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PERSONAJES

Uno de estos días me va a dar un infarto. No se que pasó y cómo fue que tantas
cosas me ocurrieron en tan corto tiempo. Mi nombre es Francisco, Francisco
Rodríguez, son un porteño de Valparaíso. He vivido gran parte de mi vida acá, amo
esta ciudad con lo bueno y lo malo pero hoy me aqueja algo que me supera. No soy un
hombre extraordinario, desde hace unos años trabajo en el área de informática de un
banco importante de nuestra ciudad. A mis 25 años vivo solo, aunque no hace mucho
vivía con mis padres. Me cambié a la casa de mi abuelo luego de un año de su muerte,
fue importante para mi, por lo de la independencia y todo eso, pero sobretodo para
aclarar lo que finalmente iba a ser con mi vida. Pero ahora sí que todo está complicado
y quizá el volver a los recuerdos de esta casa ha sido parte importante de todo esto. El
viejo fue muy importante en mi vida, estar en su casa me recordó su compañía, sus
enseñanzas su importante afición por el fútbol y especialmente por el equipo de
nuestros amores Santiago Wanderers. Recuerdo con alegría nuestros paseos al
estadio y por supuesto sus increíbles historias. Incluso algunas de ellas creadas sólo
para mi, como las historias sobre un gran héroe de Valparaíso, uno que se llamaba
Oscuro. Qué manera de tener imaginación, recreaba sus aventuras en los cerros del
puerto atrapando ladrones, defendiendo a la gente y con tantos detalles que me
parecía sentirlos casi reales, especialmente por mi corta edad. Pero hoy las cosas son
diferentes. He estado con más estrés por todos los problemas que hubo en el banco
desde que me fui. Una red de conexiones con fallas, un virus causando más problemas
que los habituales, etc, etc. Pero no… más que todo eso el suceso del asalto fue lo más
grave, el gatillante de todo. Tengo algunos recuerdos vagos de ese día: mucha gente en
el trabajo como siempre, largas filas, poco personal de guardia. Luego una linda
morena en apuros, recuerdo que necesitaba un lápiz y me acerqué a ofrecerle ayuda,
en un intento de ser caballero me dirigí a las oficinas a buscar uno y al regresar ya la
zona de cajas era un escenario totalmente distinto. Desde ahí sólo tengo pequeños
recuerdos: Uno de los ladrones me vió venir, luego un fuerte ruido, un golpe seco en
mi cabeza, un segundo ruido casi inmediato que se desprendía sobre mi oreja
izquierda y finalmente el retumbar del suelo, las imágenes borrándose a mi alrededor,
la silueta de ella acercándose a mi en el suelo. Luego de eso sólo tengo lo que me
contaron los médicos, la linda morena había estado haciendo maniobras de
resucitación hasta que llegó la ambulancia. La policia al parecer estaba cerca y entró
rápido a reducir a los jóvenes asaltantes. Luego una cirugía de urgencia que resultó
bien, muchos días en coma, un despertar inesperado para todos y un dolor de cabeza
crónico que me recuerda cada día lo sucedido ese día. Me toco la cicatriz sobre la
frente y recuerdo las notas de alta del hospital “Herida de bala en cráneo con salida de
proyectil, sin daño neurológico evidente”. Me sonrío y lo repito en voz alta. Aquí estoy,
lleno de preguntas, luego de varios meses de cambios y noticias. No tengo las
respuestas ni tampoco sé cómo resolver todo esto. Estoy angustiado. Frente a la
ventana, miro mi ciudad tratando de buscar entre las calles y sus recovecos alguna
señal que conteste al menos a una de estas interrogantes. Siguió a ese fuerte dolor de
cabeza inicial, una larga licencia médica y un agotamiento crónico. Analgésicos,
vitaminas y nada. Todo terminó con mucho tiempo en televisión y las redes sociales, y
me mostró una parte de Valparaíso que no conocía o al menos no con toda su crudeza,
mucha pobreza, mucha delincuencia y lo más loco de todo: un vigilante a rostro
cubierto al margen de la ley. Sí, curiosamente usando el mismo nombre que le dio mi
abuelo en sus historias hace más de 20 años. Como si el tal Oscuro realmente existiese.
Eso fue realmente extraño, como todo lo que me estaba pasado. Buscando ayuda a
todo esto, recurri a Cristian, un viejo amigo psiquiatra, que pese a su silla de ruedas
siempre ha sido un gran apoyo para mi y mi familia. Pensó que no podía ser otra cosa
que estrés post traumático y me dijo que algunas sesiones de hipnosis podrían
ayudarme. Y así fue. Luego de relatarle todos mis síntomas y de terminar la primera
sesión de hipnosis, con una sonrisa me dijo “la famosa bala te dejó algo más que sólo
un agujero en tu cabeza” se movió un poco más en la sala mirando el suelo y continuó:
“al cambiarte a la casa de tu abuelo, tus recuerdos de él se hicieron más intensos
incluídas las historias que te contaba” me miró esbozando una sorpresa con sus ojos y
siguió “la lesión que te dejó la bala más esos recuerdos crearon en ti otra
personalidad, tu héroe de la niñez ahora vive y despierta cuando duermes y sale a
hacer su tarea a la ciudad. Por eso amaneces cansado cada día sin razón”. No podía
creer lo que me decía. Pero cómo era eso posible, la prensa hablaba de gran agilidad,
de fuerza y capacidad de reducir maleantes rápidamente. Cristian agregó “¿Haz oido
historias de madres que levantan vehiculos o padres que dan grandes saltos por
salvar a sus seres queridos? Bueno eso ocurre con flujos altos de adrenalina que
aparecen en estas situaciones, pero finalmnete es el cerebro quien lo controla, algo
que podrías estar haciendo ahora en forma inconciente”. No, no creía nada de esto,
hasta que al volver a la casa en uno de los baúles del tata encontré las ropas con las
que describían en las noticias a este tipo. Me senté en la cama y pensé ¿Yo, un
personaje que nació de la imaginación de mi abuelo? No podía creer lo que me estaba
pasando. Hoy nos volvimos a juntar con Cristian, él me tranquilizó puedo bloquear
esta afección con medicamentos y terapia, esperó un rato y agregó “Pero ¿No te
interesaría volverte el héroe de tu niñez?, yo puedo ayudarte a entenderlo mejor y
manejarlo” Lo miré con cara de incredulidad y pensé extrañado este tipo debe estar
bromeando. Me levanté para irme y me acerqué a la ventana de su consulta, miré un
rato esta ciudad que tanto quiero, recordé a quienes me salvaron la vida, pero imaginé
también los peligros y la incertidumbre de no saber si volvería vivo después de cada
noche. Apoyé mi cabeza contra el vidro, cerré lo ojos por unos minutos, respiré
profundo y al abrirlos nuevamente ya tenía la certeza de lo que debía hacer.