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Pontificia Universidad Javeriana

Cultura digital
26/02/2019
Presentado por: Valentina Montalvo Villalba, Arturo Rojas y Beatriz Herrera.

Un archivo de usuario no es sinónimo de un archivo personal. En primer lugar, porque


los archivos de usuario –ya sea de Facebook, Google, Instagram o cualquier otra red social–
son generados a partir de la selección y organización de datos por parte de un agente externo
–y automatizado– a la persona física que hace uso de la red. Así, el perfil que construyen las
bases de datos de Facebook no es reflejo de la identidad de una persona, pues la información
que obtienen los algoritmos se limita a la proporcionada por el usuario, que no siempre
decide revelar todo de sí. Esto se convierte en una cuestión que merece ser discutida cuando
se tiene en cuenta que, antes de la era digital, el archivo se entendía como un rastro histórico
que permitía la reconstrucción de un entorno. En ese sentido, las categorías de información de
las cuales se sirve Facebook (y están especificadas en su Política de datos) funcionan como
vestigios de la cultura digital actual, mas no dan cuenta de la totalidad del mundo
contemporáneo: las conexiones que generamos con otros usuarios (conversaciones, llamadas,
interacciones), los dispositivos desde los cuales accedemos a la red (qué tipo de dispositivos
son, cómo están configurados), la ubicación geográfica, el reconocimiento facial a través de
la cámara, los grupos y páginas que seguimos e incluso la información que otros ofrecen
acerca de nosotros, son el fundamento de Facebook para la creación de identidades
algorítmicas. La mayoría de la información es entregada a la red de manera voluntaria; no
obstante, las implicaciones de su uso para el beneficio y desarrollo del capitalismo digital
nunca están explícitas. Tampoco es opcional la decisión de convertirnos en archivistas,
indirecta o directamente, como argumenta Yuk Hui en su artículo “Archivist Manifesto”,
pues la condición tecnológica lo demanda: la producción masiva de archivos de datos es
inevitable.
Ahora bien, ser conscientes de los usos que los algoritmos hacen de nuestra
información es importante por varias cosas: en primer lugar, porque con base en ellos se
personalizan los motores de búsqueda de los cuales nos servimos de manera cotidiana y, así,
las publicaciones que recibimos están filtradas, es decir, no tenemos acceso a la totalidad de
información. Eso resulta en una programación previa de nuestras (inter)acciones, no
decidimos a qué nodos acceder y cómo establecer relaciones, sino que entramos a lo que se
nos ofrece. Por otra parte, teniendo en cuenta el vínculo que propone Yuk Hui entre el
archivo, las relaciones de poder y la autoridad (acudiendo a Foucault), se pone de manifiesto
que las instituciones que tienen mayor capacidad de recolectar y cuantificar metadatos serán,
al mismo tiempo, aquellas que logren programar más mecanismos de predicción y control
sobre las prácticas digitales actuales. Es el caso de Facebook –también de Google–, un nodo
cimentado principalmente en las métricas.
En una experiencia de revisión y análisis de los datos que Facebook archiva sobre
cada usuario, se hace evidente el surgimiento de un sujeto social y digital basado en la
información recopilada y archivada e indexada en bases de datos que la plataforma permite
descargar. Dicho usuario aparece como un sujeto consumidor definido por un valor social y
monetario, ambos resultado de la cuantificación. Algunos números que dan cuenta del valor
social son: la cantidad de amigos; el número de fotos o publicaciones y, por consiguiente, el
número de likes y comentarios generados; el número de publicaciones en las que aparecemos
mencionados; el número de mensajes que nos llegan por el chat (entiéndase que aplican las
métricas de Whatsapp por pertenecer a la misma compañía); y otras métricas que están en
función de las ya mencionadas (como los cumpleaños que puede haber no solo en el mes sino
en un día específico). La inserción de estas métricas en nuestra cotidianidad es controversial
porque, por un lado, no nos resulta extraña, creemos incluso que entendemos su
funcionamiento, normalizamos que una operación automática –aunque mediada por el ser
humano– conozca y prediga aspectos tan intrínsecos a nosotros como los gestos faciales y los
estados de ánimo; por otro, estamos dejando que lo que podría ser un archivo personal se
convierta simplemente en un archivo de usuario más, delimitado bajo el parámetro de las
métricas, que no alcanzan a comprender la complejidad del ser humano. Es decir, no se llega
a abarcar la totalidad de la persona tras la pantalla, los datos de Facebook fallan a la hora de
establecer las identidades algorítmicas, o más bien, dan lugar a identidades alternativas; sin
embargo, estas faltas son irrelevantes para los fines de las métricas de Facebook, que
simplemente demandan más, como concluye Benjamin Grosser en su texto “What do metrics
want?”. La precisión en estas construcciones depende de la actividad de cada usuario: por
ejemplo, la falta de interacción resulta en un perfil incompleto y menos personalizado, en ese
sentido, ni siquiera se pueden determinar todos los gustos, relaciones, experiencias o intereses
comerciales de una persona. También la entrega de información falsa a la red social resulta en
perfiles inciertos que pueden ser íntegros como figuras virtuales pero estar, al mismo tiempo,
desvinculados totalmente de quien lo creó. Esto reafirma nuevamente la hipótesis de que un
archivo de usuario no es equivalente a un archivo personal.
Por otra parte, hay también información que decidimos no compartir con Facebook,
como es el caso de la ubicación (que entre los archivos que se descargan, puede aparecer
como una carpeta vacía). Sin embargo, se puede observar en otros lugares –otras carpetas del
mismo archivo e incluso dentro de las mismas políticas de privacidad– que esta información
sí es recolectada por la aplicación, vemos que Facebook aproxima nuestra dirección IP y por
esto sabe casi exactamente el lugar en el que vivimos, pues allí es donde más tiempo pasamos
y eso queda registrado. También se recolectan las ubicaciones de los lugares que marcamos
como visitados para poder determinar la ciudad en la que vivimos y las que hemos visitado,
así como nuestros medios de transporte usuales –según la velocidad del viaje. En este sentido,
debemos entender que hay cosas que no son sólo nuestras; tenemos un falso sentido de
seguridad porque confiamos en que hay cosas a las que no se puede acceder sin nuestro
consentimiento, sin embargo, de manera inconsciente estamos dando permiso a aplicaciones
como Facebook o Google de acceder a la privacidad que deseamos proteger. Programas de
computadora y algoritmos saben información que nunca le confiaríamos a un extraño… De
esta manera, queda claro que perdemos poco a poco nuestra capacidad de agencia sobre el
manejo real de nuestro archivo digital y, con ello, el cuidado de sí; incluso peor, somos
nosotros mismos quienes –a veces por el tedio de leer la letra pequeña de los términos y
condiciones– voluntariamente renunciamos a esta agencia. Según el “Archivist Manifesto”,
ya no somos nosotros los agentes de nuestra propia información, “sino que los dejamos en la
nube, al cuidado de otros”. Incluso si quisiéramos desenvolvernos como mejores archivistas,
el desconocimiento de la articulación tecnológica nos lo impide.
Los otros números que construyen al sujeto consumidor de la red (igual de
importantes para Facebook pero no para los usuarios), que podemos no entender o incluso
desconocer, están relacionados con nuestro valor monetario que se calcula a través de:
métricas que registran cuáles páginas de negocios visitamos; cuales seguimos; dónde y en
cuáles compramos o hacemos transacciones; qué productos u objetos materiales poseemos
mientras haya un indicio de ellos en publicaciones escritas, visuales o incluso de
conectividad, etc (como la publicación desde tal o cual dispositivo). Todos estos números que
pasamos por alto porque no se ven reflejados de manera directa en nuestras páginas, son
recolectados por Facebook para construir al sujeto capitalista y compartir dicha información
con comerciantes, anunciantes o marcas que en pro de vender más buscan clientes
potenciales. Facebook les ofrece esta especificidad. Por ejemplo, al momento de crear una
cuenta publicitaria en Facebook, la red social es capaz de dirigir los anuncios a usuarios
particulares dependiendo de su ubicación geográfica, como lo explica la opción de “Tráfico
en el negocio”. Aún más, Facebook nos permite configurar los momentos en los que nuestro
anuncio va a transitar para maximizar su relevancia, es decir, además de configurarnos como
individuos de consumo, nos configuramos también como una masa. Creemos que al momento
de hacer publicaciones o navegar por nuestra página de inicio y leer las actividades de
nuestros amigos o familiares estamos expresando una individualidad o estableciendo vínculos
con un grupo cerrado de personas, pero para la aplicación funcionamos de manera muy
distinta. Estamos catalogados dentro de un rango de edades, locaciones, intereses, poder
adquisitivo y otra miríada de variables que, lejos de establecernos como individuos con
gustos y preferencias, nos establecen como objetos de consumo, encasillados junto a otros
miles de usuarios con quienes, probablemente, la única relación sea haber dado click en un
mismo anuncio. Encontramos, entonces, que como usuarios sociales promovemos y hacemos
parte –inconsciente– de un mercado capitalista digital que se mueve por la información y los
datos que otorgamos a la red, información que no podemos controlar en términos de su
finalidad y relevancia.
Una vez comprendidos estos aspectos del funcionamiento del archivo de datos que
Facebook hace, es importante recalcar nuestra incapacidad como usuarios frente al manejo
del mismo: no somos nosotros quienes decidimos qué archivar y cómo hacerlo e, incluso, no
tenemos libre acceso a la totalidad de información que alguna vez concedimos
inconscientemente a Facebook. Cualquier persona que intenta descargar sus datos puede
notar varias cosas que sirven como afirmación de la frontera que existe entre las bases de
datos y los usuarios: primero, el formato en el cual se permite la descarga de datos es
compatible solo con algunos programas y aplicaciones, así que, incluso teniendo el archivo
empaquetado a nuestra disposición, su apertura es un obstáculo. Por otra parte, y esto es una
suposición que surgió de la experiencia, la acción de eliminar ciertas publicaciones o
mensajes en la red social modifica la manera en la cual Facebook va a hacer aparecer el
archivo para nosotros. Esto quiere decir que, probablemente, a pesar de que Facebook puede
ver todo el historial de actividad –incluso el eliminado–, no va a presentarlo así ante el
usuario. La falta de cuidado se presenta entonces por más de una razónen primer lugar,
porque no nos interesa ejercerlo; también porque creemos, quizás ingenuamente, que no es
necesario tener ese cuidado con nuestra información. Se construyeron modelos y formas cada
vez más eficientes de automatizar nuestro rol de archivistas con nuestra propia información, y
nos acostumbramos a no preocuparnos por este cuidado y agencia de sí. Sin embargo, esto
también tiene lugar debido a un analfabetismo digital. El problema reside en que, aunque
tengamos la intención de apropiarnos de nuestros datos, todas las redes en las que
compartimos y las plataformas en las cuales trabajamos han avanzado tanto que aprender a
organizarla y a actuar como un bibliotecarios digitales –como plantea Yuk Hui– nos resulta
dificilísimo.
Como usuarios, tendríamos que desaprender el modelo de interacción que se ha
venido perfeccionando (el de la inmediatez, rapidez y automatización) para desarrollar una
forma adversa y que se basara en otros principios como el trabajo, la dedicación y el tiempo,
además del cuidado. Sin embargo, podemos empezar a tomar conciencia de las dinámicas que
rigen el funcionamiento de las redes sociales para entender los objetivos de los números o
métricas a los cuales aportamos y entender que el usuario o perfil de tal o cual red social no
representa la totalidad de la persona a quien corresponde el perfil; por ende, como usuarios no
debemos ver reflejado nuestro valor personal en las métricas. A partir de esa conciencia y de
ese reconocimiento, tomar decisiones aún más racionalizadas con respecto a la información
que compartimos, entendiendo que, por ahora, no tenemos la capacidad de organizarla a
nuestro antojo; no obstante, sí hay condiciones, normas y límites que disponen las
plataformas para brindarnos la oportunidad de apropiarnos de una parte de nuestro archivo y
usarlo a nuestro favor, evitando automatizar nuestros usos de la red.