fe, sola por propia decisión para no poner en riesgo la vida de
nadie, con la mente en blanco. Allí buscó a su hija en el Hospital Itu-
rraspe, en la morgue y en el cementerio, en medio de militares fuerte-
mente armados que le dedicaban gruesos insultos y otras medidas
amedrentadoras. A fuerza de mucho discutir le mostraron cuerpos en
la morgue; cuerpos que se encontraban en avanzado estado de des-
composición y luego hasta una fosa común. "Cuando yo lo empecé a
contar las otras madres me decían que no contara eso ... porque no era
cierto, que yo no podría haber visto los cadáveres, que yo no. La que no
dudó fue Marta H. … se conmovía mucho ... y no lo conté mas, cuando
lo empecé a contar fue mejor... cuando volví me quedé en la cama, sin
pensar, le hablé a Trumper118, que había vuelto y que no había reconoci-
do ningún cadáver y que después iba a ir al estudio. Entonces me quedé
en la cama, me quedé en la cama ... ". Le ofrecieron un certificado de
defunción mientras Herminia reclamaba a gritos que quería ver a su
hija, que no iba a tomar el certificado sin ver el cadáver de su hija, sin
ver donde estaba. Pero se volvió con las manos vacías119.

Herminia en el movimiento de derechos humanos. Mientras el


dictador Jorge Rafael Videla afirmaba que: “... el desaparecido en tanto
esté como tal, es una incógnita (...) mientras sea desaparecido no puede
tener tratamiento especial, porque no tiene entidad; no está muerto ni
vivo”, y desde el poder estatal se torturaba, asesinaba y desaparecía a
miles de mujeres y varones, el movimiento de derechos humanos se
conformaba trabajosamente en Rosario. Herminia participó primero en
Familiares de Desaparecidos, incorporándose luego a Madres de Plaza
25 de Mayo, cuando otras madres rosarinas ya se habían organizado
en el ámbito local. Recuerda las rondas, la emoción incontenible que
se adueñó de ella la primera vez que se puso el pañuelo blanco en la
cabeza un 24 de diciembre, las madres que venían de distintos lados
de la provincia, de Casilda, de Totoras, porque "en todos lados hay
madres". Que las mujeres "aguantaron" mas que los hombres, que casi
todos sucumbieron al peso del horror y se murieron antes de "muerte
natural"120.

118
Se refiere a un abogado del partido comunista.
119
Pequeñas pero inmensas solidaridades jalonan esta etapa de su historia personal; como la del taxista
santafesino, de quien Herminia primero desconfió, y que la acompañó por todo su periplo. "En ese mare-
moto de gente que te denunciaba, que tenía miedo, este hombre se jugó toda la tarde, casi todo el día,
detrás de mí". O como la del portero del edificio donde vivía por entonces, que le dejaba comida en la
puerta de su departamento.
120
Si bien es cierto que las Madres movilizaron una energía que arraigaba en sus roles familiares tradicio-
nales (sentimientos y cuidado de los otros) de una manera no deliberada resquebrajan algunos estereoti-
pos. El de la debilidad de las mujeres es uno de ellos. Queda claro que mas allá de los motivos iniciales
que llevaron a las mujeres (y no a los varones a salir a la escena pública); las mujeres mostraron una
mayor fortaleza subjetiva y también física, y decididamente eso no es lo esperable para las mujeres.
73
El repaso por su toma de contacto e incorporación en la vida de los
organismos de derechos humanos y su posterior militancia constituye
uno de los tramos mas complejos de su relato, uno de los más difíciles
de desentrañar. Mi fuerte insistencia en la obtención de datos que
aportaran a una tarea de orden más reconstructivo no pudo quebrar
sus resistencias, olvidos y negativas; solo pude obtener fragmentos de
recuerdos que no pueden inscribirse en el hilo de la continuidad121.
Herminia prefiere sin dudas explayarse sobre sus actividades militan-
tes más actuales. Llenar esos vacíos implicaría sin dudas la necesidad
de escuchar otras voces que me ayuden a completar lo incompleto,
aunque en la misma dirección que la sostenida por Alessandro Porte-
lli122 , para el cual acudir a otras entrevistas no constituiría un modo
de verificación sino de mejor interpretación. Y tal vez sea este un mo-
mento oportuno para plantear con Daniel James que la relación entre
narraciones personales e historia, como también entre la autobiografía
en general y la historia, es compleja y problemática, que los relatos de
vida son constructos culturales que recurren a un discurso público
estructurado por convenciones de clase y género y que se valen de una
amplia gama de roles, autorepresentaciones y tienen un carácter pro-
fundamente ideológico 123.

Del relato de Herminia emergen algunos nudos de problemas que


intentaré examinar cuidadosamente. La cautela al abordar algunas
situaciones se pierde y afloran sentimientos, imágenes y perspectivas
diversas sobre su derrotero al interior de Madres. Los momentos ini-
ciales fueron caracterizados por la igualdad, donde no importaba que
era cada una, de donde venía, que pensaba o si tenía una ideología
política; solo la búsqueda desesperada de hijas e hijos las unía. “ …
todas teníamos un origen, en un primer momento no se supo, quien era
oficinista, quien era mucama, quien era ama de casa, éramos todos
ideales porque ahí no se habló de política ... ni política ni partidaria, ahí,

121
Aunque la intención de este no trabajo no estuvo centrada en la reconstrucción de la trayectoria
del movimiento de derechos humanos en el Gran Rosario, por momentos no pude resistir la tentación de
aclarar algunas dudas y desconocimientos varios, pero tal objetivo no sería posible desde esta historia de
vida al menos; ese que es un espacio construido por muchas y muchos, necesita de mas voces. Induda-
blemente, desde Herminia solo podremos acceder a fragmentos, imágenes, impresiones, perspectivas,
importantes pero parciales. Para un análisis del derrotero del movimiento de derechos humanos en la
provincia de Santa Fe puede consultarse Luciano Alonso; “El movimiento de derechos humanos: un actor
cambiante” en Gabriela Aguila y Oscar Videla (comps) Tiempo presente. Nueva Historia de Santa Fe.
Tomo 12, Rosario, Ediciones Prohistoria y La Capital, 2006.
122
Ver al respecto “El uso de la entrevista en la historia oral” en ANUARIO Escuela de Historia, Nº 20,
Historia, memoria y pasado reciente, Rosario, Universidad Nacional de Rosario y Homo Sapiens Edicio-
nes, 2005.
123
Ver del autor Doña María. Historia de vida, memoria e identidad política. Buenos Aires, Manantial,
2004. Pag 128.
74
en el primer momento no, pero después empezaron a surgir esas cosas,
empezaron a surgir ...”

Los años transcurrieron y el período de militancia sostenida frente a


la dictadura dejó paso con la recuperación democrática a un paisaje
mas complejo donde el camino de unidad y entendimiento se derrum-
bó124; las diferencias afloraron y ellas fueron de distintos tenores. Esta
situación fue vivida con mucho dolor por Herminia. Sus cuestiona-
mientos apuntaron a las relaciones de poder, al autoritarismo que per-
cibía y a la centralización en la toma de algunas decisiones. Es justo
mencionar que reconoció que quienes “mandaban” eran también quie-
nes mas militaban.

Herminia se ha valido de anécdotas para referirse a algunas expe-


riencias de su vida. Destaco una, que me ha contado casi sin variacio-
nes una y otra vez, a partir de la cual anuda la explicación respecto de
su alejamiento del movimiento orgánico de Madres. Me cuenta que con
motivo de una nota que le realizaran en el principal diario local (“La
Capital”) había repasado algunos momentos altamente significativos;
su vida como trabajadora, su experiencia como enfermera, que fue
echada de distintos sanatorios, que se sumó a las filas del partido co-
munista. Que ello desató duras objeciones por parte de Madres: “las
Madres no tienen política”, recuerda Herminia que se le señaló. Ese fue
el momento que selló la ruptura. Nuevamente no soportaba ciertas im-
posiciones, un deber ser que intentaba imponerse desde adentro y que
marcaba los exactos límites de la corrección para una Madre, que se
deslizaba desde el cuestionamiento a develar o sostener una identidad
política, a que cosas decir y cuales no, hasta a un modo determinado
de vestirse.

Herminia se acerca y se aleja de su propia condición de Madre; es


como si ella por momentos no formara parte de ese colectivo. “… a mi
me parece que también se las veneró tanto, se las endiosó, para mi se
las endiosó, se les dio un lugar tan fuerte, tan fuerte, que se creyeron
que eran de porcelana, que no eran de carne y hueso. Entonces había
que tomar una figura, había que usar traje y chaqueta, zapatos… que se
peinaba, se maquillaba, y... bueno, yo no estoy en desacuerdo, cada
uno que lo haga, pero no que era una norma que todas las madres tení-
an que entrar en esa postura de señora, yo soy mujer, no me interesa a
mí esa forma de ser, mi persona, mi personalidad no es para eso” 125.

124
Recordemos que en el año 1986 Madres a nivel nacional se dividió originando dos líneas políticas
diferenciadas: Madres de Plaza de Mayo. Línea fundadora y Asociación de Madres de Plaza de Mayo.
Distintos trabajos señalan tanto el dolor de muchas Madres como el “olvido” de los motivos.
125
Observo en este pasaje de su relato la sugerente diferencia que establece entre “señora” y “mujer”.
75
Abandonó el pañuelo que decía Madres de Plaza 25 de Mayo y lo
cambió por uno completamente blanco que le regaló la agrupación
H.I.J.O.S126. Cuando se produjo su alejamiento de Madres de Plaza 25
de Mayo decidió no vincularse orgánicamente a ninguna de las dos lí-
neas en que Madres estaba dividida a nivel nacional y permanecer co-
mo una Madre sin “organismo”.

Herminia, que vive como la mayoría de los jubilados argentinos de


principios del milenio, con una muy modesta jubilación que apenas
cubre algunas de sus necesidades vitales, no aceptó la "reparación
económica" que el Estado implementó por los años noventa. Esa posi-
bilidad le generó no pocas contradicciones, por una parte razonó que el
hecho de que el Estado "pagara" implicaba el reconocimiento que los
militares habían cometido un delito, desde lo mas personal la arrecia-
ba el sentimiento que la plata la compraba, y que Adriana no iba a
perdonarla aunque entendía que muchas madres tan atravesadas por
una situación económica difícil la aceptaran ya que "solo vendía la
sangre de nuestros hijos aquel que dejó la lucha" y esa no era su pers-
pectiva. Nunca asumió una posición de condena frente a las Madres
que sí la aceptaron127.

El tema de los jóvenes es casi obsesivo en su relato al punto que el


grueso de sus expectativas de cambio social está centrada en ellos.
Cuando a mediados de la década del 90, mas precisamente cuando se
acercaban los 25 años del golpe militar de 1976 y asomaba en el hori-
zonte nacional y también en Rosario la agrupación H.I.J.O.S a Hermi-
nia le pareció que al fin algo auspicioso estaba sucediendo y comenzó a
participar activamente. La justicia no había llegado a los responsables
de los crímenes de la dictadura, y con H.I.J.O.S llegaron los escra-
ches. " ... yo me puse a la altura de los jóvenes, porque pelear por la vi-
da es los jóvenes! No puedo estar con los viejos si peleo la vida de los
jóvenes. Es una contradicción que tienen las madres y los viejos. Los
viejos quieren que los jóvenes vayan a los viejos, y es al revés. Los vie-
jos tienen que ir a los jóvenes. Nunca nos vamos a entender, esa, esa
valla generacional, que no rompemos. No la rompemos porque nos pa-
samos criticando a los jóvenes".

126
H.I.J.O.S (Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio) en Rosario se constituyó en
el año 1995 (con puntitos) y realizó su presentación pública en la Plaza San Martín el 24 de Marzo de
1996. La agrupación local se caracterizó desde sus orígenes por reunir tanto a afectados directos como a
quienes no lo fueron.
127
El sector liderado por Hebe de Bonafini planteó una dura condena ya que “aceptar las dádivas del
estado sería prostituirse”. Madres Línea Fundadora sostendría, por el contrario, que la reparación econó-
mica por parte del estado implicaba que éste asumiera algún tipo de responsabilidad en lo sucedido.
76
Quiero señalar que si bien las historia de vida nos arrastran irremi-
siblemente hacia el pasado de las personas, Herminia una y otra vez
escoge presente y futuro. Ha minimizado al extremo los momentos de
dolor en aras de privilegiar otros pasajes de su vida: más que los de
una mujer sufriente; los de una mujer que lucha y enfrenta las distin-
tas vicisitudes con que la vida la fue desafiando; de hecho Herminia
realiza un enorme despliegue vital a través de múltiples actividades.

Hace ya unos cuantos años, aunque ya no recuerda cuando fue la


primera vez, comenzó a concurrir a las escuelas a conversar, a contar
su historia. Niñas y niños pequeños y adolescentes se convirtieron en
interlocutores, nunca en pasivos escuchas, de sus relatos. Piquetes,
huelgas, villas y barrios, bibliotecas populares, centros culturales ges-
tionados por trabajadores son algunos de sus ámbitos mas frecuentes
de circulación, como una militante sin partido ni organismo. El frag-
mento que sigue es probablemente uno de los más significativos y re-
veladores de su testimonio, el que ofrece una perspectiva acabada y
minuciosa sobre todo de sus autopercepciones128.

"Yo soy una Madre... lucho por todos, yo no lucho solamente por mi
hija, nunca luché para mí sola, siempre luché para todos, y hoy la lucha
no es de mi hija, es de todos, y el que no lucha para todos, es un cobar-
de, es un mezquino... no me hace falta encuadrarme bajo ningún cua-
drado político, el pañuelo es el partido mas fuerte del mundo. Entonces
con el pañuelo yo puedo militar en donde quiera, no me puede echar na-
die. No me puede echar nadie porque soy una madre suelta que va don-
de esta la lucha, sin organismo. A eso llegué, fijate, mi rebeldía de chi-
quita me lleva a ser rebelde de grande. Porque hoy soy esto, soy una
luchadora, lucho en el barrio, lucho donde sea y lucho en cualquier lu-
gar… al pañuelo es algo a lo que le tienen ese respeto... que la madre
puede, es una cosa muy fuerte. Entonces por ahí un poco de miedo me
da, viste, sabes que me da un poco de miedo ser eso”.

La etapa que se abrió con la asunción de una nueva gestión pero-


nista, encabezada por Néstor Kirchner en el 2003, afectó tanto a las
Madres en su conjunto como al movimiento de derechos humanos más
en general en su histórico y muy conflictivo relacionamiento con los
distintos gobiernos democráticos. Ese horizonte se ha conmovido al

128
Destaco en este punto que una de las mas valiosas aportaciones que ha hecho la historia de las muje-
res es reubicar la presencia y la participación de las mujeres en el estudio de movimientos sociales y
políticos no como mero apéndice y accesorio y tratando además de no caer en la tentación de relevar la
presencia de las mujeres desde una concepción bipolar que las coloca como eternas víctimas o incansa-
bles luchadoras. He intentado sumarme a este propósito. Al respecto puede verse el trabajo de Mary
Nash; “Nuevas dimensiones de la historia de la mujer”, en Presencia y protagonismo. Aspectos de la histo-
ria de la mujer. Madrid, Ediciones del Subal, 1984.
77
punto que ya no es posible sostener que Madres “se pone a distancia
de toda política del estado”129; de hecho los más heterogéneos sectores
del movimiento de derechos humanos coinciden en una cerrada defen-
sa y apoyo activo a la política de derechos humanos que lleva adelante
el kirchnerismo130. Solo voces aisladas del movimiento han expresado
algún tipo de crítica. Herminia es una de ellas. Le molesta profunda-
mente que Kirchner declare que se considera hijo de las Madres de la
Plaza de Mayo y afirma "no quiero que sea mi hijo, porque él está sir-
viendo al imperio, él esta pagando la deuda externa, él está teniendo en
la calle muertos de hambre, nosotros los jubilados no tenemos una jubi-
lación digna, nosotros los jubilados no tenemos asistencia médica. ¿Él
es el revolucionario del 70?".

En su memoria el pasado y el presente se mezclan inevitablemente


y evidencias aportadas por procesos posteriores la llevan a recordar
tanto las advertencias que le hacía a su hija Adriana como a manifes-
tar una visceral desconfianza hacia los dirigentes y en líneas mas ge-
nerales a la “política”. Sintomáticamente todos los dirigentes que desfi-
lan por sus recuerdos son de origen peronista, principalmente ex mon-
toneros que hoy ocupan altos cargos políticos. Manifiesta sus contra-
dicciones con la entrega de la ESMA que propició Kirchner en el 2004,
le parece que en el fondo como dice el refrán "es estar bien con dios y
con el diablo" ya que se tranquiliza a "la gente luchadora que exige de-
rechos humanos, entonces toda esta gente va a estar bien, bárbaro y
por allá la gran burguesía, la burguesía enojada. Pero no importa a us-
tedes también les voy a dar, les voy a dar cosas.... Un poco se puso en
el medio Kirchner, y eso de marchar en el medio es como la tercera posi-
ción que no lleva a ningún lado, … si él exige justicia para los muertos y
abrió la ESMA, bajó los cuadros y él hace valer los derechos de los
muertos asesinados, entonces porqué nosotros que estamos vivos no
tenemos los mismos derechos que los muertos, si estamos vivos. O ¿los
derechos humanos de las personas que están vivas no existen? Tene-
mos que morirnos para que tengamos valor humano y derechos huma-
nos que él hace valer?”.

Algunas reflexiones (no sistemáticas). Asumiendo que las distin-


tas experiencias de vida, desde las más personales hasta las políticas
tienen implicancias de género, es sugerente interponer la interrogación
sobre hasta donde Herminia es conciente de cómo el ser mujer ha mo-

129
Tal como una década atrás sostenía Raúl Cerdeiras en “20 tesis acerca de Madres de Plazo de
Mayo y algo más”. Acontecimiento. Revista para pensar la política. Buenos Aires, Nº 13, 1997, pág. 116.
130
Las declaraciones de Hebe de Bonafini a pocos días del 30 aniversario de Madres que cito a con-
tinuación son una muy buena síntesis de las posiciones del grueso del movimiento. “La lucha de mis hijos
no fue en vano, sino no tendríamos el presidente que tenemos que dice que somos sus madres-, que es
heredero de las luchas de nuestros hijos” (FM Universidad Rosario, 27/04/2007).
78
delado su existencia131. De su relato se desprenden perspectivas atra-
vesadas, teñidas y narradas principalmente en términos de clase. Se
refiere a si misma en su condición de proletaria, de luchadora, pero
también de mujer y de Madre, no necesariamente en ese orden y sin
establecer una jerarquía al respecto. Su historia nos ofrece múltiples
ángulos desde los cuales podemos adentrarnos en ciertas pautas de
familia, en las costumbres reservadas y deseables para las mujeres,
pero también en los pequeños y a veces poco visibles mecanismos de
resistencia o gérmenes de ruptura en la frontera de su vida cotidiana,
que tuvieron que esperar la ocasión para saltar y desplegarse. Señalo
que en algunos aspectos no ha sido fácil visualizar cuales de sus ideas
son más actuales y cuales ha arrastrado por largos años, aunque es
indudable que más allá de sus muchas intuiciones, nuevos ámbitos de
relaciones han contribuido de manera creciente en la explicitación de
un conjunto de referencias y apreciaciones sobre la condición de las
mujeres.

Insistentemente se ha planteado que las mujeres narran sus re-


cuerdos en una clave muy tradicional; la de vivir para otros, lugar des-
de el cual se proyectan fuertes elementos identitarios. Si bien una in-
terpretación lineal podría conducirnos en ese camino, ya que su vida
se centró tempranamente en el cuidado de otros; en primer lugar de su
hermano enfermo en la infancia, para luego traspasar las fronteras de
su vida privada y prolongarse en su trabajo (el cuidado de enfermos),
ello no puede leerse solitariamente sino que debe ponerse en diálogo
con otros aspectos y momentos de su vida.

Para su trabajo independiente elige hacer una de las cosas que sa-
be: cuidar enfermos y paralelamente estudiar para mejorar su condi-
ción, lo que aparece más como una estrategia racional de superación
personal que como la aceptación de un estereotipo. Sus afinidades
electivas la llevan por caminos no muy frecuentes para una mujer de
su época: separarse, enfrentar una vida nueva con hijos pequeños en
condiciones de insuficiencias materiales muy marcadas, y también a
militar en un partido de izquierda. Asimismo su hacer va acompañado
por una toma de posición que se apodera de su discurso todo en un

131
Recojo la observación realizada por Elizabeth Jelin en el sentido de que debemos realizar un esfuer-
zo conciente y focalizado para plantear preguntas analíticas desde una perspectiva de género, ya que de
lo contrario el género se torna invisible y desaparece. En similar dirección Alejandra Massolo sostiene que
si bien la historia oral y las historias de vida constituyen un recurso excepcional para acercarnos al cono-
cimiento de las mujeres dentro de contextos culturales e históricos específicos, no hay nada inherente-
mente feminista en ello, (ni aún en las hechas por mujeres) que solamente se convierte en una metodolo-
gía feminista si se las utiliza sistemáticamente para objetivos feministas. Ver “Testimonio autobiográfico
femenino: un camino de conocimiento de las mujeres y los movimientos urbanos en México” en Los usos
de la historia de vida en las ciencias sociales II. España, Anthropos, 1998 y Elizabeth Jelin “El género en
las memorias” en Los trabajos de la memoria. Madrid, Siglo XXl de España Editores S.A, 2002.
79
sentido que nos acerca a lo que Luisa Passerini132 ha descripto muy
acertadamente como el estereotipo de la rebelde; donde las distintas
experiencias de la vida son enunciadas desde una perspectiva marca-
damente alegórica como modo privilegiado de trasmitir la conciencia de
la propia opresión en un medio opresivo pero también de orientarse
hacia los cambios del presente y del futuro.

La historiografía argentina está dando importantes pasos en la ex-


ploración de algunos momentos de nuestro pasado reciente y en esa
dirección han emergido problemas y temas que, como el mundo de la
militancia ya ha sido intensamente transitado desde perspectivas di-
versas y hasta antagónicas; la memoria social ha trazado también sus
propios itinerarios aunque en una dirección no necesariamente conflu-
yente. En este contexto no resulta extraño que la inconmensurabilidad
del proceso de desaparición de personas durante la última dictadura
militar implicara que en la figura de las y los desaparecidos se resu-
miera la forma predominante del recuerdo que quedó en boca de las
Madres de Plaza de Mayo y de los organismos de derechos humanos y
también de los militantes para nombrar esa historia de la segunda mi-
tad de los años 70. Tampoco que bajo esa figura, la del desaparecido,
se borrara toda identidad previa; hecho de magnitud sobre todo si con-
sideramos que se trataba de mujeres y varones que habían sustentado
identidades políticas y sociales fuertes y precisas y que la asunción de
esas identidades de alguna manera había opacado a otras que conviví-
an subordinadamente. Con las madres ha ocurrido algo similar: se ha
borrado toda identidad anterior, son mujeres que han cobrado prota-
gonismo solo y desde una desgracia personal y colectiva133. Una ima-
gen ha predominado en relación a Madres; la de un grupo de mujeres,
en general amas de casa que nada sabían de política, que salen de sus
mundos privados por necesidad, a buscar a sus hijas e hijos desapare-
cidos134.

132
Ver de la autora Fascism in popular memory. The cultural experience of the Turín working class.
Cambridge, Cambridge University Press, 1987.
133
De modo muy sugerente Débora D’Antonio ha subrayado que algunas Madres hoy se cuestionan
un protagonismo originado exclusivamente en la vivencia de sus hijos e hijas y comienzan a pensarse
centradas en su propia experiencia política y en su propia subjetividad; de modo que sus itinerarios como
mujeres se legitiman en un reconocimiento que va más allá de ser portadoras de una memoria de la re-
presión estatal hacia sus seres queridos. Ver “Las Madres de Plaza de Mayo y la maternidad como poten-
cialidad para el ejercicio de la democracia política”, en María Celia Bravo, Fernanda Gil Lozano y Valeria
Pita (compiladoras) Historia de luchas, resistencias y representaciones. Mujeres en la Argentina, siglos
XlX y XX. Tucumán, Editorial de la Universidad Nacional de Tucumán, 2007.
134
Miguel Galante ha señalado este aspecto; aunque subrayando que si bien muchas historias indivi-
duales permiten dar asidero y verosimilitud a ese imaginario, en los primeros grupos de Madres encontra-
mos a Azucena Villaflor (con experiencia y militancia sindical), a Esther Balestrino de Careaga (militante
contra la dictadura de Stroessner) y a Mari Ponce vinculada al movimiento de sacerdotes tercermundistas.
Las tres fueron desaparecidas. Ver del autor “En torno a los orígenes de Madres de Plaza de Mayo” en
Historia, voces y memoria. Boletín del Programa de Historia Oral., programa de Historia Oral de la Facul-
tad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. Buenos Aires, UBA/ Imago Mundi, 2007.
80
Las historias de vida y la historia oral contribuyen a pluralizar dis-
tintas dimensiones de la vida social, a disolver homogeneidades y fáci-
les generalizaciones o a cuestionarlas y relativizarlas. La historia de
vida de Herminia muy bien puede inscribirse en esa dirección; la de
mujeres que tenían una vida anterior que desbordaba los límites estre-
chos del ámbito privado y que quedó invisibilizada bajo un gigantesco
peso simbólico, que contribuyó a borrar o desdibujar sus identidades
anteriores. Tal vez no sería aventurado plantear que aquel modelo,
más allá de responder a la realidad sea paralelamente más aceptable o
asimilable para pensar a unas mujeres que de algún modo producen
algunas astillas en los estereotipos. Herminia es una de esas mujeres:
una Madre en el movimiento social, y como ella repite una y otra vez
“una Madre sin partido ni organismo”.

81
Autorepresentación y Militancia Política
en Mujeres de los Años Setentas.

Edna Ovalle Rodríguez

“Todas provenimos de circunstancias


muy diferentes pero ,
Nos unió la lucha revolucionaria
y el deseo de cambiar a nuestro país,
para mejorarlo en todos sus aspectos”

Yolanda Casas

La historia de las numerosas organizaciones político-militares que


actuaron en México en la segunda mitad del siglo XX es aún un tema
poco estudiado desde el punto de vista histórico. A la fecha, se desco-
noce el número exacto de estas organizaciones, no se sabe con certeza
cuál fue su campo de acción, el perfil de sus militantes, las diversas
formas de su accionar político, así como también, se desconocen los
efectos de la represión del estado sobre sus miembros, simpatizantes e
incluso familiares, por señalar solo algunas temáticas a investigar.

A pesar de estas limitaciones, lo poco que se conoce de estos grupos


permite aseverar que su historia es hoy un terreno de conflicto. Por
una parte, no solo existe un marcado desinterés gubernamental por
investigar la magnitud del fenómeno, sino que además existe interés
por ocultarla. En sentido opuesto, los exmilitantes y familiares, sobre
todo las madres de los militantes desaparecidos, organizados en diver-

Doctorado de Antropología de la ENAH, Docente de la Escuela Nacional de Antropología e Historia
(ENAH) y de la Universidad Intercultural Indígena de Michoacán (UIIM)

83
sas instancias, han mantenido de diferentes formas una lucha cons-
tante contra el olvido. A esta lucha se han sumado algunos hijos de
víctimas de la represión. Todos, en una acción sostenida a lo largo de
los años, mantienen firma la exigencia de no solo conocer la verdad
histórica, sino también la presentación de los desaparecidos y ejercitar
la acción de la justicia sobre los responsables del terrorismo de Esta-
do. Al mismo tiempo, estos nuevos actores sociales se han ocupado de
rescatar la historia elaborando memorias, biografías y autobiografías
que han sido la base de películas, documentales, obras literarias y
otras obras de arte.

La recuperación de la historia de las organizaciones político-


militares mexicanas y sus militantes en los años setentas, avanza a
contracorriente. Muchos militantes aún recuperándose de los efectos
de la represión escriben memorias, novelas , testimonios y realizan al-
gunos análisis del periodo, no obstante, ellos y los familiares de las
víctimas van muriendo y el olvido va ganando terreno. Aunado a ello,
el tema enfrenta otras problemáticas como el fenómeno de la mitifica-
ción del guerrillero, mitificación utilizada para fines que van desde los
comerciales hasta los ideológicos y que ha contribuido a ocultar o en-
mascarar a las personas de carne y hueso que fueron protagonistas y a
su historia cotidiana.

Por esto y otras muchas razones, consideré importante recuperar la


vida de los participantes de estas organizaciones. Todos los militantes
son importantes en muchos sentidos. En esta ocasión me ocuparé de
la vida de las mujeres militantes que en términos generales se puede
afirmar que han sido hasta hoy, sujetos poco visibles. Por ello este ar-
tículo, abordará el tema de la autorepresentación de dos mujeres mili-
tantes de organizaciones político-militares mexicanas durante los años
setentas. Me interesa contrastar su historia con la versión que el Esta-
do mexicano difundió en la sociedad de esos años. ¿Cómo se ven a sí
mismas estas mujeres en las etapas iniciales de vida? ¿cómo las con-
sideró el Estado mexicano? Son algunas de las preguntas que tratare-
mos de contestar en las siguientes líneas.

Lutz Niethammer señala que la historia oral es adecuada para, en-


tre otras cosas, la exploración de determinados campos fragmentarios
para los que no hay o a los que no es accesible otro tipo de documen-
tos de trasmisión y, en ése sentido, representa un instrumento de
heurística contemporánea135 que permite ampliar la percepción histó-
135
Lutz Niethammer. ¿Para qué sirve la historia oral?, en Historia Oral. Jorge Aceves Lozano (coord.)
Instituto Mora, México, 1993. p.33

84
rica a través de la experiencia. Esto es precisamente lo que intento
rescatar. Para esta ponencia escogí dos temas relevantes en las entre-
vistas a estas dos exmilitantes, temas que me permitieron captar su
autopercepción, es decir, la manera en que se conciben a sí mismas en
su relato de historia de vida. Los temas que me ocuparán son 3: La
infancia en el seno familiar, la manera en que entraron en contacto
con la actividad política y su paso hacia la clandestinidad de las orga-
nizaciones armadas. Conocer estos elementos nos permitirá compren-
der quiénes y cómo eran algunas de las mujeres que integraron a las
organizaciones armadas durante los años sesentas y setentas y mos-
trar cómo desde este presente articulan los acontecimientos de la his-
toria de su vida en el relato de historia oral.

La descalificación de los opositores políticos


Una de las estrategias de contrainsurgencia que utilizó el gobierno
mexicano durante los años setentas fue la desinformación en todo lo
relacionado con los diferentes grupos opositores136. La desinformación
permitía ocultar a la opinión pública la acción política de estos grupos.
Durante un tiempo sus acciones fueron silenciadas y simplemente an-
te la opinión pública no existían. Cuando fue imposible contener las
información de las acciones de los grupos, los medios de comunicación
al servicio del estado –que casi eran todos salvo honrosas excepciones-
siguieron la consigna de calificarlas como obra de la delincuencia co-
mún. Así, desde los inicios de los años setentas, cuando los miembros
de las organizaciones armadas eran detenidos, aparecían ante los me-
dios, como minúsculos grupos de delincuentes comunes.

Tiempo después, cuando, a pesar de las detenciones de los prime-


ros militantes137, las acciones guerrilleras se incrementaron y exten-
dieron por todo el país, resultó imposible ocultar tanto las acciones y
sus demandas. Entonces, los medios de comunicación presentaron a
los jóvenes guerrilleros como rebeldes sin causa, inmaduros, desadap-
tados socialmente, producto de hogares disfuncionales, incapaces aca-
démicamente y frecuentemente como drogadictos, homosexuales y
violentos por naturaleza.

136
En México las organizaciones político-militares surgieron desde 1965 a partir del ataque al Cuartel
Madera por parte del grupo de Arturo Gámiz en el estado norteño de Chihuahua, en los años posteriores,
estas organizaciones proliferaron en el campo y en la ciudad a todo lo largo y ancho del país. A la fecha,
se conocen los nombres de cerca de 30 organizaciones entre las cuales destacan la Asociación Cívica
Nacional Guerrerense (ACNR), el Partido de los Pobres, el Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR),
la Liga Comunista 23 de Septiembre, el Frente Urbano Zapatista (FUZ), las Fuerzas de Liberación Nacio-
nal (FLN), antecedente del EZLN, entre otras.
137
Esto sucedió a partir de 1971 con las detenciones de numerosos militantes del MAR, el FUZ, el
comando Carlos Lamarca, entre otros.

85
Si bien estos calificativos se aplicaron a todos los militantes, para
las mujeres la situación era de mayor desprestigio ya que aunado a lo
anterior, las militantes de la guerrilla fueron mostradas ante la opinión
pública como personas que no actuaban por cuenta propia. Ellas eran
las que, siguiendo a algún hombre –novio, amante, hermano, amigo-
se habían involucrado en los grupos. Se trataba o bien de “ingenuas ”
a quienes algún militante había convencido de integrarse a las organi-
zaciones sin conocer bien a bien en lo que se metían o mujeres locas,
desviadas, pervertidas, inconscientes de su papel en la sociedad.

El ejemplo de las mujeres que participaron en la guerrilla fue di-


fundido por los medios como muy peligroso para la sociedad, ya que
las mujeres existían para formar, educar a los hijos y mantener unida
a la familia y con ello a la sociedad, y su desviación de este camino in-
dicaba una grave anomalía, eran mujeres de “mala entraña” que con
sus acciones no solo negaban esta misión sino que además luchaban
por destruir el orden familiar y social establecido.

La participación de las mujeres en la guerrilla no solo constituyó


un atentado al poder político del Estado, sino también fue vista como
un ataque a la institución la base de la sociedad: la familia. Ante los
medios, las mujeres de la guerrilla fueron consideradas “amasias”
“amantes”, “madres desnaturalizadas” “hijas ingratas”, “ingenuas”,
“perversas”, entre otros calificativos, pero nunca, militantes conscien-
tes de sus actos las que, coherentes con sus decisiones, optaron por la
vía armada para transformar la sociedad....y la familia.

A continuación presento partes de dos entrevistas de historia


oral realizadas a dos exmilitantes. Este trabajo, forma parte de un pro-
yecto mucho mayor, se basa en historias de vida realizadas en 2007 a
: Elda Nevárez, de 55 años originaria de San Buenaventura, Chihua-
hua y a Yolanda Casas de 63 años, originaria del Distrito Federal.
Ambas fueron militantes de base durante los años setentas en organi-
zaciones político militares: Elda militó en el Movimiento de Acción Re-
volucionaria (MAR)y Yolanda en el Grupo Lacandones, organización
cercana a la Liga Comunista Espartaco.

Estas exmilitantes tienen varios aspectos en común: Para ellas el


movimiento de estudiantil-popular de 1968 fue decisivo y cambió el
curso de sus vidas. Ambas se incorporaron muy jóvenes a sus respec-
tivas organizaciones político-militares, Elda lo hizo a los 17 y Yolanda
a los 18 años. Militaron ahí durante varios años –Elda 9 años y Yolan-
da 3- por lo cual se puede considerar que las conocieron a fondo. Am-
bas fueron detenidas por la policía y vivieron la represión del estado en
86
carne propia: Elda es detenida en un enfrentamiento en Torreón, Coa-
huila en 1979 en el que murieron varios de sus compañeros. Ella estu-
vo desaparecida durante tres meses en el Campo Militar No.1. Yolan-
da fue detenida sola en 1972 y pasó 7 años presa en la Cárcel de San-
ta Martha. Ambas exmilitantes fueron torturadas y retenidas sin pro-
ceso judicial, Las dos tuvieron como pareja a compañeros de la propia
organización y se convirtieron en madres de 2 y 4 hijos respectivamen-
te. Actualmente, Elda y Yolanda participan en un grupo informal de
mujeres exmilitantes empeñadas en no olvidar los crímenes del pasa-
do. Las dos accedieron de buena gana a ser entrevistadas y con una
actitud generosa nos contaron su vida.

La vida de estas dos mujeres también tiene especificidades que


las diferencian: Elda es norteña y sus orígenes pertenecen más a la
vida rural, Yolanda es originaria de la Cd. De México, la urbe por exce-
lencia. Ambas difieren en su participación política previa a la clandes-
tinidad: la primera participó en la Juventud Comunista y en movi-
mientos estudiantiles antes de incorporarse al MAR, al vincularse con
el MAR recibe un entrenamiento de medio año en Corea del Norte. Por
su parte, Yolanda tiene una larga militancia previa, desde 1962 parti-
cipó en el Partido Comunista Bolchevique en la célula ferrocarrilera y
es a partir de 1968 que decide participar en la organización armada.

La infancia y la Familia

Si la infancia es destino, resulta importante conocer cómo fue la


infancia de ambas mujeres. En contraste con el discurso oficial de los
años de la Guerra Fría, que sostenían que las ideas de cambio social
eran extrañas, extranjerizantes y que llegaron sobre todo a los jóvenes
que provenían de familias desintegradas, las entrevistas realizadas a
ambas mujeres nos informan que fue precisamente en sus respectivos
hogares donde Elda y Yolanda adquirieron su formación básica a par-
tir de la cual observarían el mundo. Ambas recuerdan a su familia co-
mo afectuosas e integradas en las que no sufrieron maltrato físico. Sus
padres, simplemente las dejaron ser. Si bien sus familias no eran pro-
fundamente religiosas, sí eran cristianas y en ella crecieron con los
valores fundamentales: honestidad, sinceridad, respeto por el otro.
Ellas recuerdan su infancia como una época feliz y despreocupada.
Elda informa:

“ ...Mi abuel, que era un personaje importante en el pueblo, prohibió los casti-
gos físicos en la escuela, los prohibió, .. entonces, mis papás no nos castigaban,
a pesar de que mi papá fue un niño castigado, .....yo recuerdo eso con mucho

87
agradecimiento... porque ..era parte de una cultura y ellos no la siguieron, tuvie-
ron la capacidad para sustraerse a esa costumbre, sustraerse y ser diferentes”

Por su parte, Yolanda relata que:

“..Mi familia era muy ajena a lo externo, no recuerdo haber escuchado inquie-
tud en torno a lo que pasaba afuera de ella...Me desarrollé en un ambiente de
paz y tranquilidad, no había gritos, ofensas, humillaciones. Era vital tener tran-
quilidad en mi hogar...No recuerdo haber visto alguna vez discutir a mis pa-
dres, por el contrario, mi padre era un hombre que le gustaba escribir, era poe-
ta..”

Tal vez para la época sus familias resultaron ser atípicas, pero de
cualquier forma mientras el gobierno siempre tachó a todos los mili-
tantes de ser violentos por naturaleza, en estas historias de vida, se
refleja un ambiente familiar amoroso, equilibrado y una niñez tranqui-
la desarrollada entre juegos y escuela. No son familias violentas y pa-
dres autoritarios.

En otro aspecto de la entrevista, sorprende saber que estas muje-


res que fueron capaces de realizar duros entrenamientos y audaces
acciones político-militares, en su infancia eran tímidas y necesitadas
de protección. Elda nos dice por ejemplo:

“En la época escolar .. soy un poco tímida, me recuerdo muy seriecita, con
timidez, así, ante los maestros, no era ese respeto que le tienes a los mayores,
cuando eres niño, no, para mí, era timidez, y yo creo que eso es parte también
de no haber tenido muchos amigos, era tímida para hacer amigos, ¿si?,. Era
medio retraída, lo que me ayudaba es que finalmente era muy traviesa y pues
alguien le iba a entrar a la travesura conmigo y por otro lado no tenía muchas
amiguitas porque no me gustaba, los juegos así de… de las muñequitas, me en-
tretenía mucho armar la casita ¿no?, ya, pero ya armada la casita yo ya no tenía
más que hacer en el juego, entonces me aburría..”.

Yolanda por su parte, comenta que era una niña muy aprehensi-
va y demandante de protección. Para ella el símbolo de la felicidad, de
la tranquilidad y el sentido de la vida era la unidad familiar. Lo único
que le interesaba era que su núcleo familiar funcionara adecuadamen-
te brindándole protección y equilibrio emocional.

El Primer contacto con la política

Muy lejos de la versión oficial, la iniciación de estas mujeres en la


vida política se presenta en sus propios espacios cotidianos. En el caso
88
de Elda será la tradición de su pueblo y la escuela la que la hará acer-
carse por primera vez a la política :

“...yo tuve en sexto de Primaria, para mi fortuna, a un maestro recién egresado


de normal rural de Santa Teresa, Coahuila el profesor Pedro Medina, ....Él nos
habló de Cuba, nos habó de… de la URSS, pero además, ...cuando era niña, es-
tando en quinto o sexto de Primaria recuerdo a la gente de mi pueblo esperan-
do a que dieran las ocho o nueve de la noche para conectarse con Radio Haba-
na, porque era la hora en la que te podías conectar, a otra hora no llegaba la se-
ñal.

Por otro lado,...en Zaragoza siempre hubo gente muy letrada. El doctor Raúl
Peña y mi abuelo, José María Flores llevaban revistas, y se procuraba los perió-
dicos aunque fueran de tres, cuatro días atrás. Recuerdo la revista Siempre una
revista muy política, del corte que tú quieras, pero era política. Esa revista la
llevaba alguien al pueblo y circulaba como en diez, quince familias, una sola re-
vista. Mi tía Eva ...tenía una tienda, .y..en esa tienda siempre estaba esta revista
en el mostrador y la leía todo el mundo”.

Es así como gracias a los consejos de su profesor de primaria El-


da estudia en la escuela normal de Saucillo, Chihuahua138 donde a
pesar de que nunca se había separado de su familia y del rigor del in-
ternado se considera feliz porque le espera otra vida:

“Era feliz allí porque estaba haciendo mi futuro. Cuando iba al pueblo y me
volvía a encontrar con lo mismo de siempre y sabía que si me regresaba ahí es-
taría yo, por ejemplo yendo a la nevería con mis primas los domingos, aven-
tándote a bailar un rato, este… con el novio, de toda la vida....”

Ya en la normal Elda rápidamente se incorpora al Comité Femenil


de la Juventud Comunista en donde en poco tiempo ocupa diferentes
puestos:

“El año escolar empezaba en septiembre, y en…enero, febrero, tal vez marzo
yo ya estaba en el Comité de Lucha de la escuela ...en el núcleo de la Juventud
Comunista, entonces, era mi vida. En el segundo de Secundaria ya fui del Co-
mité Ejecutivo de la escuela. Ya en tercero de Secundaria, era Secretaria de Ac-
tas, era, el siguiente puesto era la Presidenta de la sociedad de alumnos, después
era la Secretaria de Actas y al fin encontré mi espacio”.

El caso de Yolanda es diferente, desde la seguridad de su hogar,


ella sueña con casarse y formar un hogar. Sin embargo, cuando cuen-
ta con 15 años se desencadena una crisis familiar que motiva el de-
138
En esos años este tipo de normales incluían además de los estudios normalistas para maestros, a
los estudios de secundaria de tal forma que los y las estudiantes entraban muy jóvenes al internado.
89
rrumbamiento de su mundo. Es época de una de tantas crisis econó-
micas en el país, a consecuencia de ello, el padre pierde el trabajo y los
problemas económicos son tan graves que terminan con la paz hoga-
reña. Sus padres discuten por las carencias. La crisis es de tal magni-
tud que provoca que Yolanda decida renunciar a sus creencias religio-
sas y opta por generar su propio mundo para recuperar la tranquilidad
y equilibrio. Es cuando decide luchar por crear un mundo donde ver-
daderamente prive el amor. A raíz de esta situación familiar y con mu-
cho miedo, se ve obligada a trabajar como secretaria a los 16 años.

Poco después de dar sus primeros pasos en el mundo exterior,


Yolanda confiesa que el trabajo no le fue desagradable y por el contra-
rio fue para ella “una liberación” de ese mundo tan conflictivo en que
se transformó su hogar. El trabajo la transformó en una mujer extro-
vertida, amiguera, carismática y sociable, revela. En esa situación se
encontraba cuando aparece la opción política en su vida:

“En 1961 estaba trabajando como secretaria cuando llega Arturo a pedir mi
mano, él era un amigo que era compañero de mi hermana en la UNAM. Yo te-
nía 17 años y aún no tenía un proyecto de vida decidido. El me prestó un libro
de Politzer, de filosofía y me contó que estaba organizado con mi hermana en
una organización comunista, me explicó sus objetivos y que me contó que lu-
chaba, entre otras cosas por el amor y la paz entre los hombres, yo no acepté
casarme con él, pero desde ese momento en que me dio a conocer los plan-
teamientos políticos, todo mi ser dijo, ¡esto es lo que quiero ser!, esto fue el
descubrimiento mas maravilloso y desde entonces se convirtió en mi proyecto
de vida, ahí le encontré el sentido a mi vida. Cuando escuché en torno al hom-
bre nuevo, me enamoré de estos planteamientos, y toda mi existencia dijo esto
es lo que yo quiero”.

Así, aunque Yolanda no acepta las palabras de amor de Arturo, sí


se interesa por sus planteamientos políticos y empieza a militar en la
organización en la que milita también su hermana. En lo adelante, y a
pesar de que ella no tenía una idea clara de la lucha de clases, empie-
za a leer literatura marxista y decide alternar su trabajo de secretaria
con su militancia en el Partido Comunista Bolchevique139 en donde
participa activamente en la célula de los trabajadores ferrocarrileros.

De acuerdo a lo anteriormente expuesto por ambas exmilitantes


podemos considerar que en sus vidas fueron la escuela y el trabajo los
espacios de socialización a partir de los cuales ellas tuvieron su mayor
contacto y acercamiento con la política. Sin embargo, el caso de Elda
139
Esta organización se configuró con militantes disidentes del Partido Comunista Mexicano a media-
dos de los años sesentas.

90
nos conduce a ubicar la existencia de una tradición de participación
política preexistente en su pueblo natal y al que ella le hará honor no
solo continuando la tradición, sino profundizándola. Por parte de Yo-
landa, la crisis económica y sus consecuencias al interior de su hogar
la obligarán a romper la tradición familiar de vivir ensimismados con
quietud y equilibrio, ella por necesidad se incorporó al mercado de tra-
bajo en donde encontró una opción política que ella consideraba que le
permitirá recuperar el equilibrio y construir un mundo mejor.

En ambos casos, la militancia política se presenta como una op-


ción de vida. Ya sea que este tránsito se realice de forma natural y
fluida o como ruptura, en ambos casos la militancia política aparece
como una opción gracias a la existencia y actividad de los diferentes
grupos políticos preexistentes que actuaron como catalizadores de sus
inquietudes.

1968 y la militancia armada

El movimiento estudiantil-popular de 1968 se puede considerar


como un parteaguas en la vida de muchos jóvenes de la época, tam-
bién para Elda y Yolanda fue definitivo aunque cada una de ellas lo
vivieron de diferente manera:

Elda en su relata que ese año se encontraba a punto de concluir


la carrera de maestra. Explica que los estudiantes de la normal en la
que estudiaba apoyaron activamente el movimiento y que ella participó
en las manifestaciones de apoyo al movimiento estudiantil y contra la
guerra de Viet Nam. Después de la masacre del 2 de octubre, empezó
la ofensiva hacia las Normales Rurales y con ello el intento de cerrarlas
definitivamente. Uno de las primeras medidas fue la expulsión de to-
dos los alumnos que habían participado en los Comités de Lucha. En-
tre los expulsados se encontraba ella:

“Gobernación fue a la escuela, allí se encerraron con la directora de la escuela,


sacaron todos los archivos, los revisaron durante varios días. Revisaron expe-
diente por expediente con la directora y la secretaria, archivo por archivo quien
era quien, que había hecho y en donde, y entonces así sacaron la lista y nos ex-
pulsaron sin miramientos”

Con la expulsión, los proyectos de vida de Elda se truncan de tajo y


se ve obligada a regresar a su pueblo y buscar otras opciones. Es en
ese periodo cuando un vecino del pueblo, al que ella admiraba, la invi-

91
ta a militar en el Movimiento de Acción Revolucionaria140. No lo piensa
mucho y decide aceptar. Al poco tiempo, se casan para que ella pueda
salir de su casa sin sospechas y un poco después ambos salen hacia
Corea del Norte a recibir un entrenamiento político-militar de 6 meses.

“Armando, platicó conmigo sobre mi incorporación a la organización, le digo


que sí, que yo estoy dispuesta, y luego otra persona platica conmigo, un hom-
bre que no ha de haber pasado de 30 años, pero para mí ya era un hombre
grande Y me explica con más detenimiento de que se trataba y, y es cuando ya
me dicen que hay que salir del país a un entrenamiento y pues yo les digo que si
. Yo acaba de salir expulsada de la normal por lo del 68 , acababa de ser repri-
mido el movimiento estudiantil, existía la Revolución Cubana, todas las in-
fluencias del campo Socialista, todas las influencias de lo que había sido Made-
ra, que yo viví muy de cerca … los asesinatos de Madera, vivíamos de cerca to-
da la problemática, pues bastaba con que alguien te lo planteara y te lanzabas,
además tenía todo el ímpetu de la juventud....Entonces lo más natural para mí
fue decir que si y además… pues este… era… era como… como la liberación
precisamente. Yo odiaba pensar que el único camino que tenía era casarme”.

La experiencia de Yolanda es distinta y tal vez más dramática:


como miembro de la organización abierta en la que militaba y a pesar
de no ser estudiante, participa activamente apoyando al movimiento
estudiantil. Ella recuerda muy claramente el ambiente festivo de las
actividades estudiantiles y señala que a nadie le pasaba por la mente
que fueran a sufrir una represión tan bestial. Ella como muchos, con-
fiaban en la realización del diálogo de los estudiantes con el gobierno y
como a todas, después de su trabajo de secretaria acude a la manifes-
tación del 2 de octubre en Tlaltelolco, en pleno centro de la ciudad de
México. El ataque del ejército hacia la multitud indefensa la sorprende
en medio de la plaza repartiendo volantes y alejada del grupo de ami-
gos con los que llegó al lugar. Relata que después de ver una luz de
bengala en el cielo, se iniciaron los disparos del ejército hacia la multi-
tud, ante la sorpresa, trató de correr para protegerse cuando escuchó
que alguien les gritaba que era mejor lanzarse al piso:

“Nos tiramos al piso automáticamente y ... nos fuimos arrastrando hacia los
jardines. Unos corrieron y en ese momento apareció un helicóptero que dispa-
raba ráfagas de ametralladora, nos quedamos tirados... , lloviznaba,... nos que-
damos así un tiempo que no puedo medir. Me tocó ver cómo mataron a dos
muchachitos que por el pánico corrieron y les tocó una ráfaga...fueron cosas
que me dejaron impactada.... Hasta la fecha no sé cómo no me tocó una bala,
140
El Movimiento de Acción Revolucionaria fue una organización político- militar que se fundó a me-
diados de los años sesentas del siglo pasado en Moscú por un grupo de estudiantes mexicanos que habí-
an llegado ahí para estudiar en la Universidad Patricio Lumbumba. De regreso a México proceden al reclu-
tamiento de más militantes quienes son entrenados en Corea del Norte.

92
porque las sentí pasar muy cerca. En ese momento te pasan por la mente miles
de pensamientos por el terror. Te das cuenta que estás sola frente a la muerte.
Esto me dejaría una huella para siempre. Salí de ahí en estado de chock. Me
ayudaron algunos vecinos que solidariamente nos resguardaron en sus depar-
tamentos, después de varias horas salí de la Unidad ayudada por un vecino.
Tardé más de siete días para poder reaccionar, darme cuenta que estaba viva y
para poder entender lo que había pasado”

A partir de esa experiencia Yolanda verá las cosas de otra manera,


tanto ella como sus camaradas deciden organizarse de otra manera y
acuerdan que es necesario estructurar otras formas de lucha que den
respuesta a ese gobierno que había sido capaz de masacrar así a sus
jóvenes. Deciden pasar a la clandestinidad y estructurar comandos
para formar un brazo armado de la organización amplia.

Como podemos observar, en ambos casos es la represión la que


acelera el paso de estas mujeres de una participación política abierta,
amplia a una participación clandestina y en organizaciones que plan-
tean abiertamente la necesidad de utilizar la violencia revolucionaria
para cambiar este estado de cosas. Desde diferentes espacios geográfi-
cos, Elda en Chihuahua y Yolanda en la Ciudad de México, éstas mu-
jeres que vivieron su infancia en hogares felices y que transitaban
hacia una vida dentro de los parámetros comunes, sentirán la repre-
sión en carne propia, la cual modificará profundamente sus proyectos
de vida y las orientará hacia la militancia armada apoyadas en la exis-
tencia y propaganda de este tipo de organizaciones.

Conclusiones

A través de estas historias de vida podemos comprender cómo estas


dos ex militantes recapitulan sus trayectorias de vida. Cómo desde el
presente recuerdan sus primeras experiencias en el seno de la vida
familiar. Son recuerdos agradables, ya que se trata de familias afec-
tuosas carentes de violencia y autoritarismo.

Ellas perciben que sus historias de vida resultan coherentes con


los principios que recibieron en su formación familiar. No obstante que
podemos ver cómo van transformándose con el paso del tiempo y los
acontecimientos, ellas consideran que conservan los principios que les
fueron inculcados en su organización primaria, la familia. Son preci-
samente esto principios inculcados en el seno familiar durante su in-
fancia los que les han marcado la pauta de su actuación. Cobrando
sentido, así su trayectoria de vida.

93
En la actualidad ellas, a pesar de estas experiencias traumáticas,
no son mujeres instaladas en el pasado. Por el contrario, son mujeres
alegres, llenas de vida que miran hacia el futuro y que luchan por no
olvidar y porque la historia no se vuelva a repetir.

Conocer estas experiencias solo ha sido posible a través de la his-


toria oral aunque solo es una pequeña fracción de su vida, se trata de
historias no escritas. Al mismo tiempo, entrevistarlas nos permite co-
nocer la percepción que tienen de sí mismas la cual contrasta con la
visión que las esferas del poder han querido formar de las mujeres mi-
litantes de las organizaciones político-militares de los años setentas.
Es así como la historia oral nos permite obtener la dimensión de la ex-
periencia a través de sus protagonistas.

94
Historia, género y memoria: las mujeres
en los cortes de ruta en la Argentina.

Andrea Andújar∗

1. Introducción:
Durante la década de 1990, Argentina, como otros países de Améri-
ca Latina, fue escenario de intensos conflictos dinamizados por nuevos
actores sociales cuyos propósitos y formas de organización objetaron la
continuidad del modelo neoliberal. Entre ellos, los movimientos pique-
teros ocuparon un lugar singular. Conformados por personas en su
mayoría desocupadas, hicieron del corte de rutas su principal herra-
mienta de confrontación y conjugaron un amplio abanico de demandas
que, en ocasiones, involucraron a heterogéneos sectores sociales de
una misma comunidad, tornando los conflictos en verdaderas puebla-
das141.
Tanto en los cortes de ruta como en la gestación y desarrollo de los
movimientos piqueteros, la presencia activa de las mujeres ha sido
masiva. Ellas, con experiencias de participación política dispar y con
disímil pertenencia de clase, no solamente habrían jaqueado su posi-
cionamiento en la esfera de la domesticidad. También habrían retado
las normativas demarcatorias de la ocupación de los espacios públicos,
impugnando con su práctica tanto las fronteras de lo político como la
circulación del poder.

Historiadora UBA/Argentina. Investigadora del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género, Fa-
cultad de Filosofía y Letras, UBA/Argentina.
141
Las puebladas son formas particulares de protesta muy usuales hacia fines de la década de 1960
y comienzos de la de 1970 en la Argentina. Reeditadas en la década de 1990, pueden definirse como
rebeliones policlasistas, de alcance generalmente citadino, con reivindicaciones que sólo impugnan de
manera parcial –supuestamente- el orden social vigente, y carentes de una dirigencia y de una dirección
políticas claramente identificables.

95
En este trabajo me propongo abordar, en primer lugar, el estudio de
las experiencias de las mujeres que participaron, organizaron y lidera-
ron los cortes de ruta en la Argentina entre los años 1996 y 2001 -
quinquenio signado por la aparición de los movimientos piqueteros y el
ascenso de un período de conflictividad social y política que desembocó
en la crisis institucional de diciembre de 2001, manifiesta en la renun-
cia de Fernando de La Rúa a la presidencia de la Argentina-. Para ello
me detendré en dos procesos beligerantes en particular: por una parte,
los que tuvieron lugar en Cutral Co y Plaza Huincul, dos localidades
colindantes, ubicadas en la provincia de Neuquén, en la región pata-
gónica argentina; por otra, las confrontaciones ocurridas en Tartagal y
General Mosconi, ciudades situadas en la provincia de Salta, en el no-
roeste del país.
Ambos escenarios de conflicto tuvieron un común marco contextual
ya que los centros urbanos involucrados debieron su desarrollo a la
explotación petrolera dominada, fundamentalmente, por la compañía
estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF)142. Es entonces, en las
consecuencias sociales acarreadas por la privatización de esta empresa
donde puede inscribirse la saga que condujo al surgimiento de tales
enfrentamientos.
Para reconstruir esa trama, acudiré al análisis de las memorias que
las mujeres han construido sobre las causas que las llevaron a inter-
venir y dinamizar este proceso, las acciones que emprendieron y el im-
pacto que todo esto provocó en sus propias vidas. Ello me permitirá,
asimismo, abocarme al segundo propósito de este artículo, que consis-
te en abordar el vínculo existente entre género, memoria e historia. En
esa dirección, propongo considerar que tal vínculo sería estructurante
en tanto toda memoria estaría atravesada por la construcción socio
cultural de la diferencia sexual y las relaciones de poder organizadas
en torno a ella143.
142
La Dirección General de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) fue creada en junio de 1922 por
el presidente Hipólito Irigoyen a fin de reestructurar la Dirección Nacional de Explotación del Petróleo de
Comodoro Rivadavia –principal comarca petrolera de ese entonces, también localizada en la Patagonia
argentina-.Se pretendía con ello mejorar la explotación del oro negro en manos del Estado y fortalecer su
gestión. En octubre de 1922 YPF fue puesta bajo la dirección del Ingeniero General Enrique Mosconi,
quien ocupó ese cargo hasta el 9 de septiembre de 1930, cuando debió renunciar al negarse a colaborar
con los militares que en septiembre de 1930 derrocaron a Hipólito Irigoyen de su segunda presidencia.
143
Los testimonios que conforman el acervo documental principal de este trabajo fueron tomados en-
tre diciembre de 2003 y octubre de 2004. La investigación de la que este artículo forma parte hubiera
sido imposible sin la desinteresada colaboración prestada por muchas personas. En primer lugar, Gabrie-
la Gresores y Christian Castillo, quienes me contactaron originariamente con activistas sociales y políti-
cas/os de Neuquén, y Heike Schaumberg que hizo lo propio en Salta. Asimismo, en Neuquén, la “Negra”
Estela, Luis, Mario, Grace, Silvina, María del Carmen, Alejandro y Mariano fueron de enorme ayuda, brin-
dándome sus reflexiones y presentándome a varias personas que muy generosamente compartieron sus
recuerdos sobre los hechos aquí analizados. Entre ellas se encuentran Bety León, Laura Padilla, Miguel,
Raúl, Sergio, el “Jote” Figueroa, Stella Maris, Luis, Julio, Sara, Magdalena, Arcelia, Estela, Cristina y Pe-
dro de Cutral Co y Plaza Huincul. En Salta, Mario Reartes y su familia, Doña María, Rodolfo “Chiqui”
Peralta, Yolanda, Ica, Mónica, Liliana, Rosa, Mario Saracho, Cristina, Nancy, Inés, José “Pepino” Fernán-

96
2. Rutas argentinas: de cortes y barricadas.
Durante el mediodía del 20 de junio de 1996, Bety León y su
marido se encontraban en la escuela a la que concurría su pequeña
hija. Como todos los años, en esa fecha se realizaba el acto conmemo-
rativo de la creación de la bandera y por eso el salón principal del cole-
gio –reservado para los acontecimientos escolares más importantes-,
desbordaba de madres, padres, abuelos, abuelas y otros familiares que
compartían el festejo con estudiantes y maestras/os de todos los gra-
dos. Pero en esa oportunidad, el tradicional homenaje despertaba en
Bety emociones encontradas y diferentes a las vividas en ocasiones si-
milares en el pasado. Su niña, que tenía casi 11 años, había sido ele-
gida abanderada de la primaria y como tal, le tocaba protagonizar la
jura de la bandera. La alegría y el orgullo que sentía ante ello, sin em-
bargo, no conseguían sobreponerse a la tensión generada por otras
imágenes que se arremolinaban en su mente. Intuía que en pocas
horas muchas cosas podrían suceder con su comunidad y con ella
misma, aunque no lograba prever los alcances de lo que se avecinaba.
Desde hacía ya varios días, el clima social estaba convulsionado en
Plaza Huincul, ciudad en la que Bety se había instalado desde 1984 al
casarse con un joven nacido allí, trabajador de YPF. La agitación se
relacionaba con un creciente malestar que podía advertirse en las ca-
suales charlas que entablaba con sus vecinas cuando iba al mercado a
hacer las compras. También se percibía en los llamados de los/as
oyentes a la emisora de la radio local “FM La Victoria”, cuyos progra-
mas la acompañaban mientras se ocupaba de los quehaceres domésti-
cos. Entre los comentarios, primaban las quejas por la falta de trabajo
y las penurias económicas que no habían dejado de aumentar desde
que YPF, principal fuente de empleos de la zona, fuera privatizada de-
finitivamente en 1992144. Para el año siguiente, de los 4200 trabajado-

dez, Nené, Estela, María Victoria y Raúl González, de General Mosconi, Tartagal y Coronel Cornejo,
fueron de una ayuda invaluable.
144
La privatización de las empresas estatales en la Argentina adquirió una inusitada celeridad durante los
primeros años de la década de 1990. Si bien la política de desguace del Estado tuvo su punto de arranque
con el inicio de la última dictadura militar (24 de marzo de 1976), ni durante esta etapa ni bajo el gobierno
democrático surgido en 1983 las iniciativas privatizadoras lograron imponerse debido, entre otras cuestio-
nes, a las resistencias de los y las trabajadores de tales empresas, y de diversos partidos políticos. Empe-
ro, al asumir Carlos Saúl Menem la presidencia de la Argentina a mediados de 1989, su partido político, el
Partido Peronista, elevó al Congreso de la Nación un ambicioso programa de venta de empresas estatales
que fue aprobado prácticamente sin oposición alguna. Este programa estuvo enmarcado en la Ley de
Reforma del Estado (23.696/89), sancionada en agosto de 1989. Con ello, se abrieron las puertas a la
liquidación de YPF, estructurada en un plan con varias etapas. La primera comenzó con la firma del decre-
to 2778/90, que transformaba a YPF en una sociedad anónima de capital abierto. Allí se fijaron las carac-
terísticas del nuevo estatuto de la futura sociedad, donde originalmente un 51% de las acciones quedaría
en manos del Estado, un 39% del personal -con la obligación de venderle a los estados provinciales el
50% de las acciones-, y un 10% de los privados, aunque esto sufrió grandes modificaciones con los poste-
riores tratamientos legislativos. Dos años más tarde, en septiembre de 1992, se aprobó la ley Nro. 24.145,
mediante la cual se disponía la “federalización” de los hidrocarburos, la transformación empresaria y la

97
res petroleros radicados en Plaza Huincul y en Cutral Co, localidad
contigua, sólo 600 habían logrado conservar sus puestos laborales. El
resto había sido despedido directamente u obligado a acogerse al retiro
voluntario 145. De tal modo, hacia mediados de 1996, la desocupación
en ambas ciudades había trepado hasta afectar al 35.7% de su pobla-
ción.- que rozaba los 45 mil habitantes-, mientras que la mitad se
hallaba viviendo por debajo de la línea de pobreza146.
Nada de lo que sucedía era ajeno para Bety. Su vida había dado un
vuelco decisivo luego de que su esposo, que trabajaba en el área de
mecánica y producción de YPF, aceptara el retiro voluntario y montara,
junto con otros ex-trabajadores, una pequeña empresa para proveer
servicios a la ex petrolera estatal. La iniciativa no había funcionado,
por lo cual él debió abrir un taller de reparación de autos en su casa
para poder subsistir. Entretanto Bety, que “antes tenía una señora que
ayudaba con las cosas de la casa” -según narraba- tuvo que salir a
buscar empleo, consiguiendo algunas horas como trabajadora domés-
tica, a la par que completaba sus magros ingresos con un subsidio de
$150147.
Pero durante las primeras semanas de junio de 1996, el panorama
se había ensombrecido aún más en Plaza Huincul y Cutral Co. Se ru-
moreaba que una esperada fábrica de fertilizantes derivados del petró-
leo no abriría sus puertas en la zona. Finalmente, hacia el 19 de junio
de 1996, los medios de comunicación locales comenzaron a confirmar
la sospecha al difundir que Felipe Sapag, el gobernador de la provincia
de Neuquén, había puesto fin a las negociaciones iniciadas tres años
atrás con la compañía que planeaba instalar la empresa, la firma ca-
nadiense “Agrium-Cominco”. En apariencias, de haber seguido ade-
lante el proyecto, la demanda de mano de obra no hubiera superado
los 1.500 puestos de trabajo durante la fase de construcción de la

privatización de la petrolera estatal. Luego, el decreto 1106/93 modificó el estatuto y el directorio de la


compañía pasó a estar controlado por los tenedores privados de acciones (acciones clase D), ya que de
los doce directores, los tenedores de estas acciones designaban ocho. El 2 de septiembre de 1993 se
dictó el decreto 1853, que ponía en vigencia un nuevo ordenamiento de la ley de inversiones extranjeras,
favoreciendo las condiciones de operación de las empresas multinacionales. El proceso culminó en el año
1998 con un comprador concreto, la compañía española Repsol, que adquirió definitivamente YPF S. A.
en junio de 1999, concentrando la mayor parte del paquete accionario.
145
El retiro voluntario fue el eufemismo legal con el que en la Argentina se encubrieron los despidos
de los trabajadores de las empresas del Estado, entre otras. Consistía en que el/la trabajadora renunciara
a la empresa a cambio de una suma de dinero pagado en concepto de indemnización. Para ello, se lo/la
presionaba con la amenaza del despido posterior inevitable y sin esa suma.
146
Encuesta Permanente de Hogares, Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC), octubre
de 1996. Citado de Orietta Favaro, Mario Arias Bucciarelli, Graciela Iuorno. “La conflictividad social en
Neuquén. El movimiento cutralquense y los nuevos sujetos sociales”. En Realidad Económica, Nro. 148,
Buenos Aires, IADE, mayo/junio de 1997.
147
Este subsidio equivalía en esos momentos a U$S 150 y era entregado por el gobierno provincial
neuquino a partir de la sanción de la ley 2128 del año 1995, que estipulaba la creación del fondo comple-
mentario de asistencia ocupacional para los y las desempleadas de Neuquén.

98
planta, y los 150 para la etapa de producción148. Pese a que estas ci-
fras estaban muy lejos de incidir certeramente en el descenso de los
niveles de desocupación y pobreza, era difícil sustraerse a la esperanza
de tener nuevamente un trabajo estable, de estar entre esos/as 150
operarios/as que quedaran dentro. La finalización de las negociaciones
no sólo frustraba por completo esta ilusión. También conducía a una
contrastación ineludible: la imposibilidad de recuperar la bonanza del
pasado, una bonanza ligada a un perfil productivo que, privatizada
YPF, no volvería a surgir.
Fue por eso que en la mañana del 20 de junio, antes de partir hacia
el colegio, el teléfono de la casa de Bety empezó a sonar insistentemen-
te. Consciente de ser una mujer conocida en Plaza Huincul porque
formaba parte de la cooperadora de la escuela y porque las puertas de
su casa siempre estaban abiertas para cualquier vecina/o que precisa-
ra su ayuda, ella relataba que “me llaman por teléfono unos amigos de
Cutral-Co, y me dicen “basta, Flaca, tenemos que hacer algo ¿Qué te
parece cortar la ruta? (…) Reuníte a la gente de Plaza (Huincul)”. Aún
cuando no estaba muy convencida de asumir una medida semejante,
menos lo estaba de seguir tolerando pasivamente la situación. ¿Qué
debía hacer, entonces?
Sus cavilaciones continuaron mientras transcurría el acto en el co-
legio. Pero hacia las horas del mediodía, cuando terminaron de servir
el tradicional chocolate caliente con que concluían estas festividades,
se animó y tomó la palabra. Reviviendo con una mezcla de entusiasmo
y congoja la escena, Bety comentaba que “después que se le dio choco-
late a los chicos, me paro muy fresca delante de todos los papás y las
mamás y les digo: “Mujeres ¿qué les parece si tomamos el toro por las
astas? ¿Qué les parece si cortamos la ruta a las tres de la tarde?”.
No era casual que su interpelación estuviera dirigida a las mujeres.
Ante todo, ellas eran las que, acompañando a sus hijos/as, estaban
presentes en este tipo de eventos. A su vez, con muchas de ellas ya
tenía un lazo de confianza gestado alrededor de las actividades de la
cooperadora escolar. Con otras, ese vínculo habían surgido en los con-
tactos fortuitos que se producían en alguna esquina del barrio a la
hora de ir a buscar a los chicos/as al colegio o baldear la vereda. Las
charlas que tenían lugar en tales encuentros posibilitaban el inter-
cambio de información, ideas y sentires donde se entremezclaban
cuestiones de la vida cotidiana personal con otras relacionadas con lo
que estaba sucediendo a nivel local o nacional. Pero además, como su-
giere la historiadora Temma Kaplan, estos chismorreos femeninos
“proporcionan a las mujeres una oportunidad de pensar en voz alta
(…)”, y se tornan el medio por el cual ellas “(…) expresan y encuentran
148
Favaro, Arias Bucciarelli, Iuorno, op.cit.

99
un respaldo a sus pensamientos que luego influye en lo que hacen
(…)”149. En definitiva, estas prácticas facilitan a las mujeres, funda-
mentalmente a las pertenecientes a los sectores subalternos -al ser
ellas las que llevan y traen a los niños y niñas de la escuela, limpian
las veredas de su barrio o van al mercado-, anudar y fortalecer víncu-
los entre sí. También les posibilitan confeccionar una lectura política
sobre la realidad circundante y delinear las iniciativas individuales que
luego pueden conjugarse en acciones colectivas. El conocimiento de las
venturas y desventuras de sus vecinas así como la posibilidad de per-
cibir los probables efectos que una iniciativa como la de cortar la ruta
podría causar, se había ido trazando de esa forma en esos espacios de
sociabilidad. Por ello no fue tan dificultoso para Bety consultar a viva
voz en el salón de actos lo que se venía preguntando a sí misma desde
hacía horas. Tampoco fue sorpresivo que el resto de las mujeres acep-
tara la propuesta y combinara encontrarse en su casa a las 3 de la
tarde.
En el horario previsto, ese 20 de junio se juntaron 22 mujeres –
según recordaba Bety-, que emprendieron la marcha hacia la ruta na-
cional Nro. 22, localizada a pocas cuadras de allí. El objetivo era blo-
quearla a la altura del aeropuerto local. A su paso se fueron sumando
otras, algunas adultas, otras más jóvenes; unas con sus hijos e hijas y
otras, a veces, con sus esposos.
Ya entrada la tarde, los habitantes de Cutral Co y Plaza Huincul
habían cortado en varios puntos la ruta nacional Nro. 22, las provin-
ciales Nro. 10 y 17 –que atraviesan a ambas localidades y las conecta-
ban con la capital provincial y con otras ciudades de la región-, y una
veintena de “picadas”150. Dispuestos a impedir, por medio de barrica-
das hechas con troncos y neumáticos, el tránsito de toda persona, ve-
hículo o mercadería, exigían que Felipe Sapag se hiciera presente allí y
rindiera cuenta ante ellas/os de las decisiones que había tomado res-
pecto de la planta de fertilizantes. Pretendían entonces, que el gober-
nador explicara por qué “(…) si nosotros acá tenemos el gas y el petró-
leo, nos morimos de hambre (…)”, acorde las palabras de Magdalena,
una mujer de origen indígena que nació en Cutral Co hace casi 70
años.
Durante seis días, ambas ciudades permanecieron sitiadas. Ni la
dureza del clima en la región durante esa invernal época del año, ni los
intentos de manipulación del conflicto por integrantes de partidos polí-
ticos vinculados a distintas facciones del elenco gubernamental pro-
vincial, ni las amenazas del ejercicio de la represión con 300 efectivos
149
Temma Kaplan. “Conciencia femenina y acción colectiva: el caso de Barcelona, 1910-1918”. En J.
Amelong, y Mary Nash (eds). Historia y género: las mujeres en la Europa Moderna y Contemporánea.
Valencia, Alfonso el Magnánimo, 1990. Pág. 270
150
Las “picadas” son los caminos no pavimentados alternativos a las rutas.

100
de la gendarmería nacional enviados por el gobierno nacional el 25 de
junio -cinco días después de iniciados los cortes- fueron suficientes
para menguar la tenacidad de la protesta de las 20.000 personas que
para ese entonces se hallaban en los “piquetes” o bloqueos de las ru-
tas.
Entre tanto, el término “piquetero” y la denominación de la protesta
como “Cutralcazo” empezaban a instalarse en los medios masivos de
comunicación nacionales, en los periódicos político-partidarios y en las
marchas y movilizaciones que en varios puntos de la Argentina se rea-
lizaban en solidaridad con las y los protagonistas del conflicto neuqui-
no. En la prensa nacional y local, asimismo, el nombre de Bety León
cobraba centralidad, señalándosela como una de las dirigentes de la
pueblada, junto a un obrero de la construcción, Ernesto “Jote” Figue-
roa, y a Laura Padilla, una maestra oriunda de Río Negro que vivía sola
con sus tres hijos en Cutral Co.
Ante la intransigencia de la comunidad que bloqueaba las rutas y
la magnitud a la que estaba arribando la protesta, que comenzaba a
afectar la provisión de combustible y alimentos en toda la provincia, el
gobernador Sapag se vio obligado a acudir a la zona y firmar con Laura
Padilla, representante de los y las pobladoras de ambas localidades, un
acuerdo de 9 puntos el 26 de junio151. Esto permitió el levantamiento
de los cortes de ruta152.
Sin embargo, el gobierno provincial incumplió lo pactado y puso en
funcionamiento mecanismos de cooptación dirigidos a quienes habían
emergido como las caras más visibles de la protesta. Así, la sospecha
de que estos últimos habían traicionado a las comunidades a cambio
de prebendas políticas y económicas, fue ganando fuerza y condujo a
la desarticulación momentánea de los lazos de solidaridad y de con-
fianza mutua surgidos durante las jornadas de lucha.
Empero, casi diez meses más tarde, el 9 de abril de 1997, un nuevo
conflicto estalló en la zona, esta vez en apoyo de los reclamos salariales
de las/os maestras/os y docentes neuquinas/os que habían comenza-
do una huelga por tiempo indeterminado 5 semanas atrás. Sus prota-
gonistas eran varones y mujeres que tenían entre 15 y 20 años de
edad, desocupados/as y que se autodenominaban “fogoneros” –nombre
derivado de hacer fogones en las barricadas-, para diferenciarse de los
151
Refrendado en las asambleas de cada uno de los piquetes, entre estos puntos constaba el com-
promiso del gobierno de reconectar los servicios de gas y electricidad a las personas que tenían cortado
su suministro; la habilitación de un hospital en Plaza Huincul y la instalación de un nuevo hospital en Cu-
tral Co; la entrega de cajas de alimentos y subsidios de desempleo; la apertura de fuentes de trabajo a
través del desarrollo de un yacimiento gasífero y la construcción de una planta de residuos sólidos; el
otorgamiento de créditos para pequeños comercios e industrias.
152
Un análisis más pormenorizado de este conflicto y la participación de las mujeres en él puede
hallarse en Andrea Andujar. “Pariendo Resistencias; las piqueteras de Cutral Co y Plaza Huincul, 1996”.
En M.C. Bravo, Fernanda Gil Lozano y Valeria Pita (comps.): Historias de luchas, resistencias y represen-
taciones. Mujeres en la Argentina, siglos XIX y XX”. Tucumán, EDUNT, 2007.

101
piqueteros de junio de 1996, sindicados como traidores. Aún cuando la
metodología de lucha reeditaba el corte de las rutas, la presencia de la
población en los piquetes sólo se hizo masiva a partir de la represión
desatada contra quienes se encontraban en las barricadas el 12 de
abril y que, una vez despejados los piquetes, prosiguió en las calles de
ambos pueblos, provocando el asesinato, por parte de un policía pro-
vincial neuquino, de Teresa Rodríguez, una joven mujer que no estaba
participando de los cortes. Este hecho motivó que la población volviera
a ganar las calles y montara nuevos bloqueos en las rutas, obligando
al retiro de las fuerzas represivas de la zona. Los cortes se levantaron
recién el 18 de abril, luego de un nuevo acuerdo firmado con el gobier-
no provincial.
Cuando las llamas de las barricadas de Cutral Co y Plaza Huincul
aún no habían terminado de apagarse, un nuevo frente de conflicto se
abrió para el gobierno nacional, esta vez en el norte del país. En esta
oportunidad fueron los y las pobladoras de las ciudades de Tartagal y
General Mosconi, en la provincia de Salta, quienes activaron nuevas
contiendas intentando poner coto a la embestida neoliberal.
Como en el caso neuquino, las comunidades salteñas habían verte-
brado su desarrollo a partir de la presencia de la petrolera estatal YPF.
Su privatización provocó un impacto similar y semejantes fueron las
medidas de lucha llevadas a cabo colectivamente. De tal modo, entre
los años 1997 y 2001, la ruta nacional Nro. 34, que atraviesa ambas
ciudades y conduce a la frontera con Bolivia, fue cortada al menos en
cinco ocasiones.
La primera de ellas, en mayo de 1997, estuvo primordialmente im-
pulsada por propietarios/as de comercios y pequeñas empresas made-
reras de Tartagal, que habían visto mermar su actividad conforme
avanzaba la crisis abierta por la privatización de YPF. A esto se suma-
ba el mal funcionamiento de la empresa privatizada que prestaba el
servicio eléctrico, “Edesa S.A.”, cuyos reiterados cortes de suministro
habían provocado importantes pérdidas en los comercios y en los
hogares particulares. Asimismo, la presencia de numerosos inspecto-
res de la Dirección General Impositiva (DGI)153 y las clausuras de va-
rios locales comerciales, irritaron aún más los ánimos de este sector
social. En pocas horas, el corte iniciado en la madrugada del 8 de ma-
yo concitó la adhesión tanto de los y las desocupadas de General Mos-
coni, localizada 8 km al sur de Tartagal, como de otras localidades per-
tenecientes al Departamento de General San Martín, del que ambas
ciudades forman parte. El 15 de mayo de 1997 el bloqueo fue levanta-
do al aceptarse la propuesta del gobierno provincial, a cargo del pero-
nista Juan Carlos Romero, que, entre otras cosas, se comprometía a
153
La DGI es un organismo oficial que controla e inspecciona la actividad comercial.

102
la entrega de 1.000 fondos de desempleo de $200 por un año; 2.000
planes Trabajar de $200 por un año; 1.400 empleos de las petroleras
privadas154.
El segundo corte, ocurrido en diciembre de 1999, tuvo como ante-
cedente inmediato el despido de empleados/as municipales en Tarta-
gal, cuestión que provocó nuevamente la intervención de los habitan-
tes de General Mosconi quienes, por solidaridad en principio y con rei-
vindicaciones propias además, volvieron a ocupar la ruta.
Los siguientes, en mayo y noviembre del año 2000 y junio de 2001,
conllevaron tanto el desplazamiento geográfico como social en la inicia-
tiva de los cortes. La ciudad de General Mosconi se tornó, pues, la
punta de lanza de estos enfrentamientos, mientras que el rol protagó-
nico pasó a las desocupadas y desocupados de esa localidad, organi-
zadas/os en la Unión de Trabajadores Desocupados (UTD), creada en
el año 1996155.
A partir de estas experiencias neuquinas y salteñas, los cortes de
ruta se volvieron el método de protesta preponderante de los y las des-
ocupadas en la Argentina. Así, según consignaba el periódico nacional
La Nación en su edición del 20 de junio de 2001, durante el período
comprendido entre 1997 y 2001 se produjeron 1.280 cortes en distin-
tas rutas del territorio argentino a la par que nuevas organizaciones
piqueteras iban configurándose y fortaleciéndose.
Si bien estas cifras permiten dar cuenta de la difusión de esta me-
dida de protesta entre los sectores sociales más afectados por la políti-
ca neoliberal y, por tanto, presumir su eficacia, es preciso detenerse
aún más en el entramado social, económico y político que incidió en
los orígenes de los movimientos piqueteros. Ello facilitará comprender
el porqué de la participación de las mujeres y la centralidad que esta
presencia tuvo en su formación y posterior desarrollo.

3. La destrucción del “mundo ypefeano”:


Sara y Yolanda nunca se conocieron y es probable que jamás lo
hagan. Una, Sara, vive en Cutral Co “desde hace mucho”, escapando a
precisar fechas en su hablar pausado y tímido. La otra, Yolanda, en
Tartagal, a más de 2.000 km de distancia, ciudad a la que se mudó
desde un pequeño poblado cercano cuando comenzaba su adolescen-
cia. Sin embargo, las historias de Sara y Yolanda siguieron derroteros
154
Diario Página 12, 14 de mayo de 1997.
155
Ante ello, los sectores política y económicamente dominantes articularon respuestas en las que la
criminalización de la protesta se convirtió en el común denominador. Y si bien en muchas circunstancias
se vieron obligados a emprender el camino de la negociación, casi siempre lo hicieron luego de apelar al
uso del aparato represivo. De tal modo, en Salta el Estado argentino ha sido responsable de los asesina-
tos de cinco manifestantes, ocurridos durante los cortes de los años 2000 y 2001 en General Mosconi; de
la creación de decenas de causas penales contra activistas de General Mosconi y Tartagal; de persecu-
ciones y detenciones ilegales; del ejercicio de la tortura contra detenidos/as en las contiendas, y de la
virtual ocupación de General Mosconi por fuerzas represivas en varias oportunidades.
103
comunes. Ambas, que rozan los 55 años de edad, separadas de sus
antiguas parejas y madres de hijos e hijas ya grandes, habían empeza-
do a trabajar en YPF a comienzos de la década de 1970. Durante más
de 20 años, Sara se desempeñó como empleada de contaduría en el
yacimiento de Plaza Huincul, donde aprendió a insertarse en la vida
sindical organizando huelgas para poder usar pantalones largos cuan-
do eso no era costumbre sino prohibición para las trabajadoras de cue-
llo blanco. Casi el mismo tiempo invirtió Yolanda en trabajar como
empleada administrativa en el yacimiento General Vespucio-Mosconi.
Allí rindió un examen tras otro para escalar posiciones y obtener un
mejor salario. Las dos se vieron obligadas a renunciar acogiéndose al
retiro voluntario. Buena parte de la vida de Sara y de Yolanda, enton-
ces, como la de la mayoría de los habitantes de las comunidades neu-
quinas y salteñas, transcurrió ligada a los destinos de la petrolera es-
tatal.
Estas localidades habían nacido y se habían convertido en aglome-
rados urbanos importantes al amparo de la explotación petrolera156.
Tanto en Cutral Co y Plaza Huincul como en Tartagal y General Mos-
coni, YPF fue responsable en buena medida, del trazado de la trama
urbanística y habitacional ya que la empresa se había encargado de la
construcción de viviendas, el tendido de calles, redes cloacales, luz
eléctrica, escuelas, centros deportivos y hospitales. De esta manera, la
existencia de YPF garantizó la socialización territorial dando lugar, pa-
ralelamente, a la expansión de la actividad del sector comercial, de la
construcción y de los servicios.
Por otra parte, la petrolera gestó en los y las trabajadoras un hondo
sentido de pertenencia y de identificación con ella. Según recordara
Arcelia, esposa de un trabajador de YPF con quien se había radicado
en Plaza Huincul durante los inicios de 1960: “YPF era un gran padre
(...), y acá se ganaba indudablemente bien (...). ¡Teníamos un hospital
de primera! (...) Y mi marido en el lugar del corazón tenía un sello de
YPF (...).”
Varias fueron las razones que incidieron en esta profunda identifi-
cación con la empresa. Una de ellas era el elevado nivel de vida al que
se podía acceder a causa de los altos salarios, los beneficios de una
muy buena obra social, o las vacaciones pagas que la compañía prove-
ía. Ello daba pie, a su vez, al surgimiento de un sentimiento de orgullo
156
Plaza Huincul y Cutral Co nacieron en 1918 y 1933, respectivamente, como consecuencia del
hallazgo de petróleo en la región. Algo similar sucedió con Tartagal y General Mosconi que, aunque en
sus orígenes –hacia 1924 y 1927 respectivamente- tuvieran como una de las actividades económicas
fundamentales la explotación forestal-, se constituyeron en aglomerados urbanos importantes a partir de
la explotación del oro negro, descubierto en la zona entre 1909 y 1911. En un principio la compañía nor-
teamericana “Standard Oil Co.” fue la que tomó la delantera en su producción, aunque en 1927 el General
Mosconi logró imponer a YPF en Campamento Vespucio-Mosconi. Luego de 1950, el retiro de la compa-
ñía estadounidense de Tartagal permitió a YPF la monopolización de la producción petrolera también en
ese municipio.
104
y superioridad de los y las trabajadoras de YPF frente a los de otras
ramas productivas, expreso incluso en una forma de autodenominarse
específica: ser un “ypefeano/a” y no un/a trabajador/a petrolero/a.
En segundo lugar, el/la “ypefeano/a” se consideraba parte de una
empresa estratégica para el desarrollo de la economía argentina, a la
par que baluarte del discurso de la soberanía nacional y fundante del
“estado de bienestar” local. Esto ahondaba el sentimiento de orgullo,
pero también amortiguaba la percepción de las contradicciones de cla-
se presentes en el proceso productivo petrolero, diluidas asimismo por
el hecho de que la empresa fuera propiedad del Estado. Así, si trabajar
en YPF “era lo mejor que te podía suceder”, como comentaban algunos
de los exypefeanos entrevistados, era la identidad conformada en torno
a ser un obrero ypefeano –engranaje de una “comunidad” en la que
supuestamente no existían divisiones entre explotadores y explotados-,
la que se imponía sobre otras posibles. Y era esa identidad la transmi-
tida de padre a hijo, puesto que en muchos casos las aspiraciones de
un trabajador adulto respecto de sus hijos se orientaban a convertir-
los, también, en obreros ypefeanos. Tal fue el caso de Mario Reartes,
un salteño de 50 años -actualmente principal referente de la Coordi-
nadora de Ex Trabajadores Ypefeanos del Departamento de General
San Martín-, quien relataba que había entrado en YPF en 1974 “gra-
cias a mi padre que me hizo todas las gestiones y siempre me decía
que tenía que entrar porque allí se ganaba mucho mejor. Y así, el re-
sto: mi hermano mayor y mi otro hermano también ingresó, aunque el
más chico se dedicó a la educación. Prácticamente todo el resto de la
familia era ypefeano (…).”
Para las mujeres, y en especial para las que tenían hijas/os, la em-
presa petrolera estatal también dejaba un sello particular en sus vidas.
El hecho de que YPF hubiera patrocinado la existencia de escuelas,
centros deportivos o jardines maternales, habría facilitado ampliamen-
te las tareas de cuidado y educación familiar, responsabilidad deposi-
tada casi exclusivamente en manos de ellas.
Con la privatización de la empresa, este “mundo ypefeano” se hizo
trizas. Tanto en Salta como en Neuquén, la mayoría de los/as trabaja-
dores/as fueron despedidos/as; los intentos por realizar cooperativas o
micro-emprendimientos con la inversión de las indemnizaciones, resul-
taron totalmente infructuosos; escuelas y hospitales cerraron sus
puertas para no volver a abrirlas más. Por último, los niveles de des-
empleo y pauperización social se elevaron abruptamente.
Sin embargo, hay un aspecto escasamente explorado hasta ahora,
cuya indagación posibilitaría comprender más acabadamente el impac-
to social que este proceso provocó. Me refiero a la re-significación ulte-
rior construida sobre ese “mundo ypefeano”, en la que habría primado

105
una importante cuota de idealización del pasado y, sobre todo, del rol
de YPF en él.
Repasando algunas de las descripciones vertidas por los y las tes-
timoniantes acerca de cómo era la vida cuando YPF aún era estatal, es
posible observar que las mismas se corresponden con la existencia de
una sociedad armoniosa, dentro de la cual sus integrantes se hallaban
ampliamente provistos por un benévolo “padre” –retornando a las pa-
labras de Arcelia- que garantizaba a sus “hijos” e “hijas” una existencia
razonablemente próspera. En ese sentido, pareciera que los límites y
contradicciones que ese “mundo” contenía habrían quedado minimiza-
dos o directamente obturados en la memoria tanto individual como
colectiva. En el relato espontáneo, las contradicciones de esas relacio-
nes sociales, por ejemplo, encarnan casi de manera exclusiva en cues-
tiones tales como las diferencias entre el nivel de vida del personal je-
rárquico y el de los obreros que trabajaban en los campos de explora-
ción y perforación. En verdad, cuando se recorren las calles de Vespu-
cio, donde residía el personal jerárquico del yacimiento, tales diferen-
cias son fácilmente perceptibles en el paisaje urbano, en la calidad de
la estructura edilicia de las casas, de la clínica o de los centros de re-
creación deportiva sostenidos por YPF. A pesar del deterioro de mu-
chos de estos lugares o de su total abandono, es sencillo notar que
contaban con muchas más comodidades que las presentes en General
Mosconi, donde vivía la mayoría de los trabajadores de los pozos y sus
familias.
Asimismo, acorde la percepción de algunas mujeres, estas “distan-
cias” también entrelazaban la procedencia social y étnica de ambos
“sectores” y cristalizaban en una particular manera de nombrarse que
ponía de manifiesto la desconfianza y recelo de unas de unas hacia
otras. María, una mujer boliviana sexagenaria que emigró desde Sucre
a General Mosconi a los 22 años, aludía a las mujeres de Vespucio -a
quienes atendía en una peluquería abierta con mucho esfuerzo-, como
las “damas de los ypefeanos”. Nené, residente en Vespucio, procedente
de familia ypefeana y esposa de un ex empleado jerárquico de YPF,
contaba que “(…) para ellas (en referencia a las esposas de los obreros),
nosotras éramos las cremitas de chantilly. Siempre decían que nunca
íbamos a estar en una lucha por nada, que éramos las narices paradas
porque teníamos las cosas resueltas (…)”. La denominación de “cremi-
tas chantilly” apuntaba al color de la piel, que supuestamente tendía a
ser más claro en las mujeres de Vespucio en consonancia con su apa-
rente ascendencia inmigratoria europea, frente al color más oscuro de
las mujeres de General Mosconi, ligadas a un linaje indígena.
Fueran de un tenor u otro, las diferencias esbozadas no alcanzaban
a colocar a YPF en la mira. En las narraciones espontáneas no apare-
cían antagonismos con la empresa en el pasado ni explicaciones que la
106
involucraran, de alguna forma, con las distancias sociales habidas en-
tre el personal jerárquico y los/as restantes trabajadores/as. Incluso,
la mención a “estar en una lucha por nada”, no hacía referencia a con-
flicto alguno con YPF sino a los que iban a desarrollarse para resistir la
privatización o en contra del sindicato petrolero –el Sindicato Único de
Petroleros del Estado (SUPE)-, acusado de participar y favorecerse con
ella157.
Sólo luego de regresar al tema en distintas etapas de las entrevis-
tas, comenzaban a aflorar algunas “grietas” en los relatos concernien-
tes a la relación con YPF. Fue así como Sara rememoró que había en-
cabezado una huelga reclamando el derecho a que las mujeres usaran
pantalones largos. Algo similar ocurrió con Alejandro Lillo, un ex obre-
ro y delegado sindical del yacimiento de Plaza Huincul. Aún cuando
sostenía que “YPF iba formando pueblos y era un avance civilizador”,
Lillo señalaba también que “(…) el hombre que perfora el pozo es el
hombre que arriesga parte de su vida. Aunque no se muera, tiene un
accidente. Es una cosa que discutíamos en el gremio muy fuerte y que
no le podíamos hacer entender a muchos dirigentes sindicales y menos
a los dirigentes de la empresa. Después de muchos años conseguimos
con Isabel158 sacar una jubilación de privilegio, con 25 años de campo
y 50 años de edad, porque nosotros nos dábamos cuenta que a los 40
o 45 años (…) era un deterioro físico muy alto (…)”.
Estos tramos de los testimonios ponían en escena tanto la dureza
del trabajo que debían llevar a cabo como la existencia de conflictos
que, además, se producían en varios frentes –la dirección del sindicato
y la dirección de la empresa-. Pero si se atiende a ello, a su vez, puede
considerarse desde otra dimensión el rol de YPF y el de los/as pro-
pios/as trabajadores/as. Efectivamente, YPF “formaba pueblos” y pro-
porcionaba los beneficios descriptos anteriormente. Pero tales benefi-
cios, entre los cuales se contaban los elevados salarios y la protección
social a que accedían los y las trabajadoras, no fueron el producto de
una vocación caritativa y dadivosa de la dirigencia de la petrolera esta-
tal. Más bien fueron conquistas obtenidas a través de distintas tácticas
de lucha, tal como demuestran los relatos de Sara y Alejandro Lillo.
157
El 13 de septiembre de 1991 el SUPE llamó a una huelga bajo la consigna pública de apoyar a los
trabajadores salteños que habían convocado a un paro contra la privatización. José Estenssoro, titular de
YPF en ese momento, cesanteó a 2300 empleados de la empresa que se habían plegado a la misma.
Los ypefeanos salteños consultados sospechan que el objetivo real de la dirección del SUPE con la huel-
ga de septiembre fue allanarle el camino para estos despidos. De hecho, el secretario adjunto del gremio
a nivel nacional, Juan Carlos Crespi, habría pasado a formar parte del Directorio de YPF a partir de esos
momentos, para luego integrarse al de Repsol-YPF.
158
Se refiere a María Estela Martínez de Perón –apodada Isabel o Isabelita-, vicepresidenta de la Ar-
gentina desde septiembre de 1973 hasta julio de 1974, momento en que asumió la presidencia debido a
la muerte de su esposo y presidente, Juan Domingo Perón. Isabel fue derrocada el 24 de marzo de 1976
por el golpe encabezado por Jorge Rafael Videla.

107
En ese sentido, allí los y las trabajadoras se reubican como sujetos ac-
tivos, forjando la mejora de sus condiciones de trabajo y de vida.
Ahora ¿por qué esto sólo aparece tangencialmente en las entrevis-
tas? Posiblemente no exista una única respuesta a este interrogante.
Pero en parte, la clave interpretativa debiera ser rastreada justamente
en las consecuencias que la privatización de YPF provocó. La deses-
tructuración social que se abrió con este proceso fue tan brutal que
cualquier contradicción o lucha del pasado se habría vuelto invisible,
carente de consistencia frente a ese presente. Pero a su vez, en la re-
creación de una existencia pasada excedida en su armonía y articula-
da en torno a la presencia de la petrolera estatal, se edificaba un refu-
gio y un resorte para la resistencia, para desafiar el destino funesto
que se imponía. Todo esto no supone que los y las testimoniantes “in-
ventaran” las ventajas que YPF proveía. De hecho, y como ya señalé,
YPF había dinamizado un importante nivel de prosperidad en las co-
munidades afectadas por su presencia. Pero del recuerdo idealizado de
esa presencia se podía nutrir, también, la búsqueda de las formas para
combatir las consecuencias precipitadas por su ausencia159.

4. De la cocina a la ruta: mujeres que modelan con mano


propia:
Sin embargo ¿la desestructuración del “mundo ypefeano” fue vivida
de igual manera por mujeres y varones? No, como tampoco fueron
iguales las respuestas que unas y otros articularon frente a ella. En los
relatos de las mujeres aparece que sus maridos se deprimieron, murie-
ron, abandonaron a sus familias en medio de procesos signados por
una enorme violencia, o se volvieron un estorbo dentro del hogar. Por
el contrario, ellas “(...) se tuvieron que volver más fuertes. (...) Debie-
ron salir a ganarse el pan para ellas y para sus hijos, porque quedaron
ellas como jefas de hogar, mientras los maridos estaban en la casa.
(...)”. En ese sentido, el final de la “época dorada” ypefeana afectó tan-
to las condiciones materiales de existencia como las formas de perci-
birse en la sociedad, los sentimientos y las ideas sobre el lugar ocupa-
do en las relaciones cotidianas. Para los ex obreros ypefeanos, la ex-
pulsión del aparato productivo alteró rotundamente no sólo su situa-
ción económica sino también su posición de “proveedores” de su fami-
lia. Asimismo, la imposibilidad de obtener un trabajo los obligó a que-
darse dentro de sus casas, espacio socialmente devaluado para aque-
llos que, como decía Alejandro Lillo, “arriesgan parte de su vida” en su
159
A esta idealización del pasado habrían contribuido también las reconstrucciones plasmadas en
buena parte de la literatura académica y política, así como en los relatos que, sobre los conflictos piquete-
ros, construían los medios de comunicación masiva. Ello puede detectarse en las ediciones de los diarios
La Mañana del Sur y Río Negro, correspondientes a las últimas semana de junio y las primeras de julio de
1996.

108
trabajo. Al permanecer en un territorio asociado a lo “femenino”, esto
es, a la crianza de los hijos/as, la limpieza de la casa, la preparación
de la comida, y opuesto absolutamente a sus experiencias como traba-
jadores, se sintieron “inútiles”, “avergonzados”, fuera de “su” lugar.
En cambio, acorde al relato de ellas, aunque traumático, el fin del
“mundo ypefeano” no conllevó las mismas opciones. En primer lugar,
el condicionamiento generado por el significado que socialmente se le
asigna al ejercicio de la maternidad les impidió mayoritariamente
abandonar a sus hijos e hijas.
En segundo lugar, ellas contaban con una fuerte “autonomía” de
decisión frente a la “voluntad” masculina en el espacio de la casa. En
efecto, la dinámica particular del proceso productivo petrolero hacía
que el ypefeano debiera permanecer entre 15 y 20 días trabajando en
los campos de perforación y extracción –alejados de los centros urba-
nos donde residían-, para retornar a su hogar por un escaso período
de tiempo. Esto forjó un tipo de vínculo particular, marcado más bien
por la ausencia, con la familia y lo doméstico. Pero dejó a las mujeres
un mayor margen de maniobra para disponer del uso de sus tiempos,
de las decisiones sobre la crianza de los hijos/as, de la utilización del
dinero y de la forma de relacionarse con el “afuera” de las paredes de
su hogar. Serían estas relaciones y esa “autonomía” las que luego inci-
dirían en las acciones colectivas de las mujeres a la hora de decidir
salir a bloquear las rutas.
Pero a ello contribuyó un tercer elemento, el cual remite a la perte-
nencia de clase de estas mujeres. En tanto integrantes de los sectores
subalternos, ellas se constituyen en garantes de la recolección y distri-
bución de los recursos de la comunidad de la que forman parte, garan-
tía que deviene en mecanismo fundamental para preservar la vida y
supervivencia de su comunidad. Es la realización de esta tarea la que
habría enmarcado, en la historia personal y colectiva de muchas de
ellas, la trascendencia de su actuación desde el espacio doméstico
hacia el público160.
Un cuarto factor se vincula con otra especificidad del contexto en el
que tuvieron lugar estos acontecimientos. El momento en el que sur-
gieron los movimientos piqueteros estuvo signado por la crisis social
provocada por la implementación del ajuste estructural en la Argenti-
na. Dejó en evidencia, además, la incapacidad de las organizaciones
tradicionalmente representativas de los intereses de los y las trabaja-
dores para poner límites a la virulencia del modelo neoliberal. Las or-
ganizaciones sindicales poco y nada hicieron frente a la reestructura-
ción del Estado, el desempleo y la flexibilización laboral -medidas todas
puestas en práctica a partir de 1991-. Más bien, como en el caso de
160
Temma Kaplan. Ciudad Roja, Período Azul. Los movimientos sociales en la Barcelona de Picasso
(1888-1939). Barcelona, Editorial Península, 2003
109
SUPE, fueron sus cómplices. En cambio, las mujeres salieron a cortar
las rutas. Por tanto, generalmente relegadas en este tipo de ámbitos
organizativos y aprovechando su descrédito, ellas pudieron crear una
legitimidad propia para la acción colectiva rechazando el verticalismo y
el ejercicio del poder representativo que formaba parte del acervo de
muchos de los ex trabajadores que se integraron a los movimientos
piqueteros.
Por último, muchas contaban con experiencias de participación pú-
blico/política previas. En Salta, algunas habían intervenido en cortes
de puentes y rutas para protestar contra la privatización de YPF entre
1991 y 1993. Otras habían liderado movilizaciones reclamando la pro-
visión de servicios públicos básicos en 1991 y los años subsiguientes.
En Plaza Huincul y Cutral Co, asimismo, algunas mujeres habían te-
nido experiencias como delegadas del SUPE y de ATE (organización
sindical de los trabajadores del Estado). Muchas de ellas, por otro la-
do, venían participando de los Encuentros Nacionales de Mujeres des-
de 1992161, experiencia que les sirvió a la hora de hacer valer su voz
en el desarrollo de los conflictos y en las asambleas que surgían como
modalidad de participación durante los mismos. En consecuencia, las
experiencias adquiridas por las mujeres en estos espacios fueron luego
volcadas y puestas en juego en la organización de los cortes de ruta.
A veces estas acciones les depararon una fuerte reacción contraria
por parte de sus maridos, en caso de que aún permanecieran unidos, o
de otros integrantes de sus familias. Vergüenza por la desocupación,
temor a lo que pudiera sucederles, la pregunta en torno a dónde deja-
rían a sus hijos/as en medio de estas contiendas, eran inquietudes
planteadas permanentemente. Sin embargo, nada pudo evitar que se
convirtieran en las promotoras de las puebladas que caracterizaron a
estas regiones desde la segunda mitad de la década de 1990. Como
dijo una mujer de General Mosconi sobre la organización del corte en
esa ciudad y en Tartagal a comienzos de mayo de 1997: “Fuimos a Tar-
tagal, hicimos una asamblea grande. De ahí se decide hacer el corte
definitivo. Nos veníamos de Tartagal a Mosconi caminando. La mayo-
ría de la participación eran mujeres. Más que nada nosotras hicimos
hincapié para poderlos llevar a los varones. Mi marido es muy tímido,
por ejemplo. Entonces ‘Si van las mujeres, tenemos que estar noso-
tros’. Nosotras tenemos que salir a luchar para conseguir algo ¿Qué les
damos mañana (a los chicos)?”. Inés, dueña de estas reflexiones, salía
a la ruta a fin de obtener el alimento de sus 7 hijos. Pero, a su vez,
conciente de la creencia social respecto de la “debilidad” femenina, la
161
Estos encuentros se realizan anualmente en la Argentina desde 1986, en diferentes ciudades y ro-
tando la responsabilidad en la coordinación de los mismos. En ellos se reúnen miles de mujeres –tanto
feministas como no feministas- y debaten diversas problemáticas vinculadas con la división del trabajo, el
aborto, la violencia, la participación público/política, etc.

110
tornaba en táctica para incentivar la participación de su propio mari-
do.
Ahora bien: en sus relatos, las mujeres se ubican como impulsoras,
pilares y líderes de los inicios de los cortes de ruta y generadoras del
proceso de edificación de los movimientos piqueteros. Sin embargo,
tales relatos contrarían las narrativas académicas y políticas que les
asignan el lugar del acompañamiento del agenciamiento masculino,
cuyas raíces son ubicadas en pretéritas experiencias de lucha y de
participación sindical y/o político-partidaria. Generalmente, las muje-
res son presentadas como una suerte de sujeto amorfo que, englobado
bajo la categoría “amas de casa” o en la “figura de la madre”, se habría
sumado posteriormente a estos movimientos aportando la capacidad
de tornar la problemática del hambre en una temática políti-
co/pública162. De tal suerte, entonces, persiste en este tipo de relatos
un paradigma que, en la construcción del “piquetero”, sustenta la uni-
cidad de este sujeto político en tanto varón, cuyas experiencias distin-
tivas son remitidas a su pertenencia de clase social (aunque esta últi-
ma sea definida desde diversos e incluso antagónicos marcos teóricos)
o a su adscripción ideológica.
Pero estas discrepancias entre los relatos de las propias mujeres y
los del resto de las narrativas no son anodinas. Considero que forman
parte de una suerte de disputa que va mucho más allá de las interpre-
taciones sobre el proceso que analizo en este trabajo y se ancla tanto
en la construcción de la memoria como de los saberes disciplinares y
los discursos políticos. Tal anclaje está atravesado por el clivaje de gé-
nero.
A estas alturas, existe una cuantiosa producción historiográfica
feminista que, desde distintas perspectivas teóricas, se ha abocado a
desentrañar el androcentrismo de la narrativa histórica, proponiendo
no sólo reinterpretaciones del lugar de las mujeres en el devenir a la
luz de nuevas fuentes, alternativos tratamientos de las mismas y desa-
fiantes categorías conceptuales. También ha discutido y propendido a
ajustar cuentas con el significado global de la Historia en tanto ciencia
social.
En el siguiente apartado quisiera abordar uno de los elementos de
este debate: la construcción de la memoria en tanto fuente histórica.
Para ello, propongo examinar el vínculo existente entre género y me-
162
Ejemplos de este tipo de análisis pueden hallarse en Maristella Svampa y Sebastián Pereyra. En-
tre la ruta y el barrio. Buenos Aires, Biblos, 2003.; Nicolás Iñigo Carrera y María Celia Cotarelo. “Los
llamados corte de ruta. Argentina, 1993-97”. En Documentos y comunicaciones. Publicación del Progra-
ma de Investigación sobre el Movimiento de la Sociedad Argentina (PIMSA). Buenos Aires, PIMSA, 1998;
Elizabeth Gómez y Federico Kindgard. “Los cortes de ruta en la provincia de Jujuy. Mayo/junio de 1997”.
En Documentos y comunicaciones. Publicación del Programa de Investigación sobre el Movimiento de la
Sociedad Argentina (PIMSA). Buenos Aires, PIMSA, 1998; Movimiento de Trabajadores Desocupados de
Solano y Colectivo Situaciones. Más allá de los piquetes. Buenos Aires, Ediciones De Mano en Mano,
2000.
111
moria, partiendo de la hipótesis de que el mismo sería estructurante y
que, a su vez, condicionaría las interpretaciones sobre los procesos
histórico-sociales y políticos en general y, particularmente, en los re-
cientes.

5. El género de la memoria:
Actualmente, existe un importante consenso entre quienes utilizan
la historia oral como metodología, acerca de algunas nociones que con-
figuran el concepto de memoria. Básicamente se puede decir que la
memoria, lejos de ser una reproducción exacta y fija de los hechos pa-
sados o de la realidad social tal y como sucedió, es un proceso activo
de construcción social de identidades colectivas e individuales, que
implica una mediación simbólica y una elaboración de sentido sobre
las acciones y acontecimientos vividos en el pasado163. La memoria es
un “agente” creador de significados, es una forma de armar la trama
de la experiencia vital individual y colectiva. De tal suerte, la memoria
sobre el pasado nunca es el pasado, sino la traza construida del pasa-
do en el presente. Es preciso remarcar que esa traza involucra tanto el
“marco social” en el cual todo sujeto se encuentra inserto 164, como el
presente de quien recuerda. Como podría desprenderse del caso del
“mundo ypefeano”, el cómo y el qué se recuerda de una época no de-
pende solamente de la época recordada o del impacto que la misma
tuvo en la vida de una persona. Por un lado, esos recuerdos están me-
diados por los espacios de pertenencia política, social, etc., en los que
las personas viven, espacios que se encuentran sujetos a contradiccio-
nes, disputas, cambios. Por el otro, la legitimación de la vida presente
es esencial a la memoria, ya que el individuo o grupo social reconstru-
ye al mismo tiempo su pasado como justificación y explicación de su
agencia en la actualidad. De tal suerte, la memoria es la resultante de
un proceso intersubjetivo anclado en relaciones sociales conflictivas
determinadas por un contexto histórico y social. En síntesis, lo que se
evoca o se silencia, lo que se recuerda y se olvida, se halla atravesado
por un marco social presente, por las posiciones diferenciadas que los
sujetos ocupan en la organización social de que se trate, y por los con-
ceptos, nociones y juicios de valor que, no sin pugna, se imponen en
cada época histórica.
Esto último introduce otro aspecto que debe ser tenido en cuenta y
que conforma el anverso de la memoria. Es el referido al olvido. Este
consiste en la destrucción de ciertos elementos pretéritos que puede
originarse tanto en la carencia de interés o significación para el grupo
163
Trevor Lumis. “La memoria”. En Dora Schwarzstein (comp.): La historia oral. Buenos Aires, Centro
Editor de América Latina, 1991; Philippe Joutard. Esas voces que nos llegan del pasado. México, FCE,
1986.
164
Maurice Halbwachs. Les cadres sociaux de la mémoire. París, Albín Michel, 1994.

112
social de pertenencia o la persona que recuerda, como en la ausencia
de la transmisión de la generación poseedora del pasado, la negativa
de la historia profesional a elaborar interrogantes sobre algunos temas
o problemáticas, o, de acuerdo a Luisa Passerini, la autocensura colec-
tiva generada por las cicatrices dejadas por el pasado165. Pero, al igual
que la memoria, el olvido no es fijo o inmutable: los alcances o límites
de qué es lo que se olvida son difíciles de establecer puesto que, por
ejemplo, la inducción al recuerdo de un/a testimoniante realizada por
quien investiga un proceso histórico, puede provocar la irrupción de
rememoraciones de hechos que se creían perdidos o que no habían si-
do evocados hasta ese momento. Asimismo, la necesidad sentida so-
cialmente de volcar la experiencia vivida frente a una situación dada,
también puede actuar como instigador de recuerdos cuya existencia se
“desconocía”166.
Como parte de estas definiciones deben considerarse, también, las
formulaciones en torno a los diversos tipos de memoria. En cuanto a
este tema, tanto sociólogas/os como historiadoras/es, entre otros/as,
han tipificado la memoria según quién recordara y qué fuera inscripto
como práctica del recuerdo en distintos registros. Así, se puede hablar
de memorias individuales, comunes, colectivas, institucionales, histó-
ricas o de clase, por ejemplo.
Sin embargo, todos los elementos que hacen a la memoria y a sus
distintas clasificaciones son construidos a partir de una enunciación
apriorística que no se explicita y menos aún se pone en cuestión. Ese
supuesto tácito resulta en que el sujeto portador de la memoria es uni-
versalmente masculino. Por ello se configura un universo de memorias
dentro del cual se halla una con especificidad propia, la de las muje-
res.
Si bien esto pareciera indicar un avance en la conceptualización
sobre el quehacer disciplinar en tanto tomaría en cuenta la considera-
ción de que ellas son actoras en la Historia, el alcance de tal apertura
es limitado en la medida en que tal especificidad postula la memoria
de las mujeres en paralelo con el resto de las memorias. Este grupo se
torna en un agregado que, cual aditamento, ciertamente vendría a en-
riquecer la multiplicidad de las memorias, pero dejaría intactas las
formulaciones sobre la construcción de las mismas.
Considero, en este sentido, que la especificidad asignada a la me-
moria de las mujeres debiera conducir a preguntarse por la particula-
ridad de la memoria de los varones. Ello permitiría no sólo decodificar
las bases sexistas en las que se asientan las definiciones académicas
165
Luisa Passerini. “Ideología del Trabajo y actitudes de la clase trabajadora hacia el fascismo”. En
Schwarzstein (comp.), 1991.
166
Una noción interesante, en esa dirección, es la que presenta Paul Ricoeur al referirse al olvido de
conservación en reserva, que es más bien un recuerdo latente, para distinguirlo de aquel en el que se
borra todo rastro de lo vivido. Paul Ricoeur. La memoria, la historia, el olvido. Madrid, Trotta, 2003
113
de las distintas memorias, sino descubrir que en realidad, toda memo-
ria está atravesada por el género. Es por ello que sugiero que el vínculo
entre género y memoria resulta estructurante, razón por la cual pro-
pongo un abordaje que tenga en cuenta lo que denomino como género
de la memoria.
La definición de este concepto comprende las siguientes proposicio-
nes. La primera es que toda memoria se construye a partir y en torno
a la organización sociocultural de la diferencia sexual biológica. Ello se
debe a que varones y mujeres experimentan su vida a partir de una
matriz simbólica, normativa, institucional e identitaria que prescribe
ámbitos sociales de pertenencia, actuación e incumbencia diferencia-
les, legitimados en las apariencias de cada sexo. Esas experiencias dis-
tintivas se imprimen tanto en la construcción de la memoria como en
la organización del relato de lo registrado. Así, por ejemplo, cuando las
mujeres rememoraban cómo se habían involucrado en el Cutralcazo,
durante junio de 1996, la datación de ese acontecimiento se vinculaba
con otros hitos estrictamente situados en su vida familiar. Sara, la ex
ypefeana de Plaza Huincul, por ejemplo, recordaba la fecha en que la
gendarmería había llegado a las comarcas petroleras en 1996 para
obligar a la población a levantar el corte de rutas, porque ese día había
nacido su nieto. Arcelia, la esposa de un ex ypefeano, comenzaba su
relato sobre la represión que provocó la muerte de Teresa Rodríguez
durante el corte de rutas en la misma zona en 1997, con la enferme-
dad de su marido. En cambio, para Rodolfo Peralta, un exypefano in-
tegrante de una organización piquetera salteña, el recuerdo sobre los
orígenes de su participación en el corte de rutas de mayo de 1997 se
asentaba mucho más en una secuencia fáctica ligada al devenir públi-
co/político: la rememoración y valoración del Cutralcazo como una
forma de enfrentamiento exitosa en el pasado inmediato, su participa-
ción personal en una asamblea en Tartagal pocos días antes de que se
iniciara el corte de rutas en mayo de 1997, su experiencia como dele-
gado de un sector de YPF, entre otros factores.
La organización del relato es sumamente importante ya que el acce-
so a la memoria de toda persona está siempre tamizado por la comuni-
cación de la experiencia. En esa dirección, la forma en que mujeres y
varones configuran la narrativa del pasado está también genéricamen-
te mediada167. Por ejemplo, Stella Maris, empleada doméstica cutral-
quense que participó en la pueblada de 1996, sostenía: “Yo fui a ver…
Yo siempre digo que me daba cuenta de que la situación ya no daba
para más. La gente estaba desesperada por estar implorando un reme-
dio o estar pidiendo fiado y que nadie te fíe nada. Entonces digo, bue-
no voy a ir a ver que pasó, qué pasa, a ver quiénes son los que están. Y
167
Respecto de este tema, véase Elizabeth Jelin. Los trabajos de la memoria. España, Siglo XXI, 2001.

114
así empecé (...) Y allí no hubo ni religión, ni nada, porque estaban to-
dos juntos, estábamos todos iguales (...)”. Su exposición fáctica se en-
marcaba, entonces, en ese nudo crítico entre la lucha de su clase y de
su género, y en cómo específicamente, estos sucesos habían marcado
su propia biografía, logrando enlazar su historia personal con la de la
comunidad. En esa dirección, una tarea factible para quien realiza la
investigación histórica sería develar cuáles son los dispositivos o an-
clajes del registro del recuerdo para hombres y mujeres, a qué espacios
remiten las experiencias vitales trazadas en el relato de cada uno, en
qué factores fundan las razones de su agenciamiento y cómo disponen
la narración de tales experiencias.
La segunda proposición se vincula con que el género de la memoria
es relacional en tanto se construye a partir de la interacción de los su-
jetos cotidianamente. Así, las memorias de mujeres y varones se en-
cuentran mutuamente influidas. Sin embargo, esa relación encierra
asimetría ya que se asienta en un desigual acceso al poder, en una
asignación de jerarquías valorativas sobre lo que unos y otras realizan,
sobre los espacios sociales en los que desarrollan las acciones cotidia-
nas y sobre la importancia concedida a la incidencia de sus actos en el
devenir histórico. Un ejemplo de esto puede encontrarse en cómo vi-
sualizaron las mujeres su participación en los piquetes y cómo los va-
rones las percibieron a ellas. Arcelia, en alusión al protagonismo de
unas y otros en el origen de la primera pueblada en Cutral Co durante
1996, sostenía lo siguiente: “Cuando se levantó el pueblo, nosotras es-
tuvimos ahí. Fuimos las primeras porque estábamos viendo lo que es-
taba pasando con nuestros hijos. Entonces nos levantamos primero y
arrastramos a los hombres”. Empero según Pedro, ex ypefeano de la
zona: “Las mujeres estaban en el piquete y gracias a ellas comíamos.
Se encargaban de cocinar, de hacer algo calentito porque el frío que
hacía era terrible”. Para Pedro, entonces, las mujeres hacían en la ru-
ta lo que usualmente hacían en sus casas. Pero él no recordaba, por
ejemplo, que fue justamente una mujer, Laura Padilla, quien firmó el
acta acuerdo en representación de las comunidades neuquinas con el
gobernador Sapag, poniendo fin al primer conflicto. ¿Cómo y por qué
fue posible para ella ocupar ese lugar?
Rememorando su transformación en piquetera, Laura relataba que
quienes estaban con ella en el piquete, le habían propuesto represen-
tarlos/as en las asambleas que se realizaban en la torre de YPF, epi-
centro de la pueblada neuquina. Suponían que siendo maestra, sería
más hábil en el ejercicio de la palabra. En una de las primeras reunio-
nes ella debía informar que su piquete se mantendría pese a cualquier
obstáculo. Pero al llegar a la asamblea, se encontró con que “había
5000 personas y vi tipos adinerados ahí (…). Estos tenían discursos así
escritos (…) Cuando yo veo semejante historia me volví a mi piquete”.
115
A su regreso, un muchacho cuestionó su actitud diciendo que “las mu-
jeres sólo gritan en la cocina y que había sido una equivocación enviar
a una mina a que los represente”. Ofuscada, Laura decidió demostrarle
que las mujeres no sólo gritaban en la cocina. Así recorrió todos los
piquetes armando una reunión con todos/as los/as representantes
para el día siguiente. Sus objetivos eran elaborar colectivamente un
listado de exigencias para el gobierno provincial, ver cómo evitar que el
conflicto fuera manipulado por las diversas facciones políticas del
elenco gubernamental y discutir la posibilidad de solicitar la mediación
del obispo neuquino en cuanto éste arribara a Cutral Co. Fue así co-
mo Laura se animó a abandonar la mudez y a poner en práctica sus
previas ideas organizativas. Con ello cobró visibilidad y empezó a ga-
narse la confianza y el respeto de quienes estaban en la protesta.
Sin embargo, Pedro no estaba del todo equivocado. Las mujeres
también pusieron en escena durante los conflictos las experiencias
fundadas en la asignación de roles de cuidadoras de la comunidad,
cocinando para todos, acercando abrigos o dando palabras de aliento.
Y justamente esas experiencias permitieron evitar conflictos internos y
cohesionar al grupo. Laura, por ejemplo, en su piquete dinamizó la
formación de subpiquetes entre los que se contaban el de los jóvenes y
el de los borrachos. A uno y otro les acercaba comida o bebida, según
las necesidades, a cambio de la garantía del cuidado y la permanencia
de esa barricada. Ella comentaba que “si ustedes me dicen ¿cuál fue
mi función más allá de ser la vocera?, cuando la gente se ponía violen-
ta, era esto de ir a abrazarlos, a acariciarlos, a darles un beso, a tran-
quilizarlos, eso era lo que yo hacía”. De esta forma, este desplazamien-
to de los lazos afectivos hacia la acción política fortalecía esa acción,
solidificando el corte de rutas.
Otra vez, sería tarea de quien analiza la memoria desentrañar, por
ejemplo, cómo mujeres y varones se perciben a sí mismos, de qué ma-
nera valoran su participación en la sociedad y en el momento socio
histórico particular de que se trate, y qué tipo de acontecimientos ad-
quieren relevancia para dar cuenta de los sucesos pasados y presen-
tes.
La tercera proposición es que el género de la memoria se encuentra
histórica y socialmente determinado, lo cual conduce a tener en cuen-
ta dos elementos. En primer lugar, la construcción de la memoria
siempre está situada en relación a cómo varones y mujeres vivencian
la relación genérica y las normativas que se formulan respecto a lo
masculino y lo femenino. Estas normativas son históricamente cam-
biantes y ello depende, en buena medida, de la aceptación y/o el re-
chazo que los sujetos tengan de las mismas y las “formas” en que las
experimentan. Un ejemplo de esto puede hallarse en el significado que
para las mujeres y los varones de General Mosconi tuvo la llegada de
116
las Madres de Plaza de Mayo a esa localidad en ocasión de la feroz re-
presión que se desató sobre ellos/as durante el 17 de junio de 2001.
En esa ocasión, luego del desalojo del corte de ruta, la gendarmería
nacional y la policía local ocuparon la ciudad y comenzaron una “caza
de brujas” contra los y las principales referentes piqueteras/os. Para
las personas entrevistadas, varones y mujeres, la presencia de las Ma-
dres de Plaza de Mayo “delante de las vías del tren, agarrándose entre
ellas y con nosotros del brazo”, significó el retiro automático de la gen-
darmería. Víctor, un joven salteño desocupado, relataba que “cuando
las vieron, no se les animaron y ahí, en cuanto supimos que ellas es-
taban, salimos de abajo de la cama de una vecina que nos tenía es-
condidos y nos fuimos otra vez a la ruta”. Así, la presencia de las Ma-
dres de Plaza de Mayo en ese acontecimiento las instituyó en la memo-
ria de quienes lo vivieron. De hecho, fue a partir de ese presente desde
donde muchas de las personas que allí estaban recuperaron un cono-
cimiento en apariencias perdido sobre la última dictadura militar ar-
gentina y sobre el rol que las Madres de Plaza de Mayo jugaron duran-
te esa etapa. Pero esa presencia y ese rol, además, generaron un deba-
te respecto de las propias prácticas políticas y de las experiencias de
las mujeres de General Mosconi. A partir de ese momento ellas comen-
zaron a pensar en organizarse como grupo de mujeres autónomo para
tratar por ejemplo, los problemas de la violencia familiar a la que ma-
yoritariamente están expuestas.
En segundo lugar, se debe considerar que mujeres y varones no
constituyen sujetos homogéneos. De tal manera, las diferencias de cla-
se y étnicas, entre otras, tendrían que ser puestas en escena al mo-
mento de analizar las fuentes que atraviesan la construcción del re-
cuerdo y su relato al interior de cada género. Laura Padilla concluía lo
siguiente: “La pueblada en mi vida de mujer es como un reconocimien-
to (…) a una vida de mucho sufrimiento que se animó a hacer algo (…)
porque si vos me decís, ¿cuáles son tus grandes orgullos?, uno es esto
de ser piquetera y el otro es lo que me he animado a hacer en la pue-
blada”. Laura sintetizaba en “esto de ser una piquetera” su situación
en cuanto desocupada, madre de tres hijos y jefa de hogar, asignando
también a ello una valoración positiva en tanto pudo trocar allí la
aceptación/resignación ante las desigualdades y opresiones existentes
en enfrentamiento y rebeldía.

6. Reflexiones finales:
La rápida expansión del corte de rutas como modalidad de protesta
y su perdurabilidad posterior, pese a la represión estatal y al hostiga-
miento del que han hecho y hacen uso los medios de comunicación
masiva sobre las y los piqueteros, obedece a varias razones. En primer
lugar, por que los cortes de ruta permitieron a las y los desocupadas
117
ganar visibilidad ante el resto de la sociedad, los poderes públicos y las
empresas, a la par que ahondar lazos organizativos entre sí y con otros
sectores sociales, tales como los y las trabajadoras de la administra-
ción pública o los maestros y maestras. En segundo lugar, se debe
tener en cuenta que en una sociedad diezmada por la desocupación,
las huelgas no tenían el mismo impacto que en otros períodos y había
disminuido su efectividad para canalizar reclamos o modificar las con-
diciones de vida de los y las trabajadoras. Por tanto, si en la Argentina
de los ‘90 paralizar la producción se había tornado una opción comple-
ja (no sólo por la presión que sobre los y las trabajadoras ocupadas
ejercía el peligro del desempleo, sino también por la “domesticación” a
la que se subsumieron varias organizaciones sindicales), no lo era tan-
to paralizar la circulación de mercancías. En efecto, los cortes –que en
muchas ocasiones duraban varios días-, provocaron paros de hecho al
impedir que la producción de alimentos o combustibles, por ejemplo,
pudiera salir de las empresas o llegar a destino. Ello coadyuvó a su
efectividad, obligando a los gobiernos provinciales y al gobierno nacio-
nal a sentarse en la mesa de negociación con quienes suponían esta-
ban inermes -los y las desocupados/as-.
En tercer lugar, porque en los cortes de ruta se gestaron nuevas
identidades que trocaron el ser desocupado/a a estar desocupado/a y
ser piquetero/a. En esa dirección, autodenominarse piquetero/a co-
menzó a remitir a una noción de resistencia ante el orden vigente,
cuestionando la degradación a la que eran sometidas miles de perso-
nas. De allí entonces, si el concepto de desocupado/a implica en el
imaginario social, estar fuera de las relaciones de producción pero
también que no se es nada fuera de ellas, el concepto de piquetero/a
reenvía al reconocimiento de que por fuera de ellas se puede luchar
porque se sigue siendo.
Empero, la importancia concedida al reconocimiento de su propia
voz y de su propia agencia por parte de mujeres como Bety León, Lau-
ra Padilla, Arcelia, Inés o Sara no debiera ser omitida cuando se pre-
tende trazar las huellas de estos procesos y cómo los mismos han im-
pactado en quienes los protagonizaron. Tampoco puede ser excluida si
se desea tornar inteligible las múltiples cotidianeidades que se entre-
cruzan en un determinado momento histórico y que revelan los puntos
de fuga o las fisuras en las cuales los individuos dejan de ser tales pa-
ra convertirse en colectivos sociales dispuestos a resistir y a enfrentar
las condiciones del orden vigente.
Menos aún puede ignorarse tal trascendencia a la hora de pensar el
concepto de memoria y su utilidad como fuente histórica. La memoria
no es una entelequia sin género en tanto ningún recuerdo tiene exis-
tencia por fuera de las relaciones sociales en las que se construye y
emerge. Por el contrario, ningún pasado o rememoración, se trate de
118
varones o de mujeres, obreros/as, desocupados/as, etc., queda ex-
cluido de las desigualdades trazadas por las relaciones de género. Asi-
mismo, considero que tales desigualdades se edifican y corporizan en
cada momento histórico de forma específica a la par que inciden en la
memoria del pasado y en la valoración que los y las protagonistas de
ese pasado realizan de sus propias acciones. Pero también inciden en
cómo desde el relato histórico disciplinar se reconstruyen los aconte-
cimientos pretéritos.

119