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El moro de Granada en la literatura: del

siglo XV al XIX
María Soledad Carrasco Urgoiti

Advertencia
Observará el lector que algunas manifestaciones muy importantes de la moda
morisca durante los siglos XVI y XVII se estudian sucintamente en este libro. Dada
la atención que diversos críticos y eruditos han dedicado a la «morofilia» literaria
del Siglo de Oro, hemos creído que nuestro esfuerzo al tratar de esta época debía
tender principalmente a coordinar y sintetizar estudios previos.

Nota preliminar
Este libro es esencialmente una versión en español, con algunos reajustes y
adiciones, de mi tesis doctoral que fue presentada el año 1954 en Columbia
University, Nueva York1. Mi estudio se propone seguir las fortunas y vicisitudes que
ha corrido en las literaturas occidentales ese ente poético -reflejo idealizado de los
últimos representantes del Islam español- que es el moro galante de Granada. Le
hemos visto emerger gallardamente en la poesía castellana del siglo XV y perder
sustancia histórica en el Siglo de Oro, en tanto que enriquecía su anecdotario,
matizaba a lo renacentista su vida sentimental y su gala guerrera quedaba reducida a
un bello esmalte policromado. También le seguimos a Italia, donde gozó momentos
de gloria efímera, y más tarde le hallamos en los salones franceses del Grand Siècle,
que le adoptaron y prestaron nuevos modelos y conceptos. Nuestro moro
afrancesado cruzó el Canal de la Mancha y atravesó los Pirineos de vuelta a España,
donde convivió algún tiempo con su hermano gemelo, de más castiza estampa, que
mantenía airoso su puesto en ciertos géneros literarios. Llegó el romanticismo y con
él otra era de gloria literaria para la Granada morisca. Boabdil y los abencerrajes, el
proverbial moro Muza y los moriscos indomables de la Alpujarra cruzan fronteras
lejanas; fantasías norteñas, meridionales y hasta tropicales les levantan soñadas
Alhambras; en Europa y América los hallamos convertidos en símbolo de nostalgias
o rebeldías, pero se buscan también sus hazañas en viejas crónicas y tradiciones y se
los sitúa otra vez sobre el fondo del paisaje granadino. En España, su imagen
cambiante se refleja en todos los géneros y se adapta a diversos estilos, sin perder
casi nunca valor pintoresco ni irrealidad. Al ir sosegándose el clima romántico, sus
apariciones empiezan a ser monótonas, mas van acompañadas de una gala visual
ricamente coloreada y de un concierto de rítmicas sonoridades. La decoración
adecuada que había devuelto el romanticismo al moro galante se va acartonando en
la poesía post-romántica y ahoga gradualmente la figura humana. Al fin la arrastra
en su caída cuando, apagado el resplandor fugaz que le prestan las luces
modernistas, se abate el telón morisco para dejar paso a una nueva visión poética de
Granada.
Cuando hablamos en singular del idealizado moro granadino nos referimos
naturalmente al conjunto de temas literarios que giran en torno a los últimos tiempos
del reino nazarita. La unidad evidente de este núcleo temático reside sobre todo en
una estilización que se amolda en cada época a los gustos artísticos predominantes y
derrama su luz sobre todos los personajes y sucesos históricos o ficticios que
constituyen el anecdotario morisco-granadino. Moratín y algunos otros autores que
cultivan este género escamotean la localización en Granada, pero queda claro el
abolengo de su obra. Hemos dado cabida en nuestro estudio a estos casos y también
incluímos el tema del morisco rebelde, tan importante durante el romanticismo, ya
que entronca directamente con la literatura referente al último reino moro.
Al ver ahora próximo a su publicación un trabajo que me ha costado no pocos
afanes, mi pensamiento va con gratitud hacia todos los maestros y amigos que lo han
apadrinado. Recuerdo el día ya lejano en que don Dámaso Alonso me animaba en
Madrid a emprender este estudio y me hacía ver las posibilidades que ofrecía.
Recuerdo mi primera entrevista con don Federico de Onís, director entonces del
Departamento Hispánico de Columbia University, que en aquella ocasión y en años
sucesivos encaminó generosamente mis pesquisas, iluminando con sus palabras
puntos de vista que han acrecentado en gran medida el valor, chico o mediano, de mi
trabajo. Primera etapa de la jornada que estoy a punto de concluir fue una
monografía sobre El Abencerraje y su difusión, que dirigió don Ángel del río, cuyo
seminario me deparó un aprendizaje valiosísimo en el campo de la investigación
literaria; también al preparar la redacción final del libro me han sido sumamente
provechosos los consejos y sugerencias del Prof. del Río. Mucho debo asimismo al
ponente de mi tesis, Prof. James Shearer, por su acertada y paciente orientación a lo
largo de cuatro años de trabajo.
Mis investigaciones han tenido además otros amigos. No puedo encarecer
bastante la gentileza con que me han leído, animado, escuchado y asesorado
Melchor Fernández Almagro, Francisco García Lorca y Francisco López Estrada,
por mencionar solamente a tres críticos que se han ocupado en particular de obras
moriscas o de las letras granadinas 2. Quiero también dar las gracias a don José
Camón Aznar, al doctor John T. Read, agregado cultural de la Embajada Americana
en España, y al Prof. Anthony Tudisco, Columbia University, por haberme ayudado
a resolver problemas relacionados con este trabajo.
Por la índole de mi estudio, que me ha obligado a examinar un número muy
considerable de textos, puedo decir que los bibliotecarios de Columbia University
(New York), de la Library of Congress (Washington), de la Biblioteca Nacional
(Madrid) y de New York Public Library han sido mis anónimos y eficaces
colaboradores. Y no quiero dejar en el anonimato el interés cordial que he
encontrado en la biblioteca de la Hispanic Society of America; a Miss Clara Louisa
Penney y a Miss Jean Rogers Longland vaya en estas páginas un mensaje especial
de gratitud. Entre las personas que fuera del terreno profesional se han ocupado de
localizar material precioso para mi trabajo sobresale, por el acierto y entusiasmo
juvenil de su colaboración, mi abuela doña María Ricarda Somovilla de Urgoiti.
Asimismo han dedicado generosamente tiempo considerable a realizar gestiones que
me han sido muy útiles don Antonio Catena y mi primo Ricardo Urgoiti Gutiérrez.
Con notable injusticia no he mencionado aún a mi madre, que ha compartido
todos mis desvelos y gran parte de mi tarea. No puedo dar las gracias
individualmente a todos los que han seguido con ilusión y cariño el progreso de mi
trabajo, pero sí citaré, pues su participación ha sido activa y considerable, a mi tía
María Luisa Urgoiti de Ángulo y a mi prima Aurorita Urgoiti. También han puesto
con entusiasmo su cuarto de espadas, durante las vacaciones, mis primos Elena y
Nicolás. Merecen asimismo una expresiva mención María Navarro, Matilde
Abascal, María Pilar Sánchez Polac, Carmen Poy y Alberto Bertola, que han
colaborado eficazmente en distintas facetas de mi trabajo.

Primera parte
Origen y difusión del tema hasta 1700

-I-
Visión poética del moro en la literatura castellana del siglo XV

A mediados del siglo pasado un historiador alemán ponderó la fascinación que


en su tiempo ejercía la simple mención de Granada, comentando que, aun los que no
la habían visitado, guardaban recuerdos de la Alhambra 3. Tan intenso y generalizado
poder de evocación no se debe solamente a la gracia y belleza del arte nazarita y al
encanto del paisaje granadino. Para comprenderlo, conviene tener en cuenta que el
reino de Granada fue el último baluarte del poderío islámico en la Europa
occidental, y, sobre todo, recordar que a lo largo de varios siglos todo forastero había
contemplado los palacios árabes a través de un prisma imaginativo que les prestaba
una animación pintoresca y exótica, cuyo carácter no correspondía a una fiel
reconstrucción histórica ni a un trasplante a la región granadina de una específica
cultura oriental. Por el contrario, la visión de Granada que aun hoy enamora a
muchos viajeros se ha ido moldeando a lo largo de una corriente de idealización
literaria que, en lugares y épocas diferentes, ha adaptado ciertas peculiaridades del
moro granadino y ciertos episodios de la conquista al gusto y sentir de una minoría
social, ya española, ya francesa, ya internacionalmente romántica. Los rasgos
distintivos en el vestir, guerrear o festejar de los moros se acentuaban o atenuaban
según se inclinase más o menos la mentalidad colectiva del momento a la
contemplación de costumbres y formas ajenas, pero la actitud vital que latía en el
fondo de tales estilizaciones se remontaba en último término al ideal caballeresco
que creó la Edad Media cristiana y europea. Ello demuestra la vitalidad y calidad
artística con que surgió en la literatura castellana una visión embellecida de la
Granada mora y de las proezas y malandanzas de la nobleza morisca, cuando a fines
de la Edad Media y principios de la Moderna, diversas corrientes de sentimiento y
arte convergieron para elevar al plano de la idealización y del mito una circunstancia
concreta de la historia de España: las luchas de moros y cristianos en torno al reino
de Granada.
Nada más característico de la España medieval que la contienda y convivencia
de cristianos y musulmanes, siendo hasta el presente objeto de apasionantes estudios
la huella que dejó en el carácter español tan prolongado contacto de dos
civilizaciones4. Pese, sin embargo, a las relaciones frecuentemente amistosas y al
intercambio constante de influencias entre los estados cristianos e islámicos de la
Península, los españoles no hallaron placer estético en describir la vida y las
costumbres de los moros hasta bien entrado el siglo XV, aunque consta que, en
ocasiones, copiaban sus hábitos y atuendos. Lo que sabemos de la vida brillante y
del aspecto pintoresco de la España musulmana se lo debemos a los escritores
arábigo-españoles, no a las literaturas románicas de la Península, que en este aspecto
son de una gran parquedad. Mas he aquí que en los últimos decenios de la
Reconquista surgen los romances fronterizos, y en ellos vemos a un rey de Castilla
extasiado ante la belleza de la Granada mora; se nos presenta como dechado de
gallardía el airoso desfile de las huestes granadinas, y llega a nosotros en vibrantes
versos castellanos la desolación de los moros al perder sus plazas fuertes. El cambio
de actitud es importante, y para comprenderlo conviene acercarse al ambiente
fronterizo donde se fraguó.

La frontera de Granada
Durante los siglos XIV y XV los moros españoles no representaron para los
españoles una amenaza tan vital como en épocas anteriores, y la empresa de la
reconquista adquirió un nuevo carácter. Desde que en el siglo sin Fernando III el
Santo y Jaime el Conquistador dieron a la Reconquista el empuje definitivo,
consolidado por las campañas de sus sucesores, el Islam español estaba limitado al
reino de Granada, feudatario del de Castilla. Fue este estado un centro de arte y
cultura brillantísimo, pero afectado, hasta en sus manifestaciones más exquisitas, por
una debilidad inherente a su sino5 histórico. Estuvo asimismo constantemente
agitado por discordias internas y sólo llegó a ser temible cuando recibió el refuerzo
de la última oleada de invasiones africanas que había de cruzar el Estrecho, la de los
Benimerines. Derrotados éstos por Alfonso XI de Castilla y e! rey de Portugal, en la
batalla del Salado (1840), la España musulmana dejó de representar un serio peligro
para los reinos cristianos de la Península, que, por otra parte, entraron en una fase de
guerras entre sí y, en el caso de Castilla, de luchas civiles. La empresa de la
Reconquista ya no se consideraba perentoria y los reyes se limitaban a organizar
alguna que otra tala por la vega de Granada y a mantener en la frontera un número
de hombres más o menos suficiente para contener cualquier intento de expansión de
los moros, que, a pesar de la merma de su poderío, conservaban el ánimo combativo
y una gran pericia en ardides y técnicas guerreras. Para mantener sus posiciones y
satisfacer con pequeñas conquistas su ambición de poder y de fama, el capitán
fronterizo tenía que vivir en constante alerta y desarrollar cualidades personales de
inventiva y esfuerzo. Uno de los últimos y más famosos héroes de la frontera
granadina, Hernando del Pulgar, recomendaba en una carta escrita a principios del
siglo XVI al conde Pedro Navarro que se empleara en las campañas de África a
veteranos de la guerra de Granada: «Porque éstos, como quier que los moros son
astutos en la guerra y diligentes en ella, los que han sydo en los guerrear los
conosçen bien y saben armalles. Conosçen a qué tiempo y en qué lugar se ha de
poner la guarda, do conviene el escucha, adonde es neçesario el atalaya, a qué parte
el escusaña, por dó se fará el atajo más seguro que más descubra». La enumeración
de ardides de guerra se prolonga, salpicada de pintorescos ejemplos y de citas
clásicas, entre las que se intercala un dicho de «nuestro vezino Alí Alatar el Viejo»6.
Las diversas crónicas de los reinados de Juan II, Enrique IV y los Reyes
Católicos -y más aún las que versan especialmente sobre sucesos particulares, como
el Memorial de diversas hazañas, de Mosén Diego de Valera- narran con
minuciosidad múltiples incidentes en que moros y cristianos despliegan su pericia en
ese sutil y complicado arte de guerrear. La importancia de la frontera de Granada
como elemento formativo de la nacionalidad y el carácter castellano fue señalada ya
por Menéndez Pelayo7. Recientemente ha insistido sobre ella Juan de Mata Carriazo,
con la autoridad que le presta su profundo conocimiento de la historiografía de la
época, advirtiendo, además, que a través de la frontera se filtraban todo género de
influencias8.
H. A. Deferrari ha reunido gran acopio de datos que dan testimonio de contactos
amistosos entre moros y cristianos y demuestran que estos últimos adoptaban en
ocasiones las peculiares maneras que tenían sus enemigos de combatir, de
engalanarse o de conmemorar penas y alegrías 9. Son característicos en este sentido
muchos pasajes de los Hechos del condestable don Miguel Lucas de Iranzo,
dedicados a describir las fiestas y regocijos organizados por el condestable, en los
cuales no solía faltar la nota morisca en juegos o atavíos, bien se tratara de las
celebraciones en que participaba el pueblo entero, o de aristocráticos pasatiempos.
En la misma crónica se alude a los recelos del rey de Granada ante el poder de los
abencerrajes, y se menciona una matanza de que éstos fueron víctimas. Y es curioso
que, al describir la cabalgada del día de San Juan, el autor nos dice que los
caballeros de Jaén venían «todos enrramados e escaramuçando, e echando çeladas, e
jugando las cañas a la manera de la tierra» 10. Es decir, el jugar cañas no se sentía
como juego moro ni cristiano, sino como deporte propio de la región; algo que
ambos combatientes tenían en común.
Como refiriéndose a algo conocido, escribe don Álvaro de Luna al rey don Juan
II el 22 de mayo de 1481: «Este día continuamos nuestro camino derechamente a la
Vega de Granada, fasta la ver muy bien a ojo, e devisar el Alfambra, e el Albayçín, e
el Corral»11. Este pasaje adquiere una significación especial si tenemos en cuenta
que, dos meses después, el propio rey a quien iba dirigida la carta contempló la
ciudad y sus edificios con admiración y deseo de poseerla, dando ello ocasión a que
se compusiese el romance de Abenámar12.
Los castellanos sienten la emoción estética que ofrece la belleza de Granada, y
además saben que en la capital mora se despliega una vida de lujo y refinamiento
superior al suyo. Por entonces se despierta también en la España cristiana, como en
el resto de Europa, el sentido de lo exótico; abundan los litros de viajes y los reyes
envían embajadas a países lejanos. Granada interesa porque es distinta; en ella
florecen formas de vida y arte que no son europeas. Tampoco puede decirse con
propiedad que fueran puramente orientales, y, desde el punto de vista árabe, podían
parecerle a Aben Jaldún parecidas a las de los cristianos. Para el castellano, sin
embargo, no cabe duda de que el moro granadino representaba un mundo exótico,
sin dejar de ser el vecino y contrincante con quien mantenía, más que una guerra
cruenta, una continua escaramuza y un juego de sorpresas y emboscadas, en el que
se adivina un cierto sentido deportivo. Por de pronto, tenían en común la técnica
combativa y el respeto a ciertas normas, que eran las de la caballería europea 13. Así
vemos que los contrastes, y al mismo tiempo una cierta proximidad moral entre
moros y cristianos, fueron factores inseparables en la vida de la frontera, y gracias a
esa dualidad resultó posible la visión poética del moro.
Para comprender un poco mejor cómo se produjo esa idealización hay que tener
en cuenta quiénes eran los hombres que poblaban la frontera. Indudablemente,
habría entre ellos muchos guerreros rudos e ignorantes, pero jefes fronterizos fueron
también, durante más o menos tiempo, el marqués de Santillana, don Álvaro de
Luna, Gómez Manrique, Mosén Diego de Valera y otros muchos que alternaban en
sus actividades la pluma y la espada. El ideal renacentista del hombre de aptitudes
diversas estaba cada vez más incorporado a la vida española; capitán fronterizo fue,
durante los últimos años de la guerra de Granada, Gonzalo de Córdoba, y una de sus
biografías se debe precisamente a su compañero de armas, en Granada, Hernando
del Pulgar, a quien hoy recordamos casi exclusivamente por su hazaña de clavar el
cartel del Ave María en las puertas de la mezquita de Granada, pero que fue también
un prosista atildado y latinizante y un entusiasta lector de Tito Livio. Y aun algunos
fronteros que nunca tuvieron, que sepamos, intención de hacer obra literaria,
manejaban la pluma con admirable destreza cuando escribían al rey dando cuenta de
las operaciones guerreras por ellos dirigidas. Lo demuestran las cartas de Diego de
Ribera -el Adelantado cuya muerte canta el romance de Alora la bien cercada-, de
Rodrigo Manrique y de Fernán Álvarez de Toledo, publicadas, con la ya citada de
Pulgar y otra de don Álvaro de Luna, por Carriazo, que con razón ve en ellas la
evidencia de un género literario de cartas y relaciones «paralelo al de los romances
fronterizos, casi tan bello como él y muchísimo menos conocido»14. La carta de don
Rodrigo Manrique es una pequeña obra maestra del género, pero todas tienen en
común la habilidad de dar una impresión del conjunto sin omitir detalles y poniendo
de relieve la parte que a cada combatiente correspondió en la acción. «Escríbolo a
vuestra alteza porque de todos sepa lo que fizo cada vno», dice Fernán Álvarez de
Toledo. Es, por tanto, nota esencial de estas cartas el profundo sentido de lo
individual y, al mismo tiempo, de lo colectivo que caracteriza la vida de la frontera.
Una relación semejante, pero referente esta vez a la historia interna de Granada,
es la que escribió en los primeros años del siglo XVI Hernando de Baeza sobre los
«Últimos sucesos del reino de Granada»15. Es éste un relato vivido de las divisiones
e intrigas cortesanas de los granadinos, pues el autor fue en parte testigo de los
acontecimientos que narra con pluma notablemente ágil y expresiva. El cronista
Hernando del Pulgar escribió también, por encargo de Isabel la Católica,
un Compendio de la historia de Granada 16, que es muy defectuoso, pero demuestra
el interés que sentían los castellanos por la historia granadina. La relación de Baeza
nos habla de la admiración que una embajada del rey de Granada causó en la corte
del rey don Juan, el cual se complacía en tratar al príncipe granadino y «ver a él y a
los suyos caualgar a la gineta, porque heran muy buenos caualleros, y muy diestros
en la silla, así en el jugar de cañas como en otras cosas» 17. En las crónicas abundan
asimismo las alusiones a visitas y embajadas de los moros, siendo también frecuente
el caso inverso. Como ejemplo característico tenemos el desafío de don Diego
Fernández de Córdoba a don Alfonso de Aguilar para que se batiera con él en el
reino de Granada, donde se les concedió campo y don Diego estuvo esperando a su
contrario de sol a sol, según certificó el rey moro18.
El reino de Granada se iba desmoronando, y no sólo por el empuje de las armas
cristianas. A ello contribuyeron divisiones internas que daban lugar a tragedias
sangrientas y a lances caballerescos; hoy caen en la Alhambra las cabezas de los
abencerrajes; mañana, ayudado por los sobrevivientes, se descuelga el príncipe
Boabdil de la torre de Gomares, donde vive recluido con su madre, en tanto que una
cautiva favorita recibe honores de reina. Estas noticias llegaban en forma
fragmentaria al campo cristiano, donde la sensibilidad se abría a todos los estímulos,
y prevalecía, al menos durante la última etapa de la guerra, un ambiente de juego
caballeresco vivido, que indudablemente contribuía a que se vieran a través de un
prisma de estilización los sucesos de la corte mora 19. Algunos pasaron, sin duda,
desapercibidos, pero en otros casos, como el de la muerte de los abencerrajes, bastó
una breve referencia de los cronistas y alguna alusión emocionada en el romancero
para iniciar un proceso de idealización que había de culminar, a mediados del siglo
siguiente, en el tipo literario del Abencerraje, que por siglos se mantuvo,
renovándose continuamente, como uno de los temas de la literatura occidental.

Romances fronterizos20
El romance fronterizo representa el último brote de la poesía épico-lírica de tipo
tradicional que, además de renovar la antigua materia épica, «poetizó la vida pública
actual», según palabras de don Ramón Menéndez Pidal 21. Por lo tanto, en cuanto
participa de la forma y técnica del romance derivado de las gestas, la poesía de la
frontera tiene sus raíces en la épica medieval. Mas, por otra parte, en ella se expresa
por vez primera una nueva mentalidad que ya era renacentista 22.
Los juglares, que cantaban episodios de las guerras de Granada, y la
colectividad, que repetía y elaboraba sus composiciones, estaban habituados a la
forma del romance, con sus características de brevedad, unidad de cada poesía y
alternancia de narración, diálogo y rasgo lírico. Pero, de acuerdo con un nuevo
sentido de lo episódico e individual, estos poemitas no se agruparon en torno a
ninguna gran figura, sino que versan sobre hechos aislados, de escasa importancia
histórica casi siempre, pero que tuvieron una repercusión emocional en un
campamento o en una villa de la frontera.
El romance fronterizo más antiguo que conocemos canta probablemente el
cerco de Baeza por el rey de Granada y don Pedro el Cruel en 1368 23. Fue objeto de
otro romance un segundo ataque de los moros a la misma villa en 1407. El
romancero cantó varios sucesos del año 1410: la muerte del alcalde de Cañete en
una imprudente salida de la fortaleza y la venganza que tomó su padre contra los
moros de Ronda; la conquista de Antequera, o más bien la repercusión que su
pérdida tuvo entre los moros, y la derrota que sufrieron en Montejícar 300 caballeros
de Jaén24. Otro de los romances fronterizos de carácter más épico cuenta cómo el
alcalde de Antequera, Rodrigo de Narváez, arrancó al moro Ben Zulema, en 1424,
una gran presa de cautivos y ganado25. Se puede localizar exactamente en 1431 el
romance de Abenámar en que, adoptando un tópico de la poesía árabe, la ciudad es
cortejada como una mujer por el rey, prendado de su belleza 26. En 1434 tuvo lugar el
sitio de Alora, cantado en «Alora la bien cercada»; «Un día de San Antón» trata de
una salida del obispo de Jaén, don Gonzalo, que debió suceder en 1435; las correrías
de Abdilbar por tierras de Murcia y Cartagena, que terminaron en la derrota de los
Alporchones y aparecen minuciosamente relatadas en el romance «Allá en Granada
la rica», ocurrieron el año 145227, y el romance de Fajardo jugando al ajedrez con el
rey moro se refiere al reinado de Enrique IV (1454-1474), trátese de Alonso Fajardo
el Malo o de su primo Pedro Fajardo 28. Es evidente que el romance fronterizo se
desarrolló espléndidamente antes de la campaña contra Granada realizada por los
Reyes Católicos, y, por lo tanto, podemos considerar este género poético como
creación de una época de gran desorganización política pero de altos valores
individuales, en que la guerra tenía carácter intermitente y era, en muchos casos,
empresa particular de jefes y concejos.
La mayor parte de los romances fronterizos pertenecen al grupo de los que
Menéndez Pidal denomina «romances noticiosos», es decir, fueron compuestos por
un autor individual con un fin en gran medida informativo 29. Hasta cierto punto, esta
fase primera del romance está representada por el de la batalla de los Alporchones,
observándose en ésta y similares composiciones ciertos giros propios del romance
tradicional, que tendían a imprimir en ellas carácter popular. Muchos de estos relatos
poéticos circulaban de boca en boca y sufrían una cierta elaboración tradicional que
los despojaba de detalles informativos y concentraba la atención en los elementos de
más valor emocional o estético. Este proceso se observa en algunos romances, como
el del cerco de Alora y el de la muerte del alcalde de Cañete, una primera versión de
los cuales, mucho más amplia que las que conocemos, fue utilizada por los cronistas
de Juan II; por lo tanto, parece seguro que debemos a la repetición en boca del
pueblo alto y bajo la forma final de esa pequeña obra maestra «Alora la bien
cercada». También fueron fuente de crónica «Ya se salen de Jaén» y, posteriormente,
«Moro alcaide, moro alcaide», romance utilizado por Pulgar, que narra las
lamentaciones y el castigo que sufrió el alcalde moro de la fortaleza de Alhama,
ganada por los cristianos durante su ausencia30.
Por otra parte, se sabe que en la corte de los Reyes Católicos se solían narrar en
forma poética las hazañas más recientes de los caballeros. Los romances referentes a
la rendición de Ronda y Setenil y al cerco de Baza prueban que, hacia el año 1485,
los compositores de tales poesías habían llegado a imitar con perfecta maestría la
parquedad narrativa y el vivaz dramatismo que eran el resultado en romances
anteriores de la transmisión oral.
Ocurre asimismo frecuentemente que elementos de un romance viejo pasen a
otro que trata de alguna circunstancia relacionada en cierto modo con la cantada por
el primero. De esta manera, fundiendo elementos históricos vinieron a crearse o
confirmarse leyendas que los historiadores aceptaron frecuentemente, ya que el
crédito del romancero como fuente informativa estaba muy alto en los siglos XV y
XVI31. Así vemos cómo el romance que cuenta la derrota sufrida en Montejícar por
caballeros de Jaén, el año 1410, contaminó otro romance referente a una correría
victoriosa del obispo don Gonzalo, que tuvo lugar más de cincuenta años después,
llegando a trocarse en derrota y prisión el triunfo del belicoso obispo, lo cual, como
observa Menéndez Pidal, estaba además de acuerdo con la marcada preferencia que
muestra el romancero por los desenlaces desgraciados 32. También en «Río verde, río
verde» se fundieron dos desastres sufridos por los cristianos en Sierra Bermeja con
cincuenta años de diferencia: el primero es la derrota, sin trascendencia histórica, de
que fueron víctimas los caballeros andaluces Urdiales y Sayavedra, y el segundo, la
muerte de don Alonso de Aguilar luchando con los indómitos moros de la Alpujarra
en 1501, siendo éste el último episodio cantado por la poesía fronteriza.
Los romances tradicionales que tratan del cerco de Granada propiamente dicho
carecen, en general, de autenticidad histórica. Hallamos, en cambio, notable
exactitud en el referente a la captura de Boabdil en Lucena, que pudiera ser, en
opinión de Cirot, un relato poético inmediato al hecho e independiente de las
narraciones históricas33.
Los romances han llegado a nosotros en copias de época muy posterior a la de
su composición y elaboración en boca del pueblo, conservándose rara vez íntegra la
forma tradicional. Con frecuencia se añade un final artístico, es decir, compuesto por
un poeta del siglo XVI, a un romance viejo, o bien se introducen en el texto nuevos
versos. Estas adiciones suelen responder al empeño de acentuar lo que hoy
llamaríamos el color local, pero algunas veces se intercalan simples versificaciones
de relatos históricos o novelescos, produciéndose en este último caso lo que
Menéndez Pidal llama novelización de los romances noticiosos. El incidente ficticio
que se introduce con más frecuencia en los romances referentes a los últimos años
de la guerra de Granada es el del, combate individual entre un campeón moro y otro
cristiano, que se celebra en la Vega, muchas veces a la vista de las damas moras; en
estos relatos poéticos se acentúa el carácter de galantería que ya apuntaba en otros
más antiguos, iniciándose en ellos la tendencia a describir prolijamente el atuendo y
las armas del caballero que sale al campo. Históricamente es cierto que se
celebraban duelos entre combatientes de uno y otro ejército, pero los encuentros
individuales cantados por el romancero no están documentados y muchas veces
contradicen datos históricos irrefutables.
Ofrece excelente ejemplo de tales anacronismos la serie de romances dedicados
a los duelos y correrías del maestre de Calatrava, Rodríguez Téllez Girón, durante el
sitio de Granada. Como ya advirtió Menéndez Pelayo y ha confirmado con múltiples
datos G. Cirot34, los combates que se le atribuyen son históricamente imposibles,
pues don Rodrigo murió muy joven ante los muros de Loja el año 1482 y no pudo
realizar hazaña alguna en la Vega. Es indudable que los duelos narrados en la serie
son materia novelesca añadida posteriormente, pero parece viejo un fragmento de
admirable brío inserto solo en las Guerras civiles y repetido con variantes en diversos
romances:

¡Ay, Dios, qué buen Cavallero


el Maestre de Calatrava!,
y cuán bien corre los moros
en la vega de Granada,
desde la fuente del Pino
hasta la Sierra Nevada,
y en essas puertas de Elvira
mete el puñal y la lança;
las puertas eran de hierro,
de parte a parte las passa35.
George Cirot ha apuntado la posibilidad de que los romances del maestre de
Calatrava se refieran a Garci López de Padilla, sucesor de don Rodrigo. Acaso
también debiera tenerse en cuenta que el padre y predecesor de este último en el
maestrazgo, don Pedro Girón -conocido principalmente por sus rebeldías y
desmanes durante el reinado de Enrique IV y por sus pretensiones a la mano de
Isabel la Católica-, fue un formidable guerrero, frontero mayor y capitán general de
Andalucía en 1457, y conquistador de Archidona en 1471. Este personaje corrió por
lo menos en tres ocasiones la vega de Granada; dos de ellas acompañando a Enrique
IV en 145536, y otra en unión del condestable Miguel Lucas de Iranzo en 1462. La
participación del maestre en esta última tala se halla minuciosamente narrada en
los Hechos del condestable, afirmándose en esta crónica que ambos jefes acamparon
en la fuente de Pinos después de haber corrido la vega y llegado muy cerca de la
capital «esperando si el rey Ismael, que nuevamente avian tomado por rey, saldria a
pelearse con ellos». El combate no tuvo lugar, pues el rey moro les envió un
caballero en son de paz, reiterando su vasallaje al soberano de Castilla 37. También en
la segunda campaña de 1455 el rey asentó su real allende la fuente de Pinos, y de allí
siguió hacia Granada, trabándose varias escaramuzas. Por lo tanto, en cualquiera de
estas dos ocasiones pudiera localizarse el fragmento citado, y debemos recordar que
por aquellos años la poesía de la frontera florecía con extraordinaria pujanza. Pudo
ser un proceso normal dentro de las alteraciones que sufrían los romances que las
osadas correrías del padre se atribuyeran al hijo, también maestre de Calatrava, y
que se presentaba a la imaginación popular con un historial más limpio y con la
aureola de una muerte temprana y heroica. Sucede además que los romances del
maestre deben algunos préstamos al que comienza «¡Ay, Dios, qué buen caballero
fue don Rodrigo de Lara»38, y ello pudo contribuir a que se identificase al héroe de
las talas en la vega con don Rodrigo y no con don Pedro Girón.
Un caso curiosísimo de elaboración legendaria es el representado por el tema
del Ave María, que ha gozado de tan extraordinaria popularidad hasta fines del siglo
pasado39. Varios romances, que sólo en parte y con reservas pueden calificarse de
viejos, cuentan cómo Garcilaso de la Vega venció y cortó la cabeza ante los muros
de Santa Fe a un moro que vino a retar a los cristianos, arrastrando de la cola del
caballo un cartel con las palabras «Ave María». Este hecho no está registrado en
ninguna crónica de la guerra de Granada, pero una hazaña casi idéntica es atribuida,
en cambio, por los genealogistas a un Garcilaso que se distinguió en la batalla del
Salado (1340). En tiempos de Enrique IV, otro Garcilaso dio muerte a un moro muy
fuerte, lo cual fue muy comentado, porque el rey, a quien ofreció los trofeos, hizo
poco honor al presente e incluso dio indicios de estar resentido con el caballero por
haber matado al infiel en su presencia; estas sospechas se vieron confirmadas
cuando Garcilaso fue herido por una flecha envenenada en un encuentro con los
moros, ya que el rey contempló sonriente su tremenda agonía y no otorgó mercedes
especiales a los hijos del muerto, cuya memoria fue realzada por la ingratitud de un
rey aborrecido y acusado de parcialidad hacia los moros. El prestigio de este
personaje dejó huella en la versión poética del duelo, pues algunos rasgos personales
del Garcilaso de los romances sólo se explican a través de dicho caballero de igual
nombre, que no alcanzó el reinado de los Reyes Católicos. Por fin llegamos al
Garcilaso que sirvió en la guerra de Granada, y que aparentemente no se batió con
moro alguno, aunque sí era hombre destacado, que ocupó más adelante puestos
importantes en la política y la diplomacia y fue padre de Garcilaso, el poeta. La
fusión de tantos elementos no es insólita en el romancero, y se halla con frecuencia
ejemplificada en las distintas etapas de su desarrollo. Esta leyenda, sin embargo,
aparece ya fraguada en lo que al duelo de Garcilaso se refiere. Un poeta del siglo
XVI, Gabriel Lobo Lasso de la Vega, unió dicho episodio a la histórica hazaña de
Hernando del Pulgar, que clavó un cartel con las palabras Ave María en las puertas
de la mezquita de Granada, presentando la provocación del moro como respuesta a
tal atrevimiento, y de esta manera quedó completada la historia del Ave María, que
había de hallar particular acogida en el teatro. A lo largo de la poesía de la frontera
vemos surgir la visión poética de las formas de vida de los moros granadinos, apenas
perceptible en los romances más antiguos, patente ya en el del cerco de Alora y
plenamente lograda en el de Abenámar. Al juglar, el moro le interesa siempre. Sin
que el relato poético pierda su ritmo rápido, habrá lugar para una pincelada
descriptiva o una palabra de admiración ante las formas artísticas, los gestos, la
música y el colorido que embellecen las acciones de los granadinos, bien se apresten
a una batalla, lloren la pérdida de una villa o se preparen a abandonar una fortaleza.
Menéndez Pidal ha observado que un tercio de los romances fronterizos presentan la
acción guerrera vista, al menos parcialmente, desde el campo enemigo,
procedimiento puramente artístico que ha dado lugar a la teoría de que todas o
algunas de estas poesías fueron primeramente compuestas en lengua árabe. Don
Ramón considera que este grupo de romances fronterizos constituye ya la etapa
inicial del romancero morisco, pues no faltan en ellos primores descriptivos,
alusiones a pormenores de la vida privada ni tampoco la atribución a los moros
granadinos de algunos rasgos caballerescos, como el del culto a la dama, que debían
ser más comunes en el campo cristiano 40. Los reyes moros del romancero fronterizo
no se hallan desprovistos de crueldad y alevosía; vemos que castigan con la muerte
al mensajero que trae malas nuevas, al adalid derrotado o al alcalde que pierde sin
culpa una fortaleza, y sacrifican sin razón a los abencerrajes «que eran la flor de
Granada». En tales casos, las víctimas son, sin embargo, moros también, y por ellos
vibra con estremecida compasión la lira del juglar castellano. Con la contemplación
complaciente de la vida y hábitos de los moros que reflejan los romances
fronterizos, nace una forma española de exotismo que no conduce a regiones
remotas, sino al propio pasado, un pasado que, al iniciarse esta tendencia artística,
era un presente a punto de desaparecer. Así el moro de Granada entra en la temática
literaria española como el representante de una civilización brillante y refinada, pero
decadente, que los cristianos admiran en sus aspectos externos sin dejar por eso de
combatirla ni de creer firmemente en la superioridad de la propia fe. En tal exotismo
español el moro aparece siempre al lado del cristiano, y ambos pisan el terreno
común de la vida caballeresca, con sus dos ideales de heroísmo y amor cortés,
patente ya el primero y sugerido el segundo en este primer brote del género morisco.

Otras poesías del siglo XV


En la poesía culta de la segunda mitad del siglo XV se hallan bastantes
referencias a temas fronterizos, especialmente en la obra de Juan de Mena, que
dedicó varias estrofas de El laberinto de la fortuna al mismo incidente referido en
«Alora la bien cercada», es decir, a la muerte del adelantado Diego de Ribera. El fin
desastroso del conde de Niebla al intentar reconquistar Gibraltar -episodio cantado
también en romances artísticos y en uno semiculto- inspiró asimismo magníficas
estrofas a este poeta.
Entre las serranillas del siglo XV hay dos que pueden calificarse de moriscas.
En una de ellas, que es anónima y tiene carácter popular, un castellano cuenta su
diálogo, salpicado de palabras árabes, con una mora de Antequera que le invita a
tomar pronto la villa, y le describe detalladamente las galas y armas moriscas de su
marido, añadiendo malicios