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REMEMBRANZAS DE MI BELLA DAMA

En el año 1959 yo era un estudiante de arquitectura en el Tec de Monterrey. Se


iniciaba el año, corría el mes de enero y la ciudad se vio gratamente sorprendida
por un suceso que dejaría huella en el aspecto de representaciones teatrales,
particularmente en el género musical. Manolo Fábregas, el actor teatral,
incursionaba como productor y había elegido a Monterrey para representar,
concretamente en el teatro María Teresa Montoya, Mi Bella Dama, el musical
basado en la obra teatral Pigmalión de Bernard Shaw.

Con el nombre de My Fair Lady, se había estrenado, con un éxito extraordinario, en


Broadway, en 1956. Manolo Fábregas había adquirido los derechos para su
representación en México y, a saber por qué, pero para fortuna de los que vivíamos
en la próspera ciudad norteña, fue en Monterrey donde la estrenó, antes que en la
propia ciudad capital. De hecho, después de Monterrey la llevó a Guadalajara y ya
más adelante la representó en la Ciudad de México, primero en el Palacio de Bellas
Artes, y luego en el teatro Esperanza Iris.

Creo que medio Monterrey acudió a ver la obra. Valga la exageración para significar
el éxito que tuvo Mi Bella Dama. En el Tec, caminaba uno por los pasillos de la
Facultad entre el tararear de las melodías, lo mismo de estudiantes o catedráticos.
Vaya si recuerdo a nuestro maestro de Urbanismo, que había acudido tres veces a
ver la obra y, mientras nosotros resolvíamos acertijos urbanísticos en el restirador,
él, prescindiendo de solemnidades de investidura y pudores por desentones,
cantaba La Calle Donde Tú Vives, rememorando la interpretación del enamorado
de Eliza Doolittle.

Amén de toda la plana de docentes, casi todos mis compañeros habían acudido a
ver la obra. Faltaba yo, así que hice malabares con mi mesada -de suyo modesta-,
compré mi entrada en la mejor localidad que pude, y acudí al teatro.
Manolo Fábregas puso una puesta en escena verdaderamente magnífica. No
reparó en gastos y, simplemente el vestuario, era un dechado de elegancia y buen
gusto. Al grado de que en el cuadro del Hipódromo de Ascot, significado por la
presencia de la alta sociedad londinense, en la obra de Fábregas igual se distinguió
por la elegancia en el vestuario, tanto, que en un momento dado el público estalló
en profusos aplausos, simplemente por lo que estábamos viendo, más allá de
melodías o coreografía alguna.

El elenco fue cuidadosamente seleccionado por Manolo. Diría yo que no a base de


grandes figuras del teatro o canto del momento, sino de las que Fábregas consideró
como idóneas para la obra. Desde luego, él mismo se adjudicó el papel del profesor
Henry Higgins, y aquí no vale decir que por ser “el dueño del balón”, Manolo, de
suyo un buen actor teatral, hizo una espléndida interpretación del personaje. Y si en
la obra en Broadway, Rex Harrison sólo “decía” las melodías, aquí Manolo se atrevió
a cantarlas, de manera muy sencilla, pero lo hizo y lo hizo bien.

Para el papel de mi bella dama, Eliza Doolittle, que en Broadway interpretó Julie
Andrews, Fábregas tuvo la audacia de contratar a una ilustre desconocida. Cristina
Rojas de nombre, una chica de 25 años que acudió al casting en pos de un papel
en el coro. Su voz cautivó a Fábregas y le dio el papel principal. Lo hizo bastante
bien, tanto en actuación como en canto y así, de un día para otro, estaba en la
cumbre del teatro musical. No trascendería gran cosa después, no sé por qué.
El papel de Freddy, el enamorado de mi bella dama, lo hizo Salvador Quiroz, que
era un buen tenor aunque no de los mejores de la época; pero el papel, que no exige
tampoco mucho, lo hizo bastante bien.

Mas yo quiero enfatizar el papel de otro protagonista, ya verán por qué. Se trata de
Alfred Doolittle, el padre de Eliza. En Broadway y Londres (después en la película
de George Cukor) lo había hecho el espléndido actor inglés Stanley Holloway.
Dueño además de una buena voz de barítono, Holloway habría de pasar, así fuera
por sólo este papel, a la historia de la comedia musical. Pero en México Manolo
Fábregas seleccionó para el papel a un tenor, además sólo cantante, no actor. Fue
Mario Alberto Rodríguez, toda una figura en una época de grandes intérpretes de la
canción popular en México, como Nicolás Urcelay, Juanito Arvizu, el doctor Ortiz
Tirado, Néstor Chaires, Pedro Vargas, etc.

La elección de Fábregas fue de lo más acertada. Traducida a nuestro medio, Mario


Alberto Rodríguez ciertamente que daba el personaje: un tanto chaparrito, un tanto
gordito, un mucho simpático y pícaro. La grave voz de Holloway, entre nosotros se
substituyó por la fresca y agradable voz de Mario Alberto. Ya no digamos el derroche
de simpatía que el cantante asimiló para su personaje.

Pero todo este rollo que he desplegado es para aterrizar en la siguiente pista
narrativa:
Alfred Doolittle, padre de mi bella dama, el personaje que interpretó Mario Alberto
Rodríguez, era un borrachín que solía andar en sus correrías siempre acompañado
de otros vagos y borrachines como él. En la obra teatral de Broadway y Londres,
como en la película de Cukor, varios, no lo recuerdo bien; en la obra de Fábregas
acaso un par, o tres o cuatro, no más, tampoco lo recuerdo bien. Lo que sí recuerdo
es que en Monterrey eran unos jovenzuelos cuyo papel no pasaba de secundar con
alguna frase melódica al tenor Mario Alberto Rodríguez y dar unos brinquitos a
manera de coreografía. Claro, sus nombres ni aparecían en el programa.

Muchos años después supe el nombre de uno de aquellos muchachitos. Un joven


que con 18 años entonces, hacía sus pininos como tenor.
Se trataba de… ¡Plácido Domingo!

Publicado por Javier Aviña Coronado el octubre 7, 2014

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la-comedia-musical-mi-bella-dama