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JEAN Y ERNESTO.

A esas horas los coches atravesaban rápidos la mirada de Jean, que se


aventuraba a través de los límites invisibles del Boulevard Montmartre. El estruendo del
asfalto sacudía el silencio sepulcral que anidaba en las aceras, la gente andaba sus
caminos abandonándose con plena inconsciencia, liberados de todo lo que corría por el
alquitrán, cosa que se dejaba ver en la mínima mueca de alegría felina que se dibujaba
en las caras de todos los muertos que transitaban el nebuloso boulevard. “París es ya
una ciudad de unos 2.000 cadáveres. Va siendo hora de desaparecer…” se dijo; Luego
pensó que ya estaban cerca las postrimerías de Diciembre, aunque no recordara con
exactitud el día. Lanzando su mano ágil como el piolet de un alpinista sobre el exterior
de su bolsillo cayó en la cuenta de que le habían robado el móvil la semana pasada, al
sacar dinero de un Crédit Lyonnais, aquel moreno sacado de una película de los años en
los que Fred Astaire circulaba por las pantallas; un tipo tan angelical y bien peinado que
nunca hubiera imaginado que permanecería -después de pedirle un cigarrillo y fuego-
arañándole las espaldas con aquella cosa punzante. Aún le resultaba imposible saber con
certeza si fue un cuchillo de cocina o algo que intentaba serlo. Un cigarrillo y fuego.
Primero el cigarrillo. Luego fuego. Normalmente aquellos que te piden un cigarro
tampoco suelen llevar un mechero a cuestas, es algo de mala educación llevar el cigarro
y encendérselo uno mismo, apropiándose de ese instante con la misma impunidad con la
que se comete un robo perfecto. De esa manera no se da al otro la mínima ocasión de
poner cara de desprecio o de pesantez.

Lo soltó con el entrecejo alzado tiernamente hacia arriba, como si la limosna que
pidió fuese a salvarle la vida. “Est ce que vous auriez aussi du feu, monsieur?”. Perdón
monsieur, gracias monsieur. La cara de Astaire cambió nada más insuflar la primera
calada, aunque realmente fue sólo entonces cuando le miró a los ojos. Los dos, Jean y
Astaire, fueron traspasados por una coreografía que mantenía como únicos elementos
sonoros a los autos balanceándose a lo lejos y el ruido de sus ropas replegándose a la
búsqueda de ese pitillo sumergido en el vientre del invierno. La coreografía ondulante
insinuó un rostro peludo y rotundo, perdido ya para siempre. Astaire desapareció por
las calles de Paris como un ratón por los callejones interiores de una casa, esquivando
cristales, insecticidas amargos, ratoneras tramposas, etc.

Todo ese momento, cuyo recuerdo a Jean se le realzaba por encima de todo lo
que veía mientras caminaba por el boulevard Montmartre, fue puro ritmo. El tipo alzó la
cabeza aspirando el humo como si estuviera intercambiando con él un pensamiento
salvaje e irremisible. Se lo escupió en el cráneo (Jean permanecía todavía agachado)
entremezclado con nicotina y alquitrán en dosis dispares, mientras que con la mano con
la que no sujetaba el cigarrillo le sacó el mecanismo punzante para depositárselo en el
cuello en el instante en el que Jean hubo introducido la tarjeta en la garganta automática
del cajero. Todo quedó ahí. Jean apenas había contado con él después de entregarle el
cigarro. Ni siquiera se le pasó por la cabeza que Fred podía quedarse impávido, con sus
zapatos nuevos de claqué suplicando un bailecito más -como si la orquesta, pese a estar
agotada, todavía le debiese un último aleteo-. Era Fred Astaire y nadie se podía rendir
sin más ante la evidencia. Por la cristalera del banco, Jean tan sólo divisó el destello de
algo que se movía refulgente. ¿Se trataría de los zapatitos nuevos de charol? Quería
pensar que sí.
El viento traía todas esas ideas -frescas como exhalaciones de unos pulmones
fríos- a su cara mientras caminaba con paso vivo. La desaparición de ese tipo a Jean le
produjo un desasosiego enorme, como nunca lo había sentido antes –no se trataba del
dinero que le había robado, sino de su manera de desaparecer. ¿acaso alguien le había
producido tanta desazón al desaparecer? Bueno, quizás cuando aún era lo
suficientemente desvalida como para estar sujeta a su cuna y alguien venía a jugar al
“bu-tras”.

Se abotonaba el abrigo mientras cruzaba la calle dando grandes y espesas


zancadas. Cuando era más niño, en el colegio, siempre había impresionado la manera
que tenía de desplazarse. Nunca había retenido lo que de él se decía en el interior de
aquellas aulas oscuras, con paredes que sólo respiraban a través de un minúsculo
ventanal en lo alto. Sin embargo, en una ocasión, al pasar al lado de un grupo de
compañeros, oyó que alguien decía pies de sebo. Al oírlo, Jean se giró asustado como si
hubiese escuchado un veredicto y vio entonces cómo rozaban los pies de otro -por
supuesto más débil y enclenque que ellos (que todos ellos)- con un estilete. La
sensación que daba la cara del paciente naufragaba entre la incomodidad y el dolor. La
inseguridad y desconfianza de la ameba que entonces resultó ser Jean, estático frente al
grupo de tortura, quedaron inoculadas en la conversación que desplegó ágilmente para
hablar de fútbol con ellos, con la seguridad de que así el próximo en extender sus suelas
por encima del estilete no sería él.

El tartamudo, quien por otro lado siempre había tenido unos pies hermosos (era
compañero del equipo de natación), acabó con ellos repletos de rasguños sangrantes; la
cara que mantuvo en su pupitre una vez que hubieron entrado todos a clase fue (¿cómo
podía ser de otra manera?) de extenuación.

Por el color del cielo cualquiera adivinaba que había llovido hace poco, aunque
durante esas dos horas que pasó en la calle, esperando el bus y paseando por un puesto
de libros antiguos, el único vestigio de lluvia que había era el reflejo de los edificios
cenicientos en los charcos. El agua de los charcos era, para Jean, los vestigios de una
lluvia torrencial que ni siquiera recordaba que hubiera golpeado contra sus ventanales;
lluvia desaparecida de los partes meteorológicos, desintegrándose como parecía que
todo se estaba volatilizando en las postrimerías de Diciembre en aquella ciudad
fantasmal, tan neblinosa que parecía que ya no estaba cuando se la miraba a la cara.

A pesar de su anatomía, Jean conseguía eludir la mayor cantidad de agua


estancada posible a medida que avanzaba camino de Saint Michel - ¡la mayoría de las
veces conseguía no mojarse tan siquiera los flecos del pantalón!-. Una vez que hubo
llegado a la plaza, cruzó la calle y se dejó caer en el borde de la fuente como un caracol
después de la lluvia. La ciudad dormida, la ciudad cenicienta y encontrada en lo alto de
un monte, en una iglesia o en las catacumbas calladas y frías del Montparnasse. ¿qué
París le quedaba ahora que había despojado a su memoria del brillo que tenían las
postales que le entregaba su tío cuando regresaba cada verano de las galias, siendo él
apenas algo más alto que un taburete de baño?.

Escuchó la música de un grupo judío proveniente de alguna callejuela.

La música kletzmer siempre se le había insinuado como lo más parecido a la


música de baile tocada por una banda militar después de una arenga política o en la
fiesta de un coronel en la que toda la guardia de honor se desparrama por el suelo
balbuceando lo que sus grandes borracheras les dejan. Tenía la sensación de que no era
sino una suerte de relato huérfano de la sonoridad que le era propia, la de los tiros que
debían irrumpir a cada latigazo de violín. En aquellos instantes, sin embargo, se deshizo
de todos los prejuicios que le provocaba dichas armonías y se dedicó a escucharla
relajado, sin demasiados esfuerzos. Imaginaba cómo los cuerpos tensos de los músicos
se irían enhebrando en el aire, conmovidos por el cúmulo cadente de notas salidas de
sus propios instrumentos. Pensó en la manera que tendrían de pisar la calle al son del
violín y el acordeón como si marcharan por encima de brasas -un pie primero, otro
después y así hasta que la canción languideciese y el estaño de sus frentes hiciese
evidente el cansancio-.

Sin embargo, lo que vio después de andar unos pocos pasos hacia su izquierda
fue un organigrama de cuerpos deformados, que no llegaban ni tan siquiera a mantener
la rigidez de sus propios huesos, contorsionándose como un acordeón. El charol se hizo
sudor frío y la inspiración, exhalación de vaho. Nunca había tenido para la música lo
que se decía oído, ni tampoco había aprendido mucho acerca de los cantos judíos en los
escasos nichos de jazz del barrio latino que había merodeado, asique tarde o temprano
habría vuelto en sí como lo hizo.

Decidió esperar otra media hora más a que el Gran Farsante apareciese.
Mientras lo hacía, le vino a la mente el rostro abandonado de Ernesto, como el de un
alcohólico tras un mes de abstención. Las ideas ya no eran los latigazos que le venían
cuando atravesaba andando el boulevard. Ahora le llegaban lentas y se iban rápidas,
aunque estaban ahí, en algún lugar, el espacio de la mente era un lago en el que
arrullaban aves invisibles.

Pensar en Ernesto, por otro lado, era en primer lugar volver a recordar sus
coordenadas básicas con la intensa aunque simple emoción de quien quiere descubrir el
fundamento final de una relación, la suya con los del conventículo -este no era sino una
agrupación de aspirantes a escritores de la que Ernesto, como el mismísimo Jean,
formaban o querían formar parte. El Chamán de barba ramplona y ropas gastadas no
podía ser otro que Rodrigo-. Había sido emigrante en Marsella, en donde trabajó ocho
meses como mesero en un café árabe del centro, que por su parte siempre estaba
plagado por hombres de chilabas oscuras, sin rastro de ningún rostro femenino. El
dueño debió decidirse por él debido a dos factores importantes: primero la masculinidad
que escaseaba, y segundo, el color oscuro de su piel. Era un café atípico para ser
argelino, plagado de lámparas de colores y clientes que vestían toda suerte de atuendos
coloristas como si los hubiera expulsado un cuadro de Rothko. Entre ellos siempre
había una suerte de sintonía, como si tras largos años de destierro, encontrasen los unos
en los otros una vivencia en común. Algunos de ellos podían pasarse horas, e incluso
días, tomando el café de la mañana o fumando en sisa el uno junto al otro pero sin decir
ni una sola palabra. Pasaban todo ese tiempo en silencio, hasta que un buen día, a una
buena hora, la conversación se dignaba a aparecer, brotaba sin que nada fuese roto; ni
siquiera se podía haber dicho que el silencio de antes desaparecía, sino que más bien lo
que ocurría, o parecía ocurrir, era que el silencio simplemente se apartaba.

Tras pasar por Marsella la chica con la que Ernesto había mantenido una
relación carnal de dos años y otra más espesa –“una prueba de cara a otra existencia en
el más allá místico”, solía decir- de ocho supuestos meses de inocencia epistolar, él dejó
de ser el mismo. Era una chilanga del extrarradio del D.F (que es como decir de los
arrabales del mundo) que le anunció, entre atropelladas citas en medio de su viaje de
estudios, que había quedado locamente enamorada de un francés, presuntuoso escritor,
afincado en el D.F. Algo así como las antípodas del mismísimo Ernesto.

Él decidió dar inicio a la última etapa de su exilio y venirse para París.

Esto –como luego contaría el mismo Ernesto, intentando robar algún gesto a
Rodrigo- demostraba que él había probado el polvo del exilio, como si fuera un escritor
prohibido. Lo que extrañaba una vez que se había sumergido en esos polvos era sentirse
lejos de todo aquello desde lo cual había sido afectado alguna vez por el mundo, por el
suyo, por el de la infancia y la juventud: los chiles de su mamá, la piel oscura de sus
compadritas, la fiesta de los quince de su hermana…

La geografía que recorrió durante ese simulacro de exilio vino precedida por esa
pérdida de familiaridad para con las cosas; de ahí la invención de la soledad y la
novedad, puesto que los hechos que mediaron entre la única vez que supo de la
existencia del presunto Cicerón francés y el billete de tren Marseille-Gare d’Austerlitz
(París) pegado a la palma de su mano, tuvo una espesura más viscosa. Viscosa y
compacta como la alemana que conoció después de la última cita con la chilanga. Él
quedó sentado en el taburete del bar en el que había recibido la noticia, había sido su
última cita y Ernesto estaba destrozado. La alemana había estado bebiendo con un par
de amigas y en un rato en que estas fueron hacia el baño como un par de comadrejas,
ella se le acercó y comenzó a hablarle.

Elma –así se llamaba ese poderío rubio- y él pasaron la noche bebiendo cerveza
en los bares del centro que él aún no conocía, ella siempre dispuesta como un pájaro
ávido a escuchar algunas palabras en español. Antes de entrar en el piso, pero después
de pasar la puerta del portal, se cogieron. Él se liberó de aquel hombre torpe e
irreconocible que pensaba que ya sería siempre, pero la germana parecía que tan sólo
acababa de abrir el apetito. Volvieron a hacer el amor otra vez, más borrachos y menos
dormidos, después de servirse una copa en la estancia que hacía de cocina, salón y
bañera, todo en uno, como le gustaba decir a sus invitados. La alemana se pasó el resto
de la noche ronroneando sobre su cuello palabras de deseo en un idioma tosco y sin
lubricar que él no entendía. Después de despedirse en la exangüe claridad de su pequeño
apartamento, anduvo pensando si acaso el amor no era nada más que eso: palabras
toscas y sin lubricar que se lanzaban entre almohadones.

Al día siguiente, según le contó el mismo Ernesto a Jean, anduvo por las calles
de Marseille mirándose en los charcos, intentando ver de dónde provenían las múltiples
malformaciones que surgían de su rostro sumergido.

Como todo miembro del conventículo, Ernesto mostraba sus pretensiones al


parnaso literario exhibiendo sus ademanes cursis y hablando y escribiendo todo el rato
sobre escritores. En un primer momento porque le parecía que nada más excéntrico que
un escritor convencido podía habitar la tierra, pero a medida que iba pasando el tiempo
escribiendo en los lugares más inimaginables posibles, se convenció de que un escritor
no era más que alguien que habla, que dice cosas tal y como estas son, sin más, y que
muestra que todo nunca jamás puede ser dicho (lo cual adolecía ya de bastante
cursilería). Para hacerse con esa voz que creía ajena una vez leyó a Wittgenstein, el
Tractatus, al cual defendía tímidamente siempre que podía ante los aduladores del
segundo Wittgenstein, el de los juegos del lenguaje. Fruto del amor que de él surgió
hacia el austriaco escribió un cuento, en el que relataba la idea de alguien que creía en
Dios y que tras preguntarse incansablemente de qué manera sería el infierno una vez
hayamos muerto y llegado hasta él, fallecía sin poder responder a su pregunta. El tipo,
aclaraba Ernesto, mostraba una tendencia de deseo hacia la vorágine humana de las
ciudades durante todo el cuento, aunque eso nadie del conventículo supo valorarlo.

En algunas ocasiones, las más feas, las charlas del conventículo se convertían en
soliloquios en los que cada uno mostraba un punto de vista personalísimo y pedante
sobre algo que hubiesen leído o alguna anécdota que uno de ellos contaba. Esas pocas
reuniones significaban encontrarse inmersos en el centro del mundo académico que
todos aborrecían explícitamente.

La primera vez que Ernesto encontró a Rodrigo sería recordada por él y por los
otros en numerosas ocasiones a lo largo de la breve historia del conventículo. Rodrigo
andaba pasando casualmente unos días en Marsella, nunca nadie supo la razón que tenía
para ello -parecía tener un don para estar en el lugar adecuado en el momento justo, de
tal manera que la casualidad y el azar parecían tejer un encuentro malditamente mágico,
algo que Jean no soportaba de Rodrigo era ese don suyo para la ubicuidad-. Ese día
llevaba aun el pelo admirablemente lacio y largo y el bigote milimétricamente cortado
en conjunta simetría con la perilla puntiaguda (aún no se había dejado crecer la barba).
Tal y como todos se cansarían de ver cada tarde de Domingo en el Jardin de
Luxembourg, ya portaba aquella chaqueta de fieltro azul oscuro en pleno mes de agosto,
aunque no se disolvía en él ningún tipo de hedor a perfume barato, y ni tan siquiera su
piel se desvelaba algo marmórea con el tibio reflejo de sudor alrededor de sus gafas
oscuras. Bajo estas, las mejillas asomaban sonrojadas, siendo el único espacio de su cara
en el que la luz podría mostrar algo mínimamente reconocible. Caminaba erguido, como
si fuese rastreando la superficie hasta hallar la tímida vibración de algo sepultado bajo
ella. Sus pantalones anchos no permitían adivinar el grosor de ese cuerpo que enhebraba
lenta y dificultosamente los pasos uno tras otro como una masa compacta –que, por otro
lado, no aquejaba ninguna falta de coordinación- arrastrando el peso del paso anterior.

El conventículo no dejaba de ser para Ernesto (y en gran parte para Jean) un


inmenso cajón desastre, un vacío en el que dar alas a sus imaginaciones delirantes y
verter en los oídos de los demás algún que otro comentario crítico. La simbiosis entre
realidad y escritura en todo aquello que desarrollaban erizaba la piel de Jean, las
reuniones en las que apenas se decían dos o tres palabras referidas a algún aspecto
perdido de la Historia de la Literatura, los cafés silenciosos, los conciertos, las
borracheras, el coito con cada uno de ellos, con todos.

EL PRIMER ENCUENTRO ENTRE ERNESTO Y RODRIGO.

El primer encuentro entre Rodrigo y Ernesto tuvo lugar en un puesto de


fotografías antiguas. Ernesto se detuvo embobado en la imagen en blanco y negro de
una señora de unos ochenta años, que miraba un tanto perpleja hacia donde estaba
situada la cámara. La cara de la mujer ni siquiera parecía sospechar que era simplemente
un retrato lo que querían de ella. Su expresión era la de alguien que hace un chiste sin
saberlo, los demás ríen de ello sin que ella pueda darse cuenta de ello. La incredulidad
era su única expresión, quizá por el tamaño del bicho de madera cuando lo vio a cara
descubierta. Se podía mirar como una de esas fotos de muertos que tomaban en la
antigua Caledonia allá por el siglo XIX, como dijo eruditamente una vez Rodrigo,
interrumpiendo a Oliver, que seguramente pensaba explicarlo con todo tipo de detalles.

Rodrigo estaba allí mirando los ojos entrecerrados de aquella mujer, con
expresión de tener un pensamiento prisionero dentro de su cráneo peludo. Bruscamente,
como solía hacer las cosas -¿dónde estarían los modales españoles de los que hacía gala
Frank Sinatra en aquella película sobre la invasión francesa a España?, se preguntaba
Jean a menudo…sin duda serían el toque especial que Frank le dio a la película-, se giró,
masticó el comienzo de una frase embriagada en su saliva pastosa, vio que no se le había
entendido nada y volvió a mascullar:

- ¿Es la primera vez que vienes por aquí?”- Otra costumbre del español que le
aproximaba a milímetros de la divinidad –una divinidad con cuernos y algo orgiástica-
era la capacidad de responderse sus propias preguntas. Jean lo tenía estudiado, era algo
así como una manía irrefrenable por abastecerse de la perplejidad fresca del otro para
así inventar monólogos que no pasaban de ser pura charlatanería.

- Imaginaba que no; es más, sabía que era tu primera vez –el español siguió
adentrándose en la conversación. ¿De qué servía que Ernesto le dijese algo? Sería como
poner puertas al campo-. Se te nota en la mirada. Miras todo como si un ciego lo
estuviese palpando por primera vez.

- Ando hasta acá todas las mañanas. Vivo cerca. – A Ernesto la mirada de
Rodrigo le pareció perdida en la penumbra ambiente, produciéndole una sensación -¡por
fin, una sensación!, desde que la alemana le había dejado no había sentido muchas- de
incomodidad y expectación.

- Ah, ya… Tan solo ando despistado, ¿sabes? Vine para un asunto aquí a
Marsella y mi tonta cabecita me dice que no me encontré a esta muerta por azar. ¿La
ves? Es como si viniese buscándola. Colecciono fotos antiguas, ¿sabes?

- ¿Por qué no la compra?

- A veces paso por aquí y me quedo mirando las fotos, pero nunca compro. No
sé si lo que miro son las fotos o al tipo que las vende. Aunque nunca hablo con él,
tiendo a pensar en que a menudo no le gusta eso –El hombre del tenderete carraspeó-.
Encantado, soy Rodrigo, gallego. ¿Y usted? Por aquí no hay mucha gente que hable
español tan correctamente.

- Soy Ernesto, pasé mi infancia en México. Fui criado allí, aunque…realmente


mi español se va reduciendo a unos cuantos amigos catalanes de acá.

Al poco de estar charlando, el tendero hizo el gesto de levantarse de donde


estaba sentado y comenzó a cerrar el puesto. Bajar las tablas, cerrar los candados. Una
ceremonia de gestos cadenciosos. “Mejor andamos a alguna otra parte. Te
comentaba...creo que podemos tutearnos...”
Así comenzaban las conversaciones con Rodrigo, dejando ver una palabra que
tiraba más y más de la madeja hasta que el compromiso de ir a las reuniones de ese
“pequeño secreto” que traía entre manos era desembuchado por el otro, fuese Ernesto en
un puesto de fotografías, Jean a lo alto de la torre Montparnasse, Olivier paseando al
perro, Overeck en una de sus consultas, etc.

La fuerza que transmitían todos los componentes del conventículo por separado
era magnífica; ahí sí que podías hablar tranquilamente acerca de los más variados temas
de la literatura universal, del hecho de que Dostoîevsky se dedicase a leer el libro de Job
durante su encarcelación en Siberia, o de por qué Valente agarraba la aspiradora de su
mujer de la limpieza a la mínima en que esta se despistaba (todo por no escribir o por
pensar en lo que iba a escribir), cosas que por otro lado tenían muy mala solución,
puesto que luego en las reuniones que mantenían, cada uno de ellos quería alzarse con la
voz más alta y acabar dándose la sensación de tener toda o prácticamente toda la razón.
“¿Puedo interrumpir?”, dijo Jean una vez que veía que la discusión se estaba acalorando
demasiado. ¿Qué clase de interrupción era esa que llevaba una etiqueta que decía
INTERRUPCIÓN pegado al lomo? La mirada que Rodrigo le lanzó entonces a Jean fue
de controversia, de turbación, como si tuviera un caballito de mar delante de sus narices.
“¿Y tú de dónde sales?”, venía a decirle la cara de Rodrigo.

A menudo Jean solía repasar las conversaciones que había mantenido por
separado con cada uno de ellos. Incluso comenzaba a memorizar aquellas otras que le
había hecho llegar Ernesto en sus cartas, de las que las más interesantes eran las
mantenidas con Rodrigo, quizás no por su fineza en las disquisiciones pero sí por la
abundancia de temas que contenían.

Tenía un diente de oro, Jean. Me dijo que los indios del amazonas les quitaban los
empastes dorados de la boca a sus muertos. Se lo hacían con tenazas. Uno le
sujetaba la barbilla y otro le arrancaba el oro. En parejas. Luego el muy cabrón va
y me cuenta que no, que era algo que leyó en un libro de un viejo que leía o algo
así, que era todo una broma y que –esto sí de verdad- me cuenta que tiene cuatro
fundas de oro y tú ves, Jean, cómo no nos debimos nunca fiar de las apariencias. El
tipo que parece que va mendigando algo y al que sólo le falta una botella de
alcohol metida en el bolsillo para dar bien el pego, de repente va y dice que tiene
cuatro dientitos de oro. ¿A ti te parece normal?...

En la plaza Saint Michel, ya en el presente, alejado del estigma de recuerdos y


olvidos, a Jean se le mostraba la cara del mismo Gran Farsante en los charcos de París,
mirando los mismos laguitos de agua que se hallaban frente a él como nenúfares
transparentes. Se preguntaba por dónde acabaría viniendo Rodrigo esta vez: ¿atravesaría
el puente y caminaría recto hacia él, dejándose ver de pleno, o a lo mejor entraría por
uno de sus costados, lo cual cuadraba mejor con su manera de ser, dejando que no se le
viese hasta que se hubiese echado justo encima? Se retrasaba ya cuarenta y cinco
minutos, algo habitual en él, y que por lo demás dejaba ver que las cosas no tenían
ninguna lógica cuando se trataba de Rodrigo, simplemente se daban a la cara como un
poder extra normal que uno no controla y que puede perderse en cualquier momento
-virutas de aire en la palma de la mano un día de mucha ventisca-.

Al final lo vio aparecer, caminando por la Rue Saint André des Arts con paso
tranquilo, meneando los pies al final de cada paso como si estos fuesen dando
cabezadas, la larga barba enjuta dejando ver un par de ojos entre tanta pelambrera y una
nariz puntiaguda que le hacía parecer aún más Cyrano que otras veces. Entre la mano y
la cadera dejaba asomar el lomo de un libro magullado. Los libros de Rodrigo no eran
leídos nunca o casi nunca por nadie, a pesar de sus incansables esfuerzos por hacer
introducciones, nudos y desenlaces en los que todos se perdían durante las largas
reuniones del conventículo. Esos bouquins no tuvieron nunca tanto éxito como los
libros de Ernesto o los de Maurice, por ejemplo, aunque hay que decir que ellos no
hablaban tanto acerca de ellos.

“Una simple cuestión de educación”, se decía Jean. “Todo el mundo dejaba


hablar tanto a Rodrigo por lo educados que eran” -¿acaso era esta la galantería española
de Frank Sinatra transmutada a una quinta dimensión?-

Ellos (Maurice, Ernesto, Olivier, Overeck y Jean, la plana al completo) elegían


sus libros en arreglo a los temas que eran tratados en la caserna cada Domingo; incluso
alguna vez que otra trajeron también alguno que no habían leído antes (sobre todo
Ernesto), del que tan sólo habían escuchado hablar de una manera que les parecía algo
llamativa o habían leído su tapa en la que se hablaba sobre el autor, la trama principal o
donde simplemente se copiaba la reseña de algún periódico en la que invitaba a que lo
leyeran cuantas más personas mejor (¿acaso habría laboratorios de reseñas, repletos de
hombres con las manos teñidas de tinta que no paraban de puntear una máquina de
escribir?, se decía Jean). Ellos lo creían más que suficiente.

Si Jean tenía especial cuidado de no pisar los charcos y a menudo conseguía


evitarlos, aunque el ayer fuera un día lluvioso del que la noche regresaba de su candor
con la vehemencia de un trueno, Rodrigo caminaba como si le fuese la vida en
escamotear la alegría callada de los transeúntes y su bailoteo de abuelo alcanzado por el
Párkinson iba a aterrizar bastante a menudo al centro de algún charco que gimoteaba
cercano. Seguramente, viniendo de quien venía, no era hecho a propósito, sino que los
gestos de Rodrigo normalmente se destacaban por la inercia con que eran
desenfundados.

El Gran Farsante se acercaba, abrió sus brazos al mismo tiempo que tronaba un
“¡hombre, ven aquí, Juanito, qué alegría!”. Abrazó a Jean con fortaleza, cosa que a él
mismo le pareció más una llave de lucha grecorromana que un abrazo entre compañeros
que hace tiempo no se ven.

- ¿qué hay? Cuánto tiempo. Ya pensé que no me llamarías nunca, querido; ¿esa
maleta es tuya? Trae, vamos al café “Le trou”, está a punto de originarse un
aguacero tremendo y no me gusta.

Hasta ese mismo momento en que Rodrigo se la señaló con la mano, Jean no
había reparado en el bolso que traía colgado del hombro derecho. Acostumbraba a dejar
las cosas desparramadas por el suelo allí por donde fuese, normalmente entre sus pies
como una pelota de fútbol retenida por un delantero indeciso. En la bolsa traía fruta y un
libro de Jouvette, Los pasos indecisos.

Entraron en un café cercano, plagado de mesas altas redondas en el centro y de


mesas más pequeñas y sillones rojo bermellón cerca de los ventanales, dando justo
frente a la plaza y a su ruidoso tráfico que se metaforizaba en los mosquitos atontados
que plagaban el bar. El antro estaba muy mal iluminado, prácticamente a oscuras, con
una música de fondo que era una especie de balada americana estilo funky.

- El sitio este siempre anda entre penumbras. No entiendo ese gusto francés por
las sombras. El psicoanálisis seguro que fue invento francés… ¡oye!, por cierto,
¿viste el partido del Nantes ayer?

- Sí, el medio centgo ese, ¿cómo se llama? - Jean quería hacerse con las
consonantes, sobre todo con esa maldita r española con la que tapizaba su
vocabulario con la música de una corneta con sordera

- Sííííííííí –resopló Rodrigo al mismo tiempo que agravaba la voz y levantaba los
brazos- esto…Cheynou o algo parecido, ¿no? ¡Qué grande el tío ese!

- ¿Viste lel encontgonazo con el defensa de los otgos, cuando se tgastabilla y sale
con la pelota lista para dágsela al delantego de colog que magca tantos goles.
Sólo tiene que empujarla?

- Fue la mejor, sin duda. A veces pienso en el fútbol como en una casuística que
tiene todo para parecerse a la vida: la casualidad, el azar, el ardor guerrero, lo
intempestivo, las luces…

De repente a Jean le pareció estar escuchando una de esas milongas de bar a las
que uno no le presta demasiada atención a no ser que sean las tres o las cuatro de la
madrugada y uno vaya con varias copas de más. Estaban tirados en un sofá y un tipo se
les acercó con la cara magullada como si se hubiese cortado afeitándose.

- Est ce que vous auriez du feu, Monsieur? Voyez vous que j’ai d’une autre chose
que peut être vous voudriez – dijo entre un acento que marcaba fuertemente las
consonantes y le hacía soltar las palabras como si fueran escupidas con fuerza.
Se destapó la chaqueta, dejando un hueco abierto entre sus costillas y la parte
interior de la misma, dentro del cual se podía entrever una bolsita pequeña de
plástico rellena de gramíneas verdes.

- No fumamos –dijo Rodrigo sin ni tan siquiera mirarle a la cara. El rostro de


Rodrigo se tornó áspero y hueco en medio de las tinieblas. Entonces se le reveló
un nuevo Rodrigo a Jean, uno más preocupado por el futuro, por sus planes
inminentes y por todo aquello que le rodeaba.

La cosa era que a Jean el tipo se le parecía a alguien que ya había visto en el
pasado. Las cristaleras del café empezaron a iluminarse y apagarse con una parafernalia
que comenzó a obrar en aquel momento como si estuvieran bailando o riendo o
cantando con las luces situadas justo encima de los sillones: estas parpadeaban como las
lágrimas de un tartamudo y aquellas que estaban situadas justo encima de las mesas del
interior empezaban a hacerlo también a un ritmo más lento, más pausado. El tipo acabó
por marcharse sin que Jean consiguiera identificarlo. A menudo la gente conformaba
para él una masa pastosa uniforme como el puré de puerros que solía hacer. Esto fue
algo que en su edad adolescente llegaba a exasperarle tanto que a menudo intentaba
realizar ejercicios de memoria con el fin de no acabar con principio de alzheimer. “¿qué
hemos hecho ayer?”, decía poniendo a prueba a quienes le rodeaban.
- Bueno, ¿qué ha pasado? ¿Tenemos estatutos o no? –dijo Jean con la esperanza
de que así se congelara su memoria o su falta de ella y pudiera volver al hilo de
la conversación.

Las palomas se sacudían las pulgas por todos los puntos de la plaza, lo que no
era suficiente para atemorizar a una señora algo mayor ya, presumiblemente entrada en
razón, que les despedazaba migas de pan en uno de los corners. Eso era una de las
muchas cosas que ponían a Jean con el cuchillo entre los dientes como un mohicano
silencioso.

- Sí –desembuchó Rodrigo tras una larga pausa. Las reuniones aún no se habían
legitimado como las de una asociación; todos habían acordado hacer una especie
de rito de iniciación que debía tejer los pilares del conventículo para que todos
se creyesen dentro de una esfera personalísima, aunque a Jean a menudo las
charlas entre ellos no le pareciesen mucho más divertidas que las que
acostumbraba a oír del pico de las torcas de su pueblo. El primero en realizar su
“acto” era, cómo no, Rodrigo, quien tendría que leer uno de sus poemas, titulado
El mono caníbal, delante de la fachada del Hôtel de Ville al mismo tiempo que
orinaba en la gran plaza. La cosa era sencilla, debía sujetar con una mano el
poema y con la otra su propia verga. Ese gran día había llegado, solo que Jean
había tenido que perdérselo por trabajar en la compañía de seguros que le tenía
atado a la silla ocho horas cada día. –El otro día –continuó solemnemente
Rodrigo-, el día que dijimos entre todos, la fachada del Hôtel de Ville ha sido
empapada y te juro, ¡te juro, por Dios, Juan!, que nunca en mi vida creí correr
tanto y perderme tan rápidamente entre la gente.

- ¿Estuvo Olivier con la cámaga? –soltó Jean intentando parecer más excitado de
lo que realmente estaba. Al fin y al cabo él esperaba otra cosa de aquella
conversación.

- Sí, sí, estuvo Olivier –cuando las palabras de Rodrigo no parecían surtir el efecto
que deseaban, este se adentraba en un tono cansino y amodorrado- Ahora le toca
a vus1 –dijo intentando hacer un juego de palabras, con la consabida máxima que
tenían todo el grupo de que todo acto tenía que ser visto por un mínimo de cinco
miembros o grabado con una cámara; si no era así, sería acto fallido y habría que
pasar a llevar a cabo un acto de la piedad si se quería entrar en la boca del
conventículo. Jean lo miró con espanto, sin entender el juego de palabras.

- Bueno y entonces, Godrigo, me dirás lo que a mí me toca –recordó entonces por


qué se había dado cita con Rodrigo y lo duermevela que lo tenía el hecho de no
saber más acerca de esto -¿cuál va a seg el acto de iniciación paga mí?

- Bueno, Juanito, he estado meditando muy bien sobre los estatutos y los actos que
cada uno de nosotros se ha comprometido a llevar a cabo y entiendo, entiendo –
repetía a menudo una palabra con ánimo de enfatizar ideas que Jean comprendía
más que de sobra, aunque para Rodrigo fuesen lo sustancial de la frase (¿los
españoles harían todos lo mismo? ¿cómo podía el español haber conquistado el
segundo puesto de idioma más hablado con semejantes redundancias? - que lo
1
La pronunciación francesa de usted, vous, viene a ser ligeramente como vu, visto
próximo que queda para ti es una lluvia de misivas. Es muy sencillo, te lo iré
explicando por el camino…

Las luces de neón escondidas a lo ancho y largo de todo el bar habían despertado
como los muchachos adolescentes durante un baile de fin de curso. La gente empezaba
a abarrotar el café en grupos de cinco o seis personas, mientras Jean y Rodrigo se
disponían a luchar otra vez contra el viento helado.

- Las misivas no son sino otro acto más de los muchos que pertenecen al trabajo
de escribir.
- La labog del escgitog no es más que otro capítulo más de las invenciones con las
que tenemos que vegnos en el día a día.
- La labor del escritor no es más que intentar pasar un elefante por el ojo de una
aguja, de tal manera que el elefante pueda ser visto y estudiado por todos.
- Sí, ¿pego qué tipo de estudios segán esos? Esa es la cuestión, Godrigo – ahí
estaba Jean tomándolo siempre en serio, siempre divisando un atisbo de lucidez
en todo aquello que salía de la boca de Rodrigo. Era una manera cualquiera de
tirar de los apuntes que durante dos años siguió en la carrera de Humanidades.
- Bueno, bueno, ese tipo de estudios acapararán todo tipo de ciencias, desde las
que van a calcular los ángulos formales -¡siempre las malditas formas!, pensó
Jean- hasta los que van a exprimir lo mejor, como cuando uno encuentra el
pimiento en una ensalada, al fondo de tanta lechuga. Ahí ya no podemos entrar.
- Segá mejor que no entgemos en el tema, mon chèr.
- Como te iba diciendo, las misivas son otra cara más del trabajo de un escritor. Y
tenemos que hacer que aquellos que no han podido darse cuenta de lo que tenían
que decir lo digan. Por eso te propongo – toda cosa que ordenaba Rodrigo se
convertía en una propuesta, ¿quién le había dicho que debía y tenía que
proponer, siendo que las ideas del conventículo eran puestas en común y
discutidas entre todos? ¿Acaso Jean le había dado a entender, a través de sus
silencios, que era lo que él esperaba?- que te dediques a empapelar esta ciudad
de cartas de gente que ha perdido a alguien, de familiares de desaparecidos que
descansan en fosas comunes, hambrientos de tinta y de verdad, pero también
fusilados y retorcidos en posturas que la tierra ha ido moldeándoles.
- No entiendo pog qué escgibig pog aquellos que no han podido decig nada – dijo
Jean mirando al frente, de camino a tanto charco huero, al mismo tiempo que le
parecía advertir en ellos la cara de alguien, un rostro que se albergaba en todos
los charcos de esa ciudad luminosa y estrellada de más de tres mil cadáveres, el
París que nada tenía que algo dejaba ver de la Banlieu2 que Jean conocía bien
porque había vivido en ella desde que era un soplo helado en este mundo tibio.
Caminó sin sentir que Rodrigo se ponía a su altura para seguir su camino a
donde fuese que este le llevara, con paso decidido y pensando en esto último que
le había dicho Rodrigo. ¿De qué color tendrían que ser las misivas? ¿Cuántas
tendría que rellenar? Eran preguntas idiotas, pero que ya encerraban alguna que
otra predisposición. París era una ciudad en la que dormían cientos de miles de
mendigos, cientos de miles de personas que cruzaban sus calles, pasaban por
encima de las catacumbas de Montparnasse como ratones trapecistas por encima
de un acueducto de la Roma antigua. Muchas miguitas de pan eran despedazadas
para ellos con el fin de que, en un salto acrobático, las recogiesen y supiesen
2
Banlieu en francés viene a ser todo barrio periférico de Paris, a menudo poblado por clase trabajadora y
marginal.
servírselas en la sopa para cenar. No se trataba de una simple cuestión de estilo,
de algo que mencionara alguna gramática cuadriculada, era el secreto de que
nunca lloviese en esa ciudad sumida en charcos; Jean se pondría a danzar al dios
de la lluvia un rito desacralizado, sería un rito en el que no habría plegarias
piadosas, venenos místicos ni vorágines de mansedumbres. Algo pequeño, pero
a la vez útil. Un canto por los desaparecidos.

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