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Sobre el Estilo en la Filosofía

Prof. Maria Baghramian / Escuela de Filosofía / University College Dublin

Resumen

El presente artículo aborda una pregunta central, planteada por R.G. Collingwood: “[tiene] la literatura filosófica
alguna peculiaridad correspondiente a aquella del pensamiento que intenta expresar?” (Collingwood, 1933, p. 199).
En los intentos de identificar y distinguir entre las varias escuelas y tradiciones de filosofía, se invoca a menudo esta
idea. Y no obstante, es esta misma idea la que persiste en la nebulosa de la indefinición. Mi artículo se nutre de un
número de discusiones dispersas sobre el estilo en la filosofía, con el propósito de hallar por fin los comienzos de una
respuesta al interrogante de Collingwood. Distingo entre concepciones “superficiales” y “profundas” del estilo
filosófico y examino las diversas formas que adopta. El sentido superficial entraña consideraciones en el orden del
método, los dictámenes de las modas prevalentes y las escogencias personales de estilo al escribir, siendo entonces
el caso que engloba, primordialmente, la forma que asume un texto filosófico. El sentido profundo, en palabras de
Whitehead, se las ve con “la moralidad última de la mente” (Whitehead, 1919, p. 42) y afecta al contenido real de la
escritura. Aquí, el estilo de un filósofo invoca sus compromisos filosóficos fundamentales y refleja, tanto su
personalidad, como su temperamento al filosofar. Sostengo que una respuesta a la pregunta de Collingwood ha de
incluir ambas concepciones de estilo (1).

En su ensayo de 1933, Un Ensayo sobre el Método Filosófico, Robin George Collingwood se pregunta si “la literatura
filosófica tiene alguna peculiaridad correspondiente a aquella del pensamiento que intenta expresar” (Collingwood,
1933, p. 199). El reciente interés que ronda las cuestiones del método en la filosofía ha abierto nuevas oportunidades
para centrar nuestra atención sobre esta importante pregunta.

A menudo se hace comparecer la idea de estilo para efectos de definir a la filosofía, distinguiendo entre escuelas y
tradiciones, así como para diferenciar a la filosofía de sus “otros” y, con todo, “estilo” continúa siendo un concepto
oscuro y pobremente definido. Al menos hasta hace poco, los filósofos de la tradición analítica mencionaban el estilo
sólo de pasada, si es que lo hacían en absoluto. Los filósofos continentales frecuentemente se acercaron al estilo con
una inspiración literaria, con lo cual iba implícita la elección de un estilo realmente distintivo para la filosofía.

El presente artículo se propone constituirse en primera inmersión para formular algunos de los elementos esenciales
del estilo que son propios de la filosofía. Nutriéndose de una variedad de comentarios y discusiones de filósofos,
intentaré ofrecer algunas pinceladas del pensamiento que toca el punto del estilo, e igualmente buscaré formular una
solución –tentativa, al menos– al problema de Collingwood. Crucialmente, distingo entre dos sentidos diferentes,
aunque complementarios, de “estilo”, a los cuales he dado en llamar “superficial” y “profundo” (2). Commented [d1]: Ya lo puse

En un sentido superficial, el estilo toca los rasgos más conspicuos de la escritura filosófica. Este sentido pone el
acento en varios dispositivos lingüístico y escogencias generales de método, rasgos que poseen impacto directo en la
forma como un texto se va ensamblando. Y en tanto que es legítimo distinguir entre la forma y el contenido de Commented [d2]: En la forma en que un pensamiento se va
ensamblando
cualquier muestra de escritura, el estilo, en sus sentido superficial, puede verse como determinante de cualquiera la
forma y no tanto del contenido. Por otra parte, comprendido en su sentido profundo, el estilo está infundido por los
conceptos y no se puede separar sin más del contenido. Aun así, a la distinción no debería convertírsele en otra
dicotomía innecesaria más. Cierto es que ambas nociones se dan forma y colorean mutuamente (3).

Como espero devendrá evidente en las siguientes páginas, resulta útil pensar en el estilo filosófico como tratándose
de un asunto complejo y sometido a una plétora de criterios. En su forma más básica, el estilo es la forma o manera
en la que se dice o hace algo. Las discusiones sobre el estilo estético comenzaron a cobrar gravedad durante el siglo Commented [d3]: Lo puse
XIX y, en primera instancia, se tornaron un lugar común en los estudios comparados de los distintos tipos y períodos
de la arquitectura. En este campo, las técnicas aplicadas en la construcción de edificios, a lo largo de una sucesión de
períodos históricos, se convirtió en el medio principal de individuar estilos arquitectónicos diferentes. Poco después,
la idea fue haciéndose más popular al interior de las disciplinas plásticas; particularmente en la pintura, arte en el
cual las técnicas específicas eran vistas como el rasgo definitorio de un estilo artístico. En la escritura, y con especial
énfasis en la de tipo literario, el “estilo” se define por la forma en la que los pensamientos e ideas se combinan o
construyen. Cuando un escritor escoge palabras, figuras discursivas y dispositivos literarios (tales como rima o
aliteración), la forma en que las oraciones y párrafos se moldean y articulan (sean largos o cortos; sintácticamente
sencillos o más bien elaborados; ornamentados o desnudo) determinan o definen un estilo literario en específico.

Las discusiones a propósito del estilo en la filosofía tienen, de hecho, una muy larga historia. Con todo, el centro de
atención en estas discusiones había quedado reducido, con demasiada frecuencia, a las formas de escribir, lo cual se
asemeja al abordaje preponderante de los estudios literarios. Bien que la filosofía occidental hunde sus raíces en la
tradición oral socrática, su producción primordial se da en la forma de textos escritos. De ahí que, al menos en
algunos aspectos importantes, podría decirse que la filosofía posee un estilo literario. Por supuesto, la escritura de
cualquier género exhibe algún estilo. Incluso los intentos de evitar un estilo denotan un estilo; para estos intentos, la
filosofía no se logra exceptuar. En efecto, los textos de filosofía, como otros textos, también se escriben usualmente
para un tipo señalado de audiencia, y escoger a la audiencia tendrá un impacto en el estilo de escritura. A modo de
ejemplo, diremos que una obra filosófica escrita para especialistas en la materia no será nunca igual, en su estilo, a
los libros y ensayos destinados al gran público. Este sentido generalizados de estilo tiene ecos en las célebres
discusiones de Frege acerca del “tono” (para emplear la terminología que ha popularizado Michael Dummett, o más
certeramente, las nociones de Färbung, “coloración” o Beleuchtung, “iluminación”). El tono de una oración, en
contraste con su sentido, no resulta relevante para la determinación de su verdad o falsedad. Como dice Frege,
“resulta indiferente para el pensamiento si hago uso de la palabra 'caballo', 'jamelgo', 'bayo' o 'palafrén' [...] Lo que se
llama ambiente, atmósfera o iluminación en un poema, lo que se retrata en la entonación o la cadencia, no pertenece
al pensamiento. Alguien que use la oración 'Alfredo no ha llegado aun', en realidad está diciendo 'Alfredo no ha
llegado', y al mismo tiempo deja entrever –pero sólo entrever– que se espera la llegada de Alfredo” (Frege, 1956, p.
295). Igualmente, Dummett enfatiza el punto de Frege según el cual el tono debería distinguirse del sentido en que el
primero no puede afectar la verdad o falsedad de lo dicho. “Las oraciones 'ha muerto', 'ha fallecido' y 'ha fenecido' no
difieren en el sentido sino meramente en el tono. Asimismo, donde A y B sean oraciones, las oraciones complejas 'A y
B' y 'no sólo A, sino también B' no difieren en sentido, sino en tono: si cualquiera de las dos es verdad, la otra también
lo será, aun cuando transmita una sugerencia inapropiada” (Dummett, 2001,p. 13). Por esa misma razón, no es muy
productivo pensar en el tono o la coloración de un texto filosófico en particular como los principales indicadores de
su estilo, ni tampoco, por cierto, el transponer sin más la idea de estilo, como se le consigue en la literatura, a los
textos filosóficos. Después de todo, la filosofía no es simplemente salir a la caza de los valores y placeres estéticos, Commented [d4]: Usar para seminario de pareles o de mentir
sino más bien, y sobre todo, un amor por el saber y un esfuerzo por comunicar robustas verdades. Con todo, y como Commented [d5]: Clase con villarino
habremos de ver, las conexiones entre el estilo y el contenido en la filosofía no pueden explicarse con escuetos
términos fregeanos como el “tono” o el “color” que se le imponga al contenido proposicional (4).

Las discusiones del estilo en, y de, la filosofía, deberían responder a las peculiaridades de su tema. Y el tema de la Commented [d6]: Usar para redacción en ensayo final
filosofía encierra el contenido conceptual, no la sola forma estética. Como ha dicho Susan Sontag, la diferencia
importante entre el estilo en las obras de arte y otras formas de escritura es que las primeras no dan pie al
conocimiento conceptual tan directamente como las disciplinas de la filosofía, sociología, psicología, historia,
etcétera. El papel de la obra de arte es dar pie a “algo como una excitación, un fenómeno del compromiso, el juicio
en un estado de sometimiento o cautividad. Es decir, que el conocimiento que obtengamos por medio del arte
vendrá a ser una experiencia de la forma o estilo de conocer algo, que no un conocimiento de algo (como un juicio
moral o fáctico) en sí mismo”(Sontag, 1961, p. 1). Es más, en las artes, el estilo es frecuentemente visto como un
vehículo para destacar “el registro expresivo” en un texto, más que las afirmaciones cognitivas, es decir, los
dispositivos estilísticos son, frecuentemente, el medio principal para expresar lo que se ha llamado la “relación
emotiva del autor con el contenido cognitivo”(Altieri, 1987, p. 178). En tipos de escritura donde el registro emotivo es
conscientemente minimizado o hasta eliminado, como usualmente es el caso de los textos filosóficos, el estilo no
puede cumplir un papel expresivo. O en el mejor de los casos, podría tener un papel negativo al intentar disminuir el
impacto expresivo del contenido. Brand Blanchard, en su pionero ensayo de 1953 sobre el estilo filosófico, expresa un
análogo parecer:

La filosofía no es un intento de excitar ni de entretener; no es un ventilar de los propios prejuicios –se supone que el
filósofo no tenga prejuicios; no es un intento de contar una historia, ni de pintar un cuadro, ni de hacer que nadie
haga nada, ni de hacer que nadie guste de esto o aborrezca lo otro. Es, como dijo James, “un esfuerzo peculiarmente
terco de pensar claramente”, de averiguar lo que es verdad pensando.(Blanshard, 1953, p. 13)

Sin lugar a dudas, un estilo peculiar de escritura puede modificar el contenido filosófico de un texto al enfatizar o
destacar algunos puntos específicos a costa de otros, o al emplear un número de dispositivos retóricos. Nelson
Goodman expresa el punto de esta manera: “el estilo subsume ciertos rasgos característicos, tanto de lo que se dice
como de la forma en que se dice, tanto del tema como del fraseo, tanto del contenido como de la forma” (Goodman,
1975, p. 802). Pero Blanshard, lo mismo que Sontag, cree que en el caso de la escritura filosófica, es el contenido más
que la forma lo que está al volante, y el contenido de una obra filosófica, a diferencia de aquel que se halla en los
poemas, no se determina por sus caracteres estilísticos. Sin embargo, como casi cualquier otra afirmación filosófica,
esto también queda abierto a disputa, lo cual se epitomiza en las meditaciones de Wittgenstein en torno a cuestiones
de estilo. En Cultura y Valor, Wittgenstein escribe:

Creo que he resumido mi actitud hacia la filosofía cuando dije: la filosofía debería realmente ser escrita como
composición poética. Debe, según me parece, ser posible colegir a partir de esto hasta qué punto mi pensar
pertenece al presente, futuro o pasado. Pues con ello estaba revelándome a mí mismo como alguien que no puede
hacer lo que le gustaría poder hacer. (Wittgenstein, 1980, 24e)

Sentimientos semejantes fueron expresados por Collingwood al destacar los paralelismos entre la filosofía y la poesía.
Una obra filosófica, según Collingwood, es un tipo de “poema del intelecto”. Sin embargo, lo que se expresa en
filosofía “no son emociones, deseos, sentimientos como tales, sino aquellos que una mente pensante experimenta en
su búsqueda de conocimiento; y expresa a estos sólo porque su experiencia de los mismos forma parte esencial de la
búsqueda, y esa búsqueda del pensamiento representa el punto en el que la prosa más se acerca a ser poesía”
(Collingwood, 1933, en Rider, 2008, p. 41). Sin embargo, incluso para Collingwood, las afinidades entre la filosofía y la
poesía son circunscritas. La filosofía es la poesía del intelecto, no la poesía de las emociones o de los sentidos. Por esa
razón, la estrecha afinidad entre forma y contenido de un escrito filosófico puede distinguirse sólo cuando tomamos
al estilo como algo más que solamente un rasgo superficial de la escritura (5).

Ciertas características estilísticas de la escritura, por momentos han sido destacadas como rasgos definitorios de la
filosofía. La claridad es uno de tales rasgos. El intento de Immanuel Kant por reivindicar su propio estilo contra las
acusaciones de oscuridad es un buen primer ejemplo. Kant escribió: “el reproche de oscuridad, e incluso de una
estudiada indefinición que sólo afectadamente aparenta un discernimiento profundo, frecuentemente se ha
presentado contra mi estilo filosófico de exposición”. Aunque acepta que “toda doctrina filosófica ha de ser capaz de
ser presentada de una manera popular [...] y ser transmitida en expresiones que sean universalmente inteligibles”,
Kant pasa luego a razonar que semejante aproximación podría seguirse “sólo en tanto lo permita la naturaleza de la
ciencia que ha de mejorarse o expandirse”. Una excepción a la regla es la “Crítica sistemática de la Facultad de la
Razón”, ejemplificada por su propia obra, que al igual que la “metafísica formal”, no puede popularizarse. En estas
áreas, los filósofos se ven “forzados a usar la precisión escolástica” y un lenguaje técnico (Kant, 1796/1887, p. 1). Las
preguntas por la claridad y la oscuridad han seguido siendo medulares para las discusiones que se han venido dando
desde entonces.

Como veremos ahora, esto en ningún lugar es más evidente que en la caracterización del estilo en la filosofía
analítica. Brand Blanshard declara que la oscuridad y la dependencia de términos pseudo-técnicos son las marcas de
un pobre estilo filosófico. El hace un recuento aprobatorio de una historia contada por Hans Reichenbach, en su El
Auge de la Filosofía Científica, del encuentro de Reichenbach con la Filosofía de la Historia, de Hegel (1951). Incluso
antes de pasar de la introducción, Reichenbach se topa con el siguiente pasaje hegeliano: “la Razón es sustancia,
mismo que poder infinito, su propio material infinito subyaciendo a toda la vida natural y espiritual; también es la
forma infinita que pone a lo material en movimiento. La Razón es la sustancia de la cual todas las cosas derivan su
ser.”(Blanshard, 1953, 2). Blanshard continúa con la historia de Reichenbach:

Ahora dice Reichenbach “el término 'razón', como generalmente se le emplea, significa una capacidad abstracta de
los seres humanos o, para ser modestos, de partes de la conducta. ¿El filósofo citado desea decir que nuestros
cuerpos estén hechos de una capacidad abstracta de sí mismos? Ni siquiera un filósofo puede querer decir semejante
absurdo. ¿Qué, pues, es lo que intenta decir?” Reichenbach lo discute por dos páginas, pero se rinde al darlo por
inútil. (Blanshard, 1953, 2)

El estilo de Hegel, tanto para Blanshard como para Reichenbach, es un ejemplo arquetípico de una manera fracasada
de escribir filosofía. William James, al menos para Blanshard, es el filósofo que es capaz de combinar vigor con
claridad. Un elemento importante de la claridad y lucidez, según Blanshard, es la “especificidad” con la que una idea
está siendo expresada. Él explica por medio de ejemplos:

Decir que el Mayor André fue colgado es claro y definido; decir que fue muerto es menos definido, porque no sabes
de qué manera le han dado muerte; decir que se murió es tanto más indefinido, pues ni siquiera sabes si su muerte
se ha debido a la violencia o a causas naturales. Si hubiésemos de emplear este enunciado como un símbolo variable
por el cual jerarquizar a los escritores según su claridad, podríamos, creo yo, obtener algo como lo siguiente: Swift,
Macaulay y Shaw dirían que André fue colgado. Bradley diría que fue muerto. Bosanquet diría que murió. Kant diría
que su existencia moral alcanzó su término. Hegel diría que una determinación finita de infinitud ha sido aun más
determinada por su propia negación. (Blanshard, 1954, p. 30) Commented [d7]: Ejemploque se dio en clase

Blanchard bien podría estar en lo cierto con su jerarquía, mas subsiste una incómoda sensación de que la insistencia
en la claridad y la especificidad pueden vulgarizar el discurso filosófico, privándolo de matizado y sutileza. El mismo
Blanchard gratamente admitirá, al discutir el “fino estilo de escritura” de Macaulay, que “al satisfacer su pasión por la
claridad, se permite omitir tonos y modulaciones” (Blanshard, 1953,p. 62). Como lo han lamentado Kant y tantos
otros junto a él, una continua lucha por la claridad potencialmente compromete el contenido. Es más, filósofos tales
como Hegel, Heidegger, Cavell o Derrida –pese a su reputación de voluntario oscurantismo– escriben textos que son
claramente filosóficos en su alcance y miras. Estas obras, al menos en los casos de Hegel y Heidegger, son sin duda
parte del canon filosófico fuera del mundo anglófono. Como veremos, a menudo se aduce que la claridad es un
componente particular del método analítico. Retornaré a este punto más adelante, pero sin importar sus méritos, la Commented [d8]: Que la mentira es un
claridad no puede ser considerada un rasgo definitorio del estilo filosófico ni un indisputable desideratum de buena
escritura filosófica en todas las tradiciones y escuelas. En el mejor de los casos, la meta de la claridad es un rasgo de
la concepción superficial del estilo en la filosofía. Superficial, no porque no importe o sea superfluo, sino porque sólo
roza las manifestaciones superficiales del pensar filosófico y no se involucra plenamente con el sustrato conceptual
de un texto filosófico. Otros filósofos han empleado el término “estilo” para hablar acerca de una moda o tendencia Commented [d9]: *añadir
en la filosofía. Esto es lo que hace Hilary Putnam en sus reflexiones sobre el desarrollo de la filosofía en los últimos
cincuenta años. De acuerdo con Putnam, en los 70s, la filosofía analítica estadounidense, y luego la analítica británica,
comenzaron a tener un “estilo ontológico”. Se operó una curiosa inversión de roles [...] en la cual la filosofía analítica
angloamericana, luego de haber pensado de sí misma que era antimetafísica en el período positivista, comenzó a
orientarse altiva hacia la metafísica. En la filosofía, como en el distrito comercial, las modas cambian pero también
son cíclicas.(Putnam, 1977, p.. 177)

En la comprensión de Putnam, “estilo” se acerca a la idea de una moda pasajera con paralelos en las modas de ropa y
calzado. Y en efecto, los términos “estilo” y “moda” poseen afinidades bien establecidas y en varios contextos se
emplean de manera indistinta. La moda es cíclica porque, en última instancia, hay un número limitado de acciones
con respecto a cómo podamos vestirnos. La filosofía parece encontrarse en una situación similar. Cuando se trata de
categorías y orientaciones fundamentales, tenemos elecciones conceptuales limitadas. Por lo tanto, es justificable
que no haya nada en las modas filosóficas, aparte de un eterno –bien que intermitente– retorno a temas y
orientaciones familiares. Lo que es más, no es difícil identificar tendencias filosóficas particulares (tale como el
posmodernismo) sobre la base de su frecuente uso de ciertos términos claves (“intertextualidad”, “différance”,
“alteridad”), términos los cuales parecen llegar y pasar de moda. También podríamos detectar modas o tendencias en
el uso de varios géneros de escritura filosófica en épocas particulares. En los distintos períodos históricos, los:
diálogos, comentarios detallados, ensayos y artículos de estilo científico se han vuelto el estilo preferido de escritura
filosófica. Sin embargo, lo que constituye una moda en la filosofía necesita tanta explicación como el tópico del estilo
filosófico más en general. Sin duda, ciertas ideas y orientaciones filosóficas se ponen de moda en tiempos
particulares. Ciertas formas de decir y hacer las cosas encuentran prominencia. Aun así, la detección de dichos
patrones, bien que sea de interés, no resulta especialmente útil a los fines de responder la más general pregunta de
Collingwood acerca del estilo en la filosofía. Una respuesta más detallada trascenderá la noción superficial de moda
como barómetro del estilo filosófico y reclutará al menos algunas de las consideraciones a discutir bajo los títulos 1 a
5, más adelante.

Otra aproximación mucho más debatida al estilo en la filosofía identifica al estilo con el método filosófico. Este pareo
se remonta al menos hasta Un Ensayo sobre Método Filosófico (1933), de Collingwood, pero en años más recientes
ha resurgido en las discusiones entre la filosofía analítica y la continental. Richard Rorty, por ejemplo, cree que la
filosofía analítica depende de métodos altamente profesionalizados, tales como el cuidado a los detalles y mecánicas.
Él añade: “no pretendo criticar a la filosofía analítica como estilo. Es un buen estilo. Croeque los años de
superprofesionalidad fueron benéficos” (Rorty, 2005, p. 23). De modo que, para Rorty, un rasgo distintivo importante
del estilo analítico es su insistencia en un aparataje técnico bien delineado que se aplica en toda la profesión.
Numerosos otros filósofos han discutido el estilo en términos similares. Para dar algunos ejemplos, François Récanati
defiende que los ideales de la filosofía analítica son: claridad, precisión, y dependencia de los argumentos. Sin
importar el contenido de su argumento, cualquiera que suscriba tales ideales debería ser categorizado como filósofo
analítico (Récanati, 1984, 369). En análoga forma, Bernard Williams asevera que una marca distintiva de la filosofía
analítica es “una cierta manera de continuar que implica el argumento, las distinciones y, hasta donde recuerde
intentar alcanzar y tenga éxito, discurso moderadamente sencillo” (Williams, 1985, viii). Y Putnam afirma, en este
caso con un tono reprobatorio, que cuando se enfrentan a las críticas, los filósofos analíticos frecuentemente igualan
su estilo de filosofía simplemente con “argumento” y “claridad” (Putnam, 1977, p. 203). Pascal Engel también opina
que el contraste entre las filosofías analítica y continental “es esencialmente una cuestión de método y estilo, no una
cuestión de doctrinas o tesis” (Engel, 1999, p. 222). Sin embargo, como veremos en lo que sigue, Engel sí intentará su
propia caracterización del estilo.
Distinciones estilísticas similares a veces se vuelven a proyectar hacia la historia de la filosofía. Por ejemplo, es
característico alegar que las tradiciones racionalistas y empirista en la filosofía, bajo la influencia de las ciencias
matemáticas, enfatizaron la claridad, el rigor y la precisión, mientras que los irracionalistas románticos del siglo XIX se
sentían atraídos hacia el oscurantismo.

En realidad es cierto que muchos filósofos analíticos, al menos en un salón de clases, abogan por la claridad, la
precisión y el método de argumentación como herramientas estándar de su oficio. Pero pensar tales rasgos
metodológicos como definitorios del estilo analítico es expulsar a muchos filósofos que se autoidentifican, y son
identificados por otros, como analíticos; al mismo tiempo, se hará ingresar contra su voluntad a muchos nuevos
miembros. Esto es evidente en el debate entre Crispin Wright y John McDowell. Wright afirma, “si la filosofía analítica
exige autoconsciencia sobre el argot no explicado o sólo explicado parcialmente, formalidad y explicitud en el
despliegue de los argumentos, y la señalización y formulación más claras posibles de los presupuestos, objetivos y
metas, etcétera, entonces [Mente y Mundo] no es una obra de filosofía analítica” (Wright, 1996, 157). Replica a ello
McDowell:

He de comentar acerca de la espléndida conclusión de Wright, donde me expulsa del regimiento de los filósofos
analíticos. Si la filosofía analítica prohíbe las imágenes, salvo para extraños efectos especiales, y si proscribe el
permitir que todo el peso de un término (como, por ejemplo, “espontaneidad”) emerja gradualmente en el
transcurso de usarlo, por oposición a sentar una definición desde el principio, no me importa si no soy un filósofo
analítico. Lo mismo si la filosofía analítica requiere el tipo de argumento que apunta a conminar a una audiencia a
aceptar tesis. De hecho, no veo razón por la que estos rasgos deban ser características del género. Por supuesto que
la explicitud y la claridad son otro asunto. Pero he escrito con tantas explicitudes y claridad como supe hacerlo.
(McDowell, 2002, 291)

Darle a McDowell una baja de las filas de los filósofos analíticos porque no logra definir sus términos sucintamente,
no expone sus argumentos con claridad ni logre formular sus metas y objetivos parece, a primera vista, una jugada de
lo más implausible. Si la filosofía analítica ha de igualarse a un estilo filosófico particular entonces la única prueba a
disposición para afirmar la utilidad de esa ecuación, vendrá a ser si el estilo atribuido tiene éxito en capturar los
rasgos claves de la obra de filósofos analíticos claves. John McDowell, filósofo entrenado en Oxford, fue vital para el
desarrollo de una aproximación fresca y davidsoniana a la filosofía analítica en el Oxford de los años setentas. Por lo
tanto, toda caracterización del estilo filosófico tratando de desterrarle de la tradición analítica luce en grave
necesidad de reevaluación.

Por supuesto, hay otros criterios para identificar e individuar a las tradiciones filosóficas. Uno de ellos es rastrear las
relaciones descendentes de filósofos individuales practicando un examen de cuáles obras figuran en su escritura y
quiénes de entre sus contemporáneos les citan y se involucran con sus trabajos. Tim Crane (2012) ha propuesto esta
aproximación para distinguir entre la filosofía analítica y la continental. McDowell sí cita y discute filósofos
continentales, siendo Gadamer un ejemplo central. Es leído por muchas generaciones jóvenes de filósofos en el
continente europeo. Pero su obra también involucra y cita muchos filósofos analíticos. Y lo más importante:
McDowell trabaja con temas y problemas que interesan, que son de hecho centrales para, las investigaciones de
filósofos analíticos contemporáneos (la percepción, la relación mente-mundo, el contenido conceptual, etc.) y sus
escritos son citados por numerosos filósofos analíticos que trabajan estos temas. Aplicando esta aproximación
genealógica y orientada a tópicos en la demarcación entre filosofía analítica y continental, podemos concluir que
McDowell claramente pertenece al primer grupo. La proposición conversa también se sostiene: apuntar a la claridad
y precisión no es terreno único de la filosofía analítica. El pragmatista Charles Sanders Peirce enlazaba la claridad con
la correctitud y la veía con rasgo definitorio de la buena filosofía (Peirce, 1878). En cuanto al método de
argumentación, los filósofos, desde Sócrates hasta Husserl, han dependido de él. La filosofía analítica simplemente no
puede arrogarse el uso de argumentos como la característica que identifica a su estilo.

Existen buenas razones para tratar los rasgos claves de varias tradiciones filosóficas como indicadores de sus disímiles
estilos. Siguiendo el ejemplo de Nelson Goodman, una importante función del estilo es “responder a las preguntas:
¿quién? ¿cuándo? ¿dónde?”There are good reasons for treating the key (Goodman 1975, p. 808). Los rasgos
metodológicos de la filosofía analítica nos permiten, a menudo, identificar el quién, cuándo y dónde, o lo que
Goodman llama “la firma” (ibid) de ese abordaje específico. Por ejemplo, el uso de símbolos lógicos es normalmente
un indicador fuerte de una lealtad a la filosofía analítica. Por lo tanto, el énfasis en los rasgos metodológicos de una
obra podrían, en efecto, ser útiles para identificar y distinguir entre las distintas tradiciones o escuelas. Sin embargo,
mi punto es que la metodología –con su dependencia de los rasgos formales de un texto o abordaje filosófico– no es
capaz de dar un veredicto inapelable en cada ocasión.

Hay un sentido más profundo de la idea de estilo en la filosofía; una que trata, no sólo con una metodología o modo
de expresión, sino con las escogencias relevantes al contenido de una obra filosófica. Tras los signos externos o
páginas de un texto filosófico, se oculta siempre la expresión más significativa de una orientación filosófica, un
conjunto de elecciones conceptuales y normativas, que en última instancia tocan el corazón de la lectoescritura
filosófica: a quién estamos leyendo. En ese sentido, el “estilo es la moral última de la mente”, dado que el estilo
“inunda todo el ser” (Whitehead, 1919, 42). Con esta comprensión, el estilo involucra elecciones fundamentales,
tanto de orden conceptual como de orden regulatorio, que no pueden reducirse a la mera técnica ni a la moda.
Incorpora una orientación conceptual que determina el involucramiento de un pensador, tanto con su tema de
estudio como con el mundo en general. El estilo, en este sentido particular, no es unitario, sino que más bien se trata
de un concepto en racimo asociado con una variedad de estrategias y elecciones (cognitivas y normativas) y
elecciones. He aquí cinco rasgos claves, aunque interrelacionados, del estilo en este sentido profundo:

1. Un temperamento filosófico: este sentido del estilo tiene ecos de la célebre afirmación jamesiana, según la cual “la
historia de la filosofía es, en gran medida, aquella de un cierto choque de temperamentos humanos” (James, 1907,
9). Aunque James distinguía entre los temperamentos del obstinado empirista y el iluso racionalista, quizá podamos
aportar una lectura más amplia de su discernimiento. El temperamento filosófico e intelectual impele a unos hacia la
precisión y el detalle, mientras que a otros los guía a alzar el vuelo poético de la imaginación y a adoptar una visión
panorámica de vastos parajes intelectuales. Algunos desean criticar y otros, en cambio, reconstruir primorosamente
la obra de sus héroes intelectuales. Los estilos de escritura cumplen un papel fundamental en la expresión de un
temperamento filosófico. La alineación de la escritura filosófica, en Wittgenstein y Collingwood, con la poesía es un
revelador ejemplo de ello. Las herramientas discursivas a disposición de James le dieron el incomparable poder de
expresar sus pensamientos con claridad y elegancia, de usar imágenes y metáforas para un efecto característico.
Como han observado varios comentaristas, parte importante del temperamento filosófico de James es su tendencia a
lisonjearnos, en vez de intimidarnos, para considerar nuevas ideas filosóficas. De esta manera, James frecuentemente
tiene éxito en pastorear a sus lectores hasta nuevas posturas filosóficas que, al menos al inicio, podrían no verse
abiertas u obvias.

2. Una orientación cognitiva. Además de un estilo literario, es útil estar conscientes de diversos estilos cognitivos o
estilos de pensamiento. Se ha asentado, elegantemente, este punto de vista, gracias al esfuerzo de Isaiah Berlín en su
recuento de la parábola del erizo y el zorro. En su forma de relatarlo, asevera Berlín que algunos pensadores
“relacionan todo con una visión central, un sistema, más o menos coherente o articulado, en cuyos términos
comprenden, sienten y piensan –un principio único, universal, organizador en cuyos términos, y en ellos solamente,
posee un sentido y un peso todo cuanto el pensador sea o diga”. Otros “persiguen muchos fines, a menudo
disconexos o hasta contradictorios, que se enlazan, si es que lo hacen, sólo en alguna manera de facto por alguna
causa psicológica o fisiológica, sin vinculación a principio alguno de carácter moral o estético” (Berlín, 1953,1).
También los filósofos tienen sus erizos y su zorros; su particular estilo cognitivo determina el modo en el que piensan
y escriben filosofía.

3. Enfoque normativo y conceptual: toda la escritura filosófica depende de presupuestos normativos, sean ellos
explícitos o implícitos. Pascal Engel, por ejemplo, señala que las normas cognitivas de verdad y justificación (y no
solamente la claridad, el argumento ni la precisión) definen al estilo analítico en la filosofía. Él razona que la forma
preponderante en la filosofía continental es un sentido de deferencia hacia los autores del pasado. Lo que los
filósofos continentales tienen en común “es una cierta manera de lidiar con los problemas filosóficos. Su estilo es
primordialmente histórico: una tesis filosófica es muy rara vez examinada y discutida en sí misma o
sistemáticamente, 'inscribiéndosela' en cambio en los textos, o conjuntos de textos, de los Grandes Filósofos del
Pasado. […] Este método cuenta con un respaldo en el sentir hegeliano de que la filosofía se ha 'acabado' y de que
'todo ha sido dicho'” (Engel, 1999, p. 220). Por su parte, la Filosofía Analítica, se caracteriza por un sentido común
“ilustrado” o “crítico”, frases que Engel toma prestadas de C.S. Peirce. “Imita el estilo científico de investigación, que
propone hipótesis y teorías, las pone a prueba, y apunta a una discusión ampliamente difundida y al control de los
pares” (Engel, 1999, p. 226).

Las consideraciones del enfoque normativo no reemplazan sino que complementan a los componentes
metodológico-superficiales del estilo. Cumplen una función integral al momento de decidir, no sólo cómo hacer
filosofía, sino qué es apropiado para el contenido de una obra filosófica. No todas las ideas a las que se atribuya
significancia filosófica son susceptibles de una puesta a prueba ni de ser expresadas como hipótesis; no todas las
tradiciones filosóficas comparten el mismo entusiasmo por un abordaje metodológico inspirado por la ciencia.

4. Las intuiciones filosóficas son otro componente más del estilo en su sentido profundo. Se ha caracterizado, de
maneras diversas, a las intuiciones filosóficas como “inclinaciones a comportarse, o un tipo sui generis de parecer o
actitud proposicional” (Goldman, 2007, p. 7), pero sin importar que as entendamos en sentido naturalista o como
parte de nuestras facultades de razón y, en algún sentido, a priori, las intuiciones se ven frecuentemente como la
fuerza rectora que subyace a nuestras posturas fundamentales en la metafísica, la epistemología y la ética. Las
intuiciones filosóficas parecen llevarnos al realismo o antirrealismo metafísicos, convertirnos en deontólogos o
consecuencialistas en la ética, y en externalistas o internalistas en la epistemología. Las intuiciones orientan nuestro
pensamiento en torno a preguntas filosóficas nucleares y, cuando nos hallamos ante profundos dilemas filosóficos,
son un elemento esencial de nuestras reacciones ante ellos. El respeto y preeminencia que se les atribuye a las
intuiciones ha crecido y decrecido, en parte a causa de los desarrollos en las ciencias y en ámbitos cognados. No
todos los filósofos suscriben el uso de intuiciones como dispositivo metodológico. Sin embargo, incluso Herman
Cappelen, uno de los más vocíferos críticos de la sola idea, está dispuesto a admitir la primacía de la intuición. Escribe
Cappelen: “muchos caracterizan las premisas claves de argumentos filosóficos cruciales como 'intuitivas' y se refieren
a la evidencia en favor de sus teorías como 'intuiciones'”(Cappelen, 2012, 25).

Podría hacérsenos sorprendente incluir a las intuiciones en una lista de los elementos del estilo filosófico, pero
existen buenas razones para hacerlo. El estilo en la filosofía, tanto en su sentido profundo como en el superficial,
determina el “cómo” de la filosofía, es decir, la forma en la que nos las hacemos con tópicos filosóficos. La diferencia
clave entre las nociones profunda y superficial del estilo es el grado de involucramiento con el contenido de una obra
filosófica en particular. El estilo, en su sentido profundo, encierra algunos rasgos claves, pero muy generales, de cómo
se piensa la filosofía, y no sólo cómo se le escribe, rasgos éstos que pesan considerablemente al determinar el
contenido de una obra filosófica. Las intuiciones filosóficas son algunos de los más importantes determinantes de la
orientación filosófica; ellas guían nuestras escogencias de posturas, orientaciones y hasta tópicos filosóficos.
5. El componente final del estilo en su sentido profundo es lo que podría llamarse “un espíritu filosófico”. Los
filósofos escriben con cinismo o un sentido contagioso de optimismo. Pueden ser osados y mostrar el coraje de sus
convicciones, o escribir con abundancia de precauciones. Muestran generosidad y caridad o intolerancia y rigidez.
Son traviesos o asfixiantemente serios, o cualquiera de los matices intermedios. Estos rasgos y mucho más se
evidencian en el canon filosófico, y no sólo dan forma a la superficie estilística, sino también al contenido y hasta a la
misma metodología de trabajo en filosofía. Como observa Blanshard, “la escritura filosófica puede y debe dar
evidencia de sentimiento. El filósofo que discute de religión, como hizo James en las Variedades, difícilmente podría
poner ante sus lectores aquello de lo que esté hablando si no ha entrado, de primera mano, en una experiencia de
sentimiento profundo, tal que pueda comunicar alguna idea de lo que se siente. James podía hacer esto porque tenía
los recursos necesarios de corazón y de habla” (Blanshard, 1954, p. 17). En efecto, éste es el sentido en el que leo las
tan citadas reflexiones de Wittgenstein sobre el estilo. Él escribe “'El estilo es el hombre', 'El estilo es el hombre
mismo'. La primera expresión tiene una brevedad epigramática barata. La segunda versión, la correcta, abre una
perspectiva bastante diferente. Dice que el estilo de un hombre es un cuadro (imagen) de sí.” (Wittgenstein, 1980,
78e). El estilo de un filósofo refleja y expresa su espíritu filosófico en el sentido más profundo de la palabra; es uno
con quien es y su manera de ser. En este nivel de entretejido, se torna extremadamente trabajoso separar al estilo
del contenido. Blanshard llega a la misma conclusión hacia el final de su ensayo. Él escribe: “entre más perfectamente
se ajuste el estilo al hombre interno, entre más revele la fuerza o debilidad de este hombre, más claro se hará que el
problema del estilo no es meramente un problema de palabras u oraciones, sino de ser el tipo correcto de
mente.”(Blanshard, 1954, p. 69)

Los puntos 1a 5 son algunos de los elementos centrales del estilo en su sentido profundo. Son “profundos” porque la
escogencia de los mismos afecta crucialmente el nivel conceptual de pensamiento filosófico y no sólo su forma
lingüística. Para volver a la distinción fregeana entre sentido y tono, la concepción profunda del estilo debería verse
como contribuyente al sentido así como al tono de una obra de filosofía. Los diversos temperamentos filosóficos,
compromisos normativos y espíritus dicen cosas bien distintas y buscan develar verdades bastante disímiles.

El espíritu con el cual se plantea una pregunta filosófica no sólo añade color a una verdad neutra, sino que es un
importante determinante de qué tipo de verdad se descubre. Aun cuando se estén manejando preguntas similares,
los diversos estilos filosóficos pueden conducir a respuestas muy diferentes, aunque no necesariamente
incompatibles. He ahí una razón del frecuente retorno de tantos filósofos a algunas preguntas fundamentales. Los
múltiples marcadores de estilo que he discutido pueden congregarse en variedad de formas y el resultado final es el
rico depósito de escritura que es distintivamente filosófico –un estilo que va desde la sabihondez de Kant hasta el
lirismo de Nietzsche.

NOTAS

1 Mi objetivo aquí es discutir elementos centrales del estilo filosófico en general, más que abordar la pregunta más
particular del estilo en la filosofía estadounidense. Sin embargo, el marco que ofrece este ensayo posee recursos
adecuados para tratar las preguntas específicas de estilo de escritura en diversas tradiciones filosóficas.

2 El título de este artículo y la terminología que empleo aluden al artículo de Putnam (2005), “Las Profundidades y
Superficialidades de la Experiencia”, en el que Putnam contrasta dos ideas de experiencia. La experiencia es
superficial si se la interpreta, como lo hizo Quine, como “irritaciones superficiales”. El sentido profundo de la
experiencia, por otra parte, la ve como infundida de conceptos. La distinción que trazo guarda semejanza con la
distinción entre conceptos y descripciones finas y densas, pero por razones que no enumeraré aquí, me gustaría
evitar estas categorías tan usadas.
3 Del otro lado del espectro de opiniones, tanto Locke como Hobbes presentaron fuertes objeciones al uso de
lenguaje figurado en la filosofía (una "trampa perfecta", la llama Locke) por oposición al uso de lenguaje literal que
conduciría al “sentido llano” (véase Lang 1988: 109 para una discusión).

4 Es importante distinguir la idea de estilo que se discute en este artículo de los célebres, pero más bien raros,
intentos de estilización extrema en filosofía. Los estilizadores con consciencia de ello, tales como Wittgenstein
(especialmente en el Tractatus), Kierkegaard y Nietzsche, representan un momento filosófico específico que, con
justicia, se aparta de lo “normal”, de la práctica filosófica ordinaria. Esta práctica extrema de la filosofía estilizada es,
en su conjunto, bastante rara y no puede volverse el estándar que utilicemos para medir la cuestión del estilo en la
filosofía. Si bien estilizadores, tales como Kierkegaard and Nietzsche, ampliaron las fronteras de la escritura filosófica
y, por ende, de la filosofía misma, también por esa razón su obra no es necesariamente parte del canon filosófico en
la tradición analítica, que es la escuela académica predominante en la filosofía contemporánea. Incluso las
credenciales de Wittgenstein se cuestionan cada vez más. La estilización autoconsciente de la escritura filosófica,
aunque está relacionada con el estilo filosófico, requiere un tratamiento distinto y no será el centro de atención para
este artículo.

5 Ron Mallon ha afirmado cuestiones similares en el 2005, en el Leiter’s Blog. Ver


http://leiterreports.typepad.com/blog/2005/11/analytic_and_co.html

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