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TEXTOS SOBRE ESPIRITUALIDAD CRISTIANA

1. Cristo es el Maestro por excelencia, el revelador y la revelación. No se trata sólo de


comprender las cosas que Él ha enseñado, sino de ‘comprenderle a Él’.
2. La espiritualidad cristiana tiene como característica el deber del discípulo de configurarse
cada vez más plenamente con su Maestro (cfr. Rom 8,29; Flp 3,10.21).
3. La efusión del Espíritu en el bautismo une al creyente como el sarmiento a la vid, que es
Cristo (cfr. Jn 15,5), lo hace miembro de su Cuerpo místico (cfr. 1 Cor 12,12; Rom 12,5).
4. A esta unidad inicial, sin embargo, ha de corresponder un camino de adhesión creciente a Él,
que oriente cada vez más el comportamiento del discípulo según la ‘lógica’ de Cristo:
‘Tengan entre ustedes los mismos sentimientos que Cristo’ (Flp 2,5).
5. Hace falta, según las palabras del Apóstol, ‘revestirse de Cristo’ (cfr. Rom 13,14; Gál 3,27)1
……
6. La espiritualidad es una sensibilidad, una capacitación para rastrear el paso de Dios en los
acontecimientos y en la historia. Esta sensibilidad la educamos en la acción, en la celebración,
en los encuentros, en la formación cristiana. El encuentro con Dios, la búsqueda de Dios es
muchas veces un ejercicio estéril y frustrante, pues tendemos a poner medios, planificaciones,
etc… Y Dios, en general, se escapa a esta lógica.

7. Hay dos elementos que para mí son fundamentales de nuestra relación personal con Dios:
La capacidad de hacer silencio y percibir el amor, los signos vivos de su presencia, lo sagrado
de la amistad, de la lucha, etc…
8. El lugar social desde el que nos dirigimos a Él. (No es la misma oración la del Epulón que la
de Lázaro, la del Fariseo que la de la viuda pobre…)2
……
9. Atacados por una desazón de superioridad y una altivez de espiritualidad jamás explicitada
pero siempre aplastante, esa espiritualidad que es una suplementaria bolsa de agua caliente y
una adicional calefacción central y también una morfina y también una coartada, esa
espiritualidad que justifica la injusticia y les permite conservar su buena conciencia y sus
rentas, espiritualidad y cuenta bancaria; sí, Dios existe tan poco que me avergüenzo de Él.3
…..
10. Vivir espiritualmente no es vivir evasivamente, sino darle a la propia vida (individual o de
pareja) un ‘sentido’, una ‘orientación de fondo’ que se convierta en guía, luz y estímulo para
llevar a la práctica las propias opciones… 4
……
11. Una espiritualidad sin un sólido fundamento bíblico y teológico no tiene futuro, cae en el
sentimentalismo y en cualquier tipo de desviación; una teología insuficientemente vivificada
por una robusta vida evangélica y por una experiencia comunitaria adecuada a los tiempos,
fácilmente se limita a un estéril ejercicio lógico y dialéctico; una comunidad sin raíces
teológicas y espirituales se reduce a un grupo psicológico o se agota en un hueco activismo,
sin los frutos típicos del Espíritu… Evidentemente sólo la ‘trinitariedad’ entre estos varios
ámbitos los desarrolla adecuadamente.5
….
12. Espiritualidad para hoy, tiempos de crisis.

1
Juan Pablo II, ROSARIUM VIRGINIS MARIAE, nº 14.15.
2
Alejandro Martínez: La opción por los pobres en la JEC. Separata del Boletín JEC “Escuela y utopía”, nº 89,
diciembre 2002, pág. VI.
3
Albert Cohen, BELLA DEL SEÑOR, Salvat 2000, pág. 555
4
Battista Borsato. IMAGINAR EL MATRIMONIO. Sal Terrae, Santander 2003, pág. 107).
5
Enrique Cambón. LA TRINIDAD. MODELO SOCIAL. Edit. Ciudad Nueva. Madrid 2000. Pág. 47.
Una espiritualidad en tiempos de crisis se caracteriza sobre todo por ser escasa en palabras y
abundante en silencio contemplativo y en gestos evangélicos. Nos lleva de la palabra al silencio y del
silencio a una vida coherente con el evangelio.
Una espiritualidad en tiempos de crisis es una espiritualidad escasa en claridades y abundante
en fe. O simplemente es una espiritualidad de fe desnuda, sin demasiadas pruebas teológicas ni apenas
verificaciones históricas.
La espiritualidad profética cree en la posibilidad de que el mundo presente –por muy crítica
que sea su situación- puede ser transformado por la fuerza de Dios y la acción del Espíritu. Este
mundo es sujeto de salvación. Por muy crítica que sea la situación, todavía hay en él semillas del
Verbo o semillas del Espíritu.
En tiempos de crisis sólo la experiencia teologal –la experiencia de un Dios presente y
actuante- nos habilita para seguir caminando.
Una espiritualidad de la misericordia y la solidaridad libera a los creyentes de preocupaciones
egocéntricas y narcisistas. El objeto primero de su preocupación es el otro, el prójimo también en
crisis. Libera a los creyentes de la tentación de juzgar y buscar culpables. Convoca a un conocimiento
compasivo, no judicial, del prójimo.
Una espiritualidad en tiempos de crisis es una espiritualidad escasa en juicios y abundante en
misericordia, solidaridad y compasión, especialmente con aquellos grupos y personas que se llevan
la peor parte en la crisis.
La espiritualidad en tiempos de crisis es una espiritualidad escasa en resultados visibles y
abundante en esperanza. Es una espiritualidad para mantenerse firmes en la cautividad, sin abandonar
la militancia por una liberación que no sabemos cuándo llegará definitivamente.
Hay una muerte carismática que consiste precisamente en dejar a Dios ser Dios y realizar
su obra, en dejar espacios para que lo nuevo nazca, dejar que otros abran nuevos caminos…
La espiritualidad en tiempos de crisis es una espiritualidad de muerte carismática y de vida
evangélica.6

13. Espiritualidad es un estilo o forma de vivir la vida cristiana, que es una vida en Cristo y en el
Espíritu, que se acoge por la fe, se expresa en el amor y se vive en la esperanza, dentro de la
comunidad eclesial. La espiritualidad abarca toda la vida, también la acción.7

La numeración colocada al comienzo de los textos es para facilitar este ejercicio.


¿A qué aspectos de los tratados en el tema se pueden aplicar cada uno de estos textos?
¿Cómo los concreta cada uno de ellos?

6
Felicísimo Martínez Díez. AVIVAR LA ESPERANZA. Edit. San Pablo, Madrid 2002. Pág. 19-27.
7
C. Maccise. POR UNA ESPIRITUALIDAD ENCARNADA. Rev. CONFER 34 -1995, pág. 251.
TEXTOS COMPLEMENTARIOS
EL SEGUIMIENTO DE JESUCRISTO
José María Castillo
ESPIRITUALIDAD PARA INSATISFECHOS
Editorial Trotta. Madrid 2007. Páginas 93-96

Cuando se les explica a los cristianos lo que es y lo que exige el ‘seguimiento’ de Jesús, se
les suele decir que lo sorprendente, en esta cuestión tan vital para un creyente, es que, para una
cosa tan seria y de tan graves consecuencias (el seguimiento), Jesús no da explicaciones, ni presenta
un programa, ni una meta, ni un ideal, ni aduce motivos, ni siquiera hace una alusión a la importancia
del momento o a las consecuencias que aquello va a tener o puede tener. Cuando Jesús llama a
alguien para que le siga, allí no se pronuncia nada más que una palabra, que es un mandato:
‘sígueme’. Y el que pone alguna condición, por importante que sea tal condición, queda
inmediatamente descalificado. Para demostrar que esto es así se suelen recordar los textos de los
evangelios en los que se cuenta el llamamiento de los primeros discípulos (Mt 4,18-22; Mc 1,16-20;
Lc 5,1-11) o también el momento en que Jesús llama a Mateo (Mt 9,9; Mc 2,14; Lc 5,27-28). Y, sobre
todo, el extraño relato de aquellos que no estuvieron dispuestos a seguir a Jesús aduciendo
condiciones tan justificables como, por ejemplo, el entierro del propio padre; o simplemente una
cosa tan natural como era el hecho de despedirse de la propia familia (Mt 8,18-22; Lc 9,57-62).
Por poco que se piense en esta cuestión, enseguida se le ocurre a cualquier persona que si
Jesús hubiera hecho, efectivamente, eso: ordenarles a otras personas que se fueran con él, sin darles
la más mínima explicaciones y sin dejar claro por qué los llamaba y para qué los llamaba, urgiendo
a los llamados a dejarlo todo (el trabajo, los bienes, la familia), realmente se podría sospechar con
fundamento que Jesús debió de ser un tipo muy extraño. ¿Cómo se puede hacer eso en la vida? Y,
además, ¿cómo va a haber gente tan insensata que lo deje todo y se vaya por ahí con un
desconocido, sin saber ni a dónde va, ni a qué se va a dedicar?
Para responder a estas preguntas y aclararse, de un vez, sobre este asunto, lo más sencillo
(y también lo más eficaz) es echar mano de los evangelios y ver en ellos qué es lo que realmente se
dice. No se trata de volver a explicar, una vez más, los relatos antes citados sobre las llamadas de
Jesús al seguimiento. La cosa es mucho más simple. O quizás más compleja, según se mire. Se trata
sencillamente de caer en la cuenta de dónde están situadas esas llamadas al seguimiento de Jesús
en el conjunto de cada evangelio. Para decirlo más claramente, los relatos de las llamadas al
seguimiento están puestos, en los tres evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas), después de
los breves resúmenes en los que se informa que Jesús anunciaba la llegada del reino de Dios.
En efecto, al llamamiento de los primeros seguidores, en Mc 1,16-20, precede el importante
resumen de Mc 1,14-15, donde se informa que Jesús se fue a Galilea y allí decía: “Se ha cumplido el
plazo y está cerca el reino de Dios; convertíos y creed en el Evangelio”. No se trata de que Jesús diga
esto un vez. No. Esto era lo que Jesús ‘decía’ habitualmente, constantemente; o sea, lo que
comunicaba a la gente, de manera que en este mensaje se resume lo que Jesús pensó que le tenía
que decir a este mundo.
De la misma manera, en el evangelio de Mateo, inmediatamente antes de la llamada a los
primeros discípulos, junto al lago (Mt 4,18-22), está también el resumen del mensaje evangélico:
“Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: arrepentíos, porque está cerca el reino de los
cielos” (Mt 4,17). En el evangelio de Mateo, al reino ‘de Dios’ se le llama reino ‘de los cielos’. Son
dos maneras de decir la misma cosa, como explican muy bien los entendidos en esta cuestión. Y
otra vez, en el mismo evangelio de Mateo, cuando explica que a Jesús lo seguían, además de los
discípulos, “numerosas multitudes de gentes” (Mt 4,25), en este caso también, inmediatamente
antes ha contado el evangelista que Jesús “recorría toda Galilea […], predicando el Evangelio del
reino” (Mt 4,23-24).
Y otro tanto hace el evangelio de Lucas. En este caso, se cuenta el seguimiento de los
pescadores, impresionados por la pesca tan abundante que habían recogido (Lc 5,1-11). Y aquí
también, inmediatamente antes, explica este evangelio que Jesús le dijo a la gente, que quería
retenerlo en un pueblo para que no se les fuese: “También a otras ciudades tengo que anunciar el
Evangelio del reino de Dios, porque para eso me han enviado” (Lc 4,43). Es decir, Jesús tenía la idea
fija de que él estaba en este mundo para una cosa: anunciar la Buena Noticia del reino de Dios. Sin
duda alguna, en la tarea de anunciar el reino de Dios veía Jesús que estaba todo lo que él tenía que
hacer en su vida.
Por lo tanto, en los tres evangelios de Marcos, Mateo y Lucas quedan muy claras estas dos
cosas: 1) Que el seguimiento de la persona de Jesús se pone siempre después de presentar el
proyecto del reino de Dios. 2) Que el seguimiento de Jesús y el proyecto del reino de Dios son
inseparables, puesto que se presentan unidos lo uno a lo otro.
La consecuencia que se sigue lógicamente de lo dicho es la siguiente: no se puede plantear
el seguimiento como un entusiasmo, un esfuerzo o un empeño, que se explicaría por el entusiasmo
en sí mismo o por sí solo. O, si se prefiere, por la sola atracción de Jesús. Una atracción que ilusiona
y apasiona hasta el extremo de vencer toda resistencia y llevar ciegamente a la generosidad o al
heroísmo más increíble. Abundan por ahí los predicadores fervorosos que hablan así del
seguimiento de Jesús. y se sirven, para explicar eso, de categorías humanas como la amistad (si se
lo explican a los chicos) o el enamoramiento (si el fervorín va dirigido a jovencitas o incluso a mujeres
adultas). En otros casos, se echa mano de imágenes y categorías militares, como liderazgos y
caudillajes, que arrastran a los más entusiastas. Sea lo que sea, siempre venimos a lo mismo. Todo
se reduce a la persona (Jesús), sin hacer mención o sin tener claro el proyecto.
Ahora bien, todo esto, además de que no se corresponde con los datos que nos suministran
los evangelios, resulta bastante irracional. Porque nadie compromete su vida entera con alguien si
no tiene claro que hace eso por algo. Pero no es esto lo peor. Lo más grave del asunto está en que
el entusiasmo por la sola persona de Jesús, desligado del proyecto que presentó el mismo Jesús y
por el que dio su vida, conduce a una especie de misticismo des-comprometido. Ese misticismo de
algunas almas fervorosas que se traduce en devociones y piedades, incluso espiritualidades de
mucha elevación sobre todo lo terreno y mundano. Pero, a fin de cuentas, un entusiasmo por
Jesucristo que no va más allá de la experiencia intimista que eso produce al que lo siente de esa
manera. Todo esto puede parecer sublime. Y hay quienes lo sienten así. Pero todo esto es tan
sublime como peligroso. Por la sencilla razón de que, con demasiada frecuencia, no pasa ni sale de
la intimidad del propio sujeto. Es decir, de esta manera se cae en la propia subjetividad. Y allí se
queda uno, con todos los fervores y devociones que se quiera, pero sin más provecho ni utilidad
para nadie. He aquí el retrato de los ‘espirituales’.8

8
‘Espiritualistas’, los llamaría personalmente un servidor (J. Moreno)
En el otro extremo están los ‘sociales’. Que son los que lo ponen todo en el proyecto del
reino entendido como lucha por cambiar este mundo. Pero de tal manera que la persona de Jesús
y su relación con él no les preocupan demasiado, a veces nada en absoluto. En este caso, lo más
frecuente es que quienes entienden y viven así su fe se desviven por todo lo que es lucha y hasta
enfrentamiento con los responsables de la injusticia y contra las estructuras injustas. Lo que se suele
traducir en una actividad febril, todo lo generosa que se quiera, pero de la que razonablemente se
puede uno preguntar si brota de la fe en Jesús o váyase a saber de qué ideología viene todo eso.
Más aún, en no pocos casos todo ese ajetreo, al que a veces acompañan buenas dosis de deseo de
protagonismo, seguramente puede ser el vehículo que canaliza inconfesables deseos de
omnipotencia. Lo que da como resultado que quienes van así por la vida son por supuesto
entusiastas defensores de causas perdidas, pero realizando semejante tarea con abundantes faltas
de respeto a otras personas e instituciones o, lo que es peor, causando divisiones, conflictos y
sufrimientos que, en cualquier caso, ni van a aliviar el sufrimiento de nadie, ni van a conseguir que
el reino de Dios se haga presente en este mundo.
Como conclusión, de momento, quede clara una cosa: el ‘proyecto’ de Jesús es inseparable
de la ‘persona’ de Jesús. Esto es cierto hasta tal punto que no se puede entender la decisión de vivir
el proyecto (el reino de Dios) si no se vive la vinculación con la persona. “Heredar el reino” (Mt 25,34)
significa que “lo que hicisteis con uno de estos hermanos míos tan insignificantes (proyecto) lo
hicisteis conmigo” (persona). Y, a la inversa, pretender la vinculación con Jesús, todo lo fervorosa
que se quiera, sin tener muy claro y luchar muy firmemente por su causa, que es el reino, no pasa
de ser una ilusión engañosa, en la que muchas personas de buena voluntad se pasan la vida, quizá
derrochando generosidad, pero también seguramente perdiendo el tiempo.

TEMA 2º
ES`PIRITUALIDAD LAICAL: EN MEDIO DEL MUNDO

ESQUEMA

1.- Ser cristiano laico es una vocación


a) Todos llamados por el Padre.
b) Con vocaciones distintas, diversas.
c) Pero con la misma finalidad: EVANGELIZAR.

2.- La vocación del cristiano laico


a) Toda vocación cristiana responde a un objetivo.
b) La ‘vocación’ supone SER LLAMADO.

3.- La vocación laical es teológica y eclesial.

4.- Conclusión de esta primera parte.

5.- “También” los laicos están llamados a la santidad.


- Nace del bautismo.
- Dentro de la Iglesia santa.
- Presupuesto y condición para realizar la misión de la Iglesia

6.- Un modo privilegiado de ser santo: transformar el mundo según Dios.


- Su inserción en las realidades temporales y participación en las actividades terrenas.
- El compromiso político-social, ‘lugar de santidad’.

7.- Fundamento de la espiritualidad del laico cristiano.

- Objetivo: buscar el Reino de Dios tratando las realidades temporales.


- Dos tentaciones: dedicación a las tareas intraeclesiales, olvidando el compromiso en el mundo.
separación entre fe y vida.

8.- Principios fundamentales para una espiritualidad y una santidad laicales.

- Unir fe y vida.
- Contemplativo EN la acción.
- Celebración de la fe: contemplativo PARA la acción.
- Vivir el ser Iglesia en la comunión eclesial: centralidad de la Eucaristía
sacramento de la reconciliación.
- Medios importantes: revisión de vida.
análisis creyente de la realidad.
formación teológica y espiritual permanente.
proyecto personal de vida cristiana.

INTRODUCCIÓN

El tema de la espiritualidad laical está vinculado a un tema anterior que no siempre se tiene
en cuenta –ciertamente hace unos años no se tenía nunca en cuenta-. Este tema anterior es la
vocación y misión del laico en la Iglesia.
Gracias a Dios ya se ha comenzado a superar –no me atrevo a decir más- la idea de que
cristiano laico es el que no es ni presbítero, ni religioso, ni religiosa. Se definía al laico ‘por lo que no
era’. Como si no tuviera entidad propia en la Iglesia. Sólo tenía una entidad ‘dependiente y sometida’
al estamento clerical.
El cristiano laico tiene una espiritualidad propia porque tiene una vocación y una misión
propias en la Iglesia. Vocación y misión que llevan en sí mismas una espiritualidad no prestada por
nadie, ni imitación de ninguna otra. Es propia de los cristianos laicos.
Por eso, vamos a comenzar deteniéndonos en la vocación y misión del cristiano laico para
deducir de ellas su espiritualidad propia.

1.- SER CRISTIANO LAICO ES UNA VOCACIÓN

Para fundamentar, desde sus raíces, la vocación y la misión del cristiano laico, hemos de
acercarnos al plan de Dios tal como se nos revela en su Palabra, la Biblia. Estos pueden ser los pasos
básicos.
A) Todos llamados por el Padre
Gramaticalmente hablando, pero desde la teología, ‘cristiano’ es el sustantivo, el nombre, y
‘laico’ es el adjetivo, que califica al nombre. Porque lo que nos identifica a ‘todos’ los que creemos
en Cristo es nuestro ser cristiano, seguidores agraciados y agradecidos de Cristo.
Lo que nos distingue, pero no nos separa, es el adjetivo: laico, religioso, presbítero. Esto
tiene su importancia. La claridad conceptual ayuda a la claridad en la actuación si a la claridad le
dejamos que pase de la cabeza al corazón y a las manos. Primero, por tanto, somos cristianos,
después laicos, religiosos, presbíteros, obispos.
Esta ordenación lingüística nos ayuda a comprender que ser cristiano laico es una
VOCACIÓN ESPECÍFICA personal dentro de la Iglesia y necesaria para que la Iglesia sea.
No sólo ‘tienen vocación’, no sólo son llamados a una vocación determinada y distinta
dentro de la Iglesia los presbíteros, los religiosos y religiosas; también los laicos son y deben sentirse
llamados por Dios y por la Iglesia a ser cristianos siendo laicos, sin dejar de serlo. TODOS SOMOS
LLAMADOS POR DIOS EN LA IGLESIA a una vocación específica.
¿Cómo podemos mostrar que esto es así? El Padre nos llama a su Iglesia a cada uno
personalmente, nos regala a todos el don de la fe para que la vivamos personalmente. Todos somos
AGRACIADOS por el amor salvador del Padre.
Y todos somos llamados a su Iglesia, a formar su Pueblo. Todos somos agraciados con el don
de la pertenencia a la comunidad eclesial y ENVIADOS a anunciar y a hacer presente con nuestra
vida y nuestras obras ese amor salvador del Padre manifestado en Cristo. Esta es la VOCACIÓN
COMÚN de todo bautizado.
Si aquí, en este punto de la vocación general a ser cristianos, no se termina el proceso
vocacional de los llamados al presbiterado o a la vida religiosa, tampoco se acaba el proceso
vocacional de los llamados a ser laicos cristianos. La vocación general cristiana se concreta en la
específica, tanto para el presbítero como para el laico.

B) Con vocaciones distintas, diversas.


Esta llamada general y personal, que nos une a todos, se diversifica, igualmente como
llamada vocacional, en las misiones distintas y concretas que se nos encomiendan a cada uno para
que la Iglesia pueda cumplir su finalidad: evangelizar a la persona humana en todas las situaciones
en que ésta se encuentre.
Por eso hay cristianos llamados a vivir su vocación cristiana como laicos. Ser laico en la iglesia
es, por tanto, una vocación, no el destino de los no llamados, de ‘los que no sirven para otra cosa’
(dicho de manera clara y provocativa lo que decimos normalmente suavizado en el lenguaje
ordinario).
El laico es llamado y enviado como laico a “inscribir la ley divina en la vida de la ciudad
terrestre […] No sólo están obligados (los laicos) a impregnar el mundo del espíritu cristiano, sino
que, además, están llamados a ser testigos de Cristo en todas las cosas, también en el interior de la
sociedad humana”9 . Esta es la vocación particular (como diferente de la sacerdotal) de todos los
laicos. Esto lo concretaremos y desarrollaremos más ampliamente en el siguiente apartado de este
tema. En esta aproximación primera nos basta con este texto del Concilio Vaticano II.

C) Pero con la misma finalidad: EVANGELIZAR

9
GS, 43bd
La misión de la Iglesia nos une a todos. Es la misma para todos: evangelizar. Las distintas
vocaciones realizan esa misma misión según las características de cada vocación específica cristiana.
La comunión hace que las diversas vocaciones converjan en la realización de la misma y única misión
desde la peculiar y específica aportación de cada uno. Una es la vocación pastoral de comunión y
animación y otra la vocación laical. Ambas nacidas de la voluntad del Señor. Ambas llamadas a la
misión desde y para la comunión.
Cuando aceptamos estas bases fundamentales y, por eso, elementales, se entiende
perfectamente que sin cristianos laicos no hay Iglesia. Como dice el Con. Vat. II: “La Iglesia no está
verdaderamente fundada, ni vive plenamente, ni es signo perfecto de Cristo entre los hombres,
mientras no exista y trabaje con la jerarquía un laicado propiamente dicho. Porque el Evangelio no
puede quedar profundamente grabado en las mentes, la vida y el trabajo de un pueblo sin la
presencia activa de los laicos. Por eso, ya desde la fundación de la Iglesia se ha de atender sobre
todo a la constitución de un laicado cristiano maduro”.10
Se trata de un texto que ‘lo dice todo’. Sin un laicado cristiano maduro ‘que trabaje’ (es
decir: activo en su vocación) no está fundada la Iglesia y, por tanto, ésta ni puede existir, ni es ‘signo
perfecto de Cristo’, ni puede evangelizar, cumplir su misión, aquello para lo que existe.11
Es lo mismo que nos recuerda el documento de Santo Domingo: los laicos “son llamados por
Cristo como Iglesia, agentes y destinatarios de la Buena Noticia de Salvación, a ejercer en el mundo,
viña de Dios, una tarea evangelizadora indispensable”12

2.- LA VOCACIÓN DEL CRISTIANO LAICO

A) Toda vocación cristiana responde a un objetivo.


La vocación de laico, para que sea vocación diferente a las otras vocaciones en la Iglesia,
tiene una misión propia, ya que sin misión propia no puede haber vocación. Por ser propia es
distinta y complementaria con la presbiteral y con la religiosa.
El Concilio Vaticano II expuso el contenido de la vocación laical en una frase ya harto
conocida y a la que es necesario referirse siempre para conocer y seguir la vocación del laico en la
Iglesia: “El carácter secular es lo propio y peculiar de los laicos […] porque “los laicos tienen como
vocación propia el buscar el reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y
ordenándolas según Dios” (LG 31 b).
‘Ordenar las cosas temporales según Dios’ es, para el Concilio, “iluminar y ordenar todas
las realidades temporales, a las que están estrechamente unidos, de tal manera que éstas lleguen
a ser según Cristo, se desarrollen y sean para alabanza del Creador y Redentor” (Idem).
Así lo concreta también Pablo VI: “Los seglares, cuya vocación específica los coloca en el
corazón del mundo y a la guía de las más variadas tareas temporales, deben ejercer por lo mismo
una forma singular de evangelización. Su tarea primera e inmediata no es la instalación y el
desarrollo de la comunidad eclesial –ésta es la función específica de los Pastores-, sino el poner en
práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero a su vez ya presentes y
activas en las cosas del mundo”.13
La afirmación de Pablo VI tiene dos partes. Comienza con una negación: la tarea primera e
inmediata de los laicos ‘no es la instalación y el desarrollo de la comunidad eclesial’. Es decir: el laico
cristiano no encarna ni vive plenamente lo específico de su vocación cristiana si sólo trabaja al
interior de la Iglesia, si solamente es activo como cristiano dentro de la comunidad. “De todos

10
Ad gentes 21
11
Cfr. EN 14
12
SANTO DOMINGO, 94
13
EN 70
modos, aunque el apostolado intraeclesial de los laicos tiene que ser estimulado, hay que procurar
que este apostolado coexista con la actividad propia de los laicos, en la que no pueden ser suplidos
por los sacerdotes: el ámbito de las realidades temporales”.14
La segunda afirmación de Pablo VI positiva: la vocación específica del laico lo coloca ‘en el
corazón del mundo (es decir: en medio del mundo, en todos los momentos y lugares, ante toda clase
de personas y situaciones) y a la guía de las más variadas tareas temporales’ (es decir: allí donde se
desarrolla la vida y se decide la suerte del ser humano. Esto lo realiza la persona y la colectividad
humanas en las actividades que configuran y sostienen la vida social).
Las cosas del mundo, según el Vat. II, son: “Viven en el mundo, en todas y cada una de las
profesiones y actividades del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social que
forman como el tejido de la existencia”. (LG 31 b).15
“El mundo es para el laico su sitio eclesial y su lugar de santificación”16. Por eso, su
compromiso en el mundo no puede reducirse a ser simplemente humanizante, es decir: hacerlo más
humano, más habitable, más justo (aunque debe buscarlo y no secundaria u optativamente), sino
que se trata de una presencia, de un compromiso explícitamente cristianos: ofrecer al mundo, sin
salirse ni desentenderse de él, la salvación de Dios y posibilitar la respuesta humana.

B) La ‘vocación’ supone SER LLAMADO


La llamada a una concreta, y diferente de otras, misión nos viene de Dios Padre. No nos la
damos nosotros. “No me eligieron ustedes a mí, sino que yo los elegí a ustedes” (Jn 15,16), nos dice
el Señor.
Dios llama a muchos cristianos, a la mayoría, a seguirle en medio del mundo para evangelizar
el mundo. Esta es la vocación de los laicos
Y no los llama fuera del mundo, sino en la misma realidad del mundo, en la vida ordinaria,
en el trabajo… Lo dice bellamente de nuevo el C. Vat. II:“es ahí (en el mundo) donde Dios los llama
a realizar su función propia, dejándose guiar por el Evangelio para que, desde dentro, como el
fermento, contribuyan a la SANTIFICACIÓN DEL MUNDO, y de esta manera, irradiando FE,
ESPERANZA y AMOR, sobre todo con el TESTIMONIO de su vida muestren a Cristo a los demás”. (LG
31 b).
Dios llama a la vocación laical en medio del mundo: cuando el cristiano vive en el mundo y
lo contempla con los ojos de Dios, descubre las aspiraciones, necesidades, limitaciones e injusticias,
el pecado del mundo y, entonces y sólo así, se sentirá impulsado a aportar al mundo y a la persona
humana el amor y el compromiso de Dios. Así llama el Padre a los que quiere cristianos en el mundo,
a los que llama para ser cristianos laicos.
Para sentirse llamado así es necesaria evidentemente la fe y la entrega al Señor.
Viene bien, por otra parte, recordar qué es el mundo para la Iglesia y, por tanto, para el
cristiano. Porque no se trata sólo de haber superado aquel concepto del mundo como ‘enemigo del
alma’, que aprendimos en los viejos catecismos. Entendemos por mundo, como nos dice el Vaticano
II, “el mundo de los hombres, es decir, toda la familia humana con la universalidad de las realidades

14
Ecclesia in America, 44e
15
Así no sucederá lo que, por el momento, parece demasiado frecuente en nuestras comunidades: cristianos
laicos que participan, o son llamados por los sacerdotes a participar exclusivamente en tareas intraeclesiales, y
no participan, como expresión de su vocación cristiana laical, en las tareas temporales en que viven y de las que
viven. Nos faltan cristianos laicos comprometidos, conscientes de su vocación laical, en el mundo de la familia,
en la política, en la economía, en el campo de la salud, en la agricultura, en la enseñanza, en los sindicatos, en
el mundo de la cultura y medios de comunicación, en la creación artística, en la industria, en la empresa, etc…
(cfr. PUEBLA, 823; SANTO DOMINGO, 96)
16
A. Rodríguez Gracia. Premisas para una teología del laicado. Rev. Razón y Fe, julio-agosto 1987, pág. 563.
entre las que ésta viva; el mundo, teatro de la historia del género humano, marcado por su destreza,
sus derrotas y sus victorias; el mundo que los fieles cristianos creen creado y conservado por el amor
del Creador, colocado ciertamente bajo la esclavitud del pecado, pero liberado por Cristo crucificado
y resucitado, una vez que fue quebrantado el poder del Maligno, para que se transforme, según el
designio de Dios, y llegue a su consumación”.17
“El templo (para el cristiano laico) es el mundo: desde la cocina al compromiso público,
desde el cuidado de los hijos hasta el trabajo profesional, desde la más diversa actividad hasta la
quietud y el silencio. En ese ‘conjunto mundano’ de situaciones el cristiano (laico) está llamado, a
través del agradecimiento y de la responsabilidad, a la aceptación del mundo como don y como
tarea. Por ello, este mundo, el mundo así pensado y vivido, es el centro de la espiritualidad cristiana
que se nutre de su ‘construcción histórica y transformadora’ a la que cada uno contribuimos con
nuestra práctica social y política”.18
El mundo es el ‘lugar natural’ de la vocación y de la misión y acción del cristiano laico y el
‘eje central’ de su espiritualidad concreta, la espiritualidad laical. Ahí ha de descubrir, encontrar,
testimoniar, practicar a Dios. Porque su preocupación fundamental, según el Concilio, es ‘ocuparse
de las realidades temporales y ordenarlas según Dios”19, es decir: la construcción de un mundo
fraterno, donde el amor, la misericordia y compasión, la justicia y la igualdad sean la orientación
permanente de su actuación para humanizar progresivamente y expresar el Reino de Dios en la
tierra, tal como lo hizo Jesús entregando su vida por todos.
Ser y vivir como laico en la Iglesia es, pues, una vocación y vocación constitutiva para que
sea posible el ser y la misión de la Iglesia. Sin esta vocación hecha realidad, no existe ni vive la Iglesia.

3.- LA VOCACIÓN LAICAL ES TEOLÓGICA Y ECLESIAL

Ver al cristiano laico como llamado por Dios Padre a una vocación concreta no es una
concesión a alguna moda eclesial, ni mucho menos una solución o concesión pasajera a la situación
actual de la Iglesia por la disminución de su peso social o por la escasez o disminución del número
de presbíteros. No se trata de una ‘sugerencia’ más o menos acertada o una ‘necesidad pastoral
pasajera’.
Juan Pablo II, en su Exhortación Apostólica ‘Christifideles Laici’ 15, nos lo dejó dicho y escrito
con toda claridad y profundidad. Este nº 15 lo podemos tener como texto de referencia al que ir con
frecuencia para refrescar y profundizar el tema del cristiano laico. Número que debe ser conocido e
interiorizado tanto por parte de presbíteros y religiosos como de laicos para acercarse y comprender
la vocación y misión del cristiano laico.
“La novedad cristiana es el fundamento y el título de la igualdad de todos los bautizados en
Cristo, de todos los miembros del Pueblo de Dios: “común es la dignidad de los miembros por su
regeneración en Cristo, común la gracia de hijos, común la vocación a la perfección, una sola
salvación, una sola esperanza e indivisa caridad”. En razón de la común dignidad bautismal, el fiel
laico es corresponsable, junto con los ministerios ordenados y con los religiosos y las religiosas, de
la misión de la Iglesia.
Pero la común dignidad bautismal asume en el fiel laico una modalidad que lo distingue, sin
separarlo, del presbítero, del religioso y de la religiosa. El C. Vat. II ha señalado esta modalidad en la
índole secular: “El carácter secular es propio y peculiar de los laicos”.

17
GS 2
18
Víctor Urrutia: ¿QUÉ NOS PREOCUPA? En Ramón Jáuregui y Carlos García de Andoín (eds.): TENDER
PUENTES. PSOE y Mundo cristiano. Desclée, Bilbao 2001, pág. 247.
19
Cfr. LG 31
Precisamente para poder captar completa, adecuada y específicamente la condición eclesial
del fiel laico es necesario profundizar el alcance teológico del concepto de la índole secular a la luz
del designio salvífico de Dios y del misterio de la Iglesia.
Como decía Pablo VI, la Iglesia “tiene una auténtica dimensión secular, inherente a su íntima
naturaleza y a su misión, que hunde su raíz en el misterio del Verbo Encarnado, y se realiza de formas
diversas en todos sus miembros”.
La Iglesia, en efecto, vive en el mundo, aunque no es del mundo (cfr. Jn 17,16) y es enviada
a continuar la obra redentora de Jesucristo; la cual “aunque de suyo mira la salvación de los
hombres, abarca también la restauración de todo el orden temporal”.
Ciertamente todos los miembros de la Iglesia son partícipes de su dimensión secular; pero
lo son de formas diversas. En particular, la participación de los fieles laicos tiene una modalidad
propia de actuación y de función que, según el Concilio, “es propia y peculiar” de ellos. Tal modalidad
se designa con la expresión “índole secular”.
En realidad el Concilio describe la condición secular de los fieles laicos indicándola, primero
como el lugar en que les es dirigida la llamada de Dios: “Allí son llamados por Dios”. Se trata de un
“lugar” que viene presentado en términos dinámicos: los fieles laicos “viven en el mundo, esto es,
implicados en todas y cada una de las ocupaciones y trabajos del mundo y en las condiciones
ordinarias de la vida familiar y social, de la que su existencia se encuentra como entretejida”. Ellos
son personas que viven la vida normal en el mundo, estudian, trabajan, entablan relaciones de
amistad, sociales, profesionales, culturales, etc. El Concilio considera su condición no como un dato
exterior y ambiental, sino como una realidad destinada a obtener en Jesucristo la plenitud de su
significado. Es más, afirma que “el mismo Verbo encarnado quiso participar de la convivencia
humana (…) Santificó los vínculos humanos, en primer lugar los familiares, donde tienen su origen
las relaciones sociales, sometiéndose voluntariamente a las leyes de su patria. Quiso llevar la vida
de un trabajador de su tiempo y de su región”.
De este modo, el “mundo” se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de
los fieles laicos, porque él mismo está destinado a dar gloria a Dios Padre en Cristo. El Concilio puede
indicar entonces cuál es el sentido propio y peculiar de la vocación divina dirigida a los fieles laicos.
No han sido llamados a abandonar el lugar que ocupan en el mundo. El Bautismo no los quita del
mundo, tal como lo señala el apóstol Pablo: “Hermanos, que cada uno permanezca delante de Dios
en el estado en que se encontraba cuando fue llamado” (1 Cor 7,24); sino que les confía una vocación
que afecta precisamente su situación intramundana. En efecto, los fieles laicos, “son llamados por
Dios para contribuir, desde dentro a modo de fermento, a la santificación del mundo mediante el
ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, y así manifiestan a Cristo ante los
demás, principalmente con el testimonio de su vida y con el fulgor de su fe, esperanza y caridad”.
De este modo, el ser y el actuar en el mundo son para los fieles laicos no solo una realidad
antropológica y sociológica, sino también, y específicamente, una realidad teológica y eclesial. En
efecto, Dios les manifiesta su designio en su situación intramundana, y les comunica la particular
vocación de “buscar el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según
Dios”.
Precisamente en esta perspectiva los Padres Sinodales han afirmado lo siguiente: “La índole
secular del fiel laico no debe ser definida solamente en sentido sociológico, sino sobre todo en
sentido teológico. El carácter secular debe ser entendido a la luz del acto creador y redentor de Dios,
que ha confiado el mundo a los hombres y a las mujeres para que participen en la obra de la
creación, la liberen del influjo del pecado y se santifiquen en el matrimonio o en el celibato, en la
familia, en la profesión y en las diversas actividades sociales”.
La condición eclesial de los fieles laicos se encuentra radicalmente definida por su novedad
cristiana y caracterizada por su índole secular.
Las imágenes evangélicas de la sal, de la luz y de la levadura, aunque se refieren
indistintamente a todos los discípulos de Jesús, tienen también una aplicación específica a los fieles
laicos. Se trata de imágenes espléndidamente significativas, porque no solo expresan la plena
participación y la profunda inserción de los fieles laicos en la tierra, en el mundo, en la comunidad
humana; sino que también, y sobre todo, expresan la novedad y la originalidad de esta inserción y
de esta participación, destinadas como están a la difusión del Evangelio que salva.”
El texto insiste en la calidad teológica y eclesial de la vocación laical. Ser cristiano laico es
una profunda realidad vocacional que todos en la Iglesia hemos de asumir, acoger, vivir y agradecer.
Con valentía y claridad.
Como no podía ser de otra manera, el Papa emplea las palabras ‘vocación’ y ‘llamada’ para
designar la misión que el cristiano laico debe ejercer como tal en la Iglesia. Con absoluta claridad
afirma que “la particular vocación” de los laicos en la Iglesia es, repitiendo al Concilio, “buscar el
Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios”20.
- Por ser ‘vocación’ tiene las características de toda vocación en la Iglesia. Es, primero de todo,
una “realidad teológica”: Dios es el que llama: “Allí son llamados por Dios”, “el mundo se
convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos”. Esta condición
teológica de la llamada “no es un dato exterior y ambiental, sino una realidad destinada a
obtener en Jesucristo la plenitud de su significado”. Este ‘nacimiento teológico’ de la vocación
convierte igualmente en teológica, encomendada por Dios, la misión del laico, al estar llamado
a colaborar y prolongar en medio del mundo “el acto creador y redentor de Dios, que ha confiado
el mundo a los hombres y a las mujeres, para que participen en la obra de la creación, la liberen…
y se santifiquen…” Esta vocación y misión no se entiende “solamente en sentido sociológico” (es
decir, el hecho de vivir en medio de las tareas y preocupaciones del mundo), sino “en sentido
teológico” (ahí manifiestan, testimonian a Dios) porque Dios ahí los llama y los envía.
Este carácter teológico de la vocación laical lo tenemos bastante olvidado tanto los presbíteros,
religiosos y religiosas como los laicos. Sin embargo, es uno de los datos que más nos pueden llamar
‘a la conversión hacia los laicos’ a los presbíteros, religiosos y religiosas y que más pueden ayudar a
los laicos a superar la pasividad o el complejo de inferioridad y que más fortaleza pueden darles a la
hora de aceptar y vivir su misión. Pero, sobre todo, se sentirán más personalmente responsables
ante Dios al reflexionar sobre el hecho de que es Él mismo quien los llama y los necesita.
- Es también una “realidad eclesial”. Por el Bautismo el laico es Iglesia. Por tanto ha de encarnar
como laico la misma misión de la Iglesia: evangelizar. Llamado a la Iglesia y enviado después por
ella y desde ella a que realice su vocación laical, el laico es la Iglesia “tratando las cosas
temporales y ordenándolas según Dios”. No es un delegado de otros, sino que es la Iglesia misma
evangelizando en medio de las realidades temporales. Es la iglesia en el mundo.
- “La común dignidad bautismal asume en el fiel laico una modalidad que lo distingue, sin
separarlo, del presbítero, del religioso y de la religiosa. El C. V. II ha señalado esta modalidad en
la índole secular: ‘El carácter secular es propio y peculiar de los laicos”.21 Juan Pablo II, repitiendo
al Vaticano II, concreta la condición esencial para que a algo se le pueda calificar de vocación
cristiana: el contenido, la misión a realizar por una vocación específica es distinto al contenido
o misión de otras vocaciones. Esa misión en la vocación laical es ‘el carácter secular’: ser
cristiano y evangelizar en medio del mundo. Esto es lo característico, lo peculiar, lo específico
de la vocación laical como realidad pastoral. Y esta misión, esta vocación, sólo se puede vivir
permaneciendo laico, es decir, aceptando la llamada de Dios a ser cristiano con esa misión –
vocación concreta. Ser cristiano laico es una vocación con sentido en sí misma, sin tener que

20
LG 31
21
Ibid.31
buscar aceptación o justificación añadida que le dé legitimidad en la Iglesia. Sólo necesita, como
todas las vocaciones en la Iglesia, estar en comunión con la fe de la Iglesia y con los demás
ministerios eclesiales, especialmente el Ministerio Pastoral.

4.- CONCLUSIÓN DE ESTA PRIMERA PARTE

Estas tres afirmaciones, que resumen prácticamente todo lo dicho, tienen una consecuencia
muy concreta y muy importante: sin laicos que se sepan y se sientan ‘llamados a ser en la Iglesia
sólo laicos’, no existe la Iglesia porque le falta un elemento constitutivo de su ser: el servicio o
ministerio laical. Por eso, en una Iglesia reducida a lo sacral, a lo puramente intraeclesial, a su
conservación institucional…, ‘el primer reducido’ es el laico. Se le priva de lo más específico de su
‘ser cristiano en medio del mundo y su misión evangelizadora en las realidades humanas’ y se le
convierte en mero servidor de lo sacral y cúltico, y, por tanto, del presbítero, que es lo mismo que
decir ‘cristiano de segunda clase al servicio de la clase primera’.
Por eso, creo sinceramente que, tanto como la crisis de vocaciones a la vida presbiteral y
consagrada, nos debe ocupar la crisis de vocaciones laicales. Y esta crisis existe cuando no hay
cristianos laicos comprometidos evangélica y evangelizadoramente en el mundo, aunque haya
muchos laicos en liturgia, catequesis, cáritas, consejos pastorales, etc… Por tanto, el obispo, el
presbítero, el religioso o religiosa que no suscitan vocaciones laicales están sosteniendo o creando
una Iglesia y una misión reducidas, es decir, una Iglesia clerical y piramidal.
Esta necesidad teológica y eclesial de cristianos laicos debemos llenarla entre todos: laicos,
presbíteros, religiosos y religiosas.

5.- ‘TAMBIÉN’ LOS LAICOS ESTÁN LLAMADOS A LA SANTIDAD

Este ‘también’ intenta ser provocativo. Quiere invitarnos a reaccionar ante esas ideas tan
falsas como extendidas de que la santidad es algo más que extraordinario y que debe ir vestida de
sotana o de hábito religioso. Intenta provocar para que hagamos desaparecer ese adverbio
‘también’ y para que nos ayude a seguir profundizando en que la santidad es de toda persona que
quiera seguir a Jesucristo, porque cree en él y en él ha sido bautizada. Y que, por supuesto, no
necesita ir de hábito por la calle. Sí, también los laicos están llamados a la santidad, quitando a ese
‘también’ todo lo que suene a añadidura que se concede no se sabe por quién. El laico está llamado
a la santidad “a pleno título”, como dice Juan Pablo II (ChL 16d).
+ La santidad del laico nace, como la de todo cristiano, del bautismo, de su ‘dignidad’ de
bautizado. Y el fruto natural de esa consagración es la santidad. La santidad vivida es la
manifestación de la santidad recibida en el bautismo. Esto quiere decir lo siguiente: “La dignidad de
los fieles laicos se nos revela en plenitud cuando consideramos esa primera y fundamental vocación,
que el Padre dirige a todos ellos en Jesucristo por medio del Espíritu: la vocación a la santidad, o sea
a la perfección de la caridad. El santo es el testimonio más espléndido de la dignidad conferida al
discípulo de Cristo” (ChL 16).
‘Detalles’ que contiene este texto de Juan Pablo II sobre la santidad a la que está llamado el
laico:
- La santidad a la que es llamado el laico manifiesta su dignidad que nace del bautismo. Es llamado
a la santidad porque es cristiano. No necesita el laico nada más para que comprenda que debe
ser santo. Porque la santidad revela, manifiesta, la dignidad recibida. Son llamados a la santidad
por ser bautizados. Por ningún motivo más.
- La santidad, para todos, no es sino la perfección de la caridad, del amor. Algo a lo que todos
podemos aspirar y conseguir con la gracia del Espíritu. O debemos, si somos conscientes del don
recibido.
- La santidad se construye y se manifiesta en el testimonio. La santidad es el testimonio más
auténtico, ‘más espléndido’ de que somos cristianos.
+ La santidad a la que es llamado el laico se enmarca dentro de la Iglesia santa y llamada a la
santidad. Así lo recuerda Pablo. Digo ‘lo recuerda’ porque hablando de la santidad del matrimonio,
y no directamente de la santidad de la Iglesia, escribe, como algo sabido de antemano, que Cristo
“se preparó una Iglesia esplendorosa, sin mancha ni arruga ni cosa parecida; una Iglesia santa e
inmaculada”. (Ef 5,27). De ahí que “todos en la Iglesia, precisamente por ser miembros de ella,
reciben y, por tanto, comparten la común vocación a la santidad. Los fieles laicos están llamados, a
pleno título, a esta común vocación, sin ninguna diferencia respecto de los demás miembros de la
Iglesia”22. En esta Iglesia ‘santa e inmaculada’ somos llamados a la santidad. Llamados para
participar de la santidad de la Iglesia, que le viene de Cristo, su Cabeza. Y para contribuir a que la
Iglesia sea santa también con nuestra respuesta. “En efecto, la misma santidad vivida, que deriva de
la participación en la vida de santidad de la Iglesia, representa ya la aportación primera y
fundamental a la edificación de la misma Iglesia en cuanto ‘comunión de los santos’” 23.
+ La santidad del laico, por ser participación de la santidad de la Iglesia, “es presupuesto
fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia”24. La Iglesia
necesita la santidad del laico para que pueda cumplir lo que está llamada a cumplir. Como sabemos
que la misión de la Iglesia es la misma para todos: evangelizar, la santidad del laico como
evangelizador nato “está ligada íntimamente a la misión y a la responsabilidad confiadas a los fieles
laicos en la Iglesia y en el mundo”25.

6.- UN MODO PRIVILEGIADO DE SER SANTO: TRANFORMAR EL MUNDO SEGÚN DIOS.

+ “La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese
particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las
actividades terrenas”26.
Esta afirmación de Juan Pablo II nos recuerda el lugar concreto en que el laico está llamado
a ser santo. No es el templo, no es la pura oración, no es solamente en su participación
corresponsable dentro de la vida pastoral de la Iglesia. En estos tres ‘lugares’ también está llamado
a ser santo, claro está. Porque, para ser santos, necesitamos reunirnos con los demás cristianos para
celebrar los sacramentos, gracia y presencia del Padre. Y sin la oración, sin el encuentro adorante y
necesario con Dios no podremos alcanzar la santidad. Ni tampoco sin participar en la vida y en la
acción de la Iglesia hacia dentro de ella misma.
Este texto supone y recuerda, como la cosa más normal y natural, que la llamada de los
laicos a la santidad forma parte de su vocación cristiana. La misión específica del cristiano laico de
evangelizar el mundo sin salir del mundo ‘’implica’, por si misma, que la santidad del laico se realice
en el lugar que le corresponde al laico por vocación. Y ese lugar no es otro que ‘su inserción en las
realidades temporales y… actividades terrenas’, su estar dentro del mundo donde están las
realidades temporales, sin salirse de él. Y haciendo que esa ‘inserción’ sea al estilo de Jesús. Sólo así

22
ChL, 16d
23
Idem, 17 b
24
Idem, 17 c
25
Idem, 17 b
26
Idem, 17
se puede ser santo: al estilo, al modo de Jesús. Siguiendo a Jesús en medio de ‘las realidades
temporales’.
Pero no solamente no saliéndose del mundo, sino “en su participación en las actividades
terrenas”. No sólo ‘estando’ en el mundo, sino ‘actuando’; no sólo cumpliendo bien sus obligaciones
ciudadanas en el mundo y siendo, por tanto, muy honesto y responsable (algo realmente
importante), sino ‘transformando activamente’ las realidades terrenas. Ahí les espera la santidad
a los laicos. El laico que no se compromete en evangelizar al mundo transformándolo, nunca
llegará a ser santo.
El tema es importante para el laico. Es importante, muy importante, ser santo (todos
estamos llamados a la santidad). Es importante que llegue a ser santo mediante “su inserción en las
realidades temporales”. Sin salirse del mundo; cumpliendo bien, honesta y honradamente, con su
trabajo, con su familia, con sus amistades. Y es importante, por fin, que lo haga con “su participación
en las actividades terrenas”.
Pero participación e inserción en las realidades temporales y en las actividades terrenas es
algo más que ‘hacer bien el trabajo’. El Concilio nos dice, recordémoslo, que la misión del laico es
“ocuparse de las realidades temporales ordenándolas según Dios” (LG 31). Ordenar según Dios las
realidades temporales es, evidentemente, transformarlas. Porque nunca será la organización de la
sociedad y del mundo ‘como a Dios le gusta’, según el espíritu de su Reino.
Por eso no debe sorprendernos que el Sínodo de los Obispos de 1987 en Roma nos dijera:
“hoy la santidad no es posible sin un compromiso por la justicia, sin una solidaridad con los pobres y
oprimidos”. Esta afirmación nos marca el camino de la santidad hoy. Para todos los cristianos. Cada
uno desde su vocación específica como presbítero, religioso o laico.
Con gran fuerza y claridad ha recogido el Episcopado Latinoamericano este aspecto
importante para la santidad del laico. Merece la pena transcribir el párrafo entero: “En nuestro
continente latinoamericano, marcado por agudos problemas de injusticia que se han agravado, los
laicos no pueden eximirse de un serio compromiso en la promoción de la justicia y del bien común,
iluminados siempre por la fe y guiados por el Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia, pero
orientados a la vez por la inteligencia y la aptitud para la acción eficaz. ‘Para el cristiano no basta la
denuncia de las injusticias, a él se le pide ser en verdad testigo y agente de la Justicia’ (Juan Pablo II.
Alocución a los obreros de Guadalajara (Méjico). […] “Hacemos un llamado urgente a los laicos a
comprometerse en la misión evangelizadora de la Iglesia, en la que la promoción de la justicia es
parte integrante e indispensable y la que más directamente corresponde al quehacer laical, siempre
en comunión con los pastores”.27
Al cristiano laico le corresponde, por tanto, ser santo colaborando para que la organización
del mundo se vaya pareciendo a lo que Dios quiere. Y el mundo se organiza a través de la política,
de la economía, de la educación, principalmente. Según se organicen estos tres aspectos, tendremos
un mundo más justo o más injusto, más solidario o más insolidario, violento o no violento, más
pacífico o más guerrero, más de defensa y promoción de los pobres o más olvido y opresión, más
libre o más esclavizado por la carencia de formación, más igualitario o más sumido en la injusticia.
El laico cristiano, por su vocación específica, construirá su santidad, siempre con la gracia de
Dios y acompañados por la Iglesia, comprometiéndose por convertir la injusticia en justicia; la
insolidaridad y olvido de los pobres en solidaridad; la violencia en convivencia pacífica; la guerra en
paz y los armamentos en herramientas de trabajo; la esclavitud moral o económica en libertad de
hijos de Dios; el analfabetismo en cultura y educación para todos… A la política, a la economía, a la
educación, a todo hay que darle ‘espíritu’. Es la misión del laico: infundir el Espíritu de Dios en este
mundo. Así será santo.

27
Puebla, 793.827
º+ El compromiso político-social, que engloba todos los aspectos de la vida en sociedad,
es uno de los ‘lugares de santidad’ del laico. La política, honesta y generosamente desarrollada,
tiene como misión organizar justa y equilibradamente la vida social de las personas. Es, por tanto,
lugar de santidad porque es ‘lugar de transformación’ de las relaciones humanas. Siempre que el
cristiano laico lo haga según el modelo del Reino de Dios, reino de paz, de justifica, de fraternidad,
de amor… “En el ejercicio de la política, vista en su sentido más noble y auténtico como
administración del bien común, ellos pueden encontrar también el camino de la propia
santificación”.28
Toda la Iglesia, consciente de su misión evangelizadora y transformadora y sabedora de la
importancia humana de todo lo político, debe promover la participación de los laicos en la vida
pública, donde se juega la suerte de la humanidad. La comunidad eclesial debe acompañarles en su
compromiso y ofrecerles la debida formación de la dimensión político-social de la fe. Sobre todo,
mediante la Doctrina Social de la Iglesia. Debe ofrecerles igualmente y siempre su apoyo,
especialmente en acciones más arriesgadas o conflictivas.

7- FUNDAMENTO DE LA ESPIRITUALIDAD DEL LAICO CRISTIANO

+ La espiritualidad laical tiene su objetivo en la especificidad de la vocación laical: “Buscar


el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios”29. Esta es la
finalidad de la vocación cristiana del laico.
Por tanto, en esta finalidad y no en otra, en la realización concreta de esta vocación, está
centrada su espiritualidad, es decir: su concreta vocación a la santidad. La vocación laical a la
santidad se cumple, se realiza cuando el laico compromete su vida en la transformación de la
realidad. Ahí encuentra la razón de ser de su vocación. Cumpliendo esa vocación, evangelizando en
el mundo, acrecienta y fortalece su espiritualidad. Si el laico busca su espiritualidad, su santificación,
fuera del mundo, al margen de su vida en el mundo, nunca llegará a ser santo.
La espiritualidad laical nace de la vocación laical y la vocación laical se robustece y se
alimenta desde la espiritualidad que inserta, que compromete al laico con el mundo. Fuera del
mundo no hay salvación para el laico, no hay santidad posible ni su espiritualidad será laical.
Esto vivido no como actividad menor y secundaria, sino central y fundante de su relación
con Dios. Porque “allí –en el mundo- son llamados por Dios”30. Si allí son llamados por Dios, allí son
llamados a la santidad, allí deben hacerse santos, allí deben alimentar su espíritu cristiano. No al
margen. Transformar el mundo es para el cristiano laico ‘las cosas de Dios’. Las ‘cosas de Dios’ no
son solamente la oración, la contemplación, las devociones, procesiones… La oración es la base
para que el laico viva ‘las cosas de Dios’ en el mundo como a Dios le agrada. Y la oración del
cristiano laico debe alimentarse también de su experiencia apostólica en el mundo. El mundo y
sus anhelos, el mundo y sus frustraciones, el mundo y sus injusticias, el mundo y sus esperanzas, el
mundo, sus alegrías y sus dolores… deberán llenar el contacto necesario del laico con el Dios que lo
ha llamado. Su oración.
En un solo acto, el Padre llama al laico a la vocación específica y a la santidad. Es un solo
acto y en un solo lugar, en el mundo, los llama. No olvidemos lo ya dicho en el tema de la vocación
laical: el mundo es para el laico una realidad teológica: Dios está en el mundo y Dios llama en el
mundo. Para implantar en él su Reino como fermento de una nueva sociedad.
La vocación laical es también una realidad eclesial: los laicos son Iglesia en medio del mundo
y mundo en medio de la Iglesia. Refiriéndonos a la espiritualidad y a la santidad del laico, esto quiere
28
EA 44c
29
LG, 31; ChL, 15
30
Idem
decir que el laico contribuye a la santidad de la Iglesia cuando vive abnegadamente su vocación
específica laical. No colocándose al margen sino mezclándose totalmente con el mundo y sus
realidades.
Y es una realidad de encarnación, una realidad pastoral. Cristo se encarnó haciéndose ‘uno
de tantos’, entre todos. Encarnándose el laico en el mundo, podrá cumplir su misión evangelizadora.
Encarnándose según Dios, a la manera de Jesús, podrá ser santo porque dará testimonio de lo que
cree. Y el testimonio auténtico es lo que nos hace santos.
Por eso, la política, lo social, la economía, la ciencia, el arte, los medios de comunicación, el
amor humano, la familia, la educación, el sufrimiento, el tiempo libre… vividos al estilo y según los
valores de Jesús son lugares de santificación. Vividos para transformar el mundo desde la
perspectiva de los pobres y marginados.
Como conclusión de los fundamentos y alcance de la espiritualidad del laico, podíamos decir
que el laico será santo cuando, desde la Iglesia y en comunión con la Iglesia, se sienta gozoso e
identificado con su vocación laical y viva apasionado por la evangelización, es decir, por vivir y
anunciar a Jesús, su plan, su causa, el Reino de Dios, en medio del mundo. Porque, en definitiva, “la
secularidad es la nota característica y propia del laico y de su espiritualidad que lo lleva a actuar
en la vida familiar, social, laboral, cultural y política, a cuya evangelización es llamado”.31
+ En el fundamento de la espiritualidad del cristiano laico se puede profundizar también
desde una perspectiva negativa deteniéndonos en una forma de vivir el ser laico que no corresponde
a la vocación laical. Esa forma no correcta de vivir como laico la concreta Juan Pablo II en lo que
llama “dos tentaciones a las que no han sabido sustraerse los laicos”.
En ChL 2, Juan Pablo II expone así la primera tentación: “la tentación de reservar un interés
tan marcado por los servicios y las tareas eclesiales, de tal modo que frecuentemente se ha llegado
a una práctica dejación de sus responsabilidades específicas en el mundo profesional, social,
económico, cultural y político”. Esta clarísima afirmación del Papa nos recuerda que olvidar lo
‘específico laical’ y entregarse solamente a las tareas dentro de la comunidad cristiana es una
tentación para el laico cristiano. Esta tentación convierte al cristiano laico en un cristiano ‘no
totalmente cristiano’ como laico.
Y sabemos que ‘caer en la tentación’ es ser infiel a Dios o a los demás o a la misión que a
uno le han encomendado. Por tanto, el laico que olvida ‘sus responsabilidades específicas’ está
siendo infiel a la misión que Dios Padre le ha encomendado de evangelizar en medio del mundo y
en sus relaciones humanas con los demás. Y, si está siendo infiel, su espiritualidad no es laical y no
va camino de la santidad en cuanto laico.
En la segunda afirmación el Papa vuelve a llamar tentación al intento “de legitimar la
indebida separación entre fe y vida, entre la acogida del Evangelio y la acción concreta en las más
diversas realidades temporales y terrenas”. Por otra parte, no viene mal recordar que los
presbíteros, religiosos y religiosas también podemos caer en la tentación, y por desgracia caemos,
de la “indebida separación entre fe y vida”. Esta tentación puede llegar a convertir al cristiano laico
en un cristiano ‘falso’, no auténtico.
Esta tentación es realmente grave (la primera, también lo es) porque da origen a un modo
de ser cristiano totalmente falso. Tan falso que quien vive así ya no es realmente cristiano. Estamos
hablando del cristiano que reza mucho y no practica el Evangelio. Es el cristiano que piensa que sólo
es cristiano cuando está en el templo o rezando y no en su trabajo, en su familia, en las relaciones
con los demás. El cristiano que está convencido de que su vida en el mundo nada tiene que ver con
el Evangelio de Jesús. Por ejemplo, el empresario que se cree cristiano porque ‘va a Misa’ y, sin
embargo, paga o trata mal a sus obreros; o el político que se llama cristiano y es un corrupto, poco

31
EA 44b
o mucho, o no se ocupa de los problemas del pueblo, sino solamente del bien de su partido; o el
cristiano laico que hasta interviene públicamente en la celebración de la Eucaristía y después no es
buen papá o buena mamá o buen hermano o buen esposo, etc…
Separar la vida y la fe es para el cristiano laico, y para todo cristiano, hacer algo ‘indebido’;
algo que no se debe hacer si uno quiere ser cristiano. Entre el Evangelio que acepta el cristiano laico
y su acción concreta en el mundo no puede haber separación. Sería algo indebido para un cristiano.
Porque el cristiano laico está en el mundo y ahí, sin salirse del mundo, encarnándose en él,
es donde debe ser testigo de Jesucristo. Por eso hablamos de separación entre la fe y la vida del
cristiano laico, porque él está llamado por Dios a vivir como cristiano en medio de las actividades
normales de la vida y comprometiéndose en la transformación del mundo según la voluntad de Dios.
Y en medio de las actividades normales de su vida debe vivir y proclamar el Evangelio con sus obras
y entrega por y a los demás. De lo contrario su espiritualidad ni es laical ni es camino de santificación.
Para no separar la fe de la vida, ni la vida de la fe, es decir: para ser testigo de Jesucristo,
hemos de recordar que los signos imprescindibles que dan consistencia, firmeza y verdad a la vida
cristiana son la interiorización personal de la fe que se manifiesta y expresa con hechos concretos
y palabras que los explican. Esta unión entre vivencia interior y su expresión pública necesita,
además, porque somos Iglesia, el compartir esa vivencia con los hermanos y el celebrarla libre y
espontáneamente.
La interiorización o vivencia personal auténtica de la fe es la base para que nuestra vida
humana y cristiana no sea hipócrita, ni pura apariencia sin verdad interior. Esta convicción profunda
es la que nos posibilita que pasemos de una vida cristiana negativa o pasiva, a una vida constructiva,
comprometida por un futuro mejor para todos.
Esto es totalmente natural porque la vivencia interior de la fe lleva a manifestarla al exterior
en una vida de acuerdo con ella. Es decir, sin esta vivencia interior no es posible que la vida cambie
y muestre su novedad ante el mundo. Cada uno, junto con los demás cristianos cercanos o que
trabajan juntos, habrá de descubrir de qué modo y manera concretos deben ser testimonio de esa
vivencia interior. Pero sí es seguro que se expresa con hechos claros y con palabras que descubran
el profundo significado y razón de esos hechos.
Esta expresión de la fe en la vida necesita compañeros de camino con los que compartir la
vivencia personal de la fe, con los que profundizar, revisar y determinar cuál es el modo más
adecuado de expresar la fe en las circunstancias y ambientes concretos en que viven.
Cuando todo esto se hace, entonces surge del modo más espontáneo la necesidad de
celebrar la fe en los sacramentos, de escuchar y meditar la Palabra de Dios, de orar personalmente
y juntos. Completando todo esto es cuando realmente se puede dar una relación madura entre la
fe y la vida. Entonces es cuando no se separan y la fe y la vida porque entonces es cuando ni los
laicos, ni ningún otro cristiano, caen en la tentación denunciada por Juan Pablo II. Y, así, se colocan
en el camino de la santidad.

8.- PRINCIPIOS FUNDAMENTALES PARA UNA ESPIRITUALIDAD Y UNA SANTIDAD LAICALES

+ El primer principio, recuerdo de lo que acabamos de desarrollar, que el cristiano laico debe
tener muy presente es que su espiritualidad para la santidad debe procurar unir fe y vida, no separar
fe y vida. Este no es sólo un principio que hace referencia a que el cristiano no puede llevar una
doble vida: una vida en el templo y otra vida en el mundo. Es algo más, mucho más.
Significa que el mismo testimonio y el auténtico compromiso evangelizador es FUENTE de
espiritualidad, de santidad. El testimonio y el compromiso alimentan la espiritualidad, son el
camino de santidad. El testimonio y el compromiso fortalecen la fe. El principal alimento de la
espiritualidad es el compromiso vivido según Dios. Para ello es necesaria la oración personal, la
celebración de los sacramentos y el contacto con la Palabra de Dios. El alimento no tiene que
buscarlo el laico fuera de su vocación, sino dentro del mismo ejercicio de la vocación laical.
+ Dicho de una manera concreta y aceptada en el lenguaje normal espiritual, el laico debe
ser necesariamente contemplativo EN la acción. En la acción, en el compromiso, el cristiano laico
ve a Dios, experimenta a Dios, descubre la presencia de Dios que lo anima y lo fortalece. El
compromiso del cristiano laico es un compromiso vivido con Dios, en su presencia; es la respuesta
concreta que da a la vocación y misión que el Padre le ha encomendado.
Su fe y confianza en el Padre, que es el fundamento de su vida, le lleva a observar la vida
con los ojos de Dios, como Dios la mira y la contempla: con ojos de profundidad, que ven más allá
de las apariencias, que descubren la acción del Espíritu, aun en medio de las mayores
contradicciones y dificultades; con ojos de misericordia compasiva, con entrañas de misericordia,
que comprende, sana, salva y no condena; con ojos de solidaridad que sufren y gozan con los
hombres, ojos de Padre por parte de Dios y ojos de hermanos por parte del cristiano laico; con ojos
de esperanza…
Esta actitud contemplativa llevará al cristiano laico a descubrir los signos del Espíritu en el
mundo. Esto le hará ser una persona esperanzada con la fuerte esperanza que le viene de saber que
Dios no sólo no abandona al mundo, sino que realmente lo está transformando. Los ojos de la fe le
hará capaz de descubrir los signos positivos de ese paso permanente del Espíritu por y en la historia.
La historia que vive cada día que, superficialmente, parece igual que la de ayer, en la que
aparentemente no sucede nada importante. Descubrirá que, en la sencillez de lo diario, el Espíritu
de Dios sigue actuando y que su actuación es descubierta por el que vive su compromiso con fe.
+ Viviendo de esta manera, el cristiano laico llevará la vida a la celebración de la fe. La
celebración de la fe será, entonces, el momento del encuentro íntimo con el Padre y con la
comunidad que lo ha enviado a ser su testigo en medio del mundo. El cristiano laico trae a la
celebración de la fe la vida del mundo; la oración no será para él una escapatoria barata y alienante
de la dura o agradable vida en el mundo. Y la celebración, la oración le llevará desde el Padre y desde
la Iglesia al mundo. Realizará así la unidad de oración y vida, que será un momento concreto de la
necesaria unidad de fe y vida.
La celebración y la oración llevan al compromiso; y el compromiso de la vida, agotador por
el trabajo o plenificador por experiencias positivas, le llevará a ‘necesitar’ la oración, a vivir de la
oración que fortalece en la dificultad o es acción de gracias en otros muchos momentos. Para el
auténtico cristiano laico serán más abundantes los momentos de oración de agradecimiento que de
desilusión o deseos de abandonar.
Esta unión de oración y compromiso convierte al laico en contemplativo PARA la acción. En
la oración no contemplamos a un Dios pasivo, lejano, desentendido de la vida y de la suerte de las
personas. La oración cristiana nos hace encontrarnos con el Padre de nuestro Señor Jesucristo que
se ha puesto del lado de todos, especialmente de los pobres y marginados. El Dios que
sorprendentemente se ha manifestado lavando los pies a sus discípulos en un acto de máxima
entrega; se encontrará con un Dios que se parte y se reparte en el pan eucarístico como signo y
memorial de su entrega total en la cruz; se encontrará con el Señor resucitado porque el Padre le
ha levantado y ha manifestado que su modo de vivir y actuar era el verdadero. Se encontrará con
un Padre que ha enviado a su Hijo para que realice todo eso. Se encontrará con el Espíritu que no
nos abandona, sino que nos hace capaces de vivir y servir al estilo de Jesús.
Quien contempla en la oración a un Dios de este estilo no puede sino salir dispuesto a
imitarlo, a seguirlo. La oración cristiana es la unión con Dios para volver a la vida de modo nuevo, el
modo de Dios. Por eso, la oración cristiana es todo menos desencarnada y separada de la vida. El
cristiano contemplativo en la oración se convierte en un contemplativo para la vida.
+ La espiritualidad laical, sobre todo cuando el laico vive íntegramente su vocación laical en
medio del mundo, vivirá de modo intenso su ser Iglesia buscando la experiencia de comunión
eclesial porque se sabe miembro de la Iglesia, enviado por ella. El cristiano laico ‘necesita’
experimentar qué es Iglesia para poder ser Iglesia en el mundo. Esta experiencia de Iglesia le hará
sentir al laico que no es un francotirador que actúa por su cuenta. Se sentirá urgido a evitar todo
individualismo y la tentación de evangelizar por libre, sin vinculación al resto de sus hermanos.
Este sentirse realmente Iglesia necesita atender e integrar el ‘pecado de la Iglesia’, asumir
el no comprender a veces las tomas de postura del Ministerio Pastoral, o el no sentirla como madre,
trabajar por ‘ver reconocida’ por la Iglesia su vocación específica y necesaria de cristiano laico.
De esta manera descubrirá la centralidad de la Eucaristía, como el momento sacramental
de la mayor entrega de Cristo de la que está llamado a participar, como el momento del encuentro
fraternal, necesario para experimentarse hermano de los demás, como el momento intenso de
alimentarse del Pan de Vida que es Cristo.
Descubrirá que el sacramento de la reconciliación, de la penitencia, le levanta de las caídas
y desánimos, le hace experimentar la fortaleza salvadora del amor del Padre. Experimentará en
profunda alegría que su pecado contra la santidad de la Iglesia se transforma en gracia salvadora,
en energía de renovada esperanza.
Podemos terminar este apartado con esta sencilla, pero muy clara, afirmación de Benedicto
XVI: El Decreto sobre el apostolado de los laicos del Vaticano II “subraya ante todo que la ‘fecundidad
del apostolado seglar depende de su unión vital con Cristo’ (nº 4), es decir, de una sólida
espiritualidad, alimentada por la participación activa en la liturgia y expresada en el estilo de las
bienaventuranzas evangélicas”.32
+ Todos estos principios fundamentales necesitan unos medios para integrar los dos polos:
fe y vida. Medios válidos para todo cristiano, pero que tienen un sabor especial para aquel cristiano
que realiza su vocación en medio del mundo, es decir, para el laico.
Solamente podemos enumerarlos aquí. Porque cada uno de estos medios no sólo necesitan
un tema, sino que, sobre todo, necesitan de la experiencia de aprenderlo en la práctica, que es el
auténtico modo de aprenderlos. Fundamentalmente son éstos: revisión de vida (¿cómo vivo la fe,
cómo me está transformando, cómo lo voy consiguiendo?), análisis creyente de la realidad (¿en
qué mundo y circunstancias vivo, en qué ambiente social estoy evangelizando? Todo mirado con los
ojos de Dios: formación teológica y espiritual permanente (escucha, oración y conocimiento de la
Palabra de Dios; profundización teológica de la fe de la Iglesia), proyecto personal de vida cristiana
(¿qué objetivos me propongo y qué medios voy a emplear, cómo me voy a revisar?).

Y siempre en proceso permanente de conversión y crecimiento.

“En el camino de Dios no es posible detenerse; hasta el entretenerse es pecado” (San Bernardo).

TEXTOS COMPLEMENTARIOS
El laicado, ese gigante dormido
32
Angelus del domingo 13 de noviembre 2005. Internet.
Jesús Espeja – Religión Digital - 08.11.12

Desde la reforma gregoriana en el s.XI la Iglesia se fue clericalizando cada vez más, hasta
convertir la eclesiología en una jerarcología. Los seglares cristianos, que no sabían latín, lo más que
llegaron, ya en el s. XX, fue a ser considerados como “brazo de la jerarquía”. En el reciente mensaje
al foro internacional de Acción Católica Benedicto XVI dijo: la corresponsabilidad “exige un cambio
de mentalidad especialmente respecto al papel de los laicos en la Iglesia, que no se han de considerar
como «colaboradores» del clero, sino como personas realmente «corresponsables» del ser y del
actuar de la Iglesia”.
Se venía definiendo al seglar cristiano como aquel que no es clérigo ni religioso. Por primera
vez el Vaticano II lo define como el bautizado que en el mundo y desde dentro del mundo es otro
Cristo y realiza la misión de la Iglesia. Cuando frecuentemente los laicos se clericalizan mientras los
ministros del altar siguen siendo amos en vez de amor, es decisivo para la salud de la Iglesia como
pueblo de Dios, que los seglares cristianos se responsabilicen de su vocación. Sin negar al mundo ni
las realidades terrenas. Cooperando a que la humanidad y la creación caminen hacia la plenitud de
vida que es su destino, lo que Jesús de Nazaret expresó con el símbolo reino de Dios. La
espiritualidad de los laicos no es monacal basada en la renuncia al mundo, la entera familia humana
con las realidades en que vive; debe ser una espiritualidad “mundana”, en el mundo y desde el
mundo. No es cuestión de que los seglares entren en las sacristías y se pongan atuendos clericales.
Deben buscar y encontrarse con Dios en la inmanencia histórica; no sólo en la oración y en los
sacramentos, sino en su compromiso responsable por construir una sociedad más humana y más
justa.
El Vaticano II, al presentar a la Iglesia como pueblo de Dios, quiso despertar a ese gigante
dormido que es el laicado. Pero el letargo viene de siglos y cuesta mucho. No sólo porque los clérigos
a veces actúan como si fueran los únicos responsables, tratan a los seglares como menores de edad
y sólo quieren monaguillos. Es más grave la irresponsabilidad de los laicos que se conforman con
obedecer a lo que les digan los clérigos en vez de ser responsables de su papel y corresponsables en
la misión de la Iglesia. El tema es preocupante porque la evangelización dependerá de la capacidad
y relevancia que vayan teniendo los seglares. La verdadera promoción del laicado postula un buen
fundamento y una exigencia: crecimiento de todos en la fe como encuentro personal con Jesucristo
y una remodelación estructural de la misma Iglesia. Los laicos no crecen en su vocación y misión
dejando intacto el anterior modelo eclesiológico. Urge una revalorización de la actividad humana
en la historia, y una conciencia vida de la presencia del Espíritu, Dios en esa historia sosteniendo.

FORMAR LAICOS CRISTIANOS: TAREA Y ESPERANZA


Mons. Manuel Sánchez Monge – Obispo de Mondoñedo-Ferrol

Queridos diocesanos:

El papa Juan Pablo II reclamaba: «la formación de los fieles laicos se ha de colocar entre las
prioridades de la diócesis y se ha de incluir en los programas de acción pastoral, de modo que todos
los esfuerzos de la comunidad (sacerdotes, religiosos y laicos) concurran a este fin» (CL 57). Y
nosotros intuimos que en la formación cristiana de los bautizados adultos nos jugamos de alguna
manera el futuro de nuestras comunidades cristianas.
Pero hemos de reconocer, si somos sinceros, que no hemos prestado la suficiente atención
a la formación de los adultos, centrándonos sobre todo en los niños y, si acaso, en los adolescentes.
Pensábamos que, porque se mantenían algunas prácticas religiosas, todos estaban suficientemente
formados, y nos hemos equivocado. Por otra parte, la escasa formación impartida a los adultos
cristianos ha estado muy mediatizada por el afán de transmitir contenidos doctrinales. Estos son
necesarios e imprescindibles, pero no pueden dejar en un segundo plano a los aspectos espirituales
en la formación. En otras ocasiones, se ha formado a algunos miembros de nuestras comunidades
para impartir catequesis, para celebraciones paralitúrgicas, para impulsar la actividad caritativa y
social. Pero no les hemos ayudado a madurar en la fe, a enamorarse de Jesucristo y de su Iglesia, a
tomar entre sus manos con cariño la dimensión secular de su vocación laical. De este modo hemos
dado prioridad al 'hacer' sobre el 'ser' y hemos formado personas que saben realizar actividades en
el ámbito de la comunidad cristiana, pero que no tienen sólidamente afirmadas las convicciones y
las motivaciones cristianas por las que deben realizar todas esas actividades. En definitiva, no hemos
sabido o no hemos podido ser instrumentos para la conversión mediante las propuestas de la
formación cristiana.
No se trata, por otra parte, de una formación continuada o permanente de cualquier tipo.
La formación de los laicos, tanto la inicial como la permanente, ha de ayudarles a vivir en la unidad
de vida: buscando la santidad personal sin olvidar su misión de santificar el mundo; siendo
miembros de la comunidad eclesial y, al mismo tiempo, ciudadanos de la sociedad civil; siendo
solidarios con los hombres precisamente por ser testigos del Dios vivo; viviendo en el mundo sin ser
del mundo (Jn 17,11.14-19). Como el alma en el cuerpo, así los cristianos en el mundo, recordaba la
carta a Diogneto. El cristiano laico se forma especialmente en la acción. La experiencia y la
recomendación del magisterio de la Iglesia avalan como uno de los métodos eficaces para su
formación, la revisión de vida.
El compromiso del laico en la acción, no sólo no le exime de tomarse en serio su formación
cristiana, sino que la reclama. De lo contrario se expone a caer en el activismo o en el clericalismo.
Trabajar en ambientes secularizados como los actuales, le exige una formación que facilite la
profundización en su fe y la reafirmación de su identidad cristiana en comunión con la Iglesia.
No podemos quedarnos satisfechos en una situación como la nuestra en que muchos
afirman ser cristianos y viven como los que no tienen fe. Nuestras comunidades deben tender a ser
comunidades de fe madura, pero nunca deben resultar 'elitistas'. La Iglesia por su misma naturaleza
debe estar abierta para acoger a los que están en camino, a los que buscan, a los que son todavía
débiles en la fe, a los pecadores. En la Iglesia de Jesucristo encontramos el perdón para nuestros
pecados y los medios necesarios para cambiar nuestras vidas. La Iglesia no puede renunciar a su
vocación a la santidad y conformarse con la mediocridad.
La novedad del Evangelio puede conducirnos por senderos que jamás hubiéramos pensado
recorrer y puede llevarnos lejos de algunos métodos tradicionales de evangelización. Para todo esto
es necesario cultivar una formación cristiana de calidad. La cultura de la vida que nace del Evangelio
es una verdadera alternativa a la cultura de la muerte que nos envuelve. Decir que la Iglesia es una
Iglesia eucarística no quiere decir que sea una Iglesia recluida en las sacristías. Estar atentos a la
novedad del Evangelio nos llevará a saber percibir e interpretar los signos de los tiempos. En estos
cometidos nos servirá de ayuda inestimable una buena formación cristiana
Una comunidad eclesial cansada caerá pronto en un sueño prolongado. Una Iglesia segura
y sólo prudente se fosilizará en su propia seguridad. El mensaje evangélico no es un mensaje de
ayer. Es una novedad perenne a la que debemos responder con coraje y con entusiasmo. ¿Qué
ocurrirá de la fe dentro de una o dos generaciones si no introducimos hoy los cambios oportunos y
necesarios para que su transmisión quede asegurada? Esta pregunta debe inquietarnos para
trabajar con visión de futuro.
No es momento de lamentaciones. La presencia del Señor resucitado en medio de su Iglesia
y la constante acción del Espíritu nos invitan a poner los ojos en el futuro, a remar mar adentro y a
trabajar con esperanza.
Revisemos los procesos de formación cristiana que estamos llevando a cabo en estos
momentos con la mejor voluntad, pero tal vez sin el necesario discernimiento. No desaprovechemos
las mil y una oportunidades que tenemos en nuestras manos.

Con mi afecto y mi bendición,


+ Manuel Sánchez Monge,
Obispo de Mondoñedo-Ferrol