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El violín de Jean Paul

Saturday, September 23, 2017


3:02 PM
La práctica hace al maestro. Para practicar necesitas tiempo, y para ese entonces nadie
parecía tener más tiempo libre que Jean Paul.
Jamás olvidará la primera vez que tuvo un violín entre sus manos. Sabía qué era y cómo
sonaba, por supuesto, pero en cuanto a cómo tocarlo… no mucho.
Desde que hubo recibido la noticia de que estaba muriendo había recibido muchos regalos
de sus familiares: globos, peluches, pelotas, tarjetas, perfumes, lámparas y cualquier cosa
que pudiera usar dentro de la habitación del hospital… pero al ver el estuche del violín
ladeó la cabeza extrañado. Su tío Chandler lo puso entre sus regalos muy
inteligentemente, pero a Paul de pareció de lo más absurdo pasar los últimos meses de su
vida practicando para algo que evidentemente dominaría apenas en varios años.
Varios de sus familiares habían ido a verlo, pero no quería ver a nadie, quería estar solo.
De cualquier modo moriría solo, y eso lo asustaba, más de lo que le gustaría llegar a
admitir. Su madre estaba destrozada, y esa era la razón por la que quería mantenerse lo
más sereno posible, pero era sumamente difícil.
El tío Chandler, por otro lado, convenció a su madre de que él quería recibir clases de
violín (quién sabe de donde habrá sacado esa idea) y como no podía salir del hospital él
mismo se ofreció.
Así que ahí estaba, con todo el desgano, aprendiendo las partes del instrumento como si
fuese lo más relevante del mundo. Es decir, ¿es realmente importante?

El día en que Jean Paul vino al mundo tenía la piel azul. Desde antes de nacer los doctores
supieron que había algo mal con el niño, desde el momento en el que el oxígeno de su
sangre comenzó a depender de su propio cuerpo y el mismo comenzó a fallar lo
arrancaron de brazos de su madre. No pudo tenerlo hasta varios días, en cambio el niño
estuvo entre doctores y máquinas hasta que trataron el síndrome que tenía, mientras su
madre lo veía a través de un vidrio, con la piel azul, aquellas primeras horas de vida,
sosteniendo la mano de su hermano Chandler y el doctor a un lado aconsejando que no
rompiera en llanto ya que eso le haría daño. Unos días luego de eso Jean Paul Fontaine fue
diagnosticado con una cardiopatía congénita citonica (una enfermedad del corazón
presente al nacer que hace poner la piel azul por falta de oxígeno) llamada "Síndrome del
corazón izquierdo hipoplástico" (el lado izquierdo de su corazón no se desarrolló bien).
Justo antes de dejar el pecho de su madre Jean Paul fue sometido a una cirugía para abrir
un hueco el medio de su corazón, y tomaba fármacos que evitaban infecciones y para
mantener el hoyo abierto.
Desde entonces, desde el principio de su vida, Jean Paul ha vivido en ese hospital, del que
no se aleja mucho porque desde el principio trataron su caso particular. Siempre están
surgiendo novedades de cómo mejorar su estilo de vida, pero niños como él no son el tipo
de los que pueden sentarse a esperar un milagro. Desde muy temprana edad sabe que no
podía correr como los otros niños, desde muy chico estuvo relacionado con los nombres
raros de sus medicamentos, inyecciones y tratamientos, las proporciones según su peso
por cada medicamento, el tiempo en el que su cuerpo le estaría pidiendo más y cosas como
esas.
Su madre, siempre muy protectora, tuvo que dedicarse de lleno al trabajo para pagar los
tratamientos. Su padre enviaba cheques periódicamente, pero nunca es suficiente. Lo
único que siempre ha sabido sobre él era que un día se fue y no volvió más.

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único que siempre ha sabido sobre él era que un día se fue y no volvió más.
En la escuela primaria saben que es frecuente que falte a clases, aunque intente
compensarlo después. Su madre siempre le presiona para que obtenga buenas
calificaciones pero es un tanto difícil cuando no posees interés alguno.
Algunas veces Jean Paul fantaseaba con hacer sus visitas al cardiólogo y pediatra menos
frecuentes, sólo el tiempo suficiente para ir a viajar por el mundo, al menos recorrer toda
Europa… Pero cuando, sin más remedio, pasó a formar parte le las estadísticas, parte de
esos quinientos niños anuales a los que se practica un trasplante de corazón, había
renunciado a esa posibilidad. Quiere decir que luego de tantas cirugías correctivas su
corazón defectuoso nunca funcionó. No ha funcionado bien nunca, ¿por qué de repente lo
haría? La naturaleza literalmente le había otorgado solo medio corazón, y sería menos
jodido que al menos fuera la mitad del tamaño del promedio, pero no, es la mitad de la
caja.

—¿Paul?
—¿Dijo algo, tío?
—Préstame atención, Paul. Esto es lo más elemental. Te pregunté qué es esto.—dijo
señalando una sección del violín.
—¿Por qué preguntas? ¿No sabes?
—Sí, pero quiero saber si tú sabes.
No respondió. Deseaba estar solo.
El tío Chandler bajó la mirada desconcertado, y Jean Paul sintió algo de culpa por eso.
—¿Es el taco?
—Tacón —corrigió.
—Eso.
¿Cómo hacer que su joven estudiante captara algo de interés? ¡Si tan solo pudiese
mostrarle! Entonces el tío tomó el violín entre sus manos y se puso en posición. Comenzó a
tocar una melodía delicada y lenta. Era hermosa. ¿Era una sonata, o un minueto? No podía
distinguir el uno del otro en ese entonces, pero lo más conmovedor era ver la pasión con la
que ponía su corazón en cada nota, sus pequeños y precisos respiros entre los silencios, sus
ojos cerrados, la manera en que su cuerpo se movía con suavidad, el ceño fruncido como si
experimentara un fuerte sentimiento…
Casi no se dio cuenta cuando él volvió a ofrecerle el instrumento. Para entonces ya se
sentía indigno de tomarlo entre sus manos, pero lo hizo de todas maneras.
Puso el arco el la última cuerda y la frotó. Sonaba horrible. La ilusión estaba rota.
—Jamás podré hacerlo —declaró Paul.
El tío Chandler frunció el seño, extrañado.
—¿Por qué no?
—Seamos honestos. No viviré lo suficiente para aprender a tocar violín.
—¿Cómo dijiste? ¿Acaso ya te diste por vencido?
Bajó la mirada. Sabía que debía tener esperanza y ser optimista, pero ¿acaso había otra
alternativa? No era bueno en matemáticas, pero entendía las estadísticas. No eran buenas
noticias. ¿Qué carajos tendría de especial, en caso de que viviera? ¿Cuál es la diferencia
entre tantos como él, que mueren a diario?
—Yo…
—Sé que no puedes andar en bicicleta, o correr, o nadar, o tener sexo, o nada que implique
demasiado esfuerzo. Sé que no puedes comprar un corazón nuevo en un supermercado,
pero sé que necesitas una razón para vivir. —puso el arco entre sus dedos su con su mano
volvió a recordarle la posición correcta—. Vive para esto. Estás internado aquí, no
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volvió a recordarle la posición correcta—. Vive para esto. Estás internado aquí, no
necesitas ir a ningún lado. La música es el único lugar en donde puedes olvidarlo todo y
escapar.
Aquella fue la primera lección.
La desventaja era que el tío Chandler era un hombre ocupado. Debía viajar mucho y no
siempre estaba disponible para una segunda lección, pero con mucho gusto le obsequió un
método, por lo cual trató de estar agradecido, pero… no se le daba bien fingir.

Al siguiente día Jean Paul pasó toda la mañana leyendo el folleto que le habían entregado
en el hospital.
El acondicionamiento pre y post operatorio, la elección de un candidato. Las condiciones
que debía cumplir para poder ser elegido para un trasplante de corazón, que incluía tomar
los inmunosupresores responsablemente y no sufrir de ningún trastorno psicológico. Ok,
tendría que comportarse entonces.
Tiró el arrugado folleto rompiendo con el orden que su madre había impuesto en la
habitación. Se quedó mirando el papel por un largo rato.
"Mantenga la calma"
Lo decía de un modo tan frío que casi olvidaba que se trataba de una vida, de la suya.
¿Sabía acaso alguno de esos médicos lo cansado y asustado que estaba? Casi tenía miedo
de dormir y nunca más volver a despertar.
¿Y si nunca encontraban a alguien compatible? ¿Y si su corazón falla antes de encontrarle?
Si se permite ser optimista y pensar que habrá alguien…, estará condicionado a tomar los
inmunosupresores por lo que dure su vida, y eso le sonaba a SIDA en píldoras. ¿Y si su
cuerpo rechaza el corazón nuevo? ¿Y si lo mata un estúpido resfriado común?
Le dolía en el alma ver a su madre tan demacrada. Estaba más delgada, unas ojeras
moradas en relieve, sus ojos siempre estaban cristalinos y sus sonrisas eran siempre tristes.
Debía trabajar más para pagar los tratamientos, lo había hecho para cubrir las muchas
cirugías cuando el seguro le dio finalmente por muerto. Nada había funcionado. Años en
ese maldito hospital para nada.
Se acostó viendo al techo y se quedó mirándolo un largo rato. Quería hacer algo, pero al
mismo tiempo no tenía ganas de hacer nada. Todo estaba tan gris…
Podía sentir la presencia del instrumento en su habitación, incluso a través del estuche.
Quería tomarlo, pero su cuerpo no respondía.
Levantó el torso y miró por el gran ventanal hacia la ciudad. ¿Cuál era la maldita
diferencia? ¿Acaso la gente que estaba allá afuera creía que viviría para siempre? La
diferencia era que nunca pensaban en ello, se burlaban de ella, se jactaban del inminente
final. Tal vez la diferencia era que él debía estar internado esperando a que llegara.
No importaba ya.
Sacó el violín del estuche y lo contempló. Tenía las pegatinas que marcaban el final de una
nota y el comienzo de otra. Su tío le había dejado elegir el color de las mismas como si eso
le fuese a subir el ánimo. Sacó el método que guardaba en un bolsillo externo del estuche.
Arrugó los labios. Estaba en otro idioma.
Las instrucciones, por supuesto, estaban en francés. Pero la mayoría del método estaba
escrito sobre un conjunto de cinco líneas, puntos blancos o negros atravesados por otras
líneas. Era el lenguaje de la música. Para lo cual tío Chandler había dejado una vagas
instrucciones en su ilegible letra de cómo descifrar tal lenguaje y un dibujo del violín que
indicaba dónde poner los dedos en caso de que una figura estuviese puesta en tal línea o
tal espacio (al parecer lo espacios cuentan).

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tal espacio (al parecer lo espacios cuentan).

¿No pudo imprimirlo como el resto del método? No, tuvo que escribirlo. Le reclamaría
luego por eso.
Ese día, Jean Paul volvió a estar consiente de su propia existencia cuando fue la hora de
comer. Se había pasado toda la tarde practicando sin ningún descanso y sin darse cuenta
habían pasado más de seis horas.
Había empezado frotando de nuevo la cuerda más gruesa y grave, que sonaba horrible,
pero al segundo intento sonó imperceptiblemente mejor, y siguió frotándola hasta que su
sonido le pareció aceptable. Se dedicó un buen rato a frotar las cuerdas al aire, sin pisar
ningún traste. Luego empezó con el primer ejercicio, y lo tocaba patéticamente lento, como
si estuviese aprendiendo a leer, pero cuando logró tocar el primer sistema lo invadió una
alegría fenomenal.
Como dije antes: la práctica hace la maestro, y Jean Paul sin duda practicó todos los días
desde entonces. Pero cuando estás muriendo en un hospital estás rodeado de otras
personas que también están muriendo, son viejas y amargadas, pero es porque están ya
cansados de la vida, y no tienen cómo escapar.
Digamos que el violinista no nace, se hace. Ni Paganini habría cuestionado eso. Pero para
forjar a un violinista se debe iniciar por algún lado.
Sonaba tan horrible que las enfermeras tuvieron que cambiarlo de cuarto varias veces,
pero la gente siempre se quejaba. Era como si apestara. Hasta que un día se lo arrebataron
de las manos.
Ese día Jean Paul fue el último en terminar de comer, si no comía las enfermeras
sospecharían de una enfermedad psicológica y no podía permitirse eso, pero tragar fue
supremamente difícil, como si tuviera algo atravesándole la garganta.
El ave madrugadora del canto rechinante había sido reemplazado por un perezoso que
apenas y mostraba señales de vida.
Cuando tío Chandler supo al respecto voló hasta Somme. Encontró a Jean Paul más pálido
por la falta de luz solar.
Entonces le obsequió algo que no había visto nunca: un violín eléctrico.
Le observó con rareza.

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Le observó con rareza.
Tío Chandler, muy emocionado, encendió los audífonos, los sincronizó con el violín y le
dijo (o al menos eso escuchó a través de aquellas orejeras herméticas) que lo probara.
Frunció el seño ligeramente. Sonaba muy artificial para su gusto, ya se estaba encariñando
con el anterior. El tío Chandler, por otro lado, comenzó a corregir la postura de su alumno,
que andaba encorvado, y cuando tocaba, el arco siempre iba a parar al puente.

Solo él podía escuchar lo que tocaba, solo él podía sumergirse en su música y nadie se
enteraba de nada.
Jean Paul se sentía transportado como nunca se había sentido en su vida. Ni siquiera
cuando leía, placer del cual inmediatamente luego de la emoción acababa más deprimido
porque nunca podría ver de verdad aquellos lugares. No. Con la música se sentía
trasportado a un lugar inmaterial, a un sueño del que no quería despertar. Sentía que la
melodía le recorría las venas, llenando su corazón de amor.
No necesitaba más audiencia que sus latidos.

Hasta aquella tarde nevada de febrero.

Recorte de pantalla realizado: 9/23/2017 9:06 PM

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