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AQUELLOS HOMBRES Y MUJERES QUE HABITARON EL VALLE DE NEANDER

ÁNGEL VALAER RUBIO

Dedicada con cariño a mis dos hermanos, Soledad y José Ignacio.

IN MEMORIAM,

A María de la Soledad Rubio Roffignac, mi madre, a fe de que Dios la tenga junto a un grupo familiar de cazadores-recolectores que viaje transitando la inmensidad supina de la estepa salvaje; feliz, ya sin dolor, entretenida recogiendo en su cesto de trenza vegetal las bonanzas otoñales ahítas de bermejas zarzamoras, grosellas maduradas y de los arándanos silvestres más dulces tomados entre la fronda, durante el otoño final de un Paleolítico celeste; Musteriense ubérrimo del que sólo pueden llegar a disfrutar en paz las almas de aquellos ancestros que un día nos precedieron.

La vida es un pequeño espacio de luz entre dos nostalgias: la de lo que aún no has vivido y la de lo que ya no vas a poder vivir. Y el momento justo de la acción es tan confuso, tan resbaladizo y tan efímero que lo desperdicias mirando confuso alrededor (Rosa Montero, La Carne, 2016).

PARTE I.

EL PROYECTO DE NUESTRA TESIS: ANTECEDENTES Y ESTADO ACTUAL DEL TEMA

No basta decir solamente la verdad, mas conviene mostrar la causa de la falsedad. Aristóteles (384-322 AC).

Los que no quieren ser vencidos por la verdad,

son vencidos por el error.

No vayas fuera, vuelve a ti mismo.

En el hombre interior habita la verdad.

Agustín de Hipona (354-430 DC).

Aquellos hombres y mujeres que habitaron el valle de Neander

CAPÍTULO 1.

NUESTRO PROYECTO DE TESIS

En la Parte I de esta Tesis Doctoral buscamos una aproximación a la Prehistoria en torno a una época en que nuestros ancestros trabajaban la piedra y vivían en pequeños grupos de cazadores recolectores, cuando aún no conocíamos los metales. Tratamos de concebir a modo de preámbulo, un posicionamiento inicial del que partir, ayudados de los actuales esquemas que las tecnologías brindan sobre una particular y novedosa visión de la Prehistoria paleolítica.

El desarrollo de un amplio abordaje sobre los antecedentes y el estado actual de la

cuestión, nos servirá de base sobre la que habremos de sustentar nuestra forma de considerar una aproximación rigurosa y especializada, aportando datos generales evolutivos que aborden las condiciones fisiológicas y cognitivas con que nuestros

antepasados sobrevivieron a través del periodo Paleolítico.

Nada de todo ello habría sido posible sin el desarrollo exclusivo de nuestra adaptabilidad genética que logró hacernos cada vez más capaces para sobrevivir en la hostilidad de un medio tan estricto; así, bien diferentes habrían sido las circunstancias sin no hubiese surgido el desarrollo de una extraordinaria biomecánica siempre pareja a la capacidad neuroanatómica que propició el desarrollo cognitivo de estos homínidos tan capaces que fueron los antepasados nuestros.

A través de los datos fósiles con los que en la actualidad contamos sobre el Homo

sapiens neanderthalensis estudiamos la capacitación cerebral necesaria, a fin de ser capaces de elaborar su propia conducta y la creación de manifestaciones simbólicas y gráficas como seres humanos, para así poder compararlas con los hombres humanos arcaicos, a la vez que diferenciarlas o no respecto de la neurobiología del Homo sapiens sapiens. Además, contaremos con las herramientas teóricas y metodológicas propias de la Antropología para realizar una interpretación, a través los símbolos de que ya disponían los seres humanos durante el Paleolítico y que va más allá de la visión tradicional que se nos había presentado hasta ahora. Aplicaremos para ello, también, técnicas metodológicas que ofrece el conocimiento de la Arqueología experimental.

Queremos presentar un estado general actualizado sobre el conocimiento acerca de los rasgos arqueológicos del Comportamiento Humano Moderno en particular para el hombre de Neandertal, en relación a todos los ámbitos: ecológicos, tecnológicos, económicos, de organización social y sobre los condicionantes de su conducta simbólica.

Destacar las implicaciones cognitivas y simbólicas de los rasgos que aporta la conducta moderna, hecho que resulta vital en el duro peregrinaje del hombre arcaico a través de los avatares del Pleistoceno. Estudiar las implicaciones simbólicas en todos los ámbitos que integran los sistemas socioculturales, no sólo de aquellos que tradicionalmente han sido considerados como las bases del comportamiento simbólico. Además, trataremos de ahondar tras la concepción reduccionista del concepto simbólico que sostiene el paradigma de la Arqueología prehistórica, buscando una visión más precisa desde el esquema que se nos ofrece con la perspectiva de la Antropología simbólica.

Nos dedicaremos a señalar distintos abordajes por los que optan los extraordinarios autores que he tomado como guía especializada, como Diez Martín (2014), Sayago (2014), Arzúa (2014), Bermúdez de Castro (2013), entre otros muchos consultados, sobre todo en cuanto a las diferencias de la conducta moderna y la capacidad de los Neandertales para pensar y actuar de una clara forma simbólica.

También hemos dedicado un apartado a proponer una serie de elementos teórico- metodológicos, de corte interdisciplinar, para reenfocar el análisis e interpretación de los aspectos simbólicos derivados de los contextos arqueológicos. A este fin, establecemos los objetivos generales y específicos así como las hipótesis en que hemos fundamentado esta memoria en función del estudio exhaustivo derivado de la revisión bibliográfica.

A través de la aplicación y estricto ajuste al método científico, a fin de poder desarrollar esta investigación, en la Parte V se describe la manera en que ha sido aplicada la metodología empleada para el desarrollo de este trabajo.

Ofrecemos los resultados que hemos inferido desde las hipótesis de nuestra investigación en la Parte VI, sustentados desde la base científica aportada desde la perspectiva estructural que ofrecen los datos tratados desde el paradigma estadístico.

La Parte que se centra en la discusión científica contrastada respecto a las bases de Ciencias como la Biología y la Medicina (sobre todo respecto de la Neurología y la Psiquiatría), según nuestro saber y entender; referiremos también los comentarios que hemos deducido en relación a estimaciones ya establecidas por los investigadores especialistas en el Periodo Pleistocénico durante la Edad de Piedra (Arqueología cognitiva, Neuropsicología, Arqueología experimental, Etnografía), respecto de que los neandertales mostrasen ya un comportamiento completamente moderno, en relación con los estudios presentados hasta hace pocos años, en donde se presumía una postura antropocéntrica centrada en la supremacía del proceso cognoscitivo o de pensamiento atribuida en exclusividad a Homo sapiens sapiens. Máxime, cuando los últimos estudios ya sostienen la defensa de una simetría cognitiva y de comportamiento entre seres humanos neandertales y los hombres anatómicamente modernos; ambos presentan análogo recorrido por el proceso de evolución cerebral generado a través de los últimos años cuatro millones de años. Además, se ahonda en el concepto de modelación de la mente y el papel específico que viene a representar el lenguaje y la fluidez cognitiva, así como en las representaciones gráficas y artísticas, respecto al constructo que ya supuso la mente primitiva desde los inicios de Homo erectus en relación con la actual mente moderna. Se hace referencia a las funciones ejecutivas, la memoria de trabajo y la teoría de la mente, en relación a la complejidad que ya se concibe respecto de la interacción neuronal en el cerebro.

La parte final de este trabajo queda reservada para formalizar un resumen respecto del abordaje con el que hemos procedido respecto de nuestra investigación, concluyendo finalmente con la elaboración de nuestras conclusiones.

Y añadimos, también, un anexo con varios de los apartados que han sido aplicados en este estudio. Respecto al último apartado, se añade la extensísima bibliografía que, en función de los distintos paradigmas, hemos trabajado.

CAPÍTULO 2.

2. 1. A MODO DE PREÁMBULO

Durante el siglo pasado la Arqueología entendía que la capacidad simbólica era una de las características esenciales a través de la cual se lograba la capacidad de poder expresar nuestra humanidad. Tras el descubrimiento de una gran variedad de especies homínidas surgidas a lo largo del Pleistoceno se llega a poner de manifiesto que sus rasgos evolutivos, sin embargo, no habían sido una propuesta exclusiva de la línea evolutiva que culminaba en Homo sapiens: postura erecta, bipedestación, elaboración de herramientas o el desarrollo de un gran órgano cerebral extraordinario; todos ellos son rasgos también compartidos por otras especies de homínidos que poseían bastantes características paleoantropológicas y socioeconómicas de las consideradas, hasta sólo hace muy poco, exclusivas de los Homo sapiens sapiens. Esto es: el registro arqueológico ya mostraba unas poblaciones homínidas paleolíticas cuyas formas de vida eran semejantes a las que luego fueron propias de los grupos de humanos modernos.

Es por ello que, a pesar de estas semejanzas o asustados desde los prejuicios, quizás debido a ellas, algunos autores establecieron una muy distanciada separación entre otros homínidos y el Homo sapiens sapiens, otorgando además a nuestra especie características patognomónicas de exclusividad respecto a la posesión de un pensamiento simbólico, que nos habría de diferenciar, entonces, como más desarrollados y los humanos verdaderos. Las revisiones del registro arqueológico habidas durante los últimos lustros del pasado siglo XX, junto a nuevas excavaciones y trabajos interdisciplinares, pusieron de manifiesto toda una serie de contradicciones y surgieron nuevos modelos teóricos que fomentaron el debate científico en torno a este tema.

El simbolismo representó el paradigma de la conducta moderna por excelencia y designaba el máximo respecto de las capacidades cognitivas alcanzadas por los homínidos. Se presentó la adaptación de la evolución de los hombres actuales modernos (HAM) como el factor que definitivamente los situaba en una posición de ventaja adaptativa frente al otro ser humano Homo sapiens neanderthalensis, a todas luces presumiblemente extinto por una supuesta incapacidad de adaptación frente a Homo

sapiens sapiens, pues a pesar de explicaciones de tipo adaptativo o funcionalista, ya sobraban evidencias que aceptaban lo contrario; es el caso de los enterramientos con claros propósitos de intencionalidad y la probada existencia de cierta manipulación antrópica post mortem. Desde el punto de vista paleoantropológico, podremos estudiar cómo surgen las funciones cognitivas durante la filogenia homínida tomando como referencia las muestras de los registros fósiles; por una parte, debido al incremento que ha experimentado el volumen del cerebro a través del proceso evolutivo en los homínidos y, por otra, gracias a cómo se han consolidado sus funciones bajo la impronta de diversas formas extraordinarias de expresión conductual.

En la actualidad distinguimos diversas visiones en relación a la concepción de simbolismo. De una parte, están aquellos que continúan con una visión tradicional, otorgando la capacidad simbólica exclusivamente a Homo sapiens sapiens (algunos tan sólo reconocen el simbolismo en los HAM a partir del Paleolítico Superior Europeo). Al otro extremo figuran los investigadores que median por una concepción menos restringida respecto a dicha capacidad humana para la abstracción, considerando que el simbolismo ya se manifestó en diversos grados para otros homínidos, y en particular entre los Neandertales. Entre ambas formas de posicionarse surge, además, otros autores con una interpretación intermedia que incluye consideraciones de ambos modelos. Como base se encuentran las distintas interpretaciones realizadas sobre el registro prehistórico arqueológico, en ocasiones totalmente contradictorias en función del paradigma de cada autor como, por ejemplo, se observa en el caso de los colgantes durante el chatelperroniense (Maillo, 2008b). Con el continuo desarrollo de las investigaciones arqueológicas integradas bajo grupos interdisciplinares, empezamos a obtener una visión cada vez más detallada de las formas de vida de los paleolíticos, independientemente de las posiciones fundamentadas en reactividades ideológicas y/o morales que aún lastraba la comunidad científica, algo de lo que siempre han de deslindarse los objetivos primordiales de la ciencia.

El desarrollo cerebral individual, en la ontogenia de cada espécimen, constituye la base originaria de las funciones cognitivas; la capacitación cerebral necesaria y suficiente centrados en el desarrollo extraordinario de la corteza cerebral, para iniciar la

suficiencia en los procesos y cogniciones (procesos formales de pensamientos) surgen en la vida de nuestros antecesores durante la época del Paleolítico.

Si nuestra conducta es resultado del desarrollo de las capacidades cognitivas o de pensamiento, esto lo es, a su vez, en función de las características contextuales que ofrece el medio ambiente que favorece e refuerza el desarrollo cognitivo, además de que posibilita también la génesis del desarrollo cultural. De esta forma, al estudiar la cultura siempre se han de seguir dos criterios muy relacionados: la racionalización y la metodología en su producción. Para lograrlo resultará imprescindible contar con aplicar los datos que han de aportar las ciencias encargadas del comportamiento humano (Neurología, Psicología, Sociología) y atesorar, además, una concepción de la naturaleza humana (Psicobiología), que es la base principal de nuestra conducta.

2. 2.

CONCEPCIÓN PRELIMINAR DE LA NEUROCIENCIA

Durante la década de los años setenta del pasado siglo XX, los estudios de naturaleza estuvieron enfocados en analizar los sistemas de recompensa bajo un paradigma estrictamente conductual; no obstante, incluso en la percepción del mundo existe un proceso de elaboración que no se correspondería sólo con el procesamiento a cargo de nuestro cerebro; así, por definición no resulta válida la observación exclusiva de la conducta per se sino que se debe ayudar también por el estudio de los fenómenos de activación que la provocan, en la necesidad de estudiar el desarrollo del procesamiento de las cogniciones que en el cerebro determinarían la acción y el modelado de nuestra conducta.

La Neurociencia cognitiva trata de anclar la fisiología de los procesos mentales, en un intento por determinar y disecar los elementos básicos y fundamentales que componen los sistemas que procesan la información aferente del mundo exterior y modelan luego nuestras respuestas de reacción mediante la conducta ante los pensamientos o procesos cognitivos, como son los ejemplos del aprendizaje, memoria, lenguaje, percepción, atención, resolución de problemas y las emociones específicas tales como la ansiedad, el miedo o la angustia a la confrontación con la muerte. Así, cada cognición reside en un área concreta del cerebro existiendo una determinada función

molecular cuya consecuencia es un patrón funcional temporal, en los circuitos específicos para cada acción: es un intento de estudiar un comportamiento o sensación, como por ejemplo la atención o la percepción (como las alucinaciones perceptivas) en el sistema cognitivo aportando una explicación analítica enmarcada en relación con los estratos moleculares y neuronales del tejido nervioso.

Ante la toma de conciencia de cuál pudo llegar a ser la realidad cognitiva de los humanos del Paleolítico, se habrían de tomar como referencia las condiciones conductuales de Homo sapiens, aún ahora por demostrar entre hombres neandertales.

El problema que debemos considerar también reside en que los estudios arqueológicos sobre este periodo se establecen con una relación directa entre las capacidades cognitivas humanas y su conducta, cuando en realidad la conducta es el resultado del desarrollo de tales capacidades cognitivas, hecho que además ocurre en función de las características del medio ambiente. Así, las capacidades cognitivas y el medio ambiente son dos aspectos íntimamente relacionados que posibilitan un mismo proceso: desarrollo cognitivo y cultural. Las características psicobiológicas de los seres humanos autores de los procesos paleolíticos respecto de la supervivencia y las manifestaciones gráficas seguramente todavía han de aportar nuevos datos a los elementos que disponemos en la arqueología clásica.

Es el desarrollo cognitivo un causante directo de las propiedades generales en todo desarrollo que evoluciona, en función de: a) un continuum cultural de forma heterogénea en el tiempo y espacio; b) la existencia de estados de desarrollo cognitivo y cultural intermedios, y c) las capacidades cognitivas emergentes.

En el estudio de los desarrollos cognitivos y sus consecuentes manifestaciones culturales de las poblaciones de la transición paleolítica, hay que intentar disminuir en lo posible la subjetividad científica subyacente: todo estudio relacionado con la cultura de este periodo de la edad de piedra siempre ha que seguir dos criterios muy relacionados:

la racionalización y la metodología en su producción.

Para lograr la racionalización, es necesario aplicar a las investigaciones los datos que las ciencias encargadas del comportamiento humano nos ofrecen en la ciencia actual con una metodología empírica como la Neurología, Psicología, Sociología, Antropología,

Etnografía y además, resulta obligado poder con la hipótesis a cerca de nuestra naturaleza con la Psicobiología humana, base principal de toda conducta, desde los avances de la Psicología y la Neurología. Resultando así, un modelo psicobiológico y una particular aproximación a la evolución conductual de tipo multidisciplinar, en donde:

La Arqueología no se debe limitar tan sólo al estudio del dónde y cuándo de los hechos prehistóricos, sino que también tiene que indagar en el cómo y porqué de su producción. Hablamos entonces de Arqueología cognitiva.

Mientras que entendemos por Arqueología cognitiva cuando tratamos, además de la conducta, al pensamiento y la lengua en el contexto de la Prehistoria.

El lenguaje es modulador de la actividad cognitiva. Pensamiento y lenguaje, son controladores de la acción y la conducta humana.

Conducta, pensamiento y lenguaje son procesos psicobiológicos que siempre actúan conjuntamente. El objetivo final de este trabajo será ir deduciendo, sobre los datos que nos ofrece el catálogo de yacimientos arqueológicos, la etología de la Antropología de los pueblos primitivos que ahora en la actualidad aún coexisten gracias y el modelo neuroanatómico desde una perspectiva multidisciplinar; todos ellos abordan los rasgos generales sobre el comportamiento y el lenguaje propio del Paleolítico, así como una explicación coherente, razonada y con una aceptable base científica de los cambios culturales que se dieron en los diferentes homínidos que compusieron nuestro linaje en aquellos tiempos prehistóricos.

Aunque pudiésemos pensar que cada sociedad es poseedora de su cultura única, pero esto no es del todo cierto. En La tabla rasa: la negación moderna de la naturaleza humana, Pinker (1994) escribe que la cultura es crucial, pero ésta no podría existir sin las facultades mentales que permiten a los humanos crear y aprender una cultura de partida. Resultaría imposible obviar estas facultades mentales; se trata sobre todo de lograr relacionarlas con el entorno y la cultura. Muchos arqueólogos creen que la influencia del entorno natural, principalmente, y de la cultura, secundariamente, es tan poderosa que elimina la importancia de los atributos innatos comunes al ser humano.

Nosotros intentaremos comprender mejor el funcionamiento del cerebro humano que, con toda su complejidad electroquímica, crea y modela la fisiología de nuestras

mentes. La compleja trama neuronal, su estructura y funcionamiento es una razón universal en las especies de homínidos; sin embargo, los contenidos particulares (pensamientos, imágenes, memoria) aunque no en su totalidad, son producto en gran medida, de la cultura en la que el individuo se inserta (Lewis-Williams y Pearce, 2014). Su contenido se encuentra sometido al cambio constante, por ello nos interesa profundamente la relación de la estructura cerebral con el contenido para generar patrones vitales y facilitar creencias sociales, como el animal político y social que también somos (zoos politicon). Cabe preguntarse si cada aspecto de cada cultura resulta único e incluso no puede llegar a ser generalizable, habida cuenta de que lo que necesitamos es un método capaz de acercarnos a los cimientos universales de la diversidad.

Las diversas formas en que las sociedades asumen la cambiante consciencia humana son a veces identificables en el registro arqueológico, al igual que ocurre en la etnografía mundial; aunque sin un completo sustrato psicodinámico de nuestras mentes no llegaremos nunca a abarcarlas en su totalidad.

Los ejemplos de las aportaciones etnográficas nos ilustran de las diferentes maneras en que ese funcionamiento universal de nuestro sustrato neurológico, desde el paradigma de las neurociencias, puede llegar a cobrar expresión. La etnografía ayuda a ver la viabilidad del razonamiento, pues proponen ciertos principios que se extraen sobre el funcionamiento universal del cerebro humano. Ya Lévi-Strauss discute en su libro Anthropologie estructurale (1958), sobre el uso de términos como Etnografía (que aspira a registrar con la mayor exactitud posible, los respectivos modos de vida de los diversos grupos, y so cometido es observar y describir), Etnología (que representa una fase de síntesis en el movimiento de la mente), Antropología física, Antropología social (que estudia las síntesis entre las relaciones estructurales básicas que subyacen a todo el conjunto de la vida y la organización social del hombre, siendo el sociólogo la sociedad del propio observador o sociedades del mismo tipo) y Antropología cultural (en donde el antropólogo procura formular teorías que sean aplicables, no sólo a sus paisanos y contemporáneos, sino también a las más distantes poblaciones indígenas; además de que no debe descuidar los procesos conscientes de la mente humana, debe incluir también sus procesos inconscientes, con miras a reducir a fórmulas las estructuras básicas de las que son proyecciones o manifestaciones todas las instituciones sociales y culturales). A su

juicio no constituyen tres ramas diferentes, sino más bien: tres estadios o tres momentos en la misma línea de investigación.

La Antropología se interesa por lo que Marcel Mauss (1970), describió como el fenómeno social total. Como explica Copleston (2011), aunque no sean indiferentes las sociedades muy desarrolladas que expresan la conducta consciente del hombre, ni los procesos históricos que llevaron a su desarrollo, su propósito aún es ir más allá del ámbito de las ideas, de los fines conscientes y de los procesos históricos para poder abarcar: toda la gama de las posibilidades inconcinas. Un antropólogo intentará determinar las relaciones de compatibilidad e incompatibilidad válidas entre las diferentes posibilidades potenciales para el entramado lógico de todos los desarrollos histórico-sociales.

Los universales de la consciencia cambiante que es un factor que toda sociedad, pasada y presente desarrolla, se encuentran presentes en todo momento; los hombres del pasado probablemente buscaban alterar su consciencia en mayor o menor grado. Todas las religiones tienen un componente estático y todas incluyen la alteración de la consciencia mediante la oración, la meditación, el canto y otras muchas técnicas. Por lo tanto, la consciencia cambiante.

En La mente de la caverna, Lewis Williams (2005) trata las manifestaciones más antiguas documentadas de un comportamiento humano completamente moderno que incluía una gran actividad pictórica: las impresionantes pinturas, esculturas y grabados del Paleolítico Superior en Europa occidental. Con los cambios medioambientales en los inicios del Holoceno, los hombres y mujeres tuvieron que, progresivamente, suplantar la cazar animales y la recolección de plantas silvestres por la domesticación de animales y la agricultura.

La Neurología humana se manifiesta no sólo en la arquitectura sino que, además, de modo más general también se expresa en algunas experiencias universales que a menudo aportan momentos decisivos en las narraciones míticas de todo el mundo.

Es importante tener en cuenta que las formas en que el funcionamiento del cerebro proporciona materia prima para la construcción de cosmogonías, aunque la

cosmología particular de cada sociedad resulte ser única, existen estructuras generales que proceden del cerebro.

Los Instrumentos utilizados y los enigmáticos motivos grabados en las tumbas fueron extraídos de un inframundo que era a la vez material y psíquico. También se daban diferencias en el trato a los muertos, los cuales eran enviados al país de Hades. Los hombres se ven involucrados en los temas universales de discriminación social, también es un motivo universal el cómo se relacionaban con cosmologías construidas mental y materialmente. Se trata de una red compleja formada por creencias, mitos y relaciones de poder. Para los hombres del Neolítico, existía magia en una cosmología generada neuronalmente, dotada de carga emocional y habitada por seres sobrenaturales y fuerzas que influían en la vida humana (Lewis-Williams y Pearce, 2014). Fueron las comunidades del Cercano Oriente quienes comenzaron a construir al inicio del Neolítico, modelos de sus cosmologías particulares: el refugio cotidiano y las casas que construían para habitarlas podían convertirse, en determinadas ocasiones, en modelos del cosmos, hasta el punto de que los muertos podían ser enterrados en un inframundo que se creía que se encontraba bajo la tierra de los vivos.

2.3. APORTACIONES NEUROBIOQUÍMICAS QUE YA DISFRUTABAN NUESTROS

ANTEPASADOS El cerebro es el órgano que procesa la información sensorial, controla y coordina el movimiento, y junto con el bulbo raquídeo puede controlar el comportamiento y las funciones corporales fisiológicas (frecuencia cardiaca, presión sanguínea, balance de fluidos y temperatura corporal); son las responsables directas de los procesos cognitivos, las emociones, la memoria y el aprendizaje.

Para que el cerebro funcione como un órgano integrado, todos los elementos deben de estar estrechamente relacionados con el propósito de realizar todas sus funciones, sobre todo en la corteza cerebral y el sistema límbico o cerebro emocional donde tienen lugar los procesos neurológicos relacionados con la conducta racional, simbólica y emocional propia del género Homo.

No toda la superficie del córtex tiene igual funcionalidad, dependiendo de la naturaleza de la información que recibe esta parte del encéfalo, bien sea simple o elaborada compleja-, se procesa. Pueden establecerse grupos de diferente localización y distinta funcionalidad (Luria, 1974; Kandel et al., 1997):

Áreas primarias o de proyección: se corresponden con las zonas corticales que

reciben la información recogida a través de los órganos sensoriales externos (vista, oído, gusto, tacto y olfato) e internos (sensibilidad propioceptiva o del propio cuerpo), así como también por las áreas motoras que controlan directamente los músculos del cuerpo. Además, existe una correlación muy intensa entre estas áreas corticales y las zonas anatómicas que controlan, por lo que todo aumento corporal deberá de corresponder con un aumento paralelo de estas áreas de control, sería un aumento isométrico o proporcional, proceso muy relacionado con toda evolución neurológica.

Áreas de asociación secundarias: corresponden a las zonas adyacentes a las

áreas primarias o de proyección. Se considera que representan un centro de procesamiento de mayor nivel para la información sensorial específica que llega de las áreas primarias. Por tanto, sólo reciben información de las áreas sensoriales primarias, o desde otras áreas sensoriales secundarias.

Áreas de asociación terciarias: se sitúan en los bordes de las zonas secundarias

anteriores, en ellas desaparece toda información sensorial o motriz directa o primaria. Son zonas corticales en las que coincide la información de varios campos sensoriales que se corresponden con áreas secundarias, pero nunca con las primarias. Las áreas de asociación terciarias son las que más han aumentado durante los últimos millones de años de la evolución humana, y las que tienen mayor importancia específica respecto al desarrollo de los mecanismos de conducta. Así, todo aumento cerebral que no se acompañe de un proporcional aumento corporal, se produce principalmente en las zonas corticales asociativas. En ellas, se sintetizan los estímulos de varias vías de acceso sensoriales, traduciéndolos en expresiones superiores, complejas y conscientes. Además, son las últimas en madurar y en estructurarse, como se aprecia en su proceso de mielinización (recubrimiento de una sustancia grasa inerte llamada mielina).

Conocemos tres grandes agrupaciones localizadas respecto de estas áreas:

Área de asociación prefrontal. En general interviene en los procesos de

respuesta demorada. Parece esencial para la planificación de los comportamientos voluntarios en función de la experiencia acumulada, interviniendo en la creación de la personalidad y en la ejecución de actos motores complejos. Incluye el área de Broca (44 y 45 de Brodmann) que, en el hemisferio dominante (normalmente el izquierdo), controla los movimientos relacionados con el lenguaje, mientras que en el otro lado regula los movimientos bucales no relacionados con el habla. Se consideran el centro de integración

de nuestra actividad mental superior, donde se sitúan nuestras más elevadas capacidades de pensamiento, abstracción, raciocinio, planificación de actividades y toma de decisiones.

Área de asociación parieto-témporo-occipital. En donde se integran funciones

sensoriales y del lenguaje. Destaca el área de Wernicke compuesta principalmente por las áreas 39 y 40 de Brodmann, cuyo fin es la comprensión lingüística.

Área

de

asociación

límbica.

Relacionada

con

funciones

de

memoria

y

emocionales, así como de motivación de la conducta.

En Neuroanatomia se explica la parcelación de la corteza cerebral en áreas citoarquitectónicas de Brodmann (según se dispongan las neuronas en las columnas celulares que componen el córtex), a pesar de que reflejen una división histológica, no funcional el amplio uso para la señalización de las funciones cerebrales, hace que se sigan usando como referencia topográfica.

Desde el punto de vista citoarquitectónico, se nos platean una serie de hallazgos determinantes para entender mejor los datos aportados por la investigación arqueológica, así:

El cerebro, al nacer, ya tiene marcadas genéticamente la estructuración de las áreas funcionales, variando poco con su desarrollo postnatal.

Todas las neuronas que tenemos son las que ya poseemos en el momento del nacimiento, a partir de entonces no se produce ninguna nueva, viven y envejecen y se destruyen sólo estas neuronas.

Sólo las neuronas son las células responsables de todos los procesos mentales.

El volumen cerebral (VC), el índice y el cociente de encefalización (IE y CE) y otras posibles relaciones entre volúmenes cerebrales (totales o parciales) con pesos o masas corporales, ¿son, en realidad, indicadores precisos sobre la capacidad cognitiva?

No existe limitación temporal para el desarrollo de las capacidades cognitivas.

2.4. EL LÓBULO FRONTAL HUMANO

Desde que se realizaron estudios volumétricos acerca de los fósiles pertenecientes al género Homo, se han distinguido dos aspectos generales: primero, el mayor volumen cerebral de nuestra especie, en especial el de los hombres Neandertales y los Humanos Anatómicamente Modernos (HAM); segundo, el mayor desarrollo del Lóbulo Frontal (LF), asociado de alguna manera a sus mayores capacidades cognitivas y a la conducta simbólica, cuya máxima expresión se alcanza con nuestra especie.

En la conducta humana cobra especial interés el lóbulo frontal, donde se localizan las capacidades cognitivas fundamentales relacionadas con el control y desarrollo general de nuestra conducta, aunque teniendo en cuenta que el cerebro actúa como una unidad funcional integrada. Este lóbulo tiene dos áreas funcionales perfectamente conocidas; las zonas más posteriores o áreas motoras (primarias) y premotoras (secundarias), donde se sitúa el control voluntario de nuestra motilidad; mientras que las áreas más anteriores o frontales serían las de asociación terciaria (Luria, 1974) con funciones cognitivas superiores, constituyendo el Lóbulo Prefrontal (LPF). En el ser humano adulto el LPF constituye un tercio del total de la superficie del córtex, estando sus propiedades cognitivas relacionadas con la superficie y características funcionales de sus componentes corticales.

En general, todas las especies humanas, menos la nuestra, suelen tener una curvatura frontal muy clara, por lo que parece inferirse que el lóbulo frontal era más pequeño al acompañar a la forma y tamaño del hueso respecto a la calota. Sin embargo, comparando el análisis morfológico del cerebro estudiado sobre la base de los endomoldes de diversos fósiles, nos ofrece unas interesantes conclusiones, pues se había pensado que el lóbulo frontal del Neandertal, teniendo en cuenta la menor curvatura de su hueso frontal, debía de ser menor en su polo anterior (Rivera, 2009); sin embargo, lo

estudios de Bookstein et al. (1999), han comprobado que existe una diferente forma evolutiva entre las líneas externa e interna de este hueso, pues mientras que la curvatura de su parte interna (en contacto directo con el lóbulo frontal) se mantiene con las mismas formas geométricas en neandertales y humanos modernos (HAM), la forma externa adquiere diferente aspecto: en el hombre de Neandertal se aplana con un importante aumento del grosor del hueso y seno frontal, mientras que en los humanos modernos adquiere su característica forma globular similar a la forma de la cara interna. En definitiva, hay una importante diferencia externa, aunque en ambas poblaciones la forma anterior del lóbulo frontal sería semejante (Bookstein et al., 1999).

Durante mucho tiempo se ha asumido que la corteza prefrontal es significativamente más grande en los humanos que en cualquier otro primate (Blinkov y Glezer, 1968). Se ha supuesto también que esta diferencia en volumen representa una razón importante para dar cuenta de las diferencias en las formas complejas de cognición (funciones ejecutivas). Ahora, sin embargo, este supuesto se cuestiona, pues en algunas mediciones del lóbulo prefrontal no se han encontrado diferencias entre la corteza humana y la de primates no humanos. Semendeferi et al. (2002) midieron el volumen total del lóbulo frontal y de sus regiones principales (incluyendo la corteza y la materia blanca justo debajo de ésta) en humanos, chimpancés, gorilas, orangutanes, gibones y macacos, utilizando reconstrucciones cerebrales en tercera dimensión a partir de escaneos de resonancia magnética (RM). Aunque el volumen absoluto del cerebro y del lóbulo frontal fue más grande en los humanos, el tamaño relativo del lóbulo frontal fue similar en todos los homínidos: macacos (28,1%), gibones (31,1%), orangutanes (35,3%), gorilas (32,4%), chimpancés (35,9%) y humanos (36,7%). Con ello se descubrió que aunque se compare la relación entre el volumen total del cerebro y el volumen del lóbulo frontal, los humanos no poseen un lóbulo frontal más grande, como se esperaba en comparación con el cerebro de un primate: el tamaño relativo de las regiones del lóbulo frontal (dorsal, mesial y orbital) fue similar entre los primates estudiados.

Sin embargo, respecto a la relación con la superficie funcional del lóbulo prefrontal, ésta no es la misma entre los primates actuales, siendo además mucho mayor entre los humanos. Nuestra evolución neurológica produjo cerebros más grandes, en los cuales la proporción entre el volumen (medida muy usada, pero poco exacta, pues la

superficie cortical es el parámetro más preciso de la capacidad funcional) del lóbulo frontal y de todo el cerebro es semejante, pero la superficie del lóbulo frontal, tanto la motriz (áreas motoras y premotoras) como la asociativa (el llamado lóbulo prefrontal, compuesto por áreas de asociación terciaras) son mucho mayores. Se constata, de una forma general, que se produce un aumento evolutivo más o menos homogéneo del cerebro de los homínidos (salvo pequeñas diferencias), en la cual la proporción entre sus diferentes partes sigue siendo similar, pero la superficie funcional (corteza cerebral) aumentaría en todos sus componentes (áreas primarias, secundarias y terciarias). No obstante, resulta dudoso que el tamaño de la corteza prefrontal sea la única causa responsable de las capacidades cognitivas humanas.

Otros factores deben ser considerados, tales como la conectividad. Schoenemann et al. (2005) encontraron que la materia blanca prefrontal es desproporcionadamente mayor en los humanos que en otros primates, lo que resulta fundamental para comprender la evolución del comportamiento humano. Utilizando RM de 11 especies de distintos primates, estos autores midieron el volumen de materia gris, materia blanca y el volumen total del lóbulo prefrontal, en relación a todo el cerebro en cada espécimen, encontrando que la materia blanca fue la mayor diferencia entre los humanos y los no humanos; mientras que la materia gris no mostró diferencias significativas. Encontraron una mayor interconexión cerebral puede representar una característica crucial del cerebro humano. Sin embargo, habrá que tener en cuenta, que los humanos utilizados en este estudio fueron personas contemporáneas, procedentes de zonas urbanas, con niveles educativos altos, no sujetos humanos que vivieran en las condiciones similares a las prehistóricas de hace 150,000 años. Quizá, incluso podrían tener las mismas capacidades cognitivas, aunque su desarrollo no pudo ser la misma, ya que es el medio ambiente totalmente diferente quien ayudaría a determinar definitivamente el modelado de sus comportamientos.

Existe una trascendente diferencia neurológica en las áreas terciarias del lóbulo frontal (zona prefrontal LPF) entre el ser humano y el resto de los primates (Semendeferi y Damasio, 2000). Ahora sabemos que los humanos modernos presentan una superficie mucho más amplia que los demás primates. Sin embargo, su estructura neurológica es menos densa, permitiendo que existan entre ellas unas interconectividad mucho mayor,

como se deduce de la mayor y tardía mielinización observada (Bufill y Carbonell, 2004; Semendeferi et al., 2002). Estos estudios apuntan a que la superficie asociativa del córtex del LPF de los humanos tiene un carácter alométrico cuantitativo (aumento de la superficie funcional del córtex) y cualitativo (nuevas funciones cognitivas). Igualmente, se conoce que las áreas terciarias del lóbulo frontal son mayores, proporcionalmente, que la del resto de los primates conocidos, como se deduce de su mayor circunvolución y girificación (Cela, 2002; Rilling e Insel, 1999). Por tanto, se establece una relación entre el aumento (de superficie y interconectividad) de estas áreas con la conducta moderna. La diferenciación funcional o el aumento respecto de los demás homínidos conlleva a mejorar los resultados obtenidos para nuestra especie que presentaría una mayor capacidad funcional respecto de dos tipos fundamentales en la conducta humana (Ardila y Ostrosky-Solis, 2008), esto es:

Metacognitivos (área dorsolateral de la corteza prefrontal), donde procesar la

información, luego asimilarla y utilizarla para mejorar el comportamiento, mediante el mayor desarrollo de las funciones ejecutivas, imprescindibles para la organización de todo tipo de conducta, lenguaje y el aumento de las capacidades de abstracción y simbolismo.

Emocionales (área ventromedial de la corteza prefrontal), que coordina la

cognición y la emoción. En ese sentido, la función principal del lóbulo prefrontal es encontrar justificaciones aparentemente aceptables para los impulsos límbicos (los cuales constituyen las funciones ejecutivas emocionales).

Estas dos funciones siempre actúan juntas, pues cualquier acción (sobre todo si se relaciona con otros componentes de la sociedad) siempre lleva adosada un componente emocional (positivo, negativo o dentro de un amplio margen de una supuesta neutralidad emocional). La importancia del LPF humano en su compleja conducta es primordial, aunque no hay que olvidar que nuestro sistema nervioso siempre actúa de forma integrada con otras zonas cerebrales, pues su acción conjunta es necesaria para cualquier acción y, aunque parezca mentira, se necesitan más de las que aparentemente podemos creer que son las necesarias.

Como las funciones ejecutivas se asientan principalmente en esta zona cerebral (interconectadas funcionalmente con otras áreas neurológicas), podemos intuir que la conducta moderna humana se debe, en gran parte, al desarrollo evolutivo del LPR, y que

sus características funcionales serían claves para comprender el origen y desarrollo de nuestra conducta simbólica. Pero las características funcionales de este LPF vienen determinadas por las propias características evolutivas. Por tanto, para entender con detenimiento el origen y desarrollo de la conducta humana, creo que es imprescindible seguir por los derroteros del modelo multidisciplinar, es decir, de elaborar teorías multidisciplinarias que enlacen sin problemas los conceptos recientes de Biología evolutiva, Neurología, Psicología, Sociología y Lingüística.

2.5. LAS NEURONAS DE VON ECONNOMO O NEURONAS ESPEJO

Son las neuronas corticales de la evolución humana. Se denominan neuronas espejo a una cierta clase de neuronas que se activan cuando un animal o persona desarrolla la misma actividad que está observando ejecutar por otro individuo, especialmente un congénere. Su importancia evolutiva reside en tres cuestiones principales (Urzúa, 2013): a) se encuentra presente solo en el cerebro de los primates; b) su edad evolutiva es notablemente reciente, pues no superan los 20 millones de años, y c)

son particularmente numerosas en el cerebro humano.

Se trata de neuronas del sistema piramidal, llamadas así gracias a su morfología estructural; estarían relacionadas con el movimiento en general. Su particularidad neurofisiológica es que se disparan con el movimiento, propio y ajeno, siendo por ello distintas a las otras neuronas piramidales por su función, no por su histología. Se activan con movimientos determinados y pueden ser selectivas (Martín-Loeches, 2008), es decir:

se trataría de una red neuronal (neuronas, axones, dendritas, conexiones neurológicas) conectada a otras de las que recibe cierta información (elaborada o no), provocando una reacción determinada, o la adquisición conceptual (total o parcial) de un acto externo.

Los resultados de los estudios por imágenes del cerebro han demostrado que la circunvolución frontal inferior (parte del área 44 de Brodmann o área de Broca) y la corteza parietal inferior (área 6 de Brodmann) del cerebro humano se activan cuando la persona realiza una acción y también cuando la persona observa a otro individuo realizar esa misma acción. Es probable que estas regiones contengan neuronas con estas características, por lo que han sido definidas como el sistema de neuronas espejo

humano. Las neuronas espejo también están presentes en primates no humanos, aunque en diferente cantidad y ubicación.

También es importante considerar que este sistema se activa con la observación de la actividad que realiza un congénere, por lo que tienen un trasfondo social básico, relacionándolas con la interacción social, pues incita a una conducta de imitación determinada (Martín-Loeches, 2008). Por tanto, parece que tienen la capacidad de proporcionar un mecanismo para comprender la acción, aprender por imitación, y la simulación imitativa del comportamiento de los demás (Monnier, 2012). Este aspecto es fundamental en el desarrollo cultural de los primates, aunque menor entre las comunidades humanas en las que el aprendizaje es más directo e intencionado. Es una forma de cognición social (Moya-Albiol et al., 2010).

En definitiva, se refuerza la compresión de la existencia de los demás como nuestros semejantes, así que imitamos su conducta porque lo que hacen nos interesa. En la comprensión de las acciones e intenciones de los demás se deriva el propio concepto de la teoría de la mente (Martín-Loeches, 2008) y constatamos que aumenta la empatía emocional y racional. La empatía es un proceso cognitivo fundamental en las relaciones humanas. Percibir en un contexto común lo que un individuo diferente puede sentir, se deduce porque sólo puede darse dentro de un trasfondo social. La empatía presentaría tres aspectos diferentes, según Moya-Albiol et al. (2010):

Conocer los sentimientos de otra persona, por lo que estaría muy relacionado con la Teoría de la Mente (Componente cognitivo).

Sentir lo que está sintiendo, de forma similar o igual a lo que el sujeto puede sentir en la misma situación (Componente emocional).

Responder compasivamente a los problemas que le aquejan (Comportamiento social). Existen teorías que explican el desarrollo del cerebro social en las especies de grupos de mamíferos sobre la base del desarrollo o la adquisición de conductas muy relacionadas con la empatía. En estas sociedades los individuos notan y se afligen ante el dolor de un congénere, actuando de manera que se termina esta exposición al objeto que provoca el sufrimiento, incluso aunque llegue a suponer un peligro para ellos mismos (Preston y de Waals, 2002). Según este modelo de percepción-acción, la observación o

imaginación de otra persona en un estado emocional particular activa de manera automática una representación de ese estado en el observador, con las respuestas fisiológicas asociadas. Al ser automático, se trataría de un proceso que no requiere conciencia ni esfuerzo de procesamiento, pero que no puede inhibirse ni controlarse. Se trata de una compleja forma de inferencia psicológica en la que la observación, la memoria, el conocimiento y el razonamiento se combinan para comprender los pensamientos y sentimientos de los demás.

El movimiento que conduce de la empatía al acto, discurre a través de las neuronas espejo, empleando exactamente los mismos circuitos cerebrales que se ponen en marcha durante nuestra propia experiencia.

Hay que tener en cuenta que la empatía estaría muy relacionada con diversas estructura cerebrales con neuronas espejo (corteza prefrontal y temporal) y sin ellas (amígdala, y diversas estructuras del sistema límbico). Por tanto, su actuación en esta forma de relación social debe considerarse como coadyuvante en la conducta que se produce, no como su elemento primordial.

Por otra parte, se las relaciona con el origen del lenguaje humano; pues, en los seres humanos, las neuronas espejo se encuentran en la corteza frontal inferior, cerca del área de Broca, una región tradicionalmente relacionada con la producción del lenguaje, pero que también controla los movimientos orales y de la mano en sus más complejas manifestaciones.

Esto parece indicar que el lenguaje humano evolucionó a partir de un sistema de comprensión y realización de gestos implementados por las neuronas espejo. Sin embargo, como en muchas teorías de la evolución del lenguaje, existen pocas evidencias directas, lo que nos obliga a continuar estudiando su funcionalidad por todos los medios disponibles, resultando un sistema importante para el lenguaje, pero no más que otros muchos sistemas neuronales relacionados con él. El lenguaje humano está constantemente activando aquellas partes del cerebro que representan la realidad descrita por aquél, así muchas palabras o frases (relacionadas con acciones) activan zonas motoras y relacionadas con la acción. Este no es lenguaje, es nuestro sistema de comprensión del mundo, activado por el lenguaje (Martín-Loeches, 2008).

Estas neuronas revisten un importante interés en el surgimiento de las funciones cognitivas: células numerosas en la corteza cerebral humana con la filogenética más jóvenes, una ontegenia exclusiva de los primate, que poseen características moleculares relacionadas con las funciones socioemocionales. Para Arzúa (2013), tendrían un protagonismo social importante (empatía), que es uno de los componentes básicos de la propia teoría de la mente.

El origen del concepto de teoría de la mente se encuentra en los trabajos de Premack y Woodruf (1978) y se refiere a la habilidad para comprender y predecir la conducta de otras personas, sus conocimientos, sus intenciones, sus emociones y sus creencias (Monnier, 2012). En principio, el término se hallaba confinado al estudio de la primatología y la etiología del autismo; se proponía que la causa de los trastornos generalizados del desarrollo era una ausencia en la teoría del desarrollo. En los últimos años se han publicado gran número de estudio sobre este complejo concepto y su afectación en diversas patologías, y se propone una división del concepto de teoría de la mente en distintos procesos además de cómo evaluar distintos niveles, estableciendo una relación con las estructuras cerebrales con las que se relaciona cada uno de ellos. Estos niveles de complejidad son: reconocimiento facial de emociones, creencias de primer y segundo orden, utilización social del lenguaje, comportamiento social y empatía lo que nos conduce a plantearnos una reflexión sobre algunos aspectos teóricos relevantes como el papel del córtex prefrontal en esta teoría; así como el axioma de lo categorial frente a lo dimensional respecto de este tipo de conceptos, la modularidad o las redes neurales, la inteligencia emocional y social frente a la inteligencia cognitiva o el papel de la bidireccionalidad en estos procesos cognitivos complejos (Tirapu-Ustárroz, 2007).

La sociabilidad y este desarrollo neurológico y cognitivo tan específico (teoría de la mente), junto con el aumento evolutivo de las demás capacidades cognitivas (abstracción, simbolización, funciones ejecutivas, memoria) y el propio desarrollo sociocultural de las poblaciones humanas (Plagnol y Wall, 2006), creo que son los verdaderos artífices del origen y desarrollo de la cultura humana, donde el lenguaje juega un papel predominante, pues sin él no hubiera podido ser realidad la conducta que hoy día poseemos los seres humanos.

2.6.

EVOLUCIÓN DEL LENGUAJE A PARTIR DE LAS NEURONAS ESPEJO

Nuestro sistema nervioso central (SNC) nos ofrece un modo particular determinado por nuestro registro neuroanatómico capaz de elaborar una aproximación para comprender el mundo. La activación que propició el lenguaje evolucionó a partir de un sistema de comprensión y realización de gestos implementados en las neuronas espejo; muchas palabras o frases activan zonas motoras relacionadas con la acción. Además, las neuronas espejo, en la corteza frontal inferior, controlan también los movimientos orales y de la mano en sus más complejas manifestaciones.

En la teoría de la mente, la sociabilidad y el desarrollo neurológico y cognitivo específico, junto con el aumento evolutivo de las demás capacidades de pensamiento (abstracción, simbolización, funciones ejecutivas, memoria) y el propio desarrollo sociocultural de las poblaciones humanas (Plagnol y Wall, 2006), son los verdaderos artífices del origen y desarrollo de la cultura humana.

Los neandertales presentaban el cerebro adiestrado respecto a ofrecer soluciones para una mayor demanda en relación al requerimiento muscular, y disfrutaban de una vida íntegra emocional. Además, de un menor desarrollo del cerebro frontal; aunque ese rasgo exclusivo del HAM que ha desarrollado excesivamente este lóbulo al disminuir las necesidades musculares requeridas, podría terminar jugando evolutivamente en nuestra contra, definitivamente diezmando al último homínido vivo sobre la tierra.

Según hallazgos de TAC (Tomografía Axial Computarizada) y RMN (Resonancia Magnética Nuclear), la disposición del cráneo del neandertal no resulta de menor volumen que el hombre moderno, aunque la organización anatómica de la calota establece que la masa encefálica resulte elongada en sentido antero-posterior. El simbolismo es un complejo proceso que caracteriza la conducta humana, y que en su desarrollo pasa por diversas fases de acumulación cognitiva y cultural (un continuum). Freud y Jung apuntan que las estructuras psíquicas eran ya emocionalmente idénticas para estos dos grupos de homínidos. Podríamos ya inferir, entonces, que quizá los neandertales no tuvieran siquiera tanta necesidad de expresarse como lo hacemos nosotros y, en el caso de que lo hicieran, bien sea que lo realizasen de manera diferente en tanto su particular psiquismo.

Los autores que hasta ahora habían aportado una interpretación sobre los datos del periodo Paleolítico medio señalan una sociedad cazadora recolectora con una capacidad simbólica poco desarrollada, formas de un simbolismo primitivo. Por tanto, se considera que en este periodo no existirían enterramientos con un simbolismo metafísico. Sin embargo, ya en la actualidad se considera que la intencionalidad de las inhumaciones producidas durante este período, gozan de cierto simbolismo de carácter social y emotivo.

No podemos hablar de religión, concepción demasiado compleja para humanos que aún no han desarrollado la objetivación de su propia existencia y la de los demás, junto a una necesaria ubicación temporal y espacial. Tampoco aplicaríamos el concepto de ritos, aunque sí la representación ordenada y sistemática de ciertas ideas de carácter simbólico, creando un modelo conductual que se realiza repetitivamente:

Las inhumaciones intencionadas con un fin sanitario, a las que a nuestro juicio siempre hay que añadir cierta presencia de respuestas sociales y/o emotivas originadas por la muerte de un miembro del grupo, sobre todo si se trata de un niño o individuos con cierta relevancia social.

Un desarrollo cognitivo camino del simbolismo moderno, pleno desarrollo donde existiera una importante interacción social, consecuencia de un aumento demográfico y perdurable en el tiempo.

Con unas capacidades cognitivas que puedan crear una conducta simbólica, sólo sería necesario la formación de un medio ambiente (cultural, social, tecnológico, lingüístico) que favoreciera su desarrollo, lo que en un grado intermedio podríamos ver en las comunidades del Paleolítico medio más densamente pobladas.

2.7. MODELO A SEGUIR

Los modelos etnográficos pensamos que no deben ser aplicados directamente, aunque sirven para tomar consciencia de la variabilidad de la conducta humana y crear hipótesis de trabajo que también apoyen la Arqueología cognitiva.

Un estudio multidisciplinar, puede llegar a crear la base teórica que trate de explicar los cambios ocurridos en nuestra marcha evolutiva y que configuraron el Comportamiento Humano moderno, y se vale de la Biología evolutiva, la Neurología, la Psicología y la Sociología; a fin de establecer un modelo psicobiológico de la conducta humana, siendo de especial relevancia la interrelación existente entre pensamiento, lenguaje y conducta.

2.8. APROXIMACIÓN A LA HIPÓTESIS FISIOPSICODINÁMICA DEL TOC

El núcleo del rafe dorsal en el tronco encéfalo representa la principal fuente de serotonina (5-HT) del cerebro. Establece amplias conexiones con la corteza cerebral, sistema límbico, tálamo, hipotálamo y ganglios basales, a través de las cuales ejerce una influencia marcada sobre la conducta y los estados de ánimo.

Una aproximación simplista, sugeriría la relación entre serotonina y ansiedad y se ha propuesto que un exceso de actividad en los sistemas serotoninérgicos cerebrales podría ser responsable de la sintomatología ansiosa, mientras que una deficiencia de serotonina explicaría el espectro depresivo.

También se ha establecido una estrecha relación entre noradrenalina (NA) y la etiopatogenia de los trastornos de ansiedad: En estudios con animales, la estimulación del Locus Coeruleus (LC) provoca activación simpática y síntomas somáticos relacionados con ansiedad. Además, los fármacos que aumentan la tasa de disparo de las células del LC, como la yohimbina, inducen ansiedad en humanos, mientras que las sustancias que la reducen, como la clonidina, atenúan los síntomas de ansiedad. Por otra parte, la actividad noradrenérgica excesiva puede llegar a reducir la eficiencia del procesamiento de la información en la corteza prefrontal y en el circuito cortico-subcortical, lo que puede causar preocupación. Se cree que estos síntomas de ansiedad podrían deberse a la estimulación noradrenérgica excesiva sobre los receptores postsinápticos α1- y β1 -adrenérgicos de la amígdala o de la corteza prefrontal.

2.9.

BASES

PARADIGMAS. ETIOPATOGENIA

DEL

TRASTORNO

OBSESIVO-COMPULSIVO

DESDE

DISTINTOS

Es trastorno obsesivo-compulsivo es uno de los problemas de ansiedad más importante, donde las obsesiones y su florida sintomatología, la recurrencia de pensamientos y las compulsiones ligadas al alivio del malestar, han contribuido a caracterizarlo como el trastorno de ansiedad más grave.

La calidad de vida, antes del tratamiento del paciente que sufre un TOC, ha sido poco estudiada, y tampoco se encuentran trabajos que evalúen el papel de la cultura, de la raza o de la etnia.

En el paciente obsesivo existe un descenso de tensión psicológica o de actividad psíquica general, que se traduce en sentimientos de incompletitud y en la disminución o pérdida de las funciones de la realidad, características propias del individuo ansioso (Janet, 1908).

Montserrat-Esteve (1962) postula un enfoque timodinámico, en donde el inicio patogénico de estos cuadros radicaría en la cristalización infantil de un determinado estado afectivo, que a su vez responde a especiales situaciones biográficas (psicopatogenia dinámica freudiana) que puede diluirse o, sin embargo, persistir dando lugar a las manifestaciones obsesivas características.

Se han planteado diversas explicaciones sobre la etiología y el mantenimiento del TOC. Generalmente, se contemplan tres grandes orientaciones paradigmáticas que se aplican respecto de la etiopatogenia que se corresponda con la mayoría de subtipos del TOC (Vallejo, 2000), como son: los postulados psicoanalíticos iniciales, los modelos biológicos y los modelos cognitivo-conductuales (Botella y Robert, 1995; Cruzado, 1998; Robert y Botella, 1990 y Salkovskis, 1999).

2.10. MODELO BIOLÓGICO

Desde la perspectiva biológica, las investigaciones han ido consolidando un modelo que empezó a gestarse en la década de los años veinte, cuando una epidemia de encefalitis asoló Europa y permitió estudiar casos cuyas secuelas subcorticales eran superponibles a las auténticas manifestaciones obsesivas. Los defensores del modelo

biológico entienden éste comportamiento anormal como una enfermedad producida por el funcionamiento patológico de alguna parte del organismo. Se presupone que la alteración orgánica o funcional del cerebro, en última instancia del SNC, es la causa primaria de la conducta anormal.

Según Vallejo (1989), existen cuatro importantes aspectos fisiopatológicos por corroborar, que son:

a) Alteraciones en el procesamiento de la información.

b) Alteraciones en los mecanismos de excitación-inhibición centrales.

c) Posible patología frontal (zonas orbito internas), especialmente en su conexión con los ganglios basales.

d) Alteraciones bioquímicas, centradas especialmente en la serotonina, es

una amina biogénica indolaminérgica que se sintetiza, fundamentalmente, en los núcleos del rafe del tronco encefálico, desde donde se envían proyecciones serotoninérgicas que se distribuyen por diversas regiones del Sistema Nervioso Central, SNC. Desde el punto de

vista psicofarmacológico, la serotonina representa un importante papel como neurotransmisor en la inhibición del enfado, de la agresión, la temperatura corporal, el humor, el sueño, el vómito, la sexualidad y el apetito (García, 2015).

En la actualidad encontramos abundante bibliografía sobre aspectos neuroanatómicos, neurológicos, neurofisiológicos, bioquímicos y neuroendocrinológicos que resultan vinculados a esta patología. La base biológica de estos trastornos se fundamenta en cuatro argumentos (Valaer, 2013):

a) Genética. Estudios en gemelos y familiares demuestran la participación hereditaria.

b) Clínica. La relación de la patología obsesiva siempre se establece con trastornos en los que la etiopatogenia biológica es relevante (esquizofrenia, melancolía, epilepsia, síndrome de Gilles de la Tourette, encefalitis).

c) Los

Biología.

datos

biológicos

avalan

disfunciones

orgánicas

en

esta

patología.

Los

estudios

de

neuroimagen

(SPECT

Y

PET)

consolidan

la

disfunción del circuito de Alexander córtico-subcortical (Alonso y Vallejo, 2003; Vallejo et al., 2005).

d) Terapéutica. La respuesta a la psicoterapia es discreta, en tanto que los antidepresivos de acción serotoninérgica y la psicocirugía son eficaces.

2.11. MODELO A NIVEL GENÉTICO

Los factores genéticos resultan importantes en la etiopatogenia del TOC; parece haber una contribución hereditaria al TOC, según se desprende de estudios en gemelos y en familiares.

En comparación con los familiares de personas sin trastornos o de la población general, se ha visto que hay mayor riesgo de TOC a lo largo de la vida en familiares de primer grado de personas con TOC (2-3% versus 10-12%) (Hettema et al., 2001). Respecto a la población general, el TOC es también más frecuente en los familiares de primer grado de las personas con trastorno de Tourette.

Los trabajos con gemelos demuestran que la concordancia en monocigotos (65%) es notablemente más elevada que la de los dicigotos (nunca superior al 45%) (Pauls, 1992; Pauls et al., 1991). Asimismo, se estima que alrededor de la mitad de la varianza fenotípica se debe a factores genéticos y un significativo número de familiares de obsesivos presentan TOC o rasgos obsesivos, más en el orden de las obsesiones que en el de las compulsiones (Nestadt et al., 2000). Un 10-12% de los familiares de primer grado de los pacientes con TOC presentan también este trastorno y un 17% informa de rasgos obsesivos; estos porcentajes son mucho más elevados que en la población normal. Lo que se hereda parece ser la naturaleza del TOC, no los síntomas específicos; así, una persona puede tener compulsiones de lavado, mientras que su padre las tiene de comprobación (Cruzado, 1998). Esto indica que los síntomas no se deben al modelado, aunque éste puede facilitar el aprendizaje de una manera de responder miedosa y ritualista. Aunque el TOC parece ser en gran medida hereditario, las tentativas para determinar las contribuciones genéticas exactas han tenido poco éxito. El modo de transmisión es desconocido, pero se sugiere una forma genética dominante, si bien existe una clara implicación de factores no genéticos. Aunque, tanto los estudios clásicos como los más

actuales, señalan un componente genético de los TOC (Pauls, 1992), existen limitaciones metodológicas (Alonso, Vallejo y Menchón, 2003).

La influencia genética se manifiesta probablemente por una estructuración especial del SNC caracterizado por: a) hipotonía de los sistemas de activación cortical, que provoca déficit en la captación de señales externas y en el procesamiento de la información; b) disfunciones en el circuito de Alexander, que conecta las zonas orbitofrontales con los ganglios de la base (especialmente núcleo caudado y globus pallidus) y éstos, a través del tálamo, nuevamente con la corteza frontal, cuyas repercusiones psicopatológicas explicarían parte de la clínica obsesiva, es decir, perseverancia conductual inapropiada y dificultades de conmutación (imposibilidad de desplazar contenidos mentales, afectos o actos fuera de la conciencia por lo que al paciente le es difícil iniciar o frenar una actividad psíquica), deterioro de patrones de conducta específicos de la especie, control inconsciente de conductas habitualmente automáticas en sujetos normales, incapacidad de desatender estímulos irrelevantes (Vallejo, 2000).

Actualmente, se realiza una búsqueda de los marcadores cerebrales cognitivos intermedios (endofenotipos) que pueden ayudar a clarificar las contribuciones genéticas. El objetivo de los autores Chamberlain et al. (2005), fue valorar los procesos de control inhibitorios en parientes de primer grado no afectados de pacientes con TOC, por primera vez con pruebas objetivas. Estos autores concluyeron que los déficits en la flexibilidad cognitiva e inhibición motora, pueden representar los endofenotipos cognitivos para el TOC. Tales medidas desempeñarán un papel clave en la comprensión de las asociaciones genotipo/fenotipo para el TOC y en las condiciones del espectro relacionadas.

2.12.

NIVEL

CLÍNICO

Y

NEUROPSIQUIÁTRICAS

BIOLÓGICO.

PARADIGMAS

DE

LAS

TEORÍAS

Las teorías neuropsiquiátricas del TOC pueden clasificarse en función de sus características neuroquímicas (a) y neuroanatómicas (b).

2.12.1. TEORÍAS NEUROQUÍMICAS

Las teorías neuroquímicas postulan que hay anormalidades en el sistema de producción de serotonina, en particular una hipersensibilidad de los receptores serotoninérgicos postsinápticos, que explican los síntomas del TOC (Gross y Hollander, 1998). Esta hipótesis de la serotonina se propuso después de las observaciones de que los medicamentos serotoninérgicos, pero no otros antidepresivos, son efectivos para disminuir los síntomas del TOC. Sin embargo, los resultados de muchos estudios que exploran en forma directa la relación entre la serotonina y el TOC han sido inconsistentes. Por ejemplo, algunos estudios refieren aumento en las concentraciones de los metabolitos de la serotonina en el líquido cefalorraquídeo de pacientes con TOC comparados con sujetos sin el trastorno; otros estudios no refieren estos hallazgos. Aunque la respuesta preferencial del TOC a los agentes serotoninergéticos a menudo se presenta como apoyo a la hipótesis de la serotonina, este argumento tiene poco valor aunque la hipótesis derivó de este resultado terapéutico. Por tanto, aún no queda claro si la función de la serotonina es un mecanismo subyacente a los síntomas del trastorno obsesivo-compulsivo.

A mediados de la década de los 70, Yaryura-Tobias y Neziroglu (1993, 1996) postularon la teoría serotoninérgica de los TOC, basándose en el efecto del antidepresivo tricíclico (ADT), clomipramina. Desde entonces, la investigación en este campo, especialmente en el sistema 5-HT, ha sido prolífera, así como también en relación al sistema noradrenérgico y dopaminérgico (Alonso y Vallejo, 2000; Vallejo, 1995). También otros resultados en este ámbito ofrecen datos contradictorios, como el efecto del m- clorofenilpiperacina (m-CPP), un potente agonista serotoninérgico, sobre la sintomatología obsesiva, que desde los trabajos iniciales de Zohar et al. (2000), siguen suscitando polémica, ya que en algunos estudios se constata una exacerbación de síntomas (Broocks et al., 1998) y en otros no (Ho Pian et al., 1998), sin que todavía se sepa si tales discrepancias obedecen a cuestiones metodológicas o de otra índole. Especialmente interesante es la comprensión de los mecanismos neuroquímicos que subyacen en la respuesta a los tratamientos antiobsesivos en los TOC (Ortega, 2000; Blier y de Montigny, 1998).

Vallejo (1996) y Stein (2000) han valorado aspectos bioquímicos del 5-HT como la respuesta farmacológica (eficacia de la clomipramina, ADT y los inhibidores selectivos de la recaptación serotoninérgica, ISRS), y marcadores periféricos de la función de 5-HT (elevaciones de 5-HIAA en LCR, relación respuesta a clomipramina-elevación de 5-HIAA en LCR, afectación de receptores plaquetarios de 3H-imipramina). Sin embargo, algunos puntos (resultados parciales de los antidepresivos serotoninérgicos, contradicción de algunos estudios bioquímicos, discrepancias entre la respuesta conductual y neuroendocrina, disociación de efectos bioquímicos y terapéuticos, desconocimiento de la conexión del sistema de 5-HT y otras vías de neurotransmisión), permiten cuestionar la hipótesis de 5-HT y plantear la implicación de otros neurotransmisores, como la dopamina y la noradrenalina, si bien su participación es más dudosa (Vallejo, 2006).

Kitamura et al. (2006), tratan de identificar una base neuroquímica para probar la hipótesis por la que un circuito cortical y subcortical subyace al TOC. La materia blanca fue también investigada debido a la investigación reciente la cual sugiere la conectividad alterada de axones. Utilizando la resonancia magnética espectroscópica de 3-Tesla, las concentraciones relativas de N-acetilaspartato (NAA) y compuestos de colina contenida en la creatina y fosfocreatina (Cr) fueron medidos en el cíngulo anterior, ganglio basal, tálamo, materia blanca frontal y parietal de 12 pacientes con TOC y 32 sujetos sanos como grupo control. Resultando que la concentración promedio de colina/creatina fue significativamente mayor en los pacientes con TOC que en los controles, pero solamente en la materia blanca parietal, mientras que no fueron observadas diferencias de grupo significativas en ninguna de las regiones cerebrales. Las concentraciones de colina/creatina parietal correlacionaron positivamente con la severidad de los síntomas del TOC. Estos hallazgos proporcionan evidencia indirecta para la participación de la materia blanca en el TOC, de esta manera sugieren un cambio en los fosfolípidos de axones mielinizados y/o células glía (Valaer, 2015).

2.12.2. TEORÍAS NEUROANATÓMICAS

Estos modelos derivan de estudios de la imagen en los que se comparan los niveles de actividad de áreas cerebrales específicas entre pacientes con TOC e individuos controles sanos. Así, p. ej., los estudios con tomografía por emisión de positrones (TEP) muestran constantemente un aumento en la utilización de glucosa en la corteza

orbitofrontal (COF) entre pacientes con TOC, con respecto a sujetos sanos (Tajima et al., 2009; González y Jiménez, 2000; López-Ibor et al, 1995, 1996; Galnotti y Marra, 1994).

Los modelos neuroanatómicos predominantes del TOC proponen que las obsesiones y compulsiones se originan de anormalidades estructurales y funcionales en áreas particulares del cerebro, en especial los circuitos orbitofrontales-subcorticales (Saxena et al., 1998). Se trata de un circuito constituido por el córtex frontorbitario, estriado, tálamo y córtex cingulado. El córtex orbitofrontal y cingulado emite eferencias excitatorias glutamatérgicas hacia el núcleo caudado, éste envía fibras inhibitorias GABAérgicas sobre el pálido, que a su vez proyecta fibras inhibitorias hacia el tálamo. Finalmente el tálamo envía eferencias excitatorias sobre el córtex orbitofrontal completando el circuito. Rapaport (1989) había sugerido que en los pacientes obsesivos podría producirse una liberación de programas primitivos de conducta (subrutinas, relacionadas con el aseo y la territorialidad), que en situación normal están controlados por los ganglios basales, pero que en un momento dado se activan por disfunciones del lóbulo frontal.

Se cree que este circuito conecta las regiones del cerebro implicadas en el procesamiento de información a las encargadas de iniciar ciertas respuestas conductuales cerebrales y que su reactividad excesiva causa el TOC. Parece ser que una disfunción del circuito entre el córtex orbitofrontal y caudado ventromedial podría mediar los síntomas obsesivos, y la conexión entre córtex paralímbico y el núcleo accumbens podría mediar las manifestaciones afectivas.

Desde esta perspectiva neuroanatómica, dos factores sugieren una disfunción del mencionado circuito de Alexander, que implica zonas orbitofrontales y los ganglios de la base, especialmente el núcleo caudado:

a) Síntomas obsesivoides en patologías neurológicas que afectan estas zonas (gliomas frontales, necrosis del globus pallidus, epilepsia temporal, corea de Sydenham, corea de Huntington, síndrome de Gilles de la Tourette) (Miguel et al., 1997).

b) Detección, a través de técnicas de imagen cerebral (TC, RM, SPECT, PET), de afectación de las zonas orbitofrontales (frecuentemente

hipermetabolismo), del córtex cingular y del núcleo caudado (Fernández et al., 2004; Alonso y Vallejo, 2003; Vallejo, 1999; Ownby, 1998; Rush et al., 1996), y normalización de tales disfunciones tras el tratamiento con antidepresivos serotoninérgicos (Stein, 2000).

Los datos de los estudios funcionales de neuroimagen cerebral resultaron ser consistentes respecto de los datos estructurales. Tanto la TC como la RMN han demostrado la presencia de reducción bilateral de los núcleos caudados en pacientes con TOC, y sus resultados también son compatibles con la observación de la efectividad ocasional de los procedimientos sobre el cíngulo en el tratamiento del TOC (Sadock y Sadock, 2009).

Estos estudios mediante Resonancia Magnética, en pacientes con TOC, se han centrado en algunas regiones cerebrales específicas: a) núcleos de la base; b) córtex frontal y cingulado, además de mediciones globales como volúmenes cerebrales o ventriculares. Así, con respecto a los núcleos de la base determinados estudios muestran alteraciones de su estructura y el grupo de Scarone et al. (1992), demostraron un incremento del volumen del núcleo caudado derecho con pérdida de la asimetría izquierda mayor que la derecha del grupo control. El mismo grupo (Calabrese et al., 1993) detectaron un incremento de la intensidad de la señal en el núcleo caudado izquierdo respecto al derecho, lo que podría sugerir una alteración estructural del caudado izquierdo, subyacente a la alteración volumétrica. Robinson et al., en 1995, detectaron una reducción del volumen del núcleo caudado bilateral, sin alteraciones en otras estructuras cerebrales. Jenike et al. (2001, 1997), detectaron una tendencia hacia la reducción global del volumen del núcleo caudado y una pérdida de la asimetría izquierda mayor que la derecha del grupo control en una muestra de diez pacientes obsesivas. En un estudio Rosenberg et al. (1998, 1997), sobre un grupo de pacientes obsesivos pediátricos, detectaron una reducción del volumen del estriado bilateral, a expensas del núcleo putamen, la cual se correlacionaba negativamente con la severidad de los síntomas obsesivos. Stein et al. (1997), no detectan diferencias en el volumen caudado con respecto a un grupo control, sin que haya una correlación significativa entre la reducción de este y disfunción neuropsicológica o la presencia de signos neurológicos menores en una muestra de pacientes obsesivas con tricotilomanía. Otros estudios

(Kellner et al., 1991; Aylward et al., 1996) tampoco hallan diferencias significativas con respecto a estas estructuras.

En relación a la presencia de alteraciones estructurales en el córtex frontal y/o córtex cingulado, los hallazgos son más escasos. Garber et al. (1989), demostraron alteraciones en el valor de intensidad en el cingulado anterior en los pacientes obsesivos con historia familiar de TOC y una mayor asimetría de la señal del córtex orbitario derecho respecto al izquierdo, tanto en pacientes obsesivos con historia familiar de TOC como en pacientes obsesivos no medicados. Rosenberg y Keshavan. (1998), detectaron un aumento del volumen del córtex cingulado anterior en un grupo de 21 pacientes obsesivos en edad pediátrica y nativos al tratamiento, sin apreciar diferencias en otras regiones corticales (córtex cingulado posterior, córtex prefrontal dorsolateral o córtex temporal) o subcorticales (amigdala o hipocampo). Por su parte, Szeszko et al. (1999), detectan una reducción del volumen del córtex orbitario bilateral en pacientes con TOC respecto a un grupo control, así como una reducción del volumen de la amígdala y una ausencia de la asimetría normal de complejo hipocampo-amigdalino.

En lo que se refiere a la presencia de alteraciones del volumen cerebral y ventricular, la mayoría de estudios muestran resultados negativos. Robinson et al. (1995) hallaron un incremento en el volumen ventricular y Rosemberg et al. (1997) detectan un incremento del volumen del tercer ventrículo. En diferentes estudios publicados (Breiter et al., 1994; 1996, Jenike et al., 1989) se demostró una reducción significativa de la sustancia blanca en las regiones retrocallosa, pericallosa y cerebelosa, con una tendencia a la reducción del volumen de sustancia blanca en el resto de las regiones cerebrales. Contrariamente, el volumen de sustancia gris cortical y opercular apareció significativamente incrementado en los pacientes con TOC; el volumen opercular, a su vez, se correlacionaba con la gravedad de los síntomas obsesivos y con la afectación neuropsicológica detectada en estos pacientes.

La Resonancia Magnética Espectroscópica (RMS) permite la detección, in vivo, de la concentración de diferentes moléculas como aminoácidos, colinas, mioinositol, creatinina o N-acetilaspartato, mediante la adquisición espectro de distintos núcleos como el Hidrógeno (H), Fósforo (P) o Flúor (Fl), tras la aplicación de un pulso de resonancia magnética. Su utilización en el estudio del TOC ha sido escasa. Ebert et al.

(1997) describen una reducción de los niveles de N-acetilaspartato (NAA) a nivel del gyrus cingulado y el estriado derecho en 16 pacientes obsesivos. Los niveles de NAA en región cingulada correlacionaban con la gravedad de la clínica obsesiva. De forma independiente, Bartha et al. (1998), constatan en una muestra de 13 pacientes obsesivos, estudiados simultáneamente mediante RMS de Hidrógeno y análisis morfométrico, niveles significativamente reducidos de N-acetilaspartato en el estriado izquierdo de los pacientes con TOC, sin detectar diferencias volumétricas de los núcleos caudados derecho e izquierdo. El NAA se encuentra principalmente en las neuronas cerebrales y es considerado un marcador neuronal, aunque su función neuroquímica no está bien determinada. Estos hallazgos orientan hacia una reducción de la densidad neuronal (pérdida neuronal) en estas regiones, en este caso no detectables mediante técnicas estructurales convencionales.

En resumen, las alteraciones estructurales aunque no parecen constituir un fenómeno universal en el TOC, aunque sí podrían componer un hecho limitado a un subgrupo concreto de pacientes. Tampoco se conoce su repercusión en el curso clínico ni en el pronóstico de los pacientes obsesivos. La asociación de estas alteraciones a signos neurológicos menores o disfunciones neuropsicológicas (Jenike et al., 1989, Stein et al., 1997), su falta de relación con el tiempo de evolución de la enfermedad, la mayor presencia en pacientes con inicio infantil del TOC (Rosemberg et al. 1998, 1997) o la presencia de alteraciones en la asimetría cerebral (Scarone et al., 1992, Jenike et al., 1989, Szeszko et al.,1999), apoyan la posibilidad de que, al menos en un subgrupo de pacientes, el TOC esté relacionado con alteraciones del neurodesarrollo.

Por otro lado, es posible considerar, como demostró el estudio de Bartha et al. (1998), que estas alteraciones sean más sutiles (p. ej. modificaciones a un nivel molecular) y se escapen a las técnicas de neuroimagen volumétricas, por lo que las discrepancias entre los distintos estudios pueda ser debida a la falta de sensibilidad por las técnicas que han sido empleadas.

Aunque sean muy interesantes, los estudios neuroanatómicos son trasversales, por lo que no revelan si el TOC está originado por disfunciones del cerebro. Es posible que las alteraciones observadas en la función cerebral representen sistemas cerebrales con funcionamiento normal y que estén afectados por un trastorno de ansiedad crónico como

es el TOC. Especialmente significativo es el hecho de que se haya constatado una positiva correlación entre la mejoría clínica y la normalización de tales anomalías tras el tratamiento. Asimismo, se ha observado que la provocación de síntomas por técnicas fisiológicas (agonista serotoninérgico) o psicológicas (exposición, relatos) se traduce en una hiperactivación de zonas orbitofrontales, cíngulo anterior y ganglios de la base en el núcleo caudado (Vallejo, 1999). Es indudable que gran parte del futuro de la investigación en TOC va a ir en esta línea, en la que el perfeccionamiento técnico se imbrique con la clínica y la respuesta terapéutica.

La neuroendocrinología (test de respuesta de la TSH a TRH) y la neurofisiología (polisomnografía, EEG, PE, VCN) no han ofrecido datos relevantes (Vallejo, 1995; Alonso y Vallejo, 2003), y en cualquier caso se plantea si alguno de los resultados se relacionan más con la impregnación depresiva que tienen algunos obsesivos que con anomalías biológicas del TOC primario. Asimismo, se han descrito disfunciones interhemisféricas por alteración del hemisferio dominante, anomalías de los potenciales evocados tardíos (que sugieren una afectación del procesamiento de la información por la falta de control inhibitorio).

En la actualidad, la búsqueda de causas de esta enfermedad se centra en la interacción de factores neurobiológicos y las influencias ambientales, así como en los procesos cognitivos.

2.13. HIPÓTESIS POLIFACTORIAL

Vallejo (2006) estima que la etiopatogenia de estos trastornos se entiende a partir de la imbricación de factores biológicos y psicosociales. Ruiloba et al. (2006) se inclinan más por una hipótesis polifactorial de los estados obsesivos, ya que los datos clínicos, experimentales y terapéuticos de que disponemos hasta el momento descartan una interpretación simple pues, por el momento, la etiología del trastorno obsesivo es desconocida. Cabe la posibilidad de que estos casos se ponga en marcha a partir de desencadenantes físicos (encefalopatías, parkinsonismo, tuberculosis, etc.) o psíquicos (problemas sexuales, laborales o matrimoniales, parto, embarazo, fallecimientos). Sin embargo, la clara justificación causal de estos estímulos sólo queda patente en algunos casos, a diferencia de las fobias específicas y los trastornos de ansiedad generalizada, en

las que resulta frecuente la asociación temporoespacial del inicio del cuadro y de los estímulos concretos.

Por otra parte, los pacientes obsesivos muestran una hipertrofia de los patrones de las creencias que se generan en la infancia a partir de una educación rígida e inflexible. La confluencia de ambos tipos de factores (biológicos y psicosociales) explica por qué en algunos casos predomina el componente genético hereditario y en otros se aprecia una raíz más psicogenética. El TOC implica una pérdida de control, por parte del paciente, sobre sus pensamientos e incluso sobre sus conductas. Este hecho se vive además de forma paradójica en tanto que el paciente reconoce como producto de sí mismo tales pensamientos y/o conductas (Vallejo, 2003).

2.14. EXPECTATIVAS DE LA INVESTIGACIÓN

El estudio de la filogenia cerebral en el Sistema Nervioso, permite comprender tanto similitudes como diferencias entre los sistemas neuronales de las distintas especies. Unas de ellas corresponden a las funciones cognitivas, aunque resulte discutible si estas funciones constituyen un logro exclusivo del cerebro humano, sí que puede ya puede asegurarse que en él alcanza su máxima complejidad. Nos podremos ayudar, además, de la Paleontología, la Medicina, la Biología, la Psicología y la Psiquiatría Forense, a la hora de restituir una aproximación científica para los apartados comportamentales de estas especies de homínidos, en función de la inclusión/exclusión de cada unos de los componentes encefálicos del sistema nervioso central que ya disfrutaban nuestros antepasados.

El estudio de la ontogenia cerebral se encuentra directamente relacionada con el proceso de la evolución, pues durante el desarrollo cerebral se recapitula (tras la sucesión del diencéfalo sobre el que se instaura el mesencéfalo), su historia evolutiva de reptil a ave y, luego, a homínido.

Así, podremos estudiar el surgimiento de las funciones cognitivas durante la filogenia homínida tomando por una parte como referencia las muestras de los registros fósiles y el incremento aproximado que ha experimentado el volumen del cerebro a través del proceso evolutivo homínido; y, por otra parte, la forma en que se ha

consolidado su función bajo diversas formas de expresión conductual, desde artefactos muy burdos (H. sapiens neanderthalensis) hasta expresiones gráficas y/o artísticas (Homo sapiens sapiens).

El desarrollo cerebral individual, de la ontogenia de cada especie constituye la base que dará vida a las funciones cognitivas; es la capacitación cerebral necesaria y suficiente centrados en el extraordinario desarrollo de la corteza cerebral, para iniciar la suficiencia en los procesos y cogniciones que surgen en la vida de nuestros antecesores del Paleolítico.

Todo cambio conductual mostraría la manifestación de la acción conjunta de cuatro conceptos: creación, ejecución, motivación y desarrollo capacidades emergentes, por lo que la falta o disminución de alguno de ellos conduce a una ausencia o retraso, mientras que la rápida aparición de conductas adaptativas implican un buen desarrollo de las capacidades humanas. Además, el desarrollo de estas capacidades cognitivas atesoraría una manifestación paralela sobre el registro arqueológico:

Funciones ejecutivas (planificación, ejecución de conductas, tecnológicas, sociales y simbólicas).

Emotividad (relaciones sociales: sociabilidad, aislamiento, expansión).

Creatividad (variación tecnológica, social y simbólica).

Capacidades emergentes (reflexividad y flexibilidad para el cambio y desarrollo tecnológico, social y simbólico). Hasta ahora, el problema substancial que plantea un estudio dentro del registro arqueológico es la propia subjetividad de quien lo realiza, pues muchas apreciaciones se deducen por simple apreciación personal, al no existir todavía parámetros objetivos con los que compararlos. Por ejemplo, si se comparan los adornos del Chatelperroniense (Maillo, 2008b) con los del Auriñaciense, una primera impresión que además tecnológicamente es cierta, aporta que ambos son similares, induciendo a una rápida conclusión: los neandertales y los Homo sapiens sapiens tenían las mismas capacidades cognitivas para crear expresiones simbólicas, aunque en sí misma esto no resulta una inferencia tan simple (Rivera, 2009b).

Respecto a nuestro cerebro más afectivo (sistema hipotalámico y límbico):

sabemos que se remonta ya a la evolución cerebral esencial, necesaria y suficiente, desde los homínidos más antiguos, como por ejemplo: el Homo anteccessor, el Homo erectus o el Homo heidelbergensis; es la matriz emocional de nuestra psique más interna la que nos vincula definitivamente a la identidad de lo que algún día fuimos y, de forma recesiva, al dictado de nuestro genoma común, aún presente.

2.15. HIPÓTESIS PARA APLICAR SOBRE LA EVOLUCIÓN Y LA CONDUCTA

La teoría de la evolución de las especies, auspiciada por Charles Darwin como base de toda explicación biológica, se refiere al mecanismo de producción de los cambios evolutivos habidos a través de las mutaciones producidas al azar y que, además, sostiene que la acción de la selección natural sobre las nuevas formas morfológicas (fenotipos) favorecen a aquellas expresiones que presenten un mayor poder adaptativo o de supervivencia. Esta acción evolutiva sobre las poblaciones que constituyen una especie determinada, producen pequeñas y sucesivas alteraciones morfológicas y funcionales que con el paso del tiempo originarán nuevas especies con otras características anatómicas. La evolución de la conducta se derivaría de estos cambios consecutivos, estableciéndose una relación directa entre el cambio anatómico y modificación conductual.

La vida fósil muestra las características modernas propias de nuestra especie, pero su cultura está fundamentada durante el Paleolítico medio no la del superior (Bernaldo de Quirós et al. 2008), que en definitiva es la que le caracteriza y le ofrece también su enorme poder adaptativo. Es difícil compaginar este desarrollo neurológico con tan pobres avances culturales. La evolución, en sus expresiones teóricas más tradicionales no parece capaz de explicar esta disfunción evolutiva-conductual, ello radica fundamentalmente en el mayor conocimiento sobre la producción de las mutaciones, de la genética durante el desarrollo embrionario y de los propios procesos adaptativos que tienen lugar durante la embriogénesis. Desde luego es un complejo mecanismo de difícil comprensión, pero si queremos comprender el mecanismo evolutivo, hay que profundizar en los mecanismos que tienen lugar en su producción, y aún así en conceptos generales y aún por aplicar en los particulares cambios anatómicos que se producen en la evolución humana.

En la evolución neurológica humana todo aumento cerebral debe justificarse con alguna mejora adaptativa, para que la selección natural pueda promocionarlo. En general, tal concepción evolutiva ofrece numerosas ventajas, pues es fácil de explicar, comprender y aplicar. Es ampliamente admitido que la evolución de nuestro cerebro fue mucho más rápida que la cultural, que siempre se produce tras los cambios neuroanatómicos. Así, siguiendo criterios generales de nuestro árbol evolutivo.

El origen de los humanos anatómicamente modernos se produjo en África hace unos 150.000 años (según los restos paleontológicos y los datos del ADN), lo que no significa que automáticamente o con anterioridad existieran ventajas adaptativas que favorecieran su selección natural. Arqueológicamente sólo se aprecian cambios culturales importantes a partir del 80.000 BP en África, mientras que en otras áreas geográficas (Próximo Oriente) ya sobre el 100.000 BP tenemos humanos modernos con la misma cultura que tenían los Neandertales durante el periodo Paleolítico medio Musteriense (Torre y Domínguez-Rodrigo, 2001), que curiosamente está menos desarrollada que la vista en África del Sur con las fechas del final del mismo periodo paleolítico (Mcbreart y Brooks, 2000; Mellars, 1989).

Podemos establecer una serie de características sobre la forma de creación y desarrollo de la conducta simbólica humana:

La evolución neurológica de nuestra especie es anterior a sus progresos conductuales y culturales, los cuales se explican mejor dentro del concepto evolutivo de adaptación o psicológico del proceso cognitivo emergente. Es decir, que la evolución no produjo tales cambios en función de las ventajas selectivas que suponen una conducta simbólica, sino que se produjo un aumento de las capacidades cognitivas, que por sí solas no ofrecían en principio mejoras conductuales, pero sí ofrecían una mayor capacidad de obtención informativa de la naturaleza, así como de su procesamiento, simbolización y transmisión (lenguaje simbólico).

Se necesita un tiempo para su desarrollo. Su aparición no tiene por qué ser simultánea entre las diferentes poblaciones humanas de una misma especie, momento y lugar, pudiendo unas avanzar en estos procesos y otras quedar estancadas, avanzar más lentamente o desaparecer.

Los fundamentos para que tal desarrollo cultural, cognitivo o de conducta se produzca dependen de diversos factores: primero las capacidades cognitivas, de origen evolutivo, que posibiliten este cambio; segundo de la existencia de un acervo cultural previo que pueda facilitar tal desarrollo (tecnología, sociabilidad, alguna forma de lenguaje); tercero de las necesidades sociales y ambientales del grupo, que actuarán como estímulo o motivación consciente para superar los problemas sociales y de supervivencia del momento. Como sugiere Rivera (2009), en Arqueología del lenguaje. La conducta simbólica del paleolítico: la evolución confiere capacidades cognitivas, mentales o intelectuales relacionadas estrechamente con la conducta, pero que necesitan de la cultura (medio ambiente específico que hay que crear previamente) para que se desarrollen. Entonces, el registro arqueológico y la información evolutiva adquieren criterios de concordancia, al menos desde un punto de vista teórico, y mejor fundamentado que la explicación tradicionalmente mantenida.

2.16. TRAYECTORIA DE INVESTIGACIÓN: METODOLOGÍA Y OBJETIVOS

2.16.1. OBJETIVO GENERAL

Estudiar, según los datos fósiles con que en la actualidad contamos sobre Homo sapiens neanderthalensis, la capacitación cerebral necesaria para poder elaborar su conducta y la creación de manifestaciones simbólicas y gráficas, para así poder compararlas, a la vez que diferenciarlas con la Neurobiología del Homo sapiens sapiens. Contamos, además, con las herramientas teóricas y metodológicas que aporta la Antropología para realizar una interpretación del simbolismo desde la época del Paleolítico que vaya más allá de la visión tradicional que hasta ahora sólo nos había presentado la arqueología prehistórica:

Recoger el estado general de conocimiento actual acerca de los rasgos

arqueológicos del comportamiento paleolítico Humano Moderno en los

hombres Neandertales, desde todos los ámbitos: ecológicos, tecnológicos,

económicos, de organización social y en relación con la conducta simbólica.

Destacar las implicaciones cognitivas y simbólicas de los rasgos que se añaden a

la conducta moderna; respecto a las segundas, éstas se derivan de todos los

ámbitos que integran los sistemas socioculturales, no sólo de aquellos

relacionados con lo que tradicionalmente ha sido considerado como

comportamiento simbólico. Trataremos de ir más allá de la concepción

reduccionista del concepto de simbolismo que sostiene la arqueología

prehistórica buscando una visión desde la antropología simbólica.

Señalar las diferentes posturas sostenidas por los distintos investigadores en

cuanto a los Neandertales para ser definitivamente capaces de gestar una

conducta similar a la moderna, así como para la experimentar una

fundamentada capacidad de pensar y actuar respecto de una forma simbólica.

Proponer una serie de elementos teórico-metodológicos, de corte

paradigmático e interdisciplinar, para reenfocar el análisis e interpretación de

los aspectos simbólicos derivados de los contextos arqueológicos. 2.16.2. OBJETIVOS ESPECÍFICOS EN RELACIÓN A LAS HIPÓTESIS ACTUALES

Demostrar similitudes, más que diferencias, en lo que concierne a que la evolución cursó al azar entre ambas especies humanas (Homo neanderthalensis y Homo sapiens sapiens). Hombres de ambas especies, coexistieron, mezclaron sus naturalezas y, en la actualidad, son buena parte (nuclear) de lo que ahora somos nosotros mismos, como demuestra la mezcla genética interespecífica del genoma común de dónde venimos.

Realizar una revisión o meta-análisis respecto a las dataciones que al uso manejamos de la Prehistoria. Es decir, si se aproximan o no a la realidad, y se corresponden, en la práctica, con periodos exhaustivamente más dilatados a los que en la praxis se reconocen (quizá el hombre de Neandertal haya vivido mucho más tiempo de lo que en la actualidad se admite; o, quizá, el Homo sapiens sapiens sea bastante más antiguo de lo que la ciencia supone.

Estudiar si los Neandertales tuvieron mucho más que decir en cuanto a la forma de entender el mundo; las estructuras sociales, el cuidado de sus enfermos, el entierro de sus familiares queridos y el cuidado del grupo, la realización para sus deberes respecto al tiempo empleado en in versión parental de los hijos, y de los niños y de los ancianos del cada clan de cada

caverna; sobre los rituales de caza, el tratamiento de las enfermedades, la sensibilidad religiosa con la madre naturaleza, en definitiva, claves para un grupo de hombres cazadores recolectores.

Reconocer la posibilidad de que en nosotros actualmente haya mucho de los neandertales que también fuimos, como ya apuntan las teoría genéticas; es de recibo reconocer que las estructuras anatómicas y neuroquímicas del cerebro de los neandertales demuestran que estos humanos, al contrario de los que se intentó siempre defender por las doctrinas más fundamentalistas, no eran tan animales ni estaban tan alejados de nosotros como se nos insistía; al contrario, sentían no exactamente como nosotros, sino quizás más, porque a pesar de tener áreas motoras más grandes y ser más fuertes, lo que no tenían es un desarrollo excesivo del lóbulo frontal como nosotros, lo que paradójicamente nos incapacita a veces, es decir, y esto lo vemos en las práctica clínica todos los días, el Homo sapiens sapiens actual está más diseñado para vivir en una sociedad más que suficientemente ansiosa o neurotizada, como soslayaba Freud.

Queremos conocer también, si nuestros antepasados neandertales disfrutaban de un cerebro adiestrado para un mayor requerimiento muscular, por un aparte, y disfrutaban de una vida íntegra emocional igual o más intensa si cabe que la nuestra (quizá más simple, pero también menos retorcida e improductiva); además, tenían, sin embargo, menor desarrollo del cerebro frontal; o dicho de otra forma, puede que nosotros hayamos desarrollado excesivamente, este lóbulo al disminuir las necesidades musculares que en la actualidad nos son requeridas. Sin embargo, ya en los albores de los tiempos como apuntaban Freud y Jung, para el hombre moderno, las estructuras psíquicas eran ya emocionalmente idénticas para estos dos grupos de homínidos, los sentimientos eran los mismos o, en cualquier caso, puede que los neandertal no tuvieran la necesidad apremiante de expresarlo todo, aunque también compartía la necesidad del arte mueble y el parietal, como en la actualidad revelaban los últimos hallazgos arqueológicos y los métodos de datación absoluta, que lo fechan mucho más antiguos a lo que en un principio se reconocía.

Sopesar de una forma razonada, el caso de que quizás la parte neandertal de nosotros mismos sea en definitiva la más afectuosa y humana; el desarrollo cerebral ulterior del HAM puede que se acerque mejor a los mecanismos sociales, políticos de adaptación evolutiva aunque también, después, esencialmente neuróticos, en el seno de una vida estructuralmente mejorada y con menos estresores exteriores circunstanciales (ahora no hay leones que nos persigan, pero en el interior de nuestras mentes está plagado de fantasmas como las hipotecas, los desahucios, las estrecheces de final de mes, las relaciones con las familia política), antes de idear en la naturaleza técnicas mejoradas de cómo hay que salir a procurarse el alimento, edificar construcciones y poblados; por lo que lejos de estas preocupaciones y con un córtex muy complejo nos complicamos aún más y hacemos una vida interior exorbitada que acaba complicándose en amplias exigencias y dificultades mentales, altos niveles de frustración, y baja tolerancia a la ansiedad, altos niveles de ira o angustia (el hombre primitivo tienen tiempo libre para disfrutar de su entorno cuando las dificultades y los requerimientos de la tribu, le dan margen, aunque exiguo). Esto es lo que actualmente acaba constituyendo una especial psicopatología que todos padecemos, un trastorno de ansiedad que podríamos denominar con la

categoría de una neurosis transferencial de la aldea global, a la que ahora se

le añade el ciberespacio.

Determinar un grupo control, ya que no es posible estudiar la psicopatología

y el psicodiagnóstico del hombre de las cavernas. Podremos, sin embargo,

aproximarnos a establecer un grupo control, que debe de semejar una estructura cerebral sana y los más simple posible, en la que se objetivicen siempre, a través de auto-registros, a las reacciones emotivas, afectivas, frente a las interacciones sociales en interacción con el grupo; no sólo en ítems y test de tipo cognitivo-conductual, sino proyectivos también. La interpretación de los test de manchas de contenido psicodinámico explora

márgenes psicoafectivos que también estuvieron presentes en los homínidos desde el lecho de los tiempos, así, por ejemplo el test de Herman Rorscharch, nos da una aproximación directa y muy precisa al inconsciente,

que presenta una actividad cerebral, neurobioquímica y neuropsicológica, idéntica, desde hace miles de años, tanto para el hombre neandertal como para el Homo sapiens sapiens.

Con ellos demostraremos similitudes, más que diferencias entre ambas especies humanas, que coexistieron y se mezclaron y son ambas en la actualidad buena parte de nosotros mismos, al menos de nuestra matriz emocional más interna, íntegra e interesante, que nos vincula con la identidad de lo que algún día fuimos y, aunque de forma recesiva, seguimos aún siendo. Promete ser un viaje apasionante a la historia primigenia de nuestra psicobiología.

PARTE II.

HISTORIA EVOLUTIVA DE LAS CAPACIDADES COGNITIVAS

PARA LA CONDUCTA Y LAS REPRESENTACIONES GRÁFICAS

DE LOS REPRESENTANTES DEL GRUPO HOMO DURANTE EL

PERÍODO DEL PALEOLÍTICO

En la medida en que podemos saber, el único propósito de la existencia humana es iluminar la oscuridad de lo que simplemente hay (Carl Gustav Jung).

CAPÍTULO 1.

Respecto del pequeño grupo de neandertales cazadores recolectores que construyó la estructura de La Folie, Diez Martin (2014), profesor de Prehistoria de la Universidad de Valladolid, describe: […Han rescatado del silencio lejanos momentos llenos de gestos tan imperceptibles como valiosos: un hogar que crepita, el movimiento atareado alrededor del fuego, el ruido metálico de la piedra magistralmente dirigida por un artesano ensimismado, el murmullo de voces, la fricción del filo cortantes en la madera a punto de tomar forma, el susurro del fuego nuevamente y en su movimiento hipnótico ensimismando la noche profundamente oscura, conjurando al viento que brama amenazador al otro lado del parapeto de ramas].

1.1. LAS PRIMERAS IMPRESIONES

La ciencia del siglo XXI, a través de las novedosas técnicas científicas, se va capacitando cada vez más para llegar a ofrecernos una visión aproximada respecto al

pasado del género Homo.

La ocupación de Europa por los homínidos pudo suceder hace más de un millón y medio de años, posiblemente a través de los estrechos del Bósforo y Dardanelos, entonces transitables a pie como consecuencia de los moderados descensos del mar durante las épocas glaciales. También hay fundadas hipótesis con datos aún no concluyentes de que viajaran a través de Sicilia y del estrecho de Gibraltar (Bermúdez de Castro, 2013).

Conocemos con certeza los diversos condicionantes que tribularon las peripecias del Homo sapiens primitivo durante el periodo achelense del Pleistoceno Inferior (1,8- 0,78 millones de años), esto es: la evolución desde los últimos representantes adscritos a Homo ergaster, en África (entre 1,8 a 900-700000 millones de años), que ahora es considerada la primera expresión verdaderamente humana de nuestro género (contaban con una estructura corporal básica similar a la nuestra y una organización social que empieza a mostrar los primeros signos de cohesión), hasta los primeros fósiles aún africanos de Homo rodhesiensis y Homo heidelbergensis (alrededor de 600000 años), la

especie europea más antigua que ya presenta rasgos específicos heredados luego por Homo neandenthalensis.

Hace 430.000 años, 28 niños y adultos de ambos sexos murieron y quedaron sepultados en una cueva burgalense de la Sierra de los huesos de Atapuerca, en donde se extrajeron más de 6.700 restos fósiles humanos, probablemente todos miembros de una misma familia, aunque no está claro si la muerte aconteció por una trampa mortal o fuese un enterramiento con cierto sentido religioso.

Se ha conseguido analizar ADN nuclear de dos de estos individuos y se trata del material genético más antiguo hasta la fecha, rescatado a partir de unos pocos microgramos de hueso molido de un fémur, varios dientes y algunas escápulas, cuyos resultados nos revela unos homínidos neandertales arcaicos, ancestros de los que habitaron Europa y que luego se cruzaron con los sapiens.

Lalueza-Fox (2007) constata la aparición persistente de hibridaciones, sexo e hijos fértiles entre unas especies y otras; importantes puntos de referencia en la línea temporal de la evolución humana. Svante Pääbo (2013) estima que existen datos consistentes en relación a la hipótesis de que los sapiens nos separamos como especie de los otros humanos arcaicos, hace entre 550.000 y 750.000 años; pues a través del ADN mitocondrial antiguo de la línea de filiación materna, constata el parentesco con los denisovanos distribuidos por los montes de Altái (Siberia); lo que establece una divergencia entre estos últimos y los neandertales a partir de un ancestro común de hace 430.000 años, época prehistoria que se corresponde con la Sima de los Huesos (Atapuerca). El equipo de Bermúdez de Castro (2014), entonces decide retirar a los homínidos de la sima su clasificación como especie Homo heidelbergensis y como presenta unas similitudes morfológicas neandertales muy claras, queda por determinar para el caso si estamos ante una especie o una subespecie de hombres neandertales arcaicos, ancestros de los que después conquistaron Europa y se cruzaron con los sapiens. Con el ADN nuclear que nos frece información filial de ambos progenitores (tanto del linaje del padre como de la madre), se aclara que el origen de los humanos de Atapuerca sí tenía un parentesco mucho más estrecho con los neandertales que con los denisovanos.

La población de Homo heidelgergensis de la Sima de los Huesos, mostraba rasgos faciales y especializaciones exclusivas de los neandertales y, además, presentaban un marcado dimorfismo sexual similar al de los actuales humanos modernos; los varones alcanzaban una estatura incluso superior a los 165 cm y podían llegar a pesar cien kilos, así que eran muy corpulentos, con una musculatura muy desarrollada; el tamaño cerebral rondaría un volumen entre 1.100 y 1.400 cc (aunque el desarrollo encefálico característico de las poblaciones humanas (Plagnol y Wall, 2006), cuando relacionamos el volumen corporal con el índice de encefalización, aún se encuentre por debajo de lo que alcanzarían los especímenes de nuestros antecesores los hombres neandertales).

De esta manera, el ultimo antepasado común que condujera a la escisión de neandertales y sapiens debe situarse en torno a los 500.000 años; con una divergencia ulterior de los dos linajes (a causa del pulso migratorio debido a la existencia inicial de varios grupos de heidelbergensis distanciados por miles de kilómetros en medios biológicos muy dispares), hace alrededor de 400.000 años de antigüedad (Bermúdez de Castro et al., 2014).

Dicha escisión genética junto a una especialización ambiental tuvo una trascendencia decisiva en el devenir humano, sobre un Pleistoceno que en la actualidad se considera su comienzo hace 2,59 millones de años. Homo heidelbergensis se inician en el paleolítico inferior y luego, a lo largo del paleolítico medio (0,78-0,12 millones de años), se conformaron individuos con la frente huidiza e inclinada hacia atrás y una proyección anterior de la cara media, prognatismo y ausencia de mentón en la mandíbula. Los grupos que se internaron en las frías tierras norteñas de la Europa glaciar, en virtud del aislamiento geográfico y de su adaptación ambiental, a través de su evolución particular, llegaron a convertirse en los neandertales (Homo neanderthalensis). Las poblaciones de este homínido que se quedaron en el abrigo de las tierras africanas acabaron dando paso a nuestra especie, pues hace 195.000 años contábamos con los primeros especímenes de Homo sapiens. Hace sólo 40.000 años que llega nuestra especie a Europa, durante el paleolítico superior y se extinguen los últimos neandertales, sólo hace 24.000 años (Diez,

2014).

Nos podemos acercar a su fisiología de Homo neanderthalensis, a sus ciclos vitales, a la clínica de sus dolencias y sus patologías más frecuentes, desentrañar su

genoma (Lalueza-Fox, 2010) a través del ADN mitocondrial y nuclear (Noonan, 2006), su código genético inserto en las células que proporciona el modelo para la vida orgánica, en el que se pueden estudiar diferencias y semejanzas para analizar la relación existente entre las interacciones interespecíficas entre las diversas formas de la vida; teniendo en cuenta que las mutaciones que en él sucedan, pueden acumularse y permite medir no sólo la diversidad biológica intra e interespecífica, sino también cuánto tiempo ha pasado desde que los grupos se separaron y dejaron de emparejarse (Sáez, 2015): las mutaciones de nuestro ADN constituyen pruebas obtenidas en un recipiente fósil que ahora nos ilustran sobre nuestro pasado insertas en un recipiente vivo (Faulkner, 2013).

También podemos reconstruir su medio ambiente y como se desenvolvía a través de sus técnicas y comportamientos, esto es: su modo de existencia. Un intento de aproximación respecto de sus mecanismos cognitivos, aunque todavía hoy se ignoran muchas otras cosas relacionadas con su mundo simbólico, social y la estructura y los constructos mentales de su universo psicológico; sobre todo, en relación a los mecanismos cognitivo-conductuales de su intimidad social y personal, su forma de entender y concebir el mundo, como de cuestionarse su papel en relación a la perspectiva de las cosas que le rodean y, sobre todo, afectan a su vida más personal.

Conscientes del enigma que plantean los neandertales como parte integrante de nuestra propia existencia y que los fundamentos acerca de las cuestiones relacionadas con el concepto de evolución y el reflejo de nuestra propia historia como otra especie singular, es por lo que pretendo realizar una revisión de estas cuestiones precisamente desde una aproximación multidisciplinar, ayudándonos de los paradigmas que nos ofrecen muchas de las ciencias de avanzadilla puntera en nuestros días. Así repararemos, sobre todo, en el abordaje desde la capacitación mental suficiente y necesaria de la que ya estaban provistos esta especie de homínido que fue nuestro antepasado, a fin de lograr establecer la continuidad de un proceso histórico-arqueológico, neurocientífico y forense que tratará de desentrañar su psicología particular versus a la autoatribuida por Homo sapiens, tan acostumbrado en erigirse casi en superhéroe como una versión moderna que reencarnara una deidad mitológica-, empeñado representante en erigirse por encima de la luz sobre las tinieblas y del bien por el mal, la ironía de su magnificencia de sesgo prepotente, su manía respecto de la exclusividad privativa en aras de su

humanidad, en soberbio detrimento de la mediocre animalidad con que hasta ahora tildaba sin consideración a los predecesores seres humanos.

Al hombre sabio de nuestros días gusta y le parece atrayente, cuando no reconfortante, redimirse de la angustiosa sensación de la nada que el alberga el caos, arrancado desde lo desordenado para llegar a ocupar nuestro propio lugar especial y único en el mundo; se exige la necesidad antropocéntrica de preguntarse por qué estamos aquí, mirándose al ombligo de la evolución como si hubiese surgido para él, mediante generación espontánea; presumiendo de que tenemos la exclusividad de ser los únicos primates con abigarrada tendencia a la taxonomía obsesiva, a respirar aliviados y sentirnos estables sólo si experimentamos el oculto placer de llegar a clasificarlo perfectamente todo, la maniática estabilidad a través del orden en que se viene convirtiendo un hábito que está cada vez más en la psicopatología. Nos gusta trascender de las mitologías por las que el ser neolítico se aproximaba poéticamente a la historia del constructo del mundo arcaico.

Creo que ya toca, y demás resulta de recibo, el momento en que asumamos cómo a través de la propia historia de los neandertales podemos constatar, sin duda, una parte esencial e inconmensurable que integra la esencia de nuestra propia historia, sea quizá gracias a esta vertiginosa realidad por la que se plantea una cercanía incuestionable que nos liga íntima e irreversiblemente con esta especie humana de la también que descendemos, y que al inicio de las primeras evidencias lleva ya visos de certeza y nos despierta al verdadero pasado del origen común con respecto a los homínidos paleolíticos que nos precedieron, antiguos pero inteligentes, a la par que diestros y a nivel cognitivo suficientemente dotados, mucho más de lo que hasta ahora nuestra miseria de especie nos había permitido reconocer.

Es por ello que he querido despojar a los hombres neandertales de aquello que con ligereza, fácilmente y con osadía prepotente solemos atribuirnos a nosotros mismos, desde la fisura basada en la inseguridad obstinada con que adolecemos y tras los prejuicios de llegar a ser exclusivos en nuestro simbolismo y en la particular evolución de nuestro excepcional lenguaje que, sin embargo, tampoco es que fuera el único registro que existió a los largo de los milenios; sólo que quizás los otros pretendían funciones

diferentes desde otra perspectiva que era la que necesitaban para valerse y afrontar el mundo.

Siempre nos han contado lo extraordinario que sólo nosotros somos, que aparecimos repentinamente en la naturaleza como criaturas excepcionales y sin el molde que además rompimos pues se colmató la evolución y no, podría llegar a diseñar nada mejor, cuando fundadamente ya sabemos que esto no es cierto; nosotros, el culmen de todo un dintel de cualidades humanas, fuerza y capacitación mítica ex novo para emprender todo tipo de empresas. Ha llegado, entonces, el momento de empezar a ser sinceros y de reflexionar sobre nosotros mismos, lo que somos y gracias a quienes lo somos; aunque nos empeñemos en obstinarnos para seguir cargando todavía la mochila de prejuicios y esquemas decimonónicos, cuando ahora tenemos la gran suerte de que la ciencia empieza a mostrarnos con certezas, el fascinante camino escrito en los abrigos rocosos de la historia evolutiva de la humanidad.

1.2. HOMBRES SABIOS QUE FUERON TAMBIÉN LOS NEANDERTALES

A partir de la década de los años 80, apoyados los investigadores en la disciplina pionera de la Paleogenética, empezaban a concluir que los hombres neandertales constituían una especie única y excepcional, producto de un particular y diferente viaje evolutivo que resultó complementario al desarrollo evolutivo de Homo sapiens (De la Torre, 2015).

Si antes, ambos representantes coetáneos del género Homo eran vistos como ramas separadas y especializadas, es ahora con los espectaculares avances de la genética molecular y las fieles reconstrucciones de avanzadas técnicas dermoplásticas, cuando se logra determinar fehacientemente los rasgos físicos que desde siempre han caracterizado a los neandertales, concurren numerosos detalles anatómicos, p.ej. respecto al cálculo informático del espesor de las partes blandas con la perfecta restitución de músculos y tendones, la cuidada disposición del pelo, las tonalidades de la piel, los ojos y el cabello aseverados por los nuevos datos de genes que aportan los estudios genéticos como por las condiciones ambientales, adaptadas a las condiciones de climas templados o fríos propias de las latitudes norteñas. Todas estas características, han sido luego, aplicadas a recreaciones en diverso formato, han constituido en los últimos años una gran revolución que copa exposiciones y museos, películas y documentales animados, que facilitan la

representación de la imagen del neandertal que acentúa los rasgos y los pequeños detalles de una humanidad ya desprovista de los prejuicios históricos habidos durante los siglos XIX y XX. La ciencia, ahora, enseña a alguien en quien podemos reconocernos.

El ADN mitocondrial y nuclear de los neandertales, han sido decisivo a la hora del estudio del genoma de estos padres humanos (Lalueza-Fox, 2010), siendo al fin capaces de identificar muchos genes; entre los que destacan los restos encontrados por Lazuela- Fox (Graciá, 2011) en la cueva asturiana de El Sidrón (Piloña) datados en torno a los 49000 años de antigüedad, que están relacionados con funciones muy específicas, como son: el gen de la pigmentación (Raimondi, 2008) sugiere un color claro de piel; el FOXP2 que está relacionado con el habla, nos advierte de la presencia del lenguaje; la presencia del gen de la intolerancia a la lactosa advierte de que no consumirían leche fuera de la edad infantil, o que el gen ABO controlaría el sistema sanguíneo (Krause, 2007).

Desde que en el año 2010 que se publica el primer borrador del genoma neandertal (Lalueza-Fox, 2010): un estudio seriado compuesto por el análisis de más de 4 millones de nucleótidos procedentes de restos de tres individuos del yacimiento de la cueva de Vindija (Croacia), con 38.000 años de antigüedad, se compara esta secuencia con otras bases de datos provenientes de yacimientos neandertales contrastados respecto del genoma de cinco sapiens modernos procedentes de diversas regiones del mundo, por o que hasta el 4% del genoma de nuestra especie que habita actualmente en Europa y Asia deriva de los neandertales, por lo que se presupone un intercambio genético en el Próximo Oriente, donde ambas especies coexistieron durante 50.000 años, justo antes de la expansión del Homo sapiens sapiens por toda Eurasia (Diez, 2014).

Se han podido datar también una colección de restos neandertales que han arrojado que estos vivieron entre hace 40.500 y 45.500 años y ha permitido recuperar ADN mitocondrial, que al ser comparado con otros especímenes, concluye que los neandertales de Goyet resultaban genéticamente similares a los de Feldhofer (Alemania) y El Sidrón (Asturias). Esta gran uniformidad genética, a pesar de las distancias geográficas, indica que la población neandertal que habitaba Europa era de pequeño tamaño (Svante y Pääbo, 2007).

Hoy no se discute sobre la existencia real de cruzamientos, pues resulta un hecho científico. Cada vez está más claro que no solo la tuvieron una línea filial en común y

prolífica, sino que transmitieron también parte de sus singularidades genéticas (la aportación neandertal a nuestro genoma seguro que se ha de comprobar en el futuro superior al 4%), aunque también nos han dejado algunas de sus patologías, ya que el ADN neandertal influye en los rasgos clínicos de los humanos actuales. Es el caso de las enfermedades dermatológicas como, p. ej., la queratosis actínica; problemas urológicos como dolencias del tracto urinario, problemas digestivos, reacciones endocrinas de tipo inmunitario, vasculares como las trombosis arteriales, trastornos psiquiátricos como las depresiones, así como trastornos adictivos.

Capra et al. (2016), presentaron en Science (2014) el primer estudio directo de asociación entre el contenido genético neandertal con las personas actuales y sus historias clínicas. La investigación demuestra que ese ADN arcaico tiene un impacto sutil pero estadísticamente significativo sobre la salud de la gente con ascendencia europea.

Los apareamientos con nuestros parientes neandertales ocurrieron cuando nuestros ancestros salieron de África, hace unos 50.000 años en el sureste de Europa; por eso la herencia neandertal sólo afecta a las personas con ascendencia europea, y no a las poblaciones de origen africano o asiático; éstos últimos y muchos polinésicos, llevan también en su genoma los rastros de antiguos apareamientos con humanos arcaicos, pero en este caso no son neandertales, sino denisovanos, la especie que vivió en Asia antes que los humanos modernos.

Aunque, los genes neandertales aumenten el riesgo de ciertas enfermedades. ¿Qué sentido tiene, entonces, que ese ADN haya aguantado 50.000 años en nuestro genoma? ¿Habríamos de suponer, por otra parte, que la selección natural los elimine junto a los individuos que lo portan? Capra y colaboradores (2016) conjeturan sobre la posibilidad de que las variantes neandertales fueran beneficiosas en el pasado, y que son los cambios recientes ahora en las condiciones de vida los que los han hecho dañinos, p. ej., a través del gen neandertal que hoy aumenta el riesgo de queratosis, una lesión de la piel causada por la luz solar, pudo ser una ventaja en las heladas y nubladas estepas de la Europa primitiva, cuando era más importante aprovechar al máximo la escasa luz solar que protegerse de ella. Algo similar ocurre con el color claro de la piel.

Uno de los tramos del ADN de los neandertales hace que aumente el riesgo de adicción a la nicotina y, desde hace años ya se conoce el potente efecto de la nicotina

sobre los procesos cognitivos y el comportamiento. La familia de los canales iónicos activados por ligandos y de los receptores nicotínicos de acetilcolina han sido extensamente estudiado (Castellanos, 2001), pues la comprensión de su farmacología y fisiología pueden ayudar a descifrar las claves de muchos procesos del cerebro (p. ej., la regulación de neurotransmisores y nociocepción) y también de varias y serias enfermedades neurodegenerativas en las que se han demostrado su participación (miastenia gravis, Parkinson, Alzheimer o esquizofrenia). El cerebro es increíblemente complejo, de modo que resulta razonable esperar que al introducir cambios en la ruta evolutiva devengan consecuencias negativas, cambios dañinos que se continúan en nuestras células resistiendo 50.000 años desde el genoma neandertal (Lalueza-Fox, 2010) hasta nuestros días.

Otro ejemplo sería uno de los genes neandertales estimulante de la coagulación sanguínea, que hace 40.000 años ya pudo ayudar a los recién venidos de África a resistir a los nuevos patógenos que encontraron en Europa, y también a coagular y cicatrizar las heridas en aquellos duros tiempos. Fuera de ese contexto, si lo extrapolamos a la actualidad, aquellas ventajas se desvanecen pues lo que induce ese gen no es sino aumentar el riesgo de infarto, embolia pulmonar, complicaciones del parto y otros episodios vasculares. Además de ser más sensibles a la infección, por lo que las personas con estas variantes genéticas, también estarían más expuestas a las alergias.

Aunque no todo lo que nos dejaron los neandertales en la actualidad resulta dañino; por ejemplo, los humanos modernos se cruzaron con la especie que llevaba decenas de miles de años en Europa e incorporó sus mejoras genéticas frente a las enfermedades. Respecto a la depresión, una región del ADN neandertal aumenta el riesgo de padecer esta patología, mientras que otra zona de este mismo genoma la disminuye (Diez, 2014).

Además, la herencia neandertal, ofrece un mejor sistema inmune aunque con más alergias. Antes de la llegada de la higiene, las vacunas o los antibióticos, el sistema defensivo de los humanos estaba sometido a una presión despiadada. Un sistema inmune poco sólido podría desbordarse tras la invasión de un virus al compartir una cuchara o respecto de una bacteria instalada en las heridas. Por eso, es previsible que la variación genética humana se haya visto fuertemente influida por la presión de los patógenos. La

evolución genética de los mecanismos de defensa humanos y la incorporación de genes de especies antiguas al linaje de los humanos modernos anuncian que en la pugna contra la enfermedad hubo un encuentro decisivo que nos capacitó aún más: los genes de los neandertales y de los denisovanos con actividades inmunitarias tienen una mayor representación en los humanos modernos que el resto de su genoma.

Quintana-Murci (2004) utilizó información de 1.000 genomas para analizar, después, 1.500 genes relacionados con la respuesta inmunitaria innata de los humanos, determinando que los genes relacionados con este sistema defensivo se ven sometidos a una mayor presión selectiva. También descubrieron una serie de genes responsables de la respuesta frente al ataque de bacterias mediante receptores en las paredes de las células que tienen un mayor peso de herencia neandertal respecto de genes asociados a otras funciones.

El grupo de Quintana-Murci (1999 y 2004) también observó en función de las presiones del entorno que algunos de sus genes inmunitarios permanecieron sin cambios a lo largo del tiempo, mientras que otros debieron transformarse rápidamente para responder a grandes amenazas, como la llegada de un patógeno capaz de desencadenar una epidemia, y concluyen afirmando que la mayor parte de las adaptaciones que han conducido a nuestro sistema inmune se produjeron entre hace 13.000 y 6.000 años, cuando los humanos abandonaron su estilo de vida de cazadores y recolectores nómadas para adoptar la agricultura y la ganadería y comenzar a vivir en asentamientos permanentes.

Kelso et al. (1986), a partir del estudio de la influencia de ADN arcaico en humanos modernos, analizan tres genes responsables de la respuesta inmune innata y concluyen que los cruces entre humanos modernos, neandertales y denisovanos tuvo importantes influencias, pues la explicación para justificar la relevancia neandertal en la construcción del sistema inmune humano consistente en que llegaron ellos antes con más tiempo para evolucionar frente a muchas de las amenazas que luego debieron afrontar los Homo sapiens. Los neandertales vivían en Europa y Asia Occidental desde hacía más de 200.000 años y, probablemente, estaban bien adaptados al entorno y los patógenos locales. La incorporación de estas variantes genéticas neandertales, debió proporcionar una importante ventaja para la supervivencia a Homo sapiens que las mantuvieron con más

frecuencia que con otros genes de la extinta especie. En el estudio de las variantes antiguas de los genes TLR, Kelso (1986) observó que éstas proporcionaban una ventaja a los humanos que las incorporaban, gracias a su mayor capacidad para rechazar patógenos en la superficie de sus células.

Hoy sabemos que Homo neanderthalensis poseyó una gran humanidad, tan plena y excepcional como la nuestra. Además, sin cinismo y si por una vez somos del todo honestos con nosotros mismos, resultaría pretencioso e inaceptable desde el punto de vista del rigor científico, llegar a basar la comparación entre hombres neandertales y sapiens en relación a la inferioridad de los unos, frente a la supremacía de los otros.

Las pruebas que aporta la ciencia hablan de una especie Homo excepcional de maravillosas características patognomónicas; si entendimos algo de lo que las páginas del libro abierto de la evolución nos cuenta, debemos concluir reconociendo que ni somos tan maravillosos como nos presuponemos, ni tan siquiera podemos acaso plantearnos que constituyamos el escalón final de una escala evolutiva que inexorablemente continúa.

Se puede llegar a argumentar que no es que nosotros seamos individualmente más inteligentes, sino que todo tiene que ver con nuestra sociabilidad, cosa que me parece plausible. Seguramente mucho está relacionado con el extraordinario desarrollo de nuestro lóbulo frontal por lo que estamos tan interesados en transcender nuestros conocimientos. Los monos usan muchos útiles, pero no hay evidencia que lo sepan enseñar, quizá sea porque tampoco en ellos se reconoce una necesidad casi imperiosa por realizar más de lo imprescindible como especie.

Hace 30 años se clonaba en las bacterias el ADN y resultaba muy poco eficiente. Luego llegó la PCR (reacción en cadena de la polimerasa), que permitió obtener un gran número de copias de un fragmento de ADN. En los años 2000, se inventó otra técnica menos afectada por la contaminación para secuenciar y analizar genomas a gran escala:

high-throughput sequencing. Fue el hueso petroso que es uno de los más densos que hay en el esqueleto, sobre el que se habrían de aplicar estas técnicas: se taladraron la base inferior del cráneo que rodea el oído interno y consiguieron rescatar suficiente ADN del polvo resultante, entre 50 y 100 veces más ADN que un diente (Lalueza-Fox, 2013) este método se propone, además, el análisis de nuevos restos africanos, incluso más antiguos.

El hallazgo en la cámara Dinaledi, Rising Star Cave, Sudáfrica Sudáfrica (2015) de una nueva especie de homínido: Homo naledi, muestra rasgos muy primitivos en manos y respecto del tamaño del cerebro, a la par que muy evolucionados en dientes y pies, ha vuelto a suscitar el debate sobre qué es lo que nos convierte en humanos y qué en

definitiva, nos diferenciaría del resto de los primates. Este africano combina una capacidad craneal australopitecino con características dentales similares a principios

de Homo, a pesar de que las morfologías derivadas de manos y pies, aunque el miembro

superior conserve aún muchos rasgos primitivos.

La transición evolutiva de la extremidad superior similar a la humana se produjo en el contexto de un cambio de comportamiento de un miembro superior predominantemente implicado en la locomoción a una de ellas adaptada para la manipulación. La selección para lanzar sobre el brazo y la carrera de resistencia se cree que se forma más moderna morfología de la cintura escapular humana y su posición sobre el tórax. Homo naledi tenía una escápula con una glenoideo orientado cranealmente, un húmero con extremadamente bajo de torsión y una clavícula similar a

la australopitecina. Estos rasgos indican que la configuración de la cintura escapular se

encuentra arriba y hacia fuera en el tórax, distinta de la de los humanos modernos, cuyos escápulas están colocados bajo y sobre el dorso del tórax.

Waal, en 2014, escribió: Los rasgos mezclados de estos restos prehistóricos representan un reto para la teoría más asentada sobre el origen de nuestra especie, según la cual el bipedismo propició la tecnología, el cambio de dieta y una mayor inteligencia.

Feuerriegel et al. (2016) estudian en detalle la extremidad superior (excluyendo la mano) en el Hombre de la Edad de hielo, en un contexto comparativo para evaluar la diversidad de la clavícula, escápula, húmero, radial, cubital y la morfología entre los primeros homínidos.

Aunque los primeros Homo erectus mantienen muchas características de clavícula

y húmero primitivos, su morfología escapular derivada sugiere una pérdida de

adaptaciones de escalada. En contraste, el Hombre de la Edad del hielo por ejemplo, presenta un miembro superior marcadamente primitivo, conservando la morfología propicia para la escalada mientras que carecen de muchas de las características derivadas

relacionados con lanzamientos efectivos o supuestos en marcha para caracterizar otros miembros de principios de Homo (Diez, 2014). Los restos de un fémur de un hombre que vivió hace unos 45.000 años en Siberia, nos ha permitido inferir las siguientes conclusiones: 1º) que el encuentro entre los sapiens y los neandertales pasó un poco después lo que se pensaba, entre hace 50.000 y 60.000 años. Estudiando el genoma de ese hombre se podía deducir que los neandertales y los sapiens ya se habían cruzado. Y estudiando cómo ha evolucionado el ADN, pudimos deducir una fecha más exacta de su cruce. 2º) que el patrón de emigración de los sapiens era distinto a lo que pensábamos. Todo el mundo daba por sentado que la evolución hacia Australia había pasado por la costa de Asia. Mientras que con este individuo se demuestra que hubo una emigración también a través de Asia central.

En un cráneo humano hallado hace 55.000 años, hallado en la cueva de Manot (Israel), se demuestra que neandertales y sapiens vivían a apenas 40 kilómetros y compartieron la misma zona durante milenios; ambas especies vivieron como cazadores nómadas muy cerca los unos de los otros posiblemente durante milenios, aunque el fósil no aporta datos concluyentes, este enclave bien pudo ser como sospechaba el antropólogo Hershkovitz (1941), el escenario del cruce entre ambas especies, se puede especular con que aquel individuo fuera uno de los primeros hijos entre sapiens y neandertales; justo el tiempo en el tiempo en que los modelos genéticos y arqueológicos sostienen que surgieron los humanos modernos, primeros antepasados de todas las poblaciones vivas actuales, periodo en el que los sapiens africanos tuvieron descendencia con los neandertales. Hace 50.000 años, los neandertales desaparecen de la zona mientras los sapiens llegados de África seguían allí. Unos 5.000 años después estos comenzaron a moverse hacia Europa. El hecho de que sea más evolucionado que otros sapiens más primitivos hallados hace unos 100.000 años en la misma zona refuerza la teoría. Se constató que la calavera presentaba una morfología muy parecida a la de africanos actuales y también a la de restos fósiles de humanos modernos encontrados posteriormente en Europa; era un individuo descendiente de una oleada sapiens que salió del continente africano hace 70.000 años para asentarse por todo el mundo.

Aunque la aportación neandertal a nuestro genoma se cuantifique en torno a valores que se presentan cercanos al 4%, no cabe duda de que cualitativamente nos ha

dejado un importantísimo legado. Capra (2016) explica que: El ADN neandertal influye en los rasgos clínicos de los humanos actuales; descubriendo asociaciones entre éste y una amplia gama de problemas de salud, entre ellos los de tipo inmunológico, dermatológico, neurológico, psiquiátrico y reproductivo.

1.3. EL MUNDO EUROPEO DE HOMO SAPIENS NEANDERTHALENSIS

A lo largo de la historia geológica, la tierra estuvo sumida en una sucesión dinámica de cambios climáticos 1 , en donde tras ciclos húmedos se alternaban con periodos generales de enfriamiento. El Pleistoceno, coincide con la mayor parte de la historia de la evolución humana, en donde al igual que su ancestro Homo heidelbergensis, los neandertales debieron aclimatarse al compás binario que propiciaban estas sacudidas climáticas: un viaje adaptativo que cada día les permitía ir ganándose la supervivencia, siguiendo un periplo itinerante en busca de la caza allí donde ésta se trasladaba, reparando a expensas de sus migraciones; siempre en permanente lucha, sólo persiguiendo el destino vital de una propia subsistencia (Arsuaga y Martínez, 1998).

Homo neanderthalensis fue una especie europea; desde el arco mediterráneo y el sur de las islas británica, Europa central, pasando por los Balcanes y el Cáucaso, hasta llegar a las planicies de Ucrania. Hace unos 100.000 años, aprovechando la bonanza climática del último periodo interglaciar, su presencia comenzó a expandirse hacia el Este, lo que le condujo hasta las lejanas tierras de Siberia. De nuevo, durante los periodos de frío, la expansión del hielo hacia el sur lo arrasaba todo a su paso, dejando, además de las profundas cicatrices geológicas en las rocas, un caos de casi todo vestigio de vida, así:

Francia, el sur de Gran Bretaña o Europa central se convertían en planicies heladas, estepas y tundras, en donde sólo vivían las especies bien adaptadas al frío; plantas o animales que antes se distribuía por cálidas y habitables regiones, no tenían más opción que migrar hacia el sur, donde enfrentarse mejor a unas transformaciones ecológicas de hábitats y ecotonos que siempre resultaron más mitigables por no renunciar a la lucha para llegar a dejarse morir (Brunet, 2005).

1 Ahora que tanto nos empeñamos en razonar sobre esta cuestión, he de decir que no podemos establecer una ajustada correlación si sólo mostramos especial cuidado respecto de un centenar escaso de años, ya que hay que estudiar el proceso con la consideración respecto de la evolución geológica de los tiempos, en donde los espacios de interglaciares entre las edades del frío constituyen un proceso cambiante respecto de la contractilidad y expansión del clima.

A fin de seguir a las manadas para procurarse carne, ello implicaba un cambio radical en los hogares en que se cobijaba la banda de cazadores recolectores, a la vez que generaría constantes adaptaciones surgidas ante los nuevos retos. Las inmensas manadas de estos animales propios de la caza mayor experimentaban espectaculares migraciones en busca de alimento. Además, tampoco es que constituyeran fáciles recursos, por la presencia de otros competidores como el león cavernario o la hiena, que a la par resultaban fieros depredadores sobre todo en lo expuesto del paisaje tan abierto, con escasos bosques en los que poder refugiarse, así como la complicación añadida para hacerse de la imprescindible leña para generar y mantener el fuego (Diez, 2014).

Los fuegos domésticos se iniciaron utilizando la excelente ignición de especies de matorral (Uzquiano, 2005) como: Arbutus, Prunus, Hippophae que producen también frutos comestibles, por lo que su presencia en los yacimientos podría estar también relacionada con la recolección de sus frutos (Aseguinolaza, 1989; Rivera y Obón de Castro, 1991). Respecto al mantenimiento de los hogares, éste se efectuó con el uso exclusivo de madera de Abedul o mezclando Pinos y Abedules (especies de combustión rápida y lenta respectivamente cuya combinación mejoraría la calidad y duración de la llama, contribuyendo así al mejor acondicionamiento del hábitat en cuevas). Menos habituales son otras especies para añadir como serbales o robles, que atenuarían la intensidad y toxicidad de la humareda del abedul, especialmente en los fuegos destinados a zonas menos ventiladas (Uzquiano, 2005); el combustible en estos yacimientos osciló por el aprovechamiento alternativo en función de diferentes influencias de tipo ambiental: los Neandertales desarrollaron distintas estrategias de adaptación teniendo en cuenta que el medio cambia, ciertos recursos se desplazan y otros sufren variaciones de tipo estacional, por lo que se movieron a la búsqueda de esos recursos siguiendo los diversos ciclos fenológicos de las plantas: así p. ej., si la madera posee un alto poder calorífico y produce una intensa humareda de color blanco tóxica pero con propiedades antisépticas, se emplea también para la manufactura de todo tipo de objetos, de ella puede extraerse resina y savia; además, su corteza sirve como aislante, y de ella puede también obtenerse una especie de harina alimentaria así como brea adhesiva remedio muy eficaz como pegamento (Uzquiano, 2005). Las estructuras de combustión suelen llevar asociados restos de fauna y utillaje

lítico además de restos de maderas (Martínez-Moreno, 2005 y Rando, 2001; Chacón y Fernández Laso, 2006), que suponen la existencia de concentraciones de restos óseos y líticos asociados con estructuras de combustión, en donde se realizaban todas las actividades relacionadas con la subsistencia del grupo. Este comportamiento espacial del registro (unidades espaciales) se aprecia en varios niveles del yacimiento (Vaquero y Pastó, 2001; Vaquero et al., 2001b) que presenta características similares a las identificadas por la etnoarqueología en las áreas domésticas de los cazadores- recolectores (Binford, 1978, 1988; Yellen, 1977; O’Connell, 1987, 1991; Stevenson 1991). La funcionalidad de los hogares contribuiría: a) la iluminación y calefacción de la cueva; b) cocción de alimentos (carne y vegetales) y empleo de agua hervida para cocer huesos y extraer grasa para consumirla directamente o para solidificar y poder emplear posteriormente; c) conservación de alimentos mediante ahumados; d) protección contra depredadores; e) calentar herramientas de piedra para darles más dureza (Tomás, 2015); f) eliminación de desperdicios como fragmentos de hueso y sílex; la socialización alrededor del fuego, pues los hogares representan centros de referencia en las ocupaciones del espacio, explicando gran cantidad de factores de producción y reproducción de las condiciones sociales y económicas de la comunidad (Carbonell y Rosell, 2001; Balter, 2009). Vallverdú et al. (2010) observan dos formas de hacer fuego: a) en las estructuras de combustión de la zona dormitorio se hace siempre sobre el anterior, genera pocos residuos de combustión y produce grandes espesores de sedimento quemado (rubefacción); b) en otras áreas del mismo nivel los hogares se yuxtaponen lateralmente y tienen espesores importantes de residuos de combustión. En otras zonas se han hallado troncos ubicados alrededor del fuego y según los restos encontrados, se cree que los Neandertales cubrían el suelo con pieles curtidas, ponían limo o arena y sobre estos elementos hacían sus hogueras (para poder sacar las cenizas fácilmente cuando éstas se apagaban (Vallverdú et al., 2010). En varios los yacimientos se constatan una sucesión diacrónica de ocupación de suelos con hogares, con una pauta reiterativa de organización espacial, en la que las distintas zonas del asentamiento desempeñan diferentes funciones (Gómez de la Rúa et al., 2010). A partir de los análisis químicos de los alcanos y de los ácidos grasos saturados, recuperados de las estructuras de combustión de este yacimiento (bajo niveles musterienses de 50.000

años), se ha podido constatar una actividad culinaria planificada y habitualmente establecida. Las grasas contenidas en las piedras de las estructuras provienen del asado de los alimentos (March et al., 2004; Gómez de la Rúa et al., 2010) y muestran que sobre las piedras de la estructura de combustión se cocinaron vegetales, mamíferos como cabras y ciervos e incluso peces. Edelman (1994), refiere que los humanos contamos con una conciencia de orden superior no heredada y que se configura por un aprendizaje cultural, y que es indispensable para configurar su memoria simbólica y para establecer su identidad biológica y su individualidad socialmente construida. Así, cabe pensar que las estrategias humanas de supervivencia provienen de las relaciones sociales y de la cultura (Damasio, 1995). El reforzamiento y debilitamiento de sinapsis constituyen las representaciones potenciales y los marcadores somáticos, estos circuitos sinápticos reforzados conducirían a estrategias para enfrentar problemas y a formas de pensar (Damasio, 1995).

En relación a la tecnología del fuego entre los Neandertales, podemos sugerir que su comportamiento se guía claramente por una serie de reglas que se expresan construidas a través de la cultura. La cultura no sólo conduciría entre los Neandertales a estrategias para solucionar problemas y crear nuevas formas de pensar (aportando significados relacionados con la supervivencia) sino que podría dar origen a un universo de valores mítico religiosos. Elíade (1976) considera que el fuego se constituye en un elemento susceptible de ser sagrado desde los orígenes mismos de su descubrimiento por los humanos; los restos dentales fósiles de Shanidar y de Spy, muestran la presencia de de fitolitos dentales que demuestran la cocción de los vegetales con los que se alimentaron los Neandertales. Para las sociedades del Paleolítico Medio de los neandertales el fuego podría haber sido considerado la manifestación de una fuerza mágico-religiosa que podía modificar el mundo (Elíade, 1956). Respecto a las tácticas efectivas de subsistencia que desarrollaron los Neandertales, ofreciendo respuesta a las condiciones climáticas adversas y afrontando situaciones de riesgo e incertidumbre (Jochim, 1981; Kelly, 1995), nos hace pensar en una sociedad compleja de subsistencia estructurada, planificada y coherente. Aunque mostraron adaptaciones ocasionales como carroñeros también emplearon una inteligencia imaginativa de superdepredador en la organización de cacerías comunales de acecho y búsqueda de grandes mamíferos migratorios: explotaban diferentes nichos

ecológicos en un territorio geográfico que abarca a Europa, Oriente Próximo y parte de Asia al menos hasta Siberia; zonas montañosas incluyendo las de alta montaña, valles, estuarios, playas, zonas lacustres, marismas. Según los estudios del Sistema de Clasificaciones de Edelman (1994), podemos hablar de dos tipos de categorizaciones: la perceptiva, que no es consciente y trata las señales provenientes del mundo externo, la conceptual, que funciona en el interior del cerebro, parte de la categorización perceptiva y de la memoria, se basa en diversas porciones de las cartografías globales e implica una memoria simbólica (Edelman, 1994). Ambos tipos resultan esenciales para el proceso cerebral cognitivo. Las sociedades en las fases finales del Paleolítico Medio, muestran versatilidad, capacidad de cambio y cantidad de interconexiones entre todos sus elementos, que nos hace difícil el pensar en ellos tan sólo como parte exclusiva de una categorización perceptiva, sin ningún tipo de sistema de clasificación conceptual (Bernaldo de Quirós et al. 2008).

Es la caza, una de las actividades donde confluyen gran cantidad de elementos conceptuales y procedimentales: aspectos puramente económicos (actividad cinegética en sí y la gestión de las piezas cobradas); aspectos sociales (organización colectiva de estrategias y toma de decisiones), y aspectos intelectuales (adquisición, transmisión y cambios que se suceden sobre el corpus de conocimientos necesario para el mantenimiento de un modo de producción basado en la caza y la recolección) (Demay y Patou, 2011).

Las extinciones masivas de los grupos de neandertales se mostraron de manera evidente en los repuntes de contracción climática de frío extremo (como las acontecidas en el EIM 6 -hace 150.000 años- o en el EIM 2, que desdibujaban la distribución del paisaje imponiendo una imagen diferente) y la repoblación de las tierras del norte durante los períodos cálidos corrió a cargo de los pobladores supervivientes en el abrigo de los refugios meridionales, que eran los de mayor reserva genética de la especie; es decir: estos territorios del sur llegaron a funcionar como reservas demográficas estables, capaces entonces de dispensar las nuevas poblaciones durante los periodos expansivos. Un estudio publicado en el American Journal of Physical Anthropology sugiere que los

neandertales podrían haberse extinguido a causa de las enfermedades tropicales transmitidas por seres humanos que emigraron de África (Manella, 2016).

A pesar de las dificultades habidas durante su existencia, como: a) fluctuaciones

demográficas, b) extinciones locales, y c) repoblaciones a las que tuvieron luego que hacer frente; Homo neanderthaensis se adaptó bien a los principales ecosistemas que en cada época frecuentaban: pobres estepas-tundra durante la edad de hielo, planicies heladas amplias y desnudas de vegetación y animales, frondosos bosques en las épocas más relajadas de bonanzas, secos terruños y la costa litoral atlántica y mediterránea, como así demuestran los registros paleoecológico y faunístico de sus yacimientos (Carrión et al., 2008).

Es por ello que fue precisamente la gran variabilidad ecológica y paisajística con una sucesión de transformaciones en constante cambio, sin duda la responsable de que la población neandertal se viera habitualmente configurada bajo grupos de número reducido de individuos que muchas veces permanecían aislados de sus congéneres. Además de las barreras ambientales, pues a esto también contribuyeron los límites orográficos que acotaban sus territorios o, por contra, la planicie inmensa del territorio que llegaba a ser abarcado por esta especie (Bartlett, 2014; Bennet, 2014).

Martinón-Torres (2010), refiere: Dejamos tras nosotros una larga estela de especies humanas que se extinguieron y no fueron capaces de llegar a nuestros días. Nuestros hermanos neandertales desaparecieron de Europa quizás hace menos de 40.000 años, coincidiendo con la invasión Homo sapiens, una oleada de humanos tropicales y esbeltos que le arrebataron las tierras del norte y los empujaron a la extinción. Quizá esto sea algo más que pura estadística casual, aunque la historia siempre la cuenta el superviviente y la reconstrucción de los hechos puede estar sesgada.

El descubrimiento de que a los humanos modernos les llevó el doble de tiempo

entrar en Europa de lo que les costó expandirse por Asia nos obliga a replantearnos el

mito de nuestra superioridad. Xing y Wu, (2015), publican en Nature el hallazgo de 47 humanos en la cueva de Fuyan (Daoxian) al sur de China, datada en más de 80.000 años y sostienen que Homo sapiens, ya estaba presente en Asia mucho antes de lo que habíamos sospechado y demostraron que estos fósiles tenían una antigüedad entre 80.000 y 120.000 años.

La estratigrafía era clara y sencilla. La cueva estaba cubierta por un espeleotema (formaciones de las cavidades) continuo, así todo el material que está por debajo tenía que ser necesariamente más antiguo. La datación de una estalagmita que se ha formado sobre este suelo calcítico proporcionaba una edad mínima de 80,000 años para estos fósiles, y el hallazgo junto con los humanos de una abundante muestra de animales que incluyen hienas, pandas y elefantes extintos, típicos del Pleistoceno superior, sugiere una edad máxima de 120.000. Era la cueva con los restos humanos más modernos y a la vez más antiguos fuera de África que se conocen hasta el momento.

Quizá el Homo sapiens sapiens entró en Europa tan tarde porque hasta entonces no pudo: los neandertales eran una barrera difícil de franquear y Europa constituía un territorio demasiado pequeño para compartirlo entre ambas especies. Tras miles de años de aislamiento y castigados por los fríos glaciares, y con los neandertales físicamente disminuidos, Homo sapiens considera que ahora es el momento para de nuevo intentar su entrada. Puede que la extinción neandertal (Finlayson et al. 2006) ya hubiese comenzado cuando Homo sapiens, agazapado a las puertas de Europa durante más de 50.000 años, al fin lograba aprovechar su oportunidad (Bartlett, 2014; Bennet, 2014).

La historiografía prehistórica Gibraltar es un referente para el estudio de los neandertales, desde los hallazgos de los fósiles en Forbes Quarry (Rodriguez et al., 2002) and Devil´s Tower (Busk 1864; Garrod et al. 1928), y por los trabajos de numerosos investigadores a lo largo de los últimos dos siglos, que nos han acercado a los modos de vidas de los neandertales en esta zona geográfica (Waechter 1951, 1964; Finlayson et al. 2000, 2006, 2012; Stringer et al. 2000, 2008; Barton et al. 2012; Rodríguez-Vidal et al.

2014).

Una vez descubierto el primer grabado rupestre neandertal, se rompe una lanza respecto a la capacitación de nuestros parientes. La aparente incapacidad de los neandertales para el pensamiento y la expresión abstracta se rompe con el grabado en la roca de la cueva Gorham, en la cara oriental de Gibraltar (Zilhão y Pettitt, 2006), que desvelan su pensamiento simbólico (Shipton et al., 2013): un conjunto de líneas entrecruzadas que hizo su autor de forma intencionada y laboriosa hace 40.000 años (Zamora et al., 2013). Es el primer ejemplo que se conoce de un diseño abstracto grabado anterior a los humanos modernos; el hallazgo da un vuelco sobre lo que hasta ahora se

había considerado capacidades y limitaciones mentales de los neandertales: son ocho marcas profundas hechas en la roca, cruzadas por dos grupos de tres y otras dos líneas cortas, que encontró el grupo de Rodríguez-Vidal (2012). El grabado ocupa un área de unos 300 cm 2 y está sobre la horizontal, en el centro de una plataforma natural que se eleva unos 40 cm sobre el suelo, en el fondo de la cueva.

Según las evidencias arqueológicas Gibraltar ha sido reiteradamente ocupada por poblaciones de neandertales desde el MIS 5 hasta el MIS 3. Según se ha documentado en el registro fósil de sus cavidades, este lugar reúne una rica biodiversidad, ofreciendo múltiples recursos terrestres, marinos y avifauna, condiciones propicias para su ocupación. Además se ha constatado el consumo de estos recursos por los neandertales (Garrod et al., 1928; Barton 2000b; Stringer et al. 2008; Finlayson et al. 2012; Blasco et al. 2014). En lo que se refiere a los conjuntos líticos correspondientes al Paleolítico Medio, estos han sido publicados por diferentes autores desde el S.XX hasta la actualidad, con diferentes metodologías de análisis y cada yacimiento individualmente (Breuil 1922; Garrod et al., 1928; Waechter, 1951, 1964; Barton 2000a, 2012; Giles et al., 2007, 2012; Barton y Jennings 2012). Un estudio comparativo se publicó por Shipton et al. (2013), centrándose en la comparación de los núcleos. Bernal (2015) presenta un estudio comparativo de los conjuntos líticos recuperados en seis yacimientos con niveles arqueológicos adscritos al Paleolítico Medio.

Las ocupaciones de los grupos de neandertales en las diferentes cuevas gibraltareñas han sido interpretadas de efímeras y reiteradas por los diferentes directores de las excavaciones, por las siguientes razones (Finlayson et al., 2006; Rosas, 2010):

Los niveles arqueológicos de los yacimientos estudiados no poseen una alta densidad de materiales.

La presencia de coprolitos de hienas en los hogares de Gorham´s Cave (Zilhão y Pettitt, 2006) y Vanguard Cave indican, que tras el abandono de estos por los neandertales, las hienas llegaron, carroñearon los restos de comida que los neandertales dejaron y a continuación defecaron, indicándonos por ello, la alternancia de ocupación en esas cavidades.

La presencia de nivel o niveles sedimentarios estériles entre niveles arqueológicos.

Las industrias líticas halladas en zonas de combustión no aparecen con signos de termoalteración. Esto pudo ser debido a la corta duración de los hogares y porque los materiales no estuvieron expuestos al calor un tiempo prolongado.

Al ser efímeras las ocupaciones no fueron necesarios los reavivados de los filos de las piezas líticas. De ahí el bajo índice de piezas retocadas. A excepción del nivel 2b de Devil´s Tower y los niveles G, K y M de Gorham´s Cave de la excavación de Waechter (Zamora et al., 2013). De entre todas las cavidades destaca el mayor número de niveles de ocupaciones de la Cueva de Gorham, muy probablemente por su tamaño y orientación que la protege de los vientos frontales, sería más confortable para la ocupación respecto a las otras. Gorham (Zilhão y Pettitt, 2006), se interpretaría como un lugar central, dentro del patrón de movilidad radial, donde los neandertales ocuparían temporalmente varios sitios durante los momentos de caza y forrajeo, pero regresarían regularmente a ella (Rendu,

2010).

Este descubrimiento del cráneo de neandertal en el yacimiento de Devil´s Tower, asociado a industrias líticas musterienses, es la única evidencia en Gibraltar de la asociación de la tecnología musteriense con fósiles neandertales. Y por ello la configuración y uso de los conjuntos líticos musterienses de las otras cavidades, se asocian a los neandertales aunque en ellas no hayan aparecido fósiles (Rodriguez-Vidal, 2014; Finlayson, 2016)

Entre los niveles de ocupación destaca el último nivel musteriense de las excavaciones de Waechter, el nivel G, donde se ha documentado la mayor densidad de artefactos (n=5.233). Destaca en este nivel el débitage levallois y discoide de los núcleos y la presencia de denticulados, como se ha documentado en los últimos niveles musterienses de algunos yacimientos del sur Carihuela, Bajondillo y otros lugares de la Península Ibérica, Esquilleu, Morín, Covalejos, Pendo, Castillo (Burton et al., 2013; Blein et al., 2013; Blasco, 2014; Finlayson, 2016)

La configuración lítica de estos conjuntos está orientada a las actividades de procesamiento y consumo de alimentos, que indica la presencia de restos de fauna con marcas de cortes en los contextos arqueológicos (quedarían por realizarse los estudios

traceológicos de los conjuntos líticos para confirmar esta hipótesis y ver si lo aplicaban al procesado de pieles, vegetales o maderas). No hay presencia de talleres de artefactos líticos en los niveles estudiados pues no se ha documentado un elevado porcentaje de artefactos líticos y restos de talla. Tampoco hay un nivel elevado de piezas retocadas, ni de reconfiguración de las piezas orientadas para la caza, como por ejemplo las puntas musterienses (Rodriguez-Vidal, 2014; Finlayson, 2016; Burton et al., 2013; Blein et al.,

2013).

Los neandertales captaron las materias primas locales de las zonas circundantes, a una distancia máxima aproximada de 17 km. Hay una gran diversidad de rocas utilizadas:

areniscas compactas, sílex, radiolaritas y caliza en forma de cantos rodados procedentes del aporte fluvial y marino. Las areniscas compactas y el sílex son las materias primas que jerarquizan las secuencias de producción y configuración. Además, introdujeron en los yacimientos núcleos en formato de cantos rodados y los redujeron desde los primeros pasos de descortezamiento, hasta el agotamiento o abandono final. El grado de explotación que predomina en todos los yacimientos es terminal, los núcleos se aprovechaban al máximo, pudiendo mostrar una economía de la materia prima. El objetivo general de los sistemas técnicos sería por tanto la producción del mayor número de lascas posibles. Tallaron con diversos métodos (levallois, discoides) tanto sobre núcleos de sílex como de areniscas compactas. Los tipos de útiles que predominan en los yacimientos son simples, seguido por dobles y en menor medida los periféricos.

La mayoría de las piezas presentan ligeros retoques que se localizan en los laterales, y eligieron las lascas de mayor tamaño para su configuración y transformación en útiles. Desde el punto de vista tipológico predominan las raederas y los denticulados (Blasco, 2014; Finlayson, 2016).

En conclusión las diferencias encontradas en los sistemas técnicos de los conjuntos líticos analizados representan el mismo patrón tecnológico que se aplica en las estrategias de talla; ya apliquen unas u otras, el tipo de materia prima utilizada y el tipo de producto que se obtiene. La adaptación a los soportes y la materia prima podría suscitar la elección de uno u otro método de talla, dentro del abanico del sistema técnico que conocían. Ese sistema técnico formaría parte de la memoria colectiva, transmitida y mantenida inter-generacionalmente por los grupos de neandertales, aplicándolo y

adaptándolo a las necesidades de cada momento e influenciadas por el medio ambiente, disponibilidad de recursos, fluctuaciones climáticas, u otras. Los grupos de neandertales que ocuparon Gibraltar durante el MIS5 y 3 poseían un sistema complejo de opciones tecnológicas, donde coexistían diferentes sistemas operativos líticos. La confección de dibujos pintados o grabados a propósito en las paredes de las cuevas, como una manera de dejar constancia y transmitir códigos simbólicos de manera perdurable que se considera un paso cognitivo fundamental de la evolución humana. Este comportamiento, considerado exclusivo de los humanos modernos, se ha utilizado como argumento a favor de las diferencias cognitivas significativas entre nuestros ancestros directos y los homínidos arcaicos contemporáneos, incluidos aquí los neandertales.

Las diversas técnicas de datación aplicadas a la roca y los sedimentos que cubría el grabado han permitido fijar su edad en unos 40.000 años. Los exhaustivos análisis y pruebas realizadas no solo excluyen que sean rasgos naturales en la roca o que se trate de marcas residuales de alguna otra actividad sobre esa plataforma, sino que indican cómo realizaron, pues no era la primera vez que lo hacían y, posiblemente, se grabó entero de una vez (Rodríguez-Vidal, 2014). Utilizando la arqueología experimental, para asegurar la autenticidad del hallazgo, los arqueólogos reprodujeron las marcas del grabado utilizando punzones de piedra neandertales (piezas halladas en la parte más exterior de la cueva y fuera de contexto, es decir, de difícil utilidad científica). También probaron con otras piedras pero el resultado no era el mismo. Así, concluyen que el autor dio al menos 54 golpes con una punta dura de piedra para hacer las líneas más profundas y, en total, más de 300 percusiones.

Ya se conocían indicios indirectos de pensamiento simbólico de los neandertales en el uso de pigmentos negros y rojos, conchas marinas coloreadas y agujereadas así como marcas producidas al extraer plumas de las aves. ¿Pero qué significado cobra el simbolismo de las líneas cruzadas? Parece que los grabados de la cueva de Gorham (Zilhão y Pettitt, 2006), representan el primer ejemplo directamente demostrable en que un grabado abstracto consistente, técnicamente elaborado y realizado muy cuidadosamente (Shipton et al., 2013), requiriendo una acción prolongada y concreta, como la que se ha realizado en la roca de la cueva. El grabado de la cueva de Gorham

(Zamora et al., 2013), demuestra la autoría y la capacidad mental de aquellos remotos europeos extinguidos (Blain, 2013; Blasco, 2014; Finlayson, 2016).

Además, hace menos de cinco años que unas nuevas dataciones de muestras de arte rupestre en Asturias y Cantabria, constatan que algunas son más antiguas que lo que se estimaba, situándose en una franja temporal (de algo más de 40.000 años) en la que aún había neandertales. Así, ya no cabría decir, desde el punto de vista cronológico, que esas pruebas de la mente simbólica sólo las pudieron hacer los humanos modernos.

1.4. NEANDERTALES VERSUS SAPIENS, DIFERENCIAS Y APOMORFÍAS

El cráneo de los neandertales resulta sustancialmente diferente a la de los humanos modernos; cuentan con una frente vertical, dientes voluminosos y ausencia de mentón, además mantiene una arquitectura general ovalada, más alargada, con una calota más ancha y baja que el Homo sapiens sapiens, quien cuenta con la disposición de un cráneo corto, ancho y alto, con morfología globular.

Los neandertales poseen rasgos morfológicos en exclusividad o apomorfías, entre las que destacan sobre el masivo rostro: 1) proyección de la parte media de su cara hacia delante (el entorno de la nariz alta y ancha, las órbitas y el labio superior) lo que les confería un perfil apuntado, en forma de hocico. 2) Esta prominencia de la cara, les significaba la desaparición de las mejillas, lo que se reforzaba por la voluminosa apertura nasal. 3) Contaban con una nariz ancha, grande y saliente. 4) Otro rasgo arcaico que llegó a compartir Homo neanderthalis con su ancestros, fue la ausencia de mentón en la parte baja de la cara. 5) Disponía de una mandíbula extremadamente poderosa, que contaba con una extraordinaria y muy fuerte dentición. 6) Los dientes delanteros (incisivos y caninos) eran grandes y anchos, con profundas raíces; y los molares mostraban ya una clara disminución respecto a la robustez que durante la evolución presentaron especies anteriores del género Homo. 7) El considerable adelanto que presenta la mandíbula neandertal es responsable de una particularidad manifiesta, la existencia del espacio retromolar, un gran hueco entre la muela del juicio y el fondo de las mandíbulas.

Una vez analizados los dientes delanteros de especímenes neandertales, se constató la existencia de marcas de abrasión y estrías de corte en las coronas; este tipo de intenso desgaste, llega a sugerir que estos humanos empleaban habitualmente su dentadura de manera similar a la utilidad que tuviera el uso de una tercera mano, así

reinterpretamos cómo se producían accidentalmente las marcas de corte observadas en el microscopio, verbigracia, para sostener diversos tipos de materiales mientras estaban manipulando, mientras estiraban y raían una piel con un instrumento de piedra afilada.

En relación a estas destrezas, parece interesante constatar que la dirección del ángulo de las marcas realizadas ofrece otro dato forense relevante: que los artefactos de que disponían eran siempre sostenidos con la mano derecha, por lo que hasta ahora se desconoce la existencia de individuos que fuesen zurdos (Lalueza-Fox, 2010; Mendez et al., 2016).

Respecto de la morfología corporal de estos humanos coincide, con una respuesta

a las condiciones que imperaban en la Edad del Hielo, y cuenta con eficaces adaptaciones

fisiológicas destinadas a ahorrar y conservar el calor corporal. Algunos de sus principales rasgos del físico neandertal fueron la más idónea respuesta adaptativa para soportar los rigores de la Europa glaciar.

Desde un punto de vista energético, se han propuesto una serie de reglas para los animales que como los neandertales se adaptaban a vivir en los climas fríos, la primera la propone el zoólogo Allen (1995), esto es: que redujeran ostensiblemente las dimensiones de sus extremidades (ellos disponían de piernas y brazos relativamente cortos). Bergmman, (1996) enuncia la segunda regla: que estos seres tienden a aumentar su masa corporal y su robusta complexión física (presentaban un aumento del 30% de masa corporal en relación con los humanos modernos).

Estaban obligados a convertirse en duros supervivientes, por ello se sirvieron del portentoso físico, su gran capacidad respiratoria, su musculatura y su tremenda fuerza física estaban al servicio de un exigente modo de vida, y para ello, resultaban necesarias unas 5000 kcal/día para mantener el balance metabólico de su cuerpo.

Por otra parte, contaban con una nariz larga adaptada a un clima pleistocénico frío, resultando un apéndice de configuración periforme, robusta, prominente, ancha y con gran apertura nasal, que junto a la peculiar proyección hacia delante de sus

estructuras anejas, procuraban dar un mayor recorrido al aire frío y seco, para calentarlo

y humedecerlo antes de que a través de la vía aérea pasase directamente a los pulmones. Por otra parte, también poseían una nariz ancha, con una gran apertura nasal, ello se

debía a otra de las ventajas fisiológicas alternativas: la capacidad de refrigerar los cuerpos, ante la actividad física intensa a la que se veían sometidos por los estresores de una extrema vida cotidiana (Defleur, 1999; Lalzuela-Fox, 2010; Plagnol y Wall, 2006).

1.5. LAS APORTACIONES QUE NOS OFRECE DESDE LA ANTROPOLOGÍA FORENSE

La técnica médica de la tomografía computarizada, nos permite no sólo elaborar imágenes tridimensionales exactas de las estructuras óseas, a través de un potente escáner, sino corregir algunas deformaciones que hayan podido sufrir los huesos durante el proceso de fosilización, así como restituir las partes no conservadas. Sobre puntos fijos de referencia localizados a lo del cráneo, se lleva a cabo una interpolación a través de avanzados programas informáticos que permiten elaborar los cálculos estadísticos para que tras su conversión anatómica, se pueda reconstruir la completa topografía de la cara en función del sexo, edad y la corpulencia del sujeto. Esta información la podremos luego materializar sobre moldes de poliéster, para llevar a cabo una ulterior reconstrucción de los tejidos blandos (músculos, grasa y piel).

El Homo ergaster, en África, hace dos millones de años, fue la primera especie de nuestro género capaz de desarrollar glándulas sudoríparas que son las responsables de la termorregulación, con lo que también fue el primer humano que consiguió desprenderse de la mayor parte del vello corporal.

Desde que los humanos comenzaron a expandirse por diversas zonas del planeta, empezaron a adaptar su cuerpo a la disponibilidad de luz solar mostrando diferentes tonos de piel; si en las regiones ecuatoriales produce una mayor cantidad de melanina y una más intensidad de la epidermis para protegerse de la insolación, en las latitudes septentrionales donde la radiación solar es débil y escasea, la respuesta vital es una inversa pérdida de pigmentación, dado que al cuerpo le es necesario captar los escasos rayos ultravioletas para producir el mecanismo bioquímico de transición entre provitamina D o colecalciferol a vitamina D, y evite así el raquitismo; debe también proteger sus cuerpos de los muy dañinos y cancerígenos rayos del sol, por lo que comenzaron a secretar melanina para pigmentar la piel. Esto fue lo que aconteció a los neandertales; así que en la Europa glaciar esta especie tendría la piel clara y no serían más peludos que los hombre modernos (resultados genéticos han hallado en varios fósiles la presencia del gen MC1R (Raimondi, 2008), relacionado con la piel clara y el

cabello rubio o cobrizo como el de los pelirrojos) (Rosa, 2007; Mitra, 2012; Nasti y Timares, 2015).

1.6. PARTICULARIDADES DURANTE LA GESTACIÓN Y EL PARTO

La pelvis de los neandertales presenta diferencias con respecto a la nuestra, pues tanto en los hombres como en las mujeres muestran un pubis muy alargado, que es una característica morfológica común para ambos sexos que ya se evidenciaba incluso antes de la llegada de la pubertad (como se constata en el esqueleto israelí del hombre de

Kebara), hecho éste que se contempla como un rasgo de arcaísmo heredado de sus antecesores del género Homo (Alonso, 2015).

Teniendo en cuenta que serían quince los años necesarios para que la mujer neandertal llegara a la pubertad (una vez lograra sortear la alta mortalidad infantil que padecían), su vida fértil desde la menarquía estaría lejos de superar los veinte años, así que la muerte se precipitaba muy probablemente de la llegada al climaterio, por lo que solo podrían quedarse embarazadas en no más de cinco ocasiones durante su vida.

En 2008, con ayuda de las nuevas tecnologías se lleva a cabo una reconstrucción de una pelvis neandertal femenina encontrada en el yacimiento israelí de Tabun; que junto a un esqueleto de un recién nacido encontrado en la cueva rusa de Mezmaiskaya, permitió realizar una simulación virtual del proceso del parto en esta especie, concluyendo que la forma del canal del parto de las mujeres neandertales difería del de las hembras sapiens. El canal de éstas últimas presentan una morfología oval en su eje antero-posterior (de delante hacia atrás), mientras que en las neandertales la forma oval se produce a lo ancho, en su eje transversal, de forma similar a lo que les ocurre a los humanos más primitivos (Sáez, 2015).

El embarazo de las mujeres neandertales debió de tener una duración de treinta y ocho semanas desde el momento de la fecundación, similar a la de nuestra especie. Para nosotros, a causa de la torsión del canal del parto, requerimos que el feto experimente una doble rotación durante el nacimiento: una primera de 90º, en donde la cara del niño dispuesta hacia abajo pasa a encajarse en el canal obstétrico; y una segunda rotación, retrocediendo al ángulo de su posición inicial, cuando tras la coronación de la cabeza esté listo para presentar ambos hombros. Los niños neandertales no habrían tenido que

experimentar esta rotación inicial y el parto se desarrollaba con la cabeza permanentemente alineada de forma transversal (Fernández, 2015).

Estas dos formas diferentes de responder a la presentación del parto resultaron de las dificultades obstétricas que se habían generado por el aumento cerebral que las especies del género Homo experimentamos desde nuestro ancestro común el Homo heidelbergensis, así mientras los neandertales lo solucionaron expandiendo la morfología pélvica ancestral (haciéndola más ancha, incluyendo un pubis más alargado que en las especies anteriores y un tronco mucho más masivo), los humanos modernos optamos por una doble rotación en el transcurso a través del canal del parto, una solución nueva y más aparatosa. Las relaciones entre la cabeza del neonato y las dimensiones del canal del parto habrían sido relativamente similares entre ambas especies, y los nacimientos presentarían dificultades similares e idénticas complicaciones como sea el caso de las distocias uterinas.

En ambas especies, los partos fueron asistidos por una mujer experimentada y este tipo de acontecimientos podría, a su vez, llegar a estrechar vínculos de lazos sociales femeninos de exclusividad entre las mujeres del grupo.

Se produjo una ampliación del tiempo entre los embarazos debida a la prolongación de la lactancia, aunque este hecho no privó a los neandertales de seguir disfrutando una permanente atracción sexual. Más allá del establecimiento de vínculos seguros, afectivos y solidarios, existieron parejas sexuales estables vinculadas a grupos familiares estrechos: asociaciones básicamente monógamas que brindaron soluciones ventajosas para la supervivencia de la madre y sus hijos cuando, los nacimientos eran escasos y sufrían una muy elevada mortalidad infantil. Esta asociación de emparejamiento relativamente estable que figura ya en la horda primitiva, favorece la protección familiar respecto a las confrontaciones sufridas frente a otros hombres que hostigasen al grupo para emparejarse con las mujeres, frente al riesgo existente de violaciones o frente al dominio que imponían las figuras masculinas más poderosas. Bien es cierto que, a pesar de los emparejamientos, entre ellos se darían las mismas condiciones de infidelidad y conflicto sexual que desde siempre observamos en nuestra especie (Diez, 2014).

La constitución física y la fuerza de las mujeres neandertales, habituadas a traer al mundo a sus hijos y cuidar luego de ellos en condiciones muy duras cuando no fueron tremendamente adversas, sugiere una relación de género compleja, sin que mediaran modelos de sumisión entre cualquiera de los dos sexos.

1.7. INFANCIA, CRECIMIENTO Y MADUREZ

Muchas de las características craneales distintivas de los neonatos neandertales aún no se habían desarrollado, apenas si hubieran podido distinguirse de los sapiens sapiens, excepción hecha del laberinto óseo del oído interno, ya formado durante la gestación. Como nosotros, llegaban también al mundo con un cerebro escasamente desarrollado; presenta el recién nacido, un volumen de 400 cc, apenas aún disponía del 25% de su capacidad neurológica, y mediaba una prodigiosa proliferación encefálica, incluso más intensa que la de los niños sapiens (Fernández, 2015; Monnier, 2012).

La mortalidad infantil era muy elevada y los niños que sobrevivían adolecían de importantes carencias nutricionales, sobre todo a partir de los 3 y 4 años, al estar expuestos a los desafíos sobrevenidos tras el abandono de la lactancia materna.

Estos niños que ya habrían de disponer de algunos rasgos propios de su estirpe, como: la particular dimensión de una tibia demasiado corta respecto al fémur; la curvatura de sus extremidades y la general robusted de su esqueleto, también se encontraban sometidos a un gran estrés a fin de conseguir la energía necesaria para cubrir todas las demandas para el desarrollo que requeriría su cerebro, el órgano del cuerpo que resulta más costoso (consumía el 60% de la energía de un recién nacido y más del 20% de los requerimientos de un adulto, alcanzando el tamaño final de su cerebro adulto hacia los 6 ó 7 años de edad).

Era en la preadolescencia, sobre los 5 ó 6 años, y algunos autores sostienen que incluso antes (Diez, 2014), los niños neandertales empezaban a mostrar claramente algunas de las características propias de su especie: 1) la morfología de la parte trasera del cráneo; 2) la proyección de la parte media de la cara; 3) la prominencia de los rebordes óseos por encima de los ojos.

Lo cierto es que el proceso de crecimiento en estos niños resultaba más rápido que para los infantes de nuestra especie, por ejemplo: para el caso de la dentición, que es una de las fuentes más importantes y efectivas para calcular las etapas de crecimiento se demostraba, mediante el estudio de las bandas del esmalte dental, cómo los neandertales alcanzaban su madurez un 20% antes que lo hacemos los modernos humanos, cubriendo sus etapas de infancia y adolescencia con una mayor celeridad.

Ello se debe a que los sapiens somos los únicos primates que hemos ralentizado nuestro crecimiento, para lograr una mayor inversión del tiempo en el desarrollo de la infancia (más del doble para el caso de nuestra especie, respecto a los requerimientos necesarios para los primates), a fin de disponer de una etapa o periodo suficiente capaz de lograr que nos capacitemos para el desarrollo de nuestro gran cerebro, en donde además de esperar la entrada en la llegada de la edad reproductora, seamos capaces de adquirir un completo aprendizaje de nuestras potenciales capacidades sociales totalmente desarrollada para las destrezas que luego se necesitarán en la vida adulta.

El enigma evolutivo de las muelas del juicio, hace preguntarnos, ¿para qué están ahí? Sobre todo, ahora que ya nos salen tan tarde que no hacen falta, y eso para el caso de que definitivamente lleguen a salir. A veces se enquistan de formas intrincadas o empujan a los demás dientes con dolor, sufrimiento y penalidad. ¿Quién de nuestros ancestros las encargó? ¿A qué fuerza evolutiva se le ocurrió diseñar ese estorbo bucodental? ¿Lo hizo igual de mal con el resto de nuestro cerebro? La respuesta es que los humanos ni siquiera somos especiales en eso. Nuestros ancestros los homínidos sí que tenían un buen tercer molar: hasta cuatro veces mayor que el nuestro, y con una superficie plana obviamente adaptada para masticar. En los homínidos primitivos más próximos al chimpancé, como los ardipitecos, australopitecos y parantropos, la variación en el tamaño y las formas relativas de posición de los molares que tienden a crecer más en la parte posterior de la boca, lo que causa el gigantismo del tercer molar, y de las proporciones entre unas y otras muelas son constantes, sin que importe el tamaño general sobre el conjunto de la dentadura (Roebroeksa, 2016).

Su involución hasta producir nuestra muela del juicio nunca se ha llegado a entender aunque, como los cambios de dieta no han escaseado las hipótesis para explicarlo. Algunas teorías recurren a la selección natural que acabará con la inoperancia

de estas muelas, habida cuenta de que son exclusivas de la evolución humana; hace un par de millones de años, con el surgimiento de nuestro género, los tamaños relativos de las muelas empezaron a depender del tamaño total de la dentadura. La reducción del tamaño total de la dentadura, propia de la modernidad evolutiva, causará una reducción desproporcionada del tercer molar (Roebroeksa, 2016).

Kavanagh (2007) propuso un modelo teórico del desarrollo de la dentición en los mamíferos. Se basaba en datos obtenidos en ratones y lo explicaba a través de un modelo simple de inhibición en cascada: cuando un diente se desarrolla, emite señales activadoras o represoras sobre su vecindad, y la proporción entre ambas señales determina el tamaño de los dientes vecinos. Posteriormente, extendido a los homínidos, la investigación revela que el modelo de inhibición en cascada de Kavanagh puede explicar la degeneración del tercer molar de los australopitecos hasta la modesta y molesta muela del juicio que abruma al Homo sapiens.

La causas por las que los neandertales respondieran con mayor aceleración de la infancia, se debió a que en relación a nosotros sus hijos presentaban una etapa de mayor vulnerabilidad por lo que en términos evolutivo resultaba conveniente que cursase de la manera más breve posible, como una especie de mecanismo compensatorio, en un intento por equilibrar la realidad de la alta mortalidad infantil que padecieron; además, alcanzaban la madurez ósea también un año antes que nosotros. Este crecimiento más adelantado de Homo neanderthalensis conllevaría la apreciación de que se precipitara la etapa de aprendizaje social y cultural, antes se diera por concluida (Manella, 2016; Mendez et al., 2016).

Los neandertales también experimentarían una temprana adolescencia y es mucho después cuando en ellos se constata la erupción del tercer molar que marca en todos los grandes simios nuestra llegada a la plena madurez biológica y social, con la edad adulta reproductiva, acontecimiento que en Lucy se dio a los once años de edad, en los neandertales a los quince y a partir de los diecinueve años ocurre para el hombre moderno (Diez, 2014).

1.8. ENFERMEDAD Y MUERTE EN EL MUNDO NEANDERTAL A través de los registros óseos fósiles, la Paleopatología que es la ciencia que estudia los padecimientos que acontecieron a los humanos prehistóricos; basa su estudio

pormenorizado de la interrupciones habidas sobre el crecimiento de los huesos en la distintas partes del esqueleto, que sirven para rastrear e identificar los padecimientos que aquejaban a estas poblaciones tanto durante la etapa de crecimiento como en la edad adulta, por ejemplo: es el caso para las extremidades inferiores del detalle anómalo que dejaron la impronta de las líneas de Harris; o también, es el caso de la hipoplasia o defectuoso desarrollo del esmalte para los problemas detectados en los dientes (Trinkaus, 2006) demostró que en el 36% de los dientes neandertales estudiados entre niños y adultos, presentaban hipoplasia de esmalte, siendo esta patología más común entre los habitantes de la Europa Oriental que en los de Europa Occidental y Oriente Próximo; sin embargo, aparece más raramente durante la lactancia lo que indica el importante papel de protección que juega la madre respecto a la etapa infantil de sus hijos).

Ambos casos, resultan buenos indicadores para aproximarnos a los periodos relacionados con escasez de recursos e incertidumbre que acompañaron constantemente a los neandertales; crisis alimenticias que conllevaron muy serias carencias nutricionales, enfermedades crónicas, infecciones o situaciones de estrés corporal fruto del medio tan hostil por donde aquellos hombres se desenvolvían.

La Paleopatología dental demuestra una clínica variada y florida entre los humanos neandertales, que muchas veces estaba relacionada con la dinámica de un intenso y duro uso de la dentadura, empleándola en un abultado número de actividades cotidianas que incluían la manipulación de fibras y materiales para el tratamiento de las pieles. Por ejemplo, en caso del hombre de La Chapele-aux-Saints que fue exitus a los cuarenta años de edad, que había perdido la mayor parte de sus piezas dentarias por repetidas infecciones y en buena parte de los casos éstas solas hubieran bastado para producir un fracaso orgánico por shock septicémico; además, presentaba sobre la encía frecuentes episodios de gingivitis, flemones y abcesos, pérdida de sustancia ósea de la mandíbula inferior, perforaciones y pérdida del hueso en el maxilar superior y artritis degenerativa en la mandíbula, y mantenía también una sintomatología de artritis generalizada, desde la mandíbula hasta los dedos del pie. Para nuestra época, hubiera resultado un caso típico para atender sobre todo en la clínica actual de los países en desarrollo (Roebroeksa, 2016).

Las patologías óseas y dentarias demuestran que también padecían importantes carencias alimentarias por falta de vitamina D y por la incapacidad de generar la fijación de calcio en sus huesos que originaba raquitismo en los niños y osteomalacia en los adultos.

Además, en función de su duro estilo de vida y de una dieta preferentemente carnívora, los neandertales sufrían intoxicaciones alimenticias y enfermedades como la hiperavitaminosis A, derivada de la ingesta repetida de hígado crudo proveniente de los animales que ingerían cuando cazaban o de aquellos restos que se procuraban mediante un carroñeo ocasional (Rodriguez-Vidal et al., 2014; Rendu, 2010).

Es por ello que sólo esta gestión de los animales abatidos evidencia una gran cantidad de conceptos y procedimientos implicados en cada una de estas particulares actividades. La evidencia arqueológica señala en los yacimientos neandertales que los animales abatidos proporcionaban: carne y grasa para la alimentación; materia prima para el utillaje hueso, diente o asta; piel, que se trabajada para la confección de abrigos, refugios y otros elementos como alfombras y bolsos para transportar materiales diversos; tendones y tripas para realizar atados y sujeciones varias, esto se deduce de la existencia de artefactos enmangados y de colgantes en suspensión que implican la necesidad de cuerdas; grasa medular con fines no alimenticios, como aislante corporal o como combustible para la iluminación artificial, esto último es posible aunque no poseemos verdadera constancia arqueológica (Diez, 2014).

A través del análisis de los conocimientos que muestran los Neandertales (desde las evidencias del registro arqueológico) podemos llegar a obtener al menos una síntesis de la acumulación conceptual y de las aplicaciones que se hacen de las interrelaciones existentes los mismos. En la caza podemos descubrir la manifestación de la capacidad de comprender el símbolo, constituye interrelaciones que muestran características esenciales como la capacidad de asociación entre conceptos, una polisemia semántica que genera nuevas concepciones y significados, permitiendo alcanzar nuevos conocimientos. Esto podemos observarlo a través de evidencias como la multiplicidad de usos a los que se destinan los diversos productos derivados de la fauna (Rendu, 2010).

En el caso del modelo del carroñeo oportunista frente a la caza organizada, en vez de dar por supuesto que estamos ante una estrategia tosca e inferior podríamos valorar

esta estrategia neandertal desde un punto de vista positivo (realmente es más diversificada, menos exigente en recursos y movilidad y menos vulnerable a cambios medioambientales). Las estrategias carroñeras/oportunistas se constatan etnográficamente entre Homo sapiens sapiens y nadie piensa que son cognitiva o biológicamente inferiores. En cuanto al modelo de la caza de amplio espectro, se sigue este razonamiento: La mejor alimentación de los HAM, derivada de mayor variedad de presas (animales pequeños, aves, pescado), les permite mantener índices de crecimiento demográfico superiores a los Neandertales. El consumo de pequeñas presas en momentos anteriores al Paleolítico Superior es parte de un amplio debate (Brugal y Desse, 2004), pero en la actualidad, la idea de una caza de amplio espectro para el Paleolítico Superior y los HAM, frente a una caza neandertal poco flexible y especializada únicamente en grandes animales, no puede mantenerse por más tiempo debido a las evidencias en contra (Blasco, 1995a; 1995b; 2008; Fernández-Jalvo et al., 1999; Stiner, 2000; Stiner y Munro, 2002; Huguet, 2007; Blasco, 2008; Rodríguez et al., 2010), evidencias relacionadas con la ampliación de la dieta de los Neandertales y la intensificación de los recursos, y el registro arqueológico muestra las evidencias de alimentos de origen vegetal, peces, moluscos, mamíferos marinos, lepóridos, quelonios o aves.

Muchas de las enfermedades sufridas por los neandertales, al estar directamente condicionadas por una naturaleza salvaje y extrema, tuvieron mucho que ver con una etiopatogenia de origen traumático (Fernández, 2014), esto es:

1) Graves heridas como impactos por caídas y golpes contra las rocas siguiendo a los animales en las partidas de caza, las roturas del cráneo o del cuello, desgarros fibrilares, fracturas simples de costillas y otras abiertas sobre los huesos de las extremidades, muchos de ellos con salidas cortantes al través de la piel o en pico de flauta.

2) Frecuentes males artrósicos a resultas de una biomecánica definitivamente incapacitada, después de haber sufrido brotes comunes de artritis (como en el caso del hombre viejo que habitaba la cueva iraquí de Shanidar).

3) Una profunda huella traumática sobre el cuerpo de estos excelentes cazadores:

traumatismos con desgastes, severos golpes, contusiones, esguinces, luxaciones producidas a causa de la entregada actividad cinegética cotidiana.

4) Presencia de callos óseos de cicatrización que resolvieron la ulterior cicatrización de las fracturas, aunque provocaron la deformación de esa parte del cuerpo, produciendo una consecuente limitación del miembro u otro tipo de situaciones invalidantes, o de graves restricciones en los movimientos de sus extremidades.

5) Probable existencia de algunos episodios de violencia o de lucha entre ellos, por ejemplo, propiciando golpes en el rostro lo que originaria la pérdida probable de la visión en algunos de los ojos, heridas de cortes incisos que generaron amputaciones de brazos o pies, heridas contusas y la perforación de la cara ayudados de objetos punzantes o a través de la caja torácica generando la perforación hasta el pulmón con las sintomatología clínica y las complicaciones que ocasionaba un neumotórax originando una respiración difícil y dolorosa.

A pesar de la gravedad generada por estas lesiones la mayor parte de estas dolencias sanaron, permitiendo la supervivencia aunque limitada de estos hombres, lo que justifica que los neandertales dispondrían ya de los remedios de terapéuticos necesarios al menos para ayudar a propiciar el reposo y la cura para el restablecimiento de estas enfermedades, además de la capacidad social suficientemente arbitrada para sostener a estas personas dentro de la integridad del grupo (Díez, 2014; Fernández,

2016).

Aún sorteando los peligros ciertos habidos en el transcurso de la infancia y de la adolescencia, la esperanza de vida de los neandertales era muy escasa; los individuos que llegaban a la edad adulta, a penas si llegaban a los cuarenta años. El 40% de la población infantil no alcanzaba la edad reproductiva, muchos de ellos no superaban los 7 años de edad. Esta fragilidad infantil estaba íntimamente ligada (Díez, 2014; Fernández, 2016):

1) Con la dificultad de la maternidad, pues las mismas complicaciones acaecidas durante el desarrollo del parto no sólo habría provocado un aumento en la muerte de los neonatos, sino que también propiciaría la muerte de muchas mujeres que dejarían

indefensos y expuesto más fácilmente a los peligros de las hambrunas a sus otros hijos mayores.

2) Otro momento crítico de la vida comprendía los inicios hacia la madurez, entre 15 y 20 años de edad; muertes probablemente debidas al aprendizaje a través de las duras y peligrosas pruebas experimentadas en las actividades cinegéticas por los cazadores menos experimentados (Rendu, 2010).

3) Los adultos, no superaban los 35 años de edad, salvo escasas excepciones de algún hombre que se adentrara en la vejez, nunca mujeres, más desgastadas por sus embarazos, partos y el trabajo incansable propio de esta sociedad cazadora recolectora.

1.9. CLAVES EN LA PRÁCTICA DEL INFANTICIDIO Y LA MUERTE

La abundancia de esqueletos infantiles en muchos de los yacimientos neandertales está relacionada con una tasa muy elevada de mortalidad durante las primeras etapas de la vida, muy probablemente a consecuencia directa de las complicaciones surgidas durante el parto, los déficits por las carencias nutricionales que experimentaban los pequeños durante la infancia durante los frecuentes periodos de hambrunas, y es posible también que estas muertes se deban a prácticas infanticidas, ya que en las sociedades paleolíticas de cazadores-recolectores, el infanticidio suponía unos de los métodos más habituales para el control de la población, sobre todo, para lograr atenuar los problemas de supervivencia experimentaban los mayores respecto de la inversión parental, el margen de dedicación que las madres dedicaban a sus hijos distrayendo ese tiempo de otras labores cruciales para la difícil supervivencia del grupo y de sí mismas (por ejemplo en el caso de momentos climáticos adversos, ausencia de caza y alimentos, escasez de adultos, el sostenimiento de un lactante habría comprometido seriamente la vida y la salud de la madre, así como de otros miembros dependientes del grupo, puede que incluso hubieran precisado la asistencia de dos mujeres adultas para asegurar la supervivencia del pequeño) (Fernándex, 2016).

Respecto a los comportamientos que los neandertales mostraron en su relación con los muertos, encontrándose ritos funerarios con toda claridad desde la época musteriense (Cañete y Pelayo, 2014; Rendu et al., 2011):

1) Existen evidencias de que realizaron enterramientos en yacimientos como La Chapelle-aux-Saints (departamento de Corrè, Francia) donde un esqueleto yacía con actitud durmiente en una verdadera fosa, de modo parecido al fósil de Le Moustier (Dordogne), al lado del cual aparecieron instrumentos líticos, restos de colores y huesos de animales que ya Obermaier (1960) interpretó como restos de un ajuar funerario; también como los encontrados en la Sima de las Palomas en la Península Ibérica.

2) Otros yacimientos que han ofrecido datos relevantes a cerca del comportamiento funerario, muestran que los neandertales consumieron la carne y partieron los huesos de otros congéneres con un fin alimenticio. Existen evidencias de este comportamiento caníbal ya habían sido descubiertas en distintos yacimientos del sur de Europa, concretamente, en Francia (Moula-Guercy, Les Pradelles) o la Península Ibérica (Zafarraya, El Sidrón). Así, recientemente el equipo dirigido por Gómez Olivencia, trabajando en el yacimiento de la entrada a la tercera caverna de Goyet (Bélgica) ha recuperado 99 restos óseos pertenecientes al menos a cinco individuos que presentaban una gran proporción de marcas de corte producidas por herramientas de piedra al cortar la carne, que además presentan fracturas de haber sido rotos para extraer el tuétano. Algunos huesos fueron utilizados también como herramientas para tallar útiles de piedra. (Díez, 2014; Fernández, 2016).

3) Sin embargo, encontramos muy pocos yacimientos con restos neandertales al norte del paralelo 50, como son: Feldhofer (Alemania) como Spy (Bélgica), donde se han encontrado esqueletos parciales cuyo estudio en su contexto permiten inferir en el caso evidente de uno de los esqueletos encontrado completo en posición contraída que fueron efectivamente enterrados.

La comparación de los restos neandertales con otros restos de fauna recuperados en el yacimiento (caballos y renos) sugiere que las tres especies fueron consumidas de manera similar. Además, existen hallazgos que permiten ampliar el rango del comportamiento de estos humanos tenían respecto a los muertos sobre latitudes del norte de Europa, en donde se han recuperado un fragmento de fémur en el caso de Krapina (Croacia) y de Les Pradelles, o un fragmento de cráneo en La Quina en Francia y en el yacimiento de Axlor (Dima, Bizkaia), restos óseos con signos de haber sido utilizados como percutores blandos a la hora de tallar la piedra. Los neandertales usaban cantos

rodados para tallar herramientas de piedra y huesos de sus congéneres para la talla de instrumentos de piedra, para reavivar los filos como los retocadores de hueso, principalmente de ciervo (Tomás, 2015).

Investigadores internacionales encontraron que los neandertales eran cognitivamente más avanzados de lo que hasta ahora se reconocía (Gubin, 2016); un conjunto de adornos que fueron encontradas entre 1899 y 1905 en el yacimiento arqueológico de Kaprina, Croacia y fechadas hace 130 mil años: muy bien trabajadas en hueso, con una tecnología que no aparecen por simple expresión espontánea. Como dijo el antropólogo Frayer: “A menudo se piensa que los neandertales eran seres simples de mente torpe, tropezando como tontos, pero cuanto más sabemos acerca de ellos, se van convirtiendo en más sofisticados. […]. No hay nada como este tipo de joyas hasta tiempos muy recientes(Frayer et al. 2006). El hallazgo consta de un conjunto con ocho huesos de garras de un águila blanca, que incluyen varias marcas y facetas de pulido características de evidentes manipulaciones humanas como un tipo de piezas de joyería de alto nivel, fechadas al menos 80.000 años antes de que cualquier hombre moderno entrara a Europa, por lo que no hay duda de que los neandertales fueron los únicos responsables; mucho antes de la aparición en Europa de los que ahora llamamos humanos modernos.

1.10.

DESARROLLO

SUPERVIVENCIA

DE

TÉCNICAS

NENDERTALES

A

FIN

DE

FACILITAR

LA

Mortillet (1869), en relación a la ubicación del sitio en que fueron halladas y reconocidas por primera vez, definió una secuencia de culturas habidas durante el período Paleolítico europeo o Antigua Edad de Piedra, denominaciones que todavía perduran en la actualidad, así:

1) La etapa achelense, que incluye la industria de los primeros Homo antecesor durante el Pelolítico inferior, caracterizado por la talla de hachas de mano y bifaces, que tomaba su nombre del yacimiento de Saint-Acheul.

2) Etapa musteriense, que define el desarrollo de técnicas complejas como el tallado de la piedra y la elaboración de artefactos de tamaño mediano retocados para reavivar sus filos y alargar su vida útil, manufacturados por la sabiduría de los artesanos neandertales hasta hace aproximadamente unos

250000 años, caracterizada por la presencia de puntas y lascas retocadas cuidadosamente, como las que fueron encontradas en la cueva de Le Moustier.

3) Las etapas solutrense y magdaleniense, relacionadas con el Pelolítico superior en donde, aunque se incluyan las industrias de los últimos neandertales, ya estuvieron elaboradas por la tecnología generada por los primeros Homo sapiens que llegaron a Europa a través del Próximo Oriente durante la etapa denominada chatelperroniense, datada hace 45000 años (Maillo, 2008b).

Con el hombre de Neandertal descubrimos que las puntas y los raspadores se fabricaban recortando cuidadosamente las lascas previamente obtenidas, ya no directamente a partir de grandes y toscos núcleos originarios (Higham, 1990), sino que se especializaron en un instrumental de proporciones relativamente pequeñas, artefactos elaborados a partir de afilados fragmentos o lascas, producidos a través del explotación reiterada de un canto, bloque de roca o núcleo que era golpeado de forma minuciosa por otro canto más pequeño y ligero, denominado percutor. Utilizaban muy diversas tallas para la producción de lascas, ejemplo de significativo dominio y conocimiento para la explotación de la piedra.

Higham (1990), considera que la técnica se desarrolló lentamente, y lograron llegar a fabricar hojas de pedernal con lados paralelos y, al fin, el hombre fue capaz de unir fragmentos pequeños de pedernal, pero extremadamente afilados, y fijarlos en mangos de madera para así fabricar lanzas, flechas o cuchillos, en definitiva: fueron capaces de desarrollar una habilidad de excepcionales artesanos paleolíticos, lo que les aseguró el éxito en la caza, y la mejora consiguiente en el aprovisionamiento de alimentos, y de materias primas esenciales como el hueso, el cuero y los tendones.

Reboux (1867) con la certeza de que las piezas de sílex solamente se extraían al final de la talla, las adelgaza sobre el núcleo antes de desgajarlas describe con método la denominada técnica de levallois (porque fue observada por primera vez en el arenero parisino de Levallois-Perret), que representa el mejor ejemplo de la destreza artesana de los neandertales, de su probada capacidad de abstracción y anticipación.

Este método, según Diez (2014), pretende obtener lascas delgadas y regulares a través de la práctica de operaciones adiestradas y complejas para la preparación del

núcleo, lo que permite además la producción sistemática, a veces en serie, de lascas de gran calidad: delgadas, ligeras, con el diseño de una morfología fehacientemente controlada por el tallador, incluso antes de extraer el núcleo (predeterminación de las formas perseguidas, preferentemente apuntadas, alargadas u ovalares), y con una abundante cantidad de filo respecto al volumen total de la lasca. El tallador necesita algunas operaciones complejas a fin de disponerse a la extracción del núcleo con un percutor, como:

1) con objeto de obtener una forma abombada para facilitar la extracción mediante un pelado periférico de la primera lasca predeterminada,

2) un descortezado después de la superficie de talla con un proceso intermedio de preparación (planificación y anticipación);

3) para luego continuar la secuencia debe de valerse de un control constante con golpes certeros de los ángulos y los volúmenes del bloque empleado.

Los neandertales también utilizaron alguna de las variantes de la talla laminar: un proceso de preparación del núcleo que sirve para obtener un gran número de láminas.

Cuando las rocas de la que disponían los talladores neandertales eran peores (más duras de tallar, con más asperezas, susceptibles de más accidentes y errores en el proceso de explotación) se ponían en juego otras prácticas más elementales como, por ejemplo, la talla discoide: técnica en la que el núcleo es explotado por ambas superficies de manera centrípeta, en forma de disco (Roebroeksa, 2016).

Sin embargo, y debido a las dificultades que comportaban las técnicas de levallois y la de láminas, precisaban de rocas de calidad que fracturaran limpiamente, que no se quebraran enseguida y que no produjeran filos endebles. Por ello, los neandertales estaban perfectamente familiarizados con las distintas calidades de las rocas que manipulaban, conocían estas ventajas y limitaciones y las respuestas de aquellos núcleos escogidos a una fracturación intencionada. Todo ello lo obviaban con el empleo de materias primas de gran calidad, como: el sílex (que por su textura que produce fracturas muy amplias y filos muy cortantes), las rocas volcánicas como el basalto, la obsidiana procedente de la lava del volcán, las cuarcitas, y piedras de cantos rodados de los ríos, cuarzos, calizas, etc. Además, el método levallois tenía la ventaja de proporcionar una

gran economía de materia prima, permitiendo obtener una gran cantidad de filos de gran calidad por canto explotado y hasta seis veces más filo útil que en el transcurso del obtenido por la elaboración de un bifaz (Monnier, 2012).

En muchas ocasiones, los neandertales empleaban las tallas recién obtenidas aprovechando los filos frescos y muy cortantes, sin mayor tratamiento; así, por ejemplo:

las puntas de levallois (lascas en forma apuntada) que podían enmangarse habitualmente a un astil de madera ayudado con fibras vegetales, tendones animales pueden utilizarse directamente como una eficaz y resistente lanza.

Aunque los bordes de las lascas resultaban extremadamente cortantes, eran también frágiles y llegaban a romperse con facilidad, por lo que reavivaban regularmente sus filos embotados y quebrados a consecuencia de su empleo en las labores cotidianas, mediante el retoque: se aplicaban unos cuidadosos golpecitos con un percutor duro, por ejemplo una piedra, o blando como la madera o el asta de ungulado sobre la línea desgastada del borde, lo que hacía saltar esquirlas sucesivas, que permitían obtener un nuevo frente afilado y de nuevo listo para su uso, por ejemplo, transformando para el caso una lasca simple (que aún no ha sido retocada) en una raedera (Fernández, 2016).

Los yacimientos neandertales suelen incluir también varios tipos de artefactos encontrados frecuentemente, así: todavía elaboraban las hachas de mano o bifaces, aunque considerablemente menores que las producidas anteriormente por el Homo heidelgergensis. Además, como sistematizó en sus estudios en sus estudios descriptivos Francois Bordes, a mediados del siglo XX, contaban con: 1) raederas, que presentaban filos retocados de forma rectilínea en uno o varios frentes de la pieza; 2) las puntas que son diseñadas en forma de venablo; 3) escotaduras muestran una gran concavidad retocada; 4) los denticulados, que están compuesto por una serie de pequeñas concavidades que delinean un filo dentado (Diez, 2014).

Gracias a la traceología se constata que cada uno de los diversos tipos instrumentales tallados en piedra, se llegan a observar trazas de actividades dispares:

raído, pulido, perforación de distintas materiales (piedra, madera, piel), trabajos de carnicería (corte de masa muscular, tendones), labores y tratamiento de los recursos vegetales.

Podría decirse que una punta o un núcleo de levallois, o una raedera, estarían considerados bienes de primera necesidad. La búsqueda, el acopio y el mantenimiento de materias primas de calidad para la elaboración de sus instrumentos líticos, constituía una tarea de vital importancia para el quehacer cotidiano de los neandertales.

Hemos de preguntarnos sobre los factores que deja el Hombre de Neandertal más allá de sus técnicas instrumentales que hicieron más fácil su adaptación a la vida cotidiana de la Edad de Piedra. La relación que establecieron entre el tallado de la piedra y su economía revela importantes aspectos sobre un modo de vida con capacidad estratégica suficiente para ser capaz de adaptarse suficientemente al riguroso territorio europeo surgido durante la Edad del Hielo (Monnier, 2012).

Es por todo ello, que el acceso a la materia prima de núcleos de buena calidad constituía un factor decisivo en los pulsos de la supervivencia neandertal (Finlayson et al. 2006). Se puede llegar a establecer la reconstrucción de algunos de los itinerarios seguidos en las rutas de los desplazamientos neandertales, en función de las piedras que llevaban de viaje consigo como parte de sus escasas y más preciadas pertenencias, ya que siendo muy buenos conocedores del territorio, organizaban su aprovisionamiento de rocas cuando frecuentaban un entorno pobre en rocas de calidad, y en previsión de economizar el gasto de las piedras de mayor calidad. Se trata de un bien muy preciado y retocado una y otra vez para alargar en lo posible, al máximo su vida útil. Aunque podremos encontrar situaciones muy excepcionales en torno a los 100 kilómetros, lo cierto es que el radio de origen de las materias primas de las que se aprovisionaban no superaba los 5 ó 10 kilómetros de distancia del lugar en el que se asentaban (Fernández, 2014; Monnier, 2012).

La reconstrucción de las cadenas líticas operativas nos ayuda a interpretar la secuencia de producción y las funciones de cada una de las siguientes etapas: 1) en el aprovisionamiento de la materia prima; 2) la explotación de los núcleos en bruto para la explotación de lascas cortantes; 3) la aplicación de la técnica del retoque; 4) el empleo de objetos líticos diseñados para las diversas tareas cotidianas; 5) y el abandono final de las piezas encontradas en los yacimientos (De la Torre, 2015).

Así, los asentamientos se clasificaron en tres grupos:

1º. Los instalados en algunos lugares se convirtieron en verdaderos talleres, sólo porque al estar apostados sobre la cercanía de buenos afloramientos se dedicaron a la producción en serie de instrumentos que, ya acabados, se distribuirían después a otros asentamientos en los que fueran empleados; en estos casos, los yacimientos contarían con objetos que apenas estuviesen acabados.

2º. Dada la cercanía que pudiese existir entre los puntos de acampada y las rocas utilizadas, los yacimientos incluirían toda la cadena productiva (boques en bruto, traídos de sus emplazamientos naturales, todo tipo de núcleos, lascas y residuos de la talla, y piezas finamente retocadas).

3º. En algunos vestigios se constituyeron altos para el aprovechamiento de la caza

o para la recolección de determinados bienes muy concretos, explotados por pequeñas partidas de hombres alejados de los campamentos, y en los que

sólo se encontrarán utensilios ya acabados, listos para lograr abatir las piezas

o para una rápida extracción de los recursos que se pretendían.

En el registro fósil humano en el Pleistoceno inferior y medio de Europa respecto de los conjuntos con una antigüedad superior a 800.000 años, se incluyen conjuntos de herramientas descritas en Europa entre las que se encuentran núcleos y lascas, la mayoría sin retocar propios del Modo 1, de acuerdo con la terminología de introducida por Clark en 1977, que no son equivalentes a los hallados en África también del Modo 1, propias de épocas mucho más antiguas. Esto nos hace que inferir que esta tecnología, tan arcaica en su concepción y manufactura, podría tener orígenes distintos en África y Eurasia y que sus similitudes sólo se deberían a una convergencia cultural en el modo de tallar la piedra (Tomás, 2015).

Doronichev (Bermúdez de Castro, 2016) hipotetiza que los fabricantes del Modo 1 europeo (que se identifican con Homo antecessor) no llegaron a extinguirse, sino que sobrevivieron a las intensas glaciaciones de inicios del Pleistoceno Medio. Los supervivientes, bien adaptados a las duras condiciones del frío estepario, mejoraron su tecnología e idearon un repertorio de herramientas muy característico. Esas herramientas se habrían fabricado a partir de las lascas simples, mediante un complejo proceso

mejorado a través de milenios. El resultado sería la asociación de algunos núcleos con centenares de herramientas de pequeño formato, a lo que este arqueólogo experimental denomina complejo pre-musteriense y que los arqueólogos han incluido en el Modo 3. Según Doronichev, hace al menos unos 800.000 que Europa habría sido testigo de la entrada de la tecnología achelense (Modo 2) procedente de África. Esta tecnología se caracteriza por la fabricación estandarizada de bifaces, hendedores y picos, por citar las herramientas características de este complejo tecnológico. Las herramientas del Modo 2 presentan una cierta variabilidad por lo que no se distribuyeron de manera uniforme por toda la península europea. Se puede distinguir un Modo 2 occidental y otro oriental de aspecto similar, con sutiles diferencias. El achelense del oeste de Europa penetró vía Estrecho de Gibraltar desde el norte de África hace al menos 800.000 años, mientras que el achelense del este de Europa habría entrado algo más tarde a través de la península de Anatolia y habría llegado hasta el centro del continente. En definitiva, y siempre según su criterio, hace unos 600.000 años tendríamos en Europa al menos tres poblaciones diferentes con tradiciones culturales y tecnológicas distintas. Los fabricantes de la tecnología del Modo 1 habrían sobrevivido hasta finales del Pleistoceno Medio en muchos lugares del centro y este de Europa. La entrada del Modo 2 habría sido realizada por la especie Homo heidelbergensis, que habría evolucionado hacia Homo neanderthalensis (Modo 3) (Tomás, 2015).

De todo ello, podemos inferir una aproximación en donde estableceríamos que no existe una relación entre las especies humanas y la tecnología. Así nuestra misma especie, podría establecer un continuun respecto de una cultura basada en la caza y la recolección (Pleistoceno), una cultura basada en la agricultura y la ganadería (Holoceno).

El escenario de Doronichev contiene otras hipótesis difíciles de contrastar. Por ejemplo: en este escenario se plantea la colonización del sur de Europa a través del estrecho de Gibraltar para explicar la entrada del Modo 2 desde África. El paso por este brazo de mar hace 800.000 años hubiera requerido algo más que mucha suerte, tras una travesía a nado en medio de fuertes corrientes. La plataforma continental entre África y Europa en el estrecho de Gibraltar es muy corta y la profundidad (aún en fases glaciales) no parece invitar a este tipo de aventuras. La colonización de un continente requiere un

número suficiente de individuos y tendríamos que pensar en un puente continental entre el norte de África y Europa, cuya existencia no ha sido probada. Pero, como científico, tengo que aceptar todas las hipótesis propuestas con datos serios y con alguna posibilidad de ser contrastadas. No obstante, tenemos que admitir nuestra profunda ignorancia sobre lo que sucedió en Europa durante el último millón de años. El registro fósil es muy limitado y plantea muchas más preguntas que respuestas. El registro arqueológico es mucho más rico y diverso, pero no responde necesariamente a la presencia simultánea de varias especies de homininos, sino a la variabilidad cultural que puedan generar cada una de sus poblaciones de manera independiente (Finlayson y Finlayson, 2016; Rodríguez-Vidal, 2014).

La minería se practicaba con una tecnología adecuada (Gamble, 1999), a fin de extraer ocre y materias primas para la industria lítica, incluso se transportaban bloques a cierta distancia del lugar de extracción (Maillo, 2008a).

Junto al empleo de la lítica materia prima para la talla y el hueso trabajado, el hombre del Paleolítico y además de aprovechar las posibilidades que le ofrecía el agua y el fuego, desarrolló técnicas adecuadas para la explotación de los recursos estacionales con la recolección, y practicó el carroñeo, el arte de la caza y la pesca, y se propuso otras tecnologías para el uso de la materia prima que el medio solía proporcionarle, como:

maderas, pieles y fibras de origen vegetal, para condicionar su lugar de habitación cuanto más adaptado a las posibilidades del entorno.

Como ocurre en cualquier sociedad nómada, la madera constituía un recurso básico por su abundancia en la naturaleza, apreciado no sólo para alimentar los fuegos para la lumbre que los ayudase a preparar sus alimentos, a calentarse y resguardarse de los peligros con los que les amenazaban sus predadores, sino para la elaboración de armamentos letales como los astiles que enmarcaban sus preciadas puntas; así como para la realización de utensilios empleados para todo tipo de usos de la vida cotidiana (recipientes, pinchos, bastones, percutores) para la construcción y organización de su hábitat, pues ya desde las primeras fases del Paleolítico inferior nuestros predecesores realizaban mazos y varas para levantar raíces del suelo como en los yacimientos de Kalambo Falls, norte de Rhodesia, así como bastones con el extremo aguzado para desenterrar raíces y tubérculos, y puntas para la caza o para la defensa. En Kenia, se han

encontrado útiles líticos fechados hace 1,5 millones de años que presentaban huellas de uso para cortar plantas, raíces y maderas (Mendez et al., 2016).

El estudio acerca del empleo y consumo de plantas en el Paleolítico no ha sido considerado con la misma importancia que se ha otorgado a otros ámbitos de la investigación como el de la tecnología o la caza. Hasta tiempos muy recientes la recuperación de restos arqueobotánicos se ha centrado prácticamente en documentar el paisaje vegetal y sus transformaciones, para contrastar la relación entre cambio ambiental y social. El valor socioeconómico de las plantas para las distintas poblaciones paleolíticas ha sido en general olvidado (Berihuete y Piqué, 2006). Tan sólo cuando la conservación excepcional del registro lo ha permitido, se ha investigado desde esta perspectiva, constatando además la complejidad social que se desprende de la realización de determinadas actividades relacionadas con el mundo vegetal, así como los conocimientos biogeográficos, botánicos, tecnológicos, culinarios, que son necesarios para llevar a cabo dichas actividades (p. ej., las jabalinas de Schöningen o la constatación de la recolección en Gesher Benot Y'aqov) (Mendez et al., 2016).

El papel del mundo vegetal en las sociedades cazadoras recolectoras paleolíticas es fundamental, hay gran cantidad de necesidades infraestructurales que el empleo de las plantas cubre. El ámbito de la recolección y gestión de los vegetales se revela como una parte esencial de la estructura (con una organización social necesaria a la hora de planificar y gestionar su obtención y uso) y de la superestructura, con el desarrollo y ampliación de los sistemas de conocimientos relativos al mundo vegetal. Los conocimientos se combinan con categorías de conocimientos de otros ámbitos para la consecución de distintos fines, entre los que destacamos la transformación de la madera en energía, el cocinado de los alimentos y el ámbito higiénico-sanitario: Aspectos conceptuales como las clasificaciones botánicas del sentido común, las características y propiedades de las diversas partes de las plantas, los usos de los vegetales con fines variados, lo que se une a los conceptos y procedimientos empleados para localizar, adquirir, transportar, procesar y emplear las plantas (Pean y Patou-Matis, 2011).

La etnicidad se puede estudiar a través de la cultura material, con la existencia de redes supra-grupales entre los cazadores recolectores (para intercambio de bienes y parejas, para cacerías comunales, fiestas, banquetes y rituales colectivos) está

documentada desde hace décadas por la antropología sociocultural (Harris, 1980). La supervivencia de los distintos grupos neandertales habría sido muy difícil (Finlayson et al. 2006), por no decir imposible, si se hubiese dado un total aislamiento entre dichos grupos sociales. La existencia de redes supra-grupales (como mínimo al nivel de contactos sociales que trascienden los grupos de parentesco) ha sido respaldada a partir de las conclusiones de los análisis paleogenéticos realizados a los individuos del Sidrón: De los 13 individuos analizados se concluye que todos los individuos masculinos pertenecen al mismo linaje materno, mientras que los femeninos provienen de distintos linajes (Lalueza Fox, 2006; Rosas, 2010). Sobre la existencia de estratificación social y de estatus concretos intragrupales e intergrupales, Hayden señala una serie de evidencias arqueológicas que pueden indicar la presencia de roles y/o estatus socioculturales como: enterramientos, ornamentos, pigmentos y la posible existencia de los santuarios profundos, que según el autor podrían ser lugares de carácter ritual relacionados con actividades de sub-grupos con estatus especial dentro de las sociedades neandertales. La estratificación de la sociedad por sexos y grupos de edad es un fenómeno universal, toda sociedad atribuye diversos roles y trabajos a sus componentes en función del género y de la edad. En cuanto al empleo de plantas medicinales, se ha documentado entre los Neandertales del Sidrón: El análisis del cálculo dental de uno de los individuos constata que ingirió aquilea y camomila, que se ha interpretado con cualidades medicinales, ya que su valor nutritivo es escaso y su sabor amargo que los Neandertales ya podían percibir (Hardy et al., 2012).

La Traceología revisa los desgastes producidos por la fricción de los objetos líticos que disponían estos humanos con materias y fibras vegetales, indica la acción de descortezado, astillado o pulido empleándolos sobre la madera, es el caso por ejemplo del yacimiento de Abric Romaní, habitado entre 70.000 y 40.000 años, que además de albergar un poste de cinco metros de longitud que forma parte de una estructura levantada dentro de una cabaña o cobertizo, contaba con piezas de madera en la organización del espacio doméstico, así como la construcción de lanzas de este material a fin de poder constituir parte del armamento con el que ayudarse (Fernández, 2014).

En el depósito aluvial del yacimiento de Clacton-on-Sea (Essex, Gran Bretaña), se recuperó una punta de lanza de madera de tejo fechada hace 400000 años. En antiguos depósitos de agua del yacimiento de Bilzingsleben (este de Alemania), se han encontrado utensilios de madera con astas y virutas procedentes de su fabricación con una edad que abarca hasta 450.000 años. En el cazadero de Torralba (Soria) se fechan vestigios del uso de madera de pino albar, sauce o álamo y abedul, durante el Achelense antiguo, como por ejemplo, una punta de lanza, de 50 cm de longitud con el extremo muy agudo.

Durante la época Musteriense, en el asentamiento de Bremen (Alemania), se encontró una punta de madera asociada a un esqueleto de elefante; en Lehringen, se halló otro instrumento de madera de tejo; y con fecha de hace 50000 años, en Abri Romani (Capellades, Barcelona), los investigadores encontraron una herramienta carbonizada para el uso de la casa de madera de junípero, que en uno de sus extremos presentaba forma convexa, y apuntada en el extremo contrario linajes (Rendu et al., 2011; Lalueza Fox, 2006; Rosas, 2010).

Gracias al aprovisionamiento con los animales de que disponían, sometían a las pieles a un tratamiento similar al curtido, esto es: las marcas de corte y de desgaste que muchos individuos sufrían en los incisivos se correlaciona con una muy firme comprensión de las mandíbulas indicando que tensaban las pieles con firmeza entre la boca y una mano, a fin de tratarlas aplicando el empleo de instrumentos cortantes agenciados en la otra mano (Fernández, 2014).

Además, es posible que los neandertales trabajaran las fibras vegetales para la elaboración de cordajes con los que llevar a cabo algún tipo de actividad de cestería (Diez, 2014), o contenedores de red, cuerdas y cabos, cordeles de sujeción, etc. Ensamblaban las piezas de sus vestiduras de forma rudimentaria, perforando la piel con punzones y sirviéndose de tendones animales muy elásticos y resistentes o muy básicos cordajes de fibras vegetales, pues entre los hallazgos arqueológicos no se han encontrado agujas (Monnier, 2012).

Los métodos matemáticos por análisis estadísticos de las industrias, y los físicos como la datación por el Carbono-14 o por el método del Potasio-Argón 40, aportan mucho a las investigaciones sobre el uso de la madera en estos periodos, así: la presencia

de agujas de hueso en el Magdaleniense indica la probable existencia de vestidos cosidos (Bordes, 1968).

Parte del instrumental lítico, a partir del Musteriense; y el material en hueso, desde el Auriñaciense, está destinado al trabajo de las pieles y el cuero, esto es: a la elaboración de recipientes y bolsas de cuero crudo o pellejo para el transporte, correas y tiras de sujeción, sus aplicaciones como alisado y pulido para el trabajo del hueso, así como para el abrigo y vestido, e incluso para la cubierta de algunas viviendas (Rendu et al., 2011).

La piel de los animales que se endurece y vuelve rígida cuando se seca, debía de ser preparada antes de su uso; la forma más simple, se obtenía mediante el secado al calor generado por el fuego; también con raspadores y raederas con las que se eliminaban las grasas y los restos de carne, para flexibilizarlas luego de forma eficaz humedeciéndola en agua y golearla con una piedra redondeada, y recubrirla posteriormente con grasa, hasta que quedaba flexible e impermeable por mucho tiempo. El curtido de la piel requiere de sustancias minerales o vegetales ricas en ácido tánico (p ej., corteza de roble o de sauce empapada en agua) (Monnier, 2012).

En el Musteriense se usaban pieles como vestido, utilizando técnicas muy simples:

el cuero, ya flexible, era adaptado al usuario cortándolo con herramientas líticas y, después, ayudado de perforadores y punzones, era agujereado en sus extremos, lo que permitía montar y ajustar la prenda mediante estrechas tiras de cuero sin curtir. Durante el Paleolítico superior, el hombre ya dispone como en Sungir (Moscú), hace 22000 años, de unos recursos más avanzados: agujas para coser, punzones óseos de distintos tamaños, perforadores, cuchillas líticas (Mendez et al., 2016).

La cabaña del vestíbulo de la cueva de Lazaret (Niza), fechada en el Pleistoceno medio (Riss III) poseía una cobertura de pieles unidas entre sí por tiras de cuero crudo y fijadas al suelo mediante bloques de piedra. Durante el Musteriense (Rendu et al., 2011), también hay cabañas al sur de Francia con coberturas de piel; y durante el Paleolítico superior destacan los hábitats de Kostienki (valle del Don, CEI) o Pincevent (norte de Francia) (Monge et al., 2015).

El transporte debió de ser inicialmente individual, mediante bolsos o recipientes de fibras vegetales o de pieles; durante el Paleolítico superior se encuentran claros indicios de intercambio de productos entre grupos, cubriendo ya largas distancias: lo que supone, contar con recursos técnicos suficientemente perfeccionados para contener las mercancías (Jimenez-Espejo et al., 2013; Rodriguez-Vidal et al., 2014).

En algún momento ya muy lejano de nuestra evolución la estirpe de nuestros predecesores (se han citado casos del uso intencionado en algunos yacimientos africanos muy antiguos, como los keniatas de Chesowanja, Koobi Fora y Olorgesailie, con cronología cercanas a 1,5 millones de años), dejaron de temer al fuego y además comprendieron sus inmejorables ventajas que constituye su control, convirtiéndose en unos de los paradigmas transcendentales de nuestra historia tecnológica, así que tuvo muchas aplicaciones durante el Paleolítico: 1) proporcionaba luz; 2) era una fuente de calor que deparaba abrigo y protegía de las inclemencias del tiempo; 3) servía de ayuda para la defensa de predadores y de los molestos insectos; 4) servía para cocinar, ya que ayudaba a preparar de y a conservar los jugos y alimentos más pedecederos; 5) a través del calor que era capaz de generar transformaba las cualidades de la materia prima de piedras y maderas; 6) alteraba los ritmos de luz/oscuridad a su vez relacionados con diferentes biorritmos durante la vigilia y el sueño, alargando la jornada durante el otoño y el invierno, disponiendo así de luz durante más horas del día y la consiguiente capacidad para realizar mayor número de actividades; 7) cohesionaba a los grupos del clan alrededor de él logrando estrechar vínculos; 8) propiciaba un tiempo que gestaba la intercomunicación de cuentos e historias; 9) eran momentos que se aprovechaba para discutir por ejemplo sobre las estrategias cinegéticas u otras prioridades en torno al grupo; 10) la domesticación del fuego propició una complejidad social, a través de la formación de las hogueras, no tan sólo para cocinar alimentos, o endurecer armas de madera, sino como motor de la socialización de nuestros ancestros, incitaba al aprendizaje y la cohesión social para aportar materias combustibles la utilización de instrumentos líticos para cortar el combustible ya que su mantenimiento requería una organización del trabajo; 11) y entre otras funciones, el fuego ayudaba además a quemar la maleza, se utilizaba para hacer señales, trabajar el sílex y el hueso, la madera y las astas; servía también para dirigir la caza, y propiciaba el preparado de colorantes con ocre

o carbón vegetal; 12) se podrían establecer lazos más profundos en torno al fuego, perfeccionar entre ellos la comunicación transmitiendo información y mejorando y facilitando la práctica de lenguajes cada vez más complejos (Jimenez-Espejo et al., 2013; Rodriguez-Vidal et al., 2014; Clive et al., 2006).

El empleo del fuego por los primeros humanos parece remontarse hasta los 1,5 millones de años en algunos yacimientos africanos, se trataría de fuegos no fueron producidos de forma intencionada, adquiridos y conservados, sino que podía obtenerse de los incendios espontáneos provocados por la combustión de materias orgánicas en descomposición, o procedente del aparato eléctrico generado por una tormenta, por las erupciones volcánicas, procedentes de bolsas de gas natural.

Todas las sociedades de cazadores recolectores dominan las técnicas de su producción, un proceso laborioso que hace mimar luego la conservación de las llamas en sus hogares, que a su vez requirieron una organización social del grupo, posiblemente cohesionada bajo una protección mágico-religiosa. Los ancestros europeos de los neandertales, Homo Heidelbergensis dominaba el uso del fuego hace ya 400000 años, pues en sus yacimientos se encontraron estructuras de hogueras bien definidas. La presencia del fuego en los yacimientos arqueológicos más antiguos junto a la industria lítica, suele interpretarse como una prueba fundamental de la presencia humana (Juan, 1994; Maillo, 2008a).

Las técnicas de producción del fuego no parece que se generalizara hasta comienzos del Paleolítico superior, a cargo de nuestros neandertales y debió de llevarse a cabo a través de las siguientes técnicas (Rosas, 2010; Clive et al., 2006):

1) Mediante la técnica de percusión, que se aplicaba contra piedras capaces de llegar a producir chispas, esto es: golpeando con acierto dos piedras apropiadas, por ejemplo: un fragmento de sílex contra una pirita, que es un material rico en óxido de hierro, lo que produce abundantes chispas que luego se recogen en la yesca (fina materia vegetal seca y fácilmente inflamable como pajas, hojas, hongos, musgos o líquenes) siendo activada mediante oxigenación, consiguiendo así prender la llama, como en el caso del hongo yesquero que además de producirla, la transportarla con gran facilidad.

2) Por la técnica de fricción (que se atribuye al yacimiento de la cueva de Krapina, Croacia), que consiste en la frotación longitudinal, la rotación manual de un palo contra una plancha también de madera en la que previamente se han hecho pequeñas incisiones, a fin de que el oxígeno circule por la tablilla avive la combustión y aprovechando el calentamiento que origina la rotación manual sobre un palo de madera, la rotación por correa y la rotación por un arco (Perles, 1977), acabe provocando cenizas que creen una brasa, empleando luego todo tipo de combustible para alimentar las hogueras: leña de haya, arce, pino, roble, carbón mineral como el lignito, incluso huesos y grasas animales; y eran de muy diversos tipos: a) pequeñas, que descansaban sobre una superficie plana; b) otras sobre pequeños agujeros o cubetas excavadas en el suelo; c) otros espacios destinados para este propósito, siempre ocupando un lugar destacado en los hogares de un asentamiento, inalterable a lo largo de generaciones, rodeado por un círculo de cantos rodados o bloques, acondicionados y protegidos con pequeños muretes; como en el ejemplo del yacimiento barcelonés de Abric Romaní (entre 70.000 y 40.000 años de antigüedad) donde se han excavado casi veinte metros de espesor de cenizas de hogares mantenidos durante largos periodos de tiempo, con los fuegos magníficamente conservados representan una función organizadora respecto del espacio doméstico; y d) hogueras que llegaban también a disponerse sobre losas de piedra (Díez, 2014; Fernández, 2014)

En función de su utilidad, distinguimos también: a) pequeños hogares, situados cerca de las paredes rocosas, que servían para proporcionar luz y calor en el recinto; b) grandes fuegos, que se convertían en verdaderos focos de actividad especializada para la preparación de viandas en las brasas, placas de piedras calientes, cocina de brochetas ensartadas en los rescoldos, alimentos que asaban en hornos que gestionaban el calor a través de agujeros que lo disipaban desde la lumbre, calentamiento de líquidos, conservación mediante la elaboración de ahumados (Clive et al., 2006; Duckworth et al., 1911; Fernández, 2014; Monnier, 2012).

La conservación de los alimentos, caso de que no se iniciase en el Paleolítico inferior, debió de empezar a practicarse desde el periodo Musteriense con la congelación en el exterior de las cuevas y las viviendas como señalan Solecki y Dennell. Posteriormente, durante el Paleolítico superior, se aplicó el ahumado y secado de la carne

que se almacenaba junto a otros alimentos en hoyos situados en el exterior de las viviendas y a las entradas de las cuevas, y reservados con cubiertas de piedra como refieren autores como Shimkin en yacimientos del este de Europa. Resulta un hecho probado que para la conservación de los alimentos sugiere ya la planificación del grupo, pues supone la posibilidad de organizar las actividades a medio y largo plazo a fin de conseguir la reserva y almacén de los alimentos (Juan, 1994).

Desde sus orígenes, una de las primeras preocupaciones del hombre ha sido la vivienda, mostrando una clara tendencia a vivir en grupos, con el fin de aumentar la seguridad, organizar la explotación del medio y satisfacer sus necesidades sociales; así la primera obra humana de la que tenemos constancia fue una alineación de piedras que constituían un semicírculo, interpretado como un protector frente al viento dominante, en el yacimiento de Oldoway (Tanzania), fechado alrededor de 1,8 millones de años.

En el Paleolítico inferior, no sólo se utilizaban las cuevas como viviendas, sino que ya se contaban con cabañas que se situaban en el vestíbulo de las cuevas que desempeñaban aquí una función de un doble techo, así como estructuras al aire libre.

Los campamentos neandertales siempre se colocaban en lugares de disposición estratégica, acondicionados gracias a los accidentes geológicos que luego había modificado también el clima, por ejemplo, proporcionando lugares parcialmente cerrados, en los que instalarse cómodamente al abrigo de la intemperie: 1) grandes salas de acceso a oscuras y profundas cuevas; 2) pequeñas bocas abiertas en los farallones calizos; 3) leves abrigos rocosos sotechados; 4) otras veces (como en el yacimiento de Abric Romaní), destinados a mejorar las condiciones húmedas que propiciaban las rocas, se construían cobertizos rudimentarios; y 5) cuando el ambiente propiciaba unas condiciones idóneas, los neandertales acampaban también al aire libre (Finlayson, 1999 y 2001; Gutierrez et al., 2001; Rodriguez-Vidal, 2002).

La cueva era lugar de habitación, pero también de enterramiento, de culto y ritos. La aparición del arte rupestre y mueble durante el Paleolítico superior, es una de las más notables características de esta época, donde la cueva se convierte en un santuario cuajado de representaciones y símbolos, de forma que ésta debía de ser el centro del universo familiar del clan o grupo de cazadores-recolectores.

Las cuevas contaban con áreas de actividades bien definidas, centradas en su interior con relación al vestíbulo: hogares de variada tipología, talleres para los trabajos con sílex, hueso, asta, o madera; chozas dormitorios interiores, zonas de enterramientos, áreas sagradas para las ceremonias de culto y magia, piletas naturales donde abastecerse de agua. En zonas exteriores a la cueva, contaban con pozos para conservar los alimentos, zonas para trabajar y secar las pieles, tendederos, áreas de descuartizamiento, fuegos de protección nocturna y chozas de estación cálida, como los yacimientos del acantilado de Bauousse Rousse (Grimaldi, Costa Azul), con una antigüedad de hace 25.000 años.

Para evitar las condiciones de dormir al raso, construían diversos tipos de habitaciones para conseguirse cobijo, mostrando gran capacidad de mimetismo en estos espacios abiertos: algunas cabañas y otras grandes estructuras construidas con los huesos de grandes animales y como los mamuts (yacimiento de Molodova I, río Dnestr, Ucrania) que eran de un complejo diseño con la aplicación de una tecnología capaz de atender con extraordinario éxito a los condicionamientos de un medio adverso (Dema y Patou-Mathis, 2011), como en los asentamientos musterienses de los islotes (Carrión et al., 2008) en los acantilados de Goaréva y Sant Michel, en la costa atlántica francesa); así como chozas y cortavientos como el portugués de Vilas Ruivas, en el valle del río Tajo cerca de Castelo Branco, estructura con forma de arco mediante el apilamiento de grandes cantos como parapetos en donde se recogían sus escasos habitantes al abrigo de pequeñas hogueras que dispensaban calor, con pequeños cobertizos levantados con madera y quizá pieles, utilizando materiales propios del entorno inmediato que eran fáciles de abandonar cuando surgía la necesidad de proseguir la marcha (Gutierrez et al., 2001; Rodriguez- Vidal, 2002).

Otro ejemplo de campamentos fugaces sería la estructura de habitación al aire libre del cortaviento circular descubierto excavado en el yacimiento de La Folie (Poitiers, Francia), quizá una estructura familiar que hacía un alto en aquel valle durante algunos días, que se agenciaba de la siguiente forma: postes de madera firmemente anclados en el suelo, reforzados con pesados bloques de piedra que habían servido de esqueleto para este abrigo artificial construido por un empalizado de ramas y palos, y contaba en su interior con una entrada en donde se hallaba el fuego, y más allá las zonas de actividades, la zona de talla y la estancia de descanso. Contamos, también con datos como la

estructura de jergones herbáceos en el yacimiento de la cueva de El Esquilleu (Cantabria, España) (Finlayson, 1999 y 2001; Gutierrez et al., 2001; Rodriguez-Vidal, 2002).

La caza y la pesca, junto con la recolección fueron las actividades básicas para la subsistencia del ser humano durante el Pleistoceno, éstas propiciaron todo un proceso de experimentación que trataba de hacer más efectivas las técnicas de obtención de alimentos, desde: 1) la adecuación de la industria lítica con una evolución en el diseño cada vez más eficaz; 2) la industria ósea (sobre todo en el Paleolítico superior); 3) la invención de trampas de caza, lazos, ondas, utilización de ingeniosas técnicas de ojeo, seguimiento y acoso de las manadas respecto de especies concretas como el reno (Pincevent y Verberie, Francia); 4) la invención del propulsor de venablos; y 5) la primera máquina de matar propiamente dicha: el invento del arco y las flechas, uno de los inventos más revolucionarios de la prehistoria durante el Paleolítico superior (Maillo,

2008a).

En el Paleolítico inferior, las técnicas de caza y pesca fueron muy simples. En la época musteriense, las puntas colocadas en el extremo de un astil fueron armas eficaces para herir o rematar animales; y durante el periodo del Paleolítico superior, fueron eficaces instrumentos de caza: las azagayas de hueso y madera, así como las puntas solutrenses y los arpones y anzuelos óseos magdalenienses y azilienses, que al estar dotados de dientes no se desprendían fácilmente de su pieza y no se perdían mediante una sujeción al astil con un cabo, por lo que ya apuntan un perfeccionamiento técnico extraordinario, como sucedió con la invención del lazo, el propulsor y el arco y las fechas, que denotan el descubrimiento de las leyes físicas fundamentales (Gutierrez et al., 2001; Rodriguez-Vidal, 2002).

El arco fue un invento extraordinario porque aseguraba la eficacia de la caza a distancia, aumentando la precisión del disparo; no tuvo un sustituto eficaz hasta la aparición de las armas de fuego (Monnier, 2012; Fernández, 2014).

La navegación sobre embarcaciones muy simples durante el Paleolítico sí que podrían llegar a justificar los asentamientos musterienses del islote de Brèhat, en la Francia atlántica. Durante el Achelense, los encontrados entre los asentamientos arqueológicos del sur de Andalucía y el norte de Marruecos, obligan necesariamente a pensar en contactos humanos habidos a través del Estrecho de Gibraltar; además, y en

relación a esta hipótesis, las orillas de ambos continentes, aunque no contaba con la anchura de separación que persiste en la actualidad, precisaba de algún medio de navegación para cruzarlo. Lo mismo debió de ocurrir para otros pasos habidos a través del mar Mediterráneo, verbigracia: el hallazgo de utensilios elaborados con obsidiana que aparecieron datados en el Paleolítico final de la cueva Franchthi (Golfo de Argos, Grecia) pues como no existían originariamente en el continente, debieron ser, sin embargo, de procedencia insular como sea el caso de la isla de Melos, donde son frecuentes (Clive et al., 2006).

El estudio datado industrias líticas hace entre 200.000 y 100.000 años en Sulawesi, así como en el conjunto de islas Wallacea (de enorme interés como laboratorio biogeográfico), entre las que destacan Flores y Timor. Como considera Arsuaga (2016), ya que a ellas sólo se puede ir por mar, incluso cuando su nivel descendía más de cien metros durante las glaciaciones y las islas de las dos plataformas continentales eran accesibles por tierra. Eso quiere decir que hubo navegantes, accidentales o deliberados, que llegaron a Sulawesi hace más de 100.000 años. En esa época ya existía nuestra especie, pero no se tiene noticia de que hubiera llegado tan lejos desde su centro de origen africano. Así que es posible que no fueran individuos de nuestra especie, sino parientes del famoso Hombre de Flores de la vecina isla de Flores (Clive et al., 2006; Bartlett, 2014; Bennet, 2014).

Las técnicas del arte rupestre y mobiliario durante el Paleolítico llaman la atención por la frescura de sus representaciones sobre el soporte de las paredes rocosas de cuevas y abrigos, restos óseos de animales, plaquetas de piedra, modelados en barro y esculturas en rocas, que han sido conservadas intactas a través de milenios.

Respecto al arte mueble, éste era grabado normalmente con instrumentos líticos sobre hueso o asta. A veces se esculpían figuras femeninas de simbología sexual como las popularmente conocidas Venus gravatienses, o incluso se han encontrado piezas que modelaban figuras de animales sobre barro.

Además, sobre este tipo de grabado y aunque todavía se discuten las conclusiones obtenidas por Marshack que estudió minuciosamente las marcas de cientos de huesos procedentes de yacimientos del Paleolítico europeo, podríamos estar ante el hito de la invención del calendario, pues en algunos de estos fragmentos de cuernas se encontraron

evidencias de lo que constituiría un calendario lunar completo, como sea el caso de una plaqueta auriñaciense de asta de reno en el yacimiento de La Dordoña (Spoon et al., 2007; Carbonell, 2005).

Por último, en relación a las artes curativas durante el Paleolítico, y en función de los resultados curativos de algunos restos óseos de humanos que sobrevivieron a serias enfermedades y a sus secuelas como: a) trepanaciones en las que se aprecia el ulterior crecimiento de hueso, b) otro humano en el yacimiento de Tèviec que sobrevivió también a una traumática depresión del occipital; c) el hombre viejo del musteriense enterrado en Shanidar (Irak) que tenía un brazo amputado, seguramente durante un accidente de caza, tras el que muy probablemente sus contemporáneos le cauterizasen su herida al fuego y además la lavaran y preservaran profilácticamente con hierbas curativas; d) o el niño enterrado en Grimaldi que presentaba un fragmento de flecha de sílex incrustada a la altura de su columna vertebral. Por todo ello, resulta evidente que contaron ya con un buen conocimiento de las hierbas, y que se valían de técnicas curativas basada en una farmacopea prehistórica, incluso practicando intervenciones quirúrgicas ayudados de un fino material lítico, muy probablemente a cargo exclusivo del mago o chamán que lideraba el grupo (Rosas, 2010; Díez, 2014).

Con el Hombre de Neandertal (Higham, 1990), es cuando tenemos los primeros signos de cuidado a los enfermos y el respeto a los muertos, cuando nuestros predecesores comenzaron ya a pensar en el bienestar de los compañeros que cohesionaban el grupo tanto como en el suyo propio; y en la vida después de la muerte, ambos comportamientos que hoy asociamos inherentes al Homo sapiens sapiens.

CAPÍTULO 2.

2.1. NEANDERTALES, 2ª PARTE

Los Hombres de Neandertal frecuentaron una gran cantidad de regiones entre las que se incluían: entornos fluviales, llanuras, estepas, roquedos, fuentes termales, paisajes volcánicos y zonas montanas (Diez, 2014), espacios de ecología diversa: ecotonos o zonas ricas de frontera que comparte la línea de conjunción entre hábitats diferentes, lugares de transición entre diferentes ecosistemas; eran verdaderos microcosmos ricos en todos

los recursos necesarios para la supervivencia: caza mayor y menor, vegetales, agua, rocas para la talla y combustible de los que preverse como ramas de troncos para la leña.

Estas sociedades nómadas establecieron asentamientos con distintas funciones, que además son complementarias a lo largo de sus territorios: 1) campamentos residenciales o de base Procuran una suerte de estabilidad al grupo y facilita los desplazamientos cortos, sobre un radio local); 2) campamentos transitorios (cuando el grupo está inmerso en un desplazamiento a larga distancia); 3) asentamientos breves y muy especializados, altos de caza (como los asentamientos de una partida cinegética que están ocupados por unos pocos miembros del grupo); 4) los fugaces puntos de carnicería (destinados al tratamiento rápido de las piezas abatidas en zonas habituales de paso, abrevaderos, áreas de reproducción y cría de las manadas); 5) talleres para la extracción de materias primas (destinados a la obtención y preparación de soportes líticos para su posterior transformación en artefactos).

Como el resto de especies humanas, los neandertales disfrutaban de una dieta omnívora que, además de diversificada, estaba basada en un profundo conocimiento del entorno, lo que a su vez les permitía cierto equilibrio entre la dependencia de los recursos de los que disponían y la necesidad de una menor inversión en el tiempo dedicado a su búsqueda (Rosas, 2010).

El balance energético estaba entre 4000 y 6000 Kcal para un hombre neandertal adulto; y entre 3000 y 4000 Kcal para una mujer, consecuencia de los grandes requerimientos de actividad física a los que se veían sometidos, pues ocupaban unas 7 h al día en el pilar transcendente de su existencia que es la caza, con el fin de procurar el sustento para el grupo (ninguna otra actividad como su vida social, cultural y simbólica, le ocupaba tanto), pues sus técnicas requieren un largo aprendizaje, un estrecho entendimiento con los compañeros, es motivo de cohesión entre los miembros que componen el grupo, origen de causa y motivo de celebraciones por los logros y hazañas, inagotable recurso para la memoria y la identidad colectiva (Diez, 2014); además, siempre hay que tener en cuenta un balance energético negativo cuando ellos se veían con frecuencia a merced de los rigores de la Edad de Hielo, en relación directamente proporcional: cuanto más frío hace mayor demanda energética (Clive et al., 2006).

Como grandes depredadores carnívoros que eran requerían de la explotación cotidiana de extensos territorios al depender de las manadas de herbívoros siempre en constante movimiento, lo que fluctuaba en función de las estaciones, así como los condicionamientos climáticos: las frías edades de hielo alternando con etapas cálidas correspondiente a periodos interglaciares, de esta forma: a) durante los momentos fríos del ciclo anual, las manadas se veían obligadas a migrar a mayores distancias para asegurarse el alimento y ellos debían seguirlas y acecharlas en sus puntos clave de sus rutas migratorias, para lograr abatirlas por sorpresa mientras las aguardaban emboscados en las vías de paso abiertas para el tránsito; b) durante los momentos cálidos y estivales, los grupos familiares de cazadores recolectores se instalaban de forma algo más estable en un emplazamiento propicio desde donde explotar los recursos locales hasta le extenuación, que era otra vez el momento de ponerse en marcha hacia otra zona que permaneciera intacta.

La mayor parte de los recorridos de estos humanos se producían a una escala local (entre 5 y 10 kilómetros de radio); en algunos casos este territorio se ampliaba los 20 kilómetros, y sólo excepcionalmente sobre todo en la Europa central y meridional donde los rigores climáticos eran más intensos, que en la occidental, llegando a recorrer distancias de hasta 200 km, siguiendo la monótona cadencia migratoria de las manadas de las que solían alimentarse.

Respecto de la relación que se establecía entre tribus de neandertales que frecuentaban una misma región: los distintos grupos tienen un profundo, preciso y respetuoso conocimiento del territorio de sus vecinos, constituidos en una especie de tácito entendimiento constituyendo alianzas grupales; no sólo por llegar a establecer buenas relaciones, sino para facilitar los necesarios intercambios genéticos de esposas y maridos que pasaban de un grupo a otro y también culturales entre las células cercanas (Finlayson y Darren, 2008; Carrion et al., 2008; Santoiago, 2010).

La Antropología forense, aporta nueva luz a los prejuicios que sobre lo hombres neandertales recayeron durante tantos años y corrobora su asombrosa capacidad como excelentes cazadores, pues incluso a nivel de la práctica de una caza especializada y estacional, los métodos de caza de los que se sirvió nuestra especie durante el Paleolítico

superior difieren en muy poco a los que ellos ya habían utilizado con cientos de años de anterioridad, esto fue debido en parte gracias a que (Díez, 2014):

1) Respecto de su configuración física: la portentosa fuerza de su brazo era capaz de conferir una potencia letal a sus lanzas arrojadas hasta una distancia de quince metros, con las ventajas de lograr pasar desapercibidos para las especies buscadas;

2) Contaban con una extremada robustez, que incluso le capacitaba para la confrontación con su presa a corta distancia, lo que les supuso orquestar detallados planes de caza (conducir en estampida a grupos de animales como bisontes, caballos, renos hasta el borde de paredes rocosas con una pendiente de más de cien metros de altura por la que en la huida se precipitaran al vacío, como en la cueva de La Cotte de Saint-Brelade, Jersey);

3) Se valían de una asombrosa resistencia les permitía soportar largas jornadas en el campo tras las presas, sin desfallecer;

4) Disfrutaron de excelentes capacidades sensoriales, con un dotado desarrollo de los sentidos del oído y del olfato.

Además, resultado de la adaptación evolutiva, la experiencia acumulada durante milenios sobre las condiciones más hostiles sobrevividas durante décadas terriblemente adversas, capacitó a estos hombres de una muy fructífera y singular sabiduría (Rosas, 2010), esto es:

1) Un profundo conocimiento de las armas arrojadizas más eficaces, lo que además conllevaba el dominio de los fundamentos de la Balística.

2) Destrezas en la observación del campo como verdaderos etólogos, llegando a conocer perfectamente el comportamiento de cada tipo de presa elegida.

3) Práctica desmedida y el perfeccionamiento de las artes del camuflaje.

4) Un comportamiento cinegético genuino y extraordinario, mediante la práctica de la paciencia y la templanza necesaria para la observación del medio natural.

5) Reflexión y estrategia en la búsqueda de las mejores condiciones frente al ataque a las presas de caza mayor, empleadas durante la práctica de las modalidades de aguardo o rececho.

6) Gran capacidad de resolución y resultados a la hora de estudiar los puntos más débiles y concretos de cada uno de sus trofeos (por ejemplo, preferían ejemplares jóvenes e inexpertos cuando sus objetivos eran los grandes y peligrosos mamuts; cuando necesitaban hacerse con grasas animales, evitaban individuos más viejos o los momentos más adversos del año, prefiriendo entonces las épocas que prodigaban la bonanza de copiosos pastos).

Los neandertales eran sobre todo, grandes conocedores del contexto ecológico (marismas o terrenos lacustres, praderas, estepas, montañas o bosques) en el que abrían de abordar a sus presas, así como de la especificidad establecida en función del aprovechamiento dedicado a cada uno de los trofeos; es por ello que Moge et al. (2015), citan: 1) aunque los carnívoros (lobos, zorros y osos) también eran ingeridos, se les buscaba más por su piel; 2) preferían abatir especies relativamente grandes (caballos, bisontes) capaces de aportar gran cantidad de carne y grasa por cada pieza cobrada, a fin de aprovechar el esfuerzo máximo que supone agenciarse un animal de este porte; 3) antílopes saiga y caballos eran muy estimados, particularmente en los momentos fríos y áridos; 4) los ciervos y corzos en los márgenes forestales durante los periodos templados; 5) en los contextos montanos y en los roquedos se cazaba la cabra montés, el rebeco y el íbice. Estos datos se nos refiere desde la Zooarqueología, que se encarga de la descripción taxonómica y descriptiva detallada de las evidencias faunísticas presentes en un yacimiento, lo que nos aporta valiosísima información sobre el modo de subsistencia de este grupo prehistórico.

Todas las piezas cobradas por los neandertales fueron utilizadas muy intensamente; no sólo su carne, vísceras y grasas, sino su piel para elaborar abrigos con los que cubrirse y su cuero con el fin de proteger los pies, los tendones se empleaban como cordajes y las tripas y las vejigas eran adaptadas a modo de contenedores, las astas y los huesos largos sirvieron como percutores, los huesos eran usados en distintas tareas de la vida cotidiana (soportes para construir estructuras de la habitación, recipientes o elementos de cocina) (Monge et al., 2015; Fernández et al., 2014).

En este caso es la Tafonomía, la ciencia que se encarga de discernir, a través de un meticuloso estudio de la superficie de los fósiles, el proceso de transformación sufrida por el cadáver del animal, así: 1) la existencia de huellas dejadas por las marcas de los dientes de algún carnívoro; 2) sin embargo, las marcas de corte corroboran la presencia humana; 3) la localización de las marcas permite conocer las partes sobre las que han incidido los elementos cortantes; 4) las fracturas intencionadas en fresco permiten conocer si el acceso a la grasa del hueso se produjo por percusión de un objeto lítico empuñado por un hombre o fue resultado de la acción de otro depredador; 5) la superposición de una marca sobre otra, permitirá conocer en el orden en que actuó que cada tipo de agente.

Las cacerías especializadas de tipo colectivo dada la alta participación precisa y organizada de un ingente número de cazadores, siempre habían sido consideradas ejemplo exclusivo de las habilidades de nuestra especie, sin embargo los hallazgos que refieren sus yacimientos confieren a los neandertales la habilidad de una caza muy elaborada y especializada, incluso conducida hacia el aprovechamiento de una sola especie (es el caso de Mauran, Pirineo francés, un 99% de sus presas se constituye por bisontes; en la península de Crimea (Ucrania) las presas halladas fueron caballos, en un 90% de los casos) (Rendu, 2011, 2010; Farizy, 1994; Sulier, 2008).

Este tipo de cazas masivas, habría producido gran cantidad de pieles y de carne disponible; la previsión de grandes acumulaciones de estos alimentos para las etapas invernales de hambrunas y carencias, antes conllevaría el poder contar con métodos de procesado imprescindibles para su conservación como el ahumado o el secado (véase las conclusiones obtenidas en el yacimiento de Les Pradelles, Francia, donde la especia más cazada fue el reno en un 90% de los casos, huesos con signos claros de antiguas actividades de desuelle, corte y fragmentación de piezas, y fragmentación de huesos para acceder al tuétano; además, según estudios efectuados sobre la dentición de estos animales, su caza se produjo en el momento más propicio que fue el otoño: cuando los renos se reagrupan en manadas para acometer sus largos desplazamientos migratorios y han almacenado una abundante proporción de grasa para capacitarlos durante el invierno)(Rendu, 2011; Farizy, 1994; Sulier, 2008).

Las tareas de carnicería: desollado, eviscerado, desmembrado, desarticulado y descarnado del tejido del animal aparecen impresas en las marcas de corte y en los

impactos de fractura de los fósiles encontrados en los yacimientos, a consecuencia del uso de utensilios cortantes y percutores. Después de esta preparación a que eran sometidas las partes del animal: a) los grandes trozos de carne despiezada en la zona de caza era transportado hasta el yacimiento, siendo objeto de preparación y consumo directo; b) existen evidencias de construcción de estructuras apropiadas para la cocción, c) se han localizado una especie de hornos de arcilla bajo las hogueras; d) y otras estrategias que se agenciaron para la conservación de la carne como el ahumado, el secado y, ocasionalmente, la congelación; e) posteriormente, esta carne tratada se almacenaba en depósitos que fueron creados como despensas; f) a fin de aprovechar el tuétano, también aparecen pequeños trozos de fragmentos de huesos fósiles que estallaron a fin de obtener la medula roja de los huesos cortos y la médula amarilla proveniente de la caña de los huesos largos (Rendu, 2011, 2010; Farizy, 1994; Sulier,

2008).

Para el caso del consumo de animales muertos, en los que ellos nada tuvieron que ver con su captura, como sea: el hallazgo de un cadáver muerto de causa natural o tras la intervención de otros depredadores; es el carroñeo un tipo pasivo de lógica actividad de subsistencia que debió de ser parte integrante en la búsqueda itinerante de alimentos (animales varados en las marismas o zonas pantanosas o durante los momentos de carestía en pastos, cuando los animales exhaustos en los abrevaderos naturales que terminaban por morir exánimes) (Rendu, 2011; Farizy, 1994).

El carroñeo cuenta, además, con una serie innegable de ventajas: 1) esta práctica comporta bastantes menos riesgos que la caza, al igual que la recolección; 2) no puede verse exclusivamente como una simple estrategia afortunada, pues aunque hay que invertir menor dedicación que a la caza, precisa la capacidad cognitiva de prestar atención a un sinfín de pequeños detalles que les sugería la naturaleza. Entre ellos podemos destacar: a) la holgada capacidad para reconocer los signos que en el campo indiquen la presencia de un animal muerto; b) la habilidad de ser capaz de distinguir, entender e interpretar los signos de putrefacción de una carroña, a fin de lograr establecer los límites que desaconsejen su consumo; c) conocer perfectamente los peligros que generan la proximidad de sus grandes depredadores, para establecer con diligencia y precaución el acceso eficaz a la carroña (Peresani et al., 2011; Hughes, 1998).

Además del aporte proteico que generaba la carne, aportaba una gran cantidad de nutrientes al organismo de estos hombres, como algunas vitaminas y minerales difíciles de conseguir por cualquier otro tipo de alimentación. También es cierto, sin embargo, que una alimentación que supera una dieta carnívora >35% podría acarrear una fisiopatología en el individuo, p. ej., una hiperaminoacidemia, lo que conllevaría un concentración hasta niveles tóxicos para el organismo de nitrógeno y urea (Díez, 2014).

A pesar de la gran dificultad de que los restos orgánicos en cuanto a vegetales se refiere puedan llegar a fosilizar y conservarse en el registro de los yacimientos arqueológicos, los investigadores admiten que estos alimentos debieron de formar parte habitual de la dieta de los neandertales y que las actividades de recolección tuvieron parte en la alimentación para la subsistencia diaria.

Los nutrientes aportados a la dieta por las plantas, frutos secos, bayas, rizomas o bulbos, también tienen una gran importancia, pues: 1) aunque son más pobres en proteínas que las carnes, constituyen una fuerte elemental de carbohidratos; 2) aunque estos recursos no fueron suficientes para dispensar todos los requerimientos de energía necesaria, sí que constituyen los componentes perfectos que hacen completar y diversificar su dieta; 3) vegetales y hongos, constituyen además una magnífica fuente de sales minerales, vitamina y fibra. En los yacimientos israelitas de Amud se recogieron semillas de herbáceas pensadas para el consumo y en el de Kebara (Israel) se han identificado gran cantidad de restos de bulbos, frutos y semillas como leguminosas de distintas especies, bellotas, pistachos, rábanos y otras hierbas con raíces comestibles. En la cueva de Gorham (Gibraltar) se hallaron restos de avellanas carbonizados en el entorno de los hogares (Zamora et al., 2013), que probablemente fuesen aprovechadas como combustible (Díez, 2014; Peresani et al., 2011; Hughes, 1998).

Estos hechos correlacionados con la alimentación pueden llegar a demostrarse mediante el estudio de isótopos (algunos elementos que se ingieren se fijan en el hueso del organismo, y su medición nos aporta datos sobre sus hábitos alimenticios), por ejemplo: 1º) la concentración de niveles de estroncio es mayor en un individuo herbívoro, que un omnívoro o que un carnívoro; 2º) si el hueso presenta porcentajes altos en Zinc, deducimos que el individuo consumió altas cantidades de recursos marinos; 3º) respecto al nitrógeno y al carbono, constatamos que las plantas poseen específicas cantidades de

isótopos de carbono 12 y 13, y de nitrógeno 13 y 15, que se asimilan a un rito que ya conocemos primero en los herbívoros o consumidores primarios, y luego en la cadena de sus predadores. Los neandertales eran grandes predadores como el lobo y su alimentación dependía en gran manera de los herbívoros; a este respecto, baste esta curiosidad que la ciencia nos ofrece: comparando los niveles de isótopos, encontramos concentraciones menores en los huesos de hiena versus neandertales, lo que nos indica cómo estos hombres tendrían un acceso mucho más inmediato a las presas (Diez, 2014).

El análisis de las huellas de desgaste que se producen en los dientes, durante la masticación, también puede aportar información sobre el papel de las dietas vegetales en el neandertal, como se confirma en el estudio detallado del sarro en varios dientes procedentes de Spy (Bélgica) y Shanidar (Iraq). Además, algunos individuos presentan una afectación de sus dientes, propias del roce con partículas abrasivas, como restos de arena, propia de su presencia en las partes subterráneas de raíces y bulbos.

El carácter omnívoro de la alimentación de los neandertales, como grupos de cazadores recolectores, debió de incluir también: insectos, larvas, huevos, caracoles, tortas, moluscos, serpientes o lagartos (Peresani et al., 2011; Hughes, 1998).

En la costa de Gibraltar y en otras zonas de ecotonos similares de la península ibérica, los neandertales transportaban a su campamento los recursos marinos del entorno (Carrión et al., 2008): moluscos (varias especies de mejillones), mamíferos marinos (delfines y focas), peces, tortugas, aves costeras, restos de grandes peces y de alguna ballena varada en las playas (Díez, 2014; Rosas, 2010).

Los neandertales también pescaban, aunque ésta debió de ser también una actividad ocasional en las actividades de subsistencia, pero se han conservado vértebras y otolitos de distintos peces como los de la familia de los salmónidos. Debieron pescar a mano o con ligeras lanzas o elaborando nasas u otro tipo de trampas configuradas con fibras vegetales, y al tener en cuenta el ciclo de los salmones (del mar a las aguas continentales para desovar) habría de ser una pesca de corte estacional, que permitiese un exitoso acopio de ejemplares y su almacenaje y aprovechamiento futuro Díez, 2014; Peresani et al., 2011; Hughes, 1998).

A la hora de interpretar estos resultados, tenemos que tener en cuenta el determinante factor del tiempo, así: cuando los postulados del marco conceptual de la Ecología moderna son aplicados al estudio de la Paleoantropología y la Prehistoria, éste no sólo va implícito en las dataciones, asociado a una dimensión espacial (Monclova, 2013), sin olvidar que los movimientos ecológicos transcurren a diferente escala que el geológico, lo que generará replantearnos muchos de los procesos interpretativos que actualmente se manejan; por ellos, resulta clave la visión ecológica del pasado en aras a reinterpretar nuestro linaje homínido, lo que requiere una escala particular para estudiar este proceso.

Si se estudia Antropología física, reparando exclusivamente en las formas de los huesos y de los cráneos, es muy difícil llegar a un acuerdo sobre las diferentes formas humanas. El debate sobre la relación entre humanos y neandertales es un ejemplo: se arrastró durante décadas. El ADN en cambio garantiza una respuesta estadística y cuantitativa (Lalueza-Fox, 2010). Ya se nos rompió un tabú: Homo sapiens y Homo neanderthaliensis sí tuvieron sexo. Un poco de su genoma se encuentra en el nuestro también (Díez, 2014; Rosas, 2010).

Los Homo sapiens, cuando dejaron África hace 100.000 años, no estaban solos en el planeta. En Europa y en el oeste de Asia vivían, desde hacía cientos de miles de años, los neandertales, que luego se extinguieron. Ahora sabemos que en el ADN de los europeos y de los asiáticos hay del 1% al 4% de ADN de los neandertales (en el mejor de los casos no superaría el 10% común de nuestro ADN). Si eres de Papúa Nueva Guinea, hay que añadirle también un 5% de ADN de otras formas humanas llamadas homínidos de Denisova, especie de Homo identificada por a través del análisis del ADN de un fragmento de dedo pequeño encontrado en Siberia, incluso puede que los denisovanos tuviesen un ADN más antiguo, que se remonte quizás hasta el Homo erectus. Somos una especie compuesta de una mezcla de retales con el cariotipo de todos y cada uno de nuestros antepasados (Díez, 2014; Peresani et al., 2011; Hughes, 1998).

Hay una tendencia peligrosa: la de decir que somos como somos porque somos más aptos. En cambio, sabemos que muchas características genéticas no nos hacen más aptos. En el caso de esta afluencia de genes de los neandertales o de los denisovanos, hay evidencia de que en algunos casos hay sido funcionalmente importante. Y es razonable:

las dos poblaciones vivían desde hace mucho tiempo en las dos áreas, y se habían adaptado bien al ambiente en el que los nuevos habitantes llegados desde África aún no habían vivido. Un ejemplo es una variante genética relativa a la defensa inmunitaria muy común entre europeos y asiáticos de hoy en día que viene de los neandertales, y el otro es una variante genética responsable de la adaptación a las alturas del Tibet que viene de los denisovanos.

Algunas diferencias son importantes para nuestra cultura y tecnología. Puede que sea lo que haya originado que seamos más de 7.000 millones de personas y hayamos ocupado todo el planeta en 50.000 años.

Entre las principales diferencias estructurales entre genomas modernos y los genomas antiguos, tenemos el genoma de los neandertales, y millares de ADN actuales,

podemos hacer una lista de lo que compartimos entre nosotros que no compartimos con los neandertales. Usted y yo somos diferentes en tres millones de posiciones de bases en el genoma (Lalueza-Fox, 2010). Lo que no compartimos con los neandertales son solo

31.000 bases. Sin embargo, creemos que algunas de estas diferencias son importantes

para nuestra cultura y tecnología. Esto puede que haya hecho que seamos en la

actualidad más de 7.000 millones de personas, y hayamos ocupado todo el planeta en

50.000 años, cuando otras especies anteriores no superaron nunca los pocos centenares

de millares, no se alejaban de sus zonas de origen y nunca desarrollaron demasiados instrumentos. Esto es el reto para el futuro y requerirá mucho trabajo funcional, insertando estos cambios en tejidos de cultivo, células madres o ratas transgénicas para ver sus efectos (Díez, 2014; Rosas, 2010).

Los resultados de la Universidad de Washington (Seattle), la Universidad de Ferrara, el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva (Leipzig) y el Instituto de Investigación Médica de Goroka, (Papúa Nueva Guinea), confirman que: los Hombres de Neandertal se cruzaron con diversas poblaciones de humanos modernos, no menos de tres veces durante épocas distintas, según la última investigación de 1.523 genomas de personas de todo el mundo, incluidos por primera vez los de 35 melanesios actuales que además de este ADN neandertal, llevan ADN de otra especie arcaica de hace 50000 años de antigüedad, que son los denisovanos de Siberia (Díez, 2014; Peresani et al., 2011; Hughes, 1998).

Los genomas se suelen medir en megabases, o millones de bases. El genoma humano tiene 3.235 megabases. De ellas, 51 megabases son arcaicas en los europeos, 55 en los surasiáticos y 65 en los asiáticos orientales. Casi todas esas secuencias arcaicas son de origen neandertal en estas poblaciones. En contraste, los melanesios presentan un promedio de 104 megabases arcaicas, de las que 49 son neandertales, y 43 son denisovanas (las 12 restantes son ambiguas de momento) (Lalueza-Fox, 2010).

Las secuencias arcaicas no están distribuidas de manera homogénea por el genoma, ni mucho menos. Hay zonas donde están muy poco representadas, donde hay tramos de 8 megabases o más sin una sola nucleótido neandertal o denisovano.

Aunque desde el punto de vista de nuestro mapa genético contamos con adaptaciones neandertales clave, sobre todo en la regulación de la expresividad de nuestro fenotipo, que nos integra de manera óptima a la naturaleza de entonces y nos protegía y adaptaba mejor frente a los factores adversos, es decir: parecen ser adaptaciones al clima local; los genes de la evolución del córtex cerebral y el núcleo del cuerpo estriado (una región del cerebro interno responsable de los mecanismos de recompensa, y por tanto implicada en planear acciones y en la toma de decisiones), además del desarrollo extraordinario del lóbulo frontal, todo ello resultan, en definitiva, producto enteramente de los genes del Homo sapiens (Rendu, 2010; Farizy, 1994; Soulier, 2008; Miller, 1974).

El trabajo contribuye a delimitar qué hace única a nuestra especie y apunta a dos áreas fundamentales: sexo y capacidad cognitiva. Por primera vez, observamos que también había incompatibilidades que explican por qué ciertas regiones del genoma humano actual nunca tienen ADN neandertal. Este estudio ha demostrado que los genes que determinan el desarrollo de la corteza cerebral son exclusivamente patrimonio del Homo sapiens; es por ello, que los genes implicados en estas altas funciones mentales estén limpios de secuencias neandertales o denisovanas no puede ser casual, según los análisis estadísticos de los autores. El hecho implica, probablemente, que la presencia de ADN arcaico allí ha resultado desventajosa durante los últimos 50 milenios, y por tanto ha resultado barrida por la selección natural. En otros ámbitos, como la especialización a nuevos entornos, neandertales y denisovanos hicieron contribuciones importantes a nuestro genoma (Lalueza-Fox, 2010).

Entre los genes modernos se encuentra el famoso gen del lenguaje, FOXP2 (Krause, 2007), lo que vuelve a plantear dudas sobre la capacidad de lenguaje de los neandertales. Que la secuencia de este gen sea idéntica en neandertales y sapiens se ha considerado una evidencia de que los neandertales hablaban, pero los genes son más que su secuencia de código (la que se traduce a proteínas): hay además zonas reguladoras esenciales, las que le dicen al gen dónde, cuándo y cuánto activarse. Otros genes puramente modernos están implicados, cuando mutan, en el síndrome autista (Rendu, 2010; Farizy, 1994; Soulier, 2008).

También son interesantes las regiones genómicas contrarias, es decir, las que están particularmente enriquecidas en genes neandertales o denisovanos. Los genomas melanesios han revelado 21 regiones de este tipo que muestran evidencias de haber sido favorecidas por la selección natural. Muchas de ellas contienen genes implicados en el metabolismo, como el de la hormona GCG, que incrementa los niveles de glucosa en sangre, o el de la proteína PLPP1, encargada de procesar las grasas; también hay cinco genes implicados en la respuesta inmune innata, la primera línea de defensa contra las infecciones (Rendu, 2010; Soulier, 2008).

Tomenzev (2017), a cerca de restos de las criaturas de Altai en el yacimiento de las Cuevas en Denisova, Siberia, hace 230-000 años; explica que los antropólogos rusos descubrieron que el código genético de estos seres humanos antiguos resulta muy diferente al del humano moderno y aseguran que hay otra hipótesis explicativa sobre la evolución homínida, en donde varias especies de homínidos convivieron en paralelo (Derevianko, 2016) donde el ADN del hombre denisovo no presenta una evolución de la especie humana. Además, las investigaciones de ADN neandertal recuperado en restos fósiles, ha revelado que estos humanos estaban más estrechamente relacionados con nosotros, sobre todo por el descubrimiento de que los europeos y euroasiáticos poseían genes que les son únicos (Soulier, 2008).

Las peculiaridades de la transición al Paleolítico Superior en Eurasia y la dinámica cultural y el desarrollo del género Homo, indica la importancia del hallazgo radica en el cambio que generan en la comprensión del desarrollo de la especie humana, pues estos restos indican la existencia de una especie previamente desconocida que vivió entre 40 mil y 50 mil años. Solo la población de los antiguos melanesios, al este de Asia, tienen de

4 al 6% de los genes denisova, e indican que no tienen continuidad con los habitantes de Eurasia, por lo que no estuvieron en contacto con los antepasados de la población actual.

El estudio encontró además que la cultura de los habitantes de la cueva Denisova era más avanzada que la cultura de los neandertales, que vivían en las cuevas cercanas; pues las herramientas que se encontraron requieren un proceso de producción más complejo. Por ejemplo, se halló una aguja de cinco centímetros de largo, que tenía un pequeño orificio.

A juicio de Derevianko (2016): El desarrollo humano difiere del concepto de evolución aceptado hasta ahora; todos somos descendientes de cuatro ramas de la raza humana, de la que una de estas es el hombre Altai o Denisova que vivió hace 50.000 años.

Así pues, respecto e los cruces de nuestros ancestros sapiens con las especies arcaicas que encontraron durante sus migraciones fuera de África tuvieron importancia para adaptarse a las condiciones locales: clima, dieta e infecciones frecuentes en la zona. Hasta ahora no está del todo claro es por qué esa herencia genética es tan pequeña. Un estudio ofrece parte de la respuesta: las nuevas evidencias se desprenden de los restos de un hombre neandertal que vivió en la cueva de El Sidrón, en Asturias, hace unos 49.000 años. Por primera vez se ha conseguido extraer y analizar parte del cromosoma Y de esta especie, el que solo pasa de padres a hijos varones y que en los humanos es clave para determinar el sexo junto con el cromosoma X.

El estudio de la Universidad de Stanford (EEUU) y del Instituto de Antropología Evolutiva de Leipzig (Alemania), muestra que ningún gen del cromosoma masculino neandertal ha pasado a poblaciones actuales.

Los datos indican que sapiens y neandertales compartieron un último ancestro con el mismo cromosoma Y hace 550.000 años. Estudios anteriores con ADN mitocondrial, el que pasa de las madres a los hijos, indicaban una horquilla más amplia, hace entre 400.000 y 800.000 años.

La razón de que se haya perdido el aporte masculino neandertal no está clara, aunque hay dos opciones, explica Mendez et al (2016), publicado en The American Journal of Human Genetics:

1º) Pudo ser puro azar, sea el caso del cruce entre padres neandertales que tenían hijas con una sapiens y su cromosoma Y no pasaba a la siguiente generación.

2º) La segunda hipótesis es que existiese una incompatibilidad genética, esto es:

que el sistema inmune de una sapiens embarazada de un neandertal podría haber atacado al feto y provocado un aborto. Además, los investigadores han confirmado que varios de los genes del cromosoma Y neandertal están relacionados con el sistema inmune. Algunos de esos genes son muy similares a los que determinan la compatibilidad en un trasplante de órganos, en especial si el donante es un hombre y la receptora una mujer, y el otro cromosoma sexual, X por parte de las mujeres, también está vació de ADN de la otra especie. Rosas, uno de los jefes de las excavaciones en la cueva de El Sidrón, refiere: Era de esperar que hubiese más ADN neandertal en las poblaciones actuales ya que hubo mucha convivencia entre ambas especies, por ello entendemos que neandertales y sapiens eran dos linajes evolutivos lo suficientemente diferenciados para ser distintos, pero no tanto como para ser totalmente incompatibles (Mendez et al.,

2016).

2.2. ORGANIZACIÓN DE LA ESTRUCTURA SOCIAL EN LOS HOMBRES DE NEANDERTAL: IDENTIDAD Y COHESIÓN DEL GRUPO Los neandertales configuraban unas estructuras grupales o células sociales de dimensiones reducidas: se organizaban en pequeños grupos compuestos por hombres y mujeres que no superaban la treintena, es más: incluso bastante más reducidos, por ejemplo sabemos con certeza que en el yacimiento catalán de Abric Romaní, en función de las zonas reconocidas de hogar y descanso, se constata que albergaba un máximos de ocho o diez personas (Rendu, 2010).

A veces, de forma excepcional que favoreciera el intercambio, habrían podido llegar a constituirse en una banda que rondase un número aproximado a la centena de ejemplares, para el caso de que se cumplieran condiciones muy favorables de abundancia en la práctica de la caza y gran acumulación de excedentes de alimentos debido al dominio de la tecnología en previsión del invierno, como es el caso del yacimiento francés de Les Pradelles.

Para eludir los problemas reproductivos como la consanguinidad, trataban de enfrentarse a la endogamia adoptando una estrategia local de una estructura de

parentesco con organización de tipo patrilocal en las sociedades neandertales, avalada por estudios genéticos punteros provenientes del ADN mitocondrial de origen materno. Para el caso de los doce individuos sepultados en la galería de El Osario, del yacimiento de El Sidrón (Asturias), todos pudieron formar parte de una misma unidad grupal que habrían permitido determinar tres líneas de parentesco bien diferenciadas por vía femenina con mayor diversidad genética que los hombres; hecho que podría corresponderse con que cada una de las tres mujeres formara parte de un clan distinto y que los tres hombres que integraban el grupo formaban parte de un mismo linaje, de lo que se deduce que: las mujeres procedentes de sus clanes de origen los abandonan para unirse al clan de sus compañeros. Desde el punto de vista etnoarqueológico, este tipo de organización patrilocal entre cazadores recolectores contemporáneos, se observa también en el 70% de las sociedades de nuestra especie (Diez, 2014).

Los neandertales pudieron servirse de ocasiones o momentos de reunión entre bandas vecinas, entre dos o más clanes asociados ocasionalmente para acometer grandes empresas de caza ocasional, a fin de que además de servir para reforzar los vínculos de amistad y reconocimiento entre ellos aprovechando los encuentros fortuitos de cazadores pertenecientes a grupos distintos en las fronteras de sus territorios (quizá acompañado de intercambios líticos), lograsen también la constitución de este tipo de emparejamientos con intercambio de parejas reproductivas que asegurasen la diversidad biológica de la especie y su viabilidad.

Los vínculos familiares entre individuos que acaban viviendo en grupos ubicados en la distancia motivados por la exogamia, al igual que en nuestra especie, siguen manteniéndose durante toda la vida y además de intereses comerciales potencian otro tipo de relaciones (sostenimiento de los más débiles) y de aprendizaje social (aprendizaje de los niños, transmisión del acervo cultural que afiance la identidad colectiva).

Respecto a la relaciones de género, partiendo de la base de que las mujeres neandertales eran iguales de fornidas y disponían de una musculatura tremendamente poderosa, y que las fracturas de sus huesos reflejan que sufrieron la misma dureza de vida y que debieron tomar parte, igual que los compañeros, en duras partidas de caza así como en la búsqueda de alimentos.

Las mujeres neandertales debieron jugar un papel importante en la economía del grupo: la división del trabajo que observamos en grupos de cazadores recolectores de nuestra especie, no existía en los grupos neandertales, pues todas las fuerzas de hombres y mujeres de las que disponía el clan estaban dedicadas al completo servicio de la caza de grandes animales.

Como quiera que la menor disposición de las mujeres a desarrollar actividades de caza no se fundamenta en aspectos de capacidad y fuerza, resistencia o destreza, sino a cuestiones biológicas y sociales mucho más complejas relacionadas con el sostenimiento de la prole, así pues: contaban con el freno biológico del embarazo que hubieran desaconsejado la participación potencial de la madre en determinadas labores cinegéticas, así como el cuidado durante la primera infancia muy crítica por la elevada mortalidad infantil de sus crianzas, viendo muy reducida, entonces, su capacidad de movilidad y disponibilidad para labores cotidianas como la búsqueda de alimentos.

La división del trabajo neandertal es un claro signo de complejidad social y de diversificación económica y, además, existen casos donde la caza llevada a cabo exclusivamente por el hombre representaría un simple elemento de cohesión, un símbolo social de habilidad y estatus.

Todo ello, fue magistralmente resuelto por los grupos neandertales y un entramado social que incluyera una estructura de cooperativo entre sus integrantes, a fin de que las unidades familiares se fortalecieran y se fomentaran las alianzas entre mujeres, así: los miembros más activos de la comunidad, líderes de un entramado social con cierta jerarquía, debían de proveer a aquellos integrantes que soportaran más carga, como mujeres embarazadas y aquellas al cuidado de lactantes, así como a otros miembros vulnerables como enfermos y ancianos; en todo caso, sólo acometer labores menos arriesgadas y exigentes físicamente y que podrían suponer beneficios provechosos para todos: recolección de frutos, hongos, plantas, recursos fluviales y marinos, búsqueda de leñas para emplearlas como combustible, la práctica de la caza menor con presas de pájaros y pequeños animales (Díez, 2014).

La antropofagia acompaña al género Homo desde un paleolítico inmemorial, siendo la evidencia más antigua conocida hace dos millones de años, a cargo de Homo habilis en Sudáfrica. También, hace 800000 años, en Homo antecesor de la Gran Dolina

de Atapuerca y en Homo Heilbergensis procedente de Bobo, fechado hace 600000 años, y conocemos su presencia desde el inicio de la existencia de nuestra especie. Homo Sapiens Neandertales y Homo sapiens sapiens hemos compartido este comportamiento y debemos reconocer, para hacer justicia entonces, que la antropofagia no puede restarles tanta o más humanidad a los neandertales como a nosotros mismos. Bermúdez de Castro, en 2013, refiere el estudio detallado de restos humanos en el nivel TD6, que permitió concluir que eran fósiles depositados en la cueva de la Gran Dolina hace 900000 años como consecuencia de varios actos de canibalismo (Defleur et al., 1999): las tribus lucharían por conseguir los recursos del entorno de la sierra de Atapuerca, y los vencidos fueron devorados como cualquier otro animal de caza.

El canibalismo es junto con el incesto uno de los grandes tabúes que siempre escandalizaron a nuestra cultura judeocristiana; y sabemos que ambos no fueron exclusivos de los neandertales, sino que nosotros también las practicamos hasta nuestros días: la Antropología social reconoce que desde Nueva Guinea hasta América ha sido común entre algunas de nuestras culturas cercanas. En algunas tribus australianas es costumbre devorar a sus parientes, no bien han fallecido, con fines piadosos, para evitar

el aniquilamiento del ser por la putrefacción del cadáver y asegurarles así su continuidad

dentro de los suyos (Obermaier, 1960).

Los neandertales dejaron en los yacimientos sobradas pruebas de antropofagia:

un gran número de yacimientos con huesos descarnados de ejemplares de su misma especie (Kaprina, Moula-Guercy, Combe grenal, L´Hortus, Quina, Marillac, El Sidrón).

Señala Obermaier (1960) que el fundamento del canibalismo por motivos

meramente económicos, sino que pudo estar asociado a la creencia de que comiéndose

la carne del vencido, pasaba al vencedor la fuerza y la preeminencia que en vida gozó la

víctima. En otros casos, estos restos pueden entenderse guardados como trofeos de guerra (Keegan, 2014).

La Etnoarqueología establece dos tipos de canibalismo bien diferenciados (Defleur et al., 1999): 1) el canibalismo alimenticio, que se produce en momentos de necesidad, facilitado por condiciones de penuria extrema que obliga a la ingestión de carne humana

a fin de suplir la carencia de proteínas; 2) el canibalismo ritual o ceremonial, que se

corresponde con la esfera de las creencias y los mitos, que tiene por objetivo el asimilar el

alma o la energía vital del alma del finado para lograr atrapar su fuerza o sus cualidades, haciendo, además, que de alguna manera sobreviva en los demás miembros del grupo, y que la sociedad además perpetúe los vínculos con los ancestros. Entonces, puede ser un canibalismo: a) exógeno, cuando se consumen cadáveres procedentes de otros grupos, por ejemplo, durante escenarios de conflictos o de guerras entre distintos grupos (Keegan, 2014), y su objetivo es asimilar las cualidades de los extranjeros o regenerar las propias; b) el endógeno, que tiene lugar en el seno de la propia tribu (Briz y Vila, 2006).

En definitiva, para una sociedad estructurada y organizada como la neandertal:

este comportamiento, lejos de una justificación de violencia gratuita o de un simple comportamiento falto de cualquier trascendencia sociológica, debió de situarse respecto a un marco de códigos sociales bien determinado, donde el consumo de los propios congéneres debe de responder necesariamente sólo a causas muy extremas como las devastadoras épocas de hambrunas.

Hay que reseñar también, la existencia de algunos episodios infrecuentes de violencia y conflicto entre la sociedad neandertal de cazadores recolectores, que produjeran heridas por agresivas conductas, ataques por armas punzantes (como se recogen en esqueletos encontrados en el yacimiento francés de Saint Césaire o en el iraní de Shanidar) (Briz y Vila, 2006).

Respecto al apoyo que los neandertales brindaban a sus enfermos y ancianos, las pruebas fósiles encontradas en los yacimientos aportan datos sobre una evidente preocupación por sus semejantes más débiles, estrechando vínculos afectivos dentro de esta sociedad, hechos que actuaron quizás favoreciendo la identidad, solidaridad, compasión y respeto por los integrantes del grupo; cualidades que se consideran puramente humanas y que, ya constatamos, no son exclusivamente propias de nuestra especie (Briz y Vila, 2006).

En la Sima de los Huesos de Atapuerca hay restos de 28 individuos heidelbergensis. Parece que alguien llevó sus cadáveres a esta cavidad hace unos 400.000 años, en un acto considerado una de las primeras manifestaciones simbólicas conocidas:

se organizaban en bandas de hasta un centenar de individuos y cazaban con lanzas y jabalinas en una época en la que la sierra estaban dominadas por leones, osos, rinocerontes y grandes ciervos (Díez, 2010; Briz y Vila, 2006).

La desaparición de los neandertales, es una fuente inagotable de nuevas teorías. Nadie sabe exactamente por qué desaparecieron hace unos 40.000 años, aunque se suele citar una desgraciada confluencia de circunstancias. Unas son ajenas a nuestra especie, como el cambio climático, y otras están íntimamente relacionadas con la llegada a Europa de los Homo sapiens: la lucha por el territorio, la creciente escasez de caza y comida, la endogamia en tribus cada vez más pequeñas (Briz y Vila, 2006).

Agustí y Rubio-Campillo (2016) se preguntan: ¿Fueron los neandertales responsables de su propia extinción?, mediante una aproximación basada en un modelo informático con parámetros sencillos tratan de entender el peso específico del canibalismo en la extinción de los neandertales (Finlayson et al., 2006), cuando se confrontó esta especie a los recién llegados sapiens; aplicable a cualquier especie caníbal cuando se enfrenta a otra que no lo es; asumiendo además que los neandertales eran caníbales de forma relativamente habitual, dado que se han encontrado pruebas de estas prácticas en yacimientos como El Sidrón, en Asturias o el de Krapina, en Croacia. Los investigadores interpretan que esta especie mataba a miembros de tribus rivales y los devoraban, no por ritual, sino por simple necesidad nutritiva, es decir, como canibalismo gastronómico. Un tema de pura supervivencia. Una situación de competencia intergrupal. Los primeros indicios de canibalismo entre sapiens, estiman que surgen mucho después de la extinción neandertal (Finlayson et al., 2006), durante la aparición de la agricultura en el Neolítico (Peresani, 2011).

Los resultados de la simulación muestran que esta diferencia basta para explicar la desaparición de los neandertales en un contexto de lucha por el territorio y recursos cada vez más escasos. No obstante, pudo ser el comportamiento de los grupos de neandertales lo que les llevara a su propia extinción cuando los humanos anatómicamente modernos del Pleistoceno tardío comenzaron a poblar su entorno, al que estaban extremadamente bien adaptados y lo explican porque en ausencia de competición con otra especie, el canibalismo resulta una estrategia óptima en términos de supervivencia: los sapiens seguimos siendo la causa final de su extinción, si no hubiéramos aparecido, hubieran seguido floreciendo (Briz y Vila, 2006).

El estudio pretende ser un primer paso hacia la elaboración de modelos más refinados que incluyan otros factores como la mayor capacidad social de los sapiens o el

cambio climático en Europa, aunque se fundamenta en evidencias del registro fósil, reconoce Arsuaga: en las poblaciones de cazadores y recolectores recientes que se han podido estudiar no parece que sea una práctica sistemática y, sin embargo, lo tenemos ya en Homo antecesor, hace casi un millón de años. No parece que sea de carácter ritual, en el caso de Atapuerca al menos, sino depredatorio (Peresani, 2011; Briz y Vila, 2006).

Stringer (2004), destaca que varios estudios han especulado que, dado que los neandertales se comían el cerebro de miembros de su propia especie, pudieron contraer la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob o crisis de las vacas locas, e introduce una duda en el planteamiento: Si [el canibalismo] es una estrategia tan efectiva para una especie amenazada, ¿por qué mucho otros carnívoros no adoptaron ese comportamiento? Sostiene, que una combinación de oscilaciones climáticas y la competencia por recursos con los humanos modernos resulta explicación suficiente para la extinción de los neandertales (Finlayson et al. 2006).

Aunque también queda la duda de que nuestra especie no fuera diferente en relación a este asunto: el canibalismo es la práctica mortuoria más habitual del registro fósil, en todas las especies humanas del último millón de años se ha practicado, parece connatural al ser humano. Todavía en Europa hay muy pocos yacimientos de Homo sapiens de aquella época, así que las pruebas de que ellos también se comiesen a sus congéneres puede que simplemente no se hubieran descubierto aún (Díez, 2014).

Hay quien considera que la adopción de la agricultura y la creación de las primeras ciudades es la mayor revolución que ha vivido el ser humano en toda su historia. Otros opinan que el día que nuestra especie dejó de vivir en pequeños grupos de cazadores nómadas perdió la libertad para siempre. Lo cierto es que los europeos de hoy llevan en los genes una mezcla de ambos estilos de vida, aunque hasta ahora no ha estado claro si le deben más a uno que a otro en cuanto a adaptaciones genéticas importantes.

En 2008, un artista ruso que talla huesos de mamut halló en un río de Siberia el fémur de un hombre. Era de un Homo sapiens que vivió hace 45.000 años y de él se consiguió extraer el genoma completo más antiguo que existe de nuestra especie. Ese encuentro fortuito abrió una puerta al pasado que hasta ahora estaba cerrada. Por primera vez era posible saber cómo fueron los primeros pobladores de Europa hace 45.000 años y cuánto se parecen a ellos los europeos de hoy (Briz y Vila, 2006).

Un nuevo estudio ha comparado el genoma de aquel hombre con el de un agricultor que vivió en Stuttgart, Alemania, hace 7.000 años, y el de un cazador y recolector nómada que vivió hace 8.000 años en Luxemburgo. Como referencia de poblaciones actuales se han usado unos mil genomas de europeos y africanos actuales. Los resultados muestran que los cazadores nómadas pasaron a los europeos un 10% más de variantes genéticas adaptativas que los agricultores. La función de muchas de esas variantes aún se desconoce, pero hay dos bien conocidas: los ojos claros y la piel blanca. El trabajo no habría sido posible sin el genoma del hombre de Siberia, pues permite ver las diferencias entre un humano recién llegado a Europa desde África que aún no había tenido tiempo de desarrollar variantes genéticas de adaptación a su nuevo entorno y el de humanos que sí lo hicieron. El 70% de la diferencia en variantes genéticas estudiadas entre africanos y europeos se acumuló durante la salida de África (Nature, 2016). El otro 30% apareció después, donde están las variantes adaptativas que se han detectado. Además, resulta bastante sorprendente que, mientras la revolución de la agricultura en el Neolítico trajo a Europa un estilo de vida que aún persiste, los cazadores y recolectores aportaron la mayor parte de adaptaciones genéticas al entorno europeo (Key, 2016).

El hombre de Siberia parece más emparentado con los actuales europeos y asiáticos que con los africanos, lo que indica que perteneció al grupo humano que abandonó África y llegó hasta Europa. Las comparaciones genéticas con humanos actuales también apuntan a que aquel hombre vivió aproximadamente en el tiempo en el que se separaron dos grandes ramas del árbol humano. Una se dirigió hacia Asia y la otra hacia Europa (Briz y Mitra, 2006).

El análisis del ADN de un individuo de hace unos 7.000 años, cuyos restos fueron descubiertos, en 2006, en el yacimiento de La Braña-Arintero (León), indican que tenía los ojos azules, como los europeos actuales, y la piel oscura, como los africanos. Sería un cazador-recolector anterior a la llegada de la agricultura y la ganadería. El cazador- recolector leonés vivió en el Mesolítico, el período de hace entre 10.000 y 5.000 años, y que termina con la llegada de la agricultura y la ganadería, procedentes de oriente Próximo.

La llegada del Neolítico, con una dieta basada en carbohidratos, y con nuevos patógenos transmitidos por los animales domesticados, supuso desafíos metabólicos e

inmunológicos que se reflejaron en adaptaciones genéticas de las poblaciones posteriores

al mesolítico. Entre estas se encuentra la capacidad de digerir la lactosa, que el individuo

de La Braña no poseía. La mayor sorpresa fue descubrir que este individuo poseía la versiones africanas en los genes que conforman la pigmentación clara de los europeos actuales, lo que indica que tenía la piel oscura, aunque no podemos saber el tono exacto (Lalueza-Fox, 2007), descubriendo también que poseía variantes genéticas que producen los ojos azules en los europeos actuales, por lo que a la vista de estos resultados, la

transición al tono de piel más claro estaría aun produciéndose en el Mesolítico, y que el cambio del color de los ojos es anterior. El estudio del genoma sugiere que las poblaciones actuales más cercanas a La Braña 1 son las del norte de Europa, como Suecia

y Finlandia (Lalueza-Fox, 2010). Los datos indican que también existe continuidad

genética en las poblaciones del centro y del oeste de Eurasia, destacando la concordancia con la información obtenida en el registro arqueológico (Lalueza-Fox, 2007).

CAPÍTULO 3.

3.1. EL DESARROLLO ENCEFÁLICO DEL HOMBRE DE NEANDERTAL

La evolución de nuestro cerebro ha generado nuevos aspectos de la conducta íntimamente relacionados con su capacitación fisiológica, así: los diversos aspectos que demanda la subsistencia y el comportamiento cooperativo marcan la génesis de nuestra animalidad social, el zoos politicon aristotélico, que es el arranque en donde se generan las cogniciones, la base de la inteligencia, del proceso deductivo del pensamiento, de nuestra capacidad reflexiva y de generar la abstracción, también del lenguaje y de la

trascendencia a través del disfrute del arte.

En el encéfalo, que resulta ser el centro de operaciones de nuestro sistema nervioso, incluye al cerebelo y al tronco cerebral. El cerebro está dividido en hemisferio izquierdo y derecho y su superficie se caracteriza por una gran abundancia de

circunvoluciones que se hallan separadas por surcos o cisuras de apariencia irregular que permite individualizar diferentes lóbulos asociado a funciones específicas, así: 1) el frontal, propio de las especies más complejas, es la zona de nuestra especie que durante el proceso evolutivo se ha desarrollado más tarde; en esta zona cerebral se radican las neuronas motoras y alberga labores ejecutivas relacionadas con la planificación, la atención y el juicio, en el se encuentra el área de Broca, implicada en la producción del lenguaje; 2) el lóbulo parietal, está relacionado con funciones motoras y con los órganos implicados en las sensaciones de temperatura, tacto, dolor y equilibrio; 3) el lóbulo temporal realiza tareas auditivas, regula emociones y participa en distintos tipos de memoria; 4) el lóbulo occipital, interpreta en el área calcarina 16, la percepción de los estímulos visuales.

El Hombre de Neandertal, dotado con un desarrollo encefálico cercano al nuestro a pesar de algunas características que nos diferenciaba, ya gozaba de las capacidades cognitivas suficientes como mayor exponente de su humanidad. Los cerebros de neandertales y sapiens experimentaron un desarrollo bastante similar en sus respectivas evoluciones: también compartíamos con ellos un mundo exclusivo de pensadores sofisticados, porque ambos éramos seres simbólicos.

El análisis de las características formales de un cerebro neandertal resultará decisivo para llegar a determinar el desarrollo neurológico y objetivar sus capacidades mentales. Dado que la naturaleza blanda del encéfalo no suele fosilizar y no contamos con registro fósiles de este órgano para neandertales, ¿acaso hay formas científicas que nos permita aproximarnos a los que pensaba un hombre de Neandertal? Podemos distinguir algunos de sus rasgos morfológicos, a través de las huellas que quedan impresas en el interior del cráneo seguidas de una reconstrucción a través de modernas técnicas de tomografía axial computarizada que permiten obtener imágenes tridimensionales de excelente calidad, y el empleo de vaciados en moldes, aportando una reconstrucción del córtex cerebral de nuestros fósiles ancestros; las características y el desarrollo de sus diferentes lóbulos, pueden aportar información sobre las complejas asociaciones de sus cerebros.

La Paleoneurología es la ciencia basada en el estudio del sistema nervioso central (SNC) desde una perspectiva evolutiva (Diez ,2014), y permite intuir la existencia de

algunas reconfiguraciones en la arquitectura cerebral durante el proceso de hominización, como son: 1) el desarrollo de la región parietal en los austrolopitecus; 2) el desarrollo de la región parietal en los primeros representantes del género Homo; 3) la asociación frontal y parietal propia de nuestra especie.

Aunque el Homo neanderthalensis también disfrutó de marcadas regiones frontal y parietal, los resultados que han sido obtenidos muestran que su configuración encefálica difiere de la nuestra; quizá las diferencias entre algunas de sus estructuras nerviosas se deban a la forma en que surgieron los cerebros a las hora de experimentar diferentes expansiones: los neandertales siguieron las pautas de sus ancestros Homo ergaster desarrollando el encéfalo, como si el resultado de su evolución neuronal fuera simplemente el resultado de una gran expansión del primitivo cerebro humano, versus Homo sapiens, en tanto llevando a cabo una verdadera reorganización de su estructura encefálica, en cuanto se produjeron nuevos vínculos y conexiones neuronales, desconocías hasta entonces (Martín-Loeches, 2014).

En ambas especies se produjo la lateralidad del cerebro o asimetría existente entre los dos hemisferios, quizás algo más marcada para los sapiens, llevando la mayor parte de las operaciones lingüísticas en el hemisferio izquierdo y llevamos nuestra vida, si somos diestros, guiados por la mano derecha. ¿Habría una relación directa entre nuestra estructura cerebral en lo que respecta a una normal actividad manual? A través de la talla lítica o de la dirección de las marcas de cortes que quedaban impresas en sus dientes al utilizar la boca con marcada habilidad y como si fuera una tercera mano, se ha constatado que los neandertales eran perfectamente diestros.

Una vez que hemos escrutado los lóbulos, circunvoluciones y sinapsis neuronales, ¿cómo podemos llegarles a encontrarles el sentido de una interpretación sobre el significado y la implicación de la morfología cerebral de los neandertales en los procesos cognitivos?

La Arqueología cognitiva, es una disciplina que pretende seleccionar aquellos aspectos de las evidencias arqueológicas como el desarrollo de la tecnología, la ornamentación personal, el arte o la trascendencia, etc., que puedan ofrecer información sobre los procesos neurológicos y la cognición.

La Arqueología cognitiva, mediante el estudio detallado de la talla de piedras que nos aporta la Neuropsicología ayuda a establecer el nivel de sofisticación alcanzado por nuestros cercanos parientes para sus habilidades mentales: producir un artefacto cortante desde un núcleo de piedra, ya fue un logro considerable para el cerebro de los homínidos. La producción de artefactos líticos, desde las lascas más sencillas elaboradas hace 2,6 millones de años hasta los más complejos utensilios elaborados por neandertales durante el Paleolítico medio y luego por nuestra especie durante el Paleolítico superior (Bernaldo de Quirós et al. 2008) y el Mesolítico, se llevan a cabo a través de la pautas de unos mecanismos comportamentales extremadamente condicionados por una serie de operaciones manuales que implican una coordinación sensorial activando con precisión áreas determinadas del cerebro siendo necesaria cierta sofisticación cognitiva para establecer un objetivo final que previamente ya había sido imaginado y diseñado. (Huhges, 1998; Briz y Vila, 2006; Mesani, 2011).

El arqueólogo Wynnes (1995), aplicando las hipótesis que aporta la Neuropsicología y utilizando la evolución del concepto de simetría en los utensilios líticos, llega a establecer hipótesis sobre las fases en el desarrollo cognitivo de los primeros momentos de la evolución humana, lo que resulta un buen instrumento para el abordaje del estudio de la percepción y de la inteligencia espacial y, concluye que: 1) Homo rudolfensis y Homo habilis, no mostraban habilidades particularmente distintas a las de los grandes simios; 2) Homo ergaster, con los primeros bifaces, inició un cambio novedoso hacia la abstracción y creó formas arbitrarias y novedosas que no existían en la naturaleza, utensilios que los artesanos pretendían producir pero que antes recreaban mentalmente; 3) Homo heidelbergensis, acabó produciendo magníficos bifaces con una cuidada simetría dispuesta en tres planos (bilateral, longitudinal y transversal), lo que a partir de entonces ya indicaría un dominio moderno que nos permite pensar en conceptos o inteligencia operativa (citado en Dennet, 2007).

Los neandertales perfeccionaron la tecnología de la piedra. Cada tipo de herramienta tenía una función determinada y se preparaba de una manera bien planificada a partir de fragmentos de roca de un tamaño y una forma determinados. Esta tecnología recibe el nombre genérico de Modo 3 (Bermúdez de Castro, 2013).

La compleja y sofisticada talla levallois ideada y dominada magistralmente por el Homo neanderthalensis requería mucho más que la realización física del concepto; era necesario elaborar un complejo trabajo previo en el núcleo de piedra del que se iba a extraer el instrumento, lo que requería el inicio de distintas etapas operativas y diferentes técnicas, donde el paso por todas y cada una de las distintas fases no tiene nada de mecánico, esto es: para llegar a obtener los objetivos finales como lascas o puntas levallois es preciso desarrollar ciertas dotes de improvisación, llevar a cabo reajustes en las etapas operativas y en la aplicación de las técnicas. El tallador, ya no solamente debe de tener en la cabeza su concepto, sino que ha de seguir mentalmente el proceso, evaluar posibles errores, buscar soluciones ágiles y seleccionar la más adecuada para cada momento. La experiencia desde la reflexión, ya es un grado, como explica Diez (2014):

primero, desde el acervo de conocimientos pasados almacenados en la memoria, después les fue posible seleccionar los más adecuados para ese momento; a fin de que en el futuro obtuviera el fin requerido.

En realidad las habilidades cognitivas implícitas en la talla levallois, al igual que otros aspectos de la vida cotidiana, demuestra que los neandertales ya contaban con una inteligencia necesariamente moderna. La conceptualización, la elaboración de plantillas que ya se representaban de forma imaginaria, constituye un componente inherente del proceso cognitivo o de elaboración del pensamiento del género Homo, y resulta ser el punto de arranque de un pensamiento simbólico sofisticado. Los neandertales ya eran capaces de ordenar su mente, a través de su voluntad y de sus acciones, en una secuencia temporal abstracta en el que finalmente acabarán luego incluyéndose el arte y el lenguaje (Fernández, 2014; Monnier, 2012; Rivera, 2014).

Estudiando el ancho de banda del canal auditivo de una especie desaparecida se puede saber qué sonidos salían de sus bocas. Un ancho de banda amplio permite recibir sonidos muy diferentes, un rasgo asociado a un lenguaje complejo y articulado. Los resultados demuestran que el oído de los heidelbergensis de la Sima de los Huesos era similar al de los humanos modernos y claramente diferente al de los chimpancés, con un ancho de banda estrecho, es más: podían emitir no serían muy diferentes de los actuales, explica Arsuaga, cuando en 1992 apareció el cráneo de Miguelón, y también fueron apareciendo siete vértebras cervicales que mantenían tieso su cuello, pudiéndose calcular

las proporciones del tracto vocal de esta especie por primera vez. Además, los resultados, demuestran que es similar al tracto vocal reconstruido de un neandertal de La Ferrassie que vivió hace 70.000 años en el suroeste de Francia y del que se ha sugerido que podía producir todo el rango de sonidos emitido ahora al hablar por los humanos modernos. (Arsuaga, 2013).

Además, las evidencias consistentes más antiguas del habla humana (Lalueza, 2007), confirman que los cambios adaptativos de un gen clave en el habla humana, el FOXP2 (Krause, 2007), ya estaba presente en el habla de los neandertales, cuando analizó restos fósiles de sólo 43.000 años hallados en la cueva asturiana de El Sidrón, y razonaba así: Si te fijas en las capacidades simbólicas de Homo heidelbergensis, es imposible que no tuvieran un lenguaje complejo para explicar sus emociones, para transmitir su tecnología.

Para Mithen, como comenta Rivera (2009) en Arqueología de lenguaje, los neandertales habrían conseguido desarrollar su mente con más o menos intensidad en las siguientes áreas cognitivas: 1) disponían de conocimientos sofisticados sobre el medio natural; 2) gestionaban la tecnología; 3) poseían una acreditada flexibilidad en su inteligencia social; 4) eran capaces de establecer una comunicación lingüística suficientemente fluida para su mundo. Sin embargo, subraya este autor que desde el punto de vista neuropsicológico, el proceso cognitivo y todos los aspectos del comportamiento de estos hombres se llevan a cabo de forma correcta en la función que se empleaban pero también independiente, sin que mediase relación entre sus comportamientos, desconectados.

Esta interpretación dibuja a los neandertales como unos humanos que eran capaces de la excelencia en las distintas parcelas de la vida, por ejemplo: en relación a su inteligencia técnica eran los mejores cuando estaban centrados en la producción y diseño de artefactos líticos, o eran sutiles conocedores del medio natural en el que se desenvolvían; pero sólo labor por labor exclusivamente, sólo cuando estaban empleados al 100% en una genuina tarea, es decir: no había interrelación entre unas parcelas y otras de su experiencia mental y, en ese caso, tampoco habría capacidad para la conciencia introspectiva; sería una mente que funcionase a golpe de ensimismamientos, sin llegar a disponer de la conciencia reflexiva de nuestra especie, el Homo sapiens, que estaría relacionado con lo que Mithen llama fluidez cognitiva o capacidad de poder usar la

información aferente de una forma original y de lograr mezclar inteligencias a voluntad:

una capacidad de tránsito desde unas parcelas de la inteligencia que a su vez confluyeran en otras, gracias a las posibilidades que ofrecieron el desarrollo de la inteligencia lingüística y social, siendo el resultado final de esta arquitectura neuronal el nacimiento de la conciencia reflexiva o introspectiva, donde la mente humana adquiere un sorprendente dinamismo: es capaz de crear brillantes capacidades que para nada tiene nada que ver con la originaria y acuciante necesidad de supervivencia (Fernández, 2014; Monnier, 2012; Rivera, 2014).

Muchos de los modelos de comunicación que observamos en la naturaleza son de características meramente instintivas, respondiendo a reglas bastante simples (las aves mantienen un código sonoro para gestar y completar los rituales de apareamiento, llamadas de cohesión de las bandada durante las migraciones y en ocasiones constituyen reclamos de advertencia y alarma que cohesiona a los ejemplares del grupo; las ballenas corcovadas exhiben en su interacción familiar y con otros congéneres un tipo de lenguaje vocálico, los delfines con los labios de sus espiráculos, a manera de cavidad bucal, modulan las frecuencias de varias docenas de sonidos para reinterpretar posiciones de contacto, señales de alerta, integración, peligro o agresividad de cada individuo respecto al grupo; y algunos primates han desarrollado llamadas de alarma que identifican con distintos predadores y peligros) (Fernández, 2014; Monnier, 2012).

3.2. CAPACIDADES CEREBRALES PARA DESARROLLAR LAS DOTES DE UN COMPORTAMIENTO ABSTRACTO La comunicación está determinada por reglas para combinar las palabras a fin de generar significados y tradicionalmente se ha supuesto que esas reglas son exclusivas de los humanos; sin embargo, un estudio publicado en Nature, desafía esta premisa, así:

analizando la comunicación de carboneros comunes japoneses (Parus minor), conocida por su variado repertorio vocal, que cuando registran la presencia de un posible depredador, emiten diferentes tipos de llamadas que utilizan reglas específicas para comunicar mensajes. De manera que, la sintaxis, podría ser una adaptación a la complejidad social y conductual en los sistemas de comunicación. Entender por qué la sintaxis ha evolucionado en los carboneros puede dar información sobre su evolución en los seres humanos. Suzuki et al. (2016), descubrieron unos reclamos tipo ABC que

significan alerta de peligro, mientras que las llamadas D es igual a ven aquí una llamada que se utiliza para señalar una fuente de alimento o llamar a la pareja, cuando quieren que su pareja venga al nido. Los carboneros a menudo combinan estas dos llamadas para que el receptor se aleje de una amenaza potencial y acuda al emisor del mensaje. Los carboneros combinan con frecuencia estos dos cantos, así: al escuchar una grabación de estos cantos reproducidos en el orden natural ABC-D, se encuentran con los depredadores y se unen para disuadirles y las aves se alarman y se juntan. Cuando, sin embargo, el orden se invierte artificialmente para formar D-ABC, las aves no responden.

Wheatcroft (2016), estima que la sintaxis no es sólo patrimonio del lenguaje humano, sino que también ha evolucionado independientemente en otras especies como los paseriformes. Estos resultados conducen a una mejor comprensión de los factores que subyacen en la evolución de la sintaxis, pues los carboneros combinan diferentes llamadas y son capaces de crear un nuevo significado con su limitado vocabulario. Eso les permite desencadenar diferentes reacciones de comportamiento y coordinar interacciones sociales complejas (Griesser, 2016), lo que abre una nueva dimensión al entendimiento humano, pues se cree que estos factores pueden haber contribuido al desarrollo del lenguaje en los seres humanos.

En las islas galápagos (Ecuador) se produce una íntima comunicación entre el lenguaje ritualizado que también reinterpreta el receptor de las diferentes especies endémicas en torno a los pinzones de Darwin; con respecto al lagarto de lava, estos reptiles responden a un lenguaje ritual en torno a las flexiones cervicales de su cuello estilizado, lo que además encuentra cierta variabilidad interpretativa respecto a cada una de las distintas islas: diferenciándose si las señales entre los distintos especímenes proceden de Fernandina o de La Española.

El Instituto Tecnológico de Massachusetts, sugiere la teoría de que el lenguaje humano surgió de una combinación entre las formas del canto de los pájaros y de la comunicación de otros primates. De las aves se derivó la parte melódica de la lengua; de los primates no humanos, la parte pragmática, portadora del contenido del discurso. En algún momento de los últimos 100.000 años, ambas capacidades se fundieron para dar

lugar al lenguaje humano que conocemos hoy. Además, han demostrado que los genes del habla humana y los del canto de los pájaros son los mismos, y que hay una actividad neuronal subyacente similarmente compleja. Para el caso, podríamos reseñar aquí, el particular lenguaje del silbo canario que se desarrolla en el Parque natural de Garajonay (isla de La Gomera), un característico signo silábico que se escucha desde la distancia modelado por los autóctonos a fin de comunicarse salvando las distancias entre los abruptos barrancos (http://www.tendencias21.net/El-lenguaje-humano-deriva-del-canto-

Sin embargo, los humanos respecto de otras especies, sí que disponen de un lenguaje complejo, dispuesto a través de básicos sonidos distintivos o fonemas que se constituyen en morfemas, cuando se asimilan algunas vocales y consonantes, y combinadas somos capaces de elaborar una inmensa cantidad de palabras totalmente arbitrarias, pues no existe una relación directa entre como suenan y lo que significan; son constructos mentales que aluden a un sinfín de situaciones, estados de ánimo, acciones, imágenes, sensaciones y conceptos. También arbitrarias, las reglas gramaticales se diseñan a fin de que se puedan encadenar frases y dar sentido a las cogniciones o pensamientos; el lenguaje humano representa la máxima exposición de lo simbólico y de lo abstracto respecto de nuestra representación cognitiva.

El lenguaje es la especialización más magnífica y compleja de nuestro cerebro; distintas zonas participan en la producción de nuestro lenguaje, sobre todo las áreas ubicadas en nuestro hemisferio izquierdo; tras la clínica que desde el punto de vista neurológico algunos pacientes experimentan en lesiones sufridas sobre zonas cerebrales muy concretas por etiopatogenias tumorales, accidentes isquémicas, alteraciones vasculares o procesos neurodegenerativos podemos relacionar esta lesión y su sintomatología con la funcionalidad fisiológica, y así sabemos que: los pacientes que experimenten daños cerebrales en el área de broca, sufrirán alteraciones en el dominio de la estructura gramatical y sintáctica; mientras que si hay alteraciones de los niveles de comprensión, cabe pensar en una alteración del área de Wernicke.

Además de una evidente lateralización cerebral, las capacidades de los centros del lenguaje para los neandertales presentaban un desarrollo análogo al nuestro, aunque se ha puesto en duda la aceptación de un lenguaje complejo (verbal, pautado y simbólico)

por parte de estos hombres; si pudiésemos demostrar la hipótesis de que los neandertales eran capaces de adquirir un lenguaje plenamente articulado para ser capaces de comunicarse, solventaríamos sobradamente las dudas acerca de las capacidades cognitivas de estos hombres.

Para elaborar toda una gama de sonidos, precisamos de ciertas especializaciones anatómicas: 1) es necesario disponer de un completo aparato fonador con cuerdas vocales, garganta o laringe, boca y cavidad nasal, para que se formulen los fonemas, morfemas y palabras; 2) resulta imprescindible que para este fin la laringe presente una posición baja (en los chimpancés y en los astrolopitecus la laringe mantiene una alta posición anatómica y por ello son incapaces de articular los mismos sonidos que nosotros; 3) aunque la mayor parte de los componentes del aparato fonador son tejidos blandos, algunos huesos pueden avisarnos de la situación relativa de la laringe (la morfología de la base del cráneo y la morfología del hueso hioides en la garganta, donde se insertan los músculos fonadores que facilitan la modulación de los sonidos).

En relación a nuestros neandertales, algunos autores aceptan que esta especie podría disponer de un lenguaje articulado rudimentario, que precisamente para salvar

estas limitaciones, se habría acompañado de un potente lenguaje gestual. Homo sapiens

y Homo neanderthalensis, a través del último ancestro en común, el Homo

heidelbergensis estaban igualmente capacitados de producir un lenguaje oral articulado y

complejo.

En relación al lenguaje, los hombres neandertales mantendrían unas peculiares características: a) ellos poseían una laringe más elevada que la nuestra y, debido a estas

especificidades morfológicas, producirían sonidos poco nítidos y bastante limitados que le haría no viable, por ejemplo, el disponer del mismo tipo de vocalización (serían incapaces

de pronunciar las vocales a, i y u); b) al estar el paladar más adelantado que el nuestro,

existiría una resonancia nasal al hablar, que le habrían concedido un tono gangoso a las expresiones de su lenguaje; c)también sería posible que los neandertales tuvieran un vocabulario menos rico, con una sintaxis más pobre; d) las evidencias físicas y morfológicas, las peculiares características del cerebro el hueso hioides, la estructura del oído, e incluso la genética, haría a estos humanos incapaces del lenguaje; e) aunque

existes diferencias con los sapiens, éstas no impedirían hacer de sus respectivos lenguajes sendos modos de transmisión de un pensamiento elaborado.

Algunos autores se resisten a la aceptación definitiva del lenguaje en los neandertales, pues la característica esencial de la capacidad lingüística sería el absoluto valor simbólico, su total dependencia de lo conceptual, de la abstracción; a pesar de la Arqueología cognitiva no pueden añadirse respecto de las excavaciones realizadas en los yacimientos de algún hecho contrastado que aporte de manera objetivable nueva información; por ejemplo, si hubieran trascendido desde el mundo simbólico capaz de construir un lenguaje, constataríamos aunque apenas existen las huellas establecidas a través del arte.

Hasta ahora, lo más desconcertante entre los restos ya encontrados en los yacimientos arqueológicos se encuentra en lograr entender cómo era que mientras el Homo sapiens, se aventuró por el camino del arte hace unos 100.000 años, siendo una forma de mostrar hasta en su propio cuerpo y sobre una representación al exterior, una identidad muy personal y a la vez comunitaria de las inquietantes y furiosas fuerzas del mundo simbólico del id o inconsciente freudiano, de las representaciones jungianas del mundo arquetípico a través del imaginario colectivo, también propiciando las narración de sus historia, y la conjura de sus miedos, siendo al final capaces de elaborar cuidadosos perfiles de animales grabados en fragmentos de asta, miles de pequeños detalles en abalorios de conchas perforadas que componían vistosos collares y brazaletes, hasta llegar a los magníficos paneles de Altamira.

No así, respecto a Homo neanderthalensis, quien no llegó a derrochar tiempo o energía para decorar vestimentas y accesorios. Quizás, aún estemos en proceso de reconocer la existencia de otras formas distintas de expresión simbólica y de manifestación artística en el seno de una humanidad plural: precisamente porque son escasas aunque no faltan ya evidencia arqueológicas aunque y en ellas falte aún rotundidad para afirmar una verdadera expresividad simbólica en el microcosmos neandertal.

En las fases más recientes de la historia neandertal, dentro de dataciones comprendidas en el Chatelperroniense (Maillo, 2008b), cerca de la llegada del Homo sapiens a Europa, los neandertales producen una abundante elaboración de objetos de

adorno y manufacturas de ornamentación personal, y mostraron un mayor interés por la elaboración de colgantes de diente, hueso y marfil: colgantes perforados, dientes de carnívoros en cuyos extremos se tallaban ranuras para facilitar su fijación a algún cordel de cuero o fibras vegetales y hasta una pieza de marfil transformada en anillos o colgantes; como, por ejemplo, es el caso del yacimiento de la Grotte du Renne, en Arcy- sur-Cure (Francia).

Las técnicas de incisión para la producción de estos ornamentos, diferían de la de los primeros sapiens europeos; en el yacimiento de Quinçay (Francia), un canino de lobo (Canis lupus) había sido perforado, primero mediante un adelgazamiento por abrasión en la zona de su raíz, luego, una acción de percusión o presión (mientras que nuestra especie horadaban las piezas gracias a una acción de raído continuado.

En las sociedades tradicionales humanas, los pigmentos son utilizados con dos tipos de funciones: decorativas y simbólicas, como son su empleo a modo de efímero tatuaje, como marcas correspondientes al estatus social, o de pertenencia a un grupo, para la iniciación a un ritual o de empleo como guarda y protección.

Los colorantes que se empleaban en el neolítico, en la actualidad lo aplican como decoración las mujeres alfareras para elaborar piezas de cerámica de manera artesana y aún perdura su oficio tradicional trasmitido por el método oral de madres a hijas, en a las tribus distribuidas por los duares o aldeas de la costa mediterránea de África y por los poblados en barro rojo, blanqueados y adornados de coloreados tonos pastel, encaramados a las faldas de las montañas del Rif (ver los trabajos de investigación en Antropología social y Etnoarqueología del grupo andaluz de investigación de la Universidad de Cádiz, dirigido por la Profesora María Lazarich, en la campaña 2016), aunque en la prehistoria, durante el Paleolítico también eran ya conocidos y empleados por los neandertales (Fernández, 2014; Monnier, 2012)

Nuestros parientes recogieron de pigmentos naturales datados entre 60000 y 40000 años, bloques y fragmentos de colorantes que en su mayor parte se trató de dióxido de magnesio (colorante negro), aunque también se han encontrado pruebas de la recogida de ocre (arcilla pigmentada en color amarillo, rojo y marrón). En Arcy se han recogido más de veinte kilos de ocre e incluso manos de morteros en granito probablemente relacionadas con la producción de colorante en polvo; este ocre debió de

haberse utilizado después de haberlo calentado al fuego: procedimiento que permite obtener el vivo color rojo que le caracteriza (Fernández, 2014; Monnier, 2012; Rivera,

2014).

Sus aplicaciones fueron varias (De la Torre, 2015): 1) con los estudios traceológicos, se constata la existencia de marcas y las huellas del uso de estos fragmentos lo que demuestran que fueron empleados como aplicación para colorantes de la piel (más de 250 fragmentos de manganeso y ocre recogidos en el yacimiento de Pech de l´Azé (Francia), muestra huellas de abrasión producidas al frotarlas contra una superficie dura, para avivar el color de la pieza y utilizarla sobre la superficie de la piel del cuerpo, como una especie de sanguina o carboncillo); 2) otros fragmentos fueron raidos con cortantes objetos líticos, con la intención de obtener colorante en polvo, quizás para mezclarlo con alguna sustancia líquida, a modo de disolvente, para conseguir un tipo particular de pintura; 3) el carácter simbólico de la pigmentación corporal de los neandertales, podría hacer referencia al mismo tipo de signos sociales que los elementos de adorno (abalorios de conchas perforadas en contextos neandertales, que fueron motivo de controversia, pues parte de los pretendidos orificios creados para colgar esos adornos, son producto de otros carnívoros, antes que un intencionado trabajo).

Los neandertales recogían y guardaban objetos curiosos, fuera de lo habitual y que les llamase claramente la atención, a parte de la posibilidad de que disfrutasen de un uso ornamental, por ejemplo: 1) la recolección de largas plumas de aves rapaces con una intención ajena a la que se desprendiera del consumo (yacimiento de Fumane, Italia) (Cobo, 2011); 2) también podrían acaparar algunos objetos que bien podrían haber servido de fetiches, como cristales de roca, piedras de colores vivos y, sobre todo, fósiles, como las conchas de gasterópodos que ulteriormente fueron transformadas (yacimiento de Ferrassie, Francia) (Torre, 2015).

En cuanto a la más antigua evidencia de la producción de herramientas de hueso, ésta pertenece a la Edad de Piedra Africana (Henshilwood): 28 herramientas óseas datadas hace 77.000 años BP. Al igual que ocurre con los objetos de adorno, la verdadera explosión de este tipo de tecnologías complejas se realizará durante el paleolítico superior, gracias al desarrollo completo de sus capacidades intelectuales del Homo sapiens sapiens (hacia el 35.000 BP) (Torre, 2015).

Son numerosos los yacimientos arqueológicos desde el paleolítico inferior, que han proporcionado restos de colorantes, algunos con huellas de haber sido frotados contra otros objetos como si se hubieran utilizado para pintar.

Estos pigmentos pudieron usarse de diferentes maneras, una de ellas consistía en espolvorear ocre sobre las tumbas; otra la decoración, tanto de objetos y paredes como del propio arte en el cuerpo, practicado en diferentes modalidades, a lo largo de toda la historia del género humano con fines decorativos, intimidatorios, bélicos, rituales o como señas de identidad personal o étnica. El uso de pigmento tanto para espolvorear sobre tumbas como para la decoración, ya es considerado una evidencia de pensamiento simbólico (Montes,

2008).

Restos de pigmentos se vienen encontrando desde el paleolítico inferior, la datación más alta de depósitos de colorantes procede de Wonderwork (Sudáfrica), son del achelense de hace 800.000 años BP, otros yacimientos con restos de pigmentos asociados a anteneandertales tienen cronologías de 300.000 años BP a 200.000 años BP se han localizado en Hungsi (India) y Beçov (República Checa), sin olvidar las recientes excavaciones de Zambia y Kapthurin en Kenia que han sacado a la luz pigmentos del achelense medio de hace 200.000 años BP. Sin embargo, no sabemos para qué eran utilizados, pudieron disfrutar de un carácter estético y por lo tanto simbólico, o tener un carácter simplemente funcional y sin simbolismo añadido, la mayor parte de los investigadores se inclinan por esta última interpretación (Rivera, 2015). Por otra parte, encontramos el uso de pigmentos, principalmente de dióxidos del manganeso, por parte de los neandertales, pues ya en la actualidad se conocen al menos cuarenta excavaciones pertenecientes al musteriense europeo se presentan depósitos de este tipo de colorante; más frecuente, además, en yacimientos chatelperronenses, junto a otras manifestaciones de actividades simbólicas, como los dieciocho kilogramos de ocre hallados en el nivel X de la Cueva del Reno (Francia) (Rendu et al., 2011). La mayoría de estos pigmentos contienen ejemplos de marcas de raspado y, frecuentemente, muestran haber sido frotados con un material suave. Algunos pedazos aparecen formando barras de lápiz puntiagudas, el análisis microscópico de estas puntas demuestra que fueron usados para dibujar. Para muchos investigadores estas son pruebas suficientes para demostrar que el uso de pigmento como elemento de comunicación no es

un rasgo específico del hombre moderno actual, HAM. Sin embargo, otros cuestionan sistemáticamente su valor como expresiones de carácter simbólico, destacando la heterogeneidad y la escasez de los mismos, comparándolos con su amplia distribución en el paleolítico superior (Torre, 2015).

El hecho de encontrar pigmentos, aunque escasos, asociados a yacimientos neandertales con pruebas de haber sido utilizados, supone un cierto grado de simbolismo dentro de la especie Homo neanderthalensis, tanto si esos pigmentos fueron empleados en rituales funerarios como si fueron manejados para pintar, el autor está haciendo uso del pigmento con una intención que supera la naturaleza del mismo, en ese acto existe el residuo de una conducta que quiere decir algo más de lo que en apariencia vemos, es por lo tanto el símbolo de una idea (Rivera, 2015).

Los HAM hicieron uso de pigmentos antes de la llegada del paleolítico superior, no obstante, será en este periodo cuando su uso alcance una mayor explosión creativa. Los ejemplos más antiguos proceden de Skuhl y Qafzeh (Israel), donde se encontraron cáscaras perforadas y coloreadas con una cronología de 100.000 años BP. Otro ejemplo lo constituye la cueva de Blombos (Sudáfrica), en ella se han encontrado 8.000 pedazos de ocres asociados a una industria ósea muy elaborada de hace 75.000 BP años, allí se utilizó el ocre para dibujar formas abstractas y geométricas sobre hueso, esta constituye la evidencia irrefutable más antigua del comportamiento simbólico de la humanidad (D’Errico, 2001).

Definir que es el arte supone una tarea más compleja si el arte que además intentamos definir es el del paleolítico, aunque toda manifestación artística o producción de imágenes lleva consigo un componente comunicativo, esto es: un fin para decir algo que guarda un mensaje significativo para los elementos de la sociedad que lo produce, disfrutando de una función estética, mística y de añadida cohesión social; es por ello, que consideremos la producción artística como otra de las manifestaciones propias del comportamiento simbólico. De esta forma: resulta el arte, que es una capacidad específicamente humana, exclusiva del género Homo, aunque al parecer no exclusiva de nuestra especie homo sapiens sapiens. El origen exacto del arte así como lo es la fuerza inspiradora que nos llevó a su producción, continúa siendo una incógnita; no cabe duda de que los seres humanos anatómicamente modernos lo producían y lo siguen produciendo, lo que nos cuestionamos es la posibilidad de una capacidad artística entre

nuestros ancestros los neandertales, e incluso entre otros homínidos anteriores. Se había negado la posibilidad de manifestaciones artísticas a los diferentes tipos humanos del paleolítico inferior, Homo erectus, H. ergaster y H. heidelbergensis. No obstante, los grupos achelenses manifestaron un cierto afán de coleccionismo de piedras raras y de cristales, además de un cierto sentimiento estético a la hora de seleccionar la materia prima de sus industrias líticas, atendiendo no sólo a la eficacia de la misma sino también al color. Por ejemplo, en la realización de bifaces se ocupaban de que estos fueran especialmente simétricos, propiedad que iba más allá de la funcionalidad, o respetaban irregularidades confiriéndolos unas características propias que los individualizaban y los hacían atractivos visualmente (Torre, 2015),

Las supuestas muestras de arte propiamente dicho, más antiguas, las constituyen piedras y huesos con incisiones artificiales, y también proceden del achelense. Sirva de ejemplo aquellas que se remontan a 400.000 años BP encontradas en Alemania (Bilzingsleben) y realizadas por el Homo heidelbergensis, se trata de huesos de elefante decorados con rayas grabadas paralelas que no se pueden derivar de actividades utilitarias ordinarias como matar o cortar. No olvidar el yacimiento francés de Pech de l’Aze de hace 300.000 años BP, en el cual se encontró un fragmento óseo con incisiones en forma de semicírculos concéntricos (Torre, 2015)

Similar situación ofrece la obra del yacimiento checo de Stránska Skála. El problema de estas piezas halladas, es el posible origen natural de sus marcas e incisiones, la mayor parte de los investigadores comparten este pensamiento, por lo que se puede afirmar que manifestaciones artísticas, entendidas como tales, producto de un comportamiento simbólico articulado y complejo, no existieron durante el paleolítico inferior (Rendu et al.,

2016).

El debate en torno a la producción artística de los neandertales es uno de los más interesantes del panorama de la investigación actual. En líneas generales podemos decir que existen tres posturas fundamentales, una es aquella que niega las capacidades artísticas del Homo sapiens neanderthalensis, otra considera que sí existió arte durante el musteriense, y la última defiende que sólo los neandertales tardíos del chatelperronense produjeron arte (Montes, 2008).

Los albores de una incipiente recreación artística por parte de los neandertales, se justifica con la aparición de unos fragmentos óseos encontrados con unos sencillos pero enigmáticos grabados hallados en los yacimientos arqueológicos como La Quina y Les Pradelles (Francia) que habían sido grabados con incisiones regulares, mientras que se encontró otro fragmento de hueso en la excavación de Bacho kiro (Bulgaria) con una serie de incisiones en zig-zag. También contamos con estos grabados, esta vez sobre un soporte pétreo: una incisión en forma de cruz (yacimiento de Tatat, Hungría); o un fragmento de esquisto con abigarradas líneas incisas y dispuestas en paralelo (Temnata Dupka, Bulgaria) (Rendu, 2016).

Respecto a lo que estos datos nos ofrecen, en relación al mundo simbólico de los neandertales, escasos cuando lo comparamos con el torrente de información artística elaborados por los primeros sapiens, tenemos que considerar: 1) que mientras la utilización de pigmentos parece ser un dato del comportamiento neandertal claramente contrastado, aún no lo son otras formas de ornamento personal o de detalle artístico; 2) no podemos descartar que la pobreza de su preocupación estética comportara también una falta de preocupación espiritual, esto es: que estuvieran desprovistos de cualquier rito que ordenaran e hicieran compresible socialmente los ciclos vitales, la cadencia de su entorno o los grandes exabruptos que con frecuencia aportaba la naturaleza, por lo que estos humanos, entonces, no fueron otra cosa que extraordinarias máquinas ajustadas exclusivamente para la supervivencia (Finlayson et al., 2006; Fernández, 2014).

Muchos autores defienden la posibilidad de que en el paleolítico medio, los neandertales realizaran manifestaciones artísticas sobre materiales perecederos como pieles, cestería o madera, por lo que el registro arqueológico no puede llegar a recogerlas, aunque sí que se recogen otro tipo de piezas sobre materiales más resistentes. Así, una de las piezas más interesantes del musteriense es la estatuilla de Bereckhat Ram (Israel): se trata de una protoescultura de basalto de 3,5 cm, realizada sobre un tufo volcánico con entalladuras naturales cuya forma recuerda a un cuerpo femenino, datada aproximadamente hace unos 233.000 años BP (Montes, 2008). Según Marchack fue realizada o, al menos, modificada de manera artificial para aumentar su forma femenina, y en un reciente estudio microscópico de D'Errico y Nowell (2003) confirman la deliberada modificación humana mediante abrasión y acanalando, aunque no rechazan per se la

hipótesis de que sólo sirviera a propósitos utilitarios.

Junto a esta protoescultura nos han llegado, sobre hueso o sobre piedra, trazos abstractos hechos con cierto ritmo denominados griboullis (garabatos), sin orden aparente, pero que para sus autores pudieron gozar de significado. Sobre soporte óseo recordar las 30 marcas subparalelas de un hueso en La Ferrasie, una escápula en La Quina, una costilla con líneas paralelas en Cueva Morin y otro ejemplo en Lezetxiki, seis huesos con rayas en Tagliente (Italia), Kebara (Israel), Molodova (Ucrania) y un zigzag en Bacho Kiro (Bulgaria). Mención aparte merece el hueso con marcas paralelas y posible utilidad musical encontrado en Schulen (Bélgica), aunque de él se discute la intencionalidad de las marcas y su función (Torre, 2015; Rendu et al., 2011).

En cuanto a las señales o marcas sobre soporte pétreo, destacamos las 18 cazoletas grabadas de La Ferrasie, y varias piedras incisas en Italia (Solinas y Tagliente), recordar el trozo de esquisto con líneas paralelas de Temnata (Bulgaria). Más interesante es la placa de sílex con 4 arcos concéntricos y otras líneas verticales de Quneitra (Israel) con una cronología de 54.000 años BP, para Marshack su realización es indiscutiblemente intencionada, pero no sabemos si fue realizada por humanos modernos o neandertales, ya que la zona era ocupada por las dos especies en esas fechas. A todos estos ejemplos quisiera añadir los encontrados en Piekary Ila, se trata de manifestaciones artísticas de carácter geométrico de hace 40.000 años BP en niveles chatelperronenses, que nos recuerdan a las piezas decorativas de Blombos (Montes, 2008).

La hipótesis que niega las capacidades artísticas del homo sapiens neanderthalensis se fundamenta en el reducido número de supuestas obras de arte halladas en el musteriense (Rendu et al., 2011), estas son tan escasas que no pueden considerarse pertenecientes a un universo cultural definido. Además podemos decir que los motivos abstractos plasmados sobre soportes óseos y pétreos no están estandarizados, y sobre ellos surge la duda de si se tratan de obras naturales o artificiales, las huellas de los huesos pueden ser muchas cosas como marcas dejadas por las herramientas durante el descarnado o alimentación, mordeduras de carnívoros o roedores, deformaciones de raíces, huellas de vasos sanguíneos (Tomás, 2015). En el caso de las piedras pueden ser trazas de corte al haber sido empleada la piedra como yunque. Por estos motivos, todos los objetos de este tipo pertenecientes al paleolítico medio, tras

haber sido sometidos a estudios taxonómicos, traceológicos y análisis ópticos, están hoy desmentidos o cuestionados como obras de arte (Torre, 2015; farizy et al., 1994).

La segunda hipótesis que considera que sí existió arte durante el musteriense defiende que las piezas artísticas de este periodo consisten en ensayos que demuestran haber entrado en fase de experimentación, no se trata de un arte definido perteneciente a una entidad cultural, sino simplemente una fase previa al desarrollo de estas capacidades donde los hombres empezaron a experimentar. A favor de esta hipótesis, podemos decir que otras actividades desarrolladas por el neandertal indican la existencia de un tipo de sociedad espiritualmente madura, por ello es frecuente concederles el beneficio de la duda, no es de extrañar que Leroi-Gourham cuando realizó la clasificación de los estilos del arte paleolítico reservara una fase previa al Estilo 1 (fase prefigurativa), es decir, un arte sin pruebas conocidas, este podría ser el arte de los neandertales caracterizado por disfrutar una forma artística basada en la grabación de marcas, de aceptar estas afirmaciones, diríamos que el primer arte fue abstracto y no figurativo, desconociendo, en todo caso, su significado (Rendu et al., 2011).

La última hipótesis defiende que sólo los neandertales tardíos del chatelperronense produjeron arte. Esta hipótesis se sostiene en la abundancia y mejor definición de las manifestaciones artísticas de este periodo en comparación con las del musteriense. No obstante, dentro de esta tesis debemos cuestionarnos la misma incógnita que en las anteriores actividades simbólicas ¿copiaron los neandertales el arte de los HAM, o este arte es exclusivo de esta especie? Al igual que en las anteriores muestras de comportamiento simbólico podemos considerar que la imitación resulta más difícil de sostener que la creación, en parte porque hemos visto muestras de arte desde más antiguo donde podríamos hablar de fase de experimentación, luego las sociedades chatelperronenses no necesitaron copiar el arte de los seres humanos anatómicamente modernos, además, la muestras artísticas entre las dos especies no coinciden, si se tratara de imitación deberían ser exactamente iguales, pero no es así, el arte neandertal difiere del nuestro en cronologías semejantes. Como decía páginas arriba las sociedades neandertales del chatelperronense se enfrentaron a nuevos retos al abandonar el musteriense, esos retos posibilitarían una maduración tardía de estas sociedades, se harían más complejas, y el arte se haría eco de esta situación, si bien es cierto, que no

sería un arte tal y como nosotros lo entendemos, sería el arte de una especie distinta a la nuestra (Díez, 2014; Solulier, 2008; Peresani et al., 2011).

En resumen, la capacidad artística de los neandertales continúa en entredicho, todo apunta a que el arte tal y como nosotros lo entendemos fue desarrollado única y exclusivamente por nuestra especie. Ahora bien, nunca sabremos si los neandertales disfrutaban o no de esa capacidad, aunque no la utilizaron en toda su expresión, o si lo hicieron exclusivamente sobre materiales perecederos.

Hasta ahora, los prehistoriadores creían que el arte apareció en nuestra especie en Europa hace unos 35.000 años BP, fecha que marca el inicio del paleolítico superior. Sin embargo, a día de hoy, el arte más antiguo perteneciente a nuestra especie es el encontrado en Whartoon Hill y Panaramitee en Australia con unas cronologías entre 45.100 y 36.400 años BP, además del hallazgo, en el Parque Nacional del Serengeti, de dos cuentas de cáscara de huevo de avestruz decorado hace 45.000 años BP.

Pese a todo, la gran eclosión del arte prehistórico se dio en el paleolítico superior, lo que indica que en torno al 35.000 BP, existía una humanidad que ya se organizaba y estructuraba socialmente, y que se expresaba a través del arte. Sin embargo, nuestra especie apareció en torno a 200.000 años BP, entonces ¿porqué el hombre no produjo arte desde su primera aparición sobre la faz de la tierra? La respuesta podría ser que tardó tiempo en adquirir conciencia creadora, o tal y como decía Mithen (1998) en Arqueología de la Mente, porque todavía no había interconectado sus 4 inteligencias (técnica, historia natural, social y lingüística), estas sólo interactuaron cuando el contexto social y cultural fue el adecuado, posiblemente entraron en una fase de experimentación en África, de la cual los ejemplos anteriores son muestras, y finalmente la producción artística eclosionó en Europa.

Ningún animal entierra a sus congéneres muertos, este acto es exclusivo del ser humano, el hombre tiene conciencia de su propia existencia y experimenta angustia ante la muerte, preguntándose qué existirá después de la vida. Este tipo de preocupaciones cumplen la función de socializar a los grupos humanos, de hecho es difícil pensar que los enterramientos se realicen sin decir una sola palabra, el ajuar funerario que acompaña a los difuntos evidencia la existencia de un ritual que a su vez exige la posibilidad de un

lenguaje articulado, por todo ello, enterrar a nuestros difuntos constituye un claro ejemplo de comportamiento simbólico (Díez, 2014; Solulier, 2008; Peresani et al., 2011).

La importancia simbólica de los enterramientos anteriores al paleolítico superior, sobre todo los pertenecientes a neandertales, ha sido un asunto de intenso debate durante las últimas décadas. Veamos los aspectos más importantes del mismo. El único testimonio funerario durante el paleolítico inferior es la Sima de los Huesos en el yacimiento arqueológico de Atapuerca. Allí se encuentra, en el fondo de un pozo vertical, una acumulación de 32 cadáveres de homo heidelbergensis de hace 300.000 años BP. La abundancia de esqueletos hace pensar que semejante acumulación la tuvo que llevar a cabo un grupo, para el cual tal conducta debía de tener algún significado, respondería a alguna idea compartida por toda la sociedad y transmitida entre generaciones (Monnier, 2012). La existencia de un bifaz de cuarcita roja entre los fósiles humanos, ha dotado de mayor simbolismo a esta práctica funeraria, considerando que se trataba de parte del ajuar que acompañaba al enterramiento. No obstante, la crítica que podemos hacer sobre el hallazgo parte de este mismo útil encontrado, la presencia de un único utensilio puede deberse al mero accidente o azar, sin que tenga mayor significado específico (Montes 2008).

Para analizar si lo que se registra bajo la excavación de un yacimiento arqueológico trasciende a una forma interpretativa diferente, sita en el mundo de los símbolos. Como nos indican las observaciones que nos ofrece la Etnoarqueología, muchos hombres modernos prehistóricos a los aunque en la actualidad les presuponemos idéntica complejidad cognitiva y simbólica como la del Homo sapiens del paleolítico superior, parece que no han dejado estas huellas rotundas como sus predecesores, si no que, al igual que ocurre para nuestros parientes neandertales, si dispusieron de éste interés, no llegaron a expresar su gusto estético de una manera fácilmente reconocible. Al respecto de esta especie, escribe Diez (2014): […El trasfondo simbólico de sus vidas pudo quedar plasmado con más fuerza en otros modos de transitar el mundo espiritual, de transcender del penoso yo físico e imaginar otros lugares intangibles].

El cese de la vida nos sitúa a los sapiens sobre la base de un universo simbólico irremediablemente alejado de nuestro yo material; es decir: reflexionar sobre la muerte, sugiere adentrarnos en la preocupación metafísica sobre el origen, fin y el significado de

nuestra propia existencia. El rito y la trascendencia resultarán fundamentales para la generación de la preocupación religiosa por el más allá. La muerte, en todas las sociedades humanas, está fuertemente ritualizada: un conjunto de reglas fijas se encarga de marcar el tránsito hacia el más allá: el mero acto de la inhumación, cabe interpretarlo como un signo de respeto hacia la persona difunta y una forma de congregar a la comunidad en torno a su memoria y, ante los grandes abismos del mundo de ultratumba. Así, distintas culturas de nuestra especie han mostrado un vívido interés intelectual por ella, a través de la creación de divinidades responsables de su suerte, de la creencia en la reencarnación, la liberación de la carne, la vuelta al origen o al mito del eterno retorno, temas recurrentes posteriormente abordados sobre todo durante el Mesolítico y Neolítico y en la Edad Antigua universal (Díez, 2014; Solulier, 2008; Peresani et al., 2011).

Los neandertales tampoco eran ajenos a la muerte: se han encontrado pruebas de consideración y especial tratamiento de los cadáveres de algunos de sus difuntos. Aunque no podemos representarnos los códigos rituales que ellos frecuentaban durante sus comportamientos de duelo, resulta ser cierto que la motivación de estas conductas se fundamentaba en algún tipo de atribución cognitiva sobre la creencia basada en un más allá.

Si el yacimiento es el resultado de una práctica funeraria, significaría que el homo heidelbergensis se preocupaba de sus congéneres muertos lo cual sería una prueba de que se habría cruzado la barrera de la complejidad, y sería el momento en el que aparecieron una de las principales características que nos definen como humanos. Aunque eso no implica que hubiera nacido un pensamiento simbólico complejo, solamente un aspecto del mismo. El principal problema a la hora de atribuir a estos homínidos estas cualidades, reside en que esta es la única prueba de un trato específico hacia la muerte (Díez, 2014).

Las prácticas funerarias del paleolítico medio son, para la mayoría de los investigadores, un hecho demostrado. Estas se realizaban cerca de su propio hábitat, consistían en enterrar a los muertos en una fosa, en ocasiones cerrada por una losa y túmulo, o simplemente dejando el cuerpo sobre el sedimento circundante.

Los cuerpos, colocados en posición fetal, estaban teñidos de ocre o tendidos sobre un fondo de este color, en ocasiones iban acompañados de algunos objetos a modo de

ajuar funerario, como restos de comida, útiles líticos o animales, aunque algunos autores discuten la intencionalidad de estas ofrendas (Briz y Vila, 2006; Díez, 2014).

No faltan los ejemplos de enterramientos: La Chapelle-aux-Saints (cuerpo femenino en fosa y una ofrenda compuesto por restos de animales), La Ferrassie (donde hemos encontrado ocho enterramientos, son especialmente trascendentales los de niños, incluye una sepultura infantil con una piedra coloreada de ocre, no sabemos si todas las sepulturas llegaron a constituir en su día un conjunto funerario), Skhul (diez individuos entre niños y adultos), Kebara (cadáver de un hombre sin cráneo, interpretado como algo premeditado por los neandertales que además esperarían a que los ligamentos del cuello desaparecieran para separar el cráneo del cuerpo), Shanidar (siete adultos y dos niños), Amud, Spy, Teshik-Tash, Guattari, Dederiyeh (Solulier, 2008; Peresani et al., 2011).

En ocasiones se ha discutido no sólo la intencionalidad de las ofrendas, sino también la interpretación de los enterramientos como tales. Algunos científicos consideran que estos no habrían sido efectuados intencionadamente, sino que los cuerpos se depositarían en un lugar donde los carroñeros no podrían acceder, o como explica Davinson para el yacimiento de Shanidar, este se habría producido por el derrumbamiento de la cueva que terminaría tapando los cuerpos. En el caso de las ofrendas se han dado explicaciones casuales, como la abundancia en el yacimiento de estos materiales o ser resultado de la remoción de estratos inferiores al abrir el yacimiento. Para algunos historiadores el hecho de depositar el cadáver en una fosa disfruta de un carácter más higiénico que simbólico, de hecho el uso de ocre pudo haber sido utilizado en calidad de desinfectante, o debido a su capacidad de conservar el colágeno, para preservar los cadáveres de la descomposición. Un enterramiento neandertal en el que claramente el difunto llevaba objetos de adorno, es el de la Grotte du Renne d’Arcy-sur-Cure en Francia, datado hace 34.000 años BP, cuyo caso pudo ser consecuencia de la aculturización del hombre moderno (Díez, 2014; Solulier, 2008; Peresani et al., 2011).

D’Errico, Clark y B. Hayden (2011), consideran que resulta inequívoca su intencionalidad, tanto la colocación del difunto como la de los objetos que lo acompañan responde a algo premeditado. Algunos sostienen que con la existencia de una actitud trascendente ante el hecho de la muerte, la motivación de estos enterramientos pudo ser

diversa: a) mágica, para evitar que el muerto causara problemas a los vivos; b) religiosa, a fin de favorecer el tránsito a otra vida, y c) social, por motivos de prestigio y autoridad dentro del grupo.

Junto a este ritual funerario encontramos otros aspectos que fortalecen la conducta simbólica de los neandertales. Uno de ellos son los descarnamientos y desmenuzamientos intensos de los huesos de los difuntos, como el caso de Zafarraya, en ocasiones interpretados en calidad de canibalismo ritual, como los practicados en L’Hortus y Kaprina. Otro son las prácticas zoolátricas, como el culto al oso cavernario de la cueva de Regourdou y el cuestionado de la cueva de Drachenhöhle, son muestras de una cultura espiritual o subsistema simbólico. Y por supuesto las pruebas de la existencia de ancianos, algunos de ellos con graves patologías, principalmente traumatismos, que les habían dejado una serie de huellas y cicatrices, y que sólo con el cuidado del grupo pudieron sobrevivir (Díez, 2014; Solulier, 2008; Peresani et al., 2011).

La conclusión que podemos extraer, es que sí hay pruebas que muestran ciertos rasgos de capacidad cognitiva entre los neandertales. Parece claro que ellos enterraban a sus muertos, al menos en algunos casos, no está tan claro si ese acto llevaba consigo algún ritual mortuorio, como tampoco es demostrable determinados aspectos de su supuesta espiritualidad (zoolatrismo o antropofagia ritual). Pese a ello, y teniendo en cuenta el demostrado cuidado que prestaban a sus ancianos, y sobre todo muchos indiscutidos enterramientos, tenemos datos suficientes para demostrar la existencia de un comportamiento simbólico entre los neandertales, que apenas tiene otras manifestaciones físicas perdurables pero que tuvo que ser sin duda complejo, y que revelan que durante el musteriense el neandertal habría alcanzado la capacidad de realizar abstracciones mentales. El enterramiento neandertal más antiguo seriamente datado es de hace 70.000 años BP, mientras que el enterramiento de HAM más antiguo es el de Qafzeh de hace 100.000 años BP. Esta situación podría hacernos pensar que los enterramientos neandertales fueron consecuencia de la vecindad de los HAM. Sin embargo, esta situación es poco probable, la transmisión de una industria tecnológica es algo que se puede hacer con fines prácticos, pero no la transmisión de un culto a nuestros difuntos que nace de nuestra propia actitud hacia la muerte, además tenemos otras pruebas de

comportamiento funerario anteriores al 100.000 BP entre neandertales, no tan sólidas como estas pero sí lo suficientemente congruentes para afirmar que ya se manifestaba una conducta ritual (Montes, 2008).

Estos hombres no parecían realizar distinciones en relación al género y la edad, así constatamos: inhumaciones individuales pertenecientes a hombre, mujer, niños y ancianos. Constatamos en ellos el reconocimiento de la vida humana, por ejemplo: son habituales los enterramientos de neonatos y fetos como los excavados por Peyrony (en 1910) bajo un recio estrato de Paleolítico superior, un depósito de 50 cm de musteriense final superpuesto a un nivel acheliense en el yacimiento de La Ferrassie (Dordogne), contando en esa capa musteriense con un esqueleto de hombre adulto en decúbito supino, el tronco y la cabeza ligeramente vueltos hacia la izquierda, las piernas muy encogidas; ciertas placas de piedra pudieron por fin sostener la cabeza, y junto a él, en posición invertida yacía una mujer, acostada sobre el lado derecho, con notable plegamiento del cuerpo: las piernas estaban encogidas junto al tronco, el brazo derecho en flexión y muy pegado al pecho (Obermaier, 1960); además, en una depresión cerca de la pared del abrigo se había depositado un inmaduro sietemesino, y encima de su cadáver se dejaron tres excelentes raederas de sílex). En el mismo yacimiento se encontraron los restos de un niño que contaba tres años de edad, bajo una sepultura triangular que había sido sellada con un bloque de caliza, como un hito que en el futuro señalara la ubicación correspondiente al mismo yacimiento.

Cabe la posibilidad de que estos hitos de piedra que señalaban las sepulturas quizás se utilizaran como formas de conservar el enterramiento a salvo de los carroñeros. De lo que no cabe duda, como señalaba Obermaier (1960), es que el hombre musteriense enterraba intencionadamente, al menos, en grupos familiares a parte de sus muertos y mostrando un sentimiento de piedad y veneración hacia ellos. Debe interpretarse como residuos hallados de un enterramiento destruido, cuyo contenido hubiera sido saqueado por las fieras o revueltos por algunos nuevos habitantes del lugar (Farizy, David y Jaubert,

2010).

Algunos espacios sepulcrales estaban delimitados por bloques calizos y, en ocasiones, las cabezas de los difuntos reposaban sobre un almohadillado de lajas de piedra o pajas.

Cuando los enterramientos estaban asociados a elementos de piedra finamente tallados: huesos de osos, astas de cérvidos, dientes, fragmentos de ocre y trozos de animales, puede llegar a pensarse en algún tipo de ofrenda a los muertos, armamento, amuletos o alimento depositados para cuidar el viaje que ya habían emprendido hacia el más allá (Rendu et al., 2016).

Tampoco resulta algo excepcional que las sepulturas de los hombres neandertales estén directamente relacionadas con algún sentido ritual, ceremonia mortuoria o tratamiento a través del fuego, empleándolo en: hogueras debajo de los cuerpos, encima de los enterramientos que estaban rellenos de una mezcla de tierra y restos de carbón y cenizas, hogueras avivadas al lado de la fosa. Quizás los neandertales que sintieron siempre su efecto protector, concedieron al fuego un valor de abrigo, purificador, místico, no sólo capaz de alumbrar la incertidumbre de la noche sino el tránsito de la propia existencia (Rendu et al., 2016).

Lo que entendemos como un comportamiento humano moderno se basa en la disposición de un particular entramado social, cultural y cognitivo compuesto por aspectos como: 1) la innovación tecnológica que brindó el desarrollo de armas más potentes y diversificadas; 2) una mejor adaptación de nuestros predecesores a desarrollarse en todos los ecosistemas; 3) una mayor diversificación económica mediante el aprovechamiento de un rango más extenso de los recursos naturales; 4) el desarrollo de redes complejas de intercambio de bienes e ideas entre bandas distantes (p, ej. cuentas de collar manufacturadas con conchas marinas procedentes de zonas lejanas); 5) con las bandas tribales no sólo se compartía el comercio, sino la rápida expansión de todo tipo de novedades; 6) la gran progresión del comportamiento simbólico a través del arte, la ornamentación personal, la religión y la trascendencia, en todos los hábitos de la vida cotidiana; 7) el acelerado y novedoso desarrollo de las conexiones neuronales del cerebro, capaz de gestar la gran revolución cognitiva que disfrutó nuestra especie (Farizy, David y Jaubert, 2010).

La caracterización a través del marco cronológico, podría también incluir la integración del arte en el resto del comportamiento cultural y la importancia que este representa en las estrategias económicas, aplicadas en función de establecer unas pautas de referencia en donde podemos diferenciar tres horizontes, en su acepción de corte o

franja temporal que aplicásemos al tiempo de Prehistoria (Farizy, David y Jaubert, 2010; Soulier, 2008):

Arte de los grupos no productores (depredadores, cazadores-recolectores).

Arte de los productores primarios que conocen la domesticación, la cría de cabras y ovejas, y que además practican la horticultura.

Arte de las primeras sociedades complejas. En cada una de las regiones y en cada una de estas franjas temporales intervienen estímulos de relación y diferentes elementos de aislamiento, como son: los condicionamientos medioambientales, contactos con otros grupos e importancia o puesta en valor de determinados recursos naturales y materias primas. Los datos que ya se conocían a finales del siglo pasado respecto de los inicios más antiguos en el arte del interpleniglaciar de la Europa occidental, según Moure (1999), corresponden a industrias del Auriñaciense Típico, en donde se encuentran ya objetos figurativos en el arte mueble, como las esculturas de Vogelherd.

Pese a la coexistencia de estos humanos modernos con los neandertales en Europa al menos durante diez mil años, habría de resultar el extremo occidental de Europa, como el último reducto previo a la definitiva desaparición de Homo sapiens Neanderthalensis (Rodriguez-Vidal et al., 2013), con los restos humanos del mustariense en el Barranco de Zafarraya (Granada).

En el caso del paleolítico peninsular ibérico, las primeras manifestaciones gráficas se vinculan a la llegada y asentamiento de las primeras poblaciones de Homo sapiens sapiens, pues las fechas absolutas más antiguas de las que se disponen se referencian a las cuevas de El Castillo (Puente Viesgo, Cantabria) con algunos huesos como testimonio mobiliares con marcas simples del nivel 18 (Auriñaciense Típico) y L´Arbreda (Cataluña) al 40.000 BP; mientras que a pesar de que la información respecto al arte parietal aún es más reducida, además de a las dataciones estratigráficas de los bloques auriñacienses de La Ferrassie (Dordoña), se añade la de las excavaciones en La Viña (Asturias) y las fechas absolutas obtenida por acelerador en Chauvet (L`Auriège) (Clottes, 1995).

Otra de las evidencias respecto de la ocupación ibérica hispanolusitana fue constituida por la frontera del Ebro como límite de la primera expansión de los humanos

modernos centroeuropeos, de hecho: los estadios iniciales del Auriñaciense Típico sólo aparecen en el Cantábrico y en el extremo septentrional de la costa mediterránea (Carrión et al., 2008), en contextos del llamado gran interestadial (Wurm III-IV), limitándose a estas regiones las escasas evidencias artísticas que hasta ahora se han registrado: siendo formas más evolucionadas del Auriñaciense las que llegan hasta 24000/23000 BP (Plagnol y Wall, 2006).

La evolución del arte transcurre desde la abstracción ocasionalmente geométrica a lo figurativo analítico, proceso que desde los años sesenta sistematiza cronológicamente Laroi-Gourhan, basándose en la comparación estilística de las figuras parietales con las presentes en objetos del arte mueble y en las escasas diferencias estratigráficas de las que se dispone.

Sobre el origen del comportamiento simbólico encontramos dos posturas fundamentales. La primera considera que este se desarrolla en Europa hace unos 40.000 años BP con la llegada de los seres humanos anatómicamente modernos, y que son estos los únicos capaces de desarrollarlo, en contra de esta tesis podemos argumentar porqué no encontramos pruebas de este comportamiento con el origen de los HAM hace 200.000 años BP y porqué sí hay algunas manifestaciones del mismo en otras especies pertenecientes al género homo. La segunda plantea la posibilidad de que la conducta simbólica se desarrollara antes de la llegada de los HAM, con los neandertales, la posibilidad de que existiera con otros homínidos es más remota, la principal crítica reside en la escasez de pruebas y el carácter dudoso de las mismas (Plagnol y Wall, 2006).

Podríamos plantear una tercera postura, que sería aquella que considera que los neandertales manifestaron este comportamiento como resultado de la aculturización de los HAM. Si nos preguntamos… ¿porqué los ornamentos personales se concentran en la transición del paleolítico medio al superior? Posiblemente (Bernaldo de Quirós et al. 2008) se debió a que los neandertales no los necesitaron antes, su éxito ecológico en la transición del paleolítico medio al superior les permitió hacer más complejas sus sociedades y a estas manifestarse mediante un comportamiento de carácter simbólico todavía más complejo, en el que se incluían los objetos de adorno personal (Díez, 2014). Los ornamentos personales conocidos más antiguos pertenecientes al HAM, proceden de mediados de la Edad de Piedra de África del Sur hace 75.000 años BP, siendo

encontrados en la cueva de Blombos (D'Errico 2003; Henshilwood et alii, 2002). Se trata de 41 moluscos marinos Nassarius kraussianus perforados y teñidos de rojo, seguramente formaron con ellos collares o brazaletes.

Sin embargo, en los siguientes 30.000 años no se conoce ningún hallazgo similar. Hay que esperar al yacimiento de Enkapune Muto (Kenya) que ofrece cáscaras de huevo de avestruz adornadas, fechadas hace 40.000-37.000 años BP, de ahí en adelante las muestras son más numerosas, como en el yacimiento de Loiyangalani (Plagnol y Wall,

2006).

Así, ya podemos ir deduciendo que es al comienzo del paleolítico superior cuando surge una verdadera explosión de manifestaciones simbólicas, explosión que incluye los objetos de adorno personales.

Este hecho puede deberse a múltiples causas, la tesis más afortunada en responder a esta cuestión viene de la mano de Mithen (1998), quien sostiene que el HAM necesitó tiempo para adquirir conciencia creadora, esta conciencia se desarrollaría a medida que sus sociedades se hacían más complejas. Mi pregunta es ¿acaso no pudieron los neandertales vivir la misma situación y padecer una revolución simbólica en la transición hacia el paleolítico superior? Esto explicaría que antes de este periodo existieran manifestaciones simbólicas en este grupo de homínidos pero que se desarrollaran fundamentalmente en la transición al superior, sin necesidad de imitar sin entendimiento a los HAM, aunque no se niega la posibilidad de que el HAM pudiera estimular la conciencia creadora del neandertal (Mendez et al., 2016).

Existe una relación clara entre la elaboración de tecnologías complejas (herramientas y técnicas) y el desarrollo de las habilidades cognoscitivas. Esta relación se debe a que estas tecnologías exigen el conocimiento de diferentes estrategias para el tratamiento de los diversos materiales con las que se utilizan, estrategias que deben ser transmitidas por vía oral. Por este motivo el uso de herramientas compuestas, y en particular las de hueso y de marfil porque exigen técnicas específicamente concebidas para estos materiales, es considerado por los arqueólogos como uno de los rasgos que caracterizan la conducta humana moderna.

Tradicionalmente se ha considerado que el desarrollo de las tecnologías complejas era una invención del HAM hace 35.000 años BP. Sin embargo, a día de hoy, cada vez más autores sugieren la existencia de un uso anterior de herramientas de hueso y marfil en el paleolítico medio europeo a cargo de neandertales (Plagnol y Wall, 2006; Mendez et al.,

2016).

El uso de una tecnología compleja, como la del hueso, hacía apostar antes que entre los anteneandertales parece bastante improbable, el registro arqueológico es muy pobre en herramientas de este material en el paleolítico inferior, y lo cierto es que la mayoría de los objetos de este tipo encontrados pertenecientes a cronologías tan altas, han sido publicados sin un análisis microscópico que validara los posibles rastros de fabricación y uso, por lo que pudieron ser objetos utilizados y no herramientas (Tomás,

2015).

Sirvan como ejemplos los yacimientos de Swartkrans, Sterkfontein y Drimolen en África del Sur, datados hace 1.8-1 millones de años BP, en los cuales el australopithecus robustus utilizó herramientas de material óseo. El análisis del equipo dirigido por D’Errico (2003) ha revelado que no eran herramientas reales, y que estos objetos sólo eran usados para buscar termitas entre montones de tierra. Es decir, eran objetos utilizados pero no herramientas diseñadas mentalmente para cumplir una función determinada, por lo que los australopitécidos no llegaron a desarrollar una tecnología compleja, debido a la ausencia de habilidades cognoscitivas que le capacitaran para ello. Frente al improbable desarrollo de la industria ósea y de marfil entre anteneandertales, nos encontramos con el discutido uso de este tipo de industria entre neandertales, aunque la tradición historiográfica ha negado la capacidad de producir herramientas complejas al Homo sapiens neanderthalensis: la llegada de los HAM a Europa hace 35.000 años BP provocaría el cambio de la industria neandertal musteriense a la industria chatelperronense, esta tecnología sería consecuencia (Tomás, 2015) de la imitación por parte de los neandertales de la industria lítica y ósea de los humanos modernos, conocida con el nombre de auriñaciense. Cada día son más los investigadores que discuten esta interpretación (Maillo, 2008a).

Por un lado se especula la posibilidad de que los neandertales desarrollaran una industria ósea durante el musteriense, posibilidad que se apoya en un amplio número de

yacimientos europeos, como las excavaciones italianas del Lacio, pertenecientes al paleolítico medio, que han arrojado a la luz restos de fragmentos de hueso que eran usados para retocar las herramientas de piedra, es posible que sus autores también fueran capaces de diseñar herramientas puntiagudas para la caza utilizando la madera, cuyas puntas de lanza pudieron haber sido de marfil, asta o hueso. El problema de esta hipótesis reside en la escasez de pruebas que la sostienen, son muy poco numerosas las muestras de hueso durante el musteriense como para afirmar que los neandertales diseñaran una tecnología compleja de hueso o marfil, por este motivo, tiende a considerarse que estas muestras son el resultado de una mala organización del trabajo arqueológico con corrimiento de sedimentos de otras épocas (Mendez et al., 2016).

Existe otra interpretación, consistente en que fueron los neandertales tardíos europeos los primeros en diseñar este tipo de industria, el descubrimiento de herramientas de hueso en yacimientos neandertales en Francia e Italia durante el chatelperronense así lo confirma. La abundancia de piezas óseas en yacimientos chatelperronenses sí nos permite hablar de una tecnología compleja entre neandertales tardíos. Ahora bien, ¿los neandertales chatelperronenses imitaban a los HAM o creaban sus propias herramientas? D'Errico y Zilhao (2011) demostraron que la producción y el uso de herramientas de hueso por neandertales tardíos no era algo aleatorio, sino que representa un aspecto íntegro de su conocimiento tecnológico que surge del seno de una sociedad cada vez más compleja y que incluye distintas manifestaciones de comportamiento simbólico como los objetos personales de adorno, objetos que no eran imitación de los pertenecientes a poblaciones de HAM, tal y como hemos mencionado páginas arriba, sino que disfrutaban para ellos de una significatividad lógica. El estudio de estos dos autores confirma que las características técnicas en la elaboración de las herramientas de hueso y los objetos de adorno, son diferentes a las introducidas en Europa por el HAM, según ellos estas tecnologías aparecen como el resultado de un desarrollo autónomo de tradiciones locales. Por lo tanto, el chatelperronense con su industria ósea compleja surgió en Europa antes de que llegaran los seres humanos anatómicamente modernos. En conclusión: los neandertales desarrollaron una tecnología compleja para lo cual necesitaban un lenguaje articulado, lo que se tradujo en un comportamiento o conducta

similar a la moderna. Y esto ocurrió independientemente de que se inspiraran en obras de los HAM, o que surgiera como consecuencia de un desarrollo autóctono de la industria local, o como actualización de sus propias capacidades. En caso de que se inspiraran en la industria de los HAM, parece claro que no se limitaban a imitar, ya que tanto las herramientas de hueso como los adornos personales eran notablemente diferentes entre las dos especies como para hablar de imitación, es decir, los neandertales aportaron su sello personal, producto de un comportamiento simbólico, quizá no tan desarrollado como el nuestro, pero sí lo suficiente como para alcanzar un cierto grado de abstracción y superarse a sí mismos.

Para entender cada una de estas hipótesis y extraer nuestras propias conclusiones, dividimos este trabajo de investigación en las actividades simbólicas (ornamentos personales, tecnologías complejas, pigmentos utilizados, arte, enterramientos, lenguaje, sistemas de anotación y música), y planteamos su posible origen. Veremos que el comportamiento simbólico no aparece todo al mismo tiempo, sí que se produce una explosión del mismo con la llegada del paleolítico superior, pero existen algunas manifestaciones con anterioridad, en concreto entre los neandertales quienes pudieron tener una conducta simbólica similar a la nuestra, si bien, no tan desarrollada.

Algunas de las características que nos hacen más humanos y nos diferencian del resto de las especies animales del planeta son, sin duda, nuestra capacidad de realizar abstracciones mentales, producir un pensamiento conceptual complejo y comunicarnos con un lenguaje articulado, cualidades que se traducen en el desarrollo de un comportamiento simbólico.

Para adentrarnos en el origen del lenguaje deberemos antes distinguir entre lo que es fonación y articulación de fonemas. La fonación no es algo exclusivo de los humanos, esta se produce cuando la respiración cruza la laringe y la faringe provocando un sonido. La articulación de fonemas es, sin embargo, una capacidad exclusivamente humana. Consiste en la habilidad de utilizar los fonemas que nosotros sabemos diferenciar, y su combinación para producir frases comprensibles que comunican un significado específico (D’Errico et al., 2003). Este proceso está lleno de símbolos, por eso decíamos en la introducción que el lenguaje hablado es, sin duda, el comportamiento simbólico por excelencia.

El debate actual se realiza en torno a dos posturas, aquella que defiende que el lenguaje articulado es una cualidad exclusiva del HAM, y aquella que sostiene que los neandertales disfrutaban de un lenguaje de este tipo. Autores, como Cavalli-Sforza y Ruhlen, tienden a defender la primera hipótesis, e identifican el origen del lenguaje con el del ser humano moderno; discuten sobre las capacidades lingüísticas del neandertal, desde un punto de vista morfológico se cree que los neandertales no disponían de los requisitos necesarios para poseer un lenguaje articulado, y así lo muestra su tracto vocal (Mendez et al., 2016).

Por otro lado encontramos investigadores que defienden las capacidades lingüísticas limitadas de neandertales, según estos autores, la laringe del neandertal estaba en una posición alta, similar a la de los niños humanos. Esta tesis se apoya en los descubrimientos de Kebara en Israel y de la cueva de El Sidrón en España, que demostraron que los neandertales poseían hueso hioides, este hueso se sitúa en la garganta y es el que permite un lenguaje articulado. Otro apoyo considerable de esta teoría radica en el tamaño de los grupos neandertales en el paleolítico medio de hasta 150 individuos, los grupos de este tamaño con sus diferentes estrategias de supervivencia (Finlayson et al. 2006) y tecnologías complejas (técnica Levallois), implican la existencia de algún tipo de comunicación elemental, aunque no sea un lenguaje plenamente simbólico, como forma de mantener a la gente unida socialmente y sobrevivir en la lucha por la vida (Mendez et al., 2016).

En suma, algunos aspectos nos hacen pensar que los neandertales poseían un lenguaje articulado. Sin embargo, la articulación de estos fonemas no debería ser igual a la de los humanos, ya que los estudios realizados en los cráneos para analizar el área de bernique y de broca, utilizadas para el habla y que al igual que el resto de partes del cerebro dejan improntas en el cráneo, no han dado resultados que nos puedan ayudar a aclararlo. De todo esto deducimos que en el caso que efectivamente el neandertal disfrutara de un lenguaje, no se sabe cuál sería el tipo de lenguaje utilizado, y si este no se mezclaba o apoyaba con signos. Lamentablemente no hay restos fósiles de estas capacidades y es esto lo que impide sacar respuestas efectivas en este tema, pese a ello, sí hay suficientes pruebas como sus enterramientos, objetos de adorno y tecnologías complejas, que nos hacen

pensar en la capacidad lingüística del neandertal, aunque no fuera igual a la del HAM. Otra de las habilidades cognoscitivas humanas que manifiesta un comportamiento material simbólico, consiste en guardar conceptos con la ayuda de símbolos que ayuden a perpetuar de alguna manera la memoria, como el número de presas de un cazador, personas que asisten a una ceremonia, fases lunares, etc. La producción de estos sistemas de anotación demuestra el uso de un idioma moderno, porque el idioma moderno es el único sistema de comunicación que permite la creación de códigos simbólicos. Los ejemplos más antiguos de estos sistemas de anotación realizados sobre hueso, asta o marfil, y consistentes en grabados con marcas de técnicas de distinto tipo, pertenecen a los yacimientos africanos de HAM tempranos, como los huesos de Ishango y los pedazos de ocre en Blombos. Estos sistemas de anotación se diversificarán durante el paleolítico superior en Europa, siendo algo característico del HAM. Actualmente no hay pruebas sólidas que demuestren que los neandertales utilizaron sistemas de anotación de este tipo. La música nace con la emisión y modulación de un sonido de forma rítmica, tanto el emisor como el receptor conocen el código de ritmo y entonación, que para ellos disfruta de un significado y que expresa un estado anímico. Por ello, la música constituye una clara manifestación del comportamiento simbólico de la humanidad. La única manera de atestiguar la existencia de música en el pasado es mediante la conservación de instrumentos musicales en el registro arqueológico, seguramente la mayoría de ellos debieron estar confeccionados con materiales perecederos que no se han podido conservar, como la madera, cuero, cuerdas de fibra vegetal, tendones, etc. Otros se hicieron en hueso, y de ellos sí tenemos ejemplares.

Mucho se ha especulado sobre si los neandertales tuvieron o no una manifestación musical. Son numerosas las falanges de animales perforadas encontradas en sus yacimientos que han sido interpretadas como silbatos, tal es el caso de la dudosa flauta de hace unos 43.000 años BP hallada en Divje Babe I (Eslovenia), dudosa porque las perforaciones pudieron ser realizadas por un carnívoro, así lo demostró Davidson en 1991, quién señala la ausencia de huellas de herramienta en las paredes del agujero, a pesar de ello, pueden hallarse con este instrumento las 7 notas de la escala musical. Este es un gran ejemplo de lo que ocurre en casi todo el paleolítico medio, no hay ningún

silbato que demuestre haber sido fabricado intencionadamente por los neandertales, aunque eso no significa que no los usaran con una finalidad musical probablemente no desarrollada. En líneas generales, es difícil aceptar las manifestaciones musicales en el homo sapiens neanderthalesis, al menos sobre materiales que hayan permanecido en el registro arqueológico.

Son muchas las pruebas que demuestran la aparición de la música desde comienzos del paleolítico superior (auriñaciense y gravetiense). A partir de ese momento se documenta la existencia de algunos instrumentos musicales: Flautas y silbatos fabricados con huesos largos de ave, de ciervo o reno y perforados; Xilófonos formados con grandes huesos de mamut pintados hallados en los restos de una antigua cabaña de época gravetiense en Mezin (Ucrania); rodetes del magdaleniense que han sido vistos por algunos autores como elementos de sonaja; representaciones rupestres como las de la cueva de Trois Freres, en las que aparecen brujos o chamanes disfrazados de animales y portando instrumentos musicales de cuerda. Desde el paleolítico superior existían instrumentos de música de cuerda, viento y percusión (Díez, 2014).

Si estudiamos detenidamente algunas de estas pruebas podemos extraer interesantes conclusiones, es el caso de las flautas de Isturitz de hace unos 35.000 años BP, su perfección técnica nos hace pensar en la existencia de instrumentos musicales anteriores que no hemos encontrado todavía en el registro arqueológico, además es innegable la existencia de cánticos, música de percusión manual y fórmulas de baile que deben de haber existido independientemente de los instrumentos musicales. Estas prácticas pudieron ser realizadas por el neandertal, sólo que es imposible tener pruebas de ellas. La primera conclusión es que el origen del comportamiento simbólico (ornamentos personales, uso de pigmentos, el lenguaje, la música, el arte, las industrias complejas, sistemas de anotación y los enterramientos) constituye un tema de investigación multidisciplinar sobre el cual no existe una hipótesis suficientemente científica que explique los orígenes del mismo, y cualquier valoración al respecto debe ser por consiguiente considerada provisional.

La línea de investigación más tradicional ha identificado el origen biológico de nuestra especie con el origen de la inteligencia moderna ligada al comportamiento

simbólico. Según esta tesis el neandertal poseía unas habilidades cognoscitivas claramente inferiores comparadas con las de los HAM, estas habilidades favorecerían su éxito ecológico frente a los neandertales. El problema que presenta esta hipótesis es que deberíamos encontrar documentación arqueológica que evidenciara los rasgos de la inteligencia moderna y conducta simbólica desde la aparición del HAM en África hace 200.000 años BP. En cambio, se ha registrado la aparición gradual de innovaciones relacionadas con el comportamiento simbólico dentro y fuera de África hace 300.000 años BP, vinculadas a poblaciones neandertales (Vergès, 2010; Mendez et al., 2016).

Esta situación hace que un número creciente de científicos atribuyan al homo sapiens neanderthalensis habilidades cognoscitivas que impliquen un cierto comportamiento simbólico, si bien no tan desarrollado como el nuestro, pero sí que implicase cierto grado de abstracción y simbolismo. Pruebas de esta situación son los enterramientos, tecnologías complejas y ornamentos personales, atributos claros de una conducta simbólica y que sí desarrollaron los neandertales. El problema se vuelve a plantear una vez aceptadas estas pruebas, ¿proceden estas de una aculturización procedente de la proximidad de los HAM? o ¿surgen como resultado de su propia capacidad intelectual que madura progresivamente a medida que se desarrolla su propia especie? Todo indica que la aculturización para las manifestaciones más tempranas de esta conducta moderna resulta muy difícil, por lo que se tiende a aceptar un desarrollo intrínseco de la misma por parte del neandertal. La consecuencia más importante de esta última tesis, es decir, aquella que sostiene que la modernidad cultural surgió en más de una especie, es la que elimina en gran medida la dicotomía que el pensamiento occidental ha advertido tradicionalmente entre el mundo natural y la cultura humana (Rivera, 2015). La situación actual de la investigación cada vez se hace más compleja (Montes, 208), los descubrimientos aumentan y las técnicas para investigar mejoran, pero esto dista mucho de ser una forma de aclarar lo que sucedió, sino todo lo contrario porque los datos son contradictorios. Las hipótesis y las teorías se suceden unas a otras, en muchas ocasiones se contradicen y los investigadores hacen de sus aportaciones literatura periodística. La sensación final es una duda considerable en torno al origen del comportamiento simbólico que nos hace exclusivamente humanos, todo apunta a que el

homo sapiens neanderthalensis disfrutaba de este comportamiento, si bien no semejante al nuestro. Aún así, debemos admitir que estamos muy lejos de conocer toda la verdad.

Existen varias teorías que tratan de cómo, cuándo, y entre qué grupo de homínidos surgieron estas capacidades. La línea de investigación más comúnmente aceptada, es aquella que sostiene que el origen del comportamiento simbólico, se remonta a la llegada de los seres humanos anatómicamente modernos (HAM) a Europa, hace unos 40.000-50.000 años BP (antes del presente) con el comienzo del paleolítico superior. Sin embargo, recientes descubrimiento contradicen el experimento.

El auriñaciense, originado en el Próximo Oriente, se extendió a Europa hace 37000 años, y ajustaba criterios de modernidad e innovación hasta ahora nunca conocidos y que directamente se relacionaban con el Homo sapiens: gran variedad de instrumentos retocados, grandes lascas de láminas muy ligeras el doble de largas que anchas, raspadores, perforadores y buriles, variedades de minúsculas laminillas con sus bordes abatidos; armamento elaborados con materiales diferentes a la piedra como las azagayas:

proyectiles de asta, hueso o madera; abalorios y elementos correspondiente al adorno personal, que generarán que aparezca el arte hace 30000 años, con la elaboración de pequeñas estatuas figurativas, figurillas con representaciones de animales (el felino de Vogelherd en Alemania) y antropomorfas (el hombre-león de Hohlenstein Stadel en Alemania, y las primeras pinturas murales y los grabados presentes, por ejemplo, superposición de bóvido y la figura femenina de felino magníficos ejemplos del arte parietal paleolítico en la cueva francesa de Chauvet. (Lewis-Williams, 2005).

Así las cosas, sin embargo en 1979 se descubren los restos de un neandertal en el yacimiento francés de Saint-Césaire, y luego de otro en la francesa Grotte de Renne de Arcy-sur-Cure, con lo que se llega a demostrar que el chatelperroniense había sido elaborado por los neandertales, por ejemplo: la punta o cuchillo de Châtelperron, con un dorso curvo transformado mediante abrupto retoque que resulta un elemento característico de este periodo, se le atribuye hoy a los neandertales (Maillo, 2008b); lo que de una madera quizá sesgada y pretenciosa, condujo a la inferencia siguiente: este periodo sería una muestra palpable de cómo influyó sobre las poblaciones de neandertales, el torrente de ideas y creatividad que trajeron consigo los últimos humanos recién llegados. Con ello se quería dejar caer, tendenciosamente, que como subraya la

Arqueología experimental, los neandertales acostumbrados a extraer de los mejores núcleos de piedra se limitarían a emular sin comprender nada, bastándose con copiar de forma mecánica y lo mejor supieron y pudieron como un calco vacío de contenido, cada una de las ocurrencias originadas por nuestros ancestros (Palgnol y Wall, 2006).

Afortunadamente para nuestros parientes, constatamos los siguientes hechos aseverados por la ciencia: 1) las dataciones más actuales respecto del periodo Chatelperroniense, no se sitúan en ningún caso antes de 40.000 años; es por lo que el arqueólogo Zilhào (2009) señala que las innovaciones técnicas que observamos en algunos grupos de los neandertales más modernos constituyeron una creación propia y autónoma. 2) Además, se constata que en relación al desarrollo de la técnica de producción laminar, ésta había sido también por los neandertales. 3) Por otra parte, muchas de las formas de elaboración y de las técnicas descritas en el Chatelperroniense (Maillo, 2008b), como el uso de percutores de piedra ligeros para la producción de láminas, o como la solución para perforar objetos decorativos, resultan completamente originales de los neandertales, y además las formas en que los sapiens las llevaron a cabo cada una de estas técnicas resultaron diferentes (Mendez et al., 1015).

Quizás la conclusiones apoyen posturas contrarias a las que registraron anteriores estudios y sea el Homo sapiens quien, si no plagiaron emulando el desarrollo de los avances del Homo neanderthalensis, o en todo caso haya que plantearse esto desde un matiz constructivista, pensando en un proceso de culturización siempre en ambas direcciones, durante los 10000 años que ambas especies de homínidos coexistieron en Europa.

Es ya un hecho contrastado que llegamos a mantener lazos más estrechos nuestros parientes, una íntima vinculación a favor del intercambio sexual a expensas de que muy probablemente no existieron barreras claras a nivel cultural suficientemente capaces para lograr distanciarlos.

Svante Päävo, confirmó que: Todos los sapiens que vivimos fuera de África llevamos un poco de ADN neandertal con nosotros. Llegamos a coincidir un 4% del genoma neandertal, adquirido probablemente en el Oriente Próximo, antes de expandirnos por todo el mundo. Hay que reparar en estudios sucesivos sobre los valores de este porcentaje, ya que hay que tener en cuenta que este resultaría un valor escaso,

pues podría sugerir sólo un intercambio muy débil, casi puntual del orden del 0,09%. Aunque la discusión sobre la hibridación interespecífica sigue abierta, cabe destacar aquí un estudio sobre los restos de un niño de 4 años de edad encontrado en el abrigo rocoso del valle de Lagar Vehlo (Portugal) y que, además, representaba hasta ahora la sepultura más antigua encontrada en la península ibérica, fechada con 24000 años de antigüedad y correspondiente al Paleolítico superior (cuando ambas especies pudieron tener la oportunidad de coincidir en el sur de Iberia en fechas muy tempranas, estima Zilhào et al., 1999), en donde el esqueleto revela que aunque este pequeño era un Homo sapiens, no se entiende así con respecto de la proporción que cobraron sus extremidades, siendo esta particular proporción de brazos y piernas respecto al tronco, mucho más propia de los neandertales.

Los africanos, sin embargo, al contrario de lo que hasta ahora se pensaba, sí tienen ADN neandertal. Hasta ahora se sabía que los Homo sapiens y los neandertales tuvieron hijos, un cruce que hizo que todas las personas nacidas fuera de África tengan un 3% más o menos de ADN de la especie extinta. El nuevo trabajo de Gallego et al. (2016) muestra que los euroasiáticos que regresaron a África trajeron de vuelta también parte del ADN neandertal, en un porcentaje en torno al 0,2%.

Desde el marco teórico de la Paleoantropología y la Prehistoria se intenta comprender lo sucedido como abordar algunos acontecimientos que nos permitan facilitar algunas explicaciones que a su vez se atuvieran a las leyes generales de la naturaleza; razonar sobre cómo los hechos hayan sucedido disponiendo de elementos y explicaciones suficientes sin distraernos de lo fundamental, para no caer en lo superfluo; finalmente, reconstruir el proceso acontecido, razonando de una forma válida y con un criterio claro sobre los datos disponibles, no generalizando más allá de lo que el razonamiento indique (Monclova, 2013).

3.3. LA CONDUCTA SIMBÓLICA EN EL HOMBRE DEL VALLE DE NEANDER

Los modelos a la conducta simbólica tratan de dar respuesta al fenómeno de la desaparición del registro de las poblaciones de neandertales y procuran brindar análisis e interpretación sobre los sistemas socioculturales de estas poblaciones. En este apartado hemos seguido las líneas propuestas por Penélope Sayago (2012).

Partimos de dos hipótesis generales: a) Reemplazo, en donde las poblaciones

neandertales serían sustituidas de forma brusca por HAM llegados de África); b) Evolución multirregional, en donde se produce una transición gradual en la que los Neandertales ya son considerados Homo sapiens con diferencias a nivel de subespecie contribuirían al acervo genético de los HAM (Vergès, 2010). Mellars et al. (2004) propusieron un modelo en que, frente a los Neandertales, los HAM destacarían como los humanos más adaptados en cualquier condición: mejor dotados intelectualmente, con mayor capacidad de planificación, previsión y creatividad. Sus herramientas culturales serían las más poderosas; además, contarían con mayor capacidad para procesar y transmitir la información, un utillaje más eficaz y redes de redistribución, solidaridad y reproducción más amplias (Sayago, 2012). De otra parte, Homo neanderthalensis fue considerado una especie diferente y este modelo se centra en buscar sus incapacidades: sobre todo en lo cognitivo, una capacidad de adaptación sociocultural con desventajas evolutivas frente a Homo sapiens, que presuponen que los acabarían llevando hacia su extinción (Stringer y Gamble, 1993; Mellars, 2004), por sus limitaciones sociales de estas poblaciones, según Gamble (2001) que ignora las evidencias de estructuración territorial y del espacio doméstico, apreciables mediante la constatación de la reocupación estacional de los asentamientos, intercambios a larga distancia, hallazgos de hogares, estructuras de hábitat y compartimentación de espacios relacionados con algunas actividades específicas. Como señala Sayago (2012) no tiene en cuenta las industrias líticas y óseas del Paleolítico Superior realizada por los Neandertales, ni los objetos de adorno corporal, ni las múltiples evidencias del empleo de pigmentos, los enterramientos intencionales o las marcas antrópicas post mortem sobre los restos paleoantropológicos. En conclusión: el modelo anglosajón asume que estamos ante dos especies diferentes y que, ante la imposibilidad de la interfertilidad entre ambas, los Neandertales se extinguirían por competencia con Homo sapiens (Sayago, 2012).

Los Neandertales realizan su cultura material durante un Musteriense considerado homogéneo, simple y exento de comportamientos complejos o simbólicos. Las industrias del Paleolítico Superior (más complejas y de tecnología superior sería obra del Homo sapiens, sólo quizá el Chatelperroniense se interpretaría como un fenómeno de aculturación de las poblaciones neandertales por los HAM (Gamble, 2001; Mellars, 2004; Mellars et al., 2007, 2008; Gravina et al., 2005) en donde se descarta el desarrollo de

industria ósea elaborada entre los Neandertales y la existencia de tecnología especializada (artefactos compuestos, proyectiles), ornamentos, pigmentos con fines estético/simbólicos. De todas formas, un modelo así resulta demasiado simplista pues evidencia bien documentadas que no lo hacen verosímil. Mozota (2007) destaca:

a) Que el registro paleoantropológico europeo muestra todos los fósiles humanos asociados a contextos transicionales y al Paleolítico Superior inicial (datados en 40.000 BP) y que hasta el momento, son restos de Neandertales (Mozota, 2007). Los restos de HAM más antiguos hallados en Europa son los de Pestera cu Oase (Rumanía), carecen de contexto arqueológico y están datados en torno a unos 35.000 años de radiocarbono (40.000 años calibrados) (Trinkaus et al., 2003). Otras investigaciones tratan de adscribir exiguos restos europeos a los HAM en cronologías anteriores a 40 ka (Benazzi et al., 2011; Higham et al., 2011), pero no puede ser considerada concluyente.

b) Las primeras industrias del Paleolítico Superior, durante el Chatelperronienses,

surgen alrededor de 45.000 BP (Joris y Street, 2008; Pelegrin y Soressi, 2007). Habría un período de varios miles de años en los que se constatan industrias de tipo Paleolítico Superior, pero no existen todavía registros fósiles atribuibles a los HAM. En los niveles de Grotte du Renne o Saint Cesaire se han hallado fósiles Neandertales a partir del 31.000 BP, y en el yacimiento checo de Mladec se encontraron restos de humanos modernos asociados al Auriñaciense (Fortea et al., 2008). La identificación de dos dientes deciduos de la Italiana Grotta del Caballo. Tradicionalmente atribuidos a Neandertales, ahora se adscriben a los HAM, dotándolos de una antigüedad de 41.000 años en el caso de la mandíbula de Kent (Higham et al., 2011) y entre 43-45.000 años para los dientes del Cavallo (Benazzi et al., 2011). Esto los ubicaría como los restos más antiguos de sapiens descubiertos en Europa. Las críticas recibidas a estos trabajos ponen de manifiesto serias dudas, tanto acerca de las dataciones como sobre las atribuciones de los fósiles a los HAM: Los restos de Kent no han sido datados directamente (las dataciones son sobre huesos de animales supuestamente asociados). Según Zilhâo (en prensa) no se ha tenido en cuenta ni la historia geológica de la caverna ni las circunstancias poco fiables de esta antigua

excavación, argumento al que se une el actual codirector del yacimiento (Pettit, en prensa). Compton, afirma que a pesar de que las características dominantes del fósil parecen ser modernas, existen otras que son ambiguas o que caen en el rango del Neandertal (Higham et al., 2011); Los fósiles del yacimiento Uluzziense del Cavallo son dos dientes deciduos hallados en 1964. El equipo de Benazzi ha comparado los modelos digitales derivados de la tomografía micro-computarizada de estos restos con los de una muestra dental de humanos modernos y Neandertales. Las dataciones se han realizado sobre conchas asociadas al nivel arqueológico del hallazgo (Benazzi et al., 2011). Entre 40.000 y 38.500 BP, período en el que en la Península Ibérica no aparece fósil alguno de los HAM (ni en toda Europa occidental). En esta unidad 18 se han hallado diversos fósiles cuya atribución concuerda mejor con las características Neandertales:

parte de los fósiles hallados en las primeras excavaciones se perdieron y no están disponibles para su estudio actual, existen las descripciones de los mismos y en ellas los rasgos son ambiguos, pudiendo pertenecer a una u otra población. En 2001 se hallaron dientes deciduos, los cuales a pesar de las dificultades en la atribución taxonómica parece que muestran todas las características de los dientes de leche de los niños Neandertales (Cabrera et al., 2005). D'Errico (2011) crítica que dos dientes aislados pueden moverse a través del suelo a lo largo del tiempo, por lo que asegura que tan sólo dos dientes son insuficientes, sin tener ninguna otra parte del cuerpo que los acompañe, para esta atribución taxonómica, máxime cuando se trata de dientes deciduos que muestran incluso más problemas de identificación que otro tipo de piezas dentales (Sayago, 2012). La consideración de que las industrias musterienses son simples y coyunturales no se ajusta a la realidad arqueológica. Para la arqueología se hace evidente la complejidad de determinados aspectos de la gestión tecnológica de los útiles entre los grupos europeos del final del Paleolítico Medio (Mozota, 2007) tanto en las industrias líticas como en las óseas. Determinadas industrias del Paleolítico Superior, llamadas de transición, se encuentran asociadas a los Neandertales, como el Chatelperroniense y el Szeletiense, así como el Uluzziense. Según Vega (2005), las industrias Auriñacienses de Transición 4, el Bachokiriense y las industrias líticas de Vindija también están asociadas a los Neandertales. La aculturación no consiste sólo en adquirir conductas a través de una especie de

imitación prácticamente instintiva, por el contrario, significa lo opuesto. En ningún caso es una simple actividad imitadora y sin trascendencia para las poblaciones, sino que consiste en cambios profundos a nivel subestructural que implican trasformaciones de todo el sistema. (Sayago, 2012): Si consideramos que los Neandertales poseen las supuestas carencias e incapacidades cognitivas y simbólicas que se les atribuyen, son dichas carencias impedirían las que se dieran los cambios culturales implicados en los fenómenos de aculturación.

El origen de las industrias tipo Paleolítico Superior de los Neandertales hace que establezcamos dos enfoques diferentes (Sayago, 2012):

a) Que serían un producto de la aculturación de los Neandertales por parte de los HAM. Mellars (2004) y Mellars et al. (2007) presentan la aculturación como un simple fenómeno imitativo, por el cual los Neandertales adquirirían al menos una parte de un nuevo sistema sociocultural proveniente de otra población más compleja y mejor adaptada (aunque para el caso fuera cierto, la posibilidad de que los grupos Neandertales hubiesen sido aculturados por parte de los HAM no significaría, por supiuesto, que constituyesen estos ascendientes una sociedad cognitivamente simple e inferior; quizás, hemos de tener en cuenta que el empleo de estos cambios sólo pudiesen realizarse de forma superficial sin que supongan variaciones profundas de las estructuras fundamentales del patrón sociocultural de la población aculturada) y; b) que además la aculturación no es un fenómeno simple sociocultural, sino por el contrario extremadamente complejo y diverso; véase que a nivel de cambios estructurales actúa de forma interrelacionada en todas las dimensiones culturales, con flujos en ambas direcciones entre las poblaciones (independientemente del dominio de una de ellas sobre las otras, desde el punto de vista del poder sociopolítico).

Una excepción es el caso de la Cueva asturiana de la Güelga, donde se da una inversión estratigráfica en la que el nivel con industria de tipo auriñaciense se encuentra por debajo del chatelperroniense (Quesada y Menéndez, 2009). Este yacimiento sí posee una historia geodinámica complicada, en la que concurren procesos de sedimentación intensa y erosión fluviocárstica (Sayago, 2012).

White (2002) y Highman et al. (2010), discuten sobre la integridad estratigráfica de los niveles chatelperronienses del yacimiento de Grotte du Renne y proponen que los colgantes y objetos trabajados en hueso provendrían de niveles auriñacienses (realizados por HAM); su referencia sobre niveles chatelperronienses sólo se debería a errores en la excavación (White, 2002) o a que los materiales estarían mezclados o desplazados respecto de la horizontal (Higham et al., 2010). En Quinçay, se extrajeron seis colgantes en dientes perforados, donde no hay ocupaciones posteriores al chatelperroniense, por ello no pueden provenir de ningún otro nivel como las fases iniciales del Chatelperroniense que serían previas al Auriñaciense; así, la aculturación se descarta (Maillo, 2008b). Como sostiene Sayago (2012), los autores afines al modelo anglosajón continúan apostando por una definición de las poblaciones neandertales basada en carencias e incapacidades frente a los humanos modernos. Así Mellars, ignora sistemáticamente diversos aspectos relevantes del registro arqueológico neandertal, así como las recientes evidencias paleogenéticas (De la Torre, 2015), como se desprende de sus trabajos más recientes: Mediante análisis estadísticos de la región francesa del Perigord, concluye que la superioridad demográfica de los HAM a su llegada a Europa fue (junto a un mayor nivel cognitivo y tecnológico) la causa de la extinción de las poblaciones neandertales (Mellars et al., 2011). A pesar de la constatación de la existencia de cierto intercambio genético entre ambas poblaciones, este hecho (relevante desde el punto de vista de la demografía) no es tenido en cuenta por el autor a la hora de plantear su modelo interpretativo. Además, proponen variaciones en los modelos de las incapacidades neandertales y otro tipo de desventajas, que les llevarían finalmente a la extinción, adaptativas, metabólicas, biomecánicas (Sayago, 2012). La Paleoantropología aporta otra línea interpretativa de la desaparición del registro de los Neandertales. Este modelo defiende la posibilidad de hibridación entre poblaciones neandertales y humanos modernos. Para este tipo de modelo, o bien ambos constituyen en realidad la misma especie (Wolpoff, 1980, 1996) o los Neandertales son concebidos como una subespecie sapiens que pudo contribuir con su acervo genético en los Homo sapiens sapiens (Trinkaus y Smith, 1985). En ese contexto, las poblaciones neandertales europeas interactuarían con poblaciones venidas de África, el Paleolítico Superior Europeo se entiende como el resultado de cambios y encuentros (Vergès, 2010).

Los rasgos neandertales desaparecerían a lo largo de varios milenios debido al mayor aporte genético de las poblaciones llegadas de África, así como a la propia dinámica evolutiva de la especie. Diversos estudios, desde Peyrony en 1948 y las excavaciones de F. Bordes en Pech de l'Aze hasta el trabajo de Pelegrin y Soressi (2007), han venido aportado datos bastante sólidos en cuanto al origen del Chatelperroniense (Maillo, 2008b), al que se ha ligado con el Musteriense de Tradición Achelense tipo B (MTA-B), variante regional del Musteriense de Francia. Esta es una hipótesis sobre el origen del Chatelperroniense que goza de una mayor compatibilidad con los datos del registro frente a la de la aculturación. La distancia genética entre Neandertales y humanos modernos: Los análisis de ADN mitocondrial sobre Neandertales mostraron esta distancia genética (Krings et al., 1997; Ovchinnikovet al., 2000; Serre et al., 2004), lo cual hacía poco probable aceptar una hibridación. Multitud de especialistas creyeron que era del todo improbable que los Neandertales hubiesen contribuido con su acervo genético a la conformación de la humanidad actual (Ruvolo, 1997; Kahn y Gibbons, 1997; Ward y Stringer, 1997; Tattersall y Schwarz, 1999). El origen africano de los HAM no es incompatible con los datos que nos aportan los estudios más recientes en paleogenética (De la Torre, 2015), que parecen indicar la existencia de un cierto grado de intercambio