Está en la página 1de 10

JUAN JOSÉ SANGUINETI

(2006)

recensión a

JEAN-PIERRE CHANGEUX

L’homme neuronal

Fayard, París 1983. Versión italiana: L’uomo neuronale, Feltrinelli, Milano 1988 (6a.
ed.)

1. Presentación

Pierre Changeux (1936-), neurocientífico, discípulo de J. Monod y prestigioso


estudioso de neurobiología molecular, publicó este libro en 1983. La obra tuvo cierto
impacto en el público y entre los profesionales de la neurociencia. Por una parte, ella
ofrecía de modo sintético y divulgativo un panorama de la investigación sobre las
funciones cerebrales, en plena sintonía con la biología moderna. Por otro lado, el
trabajo mostraba a los neurocientíficos aspectos de sus estudios que podrían ponerse
en relación con una visión más amplia del hombre, cercana a temas antropológicos y
sociales.

Ésta es precisamente la idea de Changeux: relacionar las ciencias humanas con


una visión biológica del hombre, concretamente centrada en la neurociencia. El
intento es ambicioso, y a la vez es eminentemente materialista. Los temas humanos,
morales, religiosos, psicológicos, deberían verse a la luz de los aportes de la
neurociencia. Es más, la visión neurocientífica poco a poco iría reemplazando a la
perspectiva espiritualista, considerada “antigua” y desencarnada. En este libro
Changeux no oculta su crítica a la religión y las ciencias humanas vistas como
autónomas. Su preferencia va, de un modo unilateral, a las explicaciones
neurocientíficas de los temas humanos.
2

El libro es científico, no filosófico (contiene afirmaciones “filosóficas” a un


nivel poco sofisticado). Al adentrarnos en los temas especializados, nos encontramos
con una excelente exposición, necesariamente simplificada y con un contenido muy
útil, si bien no especialmente novedoso. Lo propio del autor es el acento en algunos
aspectos científicos y la tesis de fondo del “hombre neuronal”. Esta idea aparece poco
a poco en los breves comentarios de síntesis final de cada capítulo, donde el autor se
apoya en las explicaciones científicas para desautorizar los planteamientos
espiritualistas del hombre. El hombre se explica a fondo según su actividad neuronal.

Changeux sostiene en esta obra una concepción del hombre centrada en la


neurociencia. Lo que podría ser una visión correcta e importante (aunque parcial) del
hombre, concretamente de sus aspectos físicos más ligados a sus funciones mentales,
se transforma en una concepción “totalizante” que deja poco espacio al dinamismo del
conocimiento, de la voluntad y la libertad vistos como tales y no exclusivamente
desde el enfoque neurobiológico. Con todo, el ámbito dedicado a estas tesis de fondo
es más bien pequeño en este libro, en comparación con la abundancia de las
cuidadosas explicaciones científicas. La visión humanista “neurologística”, si cabe
llamarla así, más que argumentada parece más bien un presupuesto, como si se
sobreentendiera que las tesis científicas simplemente la confirmarían.

2. Breve síntesis

No es posible resumir el tratamiento científico pormenorizado de los capítulos


de este libro. Me limitaré a indicar los grandes temas, subrayando los momentos en
que hay alguna alusión antropológica.

Capítulo 1. El “órgano del alma”, del antiguo Egipto a la ‘belle époque’. Este
capítulo histórico da una visión de conjunto del estudio del cerebro desde la
antigüedad hasta nuestros días. Las indicaciones sobre apreciaciones y estudios de los
antiguos (egipcios, griegos, hasta el Renacimiento y los modernos) son precisas. Al
llegar a fines del siglo XVIII (La Mettrie, Cabanis), según Changeux, quedaría
eliminada la idea del alma inmaterial e inmortal, retomándose la visión materialista de
Demócrito, que era la más adecuada. Describe los estudios sobre el cerebro del siglo
XIX, con un especial hincapié en Gall y su idea de localizar las funciones humanas en
diversas partes del cerebro. Luego se extiende sobre el descubrimiento de la célula
3

nerviosa (la neurona), que culmina en Ramón y Cajal, para detenerse, más adelante,
en las investigaciones sobre la actividad eléctrica y bioquímica del sistema nervioso.
Esta última perspectiva permite la entrada de la farmacología en la neurociencia.
Concluye afirmando la conveniencia de armonizar la visión analítica del cerebro,
centrada en localizaciones y funciones particulares, con una visión más global del
cerebro, visto en su funcionamiento como un todo. Subraya la eficacia de relacionar el
cerebro con funciones psíquicas y con hechos externos de la conducta humana.

Capítulo 2. El cerebro desmontado en partes. Estas páginas se ocupan, en


primer lugar, de algunos aspectos macroscópicos del cerebro, especialmente del
“grado de encefalización” de los animales y el hombre. Se subraya el enorme
crecimiento de la neocorteza en los mamíferos. En segundo lugar, Changeux estudia
la arquitectura microscópica cerebral, especialmente a nivel de corteza: tipos de
neuronas, micro-circuitos, vías de comunicación de las fibras nerviosas y
estructuración celular del tejido cortical (con diversos modelos explicativos). No hay
ninguna característica morfológica “especial”, se concluye, que haga pasar de modo
“violento” del cerebro animal al humano. El hombre comparte con los animales los
mismos tipos de células en la corteza cerebral, aunque su número es enormemente
más alto en nosotros. Lo más significativo de nuestro cerebro es la increíble
complejidad de conexiones de sus redes neurales.

Capítulo 3. Los “espíritus animales”. Se describe aquí la actividad eléctrica


del cerebro y sus células, gracias a la cual el sistema nervioso transmite sus impulsos
(explicación sustitutiva de la antigua teoría galénica de los “espíritus animales”,
sostenida todavía por Descartes). La transmisión eléctrica se coordina, a nivel de
sinapsis, con la transmisión química, en la que juegan un papel importante los
neurotransmisores (un tema en que el autor es especialmente competente). A este
nivel de mecanismos básicos de la comunicación nerviosa, nada distingue al hombre
de los animales. En la última línea del capítulo (p. 117) aparece un breve matiz
“ideológico”: con las explicaciones científicas vistas en estas páginas, el cerebro y sus
actividades han sido “laicizados”. “¡Después de haber laicizado la anatomía del
cerebro humano, con Gall, ahora laicizamos su actividad!” (p. 117).

Capítulo 4. Paso al acto. Aquí el autor se ocupa de algunos aspectos del


comportamiento humano explicables neurológicamente como respuestas a una
4

información recibida y elaborada. El cerebro actúa como una máquina cibernética:


recibe información y la transmite (analizándola y elaborándola) según un código. Hay
dos tipos de codificación, unidos entre sí: uno se basa en la conectividad nerviosa, que
fija una “geometría de la red”, y otro en el ritmo de los impulsos, que regula los
tiempos. Ocupan un lugar especial los neurotransmisores y las hormonas
(codificación química) que, entre otras cosas, permiten la difusión de los mensajes y
señales por todo el organismo.

Con este esquema, ilustrado eficazmente con modelos matemáticos, Changeux


considera una serie de comportamientos: 1) el canto de los pájaros y la reacción de
huída de algunos peces; 2) el mecanismo neural que lleva a la conducta de beber por
sed y el relacionado con la sensación de dolor; 3) algo análogo con relación a la
sensación de placer y a la emoción de la cólera; y 4) lo mismo respecto la actividad
sexual. A continuación se ocupa del tema de las representaciones o “mapas” que el
cerebro elabora acerca del mundo circundante en función de las distintas sensaciones.
Por último, considera brevemente el habla y las áreas corticales asociativas.

Se concluye que los comportamientos humanos se explican por la


“movilización interna de conjuntos neuronales”, matemáticamente describibles
mediante “grafos” (el grafo es la descripción matemática de la geometría de una red).
Esta “geografía” explica la especificidad de cada función. De este modo, Changeux ha
descrito comportamientos animales presentes también en el hombre, (dolor, placer,
sed). Con un salto notable, se sugiere que así podría explicarse todo el
comportamiento humano. Llegamos a la idea del “hombre neuronal”: “ya nada se
opone, bajo el aspecto teórico, a que los comportamientos del hombre sean descritos
en términos de actividades neuronales” (p. 150).

Capítulo 5. Los objetos mentales. Este capítulo propone una interpretación


“neurologista” del pensamiento humano, propuesta como una hipótesis (sin base
experimental). En primer lugar, Changeux señala la existencia de “objetos mentales”,
entendiendo por ellos los contenidos cognitivos: objetos de la percepción, imágenes y
conceptos. Ofrece una versión más bien empirista del concepto: el concepto (silla,
mesa, etc.) es una imagen simplificada y desprovista de contenido sensorial. Los
animales tendrían también “conceptos”. Cuando una rata aprende una asociación por
condicionamiento, “adquiere un concepto” (p. 161).
5

Los objetos mentales, en general, son “estados diversos de unidades materiales


o de representación mental” (p. 158). “El objeto mental se identifica con el estado
físico creado por la entrada en actividad (eléctrica o química), correlacionada y
transitoria, de una amplia población o ‘asamblea’ de neuronas y distribuida en
correspondencia a varias áreas corticales definidas” (p. 164). Objeto
mental=asamblea de neuronas. Puede describirse matemáticamente con un grafo.
Todo contenido psíquico (ideas, imágenes, recuerdos, razonamientos) queda, pues,
identificado con los estados neurales1.

A continuación se presenta una forma de “gnoseología neural”. Los


contenidos percibidos serían grafos en interacción con el mundo. Las imágenes son
asambleas neurales estabilizadas, sin interacción con el mundo. Los conceptos son
imágenes con una componente sensorial débil o nula, pero con propiedades
asociativas y relaciones según la forma de un “álgebra”. La relación de los conceptos
con la realidad se establece a través de imágenes o contenidos de la percepción: si hay
adecuación (“resonancia”) con estos últimos (que son también asambleas neuronales)
tenemos la verdad, y si hay “disonancia” tenemos la falsedad (p. 166).

Siguen algunas explicaciones sobre los circuitos de las asambleas neuronales,


en especial con relación a las redes neurales propuestas por Hebb y al papel de los
neurotransmisores. Se detiene en los estados de conciencia y sus anomalías:
alucinaciones, delirios, sueño (normal, paradójico) y contenidos oníricos. Junto a las
explicaciones neurológicas de estos fenómenos, leemos juicios muy discutibles (pero
mencionados de pasada, sin un verdadero análisis): así como los esquizofrénicos
pueden tener alucinaciones (visuales, acústicas: por ej., oír voces), las visiones de los
místicos, de los profetas del Antiguo Testamento, de Juana de Arco o Santa Teresa, o
las apariciones de la Virgen, serían igualmente alucinaciones (p. 173). Posteriormente,
el autor se ocupa de las emociones y del papel del lóbulo frontal en las relaciones
entre el conocimiento, la atención, las emociones y las decisiones. Una última sección

1
Esta tesis filosófica, más que científica, verdaderamente no ha sido demostrada, sino
declarada. Ella domina las explicaciones científicas de esta obra. Los detalles científicos de su
exposición, por impecables que sean, no sirven para confirmar la tesis de la identidad entre
pensamiento y estado neuronal. Sólo demuestran que los estados representacionales sensitivos
(imágenes, recuerdos, estados atencionales, estado de vigilia) tienen una base neuronal, que
obviamente afecta a la actividad intelectual del hombre.
6

está dedicada a las técnicas de observación por neuroimágenes de lo que hace el


cerebro mientras el sujeto ejecuta ciertas actividades mentales.

Las últimas afirmaciones del capítulo son: “la conciencia es este sistema de
regulaciones en funcionamiento [regulaciones neuronales]. El hombre ya no tiene
nada que ver con el “Espíritu”: le basta ser un Hombre Neuronal” (p. 200).

Capítulo 6. El poder de los genes. Los aspectos anatómicos y funcionales de


base de cada especie están predeterminados por el patrimonio genético, que puede ser
alterado por mutaciones, de donde suelen salir muchas enfermedades. Algunos
aspectos de la conducta animal tienen una causa genética (por ejemplo, el canto de los
grillos). En el hombre, sabemos que la psicosis maníaco-depresiva es hereditaria: su
causa se coloca a nivel genético.

Changeux explica con detalle algunos aspectos del genoma humano, con
puntos interesantes. Le interesa mostrar cómo se pasa de la relativa simplicidad y
pequeñez del genoma a la astronómica complejidad del cerebro, que se va
manifestando en su crecimiento embrionario y en la diferenciación organizada de
células, funciones y órganos en interacción. Esto le lleva a describir el desarrollo
embrionario desde el punto de vista de la biología molecular.

En primer lugar, utiliza el modelo matemático de la “célula-autómata”, y en


segundo término se sirve del modelo del “embrión-sistema”, recurriendo a la teoría de
sistemas. El desarrollo del embrión no puede entenderse como si el genoma
contuviera un “programa” al estilo de las computadoras. Ese desarrollo más bien se ha
de concebir como un juego de relaciones en el espacio y el tiempo entre las unidades
neurales, con reglas de interacción, lo que implica la formación de ciertas
“geometrías” (redes) y elementos de comunicación. De aquí resulta el
comportamiento global (organizado) del sistema y sus posibles disfunciones, que
pueden propagarse en cascada. Lo genético controla estos procesos, pero no lo
determina sin más y no lo hace directamente. La diferenciación sexual, por ejemplo,
está regulada por una red de comunicaciones hormonales, bajo el control genético.
Por último, Changeux explica la formación embrionaria de la corteza cerebral y la
continuación del desarrollo cerebral durante unos 15 años después del nacimiento del
individuo.
7

Capítulo 7. Epigénesis. El patrimonio genético, contenido en cada célula del


organismo, no explica todo el desarrollo del sujeto en su fase embrionaria y post-
natal. Este desarrollo se explica, además, según las interacciones de los conjuntos de
células en el periodo embrionario. El crecimiento de las redes neuronales (sinapsis,
crecimiento dendrítico, arborización, etc.) explica aspectos fenotípicos (no
genotípicos) de los individuos. Estos factores no-genéticos del desarrollo se
denominan “epigenéticos”. También para esto se utilizan modelos matemáticos. En
concreto, Changeux describe las fases de crecimiento y maduración como el paso
desde una primera etapa en la que el crecimiento contiene “redundancias” y
“regresiones” (desarrollos sobreabundantes, muerte natural de numerosas neuronas,
como si fuera una “poda”), hasta que, en una segunda etapa, se produce una
“estabilización selectiva” del crecimiento sináptico.

A continuación se pregunta si las especializaciones de los dos hemisferios


cerebrales son genéticas o epigenéticas, propendiendo por esta última hipótesis, pero
con matices. Algo semejante se aplica al aprendizaje lingüístico. En un primer
momento el neonato es apto para aprender un amplia gama de fonemas, pero luego, en
base a lo aprendido de hecho, se produce una “estabilización selectiva” en la que se
han perdido para siempre algunas potencialidades. Estos procesos, de nuevo, son
epigenéticos. “La epigénesis ejercita su propia selección sobre concatenaciones
sinápticas preformadas. Aprender es estabilizar combinaciones sinápticas
preestablecidas. Y es también eliminar las otras” (p. 290).

Capítulo 8. Antropogénesis. Este capítulo está dedicado al origen evolutivo del


cerebro humano. Changeux constata que, desde el punto de vista genético
(cromosómico), estamos emparentados con los orangutanes, gorilas y chimpancés. La
evolución desde un antecesor común hacia la forma “hombre” quedaría testimoniada
por lo que podemos observar a nivel macroscópico morfológico: la encefalización
humana es muy especial respecto a la de los demás primates (gran aumento de la
cavidad craneal, amplio desarrollo de los lóbulos frontales, etc.). ¿Cómo se explican
esta modificaciones, que además ocurrieron con una velocidad sorprendente
(relativamente)? No conocemos la genética de las poblaciones del australopiteco,
homo habilis, homo erectus. La propuesta de Changeux se basa en la supuesta
analogía entre la ontogénesis y la filogénesis (Haeckel). En el desarrollo embrionario,
8

como se vio en el capítulo anterior, entran en juego elementos epigenéticos (genes de


comunicación). Esto podría servir para explicar por qué el cerebro de un simio asumió
el peculiar desarrollo humano (mutaciones a cargo de los genes de comunicación, sin
la aparición de nuevos genes).

Como hipótesis adjunta, Changeux añade la presión de factores sociales y


ambientales para la evolución cerebral (cambio de alimentación, papel del padre y de
la madre, educación, agresividad, violencia), aunque no deja de señalar que todo esto
es altamente hipotético. Resulta extraño, anota, el hecho de que con el hombre actual
la evolución se ha detenido: el hombre progresa extraordinariamente, pero ahora sin
modificar su encéfalo. Quizá este detenimiento se debe a la regulación social y moral,
que impide un ulterior desarrollo cerebral, pero también sugiere que la actividad
bélica del hombre hoy sería inútil evolutivamente, pues la neocorteza humana ya está
suficientemente expandida (p. 315). La mezcla de planos presente en estas últimas
páginas (vida moral, guerras, evolución) demuestra las dudas del autor ante las
usuales explicaciones sobre la evolución del cerebro humano.

Capítulo 9. El cerebro, representación del mundo. Este último capítulo es más


bien un epílogo, donde se expone en síntesis la tesis de fondo sobre la identificación
entre las operaciones mentales y neurales. Así como la biología anuló el vitalismo, del
mismo modo “hay que esperar que suceda lo mismo con las tesis espiritualistas y con
sus transformaciones ‘emergentistas’” (p. 320). De este modo, “las posibilidades
combinatorias ligadas al número y a la diversidad de las conexiones del cerebro del
hombre parecen efectivamente suficientes para dar cuenta de las capacidades humanas
(...) ¿para qué seguir hablando de “Espíritu”? (p. 320). Lo mental y lo físico no son
más que dos aspectos de lo mismo. “La identidad entre estados mentales y
fisiológicos o físico-químicos del cerebro se impone con plena legitimidad” (p. 321).
¿Para qué seguir hablando del problema mind-body? Critica, en este sentido, a Fodor,
que aboga por el carácter irreductible de la psicología.

El modelo evolutivo por “estabilización selectiva” sería útil también, según


Changeux, para explicar el origen y evolución de la escritura, en su progreso desde
una fase basada en ideogramas a la de los lenguajes alfabéticos. El libro termina con
ciertas observaciones “morales” que parecerían poco coherentes con la posición
materialista del autor. Se lamenta de que el hombre no esté hoy dominando bien al
9

mundo ni a su cerebro (condiciones negativas de trabajo, subalimentación en muchas


partes del planeta, amenazas bélicas de destrucción total). Esto no ayuda al
funcionamiento equilibrado del cerebro, como se ve por el uso excesivo de
tranquilizantes. El hombre moderno pretende dormirse para soportar un ambiente
adverso del que es responsable. “Hace falta todavía construir en nuestro encéfalo una
imagen del ‘hombre, una idea que sea como un modelo que podamos contemplar’
(cita de Spinoza) y que corresponda a su porvenir” (p. 330).

3. Comentarios

Las llamadas morales de las dos últimas páginas del libro revelan el
planteamiento paradójico de Changeux. Después de haber identificado la vida
intencional humana con las relaciones electroquímicas entre neuronas, no nos parece
que tenga mucho sentido hablar de yo, persona, hombre, y mucho menos exhortar a
un comportamiento humano más adecuado, ya que desde el punto de vista neuronal el
lenguaje moral es inteligible sólo como lenguaje neurológico. A lo más, podrían
esperarse como conclusiones del libro algunas indicaciones normativas de tipo
médico o psicológico. Pero el auspicio de llegar a un “modelo de hombre” más
adecuado, si no tiene más contenido que los sistemas neuronales, parece no sólo
pobre, sino poco fundado: o ese modelo se pone, con incoherencia, tomando ideas
morales difundidas en la cultura, o de lo contrario no parece capaz de sustentar de
verdad ideas morales y de oponerse con argumentos eficaces a las aberraciones éticas
(lesión de derechos humanos, crímenes) que el mismo autor descalifica.

Como he señalado en las páginas anteriores, este libro de Changeux tiene un


valor científico evidente, de tipo expositivo y divulgativo (pero téngase en cuenta que
la obra es de 1983). La exposición tiene sus puntos fuertes cuando el autor trata de
cuestiones científicas relacionadas con los neurotransmisores, la comunicación
sináptica y la formación de redes neurales. No es un tratamiento completo de los
puntos fundamentales de la neurofisiología. El lenguaje y la memoria aparecen poco
contemplados y lo mismo cabe decir de los déficits neurológicos. Changeux ha
seleccionado una serie de puntos para ilustrar sus explicaciones, con cierta falta de
proporción en la distribución y extensión de los temas. No hay una exposición
completa de los tópicos tratados en cada capítulo.
10

En la reseña he indicado algunos momentos en que se produce un salto de lo


estrictamente neurológico a temas sobre el hombre donde la perspectiva
exclusivamente biológica es insuficiente (por ej., al hablar de los conceptos). Por otra
parte, salvo la gnoseología, ciertos temas antropológicos (como la libertad, la
moralidad, el amor humano, la ciencia, el arte) no son tratados en el libro, por lo que
las alusiones al poder explicativo completo de la neurociencia tampoco aparecen bien
fundadas. No parece justificarse, además, la afirmación de que una función “mental”
(pensamiento, amor, deseo) sea idéntica a la actividad neuronal. El libro presentado
por Changeux, en sus ideas y contenidos científicos, no es idéntico a su actividad
neuronal, aunque esta última materialmente le haya permitido escribirlo. La
dimensión neurológica interviene en las experiencias humanas, en la memoria, en la
posibilidad psíquica para seguir un hilo coherente de pensamientos, pero todo eso no
es lo formal de esas experiencias, sino su base material. La neurociencia debe estar
presente en la antropología, pero esta última la sobrepasa ampliamente.

Una respuesta más elaborada a las tesis presentadas en este libro se encuentra
en la obra Ce qui nous fait penser, escrita como un diálogo entre Ricoeur y Changeux
(2000). Las objeciones presentadas allí por Ricoeur son las mismas que podrían
dirigirse a la tesis central de este libro. Es más, Ricoeur probablemente las propone
como reflexión a partir de la lectura de esta obra. Puede consultarse al respecto mi
recensión a esta publicación, en la que expongo con más detalle los puntos
evaluativos de carácter filosófico aquí apuntados.