Está en la página 1de 18

EDGAR ALLAN POE

LETRAS UNIVERSALES
Relatos
Edición de Félix Martín

Traducción de Doris Rolfe y Julio Góm ez de la Serna

DUODÉCIMA EDICIÓN

CÁTEDRA
LETRAS UNIVERSALES
Título original de la obra:
Manuscript Found in a Bottle; Berenice; Ligeia; The Fall ofthe House of
Usher; The M urders in the Rue Morgue; A Descent into the Maelstrom;
The Pit and the Pendulum; The Tell-Tale Heart; The Gold Bug; The Black
Cat; The Purloined Letter; Thi Facts in the Case ofMr. Valdemar; The
Cask ofAmontillado. INTRODUCCIÓN
,;::'t~;~:r¡~~~,
o9 7 7 3 1 /~.\;: ~~;_;~~4~:~~\,
/, . ... ';' ,~~=~~·~:. \ .z \ ,
. ., . .-· r~ ~~ ~ , ;.; :! :-.: ·, \ ~~ \,
l.ª ed1c10n, 1988 ¡ :~. :·.<¡,~.;;i'.::.:-..TJ::. ·1.:;1·
a d' ., . . ', :-~·t·-~~~f :l'"/lj=
12 . .e lCJOil, 2012 ."~· ,\ ·-· '?;i:}~{.:. .
1,;;/,1
J.
:.._ '

\>;>·:~-:~:tr;~~~~·
,· , - . . i .. / ,
:·:::'.
. ~<-.;_~.~~ ,,_~ · \

Diseño de cubierta: Diego Lara


Ilustración de cubierta: Dionisia Simón

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido


por la Ley, que establece penas de prisión y/o multas, además de las
correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para
quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren
públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística
o científica, o su transformación, interpretación o ejecución
artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada
a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.

© D e la traducción: EGA, S.A.


© Ediciones Cátedra (Grupo Anaya, S. A.), 1988, 2012
Juan Ignacio Luca de Tena, 15. 28027 Madrid
Depósito legal: M. 39.467-2009 /
I.S.B.N.: 978-84-376-0748-1
Printed in Spain
- , t :fl
,~, • 1 ·- ./- 1.
/.'. 0 J_ _ -
~--"'::-...----~- .~~-
.z .o :J r--...
( /i;·.i:tñ, 1.[r "~"".. :. !f...':~l~ Dt~·
;'.>li. ~~
~:: ;{?:' ~.
~".fe"-f lf-~Y.;i
~ ~ t~~: ii! ~.:"~; t·~ }, t.~i~ .. K. '-- ~·- •
MANUSCRITO HALLADO EN UNA BOTELLA

Qii n'a plus qu'un moment avivre


N'a plus rien a dissimuler.
QyINAULT, Arys

E mi país y mi familia poco tengo que contar. El trato

D injusto y el paso de los años me alejaron del uno y


me distanciaron de la otra. Una considerable heren-
cia me permitió recibir una preparación poco común, y la
inclinación contemplativa de mi ánimo me facilitó la orde-
nación metódica de los conocimientos que mis tempranos
estudios habían ido acumulando asiduamente. Más que cual-
quier otra cosa, el estudio de los moralistas alemanes me
ofrecía un gran placer, no porque equivocadamente admira-
se yo su elocuente locura, sino por la facilidad con que mis
hábitos de pensamiento estricto me permitían descubrir sus
falsedades. Se me ha reprochado con frecuencia la aridez de
mi espíritu; la falta de imaginación se me ha imputado como
un crimen; y el pirronismo 1 de mis opiniones me ha dado
fama en todo momento. En realidad temo que mi fuerte pre-
dilección por la filosofla física haya impregnado mi mente
de un error muy frecuente en nuestra época, me refiero a la
costumbre de atribuir todo suceso, incluso el menos suscep·
tible de tal atribución, a los principios de aquella ciencia. En
general, nadie podría encontrarse menos expuesto que yo al
peligro de salirse de los severos limites de la verdad, seducido
por los ign.esfatu de la superstición. Me ha parecido apropiado
establecer esta premisa, para que el increíble relato que he de

1 «Escepticismo radical», término acuñado a partir del pensamiento filo-

sófico de Pirrón de Elide (alrededor de 360-270 a.C.).

[109]
n arrar no sea considerado el desvarío de una tosca imagi- sin embargo, al ech ar Ja sonda, descubrí que el barco se halla-
n ación en vez de la experiencia positiva de una inteligen- ba en quince brazas. El aire se había vuelto intolerablemen te
cia para la cual los ensueños de la Fantasía han sido letra cálido y se llenaba de exhalaciones en espiral semejantes a las
muerta y nula. que despide el hierro candente. Mientras caía la noche, hasta
Después de pasar largos años viajando por el extranj ero, el último soplo de viento se extinguía, y hubiera sido imposi-
en el año 18 me embarqu é en el puerto de Batavia, ciudad de ble concebir calma m ás absoluta. La llama de una vela colo-
la rica y p opulosa isla de Java, para hacer un viaje al archipié- cada en la popa brillaba sin oscilación visible, y un pelo lar-
lago de las islas de la Sonda. Iba com o pasajero, sin otro m o- go, sostenido entre el índice y el pulgar, colgaba sin que fuera
tivo que una especie d e inquietud nerviosa qu e me perseguía posible descubrir la menor vibración. No o bstante, como el
com o si fuera un espíritu maligno. capitán dijo que veía indicación de peligro y como evidente-
Nuestro barco era un h ermoso navío de unas cuatrocien- mente estábamos derivando hacia la costa, mandó aferrar las
tas toneladas, tenía remach es d e cobre y había sido construi- velas y ech ar el ancla. No se montó la guardia, y la tripula-
do en Bombay, de madera de teca de M alabar. Transportáb a- ción, formada principalmente por malayos, se tendió a des-
mos una carga de algodón y aceite de las islas Laquedivas 2• cansar sobre la cubierta. Bajé a la cámara, n o sin sentir un cla-
También lleváb amos a b ord o bonote3, azúcar de palmera, ro presentimiento del mal. En realidad , todas las apariencias
m anteca clarificada de leche de búfalo, cocos y unos cajones justificaban mis aprensiones de un huracán. Comuniqué mis
de opio. El arrumaje h abía sido torpem ente h ech o y, por lo tem ores al capitán, pero él no hizo caso de mis palabras y se
tanto, el barco aguantaba poca vela. alejó sin dignarse darme una respuesta. Mi inquietud, sin em-
Partimos con poco viento, y durante muchos días navega- bargo, no m e permitía dormir, y alreded or de medianoch e
mos por la costa oriental de Java, sin otro incidente para subí a cubierta. Mientras apoyaba el pie en el último peldaño
paliar la monotonía d e nuestro d errotero que el encuentro de la escalera de toldilla, me sobresaltó un fuerte rumor como
ocasional con algunos de los pequeños grabs4 d el archipiéla- el zumbido que produce una rueda de molino girando rápi-
go a donde n os dirigíamos. dam ente, y antes de que pudiera captar el significado del rui-
Una tarde, mientras me encontraba apoyado en el corona- do descubrí que la embarcación temblaba hasta su centro. Al
miento, observé una muy extraña nube hacia el noroeste. Era instante, un mar de espuma escoró el barco y, atravesándolo
notable tanto por su color como por ser la primera que ha- de proa a popa, barrió por entero las cubiertas.
bíamos visto desde nuestra partida de Batavia. Estuve mirán- La extrem ada furia de la ráfaga resultó ser, en gran medida,
dola con gran atención hasta la puesta del sol, cuando de la salvación del barco. Aunque se en contraba totalmente su-
pronto se extendió hacia el este y el oeste, ciñendo el h ori- mergido, no obstante, como sus mástiles se fueron por la borda,
zonte con una estrecha franja de vapor que parecía una línea después de un minuto surgió lentam ente del mar, y vacilando
de costa baja. Enseguida me llamó la atención el color rojizo bajo la inmen sa p resión de la tempestad, por fin se enderezó.
oscuro de la luna y la extraña apariencia del mar. Este pasaba Me es imposible decir por qué milagro escapé de la des-
por un cambio rápido y el agua parecía más transparente que trucción. Aturdido por el choque del agua, me en contré,
de costumbre. Aunque podía distinguir el fondo claramente, d espu és de volver en mí, apresado entre el codaste y el timón.
Con gran dificultad me puse en pie, y mirando a mi alred e-
2
dor, mareado, lo primero que me impresionó fue la idea de
Islas de coral situadas en el Mar de Omán, al oeste de la costa Malabar.
3 Filamentos obten idos de la corteza de coco.
que nos en contrábamos entre los rompientes, porque la vo-
4 Pequeña embarcación de dos o tres mástiles, utilizada en las Indias rágine formada por las montañas de espuma y agua en que
Orientales. estábamos sumidos sobrepasaba en terror la creada por la

(IIo) [I I I ]
más alocada imaginación. Después de un rato oí la voz de un se alzó con un brillo amarillo enfermizo, y subió muy pocos
viejo sueco, que había embarcado con nosotros en el mo- grados por encima del horizonte, sin emitir una luz decisiva.
mento en que el barco partía del puerto. Le llamé con todas No se veían nubes, aunque el viento arreciaba y soplaba con
mis fuerzas, y al poco rato vino tambaleándose a popa. Pron- una furia inconstante e irregular. Hacia mediodía, según la
to descubrimos que éramos los únicos supervivientes del ac- aproximación con que podíamos adivinar la hora, otra vez
cidente. Todos los que se encontraban en cubierta, a excep- nos llamó la atención la apariencia del sol. No daba luz que
ción de nosotros, habían sido barridos y lanzados por la mereciera propiamente tal nombre, sino un resplandor apa-
borda; el capitán y los oficiales debían de haber perecido gado y tétrico sin reflejos, como si estuvieran polarizados to-
mientras dormían, porque los camarotes estaban inundados. dos sus rayos. Poco antes de sumergirse en el henchido mar
Sin ayuda, no podíamos esperar hacer mucho para salva~ el se apagaron sus fuegos centrales, como si los extinguiera de
barco, y al principio nuestros esfuerzos estaban paralizados repente algún inexplicable poder. Sólo era un pálido contor-
por el miedo a zozobrar en cualquier momento. El cable del no plateado mientras se precipitaba al insondable mar.
ancla, por supuesto, se había roto como un bramante al pri- En vano esperamos la llegada del sexto día... Ese día aún
mer soplo del huracán, de lo contrario nos hubiéramos hun- no ha llegado para mí, y para el sueco no llegó jamás. Desde
dido en un momento. Corríamos con terrible velocidad de- entonces estuvimos envueltos en una negra oscuridad, hasta
lante del viento y el oleaje rompía sobre la cubierta. El tal punto que no hubiéramos podido ver un objeto a veinte
armazón de popa estaba muy destrozado y en muchos aspec- pasos del barco. La noche eterna continuó rodeándonos, sin
tos el barco había sido dañado, pero con gran alegría descu- el alivio de aquella luminosidad fosfórica del mar que solía-
brimos que las bombas no estaban atascadas y que no se ha- mos ver en la zona tropical. También observamos que, si
bía desplazado el lastre. Ya había pasado la furia del huracán, bien la tempestad seguía bramando con violencia no dismi-
y pocos peligros temíamos de la violencia del viento, pero nuida, ya no se veía la apariencia de oleaje, o de espuma, que
nos inquietaba que cesara por completo, pues creíamos que antes nos había circundado. Alrededor de nosotros todo era
dada la desastrosa condición del barco pereceríamos en el horror y tenebrosidad profunda y un negro y moribundo de-
tremendo oleaje que seguiría de inmediato. Sin embargo, sierto de ébano. Un terror supersticioso se insinuaba gradual-
esta legítima aprensión no parecía que de ninguna manera mente en el ánimo del viejo sueco, y mi propia alma estaba
fuera a verse prontamente verificada. Durante cinco días y envuelta en un asombro silencioso. Descuidamos toda aten-
cinco noches, en el transcurso de los cuales nuestro único ali- ción al barco, por considerarla completamente inútil, y des-
mento fue una pequeña cantidad de azúcar de palmera con- pués de atarnos tan bien como pudimos al tocón del palo de
seguida con gran dificultad en el castillo de proa, el maltrata- mesana, mirábamos amargamente hacia aquel mundo del
do barco voló a una velocidad que desafiaba toda medida, océano. No teníamos medios de calcular el paso del tiempo,
impulsado por sucesivas ráfagas de viento, que aun sin igua- ni podíamos adivinar nuestra posición. Sin embargo, éramos
lar la primera violencia del huracán eran más aterradoras que conscientes de haber llegado más hacia el sur de lo que fue-
cualquier tempestad que hubiera visto antes. Nuestro rum- ra cualquier otro navegante antes, y experimentamos gran
bo, con pequeñas variaciones, durante los primeros cuatro asombro al no encontrar los acostumbrados obstáculos de
días fue sureste; debíamos de haber pasado delante de la cos- hielo. Mientras tanto, cada momento amenazaba con ser el
ta de Nueva Holanda5 . Al quinto día el frío se hizo extremo, último para nosotros, cada oleada montañosa se apresuraba
aunque el viento había girado un punto hacia el norte. El sol a hundirnos. El oleaje sobrepasaba todo lo que yo había an-
tes imaginado como posible, y es un milagro que no fuéramos
5 Se refiere a Australia, denominada Nueva Holanda antiguamente. . sumergidos al instante. Mi compañero habló de la ligereza de

[rr2.] (I I 3]
nuestro cargamento y me recordó las excelentes cualidades día verse la proa mientras se elevaba lentamente desde el tene-
de nuestro barco, pero yo no podía evitar un sentimiento de broso y horrible golfo que quedaba detrás. Por un momento
completa desesperanza de la esperanza misma, y melancó- de intenso terror quedó parado el barco sobre la vertiginosa
licamente me preparé para esa muerte que en mi opinión cima, como si estuviera contemplando su propia grandeza; y
nada podía retrasar más de una hora, ya que cada nudo que entonces tembló y vaciló y... se precipitó hacia abajo.
avanzaba el barco el oleaje de las prodigiosas aguas negras se En aquel instante no sé qué repentina serenidad se apode-
hacía más funestamente pasmoso. A veces nos quedábamos ró de mi espíritu. Tambaleando me situé tan a la popa como
casi sin aliento a una altura más elevada que la del albatros, pude y esperé sin miedo la destrucción que nos sobrevenía.
a veces nos mareábamos con la velocidad del descenso hacia Nuestro propio navío por fin dejaba de luchar e iba zozo-
algún infierno acuoso, donde el aire quedaba estancado y brando con la proa sumergida en el mar. Por lo tanto, la
ningún sonido molestaba el sueño de los kraken6 . masa descendente chocó con el barco en esa parte de su ar-
Nos encontrábamos en el fondo de uno de estos abismos, mazón que ya estaba hundida y el resultado inevitable fue
cuando un repentino grito de mi compañero se alzó horrible- arrojarme, con irresistible violencia, sobre las jarcias del bu-
mente en la noche. «iMira! iMira! -gritó, chillando en mi que desconocido.
oído-. iDios todopoderoso! iMira, mira, mira!» Mientras En el momento de mi caída, el barco vaciló y viró, y atri-
hablaba, me di cuenta de que un lúgubre y apagado resplan- buí a la confusión reinante el que yo pasara inadvertido a los
dor de luz roja fluía por las laderas del enorme abismo en ojos de la tripulación. Con no mucha dificultad me abrí ca-
donde nos hallábamos, y arrojaba un brillo vacilante sobre mino hacia la escotilla principal que estaba medio abierta y
nuestra cubierta. Levantando los ojos contemplé un espec- pronto encontré la oportunidad de esconderme en la cala.
táculo que heló la corriente de mi sangre. A una terrorífica Apenas podría decir por qué lo hice. Un vago sentimiento de
altura, justo encima de nosotros, y sobre el mismo borde del admiración temerosa que se había apoderado de mi mente,
empinado descenso, flotaba un gigantesco buque de quizá cuando miré por primera vez a los tripulantes, fue quizá el
cuatro mil toneladas. Aunque levantado sobre la cumbre de motivo de que me ocultara. No estaba dispuesto a confiarme
una ola de más de cien veces su propia altura, su tamaño apa- a una raza de gentes que, después de la superficial ojeada que
rente aún excedía el de cualquier buque de guerra o de la había podido echarles, producían en mí tanta extrañeza,
Compañía de Indias Orientales. Su enorme casco era de un duda y aprensión. Por eso pensé que era apropiado buscar un
profundo negro deslustrado, sin ninguno de los acostumbra- escondrijo en la cala. Lo conseguí quitando unas pocas ta-
dos adornos de un navío. De las portañolas abiertas se pro- blas movibles de tal manera que me dejara sitio entre las
yectaba una sola fila de cañones de bronce, de cuyas superfi- enormes cuadernas del buque.
cies se desprendían los fuegos reflejados de innumerables Apenas había terminado mi trabajo cuando unas pisadas
linternas de combate que se balanceaban entre las jarcias. en la cala me obligaron a hacer uso del escondrijo. Un hom-
Pero lo que más nos inspiraba horror y asombro era que el bre pasó frente a mi refugio con paso débil e inseguro. No
buque tomaba rumbo a sotavento con todas las velas desple- pude verle la cara, pero tuve la oportunidad de observar su
gadas en medio de aquel mar sobrenatural y aquel huracán aspecto general. Mostraba los signos de una muy avanzada
ingobernable. Cuando lo descubrimos al principio sólo po- edad y de una gran debilidad. Temblaban sus rodillas bajo el
peso de los años y todo su cuerpo vacilaba al caminar. En
6 Monstruos marinos, mencionados en la Historia Natural de Noruega, del voz baja y entrecortada murmuraba para sí mismo unas pala-
teólogo danés Erik Pontoppidan (1698-1764), y descritos a veces como pul- bras en una lengua que no pude entender, y él buscaba algo
pos gigantescos. desordenadamente en un rincón entre un sinnúmero de

[114) [1l5]
instrumentos extraños y deterioradas cartas de navegación. gada y los impensados toques de la brocha se despliegan, for-
Había en su actitud una alocada mezcla del malhumor de la ma!J.dO la palabra Descubrimiento.
segunda infancia y de la solemne dignidad de un dios. Por Ultimamente he hecho muchas observaciones sobre la es-
fin subió a cubierta y no volví a verlo más. tructura del navío. Aunque está bien armado, creo que no es
Un sentimiento, para el cual no encuentro nombre, se ha un buque de guerra. Sus jarcias, construcción y equipo gene-
apoderado de mi alma, una sensación que no admite análi- ral, todo ello, niega una suposición semejante. Fácilmente
sis, ante la que las lecciones de tiempos pasados no sirven y puedo percibir lo que el barco no es... Me temo que sea impo-
cuya clave temo que tampoco ofrezca el futuro. Para una sible decir lo que es. No sé cómo ocurre, pero, cuando exami-
mente constituida como la mía, esta última consideración re- no su extraño modelo y el raro aspecto de sus mástiles, su
sulta ser un terrible mal. Jamás, sé que jamás conoceré la na- enorme tamaño y su extraordinario velamen, su proa severa-
turaleza de mis conceptos. Sin embargo, no es extraño que mente sencilla y su anticuada popa, a veces cruza por mi
estos conceptos sean indefinidos, puesto que tienen su ori- mente una sensación de cosas familiares y siempre con tales
gen en fuentes tan absolutamente novedosas. Un nuevo sen- sombras de memoria se mezcla un inexplicable recuerdo de
tido, una entidad nueva se ha añadido a mi alma. viejas crónicas extranjeras y de edades antiguas.
He estado mirando las cuadernas del buque. Está construi-
Hace ya mucho que pisé por primera vez la cubierta de do con un material que desconozco. Hay un aspecto pecu-
este terrible navío, y creo que los rayos de mi destino se es- liar de la madera que me parece que la hace inservible para el
tán concentrando en un foco. ·¡ Hombres incomprensibles! propósito al cual se ha aplicado. Me refiero a su extrema po-
Envueltos en meditaciones de una especie que no puedo rosidad, que no se relaciona con la condición carcomida, que
adivinar, pasan frente a mí sin darse cuenta de mi presencia. es debida a la navegación por estos mares, ni con la podre-
Ocultarme es un absoluto desvarío, porque esta gente no dumbre resultante de su edad. Q!lizá parezca una observa-
quiere ver. Hace sólo un momento pasé directamente delante ción demasiado extraña, pero esta madera tendría todas las
de los ojos del contramaestre, y no hace mucho que me atre- características del roble español, si el roble español fuera di-
ví a entrar en el camarote privado del capitán y tomé de allí latado por medios anormales.
los materiales con que escribo y con que he escrito antes. De Al leer la frase anterior viene a mi memoria un curioso
vez en cuando seguiré escribiendo este diario. Es verdad que apotegma de un viejo navegante holandés de rostro curtido
tal vez no encuentre oportunidad de comunicarlo al mun- por la intemperie: «Tan seguro es -acostumbraba a decir
do, pero no dejaré de intentarlo. En el último momento en- cuando alguien ponía en duda su veracidad-, tan seguro
cerraré el manuscrito en una botella y la arrojaré al mar. como que hay un mar donde el mismo barco crecerá como
el cuerpo vivo de un marinero.»
Un incidente que ocurrió me ha dado nuevos motivos de Hace alrededor de una hora me atreví a meterme entre un
meditación. ¿son estas cosas evidencia de la operación de un grupo de tripulantes. No me hicieron el menor caso y, aun-
azar.ingobernable? Me había atrevido a subir a la cubierta y que estuve en medio de ellos, parecían totalmente ajenos a
me había tumbado, sin llamar la atención, entre un montón mi presencia. Igual que el primero que había visto en la cala,
de flechastes y viejas velas, en el fondo de un bote. Mientras todos mostraban las señales de una muy avanzada edad. Sus
meditaba sobre lo singular de mi destino, inconscientemente rodillas temblaban de debilidad, sus hombros se doblaban
pintarrajeaba yo con una brocha embadurnada de brea los de decrepitud, su piel marchita se estremecía en el viento, sus
bordes de una arrastradera cuidadosamente doblada y colo- voces eran bajas, trémulas y entrecortadas; sus ojos brillaban
cada sobre un barril que había cerca. Esta vela ya está enver- con los humores de los años, y su pelo cano ondeaba terri-

(r r 6] [ r r 7]
blemente en la tempestad. A su alrededor, por todas partes miento inefable. Su frente, aunque apenas arrugada, parece
delacubierta,seveíanesparcidosinstrumentosmatemáticosde llevar el sello de una miríada de años. Sus cabellos canos son
la más peculiar y anticuada construcción. crónicas del pasado, y sus ojos, aún más grises, son sibilas del
futuro. El suelo del camarote estaba cubierto de extraños in-
Mencioné hace algún tiempo que una arrastradera había folios con broches de hierro, desmoronados instrumentos de
sido izada. Desde ese día el barco, con el viento en popa, ha ciencia y obsoletas y olvidadas cartas de navegación. El capi-
seguido su aterradora carrera hacia el sur, con todas las velas tán tenía la cabeza inclinada, apoyada en las manos, y estu-
desplegadas, desde la galleta de mástil hasta las botavaras de diaba con llameantes e inquietos ojos un papel que tomé por
arrastraderas, y hundiendo a cada momento los penoles del una comisión y que, en todo caso, llevaba la firma de un mo-
juanete en el más asombroso infierno de agua que la mente narca. Murmuraba para sí, como había hecho el primer mari-
del hombre podría imaginar. Acabo de bajar de la cubierta nero que vi en la cala, unas bajas y malhumoradas sílabas en
donde me resulta imposible mantenerme de pie, aunque la una lengua extranjera, y aunque estaba a mi lado, su voz pa-
tripulación parece experimentar poca inconveniencia. Me recía llegar a mis oídos desde la distancia de una milla.
parece un milagro de milagros que nuestra enorme masa no
sea tragada en el acto y para siempre. Sin duda estamos des- El barco y todos los que navegaban en él estaban impregna-
tinados a flotar siempre en el mismo borde de la Eternidad, dos por el espíritu de la antigüedad. Los tripulantes se deslizan
sin precipitarnos finalmente al abismo. Por entre olas mil ve- de un lado a otro como espectros de sepultadas centurias, sus
ces más gigantescas que las que he visto jamás nos desliza- ojos comunican un significado ansioso e intranquilo, y cuan-
mos con la facilidad de la rápida gaviota, y las colosales aguas do sus dedos aparecen ante mis ojos bajo el desolado resplan-
alzan las cabezas sobre nosotros como demonios de la pro- dor de las linternas de combate, me siento como nunca antes
fundidad, pero como demonios son limitados a simples ame- me he sentido jamás, aunque durante toda mi vida he sido
nazas y se les prohíbe destruir. Me siento inclinado a atribuir comprador de antigüedades y fui embebiendo las sombras de
estos incidentes de salvación a la única causa natural que las derruidas columnas de Baalbek, Tadmor y Persépolis, hasta
puede explicar tal efecto. Debo suponer que el barco está so- que mi propia alma se ha convertido en una ruina.
metido a la influencia de alguna fuerte corriente o alguna im-
petuosa corriente de fondo. Cuando miro a mi alrededor, me siento avergonzado de
mis aprensiones anteriores. Si temblaba ante la tempestad que
He visto al capitán cara a cara, y en su propio camarote, ha reinado hasta ahora, ¿no me quedaré horrorizado ante la
pero, como yo esperaba, no me hizo caso. Aunque en su apa- guerra de viento y m ar, para la cual las palabras tomado y hu-
riencia no hay nada que a los ojos de un observador casual racán resultan insignificantes e ineficaces? Alrededor del barco
pudiera señalar que sea más o menos que un hombre ... , sin sólo reina la oscuridad de la noche eterna, y un caos de agua
embargo, un sentimiento de irremediable reverencia y temor sin espuma, pero a una legua a cada lado pueden verse indis-
se mezclaba con el sentimiento de admiración con que yo lo tintamente, a ratos, enormes murallas de hielo, que se alzan
contemplaba. Tiene casi mi estatura, es decir, unos cinco pies hacia un desolado cielo y parecen las paredes del universo.
ocho pulgadas. Su cuerpo es de contextura sólida y firme, sin
ser robusto ni notablemente delgado. Pero es la singularidad Como había imaginado, resulta que el barco está en una co-
de la expresión que domina su cara, es la intensa, la maravi- rriente, si es apropiado darle ese nombre a una marea que, bra-
llosa, la emocionante evidencia de una vejez tan absoluta, tan mando y aullando por entre el blanco hielo, corre hacia el sur
. extrema, que excita en mi espíritu una sensación, un sentí- con la velocidad de una catarata que se precipita al abismo.

[rr8] [r r9]
~

Supongo que es absolutamente imposible concebir el


horror de mis sensaciones, sin embargo una curiosidad de
penetrar en los misterios de estas espantosas regiones predo-
mina sobre mi desesperación y me rec~mciliará con el aspec-
to m ás horroroso de la muerte. Es evídente que nos apresu-
ramos hacia algún conocimiento apasionante, algún secreto
imposible de comunicar, cuyo alcance entraña la destruc-
ción. ~izá esta corriente nos conduce al mismo polo sur7.
He de confesar que una suposición aparentemente tan aloca-
da tiene todas las probabilidades a su favor.
La tripulación recorre la cubierta con pasos inquietos y tré-
mulos, pero en sus rostros hay una expresión más propia de la
vehemencia de la esperanza que de la apatía de la desesperanza.
Mientras tanto el viento sigue de popa y, como llevamos
todas las velas desplegadas, a veces el barco se levan.ta en vilo
sobre el mar... iOh, horror de los horrq_res! De repente el hie-
lo se abre a la derecha y a la izquierda-·y estamos girando ver·
tiginosamente, en enormes círculos · concéntricos, dando
vueltas y vueltas por los bordes de un .gigantesco anfiteatro,
las cumbres de cuyas paredes se pierden en la oscuridad y la
distancia. Pero me queda poco tiempo para pensar en mi des-
tino, los círculos se reducen rápidamente, nos precipitamos
furiosamente a la voráginé y, entre el rugir y el bramar y el
tronar del océano y de la tempestad, el barco se estremece,
iOh Dios!, y... ya se hunde.
NOTA. - El relato Manuscrito hallado en una botella se publi·
có originariamente en 1831 (1833), y sólo muchos años des·
pués conocí los mapas de Mercator, en los que el océano se
representa como precipitándose por cuatro bocas en el golfo
polar (del Norte), para ser absorbida allí en las entrañas de la
tierra: el polo mismo se representa como una roca negra, al·
zándose hasta una altura prodigiosa (E. A. P.) 8 .

7
Como en la narración de Arthur Gordon Fym y en Hans J-:faall, Poe tiene
en mente la teoría de Symms sobre la constitución interna de la tierra.
8
Gerhard Kremer (1512·1594), o Gerardus Mercator, fue un famoso car·
tógrafo holandés. Su teoría de la Tierra, proyectada en 1568, es utilizada por
Poe para este relato, así como para otras historias. La fecha exacta de la publi·
cación del Manuscrito hallado en una boteUa fue 1833.

[1 20]
EL POZO Y EL PÉND UL0 1

Impia tortorum longas hic turba furores


Sanguinis innocui, non satiata, aluit.
Sospite nunc patria, fracto nunc funeris antro,
Mors ubi dira vita salusque patente 2 .
(Cuarteto compuesto para las puertas del mer-
cado que había de ser construido en el emplaza-
miendo del Club de los Jacobinos en París.)

agotado, mortalmente agotado por aquella larga

E
STABA
agonía y, cuando por fin me desataron y dejaron
que me sentara, creí que mis sentidos me abandona-
ban. La sentencia, la espantosa sentencia de muerte, fue la
última frase de claros acentos que llegó a mis oídos. Después,
el murmullo de las voces inquisitoriales parecía concentrado
en un solo zumbido vago y soñoliento. Me llevó al alma la
idea de revolución, tal vez porque en mi fantasía la asociaba
con el ronroneo de una rueda de molino. Aquello duró
poco, porque muy pronto dejé de oír completamente. Sin
embargo, durante un rato, pude ver, ipero con qué terrible
claridad! Vi los labios de los jueces de negras vestiduras. Me
parecían blancos, más blancos que la hoja sobre la cual trazo
estas palabras, _y finos hasta lo grotesco, finos por la intensi-
dad de su expresión de firmeza, de resolución inmutable, de
inflexible desprecio h acia el sufrimiento humano. Vi que los
decretos de lo que -para mí suponía el destino, aún salían de

1 Publicado en 1842, en The Gift.


2
«Aquí la turba impía de verdugos / alimentó con sangre de inocentes /
su gran furor y no quedó saciada. / Salvada ya la patria, q uebrantado / el
antro de la muerte, / donde reinaba el crimen monstruoso / la vida y la salud
ahora florecen.» (Nota del traductor.)

[23 3]
aquellos labios. Los vi retorcerse al pronunciar una frase desmayo, pasamos por dos etapas; primero, la del sen tido de
mortal. Los vi formar las sílabas de mi nombre, y me estre- la existencia mental o espiritual; segundo, la del sentido de la
mecí porque no se produjo ningún sonido. Vi, también, du- existencia flsica. Parece probable que, si, al llegar a la segun-
rante unos momentos de horror delirante, el suave y casi im- da etapa, pudiéramos recordar las impresiones de la primera,
perceptible ondear de las negras colgaduras que ocultaban encontraríamos que éstas hablan de memorias del abismo
las paredes de la sala. Entonces mi mirada cayó sobre las sie- que se abre más atrás. Y ese abismo ... ¿qué es? ¿cómo, por
te altas velas de la mesa. Al principio mostraban apariencia lo menos, distinguir sus sombras de las de la tumba ? Pero si
de caridad y parecían esbeltos ángeles que iban a salvarme, las impresiones de lo que he llamac1 -:; la primera etapa no
pero entonces, súbitamente, una náusea mortal invadió mi pueden ser recordadas a voluntad, sir1 embargo, después de
espíritu y sentí que cada fibra de mi cuerpo vibraba como si un largo rato, ¿no se presentan inesperadamente, mientras
hubiera tocado los hilos .de una batería galvánica3 , mientras nos preguntamos maravillados de dónde surgen? Aquel que
aquellas formas angélicas se transformaban en espectros sin no se ha desmayado no descubre extraños palacios y caras
sentido, de llameantes cabezas, y comprendí que no recibiría fantásticamente familiares en las ascuas que brillan; no con-
de ellas ningun~ ayuda. Entonces penetró en mi fantasía, templa, flotando en el aire, las tristes visiones que muchos
como una profunda nota musical, la idea del dulce descanso no ven; no piensa en el perfume de alguna rara flor, no es él
que debía procurar la tumba. El pensamiento me vino apaci- quien nota que su cerebro se confunde con el sentido
ble y cautelosamente, y parecía que hubiera pasado largo de una cadencia musical que jamás le había llamado la aten-
rato antes de que yo lo apreciase plenamente, pero en el mo- ción antes.
mento en que mi espíritu llegaba por fin a sentirlo y acari- Entre frecuentes y pugnantes intentos de recordar, entre
ciarlo, las figuras de los jueces desaparecieron como por arte anhelantes luchas para recoger algún vestigio del estado de
de magia, las altas velas se hundieron en la nada, sus llamas aparente inexistencia en que se había hundido mi alma, ha
se apagaron por completo, la oscuridad de las tinieblas si- habido momentos en los que he soñado con el triunfo, bre-
guió, parecía que todas las sensaciones hubieran desapare- ves, brevísimos periodos en los que pude evocar recuerdos
cido en una vertiginosa y loca caída, como la del alma en que la lúcida razón de una hora posterior me asegura que
el Hades. Entonces el universo todo era ya silencio, quietud sólo podían referirse a aquella condición de aparente incons-
y noche. ciencia. Estas sombras de la memoria revelan, de modo
Me había desmayado,,pero no afirmaré que hubiera perdi- borroso, altas figuras que entonces me levantaron y me lleva-
do por completo la conciencia. No trataré de definir, ni si- ron silenciosamente hacia abajo ... , abajo ... , más abajo aún ...,
quiera de describir, lo que me quedaba de ella, sin embargo, hasta que un horroroso mareo hizo presa en mí ante la sola
no se me había ido toda la conciencia. En el sueño más pro- idea de comprobar lo interminable de ese descenso. Tam-
fundo ... ino! En el delirio ... ino! En el desmayo ... ino! En la bién revelan un vago horror en mi corazón, a causa de la
muerte ... ino!, incluso inmortalidad para el hombre. Al des- quietud anormal de mi propio corazón. Viene luego una sen-
pertamos del más profundo de los sopores, rompemos el fi- sación de súbita inmovilidad que invade todas las cosas;
nísimo velo de algún sueño. Sin embargo, un segundo des- como si aquellos que me llevaban (iatroz cortejo!) hubieran
pués (tan frági l pudo haber sido aquel velo) no nos acordamos cruzado en su descenso los límites de lo ilimitado, y descan-
de haber soñado. Cuando volvemos a la vida después de un saran del tedio de su tarea. Después de esto viene a la mente
la sensación de algo plano y húmedo, y luego, todo es locu-
3
ra, la locura de una memoria que se afana luchando entre co-
Véase Some Words with a Mummy, sobre la batería galvánica como instru-
mento de reanimación y resurrección. sas prohibidas.

[234] [235]
Súbitamente volvieron a mi alma el movimiento y el soni- mente perecían en un auto de fe 4, y uno de éstos se había
do, el tumultuoso movimiento del corazón, y el sonido de celebrado la misma noche del día de mi proceso. ¿Me ha-
su latir a mis oídos. Siguió una pausa en la que todo quedó brían devuelto a mi calabozo a la espera del próximo sacrifi-
en blanco. Otra vez sonido, movimiento y tacto, una sensa- cio, que no tendría lugar hasta varios meses más tarde? Ense-
ción de hormigueo por todo mi cuerpo. Luego la simple guida comprendí que tal cosa era imposible. En aquellos días
conciencia de existir, sin pensamiento, algo que duró largo se daba una inmediata demanda de víctimas. Y, además, mi
tiempo. Después, de súbito, el pensamiá:zto, y un terror tem- calabozo, como todas las celdas de los condenados en Tole-
bloroso y el esfuerzo anhelante por comprender mi verda- do, tenía suelo de piedra y no faltaba la luz.
dero estado. Siguió un intenso deseo de caer en la insensi- Una espantosa idea impulsó de pronto la sangre en torren-
bilidad. Luego vino un repentino reviyir del alma y el éxito tes hacia mi corazón, y durante un breve rato volví a caer en
del esfuerzo por moverme. Y entonces el pleno recuerdo del la insensibilidad. Al reponerme enseguida me levanté, tem-
proceso, los jueces, las negras colgaduras, la sentencia, la náu- blando convulsivamente cada fibra de mi cuerpo. Extendí
sea, el desmayo, un olvido de todo cuanto siguió, de todo lo los brazos alocadamente por encima y por alrededor, en to-
que un día posterior, y esfuerzos de mucha intensidad, me das direcciones. No encontré nada; sin embargo, temía dar
han permitido recordar vagamente. un paso, por miedo a tropezar con las paredes de una tumba.
Hasta ese momento no había abierto los ojos. Sentí que El sudor brotaba de todos mis poros, quedaba en grandes y
yacía de espaldas, sin ataduras. Extendí ,la mano, y ésta cayó frías gotas sobre mi frente. La agonía de la incertidumbre por
pesadamente sobre algo húmedo y duro. La dejé allí algún fin se volvió inaguantable y empecé a moverme hacia delan-
tiempo, mientras trataba de imaginar dónde estaba y qué po- te cuidadosamente, con los brazos extendidos y los ojos des-
día ser yo. Ansiaba hacer uso de mis ojos, pero no me atrevía. orbitados en la esperanza de captar algún débil rayo de luz.
Temía echar la primera mirada a los ojos que me rodeaban. De esta forma di muchos pasos, pero todo seguía siendo aún
No es que temiera encontrar cosas horribles, sino que me oscuridad y vacío. Respiré con mayor libertad. Parecía evi-
horrorizaba la posibilidad de que no hubiera nada que ver. dente que el mío, por lo menos, no era el más horrible de los
Por fin, con el corazón lleno de una desesperación salvaje, destinos.
abrí de golpe los ojos. Y entonces, mientras seguía dando cautelosos pasos hacia
Mis peores presentimientos se confirmaron. La oscuridad adelante, vinieron agolpándose en mi recuerdo mil vagos ru-
de la noche eterna me envolvía. Luché por respirar. La inten- mores de las atrocidades de Toledo. Cosas extrañas se conta-
sidad de las tinieblas parecía oprimirme y ahogarme. La ban sobre los calabozos -siempre había creído yo que eran
atmósfera tenía una pesadez intolerable. Aún quedé inmó- fábulas-, pero aun así resultaban extrañas y demasiado ho-
vil, y haciendo esfuerzos por razonar. Recordé los procedi- rrorosas para ser repetidas como no fuese en voz baja. ¿Me
mientos de la Inquisición y a partir de ese punto traté de elu- dejarían morir de hambre· en este subterráneo mundo de ti-
cidar mi verdadera situación. La sentencia había sido nieblas?, o, ¿qué destino, quizá aun más espantoso, me
pronunciada, y me pareció que desde entonces había trans- aguardaba? Demasiado bien conocía yo el carácter de mis
currido un muy largo intervalo de tiempo. Sin embargo, ni jueces para dudar de que el resultado sería la muerte, y una
siquiera por un momento me consideré verdaderamente muerte más amarga que la habitual. Todo lo que me preocu-
muerto. Semejante suposición, a pesar de lo que leemos en paba y me enloquecía era el modo y la hora en que llegaría
relatos novelescos, es por completo incompatible con la ver- tal muerte.
dadera existencia; ¿pero dónde estaba y en qué estado me en-
contraba? Los condenados a muerte, como sabía yo, normal- 4 Acto público en el que se ejecutaba la sen tencia dictada por la Inquisición.

[236] [237]
Por fin mis manos extendidas tocaron algún obstáculo só- no pude adivinar la forma exacta de la cripta; la llamo así
lido. Era una pared, al parecer de piedra, muy lisa, viscosa y porque no podía dejar de suponer que fuera una cripta.
fría. Empecé a seguirla, avanzando con toda la cuidadosa Tenía pocos motivos -ciertamente ninguna esperanza-
desconfianza que antiguos relatos me habían inspirado. para hacer estas investigaciones, pero una vaga curiosidad
Pero este proceder no me ofrecía los medios para averiguar me impulsaba a continuarlas. Apartándome de la pared deci-
las dimensiones de mi calabozo, puesto que podía dar toda dí cruzar el área de espacio abierto. Al principio avancé con
la vuelta y regresar al punto de partida sin advertirlo, tan extremada cautela, porque el suelo, aunque parecía hecho de
perfectamente uniforme parecía la par'ed. Por eso busqué el material sólido, resultaba peligroso debido al limo acumula-
cuchillo que llevaba en mi bolsillo cuando me condujeron do. Por fin, sin embargo, cobré ánimo y no vacilé en dar pa-
a la cámara inquisitorial, pero había desaparecido; mis ropas sos firmes, tratando de cruzar en una línea tan recta como
habían sido cambiadas por un sayo de burda estameña. Te- me fuera posible. De esta manera había avanzado unos diez
nía pensado meter la hoja en alguna pequeña fisura de la o doce pasos cuando el borde desgarrado del sayo se me en-
mampostería para identificar mi punto de partida. La difi- redó en las piernas. Lo pisé y caí violentamente de bruces.
cultad, sin embargo, era insignificante, aunque en el desor- En la confusión de mi caída no me percaté de un detalle
den de mi fantasía al principio me pareció insuperable, ciertamente asombroso que, unos pocos segundos después,
arranqué al fin un trozo del borde del sayo y lo coloqué mientras aún yacía boca abajo, me llamó la atención. Fue
bien extendido y en ángulo recto con ·respecto a la pared. Al esto: mi barbilla descansaba en el suelo del calabozo, pero
tentar toda la superficie mientras da~a la vuelta a mi celda, mis labios y la parte superior de mi cabeza, aunque parecían
encontraría así el trapo una vez concluido el circuito. Tal menos elevados que la barbilla; no tocaban nada. Al tiempo,
fue lo que pensé, pero no había contado con la extensión mi frente parecía bañada con un vapor viscoso, y el olor ca-
del calabozo ni con mi propia debilidad. El suelo estaba hú- racterístico de hongos podridos penetraba en mi nariz. Ex-
medo y resbaladizo. Me tambaleé mientras avanzaba duran- tendí el brazo y me estremecí al descubrir que había caído al
te un rato, hasta que tropecé y caí. La excesiva fatiga me in- mismo borde de un pozo circular, cuya extensión, por su-
dujo a permanecer postrado y el sueño me dominó pronto puesto, no tenía medios de averiguar en aquel momento.
allí mismo. Tanteando la mampostería debajo del borde logré despren-
Al despertar y extender un brazo encontré junto a mí un der un pequeño fragmento y lo dejé caer al abismo. Durante
pan y un jarro de agua. Estaba demasiado agotado como muchos segundos escuché cómo repercutía al chocar en su
para reflexionar acerca de esto, pero cómí y bebí ávidamente. descenso contra los lados de la sima; por fin sonó un ruido
Poco después reanudé mi vuelta al calabozo, y con mucho apagado en el agua, seguido de sonoros ecos. A la vez oí un
trabajo llegué por fin al trozo de estameña. Hasta el momen- sonido como el de abrirse y cerrarse rápidamente una puerta
to en que caí había contado cincuenta y dos pasos, y al re- en lo alto, mientras un débil rayo de luz brillaba instantá-
anudar la vuelta había contado cuarenta y ocho más antes de neamente entre las tienieblas y desaparecía con la misma
llegar al trapo. Eran, entonces, cien pasos; y calculando una rapidez.
yarda por cada dos pasos, llegué a la conclusión de que el ca- Comprendí claramente el destino que me habían prepara-
labozo tenía un perímetro de cincuenta yardas 5 . Sin embar- do, y me felicité por el oportuno accidente que m e permitió
go, había encontrado muchos ángulos en la pared y por eso escapar del mismo. Un paso más, antes de mi caída, y el
mundo nunca hubiera vuelto a verme. La muerte que acaba-
5 La descripción de la prisión recuerda otras de la novela gótica Melmoth ba de eludir tenía exactamente las características que yo ha-
the 'Wánderer (1820), de Charles Robert Maturin. bía considerado fabulosas y frívolas en las historias que se

[23 8] [239]
contaban acerca de la Inquisición. Elegía ésta para las vícti- cuenta y dos pasos, hasta el momento en que caí; debía de
mas de su tiranía dos clases de muerte: una llena de horren- estar a un paso o dos del trozo de estameña; de hecho, casi
das agonías físicas y otra saturada de los más espantosos había completado la vuelta a la cripta. Entonces dormí, y, al
horrores morales. Yo estaba destinado a la última. Largos su- despertarme, debí de volver sobre mis pasos; así llegué a pen-
frimientos me habían debilitado los nervios, al punto de que sar que el perímetro tenía casi el doble de su verdadero tama-
me estremecía al oír el sonido de mi propia voz, lo que me ño. La confusión de mi mente me impidió notar que había
convertía sin duda en el sujeto adecuado para la clase de tor- comenzado la vuelta con la pared a la izquierda y que la ter-
tura que me aguardaba. miné teniéndola a la derecha.
Temblando de pies a cabeza y tanteando el camino, volví También me había engañado sobre la forma del espacio.
a la pared, resuelto a perecer allí antes de arriesgarme al terror Al tantear las paredes había encontrado muchos ángulos y
de andar entre los pozos, pues mi imaginación suponía la así tuve la impresión de una gran irregularidad; itan potente
existencia de muchos en el calabozo. En otro estado de áni- es el efecto de la oscuridad total sobre quien sale del letargo
mo tal vez hubiera tenido el valor para acabar de una vez con o del sueño! Los ángulos eran simplemente los de unas lige-
mis desgracias tirándome a uno de esos abismos, pero en ras depresiones o nichos situados a trechos irregulares. El ca-
aquel momento yo era el peor de los cobardes. Y tampoco labozo tenía la forma de un cuadrado. Lo que había tomado
podía olvidar lo que había leído sobre esos pozos: que el sú- por mampostería ahora parecía hierro o algún otro metal,
bito fin de la vida no formaba parte de su más horrible plan. enormes planchas cuyas suturas o junturas causaban las de-
La agitación de mi espíritu me mantuvo despierto durante presiones. La entera superficie de esta celda metálica aparecía
muchas y largas horas, pero por fin me dormí de nuevo. Al toscamente pintarrajeada con todas las feísimas y repulsivas
despertarme, otra vez encontré a mi _lado un pan y un jarro imágenes que han surgido de la superstición sepulcral de los
de agua. Me consumía una sed ardiente y vacié el jarro de un monjes. Las pinturas de demonios en aspectos amenazantes,
solo trago. El agua debía de contener alguna droga, porque, con figuras de esqueletos y otras imágenes verdaderamente
apenas la hube bebido, me sentí irremediablemente soño- aterradoras, cubrían y deformaban las paredes. Observé que
liento. Un sueño profundo cayó sobre mí, un sueño como el los contornos de esas monstruosidades quedaban bien mar-
de la muerte. No sé, por supuesto, cuánto duró, pero, cuan- cados, pero también que los colores parecían desteñidos y
do abrí de nuevo los ojos, los objetos que me rodeaban eran borrosos, como si los hubiera afectado la humedad de la
visibles. Gracias a un desolado fulgor sulfuroso, cuyo origen atmósfera. Ahor~~reparé también en el suelo, que era de pie-
me fue imposible averiguar al principio, pude ver la exten- dra. En el centro~--abría el pozo circular de cuyas fauces ha-
sión y el aspecto de la cárcel. bía escapado, per9 era el único en todo el cabalozo.
En cuanto a su tamaño, me había equivocado mucho. El Vi todo esto horrosamente y con gran trabajo, porque mi
perímetro total de las paredes no pasaba de unas veinticinco situación flsica -.liabía cambiado mucho durante el sueño.
yardas. Durante unos minutos este hecho me causó un mun- Ahora yacía d¿ ~aldas, completamente estirado, sobre una
do de vanas molestias, ivanas, de veras! ¿o_yé podría, sin em- especie de bajo armazón de madera. Estaba firmemente ata-
bargo, tener menos importancia en las terribles circunstan- do por una larga correa semejante a un cíngulo. Pasaba ésta
cias que me rodeaban que las simples dimensiones de mi dando muchas vueltas por mis miembros y mi cuerpo, deján-
calabozo? Pero mi alma experimentó un desenfrenado inte- dome sólo en libertad la cabeza y el brazo izquierdo, de tal
rés por las nimiedades y me ocupé en tratar de explicarme el forma que podía yo, con grandes esfuerzos, alcanzar los ali-
error que había cometido en mis cálculos. Por fin la verdad mentos colocados en un plato de barro en el suelo, a mi
se me reveló. En mi primer intento de explorar había cin- lado. Vi, para mi horror, que se habían llevado el jarro. Digo

[240] [241]
para mi horror, porque me consumía una sed insoportable. ba y el borde inferior estaba tan afilado como una navaja.
Al parecer, la intención de mis perseguidores era estimular También como una navaja, el péndulo parecía pesado y ma-
esa sed, porque la comida del plato consistía en carne condi- cizo, ensanchándose desde el filo hacia la sólida y ancha es-
mentada con picante. tructura que quedaba encima. Colgaba de un pesado vástago
Mirando hacia arriba examiné el techo de mi prisión. Ten- de bronce, y todo el mecanismo silbaba al oscilar en el aire6.
dría unos treinta o cuarenta pies de alto, y su construcción se Ya no podía abrigar dudas del destino que el torturador in-
asemejaba a la de las paredes. En uno de sus paneles una fi- genio de los monjes había ideado para mi fin. Los agentes de
gura muy rara cautivó toda mi atención. Era la figura pintada la Inquisición se habían dado cuenta de mi descubrimiento
del Tiempo, tal como se le suele representar, salvo que, en del pozo, el pozo, cuyos horrores estaban destinados a un re-
vez de guadaña, sostenía lo que, a primera vista, creí que era negado tan atrevido como yo, el pozo, típico qel infierno, y
la imagen dibujada de un enorme péndulo, como suelen ver- que según los rumores era considerado como Ultima Thule 7
se en los relojes antiguos. Algo, sin embargo, en la apariencia de toda una serie de castigos. Yo había evitado caer en ese
de esa máquina me empujó a mirarla con más atención. pozo por el más casual de los accidentes, y sabía que sorpren-
Mientras la observaba directamente desde abajo hacia arriba der o atrapar a la víctima del tormento constituía una parte
(porque estaba colocada exactamente sobre·mí), imaginé que importante de todo lo siniestro de aquellas muertes en los ca-
se movía. Un instante después esta impresión quedó confir- labozos. Ya que no había caído en el pozo, el diabólico plan
mada. La oscilación del péndulo era breve, y, por supuesto, no contaba con arrojarme al abismo; y así (como no queda-
lenta. Lo observé duran~e un rato, con algo de miedo, pero ba otra alternativa) me aguardaba una destrucción diferente
también me sentía maravillado. Cansado, por fin, de con- y más benigna. iMás benigna! Casi me sonreí en medio de la
templar su movimiento monótono, volví los ojos hacia los agonía al pensar en tal aplicación de la palabra.
otros objetos de la celda. i ~é inútil es hablar de las largas, largas horas de horror
Un leve ruido me llamó la atención y, mirando hacia el más que mortal, durante las cuales conté las silbantes vibra-
suelo, vi que cruzaban por él varias ratas enormes. Habían ciones del acero! Pulgada tras pulgada, vaivén tras vaivén,
salido del pozo que se encontraba justo al alcance de mi vis- con un descenso sólo apreciable a intervalos que parecían si-
ta, a la derecha. Aún entonces, mientras las miraba, subían glos, bajaba y seguía bajando. Pasaron días -podían haber
muchas, apresuradamente, con ojos voraces, atraídas por el pasado muchos días- antes de que oscilara tan cerca de mí,
olor de la carne. Me costaba mucho esfuerzo y atención ahu- que me abanicaba con su acre aliento. El olor del afilado ace-
yentarlas del plato de comida. . ro penetró con fuerza en mi nariz. Rezaba, cansaba yo al cie-
Habría pasado media hora, quizá una hora entera (porque lo con mis rezos pidiendo que el péndulo descendiera con
no podía calcular bien el paso del tiempo), antes de que vol- más rapidez. Me puse frenéticamente loco y luchaba y me
viera a levantar la mirada a lo alto. Lo que vi entonces me esforzaba por levantar mi cuerpo hasta alcanzar el camino de
dejó confundido y maravillado. El vaivén del péndulo había la oscilación del horrible alfanje. Y entonces me serené
aumentado su carrera en casi una yarda. Como consecuencia de pronto, y quedé sonriendo a esa reluciente muerte, como
natural, su velocidad también era mucho mayor. Pero lo que un niño ante un extraño juguete.
me perturbó fue comprobar que había descendido visiblemen-
te. Entonces observé -con cuánto horror no hace falta de- 6 Esta información tal vez está basada en el prefacio de la Historia de la
cirlo- que su extremidad inferior estaba formada por una Inquisición, de Llorente.
media luna de acero reluciente, que medía aproximadamen- 7 Parte más remota del mundo conocido, imaginada en las Geórgicas, de

te un pie de punta a punta, las puntas se curvaban hacia arri- Virgilio, al norte de las Islas Británicas.

[242] [243]
Siguió otro periodo de absoluta insensibilidad; fue breve, descenso. A la derecha ... , a la izquierda... , lejos y cerca .. ., con
porque al volver de nuevo a la vida noté que no se había pro- el aullido de un espíritu infernal, ihacia mi corazón con el
ducido ningún descenso perceptible del péndulo. Podía ha- paso sigiloso del tigre! Alternativamente, reí a gritos y di ala-
ber durado mucho tiempo, porque sabía de la existencia de ridos, según una u otra idea me dominara.
demonios que observaban mi desmayo y que podían haber Bajaba ... , iseguro, implacable, bajaba! iYa vibraba a tres
detenido el péndulo a su voluntad. Al volver en mí, me sentí pulgadas de mi pecho! Luché con violencia, furiosamente,
enfermo ... , oh, indeciblemente enfermo y débil, como des- para soltar mi brazo izquierdo. Este quedaba libre solamente
pué.s de un prolongado ayuno. Aun en la agonía de esas ho- del codo hasta la mano. Podía moverlo con gran esfuerzo
ras, la naturaleza humana ansiaba alimento. Con un penoso desde el plato, puesto a mi lado, hasta la boca, pero nada
esfuerzo extendí el brazo izquierdo todo lo que me permitían más. Si hubiera podido romper las ataduras por encima de
las ataduras, y me apoderé de los pocos restos que las ratas ha- mi codo, habría intentado agarrar y detener el péndulo. iPero
bían dejado. Mientras que me llevaba una porción de alimen- hubiera sido igual que si tratara de parar un alud!
to a los labios, pasó por mi mente un pensamiento de alegría Bajaba... Aún incesante, inevitablemente bajaba. Jadeaba
apenas nacida ... , de esperanza. Pero ¿qué tenía yo que ver con y luchaba yo a cada vaivén. Me encogía convulsivamente a
la esperanza? Fue, como he dicho, un pensamiento que ape- cada recorrido. Mis ojos seguían su carrera hacia afuera, ha-
nas se había conformado... El hombre tiene muchos así, que cia arriba, con la ansiedad de una desesperación sin sentido,
jamás concluyen. Sentí que era de alegría, de esperanza, pero se cerraban con un espasmo cuando descendía, aunque la
también sentí que había perecido en el momento mismo de muerte hubiera sido un alivio, iqué inexpresable alivio! Aún
hacerse. En vano luché por perfeccionarlo, por recobrarlo. -El me temblaba cada nervio al pensar que la más leve caída
prolongado sufrimiento casi había aniquilado todas mis fa- del mecanismo precipitaría aquella reluciente y afilada hacha
cultades mentales ordinarias. Yo era un imbécil, un idiota. contra mi pecho. Era esa esperanza la que hacía estremecer
El vaivén del péndulo formaba un ángulo recto con mi mis nervios y contraerse mi cuerpo. Era la esperanza-esa es-
cuerpo extendido. Vi que la media luna estaba destinada a peranza que triunfa en el potro de tormento-, que susurra
cruzar la zona del corazón. Deshilacharía la estameña de mi al oído de los condenados a muerte hasta en los calabozos de
sayo, retomaría para repetir sus operaciones, otra vez, y otra la Inquisición.
vez. A pesar de su recorrido terroríficamente amplio (unos Me percaté de que después de diez o doce oscilaciones el
treinta pies o más) y del silbante vigor de su descenso, capaz acero se pondría en contacto con mi sayo, y con esta obser-
de partir incluso las mismas paredes de hierro, todo lo más vación se apoderó de mi espíritu toda la marcada y completa
que lograría durante varios minutos sería sólo deshilachar mi serenidad de la desesperación. Por primera vez en muchas
sayo. En este pensamiento me detuve. No me atreví a seguir horas - o tal vez días- me puse a pensar. Ahora se me ocurrió
esta reflexión. Me extendía en ese pensamiento con una per- que la venda, o cíngulo, que me envolvía, era una sola. Nin-
tinaz atención, como si al hacerlo pudiera detener en ese pun- guna cuerda separada me ataba. El primer roce de la afiladísi-
to el descenso del acero. Me obligué a meditar sobre el soni- ma media luna sobre cualquier parte de la banda la soltaría
do que haría la media luna al pasar por el vestido, sobre la de forma que, con la ayuda de mi mano izquierda, podía des-
extraña sen sación de excitación que el roce de la tela produ- enroscarla de mi cuerpo. Pero iqué espantosa, en ese caso, era
ce en los nervios. Pensé en todas estas frivolidades hasta que la proximidad del acero! i~é mortal el resultado de la me-
me dio dentera. nor lucha! ¿Era verosímil, además, que los esbirros de los tor-
Bajaba... , incesante y lentamente bajaba. Encontré un fre- turadores no hubieran previsto semejante posibilidad? ¿Era
nético placer en contrastar la velocidad lateral con la de su probable que la venda cruzara mi pecho en el justo lugar

[ 2.44] [ 2.45]
donde pasaría el péndulo? Temiendo descubrir que mi débil ban a la madera, corrían por ella y saltaban a centenares sobre
y, al parecer, última esperanza se frustrara, levanté la cabeza mi cuerpo. El acompasado movimiento del péndulo no les
lo suficiente para distinguir con claridad mi pecho. El cíngu- molestaba en absoluto. Evitando sus golpes, se ocuparon de
lo envolvía mis miembros y mi cuerpo por todas partes, salvo la venda untada. Me abrumaban, pululaban sobre mí en mon-
por el lugar donde pasaría la constante media luna. tones cada vez más grandes. Se retorcían cerca de mi garganta,
Apenas había dejado caer la cabeza en su sitio anterior, me sus fríos labios buscaban los míos. Me sentía agobiado bajo su
cruzó por la mente, de pronto, algo que sólo puedo describir creciente peso; un asco para el cual no existe nombre en el
como la informe mitad de aquella idea de liberación que he mundo entero llenaba mi pecho y helaba con su espesa visco-
mencionado antes, y de la cual sólo una parte flotaba borro- sidad mi corazón. Sólo un minuto más, y creí que la lucha
samente en mi cerebro cuando llevé la comida a mis ardien- terminaría. Claramente percibí que la venda se aflojaba. Sabía
tes labios. Entonces el pensamiento completo se presentó, que ya debía de estar cortada en más de una parte. Con una
débilmente, apenas se.nsato, apenas definido, pero entero. determinación que sobrepasaba lo humano me quedé quieto.
Enseguida, con la nerviosa energía de la desesperación, em- No había errado en mis cálculos, ni había aguantado aque-
pecé a intentar su verificación. llo en vano. Por fin sentí que estaba libre. El cíngulo colgaba
Durante muchas horas, una gran cantidad de ratas había en tiras de mi cuerpo. Pero el golpe del péndulo ya alcanzaba
pululado por las proximidades del armazón de madera sobre mi pecho. Había partido la estameña del sayo. Había corta-
el cual me hallaba. Eran salvajes, atrevidas, hambrientas; sus do el lino. Pasó dos veces más, y una aguda sensación de do-
rojas pupilas me miraban feroces como si esperaran verme lor me recorrió cada nervio. Pero había llegado el momento
inmóvil para hacer de mí su presa. «¿A qué alimento -pen- de escapar. Apenas agité la mano, mis libertadores huyeron
sé- han estado acostumbradas en el pozo?» en tumulto. Con un movimiento uniforme, cauteloso, de
A pesar de todos mis esfuerzos por impedirlo habían de- soslayo, contraído y lento, me deslicé de las ligaduras hasta
vorado el contenido del plato, salvo unos pocos restos. Ya, quedar fuera del alcance del alfanje. Por el momento, al me-
por mera costumbre, mi mano se agitaba de un lado a otro nos, estaba libre.
sobre el plato; y, por fin, la inconsciente uniformidad del iLibre! ... iy en las garras de la Inquisición! Apenas me ha-
movimiento le hizo perder su efecto. En su voracidad, los as- bía apartado de mi lecho de horror para pisar el suelo de pie-
querosos animales clavaban sus agudos dientes en mis de- dra del calabozo, cesó el movimiento de la máquina infernal
do~. Tomé entonces los trozos de la aceitosa y sazonada y la vi subir, movida por alguna fuerza ·invisible, y desapare-
carne que quedaban en el plato y froté cuidadosamente con cer por el techo. Aquello fue una lección que tomé en cuenta
ellos la venda hasta donde pude alcanzarla; entonces, levan- muy desesperadamente. Sin duda, espiaban cada uno de mis
tando mi ~ano del suelo, permanecí totalmente quieto, sin movimientos. iLibre! Sólo había escapado de la muerte bajo
apenas respirar. una forma de agonía, para ser entregado a algo peor que la
Al principio los hambrientos animales se sobresaltaron muerte bajo otra forma. Pensando en esto, recorrí nerviosa-
aterrorizados por el cambio, por el cese del movimiento. Re- mente con los ojos los barrotes de hierro que me encerraban.
trocedieron alarmados, muchos se refugiaron en el pozo. Pero Algo insólito, algún cambio que al principio no distinguía
aquello duró sólo un momento. No en vano había yo conta- bien se había producido evidentemente en el calabozo. Du-
do con su voracidad. Al observar que seguía sin moverme, rante muchos minutos de una temblorosa abstracción de en-
una o dos de las ratas más atrevidas saltaron al armazón y ol- sueño estuve ocupado en vanas y deshilvanadas conjeturas.
fatearon el cíngulo. Eso pareció la señal para el asalto general. En estos momentos me di cuenta por primera vez del origen
Salían del pozo corriendo en renovadas cuadrillas. Se agarra- de la sulfurosa luz que iluminaba la celda. Procedía de una

[ 246] [ 247]
fisura de media pulgada de ancho, que se extendía al pie de ponía más que la alteración de suforma8. Igual que antes, fue
todas las paredes, que así parecían, y en realidad lo estaban, inútil, al principio, que intentara apreciar o comprender lo
completamente separadas del suelo. Intenté mirar a través de que ocurría. Pero no duraron mucho m is dudas. Mi doble es-
la abertura, pero, por supuesto, fue en yano. capatoria había acelerado la venganza de la Inquisición y ya
Al ponerme otra vez de pie, compreridí de pronto el miste- el Rey de los Terrores no permitiría m ás demoras. Hasta en-
rio del cambio en la celda. Ya he mencionado que los contor- tonces mi celda había sido cuadrada. Vi que dos de sus ángu-
nos de las figuras pintadas en las paredes eran bastante nítidos, los de hierro se habían vuelto agudos y otros dos, por consi-
y que, sin embargo, los colores parecían borrosos e indefini- guiente, obtusos. La espantosa diferencia creció rápidamente
dos. Ahora esos colores poseían, y lo tenían cada vez m ás, un con un ruido profundo, retumbante y quejumbroso. En un
brillo intenso y sorprendente, que daba a las espectrales y dia- instante la celda había cambiado su forma por la de un rom-
bólicas imágenes un aspecto capaz de q4ebrantar nervios aún bo. Pero el cambio no se detuvo allí: yo no esperaba ni de-
más fuertes que los míos. Ojos endemoniados, de una vivaci- seaba que se detuviera. Me habría gustado apretar contra m i
dad salvaje y aterradora, me miraban ferozmente desde mil pecho las rojas paredes, como si fueran vestiduras de paz
direcciones, donde ninguno se había hecho visible antes, y eterna. «La muerte -dije- , icualquier muerte salvo la del
brillaban con el espeluznante fulgor de un fuego que me era pozo !» iinsensato! ¿No me daba cuenta de que la intención
imposible obligar a mi imaginación a considerar como irreal. del hierro candente era precisamente la de empujarme al
ilrreal!... iMientras respiraba llegó a mis narices el aliento pozo? ¿Podría resistir su fulgor? O, si eso fuera posible, ¿po-
del vapor del hierro candente! iUn olor. sofocante llenaba la dría aguantar su presión? Y entonces el rombo se hacía más
celda! iUn brillo más profundo crecía a cada momento en y m ás plano con una rapidez que no me dej aba tiempo para
los ojos que contemplaban ferozmente mi agonía! Un tono meditar. Su centro, y por supuesto su mayor anchura, caía
más subido de rojo se expandía sobre los pintados y san- exactamente encima del abierto abismo. Me encogí..., pero
grientos horrores. iY yo jadeaba, tratando de respirar! Ya no las paredes, cerrándose, me empujaban irresistiblemente ha-
cabía duda sobre la intención de mis torturadores... iAh, los cia adelante. Por fin no quedaba ni una pulgada sobre el sue-
más implacables, los más demoníacos de entre los hombres! lo firme del cabalozo donde apoyar mi retorcido y quemado
Retrocedí hasta el centro de la celda, huyendo del metal can- cue1po. Ya n o luchaba, pero la agonía de mi alma se desaho-
dente. Mientras pensaba en la espantosa destrucción que me gó en un solo, prolongado alarido final de desesperación.
aguardaba, la idea de la frescura del pozo invadió mi alma Sentí que me tambaleaba al borde .. ., desvié la mirada.
como un bálsamo. Corrí hasta su mortal borde. Forzando la iY escuché un zumbido discordante de voces humanas!
vista, miré ·hacia abajo. El resplandor del techo ardiendo ilu- iResonó un fuerte toque de muchas trompetas! iOí un áspe-
minaba sus más remotos huecos. Sin embargo, durante un ro chirriar com o de mil truen os! iLas ardientes paredes retro-
horrible instante, mi espíritu se n egó a comprender el senti- cedieron! Una mano extendida cogió la m ía, cuando, desva-
do de lo que veía. Por fin el entendimiento se abrió camino, necido, caía al abismo. Era la del general Lasalle 9. El ejército
luchó por entrar en mi alma... , se marcó en fuego sobre mi francés acababa de entrar en Toledo. La Inquisición había
acelerada razón. iOh, cómo podría expresarlo! iOh, espanto! caído en manos de sus enemigos.
iTodo, todo menos eso! Con un alarido me alejé del borde y
hundí mi cara en las manos, sollozando amargamente. 8
Algunos fenómenos aquí descritos encuentran antecedentes inequívo·
El calor aumentaba rápidamente, y una vez más miré ha- cos en varios artículos de la revista Blackwood's.
cia arriba, temblando como en un ataque de calentura. Un 9 El general Antonine Lasalle (1775-1 809), conde de Lasalle, entró en To·
segundo cambio se había producido en la celda, p ero no su- ledo durante la campaña de Napoleón en España, en 1808.

[ 248 ] [249]