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Pinceladas de ti

AdRi_HC

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Una galería de arte abría sus puertas a las ocho en punto de la tarde recibiendo en
los primeros minutos a los invitados más puntuales a la cita. En la puerta, la
organizadora de todo el evento saludaba con una sonrisa y con algo más de
efusividad a los que ya conocía con anterioridad.

Poco a poco aquella primera sala donde el vino y los aperitivos mantenían a todos
en la espera, comenzaba a llenarse hasta veinte minutos después cuando la puerta
de la sala principal se abría creando un leve murmullo al ver la decoración de cada
rincón.

A: Ya llegamos tarde –se quejaba- Si es que no puedo contar nunca contigo.

M: Si me hubieras dicho que veníamos a esto hubieras llegado bien. –la miró de
reojo mientras caminaban con prisa- Me hubiera quedado en casa.

A: Tú tan simpática como siempre.

En una última carrera llegaron hasta el pequeño edificio donde las puertas
permanecían abiertas dándoles el paso directamente. Nada más entrar uno de los
camareros del catering les ofreció sendas copas de vino antes de volver a un paso
más relajado mientras comenzaban a recorrer la estancia.

M: Y ahora me dirás que esto es divertido… no sé como dejo que me arrastres a


estas cosas.

A: Pues porque tú me arrastras a otras mucho peores, así que ahora te aguantas.

M: En fin… -suspiró mirando a su alrededor- Voy a dar una vuelta porque esto me
parece de lo más aburrido.

A: No te metas en líos, Maca –le advertía.

M: Que no. –le ofreció su mejor sonrisa comenzando a alejarse.

Una gran cristalera apartaba aquel lugar de un magnifico jardín. En él una mujer de
riguroso negro mantenía su copa de vino en una mano mientras con la otra
sostenía su teléfono móvil escuchando a través de él cada una de las preguntas que
llegaban a tal velocidad que solo lograban hacerla reír.

-¡Pero quieres parar! –rió.

-¿De verdad que todo va bien? Por favor no me mientas.

-Te doy mi palabra, aunque acabamos de empezar ya lo sabes… de todos modos las
primeras impresiones están siendo muy buenas.
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-Odio no poder estar allí –hablaba decaída.

-Bueno, tú no te preocupes que para eso estoy yo ¿vale? Tú solo tienes que pensar
en estar bien y tranquila, no debes alterarte.

-Vale, ¿me llamarás cuando acabe?

-No te preocupes, y ahora descansa y aprovecha, tonta…

-Gracias –suspiraba por última vez.

-Hasta luego –finalizó la llamada justo cuando escuchaba unos pasos tras ella.

Se giró despacio y comprobó como una mujer, la cual no conocía, llegaba a pasos
lentos junto a ella. No la había mirado en ningún momento hasta que se detuvo a
su lado y tras dar un sorbo de su copa se giraba mostrando más claramente su
rostro.

M: Hola.

-Hola. –se quedaba observándola unos segundos.

M: Hace una bonita noche. –se giraba admirando el cielo- Se está bien aquí.

-Si –la imitó- Se nota que el verano poco a poco está llegando.

M: Y bueno… -se giró sonriendo esa vez- ¿Amiga o arrastrada?

-¿Cómo? –frunció el ceño sin entender.

M: ¿Eres amiga invitada o alguien a quien han traído a rastras?

-¿Te han obligado a venir? –sonreía comprendiendo.

M: Algo así… en realidad no me dijeron donde venia hasta que pude ver el edificio.
–sostuvo su copa con ambas manos.

-¿No te gusta el arte? –se cruzaba de brazos manteniendo su sonrisa.

M: No es nada personal, eh… es solo que… -esperó unos segundos- Yo no lo


entiendo. –sentenció con sinceridad- Cuando veo un cuadro sé si me gusta o no. –
se encogió de hombros- Pero no lo entiendo…

-Ya…

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M: Y seamos realistas… los artistas están todos un poco locos. –movió su dedo
incide a la altura de su frente de forma graciosa.

-Mujer… no todos, eh.

M: Ya bueno, la mayoría. –daba un nuevo trago- Por cierto, soy Maca. –extendía su
mano.

-Un placer, Maca… -cuando pensaba continuar alguien llegó junto a ellas.

-Te están esperando, vamos.

-Lo siento. –se giraba hacia ella- Me tengo que marchar. –sonrió a modo de
disculpa y comenzó a caminar.

M: Pues me quedo sin saber cómo te llamas. –suspiró.

Chasqueó la lengua antes de volver al interior y tras esquivar a más de un invitado y


dar casi una vuelta a todo aquel lugar, encontró a quien andaba buscando.

M: ¿Aburrida?

A: Ya quisieras tú. –se giró para mirarla- ¿Dónde estabas?

M: Fuera… no soy la única que se desespera aquí por lo que se ve. –la veía fruncir el
ceño- ¿Qué? ¿Qué pasa?

A: ¿No puedes no flirtear con nadie? –le riñó.

M: Ya estamos… pero que yo no hago nada. –se defendió- Solo… ocurre –sonrió de
medio lado antes de girarse hasta quien llamaba la atención de todos allí.

En un pequeño escenario una mujer subía saludando antes a algunas personas que
la felicitaban, deteniéndose después frente a un pie de micro y carraspeando antes
de hablar observaba como guardan por fin silencio.

-Buenas noches, quería agradeceros a todos que hayáis venido a esta noche tan
importante para mi familia…

M: Joder. –mascullaba mientras miraba al suelo.

A: ¿Qué pasa?

M: Que la he cagado pero bien. –apretando los labios miraba a la mujer que
continuaba en su discurso.

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A: ¿No me digas que…? –empezó a entender- Coño, Maca ¿Qué le has dicho? –la
mujer se acercaba a ella y comenzaba a susurrar en su oído- ¿Tú estás tonta? –se
dio cuenta de su tono de voz y miró a su alrededor antes de volver a hablar- ¿Cómo
se te ocurre decirle eso?

M: Joder, Ana, qué coño sabía yo que era quien montaba esto.

Minutos después y sintiendo aun la vergüenza en su cuerpo, se había mantenido a


un lado mientras Ana conversaba junto a un pequeño grupo de personas a unos
metros de ella. Observaba uno de los cuadros en completo silencio.

-¿Te gusta?

Se giró con rapidez al diferenciar aquella voz y descubrió a quien solo con la sonrisa
que llevaba en sus labios la hacía enrojecer para bajar la mirada unos segundos.

M: Per… perdona por lo de antes. –se disculpaba.

-Tranquila… no eres la primera que dice algo así, ni la última. –bebía de su copa-
¿Entonces te gusta o no? –se giró también para mirar la pintura.

M: Si… pero no sé… –ladeó su rostro mirándolo también- No termino de ver nada
normal ahí.

-Míralo sin querer entender nada… solo mirarlo y dime lo primero que te venga a la
cabeza.

Mirando su rostro antes, relajó entonces su mente y volvió a girarse hacia la pared.
Volvió a llevar su mirada a aquella mezcla de colores que no la dejaban diferenciar
apenas nada. Se mantuvo en silencio mientras cogía aire y sin prestar atención a
ninguna forma creada en aquel lienzo frente a ella descubrió lo que no había visto
antes.

M: ¿Una ventana?

-Muy bien. –sonreía asintiendo- Una ventana, como ves… -estiró el brazo señalando
una de las partes- Los colores se cortan de una manera tajante en cuatro partes…
ninguno tiene nada que ver con el otro, pero si lo miras ya con esa idea que has
conseguido puedes ver más cosas…

Se giró de nuevo y tras escuchar aquellas palabras se perdió sin ella misma darse
cuenta en aquella pintura. Intentaba ver más allá de los colores, incluso del
razonamiento, pero no distinguía nada. Tomó aire para hablar de nuevo pero al
girarse se descubrió sola.

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A: ¿Aburrida? –sonrió colocándose a su lado.

M: ¿Nos podemos ir ya? Creo que me lo he ganado después de estar más de dos
horas aquí –se quejaba de manera infantil.

A: Vale –se agarraba de su brazo- ¿Entonces no te ha gustado nada?

M: Podría haber sido peor.

A: Anda que…

Se había levantando con un dolor de cabeza que aunque leve, ya había trastornado
su buen humor aquella mañana.

Vestida por uno de sus impolutos trajes salía de casa sujetando su maletín cuando
se colocaba también las gafas queriendo así evitar los primeros rallos de sol. Echó
el maletín en la parte trasera de su coche y sentándose después frente al volante
encendía el motor incorporándose segundos después a la carretera.

M: Buenos días, Julia. –llegaba junto a su secretaria.

J: Buenos días, Maca. –le tendía el correo como cada mañana- Tu cita de las diez la
han anulado.

M: Mejor. –contestó quitándole importancia- Tengo un día malo.

J: ¿Ocurre algo?

M: No, tranquila… -ojeó los sobres- Lo que sí… –la miró de repente- ¿podrías
traerme algo para el dolor de cabeza?

J: Claro, no te preocupes. –sonrió.

M: Gracias.

Sin decir nada más entró al despacho y cerró la puerta para llegar después hasta su
asiento. Dejó el maletín en un extremo de la mesa y colocó el correo frente a ella
para antes de mirarlo abrir uno de los cajones y sacar la botella con aquel liquido
que tan mal le sabia, pero que tan bien le venía para su acidez.

J: Aquí tienes la pastilla. –entró tras llamar.

M: Gracias.

J: ¿Quieres que diga que no estás? –preguntaba antes de marcharse.

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M: No es necesario… ¿Aparte de la cita de las diez tenía algo más? –comenzaba a
ordenar todo sobre la mesa.

J: Ángel Sandoval viene a las doce y media.

M: Pues qué bien. –se quejaba- ¿Sabemos por qué? La última vez que estuvo aquí
no hizo otra cosa que ponerme de mal humor.

J: Pues creo que había hablado algo con tu padre.

M: Este hombre se piensa que si mi padre le dice que no conmigo siempre es que sí
y se le va a cortar el chollo. –rezaba aunque lo suficientemente alto para no hablar
sola- Vale, Julia… voy a ver si termino algunas cosas que tengo a medias y si no
salgo antes cuando llegue le haces pasar.

J: Claro.

Una vez se quedó sola encendió su portátil y colocando frente a ella todas las
carpetas con los documentos que tenía que revisar comenzó aquel día.

-No vas a salir. –sentenciaba una vez más intentando finalizar aquella conversación.

-¿Pero por qué? No puedo estar encerrada todo el día, llevaré cuidado… por favor.
–lo intentaba de nuevo- Anda… que me aburro mucho, solo es dar un paseo y
vuelvo enseguida.

-Eres cabezota, eh. –se giró- ¿El médico no te dijo que reposo absoluto?

-Y llevo una semana sin moverme más que para ir al baño, solo quiero que me dé
un poco el sol, ¿es tanto pedir?

-No vas a salir sola, y yo me tengo que marchar que he quedado para el contrato de
la exposición en Vigo.

-Joder. –se quejaba tras sentarse.

-No refunfuñes y haz lo que tienes que hacer. –cerraba su maletín- Yo llegaré esta
tarde.

-Genial. –contestaba sarcástica mientras cruzaba los brazos- Yo echare raíces en


este sofá –la mujer frente a ella sonrió por aquel comentario.

-Quejica eres, madre… luego te llamo. –se agachó frente a ella dejando un beso en
su frente.

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-Un día me cansó de ti y me voy, que lo sepas.

-Vale. –volvía a sonreír- En un rato te llamo.

Tras la puerta del despacho dos voces se alzaban, una por encima de la otra en
varias ocasiones. Julia sabedora de que eso no traería nada bueno suspiraba cada
vez que escuchaba a su jefa discrepar y notar entonces como su mal humor iba en
aumento.

M: Se acabó la conversación, tengo trabajo que hacer. –comenzaba a caminar hacia


la puerta.

-Maca, por favor, escúchame ¿vale? Es una transacción segura, y si lees el informe
verás que en menos de un año podrás recuperar el dinero.

M: Ángel… te he dicho que no. –abría la puerta invitándole a marcharse- Tengo


cosas que hacer.

-Está bien. –suspiró- Me marcho, pero por favor, estúdialo, no pierdes nada por
hacerlo y puede que te interese.

M: Hasta luego.

Se cruzó de brazos esperando a que se marchase mientras este recogía sus cosas y
desde fuera, Julia podía verla perfectamente de una forma bastante tensa.

El hombre se fue y ella cerró la puerta realmente cansada, se sentó de nuevo frente
su mesa y sintió como aquel dolor de cabeza había ido en aumento. Cerró el
portátil y metió todos los documentos en su maletín, cerró el cajón levantándose
para ponerse nuevamente su chaqueta.

M: Me voy a casa, terminaré lo que me queda desde allí. –dejaba varios papales
sobre su mesa- Si llama mi padre dile que no sabes dónde estoy.

J: No te preocupes.

M: Vete antes a casa, hoy seguramente no venga nadie.

Sonrió como buenamente pudo y se colocó de nuevo sus gafas de sol antes de salir
y despedirse también de la recepcionista. Montó de nuevo en su coche y poniendo
la radio a un volumen bastante bajo puso rumbo a su casa.

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Esperaba a que el semáforo se pusiera de nuevo en verde mientras miraba a su
izquierda y pudo distinguir a la perfección aquel pequeño edificio donde había
estado la noche anterior. Alguien tras ella hizo sonar su claxon sacándola de sus
pensamientos y sacando la mano por la ventanilla se disculpaba a la vez que
cambiaba su dirección.

De nuevo frente a aquel cuadro se mantenía en silencio con ambas manos en los
bolsillos de su pantalón. Conforme pasaban los minutos se había comenzado a
sentir más tranquila y relajada, aunque ni en aquel momento conseguía diferenciar
lo que había intentado hacer tan solo unas horas antes aquella noche.

Suspiró sin apartar la mirada no dándose cuenta de que alguien se colocaba


también a su lado.

-¿Te gusta?

Se giró sorprendida descubriendo a una mujer a escasos centímetros de ella


mirando también el cuadro, frunció el ceño y la chica volvió a mirarla a ella.

-Llevas más de veinte minutos mirándolo. –sonrió.

M: Intento descubrir algo. –hablaba casi en un susurro girándose de nuevo.

-Son estados de ánimo. –decía de repente- Solo tienes que diferenciar la fuerza de
los colores…

Justo en aquel instante lo vio claro. Como una revelación, vio ante ella lo que le
había sido expuesto en un gesto de ayuda. Ladeó su rostro viendo como tenía
razón, como podía ver lo que había escuchado segundos antes.

M: Nunca lo hubiera adivinado.

-Cada persona, cuando mira un cuadro o simplemente una imagen… le puede dar
un significado particular, es comprensible. –sonrió quitándole importancia.

M: Gracias. –sonreía también.

-Señorita García. –un hombre llegaba junto a ella- No me avisaron de que vendría.

Aquella desconocida parecía sorprendida porque la viesen allí. Se giraba queriendo


que aquella conversación quedase en privado y no queriendo hacer lo contrario se
giró admirando de nuevo la pintura. De repente abrió los ojos por completo, buscó
con rapidez la etiqueta de aquel cuadro y entonces sus labios comenzaron a

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abrirse. Se giró otra vez buscando a aquella mujer y la descubrió frente a ella
nuevamente sola

Girando su rostro observó que como bien le había dicho, se marchaba no dejándole
salir de casa. Bufó desesperada y mirando al frente apretó los labios conteniendo
su enfado. Se levantó con decisión para ir hasta su habitación.

M: ¿Cómo te llamas? –preguntó visiblemente sorprendida.

-Esther. –extendía su mano presentándose.

Casi de manera automática estrechó la mano mientras aquella mujer no borraba su


sonrisa. Parpadeó apenas dos veces antes de poder hablar.

M: Maca… entonces, eres tú quien… -señalaba el cuadro.

E: Ajá. –asentía con timidez.

Entonces comenzó a entender, la chica de la noche anterior, su discurso, lo que


había llegado a escuchar de aquella conversación en el jardín, como aquel hombre
se había dirigido a ella con total educación, su breve aunque certera explicación
sobre el cuadro.

E: ¿Entonces te gusta o no? –sonrió cruzándose de brazos.

M: Eh… sí, claro. –se apresuró en responder.

E: Jajaja.

Frunció el ceño al verla reír, realmente parecía hacerlo con ganas. Se colocó en
jarras y esperó a que esta terminase.

M: ¿Qué te hace tanta gracia?

E: Que lo has dicho corriendo para no ofenderme. –sonreía otra vez- Pero de
verdad que no pasa nada si no te gusta, eh… prefiero la sinceridad a que me digan
que lo hago todo bien.

M: La verdad es que… -miró al cuadro un segundo y luego a ella otra vez- Gustarme
me gusta, pero es que no los entiendo. –se encogía de hombros con timidez- Estoy
muy pez en esto del arte.

E: Ya… ¿alguno más que te guste y no entiendas? –sonrió- Tienes delante a quien
mejor te puede chivar las cosas .

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Más de media hora después recorrían los últimos metros de aquella galería. Se
habían detenido frente a media docena de pinturas en las que algo llamaba la
atención de Maca, y de una manera amable y paciente, Esther le iba dejando pistas
queriendo así que descubriera la magia por ella misma.

M: ¿Das clases de arte? –caminaban hacia la cafetería.

E: Eh… no. –sonrió sin entender- ¿Por?

M: Se te da muy bien, y créeme, porque hacerme entender a mí todo lo que has


conseguido tiene su mérito.

E: En realidad no es tan difícil, solo hay que saber dejarse llevar por lo que estás
viendo, y quitarle lo complejo que creemos tiene un cuadro.

M: ¿Qué quieres tomar? –se quedaba de pie junto a ella.

E: Agua, gracias.

Apenas un minuto después llegaba de nuevo a la mesa con un botellín de agua y un


café para ella. Se sentó guardando aun silencio y comenzó a remover el líquido en
su taza.

M: ¿De cuánto estás?

E: Poco más de veinte semanas. –se acariciaba la tripa por inercia.

M: Enhorabuena. –sonrió.

E: Gracias… y bueno, ¿a qué te dedicas tú?

M: Pues… dirijo una empresa de compra venta de empresas. –vio en el rostro de la


pintora que debía ser más concreta- Compramos empresas que pasan por un mal
momento y cuando están en buen estado otra vez se la vendemos de nuevo a
quien nos la vendió.

E: Ah… -sonrió.

M: ¿Aburrido, no? –sonrió igualmente.

E: Bueno… igual es de lo más interesante, pero la que está pez ahora soy yo.

M: La verdad es que después de varios años es aburrido, pero bueno… es mi


trabajo y lo que debo hacer, no me queda otra.

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E: ¿Te gustaría trabajar en otra cosa?

M: Aquí donde me ves, con está pinta de bróker aburrida, tengo la carrera de
pediatría. –sonrió de medio lado- Pero la vida me llevó al camino familiar y a
hacerme cargo de lo que mi padre sacó a flote después de muchos años.

E: Ya, pues es una pena… el trabajo vocacional siempre es más agradecido.

M: A veces también es un buen trabajo, no te creas… en realidad nosotros solo


ponemos el dinero, no tocamos nada de lo tenga que ver con la forma de trabajar,
según nos llegan los informes y cuando vemos que pueden seguir solos vuelven a
ser propietarios, nosotros solo nos llevamos un pico después.

E: Seguro que es mas de un pico lo que os lleváis.

M: Un bonito pico. –sonrió.

Esther miró su reloj en aquel momento y se dio cuenta de todo el tiempo que
llevaba fuera de casa. Aquel gesto no pasó desapercibido para Maca que supuso
que querría marcharse.

E: Dios, me tengo que ir. –se levantó con rapidez.

M: ¿Tienes prisa? –la imitaba quedando a su lado.

E: La verdad es que no tenía ni que haber salido, como se enteren verás. –sacaba el
móvil- Ahora tengo que llamar un taxi. –tras marcar se colocó el teléfono junto al
oído pero apenas permaneció ahí unos segundos cuando sintió la mano de la
empresaria cogerlo- ¿Qué…?

M: Que no vas a pedir ningún taxi, yo te llevo. –lo coló en su bolso sin darle opción.

E: No, no puedo permitir que hagas eso.

M: ¿Por qué no? Me estoy ofreciendo yo, iba de camino a casa antes de parar aquí,
no tengo ninguna prisa.

E: Pero es que me sabe mal que hagas eso, no nos conocemos de nada. –negaba
con la cabeza.

M: Bueno… pero puedo llevar a mi profesora de arte a su casa ¿no? Que menos
después de la master class que me has dado. –sonrió con sinceridad.

E: Eso es una tontería.

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M: De verdad, déjame llevarte… yo no te pienso cobrar nada. –ladeó el rostro
apenas lo justo para hacerla sonreír- ¿Eso es qué sí?

Satisfecha por haberla convencido, había salido junto a ella hasta su coche. Quitó
algunas cosas que podían molestarla y le cedió paso manteniendo la puerta abierta
hasta que se acomodó. Sonriendo fue hacia el otro lado del coche y tras arrancar
fue indicada para llegar a la casa de la pintora.

M: Pues ya está usted sana y salva en su hogar –detenía el coche frente al portal.

E: Gracias por traerme.

M: Un placer. –sonrió dejando las manos descansar sobre sus piernas- Siempre que
necesites un chofer particular me puedes llamar. –abrió un pequeño
compartimento del salpicadero y sacó una tarjeta- Toma.

E: Macarena Wilson, Directora General de Wilson Corporación… guau –se giró un


instante para mirarla- Impone, eh.

M: Que tonta. –sonrió con timidez- Para lo que sea, ahí tienes mi teléfono. –la miró
con tranquilidad.

E: ¿Tienes otra? –sonrió.

M: Claro. –con rapidez volvió a sacar una y se la tendió.

E: ¿Y un boli? –sonrió aun mas antes de que buscase uno y se lo diera también.

Aunque aun no podía diferenciar lo que esta hacia, la veía escribir sobre esa
segunda tarjeta para segundos después dársela a ella.

M: Esther García, Profesora particular de arte. –sonrió- Gracias.

E: Tú también puedes llamarme cuando quieras. –guiñándole un ojo abrió la puerta


para salir y comenzar a caminar hacia el portal.

De una manera muy diferente a como salió por la mañana entraba nuevamente a
su casa. Dejó el maletín en la entrada y mientras se quitaba la chaqueta caminaba
hacia su dormitorio. No esperó un segundo en ponerse cómoda y cuando volvía a
salir de allí lo hacía ataviada con un pantalón de deporte y una camiseta de manga
corta que dejaba liberar el calor que había ido acumulando debido a las
temperaturas veraniegas que iban llegando a la ciudad.

En el sofá leía varios documentos cuando a sus pensamientos llegó Esther, sonrió
sin darse cuenta y comenzó a recodar el rato que habían compartido juntas. Pensó
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en su embarazo, y de manera continua en quien sería su pareja. Elevó su rostro
recordando de nuevo la exposición.

-Buenas noches, quería agradeceros a todos que hayáis venido a esta noche tan
importante para mi familia…

Su mirada se cerró a la vez que comenzaba a hilvanar cada pensamiento, la llamada


telefónica, el cariño que aquella voz mostraba, el embarazo…

Salía de la ducha envuelta en su toalla cuando escuchó la puerta de la casa abrirse y


mientras se cambiaba entonces con más rapidez, los pasos llegaban hasta la puerta
de su dormitorio.

-Hola.

E: Hola. –sonrió terminando de colocarse la camiseta- ¿Cómo ha ido?

-Bien, ¿has cenado? Yo vengo muerta de hambre.

E: Te estaba esperando, y ya que me contases como fue. –caminaba ya junto a ella.

-Pues mejor de lo que creía la verdad –sonreía cediéndole el paso en la cocina-


¿Quieres un poquito de vino? –preguntó sorprendiéndola- He dicho un poquito.

E: Sí, gracias.

-Bueno, pues eso… -servía dos copas y le daba la que menor cantidad tenia- Dicen
que están muy interesados y querrían firmar por dos semanas de exposición. –dio
un primer trago.

E: ¿En qué fecha? –hablaba de espaldas a ella.

-Para principios de Julio… es fecha de vacaciones y tendrán más visitas, algo que
nos beneficia a todos.

Junto a aquella conversación se dispusieron a preparar algo con lo que cenar ambas
mas tarde en el salón, lugar donde trasladaron todo minutos más tarde para
continuar así la conversación que parecía entusiasmar a la pintora.

E: Arturo me ha dicho que todo va muy bien.

-Cómo que…

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Cerró los ojos con fuerza por haberse descubierto ella misma en aquel absurdo
fallo. Tardó unos segundos en volver a abrirlos y encontrar el endurecido rostro que
se había creado frente a ella. Suspirando guardó silencio esperando la regañina.

-Esther… te dije que no debías salir, y menos sola.

E: Lo siento. –se excusó- Miriam… me aburro mucho aquí sola, y tan solo fue un
rato. –arrastró cada palabra con toda la lentitud que pudo intentando no enfadarla.

Mi: ¿Sabes qué? que para ti haces, es tu hijo y no el mío, pero me dolerá mucho si
mi sobrino nace mal porque no te cuidas. –se dispuso a proseguir con la cena.

E: Lo siento… -repitió sintiendo esas palabras- No volverá a pasar… -bajó la vista al


plato.

Mi: ¿Aprovechaste el rato por lo menos? –preguntó como si nada.

E: Estuve un rato mirando cómo había quedado todo y… -dudó en seguir


contándole- Le di una pequeña clase a alguien que lo necesitaba.

Mi: ¿Cómo que una clase? –preguntaba extrañada- ¿Una clase de qué?

E: Pues estaba mirando uno de los cuadros y la vi parada tanto tiempo que pensé
que de verdad debería gustarle, y al final era que no entendía nada de lo que
estaba viendo.

Mi: Pues será prima hermana de alguien a quien conocí yo anoche… -sonrió de
medio lado mientras continuaba con su cena.

En su casa se mantenía en una postura cómoda y con toda la tranquilidad que


había podido conseguir mientras miraba el televisor y disfrutaba de una copa de
vino. Había terminado todo el trabajo que había llevado consigo desde la oficina y
estaba satisfecha por haber aprovechado la tarde. Sus pensamientos la habían
vuelto a llevar a Esther, e indudablemente a la mujer cuyo nombre no conocía y
suponía que sería su pareja. Pero en aquel momento, no pensaba en nada, se
dejaba llevar por la relajación hasta que sorprendiéndola, el timbre sonaba
haciendo que se levantase y caminase hasta la puerta.

M: Vaya, qué sorpresa. –se hacía a un lado.

A: Es que me comían las paredes de mi casa… -entraba tras dejar un beso en su


mejilla- ¿Interrumpo algo?

M: Estaba viendo la tele… -se acercaba al mueble bar- ¿Quieres una copa de vino?

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A: Sí, gracias. –se acomodaba mientras la observaba- ¿Qué has hecho hoy? Llamé a
la oficina y me dijeron que te fuiste pronto.

M: ¿Recuerdas a Sandoval? –la miró un instante para ver como esta asentía- Pues
se ha presentado en la oficina… -terminaba de servir el vino acercándose después
de nuevo a ella- Se ve que mi padre no quiere invertir en algo que él cree seguro y
ha venido a probar conmigo.

A: Tú siempre como comodín. –sonrió de medio lado antes de dar un trago.

M: No le he mandado a la mierda de milagro… me tiene tan cansada –soltaba un


suspiro frotándose la frente- Y lo peor es que si se lo digo a mi padre se liará.

A: Pues no se lo digas…

M: Ya… -pegaba su espalda en el sofá- ¿Sabes a quién conocí esta mañana? –


preguntaba sin mirarla.

A: ¿A quién?

M: Esther García. –llevó su vista lejos mientras la recordaba- Es muy maja –la
miraba entonces.

A: ¿Debo saber quién es? –fruncía el ceño- No me suena…

M: Pues si que… ¿me llevas a ver los cuadros de alguien de quien no sabes el
nombre? –poco a poco el rostro de Ana fue adquiriendo un gesto de sorpresa al
descubrir el nombre de la persona que no había barajado como posibilidad- ¿Qué?

A: ¿Dónde la conociste?

M: Pasé por la exposición de camino a aquí. Ayer me quedé mosqueada con uno de
los cuadros y estaba allí, se acercó pensando que me gustaba el que estaba
mirando y hemos pasado la mañana hablando… luego la llevé a casa.

A: A ver si ahora te va a dar por el arte y todo. –ocultaba su sonrisa tras la copa.

M: Uy sí, me voy a volver una loca del arte a estas alturas.

Tras llegar a la oficina y poner al tanto todo el trabajo que había hecho en casa la
tarde anterior, Julia le recordaba su cita con uno de los clientes en el centro. De esa
manera y colocándose su chaqueta comenzaba a caminar hasta el aparcamiento
mientras observaba algunos datos en su PDA.

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Cuando de nuevo aparcaba el coche salía sin quitarse sus gafas de sol y caminando
con una seguridad que era normal en ella. Así entraba en las oficinas dirigiéndose
hasta la recepcionista.

M: Buenos días.

-Hola señorita, Wilson… El señor Gutiérrez me ha pedido que le espere en la sala de


reuniones de esta planta. –se levantaba para caminar delante de ella.

En el camino, los ojos de la empresaria no pudieron resistirse en admirar lo ceñida


de aquella falda que llevaba la joven, siempre oculta tras el cristal oscuro de sus
gafas. Cuando vio que se detenía lo hizo frente a ella descubriendo entonces sus
ojos.

M: Muchas gracias… -se inclinaba hacia ella esperando que le dijese su nombre.

-Sofía.

M: Pues muchas gracias, Sofía… -casi susurraba mientras mostraba una sonrisa.

-No hay de qué. –sonreía con timidez antes de volver a caminar y no poder
comprobar cómo Maca se giraba unos segundos para mirarla antes de entrar.

M: Espero no tener el día así de revolucionado, porque mal vamos… -comenzaba a


caminar rodeando la mesa en el centro.

Pocos minutos después llegaba a quien esperaba y sentándose a la mesa se


dedicaba a escuchar como habían ido los datos de aquellos meses en los que no
había pasado. Números, gráficos, estadísticas y dinero, era lo único que llenaba
aquella conservación y empezaba a aburrirse.

Mientras uno de empleados le explicaba una evolución del trimestre en un


proyector, suspiró girándose en su silla para mirar por la cristalera que daba a la
calle. Durante unos segundos no se fijaba en nada en concreto hasta que la vio.

Hablaba por teléfono parada en medio de la calle mientras parecía estar riendo.
Sonrió sin apenas darse cuenta y se levantó sin pensarlo.

M: Lo siento pero debo irme. –se excusaba recogiendo sus cosas- ¿Me mandan los
informes a mi despacho? Mañana me pongo en contacto con usted.

-Claro… -la observaba salir casi corriendo.

Esquivando a la gente en la entrada miraba a ambos lados de la calle buscándola


hasta que la vio de espaldas caminando. Se puso de nuevo las gafas y comenzó a
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correr en dirección contraria queriendo rodear el edificio. Cuando giraba la
esquinaba aminoraba de nuevo el paso y comenzaba a caminar viéndola frente a
ella a unos metros.

Cuando ya la tenía casi encima se detuvo haciendo que esta la mirase, que al
reconocerla sonreía un par de segundos.

E: Oye que luego te llamo… sí, sí…. Hasta luego. –colgaba mirando el móvil antes de
guardarlo y volver a elevar su rostro- Hola, qué sorpresa.

M: Hola… -metía ambas manos en los bolsillos de su pantalón- ¿Qué haces por
aquí?

E: Me aburría en casa y me he vuelto a escapar… -decía con algo de vergüenza


aunque sin dejar de sonreír- Daba un paseo, ¿Y tú?

M: Acabo de salir de una reunión aburridísima que me empezaba a volver loca. –


sonreía.

E: ¿Qué vas a hacer ahora? –comenzaba a caminar haciendo que la siguiese a su


lado.

M: Pues la verdad no lo sé… -miraba su reloj- Ya no tengo que volver a la oficina


hasta esta tarde… -volvía a mirarla- ¿Me dejas invitarte a comer?

En un restaurante del centro ambas sentadas frente a frente disfrutaban de la


comida que minutos antes habían colocado en la mesa mientras la empresaria le
contaba por encima su día. Esther la escuchaba en completo silencio y con
atención.

E: Yo eso de las citas y los horarios lo llevaría fatal. –pinchaba de su ensalada- Estoy
tan acostumbrada a trabajar cuando lo necesito y sé que puedo que no podría
adaptarme a un control como ese.

M: ¿Tienes un estudio o algo así para trabajar?

E: Ahora mismo estoy viviendo con mi hermana por lo del embarazo… Siempre
trabajo en casa, tengo como una división del terreno… -sonreía- Una parte es
donde vivo, en la otra mitad tiré todas las paredes y uní tres habitaciones.

Mirándola, se había quedado pensado en aquellas primeras palabras. Extrañada se


pasó la servilleta por los labios para después dar un trago de su copa.

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M: Pensarás que soy una indiscreta pero… ¿Y el padre? –Esther sonreía- Es que…
dices que vives con tu hermana por lo del embarazo…

E: A ver… -daba un trago antes de hablar- Decidí tener este hijo sola… y hace un par
de meses tuve problemas y me dijeron que debía tener un embarazo tranquilo y
básicamente que dejase todo para solamente descansar, por eso estoy con mi
hermana.

M: Vaya…

E: ¿Tú no quieres tener hijos?

M: Eh… pues la verdad es que no me lo he planteado, o sea… alguna vez lo he


pensado pero no tengo la idea de hacerlo ahora ni planeado cuando ni… no sé…
supongo que sí, cuando sea el momento.

E: Pues eso me pasó a mí, pero cuando sentí que era el momento no estaba con
nadie y como ahora existe esta facilidad de que no hace falta ningún hombre que te
haga la otra parte del trabajo pues eso hice.

M: ¿Y no te da miedo tenerlo sola?

E: ¿Por qué? Le voy a querer igual, va a ser mas difícil, sí… pero hay muchísimas
madres solteras en el mundo, no seré la primera ni la última.

Tras la comida, Maca se pedía un café mientras Esther se decidía por una infusión.
Era entonces que la pintora le contaba parte de su trabajo y como había decidido
lanzarse cuando apenas tenía diecinueve años teniendo que esperar hasta varios
más para poder vivir de lo que le gustaba.

E: Mi madre decía que perdía el tiempo y todo ese rollo, pero cuando algo te gusta
tanto es imposible ignorarlo…

M: Yo ya sabes que eso no lo entiendo y la verdad me siento algo estúpida. –


sonreía como timidez.

E: No… -se apresuraba a contestar- ¿Por qué? No todo el mundo mira un cuadro y
se para aunque sean dos segundos a querer entenderlo, ni que tras eso haya algo
mas… y eso también es respetable.

M: Aun sigo pensando en el cuadro ese ¿sabes?

E: ¿De verdad? –sonreía- Espero que al final no se convierta en un trauma o algo


por el estilo.

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M: Que va… -negaba mirando su café- Es que cuando encuentro algo que no llego a
comprender me puedo pasar meses con lo mismo, soy un poco rara.

E: No eres rara, me gustan las personas que no se dejan vencer por algo que no
comprenden.

M: Te gustan.

E: Sí, hacen falta más personas así en el mundo.

Cuando salían de nuevo del restaurante caminaban sin darse siquiera cuenta de
donde se dirigían. Maca la escuchaba quejarse de cuanto no podía hacer y esta no
podía más que sonreír al verla con aquella frustración.

M: ¿Quieres que te lleve a casa?

E: No hace falta, voy dando un paseo…

M: Queda un poco lejos y de verdad que no me importa, recuerda que soy tu


chofer particular. –sonreía deteniéndose- ¿Qué me dices?

Despacio recorrían el centro hasta la casa de la pintora. Maca se dedicaba a


conducir mientras la música dentro del coche hacia que no existiese el silencio.
Había recogido el techo antes de ponerse en marcha y ambas agradecían aquella
brisa mientras el sol hacia el resto del trabajo.

Deteniéndose frente al portal colocaba el freno de mano y se giraba hacia ella


quitándose las gafas.

M: Pues aquí estamos otra vez.

E: Gracias por traerme… otra vez. –recalcaba- A ver si la próxima vez hago yo algo
por ti.

M: No te preocupes, lo hago encantada. –sonreía- Pero a ver si de verdad me


llamas.

E: Te lo prometo.

M: Vale… -la veía bajar.

E: Que tengas buena tarde.

M: Tú también… y no te aburras mucho. –la veía sonreír mientras se colocaba las


gafas y sin borrar su sonrisa miraba hacia la carretera para pisar el acelerador.

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Mientras seguía con la mirada aquel coche se mantuvo unos segundos en aquella
acera hasta que finalmente se giraba con las llaves en la mano.

J: Ana te llamó hace una media hora, que no le cogías el móvil.

M: Ni me he dado cuenta… -sacaba el teléfono de su chaqueta- Ahora la llamo…


por cierto, mañana te mandarán un informe, me tuve que ir sin acabar la reunión
de esta mañana.

J: En cuanto me lo den lo dejo en tu mesa.

M: Gracias.

Marcando el número de Ana en su móvil entraba en su despacho para sentarse


mientras se quitaba la chaqueta y abría la ventana.

A: ¿Tú qué pasa, que eres incapaz de cogerme el teléfono o qué?

M: Mujer no te pongas así, es que estaba comiendo y no me he dado cuenta…

A: ¿Dónde has comido? Porque en tu casa no.

M: Por ahí… -sonreía encendiendo el ordenador.

A: ¿Cómo por ahí? ¿Con quién?

M: ¿Qué querías, Ana? Que nos vamos a otro tema y por algo me llamarías ¿no? –
sonreía- Pero espera que me pongo el auricular que estoy aquí con el móvil que no
puedo moverme.

Dejando el móvil sobre la mesa sacaba el auricular de un de los cajones y tras


activarlo se lo colocaba en la oreja.

M: ¿Me oyes?

A: Sí James, sí… -suspiraba.

M: Bueno, ¿Qué querías que me has llamado?

A: Tengo dos entradas para el estreno de no sé qué película la semana que viene,
yo no puedo ir y como tú eres experta en encontrar gente que quiera salir contigo
pues te las doy y tú ya te las apañas ¿Vale?

M: Vale, pues me vienen bien así que te debo un favor… -sonreía levantándose
hasta uno de los muebles.

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A: ¿Te viene bien para qué?

M: Pues para cosas, Ana… -miraba uno de los archivadores- ¿Desde cuándo te gusta
saber de ese aspecto de mi vida?

A: Pues la verdad es que me da igual.

M: Pues ya está… y ahora te dejo que tengo mucho trabajo y no me apetece


quedarme hasta las tantas. ¿Tomamos café mañana?

A: Vale, voy a tu casa después de comer.

M: Hasta mañana. –quitándose el auricular volvía hasta su mesa.

Sentada en la terraza había colocado frente a ella su viejo caballete y un lienzo en


un blanco que le hacía pensar casi tan rápido como el aire que corría a esas horas
de la tarde.

Tomando el pincel entre sus dedos bajó la mirada hasta la bandeja con los colores
que habían decidido y comenzó a untarlo despacio. Mirando de nuevo aquella tela
blanca dio la primera trazada mientras ladeaba su rostro y una tras otras llegaban
las demás sin tan siquiera pensar.

Mi: Estoy aquí. –dejaba todo en el recibidor y llegaba hasta el salón- Tú acabas
conmigo… -alzaba la voz viendo como se giraba entonces- ¿Qué te dije?

E: Estoy aquí y no pasa nada… así que no te pongas así. Además… -se levantaba con
un trapo en las manos- Ya he terminado.

Despacio, Miriam había comenzado a caminar hasta la terraza deteniéndose a un


par de metros mientras se cruzaba de brazos y se quedaba en silencio mirando
aquella pintura. Esther la miraba con una pequeña sonrisa mientras limpiaba sus
manos con el trapo y bajaba.

Mi: ¿Y esto?

E: ¿Te gusta? –volvía a mirarla.

Mi: Si es igual que el otro… -se giraba extrañada- Aunque hayas cambiado un color.

E: Ya, pero este no es para exponerlo. Será un regalo.

Mi: ¿Un regalo para quién?

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E: Para mi alumna en arte. –sonreía girarse- Hoy la he vuelto a ver y me ha invitado
a comer y luego me trajo a casa.

Mi: ¿Has vuelto a salir? –le preguntaba sorprendida- Joder, Esther, a ver si voy a
tener que ponerte una niñera a estas alturas.

E: No voy a tirarme los más de tres meses que me quedan aquí encerrada, no soy
una irresponsable, llevaré cuidado.

Mi: Esther… no soy yo la que está embarazada, no lo hago para molestarte, solo me
preocupo por ti.

E: Lo sé. –sonreí- Voy a darme una ducha.

En el centro de la exposición, Esther daba indicaciones mientras los trabajadores


iban guardando cada cuadro con las cajas. Miriam hablaba por teléfono en la
puerta mientras terminaba de ultimar los detalles con la agencia de transportes.

E: Espere un segundo. –caminaba hacia él- Con cuidado.

Mi: Pues ya está… llegarán esta noche.

E: Habrá alguien allí supongo. –se giraba hacia ella- No me gustaría que estuvieran
toda la noche en un camión.

Mi: Me han dicho que se ocuparán de eso y de que los saquen en cuanto lleguen.

E: Bien… -suspiraba mirando todo a su alrededor.

Mi: ¿Te apetece que vayamos a tomar algo por ahí mientras terminan aquí? Todavía
les queda un rato.

E: Sí, porque me están poniendo de los nervios. –iba hacia su bolso.

En una cafetería cercana repasaban el catalogo que Miriam había preparado para la
siguiente exposición. Esther lo miraba con detenimiento mientras le explicaba
como iría montada.

E: Este no debería estar ahí… parece que hay mucha luz.

Mi: Vale… -apuntaba en una esquina- ¿Estos los ves bien, no?

E: Sí… pero me gustaría que dejasen más espacio entre estos. –señalaba- Están muy
juntos.

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Mi: Vale, pues entonces ya está.

E: ¿Has hablado con mamá?

Mi: Sí, esta mañana y me ha dicho que hagas el favor de llamar esta tarde que si no
lo hace ella parece que no tengas madre.

E: Si es que siempre que llamo está la pesada esa y empieza a ponerme nerviosa de
una manera… -suspiraba.

Mi: Esa misma pesada me ha estado diciendo durante más de diez minutos la
locura tuya no echarte un marido.

E: ¿Ves?

Mi: Jajajaj son mujeres de antes, Esther… es normal que vean raras cosas como
esta.

E: Ya, bueno… -suspiraba apoyando la mejilla sobre su mano.

Mi: Oye… y cuéntame algo de esa nueva amiga que te has echado. Que no sé nada
de ella…

E: Pues solo sé que es directora de una empresa que compra otras en mala
situación para invertir en ellas y volverlas a vender, que no entiende la pintura, que
siempre la he visto vestida de traje de los pies a la cabeza y me resulta bastante
simpática…

Mi: Me la tendrás que presentar…

E: Tengo que llamarla, a ver si mañana que ya estaré tranquila lo hago y la invito a
tomar café en casa o algo… que ya ha hecho de taxi dos veces la pobre.

Ya había anochecido cuando volviéndose a poner la chaqueta salía por la puerta del
despacho e iba rumbo a su coche. De camino a casa pasó por el restaurante donde
solía encargar comida y estacionó casi sin pensarlo.

Mientras esperaba la comida se pidió una copa de vino y encendía su agenda


electrónica para mirar lo que la llenaba para el día siguiente.

-Aquí tiene, señorita.

M: Muchas gracias… -sonreía- Hasta luego.

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De nuevo en el coche ponía rumbo fijo hasta su casa. Parada en un semáforo
apoyaba el mentón sobre su mano mientras miraba hacia su izquierda, frente a ella
una tienda de cuadros le hacía pensar nuevamente en Esther y sonreír. Tras ver el
semáforo en verde pisaba el acelerador, llegando minutos después hasta el garaje.

Tras ducharse y cambiarse regresaba a la cocina para preparar la cena que había
encargado. Con la bandeja llegaba hasta el salón para dejarla sobre la mesa y en el
mismo suelo, comenzar a comer mientras ojeaba varios documentos.

M: Ya está bien por hoy… -recogía todo una vez había terminado- Mañana mas.

Ya en el dormitorio entró al baño para asearse y volver a salir e ir directamente a la


cama. Cuando apartaba la colcha su móvil sonó avisándole de que tenía un
mensaje. Esperó a estar sentada en la cama para cogerlo de la mesilla y leer.

Me tienes abandonadita eh… cuando nos veamos te pienso cobrar los retrasos.
Llámame un día de estos, anda. Un beso, preciosa.

M: Ya veremos si te llamo o no… -suspiró sonriendo mientras lo volvía a dejar y se


recostaba para quedarse mirando al techo.

En medio de una reunión a la que incluso había acudido su padre, se encontraba


frente a la ventana de brazos cruzados mientras escuchaba la conservación tras
ella. Llevaban más de dos horas en aquella casi discusión mientras Sandoval hacia
lo posible e imposible porque ella y su padre aceptasen lo que él les proponía.

P: Macarena, tú qué dices… -se giraba en el mismo asiento para mirarla y


descubrirla de espaldas.

M: Yo es que no pienso cambiar de opinión. –se volvía hacia ellos- Lo dije hace una
hora y no ha cambiado. Es demasiado arriesgado y no hay ninguna seguridad de
que vaya a salir bien, nada… -metía ambas manos en los bolsillos de su pantalón- Y
yo, aunque sea la mas mínima, si no veo una seguridad de que pueda salir, no lo
hago.

P: Pues entonces creo que lo que yo diga da igual. –miraba a Sandoval.

S: Pedro, venga, no seamos así…

M: Ángel, te lo dije en su día… no sé por qué has tenido que montar todo esto
cuando ya te dije que no. Yo no veo eso que tú dices seguro, y no pienso arriesgar
tanto dinero. Y lo único que has conseguido con todo esto es demostrarme que
aquí solo tienes el respeto y aceptas la palabra a mi padre, cosa que de aquí en
adelante tendré en cuenta.

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Manteniéndose erguida le miraba fijamente dejándole ver su enfado y malestar por
aquella situación. Segundos después comenzaba a recoger sus cosas en un claro
estado de enfado para marcharse dando un portazo.

M: Me está tocando mucho las narices ya.

P: Ya sabes cómo es… -comenzaba a levantarse- Es demasiado ambicioso.

M: ¿Qué haces hoy?

P: Pues tengo que ir a ver al abogado por una cosa de las tierras de Jerez y ya no
sé… -el móvil de su hija comenzaba a sonar- Cógelo, venga.

M: Un segundo… -suspiraba yendo hacia la mesa para cogerlo y comprobar que no


conocía el número- ¿Si?

-¿Maca?

M: Eh… ¿Quién pregunta?

-Soy Esther, espero no haberte pillado en mal momento.

M: Esther… -se incorporaba mirando a su padre- Espera un segundo… -tapaba el


auricular- Te llamo mañana para lo de comer el domingo ¿Vale?

P: Tranquila… -se acercaba para darle un beso.

M: Hasta luego. –se quedaba mirándole marchar hasta que este cerraba la puerta y
volvía entonces a colocarse el teléfono- Ya, perdona.

E: ¿Te llamo en mal momento?

M: No, no… -se apresuraba en contestar- Estaba con mi padre, tranquila.

E: Es que quería llamarte hoy y me acabo de acordar, si lo dejo igual se me olvidaba


y…

M: No te preocupes, además me alegro de que lo hayas hecho, llevaba ya un rato


que me apetecía dejar de pensar en trabajo… -llegaba hasta su sillón y se dejaba
prácticamente caer.

E: Bueno, a lo que iba… ¿te apetece venir a mi casa a tomar café?

M: ¿A tu casa?

E: Sí, claro ¿sabes dónde vivo, no? –preguntó sonriendo.

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M: Sí que lo sé, sí… -sonreía también.

E: Entonces ¿Qué me dices?

M: ¿A qué hora tengo que estar allí?

Nada mas colgar se puso de nuevo con el trabajo, aunque de primeras tuvo que
centrarse en intentar borrar la sonrisa bobalicona que se había instalado en sus
labios. En medio de una montaña de papeleo pensó en Ana, un segundo después
buscaba el móvil mientras apretaba los dientes imaginándose lo que vendría.

A: Dime, cosa guapa.

M: Me vas a matar pero hoy no puedo tomar café contigo.

A: ¿Cómo qué no? si quedamos ayer, Maca…

M: Lo siento ¿Vale? Pero es que no puedo… de verdad que lo siento, mañana te


recompenso.

A: ¿Y por qué no puedes, a ver?

M: Pues porque… -movía los ojos nerviosa- He quedado con mi padre. –contestó
con rapidez- Ha estado aquí esta mañana y tenemos que mirar unas cosas.

A: Tu padre…

M: Sí, sí… hemos estado con el pesado de Ángel Sandoval hace un rato y ya pues
me ha dicho que le acompañase a hacer una cosa.

A: Ya… pues nada, ya me dices mañana si puedes ¿Vale?

M: No te preocupes, te llamo a media mañana.

Mientras colocaba los platos en el lavavajillas escuchaba a su hermana contarle


desde el salón lo que acababa de hablar por teléfono. Suspirando llegaba hasta ella
mientras se secaba las manos con un trapo.

E: ¿De verdad crees que me he enterado de algo?

Mi: ¿Y para que estoy hablando entonces? Haberme dicho que no me escuchabas.

E: Haberte esperado a tenerme aquí. –sonreía ladeando el rostro- He puesto el


café… ¿te vas a quedar?

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Mi: Hasta que venga tu amiga y le vea la cara. –Esther fruncía el ceño
escuchándola- Curiosidad, curiosidad…

E: En fin, voy a ponerme algo más decente que este horrible camisón.

Cuando ya se colocaba un pantalón cómodo sonaba el timbre y era Miriam quien


abría mientras ella se afanaba en terminar de colocarse la camiseta y salir hasta la
puerta. Abriendo veía como el ascensor llegaba hasta la planta y como las otras
veces que se habían visto, la empresaria salía de él con su impoluto traje oscuro y
las gafas de sol en la cabeza.

M: Hola.

E: Hola. –sonreía- Pasa… -haciéndose a un lado le dejaba espacio para cerrar


después y darle dos besos- Vamos que te presente a mi hermana que hasta que no
lo haga no se va tranquila.

Cerrando los ojos por un par de segundos la seguía hasta el salón y cuando
finalmente los abría, allí estaba, la misma que abría los ojos sorprendida al
reconocerla.

Mi: Pero si a ti ya te conozco. –Esther se giraba hacia a Maca.

E: ¿Cómo que la conoces?

M: Sí, bueno… -alzaba la mano señalándola para luego llevarla hasta su frente de
forma nerviosa- Nos conocimos en la exposición.

Mi: Ahora entiendo… -asentía- Por eso la viste mirando el cuadro después.

E: Pero…

Mi: Bueno, yo me voy ya… -iba hacia su bolso- Un placer volver a verte… -sonreía
estrechándole la mano.

M: Igualmente. –apretaba los labios mientras sabiéndose oculta por la posición,


soltaba por fin el aire.

Mi: Esta noche no vengo a cenar así que tampoco me esperes… he quedado con
Ángela para mirar una cosa de su estudio.

E: Vale, no te preocupes.

Mi: Hasta luego, eh… -elevaba justamente la voz haciendo que Maca se girase en
tan solo un segundo.

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M: Hasta luego. –alzaba la mano para bajarla después con rapidez mientras
intentaba sonreír.

Mientras Esther había hecho que se sentase hasta que ella regresase con el café, se
quitó la chaqueta sintiendo como el calor de aquel momento subía hasta su rostro.
Suspiraba y frotaba sus piernas cuando la pintora regresaba con sonriendo por
verla de aquella manera.

E: Bueno, ¿me vas a contar tú cómo os conocisteis?

M: Eh… -sonreía de forma nerviosa.

E: ¿Algo que no deba saber o qué?

M: Pues… -carraspeaba- La verdad es que me da vergüenza contarte esto.

E: ¿Por qué?

M: Por varias cosas la verdad. –la observaba echar el café.

E: Bueno, pero cuéntamelas que ahora estoy intrigada… ¿quieres azúcar?

M: Solo una, gracias. –cogía su taza- Bueno, una de las cosas es que le dije algo que
bueno… realmente no sabía quién era e hice un poco el ridículo.

E: ¿Qué le dijiste?

M: Qué si era amiga de los que hacían la exposición o una arrastrada por alguien
como era yo. –bajaba la mirada avergonzada.

E: Jajaja ¿en serio? Me hubiera gustado ver su cara.

M: Pues a mi después de verla en el escenario ese hablando, te aseguro que no.

E: ¿Y lo otro? –sonreía.

M: Lo otro… -suspiraba frotándose las manos- Digamos que el que yo saliese a decir
esa gilipollez no fue por casualidad.

E: No te entiendo… -entrecerraba la mirada sin borrar la sonrisa.

M: Que salí con la clara intención de tontear con tu hermana. –pegando la espalda
al sofá apoyaba el brazo sobre el mismo para llevarse después la mano hacia su
rostro.

E: ¿Ligaste con mi hermana?

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M: Eso pretendía, sí. –asentía sin mirarla.

Mientras no podía mirarla sentía el rubor apoderarse de sus mejillas. No la


escuchaba decir una palabra y empezaba a ponerse aun más nerviosa. Sin apartar
la mano de sus ojos separó dos de sus dedos para mirarla de aquella forma, viendo
como entonces comenzaba a reír enérgicamente.

M: ¿Te ríes?

E: Dios, como me hubiera gustado verlo, en serio… -volvía a beber de su taza- Lo


que no sé es como no te mandó a alguna parte lejana.

M: ¿Y eso?

E: No soporta que ligoteen con ella, es la típica solterona que quiere morirse así.

M: Pues no lo parece.

E: ¿Entonces te parece guapa? –sonreía poniéndola en un aprieto- Digo… como


quisiste ligártela.

M: Mira cambiemos de tema porque yo no he venido a ponerme tan roja como


debo estar. –se llevaba las manos al rostro.

E: Jajaja.

Pasado un rato retomaban una conversación bien distinta de aquella inicial. Maca
le contaba lo sucedido aquella misma mañana, poniéndola en antecedentes con el
hombre que lograba sacarla de quicio con tan solo su presencia. Esther la miraba
sonriendo al ver cómo sin poder no gesticular lograba entender el carisma de aquel
hombre.

M: ¿Tú sabes lo que es un grano en el culo? Pues este es su padre.

E: Veo que no está en tu lista de navidad. –sonreía.

M: Bueno, ¿y tú que has hecho hoy?

E: Pues básicamente nada, levantarme, sentarme en el sofá, ver la tele, hacer la


comida, volver a sentarme en el sofá.

M: Mmm… -asentía lentamente- Que divertido.

E: No lo sabes tú bien. Pero oye… que yo tengo algo aquí para ti. –se levantaba con
decisión.

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M: ¿Cómo para mí?

E: Espera.

Extrañada se cruzaba de brazos mientras la veía marcharse. Unos segundos


después volvía a escuchar sus pasos y más tarde entrar con las manos a la espalda
mientras ciertamente no podía esconder lo que ahí llevaba.

M: ¿Y eso qué es? ¿Un coleccionable para retrasados en pintura?

E: Qué tonta… -sonreía negando- Es un regalo, espero que te guste.

Despacio llevaba sus brazos al frente sosteniendo aquello con lo que había llegado.
Maca abrió los ojos impresionada mientras por impulso llevó sus manos hasta él
para cogerlo por los extremos mientras lo miraba.

E: Así lo puedes poner en tu casa para acordarte de tu amiga la pintora y de su


hermana, aquella que no te ligaste.

Moviendo el cuadro Maca conseguía ver su rostro y como aguantaba una risa que a
ella le hizo sonreír y negar para volver a mirar la pintura.

M: Muchas gracias.

E: No me las des…. –se sentaba junto a ella- Si no lo quieres poner no pasa nada,
eh… puedes hacer con él lo que quieras.

M: Claro que lo pondré… y vendrás a mi casa para verlo, así te devuelvo la


invitación.

E: Ah no… las invitaciones no se devuelven, si me quieres invitar vale, pero porque


quieres.

M: Vale, vale... –asentía- Te invitaré porque quiero.

E: Entonces sí… ¿eso que suena es tu móvil? –se quedaba en silencio.

M: Pues sí… -buscaba en su chaqueta- Nunca me entero como esté fuera de la


oficina o de casa… -suspiraba cogiéndolo por fin viendo que era Ana- Dime.

A: ¿Dónde estás?

M: Pues en casa de una amiga. –cerraba los ojos con fuerza.

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A: ¿No ibas con tu padre? ¡No me jodas que me has dejado plantada por una tía,
Maca!

M: ¿Me perdonas un segundo? –se dirigía hacia Esther que asentía extrañada para
después verla caminar hasta la cocina- ¿Quieres no ponerte así?

A: Es que ya te vale, joder.

M: Bueno, mañana quedamos ¿no? Además esto no es lo que piensas…

A: No que va, alguna que te ha llamado y como ya te picaba el culo has ido
corriendo.

M: Ana, vale ya… no es por eso. –hablaba con seriedad- Y si te enfadas allá tú.

A: Pues vale, hasta luego.

M: Adiós. –mirando el móvil regresaba hasta el salón.

E: ¿Todo bien? Parecías discutir con alguien… -la miraba a los ojos mientras se
sentaba a su lado.

M: Nah, es una amiga… se ha enfadado conmigo porque le di plantón. –suspiraba


mientras se volvía a acomodar- Que no le di plantón, solo le dije que hoy no podía
quedar como habíamos acordado.

E: Bueno, si la avisaste…

M: Pues eso digo yo. –sonreía.

Después de casi una hora Maca debía regresar a la oficina por muy a gusto que se
encontrase en aquel lugar. De aquella manera se ponía en pie para caminar hasta la
puerta mientras era seguida por la pintora que abría quedándose a un lado.

M: Bueno, pues la próxima te llamo yo… -caminaba hacia el ascensor.

E: Vale, no trabajes mucho ¿eh?

M: Ojalá. –sonreía mirándola- Hasta luego… y gracias por el cuadro.

E: No hay de qué.

Sentada en el coche miraba aquella pintura mientras no podía dejar de sonreír. La


dejó en el asiento de al lado mientras se pellizcaba el labio y en tan solo un
segundo sacaba el móvil marcando su número.

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E: No me digas que te has quedado encerrada en el ascensor.

M: No… -sonreía- ¿Te apetece venir la semana que viene al cine?

E: Hay que ver qué rápida eres para cumplir lo que dices ¿Eh?

Como había quedado con su padre, el domingo se presentaba en la que fuera


también su casa hasta hace unos años. Tras aparcar el coche en la entrada se
encaminaba hacia la puerta para llamar y ser recibida por una de las empleadas.

Nada más entrar en el salón encontró a su madre leyendo tranquilamente en el


sofá.

M: Hola, mamá. –tras besarla se dejaba caer a su lado.

R: No te sientes así, Maca… -le reñía sin mirarla.

M: ¿Papá donde está? –volvía a levantarse para ir hasta el mueble a servirse una
copa.

R: En el despacho con Julián. Ha venido hace un rato para comentarle algo y llevan
más de una hora encerrados.

M: Julián… -dibujaba una mueca contraria a la satisfacción haciendo sonreír a su


madre- Espero que se vaya sin despedirse.

R: No seas así. –cerraba el libro para dejarlo sobre la mesa y coger la copa que su
hija le tendía.

M: ¿Así cómo? Si soy un encanto… -sonrió antes de dar un trago- Por cierto…
-caminaba de nuevo junto a ella- Me encontré el otro día con la Señora Baronesa
del moño relleno. –comenzaba a reír.

R: El día que tu padre te escuche decir eso la vamos a tener.

M: ¿Por qué la llamo Baronesa? –la miraba sonriendo.

R: Bueno… -suspiraba cruzándose de piernas- ¿Qué tal las cosas por la empresa?

M: Bien, quitando al chupa culos de Sandoval, que me tiene ya harta.

R: Algo me contó tu padre, y que se fue de allí echando fuego por las orejas de lo
que le dijiste. –sonreía- Dice que ni el mismo lo hubiera hecho mejor.

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M: Porque él no dice las cosas queriendo joder a los demás, y esa fue mi principal
idea… no me mires así porque el tío es un capullo que no entiende las cosas a la
primera, y llegué al límite de mi paciencia.

P: Hola, hija. –ambas se giraban viéndole entrar acompañado.

M: Hola, papá. –se levantaba para dejarle un beso en la mejilla- Julián… -lo miraba
unos segundos.

P: ¿Qué tomáis?

M: Martini seco… ¿quieres uno? –le veía asentir- ¿Y tú Julián? A menos que te vayas
ya, claro. –se colocaba de espaldas a ellos sin poder ver la sonrisa de su madre.

J: Pues sí, me tengo que ir… -caminaba hacia ella- ¿Qué tal?

M: Aquí, poniéndole un Martini a mi padre. –giraba el rostro sonriendo.

J: Eso ya lo veo.

M: Pues eso. –volvía a mirar al frente.

J: ¿Te apetece salir a tomar una copa esta noche?

La empresaria volvía a elevar su rostro para mirarle mientras su ceja derecha


comenzaba a tomar altura. Suspiró y con un movimiento de su mano le hizo que le
siguiese hasta un par de metros más alejados de sus padres y quedarse frente a él.
Mirándole de nuevo encontraba una sonrisa que le hizo plantearse lo que diría
segundos después.

M: Esta podría ser la que haga diez mil de todas mis negativas, Julián ¿no te cansas?

J: Bueno, tengo la esperanza de que un día me digas que sí. –Maca suspiraba de
nuevo mirando a sus padres y luego se acercaba a su oído.

M: Tendrías alguna posibilidad si te llamases Julia y no llenases tanto el pantalón. –


bajaba la mirada unos segundos hasta su entrepierna para después volver a mirarle
a los ojos- ¿Lo pillas verdad? Pues eso. –se comenzaba a alejar para ir hasta su
padre- Toma.

P: Gracias, hija.

J: Pedro, que me marcho, mañana hablamos.

P: Hasta luego. –se giraba hacia su hija- ¿Qué le has dicho para que tenga esa cara?

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M: ¿Yo? Nada…

Frente a su hermana comía lo que esta había comprado de su restaurante favorito,


haciendo así que aquel día en el que se había levantado con el humor bastante
malo cambiase un poco.

Mi: El jueves abren una galería nueva en el centro. Me mandaron las invitaciones
esta mañana.

E: El jueves no puedo. He quedado con Maca para ir al cine. –bebía de su vaso


mirándola.

Mi: ¿También vais al cine juntas?

E: Me ha invitado y me cae bien… -se encogía de hombros- Además hace tiempo


que no voy al cine, me apetece.

Mi: ¿Te contó cómo nos conocimos?

E: Si te refieres a que si me contó que intentó tontear contigo, sí… me lo contó.

Mi: Y te da igual. –la miraba fijamente.

E: Mujer… estás bien, no es de extrañar que quieran ligar contigo. –sonreía mirando
su plato.

Mi: No me vaciles, Esther.

E: A mí me da igual, Miriam… no me voy a escandalizar porque una mujer que me


cae bien sea lesbiana, es su vida no la mía… y es guapa.

Mi: ¿Cómo qué es guapa?

E: Jajaja.

A varios kilómetros Maca caminaba por el jardín de la casa mientras esperaba a


que su madre regresase con el café para tomarlo allí mismo. Parada escuchó los
ladridos de Tor, el Dogo alemán de sus padres. Se giró descubriendo como corría
hacia ella y sonriendo esperó a que llegase.

M: ¿Qué pasa grandullón? –se acercaba para acariciarlo- Hola… -este volvía a ladrar
mientras giraba su cuerpo y se sentaba mirándola- Que guapo estás, eh… -frotaba
su cabeza.

R: ¿Se puede saber que hace suelto el perro? –llegaba con la bandeja.

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M: No sé, acaba de llegar… -sonreía mirándolo- Como papá te vea verás. –este
ladraba haciéndole reír- Venga, vamos… -lo cogía por el collar para que le siguiese-
Voy a llevarlo a la puerta.

Minutos después regresaba hasta el jardín donde su madre ya había servido el café
y la esperaba sentada bajo la sombra.

M: Se le había soltado la cuerda.

R: No se le ha soltado, la suelta él… -cogía su taza- El otro día tu padre lo encontró


corriendo por ahí y por pelos no arrambla con mis flores.

M: Si es que si lo dejarais suelto un rato no tendría ese ansia de soltarse.

R: Si nos hiciese el mismo caso que a ti a lo mejor, pero como no es el caso, que se
aguante… ¿Qué tal Ana? Hace tiempo que no la veo.

M: Pues anda enfadada conmigo… iba a ir ahora a su casa.

R: ¿Enfadada contigo por qué?

M: Pues porque tiene enfados de colegio. –dejaba la taza sobre la mesa- La semana
pasada quedamos para tomar café un día, pero justo por la mañana me llamó una
chica que conocí y la cual me cae bien y… -sonreía- Bueno, que me cae bien y nos
vemos últimamente, y llamé a Ana para decirle que no podía, el fallo estuvo en que
como sabia que se iba a molestar, le dije que iba con papá, luego me llamó y se me
fue de la cabeza y le dije que estaba con una amiga.

R: Normal que se enfade.

M: Pero es que ella se piensa que la dejé tirada por otra cosa, no porque le dijese lo
de papá.

R: ¿Y no es así?

M: Pues no. No me traigo nada con ella… solo me resulta agradable y me gustaría
conocerla más, ya está.

R: ¿Y no te gusta? –sonreía mínimamente.

M: Que quiera conocerla como amiga no quiere decir que a la vez no me pueda
gustar.

R: O sea que te gusta.

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M: Lo normal mamá seria que te escandalizases por esto, no que me preguntes si
me gusta una mujer. –la miraba apretando los labios mientras segundo a segundo
la veía sonreír mas hasta que finalmente comenzaba a reír- Eso, ahora se ríe… -se
daba en la rodilla para recostarse en su silla después.

R: Tienes treinta y dos años, creo que ya eres mayorcita para decidir lo que te gusta
o lo que no… -daba un sorbo de su café- Pero vamos, que si quieres que sea una
madre maniática y controladora lo intento, eh… -sonreía mirándola- Entonces no os
habláis.

M: No, no me habla ella. Que la he llamado varias veces y pasa de mí. –acomodaba
el mentón en su mano- Luego pasaré por su casa.

R: ¿Y esa chica? ¿La conozco?

M: Pues no sé, igual sí…

Aparcando su coche frente al edificio de su amiga se colocaba las gafas de sol a


modo de diadema y cogía la bolsa del asiento del copiloto. Bajó del vehículo
cerrándolo después con el mando a distancia y se encaminó hasta el portal. Tras
pulsar el timbre esperó unos segundos apoyada en la entrada.

A: ¿Sí?

M: Una mujer abatida por el dolor y la pena, espera en su puerta a ser recibida con
una bolsa de dulces.

Con la mirada fija en la punta de sus botas sonreía esperando a que el sonido de la
puerta la invitase a entrar. Pasado un tiempo que creyó seria más corto, lo
escuchaba por fin mientras con su hombro ejercía la fuerza necesaria para abrir la
puerta.

Saliendo del ascensor podía ver como Ana aguardaba en la puerta mirándola a los
ojos nada más aparecer.

M: ¿Se permite la entrada a esta pobre amiga de la infancia?

A: Nunca te han servido este teatro, no sé por qué sigues con él. –se hacía a un lado
dejándola entrar.

M: Porque sé que en el fondo te gusta. –entraba directa al salón para dejar la bolsa
y retroceder en sus pasos hasta ella nuevamente y abrazarla con decisión- ¿Estás
muy enfadada?

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A: ¿Te importa mucho?

M: Claro que me importa. –seguía abrazándola- Si no he podido dormir en todos


estos días.

A: Vas a vacilar a tu padre. –se separaba haciéndola reír- ¿Cómo es que has venido?
¿Ninguna cita para esta tarde?

M: Venga ya, Ana… -se dejaba caer en el sofá- ¿Me vas a guardar rencor por eso
toda la vida o qué?

A: Es lo que te mereces.

M: Mi madre me ha preguntado por ti. –colocaba ambos brazos sobre sus rodillas.

A: Hablé con ella ayer, hemos quedado para esta semana en ir a tomar café.

M: ¿Cómo que hablaste con ella ayer? Si me dijo que no sabía nada de ti. –
preguntaba extrañada.

A: Pues sí, hablé con ella ayer y le dije que estaba enfadada contigo, por si te
interesa… aunque lo que no le conté fue que me dejaste colgada por otra.

M: Que… -bajaba la mirada mientras pensaba con rapidez- qué tía… me ha tomado
el pelo, ¡se ha quedado conmigo! –abría la boca sorprendida- Qué fuerte.

A: Parece que no la conozcas y que no te haya parido, Maca… tu madre no


pregunta, se hace con la información. –comenzaba a abrir la bolsa para sacar la
bandeja de dulces- Bueno, cuéntame de una buena vez quién es esa que te hace
dejarme plantada.

M: Esther. –dijo como si nada.

A: ¿Cómo que Esther? –se giraba para mirarla- ¿Te has liado con la pintora?

M: ¿Aquí quién ha dicho nada de liarse? Me has preguntado con quien estuve, y
estuve con Esther, pero no me he liado ni me estoy liando con ella.

A: ¿Entonces?

M: ¿Entonces qué?

A: ¿Qué quieres de ella?

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M: ¿Es que acaso no puedo tener amigas sin nada más de por medio o qué? –
hablaba comenzando a enfadarse- Que yo sepa tengo muchas con las que nunca he
tenido nada.

A: Bueno, mujer… -comenzaba a desenvolver la bandeja- Solo preguntaba.

Los primeros días de aquella semana llegaron como la contrariedad de la calma.


Maca salía de una reunión para llegar a otra y terminar en su despacho terminando
informes, resolviendo cuentas y firmando permisos y contratos casi a cada hora.

Varias noches había llegado a casa pasadas las doces teniendo tan solo el tiempo
necesario para ducharse, relajarse en el sofá con una copa de vino y entonces
acostarse hasta el siguiente día.

Así era el jueves por la mañana cuando frente a su armario elegía la ropa antes de
entrar a la ducha.

M: Buenos días, Julia. –cogía el correo de la bandeja.

J: Buenos días. Llamó tu padre hace diez minutos, que su abogado te ha mando por
mail unos documentos de compra que quiere que mires, y Sandra Palacios que la
llames.

M: ¿Sandra? –preguntaba sorprendida- No me gusta que llame aquí, mira que se lo


he dicho veces. –suspiraba- Bueno, voy para dentro.

Frente a su portátil comenzaba a abrir los sobres que había cogido de la mesa de
Julia. Cuando el sonido le indicaba que ya podía acceder a su correo electrónico
cliqueó sobre el que debía leer y esperó unos segundos mientras se mostraba
frente a ella.

M: Lo voy a imprimir y luego lo miro… -abría el cajón para coger la funda de sus
gafas- Joder… -las miraba al tras luz- Están buenas. –se levantaba para ir hasta la
puerta- Julia… ¿me dejas tu trapito ese de las gafas?

J: Sí, claro. –se giraba hacia su bolso- Toma.

M: Es que hace ya no sé el tiempo que no me las ponía y… -volvía a mirarlas bajo la


luz del pasillo- Hoy me duele un poco la cabeza.

J: ¿Quieres que te traiga una pastilla?

M: No te preocupes… -mientras seguía limpiando los cristales el teléfono sonaba y


Julia contestaba desde su mesa.

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J: Un segundo por favor… -retenía la llamada- Es Sandra… -la empresaria la miraba-
¿Le digo que no estás?

M: No, pásamela… que le voy a preguntar a ver por qué narices me llama aquí. –
entraba malhumorada y llegaba hasta su mesa justo cuando su teléfono sonaba- Sí.

S: Ya está bien, no hay manera de hablar contigo.

M: ¿No quedamos hace ya tiempo en que no me gusta que me llamen aquí por
cosas que no son de trabajo?

S: Hola a ti también. –contestaba de igual forma- ¿Se puede saber qué te pasa?

M: Te lo estoy diciendo Sandra, no me gusta que llamen a la oficina si no es por


trabajo.

S: Si me hubieras llamado o por lo menos contestado a mis mensajes no tendría


que haberte buscado ahí.

M: ¿Y qué es tan importante para que hagas lo contrario de lo que te dije?

S: Me voy a San Francisco y no volveré en cinco meses, quería verte antes de


marcharme.

M: ¿Y qué vas a hacer tanto tiempo en San Francisco?

S: Tengo que ir por unos cursos y si todo sale bien serán cinco meses… -dejaba
pasar unos segundos- ¿Quieres que nos veamos o no?

M: ¿Cuándo te vas?

S: El sábado por la tarde.

M: Vale, ¿Te viene bien cenar mañana? Algo tranquilo…

S: ¿En tu casa? –sonreía esperando su respuesta.

M: A las nueve.

S: Hasta mañana. –colgaba triunfante.

Eran las siete y media cuando Julia ya había recogido todo para marcharse y
entraba para comunicárselo. Sorprendida por la hora se dispuso a terminar aquello
que aun tenia a medio para ir a recoger a Esther.

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De pie frente a una de las estanterías y mirando con completa concentración varios
documentos, no podía darse cuenta de cómo la puerta había vuelto a abrirse y
alguien sorprendida por verla de aquella manera, se quedaba con una sonrisa sin
llegar a entrar del todo.

E: Qué concentrada…

Casi asustada se giraba elevando su rostro a la vez. Descubriendo finalmente de


quien se trataba, no pudo más que sonreír y entonces observarla con más
detenimiento. Llevaba un vestido que no dejaba ocultar su cada vez más
prominente barriga mientras sostenía un pequeño bolso con las dos manos a la
altura de su cintura.

M: ¿Qué haces tú aquí? –sonreía.

E: Me aburría y como en la tarjeta ponía la dirección, aquí estoy… he venido dando


un paseo. -comenzaba a caminar mirando aquel despacho para luego frente a ella
volver a mirarla- Te ves toda una jefaza así, eh… -la miraba de arriba abajo.

M: ¿Tú crees?

E: Totalmente… -asentía con seriedad.

M: Pues no soy una jefa pedante, que lo sepas. –se giraba para volver hasta su
mesa- Si me das diez minutos soy toda tuya y me cambio.

E: Claro.

Girándose iba hacia uno de los muebles junto a la pared, sin apreciar como la
empresaria la seguía con la mirada antes de ponerse de nuevo con su trabajo.

Frente a una de las estanterías, Esther miraba algunos libros hasta que llegó a una
fotografía. En ella distinguía a Maca entre varias personas en lo que reconoció
como la entrada de aquel edificio. Tras unos segundos miraba la que había justo al
lado sonriendo.

M: Es de hace dos veranos en Marruecos… -susurraba cerca de ella haciendo que


esta se girase sorprendida.

E: Sales guapa.

M: Gracias. –sonreía- Voy a cambiarme y nos vamos ¿Vale?

E: Vale. –asentía viéndola entrar después en el baño.

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Mientras esperaba decidió sentarse en un sofá que allí mismo había y se quedaba
de nuevo observando todo aquel espacio. Descubriendo un pequeño hilo que salía
de los bajos de su vestido volvía a escuchar la puerta viéndola salir después.

Muy diferente a cómo entró, la veía con unos vaqueros y una camiseta de manga
corta que caía por los lados dejando ver con claridad uno de sus hombros. Sin decir
una palabra iba hasta el perchero para coger una cazadora de la cual no se había
percatado.

E: Qué diferencia.

M: No siempre voy de traje. –sonreía cogiendo su bolso- Es más, nunca me verás


con uno mientras no esté trabajando.

E: No te queda mal, pero me gustas mas así.

M: ¿Te gusto mas así? –la miraba con curiosidad.

E: No me casaría contigo así de vaqueros, pero sí. –la miraba de arriba abajo- Estás
guapa.

Sin más comenzó a caminar hasta la puerta quedándose sin llegar a salir mientras
Maca la seguía mirando sin alejarse del perchero.

E: ¿Vamos o te quedas ahí?

En el coche, Esther le explicaba lo que había leído sobre la película en el periódico.


Nada más llegar a la zona, Maca buscaba un aparcamiento cercano y tras dar con él
salían para recorrer a pie el camino hasta el cine.

Ya dentro de la sala, la pintora comía de sus palomitas mientras Maca leía la


publicidad que le habían dado a la entrada.

M: ¿Te gustan las películas de tiros y coches?

E: Son entretenidas… yo veo de todo.

M: Yo también, mientras no sean de chinos o del oeste, me da igual. –se


acomodaba para mirarla.

E: ¿No te gustan las de vaqueros?

M: Las odio, nunca me han gustado y prefiero dormirme a ver una.

E: ¿Y la Jolie está de la película, te gusta? –Maca sonreía- Es curiosidad, eh…

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M: No me gustan tan llamativas. –se cruzaba de brazos- A ver, no está mal la mujer,
pero las prefiero mas normalitas… tanta exuberancia luego tiene que tener un lado
malo.

E: ¿En qué sentido?

M: Pienso que cuando más perfectas parecen más aburridas son… y no hay que
llamar la atención para ser sexy, y mucho menos para sentirse guapa… hay mujeres
que van por la vida sin llamar la atención y son más guapas que esta, muchísimo
más guapas que esta.

E: ¿Y has tenido muchas novias? –pregunta sonriendo sin dejar de comer sus
palomitas.

M: ¿Y tanta pregunta? –la miraba entrecerrando su mirada.

E: Yo es que soy así… -bajaba la mirada un segundo para volver a mirarla- Cuando
algo llama mi atención o curiosidad no tengo hartura… si quieres pararme los pies,
hazlo con total comodidad, eh.

M: ¿Y tienes curiosidad por cuantas novias he tenido?

E: Es que te veo ligona… -ladeaba el rostro sin dejar de mirarla- Y con lo guapa que
eres tienes que tenerlo fácil.

M: Ya me has dicho guapa tres veces esta tarde, voy a empezar a preocuparme. –
sonreía.

E: ¿Preocuparte por qué?

Justo en ese momento las lucen se apagaban y Maca intentaba adaptarse con total
rapidez a la falta de luz para volver a encontrar sus ojos, unos que seguían puestos
en ella cuando la iluminación de la pantalla le echaba un cable para volver a
encontrarla.

La vio echarse una palomita en la boca con chulería y sonreír para mirar al frente
obligándola pocos segundos después a hacer lo mismo.

Durante la película el sonido de la misma envolvía la sala de manera bastante


fuerte, pero este no era suficiente cuando en alguna que otra ocasión la voz de la
pintora se sobreponía impresionada haciéndola sonreír.

E: ¿Ha dicho lo que creo que ha dicho? –preguntó susurrando junto a su rostro.

M: Me temo que sí… -giraba su rostro viéndola totalmente impactada.


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Sin dejar de mirarla dejaba a un lado la película mientras diferenciaba en su rostro
la ansiedad de las escenas, y aun mas cuando prácticamente se encogía en si
misma cuando a la misma vez un estruendo salía de los altavoces.

E: ¡Qué chula, eh! –la miraba fascinada- Pero eso de las balitas es demasiado…
-negaba- Pero está chula.

M: No ha estado mal. –se paraba en la entrada- ¿Tienes hambre?

E: La verdad es que sí… y yo que como por dos. –se acariciaba la barriga.

M: Venga, te invito a cenar.

Aceptando la invitación caminaba con ella en dirección al coche para minutos


después ponerse en marcha. Creyendo que irían a algún restaurante se sorprendía
finalmente al ver como entraban en el garaje de un edificio bastante moderno, el
que suponía era donde la empresaria vivía.

E: ¿En tu casa?

M: ¿No te importa, no? es tarde y así pues cocino yo. –llegaban hasta el ascensor- Y
ves tu cuadro. –se cruzaba de brazos.

Ya frente a la puerta Maca abría dándole paso y la pintora se quedaba a un lado


esperando que ella entrase primero hacia la casa.

E: Por cierto… -esta se detenía para mirarla- ¿No estarás intentando ligar conmigo,
verdad? –apretaba los labios queriendo no sonreír.

M: ¿Por qué? –se giraba por completo- ¿Tendría alguna posibilidad?

Sonriendo entonces le daba con el bolso en un brazo para que continuase


caminando y llegaban hasta el salón.

E: Muy pija tu casa. –miraba el lugar.

M: ¿Te parece pija?

E: Bueno… cambio pija por moderna. –la miraba de nuevo- Pero no está mal, me
gusta.

M: Vale. –sonreía- El cuadro está ahí. –señalaba una de las paredes del salón.

E: A ver…

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Ambas se detenían frente a la pintura en apenas unos cuantos pasos. La
empresaria se cruzaba de brazos mientras no perdía detalle de su rostro y la
observaba a la vez mirar la pintura y la demás decoración del lugar.

E: Que da bien ahí.

M: Sí. –sonreía- ¿Quieres dar una vuelta para mirar o te vienes a la cocina?

E: Me voy contigo a la cocina y luego ya me la enseñas si eso. –dejaba el bolso- Así


te echo una mano, que algo tendré que hacer.

En la cocina, Maca se disponía a saltear varias verduras mientras Esther a su lado


picaba cebolla para pasarla también por la sartén.

E: Dame un trozo de papel, anda… -la miraba con los ojos completamente llorosos.

M: Ais pobre… -sonreía cogiendo un poco de papel de cocina para girarse hasta ella
y comenzar a secarle el rostro- Deja eso, anda…

E: Uf… -parpadeaba varias veces- No sé cómo no he pensado que me iba a dar por
llorar.

M: Vaya anfitriona, te traigo a casa para hacerte llorar. –sonreía.

E: ¿Dónde está el baño?

M: La tercera puerta a la derecha por el pasillo.

E: Vengo ahora mismo.

Con todo listo pasaron al salón, donde Maca se había puesto a ordenar todo
mientras Esther salía del baño. Durante la cena comentaban la película y demás
gustos cinéfilos por parte de ambas. Poco a poco la conversación iba llegando a que
se conociesen un poco más.

M: ¿Y qué piensas hacer cuando nazca?

E: Voy estar por lo menos un año sin hacer nada… quiero estar ese tiempo al cien
por cien con mi bebé y no perderme nada.

M: ¿Y prefieres niño o niña?

E: Me da igual, mientras nazca sano y bien… yo soy feliz. –sonreía.

M: Es valiente tener un hijo sola…

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E: No creo que sea cuestión de valentía… además que no estoy sola. Está mi
hermana, mi madre y mis amigos, seguro que más de una vez tendré que recordar
que yo soy la madre. –sonreía.

M: Bueno, pues si cuando llegue el momento seguimos viéndonos, puedes contar


conmigo para lo que quieras.

E: Vaya, gracias. –ladeaba el rostro sorprendida.

M: Por cierto… que mi madre te conoce. –sonreía- El domingo comí con mis padres
y acabamos hablando de ti y sabe quién eres. –asentía de manera graciosa.

E: ¿Y eso?

M: Porque le gustan los cuadros y esas cosas. –se encogía de hombros- Me ha


dicho que un día te lleve a comer allí.

E: Tu madre… tu madre te ha dicho que me lleves a comer a su casa.

M: Sí. –asentía con seriedad- Es muy simpática, eh… seguro que os caeríais bien.

E: Pero, Maca… a mí me da corte. –sonreía con timidez- Y si tú vives así no quiero ni


imaginar como lo hacen tus padres, ¿Cómo voy? ¿Qué digo?

M: Pues haces y dices lo mismo que conmigo, ¿o es que tienes varias formas de
ser?

E: No.

M: Pues ya está, otra cosa es que no quieras ir, que por compromiso no tienes que
hacerlo… pero pasaríamos un buen día.

Cuando ya comenzaba a hacerse demasiado tarde decidieron que era hora de que
la pintora regresase a casa. De nuevo frente al portal Maca detenía el coche pero
salía para ir hasta su puerta y ayudarla a salir y llegar, ya que eran varias horas las
que Esther llevaba de pie y empezaba a estar cansada.

M: ¿De verdad qué puedes?

E: Qué sí, no te preocupes. –sonreía frente al portal- Y vete ya que es muy tarde…

M: Bueno, te llamo la semana que viene… -la miraba con media sonrisa- Y vemos lo
de mi madre. –Esther suspiraba haciéndola sonreír- Vale, no quieres, no pasa nada.

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E: No es eso… -la miraba de nuevo- Llámame y ya veremos. –le daba un beso en la
mejilla- Buenas noches…

M: Buenas noches.

Parada frente a la puerta seguía mirándola hasta llegar al ascensor mientras su


rostro seguía con la misma expresión que había adquirido por la sorpresa de aquel
beso. Bajando la mirada lentamente comenzaba a caminar hasta el coche para
marcharse entonces de allí.

Mi: Vaya… si la fiestera ha vuelto.

E: Es que luego me ha invitado a cenar… -dejaba el bolso sobre la mesa- Nos


pusimos a hablar y se ha hecho tarde… uf… -se sentaba junto a ella- Empiezo a no
aguantar de pie, eh… -sonreía.

Mi: Es que no deberías estar tanto tiempo por ahí.

E: No empecemos Miriam, estoy cansada. –reclinaba la cabeza mientras la mirada-


¿Tú qué tal?

Mi: Bien, la galería no está mal… he hablado con la encargada, está asociada con
otra amiga y hemos estado hablando un rato… igual te interesaría pintar algo para
venderlo allí.

E: Mañana me lo cuentas, yo me voy a la cama. –suspiraba volviendo a caminar.

Mi: Qué descanses…

Después de recoger todo cuanto había en su mesa hasta el lunes que regresase de
nuevo, se dispuso a marcharse con tiempo. En cuanto llegó decidió ducharse para
ponerse ropa cómoda y entrar en la cocina.

Mientras preparaba todo recordó la noche anterior, que diferente había sido querer
cocinar entonces…

Cuando ya casi todo estaba listo el timbre sonaba y trapo en mano fue hasta la
puerta para abrir abajo y esperar a que llegase.

Como siempre desde que la conocía, salía de aquel ascensor como si el suelo que
pisase le diera ovación en silencio, suspiró y entonces miró su rostro, sonriente y
perfectamente maquillado. Se hizo a un lado dándole paso pero sin poder remediar
aun así que Sandra llegase hasta ella dejando un beso en sus labios antes de seguir
hasta el salón.

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S: Ya no saludas como antes. –se quedaba en la puerta parar mirar y girarse
después a mirarla- Y tampoco te molestas en arreglarte.

M: Estoy en mi casa y además cansada, me apetece estar cómoda. –regresaba


hasta la cocina- Siéntate si quieres.

Entrando en el salón dejaba su bolso y servía ambas copas de la botella de vino que
la empresaria había dejado sobre la mesa. Tomando la suya comenzó a caminar por
el salón hasta llegar al centro y ver algo que llamó su atención. Se inclinó para
cogerlo y vio dos entradas de cine junto a un papel publicitario de la misma.

S: ¿Fuiste al cine ayer? –alzó la voz mientras caminaba hacia la cocina.

M: ¿Si ya has visto las entradas para qué preguntas?

S: ¿Y con quién fuiste? –se colocaba a su lado.

M: ¿Tengo que darte explicaciones de con quién voy o dejo de ir? –la miró con
media sonrisa.

S: ¿Me tengo que poner celosa? –dejaba la copa sobre la mesa para rodear su
cintura y poner rumbo hasta su cuello- Porque no me gustaría.

M: Déjate de tonterías, anda. –suspiraba para separarla poco a poco.

Ya en la mesa pasaba a contarle más detenidamente los porqués de su viaje a San


Francisco. Era en ese momento que la empresaria recordaba el día que se
conocieron fuera de España. Había ido por motivos de trabajo al país galo
encontrándose con ella en un cena, esta por supuesto acompañada del que fuera
uno de sus clientes por aquel entonces, descubriendo ya durante aquella noche las
intenciones de la chica.

S: Espero que todo salga bien, cuando regrese tengo una reunión para firmar en
una película.

M: ¿Ah sí?

S: Es de un director mejicano y la película no tiene mucho presupuesto, pero por


algo se empieza ¿no?

M: Me alegro… -sonrió con sinceridad.

Cuando el sol salía Maca comenzaba a despertarse y frotándose el rostro escuchó


un quejido a su lado. Miró hacia ella y suspirando se levantó para colocarse de
nuevo su pijama y caminar hacia la cocina. Bebiendo aquel primer café comenzó a
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terminar de recoger lo que la noche anterior habían dejado en la cocina para ir
después hasta la ducha.

Saliendo de nuevo hasta el dormitorio descubría a Sandra vistiéndose.

M: ¿Te vas ya? –iba hasta el armario sin mirarla.

S: Sí, tengo que hacer algunas cosas todavía y el avión sale a las cinco. –se colocaba
los pendientes- ¿Vendrás al aeropuerto?

M: No puedo, tengo algo que hacer esta tarde. –comenzaba a vestirse.

S: Bueno, pues yo me voy… -despacio se acercaba hasta ella cuando aun no se


había colocado más que unos pantalones vaqueros- Hasta luego.

Despacio había ido hasta sus labios para dejar un beso que Maca apenas contestó
para después verla salir del dormitorio. Un nuevo suspiro salía de su garganta
mientras terminaba de vestirse. Siempre se decía que no quería volver a tener
aquellos encuentros con ella, pero era siempre que la tenía frente a ella que
conseguía lo que quería sin darle tiempo a recordarlo.

En su coche recorría la autovía que llevaba hasta un pueblo a las afueras del centro.
Escuchaba la música mientras sentía el viento mover su pelo en movimientos
incontrolados.

Cuando cruzaba la entrada bajó el volumen y estacionó bajo la marquesina que


había junto a la puerta. Con una sonrisa entraba saludando a la mujer tras el
mostrador y llegaba hasta la habitación que había al final de aquel primer pasillo.

M: ¿Se puede? –tocaba un par de veces en la puerta.

-Mire señora María, ha venido su nieta…

Aquellas palabras fueron las que le hicieron por fin ver su rostro. La mujer se giraba
lentamente ya con una sonrisa en sus labios para querer levantarse mientras era
ayudada por la enfermera.

Ma: Mi nieta… -emocionada se abrazaba a su cuello mientras Maca sonriendo la


rodeaba con sus brazos.

-Te dejo con ella.

M: Gracias, Clara. –separándose lentamente besaba su frente- Hola, abuela… ven,


vamos a la silla otra vez que no quiero que te caigas.

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Ma: Sácame al jardín.

Como le había pedido empujaba la silla de ruedas hasta la entrada para rodear
aquel edificio y llegar a la parte trasera, donde algunos como ella, permanecían al
aire libre con sus familiares.

La dejó a un lado de una de las mesas mientras ella colocaba una silla justo delante
para volver a mirarla y peinar un poco su pelo con una de sus manos mientras
sonreía.

M: Estás morenita… ¿te sacan a tomar el sol en bikini? –la mujer reía.

Ma: Por las tarde pintamos fuera.

M: ¿Y qué pintas? –cogía sus manos.

Ma: Pues flores… -se quejaba- ¿Qué iba a pintar yo?

M: Pues yo que sé… también podías hacer una segunda parte de la maja desnuda y
regalármelo. –volvía verla reír.

Ma: Ais… menos mal que has venido. –estrechaba su mano- Necesitaba reírme.

Un rato después llegaba la hora de la comida y sin moverse de su lado la ayudaba a


comer lo que habían preparado para ella. Desde hacía ya casi dos años su abuela
había tenido que pasar a vivir en aquella residencia por sus problemas de salud,
unos que poco a poco iban acentuándose cada vez más. Diferente a aquella
ocasión, había podido vivir en primera persona como al mirarla, su abuela no la
reconocía, como la miraba sintiéndola una extraña, a veces saludándola por fin
antes de marcharse, otras como ahí, sonriendo nada más verla.

M: Me voy a venir y a comer aquí, eh… que rico está esto.

Ma: Eso sí, la comida está buena… -asentía rotunda- La cocinera es buena.

M: Luego le voy a preguntar cómo se hace la salsa esta que igual me animo a
intentarlo. –sonreía limpiándole la boca- ¿Te has quedado con hambre? –negaba-
¿Seguro?

Ma: ¿Y para quién vas a cocinar la salsa?

M: Ya estamos como tu hija… -recogía dejándolo todo sobre la bandeja- Si es que


sois iguales.

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Ma: Me gustaría verte seria Maca… nunca tienes una novia para que yo la conozca.
–su nieta reía- No quiero morirme y saber que no tienes familia.

M: Anda abuela, no te pongas así… -la miraba sonriendo- Tengo una nueva amiga
¿sabes?

Ma: ¿Cómo se llama?

M: Se llama Esther y pinta cuadros como tú.

Ma: ¿Pintora? –Maca asentía- Entonces tendrás que traerla para que yo la
conozca… ¿Es guapa?

M: Mucho, muy guapa.

Ma: ¿Y buena persona?

M: Por lo que la he podido conocer, es igual de guapa que buena persona… y está
embarazada.

Ma: Está casada.

M: No, va a tener a su hijo sola… -su abuela arrugaba la frente- Es que ahora no
hace falta tener marido para eso, abuela… si una mujer quiere tener un hijo y no
tiene novio, pues va al médico, se gasta el dinero y se queda embarazada.

Ma: Pues vaya tontería.

M: Anda… ¿entonces si yo quisiera hacerte bisabuela como lo hago, eh? –se quedó
mirándola con una sonrisa.

Ma: Pues es verdad… tendrás que ir al médico ese.

Después de dejarla durmiendo su siesta le dio un beso en la frente y volvió hasta su


coche. El camino hasta casa de sus padres lo hacía sin prisa mientras se permitía
recordar aquel rato con su abuela mientras no podía no sonreír. Adoraba a su
abuela, tanto o más que cuando era una niña, y aquella cita de los sábados era algo
a lo que nunca faltaba.

M: ¿Hay comida para mí? –entraba en el salón.

P: Claro que sí… ve a la cocina y di que comes aquí… pero ya podías avisar de vez en
cuando y no pillarnos ya así, que siempre haces lo mismo.

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M: La cuestión es quejarse. –salía para ir a avisar de su presencia para volver
después y sentarse junto a su madre mientras colocaban cubiertos para ella- Vengo
de ver a la abuela.

R: ¿Cómo está? Iba a llamar después.

M: Hoy genial, le he dado de comer y hemos charlado un rato en el jardín…

R: Tengo que hablar con su médico, me llamaron antes de ayer para decirme que
apenas duerme y se pone nerviosa por las noches.

M: No me ha dicho nada.

R: ¿Y qué te va a decir? Si es verte y ya se le olvida todo lo demás.

P: No me has dicho nada de lo que te mandé.

M: Ah… -bebía de su copa- Pues no lo he mirado con mucho detenimiento la


verdad, he tenido una semana horrorosa. Pero me lo he llevado a casa y esta noche
lo miro.

R: ¿No vas a salir?

M: Hoy no me apetece, prefiero cenar tranquila y sola. –recalcaba- No he estado


más de una hora en casa en todos estos días.

R: ¿Le dijiste a tu amiga?

M: Sí... –asentía ya masticando- Y le da vergüenza. –sonreía- Tengo que llamarla


para ver qué me dice, supongo que no dirá que no, pero está cortadilla.

R: ¿Y eso por qué?

M: No sé, la verdad es que me extrañó porque es bastante abierta… bueno, luego la


llamo y ya te digo.

Más tarde en la biblioteca tomaban el café mientras Maca y su padre miraban


algunos papeles. Cuando hubieron terminado cogió su móvil para buscar el número
de la pintora.

E: Hola.

M: Hola… espero no molestarte.

E: No, no… estaba viendo la tele, ¿tú qué tal?

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M: Estoy en casa de mis padres… -sonreía mirando a su madre- Y ya pues que me
digas si te apetecería venir a comer el fin de semana que viene.

E: ¿Y me llamas delante de tu madre? Por dios que vergüenza.

M: Jajaja –miraba a su madre- Nada, que le da vergüenza.

R: Dame.

E: ¡Maca, no! –alzaba la voz al escuchar la voz de la que supuso Rosario.

R: ¿Hola?

E: Ho… hola.

R: Soy Rosario, la madre de Maca. –la empresaria sonreía mientras escuchaba a su


madre- ¿Qué es eso de que te da vergüenza?

E: Bueno, es que… -miraba a su hermana que no entendía nada de aquello- Si no es


vergüenza.

R: ¿Entonces te esperamos el sábado que viene para comer?

E: Sí, claro…

R: Vale, pues entonces hasta el sábado, te paso con mi hija.

Cuando le pasaba de nuevo el teléfono esta decidió levantarse para ir hasta la


terraza, una vez fuera y sin borrar su sonrisa volvía a colocarse el móvil.

M: ¿A qué hora te viene bien que te recoja?

E: ¡Ya te vale!

M: Jajaja venga no te pongas así, si ya has visto como es… puedes venir con total
tranquilidad… ¿entonces qué?

En el dormitorio ayudaba a Miriam a terminar de arreglar su equipaje, debía partir


para Vigo en un par de horas para estar presente en la exposición.

Mi: He preguntado por ahí por los Wilson.

E: ¿Que has hecho qué? –se giró sorprendida.

Mi: Curiosidad… y los conoce muchísima gente. Me ha sorprendido… -la miraba


entonces.

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E: Pues no me hace gracia que hayas hecho eso, Miriam… ninguna gracia.

Mi: Bueno mujer, tampoco es para que te enfades. Además todo al que le he
preguntado me ha hablado muy bien de ellos.

E: Vamos a dejar el tema. –cerraba la maleta- ¿Lo llevas todo?

Mi: Ey… -cogía su mano- No te enfades… -sonreía intentando quitarle hierro al


asunto- Lo que sí es que si vas a comer con ellos prepárate… se ve que tienen pasta
para parar barcos.

E: A mí eso me da igual.

Mi: Lo sé, pero yo solo te lo digo… -se echaba el macuto al hombro- Dame un beso
y no te enfurruñes que te pones fea.

E: Llámame cuando llegues.

Mi: Y tú no te pases la vida en la calle aprovechando que no estoy. –la señalaba con
autoridad.

E: Venga, vete.

Pasadas las ocho miraba la televisión con un plato de patatas fritas a su lado. Había
empezado una maratón de películas antiguas de terror y aprovechando que se
encontraba sola era un plan perfecto. Justo cuando se levantaba para coger algo de
beber el timbre sonaba haciendo que extrañada fuese para ver de quien se trataba.

E: ¿Sí?

-¿Ha pedido usted una pizza de peperoni con mucho queso?

E: Creo que se equivoca. –dijo extrañada.

M: Abre, anda… que la traigo caliente. –sonreía para abrir tras unos segundos.

En el ascensor esperaba mirando al suelo mientras no llegaba a su planta. Cuando


se detenía abría la puerta para salir y encontrar a la pintora en la puerta de brazos
cruzados.

M: Salía de la oficina y sin ganas de cocinar, he recordado que ya hoy te quedabas


sola y que quizás tampoco a ti te apetecería cenar sola.

E: Pasa… -sonreía- Pero te dejo entrar porque llevas la pizza.

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M: ¿Ah sí? –se paraba frente a ella.

E: Que no… venga, pasa.

M: ¿Eso estabas cenando? –señalaba las patatas- Sé que la pizza no estará tampoco
en tu dieta, pero… ¿no te han dicho que comas sano o algo así por el embarazado?

E: Sí, pero como Miriam no está pues me he dado el capricho. Siéntate que voy por
algo de beber y a cortar esto… -le quitaba la caja para ir hasta la cocina.

M: ¿Estás viendo pelis de miedo? –preguntaba quitándose la chaqueta.

E: Es una maratón, está la segunda ya. –regresaba con todo en una bandeja- ¿Te
gustan?

M: Claro… -se acomodaba en el sofá tras coger la bandeja y dejarla sobre la mesa.

E: Entonces has venido porque no querías cenar sola… -la miraba sonriendo.

M: Y porque tú tampoco lo hicieras… -ponía un trozo en el plato de la pintora- Te


llamé pero tenias el móvil apagado.

E: ¿No me digas? –se levantaba con rapidez- Dios, mi hermana me mata.

M: Madre mía, como para dejarte sola.

E: Espero que no me haya llamado todavía… -tras encenderlo iba con él de nuevo al
sofá- Cruzaremos los dedos.

M: ¿Y cuántos días estará allí?

E: Hasta el martes que viene… -llegaba un mensaje- Genial, me ha llamado…


-chasqueaba la lengua mientras la llamaba- Ahora verás, me va a caer una gorda…
Sí, se me ha apagado… ya, ya, es que no me di cuenta, y porque ha venido Maca
que me lo ha dicho sino todavía… va a cenar aquí conmigo… dice que hola… -se
giraba hacia la empresaria.

M: Salúdala de mi parte.

E: Que hola también… ¿has llegado bien?... Joder, perdona, es que no me di


cuenta… vale, venga… hasta luego. –colgaba- Pues si que…

M: Se habrá preocupado…

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E: Pero es que me cansa ¿sabes? –la miraba entonces- Que no soy una niña y no
para de tratarme así todo el tiempo.

M: ¿Y por qué no vuelves a tu casa?

E: Porque no quiere que esté sola, y mi madre tampoco…

M: ¿Solo es por lo de vivir sola?

E: Básicamente.

Después de cenar se acomodaban en el sofá para seguir viendo la televisión.


Fueron dos más de aquella maratón de cine las que Maca vio con ella. Pasadas las
doce se levantaba para volver a su casa seguida por Esther hasta la puerta.

M: Sabes que puedes llamarme para lo que sea ¿Vale?

E: No te preocupes, sé apañármelas.

M: Ya lo sé, pero si te encontrases mal o lo que sea, me llamas. –la miraba con
seriedad mientras esta asentía con una sonrisa- Si no nos vemos antes el sábado a
la una estoy aquí.

E: Vale, que descanses.

M: Tú también.

Frente a la mesa de juntas, dejaba la cabeza recostada en su sillón mientras


escuchaba las palabras de sus asesores. Hacía varios minutos que había dejado de
prestar atención, sentía un dolor de cabeza que se apoderaba de ella con fuerza.

M: Vamos a ver… -suspiraba levantándose- ¿Esa empresa tiene liquidez suficiente


para salir por si sola por mucho que le cueste?

-Pero hasta dentro de varios años no resolvería sus deudas y podría de nuevo
trabajar como hasta ahora.

Caminando alrededor de aquella mesa bajaba la mirada hasta sus pies mientras
pensaba con calma. Frente a la ventana metía las manos en los bolsillos de su
pantalón dándoles la espalda.

M: ¿Qué porcentaje han perdido este año?

-Un doce.

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M: ¿Habéis hablado con los accionistas? –se giraba de nuevo- ¿Os han planteado
alguna otra solución?

-Hay un accionista que se haría cargo, pero los demás no están de acuerdo… han
hablado con nosotros en privado y no quieren arriesgarse por ese lado.

M: Vale… -perdía la mirada unos segundos- Preparadme un informe con los gastos
que tienen, hasta la última bolsa de azúcar que usen con el café… Y quiero que os
den los datos que tengan de la contabilidad del último año.

-Está bien… -comenzaban a levantarse- ¿Algo más?

M: No, podéis marcharos.

Mientras seguía mirando a la calle, se liberó de los primeros tres botones de su


camisa para colocar después ambas manos en el marco de aquel gran ventanal.
Bajó la mirada hasta el suelo mientras cerraba los ojos relajándose.

J: Maca… -susurraba no queriendo asustarla.

M: Dime. -se giraba despacio hasta ella.

J: Tienes a tu padre al teléfono… le he dicho que estabas reunida.

M: Dile que ahora le llamo, voy a subir un momento a la azotea que me dé el aire
que me estoy poniendo mala.

J: ¿Quieres algo? –preguntó preocupada.

M: Tranquila… -sonreía tranquilizándola- Solo que me dé el aire.

Con los ojos cerrados y las manos sobre el muro que la separaba de caer, llevaba la
cabeza atrás sintiendo la brisa de aquella tarde llegar hasta ella. Aquel aire también
se colaba por el cuello de su camisa revolviéndola pero haciendo que aquel
malestar comenzase a pasar.

Mirando de nuevo al frente descubrió como el sol comenzaba a esconderse ya en


un color naranja. Apoyó ambos codos sobre el muro y se quedó mirando aquella
ciudad.

E: Pues yo voy a ir como voy normalmente, no me voy a periponer para ir a comer


allí.

Mi: Ya me contarás qué tal… ¿Las noches cómo las pasas?

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E: Anoche me di un buen susto. Empezó a pincharme en un lado, me levanté y a los
pocos minutos se me pasó.

Mi: Llama al médico y que te vea, si llamas ahora igual puede darte para mañana.

E: No es nada, Miriam.

Mi: Llamas tú o llamo yo, así que tú verás.

Antes de salir del parking cogió su móvil tras pensar que no había reparado en él
durante horas. Al descubrir un par de llamadas que ni siquiera le hacían querer
devolver el gesto, pensó en Esther. Llegó hasta su nombre en la agenda del teléfono
y mientras lo miraba pensó durante unos segundos. Sin querer perder más tiempo
pulsó la tecla mientras apoyaba el codo en la puerta esperando así que le
contestase.

E: Voy a empezar a pensar que no puedes vivir sin mí.

M: Hola… -sonreía- ¿Cómo estás?

E: Ahora mismo estaba hablando con mi hermana que me ha literalmente obligado,


a pedir cita mañana con el médico.

M: ¿Y eso? –se irguió en su posición- ¿Estás bien?

E: Un dolorcillo que me dio anoche.

M: ¿A qué hora tienes el médico?

E: A las diez y media, ¿tú también te vas a asegurar de que voy?

M: Hombre, como que te voy a llevar yo… -cogía su agenda para mirar las citas de
aquella mañana.

E: Ni de coña, vamos, me cojo un taxi y tú te fías de mí.

M: Además no tengo nada mañana por la mañana, ahora llamo a mi secretaria para
que sepa que no voy a ir y listo, yo te llevo al médico, porque sola no vas.

E: Será posible… ¿pero qué bicho os ha picado a todos?

A las diez en punto bajaba de su coche para ir hasta el portal, un “ya bajo” le hizo
regresar hasta el vehículo. Mientras esperaba cogió su móvil y lo dejó en silencio no
queriendo que sonase en el momento menos apropiado.

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E: Hola señora te llevo al médico.

M: Hola a ti también. –sonreía mirándola- ¿Cómo has dormido?

E: Bien, si es que es una gilipollez esto de ir al médico. –suspiró mirándola de


nuevo.

M: Vaya genio ¿no?

E: Pues estoy hablando de buenas… -con el codo sobre la puerta sostenía su rostro
sin dejar de mirarla- ¿Y tú has dormido bien?

M: Sí, yo sí… -asentía.

E: Pues vamos… -moviendo el brazo daba la señal haciendo sonreír aun más a la
empresaria.

En la sala de espera, Maca leía una revista mientras la pintora conversaba con la
chica tras el mostrador. Pasando una de las páginas elevó tan solo la mirada
encontrando a Esther y a la chica mirándola con una sonrisa en los labios.
Extrañada se irguió mirando a su alrededor y esperando encontrar algo que no
fuese ella.

M: ¿Qué?

E: Nada, nada… sigue a lo tuyo.

M: Sí, pero ¿me miráis por algo? –dejaba la revista a un lado para mirase la ropa.

E: Me toca ahora… -se sentaba a su lado como si nada- Vas a entrar conmigo ¿no?

M: No me gustaría incomodarte.

E: No me vas a incomodar porque veas la barrigota que tengo, Maca… -negaba con
los ojos en blanco- Además, podemos aprovechar y ver si es niño o niña.

M: ¿En serio? –preguntó sorprendida.

E: Ya he pasado del quinto mes, la otra vez no nos dejó verlo, igual hoy tenemos
suerte. –sonreía.

-Esther, ya puedes pasar… -una enfermera salía hasta la salita.

E: ¡Vamos! –cogiendo la mano de Maca comenzaba a caminar hasta la consulta.

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Casi arrastrándola recorrían el camino hasta la puerta donde la enfermera ya las
esperaba. Cuando ya entraban, la pintora la soltaba para ir a saludar a una mujer
que ya se colocaba los guantes.

-Que bien te sienta, eh… -sonreía mirándola cuando se percataba de la presencia


de Maca.

E: Es Maca, una amiga.

M: Hola. –elevaba la mano saludándola.

-Encantada, soy Carmen… -quitándose un guante le estrechaba la mano- ¿Tu


hermana dónde está?

E: En Vigo con una de las exposiciones… -de espaldas a ellas se colocaba una
camisón para subir entonces a la camilla- Ven aquí, anda… que mi barriga no
muerde.

M: No quiero estorbar.

C: No estorbas, mujer… -sonreía sentándose en su banqueta a un lado de la


camilla- Tú ahí y yo aquí…

E: Maca es pediatra ¿sabes? Aunque no trabaja de eso.

C: ¿Ah sí? –preguntaba mirando ya el monitor.

M: Saqué la carrera pero llevo la empresa de mi padre… -miraba con concentración


la pantalla.

C: Oye, pues esto está bien… lo que notaste es que está cambiando la postura ¿ves?

E: Pues me clavaria hasta la rodilla, porque me dejó…

M: No seas bruta. –sonreía mirándola.

C: ¿Quieres saber qué es? –sonrió girándose hacia ella mirando después a Maca-
Ella me temo que ya lo ha visto…

E: ¿Pero es que tú ves algo ahí?

M: Claro. –sonreía.

C: ¿Lo quieres saber o no? –comenzaba a limpiarle la tripa.

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E: Hombre, pues no me importaría… -miraba a una y a otra- ¿A quién tengo que
amenazar para que me lo diga? –Carmen miraba a Maca que bajaba la mirada
hasta la pintora.

M: Es una niña. –sonreía emocionada.

E: ¿En serio? -miraba hacia su médico.

Parecía que aun no había reaccionado cuando de nuevo salían de la consulta y


llegaban a la calle. Maca se mantenía en silencio creyendo que aquel tiempo era
para ella y sus pensamientos, hasta que la vio detenerse.

E: Voy a tener una niña, Maca.

M: Sí…

E: Jajaja –eufórica se acercaba hasta ella para abrazarla- ¡Una niña!

No podía borrar aquel momento de su mente. Con los pies sobre su mesa apretaba
con ambas manos la pelota anti-estrés que le habían regalado como broma en su
último cumpleaños. Perdía la mirada en las baldosas negras del suelo mientras
podía casi escuchar la voz de Esther, aquella felicidad…

J: Ha llegado esto para… -alzaba la mirada encontrándola de aquella misma forma-


¿Estás bien?

M: ¿Nunca has querido tener hijos? –la miraba sin cambiar su postura.

J: Pues… sí, claro… Eduardo y yo lo hemos hablado alguna vez, esperamos que sea
el momento adecuado.

M: ¿Y cómo sabes que ha llegado ese momento?

J: Maca… -sonreía- ¿A qué viene todo esto?

M: No me hagas caso… -suspiraba bajando los pies para sentarse bien de nuevo-
¿Qué me decías?

J: Que han llegado los informes que pediste de la empresa de transportes.

M: Ah, sí… -extendía el brazo para cogerlo- Gracias.

Desde su posición la veía volver a bajar la mirada para leer por encima aquellos
documentos, segundos después elevaba el rostro para mirarla.

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M: ¿Qué pasa?

J: ¿De verdad que estás bien?

M: Que sí. –asentía- Un momento tonto que he tenido, nada mas…

J: Vale.

En el sofá se mantenía con los ojos cerrados mientras aquella música tranquila
envolvía el salón. Con ambas manos sobre su barriga dejaba leves caricias mientras
una sonrisa no dejaba tomar otra expresión que la que ya tenía varias horas.

E: Vamos a salir adelante ¿eh?... y vas a ser una niña muy guapa y muy sana… y
jugaremos mucho, mucho… tu tita te malcriará y yo le reñiré… pero yo te malcriaré
mas sin que nadie se entere… -comenzaba a susurrar- Será nuestro secreto…

Caminando con decisión por los pasillos de aquella planta se dirigía hasta su
despacho después de haber intentado localizarla. Tras pasar por la mesa de Julia
llegaba hasta la mesa y después de llamar avisando de su llegada, entraba
descubriendo a su amiga al teléfono.

M: Vale ¿me lo mandas ahora?... está bien, gracias. –colgaba- ¿Qué haces aquí?

A: ¿Tienes algún problema con tu móvil? ¿Está roto? –la miraba apoyándose sobre
la mesa- Es por regalarte uno o…

M: Joder… -se giraba hacia su chaqueta- Lo puse en silencio esta mañana y se me


olvidó cambiarlo, perdona.

A: ¿Dónde estás, Maca?

M: Aquí ¿Dónde voy a estar? –se encogía de hombros mirando aun el móvil- Solo
me has llamado tú… bueno, y Sandra.

A: ¿Sandra? ¿Vuelves a verte con la mala pécora esa? –se sentaba frente a ella.

M: Cenamos el viernes.

A: ¿Solo cenasteis? –cogía el abre cartas comenzando a acariciar la punta.

M: Durmió en mi casa si es lo que preguntas… -elevaba la mirada- Deja eso que me


das miedo.

A: ¿Y quién llamó a quién?

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M: Se fue el sábado a San Francisco por cinco meses y quería que nos viésemos.

A: Ahm… la despediste bien, vamos. –Maca elevaba la mirada mostrando una


pequeña sonrisa- Siempre consigue que caigas.

M: La próxima vez no será así.

A: ¿Y eso por qué? –se cruzaba de brazos sobre la mesa- ¿Alguna nueva conquista
que requiera toda tu concentración y atención?

M: ¿Sabes que esta mañana acompañé a Esther al médico y va a tener una niña? –
sonreía mirándola- Tenias que haberla visto… hasta que no hemos salido no ha
podido reaccionar…

A: Espera, espera… ¿Qué fuiste con ella al médico? ¿Qué pintabas tú ahí?

M: Anoche se encontraba mal y no iba a dejarla ir sola… -se recostaba en su sillón-


Lo hubiera hecho con cualquier otra amiga.

A: Maca…

M: ¿Qué? –alzaba la voz levantándose- Está sola, no podía hacer otra cosa.

A: ¿No podías o no querías?

En el salón de su casa terminaba de pasar unos datos en su portátil antes de irse a


dormir. Cuando finalmente tenía todo listo se quedó mirando la pantalla por unos
segundos, apoyando el mentón sobre su mano mientras no cambia aquella
postura. Segundos después bajó la mirada hasta la mesa para mirar su móvil,
cogiéndolo después con la mano que tenia libre para mirar la pantalla, buscar en la
agenda, leer Esther, salir de la agenda y volver a dejar el móvil sin dejar de mirarlo.

E: Yo creo que así voy bien… -se miraba frente al espejo- Hace buen día y tampoco
quiero pasar calor…

Finalmente se había decidido por un vestido en colores alegres y sobre sus


hombros una fina chaqueta de hilo para no ir tan destapada. Guardando todo en su
bolso escuchaba el timbre y sin más cogía las llaves para ir hasta la calle.

E: Hola… -sonreía abriendo la puerta del coche.

M: Hola. –se la quedaba mirando- ¿Cómo va esa vergüenza?

E: Va, va… -asentía de manera exagerada haciéndola sonreír- Bueno, yo me he


tomado una valeriana por si acaso.

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M: Será posible…

E: Tú déjame a mí, que si me pongo nerviosa la hemos liado.

Mientras recorrían el camino hasta la casa, Esther miraba todo con curiosidad,
entraban en una zona alejada del centro de la ciudad y podía empezar a ver casas
bastante grandes y caras. Maca la miraba de reojo sin quitarse las gafas de sol y no
podía evitar sonreír en algún momento en el que el cuerpo de la pintora casi se
giraba por completo para seguir mirando algo que le había llamado la atención.

Girando a la derecha entraba en el camino que daba entrada a la casa de sus


padres y era entonces que Esther se colocaba bien en su asiento mientras detenía
el coche frente a la verja y llamaba al timbre.

-¿Si?

M: Soy Maca.

-Ya le abro, señorita.

Metiendo la marcha en la palanca de cambios comenzaba a girar el volante para


tomar la curva que había tras esa primera puerta. Acelerando poco a poco entraba
en la finca mientras a su lado Esther no perdía detalle.

E: Madre mía… qué casa…

M: No te dejes llevar por las apariencias ¿vale? Ahora cuando les conozcas, todo
esto quedará en dinero invertido. –sonreía.

E: Sí, sí… si yo no digo nada, pero… vaya casa…

Ya frente a la puerta aparcaba el coche y volvía a cubrir el techo mientras Esther


bajaba de él sin apartarse de la puerta.

M: Vamos.

E: Ay madre… -se cogía a su brazo- Tú no me dejes sola, eh… que me da algo.

M: Si te vas a poner mala nos damos la vuelta, Esther. –se paraba para mirarla- Que
solo vamos a comer con mis padres.

E: No, no… ya se me pasa. –suspiraba- Venga.

Justo cuando llegaban uno de los empleados abría la puerta dándoles paso al
interior, era entonces que la pintora saludaba al hombre dándole incluso dos besos

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haciendo sonreír a Maca que la miraba en todo momento para después encontrar
la mirada de él, que parado no sabía qué hacer.

-Pasen a la biblioteca, la señora baja ahora mismo.

E: Gracias.

M: Lo has dejado a cuadros… -le susurraba acercándose a ella.

E: ¿Por qué?

M: Porque dudo mucho que alguien antes le haya dado dos besos al entrar en esta
casa. –sonreía.

Ya dentro de aquel gran salón, Esther miraba todo fascinada mientras Maca iba
hasta el mueble bar para ponerse una copa. Despacio la pintora llegó hasta una
pared con varios cuadros y se quedó mirándolos totalmente absorta a su alrededor.

E: Ahora si me dices que es el original puede que me dé un soponcio.

M: Seguramente lo sea. –daba un trago junto a ella- Ya te digo que mi madre es de


las tuyas, tiene varios cuadros muy caros… -puntualizaba- por la casa.

E: Copiando este cuadro aprobé mi primer curso de pintura. –se giraba para
mirarla.

M: ¿En serio?

E: De verdad… -asentía volviendo a mirar la pintura- Es genial…

En ese momento la puerta volvía a abrirse y ambas se giraban para ver como
Rosario entraba sonriente para acercarse a ellas.

M: Hola, mamá. –le daba un beso en la mejilla- Os presento… Esther, ella es mi


madre, Rosario.

E: Un placer… -se acercaba para saludarla.

R: El placer es mío. –sonreía- ¿Os apetece que esperemos en el jardín? Hay algo
para picar mientras tanto.

M: Claro, vamos… -colocando la mano en la espalda de Esther le invitaba a caminar


primero.

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Ya en el exterior tomaban asiento alrededor de la mesa mientras aun colocaban
bebidas y unos platos de aperitivo. La empresaria hizo porque Esther se sentase
junto a su madre.

R: Me dijo Maca que fue contigo al médico.

E: Sí… -sonreía ampliamente- La verdad es que ya me da vergüenza, siempre acaba


por llevarme a algún sitio.

M: Lo hago encantada.

R: Entonces vas a tener una niña…

E: Sí. –asentía feliz- No tenia predilección por nada, y si hubiera sido un niño, pues
igual… pero parece que al saber qué es… no sé, como si fuera una descarga de
energía, y no puedo dejar de sonreír.

R: Te entiendo, cuando yo tuve a Maca me pasó igual. –miraba a su hija.

M: Pero luego me vistes y ya fue la bomba.

R: ¿Contigo también es así?

E: ¿Así como? –miraba a una y a otra.

M: Será algún sinónimo de payasa o descarada, seguro. –cogía jamón de un plato-


Come algo, que si no esto luego se lo dan al perro.

R: Se lo darás tú, yo no le doy jamón al perro.

La pintora que miraba a una y a otra no pudo hacer otra cosa que comenzar a reír
mientras Maca se dedicaba a masticar con una sonrisa mirándola.

Minutos después comenzaban a hablar sobre arte, tema de conservación que hizo
a Maca recostarse en su asiento para simplemente escuchar.

R: La primera vez que vi algo tuyo fue en una exposición de Versalles de jóvenes
pintores, lo organizaba una fundación que ahora mismo no recuerdo…

E: Sí, creo que si no fue la segunda, sería la tercera vez que formaba parte de algo
así. La asociación recaudaba fondos para personas discapacitadas que formaban
parte en varias escuelas de arte de Europa.

R: ¿Ahora estás presentando en algún sitio, no?

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E: Sí, es mi hermana la que está llevándolo todo… fue a Vigo hace unos días y
parece que todo va bastante bien.

R: La verdad, y te lo digo sinceramente, tienes un gusto magnífico, y siempre hay


algo en el fondo de cada pintura que hace que todo sea distinto cuando lo
encuentras.

E: Algo así pasó con ella… -se giró para mirar a Maca.

M: ¿Eh?

E: Cuando viste el cuadro, que hasta que no te soplé de qué iba lo mirabas como el
que se fija en una farola.

M: Ah… -asentía- Yo es que para eso no valgo… ¿y si vamos a comer? Porque yo me


estoy aburriendo una cosa mala.

R: Siempre igual con esta hija mía. Vamos dentro y a ver si llega tu padre que había
ido a un recado.

En el comedor, Esther y Rosario volvían a retomar la conservación de minutos antes


haciendo que Maca se dedicase de nuevo a intentar escuchar. Como también le
ocurriese entonces, se quedaba mirando el rostro de la pintora, veía como
disfrutaba hablando de su trabajo, pero sobre todo como sonreía y podía
permanecer así durante horas.

Antes de comenzar a comer, Pedro llegaba presentándose con toda la educación


que siempre le había caracterizado.

P: ¿Te han enseñado algo o solo te ha hecho entrar y sentarte directamente?

E: Hemos estado charlando en el jardín.

M: Luego le enseño todo, papá, no te preocupes que verá que casa tan bonita
tienes. –ladeaba el rostro con una sonrisa para suavizar así el gesto de su padre.

P: ¿Para cuándo esperas dar a luz?

E: Pues estoy pasando el quinto mes, si se porta bien y no pasa nada para
septiembre u octubre.

P: Espero que todo vaya bien. –sonreía con sinceridad.

E: Gracias.

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Después de una comida para nada aburrida, donde Esther se había sentido cómoda
en todo momento, salía junto a la empresaria a recorrer el extenso exterior que
rodeaba aquella casa.

E: Tienes unos padres geniales.

M: ¿Ya no te da vergüenza, entonces? –sonreía mirándola.

E: No… -sonreía- Hacia tiempo que no me tiraba tanto tiempo hablando de pintura,
lo echaba de menos.

M: A mí madre la tienes impresionada, que lo sepas… Hacía tiempo que no la veía


hablar con tanto interés con alguien.

E: Es un gusto hablar con ella… ¿y nunca nunca te ha llamado la atención el arte? –


sonreía mirándola.

M: ¿Sabes qué pasa? –se detenía para mirarla- Que desde que comencé a caminar
me han llevado a exposiciones y museos a la fuerza, y creo que con el tiempo hice
que fuese una tortura en vez de pararme a querer comprenderlo.

E: ¿Y no te gustaría?

M: Yo que sé… -sonreía volviendo a caminar.

Tras ver todo aquel terreno volvían al salón donde el café y una infusión para
Esther, las esperaban. En ese rato pasaron a hablar de cosas que también la
empresaria podía tomar parte.

M: Luego tengo que ir a la residencia…

R: Le han cambiado la medicación, su médico dice que anda como ida por las
mañanas, la pillarás bien.

E: ¿Está enferma? –preguntó con delicadeza.

R: Está muy mayor… hace un tiempo tuvimos que dejarla allí para que pudiese
estar atendida las veinticuatro horas…

M: Los sábados voy a verla para estar un rato con ella.

E: Si quieres puedo acompañarte, no hace falta que me dejes y entonces vayas.

M: Vas a conocer a toda mi familia en un día. –sonreía.

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Durante el trayecto a su casa Maca no hablaba, se dedicaba a conducir mientras
Esther la miraba de tanto en cuando preocupada por aquel cambio de actitud.
Cuando ya pasaban por el centro giró su cuerpo lo justo para acomodarse en su
asiento y mirarla con facilidad. Pasados unos segundos la empresaria la miraba de
reojo extrañada de que la mirase tanto.

M: ¿Qué? –miraba a la carretera.

E: ¿Subes un rato? Podemos ver una peli o algo.

M: No quiero molestarte, seguro que estás cansada y deberías echarte un rato.

E: Te lo estoy diciendo en serio…

En silencio entraban en el apartamento. Maca pasaba al salón mientras Esther iba


hasta el dormitorio para cambiarse y salir con ropa cómoda. Un pantalón suelto y
una camiseta que dejaba parte de su barriga visible eran las prendas elegidas.
Entrando al salón encontraba a la empresaria sentada en el sofá.

E: ¿Qué te pasa? –se sentaba junto a ella.

M: Nada, yo estoy bien. –se encogía de hombros mirándola- ¿Por qué?

E: Porque estás triste desde que te dejé con tu abuela para ir al baño.

M: No me pasa nada… -bajaba la mirada.

E: ¿Puedo ser sincera contigo? –preguntaba acomodándose aun mas- Y sin que te
siente mal.

M: Claro.

E: Creo que te preocupas mucho por lo demás y poco por ti…

M: ¿Por qué dices eso?

E: Porque es la impresión que me das… es bueno preocuparse por los demás, y


bonito… pero me da la sensación de que no tienes un hueco para hacer eso por ti
misma… tienes tiempo para todo el mundo, haces lo que sea por adaptar y cambiar
tus cosas y tu tiempo para estar para los demás, ¿pero estás para ti?

M: Yo estoy bien, no tienes que preocuparte por eso.

E: ¿Nunca pides nada, verdad?

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M: ¿Y qué tenía que pedir? –la miraba de nuevo.

E: Ven… -cogía su mano- Échate…

Resistiéndose en un primer momento no podía finalmente contradecirla mientras


casi la obligaba a recostarse para colocar la cabeza sobre sus piernas. Acto seguido
le pidió que cerrase los ojos y comenzó a sentir como pasaba las manos por su
frente, creando presión con sus dedos.

E: Todos necesitamos un poco de atención… y no hay que avergonzarse por pedirlo.

Sin dejar de mirarla pasaba a masajear la zona de sus sienes mientras con los
pulgares aun acariciaba la frente en movimientos circulares.

E: Que yo me haya dado cuenta no quiere decir que todo el mundo vaya a
conseguirlo…

Maca abría los ojos encontrándose con su rostro, sintiendo como comenzaba a
relajarse y las palabras de su abuela llegaban como si las hubiese llevado el viento
para ella.

Ma: La esperabas a ella…

Cuando pudo marcharse sin hacerla sentir mal, montó en su coche para ir hasta
casa. No sabía por qué pero el pecho había comenzado a ejercer demasiada
presión para ella. Se levantó y fue hasta la ducha para después echarse sobre la
cama y cerrar los ojos.

Sentada en el sofá había visto amanecer, había comenzado a escuchar como el


mundo se despertaba en aquella parte de la ciudad y ella seguía con una sensación
de vacío que nunca antes había conocido. Un mensaje de Ana avisaba de su
inminente llegada con un desayuno para dos. Fue el motivo necesario para
levantarse de aquel lugar caliente por las horas allí para ir frente al espejo y
encontrar el punto donde había creído cambiar.

A: Hola… -pasaba con una bolsa- ¿No te he despertado, no?

M: No, que va… tranquila.

A: He pasado por la cafetería esa que te gusta y he comprado también bizcocho.

M: ¿Y este despliegue? –cogiendo la bolsa comenzaba a sacar todo una vez en la


cocina.

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A: Quiero que me presentes a la pintora. –se sentaba mientras Maca se giraba
sorprendida- Llámala y la recoges.

M: ¿Vienes de un after y aun te dura la borrachera?

A: Ja. –abría su bolso- Lo digo en serio…

Literalmente obligada, había ido hasta su móvil para buscar el teléfono de Esther en
la agenda. Mirando por última vez a Ana la llamaba esperando mientras escuchaba
los tonos al otro lado.

E: Hola.

M: Hola… ¿no dormías, no?

E: No, estaba limpiando un poco… ¿y eso que me llamas?

M: Ana se ha empeñado en que te llame para invitarte a desayunar aquí en casa. –


miraba a su amiga.

E: ¿Tu amiga Ana?

M: Sí, hija… la pesada de mi amiga Ana. Si no puedes no pasa nada, eh…

E: ¿Tú quieres que vaya?

M: Si quieres venir… -bajaba la mirada- Paso a por ti cuando me digas.

E: Vale, media hora y me visto.

M: Hasta ahora. –colgaba- Ahora a ver qué le dices, que nos conocemos.

A: Pues no le voy a decir nada, solo quiero conocerla… -se levantaba- Por cierto,
¿saliste anoche? Tienes cara de cansada.

M: No, me quedé aquí en casa. –se giraba dándole la espalda.

Mientras Maca iba a recoger a Esther, Ana se quedaba sola allí esperando. Tras
entrar en el salón y ver como estaba todo un poco revuelto se dispuso a ordenarlo.
De igual forma fue hasta el dormitorio encontrando la cama parcialmente deshecha
y suspirando se acercó a ella para arreglarla. Estirando la colcha se daba por
satisfecha cuando vio algo en una esquina del dormitorio. Se acercó y agachándose
descubrió que se trataba de un sujetador, el cual elevó cogiéndolo de una de los
tirantes mientras lo observaba.

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A: ¿Te has puesto tetas y no me lo has dicho? –fruncía el ceño.

Ya en el ascensor la empresaria perdía la mirada en el suelo mientras Esther la


miraba viendo lo mismo que el día anterior. Cuando salían cogió su brazo haciendo
que se detuviese.

E: ¿Sigues igual?

M: Estoy un poco cansada, nada mas… -la miraba a los ojos- No te preocupes. –
sonreía finalmente mientras le acariciaba la barbilla- Vamos a ver a esta bruja que
quiere conocerte.

A: Por fin llegáis… -sonreía regresando del dormitorio- Hola, soy Ana. –iba directa
hacia la pintora.

E: Esther. –sonreía.

A: Ven, Esther, que ya lo tengo todo listo en el salón. –la cogía por el brazo mientras
comenzaban a caminar.

M: ¿Queréis que me vaya? –preguntaba desde la puerta del salón.

E: No digas tonterías, ven aquí, anda. –alzaba el brazo haciendo que comenzase a
caminar y sentarse a su lado.

M: Si lo digo por ella, que como se proponga acapararte me voy y no os dais


cuenta.

A: Tú no has dormido bien, eh… estás tonta hoy… he preparado café descafeinado…
me ha dicho Maca que es como lo tomas.

E: Sí, gracias.

A: ¿Qué tal ayer con sus padres? ¿Te parecieron majos?

E: Sí, me cayeron muy bien los dos… -daba un trago.

M: ¿La has hecho venir para preguntarle por mis padres? –se cruzaba de piernas
mientras extendía los brazos en el sofá.

A: No, la he hecho venir para ver quién es la que últimamente te tiene así de tonta,
por eso.

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Mientras la empresaria exteriorizada la sorpresa en su rostro por aquellas palabras,
Esther comenzó a reír girándose para mirarla, viendo como poco a poco el rubor en
sus mejillas se iba haciendo más claro.

E: No pasa nada ¿Eh? No te pongas así.

M: Es que solo dice estupideces. –se quejaba- Voy al baño o alguien saldrá por la
ventana.

Tras aquel breve comienzo, Ana empezó una conservación con Esther, haciendo
también porque esta no se sintiese cortada o cohibida por la falta de confianza. Era
más tarde cuando Maca regresaba junto a ellas no pudiendo formar parte de la
conservación como pasase el día anterior con su madre.

E: Si me disculpas un segundo tengo que ir al baño, otra vez. –sonreía.

A: Tranquila… -la observaba marchar- Oye Maca, ¿tú usas una noventa de
sujetador, verdad?

M: ¿Y a qué viene esa pregunta?

A: Pues que he encontrado un sujetador que no es tuyo porque a menos que te


metas calcetines, es demasiado grande para ti. –se cruzaba de brazos mirándola-
¿No me has dicho que anoche no saliste?

M: Sí, sí salí ¿y qué? ¿Te tengo que dar explicaciones de lo que hago o dejo de
hacer?

A: Che… para el carro, no tienes que darme explicaciones pero no entiendo por qué
me tienes que mentir. –alzaba la mano- Como si no supiese ya como acaban tus
salidas.

M: Deja el tema que no quisiera que Esther escuchase nada de esto ¿vale?

A: Sí, no sea que se asuste antes de que le hinques el diente. –recibía una mirada
de enfado.

E: Ya estoy… -llegaba y miraba a una y a otra- ¿Pasa algo?

M: No, tranquila… -se levantaba- ¿Queréis más café?

E: No, gracias. –la seguía con la mirada hasta la cocina.

A: ¿Te puedo preguntar algo, Esther?

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E: Sí, claro. –volvía a su asiento- ¿De verdad que no pasa nada? Se ha ido con mala
cara.

A: Se le pasará… ¿Tú entiendes? –preguntó directamente mientras se acomodaba


para mirarla.

En la cocina, Maca se masajeaba el cuello mientras las imágenes de la noche


anterior llegaban a su cabeza, haciendo que de nuevo aquella sensación de
malestar la invadiese. Apoyó ambas manos sobre el mármol mientras cerraba los
ojos. Así permaneció hasta que sintió una mano recorrer sus espalda
sorprendiéndola.

E: Perdona, no quería asustarte.

M: ¿Pasa algo?

E: Eso quisiera yo saber… -se la quedaba mirando- ¿Qué te pasa? Estás muy rara… y
vale que no te conozco de toda la vida, pero si yo me doy cuenta es que algo debe
pasarte.

A: Chicas yo me voy. –entraba de improviso en la cocina- Me han llamado y no


puedo quedarme.

M: ¿La haces venir para irte ahora? –preguntaba enfadada- Tienes un morro que
manda narices, Ana.

E: No te enfades, Maca, no pasa nada.

A: Déjala que se enfade, a ver si así explota y suelta lo que sea que le pase. –
caminaba hasta Esther- Un placer haberte conocido.

E: Igualmente.

A: Hasta luego. –sin más se marchaba de allí.

M: La próxima vez la mando a la mierda. –comenzaba a caminar hasta el salón-


Siempre hace lo que le da la gana dándole igual los demás.

E: Oye, que no pasa nada ¿Vale? –la cogía del brazo para que la mirase-
Tranquilízate.

M: ¿Te apetece dar un paseo?

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Por aquel mismo barrio había un parque en el que se podía pasear con
tranquilidad. Esther se dedicaba a ir a su lado guardando silencio mientras veía a la
empresaria como si tuviese la mente en otro lugar muy lejano a ese.

E: ¿Si te ofrezco un trato te lo pensarás? No hace falta que me contestes ahora…

M: ¿Qué clase de trato? –se giraba sorprendida.

E: Déjame ser tu amiga, y llegar a esas cosas que te pasan y te doy mi palabra de
que te ayudaré a aprender a preocuparte más por ti y salir de las cosas sin esa cara
de pena arrastrada que tienes. –sonreía cruzándose de brazos.

M: ¿Y qué sacas tú con todo eso?

E: Ayudarte y conocerte mejor… ¿Qué me dices? –le ofrecía su mano haciendo que
esta la mirase durante unos segundos en silencio.

Aquel día, y tras ese paseo no volvieron a verse. Esther insistió en que cogería el
autobús haciendo que por primera vez, Maca se contentase con aquello, no
llevándola ella misma.

Sobre la cama daba vueltas a ese fin de semana, parecía que en vez de solo dos
días había tenido tantos como horas llevaba pensando y sintiéndose extraña de una
manera demasiado intensa. Pensó en la comida con sus padres, en como en tan
solo unos minutos, Esther y su madre habían llegado a una conversación de lo más
natural y cómoda, después la visita a la residencia, las palabras de su abuela y
entonces su seguridad se había escapado sin tan siquiera avisar. Le había hecho
pensar en cuanto tiempo podría aun disfrutar de ella, en como aquella forma de
hablar le había producido un escalofrió tan fuerte que el bello de sus brazos había
sentido lo mismo.

Girándose de nuevo recordaba el día en que conoció a Esther, en cómo había


aparecido de la nada colocándose a su lado, sonriendo, como si supiera que tenía
que estar ahí. Incluso ella había llegado sin casi motivo, si hubiera seguido
trabajando aquella mañana no habría llegado hasta allí, si Esther no hubiese salido
de casa aun sabiendo que no debía, tampoco se habrían encontrado…

M: Deja de pensar en gilipolleces…

Golpeando la almohada se concentró en dejar la mente en blanco, no pensar en


nada, en nadie, dejar todos y cada uno de sus pensamientos lejos de ella, de
aquella cama…

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Frente a Esther removía su café mientras esta no dejaba de mirarla. Comenzaba a
sentirse incómoda y nerviosa y finalmente elevó su rostro encontrándose con sus
ojos.

E: ¿Sabes qué? Que da igual, si no quieres que te ayude no lo haré… es tu vida y yo


la verdad no tengo nada que ver.

M: ¿Qué quieres decir?

E: Pues que no tengo por qué preocuparme por ti. Y lo que veo realmente no me
gusta, prefería a la Maca divertida, esta me aburre. –comenzaba a recoger sus
cosas- Un placer haberte conocido.

M: Esther, espera. –la cogía del brazo- ¿Por qué me dices estás cosas?

E: ¿No es lo que quieres escuchar?

M: ¿Cómo voy a querer escuchar todo esto? Pues claro que no.

E: ¿Entonces por qué no haces por cambiarlo? Es tu sueño, no el mío… -volvía a


sentarse.

M: ¿Qué sueño?

E: Este sueño es tuyo… yo solo estoy aquí porque tú quieres que esté. –la miraba
volver a sentarse- ¿Crees en el destino?

M: Creo en lo que puedo ver…

E: Pero eso no siempre vale, me estás viendo ahora pero no soy real… es algo que
tú has creado.

M: Pero sí existes, no te he inventado… te he visto, te conozco… estás ahí por un


recuerdo.

E: ¿Y si no crees en el destino, qué fue lo que hizo que Ana te arrastrase hasta esa
exposición? ¿O que volvieses al día siguiente y me vieras? Yo no debía estar ahí, y
tú tampoco.

M: Yo…

E: Tú no sabes que hacer por una vez en toda tu vida y estás muerta de miedo. –
sonreía- No controlas la situación y eso te aterra… Tu abuela abrió la puerta de algo
que tú nunca has conocido y no sabes cómo actuar… Te podrías ilusionar conmigo
si es que no lo estás ya y te mantienes segura y fuerte para no dejarme verte de esa

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forma, te preguntas cosas que nunca antes habías pensado… Nunca te has
enamorado.

M: Podría enamorarme de ti.

E: Nadie ha estado a tu lado tanto tiempo para conocerte realmente… Nadie se ha


parado a pensar en lo que tú necesitas, y no sabes cómo reaccionar… hasta ahora
te ha servido ser la chica fuerte, pero sabes que eso se ha acabado…

M: Creo que me estoy enamorando de ti…

E: ¿Crees?

Agitada se incorporaba en la cama sintiendo el sudor recorrer su cuello. Miró a su


alrededor encontrándose sola, sentándose en el borde se llevaba las manos a la
cara recordando todo con demasiada claridad.

M: ¡Joder! –gritaba levantándose.

Llevaba horas sin salir de su despacho. Julia contestaba a todas sus llamadas
excusándola mientras ella se dedicaba a encerrarse en todo aquel trabajo que hacía
que su mente estuviese ocupada.

Tras aquel sueño no había podido volver a cerrar los ojos, aquellas últimas palabras
hacían que incluso se pusiese nerviosa en cualquier instante sin poder ponerle
remedio y entonces debía pararse y respirar hondo para no querer encontrar
respuesta a algo que ella no había preguntado.

J: Maca, hay alguien esperándote.

M: Dile a ese alguien que no puedo atenderle. –hablaba sin mirarla.

J: Es la chica que vino la otra tarde, Esther… -la empresaria elevaba con rapidez su
rostro para mirarla- ¿Le digo que no estás?

M: Eh… -miraba todo sobre su mesa con nerviosismo- Dile… dile que pase. –se
levantaba entrando al baño con rapidez.

En la puerta, Julia se quedaba extrañada por esa actitud en su jefa y se giraba con el
pomo aun en la en la mano y avisaba a Esther para que entrase a esperarla
mientras estaba en el baño.

Ya dentro, la pintora se acomodaba en el sofá junto a la ventana. Apenas un par de


minutos después Maca salía secándose la cara con una toalla mientras la miraba e
intentaba sonreír.
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E: Hola. –se levantaba.

M: Hola… ¿Qué… qué haces aquí?

E: Vengo a proponerte un plan. –unía ambas manos a la altura de su barriga.

M: ¿Y qué plan es ese?

E: ¿Puedes dejar de trabajar por hoy? Es que si aceptas es para venirte conmigo y
ya no volver aquí.

Tras hacer lo que le había pedido, Julia se dispuso a recoger todo para también
marcharse a casa. Al lado de ella había comenzado a caminar cuando esta le había
dicho que el coche no lo necesitarían. Andaba extrañada, curiosa por no saber
siquiera que hacia allí o dónde iban. De camino a ninguna parte, o eso creía ella,
Esther se detuvo para comprar dos bocadillos, los cuales guardó después en la
bolsa que llevaba para continuar caminando. Minutos después llegaban al primer
parque que había en el camino que iban recorriendo y siguiendo sus pasos,
entraba.

E: ¿Qué tal la mañana? –se sentaba en el césped haciendo que la imitase.

M: Con mucho trabajo.

E: ¿Dormiste bien anoche? –se acomodaba con ambas manos sobre el césped.

M: La verdad es que no. –esquivaba su mirada unos segundos- ¿Y tú?

E: Yo siempre duermo, tiene que pasarme algo muy gordo para cambiarme eso.

Instalándose el silencio hacia que la empresaria comenzase a no saber qué hacer,


qué decir o qué mirar. Se quitó la chaqueta sintiendo ya el calor del medio día
mientras Esther no decía una sola palabra. De aquella manera se recostó a su lado
mirando al cielo también sin decir nada.

M: ¿Para qué me has traído aquí?

E: No sé… yo solo te he traído. –la miraba- ¿Qué crees que puedes hacer aquí?

M: Aquí, nada… -giraba su rostro para mirarla- ¿Eso quieres que haga? ¿Nada?

E: ¿Qué quieres hacer?

M: Nunca había conocido a alguien como tú, ¿sabes? –volvía a mirar hacia arriba.

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E: ¿Y cómo soy? –preguntó con curiosidad.

M: Desde que nos conocimos has sido como si el tiempo te diese igual, siempre
eres la misma, constante con lo que dices y haces, me has tratado de igual forma
en todo momento y a veces creo que me conoces más que mucha gente que lleva
conmigo años.

E: ¿Y eso es bueno?

M: Me descolocas en muchos sentidos y nunca me había pasado. –comenzaba a


mirarse las manos.

E: ¿Qué hay de mi trato? –la empresaria volvía a mirarla- Te aseguro que no es


nada del otro mundo, eh… solo hacer que veas y hagas algunas cosas de otra
forma.

M: ¿Qué es, alguna terapia tuya? –sonreía.

E: Algo así.

M: Está bien. –se sentaba de nuevo quedando frente a ella- Acepto el trato. –
ofrecía su mano estrechándola segundos después.

E: Vale… ¿Cuándo fue la última vez que abrazaste a alguien porque lo necesitabas?
O simplemente te apetecía, no un saludo ni nada de eso… un abrazo de verdad.

Mirándola a los ojos no supo que decir. Su memoria trabajaba a una velocidad muy
rápida bloqueando todo lo demás, haciendo que solo fuese capaz de mirarla a ella
y contestar.

M: Nunca he pedido un abrazo.

Sin dejar pasar un segundo tras aquella respuesta, Esther se acercaba a ella
extendiendo sus brazos para rodear su cuerpo y más tarde apoyar la mejilla en su
hombro, haciendo que poco a poco y casi sin darse cuenta, la empresaria hiciese lo
mismo mientras se acomodaba en su cuerpo.

El tiempo pasaba y ella estaba bien, se encontraba a gusto con aquel gesto y en
aquel momento. Era la primera vez desde hacía un par de días que se sentía
tranquila y no pensaba en nada mas que no fuese aquello, le gustaba aquel gesto.

E: A partir de hoy cuando te apetezca hacerlo o lo necesites lo haces ¿vale?


Siempre que quieras, como si te presentas en mi casa a las cuatro de la mañana…
-hablaba sin despegarse de ella- Tú me miras y me dices… Esther, quiero un abrazo.

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M: No puedo hacer eso. –se separaba lentamente.

E: Claro que puedes hacerlo. –la miraba- Te estoy diciendo que lo hagas, yo estoy
encantada y no voy a negarte absolutamente nada. Quieres un abrazo, yo te lo doy,
quieres hablar, hablamos… quieres no dormir porque no te apetece y no quieres
estar sola, no dormimos…

M: Todo eso es molestarte a ti.

E: Has dicho que aceptabas el trato… así que no me vengas con tonterías. –abría la
bolsa- Y ahora nos vamos a comer un bocadillo. –le tendía uno- Luego ya veremos
qué es lo que hacemos.

Nunca se había parado a pensar en algo así, nunca se había parado frente a nadie
sintiendo que necesitaba un instante, un abrazo, tan solo unos segundos en que la
mirasen fijamente para darse cuenta de que algo le pasaba, nunca había esquivado
una mirada con temor a ser descubierta en un estado que no fuera el que estaba
acostumbrada a ofrecer, nunca se había dejado cuidar

Durante los días que transcurrieron a ese se encontró con algo que desconocía,
aquel abrazo había quizás despertado una parte dormida en ella. En varias
ocasiones había salido del despacho para ir a verla con tan solo la intención de
mirarla a los ojos y dejarse abrazar. Habían paseado sin hablar, solo ofreciéndose
una compañía agradable. La pintora se presentaba en ocasiones sin avisar, con una
sonrisa, y aquel día cambiaba.

Después de casi dos semanas, un jueves por la noche, después de horas y horas sin
saber qué hacer, dónde estar, la llamó, minutos después entraba por la puerta de
su casa sin hacer lo único que necesitaba, llorar.

Sin motivo alguno había descubierto la tristeza, la soledad de no tener a nadie que
le dijese que ella era importante, que por ella algo cambiaba en la vida de otras
personas, en definitiva, había despertado de años de sonrisas, palabras, y
momentos que solo tenían un significado o motivo, y ese, no era ella misma… sino
un mundo a su alrededor que realmente no la conocía, que solo se limitaba a
aceptar lo que ella ofrecía.

R: Hace días que no sabemos nada de ti.

M: Llevo un tiempo algo ocupada… -se acomodaba junto a ella- ¿Vosotros qué tal?

R: Bien, tu padre está en Barcelona… llega esta noche.

M: Bien. –bajaba la mirada.

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R: ¿Estás bien? ¿Qué te ha tenido tan ocupada?

M: El trabajo… y… Esther me está ayudando con algo. –la miraba de nuevo unos
segundos- Pero no pasa nada.

R: ¿Con que te está ayudando?

Guardando unos segundos de silencio finalmente se giraba con lentitud para


quedar frente a su madre, quien la miraba extrañada por no saber qué ocurría
realmente. Un instante después la empresaria rodeaba el cuerpo de su madre en
un abrazo que le pillaba por sorpresa y el cual correspondía con preocupación.

R: ¿Hija, estás bien?

M: Hace años que no te daba un abrazo. –cerraba los ojos.

R: La verdad es que no… -frotaba su espalda antes de volver a mirarla- Gracias.

M: No, gracias a ti. –sonreía.

De camino a su casa se sentía bien, sonreía sin pensarlo solo por sentir que aquel
abrazo le había reconfortado de cierta forma. Así, hizo un cambio de dirección
alejándose del camino que recorría.

Mi: ¿Cómo va esa terapia tuya?

E: No es una terapia, Miriam… realmente Maca no ha sido persona durante mucho


tiempo. Solo se dedicaba a pensar y estar por los demás, no hace las cosas porque
las sienta, y eso es muy triste.

Mi: Pobre…

E: Pues sí. –asentía.

Mi: No, si lo digo porque tuvo que dar con Esther Gandhi en la vida. –reía
comenzando a correr hacia la puerta.

E: ¡Idiota!

En ese omento el timbre sonaba y era Miriam por la cercanía, quien iba hacia la
puerta. Nada más abrir se encontraba de frente con Maca.

Mi: Mira, hablando del rey de Roma… -se hacía a un lado dejándole paso.

M: ¿Pasa algo?

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Mi: No, no… la tienes en la cocina. –señalaba con la cabeza.

Apretando los labios caminaba hacia allí, asomando solo la cabeza descubriendo a
la pintora removiendo algo en su taza. Segundos después llegaba Miriam
quedándose a su lado.

Mi: Tú, empanada. –Esther elevaba el rostro- Que la tienes aquí esperando.

E: ¿Y tú qué haces aquí? ¿No estabas con tu madre?

M: Sí, estaba. –entraba despacio para sentarse junto a ella en la mesa- Iba para
casa y cambié de plan.

Mi: Pues yo os dejo solas y voy a echarme una siesta que hoy me la he ganado.
Portaos bien.

Ambas la seguían con la mirada antes de volver a girarse con una sonrisa.

E: ¿Estás bien? –cogía su mano.

M: Sí… después de por lo menos diez años he abrazado a mi madre solo porque he
querido hacerlo. –apoyaba la mejilla en la otra mano.

E: Eso es bueno… -sonreía- ¿Te has sentido bien?

M: La verdad es que sí.

E: Bien. ¿Nos echamos nosotras también una siesta?

M: ¿Nos?

E: Sí, nos… -se levantaba- ¿No te apetece echarte un rato? Porque a mí sí… hoy me
duelen los pies una barbaridad.

Después de recoger la mesa la seguía hasta el dormitorio. Nada más llegar la vio
bajar la persiana y hacer que todo quedase casi en completa oscuridad. La invitó a
sentarse a su lado y de aquella manera se desprendía de sus botas.

Cuando la pintora ya estaba de lado, ella comenzaba a acomodarse, encontrando


como la mano de Esther la buscaba para coger la suya y hacerla quedar pegada a su
espalda.

E: Pon la mano aquí… verás cómo se mueve.

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En aquella postura, la empresaria colocaba la mano sobre su barriga,
extendiéndola, cerrando los ojos y comenzando a sentirse a gusto. Sus dedos
empezaron a moverse dejando una caricia.

M: ¿No te molesta, no?

E: Al contrario… vas a conseguir que me duerma en dos segundos. –sonreía.

M: Vale.

De aquella forma acomodó el codo sobre la almohada para sostener su cabeza


mientras la observaba de perfil y sus dedos seguían acariciándola por encima de su
camiseta. Pasado un tiempo escuchaba su respiración de forma relajada, avisando
de que se había quedado dormida.

Así pasaban los minutos, ella guardando silencio mientras su mano seguía dejando
una caricia sobre su vientre y la observaba dormir. En un momento dado, la pintora
se giró quedando bocarriba y su rostro girado hacia ella en un segundo en el que se
estuvo completamente quieta no queriendo despertarla. Viendo como continuaba
en su sueño, volvió a mover apenas sus dedos mirando entonces con más facilidad
y fijamente su rostro, ladeando el suyo para acercarse apenas unos centímetros,
sorprendiéndose entonces cuando sentía algo bajo la palma de su mano.

Asustada la elevó mientras miraba hacia allí y más tarde sonreía para volver a
colocarla y prestar absoluta atención, encontrando de nuevo un movimiento que le
hacía sentirse impresionada y que su corazón latiese con fuerza.

M: Hola, pequeña… -susurró acercándose a su barriga- Soy yo… -seguía susurrando.

Emocionándose por aquello que estaba viviendo sola, volvió a erguirse para mirar a
Esther, acción que parecía mantenerla completamente ensimismada hasta que
miró sus labios reaccionando casi al instante, quitando su mano de donde la tenía y
levantándose de aquella cama para después casi correr marchándose de allí.

En su coche marcaba un rumbo fijo, necesitaba despejar su cabeza y borrar aquel


pensamiento. Aparcó bruscamente para después salir y prácticamente quemar el
timbre de su casa, encontrando un grito tras el altavoz antes de abrirle para que
pudiese subir. Saliendo del ascensor llegaba a la puerta que ya permanecía abierta
esperándola y pasaba sin dilación.

M: Hola. –sonreía- ¿Qué haces? –hablaba cruzándose de brazos para mirarla.

A: ¿Además de cabrearme? –cerraba para ir al salón- Nada.

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M: ¿Cabrearte por qué? –se sentaba a su lado para mirarla.

A: ¿Me da a mí o vas un poco acelerada? –cogía su mano para colocarla frente a


ella y así mirarla- Estás temblando.

M: Estoy bien. –en un movimiento se soltaba de ella para dejar ambas manos bajo
sus piernas- ¿Qué hacías?

A: Ya te he dicho que nada, Maca. –la miraba fijamente- Dime qué te pasa porque
me estás poniendo nerviosa.

M: Que no me pasa nada. –se inclinó para coger el mando a distancia de la mesa y
comenzar a cambiar canales rápidamente- La tele es una mierda últimamente…

Ana, al verla de aquella manera no podía hacer otra cosa sino observarla en
silencio. Escucharla casi hablar pasa si misma mientras cambiaba el canal
continuamente de forma brusca. Así se dedicaba a esperar algo que no sabía qué
podía ser.

Algo aturdida comenzaba a abrir los ojos mientras suspiraba y empezaba a


despertarse. Miró a su lado encontrando la cama vacía y despacio se levantó para
colocarse las zapatillas y así caminar hasta el salón, donde Miriam comía de una
bolsa de pipas mientras miraba la televisión.

E: ¿Y Maca?

Mi: No sé. –se encogía de hombros- Cuando me levanté no estaba… se iría mientras
estabas dormida.

E: Eso ya lo sé señora detective privado. –ponía los ojos en blanco- Voy a llamarla…
-suspiraba para bostezar después mientras marcaba.

Mi: Lo vuestro empieza a ser raro.

E: Y lo tuyo desde que naciste y nadie te dice nada. –le sacaba la lengua.

En la casa de Ana, Maca se había levantado hasta la estantería de las películas que
tenía cuando su móvil comenzó a sonar. Fue su amiga quien se levantó hasta la
mesa para coger el teléfono.

A: Es Esther. –dijo elevando el rostro y viendo como casi al instante, la empresaria


se acercaba y le arrebataba el aparato- ¿No lo vas a coger?

M: Si eso luego la llamo. –lo silenciaba y lo volvía a dejar sobre la mesa.

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La pintora miraba la pantalla tras haber dejado de insistir y dejándolo en la mesa se
acomodaba junto a su hermana.

Mi: ¿No lo coge?

E: No. –se encogía de hombros- No sé… estará ocupada en algo.

Mi: ¿Te apetece algo de picar? Yo tengo un poco de hambre… -se levantaba para ir
hasta la cocina.

E: ¡Córtame un poquito de jamón! -sonreía mirándola.

En el piso de Ana, esta miraba a su amiga sin entender muy bien a qué había
venido aquello. Como si nada, Maca miraba el televisor moviendo su pierna en
todo momento dejando ver su estado.

A: ¿Me vas a contar qué pasa o lo tengo que adivinar?

M: Nada… -la miraba- No pasa nada.

A: Mi paciencia tiene un tope, Maca… -se frotaba la frente- Así que dime de una vez
qué ocurre. –se cruzaba de brazos mirándola.

La empresaria giró su rostro al notar como la voz de su amiga mostraba que no


pensaba permitir no escuchar la verdad. Suspiró y uniendo ambas manos se quedó
con la vista fija en ellas mientras apretaba los labios buscando el aliento para soltar
aquello.

M: Me estoy volviendo loca. –daba un suspiro- Nunca me había pasado esto, no sé


cómo se lleva….

A: ¿El qué?

M: Me gusta Esther… -susurraba- Me gusta mucho Esther.

A: ¿Esther? –se inclinaba hacia ella sin descruzar sus brazos- ¿Te gusta Esther?

M: Sí, Ana sí… eso he dicho. Me gusta Esther. –se levantaba para caminar por aquel
espacio.

A: ¿Ella lo sabe?

M: ¿Qué coño va a saber, Ana? –se giraba para mirarla- Pues claro que no.

A: ¿Qué vas a hacer?

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M: ¿Qué crees que puedo hacer? –se colocaba en jarras- A parte de joderme, ¿eh?

A: Por lo que he podido averiguar antes de estar embarazada estuvo con un


hombre… -comentaba con tacto- Pero bueno, en esto ya se sabe… -se cruzaba de
piernas- Siempre se puede cambiar de gustos.

M: Déjate de chorradas ¿Quieres? –se giraba de nuevo dándole la espalda-


Bastante mal me siento ya.

A: ¿Y por qué te sientes mal exactamente?

M: Porque se está portando genial conmigo… mejor que nadie antes y… -bajaba la
mirada- Es como si me mereciera un respeto demasiado grande para tan siquiera
pensar que… que me muero por besarla.

A: Entonces ya entiendo por qué estás tan rara últimamente. –suspiraba bajando la
mirada.

M: Sé que lo mejor es no verla tanto, pero… es que no puedo. –volvía a mirarla- No


puedo, Ana. –apretaba los labios mostrando su agobio.

A: Pues hija… algo tendrás que hacer. –la miraba- Lánzate o… no sé, haz por
sacártela de la cabeza. Sal a la calle, haz una de esas salidas tuyas y…

M: No. –la cortaba- No pienso volver a hacer eso. –Ana la miraba extrañada.

A: ¿Puedo preguntar por qué?

M: No quiero volver a ser como antes… paso de estar siempre con lo mismo. Es
hora de que siente la cabeza. –comenzaba a caminar.

A: Sí que te ha dado fuerte, sí.

En casa de Esther, ambas hermanas disfrutaban de aquella merienda mientras


conversaban con tranquilidad sobre el sofá.

E: He pensado en ponerme a pintar, a ver qué sale.

Mi: No está mal… tiempo tienes y te relaja. –daba un sorbo de su vaso- ¿Necesitas
algo o tienes de todo?

E: Tengo que mirar… -en aquel momento su rostro cambiaba al sentir un dolor
punzante en el estomago.

Mi: ¿Qué pasa? –preguntaba rápidamente.

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E: Me duele… -se doblaba en su misma posición- Me duele mucho.

Tan rápido como pudo llamó a una ambulancia y pocos fueron los minutos que esta
tardó en llegar. De camino al hospital cogía la mano de Esther que incluso lloraba
mientras con la otra se sostenía parte de aquella abultada barriga.

Nada más cruzar la puerta de urgencias un par de médicos acudían a la llamada,


llevándola con prisa hasta el interior. Miriam veía como debía entrar sola mientras
ella se encargaba de ofrecer los datos en el mostrador.

M: Bueno, me voy a casa a descansar que me duele bastante la cabeza.

A: Vale… -se levantaba junto a ella- Y no pienses mucho, anda. Descansa.

M: Lo intentaré. –sonrió como pudo antes de dejar un beso en su mejilla y salir


hasta el ascensor.

Montando en su coche se detuvo antes de arrancar para mirar su móvil.


Pellizcándose el labio sopesó la idea de llamarla hasta que casi por si solos, sus
dedos buscaban su número y comenzaba a escuchar la señal al otro lado. Conforme
escuchaba uno tras otro todos los tonos, se extrañaba que no contestase a su
llamada. Mirando de nuevo la pantalla marcó el número de su casa y volvió a
disponerse a escuchar. De igual manera no recibía respuesta.

M: Que raro… -fruncía el ceño justo cuando su móvil sonaba y veía el nombre de
Esther en la pantalla- Oye…

Mi: Soy Miriam, Maca… -contestaba apurada.

M: ¿Pasa algo?

Mi: Estamos en el hospital. Acabamos de llegar, Esther ha empezado a tener


dolores y hemos venido corriendo.

Nada más escuchar aquella noticia arrancó el coche para llegar lo antes posible al
hospital.

Miriam caminaba de un lado a otro sin recibir aun ninguna noticia cuando minutos
después de hablar con ella veía a la empresaria entrar con rapidez.

M: ¿Cómo está? ¿Qué ha pasado?

Mi: No lo sé. –negaba con nerviosismo- No me han dicho nada aun… -se detenía
para mirarla.

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M: ¿Has preguntado?

Mi: Claro, pero nada… la mujer del mostrador no sabe nada tampoco.

M: Mierda.

Sin poder hacer más que esperar, fue hasta una de las sillas para sentarse y llevarse
una mano al rostro mientras perdía la mirada en el suelo. Miriam optó por ir junto
a ella y clavar su vista en la puerta. Varias veces tuvieron que levantarse sin poder
ocultar ninguna de las dos su preocupación hasta que veían entrar a un médico
hacia la sala.

-Familiares de Esther García.

Mi: Sí. –ambas se levantaban hacia la doctora- ¿Cómo está mi hermana?

-Ahora fuera de peligro… -dejaba caer sus brazos rodeando el historial- Hemos
tenido algunos problemas pero ahora está bien. Aunque aun la mantenemos
sedada…

Mi: ¿Está bien el bebé?

-Eso es lo que me preocupa… Aunque es relativamente común, su hermana sufre


una preeclampsia que hace que el oxigeno llegué con dificultad hasta la niña.

M: Joder.

- Puede que si se agrava esta situación tenga problemas cardiovasculares cuando


sea una mujer adulta, contando también que puede tener otros problemas en su
formación completa durante el embarazo.

Mi: ¿Pero pueden hacer algo, no?

-Vamos a tenerla en observación, pero lo básico es una dieta rica en nutrientes,


vitaminas C y E que también podremos administrarle con medicación. Pero tiene
que ser rigurosa ya que también puede anticiparse el parto y seria aun más
peligroso. Y ante todo, reposo y nada de alterarse... tiene que estar todo lo
tranquila que sea posible. –puntualizaba.

Mi: ¿Podemos estar con ella?

-La hemos pasado a planta, en un rato vendrá un celador para que podáis verla y
mañana a primera hora pasaré antes de irme para daros el informe con la
medicación y el alta.

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Mi: Gracias.

Como había dicho la doctora, poco después llegaba un celador para guiarlas hasta
la habitación en planta. Nada más llegar a la puerta las dejaba a solas y era Miriam
la primera en llegar hasta la cama donde Esther ya despierta sonreía de lado al
verla.

Mi: ¿Cómo estás? –susurraba retirándole el flequillo de la cara.

E: Me han chutado algo buenísimo que me tiene súper relajada…

M: Hola. –sonreía acercándose a ella.

E: ¿Qué haces tú aquí? –preguntaba extrañada- Tú no estabas cuando llegué. –


miraba a su hermana- ¿No?

Mi: No. –sonreía al verla- Llamó a tu móvil mientras entrabas y pensé que debía
avisarla.

M: Claro que tenias que hacerlo. –Esther volvía a mirarla- Me has dado un buen
susto, eh.

E: No es para tanto… se ve que la niña anda revoltosa.

Mi: Esther… -cogía su mano- Hemos hablado con el médico, y tienes que cuidarte
¿me oyes?

E: ¿Qué ha dicho? –miraba a ambas.

Mi: Estás desarrollando algo que hace que no le llegue bien el oxigeno a la niña.

E: ¿Le va a pasar algo? –se incorporaba asustada.

Mi: No, no. –negaba con calma- Vas a tener que seguir una dieta que te van a dar y
ayudar con unas vitaminas, pero sobre todo tienes que guardar mucho reposo,
Esther.

M: Tienes que estar tranquila.

E: ¿Pero está bien, verdad? No me mintáis. –volvía a mirarlas.

M: Está bien, de verdad… Pero tienes que hacer caso al médico.

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De aquella forma hicieron porque en la manera de lo posible entendiese la
situación. Esther las miraba sin borrar su preocupación de su rostro mientras
incluso Maca tomaba su mano para que se sintiese tranquila.

Mi: Debería ir a por ropa para mañana, con las prisas hemos venido con lo puesto.

M: No te preocupes, yo me quedo el tiempo que sea necesario.

Mi: Está bien, pues voy y vengo. No tardo. –dejó un beso en la frente de su
hermana antes de marcharse.

Mientras la veía marchar, Maca se acomodaba a su lado sentándose en el borde de


la cama, mirándola en todo momento y sintiendo como aun el susto permanecía en
su cuerpo hasta que cruzándose de nuevo con sus ojos sonreía.

M: ¿Cómo te encuentras?

E: Ahora bien… gracias por haber venido.

M: No me agradezcas eso. –negaba bajando la mirada- Quería hacerlo… no podía


no venir. –cogía de nuevo su mano.

E: Te llamé esta tarde. Te fuiste como un fantasma y sin hacer ruido. –sonreía.

M: Ya… te vi ahí tan dormida que me daba pena despertarte para eso. –se encogía
de hombros.

E: ¿Tú estás bien? –buscaba sus ojos- Te veo tristona.

M: Me asusté. –sonreía de medio lado- Cuando me dijo tu hermana que estabas


aquí, me asusté. –Esther sonreía con cariño.

E: ¿Te echas aquí conmigo? –se movía despacio.

M: No, no, que tienes que estar a gusto y tener cuidado.

E: Bueno, pues estaré más a gusto si te echas aquí conmigo. –golpeaba el colchón-
Venga.

M: Como la niña salga tan cabezota como tú vamos a ir listas. –rezaba mientras
aunque no echada del todo, se acomodaba a su lado- Eres de lo que no hay.

E: Venga… no te enfurruñes tanto, anda. –cogía su mano y apoyaba la cabeza en su


hombro- Esta misma tarde le decía a mi hermana que me apetecía volver a pintar.

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M: Bueno, como no saldrás de casa y tienes muchas horas por delante… Llevando
cuidado puedes matar el tiempo así. –la pintora se incorporaba para mirarla- ¿Qué?

E: ¿Te vas a trasformar en ella? Porque con una hermana mandona ya me sobra, te
lo advierto.

M: Hazte a la idea de que nos vas a escuchar así hasta que nazca tu hija. –le
aguantaba la mirada viendo como fruncía el ceño haciéndola incluso sonreír- No te
pongas así porque conmigo eso no vale.

E: Pues sí que estamos bien. –se acomodaba de nuevo en su cuerpo.

M: En el fondo sé que te gusta que cuiden de ti. –sin borrar su sonrisa extendía su
brazo para rodearla por los hombros.

Cuando debía marcharse de allí lo hacía con Esther nuevamente dormida. La había
estado observando en silencio por varios minutos. Sintiéndose incluso sucia por
aprovechar esa situación y mirarla como otras veces debía intentar no hacer. Así
llegó hasta su casa sin hacer nada más que caminar hasta la habitación para dejarse
caer después sobre la cama.

Mirando al techo se quedó dormida. Sus pensamientos se colaron en aquella fase


de relajación haciendo que comenzasen un primer sueño. Esther pintaba frente a
ella mientras solamente podía dedicarse a sonreír mirándola.

Mi: ¡Te he dicho que no voy a cambiar de idea! –alzaba un poco la voz ya con mal
humor.

E: No pienso consentir que me trates como una niña.

Mi: Esther, tengamos un día tranquilo y no empecemos ya, que no has dejado ni el
hospital.

M: Buenos días. –sonreía entrando con timidez.

Mi: ¡Menos mal! –alzaba los brazos mirando al techo- ¿Puedes ayudarme a que
entienda que no puede estar sola?

M: ¿Qué pasa? –preguntó extrañada mientras las miraba a ambas.

Mi: Pues que le estoy diciendo aquí a mi hermanita que voy a contratar a una
enfermera para que esté con ella en casa. Yo tengo que trabajar y no puedo estar
controlándola siempre.

E: Es que no tienes por qué controlarme. –la miraba cruzándose de brazos.


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Mi: Sí, Esther, sí… ya has oído al médico. Y sé que tú en cuanto te sientas bien
querrás bajar aunque sea a comprar el pan sola, y eso… -la señalaba- no puede ser.

M: Esther… Lo hace por tu bien. –se acercaba con cuidado.

E: Eso es enjaularme y no me hace ningún bien. Llevando cuidado puedo salir cinco
minutos a que me dé el sol aunque sea una vez por semana.

M: Pero no sola.

E: ¡Yo no he dicho que vaya a hacerlo sola!

Mi: Te conozco como si te hubiese parido y estoy segura de que lo harías. –volvía a
contestar.

M: Podría quedarse conmigo. –miraba a Miriam.

Ambas hermanas se giraron sorprendidas por aquella afirmación haciendo que


unos segundos después la empresaria se sintiese avergonzada por haberlo tan
siquiera pensado. Miriam la miraba aun sorprendida cuando Esther comenzaba a
sonreír sin ser vista por Maca que miraba hacia el suelo.

Mi: Eso es una locura.

E: Es lo mejor y más inteligente que he escuchado en toda la mañana. –se cruzaba


de brazos mirando a Maca.

Mi: ¿Pero qué dices? Ella también trabaja y no tiene por qué estar ocupándose de
ti.

M: Bueno… eso de que también trabajo… sí, pero… -miraba a Esther dudando-
Quiero decir que… puedo tomarme los meses que le quedan y trabajar si hace falta
desde casa. No hay problema por eso. –miraba a una y a otra- Mi casa es grande y
podría estar con ella todo el día.

Mi: No termino de entender por qué tienes que hacer tú esto.

M: Bueno, ella me lleva a ayudando desde que la conocí… Y aun así, es mi amiga y
lo haría con mucho gusto. –miraba entonces a Esther.

E: No se hable más. –sentenciaba- Está decidido.

Con la música más alta que la mayoría de las veces, recorría el camino hasta la casa
de sus padres. No sabía cómo se iba a tomar su padre aquella noticia. Si lo pensaba

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fríamente ni ella misma sabía cómo había podido decidir aquello en un abrir y
cerrar de ojos.

Aminorando llegaba hasta la entrada y apagaba el motor un segundo después para


salir y subir en casi una carrera los escalones hasta la puerta principal que ya
permanecía abierta.

M: Hola. –besaba la frente de su madre para después ir hasta su padre y dejarle


otro en la mejilla- ¿Qué tal?

R: Acabo de recibir la invitación de la fiesta de verano de los Iniesta. –Maca fruncía


el ceño mientras se servía un poco de zumo- Ya sé que no piensas ir, solo te lo digo.

M: Bien.

P: ¿Esther como está?

M: Mejor. –daba un primer trago asintiendo- Precisamente de eso venia a hablar


contigo.

P: ¿Pasa algo?

M: Eh… -miraba a su madre un segundo antes de proseguir- En realidad no, solo


que… El médico le ha recomendado reposo absoluto y su hermana no puede estar
todo el tiempo pendiente de ella, así que… la voy a tener en casa.

R: Anda… -se sorprendía.

M: La cosa es que hasta que tenga a la niña voy a apañármelas para trabajar desde
casa.

P: Bueno, puedo echarte una mano. –plegaba el periódico para dejarlo de nuevo
sobre la mesa- Puedo pasarme algunas horas por allí.

M: ¿No te importaría? Así me tomo un tiempo de descanso, hace tiempo que


vengo pensándolo… -bajaba la vista hasta su mano que acariciaba la mesa.

P: No tienes por qué preocuparte. Yo me hago cargo…

Minutos después madre e hija permanecían solas en el salón mientras Pedro había
ido hasta su despacho para arreglar algunas cosas por aquel cambio de última hora.

Rosario miraba a su hija en silencio hasta que esta la descubría y se encogía de


hombros.

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R: ¿Qué es lo que me pierdo?

M: ¿De qué?

R: Te importa mucho esa chica ¿Verdad? –la empresaria aguantaba su mirada


durante unos segundos antes de bajarla de nuevo mientras asentía mínimamente-
No quiero que lo pases mal, hija.

M: No voy a pasarlo mal, mamá.

R: Por qué será que no te creo…

Mientras acomodaba una de las habitaciones escuchó el timbre de la puerta y puso


rumbo hasta allí sin prisa. Nada más abrir una Ana cruzada de brazos la miraba
fijamente.

A: Explícame eso de que vas a meter a Esther en tu casa.

M: Tú misma lo has dicho. –se giraba para regresar al dormitorio.

A: ¿Pero tú estás loca? –cerraba la puerta e iba tras ella- ¿Qué pasa con lo que me
dijiste ayer, Maca? –llegaba hasta el dormitorio- ¿Así es como lo vas a llevar?
¿Viviendo con ella?

M: Necesita que alguien esté pendiente de ella por su embarazo… a mí no me


cuesta nada y llevaba tiempo queriendo tomarme un tiempo de descanso.

A: ¿Pero lo has pensado bien?

M: Ana… -suspiraba moviendo la cama hacia la el otro lado del la habitación- No


me apetece escuchar todo esto.

A: Muy bien, pues haya tú. Luego cuando me vengas llorando porque no puedes
sacártela de la cabeza no pienso decir nada tampoco.

M: ¿Algo más? –se incorporó para mirarla- Tengo que seguir con esto.

Cuando escuchó la puerta se dejó caer sobre el colchón para sentarse. Con ambas
manos se cubrió el rostro mientras sabía que su amiga tenía razón.

El timbre sonaba y cogiendo las llaves se dispuso a bajar hacia la calle. Nada más
llegar vio como Esther salía del coche y Miriam cogía sus cosas del maletero. Sonrió
al verla y fue hasta ella.

M: Hola.

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E: Hola… Tardamos un poco más porque aquí misifús quería que me trajese hasta la
cocina a cuestas.

Mi: No le hagas caso. –cerraba el maletero- Mañana traeré sus cosas para pintar…
ya no cogía mas en el coche.

M: No pasa nada. –cogía uno de los macutos- Vamos, tengo tu habitación lista.

Mi: Con habitación propia y todo… -sonreía mirando a su hermana.

E: ¿Vas a estar así de tonta todo el día? –se detuvo mientras Maca aun ejercía de
apoyo en el camino.

Mi: Venga, venga… camina.

Nada más llegar a la puerta Maca soltaba su brazo e iba hasta la ventana para
abrirla y subir un poco más la persiana. Esther miraba todo con curiosidad mientras
Miriam se acercaba hasta la cama para sentarse en el borde.

Mi: ¿No tenias una más grande? –preguntó con ironía a la empresaria.

M: Así estará más cómoda. –sonreía girándose hacia Esther- ¿Te gusta?

E: Sí, es muy bonita. –sonreía entrando finalmente.

M: El armario lo he limpiado y colocado sabanas y toallas limpias para que tengas a


mano. –lo abría- Ahora colocamos la ropa. Tienes espacio de sobra para todo lo
que quieras meter… Y voy a traerte la televisión de mi dormitorio y tienes una
distracción más.

E: No te molestes, Maca.

M: No es molestia… yo apenas la enciendo. –se encogía de hombros.

Mi: Bueno, pues voy cargar la segunda tanda y ahora vengo. –se levantaba- Ya
sabemos que aquí estarás como una reina con servicio. –sonreía pasando junto a
Maca antes de salir.

M: Siéntate un poco. –acompañándola llegaban hasta la cama- ¿Quieres algo?

E: Que te sientes tú también. –tiraba de su mano haciendo que se acomodase a su


lado sonriendo- ¿Has hablado con tu padre?

M: Sí, está todo arreglado. Por eso no te preocupes. –asentía.

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E: ¿Y podrás estar tanto tiempo sin trabajar? ¿Sin tus horas frente al ordenador y
tus reuniones? –sonreía.

M: Por supuesto. –afirmaba con seriedad haciéndola reír- Necesitaba unas


vacaciones… -seguía mirándola- Y ya de paso te cuido yo un poquito y cambiamos
los papeles.

E: De eso nada. Que yo pienso seguir como hasta ahora, y piensa que teniéndote
siempre al lado me será más fácil. –alzaba el dedo.

M: Bueno… podré soportarlo.

Entre unas cosas y otras casi había pasado la tarde por completo cuando Maca
terminaba de colocar las últimas cosas de Esther en el baño. Esta permanecía
sentada en el salón haciendo un esfuerzo sobrehumano por no levantarse.

M: Pues ya estás oficialmente instalada en tu nueva casa. –sonreía llegando hasta el


sofá.

E: Hay algo que aun no me convence.

M: ¿El qué? –preguntaba preocupada.

E: Parece que te hayas convertido de la noche a la mañana en mi sirvienta. –la


miraba con un gesto extraño haciéndola reír- No te rías.

M: ¿Sabes qué? –se cruzaba de brazos.

E: ¿Qué?

M: Que después de todo el discursito que me diste sobre como soy yo, creo que ya
me veo en buen lugar para darte otro a ti.

E: ¿Ah sí? –sonreía impresionada- Vale. –asentía- A ver cómo te sale.

M: No soportas que cuiden de ti. –alzaba la mano al ver como se tomaba aire para
hablar- No si no puedes depender completamente de ti misma, no te gusta valerte
por los demás y aun menos encerrar esa libertad que tanto adoras, aunque sea por
un tiempo… Te gusta hacer ver que todo está bien para que no estén encima de ti
aunque tú misma tengas miedo por como puedan transcurrir las cosas… y al igual
que yo, cubres parte de todo eso preocupándote y haciendo cosas por los demás.

Cuando guardaba silencio de nuevo aguantaba su mirada. Tras unos pocos


segundos su interior comenzaba a removerse inquieto al creer que no podría
aguantar mucho tiempo así, decidiendo hacer algo al respecto.
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M: ¿Me he equivocado?

E: No. –miraba al frente.

M: ¿Puedo yo proponerte otro trato a ti? –observaba como volvía a mirarla- Por
favor…

E: ¿Qué trato?

M: Déjame cuidar de ti.

E: ¿No es lo que estás haciendo?

M: Esther… -suspiraba viendo como chasqueaba la lengua cruzándose de brazos-


Por favor, déjame cuidar de ti… y confía en mí.

E: Está bien. –soltaba el aire mientras se giraba de nuevo para mirarla- Pero tengo
algunas condiciones.

M: ¿Cuáles? –sonreía.

E: Primera… -alzaba un dedo- Saldremos de casa día sí día no a dar un paseo,


aunque sean diez minutos… iré a tu ritmo, haré las cosas a tu manera, pero
necesito respirar…

M: Vale. –asentía.

E: Segunda… -estiraba el dedo corazón- Quiero que cada día tengas dos horas para
mí. –la empresaria fruncía el ceño.

M: Pero si voy a estar todo el día contigo.

E: Me refiero a nuestras conversaciones.

M: Vale. –asentía.

E: Tercero…

M: ¿Son muchas? Porque mira que igual me arrepiento.

E: Tercero… -repetía- Gracias. –sonreía con sinceridad a la vez que Maca la imitaba
acariciando despacio su mejilla.

M: Lo hago encantada.

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Sentadas en el sillón, cada una prestaba atención a una cosa distinta. Maca con el
portátil sobre las piernas llevaba bastante tiempo trabajando mientras Esther a su
lado leía en silencio. Pasatiempo que detuvo al cerrar el libro y frotarse los ojos
para mirar a la empresaria, en completo estado de concentración.

E: Te quedan muy bien esas gafas. –la veía girar el rostro con una sonrisa- Lo digo
de verdad… -se acomodaba de lado para mirarla- No a todo el mundo le sientan
bien las gafas.

M: Gracias.

E: ¿Qué haces?

M: Reorganizando presupuestos… -se erguía mirando de nuevo la pantalla- Algo


muy aburrido.

E: ¿Sí? –en un movimiento lento y cuidado se acercaba a ella para mirar lo que
hacía- ¿Y qué haces exactamente? –Maca se giraba para mirarla- Me interesa…

M: ¿De verdad?

E: ¿Te he preguntado, no?

M: Pues básicamente esta empresa tiene un gasto muy por encima de sus
beneficios… -miraba de nuevo todos aquellos números- Ofrecen suministros de
oficina a gran escala… La compramos hace unos días.

E: ¿Está muy mal?

M: Digamos que quién sea que llevaba la contabilidad no sabía hacerlo de ninguna
de las maneras. –señalaba una línea- Este gasto de aquí es innecesario por
completo, piden mercancía a unos expendedores que tienen unas tasas de envío
muy altas cuando pueden usar otras más convencionales y dejaría un margen para
usar en otras cosas. Aquí por ejemplo… -saltaba otra línea- Gastan un dineral en
cucharillas para el café… ¿Qué hacen con tantas cucharillas? Yo no lo entiendo…
-relataba casi indignada- Y no digamos en luz… Parece que estén dando luz a un
barrio entero.

Apretando los labios seguía mirando la pantalla cuando un segundo después se


giraba para mirar a Esther que guardaba silencio, sorprendiéndose al ver que tenía
los ojos puestos en ella mientras sonreía.

M: ¿Qué?

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E: Nada. –negaba sin borrar su sonrisa.

M: Te aburro.

E: No, es solo que… -dudaba unos segundos- Nunca te había visto así.

M: ¿Cómo?

E: Tan… tranquila, concentrada, cómoda… -se encogía de hombros- Me gusta verte


así.

La empresaria bajaba la vista hasta sus manos sintiéndose extraña en aquel


momento. Esther a su lado continuaba mirándola y ladeaba el rostro buscando sus
ojos, unos que seguían esquivándola cuando cogía entonces su mano haciéndola
reaccionar.

E: ¿Qué?

M: Nada.

E: Maca… -reñía- Vale… cierra eso, empiezan nuestras dos horas. –se levantaba
para dejar el libro sobre el mueble y entrar en la cocina.

Maca, sorprendida aun, seguía con la mirada en la puerta del salón y aun no se
había movido cuando Esther regresaba con una bandeja portando un par de
refrescos.

E: He dicho que cierres eso.

M: Está bien. –suspirando guardaba lo que había hecho hasta el momento para
cerrar el portátil y dejarlo a un lado- ¿Qué quieres hacer?

E: Quiero que me cuentes si has estado alguna vez enamorada o si alguien te ha


importando casi tanto como eso.

M: ¿Cómo?

E: Me has escuchado perfectamente.

Llenando los carrillos de aire desviaba su mirada hasta el suelo. Esther seguía a la
espera mientras ella seguía pensando. Apretando los labios volvía a tomar aire.

M: Cuando tenían dieciocho años mis padres, mi abuela y yo, fuimos de vacaciones
a Marsella… Estuvimos en una casita cerca de la playa, me enamoré de ese lugar
nada más llegar… era precioso. –sonreía recordando- Una tarde, después de que mi

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madre se fuese hacia la casa, yo estaba sola sentada en la arena… estaba leyendo…
-arrugaba la frente haciendo memoria- El mercader de Venecia… -sonreía
asintiendo.

E: ¿Te gusta leer?

M: Mucho, y hace tiempo que no puedo disfrutar de hacerlo… -tras unos segundos
continuaba- Estaba tan ensimismada que no me di cuenta de que había una chica
andando cerca de mí con su perro, solo la localicé al ver al perro acercarse a mí…
Carioca se llamaba. –sonreía mirándola- Que nombre tan ridículo…

E: Sigue. –sonreía.

M: Pues… Conocí a Mina. –ladeaba el rostro en una mueca triste- Tenia un par de
años más que yo, era la chica más dulce que jamás había conocido, me enseñó
lugares que nunca creí que existieran, nos pasábamos las horas hablando, riendo…
Tenía unas charlas de lo más aburridas con mi abuela, era desesperante. –sonreía-
Un día de los muchos que ella me esperaba en la playa, la encontré sentada y fui
con ella… me dijo que no quería volver a verme.

E: ¿Por qué? –preguntó extrañada.

M: Se había enamorado de mí y decía que no quería pasarlo aun peor cuando yo


me marcharse. Nunca antes alguien me había dicho aquello, ni en esos rollos que
tienes siendo adolescente y lo dices creyendo que es verdad… Me pilló de sorpresa
y me di cuenta de que no quería dejar de verla, no la quería… no podía engañarla,
pero me importaba muchísimo.

E: ¿Qué pasó?

M: Hicimos el amor y nunca más la volví a ver. –la miraba entonces- No sabía dónde
poder encontrarla, siempre era ella quien me encontraba a mí… estuve los últimos
siete días esperándola en la playa, pero nunca volvió.

E: Qué triste… -ambas miraban a otro sitio mientras la empresaria suspiraba- ¿Te
has enamorado alguna vez?

Sin mirarla, Maca apretaba los dedos contra el sofá sin que la pintora la viese, e
intentaba encontrar una respuesta rápida que hiciese cambiar el rumbo de aquella
conversación.

E: ¿No puedes contestarme?

M: Preferiría no hacerlo… -la miraba tan solo un segundo.

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E: ¿Por qué?

M: Creo que sí… -susurraba.

E: ¿Crees que sí puedes contestarme o crees que sí te has enamorado alguna vez?

M: Lo segundo. –respondía escuetamente mientras se cruzaba de brazos dejando


ver claramente su incomodidad.

E: Eso se sabe… -ladeaba el rostro mirándola- ¿Sí o no?

M: Sí.

En aquel momento su corazón daba un golpe seco contra su pecho. Haciéndola


carraspear incluso por lo incómodo que había resultado, viéndose obligada a
moverse mientras tragaba algo que se atravesaba en su garganta y Esther seguía
mirándola.

Mientras la empresaria se duchaba, Esther había clavado los ojos en un rincón de


aquel salón. La conversación anterior se había visto interrumpida por aquella ducha
y ni ella misma se había visto con fuerzas para intentar lo contrario. Llevándose la
mano hasta la barbilla sujetaba el peso de su rostro mientras apretaba los labios.

E: Ais, Esther… –su móvil sonaba haciendo que se levantase para ir hasta él- Mmm.
–descolgaba- Hola, mamá.

En: Mi hija sigue viva.

E: ¿Cómo está mi madre preferida? –sonreía sentándose de nuevo.

En: Pensando en si aun tiene dos hijas. –se quejaba de nuevo- Ya que tú no tienes
la poca vergüenza de llamar a tu madre.

E: Pero me quieres igualmente, así que… ¿Cómo estás?

En: Lo qué me interesa es cómo estás tú.

E: Bien, tranquilita… Maca me cuida muy bien. –sonreía.

En: Ya me ha dicho tu hermana que estás en casa de una amiga… ¿Cómo es que te
ha dado por ahí?

E: Miriam es lo peor como compañera de piso, mamá… es peor que tú.

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En: Dudo que te quejes tanto con ella como conmigo. –la escuchaba reír- ¿Y esa
amiga tuya cómo es?

E: ¿Cómo es de qué?

En: Sí, cuéntame algo porque no tengo ni idea de con quién estás viviendo.

E: Pues es una mujer muy responsable, con diecisiete licenciaturas, un perro, va a


misa todos los domingos y solo come tofu.

En: Te vas a reír de tu padre que en gloria esté.

E: Jajaja. –Maca aparecía entonces viéndola reír- Pues es una chica normal, mamá…
dirige una empresa muy aburrida y tiene mucha paciencia.

En: Sí, para cuidarte a ti hay que tener kilos de eso.

E: ¿Y tú qué tal?

En: Había pensado ir a verte… ¿pasa algo?

E: Mmm. –giraba su rostro- Dice mi madre que si pasa algo si viene a verme. –la
empresaria ponía los ojos en blanco.

M: Por dios, Esther… qué va a pasar, es tu madre… como si quiere también


instalarse aquí. –la pintora tapaba con rapidez el teléfono- ¿Qué he dicho?

E: ¿Tú estás loca? Como lo haya escuchado te doy. –volvía a colocarse al teléfono-
Mamá…

En: Dime.

E: Que puedes venir cuando tú quieras… A Maca no le importa.

En: Vale, pues entonces esta semana voy a hacerte una visita… ahora voy a llamar a
tu hermana que antes nos hemos quedado a medias.

E: Vale, mamá… un beso.

En: Otro para ti.

M: ¿Cómo me haces esas preguntas, Esther? –seguía sorprendida- ¿Cómo no va a


poder venir tu madre?

E: Si es por hacerla rabiar. –sonreía dejando el teléfono- Mi madre es un poco


diferente a las demás madres.

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M: Nunca me has hablado de ella.

E: Nos tuvo a mi hermana y a mí siendo casi una niña… mi abuelo se empecinó en


casarla y claro, pero tuvo suerte… mi padre y ella se enamoraron al poco de
casarse… eran muy parecidos, dos almas libres del mundo. –sonreía- Han estado
siempre viviendo en un sitio o en otro… solo les faltaba decir lo de… paz y amor... –
imitaba alzando la mano mientras Maca sonreía- No sé, eran más amigos que
padres, y mi madre es mas amiga que madre… ya la conocerás.

M: Sí.

A la hora de la cena Ana llegaba sonriendo y alzando una bolsa con comida especial
para Esther. Maca preparaba la mesa mientras su amiga sacaba una tras otra, todas
las bandejas.

A: Me han dicho que es la comida más sana del mundo.

E: Y la mas sosa también.

M: Jajaja. –se giraba mirando a Esther que sonreía.

A: Eso no lo sabes… -miraba una de las bandejas- Aunque muy buena pinta no
tiene… no sé, ¿lo pruebo? –miraba a su amiga.

M: Si te atreves… yo no pienso comer eso. –negaba.

A: Uf, encima que una hace esfuerzos. –sin pensarlo hundía el dedo en uno de los
espacio donde había una masa de color marrón y se lo llevaba a la boca.

E: ¿Qué tal?

A: A esto habría que echarle un kilo de sal. –arrugaba el rostro escuchándolas reír.

M: Voy a hacer una ensalada de las de toda la vida y algo de pescado.

E: Yo me apunto a eso. –señalaba a la empresaria que sonreía de camino a la


cocina- No te ofendas.

A: Nada, tranquila. –tapaba de nuevo la bandeja- Esto no hay quien se lo coma, si


aunque tuviese perro no sería capaz de dárselo.

Durante la cena y gracias a la presencia de Ana, Maca olvidaba por unos minutos lo
que la había hecho querer encerrarse en la ducha, salir corriendo y montar en su
coche para desaparecer. Había estado a punto de decirle algo de lo que se hubiese
arrepentido nada mas pronunciar, me he enamorado de ti, te quiero a ti. Dos frases

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que se habían estrellado contra sus labios retrocediendo después para volver a
bajar por su garganta, destrozando todo en el camino y explotando en su
estomago.

Varias veces se había descubierto a si misma mirándola, no perdiéndose un solo


detalle de su rostro, de sus labios al hablar, de sus ojos mientras sonreía y aquella
voz que se colaba en su cabeza como un dardo envenado que le hacía suspirar
apretando los labios.

A: Pues yo me voy a ir, que mañana yo sí trabajo y tengo que madrugar.

M: ¿Quieres que te lleve o has venido en tu coche?

A: He venido en mi coche, gracias… ¿me acompañas a la puerta? –cogía su bolso


mientras se acercaba a Esther- Ya vendré a veros. –le daba dos besos.

E: Pero no traigas comida para arboles.

A: Lo juro. –la pintora sonreía viéndola alejarse junto a Maca- Oye… -susurraba ya
en la puerta y sin ser vistas- ¿Cómo lo llevas?

M: Ana, por favor… -suspiraba sin soltar la puerta.

A: ¿Mal, verdad?

M: Pues lo llevo como puedo, Ana… como puedo, que no es poco. –abría aun mas-
Venga, que es tarde y Esther tiene que descansar.

A: Si alguna vez quieres desahogarte, llámame. –gesticulaba caminando hacia el


ascensor- Te escucharé llorar todo el tiempo que necesites.

M: ¡Vete!

A: Buenas noches. –sonreía.

En la cocina terminaba de llenar el lavavajillas cuando aun pensaba en las palabras


de su amiga. Programando la máquina soltaba el aire de sus pulmones y se giraba
sorprendiéndose al encontrar a Esther parada en la puerta.

E: Voy a darme una ducha antes de acostarme.

M: Vale, espero a que salgas entonces… Y ya te preparo la medicación, te la dejo en


el dormitorio.

E: Vale. –asentía antes de marcharse.

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Apoyándose en la encimera bajó la vista al suelo. Tres días y ya se desesperaba, tres
días y ya se maldecía por haber tenido ese sentimiento de querer ocuparse de ella,
tres días y ya se frustraba por no poder dominar todo cuanto pasaba, cuántos mas
harían falta para volverla loca.

Con un pequeño plato con las pastillas y un vaso de leche, recorría el pasillo hasta
su habitación. Antes de poder llegar vio como la puerta del baño permanecía
entornada, debía pasar por delante… miró hacia atrás un segundo calibrando el ir
después. Sus pies no se movían y podía escuchar el agua caer todavía. Apretó los
labios a la vez que los dedos, creyendo que partiría el plato de un momento a otro.
Cerró los ojos cogiendo aire y volviéndolos a abrir comenzó a caminar, cerrándolos
de nuevo en el segundo en que pasaba por delante de la puerta. De nuevo
respiraba cuando entraba en el dormitorio.

E: Me encanta tu ducha. –sonreía entrando mientras podía ver a la empresaria


frente a la ventana.

M: Te he dejado todo en la mesilla. –se giraba despacio para mirarla.

E: Gracias.

M: Será mejor de descanses, ¿era mañana cuando querías ir a dar un paseo?

E: Sí. –la miraba tras contestar- Otra vez estás rara, Maca… No ganamos para
disgustos hoy, eh… ¿Qué te pasa?

M: Nada, solo que estoy un poco cansada. –negaba restándole importancia


mientras caminaba hacia la puerta- Mañana damos ese paseo cuando te levantes.
Buenas noches.

E: Buenas noches.

Viéndola marchar suspiraba cuando de nuevo se giraba para mirar aquellas


pastillas. Las cogió todas a la vez y se las tomó sin pensarlo para volver a dejar el
vaso sobre la mesilla.

Con paso decidido salió del dormitorio para ir hasta el de Maca, tocando la puerta
la veía girarse junto al armario cuando pasaba sin preguntar.

M: ¿Pasa algo? ¿Estás bien?

E: Siéntate. –se acomodaba en los pies de la cama mirándola- Siéntate, Maca…


quiero hablar contigo.

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M: Mucho te gusta a ti hablar. –resoplaba dejándose caer a su lado sin mirarla.

E: ¿Por qué no me dices de una vez lo que te pasa? ¿Tanto miedo tienes?

M: ¿Qué? –se giraba con rapidez para mirarla- ¿De qué hablas?

E: ¿Tú te piensas que yo nací ayer? ¿Qué no me entero de nada, es eso? –abría aun
mas los ojos hablando sin mostrar titubeos.

M: ¿De qué hablas, Esther?

E: Hablo de que somos dos personas adultas, de que andas con una cara como esa,
el ochenta por ciento del tiempo, que sé lo qué pasa y cuanto más intento que
hables y por una vez seas sincera, completamente sincera conmigo, que me digas
las cosas… te callas lo que más te está inquietando ahora mismo.

M: ¿Puedes ir al grano?

E: Mira, yo nunca he estado con una mujer, nunca me ha gustado una… ¿Vale? No
sé cómo van las cosas, no sé si es normal callárselo todo o qué, no tengo ni idea…
pero tú… -la miraba entonces antes de continuar- Tú sí me gustas, me has gustado
antes como persona que como…. Como me gustas ahora. –alzaba de nuevo la
mano- Pero eres tú la que sabe manejar estas cosas, estoy queriendo darte la
oportunidad de hablar y de coger las riendas de algo, pero tú… -dejaba caer el peso
de sus hombros- No reaccionas, Maca… no reaccionas.

M: Perdona… ¿Qué has dicho? –ladeaba el rostro sin dejar de mirarla.

E: Que me gustas, Maca… Y quiero que hablemos, porque si voy a estar aquí no
pretenderás que te vea cada día con esa cara… estando así solo conseguirás que
quiera irme por sentirme culpable.

La empresaria se levantaba dando apenas dos pasos, girándose para mirarla y


volver a caminar. Frente a un pequeño sillón se daba la vuelta para sentarse. Apoyó
ambos codos sobre sus rodillas a la vez que las manos llegaban hasta su rostro para
permanecer allí mientras miraba a Esther.

E: Justo lo que estaba diciendo. –suspiraba- ¿Por qué te vas allí?

M: Déjame un segundo, por favor… -cerraba los ojos- ¿Tú estás segura de lo que
has dicho?

E: ¿De qué exactamente? Porque he dicho muchas cosas. –se cruzaba de brazos.

M: ¿Te gusto?
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E: Pues sí… tienes una forma muy peculiar de ganarte a las personas, y estoy segura
de que no te das ni cuenta. –tomaba aire sin dejar de mirarla- ¿Puedes venir aquí
por favor? Me siento una acosadora o algo por el estilo.

Durante diez segundos más permaneció en silencio y sin apartar sus ojos de ella
antes de levantarse. Justo en ese momento recorría otra vez los apenas dos metros
que la separaban y se sentaba a su lado, de forma que la tenia de frente.

M: Necesito que me digas que no estás confundiendo nada y que… que estás
segura de eso.

E: Sé lo qué digo, Maca.

M: Dímelo.

E: No estoy confundiendo nada. –respondía con tranquilidad.

M: Vale… pues yo ahora necesito hacer una cosa o… -suspiraba- Solo te pido que
por favor, no te muevas.

Sin cambiar la posición que mantenía y sentada sobre su pierna flexionada, colocó
ambas manos sobre el colchón, sosteniendo su peso mientras despacio se inclinaba
hacia ella. Esther no cambiaba un centímetro su postura mientras la veía llegar y
sus ojos se iban irremediablemente hasta sus labios, unos que casi podía ya rozar
cuando la empresaria se detenía a un suspiro de ella, tragando saliva y ladeando su
rostro sin llegar a rozarla, cerrando los ojos cuando sentía aquella tibieza por
primera vez. Apenas una caricia, lenta y temerosa, un saludo previo a lo que
realmente necesitaba, besarla, besarla por todas esas veces que se había
contenido, por todas las veces que había mirado sus labios, por todas las veces que
le había sonreído de aquella forma.

Esther sentía su pecho inquieto cuando estiraba sus labios, los atrapaba de nuevo y
todo demasiado despacio. Soltando un poco de aquel aire que la quemaba llevó la
mano hasta su mejilla, sosteniéndola cuando entonces Maca se paraba.

M: He dicho que no te movieses.

E: Lo siento. –susurraba tardando en abrir los ojos- No he podido… ¿Por qué has
parado?

M: Si me tocas no podré… -miraba hacia otro sitio un segundo- No puedes


exaltarte.

E: ¿Cómo?

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M: No puedes exaltarte, Esther. –señalaba su barriga- Tienes que estar tranquila y
yo… si me tocas… no puedo manejar la situación.

E: ¿Entonces qué pasa? –la miraba parpadeando repetidas veces- ¿Qué parte me
he perdido? Me gustas, te gusto, nos besamos, pero ¿no te toco?

M: Exacto.

E: ¿Quieres volverme loca? ¿Es eso, no?

M: Loca llevas volviéndome tú ya bastante tiempo, así que… -la veía sonreír- No te
rías. –se sentaba de nuevo cruzándose de brazos.

E: ¿Te estabas volviendo loca?

M: Olvídalo.

E: Volvamos a lo de no tocarte. –carraspeaba para soltar después el aire y mirarla-


¿Lo dices en serio?

M: Esther, tienes que guardar reposo, tienes que estar tranquila, y eso hasta que la
niña nazca.

Esther apretaba los labios mientras giraba su rostro y se rascaba la nuca por inercia
a su incredulidad. Durante unos segundos intentaba comprender a dónde quería
llegar hasta que de nuevo la miraba, seguía con aquella postura y sin cambiar un
ápice su rostro.

E: Explícame la situación porque sigo perdida.

M: Yo te beso, tú no tocas.

E: Jajaja. –callaba de repente- Ja. –la miraba con seriedad- Pues no me besas. –se
cruzaba de brazos.

M: Esther… tú no…

E: Yo soy un ser humano que se mueve por instintos, y no puedo no tacarte si me


besas. ¿O pretendes que estemos así hasta que dé a luz?

M: Esa es la idea, sí.

E: Me estás tomando el pelo. –sonreía de lado- No puede ser otra cosa. –la veía
negar en silencio y completamente seria- No estás de broma.

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M: No.

E: ¿Dónde está la cámara? –se levantaba mirando el techo.

M: Esther, siéntate… vamos hablar. –cogía su mano para tirar de ella haciendo que
volviese a acomodarse a su lado- Tenemos que ser serias ¿Vale? Ya escuchaste al
médico, reposo absoluto.

E: Pero eso fue antes de que tú me besaras.

M: Esther.

E: ¿Entonces qué propones?

M: Normas. –afirmaba.

E: ¿Normas?

M: Sí. –asentía- Tenemos que poner unas normas para saber dónde está el límite, si
no esto será una locura.

E: Esto es de juzgado de guardia.

M: Primera norma, no tocar. –la veía girar el rostro otra vez con rapidez.

E: ¿No te puedo tocar en ningún momento?

M: No se puede tocar deliberadamente, claro que me puedes tocar, pero sin


segundas intenciones, yo tampoco lo haré.

E: Maca… mira que me vuelvo a la cama y aquí como si nadie hubiese dicho nada,
porque no sé yo si esto es peor.

M: Esther, yo… -cogía su mano- Yo sé controlarme hasta cierto punto, pero si tú no


me ayudas vamos mal ¿Vale? Y si vamos a estar juntas cada día, cada hora,
tenemos que tener normas.

E: Vale. –se cruzaba de brazos- No tocar.

M: Exacto.

E: ¿Alguna más?

M: Tendré que pensarlas durante la marcha. –sonreía por primera vez- ¿Podrías
estarte quieta esta vez?

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E: Lo intentaré.

Sin descruzar sus brazos la veía hacer lo que minutos antes, sus puños se cerraban
sobre el colchón como puntos de apoyo cuando de nuevo quedaba frente a su
rostro.

M: No te muevas… -susurraba.

De nuevo atrapaba sus labios, aunque con más decisión que antes. Sentía como se
abrían haciendo que un suspiro se colase entre ellos a la vez que sentía también su
lengua aparecer en escena. Cerró aun mas los puños cuando sentía que incluso sus
uñas estaban marcando su piel por la fuerza.

Con la poca voluntad que aún le quedaba consiguió aminorar lo que parecía tomar
fuerza y de nuevo volvía la calma, justo cuando la mano llegaba otra vez hasta su
rostro.

M: Esther. –mascullaba separándose.

E: Lo siento, lo siento. –cerraba los ojos con fuerza mientras con ambas manos
simulaba querer alcanzar su rostro- Perdón.

M: Esto nos va a costar más de lo que pensaba.

E: Quitamos la norma entonces.

M: No. –contestaba rápidamente- La norma sigue… -se giraba mirando a su


alrededor viendo entonces la hora- Mira que tarde es.

E: ¿Tienes sueño?

M: No, pero tú tienes que dormir. –volvía a mirarla- Mañana hay que dar ese paseo.

E: Vale. –levantándose rodeaba la cama para ir hacia uno de los lados y recostarse-
Pues a dormir.

M: ¿Qué haces?

E: Acostarme.

M: Aquí no. –negaba sin moverse.

E: Venga ya, Maca… no digas mas tonterías que ya bastante he escuchado con lo de
no tocar.

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M: Esther, yo no puedo dormir contigo.

E: ¿Por qué?

M: No quiero hacerte daño, tienes una cama igual de grande para ti sola, y no
quiero saltarme la norma sin darme cuenta, algo que seguro pasará si duermo
contigo.

E: ¿Sí? –sonreía ampliamente.

M: No pretendo ser graciosa.

E: ¿De verdad no quieres dormir aquí conmigo? ¿Dejar que te abrace? ¿Dejarme
que te de un beso sin tocar?

M: No estás ayudando.

E: Ven aquí, va… -extendía su mano llamándola- Por favor.

Durante los segundos en los que volvía a reinar el silencio su mente volaba por
cada posible pensamiento y razonamiento. Dormir con Esther, dormir con ella
después de aquella tan extraña conversación, dormir con ella cuando estaba claro
que sabía lo que sentía, dormir con ella sabiendo que aquel límite impuesto de no
acercarse a sus labios había sido desechado.

E: No te hagas de rogar, venga.

Sin decir nada se levantaba para rodear también la cama y echarse al otro lado. Sus
movimientos eran lentos y casi se podía decir que programados, quedando
finalmente de lado hacia ella.

M: ¿Por qué estás tan tranquila? No lo entiendo.

E: ¿Por qué iba a estar nerviosa?

M: Bueno, no sé… sabes que te miro diferente que al resto, por decirlo de alguna
manera… -bajaba la mirada- Y por lo que me has dicho, tú… tú nunca…

E: Bueno, la primera vez que me comí un chuletón tampoco estaba nerviosa y no lo


había hecho nunca. –sonreía.

M: No me compares con un chuletón, por favor.

E: Jajaja. –terminando de reír volvía a mirarla- ¿Entonces qué? ¿Te vas a acercar
más o esto de dormir así es otra norma?

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M: Estoy valorando las posibilidades.

E: Otra tontería. –cogiendo su mano la agarraba con fuerza- Ven tú porque yo no


me puedo mover con tu facilidad.

En apenas cinco segundos la postura había cambiado. De repente se descubría


abrazada a ella y en un lugar que jamás creyó ser tan apacible. Entre la almohada y
su cuello, el rostro de la pediatra emanaba la comodidad de algo que no había
vivido jamás. De todas las veces que podía haber estado en aquella misma postura
con cualquier otra mujer, la dulzura y el cariño con lo que lo hacía en aquel
momento, la hacía preguntarse demasiadas cosas.

E: ¿Por qué sonríes tanto?

M: ¿Cómo sabes que estoy sonriendo?

E: Porque tus labios se estiran mucho y como estás tan pegada los noto… y también
noto los besos que intentas no darme.

M: ¿Te molesta?

E: No… ¿por qué sonríes?

M: Estaba en plena fase de resignación, estaba casi segura de haberme resignado al


no, y llegas tú con un sí que lo cambia todo, y aunque todavía me siento en la fase
de seguro que es un no, veo que es un sí y….

E: Dios, vamos a tener que ampliar las dos horas a tres, se te da fatal hablar, Maca.
–sonreía al ver como se pegaba más a su cuerpo.

M: Lo creas o no, yo soy novata en todo esto… yo sí que estoy nerviosa.

E: La señorita puedo con todo y con todos ¿nerviosa?

M: Sé que no te sorprende así que no me ayudes… lo tengo asumido.

E: ¿El qué tienes asumido?

M: Que no puedo engañarte… y aunque me frustra, lo tengo asumido.

E: ¿Te frustra no poder engañarme? Mmm esa frase o está mal dicha, o realmente
tienes un problema que me costará resolver.

M: Me has entendido.

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E: Pero quiero que me lo expliques mejor, y como veo que estamos hablando más
que nunca, quiero aprovechar el momento.

M: Me lo estás haciendo pasar mal.

E: Seguro que no es para tanto… ¿Por qué quieres engañarme?

M: No creo que a nadie le guste ser o estar indefenso frente a alguien, y tú me has
causado esa misma sensación desde que te conozco. Yo tengo mi carácter, y mi
forma de ser con las personas… pero contigo he tenido que cambiar muchas cosas
para adaptarme… y con ellas el conseguir que no se me noten las cosas.

E: Empiezo a creer que no te has enamorado nunca por la simple razón de que no
has querido hacerlo y lo has conseguido.

M: No.

E: ¿Por qué estás tan segura?

De nuevo silencio. Tenía los ojos abiertos aunque el tener tan cerca a Esther, y la
falta de luz le impedían poder encontrar cualquier punto fijo, su mirada se
encontraba congelada en la oscuridad. Su mano había llegado hasta el bajo vientre
de la pintora mientras sus dedos ya se movían sin que pudiese darse cuenta.

M: Hace unos días me enfadé mucho conmigo misma, estaba rabiosa… salí cuando
ya era bastante tarde, conocí a una chica en un bar y sin pensarlo la traje a casa…
veinte minutos después la estaba llevando a la suya, arrepentida… -detenía su
mano- Yo no soy así, no hago las cosas así…

E: ¿Por qué estabas enfadada?

M: Porque no podía sacarte de mi cabeza, quería y no podía… y no puedo.

E: ¿Crees que te estás enamorando de mí?

M: Sé que estoy enamorada de ti.

Un casi imperceptible susurro que había llenado la casa por completo. Podría haber
asegurado que había sido tan solo un pensamiento, pero su voz había retumbado
peor que una bomba dentro de su cabeza. Seguía escuchando la respiración de
Esther muy cerca de ella, escuchaba la suya propia, algo más tranquila de lo que
hubiese imaginado en otro momento.

E: ¿Y qué vas a hacer?

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M: Aun no lo sé… Pero creo que tú tienes más palabra que yo en eso.

E: ¿Por qué?

M: Seguro que lo supones, pero por primera vez en mi vida no soy yo quien tiene el
control de las cosas, ahora lo tienes tú… siempre que he tenido una relación, la otra
persona se ha amoldado a mí, sin pedir nada, sin exigir nada y siempre al ritmo que
yo he marcado… sin preguntas, sin…

E: Ataduras…

M: Sin nada más que lo que yo ofrecía… Y llegas tú, con tu seguridad, tus preguntas
y tu interés por las respuestas… Viendo cosas que ni yo misma sabia que existían,
queriendo hacer porque cambien.

E: No… porque tú las cambies.

M: Bueno, porque yo las cambie… y me encuentro con que lo haría, con que
querría hacerlo, pero no por mí…

E: ¿Por qué?

M: Porque tú crees que hay algo en mí… y te esmeras en que yo también lo crea.

E: ¿Has llegado a esa conclusión tú sola?

M: Además es de hace bastante poco, he llegado a ella hace solo un rato.

E: Lo hago mejor de lo que creía, entonces. –sonreía sintiendo como besaba su


mentón- ¿Cuál crees que es el siguiente paso?

M: No lo sé.

E: Por ahora ya me abrazas sin que te lo pida, un paso bastante bueno por cierto…
-giraba su rostro obligándola a moverse y entonces, aunque con algo de dificultad,
volvían a mirarse.

M: ¿Qué?

E: Me alegro mucho de que volvieses para mirar el cuadro ese día.

M: Y yo. –sonreía acomodándose de nuevo.

Cuando sentía la necesidad de moverse, de sus labios salía un quejido de


satisfacción al notar como sus músculos se desentumecían. Suspiró todavía a ojos

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cerrados cuando ladeaba el rostro sintiendo la luz del sol chocar en él. Sonrió
abriéndolos poco a poco y encontrándose sola en la cama.

Dio un trago de agua del vaso que tenía en la mesilla y se levantó bostezando
cuando ya recorría el camino hasta la cocina, lugar donde Maca disfrutaba de su
café.

E: Hola.

M: Buenos días. –la observaba ir hasta la cafetera- ¡De eso nada! –se la arrebataba-
Que no es descafeinando.

E: Pues pronto empezamos con las prohibiciones. –suspiraba girándose- ¿Hay algo
que pueda tomar?

M: Sí, dentro del microondas tienes tu leche con café descafeinado listo para que lo
calientes.

E: Vale. –volvía a girarse girando la manecilla del tiempo y ya comenzaba a dar


vueltas la bandeja- ¿Qué tal has dormido?

M: Mejor que otros días, ¿y tú?

E: Bastante bien, ya te dije que tiene que haber algo muy gordo para quitarme el
sueño a mí. –el sonido de la campanita del microondas sonaba haciendo que
abriese la pequeña puerta para coger su taza.

M: Cuando quieras vamos al parque, además hace bueno y podemos tendernos un


ratito a que nos dé el sol.

E: Genial. –sonreía- Pues cógete un libro porque nos vamos a echar un buen rato.

Como había dado a entender, Maca se resignaba a hacer un par de sándwiches y


cargaba también con una botella de agua.

De camino al parque caminaban sin prisa, Esther se había puesto un vestido fino y
de tirantes que la hacía estar realmente cómoda y sin el sofoco del calor de aquel
mes de junio, mientras Maca aunque también de tirantes, había preferido la
comodidad de sus vaqueros favoritos. Cuando ya entraban al parque miró a la
empresaria, que buscaba con los ojos un buen lugar y sin dudarlo se lanzó a coger
su mano.

M: ¿Y esto?

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E: No sé… -encogiéndose de hombros la miraba sonriendo- No sé si somos pareja o
algo así, pero… por algo se empieza ¿no?

Deteniéndose tan solo un segundo mostraba su sorpresa frente a aquellas


palabras. Una sonrisa salía de sus labios cuando de nuevo miraba al frente
comenzando a caminar. Esther la miraba risueña todavía cuando parecía que Maca
había encontrando un lugar que le gustaba.

En medio del césped de aquella zona había varios bancos de piedra, lo que pensó
que estaría realmente bien para el calor que comenzarían a sentir en pocos
minutos.

Extendió una pequeña manta sobre él y se sentó a un lado, viendo como Esther se
sentaba a unos cuantos palmos de ella pero con la idea de echarse y colocar la
cabeza sobre sus piernas. Sonrió al ver la naturalidad de su gesto y cogió el libro
con la mano izquierda mientras acomodaba el brazo derecho en el respaldo del
banco.

Los minutos pasaban y Esther agradecía en silencio aquella salida. Sonreía al ver a
la gente patinar, los niños correr y otros reír. Hacia un día estupendo y habría sido
un desperdicio quedarse en casa. Giró su rostro para mirar el cielo y las pocas
nubes que vagaban por él cuando vio la mano de Maca colgar hacia ella, y sin
dudarlo volvía a cogerla sin cambiar su postura y haciendo que los dedos quedasen
entrelazados. Esperaba una palabra, a lo mejor una pregunta, pero por el contrario
el silencio seguía reinando. La empresaria se había dedicado a acomodarse en
aquel gesto y aferrarse aun mas a ella, comenzando a jugar con uno de sus dedos.

E: Maca…

M: ¿Uhm? –contestaba sin apartar los ojos de su libro.

E: ¿Hoy no piensas darme un beso?

Moviendo entonces sus ojos para mirarla, la descubría con la vista fija en sus
manos entrelazadas. Cerró el libro observando como entonces dejaba aquella
visión para centrarse en ella.

E: ¿Eh?

M: ¿Quieres que te de un beso aquí?

E: ¿Qué pasa con que estemos aquí? –preguntaba extrañada- No me digas que te
da vergüenza. –sonreía.

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M: Lo digo por ti.

E: No me gusta ser una mandona, y tampoco me gusta parecer que pido tantas
cosas… pero bueno. –suspiraba- Dame un beso.

La empresaria sonreía de lado mirándola y todavía sin moverse. Seguía jugando con
los dedos de su mano cuando un par de segundos después se inclinaba para llegar
a su rostro y dejar un tímido beso en sus labios.

E: No te he tocado.

M: Ya.

E: ¿Y por qué has parado?

M: Te he dado un beso. –se encogía de hombros- ¿No es eso lo que querías?

E: Seguro que lo puedes hacer mucho mejor.

Con su mano libre iba hasta su pelo, dejando que su pulgar alcanzase su frente
mientras la dejaba una caricia lenta sobre la piel. Volvió a inclinarse, presionando
sus labios con dulzura durante unos segundos, separándose lo justo para repetir
pero entreabriendo sus labios mínimamente cuando sentía entonces una caricia en
su mejilla. Tragó saliva al tiempo que los abría aun más, erizándose al notar la
intromisión que la hacía suspirar. Los labios le ardían, sentía que no podía ni quería
parar, pero en tan solo un segundo apretaba los labios alejándose.

E: Lo siento…

M: No pasa nada. –suspirando miraba todo lo lejos que podía mientras saboreaba
su labio inferior casi ocultándolo por completo.

E: Perdona, de verdad… -llamaba su atención cuando de nuevo la miraba- Se me


fue.

M: No pasa nada. –repetía- Fue peor anoche.

E: ¿Y eso qué quiere decir?

M: Que dentro de poco me dará igual que me toques porque podré parar cuando
quiera. –sonreía- Es cuestión de práctica.

E: Anda… -la miraba sorprendida- Pues pronto te adaptas tú.

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M: Jajaja. –la besaba de nuevo pero tan solo un segundo- No es eso… solo que…
-giraba su rostro para mirar su mano aun agarrada a la suya- Anoche fue más difícil
porque era la primera vez, cabía la posibilidad de que me dejase llevar demasiado.

E: ¿Y ya no te vas a dejar llevar?

M: Hasta lo prudencialmente correcto, sí.

E: Lo prudencialmente correcto… No me gusta esta fase. –refunfuñaba mirando a


otro sitio mientras Maca sonreía.

M: ¿Por qué?

E: Porque tu nivel de protección rebosa la lógica.

M: No voy a hacer nada que pueda alterarte, Esther… No cuando puede ponerte en
peligro a ti y a la niña.

E: Que me beses no me va a poner en peligro ni a mí ni a la niña.

M: No, pero si te exaltas sí… y por eso mismo las cosas van a ir así. –la veía volver a
girarse- Son mis normas.

E: Bueno, pues ya no quiero que me beses.

M: Vale. No lo haré. –la pintora fruncía el ceño- Puedo soportarlo si es lo mejor


para ti.

E: Tanta responsabilidad me mata. –suspiraba.

M: ¿Qué pasa? ¿Qué tú no puedes aguantar o qué? –sonreía.

E: A mí cuando me gusta una persona no ando cavilando lo riesgos de algo, actúo


por instinto, y mi instinto me dice que me gusta besarte, algo que veo… no me
dejas disfrutar.

M: ¿Te gusta?

E: Que tampoco se te suba a la cabeza. –la escuchaba reír.

M: Ese es mi móvil. –moviéndose lo justo lo cogía de su bolso viendo que era su


madre- Hola, mamá.

R: Hola, ¿Dónde estás?

M: En el parque con Esther…

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R: Ah, es que te llamé a casa y… bueno, que Ana está aquí y me preguntaba si
queríais venir a comer. Tu padre va a estar todo el día fuera.

M: No sé, espera… -tapaba el auricular- ¿Te apetece comer en casa de mi madre?


Ana está allí.

E: ¡Sí! –se incorporaba haciéndola sonreír.

M: No sé ni para qué pregunto. –negaba- Mamá, que vamos en un rato para allá.

R: Vale, ¿Qué preparo para Esther?

M: Algo flojito, ahora vamos a casa y cojo sus vitaminas, no te preocupes.

R: Vale, pues ahora nos vemos.

M: Tu hermana terminará por quitarme tu custodia. –guardaba otra vez el móvil-


Me echará la bronca y volverás a su casa.

E: No digas tonterías.

M: ¿Quieres quedarte otro rato o volvemos?

E: Quiero hablar contigo. –colocando un brazo al otro lado de sus piernas se


mantenía erguida para mirarla.

M: No he hablado tanto en mi vida como contigo. –negaba mirando hacia su


izquierda durante unos segundos- ¿De qué quieres hablar?

E: De nosotras.

M: ¿Qué pasa?

E: Eso exactamente quiero saber. –asentía- Qué pasa, dónde estamos, qué
haremos…

M: No te pillo. –se cruzaba de brazos.

E: ¿Esto es formal? Quiero decir… ¿una relación? ¿solo tú y yo? –gesticulaba


señalándolas- Novias, pareja, amantes… qué.

M: Te dije anoche algo que creo que responde a todo eso.

E: Refréscame la memoria.

M: ¿Tú qué quieres de mí, Esther?

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De camino a casa de sus padres se sentía como en una burbuja. Esther había
comenzado a cantar una canción que sonaba en la radio y aunque ambas
encontraban cada segundo en que la pintora desafinaba, estaba resultando ser de
lo más agradable.

En un momento dado y mientras retenía la mano de Esther entre la suya y su


pierna, creía no poder sonreír más que todo lo que ya lo hacía. Una simple frase,
unos minutos de conversación, una noche, una mañana al sol, y su vida se
reformaba por completo en algo que aun estaba por conocer.

La puerta se abría y ellas caminaban despacio, Rosario sonreía al verlas llegar


cuando la empresaria la dejaba pasar primero colocando una mano en su espalda.

R: Hola. –tomando a Esther por los hombros le daba dos besos- Qué bien te veo.

E: Estoy muy bien, gracias. –sonreía.

R: Hola, hija. –recibía su habitual beso en la mejilla.

M: ¿Dónde está Ana?

R: En el jardín con Tor. –suspiraba- Ahora lo llevas a su sitio porque no nos hace
caso a ninguna de las dos y Carmelo no está.

E: ¿Tor?

M: El caballo amaestrado de la familia. –sonreía cogiendo su mano para caminar


hasta el jardín- Vamos.

Cuando ya casi alcanzaban la puerta, Esther vio como un perro de dimensiones


realmente grandes se sentaba sobre sus patas traseras en posición de espera. La
empresaria se colocaba entones justo delante de ella para llegar antes frente al
can.

M: Hola, chico. –lo acariciaba viendo su excitación por aquella nueva presencia-
Sshh quieto, eh. –se giraba sin soltar su collar- Ven, Esther… si no te olisquea un
poco no parará quieto.

E: Qué guapo. –sorprendida llegaba hasta ella y sin necesidad de inclinarse porque
este volvía a estar sobre sus cuatro patas comenzaba a acariciarlo.

A: Baboso. –se quejaba- Me ha puesto los zapatos perdidos.

M: Jajaja.

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E: Es precioso, Maca.

M: Venga, pues como ya os habéis presentado, siéntate mientras lo llevo a su sitio.


–cogiendo de nuevo el collar del animal comenzaba a caminar mientras este le
seguía.

A: ¿Qué tal?

E: Genial… hemos estado en el parque casi una hora. –sonreía sentándose- Hace un
día precioso.

R: La verdad es que sí. ¿Y tú cómo estás?

E: Bien, bien… de verdad. –asentía- No me dejan mover un dedo, entre mi hermana


y Maca ando entre almohadones.

M: Ya está. –regresaba para acomodarse junto a Esther- ¿Vosotras qué? De marujeo


mañanero ¿no? –sonreía.

A: Te estábamos esperando a ti para eso. –contestaba de igual forma- Julián ha


estado aquí esta mañana. –sonreía.

M: Qué bien. –miraba hacia otro sitio.

A: Ha preguntado por ti.

M: ¿Le has dicho que me he ido a Nueva Zelanda detrás de una bailarina exótica?

A: No, pero tu madre ha estado a punto. –reía.

E: ¿Quién es Julián? –preguntaba al ver sonreír a Rosario.

R: Pues un pobre hombre que va detrás de sus faldas desde que era una niña. Pero
desde hace un par de años no tiene otro propósito que salir a cenar con ella.

M: Es un pesado. –se quejaba.

E: ¿Nunca le has dado una oportunidad? –sonreía viendo como la empresaria la


miraba sorprendida.

M: Si quieres os preparo una cita y le conoces, a lo mejor te gusta.

E: No gracias. –negaba con una sonrisa- Estoy bien ahora mismo. –la veía sonreír
también a ella.

A: Eh… ¿Comemos? –se levantaba.

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Esperando a un lado, veía como nuevamente la empresaria cedía el paso a Esther
que caminaba ya junto a su madre y decidía retenerla antes de entrar.

A: ¿Eso qué ha sido?

M: ¿El qué?

A: Estoy bien ahora mismo. –imitaba a la pintora exageradamente- Por favor… si se


os ha caído la baba, Maca.

M: ¿En serio? –sonreía.

A: No… -negaba separándose- Dime que no estás con ella. –señalaba hacia el
interior de la casa- ¡Estás con ella!

M: Sshh. –la alejaba de la puerta- ¿Quieres no gritar?

A: ¡Cabrona! –le daba en el hombro- ¡Pero si me dijo que no entendía!

M: ¿En serio te dijo eso?

A: ¿Cómo coño lo haces, eh? ¿Liberas algún tipo de hormona femenina que yo no
llego a notar o qué? Ayer estabas como perdida en tu propio limbo y hoy… ¡Jesús!

M: Estuvimos hablando anoche. –se cruzaba de brazos- Vino ella, eh… yo no hice
nada. –miraba hacia la puerta sonriendo- Me dijo que le gustaba y… y eso.

A: Vamos a ver. –suspiraba colocando una mano en su frente- Está embarazada.

M: ¿Y?

A: ¿Vais en serio?

M: Mira, yo… -tomaba aire sin saber muy bien que decir- Creo que por primera vez
en mi vida... –volvía a mirarla- Sé que por primera vez en mi vida siento esto por
alguien… aun no sé cómo se lleva, como se maneja todo esto, pero… Quiero estar
con ella, y… ella dice que quiere estar conmigo. –se encogía de hombros.

A: ¿Estás segura?

M: Ahora mismo todo esto es muy distinto ¿Vale? Ella tiene que estar tranquila,
guardar reposo y… no va a pasar más allá de dos besos y un abrazo, porque no voy
a permitir que le pase algo por mi culpa. Digamos que es una prueba donde
veremos si funciona o no.

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A: ¿Se lo vas a contar a tu madre?

M: No tengo por qué contárselo a mi madre, si ve algo… igual que lo has hecho tú,
pues ya está. Pero no voy a ir contándole con quién estoy o no. Por lo menos no
ahora.

Tras la comida, se habían quedado solas en el salón mientras Rosario y Ana habían
ido hasta la cocina para preparar café. Maca miraba por una de las puertas que
daban al jardín cuando sintió que Esther se pegaba a ella. Sonrió mirándola
mientras cogía su mano.

E: ¿En qué piensas?

M: La verdad es que tenia la mente en blanco… me había quedado embobada


mirando nada.

E: ¿Seguro? –sonriendo rodeaba su cintura con ambos brazos- No me estarás


engañando.

M: No. –negaba despacio.

E: Bueno… ¿Qué vamos a hacer esta tarde?

M: Descansar, ya que estás todo lo que llevamos de día sin parar. Así que… toca
sofá y peli.

E: ¿Qué peli?

M: La que tú quieras.

E: ¿Y si en vez de peli quiero… no sé, no sé… dormir la siesta contigo? -preguntaba


ladeando la cabeza con una sonrisa terriblemente tentadora para la empresaria.

M: Pues te diré… -respiraba al tiempo que se inclinaba hacia ella- Que no vas a
conseguir nada de lo que te propones.

R: Ejem.

Ambas se giraban viendo a Rosario sostener una bandeja mientras a su lado Ana se
rascaba el cuello mirando a otro sitio.

M: Eh…

R: ¿Café? –preguntaba aun más rápida.

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M: Sí. –suspirando se separaban finalmente para ir hasta el sofá.

E: ¿Puedo ir antes al baño?

M: Claro, ven que te diga dónde está. –a unos pasos de la puerta del salón se
detenía señalándole una puerta al final de uno de los pasillos.

E: ¿Todo bien, Maca?

M: Claro… ¿por qué?

E: Tu madre… -señalaba el salón- Bueno que…

M: No te preocupes por eso. –sonreía agarrando su barbilla- Para nada te


preocupes por eso. –inclinándose la besaba- ¿Vale?

E: Y si te digo que sí me preocupo, ¿habrá otro de estos, uhm? –gesticulaba de


forma divertida- ¿No?

M: Te espero en el salón. –sonreía.

Aun la mantenía cuando llegaba de nuevo al sofá y se servía un poco de aquel café.
Daba el primer trago cuando las miradas de su madre y Ana estaban fijas en ellas.

M: ¿Qué?

R: Nada, nada. –se apresuraba en contestar antes de coger su taza.

M: No le des vueltas ¿vale?

R: Si yo no digo nada. –respondía de nuevo.

M: Pero lo piensas… -cesaba en sus palabras al ver que Esther regresaba- Le he


echado ya el azúcar a tu manzanilla.

E: Gracias. –sonreía sentándose a su lado.

Minutos después regresaban en silencio. Maca iba centrada en la carretera


mientras a su lado Esther jugaba con la pulsera en su muñeca. Cuando ya entraban
en el garaje del edificio se dio cuenta de que realmente le apetecía dormir un rato.

E: Creo que me voy a echar esa siesta, estoy cansada.

M: Vale. Pues ahora te cambias y a dormir.

E: ¿Te echas conmigo?

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M: Vale.

Mientras Esther regresaba del baño ella ya se había tendido sobre la cama con el
mismo libro que había llevado esa mañana al parque. Sin levantar la vista de él
pudo distinguir como salía de nuevo y caminaba hasta la cama para echarse a su
lado.

M: Luego tienes que llamar a tu hermana.

E: Que me llame ella. –sin vacilar se acercaba a ella haciéndola sonreír- ¿No te
molesto, no?

M: Tú nunca me molestas.

E: Bien. –suspirando se acomodaba sobre su torso cerrando los ojos.

Quince minutos más tarde escuchaba el cambio en su respiración, siempre al


mismo ritmo, el mismo compás… Dejó el libro y sin cambiar su postura se acomodó
todo cuanto pudo mientras se quedaba admirando su rostro. Sonrió al ver como
sus labios se separaban tan solo un segundo al exhalar el aire. Pasó el dedo por
ellos haciendo que reaccionase y se moviese. Sonriendo aun más acarició su nariz y
suspiró.

M: Es raro ¿sabes? Pero yo todas estas cosas no las había hecho en la vida… Nunca
había mirado a nadie como te miro a ti, ni tanto tiempo. –sonreía de nuevo- Y es
raro porque… no quiero dejar de hacerlo, me gusta mirarte… Lo que no entiendo es
cómo has cambiado a esta loca de despacho, nunca me había tirado una hora
sentada en un parque… ni había podido recordar las horas de una medicación, ni
para mí… Y tienes que llegar tú, una mocosa con veintinueve años y embarazada,
para trastornarme así.

Levantarse, preparar el desayuno, la pastilla de cada mañana, leer el periódico


hasta que la ve aparecer por la puerta de la cocina. Empezar una nueva
conversación, a veces reír, otras tan solo unas sonrisas. Dar un paseo, volver a casa.
Visitas de su madre y de Ana, llamadas de Miriam, también visitas, conversaciones
en mitad de la noche, besos que ya duran más de un par de minutos. Esa era su
vida en aquel instante, mientras la observaba de nuevo dormir y cuando ya creía
tener que despertarla.

M: Esther… tienes que despertarte ya o no dormirás esta noche.

E: ¿Y crees que podríamos hacer algo si no dormimos?

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La empresaria frunció el ceño al escuchar su voz separándose al tiempo que Esther
sonreía. Dejó salir un pequeño suspiro mientras se acomodaba mirando de nuevo
al techo. Los movimientos a su lado le hacían saber que era ella quien la miraba
entonces.

E: ¿No cuela, no?

M: No, no cuela. –apretando los labios giraba su rostro hacia ella- ¿Has dormido
bien?

E: Bueno… -apoyando el rostro sobre su hombro de decidía por cogerle la mano-


¿Tienes que ir al despacho?

M: Será como mucho una hora.

E: ¿Puedo ir contigo?

M: Te vas a aburrir… -pellizcaba uno de sus dedos- Tengo que redactar un acuerdo,
pero necesito unas anotaciones que tengo allí…

E: Bueno, puedo pasear por el edificio mientras tú lo haces.

M: Como quieras.

Cuando ya aparcaba el coche en su plaza, justo en un lateral del edificio, uno de los
trabajadores la saludaba haciendo sonreír a Esther. Ya caminando a su lado repetía
el mismo gesto al que Maca estaba más que acostumbrada contestando también
mientras le cogía la mano.

M: Ahora te voy a presentar a Teresa… seguro que te cae bien.

E: ¿Quién es Teresa?

M: Una mujer que está aquí desde que mi padre abrió la empresa… -quitándose las
gafas de sol le decía el paso para entrar- Buenos tardes, Teresa.

La mujer alzó la cabeza de la revista que estaba viendo y sus ojos se abrieron como
platos al verlas. Maca ya sonreía mientras a su lado Esther la miraba sin entender
por qué tardaba tanto en reaccionar.

M: Un hola, o buenas tardes… ¿algo?

T: ¡Hola! –con ímpetu cerraba la revista para rodear el mostrador y acercarse a ella
para darle dos besos- ¡Nadie me ha dicho que venias!

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M: Bueno, es que no se lo he dicho a nadie. –sonreía- Te presento a Esther.

T: Muchísimo gusto, criatura. –acercándose a ella le daba dos efusivos besos sin
separarse mucho después- Así que tú eres Esther…

E: Hola.

M: ¿Qué se dice por ahí, Teresa? –sonreía cruzándose de brazos.

T: Pues que os vais a casar y que la tienes en tu casa viviendo. –miraba a una y a
otra- Yo lo primero no me lo creo, todo sea dicho.

M: Jajaja.

E: ¿Qué nos vamos a casar? –preguntaba sorprendida mientras se giraba hacia ella-
¿Cómo que nos vamos a casar?

M: No hagas caso, yo por eso le pregunto… para saber que se cuece.

E: ¿Pero es que hablan de ti de esa forma?

M: De mí y de todo el mundo, Esther… No le des importancia. –cogiendo su mano


daba un paso al frente- Vamos arriba que tengo que hacer unas cosas.

T: Claro, ¿Quieres que avise a alguien?

M: ¿Mi padre no está, no?

T: Que va, se fue esta mañana y por aquí no ha vuelto… Julia tampoco.

M: Bueno, pues ahora bajamos.

Ya en el ascensor, Esther seguía pensando en las palabras de aquella mujer. En la


naturalidad con que Maca había llevado aquellos comentarios. De nuevo se giraba
para mirarla.

E: ¡Que nos vamos a casar!

M: Jajaja ¿Te molesta? –sonreía- Yo hace algunos años que dejé de darles
importancia… no les durará mucho el interés por todo eso.

E: Que vergüenza, Maca… que ahora todos me mirarán como la fresca que quiere
casarse con la jefa… ¡y con bombo!

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M: Jajaja. –viendo que aunque con seriedad sonreía de medio lado se acercó para
abrazarla- Que digan lo que quieran, tú ni caso ¿vale? –se separaba para poder
mirarla.

E: Si a mí me da igual, pero es que… que imaginación ¿no?

M: Bueno, no es muy normal que yo ande con una chica por ahí, ni que la meta en
mi casa, ni que mis padres lo sepan… supongo que… -se encogía de hombros- No
sé.

E: Pues nada, llevaré el titulo de caza fortunas como mucho orgullo.

M: Tonta.

De nuevo salían del ascensor y cogidas de la mano cuando recorrían aquella planta
hasta su despacho. Durante el corto trayecto, susurros y conversaciones a lo lejos
podían percibirse con facilidad. Varios pares de ojos clavados en ellas dos hasta que
la empresaria cerraba la puerta.

M: Dos han dicho que eres muy guapa. –se sentaba frente a su mesa.

E: Y otros dos que menudo chollo ha pillado la lista.

M: Jajaja Ni caso. –encendía el ordenador mientras abría uno de sus cajones- ¿Ya
no quieres hacer ese paseo por el edificio?

E: Ni loca… -la empresaria sonreía.

Ya había pasado la hora dicha y treinta minutos más cuando Maca seguía inmersa
en su trabajo. Escribía sin dejar un segundo de teclear en su ordenador cuando
Esther se levantaba de nuevo para ir hasta la ventana. Comenzaba a anochecer y
aunque no mucho, empezaba a aburrirse. Se giró de nuevo y la vio de espaldas sin
haber cambiado nada de su postura. Suspiró caminando hacia ella y obligándola a
parar mientras se sentaba en su regazo.

M: Ya termino. –la miraba.

E: Tienes los ojos rojos. –quitándole las gafas las dejaba sobre la mesa para volverla
a mirar- ¿Cinco minutos de descanso?

M: Vale. –sentía.

E: ¿Cinco minutos de descanso… con beso? –la veía sonreír cuando también negaba
con la cabeza- Va…

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M: Haces que parezca que yo nunca quiera hacerlo.

E: Es que siempre soy yo la que te lo pide.

M: Porque de las dos tú eres la irresponsable… -la veía fruncir el ceño- Soy yo la
que siempre tiene que parar.

E: Pues no pares, yo no te obligo.

M: Por eso mismo tengo que hacerlo, porque si por ti fuese… -suspiraba.

E: Vale, vale. –sin pensárselo la abrazaba dejando el rostro sobre su hombro-


Anoche no pasó nada.

M: Eso lo dices tú. –la veía separarse para mirarla- Un día a mí me dará un infarto y
entonces tendrás que volver con tu hermana.

E: Te prometo que seré buena y tendré las manos quietas.

M: Tu palabra respecto a esto vale bien poco, Esther… nunca la cumples.

E: Si no te fías, cógemelas. –uniéndolas las adelantaba a su cuerpo- Las coges y


seguro que no las muevo ¿vale?

Cuando aún no había terminado de hablar, Maca ya se pinzaba el labio sin dejar de
mirarla. Realmente no había nada que necesitase más que besarla, podría estar
horas y horas sólo besándola. Lo llevaba mejor, podía contenerse y hacer que si la
tensión aumentaba, se desvaneciese de inmediato. Pero aun así, una pequeña
parte de ella le pedía prudencia.

Sin esperar a que terminase aquella nueva frase que parecía tomar vida ya en sus
labios, la atrajo hacia ella sin avisar. Una mano sobre su nuca mientras la derecha
había agarrado sus muñecas pegándolas contra su estomago.

Esther ya era casi mas impulsiva que ella, aunque en cierto modo porque la
empresaria se contenía el noventa por ciento del tiempo. Había aprendido a llevar
su ritmo sin alterarlo, responder a su iniciativa sin dar opción a ningún paso más.
De aquella forma los besos comenzaban a ser aun más largos. Tanto que en más de
una ocasión ambas habían tenido que comenzar a reír por el color de los labios de
la otra, demasiado tiempo en remojo había dicho Esther una vez.

Sintiendo un pequeño mordisco decidía ir frenando, Esther lo sabía y se negaba a


ponérselo fácil. Soltándose de su mano conseguía rodear su cuello cuando abría

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mas sus labios sintiendo como Maca respondía y comenzaba a acariciar su espalda.
Ambas suspiraron a la vez, Maca debía parar.

M: Ya, ya…. –carraspeaba aun con los ojos cerrados cuando sostenía su rostro entre
las manos- Ya.

E: Maca, yo estoy bien.

M: Termino estoy y nos vamos ¿Vale? –suspirando veía como se levantaba de su


regazo y caminaba hasta el sofá para dejarse caer- Esther…

E: Déjame. –cogiendo un cojín ocultaba su rostro.

M: Venga, enseguida nos vamos.

Veinte minutos más tarde regresaban hasta la casa de la empresaria. Esther no


había vuelvo a decir una sola palabra mientras miraba en todo momento hacia la
carretera. De igual modo atravesaban la puerta cuando se dirigía a paso decidido
hasta el dormitorio.

M: Esther.

Siguiéndola dejaba las llaves sobre la mesa de la entrada. La veía entrar al


dormitorio y lo hacía tras ella. Cuando de nuevo se detenía frente al armario se
giraba.

E: ¿Qué?

M: No te pongas así ¿Vale? No es un motivo por el que te tengas que enfadar.

E: ¿Ah, no? –sin dudarlo un segundo se quitaba el vestido viendo la sorpresa en el


rostro de Maca, que tras dos segundos cerraba los ojos y se daba la vuelta- ¡Maca!

M: Haz el favor de taparte, Esther.

E: No pienso hacerlo. –se acercaba a ella haciendo que se girase otra vez pero sin
abrir los ojos- ¡Esto es ridículo!

M: ¡Esther! Haz el favor de tranquilizarte que te estás poniendo muy nerviosa.

E: Abre los ojos, Maca. –casi clavándole el dedo en la barriga la hacía reaccionar y
de nuevo los abría- ¿No te das cuenta de que esto es absurdo?

M: Querer que estés bien no es absurdo. –sin quererlo sus ojos iban hacia su torso
y de nuevo los cerraba poniéndose después una mano sobre ellos- Esther, tápate.

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E: No pienso hacerlo, ¡voy a ir en bragas todo el día! –cerraba el armario de un
portazo y se iba hasta el baño.

Abriendo los ojos al máximo se giraba justo cuando la puerta se cerraba. Los apretó
entonces con fuerza cuando daba un golpe en el aire y salía de allí.

Minutos más tarde, Esther salía de la habitación escuchando ruidos en el otro


dormitorio. Fue hasta allí para quedarse en la puerta y ver como la empresaria
colocaba parte de sus cosas sobre el mueble. Abrió los labios y observó como justo
en ese instante la descubría mirándola.

E: ¡Ah, no! ¡Eso no, de ninguna manera!

M: ¿No pensabas ir desnuda por la casa? –preguntaba de brazos cruzados.

E: ¿No pensarás dormir aquí?

M: Es una solución bastante buena.

E: ¡Me niego!

M: No estás en situación de negarte, voy a dormir aquí digas lo que digas. Tú no


pones de tu parte, así que se harán las cosas de otra manera.

E: ¡Te odio! –cerrando los puños con fuerza se giraba marchándose.

Suspirando caminaba tras ella. La vio llegar al salón y sentarse en el sofá de brazos
cruzados. Poniendo los ojos en blanco dio el primer paso para ir hacia ella y
sentarse finalmente a su lado.

E: Tres semanas, Maca… me tienes tres semanas así. –se quejaba.

M: Creo que habíamos hablado de esto y ya lo tenías claro.

E: ¿Tan fácil te resulta? –se giraba para mirarla- Porque yo no lo entiendo ¿Vale?
Debería ser al revés, tú sabes si te gusta o no, yo aun no tengo ni la pajolera idea de
lo que es tener sexo con una mujer, y en cambio… -la empresaria guardaba silencio
sorprendida- Parece que esté yo todo el tiempo encima de ti.

M: Es que lo estás.

E: ¿No te apetece? ¿No hay nada dentro de tu cabeza que te diga que te dejes
llevar un poco?

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M: Esther, soy un ser humano… claro que me apetece, seguro que más que a ti. –se
detenía un segundo al pensar en lo que había dicho- Pero no puede ser.

E: ¿Y vamos a estar así de verdad hasta que tenga a la niña?

M: Es lo mejor… -bajaba la vista- Siempre y cuando sigas queriendo.

Tras la cena ninguna de las dos había vuelto a pronunciar una palabra. Aun así, y ya
sobre la cama, Esther había buscado su cuerpo, abrazándola en silencio y sintiendo
como respondía por igual. Ninguna dormía, y la otra lo sabía. Los dedos de la
empresaria jugaban con los suyos cuando dejaba algún que otro beso en su frente.

E: Cuando te vi por primera vez pensé que eras una de esas estiradas que
compraban cuadros solo por decir que tenían alguno. –hablaba de repente- Había
ido hacia ti con toda la intención de comprobarlo y poderme quedar a gusto si era
que tenía razón… -guardaba silencio unos segundos- Después me miraste y… fue
extraño, me encantaron tus ojos en solo un segundo hasta el punto de que me
olvidé por qué me había acercado a ti. Luego me caíste bien, y al ver tu cochazo
pensé… esta tía tiene que llevarse a los hombres de calle. –Maca sonreía sin ser
vista- Pese a todo eso, me gusta y me importa más la Maca que hay debajo de todo
eso, la que se preocupa y la que sonríe por pequeñas cosas… La que no sabe hablar
de sí misma y la que se desespera porque se lo pongo difícil. Me siento afortunada
de tenerte…

Maca había perdido la mirada en la pared que había justo frente a ella. Aquellas
palabras se repetían por si solas en su cabeza cuando sentía el movimiento en el
cuerpo de la pintora y giraba su rostro lo justo para cruzarse con sus ojos.

M: Lo que necesito decirte igual no es muy… oportuno o… -bajaba la vista un


segundo- Seguramente es todo menos…

E: ¿Qué? –la cortaba.

Moviéndose lo justo pasaba a sostener una de sus mejillas mientras la miraba


fijamente. Intercalando su visión entre aquellos ojos y sus labios, tan cerca de ella
en ese momento. Cerró los ojos al tiempo que se inclinaba lo justo para dejar su
frente a la altura de ellos cuando tomaba aire.

M: Te quiero, Esther.

Mirándola de nuevo apretaba la mandíbula cuando no sabía qué esperar. Un beso


que le supo a gloria llegó sorprendiéndola.

M: Es la primera vez que digo eso ¿Sabes?

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E: Pues lo has hecho muy bien. –sonreía acariciándole el pelo- Realmente bien… y
no sé por qué piensas que no es buen momento para decirlo.

M: Porque no sé… no sé si tú…

Cuando aun hablaba las manos de Esther habían agarrado su rostro con fuerza.
Precipitándose contra sus labios sin que la empresaria pudiese hacer nada. Estos se
abrían respondiendo con la misma intensidad cuando todo pensamiento en su
cabeza se turbaba, se escondía, sin poder poner razonamiento alguno.

Sin siquiera pensarlo, ya se podía sentir de lado y casi sobre ella, siempre con la
idea de que aquello era como estar besando algo tan frágil como un soplo de
viento. Quería pensar, quería parar aquello, pero también quería no ponerle fin,
que su vida fuese eso, besarla, tenerla entre sus brazos y sentir como el calor de su
cuerpo también la buscaba.

Un tacto inesperado la hizo reaccionar. La mano de Esther se colaba entre su ropa.


Su piel se había estremecido de tal manera que su cuerpo se había paralizado.
Seguía besándola, pero cualquier centímetro que no fuesen sus labios, permanecía
inmóvil.

E: Confía en mí ¿vale? –la miraba cuando de nuevo ambas volvían a respirar.

M: Esther…

E: Mírame… -sin dejar de hacerlo guiaba su mano hasta la cintura de su pijama,


sorteando con calma su ropa interior hasta que dejaba claras sus intenciones- No
va a pasar nada, Maca… todo está bien.

Cerrando los ojos dejaba caer la cabeza hasta quedar pegada a su pecho, notaba
como seguía bajando, por instinto se alejó mientras el aire se volvía espeso y su
pecho parecía querer explotar de un momento a otro.

Sin dejar a un lado aquella desesperante respiración volvió a mirarla, podía


encontrar más de lo mismo en aquellos ojos. El aliento llegaba a su rostro, la
provocaba, la incitaba, comenzaba a marearse y cerró los ojos, los cerró para no ver
lo que estaba haciendo. Volvía a besarla, sin utilizar ni una milésima parte de toda
la locura que la consumía. Decidió abandonar sus labios encontrando refugio en su
cuello, lo besaba, lo recorría con la punta de su lengua cuando la escuchaba pedir
más. Su mano se anticipó a cualquier pensamiento y esquivó su camisón, todo
parecía desaparecer al contacto con sus dedos, todo menos aquello que andaba
buscando, aquella piel que le hacía suspirar cuando el cuerpo bajo sus brazos se
arqueaba y ese cuello que imploraba segundos antes se retorcía por sus caricias.

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No había vuelta atrás, ya no podía parar. No podía abrir los ojos, no quería hacer
nada más que sentir aquel momento. No había brusquedad, ni prisas, ni afán por
terminar. La acariciaba como si aquel descubrimiento fuese único, como si nunca
más fuese a volver a hacerlo. Los brazos de Esther la rodeaban, aquel beso
regresaba de entre los muertos más vivo que nunca. La mano que había esquivado
un instante antes se empeñaba en llegar a su destino, y lo hacía, lo sentía.

E: Así… -suspiraba cuando de nuevo se miraban.

M: ¿Estás bien?

Asintiendo, Esther afirmaba cuando ninguna dejaba aquello. Maca seguía con su
cautela, sentía que disfrutaba, debía casi hacerlo fríamente no queriendo dejarse
llevar, pero aquella visión, aquel sonido en su voz, en su respiración, la estaban
volviendo completamente loca.

Cerrando los ojos con fuerza se escondía de nuevo en su cuello. Sus dedos se
movían más rápido, debía acabar pronto o no podría parar. Por igual, el mismo
ritmo que ella había cogido era imitado por Esther haciendo que su cintura se
moviese casi frenética en aquella altura obligada para no caer sobre su cuerpo.

Dos segundos más, dos segundos más, repetía en su mente una y otra vez. Cuando
sabía que la haría terminar se detenía, quería tenerla así dos segundos más.

Pero finalmente su mano sentía la tensión, sus dedos una serie de espasmos que
los hacía parar. La mano libre de Esther se clavaba en su espalda casi traspasándola
cuando ella misma debía apretar los dientes por no desplomarse y aguantar.

Cuando de nuevo podía mirarla se encontraba un rostro relajado, sin ver nada más
allá de la oscuridad que le proporcionaban sus parpados. Tragó saliva y comenzó a
dejar besos por su mentón cuando el aire aun salía demasiado inquieto por su
nariz. No podía dejar de besarla, su barbilla, su cuello, sus labios por un mínimo
segundo para bajar de nuevo por su mentón hasta quedar echada y su cuello a tan
solo un centímetro. Expulsando el aire que todavía la abrasaba en un suspiro que
dejaba aun más pesado su cuerpo.

M: Siempre te sales con la tuya.

Era temprano, aunque no tanto para ella, y la gente en la calle ya salía directa a sus
trabajos. Se sorprendió también al ver a algunas familias cargar el coche en la
misma calle. Miró su reloj comprando la fecha y por lo que parecía que mucha
gente empezaba las vacaciones ese mismo día.

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Sonriendo dio un trago de su café justo cuando unas manos acariciaban su cintura e
iban a parar a su estomago. Terminó de ingerir aquel líquido caliente que aun
bajaba por su garganta cuando sentía un beso en su mejilla.

M: Buenos días.

E: Hola. –miraba también hacia la calle.

M: ¿Qué haces ya despierta? –tirando de su mano y sin moverse, la colocaba por


delante de su cuerpo para besar también su mejilla.

E: Milagrosamente ya no tengo más sueño. –bostezaba haciendo sonreír a la


empresaria- He pensado que vamos a ir a mi casa hoy.

M: ¿Por qué?

E: Quiero ver como está, si me han robado o el edificio se ha caído. –se giraba
viéndola fruncir el ceño- Mi casa. –recalcaba- No la de mi hermana.

M: Oh. –miraba al frente- Es verdad… que tú tienes tu casa. –volvía a mirarla- Y yo


aun no la he visto.

E: Y a mi Forfito. –sonreía.

M: ¿Forfito?

E: Mi Ford Fiesta. –decía orgullosa- Lo tengo aparcado frente a casa… si no lo han


denunciado por abandono y llevado después, debería intentar arrancarlo.

El coche se detenía frente al edificio donde vivía la pintora. Aguardaban unos


segundos mirando hacia la fachada mientras Esther sonreía y la empresaria
observaba en silencio.

M: Esther… ¿Hace cuanto que nadie arregla este sitio?

E: Está genial, Maca… solo le hace falta una capa de pintura. –sonreía mirándola-
¿Vamos?

M: Tendría que haber traído un casco. –susurraba para sí a la vez que salía.

E: ¡Mi coche!

A paso ligero caminaba hasta el vehículo aparcado. Maca ponía los ojos en blanco a
ver a Forfito, que con dos dedos de polvo aguardaba en su lugar.

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E: Pobrecito… Mira que sucio estás.

M: Lo que me extraña es que siga de una pieza. –se cruzaba de brazos junto a ella
mientras seguía mirándolo- Esto debería estar en un desguace.

E: No digas tonterías. –buscando las llaves durante un segundo daba con ellas y
abría la puerta.

M: ¿Qué haces? –la tomaba por el brazo.

E: Subirme a mi coche, quiero ver si arranca.

M: De eso nada. –negaba con decisión- Tú a ese coche no subes estando yo


delante.

E: ¿Me lo estás prohibiendo?

M: Por supuesto. –le arrebataba las llaves- ¿Y si explota?

E: Jajaja.

M: Yo lo haré. –sin cerrar la puerta subía al coche y metía las llaves en el contacto-
Dudo mucho que lo haga, pero bueno.

Tras un primer intento se escuchaba el sonido de aquel casi desvanecido motor.


Esther apretaba los labios mientras la empresaria hacia un segundo intento
manteniendo la fuerza en el giro de su muñeca y esperaba unos segundos.

M: Esto no arranca.

E: Jo.

M: En todo caso habría que conectarlo a otra batería para que pueda arrancar… lo
de que pueda conducirse ya es otra historia.

E: Tendré que llamar para que se lo lleven. –la empresaria salía de nuevo del
vehículo y tras cerrarlo le volvía a tender las llaves- Vamos a ver cómo está la casa,
con esto ya me he deprimido.

M: Es un coche, Esther. –sonriendo se acercaba dejando un beso en su sien.

Frente a la puerta, la empresaria esperaba mirando a su alrededor, suspirando por


ver algo que realmente no le gustaba. Cuando el sonido de la puerta le llegaba con
claridad volvía a quedar frente a ella y pasaba dando pasos cortos, e igualmente,
mirando expectante aquel lugar.

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E: ¿No te encanta?

M: Mmm no sé si encantar es la palabra. –observaba aun su alrededor.

Lienzos, caballetes, pintura y mas pintura, un mural a medio pintar al fondo, tres
grandes paredes y dos ventanales.

M: No está mal.

E: Esto es el estudio, Maca… ya te dije que había hecho la casa dos partes… ven. –
cogiendo su mano con decisión comenzaba a caminar hasta una puerta al fondo-
Esto sí es mi casa.

Bastante más limpio, e incluso ordenado, aquel lugar era distinto. Caminó hasta el
salón viendo la decoración del mueble principal, había bastantes fotos y no pudo
evitar el pararse frente a ellas.

M: Siempre has sido igual… -sonreía girándose.

E: Vaya, gracias. –ladeaba el rostro acercándose.

M: Igual de guapa, quería decir. –sonreía aun mas recibiendo un cariñoso golpe-
Esto ya me gusta más… -caminaba de nuevo- Es muy acogedor.

E: ¿Quieres ver mi habitación? –volvía a tirar de ella viendo como suspiraba- Seguro
que te gusta.

Aun sin soltarla abría una de las puertas y corría hasta la ventana, subiendo la
persiana con decisión y haciendo que la luz entrase iluminando la estancia. Maca
abrió los ojos impresionada mientras se giraba mirando la pared.

M: Es precioso… -susurraba.

E: ¿A qué sí? –sonreía agarrándose a su brazo- Me llevó varios meses terminarlo…


todo se enlaza, es como un gran mural de mi vida.

M: Esto… -acariciaba una de las partes.

E: Cuando me quedé embarazada… fue la última parte, la había dejado en blanco


para ese momento.

M: Me encanta.

Despacio recorría aquel vientre dibujado y casi translucido, como si aquel fuese el
mismo que ella había acariciado cada noche desde que Esther vivía con ella.

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M: Es genial, Esther… este lugar tiene magia. –se giraba para mirarla.

E: Me alegro de que te guste. –sonreía.

M: Parece que todo lo que venga de ti lo hace. –inclinándose dejaba un breve beso
en sus labios.

E: Y a mí me gusta que hagas eso. –rodeando su cintura la escuchaba reír mientras


miraba al techo- Compláceme un poquito, anda.

M: ¿Más? –la miraba sorprendida.

E: No digas eso porque me tienes en sequia obligada.

M: Por favor… -reía de nuevo- ¿Te das cuenta de las cosas que dices?

E: Hacer el amor es la cosa más bonita que pueden hacer dos personas, lo más
natural y el sentido real del amor.

M: De verdad. –negaba suspirando- Conseguirás que me sienta culpable por algo


que no hago.

E: Exacto. –asentía- ¡No haces!

De nuevo hacia casa de Maca, Esther se mantenía en silencio y mirando por la


ventanilla en la misma pose de enfado con la que había salido de su piso. La
empresaria sonreía de lado mientras la miraba apenas un segundo y se acomodaba
en su asiento antes de detenerse en un semáforo.

M: Esther… -susurraba cogiendo su mano.

E: ¿Qué? –optaba por contestar mientras seguía mirando hacia la calle.

M: No te pongas así porque no tienes razón para enfadarte… y lo sabes. –la veía
girar el rostro hacia ella- Lo sabes.

E: Cuando esté buena y entonces quieras, a ver si quiero yo.

Volviendo a retirarle el rostro hacia que Maca sonriese aun mas antes de inclinarse
hacia ella, llamando su atención cuando de nuevo la miraba y se sorprendía al
sentirla pegada en tan solo un segundo a sus labios.

E: No se me va a pasar por un beso.

M: Lo sé. –volvía a mirar al frente para continuar el camino.

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E: Pero si ahora me das otro cuando lleguemos quizás.

M: Jajaja.

Cuando ya llegaban hacia el edificio los ojos de Esther se abrían con sorpresa y
llevando su mano hasta la de la empresaria sobre la palanca de marchas la hacía
reducir.

M: ¿Qué pasa?

E: Mi madre. –señalaba hacia la puerta.

Girando su rostro, Maca descubría como una mujer permanecía parada frente a la
puerta con un par de bolsas y un macuto en el suelo mientras esperaba de brazos
cruzados.

M: Qué joven ¿no? –la miraba de nuevo.

E: Joder. –mascullaba.

M: ¿Qué?

E: ¡No podía venir mañana! Tiene que venir ahora.

M: Esther, por dios. –le reñía frenando- Haz el favor, que es tu madre.

Cruzándose de brazos, dejaba ver su disgusto por aquella visita inesperada,


consiguiendo que Maca volviese a sonreír mientras negaba en un mínimo
movimiento cuando ya se acercaba hasta el portal.

La primera en bajar era la empresaria, que caminando con tranquilidad iba hacia la
puerta del copiloto para ayudarla a bajar cuando ya los ojos de Encarna se habían
posado en ambas y descruzaba sus brazos comenzando a caminar.

E: ¿Por qué no me has avisado de que venias, mamá?

En: Quería que fuese una sorpresa. –sonreía llegando hasta ella para abrazarla-
Miriam me dio la dirección.

E: A ver que te mire. –separándose de nuevo la observaba con una sonrisa- Tú no te


hagas vieja no sea que te pase algo.

En: Y tú mira que gorda estás. –acariciaba su tripa antes de mirar a Maca- ¿Nos
presentas?

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E: Claro… -daba un paso atrás- Mamá, ella es Maca… Maca, ella es mi madre…
Encarna.

M: Un placer. –dando un paso hacia ella colocaba una mano en su hombro para
darle dos besos.

En: Igualmente. –asentía cruzando de nuevo sus brazos sin dejar de mirarla.

E: Bueno…

M: Toma. –buscando en sus bolsillos sacaba un juego de llaves- Id subiendo


vosotras mientras yo encierro el coche.

E: Vale. –abría el portón- Entra tú, mama…

Sin pensarlo, la mujer cogía sus cosas y esquivando el cuerpo de su hija entraba en
el portal sola cuando Esther de nuevo dejaba que la puerta se cerrase.

M: ¿Por qué la haces entrar sola? –sentía como la cogía del brazo separándola de la
puerta.

E: Cállate.

Tirando de su camisa la obligaba a inclinarse hacia ella para besarla. Aun con los
ojos abiertos, la empresaria no terminaba de reponerse cuando ya sentía la presión
obligándola a abrir los labios y dejarse llevar entonces, cerrando los ojos y sintiendo
como soltaba su ropa para sostener su mejilla durante unos segundos en los que
aquel beso aun se prolongaba.

E: Ya está. –se separa- Que seguro que con mi madre ni me mirarás. –girándose
llegaba de nuevo al portal para abrir la puerta y pasar.

M: Va a acabar conmigo…

Ya entrando por la puerta, Esther pasaba hasta el salón seguida por su madre que
miraba aquello con curiosidad.

E: ¿Cuántos días te vas a quedar?

En: Dos o tres, aun no lo sé. Por cierto…

E: Sí, mamá.

En: ¿Sí mamá, qué?

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E: ¿Qué ibas a preguntar exactamente? –se cruzaba de brazos mirándola.

En: ¿Te traes algo con esa chica, verdad?

E: Sí, mamá. –repetía al igual que segundos antes- ¿Alguna más?

En: No. –se giraba de nuevo- Tú sabrás lo que haces con tu vida, no soy yo quien te
tiene que decirte qué hacer… Pero no sabía que tú ibas por ahí.

E: Y no lo hacía.

En: Vale, entonces te importa.

E: Y cuando la conozcas comprenderás por qué.

Después de unos minutos escuchaban como la puerta se abría y como la


empresaria entraba portando varias carpetas, deteniéndose en el recibidor
observándolas.

M: Trabajo.

E: Lo suponía…

M: Os dejo a solas y preparo algo de comer… seguro que queréis hablar. –con algo
de nerviosismo sonreía antes de seguir hasta el dormitorio.

E: Vamos. –agarrándose de su brazo comenzaba a caminar- Cuéntame algo.

En: Cuéntame tú como la conociste que seguro es mucho más interesante. –se
sentaban entonces en el sofá más cercano a la terraza- Está casa debe costar un
dineral…

E: Sí. –sonreía asintiendo.

En: ¿Y ese coche en el que habéis venido? Jesús… -rezaba mirándola de nuevo- ¿Es
rica?

E: Digamos que tiene dinero para vivir cómodamente durante mucho tiempo.

En: ¿A qué se dedica?

E: Mamá… ¿me vas a hacer el tercer grado?

En la cocina, Maca se dedicaba a terminar una ensalada mientras sobre la plancha


varios filetes de pescado y también algo de verdura se terminaba de hacer.

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E: ¿Cómo vas? –entraba sorprendiéndola.

M: Bien… -sonriéndole durante un par de segundos volvía a girarse- ¿Le gusta el


pescado, verdad?

E: Le gusta todo, no te preocupes. –quedándose a su lado pasaba una mano por su


espalda- ¿Tú estás bien?

M: Claro. –asentía mirándola de nuevo- ¿Por qué?

E: No sé… me gusta saber si estás bien.

M: Estoy bien. –asentía de nuevo sonriendo- ¿Y tú estás bien?

E: Sé cómo podría estar mejor. –rodeando su cuerpo por detrás las sentía erguirse
cuando comenzaba a besar su espalda.

M: Esther…

E: ¿Qué? –seguía besándola.

M: Que tu madre está fuera… -suspiraba girándose lentamente- ¿Vale?

E: Mi madre ya sabe lo que pasa aquí… tiene ojo de lince. –la veía sorprenderse- Y
le da igual.

M: Bueno, pues… a mí me parece una falta de respeto. –carraspeaba nerviosa de


nuevo- Así que la norma sigue.

E: La norma, la norma… -mascullaba mirando hacia el techo un segundo- Esa norma


no la soportas ni tú. –rodeaba su cintura- Así que déjate de tonterías.

M: Esther, venga. –tomándola por los hombros intentaba separarla cuando ya


sentía que besaba su cuello- Por favor.

E: Un besito solo… -susurraba.

M: No lo pongas más difícil, cariño… venga. –consiguiendo que se separase la veía


entonces sonreír mientras la miraba- ¿Qué?

E: Me has llamado cariño. –se pinzaba el labio acercándose de nuevo.

M: Esther. –volvía a quejarse cuando notaba las manos sortear su ropa- ¡Esther!

Sintiendo como se pegaba a su cuerpo con más decisión suspiraba resignada a la


vez que sus ojos se detenían en la figura parada en la puerta.

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En: Ejem.

Esther se separaba entonces mientras la empresaria cerrando los ojos se giraba


para seguir con la comida.

E: A veces me gustaría tener una madre normal que se entretiene viendo las
novelas.

En: Y tú… que tienes a la pobre acosada. –se cruzaba de brazos- Seguro que lo ves
más lógico.

Un sonido extraño hacia a madre e hija mirar hacia el cuerpo de Maca que
girándose apenas dejaba ver una sonrisa que podía llegar a ser una gran carcajada
que sin duda estaba evitando. Los ojos de la pintora se cerraban apenas mientras
seguía mirándola.

E: No se te ocurra reírte.

Encarna de nuevo se alejaba de aquella cocina mientras su hija permanecía de


brazos cruzados y la empresaria con una sonrisa en los labios.

M: Oye… que digo, que tu madre puede quedarse, eh… no tiene porque irse donde
tu hermana y estar siempre sola.

E: ¿Aquí?

M: Sí… -se encogía de hombros- Si yo llevase tanto tiempo sin ver a la mía me
gustaría estar con ella.

E: ¿No te importa?

M: Esther… -suspirando se giraba de nuevo- Si quieres decirle que se quede aquí,


hazlo.

Tras la comida, Encarna había preferido echarse un rato en la que sería su cama por
aquellos días. Esther se había quedado dormida sobre el hombro de la empresaria
y esta se dedicaba a mirar la televisión sin prestarle una verdadera atención.

Aburrida decidía apagarla desde el mando a distancia y pasando un brazo por aquel
cuerpo sentía como se acomodaba aun más sobre su pecho.

E: Le has caído bien… -susurraba aun adormecida.

M: ¿Tú crees?

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E: Estoy segura. –ladeaba el rostro- Aunque no lo dudaba… es normal en ti.

M: ¿El qué?

E: Ganarte a las personas en un momento… tienes ese don. –buscando su mano


entrelazaba sus dedos- Hay gente que lo tiene… es como si a tu alrededor hubiese
una constante tranquilidad y bienestar que se aprecia estando a tu lado.

M: Qué profundo… -sonreía.

E: Hablo en serio.

M: Lo sé… -asentía sin borrar su sonrisa- Pero yo no creo que sea así… tiene que ver
más con el carácter.

E: También, aunque te diré que me gusta cuando te enfadas… te pones muy sexy.

M: ¿Sí? –se movía para mirarla.

E: Mucho. –asentía sin mirarla y jugando con el cuello de su camisa- Se te pone una
cara realmente tentadora.

M: Y eso te encanta, claro.

E: ¿Encantarme? No… Lo siguiente. –sonreía entonces mirándola- Realmente creo


que no hay nada en ti que no me guste.

Sonriendo por aquellas palabras, elevó su mano despacio hasta llegar a su mejilla,
ocultándola por completo al tiempo que se acercaba a ella llegando a sus labios.
Dejando un beso lento que hacia sonreír a la pintora.

M: Te quiero mucho, Esther… y puede que no te des cuenta realmente, pero… has
hecho que mi vida merezca la pena.

Sin borrar su sonrisa, besaba aquella mano que aun permanecía en su rostro y
sentía la caricia que dejaba un instante después en ellos, acariciando aun con su
pulgar cuando tomaba aire para hablar y el teléfono comenzaba a sonar
interrumpiendo sus pensamientos.

M: Espera un segundo. –inclinándose hacia un lado agarraba el teléfono para


mirarla de nuevo- Un segundo, eh… –pulsaba descolgando- ¿Sí?

Los ojos de Esther no se apartaban de aquel rostro tenso y preocupado de la


empresaria. Desde que colgase el teléfono y montasen en el coche, había

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encontrado por primera vez un miedo desconocido en aquellos ojos que ya creía
conocer.

E: Maca…

Apretando los labios, se veía incapaz de hablar cuando sus ojos se humedecían de
nuevo y sentía como Esther comenzaba a besar su hombro queriendo darle apoyo.

Minutos después llegaban hasta la residencia y sin querer correr porque a la vez la
preocupación por Esther seguía fuerte en ella, caminaban despacio para llegar a la
puerta y entrar. La pintora no dudaba un instante en coger su mano con fuerza
cuando ya quedaban unos pocos metros de la habitación.

R: Hija. –caminaba hacia ella nada más verla.

M: ¿Cómo está? –soltándose de Esther iba hacia la cama con decisión- ¿Abuela?

R: El médico nos ha dicho que… -miraba a Esther y luego de nuevo a su hija- Se


muere, Maca.

El silencio se instalaba de forma repentina, tan solo aquella difícil respiración que
provenía de la cama se apreciaba entre el miedo a decir algo. Esther cerró los ojos
un segundo cuando veía a Maca inclinarse y besar repetidas veces la frente de su
abuela.

M: Me voy a enfadar ¿lo sabes, no? –cogía su mano comenzando a llorar- Me dijiste
que antes de acabar el verano pasearías conmigo.

Rosario se acercaba a su marido buscando apoyo cuando de nuevo las lágrimas


asaltaban su rostro, cuando la voz de su hija le hacía perder la calma que había
conseguido mantener durante los primeros minutos.

P: Vamos a salir un momento. –tomando del brazo a su mujer comenzaban a


caminar- Quédate con ella.

E: No se preocupe.

Cuando la puerta se cerraba y de nuevo se giraba hacia ella la veía con el rostro
pegado a su pecho, haciendo que inevitablemente su barbilla comenzase a temblar
por verla de aquella forma. Despacio sus pies comenzaron a moverse acercándose
para buscar su mano.

E: Maca…

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M: Estoy bien. –respirando con decisión se erguía sin soltar aquella mano a la que
se aferraba- No te preocupes.

E: Es natural que quieras llorar, Maca… te sentirás mejor.

Sin contestar se sentaba en el borde de la cama con cuidado, llevando la mano que
sostenía hasta sus labios para besarla y después peinar su pelo con sus dedos
mientras seguía mirándola y sus labios temblaban.

M: ¿Sabes qué me dijo cuando te vio? –sonreía recordándolo.

E: Qué.

M: Que haríamos buena pareja… que cuando regresé a la galería era esperándote a
ti. –Esther sonreía emocionada- Y que eras muy guapa… -cerrando los ojos con
fuerza hacia un último esfuerzo por no llorar.

E: Maca… -colocando una mano en su hombro se pegaba a ella pasando el brazo


por su pecho.

M: Nunca tuvo una mala palabra, siempre, en todo… estaba ahí para apoyarme y
darme un abrazo cuando lo necesitase.

Girándose buscaba sus ojos, haciendo que descubriese entonces el color rojizo de
los suyos, uno que hacía que sin dejar pasar un segundo mas, se acercase a ella
para abrazarla y sentir como ocultaba el rostro en su pecho llorando por fin.

E: Llora todo lo que necesites…

Las horas pasaban y Maca seguía junto a aquella cama, sin soltar la mano que con
apenas sus últimas fuerzas se había agarrado a la suya. Esther, sentada a su lado no
se había separado un solo segundo desde que entrasen allí. Rosario y Pedro al otro
lado de la cama guardaban silencio mientras seguían abrazados y haciendo tan solo
por apoyarse en aquel momento.

E: ¿Quieres que salgamos y tomamos un poco el aire? –susurraba abrazándola por


la cintura.

M: Sí. –asentía mínimamente- Venimos en cinco minutos.

R: Vale, hija.

Antes de separarse de aquella cama, la empresaria se inclinaba para dejar un beso


en la mejilla de su abuela, acariciando su frente un par de segundos más cuando ya
sentía como Esther cogía su mano y se giraba para mirarla.
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Ya fuera, había pasado un brazo por sus hombros, sintiendo como se abrazaba a
ella y caminaban casi en un mismo paso hasta llegar a la calle.

E: ¿Nos sentamos en aquel banco?

M: Vale.

Con paso tranquilo llegaban hasta la sombra de un gran roble. Esther no tardaba en
volver a abrazarse a ella y apoyar la mejilla en su pecho.

E: ¿Sabes lo qué hice cuando mi abuela murió?

M: ¿Qué?

E: Me fui al colegio donde había sido profesora y hablé con el director… a la


semana había pintado uno de los laterales del colegio en su honor, aun lo
conservan.

M: Seguro que te quedó muy bonito. –acariciaba su hombro.

E: No estés triste, Maca. –separándose la miraba de nuevo- Piensa que ella ya ha


hecho todo lo que tenía que hacer, ha visto crecer a su familia y seguro que está
muy orgullosa de todos vosotros, y se va con una gran sonrisa por saber que la
habéis querido y la queréis tanto.

M: Solo soy débil con mi abuela y contigo. –bajaba la vista hasta sus manos- No
controlo las cosas.

E: Ven aquí.

Abriendo sus brazos la veía encogerse como si fuese una niña, dejando que la
envolviese con ellos cuando ya se dejaba mecer y besar en silencio. Su respiración
volvía a ser pausada y percibía a la perfección la relajación de su cuerpo en aquel
momento.

E: Maca.

M: Qué.

Cerrando mas aquel abrazo la hacía incorporarse lo justo para encontrar la


comodidad y esperar en silencio.

E: Te quiero.

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Y sin saber por qué la fuerza de sus brazos se hacía mayor, pegando su cuerpo por
completo, sintiendo como la sensación de presión se hacía aun mayor en los brazos
de la empresaria mientras pasaban los segundos.

E: Y no te lo digo por todo esto, eh… -susurraba- Te lo digo porque lo siento, y


necesito decírtelo.

M: Gracias.

Sonriendo mientras ladeaba el rostro, sentía la necesidad de suspirar, de soltar


parte de un aire guardado en su pecho.

De nuevo en la habitación, el silencio seguía siendo el punto más alto de cualquier


sonido. Ambas habían pasado al sofá junto a la cama, Maca dejándose hacer
mientras pegada a su cuerpo, Esther acariciaba sus dedos y su mano con cariño,
calmándola y consiguiendo que por aquellos instantes su cuerpo se relajase
abandonando la tensión que había arrugado su ceño.

Frente a ellas, Rosario las observaba, viendo como los ojos de su hija estaban
puestos en aquella caricia que le ofrecía.

E: ¿Sabes qué? –casi susurraba haciendo que solo ella pudiese escucharla- Voy a
ponerle a la niña en nombre de tu abuela.

El rostro de la empresaria se irguió con rapidez para descubrir aquellos ojos que
tranquilos ya la miraban. Rosario había alcanzado a escuchar aquella parte y miraba
a su marido sorprendida. Esther seguía acariciando su mano cuando sonreía de
lado.

M: Pero…

E: ¿No te gusta?

M: Cla… claro que me gusta, pero… -fruncía el ceño.

E: Pues ya está. –bajaba de nuevo la vista- A mí también… además, andaba sin


decidirme ya tiempo.

M: ¿Estás segura? –se inclinaba mirándola de nuevo.

E: Segurísima. –asentía sin dudar.

Sin pensarlo sonreía y se acomodaba en su cuerpo dejándose de nuevo abrazar.


Recostada sobre su pecho mientras su mano acariciaba la barriga de Esther, como si
realmente pudiese traspasar aquella piel y alcanzar a quien ya comenzaba a querer
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también, a aquel pequeño corazón que latía bajo su vientre, aquel rostro que
incluso ella ansiaba ver.

De aquella forma, y sin apenas darse cuenta, el sueño las vencía sin mayor
esfuerzo. Los ojos de Rosario seguían mirando a su hija, en silencio y tranquilidad.

R: ¿Crees en el destino, Pedro?

P: Claro. –la miraba entonces.

R: Nuestra hija ha encontrado el suyo… -susurraba con una pequeña sonrisa.

Cuando todos dormían, ella había vuelto a despertarse. El reloj marcaba ya las dos
de la madrugada y sin saber por qué, un pequeño impulso la había hecho
despertarse y levantarse después arropando a Esther aun en el sofá.

Junto a la cama volvía a sostener aquella mano que ya sin fuerza alguna se dejaba
manejar. Su respiración era lenta e intermitente.

M: Recuerdo un día que… era domingo. –sonreía mirándola- Estábamos en tu casa


de Jerez, y querías llevarme a que viese como el abuelo recogía la uva… -volvía a
bajar la vista hasta sus manos unidas- Cuando no llevábamos ni medio camino
empezó a llover, y tu sacaste dos bolsas, me pusiste a mí una en la cabeza y la otra
tú. –sonreía de nuevo- Con dos bolsas en la cabeza… -negaba mínimamente- Y yo
era feliz haciendo esas cosas contigo… ¿Recuerdas aquella vez que me viste con
Rocío? –volvía a mirarla como si realmente aquella conversación fuera de ambas-
Como después me miraste y seguiste con tus bizcochos, pensé que no me hablarías
en la vida… después entraste en mi habitación con un buen trozo de bizcocho y un
vaso de leche…

Suspirando dejaba caer su rostro en aquel lado libre del colchón mientras cientos
de imágenes llegaban de sus recuerdos, haciendo que aunque una lágrima también
cayese, una sonrisa se dejase ver en sus labios.

Ma: Macarena, hija… no corras por el barro que mira como te pones el vestido.

M: ¡Mira como salto, abuela!

Ma: ¿Qué haces ahí?

M: ¿Mamá montaba a caballo cuando era niña?

Ma: Tu madre fue muy patosa, hija… -sonreía llegando hasta ella- ¿Dónde estaban
esas fotos?

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M: En una caja en el desván. –miraba de nuevo la que sostenía- ¿Me parezco a
ella?

Ma: Pues… -sentándose a su lado pasaba un brazo por sus hombros- No se lo digas,
eh… -sonreían- Pero tú eres más guapa.

M: ¿Cuándo sea mayor seguiremos siendo amigas, abuela?

Ma: Claro, siempre…

M: Te voy a echar mucho de menos… -apretaba aun mas aquella mano cuando
irguiéndose arrastraba todas las lágrimas que ya caían por sus ojos.

Cerrando los ojos dejaba pasar unos segundos y abriéndolos de nuevo escuchaba
un profundo suspiro que le hacía girarse hacia su rostro.

M: ¿Abuela?

De pie se inclinaba hacia ella mientras su rostro volvía a encogerse y sus labios a
temblar, y justo en ese instante un leve pitido se escuchaba junto a la cama. El
sueño se interrumpía para todos y la imagen de Maca abrazada a su abuela era
descubierta por los ojos de una Esther que poniéndose de pie, se acercaba hasta
ella.

E: Lo siento, Maca.

En el coche de Pedro, ambas iban en la parte trasera mientras seguían al coche


fúnebre hasta el cementerio. Unas grandes gafas de sol ocultaban los ojos que aun
se mantenían rojos y húmedos en el rostro de la empresaria, que sin soltar la mano
que se aferraba a ella, miraba al frente, leyendo la corona de flores que las guiaba;
Tu nieta y amiga…

El coche se detenía frente a la puerta y los que lo seguían aminoraban la marcha


cuando Pedro salía solo para dirigirse hacia la entrada.

R: Mientras el chofer entrega los papeles pasaremos nosotros… deben estar


arreglando el panteón.

Pocos minutos después Pedro regresaba volviendo a tomar el volante de su coche y


haciendo que los demás le siguiesen. Mientras recorrían aquel camino Maca había
bajado el rostro mirando aquella mano que sostenía la suya.

E: ¿Cómo estás? –preguntaba acomodándose en su hombro.

M: No me sueltes ¿Vale?
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E: No pensaba hacerlo. –besando su mejilla detenía la lágrima que ya caía.

Ya de pie frente al panteón, el matrimonio Wilson y ellas dos, se mantenían firmes


a la espera del momento. Esther se había agarrado de su brazo con total seguridad
mientras respetaba su silencio.

A: Maca… -parándose frente a ella intentaba no llorar- Lo siento.

M: Gracias. –contestando al abrazado de su amiga seguía sin soltarse de Esther que


bajaba la vista emocionada- Y por venir.

A: Sabes que quería mucho a tu abuela.

M: Y ella a ti. –sonreía de lado.

Los ojos de Esther encontraban entonces la miraba de su hermana, que con cautela
caminaba entre los allí presentes.

E: Mi hermana y mi madre han venido. –le susurraba haciendo que se girase.

Mi: Hola. –cogía la mano de la empresaria.

M: Gracias por venir.

Mi: Lo siento mucho. –con el brazo libre rodeaba su espalda dándole un pequeño
abrazo antes de volver a mirarla- Si necesitas algo. –la veía asentir agradecida.

En: Mi pésame a tu familia. –cogiendo su rostro dejaba un beso en su mejilla.

De nuevo en silencio, sentía como Esther pasaba un brazo por su cintura pegándose
a ella, besando su hombro y manteniendo su rostro después en él.

M: ¿Tú cómo estás?

E: Yo estoy bien, no te preocupes por eso… -volvía dejar un beso sobre su brazo.

M: Deberías estar tranquila y descansando.

E: Estoy donde debo estar.

Haciendo que todo el mundo cesase aquel susurro que envolvía en lugar, el coche
fúnebre hacia su aparición.

La tarde ya comenzaba a caer cuando llegaban hasta la casa de la empresaria.


Encarna que había ido con ellas en el coche, se dirigía respetuosa hasta el salón
mientras ellas ya caminaban hacia el dormitorio principal.

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E: ¿Te preparo algo calentito? Estás sin comer nada todo el día.

M: Solo me apetece que me abraces, Esther… y que no me sueltes.

Sin contradecir a ninguna de sus palabras, se colocaba frente a ella y le quitaba


aquella chaqueta negra que cubría su cuerpo, viendo como se dejaba hacer sin
levantar la vista del suelo. A la chaqueta le siguió el resto de la ropa cuando ella
también se desnudaba quedando en ropa interior para después quedar las dos
sobre la cama.

E: Ha sido un funeral muy bonito…

M: Sí.

E: Y me ha gustado lo que ha dicho tu madre… Ha emocionado a todo el mundo.

M: Siempre se le ha dado bien hablar.

E: ¿Sabes qué vamos a hacer mañana? –moviéndose lo justo para quedar frente a
ella comenzaba a acariciar su frente.

M: ¿Qué?

E: Ir al cine… salimos a dar un paseo, vemos una peli y luego cenamos en algún sitio
tranquilo ¿Qué te parece?

M: Me parece que tú te estás saltando tu reposo a la torera.

E: Ais… -suspiraba dramatizando y viendo una pequeña sonrisa en sus labios-


¿Entonces qué hacemos?

M: Levantarnos tarde, comer aquí con tu madre… y luego ver una película en el
sofá, si quieres.

E: Pues vaya cambio de plan. –se quejaba abrazándola- Contigo no se puede


negociar, cariño. –separándose de nuevo veía como la miraba fijamente y sin
cambiar su postura.

M: Gracias por estar conmigo hoy.

E: Gracias a ti por dejarme estar… -pasaba un dedo por sus labios- ¿Me dejas darte
un beso o es saltarse el reposo? –viendo que sonreía de nuevo se acercaba a ella
sin llegar a besarla.

M: Por favor… -asentía.

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Mirándolos antes, terminaba de recorrer el camino hasta ellos, encontrando la
necesidad, sintiendo lo mismo casi sin saberlo. Cuando ya abría sus labios por el
casi imperceptible movimiento de su rostro, el cuerpo de Maca también se movía
quedando parcialmente sobre ella.

Maca aun dormía cuando decidió levantarse y salir del dormitorio. Entrando en el
salón descubría la presencia de su madre en un rincón del sofá leyendo, viendo
como al escucharla levantaba la vista del libro quitándose las gafas.

En: ¿Cómo está?

E: Más tranquila… -suspiraba sentándose a su lado- Se ha quedado dormida.

En: En unos días estará bien. –acariciaba su mano- No te preocupes.

E: ¿Me pasas el teléfono? –segundos después ya se lo tendía.

En: ¿A quién vas a llamar?

E: A su madre. –llamando entonces se colocaba el auricular a la espera- ¿Rosario?

R: Sí… dime, Esther.

E: ¿Cómo estáis?

R: Como se puede, hija… -suspiraba- Pedro ya se ha metido en la cama y yo estoy


haciendo tiempo a ver si me da un poco mas de sueño… ¿Y Maca?

E: Durmiendo, estaba agotada. –bajaba la vista un segundo- Te llamaba porque


quería pedirte un favor.

R: Claro, dime.

E: ¿Tendrías una foto que yo pueda usar de María y Maca juntas?

Apagando las luces de la casa recorría de nuevo el camino hasta el dormitorio.


Entrando sonreía al ver como no se había movido ni un solo centímetro de su
postura y no queriendo molestarla, se echaba a su lado sin dejar de mirarla.

M: ¿Dónde estabas? –la sorprendía preguntando sin moverse.

E: Con mi madre… y he llamado a la tuya para saber cómo estaban. –acariciaba su


mentón- ¿Tú cómo estás?

M: Cansada… -susurraba abrazándose a ella.

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E: Pues duérmete otra vez…

Rodeando su cuerpo la escuchaba ya respirar con tranquilidad sobre su pecho. Sus


ojos seguían sin poder cerrarse mientras continuaba pensando en todo lo ocurrido.

En los días posteriores aun se palpaba la tristeza de la empresaria. Guardaba


silencio la mayoría de las veces, haciendo lo posible por hablar con naturalidad
cuando Esther o su madre se interesaban por ella, incluso cuando una mañana Ana
se presentaba en la casa para desayunar.

Esther intentaba no dejar pasar un segundo en el que pudiese sentirse sola o más
triste de lo que ya estaba.

M: Voy a ir al despacho.

E: ¿Por qué?

M: Sandoval está con mi padre y se cree que puede aprovechar que no estoy, voy a
decirle cuatro cosas. –cogía las llaves malhumorada.

E: Ey… -dando los apenas cinco pasos que las separaban se colocaba frente a ella
cogiendo su mano- Así no, eh… -sonreía de medio lado.

M: Me saca de quicio, Esther… -se quejaba.

E: Bueno, yo también lo hago a veces y no te pones así. –seguía sonriendo viendo


como cambiaba su gesto.

M: No me compares, por favor.

E: Ven. –tirando de su mano caminaban hasta la cocina mientras Encarna ya sonreía


bajando la vista de nuevo hasta su libro.

M: ¿Qué?

E: Relájate un poquito ¿sí? –pasando ambos brazos por su cintura se pegaba a ella.

M: No estoy nerviosa. –la miraba entonces.

E: ¿Seguro? –la besaba- Prométemelo. –volvía a besarla escuchándola suspirar-


¿Uhm? –seguía besándola.

M: Me gusta que me beses, esto no es ninguna tortura china para hacerme hablar.
–sonreía entonces.

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E: ¿Te gusta? –pegaba sus labios con más fuerza- A mí también.

M: Ya está. –dejaba caer el peso de sus hombros- Ya estoy más tranquila.

E: Así me gusta. –palmeando su trasero se separaba- Ahora te puedes ir.

M: Gracias. –le hacia una pequeña reverencia antes de salir por la puerta.

Sin dejar de sonreír volvía a caminar para regresar al salón y ver como también su
madre sonreía de lado sin apartar los ojos de su libro.

E: ¿Por qué sonríes tú?

En: Haces lo que quieres con ella, y creo que aun no lo sabe del todo.

E: Sí lo sabe. –sonreía mirando hacia la televisión.

Aprovechando que iba sola en su coche había subido el volumen de la música por
encima de lo habitual en ella, aceleraba en cada recta que se abría paso ante ella y
esquivaba cada coche con la soltura que tanto echaba de menos.

Llegando hasta el edificio comenzó a pisar el freno para tomar la curva y entrar en
el parking, deteniéndose finalmente en su plaza para abrir la puerta y salir con
decisión.

M: Hola, Teresa.

T: Ho… hola. –se sorprendía al verla entrar de aquella forma- ¡No le mates!

En el ascensor golpeaba el suelo con la punta de su bota mientras miraba hacia el


panel luminoso. Un pequeño tintineo le avisaba de la llegada cuando ya esperaba a
que se abriesen las puertas. De igual manera caminaba hasta su despacho.

M: ¿Están todavía dentro? –señalaba hacia la puerta.

J: Sí. –asentía casi asustada- ¿Estás muy enfadada?

M: Lo justo para mandarle a la mierda. –quitándose las gafas de sol abría la puerta
viendo como su padre se ladeaba y quien frente a él hablaba, cesaba en sus
palabras para girarse.

P: Macarena. –levantándose iba hacia ella cuando parecía percibir el destino de sus
pasos.

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M: Estoy tranquila, estoy tranquila… -elevaba sus manos viendo como Sandoval se
levantaba sin dejar de mirarla- Solo quiero decirle algo.

P: No pasa nada ¿vale? Solo estamos hablando.

M: Bien. –esquivando el cuerpo de su padre comenzaba a caminar hasta el asiento


tras la mesa- Estoy tranquila. –repetía casi para sí cuando ya acomodaba ambos
brazos sobre la mesa- Solo quiero saber una cosa. –le miraba entonces fijamente-
¿Tú te piensas que yo soy cualquier tía a quien le puedes tomar el pelo, verdad?

S: Yo… -miraba a Pedro.

M: Yo, yo, yo… -imitaba- No mires a mi padre porque aunque él esté aquí la que
dirige todo esto soy yo… y a quien tienes que darle explicaciones es a mí.

S: Vamos a ver, Maca… -suspiraba.

M: No me gusta hacer tratos contigo. –sentenciaba enfadada- No me gusta tener


que hacer tratos contigo porque no sabes hacer las cosas, solo miras el dinero y
todo lo demás te da exactamente igual. –apretaba la mandíbula- Y esto que has
hecho… bueno, has vuelto a hacer… -se levantaba con ambas manos sobre la mesa-
Es tocarme a mí las narices.

S: Pedro… -se giraba de nuevo.

P: Te lo estaba intentando explicar, Ángel… pero es que no atiendes a razones.

S: Está bien. –recogía las carpetas sobre la mesa.

M: Como vuelvas aquí queriendo hacer las cosas a mis espaldas te las vas a ver
conmigo, te lo advierto.

Padre e hija veían como definitivamente, recogía sus cosas y comenzaba a caminar
hasta la salida, deteniéndose cuando ya sujetaba el pomo pero continuando
después sin mirar atrás.

Maca suspiraba dejándose caer de nuevo cuando su padre abría una caja sobre la
mesa y sacaba uno de sus puros.

P: No te enfades… sabes lo terco que es.

M: ¿Y por eso tiene que hacer las cosas así? ¿Qué soy yo? ¿Una mierda en esta
empresa o qué?

P: Venga, venga… no exageremos. –se sentaba frente a ella- ¿Cómo estás?

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M: Enfadada, papá… enfadada. –daba un golpe sobre la mesa.

P: ¿Y Esther?

M: En casa. –miraba hacia la ventana.

P: Sé que estamos pocas veces a solas y… me gustaría hablar contigo, hija.

Maca se giraba en un movimiento lento desde su silla, descubriendo el gesto


tranquilo de su padre, uno que conocía demasiado.

M: ¿De qué quieres hablar?

P: ¿Estás segura de lo que estás haciendo con Esther?

M: ¿Qué es según tú, lo que estoy haciendo con Esther? –preguntaba con calma.

P: Sabes a qué me refiero, Maca… -se levantaba caminando después hasta la


ventana- Va a tener una hija, y eso es algo serio y que conlleva mucha
responsabilidad. –volvía a mirarla- ¿Qué vas a ser tú para esa niña?

M: Pues no lo sé, papá. –unía ambas manos sobre su regazo en una postura
defensiva- Porque realmente esa niña no es nada mío, pero sí la hija de la mujer a
la que yo quiero, por lo tanto será alguien a quien también querré y cuidaré si fuese
necesario.

P: ¿Estás segura de que estás preparada para algo así?

M: ¿Qué te molesta? ¿Qué esté cuidando de Esther o la idea de que pueda


hacerme cargo de ella y de la niña?

P: No me molesta nada, Maca… solo quiero saber que sabes lo que tienes entre
manos, y que estás preparada para eso…

Bajando la vista soltaba parte del aire que había estado conteniendo,
recriminándose el haberle hablado así. Frotando su frente sentía la mano y la
presión sobre su hombro.

P: Confío en ti, Maca.

M: Perdóname. –colocando su mano sobre la suya se gira para mirarlo


parcialmente- Estoy cansada y enfadada, no es culpa tuya. –levitándose hace que
su padre de un paso atrás- ¿Le das un beso a mamá?

P: Claro.

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M: Dile que si no pasa nada el domingo vamos a comer.

Colocándose de nuevo las gafas de sol se despedía de Julia con la mano y decidía
bajar por las escaleras. Casi a paso ligero saltaba cada escalón hasta llegar a la
planta baja y volver a alzar la mano para despedirse de Teresa.

Ya en el coche encendía el motor, haciendo que la música de nuevo se escuchase


fuerte, dando marcha atrás para enfilar la salida y tras comprobar que ninguna
coche obstaculizaba su marcha acelerar incorporándose y aminorando la velocidad.

Antes de llegar a la calle principal que daba al edificio, el coche tomaba otra salida y
se zambullía en pleno centro, decidiendo entonces bajar la música y prestar
atención a cada coche que se acercaba en su dirección. Un par de minutos después
frenaba frente un cartel conocido y bajaba sin dudarlo.

-Buenas tardes.

M: Buenas tardes. –sonreía mirando a su alrededor.

-Perdida. –sonríe al verla dudar y aun mas cuando asiente en un suspiro- ¿Qué
ocasión?

M: ¿Cuáles se eligen cuando quieres decir…? -echaba otra ojeada mientras su


mente trabajaba a todo rendimiento.

Abriendo la puerta escuchaba la televisión encendida. Cerraba con cuidado y


dejando las llaves en la mesa de la entrada comenzaba a caminar asomándose
primero sin llegar a pasar.

En: Está en el dormitorio. –contestaba sin mirarla.

M: Gracias.

Sonriendo seguía su camino y colocaba la mano tras su espalda. La puerta se


encontraba entornada aunque ya desde fuera podía observarla de espaldas a la
ventana con un caballete frente a ella.

M: Hola. –pasaba deteniéndose en la puerta.

E: Hola. –sonreía mirándola- No sigas, eh… -se limpiaba las manos caminando hacia
ella.

M: ¿Qué haces?

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E: Es una sorpresa. –se ladeaba viendo como también se movía esquivando sus
ojos- ¿Qué llevas ahí?

M: Una sorpresa. –sonreía también- ¿Yo primero y luego tú?

E: Vale.

M: Vale. –repetía descubriendo entonces su mano y el ramo de flores que sostenía-


No sabía cual escoger así que he elegido las que más me gustaban y… -movía la
mano libre sobre el ramo mientras señalaba las flores- Ha salido esto.

E: Es precioso. –cogiéndolo lo acercaba hasta su rostro para olerlo.

M: ¿Te gusta? –metiendo ambas manos en los bolsillos de su pantalón la miraba sin
perder detalle- Creo que nunca en mi vida había regalado flores así…

E: ¿Así?

M: De nerviosa. –apretaba los labios sin dejar de mirarla.

E: Me encantan. –acercándose la besaba.

M: Hay… llevan una tarjeta. –volvía a señalar cruzándose de brazos después.

E: Es verdad.

Maniobrando sin soltar el ramo, alcanza un pequeño sobre, sonriendo sorprendida


mientras lo abría y sacaba la tarjeta.

E: ¿La leo en voz alta? –preguntaba sonriendo y viendo como se encogía de


hombros- Vale… -volvía a bajar la vista para leer- He descubierto que todo ese
tiempo que siempre he querido controlar no existe estando a tu lado. Te quiero.

Sin borrar su sonrisa releía de nuevo aquellas palabras en silencio. Frente a ella, la
empresaria se pinzaba el labio sin perder detalle de su rostro mientras continuaba a
la espera de una posible reacción. Suspirando veía como de nuevo la miraba.

E: Se te da bien, eh… -alzaba la tarjeta emocionada.

M: Es la verdad. –bajaba la vista hasta el suelo.

E: Gracias. –dejando el ramo sobre la cama volvía a acercarse a ella para rodear su
cintura y mirarla- Me ha gustado mucho. –de puntillas llegaba hasta sus labios para
besarla.

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M: Me alegro.

E: ¿Y a qué se debe? –sonreía.

M: Me apetecía. –le restaba importancia- Nunca te había regalado nada.

E: Eso no es verdad. –negaba sin dejar de mirarla- ¿Y todo lo que estás haciendo
por mí no es un regalo?

M: No, lo hago porque quiero.

E: Pues ya está. –sonreía de nuevo- Me estás regalando tu tiempo, tu compañía…


Otra vida que no conocía. –terminaba por susurrar.

M: En eso me temo que estás equivocada… -sonreía inclinándose y besándola de


nuevo- Bueno… ¿y mi sorpresa?

E: Sí. –separándose la hacía quedar donde mismo estaba- Cierra los ojos.

M: Los cierro.

Viendo como efectivamente le hacía caso, volvía hasta su lugar anterior y con
cuidado cogía aquel lienzo para ir hasta ella.

E: Ábrelos.

Adaptándose a la luz que entraba por la ventana apenas tardaba un par de


segundos en detenerse sobre lo que las manos de Esther sostenían.

La imagen la conocía, ella misma la llevaba en una pequeña foto en su cartera.


Incluso recordaba el día exacto como si tan solo hubiese sido el anterior. Aquel
jardín y aquel abrazo a su abuela en su setenta cumpleaños.

E: Tu madre me dio la foto… lo he estado haciendo estos días en los ratos que te
ibas, lo acabo de terminar.

M: Gracias.

Con cuidado movía el caballete hacia ellas para volver a dejar el cuadro sobre él,
colocándose entonces junto a ella mientras se agarraba a su brazo.

E: Hacia tiempo que no pintaba un retrato. –ladeaba su rostro sin dejar de mirarlo-
Creo que no está mal. –se giraba hacia ella.

M: Es perfecto. –susurraba mirándolo aun.

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E: ¿De verdad te gusta?

M: Si llego a saber esto, te traigo la tienda y no un simple ramo de flores. –sonreía


entonces emocionada- O un jardín entero.

E: Bueno… es lo que más a mano puedo hacer por ti, quería hacerlo.

Giraba su rostro para mirarla, descubriendo unos ojos emocionados y una sonrisa
que le hacía abrazarse a ella, sintiendo como acariciaba con la nariz su rostro antes
de besarla.

M: Te quiero mucho.

En el salón, Esther miraba desde una distancia más alejada mientras Maca alzaba el
cuado esperando colocarlo recto y sobre una de las paredes principales. Encarna
miraba todo desde el sofá.

E: ¡Ahí!

M: Vale, pues coge el lápiz, vienes y lo marcas. –intentaba no moverlo.

E: A ver… -de puntillas estiraba el brazo marcando cada esquina- Ya está… Ya


puedes bajarlo.

M: Gracias.

E: Pues yo voy a darme una ducha… que tengo calor. –sin dudarlo y
sorprendiéndola, le dejaba un beso en los labios antes de marcharse.

M: Vale.

Arrodillándose se acercaba hasta la caja de herramientas. Cuando de nuevo se


incorporaba Encarna permanecía frente a ella.

En: Te echo una mano.

M: No es necesario… no se preocupe. –la miraba unos segundos antes de girarse.

En: Mujer, no me cuesta nada. –cogiendo el martillo se lo tendía con una sonrisa-
Quería hablar contigo.

M: Claro. –con algo de nerviosismo volvía a colocarse frente a la pared.

En: ¿De verdad quieres a mi hija?

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M: ¡Joder! –llevándose con rapidez el dedo hasta los labios retrocedía- Joder, joder,
joder…

Frunciendo el ceño miraba de nuevo a la mujer que sonriendo dejaba ver aun su
sorpresa por aquel golpe de martillo.

En: Tampoco es para que te pongas nerviosa… -la veía erguirse de nuevo mientras
la miraba- ¿La quieres o no?

M: Sí. –contestaba sin dejar de mirarla.

En: ¿Cuidarás de ella?

M: Cuidaré de ella.

En: No le hagas daño… -dejaba la caja de clavos sobre la mesa- O te buscaré y te las
verás conmigo.

M: No se preocupe por eso, nunca haría algo así.

En: Bien… entonces me quedo más tranquila. –sonreía de nuevo- Me marcho esta
noche, y solo quería que esto quedase claro.

M: ¿Se marcha?

En: Sí, no me gusta interferir en la vida de mis hijas y… además, ya he abusado de


tu hospitalidad demasiado, solo quería disfrutar un poco de Esther antes de irme.

M: ¿Dónde se va?

En: A casa de una prima en Lyon.

M: Vaya… ¿lo sabe Esther?

En: Ahora iba a hablar con ella… -suspiraba girándose- Cuidado con los demás
dedos.

Sentada en un rincón del sofá leía en silencio sin que Esther hubiese regresado de
su ducha ni Encarna después de haber salido. De vez en cuando su rostro se giraba
por si solo para volver a ver aquella pintura, haciendo que una sonrisa saliese de
sus labios.

Sin esperarlo el timbre sonaba haciendo que se levantase para ir a abrir.

M: ¿Sí?

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Mi: Soy Miriam.

Abriendo la puerta retiraba su dedo del altavoz y caminaba hacia el dormitorio,


viendo como madre e hija salían cargando con un macuto y unas bolsas.

M: Es Miriam.

En: Que rápida. –sonreía entrando al salón.

M: Pero… ¿es que se va ya?

E: Es una cabezota… ahora dice que quiere ir a ver también a mi tía antes de irse. –
suspiraba sentándose.

M: ¿La llevo?

En: Uy quita, quita… yo en autobús, tranquila.

De nuevo llamaban a la puerta y aun sorprendida abría cuando Miriam le daba dos
besos saludándola y pasaba hasta el salón.

Mi: Digo, si no corro seguro que se va sin despedirse. –pasaba un brazo por los
hombros de su madre.

En: Pues si veo que tardas me voy.

Mi: Lo sé. –dejaba varias carpetas sobre la mesa- ¿Te llevo?

En: Otra. –irguiéndose la miraba- Que me voy en autobús… son quince minutos y
luego Mari Carmen me acompaña a la estación de tren.

E: No sé por qué narices te tienes que ir tan lejos, mamá.

En: Pues porque me apetece cambiar de aires… y allí estaré tranquila. –se giraba
entonces hacia Miriam- Tú vigílala, ¿me oyes?

Mi: Tranquila, mamá… si está cuidada por todos sitios. –acercándose la abrazaba-
Llámame cuando llegues, para saberlo y no estar preocupada.

En: Sí, hija… sí. –asentía suspirando- Llámame cuando mi nieta aparezca ¿Vale? –
abrazaba entonces a Esther- Y cuídamela hasta que venga a verla.

E: No te preocupes. –sonreía.

En: Bien… -cogiendo el macuto se giraba entonces hacia Maca- Cuida de mi hija. –
extendía su mano.

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M: Lo haré. –sonreía.

En: Pues me voy. –caminaba hacia la puerta- Portaros bien y no hagáis nada malo.

E: Adiós, mamá. –bajaba la vista un segundo mirando después a Maca que


caminaba para sentarse a su lado- Y esa es mi madre… silenciosa viene, y silenciosa
se va.

Alrededor de la mesa, Miriam había dejado varias fotografías de una galería


interesada en exponer parte de los cuadros de Esther. Maca, miraba todo bastante
impresionada mientras ambas hermanas discutían sobre las mismas.

Mi: Quedan quince de los últimos, creo que es suficiente ya que no es demasiado
grande y quedaría bien.

E: No me gusta esta parte. –cogía una de las fotografías- ¿Quién fue el imbécil que
pintó esta pared?

Mi: Pues no lo sé, cariño…

E: Si le ponen un panel claro encima sí, si no prefiero no hacerlo.

Mi: Hablaré con ellos.

E: Por cierto… ¿has visto mi nuevo trabajo? –sonreía señalando la pared- Lo he


acabado hoy.

Mi: Vaya. –levantándose caminaba hacia él- Pensé que habías desechado la idea de
los retratos.

E: Y así sigue, pero eso es otra cosa. –sonreía mirando a Maca- Es un regalo para mi
chica. –la empresaria abría los ojos sorprendida- ¿Qué?

M: Nada, nada.

Mi: Pues te ha quedado genial. –se volvía- Buen regalo. –sonreía.

M: Sí.

Mi: Bueno… ¿entonces hablo con ellos o no?

E: Sí, pero que cambien esa pared, es horrible. –se acomodaba sobre el hombro de
Maca- Y que antes de hacer nada yo te daré la localización de los cuadros.

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Mi: Vale. –recogía todo sobre la mesa- Pues mañana te digo algo. –dejando un beso
sobre su frente cogía su bolso- Hasta luego, chicas.

M: Hasta luego.

Suspirando, la empresaria reclinaba la cabeza sobre el sofá y cerraba los ojos.


Sintiendo segundos después como los dedos de Esther la acariciaban haciendo que
sonriese.

E: Menudo día, eh…

M: Sí. –giraba su rostro mirándola- Qué largo…

E: Ya estamos solitas. –inclinándose comenzaba a besar su cuello, viendo como se


movía dejándole espacio.

M: Ajá… -contestaba mirando hacia el lado contrario.

E: Solas… -repetía sin ver la sonrisa en los labios de Maca- Sin nadie que nos
moleste.

M: Claro.

E: ¿No te apetece hacer nada, uhm? –daba un pequeño mordisco escuchándola un


segundo después suspirar- ¿Eso es qué sí?

M: ¿Quieres un poco de agua? –se levantaba cuando Esther se dejaba caer donde
mismo había estado sentada- ¿Eso es qué no?

E: Qué dura eres. –suspiraba mirándola y descubriendo una sonrisa- Yo no me rio.

M: Ni yo. –escuchaba su móvil- A ver quién narices es ahora.

Caminando hacia la mesa aun se maldecía por aquella llamada. Cuando ya lo


sostenía su rostro cambiaba al ver el nombre en la pantalla. Apretando la
mandíbula lo silenciaba dejándolo de nuevo sobre la mesa.

E: ¿Quién es?

M: Nadie. –se giraba para ir a la cocina- ¿Quieres algo?

E: No.

Sin dejar de mirar al móvil veía como de nuevo se iluminaba pero sin sonar esa vez.
Volvía a mirar a la cocina cuando Maca regresaba con una cerveza.

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E: ¿Qué importante es ese nadie para que no me digas quién es pero tampoco se lo
cojas?

M: Nadie que me importe, Esther. –la miraba entonces- No pasa nada.

E: ¿Alguna mujer con la que has estado? –preguntaba cambiado su rostro.

M: Oye. –dejando la lata se sentaba hacia ella sorprendida- ¿Por qué pones esa
cara?

E: Nada.

M: Esther… -agarrando su mentón volvía a girar su rostro descubriendo que sus


ojos aun seguían esquivándola- No, eh… así no te pongas, por favor.

E: ¿Alguien que aun te importe? –volvía a mirarla.

M: Mírame. –acercándose aun mas se quedaba a escasos centímetros de ella sin


dejar de mirarla a los ojos- A mí no me importa nadie más que tú ¿vale?

E: Seguro que es alguna más guapa y que no te daría tantos quebraderos de


cabeza. –refunfuñaba- Y si no te importase hubieses cogido el teléfono.

M: Por Dios. –cerrando los ojos dejaba caer de nuevo la cabeza- Lo que me faltaba
hoy.

E: Sigue llamándote.

Mirándola de nuevo se mantenía en silencio durante unos segundos antes de


tomar su rostro con ambas manos y llegar hasta sus labios sin vacilar. Abriendo los
suyos y amoldándose a la perfección un par de segundos en los que ambas
profundizaban y Esther se movía acercándose a ella, escuchándola suspirar de
manera fuerte.

M: Mira como me tienes… -se separaba lo justo para mirarla sin soltar su rostro-
Piensa todo lo que has cambiado, lo que he cambiado gracias a ti… Haría cualquier
cosa por ti, Esther. ¿De verdad crees que puede haber alguien que me interese más
que tú?

Pasadas las doce de la noche, Esther ya dormía mientras Maca seguía con los ojos
puestos en el techo, con el único sonido de la respiración junto a su rostro mientras
seguía acariciando su hombro en un gesto casi automático.

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La duda de por qué Sandra le había llamado aun le asaltaba. Ya casi podía decir que
había olvidado su existencia. La aparición de Esther en su vida había eclipsado
cualquier pasado en ella.

Girando su rostro suspiró de manera tranquila mientras comenzaba a adaptarse a


la oscuridad y aquel se iba dibujando segundo a segundo frente a ella. Elevando la
mano que reposaba sobre el colchón llegó hasta su frente, acariciándola despacio
para después bajar por el perfil de su nariz y volver a suspirar.

Despacio para no despertarla, decidía levantarse y salir del dormitorio. Tras entrar
en la cocina y servirse un poco de agua regresaba hasta el salón con el móvil en la
mano.

M: Esto se acaba ya. –buscando su nombre en la agenda se acomodaba en el sofá


mientras miraba hacia la ventana.

S: Por fin.

M: Hola, Sandra.

S: Te estuve llamando hace un rato…

M: Lo sé, por eso te llamo. ¿Qué pasa? –preguntaba con rapidez.

S: Quería hablar contigo… -la escuchaba suspirar- Vuelvo a España, las cosas no han
ido bien por aquí.

M: Vaya, pues lo siento.

S: Ya… Me preguntaba si cuando llegue podríamos vernos.

M: La verdad es que… no va a poder ser.

S: ¿Por qué? ¿Estás muy ocupada?

M: Estoy con alguien, Sandra. –dejaba pasar unos segundos- Y si te he llamado es


para dejar claro que… que se acabó eso de llamarme y aparecer o…

S: ¿Vais en serio?

M: Sí… lo bastante serio para querer dejar atrás cosas como…

S: Yo. –le cortaba con sequedad- Muy bien.

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M: No quería decirlo así, solo que las dos sabemos que la única razón por la que
nos veíamos no puede ser, yo no quiero.

S: Vale, pues que te vaya bien.

M: A ti también.

Dejando de nuevo el teléfono sobre la mesa se recostaba cerrando los ojos,


dejándose llevar entonces por aquel silencio que llenaba la casa. Aunque apenas
duraba unos segundos cuando los pasos de Esther llegaban a la puerta llamando su
atención.

E: ¿Estás bien?

M: Sí. –levantándose caminaba hacia ella- ¿Qué haces levantada?

E: No estabas.

M: Vamos, anda… -pasando un brazo por sus hombros comenzaba a caminar a su


lado- ¿Tú no decías que dormías siempre profundamente? –sonreía.

E: Y lo hago… pero me has quitado el brazo que tenia de almohada y lo he notado…

La organización de la nueva exposición tenía a Esther realmente inquieta aquella


semana. La empresaria intentaba una y otra vez conseguir o intentar que dejase
todo a un lado, aunque las veces en que aquello surgía efecto eran la gran minoría.

La escuchaba hablar por teléfono mientras ella había optado por encender el
ordenador y trabajar aquella mañana.

E: ¡Ahí no pueden poner tres, Miriam! Con dos ya queda cargado, joder… Vale,
llámame en un rato. –colgaba sentándose junto a ella en el sofá.

M: Vas a conseguir que me enfade.

E: Yo ya lo estoy, así que equilibramos la cosa. –suspiraba cruzándose de brazos-


Odio no poder estar en los sitios y tener que enterarme de las cosas por teléfono.

M: Y yo odio verte así de alterada y me aguanto porque no haces caso de ninguna


de las formas, Esther.

Girando su rostro veía como aun con las gafas puestas, podía apreciar a la
perfección como sus ojos se entornaban malhumorados y su ceño se fruncía
ligeramente.

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E: Pues lo siento… Porque de la única manera que se me ocurre para relajarme, tú
no quieres.

M: Ya estamos. –cerrando el portátil la miraba.

E: Ah, tú tienes la culpa. –volvía a mirar al frente.

Despacio dejaba el ordenador sobre la mesa y tomando su mano la alzaba


haciendo que su cuerpo se girase dándole la espalda, momento en que tomándola
por el hombro la conseguía recostar sobre sus piernas.

E: ¿Me vas a relajar?

M: No como te gustaría. –sonriendo se inclinaba para besarla repetidas veces y de


manera lenta.

E: Joder.

M: Últimamente dices muchos tacos, eh… -comenzaba a acariciar su vientre- Te


estás volviendo una mal hablada.

E: ¿Y los que sueltas tú, qué?

M: Pero yo ya era una mal hablada… aunque esto lo negaré delante de mi madre. –
volvía a besarla.

E: Que te crees que tu madre no lo sabe. –sonreía.

M: Una cosa es que lo sepa y otra que yo se lo admita… ¿Qué pasaría con todos
esos años de colegio privado que me hicieron ser una niña bien?

E: ¿Ibas a un colegio privado?

M: De los mas pedantes que te puedas imaginar.

E: Así de pijas has salido tú.

Había decidido darse una ducha, Maca preparaba ya la comida y de pensar en el


calor que hacia se le quitaba hasta el hambre.

Sin prisa salía para secarse, agradeciendo aquel cambio de temperatura en su


cuerpo. De igual manera y con absoluta tranquilidad se pasaba crema por los
brazos colocándose después una larga camiseta de tirantes. Cuando comenzaba el
calvario de ponerse la ropa interior un fuerte dolor le hizo doblarse mientras
gritaba.

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La empresaria soltaba lo que llevaba en las manos y corría veloz hasta ella,
abriendo la puerta casi de un golpe y encontrándola arrodillada.

M: ¡Esther!

E: Me duele. –lloraba aferrándose al lavabo- Me duele mucho, Maca…

M: Tranquila, cariño… -arrodillándose junto a ella pasaba los brazos sobre su pecho-
No pasa nada, no te asustes.

E: Algo va mal.

M: Sshh. –nerviosa sorteaba la ropa que ya llevaba puesta y palpaba su entrepierna


abriendo los ojos con preocupación al notar el liquido caer- Esther… -sacando su
mano temblaba viendo el fuerte color rojo pintando sus dedos- Estás sangrando.

E: ¿Qué?

En la ambulancia, aferraba su mano con fuerza mientras Esther no dejaba de llorar


y quejarse por el dolor. En apenas unos minutos llegaban al hospital y veía frustrada
como no la dejaban pasar más allá de la puerta de urgencias.

M: ¡Mierda!

Cerrando los puños se dejaba deslizar por la pared, quedando arrinconada


mientras las personas a su alrededor no reparaban en su presencia ni en su llanto.

Elevando su rostro desviaba su mirada unos segundos hasta que buscando su móvil
decidía también limpiar sus lágrimas y levantarse para caminar hasta la puerta.

M: Miriam, soy Maca… Tienes que venir al hospital.

Sentada en la sala de espera se pasaba una servilleta mientras intentaba limpiar sus
manos de toda aquella sangre. Su barbilla seguía temblando por el llanto que cada
segundo amenazaba contra su pecho. Me duele… Me duele mucho, Maca…
Esther… Estás sangrando…

Mi: ¡Maca!

Irguiéndose se levantaba cortando el paso de nuevo a las lágrimas que caían una
tras otra sobre sus mejillas.

Mi: ¿Qué ha pasado?

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M: Había salido de la ducha y empezó… empezó a dolerle. –intentaba hablar
cuando sentía el dolor en su garganta- Comenzó a sangrar y llamé a la ambulancia.

Mi: ¿Sangrar?

Cerrando ambas manos las llevaba hasta su rostro mientras su cuerpo volvía a
convulsionarse por el llanto.

Las horas pasaban y nadie salía a decirles nada. La empresaria ya había insistido
por activa y por pasiva frente al mostrador sin conseguir nada.

Desesperada recorría la entrada de urgencias, de un lado a otro, sin detenerse


mientras Miriam la miraba y sentía lo mal que podía estar pasándolo. Y al igual que
ella, notaba como la impaciencia la hacía ponerse cada vez más nerviosa.

Mi: Maca. –la llamaba al ver como un médico se aproximaba hasta ella.

M: ¿Cómo está? –preguntaba nerviosa tras llegar en una carrera.

-¿Me acompañan?

Alzando la mano les indicaba el camino hasta el interior urgencias. Maca suspiraba
contrayendo su rostro cuando Miriam buscaba su mano evitando así caerse.

Tras cruzar la puerta se sentaban frente al médico que unía sus manos sobre la
mesa guardando unos segundos de silencio.

M: ¿Ha perdido la niña? –viendo como lentamente elevaba su rostro aguantaba la


respiración.

-Estuvo mucho tiempo sin recibir oxigeno y aunque intentamos reanimarla una vez
fuera… fue imposible, y aunque lo hubiésemos conseguido no podíamos asegurar
ningún problema para ella. Era un embarazo muy complicado, si no hubiese sido
ahora seguramente en el parto hubiesen habido problemas y… No había forma de
predecirlo, las probabilidades de que saliese bien eran muy pocas, aun con las
vitaminas y el reposo el problema siguió empeorando, era cuestión de tiempo. No
se podía hacer nada…. Lo siento. –dejaba pasar unos segundos mientras ambas
mujeres guardaban silencio- Lo que también quiero decirles, es que ni ella ni
ustedes han tenido la culpa de lo ocurrido… el embarazo era muy complicado.

Los ojos de Maca se cerraron con fuerza mientras bajaba el rostro pegando
prácticamente la barbilla a su pecho.

-La madre ha perdido mucha sangre aunque ya no corre ningún riesgo.

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Mi: ¿Está bien?

-Lo difícil ahora será darle la noticia… puede sufrir un shock, ya he puesto al tanto
al psicólogo del hospital por si necesitan ayuda, en estos casos es lo más
recomendable.

M: Entonces… -volvía a mirarle- ¿Está dormida?

-En un rato le quitaremos la sedación.

Frente a la puerta de la habitación, ambas se mantenían en silencio. Miriam


sentada y la empresaria frente a una de las ventanas, sintiendo como cada lágrima
caía sin esfuerzo alguno y sin poder ella evitarlo.

La salida del médico las hacia reaccionar y moverse.

-Tardará al menos cinco minutos en despertar, pero les rogaría que solo entrase
una de ustedes.

Ambas se miraron durante unos segundos y era Miriam quien finalmente asentía
mientras Maca apretaba los labios y daba un paso al frente quedando con el pomo
ya en la mano para entrar.

Sin cerrar la puerta descubría su cuerpo tendido, con una vía marcando su brazo y
una mascarilla de oxigeno que ocultaba parte de su rostro. Nerviosa cerraba la
puerta para caminar hasta la cama y sentarse con cuidado en un lado buscando su
mano y cogiéndola entre las suyas.

Acariciando sus dedos la veía dormir, como si realmente lo hiciese de una forma
placida y tranquila. Como otras tantas veces lo había hecho frente a ella, grabando
en su mente cada pequeño gesto y centímetro de su rostro.

Tomando aire bajaba de nuevo la vista sintiendo como aquella mano comenzaba a
moverse muy lentamente. Tragó saliva no queriendo asustarla por su estado y
mirándola decidió esperar a que abriese los ojos.

Tras unos segundos la veía parpadear amoldándose a la luz de la habitación,


estrechó su mano con cuidado haciéndole sentir que estaba allí y era entonces
cuando se cruzaba con su mirada.

E: Qué… -carraspeaba cerrando los ojos un segundo- ¿Qué ha pasado?

M: ¿Cómo estás? –acariciaba su pelo.

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E: Cansada… -se movía apenas abriendo entonces los ojos por completo y
quitándose la mascarilla- Maca… ¿la niña?

M: Sshh. –con cariño acariciaba su mejilla.

E: Me han sacado a la niña. –intentaba incorporarse sintiendo como la empresaria


se lo impedía con ambas manos sobre los hombros.

M: Cariño, tranquila… tienes que estar tranquila.

Mirándose entonces, Esther guardaba silencio, mirando fijamente sus ojos y


sintiendo como su cuerpo se estremecía de forma brusca. No hacía falta que se lo
dijese, aquella mirada y aquel temblor se lo estaban gritando desde que la había
descubierto a su lado. Sus labios comenzaron a temblar al mismo tiempo que los
ojos que aun la observaban se humedecían.

M: Lo siento.

Soltando toda la tensión de su cuerpo movía los ojos por aquella habitación
mientras Maca esperaba un grito, un llanto o la rabia que ella misma sentía. Al
contrario, el tiempo seguía pasando y el silencio no se rompía hasta que la veía
separar sus labios despacio.

E: ¿Puedes abrazarme?

Con la mirada perdida había logrado susurrar aquellas palabras, haciendo que el
corazón de Maca se tambalease bajo su pecho y su cerebro ordenase a su cuerpo
moverse para quedar a su lado sobre aquella cama, rodeándola con su brazo y
sintiendo como con lentitud, se movía hacia ella ocultando la cara en su pecho.

M: Lo siento mucho… -cerrando los ojos estrechaba aun mas aquel abrazo
escuchando como solo se apreciaba su propio llanto.

Cuando el psicólogo hacia su aparición, la empresaria volvía a salir de la habitación.


Miriam la esperaba en el mismo lugar y siguiéndola con la mirada la observaba
sentarse a su lado.

Mi: ¿Cómo está?

M: No llora.

Susurrando unía ambas manos sobre sus piernas mientras recordaba cada minuto
en aquella habitación. Como solo había escuchado silencio y visto una mirada
perdida que no le dejaba ver más allá.

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La puerta de la habitación se abría tras un rato y el psicólogo la cerraba con
tranquilidad, recorriendo después el camino hasta la hilera de asientos donde ellas
estaban haciendo que de nuevo se acomodasen.

-Bueno, primero me presento. –extendía su mano- Soy Carlos. –ambas lo saludaban


en silencio- ¿Quién es Maca?

M: Yo. –contestaba con rapidez.

C: Por las veces que me ha pedido que pasases comprendo que eres importante
para ella.

M: Somos pareja. –afirmaba viéndole asentir.

C: Cada persona actúa de una forma distinta frente a estos casos… Esther ha
optado por el silencio y el dolor callado.

M: ¿No ha llorado?

C: Me temo que no. –bajaba la vista un segundo antes de retomar sus palabras-
Físicamente está bien, y su médico me ha dicho que en un par de días le dará el
alta, por lo tanto el trabajo será vuestro, no quiere asistir a ninguna charla y mucho
menos buscar ayuda con un psicólogo.

Mi: ¿Qué podemos hacer?

C: Sin obligarla, intentad que hable… que se enfade si es necesario, que saque la
rabia y suelte todo lo que está tragándose… -suspiraba pegando la espalda en la
silla- Hay algo más… -miraba a ambas- Sería conveniente que viese a la niña para
despedirse de ella, si no lo hace puede traerle problemas en un futuro.

Mi: ¿Verla?

C: Sí, verla… abrazarla si lo necesita y llevarse lo poco que haya de ella, una manta,
una sabana, lo que sea… para que esté presente en ella, si se niega a creerlo o a
sufrirlo será un problema bastante serio. Cuando un aborto es después de tantos
meses de embarazo, la madre ya tiene un vínculo muy fuerte con el bebé…

La empresaria volvía a mirar al frente al mismo tiempo que su cuerpo se erguía


silencioso y tras ella, ambos la miraban caminar con decisión hasta la puerta,
abrirla y pasar cerrando después tras ella.

E: ¿Dónde estabas?

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M: En el pasillo. –sentándose a su lado de nuevo la rodeaba con ambos brazos-
¿Sabes qué?

E: ¿Qué?

M: En cuanto te den el alta vamos a irnos unos días a la playa… -besaba su frente-
¿Te gusta la playa?

E: Me encanta.

M: Vale… pues nos vamos a ir a la playa, a dar largos paseos y a hablar mucho como
a ti te gusta, no sentaremos en la arena y no haremos nada más que dejar pasar el
tiempo.

E: Me gusta esa idea.

Ambas habían vuelto a quedarse en silencio, Miriam permanecía en el sillón con la


vista en el suelo y esperando alguna señal para poder hablar con su hermana. Maca
sentía como Esther acariciaba su mano despacio, preocupándola cada vez mas.

E: Maca…

M: Sí.

E: ¿Crees que me dejarían ver a María?

El rostro de Miriam se irguió con rapidez al mismo tiempo que la empresaria


apretaba los labios besando su frente.

M: ¿Quieres?

E: Sí… me gustaría verla.

Despacio empujaba la silla de ruedas mientras una enfermera las guiaba por
delante. Carlos esperaba al final del pasillo con las manos unidas a la altura de su
cintura.

C: Hola, Esther.

E: Hola.

C: Pasad. –abriendo una puerta con la mano daba paso a que Maca continuase.

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Los ojos de Esther se detuvieron en una pequeña cuna de hospital. Tan solo se veía
la manta que envolvía aquel pequeño cuerpo. La empresaria se detenía al mismo
tiempo que Carlos acercaba la cuna hasta ellas.

C: Os dejaré solas.

M: Gracias.

Cuando la puerta se cerraba, Esther seguía en silencio. La empresaria rodeaba la


silla de ruedas quedándose a su lado.

E: ¿Puedes dármela?

Despacio volvía a girarse lo justo para quedar frente a la cuna. Tragó el nudo que se
había formado en su garganta y descubrió aquel rostro por primera vez. Sus labios
se apretaron en una congoja que no pudo controlar al ver a aquella niña. Podía
jurar que solamente permanecía dormida. Y como si realmente durmiese, la cogía
con cuidado sosteniéndola con ambos brazos, mirándola durante unos segundos
antes de girarse.

Ya frente a Esther se inclinaba para pasarla a sus brazos, mirándola fijamente sin
querer perder un detalle de sus gestos.

Cuando ya el peso desaparecía de sus brazos, se arrodillaba frente a ella, colocando


ambas manos sobre sus rodillas mientras dejaba un espacio de tiempo para ella.

E: Qué guapa, ¿Verdad?

M: Sí. –apenas susurraba.

E: Es una pena que vaya a perderse tantas cosas. –acariciaba su rostro- Hubiese
sido feliz.

M: Seguro que sí.

Con los ojos fijos en aquella niña recordaba cada patada y movimiento que habían
ido sucediéndose en esos meses. Las conversaciones frente al espejo, las horas
acariciando su barriga, todas las veces que había intentado imaginársela, y ahí
estaba…

Suspirando hondamente llamaba nuevamente la atención de Maca que se inclinaba


dejando un beso en su pierna.

E: Toma.

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Besando antes su frente, decidía después extender sus brazos cuando Maca de
nuevo cogía a la pequeña. Dejando también un beso en su frente antes de volverla
a poner sobre la cuna.

E: Quiero volver a la cama.

La enfermera había pasado haciendo su última ronda aquella noche y ella seguía
despierta. Esther hacía rato que se había dejado vencer por el sueño y se dedicaba
a observarla en silencio, sentada a unos metros de aquella cama y de su cuerpo.

Había convencido a Miriam para que se fuese a casa, con la idea imborrable de
volver a primera hora de la mañana.

Levantándose soltó un suspiro que llenó la habitación, deteniéndose frente a la


ventana mientras una a una llegaban a ella imágenes que le hacían inquietarse por
segundos.

M: ¿De cuánto estás?

E: Poco más de veinte semanas.

M: Pensarás que soy una indiscreta pero… ¿Y el padre? Es que… dices que vives con
tu hermana por lo del embarazo…

E: A ver… Decidí tener este hijo sola… y hace un par de meses tuve problemas y me
dijeron que debía tener un embarazo tranquilo y básicamente que dejase todo para
solamente descansar, por eso estoy con mi hermana.

M: Vaya…

E: ¿Tú no quieres tener hijos?

M: ¿Y qué piensas hacer cuando nazca?

E: Voy estar por lo menos un año sin hacer nada… quiero estar ese tiempo al cien
por cien con mi bebé y no perderme nada.

M: Bueno, pues si cuando llegue el momento seguimos viéndonos, puedes contar


conmigo para lo que quieras.

E: Ahora mismo estaba hablando con mi hermana que me ha literalmente


obligado, a pedir cita mañana con el médico.

M: ¿Y eso? ¿Estás bien?

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C: ¿Quieres saber qué es? Ella me temo que ya lo ha visto…

E: ¿Pero es que tú ves algo ahí?

M: Claro.

E: ¿A quién tengo que amenazar para que me lo diga?

M: Es una niña.

J: Ha llegado esto para… ¿Estás bien?

M: ¿Nunca has querido tener hijos?

E: Pon la mano aquí… verás cómo se mueve.

M: Hola, pequeña… Soy yo…

E: No es para tanto… se ve que la niña anda revoltosa.

M: Tienes que estar tranquila.

E: ¿Tú estás bien? Te veo tristona.

M: Me asusté. Cuando me dijo tu hermana que estabas aquí, me asusté.

E: ¿Te echas aquí conmigo?

M: Podría quedarse conmigo.

E: Es lo mejor y más inteligente que he escuchado en toda la mañana.

A: Explícame eso de que vas a meter a Esther a vivir en tu casa.

M: Tú misma lo has dicho.

M: ¿Puedo yo proponerte otro trato a ti? Por favor…

E: ¿Qué trato?

M: Déjame cuidar de ti.

E: ¿No es lo que estás haciendo?

M: Esther… Por favor, déjame cuidar de ti… y confía en mí.

E: ¿Crees que sí puedes contestarme o crees que sí te has enamorado alguna vez?

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M: Lo segundo.

E: Eso se sabe… ¿Sí o no?

M: Sí.

M: Si me tocas no podré… No puedes exaltarte.

E: ¿Entonces qué pasa? ¿Qué parte me he perdido? Me gustas, te gusto, nos


besamos, pero ¿no te toco?

M: Exacto.

E: Cuando me quedé embarazada… fue la última parte, la había dejado en blanco


para ese momento.

M: Me encanta.

E: ¿Sabes qué? Voy a ponerle a la niña el nombre de tu abuela.

M: ¿Tú cómo estás?

E: Yo estoy bien, no te preocupes por eso…

M: Deberías estar tranquila y descansando.

E: Estoy donde debo estar.

M: Vas a conseguir que me enfade.

E: Yo ya lo estoy así que equilibramos la cosa. Odio no poder estar en los sitios y
tener que enterarme de las cosas por teléfono.

M: Y yo odio verte así de alterada y me aguanto porque no haces caso de ninguna


de las formas, Esther.

M: Lo siento…

La enfermera había dejado una bandeja con algo de desayuno para Esther, pero no
se había siquiera girado para mirarla o hacer entender que sabía que estaba allí. La
empresaria se levantaba suspirando para acercarse a ella.

M: Te han traído leche y un par de tostadas… -sonreía mirándola- Tienes para elegir
aceite o mantequilla.

E: No tengo hambre, Maca. –la miraba entonces- La leche sí, pero las tostadas no…

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M: Bueno, pues las tostadas no… Han dejado también un sobre de Nesquik.

E: Mejor.

Removiendo la leche se giraba hacia ella, colocándole la bandeja de la mesa a una


altura cómoda para que tan solo con incorporase le fuese fácil desayunar.

M: Aquí tiene su leche, señorita.

E: Gracias. –sonreía- Siéntate aquí conmigo, anda…

M: Claro.

E: ¿Has dormido? –daba un primer trago.

M: Algo. –asentía.

E: Bueno… a ver si me dan el alta pronto, odio los hospitales. –suspiraba


mínimamente antes de mirarla- Y nos vamos a la playita.

M: Sí. –pasaba los dedos por su pelo peinándolo- ¿Alguna que te guste
especialmente?

E: Me da igual… mientras estemos tranquilas.

M: Vale, pues ahora llamo a Julia, que ella siempre lo consigue todo rápido y le digo
que nos busque algo.

E: Gracias. –sonriéndole durante unos segundos bajaba de nuevo la vista.

M: No sé si te habrás dado cuenta… -hablaba con interés queriendo llamar su


atención- Pero te has convertido en mi niña mimada.

E: ¿Sí? –sonreía.

M: Pues sí… -asentía mirándola- Y creo que aun no has valorado el provecho que
puedes sacar de eso.

E: Tienes razón… -se acomodaba en su hombro- Entonces cualquier cosa que te


pida ¿me la darás?

M: Prueba. –acariciaba su frente.

E: ¿Me llevarías a un rincón del mundo... solas tú y yo? Solo un ratito…

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M: Dame diez minutos. –levantándose se separaba de ella sorprendiéndola- No
tardo.

Aun en la habitación, no podía dejar de sonreír por aquel arrebato de la


empresaria. Su sonrisa fue desapareciendo segundo a segundo y por si sola,
dejándola de nuevo con aquel gesto inexpresivo y desdibujado.

M: Ya estoy aquí. –entraba con decisión.

E: ¿Dónde has ido?

M: Ahora lo verás.

Ayudándola a bajar de la cama volvía a tomar asiento sobre la silla de ruedas,


viendo como apenas un segundo después se deslizaba por el pasillo mientras Maca
guardaba silencio. Deteniéndose frente al ascensor veía como se quedaba entonces
a su lado.

M: Así que un ratito ¿no?

E: Sí. –volvía a sonreír.

Mientras subían, había buscado la mano de la empresaria, que entrelazándose a la


perfección con la suya, acariciaba sus dedos con cariño. Aquel gesto se mantuvo
hasta que llegando a la última planta volvían a salir.

E: ¿Dónde vamos?

M: A un rincón, solas tú y yo.

Unos metros después, veía como la empresaria se detenía para caminar frente a
ella y abrir una puerta, la luz entraba con fuerza haciéndola sonreír aun más.

Saliendo hasta aquel tejado, Esther sentía el calor del sol en su rostro, el silencio
persistía hasta que al llegar al muro que limitaba el edificio, se detenían de nuevo, y
sentía como Maca se arrodillaba junto a ella cogiendo su mano.

M: ¿Sirve esto?

Mirando hacia el cielo, Esther seguía guardando silencio, pero también con la
sonrisa que dibujaba sus labios.

E: Gracias.

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El día del alta llegaba en las mismas condiciones. Aunque muy diferente a tan solo
dos días antes, Esther parecía no demostrar pena alguna. La empresaria conducía
en silencio y mirándola casi cada minuto. Había hablado con Miriam, en intentaría
hacer algo cuando ya estuviesen en casa para poder manejar la situación un
mínimo de lo posible.

Y así, entraban sin decir una palabra. Viendo la empresaria, como Esther iba hasta
el salón acomodándose directamente en el sofá mientras encendía la televisión.

M: ¿Qué te apetece comer?

E: No sé… -se encogía de hombros- Haz lo que quieras, como ya no tengo


problemas con la comida. –sonreía de lado mirándola- Algo que a ti te apetezca.

Dejando caer el peso de sus hombros, seguía mirándola. Sintiendo como su piel se
erizaba por aquél comentario. Bajó la vista y sentándose a su lado cogía su mano
primero para besarla, y más tarde abrazarla haciendo que quedase pegada a su
pecho.

M: ¿Estás bien?

E: Muy bien. –asentía sin despegarse- Por cierto… -se erguía entonces- ¿Has
llamado a Julia?

M: Sí. –asentía con calma.

E: A ver si tiene pronto ese viaje, me hace ilusión. –sonriendo se acercaba para
besarla- Me apetece mucho ir contigo.

M: Y a mí contigo. –comenzando a acariciar su pelo sonreía con sinceridad-


Entonces… ¿algo que a mí me apetezca, no?

E: Sí.

Después de comer con tranquilidad, de que la empresaria viese como Esther


hablaba y hablaba referente a cosas sin importancia, decidieron volver al sofá.
Maca había decidido acomodarse estirando las piernas, postura que Esther
aprovechaba para casi quedar sobre ella mientras dejaba descansar el rostro en su
pecho.

M: ¿Te puedo preguntar algo?

E: Claro.

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M: Seguramente te sorprenda que lo haga ahora, pero… -la miraba- ¿por qué
cambiaste un color del primer cuadro que me regalaste?

La pintora sonrió sin moverse hasta que con cuidado comenzó a quedar de lado
para mirarla. Maca seguía con los ojos en ella viendo como no dejaba de sonreír.

E: Y yo que pensaba que no te habías dado ni cuenta.

M: Sí… pero entonces me dio vergüenza preguntar. –se encogía de hombros.

E: A ver… -bajaba la vista un segundo acariciando su estomago- Ese cuadro tiene


una historia, y esa historia es que… lo pinté un día que estaba realmente mal, había
discutido con mi madre, el que era mi novio no quería oír hablar de… -callaba su
segundo mientras su frente iba contrayéndose- De tener hijos… y poco después
rompimos. Y pensando en eso utilicé el color que en el tuyo no está… -volvía a
mirarla- lo cambié porque ese color deja ver un estado de ánimo distinto, y es lo
cómoda que estaba contigo.

M: Pues me gusta ese cambio. –alzando la mano acariciaba su mejilla.

E: Y a mí me gustas tú. –sonriendo volvía a acercarse a sus labios- Mucho.

Esther aun dormía cuando ella se bebía su segundo café. Había pasado la noche en
vela, sintiéndola inquieta sin soltarse de su cuerpo. Si ella misma se sentía así,
cómo estaría realmente Esther, no podía ni imaginarlo.

Cogiendo el teléfono comenzó a marcar con decisión hasta llegar al sofá.

Mi: ¿Sí?

M: Soy Maca. –suspiraba- ¿Has hablado con tu madre?

Mi: Sí, la llamé anoche y le pedí que no hablase aun con Esther, mi madre puede
tener poco tacto cuando se preocupa.

M: Entonces mejor…

Mi: ¿Cómo ha pasado la noche? –preguntaba con preocupación.

M: No ha dejado de moverse, balbucear y… me tiene bastante preocupada.

Mi: Ya. –suspiraba también- ¿Al final os vais a ir?

M: No se lo he dicho, pero ya tengo una casa alquilada… a ver si unos días


desconectada de todo le ayudan.

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Mi: Ojalá.

M: Bueno, voy a ver si la despierto… pásate luego si eso ¿Vale?

Mi: Vale, hasta luego.

Dejando el teléfono sobre la mesa se levantaba comenzando a caminar despacio


hasta el dormitorio. Nada más entrar sonrió al ver a Esther abrazada a la almohada
y cruzada en todo el colchón. Despacio se dejó caer a su lado comenzando a besar
su espalda.

M: Esther… -susurraba con cariño- Tienes que despertarte.

E: Mmm. –se revolvía.

M: Vamos, cariño… -acariciaba su cintura por debajo de la camiseta- Abre los ojitos,
anda.

Despacio, la veía comenzar a abrirlos, aunque solo mínimamente para mirarla y ver
como sonreía a pocos centímetros de su rostro.

M: Hola, preciosa.

E: Hola. –sonreía.

M: ¿Cómo estás? –acariciaba su pelo sin dejar de mirarla.

E: Bien. –suspirando se movía para abrazarla con rapidez- ¿Y tú?

M: Contigo siempre estoy bien. –besaba su frente- ¿Te hace un buen desayuno con
tus tostadas, café y zumo?

E: Suena bien.

Aprovechando el sol de aquel día, habían salido a dar un paseo antes de comer. La
empresaria había pasado un brazo por los hombros de Esther, que agarrada de su
cintura, caminaba en silencio y mirando a la gente que también paseaba por aquel
parque.

M: ¿Nos echamos en el césped?

E: Vale.

Sin separarse caminaban hasta una extensa parte donde varias parejas, e incluso
varios niños, jugaban y pasaban el rato. La primera en sentarse fue Maca, que

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invitándola a sentarse entre sus piernas, rodeaba después su cintura apoyándose
también en su hombro.

M: Al final me aficionaré yo a esto de pasear y perder el tiempo sin hacer nada.

Esther sonreía girando su rostro y haciendo que su mejilla quedase pegada a ella.
Bajó la mirada sin cambiar aquella postura haciendo que Maca buscase su mano y
después besase su sien.

M: Esther.

E: ¿Qué?

M: ¿Por qué no lloras?

Llenando sus pulmones de aire, ladeaba el rostro hacia el lado contrario aunque
ejerciendo más presión en aquel abrazo. Maca bajaba la mirada mientras sus labios
se apretaban por si solos.

Los segundos siguieron pasando y ninguna palabra, y mucho menos respuesta,


rompía aquel silencio.

Suspirando, la empresaria pegaba con decisión el pecho contra su cuerpo,


inclinándose para llegar a su cuello y besarlo despacio mientras la escuchaba
suspirar mínimamente y volver a girarse hacia ella.

M: Te quiero.

Alzando la mano buscaba su mejilla y mirara a la empresaria, que en calma también


ponía sus ojos en ella y dejaba un beso en su nariz.

E: Y yo a ti.

M: ¿Sí? –sonreía separándose apenas para mirarla- ¿Seguro?

E: Bueno… -sonriendo de medio lado se acomodaba en ella mirando al frente- Sí.

M: O sea… que te lo tienes que pensar. –apretándola con fuerza contra ella
empezaba a hacerle cosquillas cuando ya se revolvía entre sus brazos.

E: ¡Maca!

Mientras ambas hermanas permanecían en el salón, ella había ido hasta la cocina
para preparar

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Mientras ya servía las tres tazas y el olor se apreciaba por encima de cualquier otro,
sus pensamientos se bloqueaban en ella. En cómo no había vuelto a ver una de
aquellas sonrisas que tan bien conocía, descubriendo el intento y algo que tan solo
se le parecía.

Bandeja en mano llegaba hasta el salón y apreciaba como tanto Esther como
Miriam, cesaban en sus palabras.

M: Si queréis os dejo solas.

E: No digas tonterías. –frunciendo el ceño la obligaba a dejar la bandeja para


después tirar de su mano haciendo que se sentase a su lado.

M: ¿Seguro?

E: ¿Vas a hacer que me enfade con eso? –la miraba con seriedad.

M: No… claro que no. –negando mínimamente miraba de nuevo hacia delante para
servir el azúcar- Toma.

E: Gracias.

Mi: Pues qué sepas que te va a llamar, así que tú sabrás lo que haces.

E: Si no lo hubieses hecho ahora no pasaría nada, pero tú siempre tienes que estar
metiéndote en mi vida como si fuese algo que necesita tu control.

Espetando cada una de aquellas palabras dejaba de nuevo la taza sobre la mesa,
llevándose después ambas manos hasta la frente.

Mi: Tranquila, no volveré a meterme en tu vida.

Levantándose iba hacia sus cosas y sin decir una palabra más se marchaba de allí.
La empresaria guardaba silencio mientras no apartaba sus ojos de ella y esperaba
dándole tiempo.

E: Toda la vida igual. –susurraba.

M: Solo se preocupa por ti, Esther… -colocaba una mano sobre su rodilla- Está
preocupada.

E: ¡Es que no tenéis que preocuparos! –se levantaba enfadada- ¿Os lo he pedido?
¿Estoy arrastrándome o llorando para que os preocupéis?

M: Esther, vale ya. –la miraba también.

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El timbre sonaba, y aunque durante unos segundos más, ambas seguían mirándose
hasta que finalmente la empresaria se levantaba para ir hacia la entrada. Esther la
escuchaba preguntar y tras eso abrir. Dando un suspiro volvía hasta el sofá,
escuchando segundos después la voz de Rosario.

R: Hola, Esther.

Transformando su rostro en un segundo, se erguía para mirar a la mujer con una


sonrisa y levantarse al tiempo que la veía caminar hacia ella.

E: Hola, Rosario.

Sin más, llegaba hasta ella sintiendo como rodeaba sus hombros con ambos brazos,
manteniéndose así durante unos segundos antes de mirarla de nuevo.

R: ¿Cómo estás?

E: Muy bien. –asentía sin borrar su sonrisa.

Sus ojos se movieron descubriendo en tan solo un segundo la figura de Maca en la


puerta, con ambas manos en los bolsillos de su pantalón, mirándola fijamente
antes de bajar el rostro y girarse para entrar en la cocina.

Después de haber hablado unos minutos con Rosario, se disculpaba para ir hasta la
cocina, donde de espaldas a la puerta, la empresaria permanecía con ambas manos
sobre la encimera.

Bajando la vista hasta el suelo decidió recorrer aquellos metros que las separaban
hasta quedar pegada a su espalda en un abrazado, sintiendo como Maca se erguía
llevando las manos hasta las suyas aferradas a su pecho.

E: Lo siento. –susurraba sin soltarse- No quise hablarte así antes.

Despacio, la empresaria se giraba para quedar frente a ella, mirándola unos


segundos antes de colocar ambas manos en su rostro e inclinarse para besarla,
haciéndolo repetidas veces para después rodearla con ambos brazos pegándola a
su pecho.

M: No pasa nada… -besaba su pelo- No te preocupes por eso.

E: No quiero hablarte así, Maca… no sé qué me pasó. –se separaba para mirarla- No
me lo tengas en cuenta.

M: Qué tonta. –sonriendo se inclinaba besándola otra vez- No te lo he tenido en


cuenta, Esther… porque no ha pasado nada.
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E: Vale. –suspirando pegaba de nuevo el rostro sobre su pecho- Eres demasiado
buena conmigo.

M: Soy contigo como mereces que sea, no le des más vueltas.

E: Ya, Maca… pero es que… -separándose daba dos pasos alejándose de ella- Te
portas genial conmigo y…

M: ¿Qué?

E: Yo solo me he dedicado a querer cambiarte. –la miraba entonces con tristeza-


Todo el tiempo he estado haciendo lo mismo.

M: ¿De qué hablas?

E: De que he sido una egoísta, me meto en tu vida, te digo cómo hacer o no hacer
las cosas, te hago hablar más que en toda tu vida… intento cambiarte, Maca. –
repetía de nuevo soltando la presión de su cuerpo mientras bajaba la vista al suelo-
Y tú… me tratas mejor que nadie nunca, y yo te lo pago dándote disgustos.

M: Vamos a ver.

Con decisión separaba una de las sillas frente a la mesa para tomar asiento y hacer
que después ella lo hiciese sobre sus piernas, mirándola fijamente mientras seguía
con los ojos clavados en el suelo.

M: Si yo he cambiado algo ha sido porque he querido… no porque tú me lo hayas


impuesto, Esther. Si te cuido, si intento por todos los medios estar contigo y
apoyarte, es porque te quiero, no porque me devuelvas o me lo pagues de ninguna
manera. –colocando la mano en su barbilla giraba su rostro- Y con que tú seas un
poquito feliz, a mí me vale.

E: ¿Y si te digo que nunca he sido tan feliz?

La empresaria había enmudecido mientras la miraba, como si aquellos ojos puestos


en ella hicieran una fuerza más poderosa que su propia voluntad. Y justo cuando
sentía los labios en su frente, el aire salía de sus pulmones haciéndola pequeña,
haciendo que necesitase abrazarla y cerrar los ojos, dejar pasar el tiempo en aquel
estado mientras ella tenía todo cuanto quería entre sus brazos.

A la visita de Rosario se había sumado Ana, por lo que Esther parecía estar
realmente contenta. Las tres hablaban casi sin parar, ambas mujeres creyendo que
conseguían algo, que Esther se distraía en el fondo y también lo agradecía. Pero

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una Maca escéptica a creérselo, la miraba en todo momento. Viendo como sonreía,
como continuaba la conversación e incluso llegaba a reír.

Llegada la hora de la cena volvían a quedarse a solas. Momento en el que la pintora


decidía darse una ducha mientras Maca preparaba algo ligero para ambas.

La cena resultaba ser corta, apenas cuarenta minutos después ambas se


preparaban para meterse en la cama.

M: Tengo que decirte algo. –sonriendo de lado se quedaba frente a ella.

E: ¿El qué?

M: Mañana nos vamos a la playa. –la veía sonreír- Así que tenemos que madrugar
para salir temprano y llegar pronto.

E: ¿En serio?

M: En serio… he alquilado una casita cerca de la playa y con pocos vecinos,


estaremos muy tranquilas.

En un movimiento ágil, Esther se movía quedando casi encima de ella, colocando


una mano en su cintura mientras con el otro brazo se incorporaba lo justo para no
caer encima.

M: ¿Qué? –sonreía mirándola.

E: Hay una cita de Oscar Wilde que siempre me ha gustado…

M: ¿Cuál?

E: A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra
vida se concentra en un sólo instante. –acariciaba sus labios despacio- Tú eres mi
instante, Maca.

Apenas dos segundos después la empresaria se sentía incapaz de hacer nada más
que besarla. Incorporando su cuerpo llegaba hasta sus labios con necesidad, Esther
por igual, ladeaba su rostro acoplándose a la perfección.

La empresaria extendía sus manos por su espalda mientras su rostro se movía sin
poder poner control en sus actos. Aquel beso estaba resultando ser lo que hasta
ese momento, siempre había evitado. Se dejaba llevar por completo besándola a
sus anchas, encontrando con satisfacción como Esther correspondía de la misma
manera.

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Pasado más de un minuto sentía la necesidad de buscar más oxigeno, por lo que la
intensidad en aquel beso disminuía segundo a segundo hasta que quedaba en unas
caricias tranquilas y repetidas para finalmente dejar paso a una sonrisa.

E: Creo que después de esto no podrás convencerme para eso de la norma.

Cambiando su gesto en tan solo un segundo, dejaba de sonreír mientras Esther aun
lo hacía. Viendo como segundo a segundo bajaba la mirada.

E: Bueno, aunque eso ya da igual. –suspirando se dejaba caer sobre su pecho- Pero
de todos modos, esto sí es un beso, y no lo que me has estado dando todo este
tiempo, tramposa.

Rodeando su cuerpo con ambos brazos miraba al techo, soltando un pequeño


suspiro antes de girar su rostro y cerrar los ojos.

A primera hora de la mañana ambas ya se afanaban en recoger lo que llevarían


aquellos días que disfrutaría de la playa.

La empresaria se dedicaba a ordenar en un macuto todo lo que había comprado


para el viaje, escuchando de fondo las preguntas de Esther, que dudosa con qué
ropa llevar, pasaba ya varios minutos eligiendo.

M: Cariño… -entraba de nuevo al dormitorio- No vamos a ir a ninguna parte, solo


llévate ropa con la que estés cómoda.

E: ¿Seguro, no? Solo en la playa y en la casa.

M: Seguro.

E: Vale… -metía ropa con más decisión- ¿Tú has preparado ya tus cosas? Porque no
te he visto.

M: Sí, mientras estabas en la ducha. Cuando estés podemos irnos.

E: Vale, pues esto ya está. –cerraba la cremallera antes de cogerlo- Cuando quieras.
–sonreía ya frente a ella.

Durante el camino, Esther leía de uno de los libros que Maca había llevado consigo,
de fondo había una música tranquila y llevadera que conseguía que la empresaria
se mantuviese también distraída aunque sin perder de vista la vista la carretera.

E: Oye, Maca… -se erguía para mirarla- ¿Y la comida? –la empresaria sonreía sin
dejar de mirar al frente.

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M: Cuando lleguemos tenemos que bajar al pueblo a comprar, en coche son cinco
minutos y no hay problema.

E: Ah… -volvía a bajar la mirada.

M: Lo pasaremos bien, ya lo verás. –moviendo su mano derecha buscaba la suya


para después llevársela a los labios y dejar un beso en ella.

Casi a la hora de comer llegaban a la costa, Esther ya miraba ilusionada como el


fondo de la imagen frente a ellas se pintaba azul. Sonreía sin darse cuenta mientras
la empresaria la miraba de tanto en cuando.

Pocos minutos después tomaba una carretera de tierra que llegaba hasta una zona
baja frente a la playa, donde sin dificultad alguna, se distinguían apenas cinco
casas, separadas todas ellas por un gran número de metros.

E: Es precioso, Maca.

M: Me alegro de que te guste. –sonriendo aminoraba la velocidad y se dirigía hasta


quedar cerca de una de las casas.

E: ¿Y cuántos días vamos a estar aquí? –se giraba hacia ella.

M: Una semanita.

Parando entonces, echaba el freno de mano y suspiraba mirando aquella playa.


Durante unos segundos ambas se mantenían en silencio hasta que casi a la vez,
volvían a mirarse, siendo la empresaria la primera en moverse, inclinándose hacia
ella sosteniendo con una mano su rostro para besarla.

M: Guapa.

Tras abrir la casa y colocar medianamente lo que habían llevado consigo, de nuevo
emprendían el camino hasta el pueblo, uno pequeño y en la que la mayoría de las
familias subsistían gracias a la pesca. Habían visto como se respiraba un ambiente
de lo más cordial, siendo saludadas por casi todo el mundo que se cruzaba con ellas
en el camino.

Casi una hora después, y habiendo comprado todo lo necesario para esa semana,
regresaban hacia la casa.

Era Esther en esa ocasión, la que decidía cocinar mientras la empresaria repasaba
grifos, ventanas y demás. Ya habiendo terminado regresaba a la cocina para
ayudarla.

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M: ¿Cómo vas?

E: Bien, no le queda nada. –se giraba para mirarla- La mesa ya la he puesto, así que
si quieres sentarse voy enseguida.

M: ¿No te ayudo en nada?

E: Si te llevas la ensalada... –cogía la fuente tendiéndosela después- Toma.

M: Vale.

Y como había dicho, apenas unos minutos después aparecía junto a ella con la
comida. Durante la misma ambas comentaban la buena impresión con la que
habían vuelto del pueblo, haciendo que sin darse cuenta, el tiempo pasase y se
encontrasen ya recogiendo la mesa de nuevo.

M: ¿Te apetece dar un paseo?

E: Claro. –sonreía.

M: Vale, voy a cambiarme.

En el dormitorio principal, decía ponerse un pantalón corto y una camiseta cómoda


con la que evitar el calor sofocante que ya habían conocido nada más llegar. Con
sus gafas de sol en la mano llegaba hasta la planta baja encontrándose sola, frunció
el ceño a la vez que cogía las llaves asomándose a la puerta; Esther se encontraba
ya en la playa.

Cerrando tras ella comenzaba a caminar, decidiendo dejar su calzado en la entrada,


caminando entonces descalza por la arena, viendo como ella había hecho lo mismo
remangándose el pantalón hasta las rodillas.

M: Hola. –saludaba abrazándola por detrás.

E: ¿No te encanta?

M: ¿Tú? –sonreía- Mucho.

Sonriendo, Esther giraba su rostro lo justo para mirarla durante unos segundos,
acomodándose después en su cuerpo y mirando de nuevo al frente.

E: Gracias por traerme aquí.

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Sin contestar a sus palabras, dejaba un brazo caer por su cuello cuando ya la
empujaba para comenzar a caminar, sin casi despegarse cuando empezaba de
nuevo a hablar, escuchándola reír apenas un minuto después.

Era ya bien entrada la noche cuando la empresaria se despertaba acomodándose


en la cama, notando entonces como el otro lado estaba vacío. Se incorporó con
rapidez buscando alguna señal que le indicase donde estaba Esther hasta que sin
ninguna dificultad, vio su figura en la terraza del dormitorio, reflejada por la luz de
la luna y en completa quietud.

Despacio se dejó caer de nuevo, quedando de ese lado mientras seguía


observándola, luchando contra sí misma por no levantarse e ir con ella, creyendo
que ese momento era solo suyo.

Así pasaban los minutos, viendo como seguía sin moverse y sin regresar a la cama.
Por un lado sintiéndose inquieta por sentir que querría poder saber sus
pensamientos, lo que trababa su dolor y no le dejaba exteriorizarlo. Pero por otro,
creyéndose lejos de alcanzar o merecerlo. De esa forma de nuevo se quedaba
dormida, sin poder ver como Esther finalmente se levantaba quedándose frente al
pequeño muro, elevando algo que no había podido ver entre sus manos, llevándolo
hasta su rostro mientras cerraba los ojos durante un instante.

Cuando de nuevo sentía que despertaba de su sueño, lo hacía en la misma postura,


dejando escapar un pequeño suspiro antes de abrir los ojos y sentir a Esther
abrazada a ella.

E: Buenos días.

M: Buenos días… -se desperezaba apenas mirándola después- ¿Qué tal has
dormido?

E: Bien. –sonreía antes de besarla- ¿Y tú?

M: Bien. –imitaba.

E: ¿Nos damos un bañito? Hace un día tremendo para bañarse… no veas como
pega el sol ya.

M: Claro. –asintiendo la veía separarse para levantarse- ¿Qué hora es?

E: Pasadas las diez.

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Con una toalla que valía para las dos, caminaban ya por la arena hasta unos metros
por delante de la casa. La empresaria la extendía colocando encima sus gafas y el
protector solar cuando ya Esther se quitaba la ropa para quedar en bikini.

M: Oh, oh… -se quedaba mirándola- Todo el mundo listo para contemplar la
maravilla. –sonreía.

E: Idiota. –le daba con su camiseta.

M: Qué bien te sienta eso, eh… -la miraba con descaro.

E: ¿Quieres parar y quitarte la ropa para meternos al agua? –se quejaba frente a
ella.

M: ¿Te he dicho alguna vez que te pones muy guapa cuando te enfadas? –
comenzaba a desvestirse empezando por el pantalón.

E: Pues no, porque siempre que lo he hecho te has molestado tú. –rebatía viendo
como la miraba de reojo- Date prisa.

M: Uy… que también eres un mandona. –susurraba quitándose la camiseta y


viendo como Esther sonreía frente a ella- ¿Qué?

E: Tú sí que eres una maravilla. –pinzándose el labio daba los apenas dos pasos que
las separaba para abrazarse a su cintura.

M: Amiga… que tú querías mirar.

E: Claro. –de puntillas llegaba hasta sus labios- Yo soy más sutil que tú.

Después de unos minutos en aquel primer baño, donde había sido casi todo besos,
abrazados y juegos varios, la empresaria salía del agua queriendo tomar un poco el
sol, no así Esther que decidía quedarse un poco más en aquel placentero lugar.

Nada más sentarse en la toalla se colocaba las gafas de sol y comenzaba a extender
por su cuerpo la protección solar, sonriendo mientras veía a Esther nadar de un
lado a otro y quedarse flotando sobre el agua. Bajando la mirada de nuevo
escuchaba un ladrido, haciendo que girase su rostro descubriendo a una pareja
caminar con el can y una niña entre los dos que le costaba bastante caminar por la
arena.

Sin dejar de mirarles volvió a sonreír, viendo como el perro se acercaba hasta ella
haciendo que el hombre llamase su atención.

M: No se preocupe. –acariciaba al animal- No me molesta.


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-No a todo el mundo le hace gracia que se acerque un perro así porque sí.

M: Es precioso.

-¿Es nueva por aquí? –preguntaba la mujer.

M: Sí, llegamos ayer… pero solo estaremos una semana. –miraba entonces a la niña
que intentaba soltarse de su madre- Hola. –sonreía viendo como balbuceaba feliz
mientras intentaba llegar a la toalla.

-Celia, cariño…

M: Tranquila. –sonriendo de nuevo alzaba la mano viendo como la pequeña la


cogía- Hola, Celia.

-¿Nos podemos sentar? Llevamos un rato paseando.

M: Claro. –asentía viendo como tomaban asiento sobre la arena y la niña lo hacía
junto a ella en la toalla- Soy Maca. –extendía su mano.

Cuando Esther volvía a salir se detenía al ver como la empresaria conversaba con
una pareja, pero sus ojos se habían detenido en la niña sentada frente a ella y que
jugaba con su pelo. Tardó unos segundos en reaccionar hasta que caminando de
nuevo, llegaba hasta ellos.

E: Hola.

M: Hola, cariño. –sonreía- Te presento a Miguel y a Nuria, viven unas cuantas casas
mas allá… -la veía sonreír mientras extendía su mano- Y esta cosita es Celia. –
bajaba la vista viendo como la niña sonreía.

E: Muy guapa.

Sin más se sentaba para darse crema en las piernas. Maca se había erguido para
mirarla durante unos segundos, sintiendo como la niña se movía entonces hacia la
pintora.

M: Quiere jugar contigo.

E: Hola. –sonreía de nuevo a la pequeña viendo como se sentaba a su lado- Voy a ir


a la casa un momento. –miraba de nuevo a Maca- He olvidado algo.

Siguiéndola con la mirada, la empresaria suspiraba apenas mientras prestaba de


nuevo atención a la niña.

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N: Nosotros tenemos que irnos ya… que mientras llegamos y no, con la peque se
hace más largo.

M: Claro… ¿me das un besito, Celia? –colocaba la mejilla.

Viendo que no regresaba, decidía recoger todo y emprender camino hacia la casa.
Con la toalla sobre el hombro y el pelo recogido en una coleta entraba escuchando
ruidos en la cocina. Fue hasta la terraza para dejar la toalla tendida y colocándose
tan solo el pantalón llegaba hasta ella apenas un minuto después.

M: No has vuelto.

E: He pensando que podía ponerme a preparar la comida. –contestaba sin girarse.

M: Ya… ¿Te ha molestado? –se colocaba a su lado cruzándose entonces con sus
ojos.

E: ¿El qué?

M: No sé… algo ahí en playa, te ha cambiado la cara y enseguida te has querido ir.

E: Te piensas que no sé lo que intentas. –sonreía de lado mirando hacia sus manos-
Puedes ahorrarte el esfuerzo.

M: ¿Y qué intento?

E: Exactamente no lo sé, pero sea lo que sea, no es necesario… yo estoy


perfectamente.

M: ¿Perfectamente? ¿Y por qué no te he visto derramar ni una sola lágrima por


perder a tu hija? –Esther se quedaba quieta entonces sin mirarla- Es imposible que
no sientas nada, Esther… que no te enfades, que no llores, que no grites… es
inhumano, ¡Si he llorado hasta yo! –sentenciaba incrédula.

E: No necesito llorar para lamentar la muerte de mi hija.

M: Sí, Esther… porque te estás tragando lo que sea que te come por dentro… y va a
acabar contigo.

E: ¡No quiero llorar! –golpeaba con ambas manos la encimera- ¿Puedes respetar
eso? –la miraba girando su rostro.

M: Claro, no es mi vida…

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Mirándola antes durante un par de segundos, decidía salir finalmente de allí. Sin
moverse, Esther seguía con la mirada en aquel mismo punto aunque sin los ojos de
Maca de por medio. Apretó los labios escuchando como ponía la mesa en el salón y
un segundo después seguía con lo que estaba haciendo.

Minutos después, ambas permanecían sentadas a la mesa comiendo lo que Esther


había preparado. En absoluto silencio y sin levantar la vista del plato en ningún
momento.

Cuando ya ambas terminaban, recogían por igual todo y la empresaria decidía


darse una ducha, saliendo después hasta el salón para acomodarse en el sofá y
encender la televisión. Esther llegaba minutos después sentándose a su lado.

E: Siento como te hablé antes.

M: No pasa nada.

E: SÍ, Maca… porque sé que lo haces porque te preocupas, y quieres ayudarme… Y


todo esto me hace sentirme aun peor. –la miraba viendo como había girado su
rostro hacia ella- Todo el tiempo que yo he estado intentado que fueses de otra
forma y las cosas las hicieses de otro modo, estaba siendo una completa egoísta,
sin pararme a pensar en lo que tú querías o necesitabas.

M: No digas eso.

E: Es así. –bajaba la vista hasta sus manos- Realmente me he portado fatal contigo,
y ahora cuando tú quieres ayudarme es cuando me doy cuenta, porque lo que tú
quieres conseguir, es justo lo contrario a lo que yo necesito.

M: No dejar que todo lo que te callas salga, no es bueno, Esther.

E: Solo quiero que todo pase y estar contigo.

Volviéndola a mirar cuando decía aquellas palabras observaba como suspiraba y


perdía la mirada frente a ella. Moviéndose entonces con rapidez para abrazarla y
quedar recostada sobre ella.

E: Te quiero.

La decisión estaba tomada. La empresaria se veía incapaz de hacerle frente al dolor


de Esther. Lo que sus ojos le habían rogado en aquel momento de sinceridad
superaba a cualquier temor que pudiese sentir, cualquier deseo por hacer que
soltase lo que la envenenaba por dentro, se veía infinitamente más pequeño que
aquel ruego y súplica porque estuviese a su lado, simplemente a su lado.

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De aquella forma, la semana pasaba con calma. Paseos, conversaciones, baños en
mitad de la noche, amaneceres frente a la playa, besos, caricias, y el silencio, uno
que la empresaria sentía doler y quemar por dentro.

La última noche en aquel lugar, ambas permanecían sentadas en la arena, Esther


entre las piernas de la empresaria mientras esta la abrazaba y acariciaba su
estomago en silencio. Aquella era de las muchas veces en las que ambas se
dedicaban a disfrutar del simple calor ajeno, de las caricias y el aliento que surgía a
pocos centímetros, de un simple beso en la mejilla, de una caricia en la mano, de
un suspiro sin motivo.

M: Pasado mañana ya empiezo a trabajar…

E: Lo suponía.

M: Mi padre está como loco, se había acostumbrado a no lidiar con nada y dice mi
madre que lo está pasando fatal. –sonreía contra su hombro.

E: Yo… -suspiraba girándose apenas para mirarla- Voy a volver a mi casa, Maca. –la
empresaria fruncía el ceño al instante.

M: ¿Cómo que a tu casa? ¿Por qué?

E: Estaba contigo porque os preocupabais por mí… ya no hay razón por eso.

M: ¿Te quieres ir?

E: Necesito volver a mi casa. –bajaba la vista.

M: ¿Y yo… quieres que…? –preguntaba visiblemente nerviosa.

E: No. –negaba con tranquilidad- Quiero seguir contigo, más que nada en este
mundo. Pero como una pareja normal, yendo a recogerte, que vengas tú…
plantarme en tu trabajo por sorpresa, que quedemos para cenar, para ir al cine…
que una noche te quedes a dormir conmigo…

M: Pero te quieres ir a tu casa. –bajaba el rostro.

E: Maca… -con una mano en su barbilla hacia que volviese a mirarla- Es lo mejor, yo
he invadido tu espacio… tú tienes tu vida, y yo necesito volver a la mía, pero
contigo en ella.

M: ¿Entonces podré ir a verte? –Esther sonreía- ¿Siempre que quiera?

E: Siempre que quieras. –se acercaba besándola.

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M: ¿Y llamarte? ¿Vendrás tú?

Separándose de nuevo la miraba durante unos segundos mientras no dejaba de


sonreír. Sin más, colocaba una mano en su mejilla al tiempo que volvía a llegar
hasta sus labios abriéndolos al mismo tiempo, haciendo que la empresaria se
acoplase por instinto y continuase aquel beso que las hacia acabar aquella
conversación.

Casi al medio día llegaban hasta la capital. Maca seguía pensando en las palabras
de Esther, sintiendo algo que no la dejaba estar tranquila cuando temía el
momento en que la pintora comenzase a recoger sus cosas.

Cuando ya aparcaba en el garaje del edificio lo hacía en silencio para ir hasta el


maletero y coger las cosas. Esther la ayudaba y la seguía después hasta llegar al
piso, dejando parte de las cosas justo en la entrada para empezar a organizarlas
más tarde.

E: ¿Tienes hambre?

M: La verdad es que no. –colocaba todo en el baño- Creo que lo único que me
apetece es echarme una siesta.

E: Voy a poner una lavadora entonces.

Mientras hacía aquello, seguía pensando en su decisión, en lo que ella acarreaba,


en lo que sus palabras de días anteriores la hacían creer de sí misma. Se sentía
tremendamente culpable de haber hecho porque la empresaria cambiase ciertas
partes de su vida, haciendo ella entonces justamente lo contrario.

Con la lavadora ya en marcha salía hacia el salón encontrándolo vacio, caminando


entonces hasta el dormitorio, viendo que como había dicho, la empresaria
permeancia echada en la cama de lado.

Sin pensarlo se quitaba el pantalón quedando solo con la camiseta para echarse
junto a ella, viendo como abría los ojos y sonreía pasando un brazo por su cintura
cuando ya la sentía pegada a su pecho abrazándola.

M: ¿Crees que si no hubiese ido a tu exposición nos hubiésemos conocido de otra


manera?

Abriendo los ojos, se quedaba mirando hacia la nada, intentando descifrar aquel
tono de voz que había escuchado, pensando a la vez en aquella pregunta cuando se
separaba para mirarla.

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E: Pues no lo sé… pero me gustaría pensar que sí… quizás chocando en una
esquina, en la cola de un supermercado…

Sonriendo, Maca se acercaba hasta sus labios, atrapándolos casi por sorpresa y
lentitud, separándose de nuevo después.

M: ¿Y me hubieses hecho tanto caso? –sonreía.

E: Mmm eso ya es algo que no sé… porque yo no me fijo en tías pijas y trajeadas
que van con su agenda a todos sitios y conduciendo un descapotable.

M: Ni yo en pintoras rebeldes y mal habladas a las que les gusta pasear y no


programar las cosas.

E: Pues hubiese estado difícil ¿no?

M: Pero… -susurraba aun más cerca de ella- Si te hubiese visto sonreír, seguro que
te compro la exposición entera después para que aceptases cenar conmigo.

E: ¿Entera? –se separaba para mírala y observar como empezaba a reír- ¿Por qué
no empezamos de cero?

M: No. –negaba con una sonrisa- Que entonces no podría hacer esto. –acercándose
de nuevo empezaba a besarla.

Antes de que empezase a oscurecer, ambas habían empezado a recoger todo lo


imprescindible de Esther para volver a su casa. La pintora aun así, había decidido
dejar algunas cosas en el piso de Maca haciendo que esta sonriese y no se sintiese
tan decaída por aquello.

De esa forma, llenaban el coche de la empresaria para emprender el camino hasta


la casa. Era esta la que ya esperaba en el coche mientras Esther cogía la última caja
y bajaba de nuevo con ella.

E: Ya está.

M: Vale. –viendo que se sentaba a su lado ponía el motor en marcha para salir.

Mientras conducía, se mantenía en silencio haciendo lo posible por aparentar


normalidad. Ella misma se sorprendía por sentirse terriblemente triste, siempre
había conseguido controlar sus sentimientos, y después de haber vivido con ella
tan solo un par de meses, veía que era incapaz de hacerlo.

Esther la miraba y veía su rostro tenso, como se mordía el labio inferior


continuamente, respirando fuertemente por la nariz.
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Quince minutos después llegaban hasta el edificio de Esther, echando entre las dos
un par de viajes hasta el ascensor y subir con todo de una vez. Ya con todo en el
piso, la empresaria se disponía a sacar las cosas cuando sentía que cogía sus manos
deteniéndola.

E: Es tarde, Maca… mañana lo haré.

Suspirando, la empresaria se erguía, dejando caer el peso de sus hombros y


mirando aquel espacio mientras rehuía mirarla a ella.

M: ¿Me llamarás mañana? –preguntaba aun sin mirarla.

E: La verdad es que esperaba poder darte las buenas noches. –se acercaba
abrazándola por la cintura.

M: ¿Quieres te llame yo?

E: Me alegraría, la verdad.

M: Vale. –susurraba de nuevo mientras bajaba la mirada- Si necesitas algo, lo que


sea… me llamas y yo vengo enseguida.

E: Y si tú necesitas algo, me llamas y voy enseguida. –sonreía haciendo que volviese


a mirarla- Nos vamos a ver igual, Maca… no tienes que ponerte así.

M: Ya, bueno… eso lo dirás tú. –sorprendida la escuchaba reír- ¿Qué?

E: Pues que me sorprendes, Maca… -sonreía- Siempre tan dura y tan correcta… y
ahora… -se encogía de hombros.

M: Me he acostumbrado a ti, no es tan raro.

E: ¿Acaso ahora tienes que desacostumbrarte?

M: No, pero ahora tú estarás aquí, yo en mi casa y no será lo mismo… pero


entiendo que necesites tu espacio, y tus cosas.

E: Bueno, si ves que esta noche no puedes dormir, mañana coges lo que necesites y
te quedas aquí para que se te pase el mono ¿Vale? –la veía fruncir el ceño- ¿No? –
sonreía.

M: ¿Te divierte, verdad?

E: No, me encantas tú.

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Ya en casa, y tras haber hablado con Esther durante un rato, decidía que lo mejor
era intentar dormir. A la mañana siguiente tenía que madrugar para ir hasta la
oficina, y lo peor de todo, ponerse al día.

M: Menudo día, mañana…

Suspirando apagaba la luz y se giraba hacia la ventana, viendo como aquel otro
lado en la cama estaba vacío, y viendo como ya echaba de menos que su cuerpo no
la buscase en tan solo un segundo.

A varios kilómetros de allí, Esther permanecía sentada en un rincón del salón,


perdiendo sus ojos en aquella oscuridad que invadía la casa, dejándose ocultar por
el silencio y la noche.

Antes de las ocho ya había llegado a su despacho, solo se había cruzado con un par
de trabajadores mientras todo aun permanecía en silencio.

Sobre la mesa varias carpetas, informes, archivadores, notas de su padre, avisos de


Julia, llamadas por contestar, mails por leer, visitas aplazadas y más de un dossier
por mirar.

M: Esto va a ser interminable… -suspiraba quitándose la chaqueta.

A las nueve en punto, Julia llegaba a su puesto de trabajo, y como cada día, lo
primero era encender su ordenador y ordenar el correo. Un ruido en el despacho le
hacía erguirse y llamar a la puerta.

J: No sabía que habías llegado ya.

M: Y menos mal… -se quejaba- ¿Mi padre que ha estado haciendo?

J: Ha venido poco, la verdad… -cerraba para entrar- Yo te he ordenado las cosas


todo lo que he podido.

M: Ya suponía que habías sido tú. –la miraba entonces- Gracias.

J: ¿Te ayudo?

M: Pues si preparas café para varias horas te lo agradezco, esto me va a llevar una
eternidad.

J: Claro, la preparo y vengo a echarte una mano.

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De nuevo sola, seguía con todo aquel papeleo, sintiéndose totalmente inmersa en
aquellas cifras, datos y acuerdos, bloqueando su mente a todo lo que no fuese
aquel trabajo frente a ella.

Mano a mano y con la ayuda de Julia, parecía que todo cobraba otra velocidad. Ella
caminaba por el despacho mientras hablaba desde su móvil, acordando y cerrando
fechas para varias reuniones que no podían retrasarse mucho más tiempo.

Finalizando una de aquellas llamadas, se sentaba de nuevo frente a la mesa.

J: ¿Te ha dicho tu padre que Sandoval ha firmado con Arrieta?

M: ¿Con Arrieta? –se sorprendía- ¿Y con qué le ha convencido?

J: Pues no tengo ni idea… pero tu padre ya le ha llamado y parece que para nada
está preocupado.

M: Ya me llamará después para pedirme ayuda, vaya idiota. –negaba en otro


suspiro y su móvil comenzaba a sonar- ¿Sí?

E: ¿Tan atareada estás que ni miras la pantalla?

M: Esther. –sonreía levantándose.

J: Luego vuelvo. –sonreía antes de dejar lo que llevaba en las manos para dejarla
sola.

M: ¿Cómo estás?

E: Pues ya he terminado de colocar todo y viendo que no sé nada de ti he decidido


llamarte… ¿mucho trabajo?

M: Ni te lo imaginas. –se dejaba caer de nuevo- Mi padre ha debido estar


rascándose el culo, porque esto es una locura.

E: Vaya… ¿entonces hoy no te veo, no?

M: Hombre, si no me piensas abrir la puerta esta noche cuando vaya, no… no me


verás.

E: ¿Vas a venir? –sonreía.

M: Anoche ya te echaba de menos, Esther… -susurraba.

E: ¿Y a qué hora crees que saldrás?

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M: No tengo ni idea… no sé siquiera si voy a poder comer, tengo la mesa hasta
arriba de papeles, Julia ha tenido que dejar sus cosas para echarme a mí una mano
y he estado como dos horas al teléfono en toda la mañana.

E: Vas a salir agotada…

M: No tanto como para no ir. –sonreía- ¿Tú qué vas a hacer?

E: Pues como ya tengo esto listo pensaba pasarme al estudio, limpiar aquello y ver
si puedo ponerme a trabajar o si me faltan cosas.

M: ¿Has hablado con tu hermana?

E: La llamé pero estará ocupada… o enfadada, quién sabe. –suspiraba.

M: Bueno, ¿te llamo antes de salir? Por si lo hiciese tarde.

E: Vale, si puedes salir no muy tarde te preparo algo de cena… porque algo tendrás
que comer hoy, no te vas a mantener a base de aire.

M: Te llamo luego.

E: Vale, pues tómatelo con calma, anda…

M: Hasta luego, cariño.

E: Hasta luego, guapa.

Tras colgar, su mirada se quedaba clavada en el móvil y sin pensarlo más tiempo
buscaba el teléfono de Miriam. Tras unos segundos daba con él y volvía a marcar
esperando después mientras escuchaba la señal.

Mi: Hola.

M: ¿Te pillo en mal momento?

Mi: No, tranquila… iba de camino a casa, ¿pasa algo?

M: Es por tu hermana… ¿Estás enfadada?

Mi: No te preocupes, siempre hace lo mismo… ya vendrá a disculparse, y sabe que


tiene que venir.

M: Se ha ido a su casa.

Mi: ¿A su casa?

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M: Sí, ayer recogimos sus cosas y la llevé… esta noche me acercaré para cenar con
ella.

Mi: Vaya… ¿Cómo está?

M: Pues a mí me tiene desconcertada, la verdad… sigue en sus trece, no llora y


tampoco deja ver que se sienta mal.

Mi: Cabezota es.

M: Quizás esté bien de verdad, no lo sé… no termino de alcanzarla.

Mi: Pues si tiene que explotar, explotará… solo espero que no tarde mucho, porque
cuanto más tiempo pasé será peor. No puede tragarse algo así, sé como es y en
algún momento va a caer desplomada.

M: ¿Tú crees?

Mi: Lo sé.

Eran casi las nueve de la noche y había mandado a Julia a casa. Le quedaba una
última cosa por solucionar antes de irse y ya miraba el reloj cada cinco minutos.
Tanto trabajo la había agotado, pero las ganas de ver a Esther eran aun mayores
que todo aquello.

A las diez menos cuarto salía por fin de su despacho, apagando las luces de aquella
planta y despidiéndose del hombre que hacía guardia tras el mostrador.

Ya en su coche solo tardaba otros diez minutos en llegar al barrio de la pintora,


saliendo del vehículo mas tarde y con impaciencia. Ya frente a la puerta se quitaba
la chaqueta antes de que Esther abriese con una sonrisa.

E: No me has llamado.

M: Hubiese tardado dos minutos más en llegar. –sonreía pasando.

Dejando la prenda sobre el perchero se giraba de nuevo viendo como Esther se


había acercado hasta ella. Sonriendo de nuevo y terminando por pegarse a su
cuerpo mientras ya inclinaba su rostro para besarla, sintiendo a la vez como los
brazos rodeaban su cintura y aquel beso se prolongaba como ella realmente había
estado queriendo.

M: Qué rico. -sonreía.

E: ¿Tienes hambre? He preparado canelones, solo falta meterlos al horno.

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M: La verdad es que estoy hambrienta.

E: Pues venga. –palmeaba su trasero- A la mesa que enseguida voy yo con algo para
picar mientras tanto.

Siguiéndola con la mirada no podía borrar su sonrisa y segundos más tarde se


disponía a ir hasta la mesa, viendo como efectivamente estaba todo preparado
para las dos.

Tomó asiento en uno de los lados y sirvió un poco de vino, dando un par de tragos
para después liberarse de varios de botones de la camisa y suspirar notando como
comenzaba a relajarse.

E: ¿Al final en la oficina qué tal? –salía de nuevo con un par de platos.

M: Pues he dejado bastante hecho, la verdad… mañana ya no estaré tan agobiada,


aunque tengo un par de reuniones a primera hora.

E: Entonces no deberías irte muy tarde, vas a estar cansadísima mañana.

M: Nah. –negaba cogiendo un poco de jamón- No necesito dormir mucho.

E: Entonces… -sonreía sentándose junto a ella- ¿Me has echado de menos, uhm?

M: Mucho. –asentía mirándola- Ya ves tú… ni que te hubieses ido al África para no
volver. –se encogía de hombros- Soy así de tonta.

E: Yo también te he echado de menos. –acercándose dejaba un pequeño beso en


sus labios para apenas separarse después viéndola sonreír.

M: ¿Sí?

E: Sí… me había acostumbrado a tus prohibiciones, a tus mimos y todo eso. –la
besaba de nuevo.

M: ¿Te estado mimando? –preguntaba fingiendo sorpresa viéndola asentir un


segundo después- No me lo creo.

E: Sí… y esta tarde me apetecía besarte y darte un abrazo.

M: Bueno… -comenzaba a susurrar- Cuando cenemos podemos aprovechar el rato


¿no?

E: Podemos, sí. –sonreía.

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Durante la cena, la empresaria le comentaba varias cosas de su día de trabajo,
Esther la escuchaba con atención, contestando en varias ocasiones y sonriendo
cuando la veía ofuscada.

Rato después recogían para como habían dicho, llegar hasta el sofá, Esther lo hacía
primero comprobando como después, la empresaria se sentaba junto a ella pero
buscaba su cuerpo abrazándola y quedando sobre su pecho.

E: ¿Estás muy cansada?

M: Ahora estoy muy a gusto. –cerraba los ojos notando sus caricias- Seguramente
me quedaría dormida así.

E: Pues si te vas a ir a tu casa será mejor que no te duermas. –la veía erguirse
aunque sin separarse de ella.

M: Pues tendrás que mantenerme despierta. –sonreía.

E: ¿Sí? ¿Y cómo?

M: Pues…

Un minuto después, la empresaria ya se encontraba tendida sobre su cuerpo


mientras la besaba. Como en otras veces, ambas se dejaban llevar y guiar por los
labios de la otra. Maca había aprendido a bloquear cualquier pensamiento fuera de
aquel rostro. La besaba con total dedicación, sintiendo también como el resto de su
cuerpo la seguía y pedía a gritos tomar parte.

Su mano derecha ya había sorteado la ropa de Esther, acariciando sin problema ni


dificultad su abdomen, estremeciéndose al sentir aquel calor en sus dedos.

Separándose de sus labios ponía dirección a su cuello, besándolo y escondiendo su


rostro en él. Escuchando entonces la agitada respiración que rozaba su oído, y
como sin esperarlo, la mano de Esther se colocaba sobre la suya haciéndola subir y
llegar hasta su pecho para dejarla allí.

Besando su cuello con fuerza, liberaba parte de la tensión de su cuerpo mientras al


mismo tiempo, la mano sobre su pecho ejercía presión, sintiendo sin dificultad la
excitación bajo la palma, haciéndola salir de nuevo para mirarla, deseando de
nuevo sus labios hasta dejarse vencer y volver a saborearlos.

Cuando ya sentía que lo siguiente era ir más allá, consiguió aminorar la intensidad,
notando como Esther dejaba de ejercer presión y mantener su cintura quieta, algo
que agradeció en silencio.

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M: Así no… -susurraba besando de nuevo su cuello- No cuando me tengo que ir, no
quiero que sea así.

E: Sí… -suspirando abría los ojos fijándose en el techo.

M: Quiero tener tiempo… -se separaba despacio para mirarla- Sin prisas y… con
tiempo para todo. –Esther asentía cerrando de nuevo los ojos- Será mejor que me
vaya. –besándola de nuevo se incorporaba dejándola en el sofá.

E: ¿Me llamas mañana? –se levantaba para ir junto a ella a la puerta mientras la
veía ponerse de nuevo la chaqueta.

M: Claro, en cuanto tenga un momento te llamo.

E: Vale, que descanses. –se acercaba para besarla.

M: Tú también.

Ya en su coche, mantenía ambas manos sobre el volante mientras sentía que su


cuerpo aun no se había recompuesto del todo. Accionó la capota para bajarla y
llenado sus pulmones en una gran bocanada de aire, pisaba el acelerador notando
el aire refrescar su cuerpo.

Después de haber hablado con Maca había salido de casa con decisión. Mientras el
metro hacia su recorrido pensaba en cuantas veces había hecho aquello mismo.
Sonriendo de lado al imaginarse como seria el recibimiento.

Ya en la calle recorría con calma los metros hasta el portal, sacando después las
llaves para abrir directamente y subir hasta la casa. Llamando entonces al timbre
esperaba apoyada de brazos cruzados contra la pared. Elevando solo el rostro
cuando la puerta se abría y frente a ella, Miriam guardaba silencio sin dejar de
mirarla.

E: Ya he venido.

Mi: Ya veo. –abriéndola del todo se alejaba entrando en el salón.

E: ¿Me has echado de menos? –cerraba pasando junto a ella.

Mi: ¿Y tú? –preguntaba sin mirarla- Porque has tardado en aparecer… cada vez eres
más orgullosa.

E: Ais… -suspirando se dejaba caer a su lado- Claro que te he echado de menos, si


eres mi hermana favorita. –sonreía cuando de nuevo la miraba- Aunque seguro que
tú has disfrutado teniéndome lejos.
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Mi: Muchísimo, sí.

E: Lo sabía. –apoyando la cabeza en su hombro no podía ver la sonrisa de su


hermana- ¿Qué haces?

Mi: Mirar el catálogo de un artista nuevo… es tremendamente joven, pero mira.

Cogiendo aquellas páginas se quedaba en silencio para observarlas. Miriam hacia lo


mismo mientras esperaba a que su hermana diese su opinión hasta que la vio dejar
la revista sobre la mesa y acodarse en sus rodillas para seguir mirando una de las
páginas.

E: ¿Qué edad tiene?

Mi: Veinte años… Pintaba en una de las plazas del centro de Francia, está en España
exponiendo alguno de sus cuadros.

E: Es bueno, pero se nota algo que no termina de gustarme.

Mi: ¿Todo muy lineal, a qué sí?

E: Seguramente sea eso… aunque dentro de unos años será un gusto ver lo que
pinte.

Mi: ¿Y tú qué? Que ya me ha dicho Maca que te has ido a tu casa.

E: ¿Hablas con Maca? –la miraba sorprendida.

Mi: ¿Me está prohibido hablar con mi cuñada? –sonreía viendo como apenas unos
segundos después su hermana hacia lo mismo negando para volver a mirar la
revista- ¿Estáis bien?

E: Muy bien. –asentía.

Mi: ¿La quieres? –veía como giraba de nuevo su rostro hacia ella.

E: Sí.

Mi: Y si la quieres ¿por qué no confías en ella y dejas de hacerte la fuerte de una
vez?

E: Bueno. –carraspeando se levantaba mientras Miriam no dejaba de mirarla- Me


voy que quiero darle una sorpresa y comer con ella… ¿si te llamo me cogerás el
teléfono? –se giraba ya en la puerta.

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Mi: Ahora solo falta que eso sea verdad y me llames.

E: Hasta luego, hermana. –bajando la vista terminaba de salir cerrando la puerta


tras ella.

Aprovechando que en el mostrador había varias personas acaparando la atención


de Teresa, caminaba veloz hasta el ascensor. Pulsando la última planta mientras ya
sonreía mirando al suelo.

Cuando el sonido le avisaba de la llegada salía con tranquilidad, viendo como varias
personas iban de un sitio a otro mientras otras aguadaban tras sus mesas. Llegó
hasta la de Julia que se erguía para mirarla y sonreír al descubrir de quien se
trataba.

J: Hola, Esther.

E: ¿Está muy liada la jefa? –señalaba hacia la puerta.

J: Acaba de llegar de una reunión, la pillaras seguro, seguro, mirando por la


ventana.

E: Vale, voy a ver si se alegra de verme.

Con cuidado de no hacer ruido, giraba el pomo de la puerta del despacho,


empujando después desde el mismo mientras miraba de lado. Encontrándola como
bien había dicho Julia, de espaldas a la puerta y mirando por la ventana.

Entornó no queriendo ser descubierta y comenzó a caminar despacio hasta ella,


apretando los dientes a cada paso mientras casi aguantaba la respiración.

Ya cuando se encontraba a un paso de ella sonrió relajándose, y pinzándose el labio


se pegó con rapidez a ella pasando los brazos por su pecho.

E: ¡Sorpresa!

La empresaria se erguía impresionada y sintiendo como su pecho se inquietaba por


la sorpresa, aunque sonriendo después cuando cogía una de sus manos y giraba el
rostro hacia ella.

M: Menudo susto, cariño.

E: ¿Pero a que ahora estás más contenta que asustada porque estoy aquí? –sonreía
cerrando aun más el abrazo.

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M: Mucho más. –asentía sin dejar de sonreír- ¿Y eso que has venido? –girándose se
sentaba en el alfeizar de la ventana para después tirar de ella acomodándola sobre
su regazo.

E: Tenía ganas de verte. –la besaba.

M: Pues me alegro, porque has solucionado las ganas que tenía yo de verte a ti.

E: ¿Sí? –sonreía ampliamente.

M: Ajá… -inclinándose besaba su cuello al mismo tiempo que la abrazaba- Estoy ya


cansada de tanta reunión y tanto trabajo.

E: ¿Te apetece comer conmigo? –pasaba un brazo por su cuello- Compramos algo y
nos sentamos en el parque…

M: Me encanta la idea. –contestaba sin separarse.

E: ¿Luego tienes que volver, verdad?

M: Sí… debo estar aquí a las cinco, tengo una cita con un asesor.

E: Bueno… pues si quieres vamos ya a comer. –se separaba para mirarla- ¿Puedes
irte ahora o tienes algo más que hacer?

M: Puedo irme cuando yo quiera, que para algo soy la jefa. –Esther sonreía.

E: Pues vamos.

Tras haber pasado por un restaurante chino, habían ido hacia el parque más
cercano al edificio, buscando después alguna sombra que las acogiese. Tras unos
minutos encontraban el sitio perfecto, momento en el que Esther tiraba de la mano
de la empresaria casi corriendo.

E: Aquí… -se dejaba caer sentándose al estilo indio mientras Maca se quitaba la
chaqueta y se acomodaba más lentamente.

M: Ahora falta que no me manche. –se quedaba apoyada en el árbol- Bueno, creo
que tengo un traje en el despacho para casos de emergencia. –la pintora sonreía-
Es verdad… -comenzaba a buscar entre las bolsas.

E: Solo falta que me digas que ese baño tiene ducha. –la imitaba buscando su
comida.

M: Pues no te lo digo si quieres. –sonreía.

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E: ¿Tiene ducha?

M: ¿Quieres verlo por ti misma alguna vez? –sonreía sin mirarla mientras
empezaba a comer- Además bastante grande.

Esther sonreía sin dejar de mirarla durante unos segundos, mas tarde empezaba
ella también a saborear su comida. Decidiendo más tarde sentarse a su lado de
espaldas a aquel árbol.

E: He ido a ver a mi hermana…

M: ¿Ha ido bien? –daba un trago de su bebida para pasarse después la servilleta
por las manos y mirarla.

E: Como siempre, llego y como si no hubiese pasa nada. –encogiéndose de


hombros la miraba.

M: Te has manchado. –sonriendo se inclinaba hacia ella hasta llegar a sus labios y
relamía su labio inferior mientras Esther la miraba sorprendida.

E: ¿Mañana tienes algo importante por lo que tengas que venir pronto?

M: No.

E: ¿Duermes conmigo entonces? –sonreía de nuevo bajando la vista.

M: No sé… -moviendo la mandíbula se volvía a quedar contra el árbol mientras


volvía a mirarla y se cruzaba de brazos- Tienes que darme algún buen motivo para
eso. –la pintora negaba sin borrar la sonrisa.

E: Bueno… me lo pienso y antes de dejarte en la oficina te digo algo. –guardando


todo, lo dejaba a un lado para recostarse y acomodar la cabeza sobre sus piernas-
¿A qué hora saldrás?

M: Hoy pronto.

Dando un paseo regresaban hasta el edificio. Sin pararse a pensar en nada, Esther
pasaba un brazo por la cintura de la empresaria que se acomodaba a aquel gesto
pasando ella el suyo por sus hombros. Del mismo modo salían del ascensor, sin
escuchar los pocos murmullos que se sucedían a su paso.

Julia aun no había llegado de su hora de comer y pasaban hasta el despacho.

E: Enséñame la ducha. –Maca sonreía separándose para caminar hasta el baño y


abrir la puerta- Jesús.

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M: He pasado muchas horas aquí.

E: Pues mal… -la miraba de nuevo cerrando la puerta- No deberías pasar tanto aquí.
–despacio llegaba hasta el sofá para sentarse y ver como lo hacia ella a su lado- ¿Te
gustaría ejercer de pediatra?

M: ¿De pediatra? –la veía asentir- Hombre… por algo me saqué la carrera, pero
para eso tendría que dejar esto, volver a coger los libros y… es todo muy
complicado.

E: ¿Tienes alguna lista de esas donde apuntes las cosas que te gustaría tener o
hacer en tu vida?

M: Seguro que tú sí. –sonreía.

E: La verdad es que no, aunque sí hay algunas cosas que me gustaría hacer… -se
acomodaba de lado- Dime algo que quieras y no tengas.

M: Tengo todo lo que pueda querer. –acariciaba su mentón haciéndola sonreír.

E: Algo habrá que no tengas.

M: Bueno… siempre he querido tener una casita en la sierra… -susurraba bajando la


mirada- Donde poder ir y escaparme de todo, tener un perro… poder hacer
chocolate un día que haga frio, pasear con alguien una mañana temprano, no sé…
-se encogía de hombros mirándola de nuevo- Un Aston Martin.

E: ¿Un qué? –fruncía el ceño.

M: Jajaja.

E: ¿Qué es eso?

M: Un coche. –sonreía- ¿No viste Casino Royal, la del 007? Él lo llevaba.

E: Pasas de decirme algo realmente bonito a querer un coche. –ponía los ojos en
blanco y la empresaria se acercaba a ella para abrazarla.

M: Es que me estaba poniendo ñoña.

E: Me voy a ir, que cuanto antes empieces, antes llegas a mi casa. –sonreía
levantados mientras la empresaria se dejaba casi caer hacia el sofá.

M: Aun no me has dado un buen motivo para ir.

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E: Mmm… -quedándose pensativa por unos segundos volvía a inclinarse colocando
ambas manos en el sofá- Cena, cama… desnudas.

Tras susurrar aquellas palabras se volvía a levantar viendo como la empresaria no


articulaba palabra y tampoco se movía.

E: Hasta luego, cariño.

Ya en su casa, había lanzado sobre la cama casi medio armario. Caminaba de la


cama al espejo cada diez segundos para comprobar que lo que llevaba entre sus
manos no era lo apropiado. Regresaba a la cama de nuevo para coger otra nueva
opción y mirarse de nuevo.

M: ¡Ah! –volvía a tirar aquello sobre el colchón- Vamos a ver… si te ha visto ya de


todas formas, ¿por qué haces el imbécil ahora? –suspiraba- Bien, cómoda… mejor ir
cómoda.

Con decisión cogía unos vaqueros y su camisa favorita y justo antes de comenzar a
vestirse volvía a mirarse en el espejo fijándose en aquel conjunto de ropa interior.

M: Negro está bien. –asentía.

Tras maquillarse apenas, perfumarse y preparar la ropa para el día siguiente, cogía
las llaves del coche y salía hacia la calle.

Mientras conducía se miraba por el retrovisor, apretaba las manos sobre el volante
y miraba a la carretera sintiendo todo el nerviosismo había ocupado cada
centímetro de su cuerpo. Tomando la última curva suspiraba cuando ya podía ver el
portal, teniendo que pasarlo varios metros pudiendo aparcar.

Antes de bajar se quedaba unos segundos en silencio hasta que por fin cogía sus
cosas y salía cerrando el corre después.

M: Soy Maca.

La puerta se abría y llegaba con decisión hasta el ascensor, subiendo las tres plantas
en un estado igual de nervioso, pero sonriendo cuando ya Esther la esperaba en la
puerta.

E: ¿Has ido a casa?

M: No esperarás que venga sin ducharme, ni cambiarme, ni con la ropa de mañana


¿Verdad? –tras dejar un beso en sus labios pasaba.

E: ¿Tantas cosas has hecho? –sonreía.


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M: Claro, me he duchado, me he puesto guapa y huelo bien. –se acercaba a ella
girando el rostro para que oliese su perfume- Y he cogido todo para mañana. –se
separaba de nuevo.

E: Pero tú vas guapa y hueles bien siempre.

M: Bueno, ¿Te ayudo con algo?

E: Si terminas de poner la mesa yo me encargo de lo demás.

M: ¿Qué has preparado para cenar? –preguntaba cogiendo ya los cubiertos.

E: Salmon a la plancha con salsa bearnesa. –la empresaria se erguía para mirarla-
Está para chuparse los dedos.

M: Me ha dado hambre solo de escucharte. –la veía sonreír.

E: ¿Quieres saber el postre? –preguntaba girándose de nuevo.

M: ¿Qué hay de postre?

E: Tengo una botella de cava en el congelador y unas fresas en la nevera. –giraba


tan solo el rostro descubriendo como seguía mirándola.

Mientras Esther no salía con la cena, caminaba por el salón mirando las fotografías
que decoraban el mueble principal. Sonreía en más de una ocasión, se detenía por
varios segundos frente a algunas de ellas, tomaba entre sus manos otras mientras
se quedaba admirando aquella sonrisa.

E: Ya está… -salía con ambos platos.

M: Huele genial. –sonriendo iba tras ella para ayudarla- Y pinta mejor.

E: Espero que sepa igual.

M: Seguro que sí.

Durante la cena, ambas sonreían y disfrutaban de aquel rato juntas, conversando,


sintiéndose en un espacio de esos donde el cuerpo humano y la razón dan un
descanso a lo demás, donde nada mas existe, donde solo el placer y el tiempo en
silencio, dejaban un agradable sabor a los sentidos.

Tras aquel plato que ambas habían devorado, la empresaria se dio el gusto de
fumarse un cigarro, viendo como Esther se unía a ella y disfrutaban de una primera

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copa de cava, que en su temperatura perfecta, hacia que ambas sonriesen tras dar
un trago.

E: ¿Entonces te ha gustado la cena?

M: Mucho. –asentía.

E: Me alegro. –inclinándose hacia ella llegaba hasta sus labios para besarla- Aunque
ver lo limpio que has dejado el plato me había dado alguna pista. –la empresaria
sonreía.

M: Es que estaba muy rico. –volvía a besarla.

E: ¿Vamos al sofá? –susurraba acercándose pero sin llegar a besarla.

M: Vamos al sofá. –repetía de igual modo.

Llegando ella primero, la veía quedar de pie a su lado, tomando su mano antes de
que decidiese tomar asiento lejos de ella.

M: Ven aquí.

Tirando de su mano sonreía al igual que Esther, que sin dejar de mirarla pasaba una
pierna por encima de ella, clavando la rodilla sobre el sofá y poder así acomodarse
encima de su cuerpo. Mirándola en todo momento hasta que finalmente se
sentaba a horcajadas y la empresaria dejaba las manos sobre su cintura.

M: ¿Sabes qué me apetece ahora?

E: ¿Qué?

Rompiendo el silencio, solo se escuchaba el constante choque de sus labios, la


respiración liberarse en algunos instantes, y los suspiros escaparse en más de una
ocasión. Sus rostros no se separaban mientras ladeados de forma perfecta, se
unían sin problema, encontrando el placer en aquellos minutos en los que
proseguía aquel beso.

Las manos de la empresaria avanzaban lentamente, habían sorteado la ropa de


Esther y ascendían por su espalda despacio pero con seguridad. Dejando que las
yemas de sus dedos sintiesen cada estremecimiento y escalofrió que recorrían su
piel.

Un movimiento en las caderas de Esther le hizo casi gemir contra su boca, sintiendo
como su estomago comenzaba a contraerse por la excitación, y su misma cintura
comenzaba a moverse inquieta y por si sola. La pintora sonrió sin separarse de sus
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labios, volviéndolo a hacer pero intencionadamente, volviendo a escucharla un
segundo después.

Tras un instante aminoraba la intensidad de aquel beso para despacio, separarse y


mirarla mientras comenzaba a liberar cada botón de su camisa. La empresaria no
apartaba sus ojos de ella y ya sentía el movimiento de su pecho inquieto, subiendo
y bajando a un mismo ritmo.

E: Estás tan guapa ahora mismo… -susurraba cuando ya podía abrir la camisa.

Cuando la empresaria volvía a suspirar, Esther ya se inclinaba hacia su cuello,


comenzando a besarlo despacio, moviéndose para ir dejando un rastro invisible de
ellos hasta llegar a su nuez y besar el centro de su pecho mientras sentía los dedos
de Maca enredarse en su pelo.

M: Esther…

Murmurando su nombre conseguía llamar su atención, viendo como volvía a


erguirse, aprovechando para volver a acercarse y atrapar sus labios un segundo en
que sus manos llegaban también hasta su camisa, imitándola y dejando que aquella
prenda comenzase a dejar ver su torso.

Cuando ya no quedaba un botón por soltar comenzó a bajar por su cuello,


alternando su respiración con cada beso, colando ambas manos por su espalda
cuando llegaba a su pecho, besándolo por encima del sujetador, respirando
directamente de su piel, hundía el rostro con calma, girándolo después y quedar así
unos segundos mientras podía escuchar su corazón..

E: Vamos a la cama…

Ya de pie, volvían a besarse mientras caminaban a tientas hasta el dormitorio.


Ambas camisas habían caído en el camino cuando la empresaria no permitía no
sentir aquel pecho pegado al suyo.

Llegadas a la puerta hacia que Esther quedase contra la pared, sintiendo como
agarraba su cuello cuando ella se dedicaba a besar el suyo con deseo, acariciando
su pecho al mismo tiempo, llegando después hasta su hombro dejando un pequeño
mordisco que hacía que Esther buscase sus labios con fervor caminando de nuevo
hacia la cama.

Ambas caían sin importarle aquel tropiezo que las hacia quedar tendidas sobre la
cama. Maca sobre Esther, esta sintiéndose impaciente mientras ya desabotonaba el

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pantalón de la empresaria que no accedía a dejar de besarla cuando ya sentía la
falta de presión en su cintura.

M: Espera.

Separándose se quitaba las botas y el pantalón en un par de movimientos rápidos,


haciendo después lo mismo con el de Esther que sonreía acomodándose más hacia
atrás cuando ya de nuevo la veía llegar sobre ella.

E: Me encanta tu ropa interior… -suspiraba viendo como de nuevo besaba su


pecho.

M: Y a mí la tuya, pero me estorba.

Sonriendo por la excitación, la empresaria colaba una mano por su espalda,


desabrochando la prenda en cuestión de segundos para quitársela después.

E: Qué rápida.

M: Años de práctica.

Mirándose durante unos segundos, cesaban en cualquier movimiento o acción.


Como si el mundo hubiese dejado de existir, como si cualquier vida lejos de aquella
habitación se hubiese detenido, centrándose todo en aquel momento, en aquellos
ojos brillando en la oscuridad y en el silencio.

E: Nunca he conocido a nadie que mirase de esta manera… que me mirase como
me miras tú. –susurraba acariciando su mejilla.

M: ¿Cómo?

E: Como si llevases años sin verme.

Acariciando sus labios antes, llegaba después besándola, más calmadamente y con
más dedicación. Aprovechando aquella casi completa desnudez, para acariciar su
cuerpo, para llenarse de aquella piel que tantas noches había deseado, tanto
protegía, y tanto adoraba. Un beso que solo se rompía por la necesidad de llegar a
su pecho libre de cualquier prenda, de besar y sentir entre sus labios aquel pezón
erecto que le hacía suspirar, cerrar los ojos y atraparlo con total suavidad.
Sintiéndose complacida por escuchar su nombre entre suspiros, por escucharla
pedir más.

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Decidiendo descender aun mas, ya besaba su costado, dejaba que su lengua
estremeciese aquella piel mientras ella misma lo hacía queriendo llegar donde sus
pensamientos ya habían fijado el rumbo.

Y como si ambas se conectasen, Esther abría sus piernas dejándose aun más a la
merced de aquellos labios que le estaban haciendo sentirse entre la razón y la
locura, entre la calma y la desesperación. Aferrar la sabana con fuerza sin poder ser
capaz de mirarla, fijándose en aquel techo oculto por la falta de luz. Cerrando los
ojos cuando ya la sentía, estirando su cuello cuando por primera vez sentía su
cuerpo más vivo que nunca, apretando los parpados con aun más fuerza mientras
una lágrima caía sin ella poder evitarlo, haciendo que su mano fuese hasta el pelo
de quien estaba consiguiendo que todo saliese de ella de forma distinta, como
necesitaba, como rogaba.

Maca se veía desbordaba mientras sentía que no podía alejarse de aquella parte de
su cuerpo, que era una sed que en vez de saciarse se incrementaba creyendo que
solo podría vivir si seguía llenándose de ella, como si aquel hubiese sido el sentido
de toda su vida.

Y reptando de nuevo por su cuerpo, llegaba hasta quedar frente a su rostro,


descubriéndola con los ojos cerrados cuando ambos cuerpos pasaban a ser uno,
encontrando de nuevo aquellos ojos que le hacían sonreír. Besándola, sintiendo un
abrazo que le hacía creer que todo se centraba ahí, en ese segundo, ese mismo
instante en que una no era nada sin la otra. Y como si sintiese crecer sus fuerzas,
Esther las hacia rodar sobre la cama, quedando sobre ella, perdiéndose en el nuevo
color de sus ojos, en ese matiz oscuro que solo la excitación y el deseo es capaz de
conseguir.

Incorporándose, la empresaria hacia que quedasen sentadas, con el pecho pegado


al de Esther, ni un solo centímetro dejaba de unirse cuando de nuevo buscaba sus
labios, cuando las caderas de ambas comenzaban a moverse buscando un contacto
que las evadía de la cordura, las alejaba de todo cuanto podían conocer para llegar
hasta el egoísmo de querer mantenerse así para el resto de la vida, para dejar todo
atrás, para olvidar que el mundo es mundo.

Los labios se deformaban, la respiración se hacía tan difícil y dolorosa que era
incluso renegada, los dedos de la empresaria se clavaban con desesperación
cuando sentía el dolor convertido en placer, Esther se aferraba a su cuello
rompiendo aquel beso, casi clavando los dientes en la piel que pegada a su rosto.

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Minutos después, y abrazadas de frente, no podían dejar de mirarse,
encontrándose entre aquella oscuridad mientras podían escuchar incluso el eco de
sus respiraciones instantes atrás.

El sol ya había salido y aunque le quedaban aun un rato para tener que levantarse,
no podía volver a cerrar los ojos. Aquel rostro pegado a su pecho la tenia
totalmente hipnotizada, al igual que su respiración y aquella mano aferrándose a su
cintura. Sentía su hombro izquierdo entumecido, pero lejos de importarle, sonreía y
acariciaba el cuerpo entre sus brazos como si fuese el único bálsamo existente para
ella.

Mientras aun pasaba los dedos por su cuello la sintió moverse, pegándose aun mas
a ella, soltando un pequeño quejido al notar como sus músculos recobraban el
movimiento antes de volver a acomodarse.

M: Buenos días… -susurraba buscando sus ojos.

E: Hola. –murmuraba.

M: ¿Has dormido bien?

E: De maravilla… eres realmente cómoda, cariño. –la empresaria sonreía aun más.

M: Pues siento romper tu comodidad, pero… -se acercaba a su rostro para susurrar-
Necesito ir al baño.

E: ¿No puedes esperarte un poquito?

M: No, Esther… me temo que no. –la escuchaba suspirar antes de separarse y
abrazarse a la almohada- Veo que rápidamente encuentras a otra. –sonriendo
caminaba desnuda hasta el cuarto de baño.

E: Pero tu hueles mucho mejor… Donde va a parar.

Abriendo los ojos entonces bostezaba para después quedarse con la mirada
perdida. Mirando aquel lado de la cama también deshecho, su ropa sobre el sillón,
su móvil y su reloj sobre la mesita, todo haciéndole sonreír cuando de nuevo la
escuchaba salir y se movía para mirarla.

E: Y estás mucho mejor, también.

M: Tonta. –volviendo a meterse bajo las sabanas se acercaba a ella para besarla-
Estás especialmente guapa hoy.

E: ¿Sí?
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M: Sí. –afirmando se inclinaba de nuevo, quedando parcialmente sobre ella
mientras sentía sus brazos rodearla- Estás preciosa. –susurraba.

E: ¿Sabes qué?

M: Qué. –besaba su barbilla subiendo después por su mentón.

E: Pasar la noche contigo ha sido aun más perfecto de lo que hubiera podido soñar.
–la veía separarse para mirarla.

M: Para mí también ha sido perfecto. –contestaba mirando sus labios- Nunca he


creído poder sentirme así con alguien.

Pegándose de nuevo a su cuerpo buscaba sus labios, haciendo que ambos rostros
ladeados volviesen a sincronizarse creando un beso, uno que volvía a llevarlas a ese
mundo particular donde el tiempo pasaba desapercibido y sin ellas en el camino.

Frente al espejo se colocaba la camisa que había planchado tan solo un par de
minutos antes. Abotonándola después sin prisa. Tirando de la parte baja como una
manía habitual antes de dejar el pantalón de su traje por encima y abotonarlo
también.

Cuando se giraba para coger su reloj comprobó como Esther sonreía desde el
marco de la puerta con una simple camisa que no pasaba más allá de sus muslos.

M: Ya podías haber aparecido así cuando aun no me había vestido.

E: ¿Sí? –sin borrar su sonrisa caminaba hacia ella para rodear su cintura- Haberme
avisado, mujer… -la besaba- ¿Tienes tiempo para desayunar algo?

M: Claro. –se separaba para ir hasta el baño.

E: Esta noche si quieres podemos ir al cine… o ver una peli en tu casa.

M: Como tú quieras, cariño… pero casi mejor en casa. –volvía a salir- Así me ducho
luego y me quedo cómoda solo para traerte cuando tú quieras.

E: Vale, pues lo que podemos hacer es que me llamas cuando sepas a qué hora
acabarás, me voy para allá y nos vamos juntas a tu casa.

M: Vale. –mirándola de nuevo sonreía.

E: ¿Nunca me vas a llevar la contraria?

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M: ¿Para qué? –comenzaba a caminar hasta la puerta deteniéndose antes frente a
ella- Si me encanta todo lo que propones. –besándola con rapidez volvía a sonreír
antes de salir.

En la misma cocina, la empresaria se servía una taza de café mientras Esther a su


lado le preparaba un par de tostadas. Maca seguía mirando aquellas piernas que se
mostraban ante ella, dando un nuevo trago sin apartar sus ojos y escuchándola
hablar de la misma forma.

E: ¿Me estás escuchando? –se giraba hacia ella.

M: ¿Eh? –la miraba.

E: ¿Me estabas mirando? –sonreía.

M: No… te estaba haciendo un barrido visual. –volvía a beber mirando de nuevo


sus piernas- Es que… -movía la cabeza apenas un par de segundos antes de girarse
y dejar la taza en el fregador- Menudas piernas… -susurraba haciéndola sonreír.

E: ¿No te comes las tostadas?

M: Mejor no, ya picaré algo después. –salía sacudiéndose las manos hasta llegar a
la entrada.

E: Espera, que te ayudo.

Cogiendo la chaqueta, se colocaba tras ella que metía ambos brazos dejando que
cayese por su peso. Viendo como tras eso, Esther se volvía a poner frente a ella
colocándole bien el cuello de la camisa y la chaqueta.

E: Solo falta que te de la bolsa con el almuerzo y me digas que llegarás tarde para la
cena. –sonreía.

M: Prefiero darte un beso y decirte que te llamaré a media mañana. –se inclinaba
besándola- ¿mejor, no? –volvía a besarla.

E: Eh… sí. –sentía otro beso.

M: ¿Uhm? –se acercaba besándola con más decisión.

E: Sí. –contestaba casi por inercia.

M: Mejor.

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Tomando su cintura comenzaba a abrir sus labios al mismo tiempo que Esther se
colgaba de su cuello, sintiendo un segundo después como las manos de la
empresaria iban a parar a su trasero que por el movimiento de su camisa, se
encontraba al alcance de sus manos.

E: O te vas o no te dejo que te vayas.

M: Me voy. –asentía besándola de nuevo.

E: Maca.

M: Ya, ya. –besándola por última vez cogía las llaves del coche y su cartera- Te llamo
luego. –abriendo la puerta se giraba sin soltarla.

E: Vete. –sonreía viéndola hacer lo mismo.

M: Te quiero.

Eran pasadas las once de la mañana y se había despedido de aquella primera


reunión. Sentada en el sofá del despacho miraba hacia el techo, sonriendo y sin
darse cuenta de que la puerta se abría descubriéndola en su personal estado de
aislamiento.

A: Ejem. –veía a su amiga girarse- Hola, eh.

M: Hola. –sonriendo se levantaba para llegar hasta ella y darle dos besos- ¿Qué
haces aquí?

A: ¿Por qué tienes esa cara de bobalicona? –cerraba sin dejar de mirarla- ¿Y por
qué sonríes tanto?

M: Estoy contenta. –se encogía de hombros.

A: Tienes cara de me he tirado toda la noche revolcándome con Esther. –la


señalaba con decisión- ¡La tienes!

M: No lo llames así porque no me gusta. –girándose caminaba hacia su mesa- Tú te


revuelcas y echas polvos, yo no.

A: Ais que se me ofende. –sonriendo se sentaba frente a ella- Ha sido una buena
noche, ¿no?

M: Ha sido importante para mí, y no quiero que te lo tomes como algo que no es,
me molesta.

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A: Bueno, bueno… -suspiraba apoyando ambos brazos sobre la mesa- ¿Cómo está?

M: Como si no hubiese pasado nada, y lo hace tan bien que hasta yo me lo creo a
veces. –cerraba los ojos recostándose en su asiento- Me da miedo que un día no
pueda más.

A: ¿No has pensado en llevarla a un psicólogo?

M: No va a querer… por no querer no quiere hablar ni conmigo.

A: Tu madre está preocupada también, no quiere llamarla o aparecer por si se


siente forzada a estar bien…

M: Ya, hablé con ella ayer.

A: ¿Y qué vas a hacer?

M: No puedo hacer más que estar con ella, y si me necesita seguir ahí… las veces
que he intentado algo se ha acabado enfadando, y no quiero hacerla sentir mal
tampoco.

A: Vaya panorama…

M: Sí.

A: Si me necesitas en algún momento, o puedo hacer algo, solo tienes que


decírmelo ¿vale? Lo que sea.

M: No te preocupes. –sonriendo de lado asentía sin mirarla- ¿Tú qué tal?

A: La verdad es que bien, en el trabajo ya sabes que hago lo que quiero y…


-sonriendo dejaba pasar unos segundos- He conocido a un sevillano de ojos azules
que cuando me llama shiquilla me revuelvo toa. –reía.

M: ¿Dónde lo has conocido?

A: Es cliente de mi jefe… lleva tres días en Madrid y esta noche me ha invitado a


cenar. –la empresaria sonreía sorprendida- Así que esta noche igual me dan un
curso de sevillano a fondo.

M: No lo dudo.

En su estudio, Esther se mantenía silenciosa frente a un gran lienzo en blanco. A un


par de metros de ella se mantenía apoyado en la pared mientras, de brazos

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cruzados, lo miraba mientras en su mente comenzaba a dar color sin tan siquiera
moverse.

Tras unos minutos se levantó, colocando en la mesa auxiliar cada pintura que iba a
utilizar. Sacudiendo su pincel y cogiendo el mismo trapo de siempre, colocándolo
sobre su hombro. Suspirando, daba el primer toque de color girándose después
hacia ese blanco inmaculado que esperaba ser escondido para siempre.

Su mano se movía ágil, por si sola, casi sin orden alguna mientras dejaba trazos y
más trazos sobre la tela. Primero un verde claro, un ocre pálido después. Limpiando
el pincel miraba de nuevo los colores y se decidía por uno cuando antes de usarlo,
se detenía cambiado de idea, decantándose por el azul que la esperaba con
paciencia.

Cuando iba a continuar, el teléfono sonaba haciendo que caminase hasta el


mostrador de la entrada.

M: ¿Cómo está la dueña de mis piernas favoritas? –sonreía sin darle opción a
contestar primero.

E: Pues estaba pintando. –sonriendo se sentaba- ¿Tú qué tal?

M: Acabo de terminar mi última reunión de hoy. –dejaba varios libros sobre el


estante- Ana ha venido a verme, te manda un beso, y mi padre me ha llamado para
comer con él aquí al lado.

E: Que mañana tan completita.

M: Me faltas tú. –sentándose de nuevo escuchaba como parecía no continuar- ¿Tú


estás bien?

E: Sí, sí… intentando hacer algo que merezca la pena, pero no termino de estar
cómoda. –suspiraba- Y me siento un poco frustrada.

M: Bueno, cariño… es cuestión de que te relajes y no te exijas tanto.

E: Ya… ¿Entonces vas a comer con tu padre?

M: Ajá… después vendré al despacho y sobre las seis o así podré irme a casa, ¿te
llamo entonces y paso a por ti?

E: No, llámame y me acerco yo… me apetece dar un paseo.

M: Como quieras… ¿Entonces estás bien? Quitando esa pequeña frustración


profesional. –sonreía.
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E: Estoy bien… de verdad.

M: Vale, pues mándame un beso que a mí me queda todavía trabajo y me animas.


–escuchaba como hacia aquello- ¿Lo puedo poner donde yo quiera?

E: Donde tú quieras.

M: Vale, pues luego te llamo para que vengas.

E: Hasta luego.

M: Hasta luego, preciosa. –dejando el móvil sobre la mesa, se cruzaba de brazos


mientras aun miraba la pantalla- Ojalá me dejases ayudarte.

E: Maca, que no me entero de nada.

M: Si ya la has visto. –besaba su cuello- No le vas a perder el hilo…

E: Pero es que quiero verla. –sonriendo encogía sus hombros.

M: Que yo sepa no te estoy cerrando los ojos, ni poniéndome en medio. –sin


abandonar su cuello colaba la mano por debajo de su camiseta.

E: Pero es que contigo así no me concentro en la película.

M: Pues no lo hagas. –sonriendo se movía pasando una pierna sobre las suyas-
Seguro que yo soy más interesante que esa película.

E: Uf…

Reclinando la cabeza sentía como la empresaria ponía más empeño en sus besos,
incluso su mano se apoderaba de su vientre y ascendía sin dudar.

E: ¡Vale!

En un movimiento rápido la hacía sentarse bien de nuevo para hacerlo ella sobre su
cuerpo. Viéndola sonreír por salirse con la suya una vez más. De esa forma
comenzaba a besarla cuando ya sentía que subía la camiseta hasta dejarla por
encima de su pecho, estrechándolo más tarde con ambas manos, haciéndola gemir
sin separarse de su boca.

M: Esto fuera.

Cogiendo la camiseta por debajo tiraba de ella dejándola con el torso desnudo y
llegando a él con sus labios sin dejar pasar un segundo.

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E: ¿Y si vamos a la cama? –preguntaba suspirando y viendo como se separaba para
quedar frente a su rostro.

M: No, aquí estamos bien.

Besándola otra vez, abría su boca por completo, soltando un sonido de satisfacción
al sentir como Esther la imitaba y no se cortaba en buscar su lengua sin reparos,
enredándola a la suya y dejando ver que aquella lucha seria al mismo nivel.

La pintora ya movía sus caderas friccionando su sexo contra ella, haciendo suspirar
a una Maca a la que le faltaban manos y espacio para poder hacer todo cuanto
quería. Y en eso estaba cuando el timbre sonaba haciendo que ambas abriesen los
ojos pero no dejasen de besarse.

Esther llevaba las manos hasta su pantalón para desabrocharlo, sintiendo como
mordía entonces su labio inferior y volvían a escuchar el timbre.

M: Joder. –pegaba la frente a su pecho.

E: ¿Esperamos a alguien?

M: No. –se pinzaba el labio mirando hacia la puerta- Parece que… -volvían a llamar-
Me voy a cagar en la mierda de… -Esther ya se sentaba en el sofá para ponerse su
ropa mientras la empresaria se volvía a cerrar el pantalón.

A: ¡Abre la puerta! ¡Qué os he escuchado!

M: Cabrona. –apretando la mandíbula iba hacia la puerta y abría en un movimiento


rápido.

A: ¿Os he cortado el rollo? –sonreía pasando- Lo siento, pero no me iba a tirar una
hora de camino por el atasco que hay en Madrid para luego irme porque estéis
echando un polvo en el sofá.

M: Tienes el don de la oportunidad, Ana… ¿te gusta venir en el momento justo


siempre? ¿O es para joderme a mí?

A: Ah no… que para joderte bien ya está aquí Esther. –sonreía viendo como la
pintora la imitaba- Si es que lleváis todo un mes como conejas, lo raro es que
alguna vez os pille comiendo, leyendo o jugando al tute.

M: ¿Se puede saber para qué has venido?

A: Estáis invitadas a la inauguración de un restaurante. –le tendía a Esther un sobre-


Ya me lo agradeceréis… va a ser un fiestón. –se levantaba para ir hasta la cocina.
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M: La mato. –suspiraba dejándose caer de nuevo en el sofá.

E: No te enfades. –pasaba un brazo por su pecho mientras la empresaria se


recostaba contra el suyo.

A: Joder. –se detenía cuando de nuevo salía- Vosotras sois de un vicioso que da
envidia, eh.

Tras la intromisión, habían decidido pasear por el centro y tomar algo por el
camino. La empresaria había dejado caer su brazo por los hombros de Esther
mientras esta iba sujeta a su cintura. La escuchaba reír mientras corrían para no
cruzar con el semáforo en rojo.

M: Te juro que me dijo eso.

E: No me extraña… cuando te sale la voz de mando y ese carácter, dices cada cosa.
–sonreía.

M: Pues a ti bien que te gusta, que me lo tienes dicho.

E: Ya, pero porque conmigo es diferente. –la besaba sin dejar de caminar.

M: ¿Nos sentamos en esa terraza de ahí?

E: Vamos.

En una mesa de entre otras muchas ya ocupadas, se sentaban una junto a la otra
pidiendo minutos después un par de cervezas que el mismo adolescente nervioso y
agobiado que les tomaba nota al llegar, les servía

M: ¿Al final vas a querer ir a la inauguración esa?

E: No sé… ¿tú quieres ir?

M: Seguro que está llena de pijos, te lo advierto… todo lo que Ana organiza está
infectado de pijos.

E: Bueno, pero podemos ir, cenar y ver como está y con las mismas volver a tu casa
a tomarnos el postre. –se inclinaba para besarla.

M: ¿Ves? –sonreía- Siempre me gustan tus planes.

E: Y hablando de planes… Acuérdate de que esta semana quedaste en comer con tu


madre, llevas semanas dándole largas.

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M: Pero eso es porque siempre estoy contigo.

E: Ya, y por eso te digo que quedes ya con ella, me digas el día y yo me encargaré
de ese tenerlo ocupado.

M: Pero yo no quiero que lo tengas ocupado. –fruncía el ceño.

E: Pero es que entonces tú no comes con tu madre y acabará cogiéndome manía.

M: Mi madre te adora.

E: Pero me cogerá manía como vea que acaparo a su encantadora hija todos los
días de la semana. –sonreía.

M: Entonces tengo dos opciones ¿no? Comer con mi madre, o comer con mi
madre.

E: Exacto, cariño. –sonriendo ampliamente la besaba de nuevo.

Con un pequeño bolso entre las manos caminaba por aquella última planta,
aparentando seguridad y viendo como ya aquellos que se acostumbraban a ella
sonreían y la saludaban incluso en la distancia. Al llegar frente a Julia esta sonreía
sorprendida antes de levantarse.

J: ¿Te ha visto?

E: Eh… no. –sonreía- Es una sorpresa.

J: Pues… -la miraba con detenimiento- No sé yo si vais a ir a ningún sitio a cenar… si


veo que no volvéis a salir trabaré la puerta para que nadie entre.

E: Después de tirarme dos horas en la peluquería, otra pintándome, y demás


tiempo en vestirme, por su bien que yo ceno esta noche. –la escuchaba reír- ¿Está
sola, no?

J: Sí, lleva bastante rato delante del ordenador.

E: Bueno, pues voy a ver como resulta mi aparición. –suspirando cogía el pomo y lo
giraba para entrar.

Dando un primer paso, la veía teclear sin cesar, con sus gafas puestas y totalmente
sumida en su trabajo. Cerró haciendo que el pequeño sonido de la cerradura la
hiciese hablar.

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M: Tienes que llamar a los proveedores que te dije, me tienen que facilitar un
teléfono.

E: ¿También me vas a hacer trabajar a mí?

Al mismo tiempo que había comenzando a hablar, la empresaria había elevado su


vista descubriéndola junto a la puerta, viéndola sonreír mientras seguía con las
manos a la altura de su cintura sin soltar aquel bolso de mano. Apretando los labios
mientras no daba un paso y se mantenía en silencio.

Sonriendo entonces, se quitaba las gafas y se levantaba sin apartar sus ojos de ella.
Caminando despacio y sin decir una palabra hasta que frente a ella, la miraba de
arriba abajo sorprendida.

M: Estás preciosa.

E: ¿Te gusta?

Colocando ambas manos en su rostro se quedaba mirando sus ojos mientras una
sonrisa, de esas que solo Esther era capaz de recibir, dibujaba sus labios al tiempo
que se acercaba para besarla despacio.

M: Preciosa se queda corto a cómo realmente te veo. –separándose lo justo para


ver su rostro con claridad apretaba la mandíbula viendo como sonreía.

E: ¿No te parezco de esas pijas que irán a la cena?

M: Ya querrían esas pijas parecerse a ti aunque fuese en el blanco de los ojos. –


sonreía al verla reír- Estás espectacular, Esther… en serio.

E: Me alegro de que te guste, si no ya me dirás tú donde está la gracia.

M: Veremos si no te raptan cuando lleguemos y te veo rodeada de tíos ricos


queriendo adularte y enamorarte.

E: Pues antes de que eso ocurra tú tienes que darme un buen beso para que todos
vean que eso es imposible. –sonriendo rodeaba su cintura para recostarse sobre su
pecho.

M: ¿Aunque sea muy, muy rico?

E: Aunque tuviese un país entero. –contestaba sonriendo y besando su cuello- En lo


que tienes que andarte con ojo es de que ninguna niña guapa y con sonrisa de
Barbie quiera hacerte mas caso del educadamente correcto. –la empresaria reía.

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M: A mí aunque me pongan delante a todas las mujeres del mundo, sería incapaz
de mirar a ninguna cuando ya sé que existes y que no eres fruto de ningún sueño.

Después de que recogiese todo, ambas salían sonrientes hasta el parking. Antes de
poder entrar al coche, Esther se veía acorralada contra la puerta del mismo sin
poder moverse.

E: ¿Qué?

M: Que no quiero ir a esa cena. –susurraba sin dejar de mirarla.

E: ¿Después de todas las horas que he tardado en estar así? Por supuesto que
iremos a esa cena.

M: Pero es que yo no quiero… -volvía a quejarse besando su cuello- Quiero estar


solo contigo… ¿qué me dices? Un bañito caliente, una buena copa de vino y…

E: No. –separándose con una sonrisa la veía fruncir el ceño- Vamos a ir a esa cena,
yo voy a lucir este aspecto tan poco habitual en mí, y tú vas a aguantarte.

M: Con una condición.

E: ¿Cuál?

M: Que duermas conmigo en casa. –besaba su nariz- Si no… no hay cena.

E: Trato hecho. –sin borrar su sonrisa asentía antes de ver como de nuevo la
empresaria decidía besarla.

Sin prisa recorrían el centro, la empresaria con la mano de Esther debajo de la suya
y sobre su pierna, mientras escuchaba aquel suplicio de horas de peluquería,
haciendo que riese de buena gana.

Quince minutos más tarde, paraba frente a la puerta del restaurante, entregándole
las llaves al aparcacoches que subía un segundo después en él.

E: Qué pijo todo. –cogía la mano de la empresaria.

M: Te lo advertí. –sonreía- Aunque lo peor está dentro. –caminando hacia la puerta


entregaba la invitación y cedía el paso a Esther por delante de ella.

E: Madre mía… -suspiraba viendo al gran número de personas ya concentrado allí.

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M: Alguien habrá que merezca la pena. –susurraba mirando por encima de todo
aquel gentío y sonriendo al ver sorprendida a quien menos esperaba- Creo que hoy
no te aburrirás.

E: ¿Por qué? –la miraba.

M: Porque ha venido una de tus grandes conversadoras. –sin soltar su mano


caminaba con firmeza hasta uno de los laterales de la sala.

E: ¿Esa es tu madre?

M: La que me parió, sí. –colocándose tras ella le daba con el dedo en el hombro-
¿Se puede saber qué hace usted aquí a su edad?

Rosario se giraba sin soltar su copa, sonriendo ampliamente al ver a la pareja frente
a ella.

R: ¡Sorpresa! –alzaba ambas manos.

M: Jajaja. –pasando un brazo por su espalda se acercaba dándole un pequeño


abrazo- ¿Qué haces aquí?

R: Ana me invitó. –mirando entonces a Esther le daba otro abrazo- Estás… -la
miraba con detenimiento- ¡Preciosa!

M: ¿Verdad?

E: No es para tanto. –sonreía con timidez.

R: Estás guapísima, Esther… Me encanta tu vestido. –asentía- ¿Dónde lo


compraste?

M: Uf… ¿quieres una copa cariño? –le susurraba acercándose a ella.

E: Sí, gracias.

M: Enseguida vengo. –besándola antes se separaba para ir por las bebidas.

E: ¿Y Pedro no ha venido?

R: Claro que ha venido, está por ahí con esos aburridos hombres de negocios como
él… rodeados de una nube de humo de puro y… -suspiraba- ¡Es que estás tan
guapa!

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E: Es todo producto de la peluquería y la ropa… -contestaba sintiendo de nuevo
como le subían los colores.

R: Pues como quien yo me sé no se quede pegadita a ti, se va a llevar más de un


disgusto esta noche.

E: No lo creo. –sonreía.

M: Ya estoy aquí. –le tendía la copa de vino- ¿Ana ha invitado a medio Madrid a
venir o qué? Está lleno esto, eh…

R: Si algo lo organiza esta loca amiga tuya, ya sabes lo que pasa.

Frente a un viejo conocido y su padre, Maca conversaba ya varios minutos.


Metiéndose de lleno en una de esas conversaciones que la hacían no darse cuenta
del tiempo transcurrido.

A unos metros, Esther seguía junto a Rosario, que tras encontrar a Ana y a uno de
sus jefes, habían comenzado una agradable charla entre los cuatro. Sin apenas
darse cuenta el tema de la pintura había llegado con facilidad.

-Pues no había escuchado hablar de ti.

E: Es lógico… realmente no soy nadie en este mundo, como tantos otros que se
dedican a esto.

R: La verdad es que si se conociese a todo el que pinta bien, no daríamos abasto. –


sonreía- Pero he de decir, que aquí Esther… es realmente buena.

E: Rosario. –sonreía nerviosa- No exageres.

A: No exagera… es tan buena que se ha llevado a la empresaria más solicitada de


todo Madrid.

-¿Hablamos de la misma persona? –miraba a Ana sorprendido.

A: Me temo que sí, Alberto. –palmeaba su hombro.

Al: Pues vaya dos palos que me llevo así de golpe. –reía- Voy a empezar a pensar
que pongo el ojo donde no debo.

M: ¿Interrumpo? –sonreía llegando hasta ellos y deteniéndose junto a Esther.

E: Hola.

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A: Acabo de darle la noche a Alberto, se ve que estaba interesado en Esther. –la
pintora se sonrojaba dando un trago de su copa.

M: Pues entonces llego a tiempo. –sonreía.

Al: La verdad es que mi única posibilidad de alcance era ella… además de que
realmente, es la mujer que más me ha impresionado nada más llegar.

M: No lo dudo.

Al: Después de ti, claro. –hacia una pequeña reverencia.

M: Ahí ya no estamos tan de acuerdo. –sonreía girándose hacia Esther- ¿Lo estás
pasando bien?

E: La verdad es que sí. –asentía- ¿Me dices donde está el baño?

M: Eh… -mirando por encima cogía su mano antes de caminar- Te acompaño,


vamos.

A: ¡No tardéis que enseguida sirven la cena!

Sin soltarse, iban esquivando al gentío para llegar al lavabo, viendo como una mujer
salía justo al entrar ellas y encontrando el baño vacio.

M: Qué suerte. –sonreía acercándose a ella.

E: Ya sabía yo que tú venias con idea.

M: Llevo más de una hora sin darte un beso… creo que ya me merezco un poco de
atención, y más después de haber visto como pensaban ligar contigo
descaradamente.

E: A ti cualquier excusa te vale. –sonreía ya cuando sentía las manos de la


empresaria llegar a su cintura.

M: Es que realmente yo no necesito ninguna excusa para querer besarte.

Sin dejar pasar más tiempo, pegaba aquel cuerpo contra la pared para inclinarse
entonces hasta llegar a sus labios. Esther no ponía resistencia alguna, contestando
de igual forma y llevando una mano a la nuca de la empresaria evitando así que se
alejase de allí.

La respiración de ambas ya se sobreponía al silencio de aquel lugar cuando la


puerta se abría y ambas se giraban sorprendidas.

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-Por Dios.

Una mujer entrada en años aparecía frente a ellas, cerrando los ojos al instante de
haberlas visto y girándose para volver a marcharse de allí. Ambas se quedaban en
silencio hasta que volviéndose a mirar comenzaban a reír.

Ya en la mesa, la pareja disfrutaba de un primer plato en la compañía de los padres


de la empresaria y también de la presencia de Ana a la izquierda de su amiga.

Aquello había resultado ser la cita indiscutible de las personalidades más


importantes de la capital y era realmente sorprendente ver a tanta gente reunida
en un mismo restaurante y de una manera tan natural.

E: Esto está riquísimo. –comentaba hacia Rosario que había hecho su misma
elección para la cena.

R: La verdad es qué sí.

M: ¿Me dejas probarlo? –preguntaba de repente haciendo que se girase entonces


hacia ella- Un poquito. –sonreía.

E: Claro. –cogiendo un poco de su plato alzaba el tenedor para acercároslo y ver


como la empresaria lo atrapaba con sus labios sin dejar de mirarla.

Tras unos segundos, Maca seguía disfrutando de aquello que Esther le había dado a
probar, mientras esta seguía mirándola casi embobada.

M: Está muy rico. –sonreía.

E: ¿Verdad?

M: Muy rico. –asintiendo no borraba su sonrisa.

A: ¡Oh, por favor! Aquí también, no. –se quejaba viendo como la pareja la miraba-
Es que es injusto.

M: Eres de lo que no hay. –reía- ¿Acaso no tienes por ahí alguien que luego te
llevará a casa?

A: Pero no es lo mismo. –volvía a quejarse- Lo vuestro es más bonito.

M: Pues échate un novio formal que te quiera y que te pida matrimonio. –sonreía-
¿Qué culpa tenemos nosotras?

A: Antes de hacer eso me corto una mano, fíjate lo que te digo.

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Llegados al postre, varios de los presentes se iban levantando, ocupando nuevos
asientos y pasando a tomar el café en la barra o en la zona de fumadores. Maca se
había levantado para ir al baño mientras Ana seguía junto a Esther a la espera de
que llegasen sus cafés.

A: Uy… ven, que te voy a presentar a alguien. –cogía la mano de la pintora- Seguro
que has escuchado hablar de ella.

E: Ana, que a mí me da vergüenza.

A: Calla.

Recorriendo aquellos últimos metros, Esther descifraba por fin a donde se dirigían.
Un pequeño grupo de apenas tres personas, dos hombres y una mujer, que
hablaban alegremente en una mesa donde había ya varios asientos vacios.

A: Hola, chicos. –los tres se giraban hacia ella- Vengo a por Elena, vosotros podéis
seguir hablando… -movía la mano hacia ellos antes de hacer levantar a la chica-
Esther… ella es Elena Bastida.

E: Claro que sé quién es. –sonriendo le daba dos besos- Te dieron el premio Sol de
pintura el año pasado.

El: Sí. –asentía.

E: Pero creo haber leído que te habías retirado antes de que te premiasen ¿no?

El: Bueno, decidí estar un par de años parada… di a luz hace un par de meses
además. –miraba a Ana- Cuando me dieron el premio acababa de saber que estaba
embarazada.

Mientras aquella mujer seguía hablando, sus pensamientos se habían bloqueado y


tan solo veía el movimiento a su alrededor de forma lenta. Parpadeó varias veces
hasta que el tacto de los dedos de Ana sobre su hombro le hizo reaccionar.

E: Enhorabuena entonces. –sonreía.

El: Gracias.

A: ¿Estás bien? –preguntaba en un susurro.

E: Perfectamente. –sonreía aun mas- Voy al baño, ¿me disculpáis?

A: Esther. –volvía a llamarla viendo como se giraba- ¿Todo bien? –la veía asentir
repetidas veces antes de perderse entre la gente.

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Cuando finalmente entraba en el baño iba sin detenerse hasta el lavabo. Abriendo
el grifo del agua fría y dejando sus manos debajo. Frotándoselas después en un
abundante jabón mientras no dejaba de moverlas y envolverlas antes de dejar que
de nuevo el agua las aclarase.

Después de haber acabado y cogiendo un trozo de papel, las secaba mientras


seguía mirándolas. Lanzándolo después hacia la papelera y girarse quedando frente
al espejo. Se miró fijamente a los ojos unos segundos antes de sonreír y tomar aire
para marcharse, deteniéndose en aquella idea cuando la puerta se abría
descubriendo la presencia de una mujer que la miraba desde el primer instante en
que se cruzaba con sus ojos.

E: Ya salía.

-¿Eres Esther, verdad? –preguntaba cuando ya le daba la espalda.

E: ¿Nos conocemos? –la miraba de nuevo.

-No. –sonriendo de lado se giraba hacia ella extendiendo su mano- Soy Sandra.

E: ¿Y por qué sabes quién soy? –estrechaba su mano sin dejar de mirarla.

S: Soy una vieja amiga de Maca.

E: Ya, pues… -sus palabras se veían interrumpidas al abrirse de nuevo la puerta y


ver de quién se trataba.

La empresaria se detenía en el umbral, con la respiración mínimamente inquieta y


viendo su intención de evitar aquel momento truncada. Tragó saliva cuando cogía
la mano de Esther.

M: Hola, Sandra.

S: Hola. –sonreía.

M: No sabía que habías venido.

S: Bueno… mi presencia no es nada comparada a la tuya, Maca. –miraba a Esther- Y


mucho menos cuando presentas en sociedad a Esther… ahí fuera es tema de
conversación toda la noche.

M: En cenas como esta se habla de muchas cosas. –se giraba hacia Esther-
¿Salimos? Nos están esperando con el postre.

E: Claro. –se volvía antes de marcharse- Un placer.

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S: Igualmente.

Cuando la puerta se cerraba, Esther miraba a una Maca que no apartaba su vista
del frente mientras caminaba sin detenerse y sin soltar su mano.

E: ¿Me cuentas qué ha pasado ahí?

M: Nada. –le sonreía apenas un instante antes de volver a mirar al frente- Ya


estamos aquí.

R: Vuestros cafés se enfrían.

M: Pues pedimos otros. –retiraba la silla para Esther tomando asiento ella después-
¿No quieres un trozo de tarta, cariño? Tiene buena pinta.

E: No me apetece. –negaba sin mirarla.

A: Lo siento, cuando la vi ya estaba entrando. –le susurraba a su amiga.

M: Tranquila.

Rosario había pasado a sentarse junto a Ana, Pedro conversaba con otro de sus
conocidos, y Esther se dedicaba a remover el café que no había probado mientras
Maca la miraba de reojo con preocupación. Bajando la mirada deslizaba la mano
por encima de la mesa hasta llegar a la suya, extendiéndola hacia arriba para
colocar la suya encima y entrelazar sus dedos.

M: ¿Qué te pasa?

E: Nada. –negaba mínimamente.

M: ¿Y por qué estás así? –susurraba acercándose para besar su hombro.

E: Me apetece salir ya de aquí. –la miraba ladeando el rostro- Estoy cansada.

M: Pues nos vamos ya. –contestaba sin separarse.

En el coche, Esther seguía guardando silencio mientras miraba al frente con


tranquilidad. La empresaria la miraba de tanto en cuando sin decir nada tampoco.

Igualmente entraban en la casa, pudiendo escuchar tan solo el sonido de los


tacones de ambas, el tintineo de las llaves al dejarlas tras la puerta, un suspiro
cuando Esther se descalzaba sentada en la cama, uno aun más pequeño cuando
Maca la mira desde el pasillo.

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Después de unos minutos, Esther salía del baño ya con el pijama puesto cuando
descubría que Maca ya estaba en la cama, programando el despertador y dejando
el reloj sobre la mesita. Sonriendo de medio lado y caminaba hacia el otro lado del
colchón. Echándose sobre la cama se giraba hacia ella, viendo como también
comenzaba a acomodarse y finalmente lo hacía sobre su pecho.

Encontrando la comodidad que solo aquel cuerpo le proporcionaba, besaba su


pecho antes de dejar que sus dedos comenzasen a acariciar su vientre, escuchando
una leve respiración del cuerpo de la empresaria, que besaba su frente pasando un
brazo por su cuerpo para pegarla más al suyo.

Elevando su rostro, encontraba sus ojos que puestos en ella, le hacían sentir
tranquila. Tanto que su cuerpo se movía casi por si solo para poder alcanzar sus
labios, dejando un beso, mirándola después para volver a besarla y sentir la caricia
en su mejilla, una que no le dejaba alejarse cuando ya Maca profundizaba abriendo
su boca, dejando el espacio perfecto para que ella se amoldase y buscase también
su lengua.

Tras unos minutos iban tomando tranquilidad, dejando besos intercalados entre
segundo y segundo, mientras Esther aun acariciaba aquella piel tersa y suave, sin
dejar de hacerlo cuando se recostaba de nuevo pero esa vez junto a su rostro,
notando como Maca acariciaba con la nariz su rostro, haciéndola sonreír cuando
finalmente el sueño comenzaba a vencerla.

Mientras esperaba a la llegada de su madre, se dedicaba a mirar la carta y esperar a


que sirviesen el vino. Aun así, parte de sus pensamientos estaban puestos en
Esther. Aquella mañana se había despertado de lo más radiante, sonriendo y
abrazándola con tanta alegría que casi había hecho el efecto contrario en ella.

R: Ya estoy aquí. –sonreía mirándola antes de dejar un beso en su frente- Perdona


que llegue tarde, pero es que me entretuve y…

M: No pasa nada. –dejaba la carta a un lado- Ya he pedido el vino.

R: Mejor. –suspiraba- ¿Qué tal? Anoche me dejaste preocupada por iros tan pronto.

M: Bien, la verdad es que Esther hoy esta que solo le falta que le toque la lotería
para poder ser más feliz.

R: ¿Seguro? No me engañes.

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M: Sé lo mismo que tú, mamá… esta mañana estaba bien, la he dejado cantando en
la ducha y… -suspiraba- Ella dice que está bien. –el camarero llegaba y tras tomarles
nota volvía a dejarlas a solas.

R: Sigo pensando que debería recibir ayuda, una mujer no puede reaccionar como
ella después de haber perdido a un hijo… eso es lo más horrible que una madre
puede pasar en la vida.

M: ¿Y qué hago, mamá? ¿La meto en el coche y la llevo a un psicólogo a la fuerza?

R: Alguien podrá convencerla, hija… y seguro que si te pones seria y lo intentas con
razonamiento te escucha.

M: Ni su hermana, ni su madre, ni yo… hemos conseguido que hable. Por mucho


que la presione no lo hará, y si lo hace… será cuando ya no pueda mas y ni ella
misma tenga tanta fuerza de voluntad por mantenerse así.

R: Pues a mí me preocupa mucho, qué quieres que te diga. –daba un largo trago de
su copa.

M: Y a mí, mamá… y a mí.

Después de acabar aquella comida subía a su coche para regresar a la oficina. En


uno de los semáforos que la detenían durante el camino decidía llamar a Esther y
con el manos libres puesto, escuchaba uno tras otro los tonos sin recibir respuesta.

M: Esta se ha puesto a pintar y como si el mundo explota que a ella le da igual. –


colgando volvía a mirar al frente mientras aceleraba.

Tras aparcar se quitaba las gafas de sol y caminaba con su agenda electrónica en la
mano. Leyendo algo que acaba de recibir por mail y de la misma forma salía del
ascensor llegando frente a la mesa de Julia.

M: Sandoval la ha cagado y Arrieta me ha mandado un informe… -le hablaba con


rapidez- Llama a mi padre y no estoy para nadie.

J: Claro.

M: O sí… -se giraba en la puerta- Intenta localizarme a Esther y si lo consigues me


pasas la llamada al despacho.

Con Pedro ya en el despacho, Maca hablaba por teléfono con un hombre que
aparte de gritar y maldecir en voz alta, se angustiaba sin que la empresaria pudiese
hacer nada.

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M: Te lo advertí Jesús… con Ángel Sandoval es mejor no hacer negocios.

Je: Maca… tienes que ayudarme o tendré que despedir a media plantilla para poder
hacer frente a lo que se me viene encima.

M: Mándame todo lo que hayas hecho y firmado con él.

Je: Te paso un fax ahora mismo.

M: Vale, y tranquilízate… intentaremos solucionarlo.

Je: Si tú no me sacas de esto estoy con la soga al cuello, Maca… no confió en nadie
más.

M: No te preocupes, mañana te llamo. –suspirando colgaba el teléfono para mirar a


su padre- Se la ha jugado pero bien.

P: ¿Qué pasa?

M: Engañaron a Ángel, Jesús ha comprado acciones de una empresa que no existe y


que había sido montada para malversación de bienes. Me temo que la policía
meterá las manos en esto y va a ser gordo…

P: Joder… -sacaba su móvil- ¿Sabes si ha hablado con su abogado?

M: Todavía no. –se frotaba la barbilla- Llama tú a Sergio y que lo mire, Jesús está
demasiado nervioso para hacer nada.

P: Sí, voy a llamarle y voy a su despacho ahora mismo.

M: Llámame con lo que sea. –lo miraba ya encaminarse hasta la puerta.

P: Descuida.

Dejando la mirada perdida volvía a recordar la conversación que había tenido con
Arrieta por teléfono. Apretando la mandíbula de rabia contenida y maldiciendo al
que sabía que al final conseguiría fallar de tal modo.

Levantándose se dirigía hasta la puerta descubriendo a Julia colgando el teléfono.

M: Jesús Arrieta va a mandar ahora unos documentos por fax, estate pendiente de
cogerlos tú y de que nadie más los vea.

J: No te preocupes.

M: ¿Localizaste a Esther?

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J: No, al móvil no contesta y al fijo salta el contestador.

M: Vale.

Con varias carpetas bajo el brazo, el móvil en los labios y las llaves en la mano,
llegaba hasta la puerta del coche. Dejando todo aquello en el asiento del copiloto
para después sentarse frente al volante y quitarse la chaqueta.

Antes de arrancar volvió a marcar el teléfono de Esther incorporándose después a


la carretera.

-Hola soy Esther, en este momento no puedo o no quiero contestarte, deja tu


mensaje.

M: Cariño, soy yo… -contestaba desabotonándose la camisa- Que no me has


llamado en todo el día y voy para tu casa ¿Vale? Cógemelo, anda… -volvía a dejar
pasar unos segundos- Bueno, pues voy para allá.

Ya en el centro encontraba el gran atasco de aquella hora de la tarde. Teniendo que


resignarse a parar y esperar a que la cola avanzase.

Mientras miraba por la ventanilla decidió volver a intentar dar con Esther,
marcando esa vez el número de su móvil, encontrándolo apagado y suspirando de
nuevo mientras agarraba el volante con una mano y miraba al frente esperando
poder continuar.

Después de más de cuarenta minutos conseguía llegar hasta la casa de la pintora.


Frenando en un movimiento seco dada la desesperación que acumulaba ya en su
cuerpo por aquel lento trayecto desde la oficina.

Llamando al timbre desde el portal esperaba a recibir alguna señal, cruzándose de


brazos y mirando la punta de sus zapatos. Pasados unos segundos fruncía el ceño y
chasqueaba la lengua de camino al coche. Abriendo la puerta se inclinaba hacia la
guantera para coger el juego de llaves que Esther le había dado días atrás.

Con ellas abría la puerta y pasaba hasta el ascensor, moviéndolas después


alrededor de su dedo índice mientras esperaba en el ascenso.

Ya frente a la puerta introducía la llave y la hacía girar empujando después en el


mismo movimiento. Mirando hacia la cerradura mientras volvía a sacar la llave para
cerrar.

M: ¡Esther!

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Elevando la voz la llamaba antes de alzar la vista y ver lo que menos esperaba.

Su cuerpo se había detenido por sí solo, su mano volvía a su cuerpo por pura
inercia mientras sus ojos comenzaban a temblar recorriendo todo aquel gran
espacio.

Un gran lienzo al fondo se dejaba ver manchado, incluso golpeado. Un cubo de


pintura se encontraba volcado junto a la pared y una gran mancha roja que se
descubría agresiva frente a ella había descendido hasta llegar al suelo. Dejó caer las
llaves y apenas dando un paso seguía mirando aquel destrozo que aun no lograba
comprender.

En medio de todo aquel espacio miró hacia otra pared, viendo cómo junto a ella el
caballete de Esther se encontraba en el suelo, una tela blanca también y justo a
unos metros la mesa auxiliar rota y arrinconada junto a la ventana.

Su pecho comenzó a moverse inquieto, el aire le faltaba y lo que lograba alcanzar


para respirar le quemaba la garganta. Comenzaba a sentir la ansiedad cuando sus
ojos se detenían en algo a medio pintar y que permanecía contra la pared. Sin
poder creer lo que veía empezó a caminar hasta allí, deteniéndose a tan solo unos
pasos y encontrando lo que tras otra capa de color bastante oscura, clara señal de
que había querido ocultarlo por completo, se distinguía la silueta de un bebé en
brazos, la cara de una niña que ella misma había tenido en sus brazos, la cara de
una vida perdida que después de todo ese tiempo, parecía estar más viva que
nunca en aquella casa.

Los pies que la mantenían erguida se habían quedado frente a aquel cuadro,
sintiendo como se le rompía el corazón en mil pedazos, pudiendo imaginarse
incluso el dolor de Esther, sintiéndolo, sintiendo como su cuerpo comenzaba a
temblar y le faltaba espacio, todo aquel estudio de metros de dolor le estaba
haciendo creer que solo un susurro podría acabar con ella.

Pero lo que más temía estaba al otro lado de la puerta que permanecía cerrada.
Una puerta que segundo a segundo se encontraba más cerca de ella, y por la cual
debía cruzar para estar a su lado. Y tomando el pomo cerraba el puño, cerraba
también los ojos como si el mismo fuego la estuviese llamando tras ella. Pero debía
cruzar aquel fuego para estar con ella, y lo cruzaría sin duda alguna.

El silencio reinaba en la casa, su cuerpo no se atrevía a seguir adelante hasta que


pudo apreciar un murmullo que procedía del dormitorio.

Apretando los puños y sintiendo como las lágrimas ya se deslizaban por su rostro,
caminaba como si temiese que el suelo bajo sus pies se fuese a deshacer, como si el

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dolor que salía del dormitorio y ya sentía, pudiese acabar con ella antes de llegar, y
como si aquel murmullo que la había guiado, comenzase a convertirse en el peor
temor que jamás había vivido.

Cruzando la puerta tragaba la inmensa desazón que se había acumulado en su


garganta, viendo entonces el cuerpo de Esther de espaldas a la puerta, frente a
aquella pared que ella misma había pitando, frente a aquel dibujo que le había
parecido mágico el primer día que lo vio. Sintiendo como su barbilla temblaba por
la congoja, como aquel puño que frotaba y frotaba contra la pared comenzaba a
sangrar dejando la huella de aquel dolor rojo intenso. Viendo aquel cuerpo con tan
solo una camisa, descalza y con la piel llena de manchas de pintura, temblando
pero sin poder dejar de mirarla aunque ella misma hubiese comenzado a sentir un
miedo que intentaba bloquearla.

M: Esther…

E: Esther… -repetía susurrando.

M: Cariño, soy yo… Maca.

E: No se va…

Viendo como seguía queriendo terminar de borrar aquel dibujo, se comenzaba a


acercar, temblando y llorando por ver aquel estado que había conseguido separarla
de ella. A tan solo un paso pudo ver con más facilidad como sus nudillos estaban
totalmente despellejados, haciendo que la sangre comenzase incluso a gotear en el
suelo.

M: Esther, por favor. –colocando un mano en su hombro veía como se detenía y


miraba aquella mano sobre su cuerpo- ¿Cariño, qué estás haciendo?

E: No se va… -repetía moviendo el hombro deshaciéndose de ella y volviendo a


mirar a la pared.

M: Mi amor, deja eso. –sintiendo como comenzaba a no poder dominarse tomaba


sus muñecas haciendo que se girase- Basta ya.

Frente a ella, los ojos vacios de la mujer que tanto quería le gritaban lo que no
había podido evitar. La sintió separarse con brusquedad mientras se sujetaba la
cabeza y caminaba hasta un rincón dejándose caer. Vestida con tan solo aquella
camisa casi abierta, sus manos envueltas por la sangre y su voz repitiéndose una y
otra vez como si realmente se encontrase muy lejos de allí.

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Sin poder controlar el temblor de ninguna parte de su cuerpo, volvía a acercarse a
ella, arrodillándose justo delante, cogiendo de nuevo sus manos cuando la veía
volver a alzar el rostro para mirarla.

E: Maca…

M: Sí, mi amor… -asentía sin poder retener las lágrimas- Tenemos que ir al médico
¿Vale? Te has… -debía detenerse cuando ya casi su voz se dejaba llevar por el llanto-
Te has hecho daño, cariño…

E: No… no puedo. –susurrando volvía a levantarse para ir hasta la pared- Tengo que
limpiar esto… No me deja que la olvide… no me deja que la olvide… no me deja…

M: Esther, por favor.

E: No se va… ¿la ves?

M: ¿A quién?

E: María… está aquí… -detenía su mano- He querido pintarla… -sin bajar la mano
parecía no moverse- Pero quería salir del cuadro… Le he dicho que no podía… No
me deja que la olvide…

M: Es que no tienes que olvidarla, Esther…

E: ¡Sí! –se giraba en tan solo un segundo haciendo que Maca se asustase- ¡Necesito
olvidarla! ¡No me deja! ¡No me deja! –volvía a cogerse la cabeza mientras
caminaba por el dormitorio- Ayúdame…

M: Esther. –corriendo hacia ella la rodeaba con sus brazos, escuchando como
lloraba con tanta fuerza que se le quebraba el aire sin salir de la garganta, gritando
mientras intentaba soltarse, golpeándola por querer soltarse de ella- Esther,
tranquilízate, por favor.

E: ¡Suéltame! –en un movimiento conseguía liberarse quedando de nuevo frente a


la pared.

M: ¡Basta ya! –gritaba con todas sus fuerzas haciendo que se detuviese sin girarse.

Cerrando los ojos con fuerza sentía la rabia emerger de su mismo estomago,
uniéndose a todo el miedo que ya se había apoderado de ella.

M: Déjame ayudarte, Esther… por favor. –derrotada se dejaba caer sobre la cama
quedando sentada.

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Ocultando su rostro con ambas manos comenzaba a llorar, soltando todo cuando la
estaba haciendo creer toda aquella locura de Esther. Sintiendo como necesitaba
aquel momento para llorar y gritar, para poder volver a mirarla un minuto después
encontrándola sentada en un rincón, con las piernas extendidas y la mirada
perdida.

Buscando la respiración que necesitaba volvía a levantarse, caminando hacia ella y


sentándose a su lado. No dudando un instante en envolverla con sus brazos y
abrazarla, sintiendo como se cobijaba en su cuerpo como una niña asustada,
aferrándose a su camisa haciendo que incluso se le clavasen los dedos en el alma.
Comenzando a llorar contra su pecho haciendo que cerrase los ojos.

E: ¿Por qué? ¿Por qué, Maca?

M: Llora, cariño… llora todo cuanto quieras. –la estrechaba aun mas.

E: ¿Por qué tuvo que pasar esto? ¿Por qué? ¿Por qué no puedo olvidarla? ¿Por qué
no puedo?

Sumidas en aquel llanto mutuo, el mundo seguía corriendo, el sol seguía en su


movimiento lento para guarecerse de la noche, mientras aquel dormitorio iba
también tomando penumbra, una que no conseguía desvanecer aquella imagen,
aquella pared que parecía realmente ensangrentada del pasado, de aquella imagen
emborronada a unos metros y de todo aquel silencio roto por el llanto que después
de ser liberado, se negaba a ser de nuevo olvidado.

Sentadas en aquel mismo rincón, Esther seguía apoyada en el hombro de la


empresaria. Dejándose hacer mientras Maca limpiaba la sangre de sus manos con
todo el cuidado que podía. Viendo cómo ni tan siquiera se quejaba por aquellas
heridas.

M: ¿Te duele? –sin levantar la vista de su mano veía pasar el tiempo sin que
respondiese.

Cambiando el algodón volvía a empaparlo con un poco de agua oxigenada y cogía


su otra mano repitiendo la misma acción durante otro rato hasta que ya limpias,
pasaba a coger la venda que había sacado del botiquín y comenzaba a tapar
aquellas heridas. Apenas unos minutos después cogía ambas manos y las besaba
dejándolas después sobre su regazo.

M: Necesitas ayuda, Esther… -comenzaba a besar su hombro- Me duele mucho


verte así, cariño… Me duele muchísimo. Me estás partiendo el alma.

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Viendo como seguía guardando silencio y la mirada clavada en algún punto frente a
ella tampoco cambiaba, apretaba los labios sintiendo de nuevo unas terribles ganas
de llorar.

M: Te voy a llevar al hospital.

E: No.

Susurrando, sus labios comenzaba a temblar cuando sus ojos se humedecían y


bajaba el rostro hasta ver sus manos.

E: Por favor…

M: Mi amor… -se giraba hacia ella- Yo no puedo ayudarte sola, no puedo… -lloraba
frente a ella- Y necesitas que… -bajaba la vista un segundo- Te has hecho daño,
cariño… -apretaba los dientes con fuerza mientras la miraba- Dime qué hago…
Dime qué hago porque… -llevándose la mano hasta los ojos hacia presión en ellos
durante un instante- Dime qué quieres que haga, Esther… por favor, pero no puedo
verte así, no puedo…

E: Quédate conmigo.

Dejando su cuerpo caer se recostaba sobre su pecho mientras ya no podía contener


su llanto, mientras Maca ya se veía envuelta en el suyo propio y no podía hacer más
que abrazarla y recostarla en su regazo para pegarla a su cuerpo.

Minutos después se levantaba con ella en brazos, caminando hasta el baño y


sentándola mientras llenaba la bañera. Quitándole aquella camisa y ayudándola a
sentarse después mientras el agua caliente comenzaba a cubrir su cuerpo.

Remangándose la camisa se arrodillaba frente a ella para coger la esponja y


comenzar a limpiar los rastros de pintura por su piel, viendo como en todo
momento, Esther no levantaba la cabeza mientras seguía sin hablar. Dejando que el
agua cayese por su rostro sin tan siquiera cerrar los ojos.

Después de un rato, Maca terminaba por aclararle el pelo y los brazos, terminando
por sentarse pegando el cuerpo a aquella bañera, sintiendo como Esther la
buscaba, pasando entonces un brazo por sus hombros, viendo como se recostaba
en él un instante después mientras ella comenzaba pasarle los dedos de su otra
mano por el pelo, besándolo y recostando la cabeza junto a la suya.

Sin haberse quitado siquiera la ropa, permeancia sentada sobre la cama, con la
espalda apoyada en el cabecero mientras sobre su regazo, Esther había conciliado

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el sueño por fin. Su mano seguía dejando una caricia sobre su pelo, no queriendo
detenerla e intentando por todos los medios que se sintiese tranquila y a salvo.

Cerrando los ojos no podía borrar aquella imagen de su cabeza, aquellos ojos
oscuros y vacios como jamás los había visto, su voz apagada, su vida
completamente apagada…

El aire retenido en su pecho salía casi por si solo creando un suspiro que le hacía
sentirse realmente agotada. Pero no lo suficiente para que sus pensamientos se
quedasen a un lado y poder conciliar el sueño. Sus dedos aun temblaban, la
garganta le dolía de haber llorado tanto, pero sobre todo la opresión que se había
apoderado de su pecho, le hacía estar aun en alerta.

En mitad de la noche había podido levantarse sin despertar a Esther. Y con la


intención de borrar cualquier rastro de aquel día, iba hacia el estudio, recogiendo
todo y cuanto había esparcido sobre el suelo.

Después de haber fregado se detenía al mirar aquel cuadro, teniendo que coger
aire para cogerlo y con él, caminar hasta el mueble de la entrada escondiéndolo
detrás. Volviendo al mismo lugar segundos después para abrir un bote grande
pintura blanca y quitándose entonces aquella ropa, buscar algo con lo que poder
pintar aquella pared.

Sintiendo el sudor empapando su frente, seguía subida en aquella escalera, dando


una tras otra, varias capas haciendo que aquel rojo despareciera de la pared. Y por
igual, aunque con más cuidado, entraba en el dormitorio con un estropajo y lo que
le quedaba de pintura. Frotando con fuerza, con rabia, y con lágrimas, aquella
sangre que le hacía querer gritar y golpear lo primero que se le pusiese delante.

Habiendo pintado aquella pared, se tomaba un descanso sentándose junto a la


cama, apoyando el rostro sobre el colchón mientras la observaba dormir, mientras
besaba sus manos heridas y ocultas por la venda, necesitando arrastrar de nuevo
las lágrimas mientras la besaba casi sin rozarla. Arropándola para volver a salir de
allí.

Ya amanecía cuando sentada junto a la pared del salón, veía como poco a poco la
casa iba llenándose de luz, de una que necesitaría para poder mirar a Esther a los
ojos.

A primera hora y cuando ya creía poder encontrar a Julia en la oficina, marcaba los
números de memoria y esperaba a la señal mientras se serbia café.

J: Wilson Corporación, despacho de Macarena Wilson.

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M: Soy yo, Julia.

J: Ah, Maca… buenos días.

J: Buenos días… ¿pasa algo?

M: Hoy no voy a poder ir, mira las citas que tenia y por favor discúlpame con Jesús,
ahora llamaré a mi padre para que hable con él.

J: Tranquila, no te preocupes por nada… ¿pero estás bien?

M: Sí, sí… no pasa nada. Esta tarde te vuelvo a llamar.

J: Claro, hasta luego.

M: Hasta luego, Julia. –colgando suspiraba profundamente antes de dar un trago de


su taza.

En silencio miraba de nuevo el móvil, sintiendo como la mano le temblaba aun y el


miedo tampoco la dejaba. Se levantó en tan solo un segundo para ir hasta su
cartera, buscando incluso con torpeza aquella tarjeta que sabia aun conservaba.
Finalmente daba con ella regresando hasta el sofá antes de comenzar a marcar.

-Hospital Central.

M: Sí, hola… buenos días.

-Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla?

M: Soy Macarena Wilson, me gustaría hablar con Carlos Granados, psicólogo del
hospital.

-Un segundo, no se retire.

M: Gracias.

Sentada junto a ella, llevaba más de una hora mirándola dormir y moverse en
sueños, incluso temblar mientras buscaba su cuerpo de manera inconsciente. De
esa forma había acabado de nuevo sobre su regazo, abrazada a su cintura y
aferrada a su mano.

Sin dejar de mirarla recordaba las palabras de Carlos, haciendo que apretase los
labios con fuerza.

C: Por lo que me dices puede ser que haya tenido un bloqueo, Maca…

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M: Pero es que no era ella.

C: Te lo intentaré explicar para que me entiendas, algo… no sé el qué, tuvo que


hacer que se bloquease haciendo que en su cabeza hubiese como dos presiones
demasiado fuertes peleando entre ellas, bloqueándola y haciendo que solo pudiese
centrarse en lo que le había llevado a ese estado… como si trabasen todos sus
pensamientos y solo hubiese una dirección por donde ver y mirar, su miedo.

M: ¿Qué puedo hacer?

C: Lo más importante ahora es ver cómo reacciona cuando se despierte, como


actúa y qué piensa de todo… si crees que no vas a poder, llámame y me aceraré con
una unidad del Samur.

Acariciando su frente veía como comenzaba a despertarse. Carraspeando y


frunciendo el ceño mientras elevaba la mano derecha que reposaba sobre la cama.

M: Buenos días, princesa.

Intentando sonreír la miraba, viendo como segundo a segundo, comenzaba a abrir


los ojos sin cambiar su postura. Un suspiro salía de su pecho cuando dudando,
buscaba los ojos de la empresaria, cruzándose con ellos tan solo un segundo antes
de incorporarse soltando un pequeño quejido y llevándose las manos al pecho.

M: Ten cuidado…

Mirándola, se quedaba en silencio. Observando cómo se quedaba sentada junto a


ella mirando la pared frente a la cama. Bajando la vista un instante después
mientras su barbilla se arrugaba.

M: ¿Cómo estás?

E: Lo siento… -apenas susurraba.

M: ¿Qué es lo que sientes? –preguntaba buscando sus ojos y cogiéndole las manos-
¿Haberte hecho daño? –comenzaba a quitarle las vendas con cuidado.

E: Siento causarte tantos problemas. –volvía a susurrar.

Las manos de Maca se habían detenido durante unos segundos al escuchar


aquellas palabras, endureciendo su rostro sin apenas darse cuenta y continuando
después queriendo ver sus heridas. Viendo como parecía que habían vuelto a
sangrar durante la noche.

M: Tengo que limpiártelas otra vez o se infectará.


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E: Maca, lo siento… -repetía mirándola entonces.

M: Tienes que comer algo, he preparado el desayuno… -se giraba para mirarla-
¿Quieres desayunar en la terraza? –la veía volver a bajar la mirada- ¿Eso es que no?
–haciendo que volviese a mirarla sonreía de medio lado.

E: Donde tú quieras.

Minutos después estaban sentadas una frente a la otra en la cocina. Esther


guardaba silencio mientras la empresaria le untaba un par de tostadas habiéndole
colocado ya un tazón de leche frente a ella. Dejando la rebanada sobre el plato
elevaba la mirada.

M: Toma. –empujaba el plato dejándolo más cerca de ella, observando cómo


miraba todo sin moverse- Come un poco, por favor.

Suspirando, Esther cogía la tostada con cuidado, encogiendo apenas el rostro en


señal de que volvía a sentir aquel dolor en la mano. Tras dar un pequeño mordisco
volvía a dejarla sobre el plato.

E: No sé qué me pasó… -dejando las manos sobre su regazo encorvaba la espalda al


tiempo que volvía a bajar la mirada.

M: Desayuna, tranquila… tenemos todo el día para hablar de lo que quieras.

Mientras ella fregaba las tazas y los platos del desayuno, Esther seguía sentada
justo detrás de ella, mirando aquellas vendas que rodeaban sus manos, intentando
recordar cosas que solo aparecían en su mente como una pesadilla. Como algo que
realmente no había ocurrido, pero que sí dolía como real.

Mordiéndose el labio recordaba algo con claridad, su nombre en la voz de Maca, su


voz llenándolo todo, su abrazo, sus ojos…

M: A ver cómo tienes las manos. –sentándose justo a su lado, comenzaba a quitarle
las vendas para dejarlas de nuevo sobre la toalla que había colocado sobre la mesa-
Ya está mejor. –sonreía de medio lado mirándola- Te lo voy a curar otra vez.

Abriendo el botiquín, sacaba algodón y el antiséptico para después comenzar a


pasar todo con cuidado por su piel.

M: Si te duele me lo dices ¿Vale? –la veía asentir mirando sus manos- Pero ya lo
tienes mucho mejor, en unos días solo será una costra.

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De nuevo en silencio, Maca seguía curando aquellas heridas, intentando por todos
los medios no dejarse llevar por lo que verlas le producía, lo que cada imagen de
aquella noche hacia con ella. Apenas cinco minutos después recogía todo de nuevo
y volvía a sentarse, comenzando a acariciar sus dedos con cuidado.

M: ¿Cómo estás? –preguntaba en apenas un susurro y sin mirarla.

E: Mejor. –contestaba por igual.

M: ¿Me lo cuentas? –la miraba entonces.

Sin dejar pasar el tiempo, veía como sus labios comenzaban a temblar y
anunciaban un llanto que se abría paso sin dejarse oír, mostrando solo como los
ojos de Esther comenzaban a inundarse de todas las lágrimas que caerían sin
remedio de un momento a otro.

E: Ordenando encontré la primera ecografía… me bloqueé. –con la mirada clavada


en la mesa apretaba los labios dejando caer las primeras lágrimas- Me puse
nerviosa, no sabía qué hacer y… pensé que pintándola como la recuerdo, podría…
podría dejar de doler. –tragaba con dificultad mientras la empresaria guardaba
silencio- Cuando ya lo había hecho, cuando la he podido ver… como la veo cada
día…

Frunciendo el ceño seguía mirando aquella mesa, sus ojos comenzaban a temblar y
de sus labios no salía nada, ni una palabra mientras Maca se aferraba a sus dedos
queriendo apoyarla.

E: No lo recuerdo… -la miraba asustada- No sé qué pasó. –negaba llorando.

M: ¿Sabes con lo que me encontré anoche? –la miraba no pudiendo ocultar el


temblor en sus labios- A una mujer destrozada, una mujer que no sabía ni siquiera
quién era ella cuando me miró a los ojos… Tuve que ver a la mujer por la que daría
mi vida, dejándose las manos en una pared porque había querido pintar a su hija
en un cuadro… Tuve que verte rota, Esther… Tuve que tragarme todo cuando me
estaba rompiendo a mí para poder estar a tu lado. –colocando una mano en su
barbilla hacia que no bajase su rostro como pretendía- Tú no eres así de cobarde,
mi amor… Por mucho que quieras que lo crea, tú no eres así… pero necesitas
hablar, necesitas llorar y enfadarte, necesitas pensar en tu hija y dejar que se vaya
con tu dolor, con el dolor de su madre… Porque no puedes olvidarla, cariño, eso es
imposible… Y vas a tener que ser valiente, ¿vale? –la veía arrugar la frente presa del
llanto- Vamos a ser valientes, las dos… Y vas a salir de todo esto, vas a volver a
sonreír, vas a volver a ser tú… y vas a volver a ser feliz, como solo tú sabes serlo

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¿me oyes? –apretaba los labios intentando no llorar ella también- Vamos a salir de
esto, Esther... por mucho que duela, vamos a salir de esto.

Haciendo que se levantase la invitaba a sentarse sobre su regazo para abrazarla,


sintiendo como rodeaba su cuello con ambos brazos pegándose por completo a su
cuerpo. Llorando por fin, llorando como aun no lo había hecho y dejando salir todo
aquel dolor que había estado acumulando día tras día.

La tarde había llegado y con ella seguía la apreciada calma que reinaba en aquella
casa. Sobre la cama, los brazos de la empresaria rodeaban a la mujer que dormía
contra su pecho, uno empapado por todas las lágrimas que habían seguido
apareciendo durante horas, mientras ella la mecía en silencio y la besaba de la
única forma que sabia y podía, consiguiendo que poco a poco, se calmase como
necesitaba.

Sintiendo el cansancio, y todo el agotamiento que su cuerpo ya era incapaz de


ignorar, sus parpados iban cayendo y pidiendo en un ruego el silencio y la
oscuridad. Una que llegaba finalmente cuando el sueño la vencía y tras un segundo,
frente a ella Esther sonreía.

Notando como su boca estaba demasiado seca para seguir cómoda, soltaba un
suspiro al tiempo que se quedaba bocarriba y comenzaba a despertarse. Tras unos
breves segundos abría los ojos y giraba su rostro encontrando la cama vacía.

Después de haber entrado al baño para lavarse los dientes y asearse un poco, salía
del dormitorio encontrando la silueta de Esther en la terraza, sentada en un rincón
mientras el sol le daba de lleno en el rostro permaneciendo así con los ojos
cerrados y en una postura tranquila.

Mirando sus pasos llegaba hasta allí, elevando la vista y descubriendo entonces los
ojos de Esther fijos en ella mientras terminaba de acercarse para sentarse a su lado.

Sin haber hablado todavía, la empresaria pasaba un brazo por el hueco que dejaba
el suyo y su pierna, abrazándose con decisión a él mientras besaba su hombro
recontándose después.

El rostro de Esther se dejaba caer apoyándose en ella, cerrando los ojos y aspirando
su olor, encontrando la tranquilidad que su sola presencia le ofrecía. Tragando
entonces un nudo que se había formado en su garganta al recordar la decisión que
había tomado.

M: ¿Qué? –se erguía para mirarla.

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E: He estado pensando… -susurraba bajando la mirada mientras Maca seguía
mirándola.

M: ¿Pensando en qué?

E: Me voy a ir un tiempo, Maca.

M: ¿Qué? –separándose abría los ojos sorprendida y asustada- ¿Irte adónde?

E: Es lo mejor… -la miraba de nuevo sintiendo como sus ojos se humedecían al


mismo tiempo que los suyos- Créeme… es lo mejor.

Levantándose, le daba la espalda mientras intentaba respirar y sentía que su


corazón comenzaba a palpitar demasiado deprisa. Bajó la vista abriendo los labios y
buscando el aire que no conseguía encontrar, sintiendo como las manos ya le
temblaban y decidida darse de nuevo la vuelta.

M: ¿Me estás dejando?

E: No. –negaba llorando y bajando la vista.

M: ¿Entonces?

E: Necesito irme, Maca… -la miraba- Necesito estar en otro sitio, respirar otro aire
y… aquí no puedo.

M: Pues nos iremos, donde tú quieras, cariño. –se arrodillaba frente a ella cogiendo
su rostro- Nos iremos, las dos… al fin del mundo si tú quieres.

E: No. –volvía a negar sin dejar de mirarla- Debo hacerlo sola.

Dejando de mirar sus ojos, la empresaria se dejaba caer quedando sentada,


cruzando los brazos sobre sus rodillas flexionadas, ocultando entre ellos su rostro
mientras cerraba los ojos con fuerza.

E: Lo siento… -susurraba- No quiero hacerte daño, Maca, y es lo único que


consigo… te estoy viendo sufrir y es como una soga que me asfixia. –la empresaria
elevaba su rostro mirándola- No puedo hacerte esto, Maca, no es justo…

M: Y que te vayas ¿sí? –guardaba unos segundos de silencio sin dejar de mirarla-
Por favor, Esther… no te vayas. –suplicaba- Quédate conmigo.

Sin dejar de mirarse la una a la otra, todo seguía su curso, su movimiento y su


orden. El cuerpo de la empresaria estaba intentando por todos los medios no
dejarse arrastrar por la fuerza que la empujaba a abrazarla y no dejarla ir, estaba

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dejándose vencer por la presión y sintiendo como todo en ella se derrumbaba sin
poder evitarlo. Esther frente a ella veía lo que había dicho segundos antes, veía
aquellos ojos cansados y tristes, no encontrando lo que aquel primer día, en
aquella primera ocasión, la habían arrastrado inevitablemente a su lado.

E: No puedo…

Cerrando los ojos de nuevo al escucharla, se llevaba las manos ocultándolos por
completo, apretando los labios con fuerza por no gritar, por no explotar y dejar de
darle importancia al mundo entero. Apretando los labios mientras sentía como la
sangre bombeaba atrapada por sus dientes y la cabeza comenzaba a dolerle por la
presión.

M: Podemos buscar ayuda, Esther… la que necesites, yo te ayudaría en todo, en


todo. –recalcaba con fuerza mientras la veía levantarse y la imitaba tan solo un
segundo después- Por favor… no te vayas.

E: Ya he hablado con mi madre… -desviaba los ojos no siendo capaz de mirarla- Me


voy a ir con ella.

El rostro de Maca fue perdiendo tirantez, dejando que cada expresión o señal se
borrasen de inmediato mientras la miraba y las lágrimas seguían cayendo. Su
barbilla comenzaba a temblar de nuevo cuando se giraba con rabia y cerraba con
un portazo aquella terraza.

Esther apoyaba ambos brazos sobre borde del muro mientras bajaba el rostro
superada por todo aquello. Sentía rabia y mucho miedo, sentía culpa por hacer lo
que estaba haciendo con Maca, sentía nacer unas irremediables ganas de tirar la
toalla y dejarlo todo, cerrar los ojos, no ver nada y no sentir nada.

La puerta volvía a abrirse y se giraba viendo como la empresaria caminaba hacia


ella con decisión, rodeándola con ambos brazos y abrazándola con más fuerza que
nunca mientras no podía hacer otra cosa que pegar el rostro en su pecho y volver a
llorar.

Despacio, caminaban por los grandes pasillos del aeropuerto mientras Maca
buscaba la puerta de embarque sin localizarla. Tras unos minutos daba con ella y se
detenía sin soltar la maleta de Esther que se paraba a su lado mirando la misma
pantalla.

M: Es ahí. –bajaba la vista.

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Girándose para mirarla, la veía con la vista fija en el suelo, sin soltar la maleta y
cerrando y abriendo la mano libre de peso. Mirando hacia abajo, le hizo soltar lo
que agarraba con casi todas sus fuerzas viendo como se erguía entonces frente a
ella, encontrándose con sus ojos dos segundos después, consiguiendo que todo lo
que las rodeaba se detuviese por ese instante.

E: Al final no somos tan distintas… -dibujaba una sonrisa triste- Diría que nos
parecemos mucho. –bajando los ojos un segundo colaba los dedos entre su cintura
y el pantalón- ¿no?

M: Tú eres más guapa. –viendo como la miraba con una sonrisa diferente a
segundos antes, daba un paso quedando prácticamente pegada a ella- ¿No me vas
a olvidar, verdad? –cogía su rostro con ambas manos sin dejar de mirarla.

E: Eso es imposible.

Inclinándose atrapaba sus labios con decisión, cerrando los ojos y dejando que
aquella sensación la inundase y llenase su cuerpo todo lo posible. Separándose
después para abrazarla y cobijarse en su cuello sintiéndose incapaz de dejarla ir.

M: Júrame que vas a volver. –apretaba los ojos con fuerza- Júrame que cuando
puedas volverás a por mí…

E: Maca…

M: Si no lo haces no te soltaré.

Los brazos de Esther la rodeaban entonces con más fuerza, haciendo que la
empresaria apretase aun más aquellas manos contra su espalda.

E: Si no me he vuelto completamente loca es por ti, Maca… eres lo único que me


mantiene con los pies en el suelo, lo único por lo que voy a querer volver a abrir los
ojos mañana. –besando su hombro se recostaba en el después.

La llamada a los pasajeros con destino Lyon llenaba cada rincón de aquel
aeropuerto mientras Maca no podía separarse, mientras sus brazos se negaban a
dejarla y verla alejarse de ella.

E: Maca…

M: No. –llorando negaba sin soltarse.

E: Por favor… -cerraba los ojos abrazándola con mas fuerza.

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Mordiéndose el labio con fuerza, intentaba tranquilizarse mientras las piernas ya le
habían comenzando a temblar y se separaba para mirarla sin ocultar su llanto.

M: Voy a pensar en ti cada segundo, Esther… -acariciaba sus labios.

E: Y yo en ti. –cerrando los ojos en el camino, se inclinaba para besar sus labios y
sentir como las manos de la empresaria volvían a tomar su rostro no dejando que
se alejase.

M: Venga, o perderás el avión. –separándose daba un paso atrás mientras metía las
manos en los bolsillos de su pantalón sin dejar de mirarla- Llámame.

E: Sí. –llorando también, asentía sin moverse.

Tras unos segundos y escuchando la última llamada, cogía su maleta para girarse
después y comenzar a caminar dejando a Maca atrás.

M: ¡Esther! –la llamaba viendo como se giraba- Te quiero. –susurraba.

E: Y yo a ti.

Sentada en los asientos frente a aquella puerta, aun no se había podido mover. En
sus ojos se repetía una y otra vez aquel segundo en el que se giraba antes de cruzar
la puerta, aquel segundo que sus ojos se centraban en ella, aquel rostro que se
volvía hacia ella, aquel instante en que todo parecía haber perdido su significado.

Los dedos le temblaban mientras intentaba mantener las llaves y no dejarlas caer.
Apretando los dientes en un momento de rabia ocultaba su rostro con ambas
manos al mismo tiempo que un tacto llegaba a su hombro haciendo que se girase
asustada.

A: Pensé que no querrías estar sola.

Viendo como volvía a encogerse para llorar, decidía sentarse a su lado y abrazarla,
recostándola sobre su pecho mientras veía como algunas personas miraban la
escena, varios incluso apenados e intentando no ver aquello.

M: ¿Cómo lo sabías?

A: Esther me llamó. –besaba su frente- No quería dejarte aquí todo el día sola,
como sabía qué harías.

Abrazándola más fuerte, la empresaria intentaba callar aquel llanto sobre el cuerpo
de su amiga, sintiendo como frotaba su espalda y besaba su cabeza repetidas
veces.
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A: Volverá, Maca…

M: ¿Y mientras yo qué hago, Ana? –preguntaba sin poder calmarse- ¿Cómo vivo si
está lejos y no sé si está bien o está mal?

A: Sshh… ya está, Maca… tranquilízate.

De camino a casa, Maca miraba por la ventanilla mientras era Ana quien conducía y
la miraba cuando podía, suspirando y negando en un movimiento casi invisible.

Cruzaba de la misma manera la puerta para llegar hasta el sofá, sentándose y


viendo como una camiseta de Esther aun seguía ahí de la última vez que durmió
allí. Cogiéndola volvía a ver como su mirada se empañaba.

A: Te voy a preparar una tila.

Sin dejar de mirar aquella prenda recordaba por qué había ido a parar ahí,
llevándosela después al rostro para olerla y cerrar los ojos.

A: Maca, joder. –dejaba el vaso sobre la mesa- ¿Desde cuándo eres así de
tremendista?

El rostro de su amiga se giraba con rabia hacia ella, dejándole ver sus ojos y que
estos le dijesen lo que seguramente se estaba callando.

M: No tienes ni puta idea de nada, Ana… así que puedes ahorrarte tu opinión.

A: ¿Vas a estar así ahora, eh? –le aguantaba la mirada- ¿Vas a ser una arrastrada
porque tu novia necesita cambiar de aires para no volverse loca? Mi amiga se
levantaría de ese sofá sin dejar de ser ella misma, y seria fuerte…

M: Quizás tu amiga ya no sea la misma. –apretaba la mandíbula.

A: Eso parece. –asentía despacio- Y es una pena, porque ella saldría de esto mejor
que tú.

El avión había llegado con apenas unos minutos de retraso, algo insignificante
realmente para Esther. Arrastrando su maleta salía entre el pequeño grupo de
gente que parecía caminar con mucha más decisión que ella.

Cuando el espacio se hacía más grande para poder mirar, buscó los ojos de quien ya
la miraba a unos metros, dándole un tiempo para poder elegir cómo actuar.
Descubriendo entonces como la encontraba entre la pequeña multitud, bajando el
rostro sin moverse como una clara señal de espera.

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Encarna decidió comenzar a caminar, con seguridad y con pasos firmes hasta que
ya frente a su hija, colocaba la mano en su barbilla haciendo que la mirase.

En: No escondas la cabeza porque nadie te está juzgando por nada.

E: Mamá…

En: Ven aquí.

Abriendo sus brazos la veía soltar la maleta y pegarse a ella con rapidez. No pudo
más que suspirar y acariciar su pelo mientras Esther lloraba una vez más sobre su
hombro.

En: Parece que no haya pasado el tiempo y seas aun esa niña de tres años que vino
llorando hacia mí por no poder alcanzar el pomo de la puerta para salir a la calle.

Frente a aquel recuerdo, su hija lloraba con más fuerza agarrando su ropa y
haciendo que cerrase los ojos viendo su verdadero estado.

En: Esto te pasa por querer tragar y no soltar… ¿Qué te tengo dicho? –la separaba
cogiendo su rostro- Las personas tenemos que dejar salir tanto el dolor como la
felicidad… todo en su medida justa.

E: No puedo, mamá…

En: No puedo, no puedo… -suspiraba de nuevo besando su frente- Vamos a coger el


autobús, te espera un plato de comida caliente y todo el aire que quieras para
llenar esa cabeza tuya.

Durante el camino, Esther miraba por la ventanilla de ese viejo autobús que las
llevaba hasta el pequeño pueblo donde su madre había estado viviendo aquel
tiempo. Se sorprendía en silencio al ver aquel extenso espacio de arboles,
riachuelos y pequeñas casas de madera y piedra.

En: Ya casi hemos llegado.

Tras una hora de viaje, ambas bajaban en una de las últimas paradas y justo en
medio de un puente de piedra oscura que cruzaba el rio más grande del pueblo. El
aire y el olor de aquel lugar hizo que cerrarse los ojos y se detuviese antes de seguir
a su madre, que girándose la descubría aun parada.

En: Esther, vamos…

Recorrían a pie un estrecho camino de tierra que cruzaba en medio de un gran


claro de hierba, ascendiendo una pequeña parte donde la montaña comenzaba a
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ascender. Una casa algo más grande de las que había visto hasta entonces, se
dejaba ver al final, donde una mujer sonriente las esperaba fuera de la casa.

En: Estaba deseando verte desde que le dije que vendrías.

E: Gracias, mamá. –se detenía cogiendo su mano.

En: Ya hablaremos. –asentía con cariño- Ahora no te preocupes de nada.

Después de haber comido lo que tanto su madre como su prima Remedios


prepararon para ella, había decidido salir y caminar por todo aquel despejado lugar.
El sol comenzaba a ocultarse por la hora y sentía la leve bajada de temperatura.

Sentándose suspiraba al mismo tiempo que se dejaba caer quedando recostada


sobre la hierba. Mirando el cielo y los colores que este tomaba.

Un ladrido la sacó de sus pensamientos haciendo que se incorporase, viendo


entonces como un cachorro de color canela corría cerca de ella, sentándose
finalmente a sus pies mientras la miraba fatigado por la carrera.

E: Hola, guapa. –acariciándolo lo observaba recostarse a su lado.

Sobre sus rodillas apoyaba la mejilla en ambos brazos mientras miraba todo lo lejos
que podía, no pensando en nada mas que no fuese el rostro que había visto por
última vez en el aeropuerto. Haciendo que llorase sin poder evitarlo mientras se
ocultaba entre sus brazos. Dejando que su cuerpo se moviese libre por aquel
esfuerzo dándole igual todo lo demás.

Entre todo aquello su móvil sonaba haciendo que después de varios segundos lo
sacase del bolsillo de su chaqueta, arrastrando las lágrimas para poder ver con
claridad la pantalla y el aviso del mensaje que había recibido.

Ya te echo de menos, te quiero.

Sin dejar de leer aquella frase sentía como sus labios se iban estirando poco a poco
creando una sonrisa, que aunque pequeña y solo para ella, hacia que doliese
menos aquella distancia.

En: ¿Qué haces? –llegaba sentándose junto a ella.

E: Nada. –guardaba de nuevo el móvil.

En: ¿Maca?

E: Sí… -bajaba la vista hasta el suelo mirando al cachorro.

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En: ¿Cómo se lo ha tomado? –acariciaba su pelo- Porque supongo que no se habrá
alegrado.

E: No.

En: ¿No habían más opciones a parte de huir de todo y esconderte aquí? –la veía
girar el rostro hacia ella- No tiene otra palabra, cariño… Venir aquí es esconderse y
lo sabes.

E: Estar con ella hace que me sienta demasiado frágil.

En: Ya… -miraba al perro viendo como chupaba los dedos de su hija- Eso es porque
solo ella consigue que no te creas tan fuerte ¿lo sabes, no? –volvía a mirarla- No le
puedes engañar.

E: A ti tampoco y estoy aquí.

En: Pero yo soy tu madre, y ella está enamorada de ti.

E: La iba a arrastrar a algo que no tiene por qué sufrir, mamá… Y no soporto saber
que le estoy haciendo daño.

En: ¿Y alejándote de ella no se lo haces?

Desde aquella primera tarde junto a su madre, habían pasado ya tres días en los
que se había pasado horas con solo el dolor por el recuerdo de aquella niña entre
sus brazos. Por la falsa imagen que había tenido de ella corriendo, sonriendo,
siendo feliz y llamándola mamá. Los pensamientos que había dibujado tan claros
en su mente que verlos aun le parecían tan reales como el aire que respiraba.

La realidad de saber que aquello jamás ocurriría, que jamás podría cogerla en
brazos, levantarla del suelo cuando tropezase, que jamás sonreiría ni reiría para
ella, le habían hecho caer en el más profundo de los dolores y miedos.

Había pasado esos tres días sola con ella misma, sola con sus recuerdos, con las
ilusiones que se habían ido aquel día para nunca más volver. Había revivido el
segundo en que los ojos de Maca le decían lo que sus labios eran incapaces de
pronunciar.

Y por igual, había sido incapaz de llamar a Maca, sintiéndose tremendamente


culpable al creer como estaría, y si aquella rabia que le habían gritado sus ojos al
marcharse seguiría en ella reprochándole en silencio haberla dejado sola.

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Respirando alzaba el rostro encontrándose de lleno con aquel cielo azul limpio de
nubes y viento, solo aquel azul suave que casi podía intentar acariciar. Tragando a la
vez todos esos pensamientos mandándolos de nuevo al fondo de su estomago.

En: Voy a pensar en traerte aquí una buena silla… -se acomodaba a su lado- Con
todo el espacio que tienes siempre acabas aquí.

E: Me gusta este lugar.

En: ¿Has llamado a Maca ya o todavía no?

E: Todavía no.

En: ¿Y a qué estás esperando? ¿A que se vuelva loca, y coja el primer avión para
venir aquí?

E: No lo hará. –seguía mirando al frente.

En: Y seguirá pasándolo mal.

E: Sueño cada noche con una hija que no tengo y sé que nunca tendré… -susurraba
haciendo que Encarna guardase silencio- Sueño cada noche con que Maca la tiene
en brazos y me sonríe… sueño cada noche con una vida que no tengo y que jamás
voy a vivir… y me está matando poco a poco sin que pueda hacer nada.

En: Claro que puedes hacer algo, Esther… pero te resignas a que el dolor siga
dominándote, y no eres capaz ni te atreves a hacerle frente.

E: ¿Y cómo lo hago?

En: No lo sé, hija… eso tienes que descubrirlo tú.

Frente a lo que acaba de dibujar, se mantenía en silencio y apoyada sobre sus


brazos sentada en el suelo. Mirando aquellos ojos que había podido dejar en aquel
trozo de tela sin necesidad de verlos, tan solo a través de sus recuerdos y las horas
que había pasado admirándolos.

Mordiéndose el labio miró el teléfono que permanecía a su lado, lo cogió dudando


y ya entre sus dedos comenzó a marcar mientras cerraba los ojos y se disponía a
escuchar la línea al otro lado.

M: ¿Si?

E: Soy yo…

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El silencio se hizo tan espeso y grande que dejó que su cabeza cayese contra sus
rodillas, apretando los ojos con fuerza mientras no escuchaba ni su respiración al
otro lado. Cogió aire necesitándolo para poder continuar.

E: Maca…

M: ¿Cómo estás? –preguntaba cortando su voz.

E: ¿Cómo estás tú?

M: Pues después de cinco días sin saber nada de ti, como mejor puedo estar. –
apretaba la mandíbula deteniendo sus palabras- ¿Cómo estás?

E: Estoy… -susurraba mirando hacia la ventana- Te gustaría esto, es muy tranquilo.

M: Me alegro por ti. –volvía a apretar los dientes escuchando incluso como estos
chocaban- Te echo de menos… -susurrando entonces hacia que ambas tuvieran que
alzar la vista sintiendo como los ojos comenzaban a humedecerse.

E: Y yo a ti.

De nuevo se veían incapaces de decir nada cuando era tanto lo que había por decir,
demasiadas cosas para poder conseguirlo o tan solo intentarlo. Era entonces que
Esther se pasaba una mano por el rostro intentando batallar contra todo eso.

E: Te he pintado ¿Sabes? –arrastraba las lágrimas con decisión.

M: ¿Sí?

E: Sí… -asentía- Te estoy mirando ahora mismo. –sonreía de medio lado- Y estás
muy guapa hoy.

M: La verdad es que… -se pinzaba el labio evitando acabar la frase cuando se giraba
mirando por la ventana- Mi madre te manda un beso y un abrazo, me amenazó si
no te lo decía.

E: ¿Cómo está?

M: Con sus cosas, sus comidas, sus cafés… lo de siempre. –bajaba la vista- Me dijo
que te preguntase si te podía llamar algún día.

E: Dile que… que ya la llamaré yo.

M: Vale. –asentía sintiendo como las lágrimas volvían a caer- Esther…

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E: ¿Qué?

M: Te quiero muchísimo ¿Vale? –llevándose la mano al rostro apretaba sus ojos-


Nunca lo olvides.

Los días pasaban y aquellas conversaciones se hacían más seguidas. Esther parecía
encontrar el equilibrio que perdía en la voz de la empresaria y siempre que creía
necesitarla la tenía al otro lado del teléfono consiguiendo que se calmase sin ella
misma saberlo.

Encarna veía como aunque parecía ir a mejor, lo hacía muy despacio, quizás
demasiado. Estaba comenzando a temer realmente por su hija, haciendo porque
pasase sola el menos tiempo posible, y se dedicase a pasear junto a ella, ir al
pueblo e incluso a ayudarla a cocinar.

El aviso de que Miriam llegaría aquel fin de semana, hizo que Esther se sintiese casi
ilusionada, e incluso nerviosa por verla aparecer. Y de esa manera, permanecía
sentada en medio del camino esperando a que su madre y su hermana apareciesen
caminando desde el punto más bajo.

Cuando la impaciencia le hacía suspirar, veía por fin aquellas dos figuras caminando
hacia ella. Levantándose casi sin pensarlo y sonriendo mientras comenzaba a
caminar para terminar corriendo y abrazar a su hermana.

Mi: Cualquiera diría que tenías ganas de verme.

E: Te he echado de menos. –rodeando su cuello se colgaba prácticamente de él


mientras Miriam miraba a su madre frunciendo el ceño.

Mi: Seguro que no. –sonriendo e separaba para mirarla- Estás muy guapa.

E: Estoy horrible. –colocándose el pelo detrás de la oreja bajaba la vista unos


segundos- ¿Qué llevas ahí? ¿Media casa? –miraba sus maletas.

Mi: Lo justo para no echar nada en falta estos dos días, que luego solo hace falta
que no haya traído una cosa para necesitarla.

E: Exagerada.

De nuevo hacia la casa, Esther se agarraba del brazo de su hermana mientras esta
le contaba el que al parecer, había sido su horrible viaje.

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Después de colocar todo, Miriam volvía a salir de la habitación que ocuparía junto a
su hermana. Mirando desde la puerta y encontrando a Esther a unos metros,
sentada en la hierba mientras un perro correteaba a su alrededor.

Mi: ¿Ya tienes perro? –se sentaba a su lado.

E: Vino ella sola. –sonreía lanzándole una rama- Le he puesto Napoleón...

Mi: Pero si es una perra. –fruncía el ceño.

E: Ya… pero es que de hembra no me salía ninguno, opté por llamarla Macarena
pero mamá me lo prohibió.

Mi: ¿Cómo? –se inclinaba para verla con mayor facilidad- ¿Le ibas a poner a una
perra el nombre de tu novia? –casi gritaba- ¡Estás loca!

E: Lo hice porque me gustaba poder llamarla así… no por otra cosa.

Mi: Se lo pienso decir. –decía entonces sin pensar y llamando su atención.

E: ¿La ves?

Mi: Hemos quedado un par de veces para tomar café, se ve que busca un sustituto
de ti… me siento el chocolate de la falta de sexo. –sonreía mirándola- Me ha dado
esto para ti. –le daba entonces una bolsa que había llevado.

E: ¿Qué es?

Mi: Le dijiste que empezaba a hacer frio por las noches aquí… dice que es su
sudadera favorita, que seguro que te viene bien. –acariciando su pelo se levantaba
para ir de nuevo a la casa.

Abriéndola, sacaba aquella sudadera blanca que había visto alguna vez en su
armario. Nada mas cogerla pudo percibir su olor, haciendo que cerrase los ojos y
hundiese su rostro en ella con fuerza.

E: Maca…

Sentada en la cama leía mientras Miriam repasaba varias cosas del trabajo a su
lado. Se había puesto aquella sudadera de Maca, e inconscientemente había subido
el cuello de la misma por encima de su mentón ocultando su nariz y dejando que
aquel olor la llenase en cada respiración.

Mi: Oye… -Esther giraba el rostro hacia ella viendo como miraba sus manos- ¿Qué
te has hecho aquí? –preguntaba extrañada.

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Apretando los labios miraba hacia otra parte sintiendo como su hermana cogía su
mano más cerca a ella para mirarla de cerca.

Mi: ¿Se puede saber qué es esto? –la miraba de nuevo.

E: No es nada. –le retiraba la mano con rapidez.

Mi: ¿Parece que te hayas peleado a puñetazos contra una piedra y no es nada?

E: No quiero hablar de ello y punto. –abría de nuevo el libro y volvía a subirse la


sudadera- Olvídalo.

Rompiendo el silencio, el móvil de Esther comenzaba a sonar haciendo que dejase


el libro y mirase la pantalla, volviéndose un segundo hasta Miriam antes de bajarse
de la cama y salir para contestar.

E: ¿Sí?

M: Hola… ¿no te he despertado, no?

E: No, tranquila. –tras haber salido de la casa se sentaba en un rincón viendo como
todo estaba ya en completa oscuridad.

M: Perdona que te llame, Esther, pero…

E: No te tienes que disculpar, Maca. –susurraba suspirando- No lo hagas.

M: ¿Cómo estás?

E: Bien… -contestaba sin enfatizar- Estaba leyendo en la cama, Miriam está con el
trabajo.

M: ¿Te… te ha dado…?

E: Sí. –sonreía sin darse cuenta mientras volvía a coger el cuello de la sudadera-
Huele a ti.

M: Le iba a dar más cosas, pero… -se mordía el labio nerviosa- No sabía si te
molestaría.

E: Gracias por mandármela.

M: Esther… -carraspeaba al mismo tiempo que se levantaba del sofá sin poder
permanecer quieta.

E: ¿Qué?

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M: ¿Por qué no vuelves? –casi suplicaba sentándose de nuevo en el suelo- Por
favor.

E: Maca, no lo hagas…

M: Es que no lo entiendo. –contestaba entonces con más fuerza- ¿Por qué tienes
que estar tan lejos?

E: Ya lo hemos hablando. –susurraba bajando el rostro.

M: No, Esther… no hemos hablado nada. –comenzaba a llorar- Siento ser tan
egoísta, cariño… pero es que… me haces mucha falta. –se llevaba la mano a los
labios apretándolos con fuerza- Lo siento.

E: Maca… -lloraba también.

M: Lo siento, perdóname. –arrastrando las lágrimas miraba al techo- No tenía que


haberte dicho nada, lo siento. –suspirando bajaba la mirada- Te dejo que
descanses.

E: Maca… -dejaba pasar unos segundos en los que escuchaba que aun no había
colgado- Te quiero.

M: Y yo a ti… Buenas noches.

El día amanecía sin haber ganado a sus ojos, que ya abiertos veían al sol elevarse
poco a poco mientras sorteaba las montañas que dibujaban aquellas magnificas
vistas. Miriam salía envuelta en una manta y dos tazas de café sentándose a su
lado.

E: Gracias.

Mi: Qué frio… -se movía exagerando haciendo que su hermana sonriese- No has
dormido apenas.

E: Es que apenas duermo. –daba un trago.

Mi: ¿Por qué no me cuentas todo esto, Esther? –se encogía en su postura
mirándola- Siempre hemos podido hablar de todo…

E: Esto no tiene nada que ver con ese todo, Miriam… -bajaba la vista hasta sus
manos- Es muy distinto.

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Mi: ¿Tanto como para no hablar con tu hermana mayor? –preguntaba con cariño
mientras le daba con el hombro haciendo que la mirase- Siempre he sido buena
escuchándote ¿no?

E: ¿Nunca has querido tener familia? –la miraba entonces.

Mi: Sabes que yo firmé por mi independencia hace muchos años. –sonreía de lado.

E: Pues yo sí la quería… -asentía mirando de nuevo sus manos- Cuando supe que
estaba embarazada fue como si todas esas ganas que ya tenía se multiplicasen a
toda velocidad y me sentía tan, tan, tan feliz…. Tanto. –la mano de su hermana
apretaba la suya haciendo que se recostase en su hombro- Luego vino Maca…
-sonreía de lado- ¿Has conocido a alguien como ella alguna vez? –preguntaba sin
esperar una respuesta- Yo no… Y sin darme cuenta me ilusioné en tener esa familia
con ella, me la imaginaba con la niña y… -sin pensarlo siquiera sentía como su
barbilla comenzaba a temblar haciendo que se detuviese un instante- Me imaginé
esa familia que tanto quería hasta tal punto de que me lo creí, y parece que aun lo
esté esperando. Aun recuerdo como se movía dentro de mí, a veces hasta lo noto…
-sentía a Miriam abrazándola con más decisión- Y sueño con ella, sueño con Maca y
mi hija, como esa familia que tanto he querido… y que no tengo.

Dejando la taza se abrazaba al cuerpo de su hermana con fuerza, sintiendo aquella


protección que siempre le había dado y que nunca le había negado.

E: He estado a punto de volverme loca, Miriam… y no me di cuenta hasta que vi el


miedo en los ojos de Maca.

Mi: Eres fuerte y saldrás de esto, cariño. –besaba su frente.

E: No sé si podré… -se cobijaba en su cuello- Me da mucho miedo.

Mi: ¿A qué tienes miedo?

E: A no poder ser la misma persona que siempre he sido… a mirarme un día en el


espejo y no conocerme.

Mi: Pero por esas cosas tienes a la gente que te quiere contigo, Esther… para
ayudarte. No tienes que hacer las cosas sola, no es justo para ti.

E: ¿Nunca has sentido que la única cosa que te desmorona es la que mas falta te
hace, Miriam?

Mi: No.

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E: Pues yo sí… -susurraba mirando al frente.

El domingo por la tarde Miriam recogía todo para volver a Madrid, Esther la miraba
desde la puerta mientras Encarna esperaba ya fuera para acompañarla.

E: ¿Si te doy algo, se lo darías a Maca?

Mi: Anda que no os he venido bien a vosotras dos… os tendría que cobrar las tasas
del envió. –la hacía sonreír- Claro, dame lo que quieras.

Con rapidez iba hasta la mesita que había junto a la cama, abriendo el cajón para
sacar un libro y tendérselo después sin dudar.

Mi: No buscaré la carta que seguro has metido dentro. –la miraba de reojo.

E: Dile que… dile que estoy bien ¿Vale?

Mi: ¿Lo estás? –se erguía para mirarla y ver como giraba su rostro- Es por saber si le
miento o no, no por otra cosa.

E: Tú solo díselo.

Mi: Está bien. –cerraba el macuto- ¿Me acompañas a la puerta?

Detrás de ella, caminaba un poco más lenta haciendo que ya fuera se detuviese a
esperarla mientras Encarna también la miraba.

E: Seguramente te iré mandando algunos cuadros, por si quieres hacer algo con
ellos.

El rostro de Miriam se giraba extrañado hacia su madre que se encogía de hombros


mirando después a Esther que suspirando giraba su rostro hacia otro lado.

Mi: ¿Cuánto tiempo te vas a quedar aquí, Esther?

E: No lo sé. –apretando la mandíbula bajaba la mirada.

Mi: Haz lo que quieras, pero háblalo con ella porque no sé a qué mujer dejaste en
Madrid, pero sí a la que encontrarás.

Dejando un beso en su frente terminaba por girarse y comenzar a caminar junto a


Encarna. Sin poder ver como los ojos de Esther comenzaban a enrojecerse tan
rápido como su cuerpo a tensarse. Saliendo después en una carrera montaña arriba
sin que nadie la viese.

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En: No te pongas así, Miriam… Esther lo está pasando mal.

Mi: ¿Y por eso tiene que comportarse así? –se paraba para mirarla- Hay miles de
psicólogos en Madrid, no tiene porque ser siempre la súper mujer que todo lo pasa
sola, joder…

En: Cada persona necesita su tiempo y su forma de hacer las cosas, respétalo.

Caminando despacio comenzaba a acercarse a ella sin que se hubiese dado cuenta.
La imagen de una Esther golpeando un árbol con una rama que seguramente
pesaba tanto como para pensarse tan solo el levantarla, le hacía creer que si no
había tocado fondo, estaría realmente cerca.

E: ¡Ah! –gritaba soltando aquella rama y cayendo de rodillas en la tierra.

En: Mañana tendrás agujetas. –Esther giraba el rostro hacia ella sin ocultar su
llanto- Pero seguro que estarás tan cansada que dormirás todo el día.

E: No puedo más, mamá… -negaba bajando la cabeza- No puedo más.

En: Levántate. –hablaba con seguridad- Vamos, levántate de ahí.

Viendo como ponía ambas manos sobre el suelo para levantarse, la miraba
fijamente hasta que quedaba frente a ella sin mirarla.

En: ¿Quieres seguir destrozando ese árbol?

E: No.

En: Volvamos y te echas un rato. –acercándose pasaba un brazo por su cuerpo-


Siempre he pensado que una buena sesión de cama con llanto hace milagros,
tampoco hay que pasarse, claro… pero es una buena opción.

La noche ya había caído y Esther seguía en la cama. Encarna había entrado varias
veces encontrándola de la misma forma, aferrada a aquella misma sudadera
mientras lloraba creyendo que nadie la escuchaba.

De esa forma salió hasta el salón, escuchando la melodía en el móvil de su hija.


Miró por encima de los muebles viendo como el teléfono se iluminaba en un
rincón.

En: ¿Sí?

M: Ho… hola… ¿Encarna?

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En: Sí, hija… soy Encarna. –se sentaba en el sofá- ¿Cómo estás?

M: Pues… -carraspeaba recomponiéndose de aquel imprevisto- ¿Está Esther por


ahí?

En: Está en la cama, lleva un día duro y necesitaba pasarlo con eso que tiene y que
no la deja vivir tranquila.

M: ¿Está mal? –preguntaba sabiendo que iba a sonar todo lo triste que evitaba.

En: Déjame contarte algo, Maca… -la escuchaba suspirar en lo que creía un intento
por no llorar en aquella conversación- Mi hija tiene una manera especial de sentir
las cosas, no lo hace como tú o como yo, ni como el resto de las personas… tiene
una manera muy especial de querer, y también de sufrir… Lo que tú sentirías como
un pequeño tropiezo, para ella es la caída en un abismo del que le da miedo salir.

M: Pero si me dejase ayudarla…

En: No se pueden forzar las cosas, hija… no con ella. Esther tiene su ritmo para
todo, hay que dejarle su tiempo y su espacio, ella se recuperará… y cuando eso
pase te lo hará saber.

M: Ya…

En: Y entiendo que tú estés así, créeme… y me duele veros así, porque ella también
te echa de menos, eso no lo dudes…

M: Está bien. –susurraba- Siento haberla molestado.

En: No me molestas, hija… al contrario, te agradezco mucho que te preocupes por


mi hija y quieras cuidarla.

M: Sí, bueno… no es que pueda hacerlo.

En: Lo haces.

M: Buenas noches, Encarna.

En: Buenas noches, hija. –suspirando colgaba dejando el móvil sobre la mesa para
volver a levantarse.

Cuando de nuevo entraba en la habitación Esther ya había caído rendida.


Sentándose a su lado la arropó con cuidado y besó su frente.

En: Sé que tú sola saldrás de esto, cariño…

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Cerrando aquel nuevo paquete que ya estaba listo para mandar a Madrid,
escuchaba como su madre entraba de nuevo en la casa con una cesta cargada de
panecillos, sonriendo y quitándose la bufanda.

E: No sé como sales con el frío qué hace.

En: Ahora me lo dirás cuando le hinques el diente a estos panecillos. –dejaba la


cesta sobre la mesa- ¿Otro paquete?

E: Sí, van dos cuadros. Estos me gustan mucho.

En: Y los mandas sin enseñármelos… -negaba sentándose- ¿Has llamado a tu


hermana?

E: Sí, para que me echase otra bronca.

En: Ya sabes cómo es, no se lo tengas en cuenta… solo se preocupa.

E: Ya lo sé.

En: Por cierto… el cartero me ha dado esto para ti. –le tendía un sobre- Es de Maca.

Cogiéndolo, salía hasta la puerta para sentarse sobre la pila de madera que había y
así abrirlo en la intimidad. Nada más hacerlo vio como había varias fotografías que
no dudó en sacar. No pudo evitar sonreír al verse junto a la empresaria en aquella
pequeña sesión de fotos que se habían hecho en su casa. La máquina había
comenzado a disparar mientras ella se enzarzaban en una pelea de cosquillas y
Esther había acabado encima de Maca riendo.

Mirando aquellas fotografías cogió su móvil comenzando a marcar casi sin mirar.
Mientras esperaba escuchaba uno tras otro los tonos sin recibir respuesta. Miró el
reloj y comprobó que aun era temprano pero frunciendo el ceño decidió llamar a la
oficina.

M: ¿Sí?

E: Soy yo, Maca.

M: Hola.

E: ¿Qué haces tan temprano allí?

M: Tengo trabajo acumulado y quería adelantarlo algo… -suspiraba- ¿Pasa algo?

E: Acabo de ver las fotos… gracias.

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M: Pensé que igual así en vez de querer llamarme te apetecería volver. –espetaba
arrepintiéndose casi al instante.

E: Maca…

M: ¿Qué, Esther? ¿Qué quieres que te diga? –golpeaba la mesa levantándose-


¿Quieres que te hable como si aquí no pasase nada y estuvieses a cinco minutos de
aquí? ¿Quieres eso?

E: No.

M: Llevas más de un mes fuera, Esther… ¿Piensas volver? –apretaba los labios
dejando pasar el tiempo hasta que nerviosa se lo mordía cerrando los ojos con
fuerza- ¿Estás haciendo porque me desespere yo y te deje?

E: ¿Cómo dices eso?

M: ¿Y qué quieres que piense? –comenzaba a llorar- No me dejas ir a verte, tú no


vuelves, no me llamas un día para decirme que todo va bien y que quieres verme…
no me has dicho ni una sola vez que me echas de menos en más de dos semanas,
Esther.

E: Te echo de menos, Maca… no creo que sea necesario que te lo diga.

M: Sí, Esther… sí es necesario. Y si tanto me echas de menos entiendo mucho


menos qué haces allí.

E: Aun no estoy preparada… lo siento.

M: ¿Lo sientes? –resoplando se quedaba frente a la ventana- Yo sí lo siento,


Esther…

Bajando el rostro escuchaba como la llamada se cortaba y quedaban aquellas


palabras retumbando sin cesar en su cabeza.

Sentada junto a la puerta veía como el sol comenzaba a esconderse, tan


lentamente que era casi imposible darse cuenta del cambio que iba tomando el
cielo y sus colores. Y aquel momento era tan tranquilo que la obligaba a cerrar los
ojos mientras se cruzaba de brazos y decidía centrarse en cada sonido a su
alrededor.

En: La cena ya está lista.

E: No tengo hambre… -contestaba sin abrir los ojos ni moverse- Cena sin mí.

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En: ¿Me vas contar qué ha pasado con Maca para que estés de esta forma? –se
sentaba a su lado- Y no me digas que nada que casi la escucho gritar desde casa.

E: Quiere que vuelva.

En: Normal… ¿y por qué no lo haces? –preguntaba sorprendiéndola- No me mires


así.

E: No puedo hacerlo todavía.

En: ¿Por qué?

E: Allí hay demasiadas cosas que me harían estropear todo lo que he conseguido,
mamá… lo echaría todo a perder.

En: ¿Y qué piensas hacer? ¿Tirarte aquí la vida entera? Vas a conseguir que o se
canse, o se plante aquí y te haga volver a rastras si hiciese falta… y yo no lo pienso
evitar. –la miraba mientras ni contestaba ni tampoco se movía- La vas a perder,
Esther… hazte a la idea.

Quedándose sola se levantaba comenzando a caminar, escuchando los ladridos de


Napoleón que en escasos segundos ya se encontraba corriendo entre sus piernas.

E: A ver si la coges. –cogiendo la pelota que llevaba entre sus dientes la lanzaba
lejos viendo como corría tras ella.

Sonriendo la veía correr casi derrapando por la impaciencia y volviendo después


hasta ella, que sentándose en la hierba la esperaba tumbándose después viendo
que ella lo hacia su lado mordisqueando la pelota.

E: Tengo ganas de verla, Napoleón… la echo mucho de menos, pero… tengo miedo.
–acariciaba sus orejas- ¿Si voy y no soy capaz de estar bien? ¿Si al final se cansa de
mí y…? –la perra ladraba arrastrándose hasta quedar junto a su rostro para
empezar a lamer su mejilla- ¿Te vendrías conmigo? –la escuchaba volver a ladrar-
Te podría presentar a Tor… aunque igual sales corriendo al verle, es demasiado
grande para ti. –sonreía.

Mirando al cielo suspiraba mientras ella misma empezaba a no comprender que


era lo que le ataba a no querer volver, o querer y no poder hacerlo.

En: ¡Esther! –volvía a salir- ¡La cena está en la mesa y como no vengas te la comes
mañana fría!

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Sonriendo, se incorporaba quedando sentada y con los brazos sobre sus rodillas
mientras la veía en la puerta tardando aun unos segundos en volver a entrar.

E: Nunca ha sido así ¿Sabes? –miraba a la perra- Creo que es la edad, que la
empieza a cambiar.

Sentada frente a la chimenea leía del segundo libro que estaba a punto de terminar
cuando su móvil comenzaba a sonar y era su madre quien llegaba con él para
dárselo.

E: ¿Sí?

A: Hola, Esther.

E: ¿Pasa algo? –se levantaba para sentarse en el sofá.

A: Mujer… llevo casi dos meses sin saber de ti, solo quería hablar contigo, saber
cómo vas.

E: Ana… si pasa algo, dímelo.

A: Que no pasa nada, Esther… solo me apetecía hablar contigo y saber de ti.

E: Ya…

A: ¿Cómo estás? Ya me ha dicho Maca que estás ahí en plena montaña rodeada de
oxígeno y árboles.

E: Sí, es un pueblecito pequeño. Se está muy bien… es todo muy tranquilo.

A: Pues me alegro por ti… Me das hasta envidia, yo estoy harta de tanto tráfico,
trabajo y estar de allá para acá. –suspiraba.

E: ¿Por qué me llamas realmente, Ana? –preguntaba no dándose por vencida.

A: ¿Cuándo vas a volver, Esther?

E: ¿Te ha dicho Maca que me llames para eso?

A: No, Maca no me ha dicho que te llame, ni que te pregunte, ni que me


preocupe… para todo eso me valgo yo solita.

E: Pues aun no lo sé, supongo que ella te tendrá al día ¿no?

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Suspirando, bajaba la vista al ver la reticencia de la pintora y la tirantez con la que
había recibido aquel tema, haciendo que inevitablemente recordase aquella misma
mañana con su amiga.

A: ¿Con quién hablabas?

M: Era Sandra. –comenzaba a recoger los restos de su comida- Lleva llamándome


toda la semana para que hable con ella.

A: ¿Sandra? –la detenía cogiéndola por el brazo- ¿No irás a verte con ella, verdad?

M: Pues no lo sé, parece que hasta que no lo haga no va a parar.

A: Maca… sabes lo que busca, no le des pie y hagas una tontería porque ahora
mismo no estés bien con Esther.

M: Yo estoy perfectamente con Esther, bueno… -reía amargamente- Tan bien que
como solo hablo con ella por teléfono casi una vez por semana no puede irnos mal.

A: Maca.

M: Tampoco hay nada que nos pueda ir bien o mal, la verdad… -seguía hablando
como si no la hubiese escuchado hablar- Total, seguro que un día me dice que se ha
comprado una casa y un caballo para quedarse allí.

A: ¿Sabes que duerme en tu casa casi toda la semana?

E: ¿Qué?

A: Se va a tu casa a dormir porque en la suya es incapaz de hacerlo, Esther…

E: No lo sabía.

A: Claro… era imposible que lo supieses, ella no te lo va a decir. –suspiraba de


nuevo- Piensa en lo que vas a hacer Esther, pero piénsalo ya.

Estaba en la puerta con la misma sensación con la que había pasado toda la noche.
La misma que no le había dejado dormir ni tan siquiera cerrar los ojos un segundo.
Había estado mirando aquel cuadro durante horas como si esperase un milagro y
su cuerpo fuese a salir de él como si se tratase de una puerta entre ellas que había
estado cerrada durante casi dos meses.

Y fue en ese momento en el que había comprendido parte de todo aquello que le
hacía dudar y sentir el miedo que nombraba como atadura.

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En: ¿Qué haces ya ahí de pie?

E: No he podido dormir… -susurraba sin girarse- No termino de creer que todo ha


pasado… Y me he dado cuenta de que es porque la echo mucho de menos y estoy
triste.

Girándose para mirarla veía como su madre sonreía de medio lado sin decir nada
hasta que de nuevo miraba al frente.

E: ¿Crees que aun estará esperándome?

En: Eso solo puede contestártelo ella, hija… y creo que sea cual sea su respuesta,
necesita verte para poder hacerlo.

Ya había anochecido cuando salía por la puerta cargada con varias carpetas, su
maletín y el móvil entre los labios mientras buscaba las llaves en el bolsillo de su
abrigo.

Frente al coche las conseguía sacar para abrirlo, escuchando como se caían al suelo
y dejaba caer el peso de sus hombros sintiéndose cansada. Cerró los ojos al mismo
tiempo que soltaba el maletín y dejaba las carpetas sobre el techo del coche.
Arrodillándose para coger las llaves, pero dejándose caer en el mismo instante en
que las cogía, quedando sentada de espalda a la puerta.

Cerrando los ojos de nuevo recostaba la cabeza contra el coche mientras dejaba
pasar los segundos en un suspiro que la hacía sentirse derrotada una vez más.

E: Te vas a ensuciar el traje.

Girando su rostro con rapidez encontraba algo en lo que no había reparado hasta
entonces, el cuerpo de Esther estaba pegado a la pared donde la luz de la calle no
llegaba. Viéndola dar un paso hacia delante mientras sus manos permanecían
resguardadas del frio en los bolsillos de un abrigo largo que casi le llegaba a las
rodillas.

Cuando por fin veía su rostro, el suyo caía irremediablemente mientras las lágrimas
comenzaban a caer sin poder contenerlas.

E: Maca. –arrodillándose a su lado la veía completamente hundida haciendo que la


culpa la corroyese por completo- Por favor, no llores.

Negando se veía incapaz de decir nada mientras los brazos de Esther intentaban
abrazarla sin conseguirlo, hasta que sin poder resistirse más tiempo, la empresaria

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se dejaba caer contra su pecho descubriendo que aquello no era ninguno de sus
sueños.

E: Lo siento… -lloraba entonces- Lo siento, mucho.

M: No… -negaba de nuevo agarrándose a su ropa- No…

E: Maca, mírame. –cogiendo su rostro la hacía incorporarse apenas lo justo para


poder ver sus ojos aun cerrados- Maca, mírame.

Sujetándola con fuerza la veía resistirse a abrirlos y sin dudarlo iba hacia sus labios,
presionándolos con decisión mientras sentía que no era correspondida. Sintiendo
como las lágrimas de ambas se mezclaban entre sus labios cuando por fin los de la
empresaria se abrían con rabia apoderándose de ella. Colocándose entonces de
rodillas, quedando a su altura y girando su rostro mientras no dejaba de llorar pero
tampoco de besarla. Rodeándola con sus brazos mientras en aquel parking oscuro y
vacio, no se escuchaba más que sus respiraciones y el llanto que aun no las
abandonaba.

E: Lo siento. –pegando su frente a la suya por fin respiraba mientras seguía sin verla
abrir los ojos- Maca, por favor…

Sin fijarlos en ella todavía, la empresaria abría los ojos sin elevar su rostro mientras
seguía viendo que aquello era una realidad que no se esfumaría al despertarse.
Haciendo que elevase su rostro despacio hasta quedar frente a ella viendo por lo
que había estado horas, días y semanas sin vivir. Llorando de nuevo cuando sentía
los besos de Esther llenar su rostro antes de volver a abrazarla.

M: Dime que no te vas…

E: Nunca, Maca.

M: No me dejes, Esther. –aferrándose aun mas si cabía a ella, dejaba que la


abrazase no queriendo moverse nunca de allí- Por Dios, no me dejes.

Asustada por escuchar y ver el estado de la empresaria, cerraba los ojos con fuerza
mientras sentía que casi la mantenía erguida en aquella posición, temiendo soltarla
y que se derrumbase por completo en aquel lugar.

Se creía incapaz de explicar lo que sentía en aquel momento, en lo que sus ojos
habían visto y aun veían en aquel rostro que no podía dejar de mirar. Maca había
caído rendida aferrada a su mano, mientras también rodeaba su cintura con uno de
sus brazos.

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E: Lo siento mucho, Maca.

Susurrando acariciaba su rostro con la punta de los dedos, sintiendo como al


instante se pegaba a su cuerpo para abrazarla y pasar una pierna entre las suyas,
haciendo que cerrase los ojos al sentir aquella piel pegada a la suya.

M: Te echado mucho de menos. –sorprendiéndola hablaba entonces mientras


pegaba la cara a su cuello- Tanto…

E: Y yo a ti.

M: No me digas eso, Esther… -apretaba con fuerza las manos en su espalda- No lo


hagas.

Abriendo los ojos se fijaba en aquella oscuridad mientras sentía la fuerza en su


espalda, pero un mas, algo distinto en sus palabras. Un pinchazo atravesó su pecho
cuando de nuevo la escuchaba respirar intranquila.

E: Maca…

M: ¿Por qué has vuelto?

Separándose lo justo para poder mirarla encontraba de nuevo algo que no conocía.
Aquellos ojos volvían a ser desconocidos para ella y sentía como su cuerpo se
estremecía sin poder dejar de mirarlos y buscar lo que recordaba en ellos.

E: Me equivoqué… no por irme, no me arrepiento de eso… Me equivoqué porque…


-tragaba saliva mirando sus labios viendo como se acercaba hacia ella- Temía volver
y que no vieses en mí a la mujer que conociste, no poder volver a ser la que era,
Maca…

M: ¿No te das cuenta, verdad?

Negando mínimamente se quedaba a apenas un centímetro de ella mirando sus


labios mientras el cuerpo de Esther casi temblaba entre sus brazos.

M: Por mucho que yo haya cambiado, y por mucho que tú cambies… Es como si
hubieses pintado mi cuerpo de ti… -susurraba- Y nadie podrá borrarlo jamás.

E: ¿Te estoy perdiendo?

Preguntando entonces con miedo seguía mirando sus ojos, esos que necesitaba
conocer y sentir como los que le habían dicho tanto, los mismos que en ese
momento parecían mirar a una desconocida haciendo que sus ojos comenzasen a
inundarse por el miedo.
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Bajando la vista hasta sus labios, la empresaria los miraba con detenimiento al
mismo tiempo que pasaba sus dedos para acariciarlos, arrugando su frente sin tan
siquiera saberlo o darse cuenta.

M: ¿Pensaste alguna vez en no volver?

Mirándola de nuevo a los ojos veía caer las lágrimas que con rapidez atrapaba con
su pulgar cortándoles el paso.

M: ¿Alguna vez pensaste dejarme aquí sola?

Mirando sus ojos y sus labios la veía guardar silencio, uno que ya esperaba cuando
con decisión llegaba hasta sus labios, encontrándolos abiertos para ella y que la
hacían suspirar cuando de nuevo encontraba su lengua dispuesta a atrapar la suya.

Colocándose sobre su cuerpo giraba el rostro acomodándose y no queriendo parar


mientras su mano descendía por su vientre llegando a su sexo, escuchándola gemir
en el mismo instante en que sus dedos alcanzaban lo que habían ido a buscar.

M: Dime por qué has vuelto… -susurraba junto a su oído antes de besar su cuello-
Dímelo.

E: Porque te quiero, Maca.

Volviendo a gemir sentía su respiración cortarse cuando notaba como la


empresaria se colocaba haciendo unir sus sexos, volviéndola a mirar cuando justo
comenzaba a moverse.

E: Te quiero.

Abriendo los ojos descubría la luz que entraban fuerte por la ventana, suspirando
mientras se incorporaba en la cama y encontrándose sola en aquella habitación.
Bajando la vista dejaba pasar unos segundos antes de levantarse y coger la camisa
de la empresaria ocultando con ella su cuerpo.

De brazos cruzados recorría la casa hasta encontrar su silueta en la terraza, sentada


con los ojos cerrados y envuelta en su bata.

E: Hola.

Esperando, observaba como abría los ojos despacio y se giraba para mirarla,
haciéndolo directamente a los ojos antes de buscar su mano y hacerla sentar sobre
su cuerpo abrazándola.

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M: Cuando me desperté y te vi en mi cama creí no era verdad. –giraba el rostro
sobre su pecho- Me parecías un sueño.

E: Maca. –llamando a su atención la hacía separarse para poder mirarla- No me voy


a mover de tu lado… -los ojos de la empresaria se cerraban- No quiero estar sin ti
y… -acariciaba su mejilla viendo como se ladeaba queriendo sentirla aun mas- Solo
quiero estar contigo… solo contigo.

Abrazándola de nuevo dejaba escapar el aire vaciando su cuerpo, llenándolo tan


solo de aquella presencia y aquel cuerpo sobre su regazo, respirando de su pecho
mientras recordaba todas las veces que había querido tenerla así sin poder, todas
las veces que había podido llamarla sin que la escuchase.

M: Vamos a desayunar.

Besando su hombro la hacía levantar saliendo de la terraza y encaminándose a la


cocina, seguida por los ojos y el cuerpo de Esther.

Frente a la cafetera cogía dos tazas y comenzaba a servirlas mientras era observaba
a tan solo medio metro, escuchando el tintineo de las tazas al cogerlas y encontrar
entonces un temblor que había pasado desapercibido hasta entonces.

M: ¿Quieres tostadas?

E: Vale.

Mirándola contestaba en un susurro mientras la veía querer quitar el pequeño


alambre que cerraba la bolsa del pan de molde, viendo como se quejaba en un casi
imperceptible murmullo por no poder conseguirlo.

E: Déjame a mí. –a su lado cogía la bolsa sin ver como el rostro de la empresaria se
giraba apenas para mirarla de reojo- Ya está.

M: Gracias.

E: ¿Te ayudo en algo? –la miraba entonces viendo como bajaba el rostro.

M: No, siéntate… ya lo hago yo. –asentía apenas.

E: Vale.

De nuevo sentándose tras ella no dejaba de mirarla, abrir el frigorífico y buscar la


mermelada, viendo ella misma entonces como apenas había nada en aquella
nevera, haciendo que frunciese el ceño sabiendo que aquello no era normal
tratándose de Maca.
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E: ¿Vas a ir a trabajar?

M: Esta tarde… -se giraba un segundo mirándola por encima de su hombro- Tengo
que hacer unas cosas.

E: ¿Quieres que vayamos ahora a hacer la compra? –se volvía a levantar quedando
a su lado- No… no tienes de nada, Maca.

M: Ya, es que… -carraspeaba nerviosa- Tengo mucho trabajo últimamente y… me


faltan horas para poder hacerlo todo.

E: Bueno… -acariciaba su nuca mirándola- Ahora vamos y arreglamos lo de la


comida ¿Vale? –la veía asentir mientras bajaba la vista- Vale.

Tras regresar de la compra, ambas cargaban con todas las bolsas hasta la cocina,
haciendo que incluso costase caminar sin pisar nada. Maca se dedicaba a sacar
todo colocándolo después sobre la encimera mientras era Esther quien colocaba las
cosas en la nevera y la despensa.

E: Había pensado dormir aquí. –sin mirarla podía notar cómo se detenía para
girarse hacia ella mientras aun se dedicaba a meter cosas en la nevera- Traerme
alguna ropa y dejarla… la que tengo es de verano. –la miraba un segundo siguiendo
después- Puedo estar aquí cuando vengas y preparar la cena.

M: ¿Quieres?

E: Claro… -cerraba la nevera girándose- ¿Quieres tú?

Frunciendo el ceño, la empresaria volvía a bajar la vista hasta la encimera donde


reposaban sus manos. Escuchando los pasos de Esther acercarse a ella hasta
quedar a su lado.

E: ¿Quieres tú? –repetía colocando una mano en su cintura.

M: Si fuese una egoísta te encerraría en esta casa. –giraba el rostro hacia ella
mostrando el mismo gesto en él- Y no dejaría que nunca más te fueses.

E: No me voy a ir a ningún sitio, Maca. –respondía con decisión mientras no


apartaba sus ojos de los suyos- A ningún sitio.

M: Voy a darme una ducha antes de comer.

Esquivando su cuerpo salía de allí dejando a Esther sin poder moverse. Cerrando
los ojos despacio mientras su rostro bajaba y volvía a abrirlos viendo todas aquellas
bolsas en el suelo.
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E: ¿Qué he hecho?

Mientras tanto en la ducha, la empresaria se mantenía quieta cuando el agua


golpeaba contra su nuca y mantenía la frente pegada a la pared. Sintiendo como
sus manos volvían a temblar haciendo que las cerrase con rabia, notando las uñas
clavarse en su piel. Dando un golpe contra la misma pared que la sostenía antes de
sentir como unos brazos rodeaban su cintura pegándose después a su espalda.

E: Siento el daño que te he hecho... lo siento mucho.

Girándose veía como el agua caía hacia las dos, turbando su visión pero no
pudiendo borrarla, dejándole ver aquel rostro frente a ella.

M: No sé qué me pasa. –bajando el rostro comenzaba a llorar cuando Esther la


abrazaba- No lo sé.

E: Estoy contigo, Maca… -besaba su hombro- Estoy aquí contigo.

M: ¿Y por qué me siento sola? ¿Por qué aun creo que me vas a dejar aquí sola?

Separándola para mirarla veía sus ojos enrojecidos mientras las lágrimas se
escondían entre el agua que caía por su rostro, el mismo que tomaba entre sus
manos.

E: Eso no va a pasar… Te lo juro.

Acercándose a ella hacía que quedase contra la pared mientras comenzaba a


besarla, sintiendo como correspondía al instante y rodeaba también su cuerpo con
ambos brazos, moviéndolos después para sujetar su rostro y apretar sus manos con
fuerza mientras aquel beso se volvía furioso y cargado de rabia.

E: No estás sola, Maca. –la abrazaba viendo como se escondía en su cuello- Estoy
contigo.

Sola en aquella casa, se había ido dando cuenta de cómo aquella decisión había
trastornado la vida de Maca. Parecía que no había limpiado en semanas, el polvo se
acumulaba en cada rincón e incluso la ropa se amontonaba sucia en la cesta.

Suspirando decidió cambiar aquello, intentar hacer que las cosas poco a poco
volviesen a la normalidad y eso empezaba haciendo que las señas de la dejadez
desaparecieran.

Limpió a fondo los baños, cada rincón de los azulejos y repuso todo lo que faltaba
en los armarios, esmerándose en que todo quedase tal y como ella lo había visto

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tantas veces. Tres veces había llenado la lavadora pasando la ropa después hasta la
secadora, entreteniéndose mientras en cambiar las sabanas de la cama y quitar las
cortinas para también lavarlas.

Doblando la ropa comenzaba a colocarla en su armario, encontrando aquel olor


que tanto le gustaba, sonriendo finalmente al encontrar la casa tal y como debía
estar.

Mirando todo satisfecha, y habiendo dejado todo para tan solo meterlo al horno,
decidía ir hasta la oficina de Maca asegurándose de que saldría para ir a cenar.

Cuando llegaba seguía cobijada en su abrigo sin mirar hacia el mostrador, que
agradeciéndolo en silencio, se encontraba ya vacio. Saludó al hombre de seguridad
y siguió caminando hasta el ascensor, uno del que salía apenas segundos después
recorriendo aquella última planta casi vacía.

E: Hola, Julia.

La mujer alzaba la vista de sus papeles sorprendida por escuchar aquella voz. Pero
que sorprendiendo aun mas a Esther, se acercaba hasta ella para abrazarla.

J: No sabes la de veces que he deseado verte aparecer.

E: ¿Qué pasa? –se separaba extrañada.

J: Esto es horrible, Esther… -suspiraba frotando su frente- Es como una pesadilla.

E: ¿Por qué? –cogía su brazo mirándola.

J: Maca… -en ese momento la puerta se abría haciendo que ambas se girasen
descubriendo a la empresaria leyendo unos papeles sin apreciar la presencia de
Esther.

M: ¿Quién cojones a redactado esto? –hablaba con dureza- ¡Joder! –con la vista al
frente descubría entonces a Esther haciendo que se detuviese.

E: Hola.

M: ¿Qué haces aquí? –frunciendo el ceño miraba a una y a otra- ¿Qué hora es?

E: Las ocho, Maca.

Bajando de nuevo la vista hasta los papeles que sostenía, endurecía su rostro y
dejaba reflejar la tensión en su mandíbula. Julia agachaba la cabeza y Esther miraba
a ambas mujeres preguntándose en qué momento todo aquello había cambiado.

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M: Vete a casa, Julia… te estarán esperando. –girándose volvía a entrar en el
despacho mientras las mujeres aun sin moverse se miraban.

J: Espero que vuelva a ser la de antes… -recogiendo sus cosas y apagando el


ordenador cogía finalmente el abrigo y su bolso- Hasta luego, Esther.

E: Hasta luego.

Mirando de nuevo hacia el interior, comenzaba a caminar descubriendo a la


empresaria frente a la ventana con las manos en los bolsillos de su pantalón.

Cerrando la puerta la veía girarse apenas por aquel sonido mirando de nuevo al
frente. De ese modo siguió recorriendo aquel camino hasta quedar a su lado.

E: ¿Qué tengo que hacer para arreglar esto, Maca?

Cruzándose de brazos, la empresaria bajaba la vista mientras Esther guardaba


silencio esperando su respuesta, esperando algo que le hiciese saber que estaba
dispuesta a hablar con ella, sabiendo que sería capaz de rogar por ello si hiciese
falta.

E: Déjame arreglarlo, por favor…

M: Creí que teníamos algo distinto al resto… que yo podía apoyarme en ti como tú
en mí… -había comenzado a hablar sin levantar la vista del suelo- Nunca antes me
había dado tan completamente a nadie, nunca… Y eso ha tenido la culpa de todo,
me he visto sola, me he visto hundida y derrotada porque tú has sido capaz de
estar lejos y yo… no he podido levantarme un solo día sin llorar por querer estar
contigo. –cerraba los ojos dejando caer sus lágrimas- No entiendo que digas que
me has echado de menos y que me quieres si has sido capaz de estar dos meses
fuera, teniendo que ser yo quien te llamase y quien hiciese por hablar contigo, que
estuvieses tantos días prefiriendo estar en otro país para llorar cuando yo te había
ofrecido hacerlo contigo…

E: ¿Qué quieres decir, Maca? –la miraba asustada.

M: ¿Por qué yo no puedo estar sin ti y tú sí? –la miraba entonces dejándole ver
realmente su estado- ¿Por qué? –apretando sus ojos con ambas manos se sentaba
en el borde de la mesa comenzando a llorar con fuerza.

E: Mírame. –cogiéndola con fuerza del brazo hacia que aunque sin mirarla
directamente abriese los ojos- Estar contigo me hacía sentirme tan débil que me
veía incapaz de dar un paso al frente sin retroceder después. –observaba como la
miraba entonces- Nunca nadie me había querido como me quieres tú, eres mucho

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más fuerte que yo… -su barbilla comenzaba a temblar sin que pudiese evitarlo-
Tanto que creí que esto sería bueno para las dos.

M: Sí, tan bueno que mira lo que has conseguido. –arrastrando sus lágrimas con
rabia se separaba comenzando a recoger las cosas sobre la mesa.

E: Podía haberme quedado allí, Maca… podía no haber vuelto, lo tenía realmente
fácil si hubiese sido lo que quería. –la veía detenerse mientras seguía dándole la
espalda- Pero lo que yo quiero y necesito está delante de mí. Necesitaba llorar y
hundirme sin que estuvieses tú para levantarme y poder hacerlo yo sola… Y sabia
que tú no serias capaz de dejarme, sabía que tú estarías ahí cada segundo
levantándome. –la miraba aun sintiendo como sus ojos temblaban sin poder
apartarlos de ella- De lo único que me arrepiento y me arrepentiré siempre, es de
haber tardado tanto en darme cuenta de que aunque yo me levante, te necesito a
ti para poder seguir.

Acercándose se quedaba junto a su costado mirando su rostro y viendo como


seguía sin mirarla, haciendo que tragase el nudo que se le atravesaba en la
garganta impidiéndole respirar.

E: ¿Quieres dejarme, Maca?

Cogiendo su mano la veía bajar el rostro sin rechazar aquel gesto, dejando que
entrelazase sus dedos sintiendo incluso como se aferraba a ellos con fuerza sin
mirarla todavía.

E: ¿Dime qué quieres?

M: Quiero estar segura de que no me voy a levantar un día en el que me digas que
necesitas irte para encontrarte mejor… no voy poder soportarlo, Esther.

E: ¿Y no crees que para estar segura de eso deberías dejarme demostrarte que no
va a ocurrir? Déjame hacerlo, Maca… -se acercaba aun mas sin soltar su mano
hasta llegar para poder besar su hombro- Déjame que te demuestre que no me voy
a ir… -volvía a mirarla- Déjame que me quede contigo.

Tirando de su mano hacia que se girase quedando frente a ella, pudiendo entonces
abrazarla y besar su pecho.

E: Cariño… por favor.

Cada una en una punta del sofá guardaba silencio, era Maca quien la miraba
fijamente mientras ella miraba sus dedos y esperaba algo que no sabía qué podía
ser.

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M: Estás más delgada.

Levantando la vista veía que apoyaba la cabeza contra el respaldo, sin dejar de
mirarla mientras comenzaba a mover su pie dejando una caricia en su pierna.

E: Allí no hay porquerías de esas que a mí me gustan, todo demasiado natural. –se
encogía de hombros.

M: Me dijo tu hermana que tenias un perro.

E: Sí… -sonreía de lado- Una perrita, apareció un día y se quedó conmigo… me


seguía a todas partes y siempre estaba por allí. Quise… -la miraba bajando la vista
un segundo después sintiéndose nerviosa- Quise llamarla Macarena, pero mi
madre no me dejó y al final le puse Napoleón.

Sin atreverse a mirarla se pellizcaba la punta de los dedos dejando salir así su
nerviosismo. Apretando de igual forma sus labios hasta que dejándose llevar por su
impaciencia y curiosidad, volvía a mirarla encontrándola con una pequeña sonrisa.

M: Macarena… -la veía asentir casi con timidez.

E: Me gustaba poder llamarla así… y me hacía caso, además. –la miraba de nuevo

M: ¿Y tu madre no te dejó?

E: No. –negaba bajando la vista - Me dijo que como le pusiese tu nombre a una
perra, iría a por ti para que me dieses una patada en el culo.

M: Jajaja.

Elevando el rostro con rapidez la veía reír mientras cerraba los ojos haciéndola
sonreír. Haciendo que aquella sonrisa se hiciese cada vez más grande hasta que
finalmente la empresaria la miraba con los labios aun estirados mientras le sonreía
con cariño.

M: La verdad es que no sé cómo me hubiese tomado eso.

E: Pues bien, porque era para poder llamarla así… me gustaba poder hacerlo. –
bajaba la vista.

Mientras seguía con aquella risa en la cabeza temía mirarla y encontrar de nuevo su
rostro serio de minutos antes. Aun no la había mirado cuando su pie de nuevo se
movía acariciándola, queriendo llamar su atención entonces, mirándola de nuevo y
viendo como movía su dedo índice llamándola para que se acercase a ella.

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Despacio se incorporaba para llegar hasta ella y quedarse rodillas junto a su cuerpo,
sintiendo como tiraba de su mano recostándola sobre ella.

M: ¿Cómo era la cita esa que te gustaba? –preguntaba susurrando mientras


acariciaba su mejilla sin dejar de mirar sus ojos.

E: A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra
vida se concentra en un solo instante.

Cuando terminaba de hablar los labios de la empresaria atrapaban los suyos con
decisión, haciendo que su cuerpo se relajase y cayese por completo, amoldándose
a cada curva mientras abría sus labios sintiendo sus brazos apretar su espalda.

Sin prisa recorrían aquella carretera que Esther volvía a mirar sonriente,
recordando cada casa y cada curva que meses atrás la habían hecho impresionarse.

El coche frenaba llegando hasta la entrada cuando ya se quitaban ambas el


cinturón y salían dirigiéndose hasta la puerta cogidas de la mano. La empresaria
abría con sus propias llaves y pasaban sin separase comenzando a caminar hasta la
biblioteca, donde Rosario hablaba por teléfono sorprendiéndose al verlas entrar.

R: Luego te llamo, Mercedes. –colgando un segundo después sonreía ampliamente-


¡Esther!

Casi corriendo hacia ella la abrazaba mientras Esther sonreía mirando a Maca que
hacía lo mismo sin soltar su mano.

R: ¿Pero cuándo has venido?

E: No hace ni dos días, Rosario. –sonreía mirándola- Qué guapa estás.

R: Tú estás más delgaducha, pero muy guapa. –besaba su frente abrazando después
a su hija que borraba su sonrisa suspirando- Pedro no está, pero se volverá loco de
contento al saber que has vuelto. –volvía a sonreír- ¿Vamos al jardín? Hace buen
día para aprovechar el sol y no hace frio.

E: Claro.

Tras tomar asiento, escuchaban los indudables ladridos de Tor que corría haciendo
que Rosario suspirase y Esther sonriese girándose hacia el animal que llegaba hasta
ellas contento.

E: ¡Hola, grandullón! –abrazaba su cuello viendo como el animal le daba


cariñosamente con la cabeza.

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R: Este perro va a acabar conmigo.

M: Déjale, mamá… está contento. –sonreía- Ven aquí… -lo llamaba viendo como se
recostaba a sus pies- Estás contento de verla ¿Verdad? –Esther la miraba con una
pequeña sonrisa- Claro…

R: Voy a llamar a Ana. –se levantaba de repente entrando de nuevo a la casa.

M: Pues tardará dos minutos y medio en aparecer aquí. –miraba a Esther.

E: No pasa nada.

M: ¿Quieres café? –se erguía para servirlo en su taza.

E: Sí, gracias.

Mirándola mientras aun estaba vertiendo aquel café, esperaba que volviese a
acomodarse para acercarse a ella y besarla.

E: ¿Estás bien?

M: Muy bien. –asentía besándola de nuevo- Te tengo aquí. –volvía a besarla.

R: Pues ya viene. –sonriendo se detenía al ver como se separaban con una sonrisa
para mirarla- No tardará. –omitiendo aquel momento se sentaba frente a ellas.

M: Claro que no tardará, no querrá perderse ningún detalle que le pueda interesar.

Tras la aparición de Ana, esta se había abrazado a Esther de forma casi histérica
mientras esta no podía más que sonreír y mirar a Maca que suspiraba girando su
rostro hacia otro sitio, gesto que no pasó tampoco desapercibido para su madre
que pedía en silencio que todo volviese a la normalidad.

Más tranquilas pasaban a tomar ese café mientras incluso Tor, había encontrando
la posibilidad de quedarse junto a ellas encontrando aquel rato de libertad.

R: Por cierto… -miraba a Esther- Tengo un cuadro nuevo. –sonreía.

E: ¿Ah, sí?

R: ¿Lo quieres ver? –se levantaba invitándola- Seguro que lo conoces.

E: Claro. –se giraba mirando a Maca- Ahora vengo.

M: Vale. –asentía con una pequeña sonrisa siguiéndolas a ambas con la mirada.

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Al saberse sola con Ana bajó la vista mientras repasaba el dibujo grabado en el
metal de su silla. Esperando inconscientemente que su amiga comenzase a hablar
como sabia que haría.

A: ¿Cómo estás?

M: Bien. –contestaba sin mirarla- Ya todo está bien.

A: ¿Viste a Sandra? –la veía elevar el rostro para mirarla- ¿Sí, verdad?

M: Solo hablamos.

A: Con Sandra tú nunca has hablado, Maca. –sorprendiéndose la observaba


erguirse para apoyarse sobre la mesa quedando más cerca de su rostro.

M: No se te ocurra insinuar que he engañado a Esther porque te juro que no me


vuelves a ver en tu vida, Ana… te lo advierto.

A: ¿Y qué tema de conversación tienes con una mujer que solo quiere acostarse
contigo? –se cruzaba de piernas recostándose en su silla.

M: Mi vida no es asunto tuyo, así que preocúpate de la tuya.

Mientras ambas se aguantaban la mirada escuchaban la voz de Rosario que volvía


junto a Esther, apareciendo segundos después de nuevo.

E: Tu madre se ha gastado el dinero en un cuadro mío, Maca… ¿Cómo lo


consientes?

M: Ya se lo dije, cariño. –la veía sentarse a su lado- Pero a cabezota no la ganas ni


tú.

R: ¡Dejarse de tonterías! No pagaría por ningún otro con tanto gusto como por uno
tuyo, Esther.

E: Pues el próximo te lo regalaré.

R: Y yo que te invitaré a comer después. –sonreía viendo como Esther negaba


sonriente mirando después a la empresaria.

M: Nos vamos a ir yendo ¿Vale? –cogía su mano- Tengo que hacer unas cosas en la
oficina.

E: Vale.

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Entrando a su despacho lo hacía saludando con un escueto buenas tardes a Julia
que la veía pasar de largo y cerrar la puerta tras ella.

Frente a su mesa miraba como su ordenador comenzaba a cargarse y suspirando


pulsaba el altavoz que comunicaba con su secretaria fuera del despacho.

M: Julia, ¿puedes pasar un segundo por favor?

Frotándose la frente comenzaba a esperar mientras también dejaba caer sus dedos
sobre la mesa en un constante repiqueo en la madera. No pasó un minuto cuando
la puerta se abría y Julia asomaba sin llegar a pasar.

M: Siéntate por favor. –se levantaba mirándola y observando cómo cerraba


despacio tras ella comenzando a caminar hasta la silla frente a la mesa- Quería…
-se sentaba también apoyando ambos brazos sobre la mesa- Quería disculparme
contigo por cómo me he comportado estas semanas. –la veía erguirse sorprendida-
He sido la peor persona que podría trabajar a tu lado y sé que no he sido justa
contigo… lo siento.

J: No importa, Maca. –negaba.

M: Sí que importa. –asentía mirándola- Siempre he hecho lo posible porque


aunque sabiendo que cada una tiene su trabajo y función aquí, pudiésemos ser
compañeras y no jefa y secretaria.

J: Ya.

M: Y sé que me he comportado mal contigo, haciéndote pagar por lo que no tenias


culpa… teniendo que aguantarme más que nadie, pero sobre todo… obligándote a
amoldarte a pasar más horas aquí dejando a un lado tu vida y tu marido.

J: De verdad, Maca… que…

M: Por favor. –la cortaba- Acepta mis disculpas o siempre sentiré que te debo algo.

J: Está bien. –suspiraba asintiendo.

M: Gracias. –sonreía.

Tras unos segundos Julia volvía a levantarse ante la mirada de Maca que respiraba
más tranquila. Cuando de nuevo bajaba la vista la escuchaba llamarla desde la
puerta.

J: Maca… -esperaba a cruzarse con sus ojos- Me alegro de que tú también hayas
vuelto. –sonriendo salía cerrando la puerta.
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M: Y yo también…

Minutos después escuchaba su móvil comenzándolo a buscar por los bolsillos de su


chaqueta. Tras dar con él sonreía al ver de quien se trataba.

M: Hola.

E: Hola… ¿interrumpo?

M: En absoluto, sabes que tú puedes llamarme siempre que quieras…

E: Bien, pues te llamo porque no sé si vas a salir para poder cenar o en cambio te
quedarás allí hasta tarde.

M: ¿Vas a cenar conmigo?

E: Por eso te lo pregunto, cariño… para ir a tu casa, que vengas tú a la mía o qué.

M: Si cenas conmigo salgo pronto.

E: Bien, pues te espero en mi casa ¿Vale? Llámame cuando vayas a salir y ya sé que
vienes.

M: De acuerdo. –asentía sonriendo- ¿Alguna curiosidad más?

E: Eh… no, era eso.

M: Vale… -susurraba haciendo que Esther suspirase escuchándola.

E: ¿Sabes qué?

M: ¿Qué?

E: Me encanta tu voz.

Cuando más inmersa estaba en su trabajo escuchó como llamaban a la puerta,


extrañada alzó la vista viendo como la puerta se abría y una Sandra sonriente se
detenía frente a ella haciendo que frunciese el ceño y suspirase, inclinándose
después mirando como Julia no estaba en su mesa.

S: Habrá ido al baño. –cerraba tras ella.

M: ¿Qué haces aquí?

S: Mmm veo que no tienes ganas de verme. –sentándose frente a ella se cruzaba
de piernas sin dejar de mirarla.

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M: Te pediría que por favor te marchases, tengo trabajo que hacer.

S: Venga, Maca… -incorporándose se apoyaba sobre la mesa- ¿Ya no quieres hablar


conmigo?

M: No debí cogerte siquiera el teléfono, Sandra… ¿No entiendes que tú y yo no


tenemos nada que ver? ¿Qué yo no quiero tener nada contigo?

El rostro de la mujer se cambió en el mismo instante en que vio que aquella Maca
derrotada y débil no se dejaba ver tan claramente frente a ella.

S: Ha vuelto. –sonreía enfadada- ¿Es eso, verdad? Ya está aquí y tú eres tan
estúpida que te dejas arrastrar otra vez.

M: Vete. –levantándose caminaba hacia la puerta.

S: Estás dejando que una mujer que no te quiere haga contigo lo que le da la gana
¿es que no lo ves? Tú no eres así, Maca.

M: Tú no me conoces. –caminaba hacia ella con rabia- ¿Te crees que porque te
hayas metido en mi cama tienes idea de cómo soy? –la miraba unos segundos- No
tienes ni puta idea de cómo soy. –susurraba separándose de nuevo- Ahora, haz el
favor de marcharte.

S: Un día te darás cuenta de que ella no merece la pena, abrirás los ojos y te
arrepentirás de todo lo que estás pasando porque no habrá servido de nada.

M: ¡Fuera! –gritaba furiosa- ¡Lárgate!

En ese momento en el que abría la puerta Julia aparecía asustada y descubriendo la


presencia de Sandra, que sin apartar sus ojos de la empresaria caminaba hacia la
puerta.

S: El día que te des cuenta yo estaré ahí para verte, Maca.

Apretando la mandíbula aguantaba aquellos últimos segundos hasta verla


desaparecer por la puerta y caminar rumbo al ascensor.

M: Baja y di que no la vuelvan a dejar entrar aquí… nunca.

Cerraba de nuevo la puerta mientras apretaba los dientes y abría el mueble


sacando la botella de whisky, sirviéndose un vaso y bebiéndolo de un solo trago
antes de volverlo a dejar dando un golpe.

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Diferente a muchos días atrás, salía de la oficina no siendo la última en hacerlo.
Montando en su coche cuando aún era de día y poniendo rumbo a casa de Esther
sintiéndose tranquila.

Cuando llegaba hasta aquella calle que tanto conocía, aparcaba frente a la puerta y
ponía rumbo hacia el edificio sacando sus llaves. Entrando en el piso apenas un
minuto después cuando escuchaba la música llegar desde el salón.

Se detuvo en aquel estudio sorprendiéndose al verlo totalmente distinto a la última


vez, el olor a pintura lo llenaba todo y dejaba ver el color de las paredes, cientos de
formas llamativas que había ocultado el blanco y un mural ocupando la pared mas
grande, haciendo que sonriese cuando había llegado a la puerta que daba al piso.

M: ¿Esther?

La pintora salía de la cocina sonriente y totalmente embadurnada en pintura.


Haciendo que la empresaria diese un paso atrás no queriendo mancharse.

E: ¿Te ha gustado? –preguntaba ilusionada.

M: ¿Lo de ahí fuera? –sonreía solo por ver como ella lo hacía- Sí… te ha quedado
muy bien.

E: A qué sí. –daba un pequeño salto acercándose de nuevo.

M: Esther, que me manchas. –la señalaba retrocediendo- No.

E: Pues quítate eso y no te mancharé. –sonreía juguetona mientras no dejaba de


acercarse- ¿O no me vas a dejar ni darte un beso?

M: Primero te das una ducha. –la pintora abría los labios y los ojos sorprendida
mientras la empresaria sonreía alejándose todavía- No me toques.

E: Está bien… ¿Quieres ver otra cosa que he pintado?

M: Vale.

E: Pues date la vuelta.

La empresaria se giraba no muy conforme hasta que sus ojos divisaron la pintura
colgada en aquel rincón. Su corazón se paró un instante en el que aquella niña
volvía a cobrar vida ante ella. Esther daba los pasos que las separaban hasta quedar
junto a ella.

E: ¿Te gusta?

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M: ¿Cuándo lo has hecho?

E: Lo empecé estando con mi madre… lo he terminado hace un rato. –se giraba


para mirarla.

M: ¿Estás bien? –la miraba también viendo como asentía con una sonrisa- ¿Seguro?

E: Perfectamente. –asentía de nuevo- No quiero olvidarme de mi hija… -volvía a


mirar el cuadro emocionada- Quiero verla todo los días así, sonriendo.

Sin que se diese cuenta, se colocaba tras ella para sin que lo esperase, dar un salto
colgándose de su espalda rodeando su cuello y besándolo mientras la escuchaba
suspirar.

M: ¡Esther!

E: Yo te pago el tinte, tranquila. –sonreía mientras sentía que los brazos de Maca la
sujetaban evitando que cayese- Y digo que ya que te has ensuciado…. –
mordiéndose el labio comenzaba a desabotonar su camisa.

M: También podías haberme dicho que solo querías que me desnudase, lo hubiese
hecho. –sonreía girando su rostro para mirarla.

E: Pues venga. –saltando de nuevo al suelo la veía girarse y seguir con los botones
de su camisa- ¿Me vas a hacer caso en todo? –se sentaba sobre la barra americana
que separaba la cocina.

M: Según. –sonriendo se acercaba hasta ella quitándose la camisa y la chaqueta a


la vez- Si me conviene, sí.

Ladeando su rostro llegaba hasta el suyo mientras lo sujetaba con ambas manos
para besarla. Sintiendo como rodeaba su cintura con ambas piernas mientras ya
comenzaba a acariciar su pecho por encima de su ropa interior.

Después de cenar ambas permanecían el sofá, Esther tendida casi por completo
sobre Maca mientras esta rodeaba su pecho con un brazo mientras con la otra
mano iba cambiando de canal.

E: ¿Qué tal la tarde? ¿Has trabajado mucho?

M: Tengo bastante trabajo últimamente. –contestaba con naturalidad- Hemos


cogido muchos clientes este mes.

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E: ¿Por qué? –girándose quedaba de frente para mirarla- Una vez me dijiste que no
te gustaba firmar con mucha gente para poder trabajar bien con los que tuvieses…
-la miraba- ¿No?

M: Necesitaba estar distraída. –volvía a mirar la televisión siendo consciente de que


Esther aun la miraba- No quería estar en casa, ya está.

E: ¿Por eso dormías aquí? –la veía girar el rostro rápidamente- Ana me lo contó.

M: Joder con Ana. –se levantaba dejando el mando sobre la mesa- No sabe cerrar
la puta boca nunca.

E: Maca… tampoco te pongas así. –se giraba para mirarla- Tranquilízate… ¿Qué te
pasa?

M: ¿Te contó algo más? –preguntaba con decisión.

E: ¿Qué más me tenía que contar?

M: ¿Te contó algo más o no? Es para saberlo, simplemente.

E: No, Maca… no me contó nada, solo me dijo que dormías aquí porque en tu casa
no podías, ¿Qué hay de malo?

M: Nada, no hay nada de malo. –suspirando se sentaba de nuevo- Dejemos el


tema.

E: Ven aquí. –tirando de ella casi la obligaba a quedarse contra su pecho sintiendo
como segundos después la abrazaba dejando de resistirse- No pasa nada. –besando
su frente la veía cerrar los ojos.

Abrazándola se quedaba en silencio, apoyando la barbilla en su pelo mientras


dejaba al tiempo pasar en aquel estado, sintiendo la caricia de los dedos de Maca
recorrer su cintura. Besando su pelo antes de volverse a separar.

E: ¿Nos vamos a la cama? –la empresaria asentía en silencio- Vamos.

Nada más levantarse y pagar la televisión cogía su mano caminando hacia el


dormitorio, viéndola ir hasta el otro lado echándose y mirando cuando ya quedaba
frente a ella, abrazándose a su pecho un instante después para que volviese a
abrazarla.

E: Buenas noches, cariño.

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M: Buenas noches. –moviéndose dejaba el rostro pegado a su cuello dejando un
beso y suspirando después terminando de acomodarse.

A primera hora el cuerpo de Maca buscaba la comodidad que había perdido sin
saber cuándo. Abriendo los ojos pero sin moverse. Pensando entonces en Esther,
girando su rostro y encontrándola en los pies de la cama sentada, abrazando sus
piernas flexionadas mientras apoyaba el rostro sobre sus rodillas y no dejaba de
mirarla.

M: ¿Qué pasa?

E: Nada… solo te miro.

M: ¿Y por qué me miras? –incorporándose se giraba hacia la mesita para mirar su


reloj- Son las siete de la mañana, Esther… ¿Cuánto llevas ahí?

E: Un rato. –contestaba por igual sin moverse aun.

Sentándose contra el cabecero, cerraba los ojos un segundo antes de volver a


mirarla. Parecía estar tranquila, aunque conociéndola, encontraba aquel pequeño
gesto de concentración cuando le daba vueltas a algo y su cabeza no dejaba de
pensar.

E: ¿Siempre he sido muy egoísta contigo, verdad?

M: ¿Por qué dices eso? –fruncía el ceño.

E: Quiero pedirte perdón, Maca… -moviendo las piernas las cruzaba entre ellas
apoyando después los codos en ambas rodillas mientras bajaba la vista- Por haber
sido una niña egoísta cuando te conocí, por haberte querido cambiar, incluso por
ser desconsiderada y no pensar en que no podías querer tener una familia mientras
yo te había dado sitio en una que aun no existía para mí, nunca te pregunté si
cambiar tanto tu vida era justo para ti, si querías esos cambios que yo te infligí…
por haber sido incapaz de estar a tu lado cuando estaba mal, haciéndote sentir
sola, siento mucho haberte apartado de mí y haberte alejado, lo siento.

Mirándola, Maca había comenzado a llorar antes incluso de que terminase. Había
recordado demasiado en aquellos breves minutos y sentía cada cosa que había
sentido entonces.

E: Siempre has sido como lo que llevaba por delante de mí, lo que arrastraba
conmigo y mis decisiones.

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M: Esther, déjalo… porque no tienes ni idea de lo que estás diciendo. –casi
enfadada retiraba la sabana levantándose.

E: Maca, estoy hablando en serio. –levantándose también iba tras ella deteniéndola
en la puerta del baño- Pienso todo lo que he dicho.

M: ¿Entonces yo soy una imbécil que se ha dejado arrastrar por ti? ¿Es eso? ¿Me
estás diciendo que nada de lo que he hecho ha sido porque he querido y sí porque
tú me lo has ordenado?

E: Te estoy diciendo que siempre has dejado que sea yo quien hiciese las cosas…
Ahora no estoy nada segura de que esto hubiese acabado así por tu propia
iniciativa.

M: ¿Qué? –preguntaba incrédula.

E: ¿Hubieses dejado todo a un lado si yo no te hubiese dicho que me gustabas


aquella noche? –la miraba entonces.

M: ¿Y de qué vale preguntarse eso ahora, Esther? ¿No tienes suficientemente claro
que yo te quiero y que soy incapaz de estar sin ti?

E: No estoy juzgando lo que sientes, Maca… Nunca haría eso, te estoy preguntando
si yo lo forcé.

M: Simplemente fuiste más rápida que yo… -bajaba la vista un momento- Yo no


hubiese dejado de estar enamorada de ti por mucho tiempo que pasase.

Volviendo a mirarla besaba su frente antes de entrar al baño y cerrar la puerta.


Mirando hacia otro lado se detenía en la cama decidiendo caminar hasta ella
dejándose caer tapándose después la cabeza con la almohada.

Cuando la empresaria salía la encontraba tendida en la cama bocabajo, con los


brazos bajo la almohada y el rostro hacia la ventana.

Suspirando bajaba la vista antes de comenzar a caminar y llegar hasta la cama,


clavando una rodilla para subir sobre ella y después casi sobre la espalda de Esther
mientras comenzaba a besarla.

M: ¿A qué ha venido lo de antes, Esther?

E: Creo que te estoy complicando la vida desde que te conocí. –murmuraba casi
contra el colchón.

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M: Eso es una tontería… lo único que has hecho es hacerme más feliz que nunca en
mi vida. –se acodaba viéndola girarse para mirarla- Vale que no estoy bien…
-bajaba la vista- Y que he estado muy triste, pero ahora ya estás aquí.

E: ¿Y qué vamos a hacer?

M: ¿Sobre qué?

E: Sobre todo eso que dudas y temes por mí.

La empresaria la miraba sorprendida por sus palabras, bajando la mirada después y


cogiendo su mano para besarla antes de dejarse caer y quedar recostada frente a
ella.

E: Sé que me tengo que volver a ganar que confíes en mí y en que no me marcharé.

M: No se trata de eso, Esther… -negaba cerrando los ojos y abriéndolos después en


un suspiro- Soy yo la que tiene que dejar de tener miedo.

E: ¿Y cómo lo vamos a hacer? –acercándose quedaba frente a su rostro


comenzando a pasar la nariz por sus labios.

M: Lo que hemos hecho siempre… -la miraba- Aprender a superarlo.

E: ¿De verdad crees que me voy a ir?

Quizás el tono de su voz, o la tristeza que había encontrado en su pregunta, hacia


que la empresaria cerrase los ojos cuando su cuerpo se giraba quedando bocarriba,
sintiendo como Esther volvía a acercarse pegándose a ella y dejando el rostro sobre
su hombro.

M: Te voy a poner un ejemplo que es un poco exagerado, pero así lo entenderás


mejor. –giraba su rostro hacia ella- Cuando le pegas a un animal, después… cuando
le levantes las mano, sea para lo que sea… siempre pensará que le vas a volver a
pegar, y eso pasará hasta que se acostumbre a que esa mano no volverá a caer
contra él y deje de tener miedo.

E: Lo siento, Maca. –abrazándose a ella besaba su cuello- Lo siento.

M: No te preocupes. –besaba su frente- Tú has hecho lo que creías correcto y ya


sabes cómo soy yo… no tienes la culpa.

E: Ya… pero te he hecho daño, y eso es lo último que quiero.

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M: Me vale más todo lo feliz que me haces que estos dos meses, Esther… -la
miraba separándose- Créeme.

E: Pues verás cómo sí vamos a ser felices, Maca. –la abrazaba con fuerza- Todo lo
demás pasará, y seremos felices, ya lo verás.

Mirando al techo Maca guardaba silencio, rodeando su cuerpo y suspirando


mientras escuchaba como seguía hablando.

Volvía a casa sintiendo que aquel dolor de cabeza no la dejaría. Nada más entrar
escuchó ruido desde la terraza. Dejó las llaves y su bolso y con decisión caminaba
hasta allí viendo finalmente a Esther recogiendo varias botellas de agua vacías.

M: ¿Qué haces?

E: Hola. –sonriendo caminaba hacia ella para besarla- Regarte las plantas, estaban
chuchurrias, Maca… no sé si podré volverlas a traer al mundo de los vivos. –se
giraba para mirarlas- También te he comprado una, para que las demás se animen
con ella.

Cuando de nuevo la miraba, descubría una sonrisa en sus labios y directa a ella.
Sonrió también antes de volverla a besar y esquivar su cuerpo entrando en la casa.

E: Por cierto… ¿qué haces aquí ya? –la escuchaba llegar tras ella a la cocina.

M: Me duele mucho la cabeza. –la miraba desde el marco de la puerta- ¿Tú cuándo
has venido?

E: Hace un rato, pensaba darte una sorpresa y prepararte la comida… limpié un


poco y después bajé a comprar la planta… -la miraba de nuevo- ¿Entonces vas a
quedarte ya aquí?

M: Sí. –asentía.

E: Pues te vas a dar una ducha… -sonriendo caminaba hacia ella rodeando después
su cintura- Vas a ponerte cómoda, te vas a echar en el sofá y yo te voy a dar un
masajito en la cabeza que hará que se te pase enseguida.

M: ¿Sí? –sin sacar las manos de sus bolsillos se inclinaba besándola- ¿Y eso no
puede ser en la cama?

E: Como poder, se puede… -asentía haciéndola sonreír- ¿Quieres que sea en la


cama?

M: Lo prefiero. –volvía a besarla.


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E: Pues a la cama, entonces. –palmeando su trasero se separaba- Cuando antes te
duches antes te doy ese masaje.

Después de dejar todo ordenado y listo fuera, Esther entraba en el dormitorio


encontrando a Maca ya en la cama, desnuda y bocabajo mientras permanecía con
los ojos cerrados. Sonrió de lado quitándose la ropa para meterse bajo la sabana
junto a ella, viendo como la empresaria abría los ojos entonces.

M: Hola.

E: Pensé que te habías dormido. –besándola terminaba por acomodarse mientras


acariciaba su flequillo haciendo que volviese a cerrar los ojos.

M: Estoy relajándome.

E: Pues vamos a ver si conseguimos eso. –quedando algo mas alta y con la espalda
contra el cabecero hacia que volviese a mirarla- Ponte aquí conmigo, venga.

M: ¿Dónde?

E: Aquí entre mis piernas, para que te quedes echada y yo me encargue de tu


cabeza.

En varios movimientos lentos, Maca se quedaba sentada entre sus piernas,


dejándose caer para quedar con la cabeza casi sobre su estomago mientras cerraba
los ojos.

M: Siempre estás calentita. –pasaba los brazos por debajo de sus piernas sintiendo
como la rodeaba con ellas.

E: Ya… -despacio comenzaba a pasar los dedos por su frente- Tengo un termostato
interno.

M: Pues me encanta tu termostato. –suspiraba relajándose.

E: ¿Sí? –sonriendo se inclinaba dejando un beso en sus labios.

M: Me encanta todo lo que tiene que ver contigo.

De nuevo bocabajo, permanecía casi dormida mientras Esther había comenzado a


besar su espalda al mismo tiempo que la acariciaba después de haber conseguido
que aquel dolor de cabeza remitiese. La casa estaba en completo silencio y solo el
sonido de los labios contra su piel, y una leve respiración, eran los sonidos que
daban la vida entre aquellas paredes.

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E: Cuando era niña y veía a mis padres, me imaginaba a mí misma teniendo eso. Un
hombre a mí lado, la única persona que me entendería, que sabría cuando
necesitaría un abrazo, un beso, o simplemente espacio… buen padre y cariñoso,
tener a mi mejor amigo siempre a mi lado.

La empresaria había abierto los ojos al escucharla hablar con tanta tranquilidad.
Dejándola seguir mientras guardaba silencio, pensando incluso que la creía dormir.

E: Y un día, vas tú y te metes en medio… Todo lo que había imaginado de niña se


borra y solo soy capaz de verme contigo, con una niña que creía podría ser de las
dos… Has conseguido algo realmente difícil, Maca. Yo podía vivir sin necesitar a
nadie, y ahora sé que sin ti nada sería lo mismo, yo… -besaba de nuevo su espalda
dejando después el rostro sobre ella- Lo dejaría todo por ti… lo dejaría todo si tú
me lo pidieses.

Moviéndose le hacía saber que estaba despierta, viendo como se quedaba de lado
mirándola, acercándose después a ella para recostarla y quedar sobre su cuerpo.
Quedándose ambas en silencio mientras no apartaban los ojos de la otra. Siendo
Esther la primera en moverse cuando llegaba con la mano hasta su rostro para
acariciar sus labios.

E: Soy una loca que no sabría estar sin ti.

M: ¿Por qué ahora sí?

Mirándola de nuevo esperaba unos segundos hasta que la voluntad de moverla se


hacía más fuerte que su resistencia, quedando entonces encima, la empresaria
cerraba los ojos girando su rostro mientras sentía que besaba su cuello.

E: Siempre ha sido así, Maca… -susurraba bajando por su pecho.

M: Pero te fuiste.

Arqueando su cuerpo la sentía bajar ya por su abdomen, haciendo que se


inquietase y todo lo demás dejase de importar. Tragó saliva sintiendo como las
venas de su cuello se estiraban por el movimiento de su cabeza. Notando entonces
como había llegado hasta su sexo apoderándose de él por completo. Necesitando
cerrar los ojos mientras una mano se cerraba con fuerza mientras la otra iba a parar
a su pelo impidiendo que se alejase de allí, haciendo que fuese más allá y sintiese
cada caricia que su lengua dejaba en ella.

Sujetando aun su cabeza sentía sus músculos tensarse y su cintura detenerse


mientras aquella descarga recorría su cuerpo haciendo que abriese los ojos en un

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segundo, que sus músculos volviesen a relajarse y su cuerpo cayese por completo
sobre la cama mientras sus respiración parecía golpear su pecho una y otra vez
queriendo salir y entrar demasiado deprisa.

Los besos de Esther ascendiendo de nuevo, haciéndola suspirar cuando ya la


notaba encima, besar su cuello y mirarla después fijamente.

E: Haré lo que me pidas para que dejes de tener miedo, Maca… -susurraba
acariciando su mejilla.

Mirando sus labios no podía contenerse, llegando a ellos con tanta fuerza que su
mano debía hacer presión desde su nuca para que no se alejase, apretando sus
labios e incluso mordiéndolos en el segundo que su cuerpo buscaba aire para
poder seguir.

E: Para, para… -intentaba separarse sin existo- Maca.

En un movimiento rápido la empresaria las hacia girar quedando sobre ella


mientras seguía besándola, sintiéndose aun más inquieta al sentir que Esther se
almohada a su ritmo, apretando sus caderas con fuerza mientras ya necesitaba
coger aire por la nariz, haciendo que sus respiraciones se agitasen al unísono
mientras perdían la noción de quien hacia fuerza contra quien.

Abandonando sus labios llegaba hasta su pecho, apretándolo con ambas manos
mientras lo besaba y dejaba paso a su lengua, escuchando como Esther comenzaba
a gemir y acariciar su pelo con nerviosismo, apretando entonces con más fuerza
antes de regresar a sus labios y abrirlos por completo mientras colaba su lengua
con tanta fuerza que incluso sus barbillas se arrugaban por el movimiento.

Su sexo se había acoplado a la perfección sobre ella, lo friccionaba con fuerza una y
otra vez sintiendo las manos apretando sus nalgas, haciendo que todo comenzase a
ser demasiado violento, demasiado rápido, pero ninguna podía ni quería parar, el
sudor empapaba sus cuerpo cuando Maca se separaba para mirarla, sin dejar de
moverse y mordiendo su labio con fuerza, mirándola a los ojos hasta que la fuerza
se escapaba y caía rendida sobre su pecho, escuchándola respirar mientras la
abrazaba y sentía que besaba su rostro.

Semidesnuda sobre la cama, la veía dormir casi tan plácidamente como nunca la
había visto. Sin poder dejar de mirarla cuando aun recordaba lo que casi unas horas
antes, le había hecho pensar que tanto había cambiado que podía no volver a
recuperarla.

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Queriendo despejarse decidió darse una ducha, salir después para ponerse un
pantalón y cualquier camiseta que encontrase para ir hasta la cocina y comer algo.

Con un refresco y un sándwich salía hasta el salón sentándose en el sofá,


masticando mientras perdía su mirada de nuevo y sus pensamientos volvían a
tomar el control, uno que perdían cuando su móvil comenzaba a sonar.

E: Dime.

Mi: ¿Cómo andas?

E: Bien, estaba comiéndome un sándwich. –lo dejaba sobre el plato para dar un
trago- ¿Tú qué tal?

Mi: Tengo por aquí una propuesta que igual te interesa… por cierto, ¿has mirado
últimamente tu cuenta?

E: No, sabes que no las miro.

Mi: Pues mírala porque puede que te lleves una sorpresa.

E: ¿Por qué?

Mi: Tú míralo y ya me contarás… ¿quedamos mañana para hablar?

E: Claro, voy a tu casa y comemos.

Mi: Mañana te espero.

E: Hasta luego. –colgando volvía a coger el sándwich para terminárselo, escuchando


entonces los pies descalzos que llegaban hasta la puerta y una Maca envuelta por la
sabana se quedaba mirándola- Hola.

M: ¿Con quién hablabas? –entraba en la cocina.

E: Mi hermana, voy a comer mañana con ella. –levantándose iba hacia donde la
empresaria ya se preparaba otro sándwich- ¿Vas a volver a la cama?

M: Sí, he pensado que voy a poner una película… total ya es de noche.

E: Vale.

M: ¿De qué es el tuyo? –cogiendo aquella mitad le daba un mordisco mirándolo


después- Está bueno.

E: ¿Te lo preparo yo?

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M: Mejor. –dejando todo, Esther seguía con su sándwich mientras se acercaba al
frigorífico- Me apetece vino. –cerrándolo de nuevo entraba en la despensa-
¿Quieres tú?

E: Vale.

M: Pues voy con la botella para allá, te espero allí.

Girándose la veía salir con total tranquilidad volviéndola a dejar sola. Bajó la vista
hasta el plato terminando aquel sándwich para ir después con ella.

Con el plato en la mano entraba en el dormitorio viéndola ya sobre la cama,


sentada contra el respaldo y una copa de vino en la mano mientras sostenía el
mando a distancia en la otra, parándose a mirarla mientras dejaba el plato en la
mesilla.

M: Ven aquí conmigo, anda.

Entre sus piernas y recostada en su pecho, se dejaba abrazar mientras veían aquella
película que la empresaria había elegido. Cuando pasaban varios minutos en los
que ninguna se movía sentía como Maca besaba su cuello, hombro o mejilla, antes
de abrazarla con más decisión haciendo que se acomodase aun más.

M: ¿Has visto esa casita que salía de fondo? –preguntaba casi susurrando.

E: ¿La del coche blanco?

M: Sí… pues algo así quiero yo, una casita en medio de nada… solas tú y yo. –
suspirando besaba de nuevo su cuello viendo como giraba su rostro hacia ella- ¿No
te gustaría?

E: No suena mal.

M: Claro que no suena mal… Suena genial. –sin prisa besaba su nariz para abrazarla
de nuevo.

E: ¿Mañana tendrás el día ocupado?

M: La verdad es que un poco… -contestaba susurrando- No creo que acabe hasta la


noche.

E: Entonces cuando termine de comer con mi hermana me vengo para acá. –se
giraba de nuevo para mirarla- ¿Vale?

M: Claro. –sonriendo asentía.

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E: Voy a hacer un bizcocho que me enseñó mi madre. –volvía a recostarse- Seguro
que te gusta, y así lo tenemos de postre para la cena.

M: No sé si voy a querer otro postre que no seas tú. –entrelazando sus manos
rodeaba de nuevo su cuerpo con ambos brazos mientras besaba sus hombros.

E: Seguro que cuando veas la pinta que tiene, querrás. –sonreía mirándola.

M: ¿Sí? –acercándose llegaba hasta sus labios sin besarlos.

E: Estoy segura.

M: ¿Crees que un bizcocho puede competir con tu cuerpo? –besándola hacia que
no pudiese contestar.

E: ¿Y la película?

M: No me gusta. –casi a tientas apagaba el televisor para recostarla en la cama y


quedar sobre ella- Siempre me gustas mas tú.

E: Has bebido mucho vino para lo poco que has cenado. –sonriendo colocaba la
mano en su mejilla.

M: Puede que tenga el puntito del vino. –asentía sonriendo- Pero vamos, que no
me hace hacer nada que no quiera, eh… -besaba su cuello entonces.

E: ¿Y qué quieres?

M: Uhm… -cambiando el sentido de sus besos la obligaba a girar el rostro dejándole


espacio- Comerte enterita.

E: ¿Sí? –la sentía ya bajar.

M: Y tomarme mi tiempo.

Siendo aun temprano y a punto de marcharse, aun permanecía en la puerta del


dormitorio, observándola y no pudiendo apartar sus ojos de ella mientras dormía.
Con una sonrisa se alejaba finalmente para salir de allí.

Llevaba más de una hora en su despacho cuando la puerta se abría después de


avisarla, viendo como Julia entraba con el correo.

J: Buenos días.

M: Hola. –sonreía extendiendo la mano para coger los sobres.

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J: Te veo muy bien, hoy.

M: Lo estoy… -sin dejar de sonreír asentía- Por cierto, me tienes que hacer un favor.
–comenzaba a buscar en los bolsillos de su chaqueta sacando un papel color
rosado- Toma.

J: ¿Qué es?

M: Un recibo para que cojas algo que me están guardando en esa joyería ¿podrías
recogerlo y traérmelo?

J: Sí, claro.

Una hora después permanecía en silencio y sin moverse mientras miraba aquella
cajita sobre la mesa, tan fijamente que parecía no parpadear si quiera.

A: Buenos días… -entraba sonriente- ¿Hola?

M: Hola. –elevaba la vista despacio.

A: ¿Qué te pasa? –fruncía el ceño extrañada- ¿Estás enfadada conmigo?

M: No. –bajando de nuevo la vista miraba lo que segundos antes haciendo que Ana
llevase también sus ojos hasta allí.

A: ¿Qué es?

M: Un anillo…

Ante aquella respuesta, Ana buscó la silla con rapidez para sentarse mientras no
podía dejar de mirar también aquella caja. Tardando unos segundos en volver a
mirar a la empresaria.

A: ¿Le vas a pedir que se case contigo?

M: Lo compré cuando aún no había vuelto… -hablaba sin mirarla- Lo compré con un
billete de avión en la mano para ir con ella, y quedarme allí si hubiese sido
necesario.

Sin que se hubiese dado cuenta, sus ojos habían comenzado a no poder abrirse del
todo mientras se iban humedeciendo dejando que ya cayese una lágrima por su
mejilla.

M: Pero no fui capaz de faltar así a lo que ella quería… No fui capaz de no respetar
lo que ella quería…

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A: Maca…

M: Es curioso como hay veces en la vida que las personas dejamos de ser personas
para ser dependientes de algo como esto. –arrastraba las lágrimas- Después de…
sería capaz de estar sin ella, Ana… pero a un precio muy alto. –volvía a mirarla- Al
precio de ser alguien que yo no soy…

A: Maca, escúchame. –apoyándose sobre la mesa la miraba viendo como volvía a


bajar la vista- El matrimonio es algo que Esther puede no tener en sus planes…

M: Lo sé.

A: ¿Y por qué lo haces? –aunque despacio, veía como volvía a mirarla.

M: Me hace demasiada falta, Ana…

A: ¿Crees que casándote con ella la atarás a tu lado para siempre?

M: Quiero creer que sí. –llorando de nuevo bajaba la vista hasta aquella caja que
parecía tener demasiado poder sobre ella.

Descruzando el bolso sobre sus hombros salía del ascensor para abrir la puerta y
escuchar como Miriam cantaba desde la cocina.

E: ¡Hace bueno! ¡No lo estropees! –dejaba el abrigo sonriendo.

Mi: A ver si te vas a ir a comer al chino, lista. –respondía recibiendo ya un beso en


la mejilla- Qué buen humor traemos, eh…

E: Es lo que tiene no dormir. –sentándose en la encimera veía como su hermana la


miraba arqueando una ceja y suspirando después- Tú eres la rara, no me mires así.

Mi: Dejando comentarios acerca de tu vida sexual a parte… -cogiendo el trapo


caminaba hasta el horno- ¿Cómo está?

E: Pues la verdad es que no lo sé. –comenzaba a comer de un plato de olivas- Lo


mismo es ella, que me la cambian y parece otra.

Mi: Bueno, dale tiempo y que se le pase… lo ha pasado mal.

E: Ya. –Mirándola volvía a bajar para ir hasta el frigorífico- Le… le voy a pedir que
vivamos juntas. –sin mirarla se giraba para abrir el vino sobre la encima.

Mi: ¿Qué? –cogiéndola por el brazo la hacía girar- ¿Qué has dicho?

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E: Que quiero vivir con ella. –la miraba un segundo- Es más, se lo pienso decir esta
noche… Lo tengo decidido.

Mi: Esther… no deberías ser tan impulsiva. –irguiéndose la miraba con seriedad-
Cambias las cosas con demasiada brusquedad y no sé si realmente te das cuenta.

E: Sé que no debí actuar así con ella ¿Vale? Lo sé y me arrepiento, porque ahora la
veo y me destroza verla así, pero yo también estaba destrozada ¿Recuerdas? –se
detenía al ver como su rostro cambiaba- Yo perdí a mi hija, una hija en la que
pienso cada día y que no tengo…

Mi: Lo siento.

E: Quiero estar con Maca, quiero vivir con Maca y me da igual todo lo demás, solo
quiero estar con ella todo lo que mi vida dure.

Mi: Es tu vida, no soy nadie para decirte nada, perdona… -frotando su hombro
volvía a quedarse a su lado para continuar con la comida.

E: ¿Qué es eso que querías contarme? –servía dos copas.

Mi: Sí… -girándose de nuevo sonreía- Estuve hablando con una persona realmente
interesada en que hagas algo especial.

E: ¿Especial? –fruncía el ceño dando un trago.

Mi: Sí… vio los últimos cuadros que me mandaste estando fuera, compró tres a un
precio mucho mayor del que pusimos.

E: ¿Y eso por qué?

Mi: Yo creo que está un poco pirado ¿Vale? –decía casi riendo- Pero el tío entiende
un huevo de arte, y está enamorado de tus cuadros, quiere montar una exposición
a lo grande para ti, que metas todos los cuadros que quieras, que lo hagas a tu
gusto… -Esther iba irguiéndose poco a poco sorprendida- El pone el dinero, el sitio,
y que todo el mundo vaya.

E: ¿Es una broma?

Mi: En absoluto. –sonreía nerviosa- Quiere hacer algo grande, Esther.

Sin poder dejar de sonreír anda de un lado a otro mientras preparaba la cena.
Había dispuesto la mesa con todo lujo de detalles en el salón, la música sonaba
tranquila y quería que fuese todo tan especial como ella misma lo sentía.

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Probando lo que aun se preparaba en la sartén comenzaba a bailar en pequeños
movimientos para ir hasta el armario del salón, eligiendo entre todas las copas que
la empresaria tenía allí, y cogiendo varias para colocarlas sobre la mesa.

E: Estas.

Cuando de nuevo guardaba las que había descartado, el timbre sonaba haciendo
que se detuviese en seco, apretando los labios y mirando la mesa.

E: No me jodas, Maca… que aun me faltan cosas. –miraba el reloj- Pero… ¿por qué
llama al timbre?

Aun mas extrañada caminaba hacia la puerta para asomarse por la mirilla,
arqueando una ceja al ver de quien se trataba.

Sin vacilar abría la puerta viendo como aquella mujer frente a ella sonreía
mirándola.

S: Hola.

E: Hola. –contestaba secamente- Maca no está.

S: Vaya… -miraba hacia el interior de la casa- ¿Tardará mucho?

E: Pues aun le queda un rato, sí. –suspiraba- ¿Querías algo?

S: Pues la verdad es que sí, quería hablar con ella. –entraba sorprendiendo a Esther
que seguía parada en la puerta.

E: ¿Y por qué no la llamas?

S: Lo he hecho, pero no contesta… así que he pensado que la espero aquí. –


sentándose en el sofá- Si no te importa.

E: La verdad es que sí me importa.

S: ¿Por qué?

E: Mira… -cerrando la puerta volvía a girarse hacia ella- No sé quién eres, pero la
verdad es que no me importa nada en absoluto, solo sé que no me gustas, y si
Maca no está… preferiría que te marchases.

S: ¿No te ha hablado de mí?

E: No serás muy importante si no lo ha hecho. – la miraba cruzándose de brazos.

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S: Tú sí me gustas. –sonriendo miraba hacia la mesa antes de levantarse y entrar en
la cocina- ¿Qué celebráis?

E: Te voy a pedir una vez más que te marches, por favor.

Suspirando la veía de espalas frente a la encimera, cogiendo la botella de vino que


tenia empezada sirviéndose ella misma y llenando la copa que Esther ya había
dejado vacía, haciendo que bajase la mirada conteniéndose de echarla como
realmente le estaba empezando a apetecer.

S: Toma. –le tendía la copa- Venga, mujer… relájate.

Cogiendo la copa la miraba con el mal humor que empezaba a instalarse en ella,
apretando el cristal haciendo que tuviese que detenerse por miedo a romperla.

S: ¿Entonces no te contó que hemos sido amantes mucho tiempo? –daba un trago
sonriendo- Exactamente hasta que tú llegaste, incluso nos hemos visto en tu
maravillosa ausencia.

Apretando la mandíbula le aguantaba la mirada antes de coger aire y beberse


aquella copa de un trago conteniéndose una vez más.

La puerta se abría y Julia pasaba encontrándola mirando por la ventana. Había


comenzado a oscurecer y aunque había querido hacer tiempo esperándola, debía
marcharse.

J: Yo me voy, Maca. –la veía girarse.

M: Vale. –sonriendo se disponía a recoger las cosas sobre su mesa- Se ha hecho


tarde.

J: Sí, esperaba a que tú salieses, pero me están esperando para cenar.

M: No te preocupes. –mirándola de nuevo asentía- Hasta mañana.

J: Hasta mañana. –caminando de nuevo hacia la puerta se detenía sin salir- Espero
que todo salga bien, Maca. –la empresaria se erguía mirándola- Nadie se lo merece
más que tú.

Bajando la vista sentía como su barbilla comenzaba a temblar, y apretando los


labios para evitarlo volvía a mirarla.

M: Gracias, Julia.

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Después de haber recogido todo se puso el abrigo y cogió aquella cajita y la rosa
que guardaba en la nevera y que había comprado hacia un rato.

Durante el camino intentaba respirar tranquila, se sentía realmente nerviosa.


Subiendo la música hacia por no pensar mientras cruzaba el centro, parándose a
mirar las luces, la gente llenando aquella zona de compras.

Ya frente a su casa esperó paciente a que la puerta del garaje se abriese, aparcando
en su plaza y manteniéndose allí mismo durante un par de minutos, mirando aquel
anillo, pensando en lo que estaba a punto de hacer y creyendo que podría perder
tanto como ganar.

Suspirando salió del coche con todo en la mano caminando hacia el ascensor.
Mientras subía, volvía a mirar el anillo, suspirando después mientras lo metía en el
bolsillo de su abrigo y bajaba la vista sintiéndose de nuevo nerviosa.

Sin salir del ascensor apretó la mandíbula dando un paso hacia delante mientras un
recuerdo la asaltaba.

La llamada a los pasajeros con destino Lyon llenaba cada rincón de aquel
aeropuerto mientras Maca no podía separarse, mientras sus brazos se negaban a
dejarla y verla alejarse de ella.

E: Maca…

M: No. –llorando negaba sin soltarse.

E: Por favor…

Mordiéndose el labio con fuerza, intentaba tranquilizarse mientras las piernas ya le


habían comenzando a temblar y se separaba para mirarla sin ocultar su llanto.

M: Voy a pensar en ti cada segundo, Esther… -acariciaba sus labios.

E: Y yo en ti. –cerrando los ojos en el camino, se inclinaba para besar sus labios y
sentir como las manos de la empresaria volvían a tomar su rostro no dejando que
se alejase.

M: Venga, o perderás el avión. –separándose daba un paso atrás mientras metía


las manos en los bolsillos de su pantalón sin dejar de mirarla- Llámame.

E: Sí. –llorando también, asentía sin moverse.

Tras unos segundos y escuchando la última llamada, cogía su maleta para girarse
después y comenzar a caminar dejando a Maca atrás.
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M: ¡Esther! –la llamaba viendo como se giraba- Te quiero. –susurraba.

E: Y yo a ti.

Cerrando los ojos con fuerza llegaba hasta la puerta, abriendo sin dudar para cerrar
después tras de sí mientras aguantaba un segundo la respiración para continuar
hasta el salón.

En ese momento dos voces llegaban hasta ella haciendo que frunciese el ceño, que
sus pies caminasen solos hasta quedar en la puerta del salón, donde sus ojos
descubrieron aquella mesa que Esther había preparado, pero que quedaba en un
segundo plano al ver lo que jamás había creído posible ni en sus peores pesadillas.

El cuerpo de Esther estaba casi oculto por el de una Sandra, que sentada a
horcajadas en su regazo, gemía mientras su mano estaba dentro del pantalón de la
pintora, que a ojos cerrados parecía dejarse hacer sin ningún reparo.

Cuando aún no había podido reaccionar, sus ojos captaron mil detalles que ni
siquiera lograba entender. Dos copas con restos de vino junto al sofá, la mesa lista
para una cena para dos, la música, los gemidos, la respiración de Esther, su torso
desnudo mientras Sandra comenzaba a besarlo sin sacar la mano de donde aún
permanecía. Todo queriendo llamar su atención, todo gritándole con demasiada
fuerza, pero tan solo aquel rostro que se movía, le hacía caer al infierno que
comenzaba a no dejarle respirar.

E: Mmm… -reclinaba la cabeza.

S: Así, venga… -comenzaba a moverse sobre ella- Vamos, vamos…

Las llaves cayeron de su mano no pudiendo sostenerlas. El rostro de Sandra parecía


girarse a cámara lenta hacia ella mientras no podía apartar sus ojos de Esther.
Escuchando un suspiro giraba apenas su rostro parándose en aquel que la miraba.

S: Vaya… -levantándose se colocaba bien la ropa para después coger una servilleta
de la mesa y limpiarse la mano- Hola, Maca.

E: Maca…

Volviendo a girar su rostro la veía entonces con los ojos abiertos por primera vez,
puestos en ella mientras no se movía.

Y en ese momento fue como si todo se rompiese en mil pedazos, quedando


únicamente aquellos ojos de los que no podía apartar la vista. Sintiendo como el
pecho le oprimía hasta doler, sintiendo como sus ojos comenzaban a soltar

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lágrimas que caían por si solas mientras su barbilla se encogía sin dejar de temblar,
y todo comenzaba a darle vueltas.

Cerró los ojos queriendo girarse pero su cuerpo se lo impidió quedando de lado a
aquella escena. Su respiración se hacía difícil cuando incluso necesitaba vomitar.

S: Te dije que estaría para verlo… -sonreía- Y por lo que ves, no me ha costado
tanto. –caminando hacia ella no dejaba de mirarla- Te has equivocado, Maca… a mí
nadie me da la espalda. –sonriendo de lado miraba entonces a Esther- Aunque…
-volvía a mirarla- Te entiendo, tiene un buen polvo tu chica.

E: Maca…

Girando su rostro entonces, la veía querer ponerse en pie para acercarse hasta ella,
dando entonces un paso atrás antes de negar cuando ya era consciente de su llanto
y salía de allí corriendo.

Bajaba la escalera tan rápido que debía agarrarse a la barandilla evitando caer, no
pudiendo respirar cuando ya salía a la calle y sintiendo el cambio de temperatura
su cuerpo se detenía, cayendo de rodillas mientras aquella imagen en el sofá no
dejaba de repetirse una y otra vez en su cabeza.

Había comenzando a caminar sin saber siquiera hacia donde le llevaban sus pasos.
Se cruzaba con la gente sintiendo los golpes que no llegaba a evitar mientras sus
ojos seguían clavados en el suelo reproduciendo una y otra vez en él, lo que la
había llevado a ese estado.

No escuchaba absolutamente nada mientras percibía con total facilidad cada latido
de su corazón, entonces tan sumamente lentos.

Deteniéndose, quedaba como único punto fijo mientras todo lo demás seguía en
movimiento. La gente la esquivaba, tropezaba con ella siguiendo su camino
después, pero no podía tan siquiera mover sus ojos mientras su mente se quedaba
en blanco no dejándole espacio a razonar.

Se movió casi mecánicamente hasta llegar a la pared sentándose en el suelo,


mirando hacia la nada mientras creía ver de nuevo lo que volvía a golpearla. Volvía
a llorar con fuerza cuando necesitaba levantarse, buscando una papelera que no
muy lejos, le servía de apoyo cuando comenzaba a vomitar rasgando incluso su
garganta.

-¿Señora, está bien?

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Alzando la mano asentía cuando buscaba entonces un pañuelo por su abrigo
llevándose a los labios.

M: No pasa nada.

-¿Seguro? Tiene usted muy mala cara.

M: No se preocupe.

Irguiéndose miró a su alrededor, encontrando una cafetería tan solo teniendo que
cruzar la calle. Puso rumbo hacia allí con decisión y entró directa al baño,
quitándose el abrigo y remangándose la camisa para después abrir el grifo y
empaparse la cara y tomar un poco de agua intentando borrar aquel horrible sabor
de su boca.

Frotándose la nuca se miraba en el espejo, encontrando como la palidez había


cubierto su rostro por completo, incluso marcando unas ojeras que aquella misma
mañana apenas eran una invisible marca.

Suspiró bajando la mirada mientras se apoyaba en el lavabo, sintiendo otra vez


unas terribles ganas de llorar y vomitar, dejándose caer para quedar sentada
mientras por primera vez, se abrazaba a sus piernas realmente destrozada y
derrotada.

Sin haberse levantado aun escuchó su móvil, haciendo por buscarlo entre los
bolsillos de su abrigo hasta cogerlo y ver que se trataba de Miriam. Cerró los ojos
con fuerza pegando el teléfono en su frente, escuchando como seguía sonando
hasta unos segundos después.

Limpiándose las lágrimas el teléfono volvía a sonar y mirando la pantalla veía de


nuevo aquel nombre. Suspiró y descolgó sin prisa para contestar.

M: Si.

Mi: Maca, ¿Dónde estás?

M: ¿Qué quieres, Miriam?

Mi: Estoy en el hospital, Esther está en urgencias ahora mismo… no tengo ni idea
de qué ha pasado, Maca… pero necesito que vengas.

Ya en la calle apretaba la mandíbula mientras seguía pensando en las palabras de


Miriam, mientras seguía recordando aquella imagen de hacia ya casi dos horas en

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su casa, mientras seguía sintiendo aquella angustia que la consumía poco a poco,
haciendo que incluso no quisiese moverse de allí.

Despacio, caminaba por aquella entrada de urgencias mirando al frente y con un


miedo del que no había podido desprenderse. Sus ojos no tardaron en encontrar el
cuerpo de Miriam apoyando en la pared mientras se dejaba ver su nerviosismo.
Tragó saliva y sin cambiar el ritmo de sus pasos llegaba hasta ella.

M: Hola. –la veía girar el rostro con rapidez.

Mi: ¿Qué ha pasado, Maca? –preguntaba nerviosa- Explícame qué ha pasado


porque yo ni nadie lo entiende.

M: ¿Qué le pasa a tu hermana? –la veía suspirar entonces mientras miraba a su


alrededor antes de coger aire para contestar.

Mi: Me llamó ¿Vale? Ni siquiera entendía lo que decía, solo alcancé a que estaba en
tu casa… -la miraba nerviosa- Cuando llegué estaba medio desnuda en el suelo y
sola.

La empresaria giraba el rostro en ese momento, moviendo la mandíbula por notar


toda la presión que llegaba a hacer mientras pensaba de nuevo en Esther.

Mi: Maca.

M: Cuando llegué estaba tirándose a Sandra en mi sofá. –la miraba con rabia-
¿Crees que me importa ahora que le haya dado un ataque de nervios o lo que sea
que le pase? –comenzaba a llorar sin dejar su enfado- Me ha destrozado, Miriam.

Los ojos de la mujer frente a ella se abrían cada vez mas hasta que apretando los
labios giraba su rostro para mirarla después otra vez.

Mi: Mi hermana estaba drogada, Maca. –la veía fruncir el ceño- No sé cómo coño
ha llegado a estar drogada, pero lo está.

En ese momento las puertas se abrían haciendo que ambas dejasen aquella tensión
al ver como un médico se quedaba frente a ellas.

Mi: ¿Cómo está?

-Pues estamos esperando a que se le pase el efecto de lo que ha ingerido… -miraba


a ambas- Si vienen conmigo les comento algo.

Mi: Claro.

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Antes de seguirle se giró hacia Maca, que parada parecía no querer ir con ellos
cuando parecía comenzar a llorar de nuevo mientras bajaba la vista. Rozando su
brazo llamó su atención viendo como entonces caminaba junto a ella.

Entrando hasta una de las salas, ambas tomaban asiento viendo como aquel
medico lo hacía frente a ellas. Uniendo ambas manos antes de mirarlas.

Mi: ¿Qué ocurre?

-Por lo que usted me ha contado antes, la manera en que la encontró… y lo que


hemos visto en los análisis, creemos que han… podido abusar de ella.

Mi: ¿Qué?

M: Eso no es posible. –contestaba sin mirar al médico y apretando la mandíbula.

-¿Por qué?

M: Yo la vi, era consciente de lo que hacía.

-¿Saben lo que es el Rohypnol?

Mi: No.

-Hay una lista negra en el mercado, las llaman las drogas de los violadores. El
Rohypnol es una de ellas, es un anestésico quirúrgico que al mezclarse con el
alcohol ocasiona un efecto incapacitante para la víctima, quien no puede
defenderse de la agresión sexual. –veía como ambas lo miraban prestando aun más
atención- En este caso la dosis ha sido la justa para que no perdiese la consciencia,
pero sí para incapacitar su razonamiento… estaba despierta, pero en absoluto
podía ser consciente de lo que decía o hacia.

En un segundo, y sin que ninguno de los dos lo esperase, la empresaria se


levantaba arrastrando la silla y saliendo de allí, haciendo que Miriam se llevase las
manos al rostro sintiéndose frustrada.

-La hemos explorado físicamente y no hay indicios de forcejeos ni nada por el


estilo, no hay una prueba física de ello, solamente la sustancia en sangre. Hemos
llamado a la policía, querrán hablar con ustedes.

Fuera de aquel hospital había buscado donde sentarse, apretaba los ojos con fuerza
mientras una y otra vez se repetía aquella escena. Esther, Sandra sobre ella, Esther
desnuda, besándola, tocándola.

M: ¡Dios! –agarrándose la cabeza comenzaba a llorar.


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Mi: Toma. –le tendía un vaso cuando veía que se incorporaba al escucharla- Es una
tila.

M: No quiero nada, Miriam. –miraba hacia el otro lado- Solo quiero irme de aquí.

Mi: ¿Y por qué no lo has hecho ya? –se sentaba a su lado suspirando y viendo como
la miraba dejando ver su enfado- La policía quiere hablar contigo de lo que viste.

Mirando todo lo lejos que podía apretaba los labios cuando se sentía incapaz de
respirar ¿Cómo iba a contar lo que vio? Llevándose las manos al rostro se encogía
haciendo que Miriam acariciarse su espalda intentando estar con ella.

Mi: Mi hermana nunca haría algo así, Maca… y menos a ti.

M: Tú no lo has visto… -negaba sin moverse- No la has visto.

Mi: Maca…

M: ¡No lo has visto! –se levantaba gritando mientras seguía dándole la espalda.

Mi: No, no lo he visto. –iba junto a ella- Pero si la he visto sola y llorando,
culpándose por algo que ni siquiera sabrá qué es, pero que solo te llamaba a ti.

Un par de minutos después caminaba sin levantar la cabeza hasta donde un par de
policías las esperaban. Cuando entraban, los dos agentes y el médico del caso se
giraban hacia ellas, ofreciendo el asiento donde la empresaria debía acomodarse.

-Gracias por venir.

M: Quisiera que durase lo menos posible, así que… cuando quiera.

-Sí, claro.

Sentada en la cafetería esperaba a que Miriam regresase con una manzanilla, había
vuelto a vomitar y empezaba a sentirse realmente debilitada por todo lo que aquel
día estaba haciendo en ella.

Mi: Tómatela caliente.

M: Gracias.

Mi: ¿Estás mejor? –se inclinaba mirando su rostro- Igual si comieses algo…

M: No puedo comer nada, gracias. –soplando un poco antes, daba un trago de su


vaso.

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Mi: Si quieres irte a casa… -la empresaria elevaba el rostro sorprendida- No pasa
nada, lo comprendo.

M: No. –negando volvía a bajar la vista- Prefiero esperar aquí.

Mi: Vale… -mirándola sin saber muy bien que decir bebía de su taza de café- ¿Crees
que esa mujer… Sandra, haría algo así?

M: La verdad no lo sé, pero… -se encogía de hombros intentando no llorar- No lo


sé, a veces pienso que no, a veces pienso que sí… pero entonces pienso en tu
hermana y… -tapándose el rostro con una mano respiraba conteniéndose- Yo solo
sé que iba… iba decidida a pedirle que se casase conmigo y… me he ido con ganas
de morirme, con ganas de coger el coche y estrellarme en cualquier parte.

Mi: ¿Qué? –casi reculaba en su posición al escucharla.

M: Sí… -la miraba un segundo moviendo después los ojos no queriendo dejar caer
las lágrimas- Un intento desesperado para creer que siempre iba a estar conmigo. –
volvía a encogerse de hombros.

Mi: Maca…

M: Lo sé. –llevándose la mano a los labios bajaba la mirada- Lo sé…

Mi: Las cosas no se hacen así, Maca… si es que sois las dos iguales, coño. –
apoyándose sobre la mesa suspiraba- Tienes que hablar con ella, no podéis seguir
así.

M: No voy a poder estar sin ella, Miriam.

Mi: Maca…

M: No voy a poder. –volvía a llevarse las manos al rostro.

Sola en aquel pasillo miraba hacia la puerta, sintiéndose incapaz de entrar,


sintiendo que quería hacerlo, entrar y llenarse de aquella mirada que la había
destrozado horas antes. Pero sin saber que parte de ella tenía más fuerza,
necesitaba cerrar los ojos con la intención de dejar el tiempo pasar en aquel pasillo.

Tenía la mirada perdida cuando Miriam llegaba junto a ella, sentándose y mirando
aquella puerta sin decir una palabra. La empresaria tampoco rompía su silencio
hasta que escuchó como tomaba aire para empezar a hablar.

Mi: La han encontrado… se ha puesto nerviosa y después de un rato lo ha contado


todo. –girando su rostro la veía aun sin moverse- Ha admitido que drogó a Esther, y
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que realmente no hacía nada… le quitó la camiseta justo cuando te escuchó llegar.
Ahora va a entrar un psicólogo a verla y contarle lo sucedido.

Pellizcándose el labio intentaba no llorar, estaba realmente agotada de tanto llorar.


Seguía asimilando aquella información cuando se dio cuenta de que realmente ya
no la necesitaba.

Mi: Supongo que te gustará saber que está arrestada.

M: ¿Qué más da? El daño ya lo ha hecho… -suspirando con fuerza se cruzaba de


brazos mirando al frente- Me voy a quedar aquí, puedes irte a casa si quieres.

Mi: ¿No vas a entrar?

M: No lo sé, pero no me voy a ir de aquí… ven mañana para que vaya a darme un
ducha.

Mi: ¿Seguro? –la veía asentir sin dejar de mirar aquella puerta.

Pasaban las tres de la mañana cuando en aquel pasillo de planta todo permanecía
en silencio, se escuchaba apenas la conversación que el equipo que hacía guardia
esa noche mantenía en una pequeña salita a unos metros de ella.

Se miró las manos nerviosa, y sin pensarlo, su cuerpo se levantó de aquella silla
para entrar en la habitación. Cuando ya la podía ver sobre la cama se detuvo
desviando la vista, aguantando el escalofrió que recorría su cuerpo, quizás
avisándola de lo que iba hacer sería más difícil de lo que llegaba a creer.

Sin mirarla llegaba hasta el sillón que había junto a la cama, suspirando y alzando el
rostro volvía a observarla, viendo como su mano comenzaba a alzarse sin orden
hasta llegar a la cama y coger la suya, estrechándola con fuerza pero no queriendo
despertarla, besándola pero no queriendo hacerlo…

Volviendo a llorar en silencio apoyaba la frente sobre el colchón, sin soltar su mano
y sin poder dejar a un lado el dolor que parecía no querer abandonarla. Mientras
no despegaba su rostro de aquella sabana sintió una presión sobre sus dedos,
haciendo que sin levantarse se aferrase a ella con fuerza, notando como después
acariciaba su pelo.

Irguiéndose se llevaba la mano libre hasta la mejilla, dejando en ella el peso de su


rostro antes de mirarla.

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Los segundos comenzaban a pasar y aunque ninguna decía nada, aquellas dos
manos unidas sobre el colchón no consentían separarse mientras se apretaban más
y más sin dejar de mirarse. Descubriendo las mismas lágrimas en los ojos de la otra.

M: ¿Cómo estás?

Sin contestar, bajaba la vista encogiéndose de hombros, sintiendo como acariciaba


sus dedos acercándose a la vez más hacia la cama.

E: Lo siento.

M: Tú no has tenido la culpa, Esther…

E: No debí dejarla pasar. –negaba mínimamente- Si no hubiese entrado, no…

M: No pienses en eso ahora. –alzando la mano llegaba hasta su rostro arrastrando


sus lágrimas- Tú no tienes la culpa.

E: La cuestión es que por una cosa por otra siempre ando haciéndote daño.

M: Vale ya, Esther.

Mirándose de nuevo durante un extraño momento, Esther volvía a bajar la vista


cuando sentía que la empresaria se sentaba a su lado para abrazarla.

M: Dime si de verdad estás bien. –la sentía asentir sobre su pecho- No me mientas.

E: Estoy bien, Maca. –la estrechaba con fuerza- Hablé con el psicólogo cuando
desperté.

M: Bien. –besando su frente se quedaba contra ella mientras miraba a la puerta.

Pasados unos segundos buscaba su mano, cogiéndola con fuerza para besarla y
separarse lo justo para mirarla, acariciando después su pelo.

M: Debí haberte hablado de ella… -acariciaba su mejilla.

E: No tenías por qué hacerlo. –se apoyaba sobre su hombro.

M: Sí… pero nunca creí que fuese capaz de esto, Esther, te juro que si se me
hubiese pasado algo así por la cabeza… -se movía lo justo buscando sus ojos-
Sandra no significa nada para mí… no es nadie en mi vida, nadie.

E: Lo sé, Maca… -asentía con sinceridad- Lo sé.

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M: Dijese lo que te dijese, te juro que.. –se veía obligada a callar cuando los dedos
de Esther llegaban a sus labios.

E: No hace falta que lo hagas. –negando de nuevo cerraba los antes de apoyarse
sobre su cuerpo abrazándola.

Acariciando su hombro dejaba pasar los segundos cuando de nuevo Esther se


movía quedando sentada con la mirada perdida.

M: Quería comentarte otra cosa.

Mirándola de nuevo la veía bajar el rostro casi al segundo, teniendo que cerrar los
ojos un instante para poder seguir con aquello. Apretando los labios volvía a
mirarla para colocar la mano en su barbilla haciendo que la mirase.

M: Yo no puedo más… -susurrando solo para ella negaba mínimamente cuando la


veía bajar el rostro.

E: Ya…

M: Y sabes que te quiero más que a nada en el mundo… -la veía asentir esquivando
sus ojos cuando ya lloraba- Pero también creo que deberíamos separarnos un poco.
–de nuevo la observaba asentir- No asientas tanto y mírame.

E: Lo sé, Maca. –asentía mirándola entonces.

M: Que exista un poco mas de oxigeno entre todo esto… necesito respirar, han
pasado muchas cosas y… no quiero que nos hagamos daño ¿no te parece?

E: Sí.

M: Y cuando todo esté bien… -acariciaba sus labios con el pulgar- Pues… -debía
soltar el aire cuando ya no podía hacer nada por no llorar- Lo volvemos a intentar
¿Vale?

Ambas lloraban cuando de nuevo Esther asentía abrazándose a ella, pegándose a


su pecho cuando la empresaria besaba su cabeza sin soltarla tampoco, meciendo
su cuerpo mientras pensaba en cómo lograría ella misma hacer aquello que había
dicho.

Sentada en el sillón miraba hacia el suelo mientras Esther se vestía en el baño.


Miriam estaba a punto de llegar y volverían a casa. Mirando su reloj escuchaba la
puerta haciendo que se levantase por inercia.

E: Ya estoy.
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M: ¿Quieres que esperemos en la calle mejor?

E: Sí.

La empresaria cogía su abrigo dejando que caminase por delante de ella y cerrando
después cuando ya salían al pasillo. El camino hasta el ascensor se hacía en silencio,
al igual que cuando esperaban a que llegase hasta ellas entrando después entre
varias personas que también bajaban.

Ya en la puerta, la empresaria caminaba hacia uno de los bancos de la entrada


donde podrían ver sin problema a Miriam cuando llegase en su coche.

E: Y… ¿Tú como irás a casa?

M: En taxi, anoche llegué aquí andando… pensaba volver con el coche luego si
tenias que seguir más tiempo ingresada. –hablaba mirando sus manos.

E: Podemos llevarte.

M: No te preocupes. –la miraba con una pequeña sonrisa- Hay una parada de taxis
aquí detrás.

E: Como quieras… -la miraba unos segundos mientras se mordía el labio-


¿Descansarás al menos? Tienes que dormir algo.

M: Sí, llamé a Julia hace un rato, ya sabe que no voy a ir… no tengo fuerzas para ir a
ningún sitio que no sea mi cama. –suspiraba reclinando la cabeza.

E: Vale.

M: ¿Y tú? –la miraba.

E: No lo sé… creo que también me meteré en la cama, no me apetece hacer nada.

M: Así descansas.

E: Sí…

El claxon sonaba haciendo que ambas levantasen la vista viendo a Miriam haciendo
señas desde su coche para indicarles que iba más hacia delante de donde se
encontraban por no poder estacionar ahí.

Ambas se levantaba al tiempo que se giraban para mirarse y Maca bajaba un


instante después la vista al suelo mientras metía las manos en su abrigo, gesto que

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hizo que Esther se abrazase a ella con fuerza en un segundo de no querer
marcharse de allí.

E: Maca… -lloraba contra su pecho.

M: Todo saldrá bien, Esther… -abrazándola también besaba su frente meciéndola


después con cariño- Yo no voy a dejar de ir a verte, ni de llamarte…

E: ¿Lo prometes? –separándose la miraba.

M: Lo prometo. –asintiendo con una sonrisa besaba su frente para abrazarla


después de nuevo y sentir como se separaba- Y quiero que tú me llames cuando
quieras, cuando lo necesites y siempre que… -la miraba- No voy a dejar de estar ahí
para ti ¿Vale? Para lo que sea, Esther… cuando sea, voy a seguir estando ahí.

E: Vale… -bajando la vista un segundo cogía sus manos- Yo también iré a verte, y te
llamaré.

M: Eso espero. –tomando su barbilla la miraba de nuevo e intentando sonreír- Si no


me enfadaré.

E: Te llamaré, Maca. –asentía con decisión antes de volver a mirarla- ¿Te puedo dar
un beso? –apretando los labios dejaba que sus ojos se humedeciesen mientras
Maca daba un paso hacia ella cogiendo su rostro.

M: ¿Te lo puedo dar yo?

Sin acercarse todavía sonreía sin dejar de mirarla cuando Esther asentía con rapidez
agarrando con fuerza su cintura.

Nada mas sentir sus manos, la empresaria se inclinaba hacia sus labios sin soltar su
rostro, cerrando los ojos cuando ya reconocía aquello que tanto le gustaba, aquella
piel que le hacía temblar en tan solo un segundo.

M: Venga… -susurrando besaba de nuevo su frente- Que tu hermana te está


esperando.

E: Hasta luego. –sin soltar su mano caminaba hacia atrás.

M: Te quiero.

Casi sin voz, contestaba de aquella forma haciendo que Esther se detuviese un
segundo apretando fuerte su mano mientras de nuevo se acercaba a ella dejando
un beso en sus labios.

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E: Te quiero, Maca.

Viendo como se giraba entonces, volvía a meter las manos en los bolsillos de su
abrigo mientras bajaba la cabeza haciendo lo que más fácil le resultaba desde hacia
demasiadas horas, llorar.

Cuando entraba por la puerta, sintió como sin pensarlo, su cuerpo se detenía
protegiéndola, haciéndole recordar lo que encontraría en el salón. Dejó las llaves,
quitándose después el abrigo en un movimiento rápido para pasar directamente a
la cocina y abrir el cajón en busca de una bolsa de basura.

Saliendo de nuevo se detenía mirando aquella mesa, las copas, los platos… apretó
los dientes y cogiendo las esquinas del mantel empezó a escuchar como el cristal y
la cubertería chocaban, como parecía romperse todo mientras lo metía en la bolsa
de basura.

Apenas dos minutos después estaba de nuevo en la calle dejando caer aquella
bolsa dentro del contenedor.

De nuevo en el salón, colocaba la mesa en su sitio y tras ella las sillas, girándose
para coger el centro que lo decoraba y dejar que todo volviese a su normalidad.
Queriendo entrar de nuevo en la cocina vio el teléfono en el suelo, y en un rincón
del sofá su camiseta.

La cogió con cuidado, arrugando aquel dibujo en la parte delantera mientras la


apretaba llevándosela al rostro, cerrando los ojos y aspirando su olor, uno que
seguía en aquel lugar como si estuviese allí. Sin soltarla fue hasta la lavadora
dejándola después caer sin mirarla.

Otra vez en el salón, miraba todo no sintiéndose con fuerzas para estar allí,
caminando entonces hasta el baño, desnudándose en el camino hasta llegar y
entrar en la bañera, abriendo el grifo del agua caliente a todo lo que daba mientras
ponía el tapón haciendo que comenzase a llenarse, estirándose y cerrando los ojos
mientras quería por todos los medios relajarse.

Veinte minutos después miraba hacia un lado cuando ya el agua cubría por
completo su cuerpo. Intentaba pensar sin conseguirlo, intentaba llorar dándose
cuenta entonces de que ya no le quedaban lágrimas que poder usar, su rostro se
había quedado inexpresivo cuando no era capaz de dejar de mirar aquello que no
sabía siquiera que miraba.

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Una hora más tarde estaba ya en la cama, abrazada a la almohada sin poder cerrar
los ojos, apenas parpadeaba cuando pensaba en Esther y la decisión que había
tomado.

El timbre sonaba haciendo que se levantase sin ninguna gana. Abriendo la puerta y
encontrando a una Ana con el ceño fruncido.

A: ¿Qué ha pasado?

M: Que conozcas a tanta gente a veces me molesta… ¿Quién te lo ha dicho? –se


dejaba caer sobre el sofá.

A: ¿Y eso qué más da? –se sentaba junto a ella- ¿Cómo estás? ¿Cómo está Esther?

M: Está bien y en su casa.

A: ¿Y eso cómo es? Pensé encontraros aquí a las dos… -miraba a su alrededor- El día
que me cruce con esa hija de puta se va a tragar todos los guantazos que siempre
me he guardado en el bolsillo… -suspirando miraba de nuevo a su amiga- ¿Por qué
estáis cada una en un sitio?

M: Vamos a ser solo amigas por un tiempo.

A: ¿Es alguna tortura china que quieres probar tú misma? –la veía girar el rostro
hacia ella.

M: Es lo mejor ahora mismo…

A: De otra persona igual, pero… ¿desde cuándo puedes estar tú alejada de Esther?

M: Pues tendré que poder. –apretaba la mandíbula.

A: Bueno, si tú crees que es lo mejor, es lo mejor. –asentía viendo como sonreía


entonces.

M: ¿Y ese cambio?

A: Estoy cansada de verte sufrir, amiga. –dejándose caer se acomodaba sobre su


hombro cogiendo su mano- Sabes que quiero lo mejor para ti.

M: Lo sé. –asentía acariciando su mano- Solo espero que esto sea lo que hace falta
para volver a la normalidad.

A: Seguro que sí, ya lo verás.

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M: ¿De verdad lo crees? –la miraba.

A: Solo sé que no conozco a alguien que se merezca ser más feliz que tú… -se
encogía de hombros- Y como te lo mereces y esta puta vida a veces es justa, confió
en que será así.

Sonriendo, perdía la mirada apoyándose en la cabeza de su amiga creyendo, o


queriendo creer que tenía razón y podría llegar ese día.

El día había pasado lento, demasiado para lo que ella necesitaba. Había necesitado
de un abrazo cuando en su casa recordaba lo acontecido la noche antes. Había
necesitado de Maca para sentirse bien y solo había encontrado su recuerdo
mientras se encontraba sola en su cama y sin querer hacer nada más que guardar
silencio.

Ni pintar, como había intentado a media tarde parecía ayudarla. Así, permanecía
frente a la ventana, sentada encima de la mesa y mirando como la noche había
caído mientras ella sentía haberse tirado en aquella misma postura días enteros.

Suspirando se movía por fin para ir hasta el dormitorio, ver la cama desecha y
echarse de nuevo mientras miraba al techo, pinzándose el labio mientras giraba el
rostro encontrando el móvil sobre la mesilla, cogiéndolo mientras se debatía en
llamar o no.

Antes de poder decirlo vio como comenzaba a iluminarse con el nombre de Maca
en la pantalla, lo que hizo que se sentase con rapidez mientras lo miraba nerviosa.
Suspirando cerraba los ojos antes de contestar.

E: Hola.

M: Hola… ¿Qué hacías?

E: Mirando el móvil.

M: ¿Por qué mirabas el móvil? –fruncía el ceño.

E: Quería llamarte… -susurraba recostándose de nuevo- No sabía si hacerlo o no.

M: ¿Tú pensando en hacer las cosas? –sonreía de medio lado- ¿Dónde está la
Esther que hace todo por instinto?

E: ¿Ahora la echas de menos? –sonreía también.

M: Yo nunca he dicho que no me guste esa parte de ti, es mas… la envidio.

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E: ¿Por qué?

M: Debe ser liberador hacer las cosas porque las sientes sin pararte a pensar en si
es correcto o no.

E: Pero tú no haces eso.

M: Suelo, sí.

E: Eso era antes, Maca… ya no. –moviéndose se giraba hacia el otro lado- ¿Qué has
hecho hoy?

M: Bañarme, hablar con Ana un rato… vino a verme, y leer.

E: Un día tranquilo.

M: La verdad es que sí, ¿y tú?

E: Aburrirme…. Aburrirme mucho, eso he hecho. Intenté pintar y no me salía nada,


puse la tele y nada me llamaba la atención, pensé en salir pero tampoco me
apetecía hacerlo sola…

M: Haberme llamado, tonta.

E: No, no quería molestarte.

M: Esther, no me vas a molestar… podemos salir a pasear, a comer… cualquier cosa


que te apetezca ¿al principio se nos daba bien, no?

E: Sí.

Frente a lo que parecía no irle tan mal, seguía en silencio cuando escuchaba la
puerta cerrándose y anunciándole que Miriam ya había llegado. No se movió
cuando la vio casi de reojo pararse a su lado para observar lo que hacía.

Mi: Me gusta.

E: Gracias. –contestaba sin girarse ni soltar el pincel.

Mi: ¿Llevas mucho rato con él?

E: Algo… -se levantaba girando el caballete aun más hacia la ventana- He


descubierto que según la luz me gusta de una manera u otra. –ladeaba el rostro-
Me estoy volviendo una puñetera.

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Mi: Creo que tiene que ver con que estés nerviosa. –sonreía viendo como se erguía
sorprendida- ¿No la has visto todavía?

E: No. –suspirando se quedaba de nuevo frente al cuadro.

Mi: ¿Y cuando vais a dejar de hacer el tonto? Si puede saberse, claro.

E: No es hacer el tonto… -pasaba el pincel por la paleta de forma nerviosa- Tiene


razón… han pasado muchas cosas, todas demasiado… -detenía la mano cuando iba
a comenzar a pintar de nuevo- Intensas y duras como para no hacerles caso. –
pintando de nuevo parecía pensar antes de volver a hablar- Y quiero hacer las cosas
a su manera, se lo merece.

Mi: Ah… o sea que tú irías ahora mismo para acabar con esto del amiguismo y todo
eso ¿no?

E: En realidad no, pero porque ella necesita este espacio… De otra manera, sí…
seguramente ya hubiese ido a su casa, pero no es justo.

Mi: Ais... que parece que mi hermana está madurando. –yendo hacia la cocina no
veía como Esther dejaba todo e iba tras ella.

E: ¿Me estás queriendo decir algo?

Mi: ¿Yo? –se giraba frente al frigorífico- Nada… solo que en otro tiempo tú no
hubieses dicho eso.

E: ¿El qué?

Mi: Que no haces algo que harías normalmente, por iniciativa propia. –cogiendo
una botella de zumo se lo servía ante la mirada de su hermana- Está claro que todo
lo que ha pasado te ha cambiado ¿no? –daba un trago mirándola- ¿Si no de qué
ibas a estar tú aquí conteniéndote de ir a verla?

Frente al edificio se había quedado sin dar un paso más mientras miraba la
fachada. Varias veces se había visto nerviosa por ver como alguien salía. Su coche
seguía aparcado bajo la marquesina por lo que suponía que no había salido a
comer.

Con decisión, tomaba aire comenzando a caminar y llegando pocos segundos


después hasta el ascensor. Sujetando con fuerza la bolsa que llevaba para un
improvisado plan de comer con ella.

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Delante de la puerta de su despacho comprobaba como Julia se había marchado, y
apenas habían unos cuantos comiendo a la vez que trabajaban sin marcharse de su
puesto. Alzó la mano sin prisa para golpear después la madera.

M: ¡Adelante!

Abriendo entonces lo hacía despacio mientras aguantaba el aire y un segundo


después la veía leyendo con aquellas gafas y sin levantar la cabeza. Sonrió de lado
sin moverse.

E: Hola.

La empresaria elevaba su rostro veloz, sintiendo como por la sorpresa de escuchar


su voz, su corazón había empezado a palpitar nervioso. Sonriendo finalmente al
verla frente a la puerta.

E: ¿Se le permite el paso a esta andrajosa pintora?

Alzaba los brazos haciendo que Maca la mirase de arriba abajo, encontrándola con
los vaqueros, las deportivas y la camiseta, manchadas de pintura.

M: Por ser tú. –levantándose caminaba hacia ella.

E: ¿Te interrumpo mucho?

M: Nah, necesitaba un descanso además. –ya frente a ella cogía su mano libre
mientras dejaba un beso en su frente- Perdona que solo te de un beso ¿eh? –volvía
a mirar su ropa- Pero es que vas fatal, cariño.

E: Sí, bueno… es lo que tiene ser tan buena en lo mío. –dejando la bolsa sobre el
soba se quitaba la chaqueta para colgarla- ¿Comes conmigo?

M: Claro. –quitándose también la chaqueta de su traje iba hacia el sofá mientras


Esther colocaba lo que había llevado sobre la mesa- ¿Y a qué debo esta sorpresa?

E: Tenía ganas de verte ya varios días, y he pensado que mejor dejo de hacer el
tonto. –la miraba un segundo encogiéndose de hombros después.

M: Yo también tenía ganas de verte. –sonreía bajando la mirada- Gracias por venir.

E: Bueno… ¿Y qué tal eso que te traías entre manos? ¿Sale bien o no?

M: Eso parece… -comenzaba a comer- Si no me equivoco, y creo que no, lo


tendremos solucionado para dentro de un par de semanas.

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E: Me alegro.

M: Gracias. –la miraba sonriendo- ¿Y tú qué?

E: Pues yo estoy en una racha de querer pintar y pintar y pintar… llevo cinco en tres
días.

M: ¿Cinco? –preguntaba sorprendida- Yo los quiero ver.

E: Y los verás… pero cuando los exponga. –sonreía viendo como arqueaba una ceja-
¿No te he contado nada sobre Pascual, verdad?

M: Mmm… -negaba mirándola- ¿Quién es Pascual?

E: Pascual es un hombre con muchísimo dinero, encaprichado de mí y de mis


cuadros, que va a montar una exposición de las que hacen historia. –sonreía
mientras el rostro de la empresaria iba cambiado el gesto.

M: Explícame la parte de encaprichado de ti.

E: Jajaja. –dejando de comer comenzaba a reír viendo después como la empresaria


seguía mirándola seria.

M: No me hace ninguna gracia.

E: De mí en el sentido artístico, Maca… no es nada sexual. –la veía soltar el aire


antes de beber.

M: Bueno…

E: ¿Mejor? –sonreía.

M: Por ahora. –la miraba de reojo sonriendo- ¿Y qué vais a hacer exactamente?

E: Hablamos hace un par de días, hemos pensado hacer algo realmente


interesante. –sonriendo por como empezaba a ilusionarse por contárselo veía
como dejaba de comer para prestarle atención- Está buscando un sitio lo
suficientemente grande, vamos a exponer a lo grande, por eso estoy pintando
tanto… Incluso llamé a Ana ayer…

M: ¿Ah, sí?

E: Sí, le he puesto en contacto con Pascual para que ellos se entiendan, pero
vamos… que la cosa va a ser que la mitad de todo lo que se venda va a ir para hacer
una escuela. –sonreía.

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M: Una escuela.

E: Sí. –asentía con rapidez- Será una escuela de arte para los niños que no puedan
pagarse los cursos extraescolares, como un taller donde podrán pasar el rato que
no estén en el colegio.

Mirándola todo lo fijamente que podía en aquel momento, la veía incluso sonreír
sin apartar la vista de sus ojos, aquel, era de esos momentos en los que se sentía
realmente feliz por conocerla y tenerla de aquella forma en su vida. Bajó la vista un
segundo antes de coger su mano y volver a mirarla.

M: Eres genial.

E: ¿Te gusta la idea?

M: Me encanta. –asentía mirándola- Es una idea muy bonita por tu parte.

E: Gracias. –bajaba la vista.

M: ¿Y por lo demás? ¿Estás bien? –buscaba sus ojos acodándose sobre sus rodillas.

E: Bueno, he estado mejor… pero estoy bien. -sonriendo asentía- ¿Y tú?

M: Pues como diría mi abuela… -suspiraba antes de mirarla- Limpiándome por


dentro, filtrando y filtrando… –sonreía también- Alguna que otra noche me dan
ganas de recaer y echar abajo la puerta de tu casa, pero… -arrastraba la palabra en
otro suspiro- …entonces respiro, pienso en ti, y milagrosamente me duermo. –
bajaba la vista.

E: Ya somos dos. –pinzándose el labio miraba sus manos cuando de nuevo


guardaban silencio.

M: Quería hablar contigo sobre algo que no me puedo sacar de la cabeza. –sobre la
palma dejaba reposar su mejilla mientras de nuevo la miraba.

E: ¿Sobre qué?

M: He estado hablando con mis abogados. –la veía fruncir el ceño- Sé que el
hospital hizo su parte de lesiones y tú firmaste la denuncia habitual, pero si no te
importa quiero hacer porque pague como tiene que pagarlo… que será mucho
menos de lo que yo querría. –bajaba la vista tomando aire.

E: ¿Estás segura? Quiero decir… pasar por todo eso, no sé…

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M: ¿Por ti? Por supuesto… -asentía- Encontró el mejor camino para hacerme daño,
y eligió la peor manera de hacerlo… me voy a culpar toda mi vida por lo que hizo,
Esther, pero no voy a permitir que no pague por lo que ha hecho.

E: Tú no tienes la culpa, Maca. –se movía quedando más directamente hacia ella-
Por favor, sácate eso de la cabeza ¿Vale?

M: Claro que la tengo. –miraba sus manos cuando de nuevo bajaba la vista y Esther
seguía observándola- Debí hacer las cosas mejor y no haberle dado opción a nada,
y… No puedo quitarme esa imagen de la cabeza ¿Sabes? –giraba el trozo hacia ella-
Y pensar que no podías ni saber lo que hacía. –apretaba la mandíbula- Te juro que
la hubiese matado si esa noche me da por buscarla y la encuentro.

E: No digas eso. –sin dudar acariciaba su brazo para llegar hasta la mano y cogerla-
De verdad que yo estoy bien, se ve que tanto sufrir me ha hecho una súper mujer. –
sonreía viendo como volvía a mirarla- No lo hagas por mí.

M: Lo voy a hacer por ti y por mí, una persona capaz de hacer eso no puede volver
a su casa así como así.

E: Si tú vas a estar bien, haz lo que creas que debes hacer. –asentía entonces
mirándola y viendo como bajaba de nuevo la vista.

M: Como me hayas manchado el sofá de cuero con pintura… -susurraba


sorprendiendo a Esther que fruncía el ceño.

E: Pues te aguantarás, y pobre de ti como me digas algo.

Mirándose de nuevo, ambas acababan sonriendo y era la empresaria quien negaba


durante unos segundos en los que no soltaba aquella mano. Bajando de nuevo la
vista hasta aquellos pantalones vaqueros llenos de pintura sobre su sofá.

E: Maca…

M: Vale, vale. –la miraba- Gritaré cuando te hayas ido. –la veía sonreír.

Los días pasaban entre una nueva forma de hacer las cosas entre ellas. Cuando no
era Esther la que buscaba un rato para poder estar con ella, era la empresaria quien
dejaba su trabajo para llamarla y quedar en verse o simplemente conversar por
teléfono.

Cada una desde su posición veía como realmente si podían mantenerse sin pedir
más a la otra. Se contentaban con aquellos ratos que disfrutaban hasta el último
segundo.

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De esa misma manera habían quedado para ir al cine y luego a cenar. Esther ya
estaba lista cuando escuchaba su teléfono sonar como aviso de que Maca ya la
esperaba en el coche a que bajase.

E: Hola. –sonriendo entraba en el coche antes de inclinarse para dejar un beso en


su mejilla.

M: Qué guapa.

E: Qué va... –colocándose el cinturón dejaba de mirarla unos segundos antes de


volver a hacerlo y ver como sonreía- Que no. –le daba en el hombro.

M: Bueno, yo pienso que sí y ya está.

E: Vale, pues arranca que llegamos tarde. –mirando al frente observaba como se
ponían en marcha- He hablado con tu madre esta mañana.

M: Anda… ¿Y eso?

E: Me llamó, he quedado con ella para comer mañana.

M: ¿Yo estoy invitada? –sonreía sin dejar de mirar la carretera.

E: Pues se lo tendrás que preguntar a ella. –la miraba.

M: Entonces seguro que no puedo… querrá hablar contigo de esos temas tan
aburridos que solo os gustan a vosotras. –la escuchaba reír.

E: Si quieres venir, pues me llevas tú y así no puede decir nada.

M: Nah… has quedado tú con ella pues ya está, no quiero interferir en vuestra cita.

E: Qué tonta. –negaba con una sonrisa.

Casi media hora después entraban hasta la sala donde pasarían la próxima hora y
media. Maca por delante mientras buscaba los asientos y deteniéndose después
dejando que Esther pasase primero para sentarse.

E: Al final nos sobra tiempo.

M: Ya te lo he dicho yo… pero claro, te has emperrado en que empezaba antes. –se
encogía de hombros abriendo la bolsa de patatas que llevaba en la mano.

E: Bueno, lo vi mal, ya está. –la miraba empezar a comer- ¿Esas de qué son?

M: Jamón. –la miraba masticando antes de ofrecerle- ¿Quieres?

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E: Si es que me voy a picar y al final te las voy a quitar. –la miraba apretando los
labios cuando la empresaria ya sonreía.

M: Lo sé. –moviéndose sacaba otra bolsa del bolsillo de su chaqueta para dársela.

E: ¡Gracias! –la cogía sonriendo.

M: No, gracias no… -girando la cara se señalaba la mejilla haciéndola sonreír mas
antes de darle aquel beso- Ahora sí.

Mientras salían entre el grupo de gente que había llenado la sala, Esther se agarró
del brazo de la empresaria, haciendo que por aquel gesto, ambas se mirasen un par
de segundos sonriendo antes de que Maca decidiese pasar aquel brazo por sus
hombros sintiendo como se abrazaba entonces a su cintura.

M: ¿Qué te apetece cenar?

E: No sé… aquí cerca hay un restaurante bastante bueno.

M: Pues vamos.

Nada más llegar veían como parecía estar bastante lleno. El camarero les pedía que
esperasen junto a la puerta para poder hacerles pasar hasta el salón.

M: Pues sí que debe comerse bien aquí… para estar lleno ya.

E: Es que se come bien y es barato, Maca. –se cruzaba de brazos girándose para
mirarla- Viene mucha gente.

M: Si yo no digo nada. –sonreía.

E: Pero lo piensas.

M: ¿Sabes todo lo que pienso? –apoyando el codo en un barril que había junto a
ella la miraba viendo como sonreía.

E: Puede…

M: ¿Y qué pienso ahora mismo?

E: ¿Ahora mismo? –la empresaria asentía sin dejar de sonreír- Pues… -meciéndose
perdía la mirada mientras Maca no dejaba de mirarla- Que te apetece darme un
beso.

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Girándose veía como había dejado de sonreír mientras su ceja subía. Sonrió de lado
mientras esperaba una reacción.

-Si me siguen las llevo hasta la mesa.

E: Claro.

Sin dejar de mirarla la veía incorporarse para comenzar a caminar a su lado,


guardando silencio y mirando al frente haciendo que sonriese de nuevo.

E: ¿Me he equivocado? –preguntaba de repente en un susurro.

M: ¿Eh?

E: ¿Me puedo ganar la vida de adivina o no? –sonreía de nuevo.

M: Pues no sé… -mirándola un segundo volvía a mirar al frente cuando ya llegaban


hasta la mesa- Gracias.

-Ahora vienen a tomarles nota.

E: ¿No me vas a decir si he acertado? –la miraba dejando la chaqueta en el


respaldo de la silla.

M: ¿Y para qué lo quieres saber?

E: Hombre… me gusta saber cuándo acierto y cuando no. –sonreía al verla suspirar
y girar su rostro- Vale, ya sé que sí, no hace falta que me lo digas. –apoyaba la
mejilla en la mano mirando al resto del restaurante- Pero no sé por qué te cuesta
tanto trabajo darme la razón.

M: Porque de la manera que quiero dártela no creo que esté bien.

Mirándose entonces veían como todo parecía quedarse en silencio, Esther borraba
su sonrisa y la empresaria decidía bajar la miraba hacia la mesa cuando un nuevo
camarero llegaba para tomarles nota.

Después de un rato caminando por el centro, llegaba hasta el restaurante donde


había quedado con Rosario. Decidió esperar en la puerta, lo que le permitió seguir
pensando en lo mismo que la tenia complemente silenciosa desde la noche
anterior.

R: ¡Ya estoy aquí!

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Girándose la veía llegar casi a la carrera sin soltar su bolso y sonriendo al quedar ya
frente a ella para besarla.

E: Hola.

R: Siempre corriendo, hija… siempre corriendo.

E: Pues tranquila. –sonreía acariciando su brazos- Se acabó la carrera.

R: ¿Entramos? Necesito un trago. –cogiéndose a su brazo comenzaba a caminar


hacia el interior, avisando después para que las llevasen la mesa que había
reservado el día anterior- ¿Qué te cuentas?

E: Pues la verdad es que hay mucho que contar.

R: ¿Sí? Pues empieza que me tienes ansiosa.

Durante toda la comida el tema de aquella exposición las había tenido


completamente inmersas en las ideas de Esther y aportaciones de Rosario, que se
veía sin darse cuenta impaciente por poder ver lo que resultaría de aquella
propuesta.

Esther veía como aquella mujer disfrutaba tanto o más que ella solo de escuchar
cómo iban las cosas, haciendo que sonriese en muchas ocasiones sin ni siquiera
darse cuenta.

R: Pues si no te importa voy a llamar a Ana para ver como lo lleva.

E: Claro que no, como quieras.

R: Así le echo una mano. –sonreía cogiendo la taza frente a ella- ¿Con Maca qué
tal?

E: Maca ya me quita el sueño en todos los sentidos… -contestaba casi sin pensar y
suspirando mientras bajaba la vista, descubriendo después una sonrisa en los
labios de Rosario- Perdona…

R: ¿Por qué? –negaba- Ya sé como estáis… me lo contó.

E: Pues entonces ya te haces una idea… -volvía a bajar la mirada.

R: ¿No lo ves bien?

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E: No es que no lo vea bien… lo respeto porque es algo que ella necesita, y yo no
quiero que esté mal, pero no sé o… no me sale comportarme como solo una amiga
a veces, me cuesta mucho y no quiero meter la pata ni atosigarla.

R: ¿Se lo has dicho?

E: No quiero hacerla sentir culpable, y estoy segura de que lo conseguiría si lo se lo


digo.

R: ¿Y qué vas a hacer entonces?

E: No sé… tendré que mantenerme ocupada con todo esto de la exposición, de otra
forma sé que meteré la pata.

Llevaba toda la mañana en el despacho sin salir y comenzaba a dolerle la cabeza.


Tenía una pila de papeles sobre la mesa que no hacía otra cosa que hacerle ver que
aquel seria un día muy largo. Suspiró levantándose y caminando hacia la puerta.

M: ¿No te contesta?

J: Nada, el móvil da apagado y en casa salta el contestador.

M: Joder… vale, gracias. –volviendo al despacho cogía su móvil y buscaba en la


agenda esperando después mientras ya escuchaba la línea.

Mi: Dime, Maca.

M: Hola… ¿Sabes dónde está tu hermana? Llevo intentando hablar con ella toda la
mañana y no lo consigo.

Mi: Sí, espera… ¡Esther!

Alejándose del teléfono por aquel grito, fruncía el ceño, prestando entonces más
atención al jaleo que parecía haber al otro lado de aquella conversación.

E: ¿Qué pasa?

Mi: Maca.

E: Dime, Maca…

M: Eh… -sorprendida se frotaba la frente mientras se sentaba- Bueno, que estaba


intentando dar contigo pero tienes el móvil apagado.

E: ¿Sí? –lo buscaba en los bolsillos de su pantalón- Ni cuenta me he dado, perdona.

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M: Nada, tranquila.

E: ¿Pasa algo?

M: No, no… -pinzándose el labio miraba entonces por la ventana mientras seguía
guardando silencio- Solo era porque… no sé, por si te apetecía hacer algo esta
tarde.

E: ¿Esta tarde? No sé si podré.

M: Estás liada.

E: Un poco, sí… pero… -miraba su reloj- ¿Cuándo sales tú?

M: Pensaba decirte que me raptases o algo. –susurraba- Pero si estás liada no pasa
nada, termino lo que tengo y me voy a casa, no te preocupes.

E: Bueno pero cuando termine si te puedo ir a ver ¿o tampoco?

M: Como quieras, llévate las llaves por si estoy durmiendo y no me entero de que
llamas, que es lo más probable.

E: Si vas a descansar no sé si lo mejor es que yo vaya.

M: Si no quieres ir no lo hagas, Esther.

E: Yo no he dicho eso.

M: Bueno, pues si quieres ir vas, y si no te llamo mañana… hasta luego.

E: Hasta luego.

Casi había anochecido cuando a pie recorría el camino hasta su casa. Recordando
aquella breve conversación que había hecho que lo que restaba de día, lo hiciese
de casi mal humor. Queriendo solo poder acabar para ir a verla.

Con sus propias llaves pasaba al portal, mirando la hora y esperando al ascensor.
Perdía la mirada en el suelo cuando las puertas se abrían y pasaba si levantar la
vista. Saliendo por igual cuando llegaba hasta el piso de la empresaria y se
encaminaba hasta la puerta.

E: ¿Maca?

Cerrando apreciaba el silencio y dejaba la chaqueta en la percha para pasar con


cuidado mientras se iba asomando por cada puerta.

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Finalmente decidía ir hasta el dormitorio, encontrando la puerta entornada y
teniendo que empujarla apenas para poder ver como Maca dormía de lado sobre la
cama. Se detuvo suspirando antes de seguir y llegar a la cama. Descalzándose y
subiendo sobre ella para quedar pegada a su espalda al mismo tiempo que buscaba
su mano.

M: Hola. –murmuraba adormecida.

E: Hola. –se pegaba mas a ella besando su espalda- ¿Cómo estás?

M: Agotada. –girándose hacia que Esther se separase viendo como se pegaba de


nuevo a ella abrazándola de frente y dejando el rostro sobre su pecho- Gracias por
venir.

E: Tenía ganas de verte. –moviendo el rostro la observaba.

M: Y yo a ti. –abriendo los ojos se cruzaba con los suyos mientras se separaba para
mirarla- Estás guapa. –Esther sonreía sorprendida- Es verdad.

E: Tú estás más guapa.

Sin pensarlo se inclinaba para besarla, dándose cuenta entonces de lo que estaba
haciendo y separándose para mirarla, encontrando los ojos de la empresaria
clavados en sus labios cuando era ella quien se movía para llegar hasta los suyos
con más fuerza, haciendo que Esther se recostase y abriese los labios por completo
acoplándose a ella.

Pasados unos segundos se separaba de nuevo pero sin mirarla, desviando los ojos
por cualquier rincón de aquel dormitorio antes de volver a recostarse junto a ella.

E: Lo siento.

M: Yo también te he besado… –moviéndose quedaba bocarriba al igual que ella- No


pasa nada. –buscando su mano, entrelazaba los dedos con los suyos- La verdad es
que lo necesitaba…

E: Pero tenemos un problema. –susurraba haciendo que Maca girase su rostro para
mirarla- Yo necesito más que un beso, Maca… me cuesta muchísimo poner un
límite contigo.

Suspirando se soltaba de aquella mano para sentarse y darle entonces la espalda,


no pudiendo ver como seguía mirándola.

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E: Te llamo mañana. –poniéndose los zapatos tardaba apenas diez segundos en
levantarse para volver a marcharse de allí.

Conduciendo se dedicaba a tan solo escuchar la música cuando ya tomaba la curva


para entrar en la finca de sus padres. De igual forma decidía bajar apenas el
volumen mientras ya se quitaba el cinturón y aminoraba la velocidad hasta llegar al
aparcamiento y apagar el motor.

Entrando escuchaba también la voz de Ana desde el salón, haciéndole suspirar y


rezar para sí cuando ya cruzaba la puerta.

M: Hola, mamá. –tras besarla miraba a Ana haciendo un movimiento de cabeza a


modo de saludo mientras se dirigía hasta el mueble bar- ¿Qué haces aquí?

A: Pues hablar con tu madre.

M: Eso ya lo veo. –tras servirse una copa se giraba para ir hasta el sofá- ¿Pero no
estabas liadísima con la exposición de Esther?

A: Y lo estoy, esto es un descanso…

M: ¿Y cómo va?

A: Espectacular. –sonreía mirando a Rosario- Tengo a los mejores decoradores,


catering, técnicos, iluminación… va a ser la bomba.

M: ¿Tantas cosas para una exposición?

A: Es que esto va a ser mucho más que una exposición, Maca… será digno de ver
para todo el mundo, solo por ver la que hay montada yo diría que soy fan friki de
los cuadros si me dejasen entrar.

R: Ella habla así porque lo vive todos los días, pero realmente va a ser una gran
exposición, Esther anda como loca todo el día.

M: Pues no sé como de loca va Esther todo el día porque hace tres días que no la
veo.

R: ¿Y eso por qué?

M: No lo sé. –daba un trago de su copa cruzándose de piernas después mientras


miraba hacia el suelo.

R: Yo sé que ella te llama, ¿pero la llamas tú?

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M: Claro que la llamo. –la miraba sorprendida- ¿A qué viene eso?

R: Pues porque quien ha puesto la distancia aquí eres tú, ¿has pensado que igual
no quiere estropearlo o hacer algo que no esté dentro de lo que hay?

M: ¿Has hablado con ella?

R: No hace falta hablar con nadie para entender eso… si tú has querido espacio ella
te lo está dando, no hay mas… si encima quieres que sea ella quien te busque mal
vamos, hija… mal vamos.

M: Yo no he dicho que ella tenga que buscarme.

R: Pues acércate tú a verla ¿no?

Sentada en el coche aun no había salido de la casa de sus padres cuando miraba su
móvil y aquel nombre en la lista de su agenda. Marcó suspirando y acercándose el
teléfono cuando ya escuchaba los tonos al otro lado.

E: Hola.

M: Hola… ¿Qué haces?

E: Pintando algo que me lleva estresada ya dos días… ¿tú qué tal?

M: Acabo de estar con mi madre y con Ana, iba para casa… me preguntaba si tenias
un rato para vernos o…

E: La verdad es que no… -susurraba haciendo que la empresaria bajase el rostro-


Estoy muy liada y queda poco tiempo para la exposición, se me echa el tiempo
encima.

M: Ya… bueno, no pasa nada.

E: Pero si quieres mañana podemos comer… si tienes tiempo, claro.

M: No sé, ya te digo algo, o te llamo mañana si eso.

E: Como quieras.

M: Bueno… pues te dejo que sigas con eso que te estresa, que seguro que luego
estará genial y me encantará verlo.

E: Eso espero.

M: Que tengas buen día.

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E: Tú también.

De nuevo en camino seguía pensando en por qué dejaba que todo siguiese de esa
forma, si realmente lo único que quería era estar con ella y no perder el tiempo
como lo estaba perdiendo. Empezaba a frustrarse cuando llegaba al centro y sin
pesarlo aparcaba en la primera calle que le ofrecía espacio para hacerlo.
Caminando después entre la gente hasta llegar al parque más cercano.

Caminado metía las manos en los bolsillos de su abrigo mientras recordaba todas
las veces que había hecho aquello, siempre en la compañía de Esther de sus
conversaciones, de sus preguntas y sus arrebatos que tanto podía llegar a disfrutar.

Deteniéndose miraba al frente caminado hasta una parte libre de arboles y gente,
echándose sobre el césped para comenzar a mirar hacia el cielo, respirando
hondamente hasta llenar sus pulmones y cerrar los ojos acomodándose.

M: ¿Para qué me has traído aquí?

E: No sé… yo solo te he traído… ¿Qué crees que puedes hacer aquí?

M: Aquí, nada… ¿Eso quieres que haga? ¿Nada?

E: ¿Qué quieres hacer?

Abriendo los ojos volvía a mirar aquel cielo pero viendo el rostro de Esther como si
se hubiese colado justo en medio. Haciendo que suspirase y colocase las manos
detrás de la cabeza encontrándose aun más a gusto.

En el centro de la exposición, Esther daba indicaciones mientras un grupo de


hombres iban cambiado cosas según iba disponiendo la pintora. Miriam hablaba
por teléfono desde la puerta mientras Ana hablaba con los técnicos de las luces que
sobre un andamio, colocaban varios de los focos que ocuparían todo el techo.

E: ¡Un poco más arriba!

Mi: ¡Esther! –llamándola iba hacia ella- ¿Dice Pascual si vas a necesitar la salita
pequeña?

E: Sí, la quiero para algo y tiene que estar para poder usar mañana mismo, y es
importante.

Mi: Vale.

A: ¡Esther! –la llamaba también- ¡Mira si te gusta esta luz!

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Girándose daba la espalda a los dos hombres que sostenían el cuadro y aun tercero
que esperaba para fijarlo. Mirando hacia el techo se daba otra vez la vuelta para
ver como aquella luz iluminaba uno de los paneles.

E: Mas hacia abajo. –observaba la luz del foco moverse- Ahí está bien, pero hay que
ponerle otro foco mas a la derecha... –se giraba de nuevo- Tenéis que ir también a
la sala pequeña, que no se os olvide.

A: ¿Qué vas a hacer ahí?

E: Ya lo verás. –sonriendo se cruzaba de brazos parar mirar cómo iba quedando


todo mientras Ana caminaba hacia ella quedándose a su lado.

A: Va a ser la bomba, Esther… hay una lista de invitados que ni la boda de la hija de
Bono.

E: Espero que todo salga bien.

A: Va a salir genial… además, donde yo meto las narices, nunca sale mal. –
apoyando una mano en su hombro la veía sonreír- ¿Has hablado con Maca?

E: ¡Joder! Déjame tu móvil.

A: ¿Qué pasa?

E: Se va a enfadar… -marcando a todo lo que sus dedos le permitían se iba alejando


de la puerta cuando escuchaba los tonos al otro lado.

M: ¿Qué quieres, Ana?

E: Soy yo. –susurraba saliendo ya a la calle.

M: Ah… dime.

E: Se me pasó, lo siento… llevamos un día horrible y… mira la hora que se ha hecho.

M: No pasa nada, yo tampoco tengo hambre así que viene incluso bien. Te dejo que
estoy con algo complicado y pierdo el hilo.

E: Va… vale….

M: Hasta luego.

Después de aquella conversación, habían pasado días que por el trabajo de una, y
la falta de tiempo en otra, no habían cruzado siquiera un saludo por teléfono.

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Maca estaba de nuevo con humor bastante agrio, decidiendo salir incluso para no
hacer pagar a nadie por su carácter, dando paseos ella sola y echándose sobre el
césped hasta que calmándose, regresaba hasta la oficina. Pero de igual modo aquel
tono ácido que había tomando su voz, no desaparecía y todo el mundo parecía
darse cuenta.

Aquella tarde decidió no trabajar, enfundada en un pantalón de deporte y su


sudadera preferida, miraba la televisión desde el sofá, encogida en si misma
mientras se relajaba echada de aquella forma. Estaba a punto de dormirse cuando
el timbre sonaba haciendo que cerrase los ojos un segundo antes de levantarse.
Abriendo la puerta sin tan siquiera preguntar se detenía al ver a Esther frente a
ella.

E: Hola.

M: Hola… pasa. –haciéndose a un lado la veía cruzar la puerta y quedarse a un


lado.

E: Venia a darte esto. –le tendía un sobre- No te hace falta, ya lo sé… pero quería
que la tuvieses igualmente.

M: Gracias. –abriendo el sobre encontraba la invitación- La guardaré de recuerdo.

E: ¿Con quién vas a ir al final? Ana me dijo que no lo tenias muy claro todavía… -se
cruzaba de brazos mirándola.

M: ¿Y por qué mejor no pasas, te sientas y hablamos como dos personas normales
en vez de hacerlo aquí en la puerta? –terminando por sonreír de lado, veía como
Esther también lo hacía bajando la vista.

E: Tienes razón.

M: Menos mal… -suspirando cerraba caminando después hasta el sofá- ¿Quieres un


trozo de manta? Está calentita.

E: Sí, gracias. –arropándose junto a ella, la veía suspirar de nuevo- ¿Estás enfadada,
verdad?

M: No, no estoy enfadada… -negaba sin mirarla.

E: ¿Y qué estás?

Ladeando el rostro, volvía a mirarla de nuevo mientras soltaba el aire y decidía


apoyarse de lado contra el sofá, mirándola a los ojos.

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M: Triste.

E: ¿Por qué?

M: Porque llevo cinco días sin verte y empezaba a volverme loca… te echaba de
menos. –bajando la vista

E: He estado muy ocupada, apenas he tenido tiempo ni para dormir. –giraba el


rostro mirando hacia el mueble- Yo también te he echado de menos.

M: Seguro que no.

Volviéndola a mirar con rapidez la encontraba con una pequeña sonrisa, haciendo
que se relajase al instante y le diese a modo de regañina en la pierna.

M: Julia te agradecerá que hayas venido, igual mañana no le perdono a nadie la


vida cuando le mire.

E: ¿Has estado de muy mal humor?

M: Horrible. –suspiraba bajando la mirada.

E: Sé que no he sido la compañía más a mano estos días, pero… ¿por qué no me
has llamado? –la veía encogerse de hombros sin mirarla aun- Como piense que no
me llamas porque tú no quieres llamarme me voy a enfadar… -buscando su mano
la cogía entrelazando sus dedos mientras los miraba- ¿Con quién vas a ir al final?

M: Pues no lo sé… -bajándola también, se quedaba con la mirada fija en aquellos


dedos- Mis padres irán temprano y yo no puedo, Ana ya estará allí desde por la
tarde casi, así que… supongo que me tocará ir sola.

E: Bueno, en cuanto llegues me buscas ¿vale? –la miraba entonces.

M: Claro.

E: Bien. –palmeando sobre su mano se levantaba ante la mirada de Maca que


seguía sin moverse- Me voy a ir que necesito una ducha y dormir. –la miraba
sonriendo- Mañana quiero verte bien guapa. –la señalaba.

M: Haré lo que pueda. –sonriendo también, asentía mirándola.

E: Qué descanses…

Colocando una mano sobre el brazo del sofá se inclinaba para dejar un beso en su
mejilla, viendo como justo cuando casi lo había hecho, el rostro de la empresaria se

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alejaba para poder mirarla a los ojos y sucesivamente a los labios, haciendo que
quedasen a un par de centímetros y guardando silencio.

M: ¿Te puedo dar un beso?

Susurrando apenas, miraba de nuevo sus labios, apenas parpadeando cuando ya se


imaginaba besándola. Volvió la vista a sus ojos encontrándolos fijos en ella,
elevando la mano despacio hasta llegar a su mejilla y dejarla allí mientras se movía
lo justo queriendo alcanzar sus labios, cerrando los ojos al sentirlos contra los
suyos. Encontrando una respuesta por parte de Esther que le hacía moverse
ansiosa hasta que sentía que comenzaba a separarse.

E: Será mejor que me vaya. –mirándola la veía dejarse caer en el sofá suspirando-
Mañana te veo.

Sentada frente a la ventana de su despacho se terminaba aquella ensalada que


Julia le había conseguido para poder comer algo. Pensaba en lo que pocas horas
después depararía para ella. Había pasado días sintiéndose sola, queriendo llamarla
pero sin hacerlo por creer que aquella omisión de presencia era lo que Esther
quería, que quizás necesitaba aun más que ella la distancia que solo había querido
ver sin llegar a tocar.

Suspirando dejaba todo en la bolsa para después meterlo en la papelera y entrar en


el baño, donde lo que había dejado allí colgado se mostraba haciéndole creer que
quería que aquella hora de marcharse para ver lo que Esther llevaba días
preparando, llegase cuanto antes.

A: ¿No ha salido todavía?

Mi: No, está ahí encerrada con dos de los chicos colocando paneles que ni siquiera
yo he podido ver.

A: ¿No lo has visto?

Mi: Ni idea. –cruzándose de brazos suspiraba sin dejar de mirar la puerta- Es un


secreto de estado… yo no sé qué narices hace.

A: Pues yo quiero saberlo. –con decisión caminaba hasta la puerta para llamar con
decisión- ¡Esther! ¡Abre la puerta o la abro yo!

E: ¡Espera!

Escuchando como gritaba por igual desde dentro, ambas se miraban para volver a
esperar, viendo como segundos después los que habían estado ayudándola salía

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sonriendo y tras ellos una Esther que se quedaba junto a la puerta que quitaban en
ese mismo instante para que quedase un acceso limpio hasta la sala.

E: ¡Sois unas impacientes!

Sin hacer caso de sus palabras, ambas entraban esquivándola tan descaradamente
que sin poderlo evitar, Esther no podía más que sonreír y negar mientras se
quedaba apoyada en el marco de la puerta observando la reacción.

Mi: ¿Se puede saber cuando has hecho esto? –se giraba hacia ella sorprendida.

E: Pues en los ratos que no he estado aquí.

A: ¿Y has dormido o comido en estos tres días, Esther?

E: He hecho un poco de todo. –suspirando metía las manos en los bolsillos de su


pantalón entrando junto a ellas- ¿Os gusta?

Mi: Es realmente fascinante.

A: ¿Maca no lo ha visto, no? –preguntaba de espaldas a Esther haciendo que se


colocase junto a ella.

E: No…

A: Pues qué bien.

E: Voy a tomarme un descanso… estoy agotada. –ya en la puerta se giraba de


nuevo- Ana… ¿no llevarás un cigarro, verdad?

A: Pues vas a tener suerte. –con decisión caminaba junto a ella saliendo de allí- ¿A
qué hora vas a ir a arreglarte?

E: Dentro de un rato, voy a fumarme ese cigarro fuera y luego entro a mirar cómo
queda todo y me voy.

A: Si quieres te llevo a casa. –abría entonces su bolso tendiéndole después aquel


cigarro.

E: No te preocupes, iré dando un paseo.

Acercándose a donde daba lugar la exposición, pudo ver como una larguísima cola
de coches le hacía tener que frenar y resignarse a esperar. Suspiró frotándose la
frente y dejando caer las manos del volante. Justo entonces su móvil comenzaba a
sonar.

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M: Sí.

A: ¿Dónde andas Macarena?

M: Pues en esta asquerosa cola de coches que tienes montada en la puerta. –la
escuchaba reír.

A: Enseguida lo soluciono, dame un minuto.

Escuchando que cortaba la llamada, lo volvía a dejar sobre el salpicadero para


dedicarse a esperar. La cola no avanzaba y saliendo del coche pudo ver como la
puerta que daba al aparcamiento estaba bloqueada por la lentitud de los coches al
aparcar.

M: Joder.

De nuevo sentada veía como un chico corría junto a los vehículos y con cara de
buscar algo. Así era cuando vio el suyo y se detuvo cogiendo aliento para ir hasta su
ventanilla.

-¿Es usted Maca?

M: Sí.

-Ana me ha dicho que le indique por donde debe usted entrar…

M: Sube que te llevo, bastante has corrido ya. –haciendo un movimiento con la
cabeza la veía dudar tan solo un segundo antes de ir hasta el asiento del copiloto y
entrar junto a ella- Tú me guías.

Viendo que tan solo debía entrar por la parte de atrás, negaba en silencio y
esperando ver a su amiga para decirle lo que se le pasaba en ese momento por la
cabeza.

Nada más cruzar la entrada pudo ver como ya habían varios coches allí,
reconociendo el de su padre entre uno de los primeros. Sin dificultad ninguna
estacionó en uno de los lados sin ningún coche aun, y bajó siendo seguida por el
chico.

-Puede entrar ya, la gente empezó a pasar hace poco más de una hora.

M: Gracias.

Sin soltar su bolso de mano se dirigía hasta la entrada por donde el mismo chico
pasaba. Pudo comprobar que era al igual, una entrada privada. Tras un breve

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pasillo llegaba hasta uno de los laterales del principal lugar de la exposición.
Bastante gente ya miraba los numerosos cuadros que se exponían mientras varios
camareros ofrecían copas de vino casi sin cesar.

Tomando una de ellas, soltaba el aire que mantenía en el pecho justo cuando se
giraba en un primer cuadro.

M: Un día le voy a decir que de verdad me enseñe a mirar estas cosas… -susurrando
daba un trago de su copa antes de seguir caminando hasta el siguiente.

R: Por fin te veo. –la empresaria se giraba al escucharla- Qué guapa. –sonreía.

M: Hola, mamá. –tras saludarla volvía a separarse sosteniendo su copa y mirando a


su alrededor- Cuanta gente ¿no?

R: Puf… y la que queda, Ana creo que ha avisado a todo el mundo.

M: Ya veo.

R: ¿Quieres conocer a Pascual? Está hablando con tu padre.

M: La vedad es que tengo curiosidad… -la miraba- Porque para haber hecho esto…

Junto a su madre caminaba entre la gente mientras veía como se iban formando
pequeños grupos de gente frente a diferentes cuadros, haciéndola sonreír mientras
bajaba la vista y volvía a mirar al frente cuando sentía que debía detenerse.

Frente a ella su padre, y un hombre del que no hubiese imaginado aquella


presencia. Elegante, joven y bastante atractivo, enarcó una ceja mirándole al mismo
tiempo que su madre la tomaba del brazo sonriendo.

R: Pascual, ella es Macarena.

Pa: Un placer. –extendiendo su mano la veía lenta hasta que finalmente devolvía el
gesto.

M: Igualmente. –cruzaba entonces el brazo libre sobre el que sostenía su copa


mientras daba un trago y veía como seguía mirándola.

Pa: Aunque habrá puesto todo su empeño, las palabras de Esther no te hacen
justicia… eres mucho más guapa así natural.

Rosario reía por lo bajo mientras se giraba parcialmente y la empresaria terminaba


de tragar sin dejar de mirarle.

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M: Supongo que tengo que agradecer el cumplido. –le veía sonreír de nuevo.

Pa: En tu carácter sí que acertó. –miraba a Pedro- Algo muy admirable y que me
gusta en una mujer.

M: ¿Puedo hablar contigo un momento? –susurrando a su madre la tomaba del


brazo alejándola de allí- ¿Se puede saber que le pasa a este payaso?

R: No digas eso, Maca… es una excelente persona.

M: ¿Y por eso tienes que estar haciéndose el gracioso? –lo miraba de reojo-
¿Dónde está Esther?

R: No lo sé, por ahí…

M: ¿Este tío no querrá nada con ella, verdad? –la veía sonreír- Hablo en serio.

R: Pues yo qué sé, hija… Pregúntaselo a ella. –se cruzaba de brazos mirándola-
¿Sabes qué podías hacer?

M: Qué.

R: Darte un paseo por ahí para relajarte… tienes mucho donde mirar y seguro que
te entretienes y dejas de pensar tantas tonterías.

Arrebatándole la copa se la llevaba dando un trago ante la mirada perpleja de su


hija. Suspiró mirando a su alrededor y comenzó a caminar por aquel lugar mirando
escasamente los cuadros.

Descubriendo a otro de los camareros se acercaba cogiendo una de las copas casi al
vuelo mientras este no dejaba de caminar, sonriéndole un segundo después antes
de dar un trago. Deteniéndose frente a otra de las pinturas donde no había nadie
dejándole así todo el espacio.

Ladeando el rostro observaba la mezcla de colores sobre la parte alta del lienzo
mientras en la baja era totalmente opuesto.

E: ¿Te gusta?

Girándose con rapidez veía a Esther cruzada de brazos y una sonrisa en los labios
mientras la miraba. Sonrió sin apenas pensarlo, mirando después aquel vestido que
cubría su cuerpo volviendo de nuevo hasta sus ojos.

M: Intento descubrir algo. –sonriendo no dejaba de mirarla.

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E: Si quieres te puedo ayudar. –miraba el cuadro mientras colocaba las manos a la
espalda y volvía a mirarla.

M: La verdad es que por una vez me gustaría verlo a mí.

E: Adelante… -sonriendo miraba de nuevo el cuadro y segundos después era Maca


quien ponía sus ojos en él- Cuando lo sepas me lo dices.

Susurrando junto a su oído la escuchaba suspirar antes de alejarse sin ver como la
empresaria se giraba viéndola marchar hasta el grupo de gente que había ido
dejando atrás.

Tomando aire volvía a girarse para mirar el cuadro, bajando la mirada unos
segundos después para comenzar a caminar de nuevo.

En el camino, vio como varias personas salían de una pequeña sala iluminada con
una luz mucho más tenue que la que se ofrecía en el resto de la exposición.
Sintiendo curiosidad comenzó a caminar hasta allí, cruzándose en el camino con los
que salían abandonándola, pudiendo notar en el silencio que se encontraría sola.

Sorprendida por lo que veía y no entendía, se detuvo tan solo dos pasos después
de entrar, miró a su derecha y después a su izquierda frunciendo el ceño, volviendo
a girar el rostro mientras daba otro paso y miraba al frente sorteando un panel que
se encontraba en el centro y cubría del suelo al techo. Encontrando la continuación
de lo que le hacía caminar confusa mientras observaba todo aquella continuación
de imágenes que ya conocía.

Cuando su mente reaccionó a lo que veía se giró en un movimiento brusco


buscando una parte en concreto, una que ella misma había cubierto de pintura
aquella noche que aun recordaba entre pesadillas. Encontrando entonces lo que
menos esperaba, lo que le hacía abrir aun mas los ojos mientras daba un paso
hacia delante contemplándose a ella misma, su rostro en aquel mural.

Aquel sueño de una niña que nunca más volvería, había sido cambiado por su
imagen, por su misma sonrisa vista por los ojos de Esther. La había colocado en el
final de aquella vida mostrada por quien mejor la conocía. Su cuerpo se estremeció
mientras en sus ojos iban acumulándose decenas de lágrimas que se esforzaban en
no caer y permanecer ahí no queriendo perder de talle de aquel momento.

Bajando la vista hasta el suelo, su mente comenzaba a buscar el significado de todo


aquello, de por qué existía aquella habitación. En un segundo su mente le hizo ver
aquel panel que cruzaba la sala, volviendo a erguirse para quedar frente a frente
con lo que en su subconsciente le había dado casi sin saberlo.

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Allí estaba el cuadro que menos esperaba ver, aquella pequeña sonrisa y aquel
rostro que jamás podría olvidar, aquella parte de su vida que siempre quedaría
intacta en sus recuerdos. La pequeña María sonreía de nuevo para ella, haciéndole
sonreír también sin poder entonces evitar que las lágrimas cayesen en silencio
liberando lo que ni siquiera sabía que existía dentro de ella.

Suspirando cerró los ojos mientras aquella pequeña sonrisa aun dibujaba sus
labios, recordando entonces, las palabras que habían querido curar todo.

E: ¿Y no crees que para estar segura de eso deberías dejarme demostrarte que no
va a ocurrir? Déjame hacerlo, Maca… Déjame que te demuestre que no me voy a
ir… Déjame que me quede contigo.

Despacio recorría todo aquel lugar mientras la buscaba entre la gente. Saludando a
su madre mientras esta sonreía, a una Ana que la miraba con otra sonrisa mientras
la veía seguir caminando. Cruzándose con demasiada gente, pero como si sus ojos
borrasen todo lo que no fuese su presencia, caminaba entre el vacio de un
momento en que nadie más que ella merecía estar.

Una puerta de cristal la separaba de una terraza, descubriendo entonces como allí,
un cuerpo le daba la espalda mientras miraba hacia el cielo.

Sin dudar, sus pies comenzaron a moverse llevándola hasta ella. Cruzando aquella
puerta y observando que no se movía frente al sonido que rompía su soledad de
aquel momento. Cruzándose de brazos caminaba en silencio hasta quedar a su lado
mirando también hacia el cielo.

E: Hoy se ven muchas estrellas…

M: Sí.

Durante unos segundos más seguían en esa misma posición hasta que de una
forma lenta, el rostro de la empresaria bajaba, sin descruzar sus brazos ni decir una
palabra. De igual forma, se giraba hacia ella viendo como con una pequeña sonrisa
la imitaba, quedando entonces de frente y haciendo que igualmente sonriese
mientras ladeaba apenas el rostro sin dejar de mirarla.

M: Te voy a tener que pedir un favor…

E: ¿Cuál? –sonreía aun mas.

M: Nos vamos a tener que sentar un día, pero seriamente… y me expliques todo
esto de los cuadros para poder entenderlos y no sentirme estúpida.

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E: Claro, cuando tú quieras. –asentía.

Sin dejar de sonreír descruzaba sus brazos, buscando sus manos un instante
después para aferrarse a ellas con decisión, elevando su derecha para besarla
repetidas veces dejándola de nuevo caer cuando la miraba a los ojos.

M: ¿Sabes? –bajaba la vista- Estos días me he estado dando cuenta de algunas


cosas… -dando un pequeño paso se acercaba mas a ella- Yo nunca podré cambiar,
ni tú tampoco… pero creo que… -suspirando la miraba de nuevo- Has conseguido
pintar algo en mí, solo con estar a mi lado has conseguido que quiera y sueñe con
cosas que jamás se me habían pasado por la cabeza… Por ti quiero hacer muchas
cosas en la vida, pero quiero hacerlas contigo.

E: Y yo contigo…

Terminado de pegarse a su cuerpo acariciaba su barbilla sin dejar de mirar sus ojos,
pasando después hasta sus labios cuando ya los miraba.

M: Mi mundo eres tú, Esther…

E: No… -con una sonrisa negaba mientras se acercaba para dejar un breve beso en
sus labios- Tu mundo y el mío, es esto… que tú me mires así, Maca… este segundo
que no va a desaparecer nunca.

Rodeando su cuerpo con ambos brazos, la empresaria decidía llegar hasta sus
labios. Besándola mientras sentía como sus lágrimas caían de nuevo, notando
como su corazón golpeaba feliz contra su pecho.

M: Una cosa… -separándose sentía como las manos de Esther secaban su rostro sin
alejarse de ella.

E: Dime.

M: ¿Lo de… lo del mural…? –la veía asentir- ¿De verdad?

E: Abrir los ojos y poder verte… -sonreía- Es de las pocas cosas inteligentes que he
hecho en toda mi vida.

En el salón de los Wilson todo estaba siendo preparado para una comida familiar
que Rosario se había ilusionado en preparar. Ana, que había llegado minutos antes,
echaba una mano también cuando el timbre sonaba y era ella misma quien iba
hacia la puerta.

A: ¡Esto es asqueroso!

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Frente a ella, la pareja se dedicaba a besarse y sonreír por aquella voz que no las
hacia separarse segundos después, aunque sin alejarse tampoco cuando ambas
pasaban el brazo por la cintura de la otra mirando al frente.

M: Hola, Ana.

A: Asquerosas. –girándose comenzaba a caminar mientras tras ella ambas reían.

E: No te enfades, anda. –ya por delante de la empresaria llegaba hasta el salón


viendo todo dispuesto sobre la mesa- Qué bonito todo.

M: ¿Mi madre dónde está? –cogía un canapé de uno de los platos recibiendo un
manotazo de Esther- ¿Quieres? –sonreía ofreciéndole.

E: Espérate, Maca.

R: Hola. –saludaba alegremente entrando junto a ellas.

M: Hola, mamá. –tras darle su habitual beso se quedaba disfrutando de aquello


que ya masticaba mientras la veía saludar a Esther.

A: Oye… -tras susurrar la empresaria se giraba hacia ella- ¿Habéis vuelto, no? –la
veía asentir con una sonrisa.

M: Sí.

A: Cuanto me alegro… -suspiraba mirando a Esther hablar con Rosario- Entonces


tendrás agujetas hoy.

M: Pues no. –contestaba sin mirarla- La llevé a su casa y yo me fui a la mía.

A: Vosotras sois tontas.

M: Jajaja.

Ya en la mesa, todos disfrutaban de un momento que estaba haciendo que Maca


no pudiese dejar de sonreír. Esther hablaba con su madre sin cesar, incluso Pedro
se unía a la conversación haciendo ver su agrado en aquella noche de exposición,
de la que sin duda, se hablaría durante mucho tiempo.

P: Por cierto… -miraba a su hija- Hablando con Pascual anoche, creo que tenemos
una idea de proyecto que igual te interesa saber.

M: ¿A mí?

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P: Sí, he quedado con él para tener una reunión la semana que viene.

E: ¿No te cae bien? –preguntaba con una sonrisa mientras Maca terminaba de
masticar en silencio- No te cae bien.

M: No es que no me caiga bien, es que lo veo demasiado… ni siquiera sé lo que me


parece.

E: Es un buen hombre.

M: No digo que no, pero esa obsesión que tiene contigo me toca las narices. –decía
entonces con seguridad mientras la miraba.

Todos guardaban silencio hasta que sin poder evitarlo comenzaban a reír,
consiguiendo que la empresaria se cruzase de brazos mirándolos a todos.

M: No me hace ni puñetera gracia.

A: Maca… Pascual es gay.

Ambas entraban en silencio, la empresaria dejaba las llaves y su chaqueta cuando


ya veía a Esther dejándose caer en el sofá, cerrando los ojos y acomodándose.

M: ¿Estás cansada? –sentándose a su lado la abrazaba quedando sobre su cuerpo.

E: No te haces una idea, menudos días que he llevado…. No recuerdo cuando fue la
última vez que dormí más de tres horas seguidas.

M: Pobrecita mía. –besando su pecho abría los ojos acomodándose sobre él


después para mirarla.

E: Pues sí… - sonreía acariciándole el pelo - ¿Qué vamos a hacer hoy?

M: No sé. –suspirando movía los ojos hasta su pecho mientras su mano comenzaba
a sortear su camiseta acariciando su abdomen- Pero algo se nos ocurrirá…

E: De eso nada. –sonriendo cogía su mano haciendo que ambas se incorporasen.

M: ¡Oye! ¿Y eso por qué?

E: Pues porque no soy ninguna ligera de cascos que se acuesta con su novia el
primer día. –la empresaria abría los ojos por completo sorprendida.

M: ¿Me estás vacilando, verdad?

E: No. –sonreía negando- Aquí las cosas bien hechas y con respeto, Macarena…

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M: Esther…

E: Que no. –seguía sonriendo- No me pienso acostar contigo, Maca.

M: Vamos a ver… -sonriendo por lo extraño se pasaba la lengua por los labios antes
de mirarla- ¿Entonces qué pasa?

E: Nada.

M: Sí qué pasa, ¿no me vas a dejar tocarte?

E: Exacto, yo te beso… tú no tocas.

M: Jajaja.

Mientras la empresaria seguía riendo, Esther mantenía su sonrisa cruzándose de


brazos y mirándola, manteniendo una puse que descubría mas tarde Maca cuando
de nuevo la miraba.

M: Ahora falta que yo te haga caso, claro.

E: Lo harás.

M: ¿Estás segura? –sonriendo de lado se cruzaba también de brazos.

E: Todo depende de los manotazos que quieras llevarte… así que tú sabrás lo que
haces.

Después de haber visto un rato la televisión, e incluso haberse quedado ambas


dormidas durante escasamente una hora, la noche caía y Esther preparaba la cena
mientras Maca se daba una ducha. Cortaba unos filetes de pollo cuando ya la
escuchaba entrar.

E: Voy a hacer pechugas a la plancha… ¡au! –girándose veía la sonrisa de Maca


mientras iba hacia el mueble- ¡Me has pellizcado!

M: Es que te estaba mirando el culo, ha sido un acto reflejo.

E: Idiota. –cogiendo el trapo le daba también en el trasero mientras la empresaria


sonreía sirviéndose vino.

M: ¿Quieres? –la miraba viendo como seguía seria, haciendo que sonriese aun mas
antes de que asintiese- Toma. –le tendía la copa quedando justo contra su espalda.

E: Maca…

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M: Qué.

Susurrando, rodeaba su cintura con ambos brazos antes de comenzar a besar su


cuello despacio, escuchando entonces un suspiro que la hacia sonreír.

M: ¿No te gusta?

E: ¿No me puedes hacer caso? –girando su rostro la miraba.

M: Yo siempre te hago caso, cariño… si soy muy obediente. –sonriendo subía la


mano por su torso hasta acariciar su pecho.

E: Maca. –dándole un pequeño manotazo le hacía quitar la mano.

M: Tengo mucha paciencia ¿Sabes? Puedo estar intentándolo todo el tiempo que tú
quieras hasta que te canses. –con decisión volvía a mover la mano colándose
entonces por su pantalón.

E: ¡Maca!

M: ¡Maca! ¡Maca! –separándose se acomodaba de espaldas a la encimera- ¡Esto es


una venganza injusta!

E: Jajaja.

M: ¡Yo no me rio!

E: Pues no te rías… -se inclinaba para coger la sal- Pero no vas a ponerme un dedo
encima.

M: Pues tú tampoco me vas a besar a mí.

E: Pues vale. –sonreía mirándola.

M: Pues me voy… -cogiendo su copa caminaba hacia la puerta deteniéndose antes


de salir para girarse de nuevo y mirarla- ¿De verdad?

E: Pon la mesa, anda. –sonriendo la veía marcharse mientras suspiraba.

Después de cenar habían ido hasta el sofá, la empresaria leía con una revista entre
las manos mientras Esther se dedicaba a mirar la televisión de brazos cruzados,
pose que mantenía desde que, como bien había dicho horas antes, Maca se negaba
a dejar que la besase.

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Girando apenas su rostro la miraba de reojo, viéndola tranquila y sin romper aquel
silencio que la hacía ponerse cada vez más nerviosa.

E: ¿Vamos a seguir con esto mucho rato?

M: No he sido yo la que lo ha empezado… -contestaba casi susurrando y sin apartar


sus ojos de la revista- Además, no se está tan mal, esto me tiene entretenida.

E: ¿Ah, sí? –la miraba incrédula.

M: Pues sí. –contestaba girándose entonces- Fíjate que cosas, eh…

Entrecerrando su mirada apretaba los labios hasta que sin poder controlarse, se
levantaba al tiempo que le arrebataba la revista y caminaba hacia la ventana.

M: Esther, ni se te ocurra.

Dándole la espalda, abría la ventana girándose después para mirarla y lanzar


aquella revista hacia la calle, sacudiéndose las manos después mientras la seguía
mirando.

M: ¿Sí? Yo también sé hacer eso.

Levantándose iba hacia el revistero junto al mueble, cogiendo una que hacía que
Esther abriese los ojos sorprendida para un segundo después, colocarse en medio
de la ventana mientras Maca ya la miraba caminando hacia ella con total seguridad.

E: No te atreverás.

M: ¿No? Mira…

Esquivándola lanzaba aquel catálogo que los ojos de Esther seguían en su recorrido
hasta la carretera. Girándose aun más enfadada se encaraban mientras sus
respiraciones eran lo único que rompía aquel silencio.

Cerró los puños y comenzó a casi correr hasta el dormitorio, haciendo que la
empresaria la siguiese, deteniéndose antes de alcanzarla cuando veía que salía con
una de sus camisas en la mano para ir de nuevo hasta la ventana.

M: ¡Esther, no! –alzaba la voz justo cuando la veía caer y cerraba los ojos- Era mi
camisa favorita…

E: Vaya… que torpeza la mía.

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La empresaria volvía a abrir los ojos encontrándose con una sonrisa de lado y una
pose de seguridad, consiguiendo que se irguiese tomando aire sin dejar de mirarla.

M: Ahora verás.

Girándose iba hacia el dormitorio escuchando la carrera de Esther tras ella, y


sintiendo como intentaba ya retenerla frente a al armario mientras se afanaba en
coger otra de sus camisas.

E: ¡Esa no!

M: Que tú lo digas.

Casi riendo forcejeaba contra sus brazos, corriendo cuando ya por fin se liberaba y
llegaba hasta la ventana lanzándola también.

M: ¡Por lista!

La pintora cogía las llaves y salía corriendo por la puerta, un segundo después,
Maca hacia lo mismo bajando las escaleras en una carrera hasta llegar a la calle y
ver cómo iba hacia su camisa y después hasta la suya para acercarse hasta el
contenedor.

M: ¡Te corto las manos!

La carcajada de Esther resonaba en toda la calle cuando ya era alcanzada por los
brazos de la empresaria que también sonreía antes de sentir como la acorralaba
contra la pared.

E: ¡Suéltame o grito!

Sujetando sus manos con fuerza, se inclinaba hasta llegar a sus labios, abriendo los
suyos y comprobando como Esther no ponía resistencia alguna, alentándola por el
contrario a seguir cuando ya varias personas observaban la escena, sorprendidos.

Apenas cinco minutos después entraban de nuevo por la puerta sin separarse y
continuando aquel beso que las hacia poner rumbo hacia el dormitorio cuando ya
la ropa iba cayendo en el camino.

Sentada sobre su cintura, Esther sonreía inclinándose de tanto en cuando para


besarla mientras aun tenía sus manos sujetas contra sus caderas, sintiendo como
los dedos de la empresaria la acariciaban de forma lenta.

M: ¿Sabes que tenerte así me provoca mucho?

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E: ¿Cómo? –sonreía mirándola.

M: Así… -miraba su cuerpo bajando la mirada y deteniéndose durante más tiempo


que con el resto, recibiendo entonces un movimiento brusco que la hacía sonreír y
volver a mirarla a los ojos.

E: Descarada.

M: ¿Y? –incorporándose quedaba también sentada haciendo que Esther reculase


buscando la comodidad- Si ya te lo he visto todo…

E: Ya, pero eres una descarada. –sonreía retirándose al ver que buscaba sus labios.

M: La culpa la tienes tú… -susurrando volvía a acercarse- Que me pones así de


burra. –la escuchaba reír- ¿Te ríes?

E: ¿Y qué quieres que haga? –se pinzaba el labio.

M: Pues no sé… -ladeaba el rostro acercándose de nuevo- ¿Ponerte burra tú?

E: Jajaja

M: Así no se nota tanto lo mío y lo aprovechamos ¿no? –liberando sus manos


rodeaba entonces su cintura pegándola a su cuerpo mientras besaba su cuello.

E: ¿Otra vez?

M: Y las que hagan falta, cariño… -dando un pequeño mordisco la escuchaba


suspirar haciendo que se separarse sonriendo.

E: ¿Tú sabes que son las cinco?

M: ¿Y?

E: Que en un rato te tienes que ir a trabajar.

M: ¿Y? –repetía.

E: Que llegarás cansada. –la veía sonreír- Que no quieres parar, vaya…

M: Por fin nos entendemos… –asentía mirándola- Ya pensaba que me costaría


escribírtelo en una pizarrita o algo.

E: ¿Qué te pasa esta noche? –sonriendo cogía su rostro con ambas manos.

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M: Lo que me viene pasando desde que te vi, ni mas… ni menos. –con rapidez se
lanzaba a sus labios, escuchando como de nuevo reía al sentir que caían recostada
con la empresaria sobre ella esa vez.

Casi desnudas permanecían frente un lienzo en blanco, la empresaria sentada


sobre el regazo de Esther que iba pasándole el pincel tras untarlo de pintura.

E: Dale con ese.

M: ¿Ahí?

E: Sí. –la veía deslizar el pincel- ¡Pero así no! –reía.

M: Pero si me has dicho tú que sí. –la miraba sonriente.

E: Así. –cogiendo su mano la movía haciéndola pintar de nuevo- ¿Ves?

M: Ya… así. –lo hacia ella entonces de nuevo y Esther volvía a reír- ¿No? –sonreía
mirándola.

E: Eres malísima, cariño.

M: ¿Sí? –la miraba sin poder borrar su sonrisa mientras apretaba los labios- ¿Tan
mala te parezco?

E: Lo tuyo no es pintar. –negaba.

M: ¿Sabes lo que se me da realmente bien?

E: ¿El qué?

Bajando la vista, veía como su pecho se encontraba visible casi por completo,
haciendo que sin pensarlo su mano fuese con decisión dejando una línea de color
azul justo en medio.

E: ¿Se puede saber qué haces? –metiendo un dedo en la pintura lo pasaba después
por su cara haciéndola levantar para alejarse.

M: ¿Qué valiente, no? –Esther se encogía de hombros sonriendo aun- Ahora verás.
–soltando el pincel de mala manera salía corriendo tras ella alcanzándola en la
puerta.

E: ¡Maca que me enfado!

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M: Pues enfádate. –rodeándola con ambos brazos atacaba su cuello cuando su
mano derecha ya se dirigía segura hasta su entrepierna.

E: ¡Maca!

M: Ahora vas a aprender tú otra cosa.

E: Jajaja –se retorcía sin lograr liberarse- ¡Maca, por tu padre!

M: A ese no lo nombres ahora que me cortas el rollo. –en un último esfuerzo Esther
conseguía soltarse y salía corriendo- ¡Cobarde!

Apenas había amanecido cuando envuelta únicamente por la sabana, Esther sabia
de puntillas rumbo a la cocina. Sonriendo se servía un vaso de agua acomodándose
después contra la encimera mientras bebía con tranquilidad, recordando lo que las
había vuelto a tener en vela durante casi toda la noche.

De nuevo dejaba el vaso cuando salía hasta el salón, encontrando el desorden que
habían dejado antes de ir a la cama horas antes. Suspiró antes de volver al
dormitorio y ponerse una camiseta y pantalón corto para volver a salir.

Después de haber ordenado todo y limpiado lo necesario, decidió pasar al estudio,


encontrando aquello que había dejado a medio el día anterior. Sonriendo se sentó
frente al lienzo y comenzó a limpiar los pinceles, preparando después los colores
sobre la paleta que había en la mesa.

Completamente centrada en lo que hacía, no era capaz de percibir ni escuchar los


pasos descalzos de la empresaria, que despacio y con una camisa cubriendo su
torso, aparecía tras ella con una café en la mano, sorprendiéndose de ver aquella
imagen tomar formas frente a ella.

M: ¿Cuándo te he posado yo para eso? –la veía entonces girar su rostro con una
sonrisa.

E: No hace falta que poses para que yo sepa como dibujarte. –cogiendo su mano
libre la atraía hacia su cuerpo sentándola sobre sus piernas.

M: ¿Desde cuándo pintas esto? –pasando un brazo por su cuello se acomodaba


para mirarlo con más detenimiento.

E: Pensaba terminarlo ayer, pero como apareciste así en plan toro entrando a la
plaza... –la miraba viendo como sonreía.

M: ¿Y yo tengo ese lunar ahí? –señalaba el cuadro.

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E: Claro. –sonreía.

M: Pues yo no lo tengo tan claro… -seguía mirando la imagen- Nunca me he visto


eso.

E: Cariño, no lo tienes fácil… -de nuevo se miraban- Verás…

Sonriendo llevaba su mano hasta la suya, guiándola así hasta el final de su espalda,
buscando ella misma aquel pequeño lunar que conocía. Segundos después daba
con él haciendo que fuese la empresaria quien lo apreciase con la yema de sus
dedos.

E: ¿Lo notas?

M: Coño… -fruncía el ceño- Es verdad.

E: Claro. –sonreía.

M: A ver si al final me vas a conocer mejor que yo misma.

E: Es que ya lo hago… sé mejor que tú todas las marcas o lunares que tienes en el
cuerpo. –la empresaria sonreía- Hay otro que no sabes que existe y es muy buen
amigo mío.

M: ¿Sí?

E: Sí. –pinzándose el labio llevaba la mano hasta su muslo- ¿Quieres saber dónde
está?

M: ¿Dónde está?

E: Es muy pequeñito, eh…

Despacio comenzaba a deslizar la mano por sus piernas hasta llegar sin prisa hasta
su ingle, ambas seguían mirándose fijamente mientras los dedos de Esther
recorrían aquella piel haciendo que la empresaria suspirase al sentirla.

E: Aquí… -susurraba.

M: ¿Alguno más que no conozca? –dejaba la taza sin tan siquiera mirar donde lo
hacía mientras se inclinaba hasta sus labios.

E: Alguno hay, sí.

M: ¿Y si vamos a la cama para que me enseñes donde están?

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E: No. –negaba sonriendo.

M: ¿Por qué? –con el dedo índice tiraba del escote de su camiseta asomándose
después.

E: ¿Me has preparado el desayuno? –la miraba- Que tú mucho que sales con tu
café, ¿pero y yo?

M: No me jodas que me vas a decir que no por un desayuno.

E: Estás tú muy viciosa, eh… -sonriendo la hacía levantar cuando ya caminaba hacia
la cocina- Todo el día ahí dándole alegría al cuerpo. –abría el frigorífico cuando al
escuchaba tras ella.

M: Pues a ti no te hace falta ánimo, eh… que poco te niegas. –se quedaba junto a
ella- Anoche no era yo quien estaba alteradita. –susurraba después de haberse
acercado.

E: Yo no estaba alteradita. –imitaba.

M: No, solo te faltaban los tentáculos… que parecías un pulpo en celo.

E: ¡Será mentirosa! –reía dándole con el trapo- Si no me hizo falta decirte nada, no
te había tocado cuando ya estabas encima.

M: Esther… puedo estar con los ojos cerrados, pero no durmiendo. –sonriendo
comenzaba a desabrocharse la camisa- Pero vale, tú te lo pierdes… voy a darme
una ducha.

Con la taza en la mano la veía caminar rumbo a la puerta, deshaciéndose de


aquella camisa incluso antes de haber salido. Bajó el rostro hasta aquella taza,
mirando después hacia la puerta y de nuevo a la taza.

E: ¡Qué coño!

Dejándola sobre la encimera salía rauda de la cocina cuando ya escuchaba el agua


caer en la ducha.

Saliendo del ascensor caminaba abrazada a varias revistas cuando no podía dejar
de sonreír cuando ya veía a Julia en su mesa hablando por teléfono pero colgando
apenas unos segundos después.

J: Hola, Esther.

E: Hola… ¿Maca está?

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J: Está en una reunión… -miraba su reloj- Pero deben quedarle apenas unos diez
minutos… ¿Quieres pasar y la esperas en el despacho?

E: Mejor, que vengo cargada un buen rato. –sonriendo comenzaba a caminar.

J: ¿Y todo eso qué es? –pregunta con curiosidad- Parece que hayas comprado un
quiosco entero.

E: Donde salen artículos de la exposición, venía a verlos con Maca.

J: Pues pasa y ahora le aviso de que estás aquí.

E: Gracias, guapa.

Sin cerrar siquiera la puerta pasaba hasta el despacho caminando para llegar a la
mesa, dejando todas aquellas revistas para liberar el peso que ya le hacía sentir los
brazos resentidos por la carga. Suspiró irguiéndose justo cuando veía algo que
llamaba su atención.

Frunció el ceño girando aquel plano desplegado sobre la mesa dejándolo derecho
frente a ella y sorprendiéndose aun mas.

Mirándolo con detenimiento descubría algo que llegaba a sus recuerdos en la voz
de la empresaria, haciendo que sonriese mínimamente mientras sus dedos
acariciaban aquel dibujo que aparecía como un sueño frente a ella.

M: Hola.

Girando apenas su rostro se sorprendía por aquel susurro y por los brazos que ya
rodeaban su cintura en un abrazo que las hacia pegarse por completo.

E: Hola.

M: Quería que fuese una sorpresa, pero… veo que te has adelantado. –besaba su
cuello.

E: ¿Y esto?

M: Pues… -separándose se movía hasta quedar sentada en el borde de la mesa


mirando aquel dibujo- Ya te dije que siempre he querido tener una casita en la
sierra. –se cruzaba de brazos mirándola- Y creo que este es el momento para
tenerla.

E: ¿Y por qué? –sonreía mirándola.

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M: Porque ya tengo con quien hacer ese chocolate caliente por las mañanas…
-tirando de ella la pegaba a su cuerpo rodeando su cintura- Y con quien dar
paseos…

E: ¿Sí?

M: Sí… -asentía con decisión.

E: ¿Pero tú te crees que yo me voy a pasar la vida siendo la novia de una tía pija
como tú? –la veía ladear el rostro sorprendida.

M: ¡A mí respétame, eh! –apretando su cintura con fuerza iba hasta su cuello


haciéndola reír- ¡Que te muerdo!

E: ¡Maca! –girándose se quedaba de espaldas a ella pero sintiendo como aun no la


soltaba.

M: ¿Qué me has llamado, eh?

E: ¡Pija!

M: Pero no lo repitas, niña.

Abrazándola con aun más fuerza forcejaban hasta llegar al sofá, donde con más
fuerza, la empresaria conseguía recostarla quedando encima.

M: No me respetas nada …

E: Pero me quieres y te aguantas. –sonreía mirándola.

M: Pues sí. –la besaba.

E: ¿Sabes que he pensado en hacer algo nuevo? –le colocaba el flequillo tras la
oreja mientras ya sonreía.

M: ¿De qué?

E: ¿Sabes lo que es el body art, no? –la veía fruncir el ceño haciéndola reír- ¿No?

M: Ni loca te voy a dejar que hagas eso y vayas sobando a dios sabe cuánta gente. –
Esther volvía a reír- No me hace gracia.

E: Pero es que… quería hacerlo contigo. –se inclinaba dándole un pequeño


mordisco en el labio- Es solo para ver cómo se me da.

M: ¿Conmigo? –sonreía entonces.

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E: Sí… solo contigo. –susurraba besándola- ¿Te interesa?

M: Desnuda ¿no? –miraba sus labios- Sin nada de ropa.

E: Sin nada de ropa…

M: Mmm… -sonriendo movía los ojos hacia otro lado durante unos segundos,
volviendo a mirarla finalmente- Vale.

E: Genial. –con rapidez conseguía escurrirse bajo su cuerpo haciendo que cayese
sobre el sofá- Pues voy a casa a prepararlo todo y te espero allí.

M: Oye, oye... –se levantaba viendo cómo iba hacia la puerta- ¡Yo no he dicho que
sea hoy, eh!

E: Pero lo digo yo. –sin soltar la puerta se acercaba robándole un beso para salir de
nuevo en una carrera.

M: ¡Esther! –sorprendida la veía entrar en el ascensor y se giraba hacia Julia que


sonreía mirándola.

J: Hace lo que quiere contigo. –la empresaria sonreía metiendo las manos en los
bolsillos de su pantalón mientras volvía a mirar hacia el ascensor.

M: Porque la dejo. –girándose pasaba de nuevo hasta el despacho cerrando la


puerta tras de sí.

Epílogo

Con una bolsa en la mano bajaba con rapidez las escaleras escuchando ya como el
claxon sonaba en la calle haciendo que sonriese y más aun cuando abría la puerta y
la empresaria estaba fuera del vehículo con los brazos sobre el techo del coche
mirando hacia ella.

M: Diez minutos, Esther.

E: Perdón, perdón. –corriendo de nuevo iba hacia ella sin borrar su sonrisa- Estás
guapísima. –la besaba para correr después hasta su asiento.

M: No me hagas la pelota. –se metía también en el coche.

E: ¿Yo? –se colocaba el cinturón aun fatigada por la carrera y la miraba- ¿Cómo
estás? –la besaba de nuevo- ¿Ha dormido bien mi niña?

M: Que no me hagas la pelota. –sonreía también.

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Durante el trayecto ambas sonreían mientras Esther relataba su pelea de aquella
mañana con el calentador, la empresaria la escuchaba mirándola cuando el tráfico
se lo permitía cogiendo su mano en más de una ocasión.

La velocidad del coche comenzaba a aminorar cuando los ojos de Esther descubrían
lo que al final del camino se mostraba ante ella haciendo que sonriese y girase su
rostro con rapidez hacia Maca que también sonreía sin mirarla.

E: ¿Y esto?

M: Ya está oficialmente terminada y vamos a inaugurarla.

Nada mas aparcar la pintora salía con rapidez hasta la puerta, esperando
impaciente a que Maca abriese y así poder correr de nuevo hacia el interior y pasar
a la casa.

M: ¿Primeras impresiones?

E: ¡Es preciosa! –se giraba hacia ella.

M: Me alegro de que te guste. –metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón


seguía mirándola hasta que se detenía en mitad del salón.

E: ¿Y las vamos a inaugurar?

M: Ajá…

E: Y… -caminaba hacia ella- ¿Lo vamos a hacer ya? –rodeaba su cintura viendo
como sonreía.

M: Ya lo estamos haciendo.

E: Seguro que tienes otra idea mucho más interesante… -se inclinaba comenzando
a besar su cuello- Con algo fresquito en la nevera.

M: En la nevera hay cosas, sí. –sonreía dejándose hacer.

E: ¿Y en la habitación qué hay, uhm? –la miraba comenzando a desabrochar su


pantalón.

M: No, Esther…

E: Qué sí, así nos ahorramos trabajo antes de llegar.

M: Cariño, que no es por ahí por…

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-¡Sorpresa!

Asustada se giraba mientras la empresaria se volvía a abrochar el pantalón todo lo


rápido que podía, que bajando el rostro y mordiéndose el labio conteniendo su
risa. Cuando de nuevo miraba al frente Esther tenía los ojos puestos en ella.

E: ¡Haberme avisado! –le daba en el hombro.

A: Pero ahí estaba yo para cortar antes de que fuese demasiado tarde. –iba hacia
ellas.

E: ¿Mamá? –fruncía el ceño.

En: Un abracito por lo menos sí que me esperaba. –sonriendo la veía correr hacia
ella para abrazarla- Menos mal.

R: Es que ha sido la sorpresa.

E: ¿Pero qué hacéis todos aquí? –miraba a sus suegros.

Mi: Tú novia es muy persuasiva cuando se le mete algo en la cabeza… muy bonita la
casa, por cierto. –miraba a la empresaria.

M: Gracias.

R: Bueno, vamos fuera que Encarna y yo lo tenemos todo listo para empezar a
comer cuando queráis.

Despacio todos comenzaban a salir mientras Esther aun se mantenía en el centro


del salón sonriendo y viendo como el rostro de la empresaria bajaba antes de que
fuese hasta ella.

E: Gracias, Maca. –la abrazaba.

M: Llevabas un año sin ver a tu madre, pensé que estaría bien que estuviese con
nosotros hoy.

E: ¿Sabes? –separándose la miraba- Este es un de los millones de detalles por los


que te quiero tanto. –la besaba pegándose a ella y pasando los brazos por su
cuello.

M: ¿Y me quieres mucho?

E: Muchísimo más que mucho.

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En el porche que daba a la parte trasera de aquella casa siete personas reían y
disfrutaban de una comida que llevaba preparándose desde meses atrás. Aquella
misma mañana el avión había llegado a Madrid con una Encarna que había
aceptado sin dudar aquella invitación de la empresaria queriendo estar también en
aquel día especial entre ellas. La pintora veía sorprendida como su madre y su
suegra hablaban con toda la confianza del mundo sin que pudiese entender cómo o
cuánto tiempo les había permitido llegar a estar así.

Antes del postre era Maca quien entraba en la cocina seguida por Ana y Esther para
comenzar a preparar el café.

A: Y digo yo una cosa… -miraba a su amiga y luego a Esther justo cuando ambas
dejaban de moverse para mirarla- Todo esto no será porque nos vais a decir que os
casáis ¿Verdad?

Ambos rostros recularon sin pensarlo mientras fruncían en un mismo segundo el


ceño y se giraban para mirarse, guardando silencio durante unos segundos antes
de volver a mirarla.

M: No.

E: No.

A: Pues qué pena… -cogiendo la bandeja con los dulces salía de la cocina
dejándolas solas y en silencio.

E: Esta mujer tiene cada cosa… -suspiraba encendiendo la cafetera.

M: Se aburre. –girándose se quedaba apoyada contra la encimera para mirarla-


Esther.

E: Dime. –se giraba.

M: Lo cierto es que sí quería… quería… -sonreía de lado mientras bajaba la mirada-


Ya no sé ni hablar.

E: Qué pasa.

M: Bueno… -tomando aire bajaba la mirada y metía la mano en el bolsillo derecho


de su pantalón sacando una pequeña bolsa de color negro- Toma.

E: ¿Y esto? –abriéndola la volcaba sobre su palma abierta, viendo como caían dos
anillos sobre ella haciendo que elevase su mano con rapidez.

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M: No te voy a pedir matrimonio, tranquila. –sonreía mientras cogía uno de ellos-
Te lo compré hace tiempo… tenía una función diferente a la de hoy, no te voy a
mentir, pero igualmente… -volvía a guardar silencio mientras cogía también el
segundo anillo.

E: Maca.

M: Es simplemente un regalo. –se lo colocaba en el dedo corazón- Y como me


quieres tanto, tú también me haces uno a mí. –se lo daba sin dejar de sonreír.

La pintora baja el rostro hacia aquel anillo que aun sostenían sus dedos, sintiendo
como una sonrisa iba dibujando sus labios antes de cogerlo y colocarlo también en
su dedo.

E: Es precioso… me gusta mucho. –la miraba.

M: Me alegro. –casi susurraba mirándola-Ahora viene la conversación seria. –


sonreía.

E: Sorpréndeme.

M: Quieres… -suspiraba- Quiero que vivas conmigo, Esther. –la veía ladear el rostro
sin dejar de mirarla- Quiero vivir contigo, quiero llegar a casa y verte, dejarte
durmiendo por la mañana y abrazarte en mitad de la noche. -cogía su mano-
Quiero todo eso…

E: ¿Y este arrebato de pedir abiertamente? –sonreía.

M: Creo que hoy te tengo bien consentida para que me digas que sí. –encogiéndose
de hombros volvía a mirarla con una sonrisa- ¿Me vas a decir que sí?

E: Puede.

M: ¿Algo que yo pueda hacer? –la veía asentir- El qué…

E: Ven aquí.

Tirando suavemente de ella la pegaba a su cuerpo antes de rodear su cuello con


ambos brazos y poner rumbo fijo a sus labios, comenzando un beso que hacia
suspirar a la empresaria cuando sentía la necesidad de cogerla en peso sin
separarse ni abrir los ojos durante los segundos que se mantenían de aquella
misma forma.

E: ¿Te das cuenta de por una o por otra siempre acabo aceptando tus
proposiciones?
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Pinceladas de ti
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M: No me tientes, no me tientes…

A: Os estamos esperando. –aparecía de nuevo haciendo que Esther bajase de


nuevo al suelo- ¿Se puede saber qué hacéis?

M: Yo salir que mi café se enfría. –se separaba sorprendiéndola- Explícaselo tú,


cariño… que lo haces mejor.

E: ¡Maca! –la veía salir con rapidez.

A: Uy Esther… que ya te vacila. –abría el frigorífico sin ver como esta miraba aquel
anillo en su dedo mientras sonreía.

E: Porque la dejo. –miraba entonces hacia la puerta viendo a la empresaria riendo


junto a Encarna.

Fin

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