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El espacio litúrgico.

Mediación mistérica del edificio de culto

1.1. El edificio cultual cristiano

Hablando de los lugares de la celebración litúrgica cristiana no se puede prescindir de una


referencia al templo de los hebreos. En muchos pasajes del evangelio se evidencia cómo Jesús fuese
un hebreo practicante, en el sentido que frecuentaba la sinagoga y el templo asiduamente. La
Escritura nos presenta a Jesús que, entrando en la sinagoga de Nazareth y tomando el rótulo del
profeta Isaías, lo lee y lo explica aplicándose a sí mismo las palabras del profeta (cf. Lc. 4, 16-30).
La Iglesia apostólica, después de la Ascensión de Jesús al cielo, continuará y frecuentará
asiduamente al templo (cf. Lc 24,53), al punto que los mismos cristianos, en el libro de los Hechos,
son identificados como aquellos que ocupaban el Pórtico de Salomón (cf. Hech 5,12). Si esto
último puede ser un testimonio del hecho que los apóstoles eran de los hebreos píos, y que por tanto
frecuentaban la oración judía, también era la prueba que los cristianos comenzarán poco a poco a
distanciarse de las prácticas cultuales del Templo y constituir una estructura propia de oración, un
modo propio de celebrar y de dirigirse al Padre de Jesucristo. A su vez, tendrán la necesidad de
edificios propios, especialmente para celebrar la fracción del pan. Nacen así las llamadas Domus
ecclesiae1, que en realidad no son verdaderos edificios cultuales, sino casas privadas cuyo piso
superior estaba reservado regularmente a la celebración de la Eucaristía. Poco a poco, sobretodo a
causa de la conversión de muchos paganos y judíos al cristianismo, será necesario adecuar edificios
más grandes, que ofrecieran mayor acogida a los nuevos cristianos y los catecúmenos que iniciaban
el camino de conversión.
Con el edicto de Milán del 313, además de adquirir la libertad de culto, la Iglesia tendrá la
posibilidad de adoptar como edificios de culto las basílicas2, o sea construcciones civiles para las
reuniones públicas, con una capacidad que pudiera acoger a los cada vez más numerosos cristianos.

1.1.1 Cristo y él templo

¿Qué valor tiene el templo para los hebreos? Este representa el lugar, por excelencia, de la
inmanencia de Dios y del encuentro con él; y el gran signo de la alianza de Dios con su pueblo,
Israel, signo de la elección y de la historicidad de la revelación.
Con el Nuevo Testamento la concepción del templo, para los cristianos, cambiará totalmente. Estos,
de hecho, no sólo nunca habían utilizado la palabra "templo" para indicar los lugares de culto en los
que se reunían con frecuencia, sino que incluso afirmaban que en la Iglesia no debía existir un
verdadero y propio "templo" porque Cristo es el nuevo templo3, el "lugar" de la presencia de Dios,
el "lugar" en el que Dios se ha manifestado para siempre. El lugar de encuentro entre el cristiano y
Dios no es representado, por tanto, por un simple templo de piedra, sino que se ha convertido en
una persona: Cristo mismo, el Hijo de Dios, que la carta a los Hebreos nos presenta como el Sumo
Sacerdote de los bienes futuros, mediador de una alianza nueva; el único pontífice y el único
reconciliador4. Todo, de ahora en adelante, se concentra en Cristo-templo, que supera el Antiguo
Testamento llevándolo a su pleno cumplimiento.
Cristo es, por tanto, el nuevo templo, prefigurado en el viejo templo de piedra, el "lugar nuevo" de
la oferta al Padre, el nuevo altar; Cristo es el nuevo sacerdote y al mismo tiempo la nueva víctima
del sacrificio. Él es, de hecho, el nuevo oferente: no más el sacerdote del Antiguo Testamento, sino
él mismo que se ofrece a sí mismo. Y en Cristo, a través del bautismo, nosotros mismos nos
convertimos en morada del Espíritu Santo y por ende en morada de Dios, templo del Espíritu.

1
De aquí el nombre "iglesia", que será atribuido no sólo a la comunidad hecha de "piedras vivas", sino también al
mismo edificio
2
Cf. BOUYER, Liturgie und Architektur, (Theologia romanica 18), Johannes Verlag, Freiburg 1993, 43-59.
3
Cf. Jn. 2,21; 1,14; Ap 21,22.
4
Cf. Heb 9,11-15
Después de Cristo y por Cristo, los cristianos son la única realidad espiritual en la cual Dios, que es
espíritu, y aquellos que lo adoran deben adorar en espíritu y verdad5, puede hacer morada. Lo dice
el mismo San Pablo, escribiendo a los Corintios, en una de las lecturas propuestas por el leccionario
a propósito de la fiesta de la Dedicación de la Iglesia: “No saben que son templo de Dios y que el
Espíritu de Dios habita en ustedes? Si uno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá. Porque
santo es el templo de Dios, que son ustedes”6. Esta transposición del templo hebreo, como lugar de
la presencia de Dios, a Cristo, nuevo templo y presencia de Dios en medio de su pueblo y por
extensión sacramental a todos los bautizados en su sacerdocio bautismal, aparece muy claro en uno
de los prefacios previstos propiamente para la Dedicación de la iglesia: "Templo verdadero por ti
consagrado es la humanidad del tu Hijo, nacido de la Virgen Madre, en el que habita la plenitud de
la vida divina"7. La Iglesia es morada del Espíritu en cuanto esposa de Cristo; la asamblea reunida
se convierte en el lugar de la presencia de Dios no hecho de piedras materiales8, sino de piedras
vivas edificadas sobre el único fundamento que es Cristo mismo9: "Ciudad Santa es tu Iglesia
fundada sobre los Apóstoles y unida en Cristo piedra angular. Esta crece y se edifica con piedras
vivas y elegidas cimentadas en la caridad con la fuerza de tu Espíritu"10. El templo no es más aquel
de piedra, sino que está constituido por piedras animadas por el Espíritu y ponderado con el sello
del bautismo; es la asamblea litúrgica, el pueblo de Dios reunido para rendir culto al Padre. Ratifica
San Pablo: "Ustedes son campo de Dios, edificio de Dios"11.
Pareciera, a este punto, que el templo hecho de piedras no posea más valor y haya sido confinado en
una insignificante frialdad. Este por el contrario adquiere valor e identidad por motivo y a imagen
de la comunidad que hospeda; es el lugar, de hecho, en el que la Iglesia ofrece al Padre, por medio
de Cristo, en la permanente efusión del Espíritu, un servicio digno y irreprensible para obtener
plenamente los frutos de la redención; es el lugar santo en el cual los cristianos son edificados como
templo vivo en el que son reunidos y crecen como cuerpo del Señor, a través de los sacramentos de
la iniciación cristiana, hasta llegar a la plenitud en la visión de paz de la ciudad celeste, la Santa
Jerusalén. Esto se trasluce propiamente en el rito de la dedicación de la iglesia. En este, de hecho,
todo hace referencia a la iniciación cristiana: la aspersión de la iglesia y del pueblo, que es templo
espiritual (bautismo); la unción de las paredes de la iglesia y del altar con el crisma (confirmación);
la consagración del altar, con la unción y el humo del incienso quemado encima que hace referencia
a la mesa de la última cena y el lugar del sacrificio de Cristo en la cruz (eucaristía). Naturalmente
todos estos ritos no se refieren al templo hecho de piedras, como antiguamente según una visión
alegórica, sino al templo vivo constituido por la asamblea reunida que es llamada a la fuente, a la
propia iniciación, al propio bautismo que motiva la presencia en torno al altar12.

1.2 Los lugares litúrgicos en la iglesia

Antes de pasar a la descripción de algunos lugares litúrgicos y a su disposición en el edificio de


culto, es importante clarificar algunas cuestiones preliminares con respecto a la terminología y a la
función mistagógica de los espacios celebrativos.

5
Cf. Jn 4,24
6
Cf. 1 Cor 3,16-17
7
Prefacio en el día de la dedicación de una iglesia o de un altar, en MR 766
8
Un clara referencia a SC 7 donde se dice que Cristo está presente en medio de la asamblea que celebra y alaba al
Señor.
9
Cf. Ef. 2,21-22; 2Cor 6,16, 19-20.
10
Prefacio en el día de la dedicación de una iglesia o de un altar, en MR 766
11
Cf. 1Cor 3,9
12
Cf. S. MARSILI, “Dedicazione senza consacrazione. Ossia: teologia liturgica in una storia rituale”, Rivista Liturgica
66 (1979) 596-598.
1.2.1 Clarificación terminológica

Hablamos sobretodo, de lugares litúrgicos o espacios para la celebración y no de decoración ni


siquiera de utensilios u objetos sagrados. Estos, de hecho, son lugares, habitados y habitables, que
expresan valores profundamente teológicos que se alejan de la mera funcionalidad "cosificante". El
altar, el ambón, el bapstisterio, la sede, etc., deben ser pensados como lugares bien precisos, fijos,
desde donde los ministros o el pueblo de Dios puedan participar desarrollando su propio ministerio
y manifestando, en un cierto sentido, la fe de la Iglesia.
Resaltemos otros dos términos que, hablando de "espacios" y "lugares" de la celebración aparecen
muchas veces y no pueden ser comprendidos. Dichos términos son "iconografía" e "iconología". La
iconografía identifica el "como" la iglesia o aquel determinado lugar litúrgico ha sido pensado o
deba ser construido: su forma, su aspecto exterior y experimentable al primer impacto. En síntesis,
con este termino podemos expresar el conjunto estructural del lugar litúrgico y de sus componentes.
Con el término iconología, por el contrario, la referencia está orientada hacia los valores teológicos,
a la lectura mistagógica que sobreentiende la elección de una forma precisa e iconografía; hace
referencia al valor teológico y/o eclesiológico que está detrás de aquel modelo particular.

1.2.2 De la funcionalidad a la mediación mistérica del edificio-iglesia

A menudo, se utilizan términos como "elementos" o "decoración" o "utensilios" para la celebración,


queriendo identificar el altar, el ambón, la sede, el tabernáculo, el baptisterio, el confesonario, etc.,
haciendo recaer la atención sobre el objeto en sí mismo o al máximo sobre su funcionalidad ritual,
con la consecuencia de afirmar una teología del no-lugar, reduciendo el edificio-iglesia a un lugar
no teológico.
Se podría celebrar en la iglesia reproduciendo él área de un teatro, pensando que lo que cuenta única
y realmente sea la comodidad de quién participa en la celebración, una buena visibilidad, la
amplificación del sonido y otros elementos que, aunque son importantes y fundamentales para una
calidad de la liturgia, a veces se convierten en la única referencia en la construcción y en la
adaptación de los edificios para el culto. Dicho planteamiento esconde una insidia frecuente entre
quien se ocupa de proyectar nuevas iglesias: la absolutización del aspecto meramente funcional del
edificio en detrimento de una vocación bien especifica del mismo. La iglesia se reduce, por tanto, a
una especie de "contenedor" al interno del cual se deben "introducir" los elementos necesarios para
la celebración, sin hacer mucho caso a su positio, a las relaciones entre los distintos lugares, a su
lenguaje, a lo que podría definirse su "mediación mistérica" y mistagógica: lo importante es que
estén y que sean funcionales. A menudo, por tanto, el primer paso, sobretodo en la construcción de
nuevos edificios para el culto o en la adaptación de edificios ya existentes, es inventar un genérico
"contenedor-iglesia", dejando en segundo lugar, la búsqueda del "donde", del "como" y del porque
colocar los elementos celebrativos, "empobreciendo" de esta manera, desde el origen, la posibilidad
de vivir los lugares de la celebración, de acoger la interrelación dinámica y mistagógica, haciendo
impracticable el recorrido que cada acción litúrgica exige.
Estos lugares, de hecho, aunque constituyen "polos" de referencia visual-acústica, son
principalmente "metas" de caminos sacramentales de fe, de salvación y de alabanza. Son llamados
"polos celebrativos" en cuanto que están ligados los unos a los otros a motivaciones teológico-
sacramentales. La misma posición y la relación entre ellos ponen de relieve esta relación
sacramental. La dimensión cinésica tiene ciertamente una importancia relevante en este sentido y en
el proyecto de una iglesia debería ser respetada. Los movimientos, por ejemplo los procesionales,
reproducen mejor que otros gestos la relación entre los lugares celebrativos y atraen a menudo una
correlación de tipo sacramental.
Debemos salir de la impostación meramente funcional de los "elementos celebrativos" para entrar
mayormente en la perspectiva "mistérica" de los "espacios de la celebración", los cuales se
convierten en "mediadores sacramentales" y ellos mismos parte de la celebración. Y la novedad
fundamental, en cuanto al espacio litúrgico por parte de la reforma del Vaticano II y sobre todo de
la Sacrosanctum concilium, está precisamente en el espacio litúrgico entendido no más como un
elemento meramente funcional o ad sollemnitatem de la liturgia sino, como se expresa en el número
122 de la Constitución litúrgica,

relacionadas con la infinita belleza de Dios, que intentan expresar de alguna manera por
medio de obras humanas. Y tanto más pueden dedicarse a Dios y contribuir a su alabanza y
a su gloria cuanto más lejos están de todo propósito que no sea colaborar lo más posible con
sus obras para orientar santamente los hombres hacia Dios.
Por esta razón, la santa madre Iglesia fue siempre amiga de las bellas artes, buscó
constantemente su noble servicio, principalmente para que las cosas destinadas al culto
sagrado fueran en verdad dignas, decorosas y bellas, signos y símbolos de las realidades
celestiales.

Después que la Constitución litúrgica, en los primeros números, describe en términos histórico-
salvíficos el valor teológico de la liturgia como acción teándrica, humano-divina, el documento, de
hecho, trata seguidamente los elementos constitutivos del culto, o sea el tiempo, la música, los
objetos sagrados y el lugar de la celebración. Estos entran por necesidad en la mediación litúrgica.
Más específicamente, con la nueva conciencia celebrativa inaugurada con el Movimiento litúrgico y
codificada en la Sacrosanctum concilium, los espacios de la celebración no son considerados ya
como decorado y objetos rituales, sino sobretodo como lugares de acción, los cuales se configuran
como espacios vividos y lugares habitados que entran a formar parte de la liturgia celebrada: "área
presbiteral" para el altar, el lugar de la proclamación de la Palabra para el ambón, el lugar de la
presidencia para la cátedra y la sede, lugar de la custodia eucarística para el tabernáculo, el
baptisterio para la fuente, la penitenciaría para la celebración de la reconciliación; a estos
espacios/lugares se le agregan naturalmente el del órgano y de la schola cantorum, la sacristía,
como lugar usual del inicio procesional, los espacios para la acogida como el atrio y la puerta, etc.
Existen, al menos, tres adquisiciones teológicas conciliares que dan razón de esta nueva conciencia
de los espacios celebrativos:

1. considerar la iglesia en su dimensión profundamente mistérica;


2. descubriendo la naturaleza dinámica de la ritualidad celebrativa;
3. acogiendo una nueva visión más orgánica de la gestualidad sacramental.

La iglesia-edificio es icono de la asamblea celebrante en ella reunida; ésta, a su vez, es estructura


epifánica de la misma comunidad creyente. Estando además, ya sea la comunidad que la asamblea,
configuradas según las imágenes bíblico-teológicas más significativas, como cuerpo de Cristo,
templo del Espíritu, casa del pueblo de Dios, la iglesia-edificio ella misma se configura como
estructura articulada, a semejanza del cuerpo constituido por muchos miembros, del templo
edificado con piedras vivas, del pueblo organizado en varias funciones de gobierno y diaconía.
En segundo lugar la celebración litúrgica no es una representación de un acontecimiento por parte
de algunos actores y delante de los espectadores que asisten a la misma, al contrario, es una acción
viva, dinámica, que involucra a todos y cada uno en el acto de celebrar, según los diversos roles y
ministerios; en la representación, real y eficaz del acontecimiento del Misterio Pascual de Cristo,
donde todos somos invitados a tomar parte ayudados también y sobretodo por el edificio mismo en
el que estamos reunidos y en el que se entrecruzan los que Schermann define como los 13 códigos
ensamblados sinérgicamente de la liturgia: código local y topográfico, o sea los elementos
arquitectónicos y los puntos de orientación; código odológico, es decir, el espacio como lugar de
movimiento; código proxémico, que se refiere a las relaciones de cercanía y lejanía entre los
celebrantes; código temporal, o sea la relación temporal; código personal y social, es decir, la
asamblea y los ministros; código verbal, es decir, las palabras; código musical, identificable en los
códigos acústico y vocal pero no verbal; código cinésico, es decir, las posturas y movimientos del
cuerpo; código táctil, o sea los signos ligados al "tocar", código óptico, es decir, las señales
luminosas y los colores; código icónico, o sea las imágenes y los objetos; código olfativo, es decir,
todo lo conectado al sentido del olfato; código gustativo, o sea, el comer y el beber13.
Visto lo anterior, la iglesia cristiana no hospeda un vivir común, sino una vivencia ritual que
conlleva y necesita de una profunda experiencia simbólica que en nuestra teología llamamos
"mistérica", en una situación experiencial hecha de palabras y gestos que son puestos aquí y ahora
por la Iglesia y por sus ministros, en nombre de Cristo, en una dinámica que llamaremos
sacramental.
Es así que la celebración misma, como realidad humano-divina, "transfigura" los espacios de la
celebración, cambiándoles las características dinámicas a nivel de contenido y significación, por
supuesto no tergiversándoles sino intensificándoles a través de una introspección de su valor más
profundo, por lo que, por ejemplo, la fuente bautismal, vista en profundidad mistérica, se convierte
en la fuente manantial de un agua epifánica del Espíritu Santo y seno generador de la Iglesia-madre.
Estos, por tanto, deben ser construidos de modo que el mismo proyecto deje transparentar, antes que
su aspecto funcional, lo que representa en su significación más profunda, o sea epifanías dinámicas
de la presencia operativa de Cristo y de su espíritu, manifestadas también por múltiples
movimientos y recorridos.
Después de esta necesaria aproximación preliminar al edificio-iglesia, donde hemos querido
señalar la mas profunda identidad de medición mistérico-sacramental de la fe y de la oración de
cada templo cristiano, apuntemos ahora los reflectores sobre los diversos espacios de la celebración
según una aproximación litúrgica que toma en consideración los códigos locales, odológico e
icónico. Como ya se ha dicho, no se trata de lugares que son leídos en su singularidad, sino en la
profunda relación simbólico-sacramental.

1.2.3. Los lugares de la celebración

1.2.3.1. El altar

El altar es el centro de la Iglesia, no en un sentido geométrico, sino sacramental. En este, de hecho,


es celebrado el sacramento de la eucaristía, culmen de la iniciación cristiana y centro hacia el cual
todos los otros sacramentos convergen y en torno al cual la comunidad celebrante se reúne y es
dirigida. Como decían algunos padres de la Iglesia, el altar es Cristo; este es, de hecho, signo
permanente de Cristo sacerdote y víctima y es mesa del sacrificio y del banquete pascual. Es signo
de unidad, de caridad. A partir de este todos los otros lugares deben ser pensados y colocados. El
altar, de hecho, debe ser fijo, en cuanto signo de Cristo piedra angular, preferiblemente de piedra
natural según él simbolismo bíblico, bien visible y realmente digno. Debe ser único, en modo que
signifique, a la comunidad de los fieles el único Cristo y la única eucaristía de la iglesia14, colocado
en el área presbiteral, dirigido al pueblo y practicable todo alrededor del mismo. La forma debería
ser cuadrangular, posiblemente cuadrada, para significar como don de Cristo sea ofrecido "a los
cuatro vientos", indicando así la universalidad de la salvación obrada por el resucitado. El altar,
entonces, es la mesa a la que todos pueden acercarse para nutrirse y encontrar la salvación15.
En cuanto a su etimología,

La palabra altár está compuesto de un adjetivo, o de un participio, y de un nombre: alta-ara. En


efecto la primera parte del término podría derivar tanto del adjetivo latino altus/a/um, como del
participio del verbo alere = nutrir; por tanto puede indicar una estructura alta, o una estructura
destinada a la función de nutrir, la segunda parte del vocablo derivaría del latino arere: arder,
quemar. El altar aparece entonces como el lugar del fuego. Hacia esta interpretación llevan también
algunos textos de la literatura bíblica en los cuales aparece que el fuego consume la víctima puesta

13
Cf. J. SCHERMANN, Il lenguaggio nella liturgia. I segni di un incontro, Cittadella, Assisi 2004, 108-127.
14
Cf. OGMR 303
15
Cf. OGMR 296-303.
por el hombre sobre la estructura elevada por él para hacer una ofrenda a Dios. Esto significa
también acogida por parte de Dios16.

La etimología nos sugiere el doble valor teológico del altar, por un lado el sacrificial o por otro lado
la convival. O sea, el altar es "ara" sobre la que se celebra el memorial de la muerte y resurrección
de Cristo, pero también es "mesa" sobre la que el pueblo de Dios participa en el banquete pascual
del Señor, nutridos de su cuerpo y de su sangre.
El altar, por tanto, es al mismo tiempo la mesa de la última cena, pero también el ara especial en la
que es perpetuado en el misterio, a lo largo de los siglos, el sacrificio de la cruz hasta la segunda
venida de Cristo. Es por eso que el altar es signo también de la cruz de Cristo izada en el Gólgota,
este, de hecho, prefigura lo que Cristo celebrará sobre el "altar" de la cruz. De aquí, entonces, la
relación que une el altar a la cruz puesta en la proximidad de este en el área presbiteral. La cruz de
Cristo naturalmente hace referencia a la cena, así como la cena remite a la cruz de Cristo. La
ordenación general del misal romano en el número 296 subraya como

El altar, en el que se hace presente el sacrificio de la cruz bajo los signos sacramentales, es
también la mesa del Señor, para participar en la cual, se convoca el Pueblo de Dios a la
Misa; y es el centro de la acción de gracias que se consuma en la Eucaristía.

El altar, como se ha dicho, es el lugar eminente del edificio-iglesia, por lo que comúnmente es
elevado sobre una peana para indicar su ser eje con respecto a los otros lugares. A tal propósito la
Ordenación general del misal romano, en el número 295, recita:

El presbiterio es el lugar en el cual sobresale el altar, se proclama la Palabra de Dios, y el


sacerdote, el diácono y los demás ministros ejercen su ministerio. Debe distinguirse
adecuadamente de la nave de la iglesia, bien sea por estar más elevado o por su peculiar
estructura y ornato. Sea, pues, de tal amplitud que pueda cómodamente realizarse y
presenciarse la celebración de la Eucaristía.

Según una iconología derivada de los dos valores expuestos y del análisis del rito de la dedicación,
se pueden agregar otros significados al altar, como: signo de Cristo sacerdote y víctima; signo de
Cristo piedra viva y piedra angular; signo del único Cristo y de la única eucaristía; signo de la
caridad de Cristo y del banquete escatológico.

1.2.3.2. El ambón y el candelabro

El ambón es el lugar desde el cual se proclama la Palabra de Dios y está estrechamente relación con
el altar, aunque tenga una relación también con todos los otros lugares litúrgicos. La salvación, de
hecho, anunciada en el sonido de las palabras, encuentra actuación, eficacia sobre el altar, en la
fuente, en la penitenciaría, en el omphalos, o sea en los sacramentos que en aquellos lugares son
celebrados.
Como sugiere su mismo nombre, proveniente del verbo griego anabainen, que significa "subir",
indicaría un lugar que se alcanza andando sobre, subiendo. El ambón es, en efecto, el "lugar alto"
desde el cual la "palabra importante" es proclamada. Esta posición, como se puede entender, no se
deriva simplemente de una exigencia funcional, o sea para que la Palabra sea escuchada por todos,
sino que indica sobre todo la importancia y la preeminencia respecto a cualquier otro acto verbal.

16
GATTI, Liturgia e arte. I luoghi de la celebrazione, 113
El término ambo refiere la estructura de algunos ambones que preveían dos escaleras: una
probablemente de acceso, para subir y proclamar la Palabra de Dios y la otra para descender y
regresar a su puesto.
Como nos sugiere la posición de algunos ambones antiguos, el ambón es el lugar celebrativo que
hace de bisagra entre la asamblea litúrgica y el altar: la Palabra de Dios, de hecho, llama al pueblo a
la participación en el banquete Pascual; como decir que el ambón hace referencia, por naturaleza
propia, al altar indicándolo y sugiriendo su importancia única. El ambón además, junto al altar,
constituye el icono del Misterio pascual. Por este motivo, como sugiere también la tradición
litúrgica, es preferible que no sea colocado en la zona presbiteral, sino más bien fuera de ella, en la
proximidad de la asamblea, de modo que haga de enlace entre pueblo y altar.
Otro elemento al que es necesario poner mucha atención es que, como decíamos previamente, se
trata siempre de un lugar y no de un objeto o decorado por tanto, debe ser accesible, habitable, fijo y
debe hacer posible la procesión con el evangeliario. "Un atril cualquiera no basta: lo que se necesita
es una noble y elevada tribuna posiblemente fija, que constituya una presencia elocuente capaz de
hacer resonar la Palabra también cuando no hay ninguno que la proclama17. Él atril es solo una parte
funcional del aún más complejo lugar que es el ambón y por tanto por sí solo no es constitutivo. Los
ministros que acceden al ambón deben ser bien visibles y escuchados por la asamblea.
Junto al ambón es colocado el grande candelabro para el cirio pascual. Su posición sugiere la
precisa iconología del mismo ambón. Como, de hecho, el cirio pascual, bendecido durante la vigilia
pascual, es el signo de Cristo resucitado, luz del mundo, al mismo tiempo el ambón es signo del
sepulcro vacío de Cristo, y el candelabro representa una especie de monumento a la luz, cuya llama,
ilumina las páginas del evangelio. Es, de hecho, la luz, la verdadera decoración del ambón que, a su
vez, es icono de la resurrección, lugar monumental, admonición pascual y referencia espacial del
aula asamblear. En este lugar, la Iglesia proclama la Palabra del Evangelio, o sea la Palabra del
resucitado. También por este motivo el lector, o quien es llamado a ocupar este lugar, debe poder
entrar a tener la experiencia del "vacío" colmado de la presencia del resucitado en su Palabra.
El programa iconográfico del ambón debería hacer referencia el evento de la resurrección de Cristo.
La imagen del águila, por ejemplo, utilizada a menudo como atril en el ambón, que hace referencia
a la figura de Juan. Él, de hecho, es el primer evangelista testigo de la resurrección de Cristo.
Aunque sí Pedro fue el apóstol que entró para constatar la ausencia del cuerpo de Jesús, Juan fue el
que llegó primero y que, inclinándose, vio las vendas por tierra y el sudario, que estaba doblado de
una parte18. Y, entonces, no sólo el primer apóstol, sino también el primer evangelista que se
convierte en el primer testigo y anunciador de la Pascua de Cristo. Juan, además, es también el
apóstol que en su evangelio logra penetrar con mayor agudeza la profundidad del misterio pascual
de Cristo.
Diversos ambones de basílicas romanas, presentan una estructura horizontal puesta en el centro de
la iglesia, de frente al área presbiteral, haciendo referencia a la forma de un jardín. En esta, además
del lector, puede encontrarse puesto también para la schola cantorum. La elección de la forma no es
ciertamente casual. Esta, hace referencia a dos importantes jardines de la sagrada Escritura: el jardín
del Edén del Génesis19, donde ha resonado la Palabra de acusación y de condena por parte de Dios
con respecto a Adán y Eva, sustituido por el nuevo jardín, el de José de Arimatea20, en el que
resuena la Palabra nueva, Palabra de vida y de resurrección con respecto a la humanidad nueva y
redimida.

17
Cf. OGMR 309
18
Cf. Jn 20, 4-8
19
Cf. Gen 2,8
20
Cf. Jn 19,41
1.2.3.3. El Púlpito:

Este aparece en las iglesias en torno al siglo XIV con el nacimiento de las órdenes de predicadores,
cuando adquiere siempre menos importancia la proclamación de la Palabra y la homilía para dar
lugar a las llamadas prédicas moralísticas. Mientras, la elección de colocar los ambones fuera de la
nave era no solo una elección funcional, sino también impuesta por la voluntad de llamar al pueblo
a la centralidad del altar, la posición del púlpito a lo largo de los lados de la nave de la iglesia se
debía a la exigencia de que todos pudieran oír las palabra del predicador. A menudo se trataba de
dos púlpitos, uno enfrente del otro, de modo que en el segundo púlpito tomase puesto aquel que
identificándose en el pueblo, pudiese dirigir al predicador las preguntas que los fieles habrían
podido dirigirle. Su posición elevada, además, más allá de la función de hacer visible al predicador,
retomaba también la imagen del Horeb, donde Dios entrega a Moisés las tablas de la ley. Por tal
motivo, esta imagen, adornada con un sabor moralístico, era propuesta en la iconografía del púlpito
junto a la cruz con Jesús crucificado, no tanto para indicar la redención realizada a través de su
sacrificio, como para ratificar la infidelidad y el pecado del hombre como causa del mismo
sacrificio.

1.2.3.4 El Baptisterio y la fuente bautismal

Un ulterior espacio celebrativo que en los siglos ha asumido diversas formas y posiciones en el
edificio-iglesia es representado por el lugar del bautismo: el baptisterio, distinto del aula (pero en
relación con ella), o la simple fuente conectada con ella.
El bautismo es primer sacramento de la iniciación cristiana, y por tanto, el ingreso a la vida
sacramental, por tal motivo la fuente encuentra su colocación ideal cercana a la puerta de ingreso de
la iglesia. Este debe ser un “lugar”, o sea un espacio suficientemente amplio que permita la
celebración del sacramento y la acogida de las personas que participan, decoroso y significativo,
reservado a la celebración del sacramento y visible a la asamblea. Debería ser predispuesto de tal
manera que el bautismo pueda celebrarse también por inmersión, simbólicamente más incisivo que
el rito por infusión. El lugar del bautismo, por consiguiente, como también el ambón, está en
relación directa con el Misterio pascual ya que el sacramento con el signo del agua, no solo expresa,
sino que dona la vida nueva al cristiano.
Para transmitir la riqueza doctrinal, en el curso de los siglos se ha recurrido a distintas formas en la
confección de los baptisterios. Estos, de hecho, contribuyen en manera decisiva a la catequesis
mistagógica que abre al misterio del sacramento que allí se celebra. Encontramos, por tanto, como
forma más común, la del octágono. La relación es naturalmente con el día de la resurrección. La
celebración del bautismo, en efecto, actualiza en el catecúmeno el cumplimiento del día de la
salvación, de la Pascua de Cristo en la cual, a través del bautismo, somos incorporados.
Otra forma de realización del baptisterio es el cuadrado que, según el simbolismo medieval,
indicaría la tierra y el misterio de Cristo que encuentra encarnación en la vida del hombre. No se
puede olvidar tampoco además el simbolismo apocalíptico de la Jerusalén celeste, de forma
cuadrada21, en medio de la cual se encuentra la fuente de la vida que brota del trono de Dios y del
Cordero22. Tal forma además, en relación con la de la cruz, mantiene relación con los cuatro puntos
cardinales, para indicar que la salvación se ofrece a todos en la tierra. Otras formas serán: el
hexágono, símbolo del tiempo, del krónos; a cruz griega, que inmediatamente hace referencia al
misterio en el que el cristiano se encuentra inmerso e incorporado; circular, considerado como la
forma del cielo, refiriéndose, por tanto, a la resurrección y a la novedad de vida que brota del
sacramento mismo. A menudo el lugar del bautismo preveía también las gradas para descender a la
fuente, puestas preferiblemente hacia Occidente (de modo que el neófita, descendiendo en la fuente,
dejase a sus espaldas las tinieblas) y otra serie, para salir de ella, puestas al Oriente, signo de Cristo
21
Cfr. Ap 21,16; el cuadrado para los antiguos era la forma perfecta
22
Ap 22,1
y de la resurrección. Las gradas podían ser tres, para indicar los días en que Cristo estuvo en el
vientre de la tierra para luego resucitar, o también ocho, haciendo referencia al octavo día. Muchas
serán las imágenes, tomadas principalmente de la Sagrada Escritura, que serán utilizadas como
programa iconográfico del baptisterio o de la fuente; entre ellas: el diluvio, el pasaje del Mar Rojo,
el signo de Jonás para el A.T.; para el N.T.: el bautismo de Jesús, Jesús y la samaritana, la curación
del paralítico.
No hay que olvidar la fuerte conexión que conecta la fuente bautismal con los otros lugares de la
celebración. Esta relación encuentra su expresión más eficaz en la celebración del rito del bautismo.
Este, de hecho, se articula en lugares distintos, con los relativos trayectos todos fácilmente
practicables. El neófita es acogido en la puerta, de la puerta se traslada procesionalmente hasta el
ambón, desde donde se proclamará, con el sonido de las palabra, la salvación realizada por el Padre,
por Cristo en el Espíritu Santo. Luego, para realizar la obra de la salvación anunciada por la
Palabra, el neófita e acompañado procesionalmente, con el canto de las letanías, a la fuente, donde
recibe el baño bautismal. Finalmente, el movimiento procesional continúa hacia el altar, delante del
cual recibirá en el futuro el sacramento de la confirmación y de la Eucaristía, para convertirse así,
en perfecto cristiano.

1.2.3.5. La cátedra y la sede para la presidencia

La sede es el lugar que ocupa el presidente de la celebración, no obispo, e indica el espacio desde
donde él guía y preside la asamblea litúrgica. Normalmente en las basílicas romanas, la sede se
encuentra en el ábside y realzada por algunas gradas23, de modo que no solo sea visible sino
también para indicar la presidencia y el servicio de guía con respecto a la asamblea.
La cátedra es, por el contrario, la sede propia del obispo y se encuentra en la Iglesia-madre de la
diócesis: la Catedral. Es el lugar que indica la presidencia, el magisterio, el gobierno y la guía del
pastor con respecto a su grey; siendo además consiguiente, mientras la sede es ritual función para la
presidencia, la cátedra es estructura simbólica de la sucesión apostólica en la Iglesia. Esta se
encuentra estrechamente relacionada con los otros espacios celebrativos. La sede es única y algunas
veces está dotada de un modesto atril al servicio de quien preside.
Cercano a la sede o a la cátedra se encuentran normalmente algunos puestos, diferentes de la sede
presidencial, reservados para los otros ministros. Al lado de una u de otra se encuentran los puestos
para los diáconos, primeros servidores de quien preside la celebración24.
La cátedra y la sede deben estar, en la medida de lo posible, en conexión con la asamblea de modo
que el presidente pueda desarrollar mejor el servicio de guía; esta además debe expresar el signo del
servicio y no del poder.

1.2.3.6. El lugar y la sede para el sacramento de la reconciliación

La celebración del sacramento de la reconciliación prevé un lugar adecuado, llamado penitenciaría,


que pone en evidencia el valor del sacramento en su dimensión comunitaria y por ende en conexión
con el aula de la celebración eucarística. Esto debe, además, facilitar el diálogo entre penitente y
ministro, favoreciendo la discreción y la celebración en la forma individual. Debe ser un lugar
acogedor y consentir la celebración del sacramento también en los confesonarios.
La penitenciaría está en relación con la fuente bautismal. Si el bautismo, de hecho, es el sacramento
a través del cual cada cristiano alcanza la salvación, con la reconciliación el pecador adquiere de
nuevo la dignidad de hijo de Dios y de salvado.

23
Cf. NEUNHEUSER, Storia della liturgia attraverso le epoche culturali, (Bibliotheca “Ephemrides liturgicae”. Subsidia
11), 66-67.
24
Cf. OGMR 310
1.2.3.7. La custodia eucarística

Es el lugar en el que son custodiadas las partículas consagradas para la comunión de los enfermos,
para la adoración. Más comúnmente la custodia misma es llamada “tabernáculo”, “sagrario”. Vista
la centralidad del altar, preferiblemente esta no es colocada en el centro del área presbiteral,
especialmente si está detrás del altar25, sino en un lugar importante, como una capilla lateral,
normalmente distinta de la nave de la iglesia y, al mismo tiempo, fácilmente localizable, que
favorezca la adoración y el recogimiento. No se trata de no reconocer la importancia de la presencia
real de la Eucaristía con respecto al “signo” de Cristo que es el altar, sino más bien de poner en
evidencia el motivo de la reunión del pueblo en torno a la mesa del Señor, o sea la celebración del
sacrificio eucarístico, que se consuma propio sobre el altar, cuyo fruto es el cuerpo y la sangre de
Cristo del cual los cristianos se nutren para la vida eterna.
El tabernáculo sea único, inamovible y sólido, no transparente y cerrado de tal manera que se evite
al máximo el peligro de profanación (OGMR 314)

1.2.3.8. El aula de la asamblea

Es el lugar donde encuentran puesto los fieles. estudiado en modo que puedan participar, con la
mirada y con el espíritu, en las diversas partes de la celebración. El aula de la asamblea, en su
conformación, valoriza también una cierta ministerialidad en su interior.
El omphalos (ombligo), señalado en diferentes modos (un círculo, una cruz, etc. ) delimita el lugar
del aula ubicado delante del altar. Representa el baricentro de la iglesia, el lugar en el que
convergen todas las líneas del edificio y localiza el espacio en el que el cristiano recibe dos
sacramentos de la iniciación cristiana: la confirmación y la eucaristía; además este delimita también
el lugar donde se celebran otros sacramentos y sacramentales: el matrimonio, el sacramento del
orden, la profesión religiosa, el último saludo por parte de la comunidad a los hermanos difuntos.
Pero el omphalos es sobretodo signo del doble dinamismo o movimiento que caracteriza la liturgia:
el movimiento vertical, descendente de la liturgia, o sea de santificación por parte de Dios con
respecto a los cristianos, que se encuentra con aquel ascendente, o sea de glorificación de Dios por
parte del hombre.

1.2.3.9. El lugar de la schola cantorum y del órgano

El coro hace parte de la asamblea y encuentra su puesto en el aula de la asamblea de los fieles.
Debe, por tanto, encontrarse en una posición tal, que permita a sus miembros el desarrollo de su
tarea, o sea la participación en las acciones litúrgicas y la guía del canto de la asamblea.
También el órgano, por razones fonética y funcionales, tiene la necesidad de un lugar apropiado a
su tarea, teniendo en cuenta su natural conexión con el coro y con la asamblea.

25
Cf. OGMR 315: Por razón del signo conviene más que en el altar en el que se celebra la Misa no haya sagrario en el
que se conserve la Santísima Eucaristía. Por esto, es preferible que el tabernáculo, sea colocado de acuerdo con el
parecer del Obispo diocesano: a) o en el presbiterio, fuera del altar de la celebración, en la forma y en el lugar más
convenientes, sin excluir el antiguo altar que ya no se emplea para la celebración (cfr. n. 303); o también en alguna
capilla idónea para la adoración y la oración privada de los fieles, que esté armónicamente unida con la iglesia y sea
visible para los fieles
1.2.4. Los lugares subsidiarios anexos a la iglesia

1.2.4.1. El atrio y la puerta

Es el lugar de acceso al aula litúrgica. Las dimensiones del ingreso deben ser proporcionales no solo
a la capacidad del aula, sino también a las exigencias de pasaje de los eventuales movimientos o
ingresos procesionales. Al ingreso sean colocadas las pilas para el agua bendita que hacen
referencia al bautismo.
Mientras el atrio es el espacio indicativo de la acogida materna de la Iglesia, la puerta representa
Cristo, “puerta” de la grey; signo que encuentra las propias raíces en el pasaje evangélico de Juan:
“Entonces Jesús, les habló otra vez: Les aseguro que yo soy la puerta del rebaño (Jn 10,7)
A estos valores deben ser reconducido el programa iconográfico de la puerta de ingreso que no es
casual o accesorio, sino constitutivo del lugar mismo. La puerta, de hecho, ya sea a través de su
majestuosidad que a través de su decoración, debe hacer referencia a lo que representa, de manera
simple y noble. En muchas iglesias, en las jambas de las puertas, por ejemplo, se encuentra
representado Cristo y la escritura: Ego sum ostium.
Sea el atrio como la puerta son espacios predispuestos para la acogida y, por tanto, no crean una
fractura con lo externo sino más bien una relación con esto. Piénsese por ejemplo a los diversos
sacramentos o sacramentales que tienen inicio precisamente en la puerta: el bautismo, con la
acogida del niño; el matrimonio, con la acogida de los esposos; el rito fúnebre, con la acogida del
féretro.

1.2.4.2. La explanada

Es quizá el espacio al que se le da menos importancia en una iglesia: aunque a veces sea descuidado
cuando se proyecta una iglesia, este tiene un valor simbólico que no se debe descuidar. Expresa el
valor del umbral, de la acogida y del reenvío; es el lugar de criba entre lo externo y el interno de la
iglesia, entre el mundo de fuera y el lugar de encuentro con Dios, manteniendo su función de
intermediario (no de barrera) en la relación con el contexto urbano. Por esto debe ser pensado con
atención.
A menudo la explanada se caracteriza por la presencia del verde (arboles, plantas), de agua y
normalmente no tiene un techo, sino que se proyecta al cielo. Como en el caso del ambón, también
aquí la referencia es al jardín del paraíso terrestre en conexión con el celeste; el agua además hace
referencia, a aquellos que entran, al propio bautismo.

1.2.4.3. La sacristía

Decoroso, suficientemente amplio es el ambiente predispuesto ya sea para acoger a los celebrantes
y ministros que se deberán preparar para las celebraciones, como también para la conservación de
libros, vestidos y mobiliario litúrgico.

1.2.4.4. El campanario y las campanas

Junto a la cúpula y al ábside, el campanario es el signo de conexión entre la liturgia terrena y la


liturgia celeste, una suerte de prolongación hacia el trascendente. El campanario además, a través de
la llamada del sonido de las campanas, constituye un calificado elemento de reconocimiento del
edificio religioso.

1.2.4.5. El programa iconográfico

Tiene la función de prolongar y describir el misterio celebrado en relación con la historia de la


salvación y la asamblea celebrante. En tal contexto, por lo tanto, el aporte del hombre debe ser
cualitativamente alto, que ayude a percibir la presencia del divino. El programa iconográfico debe
ser previsto desde el inicio del proyecto de la misma. Debe ser, además, ideado según las exigencias
litúrgicas y culturales locales.
También la colocación de la cruz ( que debe encontrar un puesto siempre cercano al altar ) como
también la imagen de la Virgen María, del patrono o el mismo recorrido del Via crucis, deben ser
pensado desde el inicio, favoreciendo la elevada cualidad y dignidad artística de las obras. Todo
esto contribuye a promover la ordenada devoción del pueblo de Dios, con la condición que sea
respetada la prioridad de los signos sacramentales.
Del programa iconográfico también tendrán parte las doce o cuatro cruces de piedra, bronce u otro
material adecuado colocado sobre las paredes de la Iglesia en correspondencia con el lugar de las
unciones previstas en el Rito de la dedicación.