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UNIVERSIDAD CENTRAL DE VENEZUELA.

FACULTAD DE CIENCIAS JURÍDICAS Y POLÍTICAS


ESCUELA DE ESTUDIOS POLÍTICOS Y ADMINISTRATIVOS

FORO INTERNACIONAL:
DEMOCRACIA GLOBAL: ÉTICA, POLÍTICA Y ECONOMÍA.

Coordinador:
Profesor: Joaquín Ortega.
Politólogo.

Auditorio de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central de Venezuela.


Ciudad Universitaria.

Martes 08 de diciembre de 2009

Ponencia:

CIUDADANÍA:
INSTITUCIONALIZACIÓN DE LA DEMOCRACIA.
(Versión corregida)

Ponente:
Dr. Eladio Hernández Muñoz.
Politólogo.
Eladio Hernández Muñoz

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Resumen:

CIUDADANÍA: INSTITUCIONALIZACIÓN DE LA DEMOCRACIA.

El presente compromiso de análisis politológico procura reflexionar, en conjunto, el


enmarañado problema de institucionalizar la ciudadanía como cimiento de la
democracia global. Las características que se abordan recorren la responsabilidad de la
persona en los acontecimientos comunitarios y los propósitos solidarios de la
comunidad, con el fortalecimiento de la democracia y sus instrumentos de acción
ciudadana protagónica. La derivativa del discurso fluye, entre el pensamiento crítico de
la política y el desinterés institucional de lo político.

Palabras claves: política, ciudadanía, democracia, institucionalidad, responsabilidad.

ABSTRACT:

CITIZENSHIP: INSTITUTIONALIZATION OF DEMOCRACY.

The present job, tries about the commitment of politological analysis, referred to the
problem of clarifying how to institutionalize citinzenship as a founding element of
global democracy. The characteristics we are dealing with go through the person’s
responsibility in the community affairs, to the strengthening of democracy and its
instruments of civil leading action. Discourse flows from the critical thinking about
politics, and the evident lack of interest on what is public.

Keywords: politics, citizenship, democracy, institutions, accountability.

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Ciudadanía: institucionalización de la democracia

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La democracia
es el proceso que garantiza
que no seamos gobernados mejor
de lo que nos merecemos.
George Bernard Shaw.

CIUDADANÍA: INSTITUCIONALIZACIÓN DE LA DEMOCRACIA.

Prof. Eladio Hernández Muñoz.

La discípula de Heidegger y Husserl, Hannah Arendt, nos alentó a reflexionar


Sobre la Revolución (1963); particularmente, la inherencia de la violencia en los
procesos de transformación social. Arendt escudriñó históricamente en el concepto
revolución y nos confirma que su utilización moderna proviene de la famosa noche del
catorce de julio de 1789, en París, cuando Luis XVI se enteró por el duque de La
Rochefoucauld-Liancourt de la toma de la Bastilla; “Según se dice, el rey exclamó:
C’est une révolte, a lo que respondió Laincourt: Non, Sire, c’est une révolution.” La
violencia desatada como una consecuencia necesaria de las necesidades de los
ciudadanos parisienses, le hizo pensar a la autora de La Condición Humana (1969), que
todo proceso de transformación lleva implícito un momento de irreversibilidad. Y este
punto de no retorno o de momento crítico, es lo que determina ¡por los ciudadanos! la
transformación hacia un renovador impulso de los asuntos públicos.

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Eladio Hernández Muñoz

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La novedad, el origen y la violencia, además de la irresistibilidad como


momento crítico propiamente dicho, según Arendt, fueron los aspectos más importantes
a considerar en los procesos de transformación revolucionaria; pero, si entendemos la
política como un sentido de responsabilidad cívica en los ciudadanos, entonces la
persuasión y no la violencia desgarradora es la que dominará la racionalidad
intersubjetiva de los ciudadanos en su relación con el ordenamiento institucional de la
ciudadanía y su institucionalización democrática.

Las transformaciones políticas son actos públicos derivados de profundas


manifestaciones internas que tienen lugar en los ciudadanos como necesidad; la primera,
en un sentido real, propicia el determinismo de la violencia de la cual nos habló Marx.
La segunda, en un sentido lógico, se dirige hacia la modalidad del conocimiento que del
poder tenga la comunidad.

El poder político inmanente del ciudadano presenta un conjunto de aspectos que


lo hacen, conceptual y teóricamente posible, y así alcanzar a comprender su parte crítica
y de transformación permanente a través de la acción común. Para Habermas, Arendt
entiende el poder como:

“…la capacidad de ponerse de acuerdo, en una comunicación sin


coacciones, sobre una acción común. Como una potencia que sólo se
actualiza en acciones. Como la capacidad que tiene un sistema social
de movilizar recursos para conseguir fines colectivos.”

Entonces, el poder es más que un efecto de la causalidad propiciada por los seres
humanos cuando accionan distintos dispositivos que intentan consensuar, para la
utilidad común y el beneficio de la comunidad. Y, este poder, se puede utilizar para
cambiar la esfera de lo público sin la violencia política que algunos suponen que posee
todo proceso de transformación política. La transformación política es el resultado del
animal rationale sobre el cual nos quiere hacer reflexionar Arendt, y no del homo faber
que violentamente protagonizó la noche del 14 de julio en París.

Las reflexiones y conjeturas de Hannah Arendt, trascendieron las experiencias


históricas y culturales con el advenimiento de la democracia venezolana que se
remontan a la transición política ocurrida en 1958. El legado teórico de Arendt no puede

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Ciudadanía: institucionalización de la democracia

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ser sintetizado en una sola idea, ya que su preocupación fundamental es la de que el


hombre no pueda regresar a la barbarie. Desde Los orígenes del totalitarismo (1951),
hasta La promesa de la política (2008), la articulación de sus postulados sugiere que, la
supuesta violencia implícita en los procesos de cambio no es inherente a la condición
humana y que, por el contrario, el ser social puede transformarse sin negarse a sí
mismo.

El mejor propósito de las transformaciones políticas, para repensar el espacio


público de hoy en día, no lo hemos avizorado aún. Cuando el fantasma del totalitarismo
parece adueñarse de algunas mentes de ideología -o al parecer- guerreristas, el
pensamiento y la obra de Arendt debe relucir en los demócratas amantes del espíritu de
paz y libertad, en el noble sentido de la política, tal cual nos lo señala Arendt
(2008:162-163):

“Solamente en la libertad de nuestro hablar los unos con los otros


emerge el mundo, como eso sobre lo cual hablamos, en su objetividad
y visibilidad desde todos los ángulos. Vivir en un mundo real y hablar
los unos con los otros sobre él son básicamente una misma cosa […]
esta libertad de movimiento, sea la de ejercer la libertad y comenzar
algo nuevo e inaudito sea la libertad de hablar con muchos y así
darse cuenta de que el mundo es la totalidad de estos muchos […] es
más bien el contenido autentico de y el sentido de lo político mismo.
En este sentido política y libertad son idénticas y donde no hay esta
ultima tampoco hay espacio propiamente político.”

De esta manera podemos presumir que todos los movimientos sociales que
procuran transformaciones políticas son un movimiento político,1 y que esto es una
relación de intersubjetividad humana básica, en donde los ciudadanos interactúan en una
proporción innovadora para conquistar espacios más amplios de libertad y de
satisfacción de necesidades en un ámbito democrático, o como diría Isaiah Berlin
(2007:177-178), refiriéndose a la libertad positiva y negativa, la primera la libertad
política, que nadie intervenga con mi “ser”, y la libertad negativa que nada pueda
obstruir mi “hacer”.


1
Sobre este particular enfoque, ver el artículo de Ana de Miguel Álvarez: “Dimensiones filosóficas-
políticas de los movimientos sociales”, en: CIUDAD Y CIUDADANÍA. Senderos contemporáneos de la
filosofía política. Editorial Trotta. Madrid, 2008, pp. 279-300).

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Eladio Hernández Muñoz

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Los cambios políticos son una forma, no sólo de praxis sino de la poiesis entre
los ciudadanos para alcanzar mejores y mayores espacios de libertad, ese es el hálito de
la política. Aliento de esperanzas y de paz que invocan, a través de lo político, y que
los movimientos van imprimiendo en la cotidianidad institucionalizada2. En otras
palabras, se evidencia constantemente una disfuncionalidad recurrente y
desequilibradora de lo comunitario entre las expectativas y el apego de un primer y
básico ordenamiento colectivo y un segundo nivel desalentador y asfixiante de las
instituciones, actores y operadores políticos, como afirma Lafontaine (1986; 176), en su
aspecto social:

“Como enseña la experiencia histórica, una sociedad en rápida


transformación es también una sociedad en desequilibrio.
Transformaciones iniciadas consciente o inconscientemente en
sectores parciales de la sociedad repercuten a menudo en otros
sectores de forma no siempre previsible ni controlable. Desde el
punto de vista de la emancipación y la democracia, el primitivo
sistema de la sociedad industrial burguesa (...), era inequitativo como
injusto. No obstante, era equilibrado, ya que ambas 'mitades' se
relacionaban funcionalmente entre sí. En la fase actual, este sistema
se ha hecho más igualitario y más justo, pero al propio tiempo ha
perdido el equilibrio porque ambas partes ya no están sintonizadas.”

Uno de nuestros propósitos permanentes, que deseamos destacar también en el


presente trabajo, es el de puntualizar, de la manera más sencilla y posible, un marco de
referencia situacional, que permita comprender los cambios y transformaciones políticas
en democracia y para la ciudadanía. Transfiguraciones que se dan en lo que podríamos
denominar una crítica relacional; es decir, percibida la sensación de la necesidad y/o de
la libertad (Berlin; 2007: 179), se actúa críticamente como ciudadano sobre la relaciones
existentes que dificultan el alcance de esas nuevas necesidades y libertades.

La lógica de la situación en una crítica relacional atribuye a los actores, sean


estas personas o instituciones, un paradigma de acción que surja de la reflexión y la
disposición actitudinal de cada uno de ellos; en otras palabras, como se lo indique su


2
O también como lo afirma el politólogo estadounidense Sidney Taoow (1997: 167) en donde su
señalamiento se dirige a la interacción sostenida entre actores colectivos y autoridades gubernamentales
como el rasgo definitivo de los movimientos políticos.

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Ciudadanía: institucionalización de la democracia

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racional interpretación de los hechos reales y sus características, y esto último estará
determinado según el grado de conflictividad que las circunstancias mismas generen en
el contexto que se ha logrado percibir. La acción, que no es otra cosa que el agenciar el
dominio de la relación, es decir, la acción política en sí, conlleva a diversos tipos de
efectos en su contexto, teniendo al ciudadano como centro de la acción.

Comprender los fenómenos políticos, vislumbrando sus efectos inmediatos a


través de las decisiones que se tomen para orientar el diseño y la formulación de la
política pautada, corresponde a las tareas inagotables de todo el que se precie de ser
ciudadano. El diseño puede estar circunscrito a un Programa o Plan político sobre una
acordada situación, en donde se pretende ir pulsando sus efectos de causas muy
generales a otras más particulares, ya sea por algún efecto de retroalimentación
sistémica que ha generado en el terreno de los acontecimientos públicos o por otra de
inicial “imput” en el régimen político. Pero para ello, debemos diferenciar en primer
lugar y analíticamente la complejidad de los sistemas y los regímenes políticos. Cuando
nos referimos al sistema político estamos dirigiendo nuestra observación hacia los
componentes estructurales del poder y su formación institucional, cuando lo hacemos
sobre el régimen político lo estamos forjando sobre las diversas modalidades que
adquiere el primero en su desenvolvimiento funcional. Esta interpretación nos permitirá
afrontar otros aspectos relacionados con las transformaciones políticas. Ya no sólo en el
contexto formal de las instituciones públicas y sus diversos modos de gestionar lo res-
pública, sino a otros talantes que son inherentes al desenvolvimiento funcional de la
institucionalidad política de la ciudadanía.

De la filosofía y luego de la teoría política provienen las definiciones de


transformación política, las cuales se incluyen en la legitimación de las relaciones de
poder y su organización entre los ciudadanos y de estos con sus instituciones. Ninguna
comunidad permanece estática, lo sabemos, la dinámica se presenta constantemente en
torno a las ideas como justicia, orden, moralidad, ética y de la propia estética. Hay
diferencias de percepción, de creencias, de valores, y ello trae como consecuencia
conflictos sobre esos diversos aspectos, tanto en la persona como en lo comunal. Cómo
se ve afectado entonces el orden y cuál debe prevalecer en su estructura de
funcionamiento, es una constante en el análisis politológico. También la forma que

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Eladio Hernández Muñoz

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adquiere y el modo que asume los asuntos de la comunidad o de la sociedad, que no son
iguales ni sirve desconocerla para comprender las transformaciones políticas:

“Debe denominarse ‘comunidad’ a aquella forma de socialización en


la que los sujetos, en razón de su procedencia común, proximidad
local o convicciones axiológicas compartidas, han logrado un grado
tal de consenso implícito que llegan a sintonizar en los criterios de
apreciación; mientras que con ‘sociedad’ se alude a aquellas esferas
de socialización en donde los sujetos concuerdan en consideraciones
racionales ajustadas a fines, con el objeto de obtener la recíproca
maximización del provecho individual.” 3,

Para el filosofo ingles Thomas Hobbes, es la obediencia y la concordia de los


súbditos lo que hace prevalecer los Estados, quienes se propongan reformarlo o
transformarlo sin el consentimiento de los otros conciudadanos, no hacen otra cosa que
destruirlo (Hobbes; 2001, 279-281). Pero, no todos los Estados pueden asegurarse
contra las enfermedades internas, afirma también Hobbes (2001: 263), ya que están
destinados a vivir entre otras cosas, por la misma justicia que les da vida. El desorden
de los Estados y sus formas organizativas no está en los hombres sino en la materia, los
hombres son quienes moldean y ordenan, sólo el consentimiento entre los hombres hace
posible un cambio o transformación política legítima en el orden establecido y reflejado
en el Estado:

“Cuando los hombres se molestan con sus mutuas irregularidades,


desean de todo corazón acoplarse entre sí dentro de un firme y sólido
edificio, tanto por necesidad del arte de hacer las leyes útiles para
regular, según ellas, sus acciones, como por la humildad y paciencia
para sufrir que sean eliminados los rudos y ásperos puntos de su
presente grandeza...”.


3
La cita corresponde al artículo de Axel Honneth, de la Universidad de Frankfurt: COMUNIDAD.
Esbozo de una historia conceptual, ISEGORÍA: Revista de filosofía moral y política, 130-2097, Nº 20,
1999 , p. 6; en donde el autor se plantea la conveniente de revisar -lo que compartimos- ambas nociones o
términos inspirado en el famoso trabajo de Ferdinand Tönnies, COMUNIDAD Y ASOCIACIÓN.
Editorial Península, primera edición en español, traducción de la 8ª. edición alemana de 1935, Barcelona,
España 1979; particularmente de Tönnies ver la sección primera: teoría de la comunidad y la segunda:
teoría de la asociación, pp. 33-111.

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Ciudadanía: institucionalización de la democracia

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El alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel4, quién al parecer nunca desestimó


las advertencias de Hobbes en torno a superar la no-política, particularmente por las
condiciones de la Alemania de entonces, que no era otra cosa que un cúmulo de
pequeños reinos desarticulados y enfrentados, auspició la creación de un verdadero
Estado Nacional. Es decir, para él se puede hablar de política “estrictu sensu” cuando
hay una comunidad constituida a partir de la tradición5 y un poder con autoridad que le
es común a todos sus miembros, es decir con la auctoritas de los ciudadanos y su
potestas, sólo así se puede hablar realmente de transformación política.

Ese poder con autoritas al cual nos hemos referido es lo que describe el filosofo
italiano Alessandro Passerin D’Entréves (1902-1985) en su clásica obra: La noción de
Estado: una introducción a la teoría política. (2001, 10-23), a través de la cual nos
invita a comprender al Estado como fuerza, como poder y como autoridad. La primera,
la fuerza, es el ejercicio autoritario del mandato y ejecución, en donde un puñado de
hombres, resguardados o no por el Derecho, intentan imponer sus criterios y no
podemos hacer otra cosa que obedecer. En la segunda, el poder, según la noción
Passerin D’Entreves, sería el Estado de Derecho a través del cual las instituciones
juegan un papel muy importante en el desenvolvimiento de los ciudadanos, quienes
organizativamente pueden controlar el autoritarismo del Estado como fuerza. La tercera
noción de Passerin D’Entreves, es la de autoridad y esta dependen de un consenso bien
entendido, en donde se resaltan los valores cívicos de la ciudadanía y su capacidad de
auto organizarse6, o cuando menos, rechazar cualquier intento de practica autoritaria.

En las nociones que del Estado nos presenta Passerin D’Entreves, podemos
adelantar que la definición de Estado es compleja y entraña dificultades que debemos
comprender para analizar las transformaciones políticas, ya que estas tienen lugar en su
interior, pero privilegiamos la relación sistémica de las partes en el establecimiento de
un nuevo orden político. Con estas ideas se puede asegurar que las transformaciones


4
Véase: G. W. F Hegel. (1985).Lecciones sobre filosofía de la historia universal. Editorial Alianza.
Madrid.
5
Nos referimos a la comunidad como ámbito o espacio cultural que comparte un universo simbólico
tradicional, sobre el particular, ver: Gurrutxaga, Ander. (1991). El redescubrimiento de la comunidad, en
Revista española de investigaciones sociológicas 56, edic. del CIS, pp. 33-60.
6
En relación con la capacidad y derecho de autogobierno de la ciudadanía responsable, ver: Kymlycka,
Will y Norman, Wayne (1997). El retorno del ciudadano. Una revisión de la producción reciente en teoría
de la ciudadanía, pp. 5-40; en LA POLÍTICA. Revista de estudios sobre el Estado y la sociedad, número
3, octubre de 1997.

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Eladio Hernández Muñoz

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políticas provienen, fundamentalmente, de un orden previo y claramente establecido por


los ciudadanos; en consecuencia, la visión moderna de transformación política, según se
puede deducir de las proposiciones hegelianas, son una consecuencia del propio orden
institucional, algo así como que son inherentes al ordenamiento de la ciudadanía, una
condición habitual de la organización natural que la política provee a los hombres y sus
instituciones.

Con Hegel se entra en la teoría política de los tiempos modernos, a una


interpretación más acorde con la modernidad. Es así, como a partir de la filosofía, la
teoría política contemporánea ha enfocado el fenómeno político de transformaciones
políticas, enmarcándolos previamente como parte de un proceso en el ordenamiento
institucional que procuran los ciudadanos por su condición humana7. Pero, compensaría
agregársele una mayor precisión conceptual, es decir, entenderlo como un proceso
político, que posee un claro propósito inicial de aspiraciones libertarias y un fin
determinado de necesidades. También se encuentra localizado dentro de un espacio y
tiempo histórico concluyente; de lo contrario, podría confundirse con desarrollo,
progreso, o incluso evolución si no atendemos sólo a la forma y no incluyésemos el
modo.

Emmanuel Kant (2005; 2007) abordo la noción de forma dándole un sentido


epistemológico, cuando nos dice que, en general, son estructuras que permiten ordenar
el material de la experiencia a través de la sensibilidad (espacio/tiempo) y por
consiguiente convirtiéndolo en objeto de conocimiento estético.8 Es decir que, su
noción de forma adquiere una connotación de conocimiento sensible, al cual pertenece
tanto la materia, que es la sensación y por la cual los conocimientos se llaman sensibles,
como la forma por la cual, aun cuando se halle sin ninguna sensación, las


7
A la definición de condición humana le daremos un significado antropológico; y por elementos
antropológicos: “...entendemos aquellos modelos, conceptos, esquemas explicativos y formas más o
menos organizadas que son respuestas muy icoiniciales a necesidades fundamentales (...) y que
constituyen concepciones básicas del hombre, de la convivencia y del orden social y político, son
elementos siempre en relación directa con la naturaleza peculiar del hombre.” Ver en: Aspectos
antropológicos de la teoría política, de Jorge Riezu; en: Jorge Riezu Martínez y Antonio Robles Egea,
(Eds.) Historia y pensamiento político. Edic. de la Universidad de Granada. España, 1993. p. 111.
8
Este particular enfoque sobre la noción de la forma en Kant lo desarrolla magistralmente el profesor de
filosofía de la Universidad de California y miembro del consejo consultivo de la North American Kant
Society: Henry E. Allison en su texto: EL IDEALISMO TRASCENDENTAL DE KANT: UNA
INTERPRETACIÓN Y DEFENSA. Editorial ANTHROPOS. Barcelona, España, 1992. La edición
original en Ingles fue publicada en 1983.

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Ciudadanía: institucionalización de la democracia

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representaciones se denominan sensitivas y se reconocen como principios en la mente


humana y la forma es fundamental de toda sensación externa.

En todo sistema político la comunicación está estructuralmente acoplada a la


conciencia. Sin la conciencia la comunicación parece imposible. Pero la conciencia no
es ni el sujeto de la comunicación ni el sustrato de la comunicación. La comunicación
no se puede seguir viendo como una transferencia de contenidos semánticos de un
sistema psíquico que ya los posee. Para Luhmann, por ejemplo, no es el hombre quién
puede comunicarse, sólo la comunicación puede hacerlo, no existe ninguna
comunicación entre el individuo y la sociedad, o entre ciudadano y comunidad, le
completamos. Solamente una conciencia puede pensar, pero nadie puede pensar por
otro, nada puede pensar con pensamientos propios dentro de otra conciencia. Solo en la
comunidad/sociedad se puede comunicar y son operaciones propias de un sistema
operacionalmente cerrado, determinado por su conexión estructural sistémica, que
Luhmann denomina acoplamientos estructurales (Torres; 2004: 357-379) y, por medio
de ellos, un sistema o subsistema puede ensamblarse, por ejemplo, entre racionalidad y
conflicto, o entre indicadores o valores de ellos implícitos en toda la realidad del
proceso democrático.

Las posibilidades de la especificidad del lenguaje vuelven posible la


construcción de estructuras comunicacionales altamente complejas como pueden ser los
9
valores, actitudes y creencias en los “espacios públicos”. El acto de acoplamiento de
los sistemas del lenguaje entre las personas/ciudadanos, así como el de los sistemas de
conciencia en los sistemas de comunicación, tiene consecuencias de gran importancia
para la construcción de la estructura de los sistemas políticos (Luhmann; 1998). Todo lo
que actúa sobre la comunidad/sociedad desde fuera, sin ser comunicación, debe haber
atravesado el doble filtro de la conciencia y de la posibilidad de comunicación, lo que
permitiría su congruencia operacional al interior del sistema político, por ejemplo. La
conciencia tiene una posición privilegiada en la connotación de autopoiesis10 de

9
“La evaluación de nuestras sociedades va en la dirección de la expansión de la ciudadanía, la que debe
ser concebida no como un sujeto, sino como una arena de conformación de identidades colectivas.”Ver
en: Cheresky, I. (Comp.) (2006:83). Ciudadanía, sociedad civil y participación política. Colección
Filosofía Política. Editorial Miño y Dávila. Argentina.
10
Con el concepto de Autopoiesis, Luhmann (1997b) intenta explicar el cambio de la autonomía en los
sistemas vivientes, pero conservando su identidad constituida por una forma de vivir en congruencia con
un entorno autoreferente que para la especie humana. El cambio de la identidad es una forma de auto-
organizarse en congruencia con la diversidad de acciones y aspiraciones de los individuos. Son las

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Luhmann (1997b), como control del mundo externo a la comunicación, y también como
sujeto de la comunicación, como entidad que le dé fundamento a su capacidad de
percepción autoproducida.( Luhmann; 1993), lo que podríamos denominar como la del
ciudadano perceptivo.

La temporalidad de la complejidad, según Luhmann, también significa que para


actualizar las relaciones entre los elementos es necesaria la selección, que nos lleva al
orden selectivo y éste, a su vez, al riesgo. Cualquier estado de cosas es complejo y
estará basado en una selección de relaciones “privilegiadas” para el analista entre todos
los elementos concurrentes. La selección sitúa y cualifica los elementos, en una
determinada relación, y se escoge, porque es contingente. La complejidad del mundo y
de la formación de los sistemas, se lleva a cabo mediante la reducción de la complejidad
y solamente así se puede explicar que la duración de los sistemas políticos pueda ser
ordenada con su propia autogeneración. Esta autopoiesis es el resultado de su propia
complejidad: el orden que prevalezca en la selección de sus relaciones dependerá de la
diferencia de complejidad frente a su entorno y, de esta manera, ambos aspectos se
desglosan analíticamente. No obstante, no son sino dos caras de la misma moneda, de
un mismo estado de cosas, ya que solamente mediante la selección de un orden, un
sistema puede llamarse complejo (Luhmann, 1997: 108-130).

Las instituciones políticas cambian constantemente, se van modificando de


acuerdo a los requerimientos y necesidades que el movimiento expectante de la
ciudadanía le va imprimiendo, pero cuando ellas ya no pueden absorber normalmente
los cambios políticos que van ocasionando los ciudadanos, entonces, se transforman, se
alteran ineludible y adecuadamente. La dirección de los acontecimientos y el proceso
mismo de transformación, adquirirá niveles de violencia política colectiva con grados de
diferencia: una revolución es sin lugar a dudas violenta, pero no así una transición, por
lo menos en el sentido de violencia política como suma cero. La violencia posee grados
más, grados menos, así como en el tiempo y en los espacios, y ello estará fijado
previamente por las causas de los cambios ocurridos con anterioridad a sus efectos y
manifestados en peculiaridades alteraciones.


interacciones comunicativas las que construyen un entendimiento cuyo sentido es autoreferente para el
sistema.

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Ciudadanía: institucionalización de la democracia

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La teoría de la tercera generación sobre las transformaciones11 aporta


considerables esfuerzos intelectuales para comprender la tendencia hacia las alternativas
políticas con aportes novedosos que provienen, en principio, de la teoría de la elección
racional y del nuevo institucionalismo. Este fenómeno no está condicionado ni
determinado por las anteriores teorías de la primera y segunda generación de estructuras
económicas, sociales o culturales, sino que la participación de los operadores políticos y
de un restablecimiento de la ciudadanía,12 lo implica conducir las alternabilidad de las
políticas con un mayor grado de probabilidad y/o posibilidad, según requerimientos
auténticos. El liderazgo ciudadano, por ejemplo, puede ser un factor en las
transformaciones relacionadas con el poder, pero sólo a través de un proceso de
aprendizaje colectivo, de ahí surge la idea que no sólo por “decreto” se pueden
modificar las instituciones, sino sólo con la participación y el protagonismo de los
ciudadanos activos (Martí i Puig; 2001).

Una fundamentación de esta perspectiva la encontramos también en Foucault


(2006) en su trabajo La Arqueología del saber (1969), cuando nos explica, a través de
su noción de “preconceptual” que, previamente había tratado en Las palabras y las
cosas (1968), y los ejemplos de los esquemas teóricos clásicos, que hay que describir la
organización del campo de enunciados en el que aparecen los conceptos (Foucault,
2006: 91-104 y ss.) en referencia a un sistema de formación conceptual a través de tres
aspectos o formas de sucesión, de coexistencia y de intervención, que permite describir
una “red conceptual” a partir de las regularidades específicas, para reinstalar intensiones
que permitan al preconcepto la transformación de los conceptos y sus relaciones en un
conjunto de reglas que en él se encuentran efectivamente aplicadas (Foucault, 2006:
101-102) y más adelante agrega: que las formas de sucesión, permitan localizar “los
vectores temporales de derivación”, (Foucault, 2006: 283) al igual que su reflexión y el
debate abierto aún sobre la biopolítica y el biopoder en cuanto a la gestión del poder en
la vida de los ciudadanos.13


11
Salvador Martí i Puig, Salvador: ¿Promesas incumplidas? Un balance crítico de las teorías del cambio
político y su aplicabilidad en América Latina; ver en: Revista CIDOB d’Afers Internacionals, núm. 54-
55, p. 113-137.
12
Sobre el restablecimiento del concepto y las dimensiones de la definición de ciudadanía, ver el artículo
de Fernando Quesada: “Sobre la actualidad de la ciudadanía”, en: CIUDAD Y CIUDADANÍA. Senderos
contemporáneos de la filosofía política. Editorial Trotta. Madrid, 2008, pp. 205-229).
13
El debate, al cual nos referimos más adelante, es al focalizado entre la concepción de Michel Foucault y
su obra en general, particularmente en el Tomo I, La Voluntad del Saber de su Historia de la sexualidad

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A la politología no le conviene caer en la adopción de complejos métodos de


análisis, a menos que deriven en la consecución de beneficiosos procesos de
reinstitucionalización de la ciudadanía. Un régimen democrático que alcance a todos y
a todo, no se ha podido concretar aún, y que satisfaga a la totalidad de un
conglomerado comunitario menos. Dentro de cada democracia existen las más
aberrantes formas de explotación cultural, económica, social y, también, política. No
tiene sentido, por lo menos racionalmente hablando, un sistema que se haga llamar
democrático y que, en lo real-cotidiano no permita la participación de la totalidad de los
ciudadanos que conforman esa comunidad (Wolin, 2008).

Los procesos políticos sí se pueden observar, desde los gobernados y desde los
gobernantes de igual forma, ya que están inmersos en el mismo entorno o ambiente.
Para desentrañar ese entorno o realidad política debemos colocarnos bajo la misma
perspectiva común. En ambos casos necesitaremos herramientas adecuadas para el
estudio y análisis de la “cosa” que denominamos realidad política. Es por ello que,
tanto los gobiernos como los ciudadanos les corresponden comunicar, adecuadamente,
de todo cuanto realizan y, de esta forma, ambos estaría informados apropiadamente; en
consecuencia, las reales decisiones que se tomasen serian las más racionales, porque la
situación evidente así lo exigiría. No significa esto que desaparece el desacuerdo
político, el conflicto podría reaparecer en otro momento ya que lo que se ha hecho es
racionalizar la disputa de lo irrebatible, no eliminarla.

La realidad política (Sartori, 1988: 61-82) aparece como una sola. Es un sólo
entorno o ambiente político. Lo que existe o puede existir, diferente, son “visiones”
distintas; o si se prefiere, la forma de “ver” la cosa. Pero, estas ópticas forman parte de
la propia realidad. ¿Cómo conocer la verdad real? Pues una primera aproximación es
desentrañando el proceso político generado directa o indirectamente en torno a la razón,
inconveniente que a su vez es generado en el proceso político mismo, y, esto último, es
donde aspiramos objetividad. Un problema político puede tener grados de resolución
igual que de importancia. Será de mayor o menor significación según la pérdida del
poder de razonamiento que se logre apreciar por las partes. Si en nuestra razón de


(2005) editada en francés en 1976, y el Nacimiento de la Biopolítica (2007), edición correspondiente a las
diversas conferencias dictadas durante el Curso en el Collège de France (1978-1979), y Antonio Negri y
Michael Hardt, quienes reescriben el concepto, tanto el de biopoder como el de la biopolítica, en su
textos Imperio (2000) y Multitud ( 2004).

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Ciudadanía: institucionalización de la democracia

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necesidad existe un marcado interés por alcanzar mejores niveles de vida, por ejemplo,
la razón de nuestra necesidad en el interés ciudadano, no estará satisfecha mientras que
la “razón” de Estado no demuestre una racionalidad congruente con lo planeado.
Siempre se intenta imponer la “razón” del Estado, en tanto que el Estado representa a
una fuerza (Passerin; 2001, 21-22), casi intangible (¿incontrobertible?) para el
ciudadano, por ello aparecen los conflictos políticos, correlacionados siempre con
apreciaciones de la realidad y de la propia racionalidad ciudadana, ¿por qué no una
razón ciudadana?

La visión filosófica sobre el llamado ideal-realismo de Wilhelm Wundt (1832-


1920) y sus consideraciones sobre los elementos psicológicos de los pueblos, no parece
muy coherente con nuestra observación, sobre todo, por lo de la experimentalidad y sus
concepciones individuales. La de hoy es más compleja y cada vez más los sistemas
políticos se irán extendiendo en una complejidad reticular que, a nuestro modo de ver:
es la formación de múltiples relaciones de la Comunidad en Red. Los ciudadanos entre
sí en sus variados instrumentos de organización ciudadana, y de estos a su vez, con las
diversas instituciones administrativas de los poderes públicos y su correspondencia con
las instituciones ciudadanas. Los procesos políticos son multivariable y están edificados
de manera compleja en su forma y en su modo de interrelacionarse, no se puede dejar
pues a una sola perspectiva “lineal” de causalidad, la difícil interpretación de la realidad
política y sus transdisciplinarios escenarios.

Fueron Simmel y Coser los primeros que enfocaron el conflicto en sus aspectos
políticos. Sin olvidar que en el siglo XIX, ya Marx y Engels habían analizado el
conflicto de clases y los darwinistas sociales examinaron el conflicto entre las
sociedades, reflejando de esta forma una primera observación sobre la problemática
ciudadana y/o grupos de ciudadanos con sus comunidades o instituciones políticas y
administrativas; pero los problemas “internos” (o perplejidad) surgen “cuando
determinados valores [...] se presentan bajo la forma de una actual o potencial elección
o decisión”. En el ser humano parece distinguirse hoy, claramente, el conflicto interno
del externo: el primero, supone una confrontación en el plano personal ante una difícil
elección entre valores incompatibles, mientras que el segundo se refiere a una
compatibilidad entre personas o grupos. Cuando esos ciudadanos o grupos políticos
intentan absorbe o destruir a otro, pueden considerarse dominantes. Por el contrario,

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Eladio Hernández Muñoz

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cuando la parte dominante no intenta extinguir a la otra, se ha denominado por Strausz-


Hupé “conflicto prolongado”.14 Y este último surge cuando el conflicto se intenta
mantener en sus parámetros consensuales, lo que podríamos llamar la convivencia
básica de toda comunidad política, no de resolverlo definitivamente.

El consenso ciudadano es un equilibrio político, el trance es una constante


desequilibradora, igualmente la razón y la realidad en la interpretación de la
subjetividad de los ciudadanos. El homo politicus está caracterizado, entre otras cosas,
por esos tres elementos. El sistema y el régimen lo observamos como una proyección
común de interés por parte de los ciudadanos, sin pretender con ello adoptar una
posición organicista y mucho menos voluntarista de los sistemas políticos. Sólo
queremos atestiguar que, tanto el conflicto como el consenso son una creación, una
“cosa” humana y por consiguiente, caracterizado en su esencia misma, por esa cualidad
que identifica su propia naturaleza.

La interrelación operada durante cualquier transformación política entre, los


ciudadanos y sus dirigentes y de estos con las instituciones, es la fuente matriz de datos
para el análisis de institucionalizar la democracia a través de la ciudadanía. De esta
manera podríamos saber si la satisfacción política está en función de las medidas
concertadas por los grupos de poder o si por el contrario la actitud de los ciudadanos
hacia la participación política en la comunidad depende en gran medida del tipo de
liderazgo que se haya asumido para lograr las transformaciones que la situación política
requiere.

El ciudadano por lo general no muestra una clara percepción hacia la


comunicación política, pero, más grave aún, es que siendo el ciudadano promedio
bastante desatento, rara vez se encuentra, además, bien informado (Converse, 1975:93),
y si a esto le agregamos, del mismo Converse, (1975:96):

“... que los costos de digestión y retención de una carga de


información política difiere ampliamente de persona a persona, aún
cuando el interés se mantiene constante, [...] mientras más
información política se tenga, menor es el costo de adquisición y,
quizás más importante, de retener nueva información. […] En la
política, la riqueza y el significado de la información nueva dependen,

14
Todas las citas y autores señalados hasta aquí, corresponden al artículo de Robert C. North (1976: 11-
16) en la EICS.

16
Ciudadanía: institucionalización de la democracia

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de manera vital, de la cantidad de información pasada que se le


brinde al nuevo mensaje. Esto es válido para la retención, al correr
del tiempo.”

El compromiso de tipo ideológico o de mentalidad también parece establecer el


grado de información política, es por eso que podemos encontrar que la mayor
estabilidad actitudinal a través de las respuestas a los problemas de índole político,
estarán en compensación directa con el grado de compromiso político y/o partidista.
Sobre este particular, Converse (1975:104) afirma lo siguiente:

“Los activistas partisanos (o partidistas) mostraron niveles más altos


de estabilidad en sus respuestas [...] en comparación con personas
menos comprometidas en el proceso político.”

Sobre este mismo aspecto, Kessel (1988:174) reafirma la acertada opinión de


Converse, cuando afirma:

“La estructura cognoscitiva la constituyen varios elementos. El


elemento básico sería el nivel de información: cuánto sabe el
individuo. Sin embargo, mucha de la información que maneja está
organizada a manera de actitudes, conocimientos valorados sobre
algún objeto político.”

Las personas organizan sus creencias y éstas se manifiestan a través de las


actitudes y conductas que adoptan como estructuras externas de su personalidad
política. Según Kessel (1988:174):

“... la estructura externa del individuo consiste en: el ambiente de


información y la oportunidad de participación política. La noción de
‘ambiente de información’ se refiere a un individuo rodeado en todo
momento por fuentes de información, lo que incluye televisión, radio
periódicos, revistas, libros y todas las cosas o personas a las que el
individuo pueda ver o escuchar.”

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Eladio Hernández Muñoz

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En la política, al igual que en otras áreas del acontecer ciudadano, las creencias
son formadas en gran medida, por los medios de comunicación a través de la
interpretación que de ella (la información) hagan las personas; pero ¿en qué medida esa
posibilidad que tienen las personas no han sido sesgada o mediatizada, y en
consecuencia sus actitudes y conductas asumidas, no son más que el reflejo de una
intención, por demás subliminal? Si los medios de comunicación son forjadores de
creencias y éstas a su vez de actitudes, ¿en qué medida podemos creer que las conductas
adoptadas en la llamada “opinión pública” no son más que el reflejo condicionado de
los intereses de los dirigentes y los propios directores y/o propietarios de esos medios
de comunicación?

La proporción de información producida para los ciudadanos y electores,


llamados “opinión pública”, es de una magnitud sorprendente; tanto en Europa, como
en Venezuela, como en los E.U.A., la información es manipulada (Kessel, 1988), lo que
está por verse definitivamente, cada vez más, es ¿en qué medida las creencias y
actitudes de los receptores de información están influenciadas de manera determinante
por los conductores, directores o propietarios de los medios de comunicación? Eso se lo
dejamos, por ahora, a nuestros expertos comunicólogos.

Relacionando los planteamientos de Converse (1975; 1990; 2006), sobre los


diversos grados de información que pueden poseer los individuos, queremos vincular
una última consideración a través de otro planteamiento de Kessel (1988), el cual es
que: a mayor grado de interés político y de información, mayor grado de compromiso se
posee con el llamado “entorno político”; en consecuencia, podemos considerar el
siguiente razonamiento de Kessel (1988:194):

“Contamos con dos explicaciones del por qué unas personas están
mejor informadas que otras: primero, la cantidad de información que
brindan los medios de comunicación y el tipo de proceso cognoscitivo
activado por tales fuentes. Segundo, qué tan activamente maneja una
persona los medios de comunicación que le son disponibles. Cuál de
las dos es la más fuerte, es difícil decir hasta cierto punto los procesos
operan conjuntamente. El conocimiento se ve aumentado por el
ambiente rico de información y por un manejo más estrecho de
cualquier información disponible. Resumiendo: es más importante
manejar estrechamente el ambiente de información, que la riqueza del
medio de información disponible.”

18
Ciudadanía: institucionalización de la democracia

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En resumidas cuentas, no se puede determinar la “opinión pública” hacia un


problema comprobado sin tomar en consideración las actitudes que posean los
ciudadanos hacia esos problemas, y más aún, sin tomar en cuenta las creencias de esos
mismos ciudadanos, partiendo del hecho, muy significativo, que implica el poder que
poseen los medios de comunicación como forjadores de la “opinión pública”. Querer
determinar en qué medida lo que opinan los ciudadanos es aproximado o no a la
realidad política, pasa necesariamente por tratar de determinar las cualidades del
ciudadano perceptivo, tratando de cualificar y cuantificar, en qué cantidad y calidad
fueron los medios de comunicación los que determinaron esas actitudes y, de esa
manera, tener una mejor y más clara opinión sobre la reflexión y observación que los
ciudadanos tengan sobre la democracia, por ejemplo y de su propia institucionalidad.

La institucionalización de la democracia pasa necesariamente por tener una


ciudadanía activa, participando y protagonizando, en el acontecer de la polis. Su
relación con los gobernantes debería ser de interrelación y no de imposición, en fin de
cuentas, los gobiernos son para administrar los asuntos comunes y no de imponer los
intereses “institucionales” o la supuesta “razón de Estado” que en última <instancia son
propios de otras personas. Desligar la subjetividad de los gobernantes que ejercen los
cargos, es un desiderátum si pretendemos ciudadanizar la democracia. La complejidad
de los sistemas políticos y regímenes democráticos de la real política posmoderna, así
nos lo exige. Es imperioso que fundemos ciudadanía si queremos vivir en democracia.

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