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MENDOZA

Emilio Fernández Cordón


UN ASALTO FÚNEBRE

Del libro CUENTOS PARA MATAR... EL TIEMPO, Eco Ediciones Bs. As., 2006.

"Usted que es abogado y conoce mucho el paño tiene que ayudarnos, doctor. Siempre
fuimos clientes suyos y nunca le fallamos, así que le toca a usted quedar bien con
nosotros, doctor. El asunto por el que lo molestamos arranca más o menos a la mitad
del mes pasado. Resulta que es tanta la mishiadura que hay por todos lados que, con la
banda, ya no teníamos adónde ir a robar ni a quién. Usted sabe, los de la banda somos
cinco: el Potrillo, el Dulceleche, el Dienteroto, el Gris y yo. Bueno, como le decía, hay
tanta malaria en la calle que estábamos sin un mango y no encontrábamos de
dónde surtirnos. Para colmo, usted sabe, cada vez hay más pobres. Y los que tienen
algo andan armados, ponen rejas hasta en las acequias de las casas y alarmas hasta
en el tacho de la basura. Bueno, cuando más desesperados andábamos y sin una
moneda para parar la olla, al Gris se le ocurrió la solución: asaltar un velorio. Es decir.
buscar en los avisos fúnebres un muerto rico y caer. Pero, claro, estaba el problema de
que ahora los velatorios los hacen en salas del centro y tienen vigilantes, así que
tuvimos que aguantar hasta que apareciera un muerto con plata y lo velaran a
domicilio. Pasó un tiempito hasta que, el otro día, salió en el diario uno que había
espichado como los reyes, en cama de lujo y durmiendo. Lo más importante, gracias a
Dios, era que el velorio se lo hacían en la mansión que el punto tenía en Chacras de
Coria. Bueno, el caso es que conseguimos prestadas pilchas finolis y fuimos.
Llegamos, pusimos cara de tristes, dijimos que éramos empleados del pobre santo y
nos dejaron entrar. Todo resultó de diez, doctor. Hicimos una fila con los parientes y
figurones que había y les fuimos sacando los billetes, las joyas y hasta los tapados de
piel y guardando todo en unos bolsos. Ni un drama. Los tipos colaboraron sin chistar y
no tuvimos que usar los chumbos para nada. Ya nos íbamos cuando al Gris, cuándo no,
le vino la idea de revisar al finado y quitarle el oro y los anillos. Para la falta que le iban
a adonde iba, dijo. Y, mientras todo el mundo protestaba indignado y los hacíamos
callar con amenazas, el Gris fue y metió mano en el cajón. Le estaba chapando el reloj
al difunto, Y tironeaba porque estaba ajustado, cuando el coso pegó un grito
propiamente de fantasma y se sentó en el jonca de un solo envión y lo calzó del cuello
al Gris que chillaba más que el muerto. Y, bueno, doctor, lo dejamos al Gris y salimos
como gargajo de músico, saltamos la pirca y seguimos corriendo hasta que vimos que
nadie nos perseguía. De ahí, con los lompas mojados por el susto, nos fuimos al
aguantadero del Pelado Fernet, usted lo registra, el que tiene el mate abollado. Bueno,
pero lo peor del fato es que con la disparada nos olvidamos de los bolsos y todo el
barullo fue al puro nomás. Al día siguiente, nos pareció más que raro que ni los diarios
ni la tele contaran nada del balurdo que armamos: después nos enteramos del motivo.
Y, ahora, doctor , el Gris como subuenhijodemalamadre que es, no quiere darnos nada.
Porque al final, doctor, al Gris le regalaron un toco así de grande de guita y le dieron un
puesto en la bodega y un auto nuevo y hasta un viaje a Europa le van a pagar por haber
evitado que al muerto lo enterraran vivo. Quedó como un héroe el Gris, doctor. Por eso
es que estamos aquí, doctor. Dígame, nosotros, los de la banda que no ligamos nada
del robo, por casualidad y usted que sabe de estas cosas, doctor ... ¿no podríamos
hacerle un juicio al Gris para que nos dé la parte que nos corresponde de las
ganancias?".