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R lil: LliXIO N liS Y R liC U liR D O S Critica

R lil: LliXIO N liS Y

R liC U liR D O S

Critica

P e n sa r

HISTÓRICAMENTE

P e n sa r HISTÓRICAMENTE

FIERRE VILAR

P e n sa r

HISTÓRICAMENTE

Reflexiones y recuerdos

Edición preparada y anotada por ROSA CONGOST

C r ít ic a

G riialbo M ondadori Barcelona

é

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribu­ ción de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos.

Cubierta: Joan Batallé Ilustración de la cubierta: Proclamación de la Segunda República. Manifestación de júbilo en la Rambla de Barcelona. Dibujo de Tínez (Fototeca Index).

© 1997: Pierre Vilar, París

© 1997 de esta edición para España y América:

CRÍTICA (Grijalbo Mondadori, S. A.), Aragó, 385, 08013 Barcelona ISBN: 84-7423-851-X Depósito legal: B. 36.628-1997 Impreso en España 1997. — HUROPE, S. L., Lima, 3 bis, 08030 Barcelona

INTRODUCCION

La estructura de este libro requiere una explicación previa, que el lector querrá perdonarme. A finales de la década de los ochenta, cuando el pro­ yecto de una Europa política empezaba a adquirir forma, cinco editores europeos decidieron encargar, a diversos autores, la realización de peque­ ños libros de ensayo —que tenían que ser publicados en las cinco lenguas europeas más habladascapaces de iluminar aquel proyecto.1Acepté este pequeño reto y propuse un título que pareció demasiado largo a los editores (y lo entendí), pero que reflejaba de manera bastante clara la necesidad de comprender bien, desde el primer momento, el sentido del vocabulario. No hace falta añadir que me preocupaba, y mucho, el tema de la traducción. Cuando se tratan problemas que giran en tomo a conceptos, es necesario preguntarse, de entrada, qué palabras en una lengua corresponden a otras palabras en una lengua vecina. Propuse, pues, este título: País, pueblo, pa­

tria, nación, estado, imperio, potencia

¿qué vocabulario para Europa?12

Naturalmente, hubiera podido añadir aún etnia y raza, desde un punto de vista antropológico, o federación y confederación, desde un punto de vista más propiamente político. Y, para mayor facilidad, comunidad, sin indicar

1. Se trata de la colección «La construcción de Europa», dirigida por Jacques Le Goff. Las

editoriales que participan son Éditions du Seuil (Francia), Crítica (España), Laterza (Italia), Basil

Blackwell (Gran Bretaña) y C. H. Beck (Alemania). Hasta ahora los títulos aparecidos en la edi­ ción castellana de Crítica sorí: Michel Mollat du Jourdin, Europa y el mar (1993); Leonardo Benévolo, La ciudad europea (1993); Massimo Montanari, El hambre y la abundancia (1993);

Ulrich Im Hof, La Europa de la Ilustración (1993); Josep Fontana, Europa ante el espejo

(1994); Umberto Eco, La búsqueda de la lengua perfecta (1994); Wemer Rósener, Los campe­

sinos en la historia europea

(1995); Charles Tilly, Las revoluciones europeas,

1492-1992

(1995)

; Hagen Schulze, Estado y nación en Europa (1997); Aaron Gurevich, Los orígenes del

individualismo europeo (1997) y Peter Brown, El primer milenio de la cristiandad occidental

(1997).

2. El título fue propuesto, naturalmente, en francés: Pays, peuple, patrie, nation, état, em­

pire, puissance

quel vocabulaire pour une Europe? A pesar de la similitud de las palabras en

francés y en castellano, que ha hecho muy fácil esta traducción, a lo largo del texto se pondrán en evidencia algunas diferencias de significado.

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PENSAR HISTÓRICAMENTE

de qué tipo. Esta abundancia de términos ya es bastante significativa, y el peligro mayor es el uso indistinto de unos y otros. Había previsto, para el pequeño ensayo prometido, diversos tipos de re­ flexión. Escribí el primer capítulo, que concebí y organicé alrededor de un título: «Lo común y lo sagrado». Su objetivo no era demostrar ni probar —para ello habría necesitado mucho más espacio—, pero sí sugerir la idea de una cierta continuidad histórica entre la noción primitiva de «comunidad sacralizada» —pensemos en el hecho del tótemy las formas más espec­ taculares de algunos hechos colectivos recientes. Por ejemplo, cuando el papa Juan Pablo II besa el suelo de una comunidad extranjera, sin pre­ guntarse —y a veces equivocándosesi se trata de una comunidad políti­ ca, o de una comunidad psicológica constituida de otra forma por la histo­

ria; en definitiva, sin plantearse el problema que nosotros proponemos como tema de estudio. Pero la misma Iglesia católica, al elegir a un papa polaco, ¿no había legitimado nuestra problemática? Ofrezco, pues, en este texto sobre «lo común y lo sagrado», no un estudio profundo, sino, así lo espero, un pequeño ensayo sugerente. Pero un proyecto de libro, como cualquier otro proyecto, puede topar con la suerte. En 1991 un grave trastorno de salud interrumpió, no mis re­ flexiones, pero sí la posibilidad de orientarlas del modo previsto. La pérdi­ da definitiva de visión me impidió leer libros y documentos —que me habría convenido leery escribir. Más tarde, la amistad, la dedicación y la pro­ funda comprensión de Rosa Congost, me han permitido exponer libremente, ante un «micro», algunos de los problemas que yo tenía previsto tratar en

mi librito y, a la vez, responder a algunas preguntas que a lo largo de mi

carrera y de mi obra de historiador me han suscitado curiosidad. Este ejerci­ cio, que constituye la parte más extensa de este libro, se parece bastante a lo que Pierre Nora un día denominó «egohistoria»? No se trata de vislumbrar

el perfil y el destino de un historiador a la luz de su obra. Es raro que un his­ toriador merezca tal atención y, en mi caso concreto, la idea de que alguien pueda interesarse por mi persona me hace reír o llorar, según el humor del momento. Por el contrario, el hecho de preguntarse por qué tal historiador se decidió a ocuparse de un determinado tipo de problemas, y a plantearlos

de una determinada manera, me parece interesante. Y si estas preguntas el

historiador se las hace a sí mismo y sobre sí mismo, las respuestas pasan a formar parte del «dossier» de los problemas estudiados por él. Decidí, pues, reflexionar en voz alta sobre algunas cuestiones que me han sido planteadas —y que yo mismo me he planteadoa lo largo de mi vida. No3

3.

Pierre Nora, Essais d ’égo-histoire, Gallimard, París, 1987. Este libro recoge pequeños

artículos de los historiadores Maurice Agulhon, Pierre Chaunu, Georges Duby, Raoul Girardet,

Jacques Le Goff, Michelle Perrot y René Rémond.

INTRODUCCIÓN

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pretendo haber respondido siempre con precisión y exactitud —soy dema­ siado viejo—, pero sentiría mucho que alguien dudara de la sinceridad de mis palabras.

Advertido el lector de la peculiar estructura de este libro, en el que un primer capítulo consagrado a reflexiones generales —prefiero no decir teó­ ricas, pues en ciencias humanas este adjetivo es siempre pretenciosova seguido por el dictado de unos recuerdos personales, entenderá que quiera referirme, en esta introducción, al segundo capítulo de la obra interrumpida, que había de titularse «Comunidad e identidad».4,5Rosa y yo, de común acuerdo, juzgamos que las siete páginas que yo había escrito eran demasia­ do incompletas, y poco explícitas, para que su publicación resultara útil. Pero no me parece inútil señalar, aquí y sin ninguna pretensión de profun­ dizar en ellos, algunos de los temas allí tratados, ya que se refieren a problemáticas constantemente presentes en nuestro tiempo: la recepción de los inmigrantes en los países desarrollados, las relaciones entre el fúndamen- talismo religioso y las identidades nacionales, el fracaso, en grados diversos, de las experiencias socialistas en el seno de las repúblicas del Este. En 1991 me preguntaba si, en el tratamiento de estos problemas, somos capaces de eliminar y de escapar de las confusiones en el uso de los térmi­ nos, del vocabulario. Es evidente, en todo caso, que es necesario esforzarse en este sentido. Podemos ver el ejemplo de una palabra que nos resulta de lo más familiar, la palabra «extranjero»: ¿qué pretendemos indicar con esta palabra cuando la utilizamos para referimos a otros?, y ¿qué percibimos cuando son otros los que nos la aplican a nosotros? La palabra, por la sim­ ple presencia del prefijo «ex», evoca una no aceptación, un rechazo de la fraternidad. Estoy pensando en una canción española, presente en una se­ lección de canciones populares, No me llames extranjero. En mis reflexio­ nes escritas en 1991 tenía muy presentes dos libros, entonces de reciente publicación, de dos autores, ambos búlgaros de origen, pero residentes en Francia, y convertidos en figuras intelectuales de primer orden: Julia Kris- teva y Tzvetan Todorov.5La primera analizaba su caso personal, el segundo planteaba el problema en términos más históricos, si bien se trataba en ambos casos de analizar el contenido de la palabra «extranjero». Sin em­ bargo, estos dos autores no constituían el tipo ordinario de extranjero, ya que se trataba de dos intelectuales universalmente reconocidos. Precisamen-

4. El libro previsto tenía que tener cuatro partes (sin tener en cuenta la pequeña Introducción

y las Conclusiones): I: «Lo común y lo sagrado»; II: «Comunidad e identidad»; III: «Comuni­

dades y sociedades»; y IV (seguramente la más larga): «Comunidades-sociedades: la evolución histórica».

5. Julia Kristeva, Extranjeros para nosotros mismos, Plaza & Janés, Barcelona, 1991, y

Tzvetan Todorov, Nosotros y los otros, Siglo XXI, México, D.F., 1991.

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PENSAR HISTÓRICAMENTE

te por esta razón, no puedo evitar plantearme este tipo de reflexión: el caso de un profesor extranjero de gran prestigio que, mientras está dictando una lección en el Collége de France, nota en el rostro de uno de sus oyentes un esbozo de sonrisa irónica motivada por un pequeño fallo en la pronuncia­ ción del francés, ¿hasta qué punto puede ser asimilable al del infeliz basu­ rero, negro y africano, que experimenta un estremecimiento ante la sonrisa o el comentario despectivo de una portera —perdón, de una responsable de inmuebleque se siente parisiense a pesar de haber nacido entre Lisboa y Oporto? Estos choques son tan desiguales, en su nivel y en su naturaleza, que quisiera poder sonreír a la manera de un Offenbach, pero ¿no se hallan presentes en los orígenes mismos de todos los nacionalpopulismos? También en los de aquel nacionalpopulismo que, hacia 1930, preparó tan bien en el arte de la guerra a un metalúrgico de la cuenca del Ruhr o a un bebedor de cerveza bávaro. El drama es que un Klaus Barbie acabara convirtiéndose en un especialista de la tortura. De hecho, todos los fenómenos coloniales se hallan repletos de reacciones de la misma naturaleza. Entre superioridades afirmadas e inferioridades sentidas, el recurso a la violencia es un recurso fácil. Y puede entablarse un complejo juego de compensaciones entre la inferioridad sentida en el campo social, económico y cultural, y la sed de su­ perioridad que pueden despertar las pertenencias raciales o nacionales. Los límites en los cuales un hombre se siente horsain —este era el autén­ tico nombre francés para decir extranjerohan variado a lo largo de la historia. Citaré, en su momento, el curioso libro de un eclesiástico norman­ do que se sintió siempre horsain en su parroquia, a pesar de no haber tenido ningún problema en el desempeño de su misión, por el simple hecho de que su madre no había nacido en ella. Y también recordaré que pays, mucho an­ tes de que significara nación, y de un modo muy parecido al término inglés country, tenía un significado mucho más conciso, bien estudiado en Francia, similar al que tiene la palabra «comarca» en Cataluña. Que las nociones de país, nación y patria han variado en el tiempo es evidente, pero la eviden­ cia no facilita siempre la comprensión de los fenómenos, sino más bien al contrario. En la primera parte del libro desarrollo una idea: durante demasiado tiempo los historiadores y sociólogos se han limitado a plantear los proble­ mas de las colectividades en términos de conciencia. Conciencia de nación, en el caso de los filósofos alemanes y en el de los historiadores franceses; en España, es el caso de un Capmany. Conciencia de clase, en toda la literatura marxista. Estas dos tradiciones han ocultado demasiado a menudo la revo­ lución intelectual que representó, en los años finales del siglo xixy de inicios del xx, la introducción en el análisis psicológico de un concepto como el de inconsciente, el superyó, la compensación. Pienso que la sociología y la psi-

INTRODUCCIÓN

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cología se han desarrollado sin comprenderse demasiado bien entre sí. Freud, leyendo a Durkheim, comprendió bien lo que podía representar un «tabú», lo socialmente prohibido, pero seguramente no valoró suficientemente la im­ portancia del «tótem», es decir, de la identificación con el grupo, y de su sacralización. También señalo el extraño encuentro, en 1921, entre la curio­ sidad de un Freud, la mediocridad de un Le Bon y la acumulación de odios en un Hitler. En la segunda parte de este libro, reservada a mis recuerdos personales, se verá la importancia que tuvo para mí, a comienzos de los años treinta, mi encuentro en Barcelona con Oliver Brachfeld, un joven intelectual húngaro apasionado por la psicología individual de Alfred Adler, el discípulo de Freud, que había desarrollado una original disidencia alrededor de la no­ ción, hoy demasiado vulgarizada, de «complejo de inferioridad». Sin embar­ go, en aquellos mismos años, en la gran crisis que preparaba los aconteci­ mientos de 1939-1940, este mismo psicoanálisis adleriano sugirió otro tipo de tentaciones en ciertos espíritus. La lucha de clases, exasperada por la crisis, ¿podía ser atenuada y compensada mediante el complejo de superio­ ridad nacional? Aquí podría hallarse una interpretación optimista para los fenómenos nacionalsocialistas. Esta fue la actitud del sociólogo belga Henri de Man, quien percibió, aunque un poco tarde, los peligros de esta interpre­ tación. Un ir y venir parecido puede verse en Jules Romains. Pero el soció­ logo francés Marcel Déat se comprometió hasta el crimen, en el curso de los años cuarenta, con el nacionalsocialismo. Todo esto se halla hoy bastante ignorado, o al menos olvidado, mientras reaparecen, ante nuestros ojos, en algunos casos precisos, fenómenos com­ pensatorios de determinadas humillaciones sociales, que toman la forma de exaltaciones fundamentalistas religiosas o nacionales. Algunas biografías de jóvenes terroristas, como la del joven musulmán Jaled Khelkal en Francia, son muy ilustrativas. Y convendría estudiar —una estudiante de mis semina­ rios lo hizo para el caso de Argeliala utilización de una expresión como «ces gens-lá» [esa gente] como signo de desprecio compensatorio hacia los vecinos de piso o de autobús, juzgados a menudo a partir de su vestimenta y de su lenguaje. Pero estas observaciones, ¿pueden ser formuladas en térmi­ nos científicos?, ¿pueden ser representadas mediante ecuaciones o curvas? Sabemos ya que las ecuaciones y las curvas de aquello que llamamos la ciencia económica son constantemente desmentidas por la imbricación de lo económico con lo político y lo social. A lo largo de mi vida he confiado plenamente —y no me arrepiento por elloen una ciencia histórica que fun­ da su reflexión sobre la trilogía economía, sociedad y civilización, pero una mejor comprensión de la historia no nos ha proporcionado, hasta ahora, los instrumentos necesarios para preverla, y mucho menos para dominarla. En cuanto a mi destino personal, me parece que es un fiel reflejo de la

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PENSAR HISTÓRICAMENTE

existencia y de la fuerza de los fenómenos que acabo de enumerar. Mis pri­ meros ocho años, entre 1906 y 1914} los viví impregnado del fuerte comple­ jo de inferioridad francés desarrollado desde el día de la derrota de 1871. Mi entrada en la adolescencia y mi primera iniciación a los grandes textos clásicos, en 1916 y 1917, coincidieron con dos hechos históricos de gran magnitud: la batalla de Verdún, y la Revolución rusa. Verdún grabó para siempre en la mente de mi generación una imagen de masacre, el horror de la guerra. La Revolución rusa significó una primera esperanza, la posibili­ dad de la confraternizadon, el ejemplo de los marineros del mar Negro. Después, durante los años treinta, asistimos a un singular contraste. En el mundo capitalista más desarrollado, la dialéctica entre productividad y em­ pleo conducía a este mundo absurdo que supieron recrear Charlie Chaplin en Tiempos modernos y René Clair en ¡Viva la libertad! Durante este tiem­ po, la inmensa Unión Soviética pudo desarrollar, según sus planes quinque­ nales, una economía racional, planificada. No es extraño que muchos espí­ ritus de Occidente se sintieran tentados por el «planismo». Hubo muchos proyectos de «plan» en Francia entre 1930 y la guerra. Sé muy bien que en 1996 y 1997 el pensamiento único vuelve a ser «lais- sez faire, laissez passer». Pero la caída del muro de Berlín no ha consegui­ do ciertamente racionalizar el mundo. Ni en Bosnia, ni en Ruanda, ni en las «favelas» de Río de Janeiro, ni en los barrios de Los Angeles. No obstante, el hombre ha ido a la Luna y ha sido capaz de desintegrar el átomo, hechos ambos que hace cien años eran sinónimos de locura y de irracionalidad. Nuestro tiempo parece ciertamente caracterizado por este abismo que sepa­ ra las posibilidades de las ciencias físicas y las capacidades de las cien­ cias humanas. El fracaso de las revoluciones no es lo más decepcionante en este análisis. Me gusta recordar, como hace Josep Fontana, que en 1815 los jóvenes que habían vivido con entusiasmo la Revolución francesa podían creerla enterrada. Hoy los principios de aquella revolución significan la úl­ tima palabra en cuanto a las capacidades humanas. Es necesario reconocer que, en materia de ciencias humanas, y sobre todo en materia de ciencias políticas, nos hallamos en un estado parecido al de la medicina en tiempos de Moliere. Coexistían entonces todo tipo de mé­ dicos. Los había que eran muy buenos observadores, y algunos curaban bas­ tante bien; sus prácticas podían ser más o menos honestas, pero todos igno­ raban la existencia de microbios y los principios de la genética. ¿Hemos de desesperamos ante este retraso de las capacidades del hombre para conocer­ se a sí mismo y para saber organizarse en sociedad? Encuentro cierto con­ suelo en un terreno científico —que en cierto modo también es históricoen el que aprecio, a pesar de hallarme informado de forma muy incompleta, cierta convergencia en este sentido. Las ciencias que estudian el pasado más lejano, ciencias naturales más que ciencias humanas, nos dicen que la vida

*

INTRODUCCIÓN

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apareció en la Tierra hace más de tres mil millones de años, y que los pri­

meros indicios de inteligencia humana datan de entre dos y cuatro millones de años. El hombre neolítico se convierte casi en nuestro contemporáneo. El cristianismo tiene dos mil años, la Revolución francesa tiene doscientos, y yo soy más viejo que la Revolución rusa. No resisto la tentación de concluir

a la manera de Jules Romains: el hombre, aun sintiéndose el fin de un pro­

ceso evolutivo, y ya no hijo primogénito de un dios, no deja por ello de enal­ tecerse menos.

NOTA A ESTA EDICION

Este libro empezó a gestarse a principios de 1994. Fue entonces cuando, estimulado por una propuesta del editor Eliseu Climent, Pierre Vilar, que desde el verano de 1991 padecía graves problemas de visión, consideró la po­ sibilidad de «dictar» un libro. El 3 de mayo de 1994 —la fecha coincidía con la de su ochenta y ocho cumpleaños— en París, discutimos, por primera vez, acerca de su contenido. El 18 de junio Pierre Vilar me entregó la casete que incluía las «Conclusiones». Se trataba de la séptima casete que había graba­ do —y me había entregado— en el corto espacio de un mes y medio. No todas las páginas del presente libro corresponden a aquellas grabacio­ nes. En la entrevista del 3 de mayo decidimos que la primera parte del libro la constituirían unas cuarenta páginas que Vilar había escrito poco antes del verano de 1991. Estas páginas correspondían —como explica él mismo en la Introducción— al primer capítulo de un libro que había quedado definiti­ vamente interrumpido. El texto de las grabaciones corresponde a la segunda parte —la más extensa— en la que Vilar ordena cronológicamente algunos recuerdos de su vida. Cada capítulo de esta segunda parte empieza con el planteamiento de una pregunta. No descubro ningún secreto si revelo sus orígenes, ya que las preguntas fueron publicadas hace ya bastantes años, en 1982. Pero el texto probablemente no sea conocido por la mayoría de los lectores. Se trata de una carta que Pierre Vilar envió a Frangís George, el organizador de un congreso celebrado en París sobre el estalinismo francés, que fue publicada junto a las actas.1 En ella Vilar lamentaba el tono que había marcado el coloquio, en parte porque él era casi el único de los asis­ tentes de una cierta edad que había intentado examinar «desde fuera» el fe­ nómeno —el resto eran ex militantes del partido comunista que intentaban ante todo justificarse y dejar clara su salida—, pero también porque los his­ toriadores más jóvenes parecían especialmente desorientados en su intento de repensar, como historiadores, los problemas históricos.

1.

p. 313.

_

7

Natacha Dioujeva y Frangís George, Staline á París , Editions Ramsay, París,

1982,

NOTA A ESTA EDICIÓN

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En aquella carta, Vilar expresaba que su participación en el coloquio sólo habría podido resultar interesante —con vistas a entender el fenómeno del comunismo— si hubiera dispuesto del tiempo suficiente para analizar con profundidad seis puntos:

1. Mi toma de conciencia, en una adolescencia absolutamente aislada de

toda influencia revolucionaria, de «aquel gran resplandor» del Este.

2. Mi presencia y mis reacciones en un lugar y en un tiempo casi mitifi­

cados hoy: la École Nórmale de Sartre, Nizan, Aron, Friedmann, etc., donde

era muy grato realizar mi aprendizaje de historiador al lado de Jean Bruhat, pero sin sentirme en absoluto atraído por Georges Cogniot.

3. Mi experiencia española de los años 1930-1936, ocasión única de ver

nacer y perecer una «democracia» bien intencionada en una brutal lucha de

clases, drama que se sitúa en relación continua con mis preocupaciones de his­ toriador, es decir, con el marxismo propiamente dicho.

4. La visión clara, en vísperas de 1939, de lo que había de ser el gran con­

flicto, visión que no me planteaba dudas en la interpretación de Munich, del pacto germano-soviético, y de la dróle de guerre.

5. Una guerra y un cautiverio, las lecciones de los cuales no me harían

rectificar los análisis precedentes.

6. Un «día después» de la victoria en el que los comunistas franceses

(y sin duda el mismo Stalin) vivieron un momento de euforia ilusorio, que ha­ bría de endurecer su reacción obsidional cuando se vieron de nuevo —yo no

había dejado de preverlo— en el mundo hostil de la guerra fría.

Las cinco primeras preguntas sirvieron de guión a las grabaciones de Pierre Vilar. Inmediatamente después de habérselas leído —en realidad, ya que las había escrito él, de habérselas recordado—, Pierre Vilar vio claro el camino para reordenar sus recuerdos —«las únicas fuentes de las que dispongo en mis circunstancias», afirmó— de forma que le sirviesen para continuar las reflexiones iniciadas en el proyecto inacabado. Este libro es el resultado de la determinación con que decidió emprender este camino. El lector podrá juzgar, en su momento, hasta qué punto podrían servir de resu­ men de las conclusiones de este libro las palabras que Pierre Vilar había es­ crito en 1991, pensando en las conclusiones del proyecto primitivo.

Conclusiones (lo más modestas y prudentes posible): pensar Europa es difícil, precisamente a causa de un pasado en el que las nociones de p a tria ,

nación, im perio, poten cia,fuerzas arm adas, defensa, am enazas, son raramen­

te explicitadas de forma convincente. Cf. discurso político, periodístico y len­ guaje cotidiano. La reflexión histórica propuesta no tiene otra ambición que la de ayudar a no utilizar determinada palabra en determinado sentido.

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PENSAR HISTÓRICAMENTE

El título, Pensar históricamente, resume y subraya el carácter unitario del libro. La fórmula —que Vilar había desarrollado en una conferencia pronun­ ciada en el verano de 1987—2 define una manera de analizar los problemas históricos, que es también —la segunda parte constituye una buena prueba de ello— una manera de recordar. No obstante, era imposible unificar los aspectos formales del libro. Pierre Vilar me ha pedido que insista en ello y advierta al lector de las sorpresas que su lectura pueda depararle. La primera parte es una reflexión escrita por el mismo Pierre Vilar: las cursivas y los entrecomillados son suyos. Para algunos lectores constituirá la parte más interesante del libro, pero otros —Vilar piensa sobre todo en el lector afi­ cionado a las memorias de lectura fácil— tal vez la hallen excesivamente densa y difícil. La segunda parte consiste en la transcripción de un relato oral. El estilo es, por esta razón, más coloquial. He procurado respetarlo en la traducción. Si añadimos a este hecho las características de su contenido —la narración de vivencias propias— es fácil adivinar que su lectura resulta­ rá más llana —para algunos, tal vez demasiado, piensa Vilar— y, sin duda al­ guna, más asequible. De acuerdo con Pierre Vilar, he incorporado a pie de página algunas notas —a veces se trata de la reproducción de textos del propio Vilar, otras de aclaraciones sobre algunos nombres o algunas referencias— que pueden servir, pensamos, de complemento. Se incluyen también tres «Notas adicio­ nales», más largas, que elaboré al hilo de las reflexiones de Pierre Vilar. La lista de las personas que me han ayudado en la edición de este libro es muy larga, pero hay cuatro nombres que me veo obligada a citar: Josep Fontana, Joan-Lluís Marfany, y de una manera muy especial, Jean y Sylvia Vilar. En la edición castellana, he contado también con la colaboración de Ricard García Orallo.

2.

R o sa

C o n g o st

«Penser historiquement», conferencia pronunciada en la clausura de los cursos de verano

de la Fundación Sánchez Albornoz (Ávila) el 30 de julio de 1987. Ha sido publicada en castellano en P. Vilar, Pensar la historia, México, 1992, pp. 20-52, y en catalán en P. Vilar, Reflexions d'un historiador, Universitat de Valencia, Valencia, 1992, pp. 121-145.

Primera parte

LO COMÚN Y LO SAGRADO

INTRODUCCIÓN: UN ITINERARIO1

Mi vida cubre aproximadamente mi siglo. Tenía ocho años en 1914,

treinta y tres en 1939, treinta y nueve cuando salí de mi cautiverio, cincuenta y cuatro cuando vi a mi hijo, de uniforme, partir hacia una Argelia en guerra. ¿Quién combate contra quiénl No pocas veces, siempre con angustia, me he hecho esta pregunta.

En 1927, para un pequeño trabajo de joven geógrafo, visité Cataluña, y

allí encontré (en el sentido más fuerte del término, porque nada ni nadie me había preparado para ello) una población entera que, de arriba abajo, en to­ das sus jerarquías sociales, se afirmaba nación frente al estado que la regía. Ante este fenómeno, que me sorprendió, me hice, a partir de 1930, observa­

dor e historiador. Y en 193á, ante mis ojos^ estalló una guerra que ha sido llamada «civil» porque españoles se enfrentaron a españoles, pero en la que alemanes e italianos bombardeaban a catalanes y-vascovjiuentras^Qlnntarios de setenta nacionalidades arriesgaban sus vidas^ unos en nombre de una «so- lidaridad de clase»7 otros por «amor a la libertad». ¿Quién combatt contra quiénl Menos implicado personalmente que en otras guerras, la pregunta no provocaba en mí menor curiosidad ni menor ansiedad. En 1962 publiqué los resultados de mi larga meditación sobre aquello que podría llamarse, a la manera de los whigs ingleses de 1714, el caso de los catalanes. La acogida que tuvo este trabajo me parece llena de sentido. En Cataluña, significó la adquisición y la confirmación de numerosas amistades. En Francia, si bien fueron destacados y valorados muchos de sus aspectos, la obra interesó menos como forma de tratar un problema nacional; Femand Braudel, en una reseña muy afectuosa, atribuyó mi interés por Cataluña a mis orígenes.12 Lo hizo comparándome con Henri Pirenne y Lucien Febvre, cosa

1. Esta introducción estaba pensada y escrita como introducción al libro País, pueblo,

patria, nación, estado, imperio, potencia

¿qué vocabulario para Europa?, del cual, como

Pierre Vilar explica en la introducción, «Lo común y lo sagrado» tenía que constituir el primer capítulo.

2. Femand Braudel, «La Catalogne, plus l’Espagne, de Pierre Vilar. Note critique», Anua­

les d ’Histoire Économique et Sociale, abril-junio de 1968, pp. 375-389.

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PENSAR HISTÓRICAMENTE

que me complació, y no pude enfadarme. Pero ¡yo no soy catalán! El caso no me había seducido por pertenencia [appartenance\, sino más bien, al contra­ rio, por extranjería [étrangeté]. En realidad, en estos primeros años sesenta, Femand Braudel se interesaba sobre todo por los mares y por los océanos, por los centros y por las periferias. No obstante, después de haber, también él, atravesado su siglo, nos dejó una Identité de la France3como testamento. Al­ gún sentido deben de tener estos cruces de itinerarios. Para ayudar a com­ prenderlo, tendré que hablar de mí. Discretamente, pero advirtiéndolo. Nada hay más irritante, en el tema que aquí se trata, que la exposición objetiva que se alimenta, inconscientemente, de prejuicios seculares. En la introducción metodológica a mi obra de 1962, no dudé en acusar a los historiadores de haber favorecido, mediante el uso de un vocabulario tra­ dicional muy poco meditado, la confusión que asimila hipócritamente, en el seno de las Naciones Unidas, la India a Islandia y Mayotte a los Estados Unidos de América del Norte. Y acusaba a los sociólogos de haber contri­ buido muy poco a disipar esta confusión. Cité un pequeño tratado de socio­ logía política (Davy, 1950)345que pasaba, entre sus páginas 175 y 176, de la noción de potlatch al discurso de Renán ¿Qué es una nación?5 Constaté también que una definición de la personalidad de base individual (Kardiner)6 dejaba muy poco lugar para los fenómenos de pertenencia, para las relacio­ nes entre el individuo y los grupos que lo engloban y que lo modelan. Un cuarto de siglo más tarde, no estoy demasiado seguro de que se hayan realizado progresos decisivos, en la práctica del historiador, en cuanto al uso apropiado de términos como nación y estado. Por el contrario, la reflexión psicosociológica sobre la pertenencia, la extranjería, la identidad, el imagi­ nario, la sacralización y los símbolos ha causado, en los últimos tiempos, un auténtico maremoto bibliográfico. Ante la marea, la prudencia aconsejaría un cierto reflujo. Estoy pensando en Pierre Nora, quien, en el acto de presentación de la obra colectiva que él había impulsado, y que concierne a Francia,7 nos transmitió, a los que allí estábamos presentes, su preocupación y su interés por examinar el hecho

3. Femand Braudel, L'ldentité de la France. 1. Espace et histoire. 2. Les hommes et les

choses, Flammarion, París, 1986.

4. George Davy, Elements de sociologie. 1. Sociologie politique, J. Vrin, París, 1950.

5. Emest Renán, Qu'est-ce qu'une nation, París, 1889. Hay diversas traducciones al caste­

llano: Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1957, y Alianza, Madrid, 1987.

6. Abraham Kardiner, The Individual and his Society. The Psychodynamics of Primitive

Social Organization, 1939. En la versión castellana (El individuo y su sociedad. La psicodiná-

mica de la organización social primitiva, Fondo de Cultura Económica, México, D.F., 1945) se habla de la estructura de la «personalidad básica del individuo».

7. Pierre Nora, dir., Les lieux de mémoire. I. La République. II. La Nation, Gallimard, Pa­

rís, 1986.

LO COMÚN Y LO SAGRADO

2 1

nación como historiador; «es decir —precisó—, sin dejarse influir demasia­ do por Durkheim, Freud o Marx». Allí mismo mostré mi desacuerdo. Desatender las lecciones de la etnolo­ gía, de la psicosociología y del análisis interno de las sociedades (y de sus contradicciones), significaría prepararse mal para comprender (o criticar) el contenido de las palabras que conforman —porque están allí— el discurso histórico. Y es evidente que toda consideración general sobre este contenido que evite situarlo en el tiempo es aún más peligrosa. El anacronismo en el uso de las palabras: Luden Febvre siempre había denunciado ese pecado

Intentaré evitar tanto el culto al caso concreto como a la lógica de las for­ mas. Un tratado intentaría combinar ambas facetas, pero exigiría gruesos vo­ lúmenes. Un ensayo no tiene otra ambición que la de multiplicar los ángulos de las tomas de posición. Este es, a la vez, el defecto y el mérito de los cor­ tometrajes.

I. E n

v ísp e r a s

d e

A LO SAGRADO?

1914: ¿ d ó n d e

se

sit ú a

l a

r efer en c ia

1. La tendencia a la laicización de los poderes:

el caso extremo de Francia

Un rasgo cultural común a toda Europa occidental, pero particularmente acentuado en Francia desde los inicios de los tiempos modernos, es la refe­ rencia constante a la Antigüedad clásica. En mi infancia, en mis dos pri­ meros años de enseñanza secundaria francesa, los programas de historia se hallaban enteramente consagrados al antiguo Oriente, a Grecia, a Roma. Era difícil que no nos transmitieran una impresión clara de unos lazos muy estrechos, desde un lejano pasado, entre el hecho político y el hecho reli­ gioso. El faraón era rey y Dios a la vez. El monoteísmo hebreo hacía que el destino y la suerte de un «pueblo» dependieran de la alianza con Dios, o del hecho de haberjido objeto de su elección. Laciudad griega, inventora de la democracia, también dependía de la protección de divinidades tute­ lares. Roma, nacida de una anécdota agreste y sagrada, había confiado final­ mente un inmenso imperio a un césar divinizado. En todas partes, también entre los bárbaros, las castas teocráticas desempeñaban un papel importante. Algunas veces, aunque más raramente, eran evocados tiempos más lejanos o lugares más exóticos, pero también allí podíamos observar la presencia de lo sagrado. A poco de ser descubiertas, las representaciones rupestres ya se in­ terpretaron como cargadas de intenciones mágicas. Y como el saber infantil en etnología tenía como fuente principal El último de los mohicanos, cono-

2 2

PENSAR HISTÓRICAMENTE

ciamos las palabras tótem y tabú (eso no quiere decir que las comprendié­ ramos). Y ¿qué pasaba cuando se evocaban los tiempos y los lugares más cercanos a nosotros? La Edad Media nos mostraba pugnas entre religiones (reconquistas y cruzadas) y los reyes que encabezaban las feudalidades \féo- dalités] regionales lo hacían en nombre de un «derecho divino» a veces cons­ truido, a menudo exaltado, siempre admitido, por los representantes de las iglesias. Se nos dirá que la educación clásica —e incluso la simple iniciación his­ tórica elemental— no llegaba a todas las capas de la sociedad. Pero la cultura popular puede beber de otras fuentes. Alda, Norma, Lakmé han contribuido más al prestigio de las sacerdotisas antiguas, primitivas o lejanas, que los ma­ nuales escolares. Y la industria cinematográfica produjo en 1912 su primer peplum. Estas miradas infantiles, embelesadas, a través del tiempo y del espacio, sobre las viejas relaciones entre el hombre y lo sagrado, ¿qué papel podían desempeñar, en aquellas mismas fechas, en la constitución de las imágenes políticas más extendidas? Una investigación sobre el tema a escala europea sería bien recibida. No sobre el pensamiento o los pensamientos inspirados por el hecho nación —la investigación ya se ha hecho, como veremos en su momento—, sino sobre lo que aún podían representar, en la esfera de lo sa­ grado, las monarquías inglesa, alemana, austríaca, rusa. Esos cuatro nombres bastan para sugerir muchos matices distintos. Y en todas partes, no obs­ tante, había progresado y progresaba la preferencia por una designación democrática de los poderes reales. En Francia, después de cuarenta años de República, parecía del todo asumido que 1789 y 1793 habían condenado definitivamente la noción de derecho divino. Si en la escuela pública se alu­ día al rito de la consagración de Reims, se hacía asimilando la naturaleza de este acto a la recogida de muérdago por los sacerdotes galos. La misma Igle­ sia se había resignado al «Domine salvam fac rem publicam» —pensando en el estado, pero ¿quién sabía suficiente latín para no entender república?— En mi Midi languedociano, las pasiones realistas, que en algunos pueblos se habían mantenido vivas durante mucho tiempo, ya tan sólo provocaban son­ risas. La laicización de los poderes públicos parecía una conquista definitiva de la Razón. La gente creía de buena gana haber entrado (¡qué ilusión!) en la «era positiva» de Auguste Comte. Mi última escuela primaria llevaba este nombre. Y es oportuno citar aquí (creo) dos hechos de sociedad que dema­ siado a menudo olvidamos asociar a este tiempo de triunfo oficial de la Razón sobre el oscurantismo:

1)

El hecho colonial se hallaba en aquellos años muy presente, en la es­

cuela, en el ejército, en la prensa, en las relaciones cotidianas y familiares (¿quién no tenía algún pariente, algún amigo, en las colonias?), y ¿con qué

LO COMÚN Y LO SAGRADO

23

derecho los franceses (y los ingleses debían pensar lo mismo) habían impues­

to su presencia en tantos pueblos lejanos, si no hubieran representado, frente

a ellos, un estadio más avanzado de la evolución humana? De la grandeza

de determinada religión asiática, de los valores del islam, de las lógicas del pensamiento salvaje, que algunos especialistas saboreaban, el gran público no sabía nada. La colonización generalizada parecía expresar, y verificar, la su­

perioridad de la modernidad de entonces (porque cada tiempo tiene la suya) sobre las supervivencias de lo irracional.

2)

Otro hecho de sociedad, que tres cuartos de siglo de evolución han

convertido en algo todavía más extraño hoy, se halla muy presente en mis re­ cuerdos de infancia, y viene confirmado por muchos testimonios y algunos estudios. Entre 1900 y 1914, si bien la práctica católica era común en Fran­

cia, se podía constatar, en muchas regiones y círculos sociales, que los hom­ bres, inmediatamente después de su primera comunión, desaparecían de la iglesia; la religión parecía así, casi por ley natural, cosa de mujeres y de niños. También significaba convención social: los hombres reencontraban el camino de la iglesia en los bautismos, los matrimonios y los entierros; y

a menudo lo hacían para complacer a sus madres o a sus esposas (es el

«complejo de Clotilde», según Gastón Bonheur).8Lo importante, para nues­ tro propósito, es que a esta supuesta división de actitudes mentales entre se­ xos, correspondían otras divisiones, jurídicamente muy claras: las mujeres no votaban, y no llevaban armas. Por un lado, la razón y la fuerza. Por otro,

la vieja canción evocada por Jaurés,9 sin desprecio, aunque con un condescendencia.

punto de

Ya he dicho que estos recuerdos tenían que ver con Francia, y en espe­ cial con algunas de sus regiones y con algunos de sus círculos sociales. Pero se trataba de medios influyentes, de masas mayoritarias.

8. Gastón Bonheur, Qui a cassé le vase de Soissons? Lálbum de famille de tous les

frangais, Robert Laffont, París, 1963. Bonheur recrea la manera como era explicada en la escue­ la la conversión del rey Clodoveo al cristianismo y su posterior bautismo en Reims, hecho que era considerado — y lo es todavía, como se ha podido comprobar en la conmemoración de sus mil

quinientos años— como una especie de acto fundacional de Francia. En los libros escolares se explicaba que el rey, que intentaba contentar a la cristiana Clotilde, no había podido recuperar el vase de Soissons, que formaba parte del botín tomado por los francos de la iglesia de Reims, ya que un franco había preferido romperlo antes que devolverlo. Bonheur explica que, cuando el maestro preguntaba «¿Quién rompió el vaso de Soissons?», siempre había un niño dispuesto a responder: «Yo no, señor».

9. Referencia a un célebre discurso de Jaurés en la Cámara de Diputados, «L’universalité

du mouvement socialiste», pronunciado en 1893. Después de haber hecho referencia a las leyes que habían significado la implantación de un sistema escolar laico y gratuito, dijo: «Vous avez in- terrompu la vielle chanson qu’endormait la misére et la misére s’est réveillée avec cris» [Habéis interrumpido la vieja canción que adormecía a la miseria, y la miseria se ha despertado a gritos].

24

PENSAR HISTÓRICAMENTE

Fuera de Francia, estos hechos de mentalidad, por razones históricas, no podían ser los mismos. Pero es fácil observar algunas convergencias. Quiero apuntar que la obra de Tónnies Comunidad y sociedad10obtuvo en la Alema­ nia de 1912 una audiencia que las décadas precedentes le habían denegado; pero a Tónnies le gustaba citar a Auguste Comte, y cuando, en su libro, se esfuerza en distinguir entre los diversos aspectos (individuales, sociales, etc.) del hecho religioso, descubrimos esta frase: «La fe es esencialmente una característica de las masas y de las clases inferiores; es más fuerte entre los niños y las mujeres».11 Y podríamos considerar un auténtico homenaje a esta fe popular el Gott mit uns de los cinturones militares alemanes, en cualquiera de sus dos interpretaciones posibles: afirmación orgullosa y tranquilizadora, o esperanza y plegaria. Pero hemos de reconocer que la expresión de Tónnies es bastante despectiva para estas formas de lo popular. En los estados anglosa­ jones, y protestantes, el juramento sobre la Biblia, en ciertas circunstancias, recuerda aún los lazos entre vida pública y religión oficial. Pero en América Latina (Brasil, México) existen pequeñas iglesias positivistas, comtistas. Y el libre pensamiento crea solidaridades internacionales: en 1909, la ejecución en España de Francesc Ferrer i Guardia, por su influencia ideológica en una insurrección popular (de hecho, por haber sido fundador de una escuela mo­ derna, digamos laica), despertó una emoción de ámbito universal, que muchos españoles vivieron con rabia, como una condena del oscurantismo que aún reinaba entre ellos. Así pues, los viejos lazos entre creencia y poder, ¿se habían roto?, ¿ha­ bían pasado, en estos primeros años del siglo xx, a la categoría de los vesti­ gios, de las supervivencias? Así lo creían algunos hombres sinceros, que no supieron discernir que, en el campo sociológico, la parte de lo sagrado no había sido borrada, sino transferida. Alguna cosa exigía todavía un amor sagrado. Era la patria.

2. «Vamour sacré de la Patrie»

No era un hecho fortuito —y observaremos, más adelante, qué vías his­ tóricas lo habían producido— que el estado en el cual había sido proclama­ do con mayor énfasis y eficacia el principio de la laicidad de los poderes tu­ viera un himno nacional que hablaba de la exigencia de amor sagrado. El1011

10. Ferdinand Tónnies, Gemeinschaft und Gesellschafí, 1887. En francés el libro ha sido

traducido por Communauté et société. Son las palabras que Vilar utiliza en el texto original. El

hecho de que en castellano el título de la obra de Tónnies haya sido traducido por Comunidad y asociación es comentado en la nota adicional número 1 (véase p. 208).

11. Ferdinand Tónnies, Comunidad y asociación, Ediciones Península, Barcelona, 1978,

p. 261.

LO COMÚN Y LO SAGRADO

25

francés ya no pide God save the King o Boie tsara krany,12pero se exige a sí mismo dedicar a una madre-patria un amor no únicamente filial, sino sagra­ do. En la tradición de los maestros laicos —y es algo que también he vuelto a comprobar con ocasión del bicentenario de 1789— la estrofa esencial de La

Marsellesa, la que enciende el fervor de los niños y de las grandes cantantes,

Al contrario,

es la estrofa (iba a decir el salmo) «Amour sacré de la Patrie

».

casi nadie (lo constato a menudo) sabe el texto de la estrofa «Fra^ais, en guerriers magnanimes portez ou retenez vos coups» [Franceses, como gue­ rreros magnánimos dad o retened vuestros golpes], que constituye una autén­ tica llamada a la confratemización revolucionaria. Esa especie de selección natural en la suerte de un himno transformado en un lugar de memoria me­

recería estudiarse. Para las cuestiones aquí tratadas, concedo menos importancia a un himno oficial que a las quince o veinte canciones que canturreo aún de vez en cuan­ do, al evocar la época en que las cantaba mañana y tarde, en 1912, junto a mis jóvenes compañeros de seis a ocho años, entre dos lecciones de lectura, de es­ critura, de cálculo o de moral. Sus letras hablaban de soldados, de banderas, de fronteras, de batallas. Esta formación de espíritus por las escuelas de la Re­ pública es un fenómeno histórico que hoy día ha sido muy estudiado.13 Pero quisiera insistir sobre algunos problemas de vocabulario particularmente típi­ cos de una sacralización. Una de estas canciones de mi infancia decía: «Oü t’en vas-tu soldat de France, tout équipé, prét au combat?» [¿Adonde vas, soldado de Francia, tan equipado, preparado para combatir?]. No se ocultaba a este «soldadito», en 1912, que iba a combatir en una guerra colonial: «Crains le soleil, la nuit,

[Teme al sol, a la noche, a la

la fiévre, l’homme embusqué dans les taillis

»

fiebre, al hombre escondido entre los arbustos]. Pero, al «adonde vas», seguía esta respuesta: «C’est comme il plait á la Patrie. Je n’ai qu’á suivre les tam-

bours

tambores]. Extraña recomendación de obediencia pasiva a un «placer» que ya no era el del rey, sino el de una entidad personalizada. Desde Michelet, «Francia es una persona», a la que debemos amar y por quien, quizás, debe­ remos morir. La canción termina: «J’aimerais bien revoir la France, mais:

bravement mourir est beau» [Me gustaría mucho volver a ver Francia, pero

[Hago lo que complace a la Patria. Sólo tengo que seguir a los

»

es bello morir con valentía].

12. «Dios salve al zar.» Himno oficial del Imperio ruso.

13. Véase, por ejemplo, el libro colectivo (bajo la dirección de Mona Ozouf), L'Ecole,

l ’Église et la République, 1871-1914, Cana, París, 1982, y más recientemente, el libro de Yves

Déloye, École et citoyenneté. L’individualisme républicain de Jules Ferry á Vichy: Controverses,

Presses de la Donation Nationale des Sciences Politiques, París, 1994. Sobre el tema concreto de la educación en los años de la primera guerra mundial, véase Stéphane Audoin-Rouzeau, La

guerre des enfants, 1914-1918. Essai d ’histoire culturelle, Armand Colin, París, 1993.

\

26

PENSAR HISTÓRICAMENTE

Hay sacralización, porque hay exigencia de sacrificio. Una exigencia ob­ sesiva en el cancionero escolar, y en las «páginas escogidas», literarias, que lo acompañaban. En ellas se moría «por la patria» (no únicamente en Fran­ cia, los ejemplos subrayaban que se trataba de un deber universal). Y morir así era «digno de envidia». La expresión merecería un estudio, una estima­ ción cuantitativa de su uso. Una especie de himno la consagró: «Mourir pour

la patrie, c’est le sort le plus beau, le plus digne d’envie» [Morir por la patria, es el destino más glorioso, el más digno de envidia]. El Chant du Départ de­ cía: «De Bara, de Viala, le sort nous fait envie» [De Bara, de Viala, el desti­ no nos produce envidia]. Y Bara, un héroe casi niño, merecía estar en un

panteón escolar: «Ó noble enfant digne d’envie

mourir» [Oh noble niño digno de envidia

Hugo engrandecía el hecho: «Ceux qui pieusement sont morts pour la pa­

trie / on droit qu’á leur cercueil la foule vienne et prie

soit notre exemple pour

sé nuestro ejemplo para morir].

»

[Aquellos que han

muerto piadosamente por la patria / merecen que la multitud visite su tumba para rezar]. Y a menudo olvidamos (como olvidamos las circunstancias de La Marsellesa) que el poema de Hugo se refería a los insurgentes de 1830, y que Bara había caído en la Vendée; es decir, que «morir por la patria» podía significar «morir por una cierta idea que uno puede hacerse de la patria». El «digno de envidia» trae a mi memoria un recuerdo más emotivo. Mis estudios primarios (1912-1916), que empezaron en años de paz, finalizaron en medio del gran drama de la guerra. En 1915-1916, tuve por maestro a un hombre de una calidad excepcional,14a quien quería y admiraba; un día, nos leyó el poema de Hugo: «lis glissent dans le champ fúnebre et solitaire» [Ellos se deslizan por el campo fúnebre y solitario], que, después de una atroz descripción de un campo de batalla, termina: «Ó morts pour mon pays, je suis votre envieux» [Oh muertos por mi país, os envidio]. En ese momen­ to, al maestro se le quebró la voz, y abandonó el aula llorando; su hijo había muerto en las primeras batallas de 1914. Había sido un normalien brillante, historiador. Su primera investigación había tratado, me había dicho su padre, sobre la batalla de Bouvines, de la cual se estaba celebrando el séptimo cen­

tenario, en 1914, ¡precisamente! Este puñado de recuerdos, por su coherencia, podría alimentar nuevas re­ flexiones sobre «la identidad de Francia». Pero, desde 1919-1920, mi reacción de adolescente ante la absurda masacre me llevó a rebelarme brutalmente con­ tra la educación «patriótica» que había recibido. Y la misma reacción carac­ terizó (es un fenómeno que hoy ha sido bien estudiado) a mi «generación intelectual».15Dorgelés, Barbusse, Duhamel, Remarque, Glásser, Renn: leyén-

14 . Se llamaba Eugéne Reverdy.

15.

Jean-Fran90is Sirinelli, Génération intellectuelle. Khágneux et normaliens dans l ’en-

tre-deux guerres, Fayard, París, 1988.

LO COMÚN Y LO SAGRADO

27

dolos, ¿cómo no habíamos de encontrar en el «digne d’envíe» de nuestros re­ cuerdos escolares un sabor amargo, a la vez trágico e irrisorio? Y «Charlot soldado» capturando en sueños al káiser desmitificaba de otro modo nuestra imaginería de la guerra. Pero en nuestros juicios históricos sobre el aconteci­ miento, nuestros análisis eran muy parcos. La historiografía dominante nos llevaba a buscar «las responsabilidades de la guerra» en el juego de los políti­ cos, en las intrigas de los diplomáticos, en la venalidad de los periodistas y en la ambición de los estados mayores. Los «nacionalismos» sólo adquirían, ante nuestros ojos, el estatus de «ideologías». No juzgábamos los intereses «impe­ rialistas» según Hobson, Hilferding o Lenin, pero citábamos, porque era de Anatole France, esta afirmación simplista: «on croit morir pour la patrie, on meurt pour les industriéis» [la gente cree morir por la patria, pero muere por los industriales]. Esta condena, que puede tener una explicación sentimental, pero que des­ de el punto de vista intelectual tiene un fundamento muy mediocre, del episo­ dio bélico vivido por nuestros padres, conocería su apogeo entre 1925 y 1929, en el corto episodio de «prosperidad» mundial y europea que hizo que el mundo creyera, momentáneamente, en el «espíritu de Locamo» y que nos sin­ tiéramos escépticos ante la necesidad de una nueva ley sobre la organización militar (la «ley Paul-Boncour»).16Los años treinta nos obligarían a ver de un modo radicalmente distinto las «relaciones internacionales». O, más exac­ tamente, a ver de otro modo la historia. No es una casualidad que fueran los años 1929-1939 los que vieran nacer una nueva epistemología entre los histo­ riadores franceses. Henri Berr y Luden Febvre la habían anunciado; Marc Bloch produjo entonces sus mejores obras; Emest Labrousse se unió al grupo. Pero si todos ellos tuvieron eco, y si fueron tan comprendidos cuando defen­ dían la historia «total», fue porque la historia que entonces vivíamos no se hacía (o, al menos, no se hacía únicamente) en los consejos de administración, ni en los gabinetes ministeriales, ni en los estados mayores militares ni en los salones de las embajadas. ¿Podían ser calificados de «ideológicos» los en­ frentamientos entre la expansión japonesa y la Revolución china, o el miedo obsesivo de las clases acomodadas europeas ante la consolidación de la Revo­ lución soviética? Sobre todo, la «imputación a lo político» de las miserias sur­ gidas en la crisis económica creaba en todas partes una inestabilidad de los poderes, y la imputación al extranjero por los vencidos y los insatisfechos

16.

Por «espíritu de Locamo» se entiende el ambiente favorable a la cooperación intelectual

franco-alemana que se vivió en los años posteriores a los acuerdos de Locamo (que ratificaban las fronteras establecidas en el tratado de Versalles). La ley Paul-Boncour, o ley para la organización general de la nación en tiempo de guerra, fue presentada y votada en el Parlamento francés en marzo de 1927. Los artículos referentes a la libertad de expresión intelectual fueron objeto de contestación en los ambientes de la École Nórmale, tal como se explica en el capítulo 2 de la

segunda parte de este libro.

28

PENSAR

HISTÓRICAMENTE

de 1918-1919 transformaba los viejos «nacionalismos» en reacciones colectivas pasionales, capaces de resucitar, a escala de millones de hombres, el juego de las «causalidades diabólicas», el mismo que había inspirado los «pogromos».17 Se produjeron entonces unos raros efectos especulares entre actualidad e «historia». La obra erudita de Kantorowicz sobre Federico II, inventor, en el siglo xm, de un aparato cargado de símbolos y de mitos, fue objeto del inter­ cambio de comentarios llenos de admiración entre Mussolini y Hitler. ¡Pero Kantorowicz tuvo que exiliarse! Siempre he considerado significativo que, en otro momento de su carrera, ese gran medievalista hubiera consagrado un estudio (¡demasiado corto!) a la evolución histórica de las palabras «pro pa­ tria morí».18 En cierto sentido, consigue desmitificarlas, ya que sitúa su ori­ gen en la lengua del estado del imperio bizantino y es muy dudoso que este imperio constituyera el marco de una «patria». Pero lo que interesa para nuestro propósito es el punto de partida de la reflexión de Kantorowicz: él constata que en 1914, con ocasión de la invasión de Bélgica por el ejército alemán, un cardenal belga, en un texto de carácter pastoral, había afirmado que cuando un soldado moría por su patria había asegurado la salvación de su alma. Otro teólogo había protestado: ni los mártires de la fe habían disfru­ tado de semejante prerrogativa; la Iglesia siempre se había mostrado más exi­ gente. Pero a nosotros nos basta que el «pro patria mori» haya podido parecer a un obispo cualificado, durante un instante, garantía de salvación, para con­ siderar la amplitud de aquello que hemos llamado «sacralización de la patria». Y vuelven a afluir mis recuerdos de infancia; porque durante mi niñez (e in­ cluso antes de ir a la escuela) frecuenté la iglesia: guardo en mi memoria tan­ tos cánticos religiosos como canciones escolares. Cantaba, entre dos estrofas del «Magnificat» (esta era la costumbre): «Vierge notre Espérance, étends sur nous ton bras, Sauve, sauve la France, Ne l’abandonne pas» [Virgen Es­ peranza nuestra, / extiende tu brazo sobre nosotros, / salva, salva a Francia, / no la abandones], y también: «Reine de France, priez pour nous, Notre espé­ rance, Venez et sauvez nous» [Reina de Francia, rogad por nosotros, es- peranza nuestra, venid y salvadnos], y todavía: «O Marie, ó Mére chérie, Garde au coeur des Fran$ais la foi des anciens jours —entends haut du Ciel

A

17. Vilar toma prestado el concepto «causalidades diabólicas» de Léon Poliakov, que

en

1981 escribió el primer volumen de La causalité diabolique, Calmann-Lévy, París, 1981

(hay traducción cast.: La causalidad diabólica. Ensayo sobre el origen de las persecuciones,

Muchnik Editores, Barcelona, 1982).

18. Emst H. Kantorowicz, Mourir pour la patrie et autres textes, PUF, París, 1984. El ar­

tículo se publicó por primera vez en American Historical Review, 56 (1951), pp. 472-492. Apa­ reció una nueva versión del trabajo en el libro The King's Two Bodies, Princeton University Press, 1957, traducido al castellano como Los dos cuerpos del rey, Alianza, Madrid, 1985. Alain Bourreau ha seguido la historia y las vicisitudes intelectuales del historiador en Histoires d'un

historien. Kantorowicz, Gallimard, París, 1990.

LO COMÚN Y LO SAGRADO

29

ce cri de la Patrie: Catholique et fran^aise toujours» [Oh María, oh Madre amada, / guarda en el corazón de los franceses la fe de los tiempos antiguos / escucha en el cielo este grito de la Patria: católica y francesa siempre]. Así, Francia, la «sembradora» de ideas con la cabeza cubierta por el gorro frigio en la imaginería republicana, se convertía también en una persona cuando era encomendada a la Virgen protectora. Dos «ideologías» se oponían, pero compartían un mismo tipo de demagogia patriótica. Debemos precisar: no se difundían falsas propagandas, ni se abusaba de la mística gesticulante. Esto ocurrirá más tarde. Se trataba más bien de una especie de impregnación, de una lección de moral cotidiana: amarás a tu patria como amas a papá y a mamá; hay que ser buen soldado, hoy en el cuartel, mañana quizás en la gue­ rra, como en la iglesia hay que ser buen cristiano, y en la escuela alumno aplicado. La moral infantil impregna más que constriñe. El sacrificio por la sociedad se sugiere como una eventualidad «normal»; el premio consiste en la gloria. Jules Romains, en Verdun,19 planteó muy bien el problema que hemos percibido, y que fue, en sus diversos grados de conciencia, el de su generación: la contradicción entre un pensamiento político que se pro­ clama racional, y una exigencia de sacrificio demasiado desprovista de ra­ cionalidad:

Hacía ya bastantes años que se había anunciado a los hombres que la so­ ciedad había renunciado a ejercer sobre ellos un poder mágico, que ellos tenían derechos absolutos, y que ya sólo podría exigírseles cosas razonables desde el punto de vista individual. Ahora bien, parece poco razonable, desde el punto de vista individual, que un hombre pueda perder su vida, es decir, todo, para de­ fender la parte a menudo bastante pequeña que le corresponde en los intereses

colectivos a los obuses

hecho de una manera que en él un miedo físico es siempre menos fuerte que un

El hombre está

Pero el miedo que tiene a la sociedad es más fuerte que el miedo

No se trata de un miedo físico, sino místico

miedo místico.

Escrito en el curso de los años treinta, este texto puede parecer un juicio a posteriori. Pero Jules Romains, nacido en 1886, había vivido intensamente la preguerra de 1900-1914. A los veinte años, había desempeñado un papel nada despreciable, como veremos más adelante, en la «coyuntura mental» de aquellos tiempos. Esta coyuntura, como la de los años 1929-1939, expresa una conciencia confusa del drama que se prepara. En Francia se traduce en la exaltación de un Péguy, en la inquietud de un Jaurés (también cuando se afe- rra a la esperanza). En todo el mundo, en diversos grados, se extiende la pre-

19.

Verdun es el título de una de las novelas de Jules Romains que forma parte de la exten­

sa obra Les hommes de bonne volonté, y que hace referencia a la dramática y larga batalla vivida en la primera guerra mundial. La nota adicional número 4 se refiere a Jules Romains (p. 220).

30

PENSAR HISTÓRICAMENTE

ocupación por los hechos «nacionales», «coloniales», la mayoría de las veces para juzgarlos políticamente, en sus orígenes y en sus consecuencias. Pero al­ gunos espíritus, conmovidos por el declive de las religiones tradicionales en las sociedades más «evolucionadas», se preguntan si no hay nuevas maneras de «buscar a Dios».

II. D u r k h e im :

u n a

r e v o l u c ió n

c o p e r n ic a n a

e n

l a

c ien c ia

s o c ia l ;

LA INVERSIÓN DE LAS RELACIONES ENTRE LO COMÚN Y LO SAGRADO

Ante la evidencia de los estrechos lazos que unen hecho religioso y vida social, el hábito de atribuir a «la idea» el poder de conformar lo real hizo creer, y decir, durante siglos: la religión forma, la sociedad viene después. Pero he aquí que, siguiendo a la vez las lecciones de su tiempo y las de su disciplina, el etnólogo Émile Durkheim propuso invertir los términos: la reli­ gión, ¿no podría ser precisamente la expresión, la creación misma de la so­ ciedad? No es este el momento para meditar sobre los orígenes, los precedentes y el destino ulterior de esta visión de las cosas, y de las discusiones que ha sus­ citado. Pero me gustaría poder establecer los lazos que unen esta revolución del pensamiento, por un lado al pensamiento sociológico y, por el otro, al tiempo histórico en el que surgió. Porque me parece que con ello podremos contribuir a esclarecer las definiciones que nos interesan («pueblos», «pa­ trias», «naciones», etc.). No porque Durkheim las abordase directamente, sino porque su problemática no le resultaba extraña. Durkheim es, ante todo, un positivista de su tiempo, que admite que existen leyes naturales a las que es imposible no obedecer. Pero sabe que la aplicación de este esquema a las sociedades choca con algunos hábitos:

Sólo un pequeño número de inteligencias está firmemente convencido de la idea de que las sociedades están sometidas a leyes necesarias y constituyen un reino natural.20

Este vocabulario —los «reinos»— podría parecer anticuado en los tiem­ pos en que Durkheim lo utiliza para sus propuestas innovadoras, pero expre­ sa con claridad la voluntad de especificidad de la «sociología». De hecho, la auténtica innovación se halla en la relación que propone es­ tablecer entre lo común y lo sagrado, entre la conciencia colectiva del grupo y su sacralización. Citemos las fórmulas más significativas:

20.

Emile Durkheim, Las formas elementales de la vida religiosa, Alianza Editorial,

LO COMÚN Y LO SAGRADO

31

Es indudable que una sociedad posee todo aquello que se precisa para despertar en los espíritus, por la mera acción que se ejerce sobre ellos, la sen­ sación de lo divino, pues ella es para sus miembros lo que un dios para sus

fieles.21

Las representaciones religiosas son representaciones colectivas que expre­ san realidades colectivas.22

Y todavía este otro párrafo, que responde a los interrogantes que había­ mos encontrado en el Verdun de Romains, sobre el misterio de la aceptación del sacrificio:

Por eso, cuando, incluso en nuestro fuero interno, intentamos liberamos de estas nociones fundamentales, sentimos que no somos completamente libres de hacerlo, que hay algo que se nos resiste, en nosotros y fuera de nosotros como la sociedad también está representada en nosotros, se opone, desde nues­ tro propio interior, a estas veleidades revolucionarias.23

El uso de esta palabra —«revolucionarias»— sugiere que Durkheim no pretendía, aquí, referirse al rechazo de las simples obligaciones de la moral corriente («rebeldes» hubiera sido suficiente), sino plantear la hipótesis de una negación más global, más política, de las exigencias de la sociedad. Pu­ blicado en 1912, este texto analiza con antelación el fenómeno que a menu­ do ha intrigado a los historiadores sobre los acontecimientos del mes de agosto de 1914: ¿cómo se volatilizó, cómo se redujo a la nada, la espera­ da resistencia a aceptar la guerra? El carnet B, que preveía, en Francia, en caso de movilización, el arresto de un buen número de «revolucionarios», posiblemente fue tirado a la papelera.24 Podemos decir que Durkheim lo había previsto. Ello tiene su importancia. Pero esta «sociedad hipostasiada y transfigurada», capaz de imponerse a las conciencias individuales, deja de ser una abstracción cuando se decreta una «movilización general». Adquiere entonces un cuerpo concreto, territorialmente localizado, jurídicamente defi­ nido. «El francés» que se alza contra «el alemán», «el alemán» que se alza contra «el francés». Es una formación social estructurada la que se impone y obliga a los individuos, y estamos tratando de encontrar un nombre ade­ cuado para denominarla. El aparato capaz de imponerse al individuo tiene uno: el estado.

21. Ibid., p. 342.

22. Ibid., p. 41.

23. Ibid., p. 53.

24. El tema del carnet B ha sido tratado por Jean-Jacques Becker, Le Carnet B. Les Pou-

voirs Publics et l'Antimilitarisme avant la guerre de 1914, Éditions Klincksieck, París, 1973. La

lista del carnet B había estado constituida por unos 2.500 nombres.

3 2

PENSAR HISTÓRICAMENTE

Es el estado el que «moviliza», el que da a cada uno de sus administra­ dos [ressortissants] en edad militar la orden de «reunirse con su cuerpo», y el que, si no es obedecido, lo hará buscar por el «gendarme» de su pueblo. Del mismo modo que, si otro de los administrados muere por la patria, el es­ tado irá, «con delicadeza», a avisar a sus allegados. Porque uno no muere «por el estado», sino «por la patria». ¿Es «el miedo al gendarme» el factor determinante? El soldado de Erich María Remarque que, exhausto y desen­ cantado, exclama: «¡Si fuésemos héroes estaríamos en casa!», se engaña, ya que una rebeldía individual no puede tener éxito, y una revuelta colectiva triunfante exigiría otros deberes, y otros enrolamientos. Conseguir «volver a casa» de una forma individual supone cometer un fraude, y, en consecuen­ cia, tener mala conciencia. Volvamos a Durkheim, y a aquello que él llama «una clase particular de necesidad moral» impuesta por la sociedad al indi­ viduo. A partir de sus referencias etnológicas, Durkheim ve en esta necesi­ dad lazos religiosos. Pero al mismo tiempo nos pone en guardia contra todo «comparativismo» simplificador. La monogamia de las tribus australianas, nos dice, tiene muy poco que ver con el Código Civil. Y es aquí cuando llama «historia» —hecho que nos interesa particularmente—, a la ciencia que convendría crear: «hay que observar la historia, hay que fundar toda una ciencia, ciencia compleja ».25 Este llamamiento, en 1912, empezaba a comprenderse; no lo será del todo hasta 1929, con Luden Febvre y Marc Bloch. En el esfuerzo que se auto- impone Durkheim para no pasar demasiado rápidamente del tótem a los símbolos nacionales (como más tarde Davy pasará del potlatch a Emest Renán), algunos malentendidos resultan especialmente esclarecedores e ilustrativos. Tomemos, por ejemplo, uno de los términos cuyo contenido nos inte­ resa de un modo especial: la palabra «nación». Durkheim no la utiliza en sus comparaciones con los grupos primitivos; es demasiado consciente de la distancia que les separa. Pero en determinados momentos, como sin darse cuenta (lo que es más significativo), se sirve de palabras derivadas, que sólo pueden ser entendidas por aquel lector que tenga una conciencia clara de lo que implica el radical «nación». Así, para indicar que la magia no es una religión, Durkheim nos dice que se apoya tanto sobre dioses extranjeros como sobre dioses nacionales. Esto significa dar a «nación» un valor su- prahistórico. Lo mismo sucede cuando esboza una crítica del concepto de «antropología», que percibe como una búsqueda de lo universal, «más allá de las diferencias nacionales e históricas». «Nacional», aquí, parece referir­ se a cualquier tipo de agrupamiento. Y es el lenguaje de lo cotidiano. Pero ¿cotidiano desde cuándo?

25. Émile Durkheim, op. cit., p. 55.

LO COMÚN Y LO SAGRADO

3 3

La atención del historiador de hoy se siente atraída, cada vez más, por los hechos de «mentalidad». Nos interesamos por el papel desempeñado, también en la vida moderna, por los «símbolos». En Les lieux de mémoire, hay un capí­ tulo legítimamente consagrado a la bandera, donde se trata sobre lo que repre­ senta, todavía, para los franceses.26 Durkheim parece saberlo bien cuando, para hacer comprender al lector lo que era un «tótem», escribe: «El tótem es la bandera del clan».27 Aquí, la explicación, a través de la comparación, apela a la experiencia de nuestro presente. Pero unas líneas después Durk­ heim nos dice que «el clan no tiene base territorial»;28ello dificultará la com­ paración con la bandera. Durkheim cita entonces a otro etnólogo, que ha preferido, para hacer comprender el sentido del «tótem», evocar «los blaso­ nes heráldicos» ¡en las «naciones civilizadas»! Al leer «blasones» —y todo el léxico de los «emblemas»— el historiador pensará sobre todo en las dis­ putas dinásticas que desmembraron, en los siglos xvi y xvn, un Occidente europeo aún muy poco «nacional» y muy desigualmente «civilizado». Así pues, si los historiadores corren a menudo el riesgo de utilizar incorrecta­ mente el lenguaje de los etnólogos, estos no les van a la zaga. Un último ejemplo. Hay palabras que son tan familiares que su uso no parece comprometer ninguna concepción particular de grupo. Estoy pensan­ do en «país» y en «pueblo». Durkheim no utiliza la primera, que no evoca nada referente a lo social. Pero no puede evitar escribir «pueblo»:

Además de hombres, la sociedad consagra cosas, y sobre todo ideas. Basta con que una creencia sea unánimemente compartida por un p u eb lo para que, por las razones expuestas más arriba, quede prohibido ya tocarla, es decir, negarla o incluso ponerla en duda. Ahora bien, la prohibición de la crítica es como cual­ quier otra prohibición, y prueba que nos encontramos ante algo sagrado. Inclu­ so hoy, por grande que sea la libertad que nos concedemos recíprocamente, un hombre que negase totalmente el progreso, que ultrajara el ideal moderno con el que están comprometidas las sociedades modernas, parecería un sacrilego. Hay al menos un principio que hasta los p u eb lo s más adictos al libre examen tienden a colocar por encima de toda réplica y a considerar como intangible: el propio principio del libre examen. 2 9

Estas frases de 1912 dejan hoy un sabor amargo. Tres cuartos de siglo nos han enseñado que las «sociedades modernas» no se encontraban al abri­ go de nuevas recaídas en la irracionalidad. Tendemos, sobre todo, a distin­

26. «Les trois couleurs», por Raoul Girardet, en Pierre Nora, dir., Les lieux de mémoire. /. La

République, Gallimard, París, 1986.

/

27. Emile Durkheim, op. cit., p. 363.

28. Ibid., p. 382.

29. Ibid., p. 353. La cursiva es de Vilar. El texto francés habla de «peuples épris de libre

examen».

3 4

PENSAR HISTÓRICAMENTE

guir mejor entre las «sacralizaciones» propiamente dichas y las simples «ideo­ logías dominantes», que a menudo son «hegemonías de estado» o, en los tiempos actuales, efecto de la era de la comunicación; pero la expresión de

Durkheim «los pueblos adictos al

(al progreso, al ideal, a la libertad, etc.)

»

suena demasiado a palabrería, a pura retórica. Cuando un texto de 1912 dice «los pueblos

lo que entendía el gran público: Inglaterra, Francia, Alemania, Austria, Ru­

sia

complejas, socialmente contradictorias, étnicamente abigarradas. Utilizando este vocabulario, Durkheim se inscribía en un mundo de creencias. Segura­ mente lo hubiera reconocido, puesto que esbozó una teoría al respecto. Durk­ heim expresaba una «coyuntura mental» a la que uno se siente tentado de dar su nombre.

sabemos muy bien que es

»,

Pero estas palabras abarcaban realidades bien distintas, estructuras

III. L a

c o y u n t u r a

D u r k h e im .

U

n a

p r e g

¿C o n v ie n e

d iv in iz a r

lo

u n á n im e ?

u

e r

r a .

El testimonio más significativo que autoriza a hablar de una «coyuntura

Durkheim» es el de Jules Romains, en el prefacio que escribió, en 1925, para

la reedición de su libro de poemas La vie unánime,™ que había publicado por

primera vez, a sus veintidós años, en 1908. Es sorprendente observar que este libro, hoy casi olvidado, una obra de juventud no demasiado lograda, infe­ rior a otros libros de poemas de Jules Romains que tratan sobre nuestro tema

de estudio (Europe, L'homme blanc

como manifiesto importante de una escuela poética naciente. Sin duda eso

también forma parte de la «coyuntura mental» de estos primeros años del siglo. Se esperaba «alguna cosa», y los críticos relacionaron las disposicio­ nes «unanimistas» con las proposiciones de Émile Durkheim; uno de ellos llegó a ver en La vie unánime «el loable esfuerzo de un joven espíritu para revestir de lirismo la enseñanza de sus profesores», ya que Jules Romains era normalien y Durkheim un pontífice universitario. Retrospectivamente vejado con esta calificación —no buscada— de «notable», Romains, en 1925, res­ pondió, sin ocultar sus pretensiones pero con humor, que Polyeucte, Phédre

y Tartufe no habían sido escritas a partir de los apuntes tomados en las cla­

),

fue recibido en 1908 con interés,

ses de Descartes y, sobre todo, que La vie unánime había sido enteramente escrita antes de que el autor hubiera leído una sola palabra de Durkheim. Ro­ mains confiesa haber sentido por la sociología una aversión espontánea, y

sólo reconoce como maestros, de Homero a Hugo, a los poetas. Su encuen-30

30.

Jules Romains, La vie unánime, Gallimard, París, 1925. El prefacio se ha reproducido

en las nuevas reediciones (incluso las más recientes) que Gallimard ha hecho del libro.

LO COMÚN Y LO SAGRADO

3 5

tro con Durkheim había sido inconsciente, y es esto lo que define la «coyun­ tura» de su tiempo. Romains reprocha a los críticos no haber sabido percibir, en La vie unánime, «a un niño estremecido por la religión, que había enfer­ mado por la religión, a un hombre joven sacudido por el ejército, que había enfermado por el ejército».31 He aquí, para nosotros, el testigo de esta sociedad que convertía la reli­ gión en un atributo de la infancia, y la condición de soldado en un signo de virilidad. Entre los «unánimes» (lugares y momentos en los que puede surgir el alma colectiva) el poema evoca la iglesia, en un momento de exaltación fugitiva, y el cuartel, en su pesada continuidad. Entrevemos la nostalgia de lo divino: «¡Qué felices seríamos si tuviéra­ mos un dios!». Pero no uno de esos dioses abstractos «que jamás han ha­

blado desde la montaña, y que no mueren después de haber llorado

grupo consumido, envejecido, de la misa

de los domingos sabe que ya no es «el más grande de los seres unánimes». Entre el humo del incienso y el tañido de las campanas, el «unánime» crea­ do por el fervor de los votos de cada uno, «sueña en voz alta que Dios es él».33 El cuartel es grávido, mórbido, desgraciado, ávido de morir para devolver al individuo su libertad y su alegría cotidiana. Pero es el estado (la palabra ha sido escrita) el que ordena su continuidad y supervivencia, y «lo llena de juventud nueva cada año».34

Ay,

¡esos dioses ya no volverán!».32 El

Después, una mañana, la guerra. El cuartel, que no sabe nada, no sabrá nada. Se le dirá que salga de sus muros

31. «Comme n’ont-ils pas sentí que l’auteur de la Vie Unánime avait été un enfant boule-

versé par la religión, rendu malade par la religión, et plus tard un jeune homme bouleversé, ren-

du malade par l’armée» (Jules Romains, op. cit., p. 15).

32. Son versos extraídos del poema «Je cherche»: «Comme on serait contení si Con avait

un dieu!». Los otros versos han sido extraídos de la última estrofa del mismo poema: «Hélas\ des dieux pareils, il n'en passera plus\ / lis ont peur de montrer leur costume trop simple / Et d’en- tailer sur quelque tesson leurs pieds ñus. / Mais les autres, les dieux abstraits qu’on n’a pas vus, / Ceux que le souffle á peine chaud de la raison / Mit comme une buée aux vitres du destín, / Les

dieux abstraits qui s’evaporent en divin, / Les dieux qui n'ont jamais parlé sur la montagne, / Et

qui ne sont pas morts aprés avoir pleuré, / lis peuvent exister, nos coeurs n’en veulent point».

33. Vilar cita dos versos del largo poema «L’Église». El primero corresponde a este frag­

mento: «Autrefois, / Dans la ville, C'était lui le plus grand des étres unánimes, / Et toute la cité se transfusait en lui. / Mais maintenant elles ont surgí, les usines, / Les jeunes usines!». El se­ gundo verso citado corresponde al verso final del poema: «Le groupe si vieux, si petit, / Qui

séche, qui ne vit plus guére, / Reve tout haut que Dieu, c'est lui».

34. «L'État ordonne qu'elle y reste, qu'elle y dure. / Chaqué jour il lui passe un peu de

nourriture, / Et l ’emplit de jeunesse neuve chaqué année», del poema «La cáseme».

3 6

PENSAR HISTÓRICAMENTE

Y más tarde, no mucho más tarde,

saldrá, y será asesinado por los cañones3 5

Según estos versos, el cuartel tiene conciencia. Se sabe, se siente «fecun­

do de miles de muertes futuras en su vientre».36Este verso, en el «poema del

vigésimo año» de un «joven sacudido por el ejército, que había enfermado por el ejército», indica la presciencia, casi la presencia, del «futuro 1914» en los espíritus de los primeros años del siglo. Citaremos, en el momento ade­ cuado, a Jaurés y a Péguy. Aquí, en nuestra búsqueda de la definición de lo «común» y de la intervención de lo «sagrado», el encuentro entre el «cons­

cripto» Romains y el sexagenario Durkheim, gran autoridad moral en la

III República francesa, próximo a publicar (lo hará en 1912) Las formas ele­

mentales de la vida religiosa, me parece lleno de sentido. Dos conclusiones que Durkheim cree poder extraer de su reflexión científica podrían servir de

exergo a la intuición «unanimista» de Romains:

Por lo que concierne a los hechos sociales, todavía tenemos una mentali­ dad de primitivos. 3 7

Un dios no es sólo una autoridad de la que dependemos; también es una fuerza sobre la que se apoya nuestra fuerza. 3 8

Aplicado a los años 1905-1920 y 1930-1945, el contenido de estas frases es inquietante. Algunas masas humanas se enfrentaron, y fueron divinizadas como grupos solidarios para darse más fuerza. Y los millares de muertos de los que la cáseme se sentía embarazada se convirtieron en millones. La naturaleza de estos grupos solidarios continúa siendo oscura. Durk­ heim habla de «la sociedad», Romains de «lo unánime». Como si no se atre­ vieran a escribir (si lo hacen es de un modo inconsciente) «patria», «nación» o «potencia». ¿No tendrían miedo de reconocer que no encontraban diferencias

35. «Puis, un matin, la guerre. / La cáseme, qui ne sait ríen, / Ne saura ríen. On lui dirá / De

se glisser hors de ses murs / [De marcher, de suivre une me, / Et de monter dans un train noir.] / Et plus tard, pas beaucoup plus tard, / [Ne sachant pas oú les wagons / L’auront menée; / Ne sa- chant rien de tout, sinon / Qu’il faut tuer; / S’aplatissant, faisant des bonds. / Et voulant vivre alors d’un désir forcené, / Dans la boue et dans la fumée, / Saignant, rageant, ratatinée,] / Elle ira, et sera

tuée / Par les canons».

36. La traducción se resiente aquí del hecho de que a la palabra cáseme en francés no le

corresponda en castellano otra palabra de género femenino. Estos son los tres versos finales de

«La cáseme»: «Elle est feconde. Elle a de quoi créer, portant, / Comme un ovaire lourd qui pal­

pite et qui s’enfile, / Des morís futures par milliers aprés son ventre».

37. Emile Durkheim, op. cit., p. 68.

38. Ibid., p. 346.

LO COMÚN Y LO SAGRADO

3 7

de naturaleza entre un enfrentamiento entre dos tribus primitivas y un en­ frentamiento Francia-Alemania o Rusia-Austria? Durkheim se tranquiliza cuando admite algo que para los europeos de su tiempo debía ser percibido como una evidencia: la existencia de «sociedades modernas», «naciones civilizadas», «pueblos adictos al libre examen». El joven Romains lanzaba fórmulas más inquietantes:

Queremos libremente que nos esclavicen, tener un dios vale más que tener la libertad. Nuestras almas, que tanto tiempo han tardado en ser esculpidas, y que adornos suntuosos enriquecen, las lanzamos, sin una lágrima, al precipicio de la ciudad.39

Y todavía: «Quiero ahogarme lanzándome a los hombres».40 Perdura, a

pesar de todo, una nostalgia —aunque abstracta y lejana— de lo universal:

«Será necesario que un día seamos la humanidad».41 Romains, entre los años 1920 y 1930, conseguirá hacer vivir a los peque­ ños grupos (copains, calles de París, manifestaciones), cantará y exaltará a las grandes ciudades (París, Londres, Génova, Niza), satirizará —de un modo divertido, pero feroz— cómo puede ser construido, sobre una idea fija im­ puesta, un totalitarismo provinciano (Knock), querrá apasionadamente una Europa (tendremos que continuar hablando sobre él, pues, en este libro), se

interrogará sobre el destino del «hombre blanco»; en los límites del racismo, rehusará traspasarlos, y el intelectual «occidental» volverá a Victor Hugo («Oh República universal») y al ideal republicano de su infancia («La escue­

la es nueva en el flanco de la montaña

»).42

Es el itinerario incierto, entre

1906 y 1934, de muchos «hombres de buena voluntad».43 Depositaron mu­

39. «Nous voulons librement que Ton nous asservisse, / Avoir un dieu vaut plus qu’avoir

la liberté, / Nos ames qu’on a mis tant de jours á sculpter, / Et que des omements somptueux enrichissent, / Nous les jetons, sans une larme, au précipice / De la cité». Versos extraídos del

poema «Nous».

40. «Je veux bien me noyer en me jetant aux hommes

41. «II faudra qu’un jour on soit Lhumanité». Es el último verso del poema «Si Ton avait

un dieu», del grupo de doce poemas que aparecen bajo el título «Pendant une guerre» en La vie

unánime.

42. Referencia a los versos finales del poema «Hymne» que concluye la recopilación

L’homme blanc publicada en 1937. El poema comienza: «L’école est neuve au flanc de la mon- tagne». Y esta es la estrofa final: «Instituteur, c’est toi, maítre d’école, / Que 1’homme blanc charge de son dessein; / Et ton soldat, ton calme fantassin, / C'est lui, ó république universelle».

43. Todo el párrafo está lleno de referencias a las obras de Jules Romains: la novela Les

Copains (1913), los libros de poemas Europe (1916) y L ’homme blanc (1937), la obra de teatro Knock ou le triomphe de la médecine (1927), y la extensa obra — veintisiete novelas— Les hom­

mes de bonne volonté (1932-1946).

3 8

PENSAR HISTÓRICAMENTE

chas esperanzas, y sufrieron por ello, en una definición clara de las comuni­ dades de las que dependían, y que (pero ¿por qué mecanismos?) dependían de ellos. Esta fue su gran dificultad, y ello constituye la justificación de este ensayo. Y también la conveniencia de señalar aún algunos puntos oscuros en la formación del pensamiento sociológico.

«

IV. C o n f u s io n e s

en

lo s

o r íg e n e s

d e

u n a

so c io lo g ía

d e

g r u p o s .

«PSYCHOLOGIE DES FOULES» Y «VÓLKERPSYCHOLOGIE»

poema La

Hemos visto que Jules Romains, reflexionando sobre los orígenes de su vieunánime (1908), rechazó la idea de la más mínima influencia del pensamiento de Emile Durkheim; veía en los sociólogos a una especie de demonios,

Creo recordar haber enviado un ejemplar de La vie unánim e al doctor Gustave Le Bon, de quien había evitado leer una sola línea. Tan sólo el título P sy c h o lo g ie d e s fo u le s me producía escalofríos.

Vemos así que en 1908, en el horizonte de la sociología naciente, Gusta- ve Le Bon era más «indiscutible» que Émile Durkheim. Durante muchos años esto me sorprendió. A lo largo de mi formación universitaria, oír decir de un texto, de un libro: «es de Le Bon», y sonaba en mis oídos como una condena definitiva, sin posibilidad alguna de perdón.44 Sin embargo, en los años ochenta, por razones no muy difíciles de descu­ brir, Le Bon ha reaparecido en la historia del pensamiento del siglo xx, y lo ha hecho en posición de faro avanzado. No debemos pasar por alto este hecho. Porque las imágenes fijadas por los sociólogos vulgares no importan menos al historiador que las construcciones de los sabios. Sobre las relaciones entre lo «común» y lo «sagrado», entre las estructuras internas de las sociedades y la solidaridad de los grupos observables en el espacio, ¿qué sugería Le Bon?, y ¿quién le escuchaba? En Francia, hacia 1981, fecha de un giro político que aterrorizó a más de un alma ingenua, pudo parecer juicioso resucitar a Le Bon. Otto Klineberg, en el prefacio de una reedición de Psychologie des foules, pensó que era con­ veniente prevenir al lector: iba a encontrar en el libro una «mística racial» (es más amable que «racista»), algunas «anécdotas», una etnología «un poco simplista», e incluso dos fórmulas que hoy ya no forman parte de los «lu­

44.

Gustave Le Bon (1841-1931). Médico de formación, ¿us libros sobre etnología y psico­

logía conocieron un gran éxito en todo el mundo. He intentado situar su importancia en Cataluña y en España en la nota adicional número 2. La reflexión de Romains se encuentra en el Prefacio de la edición de La vie unánime de 1925.

LO COMÚN Y LO SAGRADO

3 9

gares comunes» y, por lo tanto, ya no pueden ser aceptadas: Le Bon hace «de la intolerancia y del fanatismo el resultado lógico de los sentimientos religio­ sos», lo que no le impide experimentar inquietud ante la escuela republicana, porque «la educación actual recluta muchos discípulos para las peores for­ mas del socialismo».

«Esta opinión

es discutible», piensa Klineberg. Digamos más bien que

un lenguaje como este ayuda a fechar un texto y a situar un hombre. Leá­ moslo, no «con espíritu crítico», sino simplemente como historiadores.4546 Todo «librito» muy leído afirma y condensa lo que piensan, temen, desean y esperan determinadas capas de la sociedad, determinadas categorías de inte­ lectuales. En 1895, entre la Comuna —un gran temor— y el proceso Dreyfus —una gran división—, Psychologie des foules resulta un gran texto. Como documento. ¿Sentó las bases de una sociología útil para nuestra problemáti­ ca? Es necesario que nos lo preguntemos. Serge Moscovici, en 1981, en un voluminoso libro, L ’Age des foules* con­ virtió a Le Bon en «el Maquiavelo de la sociedad de masas», lo que plantea un primer problema: «foule» y «masse», ¿pueden confundirse estos dos concep­ tos?47Pero podemos seguir a Moscovici cuando opone el eco universal del best- seller de Le Bon al «silencio» (de hecho, al desprecio) que caracterizó, sobre todo en Francia, la acogida de Le Bon por parte de la naciente ciencia socioló­ gica. Moscovici nos propone cuatro razones para explicar este «silencio»:

A

1) La «mediocre calidad» de sus libros: «observaciones pobres», «desenca­

denamiento de prejuicios y de odio contra aquello que, en otras partes, fascina». Y la verdad es que queriendo inspirar «el miedo de las multitudes», juzgán­ dolas manipulables, se está sugiriendo la esperanza, y el sueño, de manejarlas.

2)

Le Bon, dice Moscovici, fue un burgués liberal; por esta razón, el

mundo ha preferido a «los Weber, los Durkheim, los Parsons, los Skinner », inventores de un saber «más cosmético y, para decirlo todo, más ideológico». Ciertamente, toda sociedad puede segregar a la vez varias ideologías. ¿Es una razón suficiente para igualar Le Bon a Weber? 3) Los políticos y los medios de comunicación no han dejado de aplicar «las recetas y los trucos» del doctor Le Bon, pero no conviene decirlo. ¿Inven­ tó una teoría de la comunicación? Horkheimer y Adorno quizás lo presintieron.

45. Gustave Le Bon, Psychologie des foules, PUF, París, 1981. En el prólogo, Klineberg

dice «hay que leer el libro con espíritu crítico». En la edición castellana Psicología de las masas (Ediciones Morata, Madrid, 1983), Florencio Jiménez Burillo, en el prólogo, acaba precisamen­ te recogiendo estas palabras de Klineberg.

A

46. Serge Moscovici, L'Age des foules. Un traité historique de psychologie des masses,

Fayard, París, 1981. Traducido al castellano como La era de las multitudes. Un tratado histórico

de psicología de las masas, FCE, México, 1985.

47. En el texto, traduciremos siempre foule por «multitud» y masse por «masa».

4 0

PENSAR HISTÓRICAMENTE

4)

Hitler y Mussolini se arrogaron formalmente el pensamiento de Le

Bon, y esto habría hecho que las referencias a su obra hubieran dejado de ser oportunas.

Es este último punto, naturalmente, el que más interesa al historiador. Pero Le Bon no había sido el único que había evocado la fascinación de los líderes sobre las multitudes. Sobre todo, no había dicho, o lo había dicho mal, qué tipo de comunidades mitificadas serían invocadas por esta fascina­ ción. Había publicado, en 1894, un año antes de Psychologie des foules, otro libro también muy leído, Les lois psychologiques de l 'évolution des peuples, donde planteaba el problema de las razas. Pero Le Bon no es Gobineau.48 No teoriza; vulgariza. Se interesa por las «razas» por causa de las colonias: hay mestizajes buenos y mestizajes malos. Pensando en Europa, aunque ya había quien se interrogaba, entre 1890 y 1910, sobre la diferencia entre «naciones» y «etnias», Le Bon, a propósito de los enfrentamientos entre «estados», de incidentes en el auge de las «potencias», evoca los trastornos y la crispación de las multitudes, los contrastes entre comportamientos colectivos: un fra­ caso colonial («importante», dice) en Jartum, en 1885, no comportó la dimi­ sión del gabinete británico, mientras que el fracaso («insignificante», dice) de Langson, en Tonkin, resultó fatal para el ministerio francés. Y es que «las multitudes son, en todas partes, femeninas, pero las más femeninas son las latinas». Otro ejemplo: la «terrible guerra» de 1870 «surgió inmediatamente» tras «la explosión de cólera» francesa al conocerse la noticia del «telegrama de Ems». Recordemos que Bismarck lo había despachado para excitar «al toro galo». ¡Muy «femenino» y muy «latino»! Este era el nivel de los lenguajes del siglo pasado. Michelet, haciendo de Francia «una persona» y jugando con el doble sentido de la palabra «pueblo», resultaba más grave y magnánimo, pero no era mejor analista. ¿Cuándo exigiría alguien una aproximación menos superficial a la naturaleza de los grupos, a las características de sus compor­ tamientos? En este terreno, Le Bon ¿había tenido «el talento de los descubri­ mientos pero no el genio de explotarlos?».49Sus banalidades solemnes, por la misma reacción que provocan, señalan con claridad la necesidad de tres ám­ bitos de estudio: será necesario fundar una psicología diferenciada de los di­ ferentes grupos; será conveniente introducir la noción de «inconsciente», ya que el racionalismo del siglo xix ha razonado demasiado en términos de «conciencia» («conciencia nacional» o «conciencia de clase»); no puede elu­ dirse la dimensión religiosa de los fenómenos.

48. Arthur Gobineau, conde de Gobineau, Ensayo sobre la desigualdad de las razas hu­

manas (1853-1855).

49. La frase es de Serge Moscovici, op. cit., p. 94.

LO COMÚN Y LO SAGRADO

41

Hacia una sociología diferenciada de los grupos humanos. En 1895, Le Bon, «liberal-conservador» (como se decía entonces en España), traducía el miedo que sentía hacia la calle, hacia lo numeroso, hacia lo anónimo, agrupando bajo el nombre de «foules» las más dispares categorías de los grupos humanos: tribunales, foules electorales, asambleas parlamentarias, sindicatos, las emociones de la calle, que expresaban «el alma de una raza». La sociología insiste hoy sobre la especificidad de cada tipo de agrupación, minúsculo, multitudinario, efímero, duradero, ocasional, institucional: cada uno tiene sus características, si no sus propias leyes. Por otro lado, para Le Bon, la «era de las multitudes» era su tiempo. Como si no hubieran existido revueltas de esclavos y juegos de circo, migraciones-invasiones, cruzadas, peregrinaciones, grandes peurs, pogromos, así como fiestas y carnavales, procesiones, «sociabilidades» de todo tipo. Desde hace medio siglo, los his­ toriadores han dado lecciones a los sociólogos. En relación a las tempo­ ralidades sobre todo: instantaneidad de los pánicos, tiempos cortos de los rumores que se extienden, tiempos medios de la prosperidad y de las crisis, tiempos largos de la mentalidad y de las religiones. ¿Qué tipo de tiempo conviene a la observación de los grupos humanos sobre los diversos territo­ rios? El interés durante tanto tiempo exclusivo de la historiografía por los poderes, las batallas y los tratados, hace que tendamos a ver cómo combaten y se reconcilian, a través del tiempo, grupos que, aparentemente, están mejor definidos si tienen un nombre. «Francia», «Alemania», «España», ¿quién no cree saber de qué se trata, sea cual sea el instante rememorado? Para los si­ glos en los que es difícil ver «estados», se suele esquivar el problema (hasta Seignobos) escribiendo «pueblos». Sólo Lucien Febvre se atrevió a afirmar que «el mayor problema» que se plantea al historiador no es otro, ante las grandes «naciones» modernas, que el de su existencia y el de su naturaleza. No ha sido demasiado comprendido. De ahí la dificultad de nuestra empre­ sa. Y su justificación. La aparición del inconsciente. En la terminología de Le Bon, la palabra «inconsciente» aparece con frecuencia. Hoy la palabra tiene un sentido muy preciso en el ejercicio del psicoanálisis, y un sentido a menudo muy vago en el uso cotidiano. Ahora bien, Psychologie des foules (1895) es casi contemporá­ nea de lo se que se ha denominado «el nacimiento del psicoanálisis». Esta cir­ cunstancia, ¿es suficiente para relacionar dos fenómenos de características, y de futuro, tan distintos? No nos atreveríamos a hacerlo si el mismo Freud, tar­ díamente, pero de forma clara, no hubiera planteado el problema: en 1921 pu­ blicó Massenpsychologie und Ichanalyse que, en Viena, revelaría Le Bon a Adolfo Hitler. No queremos dar una importancia excesiva al suceso (el nazismo tiene otras dimensiones, otros orígenes), pero el encuentro es muy sugestivo. Convertir al doctor Freud en el mejor discípulo del doctor Le Bon es es­ candaloso e inexacto; Freud, ciertamente, cita largos párrafos de Le Bon,

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4 2

PENSAR HISTÓRICAMENTE

suficientes para «revelarlo» a un lector perseguidor de sus fantasmas. Pero se crítica a Le Bon en las citas, y se le relega, en la parte constructiva del opúsculo, a la categoría de simple divulgador, que utiliza la palabra «in­ consciente» sin la precisión del concepto psicoanalítico. Sólo falta decir que Freud, en 1921 (como ya lo había hecho en 1912 y 1915), se preguntó si no hubiera sido conveniente, después de haber privile­ giado, en el análisis del «yo», los contactos familiares inmediatos, intentar penetrar en la esfera de las pertenencias más amplias. Y, aquí, su posición

vacila: ¿se trataría de estudiar los tipos de grupos capaces de dejar huella en un individuo (la multitud de un día, los contactos cotidianos, las asambleas

o más bien, las pertenencias involuntarias más o

menos coactivas (religiones, lenguas, estatus jurídicos, clases sociales even­

tualmente «conscientes y organizadas»

han dicho sus traductores franceses, que Freud no había distinguido entre «foule» y «masse», cuando había escrito:

ocasionales o regulares

)

)?

Pero no podemos decir, como

E ine b lo sse M en sch en m en ge noch keine M a sse ist, solange sich keine Bin-

dungen in ihr nicht hergestellt haben, hátte aber das Zugestandnis zu machen

dass in e in e r b elieb ig en

ein er psych ologisch en M asse h ervortritt . 5 0

M en sch en m en ge sehh

leich t d ie

Tendenz zu r B ildung

La distinción es neta. Pero si se traduce el final de la frase por «dans la premié re multitude d ’hommes venue, la tendance áformer une foule psycho- logique apparaít»,51 se elimina el matiz introducido por Freud, y se enfatizan los efectos de la extraña transferencia que había empezado en 1912, cuando Psychologie des foules había sido traducida al alemán con el título Psycholo- gie der Massen. En 1912 una transferencia de este tipo, incluso —o sobre todo— si era involuntaria, no era inocente. Pero invierte el sentido de «la operación Le Bon». Denomino así el golpe mediático exitoso (que no hay que confundir con «éxito científico») que representó Psychologie des foules. La diana fue una burguesía francesa conservadora y racionalista, que se asustaba ante eventua­ les manifestaciones irracionales producidas en el seno de las democracias: la crispación en las asambleas, las manifestaciones en la calle. «Communards», «septembristas», exaltaciones «femeninas» del «chovinismo», papel de los

50. La cursiva es de Vilar. En la edición castellana del libro de Freud, Psicología de las

masas (Alianza, Madrid, 1969) este párrafo ha sido traducido: «

bres no constituye una masa, mientras no se den en ella los lazos antes mencionados, si bien ten­

dríamos que confesar, al mismo tiempo, que en toda reunión del hombre surge muy fácilmente la tendencia a la formación de una masa psicológica» (p. 38).

una simple reunión de hom­

51. He reproducido la traducción francesa tal como la cita Vilar. Los problemas de las tra­

LO COMÚN Y LO SAGRADO

4 3

«meneurs»: las evocaciones son inquietantes, el vocabulario, peyorativo. Pero si se traduce <<foules» por «Massen», y «meneur» por «Führer», las connota­ ciones cambian. Mein Kampf, ¿surgió de un escrúpulo bibliográfico de Freud (largas citas) y de dos palabras que la traducción había hecho cambiar de sen­ tido? La conjunción Le Bon-Freud-Hitler es fascinante. No nos dejemos fas­ cinar. Pero conozcamos sus ambigüedades. Y mucho más cuando es el mismo Freud quien nos facilita su análisis. Lo hace refiriéndose únicamente a dos ejemplos: la Iglesia y el ejército. Son las «künstliche Massen».52 Los traductores franceses escriben «foules artificie- lles». De nuevo, dos palabras con connotaciones desfavorables. Pero ni la Iglesia ni el ejército son multitudes (aunque a veces las utilicen). Son obras del arte, muy antiguo, de modelar la materia humana, de estructurarla. Freud descubre en su análisis la utilización de «la identificación con el padre» (el jefe en el ejército, Dios en la Iglesia). La indicación del psicólogo puede ser útil para el historiador. Pero éste conoce la diversidad de casos: la Iglesia ro­ mana de 1990 no es la del concilio de Trento; el ejército francés de 1914 no es el de Fontenoy. Y la historia ofrece combinaciones sólidamente pensadas de los dos modelos, ejército e Iglesia. La Compañía de Jesús difícilmente ad­ mite la definición de «foule artificielle», pero puede ser estudiada como «künstliche Masse». ¿Cómo y dónde la multitud-materia engendra la masa-útil? Las iglesias tienen fuertes implantaciones regionales, vocaciones misioneras y conquista­ doras. Los ejércitos se sirven de poderes territorialmente asentados; y ello puede valer «desde los clanes hasta los imperios». Durkheim tenía razón: es la historia de estos conjuntos lo que hace falta construir. Con este objetivo, algunos textos, convenientemente fechados, merecen ser analizados. Estoy pensando, una vez más, en una obra de juventud de Jules Romains (Sur les quais de la villette, 1913). Sabemos que en 1906 había co­ nocido el cuartel, «unánime» negligente, descontento de sí mismo, deseoso de explotar, ignorante e ignorado por sus jefes. Pero se anuncia en París un primero de mayo revolucionario. Y se convoca el regimiento. Todo cambia:

órdenes rápidas, gestos comunes dan forma al grupo; de pronto, el rostro de los jefes se ha transformado, ahora es paternal (¡oh! Freud); cuando se distribu­ yen los cartuchos con balas reales, la sorpresa rápidamente cede el paso a una orgullosa embriaguez. Después vendrá la promiscuidad del transporte durante la noche; y, por la mañana la organización, la reglamentación, la puesta en marcha. Tambores y clarines a la cabeza, nos adentramos en el París popular:

¡Por fin! Puedo hacer la guerra, entrar en Berlín en medio de la tropa. Ya sé en qué consiste esto. Y os aseguro que es agradable.

52. En la traducción castellana de Alianza: «masas artificiales».

4 4

PENSAR HISTÓRICAMENTE

Este relato, publicado varias veces antes de 1914 por un joven intelectual socializante, quiere evidentemente poner en guardia contra la mutación del «hombre de la calle» en soldado, del «contingente» indiferenciado que trans­ forma un «grupo de edad» en instrumento de represión del estado. El proble­ ma era profundamente vivido en la Francia de aquellos años. Aún lo es en muchas partes del mundo. Y el «modelo» presenta diversos resultados: en Pa­ rís, en 1906, la intimidación basta; en 1907, en el Midi francés, un regimien­ to enfrentado a una rebelión campesina tira sus armas y confraterniza con los rebeldes. Existe, pues, un problema complejo en tomo al ejército, y en tomo a la relación del ejército con la población. Pero el texto de Jules Romains, en su evocación de la entrada en Berlín, presenta e incorpora la otra imaginería, el otro imaginario: la proyección del grupo estructurado por el estado, utili­ zado por el ejército, frente a otros grupos que también tienen sus fronteras y sus territorios: dos nuevas palabras que implican y sugieren obligaciones de defender y tentaciones de invadir. No pensemos, de ningún modo, que en vísperas de 1914 no se discutían todas estas nociones. Nunca como entonces se ha reflexionado, escrito y pu­ blicado tanto sobre la «cuestión nacional», el «imperialismo», la condición militar o la solidaridad «internacional» (de intereses, de clases, de ideologías). Pero llegaron las movilizaciones generales (observemos una vez más la fuer­ za de las palabras). En Francia, el cartel que anunciaba esta movilización decía que «no se tra­ taba de la guerra». Aún me parece verlo en una pared de mi pueblo. El prego­ nero público había gritado en un principio, en lengua de oc, «se ha declarado la guerra», y la gente sensata había protestado, el cartel decía lo contrario. Pero el instinto popular no se había engañado. Y sucedió, a escala de millones de hombres, la mutación antes descrita para el pequeño cuartel de 1906: órdenes anhelantes, gestos y desplazamientos comunes, angustia y orgullo del portador de armas mortales, transferencia de los afectos familiares a aquellas pequeñas formaciones. Y no olvidemos las certidumbres de los grandes: el concepto de Alemania no plantea mayores problemas a Max Weber que el de Francia a Marc Bloch. Hay, es cierto, la excepción de Romain Rolland: Por encima del conflicto,53 Marcó demasiado mi adolescencia para que yo haya podido olvidarlo. Pero el hombre Rolland vivía en Suiza y no tenía ninguna «obligación militar». No lo hago notar para devaluar la nobleza del rechazo, sino para no olvidar que en territorio «movilizado», el gesto habría sido materialmente prohibido, más aún,

53.

En francés, Au dessus de la mélée es el título de una recopilación de artículos perio­

dísticos pacifistas publicado por Romain Rolland en 1915. El libro se convirtió en una especie

de manifiesto de todos los pacifistas. Vilar ha recordado varias veces su descubrimiento del libro en la Biblioteca de Montpellier.

LO COMÚN Y LO SAGRADO

4 5

sin duda, moralmente impensable. Lo que tampoco equivale a decir que el pa­ triotismo de Marc Bloch fuese conformista. ¡No! era una moral: el imperativo categórico del grupo. Durkheim lo había comprendido, admitido, previsto. Para él, el estado-nación de tipo francés era un dato, no un problema. Podemos preguntamos si existieron, en el gran enfrentamiento de los ini­ cios de nuestro siglo, entre los compromisos conscientes y las soledades orgullosas, algunos observatorios privilegiados, y algunos observadores inde­ pendientes. Ciertamente, el «unanimismo» de las «movilizaciones» se fractu­ ra a partir de 1915; Heinrich Mann rompe con su hermano Thomas a causa de la guerra. Se proyectan congresos y, ya, alguna revolución, pero la hora no sonará hasta 1917. Encuentro más reveladores, desde los primeros meses de 1915, los dos artículos sobre la guerra escritos por Freud, el primero de los cuales se titula «Die Enttaüschung des Krieges»: la guerra es una «desi­ lusión».54 Es decir, el sabio que había modificado tan profundamente las formas de penetración en el alma individual, reconocía que se había hecho «ilusiones» sobre las estructuras del mundo. Y volvería a hacerlo en el pe­ ríodo de entreguerras. En 1915 Freud es casi sexagenario, y es médico. Por estas razones, nos dice, ha escapado a la suerte del combatiente, «simple molécula en una in­ mensa máquina», aunque no sin experimentar el malestar interior de todo no combatiente que pertenece a una comunidad en guerra. Pero ¿de qué comu­ nidad se trata? Freud es vienés, y judío, dos pertenencias que han jugado un gran papel en su destino personal, y en el de su escuela. Anotemos que él no nombra «Austria» o el «imperio austrohúngaro», de donde dependía jurídi­ camente. Al contrario, afirma en voz bien alta, y seguramente así lo siente, su pertenencia al grupo lingüístico y cultural alemán; y se entristece cuando ve acusada a la comunidad que lleva este nombre de toda suerte de atentados al derecho, de conductas inhumanas (sin duda piensa en la prensa inglesa y nor­ teamericana). Estos textos de 1915 nos ofrecen otras lecciones. Lecciones luminosas cuando Freud (en su terreno) señala ciertos efectos psíquicos que la guerra produce en los combatientes: caída de las grandes prohibiciones (matar, ro­ bar), actitudes inhabituales ante la muerte. Lecciones emotivas cuando expre­ san la nostalgia de una «ciudadanía del mundo», donde todo hombre cultiva­ do tendría su patria, sin renunciar a la ternura por el lugar de nacimiento y la querida Muttersprache. Pero lecciones sorprendentes (y más cargadas de sen­

54.

La lectura de la versión castellana de este artículo, «La desilusión provocada por la gue­

rra» (Sigmund Freud, Obras completas, vol. 14, Amorrortu, Buenos Aires, 1979, pp. 277-289) revela los mismos problemas de vocabulario comentados por Vilar y añade nuevos problemas de traducción. Por ejemplo, Kulturstaat ha sido traducido estado civilizado, pero Kultumation y

Kulturvolk han sido traducidos como nación culta y pueblo culto, y Muttersprache, como madre tierra.

4 6

PENSAR HISTÓRICAMENTE

tido, esta vez, ya que son involuntarias) cuando vemos que Freud, este con­ temporáneo de Meinecke, este compatriota de Otto Bauer, distingue tan mal entre Staatnation y Kultumation que utiliza indiscriminadamente, al azar, en el corto espacio de una página, los términos Kulturstaat, Kultumation, Kul- turvolk y Kulturland. Volk es la palabra que, con diferencia, más veces sale espontáneamente de su pluma. En el sentido vago que otorgaba a esta palabra, la Vólkerpsy- chologie, podía referirse a la más lejana tribu primitiva y, al mismo tiempo, a «Alemania» o a «Inglaterra» ¡y nadie parecía preguntarse si el término con­ venía también al Brasil o a China! Nation, mucho menos empleado, ha sido reservado, por Freud, a las

grandes naciones de raza blanca que reinan en el mundo, las que tienen desti­ nada la dirección del género humano [Grossen verherrschenden Nationen weis- ser Rasse, deren die Führung des Menschengeschlechts zugefallen ist].

Pero la palabra «raza», a pesar de la alusión al color, tiene para Freud un sentido muy poco meditado; relatando una conversación sobre un tema psico- analítico, explica que uno de sus amigos se había atrevido a contradecir a una «dama» norteamericana, «aunque pertenecía como ella a la raza inglesa» (englischen Rasse). En todo caso, queda claro que son las formaciones superiores, responsa­ bles del destino del género humano, las que han creado la «desilusión» en el espíritu del sabio independiente, ya que no han hallado otra solución que la guerra para sus «disputas de intereses». Freud admite, pues, que estas dispu­ tas existen. ¿Cómo es posible que no haya percibido que se derivan preci­ samente de la pretensión de los «civilizados» de repartirse el mundo? Esta pretensión le parece normal: las guerras son inevitables entre grupos huma­ nos desigualmente evolucionados, como lo son entre los grupos poco evolu­ cionados. Lo que provoca en él desconcierto es que, en las relaciones entre las Kultumationen, no haya sido posible establecer reglas de derecho, inclu­ so en caso de guerra. Y aquí vemos una referencia frecuente en la historia de las ideologías nacionales: la impronta de la cultura clásica. Los griegos cons­ tituían un mundo civilizado. Fuera de su territorio, acampaban los «bárba­ ros». Ciertamente, las ciudades griegas combatían entre ellas. Pero habían bosquejado algunas reglas de conducta: Freud cita las anfictionías. Recorde­ mos que veinte años antes de 1914 los Juegos Olímpicos habían sido recu­ perados. ¡Y habría que celebrarlos en Berlín en 1936! ¡Qué extraño irrealis­ mo en la reinvención de los símbolos! Pero ¿dónde hay que situar, en 1914, los límites de la «comunidad civiliza­ da»? Freud, súbdito austríaco, no podía pasar por alto el papel de las disputas balcánicas en el desencadenamiento de la guerra. Percibe, en plena Europa,

LO COMÚN Y LO SAGRADO

4 7

algunos «pueblos poco desarrollados» (wenig entwickelte) e incluso algunos que se hallan en franco retroceso en el camino de la civilización (verwilder- te\ no he querido escribir, con algunos traductores franceses, nuevamente salvajes,55 porque, ¿qué querría decir esto?). Utiliza una perífrasis comple­ ja, amarga, para referirse a la minoría judía: es un vólkerrest, esparcido (ein- gesprengst) en el seno de las Kultumationen\ poco amado (allgemein un- liebsam), asociado de mala gana (widerwillig) a la obra de civilización por la que, a pesar de todo, ha demostrado algunas aptitudes. Pero esta diáspora no tiene nombre. Tampoco lo tienen los «pueblos» «atrasados» o «en retro­ ceso». Ni las grandes Kultumationen. Seguramente, Freud quiso ser pru­ dente. Pero ello no facilita la interpretación de una palabra que constante­ mente es utilizada: Volkindividu. «Estos grandes individuos que son los pueblos y los estados», nos dice. Y nuestra confusión aumenta, porque hay pueblos sin estado y cabe pregun­ tarse si todos los estados representan pueblos. Anticipándose a la crisis de conciencia, que será la propia de mi generación, el mismo Freud deja entre­ ver una duda: los hombres pueden ser inducidos a consentir y aprobar por «patriotismo» (el contenido de esta palabra, para Freud, parece no necesitar explicación) algunas políticas de estado que tal vez no sean más que «rapa­ cidad», «sed de potencia». Decir esto es, ya, contraponer «imperialismo» y «patriotismo». Pero, en el vocabulario de Freud, «patria» casi no aparece, y menos aún «potencia» e «imperio». La palabra utilizada, Volkindividu, en cambio, sugiere la íntima cohesión de los grupos en guerra. Y su uso no hace sino reforzar la tendencia, innegablemente popular, a personalizarlos. Tenemos que insistir en este fenómeno. Permanece con toda claridad en mis recuerdos de 1915. Para mí, «la heroica pequeña Bélgica» era una Cape- rucita Roja en las manos de un lobo feroz. Un príncipe bello y joven la defen­ día, como en las novelas de caballerías. El lobo había sido encamado por un personaje lúgubre, un káiser envejecido, y resultaba más tranquilizador cari­ caturizar su físico y sus palabras: las botas, el casco de punta a la prusiana, el bigote de guías, los brazos demasiado cortos, las invocaciones al «buen viejo Dios» (¡como si Dios pudiese ser viejo!), las pretensiones de Kultur (¡como si bastara poner una K mayúscula a la palabra «cultura» para que sig­ nificara civilización!). La noción Volkindividu sugiere una representación que pronto se convierte en estereotipo. Ver, en el mundo y en la historia, únicamente enfrentamientos entre «pueblos» personalizados, es una constante del espíritu. Pero, si atravesamos continentes y siglos, ¡cuántos modelos diversos aparecen! Modelos de en­ frentamientos y modelos de «pueblos». Etnólogos, geógrafos e historiadores

55.

Vilar parte de la traducción francesa: «redevenus sauvages». En la versión castellana

citada en la nota anterior, se puede leer «naciones caídas en el salvajismo».

4 8

PENSAR HISTÓRICAMENTE

tienen la tarea de reconstruirlos sin privilegiar ninguno de ellos. Pero, sobre todo, ¡no privilegiemos el último! Lo cierto es que, a pesar de las grandes transformaciones de nuestro siglo, el modelo «Europa 1914» permanece presente en los espíritus de hoy. Leemos y oímos continuamente expresiones como «Inglaterra piensa »,

cuando no se trata sino de sus

«Alemania querría

«Francia decide

»,

»,

gobiernos. Todo buen profesor de historia, ante sus alumnos, se prohíbe, y prohíbe, este lenguaje. Pero es aún el lenguaje de los políticos, de los perio­ distas, de los divulgadores. Y aquellos que practican otras ciencias humanas, si se improvisan historiadores, se dejan convencer demasiado rápidamente por las palabras de sus fuentes. Elisabeth Roudinesco, historiadora del psi­ coanálisis en Francia, distingue, en tomo de 1900, entre un «inconsciente a la francesa» (que encama Gustave Le Bon), un «inconsciente a la alemana» (que expresa Freud) y un «inconsciente a la inglesa» (que habría que descu­ brir en Conan Doyle). ¿Por qué no? Doy del todo la razón a Elisabeth Rou­ dinesco cuando dice que el rechazo de Freud por la escuela francesa de psi­ cología revelaba ante todo la germanofobia latente. Pero pienso que exagera cuando bautiza el episodio del Congreso de Londres de 1913, donde Janet masacró a los seguidores de Freud, como la batalla de Bouvines . 5 6 Aunque esto nos recuerda oportunamente algo que ya habíamos anotado: se acercaba el año, 1914, del séptimo centenario de Bouvines. ¡Es casi demasiado bello! No es ilegítimo evocar estas cohesiones, estos encuentros. Siempre que sepamos situarlos, fecharlos y definirlos como productos —no sólo como factores— de la historia. No sugerimos ninguna continuidad entre Bouvines y Mame. Nos preguntamos por qué los hombres de 1914 la establecían, y la veían. El lenguaje de Freud en 1915 revela hasta qué punto la gente, en esas fe­ chas, acostumbraba a ver en «los pueblos» (concepto muy mal definido) unos individuos, unos personajes de drama. La historia, modo de saber tradicional, había informado mal a una psicología y a una sociología nacientes. Volvamos a 1912. En Alemania se redescubre a Tónnies, y se traduce a Le Bon (ya sabemos de qué modo); Wundt publica el segundo volumen de Vólkerpsychologie. Y Freud, Tótem y tabú. En Francia es el año de Las for­ mas elementales de la vida religiosa de Durkheim. Se piensa mucho, pero se comprenden mal los unos a los otros. Freud, en Tótem y tabú reconocía honestamente que leyendo a los etnólogos (sobre todo a Frazer) se sentía muy cómodo ante el tabú, pero no ante el tótem. Es una confesión importan­ te. El psicólogo, atento al conflicto entre los impulsos del yo y las lógicas de la sociedad (es el dominio de lo prohibido) lo ha sido mucho menos a las

56.

Elisabeth Roudinesco, Histoire de la psychanalyse en France: la bataille de cent ans,

vol. I, 1885-1939 , Ramsay, París, 1982.

LO COMÚN Y LO SAGRADO

4 9

presiones sobre el individuo de la comunidad, del grupo concreto y cercano (es el dominio de lo impuesto). Con su desfile de símbolos: Durkheim rela­ cionó «tótem» y bandera. Freud cita, en 1912, Las formas elementales de la vida religiosa, una última referencia bibliográfica. Pero clasifica la obra como «teoría sociológica» y parece así alejarla de su horizonte. Y, en cam­ bio, el futuro autor de Moisés podría haber sido menos insensible a la pro­ blemática de las relaciones entre destinos, individuales, exigencias de grupo y surgimiento de mitos y de religiones. Regresamos así a las entrañas de nuestro primer tema de reflexión: la di­ vinización del grupo, los lazos entre lo común y lo sagrado. El recorrido por Le Bon y Freud nos ha mostrado el embarazo, la sorpresa, la estupefacción de los intelectuales de Europa occidental a comienzos de nuestro siglo: raciona­ listas, hombres de «luces», difícilmente podían admitir que aún había algo de «primitivo», de irracional, en las relaciones y en los enfrentamientos entre los «pueblos». En Francia, en agosto de 1914, la imagen que emparejaba Patria y República reencontraba la imagen de la pareja Francia-Virgen María. Es la «unión sagrada»: la palabra sirve de testimonio, una vez más. Y veremos de nuevo, en el curso de los años cuarenta, a «aquel que creía en el cielo, aquel que no creía en él, los dos amaban a la bella prisionera de los soldados».57 Dicho de otro modo, en determinadas circunstancias, que el historiador debe analizar, la creencia patriótica domina o consigue combinar al resto de creen­ cias. Y sucede también que se oponen dos intereses de clase y dos formacio­ nes de espíritu, que pretenden encamar, unos contra otros, el interés co­ mún, la legitimidad histórica: en la España de 1936-1939, no conozco nada más patriótico, ni más representativo de los valores comunes y de la historia, que la revista Hora de España, de gran nivel literario, y el romancero popu­ lar de los combatientes, todo esto en el campo republicano; pero el 3 de abril de 1939, el cardenal Goma, portavoz de la Iglesia de España, escribía al ge­ neral Franco, vencedor de esta «guerra civil»: «Dios ha encontrado en Vues­ tra Excelencia un digno instrumento de su Divina Providencia para nuestra Patria». En 1984, Jerzy Poppielusszko, sacerdote polaco, celebraba, arriesgando su vida, una «misa por la Patria» periódica, institucionalizada. Veamos una muestra de su lenguaje:

I

Virgen Santísima, nos reunimos todos los meses, en esta iglesia de Zoli- broz, para celebrar una santa misa por la patria, y a la intención de los que

57.

«Celui qui croyait au ciel / Celui qui n’y croyait pas / Tous deux adoraient la belle /

Prisonniére des soldats». Son los versos iniciales del poema «La rose et le réséda», de Aragón

(publicado por primera vez el 11 de marzo de 1943), que forma parte de la recopilación La Dia-

ne frangaise (1945).

5 0

PENSAR HISTÓRICAMENTE

sufren por ella. Hoy el Santo Padre Juan Pablo II Te confía el mundo entero, los pueblos y las naciones. Y nosotros, ponemos en Tus manos benditas, ¡oh! Tú la mejor de las madres, todos los problemas de nuestra patria.

Volveremos a hablar de estas relaciones complejas entre maternidad y pa­ tria. Pero Juan Pablo II, a pesar de su preferencia mañana, refuerza también el mito del «suelo sagrado». Lo besa, en el cemento de los aeropuertos, en cada uno de los «países» donde lo conducen sus viajes. ¿Ha distinguido bien en­ tre «estados» y «patrias»? Por haber besado el suelo a su llegada a España, y no haberlo hecho a su llegada a Cataluña y a Euskadi, el pontífice viajero per­ dió parte de su popularidad entre las masas católicas. No es fácil saber con­ ciliar lo diplomático y lo sagrado. Por esta razón, la historia llamada «de las relaciones internacionales» no puede limitarse a ser «historia diplomática». Y su estudio no puede limitarse al estudio de juegos sabios inspirados por es­ tados mayores. ¿Qué coeficiente otorgaríamos, en estos cálculos, a la Virgen de Cestachowa, al árbol de Guernica, al Muro de las Lamentaciones, a la kaaba de la Meca? Soy la última persona interesada en reducir los enfrenta­ mientos que he conocido a sus componentes míticos, o místicos. Pero cuan­ do oigo repetir, de manera cada vez más irritante, las palabras de Malraux:

«El siglo xxi será religioso o no será», me pregunto qué racionalidad cabe atribuir al siglo xx. Cabe hablar, con Freud, de «desilusión».

Segunda parte

HISTORIA E IDENTIDAD

Una experiencia

Capítulo 1

A lo largo de esta segunda parte intentaré reflexionar sobre algunas etapas de mi vida. Empezaré intentando dar respuesta a una pregunta muy concreta, que —como muchas otras que irán apareciendo a lo largo del relato— me ha sido formulada desde el exterior, mucho más que por mí mismo: «¿En su infan­ cia, y en su adolescencia, cómo tomó usted conciencia de “este gran resplandor del Este”, como ha sido llamado, es decir, de los hechos revolucionarios rusos?».1 No es una pregunta absurda. E históricamente se halla bien fundada. Ima­ ginemos que estamos leyendo a un autor, y aún más particularmente a un his­ toriador alemán, polaco o austríaco, nacido once años antes de 1789. No sería extraño que se le preguntara: «¿Cómo tomó usted conciencia, a los once años (y naturalmente en los años sucesivos), de “este gran resplandor del Oeste” que fue la Revolución francesa?». Démonos cuenta de que, para un mucha­ cho nacido en 1906 en Francia, el gran momento de su vida, el momento de ruptura, no podía ser un hecho lejano acaecido en Rusia en 1917. Su prime­ ra gran ruptura había sido 1914 y la segunda habría de ser 1918. Sin embargo, y es curioso, recuerdo perfectamente la noticia de la Revo­ lución rusa. La de marzo, no la de octubre. Es posible que la persistencia de este recuerdo se halle asociada a las circunstancias particularmente difíciles de un momento de mi infancia.12Había perdido a mi madre, brutalmente, des­

1. En francés, «Cette grande lueur á l’Est». La expresión es el título de uno de los libros de la extensa obra de Jules Romains, Les hommes de bonne volonté, que abarca, en un total de 27 volúmenes — publicados entre 1932 y 1947— la Francia del período 1908-1933. Es el nú­ mero 19 de la colección y se sitúa en el año 1922. «Cette grande lueur á l’Est» es también el tí­ tulo de uno de los epígrafes del artículo de Vilar «Reflexions sur les années 20», en Piero Gobetti e la Francia, Piero Angeli, Milán, 1985 (hay traducción catalana en P. Vilar, L’historiador i les guerres, Eumo, Vic, 1991, pp. 71-83). Este artículo, al referirse también a recuerdos autobiográ­ ficos, puede servir de complemento a este capítulo y al siguiente. La idea de una iluminación es­ pecial provocada por la Revolución rusa fue una idea extendida entre los contemporáneos, y puede ser testimonio de ello el movimiento y la revista Clarté, fundada en 1919, con Barbusse — uno de los autores que también cita Vilar— al frente. 2. Sobre los orígenes sociales (por tanto, sobre las condiciones de la infancia de Pierre Vilar que, recordémoslo, nació en el pueblo occitano de Frontinhan en 1906), véase como él

5 4

PENSAR HISTÓRICAMENTE

pués de una corta enfermedad, en enero de 1917, y las condiciones de mi vida material habían cambiado bruscamente. No era muy infeliz, porque ha­ bía ido a vivir con una tía a la que quería mucho, pero los cambios de orden material no me dejaban demasiado tiempo para ocuparme de las noticias y de los periódicos. Una mañana de marzo, tal vez justamente a causa de ese cambio de cir­ cunstancias y de hábitos, me había retrasado y estaba llegando tarde al lycée. Tenía miedo de que me riñesen y de apenar a mi joven profesora de fran­ cés,*3 una mujer que me había demostrado, tras la muerte de mi madre, mucho cariño, y por la cual yo sentía un gran afecto. Pero, al llegar al lycée, nada es­ taba en orden, los profesores hablaban en los pasillos, los alumnos estaban sentados encima de las mesas. Me estaba preguntando por qué, cuando nues­ tra profesora consiguió imponer el silencio y nos dijo: «Comprendo vuestra excitación, han pasado cosas importantes: ha estallado una revolución en

mismo los resumió: «Mi familia, hace dos generaciones, es decir, la generación de mis abuelos, estaba formada por pequeños viticultores meridionales [aquí hay referencias a los trabajos de Labrousse sobre los viticultores]. Mis abuelos tenían algunas fanegas de tierra y producían al­ gunas decenas de hectolitros de vino. Una cosa interesante, que ya constituía un avance social, es que uno de mis abuelos, arruinado por la plaga de la filoxera en los años setenta, tuvo que ha­ cerse peón en la construcción de ferrocarriles y a partir de aquí se convirtió en ferroviario. Por otra parte, mi abuelo paterno también sufrió, como todos los viticultores, las repercusiones de la crisis de 1907, pero no se arruinó. Como mi padre era el primogénito, le pagaron los estudios, con lo que se consideraba que ya le habían dado lo que le tocaba. Uno de sus hermanos heredó las viñas. Yo me he convertido en lo que soy porque soy un tipo social muy común en Francia entre los intelectuales: hijo de maestro y maestra, sobrino de maestra [referencias a los trabajos de Agulhon]. Se trataba de personas que, procedentes de familias campesinas modestas, tenían la impresión de haber superado una barrera social por el simple hecho de vestir como señores, de llevar sombrero rígido. En el pueblo, al maestro le llamaban “señor”; a la maestra, “señora”; se había superado, efectivamente, una especie de barrera social y la satisfacción que sentían por este hecho les vinculaba fuertemente a la república. De hecho, era gente republicana. Durante mi infancia lo que distinguía fundamentalmente a las personas era que fuesen republicanas o que no lo fuesen. En mi pueblo la mayoría eran republicanos. Los “reaccionarios”, que era como se lla­ maba a los otros, eran pocos. He crecido, pues, en un ambiente republicano del sur»; entrevista de Marina Cedronio, «Uno storico e le crisi del mondo moderno: a colloquio con Pierre Vilar», Studici Storici, n.° 2 (1990), pp. 325-326 (hay traducción catalana en Reflexions d ’un historia­ dor, Universitat de Valencia, Valencia, 1992, pp. 97-120).

3.

El texto no parece, en principio, tener ningún secreto, pero esconde una referencia li­

teraria que quizás valga la pena indicar. Vilar dictó, en francés, casi con exactitud, las palabras iniciales de uno de los Contes du lundi de Daudet que más aprecia, el titulado «La demiére

classe. Récit d’un petit alsacien», que constituía una de las lecturas escogidas habituales en los manuales de la escuela primaria; en la línea de la educación patriótica que se explica en «Lo común y lo sagrado». Este es el comienzo: «Ce matin-lá, j ’étais tres en retard pour aller á l’école, et j ’avais grand-peur d’étre grondé, d’autant que M. Hamel nous avait dit qu’il nous in-

La narración, que describe una situación totalmente inversa a

terrogerait sur les participes

la vivida por el niño Vilar — en la escuela todo estaba en orden— , acaba con la llegada de las tropas alemanas al pueblo y con un Vive la Franee! escrito por M. Hamel en la pizarra.

».

HISTORIA E IDENTIDAD

5 5

Rusia, el zar ha sido depuesto y se ha proclamado la República; estamos seguros de que esto no va a dañar la causa de los aliados». He dicho que el recuerdo de aquella mañana tal vez pudo permanecer en mi espíritu a causa de circunstancias particulares, personales. Pero imagine­ mos lo que podía significar aquel instante en la transmisión de una visión ofi­ cial de las cosas. Desde 1914 nos habían obligado a cantar al mismo tiempo que La Marsellesa y el God save the King el Boie tsara krany. Y he aquí que teníamos que sustituir, de repente, la imaginería monárquica por una imagi­ nería calcada sobre la republicana francesa. Lo que me sorprende es que en el mes de octubre siguiente o más exac­ tamente, entre nosotros, a principios del mes de noviembre, no supe exacta­ mente nada acerca de la Revolución rusa de Lenin y de los bolcheviques, la que tomaría el nombre de Revolución de Octubre y que el filme de Eisenstein nos describiría de forma genial. Sin embargo, para entonces el orden material ya había sido restablecido en mi vida de niño, y los periódicos estaban enci­ ma de la mesa. Pero la revolución de Petrogrado —nadie decía de San Pe- tersburgo— no ocupó ciertamente las primeras páginas de los diarios. En 1918, después del triunfo de los aliados, la Revolución rusa fue con­ siderada un hecho de importancia secundaria. Me parece que la elimina­ ción de los revolucionarios alemanes Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, llevada a cabo por los socialdemócratas, mereció mucha más atención en Francia. Se presentó como una noticia tranquilizadora. También es cierto que desde 1918 hubo en Francia entusiastas de la Revolución rusa y que en 1920 los socialistas franceses, en el Congreso de Tours, se pronunciaron mayorita- riamente por la imitación de esa revolución, pero sobre este punto mi testi­ monio es muy claro: a los catorce años no sabía nada sobre el Congreso de Tours. A mediados de 1921, el hambre en Rusia se nos describía con toda suerte de detalles, y era unánimemente presentada como una consecuencia directa de la revolución social. ¿Cómo, por qué, en qué medida, puedo decir que mi adolescencia, mi ju­ ventud, entre 1918 y 1924, entre mis doce y dieciocho años, estuvo marcada, a pesar de todo, por los acontecimientos del Este de Europa? Fue, creo, por­ que mis jóvenes anhelos estuvieron muy pronto marcados por una reacción contra la guerra y contra el espíritu de la guerra. En este mismo libro explico, en mis reflexiones sobre «Lo común y lo sa­ grado», lo que había significado la educación de mi primera infancia en las escuelas primarias de la República: una sacralización de la patria, una acep­ tación del sacrificio de la patria que, bajo otra forma, había sido igualmente predicada por la Iglesia. El unanimismo de la movilización, el «gran miedo» de otoño de 1914, y el alivio de la batalla del Mame, habían sido plenamen­ te sentidos en el seno de mi familia a pesar de, o tal vez a causa de, no tener ningún miembro próximo entre los que arriesgaban diariamente su vida.

5 6

PENSAR HISTÓRICAMENTE

Conservo un recuerdo, sin embargo, que me permite fechar un cierto giro en la unanimidad de la opinión francesa ante la guerra. Fue en 1916, en Mont- pellier. Al entrar en la panadería de nuestro barrio encontramos a la vende­ dora de pan, una mujer por lo general muy tranquila, en un estado de exci­ tación rayano en la histeria. Sin duda acababa de recibir una noticia trágica para su familia o para alguien de su entorno, y ella denunciaba el sacrificio exigido a toda una juventud: ¿por qué?, ¿para quién? ¿No bastaría —decía ella— con que Guillermo II y Raymond Poincaré se batiesen entre ellos? Mi

tía y mi madre, maestras las dos, que me acompañaban, no sabían qué acti­

tud tomar. ¿Había que sonreír o indignarse? Ya no estábamos en el tiempo de los torneos, y ni siquiera en la Edad Media se habían dirimido así las di­

ferencias entre los grupos históricos. Sin embargo, percibía de forma clara que

mi madre y mi tía no condenaban a la panadera. Compartían su indignación

frente al sacrificio de toda una juventud. En esto consistía el giro. La guerra continuaba, pero algunos empezaban a preguntarse si no era una estupidez. En Francia, si bien la victoria de 1918 alivió a todos, también es cierto que dividió el país: por una parte, antiguos combatientes orgullosos de sí mismos, políticos decididos a capitalizar la victoria y, por otra, antiguos com­ batientes avergonzados de todos los horrores que habían tenido que vivir y que predicaban el rechazo anarquizante de la guerra o la confratemización de las clases populares contra sus dirigentes. Ahí, en esa encrucijada de opcio­

nes, se sitúa mi adolescencia. Un nacionalismo exaltado por la victoria, un pacifismo exaltado por los recuerdos de cuatro años de horrores. No tuve ninguna duda, y muy pronto me hallé en el campo exaltado de los pacifistas. Esta división aparentemente ideológica, pero de hecho producto de los inconscientes individual y colecti­ vo, fue la de mi generación. En aquellos años prácticamente sólo mantuve contactos, entre los de mi generación, con mis compañeros de lycée. No puedo decir, en consecuencia, que mi testimonio sea sociológicamente muy válido. En una escuela de en­ señanza secundaria privada, dominada por una burguesía católica, es proba­ ble que mi testimonio hubiera sido cuantitativamente distinto, como tampoco habría sido el mismo si yo hubiera pertenecido a un medio realmente popu­ lar, a un medio de obreros o de aprendices. El medio de mi lycée mantenía alguna relación con la burguesía de la llamada la HSP, la alta [haute] socie­ dad protestante, pero sus miembros eran minoría enfrente de una mayoría constituida por una muy pequeña burguesía comercial y funcionarios.4

4.

«

en 1916 “entrar en el lycée”, para un hijo de maestro, era “cambiar de mundo”. Quizás

mucho más en la imaginación de la gente de “primaria” que en la realidad, porque las clases pre­ tenciosas (si no el conjunto de las clases dirigentes) de aquel tiempo se educaban, mucho más que en el instituto, con los hermanos jesuítas» (Prefacio de Pierre Vilar a Héléne Desbrousses, Institu-

HISTORIA E IDENTIDAD

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En mi lycée nos dividíamos entre pacifistas y nacionalistas, pero con una gran mayoría de pacifistas. Comencé a percibirlo en la clase de troisiéme, en el curso académico 1919-1920, es decir, mientras se estaba discutiendo el tratado que había de organizar la Europa de entreguerras. Aquel año tuvimos a un pro­ fesor de francés muy influido por la filosofía mística, pero políticamente do­ minado por el nacionalismo; era el producto resultante, a la vez, de una forma­ ción clásica y de la tradición católica. Se trataba, si no me equivoco, del padre de un hombre que habría de desempeñar un papel destacado en la generación intelectual de entreguerras y de la posguerra después de 1945: Thierry Maul- nier. La discusión empezó a partir del comentario de Horacio de Comeille:

«Albe vous a nommé: je ne vous connais plus» [Alba os ha nombrado: ya no os conozco]; esta ruptura de toda comunicación amistosa o amorosa a causa de la oposición patriótica, por el simple hecho de la ruptura entre dos realidades de grupos políticamente organizados, nosotros, jóvenes estudiantes de lycée, ya la condenábamos. Estábamos del lado de Curiado: «Je vous connais encore et c’est-ce qui me tue» [Os conozco todavía y esto es lo que me mata] y también del lado de las imprecaciones de Camila rebelándose en nombre de su amor contra su patria: «Rome, l’unique objet de mon resentiment! Rome, á qui vient ton bras d’immoler mon amant!» [Roma, el único objeto de mi resentimiento, Roma, a quien tu brazo acaba de inmolar a mi amante]. Estábamos, mayorita- riamente, contra la humanidad del viejo Horacio, viejo predicador patriota, y contra la inhumanidad del joven Horacio, que combatía sin piedad.5 La discusión, muy pacífica, de ningún modo violenta, entre patriotis­ mo y pacifismo, prosiguió y se concretó en 1920-1921, en mi clase de deu- xiéme, bajo la influencia de otro profesor, un gran helenista esta vez, que había vivido los últimos años de la guerra cerca de los hospitales improvisa­ dos en la retaguardia inmediata del frente. Nos hizo leer La vie des martyrs de Georges Duhamel, que describía su propia experiencia.6 Este contacto

5. Horacio, escrita en 1640, basada en el relato de Tito Livio, expresa el enfrentamiento

personal entre los Horacios y los Curiados, que representaban respectivamente los intereses de las ciudades rivales de Roma (que emergía con fuerza) y Alba (fundada, según el mito, por el hijo de Eneas). Ha sido vista como la tragedia que refleja el conflicto entre el deber patriótico y la pasión. Camila, hermana del Horacio vencedor, estaba prometida con uno de los Curiados. Los dos primeros versos corresponden a un largo diálogo entre Horacio y Curiado (acto II, es­ cena III). El verso que pronuncia Camila corresponde al diálogo entre ella y Horacio, que acaba

de matar a Curiado (acto IV, escena V).

6. El escritor Georges Duhamel (París, 1884-Valmondois, 1966), después de haber formado

parte, en 1908, con Jules Romains, del «grupo de la Abadía de Créteil» (donde se establecieron las bases del unanimismo), fue profundamente marcado por la guerra de 1914. Con formación de ciru­ jano, ejerció como tal durante la guerra. Es esta experiencia la que inspira La vie des martyrs (1917) y Civilisation (1914-1918). En la primera de estas obras describe el mundo de las enferme­ rías y los hospitales del frente; los «mártires» son los pacientes. En 1949 Duhamel publicó conjun­ tamente sus seis novelas referentes a las dos guerras con el título de Récits des temps de guerre.

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PENSAR HISTÓRICAMENTE

con un hombre eminente que nos transmitía un testimonio directo fue de­

cisivo.7

El año siguiente, otro profesor, también buen lingüista, pero incapaz de asegurar la disciplina en su aula, nos ofrecía, los sábados por la tarde, la po­ sibilidad de combatir intelectualmente los unos con los otros a golpes de tex­ tos y de poesías. Revivimos la querella de 1840. Al Rhin allemand de Becker respondía el desafío de Musset: «Nous l’avons eu, votre Rhin allemand! II a

tenu dans notre verre

en nuestro vaso

[¡Lo hemos tenido, vuestro Rin alemán! Ha cabido

»

].

Y Lamartine respondía con La Marsellaise de la paix:

«Je suis concitoyen de tout homme qui pense / La vérité, c’est mon pays!» [Soy conciudadano de todo hombre que piensa. / ¡La verdad es mi país!].8 A setenta y cinco años de distancia, hallo una cierta grandeza en este diá­

logo entre adolescentes mediante textos literarios. El año siguiente descubrí en la Biblioteca Municipal de Montpellier el Romain Rolland de Por encima

problemáti­

ca revolución o conservación, del ejemplo de Rusia, o de la resistencia occi­

dental. Pero el problema la paz o la guerra no dejaba de estar relacionado con el problema la revolución o la contrarrevolución.

del conflicto.9 Es fácil ver que todo esto se halla muy lejos de la

7. Se trataba de Louis Séchan, que más tarde sería profesor de la Sorbona y un importan­

te helenista. En el seminario del Instituí d’Histoire du Temps Présent (1985) Pierre Vilar habló de Séchan en estos términos: «Me fascinaban sus cualidades en el terreno literario. Sobre este aspecto de los campos de influencias, hay todavía que tener en cuenta los temperamentos indi­ viduales. Conocí más tarde a un amigo, ingeniero, matemático, de un alto nivel, que me dijo:

“Fui alumno de Séchan: ¡cómo me aburría en sus clases!”. Yo me aburría en las clases de mate­ máticas, que para él habían sido decisivas. No es que yo detestase las matemáticas; tengo mi bac Mat. Elém y entré en la École en la sección C. Pero el profesor que el otro admiraba me parecía

pesado, pedante, y no me enseñó nada sobre los caminos del mundo. Séchan, aunque aburriera

a algunos de sus alumnos, me parecía, en cambio, un testigo de lo real, de lo social: salía de la

guerra, y no podía hablar de ella sin que le vinieran las lágrimas a los ojos. Nos leía a Duhamel —La vie des martyrs— y Le feu de Barbusse. Y a mí estos textos me parecían esenciales».

8. Los manuales de historia de la literatura francesa hablan, efectivamente, de «querella» al

referirse a la reacción que provocó el poema patriótico del poeta renano Nicolás Becker (1809- 1845), publicado en septiembre de 1840. El poema es conocido en alemán con su primer verso:

«Sie Sollen ihn nicht haben, den freien deutschen Rhein» (No lo conseguirán, el libre Rin ale­ mán). Correspondía a los ideales de «La Joven Alemania» y recibió críticas de Heine. Becker envió un ejemplar a Lamartine, quien respondió, en mayo de 1841, con La Marseillaise de la paix, concebido como un himno a la fraternización universal, que se publicó en junio de 1841 en la Revue des Deux-Mondes. Musset, que había encontrado la respuesta de Lamartine dema­ siado «idealista», improvisó en algunas horas, un día de junio, una canción que recordaba — y se recreaba recordando— las humillaciones sufridas por Alemania. El poema, como la traduc­ ción que el mismo poeta había hecho del poema alemán, apareció en la Revue de París; fue mu-

sicado y tuvo mucho éxito.

9. En sus «Reflexions sur les années 20», Vilar había sido un poco más explícito: «Me

veo leyendo en la Biblioteca Municipal de Montpellier Por encima del conflicto de Romain Ro­ lland: ¡qué entusiasmo! ¡Un hombre, pues, había intentado y había podido eludir la absurda

aceptación de la matanza!».

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La Revolución rusa había comportado episodios de confratemización en­ tre combatientes rusos y combatientes alemanes. En Brest-Litovsk había sido firmada la paz entre el gobierno alemán y el gobierno revolucionario ruso; para unos se trataba de una traición, para otros de un ejemplo. Había habido, también, el proyecto de intervención militar de los aliados occidentales con­ tra la Revolución rusa, y la revuelta de unos marinos franceses, en el mar Negro, contra esa intervención. Los llamados «amotinados del mar Negro», con André Marty al frente, en Francia eran vistos como traidores por unos, y por otros como héroes.1011Estaban en la cárcel, ¿hasta cuándo? He ahí el pro­ blema. Un problema paz-guerra más que un problema revolución-contrarre­ volución. Creo que mi primera toma de posición, de adolescente, ante los proble­ mas políticos fue el interés que despertó en mí el semanario satírico Le Ca­ nard Enchainé, cuyo primer número apareció en 1917. Políticamente se tra­ taba de un órgano anarquizante, en modo alguno comunista. Sólo defendía a los comunistas cuando éstos dirigían campañas contra el gobierno, sobre todo en materia militar y diplomática. Y fue por esta vía, la vía del pacifis­ mo anarquizante, que empecé a leer —al principio sólo los titulares— L'Hu- manité, diario comunista.11 No viví, pues, ningún fenómeno de conversión, ningún fenómeno de creencia. Simplemente, sentía preferencia, y era normal en un adolescente, por las soluciones radicales y no por las opciones tímidas y moderadas. Y fue entonces cuando —en materia de paz, no aún en materia social— empecé a decirme: los revolucionarios ¿no han obtenido mejores re­ sultados que los diplomáticos? Los métodos parlamentarios son impotentes, ¿por qué no la agitación en las calles? La primera vez que me dejé convencer por un orador comunista fue, cu­ riosamente, por una oradora. Yo había acompañado a mi hermana a una reu­ nión a favor del voto de las mujeres. La última oradora representaba al Par­

10. André Marty (Perpiñán, 1886-Toulouse, 1956) lideró la rebelión de los miembros de

la tripulación de un barco de guerra francés, en abril de 1919, que se negó a atacar a los bol­ cheviques en el mar Negro. Fue condenado, si bien la protesta popular consiguió la amnistía en 1923. Ese mismo año entró en el Partido Comunista Francés. Durante la guerra civil española fue inspector general de las Brigadas Internacionales.

11. En el seminario de historiadores del Instituí d’Histoire du Temps Présent (1985), Vilar

afirmó: «Mi conciencia política, entre los 13 y los 17 años, fue despertada por el Canard. Nega­ tivamente. Poincaré, “el hombre que ríe en los cementerios”; Clemenceau, “primer policía de Francia”, Barres y su “movimiento de barbilla”. Fue a partir de estas visiones negativas que em­ pecé a leer (ocasionalmente) L’Humanité. De forma espontánea, porque en mi casa no lo leían. Nadie me lo había aconsejado. Pero, a partir de las denuncias negativas del Canard, era lógico preguntarse: ¿se pueden encontrar otras explicaciones, se pueden mantener posiciones diferen­

tes? La posición comunista se me hizo visible en aquellos momentos. Pero también quiero pre­ cisar: en 1920, el Congreso de Tours me pasó totalmente desapercibido. Tenía catorce años. Quizás empezara a comprar L’Humanité a los quince».

6 0

PENSAR

HISTÓRICAMENTE

tido Comunista y dijo: «Nosotras también estamos a favor del voto de las mujeres, pero la primera cosa que hay que hacer, si pensamos en lo que está pasando hoy, en la ocupación del Ruhr, en el riesgo de un nuevo deterioro de las relaciones entre franceses y alemanes, en el riesgo de una nueva guerra a la que serían arrastrados franceses y alemanes, las mujeres podemos hacer­ nos oír más y mejor a través de grandes manifestaciones populares que a tra­ vés de los votos». La oradora hablaba bien y me convenció. Es fácil ver que no se trataba en absoluto de los efectos sobre una joven imaginación del «gran resplandor del Este». ¿Cuándo y de qué modo tomé conciencia de los problemas sociales, de los problemas de la política interior? Recuerdo perfectamente que fue en el curso de aquellos mismos años, 1920-1924, cuando percibí por primera vez en mi entorno la realidad de los problemas de orden material en la vida diaria. «El franco —se decía— tan sólo vale cuatro sueldos», pero los salarios de ) los funcionarios no se habían quintuplicado.12 Al mismo tiempo, se estaban constituyendo visiblemente, a nuestro alrededor, enormes fortunas. Se habla­ ba de los nuevos ricos. Entre nuestras amistades más próximas había un maestro, ya mayor, que había sido durante toda su vida sindicalista y socia­ lista a la manera de Jaurés, su ídolo de antes de la guerra. Le oí muchas ve­ ces tratar de lo que entonces se llamaba la perecuación, es decir, el deseo de la gente, y de los funcionarios en particular, de no perder sus ingresos reales ) en tiempos de subida incesante de los precios. Al mismo tiempo veíamos también con regularidad a una amiga de mi tía procedente del mundo de la pequeña empresa que nos repetía siempre que la causa de todos los males era la ley de las ocho horas.13 Creo que fue entonces cuando empecé a pregun- '

12. Desde 1803 (ley de Germinal) y hasta 1914, el franco (equivalente a 20 sueldos) se

había mantenido estable. La frase que cita Vilar fue pronunciada muchas veces en los debates parlamentarios entre 1918 y 1928. Ese último año, con Poincaré, se dictó una nueva definición del franco francés (1 franco nuevo equivalía a 5 francos antiguos). Alfred Sauvy reflexiona so­

bre la obsesión monetaria de aquellos años en Histoire économique de la France entre les deux

guerres, vol. I, Económica, París, 1965, capítulos II, III y IV.

.

13. Sobre aquellos años, Vilar ha escrito: «Recuerdo las huelgas de 1920, la de los ferro­

carriles sobre todo, que siguieron a subidas de precios del orden del nueve por ciento mensual, hecho que a veces se olvida en los estudios históricos. Lo que indignaba, en mi casa y a mi alrededor, era ver jóvenes estudiantes elegantes que hacían ostensiblemente de esquiroles, ¡y que lo hacían en nombre de “la acción cívica”! Me parece significativo señalar que recuerdo inten- 1

sámente aquel episodio, mientras que el Congreso de Tours, la escisión del Partido Socialista, parecen habérseme escapado. En la vida de un adolescente los hechos sociales pueden conmo­ ver mucho más que los políticos. Creo que desde entonces he tenido siempre la vaga sensa­ ción de que no era suficiente conseguir victorias electorales o parlamentarias, sino que era la » sociedad entera, en sus principios, la que tenía que cambiar» («Reflexions sur les années 20», p. 20). Según estas palabras, Vilar descubrió, ya en su adolescencia, las trampas de la fórmu­ la «la política, primero» (atribuida al líder de Action Fransaise, Charles Maurras), que sería repetidamente denunciada por Labrousse, cuando condenaba «los peligros de la imputación ai

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tarme sobre el precio y el tiempo del trabajo, la subida de precios, la com­ paración entre salarios y precios. No digo que lo comprendiera todo, pero este tipo de problemas ya no dejaría de interesarme. En aquellos años, y hasta 1924, el poder parlamentario se hallaba consti­ tuido por la llamada «Chambre Bleu-Horizon», es decir, una Cámara domi­ nada por el espíritu de los antiguos combatientes,*14que había llevado a cabo, por ejemplo en 1921, una represión muy dura contra toda manifestación obrera. Pienso en la huelga de los cheminots, que constituye un auténtico hito en materia social. Y del mismo modo que había empezado a decirme: «Des­ pués de todo, en Rusia, han hecho bien en firmar la paz», empecé a decirme:

«Después de todo, en Rusia han hecho bien en hacer la revolución». Insisto. Fue una resolución, no una pasión. Y si yo transmitía este pensamiento a mi padre, él me respondía: «¿Y tú crees que ellos están mejor ahora?». Ya he di­ cho que se hablaba mucho del hambre en Rusia. Creo que ya desde entonces opuse al «ellos» de mi padre esta pregunta: «¿Es posible pensar en los rusos en su conjunto?». Es más probable que, después de una revolución, unos sientan que la situación ha mejorado, al menos relativamente, y otros, que han perdido sus privilegios. Es lo que me habían enseñado en la escuela a propósito de la Revolución francesa.15 Pero sólo recuerdo todo esto como deducciones, como razonamientos, no como anhelos de orden pasional. De hecho, no sentí una curiosidad ávida por

lo político [au politique]» en la interpretación histórica. La «vaga sensación» de que habla el texto se erigiría pronto en constatación. Véase la nota 17 de este mismo capítulo.

14. En palabras del mismo Vilar: «El sufragio universal, en la Francia de 1919, acababa

de enviar al Palais-Bourbon la Chambre Bleu-Horizon, hecho que defraudó muchas esperan­ zas de futuro que se habían hecho los combatientes más sinceros. Jules Romains, en el capítulo de Les hommes de bonne volonté, donde se esfuerza por reconstruir las reacciones vacilantes de un joven intelectual francés ante el naciente fascismo italiano, esboza una comparación entre este fascismo y la versión francesa poincarista del nacionalismo. No fue en los métodos, natural­ mente, sino en la forma en que ambos movimientos consiguieron responder, paralelamente, al peligro que corrieron los responsables de la guerra de ser barridos por una ola de impopularidad.

Su habilidad fue asumir cínicamente, espectacularmente, en los discursos y en los actos, el or­ gullo por las actitudes de guerra, prometer que llegaría un día en que con esto se saldría ga­ nando, convertir los antiguos combatientes en una fuerza de conservación social, impedir que sus rencores adquiriesen un verdadero sentido revolucionario» («Reflexions sur les années 20», pp. 20-21).

15. En la entrevista con Marina Cedronio, Vilar comenta: «Aunque yo era muy joven, ya

hacía la objeción que más tarde hizo Labrousse y pensaba: “Tal vez haya gente que esté peor que antes, pero también debe de haber quien esté mejor”». En su artículo «Emest Labrousse et le sa- voir historique», publicado en un número de la revista Armales Historiques de la Révolution Frangaise (1989) (hay traducción castellana en P. Vilar, Pensar la historia, México, 1992), de­ dicado al maestro poco después de su muerte, Vilar vuelve a reconocer esta idea como una idea fundamental en la forma de trabajar el «análisis diferencial», es decir, «de clase», de Labrousse:

«Le gustaba mucho recordar las evidencias. Cuando una verdadera revolución tiene lugar, nos decía, ¡recuerden que hay gentes descontentas!» (p. 67).

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PENSAR HISTÓRICAMENTE

conocer lo que sucedía realmente en Rusia; en mi entorno inmediato, las in­ fluencias eran exclusivamente reformistas, siempre antirrevolucionarias. Ju- les Romains, en su serie de novelas Les hommes de bonne volonté, que intenta cubrir el primer tercio de siglo, sitúa alrededor de 1920 el episodio Cette grande lueur á VEst. Lo estudia notablemente, tanto en los medios obreros como en el medio modesto de maestros y pequeños funcionarios, pero sobre todo en París. En mi juventud en Montpellier mi curiosidad por el Este no fue jamás de tipo pasional, sino básicamente inspirada por un razo­ namiento a contrario, en particular en materia de guerra. En mis años de lycée en Montpellier sólo conocí a un profesor con la re­ putación de comunista. Se convirtió más tarde en un gran especialista del África del Norte y coincidiría con él a menudo después de los años cincuen­ ta. Ya no era comunista, pero le gustaba recordar que en su juventud había conocido a Lenin. En mis recuerdos de adolescencia, él es sobre todo el hom- bre que yo había oído en una sala de la Opera de Montpellier, en una confe­ rencia sobre la historia de la canción francesa, desde la Edad Media hasta los últimos aires musicales de moda. El profesor universitario que lo había pre­ sentado, mi profesor de historia, concluyó el acto diciendo: «Nos habían anunciado un orador con un cuchillo entre los dientes, pero se trataba tan sólo de una flauta».16 Es evidente que hasta 1924 «este gran resplandor del Este» no me había iluminado demasiado. El 11 de mayo de 1924 compartí la alegría de toda la gente de izquierda por la victoria de la alianza electoral llamada Cartel des Gauches. Acudí, entre la multitud, a llevar flores ante un busto de Jaurés. Po­ cos días después, sin embargo, el Cartel des Gauches no conseguiría elevar a la presidencia de la República al candidato deseado, y leí con interés la críti­ ca de L'Humanité que analizaba este primer paso en falso del reformismo.17

16. Se trataba de Charles-André Julien, futuro profesor de historia de Africa y de la colo­

nización en la Sorbona. Autor de Histoire de i Afrique (París, 1941) y de numerosas obras de historia del África del Norte. Uno de los carteles de la derecha representaba al comunista como

un hombre con el cuchillo entre los dientes. Le couteau entre les dents (Editions Clarté, París, 1921) era también el título de una obra de Henri Barbusse dedicada a los intelectuales.

17. Después de las elecciones, Millerand, el presidente de la República, dimitió. Pero

cuando hubo que elegir a su sucesor, las fuerzas moderadas del Congreso no aceptaron al can­ didato propuesto por las izquierdas. Vilar ha explicado en alguna ocasión que el fracaso del Car­ tel des Gauches le proporcionó el primer ejemplo —decisivo— de un fracaso de democracia parlamentaria: «Hasta 1926 no nos dábamos cuenta de que todos los problemas, incluidos los re­ lativos al gasto público, a la moneda, etc., eran resueltos de manera contraria al programa y a las esperanzas de 1924. Nos encontramos con lo que Sauvy ha llamado la “regla de los dos años”; en 1924 teníamos un Parlamento de izquierda y en 1926 se llevaba a cabo una política de dere­ cha» (entrevista con Marina Cedronio, 1990). En el Seminario del Instituí d’Histoire du Temps Présent (1985) Vilar reflexiona sobre las críticas que algunos historiadores han hecho a Herriot — el político radical que lideró el cártel— de no «entender de economía»: «Pienso en el libro de

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Algunos días más tarde un primer éxito importante en mi carrera universi­ taria, la admisión inesperada en el concurso de la École Nórmale Supérieu- re, me hizo partir para París.18 Significaba el fin de mi modesta experiencia provinciana.

Jean Noel Jeanneney [Legón d'histoire pour une gauche au pouvoir, Seuil, París, 1977], sólido como todo lo que él ha escrito, pero que sugiere más o menos que Herriot no sabía nada de cien­ cia económica y que fue por eso que la experiencia fracasó. No. Fracasó porque la realidad del poder, en la totalidad que representa el régimen económico-social, no se encuentra en manos de los políticos. La economía sólo puede funcionar en determinadas condiciones; proponer medidas que la contradigan está fuera de discusión: la moneda se hunde, las inversiones se detienen, etc. Pienso que esta constatación desempeñó un gran papel en la formación de mi visión marxista de las cosas». Vilar también habla del fracaso de Herriot y del retomo de Poincaré en «Reflexions

sur les années 20»: «[estos hechos] están, ciertamente, en el origen de una crítica marxista de la

democracia

a través de su condena de las democracias formales, no simpatía, ciertamente, pero sí una cierta indulgencia hacia el fascismo teórico». De Nizan, de Bruhat y de las tentaciones del fascismo, Vilar hablará en los capítulos siguientes.

que incluso se traslució por un momento en Nizan y, de forma pasajera, en Bruhat,

18.

«Formalmente, si el hijo del maestro tiene éxito en la escuela, cosa nada extraña, se le

enviaba después al lycée con la intención de que acabase siendo profesor. Cuando digo profesor exagero, porque yo podía haber sido ingeniero y quizás mis padres hubiesen estado más conten­ tos porque habría ganado más dinero. Pero esto, en realidad, no tenía demasiada importancia. En realidad, pensaban: “Estudiará, tendrá éxito en los estudios, será el mejor”. Y llegar a la École Nórmale Supérieure, verdaderamente, era lo mejor que podía soñarse. No tengo por qué quejar­ me del sistema social» (de la entrevista con Marina Cedronio, p. 236).

Capítulo 2

Hay otra pregunta que los que se interesan por mi itinerario personal suelen hacerme. Es esta: «Entre 1925 y 1929, usted estuvo de forma cotidia­ na en contacto con la École Nórmale de Jean-Paul Sartre, de Paul-Yves Ni- zan, de Raymond Aron, de Georges Canguilhem, de Maurice Merleau-Ponty, de Robert Brasillach, de Simone Weil. ¿Cómo vivió usted esos contactos?, ¿qué le reportó esa proximidad?».1 Pero esta pregunta —que en Francia resulta muy clara— requiere en el ex­ tranjero algunas explicaciones previas. Es del todo legítimo que un lector extranjero no sepa, en primer lugar, qué era exactamente la Ecole Nórmale y también que desconozca la identidad de alguno de los personajes que acabo de citar. Lo que legitima aquí mi testimonio es que existen, sobre este tiempo y so­ bre este medio, no tan sólo los recuerdos de los interesados —Sartre, Aron,

y

1.

El lector notará — en este capítulo más que en ningún otro— el esfuerzo de Pierre Vilar

para hacerse comprender por un público no francés. Siguiendo sus indicaciones, en las notas a pie de página se ha procurado dar la máxima información sobre las personas, las institucio­ nes o las situaciones a las que Vilar hace referencia en el texto. Pueden ayudar al lector no ini­ ciado en el ambiente cultural francés, no sólo a aclarar el texto, sino también a recrear el am­ biente del París de los años veinte, sobre el que Vilar reflexiona. Respecto a los nombres citados en la pregunta, desigualmente conocidos en España, también recibirán un tratamiento desi­ gual en el libro. No es necesario explicar, evidentemente, quién es Jean-Paul Sartre, pero quizás sí haría falta dar alguna referencia sobre Nizan, o Brasillach, si Vilar no hablase de ellos largamente. En cambio, apenas volverán a mencionarse en el texto los otros nombres aquí cita­ dos. El politólogo Raymond Aron ha representado a menudo un punto de referencia en las posiciones de Vilar. Aron escribió en 1938 — es decir, en el período que abarca este libro— Philosophie critique de l ’histoire; Vilar le opondrá su «crítica histórica de la filosofía». Merleau- Ponty fue el fundador, con Sartre, de la revista Les Temps Modemes, si bien los dos filósofos se distanciaron pronto. Muerto en 1961, había representado durante mucho tiempo la izquierda no comunista. Georges Canguilhem ha sido uno de los filósofos franceses contemporáneos más influyentes, especialista en filosofía de las ciencias. Vilar hace una rápida descripción de Simone Weil (1909-1943) y de su pacifismo exaltado en la «Clóture du colloque» de Les frangais et la guerre d'Espagne. El coloquio se celebró del 28 al 30 de septiembre de 1989, y sus actas fueron editadas por Jean Sagnes y Sylvie Caucanas en Perpiñán, Centre de Recherches sur les problé- mes de la frontiére/Université de Perpignan, 1990.

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Brasillach, completados con los de Simone de Beauvoir—,2sino también verda­ deros estudios sistemáticos como el libro de Sirinelli Génération intellectuelle? De hecho, hace algún tiempo, en el marco de un cuestionario de Sirinelli, res­ pondí en gran medida a la pregunta aquí planteada, si bien en aquella ocasión no tuve necesidad de explicar cosas conocidas por todos los franceses. Empezaremos por la pregunta más elemental. ¿Qué es exactamente la Ecole Nórmale? En Francia, al menos en los medios intelectuales, si alguien dice Ecole Nórmale y nada más, sin añadir Supérieure, pero dando a enten- der, con el tono, que escribiría con mayúsculas Ecole y Nórmale, todo el mundo sabe que se trata de una institución única, situada en París, en la rué d’Ulm, en la prolongación de una de las alas del Panthéon, en la ladera orien­ tal de la montaña Sainte Géneviéve. Precisamente se celebra este año, en 1994, la fundación de esta Institución por la Convención Nacional, poco antes de termidor.4 La Convención fundó, una al lado de otra, dos grandes écoles. Una, la Ecole Polytechnique, tenía que formar a los oficiales de inge­ niería y de artillería, y a los grandes ingenieros.5La École Nórmale tenía que formar profesores de enseñanza secundaria, a partir de entonces nacional, y debía proveer y tomar a su cargo, para todas las grandes ciudades francesas, la formación de las clases dirigentes, sustituyendo en esta misión a los cole­ gios religiosos, y en particular a los jesuitas, que la habían llevado a cabo hasta 1761. Esta gran Ecole, pues, fundada en París por la Convención, fue organi­ zada a la manera napoleónica: laica, pero un poco convento y un poco cuar-

s

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2. De Sartre, Cahiers de la dróle de guerre, Gallimard, París, 1983 (traducidos al castella­

no como Cuadernos de guerra, Edhasa, Barcelona, 1983). De Aron, Mémoires. 50 ans de réfle-

xion politique, 2 vols., Julliard, París, 1983. De Brasillach, Notre avant-guerre, Pión, París, 1941. De Simone de Beauvoir, Mémoires d'une jeune filie rangée, Gallimard, París, 1958, y La forcé de l ’age, Gallimard, París, 1960 (traducidas al castellano como Memorias de una joven formal y La plenitud de la vida, Edhasa, Barcelona, 1987 y 1982). Podemos añadir las memorias de un compañero de estudios de Vilar, el historiador y militante comunista Jean Bruhat, II n ’est jamais trop tard, Albin Michel, París, 1983.

3. Jean-Fran90is Sirinelli, Génération intellectuelle. Khagneux et normaliens dans Ventre-

deux guerres, Fayard, París, 1988. El libro contiene una extensa bibliografía de otros estudios sobre la Ecole Nórmale y sobre el París de entreguerras. Muchas de las noticias que aparecerán a pie de página han sido extraídas de este libro.

A

4. La Ecole Nórmale Supérieure fue fundada exactamente el 10 de octubre de 1794 (19

vendimiario del año II). Se ha celebrado recientemente el bicentenario, con motivo del cual se

*

han publicado diferentes estudios: Jean-Fran^ois Sirinelli, dir., Le livre du Bicentenaire. Ecole Nórmale Supérieure, PUF, París, 1994; Eric Méchoulan y Pierre-Frani^ois Mounier, Nórmale Sup. Des élites pour quoi faire?, Editions de l’Aube, París, 1994, y Daniel Nordman, dir., L’Ecole

Nórmale de l ’an III, Dunod, París, 1994. También puede consultarse el catálogo de la exposición L’Ecole Nórmale Supérieure, Archives Nationales, París, 1994.

5. El 22 de octubre de 1794 (1 brumario del año III) se creó la École Céntrale des Travaux

Publics, futura Ecole Polytechnique.

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tel. Cada año entraban en ella entre quince y treinta normaliens de ciencias y entre quince y treinta normaliens de letras. Durante mucho tiempo constitu­ yeron un número suficiente para la provisión de profesores para una enseñan­ za secundaria muy elitista. En el último tercio del siglo xix, algunos de los nombres más ilustres de la cultura fueron responsables de la dirección de la École Nórmale. En letras, Fustel de Coulanges, Emest Lavisse.6 En ciencias Louis Pasteur. El pequeño edificio, bordeando la rué d’Ulm, que sirve —o que servía en mi tiempo— de enfermería de la Ecole, había sido sede del laboratorio en el que Pasteur había trabajado sobre la vacuna contra la rabia. Hay orgullos de cuerpo que no son ilegítimos. A condición, naturalmente, de que todo normalien no se crea un Pasteur. Del lado literario y filosófico también hubo promociones cé­ lebres, como la que contaba, entre unos veinte nombres, los de Jean Jaurés, Henri Bergson y el cardenal Baudrillart. Son nombres que permiten subrayar la variedad de espíritus y de carreras.7 Pero también puede adivinarse que a finales del siglo pasado, cuando la enseñanza se extendió y se diversificó, aparecieron otras escuelas normales. En primer lugar, una escuela normal superior para chicas, que fue emplazada

6. Algunas noticias sobre las actuaciones como directores de estos dos historiadores servi­

rán para ilustrar algunos aspectos concretos de la evolución histórica de la École Nórmale Su- périeure. El historiador —medievalista y especialista de «la ciudad antigua»— Numa-Denis Fus­ tel de Coulanges fue el director de la École Nórmale de 1880 a 1883. Sus iniciativas significaron un cambio importante en la historia del sistema normalien y el origen de las khágnes, es decir, de las clases preparatorias para el concurso de la Nórmale (que ya existían en ciencias) a las cua­ les se referirá más adelante Vilar. El también historiador Emest Lavisse fue el director de la École en 1903, otro año de reformas importantes. Se hicieron cambios en el contenido de los exámenes del concurso de admisión (que se intentaron adecuar a los nuevos programas de ense­

ñanza secundaria de la reforma de 1902). Además de los ejercicios comunes (temas de francés, de filosofía, de historia y latín) el candidato tenía tres opciones: a) traducción griega; b) redac­ ción en una lengua viva; c) tema de ciencias. Se limitaba también el número de veces que un candidato podía concursar a tres y la edad de los concursantes (entre 18 y 24 años). Vilar siguió la opción c.

7. Eran de la promoción de 1878. Alfred Baudrillart (1859-1942), agregado de historia y

geografía, fue profesor de lycée hasta 1890, año en que fue ordenado sacerdote. A partir de 1890 enseñó en el Instituto Católico de París, y fue rector de este centro desde 1907. En 1918 entró en la Académie Fran5aise y en 1935 fue nombrado cardenal. Henri Bergson (1859-1941), agre- gado de filosofía, fue profesor de lycée de 1881 a 1897, maitre de conférences en la Ecole Nór­ male Supérieure de 1897 a 1900, profesor en el Collége de France desde 1900, miembro de la Académie des Sciences Morales et Politiques en 1901 y de la Académie Fransaise en 1914, y premio Nobel de literatura en 1928. El historiador Jean Jaurés (1858-1914) fue — según Sirine- lli— el primer normalien convertido en un político de dimensión nacional, y el único que habría seguido este camino antes de 1914. En los años veinte, sobre todo a raíz de la victoria del Car­ tel des Gauches, la situación cambiaría radicalmente. Pronto se hablará de la République des professeurs. Este es el título del libro de Albert Thibaudet (París, 1927). Vilar entra en la École en este nuevo contexto.

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en un barrio de las afueras de París, en Sévres. Después, dos escuelas nor­ males de enseñanza primaria superior, en Fontenay para las mujeres y en Saint-Cloud para los varones. Finalmente, ya en el siglo xx, una escuela nor­ mal superior de enseñanza técnica en la que eran admitidos muchachas y muchachos a la vez. En su momento hablaré de los esfuerzos que realizamos en nuestros años, de 1924 a 1929, para acercar entre sí a los alumnos de las cinco escuelas normales. No tuvimos demasiado éxito. La fusión no se ha realizado aún. Durante demasiado tiempo la educación secundaria francesa fue una educación de carácter burgués. Quiero decir que costaba dinero, excepto para algunos hijos de funcionarios. Cuando esta educación se generalizó, una pro­ moción de normaliens que no contaba con más de veinte o treinta de cien­ cias, y con veinte o treinta de letras, no fue suficiente para asegurar la provi- sión de todos los lycées. Así, la Ecole Nórmale de la rué d’Ulm se convirtió básicamente en una cantera de profesores de enseñanza superior y de investi­ gadores, sin contar aquellos que se dedicarían a la política o a la empresa privada. No pretendo hablar de la Ecole de hoy, que es muy diferente de la de mi generación, y que conozco a través de mi nieto, que entró en ella exacta­ mente sesenta años después de mí. Quiero evocar, como el marco de un epi­ sodio de la historia, la École Nórmale de mi tiempo. Se trataba de algo muy peculiar. Una escuela que no era una escuela, un internado que no era un internado, con dormitorios que no eran dormitorios, y con salas de estudio que tampoco eran salas de estudio. No tenía nada que ver con un campus norteamericano, ni con un college británico. Se trataba de algo muy original, que yo no había previsto. He dicho que era una escuela que no era una escuela: no se impartían cursos magistrales, no había aulas ni cátedras. Tan sólo se organizaban algu­ nos seminarios en pequeñas salas. Los de ciencias, al contrario, disponían de numerosos laboratorios y centros de estudios, muy estrechos y muy cerrados. Un internado que no era un intemado: porque podíamos entrar y salir en cualquier momento del día o de la noche. Y si bien la comida común, en el refectorio, como en un convento, solía ser frecuentada por todos los alumnos, era porque en general tenían pocos recursos y porque a los que no tenían pro­ blemas económicos también les gustaba reunirse, cantar, hacer mido, gritar «vivas» o silbar según la calidad de la comida, y meterse los unos con los otros con canciones. El edificio era de planta cuadrada, y se organizaba alrededor de un patio interior bastante bello. Había pocos espacios verdes, tan sólo un pequeño jar­ dín, que daba a una calle pintoresca y muy antigua, con nombre pueblerino: la me de Pot-de-Fer. No había habitaciones individuales, pero en los dormitorios unos biombos separaban los compartimientos: una especie de celdas del ta-

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maño de una cabina de paquebote. Los servicios comunes estaban abiertos durante todo el día. Uno podía levantarse, tomar un baño a cualquier hora y volver a dormir, siempre que tuviera el sueño fácil. Durante dos años, me despertaba todos los días, entre las siete y media y las ocho de la mañana, por los ruidos de las canciones de uno de mis vecinos, Paul Bénichou, uno de nuestros bravos camaradas que se sentía próximo a los surrealistas. Sus canciones eran estrafalarias, y sus letras siempre escandalosas y provocativas. Bénichou sería profesor universitario en Estados Unidos, especialista en los moralistas franceses del siglo xvn. Este tipo de carrera no será demasiado raro entre los normaliens de letras. La originalidad se hallaba, sobre todo para los de letras, en el sistema de thumes. Este era el nombre que recibían las pequeñas salas de estudio que los pequeños grupos de normaliens podían amueblar y decorar a su gusto. Eran grupos de cinco o seis en el primer año, de tres o cuatro en el segundo, y de dos o tres en los dos últimos años. En las thumes, naturalmente, empe­ zaba la selección y se reafirmaban las amistades más sólidas. En el primer año el azar desempeñaba un papel importante, en los años siguientes se con­ firmaban las afinidades entre aquellos que eran llamados co-thumes8—los que compartían las pequeñas salas de trabajo— y también con los co-thumes vecinos. La manera de vestir, en los pasillos y en las salas de trabajo, era en gene­ ral bastante descuidada, sobre todo entre los de ciencias. Los físicos, quími­ cos y biólogos casi nunca se quitaban su bata de trabajo, que era el símbolo de sus actividades de investigación. Algunos de letras aprovechaban esta cir­ cunstancia para imitar esta negligencia. Jean-Paul Sartre era uno de ellos. También había normaliens parisinos y, por lo tanto, externos; todos tenían una thume asignada, pero su utilización variaba según los gustos o el empla­ zamiento del domicilio de cada uno. En general destacaban por su corrección en las formas de vestir. En cambio, los normaliens internos se paseaban a menudo por el barrio con su ropa de trabajo. Se trataba de un barrio de antiguos conventos. El nombre de las calles lo delataba: Ursulines, Feuillentines (una calle muy querida por Victor Hugo niño). La encrucijada entre las calles Gay-Lussac, Claude Bemard, Feuillen- tiñes y Ulm parecía a menudo el patio de la Ecole. El café más próximo, muy pequeño, se llamaba Normale-Bar, pero nosotros decíamos, más corrientemen­ te, que íbamos «chez la Baronne», a casa de la baronesa. A menudo comprá­ bamos algo en la panadería y tomábamos el café «chez la Baronne» mientras jugábamos al bridge, o a la belote9 con compañeros elegidos al azar. Años más tarde, en los momentos y lugares menos pensados, he encontrado perso-89

8. El juego de palabras entre co-thume y cothume [coturno] es, naturalmente, intraducibie.

9. Juego de cartas.

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ñas que me han dicho: ¿te acuerdas de nuestros bridges, «chez la Baronne»? Me lo han preguntado un director de investigación espacial, o uno de los ini­ ciadores de la teoría matemática de conjuntos. No lo digo con vanidad. De hecho, no debo nada a aquellos encuentros. Algunos de nuestros camaradas filósofos se sintieron muy pronto atraí­ dos por las reflexiones sobre las ciencias. Pienso en Jean Cavadles, Albert Lautman, Georges Canguilhem1011o, más tarde, Michel Serres. No fue este mi caso ni tampoco lo habitual. Es muy difícil exigirle a un joven espíritu, en el momento en que empieza a especializarse, la realización de un sobreesfuer­ zo interdisciplinario. Pero no hacía ningún daño oír formular una gran varie­ dad de preguntas; era mucho mejor que encerrarse en una única problemáti­ ca. Hubo algunas amistades de la École célebres, como la de Luden Febvre y Paul Langevin, que fueron fructíferas en el campo de las reflexiones sobre la ciencia y la educación.11 Y si me pregunto, ahora, cuáles fueron los frutos, y las enseñanzas, de aquellos cuatro años de Ecole Nórmale, veo con claridad que tendré que dis­ tinguir entre aspectos muy diversos. ¿Me preparé suficientemente, universita­ riamente, para convertirme en el historiador que después he sido? ¿En qué medida supe sacar provecho del París de los «años locos», como ha sido lla­ mado? En tercer lugar, ¿juzgué adecuadamente a los hombres que me rodea­ ban?, ¿adiviné o presentí el papel que algunos de ellos iban a desempeñar en el futuro? Finalmente, ¿hasta qué punto nos preparamos social, política e intelectualmente para las tragedias que nos reservaban los años centrales del siglo? ¿Cómo viví, entre 1924 y 1929, mi preparación para la realización de mi vocación de historiador? De hecho, cuando pensaba en mi futuro, no me imaginaba historiador, sino geógrafo. También es verdad que por aquellas fe­ chas no había en Francia ninguna contradicción entre las dos vocaciones. En secundaria, se enseñaba conjuntamente historia y geografía. Pienso que era una buena opción. Las pruebas que tenían que superar los candidatos a pro­ fesores también incluían las dos disciplinas.

10. En 1937 Jean Cavaillés y Albert Lautman sostuvieron de muy jóvenes —tenían vein­

tinueve años— tesis sobre «las nociones de estructura y existencia en matemáticas» y sobre «el desarrollo contemporáneo de las ciencias matemáticas». Georges Canguilhem presentó, en 1943,

su tesis de medicina en Clarmont-Ferrand: Essai sur quelques problémes concemant le normal

et la pathologique. Jean Cavaillés y Albert Lautman, buenos amigos, serían fusilados en plena lucha de la Resistencia. Habían formado parte, como Vilar, del grupo de estudiantes socialistas de la École Nórmale. Georges Canguilhem, uno de los grandes discípulos del filósofo pacifista Alain, fue también un luchador importante de la Resistencia. En 1976 Canguilhem publicó el li­

bro Vie et morí de Jean Cavaillés.

11. Después de la guerra, el físico Paul Langevin y el historiador Lucien Febvre colabora­

ron en un proyecto de reforma de la enseñanza. Vilar hablará más adelante con admiración de Paul Langevin (1872-1946) rememorando la fundación de La Pensée.

7 0

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En Montpellier había conocido los trabajos, las tesis, de tres grandes geó­ grafos. Se trataba de tres estudios de la llamada «geografía regional». Inten­ taban describir la vida económica y social de las regiones, no únicamente a partir del estudio de la tierra y de sus recursos, sino también del estudio de un largo pasado que abarcaba desde la prehistoria hasta la modernización del siglo xix. Eran los estudios de Jules Sion sobre Normandía, de Albert Demangeon sobre Picardía y de Raoul Blanchard sobre Flandes.12La asocia­ ción del estudio sobre la tierra con el estudio de los hombres significaba in­ teresarse, a la vez, por datos de orden científico, de orden económico, de orden demográfico: lo que en años más recientes se ha llamado ecología. Recuerdo que el hombre que me orientó hacia el estudio de Cataluña, Maxi- milien Sorre, escribió en el curso de los años cuarenta un tratado de ecología que pasó casi desapercibido.13 Ai pues, hacia 1925, eligiendo ser geógrafo, elegí ya aquello que se con­ vertiría en mí, más tarde, en una especie de obsesión: la historia total. Con la esperanza, naturalmente, de una mejor comprensión del mundo contemporá­ neo. El maestro que había elegido en 1925, Albert Demangeon, acababa de publicar un pequeño libro, Le Déclin de VEurope,14donde se veía con claridad la decadencia relativa de Europa, en el conjunto de las actividades mundiales, en relación con lo que había sido a principios de siglo. El mismo Demangeon, cuando decidí seguir su seminario en el Institut de Géographie, dependiente de la Sorbona, era conocido como un gran especialista del Imperio británico. Fue consultado como experto sobre la utilidad eventual de una red ferrovia­ ria transahariana. También preparaba, en colaboración con el historiador Lu­ den Febvre, un libro titulado Le Rhin,15 en el que se analizaba el papel del

12. Jules Sion, Les Payscms de la Normandie oriéntale, Pays de Caux. Bray, Vexin Nor-

mand, Vallée de la Seine; étude géographique, París, 1909; Raoul Blanchard, La Flandre, París, 1906; Albert Demangeon, La Picardie et les régions voisines, Artois, Cambrésis, Beauvaisis,

París, 1905. Los tres autores pueden ser considerados de la escuela geográfica de Vidal de la Blache.

13. Max Sorre, Les Fondements biologiques de la géographie humaine. Essai d'une éco-

logie de l ’homme, París, 1943 (hay edición castellana en Editorial Juventud). Es el primer volu­ men de Les Fondements de la géographie humaine, 3 vols., A. Colin, París, 1943-1952. Sobre la obra de Max Sorre, véase el capítulo 9 de Anne Buttimer, Society and milieu in the French geo- graphic tradition, Rand McNally/Association of the American Geographs, Chicago, 1971 (hay

traducción castellana: Sociedad y medio en la tradición geográfica francesa, Oikos-Tau, Vilas-

sar de Mar, 1980).

14. Albert Demangeon, Le Déclin de l'Europe, París, 1920.

15. Le Rhin, Societé Générale Alsacienne de Banque, Imprimerie Alsacienne, Estrasbur­

go, 1930. El libro reapareció en 1935 con el título Le Rhin, problémes d'histoire et d ’économie, Armand Colin, París. Febvre se refiere a esta colaboración en «Deux amis géographes. Jules Sion, Albert Demangeon», Anuales d'Histoire Sociale, III (1941), reproducido en Combats pour

Vhistoire.

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71

gran río desde el punto de vista de sus particularidades geográficas y del de su adscripción a la historia a la vez. Recuerdo también que, a los pocos días de mi llegada a París, uno de mis antiguos profesores de historia de Montpellier, a quien encontré en la galería del teatro del Odéon —aquellos días una feria de libros—, me enseñó uno de los primeros volúmenes aparecidos de la colección titulada L'Évolution de l'humanité, que habría de convertirse en el gran proyecto de Lucien Febvre.16 El título me gustó. Resumía bien la materia de toda ciencia humana: pensar históricamente la evolución de la humanidad. Toda historia debe ser pensada sociológicamente, toda sociología debe ser pensada históricamente. Esta era la forma de pensar de la que sería lla­ mada escuela de los Annales. Pero el primer número de los Annales d ’His- toire Economique et Sociale, de Lucien Febvre y Marc Bloch, no apareció hasta las últimas semanas de mi estancia en la École Nórmale. Apoyado en el marco de una ventana de esta École, el gran historiador Jean Meuvret me mostró un día el primer número de esta revista diciéndome: «Esto es lo que he estado esperando». ¿Significa ello que no saqué ningún provecho de lo que llamábamos, en­ tre 1925 y 1929, de un modo más clásico, en la Sorbona, la enseñanza de la historia? Más de una vez, hacia las dos de la tarde, me dormí durante alguna clase aburrida. Mi primer año de estudios de historia en la Sorbona coincidió con el último de enseñanza de Charles Seignobos, profesor de historia con­ temporánea, autor, con Charles-Victor Langlois, de un libro clásico de meto­ dología de la historia que se convertiría más tarde en la diana preferida de los ataques de Lucien Febvre contra la historia évenementielle, la historia de los acontecimientos, y la historia puramente política. Ciertamente, el primer curso de orientación de Charles Seignobos, consi­ guió irritarme. «Jóvenes estudiantes —nos dijo— cuando elijan un tema de investigación, no elijan nunca un tema que les interese, porque si les interesa es que ya tienen una idea preconcebida y, si es así, no serán historiadores po­ sitivos, historiadores imparciales.» No todo es falso ni absurdo en esta ad­ vertencia. Es cierto que todos tenemos, en nuestro interior, alguna pasión más o menos consciente, y es peligroso ceder a este sentimiento. Pero la idea de elegir un tema que no me interesase a priori me parecía aún más absurda. El problema del investigador es el de tener conciencia y conocer el porqué de su propio interés.

16.

La colección L'Évolution de l'humanité fue fundada en 1920 y dirigida en sus inicios

por Henri Berr, en la «Bibliothéque de Synthése historique». Lucien Febvre colaboró en el pro­

yecto y en 1922 publicó su obra La ierre et l'évolution humaine, que combatía el determinismo geográfico. Febvre habla de su colaboración con Berr en «Hommage á Henri Berr. De la Revue de Synthése aux Annales», Annales ESC, VII (1952), también reproducido en Combáis pour

l'histoire.

72

PENSAR HISTÓRICAMENTE

En cuanto a la preferencia de Seignobos por la historia puramente évene- mentielle y política, que denunció Lucien Febvre, me permito ponerla en duda. Era costumbre en 1925, para cada examen de graduación, movilizar a tres profesores de la facultad. Pude ver y oír a Seignobos presidiendo uno de esos tribunales. Cuando uno de sus colegas planteaba a un estudiante una pregunta un tanto peliaguda sobre un hecho demasiado preciso, Seignobos murmuraba de manera que todos pudiésemos oírlo: «Ch’sais pas, moi», yo no lo sé. Y el candidato se tranquilizaba. No hay que caricaturizar a nadie. Aprendí también que no había que caricaturizar, sobre todo —como al­ gunos aún hoy hacen con gusto—, al gran historiador Albert Mathiez, espe­ cialista de la Revolución francesa. Era considerado entonces, como aún lo es hoy, una especie de romántico robespierrista. Advertí desde su primera lec­ ción que era el hombre que mejor conocía todos los mecanismos sociales, los más profundos, del siglo xvm francés y de su gran transformación por la Re­ volución francesa. Un espíritu claramente inclinado hacia la historia total. Recuerdo que un día, en una exposición sobre la política religiosa de Napo­ león, una de nuestras compañeras estudiantes, esperando complacerlo, le dijo no comprender qué podía ser una «psicología colectiva religiosa popular». Mathiez se irritó: «Mademoiselle, vous étes aussi béte que Napoléon» [Se­ ñorita, es usted tan estúpida como Napoleón]. Lo que no quería decir que Mathiez considerase estúpido a Napoleón, sino que pensaba que el historia­ dor debía intentar comprender lo que los políticos demostraban, en la histo­ ria, no haber sabido comprender. Algunas otras lecciones de historiadores no me dejaron indiferente. Hubo profesores que me impresionaron por su elocuencia y su pasión. Una clase de Jéróme Carcopino rememorando los grandes procesos de Cicerón era una maravilla, en cuanto a la lengua y a la inteligencia. Una clase de Henri Fo- cillon sobre los frescos románicos o sobre el tímpano de Conques era un au­ téntico regalo.17Recuerdo que en una clase de Henri Focillon oí por primera vez pronunciar —con dificultad, torpemente, pero ¡con qué sinceridad!— el nombre, dijo él, de su amigo «Puiquicadafalq» (Puig i Cadafalch). Es bueno saber distinguir entre la vocación que conduce a la compren­ sión y la comprensión que justifica y hace más profunda la vocación. Estos recuerdos sobre la vieja Sorbona —no la medieval, la de mi juventud— me sugieren que si bien todo dogmatismo debe ser sometido a la crítica, también conviene evitar el dogmatismo en la crítica. Lucien Febvre y su escuela cari-

17.

Jéróme Carcopino era especialista en historia romana y Focillon en historia del arte.

En otras ocasiones Vilar ha afirmado conservar buenos recuerdos de otros tres profesores de aquella Sorbona: Henri Hauser, que ocupó la primera cátedra de historia económica de la Sor­ bona, y que fue el antecesor directo de Labrousse; Gustave Glotz, especialista en historia anti­ gua y de quien recordará siempre que les había hablado de «salarios» en la Grecia esclavista, y el

medievalista Ferdinand Lot.

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7 3

caturizaron demasiado, sin duda, a figuras como las de Seignobos o Mathiez, del mismo modo que la pequeña revolución de 1968 condenaría demasiado globalmente la institución universitaria. Me he preguntado más de una vez si no había tanto orgullo injustificado en la insolencia de nuestra juventud, en la École Nórmale de 1925-1928, como en el autoritarismo o la solemnidad de algunos cursos ex cathedra. En cierto modo, nuestra insolencia y nuestra suficiencia hacia la vieja Sorbona pueden ser explicadas por la conciencia que teníamos de participar, con ma­ yor o menor intensidad, en el París de los años locos, en el París de las gran­ des agitaciones, de las grandes propuestas renovadoras en la literatura, en la música, en el teatro o en el cine. No pretendo haber sabido distinguir, en cada uno de los jóvenes que co­ nocí, qué sabían exactamente sobre los medios parisinos y sobre la manera de acceder a ellos y disfrutarlos. Me remito a lo que han escrito, cuando han escrito algo sobre ello. Es cierto que la École Nórmale nos facilitaba el ac­ ceso a grandes cosas. Particularmente, yo sólo me aproveché de ello como espectador, nunca como participante activo o actor, en los círculos, grandes o pequeños, de la literatura o del teatro. Conservo grandes recuerdos en dos campos: la música y el cine. En el terreno musical, no dejaba pasar una semana sin asistir a un gran concierto de música clásica y me acostumbré a escucharlos, si era posible, con la par­ titura en la mano. Me acuerdo especialmente de los conciertos Straram, una institución de la que oigo hablar estos días [mayo de 1994] en la radio, en France-Culture. Straram, director de orquesta norteamericano, se puso ente­ ramente a disposición de la juventud, y nos inició en Stravinski, Honegger y Darius Milhaud. Cuando regresé de mi primer viaje a España, en 1927, me interesé, naturalmente, por Albéniz, Granados y Falla. En la Ópera creo ha­ ber visto entonces lo esencial de Wagner, excepto Parsifal, si bien comple­ té la tetralogía en los Campos Elíseos, en 1929. Tampoco desconocía Pellé- as y algunas óperas rusas. En el mundo del teatro, estábamos en la época de Louis Jouvet, y fue entonces cuando aprendí, en particular gracias a mi amigo Pierre Boivin, hasta qué punto Knock no era —como a menudo parece entenderse— una diatriba contra los médicos materialistas, sino que describía la constitución voluntaria de una sociedad alrededor de una idea fija, es decir, que consti­ tuía un análisis sorprendentemente lúcido del totalitarismo.18 También era

18.

El título completo de la obra es Knock ou le triomphe de la médecine. Estrenada en 1923,

significó el gran triunfo de Jules Romains como autor de teatro. Su gran intérprete, durante años,

será Jouvet. Puede ser oportuno reproducir algunas reflexiones del actor, en una conferencia pro­ nunciada en 1949, que corroboran, a posteriori, las impresiones de Vilar: «Hace veinticinco

años

que habrían de dominar el mundo, la sugestión y la autosugestión. A través de Knock, en un

Jules Romains anunciaba, sin que todavía lo supiésemos, los mecanismos desaforados

7 4

PENSAR HISTÓRICAMENTE

fiel a Pitoéff,19 en su Hamlet, y en todos los Pirandello: Seis personajes en busca de autor , Enrique IV , Cada cwa/ a sw manera. Pero jamás intenté, como lo hizo Brasillach, entrar en la intimidad del matrimonio Pitoéff. Se­ guramente debido a mi modestia y a mi timidez, pero también, creo, porque lo que me interesaba realmente era el teatro en sí mismo y no la anécdota de sus actores. El cine fue mi gran descubrimiento. Había sido un mundo desconocido para mí hasta los dieciocho, diecinueve años, en Montpellier. Me divierte mucho, últimamente, escuchar por la radio algunas versiones sobre los años de mi juventud normalienne. Dos comentaristas se han atrevido a decir —no consigo imaginarme a partir de qué fuente de información— hace muy pocos días [mayo de 1994] que en la École Nórmale de aquellos años se descono­ cía el cine y que leyendo a Brasillach quedaba claro que había sido él quien había introducido la moda del cine en la Ecole. Puedo asegurar que desde 1925 mis mejores amigos y yo pasábamos en el cine casi tres tardes por se­ mana. En un principio fueron los lunes, en el Vieux Colombier —«Le 'Vieux Co» lo llamábamos—, donde casi siempre ponían filmes extranjeros revolu­ cionarios. Pienso en un filme mudo como Los tejedores20 acompañado al piano por una anacrónica Internacional, y en muchos filmes soviéticos. Muy pronto el miércoles se convirtió en el día del cine de las Ursulines, donde a menudo coincidíamos con algún normalien de ciencias, con su bata de labo­ ratorio. Allí vi todo el cine de vanguardia, el primer René Clair —Les fiancés de la Tour Eiffel—, los filmes de Mumau —Nosferatu—, La p }tite Lilie, Una novia en cada puerto y La carreta fantasma.2' En 1928 se creó en Montmar- tre —un poco lejos, es verdad— Studio 28. El nombre indica la fecha. Yo ya había visto —en las Ursulines— Un perro andaluz. Conocía ya Barcelona y había podido reconocer en el filme a Jaume Miravitlles.22 En Studio 28 vi el último pase de La edad de oro, el día antes de su prohibición. Muchos años

/

anuncio de carácter profético, Jules Romains iluminaba de un trazo el poder, la trascendencia de las ideas-fuerza y de las teorías colectivas» (son fragmentos del texto de la conferencia re­ producido por Olivier Rony, Jules Romains ou iappel au monde, Robert Laffont, París, 1993, p. 575).

19. Georges Pitoéff (Tiflis, 1884-Ginebra, 1939) fue uno de los grandes actores y directo­

res del París de los años veinte. Con él actuaba su esposa, Ludmilla Pitoéff (Tiflis, 1895-Rueil,

1951).

20. Los tejedores, de Friedrich Zelnik (1927), versión cinematográfica del drama de Haupt-

mann.

21. La p ’tite Lilie es un film de Alberto Cavalcanti (con la colaboración de Jean Renoir).

Una novia en cada puerto fue dirigida por Howard Hawks (1928) y La carreta fantasma por el

director sueco Victor Sjóstróm (1920).

22. Jaume Miravitlles, en aquel tiempo, era militante independentista, y había tomado par­

te en los hechos de Prats de Molió en 1926. Estuvo exiliado en Francia hasta 1930. Brasillach habla de él en el libro de recuerdos Notre avant-guerre (1941).

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después, en los años 1945 o 1950, Pepito Llorens Artigas me explicaría al­ gunos secretos de esta filmación.23 Si reflexiono sobre Robert Brasillach, su amor por el cine es la única cosa que me inclina a la indulgencia.24 Tan sólo compartí con él un año de Ecole, y habría de coincidir con él más tarde, por azar, en algunas ocasiones. Notre avant-guerre25 es el testimonio de una pretensión personal absurda e Histoire de la guerre d'Espagne26 —donde niega pura y simplemente el bombardeo de Guemica— anunciaba ya, en 1939, que Brasillach sería capaz de grandes y aberrantes locuras políticas. No siento por él ninguna lástima. Este caso excepcional, pero no del todo aislado, me ha hecho reflexionar mu-

23. Sobre las circunstancias de las películas Un perro andaluz y La edad de oro, de Bu-

ñuel, puede leerse lo que el mismo Buñuel explica en Mon dernier soupir, Robert Laffont, París, 1982. Un perro andaluz, en 1929, fue concebido por Buñuel y Dalí, en perfecto acuerdo. El filme fue rodado en París, en quince días, con dinero de la madre de Buñuel. El filme tuvo

éxito, y estuvo ocho meses en Studio 28, que lo había comprado. Hubo denuncias, pero no fue prohibido. En la Navidad de 1929, Buñuel entró en contacto con el aristócrata Charles de Noai- lles, quien se ofreció a financiar un nuevo filme. Para llevar el proyecto adelante Buñuel y Dalí se instalaron en Cadaqués, pero — siempre según Buñuel— «ya no había entre ellos la magia que había inspirado Un perro andaluz». La edad de oro es una obra enteramente de Buñuel, que rodó los exteriores en los alrededores de París y cerca de Cadaqués. Pepito Llorens Artigas, el ceramista amigo de Vilar — y de Picasso— aparece en el filme, como también aparecen Jacques Prévert y Max Emst, entre otros. Y la voz de Paul Éluard pone sonido a algunas imágenes del que era uno de los primeros filmes sonoros realizados en Francia. Después de una sesión par­ ticular en casa de los Noailles, el filme pudo verse en Studio 28. El séptimo día, grupos de ex­ trema derecha atacaron el cine, estropearon los cuadros de la exposición surrealista que había en la entrada, lanzaron algunas bombas y rompieron las butacas. Una semana más tarde, la prefec­ tura de policía prohibió el filme. La prohibición duraría 50 años.

24. Robert Brasillach (Perpiñán, 1909-París, 1945), de la promoción normalienne de 1928,

sería fusilado en 1945 por sus actividades de colaboración con Alemania durante la segunda guerra mundial. De hecho, sería el único intelectual ejecutado. Fran^ois Mauriac y otros inte­

lectuales intentaron evitarlo. Brasillach irá reapareciendo a lo largo del libro. Aquí sólo avanza­ mos que fue amigo personal de Pitoéff y gran amante del cine. En 1936 escribió (con su cuña­ do Maurice Bardéche) Histoire du Cinéma.

25. Robert Brasillach, Notre avant-guerre, Pión, París, 1941. En esta obra autobiográ­

fica Brasillach explica cómo conoció a Jaume Miravitlles en 1926, en Colliure. Explica que «Jaumet» le impresionó sobre todo porque se trataba de un condenado a muerte: «Condenado a muerte a los veinte años, ¿no era magnífico? Todos lo pensábamos». Brasillach cuenta también que Miravitlles le enseñó canciones catalanas revolucionarias, como La Santa Espina y los «ad­ mirables Faucheurs», y reproduce una estrofa de La Internacional en catalán. Al cabo de quin­ ce años, estos recuerdos le merecían este comentario: «Todo eso constituía una visión romántica de la rebelión y de la conspiración que es necesario que todo joven haya conocido algún día».

26. Robert Brasillach (con Maurice Bardéche), Histoire de la guerre d'Espagne, Pión,

París, 1939. En 1936 había publicado (con Henri Massin) Les cadets de / ’Alcázar, Pión, París,

y en 1939 publicó también Le siége de 1’Alcázar, Pión, París, con un prefacio del general Mos- cardó. El libro sobre la guerra de España fue muy pronto traducido al italiano, alemán y por­ tugués, y al castellano en 1966 (Imprenta Romeu, Valencia, 1966), con prólogo de Adolfo Porcar Gil.

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PENSAR HISTÓRICAMENTE

cho. ¿Debo considerar que Notre avant-guerre de Brasillach es también «mi» avant-guerre] Más bien tiendo a pensar que mis años de Ecole Nórmale, es­ pecialmente los tres primeros, fueron ante todo, una posguerra. De hecho, aún no habíamos dejado de reaccionar contra 1914-1918. Estoy pensando en una de nuestras canciones de 1927. Para denunciar, a los veinte años, un peligro de guerra, nos bastaba decir: «On se sent rajeuni de treize ans!» [¡Nos sentimos trece años más jóvenes!].27 Tan sólo habían transcurrido trece años desde 1914, y nueve desde 1918. Haber pasado de nuestra posguerra a nuestra preguerra, tal vez este haya podido ser el senti­ do, en 1928, de la promoción Brasillach. No estoy seguro de que Sirinelli, en Génération intellectuelle, haya visto de esta manera esa ruptura. Y ya no estoy, ¡ay!, en condiciones de releerlo.28 Notre avant-guerre de Brasillach tiene, al menos, el mérito de describir­ nos la pasión de un joven normalien ávido de entrar lo más rápidamente po­ sible en el mundo del teatro, del cine y del periodismo. En las promociones que lo precedieron tal vez este fuese también el caso de Nizan. No creo en cambio que se tratase del de Sartre. Sartre pensaba en escribir, naturalmente:

era su profunda vocación. Y su manera de organizar, entre nosotros, la revis­ ta, revelaba su talento para las obras de teatro y dejaba entrever su futuro. Pero no creo que en nuestros años comunes hubiera organizado su vida en este sentido.

.

-

4

27. Este verso forma parte de la canción titulada Complainte du capitaine Cambusat (el

capitán Cambusat era el instructor militar de la École de aquellos años), que se cantó en la Re-

vue de 1927, claramente antimilitarista, y provocó un gran escándalo, tal como queda reflejado

en Sirinelli, Génération intellectuelle , pp. 322-343, y en Bruhat, II n ’est jamais trop tard , pp. 44-

50. La canción se iniciaba con los aires de La Marsellesa y estos versos: «Je suis entré dans la carriére / Quand le métier avait du bon! / On pouvait espérer la guerre / et gagner pas mal de ga- lons!». La sexta estrofa — que seguía la música de la canción «ElTressemble á sa mere »— decía: «En ce moment la Yougoslavie / Et l’Italie / sont en conflit / On pourra tirer de cette af- faire / Un’petit’guerre / d’quatre ans et d’mi. / Les gens se disent tout bas: oü va-t-on en venir? / De quelque chos’comme’9a j ’ai gardé le souv’nir! / Mais lá-dessus vous tourmentez pas plus longtemps! / Ell’ressemble á sa mere, / Elle a tout, c’est charmant / De sa mere, la grand’guerre / On se sent rajeuni de treize ans / Si nous savons y faire, / Comm’la loi militaire / Sera done arri- vée au bon moment! / Mais ce n’était qu’un reve

28. Vilar hace una crítica del libro de Sirinelli en «La fondation de La Pensée. Souvenirs

d’un historien», La Pensée, n.os 270-271 (juño-octubre de 1989), p. 14: «Sirinelli otorga un lugar

justificado, en su análisis, al movimiento pacifista

pero periodiza mal los movimientos de

pensamiento de los grupos que estudia. Entre 1925 y 1929, tiempos del espíritu de Locamo y de la prosperidad, ser de izquierda y ser pacifista eran sinónimos. Sólo los comunistas (y eran una minoría) recomendaban no eludir la preparación militar (¡lo cierto es que automáticamente eran suspendidos en el examen!). Pero después de 1931, con la crisis y el auge de los fascismos, la línea divisoria se situó entre aquellos que veían claramente los peligros mayores y aquellos que preferían cerrar los ojos, a menudo por anticomunismo existencial». El estudio de Sirinelli abarca las promociones literarias de la École Nórmale Supérieure de 1920 a 1931. Sirinelli, efec­

tivamente, no señala con claridad el corte generacional que Vilar sugiere en el texto.

HISTORIA E IDENTIDAD

7 7

Sobre el París de los años locos, mi memoria se halla, pues, sobrecargada de imágenes de teatro, de cine, de ballet, de conciertos; y en mi thume no escaseaban las discusiones sobre literatura. Desconocía, en cambio, y era un mundo desconocido también para los que me rodeaban, los pequeños círculos creativos que se estaban fundando, o existían ya, no muy lejos de nosotros, cerca del Odéon o en Montpamasse. No supe, y siento por ello cierta ver­ güenza retrospectiva, que los más grandes poetas franceses —Bretón, Aragón, Eluard— se agrupaban o se dividían, en literatura como en política, y que He- mingway frecuentaba las librerías de la rué de Toumon. Tal vez porque era un joven provinciano, tímido y con demasiadas dudas acerca de su personalidad. Si existían galerías de arte, cafés musicales donde Cocteau tocaba la batería, casas editoriales grandes y pequeñas, nunca se me pasó por la cabeza que yo pudiera serles útil en algo, ni intuí de qué manera podía yo sacar provecho de su existencia. Dos o tres veces al año iba, por la noche, al Dome o a La Cou- pole, los cafés de moda de Montpamasse, donde intentábamos descubrir algu­ nos nombres conocidos. Recuerdo especialmente el rostro de Fujita, el pintor japonés, porque un japonés, en el París de aquellos tiempos, era algo raro. To­ mar un cóctel en los sótanos de la me Vavin era nuestro gran lujo. Sabía muy bien que al mismo tiempo, y tal vez aún más unos años des­ pués, algunos jóvenes de provincias recién llegados a París no tardaban en presentarse ante André Gide o Paul Léautaud.29 Ni mis amigos más cercanos ni yo, tal vez porque no nos creíamos destinados a realizar grandes tareas in­ telectuales en la capital, soñábamos con semejante posibilidad. Nizan, antes de aceptar la cuantiosa ayuda que le permitiría escribir Aden-Arabie30 fue a pedir consejo a Georges Duhamel, un vecino, porque vivía cerca de la Ecole. Pero si bien mi co-thume Pierre Boivin, convertido muy pronto en mi mejor amigo, hizo nacer en mí una auténtica pasión por la literatura de Jules Ro- mains, nunca se nos pasó por la cabeza la idea de acercamos hasta su casa para decírselo. Seguramente por la simple razón de que no aspirábamos a en­ trar en el mundo de la literatura. ¿Abundaban este tipo de aspiraciones en la École? Sólo puedo dar al res­ pecto algunas impresiones. Antes de entrar en la École, en mis años de inter-

29. «La visite au gran écrivain» ha sido considerada lieu de mémoire en la obra dirigida

por Pierre Nora (Les lieux de mémoire. La Nation, III, 1986, pp. 563-587). Paul Léautaud (Pa­ rís, 1872-Robinson, Seine, 1956), periodista y crítico teatral, fue un personaje clave del París intelectual de aquellos años. Sus Joumaux Littéraires, que empiezan en 1893, y que fueron pu­

blicados después de su muerte, han sido utilizados en muchos estudios como testimonio del París intelectual de entreguerras.

30. El primer libro de Paul Nizan, publicado en 1932. Son célebres sus palabras iniciales

(que hacen referencia a la época que Vilar analiza, si bien se refieren a los veinte años de cual­ quier persona): «Tenía veinte años, no dejaré que nadie diga que es la edad más bonita de la vida». En las primeras páginas describe el ambiente de la Ecole.

!

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PENSAR HISTÓRICAMENTE

nado en el lycée Louis le Grand, ya pude observar que algunos jóvenes de provincias soñaban con la literatura y el periodismo. Sirinelli, para estudiar nuestra generación intelectual, antes de situarse en la Ecole Nórmale, dedica muchas páginas a las clases de preparación, llamadas khágnes en nuestro ar­ got.31 Tres lycées proporcionaban el más fuerte contingente de cada promo­ ción normalienne. Tenían características diferentes. El lycée Condorcet era el lycée de la gran burguesía, y de allí salieron normaliens distinguidos. Pienso, por ejemplo, en un Raymond Aron. La khágne del lycée Louis le Grand, que durante un año fue el mío, reunía, al contrario, a un grupo numeroso de mo­ destos provincianos.32 Entre casi un centenar de jóvenes pude observar todo

/

31. Además de las referencias que aparecen en Génération intellectuelle, Sirinelli intenta

resumir los aspectos más característicos de esta institución — así como las distintas versiones sobre el porqué de este nombre y de esta ortografía— en «La khágne», en Pierre Nora, dir., Les

lieux de mémoire. II. La Nation, pp. 589-624.

32. Vilar explica su experiencia como khágneux en «Témoignage:

Un khágneux des

années 20», en C. Charle y Régine Ferré, eds., Le personnel de l ’enseignement supérieur en

Franee aux xix et xx siécles, CNRS, París, 1985. Este texto, de hecho, constituye una crítica al sistema de enseñanza de estos cursos preparatorios, sobre todo del curso seguido en París, al que contrapone la experiencia de Montpellier: «Se acababa de crear en Montpellier una clase de preparación, hypokhágne y khágne a la vez. No éramos más de media docena, estudiantes más que lycéens, y muy poco preocupados por el concurso. Ahora bien, puedo decir que, se­ guramente por eso, pasé en esta hypokhágne el mejor momento de mi formación. El profesor de latín, que en premiére me había parecido el profesor más desgraciado y el más maltratado por los alumnos del siglo, se reveló, ante un pequeño auditorio, un latinista extraordinariamente ca­ pacitado para transmitir su saber; el profesor de francés era un íntimo de Valéry; el profesor de filosofía había sido cothume de Eduard Herriot; el profesor de alemán, cothurne de Jules Romains; el profesor de historia era Jean-Rémy Palanque, también pedagogo inexperimentado en premiére y maestro apasionado en un nivel superior. Además, tenía tiempo de ir a la facultad, donde fui iniciado en Schopenhauer (lo cual no me marcó), pero también en Freud, lo que, en 1924, ¡no era tan habitual como ahora! No me sorprendo, ahora, de haber obtenido una buena nota en el examen escrito de aquel primer año, cuando nadie, y yo el que menos, se lo espe­ raba. Me hundí en el oral. Me perdí en los pasillos de la École, y sólo me relacioné con otros dos chicos de provincias poco familiarizados, como yo, con aquellos ambientes: eran Georges Canguilhem y Alphonse Dupront. Recuerdo sobre todo la prueba de historia, ¡delante de mí, Lu­ den Febvre! No sabía nada sobre él. Ni Jean-Rémy Palanque me había hablado de él. Me había puesto muy buena nota en la prueba escrita; pero, en la oral, tenía que hablar de “la India inglesa después de 1815” y no sabía absolutamente nada al respecto; me embarullé de una manera pe­ nosa; Lucien Febvre vacilaba entre la risa y la piedad; después de sesenta años, encuentro diver­ tido el recuerdo de ese primer encuentro». Vilar es mucho más severo en la valoración de su experiencia de la khágne Louis le Grand de París: «Si se trata de juzgar las influencias en mi ju­ ventud, he de decir que en este año de khágne fueron casi nulas. No conservo ningún recuerdo original de las clases de francés y latín. En filosofía, el desdichado Colonna de Istria se encon­ traba débil y enfermo; en lo alto de un inmenso anfiteatro, no escuché ni una palabra de su curso durante un año y me dedicaba a jugar al ahorcado con mi compañero de mesa, un negro magní­ fico de Guadalupe de metro noventa, que se llamaba Lenis Blanche. Quedaba el célebre curso de Alphonse Roubaud, que alguno de mis buenos amigos como Michel Foumiol todavía conside­ ran modélico; a mí, sus clases me aburrían, y cuando Roubaud, comentando uno de mis ejercí-

HISTORIA E IDENTIDAD

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tipo de vocaciones. Vocaciones políticas, vocaciones periodísticas. La mayo­ ría fracasaron, pero no todas. Pienso en René Maheu, que sólo soñaba con grandes entrevistas, artículos, comunicaciones, y que sería, en los años se­ senta, y durante mucho tiempo, director general de la UNESCO.33Desapare­ ció de mi horizonte durante los años de la École. Pero muy cerca de Louis le Grand había la khágne de Henri IV. Su prin­ cipal originalidad residía en el profesor que enseñaba filosofía: el escritor y filósofo Chartier, que firmó siempre su obra con el simple nombre de pila Alain.34 Se trataba de un filósofo anarquizante, más crítico que constructivo, que inspiró a toda una generación de pacifistas del tipo objetor de concien­ cia, muy poco capaces de razonar históricamente. Pero la palabra de Alain debía de ser fascinante, porque muy pocos de sus oyentes, de sus alumnos, conseguían librarse de su influencia. Existían, pues, y de una forma muy par­ ticular en el interior de la École, discípulos de Alain. No constituían una or­ ganización estructurada, pero su comunión en el pensamiento creaba una atmósfera especial y un difuso espíritu de clan. Dos hombres, que siempre eran nombrados conjuntamente, simbolizaban, e inspiraban, al grupo: Sartre y Nizan. Tengo ganas de decir, el dúo Sartre-Nizan, porque los estoy viendo toda­ vía, en nuestro pequeño teatro, en la revista de 1927. Bailaban, al son de la opereta Fifí, aquello que los musicólogos llamaban, entonces, una «danza des­ nuda», con un pequeño slip, un pequeño traje de baño. Pero Sartre cantaba:

«Ne vous inquietez pas, je porte la cravatte au cou» [No se inquieten, llevo la corbata en el cuello] y, efectivamente, una «corbata» encamada rodeaba su

/

cios (amablemente, por otra parte), me decía: “Monsieur Vilar, vaya con cuidado, usted hace

historia a la manera de Guizot, o de Karl Marx

que, sobre todo en el ejercicio oral, yo sabía más cosas que el año precedente. Mucho menos si­ tuado en el ejercicio escrito, remonté, afortunadamente para mí, en el oral. Todo esto es muy es­ colar, pero quizás merece un poco de atención. Entre iniciación cultural auténtica y obligado ejercicio de concurso, ¿quién encontrará la buena combinación, la buena fórmula?». Contrasta esta visión crítica con la de los demás testimonios recogidos por Charle y Sirinelli en sus estu­

dios, que sitúan a Roubaud como gran éveilleur de los jóvenes.

”,

yo me permitía pensar ¡ojalá! Pero es cierto

33. René Maheu (1905-1975) fue director general de la UNESCO de 1961 a 1974. René

Maheu es Herbaud en las Memorias de una joven formal de Simone de Beauvoir. Pronunció una conferencia en el grupo de estudios socialistas de la École con el título: «Pourquoi je suis indi-

vidualiste», y Simone de Beauvoir también destaca esta misma faceta del personaje.

34. Se llamaba en realidad Émile Chartier (1868-1951). Una simple mirada al índice ono­

mástico del libro Génération intellectuelle deja entrever la importancia que Sirinelli otorga a este personaje. El nombre de Alain figura en 130 páginas cuando ningún otro nombre supera las 65 referencias. Dos títulos de capítulos del libro incluyen el nombre de Alain, el capítulo XIII:

«Les éléves d’Alain» (pp. 427-496), y el capítulo XVII: «Les disciples d’Alain en guerre mon- diale» (pp. 590-632). Vilar, en la misma crítica citada en la nota 29 de este capítulo, cree que Sirinelli exagera la importancia de la influencia de Alain sobre su generación, fuera del ámbito

de los khágneux de Henri IV.

I

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PENSAR HISTÓRICAMENTE

garganta: era la insignia de commandeur de la Légion d ’Honneur que acaba­ ba de recibir nuestro director Gustave Lanson. Así eran objeto de burla, al mismo tiempo, la autoridad en la Ecole y el orden nacional. Nizan, con el as­ pecto de una bailarina del Folies-Bergéres, representaba una dama patrocina- dora de las fiestas de la Ecole. Era una manera de burlarse de las pretensio­ nes mundanas, aunque modestas, de la familia de los enseñantes. Eran temas

bastante clásicos en toda revista de estudiantes, pero la forma adoptada aquel año resultaba especialmente provocadora. Las canciones de las revistas eran generalmente compuestas por peque­ ños grupos. Yo no rehusaba formar parte de ellos porque resultaba muy di­ vertido. Nueve de cada diez veces, las cosas sucedían así: uno de nosotros proponía una estrofa de dos versos, generalmente muy sosa. Sartre fruncía el entrecejo, reflexionaba un par de minutos y proponía una nueva versión del texto, una combinación contundente de palabras, que evidenciaba y ponía de manifiesto un talento excepcional. Tan sólo daré un ejemplo de ello, por­ que me permite ilustrar y prolongar algunos de los temas ya tratados: nuestro antimilitarismo, nuestro nacionalismo, en la adolescencia, y también el re­ cuerdo próximo de la guerra de 1914. Teníamos miedo, decíamos, de rejuvenecer trece años. Italia y Yugoslavia discutían y se lanzaban amenazas de guerra a causa de Fiume, de Trieste. La prensa nacionalista vulgar sugería cada día que era necesario pegar a los bo­ ches 35 y partir la cara a la Unión Soviética. Queríamos ridiculizar con un aire patriótico lo que habíamos aprendido de niños, a los seis años: «En avant soldats de la France» [Adelante, soldados de Francia], exponiendo, es­ trofa tras estrofa, lo que cada sabio francés debería enseñar: «Lévy-Bruhl prouvera, en mesurant des cránes, / Que les Poméraniens sont des rétrogra- dés, / Que les fils de la Louve ont des máchoires d’ánes. / Et qui’ils ont á Moscou les neurones atrophiées!» [Lévy-Bruhl demostrará, midiendo crá­ neos, / que los pomeranios son unos retrasados, / que los hijos de la Loba tienen mandíbulas de asno, / ¡y que en Moscú tienen atrofiadas las neuronas!].

A modo de estribillo, Sartre propuso decir a los profesores universitarios fran­

ceses: «Vous coupiez les ailes au génie, / Faudra les fair’ servir demain / Aux canards láchés en série / Sur Moscou, sur Berlín!» [Habéis cortado las alas

al genio, / será necesario utilizarlas mañana, / para los canards producidos en

serie, / ¡sobre Moscú, sobre Berlín!].36 Si estos recuerdos de juventud aún

%

35. Forma despectiva de referirse a los alemanes.

36. La canción era una clara referencia a la ley Paul-Boncour sobre «la organización ge­

neral de la nación en tiempo de guerra» (1927) aprobada por la Cámara de Diputados por 500 votos contra 31. El artículo 4 de esta ley preveía «en el orden intelectual, una orientación de los recursos del país en el sentido de los intereses de la defensa nacional». La canción entera puede

encontrarse en Sirinelli, Génération intellectuelle, p. 326, y en Bruhat, II n ’est jamais trop tard ,

pp. 261-264, con muy pocas diferencias. Sirinelli, que investiga con todo lujo de detalles la

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interpelan mi conciencia de historiador, es porque sugieren la necesidad de fechar del modo más afinado posible las etapas de nuestro pasado. En 1927 todo belicismo francés se creía autorizado a desafiar a la vez a Moscú y a Berlín, y tal vez incluso a Roma. En la década siguiente había que elegir,

algunas elecciones serán inesperadas. Había algunos aspectos que yo encontraba particularmente molestos. Sar­ tre tal vez tenía razón cuando decía a los catedráticos «Vous coupiez les ailes au génie», pero yo era demasiado sensato para aplicarme la fórmula. En 1968, siempre con el estímulo de Sartre, demasiada gente se creería con el derecho de aplicársela. Además, la disciplina antropológica, ¿no ha pro­ porcionado los mejores argumentos contra el racismo? Y ¿era conveniente sugerir la superioridad de la literatura respecto de la ciencia? Nadie discute la genialidad de Louis-Ferdinand Céline.37 Se hace difícil, después de tantas cosas escritas sobre Sartre y por el mis­ mo Sartre, clasificar y ordenar cronológicamente los recuerdos lejanos que conservo de él. En 1925-1926 no me gustó su actitud hacia mi compañero de promoción, el filósofo Jean Hyppolite.38Hyppolite llegó muy joven a la Eco­ le y parecía muy tímido, muy asustado. Era costumbre, el primer día de cur­

y

so, conducir a los nuevos —los conscriptos, decíamos— al sótano sombrío y laberíntico sobre el que se erigía el edificio de la École. No era nada terrible,

y nadie se lo tomaba demasiado en serio, pero Sartre, que había observado

los temblores de Jean Hyppolite, se divirtió particularmente asustándolo más

y más. Después, durante el curso, habiendo observado la extraordinaria lo­

cuacidad de Jean Hyppolite y su ligero defecto de habla —que no siempre conseguía disimular en presencia de sus formales interlocutores—, Sartre le dedicó una canción que pudo zaherirle. Por otro lado, Sartre dio a lo largo de su carrera numerosas pruebas de su generosidad, de su bondad, de su desinterés; no es casualidad que fuera el

autoría de la canción que él titula «Sur l’utilisation des Intellectuels en temps de guerre», se decanta por atribuirla a Canguilhem. Bruhat piensa que los autores fueron Canguilhem y Sartre. Otra puntualización: Canard [pato] en francés puede tener el sentido de bulo, de falsa noticia.

37. Louis-Ferdinand Céline (1894-1961). Seudónimo de Louis-Ferdinand Destouches, que

se dio a conocer como escritor de gran talento literario con la novela Voyage au bout de La nuil (1932), recientemente reeditada en Francia (y traducida al castellano como Viaje al final de la noche). Su antisemitismo violento se hizo evidente a partir de 1936 y en 1940 se adhirió al go­ bierno de Vichy. Al terminar la guerra no siguió la suerte de Brasillach (gracias al reconoci­

miento intelectual de su obra), pero vivió en una especie de exilio: primero, real, en Alemania y en Dinamarca; y desde 1951, en la misma Francia.

38. Jean Hyppolite (Jonzac, 1907-París, 1968), es otro normalien ilustre de la promoción

de Vilar. En aquella época, según Sirinelli, asistía de oyente a las clases de Alain y empezó a estudiar — bajo su influencia— a Hegel, de quien se convertiría en un gran especialista. Murió

en 1968 siendo profesor del Collége de France. Foucault siempre lo reconoció como a uno de sus maestros.

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PENSAR HISTÓRICAMENTE

autor de El muro, La náusea, respetuosa y A puerta cerrada, ni tam­ poco que rehusara el premio Nobel. Desde mi juventud me pareció percibir en él las contradicciones profundas de su ser. Interpreté entonces que se tra­ taba de una reacción contra su físico. Más tarde, cuando leí Las palabras, una de sus obras maestras, comprendí que se trataba también de una reacción contra su infancia. Tengo que decir, sin embargo, que lo conocía bastante mal. Los normaliens que cursábamos disciplinas distintas no nos tratábamos mucho. No recuerdo haber visto nunca, durante los cuatro años de la Ecole, a Simone de Beauvoir. En 1928 mi amigo Boivin, con quien pasaba la mayor parte del tiempo, superó la agregación de filosofía y se situó en tercer lugar, inmediatamente después de Sartre y Simone de Beauvoir. Jamás me había hablado de ella. El cotilleo no debía de ser nuestro fuerte. Nizan había dado signos más evidentes que Sartre de su deseo de dedi­ carse a la literatura y a la política. En muchos aspectos podía oponerse a Sar­ tre. Por ejemplo, mientras que la negligencia en el vestir de Sartre era famo­ sa, Nizan destacaba por su elegancia afectada, parisina. Se sabía también que, todavía muy joven, en la khágne, había buscado referencias políticas originales, al lado de Georges Valois, por ejemplo, precursor de un socialis­ mo de derechas.39Participó, durante sus años de École, en el proyecto de una Revue Marxiste, oscura y efímera.40 Su estancia en Arabia y su libro sobre Adén41 hicieron famosos nuestros años comunes en la École. Me pareció ver en él, también, una reacción surgida de complejos bastante profundos, aun­ que menos individuales que en el caso de Sartre. Su primera novela, Antoine

39. Georges Valois lideró el movimiento de las Jeunesses Patriotes y fundó el Faisceau en

noviembre de 1925, que tendría una corta duración. Más tarde, se apartaría del fascismo y mo­ riría en Bergen-Belsen, donde había sido deportado por su participación en la Resistencia. Dife­ rentes testimonios, reproducidos por Sirinelli, coinciden en señalar que «un día» Nizan se vistió

con la camisa azul de las Jeunesses Patriotes (Sirinelli, Génération intellectuelle, pp. 408-419).

40. En sus memorias, Bruhat explica que se decidió crear la revista en el otoño de 1928

(en la habitación de su hotel) y que la iniciativa había sido aprobada por el PCF, si bien el par­ tido se desmarcó pronto del grupo y de los problemas de la revista (durante 1929). Sirinelli

dedica unas páginas especiales (el Anexo IV de su libro) a la historia de esta revista; de hecho, las dedica a dos de sus protagonistas, Georges Friedmann y Brice Parain. Sólo aparecieron sie­ te números entre febrero y agosto de 1929.

41. P. Nizan, Aden-Arabie (1932). En el libro se pueden leer estas reflexiones sobre la

École Nórmale de aquellos años: «Allí va una parte de esa tropa orgullosa de magos que los que

pagan para formarla llaman la Elite y que tiene la misión de mantener al pueblo en el camino de

La mayoría de los normaliens

la complacencia y del respeto, virtudes que representan el Bien

están convencidos de su pertenencia a la elite: elite cristiana, muchos de ellos van a misa. Elite universitaria: preparan como si se tratara de un gran viaje las etapas de una bella carrera y pro­

yectan a los veinte años matrimonios con las hijas de los profesores más célebres. El Bulletin de i École Nórmale publica orgullosas y risibles genealogías. Elite política: muchos de ellos nadan en las aguas sucias de las secciones socialistas, de las ligas radicales con una habilidad de vie­ jos peces. Pero siempre elites del Espíritu».

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Bloyé, es la historia de su padre, la de una conciencia desgraciada en un hombre insatisfecho de su rango profesional.42 Otra obra de Nizan, también bastante precoz, publicada a comienzos de los años treinta, me pareció un error psicosociológico grave, casi imperdona­ ble. Me refiero a la novela La conspiración.43 El protagonista es un joven in­ telectual, no un normalien, sino un alumno de la École des Chartes,44 lo que sociológicamente resultaba demasiado increíble para poder engañar a nadie. Escrito por Nizan, todo el mundo entendió que se trataba de un normalien. Ejerciendo las funciones de secretario del coronel, en el curso de su servicio militar, el joven consigue hallar entre sus papeles información suficiente para preparar una revolución. La intriga era inverosímil, pero pude constatar en mi propia piel, en 1939, que la novela había metido en la cabeza de muchos mi­ litares que un normalien era un revolucionario peligroso. Esto no era preo­ cupante entre los militares inteligentes. También los había, por suerte. Pero incluso ante uno de éstos, cuando traté de convencerlo de que un intelectual antimilitarista no era un peligro, me respondió: ¿y La conspiración?, ¿y Ni­ zan?45El derecho a la ficción es evidente, pero un escritor es responsable del imaginario de su público. Nizan, entre 1930 y 1939, tendría responsabilida­ des, y no de un rango inferior, en el Partido Comunista, en el campo del pe­ riodismo. Cuando se firmó el pacto germano-soviético, abandonó el partido de una forma bastante ruidosa. Después participó en la guerra como intér­ prete del ejército británico y allí dejó la vida. El Partido Comunista quiso convertir a Nizan en un simple policía, infiltrado en sus filas durante mucho tiempo. Inversamente, un sector amplio de la opinión y del period