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Apuntes de clase de Ecumenismo

Pbro. Carlos A. Forcato

Unidad 1
Introducción al Ecumenismo

Ante una sociedad cada vez más globalizada nos enfrentamos como nunca antes
a un pluralismo religioso y cultural. Este escenario plural trae el reto del diálogo
interreligioso y ecuménico y demanda la necesidad de conocer las otras religiones e
iglesias cristianas, así como establecer los límites y alcances de ese diálogo.
La palabra ecumenismo viene de oikoumene (tierra entera habitada. La raíz es
oiko: casa). Se usaba entre los griegos para hablar de todo el mundo habitado conocido.
Los romanos la usaban para hablar de la pax en todo el imperio. En el Nuevo Testamento
aparece la palabra cuando se habla del mundo o del Imperio Romano.1 En el lenguaje
eclesiástico se usa la palabra por primera vez para hablar del Concilio “ecuménico” de
Nicea. Es un término equívoco ya que ecuménico se dice de universal, de totalidad, pero
también se dice de lo que estudiaremos en esta materia y es el movimiento que
promueve el restablecimiento de la unidad de los cristianos.
Durante la era patrística y en la época de la Iglesia no dividida, ecuménico significa
lo que se ajusta a la ortodoxia común de Oriente y Occidente, y lo que favorece a dicha
ortodoxia. Tres grandes teólogos serán designados “doctores ecuménicos”: Basilio el
Grande, Gregorio Nacianceno y Juan Crisóstomo. A partir de ahí, se emplea para designar
los concilios que hablan “en nombre de toda la Iglesia”.
Más tarde, la palabra se aplica también a los grandes Credos de la antigua Iglesia,
y así son llamados “Credos Ecuménicos” los de los apóstoles, el de Nicea y el de san
Atanasio.
En la segunda sesión del Concilio Vaticano II el Cardenal Cicognani presentó el
esquema de ecumenismo diciendo: “ahí tienen Reverendos Padres un documento cuyo
contenido nos es perfectamente familiar. La Iglesia Católica es ecumenista desde su
origen”. Momentos después el Arzobispo Martín del Campo y Padilla decía: “Atención
Reverendos Padres, tienen ante sus ojos un texto inédito, totalmente nuevo por su
contenido. Es la primera vez que un Concilio afronta su estudio”. Como vemos los dos
empleaban el mismo vocablo de ecumenismo, pero con acepciones diversas. El primero,
recuperando el sentido ecuménico de universalidad propio de la catolicidad de la Iglesia.
El segundo refiriéndose al movimiento concreto de restablecimiento de la unidad y en
eso el documento era inédito y totalmente nuevo.
El ecumenismo no se hace por una cuestión pragmática para que la misión se haga
más fácil sino porque es un deseo de Jesús y un movimiento que genera el Espíritu Santo.
Tampoco son simples acciones, sino actitudes y estilos de vida que inspiran todas las
acciones de la Iglesia. Por eso es necesario descubrir algunas reacciones egoístas,
cerradas y superficiales frente al movimiento ecuménico: creer que la Iglesia Católica
hace esto como forma simpática de atraer hacia sí a los alejados, creer que se va a aflojar
en doctrina y no se va defender la identidad de la propia Iglesia, creer que vamos a
terminar siendo débiles o menos católicos por tanto diálogo, creer que la gente va a

1
Hch. 17,6; Mt. 24,14; Hch. 2,5.
terminar confundida, creer que en el fondo este movimiento está en los papeles pero en
realidad la pastoral va por otro lado. También debemos atender a confusiones que puede
haber al respecto: creer que el ecumenismo trata de juntar todas las iglesias en una sola,2
por eso se habla de “diversidad reconciliada” para mostrar que no se anulan las
diferencias sino que se mantiene lo valioso de cada una, creer que el diálogo ecuménico
se realiza para estar en paz con todos incluso perdiendo identidad (irenismo).
Hasta el Concilio Vaticano II la Iglesia Católica Romana (ICR) demostró una gran
reticencia frente a este vocablo; sin embargo, posteriormente, ha eliminado cualquier
duda o vacilación, aclarando en la Unitatis Redintegratio “los principios católicos del
ecumenismo”. Con todo, subsiste un matiz diverso que no hay que olvidar. Desde León
XIII con la Satis Cognitum se mostró mayor interés en la unidad de los cristianos. Es
interesante descubrir cómo la Lumen Gentium Lumen Gentium y la Unitatis
Reidentegratio fueron promulgadas el mismo día, el 21 de noviembre de 1965,
mostrando así que el restablecimiento de la unidad se comprende eclesiológicamente,
no es un movimiento aislado sino profundamente arraigado a una necesidad
eclesiológica. Como fruto del Concilio Vaticano II en 1989 se crea el Secretariado Para la
Unidad de los Cristianos.
La Sagrada Congregación para la Educación Católica dice, en relación a la
formación teológica de los futuros sacerdotes que “Sobre la actividad teológica incide hoy
notablemente el diálogo ecuménico que, al mismo tiempo que empuja a los teólogos a
nuevos estudios en el ámbito de la historia y de las fuentes, exige un nuevo clima en la
teología y en toda la Iglesia. Se impone, antes de nada, el quehacer de redescubrir la
dimensión ecuménica de la teología y de formular las verdades de la fe con más
profundidad y exactitud y con aquella forma de exposición y de expresiones, que pueda
ser comprendida también por los hermanos separados”.3

El diálogo ecuménico se da con las iglesias cristianas que comparten la fe en la Trinidad, aunque
en la historia del dogma y de la teología haya constituido dificultad, y haya sido necesario apelar
a los credos trinitarios (Iglesias Ortodoxas, anglicanismo, luteranismo, calvinismo, en algunos
casos pentecostalismo).

Distinción entre diálogo ecuménico y relaciones con el judaísmo

El diálogo ecuménico se distingue de las llamadas “relaciones con el judaísmo”


porque se da con aquellos con quienes compartimos la misma raíz.
Cfr. Artículo de V. M. FERNÁNDEZ, El cristianismo ante el magisterio del
judaísmo, en El Olivo XXV, 53 (2001), 87-120.
Cfr. Artículo de IACOPO SCARAMUZZI, No «misión» entre los hebreos, sino
«diálogo» con los hebreos:4

2
Congar decía: “El ecumenismo no es en modo alguno el resultado sincretista de una suma
de Lutero o Calvino a Santo Tomás o a San Agustín, sino el movimiento suscitado por el
Espíritu Santo con vistas a restablecer la unidad de todos los cristianos para que el mundo
crea”.
3
Nº 11
4
[En línea]https://www.lastampa.it/2018/11/26/vaticaninsider/benedicto-xvi-nunca-
escrib-sobre-misin-entre-los-hebreos-4BFTf8hsgPEB8RHhVd2CTM/pagina.html
Benedicto XVI volvió a asomarse en público con una carta («corrección») enviada a la
revista católica alemana “Herder Korrespondenz”, con la que contesta a un artículo de
septiembre en el que el teólogo de Wuppertal Michael Böhnke criticó un texto del Papa
emérito sobre la relación entre hebreos y cristianos que apareció este verano en la revista
“Communio”. Las acusaciones en el artículo de Böhnke son «estupideces grotescas y no
tienen nada que ver con lo que he dicho al respecto», escribió el Papa emérito de 91 años
en su mensaje. «Por ello, rechazo su artículo como una insinuación completamente
falsa». Sobre una de las cuestiones que afrontó Böhnke, la de la «misión» entre los
hebreos, es decir anunciar el Evangelio entre ellos, es cierto, escribió Benedicto XVI, que
Cristo ha enviado a sus discípulos en misión para todos los pueblos y culturas, por lo que
«el mandato de la misión es universal (con una excepción: la misión a los hebreos no
estaba prevista y no era necesaria simplemente porque solamente ellos, de entre todos
los pueblos, conocían al “Dios desconocido”». En relación con Israel, pues, no vale la
misión, sino el diálogo sobre la comprensión de Jesús de Nazaret, es decir si se trata del
«Hijo de Dios, el Logos», esperado por Israel (según todas las promesas hechas al mismo
pueblo) e, inconscientemente, por toda la humanidad. Retomar este diálogo es la «tarea
que nos plantea el momento presente». El hebraísmo y el cristianismo son «dos maneras
de interpretar las Escrituras», escribió el Papa emérito. Para los cristianos, las promesas
hechas a Israel son la esperanza de la Iglesia y «quien se atiene a ellas no está poniendo
de ninguna manera en discusión los fundamentos del diálogo hebraico -
cristiano». Benedicto XVI, que ya había intervenido en el verano sobre la discusión que
suscitó su artículo (con una carta al rabino jefe de Viena, Arie Folger), firmó su
«corrección», que será publicada en el número de diciembre de “Herder Korrespondenz”,
de esta manera: «Joseph Ratzinger-Benedicto XVI». En el artículo publicado por
“Comunio”, recordó Vatican News, que nació como un análisis sobre un documento
publicado en 2015 por la Comisión de la Santa Sede para las relaciones religiosas con el
hebraísmo, le lee en el sexto párrafo: «Es fácil comprender que la llamada “misión dirigida
a los hebreos” es una cuestión muy espinosa y sensible para los hebreos, puesto que, a
sus ojos, se relaciona con la existencia misma del pueblo hebraico. También para los
cristianos es un tema delicado, puesto que consideran de fundamental importancia el
papel salvífico y universal de Jesucristo y la consecuente misión universal de la Iglesia. La
Iglesia, pues, debe comprender la evangelización hacia los hebreos, que creen en el único
Dios, de manera diferente con respecto a la que dirigen a los que pertenecen a otras
religiones o que tienen otras visiones del mundo. Esto significa concretamente que la
Iglesia católica no conduce ni anima ninguna misión institucional dirigida específicamente
a los hebreos». Los cristianos, escribió Ratzinger, «están llamados a ofrecer testimonio
de su fe en Jesucristo también frente a los hebreos, pero deben hacerlo con humildad y
sensibilidad, reconociendo que los hebreos son portadores de la Palabra de Dios y
teniendo en cuenta la tragedia de la Shoah».

Distinción entre diálogo ecuménico y diálogo Interreligioso

Se trata de un diálogo entre creyentes de varias religiones que están convencidos


de la verdad de sus respectivas creencias y que, sin embargo, piensan que es importante
establecer y proseguir un diálogo sobre los contenidos y consecuencias de sus
convicciones religiosas con personas que creen de manera distinta.
Las motivaciones del diálogo interreligioso pueden ser varias. A veces, puede ser
la necesidad de resolver ciertas tensiones a nivel local o nacional. En otras ocasiones
puede estar provocado por una responsabilidad cívica a fin de defender juntos ciertos
derechos humanos. También puede darse a nivel de la cultura en el sentido de unas
costumbres que se aceptan en una sociedad pluralista, bien en el sentido de la enseñanza
y de la búsqueda científica. Finalmente, está el dialogo que tiene como objeto la misma
experiencia religiosa.
Este diálogo se da con los que no son cristianos y en este diálogo se ubica en
primer lugar los musulmanes por ser monoteístas y compartir cuestiones de la revelación
y, en segundo lugar, con las religiones tradicionales (Taoísmo, Budismo, Hinduismo, etc.).

Historia del movimiento ecuménico5

Por historia del movimiento ecuménico entendemos la formación y


acontecimientos del ecumenismo moderno, que, partiendo del siglo XX, se desarrolla
hasta nuestros días. Esta delimitación temporal no debe, sin embargo, hacer olvidar los
intentos y logros de siglos anteriores por restaurar la unidad eclesial. Nunca la Iglesia
Católica, ni tampoco las otras, se conformaron con la situación de separación de grandes
grupos de cristianos que rompían la comunión. Es necesario reconocer que se dieron
dificultades en la unidad ya en los primeros siglos de la historia de la Iglesia con la cuestión
donatista, arriana, maniquea, novaciana, montanista, monofisista y nestoriana. Aunque
después de algunos de ellos se produjeron separaciones dolorosas (Éfeso, Calcedonia),
en otros casos el mismo concilio evitaba las divisiones (Nicea II, Constantinopla IV).
Pero fue el cisma de 1045 entre Oriente y Occidente que condujo a grandes
intentos de recuperar la unidad rota, los cuales, sin embargo, fracasaron. Una vez
consumada la excomunión mutua en 1054 ente Oriente y Occidente los concilios de Lyon
II (1274) y el de Ferrara–Florencia–Roma (1438-1445) serán convocados para restablecer
la unidad entre las dos partes de la Iglesia. El Concilio de Trento (1545-1563) fue también
convocado para tratar de encontrar una solución a la división de la cristiandad occidental
originada por la Reforma protestante. Visto el fracaso obtenido por la vía conciliar, a
partir del siglo XVI se cambió de método, y se creó un diálogo que llevó a uniones
parciales de Iglesias orientales con la Iglesia católica, por lo que hoy de todas las Iglesias
de Oriente en sus diversos ritos hay una parte unida a Roma y otra separada (ortodoxos
bizantinos y antiguas Iglesias orientales no calcedonenses).
En el siglo XX, el escándalo de la división de los cristianos apareció con una fuerza
impresionante con ocasión de la World Missionary Conference de Edimburgo (1910),
considerado el “punto de referencia capital en la historia del Ecumenismo”. En esta gran
Asamblea consultativa de las sociedades misioneras protestantes, un delegado de las
jóvenes iglesias del Extremo Oriente, cuyo nombre no quedó registrado, se alzó para
hacer patente su emoción ante el cristianismo dividido, que ponía en riesgo el crédito del
Evangelio en su país: “Vosotros nos habéis mandado misioneros que nos han dado a
conocer a Jesucristo, por lo que os estamos agradecidos. Pero, al mismo tiempo, nos
habéis traído vuestras distinciones y divisiones: unos nos predican el metodismo, otros el
luteranismo, otros el congregacionalismo o el episcopalismo. Nosotros os suplicamos que
nos prediquéis el Evangelio y dejéis a Jesucristo suscitar en el seno de nuestros pueblos,
por la acción del Espíritu Santo, la Iglesia» (A. Villain, Introducción al ecumenismo, 21-22).
El trabajo y el clima de Edimburgo preparaba las futuras conferencias ecuménicas.
El 21 de Julio de 1910 la Asamblea abordaba el tema de la comisión VIII: «La cooperación
y el progreso hacia la Unidad», que era ya formalmente ecuménico. Por lo demás, los
temas de las otras comisiones reflejaban una preocupación por la unidad a impulsos de

5
Para este desarrollo hemos tomado en gran parte de C. IZQUIERDO (Dir.), Diccionario de Teología, Eunsa,
Pamplona 2006, pp. 287-292.
la idea misionera: es preciso predicar el Evangelio a un mundo no cristiano, pero sólo hay
un Evangelio; el misionero quiere instaurar la Iglesia, pero ésta es la Iglesia una de
Jesucristo. De este modo, la Conferencia de Edimburgo fue un punto de partida decisivo.
Planteó a los grupos religiosos protestantes, incluso a los que apenas se habían
preocupado por el tema de la unidad de la Iglesia Universal. Esta conferencia dio origen
a un consejo misionero mundial del cual surgió una primera organización llamada “Vida
y Trabajo” (1925) donde las comunidades cristianas acordaron trabajar y colaborar en
temas de justicia y paz y, en un segundo momento, una organización llamada “Fe y
Constitución” (1927) más tendiente a trabajar en las cuestiones doctrinales. Estas dos
organizaciones dieron origen en Amsterdam (1948) al Consejo Ecuménico de las Iglesias.6
En ellas, además de las comunidades protestantes estuvieron la mayor parte de Iglesias
ortodoxas.7 Luego del Concilio Vaticano II la Iglesia Católica comienza a interesarse más
y a participar.
También se van dando la vivencia de un ecumenismo “espiritual” con Spencer
Jones, Paul Watson8 y años más tarde con el católico Paul Couturier (1881-1953).9
Por estas fechas, el franciscano Paul Wattson, venido del protestantismo
norteamericano y fundador de la sociedad del Atonement, dio inicio a la Semana de
oración por la unidad de los cristianos. Esta oración anual irá creando una sensibilidad
entre los católicos. Invitada la Iglesia católica en 1919 a formar parte del CEI en formación
el papa Benedicto XV rechazó su incorporación y así harán los papas sucesivos,
prohibiendo a los católicos participar en toda asamblea perteneciente al movimiento. Sin
embargo, este Papa creó la Congregación para la Iglesia Oriental de la que él mismo era
prefecto, y el Pontificio Instituto para los Estudios Orientales, a fin de formar a los
sacerdotes que iban a desarrollar su labor en Oriente. Además, restauró el colegio
maronita en Roma y seminarios para greca-católicos en Italia. Las citadas
«Conversaciones de Malinas» (1921-1925) terminaron con la muerte del cardenal
Mercier en 1926. El año anterior, el monje benedictino Lambert Beauduin fundaba los
«monjes de la unidad» y la revista Irenikon en el monasterio de Amay (Bélgica),

6
Cuando partieron de Amsterdam, muchos de los delegados no llevaban una idea clara de lo que era dicho
consejo. Desde entonces, la naturaleza teológica de este consejo es un tema de continuo debate. Siempre
aclararon: no es ni será nunca una “super-Iglesia”; no es la “Una, Sancta” que confiesan los símbolos de fe;
tampoco puede fundarse sobre una determinada concepción de la unidad de la Iglesia; la adhesión de una
confesión al Consejo no implica que considere relativa su eclesiología, ni que se adhiera a una concreta
concepción de la unidad de la Iglesia. Pertenecer al Consejo no implica que una confesión reconozca a las
otras como iglesia en el verdadero y pleno sentido de la palabra, pero exige reconocer que en las otras hay
elementos (Vestigia Ecclesiae) de la verdadera Iglesia.
7
Distinguimos Iglesias (para hablar de la Iglesia Católica y las Iglesias ortodoxas porque existe sucesión
apostólica y contienen elementos eclesiológicos y doctrinales muy comunes) de comunidades cristianas
(para hablar de los grupos luteranos, calvinistas y anglicanos).
8
Dos episcopalianos estadounidenses que lanzaron la Church Unity Octave (Octava por la Unidad de la
Iglesia), que tuvo una excelente acogida inicial en el mundo anglicano. Nueve meses después, el pastor Paul
Watson se pasa a la Iglesia Católica. La octava se convirtió pronto, entonces, en un instrumento de
apostolado en manos de la jerarquía católica de aquel tiempo, con el fin de bregar por la conversión de los
cristianos no católicos al catolicismo cual si se tratara de un mero “retorno” al seno de la Iglesia católica.
La Iglesia anglicana dejó de realizar ese octavario y transcurrió más de una década hasta que, en 1921, el
mismo Spencer Jones lo sustituyó por la Church Unity Octave Council, con un sentido de búsqueda de la
unión entre la Iglesia anglicana y la católica.
9
Sacerdote francés. Su labor entre la emigración rusa de Lyon desde 1923 y sus contactos con la abadía de
Amay-Chevetogne, centro de ecumenismo (1932), le llevaron a concentrarse en la causa de la unidad. A
partir de 1935, difundió la Semana universal de la oración por la unidad cristiana.
trasladado en 1939 a Chevetogne. Una parte de la comunidad celebra en rito romano y
otra en rito bizantino. Las iniciativas de estos monjes eran alentadas por el papa Pío XI.
Como respuesta a la reunión mundial de Iglesias en Lausana en 1927, aparecerá en 1928
la Encíclica de Pío XI Mortalium animas, documento católico de gran calado teológico que
da serias razones para la no incorporación de la Iglesia de Roma al movimiento
ecuménico.
En el catolicismo de los años 1900-1950 no hubo un movimiento hacia la
restauración de la unidad en el sentido en que este movimiento, como hemos visto,
tomaba cuerpo en las confesiones separadas de Roma. La convicción irrenunciable de la
Iglesia Católica de que la unidad de la Iglesia se encuentra en su propio seno, daba un
color muy específico a su actitud en esta materia: el gran servicio a la unidad de todos los
cristianos que puede prestar la Iglesia de Roma es ser ella misma, proclamar y manifestar
su unidad. La historia de la creciente participación de la Iglesia Católica en el movimiento
ecuménico está marcada por la interacción de estos dos factores: por una parte,
progresiva captación del carácter dinámico de la unidad de la Iglesia y, por otra, la
también progresiva clarificación entre los no católicos de la naturaleza y los fines de las
reuniones e instituciones de diálogo ecuménico nacidas al margen de la Iglesia Católica.
Al hacer una sintética historia de este movimiento católico habría que recordar
numerosas personas, grupos y ambientes que fueron profundamente sensibles a lo que
entonces se llamaba “unión de las iglesias”. La figura más preocupada por el tema en la
Iglesia Católica de su época fue León XIII. Su pontificado puede considerarse como el
principio de un nuevo período en la historia de las relaciones de la Iglesia Católica romana
con las restantes confesiones cristianas. El problema de la unidad cristiana es el tema
fundamental de la carta Praeclara gratulationis (1894), dirigida al universo entero con
motivo de su jubileo episcopal. Desde el punto de vista dogmático, volvió sobre él en la
Satis cognitum (1896). Es verdad que desde los tiempos del papa León XIII el único
método de superar las divisiones que se veía en Roma era el método del retorno al
catolicismo.
León XIII no se limitó a las exposiciones doctrinales, sino que promovió distintas
iniciativas encaminadas a la unión de las comunidades cristianas, sobre todo las
orientales y la comunión anglicana. En 1895 crea la Comisión Pontificia para la
reconciliación de los disidentes con la Iglesia. Toma enérgicas medidas para defender la
personalidad de las comunidades orientales reconciliadas con Roma y fomenta el estudio
científico de la tradición oriental. Simultáneamente impulsaba las relaciones con el
anglicanismo muy prometedoras desde el Movimiento de Oxford. El primer cardenal
nombrado por León XIII fue J. H. Newman. Impulsó las conversaciones de Lord Halifax y
el P. Portal (1889-1896) para el restablecimiento de la unión con los anglicanos, que
serían interrumpidas con ocasión de la carta Apostolicae Curae (1896) que, en base al
dictamen de una comisión de teólogos, negaba la validez de las ordenaciones anglicanas.
En la época de León XIII y por su iniciativa comienza a extenderse en la Iglesia
Católica la semana de plegarias por la unión de los cristianos, fijada originalmente en los
días que preceden a Pentecostés, y que S. Pío X trasladaría a los días 18 a 25 de enero,
para hacer coincidir las fechas con la iniciativa surgida en el mundo anglicano y hoy
extendida por todas partes. Benedicto XV continuó la línea de León XIII en lo relativo a
los cristianos orientales, y la fundación del Instituto Pontificio Oriental en Roma pondría
de relieve el preconizar el estudio y la investigación científica. Simultáneamente concedía
amplias indulgencias a los que participaran en la semana de oración por la unidad.
También tuvieron lugar los diálogos del Card. Mercier y del Lord Halifax. Su objeto estaba
bien definido; no se trataba de entablar negociaciones, sino simplemente de aprender a
conocerse y a exponer libremente las posibilidades de un acuerdo o los motivos de una
divergencia. Los participantes no habían recibido ningún mandato oficial de Roma ni de
Cantorbery. Más adelante, el giro que habían tomado las conversaciones y el sentido
equívoco que se les había dado en ciertos ambientes, hicieron inoportuna su
continuación. Pero el método de Malinas quedaría incorporado. Son de Pío XI estas
palabras, muy citadas después: “Para conseguir la unión es ante todo necesario conocerse
y amarse. Conocerse, porque si la obra de reunión ha fracasado tantas veces, ha sido
debido en gran parte a la falta de conocimiento entre una y otra parte. Si existen mutuos
prejuicios, es necesario eliminarlos. Parece increíble que estos errores y estos equívocos
subsistan y se repitan entre los hermanos separados contra la Iglesia Católica; por otra
parte, por faltarles el verdadero conocimiento, también los católicos han carecido de
caridad paternal. ¿Saben todos cuán preciosos, buenos y cristianos son estos fragmentos
de la verdad católica? Las partes desprendidas de una roca aurífera son también
auríferas» (10/01/1927).
Las iniciativas unionistas que hemos descrito al hacer la historia del movimiento
ecuménico no podían ser ignoradas por la Iglesia Católica, ya que se relacionaban con
una cuestión capital de la fe: la unidad de la Iglesia. Esa historia, aunque sumariamente
expuesta, puede ayudar a comprender la actitud de los Papas que, deseosos de favorecer
todo lo que pudiera significar acercamiento en las diferentes ramas de la familia cristiana,
se vieron obligados, por su gravísima responsabilidad pastoral, a recordar ciertos
principios, a hacer ciertas declaraciones y a tomar ciertas medidas que no siempre fueron
bien interpretadas.
Tanto Life and Work como Faith and Order del Consejo Mundial de Iglesias
quisieron que la Iglesia Católica participara en sus sesiones y Asambleas. Cuando el pastor
Neander, en nombre de Life and Work visitó al papa Pío XI para invitar a la Iglesia Católica
a la Conferencia de Estocolmo de 1925, el Papa le prometió su oración más sincera y sus
mejores deseos, pero no juzgó conveniente la participación en la Conferencia. Sin duda
se había invitado a la Iglesia Católica con cortesía y deferencia, pero habiéndole dado a
entender que prescindiera de todo aquello que declara esencial y necesario, por
considerarlo ellos accidental y facultativo.
La actitud de la Santa Sede ante Faith and Order venía, pues, condicionada por la
peculiar eclesiología anglicana y su célebre Branche Theory, teoría de las tres ramas,
según la cual las Iglesias Romana, Ortodoxa y Anglicana son tres ramas distintas y de igual
valor que, juntas, constituyen la Iglesia Católica indivisa fundada por Jesucristo. La
incomprensión que encontró la actitud de la Santa Sede obligó a Pío XI a promulgar la
Encíclica Mortalium Animos (06/01/1928) denunciando los peligros y los errores que,
desde la fe católica, se observaban en el movimiento ecuménico. Pero, la evolución
ulterior de Life and Work y Faith and Order determinó que Pío XI autorizara la asistencia
privada de católicos a las conferencias ecuménicas de 1937 con libertad de asistir a todas
las reuniones, aunque sin tomar parte activa en las decisiones ni en los votos.
En 1937, la obra del dominico Y. Congar, Chrétiens désunis, marca el comienzo de
una eclesiología ecuménica de comunión que se aparta de lo jurídico para iniciar un
nuevo camino, todo él teológico, basado en la gran tradición, bíblica y patrística, que deja
el método del “retorno” y propone la conversión y la reforma de la Iglesia. El también
dominico Ch.-Jean Dumont funda el centro Istina de París y la revista de su mismo
nombre, así como en Alemania el sacerdote Max-J. Metzger funda el grupo
ecuménico Una Sancta y su revista correspondiente, con todo lo cual se van madurando
muchas ideas, iniciativas y mentalidades ecuménicas entre los católicos.
Las varias encíclicas de Pío XII dirigidas a las Iglesias orientales muestran la
continuidad de la acción de la Santa Sede en lo relativo a la cristiandad ortodoxa. Las
encíclicas Mystici Corporis (1943), Mediator Dei (1947) y Humani Generis (1951), sobre
todo la primera, contienen indicaciones doctrinales de gran interés en lo relativo a la
unidad de los cristianos. Pero, sobre todo, dos documentos del Santo Oficio abordan de
un modo expreso la participación de los católicos en el diálogo ecuménico. Aunque estos
documentos parecieron a muchos en su día como la voluntad de Roma de aislarse frente
al movimiento ecuménico, en realidad su significación es muy diversa: contienen las
medidas disciplinares y doctrinales que la Iglesia Católica debía necesariamente tomar,
habida cuenta, por una parte, de su decisión, prudente pero firme, de promover con
mayor intensidad el diálogo y los contactos con los hermanos separados; y, por otra, de
la grave responsabilidad de proteger la verdadera fe y la pureza de la doctrina de los
fieles. Conviene además tener en cuenta que no ha sido el Vaticano II sino la citada
instrucción Ecclesia Catholica quien por primera vez ha proclamado que el movimiento
ecuménico de los no católicos ha sido suscitado por la gracia del Espíritu Santo. La
instrucción, por otra parte, autorizaba a los católicos a la oración conjunta con los otros
cristianos, excluida la Communicatio in sacris. De este modo la instrucción da un paso
que, en coherente y homogénea evolución, marcará la línea, que se expresará del modo
más autorizado años después en el Decreto del Ecumenismo del Concilio Vaticano II,
Unitatis Redintegratio.
Fue de una gran importancia la creación por Juan XXIII (05/06/1960) del
Secretariado para la Unidad de los Cristianos, que tiene como precedente la Comisión
Pontificia creada en 1895 por León XIII citada anteriormente. El Secretariado fue creado
con el siguiente objetivo: “Para mostrar nuestro amor y nuestra benevolencia hacia los
que llevan el nombre de cristianos, pero se hallan separados de esta Sede Apostólica, y a
fin de que puedan seguir los trabajos de Concilio y encontrar más fácilmente la vía que
conduce a esta unidad por la cual Jesús dirigió al Padre celestial una súplica tan ardiente”
(Motu Proprio Supremo Dei Nutu, 05/06/1960). Creado con ocasión del Concilio, se
orientó inmediatamente en dos direcciones: trabajos teológicos y contactos personales.
Durante la celebración del Concilio el Secretariado para la Unidad creó una comisión
conciliar y se encargó de la preparación del Decreto Unitatis Redintegratio. Terminado el
Concilio, el Secretariado pasó a ser un organismo permanente de la Santa Sede para
promover y coordinar las relaciones de la Iglesia Católica con las otras comunidades
cristianas. El Cardenal alemán Agustín Bea fue su primer presidente. A su muerte (1969)
fue nombrado Cardenal y nuevo presidente, el holandés J. Willebrands, hasta entonces
secretario del organismo. Para este cargo se designó al P. J. Hamer, dominico belga.
Además, el encuentro de Pablo VI y el patriarca de Constantinopla Atenágoras en
Jerusalén en 1964, la visita de Pablo VI a la sede en Ginebra del Consejo Ecuménico de
las Iglesias en 196910 y las múltiples visitas a Juan XXIII y a Pablo VI de parte de las figuras

10
En su discurso, el Papa calificó al Consejo ecuménico de “movimiento maravilloso de cristianos, de hijos
de Dios que estaban dispersos y que ahora se encuentran buscando una recomposición de la unidad”.
Después de señalar los aspectos de “creciente colaboración” entre el Consejo ecuménico y la Iglesia
Católica, el Papa dijo lo siguiente: “a veces se formula la pregunta: La Iglesia Católica, ¿debe hacerse
miembro del Consejo ecuménico? ¿Qué podríamos en este momento responder? Con toda franqueza
más destacadas de la cristiandad no católica dieron un nuevo tono al clima ecuménico, al
permitir llegar de modo muy intenso al mutuo conocimiento.
Importante en los años de la posguerra es la fundación de la comunidad ecuménica
de Taizé, por el monje protestante Roger Schutz. En ella, desde hace medio siglo viven
juntos monjes de varias Iglesias, logrando realizar una parábola de comunión eclesial a
través de la oración y la vida común, acogiendo a miles de jóvenes del mundo entero que
son sensibilizados hacia la tragedia de la división y son exhortados a buscar caminos de
reconciliación.
Hito histórico en el diálogo bilateral doctrinal lo marcó en 1999 la firma de Acuerdo
sobre la doctrina de la justificación entre la Iglesia Católica y la Federación Luterana
Mundial. Pero no sólo existen diálogos entre la Iglesia católica y otras Iglesias, sino
también entre algunas de ellas con comisiones internacionales o nacionales. Todo ello ha
creado una gran red de oración, de encuentros fraternos y de trabajo teológico serio que
ha conseguido superar muchos de los muros que han dividido a los cristianos durante
siglos. Desde el papado de Pablo VI y, sobre todo, con Juan Pablo II los viajes
internacionales de estos papas han tenido siempre una dimensión ecuménica muy
acentuada, lográndose en ellos desbloqueos de relaciones e instauración de diálogos
oficiales. Por último, es importante destacar que la Iglesia católica, en la Encíclica de Juan
Pablo II Ut unum sint, ha declarado su firme voluntad de hacer de este camino un
compromiso “irreversible” (UUS 3).

fraternal Nos no consideramos que la cuestión esté madura hasta el punto de que se pueda o se deba dar
una respuesta positiva. La cuestión queda todavía en el terreno de la hipótesis. Comporta serias
implicaciones teológicas y pastorales. Exige, por consiguiente, estudios profundos y compromete en un
camino que la honradez obliga a reconocer que podría ser largo y difícil. Pero esto no impide que os
aseguremos que miramos hacia vosotros con gran respeto y profundo afecto. La voluntad que nos anima y
el principio que nos dirige nos inducirán siempre a una búsqueda, llena de realismo pastoral y de esperanza,
de la unidad querida por Cristo”.