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FACULTAD DE CIENCIAS JURÍDICAS Y

POLÍTICAS
COMITÉ DE TRABAJOS DE GRADO

TÍTULO
ALTERNATIVAS DE RECONSTRUCCIÓN DEL TEJIDO SOCIAL Y LA
MEMORIA HISTÓRICA DEL CORREGIMIENTO DE RIACHUELO,
MUNICIPIO DE CHARALÁ- SANTANDER.

AUTOR (ES) WILSON DUARTE CORZO___________CÓD.__1100954025 __


_ARNOLD STYVEN LESMES SÁNCHEZ_CÓD. 1100969011___

DIRECTOR _ DOC. HINGRID CAMILA PÉREZ BERMÚDEZ_______

CODIRECTOR____________________________________________________________

CONCEPTO COMITÉ DE PROYECTOS DE GRADO __________________________


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APROBADO DEVUELTO RECHAZADO

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DIRECTOR DEL PROYECTO CODIRECTOR DEL PROYECTO

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COMITÉ DE PROYECTOS DE GRADO
FACULTAD DE CIENCIAS JURÍDICAS Y
POLÍTICAS
COMITÉ DE TRABAJOS DE GRADO

MODALIDAD DE TRABAJO DE GRADO: PROYECTO DE INVESTIGACIÓN -


MONOGRAFÍA

1. TÍTULO DEL PROYECTO

reconstrucción de la memoria histórica del corregimiento de Riachuelo, municipio de


Charalá- Santander.

2. AUTOR (es)
WILSON DUARTE CORZO
ARNOLD STYVEN LESMES SÁNCHEZ

3. DIRECTOR Y/O CODIRECTOR

DOC. HINGRID CAMILA PÉREZ BERMÚDEZ

4. PLANTEAMIENTO Y FORMULACIÓN DEL PROBLEMA

Planteamiento del problema:

El Colombia es un Estado, cuya historia se ha escrito en episodios crueles e inhumanos de


violaciones de los derechos humanos, desconociéndose el verdadero significado de la
dignidad humana, principio fundante de este Estado Social de Derecho, la mirada se ha
enfocado principalmente en el olvido de aquellos que un día, de manera indefensa se
enfrentaron contra ese Leviatán denominado “Violencia”, quedando dichas historias solo
como en cifras, en donde la manera más fácil de resarcir estos daños es con una simple y
elocuente acción monetaria, que si bien, es una medida de reparación en su máximo esplendor
no constituye esa garantía de verdad, justicia, reparación y no repetición para las víctimas
del conflicto armado, dejándose a un lado la memoria histórica como una variable explicativa
y comprensiva de la guerra.
Asistimos a un momento histórico en el que se empiezan a generar propuestas que se
enmarcan en discursos de justicia transicional o aún de reivindicación de proyectos
inconclusos de construcción de paz y democracia, las cuales incluyen iniciativas de archivo,
museos, centros de memoria, renombramiento de instituciones educativas, conmemoraciones
públicas, apoyos a proyectos de documentales, exposiciones artísticas, etc., todas enmarcadas
dentro de un imperativo que ha roto, sin duda, la lógica de comprensión de los sufrimientos
de la población colombiana como costo supuestamente necesario del progreso, del
enriquecimiento, del orden, de la toma del poder.
Para reconstruir la memoria histórica, se necesita de la vinculación tanto de víctimas,
victimarios y el Estado; dicha acción no se realiza de manera expedita o esporádica, por
cuanto necesita la observación profunda y detallada de la violencia. Es cotidiano observar
que la memoria primate en nuestro país, esta basaba en un supuesto: “Me contaron, me
dijeron, oí decir” dicha situación genera en la población la revictimización y por ende la
destrucción de los lazos de fraternidad, fundaste de un proceso de lucha por la
“Reivindicación de los Derechos Humanos”.
En el Departamento de Santander, a lo largo de la historia se ha generado un sinnúmero de
afectaciones y sistematizaciones de los derechos humanos, bajo sistemas totalitaristas del
poder donde las instituciones estatales se han encontrado inmiscuidas, llegando al límite de
deslegitimar el poder estatal poniendo al servicio de los grupos al margen de la ley la función
estatal.
En el Corregimiento de Riachuelo ubicado en el Municipio de Charalá, el Frente Comunero
Cacique Guanentá durante los años 2000-2004 implanto un sistema totalitarista del poder,
transgresor de derechos Humanos y desconocedor de principios constitucionales como lo es
la dignidad humana; el andamiaje político militar se vio influenciado por un postulado
Maquiavélico de “Protección del pueblo “que justifica la acción criminal y legitimaba la “ley
del silencio”.
Con el retiro de los grupos paramilitares de la población, y el desamparo de la misma , se
transforma el conflicto , minimizándose la voz de las víctimas y generándose una ola de
desconfianza en las instituciones estatales , limitándose a su vez la comunidad, a participar
en los procesos de reconstrucción de memoria histórica , dejando esta labor a víctimas que
venían de otros lugares del país quienes desconocían los hechos victimizantes ,
tergiversándose de esta manera la información y constituyese en un foco central de
polarización.
Fue tanta la magnitud de una historia “mal contada”, que los medios de comunicación
realizaron una “campaña negra en contra de la población”, pues bien, se afectó el tejido social
produciéndose efectos coercitivos tales como: desvaloración de las tierras, falta de inversión,
disminución de las oportunidades laborales, rechazo a gran parte de las víctimas,
señalamientos entre otros.
Según reportes hechos por la unidad de víctimas en Colombia hay registradas 8´650.169
víctimas y de estas el 96,04% son víctimas del conflicto armado; y según estos mismos
reportes en Charalá hay registradas actualmente 542 víctimas de las cuales 537 son del
conflicto armado esto es un 99,07% y tan solo un 0,92% son víctimas incluidas en
cumplimiento de la Sentencia C280 y Auto 119 de 2013 (Red Nacional de víctimas -
Información, 2018)
Con base a estas estadísticas y en las que aún no se han podido cuantificar debido al miedo
y temor por parte de víctimas que viven bajo el yugo de la guerra; por la importancia que
tiene la reconstrucción de la memoria histórica en el corregimiento de Riachuelo, Municipio
de Charalá- Santander, como acción social no revictimizadora.

Formulación del Problema


¿Cuál es la importancia de realizar el ejercicio de la reconstrucción de la memoria histórica
como acción social no revictimizada bajo los parámetros de verdad, justicia, reparación y no
repetición en el corregimiento de Riachuelo, Municipio de Charalá-Santander?

5. JUSTIFICACIÓN

Es La memoria histórica es un elemento importante en los procesos de resocialización de las


víctimas del conflicto Armado, por cuanto constituye una garantía de Verdad, Justicia,
Reparación y no Repetición. Recordar, significa dignificar y, por ende, se debe realizar dicho
ejercicio con gran responsabilidad, teniendo como fundamento la dignidad humana de las
víctimas.
Las posibilidades diferentes de aislamiento o de identificación de la sociedad con lo ocurrido
a las víctimas, la contemplación frente al sufrimiento ajeno o la movilización contra la
impunidad y sus efectos extendidos, dependen del sentido de los relatos sobre la historia
reciente que se difunden a través de políticas de la memoria.
Las políticas e iniciativas de memoria emergentes responden a modelos de tratamiento del
pasado y de articulación con el presente, sin que se haya avanzado suficientemente en la
comprensión social acerca del trasfondo y consecuencias de los mismos. El término
“memoria”, es usado de innumerables maneras con la predominancia de discursos altruistas
que, sin embargo, no satisfacen las demandas de las víctimas por el hecho de que pretendan
hacer visibles sus sufrimientos. Y más grave aún, la sociedad aún no clarifica su papel frente
a las realidades que comienzan a reconocerse a partir de claves claras de identificación que
le permitan comprender que lo sucedido a las víctimas nos ha ocurrido a todos y a todas,
realmente, y que hacen de la memoria un derecho exigible.
El ejercicio de la construcción de la memoria constituye un elemento fundamental que
permite generar espacios de dignificación comunitaria, en donde la violencia sea erradicada,
y se de paso al dialogo, como elemento constitutivo y unificador de los lazos de fraternidad
en la población.
Es así como la memoria histórica debe girar en torno a las víctimas, esta no puede ser solo
rememorada por los victimarios, es necesario una acción incluyente, participativa que busque
minimizar el fenómeno polarizante y sus efectos coercitivos, que impregne el sentido de
pertenencia en las instituciones y responsabilidad social en la ciudadanía.
Para las victimas recordar significa no volver a repetir, y a partir de esta óptica emana un
pilar importante en los procesos de reparación el cual es “la no repetición”. Dar un espacio
participativo a las víctimas es un elemento fundamental para la identificación las
responsabilidades de los actores del conflicto y para observar la transformación de este a lo
largo del tiempo.
Los procesos reconstructivos de la memoria histórica en el Corregimiento de Riachuelo , se
han limitado a revictimizar a la comunidad , por cuanto esta ha sido construida por los
ciudadanos que no vivieron el periodo de violencia en la población , sino por terceros que
de manera irresponsable han usufructuado la historia de esta comunidad , bajo supuestos de
“me contaron” , “oí decir” ; poniendo en tela de juicio la veracidad de la información y
generando un océano desproporcionado de señalamiento y estigmatización comunitario,
generando la degradación de la reputación del dichas personas ante la sociedad permitiendo
ser señaladas, juzgadas de manera injusta y poniendo en tela de juicio los hechos.
6. OBJETIVO GENERAL Y OBJETIVOS ESPECÍFICOS

OBJETIVO GENERAL

Establecer espacios de socialización y construcción de la memoria histórica como acción


social que permita la reconstrucción del tejido social, no revictimizada bajo los parámetros
de verdad, justicia, reparación y no repetición en el Corregimiento de Riachuelo Municipio
de Charalá-Santander.

OBJETIVOS ESPECÍFICOS

• Identificar la coyuntura social y el impacto coercitivo del conflicto Armado en el


Corregimiento de Riachuelo-Charalá, Santander
• Reconstruir la memoria histórica del tejido social comunitario en el Corregimiento de
Riachuelo-Charalá, Santander.
• Establecer herramientas para los líderes comunitarios, que permitan dar continuidad a un
proceso de centralización de reconstrucción del tejido social comunitario por medio de la
memoria histórica mediante la utilización de herramientas pedagógicas, que permitan una
relación intrínseca entre la memoria y la población.

7. MARCOS DE REFERENCIA (MARCO DE ANTECEDENTES, MARCO


CONCEPTUAL Y MARCO TEÓRICO)

MARCO TEORICO

“Memoria histórica es la capacidad de recordar, es el soporte donde quedan impresas las


huellas o trazos del pasado, a información virtual y actualizable que estas contienen, y la
información efectivamente actualizada en forma de recuerdos patentes o presentes; la
memoria puede concebirse como la síntesis compleja de todos estos planos semánticos e
identificarse con uno de ellos(…) la memoria histórica se conforma de un conjunto de hechos
y saberes: leyendas, costumbres, fiestas, canciones, mitos, bailes populares, juegos
tradicionales(cultura popular). Que caracterizan a la comunidad en su devenir histórico”.
(Reyes, 2006, pág. N/A).

Tal como sostiene (Huyssen, SciELO, 2002), uno de los fenómenos culturales y políticos
más relevantes de los últimos años es la emergencia de la memoria como una preocupación
central de la cultura y de la política de las sociedades occidentales. Según Huyssen, este giro
hacia el pasado contrasta de manera notable con la tendencia a privilegiar el futuro, elemento
característico de las primeras décadas de la modernidad del siglo XX.
La memoria, juega un papel fundamental dentro de la historia de la humanidad. A partir de
ésta se ha logrado establecer ciertos parámetros sociales que nos evocan a épocas lejanas,
pero que logran perdurar a través del tiempo y el espacio. El recuerdo hace que la sociedad
se agrupe en pro de ésta misma, lo que genera que la construcción de la memoria se realice
de forma colectiva, pero partiendo de la individualidad propia del ser humano. Por esta razón,
la memoria no sólo nos ayuda a viajar hacia el pasado, sino también asumir un presente y
pensar en el futuro. Los recuerdos están hoy en día, invitándonos a percibirlos y apropiarlos,
de tal manera que sean estos los que ayuden a fomentar cambios sociales, con el propósito
de darle un giro diferente a la historia.

Hablar de la memoria es un tema muy complejo, pero lo es aún más, cuando se habla de
memoria histórica social. Colombia, está compuesta por una serie de acontecimientos
históricos, por ello cada época ha sido marcada por diferentes sucesos, que hoy en día logran
plasmar una realidad propia, que se encuentra impresa en su sociedad, cultura, economía y
política. Vinyes afirma: “Recuperar la memoria histórica” (es) una expresión surgida en
aquellos años, y que no era más que una metáfora de esta evocación por el conocimiento, no
necesariamente histórico y académico, sino también ansia de un relato o relatos, que
permitiera comprender, qué había sucedido, en qué acontecimientos y luchas del pasado se
podían identificar los principios democráticos que ahora se institucionalizaban, por qué eran
justos, qué les hacía justos, qué cantos, qué himno, qué nombres de hombres y mujeres
ejemplificaban la libertad, la justicia social(…)cuáles habían sido los costes sociales más allá
de la experiencia singular e individual” (GUZMÁN, 2011). Esta es una explicación ejemplar
desde el caso catalán de las políticas de la memoria en la etapa postfranquista

Es la memoria histórica la que se encuentra hoy en día en proceso de conformación y la cual


nos es útil para lograr la reconstrucción de país, que tanto necesitamos. La memoria histórica,
juega un papel fundamental, puesto que esta puede ayudar a generar cambios sociales, que al
mismo tiempo nos permitan reparar a las víctimas del conflicto armado en Colombia, así
mismo construye un tejido humano importante, conformado por el resto de la población civil.
La memoria se ha convertido en un tema de actualidad, pues es considerada como una
herramienta de reconstrucción del tejido social, mediante la cual las personas están
convidadas a alejarse de las acciones, que a través de la experiencia se han asimilado como
dañinas para la integridad de un territorio.

Desde luego, dada la existencia de intereses concretos entre los diversos actores involucrados
–víctimas, perpetradores e instituciones estatales–, se trata de un proceso conflictivo que
permanentemente remite a un espacio de “lucha política” (JELIN, 2010, pág. 2). Esta
constante invasión del presente por los recuerdos y olvidos de los pasados recientes se puede
enunciar como síntoma de una situación de época, en la que la memoria, aquel depósito de
huellas vivas dejadas por los acontecimientos que han afectado el curso histórico y biográfico
de individuos y grupos (Cancimance López, 2013, pág. 31), adquiere una relevancia notoria
en la comprensión del presente.
Por ello entonces, salir de la encrucijada en la que permanentemente se encuentra el orden
democrático, implica para Colombia, reconocer las voces de los grupos sociales afectados
por la guerra. En este sentido las Comisiones de la Verdad, las de Memoria Histórica u otros
dispositivos institucionales juegan un papel primordial. Así, en un escenario como el
colombiano, es posible afirmar que la memoria se convierte en un campo de juego, donde
diversos agentes e instituciones buscan dominar o subvertir la representación de ciertos
pasados, legitimar su posición y condición de narración.
Uno de los principales capitales en juego es el poder de enunciación desde una condición o
trayectoria social o política particular. La memoria, vista como campo de juego es un
territorio donde la “lucha contra el olvido” o “contra el silencio” esconde lo que en realidad
es una oposición entre distintas memorias rivales –cada una de ellas con sus propios
recuerdos y olvidos–. Un campo donde no hay neutralidad, ni puede haberla, donde los
“actores sociales con diferentes vinculaciones con la experiencia pasada, pugnan por afirmar
la legitimidad de ‘su verdad’” (Marín, 2009, pág. 63).

MARCO HISTÒRICO

En la historia del siglo XX serán las dos guerras mundiales las que impulsen los primeros
discursos analíticos sobre la memoria. Luego, los nuevos discursos sobre la memoria
surgieron en Occidente después de la década de 1960 como consecuencia de la
descolonización y de los Nuevos Movimientos Sociales que buscaban historiografías
alternativas y revisionistas para pensar críticamente los fundamentos de la identidad, lo cual
vino a promover el giro subjetivo en la academia que ya estaba mostrando síntomas de
reacción frente al estructuralismo. Esta inquietud por la alteridad vino acompañada por los
discursos sobre “el fin”: el fin de la historia, la muerte del sujeto, el fin de la obra de arte, el
fin del meta relatos.

Ciertamente en Colombia, un país de 220.000 muertos, según el informe Basta Yadel Centro
de Memoria Histórica, y donde la cifra de víctimas sobrepasa los 7 millones de personas, el
camino desde donde se debe recordar se encuentra tristemente cimentado. La pregunta será
si tendremos el valor para mirarnos en el reflejo oscuro del horror de nuestra propia guerra.

Michael Sntheimer es uno de los periodistas e historiadores más importantes del semanario
Der Spiegel. Ahora trabaja desentrañando los cerca de 1.7 millones de documentos del espía
americano Snowden hoy refugiado en Rusia. "Para la generación después de la guerra fue
muy difícil hablar de eso, era gente que había participado en el nazismo de alguna forma. De
repente descubrieron los horrores del holocausto y les sobrevino un sentimiento de
vergüenza. Se necesita tiempo para poder hablar de lo que sucedió". (David González M.,
2014, pág. 1)

Michael Parak del Instituto de Cultura contra el Olvido y por la Democracia, una
organización no gubernamental alemana, cuenta que el olvido en algún momento también
fue una opción. Fue una decisión difícil. "En un punto de la historia estábamos en una entre
crucijada: ¿Qué hacemos con el hecho de que hubo dos dictaduras? ¿Desde qué parte de
Alemania se mirará lo que sucedió?".

Explica que en los 50 había voces que pedían que se olvidara todo, voces que reconocían que
la guerra fue horrible, pero urgían por construir sin recordar. Mucho tiempo después, las
víctimas empezaron a insistir: ¡recordemos!
"Estoy en contra de decir que todos fuimos víctimas. No es así. Existen causas, métodos,
hubo quienes fueron autores, quienes fueron participantes. Hay que mostrar las historias de
quienes colaboraron, de quienes participaron. De cómo pudo suceder que personas educadas
permitieran esas atrocidades" (¡PACIFISTA!, 2014).

Parak dice que una lección importante es el trabajo de la memoria desde los textos escolares.
"Esto tan difícil se enseña en Alemania desde la escuela. Ha habido un cambio en la forma
de representar la historia, ya no es una mera descripción. Si no que se trata de incluir la vida
cotidiana, de representar las historias más pequeñas, el relato humano del pasado que puede
tener puntos de conexión con el presente". (González, 2014, pág. 1)
A inicios de la década pasada, el país no daba crédito a la cada vez más inverosímil guerra
que estaba viviendo. Masacres como la de El Salado (2000) (MORENO, 2016, pág. 1) o la
de Bojayá (2002), (HISTÓRICA, 2014, pág. 1) por nombrar solo algunas, y el reciente
desplome del proceso de paz entre el gobierno Pastrana (1998-2002) y la guerrilla de las Farc
habían sumido a los colombianos en un estado de confusión y desesperanza. Parecía que la
violencia se había tomado al país definitivamente.

Con mayor intensidad a partir de los años 80, cuando comenzaron a generarse las primeras
conmemoraciones por el genocidio nazi, la preocupación conceptual se ha centrado en el
develar el asunto de la memoria como ejercicio político y jurídico. Es a partir de ese momento
que proliferan en el mundo los museos, memoriales, informes y demás elaboraciones con un
contenido centrado en la dimensión trágica de la vida sociopolítica, y que sustentan el
contenido de la concepción actual de las políticas de la memoria como iniciativas públicas
para el reconocimiento del “pasado”.
La opinión pública dominante y buena parte del sector político exigían acciones concretas
contra los perpetradores de los atentados. Cómo enfrentarlos, cómo derrotarlos y cómo
castigarlos eran algunas de las preguntas a las que todos ofrecían una respuesta. Pero nadie
proponía una vía institucional robusta y efectiva que tuviera como objetivo reparar
integralmente a las víctimas del conflicto. Es cierto que existían algunas normativas para
ofrecer asistencia a quienes sufrían por la violencia, pero la realidad es que las víctimas tenían
muchas dificultades para acceder a ella.
Era difícil encontrarse con quienes habían vivido la violencia en carne propia, y una vez se
llegaba a ellos, no siempre estaban dispuestos a dar su testimonio. Por lo demás, no existía
en ese entonces un movimiento de víctimas organizado, y las pocas personas que se atrevían
a hablar exigían que no las grabaran ni les tomaran fotos durante la audiencia. No era fácil
asumir la vocería de una población para denunciar a los actores armados. Perder la vida por
alzar la voz contra la violencia era casi una certeza. La sola idea de elaborar una normativa
estructural por y para las víctimas parecía que no llevaría a ningún lado. “Era arar en el
desierto”, recuerda Gil.
Sin embargo, poco a poco, la sociedad comenzó a dar indicios de estar despertando de su
estado de confusión ante la barbarie. Las multitudinarias marchas del 4 de julio y del 6 de
marzo de 2008, ambas convocadas por vertientes políticas opuestas, parecían ser el síntoma
evidente de que algo, que había permanecido en silencio durante años, exigía salir a la luz
pública.
Por esta misma época, el grupo de asesores de Cristo fue testigo de un suceso que quedó
profundamente grabado en la memoria de la politóloga. Fue en un coliseo en Valledupar,
durante una de las audiencias públicas. Una señora se había levantado para dar testimonio de
las atrocidades que había vivido. Era tal la carga emocional que contenían sus palabras y era
tal el miedo con el que hablaba, que la señora se desmayó. “Y no me preguntes cómo, pero
después de todo esto, empieza la música y todo el mundo salió a bailar.” El relato de esta
sobreviviente desencadenó un caudal de emociones que desembocó en una explosión musical
que dio rienda suelta a una catarsis colectiva.
En 2007, después de varios años de labor en las regiones, Juan Fernando Cristo radicó una
primera versión del proyecto de Ley de Víctimas. Si el esfuerzo en las audiencias fue grande,
en el Congreso no fue menor. El reconocimiento de los derechos de las minorías, la definición
de “víctima”, las vías de reparación, todos esos temas eran pequeñas luchas que ocuparon el
día a día del equipo del senador. Pero hubo dos asuntos que, recuerda Gil, fueron los más
difíciles de defender. El primero, aceptar que existía un conflicto armado interno en
Colombia, y el segundo, reconocer que no solo había víctimas de grupos ilegales, sino
víctimas de Estado.
El 18 de junio de 2009, el proyecto de ley presentado dos años antes y que había recorrido y
superado todos los debates se archivó en su etapa final. “Si a mí me preguntas cuál ha sido
el peor día de mi vida profesional, la respuesta es: el día que se hundió la ley en el Senado.
Se me caían las lágrimas”. El entonces presidente Uribe (2002-2010) sustentó su oposición
al proyecto de ley en dos argumentos principales, como lo expuso en un comunicado oficial:
su insostenibilidad fiscal y el rechazo a igualar a los militares con las Farc, pues los primeros,
como representantes legítimos del Estado, no podían producir víctimas.
Sin embargo, este no fue el fin del proyecto. Bajo el primer periodo presidencial de Juan
Manuel Santos (2010-2014), este retomó un nuevo aire y se encaminó a una segunda ronda
de audiencias públicas regionales y de debates en el Congreso. Si bien esta etapa del proceso
no se dio sin pisar los callos de siempre, lo cierto es que sí hubo un cambio en el horizonte
de las voluntades políticas. Muchos de los sectores que se opusieron a esta iniciativa en 2009
terminaron aprobándola el primero de junio de 2011, y la Ley 1448 de 2011 fue sancionada
por Santos nueve días después.
“Hay pocas leyes que cambian un país, que cambian realidades de forma drástica, y yo estoy
convencida de que la 1448 de 2011 cambió al país. Este es un país diferente”, afirma
contundentemente Gil. Y es diferente por varias razones. La primera de ellas es que obligó
al país a reconocer y a encarar la realidad que vivían muchos colombianos: la existencia de
un conflicto armado interno.
Es claro que el contexto social en el que nació la Ley de Víctimas no permitía suponer que
recorrería un camino fácil: tenía que vérselas con un terreno lleno de dificultades políticas,
teóricas y prácticas.
La definición misma de “víctima”, en el artículo 3 de la Ley, no se logró sin obstáculos.
Según el Centro Nacional de Memoria Histórica (cuya creación también se formalizó en la
Ley 1448 de 2011), en su informe ¡Basta ya! contaba aproximadamente 220.000 muertos (de
los cuales más del 80% son civiles) y más de 5 millones de víctimas no letales. En términos
prácticos, es imposible pretender repararlos integralmente a todos. Debía determinarse una
fecha a partir de la cual iniciaría el censo de las víctimas y que, si bien sería una fecha
arbitraria, debía buscar la reparación de la mayor cantidad de víctimas como fuera posible
conservando un principio de realidad inevitable. Se estableció que serían reconocidas
víctimas aquellas que hubieran padecido el hecho victimizante a partir del primero de enero
de 1985, y esto, según Gil, obedeció a dos peticiones generalizadas: que abarcara a las
víctimas de la toma y retoma del Palacio de Justicia (en noviembre de 1985) y a las de la
masacre de la UP.
Además, y esto lo reconoce Gil con la autocrítica que da el paso del tiempo, la Ley 1448 no
es perfecta. Uno de sus aspectos más complejos es la creación del Sistema Nacional de
Atención y Reparación Integral a las Víctimas, que tiene por objetivo la coordinación de más
de 30 entidades, nacionales y territoriales, públicas y privadas, encargadas de formular o
ejecutar los proyectos tendientes a reparar a las víctimas. “El andamiaje institucional de la
ley es muy complicado, y creo que en eso fallamos”.
Por otro lado, nuestra guerra seguía produciendo víctimas al mismo tiempo que se legislaba
para repararlas. La Ley 1448 fue sancionada un año y medio antes de que se instalara
oficialmente la Mesa de Negociación entre el gobierno y las Farc, en octubre de 2012.
Esta era una situación insólita en el mundo, que, si bien evidenciaba un genuino afán por
reparar a las víctimas, dejaba al descubierto la complejidad de la realidad nacional y los
desafíos que la implementación de la ley enfrentaría: ¿cómo prometer un mejor futuro a
quienes seguían viviendo en medio del fuego cruzado? ¿Cómo garantizar la no repetición
cuando una guerra no ha terminado?
Pero esa moneda tuvo otra cara: “Nosotros llegamos al proceso con algo que, en los demás
países, se había hecho después de firmado un acuerdo de paz: el reconocimiento de las
víctimas” (JARAMILLO, 2017, pág. 1), advierte Gil, y fue eso lo que permitió que ellas,
reconocidas y empoderadas, tuvieran una voz audible en la mesa de negociación con las Farc.
Según ella, fue gracias a la Ley 1448 de 2011 que el movimiento de víctimas empezó un
tránsito fundamental: dejaron de ser cuerpos pacientes de violencia para convertirse en
agentes políticos en capacidad de reclamar y ejercer sus derechos.
Cuando se habla de reparación a las víctimas de la violencia, las críticas tienden a señalar la
imposibilidad de deshacer el pasado. Y es cierto: no se pueden recuperar todos los años que
un padre o un hermano estuvo lejos de su familia, y mucho menos se puede reponer la
ausencia de un hijo asesinado en el conflicto. Pero es que la dirección de la reparación no
señala el pasado, que es inmodificable, sino el futuro, que está por construir. La reparación
consiste, fundamentalmente, en hacer lo posible por mejorar el presente de quien ha sufrido
un daño en el pasado, pero con el propósito de asegurar un mejor futuro. Y es a esa labor a
la que se ha consagrado la Unidad de Víctimas desde hace seis años. Al día de hoy, según
cifras del Registro Único de Víctimas, han sido reparadas más de 676.490.
La Ley de Víctimas también abrió la puerta para nuevas dinámicas de reparación simbólica
a las que todos los colombianos, no solo las víctimas desde
1985, tenemos el derecho de acceder. Y no es un asunto menor: conocer la verdad, reconocer
lo sucedido y no olvidar a quienes desaparecieron es uno de los primeros pasos para sanar
como sociedad. “Acá nos falta mucha verdad, pero tenemos que buscar la verdad para que
nos una, no para que nos separe más”, y es animada por ese espíritu que la Ley busca apoyar
y estimular todas las iniciativas de memoria. La politóloga recuerda conmovida su visita al
Jardín de la Memoria en San Carlos, un municipio antioqueño que sufrió como pocos el
drama del desplazamiento forzado: entre 1985 y 2006, la población se redujo de 26.000
habitantes a 11.000, según el informe del Centro Nacional de Memoria Histórica.
(JARAMILLO, 2017, pág. 1)
En la plaza central de San Carlos hay una fuente rodeada por un muro que fue adecuado para
que se le pudieran colgar hojas y flores artificiales. Cada tipo de hoja corresponde a un tipo
de hecho victimizante (abuso sexual, desplazamiento, secuestro, asesinato). Así, cuando las
personas están listas, se acercan al jardín y le agregan una nueva flor, le inscriben el nombre
de la víctima, el año de nacimiento, tal vez el año de su muerte y la información adicional
que quieran. Es un árbol en constante construcción, “hecho con las uñas”, en donde se ve y
se siente la auténtica intención de dignificar la memoria de las víctimas del conflicto. “Este
tipo de iniciativa no habría sido posible sin la Ley” (JARAMILLO, 2017, pág. 1).
Llegará el día en que, como lo desea Gil, eliminaremos la palabra “víctima” de nuestro
lenguaje político. No solo porque no queremos que la violencia produzca más víctimas, sino
porque el país tendrá que dejar de definirse como tal: “Las personas son multidimensionales,
tienen cantidad de características, y la palabra ‘víctima’ tiene una carga de debilidad que ya
no tiene el movimiento de víctimas. Cuando iniciamos el acercamiento con las víctimas, la
conversación estaba centrada en el testimonio. Las víctimas necesitaban que sus historias de
vida fueran escuchadas. Hoy, el tono del diálogo es diferente. Gira en torno a la realización
de sus derechos. Los conocen y los reclaman. Si eso no es avance, ¿díganme ustedes qué
es?”.
La comprensión de la realidad colombiana en la actualidad convoca un análisis histórico-
crítico sobre el proceso de formación y desarrollo de la nación, y los proyectos que hayan
nutrido esa idea, lo que de acuerdo con Fernán González (2011) aún no ha culminado, pues
al referirse a Colombia alega ser ésta una nación en construcción, y por lo tanto poco
sedimentada, lo cual se refuerza con la imagen de fragmentación y división que proyecta el
Estado-nacional colombiano, el cual luego de varias décadas de conflicto social y armado ha
tentado a algunos estudiosos a compararlo con experiencias de colapsos estatales.

La reactivación de tales reflexiones se inscribe dentro de las conversaciones y


“negociaciones” entre el Estado y los grupos paramilitares, hacia 2002, lo cual provoca que
temas como justicia transicional, impunidad, y los derechos a la verdad, la justicia y la
reparación integral hicieran su aparición como temas centrales de las agendas públicas del
debate nacional. En este contexto las publicaciones referidas al tema de la memoria y su
relación con la impunidad, la violación de derechos humanos, la reparación integral de las
víctimas y la reconciliación, vuelven a emerger (Orjuela, 2007) e la situación de violación de
los mismos en Colombia (Orjuela, 2007).
Es cierto que la Ley 1448 de 2011 no acabó de manera definitiva con el conflicto armado
interno, pero también lo es, como lo dice Gil, que contribuyó de manera decisiva a hacer
posible el proceso de paz. También es cierto que falta mucho para cumplir los objetivos
deseables en términos de reparación y de garantías de no repetición. Pero difícilmente se
podrá negar que la Ley de Víctimas sí dio un paso fundamental. Hace 14 años, las víctimas
del conflicto armado eran lugares de silencio: unos callábamos por indiferencia; otros, por
cálculo político, y otros, por miedo. Hoy, seis años después de la sanción de la Ley, no solo
la sociedad colombiana reconoce a las víctimas de la guerra, sino que ellas mismas han
recuperado la voz que por décadas les fue arrebatada.
Así, los paramilitares estructuraron e implementaron un repertorio de violencia basado en los
asesinatos selectivos, las masacres, las desapariciones forzadas, las torturas y la sevicia, las
amenazas, los desplazamientos forzados masivos, los bloqueos económicos y la violencia
sexual. Las guerrillas recurrieron a los secuestros, los asesinatos selectivos, los ataques contra
bienes civiles, el pillaje, los atentados terroristas, las amenazas, el reclutamiento ilícito y el
desplazamiento forzado selectivo. Además, afectaron a la población civil como efecto
colateral de los ataques a los centros urbanos, y de la siembra masiva e indiscriminada de
minas antipersonal. La violencia de los miembros de la Fuerza Pública se centró en las
detenciones arbitrarias, las torturas, los asesinatos selectivos y las desapariciones forzadas,
así como en los daños colaterales producto de los bombardeos, y del uso desmedido y
desproporcionado de la fuerza.

MARCO JURIDICO

La Corte Interamericana ha distinguido dos dimensiones del derecho: por un lado, aquella
cuya finalidad es contribuir a resarcir a los individuos afectados con la violación de los
derechos humanos y, por otro, la que busca la no repetición de tales violaciones. Hay,
entonces, un aspecto individual y otro colectivo de este derecho. Esta diferencia quedó
establecida claramente, por ejemplo, en el caso Anzualdo Castro vs. Perú, en el que consideró
que la construcción del Museo de la Memoria, si bien era significativa en la edificación de la
memoria histórica y como medida de no repetición, no lo era como medida individual de
satisfacción y se ordenaron otras de carácter individual.

“Aquí debemos señalar que la Corte Interamericana de Derechos Humanos ha basado su rica
y progresiva jurisprudencia inaugurada con el caso Velásquez Rodríguez en materia de
reparaciones en el artículo 1 de la Convención Americana en lugar de en el artículo 25 (…)la
adopción de disposiciones legislativas, administrativas o de otro carácter que sean apropiadas
para impedir las violaciones; (…)la garantía de un acceso equitativo y efectivo a la justicia a
quienes afirman ser víctimas de una violación de sus derechos humanos” (Gómez Isa, 2007,
pág. 20), de las normas internacionales de derechos Humanos a ordenado a los Estados
adoptar medidas para la preservación de la memoria de las víctimas como parte de la
reparación y también ha ordenado medidas para la preservación de la memoria histórica .

En su dimensión colectiva, el ejercicio de la confrontación con el pasado debe estar llamado


a superar memorias generales irracionales que justifican actos contrarios a los derechos
humanos y al derecho internacional humanitario. Debe contribuir a salvar tópicos como “algo
habrán hecho” o “fue legítimo en medio de esta guerra”, en los cuales las víctimas terminan
siendo culpables de su propia desgracia o, en el mejor de los casos, efectos colaterales que se
justifican en el contexto del conflicto.

Por otro lado, la memoria de la víctima debe servir para evitar, parafraseando a Theodor
Adorno, que los muertos hayan de ser también timados en lo único que nuestra inconciencia
les puede regalar: la memoria. Ante los graves hechos generados por la violación de derechos
humanos, una parte de la reparación debe consistir en que a las víctimas se les reconozca
como tal; en su individualidad no deben pasar a la posteridad como perpetradores sino como
receptores de graves ofensas, personas inocentes que perdieron su vida, sus familias, sus
tierras o sus proyectos de vida por cuenta del injusto trato de otros.

Transcurrido siete años de vigencia de la Ley 975.2005, en el Congreso de la República y en


todas las esferas de la academia y defensa de los derechos humanos que han seguido el tema,
se llegó al consenso sobre la inoperancia de esa norma frente a los requerimientos
acumulados. La ley de justicia y paz colapsó y los procedimientos seguidos también. La
respuesta al bloqueo de la justicia fue entonces una nueva ley de remiendos a la de 2005 que
fue aprobada el 3 de diciembre de 2012 y está cumpliendo un año de vigencia. Se supone que
esa nueva ley busca agilizar la aplicación de la justicia con criterios de priorización, presión
para la colaboración por parte de los postulados y adopción de procesos con criterio colectivo
o que superen la metodología de caso a caso personal similar a la de justicia ordinaria.

A un año de la aprobación de esa enmienda son muy pobres los resultados, aunque los fiscales
han fortalecido los análisis de contexto y de patrones de macro criminalidad. A esta hora lo
que está primando es la velocidad, o mejor dicho la carrera para tener cifras en cuanto a los
16 o 20 máximos responsables. Tal como fue advertido en el debate del proyecto de reforma
a la ley 975.2005, estos parches han dejado por fuera la mayoría de los delitos confesados y
de los crímenes ya contabilizados por el mismo Estado. Y lo más preocupante es que la
víctima es de nuevo la verdad y la reparación.

La reforma de la ley eliminó el “incidente de reparación”, en el que supuestamente se le daba


oportunidad de intervenir a las víctimas, y estableció en su lugar el “episodio de afectación”
o de establecimiento de daños que no requiere una reparación por parte del responsable
directo, ni la presencia de las víctimas. La restitución de tierras despojadas por los
paramilitares y sus aliados legales se remite a los procedimientos de la ley 1448/2011,
logrando con ello que se olviden los efectos del desplazamiento forzado y la expoliación
anteriores a 1991 y haciendo aún más difícil la reparación a las víctimas.

En el contexto Colombiano la ley 1448 de 2011 La Ley de Víctimas y Restitución de Tierras


(unidadvictimas.gov.co, 2016, pág. 1) se convierte entonces, en un marco fundamental para
la consolidación de una sociedad democrática, porque permite entre otros aspectos,
identificar y visualizar los derechos de las víctimas; plantea un concepto único de víctimas,
priorizándolas dentro de la atención y servicios que provee el Estado, reafirmando la igualdad
entre las víctimas, pero al mismo tiempo garantizando una atención diferenciada de acuerdo
con sus características. La Ley sienta las bases para la implementación de la política pública
para la atención y reparación integral, bajo los principios de progresividad, gradualidad y
sostenibilidad. Así mismo, establece la institucionalidad encargada de su implementación,
crea el Sistema Nacional de Atención y Reparación Integral a las Víctimas –SNARIV- dentro
del cual las entidades del orden nacional y territorial, tendrán la responsabilidad de formular,
implementar y monitorear la política.

También prevé la conformación del Departamento Administrativo de Inclusión Social y


Reconciliación que tendrá a su cargo la atención a grupos vulnerables y la reintegración social
y económica, y dará lineamientos de política a la nueva Unidad Administrativa especial para
la atención y reparación integral que será la encargada de coordinar y armonizar las
actuaciones de las entidades que conforman el Sistema y adicionalmente, prevé la creación
del Centro de Memoria Histórica que tiene por objeto reunir y recuperar todo el material
documental y testimonial de los hechos que conllevaron a las violaciones de los derechos de
las víctimas.
También cabe resaltar la ley 387 de 1991 en la cual está Reglamentada Parcialmente por los
Decretos Nacionales 951, 2562 y 2569 de 2001 y por la cual se adoptan medidas para la
prevención del desplazamiento forzado; la atención, protección, consolidación y esta
estabilización socioeconómica de los desplazados internos por la violencia en la República
de Colombia. Esta ley tiene como principio resaltar el derecho del desplazado a solicitar y
recibir ayuda internacional; al igual que gozar de los derechos civiles fundamentales
reconocidos internacionalmente como también el derecho a no ser discriminado por su
condición social y a recibir el beneficio de reunificación familiar entre otros muchos que
buscan como fin cobijar de una manera incondicional a todas aquellas personas que en su
momento han llegado a sufrir el calvario de la violencia (Bogotá, alcaldiabogota.gov.co,
1997, pág. 1).
En la República de Colombia existe un texto de carácter jurídico-político, fruto del poder
constituyente, con el propósito de constituir la separación de poderes y es la Constitución
Política de Colombia, la carta magna de la República de Colombia, fue promulgada en la
Gaceta Constitucional número 114 del jueves 4 de julio de 1991, y también se le conoce
como la Constitución de los Derechos Humanos. Reemplazó a la Constitución Política de
1886 y fue expedida durante la presidencia del liberal César Gaviria.
Este documento es el encargado de promulgar los deberes y derechos humanos de los
colombianos, en el titulo 2 Capitulo 1 en el cual se encuentran los derechos, las garantías y
los deberes. (Bogotá, alcaldiabogota.gov.co, 1991, pág. 1)

MARCO DE ANTECEDENTES

A partir de la investigación titulada “UNO SE MUERE CUANDO LO OLVIDAN”, la


construcción de la memoria de la violencia en Colombia “, desarrollada por Magda Rocío
Martínez Montoya , para la Universidad Pontificia Universidad Javeriana, en el año 2012 ,
“La memoria, como dispositivo se constituye en una tecnología política, que “no busca
“obligar” a que otros se comporten de cierto modo (y en contra de su voluntad), sino hacer
que esa conducta sea vista por los gobernados mismos como buena, digna, honorable y, por
encima de todo, como propia, como proveniente de su libertad”. Esta sensación de libertad
bajo la cual se interviene en el campo de la memoria es a lo que me refiero cuando pienso en
la necesaria correspondencia: los trabajos de memoria ya no aparecen como espacios de la
resistencia necesariamente, sino como espacios en donde los sujetos realizan acciones que
son deseables desde el punto de vista moral. Es el mecanismo de captura, que produce que
ese conjunto compuesto por discursos, prácticas y subjetividades devenga en algo deseable
y moralmente acogido”. (Martínez Montoya, 2012, pág. 1).

Los individuos recuerdan, olvidan, narran, pero son las instituciones y los espacios
normalizados los que determinan que es lo que finalmente se registra, que es lo que resulta
memorable a partir de los requerimientos del presente. Para algunos esto es la memoria
colectiva definida como “una interacción entre las políticas de la memoria – también
denominadas “memoria histórica” – y los recuerdos – “memoria común” de lo que se ha
vivido conjuntamente” (Lavabre citado en Aguilar, 2008: 50). Aguilar (2008: 51) concluye
que lo que se entiende por memoria colectiva o histórica tiene relación con tres cosas: un
relato esquemático simplificado, en segundo lugar, ese relato es acerca de un pasado del que
se espera se han generado unas lecciones compartidas, y finalmente, con cierta frecuencia
ese relato tiene unas connotaciones políticas. Así, las memorias reconocidas en su carácter
caótico, disperso, complejo, por lo general se ven resumidas en un solo relato a partir del cual
se generan unas lecciones morales, para reivindicar los derechos de quienes han sido
violentados. (Martínez Montoya, 2012, pág. 1)
La premisa común de estas iniciativas es: “quien no conoce los errores de la historia está
condenado a repetirlos”. Asumir este presupuesto nos ha puesto en una difícil y frustrante
carrera: “si en Occidente la conciencia del tiempo de la (alta) modernidad buscaba asegurar
el futuro, podría argumentarse que la conciencia del tiempo de fines del siglo XX implica la
tarea no menos riesgosa de asumir la responsabilidad por el pasado. Ambos intentos están
acosados por el fracaso” (Huyssen, cesycme.co, 2002, pág. 22). ¿Qué implicaciones tiene el
hecho de escarbar en las injusticias del pasado? ¿Qué responsabilidades recae sobre nuestros
hombros a partir de esta indagación persistente por nuestro pasado?

En segundo lugar dentro de la investigación “MEMORIA HISTÓRICA COMO RELATO


EMBLEMÁTICO” .Consideraciones en medio de la emergencia de políticas de memoria en
Colombia, realizada por José Darío Antequera Guzmán, para la Universidad Pontificia
Universidad Javeriana en el año 2011” en la cual expone las diferentes posibilidades de
aislamiento o identificación de la sociedad con lo que ocurrió con las víctimas, la
contemplación frente al sufrimiento ajeno o la movilización en contra de la impunidad y los
innumerables relatos generales que circulan en disputa permanente, los hegemónicos,
emblemáticos, están signados por un marco criticable en la actualidad por cuanto despolitizan
las posibilidades de comprensión de sus causas y consecuencias, dejando como resultado una
ideología de la victimización desarticulada con las continuidades históricas de dominación y
resistencia, con las luchas sociales, y con los efectos estructurales de las prácticas de
sometimiento. En oposición, con la perspectiva de la memoria como articulación, buscamos
una matriz de consenso entre emprendedores de memoria sobre el proceso actual de
construcción de dicho relato emblemático en Colombia. Con el nuevo hito que significa la
Ley de Victimas y Restitución de Tierras, se sitúa la batalla por la memoria en nuestro país.
El resultado contundente es la crítica de la reducción que significa el conflicto armado interno
como puntada del relato general como base de las políticas emergentes. Un relato articulador
amplía la comprensión de los sufrimientos enmarcados en las confrontaciones armadas al
rescatar el trasfondo de la violencia estructural que marca la forma como en nuestro país se
ha ganado y defendido el poder político y económico; incluye las resistencias sociales y las
alternativas políticas que han pretendido ser exterminadas como parte de la experiencia de la
victimización, y sobre todo, transmite la certeza de que lo ocurrido a las víctimas nos ha
ocurrido a todos y a todas, realmente, como fundamento de la movilización social hacia la
paz y la no repetición (Repositorio Javeriana, 2011, pág. 1)

8. HIPÓTESIS

En un escenario de postconflicto en Colombia las personas victimizadas no se adaptan


a las nuevas condiciones de vida debido a la falta de oportunidades de trabajo,
seguridad y sostenibilidad; Colombia ha vivido una permanente situación de
inseguridad y violencia generada por distintos actores armados, es por esto que
diseñar espacios de socialización y construcción de la memoria histórica como acción
social que permita la reconstrucción del tejido social, en el Corregimiento de
Riachuelo Municipio de Charalá-Santander será una intervención social importante.
9. METODOLOGÍA

La metodología de Investigación descriptiva por medio de una técnica de encuesta para


obtener información que se basa en el interrogatorio de los individuos, a quienes se les plantea
una variedad de preguntas con respecto a su comportamiento, intenciones, actitudes,
conocimiento, motivaciones, así como características demográficas y de su estilo de vida al
igual que Etnográfica ya se dirige a una unidad social determinada como lo es la
reconstrucción del tejido social, en el Corregimiento de Riachuelo Municipio de Charalá-
Santander y su metodología está ligada al contexto histórico y de carácter evolutivo.

Tipo y diseño de la investigación: el tipo de investigación que se va a realizar es descriptiva


de una forma cuantitativa y cualitativa.

Localización: el lugar en el cual se va a llevar a cabo la investigación es en el corregimiento


de riachuelo municipio de Charalá; ya que he s un corregimiento que tiempo atrás en
promedio una década fue violentada por grupos al margen de la ley que llegaron a irrumpir
rompiendo con la paz con la que contaba este pequeño caserío habitado por personas amables,
emprendedoras y luchadoras, dejando a su paso sueños rotos y familias destrozadas.

Población: La investigación se llevará a cabo con los habitantes del municipio de Charalá
específicamente corregimiento de riachuelo tanto en el área céntrica como veredal.

Muestra: La investigación se llevará a cabo con los habitantes victimas del corregimiento
de riachuelo tanto en el área céntrica como veredal del municipio de Charalá.

Técnicas de recolección de la información: La técnica de encuesta ya que facilita la


obtención de información basada en el interrogatorio de los individuos, a quienes se les
plantea una variedad de preguntas con respecto a su comportamiento, intenciones, actitudes,
conocimiento, motivaciones, así como características demográficas y de su estilo de vida.
Estas preguntas se pueden hacer verbalmente, por escrito, mediante una computadora, y las
respuestas se pueden obtener en cualquiera de estas formas. Por lo general, el interrogatorio
es estructurado, lo cual se refiere al grado de estandarización impuesto por el proceso de
recolección de datos, esta técnica tiene como ventajas la facilidad de aplicación y obtienen
son confiables porque las respuestas se limitan a las alternativas planteadas. El uso de las
preguntas de alternativa fija reduce la variabilidad de los resultados que habría por las
diferencias entre los encuestadores. Por último, la codificación, el análisis y la interpretación
de los datos son relativamente sencillos.

Instrumentos de recolección de información: el instrumento de recolección de la


información que se usa es por medio de la encuesta ya que con esta puedo conocer acerca de
la población, de lo que piensa cada uno de ellos para posteriormente poder hacer un análisis
de la información recolectada.

10. CRONOGRAMA.

Procesos de reconstrucción de memoria y reparación colectiva en el


Corregimiento de Riachuelo Municipio de Charalá
MESES MARZO ABRIL MAYO JUNIO JULIO AGOSTO

SEMANAS 1 2 3 4 1 2 3 4 1 2 3 4 1 2 3 4 1 2 3 4 1 2 3 4

Actividades

Recopilar información
histórica sobre el conflicto
armado en el
Corregimiento de
Riachuelo Municipio de
Charalá en Santander.

Realizar un diagnóstico
sobre al actual contexto
social y cultural para la
implementación de las
políticas orientadas al
posconflicto y la justicia
transicional.

Identificar los grupos


sociales afectados por el
conflicto armado.

Estructurar y aplicar
talleres dirigidos a los
actores claves, víctimas del
conflicto, permitiendo
ejecutar pilares claves de
la reparación colectiva

Fomentar, por medio de la


memoria mecanismos de
reparación simbólica y
garantías de
restablecimiento de
derechos.

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