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Diario de Ramón Melquisedec Luján Ternera

Libro primero

El negro Antonio me acompañó durante esos días tan ásperos.

Recuerdo lo mínimo. Porque así sucede con las cosas que no nos son
gratas

Con mayor razón, cuando es un pretérito asociado a la pérdida de


ilusiones

Y es que, en ese tiempo, estuve al garete. Como disociando el cuerpo


de mis convicciones. Esas que habían crecido conmigo. Una infancia
recóndita. Como si no hubiese existido. Por más que excitaba a mi
memoria, no lograba asirla. Se escurría entre mis manos. Por lo
mismo, vertí y vertí incapacidad para tener referentes.

Un día cualquiera desperté. Alucinando. No cabía en mí. Como


cuando uno siente que está vivo; pero en un escenario no conocido.
Ya me había pasado. Y fue el día en que soñaba con ser alguien. A mi
lado estaba Benjamina. No recuerdo donde y cuando la conocí. Solo
que venía desde esa tierra nuestra. Esa que nos cobijó a todos y a
todas.

Verano bravo. Sol que nos calcinaba. Estando en lo de Astaíza.


Rancho enorme que nos guarecía un poco. Creo recordar que el
calendario marcaba el noveno mes. Un martes por si acaso. Ya tenía
esa costumbre tan mía de evadirme. Para no responder por nada.
Evasión que pretendía rebobinar memoria y perspectivas. Para ese
entonces la gente decía de mí que era una calavera. Con el agravante
de no tener aspiraciones. Ni siquiera el hastío. Porque, en fin, de
cuentas, para ser eso se necesita, al menos, haber delinquido. Así
fuera en lo inmediato. En el entorno más cercano. Y, siendo así, ni eso
logré configurar. Y Nana, la hija de Benjamina, estaba al lado mío.
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Absorta. Poseyendo un lenguaje que solo su madre traducía. Nana me


miraba sin mirarme. Esa misma mirada, en otra niña desconocida, la
había percibido en el sitio que llamaban “de los sabios”. No de las
sabias. Porque, aun en eso, comprometía mi autonomía. Las mujeres
eran casi nada para mí. Así me lo enseñó mi padre y este lo había
aprendido de su abuelo. Como quiera que esa mirada me trastornara,
di paso a la perplejidad. Como diciendo: esto no es así. Yo no soy así´.

Y ese Sol expeliendo fuego. Casi no percibo los cuerpos ni el entorno.


Se evaporan. Y, por lo mismo, no tengo noción del espacio ni de nada.
Como si se confabulara con la alucinación. Como si fuera perpetua. Y
sigo como embadurnado de hostilidades. Un eterno regreso a los
orígenes. Como cuando el universo empezó a crearse a sí mismo. Y
trato de recordar que fue primero. Y que siguió después. Y veo que
todo se desparrama. Y veo y escucho a los orates que cuentan cosas.
Y trato de redefinir. De inventariar ese proceso. Como si la locura
fuese lo primario. Sin ataduras. Locura plena. Y trato de recordar los
primeros engañadores. Y los veo en sucesión de invenciones
enfermizas. O mejor decir que fueron y son matadores de esa locura.
Ordenadores estatutarios. Que proponen otra manera de ver ese
universo que se crea y recrea. Y establecen códigos. Horizontes y
referentes asociados a contar las cosas a su manera como cuando
propusieron su primera interpretación. Un dios creado por ellos
mismos. Para vincularlo como hacedor. Pregonando que todo lo que
empezó a vivir tuvo en él su comienzo.

Libro Segundo

Otro día y la hija de Benjamina ahí. No tiene nombre. Pero la puedo


palpar. Interpreto su mirada. Pero no sus palabras. Benjamina se
niega a proporcionarme los códigos. Y la Nana me inquiere. Sus ojos
me piden explicación. Entiendo que quiere conocer porque soy como
soy. Quiere que le diga de dónde vengo. Y quiere saber dónde y
cuándo nací. O si es que no he nacido. Me dice que quiere
auscultarme. Penetrar mi cerebro. Y conocer que pienso y porque lo
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pienso. Y yo no atino a decir cualquier cosa. Porque soy consciente de


mis restricciones. Como sujeto plano que, desde que nació, ha estado
ahí. Deambulando. Tratando de buscar mi identificación. O, al menos,
una brizna de lo que son las cosas porque son así. Todo para poderle
responder a la Nana. Y ella me incita a que siga ese recorrido. Y me
veo al comienzo. Cuando vi al mundo como abstracción y a las cosas
en él. Y trato de recordar cómo fue que empecé a disociar mi cuerpo
de mi espíritu. De mi memoria. Y le reclamé a la memoria colectiva. Y
le solicité que me obsequiara algo de ella. Y, entonces, me presentó la
historia. En un recorrido veloz. Y volví a ver las erupciones. La
ebullición. Todo como rondando al Sol que conozco y los que no. Y vi,
otra vez, a los atizadores de la mentira. Los vi con su dios.
Ofreciéndolo como si fuera la explicación. Para que todos pulsáramos
su lógica. Y los vi tratando de apagar a los soles. Tratando de ocultar
las opciones de nuestra Vía Láctea. Y las otras, millones de ellas, que
desgranan cuerpos, planetas, sembrando en los nuestro la vida. Y los
vi tratando de destruirla. Para que no exhibiera su inmensidad y su
continuo crear y recrearse. Y los hacedores de la opción del dios
creador mutilando. Y su sevicia. Inventando roles para cada quien. E
invirtiendo el proceso. Con su lógica voraz. Y se reitera mi visión de
los condicionamientos, las ataduras. La simiente procaz. Y la
esparcieron. Aquí y allá. Y los vi manipulando el calendario. Para que
las ebulliciones parecieran ciclos asociados a su dios.

Astaíza me dice que no ve a la niña que yo veo. Tampoco a su madre


Benjamina. Me inquiere. Diciéndome que no tengo razón. Que él sí la
tiene. Porque no alucina. Según Astaíza, la razón es lo primero. Y que
la filosofía es el don que poseyeron y poseen quienes han construido
una lógica. La interpretación precisa. Sin esos embelecos míos,
relacionados con lo que pide la niña Nana. Que su lectura de los
antecesores. Desde los griegos y, aún de ellos mismos, le permitió
acceder a lo que vino después. Que lo kantiano. Y lo hegeliano. Y que
Spinoza fueron y son fruto de ese proceso reglado. Que eso es lo que
se debe hacer. No andar por ahí pretendiendo crear Nanas que
peguntan con los ojos. Porque, dice Astaíza, lo único posible para
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expresar son las palabras. Que eso de estar interpretando miradas no


es otra cosa que un desperdicio. De ideas y de acciones.

Y que yo no soy alguien. Po eso mismo. Porque creo en las miradas y


no en los hechos. Y vuelve a reiterar su interpretación de lo que pasa.
Que la razón permite interpretar. Y que esas historias de los creadores
de dios, son eso mismo porque tenemos la facultad de entenderlas.
No por la vía de creer en niñas que hablan por los ojos. Y que los
calendarios existen, porque existe la razón. Que la codificación del
tiempo es lo que nos permite asociar los procesos. Y que yo, en vez
de hacerlo al derecho, lo que hago es disociarlos. Y que, por esto
mismo, estoy llamado a no existir. Porque lo que existe, existe porque
existe la razón y existen los calendarios. Y que, como no existo, soy
nada. Y que eso es lo que explica que siga ahí. Absorto mirando las
miradas e interpretándolas al vacío. Y que, por ser así, no tengo
porque solicitarle a la vida referente alguno. Que soy, algo así como
sujeto intramundano. Y que todo lo intramundano no existe. Y que no
soy otra cosa que desvarío inapropiado para estos tiempos, en los que
se ha posicionado la razón.

Así conocí la soledad. Hoy estoy en lo de Benjamina. Otra vez. Como


cuando, al comienzo, palpé la vida. Esa vida mía asociada a la mirada
de la Nana. Ella duerme. Por lo tanto, no puedo mirar su mirada e
interpretarla. Peor aún. Porque, así, la soledad se hace más inmensa.
Las palabras de Benjamina no me llegan. Las escucho, no más. Creo
que me recrimina por estar perdiendo el tiempo. Como Astaíza, ella
cree en la razón. La de ahora. La que proviene de saber interpretar lo
que fuimos y seremos, por la vía de saber leer e interpretar a los
sabios. Y que lea a Frazer, en su Rama Dorada. Para que pueda
aprender a asociar el conocimiento no a disociarlo. Que ahí puedo
encontrar la explicación de los mitos originarios. Que es ahí en donde
puedo encontrar lo que fue primero y lo que siguió. Que los orígenes
de la humanidad, Frazer los explica, de tal manera que no hay pierde.
Que lo que pasa es que yo me niego a ser lógico. A actuar a partir de
ahí. Que ella leyó y releyó lo que el sabio dijo y lo que quiso decir. Que
venimos de los nómadas y que llegamos a lo sedentario.
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Precisamente, porque lo de los sacrificios individuales y colectivos.


Como expiación, fueron posibles y tuvieron su razón de ser,
precisamente porque Frazer los supo interpretar y transmitir. Que esos
sacrificios fueron y son necesarios. No de otra manera se podrá
explicar el curso de la historia, con referentes. Y no es que sea preciso
no creer en dios para poder ser lúcido. La lucidez no es otra cosa que
saber porque Jenófanes escribió lo que escribió acerca de dios. Y que,
precisamente por eso, es conveniente haber leído los de las dos
escuelas filosóficas que mencionaron los antiguos. Como compaginar
a Pitágoras con Parménides y con el mismo Jenófanes. Que, éste
último con su poemario acerca de la vida y de su origen, influenció a
toda una generación de pensadores. Pero que hay más: las teorías
órficas nos dan a conocer el sentido de lo que se ha dado en llamar la
divinidad del alma. Que, por lo tanto, dejara de estar rumiando
resentimientos con respecto a los interpretadores.

Y no atiné a responderle, a Benjamina, otra cosa que lo ya sabido.


Que he reclamado el derecho a ser nadie. Que, por lo mismo no me
importa que mi cerebro esté lacerado por la ignorancia acerca de los
sabios y de sus teorías. Que ellos fueron y serán así, porque nacieron
para serlo. Que yo no nací para ser ni sabio ni interpretador. Al nacer
llegué a la vida sin quererlo. Ojalá no hubiera germinado en el útero de
mi madre. Por lo tanto, es como si mi única protesta fue y será esa: no
haber sido consultado antes de germinar y de nacer. Y, por eso, no
tengo porque entender nada. Estoy bien así. Haciéndome y siendo
sujeto de origen y devenir insensato. Sin confiar en la razón.
Simplemente porque no he leído eso de a teoría del conocimiento y su
evolución. No tengo nada que agradecerle a nadie. Ni a Pitágoras, ni a
Aristóteles, ni a Platón, ni a Kant. Es más, no se quien fue primero y
quien después. Y es que mi autonomía la endosé, aun antes de nacer.
Lo mío es el naufragio anunciado. Lo único que reclamo es que me
dejen vivir así. Con esos desvaríos y ensoñaciones perversas. Lo que
quiero es que me permitan la lectura de la mirada de la Nana. Cuando
ella no está, o duerme, como ahora, soy más que nadie. Ni siquiera lo
negativo aproximándose al cero.
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Libro tercero

Es otro día hoy. Y, como no se ni quiero interpretar las calendas, no se


cual es. Ni lunes, ni martes, nada. Sigo sin poder leer la mirada de la
Nana. Ella no está. Benjamina la alejó de mí. Tal vez porque no quiere
que yo dañe su mirada explícita. Me quiere remitir, así, a tener que
interpretar sus palabras. Las de Benjamina. Que son las mismas
siempre. Una cantinela. Acerca de todo. Bien conocido y bien
interpretado. Lo último que supe de la Nana, tiene que ver con su
participación en la feria del razonamiento. Idea de Astaíza, avalada por
Benjamina. Se trata de exposiciones en torno al futuro. Razonado. No
como entelequia. Y es que la Nana lo sabía todo. Cuando recibí su
primera mirada, fue precisamente cuando, en mis sueños, supe de la
incandescencia de los soles. Del nuestro cercano. Y de los otros que
solo podemos percibir con la mirada, viajando los años luz necesarios.
Fue, precisamente ahí, en sus ojos. Que conocí lo que sé. Lo único
necesario para mí Que el universo se hizo, porque sí. Que nadie
sembró nada. Ni dios ni nadie. Que no fueron ni son necesarios los
interpretadores. ¡Qué de filosofías, religiones, ni nada! Lo único que
basta es estar ahí. Y, la Nana, me dijo con su mirada lo de los
engaños y la rapacería de los sabios. Que la razón ni existe ni es
necesaria. Que todo lo podemos saber, con el simple hecho de ser
así. Como monotemáticos constantes. Sin la necesidad de cobijarnos
con alguna de las tantas teorías. O de todas al mismo tiempo. Lo que
es, es. Y punto. Al menos eso me dijo a niña, cuando me miró por
primera vez. Este día, hoy, me dio por convocar a la nostalgia. Porque
ella no está. Tal vez, pueda que sea mañana. Y eso que no entiendo
la secuencia entre ser hoy y ser mañana.

Regresé a lo del Negro Antonio. Me avizoró desde su sitio. Siempre


permanece ahí. Dice que allí las nostalgias se hacen menos penosas.
Recuerdo el día en que me contó parte de su historia de vida. Supe
que nació y creció al lado de un mar cenizo. Siempre trató de conocer
el origen de ese color tan peculiar. Su madre le expresó cualquier día
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que siempre había estado así. La abuela Pristina tampoco tuvo


conocimiento real. Solo que era algo así como un castigo. Que antes
fue como todos los mares. Con colores cambiantes. Entre verde y
azul. Pero nunca de ese color tan extraño. Que, la leyenda hablaba de
la presencia de una aventurera doncella. Y que se le escuchaba la
misma canción repetida:

“En corazón gentil Amor anida., cual ave en primavera.

Del verde bosque anida en la espesura: Ni el amor hubo vida.

Antes que en corazón gentil hubiera.

Ni un alma generosa. Pudo antes que al Amor formar Natura: tan


luego como fue el astro del día.

Tan luego su luz esplendorosa.

Y antes que fuera el Sol, ser no podía: Y prende Amor en gentileza


luego,

Así naturalmente. Como en las llamas el calor del fuego”

Diosa citada por Campbell en el Héroe de las mil caras. A su vez


citada de Guido Guinicelli di Mangano (1230, 1275) en su Balada
sobre el poder y gentileza del amor. Y que esa Diosa no cabía en los
primeros mares. Y que era fruto de Isis, como halcón, unido a Osiris. Y
que, según eso luchó hasta lograr un mar para ella sola. Y que, no
existía ya, otro color que ese. Y que se entendía como desafío a los
primeros dioses. Los que ya existían. Y que la Diosa se hacía visible
en Luna Llena. Y que su desnudez provocaba la ira de los regentes
primeros. Los que habían cumplido con la función de repartir los
colores primarios a los mares. Y que, por lo mismo ese mar de la
Diosa no era un mar estimado. Más bien un mar del mal. Y que, su
canción se escuchaba en todo el territorio primigenio, dado a los
hombres en esa tierra. Y que por ser mujer la Diosa. Y por haber
desafiado a la razonada lógica vigente. Y que eso reivindicaba la
noción y el principio de las mujeres como atadas. No solo a los
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hombres de ahora, sino también a los antiguos dioses. Y que su


nacimiento, el del Negro Antonio, se produjo en medio de la tormenta
que anualmente agitaba al mar cenizo. Se decía que eso era de mal
agüero. El Negro lo asumió así. No de otra manera se podía explicar
su curso de vida. De aquí a allá. Como noria. Sin nada y sin nadie.
Quienes vivieron con él, murieron antes de tiempo. Seguía diciendo
que mejor hubiese sido haber muerto con ellos. No conoció mujer
alguna. Nunca las necesitó. Porque su condición de eunuco fue de
siempre. Pero, aun cuando no fuera así, el padre le advirtió siempre
que las mujeres eran todas como la Diosa del mar cenizo.
Irreverentes, no creyentes en la verdad de los mayores. Sus valores y
sus aspiraciones. Y, a decir verdad, el Negro Antonio, aprendió rápido
la lección paterna. Por lo mismo nunca quiso a Benjamina. Ni a la
Nana que habla con los ojos. A mí me soportaba. Como decir que le
prometió a mi padre hacerme compañía por siempre. Hasta que él o
yo muriéramos.

Le comenté acerca del periplo. De lo de Astaíza. Y de mis visiones. Un


tanto atrabiliarias, me dijo. Algo parecido a que no juntas los saberes
precedentes. Y que son necesarios para poder vivir. Para no claudicar
ante lo inhóspito de las herejías. Cualesquiera que sean. Y tú a cada
paso sigues dando lata. Como si vinieras de otro planeta y de otro sol.
Siempre ahí. Recabando la tristeza a cada rato. Y en cada día. Cierto
es que, ni siquiera distingues uno del otro. Porque las calendas te
mortifican. Dices que no es necesaria la autonomía, para nada. Ahora
me vienes con otro cuento. El de la Nana que habla por los ojos. Y
que, además, te traza el horizonte que necesitas. Y que, por lo mismo,
le crees todo lo que te comunica con su mirada. Como eso de que los
dioses no crearon nada. Y que crees que el universo se hizo y se está
haciendo. Y que por eso vale la pena esperar. Simplemente esperar.
Hasta que mueras. Y, ahora, me vienes con el cuento de no creer en
la razón. Ni en los aristotélicos. O platónicos. O Kantianos. O
hegelianos. En nada ni en nadie. Solo crees, te repito sino en lo que te
dicen los ojos de la niña. Para acabar de ajustar. Niña y mujer. Es
decir, nada de nada. Porque, siendo las mujeres innecesarias, lo son
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más siendo niñas. Ser mujer y ser niñas es una desgracia. Todavía
vivimos el castigo a que fuimos sometidos, por el simple hecho de
nacer y vivir al lado del mar cenizo. Y escuchar su nefanda canción.

Entre tanto seguía ahí. Ese día, simplemente, me acosté. Dormí un


poco arrullado por la voz del Negro. Volví a ver a la Nana. Estaba con
la Diosa del mar cenizo. Me miró, diciéndome, ¿Acaso viniste a
comunicarnos la perorata del Negro Antonio y de todos los hombres?
No supe que decirle con mi mirada. Lo cierto es que, en mi mismo
creía que sí. Con todo lo que esto significa. Siempre condicionado por
la gratitud hacia el Negro Antonio. La Nana siguió mirándome y
diciéndome: no estoy dispuesta a seguir orientándote mientras sigas
siendo tan dubitativo. La lealtad hacia él no puede llegar a superar lo
nuestro. Nuestras conversaciones. Nuestras similitudes. Y le dije,
mirándola, no abandonaré nunca tu presencia. Te necesito por
siempre. Mi guía no puede desaparecer. ¿Qué haría entonces si te
perdiera? Asediado por los sabios y los hacedores de dioses. ¿Dónde
iría a parar? Ya sabes que tu madre solo tiene palabras para
mortificarme. Ya sabes que creo solo en las verdades que me
transmites.

Libro cuarto

Y desperté al lado de Benjamina. Estaba ahí. Me hablaba, con sus


palabras áridas. Me indagó por la niña. No la veía desde que partimos
de lo de Astaíza. Que le dijeron en la vereda haberla visto en camino
hacia el mar cenizo. Temía que, de pronto, se inmiscuyera en esos
ires y venires de valores enfrentados. Conocía muy bien a su hija. De
ser así, entre las dos, rebobinarían la historia. Se irían de frente en
contra de lo enseñado por los sabios. Y aprendidos por nosotros. Por
ejemplo, ¿Qué será de nosotras, si les da por proponer un cabildo
abierto en favor de los derechos de todas las mujeres? Provocarían,
otra vez, a los dioses permitidos. Y las tormentas ya no serían
anuales; sino de todos los días. Y se profundizaría nuestros tormentos
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ya, de por si onerosos. Nos coserían la boca y validarían, otra vez, el


cerrojo como garantía de fidelidad y del sexo no placentero.

A Isolda la conocí en lo de Zacarías. Negra también. Como Benjamina


y la Nana. Vivía en Bahía Ilusión. Un territorio extraño. Sus habitantes,
casi todos, eran remeros; al servicio de los hombres navegantes del
mar cenizo. Casi todos eunucos. Decías que solo diez hombres tenían
capacidad para preñar a las negras. La parentela era inmensa. En
promedio cincuenta hijos por cada uno. La Negra Isolda tenía dos hijos
solamente. Ramón, el padre, tenía otros cincuenta y tres. Las negras
tenían, como profesión, la lectura del futuro. Sin aspavientos, tenían
en sus manos y en su mente, el poder de convocar imaginarios. Los
hombres de Puerto Cenizo iban dos veces por semana. Cargados de
inquietudes y de preguntas. Que cómo estará el tiempo en alta mar.
Que si encontrarían los galerones hundidos. Que si sus mujeres se
quitan el cerrojo cuando ellos están avasallando el mar…en fin
cantidad de motivos para que las negras trabajaran.

Ella, Isolda, era hija del Negro Iván. Es decir, otro negro cercano a mí.
Como en eso de las calendas sigo siendo absolutamente incapaz:
cualquier día me contó de su infancia. Relató desde el mismo
momento en que su madre Isabelina fue preñada por Iván. Dijo que,
desde ese momento entendió el asunto de vivir. Se extrañó cuando le
dije que yo no recordaba nada Ni quería hacerlo. Que estaba bien así.
Sujeto sin historia. Sin autonomía. Y, por lo mismo, sin sosiego. Aquí y
allá. Al garete. Mucho más fue su extrañamiento, cuando le conté lo de
la Nana. No podía creer que centrara mis ilusiones y mis aspiraciones,
en la mirada de una niña. Que no hablaba. Que todo en ella se reducía
a juntar palabras con su madre. Y que no más. Sabiendo, decía Isolda,
que lo único que cuenta, al momento de vivir y recordar, son las
palabras. Las miradas son eso, simple fijación de los ojos en algo.
Decía que, además, que fueron siete las palabras que le enseñaron
cuando le borraron a ella y a todos y todas sus culturas, su religión
ancestral. El cristianismo suplantó lo valores y los dioses de su querida
África. Todavía, me dijo, tengo en mi cabeza las palabras del padre y
de la madre. Cuando le contaron que son las palabras y para qué
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sirven. Y que vivieron en muchos lugares, antes de llegar aquí. Y que,


en todos esos lugares, la gente hablaba. Con las palabras y no con las
miradas. ¿Acaso, me dijo, no será que tú no tienes historias? Porque
solo quienes no tienen historia no necesitan las palabras. Simplemente
porque no tienen nada que contar. Eso de las miradas de la Nana era
un invento mío. O un simple placebo. O, como me lo dijo el abuelo: es
una forma de no comprometerse con el futuro, así como proponer una
opción de pasado silente. Algo así como endosarle a la desmemoria la
posibilidad de ser alguien.

No sé por qué. No la volví a ver. Desde ese día en que le confesé que
la Nana, su mirada, era mi horizonte. Isolda no volvió a aparecer en mi
presente. Y esto era fundamental. Decisivo. Habida cuenta de mí no
pasado. A pesar de algunas indagaciones, nadie me dio razón alguna
de la negra. Ni siquiera Iván. Sin embargo, me postuló una
interpretación, acerca de su invisibilidad inmediata. Una especie de
sortilegios asociados a una manera muy propia de asumir ciertos
rasgos de su pasado y el de todos los suyos. Como resaltando una
idea acerca de la demonización de los negros. Como diciendo que la
herencia de los invasores, se había transformado fortaleciéndose.
Desde su primigenia África hasta ahora pasaron muchos años
aciagos. E Isolda modificó su razón de ser. Tal vez recordando que la
figura de la esclavización no era solo patrimonio de la historia
mediterránea. Que la antigüedad conoció esa institución. Pero que, al
mismo tiempo corrió paralela a las opciones vertidas desde el
significado que tuvo la confrontación en el rescate de Granada por
parte del cristianismo. En un ir y venir convulsionado. Desde que la
reina de Castilla y el rey del rey Aragón. Todo envuelto en un manto
inquisidor. Por la vía de una confrontación con el islam. No solo en lo
que respecta al conocimiento y su vinculación con avances que, en
perspectiva, cuestionaba todo lo construido por la mixtura vaticana y
española. En un proceso en el cual las condiciones de minorías
étnicas, en el mismo contexto español, se resolvía en favor de esos
íconos perversos de Castilla y Aragón. Ese mismo tratamiento se
repetiría en nuestra tierra. Aquí vendrían los invasores con los
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designios de la Corona. Y se profundizaron en la misma medida en


que se hicieron fuertes a la fuerza. Tratando extirpar la cultura de
nuestros ancestros primarios. África y los que habían crecido aquí.
Todo resuelto, con la visión de los avasalladores. Religión convocada
para imponer la lógica del Dios Uno. Ya me lo había advertido la Nana.
Cuando me transmitió, con su mirada que habla. Cuando me dijo eso
de que se inventaron lo de los Creadores. Dislocando la secuencia
planteada por el universo increado. Y configurando el paso a paso de
la acción divina. Ahora, Isolda, lo reivindicaba, en palabras del Negro
Iván, su padre. Y, seguía diciendo, Isolda tenía todo muy claro. Un
inventario de opciones y de interpretaciones. Para ella, eso del
demonio tenía que ver con el desembarco de los propiciadores de esa
figura. En nexo con su cultura y con su religión. Nosotros fuimos,
siempre acusados de las apariciones y de los pactos de brujería. Todo
en el contexto de imaginario occidental. Donde ya se venía
implementando la inquisición, como manera plena de conservar el
dominio de la idolatría cristiana.

Libro quinto

Ya hacía un largo tiempo que no iba a lo de Astaíza. Fui en busca de


información en torno a la Nana. No sé porque seguía con la duda; a
manera de premonición. Como quiera que creía verla a cada
momento. Repitiéndome a mí mismo lo que vi que me decía en mi
último sueño: que ella estuvo presente en la Historia del Rey Schahriar
y de su hermano el Rey Schahzaman, contada por Scherezada para
conservar su vida. Y que, conoció al Efrit que hizo de la realidad una
magia constante. En concesiones sucesivas. Para quienes asumían
que deberían ser recompensados: porque, in extremis, los Solimanes
tenían todo su entorno. Dueños de todo. Tocado e intocado.

La Nana no había ido. Astaíza también la buscaba. Porque, a través


de ella, llegaría a donde estuviese Benjamina, la negra. Él había
posado sus ojos en los de ella. Pero no como yo; que la requería, solo
para ver a la Nana. Astaíza la pensaba. Y soñaba con ella entre sus
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brazos. Retrotrayendo su pasado de amante. Brutal. Desde mucho


tiempo atrás se conocía que su objetualizarían de las mujeres
demostraba lo ya expresado antes. En el sentido de que Astaíza
piensa y respira por sus genitales. Tal vez como diciendo: esto lo
heredé de Miller. Cuando leí su Trópico.

Benjamina vivió un tiempo en Ciudad Pérgolis.No había nacido todavía


la Nana. Eso fue después. Cuando conoció a Vespucio Rojo. A su vez,
este sujeto, llegó a ella un día de esos en que todo puede pasar. Y
pasó. Porque envolvió a la negra con su mirada. Mirada no extraviada.
Dirigida a cualquiera. Hablando con ella. Diciendo cosas que excluían
a las palabras. Esa fue su herencia para su hija, la Nana. Nunca lo
conoció. Porque emigró. Volvió a lo suyo. Esa tierra lejana y caribeña.
Nadie dio razón de él. Solo, se decía, fue en busca de la
reinterpretación de su cultura. Una búsqueda de la socialización
palanquera. Porque, se dice, que Rojo era de los poquitos hombres
negros que no se dejó silenciar nunca. Que no pudieron matarlo, el día
en que su padre fue muerto. Estando los dos en la ceremonia
perenne. Esa que Antonio Rojo, leyó y aprendió. Se dice que es un
ritual heredado. Como esos con los cuales sus ancestros directos
desafiaban a sus enemigos. Ceremonial en el cual la figura del
demonio anti-occidental, es el centro y su razón de ser. Además,
compartió con la negra Benjamina su interpretación de Azora IV
islámico (Las Mujeres). Una hendidura total hacia el cuerpo y hacia el
espíritu. Nada bondadoso. Asociado a la atadura. Fornicación y
Matrimonio. Todo en una estructura lacerante para ellas. Y que, la
negra Benjamina, dedujo una opción de total irreverencia, hacia todos
los códigos religiosos monoteístas. Ya lo había leído ella en La Biblia
de los cristianos y el Torah judío (no otra cosa que los cinco primeros
libros o penteuco común). Lo mismo que los cristianos. Todo en una
envolvente maraña que de todo habla, menos de la libertad de las
mujeres. Benjamina, terminó diciendo Astaíza, me conmueve. No solo
mis genitales. También, y fundamentalmente, mi ignorancia. Me
convoca a absorber cada una de sus palabras.

Libro sexto
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Andando el tiempo, alcancé algo parecido a la autonomía. Y fueron,


precisamente, los días en que dejé de verla. Todo lo contado por
Astaíza no era otra cosa que la reivindicación del poder de esas dos
mujeres. La Benjamina y la Nana. Negras sin par. La una, la madre,
por lo que supo aprender de Vespucio algunas verdades, sin
menoscabo de su libertad. La otra, la hija, porque no solo heredó el
patrimonio, la riqueza y la pasión de la mirada que le dejó su padre al
volar bien lejos. Algo nuevo en mí es la capacidad para asumir la
desesperanza en nexo con una dosis mínima de libertad. Ya, por
ejemplo, me despierto en las mañanas algo lúcidas y sin galopar hacia
la Nana, buscándola para saciar mi necesidad de verdades. De
conocimientos. De historias vertidas por sus ojos. Ya, reitero, no
sucumbo ante el Sol que empieza a transmitir energía; sino que lo sigo
en su brega. Y se desamarra la atadura primera. En una opción de
vida que antes no sentía, no palpaba. Como volver al tiempo y al
territorio de mi nacimiento que no recordaba. Y atizar las sensaciones
no enfermizas. Por el contrario, alucinaciones benévolas. Una vista a
todo lo recorrido. O, al menos a parte de este. Y me veía envuelto un
sinnúmero de palabras coherentes. Ya no dependía de la mirada de la
Nana. Y surgieron anécdotas no repetidas. No forzadas.

Cuando la vi salir por esa puerta inmensa, por la cual hemos pasado
hace ya un milenio; nunca pensé que sería la última vez.

Porque ya había sucedido antes. Como, a manera de ejemplo, ese día


en que difundió su preñez no aceptada. Recuerdo, ahora, que ese día
discutimos, como solo nosotros sabemos hacerlo.

Que tú no me dijiste nada. Que, cuando me abordaste, lo hiciste sin


ningún preservativo. Que tú eres responsable, porque no me avisaste
que ya se había ausentado la regla y que, en consecuencia, estabas
en el periodo próximo a la posibilidad de recibir el líquido cargado de
espermatozoos, en el momento y en las condiciones que conllevan a
esperar el crecimiento del vientre.
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…y ella me dijo que la culpa era mía; ya que siempre estás al acecho.
Siempre buscas el momento de verme desnuda. Y, siempre, me
tumbas en la cama y me penetras a la fuerza.

Y que, seguía diciendo ella, no te denuncié porque te amo tanto que


nunca te haría algún daño.

Y que, en consecuencia, ya voy por el cuarto embarazo en las mismas


condiciones. Ya Heraclio, Miroslava y Atahualpa habían nacido a partir
de allí. Y que yo sentí que la y los odiaba. Porque, eso de abrir las
piernas de manera forzada, ya me tenía aburrida. Porque, cada
orgasmo se constituyó en un embarazo. No había placer; porque no lo
puede haber si a cada rato me inundabas y cada inundación era una
preñez.

…Y discutimos, como solo nosotros sabemos hacerlo, y nos


desgastamos en epítetos; hasta que el feto no pudo más y se marchó;
por esa puerta ancha, inmensa apoyado en la mano de mi querida
Cleopatra, mujer de mujeres; con ochenta años encima.

Y yo, sintiéndome Atahualpa, no dudé en considerar que esa era,


precisamente, el origen de mi mal. La desmemoria que me
acompañaba siempre. Sentí que la desolación tomaba cuerpo. Y no
terminaban de salir palabras y hechos. Como borbotones de agua
lanzada al espacio.

Yo no quería volver donde Hermenegildo, Desde ese día en que le dio


por divulgar el asunto ese entre nosotros. Recuerdo haberle insinuado
mutismo total.

Pero él no hizo ningún caso. Más bien, se dedicó a la opereta vulgar.


Disertando, a manera de canto, acerca de lo nuestro. Como en
contravía de lo acordado. Y fueron muchos y muchas las y los que se
congregaron, para escuchar su perorata.

A mí, a decir verdad, me extrañó mucho ese comportamiento. Porque


había creído ver en él, una expresión asociada a la lealtad. Porque, lo
nuestro, fue una opción siempre al garete. Aquí y allá. Un ejercicio
16

diario, lleno de palabras que abreviaban los espasmos propios de eso


que algunos y algunas llaman sodomía.

…Pero, qué triste me puse, cuando habló a capela. Esa divulgación,


no hizo otra cosa que postular la gran duda acerca de la felicidad
furtiva, en la clandestinidad de los amantes. No hizo otra cosa que
desatar la algarabía de Ordóñez, quien reclamaba la picota pública
como desagravio ante la Santísima Trinidad.

Y, según esto, yo no sabía atinar. Mi duda estaba entre ser


Hermregildo; o yo mismo, transportado hacia adelante. Un futuro
menos angustiante que antes. Pero no tan claro. No tan gratificante
como quisiera…Y seguían las palabras abriéndose paso. Sin
interruptor alguno.

Y sucedió lo de siempre. Ella, vestida a la moda; es decir con el atavío


propio de las que se decidieron por el claustro como opción de vida.
Una expiación a nombre de su padre Melquisedec Lujan, a quien
llamaron los vecinos, el perverso, en honor a su habilidad para hacer
de cada día una ocasión abreviar el camino entre lo ético y lo posible.
Como cuando estuvo de paso en Pueblo Nítido, hogar de quienes,
como él, reivindicaban el incesto como derecho asociado a la herejía
enrevesada. Como expresión del devenir a la manera de Yocasta.

Por eso, ese día del atavío, ella me miró con una extraña insinuación.
Yo la percibí como invitación a decir que sí; que estaba de acuerdo
con esa manera tan suya de convocar íconos en el día a día; en ese
eterno peregrinar por estos caminos tan áridos que dan ganas de
morir de sed, antes de recorrerlos.

Yo dichoso. Ya había aprendido a asociar palabras e ideas. Una


transformación al máximo. Añoraba a la Nana, pero estaba
empezando a vivir sin ella

Fabiana conoció a Honorio, en la celebración de los quinientos años.


En una danza propia de los trashumantes advertidos en el sentido de
que algo iba a suceder ese día. Un martes, por cierto, como sortilegio
fémino. Porque ella tenía decidido, desde ese 12 de octubre de 1492,
17

sus referentes. Unos vertidos como vocinglería de brujos puros.


Originarios de estas tierras que iban a ser arrasadas. Otros asumidos
como ciertos, en relación con esa cultura lejana, avasallante.

Y se le dio por construir evasiones para no mirar afuera. Siempre


estuvo así. Quinientos años mirando hacia adentro. Sin percatarse de
la sangría a que eran sometidos y sometidas sus congéneres. Una
diosa rebelde que desafío a los dioses machos; pero que no tuvo
ímpetus para disociar su mansedumbre de su opción iconoclasta.

Y, por lo mismo, se quedó allí sembrada, absorta; repitiendo palabras


aprendidas de los viajantes de los galerones. De esos que socavaron
las verdades y las alegrías nativas y las convirtieron en expresiones
que motivaron la insurgencia sin horizontes; lapidada, escindida,
extinguida.

Egnosodin, reinó durante cuarenta décadas. A su alrededor todo


expelía el hedor propio de lo putrefacto. Gobiernos hechizos,
construidos con reductos de las hienas. Y gobernaban según sus
códigos. Esos que dirimen los retos de la historia a favor de los
depredadores.

Y Egnosodin fue proclamado rey de la tierra. Un sujeto que se definió


a sí mismo como impoluto, le hizo el gran favor. Y gobernaron, el
ubérrimo y el impoluto. Como dioses anclados en sus propias heces.
Los súbditos soportaron felices. Y, por lo mismo, ese día; el día de
celebración de los quinientos años, cuando la Sociedad de las
Naciones categorizó a nuestra patria como cloaca; gimieron como
plañideros.

No lo podía creer. Un alto vuelo conceptual me embargaba. Y veía, en


mis alucinaciones no perversas, muchas cosas más. Las entendía
como palabras que iban y venían. Hasta concretarse como
mensajeras y como propuestas para asociarlas a mi autonomía

Bersarión lo llamaron durante toda su vida. Se sabía de él muy poco.


Tanto así que nunca conocieron su parentela. Sujeto extraño. Divulgó
proclamas acerca de los rigores del tiempo. De las heridas que ha
18

sufrido la madre tierra. Fue el primero en anunciar los deshielos. Su


versión en torno a los agujeros negros, hablaba de algo así como
rebautizarlos en honor a los dioses negros. Propuso el nombre de
agujeros blancos. Y también propuso que se hablara de la suerte
blanca, al momento de expresar penurias. Además de la blanca
noche, al momento de referir los momentos en que la gendarmería
mataba y desaparecía adultos (hombres y mujeres), niños y niñas,
como acción colateral a los gobiernos blancos.

…En fin que, este sujeto revolcó la lógica de los haceres y los
desaceres. Cualquier día, así como había llegado, se deshizo. Así
como había estado en los sitios, se diluyó. Lo vieron por última vez en
los alrededores de la casa de los espantos blancos. Ahora, cuando
alguien habla de él, dice: se lo llevó la mano blanca del demonio
blanco, hijo del gobernante que construyó un poder blanco. Todos y
todas propusieron celebrar el día negro, en mención al negro
Bersarión que llevo una vida negra…sublime

Berenice Antequera estuvo sitiada durante mucho tiempo. Allí, en


donde vivía la redujeron por la vía más perversa: negándole el
derecho a cantar. Desde pequeña, ese era su oficio. Le cantaba a
todo. A la tristeza; a la esperanza; a la alegría (…esto último casi
nunca lo hacía, porque casi nunca estaba presente).

Últimamente se había dedicado a cantar a los niños y a las niñas. Les


imbuía sus versiones acerca de lo que pasó, cuando llegaron los
invasores. De la desolación que sembraron. Y de la ignominia que
construyeron. Todo, dicho con la ternura que solo es posible encontrar
en una mujer.

Cuando llegaron allí, los gendarmes, le leyeron la proclama escrita por


los asesores de Alvarin y Manolín, en ese entonces con gobernantes.
Palabras más, palabras menos, en el folletín decían: “…por cuanto,
con esa manera de hablar y de cantar, Berenice la terrorista, está
pervirtiendo la moral pública y está incitando a la rebelión. Es
repudiable, máxime cuando los incitados son los y las infantes que son
el futuro de esta tierra.” Ahí, en el escrito aparecía una enmendadura,
19

tal parece que, originalmente, habían escrito las palabras” de este


mierdero.”

Y me encontré con las anteriores palabras. De la misma manera en


que encuentras el agua cuando casi has muerto de sed. Y las bebí,
casi salvajemente. Hasta quedar ahíto. Pero ellas seguían reclamando
ser interpretadas y escuchadas.

Lo encontraron al día siguiente de haber celebrado su boda con


Raquel. Dijo haber desertado de la vida en pareja; porque siempre,
muy en el fondo, no se sentía convocado por las mujeres. Dijo que
sentía algo así como cierta conmoción cada vez que las veía. Con
mayor razón con Raquelita, esa niña hermosa que había crecido con
él y que recién cumplió diez años…Cuando lo encontraron abrazaba a
Angelito, niño que compartió con él el alborozo que rodeó la
celebración del aniversario de la Luna, quien, por ese entonces,
cumplía cuatrocientos mil millones de años reflejando su aridez, cada
que el Sol la requería.

Libro séptimo

Según dicen, vivió doscientos años. Siempre erguido. Siempre listo.


Cuentan que su primer gobierno duró ochenta, primaveras, como
solían decir sus aurigas. Estuvo en la batalla de Londres, surtiendo de
agua a los soldados de su majestad. Según hablan, allí hizo su
primera fortuna. En libras esterlinas. Contaban que pasó del millón de
estas. Y, parece que, si era cierto, porque cada botella la vendió en mil
libras. Obviamente con el visto bueno de la reina y del rey. Y dicen que
ordenó clausurar el curso de los ríos. De tal manera que solo él y su
parentela, tuviesen acceso a lo que, en falsa bella prosa, llamó él “el
preciado líquido”. Y, además cuentan que, cuando ya no quedaba ni
una sola gota, propuso al rey del universo la utilización de los mares.
Ofreció como alternativa la desalinización, a punta de balazos
disparados con su poderosa arma que disparaba proyectiles en mil
20

direcciones; con la cual aplastó la rebelión de los demócratas


universales, cada vez que cantaban a la libertad.

Y, dicen también, que los mares sucumbieron a su voracidad. Y que,


entonces, propuso al rey de la Vía Láctea que lo incluyera en su
bitácora; de tal manera que cuando terminara su recorrido de
destripador, pudiese acceder a cualquier refugio.

Y, siguen diciendo, le respondieron de la Vía Láctea, diciéndole que


preferían otro Big Ban, antes que recibirlo a él, tránsfuga milenario;
hidra de mil tentáculos; caballero honorario y perpetuo en la Aldea
Trinitaria de Los Defensores y Custodios del Divino Poder. Lo más
extraño de todo es que la nota la suscribió un sujeto de apellido Hitler

Ese día amaneció más rápido. Es decir, sentimos la algarabía de los


sujetos perrunos (así solía llamarlos el fallecido), desde mucho antes
que de costumbre. Porque, todo hay que decirlo, los animalitos, eran
la voz oficial delegada de la Casa de Gobierno, para transmitirnos la
obligación de despertar. Obviamente, lo mismo sucedía en la tarde-
noche; ya que el periodo de tiempo del quehacer genuflexo forzado,
iba hasta la hora 16.

Saulito nació el mismo día en que nacieron todas las flores (…si como
lo dice la canción); es decir cualquier día, de cualquier año luz. Desde
pequeño (aprendió hablar al sexto día de haber nacido), siempre lo
apasionaron y convocaron, las acciones punibles. Su decir era:” …no
lo dejes para mañana, mátalo o mátala ya, no sea que después de
agarre la nostalgia del tiempo perdido.

Fue hijo único, en el hogar-prisión, compuesto por Hesper Belisario


Román Guataquira y Lesbia Esperanza Gallón de las Casas. Lo
llamaron, al segundo de su nacimiento, niño mensajero; aunque nunca
se conoció que mensaje y de parte de quien, trajo al mundo; siempre
fue algo así como una versión enésima de El Exterminador, adecuada
a las circunstancias y necesidades de Pío Quinto Vélez Uribe,
patriarca desde el comienzo de la historia.
21

Emérito del Socorro Carnera Betancur, respiró por primera vez este
aire impuro, el día trece del mes once del novecientos. Fundó dos
ciudades; una que lleva su nombre, situada a tres millas de la última
barraca de la Gran Brigada Militar, denominada coloquialmente:
Paloqueseapatrón. La otra limita al norte de la llamada Ciudad de las
Motosierras. Entre esta y la ciudad de Emérito, había 30 kilómetros.
Pero, dicen los ancestrales, que desde allá se escuchaban los gritos
de los que la gente dio en llamar los desmembrados. Emérito llamó a
esta ciudad, La Vaquita Feliz.

Nadie supo ni cuando, ni porque se separaron. Simplemente, cayó


como baldado de agua fría entre sus lugartenientes (…o sea, casi
todos y todas los y las habitantes de las tres ciudades).

Y, a partir de la ruptura, cada uno siguió su camino. Saulo Román


Gallón, se vinculó al ejército, según él, invencible, llamado de la Nueva
Inquisición. Desde allí, se proyectó al universo de los sátrapas que,
por ese tiempo, hendía sus puntiagudas garras en todo aquello que no
fuese confesional-mariano-trinitario. Hombre de muchas luchas y
múltiples actividades de esas que llaman en defensa de las gentes de
bien. Es apenas obvio que el concepto predominante acerca del
significado del bien, estaba escrito en el Heraldo Mayor, que Saulito
llevaba al frente, montado en su brioso corcel bautizado Virginio. Es
decir, no era otra cosa, sino la recopilación de los legados mosaicos y
cristianos. Adulador a toda prueba, Saulito alcanzó la cima. Fue
nombrado vicario-apóstol absoluto para todos los asuntos
relacionados con la fe mariana y trinitaria. Despobló lo que pudo, a
nombre de su unción benemérita. Arrasó mil caminos. Mató a todos y
todas las que pudo, a nombre de la semblanza del Dios Credo.

Fue caudillo de las desgracias. Todo cuanto tocaba se volvía estiércol.


Una especie de Rey Midas al revés. Por lo tanto, comió y dio a comer
de su fruto diario.

Cualquier día, le informaron que Emérito del Socorro Carnera


Betancur, se había sublevado en la Aldea de la Divina Providencia.
22

Que renegó de sus orígenes y que no reconocía la autoridad de


Saulito.

Y dicho y hecho, Saulo convocó a los Tribunales Pérfidos. Ellos y él,


re-convocaron la Justicia Divina y esta accedió esparciendo los gases
de los Papas pasados y futuros. Se produjo, por lo tanto, una
atmósfera letal que inundó todos los escenarios terrícolas. Gases más
lesivos que la contaminación con uranio enriquecido. Murieron todos y
todas quienes no habían sido previamente alertados y alertadas para
que se refugiaran en Ciudad Holocausto, sitio sede del Trono de
Saulito y de sus protegidos. Queda claro que Emérito del Socorro no
fue avisado y murió, justo cuando reclamaba de sus súbditos la lealtad
para avasallar a Saulo y extinguir su nefanda perspectiva del Nuevo
Paraíso. Pero, también hay que decirlo, Saulito no soportó ese hedor
estercolero. Dicen que murió reclamando de su Dios algo diferente
para ahogarse, al menos, con la dignidad propia de quien sirvió toda la
vida a la causa de la impunidad pura. Dicen, todo hay que decirlo, que
El Dios de Saulito hizo caso omiso del llamado de su delegado en la
Tierra y, en contrario, convocó a la diosa de las lluvias para que
embadurnara de heces el territorio del divino Saulo.

Yo estaba llegando al límite permitido. Navegaba entre la


reconstrucción de mi pasado y realidades inmediatas. No sobrias. Por
el contrario, con algo de calentura. Como si estuviese llegando a un
punto de no regreso. Veía a la niña Nana en mis sueños. No la podía
asir. Pero ella estaba presente.

Don Federico Ubérrimo Mendoza Canales, vivía al lado de


Hermenegildo Apolonio Agüero Tenorio. Los dos habían llegado a Río
Revuelto, el primero de enero del primer año después de la aparición
de La Virgen del Divino Rostro, en el explanado donde queda La Gruta
del Andariego.

Los dos trabajaron en las minas de propiedad de Sinforoso Demetrio


Avignon Tuberquia, quien llegó allí el día tres de marzo del tercer año
después de la aparición. En contrario de Ubérrimo y Hermregildo,
Sinforoso si supo sacar provecho de la bonanza tardía aportada por la
23

aparecida virgencita. El puestecito en el cual vendió aguardiente a


cuanta devota y cuanto devoto, llegaban en las romerías organizadas
por Esternón Cipriano Marulanda Guaneme, vicario primero de la
Delegación Romana Permanente, compuesta por los ungidos Valerio
Arturo Espinosa Consuegra, Juan del Calvario Villoría y Cáceres y
Domitila Gracia-Divina Alpujarra Benavides. El año pasado cumplieron
cincuenta años las celebraciones de gratitud al Divino Cielo, por haber
elegido el pueblito como sede de la sagrada aparición.

Pero, como todo no es dicha en esta vida, Mendoza Canales y Agüero


Tenorio, se encontraron cualquier día en casa de Casta Virgelina
Sampayo Peralonzo. Mientras jartaban cerveza, al son de boleros de
Olimpo Serapio Cuca Cabuya, llamado el compositor mariano; llegó
Romualdo Querubín Acacio Coca. Venía desde Villa Robespierre.
Había salido a las tres de la mañana del miércoles anterior al jueves
venidero. Contó que, al pasar por la Gruta del Andariego, La Del
Divino Rostro, había descendido de su Sagrado Altar y estaba
besándose con Juan Eudoro Amariles Amézquita, el cuidador de la
Gruta. Y, también dijo Romualdo, un ventarrón apagó todas las
veladoras encendidas por los piadosos y las piadosas venidas y
venidas desde los cuatro puntos cardinales…y que Eudoro le había
propinado dos planazos en la espalda, por novelero.

Desde ese día, ni Ubérrimo, ni Apolonio, dejaron de pasar por la del


Andariego. Tal vez tratando de averiguar que había sido de Amariles y
de la del Divino Rostro…Hasta que, el día menos pensado, la vieron
salir y lo vieron salir. Iban rumbo al Paraíso Terrenal, desde donde la y
lo habían echado hacía ya millón y pucho de largos años…Al menos
eso entendieron los dos viejos amigos, cuando la Del Divino Rostro,
hablaba con alguien por su celular.

Ya estaba decidido. Yo no volvería con Esther Eugenia. Habían


pasado muchas cosas entre nosotros. Todas, apuntando más o menos
a lo mismo. Es decir, a eso de pretender configurar una relación de
pareja inédita. Y es que los años no pasan en vano. Ir y venir en
términos de cotejar teoría y práctica.
24

La teoría la aportaba yo. Con esas ínfulas de camionero interesado en


proponer una nueva forma de vivir lo afectivo, pulsando las cuerdas
íntimas de la y el sujeto. Una forma de expandir por el universo,
alegorías cercanas a la transición desde la propuesta Shakesperiana,
hasta el entendido de José María Vargas Vila. Algo difícil la tarea.
Porque significaba interactuar con las visiones enfermizas de Calígula.
Además de recorrer los territorios de Ariadna, la mujer amante sincera
y absoluta.

De todas maneras, me las arreglaba, para demostrar que lo mío


constituía una opción de vida vinculada con el credo de los libertarios y
las libertarias. Un tanto azuzado por esas experiencias pasadas y que
yo creía verdaderas expresiones de la ruptura de códigos inquisidores.

Y maduré largo tiempo la escritura del Manual de Convivencia Erótica,


Entre dos o Más Sujetos. En una convicción tan profunda, que no
había espacio para mirar hacia la realidad. Una postura de cargador
de excrecencias, relacionada con aquello de saber mentir y engañar a
cada instante. Lo que coloquialmente se ha dado en llamar “vender
gato por liebre”. Una jerigonza impúdica; pero que yo ofrecía y hacía
pasar por oferta válida al momento de tomar decisiones emparentadas
con un modelo de vida en pareja, o en triadas imperfectas.

Y siguieron pasando los años. Y yo imbuido por el espíritu subyacente


de la libertad absoluta. Por esto mismo no vi pasar el tiempo. Ya, para
el caso, Esther Eugenia había aprendido de mi la capacidad para decir
que si, diciendo que no. Para asumir destrezas eróticas e implicarlas
hacia mí. Y le dije: no es eso lo que yo quería decir y enseñar…Pero la
reacción fue tardía; simplemente porque ella alzó vuelo; aprendió la
libertad, leyendo en mis acciones y dichos, lo necesario para no creer
en mis versiones vesánicas.

Ahora, para hacer menos onerosa la soledad; digo que no volveré con
ella; aun sabiendo que Esther Eugenia ya no me espera.

Cuentan que Trinidad del Socorro Estupiñán Socarrás, deshizo el


acuerdo con Mariano Claver Cañadas Paletero. Acuerdo un tanto
25

anodino; pero que implicaba la fuerza y la imposición al momento de


significar que andando se arreglaban las cargas. El susodicho Mariano
había inventado una manera muy peculiar de instigar al delito de lesa
fémina. Algo así como una variante de lo aplicado por Sade; pero sin
que pareciese algo en contravía de la ternura.

Claver creía creer que no había nada perverso en lo que hacía. Por
esto mismo, propuso el pacto, el mismo día en que Trinidad del
Socorro, surtió las sábanas de borbotones de sangre, derivada de la
terrible hemorragia vaginal originada por la penetración que le hizo
Cañadas Paletero, con su pene crecido mediante la aplicación de una
pócima inventada por el mismo y que llamó “ungüento pretérito para
las necesidades de hoy”.

La hemorragia fue tratada con una especie de absorbente artesanal


que había inventado el abuelo de Mariano Claver. Y, entonces, el
acuerdo se firmó allí mismo. Estupiñán Socarrás ardía en fiebre, con
espasmos parecidos a las convulsiones que sufrieron las mujeres
mártires, en los cadalsos habilitados por los buscadores de brujas, en
mil cuatrocientos veinte.

Además, cuentan, que Trinidad del Socorro, vivió mucho tiempo en el


hospicio de propiedad del padre de Mariano Claver. Que allí tuvo
catorce hijas. Y que, todas ellas, fueron inauguradas por Mariano y su
padre, de nombre Nepomuceno del Espíritu Santo Cañadas
Sacramento. Y que todas ellas quedaban preñadas en simultaneidad.
Y que fueron catorce por catorce; todas mujeres. Y que…; en fin,
cuando se deshizo el acuerdo, ya habían nacido catorce por catorce
por catorce. Y que el hospicio creció en residentes, tanto como crecían
las romerías que llegaban en busca de la pócima “ungüento pretérito
para las necesidades de hoy”.

Aún ahora, en dos mil trescientos, cuentan que Mariano Claver


Cañadas Paletero, sigue vendiendo su ungüento con el visto bueno
del Procurador Delegado de La Santa Sede, de la cual es presidente
un tal Emérito Ordóñez, colombiano de nacimiento y ciudadano
vaticano por adopción.
26

Ya habían transcurrido cuarenta días, desde que dejé de ver a la


Nana. No me hacía tanta falta como antes. Pero, de todas maneras,
mi autonomía no la había alcanzado del todo. Además, me había
encariñado de esa niñita que parecía mujer ya hecha. Con muchos
recuerdos y verdades encima. De otra parte, empecé a sentir que mi
cerebro no resistía tantas cosas juntas dichas con palabras.

Libro Octavo

Una vez mató a Heliodoro del Sufragio Guzmán Valiente, José del
Carmen Villalobos Benjamin se dirigió a Villa Adelaida para cobrar sus
honorarios.

Resulta que Hebroul del Carmen Vistahermosa Hermosillo, juró que


vengaría la memoria de su abuelo Aristarco Josué Hermosillo Crown,
quien murió a manos del padre de José del Carmen, el día 31 de
diciembre del año anterior a la llegada al poder de Virgiliano de los
Santos Acosta y Frambuesa; quien a su vez accedió al trono un año
después de la llegada al Valle de los Justos, de Melquisedec Eugenio
Herrera y Herrera, miembro de la secta Valeriana que se expandió,
más o menos por todo el hemisferio norte; a partir del año 1000.

La muerte del abuelo de Hebroul tuvo su origen en una nimiedad.


Como quiera que Aristarco hubiera vulnerado el sexo de una de las
primas de José del Carmen; justo el día 1 de noviembre, es decir, el
día de todos los santos.

Fue un viernes, a eso de las cuatro de la tarde, cuando la niña salía de


la única escuelita de Villa Adelaida. Rosa María Gertrudis apareció en
un escampado, totalmente destrozada. Era irreconocible. Medicina
legal certificó: laceraciones múltiples en todo el cuerpo.
Particularmente sus pezones y su vagina sangraban de manera
abundante a causa de amputaciones selectivas. Su clítoris fue
extirpado.
27

El día lunes siguiente al viernes del ritual efectuado por Aristarco


Josué, Josefa del Castillo Berenice Pánfila, convocó a la Triada del
Continuo Milagro. Con sus miembros pactó la convocatoria del
Coloquio Permanente de las Mujeres Agredidas, para designar al
vengador. Porque eso de los vericuetos adheridos al Código Penal, no
contaba al momento de decidir acerca de la tipificación del delito
cometido por Aristarco. A manera de ejemplo: lo que pasó con Rosa
María Gertrudis, se tasaba como lesiones personales leves. Sobra
decir que este tipo de tipificación se correspondía con el soporte
teórico del Código Penal de Villa Adelaida; es decir una copia del
Código Vigente Para los Territorios Amparados con el Sagrado Manto
de Jesús en el Desierto, que se constituyó en la línea de conducta de
los Veedores del Sagrado Milagro del Vino Antes de la Última Cena;
quienes consideraban que las mujeres tenían una deuda con la Santa
Historia Sagrada; habida cuenta de su participación como lidereza en
las acciones de erotismo que configuró el Pecado Original.

Lo cierto es que la designación de Plutarco Cristo Villalobos


Comienzo, como legítimo vengador, fue unánime. Y este mató a
Aristarco Josué Hermosillo Crown, en el Altar del Divino Niño de Villa
Adelaida, cuando se masturbaba ante el ícono de María Magdalena.

Uno más dos es igual a cuatro por cinco, menos el triple de la edad de
Bonifacio que nació dos unidades antes del año que se configura a
partir de sumar cuatrocientos al cuádruple de la edad de Antonio
Buendía quien, a su vez nació diez años antes del dictador Benjamin
Cuadros Carvajalino, quien ejerció mandato por cuarenta años más
que el doble del ejercicio mandatario de Napoleón Isaac Ternera y
Valdés, discípulo de Aureliano del Mar Ascencio Espartaco, quien
gobernó con mano dura a su pueblo, durante un sexenio antes de la
llegada del primer crucero efectuado por Cristóbal Amparado
Villagracia, en la primera década del siglo en que se celebraba el
primer milenio del nacimiento de Joaquín Esperanto Hinojosa
Velásquez, veedor designado por el Santo Oficio con aplicación a las
Islas Vírgenes, el día setecientos posteriores a la llegada de José
Vicente Bonaparte Pigmalión al territorio de los seguidores de Cástulo
28

María Costumbres Bajas. De todas maneras, todo esto sucedió el


mismo día en que Efrén Calcáreo Manteca y Manteca, engendró en
Rubiela Iris Valbuena Gonzaga, a Perverso Elías Mujica Mojica; que
nació el ventidos de enero del año posterior al asesinato de Santa
Brígida Iriarte Montoya. De todas maneras dicen, que este asesinato
no fue antes del sepelio de Deogracias Monserrat Villaprimera, quien
había sido muerto por Diógenes Patricio Arizala Vengoechea, justo
cuando este cumplió el doble de los años de Eugenio Amparo Solkito
Solito; que había nacido cuarenta años después de la canonización de
Esperanzo Ezequiel Vargas y Pamplona; acto sublime realizado en el
cuarenta y dos después de la llegada de Herodes Pasacaballos y
Manrique al Trono heredado de su padre Misael Eugenio Patriarca y
Sabandija.

Y, resulta que, me metí con las probabilidades. Un día cualquiera en


que volvía del lago hasta la casa. Los peces eran unos dos mil. Tiré el
anzuelo y me puse a hacer cálculos. Que, si pica uno, la probabilidad
es un cociente: uno sobre el dos seguido de tres ceros. O sea 0.0005.
Y peor aún, si lo que quise pescar fue un salmón. Pero resulta que allí
no hay salmones; entonces la probabilidad es nula.

Y, cuando fui donde Pilar, ella me dijo que en el colegio le dijeron que
el profesor dijo que el rector la necesitaba, para que le ayudara a
resolver el siguiente problema: SI José tiene tres pares de moscas y
tres pares de piojos. Y resulta que José le preguntó a su madre que
cuántos pares son dos pares de moscas y uno y medio par de piojos;
sabiendo que se encuentran en una bolsa no transparente y que el
compromiso es realizar un solo ejercicio. Entonces, que probabilidades
tiene José de que en ese único intento.

Cuando me preguntaron por el resultado numérico de mi escrito, solo


acaté a decir: de todas maneras, no lo sé; pero supongo que es el
mismo del cálculo realizado antes del año primero de mi nacimiento,
después de Monomatías Alfaro Gutiérrez, quien fue mi tutor, hasta el
día 450 después de haber terminado su mandato Diosdado Hércules
29

Bonifacio Martínez Vargas., en el reino de los inventores del absurdo


algebraico.

Lo de esa niña matada y destrozada, me conmovió tanto, que me puse


a pensar. A divagar. Me asustó, por un momento, la idea de que pudo
ser ella, la Nana.

La vi una sola vez. Cuando asistí a la fiesta de los garbanzos,


celebrada en Las Colinas de Santa Cecilia. Estaba con vestido azul
absoluto. Con decorados en ese color broncíneo que solo admiramos
quienes hemos estado en el Mediodía.

Pero cuando enhebraron su cabeza con aquellos hilos y aquellas


agujas, en oro puro, sentí que todo daba vueltas en mi cabeza.
Cuando la vi verter sangre a cántaros, con sus ojos hacia fuera, como
queriendo buscar el piso que ya no la soportaba. Cuando vi sus
cabellos arrancados y en jirones. Cuando la vi despaturrada en el sofá;
con su boca balbuceando el dolor inmenso de la tortura.

Sentí que no daba más, que me había transformado. Que había


pasado de ser el amante sincero y diáfano; al rol de lapidado en las
tinieblas de un entorno pútrido.

Todo, porque Heriberto Sanjuán me había confesado que estuvo con


ella y que la hizo gritar, en un desvarío asociado con el placer que
nunca yo había podido provocar.

Y eso de que cada hijo trae el pan debajo del brazo, siempre me ha
parecido un juego de palabras. Por lo mismo, cuando Aracely me
preguntó qué opinaba de su sexto embarazo, le dije: si esa fue tu
decisión y la de Genaro, no hay nada más que hablar.

Y transcurrieron los días, y los meses y los años. Batasuna se


acostumbró a decir que lo de él era lo de ella y que, por lo tanto, él
pensaba que ella había asumido de la mejor manera su
responsabilidad.
30

Eran, por ese entonces, siete. Tres hijas y cuatro hijos. Y vivían. La
manera como se las arreglaron para la crianza, se remonta a la
situación vivida durante la Guerra Civil. Es decir, tratando de acceder a
las posibilidades que otorgaban las organizaciones obreras. Una
manera absolutamente libertaria; como quiera que las opciones
permitieran acceder al acompañamiento a las familias, con énfasis en
el cuidado integral de los niños y las niñas.

Pero mis dudas seguían. Y, ausculté todos los calendarios y las guías
para el tratamiento de las crisis. Y, seguía preguntando acerca del
significado que tiene la asunción de roles de padre y madre. Y, seguía
diciendo, eso de tener hijos e hijas, tiene que estar referido a valores
más estables. Algo así como una noción en la cual se involucran la
atención temprana la unción constante con la calidez.

Pero no hubo acercamiento entre él, ella y yo. Y las cosas siguieron
igual. Y cuando, en Hendaya, se supo que El General Franco y Adolfo
Hitler, no se encontraron, Batasuna asumió como suya la victoria.
Decía él, porque las fuerzas rebeldes, estaban en asedio e hicieron
abortar la reunión. Y que, en consecuencia, esta prueba validaba la
necesidad de poblar a España de nuevos y nuevas revolucionarios y
revolucionarias.

Y me quedé sin habla. Porque seguía sin entender esa manera tan
ortodoxa de asumir las orientaciones de la Tercera Internacional. Sin
embargo, Úrsula me hizo caer en cuenta que no se trataba de alguna
directriz política. Más bien se trataba de una posición cercana a la
manera en que Stalin asumía su rol. Ante todo, teniendo en
consideración su ignorancia en términos de los escenarios afectivos;
así como falló en su manejo del asunto de las nacionalidades.

Pero, el asunto, requería de mayor precisión conceptual. Y le dije a


Úrsula: me parece que es un problema relevante; pero debe ser
asumido entre nosotros y nosotras, de manera más creativa. Un tanto
como resolver la dicotomía entre la aplicación de los postulados éticos
de los socráticos y la propuesta kantiana, en términos de la relación
sujeto naturaleza.
31

…Precisamente cuando Úrsula iba a confrontarme, desperté. Justo, el


día que se iniciaba para mí, era un domingo de 1936. De todas
maneras, es necesario aclarar que nací en 1975 y que ahora, en 2000
estoy adportas de una nueva jornada de trabajo, en la empresa
siderúrgica a la cual estoy vinculado.

Vivíamos en el barrio llamado Andalucía. Un territorio áspero. No solo


en lo que tiene de rugosidad geológica; sino también en lo que hace
referencia a su perfil cultural societario. Lugar de profundos baches
entre cuadra y cuadra.

Como cuando empezaron a llegar las familias que venían en


búsqueda de un respiro. Fuimos creciendo. Empezaron a aparecer los
quiebres en las ilusiones. Y llegó la perspectiva de ilusiones centradas
en lo inhóspito. Ese afán de reivindicar la certeza en la validez del todo
se vale.

Esas eran Inés y Torcoroma. De una hermosura absoluta. Unos


cuerpos que incitaban a claudicar en eso del respeto a las mujeres.
Casi como cuando en actuación pérfida, decíamos aquí todo se vale;
pero que las tengo las tengo.

Y comenzaron los actos fallidos. Como quiera que se abriera camino


en nosotros el entendido de los parches y las bandolas. Que aquí y
allá. Que ayer le di de baja a esos pirobos. Que anoche me consumí a
la Magola. Que vino el patrón y me batió suciera por aquello de no
tener listos los changones. Y que llegaron los tombos y que les dimos
chumbimba a la lata. Y que me absorbí todo ese hermoso polvo y que
llegué transido a la casa. ¡Y que no me abrieron, Y que grité! puta la
madre para todos ustedes ¡

Pero Inés tenía su tumbao. Se enamoró del viejo man de Federico. Y


se le entregó ahí, de una. Pero resulta que Inés se lo había prometido
a ese pinchao de Luciano. Porque, a decir verdad, este era todo un
galán. Claro está que le ayudaba el hecho de ser el brazo amigo del
Patrón.
32

Y, ese Luciano, se dio cuenta de que la habían inaugurado. Y le echó


ácido muriático a la cara. E Inés sufrió lo insufrible. Ciega, desfigurada
y abandonada. Y yo, que siempre fui detrás de ella, sin que se diera
cuenta. Yo que me había enamorado de esa mujerzota, puse en mi
mira a ese tipito. Y le salimos al paso. Entre Tarzán, Fantasma y yo, lo
levantamos. Le atravesamos el mango con el matamarranos.

Pero todo se fue agriando. Cada banda en lo suyo; pero en lo de las


demás también. Y la Torcoroma alzó vuelo con el Traverso. Y no la
volvimos a ver. Pero nos queda el recuerdo de ese día en que nos
dejó montarla a Luisito y a mí.

Y, uno de esos días, llegó la patota de los Builes y nos repartió


chumbimba. Vi caer a Samuelito y a Fantasma, después seguí yo.
Sentí y vi que volaba mi materia gris por los aires.

Tal parece que me aproximaba a la realidad. Ya no eran cuentos unos


tantos hechizos. Ya bordeaba términos y acciones, cada vez más
vinculadas con el entorno inmediato. En ideas, valores y realizaciones.

Andando el tiempo me encontré al otro lado de la vida. Todo había


pasado tan rápido que no me di cuenta cuando fue.

Lo cierto es que ya vivo al otro lado. Algunas cosas me parecen


repetidas. Una de ellas, la nostalgia. Como que esta es vital, para el
mismo hecho de estar vivo. Una nostalgia parecida a esa otra cosa
que es la tristeza. Aquí, en esta otra versión, la vida está menos
soportada en el albur. Por lo menos eso es lo que percibo.

Hoy es un día cualquiera de un calendario que apenas estoy


procesando. Una mañana en la cual todos y todas corremos por calles
diferenciadas; una nomenclatura centrada en los colores. Está la calle
gris. Aquí están todos y todas aquellos y aquellas que antes fueron
notarios y notarias del tiempo. Aquellos y aquellas que le apostaron a
generar condiciones de vida, con esa estrechez de visión, tan propia
de los agentes laberínticos. Está la calle roja. En ella veo gendarmes
cada tres metros. Uniformados a la usanza del siglo XXI. Es decir,
una mezcla de azules variados y blancos en diferentes perfiles. Gritan
33

y reclaman orden, en medio de una prisa que satura. La calle rosada,


está habitada por los híbridos. Esos y esas que vinieron a dar acá, a
lomo de la invariancia. Como gemelos y gemelas en multiplicación
parecida a las setenta veces siete. La calle incolora es donde yo estoy.
Parece muy apropiada para las condiciones en las cuales llegué.
Recuerdo que, cuando hice el tránsito estaba atado a la entelequia; a
ese tipo de propuestas que tanto me cautivaron. Propuestas
indescifrables. Tanto que estuve siempre sin poder hilvanar una idea
en el contexto de la lógica que reivindiqué.

Libro noveno

Es casi el mediodía y crecen las hordas. De tal manera lo hacen, que


no es posible medirlas. Ni en su enésimo término; mucho menos en la
configuración de parciales censales. Un mediodía sin sol. Más bien
una oscurana que obliga a prender las luces automáticas que cada
cual posee. Luces que permiten entrever los íconos básicos: la
perversión y la enhiesta figura del Gobernador. Está allá, en la plaza
adyacente al palacio. Habla con sus asesores y otorga visas para
marchar a cualquier lugar. Y todo depende de los oficios y las
profesiones. Y es que, aquí, todos y todas tenemos tatuado lo que
somos. Médicos y médicas especializados y especializadas en hacer
perder la memoria; a la manera de la siquiatría lacaniana. Ingenieros e
ingenieras, cuyos referentes son las bitácoras para las máquinas que
vuelan a ras de tierra. Cenicientas que no pudieron ejercer libertad. En
su pasado fueron amas de casa, esclavas. Y transitaron a golpes,
obligadas por sus machos. Y, aquí, son preferidas por los aurigas del
todopoderoso. Y van y vienen. Esclavos que no encontramos libertad
antes y que, repetimos el mismo oficio aquí. Nos reportan como
ciudadanos de oficios varios. Claro está, menos el de liderar
revoluciones.

Cuando me acerqué a reclamar mi permiso, me reconocieron los


asesores. Y se lo transmitieron al Gobernador. Y este dispuso que
fuera devuelto a lo que antes era. Y volví. Y estoy aquí, sintiendo ese
dolor originado en ese estado de interdicción propio de quienes, como
34

yo, no servimos ni para lo uno ni para lo otro. Ni aquí ni allá. O lo que


es lo mismo: ni siquiera hacemos conciencia del significado de estar
vivos.

Y se hizo. Un universo que remite a su comienzo, cada que vuelve a


empezar. Cada momento como que es una ruptura con el tiempo que
se originó allí mismo, con él. El problema lo he planteado de la
siguiente manera: una vez se hizo, quedó claro que no se hacía del
todo, sino que crecería en sí mismo, engendrando energía que, a su
vez, generaría otros cuerpos. En una sucesión que tiene como
constante la posibilidad de que las variables se reinventen, sin patrón
establecido. Entonces, el hecho mismo de comenzar requería una
bitácora orientando el rumbo. Pero, en sí mismo, él era su propio
rumbo. Y se precipitaron todas las posibilidades de planos lineales y
circulares y elípticos y todas las formas posibles de situarse. Pero, él
mismo era responsable de su ubicación y desubicación permanente.

Y cuando se produjo nuestra presencia y nuestra inserción en el


proceso, empezó a desmoronarse el entendido relacionado con la
visión de que todo es posible, menos la posibilidad de ser
condicionado. Muchos menos en lo que hace a la terminación, así sea
parcial. Pero es que, por esto mismo, la tendencia a una separación
entre continuidad ilimitada y el bache construido por nosotros, empezó
a hacerse probable. Si será o no será; cuando y como, está en
nuestras manos. Ya desafiamos el poder del universo; no vaya a ser
que se desentienda de nosotros; porque entonces, simplemente, ya no
vamos más.

Los vi venir, justo en el momento en que cruzaban el parque. Yo ya


sabía que me buscaban. Me había preparado para cuando esto
ocurriera. Es decir, había comprado un hechizo, a la señora Romelia,
a la que llamaban “La Barragana”. El apodo le sentaba bien. Su tienda
se constituyó en lupanar. Desde las seis de la tarde, hasta las tres de
la mañana del día siguiente; sin descansar. No sé por qué, cada vez
que paso enfrente de ese local, me acuerdo de la canción “Trece
años”, de Wilfrido Vargas. Lo cierto es que Romelia ofrecía un surtido
35

variado, en edad, tamaño, color, nalgas, tetas y rostros. Estaba tan


bien posicionada, que hasta les fiaba a sus habituales visitantes. Eso
nunca lo había visto ni escuchado, polvos a crédito y sin codeudor.

A decir verdad, con todo lo torcido que he sido, soy y seré; nunca
había requerido este tipo de servicio. Un poco, porque mi hembrita me
satisface a cada rato. Otro poco, porque cuido mi imagen de “pelao de
bien, sin fisuras, leal”.

Me embarqué en el cuento del fleteo hace ya tres años. A veces me va


bien; otras no tanto. Pero, en fin, de cuentas, la vieja, el viejo, mi
hembrita y yo, vivimos de esa rentica. Mi herramienta de trabajo es un
mataganado hermoso, brilloso. Claro está que, a veces me ha tocado
lidiar con personajes cuentahabientes demasiado brincones. Inclusive
que han tratado de rebelarse. A dos (un hombre y una mujer) los tuve
que mandar al otro lado. En el primero sentí un poco de miedo. Pero
ya en el segundo viajado, con una mona muy jovencita, fue menos
traumático. La ventaja mía es que cuando es necesario mato y mato
bien, sin ninguna posibilidad de vivir para contarlo.

Me gustan varios sitios y los frecuento; porque resulta trabajito.


Hombres y mujeres que van a retirar fuertes sumos. Yo los analizo y
las analizo antes. Leo en sus rostros la ansiedad y el temor. Esto los
lleva y las lleva a cometer errores básicos. Cuando salen del cajero, yo
calculo el monto. Bien sea en el bolso o en el bolsillo. Algunas y
algunos llevan taleguitas o bolsas de plástico. Los sigo y las sigo con
la mirada. Espero que avances treinta o cuarenta metros. Y ¡zas ¡les
caigo.

Claro que, en veces, se daña el mandado. Aparecen algunos agentes


de policía; o esos guachimanes de la privada. Otras veces, les hacen
acompañamiento otras personas. Y así es más difícil. Esto a pesar de
que en cada acecho me la juego toda. Si me detienen o me hieren, o
me matan; qué más da.

Ahí vienen…, son unos manes a los cuales les quité uno de sus sitios.
Me identificaron. Cuando están a menos de diez metros, saco el
36

hechizo…y nada. Esa vieja hijueputa me vendió lo más malo que


encontró. Lástima que ya no le podré reclamar, porque…Llegaron y
me descargaron los dos tambores. Caí al piso como cedazo. Recordé,
en ese momento:” …no me pregunte la gente quienes me han herido;
no soy delator. Déjenme no más que muera. Los hombres estamos
para ser hombres, no batidores” …Y ya. Lo último que vi fue el local de
la puta de Romelia, quien me miraba riéndose desde la puerta.

Aldemar Loaiza Casilimas, llegó a Puerto Iris. Cansado. Había


transitado muchos caminos. Todos demasiado tortuosos. Incluso, tuvo
que pasar por Puerto Abuchaibe. Lugar remoto ese. Tanto que, para
llegar a la periferia, desde Puerto Maduro hay que recorrer70000
kilómetros. Y, Puerto Maduro a su vez, está a 8000 kilómetros de
Puerto Bermejal. Y, para llegar a Puerto Bermejal, desde Puerto
Azucena, hay que recorrer 9000 kilómetros. Y este último está a 16
horas de Puerto Santísimo. Llegar hasta ahí, requiere caminar 1200
kilómetros, por pura trocha. Y, desde Puerto Barracuda hasta Puerto
Azucena, hay 2000 kilómetros. Puerto Iris está más allá de Puerto
Abuchaibe, casi 2200 kilómetros.

Lo cierto es que llegó, el viejo Aldemar. Transido de hambre. Lo


esperaba en la plaza del pueblo, Adonías Bermejo. Este había llegado
hacía ya treinta años. Dicen que llegó en paracaídas, lanzado desde
un avión de la Fuerza Aérea Agustiniana. Lo lanzaron en la noche de
un jueves santo. Al tocar piso, por esa vaina de ser la primera vez, se
rompió el tobillo del pie izquierdo. Como pudo, se arrastró hasta el
Comando Miguel Farías. Este Farías, también llegó en paracaídas.
Pero no tuvo la fortuna de Adonías. Cayó en la Laguna de la Bizca. Allí
se hundió, enredado en el paracaídas y se ahogó. Lo consideran, por
eso, héroe nacional. Y llegando, Bermejo, el de guardia le gritó: ¡santo
y seña! Adonías que iba a saber de eso. Dos tiros le pegaron el
soldado Manzano. Uno en el otro tobillo y el otro le destrozó la oreja
izquierda.

Y, como son las cosas. Resulta que Aldemar conoció, en el pasado, a


un teniente de nombre Abigail Manzano Fonseca. Que resultó ser el
37

abuelo del soldado de guardia. Por esas cosas de la vida, Aldemar y


Bermejo, estuvieron juntos en la Batalla de La Salada. Un pueblito a
orillas del río llamado Miserable. Allí combatieron a los dirigidos por
Marcio Matacandelas, guerrillero de vieja guardia. Este Marcio se
había hecho capitán, ungido por Romualdo Gualdrón. Este estuvo en
la Batalla de San Benito Abad, pueblito localizado en la ribera norte del
río Espantapájaros. Allí recibió de Jacinto Paz, a su vez guerrillero
desde que tenía diez años, el mandato de acabar con el Batallón
Santa Brígida. Tenebroso, por cierto. Estaba al mando el Coronel
Abundio Armendáriz Alonso. Dicen la leyenda que este Coronel había
mandado a fusilar a doscientos niños y trescientas niñas. Todos y
todas hijos e hijas de los cien guerrilleros que atacaron al Comando
Ezequiel Perdomo, situado en las afueras de Guayaran, municipio
adscrito al departamento Norte, que abarca todo el sur de la
circunscripción Occidente.

Volviendo con lo de Aldemar y Adonías, se abrazaron calurosamente.


Caminaron hasta la casa de Bermejo. Allí, el viejo Aldemar, saludó a
Paulina Natividad, esposa de Adonías.

Sucedió una cosa muy rara. Al otro día, ni casa, ni Adonías, ni Paulina,
ni Aldemar. Lo que dicen es que se los y se la tragó la tierra con todo y
casa. Desde ese día todos y todas se vieron obligados a conocer el
santo y seña. El cual, por disposición militar de alto rango, cambiaba
cada tres horas.

…Y yo ahí. Susurrando el nombre de la Nana. Para ver si venía en mí


rescate. Porque ya no soportaba tantas palabras. Tantas ideas. Era
necesaria una pausa. Y la añoré. Pero no aparecía.

Cuando la vi partir, sentí eso que las abuelas llaman guayabo (pero
diferente al guayabo producido después de una rasca). Este es algo
así como cuando uno siente que el piso se abre, para propiciar el
hundimiento físico, a más de que el alma se dispara hacia otra galaxia.
Y, el problema para alguien como yo, es que soy ateo. Y, por lo tanto,
creo que no tengo alma.
38

Eso de ser ateo tiene sus más y sus menos. Yo empecé a no creer en
dios, cuando conocí a Misael Pavallón. Tipo interesante ese. Lo
primero que hizo para convencerme, fue mostrarme una foto tomada
al Santo Padre, treinta años atrás. En ella se ve Teófilo V, desnudo
bailando con una joven que por vestido tenía una tanga.

Cierto es que me conmovió la escena. Porque yo estaba


acostumbrado a rezar los mil jesuses, el día de la Santa Cruz.
Además, asistía con devoción al rosario de aurora, que se realizaba el
primer sábado de cada mes... Cierto es, también, que metía en el
fogón, atizado por carbón de leña; para erradicar mis pecados. Que,
por cierto, eran bastantes: deseaba la mujer del prójimo representada
en Inés Elvira, una mujer con un cuerpazo que no puede pasar
desapercibido. Siendo el problema, que está casada con Belisario
Guacaneme, un boyacense especializado en voliar machete a lo loco,
cuando se emborracha. Cosa que, en él, es casi a diario. El no robarás
es puro cuento, para mí. Porque me acostumbré a viajar en
Transmilenio y meter la mano en los bolsillos de los hombres y en el
pecho de las mujeres. Me ha ido bien, gracias al cielo. El no matarás
no me convence. Mucho menos desde el día en que maté Fermín
Casagua, porque le tocó las nalgas a Teresita, mi mujer todavía para
ese tiempo. Lo de no jurar el santo nombre, en vano me parece una
pichurria. Cada vez que me bajo del Transmilenio, después de
trabajar, digo “Pa mi dios que no lo vuelvo a hacer”.

En fin, que, a ese man de Misael, no le costó mucho trabajo


convencerme. Como quiera que ya yo tenía predisposición a ser ateo.
Por lo menos ya iba en la mitad del proceso.

Y el guayabo desapareció a los nueve días, cuando le declaré mi amor


a Juvenal Patagrande. Es hermoso y no está comprometido. Se hace
llamar Isabela; según él en nombre de su primer amante. Al que
mataron un día después de haber jurado juntos (as) amor para rato.

“…No tuvo tiempo de montar en su caballo, pistola en mano se le


echaron a montón. Me llamo Juan les gritaba y soy muy macho,
cuando una bala atravesó su corazón…”
39

Esa es la canción que más me gusta, de Miguel Aceves Mejía. La


tatareo a cada rato.

Sigo trabajando en el mismo taller. No es mucho el salario; pero que le


voy hacer. Con la misma novia, estaba hasta hace quince días. Con
ella, iba al cine todos los domingos. La besé, por primera vez, un
domingo apenas el operador apagó las luces. Claro que ella, Isolda
Dosquebradas, estaba estudiando en el único colegio del pueblo. Por
cierto, con un nombre muy peculiar: “Alegría de Aprender”. También
es cierto que cursa ´décimo grado. Un poco tarde llegó, ya que tiene
24 años. La otra vez tuvo una dificultad con algunos padres y madres
de familia. Siendo el colegio mixto, sucedió que Isolda se enamoró de
Apolinar Suescun. No lo voy a negar, pero ese pelao de catorce
añitos, es bello.

Cualquier domingo, retomando el hilo, estando en la iglesia “Divina


Providencia”, un hombre encapuchado, le disparó a Isolda. Cayó
muerta al instante.

Desde ese día estoy muy solo. En el taller no he rendido lo suficiente.


Tanto que su administrador, Valeriano Arracacha, me ha preavisado.
De otra parte, lo que coloquialmente, llaman “malas lenguas”, en el
pueblo no se cansan de repetirme el mismo cuento: Isolda fue muerta
por Funerario Martínez; padre de Pandora Martínez, una adolescente
de catorce años. Todos y todas coinciden en explicar la muerte. Isolda
era amante de Pandora.

En mi oficio de vigilante, he asistido a un sinnúmero comportamientos.


Como aquel, ese día sábado 4 de febrero, cuando la señorita Sandra
Magola la del 304, torre B, bajó del Mercedes Benz. Casi no pudo
hacerlo. La pequeñita falda color naranja, parece que se le enredó. O
el tipo que la traía quería quitársela. Lo cierto es que la señorita
Sandra, me miró como suplicante, para que no le contara nada a su
padre Pantaleón. Tenía fama de bravero con las mujeres, incluyendo a
su hija. De seguro que haberle contado, le hubiera colocado el
cinturón de castidad. Dicen que el ejemplar que tiene data de cuatro
siglos. Fue, sucesivamente heredado. Supe que ese malparido ya lo
40

había utilizado. Una vez con quien fuera su novia, es decir Virgelina.
La segunda vez se lo colocó a la señora Angelópolis, durante tres
meses. Esto lo hizo, porque tuvo que viajar a la Ciudad Eterna, para
entrevistarse con el Papa Julián 34.

También me acuerdo del rollo con el señor Salatiel Molina. Habitaba la


307, torre Z. Resulta que lo pillé el 31 de enero besándose con
Françoise Mitterrand, el pelao del 401, torre 57. Lo conocen todos y
todas ellas y ellos: vale la pena recordar que en esta unidad
residencial viven aproximadamente, dos millones de personas. Al
menos esa cifra la dio el Dane, en el último censo, realizado en 2035.

Es menester contarles a ustedes lo que observé un jueves santo,


como a las ocho de la noche. Resulta y pasa, que la esposa de don
Jeremías Escalera, que habita con ella en el 5001, Torre AACC. Y yo
vi que doña Pavarotti entró por una de las ventanas de la torre ZXXI.
Concretamente en el 2004. Sacó lo que más pudo en dos viajes. A
dona Pavita, como le dicen aquí en unidad, la vacuné me entregó mil
USA dólares Claro que ella llevaba en ese maletín más de un millón.

O como la noche aquella del 31 de diciembre, del año pasado, cuando


don Belarmino Posada, el del 4378, torre XVCD, se le montó a la
ternera que tenía para celebrar a las 12 PM. Cuando él se percató de
que yo lo había visto; me ofreció una montadita en Virgelina así la
llamaba don Belarmino). Yo lo hice. Pero, desde ese mismo día no le
logré quitar a mi pantaloncillo ese color terracota. Dicen que Virgelina
tuvo dos hijos. Todos dos se parecen mucho a mí, en los ojos. Y, a
don Belarmino, le sacaron los cachos. Y dicen que esos cachos del
Belarmino, los obtuvo, lo que hace que Marcos Amazará llegó acá, a
la unidad residencial… y visitaba Pavarita, cuando el señor Belarmino
salía para su trabajo

Eso de andar por ahí, como vago; recorriendo las calles, tiene sus
ventajas. Una de ellas, tiene que ver con conocer hasta el último
recodo del barrio. A la vez, esta información me ha servido para
indicarles a los traquetos, que tienen azotado el barrio. Pero a mí no
me importa nada de eso. Lo mío llega hasta conseguir la yerbita.
41

¡Nada más! La cosa siguió así; hasta un domingo 2 de enero. Creo


recordar el año: 2040. Cuando llegaron los manes, como era de rutina.
Más de cien soldados y los 40 policías. Además de los vecinos y
vecinas inscritos en el cuadrante; estaban parapetados. Desde sus
sitios dispararon sin discriminación. No solo murieron las joyitas;
también algunas personas habitantes del barrio que llegaban de sus
trabajos.

Ahora bien, en este momento me están sacando un ojo con un


alambre. Es que fui acusado de soplón. Yo lo estoy negando. Igual da,
si me matan ya sé que Josefina y mis dos hijos, podrán sobrevivir.
Tienen la reservita que les dejé. Una venta a domicilio desde el
azuquitar hermoso; hasta el bazuco. Este lo reservamos para la plebe
viciosa.

Y, cómo son las cosas, estoy aquí desde hace cerca de veinte años.
He permanecido como estatua. Con la dificultad que eso produce.
Cagado, llena mi cabeza de estiércol de paloma. Siendo así; nunca he
sabido porque las llaman refertes de la paz.

Cada minuto, trato de bajarme. Pero el esfuerzo es inútil. Por cierto,


hoy 14 de enero, las otras estatuas que me acompañan, me dieron un
regalito. Consiste en dos barras de jabón rey (blanco azul, como decía
mi madre) Estoy distanciado de mi familia. No los veo ni las veo,
desde hace cuarenta años. Fueron trasladadas y trasladadas sus
estatuas al Jardín Botánico. Debió haber sido por buen
comportamiento. Les cuento, de paso, que tenemos autorización por
parte del Gran Jefe Otilio Uribe Pastrana Samper. No le tomo el pelo a
nadie. Así se ha autodenominado el Gran Jefe; para orinar y cagar a
las 9: p.m, cada día.

Cuentan que, a partir del día en que fuimos remplazados y


remplazadas, por estatuas; cada día, se celebra una especie de acto
simbólico, con el cual se recuerda el día en que se dictó por decreto la
paz en este territorio. Por fin habían encontrado el remedio, por la vía
de la lobotomía. Inmediatamente terminó la ceremonia, orinamos y
cagamos al unísono.
42

Me sonó la propuesta de doña Alquería, mi vecina. Es muy simple. Se


trata de asesinar a su esposo Leopoldo Gracia Vallejo. Ella me
seleccionó, después haber analizado a cincuenta candidatos, entre
hombres y mujeres. Es de resaltar que el número de mujeres
candidatas superaba al de los hombres. Concretamente una
proporción de cuatro a dos. Por lo menos en este procedimiento, doña
Alquería Bohórquez, cumplió con la Ley de Cuotas, aprobada desde
hace cerca de 100 años, pero nunca ha sido reglamentada.

El hombre al cual debía asesinar, conoció a Alquería, un domingo,


mientras ella jugaba tejo y bebía cerveza, en un local próximo a la
Embajada de Italia en Colombia. Preciso, en ese mismo domingo,
Berlusconi atendía una rueda de prensa. Que, a su vez había sido
citada a raíz de una acusación en su contra, por varias mujeres
niñas, en términos de asedio sexual. Y, resulta, que lo que pasó, fue
en una fiestecita convocada por el mismo sujeto acusado. Pero,
también es de tener en consideración, el hecho siguiente: Mermelada
Martínez, conoció al obispo Mardoqueo González oriundo de ciudad
Inmaculada, capital del reino que vio nacer a san Raimundo. Pero, a la
vez, Raimundo, fundó la ciudad que vio crecer a Berlusconi. Lo cierto
es que Aurelia Jacinta Balbuena Meneses, conoció a Benjamín
Miranda, primo de la vecina de Emperatriz Aldana. Quien, a su vez,
vivió, en San Isidro Labrador, ciudad no muy lejana de ciudad
Altagracia, capital de Alsacia Tercera.

Pues bien, esta última le había concertado una cita a Mermelada, con
el yerno del poderoso dueño de las comunicaciones en el país del cual
era primer ministro-presidente-jefe. Isaías, así se llama, tenía la
posibilidad de contactar al tío de Emperatriz, de nombre Ezequiel
Peñarredonda; para que le dijera al oído, al suegro, algunas palabras
relacionadas con la importancia de contactar a Enrique Vellosa,
plenipotenciario, nombrado por Cartujo Santos Gaviria. Hacerlo, le
decía Ezequiel a Enrique, es muy importante dada la posición
estratégica que Cartujo tiene sobre el espectro electromagnético en
casi 600 de ciudades en el continente.
43

La cita se realizó en la Iglesia Divino Salvador, basílica del bello


Puerto Lérida, una ciudad muy pequeña, pero suplía con creses su
tamaño, con la enorme oferta de muchachos y muchachas, dispuestos
y dispuestas a lo que sea.

Finalmente, la entrevista se realizó. Y Berlusconi fue presentado ante


Mermelada. Ya, cuando esto se dio, Emperatriz y Mermelada eran
nombradas plenipotenciarias en reemplazo de Enrique Vellosa, quien
había caído en desgracia con Cartujo.

Yo cumplí con el encargo. El esposo de Alquería, don Leopoldo, fue


encontrado muerto en uno de predios cercanos a Villa Mercedes. Intuí
que el asesinato fue ordenado por Enrique Vellosa. El motivo nunca lo
conocí.

Estoy, aquí en Villa Lorenzo, disfrutando el millón de libras esterlinas


que recibí como pago.

Era tal y como me lo habían descrito; esa tarde calurosa de agosto. Lo


vi entrar. Me miró de soslayo. Como miramos los sicarios.
Pretendiendo pasar desapercibidos

Yo entré al negocio, desde que tenía catorce años. El comienzo no fue


fácil. Por lo mismo que no tenía experiencia. Ya después me adapté y
me constituí en pieza clave al momento de decidir quién iba primero y
quien después de la lista que había elaborado el negro Federico
Avendaño. Este negro había trabajado varios años como informante
del Departamento de Inteligencia Absoluta que está asignado,
directamente al Súper Poder que ejerce, desde hace ya ochenta años,
Sinforoso el Magno.

¡Perdón!, por haber abandonado el hilo conductor de mí relato. Iba en


la mirada de los sicarios . Sin embargo, no resisto la tentación de
volver a la descripción de la profesión que ejercía Federico
Avendaño. Y, digo en pretérito. Porque, justo ayer, se suicidó
ahogándose en el jacuzzi, instalado en el apartamento de Hortensia,
su novia de toda la vida.
44

Libro décimo

Cuando niño, el negrito, dio muestras de su talento. Jugando al fútbol,


por ejemplo, siempre tuvo la distinción de capitán. Además, siempre,
lo invitaban a las reuniones que convocaba el comandante de policía;
para instar a los vecinos y vecinas a que se hicieran socios del
cuadrante décimo quinto en el pequeño barrio, llamado coloquialmente
El Bosque Amarillo en recuerdo de Benjamin Pateamarillo, fundador
ayer hizo trescientos años.

Corriendo el tiempo. Su familia alzó vuelo trasladó hacia el barrio El


Reventón. Dicen que allí yacen los huesos de San Helidoro; patrono
de toda la provincia.

El negro Avendaño, se quedó en barrio. Vivió sólo en la casona de


doce cuartos y tres baños. Se me olvidó acotar que, la familia la
constituían dieciocho personas: mamá y papá y dieciséis retoños. Eran
ocho mujeres y ocho hombres. Lo llamativo es que eran cuatro parejas
de gemelos y gemelas. O sea que fueron solo ocho embarazos. El
padre de tres parejas de gemelas y tres parejas de gemelos era un
señor que vino a trabajar con el Ferrocarril Nacional que cubría todo el
país. Reconoció a sus hijas. Cada viernes primero de cada mes,
llegaba un sobre dirigido a la madre. Con esos centavos se
mantenían. Pero también, es cierto que nunca les dio el apellido.

Ahora bien, tres de las parejas gemelas de los varones, eran hijos de
Ponciano Reinoso. Este si se dio el ancho. Es decir ¡qué hijos ni que
nada! Apolinar Avendaño, padre de Federico, se supone hijo de
Apolinar. La casona era una heredad de Ernestina, madre de todos y
de todas

Cuando quedó solo, Federico, se vinculó a la banda que se hizo llamar


“Los Angelitos Tiernos”. Planeaban y ejecutaban ellos mismos, sin
intermediarios. De allí saltó a guardaespaldas de Trinidad Asprilla,
madre del Súper Poderoso Sinforoso El Magno Angarita. Dicen que,
45

en el hogar de Trinidad, o sea de Trinidad y Jeremías, sucedió lo


mismo que el hogar de Federico.

De ser guardaespaldas, pasó a ser coordinador del grupo (había


setecientos) que actuaba en la región oriental del país. Desde allí fue
promovido al cargo que tenía hasta ayer.

Lo cierto es que, en mi caso, me mató mi colega; por orden de


Federico. Nunca supe porqué

Iván José Balboa Sarmiento se levantó esa mañana, lejana en el


tiempo ya. Había pasado la noche en vela. No podía olvidar su ruptura
con Berenice. Cada que cerraba los ojos la veía tal y como estaba
vestida. Con esa falda ancha multicolor. Los zapatos con la
amarradera hacia atrás. Y la blusa que dejaba ver sus hombros
tatuados con figuras diversas, pero que armonizaban en su conjunto;
realzando esa piel morena. Siempre me decía a mí mismo que ese
color era su patrimonio inembargable.

Desde niña, con apenas cuatro años, Berenice impactaba a los


vecinos y vecinas. Tanto así que no permitían que sus hijos e hijas
jugaran con ella. Berenice tenía un escenario lúdico en su cabeza.
Tanto juego conocía. Podía jugar uno distinto cada día. Pero, más que
eso, impactaba por su capacidad para reflexionar en torno a los
hechos cotidianos. Como esos centrados en el quehacer femenino.
Ya, a esa edad, podía explicar con muy buena fundamentación,
porque las mujeres sangraban cada veintiocho o veintinueve días.
Además, conocía como y por donde nacían los niños y las niñas y su
causa. Es decir, algo así como entender porque les crece barriga a las
madres. Y sabía, además, porque debe haber previamente una
relación entre las mujeres y los hombres.

Y, todo esto, lo había aprendido teóricamente en los tres tomos de


enciclopedia que había e n casa. Pero, también y en físico lo supo
deducir, cuando papá y mamá, jadeaban cada noche, mientras él y
ella suponían que ella estaba dormida. Y es que no le gustaba dormir
sola, porque en sus sueños aparecían visiones. Como esas en que
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una señora y un señor eran desalojados del territorio en que vivían,


por una mano resplandeciente. Si bien no podía ver el rostro, dueño
de esa mano.; si podía intuir que estaba muy enojado. Y les decía “Ya
que preñaste y que fuiste preñada, sin mi consentimiento. De ahora en
adelante tendrán que buscar otro sitio para vivir.” La desnudez de él y
de ella no era tanto porque el designio de ese ser dueño de la mano.
Más bien, mucho más creíble es que, en ese momento de la
expulsión, estaban bañándose en uno de los ríos de la región y la
mano no les dio tiempo para vestirse.”

Cuando Berenice le comentó a su maestra en el colegio; María


Cartuja, convocó a papá y mamá. Lo que más le preocupaba a la
maestra, fue el hecho de que la niña lo había expresado delante los
otros niños y las niñas.

Desde ese día, no pudo jugar colectivamente. A pesar de que la ponía


muy triste. Pero hasta, cierto punto, le gustaba que las cosas hubieran
salido así. La soledad era para ella una amiga inseparable.

Pero, volviendo al cuento de mi separación con respecto a Berenice;


puedo decir que el hecho de levantarme ese día, significó para mí un
esfuerzo tan grande que inmediatamente lo hice, sentí un cansancio
igual...y volví a acostarme. Me quedé dormido, tanto tiempo que, al
despertar otra vez, encontré a Berenice sentada en la cama. Había
envejecido tanto que la reconocí, solo por sus hombros tatuados y por
la cicatriz que tenía, producto de la quemadura que le infringió su
padre, cuando la encontró recitando los versos de Porfirio Barba
Jacob, de Miguel Hernández y Pablo Neruda. Justo, en ese momento,
recitaba el Canto General. Eso había sucedido setenta años tras: Lo
reafirmo, porque recuerdo ese día, veintiocho de octubre del año en
que aprendí a escribir. Lo corroboré, cuando me acordé que había
dejado mi nave, en la cual le di la vuelta a la Tierra. Y ya habían
transcurrido siete años desde que estuve en Marte, haciendo una
diligencia de la familia.

No le hablé, ni me habló... Simplemente sentí el dolor en el bajo


vientre, cuando Berenice hundió hasta la empuñadura, el cuchillo con
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el que, también, había matado a su padre, al día siguiente en que se


produjo el castigo.

Si me preguntaran hoy, porque regresé. Diría que no lo sé.


Simplemente, así escueto; sin palabras mentirosas acerca de lo bien
que estuve hace ya cuarenta años. Cuando exhibía una risa a cada
momento. Pretendiendo ilusionarme a mí mismo. Como cuando lo hice
a tres años de mi nacimiento. Recuerdo que, en ese entonces, ya
tenía mi tránsito definido. Por escenarios de vida y que iba a repetir
cada año. Si mal no recuerdo, la repetición, del año tercero, fue la
misma del año quinto. Y la del año segundo fue igual a la del año
sexto. Como pueden evidenciar la cotejación aritmética hablaba de
una diferencia que inició en el tercer periodo hasta el quinto. Pero que,
si contamos desde el año dos hasta el sexto. Me preocupó más, el
saber que, el primer año y el séptimo, no estuvieron en el inventario de
vida que hice cuando cumplí el veinteavo año.

Ahora que estoy en el año cincuenta y tres, contados a partir del año
trece. Son, entonces, unos vericuetos no esperados. Mucho menos
entendidos y/o interpretados. Lo cierto es lo siguiente: he sido un
sedentario que anhelaba visitar varios sitios a la vez. Como queriendo
ser nómada continuo. Una posición estática que reñía con la ambición
de asumir la velocidad y la aceleración. Y no simple fórmula; como
quien empieza discernir una prueba de conocimientos. Una prueba
parecida a la ruleta rusa. Porque, en esos cuarenta años que viví con
ése tósigo, día a día quería que fuera otro día y no ese. Algo parecido
lo que le sucedió a Aristarco Paz Prisco, ese día en que cumplió
noventa y dos años. Es decir, los mismos que el viejo Peralta
Suescun. Si bien es cierto que ambos establecieron relación conmigo.
No es menos cierto que nunca se conocieron.

Al cumplir ochenta y cinco años: recordé los días vividos con Lucía
Andrea Peralta, como si hubiese sido ayer. Por cierto, Lucía Andrea
siempre me manifestó su desilusión y su desaliento por llevar solo el
apellido de su padre. Ya que su madre no la reconoció como hija suya.
Dicen que la dejó en la habitación sola y con una nota: “creo que esta
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niña no es mía, sino de la amante de su padre. No sé por qué y


cuándo quedé embarazada. Tal vez fue el día que estuve donde
Aristarco. ¡Sí, ese mismo que ya completó quince hijos de madres
desconocidas! ¡”

Decía, lo de haber vivido con Lucía Andrea. Cuando la conocí, todavía


no cumplía los setenta años. Estaba entre sesenta y siete y los
sesenta y ocho. Más joven que yo, si era. Cuando la embaracé,
prefirió el silencio cómplice consigo misma.

Ese día, el de mi aniversario ochenta y cinco, encontré a la niña en su


cuarto. Con una nota similar a la de madre de Lucía Andrea, cuando
postuló a Aristarco como beneficiario del embarazo; ya que seguía sin
entender la dinámica de la genética. Mucho menos entendió el hecho
de haber sido amante, desde los diecisiete años, de una gran cantidad
de hombres. Por eso, cuando estuvo con Aristarco, se hizo la
promesa, en el sentido de no volver a repetir los años que había
vivido. Prefería endosar a su hija a Aristarco por haber sido su último
amante, después de haber tenido el penúltimo, La cuenta acerca del
número de amantes que cruzaron por su camino, era un secreto. Algo
así como una sumatoria no compartida.

Y, entonces ese día de aniversario, comprendí que no tengo mucho


que contar. Lo de Lucía Andrea, ha sido mi cuento preferido y único
desde que la conocí. O, tal vez, hubo otro hecho relevante: sucedió
justo el día en que cumplí sesenta y cinco años. Algo así como el
haber encontrado a mi padre. Ese día supe que mi madre no me dio el
apellido. Simplemente porque no se acordó de los amantes. Fue una
madre anónima. Algo a parecido a lo que sucedió con la madre
anónima de Lucía Andrea.

Lo que voy a contar, seguro que no lo creerán. Ni siquiera el 0.001 por


ciento. ¡Pero, en fin, lo cuento ¡a sabiendas de que seré leído, al
menos por ese 0.001 por ciento. Al fin y al cabo, según mis cálculos,
sobrepasa el límite mínimo establecido.
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Resulta y pasa, en términos de lo probable, que antes de asumir la


decisión de contar lo que no ha sido contado, contaré lo que tampoco
ha sido contado.

Se trata, pues, de establecer la diferencia entre lo que no ha sido


contado y lo que tampoco se puede contar sin el permiso de la
persona que sufrió y vivió la aventura primera y la segunda. Algo así
como retomar el hilo conductor de lo que Prometeo juro hacer y pago
caro por eso. Es decir, volviendo al cuento de lo que he anhelado
contar desde muy niño, más o menos parecido Cuando Elvira
Quintana escribió y publicó, su “Alegría de Leer”.

La pista es más o menos así: por E y B, se puede escribir “El Enano


Bebe”. Lo que pasa es que el enano de la cartilla tenía problemas de
alcoholismo y por esto bebió tantas veces como unidades publicadas
de “Alegría de Leer”. En Medellín, por ejemplo, se publicaron más o
menos siete mil unidades. Y parece que el doble se publicó en Bogotá.
Alguien cuenta, además que en lo que se ha dado en llamar “Viejo
Caldas”; es decir antes de la partición en tres (Quindío, Risaralda y
Caldas propiamente dicho); se publicaros trescientas veinticuatro.

Un amigo mío me contó que, el Departamento Nacional de Estadística


(que de paso asevero que no se llamaba así, en ese tiempo), midió el
nivel de analfabetismo, a partir de contar la cantidad de cartillas
publicadas y vendidas. Entonces, en Medellín, había más personas
que sabían leer, que en el Viejo Caldas. Pero lo que pasa es, que una
cosa es saber leer y otra saber escribir. Además, que otra cosa es
saber escribir. En mi ciudad aprendieron tantas personas a escribir y
leer tan rápido; porque se trataba de aprender y unir las letras S I C A
R I O.

Pues resulta que los que saben leer y escribir al mismo tiempo, es
más o menos un porcentaje cercano al porcentaje que sabe leer y
escribir en la Patagonia. Claro que ya, La Patagonia, se escribía
Malvinas. Es decir que ya los ingleses habían hecho suyo ese territorio
argentino. Pero, al menos por ahora, no me meto con decisiones
políticas y, mucho menos con avasallamientos militares. Porque, de
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ser así, tendría que reescribir lo sucedido en medio mundo y un


cuarto.

…Pero, perdón si los interrumpo, vuelvo a eso que quería contar


desde el principio. Es decir, lo que nunca va a ser contado, por
decisión de alguien que lo supo contar y que ahora maneja las
verdades relacionadas con lo que sí se pudo contar, primero hasta la
medianoche del día veintinueve de febrero de los bisiestos. Nada más
sencillo de entender. Es, más o menos, lo mismo que le sucedió a
nuestra Policarpa que, siendo mujer, impuso condiciones en torno a lo
relevante en la lucha independista. Pero, ya está claro, que no le
creyeron por ser mujer. O, al menos minizaron, su valentía. Es, más o
menos guardada las proporciones, lo que sucedió con Manuelita, la
amante libertaria. Es decir, que don Simón Bolívar, se adueñó de su
cuerpo, pero no de su alma; si por alma entendemos la ternura y la
capacidad par disentir.

Pero, volviendo al cuento de lo que decía primero. Es decir, contar lo


que no se puede contar, me puse en la tarea de redefinir la diferencia
entre lo que no se cuenta y lo que no se puede contar. Más preciso: es
aquello que tenemos en la memoria, pero que no se nos está dado de
recordar. Lo más grave es aprender que el oficio de taxidermista, tiene
algo que ver con la reducción, a la fuerza, de las cabezas. Y, como en
la cabeza están los esos. Y como los sesos son el cerebro; en
conclusión, son reducidores de cerebros. Eso, de por sí, ya es muy
grave. Porque sesos reducidos son similares a la lobotomía. Y, tal
parece, según me lo dijo un día Aureliano Casiano, casi la mitad de los
que habitamos este mundo, tienen o tenemos la cabeza reducida. Me
incluyo yo, ya que parece que estoy aturdido de no saber pensar.
Mucho más grave, de tener un vago recuerdo de la libertad. Pero,
como en estricto, la libertad es etérea para muchos y muchas. Solo es
válida para los que reducen cabezas. Teniendo en cuenta la
advertencia de que los reducidores de cabezas son cerca del cero
punto. Cero, cero, cero uno.
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Bueno, ya es hora de decidir si puedo o no contar lo que iba a contar.


Es, más o menos volver a repasar paso a paso, si lo que queda en mi
memoria es un porcentaje que vale la pena contar. A decir verdad,
creo que si yo estoy cansado de decir que voy a contar lo que quien
sabe si puedo contar; como estarán de cansados y cansadas ustedes.

Bueno, es lo siguiente: voy a ser papá. Reflexioné tanto antes de


decirlo, porque la madre del niño o la niña que será mi hijo o mi hija,
es la mismísima Virgen de Fátima. La conocí en mi último viaje a
Portugal, pasando por el Vaticano. Es decir, después de Pablo y Juan
Pablo y Benedicto. Obviamente, si cuento a muchas personas lo que
debe ser sabido, tal vez no llegue a ser el papá más feliz del mundo;
por el hecho de ser papá de un santo o de una santa. Vale la pena
enfatizar en que ni soy santo ni quiero serlo, pero si sería muy feliz
saber que cuando nazca la criatura, se parezca o bien a su madre,
siendo niña; o bien al sagrado corazón, siendo niño.

Bueno, por lo menos, ya pude contar lo que tenía pensado contar


desde hace mucho rato. Lo que sigue ahora es esperar y hacer fuerza
para que Fátima no embargue mi pensión, por alimentos. Al menos
ese trato hicimos, antes de ir a la cama. Más bien diría antes de ir al
yesquero. Queda claro que, una vez conté lo que tenía que contar, me
pusieron por chapa el apodo de “El Viejo del Soliloquio”. Y, a decir
verdad, no me enojo por ese término, ya que uno dormido habla más
de lo necesario. Claro que, y eso sí es verdad, mi abuela paterna
llamaba a esto “hablar mierda”

Libro once
52

Por fin la encontré. La Nana estaba en Villa Gertrudis. No sé cómo


llegó allí. Habida cuenta de la distancia tan enorme, con respecto al
caserío que la albergó cuando estuvo abstraída. Preferiría el término
extraviada. Esto es como sentir que sus ojos y su mente al garete. Sin
poder hacer expresa, por mucho tiempo su capacidad para construir
un universo de propuestas y opciones de vida.

Lo único cierto es que apareció allí. Cuando me vio llegar frunció el


ceño. A manera de requerimiento. Como si tuviera la certeza de mi
extrañamiento. De mi reproche al hecho de haberme dejado solo,
cuando más necesitaba de ella. Algo así como que la Nana estuviera
enterada de mi sufrimiento al proclamar la cantidad de palabras que
vertí. Aquí y allá. Con un sinnúmero de entelequias. De falsas
expresiones a manera de ideario. Cantidad de asociaciones, en veces
etéreas. Otras veces con lugares comunes ya hablados y entendidos
por alguien. O por muchas personas. Cuando lo mío había sido, hasta
que la perdí, un discurso centrado en las directrices dadas por ella, por
su mirada. Como si recordara que su condición de guía espiritual, me
había dado la oportunidad de hacer regresión; buscando mis orígenes.
Y que, cuando ya empezaba a descorrer el velo de mi ignorancia, ella
partió a no supe dónde. Solo lo vine a saber, cuando ella me volvió a
hablar con sus ojos.

Me dijo, entonces, mirándome como solo ella puede hacerlo, lamento


que hayas caído en esa laguna conceptual. Fundamentalmente
porque, esa construcción de palabras, da cuenta de cuan enfermizo ha
sido todo lo tuyo. Una historia personal delimitada, rodeada por vacíos;
a manera de anillos negros. Muy parecidos a los que han estado
absorbiendo miles y miles de cuerpos de formaciones gaseosas.
Tantas cosas dichas de esa manera. Como si fueses loco en posición
perversa. Dando a conocer historias e invenciones inadecuadas. O,
por lo menos, ancladas en opciones de contar cuentos de manera
incoherente y, si se quiere, absurdos en su peor versión.

Cuando le solicité que me acompañara de nuevo; la Nana me miró,


diciéndome que estaba ya cansada, de tanto mirar hablando. Que
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había llegado a algo parecido al extravío. Como cuando alguien llega a


un punto en el cual no es posible avanzar. Como una derrota
anunciada.

Irreverente, como siempre ha sido, la Nana me hizo caer en cuenta de


los días perdidos. Cuando me acompañaban palabras y no miradas,
como las de ella. No furtivas. Más bien emparentado con la verdad. Y
me volvió a hablar. Habiendo retomado su posición de orientadora. Me
contó de su alto vuelo. Que estuvo con su padre en Getsemaní. Él
había regresado del viaje realizado al África. Buscó información acerca
de su entrañable cultura. Y que había encontrado mucha información.
Que, por ejemplo, durante mucho tiempo los negros reivindicaron su
condición de comedores de carne humana. Así lo expresaban, con
palabras y con rituales. Y así conseguían intimidar a los amos
españoles y blancos nacidos acá en nuestra América. Le contó,
también de las fugas organizadas; tejidas con su lenguaje en los
palenques. Que quienes eran atrapados recibían castigos infames. En
mucha ocasión, eran desmembrados. Y que, el grito de independencia
y su consolidación, después de la Batalla de Boyacá; no representaron
para ellos ningún alivio generalizado. Que, tanto Bolívar como
Santander, reivindicaron por mucho tempo el derecho a tener esclavos
negros. Lo que representaba, en realidad, una opción política, social y
cultural solo para los criollos. Y que había compuesto una expresión
con palabras reales; en honor a los miles de esclavos muertos. En una
opción tardía. De este tiempo. Pero generosa en palabras para
expresar lo que nos sucede hoy por hoy.

Y ella me la transmitió, como queriéndome decir que yo todavía no


había realizado algo digno en favor de los negros. Y, en general, de
los dominados. Y me la presentó así:
Si supieras
Los años de espera,
En este territorio inhóspito,
Tan lacerante, tan acompañado de satrapías,
54

Tan alejado de la esperanza,


Tan cercano a la ignominia
Si supieras que, aquí, he visto como se construye aquello que permite
romper las alas
Y, por lo mismo, hacer fenecer el vuelo
Si supieras que la imaginación fue forzada a no estar más con
nosotros y nosotras
La extirparon, casi desde el primer día. Los que vinieron y actuaron a
nombre de la razón
Si supieras que tipo de razón,
Mezquina. Como soporte de iconos de patria
En la cual se lapidó la libertad.
Razón asociada al poder. Razón que convoca a no sentir y a no vivir
por fuera de lo impuesto
Por sus detentadores
Si supieras que los niños y las niñas han sido conminados y
conminadas
A no soñar. Ya, de por sí, esto es como predefinir su rol. Ya de por si
esto es como robotizar
Sus vidas
Pero si superas que al conocerte supe que tenías
Lo que se necesita para no extinguirnos
Eso que creí que se había perdido
La alegría que, como expresión casi clandestina, has sabido mantener
Y que nos hace cómplices a quienes la percibimos como invitación a
no morir.
Ha decir verdad no creí que fuera tan expresivo el mensaje. Para mí
significaba un reto. Tenía razón la Nana, cuando me dijo lo que dijo.
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Que yo he estado viviendo con idearios prestados. Que no me hallaba


a mí mismo. Un itinerario forzado por esa tendencia tan mía a seguir
huellas, en vez de dejarlas. Y, como si estuviera empeñada en
notificarme. Como reproche a esas palabras tejidas por mí, mientras
ella no estuvo; siguió con las palabras de su padre,
transmitiéndomelas con su mirada.
Ahora que recuerdo, no he podido terminar aquel poema que empecé
a escribir el día en que nací.

Tal vez no tuve la voluntad requerida para realizarlo.

…O, tal vez, no encontré las palabras.

Lo cierto es que hoy, en mi caso, trato de recordar las causas.

Con ese horizonte como referente, regreso al pasado.

Y te veo a ti como intuición. Como sueño, asimilado a la vida.

En veces enseñándome a volar. Vertiendo tu imaginación y certezas,


sobre mis escenarios áridos.

Y te decía: al verte hoy, cerca de mí, infiero que no eres la misma.

Que no tienes la pasión por la vida. Aquella que prefiguré en mis


sueños.

Que no me percibes con la vehemencia de esos juegos nocturnos.

Tal vez, entonces, se corrobora una verdad que no he querido admitir.

Esa que habla de que mis imaginarios no son los tuyos. Y, por lo
mismo, me conduzco como sujeto atado. Que ya no vuela contigo.

. Y que se extingue en una batalla por recuperar su libertad,

Así, entonces, me dije ese día en que busqué las causas de mi


frustrado poema: no he podido realizar mi anhelo; porque no he podido
descifrar lo que pasó contigo.

Alguien enfatizó un día acerca de la necesidad de reinventar el mundo.


56

Porque, tal y como está hoy, la ausencia de ternura y de tenacidad; es


recurrente e inmensa.

Esta aseveración, supone el vuelo recortado de la imaginación.

Una posición de indiferencia. Negarse al reconocimiento de un


significante.

Mulata, Negra, Blanca.

. Siempre su poder ha sido silenciado.

No reconocido.

Siempre vulneradas, arrebatadas, hurtadas.

Reinventar el mundo, supone acceder al entendido de que son ellas


las dueñas de sí mismas.

Enfrentadas a los retos que nosotros los hombres ni siquiera


percibimos.

Lo conversado, tiene la certeza de todo lo tuyo.

Como aquellos momentos plenos.

En que retornábamos desde el Sol.

Después de verificar que nuestras vidas evocaban la ternura de los


niños y las niñas.

Y la vigencia mágica de los amantes.

Todo lo que nos hemos dicho, define nuestro territorio.

Incierto como la esperanza en estos días, en que la instauración de la


muerte se abre paso, lo mismo que la sumisión forzada; de todos y
todas que, como nosotros, amamos la libertad.

Lo que hemos vivido, define nuestras ansias.

Muy cerca de los hechos que originarán la desvertebración del poder


de los Césares.
57

Muy cerca de ese mañana de Sol enrojecido, coloreado por los


amantes de la vida.

Sin esquemas. Sin las ataduras de la obscurana que grafica a


nuestras vidas hoy.

Seguía como ensimismado. Con mi corto vuelo rasante. Le quise decir


a la Nana un montón de cosas. Pero no atinaba a nada. No me salían
las palabras, por mi mirada. Como si estuviese anclado en mi propia
incapacidad para actuar y/o para responder a esos mensajes. Lo más
tenaz para mí, imbuido como estaba de plena pereza mental y como
sujeto dependiente de la Nana, para balbucear algún argumento
lógico; tenía que ver con esa opción de vergonzante incapacidad para
entender la dinámica de los acontecimientos del día a día y para
acumular un inventario de conocimientos mínimo. Por lo mismo;
cuando Nana me habló con su mirada algo perteneciente al cuadro de
conocimientos de su padre; quedé plantado. Sin movilidad. Sin intentar
algún comentario.

Por fin logré hilvanar algo sensato. Le comuniqué a la niña mi


tendencia a no vivir más. Me sentía desvertebrado. En unos
escenarios pretéritos muy lejanos. Casi llegando al no recuerdo. O al
olvido, no lo sé. Y le dije, a continuación, que me consideraba un ser
con un tipo de enfermedad terminal, vinculada a la soledad y a la
dejación de la libertad. Que me sentía nómada sin capacidad para
descubrir territorios e idearios. Un punto en el cual sentía que no daba
más. En un universo más caótico que el real. Asignado a un presente
construido sin mi intervención. Precisamente por cuanto no me había
podido liberar de esa atadura que me condicionaba. Que me impedía
ser alguien con perspectivas de autonomía. Y le dije lo que había
venido rumiando desde hacía ya mucho tiempo. Tanto como entender
que reconocía verdades y reglamentaciones aceptadas
colectivamente. Pero que me reservaba el derecho a no compartirlas.
Precisamente porque me sentía sujeto tardío. Inmerso en vericuetos
conceptuales asociados a ese modo de ser tan mío. Sujeto envuelto
en angustias no superadas. Que, en fin, de cuentas de lo que se
58

trataba era de repensar lo dicho hasta ahora del derecho a vivir. Lo


mío es lo contrario. El derecho a no vivir

En estricto, la vida es un derecho fundamental. Así se entiende, desde


el punto de vista ético, moral y jurídico.

En este contexto, la inmensa mayoría de los Estados asumen este


derecho como norma constitucional. Inclusive, a nivel de los tratados
internacionales, se consideró un elemento básico. A partir de ahí, en
consecuencia, se establecen principios que rigen el quehacer
individual y colectivo. Se asume, a manera de ejemplo, el respeto a la
vida como principio básico e incuestionado.

Ahora bien, en lo que hace referencia a la precisión en torno a las


condiciones en las cuales se asume la vida; referido particularmente a
la expresión vida digna, es evidente que se introduce un elemento que
permite acceder a una connotación que conlleva a una figura cercana
a la contradicción entre el derecho a la vida y ese mismo derecho en
condiciones en las cuales un hombre o una mujer no pueden
disfrutarla a plenitud, por causas relacionadas con una determinada
patología.

Por esta vía, desembocamos a la confrontación entre quienes


reivindican el derecho a la vida, independientemente de las
condiciones que la soportan y quienes asumen que la vida en
condiciones de intenso dolor y sufrimiento en conexión con una
patología irreversible no tiene sentido.

Siendo, como es, la eutanasia un procedimiento médico que permite


clausurar la opción de vida; cuando esta se presenta en condiciones
que no transfieren sino dolor y sufrimiento a causa de una patología
irreversible. Se configura a partir de esta definición y esta práctica, una
confrontación cruzada por conceptos valores. De un lado los principios
éticos y jurídicos que reivindican la vida como un derecho inalienable.
De otro lado, esos mismos principios, aplicados por la vía de un
concepto y un procedimiento que define algo así como: la vida en
condiciones de intenso sufrimiento y dolor como consecuencia de una
59

patología irreversible, no se parece en nada al derecho fundamental


asociado a la vida en plenitud de condiciones. Quienes reivindican
este último concepto, por obvias razones, se oponen al concepto y al
procedimiento asociado, llamado distanasia; que no es otra cosa que
prolongar el sufrimiento de quienes padecen una patología dolorosa,
insufrible e irreversible.

Queda así, entonces, planteada una confrontación que convoca a


profundizar sobre los alcances que adquiere el derecho a la vida, su
significado y los límites que este puede tener, cundo se presentan
situaciones relacionadas con el dolor y el sufrimiento vinculados a una
patología irreversible. Así se lo hice saber a la Nana.

Benjamina llegó sin anunciarse. Como todo lo de ella. Herético. Sin


lugar a comentario alguno de la contraparte. Sería mejor decirlo de
otra manera: con o sin mi consentimiento. Entre otras cosas porque
ella, siempre me había endilgado mi condición de sujeto que existo sin
existir. Traía una sucesión de palabras, conocidas por ella a partir de
lo que había socializado con el Negro Iván. Y que daban cuenta de
episodios un tanto extraviados. En función de una mujer recordada por
Iván, como Mercedes la Divina.

Ya había dejado atrás el territorio de los videntes. Seres hechos de


fibra asimilada a aquellos trazos delineados por el conocimiento
acumulado; a través del tiempo. Soportado en una relación constante
entre ellos y los otros. En donde, estos últimos, ejercen como sujetos
dominados.

Lejana está aquella expresión primaria con la cual cada quien asumió
su comportamiento ante los retos propios de la supervivencia física y,
lo que es más importante aún, hacia la localización de aquellos
referentes básicos que le permitieron endosar “de manera voluntaria”
su interiorización, su pálpito, que ha sido interpretado como función de
espiritualidad. Fue el momento en el cual, se erigieron como
gendarmes y cuidadores de esa función, quienes lograron descifrar los
códigos que la rigen. En un escenario en el cual se hizo de la
decodificación un oficio heredado y, al mismo tiempo, transmitido.
60

Toda una construcción y unos rituales aprendidos. Quien recibía los


beneficios vinculados a ese ejercicio, lo hacía bajo el compromiso de
otorgar su individualidad, en el proceso. En la perspectiva de
demostrar su capacidad. No solo en lo que respecta al hecho de
descifrar, sino también en lo que hace alusión a su enriquecimiento
con nuevas creaciones derivadas del código originario.

No es una interpretación única. Porque los códigos son diversos.


Porque, el desenvolvimiento de la humanidad, supone, asimismo el
surgimiento y desarrollo de diferentes códigos. O, a decir verdad, un
único código con diferentes asimilaciones. Unas más lejanas, en el
tiempo, que otras. Unas más cargadas de contenidos y modificaciones
que otras. Es decir, una figura presentada como ícono y como
referente. Cada una, o cada suma de unas, más distante del origen.
Pero, como quiera que le debe a este su posibilidad de proponer y
conducir los imaginarios. Esos que permiten recrear los rituales. Como
ceremonias que convocan o que se imponen, según hayan sido o no
aceptadas por quienes han estado y estarán por fuera del núcleo que
interpreta y exhibe esas interpretaciones. Un oficio, en el cual los
usufructuarios directos del don que les permite descifrar, entender el
porqué del origen. El contenido recóndito, no visible, del soporte
teológico, filosófico y contextual. Surge, en consecuencia, la ortodoxia
y la necesaria vindicación de aquellos sujetos que se niegan a
entenderlo y aceptarlo. O, simplemente, a quien o quienes presentan
alternativas u opciones diferentes.

Una pugna que se extiende. Que se ha extendido a través de los


siglos, de milenios. Porque creer, interpretar y desarrollar los rituales y
su simbología, es lo mismo que entender que estos son antagónicos
de la ausencia, de su inexistencia. Es, entonces, una dicotomía que no
puede ser aceptada, so pena de perder los referentes. Que, en este
caso, se asimilan a la verdad y a la razón de ser; a la explicación y
justificación de la vida y de su sentido.

Los descifradores, se convierten en los portadores de la verdad. De la


revelación recibida de alguien superior. Más distante en el tiempo. O,
61

simplemente, aquel que lo ha creado. Que ha vertido en el universo la


razón de ser de las cosas y de los seres. Una especie de punto de
equilibrio que les está vedado conocerlo, en toda su magnitud, a sus
intérpretes. Y, con mayor razón aún, a quienes deben asimilar la
vocería de estos últimos.

Yo soy de los que no he entendido ni asimilado la doctrina. Inclusive,


creo ser de aquellos que están por fuera del entorno en el cual se
desenvuelven los rituales. Por fuera de los escenarios consagrados a
ese Ser lejano, Originario. Y, por esto mismo, de los imaginarios
ortodoxos o circunstanciales. Algo así como sujeto voluntariamente
desorientado; a manera de hereje constante que no reconoce esa
brújula. Que ha realizado su opción de vida en condiciones de soledad
espiritual. Entendido esto último como horizonte delineado por ese Ser
originario que orienta, perdona y/o castiga.

Siendo cualquier hora del día en que conocí a Mercedes, me


encuentro atado. Estoy en condiciones lamentables. Si así se le puede
llamar a esa expresión de vida que no cuenta a la hora de efectuar el
inventario de los hechos realizados, durante el tiempo en que estuve
percibiéndola. Como si, cada momento, hubiera estado y está, aún,
soportado en una visión y en una interpretación proclive a la
imposibilidad de asimilar las condiciones que yo mismo he delineado.
Es algo así como entender la dinámica de la vida a partir de andar
indagando por el sentido que tiene mi existencia. En un contexto, en el
cual no he hecho otra cosa que proponer un regreso a los escenarios
originarios. Cuando no existían los descifradores oficiales. Cuando
existía una relación directa con los hechos. Con la Naturaleza
despojada del velo que la envuelve ahora y que nos coloca en
procesos interpretativos y decodificadores, asimilados a permisos
requeridos a cada paso. De tal manera que todos y todas nos
encontramos desconcertados; con las dudas direccionadas por
quienes nos trascienden, sin ninguna concesión; implacables.

Lo cierto es que Mercedes está ahí. Recordando a su madre. Siempre


se ensimisma, a la misma hora, en la mañana. Un recorrido hacia
62

atrás. Se sitúa en ese escenario de vida. En un hogar conducido por


su padre. Una autoridad pétrea. Sin ningún color que pudiera ser
asociado a la libertad; mucho menos a la alegría. Un individuo
taciturno. Descendiente y beneficiario de la hispanidad ortodoxa. Tanto
así que, en su inventario de bienes, Mercedes y Saturnia, su madre,
fueron siempre cotejadas como cualquier carabela, o cualquier mueble
heredado Isabel, la reina, su reina.

Cuando Mercedes cumplió dieciséis años; Eusebio la acicaló con los


menjurjes que quedaron, luego de la celebración de la boda entre él y
Saturnia. Olorosos, superados solo por el incienso, heredado
directamente de Baltasar, rey mago que, como todo buen mago no dijo
todo lo que sabía y con lo poco que habló le bastó para hacer de su
historia, celebración perenne. Tanto así que llevamos veinte siglos.
Siglos cifrados por los antecesores de Eusebio. Se dice que el abuelo
de su bisabuelo, encontró el incienso baltasariano, enterrado en el
solar de la casa en que vivió Facundo, el dueño de la pócima del
ensueño. La que, a su vez, había recibido de Cipriano Vergara, primer
amante de Saturnia I, reina de Horizontes, tierra amada por Eusebio,
pues allí conoció la primera versión de la historia del Emperador
Pigmeo; sinónimo de satrapía. Este había heredado el poder, por línea
directa, de su tatarabuelo Egnosodin Segundo, dueño de la vida y de
la muerte, en un territorio que ya, antes que él, lo habían devastado
los Cíclopes, importados desde la amable Tierra del Buen Fuego.

Entonces, Mercedes, viajó sin tropiezos. Esto, después de haber


renunciado a la bienamada autoridad paterna. Por la vía de la ruptura
pensada. Desde los cinco años de vida, hizo su plan de vuelo. Llegaría
hasta el límite entre la Vía Láctea y las construcciones diseñadas por
su adorado Pigmalión, venido a menos; como quiera que ya había
reconstruido mil veces a la Mesopotamia originaria; trasladada a
territorio sajón; por Everardo VI, rey del universo equívoco derivado de
las ruinas, todavía incandescentes, consecuencia del primer conflicto
entre el Dios Sol y el herético Júpiter primigenio.
63

Mercedes, la divina Mercedes; estaba absorta ese día en que la


encontré. Allí, contando estrellas. Hábito que aprendió de Faustina, la
bruja que había huido del territorio de los inquisidores. Estuvo,
Faustina, recorriendo toda Europa. Desde su Polonia amada, hasta la
Bélgica de sus sueños. Conoció al señor de los señores. Siempre
repetía, de él, la misma historia, esta:

Libro doce

Soñé que transcurría el año 1700. El día dos del mes de octubre, tuve
la sensación de estar en el Palacio de los Dioses. Lugar habitado por
los más excelsos propagadores del buen gobierno y de la inteligencia
aplicada al mismo. De todos ellos, yo era el mejor. El más atinado. El
más representativo. Porque ya lo había demostrado, cuando regenté
la municipalidad de La Aldea de la Sabiduría. Localidad próxima a
Horizontes. Expandida, territorialmente, al norte del sur del Continente
Asiático.

No debería decirlo, pero yo mismo me sorprendía por la calidad de mis


actuaciones. Vertidas, todas, al unísono. Tanto en lo que respecta al
manejo de los asuntos de gobierno; como también en lo que atañe a
todas las áreas del conocimiento.

No se me escapaba ningún dato científico. Por ejemplo, descubrí que


la Vía Láctea, no es otra cosa que el camino hacia África, pasando por
América. También que el número de protones en el átomo, se
corresponde con la presencia de energía en el núcleo de las células
que definen el genoma de las coliflores. Tanto es así, que publiqué un
ensayo sobre fisicoquímica; el cual fue adaptado a la enseñanza de
las ciencias básicas.

Tenía, bajo mi mando, un sinnúmero de científicos que ejercían su


labor en colegios y universidades. Mis conocimientos trascendían el
área geográfica de mi poder político y militar. Navegué, en el Océano
Pacífico, orientando a todas las embarcaciones que hacían tránsito
hasta Pakistán, bordeando el Cabo de la Vela.
64

Como podrán haber notado, yo era imprescindible. Para cualquier


acción y para cualquier enseñanza.

Ese mismo día, fui consultado acerca de los rigores de la sequía en


proximidades de Alaska, cerca de Siberia. Lideré un grupo de
búsqueda de alternativas para resolver ese tipo de dificultades. Tanto
en lo concerniente a la pérdida de los cultivos de lentejas y cítricos.
También en lo relacionado con la crisis por la evaporación constante
del agua en ríos y lagos.

Al día siguiente Artemisa, mi segunda esposa, empezó a pujar. Se


trataba de su primer embarazo. Ella había renunciado a la presencia
de Justiniano Avogadro, el más eximio conocedor de la técnica para
lograr un parto sin contratiempos. En su reemplazo, yo la asistí. El
comienzo fue un tanto difícil. Pero, ya después, la orienté. La coloqué
en posición horizontal, en nuestra cama. Hice masajes en la zona
lumbar y le apliqué acetona en cada una de las piernas. Frotándolas
de tal manera que nuestro naciente hijo, pudiera ubicar las
coordenadas en el espacioso cuarto.

Expósito, el hijo que nació aquel día, creció sin ninguna dificultad. Su
inteligencia estuvo siempre asociada a las directrices de su padre.
Tanto es así que, el día que marchó al mando del Ejército Aldeano, en
contra de del Ejército de Horizontes, demostró una gran asimilación de
las técnicas guerreras inventadas por mí. Columnas y filas en posición
vertical, con desplazamientos horizontales sucesivos. De tal manera
que pareciera una onda continua, iluminada por los reflejos de un gran
espejo situado en la retaguardia, de cara al Sol.

La pérdida de parte de nuestro territorio insular, a manos de los


horizontences, no amilanó a mi hijo. A mi mucho menos, porque se
trató de una táctica en el contexto de una estrategia de ceder parte del
espacio, para luego arremeter de costado y aniquilar a nuestros
contendientes.
65

Aunque el resultado no fue del todo satisfactorio; el anecdotario de la


batalla, nos ha servido para apuntalar nuestras posesiones en el norte
de Rusia Central.

En 1724, concretamente el día de la celebración de nuestra


independencia y de mi nacimiento, propuse a la Asamblea de los
Dioses, el diseño, fabricación e instalación de un dispositivo
electrónico en las fronteras occidental y oriental. Yo había inventado
ese dispositivo. Una simple aplicación de las leyes de Newton y de
Arquímedes. Su funcionamiento estaba asociado a la humedad. Se
activaba con las corrientes transversales de viento; las cuales eran
retenidas por dos celdas situadas a lado y lado del dispositivo. Una
vez liberadas, ululaban rompiendo las barreras colocadas a manera de
columnas en diferentes sectores de las alambradas fronterizas.
Ocasionando, entonces, un movimiento ondular que hacía inaplicable
cualquier arma por parte de los invasores.

Desafortunadamente, el día en que fuimos invadidos (4 de julio), hubo


un movimiento lateral en los vientos. Las celdas no se activaron y, por
lo tanto, no retuvieron la cantidad de aire necesaria para producir el
sonido. Por lo tanto, tampoco hubo la anhelada ruptura de las
alambradas. Siendo así, el ejército enemigo nos penetró sin ninguna
dificultad.

Sin embargo, patenté mi invento. La Asamblea de los Dioses, me


reconoció como gran constructor y me pagó honorarios en oro. Con
estos recursos compré hectáreas de tierra en capacidad de producir
cebollas, garbanzos, cítricos, patatas, plátanos y olivos. Comercialicé
estos productos, a través de mi flotilla de barcos, surcando el Atlántico,
hasta llegar al Volga y, desde allí, hasta China y Japón; a través de
numerosas redes comerciales. Obtuve ganancias colosales que
deposité den el Banco Ambrosiano de Marruecos.

Una vez superada la zozobra ocasionada por la desestabilización de


mi reino. A su vez, originada en dos intentos de asesinato de que fui
víctima; propuse a la Asamblea de Nativos, situada al oriente de
Portugal, concretamente en el diminuto reino del Volcán; una unión
66

imperecedera. Una figura similar al Pacto de los Mongoles y los


Normandos, en época del Emperador Valeriano de Dinamarca. Hice
ingentes esfuerzos teóricos y prácticos para ilustrar de que se trataba
y de las características de los antecedentes anotados.

Fui recibido con alborozo por parte de los Nativos. Por su propia
iniciativa me obsequiaron diamantes. Me hicieron dueño de los
canales de riego y de la técnica de sembrado en terrazas. Me
declararon presidente honorario de sus posesiones territoriales en
Argelia y en Tegucigalpa.

Actualmente, rijo como Señor de Señores. Mi influencia va desde el


Cono Sur, hasta la orilla izquierda del Támesis. Pasando por Alsacia
Lorena, por Acapulco y por el Principado de Mónaco. He recorrido mil
lugares, en los cuales me reconocen como huésped ilustre. Me he
erigido en Oficial Mayor del Conglomerado Universal de Hombres
Ilustres.

Sigo siendo tutor de maestros en ciencias naturales y políticas. Con un


escaño permanente en la Asamblea Primigenia de Investigadores. La
cual ejerce como referente para quienes pretenden gobernar el
conocimiento. He sido orientador de la Sociedad de Amigos de las
Dictaduras: Esta institución es adalid de quienes integran la Cofradía
de reyes interplanetarios; con sede en Haití.

Todo esto se lo he reseñado a todas las generaciones posteriores a


1700, en el gran territorio de Aldea de Dios. Todos me recuerdan y me
recordarán como el Señor de los Señores.

La vocinglería Faustiana, horadaba todo el espacio lejano y cercano.


En un ir y venir de recuerdos. Unos asimilados, otros no.

De todas maneras, Mercedes, ya había descifrado la progresión


geométrica, vinculada con su oficio. Sumatorias con n tendiendo al
infinito. N soles; n planetas; n territorios acondicionados
67

Como prisiones. Como Guatánamos proyectados hacia el universo


ignoto. Con sus habitantes forzados. Llegados de la querida Irak y de
Afganistán y de la India y de Pakistán y de…

Mi bella Mercedes se ha especializado, también, en la interpretación


de los sueños. Es consultada por reyes verdaderos y por aprendices
del oficio de acallar voces, por la vía de imponer el imperio de la
autoridad. Ella es absoluta en lo que hace. Tanto así que ha
construido diversos escenarios permanentes para explicar sus
interpretaciones. Desde jardines sembrados de amapolas, hasta
enhiestas ciudades que ejercen como prototipos de dominio. Cárceles
permanentes. Edificios centrales, en donde residen de manera
permanente, los gestores del dominio heredado; o asumido a la
fuerza.

Mi Mercedes los orienta. Les expresa que los sueños en los cuales
aparecen ángeles protectores y castigadores, trompetas en mano,
exhibiendo las dádivas del Ser primigenio; no son otra cosa que
premoniciones acerca de la grandeza de ellos y de ellas. La validación
de la gendarmería. Las trompetas no son otra cosa que los
instrumentos que permiten ejercer de mejor manera la dominación.
Trompetas son sinónimos de fuerza; del fuego aprisionado en las
dotaciones que se generalizan. Dotaciones que se hacen necesarias.
La capacidad para almacenar y mantener en reserva; las posibilidades
de usufructuar la fuerza atómica, en defensa del orden y la moral.

Faustina hizo bien su tarea. La hermosa Mercedes, la asimiló de


manera generosa. Yo estaba ahí. Siempre he estado en el mismo sitio,
al lado de ella. Y ella sin reparar seriamente en mí. Solo piensa y
actúa en función de su imaginario. Ese que la sitúa en la perspectiva
de alucinar y de transferir esa alucinación a los reyes modernos, a los
autoritarios enfermizos; a los matadores de ilusiones y, en particular al
señor de los señores o, lo que es lo mismo, al emperador pigmeo

Oh, mi bella Merceditas. Hazme el favor de fijarte en mí. Ya está bien


de tanto alucinar y de hacer alucinar a los dueños del mundo. Es como
si estuvieras ausente, cuando estás conmigo. Mi coqueta pelirroja, ya
68

sé que has andado mil caminos y que no tienes idea de lo que


significa vivir la vida. Es decir, aplicando un concepto de vivir,
asimilado a la exuberante naturaleza que nos ha otorgado la
posibilidad de interpretarla y de modificarla. Ya sé que has bebido en
la fuente de los dioses; no en la del Ser primigenio; sino en la de los
aprendices. Los magos ordinarios. Aquellos que hacen de cada acto
bufo, una pretendida ensoñación. Ya sé que no tienes referentes
propios. Solo tienes los que te ha transferido Faustina. También sé
que tienes identificado el rol del emperador pigmeo. El que se repite.
Aquí y allá. Lo mismo en Asia que en África. Lo mismo en Europa que
en América. ¡Oh!, me bella diosa; mi Mercedes acicalada por Eusebio,
tu autoritario padre. Efímero aprendiz de patriarca que se diluyó en su
propia incapacidad para asumir los retos inherentes a ese oficio de
perdulario.

Ya que no me otorgas ninguna posibilidad para acceder a tu entorno


más íntimo. Ya que insistes en profundizar tu condición de oferente de
pócimas para perdularios gobernantes y preeminentes machos mata
mujeres; por lo menos mírame, estoy a tu lado.

Mi tierna Mercedes. Mi Sol; mi paloma. Ya sabes que estoy aquí y que


estaré hasta que mi vida se extinga. Ya ves, carita de ojos grandes;
estoy subsumido en ti. Como sediento sujeto. Como extensión tuya.
¿Acaso no me ves? ¿Hasta cuándo debo esperar?

Ven, mi ternura. Deja de estar aconsejando a los aurigas. Deja de


estar interpretando esos sueños pérfidos de quienes acuden a ti. Esos
que todo lo tienen y que han llegado hasta allí cabalgando a lomo de
los demás. De los califas pútridos que han renunciado a ver el mundo
con ojos de humanos. De los que suman y suman tropelías.

Tú los orientas, mi bella Mercedes. Tú les permites seguir creyendo


que son sujetos predestinados. ¡Oh!, mi paño de lágrimas, mírame.
Soy tuyo, desde ese día en que cumpliste cinco años y planeaste tu
huida del entorno de Eusebio y Saturnia. Te he escrito poemas, como
este:
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Ya sé que estás lejos,

Mi ternura.

Ya sé que me tienes al borde la locura.

¿Dime, Merceditas, no te parece excelente mi poema? He escrito


otros; los tengo bajo llave. Porque no se sabe. Con tanto delincuente
ideológico, nunca se sabe.

Merceditas; mechas, no está hoy en su sitio. He aprovechado el


instante, para introducir en su inventario de bienes culturales, el escrito
que le robé a Tertuliano, el vecino. Ahí se lo dejo; en su mochila azul;
la que llevaba el día en que me enamoré de ella; de mi dulce
Mercedes. ¿Quieren saber qué dice?, sin que ella se dé cuenta y, tal
vez por eso estropee esta historia.

Ha sido un largo camino. Como laberinto que agobia. Pero que, por lo
mismo, ha permitido localizar los términos de referencia necesarios
para enfrentar la soledad del ser que emerge consolidado, a partir de
descifrar los códigos de la vida societaria. Porque viene de esa
dispersión que lo había inhibido, para enfrentar vicisitudes. Hacerlo
sólo le había significado, en el tiempo, no entender la dinámica
asociada a sentir a los otros y a las otras. Un estar ahí, situado en su
compartimento. Mirándose. Como quien no ha construido el enlace,
entre sí mismo y el escenario. Actor cuyo libreto son palabras para sí.
Pero que, en perspectiva, se siente aislado. Avasallado; al límite de su
capacidad para discernir acerca de su rol colectivo.

Posicionarse, al margen de lo inhóspito, supone un avance. Es adquirir


la noción de estar en otras condiciones. Diferentes a aquellas en las
que prevalecía la zozobra. Lo azaroso. Como cuando se percibe que
la exterioridad acecha, como potencia ajena a cada sujeto. Como
incierta posibilidad. Como expectante gendarme que rodea y asfixia.
Una figura parecida a aquellas sombras del inicio; cuando no éramos
otra cosa que expresiones minimizadas, al garete. Próximas al
desequilibrio, por la vía de los extravíos propios de la selección
natural.
70

Sentirse vinculado a un proyecto de la naturaleza. Sin haber sido


consultado o consultada; es tanto como una sumisión indescifrable;
como quiera que se da sin que hubiésemos conocido la hoja de ruta
inherente a ese proyecto. Tal vez, por esto mismo, llevamos la marca
de la angustia. Porque no entendimos su soporte. Angustia e
inquietud, que se tornan en el hilo conductor de esa sensación de
impotencia. Esa misma que ha estado con nosotros y nosotras, desde
el origen. En ese entonces, lo que percibíamos no iba más allá de la
inmediatez que no s envolvía. Como burbuja que asfixia. Y que nos
rodeaba y nos colocaba en condiciones de inferioridad

Un choque de expectaciones. Mientras la naturaleza, exhibe una


lógica interna. Que va, desde los organismos simples primarios; hasta
las cimas que confirieron las condiciones próximas a la civilización.
Todo eso como una envoltura que nos inhibía. Desde ese tiempo
procede nuestra sujeción involuntaria a ese proyecto. Siendo, este,
mucho más amplio en los espacios universales; mucho más
complejos. Mucho más ajenos a nuestra interpretación en esa infancia
temprana, como sujetos. Ya, ahí, estaba latente la soledad y sus
implicaciones.

Entonces, necesitábamos compañía. Pero no del tipo de compañía en


la cual los otros y las otras estaban ahí. Al alcance físico de cada
quien. Pero sin ese hilo de Ariadna que nos permitiera descifrar los
códigos asociados al entorno colectivo, como sujeto en sí. Es decir, en
una perspectiva de concretar expresiones conciente de organización.
No como sumatoria simple de sujetos. Más bien como conciencia que
se recrea y recrea. Una opción en la cual se acumulan saberes. En un
concepto de acumulación emparentado con la vertebración de lo
consciente como colectivo. Con todas sus implicaciones. Es decir,
siendo conciente de la necesidad de crear instituciones, con los
insumos de los saberes. Fundamentalmente, con esos que nos
otorgan la vitalidad indispensable para re-conocernos. Como agentes
de transformación. Como expresiones hacia el equilibrio. Desde la
soledad inhóspita de lo individual; hasta el acompañamiento en lo
colectivo.
71

Eso de buscar el equilibrio y trascender la soledad; por la vía de sumar


opciones de vida. Desde lo primario individual; hasta lo consciente
colectivo; debe ser entendido como esa condición que permite acceder
a una interpretación de los y las sujetos; vinculados y vinculadas a un
proyecto; mucho más cercano y comprensible que aquel que tiene la
naturaleza.

Es, entonces, ese proyecto nuestro, el punto de comienzo y soporte de


la nueva identidad. Colectiva e individual. La nueva identidad, así
alcanzada, no era otra cosa que la noción de lo humano. Como
categoría propia que nos situaba en el camino habilitado para transitar
la vida, la historia. Con referentes definidos a partir de la necesidad
inicial de asociarnos. Transfiriendo, a través de estos referentes,
principios y valores. Son posibles y necesarios; habida cuenta de
nuestra condición de animales superiores. Superioridad no anclada,
únicamente, en la capacidad para discernir acerca del reto primario de
la naturaleza; sino en nuestra capacidad para convertir ese
discernimiento en, fortaleza latente para trascender la mecánica
inherente a la naturaleza.

En consecuencia, no opera ya aquello de la selección natural.


Venimos de ahí. Somos resultantes de ese proceso. Pero no somos
simplemente eso. Somos sujetos que alcanzamos la independencia;
que trascendimos aquello de seres naturales específicos, en cadena;
para acceder a la condición de sujetos que realizamos hechos y
acciones. En capacidad para entender eso que hacemos. Sujetos de
colectivización coherente. No como manadas que, en el reino animal,
simplemente juntan individuos. Lo nuestro es una opción mucho más
compleja; en razón a nuestra capacidad para asumir, direccionar y
redefinir objetivos. Un ejercicio consciente que nos ha convocado y
nos convoca a no erosionar los valores y principios adquiridos.
Porque, de no ser así, volveríamos a la opción de vida de las
manadas.

Una vez logrado el equilibrio, soportado en la opción de vida


societaria; que nos ha permitido llegar hasta el trazo del horizonte de
72

procedimientos e instituciones en función de soportar la civilización.


Una vez adquiridas la noción y la praxis relacionadas con el quehacer
colectivo y que devino en la consolidación de los referentes inherentes
a la humanización del consciente individual y colectivo. Por caminos
siempre de dificultad; como quiera que este equilibrio, acceder a él, ha
sido una apuesta por la vida. Soportando guerras, arrasamientos,
aniquilaciones, etc. Decantando los logros acumulados. En una
constante depuración; en términos de efectuar una disección precisa
de los contenidos de los saberes acumulados. Habiendo soportado las
ofensivas vulneradoras de poderes paralelos asociados a la mixtura
religión-conservadurismo. Habiendo efectuado, como lo hemos hecho,
acciones de profundo contenido transformador en casi todos los
ámbitos. Habiendo sufrido la persecución y exterminio, a nombre de la
tradición y de la moral.

Nos encontramos con constantes que ejercen y han ejercido posturas


y acciones de no reconocimiento de las opciones de vida; ni de los
avances en el proceso de validar insumos mínimos de respeto y
tolerancia. Han aparecido, en ese contexto, personajes perversos
absolutos. Sujetos que siguen atados a la prehistoria del quehacer
social. Cuando, cada quien, al garete, efectuaba una interpretación
individual de sus requerimientos. Y, posicionaba los mismos como
iconos para sí. Sin reconocer a los otros y a las otras como sujetos
con derechos. Simplemente, porque la noción de derechos es punto
de comienzo de la vida societaria.

Personajes nefandos, que han hecho de los suyos principios


preeminentes que deben ser acatados. Los Césares; los reyes de
Occidente; los faraones; los papas; los Zares, Stalin, Hitler, Mussolini,
Franco, Ronald Reagan; los Bush; Álvaro Uribe, etc. Todos ellos en
contravía de los logros alcanzados en incesantes tropeles. Porque la
historia ha conocido del día a día. De esos tejidos sociales,
individuales y colectivos, que se han ido consolidando a pesar de las
guerras impulsadas por esos y otros, también como ellos, perversos
registradores de la destrucción de valores.
73

Construyendo aureolas en su alrededor. Como magos que convocan a


la confusión; a la inversión de la noción de verdad y de justeza.
Garantes de la lucha por restaurar lo primario. Como cuando éramos
absorbidos por la dinámica de los proyectos de la naturaleza. En los
cuales, ésta, imprimía su marca. Ese tipo de sensación de impotencia,
de temor, de soledad; nos acecha a cada paso; ahora, cuando reviven
los piratas vulneradores. Que imprimen, también, su marca.
Chamanes que delinquen con los principios; que convocan a santos
oficios en procura de imponer sus instintos, como figuras y posiciones;
a partir de sus esquemas mentales, enfermizos. Delirantes. Su
significante es pariente de la desolación y de la ausencia de
posibilidades libertarias. Su ética es la barbarie. Su poder es la
manipulación. A manera de mercaderes del trueque y la engañifa. Sin
ningún agregado de calidad humano; absolutamente ninguno.

Una escenografía que confunde al público. Como bufos que


desorientan. Que crean horizontes enfermizos; a partir de exhibir
niveles de aceptación. En esto, Hitler y Mussolini fueron maestros y a
ellos les debe El emperador pigmeo sus fuentes teóricas y
conceptuales. Pueblos enteros confundidos. Masas vergonzantes que
(como en el caso de Álvaro Uribe) permiten justificar todo tipo de
tropelías. Ese tipo de franjas de población que han claudicado en su
dignidad; la han endosado al mago manipulador.

Lo cierto es que tenemos todo el derecho, quienes no hemos


claudicado, a convocar a la acción consciente. Que nos permita
acceder a la derrota del Emperador Pigmeo; que es esto en razón a su
incapacidad para percibir la vida a través del día a día que junta
quehaceres. Todos ellos emparentados con la vulneración de la vida y
con sus soportes. Pigmeo que saldó su deuda con la vida y con la
dignidad inherente, por la vía de refrendar su compromiso con la
muerte; por la vía de cambiar la lógica que conduce a la verdad y
venderla, ofrecerla y postularla como referente único para la vigencia
de su visión de democracia. Que es a la mentira, como el Sol es a las
mañanas.
74

Diré a mis hijos. Y, a mí mismo cuando muera, que seré feliz, el día en
que el Emperador Pigmeo sea derrotado, por la fuerza de las
acciones, precisas, transparentes; que desemboquen en su
aniquilación…y la de sus postulados pútridos, soportes de su vesania
y de sus tropelías en contra de la humanidad. Caerá; como cayeron
los Césares. Su nombre será borrado de la historia de la humanidad.
Entre otras cosas, porque nunca participó de ella, ni de sus principios.
Porque, siempre, propugnó por la vigencia de la oscurana de los
gendarmes; hacedores de verdades. Como aquella de hacer creer que
existen sobornados sin sobornadores. Y Que existen asesinatos sin
asesinos. Y que existen desapariciones sin bandidos que las
concreten.

En fin, derrotaremos el tejido del absurdo, por la vía de la


confrontación…Así nos cueste la vida. Es ¡ahora, o nunca ¡

Mi Diosa, mi Mercedes, pueda ser que no te enojes. Porque supe que


en una reunión con el Emperador Pigmeo y sus amigos Salvatore y
George; en vez de leerles lo que habías escrito acerca de sus sueños;
les leíste el escrito que yo te había dejado de manera furtiva. Supe,
también, que los tres angelitos se enojaron. Inclusive que te
amenazaron con desparecerte e inaugurar contigo una fosa común
que acondicionaron en la Casa Imperial, en nuestra Bogotá. Solo se
calmaron, cuando tú les ofreciste un paquete de interpretación de los
sueños y de plegarias, por un año.; incluida una oración muy especial,
evocando a Faustina y a Eusebio, por el aprendiz mayor en su
aspiración presidencial.

Cuando desperté, ella estaba ahí. No sé desde que horas. Lo cierto es


que mi amada Merceditas, empezó una perorata acerca de los tres
angelitos. Parecía poseída por Sísifo; porque repetía y repetía la
misma acción: Que me hiciste quedar mal; que el Emperador se puso
muy mal, porque Salvatore y George se sintieron ofendidos; que al
caído caerle. Porque a más de las dificultades con las extradiciones y
el cuestionamiento internacional de la Ley construida para los y las
militantes de las AUC; se suman la demostración de que la reforma a
75

la salud, y las sucesivas reformas laborales; desembocaron en crisis


de gobernabilidad. Y, además la eternamente aplazada designación
de Fiscal General de la Nación; y la profundización de las decisiones
que afectan Senadores y Representantes a la Cámara y gobernadores
y alcaldes; todos y todas afines a los intereses del pobrecito
Emperador. Y, el fracaso de la Política de Seguridad Democrática, y la
persistencia de la crisis de las relaciones con Hugo Chávez y Rafael
Correa y Daniel Ortega y, para acabar de ajustar, el guerrero perverso
no levanta cabeza en su aspiración presidencial. Y…

Como sería de cansona la repetidera que yo, que nunca he osado


contradecir a la divina Merceditas, le dije: ¡Por favor, cállate que me
desesperas! Pues, más me hubiera valido quedarme callado; porque
mi Diosa, empezó llore que llore…sin parar. Tanto, que tuve que
recurrir a una de sus pócimas. Aquella que ella llama “la del último
suspiro”. Una bebida color naranja que hace expeler la tristeza. Como
vomitivo. Pero, mi amorcito, nada que reaccionaba positivamente.
Llore que llore. Por su admirado Emperadorcito y por los otros dos
angelitos.

Al final se quedó dormida. De tanto llorar y llorar. La contemplé


extasiado, tendida en la cama. Respirando como niño mimado.
Empezó (¡Oh qué horror!) a hablar dormida. Empezó a contar una
historio inédita.

“Que había una vez, un señor en un pueblito llamado Longaniza. Que


los y las longanicenses, eran todos y todas sumamente obedientes.
Que el señor primero nombrado, era gobernante ahí. Que todos y
todas, llegaban donde él. Que repartía oficios y dádivas. Que tenía el
don de la palabra. Porque envolvía a todos y a todas; con expresiones
huecas, pero efectivas, a la hora de hacer cumplir lo que decía. Que
tenía ancestros que se hicieron poderosos. En lejanas y cercanas
tierras. Reyes reales y reyes inventados. Que castigaban a quienes no
obedecían. Que conseguían la leña para el fuego del Santo Oficio de
la Inquisición. Que cazaban brujas y brujos. Que tenían instrumentos
de tortura y, lo que era más bello, la justificación filosófica y teológica
76

de las mismas. Que vivieron en diferentes siglos. Que en el X y el XI;


que en el XIV y XV y XVI. Que tenían sicarios a su disposición.
Sicarios de lanzas y espadas. Que tenían el viento a su favor; que esto
les permitió amparar y acompañar a los invasores, que se tomaron los
mares en búsqueda de fortuna y de extender el dominio de la Divina
Reina Castellana y el Divino Rey Aragonés.

Que Longaniza había sido heredado de esos lejanos y cercanos


ancestros. Que inventaron la manera de matar las ilusiones, la libertad
y el respeto por la vida ajena. Que sembraron la semilla del poder y
que este creció. Y que abarcó varias generaciones y que algunos y
algunas hicieron milagros. Uno de ellos, fundamental, aquel que
convirtió la perversión, en un agregado de calidad, aceptado e
impuesto a todos y a todas. Que, a partir de ahí, los dueños del mundo
fortalecieron sus mandatos. Y sus crímenes. Y sus robos. Todo ello
con la bendición del Buen Dios Vaticano. Y que el Señor Longaniza,
aprendió también el oficio de la asfixia mecánica y que en lo enseñó a
miles y miles aplicadores directos. Y que Longaniza ha sido, es y será
territorio de paz; de esa paz soportada en las fosas comunes. Como
las de la Casa Imperial. Y que el señor Longaniza todo lo hace sin
querer queriendo. Que sus socios y socias son experimentados y
experimentados tejedores de hechos, en el día día. Hechos de
engaños y de justificaciones de los mismos. Y que, el señor
Longaniza, ha sido electo sucesivas veces. Y que tiene poder político
y que lo transfiere a sus aurigas y bufones.

Y que, en fin, ella era una mujer bella. Que su belleza la heredó de la
abuela de la abuela de Saturnia, su divina madre. Pero, dado que su
belleza es tan absoluta, que la abuela de la abuela de Dinosaurio, el
hermano de Eusebio, transfirió parte de su belleza a la Diosa. Y que,
por esto mismo, no iba a envejecer nunca.

Y que, volviendo al cuento de Longaniza, ella participó en un reinado


celebrado allí en el Siglo XX. Y que, ahora en el Siglo XXI, se realizará
el Segundo Reinado de la Democracia con Seguridad; con patrocinio
de la familia de George, uno de los angelitos de la triada. Y que, el
77

Honorable Ejército está encargado de prepararlo. Para ello, los


generales han programado actividades preparatorias. Entre estas, se
destaca la limpieza de Longaniza. Incluida, en esta acción, la
liquidación de los molestos opositores y de infames desechables
pedigüeños y habitantes perennes de la calle.”

No sé en qué momento me desmayé, de tanta alharaca. De tanto


escuchar a la Divina Mercedes. De tanto imaginar los escenarios de
los hechos narrados. Juro que no volveré a vigilar su sueño. Un
desmayó más, qué más da. Ya lo he experimentado antes. Como, por
ejemplo, cuando asistía al discurso de posesión de la segunda etapa
del gobierno del Emperador. Esa vez, el desmayo, duro tres días.
Cuando volví en mí, ya estaba en marcha el segundo acto de la
comedia. Desde aquel día (como en la canción del admirado Raphael),
no volví a verla. Habló de Emperatriz, la dueña de la carpa del circo de
los hermanos Ban Bing. Circo de ensueño. Con malabaristas
importados; con magos nacidos en el país; con trapecistas con y sin
malla. Con un surtido grupo de traga fuegos. Y de encantadores de
serpientes y de hipnotizadores. Y de muy buenos imitadores de voces
y de comportamientos. Todos y todas, de la cuerda del Secretario de
Prensa de la Casa Imperial.

No sé cuándo despertó la Bella. Lo que si se es cuando salió para


Nueva York. La habían invitado a un congreso de interpretadoras e
interpretadores de los sueños y hacedores de futuro. Se, además, que
llegó envuelta en el velo heredado de Etelvina, la hermana de
Saturnina. Velo inmenso. Translúcido. De colores vivos, que cambian,
según el día y la hora. Velo protector. Por lo menos a mi Diosa,
Mercedes, la ha mantenido inmune a la verdad. Ella no sabe qué es
eso. Tampoco si es un valor o un antivalor. Ella es de las que nunca
ha apostado a la vida sincera y plena. Ella, mi amorcito, no la tiene
como referente.

Ese día, el de su llegada a “La Capital del Mundo” (yo estuve


equivocado mucho tiempo, porque había entendido que era la Ciudad
de las tres íes: inhóspita, insoportable, inhabitable), mi divina mujer,
78

estuvo en rueda de prensa. El Times, la presentó como la mejor en su


género. Como la más auténtica de las interpretadoras de los sueños y
la mejor expresión de las hacedoras de futuros, inventados, o
copiados, o repetidos. Lo cierto es que no le falta clientela.

Aquí, en esta soledad tan sola, estoy cantando “los aretes de la luna”.
Siempre me ha gustado esa canción. Recuerdo que, un día después
de haber conocido a mi “redondita”, se la canté; mientras ella hablaba
con el fantasma de Saturnina. Siempre lo hace…y, creo que siempre
lo hará. Cuando terminé me dijo ¡cursi!, Y se fue. No recuerdo para
donde. Yo me quedé muy triste. Siempre me ha entristecido no ser
escuchado. Sobre todo, cuando canto. Porque, a decir verdad, lo hago
bien. Bueno, al menos eso creo. Lloré en mi soledad. Lo más tenaz es
que, soy un convencido de que tengo chispa para la poesía y para
escribir discursos. Sin embargo, no los he vuelto a escribir, desde el
día en que escribí algo para mi hermano Fortunato. Él lo leyó al día
siguiente, en el auditorio de la universidad. Se graduó de Agente de
Seguridad Logística. Casi le anulan el grado, porque el rector se sintió
mareado de tanto escuchar: “damas y caballeros; espero se
encuentren bien y hayan disfrutado de la benevolencia divina”. Nunca
pensé que lo escrito por mí, no tenía más de cuatro frases. Después,
cuando vi la película “Resplandor”, me sentí mal por haber copiado el
estilo del enfermizo novelista.

Acostumbro salir a pasear con mi mascota. Ágata, ese es el nombre


que le inventé a mi perrita. La tengo hace cuatro años. Es muy
entendida. Tanto que sabe cuándo debe ladrar. Yo se lo inculqué. Y
me agrada haber sido escuchado por ella. Ya sabe que no puede
ladrar en casa, mientras esté sola, porque nadie la va a escuchar.
Sabe, también, que no puede ladrar en la calle, porque de pronto
asusta a las vecinas. Desde hace rato sabe, además, que no le puede
ladrar a la luna, porque ese hábito mato a mi primer perro de nombre
Conejo. Mucho menos, cuando estemos nosotros en casa, ya que no
deja dormir. Definitivamente, mi adorada Ágata, no puede ladrar. No le
está permitido. No sabe, pues, que es la vida de perros y de perras.
79

Por fin llegó mi mermeladita. La esperé en el aeropuerto. Estaba como


a mí me gusta que esté; con ese sobrero color papaya que le regalé el
día que cumplió años su gata Pata. Ella le escogió el nombre. Dizque,
eso dijo, lo leyó en la historia-biográfica de Simón el malvado.
Personaje de inefable ternura. Tanto que comía en el mismo recipiente
en que comía Barbarita, su cabra favorita. Me contó, además, que
había leído acerca de la particular manera que tenía Simón para
llamar a su soldadesca. Les decía: ¡Mis amores!; ¡Mis soles! Un tipo
raro, este. No desayunaba, hasta no ver decapitar a un súbdito, cada
día. El beneficiado, era escogido por su madre. Al azar. Si Simoncito
vivió noventa años, ya se podrán imaginar cuantos y cuantas
murieron; si empezó con ese capricho a los dieciséis añitos. No sé por
qué, cada vez que mi Diosa me cuenta el cuento, pienso en los tres
angelitos. Ante todo, en Salvatore. Porque, cuentan, que tenía un
capricho más o menos igual. La diferencia está en que al angelito le
fascinaba la motosierra, en vez del hacha.

Lo cierto es que me deslumbró. Merceditas, mi heroína, de mil batallas


perdidas. Porque siempre asía la vida por donde otros la terminaban.
Los sueños de sus respetados sátrapas, constituían la fuente de su
placer y de sus soliloquios.

Cuando llegamos a casa, me pidió un favor. Raro en ella. Nunca dice,


por favor…; siempre dice: ¡hágame!; ¡Tráigame!, etc. Necesitaba
saber si en la Casa Imperial, estaba George. Traía un mensaje secreto
para él. Por eso no podía utilizarse el teléfono. No vaya a ser que les
apliquen su propio invento; los de Villa Seguridad.

Mensaje raro, supe después. Codificado, cifrado. Algo así como: Irán
contras, vienes Juanchaco. Enfermos, los de Guantánamo. Israel,
vienes; como la horrible noche aquella; cuando muertos hubo sin
parar. Ven querido que Asia te llama. El jeque solitario; vuelve y juega;
vía cúpula Vaticano y Banco Ambrosiano.

No supe si el angelito George lo entendió a plenitud. Lo cierto es que


(me lo dijo mi ardillita), viajó inmediatamente; vía Lima-San José-
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Ciudad Guatemala-San Salvador-Londres-Tel Aviv. ¡Vaya uno a saber


el significado de esa extraña travesía!

Almorzamos en Caldo Parao de Paloquemao. A mi fresita le encanta


el de costilla; con buen cilantro; aguacate y guiso picante. A decir
verdad, a mí me gusta más el de creadillas; con abundante papa
pastusa.

Quedamos ahítos. Adormecidos. Regresamos a casa. De paso, casi


vomito en la buseta, sobre las personas. Me salvó la bolsita que
siempre cargo conmigo. Despertamos bien entrada la noche. Y fuimos
a comer a La Gallina Ardiente. Mi florecita dice, que el nombre le
recuerda a una amiga que fracasó y ya tiene seis hijas. Pedimos
gallina criolla. Una para ella y otra para mí. Con buena papa salada y
limonadita. Regresamos…y así, hasta el otro día.

Merceditas se levantó muy temprano. Se bañó en agua rosada con


olor a pino. Cada día un olor diferente. En verdad, me enferma cuando
utiliza el olor a cebolla. No sé por qué, no me he podido acostumbrar

Empezó su consultoría a las diez de la mañana. Había personas que


llegaban desde las seis de la madrugada. Personas de todo tipo. Ese
trabajo, atendiendo pueblo, es como una especie de democratización
de la vida de mi zorrita. Casi no cobra. Es como si lo que pagan los
mandarines, subsidiara a los pobrecitos y pobrecitas que quieren
saber el número ganador de la lotería; del chance. Lo más difícil es
descifrar el baloto. Pero, también, les habla del amante perdido; les
habla a las mujeres que buscan marido por Internet. Les dice: ¡Ojo con
eso!, porque no es tan seguro como escuchar de viva voz, mi
mensaje. Desentraña dudas y verdades. Invoca espíritus perdidos; o
remisos. Descentraba pleitos entre vecinos y vecinas. Intuye
acontecimientos buenos y malos. Interpreta sueños de tipo popular.
Como esos de soñar cruzando caminos espinosos en busca de la
lámpara de Aladino. O como ese de ver niños y niñas con churrias, al
lado de los pantanos. O como el de tener al lado a Madonna; a Julio
Iglesias o al Papa. O como ese de volar en bicicleta, pedaleando.
Sueño este muy anterior a las imágenes en El extraterrestre.
81

Ese día trabajó hasta las cinco de la tarde. Derecho, sin almorzar.
Claro que, después, se desquitó. Comimos en “La vaca loca”. Muy
buena carne de chigüiro, asada. Mi tortolita, comió y comió; hasta que
no pudo más. Yo le seguí el paso hasta la tercera remesa.

Gallo Tapao, pueblo situado al oriente de Longaniza, había sido


escogido como sede del Segundo Congreso de Videntes y Magos. El
primero había sido realizado en Tapa Rosca, localidad al sur de
Ciudad Méjico. Evento nada original. Ya, en el pasado (como lo dice
Suetonio en la “Historia de los Doce Césares) ha habido
celebraciones. Inclusive con mucha más magnificencia (o mucho más
boato como se describe en Santa María de Iquique). Esto, a pesar de
que el libreto es relativamente simple: expresar con palabras y hechos,
las mil una forma de modificar la lógica de la vida. En lo que está (la
lógica) tiene de hilo conductor para asumir el desarrollo social.
Modificaciones que incluyen re-hacer la historia. Cambiando
escenarios, con los mismos actores y actoras. Pero, estos y estas, con
roles “ligeramente” diferentes. Por ejemplo: recordar que el bueno de
Benedicto XVII, ha sido un santo a través de toda su vida. O que el
bien amado Laureano Gómez, fue artífice de la Colombia Moderna y
Justa. Sin otro horizonte que el trazado por el destino; del cual él y
otros fueron y serán intérpretes. O que, desde noviembre 12 de 1930,
en Ciénaga, Aracataca, El Retén y Orihuela, los trabajadores
bananeros del Magdalena recibían doctrina comunista e incendiaria de
los agitadores internacionales. Y que, por esto, el buenazo de Miguel
Abadía Méndez, delegó en el Generalísimo Carlos Cortés, la función
de restaurar el orden; en el nombre de Dios y de la Humanidad.

O que el dignísimo General Francisco Franco; actuó en defensa de los


contenidos políticos, sociales y económicos de Occidente. O que, el
Juez de Sucumbíos es un agente de las FARC, ya que ha decidido
judicializar al guerrero perverso y a sus altruistas generales.

O que la CIA, ha sido el instrumento más justo y adecuado para


resolver las situaciones difíciles en el Continente Americano y en
Europa y en Asia y en África y, ahora en el espacio exterior. O que, el
82

buen George, no invadió a Irak; sino que llevó mensajeros de paz, en


contra del Mal y que en esto lo acompañaron todos los gobiernos
justos del mundo; incluido nuestro Emperador Pigmeo.

O que, los denominados “falsos positivos”, no son otra cosa que


historias inventadas por los enemigos de nuestro ejército y de la
estabilidad del país.

En fin, estos eventos son necesarios. Refrescan el ambiente y las


tensiones. Porque la magia es una buena consejera y un buen soporte
para justificar lo injustificable.

Desde el día anterior a la inauguración, mi terroncito de azúcar, se


desplazó a Gallo Tapao. Yo la acompañé hasta allí. Siempre he sido
muy sumiso. Mi Gatica me hipnotiza; cada vez la veo más linda y más
sincera y más cercana a ese estado de beatitud al cual deben llegar
los magos e ilusionistas. Ese día asistimos a la presentación de un
video. Armagedón II. Excelente. Lo mejor que he visto, en
representación de la civilización. Al menos eso dijo mi lagartijita. Y yo
le creo.

El día de la instalación del evento, llegaron los mandatarios invitados y


sus séquitos. También llegó el anfitrión. Nuestro querido angelito.
Nuestro orgullo nacional. El buen Emperador.

Habló (el divino Álvaro) en nombre de la Nación: “…Que no sirve de


nada tanta alharaca; que no son humanos; que son traidores. Que
ofenden a la patria. Que hay que cuidarse de tanta bestia…” ¡huy que
embarrada!, el encargado de la logística y el sonido, puso el casete
con la voz del general, cuando les habló a los obreros reunidos en la
escuela Santa María, Chile; cien años atrás. Ya el angelito estaba
preocupado y enojado.

…Ahora sí, es la voz de él: “Compatriotas y amigos. Hoy es un día


feliz para mí. He recibido la buena nueva, en el sentido de que seré
ungido con el doctorado honoris causa en ciencia ficción, adaptada y
aplicada a situaciones de alto riesgo. Además, he querido estar con
ustedes, señores y señoras magos y magas; porque soy un
83

convencido de que la historia hay que recomponerla. Y, en eso,


ustedes son imprescindibles. Celebro la visita de mis colegas afines.
Esto es una buena muestra de la confianza que ha adquirido el país a
nivel internacional.”

Mi bella durmiente aplaudió. Con fuerza. Gritaba: ¡Viva el Presidente


más importante y eficiente que ha tenido Colombia en toda su historia!
¡Vivan mis colegas, magos y magas! Mientras todo el escenario se
diluía. Una masa informe se fue extendiendo. Un fuerte olor a pútrido
(como de excresencias) se fue apoderando de todo. De la capilla; del
edificio de la alcaldía; de la réplica a escala del avión presidencial. De
los asientos que ocupaban los mandatarios y los magos y las magas y
los intérpretes de sueños y del diploma honoris causa. Y de los
invitados y las invitadas. De la sala de proyecciones Y… de mi
princesita y yo.

Libro trece

Cuando la negra Benjamina terminó de hablar, supuse que ese tipo de


construcciones con palabras; ya se había ensayado antes. Creí
recordarlas. Como cuando uno siente que todo ha pasado. Lo que
pasa es, simplemente, que nuestros recuerdos; al menos los míos han
recorrido mi entorno inmediato con conceptos extraviados. Sin
embargo, Benjamina, hizo de esas narrativas una perspectiva
trascendente. Algo que, para ella, tenía un significado al vuelo. Es
decir, una propuesta para abrir caminos. Una figura ritual, tratando de
rehacer la imaginación palenquera; en donde las voces asimilan las
palabras a lo inverosímil. Unos imaginarios vertidos como
divertimento, Es decir, una asociación de ideas no raptadas por los
inquisidores. Más bien un canto a la esperanza, de la mano de
ingeniosas elaboraciones. Muy por encima de la razón, que siempre la
han acomodado a códigos a manera de inventario perpetuo de
términos. Como simples roles predeterminado. Hechos para
expresarlos como herramientas para parafrasear. Entonces, lo de
84

Benjamina, retrotrae esa capacidad para decir cosas. En una posición


en la cual lo herético subordina a la ortodoxia plana, acartonada.

Mucho después la Nana se incorporó a un grupo de niños y niñas que


tenían las mismas facultades que ella poseía. Un tanto suigeneris. Por
ejemplo, venía de diferentes territorios. Con una cosa en común.
Como quiera que las mujeres constituían un grupo dominado. No se
les permitía acceder a la educación. Eran algo menos que simples
receptoras de esperma. Todos y todas eran producto embarazos no
deseados. Mucho menos originados en ese placer que necesita ser
pleno. El orgasmo no era reconocido como posibilidad de placer.
Simplemente, los hombres, penetraban y listo.

Queda claro que la Nana era un tanto extraña, diferente en ese grupo.
Porque la preñez de Benjamina estuvo asociado a ese placer que no
tuvieron las demás mujeres. Pero la Nana siempre fue solidaria con
los demás niños y niñas. Les enseñó la libertad; tan plena en ella.
Además, les enseñó a mirar hablando con las miradas. A partir de allí
todo fue una especie de insubordinación. Todos y todas se declararon
partícipes de un ejército en contra de la dominación masculina. Pero,
también, en contra de los dominadores. Fueron algo así como libertos
que no solo cuestionaban la esclavitud de sus madres y las otras
mujeres. Fueron, fundamentalmente, un horizonte hacia el cual
deberían llegar. Más que en términos de territorialidad, lo fue en
términos de la confrontación de valores.

Y se hicieron visibles a partir de su primera expedición. Estuvieron en


Villa Pamplona. Allí, el alcalde, mantenía en toque de queda a las
mujeres. Es decir, ellas, estaban conminadas a realizar oficios, hasta
la hora en que este empezaba su agonía. Porque debían guardarse en
casa. Se acostaban a esperar a su hombre. Porque así estaba
expresado en la Constitución pamploneses. Y, ellas, simplemente
accedían.

Y, los guerreros y guerreras atacaban. En la primera envión, mataron


a Josías. Este era el portavoz, el estandarte de la ignomiosa
ceremonia. Siguieron con Plutarco, el mozo del alcalde. A pesar de su
85

condición homosexual, nunca hizo algo por reivindicar el derecho a la


pasión expresada plenamente en las relaciones sexuales. Para este,
bastaba con su placer. Lo demás es simple vocinglería de esa peste
que denominaban feministas. Luego siguió Amaranto, ex esclavo que
vendió su cultura por las lentejas asimiladas a un simple liderazgo en
la cocina del palacio gubernamental. Y siguió Suetonio Eulalio. Por
demás eunuco encargado de masturbar al alcalde. Su oficio lo
realizaba con tal empeño que, Hermregildo, el burgomaestre siempre
quejó de la fortaleza en las manos de Suetonio. Por último, mataron al
mismo alcalde. Fue relativamente fácil, ya que Fulgencio no faltaba a
misa en honor de San Belarmino; todos los primeros jueves de cada
mes. Lo degollaron, cuando estaba al pie del ícono del santo.

Cuando llegaron a la casa del obispo Virginio no lo encontraron. Había


logrado escapar por el túnel que comunicaba a la sacristía con el
convento de las betlemitas: Entre otras cosas, siempre, se reiteró en la
leyenda. Algo así como que cada noche, las monjas, recibían al
sagrado obispo. Él las preñó a todas. La práctica abortiva estaba a
cargo de Melquisedec Luján que oficiaba como jardinero en el palacio
del señor obispo.

Transcurría el primer año de la liberación. Quienes conformaban el


ejército libertador, ahora ejercían como guardianes y guardianas de los
logros. El palacio del obispo fue destinado a la prefectura de mujeres
liberadas. Allí se celebró el primer Congreso de Mujeres. Un escenario
portentoso; habida cuenta de su significado. Las ilusiones se tejieron
como hilos que semejaban una urdimbre prediseñada para la libertad.
Parecida a esos eslabones que hicieron de la confrontación medieval
de los primeros hacedores de ciencia con respecto a los inquisidores.

Para la Nana fue una experiencia absoluta. Traducido al lenguaje


coloquial, una forma de demostrar sus ímpetus de mujer hecha para
confrontar a quien sea que se oponga al ejercicio autónomo e
iconoclasta.

Volví a lo del Negro Antonio. Creo saber que era un medio año. Lo que
no sé es si era de este siglo o del pasado. Porque a mí reconocida
86

ignorancia para actuar como sujeto libre, se sumaba mi incapacidad,


también reconocida, para entender las calendas. Lo encontré, como
siempre, divagando. En él natural. Porque desde su pasado remoto,
ha estado en eso de reflexionar. A propósito de todo. Todavía está
latente en él, su aversión por todo lo fémino. Como si hubiese nacido
con esa impronta. Desde lo que puedo recordar, ha estado en mí esa
confesión que me hizo. Para él, su madre, fue una puta. Todo porque
la sorprendió cualquier día acostada con su primo Israel Balbuena.
Nunca le perdonó eso. Lo suyo fue, en ese momento, una especie de
veeduría ética. Todo, a pesar de que su padre tuvo sesenta y seis
hijos. Todos en mujeres diferentes. Pero, además, vivía inmerso en
sus conceptos asociados a origen de la vida. Me dijo, una vez, que no
había logrado entender eso de la evolución. Mucho menos, en lo
pertinente a la existencia de procesos en el universo;
independientemente de la intervención de los humanos. Pero la
contraparte no lo seducía. Es decir, tampoco asimilaba el cuento de la
creación de la mano de una divinidad. Lo del Negro era, entonces,
algo así como una esquizofrenia constante. Ni lo uno, ni lo otro. Y eso
sí que es bien difícil a la hora de asumir la la verdad y las que no son
tanto.

Le pegunté por Benjamina. Se extrañó. Como si lo estuviera


conminando a decir lo que no quería decir. Él ya había asumido un rol
de vulnerador. Benjamina era, algo así, como un misterio que no se
debía esclarecer nunca. Ahora, entre lo que me queda de lucidez,
recuerdo que la Nana me miró diciéndome, algún día, que su madre
encaró al Negro, cuando este quiso abordarla a ella, con insinuaciones
para que se dejara acariciar. No solo en la cara. Todo el cuerpo,
incluyendo sus vellos púbicos. Nana nunca ha pretendido ser virgen
de por vida. Al contrario, desde que tenía trece años, se dejó penetrar
por Marcelino. Un joven asiduo mensajero del placer. Inclusive ya
Benjamina lo sabía. Pero lo del negro era otra cosa. Simplemente, ni a
ella ni a su madre las seducía el libreto sexual y de placer del Negro
Antonio. Para ellas era un simple vejete que nunca pudo madurar ni
interpretar los códigos que soportan el quehacer sexual. Sus hijos e
87

hijas vinieron al mundo, sin que sus madres reivindicaran placer


alguno. Como cuando el orgasmo no procede. Más bien, lo que
procedió fue que el Negro se sintió, cada vez, macho insolente,
perdulario.

Lo cierto es que hablamos. Ya había comentado antes que su rol de


tutor, me impulsaba a un reconocimiento enfermizo. Porque ya estaba
bien de que me recordara que estaba cumpliendo con la solicitud de
mi padre. Ese tipo de situaciones, no solo aburren. También tienden a
entenderlas como carga perpetua. Tal vez, había llegado a un punto
en el cual se hacía necesaria una ruptura absoluta. Pero, como lo mío
ha sido siempre una condición de sujeto dependiente de alguien.
Ahora lo soy de la mirada de la Nana. Esa es mi guía. Pero antes lo
fueron mi madre, mi padre y mi hermano mayor.

Le dije algo acerca de esa carga emocional. Me dijo que soy un sujeto
que no reconoce la condición ética de su acompañamiento. Para él, la
ética estaba asociada a la sumisión del sujeto dependiente con
respecto al sujeto dominador. Por esa vía, me conminó a que
permaneciera junto a él. Que a, en su vejez, requería de los cuidados
de quien había recibido tantos favores.

Con todo y lo que he vivido, n las condiciones ya descritas, recibí


como ofensa propia, las expresiones del Negro Antonio, hacia la negra
Benjamina. Todo pensé, menos que mi tutor se expresara de esa
manera hacia una mujer. Porque, si algo me enseñó la Nana con una
de sus miradas, tiene que ver con el respeto merecido a los otros y a
las otras. Máxime, en tratándose de una mujer como Benjamina.

Cuando me despedí de Antonio, este volvió a gemir su cuento, en el


sentido de ser un viejo que necesita protección. Y que, yo, era el más
indicado para dársela. De todos modos, salí de su casa. No tenía
rumbo. Decidí buscar, otra vez, a la Nana. La última vez, había
quedado en el territorio de los niños y las niñas que se habían fijado
como horizonte la defensa de las mujeres. En una reivindicación
sistemática y a fondo de todo lo concerniente a los derechos humanos
y a la libertad.
88

Pero ella no estaba allí. Una de las niñas me dijo que Nana había
partido el día anterior para la vereda de San Eugenio. Era algo
parecido a realizar un convite; con el propósito de celebrar el día en
que se venera a la Virgen del Cobre. Una derivación de los recuerdos
ancestrales. No dijo cuándo regresaría, terminó diciendo la niña
Angélica.

Viéndolo bien, algo así me había comentado Benjamina, un día en el


cual estábamos en lo de Astaíza. Ceo recordar algo más: me expresó
que había estado en Cuba, mucho antes de la caída de Fulgencio
Batista. Y que, en esas, conoció a unas negras que oficiaban rituales
emparentados con San Lázaro. Siendo así, comprendió el significado
de muchas de las canciones de Celina y Reutilizo. De ellas aprendió lo
mucho que sabe acerca de la santería. A su regreso, estuvo, con su
vocinglería, promoviendo réplicas de esos rituales. Tratando, con ello,
de reivindicar el palenque como sinónimo de rebeldía ante los
dominadores, o nuevos esclavistas que hicieron de las sutilezas
democráticas, un código perverso y de las verdades un sortilegio
asociado a sus intereses. Pero de nada me sirve esto ahora. Porque
los recuerdos, de por sí solos, son nada

Por fin localicé, otra vez a la Nana. Me dijo con su mirada que,
efectivamente había estado donde la niña me informó. No fue muy
clara, al momento de preguntarle por anécdotas y contenido de esa
actividad. Me remitió a una historia casi patética; que en nada tenía
que ver con el asunto requerido por mí.

La decisión estaba tomada. Raúl Villaveces, sería recluido en “Buena


Pastora”, sitio ejemplar para el purgatorio de penas. Ante todo,
conociendo lo que hizo.

El día en que mató a Karla Buenaventura, Raúl estuvo recorriendo su


pasado. Fue de barrio en barrio; de ciudad en ciudad. Se detuvo en
ciudad Bienaventuranza. Allí saludó a amigos y amigas del pasado.
Percibió que el lugar había cambiado. Pero no lo expresó en palabras.
Simplemente, su mirada se tornó básica. Como cuando miraba,
absorto, la procesión de la soledad, los sábados santos; en su
89

añorada ciudad del Buen Vecino. Nunca había podido olvidar esas
celebraciones. Para Raúl, la iconografía vinculada con el aniversario
de la muerte de Jesús, el Nazareno, era una continua convocatoria a
la reconversión

Siempre ha sido así. Por lo mismo, ese día, llegó antes de lo previsto.
El tren no se había detenido en las estaciones reglamentarias.
Simplemente, su conductor, tenía prisa. Debía llegar a
Bienaventuranza, antes de que naciera su primogénito.

Descendió, mirando alrededor. Como buscando a la mujer requerida.


Una mirada de macho perverso. Porque, nunca había logrado olvidar
el día en que la mujer buscada, le dijo en susurro: ya no me convocas
como antes. Ya no veo en ti mi horizonte erótico. Ni siquiera, mi
inmediatez lúdica. Te siento tan lejano; tan inmerso en los recuerdos,
que no logro adivinar si llegaste; o si te quedaste dormido,
asfixiándome con ese aliento propio de quienes han bebido licor todo
el día.

Cuando Karla huyó, dejándolo en el cuarto, dormido; ya había


amanecido. Ciudad del Mal, empezaba su quehacer cotidiano. Ya los
vendedores de aviones de papel habían empezado su jornada. Las
mujeres habían salido ya. Ataviadas con su desnudez; prestas a
exhibir su cuerpo. Una ciudad en la cual, ellas, no habían sido, ni eran
aún, noticia. Como si no existieran. Por esto, en reunión plena, habían
decidido protestar. A Margot Pamplona, se le ocurrió la idea de
proponer la desnudez como expresión de protesta. Ya veremos si el
señor obispo Pío XXIV y sus machos súbditos, serán capaces de
resistir nuestra firmeza y nuestra capacidad para hacer de la desnudez
un arte y una opción lúdica. Les aseguro, camaradas, que, por fin,
seremos noticia de confrontación a la Cofradía del Santo Oficio.

También habían salido los vendedores de ilusiones. Aquellos que


cantaban el número ganador en la lotería. Ya habían aprendido el arte
del cálculo de probabilidades. Por lo tanto, justo ese día, debía ganar
el número 3345. Tal vez, por esos avatares del destino casi siempre
90

incomprendidos, ese número coincidía con las cuatro últimas cifras del
número de la cédula de Raúl.

Al otro lado de la ciudad, entrando por el sur, en la bodega habilitada


para albergar los cuerpos de los y las NN, llegados desde diferentes
sitios de la periferia, estaba Juvenal Merchán, el cuidador de
cadáveres. Había aprendido su oficio desde niño. Su padre, Gaspar,
había heredado el arte de cavar fosas comunes de su padre Hipólito.

Era, entonces, una sucesión de saberes relacionados con las muertes


masivas, sin dolientes; sin historia. De esas muertes que se han vuelto
cotidianas; a partir de la imposición de opciones de vida vinculadas
con los conceptos de tierra arrasada, en contra de quienes,
simplemente, no comparten las propuestas y expresiones dominantes.

A propósito, Juvenal, había sido amante de Karla. Se conocieron


cualquier día, en cualquier sitio. Lo que, si recuerda, de manera plena
el sujeto, es que ese día recién terminaba de recibir el cadáver de
Benjamin Cuadros. Ese que, para Karla, había sido símbolo de
libertad. A su manera. Es decir, a la manera de la mujer que había
recorrido todos los territorios, desafiando el poder de los inquisidores
cercanos y lejanos. Fundamentalmente el poder del Obispo Pío XXIV;
quien ahora ejercía como soporte del buen comportamiento en Ciudad
del Mal. Él, a su vez, había recibido de Fornicato Palacio, procurador
delegado por la Santa Sala de Preservadores del Orden, la misión de
desterrar, minimizar y erradicar los conceptos de placer y de alegría.

Libro catorce

Benjamin, estuvo luchando al lado de Virginia Esperanza Potes.


Cuando la libertad era horizonte deseado. Ella y él, protagonizaron la
Gran Jornada por El Derecho a ser Humanos. En ese tiempo en el
cual La Cofradía de los Eméritos Caballeros de la Santa Cruz, había
determinado, mediante, Ordenanza Absoluta, que la condición de
humano era un derecho que solo podría ser otorgado a quienes
demostraran haber sido convocados y convocadas a la unción divina,
91

por parte del Honorable Tribunal de la Santa Virtud y la Sagrada


Aplicación de los Evangelios.

Por lo mismo, entonces, tanto Benjamín como Virginia Esperanza,


habían sido condenado y condenada a trabajos forzados. Los mismos
consistían en ir de casa en casa, invitando a creer en María como
virgen y en José como Santo Varón Sacrificado.

Cuando cumplieron la condena, ella y él, decidieron poblar de hijos e


hijas libertarias (os) el territorio. Allá, en la Tierra Sagrada de
Fornicato. Por lo tanto, hicieron lo que es necesario hacer para
procrear. Nacieron 16 niños y 15 niñas. En un recorrido de tiempo
calculado, utilizando el multiplicativo nueve, con escisiones calculadas
entre dos y tres meses.

Tanto Virginia-madre; como Benjamín - padre; instituyeron un ritual


cifrado. Para sus seguidores y seguidoras. Algo así como entender
que la sumatoria de adeptos es condición sine-quanum para fortalecer
la lucha por el poder. Convencieron a varias parejas heterosexuales.
Porque, para ellos, a pesar de su visión libertaria; los y las
homosexuales eran algo que debía soportarse en honor a la posición
libertaria. Pero, no más allá. Como si su rol estuviese asignado desde
antes. Es decir, una posición en la cual la lucha de contrarios, suponía
hembra-macho; más no esa opción en la cual el yo con usted, en la
misma condición de género.

…Y pasó algún tiempo. Villaveces permanecía en su auto-condición


de perdulario. El asesinato de Karla lo conmocionó tanto que, soñaba
con ella. La veía en todas partes. Karla, la mujer libertaria, iba a la par
con sus elucubraciones. Imaginarios enfermizos. La veía, allí, al pie de
la libertad, hecha pedestal; una figura marmórea. Como Sísifo que va
y regresa. Como Prometeo que está allí, con su vientre abierto; como
manutención de las aves que lo destripan cada día. Como Teseo
originario, llegado un día cualquiera de la tierra del nunca jamás…Y
que permaneció con ella, como lo hizo, hace siglos, con Ariadna, la
hermosa amante suya que lo orientó y lo situó en condiciones de
volver a ser sí.
92

Para Raúl, el hecho de haberla matado; suponía no estar con ella. Con
esa Karla libertaria, pero efímera. Tan libertaria que nunca la pudo
asir. Nunca pudo concertar con ella nada diferente a estar hoy, tal vez
mañana; pero nunca aquí y ahora. Un Villaveces montonero perverso.
Ser de un día; que no reconoció, ni reconoce aún hoy en su
tormentosa pena, que fue pionero del amor a migajas. De la entrega,
como trofeo que se adquiere, por haber sido merecedor de él; en la
peor versión de esa simulación de competencia. Porque lo suyo, fue y
será siempre la cautivación de la mujer sujeto de debilidad. Porque,
siempre lo dijo, las mujeres no son otra cosa que placer latente. Ellas
no piensan. Nunca han pensado...ni lo harán. Porque su cerebro es su
vagina; y sus horizontes, el placer que otorgan…En fin, que Raúl la
mató; porque Karla pensó. Porque, cualquier día ella le dijo; quiero ser
libre. Ya no te quiero. Quiero volar a otro territorio. Ese en el que
conocí a Benjamín y a todos los que son como él. Tú no eres otra cosa
que Raúl Villaveces, sujeto tardío; misógino; furtivo depredador
constante.

Y, entonces, la mató. Así como la había amado, a pedacitos. El mato


un día en que su expresión convulsiva (la de él); lo hizo delirar. Un día
en el cual él se observó como lo que era, reflejo de la luna en el agua.
Agua de ese pozo pútrido que lo acompañó siempre. Pozo son nada
diferente a la repetición de cosas. En el día a día. En ese ir y venir
circunstancial. Porque, Raúl, ni siquiera pudo hacer bien las
repeticiones. Todo en él fue y era ahí, en el momento. Sin ningún
acumulado visionario, trascendental. Su lógica, fue y es la del
reciclador de la historia. Aquel que recoge lo que ha sido usado. Las
ideas y las ilusiones. Raúl de nimiedades. Mató a Karla por reconocer
que era superior a él. Oh, sujeto cautivo. Inmerso en las alocuciones
constantes. Sobre el mar y sobre la Tierra. Sobre la mujer y sobre la
ignominia que prevalece.

Raúl, con Pío XXIV a cuestas. Raúl que infiere, a cada paso, que su
gestión es la de complacerlos. A Pío XXIV; a Fornicato Palacio; a
Pedro Vaticano. Este último maestro de maestros en el arte de
trastocar la historia. Sujeto de mil y una ocasiones para reinventar la
93

perversidad. Que asistió a la inmolación de Espartaco; que condujo a


las Legiones Romanas a arrasar todo lo que fuera sinónimo de herejía.
Pedro Vaticano, sujeto inconcluso, como quiera que muriera sin haber
extirpado el mal de amores. Sujeto que, por lo mismo, nunca pudo
hablar con palabra propia. Todo en él era prestado. Hasta la manta
que se suponía lo debía arropar a lo largo de la historia. Ese que se
emparentó con Claudio y con Calígula. Pedro Vaticano, sujeto de
perversidad absoluta. Por esto fue mentor de Raúl. Y, éste, lo entendía
y lo aceptaba así. Por eso no dudó en matar a Karla.

Ese día, en el cual regresó; o que visitó por primera vez (porque ya no
sabía distinguir tiempos y espacios) a su ciudad, para cumplir con el
mandato jurisprudencial; Raúl estuvo divagando. En un proceso
eterno. Ante todo, porque él sabía que la muerte de Karla era su
estigma. Porque él sabía que había matado al símil de la ilusión; de la
esperanza.

Cuando él llegó, ya los y las testigos habían reflexionado. Habían


establecido un conglomerado de hechos, de circunstancias, de
evidencias. Ellos y ellas, habían logrado establecer que Villaveces
esperó a Karla a la entrada de la habitación. La dejó entrar y la
abordó. Le dijo, en comienzo, que la amaba; que siempre lo había
hecho. Que vivían en función de ella. Que era su vida y su post-
vida…que no lo abandonara. Que moriría. Pero, al mismo tiempo,
aclaraba que, si no se quedaba con él, sería ella quien moriría. Que,
cuando soñaba, era ella que aparecía. Aquí y allá…En fin que, “mi
bella Karla, no me abandones”.

Karla, siempre vertical, le dijo “no me interesa tu discurso; ya lo he


vivido y lo he sufrido”. Entonces, Villaveces, se desmoronó; se
consolidó como macho perverso y la acuchilló. Muchas veces. Tantas,
que el cuerpo de Karla, parecía cedazo.

Y, en consecuencia, el jurado, votó. Ellos y ellas, definieron por


unanimidad la sentencia: debe ser ahorcado en plaza pública. Será
vejado antes. Hasta que desespere y hasta que vocifere, pidiendo la
muerte inmediata.
94

Su defensor, Pío XXIV, insistió en la justeza de la muerte de Karla.


Porque había trastocado los roles. Porque desconoció la autoridad del
hombre amante. Porque ni ella, ni ninguna mujer tenía derecho a
confrontar a los hombres. Él, Villaveces, era su dueño y Karla no podía
desconocerlo. Ella estaba obligada a amarlo por siempre. Por lo
mismo, al negarse, entraba en el territorio vedado a las mujeres. Su
independencia no había sido declarada. Ni ella, ni ninguna de ellas,
podía trasgredir los principios y los Valores de Ciudad Trinitaria.
Aquella que, algunas herejes habían cambiado de nombre llamándola
Ciudad del Mal…En fin, decía Pío XXIV, Villaveces, era un ciudadano
ejemplar. Siempre lo había sido. Al matar a Karla, él no hizo otra cosa
que reafirmar el gobierno de lo masculino. Porque Dios, ya había
dicho, por siempre, que las mujeres no son sujetos independientes, ni
pensantes. Ellas serán lo que los hombres digan que sean.

Y, entonces, Benjamín y Virginia, criaron a sus quince hijas y dieciséis


hijos, con toda ternura y aprestamiento. Procurando inculcar en ellos y
ellas, los valores que siempre los habían acompañado a él y a ella.
Pero, Virginia estaba inquieta. Su aritmética no le cuadraba. Porque la
equidad tiene que ver con la igualdad. Y no le faltaba razón. Es decir
16 varones mayores que 15 hembras. Luego, a sus sesenta años,
quería ser preñada, en la esperanza de encontrar la unidad que
configurara la igualdad. Lo otro no es otra cosa que una desigualdad.

…Y Virginia volvió a quedar en embarazo. Benjamín había hecho todo


lo posible por responder, como varón. A sus sesenta y seis años, era
un tanto difícil. Pero lo hizo

Nació otro varoncito. Virginia, creyó desfallecer. Después del enorme


esfuerzo, lo que quedó fue un incremento de la desigualdad.

Villaveces fue condenado. El jurado no aceptó la interpretación de su


defensor Pío XXIV. Fundamentalmente porque, el acusado había
asumido una opción no coincidente con los principios básicos
definidos por las normas de Ciudad del Mal. Normas que habían sido
construidas y aprobadas; a partir de la Asamblea de Mujeres
Beligerantes. Mucho habían tenido que luchar para acceder al poder.
95

Habían sufrido desde tiempos inmemoriales. Los Santos Inquisidores


criollos gobernaron durante siglos. Ellos asimilaron las enseñanzas del
Santo Oficio. Una herencia directamente proporcional al dominio de
los invasores. Una tradición heredada de los Santos Tribunos de la
Santa Roma. Enseñaron a aplicar los métodos para garantizar la
expiación y la reconciliación con Dios; su Dios y que, por lo mismo
tenía que ser el Dios de todos y de todas. Enseñaron a castigar a las
mujeres; cuando estas no reconocieran la primacía de los varones.
Cuando estas no aceptaran su condición de seres sin opción de vida
propia.

Sucedió que Benjamin y Virginia, acompañada y acompañado de sus


quince hijas y sus diecisiete hijos, se trasladaron de Villa Rebelión. Un
caserío a orillas del río Mosquitos. Ya habían urdido un plan; en la
intención de difundir sus ilusiones. Estas venían desde que el padre de
Virginia, Ramón Ilich, había construido una estrategia para acabar con
el liderazgo de Los Caballeros de la Santa Cruz, allá en Ciudad
Lejana. Ramón Ilich, era un hombre profundamente humano. Con la
ternura dibujada en su rostro; y en sus acciones. Ramón Ilich,
expresaba solidaridad y esperanza, absolutas.

Por lo tanto, ese día, tres de octubre; cuando lo mataron; se cuajaron


las nubes y se desató la lluvia que acompañaría a los y las habitantes
de Ciudad Lejana, por espacio de doce meses. Sin cesar. Todo quedó
anegado. Los victimarios se ahogaron cuando cuidaban el cuerpo sin
vida de Ramón. Porque temían que se produjese otra ascensión,
como la del Nazareno hacía ya cerca de diecinueve siglos. Todo,
además, porque los miembros de la Cofradía del Divino Verbo, los
instaron a no salir, por nada del mundo. Y así lo hicieron; se quedaron
en el cuarto subterráneo de la casa de Benedicto XIX quien ejercía
como descifrador de la apologética de San Marcos y que había sido
escrita por autor anónimo en Jericó, ciudad considerada, por esto,
santa.

Sucumbieron ante la fuerza de la lluvia y ante su cantidad. Pudieron


haberse vertido cerca de un billón de metros cúbicos; según lo
96

relataron los calculistas oficiales. Pero el cuerpo de Ramón Ilich, en


fin, de cuentas, desapareció. Para su búsqueda exhaustiva fue
nombrada una comisión en la que se instalaron todos los beneméritos
hijos de Benedicto XIX y los hijos de Fornicato Palacio…Pero no
encontraron nada.

Una mujer campesina, de nombre Dolores Perpetuos, halló el cuerpo


de Ramón; un día cualquiera del mes de enero del año siguiente a la
su inmolación. Dolores, tejió una red secreta para informar a los
seguidores y las seguidoras de las ideas de Ramón. Al cabo de tres
días, se reunieron todos y todas en la “Cueva de San Mariano”,
ubicada en las afueras. Hacía tres meses había escampado. La
ceremonia fue todo un acontecimiento. El cuerpo, sin pudrición, fue
exhibido en altar improvisado. Discursos acerca de la igualdad y de las
acciones para lograrla. Discursos acerca de la herejía necesaria; por
medio de la cual se expulsarían de la ciudad a todos los Honorables
Caballeros de la Santa Cruz; empezando por Benedicto XIX.

Y la inhumación se produjo en medio de arengas panfletarias,


sinceras, a viva voz; con profunda convicción en los ideales de Ilich y
la necesidad de continuarlos; de propagarlos por todas las ciudades y
en el campo y en el mar y en el espacio adyacente a la Tierra.

Benjamín, Virginia y las quince y los diecisiete; no hicieron nada


diferente a conservar y traducir el Mandato Ramoniano. Su horizonte
se hizo inmenso. A cada paso; en cada lugar, hablaban en reuniones
clandestinas. Temiendo que Fornicato Palacio los detectara y los y las
hiciera matar. Porque, Fornicato, era un experto. Ya había sido
probada su capacidad para matar; de manera directa y por encargo.
Como resultado de esas acciones de matanza; ni Ciudad
Bienaventuranza; ni Ciudad del Mal; ni Ciudad del Buen Vecino; eran
reservorio de herejías. En estas, toda voz disidente había sido callada
para siempre.

Benjamin y Virginia murieron de manera simultánea. El veneno de la


víbora que había sido colocada de manera subrepticia en su lecho,
97

hizo efecto en segundos. Mucho se habló del acontecimiento, en toda


el área de Villa Rebelión y en algunos poblados vecinos.

Las quince y los diecisiete continuaron con la tarea. Vivir se tornó


mucho más difícil. A cada momento se escuchaba acerca de la
generalización de las matanzas individuales y colectivas. Pero no sólo
se oía hablar de esto; también se podía constatar. Juvenal se quejaba
de la cantidad de trabajo. Los muertos y las muertas eran muchos y
muchas. Casi no había espacio en la antigua bodega. Hasta que
Fornicato Palacio decidió arrendar otro espacio; al aire libre. Se
pusieron varas verticales y horizontales y se cubrió el escenario con
plástico. Allí eran depositados los cuerpos. Venían de Lengua Larga
(vereda de Villa Rebelión); de La siembra (vereda de Ciudad del Mal);
de El Ensueño (vereda de Ciudad del Buen Vecino).

Se pudrían unos sobre otros. La fetidez era llevada por el viento hasta
la misma Ciudad Salmón; territorio del Padre de los Padres. El mismo
Dios trasplantado desde Roma; desde Castilla; desde el Sacro Imperio
Anglo-Sajón cercano. A todos y a todas los (as) asfixiaba el olor
nauseabundo. Solo las quince, los diecisiete y sus adeptos
escapaban. Ellos y ellas seguían sus labores cotidianas, como si nada.
Pero, claro, sentían profunda tristeza y temor. Un día allí; otro día allá.
Una peregrinación constante. Las ideas libertarias de Ramón Ilich,
estaban grabadas en madera y bronce; de tal manera que no las
degradara el paso del tiempo.

…Y, en Ciudad del Mal, reventó la insurrección. Primero fueron las


mujeres; conocidas como las desnudas, en razón a que conformaban
una asamblea permanente de féminas en contra de los chafarotes de
Pío XIX y de sus colaterales jornadas inquisidoras. Luego fueron los
niños y las niñas. Se negaron a leer el catecismo Astete, mejorado por
el mismísimo Pío y avalado por su señoría Fornicato Palacio. Luego
fueron las y los adolescentes. Estos se negaron a entrar como
aprendices a alguna de las Legiones existentes. Ni a la del Santo
Sagrario; ni a la de los Hijos e Hijas de María Auxiliadora; ni a la
Cofradía de los Hombres y Mujeres Bienintencionados (as). Por último,
98

fueron los abuelos y las abuelas. Ellos y ellas se negaron a servir de


apóstoles en las celebraciones de la Semana Santa. También, sobre
todo ellas, se negaron a acompañar a la Dolorosa los Sábados
Santos, en su soledad.

Sucedió lo que se presumía que iba a suceder. Fornicato, Benedicto


XIX; Pío XXIV y los representantes de las cofradías y legiones;
decidieron, en reunión secreta, juntar sus ahorros y situarlos en el
mercado de mercenarios profesionales. Mercado que había sido
instituido por el Nuevo Imperio Anglo-Sajón. Le servía como fuentes
de divisas y como soporte a las guerras de baja intensidad, comunes
en la región. Les alcanzó para comprar doscientos hombres rudos.
Machotes curtidos en el arte de matar ilusiones y esperanzas y
revoluciones clásicas.

Llegaron a Ciudad del Mal, el ocho de diciembre, día de la Santísima


Virgen. De manera furtiva se instalaron en los cobertizos que Fornicato
utilizaba para sus bestias. Desde allí se fueron desplazando, hasta
copar todos los espacios. Ya conocían quienes eran los y las
dirigentes. Mataron a todos y a todas. Mujeres adultas; mujeres niñas,
hombres adultos y hombres niños.

Fornicato ordenó llevar todos los cuerpos hasta la Plaza Mayor de San
Jacinto, ubicada en el centro de Ciudad del Mal. Allí se hizo una pira
inmensa. Las llamas se veían desde Villa Rebelión y desde la Sede
Central del Santo Oficio Divino

De las quince, quedaron solo siete y de los diecisiete quedaron solo


nueve. Se mantuvo la desigualdad que tanto inquietó a Virginia. Lo
cierto es que, quienes quedaron, migraron hacia diferentes poblados
relativamente cercanos entre sí. Desde su nuevo sitio, recomenzaron
la brega.

Ese fue el referente que tanto entusiasmó a Karla. La vida de


Benjamin y de Virginia. Casi como La Vida de Jesús y de María. Un
símil que ella validó y lo hizo suyo. Por lo mismo, cuando murieron
ellos y ellas, las dirigentes y los dirigentes de la insurrección en Ciudad
99

del Mal; ella se propuso vengarlos y vengarlas. Nada de poner la otra


mejilla. Era ahora o nunca. Ojo por ojo.

Simplemente hubo un problema que le enredó la pita: la aparición de


Villaveces, su amante frustrado y resentido. Aquel que no le perdonó
nunca el hecho de haberse separado de él; por decisión autónoma,
aprendida esa autonomía de las conclusiones de la Asamblea de
Mujeres

Raúl la localizó. Un domingo de mayo. Ella salía del almacén en donde


trabajaba. La siguió sin ser visto. Cuando Karla llegó al platanal;
apareció enhiesto el siniestro personaje. Cuchillo en mano (alguien,
hoy en día, de manera un tanto perversa, diría “a lo Pedro Navajas”).
En fin, que la acuchilló. Huyó por el camino que lleva a Villa Piedad y,
desde allí hasta Villa Perdón. Este último, un caserío habitado por ex
convicto; prófugos resentidos mandantes, con muchas muertes a
cuestas.

El refugio era ideal. Allí nadie preguntaba nada. Lo llamaban, también,


“Tierra de Nadie y de Todos”. Desde ahí importaron el modelo,
muchos de los estrategas de la barbarie; hegemónicos mandarines
criollos. Pútridos, siempre. Y, entonces, se expandió el modelo.
Fueron creciendo las ciudades y los países cuyos gobernantes a la
fuerza, enviaban a sus agregados y aurigas a aprender el oficio de no
preguntar nada. De guardar los secretos de las muertes sucesivas y
de no permitir la identificación de los culpables. Allí estuvo, por
ejemplo, Juan Manuel Santín; José Obdulio Miserabilísimo; Sabas
Pretel de la Cuesta. Todos en nombre del prístino Álvaro.

Y, Raúl, estuvo allí casi cuatro años. Hizo muchos amigos. Algunos de
ellos ejercieron como sus codeudores; cuando él decidió comprar a
crédito El Buzón del Olvido, Un cachivache que servía, a la manera del
sobrero de los magos, para meter en él una evidencia; o un indicio; o
una flagrancia y sacar palomas de la paz; o sapos vergonzantes; o
divinas imágenes de la virgen; o del Divino Niño.
100

Entre tanto, el cuerpo de la bella Karla, fue encontrado por uno de los
hijos de Fornicato Palacio. Lo llevó a otro sitio, distante de allí. El
cuerpo de Karla todavía estaba caliente. Deogracias Palacio, aplicó lo
que había aprendido en los cursos de necrofilia. Una vez terminó,
volvió a trasladar el cuerpo al lugar en el cual había sido dejado por
Raúl Villaveces.

El ceremonial fue conmovedor. Todas las mujeres de La Asamblea,


estuvieron con ella y la acompañaron hasta el lugar de su cremación.
Suscribieron El Manifiesto por la Venganza y por la Pronta Justicia.
Manifiesto que se erigió como referente para todas las mujeres de la
región y del país. Un documento elaborado con un conocimiento
previo de la lucha que han librado las mujeres en todo el mundo. Ellas,
inclusive, promovieron siempre la realización de eventos y
movilizaciones el ocho de marzo anterior a la muerte de Karla.
Estaban convencidas de la importancia y trascendencia de su gestión.
Como mujeres comprometidas con la defensa de sus derechos y por
la persuasión acerca de la necesidad de la ternura para crecer como
personas y como pueblo.

Libro quince

Raúl Villaveces había nacido en Puerto Lindo, ciudad situada al


noroeste de Ciudad Bienaventuranza. Cuando niño fue protagonista
en la escuelita en donde cursó su básica primaria. Porque exhibía
capacidad para hacer de las palabras un todo coherente;
independientemente del tema que propusiera la profesora Altagracia.
Por esto mismo, estuvo mucho tiempo vinculado a la Sociedad de los
Niños y las Niñas Inteligentes. Como con Mozart, su padre y su madre,
recorrieron el país, a bordo de las capacidades de su hijo. El Circo
Diablillo Perenne lo exhibió en funciones en las cuales el público
deliraba con los conocimientos de Raulito. Hasta que, en un día
cualquiera del mes de mayo de 2020, se quedó mudo. Una forma de
protestar por la utilización que venían haciendo de él su familia y los
propietarios del circo.
101

Creció, después de la ruptura, al lado de su tío Valentín. Cursó


bachillerato en el Liceo Mariano y se vinculó a la Universidad Trinitaria,
como estudiante del programa de pregrado Ingeniería Armamentista.
Se graduó con honores y, posteriormente, viajó al Nuevo Imperio, para
cursar estudios de doctorado en Energía Atómica Aplicada a la
Destrucción. A su regreso al país, trabajó al lado del prístino Álvaro
como consejero en asuntos de moral y de seguridad.

Conoció a Karla en una celebración del Día Mariano, en


Bienaventuranza. Sucedió que Raúl fue delegado por el prístino como
su delegado ante el Santo Oficio Criollo de la Búsqueda del Cielo.
Raúl siempre fue un hombre parco y muy devoto de María Santísima.
A ella le otorgaba todo tipo de sacrificios. Decía no querer a las
mujeres, por su recuerdo de lo leído en la Historia Sagrada, acerca del
rol de Eva en la Tierra y, como colateral, la expulsión del Paraíso. Sin
embargo, leía la revista Play Boy y se masturbaba en soledad,
motivado por las poses de las conejitas.

Karla había crecido al lado de su tía Saturia. Padre y madre habían


muerto en un accidente. Viajaban de Ciudad del Mal a Ciudad del
Buen Vecino; el bus en que viajaban rodó por un abismo.

Karla, bajo la férrea disciplina que le impuso Saturia, no tuvo ningún


placer en su infancia. La adolescencia, la sitúo en diferentes
escenarios. El colegio; la hacienda de su tía; las calles de Ciudad del
Mal. Sin embargo, ella nunca pudo disfrutar de su cuerpo. La asfixiaba
el artefacto ideado por la tía para impedir que Karla fuera abordada.
Se trataba de un cerrojo anticuadlo, pero efectivo.

Ese día, en plena celebración de la Santísima Virgen, llevaba un


vestido apretado, negro. Hacía diez años había muerto Saturia. Ahí, al
pie de la tía muerte, lanzó el grito de libertad. El cerrajero logró abril el
candado. Los trajes largos y hasta el cuello fueron incinerados. Danzó
toda la noche del velorio, desnuda, en su habitación. Invitó a su primo
Encarnación para que la inaugurara. Estuvo con él toda la noche.
Contó veintitrés orgasmos; hasta que Encarnación no pudo más.
102

Raúl se dirigió a ella, un tanto conmovido por el hecho de que Karla


había organizado una celebración paralela. Se trataba de la reunión de
todas las mujeres de Bienaventuranza y de la expedición del
Manifiesto Libertario de las Mujeres Vulneradas.

La casuística consistía en exhibir sus cuerpos desnudos en la Plaza


Central de la ciudad. Danzaban alrededor de la hoguera y, a cada
paso, arrojaban al fuego retratos y réplicas de Fornicato Palacio de
Benedicto XIX y Pío XXIV. Además, símiles de los Caballeros
Cruzados.

Le dijo: “señorita, usted no puede agraviar a la Virgen de esa manera.”

Karla, simplemente, lo ignoró. Pero no pudo sustraerse al encanto de


su mirada. Ojos verdes, simples; pero con una fuerza absoluta cuando
se fijaban en alguien. En este caso, Karla, fue ese alguien. Casi
desmaya. Porque ese mirar de Raúl no permitía escape. Hablaron.
Karla le expresó que no había vuelta atrás. Las mujeres de
Bienaventuranza no admitían ninguna directriz; por sagrada que fuera.

Se volvieron a encontrar en la taberna “La vida es así”. Todo tan


coincidencial, que ella y él se sintieron sujetos de una alegoría lejana.
Ella y él, se sentaron en misma mesa. Karla ordenó una botella de
aguardiente marca Soplo Divino. Él, muy recatado, ordenó botella de
vino dulce, marca Los tres Frailecitos.

Departieron hasta pasadas las doce de la medianoche. Karla invitó a


“ojitos verdes” a su habitación. Ella vivía en casa de inquilinato. A
pesar de eso, todo muy confortable y digno. Como lo hacía siempre,
se desvistió inmediatamente llegó al cuarto. Raúl se sintió algo
incómodo. Pero, inmediatamente, recordó a las conejitas y sintió un
fuerte escozor en su tornillo; tanto que se irguió mucho más de lo
acostumbrado. Se juntaron, hasta el amanecer. Raulito se despertó
asustado, porque había quedado en llamar al prístino.

Luego de haber expedido el Manifiesto, las mujeres de la Asamblea,


se dispersaron. Cada una con el propósito de arengar en la ciudad.
Convocando a la confrontación en contra de Raúl y de sus símiles.
103

Ellas ya sabían que Raulito era un protegido del Divino Álvaro; pero
eso no las amilanaba. Estaban decididas a la venganza. Como fuera.
O en los Tribunales. O en cualquier sitio. Lo cierto es que Raúl debía
pagar por su crimen de lesa fémina.

Prevaricato Martínez fue el primer amante de Virginia. Se conocieron


cualquier día, en Villa de Dios, una localidad situada al Este de Ciudad
del Buen Morir. Ella, la Virginia, era oriunda de Ciudad Amada por
Dios. Allí nació y creció. Su padre ejerció como sacristán en la
Parroquia de San Diego Virgen. Con su esposa Primogénita, tuvo
doce hijas. Entre ellas Virginia, la cuarta. Cualquier día, su padre, la
abordó. La casa tenía dos habitaciones. Una de ellas para José
Arimatea y Primogénita. La otra, para las doce.

Le dijo, casi en susurro, “Virgita, me tienes desesperado. Te he


observado cuando te bañas; déjame, por favor, probarte”.

Cuentan que Arimatea se tiró al río. Nadie pudo recuperar su cuerpo.


Sin embargo, Virginia quedó lista para ser la madre del hijo suyo y de
su padre. El niño murió cuando tenía tres años. Un caso insólito de
fiebre amarilla. Virginia nunca transfirió el hecho. Ni siquiera a su
madre Primogénita.

Cuando aprendió con Benjamin el arte de hacerse mujer autónoma, ya


había conocido el arte de la sumisión. Había estado durante muchos
años, al lado de la tristeza y de los vejámenes. Como ese, cuando su
padre la vulneró; haciéndole sentir el significado pleno de la ignominia.
Desde ese día, Virginia juró por Los Dioses Antiguos, que jamás
hombre alguno le haría lo mismo. Por eso lo ahogó en el Río de Oro.
Por eso mató a Prevaricato; arrojándolo al Lago Santo.

Benjamín no era así. Ni como Arimatea; ni como Prevaricato; ni como


Raúl. Es decir, él era un hombre pleno, sincero y que valoró siempre la
importancia del rol de las mujeres y de la construcción de escenarios
de equidad. Por lo mismo, entonces, Benjamin siempre fue perseguido
por todas las cofradías existentes en su territorio. Fundamentalmente
104

por aquella liderado por Pío XIX, denominada Los Caballeros Prístinos
al Servicio de Dios.

Recorrió todo el país, arengando a las mujeres y a los hombres;


transfiriéndoles el conocimiento asociado a la libertad. Ese fue el
Benjamín que tanto admiró Karla. Ese tipo de propuestas libertarias;
esa condición de sujeto comprometido convencido de la necesidad de
la guerra entre las cofradías inquisidoras y los y las hombres y mujeres
que reivindicaban el derecho a ser libres y a tener la sensibilidad y la
ternura como soportes en su actuación. Guerra que, aun hoy, continúa
y que, por lo visto continuará por siglos; hasta que sea vencidos los
dueños de la vida cautiva y de la inequidad y de la contra ternura.

…Y pasó mucho tiempo. Y estamos hoy asistiendo a la misma


confrontación

Algo extraño en ella. Nunca la había percibido así. Una imaginación


que bordea lo absurdo. Sin que me diera cuenta, siguió con otra
historia.

Contaban nuestros antepasados que, en algún lugar del territorio


Embera Katío, las mujeres y los hombres tenían una relación estrecha
con la luna.

Tanto es así que, en determinada época del año (según su propio


calendario), se realizaban algunas actividades que permitían
consolidar esa relación. Una de esas actividades, tenía que ver con la
caminata hacia la prolongación de la vida.

El rasgo principal de esta realización, lo constituía la convocatoria a lo


que podría llamarse ahora un concurso. En donde cada uno y cada
una de los (as) convocados (as) presentaban sus quejas ante la luna.

Por lo general, las quejas, iban acompañadas de demostraciones de


dolor. Estas, a su vez, se presentaban con expresiones corporales que
adquirían un significado casi sagrado.
105

Lo corporal, incluía el llanto. Aquí, las lágrimas, vertidas formaban un


inmenso lago agridulce.

En este lago se sumergía a los niños ay a las niñas. En la intención de


prepararlos para la ternura y la solidaridad.

Una vez terminado el ritual, las mujeres y los hombres, danzaban


alrededor del lago.

. Hasta que la Luna desaparecía, con la llegada del Sol.

Otra vez me sentí como ensimismado. Por momentos creí que estaba
inmerso en las Mil y Una Noches. Como si estuviese enfrente.
Conversando con la negra Benjamina, cuando me contó ese sartal de
historias que no logré entender. Y la Nana contó otra historia. Estaba
fascinada. Como cuando alguien entiende que el tiempo y su curso
tienen que ver con estar mirando y contando cosas. Sin un hilo
conductor aparente.

Escribir acerca uno mismo, supone asumir el reto de ser


absolutamente sincero. Porque está de por medio el encuentro con
aquellas verdades ocultas. Aquellas que, a veces, no me atrevo a
reconocer.

Lo cierto es que, mi vida, ha transcurrido de manera sinuosa. Es decir,


ha estado alejada de la homogeneidad. Es tanto como entenderla
vinculada con hechos que, en sucesión, se asimilan a estados de
ánimo; a lo que podríamos llamar expresiones originadas en mi
manera de relacionarme con el entorno cercano y con todo el mundo
exterior.

Mi infancia, en esa primera etapa que algunos han dado en llamar la


primera aproximación a la interacción con los otros y con las otras,
transcurrió sin afugias en lo que tiene que ver con el aspecto
económico. Es decir, sin los contratiempos ni las limitaciones que han
tenido y tienen otros niños (as).
106

Lo anterior no supone, en una perspectiva integral, la ausencia de


dificultades. Entre otras razones porque, en esa dimensión de
integralidad, es necesario incluir lo que antes denominé “estados de
ánimo”. Estos, para mí, no son otra cosa que momentos en los cuales
me invadía la tristeza y la soledad relativa asociada con cierta forma
de distanciamiento, con respecto a mi padre a mi madre. Algo así
como saberme incomprendido.

Con el correr del tiempo, en la medida en que iba creciendo, ese


distanciamiento y esa percepción de no ser reconocido de manera
plena como persona, me fui acercando más a la exterioridad. Era
como una búsqueda de vivencias colectivas, disociadas del entorno
inmediato familiar. No puedo negar que, ese proceso, fue y ha sido
conflictivo. Es algo así como relacionarlo con la identificación de
hechos y acciones que antes no había conocido.

Todo lo anterior, cruzado por las condiciones que imperaban y


marcaban esa exterioridad. Una ciudad y un país en donde se
desarrollan procesos sociales, políticos y económicos traumáticos.
Con situaciones de violencia y en donde la inequidad se profundiza de
manera constante. Si bien es cierto mi percepción de estos hechos no
ha sido plena, aun ahora, no es menos cierto que es una realidad que
impacta; así no tenga mucha claridad en cuanto a su origen.

A mis casi quince años, me considero un adolescente relativamente


sensible. Me he esforzado por reivindicar mi libertad y autonomía; en
contextos en los cuales han existido expresiones autoritarias. Tengo
claro que esto le sucede, también, a muchos y muchas adolescentes.
Lo que pasa es que asumo la individualización. Y esto supone
reconocerme como persona. Como lo que soy, con diferencias
precisas con respecto a los jóvenes de mi edad.

Jesús Sinisterra es un jefe soportado en las necesidades de la


empresa. Asume su rol, como sujeto perdulario. En él se encuentra el
equilibrio mágico entre las necesidades de la empresa y su opción de
vida. Ya, Susana, me había comentado el año pasado, que Sinisterra,
le había insinuado su deseo de poseerla. Como extensión de su
107

poder. No solo en lo que implica a sus exigencias de rendimiento sino


también en lo que hace con sus necesidades de sexo furtivo.
Manteniendo el esquema. Fundamentado en su condición de macho
que combina el sexo formal con su dominada y la informalidad con una
amante.

Yo sentía por él un odio visceral. Tanto como gendarme empresarial,


como por su capacidad para utilizar su poder, como garante de su
búsqueda de sexo. Una figura lasciva. Oportunista. Yo me hacía a la
idea de que Susana no claudicaría nunca ante la vergüenza que
suponía acceder a los requerimientos de Sinisterra. Sin embargo, me
obnubilaba la duda. Porque, conocía los ímpetus de Susana. De su
manera de otorgar y sentir placer. Para Susana toda oportunidad es
válida. Ella decía: el placer es un elemento indispensable para vivir; no
importa con quien o quienes se construya y se sienta. Este es
independiente de la raza o posición social. Para mí lo fundamental es
el placer en sí mismo.

El 31 de agosto fue mi primer aniversario. Ese día sentí que había


poseído a mi madre. En una suplantación imaginaria. La veía
desnuda, bañándose. Veía todas sus formas al vestirse. Era invitado
obligado, porque demandaba cuidado. Y quien más que mi madre
para satisfacerlo. Cierto es, también, que solo recuerdo a Silvia. Aún,
hoy, no tengo certeza de haber conocido a mis rivales. Solo ella,
Silvia, estuvo y está a mi lado. Adrián y Pitágoras, se marcharon. Se
cansaron de mi obsesión por mi madre. Olga, Maritza y Martha,
viajaron con mi padre. Por imaginarios caminos. Supe, últimamente,
que habían traspasado la frontera entre la fantasía y la realidad. Como
dueñas de mi padre y enemigas de mi madre.

Veo pasar niños y niñas. Saltando, eludiendo caminos áridos.


Buscando la felicidad en territorios disímiles. El parque cercano, el
país lejano. En construcciones efímeras. Cuando vuela, la
imaginación, no reconoce límites. Están al lado de la madre. Una
bifurcación truncada. Ellos y ellas, saturados de nostalgias, de
tristezas. Yendo al encuentro de la alegría que no viene. Que se
108

queda allá, en el lejano horizonte quimérico. Ellos y ellas son yo, son
Silvia. Porque he limitado mi visual. Ni Olga, ni Maritza, ni Martha.
Ellas se han ido, con el padre. Yo no sé si lo siguen por pasión de
hijas; o por alucinaciones de amantes.

Es el día 543, después de mi instalación como empleado en la


empresa. Llegué como noria. Sin tener roles definido. Localicé a
Susana, por su mirada. Ya la había visto antes. Cuando poseía a mi
madre, vía pezones duros: Desde que odié a mi padre por vulnerar su
sexo; induciéndola al orgasmo ilegítimo. O cuando, me vi., en el
vientre, creciendo, como elemento extraño. Originado en una juntura
nefanda. Entre él y ella. Entre su sexo y el de ella. En una violencia
reinventada. En una sensación de tristeza. Siendo yo el promotor de la
misma. Creciendo en ella. Ella con la disposición de las esclavas. Que
murmuran su inconformidad. Pero una murmuración que no explota.
Que se adormece, al ritmo de la tradición y de la moralidad.

En fin…, sea lo que sea, Susana estaba allí, con su mirada.


Dominándome desde ese comienzo. Ella aferrada a la máquina que
tuerce el fruto. Sea de café, o de cacao o de ilusiones. Ella magnífica.
Exhibiendo sus botones a través de su blusa a rayas, transparente e
insinuando, a través de su jeans, ese triángulo hermoso que insinúa su
sexo potente. Capaz de avasallar; sexo que transfiere pasión, deseo.
Sinisterra estaba ahí. Mirábamos el mismo trofeo. Él con su poder ya
adquirido. Yo con un toque de inocencia, parecida a la partitura de un
bolero. El son de los amantes. Furtivos y abiertos. Recatados, como
deslealtad conmigo mismo. Pretendiendo esconder el deseo de
fornicar, desde ya, con ella. Ese suplicio constituido en la partición del
yo. Entre el respeto y la ansiedad por poseerla. Era, ella, el horizonte.
De Sinisterra y el mío. Ya ella lo sabía y jugaba con las ilusiones.
Abominable una. Perversa la otra. Porque mi arrebato, pretendía
ocultarlo. Disfrazarlo de pasión sublime.

Libro dieciséis

Y yo seguía diciéndome que ya estaba bien de tantas historias juntas.


Todo me daba vueltas. Como esas veces en que uno se pierde. Y,
109

entonces, todo deja de ser consciente. Todo se torna como vago. O


como inverosímil, o absurdo. Algo así como baquiano. Esta última
frase la aprendí de la Nana. Y lo expreso, casi sin saber su significado.
Porque así he estado toda mi vida. Expresando cosas y/o
realizándolas, como al margen de la vida misma. Como si esta fuese
algo etéreo.

Lo cierto es que ella y yo estábamos allí. Mirándonos. Ella en su


encantamiento, derivado de esas historias que se empecinaba en
relatar. Yo con ese horizonte tan recortado, como accediendo sin
querer a sus relatos. A ella la sentía como sujeto, insisto, vinculado a
esa trama. Como Scharazada, contando cuentos para no morir. Y lo
menciono porque fue ella misma la que me dijo un dio, que hubo un
tiempo, un territorio y un reino en el cual ese personaje femenino se
salvó de la muerte, precisamente por saber cuentos, historias.
Personajes casi mágicos. No había terminado yo de reflexionar. Lo
mío sigue siendo mi incapacidad para hallarme a mismo. Y me inventé
otra versión mía. Como a lo que quisiera llegar a ser. Sujeto perdido

He resuelto comenzar a desandar lo andado. Porque tengo afán. El


declive es insoslayable. Como anti-ícono. O mejor como ícono que
está ahí. Pero que no significa otra cosa que el regreso. Al comienzo.
Como lo fue ese día en que nací. Para mí, sin quererlo, fue el día en
que nacimos todos y todas. Porque, en fin, de cuentas, para quienes
nacemos algún día, es como si la vida comenzara ahí.

Lo cierto es que accedí a vivir. Ya, estando en el territorio asociado al


entorno y a la complejidad del ser uno. Pronto me di cuenta de que
ser yo, implica la asunción de un recorrido. Y que este supone
convocarse a sí mismo a recorrer el camino trazado. Tal vez no de
manera absoluta. Pero si en términos relativos; como quiera que no
sea posible eludir la pertenencia a una condición de sujeto que otear el
horizonte. En la finitud, o en la infinitud. Qué más da. Si, en fin, de
cuentas, lo hecho es tal, en razón a esa misma posibilidad que nos
circunda. Bien como prototipo. O bien como lugares y situaciones que
110

se localizan. Aquí y allá, como cuando se está, en veces sin estar. O,


por lo menos, sin ser conciente de eso.

Cualquier día, entré en lo que llaman la razón de ser de la existencia.


No recuerdo como ni cuando me dio por exaltar lo cotidiano, como
principio. Es decir, me vi. Abocado a ser en sí. Entendiendo esto
último como el escenario de vida que acompaña a cada quien. Pero
que, en mí, no fue crecer, Ni mucho menos construir los escenarios
necesarios para actuar como sujeto válido.

Un quehacer sin ton ni son. Como ese estar ahí que es tan común a
quienes no podemos ni queremos descifrar los códigos que son
necesarios para vivir ahí, al lado de los otros y de las otras. Duro es
decirlo, pero es así. La vida no es otra cosa que saber leer lo que es
necesario para el postulado de la asociación. De conceptos y de
vivencias. De lazos que atan y que ejercen como yuntas, Por fuera
todo es inhóspito. Simple relación de ideas y de vicisitudes. Y de
calendas y de establecer comunicación soportada en el exterminio del
yo, por la vía de endosarlo a quienes ejercen como gendarmes. O a
ese ente etéreo denominado Estado. O a quienes posan como
gendarmes de todo, incluida la vida de todos y a todas.

Y, sin ser consciente de ello, me embarqué en el cuestionamiento y en


la intención de confrontar y transformar. Como anarquista absoluto.
Pero, corrido un tiempo, me di cuenta de mi verdadero alcance. No
más allá de la esquina de la formalidad. Sí, de esa esquina que obra
como filtro. En donde encontramos a esos y esas que lo intuyen todo.
A esos y esas que han construido todo un acervo de explicaciones y
de posiciones alrededor de lo que son los otros y las otras. Y de sus
posibilidades y de su interioridad. Y de sus conexiones con la vida y
con la muerte.

Esas esquinas que están y son así, en todas las ciudades y en todos
los escenarios. Y yo, como es apenas obvio, encarretado conmigo
mismo y con mis ilusiones. Y con mis asomos a la libertad. En ellas se
descubrieron mis filtreos con la desesperanza. Y mis expresiones
111

recónditas, en las cuales exhibía una disponibilidad precaria a


enrolarme en la vida, en el paseo que esta orienta, hacia la muerte.

Y estando así, obnubilado, me dispuse a ver crecer la vecindad. A ver


cómo crecían, alrededor de mi estancia, las mujeres y los hombres
que conocí cuando eran niños y niñas. Y, estando en vecindad de la
vecindad, conocí lo perdulario. Ese ente que posa siempre latente.
Que está ahí; en cualquier parte; esperando ser reconocido y
aprehendido por parte de quienes ejercen como mascotas del poder.
Como ilusionistas soportados en las artes de hacer creer que lo que
vemos y/o creemos no es así; porque ver y creer es tanto como
dejarse embaucar por lo que se ve y se cree. Una disociación de
conceptos, asociados a la sociedad de los que disocian a la sociedad
civil y la convierten en la sociedad mariana y en la sociedad trinitaria y
confesional. Y, siendo ellos y ellas ilusionistas que ilusionan acerca
de la posibilidad de correr el velo de la ilusión para dar paso al
ilusionismo que es redentor de la mentira que aspira a ser verdad y la
mentira que es sobornada por quienes son solidarios y consultores
para construir verdades.

Y, estando en esas me sorprendió la verdadera verdad. Justo cuando


empezaba a creer en el ilusionismo y en los ilusionistas. Verdadera
verdad que me convocó a reconocerme en lo que soy en verdad.
Sujeto que va y viene. Que se enajena ante cualquier soplo de
realidad verdadera. Que ha recorrido todos los caminos vecinales. En
lo cuales he conocido a magos y videntes de la otra orilla. Con sus
exploraciones nocturnas, cazando aventureros que caminan y
caminan atados a la vocinglería que reclama ser reconocida con voz
de los itinerantes. Y, estando en esas, me sorprendió la incapacidad
para protestar por la infamia de los desaparecedores. De los dioses de
los días pasados y de los días por venir y de los días perdidos.

Y volví a pensar en mí. Como tratando de localizar mi yo perdido,


desde que conocí y hablé con los magos y videntes de la otra orilla.
Un yo endeble. Entre kantiano y hegeliano. Entre socrático y
aristotélico. Entre kafkiano y nietzscheano. Pero, sobre todo, entre
112

herético y confesional. Ese yo mío tan original. Filibustero. Pirata de sí


mismo. Y, sin embargo, tan posicionado en los escenarios de piruetas
y encantadores de serpientes. Saltimbanquis que me convocan a
cantarle a la luna, desde mi lecho de enfermo terminal. La enfermedad
de la tristeza envalentonada. Sintiéndome poseído por los avatares
increados; pero vigentes. Artilugios de día y noche.

Sopla viento frío. En este lugar que no es mío. Pero en el cual vivo.
Territorio fronterizo. Entre Vaticano y Washington. Como han
cambiado la historia. Como la han acomodado ellos. En tiempo de mi
pequeñez de infante, tenía mis predilecciones a la hora de rezar y
empatar. La tríada indemostrable. Uno que son tres y tres que vuelven
a ser uno. Pero también le recé a Santo Tomás y al Cristo Caído,
patrono de todos los lugares y de todos los periodos. Caminé con la
Virgen María. De su mano recibía El Cáliz Sagrado cada Cuaresma.
En esos mis sueños en los cuales también buscaba el Santo Crial. En
esa blancura perversa de la Edad Media. Definida así por una
cronología nefasta. Purpurados blandiendo la Espada Celestial; y los
Santos Caballeros recorriendo los inmensos territorios habitados por
infieles. Rodaron cabezas setenta veces siete. La tortura fue su
diversión predilecta. En la Santa Hoguera y en los Santos Cadalsos. Y
cayó Giordano Bruno. Y cayeron muchos y muchas enhiestas figuras d
la libertad y de la herejía. Y las canonizaciones se otorgaban como
recompensas. Y Vaticano todavía está ahí. Vivo. Como cuñete que
soporta la avanzada papista; aun en este tiempo. Vaticano
nauseabundo. Sitio en el cual la presencia de los herederos de San
Pedro ejerce como espectro que pretende velar el contenido criminal
de pasado y presente. Siguen anclados. Y difundiendo su versión
acerca de la vida y de la muerte. Purpurados perdularios. Para
quienes la Guerra Santa es heredad que debe ser revivida.

Y Washington sigue ahí. Inventando, como siempre, motivaciones


para arrasar. Ya pasó lo de Méjico y lo de Granada y lo de Panamá y
pasó Vietnam (con derrota incluida) y lo de Bahía Cochinos y está
vigente lo de Irak y lo de Pakistán y lo de Afganistán. Y se mantiene
113

Guantánamo como escenario en el cual efectúan y efectuaron sus


prácticas los profesionales de la tortura.

…Y, en fin, sigo sintiendo un frío terrible. En esta bifurcación de


caminos. Todos a una: la ignominia. Y me levanto cada mañana; con
la mira puesta en una que otra versión. Escuchadas en la noche;
cuando no podía embolatar el hechizo tan cercano a la locura, al cual
me he ido acostumbrando. Y, a capela, alguien me insinúa, a mitad de
camino, la posibilidad de argüir mi condición de lobotomizado, cuando
enfrente el juicio histórico de mis cercanos y cercanas. Ante todo,
aquellos y aquellas con los (as) cuales he compartido. Siendo volantín
al socaire. Siendo aproximación a la condición de sujeto libertario.
Siendo apenas buscador de límites.

En esta inmensa soledad soy inverso multiplicativo. Como


minimizador de acontecimientos y de acciones. Como si fuese experto
prestidigitador. Como lo fueron aquellos sujetos encargados de divertir
a reyezuelos. Otrora, yo hubiese protestado cualquier asimilación
posible de mis acciones a aquellos teatrinos incorporados a la
cotidianidad burlesca.

Pero ya no puedo protestar nada. Simplemente, porque no he sabido


posicionarme como cuestionador de las entelequias del poder. En el
día a día. Porque así es como funciona y como es efectivo.
Obnubilando los entornos. De tal manera que he llegado al mismo sitio
al que llegan los lapidadores de la verdad y de la ética. Sitio
embadurnado; mimetizado y que posa como lugar común. Y que reúne
a figuras asimiladas a los sátrapas. Personajes delegados por las
jefaturas de los imperios. Sí, como diría alguien próximo, ¡así de
sencillo llavería!

Inmerso en ella (…en la misma soledad) he vivido en este tiempo. Ya,


el pasado, no cuenta para mí. O, al menos como debiera contar. Es
decir, como referente reclamador ante expresiones que tuve o dejé de
tener. Cierto es que me fugué hace un corto tiempo. Fugarse del
pasado es lo mismo que hacer elusión de la convocatoria a vivir en
114

condiciones en las cuales, el presente no obre como tormento. Ficticio


o no. Pero tormento en fin de cuentas.

Soledad relacionada con la herencia, casi como copia de genes.


Soledad que me remite siempre a ese pasado de todos y de todas.
Pero que, en mí, cobra mayor fuerza en razón a la proporcionalidad
entre decires y silencios. Esos silencios míos que pueden ser
tipificados como verdaderos naufragios conceptuales. Como remisión
a la deslealtad. Con mi yo. Y con todos y todas quienes estuvieron en
ese tiempo. Y, entonces, reconozco a Leticia y a Nelly, y a Norela, y a
Rosita, y a Miguel, y a Nelson, y a…

Y, como si fuera poco, me hice protagónico en el ejercicio de las


repeticiones. Como queriendo volver a esos escenarios en los cuales
no estuve, pero que intuyo. El Homo-Sapiens en todo su vigor.
Tratando de localizarme a futuro, para endosarme su tristeza. Para
hacerme heredero de penurias. En ese tránsito cultural que fue, paso
a paso, su itinerario. Cultura sin soporte diferente a aquellos
ditirambos que nos situaron en condiciones de vulnerar a la
Naturaleza; pero también de construir el significado del amor; de la
ternura; de la solidaridad.

Y, en eso de la ternura, de la solidaridad y del amor, me estoy


volviendo experto. Pero como en regresión. Es decir, en contravía de
lo que, creí en el pasado, era mi fortaleza. Y me veo como advenedizo
en este tiempo en el cual, precisamente, es más necesario ser
herético, punzante, hacedor de propuestas de exterminio de aquellos
que consolidaron su poder, a costa de la penuria y de la infelicidad de
los otros y de las otras.

Y, en eso de ser libre, me quedé a mitad de camino. Como pensando


en nada diferente que estar ahí; como simple perspectiva de
confrontación. Una existencia próxima al desvarío de aquellos y
aquellas que siguen estando, como yo, sin comenzar siquiera el
camino. Camino que se me escapa cada vez que lo miro o lo pienso.
Camino que me es y ha sido esquivo por milenios.
115

Porque nací hace tantos siglos que no recuerdo si accedí a la vida o al


albur de los acontecimientos. Vida que se retuerce día a día y que no
es tal, porque no la he vivido como corresponde. Lejanos momentos
esos. En los cuales imaginé ser humano perfecto. Humano centrado
en el itinerario vertido al unísono con las epopeyas de los y las
libertarios (as). Lejana tierra mía (como dice el lunfardo). Tierra que
fue arrasada desde mucho tiempo atrás. Desde que lo infame se
posicionó como prerrequisito para andar. Y andando se quedó. Un
andar predefinido. Andar que no es otra cosa que seguir la huella
trazada por nefandos personajes que hicieron de la vida una yunta.
Como encadenamiento cifrado. Como propuesta que restringe la
libertad. Y que la condiciona. Y que la mata, a cada momento.

Lejanos horizontes los que caminé. Solo. Porque la soledad es


sinónimo de estar ahí. Como convulsivo sujeto de mil maneras de
aprender nada. Sujeto que se sumergió en el lago mágico del olvido.
Ese que nos retrotrae siempre a la ceremonia primera en la cual se
hizo cirugía al vuelo libertario. Cortando alas aquí y allá. Cirugía que
se convirtió en ritual perenne. Como cuando se siente el vértigo de la
muerte. Muerte que huele a solución, cada vez que recuerdo y vivo.
Pasado y presente. Como si fuera la misma cosa.

Como soplo de dioses, pasó el tiempo. Yo enajenado. Esa pérdida de


la memoria que remite al vacío. Y estuve, en esa condición, todo el
tiempo. Desde que empecé a creer que había empezado a vivir.
Enajenación, similar a la de los personajes de Kafka. Prolongación del
yo no posible, en autonomía. Más bien reflejo de lo que no sucede. De
lo que no existe. Un yo parecido a la vida de los simios. Repitiendo
movimientos. Inventando nada. Simple réplica. Sin el acumulado de
verdades y de hechos y de posibilidades, que debe ser soporte de vivir
la vida. Y, cualquier día, me dije que no volvería a experimentar con
eso de no sentir nada. Pero no fue posible. Simplemente porque
nunca encontré otro libreto. Porque me quedé recabando en lo que
pude haber sido y no fui. Porque, como los marianos, me quedé
esperando que viniera la redención, por la vía de la Santa Madre.
Porque me obnubilé con ese desasosiego inmenso que constituye el
116

estar ahí. Pensando, si acaso eso es pensar. Pensando en que sería


otro. Diferente. Otro yo. No perverso. No conciliador con la
gendarmería. Otro sujeto de viva voz, no voz tardía y repetitiva. Voz de
mil y más expresiones de expansión. En el ancho mundo histórico.
Ese que es concreción de vida. Porque, lo otro, es decir estar ahí, es
como mantener vigente la enajenación profunda.

Un yo Kantiano que se sumergió (¡otra vez ¡) en la heredad de los


emperadores y de los dioses míticos y de las creencias aciagas y de
los postulados polimorfos de los sacerdotes socráticos y aristotélicos.
Sacerdotes que remiten a la interpretación de lo que existe, por la vía
de la vulneración del yo concreto, vivencial; necesitado de vivir sin el
cepo perenne de una interpretación de la vida, sin otra opción que
estar ahí. Esperando que los silogismos desentrañen la vida. Y que la
sitúen como premeditación. Como expectativa unilateral; sin
cuestionamientos y sin alternativas diferentes a ser gregarios
personajes que deletrean las verdades de conformidad con el discurso
ampuloso ante la asamblea de diputados que tratan de convencerse a
sí mismos, de que no existe otra alternativa a mirar el universo como
centro que fue creado desde siempre por quien sabe quién. O el Dios
Zeus; el Dios Júpiter; el Dios Cristiano que no supo administrar, a
través de su hijo ilustre, las posibilidades de quebrantar el yugo de los
imperios. O del Dios del profeta Mahoma que se enredó en justificar
mil disputas por el poder que otorga la verdad. Todos, en fin,
asfixiándola, en cada momento histórico. Dioses perdularios.
Matadores de cualquier ilusión. Pero yo me quedé expectante.
Esperando que llegara el salvador por la vía de la Razón kantiana; o
por la vía de la postulación dialéctica hegeliana. O, simplemente, por
la vía de la propuesta ecléctica de Engels.

Y todavía estoy aquí. Y ensayé con la proclamación de Darwin, para


resarcirme de mis creencias de la creación de las especies, a la
manera de Génesis II, 18-24. Y, tal parece que no entendí su mandato
evolutivo. Y me recree en Morgan, en la intención de concretar una
propuesta de sociedad heredada, a partir de sucesivos momentos en
la historia de la humanidad. Y me quedé esperando ver en Marx una
117

opción diferente a la de Max Weber. Sociedad de confrontación. De


lucha de clases. Pero, tal parece que tampoco eso lo en tendí.
Simplemente porque no pude descifrar el código revolucionario
inmerso en su teoría. Y me quedé esperando a Lenin. Con su teoría
de partido y de concreción de la libertad por la vía de la extirpación de
la ideología de los terratenientes y de los burgueses y del Estado del
capital y…de, en fin, de cualquier cosa.

Y me quedé esperando al divino Robespierre, cuando supe de sus


arengas para destruir a la Bastilla y a los reyezuelos y a los
monárquicos todos. Pero me confundí cuando este erigió la guillotina
como solución. Y, antes, había esperado a Giordano Bruno. Pero, por
su misma opción hermosa de libertad, no pude interpretarlo; y su
muerte atroz, me sorprendió prendiéndole velas a Descartes.

Otra vez desperté pensando en la libertad. Es una reiteración. De ese


tipo de expresiones que naufragan, cuando nos percatamos que la
hemos inmolado en beneficio de la metástasis con la violencia oficial.
Un tipo de vulneración que la llevó (…a la libertad) a ser auriga de
vocingleros de la democracia, que encubren prestancia adecuándola a
su intervención como promotores de esperanza centrada en su
discurso de que aquí no ha pasado nada y que solo ellos son
alternativos.

Y estuve en el mercado de san Alejo. Esperando que llegaran los


cachivaches colocados como símbolo por parte de los testaferros de la
guerra, actuando a nombre de los cruzados por la buena fe, la
moralidad y la eutanasia hacia los proclives de la insubordinación. Y,
allí, conocí a aquellos y aquellas que se han constituido en
beneficiarios de esa guerra y de sus mil y más interpretaciones. Y, en
esa dirección, conocí a los académicos. Sí, a los usurpadores.
Escribiendo para diarios y revistas. Una opereta que no acaba. Y vi,
con repugnancia, a los desmovilizados y desmovilizadas. Vociferando
en contra de su pasado. Y lo y las vi como caza recompensas. Allí
estaba Rojas (…el de la amputación de la mano de su jefe político y
militar y que presentó como trofeo y como justificación para recibir la
118

mesada oficial infame) y vi a Santos y su cohorte administrando la


guerra a nombre de “los ciudadanos y ciudadanas de bien”. Y vi a
todos y todas aquellos (as) que están al lado del Emperador Pigmeo.
Y vi a quienes construyen discursos vomitivos, a nombre de la
“sociedad civil”, vendiendo sus palabras acartonadas. Como
equilibristas que se agazapan. Esperando un nombramiento. A
Eduardo Pizarro Leongómez, blandiendo su pobre erudición, diciendo
que las mujeres violadas por los paramilitares no deben hacer de su
denuncia una bandera de lucha en contra de los criminales de guerra;
a los Angelino Garzón. El mismo que conocí como punta de lanza del
Partido Comunista, liderando organizaciones sindicales, a nombre de
la revolución. Sí, lo vi como fórmula vicepresidencial del invasor del
Ecuador y prístino representante de los monopolios de la
comunicación. Y me encontré, vendiendo sus declaraciones, al
“Joyero”. Si, al brillador de lámparas de Aladino; es decir, me encontré
con Daniel Samper. Sí, el mismo que defendió el bastión monárquico,
cuando se produjo el conflicto entre el feudal Juan Carlos de España y
el chafarote populista Hugo Chávez. El mismo Daniel Samper que
pasó de agache cuando el Santo Oficio de la Alianza Santos-Planeta,
expulsó a Clara López, por haber escrito la verdad acerca de los
manejos de los dueños de la verdad en el periódico. Y vi a León
Valencia, cuando llegó de Londres con su maleta cargada de palabras
en contra de la lucha armada revolucionaria y con un breviario
confesional que contiene el evangelio de los “nuevos demócratas”.

Y, por lo mismo, me dije: ¿será que estamos condenados como


pueblo a tener que asistir al parloteo de loros y loras que han
renunciado a sus convicciones a nombre de la democracia infame de
los detentadores del poder en nuestro país. Por siglos. ¿Pasando por
encima de los muertos y las muertas que ellos mismos han
ajusticiado? ¿Será que, somos un pueblo imbécil que consume la
mercancía averiada (parodiando al viejo Lenin) de la paz y la justicia
social?

Y seguí dando tumbos. De fiesta en fiesta, como dijo Serrat, cuando


cantó interpretó la canción. Y me quedé tendido, en el piso. Como
119

queriendo horadar el suelo para enterrarme vivo; antes que seguir


aquí. En esta pudrición universal. En donde la lógica ha sido
trastocada; en donde las verdades se han diseccionado y
recompuesto, para que asimilen las palabras de los directores y
nieguen las palabras nuestras, las de los sometidos. Y seguí ahí. En
ese ahí que es todo artificio. Todo lugar común, por donde pasan
maltratados y maltratadores, como si nada. Es decir, como
repeticiones y prolongaciones sin fin.

Libro diecisiete

. No sé cuánto tiempo llevo así. Solo sé que me niego a reconocer mi


trombosis vivencial. Se, por ejemplo, que asistí al evento en el cual
Suetonio presentó su obra acerca de los Césares. Y me acuerdo que,
estando allá, me encontré con Sísifo. Lo noté un tanto cansado de
lidiar con su condena. La piedra, insumo mismo otorgado por los
dioses perversos, había crecido en tamaño y en peso. Y no es que la
gravedad se hubiese modificado. A pesar de no haber sido
cuantificada todavía, seguía ahí; siendo la misma. Y me dijo Sísifo: te
cambio mi vida por tu interpretación del escrito del viejo Suetonio. Y le
dije: no vaya a ser que estés embolatando el tiempo conmigo,
pensando en un descuido para endosarme tú útil pétreo. Y me dijo,
casi llorando, “lo mío es otra cosa. No sabes cuánto me divierto,
sabiendo que, a cada subida y a cada bajada, me queda claro que
desafié a los dioses y me siento bien así”. “Pero en cambio tú, sigues
ahí. Me cuentan que te han visto en cuanto evento se organiza. Y vas.
Y vuelves a ir. Y sigues siendo el mismo Adán que recibió hembras y
machos, a manos del dios bíblico. Me cuentan que has tratado de
cambiar a Eva por la alfombra voladora de Abdalá Subdalá Asimbalá.
Y que en ella piensas remontar vuelo hacia el primer hoyo negro de la
Vía Láctea. Pero, también me han dicho, que ni eso has logrado. Que
sigues ahí, esperando que regrese Carlomagno de su travesía, para
solicitarle que te deje admirar los objetos traídos de su saqueo.

Y, en verdad, me puse a pensar en lo dicho por el viejo Sísifo. Y, no lo


pude soportar. Y lo maté. Y logré asir la alta mar, en el barco de
120

Ulises. Y llegué a la sitiada Troya Latina. Sí, llegué a esta patria que
tanto me ha dado. Por ejemplo, me ha dado la posibilidad de entender
que todos y todas somos como hijos de Edipo. Somos vituperarías del
Santo Oficio de la gestión autoritaria; pero no reparamos que, a diario,
poseemos a la madre democracia. Que le cambiamos de nombre cada
cuatro años. Pero que sigue siendo la misma. Es decir: ¡nada ¡

. Llegué a ciudad Calcuta el mismo día en que nació Teresa. La madre


de todos y de todas…y de ninguno. La conocí, un día en el cual estaba
succionando el pus salido de las pústulas que había sembrado Indira
Gandhi. La vi. Le vi sus ojos mansos. Como mansos hemos sido;
llenos de oprobios y pidiendo a dios por los que gobiernan. Y viajé, al
lado de ella, al Vaticano (…sí otra vez). Ella me presentó a Juan Pablo
Primero. Recién, el Santo Sínodo Cardenalicio, lo había nombrado
Papa. Y, con él, estaban los directivos del Banco Ambrosiano. A los
dos días murió envenenado. Después vine a saber, a través de
Teresa, que su muerte tuvo como justificación, una investigación que
el frustrado Papa, había iniciado siendo todavía cardenal.

Libro final

Estando en la intención de desatar ese entuerto, me di cuenta que


había olvidado mi entorno. Simplemente, me perdí en ese laberinto de
las mentiras históricas, construidas a partir de las necesidades de
quienes ejercen alguna autoridad. Y lo que pasa es que existen
muchas autoridades. Y lo que pasa es que esas autoridades
gobiernan desde mucho tiempo atrás. Y, me he dado cuenta de que,
tendencialmente, son las mismas. Yuntas que coartan el espíritu. Y
que nos colocan en posición de esclavitud constante. Y que, tan
pronto devienen en los castigos penales y civiles. Y que, al mismo
tiempo, devienen en mandatos que atosigan. Como ese de respetar y
acatar lo que no es nuestro. Por ejemplo, cuando somos requeridos a
aceptar los postulados de los imperios. Cuando estos parlotean acerca
de lo habido y por haber. Aun sabiendo que han violentado y han
121

saqueado. Por ejemplo, cuando sabemos que han acumulado


beneficios que no le son propios.

Y vuelve y juega. Como quien dice: no ha pasado nada distinto a


aceptar lo que nos es mandado. Y, siempre nosotros, aceptando. Y
estamos aquí. En ese ahora que es taxativo en términos de lo que
debemos hacer y no hacer. De mi parte, ya me cansé. Espero,
simplemente, que llegue la hora de la partida.

Cuando terminé, mi alucinación; todavía estaba la Nana ahí.


Expectante. Tratando de matarme con su mirada. Como si me hubiese
escuchado. Como diciéndome ¡La única que puede decir, hacer y
pensar, soy yo!

“De eso de vivir la vida, es como decir perder el tiempo y la vida, por
nada.”

(El mestizo)

Napoleón Torrente vivía en el cuarto piso del sitio destinado a los


ausentes. Lo del número cuatro, era pura invención fatalista. Porque
no le venía bien entrabar relación con el albur de la vida del insomne
dormido.

Lo de Torrente era otra cosa. Algo así como peregrinar en el tiempo.


Como cuando el ser se empecina en recorrer el universo, en búsqueda
de no se sabe qué. Lo único cierto es que Napoleón se inició en el arte
de hablar sin la existencia de interlocutor o interlocutora. Un trasegar
por territorios hechos de antemano para él. Porque, entre otras cosas,
era sujeto anunciado. Todo giraba alrededor de lo ya dicho y hecho.
Es decir, el repetido, no era otra cosa que historia ya sabida.

Por lo mismo, Gertrudis Valenciano decía de él: “…no le hagan mucho


caso, porque el pobre está loco”. Locura de principio a fin. Es decir:
desde su nacimiento hasta su muerte. Un inveterado oficio, en el que
los naufragios son asimilados a simples actitudes de vendettas entre
dioses. Y, como es apenas obvio, relacionadas con la predilección de
cada dios por cada uno o una de los humanos (as). Resulta que esa
122

enajenación surtía efecto en todos los ámbitos asociados al entorno


del titiritero.

Había aprendido el oficio de Sofonías Licuado, loco también y padre


del abuelo materno de Torrente. Eso de hacer hablar a los muñecos
se tornó en un reto familiar. Ya antes, en el Siglo de las Obscuridades,
un nieto de San Agustín había anticipado que “…vendrán días en los
cuales otros hablarán por nosotros y dirán lo que no quisiéramos
haber dicho nosotros mismos”. Expresión esta surtida de múltiples
colaterales. Uno de ellos, tal vez el más cercano al cuadro de las
verdades agustinianas, tuvo que ver con el hecho siguiente:

Siendo todavía infante, Benedicto el Orfebre, sucedió que la ciudad El


Manto Sagrado, estaba enardecida. Por doquier, los herederos
virgíneos, vociferaban. Una rebelión sin parangón en la era cristiana.
Todo de revés. El pretor regente protomártir, Virgelina Primero, había
decidido ir al sacrificio. Estableció relaciones conyugales con la
hermosa heredera de Valentín el Valiente. Hombre poco común; como
quiera que hubiera emprendido mil batallas en contra de los
pecaminosos. Es necesario hacer claridad en el sentido de que no
ganó ninguna. Simplemente porque, el pecado se había diseminado a
lo largo y ancho del territorio mariano. Unos con otros. Otros con otras.
Unas con unas. Unas con otros…etc.

Cuentan que, el mismo Valentín, había estado en el escenario


destinado a otros con otros. Dicen, además, que allí conoció a
Victoriano. Hombre ajeno a cualquier expresión terráquea. De una
lindura asfixiante. Y, por si acaso, con una capacidad incuantificable
para hacer de cada acción un placer ilimitado. Esto fue lo que cautivó
al partícipe en las mil batallas perdidas. Dicen que enloqueció, cuando
Victoriano se enamoró de Valeria, a su vez, enamorada de Beatriz, la
virgen recluida en el monasterio ubicado en el territorio conocido como
Villa Ejemplarizante.

De esa relación nació Emanuel. Niño dotado de poderes extraterrenos.


Como ese de levitar y de hacer levitar. Ya, cuando cumplió los cuatro
años, estuvo en la ciudad Eterna. Allí confrontando con el Tomasino
123

Niño también. También mago, como Emanuel. Pero su magia era más
atrayente. Como querer decir que era más cautivante, más magia. El
Tomasino hacia llorar a las rosas y a los claveles. Vertían lágrimas que
eran como perlas. Y, como perlas, eran vendidas en las celebraciones
de San Isidro, en todas las veredas circundantes.

Allí, en la ciudad Eterna, convocaron a todos y todas quienes quisieran


desafiar a los dos magos. Eso de todas era un decir. Porque las
féminas no eran del agrado de Valenciano, llamado el casto. Este era
regente y definía acerca de todo, en ausencia del papa Espermatozoo,
quien, estaba casi siempre en ciudad Oleína, centro de la lujuria. Allí
se realizaban competencias entre colegas lascivos. El punto de
comienzo era la capacidad para otorgar y recibir. Cuentan que
Espermatozoo, lidió con más de una diosa del delirio. Lo vencieron en
franca lid. No pudo con el décimo cuarto orgasmo de Angelina, la
diosa cuatro de la cuarta versión del cuarto quinquenio de
competencias.

Pero, siguiendo el hilo del relato, cuando Napoleón debutó como


titiritero, vinieron delegados de todas las legiones marianas. Desde
Pentecostés, hasta El Amparo. Delegados insomnes también. Dueños
de la capacidad para no dormir durmiendo. Es decir, magia en fin de
cuentas. Estuvo Simeón Bautista…y eso es mucho decir. Porque
Bautista si sabía que era poner a decir a los muñecos lo que los
humanos no querían decir. Cuentan que Simeón estuvo en Villa
Mercedes. Allí se inició en el arte de la ventriloquia. Allí aprendió a
interpretar y transmitir lo que los magos querían decir. Y, asimismo,
cuentan que Simeón construyó el vocabulario propio. Con cuatro mil
letras. Desde la a, hasta la z. Todo pasando por la célebre posición
lingüística que asocia ene con ene cigarro y ene con ene barril, rápido
ruedan los carros cargados de azúcar al ferrocarril... Dicho un tanto
coloquial, pero certero, al momento de redefinir los espacios
subliminales de las expresiones inequívocas de los fonemas y las
rimas incorpóreas de los poetas divinos.
124

Y se vino el mundo encima, cuando la hermana de Gertrudis confesó


que esperaba un hijo de Simeón. Inclusive, hizo el relato completo.
Que cuando ella quedó sola, porque Gertrudis había ido a ciudad
Eterna a coadyuvar en la proclamación de Espermatozoo como santo
varón, vino el tal Simeón y le dijo: ...! Tan solita y con ese cuerpo,
hermana Magdalena ¡Y…que se le echó encima! Y que le abrió el
cinturón virgíneo y que…

Todo pasó, así de rápido. Como cuando Valentín el Valiente preñó a


su hija y luego la entregó al protomártir Virgelina Primero. Y, seguía
diciendo Magdalena, yo sentí como que algo me entraba por ahí, por
abajo, entre las piernas…y, después, sentí como un líquido
caliente…Y, después, vi que el señor se quedó dormido, como
cansado…Y, después yo, le cogí eso duro que tenía y lo volví a meter
ahí abajo, entre las piernas…Y volví a sentir ese líquido caliente.
Como ochenta veces conté yo.

Como a los cuarenta días de eso, empecé a sentir mareos y nauseas.


Y le conté a mi hermana. Y ella me dijo que tal vez había sido un
sueño. Y yo le dije: cómo que un sueño, si mi barriga se está
hinchando. Y ella me dijo, tal vez algo te está cayendo pesado en las
comidas. Y, yo le dije: sí hermana, tal vez es el chorizo que me hace
daño. No lo volveré a probar.

Lo cierto es que nació Nacianceno. Nació lo que llaman bobo. Es


decir, como perdido. Babeando todo el día y toda la noche. Y se saca
el coso y se lo toca; y grita…y ese líquido aparece, caliente. Y,
después, se queda dormido, como el papá. Y yo le cojo eso duro y, sin
que me vea Gertrudis, me lo meto ahí abajo, entre las piernas…y
siento, otra vez ese líquido caliente y gris.

Ahora estoy, otra vez, preñada. Es como un juego. Porque lo hago


todos los días; cuando estoy bañando a Nacianceno. Porque él no se
sabe bañar. Y eso que ya tiene quince años.

Y Magdalena empezó a deambular. Estuvo como socia del titiritero


primero. Y después estuvo vendiendo las imágenes de todos los
125

papas, incluida la de Espermatozoo. Y, con Simeón el mago de


magos, estuvo en Tierra Santa. Allí conoció a Abdalá Subdalá Condal,
un hermoso árabe que se le apareció. Así, de un momento a otro,
cuando ella se estaba bañando. Abdalá le dijo: ¡qué cuerpo
y…que…Probó la versión musulmana del líquido caliente y gris.
Cuenta que, por eso, cuando nació Adelita, Magdalena decidió irse
con todos sus retoños, a peregrinar. Aquí y allá…hasta que, cualquier
día, en el desierto de San Bonifacio, vio una luz que centelleaba y que
se centró en ella y en sus doce y que la envolvió y los envolvió. Y que,
sin saber cómo, apareció al lado de Santa Lucía, quien la nombró su
asistente, contando ojos.

Y Simeón volvió a Tierra No Santa, después de su paseo por la que si


era. Le contaron lo de Napoleón. Le dijeron que se había hecho
titiritero y que estaba al lado de los grandes señores, en las
bananeras. Y que había escrito un libreto para sus muñecos. Y que
ese libreto hablaba de lo que pasó, por allá en calendas ignoradas. Y
que, los muñecos decían que hubo una asonada. Y que, esa asonada,
era algo así como parecido a la Babel histórica y a la Sodoma que
hace delirar. Y que, decían los muñecos, tembló la Madre Tierra;
porque aparecieron Luciferes por todas partes. Rojos todos. Hablando
cosas que nadie entendía. Y, decían los muñecos, el General
Pacificador, en nombre del orden, de la Virgen María y de su Santo
Hijo Inmolado, ordenó fuego. Y que se murieron todos. Y los muñecos
de Napoleón desaparecieron. Alguien los robó. Mucho tiempo después
se supo que habían sido torturados e incinerados, porque no quisieron
retractarse de lo que habían dicho acerca de los Luciferes y del divino
Pacificador.

Y, entonces, Simeón, se puso a recomponer la historia. Y, dicen, que


llamó a Napoleón y que le dijo: vamos a realizar una gira por todo el
universo cristiano. Y les vamos a enseñar y re-enseñar lo que son las
voces del perdón y del olvido de las vejaciones, Y, cuentan, que
primero fueron a Villa Eutanasia y que estuvieron con los prístinos
mandatarios. Y que, uno de ellos, se ofreció para aprendiz de mago. Y
que, Simeón, lo cooptó. Y que, ese prístino, hizo de la magia un arte
126

absoluto. Y creativo. Ya no se trataba de sacar conejos y pañuelos del


sombrero. Ya no bastones que aparecían en un tris. Ahora era otra
cosa: el parloteo con la verdad y con los hechos. Un embrujo único: Yo
fui, yo soy; estoy aquí, pero no estoy. Y si estuviera, no estaría; porque
donde yo estoy no estoy y donde estoy yo no está nadie. Luego estar
es nadie y hacer es estar. Luego nadie hizo y nadie está; porque así,
si se está no se está en donde debo estar y donde, cada quien está,
sin saber dónde está. Y, después yo no seré porque estuve; pero
como estar no es estar; nunca se sabe si estuve o no estuve en donde
dicen que estuve.

. Y, el nuevo mago, construyó escenarios disímiles. Viajó por lugares


que, aunque ya conocidos, no habían sido lo suficientemente
explotados. Por ejemplo: en Villa Aburrá de la Trinidad, sembró sus
mejores semillas. Y, pueblo imbécil, se recreó y ufanó con las
realizaciones de su prístino. Primero fueron los gendarmes
colectivizados. Izando la bandera del exterminio. Luego, la
gendarmería in crescendo. Es decir, con asesorías de pares
extranjeros. Luego el sortilegio mayor. Es decir, el emblema de la
mano alzada. Apuntando y disparando a lo que se moviera. Y, luego,
el adalid del tesoro de la paz. Bizarro, gendarme…y santo. Y Villa
Aburrá de la Trinidad, que lo vio crecer, se hizo Tierra Santa. Se hizo
hoguera y se hizo cadalso. Todos y todas, pueblo imbécil, coreando el
himno en do de pecho, auspiciado por el prístino. Y los y las que
murieron y siguen muriendo, mueren en el cadalso del prístino; pero
en realidad no mueren porque son invento de los Luciferes. Porque
ellos mismos y ellas mismas se mataron; para después decir que los y
las mataron. Acusando a los protectores del orden. Vuelve y juega lo
perdulario y el malabar con las palabras. Pero, qué pena, se embolató
otra vez el hilo del cuento. Decíamos que Napoleón se hizo titiritero y
que, siendo titiritero, puso a unos muñecos a decir lo que los humanos
no queremos decir. Y que, por esto mismo de decir lo que no
queremos decir; los muñecos dicen lo que no queremos que digan. ¡Y,
entonces, diciendo lo que dicen, dicen lo que no queremos decir…!
que vaina!, se nos pegó la magia de las palabras del prístino.
127

Estuve pensando en matarla. Me tenía saturado. Con esa carga de


vivencias, contadas como si nada más importara en la vida. Hubo un
silencio forzado. Ella, levantó los ojos, y siguió.

Ya había transcurrido un año desde que la niña vendió su alma al


demonio.

En todo ese tiempo no hizo otra cosa que ir y venir por los Cerros
Orientales de la ciudad. Un día, por cierto 31 de octubre de 2009, hizo
estación en un lugar cercano a la Avenida Circunvalar, con la Avenida
Jiménez. El reloj marcaba las 8 de la noche. Se detuvo en una
esquina. Allí estaban cantando y conversando un grupo de muchachos
y muchachas. Inventaban variantes de las canciones de Michael
Jackson. Todos y todas en una euforia absoluta.

Susana, una joven de quince años y que formaba parte del grupo,
habló acerca de la vida de su ídolo. Por ejemplo, se refería a la
infancia de Michael. Momentos muy tristes. Durante los cuales tuvo
que trabajar, al lado de sus hermanos.

La Esclava Rockera se interesó por la historia y por la manera como


Susana evocaba a su ídolo. Se hizo al lado de ella. Obviamente,
Susana no le veía, porque la Esclava era algo así como un espíritu
errante e invisible. Sin embargo, Susana, percibió su calor y su
desasosiego. Percibió ese dolor inmenso que acompañaba a la
Esclava. Y, sin saber por qué, irrumpió en llanto. Como si fuera ella
misma la que sintiera esa desesperanza de la Esclava.

Raquel, amiga de Susana e integrante del grupo, le preguntó:” ¿Por


qué lloras? ¿Acaso tú también, conociste a Lorena la amiga de la
Esclava?

Susana sintió temor. No sabía cómo Raquel había conocido su


percepción. Mucho menos, donde conoció lo de Lorena y su relación
con la Esclava.

De un momento a otro, se desató una tempestad. Con vientos


huracanados y con relámpagos y truenos. Una lluvia furiosa los azotó
128

a todos y a todas. Llovió durante seis horas, sin parar. Los Cerros
Guadalupe y Monserrate empezaron a desmoronarse. Arrasaron todo
el entorno. Las toneladas de lodo y piedra sepultaron a los barrios
circunvecinos.

La única que no sufrió daño alguno fue la esquina en donde estaban


Susana y Raquel y los otros amigos y las otras amigas.

La Esclava habló al oído de Susana. Le dijo: Sígueme. De ahora en


adelante serás mi compañía. La cogió por el brazo izquierdo y alzó
vuelo con ella. Tan pronto desaparecieron en el horizonte, la esquina
también sucumbió a la avalancha. Todos y todas murieron.

Lo sucedido se conoció a través de las versiones de algunas personas


que escaparon la tragedia. Úrsula Verdaguer, periodista al servicio de
una emisora de la capital, se puso en la tarea de recopilar estas
versiones. Con ellas armó el guión de una serie para televisión.

Los personajes y los personajes son espíritus errantes, que se


convirtieron en sombras que rodean a la ciudad. Esas sombras no
permiten la presencia del Sol. Toda la ciudad es un escenario
absolutamente sombrío y frío. Esos espíritus vagan y ululan. Articulan
escasas palabras. Lo único que se les entiende es:” …esperen el 31
de octubre de 2010. Ese día apareceremos y será otra tragedia.

Desde el día en que se conoció la serie escrita por Úrsula; todos y


todas en la ciudad capital no controlan su temor. En vigilia permanente
esperan ese día 31 de octubre.

¡No fallaba sino eso ¡Ahora le dio por contar historias urbanas! Y de
este tipo. Por lo menos yo no entiendo ese mundo. Sigo viviendo de
dádivas espirituales. Y las principales fuentes son Benjamina y la
Nana. Me siento atado a ellas. Por lo mismo que lo mío es como
enajenación perenne. Es decir, asisto a la vida como no invitado.
Porque no entiendo nada de lo trascedente. Es estar ahí, como sujeto
perdido (…tal vez ya había expresado esto antes). Un vértigo
continuo. Una infancia embolatada en la bruma de la historia. Y, ahora,
129

aquí escuchando esos relatos de la Nana. Una tutoría tanto o más


mezquina que la del Negro Antonio. No puedo frenar esa voz.

El asunto es que, Hipólito, regresó de su viaje al pasado. Había


asumido un itinerario cargado de vicisitudes. No más, al partir,
enfrentó el dilema asociado a la significación que adquiere la ilusión;
cuando se pretende recuperar la memoria con respecto a hechos idos.
Aquellos que, según la ortodoxia inherente a la lógica, no pueden ser
recuperados; a no ser que se descifre el código vinculado a la libertad
para transgredir las consecuencias de la relación tiempo, espacio y
suceso.

Sin embargo, a decir verdad, su capacidad para percibir y concretar el


sentido que tiene la asociación de conceptos, había sido vulnerada
desde aquel día en que decidió reinventar la noción de realidad.
Porque siempre estuvo atado a un condicionante en el cual la vida era
algo así como un devenir constante. Hechos y acciones sin nexo con
la certeza. Nunca había podido entender la dinámica concreta, en
donde el ser y el haber sido, supone la existencia de un prerrequisito
básico; esto es reconocerse a sí mismo. De no ser así, los entornos y
las vivencias, no son otra cosa que representaciones auto construidas,
a partir del hilo conductor invisible que soporta el tránsito de un lugar a
otro, sin horizonte. Esto es lo mismo que la ausencia de identidad.

Con todo esto, el no reconocerse, le deparó ciertas ventajas; como


aquella de poder establecer un diálogo constante consigo mismo. Una
abstracción cercana al don de alucinar al yo. Proponerle, siempre, la
asunción de realidades estables, sin aquella angustia que erosiona al
ser; cuando no puede alcanzar el equilibrio pertinente con respecto a
los otros.

De todas maneras, su viaje al pasado estuvo precedido por aquel


momento en el cual conoció a Carolina. Nunca supo cuándo ni dónde.
Por lo mismo que nunca había podido discernir acerca de los límites
entre la interacción con yo y el contacto con los personajes que el
mismo había construido; en un ejercicio de iteración, en el cual cada
personaje le proponía una interpretación de referentes y de conceptos.
130

Siendo así, entonces, amar, odiar, vulnerar, ser vulnerado, vivir; eran
para Hipólito sumatorias, agregados no vinculantes. Algo así como su
inconsciente nunca legitimado.

Lo cierto es, Carolina, adquirió forma. Según los códigos biológicos,


era una mujer joven. Reconociendo, eso sí, como en todo lo suyo,
nunca tuvo certeza de su edad. Esto para no hablar de los atributos
del cuerpo. Tal vez, porque el universo de sensaciones que sustentan
la cautivación originada en la presencia de pezones turgentes, piernas
sólidas, pelvis delineadas como triángulos perfectos, vellos púbicos
encubridores de un sexo no penetrado; etc.; no constituían para él
asideros precisos. Más bien eran, como ahora siguen siendo,
representaciones lúdicas afines a la necesidad de eludir el
desasosiego inveterado.

Por lo tanto, palpar el vientre de Carolina, surgió como estrategia un


tanto convencional adherida a los recetarios vigentes para alcanzar
cierta textura en aquella motivación que convoca a los sentidos y estos
la transmiten al yo y este se excita hasta el orgasmo virtual; como
quiera que es una derivación de lo erótico como figura etérea.

Sintió, inclusive, que recorría el cuerpo de Carolina; que penetraba esa


zona estrecha y punzante, mimetizada en los sedosos vellos y que ella
se extasiaba y que susurraba metáforas cantadas en donde lo
protagónico era el placer, la plenitud de mujer amada una y otra vez
por ese ser lejano, volátil, herético.

Se sintió invadido; navegó en ese mar corporal inmenso, tierno,


insinuante. Imaginó la cúpula de templos obscuros, como territorios
ofertantes de ilusiones y creencias para todos los seres como él;
ávidos de espacios para la alucinación; necesitados de significados
para la vida.

Por lo mismo, al regresar de su viaje al pasado, se encontró tan solo


como al principio de su periplo por el mundo...Con equilibrios
constantes a bordo; con la certeza de su desencuentro. La diferencia,
131

ahora, era la nostalgia por Carolina…por su cuerpo y su don de


promover ilusiones.

Y, como s fuera poco, ahora resultó presa del erotismo. Yo nunca he


deseado mujer u hombre. Simplemente, también, en eso se expresa
mi desorientación. Más bien decirlo, mi incapacidad. Inclusive, nunca
me imaginé siendo el producto de un momento orgásmico.
Simplemente, crecí como si nada. Negándome a entender el nexo
entre una cosa y otra. Como jugando al que será. Y, a decir verdad, lo
descrito por la Nana, me convocó, de una vez por todas a asumir una
decisión. Lo digo, al menos, en lo que supone validar la existencia
conociendo la belleza de ese tipo de relación. Tal vez llegue el
momento. Por ahora me basta seguir embadurnado de esa impudicia
que han dado por llamar ética.

Miré, por enésima, a la Nana. Sonreía, al ver mi desconcierto. Como


engarzando una cosa con otra. Supongo que ella si había tenido la
oportunidad, en lo que lleva de vida, de acceder y/o ser accedida.
Supongo que Benjamina l e ha enseñado eso. Y que, a su vez, la
Negra lo aprendió de su amante único. Y, ella siguió con el mismo
cuento. El mismo deseo de desbordar la gramática de los relatos.
Cada vez más cerca a la versión Scharazada. O no sé si así es que
llama la mujer que logró sobrevivir a punta de historias.

Ese día, en que conocí a su hermana, Susana vestía un gris liviano.


Casi todas las cosas tocadas por ella, tienen la misma connotación.
De su blanco o negro discursivo, desprendía un quehacer exterior, en
donde no existe lugar para la controversia. Siempre se ha
comprometido en acciones de radicalidad, sin que medie ninguna
discusión. La más visible, sin duda, es su ímpetu al momento de
descifrar los códigos sexuales. Sin necesidad de preguntar, ni de
reflexionar, convoca a quienes la observamos, a una excitación casi
alucinada.

El padre de Susana había transitado por varios países. Un aventurero


absoluto. Conoció a Batista en su breve paso por Cuba. Se convirtió
en su asesor e intérprete de ideas y convicciones. Por esto, no es de
132

extrañar su versión en torno a Martí. Lo llamó pigmeo intelectual.


Aduciendo que la única expresión posible es el control del poder;
independientemente de sus consecuencias. Había heredado de su
padre, el talante de corsario perverso. A sus veinticinco años, originó
una disputa por el poder en Guatemala. Propuso convertir a Miguel
Ángel Asturias en reo continuo, traidor a la patria. Por esto, tal vez,
Susana avaló la invasión de la Empajada de España, por parte de los
gendarmes. Aún hoy, Susana insiste en que, a veces, es necesario
extirpar de raíz, aquello que puede derivar en un cuestionamiento a la
legitimidad del poder, no importa a que intereses sirve. Es de la idea
de que todo poder es legítimo, en la medida en que satisfaga las
necesidades de quien o quienes lo detenten.

Hasta cierto punto, la opción nietzscheana y wagneriana, asumida por


Hitler, ha sido lo mejor que pudo haber pasado para la humanidad.
Porque los arios deben conducir al mundo. No importando los campos
de concentración y el genocidio. En esto, Susana, propone una
interpretación en la cual Mussolini y Franco son hijos bastardos del
antisemitismo y de la perspectiva de los arios.

Es un ser extraño, Susana. Heredera de unas convicciones


estereotipadas del poder. Por eso lo ejerce de esa manera. Su
convocatoria perenne es a la cautivación, a partir de su sexo. Lo cierto
es que no hay ni habrá ninguno como el suyo. Con solo mirarla, fluyen
imaginarios heréticos. Sueños en que se prolongan, de manera
infinita, el deseo por poseerla. Sueños que esclavizan. Es una sujeta
aria. Lucha de manera tenaz por lograr los propósitos de extensión del
dominio de lo sexual, por encima de principios. Es una doctrina
sacralizada.

Precisamente, el primero de enero de 1959, el padre de Susana, huyó


de la Habana. Estuvo viajando por todo el Caribe. Desde Haití, en
donde se entrevistó con Devaluar, hasta Nicaragua, en la que
compartió con Somoza, en Managua. Aprendió, también, de su padre,
el don de la adulación.
133

Transcurría mi aniversario 14. Mi madre, se enamoró de Alejandro


Verdaguer. Un ciudadano uruguayo, anodino. Lo único que lo
destacaba era haber sido mercenario en Paraguay, en época de
Alfredo Stroessner. Entre otras cosas, se distinguió por su capacidad
de servicio como auriga del dictador. Al momento de conocerlo, tenía
42 años. Desde el comienzo yo le hice saber, con mi mirada, que era
un varón celoso. Y que mi madre era mía y no de él.

Sin embargo, se cuenta de él, que había estado 40 años tratando de


establecer, con alguna exactitud, el número real de puntos brillantes a
espacio abierto. El problema no residía en la condición de abajo o
arriba, en eso de mirarlos para contar.

Aún hoy, no se ha podido descifrar su pasión por este oficio. En una


aproximación, hace tres años, le hizo a su madre el siguiente
comentario: en uno de mis sueños, cuatro años atrás, Prometeo habló
conmigo. Un mensaje claro. Tanto como dibujar en palabras unos ojos
inmensos instalados en la cara oculta de la luna. La posibilidad de
contemplar la belleza azabache de los mismos, tiene como
prerrequisito el recorrido por ese inmenso vacío azul, que es tal, en
razón a la refracción de luz solar en la línea de protección adyacente a
la Tierra. Su color negro, emerge a partir de la pérdida de luminosidad.
Algo así como quiera que es condición indispensable para que
confluyan estos momentos la validación de la posibilidad de identificar
el brillo desde Uruguay.

Prometeo me advirtió, eso sí, que debía descontar de la suma


adquirida, los planetas atrapados por el Sol, con su imantación. De
todas maneras, el resultado final no podía ser igual al obtenido en una
operación divisoria de 0 sobre 0.

Cuentan que, Federica Maidana, novia perenne de Alejandro, ese


mismo día de marzo en que Prometeo hizo la revelación; adjuntó una
observación, así: la única posibilidad de descanso, en el interregno de
la tarea impuesta, tiene relación con los noventa minutos en que
Peñarol y Nacional, diriman superioridad y que coincidan con el primer
eclipse entre 2025 y 2034, sumados a los que Talleres de Córdoba (
134

en la vecina Argentina), asuma con el Nantes francés, al día siguiente


de esta interacción Sol y Luna.

También cuentan que, en octubre 31, en 2035, Francesca Gavilán,


madre paraguaya de Federica, insinuó que su hija y su yerno
escamotearon la celebración, a raíz de sus expresiones visionarias
enfermizas. Mirando hacia arriba (desde Paraguay y Uruguay),
contando puntos luminosos.

Se dice que, el Prometeo de Alejandro, el mismo que reveló el secreto


aprendido de Zeus, en su encadenamiento infinito y en su dolor
visceral, originado en el asedio continuo del ave enviada por el Padre,
transfirió al pueblo paraguayo, parte de su castigo. Y que, por esto, se
justificaba la vigencia de los generales, liderados por Stroessner

Un día, en septiembre, tuve que atender un requisitorio del colegio. Un


viaje de reconocimiento de los coleópteros, concretamente, de su
reproducción en libertad, en la Macarena. Alejandro Verdaguer,
ofreció a mi madre la posibilidad de viajar a Montevideo. Ante las
dudas de ella, en términos de que yo quedaba en situación de
soledad; él le planteó ¡o soy yo; o es él. ¡

Obviamente mi madre accedió a su petición. Entre otras razones,


porque mi madre me consideraba un sujeto amargado. Al cual lo
persigue la sombra de Santiago, como fantasma violador. Ya, desde
mi encuentro con ella, antes de nacer, me consideraba un advenedizo.
Como suplicante. Como individuo que reclama para sí, el trofeo
vinculado a palpar su orgasmo. El cual, a decir verdad, no ha tenido,
de manera plena, en abundancia.

En Montevideo, Rosa (ese es el nombre de mi madre), estuvo


escoltando a Verdaguer. Ese es el nombre de su oficio. Algo así como
llamarla amante vergonzante. Así, estuvo tres años.

Cuando ella regresó, yo estaba con Silvia; quien me había brindado


apoyo, para matizar su soledad y la mía. Ya no era lo mismo. A decir
verdad, yo la odiaba. Un odio que se transformó de latente a real; a
partir de su preferencia por su amante.
135

Nos contó de sus aventuras; de su búsqueda de amor, al lado de


quien ya, antes que, a ella, tenía una amante de nombre Federica. Ella
era, para Verdaguer, un objeto de consumo rápido. Su verdadera
ilusión, estaba del lado de Federica. Mujer casi mágica, en lo que la
magia tiene de posibilidad para construir sueños patéticos. Tanto así
que, que se le endilga el hecho de haber producido la pócima que
utilizaron Stroessner, en Paraguay, J.C. Galtieri en Argentina y
Humberto Castelo Branco en Brasil, cuando este derrocó a Joao
Goulart.

La madre de Juliana, había llegado desde Méjico. Conoció a Ernesto


Gardeazábal, se enamoró de él. El matrimonio fue un tanto acelerado,
a raíz de su preñez. Los Gardeazábal, tenían un universo de
anécdotas que los hacía célebres. Tal vez la más cautivante, se
relaciona con haber establecido una singular amistad con el Sol. Se
decía que se les había anunciado de un viaje alrededor del mismo,
casi en sus fronteras. Toda la familia se preparó para el evento. Hasta
compraron trajes en asbesto, para cualquier eventualidad.

…Su desilusión surgió, a raíz de un pequeño detalle. Quien les había


prometido que los llevaría a las cercanías de Sol, hizo la aclaración, en
el sentido de que, para él, Sol era el nombre de un caño adyacente a
un lugar desconocido en la provincia de Córdoba en Argentina.
Inclusive, se dice que, aun así, el viaje no era posible, ya que la
invitación fue producto de una secuela a raíz de una noche de
insomnio de Ricardo Valbuena; hombre perdulario que se pasaba los
días y las noches, horadando el espacio, con su vara de pescar.
Inclusive, intento tumbar una estrella con esa misma vara.

Transcurridos seis meses, después del matrimonio, nació Juliana.


Desde su temprana infancia, alucinó de manera continua. Cada evento
alucinante estuvo relacionado con su posición como oferente. Su
destinatario fue siempre Valbuena; al que conoció, cuando ella estaba
aún en vientre de Mariana, su madre. Un hecho bastante incómodo.
Porque inducía a pensar que ese perdulario, la visitaba en ausencia de
Ernesto. Juliana, siempre mantuvo la sensación de haber visto a
136

Valbuena, al lado de Mariana, sobre ella, aturdiéndola con sus


groseros susurros de amante saciado.

Nunca trató de hablar con su padre al respecto. Mantuvo esa


alucinación en secreto. Habiendo crecido, ya como graduada en
pedagogía aplicada, supo de mis desvaríos, como subyugado por mi
madre, aún antes de que ella naciera. Siendo así, me convocaba a
que le relatara mí recorrido por esos caminos, a veces áridos, otras
veces pletóricos de pasión por ella. Una pasión inconfesada, hasta ese
instante.

Con sus pretensiones de mujer en capacidad de analizar cualquier


acción humana y proponer alternativas; me hablaba. En una perorata
inacabada. Yo la escuchaba, no con interés en lo que decía. Más bien,
por saberme cerca de su cuerpo insinuante, perfecto. En esto
competía, sin saberlo, con Susana. Las dos, mujeres perfectas. La una
(Susana), consciente de su poder sexual; Juliana, consciente de su
capacidad para arropar con su cuerpo, al hombre que llegara a
amarla, con la convicción de alcanzar el equilibrio entre sexo y un rol
activo, intelectual, en capacidad para transformar el mundo.

Al despedirme de Juliana, volví a casa. Me sentía todavía obnubilado.


Como sujeto que aspira a ser amado por una diosa que transfiere
pasión en cada uno de sus movimientos…hasta que quedaba
dormido, abrazando la almohada que le había robado a mi madre; que
todavía conserva su olor a mujer. Ese olor que no termina,
inconfundible. Porque es el olor a mujer en sublime celo. Yo amaba
esa almohada, la rescaté antes de que Verdaguer le impregnara ese
olor amargo y nefando que poseía y al que he odiado.

Cuando Francesca Gavilán, conoció a Susana, esta estaba tratando


descifrar cierta lectura asociada con el caso del Prometeo
Verdagueriano. Había conocido la leyenda, un día en que, estando al
lado de su máquina podadora de etnias y al lado de Sinisterra, recibió
una llamada de su padre. Andaba por Paraguay, buscando asilo
perenne. No tanto asilo físico, lo de él era una constante sensación de
estar perdido espiritualmente. Susana le dijo, padre, no recuerdo el
137

camino, pero me ingeniaré la manera de llegar. Nos vemos en


Asunción. No te preocupes por mí, tengo la posibilidad de algún
dinero. En este negocio, la empresa tiene perspectivas halagadoras.
Las etnias son como corolarios a los cuales se arriba, simplemente
fingiendo preocupación por lo ancestral. Tanto es así que hemos
negociado con los norteños, una transferencia cultural, incluida la
patente. Ante todo, con las posibilidades que otorga el Amazonas.
Desde Brasil, hasta Perú.

Mientras hablaba con Atanasio, Sinisterra deslizaba sus manos por las
piernas de Susana. Ya no resistía. Habían encontrado los conceptos
comunes. Una y otro, se sabían poseedores de un extraño poder. Un
magnetismo viciado que atraía. Habían progresado, ya conocían de
los huitotos; de su religión, de sus mitos, de sus sueños. Desatando
las cajas que contenían los acumulados históricos de las etnias,
habían encontrado un escrito: “Hablando así, buscó en la casa, en las
ollas, debajo de los tiestos. Pero no había. Por esa razón Uikiegi
desató una tempestad desde los confines del mundo. La tempestad
sacudía la casa. Mientras ellos buscaban en los zarzos, el viento
sacudía la casa y levantaba las crisnejas. Entonces vieron a Magieza;
la vieron muy claramente allí donde el viento había levantado las
crisnejas, estaba acostada en una hamaca en lo alto de la casa.

Oye, madre, dijiste que tú misma habías cogido los frutos de achiote.
¿Quién es la que está allí arriba? ¿Por qué ocultaste a la famosa
Magieza? Ella cogió el ramillete de achiote. ¡Ve a traerla! ¡Bájala para
devorarla, ya que cogió el ramillete de achiote! Timada ¡bájala para
devorarla! – Dijo Uikiegi y el jaguar Timada fue por una viga, sacó a
Magieza de la hamaca y la lanzó abajo...”

Este y otros textos llegaron desde Manaos, fueron robados. Los


exhibieron como trofeo, se quedaron con ellos y los subastaron de
manera subrepticia. Eran fruto de la investigación realizada por Konrad
Theodor Preuss. Tal vez, el más valioso dice: “...al llegar a la
superficie de la tierra, saliendo del hueco del que vinimos nosotros, se
topó con Gaimi quien venía por entre los árboles iguyina, que estaban
138

al borde de ese hueco. Jidiroma disparó contra Gaimi porque era


bonito, pero no dio en el blanco. Gaimi se había transformado en una
gota de rocío y dormía. Colgaba en forma de mico churuco y dormía...”

Susana acordó con Atanasio, verse en las afueras de Asunción, en


casa de Francesca Gavilán, un día después de haber sido preñada por
Sinisterra.

Al despertar, ese sábado de abril, encontré a Susana a mi lado…solo


entonces comprendí que había soñado cosas muy extrañas. Antes de
despertar había visto a Susana ondeando una bandera teñida en la
sangre de su primogénito, el hijo de Sinisterra.

Me quedó la sensación amarga a que conduce toda dicotomía. Lo mío


era algo así como un perfil esquizofrénico, que se adhiere al espíritu.
Que te acompaña

He estado deambulando todo el tiempo. Desde que me


he negado a reconocer y aceptar la realidad; no percibo señales de
vida. Algo así me había sucedido antes. Por ejemplo, en mi infancia,
los sueños desbordaban mi entorno. Era algo así como un sujeto
inmóvil. Inmerso en situaciones determinadas por un imaginario
perturbado. Tanto así que, a cada momento, ejercía como referente.
Ese que, cuando requería de espacio para asumir la vida; de
motivaciones ancladas en la felicidad, no tan distante o efímera. Me
zambullía en un mar de nostalgias absolutas. Creo que estuvo
conmigo desde el vientre.

Lo cierto es que, hoy, no veo diferencia. Esos sueños amarrados a


escenarios difusos, permeados por una sensación de contra ternura;
se han reiterado en el tiempo. Es un desasosiego innato. Sigo sin
percibir la realidad como momento válido para desplegar mi vida. Es
una saturación de expresiones inocuas. Al menos eso creo. Porque
vivir la vida no es simplemente asumir como sujeto con movimiento.
Supongo que es algo más trascendente. Como, por ejemplo, amar y
sentirse amado. Lo mío es una postura ecléctica. Es un ejercicio, en el
139

cual se asfixia la lucidez. En el cual no existen ni recuerdos, ni


horizontes de esperanza.

En mí, la esperanza, está hecha de una lucha constante. Contra la


lógica que soporta al quehacer diario. Es un abismo. Una sima sin
refugios ni momentáneos, ni duraderos. Es decir, una existencia
estática. Sin la ilusión como fundamento primero de la imaginación
válida, oferente de acciones no saturadas de angustias. Ni de
desequilibrios tan continuos.

La realidad, entonces, me conmueve. De tal manera que, a cada paso,


navego sin brújula. En donde la rosa de los vientos no señala ninguna
opción, distinta a iniciativas recortadas. Como esas en las que me veo
restringiendo tu cuerpo y tu vida, al mínimo posible. Como aspirando a
andar sin ti. A sentir una innovación diferente al ejercicio de sujeto sin
ilusiones

No sé por qué, al regresar de cada sueño, percibo la reiteración de mi


infancia. Porque, cada sueño, era y es, ahora, una continuidad áspera,
árida. Tal vez sea, porque nunca he tenido verdaderas certezas. Con
respecto a la vida. Incluida tú; desde el momento en que te conocí;
ejerciendo como imantación discontinua, dicotómica. Como bifurcación
fría. Como caminos recorridos y por recorrer. Tal vez sea porque no he
tenido la sensación de libertad, distinta a la libertad de la cometa,
dirigida, atada a tus manos. Muchas veces invisibles. Otras veces con
la visibilidad agrietada; más hostil que esos recuerdos, en los cuales
aparezco como sujeto atávico.

…Será porque nunca he sentido tu cuerpo y tú ser completo,


convocándome a ser feliz, sin restricciones; sin sentirme consecuencia
esquizofrénica. Sin tocar la irrealidad como lastre. Todo esto le
expresé a Susana, mientras ella dormía.

Ese mismo día asumí el reto de no volver a alucinar. Porque me


estaba convirtiendo en esclavo de mi pasado. Salí del cuarto,
necesitaba respirar un aire diferente. Sin las convulsiones inherentes a
esos momentos enfermizos. Estuve en todos los lugares que había
140

conocido. Tratando de modificar el futuro que hoy me acompaña.


Como si quisiera mover al menos unos elementos que permitieran una
continuidad en el tiempo, diferente. Sin ese acoso hacia mi madre, sin
Santiago, sin Verdaguer, sin los exorcismos de Juliana, sin las
erosiones sistemáticas que me sitúan al borde del abismo. Ese abismo
parecido al hueco de los huitotos.

Al terminar el día, me encontré con Daniel. No sé por qué me alegró


verlo; a pesar de mis profundas contradicciones con él. Con su
manera de ver y vivir la vida. Tal vez fue porque, al encontrarlo, me
había sumergido en la soledad. Verlo, entonces, suponía que alguien
más que yo existía en el mundo.

Daniel, como siempre, me indagó acerca de todo. Como tratando de


localizar mi yo, en las preguntas y en mis respuestas. Un tipo de
indagación, como variante perversa de las indagaciones de Juliana.

Silvia, me dijo, está en el país del invierno. Acostumbraba, Daniel,


utilizar un lenguaje figurado, achatado, sin imaginación. Eso del país
del invierno, traducía la casa de mi madre, con los rastros de
Verdaguer. Un significado del invierno, en el cual emergía, en silencio,
de nuevo, mi pasado. Ese que estuve tratando de modificar, desde el
principio, para ubicarme en este presente de una manera diferente. Al
menos en contacto con cuadros alegres, con sitios y con personas sin
ningún asomo de actitudes que duelen y que me convocan
permanentemente a sentirme sujeto sin oficio distinto a cargar con la
culpa de haber conocido, amado y poseído a mi madre aún antes de
que ella naciera. Asumiendo, sin quererlo, el perfil de Santiago, de
Verdaguer de…

Corría el mes de enero de un año más de aniversario. Ya había


perdido la cuenta. Creo que era el número treinta. Encontré, después
de tanto tiempo, a Martha. Tenía, ella, unos ojos cansados de mirar lo
cotidiano, en gris. Supe que se había separado del lado de Santiago.
Había rodado por ahí, por donde los sitios son, a la vez nuevos y
repetidos. Me dijo, he estado buscándote. Desde que nos separamos
he pensado siempre en ti. Sigues siendo, para mí, un ícono que
141

retrotrae los caminos andados. Te he visto en mis sueños; jugando


con las palabras, como a los acertijos. Siempre te has distinguido por
la capacidad para hilvanar los hechos, de manera tal que estos
aparezcan unidos a tus recuerdos, a tus dolores, a tu vida. Una vida
que siempre pretendes explicar, a partir de ese rol tuyo. Incierto, pero
tan real como los avatares de la humanidad. Has sido y sigues siendo
digno representante de las angustias que exhibe la humanidad entera.
Sin conocer la razón de ser de la felicidad. Creyendo que esta es
sinónimo de la tristeza al revés y no como un agente autónomo, válido
por sí mismo.

Al escucharla, recordé lo del sábado aquel, en que salí dispuesto a no


alucinar, buscando el pasado para deshacer este presente y
recomponer mi futuro. Sus palabras eran duras, laceraban de tal forma
que sentí deseos de ahogarla con la almohada de mi madre, la que
me acompañaba todas las noches. O de montarla y cabalgarla, hasta
que hubiera derramado hasta la última gota de mi riqueza líquida,
amarillenta, de varón bandido que ha sido desnudado de sus
principios, por aquellas palabras expresadas de manera vehemente.
Recuerdo que, algo así, sentí el día en que mi madre me conminó a no
seguir siendo su centinela. Cuando, marchó con Verdaguer. Esa
noche, en sueños, la cabalgué, la horadé, hasta que me deshice de
ese acumulado de nostalgias, por la vía que siempre lo he hecho, por
la vía edípica, en su versión más cruel.

Después de despedir a Martha, dormí en profundo. Volví a ver a


Susana, a Atanasio, a Sinisterra; como máquinas depredadoras de las
etnias. Volví a escuchar las palabras de los mitos huitotos. Esta vez,
estaba en un sitio cercano a la antigua Biafra. Una localización
ambigua. Porque, al mismo tiempo, veía los paisajes abrumados de
Inglaterra, de Italia, de Portugal. Un ir y venir tatuado. Con los negros,
niños, niñas, mujeres, hombres, clamando por su libertad.
Demandando justicia ante el arrasamiento racial. Vi a Lumumba, en el
antiguo Congo. Vi a Idhi Amín, recorriendo desiertos a lomo de su
pueblo. Vi a los Nazis, otra vez, a la ofensiva, matando a todo que no
fuera ario. En esta parte del sueño, recordé las posturas de Susana y
142

de Atanasio. Vi a los reyes Fernando de Aragón e Isabel de Castilla


reconquistando a Granada, subyugando a judíos y a musulmanes,
aniquilando sus culturas, sus religiones, hasta lograr un equilibrio
cultural, bajo su hegemonía. Vi a Colón y a sus piratas, entrando a
América, avasallando, aniquilando. Recordé mi lectura de Las Venas
Abiertas.

Desperté, como casi siempre, desmoronado, lleno de estigmas, como


las de los enfermizos visionarios católicos. No pude levantarme.
Deseaba no hacerlo, quería morir ahí, en ese silencio cómplice.

Al no morir ese día, continué mi rutina. Estuve en la empresa, hablé


con Susana, profundicé mi odio hacia Sinisterra. Este estaba
vociferando. Increpaba a los y las empleadas. Palabras sueltas,
incoherentes, pero de una dureza grosera. Como todo lo que se
relacionaba con su ser y con sus actuaciones.

Invité a Susana a almorzar. A decir verdad, nunca lo había hecho. Nos


dirigimos al “sinrazón”, un restaurante cercano a la empresa. Se
distinguía por sus menús extraños. Un poco como la cocina de nuestro
pacífico. Pero saturada de pimienta y ají. Una sazón parecida a la de
los mejicanos. Pedimos, según la carta, lo del día.

Lo nuestro seguía igual. Mientras comíamos, nos mirábamos, como


seres adportas de deshacer lo andado. Tantos vericuetos; tantos
laberintos. Nos transmitíamos ausencia de vida real. Proponíamos
interpretaciones que nos alejaran de nosotros mismos. Ella veía en mí,
un sujeto acabado, sin energía, sin compromiso consigo mismo. Yo
veía en ella, el cuerpo absoluto, tanto como el de Juliana. No veía en
ella sino su imagen desnuda. Con su triángulo pélvico, con sus
pezones erectos, con sus piernas que terminaban en ese lugar de
inacabada oferta de placer para ser saciado; una propuesta perenne,
para mí y para cualquiera que deseara amarla.

Dejamos la mesa y despedimos ese encuentro. Ella, creo yo, con la


convicción de que yo no era otra cosa que una sumatoria de tristezas.
Un hombre lleno de nostalgias. Sin más presente que la interdicción
143

con respecto a la vida. Yo, con la sensación de haber perdido la


posibilidad de atraerla, de motivarla. Porque, en mi opinión, el amor es
eso, una lucha constante por convocar imágenes y acciones lúdicas y
una pasión que bordea todos los lugares cercanos y lejanos. Al lado
de quien amamos. Yendo al pasado, convirtiéndolo en presagio de un
presente sin erosiones espirituales. Y un futuro, a partir de ahí,
soportado en esos momentos, en los cuales la ilusión se transforma en
posibilidad de ser felices. Una felicidad no saturada de repeticiones.
Más bien, creando imágenes y lugares siempre nuevos. Siempre
autónomos. Sin permitir que el entorno, como inmediata exterioridad
dominada por las voces, nuestras voces, secretas y abiertas.
Convocando al mundo a que nos mire y sienta esa felicidad con
nosotros.

Juliana estaba sentada, analizando los reportes escolares. El trabajo,


para ella, es un reto constante. Lo asume, no como rutina. No es
lineal. Cada hecho y cada acción suyos, constituyen un universo de
sensaciones siempre nuevas. Lo pedagógico asumido como
motivación a investigar y a construir. No como inexpresivas
admoniciones académicas formales. La escuela, como escenario para
ofrecer nuevas interpretaciones; para ejercer una relación de continua
interacción. Yo veía en ella, a pesar de lo hablado ese día en que
cuestioné sus métodos, un referente siempre válido. No solo por su
cuerpo; sino con agregados expansivos, con un crecimiento
exponencial. Algo así como entender su condición de mujer oferente,
libertaria

Le hablé. No con palabras prefabricadas. Porque, la vi. Inmersa en su


tarea. Y no sé por qué, la compare con Susana. En ese tipo de
comparación que pretende ser motivación para deshacer una relación
y comenzar otra, diferente, nueva. Ya antes me había pasado, cuando
observaba a mi madre. Cuando la veía en mis alucinaciones. La veía
en esa interpretación de lo real, como multiplicación de opciones. A
veces como guerrera situada en territorios dominados y avasallados.
Guerrera enérgica, incendiando su entorno con gritos de libertad.
Otras veces, como mujer asfixiada por los rigores del sometimiento.
144

Otras veces como diosa maravillosa. Proponiéndole a Sísifo una


solución al ejercicio continuo, en cumplimiento de su castigo.

Mis palabras, produjeron un efecto no preciso. Juliana respondió con


frases asimiladas a una sensación de fatiga. Un tanto híbrida. Como
queriendo expresar satisfacción por verme. Pero, al mismo tiempo,
como tratando de enfatizar acerca de la molestia por verse
interrumpida.

Hasta cierto punto me vi retratado en algunos pasajes de esta historia.


Ante todo, cuando hace referencia a la perdición del ser. Eso he sido
yo. Un ser perdido. Sin brújula. No sé qué hace la Nana para
incursionar en temas tan difíciles. Son dos retos al mismo tiempo:
tema y enhebración del relato. Una visión profunda de la vida y de
nosotros, como sujetos, que participamos. Tal vez de manera estática.
Pero, en fin, de cuentas, incidimos en los hechos, con nuestro
acumulado de quehaceres.

¡Cómo voy a saberlo gran puta, le respondió Virgilio a Sara; cuando


esta le preguntó por Adrián! El problema se remonta mucho tiempo
atrás. Cuando eran cuatro. Casi que en el comienzo del mundo.
Porque no se ha dicho todo lo que sucedió. Cualquier tarde del noveno
día de un mes de marzo. Aparecieron muertos los pájaros que Séfora
le había entregado al primero que aquí habló.

El origen de esos animalitos, al menos en lo que hace referencia a la


custodia asumida por la que se los entregó al que le respondió de
mala manera a la que le preguntó por ellos. Dicen que esa tarde del
día al que se hizo mención arriba, acontecieron muchas cosas.
Además de la muerte de las aves de largo vuelo, que tal parece había
sucedido muy en la madrugada, de ése día después del octavo. La
aseveración tiene su fundamento lógico. Porque, el día anterior
Balbino Mahecha Arenas, cuñado de Séfora, había advertido que, al
día siguiente, sin saber precisar la hora, en esa casa iba a expresarse
la muerte. Y es que éste viejo, ya había acertado antes; cuando
anunció que el tren de las trece horas, por más señas del cuatro de
abril del año más próximo por la izquierda de 1814; es decir de 1815,
145

se saldría de los rieles, antes de llegar a la Estación San Pelayo. Y fue


así. Seis de los treinta gatos que el maquinista había comprado a
precio de huevo en Villa Esperanza, murieron. También dos de los
cuarenta pasajeros, con los que el vehículo inició su recorrido.

Es curioso, pero Balbino, se había iniciado en el arte de las


predicciones, un día del mes de junio del año próximo, por la derecha;
es decir en 1805. Todo pasó, como pasan las cosas en este país. Es
decir, cuando menos se pensó. Julieta, única bruja que escapó de la
cacería iniciada por monseñor Peláez, a nombre de San Pancracio.
Este último había subido a los altares dos veces cincuenta años atrás.

La susodicha bruja le entregó el secreto, al susodicho cuñado de la


señora a la cual le había respondido de mala manera, Virgilio. Justo en
el día en que surgió la versión en el sentido de que la que entregó en
custodia los pájaros al sujeto que casi le pega a Sara; compró diez mil
ratones en el almacén de mascotas, llamado “Marrano Pardo”. Y,
también decían, que ese voluminoso número de machos de las ratas,
los había utilizado para para el asado que se realizó en Quinta
Micaela.

Es decir, todo esto pasó el mismo día. Lo cierto es que la llamada


“bruja con nombre femenino de Julio”, hizo que la entrega del arte
parecido a la palabra adivinar, coincidiera con la masiva compra de la
población ratuna. Tal vez, esto pasó porque ya Julieta tenía previsto
desencartarse de esa carga. Porque, ¡sí que era un tósigo” este que
concede la posibilidad de adelantarse a los hechos. Es decir, diciendo
aquí en el presente; lo que solo se hará realidad en el futuro. Ya, la
novia del brujo Marchante, había sufrido en carne propia, casi lo
mismo que le sucedió al divino Teseo, cuando robo el fuego y lo
entregó a los terrícolas. A ella la amarraron también al tronco de un
árbol. Solo una pequeña diferencia: a la Julieta, no la destriparon las
aves parecidas a los gallinazos y gallinazas. Fue peor. La condenaron
a desamarrarse, los botines, cada día, durante veintiocho años. Y sin
mirar hacia abajo.
146

El cuñado de la que sabemos, aprendió rápido. La prueba de esto tuvo


que ver en un bazar programado, por parte de los súbdito y súbditas
de monseñor. Todo con el objeto de conseguir algún dinero para poder
comprarle el manto a la divina niña, llamada Marcela. Ella, Marcela
había aparecido, así sin pedir permiso a nadie, en uno de los altares
de la Basílica del Todopoderoso. Desde ese tiempo data la inmensa
romería de cada año, en agosto. Para rogarle a la divina, que no
programara las lluvias, al comienzo de año, sino a finales de
noviembre.

Y. entonces, el señor esposo de la hermana de la ya nombrada dijo


que, al año siguiente se aparecería la tía de San Pancracio; también
virgen, aunque no tan bella como la divina de nombre aproximado al
de Marcelo.

Y, efectivamente, pasó. Resulta que si se apareció. Con algunas


diferencias. Explicables, por ser la primera vez y sin experiencia.
Comoquiera que, la aparición si se produjo, pero un día antes de lo
anunciado. Y, justo ese día, estaba la gente asistiendo al nacimiento
del decimocuarto hijo de Ananías y de su esposa Beatriz Tercera.
Llamada así, por el hecho de ser la trilliza de los otros dos. Matías y
Manuel. Y porque hubo otras dos Beatrices. Una, hermana de la
madre del aprendí z y la otra bisabuela de la cuñada de este mismo.

Por lo tanto, la tía esperó largo rato. Nadie abrió la puerta del templo.
Y se tuvo que regresar hacia El Mundo de las Vírgenes. A duras penas
pudo entrar, ya que la habían borrado de la lista.

Retrotrayendo un poco el tiempo, volvamos al inició. Los pájaros,


murieron por asfixia mecánica. Así lo concluyeron las investigaciones
realizadas por los médicos veterinarios al servicio de medicina legal. Y
que, esas mismas investigaciones lo dijeron en su informe, habían
transcurrido tres horas después de la medianoche. Según este
diagnóstico, no podía endosarse el crimen de lesa ave a Adrián
Valeriano Consuegra Palencia, el mozo de la que lloró tanto, cuando
Virgilio la insultó. Y, sea de paso, consignar que los treinta gatos que
llevaba el conductor del tren, el mismo al que pusieron por nombre en
147

su bautizo, Adrián No estaban asegurados. Y que, en consecuencia,


este incumplió el trato hecho con Gertrudis, la suegra del que aprendió
el arte de las adivinanzas. Y que, justo estando en la explicación de la
pérdida, sucedió el acto de asesinato de los pechiamarillos. Y que, un
poco por esto mismo, Virgilio tenía razón, cuando le respondió de esa
manera a la moza del maquinista. Es decir, el que respondió mal a
Sara, esta razón se soportaba en que Pompilio, no se reportó ante la
bella Jazmín. Y, por lo mismo, la bienamada doncella no le dijo nada
como se había acordado entre Jazmín Eugenia Alvarado López
Amórtegui y el descarado que trató así a la que estaba con Virgilio, el
día del insulto. Vale aclarar que Jazmín era la tercera moza de
Virgilio. Por lo tanto, esta no pudo precisarle a su mozo en qué lugar
estaba el mozo de aquella que fue insultada por el mozo de la
afamada doncella. Claro está que lo de doncella era un decir. Ya que
Jazmín tuvo dieciséis amores antes de Virgilio.

El “Tragacandela” vivió siempre con esa chapa. Nadie supo, hasta el


día que su cadáver fue reclamado, por parte de los siameses Esther y
Baudelio. Ella y él informaron que el nombre del joven llamado por su
oficio, era Abraham Genaro. Así consta en el acta de entrega del
cuerpo, sin apellidos.

Pero el problema nunca fue, en estricto, ese. Es otra cosa. Más o


menos fue el siguiente: Baldomero Izquia, el domador de conejos,
expresó, cierto día, con palabras entrecortadas, producto de su mudez
recién superada debido al tratamiento efectuado por el médico oficial
del circo. Fue hace mucho, cuando lo encontré en el basurero de
Santa Catalina, ciudad en donde levantaron la carpa, quince años
atrás. Pero el infante ya hablaba, tal parece desde que nació. Y, me
dijo, patrón, quiero ser de la familia de ustedes. Yo he aprendido un
oficio que tiene cierto riesgo. Algo así como tomar gasolina y sacarla
de a poquitos en llamas.

Decía yo que el problema no fue ese de no tener apellidos y


reconocido por los siameses. En últimas, resulta y pasa, que Abraham
Genaro era hijo del cura. Sí, del párroco de la “Divina Providencia.
148

Según me contó el bebé adulto, su madre era doña Catalina Barbosa


Preciado; la cual pasó una noche en la casa cural, a la cual acudió
para guarecerse, del vendaval que se cernió sobre la ciudad.

Joselito (así se llamaba el aprendiz de santo) le permitió entrar.


Comieron bastante. Ella transida de hambre y él otro tanto. Rezaron al
Ángel de la Guarda, antes de acostarse. Catalina sintió algo muy
caliente por entre las piernas. Luego sintió un líquido también muy
caliente por dentro.

Al día siguiente, la mamá del Tragacandela, se marchó; no sin haber


desayunado. Joselito estaba muy sonriente con ella. Y, por debajo del
pantalón del piyama, sobresalía algo puntudo. Allí cayó en cuenta,
Catalina, de que lo sucedido en la medianoche, fue lo mismo que le
pasó con Leopoldo Socarrás; ese día lejano en Puerto Córdoba. La
diferencia, según la mamá, en el sentido de no haber sentido en ése
entonces, que el líquido subiera hasta tan alto. Todavía lo sentía. No
se lo quitó ni siquiera con el baño. Esto a pesar de haber metido su
mano con un trapo enjabonado.

Entonces, recordó esto el día en que tiró a la basura, el cuerpecito. Es


decir, Izquia supo de inmediato que el problema fue haber adoptado al
hijo del cura y de Catalina, aún a sabiendas que este mató a Joselito,
su padre; al día siguiente de haber nacido. Y que las consecuencias
serían dramáticas para él y para todos y todas. Esto explica la muerte
de veinte conejos en plena función; la pérdida de los dientes de los
leones y la desaparición de las rayas en los tigres, recién comprados.
Esto para no hacer notar que el equilibrista cayó al vacío en un
entrenamiento en el cual se olvidó ordenar que pusieran la red, para
amortiguar la caída. A este, al equilibrista. Lo enterraron al otro día, en
el mismo sitio en donde cayó. Lo mismo se hizo con el cuerpo del
elefante que bailaba al son de cualquier ritmo. Murió un día después
de haber enterrado al equilibrista. Dicen que la muerte se produjo por
un paro cardiaco, al momento de saber que su amada elefanta Reina,
había muerto, por ahogamiento, una semana atrás, en Costa de Marfil.
Sucedió, mientras luchaba contra cazadores furtivos, en su afán de
149

salvar a su bebé que iba a ser secuestrado por los bandidos. A pesar
de haber logrado huir, el elefantico Espartaco, vio morir a su madre sin
poder evitarlo…Aunque, pensándolo bien, es más sensata la versión
que asocia la muerte del elefante con la maldición de Joselito.

Puede que parezca un alegato insulso. Pero, haciendo un juicioso


análisis, no parece serlo.

Porque el punto álgido, parece ser una cuestión de fondo. Parece un


problema como de principios y valores. Aunque parezca, en comienzo,
que no.

Parece ser que Eufrasio Baldomero Cifuentes Veranda, se enfrascó en


discusión con Alejandrino Balbino Valladolid Mosquera, en torno a si
los papas, los santos, santas y similares, hacían (los muertos y
muertas) y hacen popó (los vivos y las vivas). Veamos esta reflexión
mía (mi nombre es Aristarco Eugenio Pedroso Pedroza).

Hago alusión, primero, a la duda. Puede parecer algo etéreo, pero no


lo es tanto. Cuando digo duda, estoy hablando (aunque pueda parecer
un sofisma distractor) de lo que siempre he creído. Es decir, de lo que
siempre me ha parecido una verdad de a puño: los papas no fueron ni
serán santos. Y, los santos y santas, algunos y algunas dicen que
fueron papas (los varones) y otros y otras dicen que fueron personas
diferentes a los papas. Yo, sigo diciendo, que no fueron ni son, ni lo
uno ni lo otro. Es decir, parece ser que yo no he dicho nada que valga
la pena, al momento de discernir acerca de la controversia entre San
Eufrasio y San Balbino.

Pero, si ustedes lo miran en profundidad, no es que yo haga parecer


que, si es pertinente, sin serlo. Lo que pasa es que puede parecer, así
de refilón, que lo que parecer ser una ñoñada, no es tal. Al menos, si
se precisa que, históricamente, todo aquello que pareció ser nunca
fue. Y, por lo mismo todo aquello que pareció no ser, al fin si fue.

Ahora bien, entonces, el dilema planteado por los dos santos (…o
aspirantes a serlo), no es una nimiedad. Al menos así lo creo yo.
Porque parece ser que lo del pop, o la caca, siempre ha apasionado a
150

quienes han parecido o parecen ser personas bien dotadas de


intelecto, o de cerebro (¿será lo mismo? ¿O será que apenas parece
serlo?). Y, con mayor razón, cuando se trata de indagar si será que sí.
O será que no. Es decir, en verdad, ¿será que si hacen y han hecho
caca los y las comprometidas en el quid de la discusión?

En lo que a mí respecta, sigo diciéndolo, no es que parezca. Es bien


cierto que si han hecho y hacen caca. ¿O a ustedes que les parece?
Porque, sigo diciendo yo, de no haberlo hecho y de no hacerlo ahora
¿Cómo se explica el origen del dicho: “dime con quien hablas y te diré
que hablan”? Es decir, si hablas o has hablado con papas, con santos
y con santas; lo más probable es que hables popó, caca, o similares.

Y no es que parezca serlo. Es verdad. O, al menos yo, creo que no es


que parezca serlo, sino que parece ser que yo si tengo la razón.

Lo vi por última vez, ese día cuatro de noviembre. Cuando estuvimos


donde Prudencian Otálora. Inclusive yo le dije a Testimonito Pérez,
que necesitábamos una comunicación más fluida, habida cuenta de la
implementación del modelo creado por nosotros y que denominamos
“Para Aprender a Vivir sin ser Visto” (PAVV).

Hoy recuerdo, a viva memoria, que el origen tuvo que ver con la
propuesta presentada por los dos ante la Comisión Para El Buen Vivir,
adscrita a la Decanatura de la Facultad de Teología y Leyes de la
Universidad Pía de Villa Pastora.

Y es que Testimonito es muy avispado desde pequeño. Y combinaba


ese don con una gran disposición para entender a quienes
frecuentaban su entorno. Convocados por una especie de premonición
en términos de los alcances de su imaginación. Por ejemplo, me contó
Tancredo Roldán, la anécdota vinculada con las apariciones. Dicen,
me decía Tancredo, que el abuelo de Testimonito lo visitó treinta años
después de haber muerto. Y que, esta visita, se produjo en el patio de
la casona que ha servido de refugio a sucesivas generaciones.
Contadas, inclusive, desde los tretatarabuelos. Se remonta a finales
del siglo XVII.
151

Y es que, eso de las apariciones, tiene su fundamentación en la


llamada lógica de los procesos invertidos de la relación vida muerte. A
mí, a decir verdad, me pareció un tanto peyorativa la denominación.
Bueno, pero, al fin y al cabo, el asunto ahora es otro. Como les decía,
se trata de nuestro modelo. Lo concebimos, Testimonito y yo, “como
terapia relativamente rápida relacionada con la relatoría de las rondas
reservadas a los representantes de las regencias revividas, después
de las reinterpretaciones centradas en la retórica reinsertada en las
cortes llamadas reservorios de la humanidad”.

Lo que si me ha extrañado es la no presencia de Pérez. Diría, más


bien, de su prolongada ausencia. A veces me da por pensar, a manera
de especulación, que la razón de ser de su desaparición no forzada,
está anclada en el hecho de no reconocer su responsabilidad en el
escrito; ahora que se ha demostrado la falta de rigor y los graves
errores conceptuales. Sobre todo, al momento de explicar y justificar
las apariciones, como fenómenos vinculados con el primer yo, en
función del segundo yo. Como que lo que decimos en términos de que
el segundo yo es el ser que queda flotando al momento de morir, no
es otra cosa que una burda copia, en extremo, de la figura teórica ya
expresada por Luciano Vico Porto cabezas, en su peculiar obra “De
cómo se sigue vivo, después de ser registrado como muerto”.

Dice, Querubín Pardo, el profesor que descubrió el montaje; que


cuando decimos en nuestro modelo: “…Y todo esto nos está dado
porque somos semejanza de una opción primera llamada célula
originaria. Cuyo núcleo se subdividió, en principio, de tal manera que
se generó una reacción tardía. Por lo mismo el Aparato Golgi y las
Mitocondrias invirtieron su función y se produjo una especie de
invasión no alusiva a la materia hereditaria almacenada. Y, como
consecuencia, la volatilidad se hizo más predecible de lo normal. Y, en
estado de flotación, se reprodujo hasta alcanzar niveles de acción
imposibles de prever y detectar. Allí está ese segundo yo que soporta
la posibilidad de reaparecer…”; no es ni más ni menos lo mismo que
Vico Porto cabezas, presentó como marco teórico, cuando sostuvo
que “el primer yo actúa en dirección igual al segundo yo; pero que esto
152

no implica la pérdida de autonomía del segundo yo. Esto, la no pérdida


de su autonomía, es lo que le permite la flotabilidad constante. A su
vez, esta es condición primera para volver a aparecer cuando lo
requieran las necesidades inmersas en la convocatoria que nos hacen
quienes han quedado vivos y/o vendrán después”.

De todas maneras, donde esté Testimonito, supongo que no se


arrepiente de haberme inducido al plagio; sin que yo me diera cuenta.
Porque, todo hay que decirlo, él fue el que construyó el modelo. Mi
intervención no fue otra cosa que aplaudir y escribir lo que decía.

Si de lo que se trata es de reencontrar el vuelo perdido te aconsejo


que vuelvas a hablar con Anatolia. No sé si te acuerdas cuántas
ilusiones ha vertido. Todas ellas relacionadas con lo que son ellas. Es
decir, con ese agregado de compromiso con la vida. Por la vía de
centrarla en la ternura y en la lealtad. Lo que tengo entendido,
Eusebio, es que Anatolia ha ido tan lejos en ese quehacer. Ha sido tal
su convicción. Ha desparramado tantas expresiones. Que su
postulación como referente básico en nuestra ciudad, creo que no
tiene discusión.

De otra parte, he de volver algún día. Mi partida se justifica. No en


vano he discernido con vehemencia. Simplemente no puedo estar ahí,
con ella. Es como si mi incapacidad para hacer de mi vida algo
cercano, siquiera, a su mínima expresión diaria, en su entrega a los y
las demás. Es como si, a cada paso, sintiera ese vacío propio de
quienes, como yo no sabemos amar. Porque, lo de ella, sí que es eso.
Sí que es libertario. Sí que es reivindicar condiciones de uso dignas
para rehacer la posición de amante en plenitud. Recuerdo, cuando la
conocí. Veía en ella algo parecido a la simple expectativa que provoca.
Algo así como la desazón perversa. Como esperando abordarla. Con
la premeditación procaz de varón repetido. Con ese tipo de opción
pendenciera conjugada con la condición de macho prepotente.
Heredada por siglos. Que se ha erigido como icono.

Y, en simultaneidad, recuerdo su opción. Porque había sido


construida. En un pulso con el entorno hostigante. Vulnerador. Sus
153

cotidianeidades eran eso. Y son eso. Desafíos a la ortodoxia de


valores inventados. Propuestos como únicos. Por quienes han
ostentado poder. De familia. Y de religiosidad. Y de orientación
normativa. Y que, hombres como yo, acatamos. Como impúdicos
beneficiarios. Anatolia ha sido herética, desde siempre.

Cuando la vi, en ese entonces, hacía mis cuentas. Mis reflexiones en


términos de “también caerá”. Mi bastardía imperecedera. Y lo hacía
como silente perdulario. Como quien teje la urdimbre. Como insania.
Grisácea. Como todos los vomitivos espirituales. Como zafia
endurecida por los años. Consentida, desde que había aprendido la
práctica de la genuflexión. Ante los antecesores píos. Ante los
gendarmes de las buenas costumbres. Que se asimilaban,
precisamente a la permanencia del dominio. Pensando en lo erótico
como insumo pecaminoso. Validándolo como invención satánica.
Pero, en tratándose de ellas. Para nosotros, por el contrario, contaba
como asimilación del derecho a poseer. Sin que implicara nada
diferente. Solo la reiteración en el contubernio envolvente. Con la
coacción. Y con la palabrería justificatoria

Ahora, cuando la veo. Es como si repasara lo que he sido. Se me hace


fundamental reconocer que ella introdujo la noción de vida. En una
perspectiva que yo no había conocido antes. O que me negué a
hacerlo. Lo cierto, Eusebio, es que andaré rumiando ese pasado.
Reconociendo que fui siempre cómplice. Que estuve siempre ahí.
Vulnerando. Celebrando la masculinidad torcida. Como afrenta. Como
continua iniquidad.

Y no es el momento de pretender imitar el vuelo. Con estas alas


prestadas. Que siempre ejercieron solo como rasantes entelequias. Y
nunca como coadyuvantes al propósito libertario de ella y de ellas.

…Eusebio, si de lo que se trata es de reinventar la vida. ¡Escúchala!


Espero volver algún día…cuando sienta lo que ella siente, de la
manera como lo siente.
154

A la legua se ve que fue una vocación tardía. Lo que pasa es que su


madre no lo reconoció nunca. Como casi todas, ella ha tratado de
recomponer las cargas. Después de tanto asumir tristezas. Andando,
aquí y allá. Llevando su voz a todos los lugares. Una y otra vez. Sin
imprecar. Sin expresar siquiera un trozo de resentimiento.

Juvenal Socarrás nació. Como todos sus hijos y todas sus hijas. Un
venir al mundo que se ha repetido catorce veces. Inclusive, Fortunata
Espeleta, siempre creyó en el paradigma asociado a exhibir
resignación. Ante cada preñez. Como esperando que fuese la última.
Pero, al mismo tiempo, con cabeza gacha. Como queriendo demostrar
con ello que no había lugar en su vida para la contracorriente. Y, por lo
mismo, atendió a Juvenal con sonrisa amplia, siempre. Estando con él.
En todas sus afugias. Porque eso sí ha tenido el chino, problemas.
Desde ese de nacer y crecer babeándose. Llevarlo al jardín, todo un
problema. Consentirlo en la tarde. Cuando llegaba llorando, porque
sus compañeritos y compañeritas le decían bobo.

Y, ya en el colegio igual. Tal vez peor. Porque, mientras más grandes


los pelaos y las peladas, más gozadores. Y Juvenal no se ayudaba. Ni
se ayuda, ahora. Siguió y sigue lo mismo. A la babeadera le sumó la
movedera de la cabeza. Para un lado y para el otro. Como con el mal
de san vito. Y su flatulencia. Cada vez con mayor énfasis en todos los
sitios. Y, todos y todas en el salón de clases, protestando por la
presencia del oloroso.

Y eso de pretender ser cura, surgió. Así, de pronto. A sus treinta y


cuatro años. Después de haber trasegado. Estuvo de casa en casa.
De la mano de Fortunata. Que en casa de las tías Estipendia y
Belarmina. Que donde los tíos Deogracias y Zacarías. Que donde las
primas Agapita y Condolezca. Que donde abuelas paterna y materna.
En su orden María Graciana y Jael Cristina…En fin, dónde no estuvo
Juvenal. Hubo un periodo (de casi tres años) que estuvo conminado a
su cuarto. Allí, viviendo todo el día y todos los días. Los domingos, la
madre, lo bañaba y acicalaba. Para que recibiera la visita de Anastasia
Bocanegra. Su novia. Un poco menos tarada. Un tanto más volantona.
155

Más despierta. Más con ganas de vivir sin causar tanta brega. Y la
visita duraba casi seis horas. Desde las ocho de la mañana y hasta las
dos de la tarde. Con almuerzo incluido. Caldo de pajarilla, hígado y
punta de anca. Arroz con buñuelos y natilla. Jugo de tamarindo en
leche. Bocadillos con aguapanela de postre.

Y así pasó la reclusión. Y luego, el viaje al Santuario de las Lajas. Y a


Girardota, donde el Señor Caído. Y nada. Ninguna mejoría. Por el
contrario, más baboso. Más flatulento. Más continuos los movimientos
de cabeza. Y, Cesáreo Socarrás haciéndose el pendejo. No se daba
por enterado de nada. Cuando no estaba trabajando en su almacén de
víveres. Estaba borracho. Se acostaba a esperar que Fortunata
terminara sus quehaceres. La abordaba y listo. Así fue siempre. Así
sucedieron los catorce embarazos reportados. O, jugando parqués y
dominó en casa de Laureano Amézquita. Con Virginio Buenhombre y
con Egidio Buenamoza. Los domingos. Desde las nueve de la
mañana. Y Calcárea Pinzón de Amézquita corriendo en la cocina.
Preparando el desayuno para su amado esposito y para sus amigos.
Calentao, chocolate, pandequesos, huevos revueltos con hogao,
arepas de maíz pelao, quesito, mantequilla envuelta en hoja de
plátano y empanadas. El almuerzo, casi siempre, mondongo, arroz,
carne frita, patacones, mazamorra con panela machacada en un trapo.
Y, a las cuatro de la tarde, la especialidad de Calcárea: una mezcla de
dulces de duraznos, brevas, mora y guanábana.; con leche y, al final,
tinto bien cargadito.

Juvenal empezó a leer La Sagrada Biblia, a sus veintidós años. Con la


asesoría de Hermenegildo Sacristán Puche, el párroco de Villa Florida.
Todo un glosario de explicaciones. Acerca de la interpretación del
Antiguo Testamento. Fundamentalmente en lo relacionado con la
sucesión de familias, tribus, dinastías. Hijos e hijas. Profetas y
profecías. Lo mismo con el Nuevo Testamento. También con las
aclaraciones necesarias. Para lo de la Virgen María. Para lo del
humilde José. Para lo de las hermanas de María. Para lo de Juan el
Bautista. Para lo de los doce apóstoles. Particularmente en cuanto al
rol de Juan, Pedro y Judas. Para lo del Imperio Romano y los
156

gobiernos locales. Para lo de Barrabás. Para lo de Caifás y todos los


fariseos…En fin, que Juvenal, con todo y sus males, aprendió. Se
demoró ocho años. Pero asimiló. A los treinta ya era, pues, un experto.

Y, cuatro años después, vino la iluminación. Sucedió un domingo,


mientras hablaba con Anastasia. Sintió como un vahído. Abrió los ojos
más de lo normal. Dejó al descubierto sus tupidas cataratas. Gritó.
Convulsionó. Se desmayó. Cuando volvió en sí, repudió a la noviecita.
Alegó que había escuchado la voz de Santa Marta que le transmitió la
decisión del Todopoderoso, en términos de que debía integrar su
séquito del Santo Oficio. Incluida la obligatoriedad de mantenerse
célibe.

Y, como casi todas, Fortunata madre recibió con agrado la


determinación divina. Y se lo comunicó a su querido Cesáreo. Y este
le dijo “haga lo que le dé la gana con ese bobo”. Y ella hizo lo que le
dio la gana con su elegido Juvenal. Y habló con el padre Hermregildo.
Y entre ella y él, hicieron todo lo que era necesario hacer para que el
señor Obispo de la Diócesis aceptara la versión del vahído y del
mensaje transmitido por Santa Marta. Y lograron que el Seminario
Mayor de San Bartolomé de Acacias, modificara los requisitos. Y, el
elegido Juvenal que ni siquiera había logrado terminar grado cuarto de
bachillerato en ese entonces, fue matriculado. Con el compromiso de
hacer nivelación, bajo la conducción del padre Doroteo Benjamín
Polanía Hinestroza.

Hoy por hoy han transcurrido dieciséis años, después de que Santa
Marta transmitió el mensaje divino. Fortunata madre falleció hace siete
años y medio. Cesáreo padre murió el año ´pasado, en medio de una
borrachera de cuatro semanas. Juvenal sigue en su empeño de
hacerse Pastor como lo indicó el mensaje. Está en lo que se llama
segundo nivel de Teología Fundamental Básica. Es algo así como una
tercera parte del recorrido que es necesario realizar. Quienes
comenzaron con él (muchachos de diecisiete años en ese entonces),
ya llevan más de seis años ejerciendo el Ministerio en diferentes
municipios del país.
157

Juvenal cumplió cincuenta y tres años el diez de febrero pasado. Ya


está en lo que se llama el tercer nivel de Teología Fundamental
Básica. Ha mejorado mucho. Ya no babea tanto. Sus cabeceos no son
tan prolongados. Su flatulencia es menor que hace treinta años. El
Obispo actual de la Diócesis Amaranto del Socorro Benjumea Isaza,
fue compañero de clases de Juvenal. Ya, el padre Hermregildo ha
superado dos fases en el proceso de canonización… Ya Villa Florida
es una ciudad con dos rascacielos. Con un metro subterráneo. Ha
contribuido con tres presidentes a la causa de sacar al país adelante.

El día del sepelio de Juvenal Socarrás, a los setenta y cuatro años, el


Obispo Maximiliano Alfonso Luján, dijo:” …de todas maneras fue y
será un santo. Lo declaro sacerdote post mortem. En su memoria,
todos los tres de marzo, de ahora en adelante, serán de festividad
religiosa y de profundo recogimiento”.

Policarpa Moreno Anzoátegui, estuvo en Punta Agonía. El dos de


marzo. Un día antes de conocer que su hijo, Pedro Ambrosio
Arrequive Moreno, fuese declarado persona no grata. En Ciudad de La
Cruz. El Concejo Municipal, por unanimidad, lo hizo. Habida cuenta de
su participación en la Gran Marcha. Actividad convocada por las
mujeres, un año atrás. Originalmente fue propuesta como “una
avanzada en contra de los decretos promulgados por el señor alcalde
Justiniano Candela San Martín”. Decretos que “coronaban el proceso
de limpieza espiritual, iniciado por el gentilhombre Virgilio Piedecuesta
Porras. Hombre al que le debemos lo que somos”. Y no era de poca
monta su contenido. Ordenaba, entre otras cosas, rebautizar los
parques públicos y los edificios que servían de asiento a las diferentes
instancias gubernamentales. Por ejemplo, el parque situado en la calle
catorce con carrera 24, ya no se llamaría Policarpa Salavarrieta. En
adelante llevaría el nombre de Genaro de la Cruz Uribe Vélez. El
parque situado al costado izquierdo de la Avenida Trinidad, ya no se
llamaría Manuelita Sáenz. En adelante llevaría el nombre de Juan
Custodio Piedecuesta Alvarado. La casa en donde funciona la
Secretaría del Acción Social, deja de llamarse Aydee Santamaría.
Pasa a llamarse Laureano Gómez. Y, la casa que sirve a la alcaldía,
158

deja de llamarse María Cano. Se llamaría, en adelante, Julio César


Turbay Ayala.

Y los preparativos duraron siete meses. Convocando a las mujeres.


Aquí y allá. Con mensajes de invitación a todas las organizaciones de
mujeres. A todas las organizaciones de padres y madres de familia de
los colegios públicos y privados. A las organizaciones solidarias. A las
organizaciones de madres de desparecidos y desaparecidas. Con
sesiones previas. A campo abierto. Principalmente en Plaza Central.
Con conciertos de canción y música libre. Con teatreros y teatreras.
Callejeros (as) y de sala.

Y Pedro Ambrosio fue nombrado coordinador de la Liga Masculina de


Apoyo a la Gran Marcha. Y postuló actividades, involucrando a los
homosexuales organizados o no. E inauguró el semanario “Mi otro yo,
soy yo”. Y organizó el Festival de la Dignidad Homosexual. Y volcó
todas sus fuerzas a reivindicar a Julián Valencia, su pareja. Porque
este había sido expulsado del Colegio Hijos de María. Y, en fin…,
avizoró la perspectiva libertaria de las mujeres. Y mandó a imprimir
diez mil ejemplares de “La Declaración en contra del Autoritarismo
Paterno.

Policarpa, desde la distancia, el cuatro de marzo, se solidarizó con su


hijo. Propuso la convocatoria a la Segunda Gran Marcha. Su cuerpo
fue encontrado el ocho de marzo. Destrozado. Justo cuatro días
después de haber sido declarada desaparecida.

El diez de marzo, Justiniano Candela Sanmartín, se refugió en el


Palacio Arzobispal; una vez conoció que había sido publicada una foto
en la cual entregaba la recompensa respectiva al “Mono Claudio”,
reconocido sicario de la región. Corría el primer año de la muerte de
Policarpa Moreno Anzoátegui.

Dicen que Valeria es la moza de Juvenal Cristancho. Para ser sincero,


a mí nunca me caído bien ese man. Entre otras, porque yo sé que él
fue el que preñó a mi hermana Iconoclastacia Siempre le he buscado
159

la caída. Pero, por lo mismo que es policía encubierto, tiene tantas


mañas para seguir viviendo, que nunca me ha dado papaya.

Lo cierto es que Valeria está casada con Maximiliano Caín Valtierra,


desde hace casi veinte años. Se ha conservado la hembra. Parece
una muchacha de cuarenta y dos junios. Y, dicen los que saben, que
se le nota en los ojos que es bien arrecha. Incluso, la apodan
terremoto. Que hace sonar las tablas de cualquier cama.

Ella vino a “La Ciudad de la Eterna Balacera”, desde Cali. Y que, antes
del viejo Maximiliano y de su clandestino Juvenal, estuvo al lado de
Pigmalión Sinisterra. Hombre bravo, dicen. Tanto que desafió al
“divino Mancuso”, en su propio territorio. El mismo que dijo eso, dice
que conoció a la Valeria, precisamente en un baile en una de las
tarimas populares de la Feria de Cali. Y que, insisten, la preñó en el
primer revolcón. Y que, como son las lenguas, la Valerita abortó,
auxiliada por el Indio Amazónico que, por esos días estaba instalando
una sucursal del templo que lleva su nombre en Bogotá.

Pero, volviendo al cuento, Maximiliano Caín, no se dado por enterado.


O, simplemente, no quiere hacerlo. Y lo entiendo, porque con ese
policía como contrincante, más vale hacerse el pendejo.

Ese día, cuando velaron a la Valeria en una de las salas de Jardines


de la Eterna Adoración, el poli Juvenal, entregó un comunicado: “para
todos los civiles y todas las civiles, que les quede bien claro que nunca
he sido celoso. Pero me dio una putería muy grande, cuando llegué y
la encontré con el Maximiliano. A ese lo deje ir, pero antes le corte los
huevos”.

La vieja Julia se envalentonó. Como que se le subieron los billetes del


baloto a la cabeza. No nos volvió a mirar, ni siquiera de soslayo. Ya
sale con esos apestosos filipichines, que se la pasan dando visaje, en
carros extremos. Ya se compró una casa, la más hermosa y grande
del barrio. Se trastearon el domingo de ramos. Compró de todo:
muebles, tres televisores pantalla plana de treinta y dos pulgadas; un
sonido full; tres computadores HP portátiles. Dicen, además, que se
160

compró como seiscientas mudas nuevas, incluidos zapatos y ropa


interior. Se matriculó en la universidad Harvard made in Medellín. Está
estudiando decorador de interiores y afines. Un trasto de carro
grandote, tipo bronco, Ford, con vidrios ahumados y blindados. Se
puso esos ganchos de moda, que llaman de ortodoncia. Todo hay que
decirlo, se ve más fea de lo que es, pero lo brillan como al sujeto
Pedro Navajas. Se fueron de vacaciones, todos y todas en familia,
para Miami Beach y Punta Cana. Dicen que se compró un yate
inmenso y piensa estrenarlo en el río Medellín; y de seguro que es así.
Yo conozco bien a esa triscona. Si, cuando trabajaba por el mínimo en
la maquila que queda cerca al hueco, decía que todos los días iba y
venía en taxi; como será ahora con ese baloto encima.

Y se consiguió un pirobo como novio. Dizque vive en Altos de


Bocachica, entre Envigado y el Poblado. Claro que, aplicándole
geografía a la cosa, esas señas dan más o menos aguatacala arriba,
en donde hay unos pent-houses paper, o cartón que viene a ser lo
mismo. Dejémonos de vainas, todo hay que decirlo, el man es bien
pinta. Se da unos aires a Travolta, cuando joven.

Doña Susanita (…le dicen la iguana), nos comentó que incrustó un


jacuzzi en el segundo piso. Y que Julita se baña todos los días en un
líquido que llaman leche de la mujer amada. Y que Ponciano, el papá,
renunció a su trabajo de cartonero en tenche y se metió a
inversionista. Dizque se mantiene leyendo la República; The
Economist; Revista Dinero. Y que hace cábalas. Que aprendió la
teoría combinatoria y la de probabilidades. Y que compró acciones de
Ecopetrol y las mandó a laminar para mostrárselas a todos sus
amigos. Que dio un aporte para que “El Poderoso DIM, volviera a
comprar a Neider Morantes y para que le proponga a Romario que
pase sus últimos días acá y para que tiente a Faustino Asprilla,
diciéndole que todo y todas tenemos una segunda vida y que él puede
hacerlo ya.
161

Y que su hermano (ese hijueputa vendedor de cigarrillos baretos en el


primer piso de la gobernación), está ahora en Manhattan-Tokio City,
tramitando la venida de la plana mayor de los negociadores de los
TLC, tejedores de embustes e ilusiones. Y que viaja en chárter casi
todos los días, entre Europa y Estados Unidos. Que en Italia visitó a
Berlusconi, invitándolo para que diserte en el Parque Juanes, acerca
de “La valoración Ética de las Posibilidades de volver a Empezar”.

Y que, (…nos lo contó el marica de Jacinto), la hermanita se mandó a


destorcer los dientes a succionar la barriga; que compró dos juegos de
pelucas (…yo si decía: a Tobita se le está cayendo el pelo). Que
compró todos los videos de Vicente Fernández, de Darío Gómez y de
los Tigres del Norte. Que ya apartó boleta para ir a verlos en octubre
allá en Bogotá. Y que se mandó a recortar un poco la pechuga. Y que
consiguió novio; un tal White Black Bush Simpson, que conoció
cuando estuvo de paseo en Las Malvinas

Que la mamá (…nos dijo Lucindo), se mandó a reversar la ligadura de


trompas, dizque para probar un embarazo sin tantas penurias, como lo
fueron los otros. Empezando porque fueron siete y solo hay tres vivos.
Y que formó un club de bridge, similar al que conoció en London City,
cuando estuvo con Ponciano en abril. Y que contrató a tres niñas para
que le hagan los oficios en casa. Y que se levanta al 12 flat, para ver
la seguidilla de telenovelas mejicanas en su TV pantalla plana y que
está en su cuarto. Además, que ya no come sobrebarrida sudada, sino
caviar importado desde Rusia; ya le aterran la sopa de menudencias y
el mondongo. . Le caen mal y ella ya no está para soportar eso.

¡Oye Wenceslao ¡deja ya de hablar bobadas dormido. Andá donde


misia Adela y decile que me preste dos huevos hasta mañana.

¡Uy ¡que desaliento me da escuchar todos esos relatos. Construido


por la Nana, sin ton ni son. Ella seguía impávida. Como si lo
construido con esas palabras se aproximaba más y más a la condición
de sujeta vinculada con” Las mil y una noches”. Como queriendo
extender el tiempo, de tal manera que pudiese huir de la muerte al día
siguiente.
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Cierto día, cuando la volví a perder. El mismo día en que dejé de ver a
Belarmina. Estuve en lo del Negro Antonio. Había muerto, de repente,
tres días atrás. Dizque Astaíza me estuvo buscando para informarme.
Que él mismo agilizó los trámites para lanzar su cuerpo en el Mar
Cenizo. Allá, casi en la mitad.

Anduve mil caminos, recordando a mi tutor. Otros mil, recordando a la


Nana. Y dos mil más, recordando a Benjamina. Y otros tres mil más,
recordando a Isolda.

Cualquier día, me encontraron muerto a la orilla izquierda de Río


Crecido. Quienes me vieron no recordaban haberme visto vivo. Lo
único que les permitió referenciarme, fue un tatuaje en mi frente.
Todos exclamaron: ¡es el marido de la Nana. Ella nos contó cierto día,
que había marcado a su hombre con un tatuaje símil de la Diosa de
Mar Cenizo. Y pusieron en mi tumba un relato de la Nana. En este
momento cualquiera,

De un día como este,

Siento venir tu voz,

Veloz, ligera.

Como diciéndome, aquí estoy,

Pero sin estar ahí.

Como cuando escuchaba la voz,

En mis sueños,

Esa voz no identificada,

Pero que era la tuya.

Cuando soñaba

Desde niño,

Que llegaría un día,


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Como este,

En el cual, sintiendo tu voz,

Era como no sentirla,

Porque no era conmigo con quien hablabas.


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