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El arte del puzle, de José María Pérez Álvarez

“Para qué demonios (…) sirve un puzle si no se desmonta y se monta y se


desmonta y se monta y. Porque es preferible un puzle que uno no sabe armar a
otro que nadie intenta reconstruir y”.
Gaspard Winckler, Le Magazine Littéraire, 1967.

Gaspard Winckler es un personaje de una novela de Perec, La vida instrucciones


de uso, resucitado por José María Pérez Álvarez para su novela El arte del puzle.
Aunque el hecho de que el personaje muriese en la novela de Perec junto a que
algunos detalles de la vida de Winckler no sea coincidente en la novela de Pérez,
hace que dudemos de si se trata del mismo personaje. Aunque ambos tienen en
común que son constructores de puzles.
Pero, sea como sea, el personaje que salta de una novela a otra no es más que
una pieza más en el puzle que propone Pérez.

“Al principio el arte del puzzle parece un arte breve, un arte de poca entidad,
contenido todo él en una elemental enseñanza de la Gestalttheorie: el objeto
considerado —ya se trate de un acto de percepción, un aprendizaje, un sistema
fisiológico o, en el caso que nos ocupa, un puzzle de madera— no es una suma
de elementos que haya que aislar y analizar primero, sino un conjunto, es decir
una forma, una estructura: el elemento no preexiste al conjunto, no es ni más
inmediato ni más antiguo, no son los elementos los que determinan el conjunto,
sino el conjunto el que determina los elementos: el conocimiento del todo y de
sus leyes, del conjunto y su estructura, no se puede deducir del conocimiento
separado de las partes que lo componen: esto significa que podemos estar
mirando una pieza de un puzzle tres días seguidos y creer que lo sabemos todo
sobre su configuración y su color, sin haber progresado lo más mínimo: sólo
cuenta la posibilidad de relacionar esta pieza con otras (…) considerada
aisladamente una pieza de un puzzle no quiere decir nada; es tan sólo pregunta
imposible, reto opaco (...)”
La vida instrucciones de uso, George Perec.

Pongamos que el Winckler que se relaciona con otra de las piezas-personajes,


Ana Álvarez, puede ser el personaje de Perec. Pero el Winckler de la novela de
Pérez no puede ser el personaje de la novela de Perec:

“Hace veinte años, en mil novecientos cincuenta y cinco, acabó Winckler, tal
como estaba previsto, el último puzzle que le había encargado Bartlebooth. Todo
hace suponer que el contrato que había firmado con el multimillonario incluía una
cláusula explícita que estipulaba que nunca más volvería a fabricar ningún
puzzle, aunque, de todos modos, se puede pensar que no le habían quedado
ganas de hacerlos”.
La vida instrucciones de uso, George Perec.
Yo ya me entiendo.

Puzles y Perec son los elementos emocionales-narrativos que emplea Pérez.


Pero como puede comprenderse por todas las citas acumuladas hasta ahora,
que no hacen más que dilatar lo que quisiera decir, las propuestas oulipianas
inherentes a la estructura de El arte del puzle hacen que esta novela sea
aparentemente sencilla (piezas de puzle) y tremendamente compleja (panorama
completo tras la construcción)
(O quizás sea al revés, compleja-piezas, sencilla-cuadro)

Lo que nos propone José María Pérez Álvarez es desmontar una historia
compleja en una sucesión de escenas en principio aparentemente inconexas,
distribuidas temporalmente de forma aleatoria, de forma que esas escenas
pueden subdividirse a su vez en pequeños grupos de escenas en los que
predomina un tipo u otro de narrador o de modo de narración, para que una vez
acabada la novela cada lector pueda tener una panorámica general de la
historia.

No voy a explicar qué cuenta El arte del puzle. Pero puedo asegurar que la
inmersión histórica y sicológica en unos años oscuros de la historia de España,
los últimos años del franquismo (y también posteriores) con toda la parafernalia
casposa y mortecinamente triste con que se adornaba el régimen (y que en cierta
manera constituía la “cultura” de la época) es demoledora y sitúa perfectamente
a los personajes y sus condicionamientos sociales.
No voy a decir nada más para recomendar esta novela porque ya sabéis, si
habéis leído otras entradas del blog referidas a novelas del autor, que lo que
siento por José María Pérez Álvarez es una sincera admiración.

Y llegamos a lo que quería decir.


¿Cómo es posible que en este país se premien mediocridades, se publiciten
novelas insignificantes, se alaben encargos editoriales afrontados con una
apatía que resulta insultante para el lector, se tengan en podios de excelsitud a
autores que no han escrito nada relevante en los últimos treinta años, se de
cancha a todos aquellos que han aceptado que lo “normal” es lo que el público
lector quiere y necesita, se permita que las editoriales consideren que lo insulso
y convencional es lo que debe ser publicado...?

Pues, la verdad, no entiendo cómo todo esto, y algunas cosas más, no solo sea
posible sino que vertebre lo que se considera “cultura”.

En una realidad en la que todas estas aberraciones son posibles ocurre que José
María Pérez Álvarez, un gran escritor, es relegado a ser prácticamente un
desconocido.
Un desconocido que escribe unas novelas que merecerían todos los premios y
alabanzas posibles.
Los fragmentos de La vie mode d’emploi de Georges Perec de la traducción de
Josep Escué para Ed. Anagrama.
El arte del puzle, de José María Pérez Álvarez
“Para qué demonios (…) sirve un puzle si no se desmonta y se monta y se
desmonta y se monta y. Porque es preferible un puzle que uno no sabe armar a
otro que nadie intenta reconstruir y”.
Gaspard Winckler, Le Magazine Littéraire, 1967.

Gaspard Winckler es un personaje de una novela de Perec, La vida instrucciones


de uso, resucitado por José María Pérez Álvarez para su novela El arte del puzle.
Aunque el hecho de que el personaje muriese en la novela de Perec junto a que
algunos detalles de la vida de Winckler no sea coincidente en la novela de Pérez,
hace que dudemos de si se trata del mismo personaje. Aunque ambos tienen en
común que son constructores de puzles.
Pero, sea como sea, el personaje que salta de una novela a otra no es más que
una pieza más en el puzle que propone Pérez.

“Al principio el arte del puzzle parece un arte breve, un arte de poca entidad,
contenido todo él en una elemental enseñanza de la Gestalttheorie: el objeto
considerado —ya se trate de un acto de percepción, un aprendizaje, un sistema
fisiológico o, en el caso que nos ocupa, un puzzle de madera— no es una suma
de elementos que haya que aislar y analizar primero, sino un conjunto, es decir
una forma, una estructura: el elemento no preexiste al conjunto, no es ni más
inmediato ni más antiguo, no son los elementos los que determinan el conjunto,
sino el conjunto el que determina los elementos: el conocimiento del todo y de
sus leyes, del conjunto y su estructura, no se puede deducir del conocimiento
separado de las partes que lo componen: esto significa que podemos estar
mirando una pieza de un puzzle tres días seguidos y creer que lo sabemos todo
sobre su configuración y su color, sin haber progresado lo más mínimo: sólo
cuenta la posibilidad de relacionar esta pieza con otras (…) considerada
aisladamente una pieza de un puzzle no quiere decir nada; es tan sólo pregunta
imposible, reto opaco (...)”
La vida instrucciones de uso, George Perec.

Pongamos que el Winckler que se relaciona con otra de las piezas-personajes,


Ana Álvarez, puede ser el personaje de Perec. Pero el Winckler de la novela de
Pérez no puede ser el personaje de la novela de Perec:

“Hace veinte años, en mil novecientos cincuenta y cinco, acabó Winckler, tal
como estaba previsto, el último puzzle que le había encargado Bartlebooth. Todo
hace suponer que el contrato que había firmado con el multimillonario incluía una
cláusula explícita que estipulaba que nunca más volvería a fabricar ningún
puzzle, aunque, de todos modos, se puede pensar que no le habían quedado
ganas de hacerlos”.
La vida instrucciones de uso, George Perec.

Yo ya me entiendo.

Puzles y Perec son los elementos emocionales-narrativos que emplea Pérez.


Pero como puede comprenderse por todas las citas acumuladas hasta ahora,
que no hacen más que dilatar lo que quisiera decir, las propuestas oulipianas
inherentes a la estructura de El arte del puzle hacen que esta novela sea
aparentemente sencilla (piezas de puzle) y tremendamente compleja (panorama
completo tras la construcción)
(O quizás sea al revés, compleja-piezas, sencilla-cuadro)

Lo que nos propone José María Pérez Álvarez es desmontar una historia
compleja en una sucesión de escenas en principio aparentemente inconexas,
distribuidas temporalmente de forma aleatoria, de forma que esas escenas
pueden subdividirse a su vez en pequeños grupos de escenas en los que
predomina un tipo u otro de narrador o de modo de narración, para que una vez
acabada la novela cada lector pueda tener una panorámica general de la
historia.

No voy a explicar qué cuenta El arte del puzle. Pero puedo asegurar que la
inmersión histórica y sicológica en unos años oscuros de la historia de España,
los últimos años del franquismo (y también posteriores) con toda la parafernalia
casposa y mortecinamente triste con que se adornaba el régimen (y que en cierta
manera constituía la “cultura” de la época) es demoledora y sitúa perfectamente
a los personajes y sus condicionamientos sociales.
No voy a decir nada más para recomendar esta novela porque ya sabéis, si
habéis leído otras entradas del blog referidas a novelas del autor, que lo que
siento por José María Pérez Álvarez es una sincera admiración.

Y llegamos a lo que quería decir.


¿Cómo es posible que en este país se premien mediocridades, se publiciten
novelas insignificantes, se alaben encargos editoriales afrontados con una
apatía que resulta insultante para el lector, se tengan en podios de excelsitud a
autores que no han escrito nada relevante en los últimos treinta años, se de
cancha a todos aquellos que han aceptado que lo “normal” es lo que el público
lector quiere y necesita, se permita que las editoriales consideren que lo insulso
y convencional es lo que debe ser publicado...?

Pues, la verdad, no entiendo cómo todo esto, y algunas cosas más, no solo sea
posible sino que vertebre lo que se considera “cultura”.
En una realidad en la que todas estas aberraciones son posibles ocurre que José
María Pérez Álvarez, un gran escritor, es relegado a ser prácticamente un
desconocido.
Un desconocido que escribe unas novelas que merecerían todos los premios y
alabanzas posibles.

Los fragmentos de La vie mode d’emploi de Georges Perec de la traducción de


Josep Escué para Ed. Anagrama.

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