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JAN HERCA

El predicador
(Misión en el Languedoc)
Título: El predicador (Misión en el Languedoc)
Texto: © Jan Herca
Diseño cubierta: Esther Maré

ISBN: 978-84-616-4619-7
www.sb-ebooks.com

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Para Fernando Abril
No existen los reinos.

El único gobierno de la Tierra, es invisible.


No paséis por alto el valor de vuestra
herencia espiritual, el río de verdad que
fluye a través de los siglos, incluso hasta la
época estéril de una era materialista y
laica. En todos vuestros esfuerzos
meritorios por desembarazaros de los
credos supersticiosos de las épocas
pasadas, aseguraos de conservar
firmemente la verdad eterna. ¡Pero tened
paciencia! Cuando la sublevación actual
contra la superstición haya terminado, las
verdades del evangelio de Jesús
sobrevivirán gloriosamente para iluminar
un camino nuevo y mejor.

Mantutia
MAPAS
AÑO 1204

El sol poniéndose tras las montañas de los Dinárides anunciaba otra tétrica noche. Milo
apretó el paso detrás de Rémy. Le asustaba la idea de quedarse allí solo, perdido en la
espesura de aquellos frondosos pinares de la península de los Balcanes. La presencia
de su maestro le hacía ganar confianza y seguridad.

No habían dejado de caminar sin descanso todo el día. Rémy estaba extrañamente
sombrío y hablaba poco. A la pregunta de Milo sobre cuál sería su próximo destino, el
anciano sólo había dicho: “Al Languedoc”, y le había dado escasas referencias ante la
ignorancia de Milo. “¿Languedoc? ¿Dónde diantres estaba aquello?”. La indicación a
Occitania, más allá de la Provenza, en el sur de Francia, tampoco eran suficientes para
un joven adolescente que había pasado toda su vida en una sencilla granja serbia. Pero
sí estaba clara una cosa: sería un largo viaje.

Milo observaba a su señor con curiosidad. Rémy era un ser extraño. Su rostro anciano,
sus largos cabellos canosos, sus envejecidas cejas y sus callosas manos podían hacerle
parecer un viejo achacoso. Pero, cosa inusual, carecía de vello y de barba, y aquello
parecía darle un aspecto más joven. Su andar era resuelto y sus piernas, firmes y
atléticas, atacaban los caminos y las rocosas pendientes con gran determinación.
Llevaba el pelo plateado recogido en ocasiones en una abultada coleta, y vestía un
sencillo sayal de riguroso negro, roído por el paso de los años. Su calzado, unas
gastadas botas de piel, parecían cómodas y ligeras. Para protegerse de la lluvia, el sayal
contaba con una generosa capucha, que al cubrirle, le escondía las facciones por
completo. Por todo equipaje, Rémy contaba con una bolsa de piel que cruzaba por su
pecho en bandolera, y un bastón largo y resistente, hecho con una curiosa madera de
color claro, del que no se separaba ni un minuto, y que en realidad era una flauta con
la que Rémy se relajaba componiendo dulces melodías.

Milo tenía sólo trece años, pero aparentaba cinco más. Era bien alto, moreno de ojos
claros, y fuerte como un adulto. La dura vida de trabajo en la granja de sus padres le
había curtido y había borrado de él todo rastro de inocencia infantil. No hubiera
podido sobrevivir de otro modo, pues él y los suyos siempre habían vivido rodeados de
la incomprensión y el recelo. Su familia siempre había estado a favor de varios grupos
de renovadores cristianos que habían atravesado la península balcánica en los últimos
siglos predicando una nueva fe: los paulicianos, los bogomilos, y los patarinos.

Creyeron, durante todo ese tiempo, que estaban a salvo en Serbia, a pesar de las
muestras de odio. Pero finalmente ocurrió la desgracia. Tropas de Vukan Nemanjić, el
gran župán de Serbia, fueron enviadas para congraciarse con el Papa y exterminar la
herejía de aquellas tierras. Cuando el destacamento invadió la granja, Milo tuvo el
tiempo justo de esconderse en la letrina, el agujero donde acumulaban las heces.
Después pudo ver a su padre, advirtiéndole que guardara silencio y no saliera de allí
pasara lo que pasase. Luego asistió aterrado a la escena de su muerte. Con un tajo
seco, y sin mediar palabra, uno de los esbirros de Vukan segó la cabeza del padre de
Milo. Su madre y sus tres hermanas salieron gritando y sollozando, pero sus lamentos
duraron poco. Varias lanzas y espadas se ensartaron en las pobrecillas, que
prorrumpieron en un salvaje aullido de dolor. Milo tuvo que taparse la boca para
contener su llanto y cerrar los ojos para tratar de borrar de su mente el rictus de
desesperación del rostro de las mujeres.

Los soldados se divirtieron un rato encendiendo una hoguera y quemando los cuerpos.
El fuego era necesario para limpiar la herejía. Solo así se hacía desaparecer el pecado.
Sólo así moría definitivamente el alma diabólica del hereje y ya no había peligro de ser
seducido por ella. La cabeza del padre de Milo fue pinchada sobre una estaca en el
montón de cuerpos carbonizados. Y Milo todavía tuvo que soportar a uno de aquellos
bestias haciendo sus necesidades encima de él. Por suerte, el soldado no se dignó a
mirar en el retrete. ¡Con qué ganas hubiera clavado Milo un palo por cierto sitio a ese
malnacido! Pero sabía que eso sólo le hubiera acarreado una muerte segura...

Rémy, amigo de la familia, pasó por casualidad, o más bien a propósito, varios días
después, y se encontró el dantesco espectáculo. Descubrió a Milo en el fondo de la
letrina. Llevaba varios días exangüe, sin comer ni beber, hundido en la suciedad y el
lodo de la fosa séptica. El último soldado de Vukan que la había usado, cerró la
tapadera después, y la selló, dejando a Milo allí, sin saberlo, condenado. Cuando Rémy
le intentó rescatar, el muchacho se defendió, presa del miedo, y cayó desmayado.

Desde entonces, Rémy se portó con él como si fuera un padre. Le limpió, le dio de
comer, y le mantuvo varias noches en cama, mientras él se encargaba de dar honrosa
sepultura a su familia y de entonar un silencioso canto en su recuerdo, en una lengua
extraña que Milo no reconoció. El muchacho estaba alterado y no hacía más que
mortificarse con el recuerdo de sus hermanas repitiéndose “que no había hecho nada
por salvarlas y se había comportado como un cobarde”. Pero Rémy trató de consolarle
diciéndole que él no habría podido hacer nada. Y todas las mañanas, el anciano le
despertaba entonando una melodiosa canción con su flauta, hecha a base de
melancólicas notas en recuerdo por los amigos perdidos, con la que el chiquillo sintió
aquietarse un poco.

Pasaron varias semanas, y Rémy no parecía tener prisa por irse. Al contrario, se tomó
la obligación de cuidar de Milo como de un hijo, y juntos continuaron dando vida a la
granja. Pero un día, Rémy le contó a Milo sus verdaderas intenciones. Le habló con
franqueza, aunque de forma un tanto críptica y oscura. Le dijo que él, en realidad, era
alguien con una misión especial en el mundo, y que estaba planeando dejar aquel país
y marchar a otras tierras, lugares donde ya había estado anteriormente. Entonces le
propuso a Milo que fuera con él.

—Tú serás mi aprendiz. Yo te enseñaré algunas cosas que ningún hombre ha soñado
con saber, y a cambio, tú aprenderás de mí y te mantendrás a mi lado como mi fiel
discípulo —le dijo Rémy—. ¿Estarías dispuesto a seguirme?

Milo no sabía qué otra opción le quedaba. No tenía otros parientes cercanos, y él solo
no podía hacerse cargo de la granja. Así pues, accedió.

—¡Vamos! No te retrases...

La voz de Rémy sacó a Milo de sus recuerdos. El sol languidecía por el horizonte, y los
vetustos árboles se oscurecían con rapidez. Las copas se agitaban, opacas y silbantes,
transportando los siniestros ruidos de la noche. El muchacho aceleró el paso, y se situó
a espaldas de su maestro, tembloroso. Para hacer más llevadero el fantasmal silencio,
canturreó un poco una cancioncilla. Pero sólo un minuto después, la mano firme de
Rémy se tendió sobre su boca, pidiéndole que callara.

—¿Qué ocurre?

—Sssh...

Rémy estaba serio. Su mano se había tensado aún más. Miraba hacia el suelo y movía
la cabeza ligeramente hacia los lados, escuchando. El chiquillo contempló el bosque, y
luego aguzó el oído. Pero no se oía nada. ¿A qué aquel suspense? Pronto lo
comprendió, porque empezó a advertir algo. Alguien circulaba por el sendero que
transitaban, como cien o doscientos pasos más allá. Sonaban ruidos de cascos.

Casi no había tiempo. ¡Estaban prácticamente encima! Rémy tiró de Milo hacia la
espesura y se pusieron detrás de un tronco grueso, agazapados en contra de la
dirección de las voces.

¡Eran soldados! Tropas regulares del Sacro Imperio alemán. Hombres curtidos en las
largas batallas de las últimas cruzadas en Tierra Santa. Hombres de la peor catadura,
muchos de ellos descontentos por el escaso botín y las derrotas. Venían de saquear
deshonrosamente Constantinopla sin apenas haber logrado capturar nada. Era mejor
no toparse con ellos.
Cabalgaban en silencio, a paso lento y pesado. No eran muchos. Seguramente un señor
de poca monta y sus caballeros que regresaban a sus posesiones. Por lo que pudieron
ver, su escudo de armas eran tres leones rampantes sobre un fondo amarillo, pero eso
no les dijo nada. Rémy puso un dedo sobre sus labios, con una mirada de desconfianza.
Milo se agachó aún más.

Pasaron los caballos con pesado ruido bajo la tintineante cantinela de los escudos y las
alabardas, que entrechocaban entre sí. Rémy contó quince, cinco de ellos, los
escuderos, con una mula atada a su caballo, todas hundidas bajo el peso de diversos
bártulos. A Milo le consumía la curiosidad. Rémy le fue obligando a moverse, con
cuidado, rodeando el tronco a medida que la tropa se desplazaba a su altura. Iban ya a
pasar de largo, pero Milo se asomó ligeramente. Quería verles. Y entonces ocurrió.
Una rama seca chascó sonoramente bajo sus pies. Y uno de los últimos caballeros se
giró, lo suficiente para ver al fugaz muchacho, ocultándose de nuevo tras la espalda de
Rémy.

—¡Eh, quién va?

Rémy se giró en redondo, con profundo gesto de fastidio. Y fulminó con la mirada a
Milo, que se dispuso a correr presa del pánico. Pero el anciano le contuvo, aferrándole
con fuerza por el brazo. Por unos instantes, el viejo dudó qué hacer.

—¡Salid a la luz!

Los caballeros se habían detenido y varias espadas chirriaron al ser desenvainadas. La


voz del caballero sonaba a latín mal chapurreado, pero comprensible.

Rémy tironeó de Milo y se mostraron a la patrulla.

—¡Vaya, vaya! Mirad qué tenemos aquí... —sonrió sarcásticamente uno de ellos.

El tono no había sonado muy bien.

—¡Responded! ¿Qué hacíais ahí escondidos?

Rémy susurró por lo bajo al muchacho que no dijera nada y estuviera quieto.

—Disculpen nuestro sigilo, señores. Se habla de extraños jinetes que atacan sin
clemencia a los viajeros y les roban. Pero ya vemos que sois nobles, por suerte, y que
seguro que sois hombres de honorables intenciones...

—¡Callad ya, viejo!

La voz chillona del caballero más abrigado sonó ruda y cortante. Era un hombre
robusto, de tez pálida y cabellera rubia, con una cuidada barba que escondía unos
abultados carrillos. Su casco acabado en un ligero penacho de plumas le conferían
cierta distinción, ahí subido en su montura, desde donde miraba con ojos altivos.
Murmuró algo a uno que tenía cerca sobre el aspecto de los dos caminantes, y pudo
oírsele: “Estos son dos predicadores herejes, no hay más que ver su ropa”.

Milo se miró. ¿Qué tenía de particular su ropa? Entonces cayó en la cuenta de que
ambos vestían de riguroso negro. Rémy llevaba su hábito oscuro, y él estaba de luto.
¿Tenía eso algo que ver?

—¡Dadnos vuestras bolsas e iros!

Milo se quitó el fardo instintivamente, pero Rémy le retuvo con el brazo. “No te
muevas”, volvió a insistir el anciano. Y el muchacho se quedó perplejo mientras le veía
apostarse firme frente a la soldadesca, apretando fuerte su bastón-flauta. Aquella
actitud del anciano enfureció aún más al cruzado.

—¡Malditos goliardos bujarrones! ¡Ahora vais a saber lo que es bueno!

El caballero descendió de su montura, dejando las riendas del caballo a cargo del
escudero. Varios caballeros más le imitaron, y se acercaron a Rémy y al chico.

El jefe extendió su espada hasta acercar la punta a sólo un brazo de distancia de la cara
de Rémy. Pero éste ni se inmutó.

—Nadie desobedece las órdenes de un Staufer.

El hombretón miraba desconfiado a Rémy. Sus muchos combates en las cruzadas le


habían hecho ganar una apreciable cautela. Milo estaba atenazado por el pánico. Si no
huían, podían darse por muertos. Pero, entonces, ¿por qué aquella calma del
vejestorio?

La espada se acercó un poco más. Aquel noble grandullón con acento alemán era un
perro viejo. Le bastaría un paso más y les sorprendería con un tajo rápido. Continuó
hablando para seguir distrayendo la atención de sus víctimas.

—¿Qué llevas en esa bolsa que tanto merece que arriesgues tu vida, anciano?

Pero casi no terminó la pregunta. Fue todo muy rápido. El alemán lanzó su cuerpo
hacia adelante para clavar su espada en el cuello de Rémy. Entonces sonó un zumbido
y las manos del predicador hicieron girar su apoyo. El bastón bailó en el aire y golpeó
en la espada desviando a filo y caballero. El palo, lejos de cortarse al contacto con el
metal, hizo un inesperado ruido pétreo y volvió a girar de nuevo mientras Rémy daba
la vuelta sobre sí y dejaba paso al fornido atacante. Luego, pillado por sorpresa por la
espalda, el bastón calló como una losa sobre el casco del cruzado. El golpe sonó como
un fogonazo, como el trueno de una tormenta, y un rayo eléctrico recorrió el cuerpo
del hombre.
Hubo unos segundos de silencio. El estallido de luz, el crepitar de las chispas y el
estruendo del golpe dejaron a todos estupefactos. El fortachón se había quedado
tieso, inmóvil, y tras unos pasos vacilantes, se derrumbó como una torre,
estampándose en el suelo.

Los caballeros miraron incrédulos el cuerpo tendido de su señor, pero reaccionando


con rabia, levantaron sus espadas en alto, dispuestos a atacar. Jamás en sus muchos
años de lucha se les había ocurrido imaginar que un hombre mayor de apariencia
enclenque les iba a dar una formidable paliza. Al primero, Rémy le propinó un golpe
con la base del bastón, y cuando su nariz parecía que iba a ser machacada por ese
extremo de la vara, el palo soltó una descarga como un rayo. Acto seguido, Rémy hizo
girar sobre su cabeza la flauta, y con agilidad sorprendente, se movió entre dos
soldados, que recibieron sendos golpes en el yelmo, uno por delante y otro por detrás.
Dos nuevas descargas. Aquel madero era prodigioso. Con cada golpe, los atónitos
cruzados se retorcían espasmódicos durante unos segundos, y caían desplomados.

Rémy giraba sobre sus pies y hacía volar el arma a derecha e izquierda, moviéndose a
gran velocidad. Antes de llegar a propinar el batacazo, el palo se paraba en seco, y una
sacudida eléctrica dejaba fuera de combate a su adversario. Otro caballero, un
escudero al que no le dio tiempo a desmontar, tres hombres más, todos cayeron
fulminados sin posibilidad de responder.

Todavía giraba el bastón como una hélice sobre la cabeza de Rémy cuando cayó el
último de la tropa. Como si fuera lo más normal del mundo, el predicador silenció el
giro de la flauta y la depositó con delicadeza en el suelo, respirando hondamente.

Milo se quedó admirado y patidifuso mientras contemplaba a todos los hombres


abatidos. Ninguno tenía sangre ni signos de violencia, pero yacían inconscientes. Preso
de la rabia, intentó patear a uno de ellos, pero Rémy se lo prohibió.

—Vamos, déjales. Debemos irnos.

—Pero, ¿están muertos?

—No. Despertarán dentro de un rato. Vamos.

Milo siguió a duras penas tras las zancadas de su maestro.

—Pero, mi señor, ¿cómo habéis hecho eso? ¿Cómo...?

Rémy siguió andando en silencio. Milo se puso a su altura y le miró con ojos de respeto
y temor, a la vez que observaba aturdido el bastón en el que se apoyaba el anciano.

—Tranquilo, Milo, ya llegarán las respuestas. A su tiempo.


El aullido de un lobo desgarró la profundidad de la noche serbia. La claridad
menguaba, pero ningún miedo parecía detener ahora el paso de aquel extraño hombre
vestido de negro y de su joven aprendiz. Y el muchacho, por primera vez en mucho
tiempo, se sintió seguro.

Esa noche Rémy evitó los poblados. Condujo a Milo, en medio de la negrura, hasta
unas cuevas situadas en el cortado de una colina. El predicador parecía conocer muy
bien aquellos parajes kársticos, donde la piedra caliza había sido trabajada por el agua
para formar multitud de grutas y cavernas. No era la primera vez que hollaba esas
tierras, ni que recorría esos caminos.

Encendieron una escasa fogata con la que calentarse y espantar a las posibles fieras. El
joven no pudo contenerse:

—Maestro, ¿quién eres? Jamás vi a nadie pelear de ese modo.

Rémy se acariciaba la nuca, ordenando sus enmarañados cabellos. Sus ojos claros
miraron al muchacho con profunda ternura. Le ofreció la escudilla con caldo de ortigas
que había cocinado. El viejo era experto en subsistir comiendo cualquier cosa, y
conocía cómo preparar esas sabrosas plantas para eliminar sus peligrosas púas
velludas cargadas de tóxicos.

—¿Recuerdas que tu padre te enseñó muchas veces las verdades sobre la fe en Jesús
de Nazaret?

El muchacho asintió. Recordaba a su padre, todas las noches, obligándole a rezar el


Padrenuestro, y explicándole el significado de cada frase.

—Fui yo quien enseñó a tu padre esas verdades.

—¿Conocías a mi padre?

—Sí. Y a tu abuelo también.

El silencio de la noche se extendió unos segundos por la cueva. En el horizonte, el


frondoso bosque se combaba bajo la débil penumbra de un inmenso cielo estrellado.

—¿Cómo hiciste eso? ¿Cómo lograste dejarles sin sentido? —Milo miraba con asombro
la grisácea vara de Rémy, suave, sin nudos, y redondeada de forma perfecta, que el
anciano asía contra su hombro sin desprenderse de ella.
—Digamos que conozco algunas formas de magia. Pero no te confundas, Milo. Debiste
poner más cuidado. Teníamos que haber esquivado a esos hombres y evitar el
enfrentamiento. La violencia sólo engendra más violencia. Nunca lo olvides. Si
encuentras un camino pacífico para dirimir las discusiones, úsalo. Sólo hay que
enfrentarse a los enemigos cuando ya no hay otro modo de salvaguardar la vida.

—¿Qué era eso que salía de la flauta?

—Ten calma, Milo. Aún es pronto para que sepas esas cosas. Se llama electricidad, y es
algo que todavía no conoce ningún sabio ni ningún maestro. No le comentes a nadie
jamás lo que has visto hoy, ¿entendido?

El chico afirmó con la cabeza.

—¡Ha sido impresionante!

Rémy sonrió, pero invitó al muchacho a que descansara.

Los días siguientes aceleraron el paso rumbo al norte, y evitaron los caminos
frecuentados. Suponían que los soldados del destacamento alemán, una vez hubieran
despertado, les estarían buscando.

Mientras hacían largas caminatas, Rémy fue enseñando muchas cosas a Milo. Le
enseñó a hablar en latín, francés oíl, alamánico y occitano. El anciano era un experto
en lenguas. También estaba muy versado en todas las ciencias. Le explicó a Milo cómo
orientarse por las estrellas, cómo calcular los tiempos usando la luna, cómo escrutar
los signos del cielo... Le habló mucho de las distintas profesiones de la vida, y de cómo
ganarse el sustento trabajando de herrero, de carpintero, de curtidor... Milo se aplicó a
todo lo que le explicaba su maestro, pues estaba ávido de conocimientos. Absorbió
todo cuanto tuvo a bien enseñarle el anciano.

Pero sobre todo, en lo que más cuidado puso Rémy a la hora de educar al joven, fue en
enseñarle a comportarse como un honrado y comprometido hombre de bien. Le
explicó que era más venturoso dar que recibir, y que había que estar presto a
compartir los bienes y a preocuparse por el bienestar del prójimo. Cuando entraban en
una aldea, acudían a auxiliar a los más pobres, y se entretenían aliviando las
necesidades de los que malvivían en la calle. Algunos, cuando veían a Rémy, le
reconocían como predicador itinerante y le invitaban a pasar a sus casas. Allí, en la
intimidad de los hogares, el viejo ofrecía su enseñanza privada sobre la verdadera
Iglesia de Jesús, su maestro de Nazaret. Rémy hablaba de las atrocidades de la Iglesia
de Roma, a la que no se ahorraba en descalificar de corrupta y pervertida, y les
hablaba de la “hermandad de los creyentes verdaderos”, aquellos que habían
respetado y conservado fielmente las enseñanzas del maestro Jesús. Ponía tanto
énfasis en lo que decía que la gente se quedaba admirada y gratamente agradecida.
Parecía como si Rémy hubiera conocido a Jesús en persona por la forma en que
hablaba.

En cada ciudad por la que atravesaron en su camino al Languedoc, Rémy se ofrecía


como trabajador. Bien en una herrería, un aserradero, cargando bultos en carros...
Cualquier trabajo le servía para ganarse unas monedas. Milo fue siempre la sombra del
viejo, y estaba ojo avizor a todas sus explicaciones.

La gente de las ciudades estaba profundamente descontenta. Las frecuentes cruzadas


a Tierra Santa habían requerido crecientes ingresos a los nobles para armar a sus
caballeros. Pero las riquezas prometidas en Palestina, cuando se recuperaran las
tierras perdidas ante los infieles, no habían sido lo esperado. Muchas cruzadas habían
terminado en desastre para los ejércitos europeos, que ya estaban muy mermados por
las continuas guerras entre los propios reinos cristianos. Los soldados regresaban a sus
países de origen cansados, heridos y empobrecidos. Las antiguas leyes ya no se
respetaban, se imponían pesados tributos por la fuerza y las tierras eran confiscadas a
los campesinos. Los pequeños propietarios, a quienes por tanto tiempo se había
respetado su independencia, ahora eran hechos esclavos de sus señores. Y la Iglesia
Católica, alentaba desde Roma estas prácticas, pues también la iba en ello sus
ingresos.

Pero este descontento no estaba resultando ajeno para el pueblo llano. La gente
sencilla miraba cada vez con más desconfianza a la nobleza y el clero, que les tenían
sometidos por la fuerza y el miedo.

Pronto se dio cuenta Milo de que Rémy era un pausado revolucionario que estaba
propugnando un cambio, una vuelta hacia los valores perdidos. Predicaba sobre los
apóstoles y aquella primitiva iglesia original, que compartía sus bienes y tenía todo en
común. ¿Dónde quedaba ahora todo aquello, a la luz de los fastuosos castillos de los
nobles, las grandiosas abadías y los privilegiados aposentos de los clérigos? Mientras la
gente del campo languidecía en la pobreza, los poderosos, envueltos en sus guerras de
poder, imponían una tras otra pesadas cargas y exigencias a sus súbditos. Un clamor
popular brotaba desde las profundidades de las tierras italianas y subía hasta los más
alejados confines de los reinos cristianos. “¡Basta ya, Señor!”, gritaba la voz del
trovador, “vuelve tu mirada a tu pueblo verdadero”. Y por toda la Cristiandad, sólo se
oía un rumor: “¿Sería posible un cambio? ¿Quién lo traería?”.