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EL POSTMODERNISMO ¡VAYA TIMO!
Gabriel Andrade

A Victoria Eugenia…

El sueño de la razón produce monstruos… Francisco de Goya

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Un sudamericano en París

Prólogo de Mario Bunge a El posmodernismo ¡vaya timo!

Department of Philosophy, McGill University, Montreal, Canadá

Imaginemos a un joven filósofo sudamericano que viaja a París creyendo que todavía es la Ciudad Luz que fue desde
el Siglo de las Luces hasta la Segunda Guerra Mundial. El joven se aloja en una modesta pensión en la Rive Gauche
(5º piso sin ascensor). Visita la Sorbona, las grandes librerías y los cafés famosos esperando toparse con los dignos
descendientes de Descartes y Pascal, Voltaire y Diderot, Holbach y Condorcet, Lavoisier y Buffon, Laplace y
Lagrange, Bernard y Pasteur, Poincaré y Hadamard, Perrin y los Curie o, al menos, con los filósofos Bergson,
Meyerson y Lalande, que escribían bien porque pensaban honesta y claramente. Le extrañan a nuestro joven los
títulos de los cursos que se anuncian en las calles: Astrología psicoanalítica, Psicoanálisis astrológico, Símbolo y
destino, Eidética y dietética, Homeopatía existencial, Existencialismo comunitario. Le disgusta recorrer esas calles
que evocan tantos disparates. Siente nostalgia de su ciudad natal, que no tiene ni el Louvre ni la torre Eiffel, pero
donde no se huele la podredumbre intelectual. También le asombran al joven latinoamericano los títulos de los libros
que mejor se venden: La nada de todo, Teoría egológica de la comunicación, Dialéctica de la ebriedad, Marx
precursor de Heidegger, Ciencia femenina, Sintaxis del ser, Estructura estructurante, Falocracia matemática, El placer
del suicidio, Semiótica del orgasmo, Orgasmo del signo. El joven filósofo está aturdido. ¿Para esto vino de tan lejos y
después de sufrir tantas privaciones para reunir el dinero necesario? No sabe si reír o llorar. Se pregunta qué pasó con
Francia en los últimos decenios. ¿Cómo fue posible que la ocupación alemana atiborrrase con irracionalismo alemán
a tantos cerebros que se habían preciado de deslumbrar con luz cartesiana? ¿Qué se había hecho de la honestidad
intelectual? ¿Por qué los parisinos se dejaron encandilar por las locuras y sinsentidos de Husserl, el abuelo del
posmodernismo, y sus discípulos? el escéptico 40 No sé si Gabriel Andrade, el autor de esta obra, tuvo esa
experiencia desalentadora. Pero la tuvimos muchos que habíamos admirado y amado la Ciudad Luz, donde ahora
prosperan los falsificadores de moneda cultural. Lo peor es que esta moneda falsa circula ahora por todo el mundo.
Estudiantes chinos, canadienses o argentinos que nunca oyeron hablar de Voltaire ni de Diderot ni de Holbach, leen
ahora con unción de novicios los disparates de Foucault, Derrida, Deleuze y otros macaneadores orgullosos de
haberse librado de "la tiranía de la coherencia y la verdad". Gabriel Andrade se ha propuesto la ingrata tarea de
advertir a los incautos: "No os juntéis con los clochards disfrazados de intelectuales, esos alquimistas que transmutan
la mierda en palabra. Continuad disfrutando de la luz e intentando hacer algo honesto en lugar de embaucar a jóvenes
que no han tenido la fortuna de recibir una formación rigurosa". Estudiantes chinos, canadienses o argentinos que
nunca oyeron hablar de Voltaire ni de Diderot, leen ahora los disparates de Foucault, Derrida, Deleuze y otros
macaneadores orgullosos de haberse librado de "la tiranía de la coherencia y la verdad". primavera 2014 He admirado
la capacidad de Andrade para examinar con su lupa una montaña de basura. En particular, me ha alegrado que haya
sabido distinguir el feminismo político, noble lucha contra la discriminación sexual, del feminismo académico, que
no es sino un fraude escandaloso y que, lejos de enriquecer el estudio de la condición de la mujer, ha desacreditado al
movimiento feminista. También he admirado el coraje de Andrade al admitir que no basta ser políticamente zurdo
para estar al abrigo del vendaval posmoderno. Al contrario, la izquierda tiene su parte de responsabilidad en ese
retroceso. En particular, quien (como yo en mi años mozos) haya admirado a Hegel sin advertir que inventó el truco
de hacer pasar lo oscuro por profundo, ha sido sin quererlo un idiota útil a la idiotez posmoderna. ¿Por qué no bajó
decenios antes el arcángel Gabriel Andrade para anunciarnos la mala nueva, que el niño nació muerto? En resumen,
ésta es una excelente exposición crítica de uno de los peores fraudes intelectuales de todos los siglos. Su autor expone
con admirable claridad las oscuridades de escritores que no han descubierto sino esto: que cuando no se tiene nada
nuevo ni interesante que decir, basta decirlo en forma enrevesada para ser tomado por genio por gente ingenua y de
buena fe. Solo me queda una duda: de tanto leer tanta sandez y tanta simulación, ¿no se le habrá aflojado algún
tornillo a nuestro autor? Los lectores atentos dirán.

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Indice

Introducción: ¿Qué diablos es el postmodernismo?


1. Los usos y abusos de la izquierda.
2. El odio a la Ilustración.
3. El oscurantismo postmodernista.
4. ¿Todo es relativo?
5. El ataque a la ciencia
6. El bien y el mal
7. La occidentofobia.
8. El fraude del primitivismo
9. La obsesión con el poder
10. El racismo postmodernista.
11. El feminismo mal conducido.

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Introducción: ¿Qué diablos es el postmodernismo?
Javier Armentia y Serafín Senosiáin, los editores de la colección ‘¡Vaya timo!’, han concebido esta serie como
un intento por refutar algunas de las creencias irracionales más comunes. Por lo general, estas creencias son
aceptadas por personas que no han tenido un alto nivel de educación. Algunas personas creen, por ejemplo, que la
posición de los astros al momento de nacer determina los acontecimientos del resto de sus vidas. Otras creen que
la aplicación en cantidades diluidas de sustancias que generan males sirve para combatir ese mismo mal. Otras
creen que Dios creó al universo hace apenas seis mil años; que la posición de los muebles en el hogar afecta la
buena fortuna, etc.
Por regla general, quien haya terminado alguna carrera universitaria y tenga un mínimo de sentido común, sabe
que todas estas creencias son timos. Y, también por regla general, quienes difunden timos como la astrología, el
Feng Shui o el creacionismo son personas ajenas al mundo académico. Es muy triste apreciar que en las librerías
populares hay más libros de astrología que de astronomía, pero al menos tenemos el consuelo de que en las
librerías universitarias, hay plenitud de libros sobre ciencia y filosofía, y pocos libros sobre creencias irracionales.
No obstante, el postmodernismo es la excepción, y por ello, es un caso sui generis entre los temas de la
colección ‘¡Vaya timo!’. Los defensores del postmodernismo tienen sendos títulos universitarios. La mayoría de
ellos son profesores en las mejores universidades del mundo (debe reconocerse que, por fortuna, dos de las
mejores universidades del mundo, Oxford y Cambridge en Inglaterra, son muy reacias a aceptar a defensores del
postmodernismo en su profesorado). Escriben en los diarios de mayor circulación mundial, son entrevistados por
las personalidades más famosas de la TV, y los gobiernos frecuentemente les piden opiniones y consejos sobre
asuntos militares, económicos, políticos, culturales, etc. Y, naturalmente, si bien en las librerías universitarias
afortunadamente casi no hay libros que promuevan el creacionismo o la homeopatía, desafortunadamente en esas
mismas librerías hay plenitud de libros que promueven el postmodernismo, e incluso, ocupan los estantes
privilegiados.
Así, el postmodernismo goza de un prestigio dentro y fuera de la academia. Los defensores del postmodernismo
tienen algo que atrae, y no es precisamente la claridad y profundidad de sus ideas. Se trata más bien de una suerte
de sex appeal que genera seguidores de todo tipo. Son, por así decirlo, estrellas de rock en el mundo académico.
Los jóvenes estudiantes desearían ser como ellos. Muchos llevan el pelo largo, fuman pipa, utilizan trajes exóticos;
en fin, parecen tener una preocupación por su imagen. En esto, se parecen mucho más a los artistas que a los
profesores universitarios convencionales.
Es sabido que muchas estrellas de rock prosperan, no propiamente por su música, sino por todo el aparato
publicitario que acompaña a sus presentaciones. La vestimenta, el juego de luces en los escenarios, las hermosas
mujeres que los acompañan, etc., forman parte de las estrategias de las cuales se valen las estrellas de rock para
congregar audiencias, aun si muchos de ellos cantan desafinados. Pues bien, algo similar ocurre con los defensores
del postmodernismo. Muchos de ellos prosperan, no propiamente por el contenido de sus ideas, sino por el barniz
de imagen que los acompaña.
Aulo Gelio, un escritor romano del siglo II, dijo alguna vez al contemplar a un charlatán que se hacía pasar por
filósofo: “veo la barba y el manto, pero no veo al filósofo”. Haríamos bien en mantener esta suspicacia cuando
estemos en presencia de personas que defienden el postmodernismo. Estas vacas sagradas llevan todo el ropaje de
la actividad filosófica, e incluso, hablan de forma parecida a las personas que han dicho cosas importantes en la
historia. Pero, no pasan de ser meros charlatanes. Su gran preocupación es decir cosas que generen una moda
intelectual, independientemente de si son verdaderas, o siquiera coherentes. Lamentablemente, han logrado su
acometido. Por ello, sería pertinente ubicarlos junto a Christian Dior o Gianni Versace, y no junto a Aristóteles o
Einstein.
Pero, ¿qué defienden estas personas? ¿Qué diablos es el postmodernismo? Como es sabido, el prefijo ‘post’
denota ‘después’. De esa manera, ‘postguerra’ es el periodo que le sigue a una guerra, ‘post-operatorio’ el período
que le sigue a una operación, y así sucesivamente. Pues bien, ‘postmodernismo’ vendría a ser aquel movimiento
que ha surgido después del modernismo. Pero, en cuestiones filosóficas, se suele postular que cuando un
movimiento sigue a otro, también suprime al anterior. Así, el postmodernismo no es sólo el movimiento que sigue
al modernismo, sino también que lo suprime.
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El modernismo es, a grandes rasgos, la mentalidad colectiva que vino a imperar en la civilización occidental a
partir de más o menos el siglo XVII. Esta mentalidad estuvo caracterizada por una creciente valoración y
predominio de la racionalidad en todas las facetas de la vida. Cada vez más, la gente empezó a emplear la
racionalidad y a interesarse por conocer la naturaleza y su funcionamiento. Fue así como surgió el método
científico. La ciencia empezó a ofrecer resultados significativos, y a partir de los conocimientos cultivados por la
ciencia, la civilización occidental incrementó sus invenciones y el uso de la tecnología.
Igualmente, gracias a la ciencia y la tecnología, el hombre pudo ejercer cada vez más un control mayor sobre la
naturaleza, y las condiciones sanitarias mejoraron, aumentando significativamente el nivel de vida. Esto vino
acompañado por otras transformaciones. Las ciudades empezaron a crecer, y los Estados se volvieron mucho más
complejos. Nació así la burocracia como medio para optimizar la organización y la toma de decisiones. Las redes
comerciales se expandieron significativamente. La producción económica se volvió mucho más eficiente, y esto
trajo consigo el nacimiento del capitalismo. Asimismo, las labores empezaron a tecnificarse y especializarse para
ser más eficientes y productivas, y la sociedad empezó a segmentarse en gremios.
Los historiadores suelen llamar a este periodo ‘modernidad’. Si bien podemos estimar que sus inicios en Europa
fueron en el siglo XVII, ha tardado un poco más en llegar a otras regiones del mundo. Habitualmente se
denominan ‘tradicionales’ aquellas sociedades en las que las grandes transformaciones de la modernidad aún no
han llegado.
El ‘modernismo’ suele entenderse como la doctrina o movimiento que defiende estas transformaciones. Por
ejemplo, un habitante del Londres actual es a todas luces un moderno, pero no necesariamente un modernista.
Quizás ese londinense añora vivir en las condiciones de la Inglaterra feudal, a pesar de que trabaja en una fábrica,
se beneficia de la ciencia y emplea mucha tecnología de avanzada.
De la misma manera, un campesino en Bangladesh está lejos de ser propiamente un moderno. Pero, quizás ese
campesino defienda la necesidad de asumir el método científico, la industrialización, la división del trabajo, etc.
En ese caso, sería un modernista. Así pues, ‘modernidad’ es el momento histórico cuando surgieron todas estas
transformaciones sociales; ‘modernismo’ es la defensa y valoración de estas transformaciones sociales.
Las transformaciones sociales de la modernidad trajeron consigo grandes transformaciones en las artes. Los
historiadores del arte suelen convenir en que el arte moderno empezó con el Renacimiento tardío, más o menos
hacia el siglo XVI. Los mismos criterios de racionalidad que se emplearon en la ciencia, la política y la economía,
se extendían al arte. Los pintores empezaron a dominar la técnica, y lograron desarrollar la perspectiva. Sus
representaciones pictóricas eran mucho más realistas, y su concentración en el cuerpo humano era un corolario del
interés científico por la anatomía. La armonía, el balance, la proporción y la textura eran ahora criterios a seguir
para generar emociones estéticas.
Los arquitectos empezaron a edificar construcciones que aprovecharan racionalmente los espacios. Cada
espacio tendría una función que cumplir, y la distribución también estaría regida por la proporción, el balance y el
orden. Los músicos buscaban acercarse a una perfección matemática en la conjunción de armonía, melodía y
ritmo.
La literatura tampoco escapó a esta tendencia. En las sociedades tradicionales, imperaban cuentos sobre
demonios, elfos, gigantes, hechizos. A partir de la modernidad, la literatura está más concernida con asuntos
reales, y cuando hace referencia a gigantes y hechizos, generalmente lo hace en son de burla, como en Don
Quijote. Por regla general, la literatura tradicional era pobre en técnica y estilo: no se cultivaba mucho el retrato
profundo de los personajes, la trama no estaba bien estructurada, etc. Con la era moderna, la literatura se impregna
de la técnica y la racionalidad, y entonces incorpora tramas complejas, personajes con una psicología profunda,
minuciosos detalles narrativos, etc.
Así, en las artes vino también a imperar un modernismo; a saber, la defensa de la aplicación de criterios de
racionalidad y técnica en la producción artística. En cierto sentido, bajo este entendimiento, si bien el artista y el
científico operarían en planos distintos, ambos compartirían una adhesión a la racionalidad y un conjunto de reglas
bien estructuradas que codifican el desarrollo de la técnica.
Eventualmente, en el seno de las artes, hubo una reacción en contra de este modernismo. Se empezaron a
desarrollar tendencias que rechazaban el predominio de la racionalidad y las reglas en la producción artística. Su
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justificación era que el arte es, ante todo, expresión. Y, en cuanto tal, la actividad artística es libre; por ende, no
cabe sobre ella ninguna camisa de fuerza que imponga criterios. Los exponentes de estas tendencias abrazaron, por
así decirlo, una rebeldía estética.
Allí donde la pintura moderna exigía perspectiva, proporción y balance, estos nuevos pintores deliberadamente
buscarían violar estos esquemas. Así, por ejemplo, la obra maestra de Picasso, Guernica, no tiene contemplación
por los criterios técnicos del modernismo, y pareciera más bien una pintura hecha por niños. Algunos pintores se
propusieron rechazar los criterios modernos, tratando incluso de imitar el arte de las sociedades tradicionales
ajenas al mundo moderno. Gauguin, por ejemplo, se hizo célebre por pintar a la manera de los polinesios, y de
nuevo, Picasso en una época trató de pintar en un estilo similar a la pintura tradicional africana.
En la arquitectura también hubo esta reacción. Ahora los edificios podrían incorporar espacios desperdiciados,
e incluso, administrar elementos que podrían resultar sin balance y proporción. Los músicos también empezaron a
explorar la posibilidad de incorporar elementos populares que carecían de la técnica de los compositores clásicos,
e inclusive, muchos se atrevieron a prescindir de la armonía y el ritmo para incorporar sonidos que eran
prácticamente ruido.
La literatura empezó a interesarse por situaciones absurdas y sinsentido. Allí donde un novelista típicamente
modernista como Dostoyevski retrataría situaciones creíbles con gran rigor analítico, y emplearía una trama
compleja pero ordenada; muchos nuevos novelistas y dramaturgos buscarían confundir al lector deliberadamente,
para sí generar un nuevo efecto.
Todas estas tendencias artísticas, si bien heterogéneas entre sí, eventualmente fueron aglutinadas bajo el
concepto de ‘postmodernismo’. Estos artistas y críticos de artes se planteaban inaugurar una era en la que se dejara
atrás la modernidad y el modernismo, y fuera suplantado por un movimiento que rechazara los criterios (a su
juicio, demasiado rígidos) de racionalidad y técnica en las artes.
Si bien algunos críticos estimarían que la buena obra de arte es aquella que está inscrita en la racionalidad y la
técnica, podemos por ahora aceptar que el postmodernismo en las artes ha resultado meritorio. La reacción en
contra del criterio estético modernista ha potenciado la creatividad de la generación de artistas influidos por el
postmodernismo. Las grandes obras de Picasso no tienen un buen cultivo de la perspectiva, y las novelas de Joyce
rayan en lo desordenado y lo absurdo; pero podemos admitir que forman parte del patrimonio artístico de la
humanidad.
Por ello, es prudente aceptar que la reacción en contra de la camisa de fuerza del modernismo en las artes ha
resultado positiva. Hasta ahí, todo marcha bien. El problema, no obstante, surge cuando se pretende llevar al
postmodernismo más allá de las fronteras del arte. La reacción en contra de las reglas y los criterios establecidos
nos han ofrecido grandes obras de arte en el siglo XXI. Pero, cuando este espíritu de rebeldía postmodernista se
extiende a otras esferas de la vida, sus consecuencias pueden ser graves.
Consideremos, por ejemplo, al gran pintor catalán Salvador Dalí. Su obra pictórica merece todo tipo de elogios.
Con maestría técnica, logró rebelarse en contra de las convenciones artísticas de su época. La excentricidad
artística de Dalí lo acredita como uno de los grandes maestros de la pintura del siglo XX. Pero, cuando la
excentricidad va más allá de lo artístico, al punto de desafiar no sólo las reglas establecidas en el arte, sino las más
elementales reglas para poder llevar a cabo una conversación fluida, empezamos a dudar si la excentricidad es
loable en esferas no artísticas.
En una famosa entrevista con el periodista norteamericano Mike Wallace, Dalí respondía con todo tipo de
disparates ininteligibles a las preguntas bien formuladas de Wallace. He acá una breve muestra:
WALLACE: Dígame, ¿qué cree que le ocurrirá a Ud. cuando muera?
DALÍ: Yo no creo en mi muerte
WALACE: ¿Ud. no morirá?
DALÍ: No, yo creo en la muerte general. Pero, no en la muerte de Dalí. Creo que mi muerte se ha vuelto
imposible
WALLACE: ¿Teme Ud. a la muerte?
DALÍ: Sí.
WALLACE: ¿La muerte es bella, pero con todo, Ud. la teme?
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DALÍ: Exactamente… porque Dalí es un hombre paradójico y contradictorio.
Una obra como La persistencia de la memoria (de Dalí) merece nuestro elogio. Pero una entrevista en la cual
se respondan disparates e incoherencias, ya es un bodrio. Esto es indicativo de que quizás resulta loable rebelarse
contra las reglas artísticas, pero no contra las reglas de la racionalidad en esferas que van más allá de lo artístico.
El hecho de que Dalí arremeta con disparates y sinsentidos en una entrevista quizás no es tan grave, si tenemos
en cuenta que se trataba precisamente de un artista. Los problemas empiezan a aparecer cuando los filósofos y
científicos pretenden emular a los artistas en su rebelión frente a la racionalidad. No objetamos que alguien como
Franz Kafka apele al absurdo para lograr su acometido. Pero, tenemos plena justificación para protestar que un
médico apele a un procedimiento absurdo (como, por ejemplo, la homeopatía) para intentar curar una enfermedad,
o que un matemático sostenga que la raíz cuadrada de -2 es igual al infinito.
Así pues, en un inicio, el postmodernismo empezó como un movimiento en el seno de las artes. Pero, hoy el
postmodernismo es más un movimiento vinculado a la filosofía y las ciencias. Si bien el término
‘postmodernismo’ tiene un significado muy difuso, podemos definirlo a grandes rasgos como la tendencia a
rechazar aquellos valores defendidos por el modernismo, en especial, el predominio de la racionalidad en todas las
esferas de nuestras vidas. Y, como corolario, la ‘postmodernidad’ sería la etapa histórica en la cual el
postmodernismo cobra cada vez más prominencia.
El modernismo trató de ordenar el mundo en categorías de pensamiento. Una de las grandes labores de la
ciencia moderna ha sido la taxonomía; a saber, el modo en que ha clasificado todos los elementos del universo. El
postmodernismo rechaza el intento por ordenar el mundo, y más bien defiende la persistencia de lo caótico a la
hora de examinar el universo.
El modernismo defendió la primacía de la racionalidad. El postmodernismo enaltece más bien la intuición, la
emoción e incluso, la valoración de lo absurdo y lo irracional. En el modernismo, no hay cabida para chamanes y
astrólogos, sino para médicos y astrónomos. En el postmodernismo, se intenta reivindicar el espíritu libre de
chamanes y astrólogos frente a un supuesto totalitarismo científico.
El modernismo deposita su confianza en la capacidad del lenguaje para representar el mundo, e incluso,
recomienda acercarse lo más posible a un lenguaje lógico-matemático que se exprese claramente y no permita
ambigüedades. El postmodernismo estima que el lenguaje nunca podrá representar la realidad (sólo intentar
construirla), y de hecho, muchos postmodernistas recomiendan el uso de un lenguaje deliberadamente oscuro y
confuso (no muy distinto de disparates como los de Dalí).
El modernismo trata de descubrir el funcionamiento del universo, para así postular leyes científicas de alcance
universal que nos permitan hacer predicciones y ejercer cierto control sobre la naturaleza. El postmodernista
rechaza rotundamente la categoría de lo universal, e insiste en que ninguna explicación puede tener pretensiones
universales.
De hecho, según los mismos gurús del postmodernismo, éste es el rasgo definitorio de este movimiento. Si bien
las palabras ‘postmodernismo’ y ‘postmodernidad’ fueron someramente empleadas por diversos autores desde
mediados del siglo XX, fue el francés Jean Francois Lyoard quien las puso de moda (desde entonces, casi todo en
el postmodernismo ha sido cuestión de moda). A juicio de Lyotard, la modernidad se caracterizó por el
predominio de ‘metarrelatos’ (un término muy confuso, pero como veremos, los postmodernistas no tienen el
menor interés en evitar ser confusos).
Estos ‘metarrelatos’ son ‘discursos totalizantes’ que pretenden aplicarse universalmente. Lyotard estimaba que
estos metarrelatos ahora están en crisis, pues se ha planteado la necesidad de optar por lo que él llama ‘micro-
relatos’. En otras palabras, en vez de ofrecer una explicación general de, por ejemplo, la naturaleza de las
hambrunas, es más conveniente explicar cada hambruna por separado, y no asumir que podamos aglutinar bajo un
mismo concepto la hambruna de Etiopía en los años ochenta del siglo XX, con la hambruna de Irlanda a mediados
del siglo XIX. Más aún, los postmodernistas han defendido con ahínco que ningún discurso puede pretender
alcance universal, en tanto todo discurso es producto de unas condiciones específicas (en las cuales interactúan
todo tipo de intereses y sesgos: clase social, nacionalidad, etnicidad, etc.) que no pueden extrapolarse a otros
contextos.

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Así, es inútil y perjudicial buscar explicaciones universales de los fenómenos, pues la noción de ‘universalidad’
es afín a un gran sistema totalitario que pretende abarcarlo todo. Conviene mucho más, afirman los
postmodernistas, concentrarse en la relevancia de lo local. Si Lyotard tiene razón, entonces la ley de la gravedad
no es universal, sino más bien un invento totalizante de la ciencia. Quizás los postmodernistas deberían lanzarse de
un puente, para corroborar si la ley de la gravedad no es más que un metarrelato que no puede pretender tener
validez universal.
Desde entonces, este discurso ha ganado cada vez más adherentes en la academia, y resuena con un amplio
sector de la izquierda en el plano político. Los postmodernistas resultan atractivos a los excluidos de siempre:
negros, inmigrantes, homosexuales, mujeres, obreros, discapacitados, etc. Los postmodernistas han hecho creer a
estos excluidos que la racionalidad y la modernidad en general son los responsables de haber creado la exclusión y
coartado la libertad con sus ‘discursos totalizantes’ y rígidas reglas de pensamiento. Los postmodernistas son
emblemáticamente anti-sistema; y ha resultado inevitable que los excluidos vean en ellos unos aliados, sin
realmente detenerse a considerar si oponerse al predominio de la racionalidad y a cualquier forma de sistema
constituirá una mejora en sus condiciones de vida.
Cada vez se suman más voces al postmodernismo. En este libro, argumentaré que estamos en la necesidad de
rechazar los cantos de sirena del postmodernismo, en buena medida porque la abrumadora mayoría de las ideas
que los postmodernistas defienden son fraudulentas; en otras palabras, el postmodernismo es sendo timo. Podemos
criticar muchas cosas a la modernidad, pero nunca debemos abandonarla. Podemos criticar los sistemas
totalitarios, pero no debemos pretender escapar a toda forma de sistema. En el momento en que dejemos de aplicar
criterios de racionalidad y sistematización al mundo, nuestra felicidad se verá amenazada.
En el primer capítulo, haré una breve reseña histórica sobre el surgimiento de la izquierda, desde los socialistas
utópicos en el siglo XIX hasta la izquierda contemporánea postmodernista. Trataré de demostrar que la izquierda
clásica (incluyendo al propio Marx) se inscribió en la modernidad, pero que debido a la era de descolonización
después de la Segunda Guerra Mundial, y al mayo francés de 1968, un sector de la izquierda empezó a asumir
posturas contrarias a la modernidad. Haré énfasis en que, afortunadamente, queda aún un sector de la izquierda
que rechaza el postmodernismo y valora a la modernidad, y que no es necesario ser postmodernista para ser
izquierdista; de hecho, varios izquierdistas defenderían que el socialismo exigiría una renuncia a los disparates
postmodernistas.
En el segundo capítulo, examinaré las reacciones en contra del movimiento filosófico de la Ilustración a partir
del siglo XIX. Intentaré demostrar que, contrario a las apariencias, los postmodernistas tienen mucho en común
con los reaccionarios ultraconservadores de inicios del siglo XIX. Defenderé celosamente el triunfo de la
Ilustración, y la obligación que tenemos de no abandonar ese proyecto.
En el tercer capítulo, someteré al escarnio el lenguaje tan obscuro y disparatado que emplean los filósofos
postmodernistas, así como su intención deliberada de no escribir con claridad, a fin de impresionar a gente que
estima que los buenos filósofos son aquellos a quien nadie les entiende. También reseñaré algunos sucesos
bochornosos en el mundo académico, que han surgido como consecuencia de estos disparates postmodernistas.
En el cuarto capítulo atacaré la doctrina del relativismo, la cual es ampliamente defendida por el
postmodernismo. Según esta doctrina, no existe algo que podamos llamar universalmente ‘verdad’, sino que la
distinción entre lo verdadero y lo falso es sólo relativa al contexto. Trataré de demostrar que se trata de una
doctrina contradictoria y que atenta contra el más elemental criterio de racionalidad.
En el quinto capítulo, defenderé a la ciencia de los ataques de postmodernistas que pretenden equipararla en
validez a disciplinas no científicas, o que pretenden negar la validez de un criterio de demarcación entre ciencia y
pseudociencia. Trataré de esbozar un criterio elemental para definir a la ciencia. Atacaré especialmente a Paul
Feyerabend y su anarquismo epistemológico (la idea de que no debe haber reglas en el método científico y que,
por ende, todo vale), y reseñaré la manera en que los postmodernistas abren la puerta sandeces como el
creacionismo, la homeopatía, el Feng Shui, etc.
En el sexto capítulo, defenderé la universalidad de la moral y los derechos humanos, y atacaré el relativismo
moral normativo (la doctrina según la cual cada cultura está en su derecho de seguir su propio criterio moral), el
cual es defendido por muchos postmodernos. Reseñaré casos como la ablación del clítoris en África oriental, la
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práctica del sati en la India, etc., como muestra de la necesidad de asumir una moral universal que no tenga
contemplaciones por las particularidades culturales que van en detrimento de la universalidad de la idea del bien.
En el séptimo capítulo, defenderé la idea de que, si bien el colonialismo occidental ha tenido consecuencias muy
graves, también tuvo sus méritos. Pues, fue el colonialismo (y la llamada ‘misión civilizadora’ europea) el
encargado de difundir la racionalidad y la Ilustración en sociedades tribales con costumbres premodernas similares
a la de la Edad Media europea.
En el octavo capítulo atacaré a los postmodernistas que estiman que el hombre primitivo es más feliz que el
hombre civilizado, y que los avances de la ciencia y la tecnología son perjudiciales a la humanidad. Reseñaré que
muchas de las sociedades supuestamente idílicas (como los aztecas, o algunas sociedades tribales) en realidad
tenían condiciones de vida deplorables, y que la introducción de la ciencia y la tecnología han constituido una gran
mejora en las condiciones de vida de la humanidad.
En el noveno capítulo reseñaré cómo los postmodernistas, están obsesionados con la idea de que ninguna teoría
es confiable, porque tras ella yacen intereses de poder. Defenderé la postura de que, si bien el poder es capaz de
influir sobre la búsqueda de la verdad objetiva, al final tenemos la necesidad de confiar en que sí es posible
alcanzar la objetividad. Y, además, el explicar los orígenes de una creencia no implica haberla refutado.
En el décimo capítulo reseñaré la obsesión de muchos postmodernistas con la preservación originaria de las
culturas, y el combate a la transculturación. Denunciaré que esta manera de razonar en realidad es muy cercana al
esencialismo que, en su época, fue el principal inspirador del racismo pseudocientífico. Señalaré la ironía de que,
en su combate en contra del racismo, los postmodernistas terminan defendiendo posiciones muy cercanas a las
doctrinas racistas del siglo XIX.
En el undécimo capítulo denunciaré muchos de los disparates defendidos por el feminismo de corte
postmodernista. Empezaré por admitir que, si bien muchas formas de feminismo son loables, y es legítimo
plantearse mayores niveles de igualdad entre hombres y mujeres, lamentablemente muchos feministas defienden
posturas irracionales como consecuencia de la influencia postmodernista, como por ejemplo, que hubo una época
dorada de amazonas, que el sexo es una construcción social, y que la ciencia ha sido un invento del macho para
dominar a la hembra.
Quizás este libro sea un poco más difícil de leer que el resto de los volúmenes que hasta ahora conforman la
colección “¡Vaya timo!”. Eso probablemente sea debido al hecho de que los postmodernistas se han esforzado en
hacer las cosas más complicadas de lo que realmente son. Pero, precisamente puesto que me he propuesto atacar el
oscurantismo de los postmodernistas, me he sentido en la obligación de intentar presentar los argumentos de la
forma más clara y sencilla posible.
El postmodernismo se ha convertido en una de las doctrinas filosóficas que sirven como punta de lanza a quienes
defienden las pseudociencias y creencias irracionales que han sido ridiculizadas en los otros volúmenes de la
colección “¡Vaya timo!”. Es frecuente que los defensores de la astrología, el psicoanálisis, o la homeopatía,
invoquen los nombres de gurús postmodernistas como Feyerabend o Foucault para protestar en contra de la
hegemonía científica, y así proclamar la legitimidad de las disciplinas y creencias irracionales. Por ello, no basta
con atacar las especificidades de cada timo. Es necesario también atacar el bagaje pseudofilosófico en el cual se
amparan estas disciplinas y creencias absurdas. De eso se encarga este libro.
Para leer más… BUTLER, Christopher. Postmodernism: A Very Short Introduction. Oxford: OUP. 2002. Una
introducción bastante accesible a los temas generales del postmodernismo.
QUEVEDO, Amalia. De Foucault a Derrida. Pamplona: EUNSA. 2001. La autora hace un recorrido por
los principales gurús del postmodernismo. Si bien no es lo suficientemente crítica con ellos, al menos hace un
esfuerzo por presentar en términos relativamente sencillos las ideas de las figuras más emblemáticas del
postmodernismo.

Capítulo 1 Los usos y abusos de la izquierda

Ir a manifestaciones es divertido. Muchos jóvenes estudiantes lo asumen como pretexto para no tener la
obligación de ir a los cursos. Muchas parejas se han conocido en las manifestaciones, y ese amor ha resultado
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duradero. Además, en las manifestaciones se encuentran con amigos y generalmente hay un ambiente festivo. Es,
por así decirlo, una gran ocasión social, y como saben muy bien los sociólogos, las ocasiones de congregaciones
sociales generan un sentimiento de efervescencia que complace mucho a la gente.
Por eso, los sociólogos nos informan que hay muchas similitudes entre las manifestaciones y los peregrinajes
religiosos: en ocasiones como ésas, la masa se conforma y el sentimiento grupal satisface a quien forma parte de
ella. Probablemente será difícil saber con precisión, pero podemos sospechar que un considerable sector de
jóvenes que asisten a las manifestaciones no conoce bien sus motivos políticos; sencillamente van por diversión.
Los postmodernistas tienen un gusto especial por las manifestaciones. Es cierto que algunas manifestaciones se
convocan a favor del sistema imperante, pero por regla general, las manifestaciones son anti-sistema. Precisamente
se convocan para protestar en contra de algo. Y, puesto que la actitud postmodernista es fundamentalmente
rebelde, en tanto pretende rechazar las reglas impuestas por la racionalidad, resulta natural que los grandes gurús
del postmodernismo encabecen todo tipo de manifestaciones.
Probablemente eso ha contribuido a su popularidad entre los jóvenes. Un estudiante con altos niveles hormonales
probablemente preferirá a un gurú postmodernista que porte un megáfono y grite alguna consigna en una
manifestación, por encima de un profesor de matemática que dedique horas de estudio a la solución de algún
problema de cálculo.
Su inconformidad con el sistema ha vestido de rojo al postmodernista. Su participación en las manifestaciones
en contra de la racionalidad moderna y sus derivados parece ser evocadora de las heroicas barricadas de las
revoluciones de 1848 en Europa. Así, el postmodernismo ha venido a ser identificado como un movimiento
fundamentalmente izquierdista. Después de todo, el capitalismo (el objeto de ataque de toda la izquierda) se ha
construido sobre la base de una racionalidad técnica que busca maximizar las ganancias a toda costa; el
postmodernista está en contra de todo sistema que emplee la racionalidad técnica, por ende, el postmodernismo
está en contra del capitalismo. Parece lógico, por lo tanto, que el postmodernismo sea de izquierda. Pero, como
veremos, el uso de la lógica también nos conduce a pensar que, si bien todos los postmodernistas pueden ser
izquierdistas, no todos los izquierdistas son postmodernistas. Para apreciar esto, conviene elaborar un breve
recorrido por la historia de la izquierda política.
Es un hecho muy conocido que la abrumadora mayoría de los seres humanos privilegian el uso de la mano
derecha; aún no se conocen bien las razones de este hecho, pero quizás, tras la preferencia por el uso de la mano
derecha yace una disposición neuronal específica. En función del privilegio del uso de la mano derecha, la
izquierda ha venido a ser asociada con lo impuro, lo inmoral, lo desagradable, en fin, lo negativo; mientras que la
mano derecha ha venido a ser asociada con lo puro, lo moral, lo agradable, en fin, lo positivo.
No es coincidencia, por ejemplo, que en la descripción del Juicio Final en el evangelio según Mateo, Dios
bendecirá a los que están a su derecha, y dirá a los que están a su izquierda: “apartaos de mí, malditos, al fuego
eterno”. Y, los términos latinos para ‘derecha’ e ‘izquierda’, ‘dextra’ y ‘siniestra’ respectivamente, han derivado
en ‘diestro’ y ‘siniestro’, el primero con una carga semántica positiva, el segundo con una carga semántica
peyorativa. En esta época de hipersensibilidad, las personas con piel de color oscuro han logrado que la palabra
‘negro’ se emplee cada vez menos en forma peyorativa; quizás las personas zurdas también deberían tener el
derecho a que la palabra ‘siniestro’ no se use peyorativamente.
Por fortuna, en las sociedades occidentales, queda muy poco de la antigua discriminación en contra de los zurdos,
excepto, quizás, en la fabricación de tecnología que privilegia a quienes usan la mano derecha. Pero, la distinción
entre la derecha y la izquierda ha permanecido, y se ha extendido como medio clasificatorio de posiciones
políticas. Hoy, se habla de ‘izquierdistas’ y ‘derechistas’ como si fueran términos de fácil definición; pero en
realidad, el uso metafórico de las manos para distinguir a las posturas políticas es demasiado confuso como para
usarse óptimamente.
Lo mismo que en casi todas las dicotomías, la distinción entre la izquierda y la derecha no admite mayores
intervalos. Ciertamente, la distinción entre izquierdistas y derechistas se inscribe en un espectro que, en apariencia,
permite ir desde la extrema derecha, a la extrema izquierda, pasando por una derecha moderada, un centro, y una
izquierda moderada. Pero, pese a estos aparentes intervalos, la distinción entre derechistas e izquierdistas suele
asumir que la derecha y la izquierda son paquetes enteros. Así, por ejemplo, muchas veces se asume que el ser
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derechista implica oponerse al aborto, o el ser izquierdista implica oponerse a la enseñanza religiosa en las
escuelas públicas. Con todo, existe plenitud de políticos derechistas que no se oponen al aborto, y plenitud de
políticos izquierdistas que defienden la enseñanza religiosa en las escuelas públicas. Eso revela que los términos
políticos ‘derecha’ e ‘izquierda’ son muy vagos.
La Guerra Fría propició una definición (aún muy vaga) de estos términos, y la manera en que suelen entenderse
hoy es, en buena medida, derivada del uso que se le dio durante el periodo de la Guerra Fría. Al final, la ‘derecha’
vino a estar asociada con los valores promovidos por los EE.UU., y la ‘izquierda’ vino a estar asociada con los
valores promovidos por la U.R.S.S. Si bien, por fortuna, la Guerra Fría llegó a su fin, y la U.R.S.S. ya no existe, es
convencional caracterizar a la ‘derecha’ y la ‘izquierda’ de manera muy parecida a como se hacía durante la época
de la Guerra Fría.
La ‘izquierda’ es el conjunto de posiciones políticas que defiende la igualdad entre los seres humanos. El
entendimiento izquierdista de la ‘igualdad’ es bastante riguroso, pues implica igualdad de oportunidades, pero
también igualdad de condiciones. En este sentido, el izquierdista no sólo defiende que los ciudadanos tengan el
mismo trato bajo la ley, sino que también tengan condiciones sociales bastante equivalentes, y en buena medida se
prescinda de las jerarquías sociales.
Puesto que el capitalismo es un sistema económico que suele retribuir mayor ganancia al detentor del capital que
al detentor de la fuerza laboral, la izquierda tiene una posición antagónica frente al capitalismo. La izquierda
aprecia al capitalismo como el origen de las grandes desigualdades en la sociedad, y en este sentido, se propone
combatirlo. Como alternativa al capitalismo, la izquierda propone una serie de transformaciones que promuevan
un nuevo sistema social y económico. Generalmente, este nuevo sistema social y económico es el ‘socialismo’, un
término bastante vago, pero que intenta hacer referencia a un sistema en el que haya un muy bajo nivel de
desigualdad de oportunidades y condiciones.
La izquierda propone varios métodos para alcanzar una sociedad con menor desigualdad. Los más moderados,
postulan la necesidad de intervención del Estado en asuntos económicos, a fin de regular precios y salarios, pues
de esta manera se asegurará una distribución más igualitaria de la riqueza y los privilegios en una sociedad. Los
más radicales, postulan no sólo la intervención del Estado como ente regulador, sino además, que el Estado se
desempeñe como propietario de los grandes medios de producción y asuma una posición protagónica como
garante de la satisfacción de las necesidades más elementales, como la salud, el alimento y la educación. Para
lograr que el Estado desempeñe todas estas funciones, los izquierdistas estiman necesario que el Estado instituya
altas tasas de impuestos, especialmente dirigidas a las clases más privilegiadas, a fin de extraer de los ricos para
distribuir a los pobres en planes de bienestar social.
La derecha, por su parte, prefiere una sociedad que produzca grandes cantidades de riqueza, independientemente
de la manera en que está distribuida. Y, como tal, es defensora del capitalismo y muy reacia a la intervención
reguladora del Estado en asuntos económicos, así como también se opone a los altos impuestos y la participación
del Estado como garante de la salud, el alimento y la educación. Con base en esta definición, entonces, parece
bastante fácil etiquetar con los términos ‘izquierda’ y ‘derecha’. Los izquierdistas son simpatizantes del socialismo
y se identifican con figuras como Marx, Lenin, el Che Guevara, Fidel Castro y Hugo Chávez, mientras que los
derechistas son simpatizantes del capitalismo y se identifican con figuras como Adam Smith, Henry Ford, y
George W. Bush. Pero, no siempre ha sido así.
La distinción entre ‘derecha’ e ‘izquierda’ se remonta realmente a la confrontación política que se suscitó en los
años previos a la Revolución Francesa en 1789, y que continuó una vez que triunfaron los revolucionarios.
Durante la monarquía de Luis XVI, el rey convocó en varias oportunidades a la reunión de diferentes
representantes de la sociedad francesa. A la antigua usanza, a la izquierda del rey se sentaban quienes promovían
reformas y, en tonalidad moderada, manifestaban oposición a la monarquía; mientras que a la derecha del rey se
sentaban los defensores de la monarquía, especialmente aquellos que formaban parte de las clases aristocráticas.
Así, los términos ‘izquierda’ y ‘derecha’ nacieron en el contexto de la Revolución Francesa, y sirvieron como
definición de las posiciones encontradas durante ese período histórico. Los ‘derechistas’ eran los defensores de la
continuidad del Ancien régime: a saber, el antiguo régimen de estructura semi-feudal con una clase aristocrática
bien acomodada con base en privilegios de castas adscritos desde el nacimiento; sostenía la primacía la monarquía
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con base en el principio del derecho divino, privilegiaba la posición del clero católico en la administración política
y prescindía de las libertades civiles individuales. Los ‘izquierdistas’, por su parte, eran partidarios de un sistema
de gobierno republicano, promovían una mayor movilidad social de clases y pretendían liquidar los privilegios de
casta, negaban el principio del derecho divino a favor de un entendimiento de la soberanía con base en el contrato
social, recomendaban un Estado laico en el cual se prescindiera de la participación política del clero, y se
exaltaban las libertades civiles individuales.
La izquierda revolucionaria francesa promovió los tres célebres principios: libertad, igualdad y fraternidad. Pero,
esta izquierda estaba muy lejos de ser la izquierda contemporánea. La mayoría de los izquierdistas promovían la
igualdad, pero sólo la igualdad de oportunidades, no propiamente la igualdad de condiciones. En otras palabras,
los izquierdistas buscaban aniquilar las condiciones de desigualdad natural que había impuesto un sistema de
castas que confería privilegios desde el nacimiento, permitiendo que todos los ciudadanos tuvieran más o menos
las mismas oportunidades; pero una vez que se ejercían esas oportunidades iguales y el resultado era desigualdad
de condiciones, los revolucionarios franceses no proponían alterar esas condiciones.
Más aún, la defensa de la libertad por parte de los revolucionarios franceses implicaba la libertad económica de
vender y comprar libremente, a un precio no regulado por el Estado. Los revolucionarios franceses adelantaron
reformas económicas, pero en contra del feudalismo y a favor del naciente capitalismo. Pues, en el antiguo
régimen, predominaba un sistema mercantilista que desconfiaba del libre ejercicio del mercado, y pretendía más
bien una economía sin mayor movilidad, en la cual los precios y salarios estuviesen fijados por las autoridades, sin
oportunidades de alterarlos al antojo de los comerciantes. Y, en este sentido, los revolucionarios franceses eran
muy distintos de los izquierdistas actuales.
Quienes terminaron por oponerse a la Revolución Francesa vinieron a ser etiquetados de ‘reaccionarios’, dada su
reacción en contra de las reformas adelantadas por los revolucionarios, y en este sentido, a estos reaccionarios se
les calificó también de ‘derechistas’. Los reaccionarios pretendían un regreso al Ancien régime, a saber, una
valoración de las antiguas tradiciones y costumbres antes de que fueran transformadas decisivamente por los
revolucionarios. Los reaccionarios se oponían a la noción de progreso, y estaban contentos con regresar al estado
de las cosas como eran antes de la Revolución. Así, la derecha original era defensora del derecho divino, la
monarquía absolutista, los privilegios de casta, el predominio político del clero, las restricciones de las libertades
económicas y políticas y la regulación mercantilista del mercado.
Por aquella misma época, se empezaron a emplear los términos ‘liberal’ y ‘conservador’ como corolario de la
distinción entre izquierdistas y derechistas, respectivamente. Los liberales eran aquellos que defendían un régimen
de libertades de todo tipo (religiosas, civiles, políticas y económicas), tal como había sido proclamado por los
revolucionarios franceses. Los conservadores eran quienes pretendían conservar el estado de las cosas y se
oponían a las reformas a favor de la amplitud de libertades.
Es motivo de confusión, entonces, conocer que, en un inicio, los izquierdistas, revolucionarios y liberales eran los
promotores del naciente capitalismo con base en las libertades económicas, mientras que los derechistas,
reaccionarios y conservadores eran quienes se oponían al naciente capitalismo y desconfiaban de las libertades
económicas. Como sabemos, hoy la izquierda se opone al capitalismo y las libertades económicas, mientras que la
derecha los defiende, pero hace dos siglos, la situación era a la inversa.
Fue a mediados del siglo XIX, no obstante, cuando los términos ‘izquierda’ y ‘derecha’ sufrieron la
transformación que explica su sentido actual. En vista de que el capitalismo acentuaba las desigualdades, no ya
entre señores feudales y vasallos, sino entre capitalistas y proletarios, muchos izquierdistas europeos estimaron
necesario promover nuevas revoluciones. Pero, en vez de estar dirigidas contra el Ancien régime, estas
revoluciones estarían dirigidas contra el mismo capitalismo, a favor de un sistema socialista. Pues, se estimaba
que, en la medida en que se continuaba con el programa de libertades económicas como fundamento del
capitalismo, las desigualdades de condiciones se exacerbaban. Como alternativa, se propusieron los fundamentos
del socialismo.
Así, la segunda mitad del siglo XIX ofreció una nueva definición de ‘izquierda’ y ‘derecha’: los izquierdistas
serían ahora los socialistas que promueven radicalizar aún más las condiciones de igualdad, por medio de la
restricción de las libertades económicas, el aumento del protagonismo del Estado en la regulación de la economía
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y, en última instancia, la liquidación de la propiedad privada de los grandes medios de producción; mientras que
los derechistas serían ahora quienes defendían los principios liberales adelantados en la Revolución Francesa, y el
mantenimiento del capitalismo amparado en un sistema de libertades económicas.
Resultó, entonces, una gran ironía que los nuevos derechistas en realidad terminasen defendiendo los principios
que los ‘izquierdistas’ del siglo XVIII promulgaban. El brote del socialismo como nueva ideología propició esta
inversión. Pero, los viejos derechistas, a saber, aquellos que defendían un regreso a las instituciones del Ancien
régime, también permanecían en el espectro político, si bien no con tanta prominencia. En este sentido, frente a la
nueva izquierda socialista, la derecha decimonónica se dividió en dos: por una parte, la antigua derecha
reaccionaria que obstinadamente defendía el derecho divino, la primacía del clero y el regreso a la vida feudal; y la
nueva derecha liberal, la cual permanecía bastante fiel a la izquierda original, en tanto promulgaba un conjunto de
principios políticos fundamentos en las libertades civiles individuales.
En el siglo XX, las palabras ‘liberal’ y ‘conservador’ también vinieron a sufrir unas transformaciones
importantes. En vista de que los socialistas, ya considerados izquierdistas en pleno sentido, promovían la
intervención y regulación del Estado en muchas esferas, pero especialmente en la esfera económica, se apropiaron
del calificativo ‘liberal’ en muchos escenarios, y confirieron el calificativo ‘conservador’ a sus oponentes, a pesar
de que los mismos socialistas se oponen a las libertades económicas. Así, en los países anglófonos, pero
especialmente en EE.UU., el calificativo ‘liberal’ se usa para designar a quienes consideran que el Estado debe
restringir las libertades económicas (¡precisamente lo contrario a lo que el liberalismo ha postulado desde sus
inicios!) e incluso libertades civiles (como, por ejemplo, el porte de armas), mientras que el calificativo
‘conservador’ se emplea para designar a quienes consideran que el Estado no debe restringir esas libertades.
Por fortuna, en los países de la Europa continental y en América Latina, el término ‘liberal’ mantiene su
significado original y se ha evitado la confusión: ‘liberal’ es quien promueve el ejercicio de las libertades,
incluyendo las libertades económicas; ‘socialista’ es quien promueve la restricción de algunas de estas libertades
en aras a una mayor igualdad y en beneficio del colectivo, y ‘conservador’ es quien pretende restituir las antiguas
tradiciones prescindidas por el advenimiento de la sociedad moderna tras la Revolución Francesa.
Un punto contencioso, pero también motivo de confusión, entre ‘derechistas’ e ‘izquierdistas’ concierne al
privilegio del individuo vs. la colectividad. Los revolucionarios franceses enaltecieron el valor del individuo y sus
libertades, pero los socialistas terminaron por enaltecer el interés supremo de la colectividad. Así, de nuevo, los
‘izquierdistas’ han terminado por privilegiar el beneficio colectivo en la organización social, y promueven
sistemas económicos colectivistas, mientras que suele etiquetarse de ‘derechistas’ a quienes optan por el privilegio
del interés del individuo por encima del colectivo, y promueven un sistema económico con base en la
remuneración individual.
No obstante, esto ha dado pie a una terrible confusión, especialmente en América Latina. Pues, allí donde la
derecha liberal defiende la primacía del interés individual, tanto la izquierda socialista como la derecha
reaccionaria defienden el interés colectivista aún por encima de muchos derechos individuales. E, irónicamente, el
fascismo, un intento reaccionario por regresar a muchos de los valores del Ancien régime, ha terminado
compartiendo con el socialismo y el comunismo, su gusto por un sistema colectivista.
Pero, la retórica izquierdista latinoamericana y española no ha podido (o querido) advertir las diferencias entre la
derecha liberal y la derecha reaccionaria, y suele aglutinarlos como un solo enemigo. Esto ha dado pie a que
muchos demagogos izquierdistas pronuncien oximórones tales como el “fascismo neoliberal”, sin advertir la
incompatibilidad entre el fascismo opuesto a los ideales del al Revolución Francesa, y el liberalismo que es,
precisamente, heredero de la Revolución Francesa.
Hasta mediados del siglo XX, en oposición a la derecha reaccionaria y fascista, la derecha liberal y la izquierda
socialista compartían al menos su mutua descendencia respecto a los principios elementales de la Revolución
Francesa. Tanto los derechistas liberales como los izquierdistas invocaban el progreso como justificación de sus
respectivas doctrinas, y sus respectivos proyectos pretendían partir de la Ilustración como base filosófica. En otras
palabras, si bien entre la derecha liberal y la izquierda existían muchos puntos contenciosos, ambos movimientos
pretendían inscribirse en la modernidad, y como tal, pretendían una modificación de la sociedad que prescindiera
de las instituciones características del pasado.
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Los grandes fundadores de la doctrina socialista en el siglo XIX eran pensadores notablemente influidos por los
ideales de la Revolución Francesa y tenían la firme convicción de que las grandes instituciones de la modernidad
podían garantizar la felicidad a la humanidad. Ciertamente se oponían al capitalismo, pero su crítica se hacía desde
las mismas bases de la modernidad. Por ejemplo, Henri se Saint Simon proponía un sistema burocrático racional
que se encargase de asegurar la satisfacción de las necesidades de todos los ciudadanos, y permitiese potenciar al
máximo las capacidades técnicas de la sociedad.
Fourier tenía gran confianza en el progreso (una noción típicamente moderna), y admitía que la ciencia, así como
la aplicación de la racionalidad, podía finalmente conducir hacia una sociedad plenamente libre. Además, Fourier
continuamente defendía la necesidad de conocer el mundo, mediante los procedimientos científicos. Sus proyectos
de comunas tenían un considerable nivel de planificación, típicos de la organización racional moderna. Robert
Owen, otro socialista del siglo XIX, fue célebre, entre otras cosas, por sus ataques a la religión, precisamente
debido a la tendencia que ésta tiene para poner freno al empleo de la racionalidad.
Marx y Engels, los más emblemáticos socialistas del siglo XIX y las figuras más inspiradoras de la izquierda
actual, tampoco eran ajenos al espíritu modernista. Marx y Engels criticaban a sus predecesores socialistas de ser
‘utópicos’, en el sentido de que ingenuamente creían que las transformaciones sociales llegarían gradual y
pacíficamente. Marx y Engels estimaban que el socialismo debía más bien adquirir un matiz científico: sus escritos
ya no serían meramente exhortaciones revolucionarias, sino más bien observaciones sobre la historia y la sociedad,
las cuales servirían para hacer predicciones científicas sobre el futuro colapso del capitalismo.
Y, en tanto aspiraba a ser científico, el marxismo tenía pretensiones de validez universal. Marx y Engels no
pretendían que la revolución estuviese confinada sólo a sus lugares de procedencia. Al contrario, exhortaban:
“¡trabajadores del mundo, uníos!”. Como los revolucionarios franceses, su proyecto político pretendía ser
aplicable en todos los rincones del planeta. En esto, como en muchas otras cosas, Marx y Engels eran típicamente
modernistas. Y, así como los más grandes representantes de la izquierda eran modernistas, cabría suponer que la
izquierda contemporánea aborrezca el movimiento postmodernista que se opone a los grandes valores de la
modernidad.
Pero, a partir de la segunda mitad del siglo XX, en el seno de la izquierda se suscitaron nuevos giros ideológicos
que, una vez más, modificaron significativamente el entendimiento de los términos ‘derecha’ e ‘izquierda’. Se
propició una reacción en contra de la Ilustración como movimiento filosófico (sobre el cual volveremos en el
siguiente capítulo) y se rechazó la primacía de la modernidad como proyecto. A juicio de los nuevos teóricos, el
empleo exacerbado de la racionalidad, producto de la influencia de la Ilustración y de la primacía de un proyecto
moderno a partir de la Revolución Francesa, no había contribuido a mejorar el estado de las sociedades; antes
bien, la modernidad habría fortalecido aún más la tiranía del capitalismo, y peor aún, habría propiciado el
imperialismo y la destrucción cultural de los pueblos no occidentales. Además, supuestamente, la racionalidad era
la gran culpable de todas las atrocidades cometidas durante la Segunda Guerra Mundial. El conocimiento
científico se usó para hacer daño.
Un sector de la izquierda, entonces, asumió el postmodernismo. Y, en cuanto tal, el objetivo de su crítica ya no
era solamente el capitalismo, sino toda forma de sistema de pensamiento o de sociedad que pretendiese imponer
una hegemonía racionalista derivada de Occidente, sobre todo si ésta iba en detrimento de otras culturas. Así,
mucho más que la alienación social y la explotación económica, a esta nueva izquierda le concernía la explotación
y alienación cultural. Y, como corolario, mucho más que propiciar la transformación de la sociedad hacia estadios
óptimos de liberación, la nueva izquierda más bien buscaba la conservación de la mayor parte de las instituciones
de las sociedades ajenas al predominio de la ciencia y la racionalidad.
La vieja izquierda se había propuesto combatir la opresión económica del capitalismo; la nueva izquierda ahora
se proponía combatir la hegemonía cultural de Occidente y sus supuestos ‘discursos totalizantes’ derivados del
predominio de la racionalidad. Ahora, la izquierda concentraba sus esfuerzos en la liberación cultural, y estimaba
que la imposición de valores ajenos a una sociedad constituía la peor forma de explotación.
Además, los sucesos de 1968 en Europa terminaron de darle impulso a este nuevo giro de la izquierda. En
Francia, hubo una revuelta estudiantil. Los estudiantes no reclamaban propiamente reivindicaciones laborales u
otras exigencias típicas de la izquierda, sino más bien manifestaban una inconformidad con cualquier sistema
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dominante. Al principio, el movimiento generó entusiasmo en algunos sectores de la sociedad, pero eventualmente
vino a apreciarse como una suerte de aglutinación de rebeldes sin causas, al punto de que el Partido Comunista
Francés retiró el apoyo a los estudiantes, y optó por respaldar al gobierno. Un creciente sector de jóvenes empezó
a considerar que la vieja izquierda no respondía a sus inquietudes.
Asimismo, el manejo brutal de la revuelta estudiantil en Checoslovaquia ese mismo año, y la invasión soviética,
hizo pensar a un sector de la izquierda que la U.R.S.S., al abrazar el progreso científico y el predominio de la
técnica y la racionalidad (evidentes en la exploración espacial, por ejemplo), se estaba convirtiendo en un terrible
sistema totalitario. Y, de nuevo, esto motivó que un creciente sector de la izquierda se volcara hacia el
postmodernismo.
Una vez más, los términos ‘derecha’ e ‘izquierda’ dieron un giro insólito. Antaño, los derechistas liberales y los
izquierdistas compartían una adscripción a los ideales universalistas de la Ilustración, y a los principios de la
Revolución Francesa, en fin, una mutua adscripción a la modernidad; a partir de ello, tanto la derecha liberal como
la izquierda repudiaban las tradicionales instituciones del Ancien régime. Ahora, muchos izquierdistas repudiaban
como opresivos los ideales de la Ilustración, y consideraban un fracaso el proyecto moderno. En función de eso,
terminaron apoyando movimientos en contra de la hegemonía cultural del Occidente moderno, incluso si eso
implicaba el apoyo de teocracias, monarquías y regímenes con instituciones muy parecidas a las del Ancien régime
en Europa. Quizás el caso más emblemático resultó el apoyo izquierdista de la revolución islámica de Irán en
1979: en su desdén por el predominio cultural de Occidente, muchos izquierdistas apoyaron al régimen de los
ayatolás, amparado en una visión teocrática del mundo, afín a las antiguas concepciones del derecho divino, y
prescindiendo de un cultivo de las más elementales libertades y principios políticos defendidos durante la
Revolución Francesa.
Después de casi dos siglos, muchos izquierdistas apoyaban versiones no occidentales del Ancien régime, a la
manera en que los reaccionarios lo hacían en el siglo XIX. Los izquierdistas postmodernistas y los derechistas
reaccionarios compartían, entonces, un desdén por la modernidad y un anhelo por instituciones tradicionales. Pues,
el foco de interés ya no era si esas instituciones oprimían a las clases más desfavorecidas en sus respectivas
sociedades, sino cómo esas sociedades, en la medida en que conservaban esas instituciones, mantenían su
integridad cultural y resistían la intromisión de valores modernos impuestos por vía del imperialismo.
La izquierda postmodernista ha sustituido así la lucha contra el capitalismo por la lucha en contra de la
hegemonía cultural del Occidente racionalista y moderno. Los nuevos izquierdistas han acertado en comprender
que el capitalismo es un sistema de origen occidental, y en la medida en que los pueblos no occidentales resistan la
influencia cultural occidental, también resistirán al capitalismo. Pero, los nuevos izquierdistas han sido muy torpes
en no comprender que el socialismo es en sí mismo un sistema de origen occidental (Fourier, Saint Simon, Marx y
Engels todos procedían de países europeos), y que en la medida en que se alienta una resistencia a la hegemonía
cultural de la racionalidad occidental, también se alienta una resistencia al mismo socialismo, a favor de sistemas
de opresión pre-capitalistas.
La bandera de la izquierda postmodernista no es ya propiamente el socialismo, sino el abandono de la
racionalidad moderna, y la conservación de las culturas frente al crecimiento de la civilización occidental. Y, en
función de eso, ha venido a ser ‘derechista’ todo aquel que favorezca la hegemonía cultural del Occidente
moderno y racionalista en el mundo entero. La misma noción de progreso es ahora interpretada como una
ideología derechista que sirve de excusa para colonizar y atropellar a los pueblos no occidentales. A partir de eso,
los nuevos izquierdistas estiman que la manera de liberar a los no occidentales es propiciando la conservación de
sus ancestrales formas de vida. Como corolario, estos nuevos izquierdistas se hacen llamar ‘liberales’ y tachan de
‘conservadores’ a sus oponentes, sin caer en cuenta que es mucho más conservador quien, precisamente, busca
conservar antiguas costumbres y creencias.
El multiculturalismo (el movimiento que valora a todas las culturas por igual) es así parte integral de la nueva
izquierda. Frente a las pretensiones universalistas tanto de los derechistas liberales como de los primeros
socialistas, el multiculturalismo defiende a ultranza la diversidad y la particularidad de cada pueblo (de nuevo,
muy en concordancia con el rechazo postmodernista a lo universal). Bajo esta ideología, ninguna cultura está en el
derecho de imponer, ni siquiera de persuadir, sus costumbres y creencias a otros pueblos. Y, ello parte del
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principio de que ninguna cultura es superior o mejor que otra. Todas las culturas tienen el mismo valor, todas
deben ser respetadas por igual. En la medida en que las culturas renuncien a sus pretensiones de extender sus
costumbres y creencias a otras culturas, cesará la explotación y las guerras.
Es hora de admitir que el postmodernismo ha traicionado a la izquierda clásica. La antigua izquierda pudo haber
propiciado el totalitarismo y la estagnación económica en la U.R.S.S. y sus Estados satélites, pero al menos, los
antiguos izquierdistas tenían firmes convicciones y estaban dispuestos a erradicar la explotación en el mundo.
Pero, la nueva izquierda, al convertir en un fetiche a la cultura, la diversidad y el rechazo a la racionalidad
moderna, está propiciando totalitarismos peores que el estalinista: en la medida en que rechaza el universalismo y
celebra la diversidad cultural a toda costa, y admite el valor de las tradiciones sean cuales sean, está marcando un
regreso a la más rancia derecha reaccionaria del siglo XIX. Es trágicamente sorprendente que la izquierda
decimonónica, fundamentada en el socialismo científico, sea ahora traicionada por una izquierda postmodernista
que niega que la ciencia sea superior a supersticiones como la homeopatía o el Feng Shui.
No es necesario ser derechista para afirmar la superioridad de la ciencia y la racionalidad, y para sostener la
necesidad que el planeta entero tiene en asimilar muchísimas prácticas y creencias originarias del Occidente
moderno. Esto ha dejado de ser un tema de derechas e izquierdas, y se ha convertido más bien en un tema sobre si
debemos llamar al pan, ‘pan’, y al vino, ‘vino’. Desde el siglo XIX, los derechistas liberales y los socialistas
habían convenido en lo más elemental: la ciencia es mejor que el mito, la tecnología es mejor que la artesanía, la
racionalidad es mejor que la irracionalidad. Pero, ahora, la izquierda postmodernista pretende alterar lo que antes
resultaba tan elemental.
Hoy existe la tentación de meter en el mismo saco izquierdista a Marx y Engels con postmodernistas como
Derrida o Foucault (tristemente, este último defendió el régimen ultraconservador de los ayatolás en Irán, algo
insólito para un supuesto izquierdista). A riesgo de especular, estimo que, de estar vivos, Marx y Engels se
resentirían por ello. El oponerse al postmodernismo está muy lejos de abrazar el capitalismo y renunciar a las
pretensiones de propiciar una revolución socialista. Es perfectamente viable adherirse a la promoción del
socialismo y a la vez adherirse a los valores modernistas. La ciencia, la racionalidad y el predominio cultural de
Occidente serían precisamente los medios para acabar con la explotación y la miseria en el mundo. Las ideas
modernistas serían, por así decirlo, armas para la revolución.
La izquierda ha sido usada y abusada por charlatanes que quieren convencer a la clase trabajadora de que el
abandono de lo que ellos llaman ‘discursos totalizantes’ finalmente los librará de la explotación. Si la izquierda
quiere recuperar algún prestigio tras el fracaso de la experiencia soviética, debe empezar por retomar la herencia
de la modernidad, y resistir la tentación postmodernista de oponerse al predominio de la racionalidad y a toda
forma de sistema. No fue la racionalidad, sino la falta de ella, la que condujo a los campos de concentración
estalinistas y el totalitarismo. Cualquier persona pensante hubiese comprendido que el totalitarismo habría sido
una monstruosidad moral, y que hubiese resultado perjudicial desde todo punto de vista. Fue precisamente el
abandono del pensamiento racional lo que condujo a las atrocidades de Hitler y Stalin.
El hecho de que en el Holocausto se hubieran empleado técnicas sofisticadas de exterminio no implica que
semejante monstruosidad haya sido propiciada por el predominio de la racionalidad. Fue, en todo caso, una
empresa profundamente irracional que se valió de algunas técnicas racionales. El Holocausto ocurrió porque se
abandonaron los ideales modernistas. Si se hubiese asumido a plenitud el modernismo, se habría comprendido que
el exterminio de seis millones de personas era la cumbre de lo absurdo. De hecho, no es casual que el pensamiento
de Nietzsche y Heidegger, dos de las vacas sagradas del postmodernismo, fuera entusiastamente abrazado por los
nazis.
Afortunadamente para la izquierda, queda una luz al final del túnel. Algunos intelectuales de izquierda han
reconocido que el rechazar al proyecto modernista no ayudará en nada a la clase trabajadora, ni contribuirá a
construir una sociedad más justa e igualitaria. Antes bien, estos intelectuales reconocen que el camino a la
felicidad está en la misma continuidad de la modernidad, y no en su ruptura. El más emblemático de estos
intelectuales es el alemán Jurgen Habermas. A su juicio, la modernidad es aún un proyecto incompleto que no
puede considerarse como fracasado. Antes bien, para asegurar su éxito, es necesario asumir a plenitud la
mentalidad modernista. Podemos admitir, sostiene Habermas, que en varias instancias, el modernismo ha tenido
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algunas desviaciones. Pero, estas desviaciones han conducido al abandono de la misma modernidad. Lo necesario,
entonces, es hacer retomar a la modernidad su camino inicial: ciencia, orden, progreso, racionalidad, técnica.
Para leer más… BLOOM, Alan. The Closing of the American Mind. New York: Simon & Schuster. 1988. El
célebre crítico cultural Alan Bloom manifiesta su desdén con las actitudes de los jóvenes universitarios de finales
del siglo XX. A pesar del renombre de esta obra, hasta donde tengo conocimiento, no ha sido traducida al
castellano. REVEL, Jean Francois. El conocimiento inútil. Madrid: Austral. 2007. Una colección de ensayos, en
varios de los cuales se reseñan los giros históricos de la izquierda. Capítulo 2 El odio a la Ilustración
El filósofo alemán del siglo XVIII, Immanuel Kant, tiene una merecida reputación como uno de los más difíciles
de leer. Quizás en esto, se parezca a los postmodernistas, a pesar de que el consenso entre los historiadores de la
filosofía es que Kant es entendible con cierto esfuerzo, y la dificultad para entenderle no procede de su
oscurantismo, sino de la profundidad de su pensamiento; mientras que buena parte de los postmodernistas son
deliberadamente oscuros.
Pero, en 1784, Kant escribió un breve panfleto sumamente claro que suele emplearse entre estudiantes como
introducción a su pensamiento. El título de ese panfleto es ¿Qué es la Ilustración? Entre otras cosas, el panfleto es
conocido por exhortar a la juventud con la frase latina “Sapere aude!”, “¡atrévete a conocer!”. Hoy, esa
exhortación resulta trivial en extremo. Por doquier, se nos exhorta a estudiar y conocer el mundo. Pero, en época
de Kant, el asunto era distinto.
Hasta el siglo XVIII, se había mantenido en Occidente la noción de que el hombre es un ser caído, contaminado
por el pecado original. La falta supuestamente cometida por Adán había dejado una mancha entre todos sus
descendientes, y por ello, los seres humanos estamos muy lejos de ser perfectos. Dada nuestra susceptibilidad e
imperfección, se creía, nunca podríamos conseguir la felicidad por cuenta propia.
Puesto que somos seres caídos, necesitamos de la guía de alguna autoridad superior que nos encamine por los
senderos de la dicha. El hombre necesita de Dios. Sin Dios, el hombre sería una oveja perdida. Para retomar su
rumbo, el hombre necesita la conducción de un pastor. Por ello, no conviene tratar de resolver todos nuestros
problemas en apelación al uso de la razón. Ciertamente, se estimaba, la razón puede ayudarnos a resolver algunos
problemas. Pero, a la larga, no contamos con las facultades racionales (dada nuestra condición caída) como para
resolver todo. Por ello, al final debemos suspender el uso de la racionalidad, a favor de la fe. Mediante la fe,
depositamos nuestro destino en alguna autoridad, y es precisamente en la medida en que somos guiados, como
llegaremos al destino deseado.
Kant señalaba que así se comportan los niños. Los infantes no tienen control de sus propias vidas, precisamente
porque aún no han desarrollado a plenitud sus facultades racionales. Por ello, deben dejar que otros decidan por
ellos. Kant, quien escribía hacia finales del siglo XVIII, estimaba que, después de un siglo de tantos avances, ya
había llegado la hora para que la humanidad abandonara su minoría de edad, y se empezara a comportar como un
adulto. En sus propias palabras, “la Ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad”. Kant entendía la
Ilustración como el momento de la historia en el que los seres humanos ya no se dejarían conducir por una
autoridad superior, y asumirían las riendas de su propio destino.
Los historiadores de la filosofía no tienen muy claro si Kant creía o no en Dios, pero al menos sí tienen claro que
Kant defendía el empleo de la razón por encima del privilegio que antaño se depositaba sobre la fe.
Independientemente de si Dios existe o no, Kant estimaba que había llegado el momento en que el hombre debía
asumir por cuenta propia la resolución de sus problemas, mediante el uso de la razón. Los hombres grandes son
aquellos que desarrollan un criterio autónomo mediante el empleo de la racionalidad, y el deseo de conocer el
mundo.
Suele apreciarse a Kant como el representante más tardío del movimiento que ha venido a conocerse como la
‘Ilustración’. Lo mismo que el postmodernismo, la Ilustración fue un movimiento bastante amplio, y quienes lo
conformaron, sostenían puntos de vista diversos e incluso a veces opuestos entre sí. Pero, el término ‘Ilustración’
sirve como aglutinante del movimiento intelectual propio de la Europa del siglo XVIII, el cual eventualmente
sentó las bases para la Revolución Francesa y la era moderna.
‘Ilustración’ viene de ‘lustrare’, el verbo en latín que significa ‘hacer brillar’. A inicios del siglo XVIII, se
empezó a concebir la idea de que, hasta ese momento, la humanidad había permanecido en una época de
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oscuridad. Desde Platón, el conocimiento ha sido asimilado a la luz, y los forjadores de la Ilustración continuaron
esta metáfora. A su juicio, Occidente había estado sumido en una época en la cual el conocimiento derivado del
uso de la razón había estado sometido a los límites de la fe y la religión. Había llegado el momento de sacar a la
humanidad de esa época oscura en la que se había abandonado el deseo de conocer el mundo, y retomar el camino
de la racionalidad. Así, estos forjadores se empezaron a autodenominar ‘las luces’ y ‘los ilustrados’, y hoy suele
identificarse el siglo XVIII como el ‘siglo de las luces’.
A juicio de los ilustrados, Roma y Grecia habían sido algo así como una edad dorada. Dos siglos antes, en el
Renacimiento, los artistas también habían propiciado un vuelco a Grecia y Roma, pero más en un plano estético.
Los ilustrados pretendían reivindicar más bien el legado racionalista grecorromano, el cual había caído en declive
durante la Edad Media, como consecuencia del auge del poder político de la Iglesia, y el predominio de la fe como
límite al uso de la razón. Probablemente los ilustrados exageraron los méritos de Grecia y Roma y los vicios de la
Edad Media (el término ‘Edad Oscura’, probablemente muy impreciso, es debido a los ilustrados), pero en líneas
generales, se proponían un florecimiento de la racionalidad que, sin duda, había sido limitada durante la Edad
Media.
Los siglos previos al XVIII había sido una época de grandes transformaciones sociales. Un siglo antes, se habían
sentado las bases del método científico. A partir de ese momento, se contaba con una serie de reglas que permitiría
a los investigadores descubrir las leyes de la naturaleza: observar la naturaleza, sistematizar los datos, establecer
relaciones, formular hipótesis, someterlas a verificación mediante la experimentación, elaborar predicciones, etc.
Muy pronto, este método empezó a ofrecer resultados muy beneficiosos, y se empezó a adquirir una confianza en
que este tipo de aproximaciones analíticas, en vez de las especulaciones basadas en la fe, podrían acercarnos más
al conocimiento del mundo.
Al mismo tiempo, el poder eclesiástico entraba en declive. Por supuesto, seguía existiendo la Inquisición, y
pocas personas osaban declararse abiertamente ateas. Pero, el poder civil fue creciendo y opacando a las
autoridades eclesiásticas. Las autoridades civiles no eran propiamente ejemplos de tolerancia y libertad, pero al
menos permitieron una mayor secularización de la vida pública. Con esto, el privilegio de la fe empezó a ceder, y
se abrió paso a la valoración del uso autónomo de la razón. Y, si bien los sistemas políticos predominantes fueron
monarquías absolutistas, la apertura de mayores espacios de discusión permitió un eventual cuestionamiento del
despotismo que caracterizaba a la mayoría de las naciones europeas.
Unos siglos atrás, se había empezado también una etapa de exploración de territorios en América, África y Asia.
Después de varios siglos de aislamiento, las sociedades europeas empezaron a entrar en contacto con sociedades
de otras latitudes. Ello permitió dejar atrás el provincialismo característico de la Edad Media, y se propició un
mayor espíritu cosmopolita. En el siglo XVIII, los ilustrados tenían la posibilidad de comparar sus sistemas
políticos, sociales y económicos, con los de otras civilizaciones, a fin de evaluar cuáles habrían sido los resultados
de cada tipo de organización social.
La exploración de otros territorios también propició la expansión de redes comerciales. La Edad Media se había
caracterizado por el predominio del feudalismo, un sistema que no permitía mayor movilidad comercial entre
poblaciones, y en los siglos sucesivos, se conformó un Estado mercantilista que regulaba a toda costa las
relaciones económicas, y ponía severos límites a los mercados. A medida que las naciones europeas fueron
extendiendo sus dominios en ultramar, se fueron propiciando mayores libertades económicas que desembocaron
en un incremento dramático del flujo comercial. Y, como es de esperar, el comercio hace fluir no sólo bienes, sino
también ideas. Así, la expansión comercial también sentó las bases para una sociedad que terminara por abrazar el
espíritu de la Ilustración.
Las condiciones estaban dadas, entonces, para que surgiera un movimiento intelectual de gran envergadura. Si
bien la Ilustración tuvo acogida en varios países europeos, Francia fue el país que llevó la batuta. Fue la misma
nobleza francesa la encargada de apadrinar a muchos de los autores que eventualmente se convertirían en las
figuras más renombradas de este movimiento (irónicamente, la misma Ilustración inspiró el derrocamiento de la
monarquía y buena parte de la nobleza francesa en 1789). Los nobles impulsaron el establecimiento de salones y
cafés en las grandes ciudades europeas para discutir temas filosóficos, propios del espíritu de la Ilustración.

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Los ilustrados se caracterizaron por abrazar una visión optimista del mundo. La mayoría terminó por rechazar la
antigua doctrina cristiana del pecado original. Antes bien, los ilustrados asumían que el hombre era bueno, y que a
partir de ello, es posible construir una sociedad que conduzca a la paz, la prosperidad y la felicidad. Si bien ya se
habían formulado algunas utopías antes de la Ilustración, los movimientos utópicos del siglo XIX tienen una gran
deuda con los filósofos del siglo XVIII.
Además, los ilustrados confiaban en que la razón autónoma era suficiente para resolver los problemas que se le
planteaban a la humanidad; no era necesario encomendarse a ninguna divinidad o a sus representantes. De nuevo,
esto manifestaba un espíritu profundamente optimista, pues se confiaba en que la naturaleza humana es lo
suficientemente buena como para asegurar su propia felicidad.
Es cierto que Voltaire, el filósofo más emblemático de la Ilustración, escribió Cándido (su obra más famosa)
como una parodia del optimismo: el héroe epónimo de la novela sufre toda clase de desgracias, lo suficiente como
para poner en duda que el hombre es bueno. Pero, en realidad Voltaire tenía en mente ridiculizar el optimismo
metafísico de Leibniz, según el cual vivimos en el mejor mundo posible, pues ha sido creado por Dios. Si bien
Voltaire ridiculizaba el optimismo metafísico de Leibniz, conservaba la esperanza de que, algún día, este mundo
mejoraría mediante el empleo de la razón.
Como corolario de su optimismo, los ilustrados confiaban en que la humanidad estaría encaminada por la vía del
progreso. Cada vez más, las sociedades irían perfeccionando su conocimiento y dominio de la naturaleza, e irían
acercándose a la felicidad. Atrás quedaría la época de barbarie y oscurantismo. A veces se ha acusado a los
ilustrados de ser ingenuos en su noción progresista. Varios de ellos ciertamente pecaron de ingenuidad, al creer
que la humanidad llegaría muy pronto a un estado idílico. Pero, otros ilustrados sostuvieron la noción de progreso,
no propiamente como un anuncio respecto a lo que estaba por suceder, sino como una exhortación a tratar de
mejorar la vida humana, respecto a épocas pasadas. La noción de progreso permitió defender la idea de que hay
sociedades más deseables que otras, y que debemos encaminarnos hacia las primeras. Y, si bien no se evidencia un
progreso lineal en todas las facetas de la vida, sí podemos reconocer que, en general, las condiciones de vida hoy
son mucho más óptimas que las que imperaban en la Edad Media.
Los ilustrados estimaban que sólo el uso irrestricto de la racionalidad podría conducirnos por la vía del progreso.
Por ello, atacaron consistentemente el pensamiento religioso y sus instituciones derivadas. Se empezaron a atacar
los dogmas. Para sostener una creencia, ya no sería suficiente apelar a una autoridad. Apelar a una autoridad para
defender una creencia era precisamente el tipo de inmadurez que Kant denunciaba. La fe es el refugio de los
perezosos que no quieren pensar por cuenta propia.
Esta invitación al empleo de la racionalidad condujo a importantísimos aportes en la epistemología, la lógica y
las ciencias en general. Gottfried Leibniz, por ejemplo, sentó las bases para el cálculo, y estableció varios
principios lógicos. John Locke defendió consistentemente el empirismo, a saber, la postura según la cual, la mejor
forma de conocer el mundo es mediante la evidencia procedente de la experiencia (dejando así en un segundo
plano a la fe).
Se empezaba a cuestionar las antiguas creencias aceptadas acríticamente. Nació así el escepticismo moderno, a
saber, la actitud de desconfianza frente a alegatos no bien sustentados. David Hume, el más emblemático de los
escépticos, rechazó como irracional la creencia en los milagros, pues a su juicio, siempre será más probable el
error o el falso testimonio, que el mismo hecho milagroso.
La religión sufría ataques por muchos frentes. Voltaire ridiculizaba el fanatismo de los musulmanes (y, con ello,
implícitamente ridiculizaba al fanatismo cristiano). También Voltaire criticaba ácidamente a la Inquisición.
Diderot denunciaba los maltratos que recibían las monjas en los conventos. Hume señalaba la debilidad de muchos
argumentos a favor de la existencia de Dios, y postulaba que el origen de las religiones estaba en el miedo.
El ateísmo moderno nació con la Ilustración. Pero, en realidad, la mayoría de los ilustrados no fueron ateos en
pleno sentido. Antes bien, defendieron el deísmo, la postura según la cual Dios creó el mundo, pero desde
entonces no ha intervenido más. Y, como corolario, los deístas postulaban que puede defenderse la existencia de
Dios, sólo sobre las bases de la razón, y no sobre las bases de la fe. Esto condujo a un ataque persistente a las
pretensiones de la teología como disciplina de estudio. Ningún conocimiento podía asumirse como verdadero bajo
la pretensión de que procedía de alguna revelación divina o autoridad eclesiástica. Para conocer el mundo, sería
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necesario emplear la razón autónomamente, y esto restringía seriamente el alcance de la teología. A lo sumo, la
teología que quedó salvaguardada fue la teología natural, aquella que pretende emplear la razón para pronunciarse
únicamente sobre la existencia de Dios.
Así, algunos ilustrados sostenían que Dios no existe, mientras que otros sostenían que Dios existe, pero que no
interviene en el funcionamiento del mundo. Esto condujo a una concepción mecanicista del universo. Se postuló
que el universo es una gran máquina regida por las leyes de la física. Muchos ilustrados se inclinaron hacia un
materialismo: todo cuanto existe es materia, y ninguna fuerza espiritual interviene para propiciar los fenómenos
del universo. Esto conduciría a la incómoda conclusión de que los seres humanos somos también una suerte de
máquinas regidas por leyes físicas. Si bien pocos ilustrados llegaron a defender una postura como ésta, el barón
D’Holbach sí defendió la idea de que todo en el universo está determinado por las leyes de la naturaleza, y que por
ende, realmente no podemos considerarnos libres.
Los ilustrados también despreciaron la intolerancia religiosa. Unos siglos atrás, Europa había sido devastada por
guerras religiosas. Esto colocó en alerta a los ilustrados respecto a la importancia de la libertad de expresión, y la
tolerancia frente al disenso. Una de las frases más emblemáticas de Voltaire es: “no estoy de acuerdo con lo que
decís, pero defenderé hasta la muerte vuestro derecho a decirlo”.
La ética religiosa tampoco escapó a los ataques de los ilustrados. Se empezó a postular la necesidad de abrazar
una ética autónoma. Kant, por ejemplo, formulaba un imperativo categórico que permitiera a los seres humanos
saber discernir qué es lo bueno, a partir de la consideración de que debe obrarse como si la acción fuese
universalizada. Kant, como casi todos los ilustrados, postulaba la necesidad de considerar racionalmente las
decisiones éticas. Atrás quedaba también la ética procedente del mandato divino, y la justificación moral con base
en el miedo al castigo divino. Incluso, se empezaba a aceptar la idea de que el egoísmo y el hedonismo podrían
tener justificación moral. La Edad Media había llegado a valorar el dolor intrínsecamente (no en vano, fue durante
esa época cuando surgieron los flagelantes); los ilustrados, por su parte, defendían la búsqueda del placer, y la
mayoría de ellos habían alcanzado posiciones sociales acomodadas. Nada de esto implicaba, a juicio de los
ilustrados, el colapso de la moral. Antes bien, lo moral es precisamente el esfuerzo por hacer coincidir el placer
propio con el placer de los demás. Así, por ejemplo, Helvetius defendía un ‘egoísmo ilustrado’: quien realmente
busca el bienestar propio, debe ilustrase y comprender que el placer propio se consigue en la medida en que se
busca el placer de los demás.
En el plano político, la Ilustración también tuvo grandes implicaciones. El ataque a las bases de la religión
inevitablemente condujo a criticar la doctrina del derecho divino, según la cual la autoridad de los gobernantes
procede directamente de Dios. Locke y Rousseau adelantaron la noción según la cual la autoridad política procede
de un contrato social. Montesquieu se opuso a las monarquías absolutistas (amparadas en la noción de derecho
divino), y propuso en cambio una forma de gobierno en la cual los poderes fueran balanceados.
El siglo XVIII fue el germen del liberalismo. Así como se enalteció la autonomía racional de los seres humanos,
también se empezó a enaltecer el valor de la libertad. El gobierno debería interferir lo menos posible en las
decisiones individuales de los ciudadanos. Se empezó a postular la importancia de que cada individuo conserve su
integridad frente al poder aplastante de la colectividad. Si bien no todos los ilustrados se opusieron a las
monarquías, por lo general, favorecían formas republicanas de gobierno.
También los ilustrados abrazaron las ideas igualitaristas. Las jerarquías existentes en la sociedad no serían de
orden natural. Si bien pueden existir diferencias entre los talentos de las personas, todos los seres humanos tienen
más o menos las mismas características. Si bien pocos ilustrados propusieron una sociedad absolutamente
igualitaria (eso vendría un siglo después, con los comunistas), sí defendieron la idea de que todos debería ser
iguales ante la ley, y tener más o menos las mismas oportunidades para desarrollar sus potencialidades.
Asimismo, la Ilustración fue fundamentalmente un movimiento cosmopolita. Los más célebres filósofos de
aquel movimiento se reunían en París, Londres, y otras metrópolis europeas que recibían a visitantes de otros
continentes. El contacto con otras sociedades propició que los ilustrados abrazaran el universalismo en todas las
facetas de su pensamiento. Algunos siglos atrás, por ejemplo, aún se discutía si los nativos de América tenían alma
o no (por implicación, se discutía si eran propiamente seres humanos o no). Los ilustrados abrazaron
entusiastamente la unidad de la especie humana.
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Y, como tal, estimaban que los valores que ellos defendían serían aplicables, no sólo a la idiosincrasia europea,
sino a todos los habitantes del planeta. Todos los seres humanos, desde el comerciante en Ámsterdam, hasta el
emperador chino y el guerrero guaraní, tenían la capacidad y la obligación de abrazar la racionalidad y dejar atrás
la infancia de la humanidad. Todos los pueblos del mundo debían embarcarse en el sendero del progreso mediado
por el empleo de la racionalidad, el abandono de la fe, el control de la naturaleza, etc. El universalismo resultó,
entonces, un corolario del igualitarismo: puesto que existe una mínima igualdad entre los seres humanos, los
valores defendidos por la Ilustración tienen alcance universal.
Resultó natural, entonces, que este universalismo condujera a la Declaración de los Derechos del Hombre en
1789. Esta declaratoria promulgaba un mínimo de derechos a todos los seres humanos, en cualquier rincón del
planeta. Eventualmente, esto sería aún más elaborado siglo y medio después, con la Declaración de los Derechos
Humanos en 1948, una vez más ratificando el legado universalista de la Ilustración.
Incluso, este universalismo ya era prominente en la defensa de la razón y el progreso científico. Los ilustrados
defendieron a ultranza el descubrimiento de las leyes de la naturaleza, las cuales se asumía tendrían validez
universal (es cierto que Hume advertía que nunca podremos estar seguros respecto a la universalidad de las leyes
de la naturaleza, pero el mismo Hume admitía que, a efectos pragmáticos, tentativamente se podía asumir su
conocimiento). Cuando Newton postuló la ley de gravedad, asumía que ésta era universal. No postulaba que en
Cambridge las manzanas caían de los árboles, pero que en Caracas se mantenían flotando en el espacio (como
veremos, bochornosamente algunos postmodernistas han llegado a asumir que la ley de gravedad no es universal,
sino una ‘construcción social’); antes bien, la ley de gravedad es universal.
El universalismo, el racionalismo, y la exhortación al conocimiento, también se manifestaron en el producto
cumbre de la Ilustración, la enciclopedia. Diderot y D’Alambert organizaron un gigantesco esfuerzo por elaborar
un compendio de todas las áreas del conocimiento. Su pretensión era almacenar en varios volúmenes datos
suficientes como para formular teorías que tuvieran alcance universal, y estuviesen a la disposición de cualquier
persona que deseara ilustrarse sobre cualquier tema. Los artículos estaban escritos con mucha agudeza, pero a la
vez, con la suficiente claridad como para que cualquier persona pudiese ilustrarse sobre las distintas áreas del
saber. A partir de entonces, el conocimiento estaría disponible al alcance de todos, de manera tal que ya no
reposara sobre la autoridad de los dogmas.
***
La Ilustración encontró su máximo apogeo en el siglo XVIII, pero de ninguna manera ha estado confinada a esa
época. Hoy, escuchamos sus ecos. La gran revolución científica y tecnológica del siglo XX es heredera del
proyecto intelectual que exhorta a conocer el mundo y transformarlo. El declive de las teocracias y monarquías, el
predominio de sistemas cada vez más democráticos e igualitaristas y los mayores niveles de tolerancia religiosa,
entre otros, son consecuencias políticas de la Ilustración. La primera y más influyente revolución moderna, la
Revolución Francesa, se amparó ampliamente en las ideas de los ilustrados.
En el plano de la filosofía, la Ilustración también ha tenido extensiones en los siglos XX y XXI. En el siglo XIX,
los positivistas intentaron llevar a un extremo el racionalismo, el empirismo y la confianza en el progreso de la
humanidad. Los positivistas lógicos del siglo XX sostuvieron que el lenguaje religioso carece de sentido, y que por
lo tanto, deben erradicarse sus pretensiones científicas. Los utilitaristas de estos dos últimos siglos han abrazado el
igualitarismo y el hedonismo, en clara continuidad con muchas de las ideas éticas de la Ilustración.
Pero, la Ilustración no ha triunfado del todo. Alguna gente no querrá asumir el proyecto de la Ilustración,
probablemente porque, tal como sostenía Kant, tienen pereza o miedo a pensar por cuenta propia. Así, desde el
mismo siglo XVIII, ha habido oposición a las ideas ilustradas. Allí donde los ilustrados enaltecieron la razón, el
universalismo, el progreso y la ciencia; no tardaron en aparecer figuras que rechazaron esos valores, y prefirieron
enaltecer la emoción irracional, el particularismo, la tradición y el pensamiento mágico-religioso. Se conformó así
el movimiento que vino a llamarse la ‘Contrailustración’.
En líneas generales, la Contrailustración fue una reacción posterior a la misma Ilustración. Pero, hubo
contemporáneos que ya desde el siglo XVIII rechazaban los valores promovidos por los ilustrados. Así, por
ejemplo, Giambattista Vico fundó una filosofía de la historia según la cual, cada época y cada pueblo tiene sus
propios valores, y no es posible comparar épocas y pueblos distintos, desde un patrón universal de racionalidad.
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Allí donde los ilustrados tenían la convicción de que todos los pueblos del mundo marcharían por la senda del
progreso, la razón, la ciencia y la técnica, Vico defendió más bien las particularidades de cada pueblo, y exhortó a
juzgar a cada pueblo a partir de sus propios parámetros. Los ilustrados despreciaron las instituciones medievales;
la filosofía de Vico exhortaría más bien a juzgar a la Edad Media a partir de los propios valores medievales. Vico,
entonces, propone rechazar las pretensiones universalistas de la Ilustración. No hay leyes históricas que dicten el
progreso de toda la humanidad. Cada pueblo tiene su propia idiosincrasia, y ésta debe ser respetada. La noción de
progreso supone un fin hacia el cual se dirige (o se debe dirigir) toda la humanidad. Vico rechaza la existencia de
tal fin (y, como corolario, parece rechazar la noción de progreso), y propone más bien que cada pueblo tiene su
propio fin. Por ello, no podemos pretender que todos los pueblos del mundo abracen la racionalidad, la técnica, la
ciencia, en fin, los valores promovidos por la Ilustración.
En el mismo seno de la Ilustración, hubo razonamientos someramente similares. Suele incluirse a Jean Jacques
Rousseau como un representante de la Ilustración, pero una revisión más minuciosa de la historia de las ideas más
bien debería retratar a Rousseau como el Caballo de Troya de la Ilustración: haciéndose pasar por ilustrado, en
realidad terminó por ser uno de los forjadores de la Contrailustración.
Rousseau defendía la idea de que la civilización ha traído muchos males, y que el hombre incivilizado es mucho
más benigno y feliz. Así, la civilización ha traído la racionalidad, la ciencia y la técnica, pero resultó mucho más
conveniente vivir en un estado natural, muy cercano al comportamiento animal. Allí donde los ilustrados tenían
gran confianza en las ventajas que podría traer el dominio de la naturaleza y la exhortación al conocimiento,
Rousseau era pesimista al respecto, y postulaba, por ejemplo, que la ciencia cura algunas enfermedades, pero
genera más males de los que resuelve.
Lógicamente, Rousseau estimaba que los hombres que vivían en condiciones primitivas en América y África,
eran más felices y loables que los europeos. Nació así la nostalgia por la vida primitiva, frente a la racionalidad de
la vida moderna. Evaluaremos en el capítulo 8 si esas sociedades primitivas en realidad son idílicas.
Inclusive algunos de los más grandes representantes de la Ilustración esbozaron algunas ideas similares, respecto
al valor de sociedades no europeas. Diderot, por ejemplo, suponía que los tahitianos vivían en mejores condiciones
que los europeos. Montesquieu daba vida a unos personajes persas que se burlaban de las absurdas costumbres
europeas. Se forjó así el mito del buen salvaje: se crearía una imagen romantizada de todo aquello que procediese
de culturas exóticas. Y, puesto que en el mundo ajeno a Europa no predominaba la racionalidad, la ciencia y la
técnica, se empezó a constituir la idea de que el abandono de la racionalidad ilustrada podría resultar loable.
En realidad, Diderot y Montesquieu (pero, presumiblemente no Rousseau) pretendían criticar las irracionalidades
existentes en Europa. Y, puesto que no se atrevían a hacerlo abiertamente por temor a la censura y otras formas de
control, prefirieron ridiculizar a los europeos, contrastándolos con las supuestas sociedades idílicas de otras
latitudes.
Es curioso que, de todos los filósofos del siglo XVIII, los revolucionarios franceses dedicaran especial atención a
Rousseau, y éste se convirtiese en la principal inspiración para los partidos que, una vez destronado Luis XVI,
asumieran el poder. En el plano político, Rousseau había defendido entusiastamente la idea de que la soberanía del
gobernante procede de un contrato social. Esto sirvió para que los revolucionarios cuestionasen la autoridad
monárquica, y forjasen un gobierno republicano.
Pero, Rousseau también defendió algunas ideas muy peligrosas. Sostuvo que la ‘voluntad general’ debe
imponerse frente a los disidentes, y que éstos deben ser aplastados por la colectividad. Incluso, sostenía Rousseau,
un Estado puede atribuirse la facultad de someter a sus ciudadanos en nombre de la libertad, pues aun si los
ciudadanos no saben ser libres, el Estado debe obligarlos a serlo. No es muy difícil apreciar cómo esto sirvió de
germen ideológico para regímenes que, en nombre del pueblo y la libertad, aplastaran a toda forma de disidencia.
De hecho, así ocurrió en la Revolución Francesa. El partido de los jacobinos no tardó en perseguir a los
disidentes, e imponer un régimen autocrático que desembocó en un escandaloso número de ejecuciones, y todo
tipo de abusos y atropellos. El entusiasmo que en un principio hubo a favor de la Revolución Francesa menguó
rápidamente, como consecuencia de estos atropellos.
Ha sido un lugar común acusar a la Ilustración de haber inspirado este triste episodio. Pero, visto con mayor rigor,
quienes perpetraron todos estos crímenes se habían inspirado en las ideas de Rousseau, la oveja negra de la
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Ilustración. Es mucho más plausible argumentar que no fue la Ilustración, sino el germen contrailustrado y
totalitario de Rousseau, lo que condujo a las atrocidades de Robespierre y los jacobinos.
La ola de terror producida por los jacobinos hizo perder confianza en las virtudes de la Ilustración. Y, una vez que
Napoleón asumió el poder y sometió a Europa a terribles guerras, más desilusión hubo respecto a la Ilustración.
Especialmente en los territorios alemanes, empezó a prosperar un nuevo movimiento intelectual que emergería
como rechazo a la influencia ilustrada de los franceses.
Empezó así una reacción frente a la razón, y una exaltación de la imaginación, lo poético y lo absurdo, por encima
de lo analítico y lo racional. Y, lo mismo que Vico, estos autores rechazaron las pretensiones universales de la
racionalidad. J.G. Hamann, por ejemplo, sostenía que la razón es presa del lenguaje y sus imperfecciones, y que es
un esfuerzo en vano el tratar de sobreponer las distancias lingüísticas. Cada lenguaje tiene su propia estructura, y
cada forma de pensamiento debe ajustarse a ese lenguaje. Es fútil intentar aproximarse a una racionalidad
universal, pues cada lenguaje tiene sus propios esquemas de pensamiento.
Frente a las pretensiones universalistas de los ilustrados, los románticos alemanes defendieron con ahínco las
particularidades insalvables de cada pueblo. Y, a su juicio, el lenguaje es la vía de expresión de cada
particularidad; en otras palabras, las diferencias lingüísticas impiden el predominio de los valores universales a los
cuales aspiraban los ilustrados. Wilhelm von Humboldt, por ejemplo, defendía la idea de que cada pueblo
manifiesta su espíritu particular a través del lenguaje, de manera tal que es imposible adoptar un lenguaje universal
de la razón (como, por ejemplo, el de la lógica o la matemática).
Quizás el más emblemático de estos románticos contrailustrados fue J.G. Herder. A este autor se remonta el uso
generalizado del concepto de ‘Volksgeist’, el espíritu del pueblo. A juicio de Herder, cada pueblo tiene su propia
idiosincrasia, su propio Volksgeist. Como sus antecesores contrailustrados, Herder estimaba que el Volksgeist se
manifestaba por encima de todo en el lenguaje, aunque también encontraba expresión en las artes y la poesía.
Herder creía, además, que puesto que cada pueblo tiene su propio Volksgeist que le resulta típicamente
característico y le concede identidad propia, la cultura de cada pueblo debe ser celosamente guardada, y debe
evitarse que sea ‘contaminada’ por influencias foráneas. Así, en la visión de Herder, cada cultura debe mantener su
pureza, y debe cerrar el paso a los elementos culturales procedentes de otras naciones.
No es difícil apreciar cómo Herder es uno de los padres del nacionalismo moderno. A Herder debemos la idea de
que cada nación debe tener sus límites culturales establecidos, a fin de que cada país se distinga culturalmente de
los demás. A algunas personas esto puede resultarles muy hermoso: aparentemente, emerge una gran sublimidad
cuando, por ejemplo, un equipo de fútbol gana la Copa del Mundo, y en honor patrio, los aficionados agitan sus
banderas nacionales. Pero, en realidad, el nacionalismo ha causado más daño que sublimidad: precisamente por el
celo de querer mantener la pureza nacional del Volksgeist, ha habido fuertes brotes xenofóbicos.
El mantener la pureza del Volksgeist como garante de la identidad cultural frente a influencias extranjeras,
eventualmente conduce a nociones de pureza racial. Herder nunca se propuso perseguir minorías étnicas, pero sí
debemos ser lo suficientemente analíticos como para comprender que, el deseo ideológico en el siglo XIX de
preservar la identidad cultural alemana frente a las influencias extranjeras, tuvo bastante incidencia sobre las
atrocidades del nazismo. Hitler también quiso a toda costa mantener la pureza del Volksgeist alemán, y para eso, se
propuso eliminar todas aquellas personas que lo ‘contaminaran’.
El rechazo a lo extranjero y la exaltación de las costumbres locales terminó por conducir a Herder a considerar
que el proyecto ilustrado de hacer prevalecer la racionalidad en todas las esferas, quizás se ajuste bien a los
pueblos francófonos, pero no a los germanos. Y, en vista de eso, Herder rechazó las pretensiones universalistas de
la razón. Herder prefirió las supersticiones de origen local, que la racionalidad procedente de los filósofos
radicados en ciudades extranjeras. Después de todo, la superstición contribuía a un sentido de identidad nacional,
al fortalecimiento del Volksgeist.
Alguna gente ve esta reacción contrailustrada con entusiasmo. De hecho, marca el inicio de lo que ha venido a
llamarse el ‘romanticismo’, el cual hoy cuenta con muchos entusiastas. A la actitud crítica, racionalista y analítica
de la Ilustración, se le contrapuso el predominio de la emoción, sin importar si ésta conduce a cometer locuras. En
vez de favorecer el dominio de la naturaleza, los románticos enaltecieron el contacto con la naturaleza, sin

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importar si ésta termina por dominarnos. Como contraparte de la secularización, el romanticismo promovió un
regreso al mito y la religiosidad popular; de hecho, intentó impregnar de sublimidad a la Edad Media.
Es un lugar común apreciar todo esto como una reacción quizás ingenua, pero inofensiva. Según este
entendimiento, quizás podamos reprochar a Herder su rechazo a la racionalidad, pero al menos es destacable su
intención de querer salvaguardar la felicidad del ser humano. Por ello, en apariencia, la Contrailustración conserva
un halo seductor en mucha gente. Así, ha resultado lamentablemente común presentar a los ilustrados como
pensadores fríos y aburridos, mientras que los contrailustrados son emocionantes y divertidos. Por emplear una
metáfora, los ilustrados son los viejos gruñones que quieren cuidar su salud, mientras que los contrailustrados son
los jóvenes que prefieren ir con el sexo, las drogas y el rock-and-roll.
Pero, la Contrailustración tiene un lado mucho más sombrío. Pues, precisamente en la medida en que se combate
el predominio universal de la racionalidad, se abraza una visión del mundo no muy distinta de la que imperaba en
Europa en los siglos anteriores al XVIII. Y, fue precisamente ésta la pretensión de muchos contrailustrados: hacer
regresar a Europa al tipo de sociedad que la Revolución Francesa había aniquilado. Tal como hemos visto en el
capítulo anterior, surgió así en el siglo XIX un movimiento reaccionario. En el plano político, la reacción era en
contra de la Revolución Francesa; pero en el plano ideológico, la reacción era en contra de la Ilustración.
Como alternativa, los reaccionarios promovieron un regreso al Ancién regime. Así, por ejemplo, surgieron
figuras como Louis Bonald, Joseph de Maistre, y para la deshonra hispánica, Donoso Cortés. A diferencia de
Herder y Humboldt, estos personajes ya no resultan tan seductores. Defendieron, en primer lugar, el derecho
divino, en contraposición a la idea de contrato social, adelantada por los ilustrados. Abogaban por un papel
protagónico de la Iglesia Católica en la vida política, en contraposición al laicismo ilustrado. Y, de forma general,
desconfiaban profundamente del ejercicio de las libertades políticas. Maistre incluso recomendaba la exaltación de
la figura del verdugo, pues las ejecuciones mantienen atemorizada a la población civil, y así puede conservarse la
estabilidad del trono y el altar. En una vena similar, Cortés recomendaba aplastar las libertades individuales con
una ‘dictadura del sable’ que garantizara la continuidad de la tradición.
El historiador de las ideas Isaiah Berlin ha hecho célebre la tesis, según la cual, el desagrado contrailustrado por
la democracia (en especial el de Maistre) constituye el germen ideológico del fascismo del siglo XX.
Probablemente Berlin está en lo cierto. Contrario a lo que muchas veces se asume, los totalitarismos del siglo XX
deben mucho más a la Contrailustración que a la Ilustración. Después de todo, el totalitarismo fue algo parecido a
un regreso a los regímenes absolutistas del Ancién regime, pero con un potencial mucho más destructivo.
***
Lamentablemente, el vuelco irracionalista picó y se extendió en la segunda mitad del siglo XIX. Los
contrailustrados tradicionalistas que deseaban explícitamente un regreso a las instituciones del Ancién regime
fueron apagándose, pero aparecieron nuevas figuras que abiertamente hacían apología de lo absurdo, o en todo
caso, del privilegio de la intuición y la fe por encima de la razón. Desafortunadamente, muchas de estas figuras
conservan popularidad en nuestros días.
Arthur Schopenhauer, por ejemplo, esbozó un sistema metafísico según el cual, la voluntad es el principio rector
del universo. La voluntad, a juicio de Schopenhauer, no conoce los límites de la racionalidad, y por ello,
inevitablemente el hombre terminará por emprender la satisfacción de sus deseos, aun si éstos resultaren
irracionales. Alguna gente se ha tomado esto muy en serio, y ha perdido sus ahorros de toda la vida, en un arrebato
voluntarista de ludopatía.
Hubo también, por supuesto, un irracionalismo de corte religioso. Los ilustrados defendieron la primacía de la
autonomía racional y el rechazo a cualquier enseñanza dogmática. Pero, como cabría esperar, algunos herederos de
la Contrailustración enaltecieron la fe por encima de la razón, incluso si muchas creencias resultan absurdas.
Personajes como Maistre y Cortés son hoy motivo de vergüenza para la mayoría de los cristianos, pero algunos
irracionalistas cristianos sí son objeto de alabanzas.
El que más destaca entre ellos es el danés Soren Kierkegaard. A juicio de Kierkegaard, los seres humanos no
debemos conducir nuestras vidas por la razón exclusivamente: de vez en cuando, es necesario asumir un salto de
fe. Por ejemplo, Abraham escuchó una voz divina que le ordenó matar a su hijo Isaac. Según Kierkegaard,

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Abraham es loable por haber abandonado su racionalidad y haberse decidido a cometer un acto atrozmente
absurdo; con ello, vivió auténticamente su fe.
Hoy, millones de personas se amparan en razonamientos similares para tomar decisiones sumamente absurdas.
Viendo en Abraham el paradigma del héroe de la fe que, convencido de su experiencia religiosa, se deciden a
cometer actos que van en contra del más elemental criterio de racionalidad. En una época, opiniones como las de
Kierkegaard resultaban muy vanguardistas; incluso, tuvieron un profundo impacto sobre uno de los más insignes
autores de lengua hispana, Miguel de Unamuno. Pero, el brote de terrorismos religiosos en fechas recientes
debería hacernos apreciar que los terroristas religiosos piensan exactamente de la misma manera en que lo hacía
Abraham (y Kierkegaard): prefieren anteponer el mandato de una voz divina frente a la deliberación ética racional.
Resulta claro que el sueño de la razón produce monstruos; en este caso, los monstruos de la violencia.
Como contraparte del irracionalismo religioso, hubo también un irracionalismo ateo. Friederich Nietzsche fue el
más emblemático representante de esta tendencia. Nietzsche pretendía una ruptura contra todo aquel sistema que
impusiera límites a las acciones humanas. Naturalmente, la religión sería uno de esos sistemas. Pero, también lo
serían las instituciones que, a partir de la racionalidad, pretenden colocarle freno a los acometidos absurdos de la
humanidad. Nietzsche no sólo era adversario de la religión, sino también de la ciencia. Estaba en contra de todo
tipo de reglas, y por supuesto, esto incluye las reglas del método científico.
Frente al predominio de lo religioso, la figura de Nietzsche resulta seductora. En nuestra época, muchos jóvenes
que proceden de hogares religiosos adoctrinadores, optan por rechazar la enseñanza religiosa y se amparan en
Nietzsche. Es una de las figuras ateas más populares, especialmente entre los jóvenes rebeldes. Pero,
lamentablemente, el ateísmo de Nietzsche no conduce a nada bueno, precisamente porque, junto a la religión,
rechaza a la racionalidad. Es lamentable que el ateísmo nihilista de Nietzsche haya desplazado al ateísmo ilustrado
de Diderot o Bertrand Russell. Nietzsche ha dado un mal nombre al ateísmo, precisamente por las cosas tan
absurdas que defendió.
Nietzsche murió en 1900 (murió enloquecido, dicho sea de paso). Varios filósofos del siglo XX continuaron su
irracionalismo. Bergson, por ejemplo, anteponía la intuición a la racionalidad. Hoy, esto resuena entre mucha
gente: a la hora de tomar una decisión, se dejan conducir por lo que la intuición dicte, sin realmente detenerse a
considerar cuál es la decisión más conveniente. Una vez más, semejantes arrebatos intuitivos han dejado en la
ruina a millones de personas, como consecuencia de sus decisiones erradas.
El existencialismo también tuvo inclinaciones irracionalistas. Sartre enaltecía a tal punto la libertad, que en
ocasiones sostuvo que era necesario rebelarse en contra de las reglas de la racionalidad. A Camus le costaba
encontrar sentido a la vida, y en ocasiones llegó a sostener que prefería una vida absurda, que una vida guiada por
la racionalidad.
Todo este recorrido irracionalista preparó el camino para la aparición del postmodernismo. El postmodernismo es
la versión más reciente de la Contrailustración. Autores tan dispares como Maistre (un ultracatólico) o Nietzsche
(un ateo) comparten su desdén por el empleo a plenitud de la racionalidad, y en ese sentido, son ubicables en un
mismo movimiento contrailustrado. Pues bien, Foucault, Derrida, Lyotard, Baudrillard y compañía, también
pertenecen a ese grupo. Probablemente ninguno de estos postmodernistas defienda explícitamente un regreso al
Ancién regime, al trono y el altar. Pero, sí proceden de esa tradición contrailustrada. Como Herder, rechazan el
universalismo. Como Hamann, rechazan la primacía de lo racional. Como Maistre, rechazan muchos de los
valores de la Revolución Francesa. Como Nietzsche, incurren en una forma de nihilismo.
Gracias al desarrollo de la lógica (tan ampliamente defendida por los ilustrados), hoy sabemos que es una falacia
asumir que una persona es reprochable por el mero hecho de que tenga un parecido o asociación con una persona
reprochable. Los lógicos llaman a esto una ‘falacia de asociación’. No debemos apresurarnos e incurrir en esta
falacia al evaluar a los postmodernistas. El hecho de que los postmodernistas tengan un parecido o asociación con
algunos inspiradores del fascismo o el terrorismo religioso (Maistre, Nietzsche o Kierkegaard, por ejemplo), no los
hace reprochable en sí mismos.
Pero, el postmodernismo es fundamentalmente el rechazo más reciente a la Ilustración y el proyecto de la
modernidad. Y, parece inevitable que el rechazo a los valores ilustrados, en especial el predominio de la
racionalidad, conduzca a infelicidades, precisamente porque la suspensión del juicio racional lleva a hacer cosas
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absurdas, en algunos casos cosas banales como creer que la posición de los astros influye sobre nuestras vidas, en
otras casos cosas gravísimas como matar a seis millones de personas en campos de exterminio. Así, los
postmodernistas no serían meramente unos asociados de los contrailustrados reaccionarios del siglo XIX. Antes
bien, los postmodernistas son los contrailustrados de nuestra época, y como tal, sus ideas resultan, además de
falsas, peligrosas.
Es por lo demás sumamente irónico que en apenas dos siglos, Francia haya pasado de ser el país promotor de los
ideales de la Ilustración, a ser el país que más los ataca. Francia es el país de origen de los grandes ilustrados:
Voltaire, Diderot, D’Holbach, D’Alambert y Montesquieu. Pero, también es el país de origen de los grandes gurús
postmodernistas: Lyotard, Baudrillard, Foucault, Derrida, Deleuze. La Contrailustración empezó en la actual
Alemania, en parte como consecuencia del rechazo al invasor francés durante la época napoleónica. A mediados
del siglo XX, esta Contrailustración promovió el auge del totalitarismo nazi, y los franceses heroicamente
resistieron la ocupación nazi. Pero, ha resultado lamentable que la tradición ilustrada de Francia venciera en el
campo de batalla, pero fuera vencida en las universidades. Hoy los postmodernistas defienden ideas muy
vinculadas a los valores contrailustrados de los invasores alemanes de mediados del siglo XX. Sería conveniente
retomar el legado de Voltaire y sus amigos, y enrumbar nuevamente a la humanidad por los senderos de la
racionalidad, la ciencia y la técnica, a fin de hacerla salir de su infancia de una vez por todas.
Para leer más…
HABERMAS, Jurgen. El discurso filosófico de la modernidad. Madrid: Katz. 2008. Una entusiasta
defensa de la modernidad y la Ilustración, a cargo de un eminente filósofo.
SEBRELI, Juan José. El olvido de la razón. Editorial Sudamericana. 2006. Un recorrido crítico por el auge
de las doctrinas irracionalistas opuestas a la Ilustración.
Capítulo 3 El obscurantismo postmodernista
Un gran filósofo postmodernista del siglo XX ha escrito lo siguiente: “si examinamos el realismo socialista,
enfrentamos la siguiente decisión: o bien aceptamos la teoría pretextual constructivista, o bien concluimos que la
verdad es capaz de ser verdadera, pero sólo si la premisa de la narrativa material es inválida. Por lo tanto, si la
teoría pretextual se sostiene, las obras de Gaiman no son postmodernas. El sujeto es así contextualizado en un
paradigma postcapitalista que incluye a la cultura como forma de paradoja”.
Si no habéis entendido la cita anterior, sois unos burros. O, al menos, eso quieren hacernos creer los
postmodernistas. En realidad, la cita anterior no procede de ningún filósofo. Procede de un programa informático
creado por el ingeniero Andrew Bulhak. Este programa construye al azar frases sin sentido, pero conservan una
estructura sintáctica. Luego, Bulhak las decora un poco con términos sofisticados y nombres de los gurús
postmodernistas y, ¡voilà!: da la impresión de generar un texto postmodernista de profundidad inalcanzable. El
programa informático creado por Bulhak se llama “The Postmodernism Generator” (“El generador de
postmodernismo” en inglés, lamentablemente aún nadie se ha animado a crear una versión en castellano), y puede
consultarse en esta página web: http://www.elsewhere.org/pomo/
Obviamente, la intención de Bulhak es hacer una parodia del lenguaje empleado por los postmodernistas. Bulhak
pretende denunciar que al escribir una montaña de disparates, y adornarlos con términos aparentemente muy
sofisticados (“discurso contra-hegemónico”, “representación postfálica”, “subjetividad paracolonial”), cualquiera
puede convertirse en un gurú postmodernista.
Si no quedamos muy convencidos de esto, consideremos este texto que sí es real, y procede de la feminista
postmodernista Judith Butler:

“La movida desde una explicación postestructuralista en la cual se entiende que el capital estructura
relaciones sociales en modos relativamente homólogos, a una visión de la hegemonía en la cual las
relaciones de poder están sujetas a la repetición, convergencia y rearticulación, traídas por la cuestión de la
temporalidad, al pensamiento de la estructura, y un giro marcado de una forma de teoría altuseriana que toma
a las totalidades estructurales como objetos teóricos, hacia uno en el cual los pensamientos dentro de una
posibilidad contingente de estructura, inaugura una concepción renovada de la hegemonía”.
Alguien podrá objetar que el texto es confuso porque sencillamente está mal traducido.
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Pero, para disipar esa duda, agrego el texto original en inglés, para que el lector que domine la lengua inglesa
verifique por cuenta propia el disparate al cual nos enfrentamos:
“The move from a structuralist account in which capital is understood to structure social relations in
relatively homologous ways to a view of hegemony in which power relations are subject to repetition,
convergence, and rearticulation brought the question of temporality into the thinking of structure, and
marked a shift from a form of Althusserian theory that takes structural totalities as theoretical objects to one
in which the insights into the contingent possibility of structure inaugurate a renewed conception of
hegemony”.
Casi todos los lenguajes comparten una estructura gramatical básica. Es cierto que existen diferencias
gramaticales entre las lenguas (en inglés el adjetivo antecede al sustantivo, en castellano suele ser al revés, etc.),
pero hay al menos una base de la cual parten todas las gramáticas. Según una muy probable teoría adelantada por
el lingüista Noam Chomsky, ya contamos con una programación biológica que nos permite aprender las reglas
gramaticales a una temprana edad. Una vez que el niño ha aprendido las reglas gramaticales del lenguaje en el cual
está inscrito, tiene la capacidad de construir un número infinito de frases.
El procedimiento es relativamente sencillo. Añadamos un artículo, sustantivo, verbo, otro sustantivo, y un
adjetivo; hagamos coincidir los géneros y los números gramaticales, y con eso, habremos construido una frase
gramaticalmente correcta. Así, por ejemplo: “El (artículo) postmodernismo (sustantivo) es (verbo) sendo
(adjetivo) timo (sustantivo)”.
Ahora bien, este procedimiento puede conducirnos a elaborar frases gramaticalmente correctas, pero sin sentido.
En los años 20 del siglo XX, algunos artistas y críticos de arte inventaron el juego del “cadáver exquisito”. Éste
consistía en reunir un grupo de personas, y asignarles a cada una que aportara un componente (una persona
aportaría un artículo, otra un sustantivo, etc.) para construir una frase, sin conocer el aporte de los demás. Las
frases construidas podrían ser gramaticalmente correctas, pero sin sentido. Una de las primeras frases que apareció
fue “El cuerpo exquisito beberá el nuevo vino”, y de ahí procede el nombre de este juego.
Los surrealistas (pioneros del postmodernismo en las artes) se interesaron por este juego, y lo extendieron a las
obras pictóricas. Así, empezaron a crear representaciones con imágenes procedentes de distintas esferas de la vida,
aglutinadas en una sola obra. Dalí, por ejemplo, incorporaba relojes derretidos con paisajes y animales.
De nuevo, la técnica pictórica de crear representaciones casi absurdas, resulta artísticamente loable. Pero, cuando
esto se extiende a la ciencia y la filosofía, aparecen los problemas. Nadie objeta que Dalí mezcle paisajes con
relojes derretidos, pero sí es muy objetable que los gurús postmodernistas mezclen sustantivos con adjetivos que,
al final, construyen una frase sumamente disparatada. Noam Chomsky ha advertido que el hecho de que estemos
en presencia de una frase gramaticalmente correcta no nos garantiza que ésta sea inteligible. Un célebre ejemplo
aportado por Chomsky es el siguiente: “las ideas incoloras verdes duermen furiosamente”.
El común de la gente opina que una frase declarativa, o es falsa, o es verdadera. Pero, ejemplos como el de la
frase de Chomsky revelan que, para que una frase sea verdadera o falsa, debe al menos ser inteligible y tener un
sentido. El problema con “las ideas incoloras verdes duermen furiosamente” es que la frase sencillamente no tiene
sentido. Por eso, una frase como “La Tierra es plana” es falsa, pero al menos sabemos lo que significa. Uno de los
grandes problemas de los postmodernistas es que no estamos seguros si sus posturas son falsas o verdaderas, pues
sencillamente dudamos de que lo que ellos defienden significa algo.
Entre filósofos del lenguaje, hay mucha discusión respecto a cuál es el criterio que se debe seguir para saber si
una frase tiene sentido. Hacia mediados del siglo XX, filósofos muy serios asumieron que una frase sólo tiene
sentido si cumple alguno de dos requisitos: 1) que sea falsa o verdadera en virtud de su propio significado (es
decir, tautologías como “ningún soltero es casado” o contradicciones como “ningún triángulo tiene tres lados”); 2)
que exista alguna manera de verificar el contenido de la frase. Así, si la frase no es verdadera o falsa en virtud de
su propio contenido, o no hay manera de verificar mediante la experiencia si es verdadera o falsa, entonces esa
frase no tiene sentido.
Este criterio fue defendido por el movimiento que vino a llamarse el ‘positivismo lógico’, pero hoy cuenta con
muchos críticos. Los filósofos contemporáneos suelen considerar que se trata de un criterio demasiado rígido.
Frases como “robar es malo”, o “la libertad os hará libres” no son ni verdaderas ni falsas en virtud de su propio
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significado, ni tampoco parece posible verificarlas mediante la experiencia, pero con todo, postular que no tienen
sentido sería ir demasiado lejos.
Además, la misma frase según la cual una frase tiene sentido sólo si es verdadera o falsa en virtud de su
significado, o si tiene algún medio de verificación empírico; no es ni verdadera ni falsa en virtud de su propio
significado, ni tampoco existe posibilidad de verificarla empíricamente. En otras palabras, los positivistas lógicos
asumían un criterio de significado que, al aplicarlo a su propia exigencia, la dejaban sin sentido.
Frente a estas dificultades, los filósofos han suavizado un poco más el criterio de significado de una frase, y han
convenido en que, para que una frase tenga sentido, debe cumplir tres requisitos básicos. En primer lugar, debe
representar algún estado de cosas imaginable. Al declarar algo sobre el mundo, debe haber alguna manera de
imaginarlo. Si, por ejemplo, enunciamos “Juan llegó antes que Roberto; Roberto llegó antes que Luis, y Luis llegó
antes que Juan”, esa frase carecerá de sentido, pues no hay manera posible de que eso ocurra; ni siquiera podemos
imaginarlo. Si enunciamos “la posición de los astros determina nuestro destino”, tenemos al menos una manera de
imaginarnos esto. Esa frase es evidentemente falsa, pero al menos tiene sentido, en tanto sí podemos imaginarnos
un mundo en el cual los astros determinen nuestro destino.
En segundo lugar, una frase con sentido no debe expresar conceptos contradictorios. Al enunciar “las ideas
verdes incoloras…” estamos en presencia de una frase sin sentido, pues una cosa no puede ser verde e incolora al
mismo tiempo.
Y, en tercer lugar, una frase con sentido no debe contener errores categoriales. Un error categorial ocurre cuando
se predica una cosa de algo que, por definición, no puede tener. Cuando decimos que “las ideas incoloras verdes
duermen furiosamente” cometemos tres errores categoriales. No podemos predicar el color de las ideas,
precisamente porque, en tanto son objetos abstractos, las ideas no tienen color. Tampoco podemos sostener que las
ideas duermen, precisamente, porque son objetos abstractos; sólo los seres vivos duermen. Y, tampoco podemos
sostener que alguien (o algo, en todo caso) duerme furiosamente, pues la furia no se manifiesta en el sueño.
Algunos maestros de la literatura han sabido explotar esto, y deliberadamente han buscado producir textos sin
sentido. James Joyce, Lewis Carroll y Ramón Gómez de la Serna, entre otros, destacan por haber desarrollado esta
técnica. Presumiblemente, su intención es similar a la de Dalí y tantos otros en el arte pictórico: formar imágenes
incoherentes, con el fin de explotar nuestra sensibilidad estética.
No hay nada que objetar al uso literario del sinsentido y el absurdo. Pero, debemos hacernos eco del romano
Plinio el Viejo: ¡zapatero, a su zapato! El uso del sinsentido y el absurdo debe, a lo sumo, quedarse en las artes.
Cuando los gurús postmodernistas tratan de imitar este sinsentido, y hacer pasar frases ininteligibles como
declaraciones serias sobre el mundo, ahí aparecen los problemas.
Por ejemplo, el gran filósofo argentino Mario Bunge (quien ha publicado un título en la serie “¡Vaya timo!”) ha
denunciado muchas veces que en la obra de Martin Heidegger (una de las vacas sagradas del postmodernismo)
aparecen frases como “la nada nadea” y “el tiempo es la maduración de la temporalidad”. ¿Qué significa eso?
Bunge responde: ¡absolutamente nada! Y, por eso, Heidegger merece todo nuestro reproche como un gran
charlatán. Si Heidegger se presentase como poeta, y no como filósofo, quizás Bunge no lo reprocharía. El
problema, de nuevo, es transgredir los límites y asumir sinsentidos en áreas en las que claramente no es lícito
hacerlo.
Pues bien, muchos de los escritos de los postmodernistas incurren en estos vicios, y como consecuencia,
enuncian frases sin sentido. Para apreciar la magnitud de este fenómeno, consideremos brevemente un muy triste
episodio en la historia académica reciente. El físico norteamericano Alan Sokal venía trabajando con los conceptos
elementales de su disciplina (masa, energía, etc.). Pero, empezó a leer algunos libros de autores postmodernistas, y
descubrió que estos textos están poblados de conceptos de la física y la matemática mal aplicados a las ciencias
sociales. De la misma manera en que “ideas incoloras verdes duermen furiosamente” es un sinsentido, en tanto las
ideas no duermen, y si son incoloras, no pueden ser verdes, Sokal empezó a descubrir que los postmodernistas
hablaban de “microfísica del poder”, o “el falo como número imaginario”, incurriendo en claros errores
categoriales.
Preocupado por el abuso del lenguaje científico en boca de los charlatanes postmodernistas, Sokal decidió jugar
una broma pesada. Escribió un artículo deliberadamente disparatado, en el cual se intentaba argumentar, con frases
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rimbombantes y algunas carentes de sentido, que la gravedad cuántica no existe en realidad, sino que es una mera
construcción social (con esto, Sokal también pretendía atacar el constructivismo social, sobre el cual volveremos
en el capítulo 5). Sokal envió el artículo a la revista Social Text (predilecta entre gurús del postmodernismo). La
evaluación del artículo fue positiva (presumiblemente, bajo el sistema de doble ciego: el autor no sabe quiénes son
los jueces, y viceversa), y el artículo fue publicado.
Inmediatamente, Sokal reveló que todo se trataba de un una broma. Su intención había sido demostrar que
cualquiera que escriba frases disparatadas con adornos de conceptos procedentes de las ciencias naturales, y cite a
grandes gurús del postmodernismo, tiene oportunidad de hacerse renombre en la academia.
Sokal envió un nuevo artículo a la misma revista, Social Text, en el cual explicaba las razones de su acometido, y
denunciaba la tendencia postmodernista a escribir tratados ininteligibles. Los editores de esa revista, en vez de
admitir su error, se negaron a publicar el nuevo artículo de Sokal. Decepcionado, Sokal tuvo que publicar su
segundo artículo en otra revista, y eventualmente, publicó (en colaboración con Jean Bricmont) un libro en el cual
detalladamente denunciaba los más emblemáticos disparates ininteligibles de los grandes gurús postmodernistas.
Por esta hazaña, Sokal merece el Premio Nóbel. Por supuesto, exagero. Pero, al menos, Sokal sí merece grandes
elogios como el intelectual que ha hecho despertar a una generación, y ha propuesto llamar al pan “pan”, y al vino
“vino”. Es muy conocido el cuento de Hans Christian Andersen que narra la historia de un emperador que iba sin
ropas, todos sus súbditos creían que en realidad llevaba ropas invisibles, pero un niño no tardó en señalar que el
emperador iba desnudo. Pues bien, Sokal ha emulado a ese niño: en el mundo académico, mucha gente cree que el
lenguaje postmodernista es muy difícil, Sokal ha sido lo suficientemente valiente como para señalar que ese
lenguaje no es difícil, sencillamente no tiene sentido.
Incluso, ha habido desencuentros a la hora de conceder distinciones académicas a los representantes del
postmodernismo, precisamente debido a la obscuridad del lenguaje con que éstos escriben. En 1992, la
prestigiosísima Universidad de Cambridge decidió conceder un doctorado honoris causa a Jacques Derrida, quizás
el postmodernista más emblemático. Oxford y Cambridge son las universidades que han visto surgir a los lógicos
más refinados y analíticos de los últimos siglos; y como se sabe, una de las funciones de la lógica es aclarar el
pensamiento mediante un óptimo uso del lenguaje. Conceder un doctorado honorario en esa universidad a un
hombre que escribe deliberadamente escribe sin claridad, es una bofetada a la muy respetable tradición analítica
inglesa.
Las protestas no se hicieron esperar, y diecinueve profesores de Cambridge emitieron cartas de protestas en
contra de la concesión del doctorado a Derrida. Por regla general, este tipo de controversia tiene matices políticos.
Cundo el profesorado de alguna universidad protesta la entrega de algún doctorado honoris causa, suele ser
porque el potencial doctor defiende ideas controvertidas, o tiene simpatías políticas cuestionables. En mi país
(Venezuela), por ejemplo, una universidad negó el doctorado honoris causa a Jorge Luis Borges porque éste había
sido simpatizante de las dictaduras argentinas. Pero, es importante señalar que las protestas en contra del
doctorado de Derrida no se debieron propiamente al contenido de sus ideas o a sus simpatías políticas, sino
sencillamente a la falta de claridad en su obra.
Al final, la cuestión se sometió a referéndum entre el profesorado de Cambridge. Lamentablemente, ganó en
votos la opción por conceder el doctorado a Derrida. Pero, lo mismo que Sokal, estos académicos de Cambridge
fueron lo suficientemente valientes como para denunciar que el emperador va desnudo: detrás de toda la palabrería
postmodernista, no hay nada.
El postmodernismo es fundamentalmente oscurantista. El término ‘oscurantismo’ suele reservarse para el periodo
medieval durante el cual deliberadamente se desestimuló la búsqueda del conocimiento, a fin de alejar a los seres
humanos del empleo de la razón, y volcarlos hacia la fe. Pero, en términos más generales, ‘oscurantismo’ también
sirve para hacer referencia a autores que deliberadamente escriben con la intención de que no se les entienda.
El postmodernismo ha cultivado la idea de que los buenos filósofos son aquellos a quienes no se les entiende
nada. Entre menos inteligibles, supuestamente más complejos y profundos son. Por supuesto, esto se trata de un
viejo truco. Para disimular la ignorancia de un tema, o la evidente falsedad de algunas doctrinas, una estrategia
lamentablemente eficaz es arropar el discurso con términos sumamente confusos, y construir frases que carecen de
sentido.
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Cuando un interlocutor exprese desacuerdo frente a una opinión postmodernista, o sencillamente la considere un
disparate, el postmodernista siempre podrá sostener que su obra es muy compleja, y que los críticos no lo han
comprendido bien. De hecho, el filósofo John Searle considera que Derrida y algunos otros postmodernistas
practican una forma de ‘oscurantismo terrorista’. Primero, Derrida y compañía escriben frases ininteligibles; ésa es
la parte oscurantista. Luego, cuando se critica su obra, responden diciendo: “Ud. no me ha entendido; Ud. es un
idiota”. Ésa es la parte terrorista. Y, muy a menudo, el postmodernista arremete contra sus críticos, señalando que
éstos forman parte del viejo sistema tiránico.
Por supuesto, es necesario ser prudentes a la hora de acusar a los postmodernistas de ser oscurantistas. Es posible
que los textos oscurantistas de los postmodernistas sean simplemente marginales, y no representen el núcleo de sus
obras. Mucha gente inteligente ha escrito alguna estupidez en su vida, pero sería profundamente injusto
aprovechar ese desliz para rechazar sus obras a plenitud. Hay frases ininteligibles en las obras de Aristóteles, Kant,
Hume, Hobbes, y muchos otros. Con todo, es bastante obvio que ése no es el caso con los postmodernistas. El
grueso de las personas que ha leído algún libro postmodernista termina tremendamente confundido, en buena
medida porque los sinsentidos postmodernistas no son marginales. No he deseado aburrir al lector con demasiadas
citas postmodernistas carentes de sentido, pero podría hacerlo perfectamente.
Más importante aún, podría objetarse que necesitamos abrir nuestra mente a un lenguaje más poético. Lo que a
muchos de nosotros puede resultar meros sinsentidos, en realidad podría servir como estrategia retórica para
persuadir con mayor alcance a la audiencia. El uso de tropos literarios tiene una importante función retórica; a
saber, adornar y enriquecer el texto a fin de conectar al lector y mantenerlo atento para persuadirlo.
En ocasiones, el uso de tropos literarios conduce claramente a conceptos contradictorios y errores categoriales.
Pero, mucho más que confundir, estos tropos literarios apelan al lector inteligente que sabe apreciar su función
retórica. A lo largo de este libro, me he permitido emplear alguna metáfora. Por ejemplo, he hablado de “montaña
de disparates”. Si nos adherimos al criterio de sentido estricto, hablar de “montaña de disparates” es un error
categorial (una montaña está hecha de tierra, no de conceptos abstractos), y en ese sentido, la frase “montaña de
disparates” sería en sí misma un disparate. Pero, por supuesto, se trata de una metáfora (apela a la semejanza entre
el alto número de disparates, y el tamaño voluminoso de las montañas) que enriquece mi estilo y mantiene más
atento al lector (o, al menos, ¡eso espero!).
Ahora bien, si para mí es lícito emplear metáforas, ¿por qué no es lícito para el postmodernista hacerlo también?
Si yo puedo hablar de “montañas de disparates”, ¿por qué el postmodernista no puede hablar de “microfísica del
poder”, o del “logocentrismo fálico”? En primer lugar, vale advertir que algunos filósofos han desaconsejado el
uso de metáforas en el discurso filosófico, precisamente por su potencial para confundir, y porque aparentemente
expresan sinsentidos. Leibniz, por ejemplo, tuvo la esperanza de que algún día los filósofos formulasen un
‘lenguaje universal’ con reglas lógicas muy claras, de manera tal que reflejase el mundo sin ambigüedades (y, por
supuesto, es de presumir que la metáfora no tiene cabida en este proyecto, pues siempre hay el riesgo de que se
interpreten de modo distinto a la intención inicial de quien formule la metáfora). Un objetivo similar se plantearon
los positivistas lógicos del siglo XX.
Quizás esta pretensión sea demasiado rígida. Después de todo, el lenguaje ordinario (es decir, el que empleamos
a diario con todos sus tropos literarios) cumple una función. Una comunicación desprovista de metáforas es
aburrida, y difícilmente los seres humanos estemos dispuestos a entablarla. Pero, la metáfora debe ser un recurso
auxiliar, un complemento a la función esencial del lenguaje, la cual consiste en la representación del mundo. El
problema aparece cuando se emplea la metáfora, no como medio auxiliar en la comunicación, sino para confundir
deliberadamente. Sokal y Bricmont enfatizan que “por lo general, una metáfora se emplea para aclarar un concepto
no familiar, relacionándolo con un concepto más familiar, no al revés”. Cuando hablo de “montaña de disparates”,
obviamente pretendo aclarar que los postmodernistas escriben muchas cosas sin sentido. Pero, cuando un
postmodernista habla de “microfísica del poder”, quedamos muy lejos de entender qué quiere decir con esto.
De hecho, varios postmodernistas han reconocido que su intención deliberada es no hacerse entender. En varios
rincones de su obra, Derrida deja entrever esto (aunque, en realidad, puesto que su lenguaje es tan obscuro, ni
siquiera estamos seguros de ello).

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Roland Barthes, otro gurú postmodernista, atacaba deliberadamente a la claridad como una ‘ideología burguesa’:
a su juicio, la valoración de la claridad en la prosa apenas surgió en el siglo XVII, la misma época que vio nacer a
la burguesía. Contra Barthes, podemos argumentar que si bien esto puede ser verdadero, el hecho de que la
valoración de la claridad coincidiera con el nacimiento de la burguesía no implica que la clase obrera deba emplear
un lenguaje ininteligible. La estrategia más eficaz para derrotar al capitalismo no es pronunciar disparates; antes
bien, es mucho más eficaz emplear razones argumentativas para persuadir a la gente a que se suma a la revolución.
Jacques Lacan tiene merecida fama como uno de los autores más ininteligibles del siglo XX, pero eso no parecía
avergonzarlo. De hecho, lo asumía sin tapujos, en frases como ésta: “entre menos entiendan, mejor escuchan”. No
es de extrañar que Lacan terminara por defender que el falo es idéntico a la raíz cuadrada de menos uno.
¿No habéis entendido lo del falo? Lacan estaría muy contento en saber que quedasteis perplejos. Este ejemplo de
Lacan es muy emblemático de algo que Sokal y Bricmont denuncian en el oscurantismo postmodernista: los
postmodernistas suelen emplear jerga procedente de las ciencias duras (física, matemática, etc.). Pero, muchas
veces, la extensión de estos conceptos a los temas tratados por los postmodernistas termina por ser disparatada.
Por ejemplo, algunos postmodernistas han querido señalar que, a partir de Einstein, debemos aceptar que todo es
relativo. Así como Einstein postuló que el tiempo es relativo, también debemos aceptar que todas nuestras
creencias son relativas y que, por ende, la verdad no existe. Esto, por supuesto, implica abusar a la ciencia, y
termina por conducir a absurdos. Quien defiende esto, confunde ‘relatividad’ (un respetable concepto en la física)
con ‘relativismo’ (una muy cuestionable doctrina en filosofía, sobre la cual volveremos en el próximo capítulo).
Lo mismo ha intentado hacerse con el teorema de Godel o el principio de incertidumbre de Heisenberg (demasiado
complejos como para reseñarlos acá) para intentar sostener que no podemos tener ninguna certeza sobre el mundo.
Quizás el oscurantismo de los postmodernistas se deba a simple pereza y vanidad. Estos grandes gurús prefieren
pasar su tiempo en las manifestaciones anti-sistema gritando consignas, en vez de sentarse a trabajar arduamente
en bibliotecas y laboratorios. Y, al hablar sin que nadie les entienda, logran congregar a seguidores que creen que
dicen cosas muy profundas. De nuevo, todo esto es un viejo truco.
Pero, quizás el oscurantismo postmodernista sea también un corolario de la reacción en contra de la racionalidad.
La mayoría de los filósofos nos advierten que no es posible pensar en pleno sentido, si no contamos con un
lenguaje. Los animales pueden llegar a razonar algunas cosas, pero la diferencia abismal entre las facultades
cognitivas de humanos y animales se debe fundamentalmente al hecho de que nosotros, a diferencia de los
animales, tenemos lenguaje. De hecho, entre científicos y filósofos ha resultado común definir al pensamiento
como una conversación interna.
Por ende, para pensar correctamente, debemos emplear un lenguaje suficientemente claro. El lenguaje es
precisamente el instrumento que nos permite ordenar nuestros pensamientos. Cualquier proyecto que pretenda
expandir la racionalidad a todas las esferas de la vida debe empezar por abogar a favor del empleo de un lenguaje
claro. Anteriormente he mencionado que incluso, algunos filósofos analíticos del siglo XX apreciaron desventajas
en el uso del lenguaje ordinario (a saber, el que empleamos diariamente), pues frecuentemente conduce a
equívocos. Si enuncio, “voy al hipódromo y al zoológico; espérame allá”, ¿dónde quiero que me esperen; en el
zoológico o en el hipódromo? Ambigüedades como éstas han dado pie a pensar que, para alcanzar a plenitud la
racionalidad, quizás sea necesario formular un lenguaje con una estructura lógica que refleje el mundo y no
permita confusiones.
Ahora bien, quien se opone al predominio de la razón, obviamente empezará por oponerse a la claridad del
lenguaje. Y, ése es precisamente un punto de partida para los postmodernistas. Los ilustrados y sus herederos
intelectuales han confiado en la capacidad del lenguaje para reflejar el mundo, como plataforma para promover el
predominio de la racionalidad. Los postmodernistas, por su parte, han preferido sostener que el lenguaje nunca
podrá reflejar el mundo, y muchos deliberadamente buscan confundir para ratificar su postura frente a las
pretensiones del lenguaje como representación clara del mundo.
De nuevo, Jacques Derrida encabeza el ataque postmodernista en contra de la claridad del lenguaje. Derrida ha
concebido su obra como un ataque en contra de lo que él denomina ‘logocentrismo’. La palabra ‘logos’, en griego,
significa ‘palabra’, pero también ‘razón’. Obviamente, los griegos entendieron que el lenguaje y le pensamiento

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van de la mano. Derrida considera que, en la civilización occidental, se ha privilegiado lo racional por encima de
lo irracional, y esto, a su juicio, constituye una forma de violencia.
Al conceder privilegio al logos, opina Derrida, la civilización occidental ha asumido que el lenguaje tiene la
capacidad de reflejar el mundo nítidamente, pero esto dista de ser evidente. La razón y el lenguaje operan con base
en oposiciones binarias. Por ejemplo, cuando hablamos de alguien, asumimos que, o está vivo, o está muerto.
Pero, Derrida sostiene que podemos ubicar conceptos que desafían el orden de estas oposiciones binarias; por
ejemplo, alguien podría no estar ni vivo ni muerto, sino ser un zombi.
Derrida llama ‘indecidibles’ a los elementos que no encajan en nuestras categorías de pensamiento. Y, según su
propio testimonio, su principal objetivo en la filosofía ha sido buscar indecidibles, de manera tal que coloquen en
jaque las bases que reposan sobre las oposiciones binarias. La racionalidad es un intento por ordenar el mundo en
categorías. Derrida considera que aquello que él llama ‘logocentrismo’ ha consistido en dividir al mundo en pares
binarios (tal como hace la lógica), y privilegiar a un elemento por encima del otro (hombre vs. mujer, occidental
vs. oriental, colonizador vs. colonizado, etc.). Derrida busca subvertir el orden logocéntrico, buscando elementos
que no encajen nítidamente en sus categorías.
En realidad, lo que Derrida intenta hacer con un lenguaje evocador de bombos y platillos, ya ha sido adelantado
por varios lógicos, en un lenguaje mucho más claro. Uno de los tres principios fundamentales de la lógica es el del
‘medio excluido’ (los otros dos principios son el de identidad y el de no contradicción). Según este principio, si
una proposición no es verdadera, entonces su negación sí debe serlo, y viceversa. Como corolario de esto, el
principio de bivalencia sostiene que una proposición, o es verdadera, o es falsa. No es admisible una tercera
opción. Algunos lógicos han considerado que podemos prescindir de estos principios si permitimos una ‘lógica
difusa’ que permite diversos grados de verdad. Bajo esta lógica, una proposición podría no ser verdadera, pero
tampoco falsa, sino medianamente verdadera, y en términos matemáticos, podría asignársele un valor de verdad de
0,5 (0 sería ‘falso’ y 1 sería ‘verdadero’).
Esto no es trivial, pero el aporte de Derrida sí lo es. Pues, además del hecho de que ya muchos lógicos han
discutido los méritos y desméritos de la lógica bivalente, es innecesario el lenguaje tan confuso en que Derrida
intenta expresar este punto. Derrida hace un alboroto de algo que ya los promotores de la lógica difusa venían
manejando.
Ahora bien, Derrida parte de una crítica plausible a la lógica tradicional, pero la extiende a campos en los que
claramente es ilícito hacerlo. Derrida sostiene que, cuando el ‘logocentrismo’ opera con base en pares binarios,
ejerce una forma de violencia al excluir a los elementos que no encajan en esos pares. Esto ya empieza a sonar
como un disparate. Cuando hablamos de ‘violencia’, el común de las personas piensa en asesinatos, violaciones y
guerras, no en procedimientos de la lógica. Quizás el principio del tercero excluido sea erróneo, pero sostener que
el uso de este principio es ‘violento’, es ir demasiado lejos.
Derrida ha llegado a sostener que el tipo de exclusión que se emplea en las oposiciones binarias es el mismo tipo
de exclusión en contra de mujeres, negros, homosexuales, y demás grupos socialmente marginados. Esto ya es un
disparate en pleno sentido. La exclusión en lógica es muy distinta a la exclusión política, y el alegre salto de una
esfera a otra no parece ser lícito.
Al atacar a los principios de la lógica tradicional, Derrida también pretende atacar la búsqueda de la verdad en sí
misma. De hecho, Derrida considera que cualquier presunción de que existe una verdad contrapuesta a la falsedad
es en sí misma logocéntrica, y de nuevo, opera con base en la oposición binaria verdad-falsedad. Así, la búsqueda
de la verdad es igualmente excluyente y tiránica, y en función de eso, es más conveniente abandonar la pretensión
de encontrar la verdad. Como veremos en el siguiente capítulo, esto ha servido de fundamento para que hoy en día
esté muy en boga la idea según la cual la verdad no existe en un sentido universal, sino que la distinción entre lo
verdadero y lo falso en relativa a cada contexto. Así, posturas como las de Derrida ya no son disparatas, sino que
también empiezan a aparecer nihilistas. Si no existe la verdad, ¿qué queda entonces?
Derrida es al menos consecuente (y para ello, parece haber empleado los principios deductivos de la lógica, una
obvia concesión al ‘logocentrismo’ que él mismo critica) en entender que, para atacar el ‘logocentrismo’, debe
atacar el corazón de la racionalidad: el lenguaje. Hay una tradición filosófica estimable que ha intentado colocar
límites a las pretensiones y alcances del lenguaje. Quizás de forma ingenua, algunos filósofos han confiado en que
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el lenguaje es una representación clara de la realidad, o que en todo caso, es posible formular un lenguaje que
represente el mundo de una manera fiel y nítida. Por ello, ha sido estimable la labor de algunos filósofos para
señalar algunas de las limitaciones del lenguaje.
Pero, el intento de Derrida ya va demasiado lejos, y raya en lo disparatado. Para empezar, Derrida sostendría que
la distinción entre sentido y sinsentido es una instancia de las oposiciones binarias que él denuncia y, por
extensión, una forma de violencia. Así, quien enuncia frases sin sentido estaría revirtiendo el orden tiránico del
logocentrismo occidental que se empeña en imponer dicotomías, y en cierto modo, esto tendría un halo heroico. El
decir disparates sería una manera de oponerse al logos.
Incluso, Derrida llega a sostener que el logos está asociado al falo, y que por ende, la civilización occidental no
sólo se ha caracterizado por ser logocéntrica, sino también ‘falogocéntrica’. El énfasis en la racionalidad, sugiere
Derrida, ha propiciado el dominio de los hombres por encima de las mujeres. Según parece, la manera de liberarse
del yugo opresor del patriarcado es ir a una plaza pública y empezar a pronunciar todo tipo de disparates
ininteligibles o irracionales. Pues, en la medida en que nos rebelamos en contra de la racionalidad (el logos), nos
estamos rebelando en contra de la primacía del falo. Resulta extremadamente difícil creer que un supuesto filósofo
tan renombrado como Derrida defienda cosas tan absurdas, pero ruego al lector que tome mi palabra al respecto, o
mejor aún, que lo verifique por cuenta propia.
Derrida también denuncia insistentemente que, en la historia de Occidente, se ha impuesto la división dicotómica
entre habla y escritura, y que abrumadoramente se ha privilegiado a la primera. Derrida está en lo cierto cuando
sostiene que Sócrates desconfiaba de la escritura, por temor a que las personas olvidasen sus ideas, y porque el
texto escrito no tiene la capacidad de ser interpelado en una discusión (precisamente por eso, Sócrates no dejó obra
escrita, a pesar del alegato del ex-presidente argentino, Carlos Ménem, según el cual él había leído todas las obras
de Sócrates).
Pero, el alegato de Derrida es sumamente exagerado e históricamente incorrecto (como buen autor que gusta de
hablar sin mucha cautela, es de presumir que Derrida no investigó bien la historia y antropología de la escritura).
Muchos filósofos han visto en la escritura una oportunidad para evitar las imperfecciones del lenguaje hablado
(yo, por ejemplo, cometo muchos errores al hablar en la radio), y para emplear un sistema simbólico que permite
representar la realidad de forma mucho más rigurosa. Incluso, muchos antropólogos reportan que, en las culturas
orales (es decir, aquellas que no conocen la escritura), cuando se introduce la escritura por primera vez, éstas
quedan fascinadas con los textos escritos, y desean aprender a leer y escribir rápidamente. De manera tal que es
sencillamente falso que el lenguaje hablado siempre ha sido privilegiado por encima del lenguaje escrito.
En todo caso, Derrida sostiene que el motivo principal por el cual se ha privilegiado a la voz por encima de la
escritura es porque la primera está más cerca del pensamiento, y por ende, se cree que su función de
representación es más confiable. La palabra hablada es una representación del pensamiento. La palabra escrita es
una representación de la palabra hablada (o, al menos, en los sistemas fonéticos de escritura), y por ende, es una
representación de una representación. Derrida considera que el ‘logocentrismo’ desdeña a la escritura porque ésta
se aleja del pensamiento original, y lo desvirtúa. Así, según Derrida, el desdén por la escritura se debe,
fundamentalmente, al hecho de que, con el alejamiento del concepto original en la mente, se pierda el significado
de la representación. Desde la perspectiva logocéntrica, denuncia Derrida, el habla conserva más el significado que
la escritura.
Pero, Derrida estima que, en realidad, ningún lenguaje, sea escrito o hablado, puede hacer una nítida
representación del mundo, y asegurar un sentido. Para sostener esta opinión, Derrida se ampara en la célebre teoría
lingüística defendida por Ferdinand de Saussure. Según esta teoría, el significado de una palabra está en relación
con el resto de las palabras en la cual se inscribe. Por ejemplo, la palabra “burro” no tiene una relación intrínseca
con la bestia de carga; antes bien, la conexión entre la palabra “burro” y el concepto del burro, viene de la forma
en que esa palabra se inscribe en un sistema conformado por otras palabras. En este libro, escrito en castellano,
“burro” significa una bestia de carga; pero en un libro escrito en italiano, “burro” significará un producto derivado
de la leche (la mantequilla). Así, el significado de “burro” dependerá de cómo se relaciona esa palabra con las
otras palabras.

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Pues bien, si esto es así, entonces el significado de una palabra está en otras palabras. Pero, Derrida sostiene que
esto conduce a una cadena sin fin. Pues, el significado de esas otras palabras, a la vez está en otras palabras, y así
sucesivamente. Derrida compara esto con la definición de una palabra en un diccionario. Para definir una palabra,
se emplean otras palabras. Pero, al buscar esas otras palabras (las que conforman la palabra inicial) en el mismo
diccionario, éste nos remitirá a otras palabras. Al final, nunca encontraremos una palabra que tenga sentido por sí
misma, siempre nos remitirá a otras.
Así, Derrida considera que no existe un sentido propio en el lenguaje. Así como el logocentrismo sostiene que la
escritura es imperfecta, porque es la representación de una representación, Derrida sostiene que ningún lenguaje
puede pretender encontrar un sentido sólido, porque el sentido se deriva de la relación entre las palabras, y en tanto
las palabras adquieren sentido a partir de su relación con otras palabras, nunca habrá una base sólida para dotar de
sentido al lenguaje. Una conocida frase de Derrida trata de recapitular esta argumentación: “no hay nada fuera del
texto”. Con esto, según parece, Derrida quiere decir que el lenguaje no apunta a un concepto real; antes bien, el
sentido del lenguaje es meramente arbitrario, pues el significado de las palabras depende de otras palabras.
Por extensión, la argumentación de Derrida parece llevar a la conclusión de que es estéril distinguir entre frases
con significado y frases sin significado, pues el significado no existe en pleno sentido. El significado es apenas
una relación que surge en el mismo texto, pero que no apunta a algo fuera de él, y de esa manera, no es posible
hacer una separación dicotómica entre una frase como “Simón Bolívar murió en Santa Marta en 1830”, de una
frase como “la identidad sexual constituye la futilidad de la verdad”. Si bien, desde la perspectiva logocéntrica, la
primera parece tener sentido y la segunda no, el sentido de cada frase procede de la manera en que cada palabra se
relaciona con las demás, y de esa manera, ninguna de las dos tiene sentido fuera de su propio sistema.
Estos argumentos marean. En un inicio, pareciera que Derrida parte de algo obvio (la arbitrariedad de los signos);
pero después, nos conduce a la conclusión de que no hay algo que podamos llamar “significado” y que, por ende,
la distinción entre enunciados inteligibles y enunciados ininteligibles es ilusa. Vale considerar las implicaciones de
todo esto. Si Derrida está en lo cierto (y, para empezar, Derrida se opondría a la idea de que él, o quien sea, pueda
estar en lo cierto, pues lo “cierto” no existe), entonces todo vale, y a la vez, todo enunciado carece de significado y
correspondencia con la realidad (de nuevo, la realidad no existiría propiamente). Daría lo mismo intentar curar el
cáncer con quimioterapia (vale agregar, Derrida murió de cáncer y se sometió a la medicina científica) que intentar
curarlo con exorcismos; después de todo, fuera del discurso del médico o del exorcista no hay un significado, una
base sólida en la realidad a la cual apunten sus palabras. Pero, el asunto va más allá: daría lo mismo convenir que
el racismo debe erradicarse, que convenir que los negros son unos estúpidos malolientes; después de todo, ni el
discurso racista ni el discurso anti-racista apuntan a algo real fuera de su propio sistema de signos.
Acá vendría bien un poco de sentido común. Podemos convenir que el significado de “burro” dependerá de la
relación que esta palabra tenga con otras (sean en italiano o en castellano), pero ello no debería conducirnos a
pensar que no existe propiamente una base sólida para el significado. Independientemente de que lo queramos
llamar “burro”, “donkey”, o “âne”, podemos confiar en que el concepto de una bestia de carga parecida al caballo
existe, y no meramente como un constructo de la relación entre palabras.
Hay, además, una gran paradoja en todo esto: si, como Derrida sostiene, no hay nada fuera del texto, entonces ello
implica que no hay nada fuera de su texto, y por ende, no hay motivo para tomarse en serio lo que él dice. La
paradoja procede del hecho de que Derrida inevitablemente debe emplear el lenguaje para hacer una crítica al
lenguaje. Pero, si el lenguaje tiene todas las limitaciones que Derrida señala, ¿cómo podemos confiar en lo que él
mismo expresa a través del lenguaje?
Derrida es un filósofo que empieza por decir cosas plausibles e incluso interesantes (por ejemplo, los límites de la
lógica bivalente, o la arbitrariedad de los signos), pero termina por decir cosas escandalosamente absurdas (por
ejemplo, que el logos es complemento del falo), que conducen al más peligroso oscurantismo. Incluso, podemos
asumir cierto pragmatismo en todo esto: hasta ahora, la claridad en el lenguaje nos ha dado resultados sumamente
beneficiosos, que han conducido a la felicidad humana; el lenguaje oscurantista puede conducirnos a la falta de
entendimiento entre los seres humanos, la cual a la larga, haría derrumbar todo el edificio de nuestra civilización.
La Biblia dice muchas tonterías, pero al menos tiene una enseñanza muy loable en la historia de la Torre de Babel:

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cuando los seres humanos empiezan a hablar sin entenderse entre sí, los edificios (y, metafóricamente, los grandes
logros civilizaciones) colapsan. Por ello, entre más claros hablemos, mejor.
Para leer más…
SEARLE, John y FAIGENBAUM, Gustavo. Conversaciones con John Searle. Libros en red. 2001. El eminente
filósofo del lenguaje, John Searle, conversa, entre otros temas, a propósito de la necesidad de mantener claridad en
el lenguaje, y denuncia el oscurantismo de Derrida.
SOKAL, Alan y BRICMONT, Jean. Imposturas intelectuales. Este libro se ha convertido en un clásico
entre los críticos del postmodernismo. En él, Sokal relata la broma que jugó a los postmodernistas al publicar un
artículo disparatado, y expone los numerosos disparates de muchos autores postmodernistas.
Capítulo 4
¿Todo es relativo?
En alguna ocasión, me han asignado enseñar cursos de filosofía de la religión. Al inicio de estos cursos, suelo
preguntar a los estudiantes si, en su opinión, Dios existe. La mayoría responde, sin el menor espacio de duda, que
Dios sí existe. Algunos responden que Dios no existe; mientras que otros responden que no saben si Dios existe o
no. Aún otros, antes de responder mi pregunta, me preguntan qué hemos de entender con la palabra ‘Dios’.
Cualquier profesor de filosofía de la religión está acostumbrado a recibir respuestas como éstas, pues en efecto, la
pregunta respecto a la existencia de Dios ha suscitado debates que giran en torno a estas respuestas.
Pero, en una ocasión, la respuesta de un estudiante me dejó perplejo. Ante la pregunta, “¿cree Ud. que Dios
existe?”, el estudiante respondió: “sí y no”. En rigor, la respuesta no debía dejarme perplejo, pues es perfectamente
plausible que, dependiendo de cómo entendamos el término ‘Dios’, podamos responder en afirmativo o negativo
respecto a su existencia; por ejemplo, Dios podría existir como un diseñador cósmico, pero podría no existir como
una entidad omnipotente y omnisciente a la vez. Pero, no era eso lo que tenía en mente mi estudiante. Su respuesta
fue ésta: “Para mí, Dios existe; pero para los ateos, Dios no existe. El ateo tiene su verdad, y yo tengo la mía. Por
eso, Dios existe y no existe; todo depende de a quién se le pregunte.”.
Ante semejante respuesta, debo confesar que sometí al estudiante en cuestión al escarnio de sus compañeros:
Dios, o existe, o no existe. ¿Cómo pueden el creyente y el ateo tener ambos una verdad respecto a la existencia de
Dios, si sostienen puntos de vista contradictorios? Pero, muy pronto me sentí mal por haber sometido a ese
estudiante al escarnio. Pues, comprendí que su respuesta es típicamente postmodernista, y que él cuenta con un
ejército de aliados en esa postura.
Hemos visto que Jean Francois Lyotard, uno de los más emblemáticos postmodernistas, define al postmodernismo
como la postura intelectual que se opone a los ‘meta-relatos’, a saber, pronunciamientos universales sobre el
mundo. Cuando formulamos la pregunta “¿existe Dios?”, esperamos una respuesta universal: sí o no. Si Dios
existe, existe universalmente (no puede ser que sí exista y no exista). Pero, esa respuesta categórica (sí o no)
parece ser un ‘meta-relato’, o en términos de Derrida, una ‘oposición binaria logocéntrica’. Y, así, en opinión del
postmodernista, la respuesta “¿existe Dios?” no necesita una respuesta universal: Dios puede existir para unas
personas, y puede no existir para otras personas. En la medida en que el postmodernista defiende la primacía de lo
particular y se opone al universalismo, sostiene que no existe algo que podamos llamar ‘verdad universal’.
Hoy en día, se han convertido en fuente de supuesta sabiduría popular versos como los evocados por el poeta
Ramón de Campoamor, “nada es verdad/ nada es mentira/ todo depende del cristal con que se mira”.Y, ¿quién se
atreve a negarlo?: cuando se crea que, según como se mire, todo depende, entonces todos tendremos la razón. Y,
cuando todos tengamos la razón, entonces se acabarán las disputas; y cuando se acaben las disputas, viviremos en
paz mundial. Quizás, después de todo, mi estudiante no esté errado: puesto que las disputas religiosas han dado pie
a tantas persecuciones y guerras, lo más sensato sería señalar que, en efecto, el ateo tiene su verdad, y el creyente
tiene la suya. Ambos tienen razón, y por ende, Dios existe y Dios no existe.
Bajo esta manera de ver el mundo, pueden debatirse temas, sí, pero siempre conviniendo en que nadie es dueño de
la verdad. En otras palabras, el comunismo no sólo debe ser social, sino también debe ser epistemológico: todos
los debatientes deben tener el mismo grado de propiedad de las verdades. En un debate, no debe haber ni
ganadores ni perdedores. Así, el ateo no tiene más ni menos razón que el creyente. Y, cuando se empiece a
promover la igualdad epistemológica, no tardará en llegar la igualdad social. Cuando ya no existan ganadores y
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perdedores en los debates, pronto dejarán de existir explotadores y explotados. Nadie será mejor que nadie, todos
seremos iguales.
Es hora de despertar de semejante ingenuidad. En un debate, sí debe haber ganadores y perdedores; personas que
tengan puntos de vista contradictorios no pueden tener la razón en la misma medida; y más importante aún, no
existen múltiples verdades divergentes, sino una sola.
Si bien los postmodernistas tienen mucha inclinación a aceptar esta postura, en realidad es bastante antigua.
Tradicionalmente, los filósofos la llaman ‘relativismo’. De acuerdo a esta doctrina, no existe una distinción
absoluta entre lo verdadero y lo falso; antes bien, esa distinción es apenas relativa a un contexto, y por ende, puede
variar. En este sentido, existen tantas verdades como contextos haya. Y, en función de eso, personas en
divergentes contextos pueden sostener puntos de vista contradictorios, y aún así conservar la verdad. Pues, una vez
más, la verdad es relativa al contexto.
Para volver al caso que he planteado anteriormente: si un individuo es criado en el contexto de una familia
católica, entonces su creencia de que Dios existe como tres personas es verdadera. Pero, si un individuo es criado
en el contexto de una familia atea, entonces su creencia de que Dios no existe también es verdadera. Puesto que la
verdad sólo existiría relativa al contexto, creer que Dios existe, o creer que Dios no existe, pueden ambas ser
verdaderas.
Entre los relativistas, no existe un pleno consenso respecto a cuál es la unidad contextual para ubicar las
pretensiones de verdad. Algunos relativistas han pensado que la unidad contextual elemental debe ser el mismo
individuo. Así, por ejemplo, todos los hombres tendrían su propia verdad; cada hombre sería un cristal con que se
mira la realidad, de lo cual se deriva que la realidad es inherente a cada sujeto.
Bajo esta definición, el relativismo sería un corolario del subjetivismo y se opondría al objetivismo. La
experiencia subjetiva de cada quien sería la medida de todas las cosas. Y, por ende, no existirían verdades
objetivas. Por ejemplo, una crisis económica mundial podría terminar por beneficiar a algunos individuos. Puesto
que, a éstos la ‘crisis’ no los afecta, en realidad no podría postularse la existencia objetiva de una crisis; la
existencia o inexistencia de la crisis en realidad se reduce a la experiencia subjetiva de cada quien. Y, como para
algunos estas situaciones son críticas, pero para otros no, entonces la existencia de la crisis es relativa a quien la
sufra.
Otros relativistas han sugerido que la unidad contextual no es propiamente el individuo, sino la comunidad en la
cual se enmarca la pretensión de verdad. Así, por ejemplo, si dos individuos pertenecientes a una misma cultura
enuncian proposiciones contradictorias, no pueden ser verdaderas ambas. Pero, si un individuo pertenece a una
cultura, y otro individuo pertenece a otra cultura, entonces la verdad de esas proposiciones enunciadas será relativa
a cada una de sus comunidades de su procedencia, y puesto que los contextos son diferentes, entonces ambas
proposiciones pueden ser verdaderas, aun siendo contradictorias.
Así, por ejemplo, si la unidad contextual es el individuo, entonces el individuo que afirma que la Tierra es
plana enuncia una verdad, pues la verdad respecto a la forma de la Tierra es relativa a quien la enuncia; y, de la
misma manera, el individuo que se oponga al primero y afirme que la Tierra es esférica, también enuncia una
verdad. Pero, si la unidad contextual es la comunidad o la cultura, entonces un astrofísico de la NASA que afirme
que la Tierra es plana no estaría enunciando una verdad, pues esta verdad es relativa a la comunidad de la cual
procede este individuo, y en el contexto científico de la NASA, no es verdad que la Tierra sea plana; pero si un
campesino medieval enuncia que la Tierra es plana, entonces su enunciado sí puede considerarse verdadero, pues
en el contexto acientífico del cual procede, sí es verdad que la Tierra es plana.
El relativismo es, entonces, ante todo una postura epistemológica y cognitiva. Y, esto tiene grandes
implicaciones respecto a las posibilidades y el valor del conocimiento. Bajo el relativismo cognoscitivo, la ciencia
no ha de ser un medio de conocimiento preferible a otros medios de conocimiento. Pues, precisamente, la validez
de la ciencia como medio de conocimiento es relativa al contexto del cual procede, de la misma manera en que la
validez de la brujería o el mito es relativa a su contexto. Y, en cuanto tal, la ciencia no puede pretender
superioridad respecto a otras formas de conocimiento. Volveremos sobre la apreciación de la ciencia en el
siguiente capítulo.

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La mayoría de los relativistas cognoscitivos prefieren tomar a la cultura como unidad contextual, y en
función de eso, participan también de lo que ha venido a llamarse el ‘relativismo cultural’. De acuerdo a esta
doctrina, las prácticas y creencias de cada individuo deben ser interpretadas en función de su procedencia cultural.
Según estiman los relativistas culturales, puesto que la diversidad humana es muy amplia, existe suficiente espacio
para que las prácticas y creencias de cada individuo sean interpretadas a la luz de las diferencias culturales.
Como corolario del relativismo cultural, también se ha promulgado un relativismo lingüístico, según el
cual no existen patrones gramaticales universales, sino que cada lenguaje tiene una gramática propia que configura
la manera de representar al mundo. Y, en función de esas diferencias de gramáticas, la verdad de las proposiciones
es relativa a la gramática interna de los lenguajes de los cuales emerge.
El relativismo cultural y lingüístico ha venido a ser entusiastamente defendido por la vasta mayoría de los
antropólogos culturales. Conscientes de la diversidad humana, los antropólogos culturales han convenido en que
las prácticas y creencias de cada pueblo se comprenden mejor si el intérprete no interpone sus propias creencias.
Así, por ejemplo, puesto que las relaciones de parentesco en Occidente están pautadas por algún vínculo biológico,
es tentador interpretar las relaciones de parentesco en otras culturas a partir de los vínculos biológicos, pero debe
caerse en cuenta que, quizás, otras culturas no estructuran su parentesco en torno a la biología. Y, en la medida en
que se adquiere consciencia de eso, se tiene un mejor conocimiento de los sistemas de parentesco de otras culturas.
Este relativismo cultural es simplemente descriptivo: se limita a advertir que cada cultura tiene un conjunto
de costumbres y creencias relativas a su contexto. Pero, la mayoría de los relativistas culturales ha ido más allá de
la mera descripción relativista, y ha optado por un relativismo prescriptivo. Puesto que cada cultura es
comprensible en función de su contexto, no es posible elaborar juicios de valor respecto a ellas, y sólo podemos
prescribir para ellas aquello que es relativo a su contexto. Bajo esta doctrina, no existe una distinción absoluta
entre lo bueno y lo malo, sino que, de nuevo, esta distinción sería relativa al contexto. A partir de esto, se ha
formulado un ‘relativismo moral’, sobre el cual volveremos en el capítulo 6.
El relativismo también es extensible al plano estético, y opera de forma muy parecida al relativismo
cognoscitivo y moral. Los relativistas estéticos alegan que la verdad de los juicios estéticos es relativa. Y, lo
mismo que los relativistas morales prescriptivos, llegan a esa conclusión a partir de la divergencia de valores
estéticos en diferentes culturas. En este sentido, la belleza es relativa al contexto del cual emerge la producción
artística, y en cuanto tal, no existen patrones universales de belleza. Así, por ejemplo, en las sociedades
occidentales contemporáneas, el ideal de la belleza femenina está pautado por la delgadez; pero, en sociedades
occidentales pasadas, el ideal de la belleza femenina no hacía énfasis en la delgadez, sino más bien se orientaba
hacia la obesidad. En este caso, el ideal de belleza sería relativo al contexto: en las sociedades occidentales
pasadas, no existían los niveles de nutrición actuales, y las mujeres obesas eran consideradas bellas precisamente
porque exhibían mejor nutrición. Pero, en una sociedad con plenitud de calorías, el ideal de la belleza se ha
desplazado hacia la mujer delgada, pues exhibe mayor condición atlética.
Y, de la misma manera, bajo el relativismo estético, puesto que no hay patrones universales de belleza, no
existe un suelo firme para comparar jerárquicamente a las producciones artísticas. Una novela de Proust no es ni
mejor ni peor que un mito azande; una pintura como Las meninas, de Velásquez no evoca más belleza que una
pintura medieval sin perspectiva. La belleza, al final, es supuestamente relativa a su contexto, y en cuanto tal, no
existen patrones universales, objetivos y absolutos respecto a lo bello.
***
Es comprensible por qué a mi estudiante le resulta tan atractivo afirmar que Dios existe y no existe, y que al final
de cuentas, la verdad respecto a la existencia de Dios es relativa al contexto del cual surja la proposición en
cuestión. Oponerse a la existencia de verdades absolutas es una actitud irreverente; después de todo, los grandes
sistemas dogmáticos han defendido a capa y espada verdades absolutas, y a partir de esa intransigencia, han
promovido el odio entre los hombres.
Un joven estudiante, entonces, se ve fácilmente atraído al relativismo, pues en virtud de la aceptación
pluralista de puntos de vista divergentes, se parece propiciar la paz y la tolerancia. Y, más aún, en la medida en
que abraza el relativismo, el joven estudiante se coloca a la vanguardia: allí donde los viejos filósofos
obstinadamente se empeñaban en preocuparse por la búsqueda de la verdad, los nuevos filósofos afirman que no
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existe una verdad absoluta. Y, puesto que pocas personas quieren ser calificados de ‘chapados a la antigua’, el
joven en cuestión prefiere asumir la postura relativista postmodernista para mantenerse al día en la moda
intelectual.
Pero, a decir verdad, el relativismo es tan antiguo como la misma filosofía. La palabra ‘sofista’ es conocida
por filósofos y no filósofos: habitualmente, denota a algún charlatán que trata de convencer o persuadir, sin ni
siquiera él mismo creer en lo que presenta. En nuestro tiempo, llamar a alguien un ‘sofista’ es equivalente a un
insulto. Pero, no siempre fue así: en la época de Sócrates (siglo IV antes de nuestra era), existía una escuela de
filósofos que orgullosamente asumían el nombre de ‘sofistas’, y a todas luces reconocían su intención de enseñar
retórica a fin de persuadir, sin necesariamente considerar verdaderas las creencias que pretendían difundir.
Uno de los más emblemáticos sofistas fue un tal Protágoras. Y, a él debemos una célebre frase: “El hombre
es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son, y de las que no son en cuanto no son”. El sentido
exacto de esa frase no es totalmente claro, pero se esclarece con esta otra: “las cosas son para ti como existen para
ti, y son para mí como existen para mí”. Así, Protágoras parece sugerir que, puesto que el hombre es la medida de
todas las cosas, entonces no existe posibilidad de establecer un criterio objetivo y absoluto respecto al estado y la
naturaleza de las cosas. Cada hombre tendría su verdad, en el sentido de que cada hombre es la medida de las
cosas.
Conocemos estas posturas de Protágoras gracias a Platón. Éste las recapituló en su diálogo Teeteto. Pero, el
mismo Platón se propuso combatir el programa relativista de Protágoras, a partir de la misma doctrina de
Protágoras: “si las cosas que me parecen, así existen para mí, y las cosas que te parecen, así existen para ti,
entonces me parece que toda tu doctrina es falsa”. Desde entonces, ésta ha sido la principal crítica que el
relativismo ha tenido que enfrentar: si la verdad de las proposiciones es relativa a quien las enuncia, y por ende,
ninguna proposición es absolutamente verdadera o falsa; entonces la misma proposición según la cual la verdad de
las proposiciones no es absoluta, es en sí misma relativa. Y, en cuanto relativa, permite que su contraria, aquella
proposición según la cual la verdad de las proposiciones sí es absoluta, sea verdadera.
Con eso, Platón demuestra que el relativismo se relativiza a sí mismo, y por ende, es una doctrina que, si es
verdadera, entonces implica que es falsa. Si las cosas son verdaderas en la medida en que aparecen a cada quien,
entonces si a alguien le parece que la doctrina relativista no es verdadera, puede asumir que esa doctrina es falsa.
Pero, al asumir que el relativismo es falso, niega la premisa inicial según la cual las cosas son verdaderas en la
medida en que aparecen a cada quien. Si todo cuanto nos parece es verdadero, entonces nos puede parecer que
Protágoras está equivocado respecto a su doctrina; pero si Protágoras está equivocado respecto a su doctrina,
entonces no todo cuanto nos parece es verdadero.
Protágoras también era conocido por su teoría según la cual, todo argumento tiene un contraargumento. Y,
en ese sentido, ningún argumento es definitivo, pues siempre hay razones igualmente válidas para sostener lo
contrario. Pero, de nuevo, en la medida en que Protágoras defiende ese argumento, permite entonces que este
argumento también tenga un contraargumento válido (a saber, aquel según el cual no todo argumento tiene un
contraargumento).
Así, el relativismo formaría parte de lo que los filósofos llaman ‘ideas auto-refutadas’ o ‘paradojas auto-
referenciales’: proposiciones cuya falsedad es una consecuencia lógica del mismo contenido de la proposición.
Muchas veces resulta divertido cuando pensamos en frases como “esta frase no es verdadera”: si la frase es
verdadera, entonces no es verdadera, pero si la frase no es verdadera, entonces sí es verdadera.
Pues bien, deberíamos divertirnos también con la proposición relativista: “Todo es relativo”. Si todo es
relativo, entonces la proposición “todo es relativo” es en sí misma relativa. Y, como consecuencia, permite que
otras proposiciones, como por ejemplo, “todo es absoluto”, también sean verdaderas. Pero, si “todo es absoluto” es
verdadero, entonces se estaría negando la premisa inicial según la cual todo es relativo. Esto debería ser un claro
indicio de que, en tanto conduce a su propia contradicción, el relativismo es una doctrina falsa y, por ende, no
podemos aceptarla racionalmente. Protágoras no nos ofrece ningún motivo sólido para sostener su doctrina; al
contrario, él mismo nos ofrece la justificación para rechazarla: puesto que cada verdad es relativa a su contexto,
entonces es relativo al contexto del oponente de Protágoras el creer que Protágoras está equivocado y, por ende,
esa creencia es verdadera.
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El relativismo lingüístico también enfrenta el mismo problema. Si la verdad de una creencia es relativa a la
gramática interna del lenguaje en que se expresa esa creencia entonces la misma concepción de relativismo
lingüístico es sólo relativa a la gramática de las lenguas occidentales que promulgan esa doctrina. Si se intenta
salvaguardar esta objeción señalando que todas las lenguas tienen la capacidad de enunciar coherentemente los
conceptos del relativismo lingüístico, entonces se está negando la premisa inicial del relativismo lingüístico, según
la cual no existen patrones gramaticales universales.
Y, ocurre casi lo mismo con el relativismo cultural. Si la verdad de una proposición es relativa a su
contexto cultural, entonces debe contemplarse que existen culturas que aceptan como absolutamente verdaderas
muchas proposiciones. Por ejemplo, las sociedades con religión monoteísta aceptan como verdad absoluta que
Dios existe, y que se ha revelado a los profetas y mensajeros. En tanto la verdad es relativa al contexto cultural,
entonces debe aceptarse que es una verdad absoluta que Dios existe y se revela a los profetas. Pero, al aceptarse
esa creencia como una verdad absoluta, se niega la premisa inicial según la cual la verdad es sólo relativa a su
contexto cultural.
Los problemas del relativismo no terminan ahí. El relativismo también debe enfrentar un problema similar
al de la auto-referencia: el problema de la contradicción. Si no existen verdades absolutas, entonces la verdad de
las proposiciones es sólo relativa al contexto del cual emergen. Y, en ese caso, habría tantas verdades como
contextos. En ese sentido, no puede haber tantas verdades como contextos, pues si dos contextos justifican
proposiciones contradictorias, al menos una de esas proposiciones es falsa.
Para volver a mi estudiante: la proposición “Dios existe” es contradictoria con la proposición “Dios no
existe”, y como tal, al menos una de las dos proposiciones debe ser falsa. Pero, según el relativismo, la
proposición “Dios existe” es verdadera en un contexto, a la vez que la proposición “Dios no existe” es verdadera
en otro contexto, de manera tal que ambas pueden ser verdaderas, aún si son contradictorias.
Y, el problema de la contradicción también se extiende a las proposiciones morales, y por ende, el
relativismo moral también enfrenta este problema. La proposición “el canibalismo ritual es moralmente
reprochable”, promulgada por los mexicanos contemporáneos es contradictoria a la proposición “el canibalismo
ritual no es moralmente reprochable”, promulgada por los aztecas. Pero, en tanto contradictorias, no pueden ser
ambas verdaderas, independientemente del contexto del cual surjan.
Postular que dos proposiciones contradictorias son ambas verdaderas es, sencillamente, un absurdo. La
lógica opera con base en tres principios fundamentales, uno de los cuales es el llamado ‘principio de no
contradicción’: el mismo atributo no puede, al mismo tiempo, pertenecer y no pertenecer al mismo sujeto y en el
mismo respecto. Ya Aristóteles advertía que el principio de no contradicción es el “más certero de todos los
principios”, y desde entonces, la vasta mayoría de los lógicos lo han defendido.
En rigor, quien defienda el principio de no contradicción no puede aceptar el relativismo. Pues, el
relativismo permite postular que, en función de su contexto, dos proposiciones pueden ser ambas verdaderas. La
creencia de que la Tierra es plana es contradictoria con la creencia de que la Tierra no es plana; pero, el
relativismo postula que la primera creencia es verdadera en el contexto de las sociedades acientíficas, mientras que
la segunda creencia es verdadera en el contexto de las sociedades científicas. Entonces, bajo el entendimiento
relativista, la Tierra es y no es plana; cualquiera con el más elemental sentido de la lógica puede reconocer los
absurdos a los que conduce el relativismo.
No obstante, el relativista tiene un as bajo la manga: se podría alegar que el relativismo es absurdo sólo si
se parte del mismo principio de no contradicción. Y, en función de eso, estaríamos en presencia de un argumento
circular. Pues, no hay razón por la cual deba aceptarse el principio de no contradicción, salvo apelar al mismo
principio de no contradicción. Así, la lógica parte del principio de no contradicción para intentar justificar el
mismo principio de no contradicción; por ende, el principio de no contradicción es indemostrable, y como tal,
puede prescindirse de él. Y, si se prescinde del principio de no contradicción, entonces pueden sostenerse como
verdaderas proposiciones contradictorias.
Los relativistas pretenden extender a otros campos lo mismo que hacen respecto al principio de no
contradicción. Por ejemplo, quien afirme que la ciencia es superior a la brujería justifica su postura con base en
una serie de criterios que son científicos en sí mismos; y por ende, termina siendo un argumento circular: justifica
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a la ciencia a partir de la misma ciencia. Lo mismo puede decirse de todas las otras esferas que atañen al
relativista: el crítico que sostiene que el arte moderno es superior al medieval está empleando criterios estéticos
modernos. El demócrata que cree que la democracia es mejor que el despotismo justifica su posición desde una
perspectiva democrática. El occidental que cree que su civilización es superior a las otras emplea criterios
supuestamente occidentales para afirmar su superioridad cultural. En otras palabras, se apela a su propia doctrina
para justificarla.
Llegado a este punto, pareciera que estamos arrinconados, y no tenemos más remedio que doblegarnos
frente al relativista: el principio de no contradicción es indemostrable, como lo es también el criterio estético
moderno, la conveniencia de vivir en democracia, o la superioridad de la ciencia: cualquier intento por
demostrarlos recurriría a los mismos principios de la doctrina defendida, y por ende, termina por ser un argumento
circular. Quizás la ciencia es superior a la brujería bajo un criterio universal y objetivo (capacidad de predicción,
formulación de hipótesis, verificación, etc.), pero parece imposible demostrar que, en efecto, ese criterio es
universal.
Aristóteles reconocía que, en efecto, el principio de no contradicción es indemostrable. Pero, el mismo
Aristóteles advertía que deben aceptarse proposiciones y principios que, si bien no son demostrables, son
evidentes por sí mismos: a estos principios los llamó ‘axiomas’. El principio de no contradicción debe resultar así
axiomático. En rigor, la aceptación del principio de no contradicción queda a discreción de la honestidad de cada
quien, precisamente porque no hay posibilidad de demostrarlo sin recurrir al mismo principio de no contradicción
y, por ende, incurrir en un argumento circular. No puedo hacer más: si el lector no acepta el principio de no
contradicción, no tiene sentido que siga leyendo estas páginas; y amablemente lo invito a abandonar la lectura de
este libro.
Tampoco creo posible demostrar la superioridad de la ciencia respecto a la brujería, sin recurrir a los
mismos criterios científicos. De nuevo, reconozco perfectamente que es un argumento circular defender a la
ciencia a partir de la ciencia misma. Pero, por supuesto, también es un argumento circular defender a la brujería a
partir de la brujería misma.
Los resultados de la ciencia son, claro está, mejores que los resultados de la magia u otras formas no
científicas de conocimiento. Pero, una vez más, el relativista podrá esgrimir que, aún esos resultados son relativos
al contexto: el médico puede ser más eficiente que el chamán en salvar vidas, pero en el contexto de los chamanes,
éstos son más eficientes en establecer contacto con los dioses… asumiendo, claro, que estos dioses existen. Y, al
final, el relativista puede emplear un recurso parecido al de mi estudiante: estos dioses existen y no existen; para el
chamán, sí existen, para el científico, no existen.
Pero, aun si no puede probarse el principio de no contradicción sin recurrir al mismo principio de no
contradicción, así como tampoco se puede probar la superioridad de la ciencia sin recurrir a una visión científica
del mundo, sí parece haber indicios prácticos. Sarcásticamente, el filósofo medieval Avicena recomendaba que
quien no aceptase el principio de no contradicción, fuese golpeado brutalmente hasta que reconociera que ser
golpeado no es lo mismo que no ser golpeado.
Y, lo mismo puede hacerse respecto a los principios por los cuales la ciencia es mejor que la brujería. Si
bien no podemos demostrar la superioridad de la ciencia sin recurrir a los mismos principios científicos, tenemos
el indicio práctico de que, en el momento decisivo, la mayoría de la gente siempre prefiere recurrir a la ciencia.
De hecho, otra de las grandes críticas que puede dirigirse a los relativistas es su hipocresía. Los filósofos y
políticos relativistas viajan en avión, se someten a tratamientos médicos, y divulgan sus ideas por el internet. Todo
eso presupone la aceptación de la superioridad de la ciencia. Pues, sencillamente, tienen la oportunidad de viajar
en burro, someterse a curas chamánicas y divulgar sus ideas a través de mitos orales, pero con todo, no lo hacen.
Como siempre, el relativista occidental puede alegar que él viaja en avión, y no en burro, precisamente porque en
su cultura, se privilegia el viaje en avión; pero eso no necesariamente es así en otras culturas. Pero, muchos de
quienes recurren al médico en momentos verdaderamente críticos son aquellos que proclaman proceder de culturas
en las que la ciencia no se considera superior a la brujería. Si estas personas realmente no consideran superior a la
ciencia, sencillamente no deberían buscar atención médica.

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El relativismo no sólo es criticable como una doctrina paradójica (y, por ende, auto-refutada), sino que
también son muy cuestionables las consecuencias prácticas que se derivan de la aceptación del relativismo.
Advertir sobre las consecuencias derivadas de la aceptación de una doctrina no es una crítica formal a la doctrina,
pero sí amerita detenerse a considerar cómo sería el mundo si, en efecto, todos fuéramos relativistas.
El relativismo aniquila toda noción de progreso: puesto que cada creencia o práctica es valorable en
función de su propio contexto, no existen creencias ni prácticas mejores que otras; el progreso, por otra parte,
presupone una dirección hacia prácticas y creencias mejores. Pero, si precisamente, no existen prácticas y
creencias mejores, entonces no hay motivo para intentar mejorar este mundo. Pues, precisamente, ningún esfuerzo
constituirá una mejora, en tanto no existe un patrón objetivo de ‘mejor’ y ‘peor’.
Si la ciencia es apenas un producto de su época y su contexto, y como tal, no tiene más validez que el mito
o la brujería, entonces, ¿de qué sirve molestarse en emprender tediosas experimentaciones para alcanzar nuevos
descubrimientos? Bajo la doctrina relativista, estos descubrimientos no constituirán un progreso, una mejora. Pero,
haríamos bien en rechazar el relativismo. El científico emprende su labor con la convicción de que, con su estudio
de las leyes de la naturaleza y la sociedad, se acerca al conocimiento de la verdad, y este conocimiento le permitirá
hacer del mundo un lugar más feliz.
***
Obviamente, la verdad de algunos enunciados sí es relativa. Si una persona en China se levanta en la
mañana y dice “está amaneciendo en mi país”, ese enunciado será verdadero. Pero, ese mismo enunciado será
falso si, simultáneamente, una persona lo pronuncia en España (donde, aún sería de noche). Pero, estudiado con
mayor rigor, apreciamos que esas personas no están pronunciando exactamente el mismo enunciado. Una está
sosteniendo que amanece en China, mientras que la otra sostiene que amanece en España. Hay una distinción entre
‘verdadero para’ y ‘verdadero sobre’. Podemos admitir que, en efecto, aquello que es verdadero sobre algo o
alguien puede ser falso sobre otra cosa u otra persona.
Pero, eso es muy distinto de sostener que, para el brujo, es verdadero que las enfermedades son causadas
por los espíritus; y para el médico, es verdadero que las enfermedades son causadas por agentes patógenos. El
relativismo que nos concierne en este libro es aquel que sostiene que aquello que es verdadero para unos, es falso
para otros.
El relativismo es parte central del postmodernismo. La modernidad se forjó como un proyecto entusiasta
de la noción de progreso. La noción de progreso presupone que unas sociedades son mejores que otras. El
relativismo, por su parte, niega que exista un patrón universal por el cual se puedan comparar los vicios y virtudes
de las sociedades; la distinción entre lo bueno y lo malo es apenas relativa a cada contexto. Esta óptica relativista
atrae a los postmodernistas, pues permite prescindir de la jerarquización de la racionalidad, la ciencia y la técnica
como valores e instituciones superiores.
Hemos visto en el capítulo anterior la postura de Derrida, según la cual, “no hay nada fuera del texto”. En
otras palabras, no existe algo que podamos llamar ‘verdad’ que exista independientemente de quienes la
contemplen o traten de acercarse a ella. Pues bien, el relativismo es un corolario de esta doctrina. El relativismo
aniquila las pretensiones de que existe una verdad que nos trasciende. Cuando yo le preguntaba a mi estudiante si
Dios existía o no, mi presunción era que esa verdad respecto a la existencia o inexistencia de Dios es
independiente de lo que nosotros creamos. La opinión del creyente o del ateo será irrelevante respecto a si Dios
existe o no. Pero, para el relativista, no existe una verdad fuera de nosotros; en términos más coloquiales, “cada
quien tiene su verdad”.
Al asumir que “cada quien tiene su verdad”, se niega la existencia de la verdad, en el sentido tradicional del
término. Y, en este aspecto, los postmodernistas no son tímidos en admitir que, bajo su criterio, la verdad no
existe. Gianni Vattimo, por ejemplo, ha publicado un libro con el sorprendente título Adiós a la verdad: ahí
defiende la tesis de que aquello que creemos verdadero sólo es así en algún contexto, y que por ende, no podemos
tener certezas sobre nada en el mundo.
Si la verdad no existe, entonces no hay un criterio para distinguir entre lo aceptable y lo inaceptable. Veremos en
el siguiente capítulo que algunos filósofos han asumido esta implicación, y han llegado a postular que “todo vale”.

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Puesto que no hay un criterio trascendente de verdad por el cual juzgar los enunciados sobre el mundo, cualquier
disparate es aceptado.
Ésa es la postura del relativista extremo. No obstante, hay algunas formas de relativismo más refinado. De
acuerdo a estas corrientes, sí podemos aceptar la existencia de algo que podamos llamar ‘verdad’. Pero, el criterio
que se emplea para distinguir lo verdadero de lo falso permite que aquello que se considera verdadero pueda variar
según el contexto.
Tradicionalmente, el criterio de verdad se ha entendido como la correspondencia entre los hechos del
mundo y los enunciados que describen esos hechos. Si un enunciado se corresponde con el estado de las cosas,
entonces puede asumirse que ese enunciado es verdadero. Éste es el entendimiento de todos aquellos que se
oponen al relativismo: la verdad existe fuera de nosotros, y nuestros enunciados serán verdaderos en la medida en
que se ajusten a esa verdad que existe autónomamente.
No obstante, algunos filósofos han formulado otros criterios de ‘verdad’, los cuales terminan por conducir
al relativismo. El primero de ellos es el criterio de la coherencia. Según este criterio, una creencia es verdadera
siempre y cuando se enmarque en un sistema (conformado por otras creencias) con el cual conserve una
coherencia.
Por ejemplo, una persona puede creer que el sol gira alrededor de la Tierra. Al mismo tiempo, esta persona
creería que Dios concedió un lugar especial a la humanidad en su creación, y por ende, el planeta en el cual
habitamos es el centro del universo. Además, sostendría esta persona, la Biblia es la palabra infalible de Dios, y
ahí se enseña que en la batalla de Jericó, el sol se detuvo (de lo cual debemos inferir que el sol está en movimiento,
y no la Tierra). Pues bien, estas creencias son coherentes entre sí. Y, si conforman un sistema coherente, entonces
sería suficiente para considerarlas como verdaderas.
Este criterio es muy popular entre los postmodernistas. Especialmente cuando se trata de evaluar las
creencias de culturas no occidentales, los antropólogos influidos por el postmodernismo se apresuran a señalar que
debemos valorar esas creencias “a partir de su lógica interna”; es decir, a partir de un criterio de coherencia. Por
ejemplo, no debemos mofarnos de que una tribu crea en la brujería. Pues, si la creencia en la brujería se desglosa
en un conjunto de creencias que son coherentes entre sí, entonces podemos asumir que esas creencias son
verdaderas.
Este criterio no nos ayuda mucho. En primer lugar, las creencias falsas pueden ser coherentes entre sí. La
coherencia lógica de unas creencias es muy distinta a su valor de verdad. El señor de los anillos, de J.R. Tolkien,
es una novela con una trama muy coherente (de hecho, es apreciable el esfuerzo que Tolkien llevó a cabo para
preservar la coherencia de sus vastos mundos imaginarios). Pero, sería ir demasiado lejos si postulamos que la
historia que se narra en El señor de los anillos es verdadera. Todos sabemos es falso que los faunos, orcos, hobbits
y demás personajes, existen.
Además, vuelve a aparecer el problema de la contradicción, el cual afecta a toda forma de relativismo. Bajo
el criterio de la coherencia, dos proposiciones contradictorias podrían ambas resultar verdadera; con esto, una vez
más se viola el principio de no contradicción. Tanto la creencia de que el sol gira alrededor de la Tierra, como la
creencia de que el sol no gira alrededor de la Tierra pueden enmarcarse en un sistema de otras creencias con las
cuales se guarda coherencia. Pero, en virtud del principio de no contradicción, ambas no pueden ser verdaderas.
De nuevo, no podamos probar el principio de no contradicción, pero si el lector cree que podemos prescindir de
este principio, lo invito a abandonar la lectura de este libro.
Aparte de la coherencia, se ha invocado al consenso como criterio de verdad. Según este criterio, una
creencia es verdadera si la mayoría la acepta. Es bastante obvio que este criterio es inválido. Sabemos que el
número de personas que sostenga una creencia no incide sobre su valor de verdad. En el siglo XV, la mayoría de la
gente creía que la Tierra es el centro del universo, pero hoy sabemos que eso es falso.
Con todo, veremos en el siguiente capítulo que algunos de los más emblemáticos postmodernistas han
defendido la idea de que la creencia de que la Tierra es el centro del universo era verdadera en el siglo XV,
precisamente porque la mayoría de las personas la suscribía. Una vez más, este criterio implica que la verdad no es
eterna, sino que cambia en función de las creencias de la gente, y por ende, lo que hoy es verdad, mañana podría
no serlo.
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De nuevo, es necesario oponerse a estas posturas postmodernistas. La verdad existe autónomamente de
nuestros pensamientos. Ciertamente, aquello que hoy consideramos verdadero, mañana podríamos terminar por
considerarlo falso. Supongamos que en cien años, mediante una serie de de descubrimientos revolucionarios, los
científicos convienen en que la velocidad de la luz no es 299972458 metros por segundo (tal como hoy creemos),
sino 300000000. En efecto, en ese caso, aquello que nosotros hoy creemos verdadero, será considerado falso.
Pero, eso sería muy distinto de creer que hoy lo verdadero es que la velocidad de la luz es 2999742458 metros por
segundo, y en cien años lo verdadero será otra creencia. Antes bien, lo verdadero siempre habría sido que la
velocidad de la luz viaja a 30000000 metros por segundo, y aquello que considerábamos verdadero, en realidad no
lo era.
En todo caso, el criterio que apela al consenso enfrenta dos objeciones insuperables. En primer lugar, es una idea
auto-refutada, pues el mismo criterio del consenso no es avalado por la mayoría. Si seguimos el criterio del
consenso, una creencia es verdadera si es suscrita por la mayoría. Pero, la creencia según la cual una creencia es
verdadera si es suscrita por la mayoría, no es en sí misma suscrita por la mayoría (la mayoría prefiere suscribir la
idea de que la verdad viene dada por la correspondencia o, a lo sumo, por la coherencia). Y, si esa creencia no es
suscrita por la mayoría, entonces es en sí misma falsa.
El segundo problema que enfrenta este criterio es, una vez más, la posibilidad de admitir como verdaderas
proposiciones contradictorias. Bajo este criterio, en el siglo XV, la creencia de que la Tierra es el centro del
universo era verdadera. Bajo ese mismo criterio, hoy la creencia de que la Tierra no es el centro del universo es
verdadera. Pero, ambas creencias son claramente contradictorias; por ende, ambas no pueden ser verdaderas.
Aún otras personas invocan el provecho como criterio para distinguir lo verdadero de lo falso. Este criterio
procede del pragmatismo, la doctrina filosófica según la cual, lo verdadero es aquello que sirve algún propósito
provechoso. Bajo este criterio, si una creencia trae resultados beneficiosos, entonces es verdadera.
En el plano religioso, este criterio ha sido frecuentemente empleado. El eminente William James defendió
la idea de que, puesto que la creencia en la existencia de Dios sirve para algo, entonces podemos asumir que esa
creencia es verdadera. Y, así, otros filósofos han argumentado de forma parecida. Pascal, por ejemplo, estimaba
que debemos asumir que Dios existe, pues si no lo hacemos, corremos el riesgo de ir al infierno. Unamuno
estimaba que debemos creer en Dios, porque sólo de esa manera podemos encontrar sentido a la vida.
Pero, de nuevo, no parece ser un criterio que resista un análisis minucioso. Resulta terriblemente ingenuo creer
que el mundo es como nosotros deseamos que sea. Independientemente de los resultados beneficiosos que una
creencia pueda traer, ello no incide sobre su valor de verdad. El someterse a tratamientos homeopáticos con la
expectativa de que la homeopatía sí funciona, puede traer algún resultado beneficioso procedente del efecto
placebo. En ese caso, quien se somete a la homeopatía puede invocar el principio de “eso funciona para mí”, y
asumirlo como verdadero. Pero, que la homeopatía funcione para esa persona, y sirva como efecto placebo no
implica que los principios de la homeopatía sean verdaderos.
Y, vuelve obstinadamente el problema derivado de la contradicción. El criterio pragmático de verdad
permite sostener que dos proposiciones contradictorias sean ambas verdaderas. Pues, aquella creencia que resulte
provechosa para una persona puede ser la contradicción de una creencia que resulte provechosa para otra persona.
Puesto que el criterio pragmático de la verdad se aplica tanto en la religión, consideremos un ejemplo
religioso. Supongamos que la creencia de que Jesús es el Mesías sirve un gran propósito a una monja misionera:
gracias a esa creencia, la monja en cuestión desea seguir el (supuesto) ejemplo de Jesús, y extiende su caridad a un
gran número de personas. Bajo el criterio pragmático, esa creencia ha resultado ser muy provechosa, y por ende,
es verdadera.
Supongamos, por otra parte, que en Auschwitz, un judío está a punto de morir por las pésimas condiciones
en que se encuentra, pero encuentra fuerzas en la idea de que Dios enviará al Mesías para liberar a los prisioneros
judíos del campo de concentración. Y, para creer eso, el judío en cuestión asume que Jesús no es el Mesías, pues
aún el Mesías no ha llegado. Esa creencia también sirve un gran propósito, en tanto alienta al judío a resistir. Bajo
el criterio pragmático, la creencia de que Jesús no es el Mesías, también es verdadera.

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Entonces, el pragmatismo permitiría que la creencia de que Jesús es el Mesías, y la creencia de que Jesús
no es el Mesías, son ambas verdaderas. De nuevo, esto es una flagrante violación del más elemental principio de
racionalidad, el principio de no contradicción.
Pareciera, entonces, que la única manera de evadir estos problemas es asumir, en contra de los relativistas,
que el mejor criterio de verdad es el de la correspondencia: una creencia será verdadera siempre y cuando tenga
correspondencia con el mundo. Este criterio asume que la verdad existe fuera de nosotros, y que nuestros
enunciados serán verdaderos sólo en la medida en que representen acordemente esa realidad externa; la verdad no
dependerá de lo que cada quien crea.
***
Al final del semestre, no logré persuadir a mi estudiante de que abandonara el relativismo. Uno de las
razones que él insistentemente invocaba para defender el relativismo era la necesidad de no tener pretensiones de
predicar verdades absolutas, pues esto conduce a la intolerancia. No tardé en comprender que, de nuevo, su
preocupación es típicamente postmodernista.
Hemos visto en el capítulo 1 que el postmodernismo es un movimiento que se autoproclama ‘izquierdista’
(aunque, también hemos visto en el capítulo 2 que, en realidad, el postmodernismo procede más de la derecha
reaccionaria). Pues bien, una de las ideas más entusiastamente defendidas por la izquierda es la tolerancia. Y, hasta
cierto punto es comprensible que el postmodernismo, que surgió en su máximo apogeo tras la Segunda Guerra
Mundial, fuese muy sensible al cultivo de la tolerancia como camino a la paz mundial.
Los postmodernistas no se equivocan en que los grandes sistemas intolerantes se adhieren a dogmas y
proclamaciones de verdades absolutas. La Inquisición promovía la primacía del catolicismo como verdad absoluta.
El nazismo creía en la superioridad de la raza aria como verdad absoluta. Y, su apego a tales creencias era tal, que
terminaron por aplastar a todo aquel que no se adhiriera a esas creencias.
Pero, urge no confundir a la tolerancia con el relativismo. Los ilustrados fueron los primeros grandes
promotores de la tolerancia (emblemático, por ejemplo, en Las cartas sobre la tolerancia de Voltaire), pero eso no
los condujo a abrazar el relativismo postmodernista. Voltaire advertía: “no estoy de acuerdo con lo que decís, pero
defenderé hasta la muerte vuestro derecho a decirlo”. Observemos que Voltaire no decía algo como: “Vos tenéis
vuestra verdad, y yo la mía”. Voltaire no titubeaba en señalar que su contraparte estaba equivocada; en ese sentido,
estaba muy lejos de ser un relativista. Pero, así como advertía que su contraparte estaba equivocada, invocaba la
necesidad de tolerarla.
Pues bien, ésa es la actitud más loable. El propiciar un diálogo y promover la tolerancia no debe
conducirnos a renunciar a nuestras pretensiones de predicar verdades absolutas, y advertir que nuestra contraparte
está equivocada. Los creacionistas, astrólogos, homeópatas y demás promotores de estupideces tienen todo el
derecho a expresarse y ser tolerados, pero no por ello debemos sostener que sus creencias no son absolutamente
falsas. Debemos creer en lo que predicamos; de lo contrario, seríamos meros charlatanes. No tiene sentido sostener
algo así: “Yo creo X, pero X es verdadero sólo para mí (y por ende, sería falso para otra persona)”.
En este sentido, perfectamente podemos ser tolerantes, sin necesidad de ser relativistas. Y, ése
precisamente ha sido uno de los más graves errores del postmodernismo: confundir la tolerancia con el
relativismo. Gianni Vattimo, por ejemplo, ha continuamente señalado que, en la medida en que se tengan
pretensiones de verdad absoluta, nunca se podrá construir satisfactoriamente una democracia. Pues, a su juicio, el
tener pretensiones de predicar verdades absolutas impide el diálogo, y termina por suprimir las opiniones de los
demás.
Como veremos en el siguiente capítulo, siempre es prudente dejar un espacio de duda ante cualquier
creencia; ése es uno de los rasgos más característicos del pensamiento escéptico, el cual sirve de plataforma a la
serie “¡Vaya timo!”. Pero, eso no nos impide sostener que no todas las creencias tienen el mismo valor de verdad.
Yo puedo tener alguna duda respecto a la creencia de que la Tierra orbita alrededor del sol (existe la posibilidad de
que hemos hecho mal los cálculos), pero puedo asumir que esa creencia es muchísimo más probable que su
inversa; a saber, que el sol orbita alrededor de la Tierra. El espacio de duda no me impide rechazar la postura
relativista según la cual, toda verdad es relativa a su contexto.

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Además, Vattimo se equivoca en pensar que el proclamar verdades absolutas inevitablemente conduce a la
supresión de la democracia. Antes bien, para sostener un diálogo democrático realmente significativo, las partes
tienen que creer en la verdad de lo que proclaman. De lo contrario, los participantes del diálogo serían meros
charlatanes que defienden posturas sin realmente creer en ellas. Es cierto que una democracia no puede funcionar
si un sistema aplasta a los disidentes, pero también es cierto que un sistema político que no estimule un mínimo de
convicciones, tampoco puede funcionar como una democracia.
En todo caso, la tolerancia tiene límites. En el momento en que toleren a los intolerantes, la misma
tolerancia habrá cometido un suicidio. Y, si abrazamos el relativismo, haremos precisamente eso. Pues, si no hay
un criterio absoluto para distinguir lo verdadero de lo falso, entonces no hay un criterio absoluto por el cual
oponerse a los nazis e inquisidores. Si la verdad es relativa a su contexto, entonces en el contexto nazi, es
verdadero que ejecutar a seis millones de personas es una acción loable. Contrario a lo que Vattimo estima, el
relativismo constituye la aniquilación de la democracia. Pues, en la medida en que los mismos valores
democráticos dejan de tener pretensiones de verdades absolutas (la libertad, la igualdad, la participación cívica), se
permite que los promotores de valores anti-democráticos terminen por poner en peligro a la democracia.
Precisamente el abrazar el relativismo ha propiciado que, en honor a la supuesta tolerancia, las potencias
occidentales se queden de brazos cruzados frente al auge de sistemas políticos profundamente intolerantes en el
Medio Oriente.
Ha resultado muy triste que el opositor más visible del relativismo en el siglo XXI sea el ex-director de la
ex-Inquisición: Joseph Ratzinger, alias, el Papa Benedicto XVI. Ratzinger es un hombre notablemente intolerante:
tiene inclinaciones homofóbicas, y parece tener toda la intención de hacer regresar al catolicismo a su forma más
recalcitrante. El hecho de que semejante dinosaurio se proponga “combatir la dictadura del relativismo” ha
afianzado aún más la idea de que la oposición al relativismo conduce a sistemas intolerantes.
Pero, no debemos incurrir en una falacia de asociación: el hecho de que el mayor promotor de la oposición
al relativismo tenga un tufo de intolerancia no implica que oponerse al relativismo conduzca inevitablemente a
sistemas intolerantes. Ratzinger es reprochable por su visión tradicionalista del mundo, pero sí es loable su postura
frente al relativismo. Ratzinger podrá sostener todo tipo de creencias irracionales, pero al menos conserva la
convicción de creer en lo que predica. A diferencia de los postmodernistas, al menos Ratzinger ha respetado el
principio de no contradicción: él sabe que, si una creencia es verdadera, entonces su contradictoria debe ser falsa.
Ratzinger podrá propiciar un diálogo con los musulmanes, pero él sabe que, si su creencia de que Dios es tres
personas es verdadera, entonces la creencia islámica de que Dios no es tres personas, debe ser falsa. Y, así,
Ratzinger puede dialogar con los musulmanes, pero de antemano cree que ellos están equivocados en muchas de
sus creencias. Ese elemental criterio de racionalidad (el cual está ausente en muchos postmodernistas) es al menos
loable.
Por supuesto, lo deseable sería que la modernidad retome su rumbo, y que el opositor más visible del
relativismo no sea un Papa, sino un científico, un filósofo heredero de la Ilustración, o incluso, un político de
izquierda. Además, a pesar de que Ratzinger se proclama a sí mismo como un anti-relativista, hay espacio para
sostener que, en realidad, él es otro relativista más, no muy lejano de los postmodernistas.
Ratzinger, como los representantes de otras religiones, sostiene que algunas creencias deben defenderse
sobre las bases de la fe. En otras palabras, se debe creer en ausencia de evidencia, o motivos racionales. Pero, al
despojar de sustento racional a una creencia, no hay un criterio firme por el cual se deba sostener esa creencia, y
no otra. Si no hay un motivo racional para sostener que Dios es tres personas (en tanto es un artículo de fe
inaccesible a la razón), ¿por qué, entonces, no puedo sostener que Dios es cuatro personas? Al final, sin la razón
como criterio para distinguir lo verdadero de lo falso, todo vale. Y, por ello, cualquier sistema doctrinal que
promueva el aceptar creencias con base en la fe, termina por ser relativista, aun si sus jerarcas se proponen
“combatir la dictadura del relativismo”. Moliere creó un personaje que hablaba en prosa sin saberlo; pues bien,
Ratzinger es un relativista, sin él saberlo.

Para leer más…

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BAGHRAMIAN, Maria. Relativism. New York: Routledge. Un recorrido muy completo por la historia del
relativismo, desde Protágoras hasta los postmodernistas.
SEBRELI, Juan. El asedio a la modernidad. Ariel. 1992. Una de las mejores críticas al relativismo. Sebreli
visita varias formas de relativismo, y expone sus debilidades.
Capítulo 5
El ataque a la ciencia
La ciencia ha sido una de las instituciones más atacadas por los postmodernistas. No sorprende que así sea.
Después de todo, la ciencia reposa sobre procedimientos racionales, y como hemos visto, el postmodernismo es en
buena medida una reacción en contra de la primacía de la racionalidad cultivada desde la Ilustración.
Además, la ciencia ha sido una empresa desarrollada en un contexto muy específico. La ciencia moderna,
con un método bien delineado, nació en la Europa del siglo XVII. Y, si bien la ciencia afortunadamente se ha
expandido a todos los rincones del planeta, no deja de ser cierto que los más grandes científicos proceden de
naciones occidentales. Pues bien, en la medida en que los postmodernistas abrazan el relativismo, sostienen que la
ciencia no puede pretender un alcance universal, y sus hipótesis son sólo verdaderas en el contexto cultural en el
cual han sido formuladas.
La ciencia pretende formular hipótesis que describan la naturaleza y funcionamiento del mundo. En este
sentido, la ciencia presupone la existencia de una verdad, y la labor del científico es descubrir esa verdad. Pero,
como hemos visto, el postmodernista se opone a esto. Para el postmodernista, no existe algo que podamos llamar
‘verdad’. La distinción entre lo verdadero y lo falso es apenas relativa a un contexto, y de esa manera, los
pronunciamientos de la ciencia sólo son verdaderos en el contexto científico.
El científico parte de la convicción de que su labor es mejor que la labor de otros a la hora de indagar
respecto a la verdad. El científico confía en que el seguimiento de los procedimientos de indagación le permitirá
conocer el mundo de forma más eficiente a como lo haría una persona que no siga los procedimientos científicos.
Pero, bajo la presunción postmodernista inspirada en el relativismo, la labor del científico no es ni mejor ni peor
que la de un hechicero. Precisamente, puesto que no hay una verdad a la cual acercarse, no hay un criterio que
permita sostener que la labor del científico es más admirable que la del hechicero.
Tradicionalmente, los filósofos han esbozado un criterio que permita demarcar cuándo estamos en
presencia de una disciplina genuinamente científica. Si bien hay mucha discusión respecto a cuál es exactamente
este criterio, podemos al menos delinear los pasos y reglas elementales del método científico, a fin de saber
distinguir una disciplina científica de una que no sea científica.
Esto resulta de suma importancia, pues hoy abundan disciplinas que dan la impresión de ser científicas, pero
realmente no lo son. Muchas de estas disciplinas emplean jerga que, aparentemente son científicas, pero vistas
bajo la lupa de un criterio de demarcación, hemos de concluir que no son disciplinas propiamente científicas, sino
pseudocientíficas; en otras palabras, son falsas ciencias. El método científico nos sirve de guía para distinguir
entre una ciencia y una pseudociencia.
El primer paso del método científico consiste en la observación. El científico debe recoger una vasta masa
de datos, pues la evidencia empírica debe ser la base del conocimiento. Algunas ciencias no necesitan observación,
pues tratan exclusivamente con abstracciones. Estas ciencias suelen ser llamadas ‘formales’, y fundamentalmente
se reducen a la lógica y la matemática. Estas ciencias nos proveen un gran servicio, pero las ciencias que
realmente nos informan sobre el mundo son aquellas que denominamos ‘ciencias fácticas’, pues están concernidas
con los hechos, y no meramente las formas. Y, por supuesto, para conocer los hechos, es necesario observarlos.
Un segundo paso consiste en organizar los datos y establecer relaciones entre ellos. Para ello, esas relaciones
deben mantener coherencia. Frente a la masa de datos recopilados, el científico trata de observar patrones que se
repiten. Y, a partir de esos patrones, puede elaborar algunas inferencias. Al final, el científico buscará formalizar
esos patrones en secuencias causales, o al menos, en relación de dependencia, y formulará una hipótesis con
pretensiones predictivas.
Una vez que se han formulado las hipótesis, el científico procede a verificarlas a través de algún
mecanismo de experimentación. Esto es crucial en el método científico. Nunca tenemos absoluta certeza de que
nuestras hipótesis se corresponden con la realidad, y en ese sentido, debemos estarlas verificando continuamente.
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Durante la primera mitad del siglo XX, los filósofos estimaron que la verificación es el criterio
fundamental para distinguir a la ciencia de disciplinas no científicas. La ciencia procura formular hipótesis que
sean susceptibles de ser verificadas. Aquellas que, en efecto, son verificadas una y otra vez, mantienen su estatuto
científico. Aquellas que no son verificables, o que, al someterse a la verificación, no ofrecen los resultados acordes
a lo esperado, no pueden ser consideradas hipótesis científicas.
Los enunciados sobre Dios, o las energías cósmicas invisibles, o las fuerzas del espíritu que conducen a la
Historia, son claramente no verificables, y en ese sentido, no pueden formar parte de una teoría científica.
Tampoco pueden formar parte de una teoría científica aquellos enunciados que, al intentar verificarse en
experimentos autónomos, no arrojan los resultados del experimento inicial. Por ejemplo, las supuestas habilidades
paranormales ‘descubiertas’ por los parapsicólogos nunca han podido ser replicadas en otros experimentos para
poder verificar el alegato inicial. Por ende, la parapsicología tampoco puede calificar como ciencia.
No obstante, Karl Popper, un eminente filósofo (aunque, como veremos, desafortunadamente mal
entendido por varios postmodernistas) reaccionó en contra de ese criterio basado en la verificación. A juicio de
Popper, no podemos pretender verificar las hipótesis científicas, pues no es posible someter a verificación ninguna
proposición con cuantificadores universales. Pensemos, por ejemplo, en el enunciado “Todos los cisnes son
blancos”. Aparentemente, es fácil verificarlo: basta encontrar muchos cisnes blancos. Pero, no importa cuántos
cisnes encontremos, eso nunca será suficiente para asegurarnos de que, en efecto, todos los cisnes son blancos.
Pues, siempre existirá la posibilidad de que exista un cisne no blanco que aún no hayamos encontrado.
En función de eso, Popper recomendaba, no buscar verificar las hipótesis científicas, sino más bien intentar
refutarlas mediante algún contraejemplo. Así, frente a la hipótesis “todos los cisnes son blancos”, el científico
debe intentar buscar un cisne no blanco. Si acaso lo encontrare, entonces la hipótesis inicial sería refutada, y habría
que reformularla. Si, por el contrario, no encontrare ningún cisne no blanco, entonces esa hipótesis inicial se
mantendrá, pero el científico debe continuar buscando contraejemplos.
Por ello, Popper consideraba que las teorías científicas no son meramente aquellas susceptibles de ser verificadas,
sino aquellas susceptibles de ser refutadas, pero que no se ha encontrado evidencia para hacerlo. Así, al criterio
verificacionista de los filósofos de aquella época, Popper opuso un criterio falsacionista. Esto permitió a Popper
etiquetar de ‘pseudociencia’ a varias disciplinas que sí tienen posibilidad de verificación, pero que, con todo, no
deberían calificar de ‘científicas’.
Muchas variantes del psicoanálisis, por ejemplo, no pueden pretender ser teorías científicas. Consideremos,
por ejemplo, el alegato psicoanalítico de que todos los sueños revelan algún contenido sexual, sea explícito, o
reprimido. ¿Es verificable esta hipótesis? Sí lo es. Si alguien sueña con un pene o una vagina, entonces se
confirma que, en efecto, los sueños revelan contenido sexual. Si alguien sueña con una espada o un agujero en la
pared, entonces el psicoanalista sostendrá que éstos son símbolos sustitutos de las imágenes sexuales, y de nuevo,
se confirmará la hipótesis. Y, si se sueña con elementos aparentemente asexuales, como por ejemplo, un elefante
en un circo, entonces el psicoanalista sostendrá que esas imágenes aparecen como represión de las imágenes
sexuales.
Podemos apreciar que no hay un sueño posible que no se ajuste a esta teoría. En los términos en que se
plantea la teoría, todos los ejemplos serán confirmaciones. Y, en ese sentido, no hay posibilidad de un
contraejemplo. En ausencia de un contraejemplo posible, la teoría es claramente no refutable bajo ninguna
circunstancia. Una teoría así, estima Popper, no puede ser considerada científica.
El criterio de Popper resulta bastante satisfactorio, pues previene en contra de teorías que, en la medida en
que no proveen escenarios posibles de refutación, terminan por convertirse en dogmáticas. Y, además, estas teorías
despojan de sentido a la fase de experimentación del método científico: si de antemano ya sabemos que los datos
confirmarán la teoría, ¿para qué molestarse en experimentar? Si bien esto es un asunto aún discutido, un grueso
sector de científicos y filósofos acepta, al menos a grandes rasgos, el criterio de demarcación ofrecido por Popper.
Cuando estéis en frente de una disciplina que genere mucha sospecha (muchas de las cuales han sido ya analizadas
en la colección ‘¡Vaya timo!’), aplicad el criterio de Popper, y podréis tener una buena idea sobre su valor
científico.

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***
Algunos postmodernistas consideran que no hay un criterio de demarcación entre ciencia y pseudociencia, y que
en ese sentido, la astrología no es propiamente inferior a la astronomía, o el creacionismo inferior a la teoría de la
evolución. Según esta opinión, el Feng Shui, la homeopatía o la parapsicología no son propiamente
pseudociencias, pues en rigor, no hay un criterio que permita distinguir entre una disciplina científica de una no
científica. Volveremos sobre estos postmodernistas más adelante.
Otros postmodernistas sí están dispuestos a admitir que, en efecto, es posible demarcar entre ciencia y
pseudociencia. Pero, en opinión de estos postmodernistas, la ciencia y la pseudociencia (o, la no ciencia en
general) son meramente distintas, y no se puede elaborar una valoración jerárquica entre ellas. Son, en otras
palabras, inconmensurables (una palabra favorita entre los gurús del postmodernismo).
Esto, por supuesto, se ajusta perfectamente a la doctrina relativista, tal como la hemos reseñado en el capítulo
anterior. Para estos postmodernistas, la verdad no existe, o en todo caso, no hay una única verdad que nos
trasciende, sino que cada verdad es construida por cada sistema cultural. Así, las teorías de los astrónomos son
verdaderas en los planetarios, pero no en los horóscopos. Y, viceversa, las teorías de los astrólogos son falsas en
los planetarios, pero no en los horóscopos. En este sentido, la ciencia está confinada a su espacio, y no puede
pretender que sus teorías tengan alcance universal.
Los postmodernistas que defienden esta postura sostienen que, frente a disciplinas como la astrología o el
Feng Shui, es necesario buscar su ‘racionalidad interna’. Una vez que entendamos los principios que rigen a estas
disciplinas, se alega, apreciaremos que forman un conjunto coherente de creencias, y que en ese sentido,
mantienen intacta su racionalidad. No tardaremos en apreciar que este alegato es un corolario del criterio de
verdad con base en la coherencia (el cual reseñamos en el capítulo anterior; vale recordar algunas de las críticas
que hemos formulado a ese criterio).
Así, por ejemplo, la astrología no es un simple disparate. En primer lugar, se aprecia en esa disciplina un
esfuerzo coherente por ordenar el mundo, y los elementos constitutivos de la astrología están bien estructurados.
A partir de la premisa inicial, según la cual la posición de los astros ejerce influencia sobre nuestro destino,
entonces podremos comprender que es perfectamente racional seguir las recomendaciones de los horóscopos.
El antropólogo Claude Levi-Strauss ha sido uno de los paladines de esta postura. A su juicio, la ciencia no puede
pretender tener el monopolio de la racionalidad. Teorías que, vistas de la ciencia, son erróneas, poseen el mismo
grado de racionalidad que las teorías científicas, pues se organizan de un modo fundamentalmente parecido a
cómo organiza el mundo la ciencia.
Consideremos, por ejemplo, las creencias de algunas sociedades tribales según las cuales, sus miembros
son descendientes de animales totémicos. Para la ciencia, esto es un alegato sumamente irracional. Pero, Levi-
Strauss insiste en que, debemos indagar más respecto a estas creencias, para entender que son perfectamente
racionales. Pues, la creencia de que los miembros de la tribu son descendientes de animales totémicos es una
forma de organizarse socialmente. Los descendientes del oso tienen asignadas unas labores y funciones sociales,
mientras que los descendientes del reno tienen otras funciones sociales asignadas, y así sucesivamente. De esa
manera, la aparente creencia irracional respecto a los orígenes totémicos es en realidad una forma muy racional de
estructurar la división de funciones y labores en la sociedad. A juicio de Levi-Strauss, las sociedades modernas
desarrollan un pensamiento lógico abstracto; las sociedades no modernas desarrollan un pensamiento igualmente
lógico, pero en vez de emplear conceptos abstractos, parten de elementos concretos que se organizan en
estructuras lógicas. Los modernos empleamos la ‘lógica de lo abstracto’, los no modernos emplean la ‘lógica de lo
concreto’, pero al final de cuentas, ambas formas de pensamiento son igualmente racionales.
Con esto, Levi-Strauss tiene clara semblanza relativista. Para él, la racionalidad o irracionalidad de una
creencia dependerá del sistema en el cual se enmarque. Pero, por otra parte, Levi-Strauss es un universalista, pues
a su juicio, todos los sistemas de pensamiento obedecen fundamentalmente a un mismo esquema de pensamiento
racional. Las manifestaciones de esa racionalidad pueden variar, pero tras esas manifestaciones, subyace una
racionalidad común. Por ende, es de presumir que Levi-Strauss no consideraría que la astrología sea
intelectualmente inferior a la astronomía, pues ambas obedecen a la misma estructura universal de racionalidad.

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Levi-Strauss observa que todos los sistemas de pensamiento humano buscan organizar el mundo en
categorías; en otras palabras, todos los sistemas de pensamiento clasifican. Y, la clasificación es una señal
inconfundible de racionalidad. De nuevo, todo esto parece implicar que, para Levi-Strauss, disciplinas como el
Feng Shui, la astrología o la homeopatía son perfectamente racionales, pues clasifican los elementos que
conforman sus teorías.
Haríamos bien en rechazar la argumentación de Levi-Strauss, al menos parcialmente. Podemos admitir, al
menos tentativamente, que, tal como sostenía Aristóteles, el hombre es un animal racional. Eso, por supuesto,
incluye a todos los seres humanos. Y, en ese sentido, Levi-Strauss sí está en lo cierto al sostener que existe una
estructura universal para la mente humana, la cual propicia el pensamiento racional.
Pero, también debemos apreciar que existen diversos grados de racionalidad. Y, en este sentido, no podemos
postular que la ciencia no supera en racionalidad a la pseudociencia. Tentativamente podemos admitir que la
creencia de los miembros de una tribu de que un animal totémico es su ancestro, no es absolutamente irracional.
En efecto, estas creencias pueden cumplir una importante función social, y de esa manera, conservan un matiz de
racionalidad. Pero, debemos sostener que, aun con su matiz de racionalidad, semejante creencia es
fundamentalmente irracional. Y, más aún, también debemos sostener que una creencia como ésa es
intelectualmente inferior a una creencia, según la cual, los miembros de esa tribu son descendientes de homínidos
que vivieron en África oriental hace algunos millones de años.
Levi-Strauss enfrenta las mismas objeciones que hemos extendido al criterio de verdad con base en la coherencia.
Hemos visto que, el mero hecho de que un sistema de creencias conserve coherencia entre sí no hace que esas
creencias sean verdaderas (una obra de ficción puede ser muy coherente, pero no por ello sus personajes son
reales). Pues bien, de la misma manera, el mero hecho de que un sistema de creencias sea coherente y emplee
algunos procedimientos lógicos elementales no lo hace racional en pleno sentido.
La coherencia es una condición necesaria, pero no suficiente, para la racionalidad. Para que una creencia
sea verdadera, no sólo debe proceder del empleo de algún procedimiento lógico, o de algún medio de
ordenamiento del mundo. Una creencia racional también debe contar con evidencia empírica a su favor, y debe
tener algún modo de verificación (y, si seguimos a Popper, también debe incluir la posibilidad de ser refutada). No
hay indicios empíricos que respalden el alegato según el cual un grupo de seres humanos desciende de un animal
totémico; en cambio, hay plenitud de datos empíricos que sí respaldan el alegato según el cual los seres humanos
descienden de homínidos. Así, la primera creencia es irracional, mientras que la segunda no lo es. El gran Carl
Sagan sostenía que “los alegatos extraordinarios requieren evidencia extraordinaria”; un alegato extraordinario sin
evidencia extraordinaria es sencillamente irracional. Lamentablemente, Levi-Strauss y sus seguidores están
dispuestos a admitir como racionales, aquellos alegatos extraordinarios sin evidencia extraordinaria.
Ciertamente la clasificación es un proceso mental con indicios de racionalidad. En la medida en que se
clasifica, se organiza el mundo, y con ello, se imponen unas reglas de pensamiento. Pero, de nuevo, no por ello
debemos sostener que todas las taxonomías son equivalentes en racionalidad. El postmodernista Michel Foucault
por ejemplo, sentía fascinación por un supuesto antiguo sistema de clasificación chino (originalmente inventado
por Jorge Luis Borges), en el cual los animales se dividían en algunas de estas categorías: pertenecientes al
emperador; embalsamados; amaestrados; lechones; sirenas; fabulosos; perros sueltos; incluidos en esta
clasificación; que se agitan como locos. Foucault veía en este sistema de clasificación una muestra de racionalidad
no científica.
Pero, ¿realmente este sistema de clasificación exhibe el mismo nivel de racionalidad que la taxonomía
binomial de Linneo? Suponer que todos los sistemas de clasificación exhiben el mismo grado de racionalidad es
terriblemente ingenuo. Suponer que la ‘lógica de lo concreto’ de una tribu no es inferior a la lógica abstracta de la
filosofía es dar una bofetada a Frege, Bertrand Russell y tantos otros maestros que refinaron las reglas del
pensamiento.
Como Levi-Strauss, otros antropólogos han catalogado de ‘racional’ prácticas y creencias que son a todas luces
irracionales. Por ejemplo, el antropólogo E.E. Evans-Pritchard estimaba que las creencias sobre brujería y la
consulta de oráculos entre los azande, una tribu africana, son prácticas perfectamente racionales, siempre y cuando
se acepten sus premisas. La creencia en la brujería ayuda a mantener la diplomacia y buenas relaciones sociales,
52
pues siempre existe el temor a ser acusado de brujería. Y, el oráculo (el cual parte de la matanza de un pollo), cuyo
objetivo principal es descubrir a las brujas, sirve para tomar decisiones. El mismo Evans-Pritchard confesaba que
empezó a consultar ese oráculo, y señaló que ese método para la toma de decisiones “le resultaba tan eficaz como
cualquier otro método que pudo haber empleado”.
De nuevo, cuesta creer que los antropólogos defiendan posturas como éstas. ¿Acaso las consultas a
oráculos resultan tan eficaces como un examen minucioso de la situación, a la hora de tomar decisiones?
Supongamos que tenemos dos personas acusadas de homicidio, una inocente y la otra culpable. Debemos decidir a
cuál de ellas castigar. ¿La consulta del oráculo resultará tan eficaz como la ardua labor criminalística, a la hora de
tomar esa decisión?
También resulta sorprendente que, como Evans-Pritchard, muchos antropólogos de inspiración
postmodernista estén dispuestos a admitir que la creencia en brujas no es irracional. ¿Tendrían esa misma opinión
respecto a la cacería de brujas en la Europa del siglo XVII? Se aprecia acá una profunda hipocresía: cuando los no
occidentales creen cosas fantásticas, los postmodernistas hacen toda suerte de malabares explicativos para sostener
que semejantes creencias tienen su propia racionalidad. Pero, cuando los occidentales sostienen estas mismas
creencias, entonces los postmodernistas saltan a ridiculizarlos.
En todo caso, si bien Evans-Pritchard sostuvo que la creencia en brujas y oráculos entre los azande
mantenía su racionalidad, llegó un momento en que reconoció que ni siquiera estas creencias conservaban un
mínimo de coherencia. Los azande creen que la sustancia ubicada en el hígado, la cual propicia la brujería, se
transmite de las madres a las hijas, y de los padres a los hijos; en otras palabras, la brujería se hereda. Pero, los
azande también creen que todos ellos proceden de un mismo ancestro. Si esto es así, entonces lógicamente todos
los azande deberían ser brujos. Pero, con todo, los azande creen que sólo algunos de sus miembros son brujos, y
precisamente ése es el motivo por el cual consultan a los oráculos.
Evidentemente, los azande suspenden el uso de la lógica al sostener que la brujería se hereda, que todos los
azande proceden de un mismo ancestro, pero que no todos los azande son brujos. Y, al menos, Evans-Pritchard
apreció esta inconsistencia lógica. Pero, así como hay más papistas que el Papa, hubo quien pretendió llevar el
relativismo de Evans-Pritchard aún más lejos. El filósofo Peter Winch denunció que Evans-Pritchard cometía un
‘error categorial’, al exigirle a los azande que pensaran con la misma lógica con que piensan los occidentales
modernos. A juicio de Winch, las reglas de la lógica no son universales, sino que dependen de cada contexto. Y,
en ese sentido, la racionalidad de las creencias de los azande debe ser juzgada ‘desde adentro’.
Evans-Pritchard ya había intentado ‘comprender’ la brujería y los oráculos ‘desde adentro’, al aceptar sus
premisas. Pero, ni siquiera así pudo obviar las incoherencias de ese sistema de creencias. Pues bien, Winch
pretendía dar un paso aún más lejos, y sostenía que cada sistema tiene su propio criterio de coherencia, y que no
tenemos autoridad para juzgar su racionalidad desde fuera. Esto es ya un relativismo embrutecedor.
Alguien como Evans-Pricthard diría que la homeopatía no es irracional, pues si aceptamos sus premisas
básicas, entenderemos que forma un sistema coherente. Pero, alguien como Winch llegaría a decir que, aun en el
caso de que la homeopatía sostenga algo así: “lo similar cura a lo similar y lo similar no cura a lo similar” (una
flagrante violación del principio de no contradicción), desde fuera no tenemos autoridad para juzgar como
irracional esa creencia.
Winch había estado influido por las ideas del filósofo Ludwig Wittgenstein. En un inicio, Wittgenstein
había argumentado que el lenguaje opera como una fotografía de la realidad; es decir, su función es estrictamente
la representación. Pero, Wittgenstein eventualmente cambió de opinión, y sostuvo que el lenguaje opera más bien
como una herramienta que, lejos de representar la realidad, la construye. Y, de esa manera, el sentido de las
palabras está en su uso. Así, no hay frases intrínsecamente absurdas; dependiendo de cómo una frase se inserte en
un determinado contexto, y el uso que se le dé a esa frase en ese contexto, tendrá distintos sentidos.
Wittgenstein formuló así el concepto de los ‘juegos del lenguaje’. De acuerdo a esto, cada lenguaje se
desempeña en cada juego, y por ende, cada lenguaje tiene sus reglas. Puesto que cada lenguaje tiene sus reglas,
son inconmensurables entre sí, y el sentido de cada palabra debe ser evaluado desde el interior de cada juego del
lenguaje. El fútbol tiene sus reglas, y el baloncesto tiene sus reglas. Tomar la pelota con las manos está prohibido
en el fútbol, pero al observar un partido de baloncesto, no debemos reclamar que un jugador tome la pelota con las
53
manos. Pues bien, de la misma manera, no podemos extrapolar las reglas de un juego de lenguaje a otro juego de
lenguaje.
Con esto, Wittgenstein parece negar que exista una estructura universal para el lenguaje humano. Sostiene
más bien que cada lenguaje tiene sus particularidades y funcionamiento interno. Varios lingüistas han rechazado
esta argumentación: en especial, Noam Chomsky ha intentado demostrar cómo todas las lenguas comparten una
gramática universal, de manera tal que los distintos lenguajes sí son conmensurables entre sí.
Algunos otros filósofos han sostenido versiones similares del relativismo lingüístico. W.V. Quine, por
ejemplo, desconfiaba de las posibilidades de traducción entre las lenguas. A su juicio, cada lenguaje conserva una
particularidad que resulta inconmensurable con otras lenguas, al punto de que nunca podremos saber con precisión
si, en efecto, la traducción ha sido óptima. Por ejemplo, si estamos con una tribu desconocida, y observamos que,
frente a un conejo, los miembros de la tribu gritan “¡gavagai!”, no estaremos seguros si traducir eso como “¡he ahí
un conejo!”, o “¿quieres comer conejo asado?”, o “cacemos al conejo”. Para aproximarse a saber cuál de esas
traducciones es la adecuada, sería necesario observar el contexto y su relación con las otras palabras, pero a la vez,
el significado de estas palabras conduce a otras palabras, y éstas a otras, y así sucesivamente. Apreciamos acá algo
similar al argumento de Derrida.
En función de eso, Quine parecía sostener que cada lenguaje es impenetrable desde afuera. El célebre
ejemplo de Quine respecto a los conejos invita a reflexionar. En efecto, desde hace tiempo los italianos tienen el
viejo adagio, “traduttore, traditore” (traductor, ¡traidor!), y no faltan expresiones que no pueden ser traducidas.
Pero, pareciera que Quine exagera. Desde hace milenios, la labor de los traductores ha resultado eficiente, y si bien
es cierto que existe alguna limitación, pareciera bastante evidente que todas las lenguas pueden ser traducidas.
Pero, ésta no es la única objeción al relativismo lingüístico y a la tesis de Wittgenstein. Éste no pareció
especificar bien qué es exactamente un ‘juego del lenguaje’. Cuando contemplamos la palabra ‘lenguaje’,
pensamos en el mandarín, el castellano, el swahili, etc. Pero, el entendimiento de Wittgenstein es más amplio. Un
‘juego del lenguaje’ es más bien el esquema de pensamiento de una comunidad. Un astrólogo español y un
astrónomo español hablan ambos castellano, pero según la tesis de Wittgenstein, el primero habla el lenguaje de la
astrología, mientras que el segundo habla el lenguaje de la astronomía. Y, puesto que cada lenguaje tiene sus
propias reglas, no pueden extrapolarse las reglas de un lenguaje a las reglas de otro lenguaje. Así, el astrónomo no
tiene competencia para sostener que el astrólogo está equivocado, pues sencillamente, pertenece a otro campo.
Los historiadores de la filosofía debaten si Wittgenstein era o no relativista, pero debería resultar bastante
claro que sí era un relativista, y en una forma extrema. Como Evans-Pritchard, Wittgenstein estaba dispuesto a
admitir que la consulta de oráculos no es ni peor ni mejor que el estudio de la física. He acá un conocido pasaje de
Sobre la certeza (una de sus obras póstumas): “[Supongamos que encontramos gente] que en vez de consultar a un
físico [para saber si el agua hierve a cien grados], consultan un oráculo (y por ello, los consideramos ‘primitivos’).
¿Está mal que ellos consulten el oráculo y se guíen por ello? Si decimos que está ‘mal’, ¿no estamos empleando
nuestro juego de lenguaje como base para combatir el suyo?”.
La pregunta retórica de Wittgenstein es bastante clara: no tenemos autoridad para mofarnos de alguien que
consulta el oráculo, pues quienes lo hacen, emplean un juego de lenguaje distinto al nuestro, y bajo sus reglas, es
un procedimiento lícito. Wittgenstein sostiene que, con distintos juegos del lenguaje, el físico no tiene posibilidad
de ofrecer razones explicativas a quien consulta el oráculo; lo máximo a lo que el físico llega es llamar ‘tonto’ a su
contraparte.
Poca gente aprecia que Wittgenstein es un gran enemigo de la ciencia, pero es hora de desenmascararlo. Y,
si bien fue un filósofo que inspiró a la tradición analítica británica (en contraposición a las frases rimbombantes de
muchos postmodernistas franceses), en Wittgenstein se repiten los mismos temas relativistas que han proliferado
desde Protágoras. Los homeópatas, astrólogos, brujos y curanderos tienen su juego de lenguaje. Pero, no sólo eso.
Los nazis, gangsters y psicóticos también tienen su juego de lenguaje. Incluso, los estudiantes que reprueban un
examen pueden reclamar que ellos tienen su propio juego de lenguaje, y que el profesor no tiene un sustento para
reprobarlos, pues está aplicando reglas derivadas del juego de lenguaje de los profesores, el cual es
inconmensurable con el de los estudiantes.

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El relativismo de Wittgenstein enfrenta el mismo problema que las otras formas de relativismo: se trata de
una idea auto-refutada. Es perfectamente argumentable que, bajo el juego de lenguaje en el cual yo me
desenvuelvo, el concepto de ‘juegos de lenguaje’ es una fantasía. Así como el físico no tiene razones firmes para
intentar persuadir a quien consulta el oráculo, Wittgenstein tampoco tendría razones firmes para intentar
persuadirme. Y, por ende, no tengo motivo para pensar que los juegos del lenguaje existen.
Con todo, Wittgenstein presenta un reto muy parecido al presentado por otros relativistas, al cual ya me he
referido en el capítulo anterior. Wittgenstein señala que, cuando un físico trata de persuadir a quien consulta el
oráculo, invoca razones que proceden de la misma racionalidad empleada por el físico. Y, en efecto, esto es un
problema serio. El psiquiatra etiqueta de ‘enfermo mental’ al paciente, a partir de los mismos criterios de la
psiquiatría. El demócrata defiende a la democracia a partir de los mismos criterios democráticos. Y así
sucesivamente.
Éste es un gran reto, pues apunta al problema de la fundación en la racionalidad. Si tratamos de defender la
racionalidad, a partir de los propios criterios de la racionalidad, entonces estaremos en presencia de un argumento
circular. He señalado en el capítulo anterior que, en efecto, llega un momento en que no podemos evitar incurrir en
argumentos circulares: no puedo demostrar el principio de no contradicción, sin recurrir el mismo principio de no
contradicción. Pero, también señalaba que el principio de no contradicción debe resultar axiomático, y en ese
sentido, es la fundación de todo razonamiento.
Pero, como extensión del argumento de Wittgenstein, algunos relativistas han llegado al extremo de
sostener que, el principio de no contradicción sólo forma parte de las reglas de un juego de lenguaje. Y,
aparentemente, puede haber juegos del lenguaje cuyas reglas no contemplen el principio de no contradicción. En
otras palabras, la lógica sería una mera invención de un grupo cultural específico, y no tendría aplicabilidad
universal. Wittgenstein no enunció esto de forma explícita, pero sus herederos intelectuales sí se han acercado a
posturas como éstas.
Peter Winch reprochaba a Evans-Pritchard el extrapolar las reglas de la racionalidad occidental a la vida
diaria de los azande. A pesar de la evidente contradicción e incoherencia en las creencias sobre la brujería, Winch
parecía sostener que las reglas de la racionalidad no aplican al pensamiento de los azande. Y, en ese sentido, la
lógica no tiene alcance universal, sino que está confinada al ‘juego del lenguaje’ bajo el cual operan quienes la
emplean. Así, los principios elementales de la lógica, las reglas de la deducción natural, etc., son arbitrarios. Bajo
este criterio, no podemos tener certeza respecto al teorema de Pitágoras, el principio transitivo de identidad, etc.,
pues éstos sólo tienen aplicabilidad a nuestro sistema de pensamiento.
Así, por ejemplo, la doctrina cristiana de la Trinidad nos puede resultar incoherente, en virtud del principio
transitivo de identidad (si el Padre es idéntico a Dios, y el Hijo es idéntico a Dios, entonces el Padre debe ser
idéntico, pero con todo, los cristianos sostienen que son personas distintas). Pero, de nuevo, el cristianismo tendría
sus propias reglas, y nuestra lógica no tiene alcance para las creencias cristianas.
De nuevo, llegados a este punto, ha de admitirse que no hay más posibilidad de argumento; la conversación
debe llegar a su fin. Si alguien sostiene que los principios de la lógica no son universales, es sencillamente
imposible dialogar con esa persona, pues un diálogo presupone la aceptación de unas mínimas reglas lógicas.
Cierto, no puedo demostrar la verdad de esas reglas lógicas, pero debe quedar al criterio de honestidad de cada
quien si es posible que Juan sea cocinero, y a la vez Juan no sea cocinero.
Los filósofos tradicionalmente han sostenido que podemos tener certeza de las proposiciones ‘analíticas’,
aquellas que son necesariamente verdaderas o falsas, en función de lo que ellas mismas significan, como por
ejemplo, “ningún soltero está casado”. No hay ninguna posibilidad de que un soltero sí esté casado. No podemos
tener certeza sobre las proposiciones ‘sintéticas’ (aquellas que podrían ser verdaderas o falsas, como por ejemplo
“Juan está casado”), pues dependemos de la experiencia para conocer su valor de verdad, y la experiencia es
falible. Hay razones para dudar de aquello que percibimos con la experiencia, pero no hay razones para dudar de
las proposiciones analíticas. Y, los principios lógicos operan como las proposiciones analíticas, pues éstos no
dependen de la experiencia. Por ende, podemos tener certeza sobre los principios de la lógica, y con esto,
asumiríamos que tienen alcance universal.

55
No obstante, el eminente W.V. Quine trató de colocar en duda la división de esos dos tipos de
proposiciones. A su juicio, siempre debemos recurrir a la experiencia para conocer el valor de verdad de una
proposición, pues en rigor, las proposiciones analíticas no existen. En líneas generales, Quine sostenía que en una
proposición como “ningún soltero está casado”, es necesario conocer el sentido de las palabras mediante su uso, y
para eso es necesaria la experiencia (debemos indagar para saber si, por ejemplo, ‘casado’ es antónimo de
‘soltero’). Así, ninguna proposición puede sostenerse como verdadera a priori.
Sin la certeza respecto a las proposiciones analíticas (las cuales Quine postula que en realidad no existen),
se abre la puerta a la idea de que, en efecto, la lógica no tiene alcance universal (pues, podríamos estar
equivocados respecto a los axiomas), y es posible que, en algún contexto, los hombres casados sí sean solteros. Si
bien no lo dejó suficientemente claro, Quine pareció dejar abierta la puerta para el ‘relativismo lógico’, y a
posturas que sostendrían que el principio de no contradicción podría no ser verdadero.
Quine fue un filósofo sumamente analítico, y dedicó atención a temas muy pertinentes en las áreas
tradicionales de la filosofía. En este sentido, está muy lejos de los postmodernistas; incluso, fue uno de los que
encabezó la protesta en contra del doctorado de Derrida en Cambridge. Pero, en su rechazo a la certeza de los
axiomas de la lógica, terminó por abrir el camino a los postmodernistas que abrazan formas extremas de
relativismo.
En todo caso, el debate respecto al alcance de los principios axiomáticos de la lógica es bastante complejo,
y no cuento con el espacio para reseñar todos sus pormenores. Así como he reprochado a Derrida y compañía por
ser autores oscurantistas, debo al menos dar crédito a Quine por su rigor analítico. Si bien sus puntos de vista
parecen conducir a un relativismo muy afín a las inclinaciones postmodernistas (y en ese sentido, los encuentro
objetables), es un autor cuyos puntos de vista amerita considerar.
Como corolario de la discusión respecto al alcance de los principios de la lógica, algunos postmodernistas
han planteado que debe debatirse qué es la racionalidad, y cuántas racionalidades hay. Hemos visto que los
relativistas sostienen que no existe propiamente una verdad universal y trascendente, sino que aquello que se
considera verdadero en un contexto puede ser falso en otro (vale recordar la distinción entre ser ‘verdadero sobre’
y ‘verdadero para’).
Pues bien, los relativistas invocan algo similar respecto a la racionalidad. Una creencia puede ser racional
en un contexto, e irracional en otro contexto. En función de eso, no existe una única racionalidad, sino múltiples
racionalidades. De nuevo, las creencias de la astrología pueden ser irracionales en un planetario, pero podrían ser
perfectamente racionales en una consulta de horóscopos.
Algunos relativistas, como Levi Strauss, sostienen que, en realidad, existe una única racionalidad
universal, pero que puede asumir distintos carices en función de los contextos culturales. En Occidente, esa
racionalidad es abstracta, mientras que en las sociedades tribales, se presenta en manifestaciones concretas. Pero,
tras esas diferencias, básicamente se trata de una misma racionalidad que mantiene coherencia en su sistema de
creencias, y respeta los principios axiomáticos de la lógica.
Pero, en vista de que algunos pueblos tienen creencias que ni siquiera son coherentes (como por ejemplo,
la creencia de los azande sobre la brujería), otros relativistas más duros han sostenido que ni siquiera existe una
racionalidad universal. Los azande no parecen adherirse a nuestras leyes de la lógica, pero no por ello son
irracionales. Su racionalidad contempla otro tipo de criterios. De nuevo, este relativismo extremo inclusive niega
la universalidad de las leyes de la lógica.
Todo esto ya resulta excesivo, y de nuevo, es hora de llamar al pan ‘pan’, y al vino ‘vino’, y rechazar toda
esta locura relativista. Como veremos en el capítulo 7, es verdad que la creencia de que algunos pueblos son
irracionales condujo a todo tipo de atropellos durante la época del colonialismo europeo. Pero, el hecho de que una
creencia conduzca a cometer atropellos no implica que sea falsa. Y, en este sentido, no debemos sentir temor en
llamar ‘irracional’ a quien crea en brujas, y además, sostenga creencias contradictorias.
No hay múltiples racionalidades, sino una sola. Esa racionalidad consiste en aplicar los principios
axiomáticos de la lógica a nuestros razonamientos, y además, emplear algún criterio de verificación para aceptar
creencias sobre el mundo. Esto es precisamente lo que nos permitirá saber que tratar de curar el cáncer con
quimioterapia es racional, pero intentar hacerlo con remedios homeopáticos es irracional. Y, de paso, es lo que nos
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permitirá salvar más vidas. Homeópatas, astrólogos, adivinos, exorcistas, tarotistas, brujos y demás especímenes,
están lejos de ser racionales y de sostener creencias verdaderas.
***
El relativismo niega que exista una verdad absoluta. Y, en este sentido, sostiene que la verdad es apenas
una convención que surge del interior de cada grupo, o según el relativismo más extremo, en el interior de cada
persona. Así, de forma similar a la frase de Derrida “no hay nada fuera del texto”, el relativismo se inclina por la
idea de que el mundo exterior no existe. Si aceptamos que existen verdades absolutas, entonces aceptamos que sí
hay algo fuera de nosotros o fuera del sistema en el cual estamos inscritos. Bajo esta presunción, la verdad existe
por cuenta propia, independientemente de lo que nosotros creamos, y en ese sentido, la verdad existe, por así
decirlo, “allá afuera”. El relativismo niega que exista esa verdad “allá afuera”.
En esto, el relativismo se acerca (al punto de que muchas se confunde) al escepticismo. Tal como lo
sostienen Javier Armentia y Serafín Senosiáin, la colección ‘¡Vaya timo!’ se inspira en el escepticismo. Pero,
amerita elaborar una distinción entre dos tipos de escepticismo. El escepticismo inspirador de esta serie de libros
es la postura que sostiene que, ante alegatos extravagantes, es prudente conservar cierta suspicacia, e indagar bien
al respecto. Este tipo de escepticismo sostiene que, antes de formarse una creencia, es conveniente evaluar bien la
evidencia que la respalda. Vale apreciar que este escepticismo está alejado del relativismo, pues en la medida en
que defiende a la evidencia como criterio para aceptar una creencia, admite que hay creencias falsas y creencias
verdaderas.
Pero, hubo un escepticismo antiguo mucho más radical. Este escepticismo postula que no podemos
conocer nada con certeza. Esta postura, asociada con Sexto Empírico, duda de todo. Y, en este sentido, duda del
mundo exterior, es decir, aquello que ocurre fuera de nuestro sistema de percepción y entendimiento. Esta postura
parece cercana al relativismo, pues en tanto duda de todo, no adelanta motivos para aceptar una creencia por
encima de otra. Todas las creencias son igualmente válidas, pues nunca podremos tener certeza respecto a ninguna
de ellas. Así, puesto que el astrónomo no puede tener certeza sobre sus creencias, y el astrólogo tampoco puede
tener certeza sobre sus creencias, entonces la astronomía y la astrología están a un mismo nivel.
Este escepticismo radical es una postura enigmática, pues se han adelantado argumentos que resulta harto
difícil refutarlos. A lo largo de la historia de la filosofía, se han formulado ‘hipótesis escépticas’ que invitan a
dudar del mundo. La más famosa de estas hipótesis procede de René Descartes: supongamos que un genio
maligno me engaña, y todo aquello que yo creo real no es más que una ilusión que procede de ese genio. ¿Cómo
puedo saber si, el ordenador que está frente a mí en el momento que escribo estas líneas, es real o una ilusión que
procede del genio? Tocarlo no será suficiente, pues quizás esa sensación también proceda del genio maligno.
También podemos considerar la hipótesis de que todo aquello que creemos real es un sueño. O, quizás el mundo
fue creado hace apenas cinco minutos, y se nos han implantado falsos recuerdos en nuestro cerebro. La película
Matrix también explora estos temas intrigantes: los personajes creen tener vivencias, pero en realidad están en
unas bóvedas administradas por unas máquinas que someten a los personajes a alucinaciones que la confunden con
la realidad.
En rigor, estas hipótesis no tienen refutación. No hay manera de demostrar que el genio maligno no existe,
que no estamos soñando, que el mundo no fue creado hace apenas cinco minutos, que vivimos en algo parecido a
Matrix, o que estás alucinando. Por ello, siempre nos debe quedar un espacio de duda al respecto, y en ese sentido,
el escepticismo duro es una postura admisible. Pero, ello no implica que todas las creencias deban tener el mismo
valor. Podemos convenir en que este escepticismo duro desecha nuestra posibilidades de estar absolutamente
seguros sobre el conocimiento de la verdad, pero también podemos postular que aquellas creencias respaldadas
con evidencia son más probables que aquellas que no cuentan con el respaldo empírico.
Así, no podemos estar absolutamente seguros de que la Tierra gira alrededor del sol; después de todo,
concedemos el beneficio de la duda, y admitimos que, quizás, el sol gira alrededor de la Tierra. Pero, esta segunda
opción es una muy remota posibilidad. Y, si bien concedemos un minúsculo espacio de duda, es sencillamente
absurdo postular que ambas hipótesis son igualmente válidas.
Los postmodernistas se han amparado en este escepticismo duro para atacar a la ciencia. Ellos sostienen
que la ciencia es fundamentalmente inductiva, y que nunca podemos tener certeza en la inducción. Por ende, en
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ausencia de certezas sobre el mundo, podemos admitir hipótesis alternativas a las científicas, y esto abre la puerta
a las pseudociencias y todo tipo de alegatos irracionales.
No dejan de tener razón los postmodernistas cuando sostienen que la ciencia es inductiva. Y, en efecto, en
la inducción no hay certeza. Si tengo frente a mí diez sacos de naranjas, examino nueve, y verifico que esos nueve
sacos contienen naranjas maduras, ¿puedo asumir que el décimo saco también contiene naranjas maduras? La
respuesta es obvia: sí puedo. Pero, ¿puedo tener absoluta certeza al respecto? No puedo.
El gran filósofo ilustrado David Hume apreció este problema. A juicio de Hume, el conocimiento del
pasado no nos garantiza el conocimiento del futuro, y en ese sentido, nunca podemos tener certeza en nuestras
predicciones. Ni siquiera podemos estar seguros de que el sol saldrá mañana. Es irrelevante si, hasta ahora, el sol
ha salido durante millones de años. Hume advierte que nuestra experiencia es limitada, y no podemos conocer la
totalidad del universo. Quizás exista algún fenómeno, no conocido por nosotros, que impida que el sol salga
mañana.
Pues bien, ésta es una limitación fundamental de la ciencia. Como hemos visto, las teorías científicas se
formulan a partir de la observación, pero la observación es limitada. La ciencia es inductiva, en el sentido de que,
a partir de un conjunto de datos particulares, abstrae leyes universales. Hasta ahora, hemos apreciado que cuando
los objetos se dejan caer, son atraídos a la corteza terrestre. Esto ha permitido formular la ley de la gravedad, y
también permite predecir que, si alguien se tira de un edificio, caerá y quedará esparramado. Pero, esa predicción
tiene una limitante: de nuevo, quizás exista un fenómeno aún no descubierto que haga suspender la gravedad en
ese preciso momento.
Ahora bien, a pesar de que no contamos con absoluta certeza de que, al saltar de un edificio, una persona no caerá
y quedará desparramada, es sencillamente irracional prescindir de la aceptación de la ley de la gravedad, y aceptar
como hipótesis alternativa alguna teoría que sostenga que quienes se lanzan de los edificios pueden volar. No
tenemos certeza sobre la ley de la gravedad, pero la consideramos altamente probable. Y, de nuevo, el
escepticismo ante la ley de la gravedad (o cualquier otra ley científica) no implica que debamos considerarla una
hipótesis que vale lo mismo que cualquier hipótesis ajena a la ciencia. El sano escepticismo no debería
conducirnos al relativismo, ni al ataque contra la ciencia.
Otro gran filósofo que siguió muy de cerca el problema de la inducción fue Karl Popper. Lo mismo que
Hume, Popper señala que nuestra experiencia es limitada y que, por ende, la ciencia nunca podrá aprehender
absolutamente la realidad. Tampoco la ciencia podrá alcanzar certeza respecto a sus hipótesis, pues éstas
pretenden ser universales, y tal como hemos visto, la verdad de las proposiciones con cuantificadores universales
(“todos”, “ninguno”, etc.) no puede demostrarse (excepto, por supuesto, las proposiciones analíticas, como
“ningún soltero está casado”).
Por eso, en vez de buscar la verificación de las hipótesis, Popper recomendó intentar refutarlas (o
‘falsearlas’, por emplear el término del mismo Popper), y aceptar como científicas aquellas que podrían en
principio ser refutadas en algún escenario posible, pero que aún no han sido refutadas. Inclusive una hipótesis tan
elemental, como la ley de la gravedad, debe intentar falsearse ocasionalmente, pues ni siquiera tenemos certeza
sobre ella. Precisamente el hecho de que hasta ahora no se ha logrado falsearla, permite que sostengamos su
vigencia y asumamos que una persona que salte de un edificio quedará esparramada.
Así planteado, no tenemos nada que objetar a Popper; de hecho, el mismo criterio de Popper sirve para
comprender que teorías que no pueden ser falseadas, como el psicoanálisis, son más afines a las pseudociencia que
a la ciencia. No obstante, el problema aparece cuando algunos postmodernistas abusan las posturas de Popper.
Bajo una interpretación muy cuestionable, algunos postmodernistas han querido señalar que, en tanto no podemos
tener certeza absoluta sobre las hipótesis científicas, siempre existe la posibilidad de que teorías que hoy
consideramos erróneas, en un futuro sean reivindicadas; y a la inversa, teorías que hoy consideramos muy seguras,
en un futuro sean desechadas.
De esa manera, algunos postmodernistas se han amparado en Popper para sostener que no debemos
mofarnos de los homeópatas, astrólogos, criptozoólogos y demás especímenes, pues la ciencia nunca tiene
posturas definitivas. Quizás, al final, tengamos que admitir que todas esas disciplinas que hoy son muy
cuestionables, en realidad no eran cuestionables. Así como, en su momento, los geocentristas se burlaron de
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Copérnico y Galileo, pero eventualmente hubo de admitirse que sus teorías no eran disparatadas, quizás nosotros
debamos ser más respetuosos de todo cuanto curandero y brujo aparezca.
De nuevo, con esto se da un salto que no es acorde a la correcta argumentación. Podemos partir de la
premisa de que, en efecto, podríamos estar equivocados respecto a nuestro entendimiento sobre el mundo. Pero,
eso no debería llevarnos a la conclusión de que cualquier alegato que se pronuncie es tan válido como los alegatos
de la ciencia. Debemos admitir la posibilidad de que la ciencia se equivoque, pero también debemos suponer que
es muy improbable, dado el conjunto de evidencia que respalda a las hipótesis científicas. No debemos cerrarnos a
nuevas teorías, pero hay teorías que, sencillamente son tan disparatadas y ajenas al peso de la evidencia, que no
podemos perder el tiempo con ellas. El hecho de que yo pueda estar equivocado no implica que yo esté
equivocado.
El mismo Popper nunca llevó su pensamiento hacia las posturas relativistas que pretenden atacar a la
ciencia. Efectivamente Popper quiso ponerle límite a las pretensiones de la ciencia respecto a la certeza, pero sólo
con la intención de perfeccionarla. No obstante, otros filósofos sí han ido más allá; como Popper, sostienen que la
ciencia nunca puede tener certeza sobre el mundo, pero además de eso, sostienen que, ni la ciencia, ni ninguna otra
disciplina podrá conocer la realidad en pleno sentido, y que por ende, ninguna teoría supera a otra.
Thomas Kuhn es quizás uno de los más emblemáticos representantes de esta postura. Kuhn sostiene que las
hipótesis científicas operan bajo un conjunto de presunciones que sirven como esquema conceptual a partir del
cual se concibe el mundo. Los geocentristas, por ejemplo, asumían que Dios había creado el universo, y que le
había concedido un lugar especial al hombre en la creación. Así, bajo esas presunciones, encajaba la idea de que el
sol gira alrededor de la Tierra.
Kuhn llamó ‘paradigma’ a estos esquemas conceptuales en los cuales se inscriben las teorías. Al analizar la
historia de la ciencia, Kuhn apreciaba que se han suscitado una serie de revoluciones científicas, cuyo impacto
conduce a una ruptura del paradigma imperante, y la imposición de un nuevo paradigma. Cuando empiezan a
aparecer datos que no concuerdan con las presunciones del paradigma dominante, se entra en un periodo en el cual
se empieza a cuestionar el conjunto de presunciones, y si esos datos se acumulan, conducen a una revolución, una
ruptura total con el paradigma anterior.
Así, lo mismo que Popper, Kuhn sostiene que no debemos desechar la posibilidad de que, en un futuro,
nuestros actuales paradigmas se rompan, y se imponga un nuevo paradigma, y un nuevo conjunto de teorías
derivadas de ese nuevo paradigma. Así, existe la posibilidad de que hoy estemos equivocados, y tengamos que
revisar todo aquello que consideramos verdadero.
Hasta ahí, no hay nada que objetar. De nuevo, efectivamente, existe la posibilidad de que en un futuro, nuestro
entendimiento del mundo cambie. Pero, Kuhn va más lejos. Además de su postura sobre la ruptura de paradigmas,
Kuhn sostiene que, cuando una teoría suplanta a otra, no la supera, pues los paradigmas en los cuales se inscriben
son inconmensurables. Puesto que cada teoría se enmarca en un paradigma, ninguna puede tener la pretensión de
ser más válida que otra. Cada teoría se enmarca en un paradigma, y cada una debe ser evaluada en función del
paradigma al cual pertenece.
Así, las teorías son inconmensurables, en el sentido de que no se pueden comparar entre sí. Cada una
pertenece a paradigmas distintos, y por ende, cada una debe ser evaluada en función de su propio criterio de
validez. En esto, Kuhn no está muy lejos de los ‘juegos del lenguaje’ de Wittgenstein: el astrólogo opera bajo un
paradigma, y el astrónomo opera bajo otro paradigma. Y, en tanto pertenecen a dos paradigmas inconmensurables,
no podemos sostener que una teoría es mejor que la otra.
Con esto, Kuhn se opone a la noción de progreso en la ciencia. Pues, Kuhn termina por negar que exista
una realidad objetiva y trascendente, frente a la cual puedan contrastarse las teorías, a fin de evaluar cuán próximas
están de la verdad. En ausencia de una verdad absoluta, el valor de las teorías es sólo relativo al paradigma del
cual proceden.
Más radical aún ha sido Paul Feyerabend. A él debemos la infame frase “todo vale”. Su doctrina, conocida como
‘anarquismo epistemológico’, sostiene que, a la hora de intentar conocer el mundo, sencillamente no existen
reglas. Tienen el mismo valor epistemológico un meteorólogo, que un brujo que lee el tabaco para predecir el
clima. De hecho, Feyerabend exige que la ciencia se separe de la política (así como la religión se ha separado de la
59
política en las naciones modernas), y en la educación pública no se imponga la versión de la ciencia sobre el
funcionamiento del universo.
Semejantes posturas escandalizan, y es natural que Feyerabend sea apreciado, por encima de cualquier otro
postmodernista, como la bestia negra de la filosofía de la ciencia. Los alegatos de Feyerabend son tan desmedidos,
que Sokal y Bricmont (aquellos que tanto denunciaron el oscurantismo postmodernista), y Mario Bunge, no
vacilan en llamarlo un ‘bufón de corte’, al punto de que cabe sospechar que ni él mismo estaba convencido de sus
posturas, sino que (quizás inconscientemente) las formulaba para generar impacto y ganar fama.
Por mi parte, me atrevo a especular (y, advierto que esto es sólo una explicación, y no pretendo que tenga
mucho valor explicativo) que el ataque de Feyerabend en contra de la ciencia se debió a un resentimiento que se
cultivó en él como consecuencia de una vieja herida de bala sufrida en la Segunda Guerra Mundial, a la cual los
tratamientos médicos científicos nunca pudieron dar solución.
Con todo, amerita considerar algunos argumentos de Feyerabend, pues si bien su postura es escandalosa,
expone algunos puntos interesantes. La razón que Feyerabend invoca para oponerse a las reglas del método
científico, y para proclamar un anarquismo epistemológico es que, a su juicio, la historia de la ciencia ha
demostrado que las grandes teorías revolucionarias hoy aceptadas se formularon precisamente en contra de las
reglas epistemológicas imperantes. Según Feyerabend, los grandes innovadores de la ciencia han especulado y han
prescindido de observaciones y reglas rigurosas, pero precisamente esa creatividad ha permitido propiciar grandes
innovaciones científicas. Como Kuhn, Feyerabend sostiene la inconmensurabilidad de las teorías, de manera tal
que ninguna teoría se acerca más a la verdad que otra. Pero, independientemente de que no haya una verdad
objetiva a la cual acercarse, Feyerabend sostiene que el espíritu rebelde de los innovadores científicos es
precisamente aquello que le da vitalidad al conocimiento humano.
Feyerabend dedica especial atención al caso de Galileo. Contrario a lo que frecuentemente se cree (y, en esto
Feyerabend sí tiene razón), la oposición a Galileo no provino exclusivamente de una adhesión dogmática a las
enseñanzas de la Biblia o Aristóteles (también se cree frecuentemente que Galileo fue torturado por la Inquisición,
pero esto es falso). Al contrario, los protocientíficos (no sería justo llamarlos ‘científicos’ en pleno sentido) de
aquella época invocaban observaciones que, aparentemente, refutaban a Galileo y reafirmaban la idea de que el sol
gira alrededor de la Tierra.
Por ejemplo, si la Tierra se mueve, entonces deberíamos sentir el viento en la cara constantemente. Pero, la
observación más invocada como respaldo del geocentrismo era que, cuando de una torre se deja caer una piedra,
ésta cae verticalmente. Quienes se oponían a Galileo argumentaban que eso es evidencia de que la Tierra no se
mueve. Si la Tierra se moviera, la piedra caería en línea diagonal, pues al llegar al suelo, la Tierra se habría
movido, y la piedra se habría ‘quedado atrás’, pues al estar en el aire, no se habría movido con la Tierra.
Es sumamente curioso que, cuando la Iglesia Católica en el siglo XX pidió perdón por su censura de
Galileo, el entonces cardenal Ratzinger (hoy Benedicto XVI) intentó mitigar la culpa de la Iglesia señalando que,
en aquel momento, la evidencia acumulada apuntaba a que, en efecto, la Tierra no se mueve. Y, para respaldar esta
opinión, Ratzinger citaba a Paul Feyerabend. ¡Es terriblemente irónico que alguien que se propone combatir la
‘dictadura del relativismo’ busque amparo intelectual en uno de los mayores exponentes del relativismo! Por ello,
insisto, en muchos sentidos, Ratzinger es un relativista, sin él mismo saberlo.
Para enfrentar la objeción planteada por los protocientíficos, Galileo formuló aún otra hipótesis que
pretendió modificar el entendimiento del impulso y el movimiento relativo (la cual explicaría por qué la piedra
desciende verticalmente de la torre), pero sin mucho respaldo de observación. A lo sumo, como es bien sabido,
Galileo apeló a un experimento mental: imaginemos que un jinete, a medida que cabalga a alta velocidad, deja
caer una bola. La bola caería justo al lado del caballo, tal como ocurriría si el caballo estuviese detenido. A partir
de esto, Galileo infirió que en el movimiento del caballo se transferiría a la bola, mediante la mano del jinete. Con
todo, es cierto que Galileo no sometió esta posibilidad a una rigurosa verificación empírica. Y, de acuerdo a
Feyerabend, Galileo invocó una hipótesis ad hoc (aquellas hipótesis que se invocan en el último momento para
‘salvar’ una teoría que no concuerda con datos establecidos) para salvaguardar su teoría respecto al movimiento de
la Tierra.

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Hoy, el método científico sospecha mucho de las hipótesis ad hoc. Las pseudociencias están plagadas de
hipótesis de este tipo. Por ejemplo, cuando los experimentos de supuestas habilidades paranormales no repiten los
resultados de supuestos experimentos previos, se intenta explicar eso señalando que el escepticismo de los
observadores inhibe las habilidades paranormales.
Pues bien, según Feyerabend, lo mismo que los promotores de la parapsicología, Galileo violó las reglas del
método científico. Pero, precisamente por eso, Feyerabend ve con buenos ojos a Galileo. Aprecia a Galileo como
un rebelde en contra de la tiranía del establishment científico; Galileo se atreve a violar las exigencias del método
y, con eso, propicia un nuevo esquema explicativo que funciona bien. Y, así como no reprochamos a Galileo por
haber violado las reglas del método científico, tampoco debemos reprochar a homeópatas, parasicólogos,
astrólogos y brujos. Todo vale.
Feyerabend sostiene que Galileo ya tenía una teoría preconcebida, y que a partir de ella, buscó datos que la
confirmara y, en el caso de que esa teoría no encajase bien con algunos datos ya establecidos previamente,
formuló hipótesis ad hoc para explicar esa aparente inconsistencia. Feyerabend opina que, de hecho, así operan
todas las teorías científicas.
En esto, Feyerabend resuena mucho con una postura muy controvertida defendida por W.V. Quine, el
‘holismo de confirmación’. Según esta postura, cuando se intenta confirmar una teoría, se parte de un esquema
conceptual general. Y, en este sentido, siempre será posible ajustarse a unos datos que, en apariencia, refutan la
teoría. Pues, esos datos proceden de un esquema conceptual generalizado, pero si se abandona ese esquema
conceptual, podrían ser ajustados a la teoría en cuestión.
Así, en opinión de Quine, frente a cualquier dato, siempre hay más de una explicación posible. Por
ejemplo, alguien puede sostener que la Tierra es plana. Frente a una pieza de evidencia tan elemental como,
supongamos, las fotos que se toman desde satélites en las que, en efecto, la Tierra tiene apariencia esférica, quien
defiende que la Tierra es plana puede sostener que esas fotos son un montaje que procede de una conspiración
mundial para hacer creer que la Tierra es esférica. Por ello, las fotos satelitales no refutan inmediatamente la
hipótesis respecto a la planicie de la Tierra, pues esta refutación parte de otras premisas (por ejemplo, que esas
fotos son confiables), y ésas a su vez de otras. Pero, si se prescinde de esas premisas y se postulan otras (como, por
ejemplo, que existe una conspiración mundial para hacer creer que la Tierra es esférica), entonces las fotos no
constituyen un problema para quien defiende que la Tierra es plana.
La postura de Quine es ingeniosa, pero criticable. Es cierto que, frente a cualquier conjunto de datos,
siempre hay varias explicaciones posibles. Pero, no por ello debemos asumir que todas las explicaciones son
igualmente válidas. Un principio ampliamente defendido por los filósofos es la ‘navaja de Occam’: las entidades
no deben ser multiplicadas más allá de su necesidad. En otras palabras, las explicaciones más parsimoniosas son
preferibles. En este sentido, si bien un conjunto de datos puede ser explicado por varias teorías, probablemente la
correcta será aquella que sea más parsimoniosa, a saber, la que recurra menos a hipótesis ad hoc. Si bien las fotos
satelitales pueden explicarse a partir de dos teorías (primera: la Tierra es esférica; segunda: existe una conspiración
para hacer creer que la Tierra es esférica), la primera es más parsimoniosa, y por ende, preferible. Y, de la misma
manera, debemos extender este criterio a la montaña de disciplinas pseudocientíficas: si bien, mediante hipótesis
ad hoc, podrían ajustarse a los datos que las refutan, precisamente el hecho de que continuamente apelan a
hipótesis ad hoc las hace prescindibles.
En todo caso, Feyerabend insiste en que las teorías científicas se imponen, no por su correspondencia con
la realidad, ni por la rigurosidad de sus observaciones, sino por las estrategias retóricas propagandísticas que
emplean. Kuhn defendía un argumento similar: ninguna teoría supera a la anterior, sencillamente la reemplaza. El
cambio de un paradigma a otro es afín al cambio de moda en la vestimenta. No diríamos que la moda hip hop de
los años noventa superó a la moda metal de los años ochenta. Ambos estilos de moda son inconmensurables, y
además, el paso de un estilo a otro estuvo mediado por una estrategia mediática y publicitaria. Pues bien, lo mismo
que la moda de vestimenta, los paradigmas son inconmensurables, y esos cambios de paradigma han estado
mediados por la propaganda de la ciencia, la cual se ha valido de estrategias retóricas. Los científicos convencen
más con sus discursos adornados que con la rigurosidad de sus experimentos.

61
Feyerabend aprecia a Galileo como un superbo propagandista, que se vale de la ironía, el insulto, el
ridículo, y demás trucos retóricos, para persuadir a favor de su idea no comprobada en aquel momento. Otro de los
filósofos por los cuales los postmodernistas tienen mucha simpatía, Richard Rorty, también ha adelantado la idea
de que Galileo terminó por prevalecer, más debido a sus estrategias retóricas, que a la rigurosidad de sus
observaciones. O, en todo caso, sostienen muchos postmodernistas, las teorías de la ciencia se imponen, no
propiamente por su correspondencia con la realidad, sino por factores sociales específicos que hacen que se
privilegie a esa teoría científica, y no a otras.
Debe admitirse que, en efecto, Galileo era hábil en el uso de la retórica, y que la ciencia depende de buenas
estrategias divulgativas. Es por ello que gente como Carl Sagan, Eduard Punset o Bill Nye hacen una inmensa
labor por la ciencia, aun si no han hecho grandes descubrimientos. Pero, postular que la retórica pesa más que la
rigurosidad de las observaciones en la ciencia es sencillamente ir demasiado lejos, y distorsionar la historia de la
ciencia. Los creacionistas, por ejemplo, cuentan con un inmenso aparato propagandístico a su favor, y emplean
estrategias retóricas muy eficaces. En efecto, han logrado convencer a la mitad de la población de EE.UU. (cuna
de la mayor parte de los científicos del siglo XX); pero la enorme cantidad de filmes, folletos, campamentos y
museos a favor del creacionismo, no podrá convencer a los científicos de que Dios creó a cada especie por
separado hace apenas seis mil años. El creacionismo no convencerá, sencillamente porque, aun si cuenta a su favor
trillones de dólares y estrategias mediáticas, no cuenta con evidencia a su favor.
Kuhn, Rorty y Feyerabend han hecho bien en señalar un aspecto importante de la ciencia; a saber, que el
adorno retórico muchas veces complementa a la sustancia de los descubrimientos. Pero, estos autores y sus
seguidores postmodernistas, pierden de vista el hecho de que la evidencia siempre pesará más que las estrategias
retóricas. Al final, la verdad prevalecerá.
También es disputable la reconstrucción histórica que Feyerabend hace del caso de Galileo. Es cierto que,
admitido el argumento de la torre promovido por los geocentristas, el postular que la Tierra se mueve habría ido en
contra de las reglas protocientíficas de aquel momento. Pero, Galileo destacó, no sólo por atacar el geocentrismo,
sino también por colocar en duda las nociones imperantes sobre el impulso y el movimiento. Es cierto que Galileo
no hizo observaciones rigurosas sobre estos asuntos, pero eso en ningún sentido implica que la ciencia funciona
mejor cuando prescinde de la rigurosidad de su método.
En cierto sentido, Galileo tuvo suerte, pues las posteriores observaciones confirmaron sus intuiciones.
Pero, si las posteriores observaciones hubieran refutado las intuiciones de Galileo, hoy lo habríamos dejado en el
olvido. De nuevo, contrario a lo que Feyerabend cree, el peso de la evidencia, la coherencia y el carácter
parsimonioso termina por ser la vara mediante la cual la ciencia mide la plausibilidad de una teoría.
Como Derrida, Feyerabend parte de hechos interesantes (por ejemplo, hoy se olvida que en época de
Galileo, el geocentrismo no era sencillamente una postura dogmática, sino que aparentemente contaba con
evidencia empírica a su favor). Pero, como Derrida, Feyerabend desemboca en extremos que rayan en lo absurdo.
El “todo vale” elimina la distinción entre lo racional y lo irracional, y así, cualquier disparate sería admisible.
La siguiente evaluación que Mario Bunge hace de Feyerabend recapitula bastante bien las críticas que
hasta ahora he expuesto:
“creo que la influencia popular de Feyerabend fue tan nociva como fuerte. Fue nocivo porque propaló los
mitos de que no hay verdades objetivas y de que a la postre lo único que importa es el poder. Y su
influencia popular fue enorme precisamente porque predicó con palabra fácil y encendida (así como con el
ejemplo) que no vale la pena estudiar nada en serio y con rigor, ya que ‘todo vale’. Es una invitación al
facilismo. Como si hiciera falta en países sin tradición cultural rigurosa”.
***
Una variante de las doctrinas que postulan que la realidad y el mundo exterior no existen es el llamado
‘constructivismo social’. Y, como es de esperar, el postmodernismo hace la fiesta con esta postura.
En el siglo XVIII, el filósofo George Berkeley articuló una defensa de la postura idealista según la cual todo
cuanto existe es mental. El libro que en este momento estáis leyendo no es propiamente real, sino apenas una
imagen que procede de la mente. En el momento en que dejéis de leer este libro, dejará de existir, pues habrá
desaparecido de vuestra mente. Así, Berkeley popularizó su doctrina con la frase latina “ese est percipi”, ser es ser
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percibido. Esto recapitula la vieja pregunta que se hacen los filósofos: si un árbol cae y nadie está para escucharlo,
¿hace ruido? Berkley enfáticamente respondería que no: ese árbol existe sólo si es percibido por alguna mente.
Esta postura siempre ha resultado pintoresca, y sirve como invitación a la intriga filosófica. Pero, no ha sido muy
popular en la historia de la filosofía, en buena medida porque es sumamente extravagante. Cuando alguien patea
una roca, siente un dolor muy profundo. Si la roca fuese meramente una construcción mental, sería posible evadir
el dolor que se genera al patearla. Además, si todo cuanto existe es mental, ¿cómo puedo estar seguro de que los
demás existen? La filosofía de Berkeley parece conducir inevitablemente al solipsismo, la postura según la cual
sólo yo existo. Si alguien se atreve a negar la existencia de los demás, no tiene ningún sentido intentar entablar una
comunicación.
Muchos filósofos han visto en estos sencillos argumentos la refutación más efectiva del idealismo de Berkeley. Y,
en efecto, cabría esperar que Berkley sería un personaje pintoresco en la historia de la filosofía, pero que poca
gente se tomaría en serio sus alegatos.
Pero, sorprendentemente, algunas vertientes del postmodernismo que se proponen atacar a la ciencia han
esbozado posturas muy similares a las de Berkeley. Así como Berkeley niega la existencia de la materia y, por
ende, de una realidad que existe fuera del mundo mental de cada quien, el constructivismo social postula que la
realidad y el mundo exterior no existen, sino que son ‘construcciones sociales’.
Eso sirve como plataforma para atacar a la ciencia. Bajo esta doctrina, no existe una realidad objetiva
exterior la cual la ciencia pueda pretender describir. El mundo no está ahí afuera en espera de ser descubierto.
Antes bien, la ciencia no descubre cosas, sino que las inventa. Y, en ese sentido, los conceptos científicos no
existen autónomamente, sino que han sido construidos socialmente, y son meras convenciones. Así, hoy es
convencional asumir que la Tierra gira alrededor del sol, pero eso es apenas una construcción social. En el siglo
XV, lo convencional era asumir que el sol gira alrededor de la Tierra, y eso era también una construcción social.
Al final, los constructivistas asumen que la verdad es también una construcción social, y que como tal, no existe
en pleno sentido. La distinción entre lo verdadero y lo falso es meramente circunstancial y momentánea, y así,
algunas creencias son falsas en un contexto, y verdaderas en otro.
Con esto, los constructivistas sociales quieren enfatizar que aquello que la ciencia promulga es apenas una
convención social. Y, en ese sentido, la ciencia está determinada por las condiciones sociales que imperan. Bajo
unas circunstancias sociales, se inventarán algunos conceptos científicos, y bajo otras circunstancias sociales, se
inventarán otros conceptos científicos.
En esto, el constructivismo social es un heredero intelectual del marxismo. Marx y Engels habían
postulado que las ideas imperantes de una sociedad están determinadas por su base económica. Así, por ejemplo,
la familia monogámica obedece a los intereses burgueses para proteger la propiedad mediante la institución de la
herencia; el arte dominante de una sociedad refleja las relaciones de explotación, etc. Así, instituciones como el
arte, la religión, la familia y el Estado, están determinadas por las condiciones materiales, y reflejan los intereses
de la clase burguesa.
Marx y Engels nunca pretendieron extender este análisis a la ciencia como institución (de hecho, como
hemos visto en el capítulo 1, Marx y Engels tenían en alta estima a la ciencia, y pretendían alcanzar un ‘socialismo
científico’). Pero, ha resultado inevitable que algunos de sus continuadores sí extiendan esto a una crítica de la
ciencia: como la religión, la ciencia refleja los intereses de la clase dominante.
No debe resultar difícil apreciar que todo esto desemboca en el relativismo postmodernista. El
constructivismo social niega que exista una realidad objetiva fuera de nuestras mentes, y que la ciencia sea una
empresa que pueda alcanzar objetividad en su descripción de la realidad. Antes bien, aquello que consideramos
real no es más que una construcción, y las cosas existen sólo en la medida en que nos pronunciemos sobre ellas. Y,
por supuesto, el modo en que construimos la realidad está influido por las condiciones sociales.
Debe admitirse que estas posturas tienen algún grado de plausibilidad. En efecto, hay cosas que sí son
socialmente construidas. Consideremos, por ejemplo, el complejo de Edipo. ¿Existe eso realmente? En una época,
algunos psicólogos consideraban que sí, y que Freud lo descubrió. Pero algunos gurús del postmodernismo, como
Gilles Deleuze y Felix Guatarri, llegaron a sostener que el complejo de Edipo sólo empezó a existir a partir de
Freud.
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Al menos podemos conceder eso a estos gurús postmodernistas: en efecto, el complejo de Edipo empezó a existir
con Freud. Pues, en tanto ese complejo parece ser una mera fantasía, tendríamos que concluir que Freud lo
inventó. Así, urge apreciar que Freud no descubrió el complejo de Edipo (pues no se puede descubrir algo que aún
no existe), sino que lo inventó. En ese sentido, es perfectamente razonable aceptar que, efectivamente, el complejo
de Edipo es una construcción social. Y, junto a los constructivistas sociales, podemos admitir que las condiciones
sociales de la época victoriana (represión sexual, fascinación con los temas griegos, etc.) influyeron
significativamente sobre el invento de Freud.
Muchas otras cosas son construcciones sociales. El matrimonio no existe propiamente; ante los ojos de la
sociedad, un hombre y una mujer se unen, pero esta unión es sencillamente una abstracción de nuestras mentes. La
frontera entre Francia y España tampoco existe realmente; es apenas una línea imaginaria que divide a dos países.
La división de la historia con el nacimiento de Cristo es, claro está, una construcción social: podemos
perfectamente dividir el tiempo de otras formas. Y, así sucesivamente.
Es bastante claro que la mayoría de los conceptos que se manejan en las ciencias sociales son
construcciones sociales. El nacionalismo, la cultura, la burocracia, la política, etc., dependen de nuestras
concepciones para existir. En el momento en que dejemos de pensar en el nacionalismo, éste dejará de existir. De
nuevo, todos éstos son conceptos mentales que dependen de nuestro pensamiento para existir.
Incluso en las llamadas ‘ciencias duras’ (o ciencias naturales, o ciencias físicas), hay suficiente espacio
para concluir que algunos conceptos son meras construcciones sociales. Consideremos, por ejemplo, las razas
humanas. ¿Existen realmente los ‘negros’? Hay algunos científicos (la minoría) que sí cree que, en efecto, existe
realmente una categoría de seres humanos que podemos llamar ‘negros’; estos científicos consideran que las razas
humanas sí existen. La mayoría de los científicos, no obstante, opina que el concepto de raza no es válido en la
biología. Si esta mayoría tiene razón, entonces la raza es una construcción social: erróneamente, los científicos de
antaño habían dividido a la humanidad en categorías que no existen realmente, sino que han sido inventadas. Y,
quizás, esta invención es debida a algún condicionamiento social en el siglo XIX (la época cuando más prosperó el
esfuerzo por clasificar a las ‘razas’), como por ejemplo, la esclavitud y el colonialismo. Volveremos sobre esto en
el capítulo 10.
Incluso, un problema similar se ha planteado, ya ni siquiera respecto a la existencia de las razas humanas,
sino respecto a las especies. Tradicionalmente, una especie suele definirse como un conjunto de organismos que
tienen capacidad reproductora entre sí, y están reproductivamente aislados de los demás. No obstante, esta
definición no es absolutamente nítida, pues a veces, algunas especies pueden cruzarse y generar híbridos fértiles.
¿Es la ‘especie’ una construcción humana, o existe en la realidad (es decir, en el exterior de nuestras mentes)?
Todo esto recapitula un viejo debate en la filosofía. En la Edad Media, algunos filósofos, los ‘realistas’,
opinaban que conceptos generales como ‘negro, ‘tigre’ o ‘libro’ sí existen en la realidad. Otros filósofos, los
‘nominalistas’, opinaban que ‘negro’, ‘tigre’ y ‘libro’ son apenas nombres que empleamos para aglutinar cosas que
se parecen y que, por ende, sólo existen en nuestra mente. Se trata de un debate que, si bien fue una enorme
preocupación en una época pasada, sigue vigente hoy.
En todo caso, parece plausible admitir que, en efecto, aún en las ciencias naturales, muchos conceptos son
meras construcciones sociales. Pero, presumir, como hacen muchos postmodernistas, que todo es una construcción
social (inclusive conceptos básicos de las ciencias naturales), es ir ya demasiado lejos. Bajo este constructivismo
social, la ley de la gravedad no existe en la realidad, sino que es apenas una convención que la ciencia ha
inventado. Tampoco existen las estrellas, los volcanes, los ríos, las montañas, las moléculas, los átomos; en fin,
todo esto ha sido inventado por algunas personas mediante el discurso científico. Una vez más, esto ya empieza a
sonar ridículo.
Volvamos al recurrente ejemplo del geocentrismo. De acuerdo al constructivismo, el hecho de que la
Tierra gira alrededor del sol no es objetivo, no está afuera en la realidad. Antes bien, se trata de algo que la ciencia
actual ha construido, y por ende, es una mera construcción. Hoy, se considera verdadero que la Tierra gira
alrededor del sol, pero es ‘verdadero’ sólo en un sentido relativo, a saber, relativo a nuestro contexto, pues ha sido
en este contexto donde se ha construido ese hecho. En otro contexto, la Europa del siglo XV, imperaba otra

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construcción social; a saber, el geocentrismo. Y, en tanto la verdad es una construcción social que emerge de cada
contexto, en aquel contexto, era verdadero que el sol gira alrededor de la Tierra.
Evaluemos las implicaciones que esto tiene. Si en el siglo XV era verdadero que el sol giraba alrededor de
la Tierra, y en el siglo XXI, es verdadero que la Tierra gira alrededor del sol, ¿implica ello que el sol se movía y de
repente se detuvo, y la Tierra era fija y de repente se empezó a mover? Si hoy es verdadero que la Tierra se mueve,
pero en el siglo XV era verdadero que la Tierra no se mueve, entonces pareciera que la única explicación que
tenemos a esto es que, en el siglo XV la Tierra no se movía, pero hoy sí se mueve. Es la única manera en que los
europeos del siglo XV no estuvieran equivocados, y nosotros tampoco.
Esto es absurdo. Pero, como hemos apreciado a lo largo de este libro, los postmodernistas no tienen freno
en asumir posturas absurdas. Y, de hecho, el sociólogo Bruno Latour ha llevado el constructivismo social al
extremo y, en efecto, ha asumido que algunas cosas que nosotros asumimos que han existido desde hace mucho
tiempo, en realidad han existido sólo desde el momento en que la ciencia las ha ‘construido’.
Hace algunas décadas, se arrojó la hipótesis de que el antiguo faraón egipcio Ramsés II, pudo haber muerto
de tuberculosis, pues en su tumba se descubrieron rastros biológicos de esta enfermedad. Pero, insólitamente,
Latour advierte que Ramsés II no pudo haber muerto de tuberculosis, pues esta enfermedad no existía en aquella
época. Hasta ahí, la postura de Latour no escandaliza mucho, pues en efecto, algunas enfermedades han empezado
a existir sólo recientemente, como por ejemplo, el SIDA. Pero, Latour sostiene que la tuberculosis no existía
durante la época del Antiguo Egipto, porque el patógeno que la causa, el bacilo, fue postulado por Robert Koch en
1882. Antes de que Koch postulara la existencia del bacilo, éste no existía. Latour señala que, así como sería un
anacronismo absurdo postular que Ramsés II murió por las heridas causadas por una metralleta, sería igualmente
absurdo postular que murió de tuberculosis. En época de Ramsés II, las metralletas no existían; según Latour, en
época de Ramsés II la tuberculosis tampoco existía, y por ende, sería anacrónico sostener que el faraón murió de
esta enfermedad.
Evaluemos las aplicaciones de semejante postura. Si Latour está en lo cierto, entonces la gravedad empezó
a existir cuando a Newton le cayó la manzana en la cabeza, las especies empezaron a evolucionar cuando Darwin
publicó El origen de las especies, el tiempo empezó a ser relativo con Einstein, la Tierra se empezó a mover con
Copérnico, los genes empezaron a existir con Mendel. Y, así sucesivamente.
La falla elemental de la argumentación de Latour es que confunde un descubrimiento con un invento. Es
lamentable que la etimología latina no nos ayude mucho, pues ‘invenire’ (de ahí viene ‘invento’) significa
‘descubrir’. Pero, no debemos dejarnos guiar demasiado por la etimología, y debemos advertir la distinción entre
un invento y un descubrimiento.
La metralleta es un invento, y en ese sentido, no existía en la época faraónica. Pues, en efecto, la metralleta
es una construcción del hombre. Pero, el bacilo de la tuberculosis no es un invento. Robert Koch no lo inventó;
sólo lo descubrió. El bacilo ya existía, a pesar de que nosotros no sabíamos que existía. Nosotros podemos tener el
control sobre algunas cosas para empezar a existir (si no inventamos las metralletas, éstas no existirían), pero no
todo. Hay una realidad que existe allá afuera, y que no depende de nuestro pensamiento. Es mucho más razonable
postular que, contrario a Berkeley, algunas cosas pueden existir sin ser percibidas.
En definitiva, de nuevo, los postmodernistas parten de hechos interesantes y premisas plausibles (el
hecho de que, en efecto, algunos conceptos que en una época se habían asumido como reales, son meros
constructos, como por ejemplo, las razas humanas). Pero, los postmodernistas incurren en lo grotesco, al postular
que todo el conocimiento científico es apenas una construcción social y que, por ende, su valor de verdad será
relativo al contexto en el cual ha sido construido.
Al final, el constructivismo social es una variante de relativismo, y enfrenta las mismas objeciones de esta
doctrina: si todo es una construcción social, entonces el constructivismo social es una construcción social. Y, en
ese sentido, no hay motivo por el cual aceptar sus tesis, pues proceden de un contexto específico, y no puede
pretender tener validez universal. El constructivismo social es uno de los grandes obstáculos al progreso de la
ciencia, y haríamos bien en rechazarlo.
***

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Hasta ahora, el principal ataque postmodernista a la ciencia consiste en señalar que, supuestamente, la
actividad científica carece de objetividad, pues no hay una verdad trascendente a la cual acercarse. Pero, además
de eso, los postmodernistas han intentado formular otras críticas.
Ha sido un lugar común, especialmente a partir de los escritos de Feyerabend, acusar a la ciencia de ser una
institución tiránica afín a un monstruoso sistema totalitario que aplasta a toda forma de disidencia. La ciencia es
algo así como la Inquisición, y tal como apunta Feyerabend, la ciencia se comporta con los heterodoxos de la
misma manera en que la Iglesia se comportó con Galileo. A juicio de los postmodernistas, la ciencia ha
reemplazado a la religión como el sistema dogmático de nuestra era.
Esta crítica pasa por alto varios puntos. En primer lugar, existe una crucial diferencia entre los científicos y
los inquisidores. A diferencia de la religión, la ciencia no acepta nada por fe, y de hecho, prescinde de dogmas. El
cristianismo acepta que Dios es tres personas porque la Biblia así lo enseña (en realidad, ni siquiera la Biblia
enseña eso). En cambio, la ciencia nunca ha postulado que la ley de la gravedad ocurre porque Newton así lo
enseña. Antes bien, cualquier persona puede verificar por su cuenta los alegatos de la ciencia, sin necesidad de
apelar a una autoridad.
La Inquisición quemó a gente en la hoguera, Stalin envió gente a los campos de concentración. La ciencia
no ha exiliado ni ejecutado a nadie (es cierto que, en la U.R.S.S., el biólogo Trofim Lysenko propició que sus
adversarios intelectuales fueran enviados a Siberia, pero por eso, y por otras razones, Lysenko es considerado un
peligroso pseudocientífico, en vez de un científico propiamente).
La ciencia no suprime el derecho de expresión de los disidentes. Sencillamente, los científicos están en el
deber de denunciar como falsas, creencias que no se basan en la correcta aplicación del método científico. Ningún
evolucionista ha propuesto enviar a la cárcel a los creacionistas. Sólo han señalado que el creacionismo es una
postura irracional, y que no debe ser enseñada en las escuelas públicas, pues éstas son financiadas con los fondos
que proceden de los contribuyentes que pagan impuestos. Los evolucionistas nunca han pretendido prohibir la
enseñanza del creacionismo en los sermones en las iglesias, o en las plazas públicas. Sólo piden que el dinero
público no se dirija a promover tonterías.
Postmodernistas como Gianni Vattimo estiman que, para rescatar la democracia, debe abrirse el espacio a
aquello que él denomina el ‘pensamiento débil’, a saber, todos aquellos alegatos que no cuentan con el aval de las
grandes instituciones modernas. En función de ello, existe entre los postmodernistas la preocupación de que la
ciencia coloca en peligro a la democracia, al no permitir la pluralidad de pensamiento.
De nuevo, los científicos no proponen quemar en la hoguera a los pseudocientíficos. Sólo proponen que en
las instituciones financiadas con fondos públicos, se fomente el empleo de la racionalidad. Los postmodernistas
suelen acusar de ‘mente cerrada’ a los científicos, por no permitir visiones alternativas en su enseñanza. Ésta es
una acusación injusta. Los científicos están perfectamente abiertos a escuchar alegatos de todo tipo, pero
precisamente la correcta aplicación del método científico servirá como juez para evaluar si esos alegatos son o no
aceptables.
El gran ilusionista James Randi siempre ha estado abierto a que la gente trate de demostrar alegatos
pseudocientíficos; de hecho, ofrece un millón de dólares a quien pueda hacerlo. Hasta ahora, nadie ha podido, y
precisamente debido a ese fracaso, Randi sigue cerrado a aceptar la veracidad de los alegatos pseudocientíficos.
Podemos tener una mentalidad abierta para escuchar y considerar alegatos, pero no debemos tener una mentalidad
abierta para aceptar cualquier disparate.
Por último, los postmodernistas han insistentemente esbozado una crítica a la ciencia que, incluso, es
compartida por personas muy ajenas al postmodernismo. Este ataque consiste en señalar que la ciencia tiene sus
límites, y sencillamente, no puede explicarlo todo. De acuerdo a esta crítica, la ciencia es muy loable y sirve para
muchas cosas, pero debe ser confinada a su esfera. La ciencia puede dar respuesta a muchas interrogantes pero,
según argumentan los críticos, hay tres tipos de cuestiones fundamentales sobre las cuales la ciencia no debe
pronunciarse: la religión, el arte y la moral.
En cuanto a la religión, los críticos de la ciencia suelen ampararse en la idea defendida por el biólogo
Stephen Jay Gould (un científico muy competente, muy alejado del postmodernismo), según la cual la ciencia y la

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religión ocupan distintos magisterios que no se sobreponen. Bajo esta visión, la ciencia no tiene acceso a preguntas
típicamente religiosas tales como: ¿existe Dios?, ¿hay vida después de la muerte?, ¿cuál es el origen de todo?, etc.
La tesis de Gould es sumamente cuestionable. En primer lugar, resulta bastante evidente que la religión y
la ciencia sí se sobreponen, y que muchas veces, los alegatos de la primera son refutados por la segunda. La
religión quiere hacer creer que los ataques epilépticos se deben a posesiones demoníacas; la ciencia postula más
bien que es un desorden neurológico. Y, así sucesivamente.
La ciencia sí podría dar respuesta a la pregunta sobre la existencia de Dios. Si el universo contase con una
serie de características, las cuales inconfundiblemente habría que interpretar como señales de la existencia de
Dios, entonces la ciencia podría afirmar que Dios sí existe. Hasta ahora, esas señales no han aparecido, pero no es
un escenario imposible que aparezcan. El hecho de que no haya señales no prueba que Dios no exista, pero puesto
que no se puede probar la inexistencia fáctica de un ente que sí es lógicamente posible, la ciencia hace bien en
presumir que Dios no existe, a pesar de que está abierta a considerar la evidencia (de la misma forma en que está
abierta a considerar la evidencia de la parapsicología, la astrología, el Feng Shui, etc.).
La ciencia también podría responder a la pregunta respecto a la vida después de la muerte. De hecho,
muchos parapsicólogos pretenden demostrar que sí hay evidencia a favor de una existencia post mortem. Contrario
a lo que los parapsicólogos creen, no hay evidencia a favor de la vida después de la muerte, pero al menos sí es
posible que aparezca. Y, de nuevo, esto permite a la ciencia pronunciarse sobre esta pregunta.
Respecto a los orígenes del universo, una pregunta típicamente religiosa, la ciencia ha sido muy exitosa en
proveer respuestas. Si bien la teoría del Big Bang aún es un modelo que deja algunas dudas, se trata de un notable
esfuerzo por indagar sobre los orígenes del universo, mucho más eficaz que las respuestas provistas por los mitos
o el relato del Génesis.
Contrario a lo que creen los postmodernistas y demás críticos, la ciencia también podría incursionar en el
campo de la estética. Cada vez contamos con más evidencia a favor de la idea de que la experiencia estética tiene
una correspondencia con algunos estados específicos del cerebro. De hecho, la naciente disciplina de la
neuroestética procura estudiar cómo se manifiesta en el cerebro la experiencia estética. Así, si bien estos estudios
están en una etapa incipiente, eventualmente, un científico podría determinar qué es lo bello. Si minuciosamente se
descubren los eventos neuronales que propician la emoción estética, entonces el científico podrá evaluar cuáles
son las obras que activan esas neuronas. Con esta base, podrá dotar de suelo empírico y objetivo a la definición de
lo bello.
Por encima de todo, los críticos que quieren colocarle freno a la primacía de la ciencia sostienen que ésta
puede enseñarnos cómo es el mundo, pero no nos enseña cómo debe ser el mundo. La ciencia se ocupa de los
hechos, pero no de los valores. En otras palabras, la ciencia no puede enseñarnos absolutamente nada sobre moral.
Y, se esgrime, para poder conservar la moral en una sociedad, la ciencia debe bajar de su escaño de arrogancia, y
permitir que otras aproximaciones al mundo, las cuales prescinden del método científico, tengan un espacio. La
ciencia puede enseñarnos a resolver casos criminales, pero no nos enseña por qué no debemos cometer crímenes.
El científico, se esgrime, debe abrir paso al filósofo o sacerdote moralista, a fin de mantener la felicidad
Esta crítica resuena mucho, incluso entre los grandes pensadores de la Ilustración y sus descendientes, los
cuales estarían muy lejos del postmodernismo. El gran David Hume (uno de los más elocuentes ilustrados) fue el
primero en señalar la distinción entre un hecho y un valor. A juicio de Hume, la descripción y la prescripción son
dos cosas muy distintas. Mucha gente salta del verbo ‘ser’ a los verbos ‘deber ser’, pero Hume denunciaba que
esto es lógicamente ilícito. Y, así, la ciencia puede enseñarnos cómo es el mundo, pero no cómo debe ser.
Otro gran filósofo de la modernidad, G.E. Moore, advertía que se comete una falacia cuando se pretende
describir lo bueno en términos naturales. Para Moore, lo bueno no es definible en función de propiedades
naturales, y en cuanto tal, no podemos pretender prescribir el mundo a partir de las observaciones. En este sentido,
la postura de Moore se conoce como ‘no naturalismo moral’. Y, su implicación es la misma que la de Hume: la
ciencia no nos puede enseñar nada sobre moral.
Por mucho tiempo, ésta ha sido la postura dominante, e incluso, yo mismo la he aceptado. Pero, en buena
medida como consecuencia de la lectura del neurocientífico Sam Harris, ahora aprecio que hay suficiente espacio
para rechazarla. Y, en función de eso, me inclino a pensar (aunque, admito que me queda algún espacio de duda)
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que la ciencia sí puede darnos lecciones sobre moral y que, precisamente, para fortalecer la moral, es necesario
enaltecer a la ciencia.
Si, como las múltiples variantes del hedonismo (consecuencialistas, utilitaristas, egoístas, etc.) postulan, lo
bueno tiene una íntima asociación con el placer (si acaso no son idénticos), entonces hay suficiente espacio para
asumir que la ciencia sí puede darnos lecciones morales. Pues, la ciencia cada vez más descubre cuáles son los
mecanismos que generan placer y felicidad en los seres humanos. Contrario a lo que en alguna época se creyó, la
felicidad no es meramente un estado subjetivo. Antes bien, los científicos descubren cada vez con mayor precisión
qué modos de vida desembocan en felicidad. De hecho, si bien aún se encuentra en una fase muy temprana, la
neurociencia ya se encamina a especificar cuáles son las zonas del cerebro que se iluminan cuando las personas
tienen sensaciones placenteras.
En realidad, esto ni siquiera es tan novedoso. Desde hace tiempo, sabemos que el consumir y traficar
cocaína es inmoral. ¿Cómo sabemos eso? No lo sabemos porque Dios prohibió la cocaína en las Tablas de la Ley,
o porque un filósofo lo sometió a reflexión; lo sabemos porque los científicos, tras muchos experimentos, nos han
informado que el consumo de cocaína es severamente dañino al cuerpo humano, y termina por producir mucho
sufrimiento. Así, la ciencia nos informa qué genera sufrimiento y qué genera placer, y a partir de eso, decidiremos
qué es lo bueno y qué es lo malo.
Por supuesto, es aún debatible si lo bueno es idéntico a lo placentero, y se trata de un debate que, por
razones de espacio, no puedo tratar acá. Pero, al menos sí parece plausible identificar el bien con el placer (en todo
caso, para esto no habrá demostración), y si así lo hacemos, entonces podremos admitir que sí es posible elaborar
una ciencia de lo moral. En ese caso, deberíamos prestar menos atención al sermón dominical, y más atención a
los descubrimientos de la neurociencia. En el siguiente capítulo, dedicaremos más atención a este asunto.
Para leer más…
BUNGE, Mario. La investigación científica: su estrategia y su filosofía. Madrid: Siglo XXI. 2000.
Cualquier obra de Mario Bunge es recomendable como defensa de la ciencia frente a los ataques relativistas. Pero,
ésta es una de las más completas.
ELÍAS, Carlos. La razón estrangulada. Debate. 2008. Una obra muy amena, en la cual se denuncia
críticamente el desdén que la actual generación siente por la ciencia.
Capítulo 6
El bien y el mal
Hemos visto que uno de los más emblemáticos representantes del postmodernismo, Jean Francois Lyotard,
define a este movimiento como sospecha frente a los ‘grandes relatos’ y los ‘discursos totalizantes’. Como buen
postmodernista, la selección de las palabras por parte de Lyotard no es muy esclarecedora, pero generalmente se
entiende esto como una reacción en contra de la universalidad que tanto defendieron los ilustrados. Así, la ciencia
no puede pretender que las leyes que postula tengan validez universal, y como hemos visto en el capítulo anterior,
esto termina por desembocar en el relativismo.
Pues bien, Lyotard y el resto de los postmodernistas extiende este relativismo al terreno de la moral. Uno
de los filósofos más admirados por los postmodernistas, Friederich Nietzsche, ya había intentado arremeter en
contra de la moral. Una de sus aspiraciones había sido concebir un modelo de ser humano que, en sus propias
palabras, estuviese “más allá del bien y del mal”; es decir, que no se sintiese atado por las restricciones que la
moral impone.
En este aspecto, los postmodernistas no han seguido estrictamente a Nietzsche. Éste pareció prescindir de
la distinción entre lo bueno y lo malo, y en ese sentido, muchas veces ha sido catalogado de ‘nihilista moral’: para
Nietzsche, sencillamente no parecen existir los valores morales. Los postmodernistas, por su parte, sí aceptan que
existen valores morales. Pero, en concordancia con el rechazo de Lyotard a los ‘discursos totalizantes’, asumen
que estos valores morales no pueden pretender tener validez universal. Y, en ese sentido, en vez de asumir el
nihilismo moral de Nietzsche, optan más bien por la postura que ha venido a llamarse ‘relativismo moral’. Bajo
esta postura, la distinción de lo bueno y lo malo es relativa a cada contexto. Hemos visto en los dos capítulos
anteriores que el relativismo en general postula que la verdad es relativa, de manera tal que una creencia puede ser
verdadera en un contexto, y falsa en otro. Pues bien, el relativismo moral postula que una práctica puede ser buena
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en un contexto, y mala en otro. Y, en ese sentido, no existen valores morales absolutos que puedan pretender regir
a la humanidad entera.
Tradicionalmente, los grandes sistemas éticos presumen que sus mandatos deben tener alcance universal.
Cuando, por ejemplo, se impone “no matarás”, no se presume que este mandamiento sólo aplica a algunos seres
humanos. Antes bien, la presunción es que la censura moral en contra del homicidio tiene aplicabilidad universal.
Pero, el relativista moral quiere retar esta presunción. No hay valores morales absolutos, y por ende,
ninguna regla puede tener alcance universal. En algún contexto, sí se puede prescindir del “no matarás”. Por
ejemplo, los aztecas sacrificaban ritualmente a miles de seres humanos, pero aparentemente, no había objeción
moral entre ellos frente a estas prácticas. En ese contexto, parece claro que el “no matarás” no aplica, y que por
ende, no existe una prohibición universal en contra de quitar la vida a otras personas.
Así, los postmodernistas llaman la atención respecto a la diversidad de morales que existen en el mundo. En esto,
pretenden asumir un espíritu cosmopolita: antes de cometer el error de suponer que toda la humanidad comparte
nuestros valores morales, es prudente adquirir consciencia de la diversidad humana. Y, precisamente, la
observación de distintas sociedades confirma que no todos los pueblos del mundo coinciden respecto a la
distinción entre lo bueno y lo malo.
En esto, los postmodernistas recapitulan una antigua tradición de viajeros y exploradores que, en efecto, han
reportado costumbres muy distintas. Herodoto, por ejemplo, narra que el rey persa Darío, se reunió con unos
griegos y con unos indios. A los griegos, les preguntó si podrían comer los cuerpos de sus antepasados; los griegos
respondieron escandalizados que jamás lo harían. A los indios (quienes sí comían a sus padres) preguntó si
podrían quemar los cuerpos de sus antepasados (a la usanza griega) y respondieron escandalizados que jamás lo
harían. Con este interrogatorio, Darío pretendía demostrar que lo bueno y lo malo es relativo al contexto, y
mediante esa historia, Herodoto quería reafirmar la antigua máxima del poeta Píndaro: la costumbre es el rey.
En el siglo XVI, Montaigne también expresó ideas similares. A nosotros nos puede producir un gran
escándalo la idea de consumir carne humana, pero para los nativos del Brasil, puede ser algo perfectamente
normal. De nuevo, no existe un imperativo universal en contra del canibalismo, pues es evidente que algunos
pueblos sí consumen carne humana.
A medida que la civilización occidental entraba en contacto con otros pueblos, parecía confirmarse cada
vez más la diversidad moral de la humanidad. El trabajo de los antropólogos se fue perfeccionando, y cada vez
más, se descubrían prácticas que, no sólo resultaban pintorescas (como, por ejemplo, colocarse un tatuaje), sino
que también escandalizaban a las sensibilidades morales occidentales (como, por ejemplo, el infanticidio).
Estos hallazgos tienen mucho peso. En efecto, parecieran dar sustento al relativismo moral, pues,
efectivamente, a nosotros nos causa horror el infanticidio, pero para algunas tribus, es una práctica que cuenta con
el aval social. Pero, urge elaborar una aclaratoria. Por ahora, estos casos parecen dar sustento al relativismo moral,
pero sólo a nivel descriptivo. En otras palabras, la diversidad de costumbres afirma que, en efecto, hay un disenso
entre distintos pueblos del mundo respecto a qué es lo bueno. Pero, ello no implica que todas las prácticas sean
moralmente equivalentes. Los inuit creen que el abandono de los ancianos no es malo, pero perfectamente podrían
estar equivocados en su creencia. El hecho de que los inuit crean que el abandono de los ancianos no es malo no
implica que esa práctica no sea mala.
Así, el relativismo descriptivo sólo sostiene que, aquello que se considera bueno y malo es relativo a cada
contexto. Pero, de nuevo, apreciemos que esto no implica admitir que la distinción entre lo bueno y lo malo es
relativa. En una cárcel, no se considera malo sodomizar a los violadores, pero ello no implica que el sodomizar a
los violadores sea bueno. Podemos asumir un relativismo descriptivo para sostener que los reclusos tienen una
concepción particular de la moral, pero eso no debería conducirnos a sostener que los reclusos no están errados.
Existe la posibilidad de que los reclusos llamen ‘bueno’ a algo que en realidad no lo es.
En todo caso, ha habido algunos intentos por refutar este relativismo moral descriptivo. Estos intentos
consisten en señalar que, en tanto somos una misma especie, compartimos un mínimo de valores morales
universales. Por ejemplo, aún los antropólogos que más entusiastamente abrazan el relativismo descriptivo han
aceptado que existe una prohibición universal en contra del incesto.

69
Pero, hay más. El antropólogo Donald Brown ha hecho un amplio estudio comparativo, y ha concluido que
existe un grueso de patrones universales humanos. Todos los pueblos del mundo tienen alguna forma de
matrimonio, arte, ornamento corporal, vestido, uso de metáforas, música, concepto de propiedad, etc. En el plano
moral, Brown ha señalado algunos valores morales universales. Según parece, todos los pueblos del mundo
censuran las violaciones, homicidios y robos. Además, todos los pueblos valoran la cooperación, y esto se
manifiesta en expresiones concretas como, por ejemplo, la disposición a esperar turnos, la ayuda a los necesitados,
etc.
Algunos filósofos contemporáneos acompañan a Brown en esta postura. Hans Kung, por ejemplo, opina
que nunca habrá paz mundial si las religiones no llegan a un diálogo. Y, a partir de eso, propone elaborar una ética
global que incorpore las enseñanzas éticas de todos los grandes sistemas religiosos. Así, a juicio de Kung, más allá
de las diferencias doctrinales entre las distintas religiones, existe un suelo común que sustenta la acción moral. A
un nivel más elemental, la regla dorada de la moral es manifestación de la pretensión de Kung: todos los pueblos
del mundo comparten en alguna forma la máxima “haz a los demás como quieres que te hagan a ti”, la cual invita
a la cooperación con los demás. Y, en este sentido, Kung rechaza el relativismo moral, incluso a nivel descriptivo,
pues estima que todos los pueblos del mundo comparten, al menos a grandes rasgos, la idea del bien.
Todo esto resulta demasiado ingenuo. Ciertamente existen algunos acuerdos morales entre los diferentes
pueblos del mundo, como por ejemplo, la prohibición en contra del incesto. Pero, es prudente apreciar que, en
aspectos nada triviales, muchos pueblos consideran ‘bueno’ aquello que resulta escandalizador a otros pueblos.
Kung, por ejemplo, quiere hacer creer que es posible construir una ética global en la cual participen todos
los representantes de las grandes religiones mundiales, pues a su juicio, todas comparten un mínimo de valores
morales. ¿Qué hay del apedreamiento de la mujer adúltera en el Islam? Ciertamente esto forma parte de la religión
islámica, y no concuerda con lo que muchas otras religiones postulan como moral. Kung comete el error de querer
ver como ovejas a quienes en realidad son lobos. La paz mundial no se construirá engañándonos a nosotros
mismos; antes bien, un primer paso hacia la paz mundial es el admitir que no todas las culturas tienen la misma
concepción del bien.
Igualmente, si bien los estudios de Brown tienen mucho rigor, en realidad no parece decirnos mucho sobre
el acuerdo moral de la humanidad. Brown hace más énfasis en universales como la música y el arte en su forma
general, los cuales no son estrictamente morales. Y, los pocos valores morales universales que Brown describe
son, o bien sencillamente falsos, o bien demasiado vagos como para ser significativos.
Por ejemplo, Brown señala que la censura en contra del asesinato es universal. Pero, como hemos visto, los
aztecas no parecían adscribirse a esa censura. Quizás, podamos sostener que el sacrificio humano no es
propiamente un asesinato, pues está enmarcado en un ritualismo, mientras que el asesinato ocurre en un espacio
profano. Pero, si esto es así, entonces habría que admitir que no todas las culturas abrazan el respeto a la vida
humana, y esto no es trivial.
Además, las descripciones respecto a la universalidad de los valores resultan demasiado generalizadas
como para resultar significativas. Podemos convenir en que ninguna cultura promueve el castigo de los inocentes,
pero, sí existe un disenso respecto a cuál es el criterio para sostener que una persona es inocente. Y, de nuevo, esto
no es trivial; de manera tal que hay considerables diferencias morales.
Así pues, el relativismo moral descriptivo es una postura muy aceptable. Resulta bastante obvio que, más
allá de algunos escasos ejemplos de universalidad moral (los cuales, por lo demás, muchas veces resultan muy
vagos), entre los pueblos del mundo sí hay un desacuerdo respecto a qué es lo bueno. Es prudente evitar el
etnocentrismo, si entendemos esto como la tendencia a atribuir a las demás culturas nuestras propias preferencias
(más adelante veremos que la palabra ‘etnocentrismo’ también tiene otros significados).
Ahora bien, debemos tener sumo cuidado en no saltar alegremente del relativismo moral descriptivo al
relativismo moral normativo. El relativismo moral descriptivo consiste en señalar que entre los pueblos existe un
desacuerdo respecto a qué es lo bueno. El relativismo moral normativo consiste en señalar que no hay una idea
absoluta y trascendente de lo bueno, sino que lo bueno debe ser definido en función de lo que cada pueblo
considera. Y, bajo esta perspectiva, no tenemos la autoridad para reprochar a otros pueblos por costumbres que
nosotros consideramos inmorales.
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Podemos (y debemos) ser relativistas morales descriptivos, sin necesidad de aceptar el relativismo moral
normativo. Es perfectamente admisible que, en efecto, nosotros lo occidentales consideramos inmoral el
canibalismo, pero los aztecas lo consideran moral. Con esto, abrazamos el relativismo moral descriptivo. Pero, al
mismo tiempo, podemos asumir que los aztecas están equivocados respecto a qué es lo moral, e incluso, que ellos
tienen el deber de abandonar el canibalismo. Con esto, rechazamos el relativismo moral normativo.
Es importante mantener presente la distinción entre ‘describir’ y ‘prescribir’. Podemos asumir el
relativismo cuando describimos: la censura del canibalismo es relativa al contexto. Pero, no por ello debemos
asumir el relativismo cuando prescribimos: perfectamente podemos argumentar que todos los pueblos del mundo
deben censurar el canibalismo, aun si algunos pueblos no lo hacen.
En el capítulo anterior, he señalado que rechazo el argumento de Hume, según el cual, no podemos saltar
de una descripción a una prescripción, del verbo “ser” al verbo “deber”. Más adelante explicaré por qué yo sí
considero que, al final, la prescripción (cómo debe ser el mundo) sí parte de una descripción (cómo es el mundo).
Pero, por otra parte, también podemos aceptar que, en muchas ocasiones, el asumir que algo debe ocurrir,
sencillamente porque ocurre, es una falacia. De hecho, es la falacia naturalista en contra de la cual advertía G.E.
Moore (a pesar de que, más adelante, expondré por qué esto admite alguna excepción).
Así pues, el salto del relativismo moral descriptivo al relativismo moral normativo muchas veces termina
por incurrir en esta falacia naturalista. El hecho de que los aztecas consideren moralmente aceptable al
canibalismo no implica que los aztecas deban considerar moralmente aceptable al canibalismo.
Para aclarar el argumento, consideremos otro caso que no trata estrictamente sobre asuntos morales.
Consideremos la creencia de que la Tierra es plana. Debemos asumir un relativismo descriptivo, pues algunos
pueblos creen que esa creencia es verdadera, y otros creen que es falsa. No debemos proyectar sobre otros pueblos
nuestra creencia respecto a la falsedad de la Tierra plana. Pero, al mismo tiempo, perfectamente podemos asumir
que esos pueblos están equivocados, pues sabemos que la Tierra no es plana. Pues bien, podemos admitir que los
aztecas creen que el canibalismo no es inmoral, pero igualmente podemos admitir que los aztecas están
equivocados.
Sorprende la frecuencia con la que los postmodernistas incurren en esta falacia, y terminan por aceptar, no sólo el
relativismo moral descriptivo, sino también el relativismo moral normativo. Cuando encuentran en otra cultura
una práctica que nuestra civilización evaluaría como moralmente objetable, inmediatamente saltan a advertir que,
puesto que esa práctica está instituida en esa cultura, no debe ser reprochada por nosotros. Con esto, los
postmodernistas terminan por invocar a la mayoría como criterio para distinguir lo bueno de lo malo. Si, en un
contexto, una mayoría ofrece aval a una práctica, entonces esa práctica es buena. El postmodernista confía
demasiado en el vox populi, vox dei. De nuevo, el hecho de que una mayoría acepte como buena una práctica no
implica que ésta sea buena. Así como el consenso no es un buen criterio para poder distinguir lo verdadero de lo
falso, tampoco es un buen criterio para distinguir lo bueno de lo malo.
Además, si lo bueno ha de ser definido a partir del aval con que una práctica cuenta en su contexto social,
entonces todo cuanto las culturas hagan será bueno. Y, si eso es así, entonces se elimina el más elemental criterio
para distinguir lo bueno de lo malo, y al final, la moral termina por desaparecer. Es por ello que muchos filósofos
han denunciado que el relativismo moral eventualmente conduce al nihilismo moral: en la medida en que se
postula que cada pueblo tiene su propia moral, se elimina la noción moral en sí misma.
Además del consenso, los postmodernistas suelen invocar un criterio de coherencia para determinar si una
práctica es buena o mala. Y, de nuevo, con esto relativizan la separación entre lo bueno y lo malo, pues el carácter
moral de una acción será relativo al sistema en el cual se enmarca.
Así, por ejemplo, al evaluar la moralidad del canibalismo, los postmodernistas se detienen a considerar si
una práctica como ésa tiene algún sentido que la pueda salvaguardar como moral. Y, en efecto, varios han
intentado encontrarle sentido. Ya en el siglo XVI, Montaigne señalaba que el canibalismo es loable, en tanto se
consume la carne humana para rendir homenaje a las víctimas: el caníbal cree que, al consumir a su víctima, se
impregna de sus virtudes. Marshall Sahlins, un antropólogo postmodernista, asume una justificación similar frente
al canibalismo: a su juicio, en un contexto ceremonial, el consumir la carne de otra persona es un sublime acto de
comunión, y por ende, es perfectamente admisible.
71
Y, así, los postmodernistas suelen esforzarse para encontrarle el ‘sentido’ a una gran cantidad de prácticas
que resultan escandalosas. Con esto, no sólo excusan estas prácticas, sino que deliberadamente asumen que, en su
contexto, son moralmente aceptables, pues forman parte de un sistema moral coherente. Así, por ejemplo, los inuit
abandonan a sus ancianos y dejan que éstos mueran de frío, pero esto resulta coherente con un estilo de vida
nómada en regiones polares, e incluso, es un honor para los ancianos abandonados; además, los jóvenes
abandonan a sus ancianos con sumo respeto y amor. La mujer que lleva una burka en Afganistán se siente
protegida por su marido, y en este sentido, es una gran muestra de respeto hacia las mujeres. Y, así sucesivamente.
Muchas de estas interpretaciones son muy forzadas (cuesta apreciar cómo una mujer que lleve burka pueda
sentir esta práctica como una muestra de respeto hacia ella). Pero, incluso si fuesen en efecto coherentes con su
contexto, eso no las hace morales en pleno sentido. Podemos conceder que el abandono de los ancianos es
económicamente ventajoso en una sociedad nómada, pero eso no suprime el hecho de que esos pobres ancianos
sufren terriblemente, y que existe la obligación moral de socorrerlos.
De nuevo, la confusión respecto a la tolerancia ha impulsado la popularidad del relativismo moral
normativo. Los postmodernistas han querido abrazar la tolerancia a toda costa. Y, a partir de ello, postulan que
emitir juicios de valor respecto a los demás es una forma de intolerancia. Su recomendación es vivir y dejar vivir.
Si no nos gusta lo que los demás hacen, mejor volteemos la mirada, pero no nos abroguemos el derecho de
imponer a los demás nuestros propios valores, pues si lo hacemos, estaremos incurriendo en actos intolerantes.
Por supuesto, los postmodernistas no aprecian que la tolerancia tiene límites. El relativismo moral invita a
tolerar la intolerancia. Con la excusa de que no debemos imponer a los demás nuestros valores, permitimos con
nuestra tolerancia que las demás culturas aplasten a sus minorías internas de forma muy intolerante. El relativismo
moral no favorece el bienestar de los otros pueblos; antes bien, favorece a los tiranos de esas culturas, para aplastar
a sus víctimas que, seguramente, piden a gritos que desde fuera se imponga una censura moral a su sufrimiento.
Los relativistas morales están dispuestos a guardar silencio frente a la extracción del clítoris en varias
tribus del África oriental, la inmolación de las viudas en la India, el sistema de castas en ese mismo país, la
poligamia en el Islam, etc. Estas prácticas deberían resultar moralmente objetables, pero los postmodernistas
suelen invocar todo tipo de justificaciones sofísticas y, sorprendentemente, mucha gente termina aceptándolas.
No obstante, la prueba de fuego del relativismo moral es el nazismo. Las prácticas nazis cuentan con todos
los elementos que permiten justificarlas a la luz del relativismo moral. En primer lugar, tenían el aval del
colectivo. Es cierto que, eventualmente, dentro de la misma Alemania nazi hubo resistencia a Hitler y su proyecto,
pero en un inicio, la abrumadora mayoría favorecía las leyes raciales, la persecución de minorías y la expansión
militarista. Si una práctica debe ser evaluada desde su mismo sistema moral, entonces puede perfectamente
argumentarse que los nazis terminaron construyendo su propia moral, y que las naciones de Europa no tenían
autoridad moral para oponerse a lo que estaba ocurriendo dentro de las fronteras alemanas. Churchill, Roosevelt y
De Gaulle eran unos intolerantes.
Además, puede tratar de encontrarse un sentido muy refinado a las prácticas nazis. Aquello que nosotros
consideramos moralmente monstruoso, como por ejemplo, ejecutar a seis millones de personas, los nazis podrían
justificarlo invocando la coherencia de esas prácticas con un sistema moral de mayor envergadura. Por ejemplo, el
exterminio de discapacitados y retrasados mentales es un intento por hacer a la sociedad más fuerte, especialmente
en tiempos de guerra; así como los inuit abandonan a sus ancianos y con ello le rinden un gran respeto, los nazis
exterminaban a los discapacitados y retrasados mentales, y con ello, les hacían un gran honor al acabar con formas
indignas de vida.
También podemos justificar las leyes raciales y los campos de exterminio. Si bien a nosotros nos puede
resultar moralmente monstruoso, visto desde el sistema nazi no lo es. Pues, las leyes raciales y los campos de
exterminio no eran meros caprichos de Hitler. Antes bien, eran un esfuerzo estético muy destacable, el cual
incluso adquirió una dimensión religiosa. Al eliminar a los judíos, los nazis buscaban hacer el mundo más bello, y
en un sentido, es algo así como una obra de arte. Además, era evocador del ideal de belleza inspirado en los mitos
nórdicos. Así como el sacrificio humano permitía a los aztecas entrar en contacto con sus dioses en ceremonias
impregnadas de simbolismo, el holocausto nazi fue un gran esfuerzo estético por purificar la raza.

72
Si bien los postmodernistas coquetean con algunas ideas inspiradoras del nazismo (como, por ejemplo, las
de Nietzsche y Heidegger), pocos (si acaso alguno) se atreve a excusar al nazismo a partir del relativismo moral.
Pero, esto no hace más que relevar su inconsistencia. Excusan al sistema de castas en la India, pero no se atreven a
excusar las leyes de Nuremberg. Excusan el abandono de los ancianos y el infanticidio en sociedades tribales, pero
no se atreven a excusar el exterminio de discapacitados en la Alemania nazi. Excusan el sacrificio humano azteca,
pero no atreven a excusar el Holocausto.
Algunos postmodernistas pretenden encontrar una escapatoria a todo esto. Sostienen que el nazismo sí es
reprochable, pues ocurrió en el seno de la civilización occidental, precisamente donde estas prácticas son
moralmente objetables. Pero, este argumento es demasiado débil. Después de todo, si la distinción entre lo bueno y
lo malo es relativa a un contexto cultural, entonces perfectamente podemos argumentar que los nazis conformaron
su propia cultura separada del resto de las naciones europeas, y en función de eso, sus prácticas son excusables a
partir del contexto que ellos mismos construyeron.
Todo esto nos debería conducir a la idea de que no todas las culturas son moralmente equivalentes. Antes
bien, hay culturas superiores y culturas inferiores. Debido a la influencia de los postmodernistas, hoy existe un
enorme temor a asumir jerarquías a la hora de comparar el rendimiento moral de distintas sociedades. Como los
paradigmas de Kuhn, los postmodernistas asumen que las culturas son moralmente inconmensurables, y que por
ende, ninguna es mejor o más deseable que otra.
Incluso, los relativistas suelen argumentar que el establecer jerarquías entre las sociedades conduce a
movimientos intolerantes como el nazismo. Hitler tenía la convicción de que la raza aria era superior al resto de la
humanidad, y esa creencia lo llevó a cometer todo tipo de atrocidades. A juicio de los relativistas, en la medida en
que aceptemos que todas las sociedades son equivalentes, podremos ahorrarnos mucho sufrimiento.
Esta argumentación también es muy débil. Hitler defendía la superioridad racial de los arios, y eso es muy
distinto de sostener la superioridad moral de unos pueblos por encima de otros. Pero, en todo caso, el argumento
según el cual la convicción de que hay sociedades moralmente superiores a otras conduce a excesos como los de
Hitler es erróneo, pues precisamente, lo inverso es lo verdadero: el asumir que todas las culturas son moralmente
equivalentes conduce a excusar a Hitler. Si no hay culturas más preferibles que otras, entonces podemos admitir
que los nazis eran tan preferibles como cualquier otra cultura.
Algunos relativistas saltan a advertir que los nazis no eran propiamente una cultura, y en ese sentido,
podemos admitir que todas las culturas son iguales, sin necesidad de aceptar las atrocidades de los nazis. Pero,
¿qué diablos significa ‘cultura’? Si entendemos ‘cultura’ como tradicionalmente se hace, a saber, como los valores
y costumbres compartidas por un colectivo, entonces tendremos que aceptar que ‘cultura’ no sólo se refiere a los
catalanes, vascos, anglo-sajones o chinos, sino también a los góticos, nerds, punk, emos, raperos, etc. Algunos
antropólogos prefieren llamar a estos grupos ‘subculturas’, pero la distinción entre ‘subcultura’ y ‘cultura’ es
sumamente vaga. De hecho, antropólogos competentes como Oscar Lewis no han vacilado en afirmar que existe
una ‘cultura de la pobreza’, y también se ha hablado de una ‘cultura de la eficiencia’, ‘cultura del capitalismo’, etc.
De manera tal que, así como podemos aceptar que existe una cultura del hip hop, o de hinchas de fútbol, también
podemos aceptar que existe una cultura nazi. Si aceptamos eso (como debemos), entonces al asumir que todas las
culturas tienen el mismo valor, no estamos en posición de criticar a los nazis.
Por otra parte, los relativistas morales alegan tener, como la vasta mayoría de los postmodernistas, un firme
compromiso con las causas políticas de izquierda (hemos visto en el capítulo 1 que en realidad el postmodernismo
es una traición a la izquierda). Y, en ese sentido, los postmodernistas defienden entusiastamente el igualitarismo.
A su juicio, la Ilustración ha dejado como herencia unas condiciones de desigualdad muy profunda, y es menester
enmendar esta situación. Por ello, sostienen los postmodernistas, urge proclamar la igualdad de las culturas.
Además, parecen razonar lógicamente: si las culturas están compuestas por individuos, y los individuos son
iguales, entonces las culturas deben ser iguales. Así, sugieren varios postmodernistas, el asumir que no hay
culturas superiores en realidad parte del igualitarismo ilustrado que se concentró en individuos, y lo extiende a los
grupos.
Pero, esto es un error de razonamiento. Los filósofos suelen llamar a este error una ‘falacia de
composición’, la cual consiste en atribuir al todo las características de las partes. Por ejemplo, podemos admitir
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que una pared está hecha de millones de ladrillos pequeños. Si bien podemos sostener que los ladrillos (las partes)
tienen el atributo de pequeñez, no por ello la pared (el todo) es pequeña. Asumir que la pared es pequeña porque
las partes que la conforman son pequeñas es una típica falacia de composición.
Pues bien, de la misma manera, no debemos asumir que, puesto que las partes constitutivas de las culturas
(los hombres) tienen una cualidad (ser iguales), el todo (las culturas) comparten esa cualidad. Los hombres pueden
ser iguales, sin necesidad de que las culturas lo sean. Podemos admitir el igualitarismo entre los individuos, sin
necesidad de extenderlo a las culturas.
Más aún, la igualdad de los hombres implica la desigualdad de las culturas. Si admitimos el axioma “todos
los hombres son iguales”, entonces tenemos que admitir que una cultura que asuma ese axioma es moralmente
superior a una cultura que no lo asuma. Al contrario, si admitimos que todas las culturas son iguales, entonces
tenemos que admitir que una cultura que no acepte la igualdad de los hombres (como, por ejemplo, los nazis) tiene
el mismo valor que una cultura que sí acepta la igualdad de los hombres. Por ello, para evadir el relativismo moral
debemos asumir que unas culturas son superiores a otras.
***
El relativismo moral enfrenta, como todas las formas de relativismo, el problema de la contradicción. Los
musulmanes predican la proposición “la poligamia es buena”, mientras que los cristianos predican la proposición
“la poligamia no es buena”. En virtud del principio de no contradicción, ambas no pueden ser verdaderas. De
manera tal que uno de esos dos grupos está equivocado en su valoración de la poligamia, y por ende, un grupo sí
está en posición para emitir juicios de valor respecto a las costumbres del otro grupo.
No obstante, desde hace tiempo (mucho antes del auge del postmodernismo) muchos filósofos han opinado
que los enunciados de le ética no son estrictamente proposiciones. Un enunciado como “la Tierra es plana” sí es
una proposición, en tanto pretende describir el mundo, y además, es verificable. Pero, a juicio de muchos filósofos,
un enunciado como “robar es malo” no es una proposición, pues no pretende describir el mundo. Antes bien,
pretende prescribir no robar. Y, en este sentido, los enunciados de la ética no son verificables; al observar el
mundo, no tenemos manera de saber si, en efecto, robar es malo.
Así pues, un enunciado como “robar es malo” no es ni verdadero ni falso. Los positivistas lógicos
defendieron la idea de que los enunciados de la ética (así como los de la religión, la metafísica y la estética) no
tienen sentido, precisamente porque no existe la posibilidad de verificarlos. Con esto, los positivistas asumían la
postura que ha venido a llamarse el ‘emotivismo’, según la cual los enunciados de la ética apenas expresan
emociones, pero no propiamente declaraciones sobre el mundo. Así, “robar es malo” es similar a “no me gusta que
se robe”.
A partir de eso, los defensores de esta postura han establecido una distinción entre hechos y valores. En
concordancia con la advertencia de Hume de que no podemos confundir los verbos “ser” y “deber”, estos filósofos
sostienen que la ética no trata propiamente sobre los hechos del mundo, sino sobre valores; en otras palabras, la
ética prescribe, pero no describe. Y, en este sentido, la observación de los hechos del mundo nunca nos indicará
cuáles son los valores que debemos prescribir. “La Tierra no es plana” expresa un hecho, “robar es malo” expresa
un valor.
Ahora bien, si estos filósofos están en lo cierto, entonces los enunciados de la ética no son estrictamente
proposiciones, y en tanto no son proposiciones, no son ni verdaderos ni falsos. Puesto que no tienen valor de
verdad, los enunciados de la ética no se rigen por el principio de no contradicción. Así, no habría contradicción
entre el enunciado “la poligamia es buena” y el enunciado “la poligamia no es buena”, pues en realidad, el primer
enunciado es algo así como “a mí me gusta la poligamia”, y el segundo enunciado es algo así como “a mí no me
gusta la poligamia”. Notemos que estas expresiones de emoción no se contradicen.
Con esto, los emotivistas abren la puerta al relativismo moral. Los forjadores del emotivismo
(fundamentalmente los positivistas lógicos y sus seguidores) están muy lejos del postmodernismo, y nunca habrían
aceptado la proclama relativista de que cada quien tiene su verdad. Pero, en asuntos morales, los emotivistas sí se
acercan al relativismo, pues parten de la postura de que la ética no predica verdades.
Además, al sostener que los enunciados de la ética son apenas expresiones de emociones, el emotivismo
elimina cualquier criterio objetivo para distinguir lo bueno de lo malo. Cuando los emotivistas sostienen que es
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inmoral la práctica del sacrificio humano, apenas sostienen que a ellos no les gusta el sacrificio humano. Pero, no
tienen suficientes razones para persuadir a quienes practican el sacrificio humano de que abandonen estas
prácticas, pues precisamente se trata de una cuestión de gusto.
Esto nos conduce a pensar que, si queremos evitar el relativismo moral, debemos rechazar el emotivismo. El
filósofo G.E. Moore planteó otra alternativa. Lo mismo que los emotivistas, Moore advirtió que existe una
distinción entre hechos y valores. Pero, a diferencia de los emotivistas, Moore sí estimaba que los enunciados de la
ética tienen valor de verdad, y en ese sentido, un enunciado como “robar es malo” sí es una proposición. Moore
concedía que un enunciado como ése no describe el mundo, pero con todo, sí puede ser verdadero. Y, si los
enunciados de la ética sí pueden ser verdaderos o falsos, entonces sí se rigen por el principio de no contradicción
y, por ende, podemos evitar el relativismo moral.
Pero, si “robar es malo” no es un hecho, ¿cómo podemos saber si es verdadero? Nunca podremos verificar
que “robar es malo” es verdadero, precisamente porque no se trata de una descripción. Frente a este problema,
Moore postuló que debemos guiarnos por la intuición, y por ello, su postura se denomina ‘intuicionismo ético’. No
tenemos manera de demostrar que robar es malo, pero tenemos esa intuición. La ética constaría así de axiomas
morales que deben aceptarse sin fundamento.
La postura de Moore tampoco parece llevarnos muy lejos. Ciertamente, Moore intenta evadir el relativismo
moral, al postular que los enunciados de la ética sí son proposiciones con valores de verdad, y en este sentido,
unos valores sí son aceptables, y otros no. Pero, Moore no ofrece una razón firme para aceptar unos valores por
encima de otros. Al final, lo somete al criterio de la intuición. Y, lo mismo que los emotivistas, con esto Moore
abre la puerta al relativismo moral. Pues, allí donde nosotros tenemos la intuición de que el sacrificio humano es
malo, los aztecas no comparten esa intuición. Al final, la moral no sería propiamente una cuestión de gusto, pero sí
de intuiciones. Pero, ¿cómo podemos convencer a los demás de que sus intuiciones son erróneas? A no ser que se
apele a un criterio objetivo con mayor firmeza, no hay mucha posibilidad para convencer a favor de una posición
ética.
Así, pareciera que la postura de Moore termina por reivindicar al relativismo moral. Bajo la postura de
Moore, podemos asumir que sí hay una moral universal y trascendente. Pero, ¿quién determina cuál es la
distinción entre lo bueno y lo malo? Moore se refugiaba en la intuición, pero esto es un criterio demasiado débil.
Pues, los talibanes tendrían la intuición de que someter a las mujeres a la burka es bueno. Al final, habría un
choque de intuiciones, y no tendríamos mayores posibilidades de resolver la disputa objetivamente.
Para evadir el relativismo moral, debemos buscar un criterio más firme para distinguir lo bueno de lo malo.
Y, me parece que esto puede lograrse óptimamente prescindiendo de la distinción que la mayoría de los filósofos
hace entre valores y hechos. Si asumimos que la ética sí trata sobre hechos y, por ende, describe el mundo,
entonces estaremos en suelo firme para sostener que los talibanes están moralmente equivocados. Al asumir esta
postura, podremos argumentar que “robar es malo” es un hecho tan objetivo como “la Tierra no es plana”.
En este capítulo, he apelado a la denuncia de la ‘falacia naturalista’ para señalar que se comete un error
cuando se razona que, por el mero hecho de que una práctica ocurre, entonces debe ocurrir. El hecho de que la
extracción del clítoris ocurra en algunas tribus africanas no hace buena a esa práctica en ningún contexto.
Por lo general, quienes denuncian que los demás cometen una falacia naturalista sostienen, como Hume y
Moore, que la prescripción no puede abstraerse de la descripción. Pero, ha llegado el momento de retar esta
concepción. Si bien es una falacia sostener que algo es bueno por el mero hecho de que ocurra, quizás sí podamos
sostener que, al final, la prescripción sí reposa sobre la descripción. Y, en ese sentido, los enunciados de la ética sí
describen el mundo. Veamos cómo podría ser esto.
La postura según la cual la ética sí describe hechos del mundo es minoritaria entre filósofos, pero me
inclino a pensar que es la correcta. Si bien algunos filósofos como John Dewey ya habían argumentado algo
similar, el máximo representante de esta postura es Sam Harris, a cuyas obras remito como excelente antídoto
frente al relativismo moral.
Harris sostiene que es posible elaborar una ‘ciencia de la moral’. La ciencia puede enseñarnos cuál es el
camino a la felicidad humana, y de esto trata fundamentalmente la ética. No tiene sentido definir lo bueno como
algo que no sea la felicidad. Una acción es buena cuando conduce a la felicidad. G.E. Moore sostenía que lo bueno
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nunca puede ser definido a partir de ninguna propiedad natural, pero hay motivos para dudar de esto. Si lo bueno
no tiene una íntima vinculación con el placer o la felicidad, entonces, ¿qué es? ¿Es viable encontrar alguna acción
buena que no esté destinada a generar felicidad? Quizás algunas personas creerán que la autoflagelación es buena.
Pero, conviene mucho más guiarse por el sentido común y asumir que el someterse a sufrimientos gratuitos (como,
por ejemplo, la autoflagelación) no es bueno. Algunas cosas que generan dolor pueden ser buenas, pero sólo si
conducen a un estado de felicidad.
Con esto, empieza a surgir la idea de que no existe una nítida distinción entre hechos y valores. Aquello
que tradicionalmente consideramos valores en realidad podrían ser hechos; a saber, aquellas instancias que
observamos que generan felicidad. Si la ciencia es capaz de delinear cuáles son las estrategias más eficaces para
conseguir la felicidad, entonces sí está en posición de dictarnos cuáles son los valores que debemos asumir. Con
base en observaciones, la ciencia puede enseñarnos que el robar conduce a la infelicidad, y en función de esa
observación, puede enseñarnos el valor de no robar. Así, la proposición “robar es malo” no es meramente una
expresión de emociones sin valor de verdad (contrario a la pretensión del emotivismo), ni tampoco es una
proposición fundamentada en la intuición (contrario a la pretensión del intuicionismo): antes bien, es un hecho
cuyo valor de verdad se sustenta en la evidencia. La proposición “robar es malo” podría ser formulada como
“robar conduce a la infelicidad”, y este enunciado tiene una correspondencia con el mundo, por ende, podemos
asumirlo como verdadero.
Podemos admitir que la felicidad es un concepto muy complejo, y quizás sea difícil poder delinear con
suficiente precisión en qué consiste ese estado mental, y cuáles son los mecanismos que conducen a él. Pero, el
hecho de que las preguntas respecto a la felicidad sean complejas y a algunas de ellas quizás nunca le
encontraremos respuestas, no implica que no exista una respuesta. Sam Harris presenta esta analogía: no podemos
pretender saber cuántos peces hay en el océano, pero eso no implica que esa pregunta no tenga respuesta. Pues
bien, de la misma manera, quizás no podamos hacer una descripción exhaustiva de la operativa de la felicidad,
pero ello no implica que las respuestas a estas preguntas no existan.
Cada vez más, la ciencia descubre cuáles son las manifestaciones neurológicas de la felicidad. Por
supuesto, estos estudios aún están en una fase muy temprana, pero ya al menos nos acercamos a saber cómo en el
cerebro se manifiestan las sensaciones placenteras. Las lecciones morales de la ciencia consisten en delinear los
mecanismos que nos permitan activar las sensaciones placenteras. Por supuesto, el asumir un hedonismo
desenfrenado no servirá de mucho. Quien busca la felicidad debe comprender que se debe renunciar a algunos
placeres inmediatos, a fin de propiciar placeres mayores. Y, esto implica el cooperar con los demás. La ciencia
puede enseñarnos, con observación de hechos, que la cooperación sirve para alcanzar la felicidad.
Quizás no tengamos bien delineado qué es exactamente la felicidad y cómo se llega a este estado, pero al
menos sabemos distinguir una vida claramente feliz de una vida claramente infeliz. No tardaremos en distinguir la
felicidad de la infelicidad, al comparar estas dos situaciones: una mujer es violada diariamente por una pandilla,
sus hijos son drogadictos, es insultada por todos en el barrio, y diariamente tiene que buscar comida en los
basureros; una mujer hace ejercicio en el gimnasio, tiene una amplia red de amigos que la aprecian, estudia
ingeniería y tiene buenas calificaciones. Dejo al criterio del lector el decidir cuál es la mujer feliz, y cuál es la
infeliz.
Si bien se trata de un estado muy complejo, sí hay un criterio objetivo para distinguir la felicidad de la
infelicidad (a pesar de que debemos reconocer que aún no lo conocemos exhaustivamente). Y, con base en ese
criterio, podemos delinear que lo bueno es aquello que conduce a los estados de felicidad. Si, al observar el
mundo, observamos que la cooperación entre los seres humanos conduce a la felicidad, entonces podemos sostener
que la cooperación es buena, y podemos prescribirla como valor. La descripción de la cooperación como
mecanismo que conduce a la felicidad nos permite prescribirla como valor moral.
Así pues, al aceptar que la ciencia sí puede darnos lecciones sobre moralidad, y que la descripción respecto
a los estados de la felicidad puede servir de plataforma para prescribir valores, entonces estamos en posición firme
para sostener que la distinción entre lo bueno y lo malo es objetiva (está en el mundo, a espera de ser descubierta),
y podemos rechazar el relativismo moral. “Robar es malo” sería un hecho tan objetivo como “la Tierra no es

76
plana”. La moral no sería una mera cuestión de gustos, y unas sociedades estarían en lo moralmente correcto, y
otras en lo moralmente incorrecto.
Ha habido una larga tradición de filósofos que pretenden esquivar el relativismo moral fundamentando en
Dios la distinción entre lo bueno y lo malo. A su juicio, puesto que la ética no puede describir el mundo (cuestión
que, vale insistir, he intentado retar en este capítulo), no hay un criterio firme para distinguir lo bueno de lo malo.
La única escapatoria, alegan, es apelar a una serie de mandatos que proceden de Dios. Puesto que no tenemos
modo empírico de demostrarle a un azteca que el sacrificio humano es inmoral, nuestra única justificación para
persuadirlo es sostener que Dios ha prohibido el sacrificio humano. En opinión de estos filósofos, Dios es la base
de toda moral.
El gran novelista Fyodor Dostoyevski pareció defender esta postura con su célebre frase, “si Dios no
existe, todo está permitido”. Y, muchos postmodernistas han acompañado a Dostoyevski en esta postura. Pero, no
lo hacen para afirmar que Dios existe, sino para alegar que, en efecto, puesto que Dios no existe, no hay una moral
universal, y al no ser universal, la moral realmente no existe.
Si bien las posturas de los postmodernistas frente a Dios y la religión son muy ambiguas, muchos
postmodernistas se inclinan a rechazar los alegatos de la religión, no propiamente porque los consideren
irracionales (tal como lo hacían los ilustrados), sino porque el discurso religioso es ‘totalizante’ y sobre él se ha
construido la autoridad de grandes instituciones jerárquicas. En función de eso, el postmodernismo tiene cierta
inclinación al ateísmo, pero como hemos visto en el capítulo 2, se trata de un ateísmo irracionalista, muy alejado
del ateísmo ilustrado y racionalista de un Bertrand Russell o D’Holbach.
Con este ateísmo irracionalista, los postmodernistas coinciden con Dostoyevski en que, sin Dios, no hay
moral posible, y en función de eso, abrazan una suerte de nihilismo moral. Nietzsche, uno de los grandes héroes
pioneros del postmodernismo, era ateo y nihilista moral a la vez. A su juicio, la muerte de Dios también implica la
muerte de la moral, y con ello, no hay una distinción objetiva entre lo bueno y lo malo.
Jean Paul Sartre, otro inspirador del postmodernismo (aunque él mismo no suele ser catalogado de
‘postmodernista’), también terminó por ser un ateo con algunas tonalidades de nihilismo moral, y explícitamente
asumió la premisa dostoyevskiana, “si Dios no existe, todo está permitido”, precisamente para sostener, lo mismo
que Nietzsche, que no hay un criterio objetivo para distinguir lo bueno de lo malo.
En oposición a los postmodernistas, es hora de apreciar que el ateísmo no conduce a la desaparición de la
moral, y que la distinción entre lo bueno y lo malo no procede de Dios. Ya Platón había advertido en uno de sus
diálogos, el Eutifrón, que enfrentamos demasiadas dificultades al suponer que la moral procede de los dioses. Si
una acción es buena o mala porque los dioses así lo dicen, entonces en el caso de que los dioses avalen la
violación, el homicidio y el robo, estas acciones serían buenas. Pero, en ese caso, la moral ya no sería absoluta,
sino relativa al capricho de los dioses. Si acaso Dios existe, las acciones no son buenas porque Dios las ordene,
sino que Dios ordena las acciones porque éstas son buenas. Y, en este sentido, la distinción entre lo bueno y lo
malo existe en autonomía del mandato divino.
De nuevo, la observación del mundo debería ser suficiente para conocer la distinción entre lo bueno y lo
malo. No necesitamos invocar a Dios para saber que el beber vino desenfrenadamente, cometer adulterio o mentir
compulsivamente son acciones inmorales. Sabemos que son inmorales porque, tras una observación del mundo,
concluimos que estas acciones desembocan en estados de infelicidad, incluso para quien las comete.
***
Quizás no estemos en necesidad de ser tan rígidos a la hora de rechazar el relativismo moral. Podemos admitir
que, en algunos casos, el valor moral de una acción dependerá de su contexto. Por ejemplo, si un asesino viene a
mi casa, toca mi puerta, y me pregunta dónde está mi amigo, ¿debo mentir? ¿El mandato en contra de la mentira es
absoluto, o es relativo y admite excepciones? El gran filósofo Immanuel Kant sostenía que, incluso en un caso
como ése, tengo la obligación de no mentir. A juicio de Kant, debe cumplirse el deber a toda costa; no importa si,
como consecuencia de mi acción, el asesino encontrará a mi amigo.
Mucha gente rechaza una postura tan rígida como la de Kant, y es fácil comprender por qué. La postura
ética de Kant suele llamarse ‘deontológica’, pues hace énfasis en el cumplimiento del deber, independientemente
de sus resultados. Pero, a esta postura puede oponerse la doctrina que ha venido a llamarse el ‘consecuencialismo’,
77
según la cual, una acción es buena en la medida en que sus consecuencias generen consecuencias favorables. Así,
por ejemplo, la ética consecuencialista sostendría que, en el hipotético caso del asesino, mentir es bueno, pues de
ello se derivan consecuencias favorables, a saber, habré salvado la vida de mi amigo.
Con esto, se forma la idea de que la separación del bien y el mal no parece tan absoluta. E, incluso,
acciones tan aparentemente inmorales, como la tortura, quizás puedan resultar buenas en algún contexto. Si la
policía tiene en su poder a un terrorista que alega haber colocado una bomba en un sitio concurrido de la ciudad,
pero se niega a especificar la ubicación de la bomba, ¿debe emplearse la tortura para extraer información? El
torturar al terrorista podría salvar la vida a miles de ciudadanos, y en ese sentido, no es una opción que debamos
desechar de inmediato.
En efecto, esto invita a aceptar alguna forma de relativismo. Los filósofos suelen llamar ‘ética situacional’
o ‘relativismo situacional’ al tipo de doctrinas que, como en los casos anteriores, acepta que algunas acciones
pueden resultar morales en unos casos, e inmorales en otros.
Pero, urge no confundir esto con el relativismo moral. La ética situacional postula que, en algunos casos, pueden
admitirse excepciones al cumplimiento de las reglas morales, siempre y cuando el beneficio obtenido sea mayor.
Quien se adscriba a la ética situacional puede admitir que, en alguna ocasión, la tortura es admisible, pero
precisamente, será admisible cuando esté dirigida a salvar a un alto número de personas. La tortura nunca será
admisible si se emplea con un mero fin ritual, o sencillamente por diversión. Así, el defensor de la ética de
situaciones podrá admitir en alguna ocasión el uso de la tortura por parte de la policía, pero jamás admitirá el uso
de la tortura ritual por parte de un sacerdote azteca.
La diferencia fundamental entre la ética situacional y el relativismo moral es que el segundo no toma en
consideración el cálculo de bienes mayores al calificar de ‘moral’ a una acción. El relativista moral acepta la
tortura y el sacrificio humano entre los aztecas, no porque con ello se salven más vidas, sino sencillamente porque
ésas son las costumbres que los aztecas aceptan.
En todo caso, aún podemos admitir que el valor moral de algunas costumbres sí depende de su contexto
cultural. ¿Es inmoral conducir por el canal izquierdo? En Inglaterra, no es inmoral; en España, sí es inmoral.
Veamos que esto no es una mera descripción, sino también una prescripción: tenemos la obligación moral de
conducir por el canal derecho en España, y por el izquierdo en Inglaterra. Como ése, podemos pensar en muchos
otros casos.
Pero, de nuevo, el estudio científico de la moral debería servir como advertencia de que algunas acciones
son claramente obstáculos a la felicidad en cualquier contexto. Podemos admitir que algunas acciones son morales
en un contexto, e inmorales en otro contexto, pero hay al menos un piso firme de deberes y derechos que no
admiten contextualización, y debemos proclamarnos como universales.
Fue precisamente esto lo que se pretendió en 1948, cuando se emitió la Declaración universal de los
derechos humanos. Después de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, la naciente Organización de las
Naciones Unidas retomó el legado universalista de la Ilustración (expresado en la Declaración de los derechos del
hombre y del ciudadano), y proclamó que todos los seres humanos, dondequiera que se encuentren, tienen un
mínimo de derechos, los cuales deben cumplirse. La implicación, por supuesto, es que la violación de esos
derechos universales es inmoral, y con eso, se rechazaba el relativismo moral.
Pero, no tardaron en aparecer críticos, los cuales contaban con el respaldo de muchos postmodernistas.
Pues, el concepto de ‘derechos humanos’ es un ejemplo típico de los ‘discursos totalizantes’ a los que tanto teme
Lyotard y el resto de los postmodernistas. La ONU no proclamó derechos para los chinos, derechos para los
australianos y derechos para los árabes; antes bien, declaró los mismos derechos para la totalidad de la especie
humana.
Los críticos empezaron a señalar que esto era un claro ejemplo de ‘imperialismo cultural’. El concepto de
derechos humanos, se alegaba, es típicamente occidental, y se impuso con gran arrogancia al resto de los pueblos
del mundo, sin tener en consideración conceptos alternativos. Al promover los derechos humanos, en realidad se
abre el camino para que las potenciales occidentales dominen culturalmente a los pueblos del llamado ‘Tercer
Mundo’.

78
En esto, los postmodernistas tienen algo de razón. El concepto de derechos humanos efectivamente nació
en Occidente. Pero, el hecho de que los occidentales (y, valga aclarar, algunas tradiciones orientales también han
nutrido a los derechos humanos) hayan formulado este concepto no implica que no tenga alcance universal.
Newton era inglés, pero no por ello la ley de la gravedad está confinada a Inglaterra.
Quizás los occidentales han sido arrogantes al no incluir los conceptos morales de otros pueblos, pero ¿hay
algo objetable en ello? ¿Debe un científico incluir las ceremonias de curanderos en los manuales de medicina? De
nuevo, al apreciar que la ciencia puede decirnos mucho sobre la correcta moral, no tenemos necesidad de incluir
concepciones morales que, sencillamente, son erróneas.
Tampoco es falso que la concepción de los derechos humanos se ha empleado como motivo para aplastar a
los pueblos del llamado ‘Tercer Mundo’. Pero, ello no invalida al concepto de derechos humanos universales. La
ecuación de la relatividad sirvió para destruir a Hiroshima, pero no por ello debe renunciarse a ella.
Los primeros en protestar en contra de los derechos humanos fue la U.R.S.S. Allí donde la Declaración de
los derechos humanos garantiza un mínimo de derechos al individuo, los soviéticos reclamaban que la
colectividad, y no el individuo, debe ser el depositario de los derechos. Si bien esta concepción es objetable, al
menos los soviéticos mantuvieron su compromiso con el universalismo, y rechazaron el relativismo moral: su
concepción de los derechos humanos pretendía aplicarse, no sólo a los soviéticos, sino a la especie humana entera.
Pero, eventualmente aparecieron declaraciones alternativas que invocaban ‘derechos’, no con alcance
universal, sino para la idiosincrasia de cada pueblo. Así, por ejemplo, surgió la Declaración de los derechos
humanos en el Islam. Si bien esta declaración no admitía atrocidades muy comunes en los países musulmanes (la
extracción del clítoris, la violencia doméstica, etc.), imponía límites al alcance de los derechos humanos
universales, precisamente para proteger antiguas costumbres procedentes de la Sharia, la ley islámica. Y, a
diferencia de los soviéticos, esta declaración pretendía aplicarse sólo en los países musulmanes, limitando así el
alcance universal de la moral, y por extensión, asumiendo el relativismo moral.
El rechazo a los derechos humanos le viene muy bien a los tiranos del llamado ‘Tercer Mundo’ que se
amparan en los conceptos de autonomía cultural para cometer todo tipo de atropellos. Con la excusa de resistir el
imperialismo cultural que supuestamente termina por perjudicar a los ciudadanos de los países del llamado ‘Tercer
Mundo’, las elites que gobiernan esos países pretender quedar inmunes frente a los críticos que señalan los abusos
que cometen. En su torpe intento por reivindicar a los oprimidos, los postmodernistas abren aún más el camino a la
opresión, en la medida en que prescinden del concepto de derechos humanos universales que sirve para garantizar
un mínimo de felicidad.
Con el respaldo de los postmodernistas, en algunos países asiáticos se han cometido varias atrocidades.
Singapur, por ejemplo, es un país con un creciente nivel socioeconómico, pero su registro en materia de derechos
humanos es muy precario. Por lo general, los países acusados de violar los derechos humanos rechazan esas
acusaciones. Pero, el ex primer ministro de Singapur, Lee Kwan Yew, parecía admitir que, en efecto, su gobierno
violaba derechos humanos. No obstante, Lee Kwan Yew argumentaba que los derechos humanos no tienen
alcance en Singapur, y proponía como alternativa regirse por ‘valores asiáticos’ fundamentados en la obediencia a
la tradición, la imposición forzosa de la autoridad, y la supresión del individuo a favor del colectivo; valores que
en muchos casos, no son compatibles con los derechos humanos.
Mahatir Mohamad, el defensor de esta alternativa en Malasia, opinaba que los derechos humanos son una
imposición violenta e irrespetuosa a las tradiciones asiáticas. Y, a su juicio, el camino hacia la liberación
postcolonial debe incluir la resistencia frente a la arrogancia occidental que predica que todos los seres humanos
tienen un mínimo de derechos, y proponer como alternativa los valores propios de la cultura asiática, los cuales no
necesariamente tienen contemplación por los derechos humanos ‘inventados’ por los occidentales.
Uno de los aspectos más desafortunados del postmodernismo es observar cómo muchos de sus exponentes
piden a gritos reivindicaciones para las minorías en los países occidentales, pero callan frente a los abusos de
gobernantes asiáticos como Lee Kwan Yee y Mahatir Mohamad. A tal punto ha llegado el relativismo moral de los
postmodernistas, que algunas de sus figuras más emblemáticas excusan (y apoyan) atrocidades como la extracción
del clítoris en algunas tribus del África oriental.

79
Además de la ablación del clítoris, una de las costumbres rituales más repugnantes que aún cuenta con
cierta difusión es la práctica del sati en la India. Esta antigua costumbre consiste en que las viudas son arrojadas,
voluntaria o involuntariamente, al fuego de la pira funeraria, para arder junto al cuerpo de sus maridos. Cuando los
británicos impusieron su control imperial en la India, prohibieron la práctica, y en la actualidad, no está permitida,
a pesar de que aún ocurre en algunas aldeas.
Los brahmanes (sacerdotes del hinduismo) se quejaban frente a los administradores coloniales, pues
argumentaban que se trataba de una costumbre nacional muy antigua. Renunciar al sati era una traición a su
legado cultural. Frente a ese argumento relativista, un militar británico en la India pronunció estas célebres
palabras: “Mi nación también tiene una costumbre: cuando los hombres queman a mujeres vivas, los colgamos.
Actuemos de acuerdo con nuestras costumbres nacionales”. Muchos críticos del colonialismo se quejan de los
abusos que los británicos cometieron en la India, pero al menos se reconoce como aceptable la prohibición del
sati.
No obstante, insólitamente, no faltan postmodernistas que consideren que los británicos hicieron un gran
daño al prohibir el sati. La postmodernista Gayatri Chakravorty Spivak (traductora y seguidora de Derrida y
Foucault) es la más emblemática. A juicio se Spivak, los británicos cometieron un brutal acto de ‘violencia
epistémica’ en contra de la población nativa de la India. Los británicos no comprendieron que, en el sistema
cultural hindú, el sati es una práctica que concede un gran estatuto heroico a las mujeres inmoladas. Se trata de un
acto de martirio que propicia un sentido de trascendencia religiosa. Al categorizar al sati como un simple
homicidio, los británicos irrumpían violentamente sobre el ordenamiento cultural de los indios. Los británicos
violentaron las tradiciones ancestrales, pues clasificaron como ‘crimen’ aquello que en realidad era un ‘rito’.
Vuelve acá el abuso postmodernista del lenguaje. Cuando hablamos de ‘violencia’, el común de los seres
humanos pensamos en sangre, violaciones, asesinatos, guerras, genocidios, robos, etc. Pero, una postmodernista
como Spivak quiere emplear la palabra ‘violencia’ para describir la manera en que un grupo cultural le hace ver a
otro grupo cultural que sencillamente está equivocado. ¿Es eso realmente violento? Al emplear el término
‘violencia epistémica’, Spivak pretende que, cuando un científico le explica a un brujo que el invocar hechizos no
cura el cáncer, en realidad le hace un terrible daño al atentar contra su antiguo sistema de creencias, y el científico
termina por ser violento. De hecho, cada vez que un profesor corrige a un estudiante, arremete brutalmente en su
contra.
Para Spivak, quien arroja al fuego a las jóvenes viudas sin tener contemplación por su voluntad, no es
violento. Por otra parte, quien socorre a las víctimas de esta práctica, es un monstruo violento. El postmodernismo
quiere llamar ‘vino’ al pan, y ‘pan’ al vino. De nuevo, es fácil extender todo esto al nazismo. El genocida fue
Churchill y Hitler fue la víctima, pues con su concepto foráneo de libertad, Churchill quiso categorizar como un
‘crimen’ el Holocausto, cuando en realidad, bajo el entendimiento nazi, aquello era un noble esfuerzo por hacer
más bello el mundo.
Al final, en la medida en que llama ‘violentos’ a quienes buscan erradicar la violencia, y ‘víctimas’ a
quienes la promueven, el postmodernismo termina por ser una postura harto absurda y peligrosa. Es de suponer
que Spivak, y todos los postmodernistas críticos de la racionalidad occidental, han terminado por rechazar a los
derechos humanos. Probablemente sin darse cuenta de ello, cada vez que estos postmodernistas encabezan una
marcha en contra del sistema en algún país occidental, abren el camino para que se sigan violando los derechos
humanos en países del llamado ‘Tercer Mundo’ en los que, irónicamente, muy pocos postmodernistas viven.
Para leer más…
HARRIS, Sam. The Moral Landscape. New York: Free Press. 2010. Una obra controvertida y hoy
considerada heterodoxa, pero sumamente interesante. En ella, se critica ferozmente el relativismo moral, y se
defiende la postura según la cual, la ciencia sí puede ilustrarnos respecto a qué es lo bueno.
SAVATER, Fernando. Ética y ciudadanía. Montesinos. 2002. Savater, quien se caracteriza por un estilo
sumamente claro y sencillo, ataca al relativismo moral en esta obra.
Capítulo 7
La occidentofobia

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Cuenta Diego de Landa, obispo de Yucatán y cronista de la conquista española de México en el siglo XVI,
que los conquistadores lanzaron a los perros a una mujer maya que había jurado a su esposo tener relaciones
sexuales sólo con él, y ésta fue devorada. Espectáculos como éste fueron muy comunes en la conquista española
de América. Fray Bartolomé de las Casas, quizás con alguna exageración, narra todo tipo de atrocidades cometidas
en contra de los indígenas. Probablemente las más espeluznantes son las historias en las que los soldados
españoles asesinaban a niños indígenas, arrojándolos contra las rocas.
Se calcula que en la conquista de América hubo alrededor de cincuenta millones de muertos. Por supuesto,
sólo una fracción de esa cifra murió a causa de la espada (la mayoría murió por enfermedades), pero con todo, la
violencia fue brutal. Y, el régimen que impusieron los españoles fue atrozmente opresivo. No sólo esclavizaron a
los indígenas, también importaron a esclavos africanos, y se estableció un rígido sistema de castas que perduró a lo
largo de la colonia.
Además, la corona española depredaba las riquezas de las colonias, al punto de establecer un sistema en el
que las materias primas de la América española eran sistemáticamente extraídas y enviadas a España para
financiar sus guerras; con esto, se dejaba con muy pocas oportunidades para que los territorios coloniales pudieran
alcanzar algún desarrollo económico. Hoy, Hispanoamérica aún sufre las secuelas de este sistema de colonización:
se trata de una región de altísimos contrates, en la cual las posiciones privilegiadas son ocupadas mayoritariamente
por los descendientes de los colonos españoles, y los descendientes de indígenas y esclavos africanos viven
mayoritariamente en condiciones deplorables. Muy similar fue también la colonización portuguesa de Brasil.
España y Portugal fueron las potencias coloniales en el siglo XVI y XVII. En el siglo XVIII, entraron en
decadencia y abrieron paso al auge de Francia, Inglaterra, y en menor medida, Holanda, Bélgica, Rusia, Italia y
Alemania, como nuevas potencias coloniales, para una segunda fase de la colonización; esta vez dirigida a ocupar
Asia y África.
En la segunda ola de colonización no se cometieron tantas atrocidades como en la primera, pero hubo
muchos episodios lamentables. Quizás el más triste de todos fue el reparto de África entre las potencias europeas
en la Conferencia de Berlín de 1885. En esta conferencia, se concedió al rey Leopoldo II de Bélgica el dominio del
Congo, y a partir de entonces, los belgas impusieron uno de los sistemas coloniales más brutales de la época
moderna.
La población local vivía en condiciones sumamente lamentables, y fue víctima de toda suerte de maltratos
a expensas de los colonos europeos. A diferencia de Hispanoamérica, en las colonias africanas y asiáticas casi no
quedan descendientes de los colonos, pero la mayoría de los países africanos y asiáticos sufrieron la depredación
colonial que en parte explica su pobreza actual, y en aquellos países donde sí quedan algunos descendientes de
colonos, éstos suelen ocupar las posiciones acomodadas (por ejemplo, en Sudáfrica y Zimbabue).
Lenin trataba de explicar que el imperialismo surgió como un mecanismo ideado por los capitalistas para
no tener que explotar tanto a las clases trabajadoras domésticas. Bajo el entendimiento de Lenin, las metrópolis
depredan a las colonias, y eso explica, grosso modo, por qué unos países son ricos y otros son pobres. Los países
pobres producen la riqueza, y los países ricos son una suerte de parásitos que disfrutan la riqueza que sus súbditos
han producido.
Quizás haya algo de verdad en esta explicación. Sería insensato negar el daño que el imperialismo ha
generado en países como Congo, Sudáfrica o Bolivia. Pero, también debe apreciarse que la situación no es tan
sencilla: no necesariamente, la riqueza de un país es consecuencia de la pobreza de otro. Algunos países que
fueron colonias (Singapur, Australia, Chile, entre otros) van camino a un dramático incremento en su nivel de
vida, al punto de que posiblemente puedan superar a sus antiguas metrópolis. Otros países que nunca fueron
colonia, como Etiopía, siguen inmersos en la miseria. Los países escandinavos tienen los mayores índices de
bienestar en el mundo, y con todo, nunca fueron poderes coloniales. Quizás los países ricos han alcanzado su
prosperidad, no propiamente debido a la depredación de los países pobres, sino a alguna mentalidad colectiva que
valora el trabajo, la planificación, el ahorro, etc.
Podemos someter a discusión si el imperialismo es el causante de todos los males del llamado ‘Tercer
Mundo’, pero al menos podemos reconocer que tuvo muchas consecuencias negativas para las poblaciones
colonizadas. Y, en función de ello, los postmodernistas, en su noble empeño de querer reivindicar a los oprimidos
81
(aunque, como hemos visto, muchas veces terminan por reivindicar a los opresores), han hecho del colonialismo
uno de sus principales blancos de ataque. De hecho, gracias a la influencia postmodernista, en muchas
universidades de países occidentales han surgido departamentos y facultades de ‘estudios postcoloniales’, en los
cuales se fomenta la crítica severa al imperialismo.
Antes del auge del postmodernismo, los críticos del imperialismo exponían razones fundamentalmente
económicas y políticas. Se criticaba la violencia que empleaban las potencias para imponer su dominio, el
monopolio de los mercados, la depredación de las riquezas, la discriminación a las poblaciones locales en sus
derechos civiles, el racismo, etc. Pero, para los postmodernistas, esto no es suficiente. Los postmodernistas
dedican poca atención a los efectos económicos o políticos del imperialismo, y prefieren dirigir más su atención a
los efectos culturales. Para ellos, la gran tragedia del imperialismo no fue la pobreza y la injusticia a la que fueron
sometidas las poblaciones colonizadas; antes bien, la gran tragedia consiste en la expansión de la cultura
occidental y la pérdida de las manifestaciones culturales locales. Occidente asesinó a las culturas que encontró a su
paso, sin necesidad de cometer genocidios. Al pretender que los nativos asumieran las costumbres occidentales,
estiman los postmodernistas, se perpetraba el mayor de los crímenes.
A juicio de los postmodernistas, el gran crimen de los británicos en la India no fue el haber acaparado el
monopolio de las rutas comerciales o el de haber reprimido brutalmente a los independentistas, sino el haber
erradicado el sistema de castas o la práctica de sati. El imperialismo no es tan culpable de haber sembrado miseria
económica en el mundo, como de haber pretendido expandir universalmente los valores de la civilización
occidental. En su rechazo a las pretensiones universalistas de la Ilustración, los postmodernistas atacan
constantemente al colonialismo europeo que pretendió extender al planeta entero sus modos de vida. Así, la
principal preocupación de los postmodernistas es el imperialismo cultural, muy por encima de las demás
dimensiones del imperialismo.
Y, así, en opinión de los postmodernistas, el camino a la liberación en las antiguas colonias debe empezar
por la liberación del imperialismo cultural. Esto se manifiesta en el rechazo a las imposiciones culturales
occidentales. En otras palabras, para liberarse completamente del imperialismo occidental, es necesario rechazar
por completo su influencia cultural. Los estudiantes guatemaltecos y mexicanos no deben leer a Shakespeare o a
Platón, sino al Popol Vuh. Los médicos africanos no deben dejarse guiar por el método científico occidental,
deben más bien adoptar los métodos de curandería de sus ancestros. Los nativos australianos deben resistir las
tecnologías occidentales. Los países islámicos deben rechazar las leyes occidentales, y deben asumir la ley
islámica. Y, así sucesivamente. En otras palabras, los pueblos colonizados deben rechazar la modernidad, pues la
modernidad es el principal instrumento de dominio imperial.
En opinión de los postmodernistas, la dominación cultural es la peor forma de dominio. Es mucho peor que
un imperio imponga sobre sus colonizados sus propias instituciones, que un imperio deprede las riquezas de sus
colonias. Pero, en todo caso, los postmodernistas sugieren que el dominio cultural es precisamente el aliado del
dominio político y económico. En la medida en que un imperio impone su propia cultura sobre los colonizados,
asegura su control, y eso permite explotarlos. Por ende, para acabar con la explotación, debe rechazarse la cultura
del poder dominante.
Así pues, el postmodernismo ha terminado por ser occidentofóbico. Después de todo, Occidente es la cuna
de todo aquello a lo cual se opone el postmodernismo: razón, técnica, ciencia, progreso. Por encima de todo, el
universalismo de la Ilustración es la gran némesis del postcolonialismo de inspiración postmodernista. Y, en ese
sentido, el postmodernismo alienta cualquier resistencia a las pretensiones de expandir universalmente los valores
de la Ilustración. Más aún, los postmodernistas señalan continuamente que el deseo arrogante de querer expandir
por el mundo entero los valores propios de Occidente ha sido precisamente la plataforma de excusa para cometer
los actos más atroces del imperialismo.
Por ello, a juicio de los postmodernistas, en todos los niveles, debe montarse un ataque en contra de la
civilización occidental, ¡incluso en los mismos países occidentales! Puesto que estos países ahora cuentan con un
amplio sector de inmigrantes procedentes de antiguos países colonizados, es necesario asistir a su liberación, y de
nuevo, esto consiste en rechazar los valores culturales de Occidente. No en vano, en las dos últimas décadas del
siglo XX, varios académicos norteamericanos notablemente influidos por el postmodernismo organizaron
82
manifestaciones estudiantiles de protesta en las mismas universidades norteamericanas. Su consigna no era “¡abajo
el capitalismo!”, “¡igualdad para los géneros!” o “¡no a la guerra!”, sino la frase en rima en inglés: “hey hey, ho
ho, Western Culture’s got to go” (“¡Oh, oh! ¡La civilización occidental tiene que marcharse!). Con esto,
pretendían que en los planes de enseñanza, se excluyera la lectura de las grandes obras de la literatura occidental.
Evaluemos si es razonable la occidentofobia postmodernista.
***
Las potencias occidentales modernas no inauguraron el imperialismo. Desde que la humanidad surgió en África
hace unos doscientos mil años, han surgido grupos humanos que han pretendido apoderarse de las riquezas de
otros grupos humanos. ¿Cuán grande debe ser un grupo humano para ser considerado un ‘imperio’? Esto es una
dificultad semántica que, en aras a la brevedad, no puedo discutir. Por ahora, basta señalar que ha habido muchos
imperios en la historia: yung, asirio, babilónico, islámico, bizantino, otomano, persa, azteca, soviético; la lista se
prolonga mucho más.
Por regla general, los imperios han impuesto su dominio sobre los territorios ocupados con el mero fin de
depredar recursos y recaudar tributos. A los romanos, por ejemplo, les interesaba poco que sus súbditos adoptasen
las costumbres romanas, y mucho menos su religión: en eso, eran bastante tolerantes. Su interés era que se pagase
tributo al César. En este sentido, tradicionalmente a los imperios no les interesaba universalizar sus costumbres e
imponerlas sobre sus súbditos, sencillamente les interesaba depredar. Practicaban, por así decirlo, un imperialismo
político y económico, pero no un imperialismo cultural.
Pero, los imperios de Occidente fueron distintos. Los romanos no tuvieron mucho interés en que sus
súbditos adoptaran sus costumbres, pero fueron uno de los primeros imperios que procuró sembrar sus
instituciones en sus territorios conquistados. Construyeron acueductos, divulgaron las artes y la filosofía greco-
latina, establecieron circos, impusieron la jurisprudencia romana, e incluso, ofrecieron oportunidad para que
algunos de sus súbditos se convirtieran en ciudadanos romanos y asumiesen sus costumbres.
Los romanos estaban aún muy lejos del ideal universalista de la Ilustración, pero sí asumieron que tenían el
deber de extender la civilización a aquellos que ellos consideraban bárbaros. Y, en este sentido, su motivo ya no
era exclusivamente militar y depredador; también empezó a prosperar una ideología de deber civilizador.
En el siglo XVI, los españoles y portugueses asumieron una ideología similar, pero cargada con fuertes
tintes religiosos. Sentían que la providencia les había encomendado la misión evangelizadora. Los hombres del
Nuevo Mundo eran paganos, y los españoles y portugueses asumían que tenían la obligación de predicarles el
evangelio para invitarlos a la salvación de su alma. Así, más con la espada que con la palabra persuasiva,
asumieron el deber de extender el cristianismo al mundo entero.
Los postmodernistas ven en esto una actitud de arrogancia deplorable. No les falta razón. Los misioneros
españoles se burlaban de las creencias de los indígenas, sin caer en cuenta de que muchas de sus propias creencias
cristianas eran tan o quizás más irracionales que las de los indígenas. La obsesión de los españoles con el infierno
de la ultratumba los condujo a hacer vivir a los indígenas un infierno muy terrenal.
Pero, los postmodernistas no alcanzan a apreciar que, detrás de todo ese ropaje de creencias irracionales, en
la evangelización de América hay un aspecto muy loable. Los evangelizadores apreciaban que los indígenas eran
seres humanos capaces de asimilar el cristianismo (de lo contrario, no hubiesen perdido su tiempo intentando
convertirlos), y que por ende, compartían una misma naturaleza humana. En otras palabras, los evangelizadores en
cierto sentido anticiparon el universalismo de la Ilustración (en buena medida porque el cristianismo, a pesar de
sus creencias irracionales, tiene la virtud de ser una religión universalista).
En un célebre debate frente a Ginés de Sepúlveda, Bartolomé de las Casas argumentaba que los indígenas
sí tienen alma y son seres humanos, y por ende, debe intentarse convertirlos al cristianismo. Pocos imperios se han
preocupado por considerar la humanidad de sus súbditos; los imperios occidentales fueron los primeros en hacerlo.
Como los romanos, los españoles asumieron que tenían la obligación de universalizar sus costumbres y creencias,
precisamente a partir de la premisa que afirma la unidad de la especie humana.
En la llamada ‘segunda fase’ del imperialismo, esta vez comandado por Francia e Inglaterra, y dirigido a
los territorios de África y Asia, se adoptó una ideología similar. En un inicio, Francia e Inglaterra asumieron que

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tenían el deber de evangelizar a los nativos. Pero, en comparación con España y Portugal, Francia e Inglaterra eran
países mucho más secularizados, y este imperialismo de motivación religiosa no tuvo mucho arraigo.
Con todo, el imperialismo inglés y francés asumió con más ímpetu el ideal universalista. Pues, a diferencia
de la conquista y colonización de América, el imperialismo inglés y francés era heredero del universalismo de la
Ilustración. En especial, los franceses asimilaron la idea de que los ideales de la Revolución Francesa eran
aplicables a todos los seres humanos, y Francia tenía la obligación de extenderlos a aquellas regiones del planeta
donde aún no habían llegado. Fue éste uno de los motivos de las guerras revolucionarias y napoleónicas.
Surgió así una ideología imperialista laica. Allí donde los españoles pretendían extender el evangelio a los
paganos de América, los franceses pretendían llevar los principios de la Ilustración a las regiones bárbaras de la
humanidad que aún vivían en condiciones similares a las de la Europa del Ancién regime.
Esta ideología francesa vino a conocerse como la ‘mission civilizatrice’, la misión civilizadora. En palabras de
Jules Ferry, uno de los máximos representantes de la misión civilizadora en el siglo XIX, los franceses se sentían
una “raza superior”. Pero, mucho más que aplastar a las “razas inferiores”, los franceses sentían la obligación de
socorrer y sacar de la ignorancia, la barbarie y la superstición a esas ‘razas’, a fin de equipararlas en progreso con
la civilización occidental.
Los británicos desarrollaron una ideología similar. El gran poeta Rudiyard Kipling hizo emblemática esta actitud
en su concepto de ‘white man’s burden’, la carga del hombre blanco. Según esta ideología, los hombres blancos
tenían la carga de “llenar la boca que sufre de hambre” en los pueblos bárbaros: en otras palabras, socorrer a los
otros pueblos y sacarlos del atraso.
El mismo Marx participó de esta ideología. Desde Londres, escribió varios artículos en los cuales avalaba
la presencia británica en la India, precisamente porque con eso, se lograban erradicar las estructuras tribales
tradicionales, y se abría la senda del progreso. Por supuesto, Marx consideraba que el capitalismo era un sistema
opresivo, y reprochaba a los británicos el depredar a los trabajadores locales, pero por otra parte aplaudía el hecho
de que, con su presencia colonial, los británicos habían llevado la modernidad a pueblos con culturas tribales.
Una vez más, esto debería ser clara advertencia de que el ser izquierdista no implica ser postmodernista.
De hecho, antes del auge del postmodernismo, la izquierda socialista también participó de una ideología muy afín
a la misión civilizadora. Desde mediados del siglo XX, la U.R.S.S. y Cuba, con el respaldo de muchos
intelectuales occidentales, promovieron la ‘exportación de la revolución’, y con eso, sembraron guerrillas en
América Latina, África y Asia. Con esto, sentían la obligación de extender universalmente los principios del
socialismo a las regiones del mundo que aún no conocían el socialismo. De la misma forma en que los
imperialistas franceses e ingleses lo hacían, estos exportadores de la revolución pretendían que se asumiera
universalmente sus ideales.
De nuevo, en la actitud inglesa y francesa se manifiesta el universalismo de la Ilustración. Los franceses
promovieron la asimilación de sus colonizados, al menos en principio. La mayoría de los imperios de la historia
han depredado a las poblaciones colonizadas, y han impuesto severos regímenes de desigualdad, negando la
posibilidad de que los colonizados asuman la cultura dominante. Pero, los franceses buscaron occidentalizar a sus
colonias mediante intensos esfuerzos educativos: los súbditos coloniales ahora aprendían lengua, literatura, artes y
filosofía de Francia. Y, más importante aún, se esperaba que los habitantes de territorios colonizados fueran
ciudadanos franceses de pleno derecho, en igualdad de condiciones frente a los inmigrantes procedentes de
Europa.
Es cierto que Jules Ferry y los demás ideólogos de la misión civilizadora empleaban los términos ‘razas
superiores’ y ‘razas inferiores’. Pero, un análisis de esta cuestión revela que la misión civilizadora está
profundamente opuesta al racismo. Se inspira más bien en el igualitarismo ilustrado que estima que todos los seres
humanos son capaces de adquirir los valores universales de la Ilustración; en otras palabras, no hay impedimento
biológico para que un senegalés o un argelino comprenda la filosofía de Voltaire, pinte un cuadro en el estilo de
David, o aprecie una ópera de Bizet.
Además, en la medida en que la misión civilizadora y la asimilación ofrecía oportunidad para que los
súbditos africanos fueran ciudadanos de pleno derecho, en igualdad frente a los descendientes de los colonos, se

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proveía un poderoso antídoto frente al racismo, pues de nuevo, se proclamaba una base de igualdad entre los seres
humanos.
Las aspiraciones de la misión civilizadora no se cumplieron totalmente a lo esperado (en algunos territorios
no se concedió ciudadanía), pero en varias regiones, especialmente Argelia, muchos súbditos coloniales se
convirtieron en ciudadanos franceses e, incluso después de la independencia, emigraron a Francia y tuvieron
facilidad para ajustarse a la vida francesa. Por supuesto, el racismo ha persistido y muchos franceses de piel oscura
sufren discriminación. Pero, debe apreciarse que esto no es consecuencia de la misión civilizadora; antes bien, la
misión civilizadora se propuso eliminar el racismo, al postular que no existe un impedimento biológico para
asumir la cultura francesa.
Los postmodernistas sienten una gran repulsión por la misión civilizadora. Suelen ver en ella una ingenua
ideología que, impregnada de buenas intenciones, torpemente desemboca en una monstruosidad moral. La crítica
más frecuente consiste en señalar que la actitud paternalista de querer ofrecer a los demás los supuestos avances
propios sirvió de excusa para cometer todo tipo de abusos. La misión civilizadora fue, según los postmodernistas,
la ingenua racionalización de la devastación del llamado ‘Tercer Mundo’.
Hay algo de verdad en esto. Los franceses aprovecharon coyunturas y excusas superficiales para lanzar
guerras de conquista en nombre de la misión civilizadora. Por ejemplo, a partir de una minúscula ofensa que
recibió el cónsul francés en Argelia, se organizó una masiva invasión en 1830, la cual resultó bastante sangrienta,
dada la resistencia argelina al invasor.
Pero, no por ello la misión civilizadora es enteramente reprochable. El hecho de que una ideología se
emplee como pretexto para hacer daño no implica que la ideología sea en sí misma objetable. A lo sumo, la misión
civilizadora fue abusada por gente que, en realidad, no le dio estricto cumplimiento.
Al contrario, la misión civilizadora es sumamente estimable, pues recapitula el ideal universalista de la
Ilustración. La misión civilizadora nos recuerda que la ciencia, la técnica, la racionalidad, la igualdad entre los
hombres, las libertades políticas, la democracia, los derechos humanos, la educación laica, etc., no deben estar
confinadas a las regiones en las cuales surgieron estas instituciones. Antes bien, deben tener aplicabilidad
universal. Podemos conceder que los métodos empleados para adelantar la misión civilizadora no fueron los más
adecuados. Quizás debió haberse empleado más diplomacia y persuasión, y menos coacción militar. Pero, el
querer extender a un brahman hindú la filosofía materialista de Diderot, o a un tiránico jeque marroquí los
principios democráticos de Montesquieu, no es nada objetable.
Los postmodernistas se quejan de que la misión civilizadora fue la máxima representación del
imperialismo cultural: pretendió imponer a los demás pueblos la propia cultura europea, y con ello, barrió las
costumbres locales. Pero, es hora de asumir que, si bien es muy objetable el imperialismo económico que depreda
las riquezas de las colonias, o el imperialismo político que oprime a la población local, sí es muy defendible el
imperialismo cultural. La Ilustración debe universalizarse, al punto de conformar un gran imperio cultural que
incorpore los valores ilustrados a escala global.
Fernando Savater advierte que él está a favor de un imperialismo ético: desde los Andes hasta los Pirineos,
desde el Fuji al Kilimanyaro, deben prevalecer los mismos valores éticos que garantizan la felicidad humana.
Pues bien, este imperialismo ético es una suerte de imperialismo cultural. Y, así como Savater propone conformar
un imperio del bien, también podemos proponer conformar un imperio de los valores ilustrados.
Como bien señalan los postmodernistas, este imperialismo barre a las costumbres locales. Pero, ¿es eso
objetable? El imperialismo ético debe erradicar todas aquellas costumbres que van en detrimento de lo bueno, de
la misma manera en que el ‘imperio de la ley’ debe erradicar las costumbres criminales. Y, en este sentido, es
perfectamente admisible que el imperialismo cultural de la Ilustración barra con las costumbres locales que
obstaculizan a la democracia, la ciencia, la libertad, el igualitarismo, etc.
Hay razones de sobra para oponerse al imperialismo depredador de recursos y opresor de las colonias. Es
prudente denunciar a viva voz los abusos cometidos por los belgas en el Congo, por los conquistadores españoles
en Sudamérica, por los italianos en Etiopía, y tantos otros crímenes acaecidos durante la era del colonialismo.
Pero, así como hay razones de sobra para oponerse a ese imperialismo, también hay razones de sobre para darle la
bienvenida al imperialismo cultural de procedencia occidental.
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Varios (pero, lamentablemente no todos) de los líderes que lucharon en contra del imperialismo económico
y político defendieron, al menos tácitamente, el imperialismo cultural. Simón Bolívar, por ejemplo, jamás se
lamentó de haber recibido la influencia cultural europea; de hecho, buena parte de su programa político consistió
explícitamente en extender las ideas de Rousseau y Montesquieu a las nacientes repúblicas hispanoamericanas.
Bolívar nunca apeló a las instituciones culturales de los indígenas o los africanos, en buena medida porque sabía
que éstas no conducirían a la modernidad. Su proyecto era fundamentalmente independizar a Hispanoamérica de
España, pero manteniendo la influencia cultural europea y haciendo de Hispanoamérica un región inscrita en
Occidente.
Algunos líderes nacionalistas africanos opuestos al colonialismo, también dieron la bienvenida a la
influencia cultural europea. Patricio Lumumba, mártir de la independencia congoleña, se enorgullecía de que sus
maestros occidentales lo introdujeron a las ideas igualitaristas. El intelectual panafricano C.L.R. James también
reconocía y celebraba su inmensa deuda intelectual con la Ilustración; en sus propias palabras: “denuncio el
colonialismo europeo, pero respeto el aprendizaje y los profundos descubrimientos de la civilización occidental”.
La gran ironía del colonialismo europeo fue que el mismo contenido de las ideas ilustradas procedentes de
Europa sentó las bases para el auge de los movimientos independentistas. Y, en este sentido, muchos líderes
independentistas sensatos comprendían que los europeos hicieron un gran daño llevándose las riquezas y
explotando a la población, pero hicieron una labor estimable sembrando ideas de libertad e igualitarismo. Al final,
resulta poco relevante el hecho de que los mismos europeos no llevaron a la práctica esas ideas en su
administración colonial.
Lamentablemente, no todos los intelectuales del llamado ‘Tercer Mundo’ supieron apreciar esto. Una de
las emblemáticas figuras del postcolonialismo, el martiniqués Frantz Fanon, no supo distinguir entre el
imperialismo político-económico, y el imperialismo cultural. Y, erróneamente creyó que la mejor manera de
liberarse del yugo opresor es rechazando todos los valores culturales que los poderes coloniales difundieron
(irónicamente, el mismo Fanon participó de la psiquiatría, una disciplina con orígenes europeos). Además de
promover la violencia desenfrenada en contra de los antiguos colonizadores en virtud de su mero color de piel,
Fanon terminó por rechazar absolutamente toda institución cultural que procediese de Occidente: “no rindamos,
pues, compañeros, un tributo a Europa creando Estados, instituciones y sociedades inspiradas en ella”.
Desafortunadamente, Fanon ha ejercido una considerable influencia occidentofóbica sobre los postmodernistas.
A los postmodernistas les molesta que, durante la época en que se promovió la misión civilizadora, las
potencias europeas se consideraran ‘superiores’. Parece que los postmodernistas prefieren partir de la premisa
según la cual todas las culturas tienen el mismo valor. Pero, como hemos visto en el capítulo anterior, para evadir
el relativismo moral es necesario aceptar que hay culturas mejores y superiores que otras, y para afirmar la
igualdad de los hombres, es necesario afirmar la desigualdad de las culturas.
Los postmodernistas aprecian como un acto de arrogancia el creerse superior. Quizás lo sea. Pero, eso no
implica que no haya culturas superiores e inferiores. Y, si efectivamente hay culturas superiores a otras, ¿qué de
malo tiene el ser arrogante? Diego Armando Maradona podrá ser un personaje sumamente desagradable debido a
su arrogancia; pero no nos engañemos: ha sido el mejor jugador de fútbol de la historia. Su arrogancia es
irrelevante respecto a su superioridad deportiva. Y, así, quizás las potencias occidentales eran arrogantes al
considerarse superiores, pero no por ello estaban equivocadas.
Y, precisamente debido a su superioridad, las potencias europeas sí lograron parte del acometido que
consistió en extender a los otros pueblos los avances de la civilización occidental. Sin querer disminuir sus
crímenes, perfectamente podemos admitir que el imperialismo europeo aportó mejoras significativas a los
colonizados y hay espacio para argumentar que, en balance, el imperialismo resultó más beneficioso que
perjudicial.
Los aportes de la misión civilizadora fueron tanto materiales como intelectuales. Ni América ni África
conocían la rueda. Apenas habían logrado domesticar algunas especies de plantas y animales antes de la llegada de
los colonos europeos. Con ello, se introdujeron técnicas mucho más eficaces de arado, y se permitió enriquecer la
ingesta de proteínas que, hasta ese momento, era sumamente precaria, al punto de que en algunas tribus motivaba
el canibalismo.
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La introducción de la tecnología europea en África, Asia y América fue el impulso que empezó a sacar a
sus habitantes de economías de subsistencia. Gracias a los aportes materiales de los colonizadores, se adquirió la
posibilidad real de producir excedentes. La aspiración marxista siempre ha sido generar plusvalía, pero a
diferencia del sistema capitalista, repartirla equitativamente. Pues bien, si no fuera por el colonialismo, ni siquiera
habría sido posible generar plusvalía en África, América y Asia. Los postmodernistas que se declaran
simpatizantes del marxismo deberían apreciar esto.
Los aportes intelectuales no fueron menos significativos. El colonialismo europeo introdujo la escritura en
América y muchas regiones de África. Las potencias europeas también divulgaron el método científico, lo cual
condujo a una dramática mejora en las condiciones sanitarias que, en promedio, ha aumentado significativamente
la esperanza de vida de los americanos, africanos y asiáticos.
El colonialismo también permitió mayor unidad lingüística entre pueblos que, antes de la llegada de los
europeos, estaban sumamente fragmentados debido a las limitantes lingüísticas y los odios tribales, y no podían
establecer vínculos entre sí. Y, si bien los colonialistas europeos impusieron regímenes opresivos, la mayoría de
las veces sustituyeron a imperios y regímenes de jefes locales que eran aún más opresivos. La encomienda en
México era un sistema deplorable, pero con todo significó una mejora respecto a las brutales condiciones de
dominio que habían impuesto los aztecas sobre sus súbditos.
Se ha reprochado mucho al colonialismo europeo de ser el gran responsable del tráfico de esclavos en la
edad moderna. A esto, debe responderse que, hasta el siglo XIX, casi todas las sociedades habían sido esclavistas,
pero que sólo en Occidente surgió el germen de las ideas abolicionistas. Es cierto que los negreros portugueses e
ingleses trasladaron masivamente a esclavos desde África hasta América. Pero, mucho de esto se hacía en
colaboración con los mismos reyes y jefes tribales africanos que vendían esclavos. Probablemente vendrá a la
mente la imagen de Raíces, de Alex Haley, en la cual se narra cómo los negreros ingleses capturaron a Kunta
Kinte para esclavizarlo. Ciertamente hubo escenas como ésa, pero no era lo habitual. Los negreros consideraban
muy peligroso el adentrarse en el continente para capturar esclavos. Preferían comprarlos a los jefes locales.
Muchos de estos esclavos eran prisioneros de guerra que, en los conflictos tribales (los cuales abundaban en
África), eran capturados y vendidos a los negreros. Muchos reinos africanos prosperaron con este negocio.
Los europeos apenas fueron uno entre los muchos partícipes de este cruel negocio. Los árabes participaron
tanto o más del tráfico de esclavos africanos, al punto de que algunos países árabes fueron los últimos en suprimir
legalmente la esclavitud, ya bastante entrado el siglo XX. El abolicionismo fue un movimiento originario
fundamentalmente de Inglaterra y Francia, las dos potencias de la segunda fase del colonialismo. Como cabría
suponer, el abolicionismo tuvo un fuerte influjo de las ideas igualitaristas de la Ilustración. Y, precisamente el
colonialismo fue el encargado de suprimir la esclavitud en buena parte del llamado ‘Tercer Mundo’. La esclavitud
ya existía con mucho arraigo antes del colonialismo europeo, pero dejó de existir durante la era del colonialismo
europeo, salvo en algunas regiones del mundo árabe en las cuales, precisamente, los poderes coloniales europeos
no tuvieron una presencia muy fuerte.
No deja de ser cierto que muchas veces se usó a la lucha en contra de la esclavitud como pretexto barato
para cometer terribles abusos. En particular, la colonización belga del Congo se ufanaba de combatir la esclavitud,
pero al mismo tiempo, Leopoldo II imponía un terrible sistema de dominio privado sobre un vasto territorio, el
cual irónicamente incluía a la misma esclavitud. Pero, de nuevo, el hecho de que la lucha en contra de la esclavitud
se usase como pretexto para cometer abusos no implica que la esclavitud no existía en esos territorios antes de la
llegada de los europeos. Y, si bien Leopoldo II era un monstruoso hipócrita al ser él mismo un esclavista, podemos
afirmar que, en líneas generales, el colonialismo europeo sí puso fin a la esclavitud en África y Asia.
Los postmodernistas frecuentemente reprochan de ‘eurocentristas’ a los historiadores que señalan los
aportes positivos de la expansión colonial europea. El ‘eurocentrismo’ sería una variante del ‘etnocentrismo’.
Pero, como tantos conceptos empleados por los postmodernistas, ‘eurocentrismo’ y ‘etnocentrismo’ no tienen una
definición muy clara. Por lo general, los postmodernistas entienden ‘etnocentrismo’ como la tendencia a creer
erróneamente que los patrones propios de una civilización son aplicables al resto de la humanidad. Así, el
eurocentrismo sería la creencia de que los valores europeos pueden ser empleados para evaluar a otras sociedades.

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Hemos visto que algunos valores son sencillamente universales, y que para evadir el relativismo moral, debemos
asumir que valores nacidos en Europa, como la democracia o el igualitarismo, deben ser aplicados universalmente.
Si los postmodernistas quieren llamar ‘eurocentrismo’ a esa pretensión, pues entonces tendremos que darle la
bienvenida al eurocentrismo. Por supuesto, tal como hemos visto en el capítulo anterior, podemos admitir un
relativismo moral descriptivo, y en este sentido, debemos rechazar el eurocentrismo, si esto lo entendemos como
la tendencia a creer que las demás civilizaciones tienen nuestros mismos valores e instituciones. Sería un torpe
eurocentrismo el creer que, puesto que en Europa no está permitida la poligamia, la poligamia está universalmente
prohibida. Pero, insisto, el eurocentrismo es rechazable sólo a nivel descriptivo, no a nivel prescriptivo. Si bien la
poligamia está permitida en los países musulmanes, no por ello podemos argumentar que la poligamia debe estar
permitida en esos países.
Los postmodernistas también suelen entender ‘etnocentrismo’ como la tendencia a creer que la cultura
propia es preferible a las demás, o atribuirse singularidades que, en realidad, muchos otros pueblos también
comparten. Por consiguiente, el ‘eurocentrismo’ sería la tendencia a creer que la civilización oriunda de Europa ha
sido mejor que las demás, y la tendencia a creer que los europeos son singulares en costumbres y creencias que, en
realidad, están presentes en otros pueblos.
La misión civilizadora ha sido frecuentemente atacada por los postmodernistas como un monstruoso mito
eurocentrista, en la medida en que postula que los europeos eran los depositarios de la civilización, y el resto de la
humanidad vivía en barbarie. Ciertamente muchas veces la misión civilizadora se volvió una caricatura, pero ha de
insistirse en que es viable argumentar que Occidente sí ha sido mejor que otras civilizaciones, y que cuenta con
una serie de singularidades que la distinguen del resto de los pueblos del mundo.
A partir de eso, los historiadores que hacen un retrato medianamente favorable (o, en todo caso, que
reconocen que hubo aspectos positivos) del colonialismo europeo no deberían temer ser llamados ‘eurocentristas’
por los postmodernistas. Ser ‘eurocentrista’ no debería ser motivo de vergüenza. Por supuesto, allí donde los
postmodernistas consideran que el eurocentrismo es una postura errada, los historiadores deberían argumentar que,
al contrario, el eurocentrismo es una postura con una fuerte correspondencia con la realidad, pues en efecto,
Europa ha sido singular en muchos aspectos, y sus instituciones son más convenientes y estimables que las de
otros pueblos.
Dinesh D’Souza, por ejemplo, es un autor indio que entusiastamente defiende la singularidad y
superioridad de Occidente. D’Souza estima que Occidente es singular, pues de esta civilización son originarias tres
grandes instituciones que han marcado la pauta de la modernidad, y han contribuido a un mejoramiento de las
condiciones de vida de la humanidad. Y, de nuevo, si bien el colonialismo incurrió en abusos, ha servido para
extender estas instituciones por el mundo entero. Esas tres instituciones son la ciencia, la democracia y el
capitalismo.
Si bien algunas civilizaciones antiguas pudieron desarrollar algunos conocimientos protocientíficos, la
ciencia moderna (con un método bien delineado, un desencantamiento del mundo, y un aparato político que
apoyara las investigaciones) sólo surgió en Europa a partir del siglo XVII. Contrario a lo que los postmodernistas
creen, la ciencia inequívocamente ha sido un inmenso beneficio a la humanidad. Debemos agradecer a Occidente
el origen de esta institución, y al colonialismo su expansión por territorios más allá de Europa.
La democracia también es originaria de Europa. Si bien hubo una antigua democracia en Atenas, la
concepción moderna de la democracia como un sistema de gobierno del pueblo que garantice el balance de
poderes, libertades mínimas, y una base de igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos, es en realidad
heredera de las revoluciones inglesa, norteamericana y francesa. El colonialismo extendió estas ideas (aunque,
admitámoslo, no siempre las colocó en práctica) a pueblos que, sencillamente, no las conocían. Hoy, muchos
gobernantes del llamado ‘Tercer Mundo’, especialmente los países musulmanes, rechazan la democracia
precisamente como un artificio occidental. Si, como debemos, aceptamos que la democracia es el mejor sistema de
gobierno (pero, no por ello está absolutamente exenta de críticas), entonces tenemos otro motivo más para
agradecer a Occidente por adelantar esta forma de gobierno, y al colonialismo europeo por extenderlo a los países
del llamado ‘Tercer Mundo’.

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Contrario a D’Souza, quizás haya espacio para argumentar que, a diferencia de la democracia o la ciencia,
no debemos agradecer al colonialismo europeo la expansión del capitalismo. Esto no sería debido a que el
capitalismo no es originario de Europa (evidentemente sí lo es), sino debido a que el capitalismo no ha sido un
sistema beneficioso para la humanidad. Podemos someter a debate si el capitalismo es malo o bueno, pero de
nuevo, el ser militantes de la izquierda no implica abrazar el postmodernismo y el rechazar los aspectos positivos
del colonialismo.
Pues, aun si el capitalismo fuera un sistema económico y político opresivo, es menos opresivo que los
sistemas económicos y políticos que predominaban en América, Asia y África antes de la llegada de los
colonizadores europeos. Uno de los más grandes críticos del capitalismo, Karl Marx, era plenamente consciente de
eso. Como buen heredero de la Ilustración, Marx opinaba que la humanidad transitaba por un progreso que pasaba
por el esclavismo, el feudalismo, el capitalismo y finalmente el comunismo.
Quizás el esquema histórico de Marx es demasiado simplista, pero podemos rescatar la observación de
Marx de que si bien el capitalismo puede ser muy malo, es al menos una mejora respecto al esclavismo y el
feudalismo. Por ello, vale insistir, Marx terminaba por avalar el imperialismo británico en la India. Y, Marx
reconocía al capitalismo haber sido el sistema económico que desarrolló la infraestructura necesaria para poder
producir excedentes.
En todo caso, hay suficientes motivos para afirmar la singularidad de la civilización occidental, como
genitora y difusora de instituciones que han hecho un inmenso aporte a la humanidad. Se trata de un tema
extensísimo, pero el siguiente pasaje de La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Max Weber es un
buen resumen: “Sólo en Occidente hay ‘ciencia’ en aquella fase de su evolución que reconocemos como válida
actualmente… Ninguna civilización no occidental ha conocido la química racional… Maquiavelo tuvo precursores
en la India; pero a la teoría asiática del Estado le falta una sistematización semejante a la aristotélica y toda suerte
de conceptos racionales. Fuera de Occidente no existe una ciencia jurídica racional… Algo semejante al Derecho
canónico no se conoce fuera de Occidente… Sólo en Occidente ha existido la música armónica racional
(contrapunto, armonía)… El cultivo sistematizado y racional de las especialidades científicas, la formación del
‘especialista’ como elemento de la cultura, es algo que sólo en Occidente ha sido conocido. Producto occidental
también es el funcionario especializado, piedra angular del Estado moderno… Y, desde luego, sólo el Occidente
ha creado parlamentos con ‘representantes del pueblo’ periódicamente elegidos, con demagogos y gobierno de los
líderes como ministros responsables ante el parlamento… También es Occidente el único que ha conocido el
‘Estado’ como organización política, con una constitución racionalmente establecida, con un derecho
racionalmente estatuido y una administración por funcionarios especializados guiadas por reglas racionales
positivas”.
Weber ha sido criticado por historiadores serios, quienes han asomado la posibilidad de que muchas de las
grandes instituciones supuestamente singulares de Occidente pudieron haber tenido un origen, al menos parcial, en
las civilizaciones de la India, China o el Islam. Todo esto es debatible, y es sano alimentar esta discusión.
Pero, admitir, como suele hacerse, que los aztecas, incas y mayas eran ‘civilizaciones avanzadísimas’ y que
contribuyeron tanto a la ciencia como los europeos, es ir demasiado lejos. Construir pirámides y elaborar
calendarios no es suficiente. Los fundamentos de la ciencia están en la racionalización del mundo, la
instrumentación de un método basado en la observación, y la continua verificación de los alegatos. Los aztecas,
incas y mayas no hicieron ningún descubrimiento científico destacable.
Peor aún, la obsesión postmodernista con rechazar la primacía de Occidente ha conducido a algunos
historiadores a elaborar toda suerte de alegatos irracionales sobre los supuestos orígenes de los grandes avances de
la humanidad. En respuesta al eurocentrismo, ha surgido el movimiento ‘afrocentrista’, con exponentes tan
lamentables como Molefi Asante, Martin Bernal y Cheikh Anta Diop. Entre sus curiosas teorías, alegan que los
antiguos egipcios eran gente de piel muy negra, que los griegos robaron la filosofía a los egipcios y los africanos
en general (una teoría que fue defendida por el sanguinario dictador Idi Amin); y en sus formas más absurdas, el
afrocentrismo ha defendido que los blancos fueron creados por un dios maligno.
De esa manera, ser etnocentrista no debería ser necesariamente un reproche pues, al considerar
objetivamente la historia de los grandes avances de la humanidad, observamos que Europa es la cuna de muchos
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de esos avances. Ahora bien, si entendemos ‘etnocentrismo’ como el encierro y la fascinación con la cultura
propia, al punto de ni siquiera demostrar un interés por la existencia de los demás, entonces el etnocentrismo sí
sería motivo de vergüenza. Pero, bajo esta acepción del etnocentrismo, podemos argumentar que Occidente ha
sido una de las culturas menos etnocentristas.
Por encima de cualquier otra civilización o cultura, Occidente ha mantenido una constante disposición a
explorar aquello que está fuera de su órbita. Esto no es sólo en un sentido geográfico (exploración de territorios),
sino en la disponibilidad de asistir a un encuentro con los demás. Generalmente ha sido Occidente la interesada en
interactuar con las demás civilizaciones, y no viceversa. De esa manera, a diferencia de otras culturas, Occidente
se ha caracterizado por una constante apertura de horizontes que le ha permitido trascender el encantamiento
consigo misma. Más que en cualquier otra civilización, en Occidente se ha cultivado el deseo de trascender, de ir
más allá de los límites conocidos, a fin de incorporar nuevas experiencias y suscitar dinamismo en el seno de la
civilización, a partir de las experiencias acumuladas. Fue Colón quien quiso saber qué había al otro lado del
Atlántico; no Moctezuma.
Esta constante apertura a nuevos horizontes ha propiciado que Occidente continuamente mantenga una
actitud de autocrítica. Pues, al considerar el contacto con otros pueblos, ha aprovechado la oportunidad para
compararse y someterse a sí misma a crítica. Occidente es la cuna de Lyotard, Foucault, Derrida y tantos otros
críticos de la misma civilización occidental. A los postmodernistas les cuesta admitir que la doctrina a la cual se
adscriben es singularmente occidental, pero en realidad ninguna otra cultura ha estado tan dispuesta a relativizarse
y criticarse a sí misma.
Incluso, la mayoría de los pueblos están tan encantados consigo mismos que, en muchas lenguas, la palabra
para designar ‘hombre’ o ‘ser humano’ es la misma para designar el propio grupo étnico. Ciertamente Occidente
ha distorsionado a los foráneos confinándolos a la categoría de ‘bárbaros’, pero por regla general, han cultivado un
interés en conocer las costumbres foráneas, cuestión que no se aprecia en las otras culturas, o al menos no con la
misma intensidad.
Max Weber afirmó la singularidad europea, y en ese sentido, sería un eurocentrista. Pero, afirmó la
singularidad europea después de haber hecho sendos estudios comparativos con la India y China. En ese sentido,
no puede acusarse a Weber de ser un etnocentrista, pues mantuvo un vivo interés por conocer lo foráneo. Como
Weber, los grandes pensadores de Occidente han mantenido una actitud abierta a conocer a aquellas
manifestaciones que no proceden de la civilización occidental. La antropología, la disciplina que se encarga de
estudiar las costumbres de los distintos grupos humanos, nació en Occidente. Difícilmente pudo haber nacido en
otra cultura, precisamente porque las otras culturas no han tenido un gran interés en conocer a los demás.
No han faltado postmodernistas que han reconocido que, en efecto, como ninguna otra, la civilización
occidental ha demostrado un gran interés por conocer al resto de los pueblos del mundo. Pero, en vez de apreciar
esto como una virtud, estos mismos postmodernistas lo ven como un terrible vicio. Pues, estos postmodernistas
parten de la premisa (sobre la cual volveremos en el capítulo 9), según la cual toda forma de conocimiento está
ligada al ejercicio del poder. Y, en este sentido, Occidente se ha interesado por conocer a los otros pueblos, pero
siempre con el afán de dominar; nunca por amor al conocimiento mismo.
El más emblemático de estos postmodernistas es el palestino-norteamericano Edward Said. Su obra más
conocida, Orientalismo, es algo así como la Biblia de los llamados ‘estudios postcoloniales’ que han servido como
base para la occidentofobia de inspiración postmodernista. La tesis de Said es la siguiente: desde épocas muy
tempranas (Said se remonta a los tiempos de Esquilo), la civilización occidental ha construido una imagen
distorsionada de aquello que ha venido a llamar ‘Oriente’. Las sociedades europeas han representado a las
sociedades de África y Asia como si fueran un ente monolítico en el cual se puedan aglutinar sociedades muy
dispares entre sí.
En otras palabras, Said acusa a los occidentales de promover un esencialismo respecto a las culturas
orientales. En la medida en que los occidentales han inventado la ‘esencia’ de los orientales, les han atribuido
rasgos que parecen inflexibles y sin capacidad de cambio. A partir de eso, la representación occidental del Oriente
ha sido sumamente estereotípica. El exotismo del Oriente se ha exacerbado, al punto de representar a los orientales
como irracionales, fanáticos, místicos, torpes, desorganizados, débiles, incivilizados, sensuales, etc.
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Hay un germen de verdad en la denuncia de Said. La representación del Oriente en la pintura, la literatura,
la ópera, el cine, etc., muchas veces es estereotipada. Said tiene en mente especialmente a la representación de los
árabes y musulmanes; de nuevo, no deja de ser cierto que se ha abierto mucho espacio para los estereotipos de
árabes y musulmanes. Basta considerar Las cartas persas de Montesqueieu, Mahomet de Voltaire, las películas
sobre héroes norteamericanos combatiendo a terroristas islámicos, etc.
Pero, vale advertir que esto no es excepcional de los árabes y musulmanes. Virtualmente todas las culturas
han elaborado estereotipos respecto a otras culturas, y en este sentido, todas son etnocéntricas (pero, vale insistir,
Occidente ha sido una de las menos etnocéntricas). Suele representarse a los argentinos como arrogantes, a los
colombianos como deshonestos, a los venezolanos como haraganes, a los españoles como temperamentales, a los
rusos como alcohólicos, a los norteamericanos como vanidosos, a los ingleses como insensibles, a los judíos como
avaros, a los italianos como mafiosos, etc. Said pretende que los árabes y los musulmanes sean las víctimas
singulares de los estereotipos, pero a decir verdad, apenas son una gota en el mar.
La falta del empleo de la racionalidad hace que el vulgo se forme estos estereotipos. Pero, precisamente
para expurgar esos estereotipos, la civilización occidental ha buscado profesionalizar el conocimiento respecto a
otras culturas, y para ello, ha creado disciplinas. Los antropólogos estudian a las sociedades tribales, y del estudio
de las civilizaciones de la India, China y el Islam se han encargado los llamados ‘orientalistas’. Tanto la
antropología como el orientalismo han formulado métodos de estudio que permitan asegurar un conocimiento
objetivo de los pueblos estudiados. Tanto los antropólogos como los orientalistas han dedicado mucho esfuerzo a
aprender las lenguas para estudiar de cerca las instituciones de los otros pueblos.
Pero, Said pretende llevar su denuncia más lejos. Según él, los orientalistas profesionales le han dado
continuidad a la distorsión popular del ‘Oriente’. Pues, a su juicio, detrás de la fachada de objetividad académica,
los orientalistas han respondido a los intereses imperialistas. Y, para justificar el colonialismo y la depredación
imperial, los orientalistas han terminado por distorsionar a los árabes y musulmanes.
Con esto, Said equipara a los orientalistas académicos con la distorsión popular manifiesta en el cine de
Hollywood y demás representaciones de la cultura pop. Pero, al hacer esto, Said comete la misma falta que tanto
denuncia en los occidentales. Said denuncia que los orientalistas crearon un esencialismo en torno al Oriente,
metiendo en un mismo saco conceptual a manifestaciones culturales de muy diversa índole. Pero, exactamente lo
mismo hace Said respecto a quienes han representado a los árabes y musulmanes: ha colocado en un mismo saco a
los directores de Hollywood, junto a los académicos que con mucha seriedad estudian la historia y sociología de
los pueblos árabes y musulmanes. En otras palabras, Said se ha formado un estereotipo respecto a los orientalistas.
Así como no todos los musulmanes son terroristas, Said debería haber reconocido que no todos los orientalistas
obedecen a poderes imperiales.
Los orientalistas se han esforzado en presentar una imagen objetiva del mundo árabe y musulmán. En
ocasiones, sus representaciones no son muy favorables. Pero, esto no se debe a sus intereses coloniales, sino al
hecho de que, sencillamente, ésa es la realidad. En el Islam hay muchas prácticas y creencias objetables, y en el
mundo árabe hay muchas instituciones que convendría modificar. No cuento con el espacio para reseñar esas
prácticas y creencias objetables, pero puedo remitir al lector a las obras de Ibn Warraq (entre muchos otros), un
apóstata que expone críticas sustanciosas al Islam. Con todo, Said ha fomentado la idea de que cualquier crítica al
Islam (y, vale decir, Said ni siquiera era musulmán, sino cristiano) forma parte de una conspiración imperialista
para distorsionar y dominar.
Said denuncia continuamente que los orientalistas (profesionales o no) han distorsionado al Islam. Ahora
bien, para saber que las representaciones hechas por los orientalistas son distorsionadas, sería necesario
contraponer aquello que Said considera que adecuadamente refleja al Islam. Pero, insólitamente, Said siempre
advirtió que él no era especialista del Islam, ni le interesaba serlo (y, precisamente por esto, Said cometió muchos
errores técnicos en conocimientos de historia y filología, los cuales han sido denunciados por orientalistas como
Bernard Lewis). Supuestamente, su labor no consistía en aclarar cómo es realmente el Islam, sino en denunciar la
distorsión imperialista de Occidente. Pero, ¿cómo diablos puede saberse que se está en presencia de una distorsión,
si ni siquiera se pretende encontrar una realidad con la cual contrastar esa distorsión?

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Como buen postmodernista, Said solía escudarse sosteniendo que la verdad no existe, y que por ende,
ninguna representación podrá ser realista. A juicio de Said, toda representación es prisionera de su contexto y
obedece a los intereses de donde procede. De nuevo, este dogma postmodernista pretende imponer límites severos
a las posibilidades del conocimiento.
Como Lyotard, Said se opondría a los ‘discursos totalizantes’, pues considera que los orientalistas pecan de
ofrecer representaciones generalizadas de fenómenos muy dispares. Pero, insólitamente, Said no tiene freno en
sostener que cualquier representación orientalista ha sido eurocéntrica, racista e imperialista. En sus propias
palabras: “Es correcto que en lo que pudiera decir sobre el Oriente, todo europeo ha sido un racista, imperialista y
casi totalmente etnocéntrico”. De antemano, Said pretende imposibilitar cualquier representación sobre el Oriente,
pues asume que estará impregnada de distorsiones. Es decir, no sólo hasta ahora ningún occidental ha dicho algo
objetivo sobre el Oriente, sino que nunca podrá hacerlo.
Said está empeñado en formular una gigantesca teoría de la conspiración, según la cual, el estudio de otros
pueblos en realidad es una campaña para dominar. Pues, en continuidad con el postmodernista Michel Foucault
(sobre el cual volveremos en el capítulo 9), considera que toda forma de conocimiento está subordinada al poder y,
por extensión, persigue alguna forma de dominio.
Por ejemplo, Said considera que la invasión napoleónica a Egipto en 1798 fue un brutal acto de
colonialismo. En esto, muchas personas (postmodernistas o no) pueden estar de acuerdo. Pero, Said considera que
la invasión napoleónica fue especialmente perversa, porque Napoleón no buscó exclusivamente saquear o
dominar; antes bien, fue perversa porque Napoleón trajo consigo muchas comisiones de científicos (botánicos,
zoólogos, lingüistas, etc.) para adquirir conocimiento sobre Egipto. Eso, a su juicio, es una de las peores formas de
dominio, pues el conocer a los demás implica la forma más minuciosa de control.
Allí donde el común de la gente pensante enaltecería la promoción científica que hizo Napoleón (una rara
cualidad entre hombres de guerra), Said y los postmodernistas terminan por censurar el esfuerzo por conocer el
mundo; de nuevo, queda al descubierto el irracionalismo postmodernista. Si Said está en lo cierto, en los viajes de
exploración espacial no debería haber astrofísicos para hacer estudios, a fin de no ejercer un poder colonial sobre
los hipotéticos seres extraterrestres. De nuevo, esto raya en lo absurdo.
A Said nunca se le ocurre apreciar que en Occidente se ha cultivado un amor al conocimiento por el conocimiento
mismo, independientemente de los beneficios que eso pueda traer consigo. Buena parte de la labor de los
orientalistas consistió en rescatar el legado arqueológico e histórico de las antiguas civilizaciones que en buena
medida las invasiones islámicas suprimieron. ¿Qué beneficio imperialista pudieron haber sacado los orientalistas
en rescatar ruinas en Egipto o Irán? Además, lejos de haber hecho un gran daño (como supone Said), debemos a
los orientalistas el haber rescatado un sustancial patrimonio cultural preislámico que, sencillamente, no era de
interés para los musulmanes. Como recordatorio, vale contrastar la ardua labor de los arqueólogos amantes del
conocimiento, con la brutal destrucción de los budas de Bamiyán, a manos de los talibanes.
Occidente ha procurado conocer al Oriente, mucho más que por la intención de dominio (y, cabe espacio para
admitirla), por su convicción universalista. Como ninguna otra, la civilización occidental ha formulado la idea de
que todos los pueblos del mundo forman parte de una misma especie. Y, precisamente en función de ello, los
occidentales han procurado conocer a los demás.
Además, Said y los postmodernistas suelen dejar de lado que, al aproximarse a otras culturas, muchas
veces Occidente lo ha hecho con un complejo, no de superioridad, sino de inferioridad. Es así como ha nacido la
romantización del buen salvaje. Desde Tácito en el siglo I, ha existido la tendencia a representar a los pueblos
foráneos como más virtuosos que la misma civilización occidental. Tácito apreciaba en los germanos una serie de
virtudes que carecían los romanos. Montaigne veía en los caníbales tupinamba del Brasil gente más honorable que
los europeos. Rousseau imaginaba que, por estar más cerca de la naturaleza, los no europeos eran menos
corruptos. Si bien Voltaire ridiculizó al Islam en Mahomet, expuso una visión favorable de esta religión en algunos
artículos de su Diccionario. Y, como éstos, hay muchos casos de autores europeos que, probablemente para
criticar a la propia civilización occidental, han recurrido a la idealización de lo no occidental. De nuevo, Said ha
estado tan obsesionado con su prejuicio en contra de los occidentales, que nunca considera estos datos.

92
En definitiva, lo mismo que muchos otros postmodernistas, Said parte de algunas premisas aceptables, pero
termina por sostener cosas absurdas. Said partió de la legítima causa palestina, pero desembocó en posturas
irracionalistas que rechazan la posibilidad de cualquier forma de conocimiento objetivo. Su plausible denuncia de
los estereotipos de árabes y musulmanes en los medios de comunicación terminó por convertirse en la disparatada
opinión de que nunca será posible representar objetivamente la realidad.
***
Los postmodernistas occidentofóbicos suelen atacar al colonialismo europeo como si fuera el único de la historia.
Esto es obviamente errado. Los imperios europeos de los últimos tres siglos apenas fueron unos entre una vasta
lista de imperios. Primero fue sábado que domingo. De hecho, muchos de los territorios sobre los cuales las
potencias europeas extendieron su dominio eran en sí mismos imperios conformados. De manera tal que, en
muchos casos, el imperialismo europeo apenas supuso la sustitución de un imperio por otro.
Habitualmente se presenta la historia del imperialismo europeo como si hubiese una nítida división entre
‘colonizadores’ y ‘nativos’. Ningún grupo humano es nativo de ninguna región del mundo, salvo la sabana del
África oriental. Toda la humanidad viene de esa región, de manera tal que, en algún momento, todos los grupos
humanos han sido colonizadores de nuevos espacios, y es muy cuestionable que un grupo humano puede
abrogarse el derecho de declararse ‘originario’ de una región, pues sus ancestros procedieron de otra región. No es
válido presentar la historia del colonialismo como si los europeos llegaron y se enfrentaron a los ‘nativos’, pues
esos ‘nativos’ en realidad son descendientes de grupos que, algunas generaciones atrás, también habían sido
colonizadores.
Hernán Cortés forjó un imperio español en México, pero previamente ya existía el imperio azteca. Si estamos
dispuestos a considerar a Cortés y sus descendientes unos intrusos en México, entonces también deberíamos
considerar un intruso a Moctezuma, pues los aztecas no eran originarios de la zona de México que ocupaban, y
como el resto de los imperios, llegaron de una tierra foránea a imponer su dominio. La campaña militar de Pizarro,
otro de los forjadores del imperialismo español, también supuso el forjamiento de un imperio como sustitución de
un imperio anterior, el inca. El imperialismo británico y francés de los países árabes no hizo más que sustituir al
imperio que previamente prevalecía en esas zonas, el imperio islámico. Y, así con la presencia europea en China,
India, Persia y algunas regiones del África subsahariana.
Por supuesto, nada de esto excusa los abusos del imperialismo europeo. Pero, debería ser clara advertencia
de que el camino hacia la liberación de ese imperialismo no debe estar en enaltecer el estado de cosas anterior a la
llegada de los imperios europeos, porque con eso se pretende reivindicar a una forma de imperialismo que
probablemente fue aún peor que el europeo.
Con mucha frecuencia, hoy se invoca al islamismo como bandera de liberación frente al imperialismo en el
Medio Oriente. Pero, como agudamente señala Ibn Warraq, arrodillarse en dirección a Arabia cinco veces al día
debe ser el mayor símbolo de imperialismo jamás concebido. De nuevo, si la aspiración postmodernista es
oponerse al imperialismo de forma general, es sumamente hipócrita oponerse a un imperio para defender a otro
imperio. Al final, los líderes de las antiguas colonias deben entender que el mejor camino para alcanzar su
liberación del imperialismo político y económico es no resistir al imperialismo cultural y aceptar el predominio
cultural occidental. Pues, a partir de las mismas ideas promovidas por el imperialismo cultural europeo, se estará
en mejor posición para resistir la depredación.
Para leer más…
D’SOUZA, Dinesh. What’s So Great About America? Regnery Publishing. 1992. Si bien este libro es un
poco ingenuo respecto a los abusos políticos y militares de los EE.UU., contiene una ardua y elocuente defensa de
la civilización occidental.
IBN WARRAQ. Por qué no soy musulmán. Ediciones del Bronce. 2003. Además de ser un manifiesto
apóstata, Ibn Warraq defiende los méritos de la civilización occidental, y ataca severamente a críticos
postcoloniales como Edward Said.
Capítulo 8
El fraude del primitivismo

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Cuando Jean Francois Lyotard manifiesta desdén por aquello que él llama los ‘grandes relatos’, ataca
especialmente las filosofías de la historia, en particular, las de Kant, Hegel y Marx. Estos filósofos habían forjado
la idea de que la historia está encaminada hacia un fin último, y que, con el paso del tiempo, las sociedades se van
transformando por un mismo camino, hacia algo cada vez mejor. Así, al comparar las sociedades, unas están más
avanzadas que otras, pero todas transcurren básicamente por la misma ruta.
Lyotard rechaza esta idea, pues estima que no es posible fijar un objetivo último en el transcurrir histórico. A la
manera de los relativistas, considera más bien que el progreso es una ilusión, y que cada sociedad tiene su propia
forma de organizarse que, en última instancia, resulta inconmensurable con la organización de las demás
sociedades. Además, no hay manera satisfactoria de enmarcar en un solo esquema las diferentes experiencias
históricas.
La crítica de Lyotard a esquemas de filosofía de la historia como los de Kant, Hegel y Marx tiene algo de
plausibilidad. En el siglo XIX, los filósofos de la historia incurrían en cierta ingenuidad al creer que existe una
senda inequívoca y constante hacia el progreso. El análisis minucioso de los acontecimientos históricos revela más
bien que la historia ha sido un proceso mucho más caótico de lo que estos filósofos pensaban. Pero, tampoco
podemos caer en el extremo postmodernista, y negar que la historia exhibe un progreso. Debería resultar evidente
que, en balance, hoy la humanidad es más feliz que durante el Paleolítico. Si bien falta aún mucho por alcanzar, y
si bien el camino hacia la felicidad no ha sido constante, podemos al menos sostener que ha habido un espiral: con
avances y retrocesos, al menos estamos en una posición más deseable que la de nuestros antepasados de la edad de
piedra.
Las filosofías de Kant y Hegel tuvieron especial influencia sobre los antropólogos del siglo XIX. Durante
esa época, apareció la llamada ‘antropología evolucionista’. Estos antropólogos forjaron esquemas en los cuales se
delineaba la sucesión de etapas históricas unilineales que, a su juicio, atravesaban todas las sociedades. L.H.
Morgan, por ejemplo, consideraba que las sociedades atraviesan tres estados: salvajismo, barbarie y civilización.
En materia de religión, E.B. Tylor consideraba que había un transcurrir: animismo, politeísmo, monoteísmo. Emile
Durkheim teorizaba sobre el paso de una solidaridad mecánica a una solidaridad orgánica.
Estos esquemas de evolución unilineal partían de la premisa de que todos los pueblos del mundo atraviesan las
mismas etapas, y que la civilización occidental es la más avanzada de todas. Con ello, se asumía que, al observar a
una sociedad contemporánea con un pobre desarrollo tecnológico, tendríamos la posibilidad de conocer cómo
fueron los inicios de la humanidad.
Con justa razón, los antropólogos rechazan estas pretensiones. Sin necesidad de suprimir la noción de
progreso, podemos convenir en que la historia de la humanidad es mucho más compleja de lo que los antropólogos
del siglo XIX suponían, y que no necesariamente la sociedad de los bosquimanos !kung es una ventana al
Paleolítico. El arqueólogo Vera Gordon Childe advertía: “¿Acaso por el hecho de que la vida económica y la
cultura material de estas tribus se ha ‘detenido’ en una etapa del desarrollo por el cual pasaron los europeos hace
diez mil años se concluye que su desenvolvimiento mental se ha detenido por completo en el mismo punto?”.
Podemos admitir la noción de ‘progreso’ en el sentido de que unas sociedades son mejores que otras y que,
de forma general, la humanidad hoy es más feliz que en sus orígenes. Pero, eso no debería conducirnos a la
ingenuidad de sostener que todas las sociedades han transcurrido por las mismas etapas, y que los pueblos
contemporáneos tecnológicamente primitivos sean una ventana a las sociedades de hace decenas de miles de años.
Sí podemos suponer que los cazadores de hoy tenían una forma de organización social similar a la de los
cazadores paleolíticos, y en ese sentido, son primitivos. Pero, no necesariamente son primitivos en todas sus
instituciones. Su nivel de cultura material y tecnología puede ser muy precario, pero quizás su nivel de
organización de parentesco es sumamente complejo, como de hecho se ha documentado en varias tribus
australianas.
Ahora bien, este rechazo a la ingenuidad de los antropólogos evolucionistas ha conducido a los
postmodernistas a rechazar de plano la noción de progreso en la humanidad. Hemos visto en la introducción a este
libro, que a partir del prefijo ‘post’, el ‘postmodernismo’ ha venido a entenderse como aquel movimiento
intelectual que pretender surgir después del modernismo ilustrado, a saber, como su superación. Pero, si bien no es
explícitamente reconocido por muchos postmodernistas, el oponerse a los valores racionalistas de la modernidad y
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la Ilustración termina por invocar un regreso al estado de cosas antes de la modernidad. Hemos visto en el capítulo
que el postmodernismo es la versión más reciente de la contrailustración, y la contrailustración es esencialmente el
deseo de regresar a los valores propios de la premodernidad.
Juan José Sebreli, un agudo crítico del postmodernismo ha señalado que “aquello que se presenta como
hoy como un post sólo es un pre”. Y, en este sentido, en el postmodernismo hay una añoranza por la vida
primitiva anterior al auge de la racionalidad, la ciencia y la tecnología propias de la modernidad. Los románticos
del siglo XIX abiertamente expresaron nostalgia por la Edad Media. En sus ansias de regresar a la vida campesina,
su desdén por las ciudades, el enaltecimiento de los cuentos populares, la exaltación de lo gótico, etc., los
románticos evocaban la sociedad medieval.
Hoy, los postmodernistas no sienten mucha añoranza por la Edad Media. Quizás esto sea debido a que, si
bien la Edad Media antecedió a la Ilustración, aún en ese periodo histórico se manifestaban algunas instituciones
protomodernas que los postmodernistas aborrecen. La Edad Media aportó algunas tecnologías, refinó la lógica y la
argumentación, desarrolló un considerable nivel de organización política en el clero, etc. La Ilustración pretendió
superar a la Edad Media, pero en buena medida, en la propia Edad Media estaban los gérmenes de la Ilustración.
Por eso, los postmodernistas prefieren ser más radicales y exaltar, no propiamente la Edad Media, sino
civilizaciones mucho más alejadas de la racionalidad moderna e, incluso, el modo de vida anterior a cualquier
civilización.
Puesto que la llegada de Colón a América suele entenderse como el inicio del gran momento expansivo del
Occidente moderno, los postmodernistas suelen enaltecer a las culturas precolombinas, y esto ha servido de cultivo
para la demagogia indigenista en Hispanoamérica. Junto a los indigenistas, varios postmodernistas manifiestan una
gran añoranza por las civilizaciones de los aztecas y los incas.
Por ejemplo, el postmodernista Georges Bataille sentía una gran admiración por las instituciones aztecas,
especialmente sus sacrificios rituales. A juicio de Bataille, en el sacrificio azteca se recapitula la dimensión
sagrada del intercambio de bienes, la cual se ha perdido en la racionalidad economicista del capitalismo. La
práctica del sacrificio fascinó a Bataille toda la vida, al punto de que creó un grupo con la intención de llevar a
cabo sacrificios humanos. Como Bataille, muchos postmodernistas han querido ver en los aztecas y los incas
paraísos perdidos. Evaluemos qué tan idílicas eran estas sociedades.
La tribu de los mexicas, los posteriores forjadores del imperio azteca, hizo su entrada en el Valle de
México en el siglo XIII, y fundó la ciudad de Tenochtitlán en el siglo XIV. Los mexicas siempre tuvieron presente
una suerte de complejo de culpa por haber irrumpido frente a las otras civilizaciones de la región, y quizás éste fue
un factor moral decisivo en su posterior derrota frente a los conquistadores españoles.
En todo caso, los mexicas fueron ampliando su dominio territorial, al punto de constituir un imperio, el
azteca. Este imperio sometió a los pueblos vecinos e impuso severos tributos que debían ser pagados. Así, los
aztecas instituyeron un enorme sistema de coerción tributaria colectivista, y se forjó un Estado altamente
centralizado que gobernaba territorios distantes desde la metrópolis Tenochtitlán. Si bien, como en muchos otros
imperios, los tributos fueron empleados para la construcción de caminos y algunas otras obras públicas, los
tributos excedían abrumadoramente su empleo en obras.
Pronto, como en casi todos los sistemas de gran coerción tributaria colectivista, los excedentes de
producción no se emplearon para el uso y disfrute individual de quienes producían la riqueza, mucho menos para
el mejoramiento de obras públicas. Antes bien, gracias a los impuestos, el Estado azteca creció en poder, dominio
y riqueza, y logró constituir una nobleza, los piplitin. Si bien hubo una clase de mercaderes, los pochteca, sus
libertades para el comercio estaban supeditadas al control estatal, y pronto fueron empleados como espías frente a
los pueblos dominados. Y, una de las más elementales libertades, la libertad civil, también era ultrajada por el
Estado azteca. Pues, los aztecas no fueron excepción como practicantes de la esclavitud: hubo una clase de
esclavos, los tlacotin.
Pero, además del control colectivista estatal y del ejercicio de la esclavitud, quizás los aztecas sean mejor
conocidos por su militarismo. Los aztecas constituyeron enormes ejércitos por vía del reclutamiento forzoso. A
medida que crecían los ejércitos, los aztecas expandían cada vez más su dominio territorial. Y, el Estado azteca no

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tardó en emprender lo que eventualmente vino a conocerse como las ‘guerras floridas’, campañas militares con el
mero propósito de tomar prisioneros de guerra.
La mayoría de los historiadores coinciden en que el propósito de la toma de prisioneros era proveer víctimas para
los ritos de sacrificios humanos que ocupaban un lugar fundamental en la vida religiosa, social y política de los
aztecas. Los estimados varían, pero el consenso es que se sacrificaba un promedio de 250.000 personas al año. Y,
bajo una teoría considerable, procedente del antropólogo Marvin Harris, puesto que el Estado azteca no podía
garantizar el suministro de comida (entre otras cosas, presumiblemente, por el control que ejercía sobre los
pochteca), los cuerpos sacrificados en los ritos servían como fuente de comida. Así, además de ser esclavistas y
genocidas, los aztecas habrían sido caníbales.
Quizás el paraíso azteca sea demasiado fantasioso como para ser tomado en serio por la mayoría de los
postmodernistas. En vista de eso, se suele invocar con más frecuencia al imperio inca. Pues, a juicio de los
postmodernistas, si bien los incas no tuvieron la majestuosidad de los aztecas, al menos sí lograron articular una
sociedad sumamente próspera, igualitaria y justa. Desde que, en la década de los años treinta del siglo XX, José
Carlos Mariátegui publicara Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, entre los indigenistas ha
prosperado la idea de que la civilización inca practicó una forma de comunismo. La propiedad privada habría sido
abolida a favor de formas comunales de propiedad, y se habría forjado una conciencia colectivista en detrimento
de la depredación egoísta, la cual más bien habría sido introducida por los conquistadores españoles.
Evaluemos ahora qué tan paradisíaco fue el imperio inca. En primer lugar, debe aceptarse que la atribución
de prácticas comunistas a los incas no es un anacronismo inventado por Mariátegui. Está bien documentado el
hecho de que, en efecto, los incas no tenían propiedad privada y favorecían sistemas colectivistas de producción.
Pero, como bien advierte Carlos Rangel, el hecho de que los incas fueran comunistas, no habla bien, sino muy
mal, de su civilización. Pues, con su sistema colectivista, los incas no pudieron escapar a los vicios que se
repitieron en los sistemas comunistas totalitarios del siglo XX.
Con base en plenitud de evidencia, el historiador Louis Baudin ha ofrecido una reconstrucción histórica del
imperio inca, muy alejada de la sociedad utópica retratada por Mariátegui y sus simpatizantes postmodernistas.
Los incas se organizaban en torno al ayllu, un grupo de parentesco similar al clan. En este grupo, en efecto, la
propiedad era colectiva y la producción se realizaba en unidades de trabajo colectivizado. El ayllu ejercía un
control continuo sobre las actividades, la educación, la producción económica, y las preferencias de consumo de
los individuos.
La estabilidad política y económica de la sociedad inca dependía del control ejercido por el ayllu a sus
miembros. Se estima que la abrumadora mayoría de los ciudadanos no tenían permitido abandonar las comarcas en
las cuales habían nacido, se criaban y trabajaban. Todas las actividades eran planificadas y controladas por una
selecta casta de funcionarios que se encargaban de recolectar la riqueza producida y distribuirla entre los ayllu, los
cuales, a su vez, decidían distribuirla entre sus miembros en función de las necesidades que ellos apreciaran.
La propiedad era, en efecto, colectiva. Pero, la sociedad inca estaba muy lejos de la aspiración comunista
de una sociedad sin clases. Pues, precisamente, el control ejercido por los funcionarios era tan rígido, que las
masas fueron sometidas al dominio de una jerarquía comandada por el Sapa Inca (el emperador), su corte, y un
pequeño grupo de funcionarios que se encargaban de controlar las actividades del ayllu.
Esta descripción es muy parecida a la que se suele hacer de los regímenes totalitarios del siglo XX. En la
medida en que el Estado inca prometía distribuir la riqueza y garantizar un mínimo de condiciones para la
subsistencia, emergió como un ente que controlaba los aspectos más triviales de la vida de los ciudadanos. Y, fue
precisamente este totalitarismo lo que condujo, entre otros factores, al colapso del imperio inca a manos de los
españoles. A diferencia de los totalitarismos del siglo XX, el inca no colapsó debido a una insurrección popular,
sino al hecho de que, a la llegada de un pequeño contingente de españoles, éstos sólo necesitaron eliminar a la
pequeña casta de nobles y funcionarios. Al eliminar a esta casta, los españoles los sustituyeron en esa posición, y
el pueblo inca, acostumbrado a obedecer, pasivamente aceptó a sus nuevos amos.
Así pues, las dos grandes civilizaciones invocadas por los indigenistas y postmodernistas como utopías, en
realidad exhibieron sistemas deplorables. Al norte, un imperio militarista y esclavista, opresor de sus tributarios,
irracionalmente conducido por una manía genocida sacrificial, análoga a los campos de exterminio nazi. Al sur, un
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Estado totalitario que controlaba el menor detalle de la vida de sus ciudadanos, a quienes confinaba a pequeños
territorios sin posibilidades de flujo migratorio.
Pero, si bien varios postmodernistas sienten simpatía por las civilizaciones precolombinas, en realidad el
enaltecimiento de la premodernidad está mucho más volcado hacia la valoración de sociedades no civilizadas, a
saber, aquellas que no se han conformado en torno a grandes Estados, no han desarrollado tecnologías avanzadas,
son de pequeña escala, etc.
En el siglo XVIII, Jean Jacques Rousseau fue el principal forjador de la idea según la cual, los hombres que viven
en un estado menos civilizado y más cercano a la naturaleza, son los más felices. Rousseau explícitamente
opinaba: “Cuanto mejor se mira, más claro resulta que aquel estadio [antes de la civilización] era el menos
propicio a las revoluciones y el mejor para el hombre y que sólo debió salir de él por causa de algún funesto azar
que, para bien de todos, jamás debiera haber sobrevivido”. Desde entonces, como contraparte de la estimación
ilustrada por el progreso y el florecimiento de la civilización, ha surgido un discurso que valora las virtudes de los
hombres que viven alejados de la civilización, en un estado cercano al de los animales.
Se fue cultivando así el mito del buen salvaje. Bartolomé de las Casas, el Conde de Shaftesbury, e incluso,
Diderot, entre otros, defendieron en diversos grados la idea de que los hombres que no han desarrollado casi la
tecnología y viven en sociedades de pequeña escala sin mucha complejidad en su organización social, tienen
resueltas sus necesidades y disfrutan de un estilo de vida mucho más placentero que el de los hombres que viven
en civilización. Esta valoración de la vida primitiva encontró también manifestación en el arte. Pintores como
Picasso, Gauguin, o escritores como Henry David Thoreau y Hermann Melville exaltaron en sus obras artísticas el
sencillo estilo de vida de las sociedades de pequeña escala.
Todo esto parecía (y, en efecto, lo era) un mito romántico, y por ende, los científicos no estaban muy
convencidos de ello. Pero, la antropología trató de darle un cariz científico al mito del buen salvaje, y procuró
verificar si, efectivamente, las sociedades ajenas a la civilización estaban más cercanas a la felicidad. Inspirados en
Franz Boas, una generación de antropólogos popularizó estudios etnográficos en los cuales se exaltaba el supuesto
estado idílico de muchas sociedades tribales.
Claude Levi Strauss, uno de los antropólogos más estimados por los postmodernistas, es uno de los que
más se ha esforzado en presentar la imagen idílica de las sociedades ajenas a la civilización. Su conocida obra,
Tristes trópicos, es un retrato romántico de varias sociedades tribales del Brasil, en el cual se da a conocer el feliz
estado de esos pueblos.
Pero, quizás la antropóloga que más se esforzó en romantizar a una sociedad tribal fue Margaret Mead. Su
obra Adolescencia, sexo y cultura en Samoa defiende la tesis de que sólo en algunas sociedades la adolescencia es
una experiencia difícil, pues de hecho, en Samoa las muchachas disfrutan ampliamente la vida. Mead reportaba
que en la comunidad en la cual ella vivió, no se conocían tensiones de ningún tipo, y la vida era sumamente
placentera.
A tal punto ha llegado la tendencia a romantizar a las sociedades tribales, que incluso un osado
antropólogo, William Arens, negó que algún grupo humano haya practicado alguna vez el canibalismo. A su
juicio, las historias sobre caníbales son inventos colonialistas para justificar guerras de conquista. Para deshonra
hispana, el antropólogo Alberto Cardín también sostuvo esa tesis.
Los postmodernistas se ven atraídos por estos autores, pues parecen confirmar la idea de que aquellos
pueblos que nunca abrazaron la modernidad son muy felices, y que aquellos supuestos aspectos desagradables en
realidad obedecen a la distorsión colonialista. Pero, hay bastante espacio para argumentar que esta imagen idílica
de las sociedades tribales es falsa, y que toda esa distorsión más bien forma parte de lo que el antropólogo Roger
Sandall llama la “disneyficación de la antropología”.
Se ha sospechado que la misma Mead manipuló los datos de su etnografía. Años después de los estudios de Mead,
el antropólogo Derek Freeman buscó verificar por cuenta propia los hallazgos, y se sorprendió al encontrar que los
mismos nativos reconocían haber mentido a Mead, y denunciaban que ésta tenía una fuerte tendencia a presionar a
sus informantes para que les ofrecieran las respuestas que ella buscaba. En otras palabras, los estudios de Mead
eran distorsiones.

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Y, de hecho, muchos antropólogos han buscado corregir las distorsiones románticas en torno a las sociedades
tribales, y han presentado una imagen mucho más sombría. El filósofo del siglo XVII, Thomas Hobbes, no tenía
ninguna base para sostener su juicio según el cual la vida del hombre primitivo era “pobre, desagradable,
embrutecedora y corta”. Pero, irónicamente, muchos antropólogos, con plenitud de evidencia, han terminado por
establecer un juicio similar respecto a sociedades que viven en condiciones similares a las de la humanidad antes
de la civilización (aunque, de nuevo, vale advertir, las sociedades tribales de hoy no son una ventana a nuestros
ancestros paleolíticos en todos los sentidos).
Uno de los primeros antropólogos en presentar una imagen sombría de alguna sociedad tribal fue Napoleon
Chagnon, en su estudio de los yanomami de Brasil y Venezuela. Las descripciones de Chagnon están muy alejadas
del romanticismo de Mead o Levi Strauss: presenta a los yanomami como un pueblo sumamente aguerrido; e
incluso, más de un tercio de la población yanomami ha muerto como consecuencia de las guerras intertribales.
No obstante, lo mismo que Mead, Chagnon ha sido acusado de distorsionar sus estudios y manipular la
evidencia. Supuestamente, Chagnon distribuyó machetes entre los yanomami y los incitó a la violencia para poder
grabar con su cámara esas guerras. Y, según algunas denuncias, incluso deliberadamente difundió sarampión.
Nunca se ha esclarecido el caso de Chagnon, pero otros antropólogos han verificado que, no sólo los
yanomami, sino un gran número de sociedades tribales incurren en terribles campañas de guerra. Uno de los
grandes clichés postmodernistas, atribuible a Theodor Adorno y Max Horkheimer, consiste en señalar que la
racionalidad técnica de la modernidad es la responsable de haber generado los horrores de las dos guerras
mundiales en el siglo XX, y que nuestra época y nuestra civilización ha sido la más violenta de todas. Pero, varios
antropólogos competentes colocan esto en duda.
Con plenitud de evidencia arqueológica y etnográfica, Lawrence H. Keeley ha demostrado que en términos
porcentuales, nuestra época y civilización ha sido una de las más pacíficas al compararse con otras. En el siglo
XX, en la civilización occidental ha habido tres muertes violentas por cada cien habitantes. Entre los jíbaros del
Ecuador, la cifra alcanza sesenta por cada cien; entre los yanomami, veinticinco; entre los huli de Papúa Nueva
Guinea, veintidós; entre los murngin de Australia, veinticuatro.
Otro antropólogo, Robert Edgerton, ha documentado cómo muchas de las sociedades sobre las cuales se
tuvo alguna vez una imagen idílica, en realidad tienen aspectos muy desagradables. Los nativos de Tasmania, por
ejemplo, frecuentemente evocan mucha simpatía entre los promotores del mito del buen salvaje. Los tasmanios
estuvieron aislados del resto de la humanidad por decenas de siglos, y para el siglo XVIII, cuando los europeos
establecieron contacto con ellos, eran probablemente el pueblo más primitivo del mundo, al punto de que ni
siquiera conocían el fuego. Los tasmanios sufrieron muchos abusos por parte de los colonizadores de procedencia
europea, y hoy se evoca su recuerdo como un grupo que vivió una suerte de edad dorada de la inocencia, hasta que
fueron violentados por la corrupta civilización occidental.
No obstante, Edgerton ha documentado cómo, antes de la llegada de los europeos, los tasmanios incurrían
frecuentemente en guerras inter-tribales con el propósito de capturar mujeres, al punto de que la muerte en
combate era la principal causa de muerte entre este grupo étnico. Lejos de contribuir a la felicidad, el pobre
desarrollo tecnológico también generó mucho sufrimiento entre los tasmanios. En tanto ni siquiera conocían la
pesca, frecuentemente sufrían de hambrunas; a pesar de que contaban con plenitud de recursos a su alrededor, no
tenían los medios tecnológicos para aprovecharlos. Apenas vestían con un taparrabos en un clima muy templado,
en función de lo cual estaban sometidos al frío y las enfermedades derivadas. Y, además, su pobrísimo dominio de
la naturaleza propiciaba muchas enfermedades, ante las cuales no tenían absolutamente ningún remedio.
Edgerton también advierte que en la mayoría de las sociedades tribales se evidencian altos niveles de
desigualdad y explotación. Los antropólogos saben bien que en casi todos los grupos étnicos de Papúa Nueva
Guinea, los hombres ejercen un control brutal del poder y las relaciones económicas, al punto que se manifiesta
una gran desigualdad en los índices calóricos entre hombres y mujeres. En muchas sociedades tribales se violan a
las mujeres con el pleno aval social; por ejemplo, entre los gusii de Kenia, el promedio de violaciones es cuatro
veces más alto que en EE.UU.

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La explotación entre distintas clases sociales también es frecuente entre las sociedades tribales. Edgerton
reporta que, entre los kwakiuttl de Canadá, por ejemplo, muchas veces los agricultores tenían que tributar casi la
mitad de su producción a los jefes.
Como consecuencia de la ausencia de la medicina científica, las sociedades tribales también han estado
sujetas a múltiples enfermedades que, en nuestra civilización, son fácilmente curables. Edgerton reporta que en
muchas sociedades tribales, se permite a los niños jugar con el estiércol. Un método común para intentar curar a
los enfermos ha sido sencillamente exponerlos en hamacas a la lluvia. Las cifras de salubridad no son muy
alentadoras. Entre los yanomami, por ejemplo, tienen un índice de mortalidad infantil femenina del 43%. Entre las
tribus australianas, la mitad de los embarazos son abortados.
Además de todo esto, Edgerton reporta que en muchas sociedades tribales, se vive continuamente en un
estado paranoico, por temor a ser hechizado por alguna bruja, o por ser víctima de la acción de algún espíritu o
dios. De hecho, el temor es una característica presente a lo largo y ancho de las sociedades tribales, emblemático
en la conocida frase de los inuit: “no creemos, tememos”.
Mucho alarde se ha hecho de que las sociedades tribales manifiestan pocos casos de enfermedad mental, y
que la esquizofrenia es una enfermedad exclusivamente urbana. En una época, en efecto, los psiquiatras admitían
un vínculo entre la civilización y la esquizofrenia. Pero, gracias a la acumulación de datos procedentes de la
etnografía, hoy se sabe que, en todas las sociedades, existe un promedio constante de esquizofrénicos, lo cual
sugiere que entre las causas de esta enfermedad se encuentra un prominente factor biológico.
Por último, la esperanza de vida es muchísimo más baja en las sociedades tribales que en las sociedades
modernas. Hoy, el estimado mundial es 67 años de edad, y en países industrializados como Japón o Noruega,
supera los 80 años de edad. Durante los inicios del Neolítico, se calcula que era 20 años de edad. En la América
precolombina, se calcula que era 30 años de edad.
En definitiva, cada vez aparecen más estudios antropológicos en los que seriamente se cuestiona la imagen
idealizada de las sociedades tribales que alguna vez la antropología formó. Con todo, varios postmodernistas aún
se empeñan en evocar la imagen del buen salvaje. Pero, en vez de enaltecer a las sociedades tribales
contemporáneas, optan más bien por romantizar el estilo de vida del hombre paleolítico, a saber, los cazadores y
recolectores. Casi todas las sociedades tribales contemporáneas practican alguna forma de horticultura y la
domesticación de animales, cuentan con algunos utensilios como tecnología, y tienen alguna forma de
representación artística.
Pues bien, algunos postmodernistas han sugerido que la humanidad era mucho más feliz antes de la
aparición de estas instituciones, y que la etapa dorada del hombre fue cuando vivía en pequeñas bandas de
cazadores y recolectores. Así, estos postmodernistas han venido a inspirar el movimiento llamado ‘anarco-
primitivismo’, el cual busca la disolución del Estado, y un regreso al Paleolítico. De esa manera, los primitivistas
ya no sólo reprochan la racionalidad, la ciencia y la técnica, sino también la agricultura, cualquier forma de
tecnología e, incluso, el arte y el lenguaje.
Por mucho tiempo, los historiadores y antropólogos habían afirmado que la invención de la agricultura y la
ganadería es quizás uno de los eventos más significativos en la historia de la humanidad. De hecho, el hombre
vivió unos cien mil años como cazador recolector (en la época que llamamos ‘Paleolítico’), y apenas hace diez mil
años, empezó a cultivar (y, en función de esta transformación, llamamos a esta época el ‘Neolítico’).
Convencionalmente se estimaba que el Neolítico supuso una gran revolución, pues dramáticamente incrementó los
niveles de productividad, y transformó masivamente la estructura social. Con el Neolítico, el hombre dejó de ser
nómada, y se hizo sedentario: pasó a construir ciudades.
Pero, algunos antropólogos han sostenido la tesis de que la agricultura no supuso una mejora en las
condiciones de vida. Marshall Sahlins es el más emblemático defensor de esta tesis. A juicio de Sahlins, los
cazadores y recolectores del Paleolítico gozaban de mayor afluencia. En comparación con la agricultura, la caza y
la recolección ofrecen baja producción de recursos. Pero, no por ello los cazadores y recolectores sufrían
hambrunas o llevaban un estilo de vida deprimente. Pues, según estima Sahlins, los cazadores recolectores optaban
más bien por seguir el camino del budismo zen: desear poco y consumir poco. Allí donde la sociedad industrial
desea mucho y consume mucho, los paleolíticos sólo buscaban satisfacer sus necesidades básicas como el
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alimento y el vestido. Puesto que consumían poco y deseaban poco, los cazadores y recolectores del Paleolítico
gozaban del ocio (mucho más que en las sociedades agrícolas), pues no tenían que dedicar muchas horas de
jornada laboral para satisfacer sus necesidades. A diferencia del hombre moderno, el hombre paleolítico gozaba de
tiempo libre para compartir con sus semejantes.
El largo periodo de lactancia, aunado al ejercicio físico como consecuencia del continuo desplazamiento en
busca de animales para la caza y raíces para le recolección, propiciaba un descenso en los niveles de fecundidad,
cuestión que servía como control poblacional, y permitía optimizar los recursos.
Jared Diamond, otro promotor de esta tesis, sostiene que la dieta de los cazadores del Paleolítico era mucho
más nutritiva y balanceada que las dietas basadas en la agricultura y la ganadería. Y, según parece, hay evidencia
paleoantropológica que sustenta esta tesis: los fósiles de los cazadores paleolíticos son más robustos y dan signos
de haber poseído mejor salud que los fósiles de la era agrícola.
La agricultura y la domesticación de los animales, estima Diamond, propiciaron muchas enfermedades,
pues ahora los seres humanos estarían en contacto con muchos patógenos mediante la manipulación de animales y
víveres; además de que el crecimiento de las ciudades (como consecuencia de la agricultura) también propició
hacinamientos que desembocaron en epidemias. Más aún, la agricultura hizo menos balanceada la dieta, y al
depender de un pequeño número de rubros, los agricultores corrían el riesgo de sufrir de hambrunas en caso de que
algún rubro no prosperase.
También suele reprocharse a la agricultura como el origen de las desigualdades en la humanidad. Los
cazadores paleolíticos no tenían capacidad de almacenamiento, y por ende, no poseían muchas riquezas. Así pues,
todos vivían bajo más o menos las mismas condiciones. Pero, al surgir la agricultura, se empezó a producir un
excedente. La riqueza se empezó a almacenar, y surgieron grupos que lograron apoderarse de esa riqueza,
excluyendo a los otros. Además, el excedente producido por la agricultura permitía el auge de una clase ociosa que
disfrutaba mientras el resto de la población se dedicaba al trabajo de la producción agrícola.
Los alegatos de Sahlins y Diamond tienen bastante plausibilidad, a pesar de que siguen generando debates.
Quizás podamos admitir que la agricultura empeoró las condiciones de vida de nuestros ancestros. Pero, como el
mismo Diamond advierte, la sociedad industrial ha generado un gran excedente de producción y con sus
tecnologías ha permitido mucho ocio, de manera tal que en buena medida ha reparado el daño que la agricultura
pudo haber generado, y podemos afirmar que, en promedio, hoy vivimos en mejores condiciones que durante el
Paleolítico. Es sencillamente irracional pretender, como hacen los primitivistas, regresar a la Edad de Piedra.
Los primitivistas, no obstante, no se conforman con señalar las desventajas que la agricultura impuso sobre
nuestra dieta y nuestra salud. John Zerzan, uno de los más prominentes primitivistas, opina que los rasgos
culturales definitorios de la humanidad son deplorables. A juicio de Zerzan, la domesticación de los animales
implantó una actitud de dominio, la cual se ha extendido, no sólo a la naturaleza, sino a los otros hombres también.
Al domesticar a los animales y dominarlos en los rebaños, el hombre quiso también dominar a sus semejantes.
Esto ha generado la destrucción del ambiente y continuas guerras.
Zerzan y los primitivistas se unen al ataque postmodernista en contra de la ciencia, pues sostienen que la
actividad científica ha resultado en una catástrofe para la humanidad. La ciencia busca conocer la naturaleza a fin
de dominarla, y eso, estima Zerzan, termina por generar un inmenso daño a la relación armónica que los humanos
teníamos con la naturaleza.
Ciertamente la domesticación de los animales implica el ejercicio de un dominio, pero es cuestionable que el
dominio de los animales sea el motivo por el cual unos hombres buscan dominar a otros. Sin necesidad de incurrir
en las especulaciones de Nietzsche respecto a la ‘voluntad de poder’, podemos admitir que, debido a las
circunstancias de nuestra evolución como especie (en particular, la selección sexual), probablemente tenemos
inscrito en nuestro código genético una tendencia a desear dominar a los demás. El dejar de domesticar animales
no alejará la voluntad de dominio, pues probablemente seguirá inscrita en nuestros genes. De hecho, muchos
primatólogos han observado que entre los chimpancés, los cuales nunca han domesticado a otros animales, se
evidencian patrones de dominio y ejercicio de poder. Además, el hombre paleolítico estaba muy lejos de haber
tenido una relación armónica con la naturaleza. Efectivamente el hombre paleolítico no dominaba a la naturaleza,
pero precisamente debido a esto, la naturaleza lo dominaba a él. Muy probablemente los cazadores paleolíticos
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vivían atemorizados frente a fenómenos tan triviales como el trueno y la lluvia. El hombre paleolítico vivía a
merced de los depredadores y de las enfermedades, y la esperanza de vida era mucho más baja que la actual. Fue
precisamente el auge de la civilización, y el dominio de la naturaleza, lo que permitió a la especie humana
encontrar la seguridad que le garantizara un mínimo de felicidad.
Zerzan y sus seguidores han llegado al punto de reprochar como tiránico el lenguaje, la representación artística y
el uso de conceptos abstracto y de los números. Desde Aristóteles, se ha creído que el lenguaje es uno de los
rasgos más emblemáticos para distinguirnos de los animales, pero Zerzan tiene razón cuando señala que el
lenguaje es una adquisición cultural relativamente reciente y que, en efecto, hubo un largo periodo de tiempo
cuando los seres humanos no tenían lenguaje. Y, así, Zerzan estima que ésa fue la época dorada de la humanidad,
y que lo deseable será que, eventualmente, abandonemos esas instituciones.
Zerzan se opone a los conceptos numéricos porque cumplen el propósito de cuantificar todos los elementos de la
naturaleza y, con esto, se abre la puerta para la objetificación del mundo. Los seres humanos se empiezan a tratar
entre sí como máquinas cuantificables, y no como sujetos. Asimismo, Zerzan considera que el pensamiento
simbólico, el lenguaje y el arte contribuyen a la alienación. Fundamentalmente, el arte y el lenguaje consisten en
una representación de la realidad. Pero, a juicio de Zerzan, en la representación está la intención de querer dominar
aquello que es representado. Los cazadores que pintaron animales en cuevas perseguían ejercer un control sobre
esos animales, mediante su representación. Y, opina Zerzan, el uso del pensamiento abstracto permite la
organización compleja de la sociedad, la cual termina por desembocar en rígidas estructuras de dominio. Al querer
ordenar el mundo mediante la representación y el pensamiento abstracto, el hombre termina por imponer su
dominio, y limita la libertad de sus semejantes. El pensamiento lógico, lo mismo que el lenguaje, impone reglas, y
esas reglas son el primer paso hacia el ejercicio del poder.
Zerzan enfrenta acá el mismo problema de Derrida: pretende criticar el lenguaje, pero inevitablemente debe
hacerlo empleando él mismo el lenguaje. Las pretensiones de Zerzan de abandonar la civilización, al punto de ni
siquiera emplear la representación simbólica, termina por rayar en lo absurdo. Si bien los argumentos de Zerzan y
los primitivistas pretenden tener como fundamento algunos datos antropológicos sobre las supuestas virtudes del
estilo de vida durante del Paleolítico, son fundamentalmente una recapitulación del ingenuo romanticismo de
Rousseau. Frente a argumentos como los de Zerzan, es evocadora la respuesta de Voltaire a Rousseau: “después
de leer vuestro libro, uno desearía caminar en cuatro patas. Pero, puesto que he perdido ese hábito hace sesenta
años, desgraciadamente me es imposible retomarlo”. Es imposible dar marcha atrás.
Las propuestas de los primitivistas son extravagantes, e incluso vale preguntarse si ellos mismos están dispuestos
a asumirlas. La mayoría de estos primitivistas proceden de países industrializados, en los cuales se han beneficiado
ampliamente de los avances de la civilización. Aquellos países más cercanos al estilo de vida defendido por los
promotores del primitivismo, a saber, los países del Tercer Mundo, desesperadamente desean desarrollar aún más
los avances de la civilización, precisamente porque han sufrido las consecuencias de no participar de la sociedad
industrial.
En todo caso, aun si el origen de la civilización con la agricultura, el pensamiento abstracto y el lenguaje
fuera una catástrofe (cuestión que, de nuevo, es muy cuestionable), no tiene sentido tomar marcha atrás. Quizás
cometimos el error de civilizarnos, pero una vez que lo hicimos, ya es irreversible. Una vez que ya hemos estado
acostumbrados a las ventajas de la civilización, no hay manera viable de renunciar a ellas.
***
Por lo general, las tesis de los primitivistas son demasiado extravagantes como para que los
postmodernistas las abracen abiertamente. Si bien el primitivismo ha servido de inspiración al postmodernismo,
pocos gurús postmodernistas se atreven a hacer un llamado explícito a favor del regreso a la edad de piedra. Pero,
sí es más visible entre los postmodernistas el desdén por la tecnología. Y, si bien pocos postmodernistas llegan al
extremo de exaltar, a la manera de Zerzan, un regreso a las cavernas, la mayoría de los postmodernistas sí gusta de
explotar la idea según la cual, la tecnología ha terminado por perjudicar a la humanidad. Así, como corolario del
ataque a la ciencia, los postmodernistas han montado un ataque en contra de la tecnología.
El desdén por la tecnología no es reciente. Cuando la revolución industrial ya empezaba a cobrar fuerza, en
los inicios del siglo XIX, un grupo de trabajadores textiles en Leicestershire, Inglaterra, se propuso destruir los
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telares industriales, y para ello, llevaron a cabo campañas vandálicas en las fábricas. Este grupo vino a ser
conocido como los ‘luditas’, pues su supuesto líder (no hay plena seguridad de que haya sido un personaje
histórico) se llamaba Ned Ludd. Hoy, suele llamarse ‘neo-ludismo’ al movimiento en contra de la tecnología.
La principal preocupación de los luditas era que las máquinas desplazarían a la mano de obra, y los obreros
quedarían desempleados. Esta preocupación perdura hasta el día de hoy. Países como España han vivido de cerca
los avatares del desempleo. Pero, ha sido cuestionada la idea de que la tecnología es la principal responsable del
desempleo. Algunos economistas han sugerido, por ejemplo, que en la medida en que se emplea tecnología, se
aumenta la producción y se reducen los costos. Con esto, la demanda de los productos aumenta, y de esa manera,
el empleador necesita aún más fuerza laboral. En este sentido, los desempleados generados por la introducción de
la máquina son nuevamente empleados por el incremento de la demanda como consecuencia de la mayor
productividad.
Este asunto sigue abierto al debate. En todo caso, será necesario encontrar un balance entre la optimización
de la producción, y el desempleo. En las sociedades preindustriales, el nivel de desempleo era casi nulo, pues en
ausencia de tecnologías de producción, se necesitaba toda la fuerza laboral disponible. Pero, las condiciones de
vida en estas sociedades eran en promedio peores que las actuales. No sirve de mucho contar con una tasa de
desempleo bajísima, pero a la vez, tener bajísimos niveles de ingesta de calorías y esperanza de vida.
Los postmodernistas no han sido muy proclives al estudio de la economía (probablemente porque exige
mucho esfuerzo y rigor matemático; ellos prefieren disciplinas que permitan frases rimbombantes), y en este
sentido, su desdén por la tecnología alega otras razones. Mucho más que en los motivos económicos de los luditas,
los postmodernistas se inspiran en la imagen evocada por Mary Shelley en Frankenstein: la tecnología tiene el
potencial de deshumanizarnos, e incluso, las máquinas podrían volverse contra nosotros. Se trata de un tema
sumamente explotado en Hollywood, desde Tiempos modernos, hasta Matrix.
Martin Heidegger, uno de los grandes inspiradores del postmodernismo, es frecuentemente exaltado por su
reacción en contra de la tecnología. Ante un autor tan obscuro como Heidegger, difícilmente podremos estar
seguros de qué quiso decir en La cuestión de la técnica. Pero, a grandes rasgos, su tesis es que la tecnología hace
que nos olvidemos de la pregunta por el ser (de nuevo, ¿qué diablos significa esto?). El temor de Heidegger es que
nos volvamos esclavos de la tecnología, y que ésta deje de ser un medio para convertirse en un fin en sí misma.
A Heidegger también le preocupa que la tecnología despoje al hombre de su capacidad creativa. La palabra
‘tecnología’ viene del vocablo griego ‘tekne’, que significa ‘arte’. Pero, Heidegger considera que la tecnología
actual ha impedido que hombre desarrolle su capacidad poética. En la medida en que la tecnología mecaniza las
actividades cotidianas, priva a los seres humanos de su libertad expresiva. En la medida en que todo está
sistematizado, el hombre pierde su libertad. Por ello, Heidegger no era tímido en evocar las imágenes típicamente
románticas del regreso al campo y el desdén por la vida urbana.
Quizás haya algo de pertinencia en la preocupación de Heidegger. Ciertamente, en la medida en que
extendemos la sistematización de la tecnología a nuestras actividades cotidianas, nuestras vidas se vuelven un
poco más rígidas. Pero, los beneficios de la tecnología son de tal magnitud, que amerita hacer el sacrificio de
someternos a la sistematización y mecanización del mundo.
Además, la misma tecnología abre nuevas oportunidades para la creatividad y la expresión poética. La
ingeniería propicia la formación de diseños que sacan a relucir las habilidades creativas de las personas. Un
ingeniero japonés que diseña un teléfono móvil es tan artista como un pintor que representa un paisaje natural.
Tradicionalmente los estetas han considerado que la obra de arte no debe contar con funcionalidad, pero esto es
muy discutible. Muchas máquinas sirven el doble propósito de resolver alguna necesidad, y a la vez, generar
emoción estética.
Otro tecnófobo que seduce mucho a los postmodernistas ha sido Jacques Ellul. Como Heidegger, Ellul
mantuvo preocupación por el modo en que, supuestamente, la tecnología despoja de libertad a los seres humanos.
A Ellul le preocupaba cómo las personas se vuelven dependientes de la máquina. Quizás Ellul tenga razón en que
el hombre moderno depende mucho de la máquina, pero las libertades que la tecnología ofrece exceden
considerablemente a las limitaciones. El hombre primitivo es libre de la dependencia de los precios del petróleo,
pero es prisionero de un reducido espacio, al no poder viajar largas distancias. El hombre primitivo es libre de la
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radiación de los rayos X, pero es prisionero de un alto número de enfermedades que la tecnología médica ha
erradicado.
A Ellul también le preocupaba el uso irracional de las tecnologías, así como su potencial uso destructivo.
Ellul tiene razón en señalar que muchas tecnologías son irracionales (por ejemplo, el uso de automóviles
desemboca en terrible caos vehicular), pero ello no debería conducirlo a odiar a la tecnología per se. Lo necesario
es planificar con anticipación el uso de las tecnologías, y las lecciones aprendidas de fracasos anteriores pueden
conducirnos a eso. Ellul también tiene razón en que muchas tecnologías se emplean para hacer mucho daño. Pero,
deberíamos apreciar que cualquier herramienta es un arma de doble filo, y además, no es necesario emplear
tecnologías muy sofisticadas para cometer atrocidades. Ciertamente en Hiroshima y Auschwitz se emplearon
grandes adelantos tecnológicos, pero en Ruanda se asesinaron a dos millones de personas con machetes. El
problema no es la tecnología propiamente, sino el uso que se le dé.
El primitivismo tecnófobo parte de una premisa fundamental: la naturaleza es condescendiente con los
seres humanos, y por eso, debemos mantener la armonía y no buscar dominarla mediante nuestros inventos y
máquinas. Pero, no es necesaria una observación demasiado minuciosa como para darse cuenta de que esa premisa
es falsa. La naturaleza es cruel, y en su estado natural, la humanidad está sujeta a todo tipo de restricciones. Por
eso, antes de permitir que la naturaleza domine al hombre, es prudente tomar la delantera, y dominar a la
naturaleza.
El Génesis enseña muchas tonterías (al menos si se interpreta literalmente, como hacen los creacionistas),
pero uno de sus aspectos más loables es la insistencia de que Dios ha encomendado al hombre la misión de
dominar la tierra. Muchos postmodernistas se han quejado de que el conocimiento científico del mundo forma
parte de un intento por dominarlo. Quizás en esto tengan razón, pero no es objetable querer dominar a la
naturaleza. Si nosotros no la dominamos, ella nos dominará a nosotros. Acá es evocadora la frase de Simón
Bolívar, un hombre notablemente influido por la Ilustración, durante el terremoto de Caracas en 1812: “si la
naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”.
Juan José Sebreli resume muy elocuentemente la necesidad de hacer caso omiso a los tecnófobos
postmodernistas, precisamente como ruta para la liberación de los trabajadores:
“La liberación del hombre no depende pura y exclusivamente de una organización social y política más
justa… Sólo el desarrollo industrial permitió la desaparición de la esclavitud, sólo la invención de la máquina
permitió que el trabajo se realizara sin grandes esfuerzos físicos. Es decir que el desarrollo de la técnica es
una condición indispensable para la liberación del hombre… La liberación del hombre del trabajo penoso es
posible sólo recién hacia fines del siglo XX, mediante la revolución científico-técnica. La máquina liberaba
del esfuerzo físico, pero sometía a un trabajo rutinario y alienante; sólo la automatización y la robotización
llevadas hasta sus últimas consecuencias permiten la desaparición del proletariado… Los antitecnológicos
olvidan que era mucho menos saludable aún vivir en la era anterior a las vacunas y los antibióticos, cuando
las pestes diezmaban a poblaciones enteras y el promedio de vida no pasaba de los treinta años. La técnica ha
logrado controlar las pestes, las plagas, y virtualmente el hambre, que sólo subsiste en algunas regiones del
planeta por una organización política y social irracional e injusta. Los males, que trajo la tecnología sólo
podrán solucionarse con más y mejor tecnología, y sobre todo, con una tecnología usada más racionalmente…
La automatización y la robotización constituyen como ya dijimos, un medio indispensable para liberar al
hombre del trabajo físico. La informática, por su parte, es un medio fundamental para la organización racional
de la sociedad”.
El desdén postmodernista por la tecnología ha inspirado a muchos grupos ecologistas en su protesta frente a los
excesos de la sociedad industrial. Hoy, enfrentamos la grave amenaza del calentamiento global, y en oposición a
lo que algunos representantes de la derecha creen, sí parece que los seres humanos sí tenemos mucha
responsabilidad en esta hipotética catástrofe. Pero, la solución a los problemas ecológicos no está en el abandono
de la tecnología. La solución está en generar tecnologías que permitan aprovechar al máximo los recursos de la
naturaleza, a la vez que se eviten los daños ecológicos que terminarían por perjudicarnos. De nuevo, Juan José
Sebreli es muy elocuente al respecto:

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“El medio ambiente se encuentra más protegido en las sociedades industriales avanzadas que en las
economías primitivas, ya que en aquéllas las fuentes de energía causantes de polución son reemplazadas por
otros medios de energía más limpios y los pesticidas están prohibidos. En cambio, en las sociedades
atrasadas del tercer mundo, es común la destrucción forestal, la erosión de los suelos, la desaparición de las
tierras de labranza, como consecuencia directa de los sistemas de explotación anticuados. La pobreza y el
desordenado crecimiento demográfico los obliga a saquear su capital ecológico y a sobreexplotar su medio
ambiente y su base de recursos naturales… La solución de los problemas ecológicos no está pues en el
retorno de los países industriales a la tierra, sino, por el contrario, en la industrialización e introducción de
técnicas agrícolas modernas en los países atrasados”.
Primitivistas extremos como John Zezner son al menos más sensatos que la mayoría de los postmodernistas
tecnófobos. Zezner ha tenido el suficiente coraje como para proclamar que debemos prescindir de cualquier forma
de tecnología, inclusive el propio lenguaje. Pero, tecnófobos más moderados como Heidegger o Ellul son muy
imprecisos respecto al alcance del rechazo de la tecnología. Por lo general, se han limitado a criticar a la sociedad
tecnológica, sin especificar dónde debemos trazar el límite: ¿debemos abandonar el internet?, ¿el teléfono?, ¿las
señales de humo? Tecnófobos como Jacques Ellul acusaban a la sociedad tecnológica de ser nihilista, pero al final,
los postmodernistas tecnófobos incurren en el nihilismo de criticar a la tecnología, pero sin ofrecer una alternativa.
Uno de los más emblemáticos postmodernistas, Jean Baudrillard, ha expuesto otro tipo de preocupaciones
respecto a la tecnología. Lo mismo que Heidegger, ante un autor tan obscuro como Baudrillard, difícilmente
podremos estar seguros de cuáles son sus opiniones (como Lacan, Baudrillard admitía que él escribía
deliberadamente para que no le entendieran). Pero, a grandes rasgos, la tesis de Baudrillard es la siguiente: a partir
del siglo XX, han prosperado tecnologías de simulación de la realidad, creando mundos virtuales. Esta simulación
de la realidad ha llegado a tal nivel, que el mundo real se confunde con el virtual, y se ha desembocado en aquello
que Baudrillard llama ‘híper-realidad’.
Baudrillard presta mucha atención a un brevísimo cuento de Jorge Luis Borges, Del rigor en la ciencia, en el cual
se narra que un imperio construyó un mapa tan detallado de su territorio, que eventualmente el mapa vino a ser
una réplica del imperio. Pasado el tiempo, el imperio se deterioró, pero el mapa seguía intacto. Pues bien,
Baudrillard sostiene que la tecnología moderna ha llegado a tal punto en su simulación, que cada vez más las
personas se olvidan de la diferencia entre lo real y lo simulado. A juicio de Baudrillard, el caso más emblemático
es Dinseylandia: se crea una ciudad paralela de fantasía, al punto de que los usuarios se pierden y no logran
distinguir si están en un mundo real o simulado.
Como muchos otros postmodernistas, las opiniones de Baudrillard empiezan con algunas alusiones
interesantes, pero desembocan en exabruptos. Efectivamente, las tecnologías de entretenimiento buscan la
simulación, cada vez con mayor capacidad. En la Edad Media, la simulación era a lo sumo una fiesta de disfraces,
hoy la simulación incluye parques temáticos, videojuegos, etc.
Baudrillard parece mostrar mucha preocupación de que lo real se confunda con lo virtual, pues podría
llegar un momento en que nos alienemos a un mundo de fantasía. De nuevo, esto también es plausible. Nuestra
sociedad enfrenta el problema de niños malcriados que no quieren hacer actividad física con sus amiguitos, y
prefieren quedarse encerrados en la casa jugando videojuegos por muchas horas. Pero, al considerar este asunto
con mayor detenimiento, comprenderemos que un buen sector de las actividades humanas desarrolla simulacros.
De hecho, toda la actividad artística es en sí misma un simulacro. La palabra ‘simulacro’ viene del latín
‘simulacrum’, que significa ‘similitud’, pero también ‘estatua’. Así, cada vez que se representa la realidad
mediante el arte, se incurre en alguna forma de simulación. Platón sentía un desdén por los poetas, pues a su
juicio, con su creación, terminaban por desvirtuar lo real. En su empeño de atacar la simulación, Baudrillard
pareciera compartir la actitud platónica de combatir cualquier forma de arte, por temor a generar simulaciones que
no permitan distinguir lo real de lo virtual.
Las opiniones de Baudrillard en un inicio son plausibles. Pero, como muchos otros postmodernistas,
incurre en la pereza de no precisar cuál es el alcance de su crítica. Podemos aceptar que los simulacros en
videojuegos son motivo de preocupación, pero, ¿dónde trazamos el límite entre lo aceptable y lo inaceptable en la

104
simulación? Podemos aceptar que Disneylandia es alienante, pero ¿es también alienante una fiesta de disfraces?
¿Una novela que crea mundos fantasiosos? ¿Una estatua?
En todo caso, la marcha de la tecnología no parece detenerse. Y, si la ley de Moore es correcta (según la
cual, la tecnología crece exponencialmente), en un futuro no muy lejano tendremos a nuestra disposición
tecnologías que, de acuerdo a sus proponentes, nos convertirá en algo distinto a los seres humanos. Quienes
promueven estas hipotéticas tecnologías se llaman a sí mismos ‘transhumanistas’, y tienen la pretensión de que, en
un futuro cercano, aparezca un ‘post-humano’, a saber, un ser impregnado a tal punto de tecnología, que
trascenderá las limitaciones actuales del cuerpo humano y, por ende, ya no podrá ser llamado ‘humano’.
Las tecnologías propuestas por los transhumanistas son muy variadas. Algunas consisten en regenerar las
células para evitar el envejecimiento. Otras consisten en incorporar elementos de silicio al cuerpo humano para
evitar su descomposición; con esto, nos convertiríamos en cyborgs, un concepto ampliamente explorado en la
ciencia ficción. Aún otras proponen emular el cerebro natural en una máquina (o, reemplazar el material orgánico
del cerebro con material sintético), al punto de transferir la conciencia a los ordenadores y, con ello, asegurar un
cierto tipo de inmortalidad, pues el material sintético no se descompondría.
Tal como sus mismos promotores lo anuncian, el transhumanismo tiene un firme arraigo en los ideales de
la Ilustración. Los transhumanistas no han hecho más que llevar al extremo el optimismo ilustrado, el empleo de la
racionalidad, y el deseo de conocer y dominar la naturaleza para promover el bienestar de la humanidad. No
obstante, el proyecto transhumanista genera ansiedad en muchas personas, y no es necesario ser postmodernista o
contrailustrado para manifestar preocupación frente al transhumanismo.
Ciertamente la posibilidad de vivir en un mundo en el que nos habremos convertido en cyborgs, o
habremos transferido nuestras mentes a ordenadores, invita a considerar su conveniencia ética. Pero, no debemos
incurrir en mojigaterías. Debemos evaluar minuciosamente las ventajas y desventajas de estas posibilidades
tecnológicas.
Por ejemplo, no sirve de mucho argumentar que el transhumanismo es una instancia de aquello que los
griegos llamaron ‘hubris’, la arrogancia de sentirnos dioses. Cualquier innovación tecnológica lleva implícita la
arrogancia humana de querer emplear nuestro ingenio para dominar la naturaleza, pero no por ello esa actitud es
arrogante. Si hubiéramos puesto límites a nuestra arrogancia, no habríamos inventado nada.
Es más pertinente la preocupación de que estas tecnologías nos deshumanicen. Pero, de nuevo, amerita
adentrarnos en este debate sin mojigaterías. ¿Realmente queremos permanecer con las limitaciones del cuerpo
humano? Quizás para ser felices, debemos buscar precisamente la deshumanización: buscar convertirnos en una
especie que venza a la degeneración y enfermedades a las que está actualmente sometido Homo sapiens. Los
marcapasos, laz calzas de diente, las prótesis, los clavos para lesiones, etc., son invasiones foráneas en nuestro
cuerpo y, en cierto sentido, nos deshumanizan, pero contribuyen a nuestra felicidad. ¿Por qué, entonces, no
estamos dispuestos a llevar estos complementos tecnológicos a un nivel más extremo?
También es preocupante la posibilidad de que estas tecnologías terminen por imponer un terrible sistema
jerárquico en el cual sólo una minoría de la población mundial tenga acceso a estos beneficios tecnológicos, y con
esto, asegure su dominio sobre el resto de la humanidad. Esta preocupación es legítima, pero es extensible a
cualquier tecnología. Desde la invención de la rueda, hasta la invención del Internet, siempre se ha corrido el
riesgo de que sólo una minoría de la humanidad tenga acceso a sus beneficios. Lo necesario será, en todo caso,
asegurarse de que la tecnología se democratice, como efectivamente se ha hecho en los últimos diez mil años.
En definitiva, la civilización tecnológica no es enteramente utópica. Pero, en balance, la civilización y la
tecnología han traído más beneficios que perjuicios a la humanidad. Y, en este sentido, podemos sostener, en
oposición a los postmodernistas y demás contrailustrados, que sí ha habido progreso en la historia de la
humanidad. Nada nos garantiza que ese progreso continuará. Pero, para seguir intentando mejorar nuestras
condiciones de vida, será necesario no renunciar a la exhortación de la Ilustración de emplear la racionalidad,
conocer el mundo, y dominar la naturaleza.
Para leer más…
EDGETON, Robert. Sick Societies. Simon & Schuster. 1992. Una obra muy completa en la cual se refuta
la idea de que las sociedades primitivas viven felizmente.
105
VÁSQUEZ, Horacio, La izquierda reaccionaria. RED Ediciones. 2005. Una crítica general al
postmodernismo, dedica varias secciones a los primitivistas.
Capítulo 9
La obsesión con el poder
He mencionado en el capítulo 1 que, de estar hoy vivo, Marx probablemente se resentiría de ser colocado
en el mismo saco izquierdista de los postmodernistas. En efecto, el marxismo ortodoxo es heredero de la
Ilustración, y está muy lejos de asumir el irracionalismo contrailustrado de los gurús postmodernistas. Pero, ahora
debo admitir que Marx sí abrió paso a una tesis que luego sería predilecta entre los postmodernistas; a saber, que
las ideas imperantes en una sociedad sirven a los intereses de la clase dominante.
En sus análisis sociológicos, Marx postulaba la existencia de dos tipos de estructuras que conforman a la
sociedad. Por un aparte, la infraestructura es la base económica, a saber, el conjunto de relaciones de producción
que impera en la sociedad. Por otra parte, la superestructura son los valores imperantes en la sociedad. A juicio de
Marx, la superestructura reposa sobre la infraestructura; en otras palabras, los valores de una sociedad dependen de
las relaciones económicas que ahí imperen.
En este sentido, Marx era de la opinión de que los valores imperantes en una sociedad proceden la clase
dominante, y favorecen la continuidad del sistema económico. Consideremos, por ejemplo, a la religión. Según el
marxismo, las ideas religiosas de una sociedad se acomodan muy bien a los intereses de la clase dominante.
Cuando la religión enseña que los dioses han instituido la desigualdad social, o que habrá un más allá en el cual
los pobres serán reivindicados, pero sólo si no se sublevan, el sistema de opresión se mantiene, pues mantiene a la
raya a los oprimidos. Y, en ese sentido, las ideas religiosas favorecen a los opresores. Por eso, señalaba Marx, la
religión es el opio del pueblo.
Lo mismo sucede con otras instituciones. El arte refleja los valores de la clase burguesa, y sus representaciones de
sublimidad hacen que el trabajador se olvide de la opresión que está sufriendo; con esto, el opresor asegura su
dominio. El derecho ha impuesto leyes que favorecen a los intereses burgueses y perjudican a los trabajadores. El
Estado es una forma de organización política impuesta por la clase burguesa para asegurar su control sobre los
medios de producción. La educación siembra falsas ideologías en los trabajadores, a fin de que no alcancen a ver
cómo son oprimidos. Y, así sucesivamente.
Estas tesis de Marx tienen algo de plausibilidad. Es cierto que muchas religiones han servido para aplastar
a los oprimidos; por ejemplo, en la India, la creencia en el karma y la reencarnación ha servido para mantener
vigente el brutal sistema de castas. También es cierto que, en muchas ocasiones, los legisladores forman alianzas
con los empresarios para dictar leyes que perjudican a los trabajadores. Y, así, el contenido de muchas
instituciones parece favorecer a las clases dominantes.
Pero, estas tesis marxistas deben manejarse con mucha cautela, pues pueden ser fácilmente abusadas. No
podemos asumir indiscriminadamente que todas las instituciones sociales obedecen exclusivamente al interés
material de la clase dominante. Precisamente una de las críticas que el gran Max Weber hizo al marxismo fue ésta:
muchos fenómenos sociales son ante todo, ideológicos, y no viene al caso explicarlos a partir de los intereses
económicos de un grupo. En todo caso, una de las labores más arduas en la sociología consiste en poder distinguir
cuáles fenómenos obedecen a intereses materiales y cuáles no.
Pero, además del peligro de generalizar las tesis marxistas sobre las relaciones entre la base económica y la
superestructura, se corre el riesgo de hacer del marxismo una teoría no falseable. Karl Popper denunciaba que el
marxismo ha terminado por ajustarse de manera tal que no existe ningún contraejemplo posible que pueda
refutarlo. Siempre que se esgrima algún alegato o se presenta evidencia en contra del marxismo, sus defensores
podrán hacer malabares para evitar ser refutados. Y, tal como hemos visto en el capítulo 5, las teorías que no son
falseables no pueden ser consideradas científicas.
Popper denunciaba, por ejemplo, que cada vez que algún periódico reseñaba un dato que no encajaba con
el entendimiento marxista de la historia y la sociedad, los marxistas inmediatamente saltaban a decir que ese
periódico formaba parte de la prensa burguesa que tiene el propósito de alienar a la clase trabajadora para que no
se despierte su conciencia de clase, y que ése es el motivo por el cual el periódico difunde ese dato.

106
Así, lamentablemente, muchas corrientes del marxismo han venido a formar grandes teorías de la
conspiración. Según estas teorías, existe una gran conspiración burguesa para asegurar su control sobre los medios
de producción, y esta conspiración abarca a la religión, el derecho, el arte, el Estado, la educación, etc. Pero, más
importante aún, quien sostenga que esa conspiración existe, ¡forma parte en sí mismo de la conspiración! Es decir,
quien se opone al marxismo, es parte del complot burgués. Esto no es muy distinto de la creencia de varios
pueblos africanos según la cual, quien promulgue que las brujas no existen, es seguramente una bruja.
En este sentido, los marxistas han desarrollado la lamentable tendencia a intentar refutar a sus oponentes,
señalando los orígenes burgueses de su contraparte. Hemos visto en el capítulo 3 que Roland Barthes se valía de
esta estrategia cuando le reprochaban que escribía sin claridad: a juicio de Barthes, la claridad es un valor burgués.
A tal punto ha llegado este vicio marxista, que Trofim Lysenko propició el exilio de muchos genetistas a Siberia
durante la era de Stalin, bajo la excusa de que la genética de Mendel (hoy aceptada casi totalmente entre
científicos) era un invento burgués para dominar a los trabajadores.
De esa manera, el marxismo ha abierto el camino para que los postmodernistas rechacen muchas ideas
perfectamente racionales, tomando como excusa el origen circunstancial de estas ideas en las clases dominantes.
Además de Marx, la obra de Friedrich Nietzsche también ha servido de plataforma para que los postmodernistas
desarrollen esta tendencia.
Nietzsche célebremente rechazó la ética cristiana. Pero, mucho más que oponerse a los valores cristianos
en virtud de su contenido, se opuso a ellos en virtud de su origen. A juicio de Nietzsche, la moral cristiana surgió
para asegurar el dominio de una clase resentida que tenía mentalidad de esclavos. Al promover valores como la
misericordia, la caridad, etc., el naciente cristianismo promovía una visión del mundo que le permitía asegurar
posiciones de poder. Y, en ese sentido, la moral cristiana no es necesariamente trascendente, sino más bien una
construcción social que surgió en unas circunstancias específicas.
Nietzsche propuso así el método de la ‘genealogía’ al acercarse al estudio de la moral. Al evaluar una
norma moral, proponía Nietzsche, conviene considerar cuáles fueron las circunstancias en las que esa norma
apareció y, sobre todo, qué intereses servía. Al lograr desenmascarar sus intereses, se podrá apreciar que esa
norma no tiene una aplicabilidad absoluta o universal, e incluso, estamos en posición para rechazarla,
precisamente porque se trató de una norma promovida para servir los intereses de quienes la forjaron.
Los postmodernistas se han tomado muy en serio los métodos de Marx y Nietzsche. Ante cualquier creencia, los
postmodernistas saltan a evaluar bajo qué condiciones apareció esa creencia. Y, buscan investigar especialmente
quiénes conformaban el grupo dominante en el contexto en el cual surgió esa creencia. En la medida en que los
postmodernistas supuestamente descubren que esa creencia surgió para favorecer a un grupo dominante, terminan
por rechazarla.
Los postmodernistas suelen emplear este método genealógico a toda suerte de creencias establecidas. A la
manera de los marxistas, por ejemplo, algunos consideran que las creencias religiosas sirvieron a los intereses de
las clases dominantes. De hecho, esta idea ya existía entre los ilustrados: el mismo Voltaire opinaba que la religión
había surgido como producto de una gran conspiración de los sacerdotes para asegurar su poder.
Pero, los postmodernistas suelen ir más lejos, y aplican el método genealógico incluso a las teorías
científicas. La mayoría de las leyes científicas han sido postuladas por hombres blancos europeos procedentes de
clases burguesas. Los postmodernistas suelen ver esto con sospecha, y procuran elaborar malabares
argumentativos para concluir que los descubrimientos y las leyes científicas que han adelantado no tienen una
correspondencia con la realidad, sino que han sido un artificio para asegurar su postura de dominio.
Con esto, los postmodernistas incurren nuevamente en el relativismo. Pues, a su juicio, la verdad, en
términos absolutos, no existe. La verdad o falsedad de un enunciado es relativa a las condiciones de poder del
contexto en el cual se predica el enunciado. En otras palabras, la distinción entre lo verdadero y lo falso ha sido
impuesta por un grupo para asegurar su dominio. Y, en este sentido, ninguna teoría científica es confiable, pues
siempre refleja los intereses de quienes la promueven.
De hecho, aseguran los postmodernistas, toda forma de conocimiento es un ejercicio del poder. El filósofo
Francis Bacon había promovido en el siglo XVI la frase “scientia potentia est”, el conocimiento es poder. Con
esto, quería decir que, en la medida en que se pudiera conocer el mundo, se podría ejercer un control sobre él. En
107
otras palabras, para Bacon, el conocimiento determina al poder. Pero, los postmodernistas han dado un giro a la
interpretación, y han sugerido que el poder determina el conocimiento: la distinción entre lo verdadero y lo falso
será impuesta para servir a los intereses de los dominantes.
Hemos visto en el capítulo 7 que Edward Said hacía mucho uso de esta idea. Según su opinión, el
conocimiento procedente de las disciplinas orientalistas en realidad obedecía a los intereses imperialistas. Cuando
los orientalistas describían algún aspecto de alguna sociedad árabe, lo hacían con el propósito de lanzar campañas
imperialistas de dominio. Y, en este sentido, sus descripciones no son confiables, pues en ellas están inscritos los
intereses de poder. De hecho, ninguna descripción es confiable u objetiva, pues en toda descripción está
inmiscuido el poder.
Said siempre reconoció su deuda intelectual con Michel Foucault, uno de los más emblemáticos
postmodernistas. Y, en efecto, Foucault fue muchas veces llamado el “filósofo francés del poder”. Como en
ningún otro postmodernista, en Foucault sale a relucir la obsesión con el poder. Desde la psiquiatría hasta la
criminología, pasando por la medicina clínica y otras disciplinas científicas, Foucault repite una y otra vez el
mismo tema: el conocimiento tiene una relación íntima con el poder, y la distinción entre lo verdadero y lo falso es
una construcción social que ha servido a los intereses de los poderosos.
Foucault pretendió ser un historiador (aunque, historiadores muy competentes como Peter Gay y Roy
Porter han objetado esta pretensión). Foucault explícitamente se consideraba un seguidor de Nietzsche, y aspiraba
aplicar el método genealógico de Nietzsche, no propiamente a la moral, sino a toda forma de conocimiento. En
otras palabras, Foucault procuró desenmascarar los supuestos intereses ocultos de las disciplinas científicas, y para
ello pretendía valerse de estudios sobre los orígenes históricos de estas disciplinas.
A juicio de Foucault, cada época está enmarcada en aquello que él llamó una ‘episteme’, a saber, el conjunto de
presunciones a partir del cual se elaboran juicios. Este concepto no es muy distinto de los ‘paradigmas’ de Kuhn o,
incluso, de los ‘juegos del lenguaje’ de Wittgenstein. Y, tal como ocurre con esos conceptos, tiene una fuerte
resonancia con el relativismo. Pues, la distinción entre lo verdadero y lo falso será relativa a la episteme imperante
de una época. En este sentido, no existe algo que podamos llamar ‘verdad’ en un sentido absoluto y trascendente.
El mundo sólo puede ser observado a través del prisma de la episteme, y cuando ésta cambia, también cambia
aquello que creemos verdadero.
La principal disciplina científica contra la cual Foucault dirige su ataque es la psiquiatría. Frecuentemente se ha
pensado que, en su corta historia, la psiquiatría ha progresado significativamente hacia un tratamiento digno y
humanitario de los enfermos mentales. Pero, Foucault considera que un minucioso análisis de la historia de la
psiquiatría, lejos de revelar un progreso hacia la dignidad, revela la aparición de técnicas de control que favorecen
a la clase dominante.
En la Edad Media, sostiene Foucault, los psicóticos convivían diariamente con el resto de la sociedad. De hecho, a
los psicóticos se los consideraba personas con talentos que el común de las personas no tenía. En el entendimiento
popular, los psicóticos estaban en contacto con los dioses o demonios, y en muchas ocasiones eran apreciados
como fuente de creatividad. E, incluso, existía el tema literario según el cual, los locos decían la verdad, así como
también pronunciaban discursos muy profundos. Si bien los enajenados mentales eran considerados excéntricos,
no constituían propiamente un peligro. Eran anómalos, pero estaban integrados al diario convivir, y eran tan libres
como el resto de las personas.
No obstante, hasta finales de la Edad Media, existía en la sociedad occidental un grupo de parias que sí era
considerado muy peligroso, y se procuraba excluirlos de la convivencia diaria: los leprosos. Cuando la lepra dejó
de ser una epidemia alarmante, ya no hubo necesidad de mantener en control y exclusión a esa población de
enfermos. Pero, opina Foucault, los enajenados mentales pasaron a ser los nuevos parias.
El final de la Edad Media coincidió con la aparición del enaltecimiento de la razón. Y, así, la sociedad empezó a
idear mecanismos para excluir y controlar a todos aquellos que no encajaran en los parámetros de la racionalidad.
Hasta ese momento, los psicóticos eran personas libres que diariamente convivían con el resto de la población;
pero a partir del enaltecimiento de la racionalidad, los psicóticos ahora se empezaban a considerar personajes
peligrosos que era urgente controlar.

108
Según Foucault, surgieron así prácticas como agrupar a psicóticos y enrumbarlos en embarcaciones por los ríos,
con el propósito de que encontraran la razón; fue así como apareció el tema del “barco de los tontos”. La locura ya
no era apreciada como una forma libre de expresión y creatividad, sino como un comportamiento extraño que
empezaba a rayar en lo peligroso. El psicótico podría alterar el orden social que pretendía construirse sobre las
bases de la razón.
El temor y la oposición a la locura empezaron a crecer, y eventualmente, se procuró encerrar a los enfermos
mentales. Allí donde en la Edad Media los locos deambulaban libremente por las calles, el origen de la
modernidad marcó el inicio del encierro y la severa represión de la locura. Según Foucault, a partir de 1656
empezó aquello que él llama el ‘gran encierro’: en los países de la Europa occidental, se procedió a encerrar
masivamente a las personas en manicomios. Foucault estima que cerca del 1% de la población de París estaba
recluida en estas casas para locos.
Foucault considera que en este dramático cambio respecto a la actitud hacia la locura, está inmiscuido el poder.
No sólo se buscaba suprimir a la irracionalidad, sino que el naciente proyecto moderno empezó a encerrar so
pretexto de locura a todo aquel que se desviase de las normas morales de aquella época. Y, así, se procedió a
encerrar a todos aquellos personajes que resultaran incómodos a la sociedad: promiscuos, borrachos, criminales,
mendigos, maleantes. Incluso, sostiene Foucault, el encierro persiguió fines económicos: las difíciles condiciones
económicas de los siglos XVII y XVIII generaron desempleo y pobreza, y los manicomios surgieron para
deshacerse de los desempleados y mendigos. Frente a la crisis económica, la ‘normalidad’ se definió en términos
económicos: todo aquel que estuviese al margen de la productividad económica, sería un loco. Fue así como, a
juicio de Foucault, nació la ética del trabajo.
Asimismo, en esta época, el enfermo mental perdió su humanidad, y pasó a ser una bestia. Las condiciones de los
manicomios eran infrahumanas. Los recluidos estaban encadenados en pésimas condiciones sanitarias, y muchas
veces se les imponía trabajo forzoso.
A partir del siglo XIX, creció la sensibilidad frente a estas lamentables condiciones, y surgieron varios
reformistas que revolucionaron el trato dado a los enfermos mentales. En Francia Phillipe Pinel, y en Inglaterra
Samuel Tuke, promovieron la liberación de los encadenados en los manicomios, y con eso, fundaron la moderna
institución del hospital psiquiátrico.
Los historiadores de la psiquiatría suelen ver en esto un innegable progreso, y avalan la labor reformista de
Pinel y Tuke. Pero, Foucault considera que no hay motivos humanitarios en esas reformas. Más bien, opina
Foucault, se evidencia en estas reformas una nueva forma de ejercer control sobre los enajenados mentales. En la
medida en que se diagnosticaba a alguna persona con alguna enfermedad mental, se abría paso para que la ciencia
se abrogara el derecho de intentar curarla, y con ello, asumía el control de sus vidas.
Más importante aún, ahora la locura era apreciada no propiamente como una enfermedad, sino como una
suerte de decisión moral: el loco buscaba su propia locura. En este sentido, el manicomio era una suerte de castigo.
El enfermo mental había recobrado su humanidad, pero ahora se le consideraba un rebelde.
Y, en cierto sentido, las reformas de Pinel y Tuke pretendían implantar en los locos los valores propios de
la moralidad burguesa. Tuke, por ejemplo, llevaba a los locos a retiros en el campo, a tomar té y exhibir
comportamientos de etiqueta propios de la burguesía. El criterio de ‘normalidad’ era la vida burguesa. Y, así, la
psiquiatría moderna nació como un medio de control frente a todo aquel que se desviase de esta moral burguesa.
La autoridad de los psiquiatras ya no era exclusivamente científica, sino también moral. Los psiquiatras no
contaban meramente con el conocimiento científico para curar a los enfermos mentales; también contaban con el
poder moral para dictar a los enfermos mentales sus pautas de conducta.
En toda esta interpretación histórica elaborada por Foucault, aparecen los temas relativistas que hemos
evaluado en los capítulos 4 y 5. Una de las conclusiones (si bien no muy explícita) de Foucault es que la distinción
entre el cuerdo y el loco es una mera construcción social; así como muchos postmodernistas sostienen que no hay
un criterio de demarcación universalmente válido entre ciencia y pseudociencia, Foucault sostiene que no hay un
criterio de demarcación universalmente válido entre el enfermo y el sano mental. Foucault pretende aplicar el
método genealógico de Nietzsche, para sostener que esta demarcación es una contingencia histórica, en la cual el
ejercicio del poder ha tenido mucha influencia.
109
Foucault no era psiquiatra, pero otros psiquiatras sí han coincidido con sus ideas. Thomas Szasz, por
ejemplo, ha defendido la provocadora tesis de que la enfermedad mental es un mito. A juicio de Szasz, los
diagnósticos psiquiátricos han servido como plataforma para controlar a las personas que resultan incómodas a la
clase dominante. Y, lo mismo que Foucault, Szasz ve en la psiquiatría una disciplina al servicio de los intereses de
los poderosos.
Otro psiquiatra, R.D. Laing, también ha defendido la tesis según la cual, la enfermedad mental es un mito.
Ciertamente las personas consideradas enfermas mentales son distintas al resto de la población. Pero, no son
patológicas, en el sentido en que lo entiende la psiquiatría. Los esquizofrénicos conservan una forma de
racionalidad que se expresa en su creatividad, la cual la sociedad trata de suprimir. De hecho, tanto Laing como
Foucault estuvieron muy interesados en personajes que, en su momento, fueron considerados locos, pero hoy los
consideramos genios artísticos: Van Gogh, Artaud y Nietzsche, entre otros. Del mismo modo en que los
relativistas culturales consideran que hay muchas racionalidades, Laing defendía que los esquizofrénicos son
racionales a su manera.
Esta tríada de autores (Foucault, Szasz y Liang) vinieron a conformar el movimiento que posteriormente
fue llamado la ‘anti-psiquiatría’. El movimiento, el cual hoy conserva alguna fuerza, considera que la psiquiatría
es una pseudociencia al servicio de los poderosos, la cual hace un inmenso daño. Los promotores de la psiquiatría
proponen la abolición de los hospitales psiquiátricos, y la remoción de patrones de enfermedad mental en la
ciencia.
Las posturas de la anti-psiquiatría son seductoras, pero deben manejarse con extremo cuidado. En
principio, parece muy evidente que, en efecto, el diagnóstico de varias enfermedades mentales ha servido como
plataforma para dominar a muchos grupos que se consideran subversivos. En el siglo XIX, por ejemplo, el médico
Samuel Cartwright propuso que los esclavos que escapaban de sus amos sufrían el desorden mental de la
‘drapetomanía’, y por algún tiempo, esto se asumió como un diagnóstico válido. Supuestamente, los esclavos que
sufrían de esta condición mental exhibían rasgos de pereza y desobediencia, y se debía en buena medida al hecho
de que sus amos eran demasiado complacientes con ellos. En vez de asumir el deseo natural que cualquier humano
siente por la libertad, la naciente psiquiatría utilizó su poder científico para arrinconar en la esquina patológica a
los esclavos que huían. Es evidente que Cartwright no estaba al servicio del saber científico desinteresado, sino al
servicio de los esclavistas.
Algo similar ocurría con la ‘histeria’. Hasta inicios del siglo XX, aquellas mujeres que eran rebeldes y
desobedecían a sus maridos eran frecuentemente diagnosticadas con ‘histeria’, un desorden que en un principio se
pensó que se originaba en el útero. Quizás este caso no es tan claro como el de la drapetomanía, pero es plausible
argumentar que los psiquiatras que diagnosticaban desórdenes de histeria estaban menos al servicio de la ciencia, y
más al servicio de los hombres dominantes.
Y, tampoco han faltado casos en los que, descaradamente, algunos Estados han recluido involuntariamente
en instituciones psiquiátricas a quien exprese alguna forma de disidencia. La U.R.S.S. infamemente abusó de la
psiquiatría con estos propósitos en una escandalosa cantidad de casos (es muy lamentable que Foucault jamás
criticó a la U.R.S.S. en este aspecto). Recientemente en mi país, Venezuela, el disidente y huelguista de hambre
Franklin Brito fue recluido en un hospital bajo la excusa de que era un enfermo mental.
Pero, parece que los promotores de la anti-psiquiatría van demasiado lejos. Podemos admitir que la
psiquiatría ha sido abusada por algunos regímenes políticos. Pero, sostener, a la manera de Foucault, Szasz y
Laing, que ha toda la historia de la psiquiatría puede resumirse como un gigantesco complot de los poderes
dominantes, y que los diagnósticos psiquiátricos son sencillamente instrumentos para dominar a las personas que
resultan incómodas al establishment, termina por ser una exageración.
Podemos admitir que diagnósticos como la drapetomanía, la histeria o la esquizofrenia progresiva (un
diagnóstico inventado por los soviéticos para recluir a los disidentes) son construcciones sociales al servicio del
poder. Pero, hay plenitud de diagnósticos que deberían resultar perfectamente válidos. Más allá de la capa
superficial de la psiquiatría como instrumento político, el grueso de los psiquiatras ha logrado establecer una base
firme y objetiva en sus diagnósticos. A diferencia de otras ramas de la medicina, efectivamente la psiquiatría se
presta a abusos. Pero, precisamente debido a eso, los psiquiatras han procurado revisar constantemente los
110
criterios de salud mental. El inventario de diagnósticos más conocido en psiquiatría, el Diagnostic and Statistical
Manual of Mental Disorders ha sido revisado en varias ocasiones, y hoy está en su cuarta versión. Esto ha
permitido que, por ejemplo, hoy ya no se considere a la homosexualidad un desorden mental.
Acá enfrentamos un problema que ya hemos abordado en el capítulo 5: ¿hasta qué punto la realidad existe
fuera del sujeto, o es apenas una construcción social? Foucault y sus simpatizantes optan por opinar que la
enfermedad mental es una construcción social, a saber, un invento de las clases dominantes. La psiquiatría
convencional opina que los desórdenes mentales no son inventados, sino descubiertos, y en ese sentido, existen
afuera en la realidad, y no meramente como construcciones sociales.
En el capítulo 5 hemos admitido que algunos conceptos antes considerados científicos, como por ejemplo,
el complejo de Edipo, quizás sí sean construcciones sociales. Pero, es sencillamente absurdo suponer que la ley de
gravedad es una construcción social. Pues bien, lo más prudente es asumir una actitud similar al estar frente a los
diagnósticos de la psiquiatría. Algunos diagnósticos son claramente inventados por los psiquiatras, probablemente
como instrumento de dominio. Pero, no todos. Algunos desórdenes mentales sí existen realmente.
Parte del problema con los argumentos de Foucault y sus seguidores es que parecen partir de una visión
romántica de la locura. Al contemplar a figuras como Van Gogh, el Marqués de Sade o Artaud, los promotores de
la anti-psiquiatría han querido ver en la esquizofrenia a una suerte de genios creativos reprimidos por la sociedad.
Muchas personas se sienten atraídas por el adagio según el cual, no hay una nítida separación entre el genio y el
loco. El loco como héroe es un tema muy popular, y quizás por eso, se sigue publicando nuevas ediciones de Don
Quijote.
Pero, quienes han trabajado de cerca con las personas consideradas enfermas mentales, ofrecen una
descripción muy distinta de la visión romántica de la locura. En vez de pensar en el heroico hidalgo que se
enfrenta a molinos, deberíamos pensar en una persona físicamente deteriorada que no controla sus esfínteres, no es
capaz de valerse por sí misma, y perjudica significativamente el bienestar de aquellos que están a su alrededor.
Las personas en estado psicótico sufren, no propiamente por el confinamiento en un hospital, sino debido a
su condición mental. El psicótico tiene mayor riesgo de hacerse daño a sí mismo y a los demás. Si bien han
surgido algunos grupos de ex-pacientes que han protestado por el supuesto daño que le han hecho los tratamientos
psiquiátricos, también hay un grueso sector de ex-pacientes que reconocen que la psiquiatría ha promovido una
inmensa mejora en sus condiciones de vida.
Hay, por supuesto, métodos muy controversiales en la psiquiatría, y haríamos bien en discutir su valor
ético. Pero, caer en el extremo de la anti-psiquiatría es sumamente peligroso. Cabe admitir que la psiquiatría está
abierta a abusos políticos, pero asumir, como hace Foucault, que la historia de la psiquiatría es la historia de una
gran conspiración para imponer una moral arbitraria, es ir demasiado lejos.
En todo caso, varios historiadores han detectado errores en la reconstrucción histórica de Foucault. Por
ejemplo, casi no hay evidencia de que existió realmente el ‘barco de los tontos’; a lo sumo, existe una obscura
referencia literaria que Foucault pareció exagerar. Hubo, es verdad, un gran encierro, pero éste no coincidió con el
origen de la modernidad en Europa (el siglo XVII), sino con el auge de Napoleón (siglo XIX), de lo cual debemos
inferir que el encierro no se empleó para reprimir a la irracionalidad, sino como arma política. Tampoco hay
evidencia de que los manicomios buscaran imponer una ética burguesa del trabajo, y se recluyeran a los vagos y
desempleados.
Tampoco es muy claro que en la Edad Media, los locos fuesen apreciados como fuente de sabiduría; antes
bien, se les consideraba bestias que ni siquiera formaban parte de la sociedad. Todas estas imprecisiones históricas
terminan por restarle fuerza a la tesis de Foucault. Y, de nuevo, si bien podemos admitir que la psiquiatría ha
estado abierta a abusos políticos, es exagerado sostener que sus orígenes sean debidos estrictamente al ejercicio
del poder.
Además de las instituciones psiquiátricas, Foucault dirigió ataques en contra de las cárceles en una de sus
obras más conocidas, Vigilar y castigar. Lo mismo que en sus estudios sobre el origen de la psiquiatría, Foucault
se propone estudiar el origen de las instituciones punitivas, y la íntima relación que éstas juegan con el poder. Y,
así como Foucault rechaza que las reformas en los manicomios hubieran perseguido fines humanitarios, también

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rechaza que las reformas en los sistemas punitivos hubieran sido adelantadas con fines humanitarios; a su juicio,
todas estas reformas forman parte de una gran conspiración para asegurar el poder de la clase dominante.
Más allá del hecho de que, como veremos, muchas de sus tesis son muy lamentables, Vigilar y castigar es
un texto sumamente interesante. Foucault empieza ofreciendo una escalofriante descripción del castigo al que fue
sometido Robert Francois Damiens, un soldado francés del siglo XVIII que intentó asesinar a Luis XV en 1757.
Damiens fue sometido a espantosas torturas públicas, y fue finalmente ejecutado por desmembramiento ante una
multitud.
Espectáculos como éstos han sido muy comunes en la historia de Europa. Pero, Foucault advierte que, casi
repentinamente, hubo una radical transformación en la administración del castigo a los criminales. Foucault cita un
protocolo francés de actividades en las prisiones, formulado apenas ochenta años después de la ejecución de
Damiens, el cual aparentemente resulta ser mucho más humanitario. Lejos de las espeluznantes torturas a las que
eran sometidos los prisioneros, estos protocolos prescriben actividades de trabajo, recreación, disciplina, etc.
Es evidente, opina Foucault, que hacia finales del siglo XVIII hubo una ruptura entre el brutal sistema de
tortura, y las nuevas formas de castigo. Y, esa ruptura coincide con el enaltecimiento de los valores ilustrados. En
efecto, convencionalmente se ha apreciado que grandes figuras de la Ilustración, como Cesare Beccaria y Jeremy
Bentham han sido los forjadores de una concepción mucho más humanitaria del castigo.
Pero, Foucault sospecha de esto. A su juicio, las reformas penales no buscaban el bienestar de los condenados,
sino más bien sirvieron de artificio para asegurar el poder de los dominantes. A juicio de Foucault, los antiguos
métodos de tortura y ejecución pública ya no resultaban tan eficaces. Comúnmente, el ejecutado adquiría el
estatuto de héroe mártir que sufría toda la brutalidad del régimen opresor. Esto ocurría en buena medida porque el
condenado tenía la oportunidad de pronunciarse públicamente antes de morir, y en vez de arrepentirse de sus
crímenes, lanzaba insultos en contra del régimen. Esto incendiaba a las multitudes, las cuales en muchas ocasiones
se amotinaban a favor del condenado.
Las reformas penales fueron una respuesta a esto. Con las nuevas formas de castigo centradas en recluir a
los criminales en prisiones, se buscaba ya no propiamente ejercer una violencia retributiva en contra del criminal,
sino que se pretendía ejercer un control sobre su vida. El criminal ya no era una escoria que había que eliminar,
sino un personaje que podría ser reformado mediante técnicas de control y disciplina.
Con la tortura y ejecución de los criminales, el poder dominante sólo alcanzaba deshacerse de los
indeseados, pero no lograba dominarlos. En cierto sentido, los criminales permanecían libres, pues su conciencia
quedaba intacta. Según Foucault, las reformas penales instituyeron una forma de control mucho más minuciosa, en
la medida en que buscaban alterar la mentalidad de los condenados mediante los métodos disciplinarios. El
sistema penal reformado era mucho más invasivo.
Allí donde los defensores de la Ilustración suelen apreciar a Bentham como un gran héroe intelectual,
Foucault lo ve como uno de los forjadores de este nuevo sistema opresivo. Bentham diseñó un modelo de cárcel, el
‘Panopticón’, el cual, según Foucault, es emblemático de la nueva forma de dominio originado en las instituciones
carcelarias. El Panopticón es una cárcel en la cual las celdas están estructuradas de manera tal que orbitan en torno
a una torre central de observación. La cárcel está diseñada de manera tal que, desde la torre central, siempre se
pueda observar el interior de las celdas. Pero, la torre está protegida con ventanas de vidrios ahumados, de manera
tal que los prisioneros no pueden observar desde sus celdas el interior de la torre de control; de esa manera, el
prisionero no sabe qué ocurre dentro de la torre. Y así, el prisionero tiene la sensación de que siempre está siendo
vigilado.
Esta forma invasiva de control no existía durante la época de las torturas y ejecuciones públicas. Foucault
insiste en que la suspensión de esos cruentos métodos no es un avance humanitario, pues ha sido sustituido por un
ejercicio mucho más brutal de poder, al pretender invadir la conciencia de los prisioneros, con el fin de hacerlos
más dóciles. Y además, denuncia Foucault, esta forma de control ha sido traspasada a otras esferas de la vida
social, al punto de que la sociedad moderna se ha convertido en una gigantesca prisión.
Foucault considera que vivimos en un ‘archipiélago carcelario’. Los cuarteles, las escuelas, las fábricas, los
mercados, en fin, casi todos los escenarios de la vida pública, han adoptado el método carcelario de control. Por
todas partes somos vigilados y sometidos a métodos de disciplina para hacernos dóciles. Aquellos escenarios
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distópicos que Aldous Huxley y George Orwell retrataron en Un mundo feliz y 1984, respectivamente, son más
bien una realidad.
Con todo, opina Foucault, el modelo carcelario no ha sido eficaz para prevenir la delincuencia. Más bien,
al contrario: en la medida en que el prisionero es despojado de su libertad de conciencia mediante los métodos de
control y disciplina, se aliena más. Y, con eso, se incentiva aún más su reincidencia, pues queda desconectado de
sus relaciones con familiares y amigos, al perder su autenticidad. La prisión es el caldo de cultivo del crimen.
Pero, Foucault considera que la prisión no es enteramente un fracaso. Efectivamente es un fracaso al no
restringir eficientemente la actividad criminal. Pero, no es un fracaso en la medida en que cumple un propósito
mucho más perverso: sirve como medio de control para las clases dominantes. Los criminales constituyen aquel
sector de la sociedad que podría promover una revuelta en contra del sistema burgués dominante. Al encerrarlos y
hacerlos dóciles, se reprime cualquier intento de revuelta. Y, además, al extender la disciplina, la vigilancia y el
control a todas las esferas de la vida social, la burguesía logra amansar a las masas, y mantiene el status quo.
De nuevo, como muchas tesis propuestas por los postmodernistas, las de Foucault empiezan por tener
algún grado de plausibilidad, pero terminan por ser exabruptos. Es interesante el análisis que Foucault hace
respecto al ejercicio del poder en las instituciones carcelarias, y la extensión de estos métodos a otras esferas de la
sociedad. Pero, ¿es acaso objetable que seamos vigilados en los escenarios públicos?
Tenemos motivos suficientes para protestar que se pinchen las llamadas telefónicas como una invasión a
nuestra privacidad. Pero, ¿por qué debemos protestar que en un centro comercial haya cámaras vigilándonos? Mi
país, Venezuela, tiene una de las tasas más altas de criminalidad en el mundo; pero, precisamente en aquellos
espacios públicos en los cuales hay vigilancia y cámaras, las tasas de criminalidad son menores. Ciertamente
debemos estar muy alertas frente al auge de sistemas totalitarios que irrumpen sobre todas las esferas de la vida,
pero es necesario saber ponderar la seguridad personal con la vigilancia.
En vez de considerarlo una forma tiránica de control, deberíamos apreciar el Panopticón de Bentham como un
ingenioso método para reformar al prisionero, sin necesidad de emplear la brutal violencia inefectiva de épocas
anteriores. Los prisioneros violaron el contrato social, y en ese sentido, es perfectamente lícito que sean sometidos
a métodos de vigilancia y control, precisamente para evitar su reincidencia. Si no son vigilados y controlados,
tendrán el camino libre para reincidir.
En vez de juzgar al intento de reformar psicológicamente al prisionero como una invasión a su conciencia,
deberíamos apreciarlo como un servicio educativo que la misma sociedad hace al criminal. Hay, por supuesto,
métodos ingenuos y objetables. El emplear métodos de aversión, como los que narra Anthony Burguess en La
naranja mecánica (por ejemplo, forzar a un prisionero a abrir los ojos para observar imágenes desagradables) es
muy cuestionable. Pero, el someter a los prisioneros a algunos métodos disciplinarios para controlar sus propios
actos destructivos no es necesariamente objetable.
Foucault se queja de que los métodos de vigilancia y disciplina se extiendan a aquello que él llama el
‘archipiélago carcelario’. En efecto, en las fábricas, escuelas y demás instituciones públicas, existe un sistema de
control. Pero, ¿podemos prescindir de ello? Tal como lo señalaron los teóricos del contrato social en la Ilustración,
el Estado surgió para garantizar un mínimo de protección a los individuos. Los ciudadanos estuvieron dispuestos a
entregar parte de su libertad, a cambio de algunas garantías. Para ello, es inevitable que el Estado ejerza un
mínimo de control sobre nosotros. Los seres humanos tenemos la tendencia a violar la integridad de nuestros
semejantes, y para solventar ello, necesitamos algún mecanismo de control.
Si bien nunca fue totalmente explícito en ello, la crítica de Foucault al moderno sistema penitenciario terminó por
evocar la abolición de las cárceles y el castigo en general. Allí donde incluso los grandes reformistas penales como
Becaria y Bentham hicieron notables esfuerzos por encontrar una justificación ética del castigo, Foucault no
encontraba ningún motivo ético para castigar (en realidad, como buen postmodernista, Foucault ni siquiera
aceptaba la existencia de valores éticos). Hay varios motivos por los cuales el criminal debe ser castigado.
Algunos tradicionalistas consideran que es intrínsecamente justo que el criminal pague su deuda con la sociedad.
Pero, la mayor parte de los juristas se ha inclinado más hacia una justificación utilitarista de la pena, y han
encontrado que el castigo sirve propósitos más allá de la retribución. Es necesario castigar al criminal, pues con
esto se disuade al resto de la sociedad de delinquir. Además, el castigo promueve la rehabilitación del propio
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criminal para su reinserción: en la medida en que el criminal sufra alguna experiencia desagradable, sentirá una
aversión a volver a delinquir. Y, el castigo también sirve para incapacitar al criminal: al ser encerrado, se previene
de que siga cometiendo delitos.
Debe admitirse, junto a Foucault, que la rehabilitación del criminal ha sido sumamente deficiente en las
cárceles modernas. Pero, con todo, la disuasión y la incapacitación son suficientes motivos para instrumentar el
castigo. Los abolicionistas inspirados en Foucault pretenden que no haya penas de prisión para los criminales. Esto
no es sólo ingenuo, también es peligroso. ¿Acaso debemos dar libertad al violador para que nuevamente arremeta
contra sus víctimas? ¿Debemos dejar impunes los robos, de manera tal que el ladrón de banco no sienta temor de
ser castigado?
Algunos abolicionistas seguidores de Foucault han defendido razones más plausibles para promover la
abolición de las prisiones. En países como EE.UU., hay preocupación de que la población de reclusos es
desproporcionadamente negra, y que eso es expresión de racismo. Quizás es cierto que esos sistemas son una
manifestación de racismo, pero no podemos dejar de lado que los prisioneros han cometido un delito y son
peligrosos; es sencillamente ingenuo dejar en libertad a criminales peligrosos con el fin de combatir el racismo.
También se ha alegado que, lejos de prevenir en contra del delito, la prisión promueve aún más la
delincuencia. Angela Davis, por ejemplo, ha señalado que las cárceles son un inmenso negocio que incentiva el
crimen. En países capitalistas como EE.UU., muchas empresas privadas hacen lucro en las cárceles, proveyendo
contratistas para la vigilancia, la limpieza y el mantenimiento. A fin de asegurar su negocio, estas empresas se
aseguran de que siga habiendo delincuencia.
Es difícil verificar si, en efecto, las grandes empresas que fungen como contratistas en las prisiones
incentivan el crimen para mantener su negocio; pero no es una tesis enteramente descabellada. Con todo, la
solución no pareciera ser abolir las prisiones, sino estatizarlas por completo, a fin de que no haya oportunidad para
generar negocios.
También los abolicionistas señalan, como Foucault, el alto índice de reincidencia en los criminales
reinsertados en la sociedad. En esto no se equivocan; y por eso, la rehabilitación es una justificación muy débil del
castigo. Pero, es erróneo sostener que la cárcel genera más delito del que previene. En la medida en que la cárcel
recluye a criminales peligrosos, y disuade al resto de la sociedad, previene en contra de futuros crímenes.
Ciertamente las condiciones en las prisiones de casi todos los países del mundo deben ser reformadas.
Pero, la abolición es sencillamente una pretensión disparatada. La abolición de las cárceles o el castigo implica la
abolición de las leyes (pues, no hay ley sin compulsión; es por ello que la Justicia siempre es representada con una
balanza y una espada). Sin leyes, el hombre queda desprotegido, y a merced de los abusos. El suprimir el castigo y
las leyes termina por imponer una nueva ley: la ley del más fuerte. Todo esto termina por conducir al caos, a la
violencia y al sufrimiento.
Debe admitirse que esto no es exclusivo de Foucault o el postmodernismo. Siempre ha habido anarquistas
(premodernos, modernos y postmodernos) que resisten cualquier forma de autoridad o ejercicio del poder. No
cuento con el espacio como para evaluar la doctrina anarquista, pero en líneas generales, me parece demasiado
ingenua y utópica. Sólo hace falta un pequeño grupo de personas inmorales para poner en jaque al resto de
personas indefensas. Quizás sea una exageración afirmar, a la manera de Hobbes, que el hombre es un lobo para el
hombre. Pero, dado que siempre existe el riesgo de que alguien infrinja las normas y perjudique a los demás, es
necesario el ejercicio de la autoridad a fin de ofrecer protección.
En todo caso, en tanto seguidor de Nietzsche, Foucault no tenía muchas contemplaciones por el control de
la vida humana. Como el ideal dionisiaco de Nietzsche, Foucault valoraba el vivir sin mesura, sin restricciones de
ningún tipo, y presumiblemente esto terminó por extenderse a su oposición al castigo y al ejercicio del poder. Sin
ánimos de incurrir en un ataque ad hominem, vale destacar que Foucault tuvo una vida sumamente desordenada
(promiscuidad, drogadicción, sadomasoquismo), lo cual condujo a su muerte prematura. No es una exageración
afirmar que quiso extender el desorden de su vida a la sociedad.
Al final, Foucault es, como muchos otros postmodernistas, un nihilista. Su crítica a los hospitales
psiquiátricos y a las prisiones jamás fue complementada con una propuesta constructiva respecto a qué debemos
hacer con los psicóticos y los criminales. En su afán por oponerse a cualquier forma de sistema, Foucault abrió
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paso a una actitud de rebeldía sin causa; quizás por eso ha sido tan popular entre los adolescentes universitarios.
Al pretender destruir un sistema, sin proponer uno alternativo, Foucault defiende la nada. Su obra es sumamente
deprimente y peligrosa.
***
En la obra de Foucault es sintomático un rasgo general del postmodernismo: la obsesión con el poder. Quizás
como respuesta a los abusos del totalitarismo en la primera mitad del siglo XX, a partir de la segunda mitad del
siglo XX los postmodernistas han estado muy atentos respecto a quién y cómo se ejerce el poder. Es perfectamente
sano indagar respecto a cómo se maneja el poder en una sociedad, pero los postmodernistas han ido demasiado
lejos. Su obsesión con el poder ha crecido de tal manera, que han cultivado una actitud de sospecha ante cualquier
actividad humana, al punto de desconfiar de cualquier enunciado sobre el mundo.
El postmodernismo ha venido a impregnarse de continuas teorías de la conspiración. La obsesión de los
postmodernistas con el poder ha sido tal, que aprecian en todas partes artificios de las clases dominantes para
mantener su poderío y status quo. Y, como en casi todas las teorías de la conspiración, se mantiene el anonimato:
muy rara vez se especifica quién es el agente que está orquestando la jugada para dominar, y precisamente debido
a su anonimato, la conspiración es aún más perversa y peligrosa.
Como todas las personas que defienden teorías de la conspiración, el postmodernismo termina por promover la
paranoia. Las teorías de la conspiración más burdas suelen esgrimir que los conspiradores tienen cómplices por
doquier, y que debemos estar muy atentos y sospechar de cualquier persona que se beneficie de alguna creencia
establecida, pues esa persona es seguramente cómplice. Por ejemplo, el hombre no llegó a la luna, sino que todo se
trató de un montaje televisivo orquestado por la NASA. Este montaje debió contar con una enorme cantidad de
cómplices; muchas personas se han beneficiado de la creencia de que el hombre llegó a la luna, para enriquecer
sus bolsillos, y por eso, seguramente son cómplices. Lo mismo se ha dicho del asesinato de John F. Kennedy, de
los ataques a las Torres Gemelas, etc.
Pues bien, los postmodernistas suelen estar muy atentos respecto a quiénes son los beneficiados frente a cualquier
creencia o práctica aceptada. Y, en esto, no sólo incluyen asuntos políticos o morales, sino también los mismos
alegatos de la ciencia. Los postmodernistas han cultivado la idea de que la ciencia promueve una visión del mundo
que favorece a un pequeño sector de la sociedad y que, en este sentido, incluso la ciencia es un artificio para
dominar.
En este sentido, los postmodernistas suelen advertir que la ciencia no es una actividad neutral y desinteresada,
sino que persigue los intereses de la clase dominante. Por ello, la ciencia ha venido a teñirse de colores burgueses,
occidentales, patriarcales, etc., y sus alegatos son un truco para mantener el poderío. Como la conspiración lunar,
la ciencia mantiene cómplices en los laboratorios, para que éstos, mediante sus supuestos hallazgos, mantengan
dominada a la humanidad.
La paranoia de los postmodernistas es lamentable y enfermiza. En primer lugar, la ciencia es una sola. No
tiene sentido hablar de ‘ciencia burguesa’ y ‘ciencia proletaria’, como tampoco tiene sentido hablar de ‘física aria’
y ‘física judía’. De hecho, sin percatarse, al querer negar la universalidad de la ciencia, los postmodernistas
terminan por acercarse mucho al nazismo.
De nuevo, podemos admitir que, en algunas disciplinas científicas, hay espacio para el abuso político; a
saber, principalmente en la psiquiatría. Pero, a partir de esa premisa, argumentar que la ciencia es apenas una
construcción social al servicio de los intereses de los poderosos, es ir demasiado lejos. El mundo existe
objetivamente, y podemos confiar en que la especie humana cuenta con la suficiente autonomía como para
descubrir qué es lo verdadero, independientemente de la interferencia del poder. Trillones de dólares no podrán
cambiar el hecho de que la Tierra gira alrededor del sol.
Además, el hecho de que una teoría beneficie a un determinado grupo de personas (incluso si este grupo
está conformado por quienes defienden esta teoría) no incide de ninguna manera sobre su veracidad o falsedad. De
hecho, esto ha sido uno de los errores de razonamiento más típicos de los postmodernistas. Se trata del error que
los filósofos llaman la ‘falacia genética’.
La falacia genética se comete cuando se asume que, al explicar el origen de una creencia, se demuestra que
es falsa. Es lamentable que muchos ateos herederos de la Ilustración han incurrido en esta falacia muchas veces.
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Por ejemplo, muchas veces se ha querido invalidar las creencias religiosas, alegando que éstas surgieron para
explicar fenómenos naturales como el trueno o la lluvia. Pero, al analizar bien el asunto, comprenderemos que el
hecho de que podamos explicar el origen de las creencias religiosas no las invalida. Ciertamente el origen de las
creencias religiosas pudo haber estado en la explicación de los fenómenos naturales, pero eso no implica que las
creencias religiosas actuales sean falsas. Los ateos y agnósticos deberíamos buscar razones más firmes para
rechazar las creencias religiosas, y no conformarnos con señalar sus orígenes. Podemos admitir que la religión es
el opio del pueblo, pero no por ello Dios no existe.
Pensemos en otro caso. Alguien podrá alegar que las tesis de las feministas son falsas, porque las
feministas son lesbianas que, en su resentimiento y odio por los hombres, creen que la mujer no es inferior.
Supongamos que es cierto que las feministas son lesbianas que odian y resienten a los hombres, y supongamos que
ése es el motivo por el cual defienden su postura. ¿Habremos con eso demostrado que su postura es falsa? ¡No!
Puede, a lo sumo, servir como indicio y abrir un compás de sospecha, pero es una razón argumentativa muy débil.
Pues bien, en su obsesión con el poder, el postmodernismo está plagado de la falacia genética. En su
empeño de buscar quién se beneficia con una determinada teoría, los postmodernistas creen que al denunciar los
intereses ocultos de quienes defienden esta teoría, inmediatamente la refutan. Ni Nietzsche, ni Foucault, ni sus
seguidores, parecieron comprender que los orígenes de una creencia son irrelevantes respecto a su veracidad.
De la misma manera, aun si admitiéremos que las disciplinas orientalistas estuvieron dirigidas a favorecer
al imperialismo europeo, ello no implica que las teorías de los orientalistas sean falsas. Aun si admitiéremos que
los diagnósticos de la psiquiatría favorecen a las grandes compañías de fármacos, y que los psiquiatras forman
parte de la farmacocracia, ello no implica que la psiquiatría esté equivocada. Aun si admitiéremos que la teoría de
la evolución justifica la opresión de la mujer, eso está muy lejos de demostrar que Darwin estuvo equivocado.
La genealogía sirve como un método para descubrir los orígenes de alguna creencia o práctica. Pero,
emplearla como criterio para rechazar esa creencia o práctica es un error que debe corregirse en los cursos
introductorios de filosofía y razonamiento crítico.
Hay otro problema con la obsesión postmodernista con el poder. Para los postmodernistas, la objetividad
sencillamente no existe. Toda forma de discurso lleva implícito algún interés, y en ese sentido, no hace más que
reflejar el sesgo de quien lo pronuncia. Foucault defendía abiertamente esta postura, y por eso no tenía freno en
proclamar la ‘muerte del hombre’: no es posible hacer una ciencia del hombre, pues la objetividad no existe.
Hemos visto que Said defendía algo similar: ningún occidental podrá hacer una representación objetiva de los
musulmanes y los árabes, pues están inmersos en un juego de poder que imposibilita la objetividad.
Pues bien, si la objetividad no existe, se niega la posibilidad de distinguir universalmente lo verdadero de
lo falso y, con eso, se incurre en el relativismo, cuyos problemas ya he reseñado en el capítulo 4. Si no hay
discurso objetivo, no parece haber razones para preferir a uno por encima del otro. Da lo mismo un historiador que
presente a Hitler como un hombre profundamente inmoral, que un historiador que lo presente como un héroe
virtuoso. Puesto que ninguno de los dos historiadores puede pretender representar hechos objetivos, ambos
conservan su propia validez. El camino de Foucault termina por conducir al “todo vale” de Feyerabend.
En la medida en que la genealogía postmodernista inspirada en Nietzsche es una forma de relativismo,
enfrenta el principal problema de todo relativismo; a saber, el problema de la auto-refutación. Si ningún discurso
es objetivo y, por ende, todo discurso es prescindible, entonces podemos asumir que el propio discurso de
Foucault y los postmodernistas no es objetivo y, por ende, es prescindible.
Foucault quiso desenmascarar los intereses del poder en los orígenes de la psiquiatría y las reformas
penales, pues en todo discurso está inmiscuido el poder. Pero, si todo discurso obedece a unos intereses
particulares, entonces el propio discurso de Foucault está impregnado de esos intereses y, por lo tanto, no debemos
confiar en él. Así como Foucault es escéptico de la psiquiatría, pues ésta sirve para legitimar el dominio de los
personajes incómodos, nosotros debemos ser escépticos del postmodernismo, pues las tesis postmodernistas sirven
a los intereses de unas personas específicas.
Si, como Nietzsche, Foucault y los historicistas estiman, cada creencia es producto de su época y las
relaciones de poder, entonces las mismas tesis de Nietzsche, Foucault y los historicistas son producto de su época
y de las relaciones de poder. Así como las ideas de Bentham estuvieron al servicio de algún grupo con intereses,
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las ideas de Foucault han estado al servicio de otro grupo con intereses. Si no hay criterio objetivo para aceptar
unas ideas por encima de otras, entonces el propio Foucault termina por admitir que no cuenta con razones para
que lo tomemos en serio.
Para leer más…
VÁSQUEZ, Francisco. Foucault. Montesinos. 1995. Una introducción general a la obra de Foucault.
WOLIN, Richard. Seduction of Unreason. Princeton University Press. 2004. Obra crítica del
postmodernismo en la cual se ataca consistentemente a Foucault. Capítulo 10 El racismo postmodernista
En 1995, el futbolista norteamericano O.J. Simpson fue acusado de doble homicidio. Su juicio tuvo una
inmensa cobertura mediática (ha sido llamado el ‘caso del siglo’, aunque en realidad fue algo muy cercano a un
circo). El caso en cuestión sacó a relucir las profundas divisiones sociales de EE.UU. Simpson, un hombre negro,
era acusado de haber matado a su esposa, una mujer blanca. Al final, el caso aglutinó a la mayor parte de la
población negra en defensa de Simpson, al punto de que, cuando fue liberado, el grueso de la población negra lo
celebró y lo apreció como una gran victoria, no muy distinta de los avances conseguidos durante la lucha por los
derechos civiles en la década de los sesenta del siglo XX.
En el juicio de Simpson hubo acontecimientos muy extraños, y es plausible argumentar que había dudas
razonables respecto a su culpabilidad. Pero, la liberación de Simpson no fue un asunto estrictamente legal, y de
esto estaban muy concientes sus abogados. La retórica en defensa de Simpson orbitó en torno a la lucha en contra
del racismo: los abogados argumentaron que Simpson había sido víctima de una gran conspiración racista, y al
final, todo aquel que opinara que Simpson era culpable, era fácilmente acusado de ser racista.
Pues bien, ésta es una actitud muy frecuente entre los postmodernistas. Por lo general, toda aquella persona
que defienda la superioridad moral de Occidente, la primacía de la ciencia, el imperialismo cultural y ético, etc.,
termina por ser fácilmente acusada de racismo. Y, así, lamentablemente ha sido muy común colocar en un mismo
saco a intelectuales herederos de la Ilustración, junto a clásicos promotores del racismo como Arthur de Gobineau
o H.F.K Gunther. Lo mismo que los abogados de O.J. Simpson, los postmodernistas son extremadamente dados a
incurrir en aquello que los anglófonos llaman “play the race card”, a saber, acusar inmediatamente a sus
oponentes de ser racistas, a fin de desprestigiarlos.
La palabra ‘racismo’ ha sido abusada con demasiada frecuencia. El ‘racismo’ suele confundirse con
cualquier ataque a un colectivo. Así, por ejemplo, muchas veces se habla de un ‘racismo’ en contra de la mujer, de
los homosexuales, de los musulmanes, de los inmigrantes, de los pobres, de los desempleados, etc. En ninguno de
estos casos, la palabra ‘racismo’ está correctamente empleada. El racismo no es cualquier odio a un grupo. De
hecho, el racismo no es necesariamente una actitud de odio. El racismo es más bien una teoría que postula que
algunos grupos humanos tienen algunas características biológicas que los condiciona a actuar de alguna manera.
Sentir odio por los gitanos, los musulmanes, los homosexuales o los inmigrantes no es estrictamente ‘racismo’, si
este odio no está fundamentado en motivos biológicos. A lo sumo, odios como ésos son ejemplos de xenofobia,
pero de nuevo, no toda xenofobia es racista.
Desde los mismos inicios de la humanidad, unos grupos humanos han sentido odio por otros grupos
humanos. Pero, sólo recientemente, ese odio se ha fundamentado en las supuestas diferencias biológicas entre los
seres humanos. Por eso, la xenofobia es muy antigua, pero el racismo es relativamente reciente; a lo sumo, tiene
tres siglos de antigüedad.
En el mundo clásico hubo mucha xenofobia. Los griegos sentían un profundo odio y desprecio por todo
aquello que no formase parte de su civilización (a pesar de que, como hemos visto en el capítulo 7, Occidente se
ha conformado como una de las civilizaciones menos etnocentristas). El calificativo de ‘bárbaro’ viene
precisamente de ese desprecio: es una onomatopeya empleada por los griegos para referirse a los extranjeros que,
según los griegos, balbuceaban, pues hablaban otra lengua.
Pero, los griegos rara vez llegaron a considerar que la barbarie se heredaba biológicamente. En otras
palabras, a juicio de los griegos, no existía una condición biológica que impidiera a los bárbaros ser civilizados. Si
un hijo biológico de un bárbaro era criado bajo las costumbres griegas, se estimaba que este niño eventualmente
podría ser perfectamente una persona racional plenamente integrada a la civilización. Por ello, si bien los griegos y
romanos practicaron la esclavitud, no lo hicieron en términos raciales. Hubo amos blancos y negros; así como
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esclavos blancos y negros. E, incluso, el eminente historiador Frank Snowden sostiene que, en la Antigüedad, el
racismo era inexistente.
Con todo, sobrevivieron algunos rastros de la idea según la cual, la pertenencia a un grupo no estaba
pautada por la crianza, sino por la herencia biológica. Por ejemplo, la antigua leyenda de Moisés postulaba que
éste había sido criado desde niño por los egipcios. Pero, puesto que él había sido hijo biológico de los israelitas, él
era en sí mismo un israelita. No obstante, en general, prevalecía la idea de que la naturaleza humana es lo
suficientemente flexible como para internalizar los valores culturales de la crianza, en función de lo cual, no hay
impedimentos biológicos para asumir una u otra cultura.
Esta actitud se mantuvo en Occidente durante la Edad Media y los inicios de la modernidad. Es cierto que
en el siglo XVI, había debates sobre la humanidad de los indígenas de América, pero tal como hemos visto en el
capítulo 7, terminó por prevalecer la postura defendida por Bartolomé de las Casas, según la cual, los indígenas sí
tenían alma y, por ende, sí eran seres humanos.
Los actuales detractores de la Ilustración suelen argumentar que el racismo empezó propiamente con los
ilustrados. Se alega que los ilustrados fueron los primeros en postular con supuestas bases científicas, que la
humanidad está dividida en grupos discretos con diferencias biológicas muy acentuadas, al punto de que
difícilmente algunos grupos pueden asumir los rasgos culturales de otros grupos. El afán taxonómico de los
ilustrados, se alega, los condujo a clasificar a la humanidad en diferentes razas o subespecies humanas, en un
orden jerárquico en el cual, los hombres blancos de Europa ocupaban la cúspide.
Hay un germen de verdad en estas acusaciones. No falta en la obra de Hume, Kant o Montesquieu, pasajes
en los cuales se habla de los negros como gente imbécil o maloliente, en virtud de sus características biológicas.
De hecho, buena parte de los ilustrados opinaban que las razas no blancas nunca podrían alcanzar la plena
racionalidad. Pero, un hecho sumamente interesante es que varios ilustrados, entre ellos, el biólogo Buffon,
asumían que, si las personas de raza no blanca eran alimentadas con la comida de los europeos, y educadas bajo el
sistema europeo, eventualmente su piel se volvería blanca y serían seres perfectamente civilizados.
Así pues, los ilustrados dieron señas de racismo, en la medida en que postulaban que para ser racional, es
necesario ser blanco. Pero, a la vez, postulaban que los seres humanos cuentan con la suficiente flexibilidad como
para asimilar la civilización (sólo que, por supuesto, esto también conduciría a un cambio biológico). De esa
manera, los ilustrados rara vez promovieron la idea de que hay seres humanos que nunca podrán ser civilizados.
De hecho, el universalismo de la Ilustración fue un gran antídoto al racismo. En la medida en que los
ilustrados postulaban la existencia de valores extensibles a toda la humanidad, postulaban que la especie humana
es una y que hay más semejanzas que diferencias entre los hombres. Allí donde los racistas concebían profundas
diferencias biológicas entre los grupos humanos, al punto de postular la existencia de diversas subespecies, los
ilustrados postulaban que, más allá de algunas diferencias superficiales, hay una unidad profunda en la especie
humana.
El racismo es más bien originario del siglo XIX. La esclavitud tuvo una gran incidencia sobre la aparición
de nociones plenamente racistas. Con su universalismo, los ilustrados habían defendido arduamente el
igualitarismo: todos los seres humanos están provistos, grosso modo, de las mismas capacidades y, todos los seres
humanos deben tener al menos un mínimo de condiciones de igualdad, fundamentalmente igualdad de
oportunidades e igualdad ante la ley. Este igualitarismo fue entusiastamente abrazado en varios países de Europa y
América.
Pero, el igualitarismo obviamente colocaba entredicho la legitimidad de la esclavitud. No obstante, frente
al dilema de que todos los hombres son creados iguales, pero al mismo tiempo los esclavos son propiedad de otras
personas desde su nacimiento, se empezó a postular la idea de que, quizás los esclavos no son plenamente
humanos, sino que forman parte de otra subespecie, constituida con condiciones biológicas que le impide ser
plenamente racional.
Así, a partir del siglo XIX, se empezó a postular que en la humanidad existen marcadas diferencias
biológicas. Y, como consecuencia de estas diferencias, los rasgos culturales se heredan biológicamente. Allí donde
los griegos asumían que un niño bárbaro educado bajo costumbres griegas podría integrarse a la civilización, en el
siglo XIX empezó a prosperar la idea de que un niño negro nunca podría integrarse a la civilización, aun si recibía
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la educación europea. Pues, según se estimaba, el niño hereda por vía biológica los rasgos culturales de sus padres,
y en este sentido, cuenta con un impedimento biológico para asimilarse a la civilización.
Las teorías racistas negaban así la flexibilidad del ser humano para la adaptación cultural. Los seres
humanos estarían condenados a comportarse como sus ancestros biológicos, aun si no eran criados por ellos. Un
niño negro criado en Londres por padres blancos se comportaría como un aldeano africano, y no como un
londinense. De esa manera, al negar la flexibilidad de los seres humanos para la adaptación cultural, las teorías
racistas asumían un esencialismo: cada persona pertenece a un grupo con características esenciales e inmutables.
Es inútil la crianza; el niño será aquello que su esencia biológica dicte. Esto dio pie al surgimiento de la idea del
‘tipo racial’: la humanidad está segmentada en grupos bien diferenciados que son definidos por un conjunto de
rasgos esenciales que los constituyen como ‘tipos’. El niño negro criado en Londres pertenece al tipo racial
‘negroide’, y por ende, siempre se comportará de acuerdo al tipo racial al cual pertenece.
Por supuesto, el naciente racismo no se conformó con dividir a la humanidad en grupos segregados por
características esenciales (es decir, fijas e inmutables); también procuró jerarquizarlos. Y, así, con el supuesto
respaldo del método científico, surgieron un conjunto de teorías que han venido a llamarse ‘racismo científico’. A
diferencia del desprecio común que la gente llana puede sentir por personas diferentes, el racismo científico
pretende articular una teoría de jerarquías biológicas entre los seres humanos, basada en observaciones científicas.
Surgieron así variadas teorías que enfatizaban las distinciones entre los grupos humanos al punto de
conformar unidades discretas, y la jerarquía de capacidades biológicas. Samuel George Morton coleccionó cráneos
procedentes de diversas regiones del mundo, y tras continuos esfuerzos de medición, llegó a la conclusión de que
las personas blancas tenían mayor capacidad craneal y, por ende, eran más inteligentes que el resto de la
humanidad. Así, si bien no lo enunciaba explícitamente, la conclusión implícita era que las personas no blancas
nunca podrían ser plenamente civilizadas, pues contaban con un impedimento biológico heredable.
Los seguidores de Morton defendieron las diferencias biológicas entre las razas humanas, que terminaron
por postular la teoría poligenista, según la cual, los seres humanos no tienen un ancestro en común, sino que cada
raza humana tiene ancestros por separado, y eso explica las profundas diferencias biológicas entre las razas
humanas. Autores destacables como Agassiz, Nott y Gliddon defendieron el poligenismo.
Se postulaba también que la forma del cráneo incidía sobre los rasgos conductuales. El eminente Paul Broca
defendió una versión de esta teoría. Esto dio pie al surgimiento de la ‘frenología’, la pseudociencia según la cual
podemos inferir rasgos conductuales a partir del estudio de los cráneos. También surgió la pseudociencia de la
‘fisiognomía’, según la cual los rasgos faciales son indicativos del tipo de personalidad. Si bien la frenología hoy
no tiene casi seguidores, lamentablemente la fisiognomía tiene bastante difusión actualmente: muchas personas
juzgan a los demás a partir de sus caras.
Criminólogos como Cesare Lombroso incluso hicieron una taxonomía de los rasgos biológicos de los
delincuentes. Como sus antecesores, Lombroso opinaba que la inclinación al delito (y muchos otros rasgos
conductuales) se hereda biológicamente. Y, de nuevo, la implicación de esto era que la mayoría de los criminales
no podían ser reformados, precisamente porque cuentan con algunos impedimentos biológicos para ello.
Todas estas teorías sirvieron de plataforma ideológica para cometer terribles abusos. El proyecto de la
‘eugenesia’ pretendía erradicar los rasgos biológicos indeseables de la especie humana. Y, puesto que las teorías
del racismo científico postulaban que algunos grupos humanos contaban con rasgos que obstaculizaban las
conductas civilizadas o la inteligencia, se promovió la idea de que estos grupos debían desaparecer. En su forma
más benigna, la eugenesia promovió la esterilización compulsiva e involuntaria de aquellas personas que
exhibieran rasgos indeseables. En su forma más perversa, la eugenesia promovió el genocidio.
No es difícil apreciar cómo todas estas teorías desembocaron en el nazismo. A partir de la idea de que
existen profundas diferencias biológicas entre distintos grupos humanos, y que existe una jerarquía entre estos
grupos, los nazis llegaron a la conclusión de que las razas inferiores debían ser eliminadas. Y, con eso, dirigieron
su ataque en contra de los judíos y otros grupos. En concordancia con sus ideas, los nazis consideraban inútil el
intentar modificar la cultura de los judíos e integrarlos a la vida humana, pues sus teorías postulaban que los judíos
contaban con características biológicas que les impedirían formar parte del pueblo alemán. Y, precisamente,
puesto que las características biológicas son inmodificables, los nazis optaron por el genocidio.
119
Urge apreciar que la ideología racial nazi era muy distinta de la ideología de los tradicionales poderes
coloniales. Durante la época de expansión imperial, ciertamente los franceses e ingleses se consideraban una ‘raza
superior’, y según esta ideología, esto justificaba su dominio de otros pueblos. Pero, si bien los términos que los
poderes coloniales emplearon tenían una semblanza racista, no participaron de la ideología racial de los nazis.
Pues, la ideología imperialista inglesa y francesa nunca postuló que las diferencias entre los seres humanos estaban
inscritas en la biología. Ciertamente los ingleses y franceses se consideraban una ‘raza superior’, pero en líneas
generales, no entendían ‘raza’ como un grupo humano definido por rasgos biológicos. El nazismo postulaba que,
en virtud de las diferencias biológicas, los judíos jamás podrían ser integrados a la sociedad aria. Los imperialistas
ingleses y franceses asumieron que, con la educación occidental, los nativos de África y Asia podrían integrarse a
la sociedad europea; pues de nuevo, la diferencia entre las ‘razas’ superiores e ‘inferiores’ no era propiamente
biológica, sino sólo cultural.
Hoy, la abrumadora mayoría de los científicos asume que el concepto biológico de ‘raza’ (grupos humanos
discretamente separados por profundas diferencias biológicas) es una construcción social; en otras palabras, la raza
no existe. Si bien observamos apariencia de diferencias biológicas entre seres humanos en rasgos como el color de
la piel, características faciales o tipo de pelo, un examen más minucioso revela que, en realidad, no es posible
dividir a la humanidad en distintos grupos raciales. Hay plenitud de datos que sustentan este juicio.
En primer lugar, si las razas fueran una realidad, cabría esperar que hubiese grandes diferencias genéticas
entre distintos grupos raciales, y que los miembros de un mismo grupo racial no tuvieran mayor variabilidad
genética entre sí. Pero, ocurre todo lo contrario. El grueso de las diferencias genéticas entre los seres humanos
ocurre entre miembros de una misma población. Así pues, las poblaciones no suelen ser genéticamente
homogéneas, y por ende, no es viable agrupar a un conjunto de individuos bajo un mismo grupo racial.
Además, la selección de rasgos para establecer los límites entre grupos raciales es arbitraria, y dependiendo
de cuál rasgo seleccionemos, trazaremos los límites de una u otra forma. Tradicionalmente se ha seleccionado el
color de piel o la forma del cráneo para segmentar a la humanidad en razas. Pero, si asumiéremos otro rasgo, como
por ejemplo, el tipo de sangre o la prevalencia de algún gen para alguna enfermedad, tendríamos que segmentar a
la humanidad de otra manera. E, individuos que tradicionalmente formarían parte de razas distintas (como, por
ejemplo, un vasco y un wayúu), podrían ser aglutinados bajo otra raza, la raza de las personas con el tipo de sangre
A negativo.
Aunado a eso, la separación entre las razas no está claramente delimitada. Ciertamente los kenianos son
abrumadoramente de piel negra, mientras que los suecos son abrumadoramente de piel blanca, pero en el tránsito
geográfico desde Kenia hasta Suecia, las tonalidades de color de piel en las poblaciones se va degradando, y no
hay un punto específico en el cual podamos precisar que ahí empieza una determinada raza.
También es considerable el hecho de que la especie humana es demasiado joven como para propiciar la
aparición de razas. Podemos admitir que, grosso modo, las razas existen en otras especies. Pero, por lo general,
aquellas especies en las cuales existen las razas han contado con el suficiente tiempo y el suficiente aislamiento
entre grupos como para que las presiones selectivas dividan a la especie en distintas subespecies. Homo sapiens no
es lo suficientemente antigua como para propiciar esto y, además, ningún grupo humano ha estado aislado el
tiempo suficiente como para la aparición de nuevas razas. Entre las poblaciones humanas siempre ha habido el
suficiente flujo genético como para impedir la aparición de razas o subespecies.
Por supuesto, el hecho de que hasta ahora no hay razas humanas no implica que jamás podrá ocurrir. Si,
supongamos, una población humana queda atrapada en una isla, absolutamente aislada del resto de la humanidad;
quizás en un millón de años ese grupo humano se habrá convertido en una raza aparte, y si las diferencias se
siguen acumulando, incluso ese grupo podría convertirse en otra especie. Pero, por ahora, ningún grupo humano
ha estado lo suficientemente aislado como para haberse convertido en una raza. Los seres humanos conformamos
una sola especie, y dividir a nuestra especie en blancos, negros, rojos o amarillos es un invento que no se
corresponde con la realidad. Podemos conceder a los constructivistas sociales (cuyas posturas hemos criticado en
el capítulo 5), que la raza es efectivamente una construcción social.

120
Con todo, hoy sigue habiendo intentos más refinados para argumentar que existen profundas diferencias
biológicas entre grupos humanos bien delimitados, que muchos rasgos conductuales proceden de estas diferencias
biológicas, y que algunas razas humanas tienen más capacidad biológica para la inteligencia que otras.
Algunos investigadores se han empeñado en establecer correlaciones entre los resultados de exámenes de
coeficiente intelectual, y los supuestos grupos raciales. Y, han ‘descubierto’ que las personas de ‘raza blanca’ son
las más inteligentes (en algunas versiones de estos estudios, las personas de ‘raza asiática’ tienen ese privilegio),
mientras que las personas de ‘raza negra’ son las menos inteligentes. Estos estudios han tenido la implicación de
que es un desperdicio dirigir recursos financieros a la educación de los negros, pues éstos sencillamente no
cuentan con la capacidad biológica para aprender (desafortunadamente, el eminente James D. Watson, uno de los
descubridores del ADN, ha emitido opiniones como ésta).
Estos estudios son criticables desde muchos frentes. En primer lugar, ya hemos visto que el concepto de
‘raza’ tiene una muy dudosa validez. Estos investigadores han segmentado a sus poblaciones en función de los
criterios tradicionales para segmentar a las razas, pero hemos visto que esto es sumamente arbitrario. Si, en vez de
medir la inteligencia de las personas con piel blanca o piel negra, midiéremos la inteligencia de las personas con
tipo de sangre O, A, B o AB, los resultados serían muy distintos.
Además, no queda muy claro qué es exactamente la inteligencia. Suele entenderse que la inteligencia es un
conjunto de habilidades cognitivas, pero es muy dudoso que un solo examen pueda reflejar este conjunto. Una
persona puede tener un alto coeficiente intelectual en virtud de sus habilidades para razonamientos lógicos, pero
puede tener una memoria deficiente, o puede ser muy torpe en el manejo de sus emociones o relaciones sociales.
Más importante aún, la inteligencia es una habilidad que no está totalmente inscrita en los genes. Los
factores ambientales parecen tener mucha más preponderancia en la determinación de cuán inteligentes pueden ser
las personas. Si las personas de la ‘raza negra’ han tenido resultados más bajos en los exámenes de inteligencia,
quizás eso sea debido al hecho de que son los sectores más pobres y marginados, y no han tenido las suficientes
oportunidades educativas como para desarrollar a plenitud su potencial para la inteligencia. De hecho, en países
como EE.UU., en las últimas décadas las personas categorizadas como ‘negras’ han mejorado su condición social
y han tenido más acceso a la educación, y esto se ha reflejado en un aumento de los resultados en los exámenes de
inteligencia.
Incluso, Stephen Jay Gould, el crítico más demoledor de estas investigaciones sobre la raza e inteligencia,
ha insistido en que la correlación no es lo mismo que la causalidad. Podemos hacer una correlación entre el
coeficiente intelectual y el color de piel de las personas, pero ello no implica que el color de piel de las personas es
la causa de los resultados en las pruebas de inteligencia. A lo sumo, estas investigaciones indicarían una
correlación, pero no una relación de causalidad.
Con todo, en fechas más recientes también se han intentado algunos argumentos más refinados a partir de
la teoría de la evolución, con el propósito de argumentar que las poblaciones descendientes de europeos son más
inteligentes que las poblaciones descendientes de africanos. El argumento central postula que, durante las primeras
migraciones a Europa, esas poblaciones tuvieron que enfrentarse a un clima frío y hostil. La adversidad del clima
sirvió como presión selectiva para que se retuvieran a los más inteligentes. Las poblaciones que se quedaron en
África, por su parte, se enfrentaban a un ambiente mucho más complaciente, y en este sentido, no hubo gran
presión selectiva para la inteligencia. Eso explica por qué los blancos son más inteligentes que los negros.
Esta teoría puede resultar muy ingeniosa, y parece aplicar acordemente el razonamiento evolucionista. Con
todo, parte de una premisa muy cuestionable: es sencillamente falso que el ambiente de Europa haya sido más
adverso que el ambiente de África. Las selvas y los depredadores de África debieron exigir el mismo grado de
inteligencia que las frías montañas de Europa.
En definitiva, el proyecto de querer sustentar las ideologías racistas a partir de la observación científica ha
fracasado, pues no hay nada en la realidad que nos permita inferir que la humanidad pueda ser fragmentada en
grupos bien delimitados, y mucho menos que estos grupos puedan ubicarse en un orden jerárquico con diversos
grados de inteligencia.
Con todo, el rechazo de estas teorías debe manejarse con mucho cuidado. Pues, el hecho de que las razas
humanas no existan no implica que muchos de nuestros rasgos mentales no cuenten con una base genética. Así
121
como la observación científica no nos permite postular la existencia de razas humanas, la misma observación
científica cada vez nos informa más que una parte sustancial de la mente de las personas está inscrita en los genes.
Seguramente la inteligencia depende más del ambiente que de los genes. Pero, no por ello debemos desechar la
hipótesis de que la inteligencia tiene una base genética. Y, lo mismo puede decirse de muchos otros rasgos
mentales y conductas, que van desde la homosexualidad, hasta incluso las preferencias políticas.
La lucha en contra del racismo y la refutación de las pretensiones del ‘racismo científico’ no debería
conducirnos al extremo de pretender que ya hemos resuelto el debate nature vs nurture (crianza vs. naturaleza), a
favor de la segunda opción. Existe la tentación, en aras de evitar cualquier sesgo de racismo, de postular la
doctrina de la tabula rasa, a saber, que venimos al mundo como una hoja en blanco, y que la biología no tiene
ninguna incidencia sobre nuestras personalidades. Ése fue el error en el que cayó Stephen Jay Gould. Las
incipientes disciplinas de la sociobiología y la psicología evolucionista aún tienen mucho por ofrecer.
***
Los postmodernistas aceptan que, en efecto, las ‘razas humanas’ son una construcción social (por supuesto,
algunos postmodernistas creen que todo es una construcción social). Y, en este sentido, la mayoría de los
postmodernistas son veloces en hacerse eco de las críticas al racismo científico; aunque, en virtud de su
relativismo, no deberían oponerse al racismo científico, del mismo modo en que no se oponen a los métodos de
curación chamánica, la homeopatía, el creacionismo y demás supercherías.
Después de la Segunda Guerra Mundial, la Organización de Naciones Unidas publicó un documento en
1950, La cuestión racial, en el cual se advertía respecto a la inexistencia de las razas humanas, e incluso se
exhortaba a abandonar el término ‘raza’ para identificar a un grupo humano, y más bien sustituirlo con ‘etnia’, el
cual no denota una diferenciación biológica, sino meramente cultural.
No obstante, dos años después, la misma O.N.U. encargó a Claude Levi-Strauss (un antropólogo
sumamente estimado por los postmodernistas) redactar un documento complementario. Este documento, Raza e
historia, ratificaba la negativa aceptar la existencia de las razas humanas, pero además de eso, el texto en cuestión
estaba imbuido de relativismo cultural. Así, Levi-Strauss terminó por defender que, no sólo las razas no existen y
no hay razas superiores, sino que tampoco hay sociedades superiores a otras. El considerarse culturalmente
superior es una terrible muestra de etnocentrismo destructivo, muy afín al racismo de antaño.
Y, así, el lamentable texto de Levi-Strauss propició la confusión de igualdad racial con igualdad cultural.
Esto abrió la puerta para que todo aquel grupo humano que se considere culturalmente superior a los demás, sea
acusado de racismo. Una vez más, se acusaba a la Ilustración de ser la gran promotora del racismo, ya no tanto por
sus teorías respecto a las diferencias biológicas entre los seres humanos, sino por su desprecio cultural respecto a
otros grupos humanos. Pues, en su empeño por hacer prevalecer la civilización por encima de la barbarie, la
ciencia por encima de la superstición, la democracia por encima del despotismo, los ilustrados despreciaban a los
pueblos no occidentales. Y, ese desprecio es una forma de racismo. Los postmodernistas tienen así una gran
facilidad para gritar “¡racista!” ante cualquier defensor del proyecto ilustrado y moderno.
De nuevo, urge corregir la confusión propiciada por los postmodernistas. La palabra ‘racismo’ se refiere a
la teoría según la cual, existen profundas diferencias biológicas entre los grupos humanos, al punto de que los
miembros de un grupo nunca podrán asimilar satisfactoriamente las ideas de otro grupo, dada su incompatibilidad
biológica. Los ilustrados jamás fueron racistas, precisamente porque, dado su universalismo, creían en la unidad
biológica de la especie humana. Ciertamente los ilustrados creían que había sociedades más tiránicas y
supersticiosas que otras, pero los ilustrados nunca creyeron que los miembros de esas sociedades eran
biológicamente incapaces de cambiar. Fue precisamente en función de esa creencia, como vinieron a desarrollar su
optimismo respecto a las posibilidades de que toda la humanidad pudiera asumir el camino de la racionalidad, la
técnica y el progreso. Y, posteriormente, la misión civilizadora del imperialismo francés y británico surgió bajo la
premisa de que los seres humanos son lo suficientemente flexibles como para poder asumir los valores de otra
cultura.
Creer que una cultura es superior a otra no es una forma de racismo, pues precisamente, se está
jerarquizando a la cultura, no a la raza. El creerse culturalmente superior puede ser, a lo sumo, una instancia de

122
etnocentrismo, pero tal como hemos visto en el capítulo 7, el etnocentrismo no es necesariamente objetable: si, en
efecto, mi cultura es mejor que otra, no hay nada objetable en predicar que pertenezco a una cultura superior.
Ciertamente la Ilustración comparte con el nazismo la noción de que hay grupos humanos superiores e
inferiores. Pero, la Ilustración postuló esa jerarquía en términos estrictamente culturales, mientras que el nazismo
lo hizo en términos biológicos. La Ilustración sólo postuló que la astronomía es superior a la astrología, la química
a la alquimia, el Estado a la tribu, la medicina a la curandería. Los nazis, en cambio, postularon que la piel blanca
es superior a la negra, los ojos azules a los ojos oscuros, la nariz perfilada a la nariz chata, etc. Los ilustrados
confiaban en que, con suficiente educación, el astrólogo podía convertirse en astrónomo, el alquimista en químico,
el chamán en médico. Los nazis postulaban que era imposible que la piel negra se convirtiese en blanca, el ojo
oscuro en ojo claro, etc. Los ilustrados creían que los pueblos bárbaros podían integrarse a la civilización mediante
la educación y, en ese sentido, dejarían de ser bárbaros; para los ilustrados, ningún pueblo era esencialmente
bárbaro, sólo circunstancialmente. Los nazis, en cambio, creían que los judíos jamás podrían integrarse a la
sociedad aria, y en ese sentido, su solución fue eliminarlos; para los nazis, los pueblos eran definidos por rasgos
biológicos esenciales fijos e inmutables.
Hemos visto en el capítulo 6 que, para defender la igualdad de los hombres, es necesario defender la
desigualdad de las culturas. Pues bien, el mismo argumento debe esgrimirse acá: para oponerse al racismo, es
necesario defender que unas culturas son mejores que otras. Si asumimos que no hay culturas mejores que otras,
entonces debemos admitir que una cultura que defienda el racismo está al mismo nivel que una cultura que se
oponga al racismo. Si no hay culturas superiores, entonces la cultura del apartheid sudafricano vale lo mismo que
la cultura del igualitarismo cubano. El relativismo termina por conducir al “todo vale”, y si todo vale, entonces el
racismo vale.
Así, los postmodernistas se empeñan en acusar de racismo a sus adversarios, pero no caen en cuenta de que
su relativismo cultural permite defender el racismo y que, por ende, al final, los postmodernistas son cómplices del
racismo. Pero, hay aún otras razones para afirmar que el postmodernismo tiene una íntima asociación con el
racismo.
El postmodernismo ha promovido el movimiento político que ha venido a llamarse las ‘políticas de la
identidad’. Estas políticas consisten en enfatizar la pertenencia de las personas a determinados grupos sociales, y a
partir de esa pertenencia, promover la exigencia de tratamientos especiales y reivindicaciones sociales. Antaño, la
unidad social en la cual los izquierdistas concentraban sus luchas sociales era la clase. Marx deseaba despertar
conciencia entre los trabajadores respecto a su ubicación en el sistema de producción y explotación, y en ese
sentido, todo trabajador debería identificarse a sí mismo, ante todo, a partir de su clase social. Con esto, aspiraba
Marx, los trabajadores podrían promover reformas para mejorar sus condiciones en el sistema de producción.
Pero, la izquierda postmodernista ha dejado de lado esta pretensión marxista. En vez de concentrarse en la
clase social como unidad de identidad, los postmodernistas prefieren optar por otros criterios de identidad. Esos
criterios incluyen el género, las preferencias sexuales, las especializaciones laborales, etc.; pero, por encima de
todo, los postmodernistas hacen énfasis en la etnicidad. Y, en función de ello, los postmodernistas ya no
promueven estrictamente luchas sindicales, sino luchas de minorías étnicas para reclamar, no propiamente una
transformación de las relaciones de producción, sino un reconocimiento a sus costumbres culturales y su legado
histórico.
Los postmodernistas están así muy atentos a la adscripción étnica y cultural de las personas, y estiman que
el bienestar de estas personas vendrá en la medida en que su grupo étnico de procedencia sea adjudicatario de
derechos especiales. Así, por ejemplo, en vez de promover aumentos salariales, seguridad social, reforma agraria o
mejoras en las condiciones de trabajo, los postmodernistas dirigen mucho más sus esfuerzos a promover el
derecho de las niñas musulmanas a llevar el velo en las escuelas públicas en Francia, el derecho de que los
indígenas americanos conserven autonomía jurídica en muchos territorios, el enaltecimiento histórico de los
pueblos no occidentales, etc.
Esto es especialmente prominente en el juego político de las sociedades democráticas. Los candidatos no
son favorecidos tanto por sus posturas ideológicas, sino por su grupo étnico de procedencia. Los marxistas de
antaño suponían que un trabajador debería votar por aquel candidato que favoreciese los intereses de la clase
123
obrera, sea blanco, negro o amarillo. Hoy, es menos relevante la postura ideológica: pesa más para un obrero
gitano que su candidato de preferencia sea gitano, a que sea obrero.
El postmodernismo ha desplazado la lucha por las reivindicaciones sociales de los socialistas de antaño, y
lo ha suplantado con el intenso deseo de preservar las culturas. El objetivo de la lucha postmodernista no es el
capitalismo explotador de las clases obreras, sino la hegemonía cultural de la modernidad que, según estiman los
postmodernistas, al difundir sus valores por el mundo entero, atenta severamente en contra de la integridad de las
personas. Pues, bajo la presunción postmodernista, en la medida en que la cultura (y, no la clase social) es la
unidad fundamental de la identidad de las personas, cada vez que la modernidad destruye las formas culturales
tradicionales, erosiona la integridad de las personas que asientan su identidad en esas culturas tradicionales.
Por ello, el postmodernismo está avocado a preservar las culturas locales frente a la expansión cultural del
Occidente moderno. Así, los postmodernistas han venido a hacer de la diversidad una de sus banderas ideológicas
más emblemáticas. Allí donde la Ilustración ha promovido el universalismo y la unidad de la especie humana, los
postmodernistas han hecho mucho más énfasis en la valoración de las diferencias entre los seres humanos, y en la
necesidad de preservar estas diferencias. En el imaginario postmodernista, el mundo debe ser algo así como un
gran arco iris, en el cual se manifiesten todo tipo de colores, no sólo en términos raciales, sino también culturales,
ideológicos, sexuales, etc.
En esto, el postmodernismo empieza a parecerse al racismo científico. Los promotores del racismo
científico estaban mucho más interesados en indagar sobre las diferencias entre los seres humanos, por encima de
qué los une como especie. Y, en sus formas más lamentables, el racismo científico terminó por promover la idea
de que, no sólo la especie humana está fragmentada en grupos raciales con profundas diferencias entre sí, sino que
además debe mantenerse así, a fin de que cada raza preserva su esencia biológica. Así, según los racistas
científicos, la raza blanca europea es biológicamente diferente de la raza negra africana, y para que cada una
preserve su esencia y no se degenere, sería conveniente mantenerlas separadas. Precisamente en la medida en que
se mantuvieran separadas a las razas, podría conservarse la diversidad racial.
Pues bien, los postmodernistas no están muy lejos de estas ideas. Por supuesto, en vez de emplear la
palabra ‘raza’, emplean la palabra ‘cultura’. Pero, el argumento es fundamentalmente el mismo. La humanidad
está fragmentada en diversos grupos con profundas diferencias entre sí, y conviene preservar esa diversidad. Las
culturas pueden interactuar entre sí, pero una no debe afectar culturalmente a la otra, pues sólo de esa manera, se
podrán preservar intactas las antiguas costumbres, y con eso, se asegurará la continuidad de la identidad cultural.
Esto, como hemos visto en el capítulo 2, fue una de las ideas más importantes de los contrailustrados de la
primera mitad del siglo XIX. Desde el romanticismo, Herder fue el principal promotor de la idea del Volksgeist
como reacción en contra del universalismo de la Ilustración. El Volksgeist es el espíritu del pueblo que concede la
peculiaridad a cada cultura, y propicia la diversidad entre los seres humanos. Lo mismo que los postmodernistas,
Herder proponía preservar el Volksgeist de cada pueblo; con eso, se mantendría íntegro el mosaico de diversidad
de la especie humana. Frente al avance modernizador de Occidente, con Francia a la cabeza, Herder y los
románticos proponían que el pueblo alemán resistiera aferrándose a sus antiguas costumbres, y al rescate de los
valores de la vida campesina. De hecho, los románticos no sólo propusieron esto parea los pueblos alemanes, sino
para todos los pueblos del mundo: todos debían luchar por conservar la pureza de su Volksgeist.
Las ‘políticas de la identidad’ defendidas por el postmodernismo básicamente promueven lo mismo. Frente
a la globalización y la promoción de una conciencia universal, los postmodernistas incitan a los zulús, vascos,
franco-canadienses, wayúu, bereberes, kurdos, en fin, a todos los grupos étnicos del mundo, a sentir gran orgullo
por sus costumbres tradicionales y a defenderlas frente a la expansión cultural occidental moderna. Según se
argumenta, sólo de esa manera se podrá preservar la diversidad que nos regala un colorido sublime.
Herder nunca planteó el Volksgeist en términos biológicos; antes bien, para él, el espíritu del pueblo radica
fundamentalmente en el lenguaje. En este sentido, si bien la insistencia de Herder sobre la necesidad de preservar
la diversidad pudo haber servido de antecesor intelectual al racismo científico, la filosofía de Herder no puede
considerarse racista en estricto sentido, pues Herder no invocó a la biología para explicar las diferencias entre los
grupos humanos. Y, Herder tampoco elaboró una jerarquía entre grupos humanos, como sí lo hicieron los racistas
científicos.
124
Lo mismo que Herder, los postmodernistas tampoco invocan explícitamente a la biología para fundamentar
la diversidad humana, y por supuesto, tampoco elaboran una jerarquía entre seres humanos. Pero, varios de los
postulados de los postmodernistas respecto a las políticas de la identidad terminan por parecerse mucho a los
postulados del racismo científico, probablemente sin que los mismos postmodernistas se den cuenta de ello.
En su afán por preservar las culturas frente al avance de la hegemonía cultural occidental moderna, los
postmodernistas terminan por encasillar a los individuos en sus grupos de procedencia. La niña francesa
musulmana debe llevar el velo a la escuela porque, puesto que sus padres son argelinos, ella preserva la cultura de
sus ancestros con ese gesto. Un indígena que ha estudiado medicina en Bolivia debe incorporar ritos chamánicos a
su ejercicio profesional, pues de ese modo, rescata a su cultura de la hegemonía cultural occidental. A un
estudiante de historia de piel negra en EE.UU. debe enseñársele más la historia de los pueblos africanos
premodernos que la historia de Grecia y Roma, pues eso permite que él fortalezca su identidad, y no se aliene a
conocer la historia de una cultura ajena. El niño de apellido Dubois en Quebec debe ser educado en francés (aun si
su primera lengua es el inglés), pues de esa manera, rescatará el legado cultural de los franco-canadienses. Y, así
sucesivamente.
A simple vista, esto parece muy loable. Estas políticas permiten que las personas ‘rescaten’ su legado, y no
se entreguen como carne de cañón a la influencia cultural de Occidente. Pero, visto con mayor rigor, estas
propuestas son afines al racismo científico. Las políticas de la identidad terminan por postular que los individuos
pertenecen a la cultura de sus ancestros, y deben rescatarla, aun si esos mismos individuos jamás han exhibido
esos rasgos culturales. Pero, en realidad, a juicio de los postmodernistas, el hecho de que el individuo jamás ha
exhibido esos rasgos es precisamente una forma de alienación cultural. La joven musulmana que prefiere ir sin
velo y viste ropa occidental ha traicionado su legado islámico. El joven estudiante norteamericano de piel negra
que prefiere conocer más sobre Julio César que sobre Shaka Zulu ha sucumbido frente al dominio occidental y se
ha alienado a la cultura del amo. El médico boliviano indígena que prefiere no emplear métodos chamánicos en su
ejercicio profesional ha perdido sus raíces y ha sido vencido por la conquista europea.
Con esto, los promotores de las ‘políticas de la identidad’ plantean que, de algún modo, las personas deben
llevar los mismos rasgos culturales de sus ancestros. En otras palabras, los rasgos culturales se heredan, no se
escogen. Y, no importa cuán integrado esté una persona en una determinada cultura que habría resultado ajena a
sus ancestros, esa persona formará parte de la cultura de sus ancestros. De esa manera, las ‘políticas de la
identidad’ postulan, implícitamente, que los rasgos culturales se inscriben en la biología, y como hemos visto, esto
es una idea típica del racismo científico.
La muchacha francesa hija de inmigrantes argelinos musulmanes podrá hablar un perfecto francés, podrá
defender a ultranza el republicanismo laico, podrá cantar La Marsellesa a pulmón abierto, podrá sentir una gran
pasión por Flaubert y Proust; y a la vez, podrá sentir repudio por la poligamia, podrá considerar que el Corán es un
libro nefasto, podrá considerar que el uso del velo es opresivo. Pero, bajo los postulados de las ‘políticas de la
identidad’, esa muchacha es ante todo de cultura argelina, pues ésa es su procedencia. Y, precisamente puesto que
ella es ante todo de cultura argelina, ella debe rescatar el legado cultural argelino.
Pues bien, con esto, parece defenderse que la cultura argelina está de algún modo inscrita en la biología de
esa muchacha. No importa cómo se comporte, ella siempre será de cultura argelina. Ella podrá estar muy bien
integrada con sus amigas francesas, pero siempre será distinta, porque a diferencia de sus amigas, sus padres son
inmigrantes y, por ende ella es de otra cultura. Así, lo mismo que los racistas científicos, los postmodernistas
quieren inscribir las diferencias entre los seres humanos en la biología. Las personas heredan de sus padres su
cultura, pero ésta de algún modo se transmite biológicamente, pues aún una persona que no ha sido criada por sus
padres biológicos, forma parte de la cultura de ellos.
Por ejemplo, la película Perdiendo a Isaiah refleja este tema nítidamente. La trama de esa película es que
un niño de color negro es adoptado desde su nacimiento por una familia con miembros de color blanco. El niño es
sumamente feliz, pero un juez decide arrebatar ese niño a sus padres, y devolverlo a la madre biológica, antaño
drogadicta. El razonamiento del juez es que la educación que esa familia brinda a ese niño terminará por
perjudicarlo, pues el niño olvidará sus raíces negras. Para preservar su integridad cultural, el niño negro debe ser
criado por una madre negra. Lamentablemente, muchas personas aplauden decisiones como éstas, pero
125
deberíamos apreciar que se trata de un razonamiento escandalosamente racista. Semejante razonamiento postula
que el niño nunca podrá asimilar plenamente la cultura de sus padres adoptivos, en virtud de algún impedimento
biológico procedente de su color de piel. Y, puesto que los ancestros de este niño eran afro-americanos, la única
manera en que este niño puede ser feliz es viviendo en la cultura afro-americana.
Ofreceré otro ejemplo que he vivido personalmente. En una ocasión, visité con un amigo inglés el Museo
del Oro en Bogotá. Este museo consta de fabulosas piezas de oro de culturas precolombinas. Como supuesto gesto
de justicia y reivindicación social, los indígenas tienen entrada libre a este museo. Mi amigo inglés nació en
México, pero fue adoptado recién nacido por padres ingleses, y algunos de sus rasgos físicos son piel morena
amarillenta, cabello grueso y lacio, y ojos rasgados. En la taquilla del museo, nos informaron que yo debía
comprar un billete, pero mi amigo podía entrar sin pagar, pues él era un ‘indígena’.
Mi amigo es un actor shakesperiano, apoya al Manchester United, come semanalmente fish and chips,
habla en un dialecto cockney, viste con saco y corbata; además, no conoce absolutamente nada de las culturas
indígenas de América, y con todo, las autoridades del museo lo consideraban in indígena. ¿Qué lo hacía un
‘indígena’? Sus rasgos biológicos. De algún modo, sus padres biológicos, a quien nunca conoció, le transmitieron
el legado cultural precolombino mediante sus rasgos biológicos. Y, aun si él se comporta como un típico
londinense, en realidad es un indígena. Esto no está muy lejos de la hipótesis racista de que el niño negro criado en
Londres, se comportará como un aldeano africano.
Las ‘políticas de la identidad’ han incurrido en el esencialismo que tanto influyó al racismo científico.
Puesto que cada grupo humano consta de una esencia, nadie puede escapara a ella. Los seres humanos no tienen la
flexibilidad para adaptarse a otros grupos. La identidad de las personas no está constituida por lo que ellas hacen,
sino por lo que sus ancestros hicieron. No importa cuán americanizado esté una persona de piel negra en EE.UU.,
los promotores de las políticas de la identidad insistirán en que esa persona es, ante todo, un africano. Malcolm X
habitualmente advertía a sus compañeros de piel negra: “nosotros no somos americanos, somos africanos”, y
también: “el nacer en América no os hace americanos”. Pues bien, el razonamiento de Malcolm X es típicamente
racista. El negro que se comporta como americano en realidad es africano, aun si no tiene el menor rasgo
conductual africano. Es precisamente su piel lo que lo convierte en africano. El negro jamás podrá ser occidental.
Por ello, debe renunciar a su estilo de vida occidental, y ‘regresar’ al estilo de vida africano, aun si jamás ha vivido
como africano.
El gran músico de piel negra Henry Crowder vivió este tipo de racismo muy de cerca. Era un gran maestro
del jazz. Pero, su bienintencionada amante que luchaba en contra del racismo, la aristócrata inglesa Nancy Cunard,
le pedía que fuese “menos americano y más africano” en su música. Crowder respondía, “¡pero yo no soy africano,
soy americano!”. Cunard asumía que, en virtud de su color de piel, Crowder debía ser africano. Le importaba poco
sus preferencias, su modo de vida. Él era africano, y su música debía ser africana, independientemente de si había
nacido en América, y había asimilado las costumbres americanas desde su propia infancia. Componer jazz era
doblegarse ante el amo blanco. Él debía ser africano, aun si se sentía americano y nunca había estado en contacto
con la cultura africana. De algún modo, a juicio de Cunard, el color de piel de Crowder dictaba cómo éste debía
comportarse.
Como Cunard, los bienintencionados promotores de las ‘política de las identidades’ terminan anclados en
el esencialismo del racismo científico. En su empeño por rescatar las antiguas costumbres a fin de preservar la
diversidad cultural, encasillan a los individuos en grupos culturales. Con eso, lo mismo que los racistas científicos,
los postmodernistas pretenden que los seres humanos no cuentan con la flexibilidad para renunciar a una cultura y
asumir otra. En palabras de Kenan Malik, “[todo esto] sugiere que el hecho biológico de contar con ancestros
judíos o bangladeshíes de algún modo hace que los seres humanos no puedan vivir bien, excepto como
participantes de la cultura judía o bangladeshí”. En la medida en que las ‘políticas de las identidades’ enfatizan la
necesidad de que un individuo se adhiere a un grupo, y desde ahí exigir sus derechos, le coloca una camisa de
fuerza, y lo encierra en su cultura. Pues, para pertenecer a ese grupo, el individuo debe comportarse según las
pautas de conducta de esa cultura.
Una de las lecciones de la Ilustración es que los individuos son libres de escoger cómo quieren vivir, y tienen la
capacidad de ajustarse a una u otra cultura, independientemente de cómo vivieron sus ancestros. La misión
126
civilizadora confiaba en que los hijos de bárbaros podían convertirse en civilizados. La célebre frase de Ernest
Renan es evocadora: “el hombre no pertenece a su lengua, ni a su raza; se pertenece sólo a sí mismo pues es un ser
libre, o sea, un ser moral”.
Un pianista de piel negra no traiciona a nadie por el mero hecho de tocar jazz. Crowder no pertenece a la ‘raza
negra’, ni a la ‘cultura africana’. Pertenece a él mismo. Si cuenta con la maestría técnica para tocar jazz, no hay
nada objetable en ello; es sencillamente su elección. Tampoco debería molestarnos el flamenco entre los
japoneses, o el rock entre los argentinos. Lamentablemente, lo mismo que Herder y los románticos, en aras a la
conservación de la pureza cultural, los promotores de las ‘políticas de la identidad’ quieren que los japoneses
bailen odori antes que flamenco, y que los argentinos canten tango antes que rock, en virtud de las tradiciones de
sus ancestros. De nuevo, todo esto lleva implícito que hay un impedimento biológico que no permite que una
persona procedente de una cultura satisfactoriamente asuma los valores de otra cultura.
A los postmodernistas les preocupa especialmente la ‘transculturación’. A medida que el Occidente
moderno se expande, los pueblos autóctonos ‘pierden su cultura’, y esto, supuestamente, constituye una
lamentable pérdida. Según se estima, la gran tragedia de la globalización es la compulsiva transculturación. En
efecto, los postmodernistas tienen razón cuando alegan que la modernidad y la globalización traen consigo la
transculturación. Pero, es muy cuestionable que la transculturación nunca sea deseable. Un caníbal pierde parte de
su cultura cuando los misioneros le impiden consumir carne humana, y cambia sus hábitos alimenticios. Eso, sin
duda, es transculturación; en este caso, una ‘pérdida’ de su cultura culinaria. Pero, ¿es acaso objetable?
La misma naturaleza de la cultura supone un dinamismo, y un continuo préstamo que procede de otras
culturas. El pretender preservar a las culturas intactas por temor a su ‘pérdida’ nos habría dejado estancados en la
edad de piedra. El desear preservar a las culturas intactas forma parte de una ideología reaccionaria y
contrailustrada que se opone a las transformaciones sociales y al progreso. Como hemos visto en los capítulos 1 y
2, este tipo de ideologías tiene más vinculación con la derecha reaccionaria de inicios del siglo XIX, que con el
liberalismo o el socialismo.
En todo caso, la transculturación no es propiamente una pérdida, sino una sustitución. Cuando un indígena
abandona su vestimenta tradicional y asume la vestimenta occidental, ciertamente ‘pierde’ su cultura tradicional,
pero asume una nueva cultura.
Varios intelectuales negros norteamericanos, entre los que destaca Richard Wright, se quejaban de que el
colonialismo y la esclavitud habían dejado a los descendientes de esclavos ‘sin cultura’. Al ser deportados de
África, los esclavos perdieron el contacto con sus tradiciones ancestrales, y al ser asimilados a la cultura del
blanco dominante, quedaron desprovistos de cultura. Pero, esta opinión lleva consigo una gran confusión.
Los antropólogos entienden ‘cultura’ como el conjunto de prácticas y creencias que caracterizan a un
colectivo. Ciertamente los esclavos perdieron las costumbres de sus ancestros, pero no por ello quedaron sin
cultura. Asumieron la cultura de sus amos, y con el tiempo, esa cultura ya dejó ser exclusiva de sus amos, y los
esclavos la hicieron propia. Es así como el jazz con piano es típico de la cultura afro-americana, a pesar de su
evidente origen europeo. Es así como el fútbol es casi una religión en Brasil, a pesar de su procedencia inglesa. Y,
es así como el flamenco podría en un futuro terminar por ser más japonés que español, o el rock más argentino que
norteamericano. Los postmodernistas no comprenden que todas las culturas tienen la capacidad de hacer
rápidamente ‘propias’ aquellas instituciones que en un inicio pudieron resultar ‘foráneas’.
Por ello, insisto, la transculturación no deja sin cultura a los transculturizados, más bien sustituye a una
cultura por otra. Y, si bien la esclavitud merece todo nuestro reproche, no podemos acusar a esta lamentable
institución de haber dejado sin cultura a los esclavos. Pues, en la medida en que estos esclavos tenían prácticas y
creencias en común (independientemente de si éstas se parecían más a las europeas o a las africanas), tenían
cultura. La transculturación no necesariamente ocasiona daño; de nuevo: el ser humano tiene la suficiente
flexibilidad como para abandonar una cultura y asumir otra felizmente. La civilización occidental cuenta con gente
blanca, negra, roja y amarilla, precisamente porque los seres humanos son capaces de ajustarse a cualquier cultura.
Sólo si asumimos que el ser humano tiene algún impedimento biológico para asumir una nueva cultura, entonces
podemos concluir que la transculturación es dañina. Si asumimos que los seres humanos tienen esos impedimentos
biológicos, entonces deberíamos aceptar que somos racistas.
127
***
La obsesión postmodernista con preservar las culturas es fundamentalmente una obsesión con la diversidad. Ante
la posibilidad de un mundo globalizado en el que todos estemos conectados y la humanidad entera asuma unos
valores universales, el postmodernismo, en continuidad con el romanticismo de Herder, prefiere una humanidad
fragmentada en grupos inconmensurables, de manera tal que cada cual conserve su propia peculiaridad.
Hemos visto en el capítulo 3 que una de las pretensiones de algunos ilustrados fue la formulación de un lenguaje
universalista libre de ambigüedades, de manera tal que todos los seres humanos podamos comunicarnos
óptimamente. Si bien esta pretensión no ha sido alcanzada, ha habido varios intentos. El esperanto y el interlingua,
por ejemplo, fueron idiomas concebidos con la esperanza de que, algún día, todos los seres humanos lo manejaran
diariamente para comunicarse entre sí. Estas lenguas se emplearían en una gran aldea global en la cual no habría
grandes divisiones culturales.
Siempre y cuando no se interprete literalmente, la historia de la Torre de Babel tiene una enseñanza muy loable:
los seres humanos podemos lograr mucho más si todos hablásemos una sola lengua. La diversidad lingüística es
un obstáculo al progreso. La confusión de las lenguas interrumpe la óptima comunicación entre los seres humanos,
y por ello, es mucho más estimable promover una lengua universal. En la medida en que rompan las fronteras
impuestas por la diversidad lingüística, los seres humanos podremos aprender más los unos de los otros, y eso
ofrecerá dinamismo para que vivamos mejor.
Pero, como Herder, la mayor parte de los postmodernistas están avocados a la idea de que la diversidad
lingüística es preferible, en buena medida porque en el lenguaje está la raíz del Volksgeist. Cuando un pueblo deja
de hablar una lengua y asume otra, se pierde el espíritu del pueblo que le concedía peculiaridad y fortaleza. Por
eso, los promotores de las políticas de la identidad se han obsesionado con proteger las lenguas cuya existencia
hoy están en peligro, y hacen notables esfuerzos por evitar que las lenguas reciban préstamos de lenguas foráneas,
pues precisamente ése es el primer paso para que una lengua desaparezca. Esto se manifiesta en políticas estatales
que obligan a redactar documentos oficiales, exhibir anuncios o educar a los niños en las lenguas que se pretenden
conservar.
De nuevo, esta obsesión con la diversidad lingüística y la preservación de las lenguas en peligro de
extinción es una actitud típicamente reaccionaria y tradicionalista. Frente al avance del universalismo lingüístico
que trae consigo mayores posibilidades para la ciencia y la tecnología, los postmodernistas prefieren aislar a cada
cultura en la diversidad lingüística, y con eso, preservar sus antiguos modos de vida.
El lenguaje tiene la función de entablar comunicación, y las políticas lingüísticas deberían ir hacia ese
objetivo. Para que un lenguaje pueda sobrevivir, debe cumplir su función. Tiene mucha más función el mandarín
que el euskera, precisamente por el número de personas que lo hablan. El hablar mandarín permite la
comunicación con 840 millones de personas; el hablar euskera apenas permite comunicarse con 600 mil personas.
Por eso, es sencillamente irracional el empeñarse en que los niños hispanoparlantes del País Vasco aprendan
euskera por encima del inglés o mandarín. El mandarín y el inglés les servirán para hacer negocios o aprender las
instrucciones de algún aparato tecnológico; el euskera les servirá para comunicarse con un reducido grupo de
personas que probablemente tienen modos de vida típicamente tradicionales.
Antaño, algunos psicólogos opinaban que la educación bilingüe no era conveniente, porque,
supuestamente, cuando se aprenden varias lenguas a la vez, el estudiante se confunde y no aprende ninguna bien.
Hoy sabemos que esto es falso. Por ello, pareciera que hay motivos para defender la idea de que los niños pueden
aprender una lengua con muchos hablantes (como el ruso o el francés), a la vez que aprenden la lengua tradicional
de su cultura, aun si ésta tiene pocos hablantes. Ciertamente esto es posible (no hay ningún obstáculo en aprender
euskera y mandarín a la vez), pero no es muy claro que sea deseable para un gobierno invertir recursos con el solo
propósito de preservar una lengua que cada vez tiene funciones más reducidas. Más bien debería dirigir esos
recursos a mejorar la enseñanza de las grandes lenguas.
Kenan Malik pregunta: “¿qué debemos hacer si la mitad de las lenguas del mundo están en peligro de
extinción?”. Y, él mismo responde: “dejadlas morir en paz”. Por supuesto, la clave acá es “morir en paz”. Políticas
de brutal represión lingüística como las de Francisco Franco son sumamente perjudiciales. Pero, conviene dejar
morir en paz a una lengua que cada vez tiene menos adherentes: el latín, el koiné, el sánscrito, el proto-
128
indoeuropeo, el arameo, entre otros, tuvieron una muerte pacífica, precisamente como consecuencia de su
incapacidad para seguir sirviendo como instrumento de comunicación entre seres humanos. Así como estas
lenguas encontraron su muerte natural, no deberíamos empeñarnos en mantener en la ‘unidad de cuidados
intensivos’ a lenguas empleadas por apenas un puñado de personas.
Las lenguas tienen una fluidez, y los políticos deberían ir a su paso. Precisamente porque el lenguaje es
fundamentalmente un instrumento de comunicación, la misma fluidez de las lenguas propicia que, cuando ese
lenguaje deja de cumplir una función, desaparezca. La represión de Franco fue sumamente perjudicial, pero hoy es
igualmente perjudicial el empeño de querer imponer con la fuerza de las políticas de la identidad, lenguas que
muchos de los miembros de esa cultura ya ni siquiera quieren hablar, precisamente porque le ven pocas funciones.
La exaltación postmodernista de la identidad cultural también ha terminado por conducir al nacionalismo
étnico. Los ilustrados sentían aversión por el nacionalismo, pues lo veían como una forma provinciana de, una vez
más, fragmentar a la humanidad. Autores como Kant, Hume y Voltaire destacan por su cosmpolitanismo, a saber,
la idea de que todos los pueblos del mundo pueden y deben ser regidos bajo unos mismos principios. Y, la
izquierda clásica, heredera de la Ilustración, también sentía aversión por el nacionalismo. La aspiración de Marx
era que las fronteras étnicas y nacionales se derrumbasen (“¡trabajadores del mundo, uníos!”) y que la clase obrera
se uniese, buscando más vinculación en las semejanzas de las condiciones socio-económicas, que en las
diferencias culturales. De hecho, Marx y sus seguidores vieron en el nacionalismo una ideología burguesa dirigida
a fragmentar a la clase trabajadora para contener la revolución.
De nuevo, Herder y los románticos fueron los forjadores de la moderna ideología nacionalista. Durante la
primera mitad del siglo XIX, Europa era aún un mosaico de Estados inestables, y no existía una nación alemana
políticamente unificada. Los románticos defendieron la idea de que la organización política debería ir paralela a la
conformación cultural. En otras palabras, las fronteras territoriales deberían coincidir con las fronteras del
Volksgeist. Por ello, cada cultura debería tener su Estado, y para eso, sería necesario enaltecer la identidad étnica a
fin de convertirla en identidad nacional, y además fortalecer la particularidad del espíritu del pueblo.
Ni Herder ni los románticos probablemente tuvieron la intención de que este nacionalismo se convirtiese
en xenofobia, pero su ingenuidad ha resultado demasiado costosa. Precisamente a partir de la intención de
enaltecer el espíritu del pueblo para fortalecer a la nación, se ha exaltado el sentimiento patriótico que ha
conducido a terribles conflictos étnicos desde finales del siglo XX, en especial, los de la ex-Yugoslavia y Ruanda.
Debe admitirse que los postmodernistas están lejos de promover el nacionalismo étnico. Pero, los
postmodernistas comparten con estos nacionalistas el enaltecimiento de la identidad cultural por encima de
cualquier otra prioridad. En vez de promover la homogenización cultural de la nación, los postmodernistas más
bien proponen la diversidad cultural dentro de cada nación. Eso es una mejora respecto al agresivo nacionalismo
étnico.
Pero, en su empeño por defender la diversidad cultural a toda costa en cada nación, los postmodernistas
han terminado por incurrir en extremos igualmente peligrosos. Los postmodernistas han defendido
entusiastamente el ‘multiculturalismo’, a saber, el movimiento que promueve la diversidad de culturas en los
países. Bajo los parámetros de este movimiento, los Estados deben resguardar no solamente los derechos
individuales, sino también los derechos grupales. Y, estos derechos grupales consisten básicamente en permitir
que algunos grupos tengan tratamiento especial a fin de preservar su identidad cultural. Pues, según se alega,
precisamente porque la humanidad es diversa, los seres humanos merecen tratos especializados, en función de su
adscripción cultural.
Esto tiene grandes implicaciones en el derecho. El multiculturalismo promueve que la ley contemple
excepciones en función de la adscripción cultural de los sujetos de derecho. Por ejemplo, el multiculturalismo
defiende que, si bien las escuelas públicas prohíben que los estudiantes se cubran la cabeza, se haga una excepción
con las niñas musulmanas. El hecho de que el llevar un velo forma parte integral de su cultura, debería ser
suficiente motivo para que esa ley no aplique a ellas.
La exigencia de que los motorizados lleven casco debería ser flexibilizada exclusivamente para los
hombres sijs, pues los turbantes que éstos visten impiden usar un casco. Y, así, el multiculturalismo pretende que
estas excepciones y tratos preferenciales se extiendan incluso a fueros. Varios países hispanoamericanos
129
contemplan que las comunidades indígenas se rijan por sus propias leyes, incluso si éstas van en detrimento de los
más elementales principios del derecho occidental (prohibición de retroactividad, respeto al debido proceso,
mínimas garantías para el acusado, prohibición de tortura y castigos inhumanos, responsabilidad personalísima,
etc.).
Estas pretensiones multiculturalistas van en detrimento del igualitarismo clásico defendido por la
Ilustración. Una de las grandes luchas de las revoluciones modernas ha sido la defensa de la igualdad de todos ante
la ley. El aristócrata y el pordiosero deben recibir el mismo trato si han cometido el mismo crimen. No vale
ampararse en el grupo de procedencia para evadir la responsabilidad, tal como frecuentemente ocurría durante el
Ancién regime. Pues bien, así como el pordiosero y el aristócrata deben recibir el mismo trato ante la ley, el sij y el
cristiano también deben cumplir por igual la ley que exige el uso del casco para conducir motocicletas. El ideal
republicano, ampliamente enraizado en la Ilustración, postula una única ley para todos los ciudadanos. En el
momento en que se empiecen a tener contemplaciones por la procedencia cultural de los individuos, se habrá
cedido al chantaje. En esto, es sumamente estimable la tradición republicana francesa y su fiera defensa del
laicismo en las escuelas y hospitales públicos de cara a la controversia por el uso del velo entre las muchachas
musulmanas.
Pero, en su empeño de exaltar la identidad cultural, los postmodernistas pretenden que la ley tenga
contemplaciones por la procedencia cultural de cada persona. El problema con esto, además de que atenta contra el
más elemental criterio igualitarista y laicista, es que el multiculturalismo asume que es posible delimitar
nítidamente un grupo cultural de otro, del mismo modo en que los racistas científicos creían posible delimitar a la
raza blanca de la raza negra. De nuevo, el esencialismo sale a relucir como fundamento de las ‘políticas de las
identidades’.
Supongamos que un país hispanoamericano, una persona comete un asesinato, pero alega ser indígena, y
prefiere ser juzgado por las leyes indígenas. La dificultad estará en responder: ¿quién es un ‘indígena’? ¿Cómo
podemos saber si la persona que pide ese derecho es o no ‘indígena’? Herder diría que el ‘indígena’ debe ser
definido a partir de su lenguaje, pero muchas personas sienten orgullo en ser indígenas (y son considerados como
tales), sin hablar el lenguaje del grupo étnico en cuestión. Se podría alegar que quizás las creencias y costumbres
son definitorias de la identidad étnica, pero muchas personas en Hispanoamérica viven como occidentales, y con
todo, son considerados indígenas. Al final, la respuesta más común a esto gira en torno a los ancestros: la persona
será ‘indígena’ si sus ancestros eran ‘indígenas’. Y, a la inversa, una persona que asimile las instituciones de un
grupo indígena, pero cuyos ancestros no hayan sido indígenas, no será considerado propiamente un indígena.
Pero, de nuevo, invocar a los ancestros para definir la adscripción cultural de las personas es fijar las diferencias
culturales en la biología, y esto es un razonamiento indistinguible del racismo científico.
Esta dificultad sale especialmente a relucir en los programas de ‘acción afirmativa’, ampliamente
defendidos por los postmodernistas. Estos programas estipulan que los descendientes de grupos maltratados deben
recibir compensaciones de los descendientes de los victimarios, o al menos, recibir trato preferencial en la
asignación de beneficios. Así, por ejemplo, en EE.UU. los ‘afro-americanos’ deben tener prioridad en la
repartición de algunos beneficios (becas, puestos de trabajo, etc.), como forma de reivindicación frente a la
esclavitud. De nuevo, el problema es: ¿quién es un afro-americano? Una mujer norteamericana que escuche
música clásica, lea las obras de Shakespeare, hable varias lenguas europeas y vista falda ejecutiva podría ser
considerada una afro-americana; mientras que una mujer americana que escuche música de tambor, lea historias
del folklore africano, hable varias lenguas bantú y vista el kanga podría no ser considerada afro-americana. Esto
ocurriría porque, al final, el criterio que se emplea para la identidad es el biológico: si la primera mujer tiene piel
negra, y la segunda mujer tiene piel blanca, la primera sería afro-americana, mientras que la segunda no sería afro-
americana, independientemente de sus conductas. Una vez más, estas ideologías postmodernistas asumen que, de
algún modo, la adscripción a un grupo se hereda biológicamente. Eso no está muy lejos del racismo.
Para leer más… FINKIELKRAUT, Alain. La derrota del pensamiento. Barcelona: Anagrama. 2000. El
autor se propone combatir muchas ideas postmodernistas, y señala de qué manera la fascinación contemporánea
con la diversidad tiene resonancias con el racismo científico. GOULD, Stephen Jay. La falsa medida del hombre.
Barcelona: Crítica. 2004. Una refutación, ya clásica, de las teorías del racismo científico. MALIK, Kenan.
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Strange Fruit. New York: Oneworld. 2008. Obra muy aguda en la que el autor establece los vínculos entre el
racismo científico y el movimiento multiculturalista de inspiración postmodernista. Capítulo 11 El feminismo
mal conducido
Más de la mitad de mis estudiantes en mis cursos universitarios son mujeres. Muchas de ellas son brillantes. Y,
además, son sumamente emprendedoras, responsables y activas. Muchas desempeñan labores profesionales y
tienen como subordinados laborales a hombres. Hoy, en muchas sociedad modernas, la mujer goza de los mismos
privilegios que el hombre.
Pero, por supuesto, no siempre ha sido así, y quedan muchos lugares en el mundo donde la mujer es brutalmente
discriminada. Los griegos no consideraban a las mujeres seres plenamente racionales y, en cuanto tal, no les
concedían derechos políticos. Si bien la lucha de los movimientos feministas ha permitido que las mujeres
adquieran derechos que antes no tenían, aún queda mucho por hacer. En el Islam, la discriminación de género está
instituida. Y, en algunos países occidentales, en especial España, la violencia doméstica en contra de la mujer
alcanza cifras alarmantes. Por ello, a pesar de los innegables avances del feminismo, aún queda mucho por hacer
para la reivindicación de la mujer en la sociedad.
El feminismo es una de las banderas predilectas del postmodernismo. Después de todo, uno de los rasgos
más emblemáticos del postmodernismo es avocarse a la defensa de los marginados y excluidos. Según los
postmodernistas, la racionalidad moderna ha violentamente excluido a todo aquel grupo de personas que no se ha
ajustado a sus parámetros. Y, esto incluye a las mujeres.
Derrida por ejemplo, ha postulado que una de las oposiciones binarias del Occidente moderno es ‘mujer-
hombre’, y que el logos siempre ha sido asociado al falo; por ende, el logocentrismo ha procurado excluir a las
mujeres. La obsesión de Foucault con el poder también se ajusta muy bien al feminismo, pues en efecto, los
hombres han ejercido poder sobre las mujeres, y como hemos visto en el capítulo 9, la psiquiatría incluso incurrió
en diagnósticos muy cuestionables, con el propósito de mantener controladas a las mujeres victorianas.
Por otra parte, si bien el postmodernismo ha asumido un firme compromiso con el feminismo, no todos los
representantes del feminismo son postmodernistas. Tradicionalmente, los historiadores del feminismo postulan
que este movimiento ha atravesado por tres grandes etapas. La primera gran ‘ola’ feminista suele ubicarse desde
finales del siglo XX hasta mediados del siglo XX. Durante esta etapa, las mujeres lucharon por la igualdad de
derechos frente a los hombres, en especial, el derecho a sufragar. En el siglo XXI nos resulta insólito que hace
apenas cien años, las mujeres no tenían algunos de los derechos civiles más elementales, pero es una realidad
histórica que no deja de generar vergüenza.
La primera ola del feminismo trajo consigo innegables avances en la liberación de las mujeres, pero
muchas feministas consideraron que eso fue insuficiente. A partir de mediados del siglo XX, surgió una segunda
‘ola’ que procuraba luchar por derechos más radicales, y abordar temas más profundos. Por ejemplo, se empezó a
contemplar el derecho de las mujeres al aborto, el divorcio; y se empezó a tratar seriamente la relación de la mujer
con la prostitución y la pornografía. Además, se empezó a cuestionar la asignación tradicional de funciones
femeninas (la crianza de los hijos, el cuidado del hogar, etc.), y se plantearon estrategias para alcanzar una plena
igualdad entre hombres y mujeres, no solamente frente a la ley, sino en un gran número de detalles de la vida
cotidiana.
Hacia finales del siglo XX, en muchos países occidentales, las mujeres habían alcanzado logros
considerables, y de hecho, en muchos contextos se había instituido la igualdad de los géneros. En vista de eso,
surgió una tercera ‘ola’ feminista, que ya no se conformaba con conseguir igualdad entre hombres y mujeres, sino
que pretendía cuestionar los postulados tradicionales en torno a las identidades sexuales. Así, las feministas de la
tercera ola ya no se ocupaban de la discriminación en contra de la mujer; también abrazaban la causa de los
homosexuales, transgénero, transexuales, en fin, de los queer (‘raros’, en inglés). Esta tercera ‘ola’ de feminismo
ha estado imbuida de postmodernismo. Pues, a la manera de Derrida, busca elementos ‘indecidibles’ que hagan
tambalear el orden estructurado en torno a la tradicional oposición binaria, ‘hombre-mujer’.
El feminismo ha sido un movimiento sumamente estimable. Mujeres como Lucretia Mott o Lucy Stone
merecen nuestros elogios como personas que asumieron un firme compromiso con la igualdad entre los seres
humanos. El igualitarismo promovido por la Ilustración habría sido incompleto si no se incorporaba a la mitad de
131
la población mundial como depositaria de los mismos derechos. Gracias a la labor de las feministas, cada vez más
la mujer disfruta de autonomía, y adquiere oportunidades para desarrollar sus potencialidades a plenitud.
Muchos de los asuntos planteados por las feministas son sumamente pertinentes, y sus exigencias son
perfectamente válidas. No titubeamos en aceptar que la mujer debe contar con los mismos derechos civiles del
hombre, no solamente al sufragio, sino a fungir como testigo en tribunales, a no ser discriminada en las esferas de
la vida social, etc. También es perfectamente legítima la exigencia de que la mujer asuma funciones laborales que
antes estaban reservadas exclusivamente a los hombres.
Pero, lamentablemente, muchas feministas han terminado por defender disparates. Y, en muchos de esos
disparates, el postmodernismo tiene una gran dosis de responsabilidad. En la medida en que las feministas
defienden exabruptos sin ningún tipo de asidero, perjudican a su propia causa. Pues, precisamente esos disparates
sirven de plataforma para que quienes quieren subyugar a la mujer, alcen su voz en contra del feminismo.
Evaluemos algunos de esos disparates.
Algunas personas que se oponen al feminismo esgrimen que forma parte de la ley natural que el hombre domine a
la mujer. Todos conocemos la imagen del cavernícola que toma a la mujer por el cabello y la arrastra. Pues bien,
se argumenta, si desde los albores de nuestra especie, el hombre ha asumido algunas funciones y ha dominado, y
la mujer ha asumido otras funciones y ha sido dominada, entonces no debemos ir en contra de ese orden
naturalmente establecido.
Esto, por supuesto, es un ejemplo de la ‘falacia naturalista’ que evaluamos en el capítulo 6: si bien la moral
en última instancia sí reposa sobre alguna descripción, el hecho de que algo ocurra naturalmente no implica que
deba ocurrir. Los cavernícolas probablemente violaban a las mujeres, pero eso no implica que la violación sea
excusable.
En todo caso, también es cuestionable que la ley natural, si acaso tal cosa existe, dicte que el hombre
domine a la mujer. Más adelante veremos que hay un debate muy serio respecto hasta qué punto el dominio de los
hombres tiene bases biológicas. Algunos antropólogos han asumido que, puesto que en ninguna sociedad la mujer
ha ejercido la autoridad, entonces hay motivos para pensar que la autoridad del hombre se inscribe en la biología.
Esta argumentación debe asumirse con extrema cautela, pues no hay garantía de que los rasgos universales de la
especie humana tengan bases biológicas.
Pero, en vez de denunciar estos errores de razonamiento, muchas feministas, especialmente durante la
segunda ola del feminismo, han optado por disputar que los hombres han ejercido la autoridad en todas las
sociedades conocidas por la historia y la antropología. Así, muchas feministas han postulado teorías fantasiosas
según las cuales, las mujeres alguna vez ejercieron el poder político y dominaron a los hombres. En otras palabras,
según muchas feministas, el matriarcado habría sido una realidad histórica.
Conviene aclarar algunos términos. La palabra ‘matriarcal’ es a veces confundida con ‘matrilineal’,
‘matrilocal’ y ‘matrifocal’. El ‘matriarcado’ es la forma de gobierno en el cual las mujeres ejercen la autoridad
política. En rigor, el matriarcado jamás ha existido: en todas las sociedades de las cuales tengamos noticia, los
hombres han ejercido el poder. Las decisiones públicas están en manos de los hombres, los representantes
diplomáticos son hombres, las labores más estimables por la sociedad son desempeñadas por los hombres, los
ejércitos y cuerpos de seguridad y coerción estatal están compuestos abrumadoramente por hombres.
Por supuesto, no han faltado excepciones. Ha habido reinas y guerreras en la historia. Pero,
estadísticamente, la balanza se inclina abrumadoramente hacia el poder de los hombres. Hoy, las mujeres cada vez
más participan en las actividades de poder antaño reservadas a los hombres, pero de nuevo, en todas las sociedades
conocidas, el hombre siempre ha ejercido el dominio. Por ende, el patriarcado (el gobierno de los hombres) es una
institución universal, y el matriarcado jamás ha existido.
Con todo, hay sociedades en las que las mujeres ejercen alguna forma de poder. En algunas sociedades, por
ejemplo, la filiación a un grupo se hereda por la vía materna: una persona pertenece al clan de su madre, no de su
padre. Estas sociedades suelen ser llamadas ‘matrilineales’. En otras sociedades, cuando una pareja se casa, los
esposos van a vivir en la casa de la mujer, o cerca de ella; estas sociedades suelen llamarse ‘matrilocales’. En otras
sociedades, la mujer ejerce el dominio doméstico; estas sociedades suelen llamarse ‘matrifocales’. Vale advertir,

132
no obstante, que en ninguna de estas sociedades la mujer ejerce el poder en el dominio público. Por ende, existen
sociedades matrilineales, matrifocales y matrilocales, pero no existe ninguna sociedad matriarcal.
Varias feministas han querido disputar esto. Estas feministas aceptan que hoy, no existe ninguna sociedad
estrictamente matriarcal. Pero, según alegan, el matriarcado sí existió hasta hace unos cinco mil años. El primero
en proponer esta curiosa teoría fue el antropólogo J.J. Bachofen, en el siglo XIX. Según Bachofen, los seres
humanos vivían en hordas promiscuas, de manera tal que no había manera de saber quiénes eran los padres de los
niños. Esto permitía a las mujeres ejercer dominio, pues eran las mujeres, y no los hombres, la referencia para la
pertenencia al clan. No obstante, a medida que se fueron imponiendo restricciones sexuales y relaciones
monogámicas, se hizo posible saber quiénes eran los padres. Y, a partir de entonces, el hombre desplazó a la
mujer, pues ahora la pertenencia al clan se establecería por vía masculina.
Por mucho tiempo, inclusive los marxistas se adhirieron a esta teoría. El antropólogo L.H. Morgan teorizó,
en paralelismo con Bachofen, que en los albores de la humanidad había hordas promiscuas, y que esta actividad
sexual no permitía a los hombres mayor dominio, pues en la medida en que no reconocían quiénes eran sus hijos,
no podían involucrarse en las actividades más importantes. Engels, el compañero de Marx, abrazó la teoría de
Morgan, y escribió El origen de la familia, el Estado y la propiedad privada. Entre otras tesis muy cuestionables,
Engels defendía que, en efecto, las épocas más tempranas de la humanidad estuvieron caracterizadas por
promiscuidad sexual desenfrenada y por el dominio de las mujeres. Engels interpretaba todo esto a la luz de su
materialismo histórico: el patriarcado, la monogamia y la familia nuclear surgió como modo para proteger la
propiedad privada (se aseguraría con ello la herencia de las riquezas acumuladas por los hombres), y desde
entonces, el hombre ha explotado a la mujer del mismo modo en que el burgués explota al obrero.
Estas tesis no tienen mayor sustento empírico: no hay nada que permita pensar que hubo hordas
promiscuas. A lo sumo, se tienen noticias de ‘matrimonios grupales’ en Hawaii, pero eso no es evidencia firme
respecto a las teorías en cuestión. Éstas parecieran ser más bien proyecciones de la mojigatería victoriana. Los
escenarios de promiscuidad sexual habrían sido más bien válvulas de escape frente a la sociedad victoriana
sexualmente rígida, pero hipócrita a la vez. El mismo Freud asumió alguna versión de la teoría de la horda
promiscua en su obra Tótem y tabú.
Algunas feministas siguen aceptando estas teorías. Otras feministas han prescindido de la horda promiscua,
pero con todo, han defendido la existencia del matriarcado antiguo. La más famosa de estas tesis procede de la
arqueóloga Marija Gimbutas. Los estudios de Gimbutas han sido muy elogiados por haber planteado la hipótesis
según la cual, hacia el año 3000 antes de nuestra era, hubo una serie de invasiones y movimientos migratorios
masivos desde la región del Cáucaso, en dos grandes direcciones: hacia la India, y hacia Europa.
Estos pueblos invasores y migrantes habrían hablado el lenguaje proto-indoeuropeo, del cual derivan las
lenguas de Europa y la India. Esto permite explicar la evidente conexión que existen entre esas dos grandes
familias lingüísticas. Asimismo, esta hipótesis postula que estos invasores y migrantes habrían domesticado el
caballo, y lo habrían importado a la India y el continente europeo. Si bien la India y Europa ya eran regiones
pobladas desde hacía muchos siglos, las invasiones erradicaron las antiguas culturas e impusieron una nueva
cultura que se convirtió en matriz indoeuropea.
Gimbutas opina que la transformación en Europa fue significativa. Pues, antes de la llegada de los
invasores procedentes del Cáucaso, la vieja cultura europea era fundamentalmente agrícola. Los invasores
incorporaron una cultura ganadera. Y, agrega Gimbutas, la vieja cultura europea era fundamentalmente pacífica,
mientras que los invasores eran guerreristas. Con su invasión, estos grupos impusieron la actividad militar, la cual
ha permanecido en la cultura europea desde entonces.
Estas hipótesis tienen un grado aceptable de respaldo en la evidencia arqueológica, lingüística e incluso genética.
No obstante, es dudoso que las culturas europeas anteriores a la llegada de las invasiones procedentes del Cáucaso
hubieran sido pacíficas. Pareciera más bien tratarse de una variante más de la nostalgia por una época dorada
perdida.
Gimbutas llevó sus hipótesis aún más lejos. A su juicio, la antigua cultura europea era matriarcal, y eso
explica su profundo pacifismo. Es cierto que, en las sociedades contemporáneas, existe una tendencia a que las
mujeres se dediquen más a la agricultura y los hombres más a la ganadería. A partir de eso, Gimbutas concluyó
133
que en la antigua cultura agrícola de Europa gobernaban las mujeres, mientras que los ganaderos y guerreros
procedentes del Cáucaso, eran patriarcales y, a su llegada, impusieron el dominio de los hombres.
La evidencia para semejante hipótesis es sumamente débil. La evidencia procede fundamentalmente de la
arqueología. Se han encontrado artefactos religiosos que exaltan a las mujeres, y a partir de eso se ha querido
concluir que las culturas que produjeron esos artefactos eran matriarcales. Los artefactos más relevantes son
figurinas de arcilla, piedra y hueso, llamadas las ‘figurinas de Venus’. Estas pequeñas esculturas representan a
mujeres con nalgas y senos muy prominentes.
Se ha pensado que estas figuras giraban en torno a cultos a la fertilidad, y a partir de eso, algunas
feministas han propuesto que hubo una antigua religión matriarcal, probablemente concentrada en una gran diosa
que quizás sirviese como alegoría de la Madre Tierra. Quizás estas teorías tengan algún asidero. Pero, inferir, a
partir de la existencia de un antiguo culto a la fertilidad dirigido hacia figuras femeninas, que las mujeres ejercían
el poder político, es un procedimiento lógico que no tiene mucha firmeza.
El mero hecho de que existan figurinas con forma de mujer y que éstas quizás tuvieron un propósito
religioso no implica de ninguna manera la existencia del matriarcado. En el catolicismo, hay un culto muy
pronunciado a la Virgen María, y la cantidad de esculturas que representan a la Virgen exceden a la cantidad de
esculturas que representan a santos y ángeles masculinos. Pero, con todo, el catolicismo es una religión
marcadamente patriarcal; de hecho, raya en lo despótico: no sólo los jerarcas de la Iglesia Católica son todos
hombres, ni siquiera las mujeres pueden formar parte del clero. De esa manera, así como las estatuas de la Virgen
María no son evidencia de una religión matriarcal, las figurinas de Venus tampoco deberían serlo.
Otras teorías similares se han formulado para los supuestos orígenes matriarcales de las grandes religiones
monoteístas. La feminista Merlin Stone, por ejemplo, ha postulado la colorida teoría según la cual, los antiguos
egipcios y cananeos eran matriarcales, y adoraban a una gran diosa de la fertilidad, en una forma primigenia de
monoteísmo. Las invasiones indoeuropeas trajeron consigo el patriarcado al Medio Oriente, e impusieron el culto
a una divinidad masculina guerrera, el cual eventualmente evolucionó hacia la concepción popular de Dios en las
religiones monoteístas. De nuevo, la evidencia para esta hipótesis es casi nula.
Algunas feministas también han postulado que la antigua civilización minoica (cuya existencia se remonta
al siglo XXVI antes de nuestra era), era matriarcal. Y, de nuevo, el argumento hace énfasis en la religión. Se han
encontrado artefactos que probablemente tenían un uso religioso, y que están dirigidos al culto de alguna deidad
femenina. Pero, una vez más, el adorar a una diosa no implica que las mujeres gobiernen. En la religión helénica
hay plenitud de diosas, pero no por ello las mujeres en la antigua Grecia ejercían el poder.
De manera tal que, la arqueología no ofrece datos convincentes a favor de la existencia del matriarcado.
Con todo, algunas feministas han buscado datos de supuestas fuentes históricas, para sustentar su juicio según el
cual, hubo alguna vez una época matriarcal. Algunas fuentes en la Antigüedad clásica mencionan la existencia de
las amazonas, una supuesta tribu de mujeres guerreras que habían azotado a muchos otros pueblos. Las amazonas
habrían hecho incursiones en pueblos vecinos y violaban a los hombres para asegurar la continuidad de su tribu.
Se quedaban con las hembras recién nacidas, y asesinaban o exponían a los varones recién nacidos.
Hay mención de las amazonas en varios episodios de la mitología griega, y Homero también hace referencia de
ellas. Herodoto, un historiador que procuró darle un cariz científico a sus crónicas y buscó alejarse de los relatos
cubiertos con barniz mitológico, también ofrece noticias al respecto. Además, hay algunas representaciones
pictóricas que recapitulan este tema.
Pero, esta evidencia también es sumamente débil. Los mitos sobre las amazonas parecen tratarse
precisamente de eso: mitos. En los mitos griegos hay cíclopes, centauros, titanes, gigantes y demás criaturas
fantásticas. Si bien los relatos sobre amazonas no tienen un ropaje sobrenatural (a diferencia de las otras figuras
mitológicas), parecen ser mera fantasía. Es cierto que Herodoto es más un historiador que un poeta de la mitología,
pero ni siquiera sus crónicas son del todo confiables; Herodoto nos habla de hombres sin cabezas y de hombres
con cabezas de perro. No hay motivo para pensar que sus descripciones sobre las amazonas sean más confiables.
Los mitos sobre las amazonas parecieran tratarse más bien de las expresiones de temor que los antiguos
tenían respecto a los extranjeros. Lo bárbaro siempre causó temor y fue asimilado a lo monstruoso, y una

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distorsión de lo extranjero habría sido atribuir a otros pueblos el haber sido gobernados por mujeres. No hay
motivos racionales para tomarse en serio estas distorsiones.
Por último, las feministas que defienden la existencia histórica del matriarcado apelan a instituciones actuales que,
según consideran, pudieron haber sido remanentes de un pasado matriarcal. Por ejemplo, las sociedades
matrilineales de hoy son evidencia de que, antaño, las mujeres gobernaban.
Esto dista de ser evidencia contundente. Las sociedades matrilineales son minoritarias, y en todas ellas, los
hombres gobiernan. No hay motivos para pensar de que, el hecho de que en el presente la filiación a un clan o
tribu pase por la vía materna implica que, en el pasado, las mujeres gobernaron. Quizás, sencillamente los hombres
no confiaban en la fidelidad de las mujeres, y quisieron asegurar su filiación por la vía materna. De nuevo, nada de
eso implica la existencia del matriarcado.
También se alega que el hecho de que en una época no se conocía la relación entre el coito y el embarazo implica
que las mujeres gobernaban. Pues, al excluir conceptualmente al hombre de sus funciones en la procreación, éstos
quedaban marginados en importancia, y las mujeres asumían las posiciones de poder.
En oposición a esta tesis, en una época se pensó que los seres humanos conocieron desde muy temprano la
relación entre el coito y el embarazo, y que ninguna sociedad es ignorante en este aspecto. No obstante, gracias a
los estudios del antropólogo Bronislaw Malinowski, se supo que, incluso en el siglo XX, algunos pueblos
desconocían esta relación. Según informa Malinowski, los trobriandeses del Pacífico Sur no establecen la relación
entre el coito y el embarazo. Y, en efecto, en virtud de esto, los trobriandeses son una sociedad matrilineal.
Pero, el mismo Malinowski informaba que, entre los trobriandeses, el poder es ejercido por los hombres.
En otras palabras, son matrilineales, pero no matriarcales. Y, esto debería ser evidencia de que la ignorancia
respecto a la relación entre el coito y el embarazo no implica la existencia del matriarcado.
En definitiva, la existencia histórica del matriarcado es un timo que no tiene más credibilidad que la
existencia de la Atlántida o las brujas. Las feministas que postulan su existencia incurren en el error del
voluntarismo: creer que el mundo es como deseamos que sea. Presumiblemente, estas feministas han inventado el
matriarcado prehistórico con la intención de hacer creer a las mujeres que, así como en el pasado hubo una época
en que las mujeres gobernaban, en un futuro podrá alcanzarse ese estado nuevamente. Pero, con inventar historias
no se gana nada. Las feministas lograrían mucho más si enfrentasen la dura verdad de que, hasta ahora, ninguna
sociedad ha sido matriarcal. Perfectamente podemos eludir la falacia naturalista: el hecho de que hasta ahora jamás
haya existido una sociedad con plena igualdad entre hombres y mujeres no implica que nunca podrá existir.
Con todo, algunos críticos del feminismo, entre los que destaca Steven Goldberg, han suscrito la opinión
de que, puesto que nunca ha habido una sociedad matriarcal, jamás podrá conseguirse, y empeñarse en conseguirla
trae consecuencias adversas. Según opinan estos críticos, la biología ha dispuesto que el hombre domine a la
mujer, y es sencillamente inútil intentar oponerse a eso. La carga hormonal que el hombre tiene propicia que
exhiba conductas más agresivas, y eso termina por asegurar su dominio.
Quizás Goldberg tenga razón en que los hombres cuentan con una predisposición biológica a dominar a las
mujeres. Pero, una vez más, debemos ser cuidadosos de no incurrir en la falacia naturalista, y Goldberg no parece
tener cuidado en esto. El ser humano cuenta con la capacidad de suspender muchos de sus condicionamientos
biológicos. La selección natural ha propiciado que nuestra especie viva en hábitats como la sabana africana, en
bandas de no más de cincuenta primates. Con todo, hemos colonizado casi todo el planeta (en climas muy distintos
a los de la sabana africana), y nos hemos organizado en ciudades de millones de habitantes. De manera tal que,
gracias a nuestra capacidad para la cultura, podemos evitar, al menos parcialmente (nunca totalmente) los
condicionamientos de la biología.
En este sentido, aun si la biología ha condicionado al hombre a dominar a la mujer, ello no implica que no
podamos revertir ese orden y luchar por la igualdad de género. Al final, el mantener en condiciones placenteras a
la mitad de la población mundial, y el establecer igualdad entre hombres y mujeres seguramente propiciará
mayores niveles de felicidad entre los seres humanos. Y, según hemos visto en el capítulo 6, lo bueno debe ser
definido a partir de la felicidad humana. Por ende, tenemos la obligación ética de establecer condiciones de
igualdad entre hombres y mujeres.

135
Por otra parte, algunas feministas de la segunda ola, y sobre todo, de la tercera ola, han defendido la idea
de que el diferencial de poder entre hombres y mujeres no tiene ninguna base en la biología. La asignación
tradicional de las mujeres a determinadas labores y posiciones de inferioridad social es sencillamente una
construcción social. Así pues, muchas feministas se adhieren al construccionismo social (el cual hemos reseñado
en el capítulo 5) y lo aplican a la reivindicación de la mujer. Según esta hipótesis, el género es una construcción
social. Si bien puede haber diferencias biológicas entre hombres y mujeres, éstas no inciden sobre la distribución
de posiciones y funciones entre los géneros en la sociedad.
Estas feministas parten de la importante distinción entre ‘sexo’ y ‘género’. El ‘sexo’ es el hecho biológico.
La vagina, los ovarios y el útero constituyen el sexo femenino. Pero, según alegan estas feministas, ser mujer es
mucho más que el mero hecho de tener esos órganos. El ser mujer es una posición social asignada por la sociedad.
Y, eso es precisamente el ‘género’: la manera en que cada persona se identifica, y el modo en que la sociedad lo
clasifica. Ciertamente los hechos biológicos pueden servir para conformar el género, pero no parte exclusivamente
de ellos. El género está constituido, además de por el hecho de tener vagina o útero, por los rasgos y actividades
que la sociedad espera de la mujer: ser dócil, criar a los hijos, cocinar, lavar los platos, etc.
El sexo no es una construcción social (aunque, más adelante veremos que algunas feministas incluso
niegan eso), pues, objetivamente, quien tenga el aparato reproductor femenino pertenece al sexo femenino; eso no
ha sido inventado por la sociedad, ni podrá cambiarse. Pero, según se alega, el género sí es una construcción
social. Hoy se espera que la mujer lave los platos, pero en ello no hay nada intrínseco a su biología. Esa labor
asignada puede cambiar, precisamente porque se trata de una construcción social.
Así pues, bajo esta hipótesis, cobra prominencia la célebre frase de Simone de Beauvoir: “no se nace
mujer, se llega a serlo”. Pues, el ser ‘mujer’ no es propiamente un hecho biológico, sino una etiqueta impuesta por
la sociedad, en torno a lo cual se generan las expectativas tradicionales del dominio masculino. Y, en la medida en
que se prescinde de la biología en la asignación del género, se admite que haya personas del sexo masculino que
han asumido el género femenino, y viceversa.
Estas tesis son aceptables en buena medida. Tal como hemos visto en el capítulo 5, el construccionismo
social es una teoría muy criticable, pero con todo, sí podemos admitir que algunas cosas sí son socialmente
construidas. Y, en efecto, podemos admitir que buena parte de las categorías en torno al género forman parte de
una construcción social, y por ende, podemos confiar en que tenemos la capacidad de alterar esas expectativas.
Esperamos, por ejemplo, que las mujeres lleven el cabello largo y los hombres el cabello corto. Pero, no
hay motivo para pensar que esto no puede ser alterado, como de hecho, ya empieza a ocurrir. Lo mismo ocurre con
la vestimenta, la asignación de colores, o el cuidado de la belleza. Hoy asumimos que las mujeres llevan falda, se
identifican con el color rosa, y dedican mucha atención a su apariencia personal. Pero, de nuevo, todo esto es
arbitrario.
Por supuesto, la construcción social del género va mucho más allá de estos casos banales.
Tradicionalmente se ha asumido que el ser mujer implica dedicarse a labores domésticas, al confinamiento a la
esfera privada, y a la pasividad frente al dominio de los hombres. Pero, de nuevo, todo esto parece ser una
construcción social. Se trata más bien de una convención que la sociedad ha impuesto a las mujeres, pero que es
perfectamente reversible. Precisamente a medida que la mujer se ha ido incorporando al mercado de trabajo, han
ido quedando atrás las expectativas de que la mujer sea dócil, obediente y se dedique a labores domésticas. Cada
vez más, estos roles se están invirtiendo. El número de hombres dedicados a las labores del hogar aumenta, a la
par del número de mujeres dedicadas a funciones laborales, incluso en aquellos trabajos que exigen cierto esfuerzo
físico.
El asumir que el género es una construcción social abre un abanico de posibilidades a favor de las luchas
feministas. Pues, propicia mayores oportunidades para la igualdad entre hombres y mujeres. En la medida en que
se entienda que es apenas una construcción social arbitraria que la mujer no pueda asumir posiciones antaño
reservadas exclusivamente a los hombres, se podrá revertir el orden jerárquico que favorece a los hombres. Pues,
se habrá comprendido que ese orden no viene de una ley natural, sino que se trata sencillamente de una
circunstancia histórica que puede cambiar.

136
De esa manera, la mayoría de las feministas que favorecen el género como construcción social admiten que
existen diferencias biológicas fundamentales entre hombres y mujeres. Pero, estas diferencias biológicas
conciernen exclusivamente al cuerpo. Los rasgos mentales y conductuales no pertenecen a ese campo. Existe
objetivamente una diferencia entre los genitales femeninos y masculinos. Pero, no existe objetivamente una
diferencia entre la mentalidad femenina y la mentalidad masculina.
Si bien estas feministas plantean una perspectiva interesante, y haríamos bien en no asumir gratuitamente
que la mujer siempre irá vestida con falda y el hombre siempre irá vestido con pantalón, los avances de la ciencia
colocan en duda algunas de sus hipótesis. Las feministas en cuestión admiten que objetivamente hay diferencias
corporales entre hombres y mujeres, pero que las diferencias mentales entre hombres y mujeres son construcciones
sociales.
Con esto, estas feministas parecen asumir que la evolución conforma la constitución corporal de la especie
humana, pero no conforma la constitución mental. Esto es muy cuestionado. Hay suficientes motivos para pensar
que una parte considerable de la mente humana ha estado conformada por presiones selectivas en la evolución de
nuestra especie. Y, así como la evolución ha propiciado un dimorfismo sexual en los cuerpos (bastante leve, en
comparación con otras especies), también ha propiciado un dimorfismo sexual en las mentes.
En otras palabras, si bien muchos de los supuestos rasgos mentales y conductuales femeninos son meras
construcciones sociales, hay espacio para considerar que en la biología sí están inscritos algunas tendencias
cognitivas y emocionales. La llamada ‘psicología evolucionista’ ha explorado de cerca cómo ocurre esto.
De antemano, vale advertir que la psicología evolucionista no admite que los hombres sean más
inteligentes que las mujeres, ni más valientes, ni más honrados, ni menos caprichosos, ni menos consumistas, ni
menos vanidosos. Todas esas supuestas diferencias son, en efecto, construcciones sociales y estereotipos. Libros
basura como Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus, son una cruda banalización de los estudios
evolucionistas, sin la menor contemplación por el rigor y el método científico.
Pero, la psicología evolucionista sí admite que hay una distinción acusada respecto a las conductas
sexuales, en función de las estrategias de reproducción que, en los albores de nuestra especie, seleccionaron los
hombres y las mujeres. Para las mujeres, es más ventajoso aparearse con hombres que puedan ofrecer recursos y
asuman un compromiso con la crianza de la familia. Por ello, las mujeres tienen más tendencia a valorar la
fidelidad emocional: resienten no propiamente que su pareja tenga relación sexual con otras mujeres, sino que
sirva de sostén económico. Así, en las mujeres sobrevivieron en mayor número los genes que codifican celos
emocionales, y eso explica la tendencia actual de las mujeres a sentir más apego emocional en las relaciones, y
menos interés en la actividad sexual.
Los hombres, por su parte, valoran más la fidelidad sexual, y menos la fidelidad emocional. Pues, el
hombre no está en posición de tener certeza respecto a quiénes son sus crías. Por ello, el hombre desea asegurarse
de que la mujer le guarde fidelidad sexual. Así, para propagar sus genes, el hombre debe desarrollar celos
sexuales. Por eso, sobreviven en mayor proporción los genes que codifican celos sexuales. Y, eso explica por qué
los hombres están más inclinados a resentirse por una infidelidad sexual y menos por una infidelidad emocional, y
más interés en la actividad sexual. La mujer se asegura de pasar sus genes mediante la selección de un compañero
que le brinde recursos para la cría de los hijos; el hombre se asegura de pasar sus genes mediante los celos
sexuales y el contacto sexual con varias mujeres.
Urge entender que estas diferencias no implican una relación de jerarquía. La psicología evolucionista nos
informa que los hombres tienen algunos rasgos mentales distintos de los de las mujeres. Son, distintos, pero no
propiamente desiguales. Perfectamente podemos sostener la igualdad entre hombres y mujeres (en el sentido de
ausencia de una relación jerárquica), pero no por ello debemos aceptar que no existen diferencias en su naturaleza.
Frecuentemente se acusa a la psicología evolucionista de ser una forma de ‘determinismo genético. Esto es
una distorsión. La psicología evolucionista no sostiene que estemos determinados por los genes; sólo advierte que
los genes sirven como plataforma para la crianza en la conformación mental de los individuos. Por ello, los genes
no nos determinan, pero sí nos inclinan. Y, dadas las condiciones y presiones selectivas de la evolución humana,
probablemente hay una base genética para que las mujeres tengan una tendencia a estar menos interesadas en la

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actividad sexual, tengan más interés económico en las relaciones, y se resientan más por las infidelidades
emocionales que por las infidelidades sexuales.
Ésta es apenas una entre muchas otras diferencias entre hombres y mujeres que los psicólogos
evolucionistas estudian. Las feministas que niegan que objetivamente existen diferencias mentales entre hombres
y mujeres terminan por recapitular la doctrina de la tabla rasa, según la cual, la mente humana es una hoja en
blanco sobre la cual se van imprimiendo sensaciones que configuran la personalidad. Esta doctrina es opuesta al
innatismo (del cual la psicología evolucionista forma parte), según el cual, tenemos algunas tendencias mentales
innatas. Hoy, se debate seriamente la cuestión nature vs. nurture (la naturaleza vs. la crianza, en inglés). Los
psicólogos evolucionistas están dispuestos a asumir que parte de las diferencias mentales entre hombres y mujeres
proceden de la naturaleza; la mayoría de las feministas defienden más bien que esas diferencias proceden de la
crianza y, como tal, son construcciones sociales. Cada vez más hay indicios (principalmente procedentes de la
neurociencia) de que muchas de nuestras características mentales proceden de la naturaleza; pero, sigue siendo un
tema arduamente debatido. Por ello, si bien me inclino a pensar que muchas feministas se equivocan cuando
sostienen que el género es enteramente una construcción social, estoy dispuesto a admitir que aún falta mucho por
descubrir, y que es prudente no asumir una postura definitiva.
Ahora bien, muchas feministas de la tercera ola han ido aún más lejos, y han postulado que no sólo el
género, sino también el sexo, es una construcción social. Las feministas de antaño, como por ejemplo, Simone de
Beauvoir, al menos admitían que hay una diferencia objetiva entre un individuo biológicamente asignado como
varón, y un individuo biológicamente asignado como hembra. La diferencia entre los roles sociales de los hombres
y las mujeres son construcciones sociales, pero la diferencia entra la biología de un hombre, y la biología de una
mujer, no es una mera construcción social.
No obstante, muchas feministas contemporáneas, con la postmodernista Judith Butler a la cabeza, esgrimen
que esa misma distinción biológica entre hombres y mujeres es una construcción social y que, por ende, la
diferencia entre los sexos no existe objetivamente. Butler repite el mismo tema de Lyotard: la oposición a los
‘meta-relatos’ y los ‘discursos totalizantes’. Hemos visto que una de las banderas del postmodernismo es asumir
que no es posible pronunciarse universalmente sobre algún fenómeno, y que la realidad no es acordemente
ordenable en un sistema taxonómico. Pues bien, Butler considera que la asignación de sexo a los individuos es un
discurso totalizante. Las categorías biológicas ‘hombre’ y ‘mujer’ son un invento de nuestra mente; no existen
afuera en la realidad.
Hemos visto en el capítulo anterior que, bajo la aceptación de la vasta mayoría de científicos competentes,
las razas humanas no existen. ‘Negro’ y ‘blanco’ son construcciones sociales, y no hay un criterio biológico firme
por el cual un individuo pueda ser clasificado en una u otra raza. Pues bien, Butler y sus seguidores asumen que
tampoco hay un criterio biológico firme por el cual un individuo pueda ser clasificado como ‘hombre’ o ‘mujer’.
En un principio, posturas como las de Butler son seductoras, pues invitan a preguntar: si hace cien años se
creía firmemente en la existencia de las razas, y hoy sabemos que son apenas un constructo social, ¿por qué hemos
de asumir que la creencia actual respecto a la existencia objetiva de los sexos es correcta?
Pues bien, amerita señalar que, así como los científicos no han encontrado criterio firme para separar a la
humanidad en ‘blancos’ y ‘negros’, sí hay un criterio bastante firme para separar a la humanidad en ‘hombres’ y
‘mujeres’. Las diferencias biológicas entre hombres y mujeres son demasiado extensas como para señalarlas
exhaustivamente acá. Pero, a grandes rasgos: las mujeres tienen ovarios que almacenan óvulos, y tienen el útero,
conectado a la vagina. Los hombres tienen testículos, que producen espermatozoides. Los testículos están ubicados
en el escroto, detrás del pene. El pene y el escroto son extremidades externas; los genitales de la mujer son más
extremidades internas.
Además, existe una diferencia genética fundamental. Los hombres tienen un cromosoma en forma de Y,
ausente en las mujeres. Y, hay otras diferencias accesorias que se manifiestan en el vello, la piel, la fertilidad, la
dotación hormonal e incluso, la estructura cerebral.
Hay, por supuesto, anomalías. Algunos individuos, hoy llamados ‘intersexuales’ (antaño llamados
‘hermafroditas’) pueden exhibir rasgos biológicos que desafían una fácil ubicación en la oposición binaria
‘hombre-mujer’. Como los indecidibles de Derrida, muchas feministas han empleado estos casos para señalar que
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las oposiciones binarias de la ciencia (y de la modernidad en general) no tienen correspondencia con la realidad: a
su juicio, la existencia de intersexuales debería ser suficiente motivo para admitir que el sexo es una construcción
social. Después de todo, éste es uno de los motivos por los cuales se rechaza la existencia de las razas humanas.
Pues, según hemos visto en el capítulo anterior, entre un ‘negro’, y un ‘blanco’ hay un amplio espectro de colores
intermedios que desafían esa clasificación.
Pero, la analogía entre la raza y el sexo es muy imperfecta. En primer lugar, las anomalías en las razas
humanas son muy comunes. El porcentaje de la población mundial que desafía los esquemas conceptuales de las
razas (y, vale agregar, hay varias versiones de estos esquemas) es bastante alto. En cambio, las anomalías en los
sexos son muy raras. El porcentaje de la población mundial que desafía el esquema conceptual del sexo es muy
bajo. La abrumadora mayoría de las personas puede ser asignada nítidamente a uno u otro sexo; no así a una u otra
raza.
Los intersexuales no constituyen una amenaza a la realidad biológica del sexo, como tampoco los híbridos
constituyen una amenaza a la realidad biológica de la especie. El hecho de que a veces los leones y los tigres
hayan producido híbridos fértiles no nos conduce a pensar que los leones y los tigres son constructos sociales. La
división de la especie humana en ‘hombres’ y ‘mujeres’ es perfectamente válida, aun si muy esporádicamente,
aparecen anomalías que desafían esa clasificación.
Por supuesto, tenemos la opción de asumir un nominalismo a ultranza. Según hemos visto en el capítulo 5,
el nominalismo es la doctrina filosófica que postula que las esencias no existen, y los conceptos abstractos no son
más que nombres que empleamos para aglutinar cosas que guardan algún parecido. Así, bajo esta doctrina,
‘hombres’ y ‘mujeres’ no serían cosas reales, sino meros nombres (y, por ende, construcciones sociales) para
intentar organizar el mundo.
La doctrina nominalista tiene sus virtudes, y a lo largo de la historia, filósofos muy estimables (desde
Occam hasta Locke) la han defendido. Pero, las feministas que quieran abrazar el nominalismo deberían estar
conscientes de que, bajo esta doctrina, no sólo no existirían los ‘hombres’ y las ‘mujeres’, tampoco existirían los
planetas, las estrellas, el agua, los automóviles, los perros; en fin, no podría formularse ningún concepto genérico.
En todo caso, el hecho de que existen intersexuales no necesariamente tiene que conducir a pensar que el
sexo es una construcción social. A lo sumo, los intersexuales obligarían a formar una tercera categoría en la
división de la humanidad. Antaño, dividíamos a la especie en dos categorías (hombres y mujeres); quizás ahora
nos veamos en la necesidad de dividirla en tres categorías (hombres, mujeres e intersexuales).
El empeño de los feministas en defender la idea de que el sexo es una construcción biológica desembocó
en una conocida trágica historia que amerita reseñar como advertencia respecto a los peligros de estas ideas. En los
años sesenta del siglo XX, nacieron en Canadá unos gemelos, los hermanos Reimer. A los ochos meses de
nacidos, a los gemelos se les practicó la circuncisión, pero uno de ellos perdió su pene por completo durante el
procedimiento.
Los padres solicitaron el consejo de un conocido médico, John Money, quien era famoso por su teoría
según la cual el sexo es una construcción social sin un referente en la biología. Money recomendó a los padres del
niño criarlo como una niña. Después de todo, en tanto el sexo es una construcción social sin ninguna base
biológica, el niño podría asumir su rol femenino. El niño ya no tenía pene, y con algunos ajustes hormonales y
alguna reconstrucción quirúrgica, el niño podría perfectamente convertirse en niña, pues lo fundamental en la
asignación de género es la crianza. No habría mayor impedimento biológico pues, de nuevo, la distinción entre
niños y niñas no reposa en la biología.
Los padres le cambiaron el nombre a ‘Brenda’, y lo empezaron a educar como una niña. Money supervisó
la crianza de la ‘niña’, y fue estricto en ordenar que a Brenda nunca se le informase que tuvo alguna vez pene.
Money supervisaba frecuentemente la crianza de Brenda y, supuestamente, todo marchaba bien en la crianza de la
‘niña’.
Pero, años después, ‘Brenda’ publicó un libro en el que narraba cómo desde su infancia, se sentía varón. Y,
era tal su frustración con su vida como niña, que varias veces amenazó con el suicidio. Los padres se
desvincularon de Money, y otros médicos les recomendaron contar a Brenda la verdad. Al saber esto, Brenda

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decidió asumir el género masculino, y asumió el nombre de ‘David’. Algunos problemas personales (entre ellos la
esquizofrenia y muerte de su hermano gemelo) eventualmente condujeron a David al suicidio.
Probablemente el suicidio de David fue ocasionado por un cúmulo de factores. Pero, es evidente que el
factor principal fue la enorme confusión a la que fue sometido, como consecuencia de un monstruoso experimento
propiciado por un médico de inspiración postmodernista empeñado en demostrar que el sexo es una construcción
social sin ninguna base biológica. Las condiciones biológicas de David lo hacían sentirse como varón, pero Money
estaba empeñado en que se sintiera como hembra, con el mero propósito de defender su teoría según la cual, la
mujer no nace, sino que se hace.
De nuevo, podemos admitir junto a Butler y demás feministas, que muchas expectativas y rasgos que imponemos
sobre las mujeres son construcciones sociales. Pero, asumir que todos los rasgos atribuidos a la mujer son
construcciones sociales no es sólo disparatado, también es peligroso, pues podemos terminar por forzar a asumir
roles femeninos a individuos que tienen condiciones biológicas que los ha programado para sentirse varones, o
viceversa. Ciertamente hay personas de sexo masculino que asumen el género femenino, o viceversa. No estamos
en necesidad de etiquetar de ‘enfermos’ o ‘degenerados’ a esas personas; se trata sencillamente de una opción que
seguramente no hace daño a nadie y que debemos tolerar. Pero, sería ir demasiado lejos llamar ‘mujer’ a quien
tenga pene, testículos y cromosoma Y. Esas personas pueden asumir el género femenino, pero su sexo será
masculino, y eso no lo podrán cambiar (ni siquiera con una cirugía, pues ésta, a lo sumo, puede lograr cambiar la
apariencia, pero deja intacta la información genética).
***
En las feministas contemporáneas es muy prominente la obsesión postmodernista con el poder. Esto no es
propiamente objetable, pues en efecto, el foco de interés de los movimientos feministas es tratar de revertir el
poder que los hombres tradicionalmente han ejercido sobre las mujeres. Para alcanzar óptimos niveles de igualdad
entre los hombres y las mujeres, es necesario indagar cómo los hombres han ejercido el poder, y buscar estrategias
a fin de paliar un poco los efectos del ejercicio de ese poder.
Pero, lamentablemente, muchas feministas incurren en los vicios de la obsesión postmodernista con el poder.
Pues, las feministas ven ejercicio tiránico del poder donde el sentido común indica que nada excepcional ocurre. A
partir de su obsesión postmodernista con el poder, las feministas han atacado a la actividad científica y al
predominio de la racionalidad.
Hemos visto que, hay espacio para sospechar que algunos conceptos alguna vez considerados científicos, en
realidad fueron instrumentos de dominio, inventados por los poderosos. Así, por ejemplo, la histeria, es un
diagnóstico psiquiátrico muy cuestionable, el cual presumiblemente surgió para controlar a las mujeres victorianas
que desobedecían a sus maridos.
Pero, es igualmente necesario admitir que la vasta mayoría de los conceptos científicos son irrelevantes respecto
al ejercicio del poder. Disciplinas como la psiquiatría están abiertas al abuso, pero, cuesta imaginar que disciplinas
de ciencia formal, como la lógica o la matemática, sean cómplices en el dominio de los hombres. No veo manera
en que, “2+2=4” sea una proposición machista.
Con todo, varias feministas han atacado los fundamentos de la lógica como un supuesto invento de los
hombres para dominar a las mujeres. Tradicionalmente, los filósofos han opinado que las ciencias formales
formulan leyes que son trascendentes y necesarias: no hay escenario posible que no rija por estas leyes. Pero,
varias feministas opinan que estas leyes son una construcción social para asegurar el dominio masculino.
Las feministas han dirigido su ataque especialmente al ‘principio del medio excluido’. Este principio,
originario de Aristóteles, postula que, o bien una proposición es verdadera, o bien su negativa es verdadera. El
principio excluye posibilidades intermedias, en la medida en que postula que frente a dos proposiciones
contradictorias, una debe ser verdadera, y la otra debe ser falsa. Si, por ejemplo, predicamos, “La tierra es plana”,
y asumimos que esa proposición es falsa, entonces “La tierra no es plana” debe ser verdadera. No hay una tercera
opción.
Feministas como Andrea Nye han denunciado este principio como parte de una mentalidad opresora que
somete a exclusión a las personas indeseables. Y, en particular, las feministas denuncian que el principio del
medio excluido sirve para dividir rígidamente a la humanidad en dos conjuntos (hombres y mujeres), a partir de lo
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cual logra ejercerse dominio. El principio del medio excluido divide al mundo en hombres y mujeres, y reprime a
transgéneros, transexuales, intersexuales, homosexuales, en fin, a los queer.
Esta postura feminista reposa sobre una elemental confusión entre ‘contrarios’ y ‘contradictorios’ (es de
sospechar, de nuevo, que los postmodernistas no toman cursos de lógica, pues les resulta una disciplina muy
aburrida). Dos términos son ‘contrarios’ cuando ambos no se pueden predicar de lo mismo, pero al mismo tiempo,
es posible que ninguno pueda predicarse de lo mismo. Dos términos son ‘contradictorios’ cuando ambos no se
pueden predicar de lo mismo, pero necesariamente se debe predicar uno de esos términos. El principio del medio
excluido concierne a las proposiciones contradictorias, no a las contrarias. Si una proposición es falsa, su contraria
también puede ser falsa, y en ese caso, puede haber una tercera proposición que sea verdadera. Pero, si una
proposición es falsa, su contradictoria debe ser verdadera; no se admite una tercera opción.
‘Hombre’ y ‘mujer’ pueden ser términos contrarios, pero no son contradictorios. No podemos sostener “Pat
es hombre y Pat es mujer”. Pero, a la vez, podemos sostener que “Pat es un hombre” y “Pat es una mujer” son
ambas proposiciones falsas, y se admite una tercera proposición como verdadera, como, por ejemplo, “Pat es un
intersexual”. Pero, al contemplar “Pat es un hombre” y “Pat no es un hombre”, debemos apreciar que estas
proposiciones no son contrarias, sino contradictorias, y en ese sentido, no podemos admitir una tercera opción
como verdadera.
El principio del medio excluido no divide al mundo en ‘hombres’ y ‘mujeres’, ni tampoco excluye a los
queer. Antes bien, lo divide en ‘hombres’ y ‘no hombres’; ‘mujeres’ y ‘no mujeres’; ‘queer’ y ‘no queer’. Bajo la
categoría de ‘no hombres’ estarían incluidas las mujeres, los transexuales y los intersexuales (y también los
relojes, los conejos, las mesas; en fin, todo aquello que no sea ‘hombre’). Nadie puede ser y no ser hombre; nadie
puede ser homosexual y no ser homosexual. En esto, no hay ningún ejercicio violento del poder; es sencillamente
un principio que, en el momento en que lo abandonemos, dejaremos de pensar racionalmente.
En esto, es apreciable que muchas feministas ilícitamente denuncian como opresores muchos conceptos
científicos que en realidad son absolutamente neutrales e irrelevantes respecto a las relaciones entre hombres y
mujeres. Es hasta cierto punto comprensible que las feministas denuncien estudios procedentes de la primatología,
la psicología evolucionista o la psiquiatría, pues en efecto, éstos podrían abrir la puerta a formarse estereotipos
respecto a las mujeres. Pero, en su obsesión con el poder, varias feministas postmodernistas han visto en las teorías
de Einstein y otros científicos, artificios para dominar a las mujeres. Esto ya es absurdo.
Sokal y Bricmont, por ejemplo, denuncian los disparates que la feminista Luce Irigaray ha pronunciado en
torno a Einstein. A juicio de Irigaray, la ecuación e=mc2 es machista, pues ésta privilegia la velocidad de la luz
por encima de otras velocidades que son necesarias para nosotros. ¿Qué diablos significa esto? No podemos estar
muy seguros. Pero, supongamos que, en efecto, la ecuación e=mc2 favorece a los hombres. ¿Acaso por ello dejaría
de ser verdadera?
Irigaray también ha dicho que la mecánica de fluidos es una disciplina machista. ¿Qué rayos tiene que ver
la masa, el movimiento y la termodinámica con los hombres y las mujeres? La respuesta de Irigaray: los fluidos
han sido dejados de lado; la física machista privilegia cosas duras y erectas, mientras que resta poder a los fluidos.
Así, la mecánica de fluidos da poder al falo, y suprime a la vagina.
Como bien advierte Richard Dawkins, no es necesario ser un físico para darse cuenta de lo absurdo que
resultan estos argumentos. Es tan idiota como sostener que la astronomía es racista en contra de los indios
norteamericanos (llamados ‘pieles rojas’) porque postula que los gigantes rojos están más cercanos al final de su
existencia. Una vez más, el problema procede de la obsesión postmodernista con el poder, aunado a la ilícita
extrapolación de conceptos científicos.
Las feministas postmodernistas postulan que la ciencia es ‘masculina’, y que por extensión, favorece a los
intereses de los hombres. De nuevo, esto es tan absurdo (y peligroso) como postular que hay una física judía y una
física aria. La ciencia es una sola. Las reglas del método científico sirven para conocer el mundo objetivamente,
independientemente de que este conocimiento nos resulte placentero o no, e independientemente de a quién
beneficia. Tal como hemos advertido en el capítulo 9, el hecho de que una creencia favorezca a quien la predica no
la hace falsa.

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En definitiva, el feminismo es un movimiento rescatable, siempre y cuando se guíe por la aplicación de la
racionalidad. Fue éste el feminismo de la primera ‘ola’, el cual pretendía extender a la liberación femenina las
ideas igualitaristas de la Ilustración. El asumir posturas postmodernistas ha resultado perjudicial al mismo
feminismo, pues lamentablemente, hoy la mayor parte de las posturas feministas son risibles. Si el feminismo
pretende conseguir logros significativos, debe retomar la senda de las primeras feministas, y luchar por una
sociedad moderna y progresiva, en la cual se reconozcan las diferencias entre hombres y mujeres, pero no por ello
se establezca una relación jerárquica entre los géneros.
Asumir que hubo un matriarcado histórico, que el sexo es una construcción social, o que la ciencia es una
institución al servicio del poder de los hombres, es un retroceso fatal para las luchas feministas. El
postmodernismo ha sido el peor aliado del feminismo. Pues, aunado a todos los disparates que muchas feministas
pronuncian a partir de su inspiración postmodernista, buena parte de las feministas contemporáneas han terminado
por defender regímenes brutalmente misóginos fuera de la civilización occidental, bajo la excusa de que son
víctimas del imperialismo europeo. Si las feministas desean que se las vuelva a tomar en serio, deben empezar por
admitir que las reformas a favor de la mujer nacieron en el mismo Occidente y que el método científico ha servido
y servirá para mejorar la condición de la mujer en la sociedad. El mejor recurso para las feministas es, de nuevo,
no rechazar el legado de la Ilustración, sino completarlo.
Para leer más… ELLER, Cynthia. The Myth of Matriarchal Prehistory. Beacon Press. 2001. La autora, una
feminista, refuta las teorías sobre el matriarcado antiguo. SOMMERS, Christina Hoff. Who Stole Feminism?
Simon & Schuster. 1995. Una obra en la que se critican las posturas del feminismo postmodernismo de la llamada
‘tercera ola’.

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