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A Rosario Caicedo, y claro, a mi madre que está presente en cada

recuerdo de esta historia.

El impajaritable Andrés Caicedo

Lo impajaritable inicia en Cali en el año 1977, tengo trece años y


acabo de terminar el tercer grado de bachillerato. He sido
aconductada, o eso cree Ofelia, la directora de disciplina que se pasea
por los salones vigilándonos para convertirnos en una más de las
abejitas que bajo “tensión y ritmo” se sienten en el mejor colegio de
Cali para niñas bien, donde se “forman” las más decentes, las más
inteligentes, las más bonitas, las más, siempre, las más.

Tengo rabia, porque sí, porque no, por todo. Y cómo no tener rabia
cuando se van a cumplir catorce años. A mi mamá le ha dado por
castigarme cada fin de semana, ya no me aguanta. Nadie aguanta mi
rebeldía temprana, el paso de tercero a cuarto de bachillerato y el
descubrimiento de verdades veladas para mí hasta este momento.

En uno de esos castigos que ya se han vuelto demasiado frecuentes he


comenzado a fumar, y a escribir también. Ya había escrito antes, pero
en esta transición de los trece a los catorce llega eso, lo
impajaritable, el convencimiento, la iluminación, o como quiera
llamársele a esa sentencia incólume de querer dedicar la vida a
hilvanar historias.

Muy chica, no sé, ocho, nueve, tal vez, guardaba con tanto recelo “mis
novelas”, me cuenta mi madre que así les decía. Pero ni yo misma puedo
recordar de qué trataban, lo poco que viene a mi mente son los
cuadernos de hojas cuadriculadas del colegio, la sala del apartamento
minúsculo donde vivíamos los cinco, y yo, escondiéndome de mis padres
para escribir. Me viene a la memoria un recuadro que dibujaba en la
parte superior, claro, ahora lo sé, era la pantalla donde hacía trazos
o la figura de cualquier monigote que intentaba dibujar. Bajo el
dibujo, la historia, ¿sería un intento de novela gráfica? O peor, y por
qué no, un remedo de las fotonovelas que leía mi tía con tanta
persistencia y me pasaba a mí para que no interrumpiera el encuentro
con su novio de turno.

Sigo sin recordar de qué iban esas historias. La de las vacaciones del
77 sí la recuerdo, aún la tengo, aunque no sé ni cómo ha sobrevivido a
tantos cambios de casa y a mis eternas mudanzas. Esa última
reprimenda de mi madre la sufrí como una condena, pero realmente fue
muy especial, no solo por un cigarro tras otro que robé de su cartera
para vengarme por los no sé cuántos días encerrada en casa. “Ni
siquiera puede ir a donde Marcela”, me dijo, entonces me planté sin
más en la ventana y le gritaba furibunda a mi amiga que no podíamos
jugar a ser Sophía Loren y Brigitte Bardot. Doña Clara, la madre de
mi amiga, fue tal vez la única que descansó y se dio el tiempo para
esconder los vestidos de fiesta y los pocos zapatos de tacón que no
habíamos acabado entre Marcela y yo.

El domingo en la noche mi mamá viene y se sienta frente a mi cama,


has comenzado a fumar, ¿no? Sí, claro, le digo muy oronda. Ya estoy lo
suficientemente grande para decidir si voy a fumar o no. Seguido, y
con la misma seriedad saca de su bolso mi merienda semanal y me la
entrega. Ni modos de decirle que no fume, porque yo también fumo, pero
si va a fumar desde tan joven, hágame el favor y se compra su propio
vicio, no pienso financiarle los cigarrillos que le va a meter a sus
pulmones. Su argumento me parece el más justo de todos, pero al final
no se digna a decir nada sobre levantarme el castigo.

En el año lectivo que termina he seguido las reglas impuestas, hasta


llego a sentirme la más sapa de todas en algunos momentos, pero
también han comenzado los paseos al centro comercial del norte, hacen
aparición los chicos con las Susukis, las Yamahas y las Kawasaki.
Después, mi padre me cuenta algo que parece una película de horror, en
urgencias del Hospital Departamental han separado a unos pacientes
en la sala que primero llamaron Kawasaki, y después terminaron
apodándola “Kaspasaki”, así la llaman porque allá van a parar la
cantidad de muertos y accidentados en moto de esa época.

Hace unos días murieron tres amigos. Duele muchísimo porque es la


primera vez que un amigo muere. Iban en una moto los tres a la
madrugada, drogados, alcoholizados, eso es lo que nos dicen. Despiertan
entonces las rabias, los deseos de ir en contra de todas las reglas que
nos quieren imponer. ¿Por qué ellos? ¿Por qué, si a diario los veía por
ahí, caminando por la cuadra sin molestar a nadie?
Y entonces comienzo a escribir, sin saber si es una novela, si es un
relato o qué diablos pueda ser. Con rabia me pregunto qué hay más
allá de la muerte, ¿existe algo?, ¿alguien que responda mis preguntas,
o las preguntas que nos hacemos todos? Por lo que sucedió hay mucho
dolor, hoy es igual, la tristeza de saber que no verás de nuevo a esa
persona que quieres y se ha esfumado sin más. Y luego vuelve la rabia,
más grande aún porque separan a nuestro grupito del colegio, nos
tasajean en dos, las que lograron pasar raspado y habilitando dos
materias, yo, por ejemplo, y las que perdieron tres o más.

Las más cercanas van a dar a colegios cualquiera, esos que ni siquiera
pronunciamos su nombre en los pasillos, porque lo miran a uno como la
más vaga, la mariguanera, artista, o pendenciera. Me siento como la
más loser, palabra que no existe para nosotras en ese momento, pero de
eso escribo con toda esa rabia, y porque quiero entender, encontrar
una respuesta a la muerte de mis tres vecinos del barrio. Uno de ellos
era el hermano de Tere, mi compinche del grupito, otro era el hijo de
unos amigos de mis padres, nos conocíamos desde muy niños, le decían
“el Osito”, era todo risas, “peace and love”, vivía el día entero grogui
a punta de bareta o en viaje de hongos del río Pance.

Mis padres se lamentan por tanto mariguanero que hay en el barrio,


¡eso, se la pasan haciendo nada más en el parque, y con la iglesia en
frente, ni eso lo respetan, carajo! Pero ellos no le hacían daño a
nadie, pienso. Hasta nos protegían, recuerdo una vez que alguien que
no me conocía puso mariguana en mis manos para que le ayudara a
desmenuzarla, el Osito de inmediato me la quitó y le dijo al amigo que
no, nosotras éramos las niñas chiquitas y no fumábamos de esa vaina.

Los tres habían salido de una rumba tremenda al amanecer y se


montaron en la moto de Fernando, el hermano de Tere. Quién sabe cuál
de los tres iba más loco, pero los tres murieron. El Osito iba atrás,
salió despedido y murió allí mismo, el del medio no lo conocía bien, y
al parecer se quedó cuando llegaban al hospital. Fernando duró como
quince días en coma y después se fue del todo.

Pasan esos tristes días y llegan las vacaciones, para cuarto he


escogido quedarme en el “B”, porque así “Pola” haga sus mayores
esfuerzos para hacerme entender las matemáticas, soy una total
taruga en el asunto. Pero no sólo por eso, definitivamente lo que me
gustan son las humanidades, las ciencias exactas no son mi fuerte y
nunca lo serán. Quiero leer y escribir, aunque a nadie le permito ver
lo que escribo. También tengo diarios, les echo doble llave y los
escondo. Pero a mi tía sí le cuento, muchas veces charlamos como si
fuéramos amigas de la misma edad, aunque ella me lleve algunos años.

En casa nadie sabe cómo manejar mis nuevos amigos, “los grandes de la
cuadra”, porque fuman marihuana y van todos los fines de semana a
“La Bilbo”, la discoteca de donde no queremos salir nunca, así tengamos
que madrugar al otro día. Me encanta bailar hasta el amanecer, eso,
solo bailar, ni siquiera tomo alcohol, muy de vez en cuando. Pero lo
que sí me hace falta es bailar, aprender los pasos de baile y
coreografías y hacerlos con Carlitos o con Gabo, que son mis cómplices
de baile, nada más.

Mi tía le pregunta a mi madre si puede ir conmigo a la finca de unas


amigas de ella en Timba. Es cerca, a unas pocas horas y así mantendrás
quieto al “terremoto”. Mi madre dice que sí, unos días en el campo me
harán bien, así tal vez entre más calmadita al cuarto año de
bachillerato. Su gran ocurrencia es anunciarme que viajaremos en
tren, ¿en tren?, el plan bucólico cuando yo lo que quiero es andar en
motos o en un jeep y cantar destemplado a Queen y a los Rolling
Stones. Mi tía y yo finalmente planeamos unos días a ese pueblo
olvidado a donde lo único que llega es el tren, no me joda, qué plan
tan chévere el que me tiene listo mi madre. Intuyo que es su forma de
machacarme sus castigos, pero no es así.

Las cosas no salen como yo las espero. El viaje es maravilloso, por


primera vez en un tren, ese tren viejo con asientos forrados en un
cuero rojo. Mi tía me mira y se dice, a esta le va a encantar el libro
que me regaló mi novio, está de moda porque el tipo que lo escribió se
suicidó el día que le llegaron sus primeros ejemplares, en marzo de
este mismo año. Y sobre mis piernas, en el tren de ida a la finca de
sus amigas, me pone Que viva la música, la novela de Andrés Caicedo.

Apenas comienzo a leerlo, la noche se vuelve azul turquí, como dice él,
Andrés Caicedo. Y nunca vuelve a ser igual. La vida a partir de ese
viaje al que no quería ir deja de ser la misma, dejo de ser esa que en
el colegio esperaban que fuera. ¿Quién era ese tipo que hablaba de mis
calles?, de las galladas, que nombraba la guayaba coronilla y decía
que el aire “descuajaringaba” la vegetación de su nuca, que decía en
sus páginas, impajaritable, acuscambado, chocholiar y patidifuso, y que
además hablaba de una cosa rara llamada cinesífilis, y a mí me sonaba
a una enfermedad por el cine, ésa que ya me había atacado.
Pues quién más que Andrés Caicedo, recién muerto, el que se había
suicidado con la absurda suma de sesenta seconales, ya no existe en
las recetas médicas, o sí, pero con otro nombre. Y él, Andrés Caicedo
Estela, por si fuera poco, me hizo una gran revelación en las páginas
que devoré con ansias ese fin de semana, nombró el colegio, el de las
niñas decentes, el que yo odiaba con tanta furia por haber cercenado
a mi grupo de raritas, de esas niñas no bien que nos negábamos a ser.

Y sin más, Ricardito el miserable contaba que iba a ver los partidos
de las niñas de mi colegio y a las de las monjas cansonas y rezanderas
que se contramataban jugando básquet. Pero también develaba, ya
terminando la novela, que cómo era posible que una exalumna del Liceo
Benalcázar se metiera a puta, sí, a puta.

Ahí fue Troya, pero esta vez era yo la que iba a armarla. Ése, mi
grupito, las no comprendidas, claro. Las que al año siguiente nos
convertimos en el grupo Travolta, porque hasta nos tocó disfrazarnos
para ir a ver Saturday night Fever. El problema era que ya no
estábamos juntas ni en el colegio ni en el mismo salón, Cuqui y Pato,
me hacían una falta horrible, y también me preocupaban. Las dos
hablaban ya de amor, de compromisos y de novios que con el tiempo
cambiaron sus vidas por completo.

Pero también éramos las que se metían al cuartico prohibido de la


biblioteca, las que leíamos a escondidas en el “camping”, como llamaban
peyorativamente a nuestro lugar de encuentro las otras compañeras de
salón, que eran, definitivamente, muy distintas. Hoy, ya cincuentonas
y sin grupos de nada, nos reímos de tanta basura que nos quisieron
inyectar, como si de apitoxina se tratara. Aunque, igual, nunca
podremos negar el lugar del que procedemos, así hagamos hasta el
mayor esfuerzo, siempre emergen de nuestro interior los rincones
donde año a año nos fuimos convirtiendo en las mujeres que somos hoy.

Al terminar las vacaciones llegué al camping con el libro camuflado,


les traigo la verdad, les dije al grupo de raritas que aún quedaba,
aquí está la prueba, también aquí fuera de las más inteligentes, las
más bonitas y las niñas bien de Cali, también hay putas, exalumnas
putas, eso lo dice Andrés Caicedo, y yo le creo. Si está en su libro,
tiene que ser verdad.

Para mí era la verdad porque la novela era tan cercana a nuestro


andareguear diario, que era imposible pensarla como una mentira. Si
él podía escribir, yo también podía hacerlo, así fuera en secreto como
lo había hecho hasta ese momento. A mis amigas, a la gran mayoría, les
dio un poco de temor. Seguíamos en una especie de matrícula
condicional, me aconsejaron no llevar de nuevo el libro que ya era
prohibido en la biblioteca y en los pasillos del colegio, y eso que las
hermanas de Andrés Caicedo habían estudiado allí también.

Podíamos ser tachadas de locas, de novieras, hasta de mariguaneras por


andar en el camping, pero putas, eso ya era mucho, ni siquiera
habíamos perdido la virginidad, qué íbamos a ponernos de putas. No les
estoy diciendo que nos volvamos putas, les dije, pero es que miren nada
más, si de aquí salió una pelada que se volvió puta, por qué pretenden
que seamos las más correctas del planeta, ¿no les parece demasiada
disciplina cuando apenas tenemos catorce años?

Poco o nada dijeron, por eso no insistí más y volví a leer la novela de
Andrés, porque aún muerto me seguía charlando, lo sigue haciendo
cuando pienso en los pocos que en Cali se habían atrevido a hablar de
putas niñas bien, rocanrol, salsa ventiada, tropeles y drogas, muchas
drogas que hacían alucinar y perderse en mundos de magia y
psicodelia. Entonces lo guardé, y sigue protegido a donde vaya como mi
bien preciado, con su tapa blanca y el búho púrpura, con cada página
que subrayé hasta el cansancio, hasta hoy cuando han pasado más de
cuarenta años y sigo preguntándome las mismas preguntas, sobre los
vecinos que se acercan o no se acercan, sobre sus historias de amor y
rabia, sobre sus muertes, las de los otros, y claro, la mía.

Santa Marta, junio de 2018

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