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El rol del psicólogo, desde la psicología comunitaria, implica un compromiso con poblaciones

muchas veces excluidas, discriminadas y sus posibilidades históricas. El trabajo con grupos y
comunidades se desarrolla en escenarios conflictivos, con interés sociales contrapuestos que
muchas veces limitan las posibilidades de acción. Se trata de una labor destinada a lidiar con
“grupos con historia” y a colaborar con proyectos de transformación social.
En el caso de las comunidades con adultos mayores el psicólogo desempeña su tarea teniendo en
cuenta las especificidades que caracterizan a este momento particular del ciclo vital: se trata de
sujetos que están lidiando, por un lado, con prejuicios y creencias negativas acerca de esta etapa
del ciclo vital, a la vez que están elaborando ciertas perdidas y tratándose de adaptarse a los
cambios propios de la vejez. Existe en la sociedad lo que se denominó como “viejismo implícito”
que marca el particular modo de segregación que se extiende sobre tal población. Esas mismas
creencias negativas aparecen en los adultos mayores e influyen en ellos de manera negativa. Se
trata entonces de un grupo vulnerable que ha padecido no solo asilamiento social, sino que a
veces que cuentan con limitaciones económicas o que incluso enfrentan ciertas patologías.
Esto muestra que la especificad del rol del psicólogo en la vejez está relacionado fuerte
componente social. En una sociedad donde se adjudica gran importancia al valor de la persona en
relación al trabajo o a los logros productivos y donde la inactividad es motivo de exclusión social,
no se constituye un ambiente favorable para un envejecimiento placentero.
Por esta razón lo que se busca desde lo comunitario es que la persona mayor pueda desarrollar
sus papel como verdadero protagonista dentro del entramado comunitario. Los talleres con
grupos o asociaciones de adultos mayores apuntan al desarrollo de actividades que les permitan
aprovechar el tiempo libre, mejorar la independencia en las actividades de la vida diaria y lograr
una mayor movilidad. Además de ofrecer un espacio donde se puedan verbalizar aquellos temores
o angustias asociadas a la vejez, se busca también promover los aspectos positivos de esta etapa a
los fines de que el adulto mayor pueda ser consciente de que si son posibles mejores niveles de
autonomía y calidad de vida.
Más allá de las diferentes técnicas de intervención que se utilicen, a lo que se apunta es a la
restitución del rol del anciano como una persona capaz de: seguir proyectando, creando metas y
desarrollando recursos de afrontamiento que permitan compensar sus limitaciones. Este enfoque
no solo sirve a crear redes de contención que beneficien al adulto mayor sino que muestra a la
sociedad en general que la asimetría del tiempo característica de esta etapa (mayor tiempo vivido
y menos por vivir) no es un impedimento a la hora de generar mejores condiciones de bienestar
emocional y social. Esto hace a la característica diferencial del abordaje comunitario: mostrar que
el sujeto en cualquier etapa de su vida puede ser activo en sus condiciones de existencia y que
inclusive es un derecho inalienable el poder contar con espacios que así lo permitan, o que al
menos ayuden a menguar las consecuencias de la desigualdad social. Se trata en suma de
potenciar en los adultos mayores la capacidad de participar y la oportunidad de hacerlo, mediante
el favorecimiento de su pertenencia, autonomía y proactividad.
Para poder lograr estos objetivos el psicólogo se sitúa en posición particular que hace referencia a
una cuestión ética crucial que implica por parte del psicólogo el abandono del lugar de experto
para someter su saber al escrutinio o contraste con los saberes de los miembros de la comunidad.
Como plantea Martin baro no se trata de una acción en función de predecir y controlar la
conducta, sino más bien de contribuir a crear mayores espacios de autonomía a personas y grupos
que los haga más dueños de su propio destino.
*Para terminar de abordar el concepto de madurez se plantea la cuestión acerca de si es una
etapa que constituye una crisis o una transición. A partir de este planteo se han desarrollado dos
modelos cuyas perspectivas son opuestas en función de los métodos de investigación utilizados
como en las poblaciones tomadas. Desde el modelo de la crisis se plantea al desarrollo como el
paso a través de una serie de estadios caracterizados por un tipo particular de crisis que el
individuo debe resolver. Elliot jaques encontró que en muchos casos el periodo de crisis se
precipita por el reconocimiento del individuo de su propia mortalidad. Por otro lado, Levinson
enfatizo el periodo de inestabilidad que tiene lugar cuando se entra en la madurez, en tanto el
individuo debe hacer frente a diversas polaridades que son fuente conflicto: joven-viejo,
destrucción-creación, masculino-femenino, apego-separación.
Desde el modelo de transición, en contraposición al anterior, se plantea que el progreso del curso
de la vida se da como algo ordenado y predecible y que la crisis no es un acontecimiento
normativo del desarrollo. Se han cuestionado algunos principios del modelo de crisis, sobre todo
lo que refiere a la cualidad de universalidad, al intervalo limitado de edad y a la idea de cambios en
la autopercepción como consecuencia de esta etapa.