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LA SAYONA DE CHIRIPITAL

El Pueblo del Chiripital estaba alborotado por la aparición de la Sayona, un espanto que tenia a
los habitantes del lugar muy asustados en las noches, porque a la luz del día, todos se volvían
muy valientes, y conversaban libremente sobre el espanto , pero al llegar la oscuridad en cada
casa prendían un sinfín de velas para pedir que desaparecieran del pueblo este terrible espíritu.

En la casa de los Vijaguas, , se mantenían las velas encendidas las 24 horas, porque fue a uno
de ellos, Riscoty Vijaguas a quien la sayona se le apareció de repente a eso de las diez de la noche,
cuando acababa de dejar a sus amigos cantores con quienes andaba llevando una serenata a su
novia.

Fue en el camino de regreso a su casa que la vio pasar dando gritos espeluznantes. Por
supuesto, se aterrorizó, pero antes de decir “paticas para que te tengo”, y echar a correr
gritando como un loco, pudo ver muy bien que la sayona se dirigía al cementerio.

Los gritos de Riscoty despertaron a todo el Pueblo y como nadie sabía qué pasaba, creyeron que
había muerto alguien de la familia todos corrieron a donde la familia Vijaguas. Ante todo una
multitud Riscoty contó lo sucedido y todo el mundo aceptó el relato como verídico, porque este
era uno de los hombres más respetable y menos cobarde del pueblo.

Al día siguiente las velas se agotaron en las pulperías del pueblo por lo cual, muchos se fueron a
los pueblos cercanos a buscarlas. Las velas comenzaban a encenderse desde muy temprano en la
mañana.

Una noche como a las nueve cuando el pueblo se encontraba en un silencio total ante el terror
que les embargaba, Emeterio Palaisco dueño de la tienda más grande del Pueblo llamada la
Niguita, se dispuso a salir hasta la casa de los Vijaguas a llevarles un encargo de velas que su hijo
había traído del Pueblo más cercano. Emeterio no era hombre de creer en espantos ni nada
del más allá, por eso no le importó salir a esa hora.

Cuando iba llegando a la plaza, ya muy cerca de los Vijaguas quedó paralizado al ver una mujer
muy alta que usaba una bata blanca larga y que gritando corría hacia el cementerio. No pudo
ver más nada porque se desmayó y no supo más de él hasta que sintió un perfume muy
penetrante y se vio delante de doña Petra Vijagua que no dejaba de preguntarle que le había
pasado, pero él aún muy confundido, no dejaba de preguntar cómo había llegado hasta la plaza,
pues no se acordaba de nada .

Doña Petra le contó que dado que no llegaba con el encargo como le había prometido , y no
quedando en la casa casi velas, salió acompañada de dos de sus peones a buscarlas ella misma
y lo encontraron desmayado en la plaza .
Emeterio en ese instante recordó la visión y contó lo que había visto. Escuchando la historia
Doña Petra cayó desmayada y los presentes tuvieron que recurrir a darle a oler sales
aromáticas.

Al otro día todo el pueblo sabía lo que le había ocurrido y dándose cuenta que las velas no estaban
haciendo efecto, fabricaron cruces de palma bendita y amuletos y sacaron a todos los santos
para protegerse del espanto de la Sayona.

Fue un mes de zozobras y angustias, porque ya no solo la habían visto Riscoty y Emeterio,
sino también, muchos de los hombres de gran reputación en el Pueblo. Un día reunidos todos los
espantados en la tienda la Niguita se contaban unos a otros los relatos de las pariciones de la
Sayona que habían escuchado en su infancia y adolescencia, pero ninguno concordaba con la
manera de cómo la Sayona se aparecía en el Pueblo. Esto los puso a pensar y sembró la
sospecha de que algo raro pasaba, o la Sayona se había vuelto un espanto medio raro, o alguien
les estaba jugando una muy mala broma con algún interés particular. Fue así como se dieron
ánimo, se pusieron de acuerdo y en total secreto se dispusieron a cazar al espanto.

Esa noche se reunieron todos en un punto secreto camino al cementerio armados con machetes,
linternas, santos, cruces y agua bendita. En total silencio se escondieron a esperar a la Sayona.

No tuvieron que esperar, pues a las diez en punto la vieron venir. El miedo cundió entre los
cazadores, Emeterio viendo esto, se dispuso a darles ánimo, diciéndoles que todos estaban
protegidos por las cruses, el agua bendita y todos los santos que tenían con ellos.

El valor volvió y empezaron la persecución. ¡Oh! sorpresa para los cazadores del espanto
cuando vieron que un hombre salía al encuentro de la Sayona abrazándola y besándola con
mucha pasión. Emeterio con una voz aterrorizada dijo:

-Hay DIOS SANTO lo que nos faltaba, que la Sayona y el Silbón se vengan a hacer el amor en
nuestro Pueblo.

Guacho Gil uno de los perseguidores al oír a Emeterio lo tildó de bruto, diciéndole que si no se
daba cuenta que esos dos eran unos grandísimos muérganos muy vivitos, que venían hacer el
amor en el cementerio, y con todo el vecindario encerrado, nadie los podían ver ni enterarse de
nada .

Así fue como todos rabiosos se lanzaron contra la Sayona y su acompañante, para quedar
asombrados al ver que el espanto era nada más y nada menos que la hija de doña Aurelia
Guisante , y el silbón era el señor Riscati Vijagua. El Pueblo se sintió indignado por el horrible
engaño.

Emeterio no salía de su asombro y suspirando comentó:

- aquí solo ganaron, los vendedores de velas y la Sayona y su Silbón que se amaron bastante sin
ninguna interrupción.
Carmen Viloria

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