Está en la página 1de 16
Revista Imsomnio -1 -

Revista Imsomnio

-1 -

articulos

y

cuentos

-2 -

articulos y cuentos -2 -
EL NIÑO 5 MIL MILLONES Revista Imsomnio EL HOMBRE Q APRENDIÓ A LA- DRAR En

EL NIÑO 5 MIL MILLONES

Revista Imsomnio

EL HOMBRE Q APRENDIÓ A LA-

DRAR

En un día del año 1987 nació el niño Cin- co Mil Millones. Vino sin etiqueta, así que podía ser negro, blanco, amarillo, etc. Mu- chos países escogieron al azar un niño Cinco Mil Millones para homenajearlo y hasta para filmarlo y grabar su primer llanto.

Sin embargo, el verdadero niño Cinco Mil Millones no fue homenajeado ni filmado ni acaso tuvo energías para su primer llanto. Mucho antes de nacer ya tenía hambre. Un hambre atroz. Un hambre vieja. Cuando por fin movió sus dedos, éstos tocaron la tierra seca. Cuarteada y seca. Tierra con grietas y esqueletos de perros o de camellos o de vacas. También con el esqueleto del niño número 4.999 999 999.

El verdadero niño Cinco Mil Millones te- nía hambre y sed, pero su madre tenía más hambre y más sed y sus pechos oscuros eran como tierra exhausta. Junto a ella, el abuelo del niño tenía hambre y sed más antiguas aún y ya no encontraba en sí mismo ganas de pen- sar o de creer.

Una semana después, el niño Cinco Mil Millones era un minúsculo esqueleto y en consecuencia disminuyó en algo el horrible riesgo de que el planeta llegara a estar super- poblado.

-3 -

Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de des- alineamiento en los que estuvo a punto de

desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia

y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar

ladridos, como suelen hacer algunos chistosos

o que se creen tales, sino verdaderamente a

ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adies- tramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: “La verdad es que ladro por no llorar”. Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus herma- nos perros. Amor es comunicación.

¿Cómo amar entonces sin comunicarse?

Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más ex- traordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día Raimundo y Leo se

tendian, por lo general en los atardeceres, bajo

la glorieta y dialogaban sobre temas generales.

A pesar de su amor por los hermanos perros,

Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan sagaz visión del mundo.

Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en varios sobrios ladridos: “Dime, Leo, con toda franqueza: ¿qué opinás de mi forma de ladrar?”. La respuesta de Leo fue bastante escueta y sincera: “Yo diría que lo haces bas- tante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando ladras, todavía se te nota el acento humano.”

articulos

y

cuentos

articulos y cuentos Ítalo Calvino (Italia, 1923-1985) A ochenta millas de proa al viento maestral, el

Ítalo Calvino (Italia, 1923-1985)

A ochenta millas de proa al viento maestral, el hombre llega a la ciudad

deEufemia, donde los mercaderes de siete na- ciones se reúnen en cada solsticio y en cada equinoccio. La barca que fondea con una carga de jengibre y algodón en rama volve-

rá a zarpar con la estiba llena de pistacho y

semilla de amapola, y la caravana que acaba de descargar costales de nuez moscada y de pasas de uva ya lía sus enjalmas para la vuelta con rollos de muselina dorada. Pero lo que impulsa a remontar ríos y atravesar desiertos para venir hasta aquí no es solo el trueque de mercancías que encuentras siempre iguales en todos los bazares dentro y fuera del imperio del Gran Kan, desparramadas a tus pies en las mismas esteras amarillas, a la sombra de los mismos toldos espantamoscas, ofrecidas con las mismas engañosas rebajas de precio. No solo a vender y a comprar se viene a Eufemia sino también porque de noche, junto a las ho- gueras que rodean el mercado, sentados sobre sacos o barriles o tendidos en montones de alfombras, a cada palabra que uno dice -como “lobo”, “hermana”, “tesoro escondido”, “ba-

talla”, “sarna,”, “amantes”- los otros cuentan cada uno su historia de lobos, de hermanas, de tesoros, de sarna, de amantes, de batallas.

Y tú sabes que en el largo viaje que te espera,

cuando para permanecer despierto en el ba- lanceo del camello o del junco se empiezan

a evocar todos los recuerdos propios uno por uno, tu lobo se habrá convertido en otro lobo,

tu hermana en una hermana diferente, tu ba-

talla en otra batalla, al regresar de Eufemia, la

ciudad donde se cambia la memoria en cada solsticio y en cada equinoccio. Las ciudades invisibles (Le cittá invisibi- le,1972), trad. Aurora Bernárdez, Barcelona, Minotauro, 1983, págs. 44-49

LAS LÍNEAS DE LA MANO (Julio Cortázar ,Argentina, 1914-1984)

D e una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de

pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por el piso de parqué, remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván y por fin escapa de la habitación por el techo y desciende en la cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito, pero con atención se la verá su- bir por la rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, entra en el territorio hostil de las adua- nas, rampa y repta y zigzaguea hasta el muelle mayor y allí ( pero es difícil verla, sólo las ratas la siguen para trepar a bordo ) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las plan- chas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor y en una cabina, donde un hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se des- liza hasta el codo y con un último esfuerzo

-4 -

Revista Imsomnio Pero nunca había sido la verdadera pasión, nunca. No existía ni una sola

Revista Imsomnio

Pero nunca había sido la verdadera pasión, nunca. No existía ni una sola de ellas por la que se hubiera cargado un banco de orcas o arriesgado entre las rojas algas de los Sarga- zos. Esa era la única sombra que aparecía al mi- rar atrás hacia los largos años, y no arreglaba mucho las cosas pensar que en alguna parte, quizá entre las grutas del coral, quizá en las aguas heladas, en este momento, ella también podría estar nadando y soplando y soñando acerca de su macho ideal. Pero si los achaques representaban alguna cosa, era ya demasiado tarde para poner algún arreglo al caso, de modo que se limitaba a salir a la superficie y tostarse un poco al sol. Aunque el mar era como cristal, no dejaba de ser una suerte que él tuviera aquella hon- rosa vegetación de algas y aquellas lapas en torno a sus brillantes y diminutos ojos, de lo contrario podría haber sido seriamente mo- lestado por la irresponsabilidad de los peces voladores que persistían en posarse en su ca- beza. Recordaba los días en que esos peces mostraban mejor juicio en sus piruetas y más respeto para los demás; incluso cuando algu- na albacora intentaba clavarles una dentellada en la cola. Sí, verdaderamente había visto bastantes cosas… en realidad todo cuanto había que ver en los grandes mares, sin excluir aquéllos lejanísimos donde las tierras se alzaban flo- tantes, altas, blancas y silenciosas, cruzando las aguas ocultas bajo un sol de medianoche que pendía opacamente rojo en el cielo. Aquel viaje había constituido un error, pues fue allí donde perdió la mitad de su cola

se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola.

Historias de cronopios y de famas (1962)

EL ENAMORADO DE LOS LLANOS CORALINOS

(Adrian Conan Doyle, Inglaterra, 1910-

1970)

T enía doscientos años y en los últimos tiempos había empezado a pesarle la

edad. Padecía algún que otro achaque, ¿saben ustedes? En las islas Salomón le llamaban Shushu, probablemente por el ruido que hacía al zam- bullirse, pues lo conocían muy bien de vista. Era imposible confundir aquel muñón que en sus buenos tiempos había sido la fina aleta de la cola. Bueno, si Dios que creó las inmensas aguas estaba a punto de llamarle a su seno, nada había de humillante en que un cachalote se sometiera al único Ser más poderoso que él. Además, ¿qué tenía que temer? En su corazón siempre había sido temeroso de Dios a pesar de sus manifiestas inmoralidades. Y era siempre al llegar a este punto cuando se llenaba la boca de una buena cantidad de plancton y la escupía otra vez. ¡Esas hembras! Conocía sus trucos, pues había frecuentado bastante a esas bellezas allá abajo, en el pálido azul adonde acudían los amantes; incluso les había dejado uno o dos cachorros a cada una para que se acordaran de él.

-5 -

articulos

y

cuentos

articulos y cuentos en el ataque de una banda de orcas asesinas, y había sufrido serios

en el ataque de una banda de orcas asesinas, y había sufrido serios inconvenientes por parte de un narval, pero después de todo, la juven- tud tiene que aprender y, en el mar, la expe- riencia se paga a un alto precio. Bueno, lo había visto todo, de manera que si Dios se preparaba a llamarlo, no tenía im- portancia. Él era un tipo “ahí me las den to-

das”, y para demostrarlo iba a pegar un saltito

y de paso sacudirse algunos de esos pertinaces

parásitos de mar. De manera que Shushu pegó un saltito di- rectamente fuera de las cálidas aguas del Pací- fico y directamente a sus profundidades otra vez ocasionando con ello un estruendo que hizo dispararse a los albatros al aire en cinco millas a la redonda del lugar de inmersión. Y fue mientras estaba sumergiéndose, som- bra monstruosa en el diáfano azul, que vio… que la vio. Ella estaba ascendiendo a la superficie para soplar, sobre eso no cabía duda, y jamás una ballena hembra había surgido más graciosa- mente de las profundidades marinas. ¡Y su color! Un gris perla. Él se aproximó ahora

para verla más de cerca. ¡Qué espalda, lisa como una roca! Su cola… apenas se atrevía

a mirarla. Era todo demasiado hermoso para

ser cierto. Pero no pudo vencer el impulso de contemplarla y así lo hizo. Ni siquiera un tiburón azul podía superar la gracia, la on- dulante gracia, de aquella cosa aleteante en forma de gorgonia. Ella, la coqueta, se movió ahora con más lentitud, y en el momento en que sus ojos se encontraron Shushu comprendió que su bús- queda había terminado, que por fin el Don

Juan del Océano se había convertido en el amante de los llanos coralinos. Había encon- trado su sueño. Se la llevó con él abajo, no muy hondo, a su lugar favorito donde, sobre las arenas pla- teadas, se cernía una luz violeta y los picos de coral formaban grutas y llanos, todo relu- ciente con las nupciales joyas del mar. Y allí se unieron, allí enlazaron sus corazones con una fuerza que sólo la muerte podría vencer, con el amor que se forja a cien brazas de pro- fundidad. Los achaques de Shushu habían huido al limbo de las cosas olvidadas. Una vez más, el espíritu de su juventud, que había imaginado desaparecido para siempre, corría tan alegre- mente en sus aletas que, a la menor provoca- ción, él saltaba como un arenque en la gozosa luz del sol, o surgiendo de las profundidades como una oculta montaña proyectaba su cho- rro de agua entre una pareja de vacas marinas, pacíficamente dormidas. Luego vinieron los días, los maravillosos días pasados vagabundeando en busca de ca- lamares durante millas y millas por las inter- minables llanuras de la profundidad media; donde los únicos movimientos eran el paso de sus propias sombras reflejadas en la arena azul y, ocasionalmente, un delgado remolino, semejante a una voluta de humo que se levan- taba del lecho del océano, en el lugar donde un pólipo huía en vano ante el impulso de sus enormes mandíbulas. Pero Shushu tenía marcada preferencia por los llanos coralinos donde podía yacer a su gusto, rascándose la barriga deliciosamente en las ramas astadas, mientras su joven esposa

-6 -

Revista Imsomnio mente, en la condición en que ella se encon- traba no podría resistir

Revista Imsomnio

mente, en la condición en que ella se encon-

traba no podría resistir ni la profundidad ni la terrible lucha que sin duda les esperaba. Al seguir la emigración, Shushu había co- metido su segundo error en doscientos años,

y ese era uno más en el acuerdo de hidalgos

que existe entre Dios y las ballenas. De modo que él la miró con sus brillantes ojillos y frotó un poco el hocico contra ella para hacerla comprender; luego, limpiándose los pulmones con un último soplido, se hun- dió en la profundidad para procurarle la co- mida que les permitiría emprender el viaje de regreso a las grutas de coral. Abajo y abajo. Verticalmente abajo. La luz había huido del agua: el verde del azul, el azul del morado, el morado del gris oscuro. Abajo. Ahora todo era negrura y, bajo su espesa capa de músculos y esperma, la sangre de Shushu circulaba fríamente, con un helor más mortal todavía que el que había experimenta- do en las aguas árticas. Y aún siguió bajando. Penachos y burbujas de luz, vívidas como

llamitas verdes, veteaban la oscuridad por to- dos lados, pero no les prestó atención, alerta

a una presa más importante que requería todo

su vigor, toda su fuerza para dominarla, si es que había de alcanzar la superficie otra vez. Encontrose ante él con una oscuridad más cerrada, sus aletas tocaron roca y Shushu se deslizó entre las gargantas de los picos de lava. Aquí vivía el terror, la cosa que él buscaba. Nada se movía. Los desvaídos pináculos, los salidizos bordes de los precipicios, hun-

quemaba su exceso de energía manteniéndose cabeza abajo, de forma que los escaros pu- dieran liberarla cortésmente de todo parásito importuno, o bien deslizándose entre las co- lumnas y pináculos donde las algas, movién- dose como plumas rosadas, parecían balan- cearse en armonía con su propia y graciosa cola. Pasaron los meses. Juntos surcaron las aguas libres en pos de los bancos de bonitos y de caballas que se dirigían al norte en una de esas emigracio-

nes que son místicos latidos de la naturaleza; luego, más allá de las islas Kapangamarangi, los bancos se dispersaron con el monzón y en pocas horas el océano quedó tan vacío como

el desierto.

Las zonas coralinas, esas abundantes des- pensas de peces, habían sido dejadas muy atrás, al sur, en un potente nadar de muchos días. Abajo, mil brazas al fondo, los picachos de lava emergían erizados de la negra, infinita profundidad. Un lugar de terror, la sede del demonio, donde ninguna criatura viviente, excepto quizás la ballena si tenía un corazón

fuerte y valeroso, podía abrigar la esperanza de entrar y regresar. Antes de emprender la larga travesía te- nían que contar con alimentos, pero, ¿cómo obtenerlos? Ella estaba grávida, lo que había motivado el que ambos siguieran a los espe-

sos bancos de fácil presa; mas ahora, en los desolados eriales donde los peces eran escasos

y veloces, había que ser muy ágil o morir de

hambre. Allá abajo, en las cavernas de los pi-

cachos sumergidos, era aún posible encontrar comida, pero, como comprendía instintiva-

-7 -

articulos

y

cuentos

articulos y cuentos diéndose en el fondo del mundo, apareciendo en torno a él en toda

diéndose en el fondo del mundo, apareciendo en torno a él en toda su tremenda quietud. Su sangre pareció cesar de latir como convertida

en hielo y la presión de las aguas secretas pesó sobre él con el silencio de la muerte.

Y entonces, del interior de una caverna se

proyectó un largo brazo blanco. Este brazo le rodeó el cuerpo y, en seguida, otro y otro y otro, cada uno de ellos del gro- sor de un barril. Se retorcían en torno a sus aletas, agarrábanse a su dorso, laceraban su cabeza con gigantescas ventosas que se hun- dían en su carne como las garras de un tigre. Perforando la oscuridad, dos ojos luminosos, fríos como la luz lunar, flotaban furtivamente hacia él, mientras yarda a yarda surgía de lo profundo de la caverna un cuerpo monstruo- so, largo y enorme como el suyo, pero de una palidez reluciente y viscosa que se destacaba contra la negrura del abismo. Poniendo en juego toda su fuerza, el ca- chalote giró sobre sí mismo en la zarpa de los gigantescos tentáculos, proyectándose hacia atrás con las aletas, y los dos titanes de las profundidades flotaron sobre el precipicio

submarino unidos en un tremendo abrazo.

El cuerpo de la sepia gigante cubrió la ca-

beza de Shushu. El córneo pico desgarraba y hendía la carne hasta que las aguas en torno fueron oscurecidas más aún por una nube de sangre, a la vez que las garras de los enormes discos adheridos a su cuerpo hurgaban ávida- mente en sus venas. De una sola dentellada partió uno de los tentáculos y entonces, arremetiendo hacia delante, mordió repetidamente la masa gela- tinosa que lo envolvía. Demasiado tarde, la

negra niebla expedida por la sepia veló aque- llos horribles ojos, en tanto que el monstruo intentaba regresar a su guarida. Pero Shushu no soltaba su presa, girando y retorciéndose como cogido en un remolino hasta que, poco

a poco, la espuma de los últimos estertores de la muerte se fundió en el abismo. Había hun- dido los dientes en el cerebro del monstruo. No había tiempo que perder. Un primitivo instinto le decía que el aire de sus pulmones se hallaba tan peligrosamente próximo a ago- tarse, que tenía que comenzar el ascenso de inmediato, si es que sus ojos habían de con- templar otra vez el mundo de la superficie. Arrancando un pedazo, quizás de unas tres toneladas, del cuerpo gigantesco de la sepia, Shushu se disparó hacia arriba llevándolo en- tre sus poderosas mandíbulas.

El negro se transformaba en gris, el gris en

morado, el morado en azul índigo y ahora, por fin, aparecía el brillante verde esmeralda de los últimos cien pies. El desesperado batir de sus aletas sacudía y agitaba su cuerpo, sus pulmones estaban a punto de estallar; pero nunca, ni por un momento, soltaron sus dien- tes la carga que tiraba de él hacia abajo: la

comida que él ganara para ella.

Y entonces, a pesar de su propia angustia,

olió aquello. Sangre. ¡Había sangre en las aguas de la superficie! Entre un estrépito de aguas divididas, rom- pió la piel del mar y flotó allí, inerte, mientras el aire que le quedaba en los pulmones salía del orificio en silbante chorro de vapor. Lentamente se dio vuelta, lentamente sus ojos escudriñaron el mar y luego, en un ins- tante, el amante de los llanos coralinos se

-8 -

Revista Imsomnio

Revista Imsomnio

convirtió en la más terrible de todas las cria- turas de Dios: un cachalote enloquecido. Olvidadas las toneladas de sepia que ahora se hundían irremediablemente; olvidado su agotamiento, inadvertida la forma que repta- ba sobre las aguas a sus espaldas, sólo vio que ella le necesitaba, y aun cuando se lanzó al ataque, comprendió que había llegado tarde. Ella estaba muriéndose. En un mar batido hasta la espuma se retorcía aquel hermoso cuerpo gris perla acribillado de heridas abier- tas, a la vez que por encima de las agitadas aguas saltaba una delgada forma negra, la cual, arqueándose en el aire, daba al caer un tremendo latigazo de su cola, curvada como una guadaña, sobre el dorso de la moribunda. La vio hundirse. De la profundidad surgió un centelleante rayo de luz bruñida que clavó su espada en el vientre de ella. Todavía se dio vuelta y las aletas se abatieron, indefensas, en tanto el tiburón saltó de nuevo al aire para golpearla con su temible cola, obligándola a hundirse otra vez y quedar a merced del pez espada que la acechaba abajo.

bastante; pues si bien Shushu no consiguió apresar ese cuerpo escurridizo, sus dientes le atravesaron la cola. Proyectado por su propio

impulso, el pez espada se lanzó hacia las pro- fundidades, mientras que, igual que los lobos tras de un ciervo sangrante, una, dos, tres formas se precipitaron a seguir el rastro. Los alacrines se darían un banquete en el punto donde el morado se une al azul. Entonces Shushu regresó a donde ella yacía en paz, la acarició un poco con el hocico y se quedó flotando a su lado según ella se hundía más y más en el agua, hasta que unas olitas cubrieron el gracioso dorso con su encaje de plata. Shushu permanecía muy quieto, pues los cachalotes cuyos corazones han sobrevi- vido los doscientos años, sufren mucho de achaques. Por detrás, furtivo como una sombra, avan- zaba el ballenero. -La hembra se ha hundido -gruñó el pi- loto, señalando a proa- y el macho, a juzgar por lo quieto que se ha quedado, debe estar malherido. Disparadle el arpón antes de que

El tiburón, toda gracia y maldad contra el cielo azul del pacífico, saltó una vez más

él

también se hunda. El viejo arponero se limpió el sudor de los

al aire, y en la superficie del mar un par de abiertas mandíbulas salieron a su encuentro.

ojos. -Está mal -murmuró-. Después de lo que

Se oyó un ruido como el de una verja de hie-

hemos presenciado es una porquería quitarle

rro al cerrarse y las dos mitades del tiburón, echando chorros de sangre, separaron violen-

la

vida. -¡Qué va a estar mal, estúpido! Míralo

tamente veinte yardas de agua. Shushu giró en

y

calcula su peso en aceite, grasas e incluso

torno precipitándose de cabeza al lugar don- de el pez espada, el más veloz de los nadado-

marfil. ¿Es que los dólares están mal alguna vez? Preparaos a disparar.

res, iniciaba la vuelta para huir. Levantando

-A la orden -gruñó el viejo, inclinándose

un remolino de espuma embistió el cachalote,

sobre el punto de mira-. Pero, maldita sea, voy

pero el otro fue más rápido, aunque no lo

a

hacerlo limpiamente. Por su noble corazón.

-9 -

articulos

y

cuentos

Y apretó el gatillo. -¡Blanco, blanco! -gritó el piloto-. ¡Botes al agua! ¿Qué pasa? Imposible. La cuerda… ¡rota! ¡Así arda en el infierno la mano que la trenzó! -No -dijo el arponero-, pues fue la mano de Dios quien la rompió. Pero yo lo maté lim- piamente. ¡Se hunde! ¡Mire, se hunde! Bueno, ya no lo veremos más. Adiós, viejo guerrero. Yace en paz con tu compañera en el fondo del mar.

Tales of Love and Hate (1960) Historias de amor y de odio, trad. M. Guasch, Barcelona, Molino, 1965, págs. 87-94

-10-

Tales of Love and Hate (1960) Historias de amor y de odio, trad. M. Guasch, Barcelona,
Revista Imsomnio EL VIENTO EN LA ISLA Pablo Neruda, Los versos del capitan) SI TÚ

Revista Imsomnio

EL VIENTO EN LA ISLA

Pablo Neruda, Los versos del capitan)

SI TÚ ME OLVIDAS Quiero que sepas una cosa.

Tú sabes cómo es esto:

 

si

miro

EL viento es

un caballo:

la

luna de cristal, la rama roja

óyelo cómo corre

del lento otoño en mi ventana,

por el mar, por el cielo.

si

toco

Quiere llevarme: escucha

junto al fuego

cómo recorre el mundo

la

impalpable ceniza

para llevarme lejos.

o

el arrugado cuerpo de la leña,

Escóndeme en tus brazos por esta noche sola, mientras la lluvia rompe contra el mar y la tierra

todo me lleva a ti, como si todo lo que existe, aromas, luz, metales, fueran pequeños barcos que navegan

su boca innumerable. Escucha cómo el viento

hacia las islas tuyas que me aguardan. Ahora bien,

me llama galopando

si

poco a poco dejas de quererme

para llevarme lejos. Con tu frente en mi frente, con tu boca en mi boca, atados nuestros cuerpos al amor que nos quema, deja que el viento pase

dejaré de quererte poco a poco. Si de pronto me olvidas no me busques, que ya te habré olvidado. Si consideras largo y loco

sin que pueda llevarme.

el

viento de banderas

Deja que el viento corra

que pasa por mi vida

coronado de espuma,

y te decides

que me llame y me busque

a dejarme a la orilla

galopando en la sombra,

del corazón en que tengo raíces,

mientras yo, sumergido

piensa

bajo tus grandes ojos,

que en ese día,

por esta noche sola

a

esa hora

descansaré, amor mío.

levantaré los brazos

y saldrán mis raíces

a buscar otra tierra.

-11-

articulos

y

Pero

si cada día,

cada hora sientes que a mí estás destinada con dulzura implacable. Si cada día sube

una flor a tus labios a buscarme,

cuentos

ay

amor mío, ay mía,

en

mí todo ese fuego se repite,

en

mí nada se apaga ni se olvida,

mi

amor se nutre de tu amor, amada,

y mientras vivas estará en tus brazos

sin salir de los míos.

-12-

se olvida, mi amor se nutre de tu amor, amada, y mientras vivas estará en tus
Revista Imsomnio -13-

Revista Imsomnio

-13-

articulos

y

cuentos

-14-

articulos y cuentos -14-
Revista Imsomnio -15-

Revista Imsomnio

-15-

articulos

y

cuentos

-16-

articulos y cuentos -16-