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Trampas y artimañas en el ciclismo

Por Asier Bilbao 01 abril 2016

La felicidad de Démare por su victoria en Sanremo


Hace unos días, nada más finalizar la Milán-Sanremo, saltó la alarma en el
mundo del ciclismo ante una posible irregularidad por parte del embalador
francés Arnaud Démare y su equipo al subir La Cipressa remolcado en el coche
de su director (según afirmaron en meta varios ciclistas italianos) y alcanzar
poco después al lote principal antes de la decisiva subida al Poggio. Con el
consiguiente ahorro del esfuerzo que le hubiera supuesto, en vez de tratar de
hacerlo por sus propias piernas. Ahorro que a la postre le pudo servir para
proclamarse vencedor en el sprint final de la prestigiosa clásica.
Ante la falta de pruebas contundentes nadie sabe con certeza qué es lo que
verdaderamente ocurrió en La Cipressa con Démare. Pero no extraña lo más
mínimo que estas situaciones anti-reglamentarias más o menos graves se den
en las carreras. Porque la histórica tradición de las trampas, artimañas y
argucias de todo tipo en el ciclismo viene desde los mismos orígenes de este
deporte como competencia.

El primer ganador del Tour fue descalificado al año siguiente


En el accidentado Tour de Francia de 1904 fueron innumerables los pinchazos
y averías mecánicas que sufrieron los distintos competidores. Culpa de los
bloqueos de carreteras con troncos, vías sembradas de clavos, tachuelas y
vidrios rotos, ataques con piedras y palos y hasta intimidaciones con armas de
fuego. Todo por culpa de los fanatismos regionales tratando de facilitar que sus
ídolos locales ganaran. Si esto no fuera suficiente, las continuas sospechas de
fraude por parte de los corredores pusieron al Tour en riesgo de no volverse a
disputarse. En París, el francés Maurice Garin, ganador de la edición inaugural
del año anterior, se proclamó vencedor. Pero meses más tarde fue
descalificado, junto a muchos otros participantes (entre ellos los tres siguientes
clasificados tras Garín) por una serie de irregularidades que incluían desde
coger trenes con nocturnidad para acercarse a las ciudades de meta hasta
amenazas entre ciclistas. Al final el joven Henri Cornet, 5º de la clasificación
general, fue proclamado vencedor de aquel polémico y desastroso Tour. Y
desde entonces los episodios de trampas más o menos evidentes han
acompañado a este deporte.

Los casos de irregularidades y de saltarse las propias reglamentaciones en la


historia del ciclismo en ruta son tantos que es imposible enumerarlos y
nombrarlos. Por supuesto hoy en día también ocurren estas pequeñas y
grandes trampas. La diferencia entre antes y ahora es que, en pleno auge de la
era audiovisual y de la información tenemos muchas más posibilidades de
observar estos hechos con nuestros propios ojos. Y con toda seguridad la
mayoría de casos aún se nos escapan. Sin entrar en cuestiones de dopaje ni
de los famosos casos de compra y venta de carreras o favores vamos a citar,
como ejemplo de que las acciones anti-reglamentarias e irregularidades son
más habituales de lo que quisiéramos creer, varios casos conocidos ocurridos
recientemente.

Remolcándose en los coches


Cavendish remolcandose en el Tourmalet en el Tour 2010
Lo que ocurrió con Démare en Sanremo no pudimos verlo. Pero sí pudimos ver
atónitos el video de Vincenzo Nibali sujetándose al coche de su director y
“despegar” literalmente, siendo llevado en volandas hasta el lote delantero en
la 2ª etapa de la pasada Vuelta a España. Y ninguno de los componentes del
grupo donde se encontraba retrasado el italiano dijo nada en meta. ¿Lo verían
como un comportamiento normal? ¿O tenían miedo a romper la omertá que
impera en el ciclismo? ¿Los jueces de carrera no vieron nada? Porque el
italiano no fue expulsado de la prueba hasta la aparición del video con las
tomas desde el helicóptero de la TV española. ¿Hubiera seguido Nibali en
competencia si el famoso video no se hubiera hecho público? Porque su
respuesta a las feroces críticas recibidas fue poco más o menos de “Que no
me jodan que no es para tanto. Que me pillaron, sí; pero que lo de remolcarse
no me lo inventé yo”.
Vamos, que para nada es una práctica nueva en el pelotón. Es muy conocida la
especial querencia del embalador Mark Cavendish a subir los puertos alpinos y
pirenaicos agarrado al coche del equipo cuando no hay jueces a la vista. Por
este mismo motivo fue expulsado del Giro 2010 el mismísimo Chris Froome, al
ser sorprendido por los comisarios técnicos subiendo el Mortirolo apalancado al
coche del Sky.
A raíz de aquella expulsión de la Vuelta El Tiburón de Mesina se ha convertido
en todo un clásico de las artimañas en el ciclismo. Porque anteriormente ya
tuvo otro episodio digno de Expediente-X en el Mundial de Florencia 2013;
cuando tras una caída a pocas vueltas del final, tras reincorporarse y volver a
coger ritmo perdía unos 2 minutos. Y en un abrir y cerrar de ojos apareció en el
lote principal, como si hubiera sido abducido; en un claro caso de ayuda anti-
reglamentaría (acción que por supuesto la realización de la TV italiana tuvo la
gentileza de no mostrar al televidente) por parte de su director Paolo Bettini y
de “hacerse los ciegos” de los jueces de carrera. Al final la presencia de Nibali
entre los 4 ciclistas que se jugaron la carrera fue clave en la resolución de
aquel Mundial. Cuando con reglamento en mano los jueces nunca debieron
permitir que estuviera allí, jugándose la victoria.
Nadie está libre de culpa
Las numerosas trampas que se producen en plena disputa de las carreras
suponen una adulteración real de las competencias ciclistas. Adulteración que
a veces resulta dolorosa de presenciar, sobre todo para los aficionados que ven
a su ídolo perder de una forma injusta frente a sus rivales. Lo peor es que
prácticamente todos los estamentos del ciclismo están inmersos en esta cultura
de las trampas: ciclistas, directores de equipo, auxiliares, organizadores de
carreras, los comisarios y jueces de carrera, las misma UCI y hasta los
aficionados que se agolpan en las subidas y los puertos de montaña. Y por
parte de la gran mayoría de periodistas especializados solo obtenemos un
silencio sepulcral; pues asumen como normales estas trasgresiones del
reglamento de las carreras.

Raras veces escuchamos a ciclistas y directores protestar airadamente cuando


se dan situaciones anti-reglamentarias desfavorables a sus intereses. Estos
mismos “silban y miran al cielo”, como queriendo disimular “no saber de qué
me hablan” cuando estas trasgresiones les son favorables. La mayoría de las
veces nadie abre la boca, porque tienen plena conciencia de que lo que un día
los perjudica en otra ocasión los puede favorecer. Todos parecen estar de
acuerdo en que lo que más les conveniente es el “deje así”.

¡Push! ¡Push! ¡Push!

Un tiffoso empuja a un ciclista en el Finestre en el Giro 2015


El supuesto “juego limpio” que nos venden los estamentos de los distintos
deportes de competición en general y los medios de comunicación deportivos
es una falsedad, una pose hipócrita de cara a la galería. En el ciclismo, como
en el resto de deportes profesionales, impera el “todo vale para ganar”. Cuando
la UCI, organizadores de carreras como ASO y RCS, los ciclistas, los directores
deportivos, los jefes de prensa de los equipos, los periodistas “especializados”,
etc. nos hablan una y otra vez de fair-play, de los valores deportivos, de la
limpieza y la nobleza del ciclismo, blablabla... nos están mintiendo.

En el Tour de 1993 “se me cayeron las vendas” a este respecto. Fue en el


Tourmalet. Recuerdo al pobre Jelle Nijdam, tan excelente rodador como pésimo
escalador, subiendo completamente solo y con mucho tiempo perdido respecto
a cabeza de carrera, que se pasó toda la parte final del coloso pirenaico
gritando el conocido ¡Push! ¡Push! ¡Push! y echándose a propósito encima del
público para que los numerosos aficionados al borde de la carretera lo subieran
a base de empujones y coronar el Tourmalet casi sin pedalear en los últimos
kilómetros. Pero no fueron estos empujones anti-reglamentarios para ayudar a
los ciclistas retrasados (desde siempre muy habituales en los grandes puertos
de las Grandes Vueltas), que no tenían ninguna influencia real en la resolución
de la etapa, los que me llamaron la atención.

¡Empujarle a Rúe!
Por aquel entonces ya conocía de la existencia de la EPO y sus efectos; y su
uso por parte de los ciclistas profesionales. Pero no contaba con presenciar el
episodio de ver al mismísimo Eusebio Unzue con la cabeza fuera de la
ventanilla del coche, con el puño cerrado apuntando con su dedo gordo hacia
la atrás y gritando desesperado al público: -¡Empujarle a Rúe! ¡Empujarle a
Rúe! (sic)-. Se trataba del francés Gérard Rué, gregario de lujo de Induráin
para las etapas de montaña, que viajaba bastante retrasado respecto a su líder.
Líder que subía con muy mal semblante y solo contaba con la ayuda de Julián
Gorospe para tratar de frenar la ofensiva de Tony Rominger y Zenon Jaskula,
cuando aún faltaban más de 100 kilómetros y el largo Aubisque hasta la meta
de Pau. El mismo Induráin en persona logró reconducir la situación con
solvencia; con un descenso que debió ser alucinante porque recortó en pocos
kilómetros los 50 segundos de ventaja que Rominger le llevaba en la cima.
Pero necesitaba de gregarios para poder llevar controlada la etapa. Y uno de
ellos era Rué, que gracias a los numerosos empujones que recibió por parte de
los aficionados españoles debió realizar la subida más rápida del último
kilómetro del Tourmalet y logró llegar hasta el grupo de Induráin antes de que al
navarro se le volviera a “alborotar el gallinero”. Unzue suplicó al público que
realizaran una acción prohibida por el reglamento, estos accedieron a realizar
la trampa, los directores del Banesto lograron su propósito y pudieron respirar
más tranquilos el resto de la etapa.
“Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros”
Es tal el cachondeo que se traen los organizadores de carreras con sus propias
normativas de los cierres de control que no hacen sino recordarnos la célebre
cita de Groucho Marx. En el Tour 2011 el británico Mark Cavendish llegó, junto
a otros muchos ciclistas, dos días seguidos fuera de control en sendas etapas
alpinas. Y en las dos ocasiones fue readmitido por los organizadores,
proclamándose injustamente ganador del maillot verde en París. Injustamente
decimos, porque otros rivales suyos en esa clasificación de los puntos sí se
esforzaron en esas etapas de montaña para llegar a meta antes del tiempo de
cierre del control.

Los fuera de control se establecen como unos porcentajes de tiempo respecto


al que hacen los ganadores de etapa, en función de la velocidad media de esa
etapa. A mayor velocidad, aumenta el porcentaje de tiempo de fuera de control.
Según la normatividad de la UCI los tiempos de cierres de control son fijados
por el reglamento particular de cada carrera, en función de las características
de las etapas, con lo que se tienen en cuenta variables como kilometrajes y
exigencia del recorrido. Y se aplican baremos diferentes para etapas planas, de
media y alta montaña y contrarreloj. Los comisarios de carrera pueden
prolongar los tiempos de cierre del control después de consultar con los
organizadores. Por ejemplo en circunstancias excepcionales como condiciones
climatológicas adversas, caídas masivas u otros imprevistos. Pero en
condiciones normales la regla debería ser aplicada.
En teoría el que toma la decisión final de dejar fuera de carrera o readmitir a los
corredores es el jurado técnico. Pero en la realidad la reglamentación deja a
cada organizador la potestad de flexibilizar estas normas según sus intereses.
Cuando en alguna etapa hay un porcentaje elevado de corredores que quedan
fuera de control los organizadores pueden elevar el porcentaje de tiempo para
el fuera de control. De esta manera pueden “negociar” con el jurado técnico e
instarlos a repescar al número de corredores que crean conveniente. Como ven
no hay un reglamento conciso, estricto e igual para todos; sino una norma
flexible a conveniencia. Por lo que al final las repescas masivas se realizan la
mayoría de veces para salvar a corredores o equipos concretos; sean estos
mediáticos o líderes de alguna clasificación secundaria o afines a los
organizadores. ¿No les recuerda a la justicia ordinaria? Ya saben: “la ley es
para los de ruana”. Por tanto, si llegan grupos numerosos fuera de control y el
colegio arbitral y los organizadores están de acuerdo con readmitirlos a la
carrera, es una maniobra legal.
Si la norma del fuera de control se aplicara siempre con seriedad los
corredores se esforzarían en llegar dentro del tiempo. No es justo que unos
ciclistas aprieten para llegar dentro del control y que otros vayan de paseo con
la intención de estar más frescos en las siguientes etapas. A veces se ven
injusticias como la readmisión de un grupo grande, y si hay unos pocos
corredores que llegan solos por detrás no se les repesca. El caso es que en el
pelotón se acostumbraron a estos “indultos masivos” y demasiadas veces,
sobre todo en las etapas de montaña, utilizan “la estrategia de montar el
autobús”, con grupettas de numerosos ciclistas paseándose a ritmo de
cicloturista porque saben con certeza que los organizadores no se van a
atrever a dejar fuera de carrera a tantos corredores y los van a repescar. Lo
que conlleva a que se desvirtúen las carreras, adulterando los resultados
futuros, pues algunos de ellos pueden ganar o disputar etapas y clasificaciones
secundarias. O ayudar a sus líderes gracias al esfuerzo ahorrado ese día.

Existen honrosas excepciones, como en el etapón de los colosos Esischie y


Sampeyre del Giro del 2003, disputado bajo unas condiciones durísimas de
niebla, lluvia, nieve y frío. Aquel día unos 40 corredores llegaron fuera de
control (entre ellos Alessandro Petacchi con la maglia ciclamino) y no hubo
clemencia para nadie.
Jurados técnicos y organizadores
Como hemos visto, muchas veces suelen ir de la mano a la hora de saltarse la
reglamentación. Aplicando arbitrariamente sus propias normas de carrera,
eximiendo a unos y castigando a otros por cometer las mismas faltas. Estos
injustos tratos de favor suceden muchas veces por intereses publicitarios o
comerciales de los mismos organizadores; o algún otro interés oculto que no
alcanzamos a comprender o intuir.
Nairo Quintana gano el Giro 2014 saltándose la señal de la bandera roja
(indicativo de carrera neutralizada) de la moto que abría la carrera en el
descenso del Stelvio. ¿Por qué razón los organizadores recularon en plena
etapa de su decisión de neutralizar la bajada del Stelvio? ¿Por qué no pararon
la carrera al final del descenso? ¿Porque por delante iba escapado el italiano
Darío Cataldo? ¿O porque le podían sacar mayor rentabilidad publicitaria a
tener como líder al 2º clasificado en el Tour 2013 en vez de a Rigoberto Urán?

Greg Lemond ganó el Tour 1989 por utilizar en las cronos un manillar que
estaba prohibido por el reglamento de la UCI (aún no se podía utilizar un apoyo
distinto a las manos sobre los manubrios), que le fue permitido por los
comisarios de la carrera y que le supuso una ventaja aerodinámica decisiva
para vencer a un confiado Laurent Fignon. Según parece, ya por aquel
entonces el irascible parisino de gafitas y coleta no era del agrado de los
organizadores del Tour.
Un claro ejemplo de la connivencia entre organizadores y jueces a la hora
saltarse el reglamento pudimos verlo con claridad en la París-Roubaix 2015,
cuando la mitad del lote se saltó un paso a nivel pocos segundos antes del
paso del TVG. Con el reglamento en mano todos esos ciclistas debieron ser
descalificados y expulsados de inmediato de carrera. Pero como al
organizador, el todopoderoso ASO, no le convenía dejar fuera a prácticamente
todos los favoritos cuando aún faltaban tantos kilómetros hasta la meta, los
jueces “decidieron” neutralizar la carrera hasta que llegaran los corredores que
sí hicieron caso del reglamento. Y todo siguió como si nada hubiera ocurrido;
cuando en la Roubaix 2006 los ciclistas Peter van Petegem, Leif Hoste y
Vladimir Gusev fueron descalificados por realizar exactamente la misma falta
de saltarse un paso a nivel cerrado cuando perseguían encarnizadamente a la
cabeza de carrera, el suizo Fabian Cancellara.
Los peligrosos tras-coches
Muchas de estas reglamentaciones y prohibiciones, como las de saltarse las
barreras de los pasos a nivel, son para salvaguardar la integridad física de los
corredores. Es práctica habitual que tras sufrir pinchazos o averías mecánicas
o recoger bidones los ciclistas se coloquen tras los coches de los distintos
equipos y se aprovechen del rebufo de estos para realizar un esfuerzo
muchísimo menor para remontar posiciones y alcanzar al lote. Estos tras-
coches están en teoría prohibidos por el reglamento, por su peligrosidad. Pero
son “permitidos” por los comisarios; por lo menos hasta que algún ciclista de
renombre se parta la jeta por culpa de algún frenazo o cambio inesperado de
trayectoria y lo tengan que trasladar a urgencias. La verdad es que los ciclistas
profesionales son muy hábiles en el manejo de las bicis. Pero cuando alguno
se mate en estas prácticas ya será tarde.
Remolcamientos al coger las caramañolas
Otra práctica que se ha convertido en habitual y que causa vergüenza ajena es
la de observar demasiadas veces como los jueces permiten a los ciclistas
escapados recibir cualquier cantidad de caramañolas en cortos intervalos de
tiempo; con el consiguiente acelerón de varios segundos de los coches de los
directores a la hora de sujetarlas con las manos. Caramañolas que son
evidentemente una excusa para tomar un respiro. Porque realmente no las
necesitan, pues las botan de inmediato a la cuneta, nada más hacer el
teatrillo de beber un sorbo de líquido.

La esencia de este deporte es, o debería ser, la del ciclista haciendo avanzar
su bicicleta solo con su propio esfuerzo, sin más ayudas externas. Si como
dicen estos remolcamientos y acelerones al momento de tomar las
caramañolas apenas ayudan, entonces la pregunta pertinente es: ¿Porque se
hacen? ¿No será que realmente sí ayudan? Por supuesto. Sino no se
realizarían. Pero nada que hacer. Todos los corredores y directores de equipo
están de acuerdo en beneficiarse de estas pequeñas trampas en las carreras.

Ayudando a ciclistas locales y jodiendo a rivales inoportunos


Uno de los casos más sangrantes de la historia reciente lo sufrió Laurent
Fignon, yendo de líder en la decisiva crono final del Giro 1984; cuando el
helicóptero de la RAI se le puso repetidas veces delante, haciéndole llegar
molestas ráfagas de viento de cara que lo retrasaron lo suficiente como para
que Francesco Moser (al que el mismo helicóptero ayudó sin ningún pudor
colocándose detrás del contrarrelojista italiano) lograra enjuagar la diferencia
de tiempo que el francés llevaba en la clasificación general. Un vergonzoso
“robo a la italiana” ideado por los organizadores para que el ídolo local ya cerca
del retiro lograra sumar a su palmarés su único Giro de Italia.
La burda trampa de los helicópteros es tan descarada que ya no se ve. Pero
las puntuales ayudas de motos y coches sí son algo más habitual de observar,
sobre todo en algunos momentos trascendentes de las clásicas flamencas. De
estas sucias prácticas podría hablar con propiedad Juan Antonio Flecha,
porque en 2005 le robaron la Gante-Wevelgem que tenía prácticamente
ganada. Todo por culpa de los vehículos de prensa que acompañaban a
Flecha, de cuya estela se aprovechó con todo descaro el belga Nico Mattan
para llegar hasta la rueda del español a pocos metros de la línea de meta y
vencerlo fácil al embalaje. Si la cabeza de carrera hubiera sido un
corredorflandrien de seguro no se hubiera colocado ninguna moto ni coche al
alcance de sus perseguidores. Por supuesto hubo bastante polémica al finalizar
la prueba. Giancarlo Ferreti, director del Fassa Bortolo puso el grito en el cielo
e interpuso un recurso ante el jurado técnico. Pero como era de esperar los
comisarios de la UCI se limpiaron las manos, declarando como inocente a
Mattan y culpando a los vehículos de la caravana y la organización de la
carrera. Ya se sabe que “tras la tormenta siempre llega la calma” y la estafa
quedó muy pronto en el olvido.
Nunca falta la picaresca
Sin llegar a la altura del llamado deporte rey, donde los jugadores, tras
estrecharse la mano al comienzo de los partidos, pronto se olvidan de toda la
farsa del fair-play y tratan en todo momento de engañar a los árbitros con
simulaciones de penaltis, faltas y agresiones de sus rivales... en el ciclismo, por
supuesto, también existe la picaresca. Es muy chistosa la anécdota de lo que le
ocurrió a Manolo Saiz una vez que debían pasar las bicicletas de su equipo
ante los comisarios, para pesarlas y comprobar que no sobrepasaran los 6.8
Kg reglamentarios; cuando uno de los jueces notó algo extraño y comenzó a
preguntarse: -¿Por qué está fría esta bicicleta? ¿Y porque está escurriendo
agua?-.Al alzarlas para ver qué es lo que ocurría con aquellas bicis vieron en la
parte de debajo de los cuadros un pequeño hueco por donde se escurría el
hielo derretido que se escondía dentro de los tubos.
Ante este panorama pleno de pequeñas y grandes trampas y atajos diversos el
problema del dopaje o los posibles motores en las bicis no pasan de ser una
más de entre todas las estratagemas que se utilizan en el ciclismo para tratar
de ganar a como dé lugar. Lo peor es que causa tristeza tener la certeza de
que si ciclistas y directores hicieran caso del reglamento, y organizadores y
comisarios hicieran cumplir la normatividad a rajatabla, las carreras serían
muchísimo más espectaculares, divertidas e imprevisibles de cara al
espectador. Que al final es lo que más nos interesa a nosotros los aficionados:
disfrutar en nuestro tiempo de ocio, viendo nuestro vicio, las carreras ciclistas.

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