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LA CIUDAD

EN LA CIUDAD
Una invitación a vivir
la misión de Fasta

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LA CIUDAD
EN LA CIUDAD
Una invitación a vivir
la misión de Fasta

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INTRODUCCIÓN

Un día llamé a Ignacio Spinelli, autor de nuestro libro


“Misterio y Esperanza”, y le pregunté:
Ignacio. Tú no me conoces. ¿Qué me dirías si me tuvie-
ras que invitar a compartir la vida en Fasta?
Ignacio se quedó pensando un rato y cuando estaba
por empezar a desarrollar su discurso lo interrumpí.
Me presento. Soy un hombre común, que vive en esta
ciudad, rodeado de gente, con sus problemas, sus angus-
tias y sus alegrías. Una ciudad que poco a poco se desliza,
empujada, en un proceso de globalización que todavía no
entiendo bien pero siento que me desarraiga de aquello que
escuché de mis mayores, de mi familia, de mi historia, de
mis tradiciones, de mi cultura, y no puedo negar que esto
me genera una cierta angustia. Tal vez inspirado por aquella
tradición oral, siento la necesidad de acercarme a la Fe de
Cristo y compartir con alguien mis inquietudes. No quiero y
no podría hacerlo solo.
Ignacio estaba nuevamente por empezar a contestar-
me y lo volví a interrumpir:
No quiero que me digas nada. Quiero que lo escribas.
Allí terminó la reunión. No duró más de diez minutos.
Querido lector, he aquí su respuesta; su invitación a
vivir en Fasta. Quiero compartirla contigo.

Carlos G. Rossini

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Capítulo I

CAMINABAN ENTRISTECIDOS

Naciste para ser feliz.


Esta sentencia, tan antigua como vigente, nos asalta
y se impone con la fuerza de una certeza irrefutable: desde
Adán, Eva y hasta este mismo instante, todos los hombres,
con armas más o menos limpias, estamos impulsados a sa-
ciar un deseo de plenitud existencial que no buscamos por
nosotros mismos sino que, misteriosamente, nos salta en el
camino y pide una respuesta.
¿Quieres comprobarlo? Consulta a tus amigos o
vecinos. Apuesto a que diferirán en ideas políticas, gustos
futbolísticos, sabores, diversiones... menos en el sueño
universal de ser felices.
Es como una “falla” de fábrica. Nace con nosotros.
Como una espina dorsal, atraviesa la existencia de cada
hombre y mujer, sin importar su cultura, raza o condición
social.
A medida que empezamos a tomar nuestras propias
decisiones y los caminos se bifurcan, cada elección nos deja

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más cerca o más lejos de la estación La felicidad.
Desde la fe, la explicación es convincente.
Es Dios quien “plantó” en el corazón de cada uno el
germen de ser plenos, gozosos, exultantes. Como un padre
amoroso y compasivo, no deja de atraer hacia sí a todos sus
hijos. ¿Por qué? Porque nos quiere felices en la tierra y di-
chosos en la eternidad.
¿Te has preguntado alguna vez de dónde vienen tus
deseos de eternidad? Si tienes ese impulso es porque existe
una fuente de amor primero e inagotable, que te atrae y a
la vez irradia sus dones hacia los cuatro puntos cardinales.
Sería contradictorio que la naturaleza humana tendie-
ra hacia algo que no existe. Así como todos experimentamos
la sed y hay disponible un recurso –agua- capaz de aplacarla,
así también si tenemos apetito de felicidad, necesariamente
ha de existir una fuente inagotable –Dios- capaz de saciar
ese deseo que, dicho sea de paso, no logran satisfacer los
bienes materiales.
Más explícitamente, Cristo le revela a la samaritana del
pozo de Sicar (Jn 4; 1-15) su verdadera intención, que va más
allá de satisfacer la sed natural. “El que bebe de esta agua vuel-
ve a tener sed; quien beba del agua que yo le daré no tendrá sed
jamás, porque el agua que yo le daré se convertirá dentro de él
en manantial que brota dando vida eterna”.
Desde la revelación al pueblo de Israel en el desierto,
en la conciencia del hombre judío es evidente que más allá
de sus infidelidades que merecen pruebas y castigos, Dios
no cesa de caminar con él y guiarlo hacia la felicidad: la Tie-
rra Prometida.
En la plenitud de los tiempos, con la encarnación del

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Hijo de Dios, Jesucristo, Dios ofrece el auxilio de la gracia
para que el hombre, su creatura más amada, pueda otra vez
entrar en comunión con El.
Serán, pues, los primeros cristianos quienes soportan-
do con alegría las exigencias de la fe, comenzarán a edificar
sobre los corroídos cimientos del mundo grecorromano la
Civitas Deus.
Sin negar los límites y claudicaciones de toda creación
participada del hombre, es necesario reivindicar a la Edad
Media como un proceso histórico que duró mil años, donde
Cristo fue el centro vivo e inspirador de todas las expresio-
nes humanas, como fielmente lo expresa la figura del Rose-
tón.
El medieval era débil como todo hombre, sin embargo
tenía una fina conciencia de sus pecados –de allí las peregri-
naciones expiatorias a Tierra Santa- que lo llevó a aceptar
dócilmente las enseñanzas del Papa y reconocer a la Iglesia
como una madre que brinda amor y refugio. Su vida era in-
concebible fuera del marco referencial del Evangelio.
Esta visión teocéntrica de la vida y el mundo comenzó
a declinar a partir del siglo XIV.
Progresivamente –nunca los cambios radicales se dan
de la noche a la mañana- y enceguecido por la soberbia y la
autonomía moral, el hombre repitió la tragedia del Génesis
y mientras se fue soltando de la mano paterna de Dios, gri-
tó como Lucifer al comienzo de todo: “¡Non serviam; no te
serviré!”.
Las ciencias se divorciaron de la teología y la metafísi-
ca; la política renegó del bien común, atraída por la seduc-
ción maquiavélica de buscar y acrecentar el poder; la razón
no encontró luz ni complemento en la fe –fruto del cisma
protestante- y las artes plantearon una regresiva estética
hacia el pasado grecolatino, endiosando la figura humana y
humanizando lo sagrado.
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En el colmo de la osadía inmanente, Dios fue expulsa-
do de su propio paraíso. Cristo dejó de ser el Camino segu-
ro, la Verdad que ilumina y la Vida entregada en abundancia.
Si en la Cristiandad la noche era como una gran re-
presentación pictórica de la Iglesia Triunfante, donde cada
estrella es la luz de una interminable procesión de ángeles
y santos, que velan por todos y cantan himnos de alabanza
a la Luna Santísima, a partir de la Modernidad el hombre se
fue quedando sin referencias porque trágicamente dejó de
admirar el cielo.
Así, teniéndolo todo, reclamó la herencia y abandonan-
do a su padre y terruño, se aventuró a caminar desafiando la
oscuridad y la intemperie.

***

En línea la explicación de esta cita, se pueden destacar


algunos personajes. Los que buscan la felicidad pero de un
modo inapropiado y aquellos que ya la encontraron pero
aún no se han dado cuenta.
Tal vez te identifiques con el primero ellos. Entonces
seas el último modelo del Hijo Pródigo, en alguna fase de
sus dos versiones: “Eden XL”, que sonríe para las cámaras,
mientras disfruta de los placeres del mundo, y “Sensatez
2.0”, que iluminado por un relámpago de gracia descubre
que su vida está para mucho más que las bellotas... Y se
pone en camino.
Habitas la ciudad. Vives tensionado por las exigencias
del mundo laboral, que cada jornada te pide un esfuerzo
más. “Pronto me enfocaré en lo importante- prometes sin
convencimiento- Pero este negocio no se me puede escapar.

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Es muy grande; si sale bien, me salvo...” Mientras tanto, Dios,
tu familia y tu propia vida pueden esperar.
Pero una vez que el negocio se cierra, otro abismo se
abre. Porque muy en el fondo reconoces que tienes una sed
de infinito que las corporaciones no pueden saciar. Proba-
blemente arrastras una pena tan grande y pesada que te
encorva. Que te interpela en el insomnio. Pero no puedes
parar. Ahora no. Todavía no.
Otra vez en la calle, de pronto escuchas el plañido de
una campana. Suena apenas como un eco lejano, nostálgi-
co, pero no puedes reconocer de dónde viene porque los
rascacielos, catedrales feas del mundo moderno, tapan las
cúpulas y campanarios.
“Es la voz de Dios”, decían los hombres sabios de an-
tes “que llama a todos a la oración”.
“Sí, es Dios”, afirmas, y en un instante regresivo vuelves
a la niñez, tiempo feliz cuando ardía tu corazón y la fe sí era
capaz de mover montañas. Pero los bocinazos te devuelven
a tu realidad de hombre ocupado; otra cita espera mientras
Dios no desespera.
“Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios –afirma
la Gaudium et Spes- Dios no cesa de llamar a todo hombre a
buscarle para que viva y encuentre la dicha”.
Puede también que no seas el Hijo Pródigo pero sí su
hermano mayor. Como el personaje evangélico, demuestras
con tus actos ser una buena persona convencida de su fe.
Llevando una vida de gustos austeros, siempre te mantu-
viste junto al padre y genuinamente te esfuerzas por hacer
producir los dones y bienes confiados.
En toda relación, la fidelidad no puede faltar como el
agua que nutre la tierra, pero es apenas un punto de partida.
Porque puede haberse deformado hasta volverse un escon-
dite muy bien disimulado que aporta seguridades, ya que en

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el fondo se niega a enfrentar las preguntas esenciales.
Tal vez, sin darte cuenta, tu vida y lo que irradias van
perdiendo el brillo original y originante. Todo se vuelve una
sucesión sucesiva de sucesos. El tedio y el desaliento, como
el rocío de la madrugada, son imperceptibles, sin embargo,
mojan. Poco a poco, el cansancio de los buenos del que ha-
blaba Pablo VI corroe tus fuerzas.
Es que la fidelidad sin amor acaba siendo amor a la infeli-
cidad.
Tienes ideales y luchas por alcanzarlos; cumples ho-
nestamente con tus tareas; permaneces junto al padre, pero
como dice San Pablo: “Si yo no tengo amor, yo nada soy”.
Sea que te hayas cansado de vivir entre los cerdos o
todavía presumas de ser un servidor fiel, estas líneas te tie-
nen por destinatario.
En el fondo, como en el evangelio de los discípulos de
Emaús (Lc 24; 13-25) ambos personajes se parecen porque
caminan entristecidos. Decepcionados. Aquello que tanto
desean no se ha cumplido. Una vez más, la promesa tan frá-
gil como la porcelana está rota. Se quejan, lanzan reproches.
Maldicen su suerte. ¿Por qué a mí?
Todos, absolutamente todos, necesitamos la caricia ti-
bia de la misericordia y el auxilio cotidiano de la conversión.
¿Acaso existe alguien que no desee que vuelva a arder su
corazón?
Caminamos en vez de peregrinar; vemos sin observar;
oímos pero no escuchamos. Porque de hacerlo en serio, re-
conoceríamos, alegres, que no estamos solos. Que el Señor
ya se asomó a la historia humana para asumir nuestros pe-
cados y fatigas; para alimentarnos en las pausas del camino
y guiarnos hacia la morada más segura.
Como el padre del evangelio, Dios respeta nuestra li-

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bertad, pero todas las tardes se mece en la terraza esperan-
do ansioso nuestro regreso.
¿Moraleja? Con todo tu corazón, toda tu mente y todas
tus fuerzas, asume la vocación ineludible de haber sido crea-
do para remontar las alturas.
Naciste para ser feliz.
Porque aunque diseñes los planes más ingeniosos y
sofisticados para postergar lo inevitable, Él siempre está un
paso delante. Siempre y de mil formas, seguirá llamando a
las puertas de tu vida.
Jamás pero jamás, podrás liberarte del amor de Dios.

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Capítulo II

LO RECONOCIERON AL PARTIR DEL PAN

Creado por amor y para la felicidad, con otros.


Así como Dios es Uno en tres personas, al crearnos
no sólo dispuso para el hombre la compañía apropiada (Gn
2;18) sino también que no fuera solitario, sino que estuviera
abierto a los demás.
Esta afirmación no es antojadiza, sino que las mismas
ciencias humanas como la historia o la paleontología dan
cuenta que desde sus inicios la humanidad vivía en comu-
nidad, compartiendo la comida, cuidando a los enfermos o
enterrando a sus difuntos.
Por naturaleza, el hombre es un ser relacional, abierto
hacia los cuatro puntos cardinales: consigo mismo, el cos-
mos, sus pares y la trascendencia.
Sobre su relación con Dios, el hombre fue creado a su
imagen y semejanza y llamado para ser su hijo, por lo cual
debe corresponder con gestos de amor servicial.
En relación consigo mismo, requiere que sea capaz,
primero, de gobernarse a sí mismo para abrirse con una ac-
titud de disponibilidad hacia lo demás.

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Su relación con el cosmos –todo lo inferior a él- requie-
re una actitud de respeto al orden natural impuesto por Dios
a toda la creación. En pos de una ecología humana equilibra-
da, debe ordenar y dominar, no depredar.
En cuanto a su relación con los demás hombres, debe
tener en cuenta que es un encuentro entre pares, donde
cada uno es único e irrepetible, singular, pero iguales en dig-
nidad. Actitud de integración.
Así se puede concluir que todo hombre está hecho
para “con vivir”, que es un medio imprescindible para la per-
fección y la felicidad del ser humano. Para Aristóteles y San-
to Tomás, el hombre precisa de la sociedad para llevar una
vida verdaderamente lograda, humana.
Es naturalmente social porque precisa de sus pares
para vivir, no de cualquier manera, sino plenamente como
hombre.
Atento a esta innata inclinación a la convivencia con
otros y en su infinita bondad y sabiduría, Dios dispuso que
la redención y salvación del hombre no fueran gestos en so-
litario.
Por eso, antes de su Ascensión a los cielos, Cristo fun-
da la Iglesia con la amorosa voluntad de que todos los hom-
bres, en comunidad, puedan ser felices y salvarse.
La raíz etimológica de la palabra Iglesia nos da una pis-
ta de esta maravillosa realidad de un Dios con entrañas de
padre que quiere lo mejor para sus hijos. Iglesia viene del
griego ekklesia, que significa “convocación”, “asamblea” o en
el mismo sentido “llamar a los que están afuera”.
En las ciudades cristianas antiguas, el recurso del cam-
panario, lo más elevado posible, plasma la idea de convocar
llamando a todos los que están afuera, porque Dios no ex-
cluye a nadie.

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A lo largo de la historia, sea en tiempos de acogida o
de terribles persecuciones, la Iglesia no ha cesado nunca de
cumplir con su doble misión: adorar a Dios a través de los
oficios litúrgicos y ayudar a que todos se salven, adminis-
trando la gracia por medio de los sacramentos.
Porque como bien lo señala el evangelio de Mateo
(9;9-13) “no son los sanos sino los enfermos los que preci-
san curarse”.
Entre 1962 y 1965, se produce un acontecimiento de-
cisivo para la historia contemporánea de la Iglesia. Después
de casi un siglo, Juan XXIII, el Papa Bueno, convoca al Conci-
lio Vaticano II.
De carácter ecuménico, el Concilio no abordará temas
de fe o de moral, sino que se centra en la relación de la Igle-
sia con el mundo. Ese mundo devastado por las Guerras
Mundiales y las constantes amenazas nucleares entre los
Estados Unidos y la Unión Soviética.
Ese estado de descreimiento existencial será el humus
para el germen de varias ideologías, hijas dilectas de la Mo-
dernidad, que deformarán la cruz relacional del hombre en
sus cuatro direcciones o lo impulsarán a quedarse sin aper-
tura, ensimismado en la subjetividad de su propia concien-
cia.
El Concilio será un grito de madre que llama amoro-
samente a ese hombre que “está afuera”, castigado por las
inclemencias de la vida. Que sufre solo, pudiendo ser con-
solado por otros; que carga con una cruz tan insoportable y
pesada porque no se atreve a compartirla con Cristo. Así lo
expresa en su discurso inaugural el mismo Juan XXIII, al su-
gerir que la Iglesia debe “usar la medicina de la misericordia
y no empuñar las armas de la severidad”.
Pero el Concilio no sólo dialoga con el mundo, sino que

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también tiene el objetivo de que la Iglesia tenga el coraje
de mirarse a sí misma. Y fruto de esa reflexión de autocon-
ciencia, impulsará valiosas reformas que la rejuvenecen en
la misión encomendada por su fundador Jesucristo.
En otro paso decisivo, la Iglesia conciliar también llama
a los de adentro para que estén “afuera”. Específicamente,
revitaliza la vocación de los laicos. A través del documento
Lumen Gentium, afirma que “tienen como vocación propia
el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades
temporales y ordenándolas según Dios [...] A ellos de ma-
nera especial corresponde iluminar y ordenar todas las rea-
lidades temporales, a las que están estrechamente unidos,
de tal manera que éstas lleguen a ser según Cristo, se de-
sarrollen y sean para alabanza del Creador y Redentor”. Es
decir, que impulsados como los apóstoles en Pentecostés,
vayan al mundo –sin ser del mundo- para llevar a todos los
hombres la alegría de la Resurrección.
En definitiva, la Iglesia le pide a los laicos, revitalizando
su vocación apostólica por el bautismo, que salgan al mun-
do para evangelizar la cultura.
Y así empieza todo.

***

1962. Barcelona.
Antes de embarcarse en el “Julio César” para regresar
a su Buenos Aires querido, el joven fraile recibe del Prior
General de la Orden Dominicana, fray Manuel Fortea O.P. un
mandato crucial: al pisar Argentina, debe fundar una institu-
ción laical de espiritualidad dominica.
Los frutos del Concilio comienzan a germinar.

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Fray Aníbal Fosbery O.P. es el joven a quien se le en-
comienda semejante misión. Está muy sorprendido: todavía
no cumple tres años de fraile -se ordenó el 6 de diciembre
de 1959- y acaba de doctorarse en Teología en Roma. A su
regreso, sólo cuenta con un grupo de amigos dispuestos a
seguirlo y la súplica que le hiciera al Señor, el día de su orde-
nación sacerdotal:
“Señor, sólo te pido la gracia ser un apóstol
entre los jóvenes”. Con cinco panes y dos pescados,
¿alcanzará?
Después de algunos intentos fallidos y mientras se ra-
dica en Mendoza para asumir como rector del colegio Santo
Tomás, por esas cosas del querer de Dios, el 7 de octubre
de 1962, día de la Virgen del Rosario, en Leones, Córdoba,
Argentina, funda la Milicia Juvenil Santo Tomás de Aquino,
actualmente conocida como Fasta.
¿En qué consiste esa Milicia Juvenil, que en pocos años
estará también en Mendoza, San Juan, San Luis, Córdoba,
Buenos Aires, Rosario y Tucumán? ¿Qué fuego hace arder
los corazones de tantos niños y jóvenes, que cada verano
renuncian felices a las vacaciones familiares para levantar
ciudades de lona o trepar cumbres nevadas?
Las actividades al aire libre, tan de moda en la actua-
lidad, ya expresan incipientemente en esos años un modo,
un estilo original de evangelización. Pero con toda la gesta y
épica que encierran, los campamentos, marchas y ascensio-
nes son apenas la forma de algo que está más en el fondo.
¿Y qué es eso que está en el fondo?
El secreto del padre Fosbery es el amor. Porque el
amor, a pesar de la devaluación actual, sigue siendo muy
atractivo.
A niños, jóvenes y a quien quiera escucharlo, les habla
del amor en su forma más sublime y benevolente. Que me-
rece toda nuestra atención y servicio. “Vale quien sirve, ser-
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vir es un honor”, expresa una de nuestras máximas. Amor
por el que vale la pena bien gastar la vida. Porque “el que
pierda su vida por Mí, la ganará” (Mt 10; 39).
Amor a Dios, la Iglesia y la Patria. Expresado en tres
flechas ascendentes que apuntan hacia el infinito, recordán-
dole al hombre que siempre, a pesar de su bajeza, la salida
es hacia arriba.
En tiempos de globalización –que no es lo mismo que
la universalidad medieval- donde las notas peculiares de
cada cultura son licuadas en pos de la hegemonía inmanen-
te del más fuerte y las leyes del Santo Imperio Mercado, el
padre Fosbery rescata la vigencia y valor profundo del amor
a la Patria.
¿Qué es la patria?
Es ese espacio vital de sangre, historia y cultura don-
de se pone en juego la salvación personal y comunitaria de
cada hombre. Como la familia, no se elige; más bien Dios la
elige por nosotros y con un propósito –sentido- por descu-
brir. Como la familia, cuando falta, falta todo.
En Fasta, a ejemplo de su Fundador, se cultiva un
amor sereno, viril y esperanzado a la patria, no en un senti-
do ideológico sino cultural.
Lejos de la dialéctica marxista que todo lo expresa des-
de extremos antagónicos, la patria debe amarse como una
herencia cultural que se recibe sin méritos de nuestra parte
pero que, inculturación mediante, estamos comprometidos
a defender, promover y acrecentar para provecho de las ge-
neraciones futuras.
Cultura proviene del latín cultus, que se refiere a cómo
el hombre debe trabajar, cultivar la tierra para que dé bue-
nos frutos. Es decir que haciendo uso de sus facultades es-
pirituales debe intervenir sobre la creación para orientarla a
su fin perfectivo.

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Con una metáfora muy bien lograda en su libro “Nue-
va Evangelización y Cultura”, de Juan Carlos Bilyk compara
a la cultura “como la atmósfera que se forma en torno a la
comunidad y dentro de la que el hombre concreto respira a
diario, impregnándolo e imprimiéndole una forma de ser y
de obrar”.
No es un tema menor, ya que la salud espiritual co-
munitaria dependerá de la pureza o toxicidad de esa at-
mósfera.
¿Y cuál es ese tesoro que como el hombre del
evangelio (Mt 13; 44) vale tanto la pena, al punto de
empeñar la vida misma?
La cultura católica.
Ese patrimonio de fe, doctrina, liturgia, valores univer-
sales y perennes, que la Iglesia fue desarrollando a lo largo
de los siglos y que sirve de provecho no sólo a los cristianos
sino a todo el género humano.
El hombre de la antigüedad, asfixiado por su falta de
libertad para interpretar fenómenos naturales que termina-
ba atribuyendo a la voluntad caprichosa de los dioses, sólo
ocupaba su inteligencia –mayormente práctica- en sobrevi-
vir. Su intervención sobre la naturaleza para forjar una cul-
tura era básica.
Los griegos, en tanto, favorecidos por una posición geo-
gráfica estratégica privilegiada, dispusieron de tiempo –ocio
creativo- para hacerse preguntas sobre la vida y su sentido.
Así fundaron la filosofía, tan vasta y rica en aportes que aún
sigue generando atracción. Aristóteles, por ejemplo, recono-
ce en el hombre una dimensión espiritual exclusiva que le
permite tomar distancia sobre las cosas y obrar libremente.
La humanidad debe estar eternamente agradecida al
aporte filosófico griego, que tensando al máximo los alcan-
ces de la razón y sin contar con el auxilio de la Revelación, al-

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canzó alturas formidables que el cristianismo va a potenciar.
Con todo y a pesar del gran esfuerzo racional, no tiene certe-
zas a una pregunta clave: el origen y el destino del hombre.
Es que la respuesta a esa pregunta sólo la puede dar
Dios, autor de todo. El hombre, aunque genuinamente lo
quiera, no se la puede dar a sí mismo.
Por eso, en la plenitud de los tiempos, después de que
Dios pedagógicamente ha ido preparando a la humanidad
para recibir su mensaje, Jesucristo le revelará al hombre su
identidad más profunda: quién es, cuál es su origen y desti-
no. Por amor hemos sido creados para la felicidad y estamos
destinados a volver a Él, fuente de vida eterna.
Sólo con esta certeza acerca de quién es y hacia dónde
se dirige, el hombre estará en condiciones de intervenir con
su inteligencia sobre las cosas –naturaleza- para ordenarlas
a su fin. Ese es el hecho fundante de la cultura.
Así nació la cultura católica, que purificando los valores
y costumbres de la sociedad grecorromana según el Evan-
gelio, rescatará al hombre y su dignidad en orden a la salva-
ción. Dando culto a Dios y cultivándose en el bien, la verdad
y la belleza, de la mano de la Iglesia –hoy tan injustamente
atacada- el cristiano irá dando respuestas concretas a las
necesidades del prójimo próximo desde las obras de mise-
ricordia espirituales y corporales. “Enseñar al que no sabe”,
creando escuelas y universidades. “Corregir al que se equi-
voca”, sosteniendo centros de atención contra las adicciones
o “cuidar a los enfermos”, a través de hospitales, hogares
para huérfanos o ancianos. “Dando de comer al hambrien-
to”, abriendo comedores en los barrios más vulnerables,
lanzando campañas solidarias para “vestir al desnudo” o dar
de “beber al sediento”.
Sólo una cifra para tener en cuenta y valorar la enver-
gadura de su misión: el 60% de las obras de caridad en todo

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el mundo son promovidas, financiadas y sostenidas por la
Iglesia.
***

Evangelizar la cultura, la familia y la juventud; conocer,


defender y promover los principios universales de la cultura
católica, son algunas de las notas propias del ser de Fasta.
Hoy lucen claras, potentes y definidas. Sin embargo, son fru-
to de un largo proceso de discernimiento de su Fundador,
que contando con las gracias especiales del Espíritu Santo
fue advirtiendo a lo largo del camino.
Fasta tiene un carisma propio y una espiritualidad
participada.
Son dos realidades que se complementan y requieren
mutuamente.
Carisma sin espiritualidad es una ONG; espiritualidad
sin carisma puede ser sólo una plataforma de buenos de-
seos...
El Catecismo define a los carismas como dones o re-
galos que Dios confiere a una persona –fundador- para que
los desarrolle en comunión y al servicio del bien común de
la Iglesia.
El Espíritu Santo reparte estas gracias “según quiere”
(I Cor 12,11) y se ordenan a operar en algún sector deter-
minado del Cuerpo Místico de Cristo, respondiendo a una
realidad de compromiso y misión, con su responsabilidad
personal y comunitaria.
Es el modo propio, singular, original de llevar adelante
una acción evangelizadora. Poco a poco, se va plasmando
a través de estatutos, ensayos, canciones, poemas, costum-
bres, estilos, jergas, que van adhiriéndose, como ladrillos, a
los cimientos de la cultura institucional.

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La opción por la pobreza forma parte del carisma de
muchas Congregaciones, sin embargo las Hermanas de la
Caridad la ejercen de un modo y los franciscanos de otro,
aunque en ambos casos atendiendo a la edificación de la
Iglesia.
En Fasta, el carisma apunta a responder desde el com-
promiso y la misión, a lo que el Concilio Ecuménico Vaticano
II reclama para todos los laicos cuando les pide que “asuman
las estructuras temporales y las ordenen según el espíritu
del Evangelio”.
Lo afirmamos antes. No hay carisma fértil sin una es-
piritualidad que lo vivifique. Así como el alma requiere del
cuerpo para poder expresarse y el cuerpo es inerte sin el so-
plo de vida del alma, un carisma es letra muerta sin el sostén
de Aquél que tiene palabras de vida eterna (Jn 6; 62)
La espiritualidad de Fasta es dominicana, como lo es
la de su fundador el Padre Fosbery.
En 1170, cuando la Iglesia era acechada por el poder
temporal y las herejías, nace Santo Domingo de Guzmán,
predestinado ya en sueños revelados a su madre a ser el
guardián de la verdad y luz en el mundo.
La Orden de Predicadores surge en 1216. Su funda-
dor Domingo le imprime cuatro notas fundamentales, que
heredará Fasta: oración, contemplación, estudio y vida en
comunidad.
De acuerdo a los testimonios históricos, Santo Domin-
go sólo “hablaba con Dios o de Dios”. Diálogo y predicación.
Nadie puede anunciar aquello que primero no ha contem-
plado.
Esa realidad contemplativa y cultual de la espirituali-
dad dominicana se cultiva desde la oración personal que se
manifiesta en el rezo cotidiano del Santo Rosario y la Liturgia
de las Horas; en la participación activa del Santo Sacrificio
de la misa y las celebraciones solemnes, anclando la vida
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en la gracia habitual y en el cumplimiento de los deberes de
estado.
Ser testigos de la verdad que urge ser anunciada, im-
plica un profundo, esforzado y metódico estudio de la filoso-
fía y la teología. Allí brilla el faro de Santo Tomás de Aquino
(1225-1274), patrono de Fasta, quien integrando la Revela-
ción con la razón y rescatando fuentes paganas conciliables
con el Evangelio, edificará la gran síntesis del pensamiento
cristiano que todavía sigue vigente
Dotado de una inteligencia admirable –dicen sus bió-
grafos que recitaba de memoria la Biblia o era capaz de dic-
tar en simultáneo varios escritos de naturaleza distinta- su
mérito es que desde pequeño se dejó habitar por Dios. Se-
ría un error gravísimo sólo admirar sus dotes intelectuales
divorciados de las virtudes de santidad que cultivó, como la
humildad en grado heroico, en respuesta dócil a los conse-
jos que a diario recibió de sus dos amores: el Santísimo y
María. Si fue el más grande de los sabios es porque primero
eligió ser uno de los más grandes santos.
Sin embargo, en una lúcida carta con motivo de los 800
años de la Orden dominicana, el Papa Francisco nos advierte
sobre uno de los grandes peligros que corre el predicador:
transmitir sin amor.
“Sin una fuerte unión personal con Cristo, la predica-
ción podrá ser muy perfecta, muy razonada, incluso admi-
rable, pero no toca el corazón, que es lo que debe cambiar”,
señala el Pontífice.
Cuando sobrevino una gran hambruna, el mismo San-
to Domingo se hizo la pregunta: “¿Cómo puedo estudiar so-
bre pieles muertas cuando la carne de Cristo sufre?”. En un
gesto que llenó de admiración a todo el pueblo, actuó como
lo hubiera hecho Cristo, vendiendo todos sus libros en soco-
rro de los más necesitados.

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Otro signo muy palpable de la espiritualidad domini-
cana que hereda Fasta es la fraternidad comunitaria.
El tono fraterno y amical en Fasta es fruto de una fuer-
te interioridad que acompaña los gestos y la vida del Funda-
dor, y que él supo transmitir a todos aquellos que se fueron
acercando a la obra.
Muchas personas se incorporan lo hacen atraídos
por el amor, afecto y comprensión que observan entre sus
miembros.
Tan importante es esta cualidad para la vida de comu-
nidad que cada primer sábado de diciembre se celebra el
Día de la Amistad Fasteana.
Como lo expresa claramente el Padre Fosbery en su
libro “Carisma y Espiritualidad”, en la medida que mejor par-
ticipen los miembros de las tres Fraternidades –laicos, sa-
cerdotes y consagradas- del bien de su espiritualidad, mejor
asumirá toda Fasta el carisma institucional en sus organiza-
ciones, obras, comunidades y proyectos de evangelización.
Pero no hay carisma ni espiritualidad que se susten-
ten mutuamente si no está Cristo.
Podemos correr el riesgo de elaborar programas pas-
torales muy buenos, fruto de un diagnóstico certero. Pode-
mos tener plena conciencia de qué y cómo hacerlo. Pero si
ensimismados en nuestras tristezas o disputas personales,
no somos capaces de reconocerlo como compañero de ca-
mino; si no “arde nuestro corazón” o seguimos ciegos aun-
que “parte para nosotros el pan”, anunciaremos una cruz sin
resurrección.
Por Cristo; con Él y en El. Sólo el Señor certifica, como un
eximio joyero, que la obra por más esmero y dedicación que
tenga encima, sea auténtica o una excelente falsificación.
Porque como bellamente lo expresa Robert Benson,

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un escritor inglés convertido al catolicismo, “incluso las más
sagradas experiencias de la vida son estériles si la amistad
de Cristo no las santifica. El amor más santo es oscuro si
no arde en Su fuego. Ese afecto que me une al amigo más
querido es falso y traicionero, a menos que ame a mi amigo
en Cristo”.

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Capítulo III

Y SE PUSIERON EN CAMINO

Repasando brevemente la historia de Fasta, podemos


señalar que la década del 70 marca la consolidación de las
primeras fundaciones y un estilo propio de evangelización.
Sábado a sábado, en los rucas –casas- niños y jóvenes
de 8 a 22 años se organizan en Agrupaciones, Secciones y
equipos, cada cual identificado con un nombre, escudo y
simbología, mientras a través de charlas, ceremonias litúrgi-
cas, juegos, deportes, salidas a la montaña o campamentos,
se esfuerzan por vivir a pleno los ideales que les plantea la
institución.
El núcleo central es el encuentro con Cristo, a quien se
debe conocer –de allí la importancia de la catequesis- para
poder amar con intensidad –celebración de la Santa Misa y
los sacramentos-, seguir y anunciar a los hermanos.
Una nota muy marcada del trabajo juvenil es que los
jóvenes forman a otros jóvenes. Los adultos orientan, acom-
pañan, pero es entre pares que se planifica el año con todas
sus actividades. Esta pedagogía que encierra un acto de con-
fianza, permite que los jóvenes ejerciten sus dotes de lide-
razgo y aprendan tempranamente a asumir riesgos, organi-
zando, por ejemplo, eventos masivos como campamentos u
olimpíadas deportivas.

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Sin embargo, hay un hecho histórico muy importante,
que desafiará una de las notas de su carisma, impulsando a
Fasta a penetrar en las entrañas de la cultura.
Con 24 alumnos, un 13 de marzo de 1978, en Tucu-
mán, Argentina, Fasta funda el colegio Ángel María Boisdron
O.P., en homenaje a un fraile dominico francés que colaboró
en la formación de varios intelectuales tucumanos de fines
del siglo XIX.
El colegio Fasta Boisdron será la simiente de una origi-
nal Red Educativa, que actualmente integra a 25 centros en
varias ciudades argentinas y en Valencia, España.
Pero, ¿en qué consiste el proyecto educativo que ofre-
ce Fasta?
Principalmente se apoya sobre tres Pilares. El primero
apunta a que los alumnos se apropien de una cosmovisión
cristiana de la realidad, integrando la fe con la razón; el or-
den natural con el sobrenatural, disponiendo que su inteli-
gencia se abra a las verdades de la fe. Para tal fin se desarro-
lla desde el 2003 el Programa Fecien -Fe y Ciencia-.
El segundo Pilar, denominado Fe Vida, apunta a la edu-
cación de la voluntad, a fin de que los alumnos apetezcan el
natural amor al bien y se comprometan con una vida plena
de sentido. Si bien es un Pilar de contenidos transversales a
toda la currícula, específicamente se trabaja desde las Tuto-
rías.
Por último, el Pilar Fe Obrar procura que los alumnos
y sus familias abracen los ideales de vida cristianos, convir-
tiéndose en discípulos y misioneros.
Cultivo de la inteligencia para conocer y transmitir la
verdad; educar el corazón para amar el bien y forjar las ma-
nos, trabajando unidos a Cristo y su Iglesia en la edificación
del Reino de los Cielos.

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Abarcando todas las dimensiones educativas, Fasta
también funda en 1991 su propia Universidad, que inspirada
en la propuesta de Santo Tomás, da una fuerte impronta a
la integración de los saberes y la sub alternación de las cien-
cias, tan contrarias en el mundo académico actual.
Además de las clases presenciales, la Universidad se
adapta a las exigencias tecnológicas actuales, agregando a
su oferta académica una variada alternativa de carreras de
grado y diplomaturas a distancia y semi presenciales, que
le ha posibilitado llegar a lugares y culturas insospechados.
Si bien Fasta nace como una Fraternidad laical, a partir
de 1985 surge la Fraternidad Sacerdotal y desde 2005 la de
laicas consagradas denominadas Catherinas, quienes viven
el carisma y la espiritualidad de Fasta, pero siguiendo el mo-
delo de Santa Catalina de Siena.
Ambas Fraternidades funcionan en Buenos Aires se-
gún las Regencias dispuestas por el Padre Fundador, se in-
cardinan en las distintas Diócesis y de acuerdo con sus Esta-
tutos regidos por el Derecho Canónico vigente, su principal
tarea misionera –no excluyente- se vuelca hacia el acompa-
ñamiento espiritual de los miembros del Movimiento y de
sus obras apostólicas.
Niños, jóvenes, alumnos en todos los niveles de ense-
ñanza; sacerdotes y laicas consagradas. Pero, ¿qué invitación
puede hacerles Fasta a los matrimonios y laicos adultos?
Ya desde 1981, Fasta crea una estructura formal llama-
da Convivio. Surge en respuesta a las necesidades naturales
de sus primeros miembros, quienes ya casados o graduados
profesionalmente, quieren seguir vinculados a Fasta, pero
de un modo más flexible que contemple sus nuevos intere-
ses y estados de vida.
La palabra convivio viene del latín convivium que sig-
nifica banquete. A su vez, tiene como antecedente la griega

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ágape, que refiere a un tipo de amor. Platón la usa para ha-
blar del amor a la sabiduría o filosofía. En definitiva, amor a
la verdad. Varios siglos después, Dante Alighieri le dará un
sentido análogo al escribir su obra “El Convivio”.
Los primeros cristianos usan el término ágape para re-
ferirse en una doble acepción: amor a Dios y de Dios al hom-
bre o al encuentro social entre hermanos. Es probable que
también haga alusión a la Última Cena del Señor. Una cena
donde los manjares servidos serán la Palabra, el Cuerpo y
la Sangre del Cristo. Así el término se refiere a una comida
fraternal de carácter religioso que hacían los cristianos para
fortalecer sus vínculos afectivos y religiosos.
De esta manera la naturaleza del convivio de los pri-
meros cristianos, inspira al Padre Fosbery para replicar su
espíritu religioso como práctica apropiada para los miem-
bros adultos de Fasta. “La multitud de los creyentes –afirma
los Hechos- tenía un solo corazón y una sola alma, y nadie
consideraba como suyo lo que poseía sino que compartían
todas las cosas” Y también dirá: “Acudían asiduamente a la
enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del
pan y a las oraciones”.
En Fasta, el Convivio es una comunidad de laicos adul-
tos de carácter religiosa, donde se vive la fe, se promueve el
estudio y la formación intelectual y se cultivan las virtudes
sociales y morales. No necesariamente debe surgir de un
grupo natural o de gustos afines. Lo que congregue a todos
debe ser el deseo ardiente de tener una experiencia perso-
nal y comunitaria con Cristo. Así, será el tránsito madurativo
de la vida religiosa personal a la comunitaria.
Por último, un convivio es el hábitat donde el adulto
de Fasta se evangeliza. “Hay que conquistar el corazón del
creyente –afirma el Fundador- porque si no hay un hom-
bre evangelizado, ¿cómo vamos a evangelizar la cultura”? El
Papa Francisco dirá: “evangelizados para evangelizar”.

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***
Luego de más de medio siglo de acción apostólica, con
las pruebas de su crecimiento cualitativo y cuantitativo, hoy
se puede constatar la vitalidad, vigencia y aporte del carisma
de Fasta a la edificación de la Iglesia.
De modo profético, el Espíritu inspiró por medio del
Fundador un modo original de acción apostólica que da res-
puestas vastas y ricas a las encrucijadas que plantea el se-
cularismo imperante. Porque apuntar a la evangelización de
la cultura es derramar en pendiente torrentes de gracia por
todos los intersticios personales y comunitarios de la exis-
tencia humana.
Como obra de la Iglesia e injertada al Cuerpo Místico
de Cristo, Fasta pretende esparcir sobre la ciudad de los
hombres el humus vivificante de la Ciudad de Dios, para que
la tierra de los buenos frutos que pretende el Señor, que
“ama a todos sin excluir a nadie”.
Como lo admiten los testimonios de ese hecho histórico, a
mediados de los 80 Fasta comienza a vivir una crisis de crecimien-
to, ya que como se indicara anteriormente, sus primeros adultos
empiezan a reclamar nuevos espacios de evangelización.
“El modelo de Fasta –señala Fosbery en el libro “Miste-
rio y Esperanza”- pensado como una institución lineal, de ac-
tividades sabatinas, estaba totalmente agotado... Crecimos
porque éramos una ciudad. Lo supimos mientras gastába-
mos nuestros símbolos mediadores entre el cielo y la tierra”.
A este modo singular de instalar a la Iglesia como es-
pacio de salvación acorde a los signos y necesidades de los
tiempos, se le llama Ciudad Miliciana o Fasteana (1987).
Apunta a abrir nuevos ámbitos de misión, sacralizando
y ordenando todas las realidades a Cristo, a fin de que el
hombre recupere la “memoria” acerca de quién es; de dón-
de viene y cuál es su destino después de la muerte.

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Se trata abrir la Ciudad (de Dios) en la ciudad (de los
hombres) que procura la salvación en comunidad, donde –
como señala el Fundador- “cada uno de nosotros se siente
responsable de la salvación del otro, acompaña la salvación
del otro y se goza en la salvación del otro”.
¿Qué debe testimoniar todo aquel que habite la Ciudad?
¡La resurrección del Señor! Desde la vivencia cercana
de experimentar el paso de Dios en nuestras vidas, que
deposita sus gracias en nuestros corazones.
La Ciudad fasteana es una realidad dinámica, en per-
manente crecimiento. El niño que se incorpora, un nuevo
convivio, obliga a extender sus fronteras, que deben ser in-
sondables como el amor de Dios.
“Quisiéramos abrir las murallas de nuestra Ciudad –
enfatiza el Padre- para que pueda acoger en gozo, perdón y
comprensión, a todos nuestros hermanos con sus miserias,
debilidades y tensiones; a esos jóvenes que deambulan por
las calles, a todos los hombres de buena voluntad que pue-
dan entender el mensaje de los ángeles”.
Es fácil vivir en la Ciudad, pero el gran desafío es habi-
tarla. Hacer que me habite Dios para que yo entonces pueda
habitar en la Ciudad. Requiere de un permanente acto de
conversión.
Se trata de “construir la invisible presencia del Reino
de Dios en el corazón de los hombres”, tarea que reclama
de cada fasteano un compromiso de fe y acción. Sólo desde
la amorosa contemplación del misterio de Dios en nuestras
vidas, obtendremos el sentido y la fuerza vocacional de ha-
cemos Apóstoles.
La decisión de explicitar la Ciudad Miliciana, con funda-
mentos teológicos e implicancias prácticas, fue acertada. Ya
que, de alguna manera, podemos decir que movió a Fasta
de la órbita de la Orden de Predicadores para proyectarse

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hacia todo el corazón de la Iglesia. Y junto al discernimiento
de los distintos Pastores, tomó más autoconciencia de su
carisma y su mensaje se universalizó.
Diez años después, de manos del entonces Santo Pa-
dre Juan Pablo II, Fasta fue reconocida como Asociación In-
ternacional de Fieles de Derecho Canónico.
Sin esa fina lectura de los signos de los tiempos; sin ese
atrevido gesto en medio de la crisis, seguramente Fasta ja-
más habría podido, por gracia de Dios, ser lo que es hoy, con
presencia apostólica en las tres Américas, Europa y África.
Así, las tres Fraternidades que conforman Fasta están
llamadas, por naturaleza y misión, a sumarse al impulso de
una renovada Nueva Evangelización.
Desde sus orígenes, la Iglesia no ha cesado de hacer
realidad visible la misión encomendada por Cristo, su fun-
dador: “Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a
todos los hombres” (Mc 16;15)
“Todos –afirma el Papa Francisco- tienen el derecho de
recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anun-
ciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva
obligación sino como quien comparte una alegría, señala un
horizonte bello, ofrece un banquete deseable”.
Pero, ¿qué es la Nueva Evangelización, para que por
ejemplo Juan Pablo II la mencionara más de 300 veces du-
rante su Pontificado?
La Nueva evangelización es el impulso espiritual reno-
vado de la Iglesia por llevar el mensaje de Jesús a los hom-
bres de este tiempo, y que debe ser nueva “en su ardor, en
sus métodos y en sus expresiones”.
Mal que le pese a los descreídos y progresistas, como bien
lo aclara Benedicto XVI, lo que deben ser nuevos no son sus con-
tenidos doctrinales, sino los modos de llegar hasta tocar el cora-
zón del hombre contemporáneo que, como sus antepasados y
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aunque no se dé cuenta, también tiene hambre y sed de Dios.
Queda planteado el desafío.
¿Cómo pueden ser bien acogidas por un mundo en
cambio las verdades de Dios y sus principios que no cambian?
¿De qué modo se puede transmitir la verdad del
hombre cuando las ideologías lo han seccionado en su mesa
de anatomía, repartiéndose las partes a su arbitrio?
¿Es posible seguir hablando de amor y de todo el
repertorio de sentimientos genuinamente humanos, si la
vida naciente y senil es amenazada cuando no descartada?
¿Es utópico que el hombre recupere el sentido común
a pesar de que comúnmente vive sin sentido?
Es posible. No es utópico. Existe un modo. Como lúcida-
mente plantea el profesor Juan Carlos Bilyk, son tres las actitu-
des desde las que se debe impulsar la Nueva Evangelización:
a) El testimonio: En un mundo descreído a fuerza de

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desencantos y falsos profetas, el ejemplo de una vida
coherente en fe y vida; fe y obras, sigue siendo atracti-
vo. Como bien los expresa el dicho popular: “las pala-
bras convencen pero el testimonio arrastra”.
b) La alegría: Sabernos salvados por Cristo debe ser
un renovado impulso para anunciar a todos su resu-
rrección. Sin embargo, no pocas veces vivimos como si
todavía siguiera en el sepulcro. Alguna vez un protes-
tante contó esta anécdota. Luego de negar la presen-
cia real de Cristo en la Eucaristía, señaló que estaría
dispuesto a cambiar de opinión cuando vea a un cató-
lico comulgar con alegría...
c) La misericordia: Con motivo del Jubileo de la Miseri-
cordia, el Papa Francisco escribió estas hermosas pa-
labras: “La Iglesia tiene la misión de anunciar la mise-
ricordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que
por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de
toda persona. Es determinante para la Iglesia y para la
credibilidad de su anuncio... que transmita misericor-
dia para penetrar el corazón de las personas y moti-
varlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre”.

CIVITAS
Noviembre de 1985. En Raco, Tucumán, Argentina, el
Padre Fosbery les habla proféticamente a los primeros del
sueño de la Ciudad Fasteana.
Miguel Ángel Tobares -nombre predestinado de artis-
ta- tiene papel y lápiz pero no toma apuntes porque Dios
escribe por él.
El arte verdadero exime de palabras; sin embargo hu-
mildemente sirvámonos de ellas para descifrar al Artista de-
trás del artista.
***
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Todo empezó en una carpa.
En realidad por un problema logístico, en ese primer
campamento de Fasta de 1963, sólo los últimos días llega-
ron las carpas. Antes durmieron a la intemperie o dentro
de una enorme gruta. Hermosa metáfora: María, primera y
bendita carpa.
Aclarado, todo empezó en una carpa.
En una vieja, prestada y zurcida carpa.
En un hábitat humilde y frágil. Un signo obligado a re-
cordarnos que en el origen todo era una maravillosa con-
quista épica porque, salvo sueños, no teníamos nada. Como
el Niño, nacimos pobres y gracias a la generosidad de otros.
“No se la crean –dijo el entonces cardenal Bergoglio, en
los 50 años de Fasta- Nunca olviden que ser miliciano no es
lo mismo que ser proselitista. Sigan sirviendo a la Iglesia en
la santidad. Sigan evangelizando por atracción de santidad.
Sean milicianos en la exigencia propia, en el sacrificio coti-
diano, en la abnegación continua”.
La carpa es nuestro todo.
Allí se tejieron amistades tan vitales como el aire; allí
aprendimos a ser puntuales y ordenados. Entre sus paredes
húmedas por el rocío, nos sorprendió el sueño rezando el
rosario. Así, poco a poco descubrimos que a pesar de la es-
trechez, Cristo –el Misterio- habitaba entre nosotros.
“¡Qué bien se está aquí! Armemos tres carpas”, dice
Pedro, siempre Pedro, en el Monte Tabor cuando Jesús bri-
lla resplandeciente (Mc 9; 2-10) Estando Cristo, siempre dan
ganas de quedarse. Por eso Fasta no sólo armó tres carpas
sino toda una Ciudad de lona. Por el querer de Dios, toda la
Ciudad cabe en una carpa y una sola carpa es toda la Ciudad.

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La carpa es un tabernáculo que entre el fulgor de fo-
gones, invita a la adoración. Por eso en los campamentos
hacemos guardia, por el Salvador del mundo que viene a
resucitarnos. El propio Fundador designó a los primeros
para que sean la “guardia orante” de la Ciudad, aquellos que
deben velar unidos para alejar las acechanzas de la carne
y el demonio. ¡Ay de nosotros, si nos quedáramos otra vez
dormidos en el Huerto...!
Siguiendo con la interpretación de la obra, notemos
juntos que la carpa, a pesar de su rico simbolismo, es ape-
nas el punto de partida y no de llegada.
Aunque Cristo la habite y estemos muy bien en ella,
El mismo, como a Pedro, Santiago y Juan, nos invita a salir.
A abandonar la comodidad, nuestros espacios de confort,
para adentrarnos en las periferias existenciales del mundo
moderno.
“Una Iglesia que no sale –advierte Francisco- a la corta
o a la larga se enferma en la atmósfera viciada de su encie-
rro. Es verdad también que a una Iglesia que sale le puede
pasar lo que a cualquier persona en la calle: sufrir un acci-
dente. Pero prefiero mil veces una Iglesia accidentada a una
Iglesia enferma”.
Sería un gran acto de traición a nuestra gracia bautis-
mal si elegimos habitar sólo la carpa. Confundiéndola como
un fin en sí mismo. Habitando sus lugares seguros, adulán-
donos entre nosotros, festejando cada chiste zonzo o mor-
diéndonos por aburrimiento.
En el mundo antiguo, el estado de guerra permanen-
te no sólo era un signo de deseos expansionistas, sino que
también buscaba mantener activa a la tropa, ya que si ésta
se relajaba era fácilmente vencible...
Notemos también que las tres flechas que salen de la
carpa suben pero no en forma lineal, rígida, sino más bien

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serpentean como el río que se detiene en los recodos del
terreno. Lo importante es que ambos, el río y las fechas, a
pesar de las aparentes demoras, no dejan de cumplir con
su misión: el primero, llegar al mar; las segundas, apuntar
al cielo.
Las montañas sólo fueron el entrenamiento para salir.
Hermosa la vocación natural del hombre que, siendo pedes-
tre, quiere subir. Amamos la montaña pero no somos alpi-
nistas. Escalamos cumbres nevadas para contemplar y oír al
Cristo transfigurado. “Este es mi Hijo muy amado; escúchen-
lo”. Luego, llenos de Él, la misión no está en la soledad con-
templativa sino en los combates que aguardan en la ciudad.
Retirarse de la ciudad para llevar la Ciudad a la ciudad.
Salir a las periferias existenciales para que, en nombre
del Señor no en nombre nuestro, curar a los nuevos lepro-
sos del tercer milenio. Aquellos “impuros” –no pocas veces
excluidos de la propia Iglesia- que también ansían escuchar:
“Tu fe te ha salvado; vete y no peques más”.
Otra advertencia: no nos es lícito dronear la realidad.
No basta con sobrevolar la vida del Otro, muchas veces con
aires de superioridad o indiferencia. Por el contrario, debe-
mos bajar, aterrizar, desarrollar la pedagogía de la escucha,
recorriendo tanto rascacielos, barrios exclusivos como la
ciudad profunda, marginal, lasciva, maloliente, para resca-
tar a todos sin acepciones; aún a aquellos que nos rechazan
y lastiman porque están desesperados o no conocen el don
de Dios... Y como el Buen Samaritano (Lc 10; 25-37) volver a
la carpa posada Iglesia, para que el Señor, conocedor como
nadie, recete a cada uno el mejor tratamiento.
En Fasta necesitamos Pedros y Pablos.
Los primeros son aquellos que velan junto a la carpa.
Su tarea, indispensable, es formar a los más pequeños en el
carisma y la espiritualidad, para que cuando lleguen a ciuda-

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danos y asuman la posta de sus mayores, estén plenamente
convencidos de gastarse la vida como discípulos misioneros.
Pueden identificarse como los que están más abocados al
Movimiento.
Pero también precisa, y mucho, de los Pablos, aquellos
combatientes de trinchera, quienes trabajando en las obras
o cumpliendo misiones específicas, día a día enfrentan los
peligros y desprecios de una cultura desacralizada. Lejos de
claudicar, deben sostener la bandera de la Nueva Evangeli-
zación mostrando integridad y profesionalismo.
En Fasta no hay ciudadanos de segunda. Nadie puede
presumir de sus logros o simular fidelidad al ideal con la do-
ble intención de mejorar su posición personal. Como Juan el
Bautista, todos somos indignos precursores del Mesías, el
Hijo de Dios. En este caso como en la Iglesia primitiva, am-
bas vocaciones se requieren, sostienen y complementan. Ni
Pedro sin Pablo ni Pablo sin Pedro.
Es preciso que juntos, Pedros, Pablos y la legión que
desee seguirnos, llevemos hasta los areópagos del tercer
milenio la palabra siempre nueva de ese Dios que desea ser
conocido y redescubierto por todos.
Ensanchadas las fronteras de la Ciudad, levantemos
esa carpa de ayer, de hoy y de siempre en los ambientes de
las finanzas, la política, el arte, la educación, la tecnología,
para que el Rosetón vuelva a girar sobre su eje, Jesucristo.
Por encima de los edificios, enamoradas de las alturas,
las fechas parecen volverse aves que, sobrevolando másti-
les, tejen velas infladas por los vientos del Espíritu. Entonces,
la carpa se vuelve barca y el mundo, misión.
Repasemos.
Naciste para ser feliz.
Naciste para compartir.

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Si ya es tu tiempo de volver, si te cansaste de caminar a
ciegas y entristecido; si sólo deseas que tu corazón vuelva a
arder, mientras el Señor te explica las Escrituras y parte para
ti el Pan, súbete a la carpa barca que hay espacio.
Y rema, rema con fuerzas y sin miedo, mar adentro.
La aventura misión será maravillosa. Felicitaciones, porque
ahora también eres un peregrino de Esperanza.
Las manos firmes en el timón, sin mirar atrás, dejando
que los muertos entierren a sus muertos. ¿Dónde iremos?
Donde el Señor quiera. Sin temores, porque confiamos
en la hermosa promesa hecha a Mateo: “Aquí estoy con us-
tedes, todos los días, hasta el fin del mundo”.

La Rinconada, 10 de octubre del año del Señor de 2018

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