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TEMA III / 5

LA CONCIENCIA MORAL DEL CRISTIANO Y SU FORMACIÓN EN LA


IGLESIA. PRINCIPIOS MORALES PARA LA SOLUCIÓN DE CASOS DIFÍCILES

Desde la interioridad de la ley nueva del Espíritu, y en el corazón de la


interioridad del sujeto moral, se da este fenómeno emblemático de la experiencia moral
que es la conciencia, tan esencial a ella que a veces se ha identificado con esta.

Ante todo hay que diferenciar el concepto conciencia moral (conscience) del de
conciencia psicológica (consciousness), o presencia de la persona a sí misma, que forma
la experiencia vivida y experimenta la propia subjetividad (tampoco es lo mismo que el
conocimiento propio, que tiene un sentido intencional de conocerse objetivamente). El
subjetivismo será absolutizar este momento de percepción reflexiva y vivida, separado
del conocimiento del acto (conocimiento de sí) y del juicio moral del mismo (conciencia
moral): conciencia como autoconciencia.

Se presenta modernamente como el espacio de la dignidad y valor de la persona


(autonomía en el juicio de las propias acciones). Núcleo inviolable y punto de
verificación de la identidad personal que a la vez, sin embargo, ha sufrido los ataques de
la sospecha (la duda sobre la propia conciencia) y sus condicionamientos (crítica de la
conciencia).
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1. La conciencia moral en la Escritura, en la tradición y en el debate actual

En el AT se expresa de otros modos: corazón (leb), centro interior (voluntad,


emociones, pensamientos…). En los evangelios se habla de la “luz interior” (“La
lámpara del cuerpo es el ojo. Si, pues, tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará
iluminado…” (Mt 6, 22)).

San Pablo introduce el concepto “Syneidesis”, a partir de la literatura popular,


más que de la filosofía estoica en cuanto tal: un saber de los hombres sobre el valor
moral del propio obrar a partir del nomos (la ley), no del logos inmanente estoico.

Ya en Pablo se advierte la polivalencia semántica del término:

-acepción “moral-parenética”: “Es preciso someterse a las autoridades… por


conciencia” (Rm 13, 5). Decir “cuestión de conciencia” es decir “cuestión moral”.

-“intelectual”: como juicio de la razón práctica: cfr. I Cor 10, 29: "¿Por que ha
de juzgarse mi libertad por la conciencia ajena?". Este juicio es un conocimiento
peculiar cuyo medio cognoscitivo es la conciencia.

-como “soberano juez interior”: cfr. II Cor, 1, 12: "Esta es nuestra gloria, el
testimonio de nuestra conciencia". Es el empeño de la conciencia, donde decidir en
conciencia implica la intervención de la voluntad.

-“volitiva” (como corazón): cfr. I Tim 1, 5: "El fin de este requerimiento es la


caridad de un corazón puro, de una conciencia buena y de una fe sincera".

Las diferencias de las acepciones se reconducen fundamentalmente a las


diferentes dimensiones de la persona, intelectiva, volitiva, afectiva.

2. En la tradición teológica

En Agustín la categoría de la conciencia se asocia con el concepto de


interioridad, que da cuenta, al tiempo, de su trascendencia… La intimidad remite a algo
que no es ella misma, también con contenido moral. Agustín expresa también su posible
aporía: si la conciencia es la voz de Dios, ¿cómo es que puede equivocarse?

Abelardo absolutiza la instancia de la conciencia como punto emergente de la


novedad cristiana. “No hay pecado sino contra la conciencia”. San Bernardo verá el
peligro subjetivista de esta concepción, porque no solo se peca por ir contra la
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conciencia (responsables ante la conciencia), sino también por deformarla (responsables


de la conciencia).

Santo Tomás ofrece la distinción de la sindéresis (hábitus de la razón práctica


que permite conocer inmediatamente los principios morales del bien y el mal) y la
conciencia propiamente, que aplica estos principios desarrollados y perfeccionados por
la ciencia, al acto concreto… En este momento aplicativo podría darse el error, no en el
signo de la imagen de Dios de la sindéresis. En las obras de madurez, Tomás
redimensiona la conciencia a favor de la prudencia.

San Buenaventura habla de la dimensión más humana de la conciencia como un


heraldo, y por tanto intermediario falible, de la autoridad real…

La manualística postridentina cambiará la perspectiva al contexto de la


obligación de la ley: la cualidad subjetiva que el sujeto tiene acerca del conocimiento de
la ley y la certeza de su obligación. Giro, pues voluntarista, donde el cambio de una
posición a otra será al final decisión de la voluntad (los sistemas morales como reglas
extrínsecas sobre la opinión de los moralistas en los casos dudosos)…

Nuevo avance con San Alfonso María de Ligorio, doctor de la conciencia,


basado en el principio de la flexibilidad y benignidad pastoral. Es célebre su
introducción a su Theologia moralis: “La regla de los actos humanos es doble: una
remota y otra próxima. La remota o material es la ley divina; la próxima o formal es la
conciencia; en verdad, si bien la conciencia ha de conformarse en todo a la ley divina,
sin embargo, la bondad o malicia de los actos humanos nos es conocida en cuanto es
apresada por la misma conciencia”. Así, pues, regla última e inmediata, aunque no
suprema. Es famosa su defensa de que el acto realizado siguiendo el juicio de la
conciencia errónea no culpable puede ser meritorio por el fin de la voluntad.

Poco a poco se va afirmando la autonomía radical de la conciencia (iluminismo,


idealismo…), y la verdad se convierte en cualidad intrínseca del juicio de conciencia
(donde no cabe, pues, la conciencia errónea). Al final, se hace único pecado el “ir contra
la conciencia”.

El gran testigo de la doctrina sobre la conciencia es J.H. Newman, con su Letter


to the Duke of Norfolk… La conciencia es superior a cualquier autoridad externa
(incluso la del Papa), pero habla de los derechos de la conciencia precisamente “porque
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tiene deberes”, siendo el primero el buscar la verdad. No tiene, pues, sentido atribuir a
la conciencia una “libertad de conciencia” en independencia de la verdad:

“Si yo tuviera que brindar por la religión, lo cual es altamente improbable, lo


haría por el Papa. Pero en primer lugar por la conciencia. Sólo después lo haría por el
Papa...”. “El concepto central del que se sirve Newman para enlazar autoridad y
subjetividad es la verdad”1.

La conciencia, pues, no es mi opinión o capricho, sino la obediencia rendida a la


voz de Dios que resuena en mi corazón. La conciencia sería el eco de la voz de Dios en
mi corazón. Por tanto, la conciencia no es mi opinión en temas morales, que no es
absoluta, sino la obediencia a una autoridad. En ese sentido, la conciencia es en sí
misma heterónoma.

El Concilio Vaticano II recoge las instancias de renovación de esta doctrina, y


confluyen en el capítulo 16 de GS (y en LG 16 y DH 2-3). Ahí se confirma la doctrina
tradicional pero se amplía su horizonte. Sin dejar el aspecto intelectual del juicio que
parte de la ley, que resuena en lo íntimo de la conciencia y que el hombre no se da a sí
mismo, se valora ahora más el aspecto global personal. Una verdadera interpretación
debe asumir todos los datos doctrinales (en aparente tensión), basándose en los textos en
toda su globalidad, en la forma en que fueron aprobados por los Padres. La fórmula más
conocida es la conciencia “como un sagrario dentro del hombre, donde tiene sus citas a
solas con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella”.

Esta definición valora su dimensión ontológica, su naturaleza religiosa y


responsodial; es una dimensión global de la persona (antes de un acto aplicativo de la
ley), formada por la llamada interior al bien en una perspectiva personalista y religiosa.
La conciencia se descubre, no se crea, y debe, por eso, ser conforme a las normas
objetivas de moralidad.

Esta definición responde a algunas concepciones insuficientes de la conciencia:

-no es una conciencia autónoma y creativa, que decide sobre lo bueno y lo malo,
convirtiéndose en una instancia de autojustificación: “El juicio moral es verdadero por

1
J. RATZINGER, Verdad, valores, poder, cit., 57 s. La razón es: ib., 59: "La conciencia no significa para
Newman la norma del sujeto frente a las demandas de la autoridad en un mundo sin verdad, que vive entre
las exigencias del sujeto y del orden social, sino, más bien, la presencia clara e imperiosa de la voz de la
verdad en el sujeto".
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el hecho mismo de provenir de la conciencia” (afirmación que critica VS 32). El origen


de la ley se reconduce al interior de la conciencia

-no es una mera opinión y verificación de la ley, como instancia de libertad y


autonomía frente al Magisterio. La conciencia juzga el acto concreto, no la ley universal
ni el juicio del Magisterio, aunque este no convenza. La opinión subjetiva y privada
sobre la ley puede ser fundada, pero no puede tener un carácter absoluto, pues es una
opinión.

-no es la única instancia práctica. Frente al carácter especulativo de la ciencia, de


valor objetivo, la conciencia sería una decisión que realiza una síntesis creativa entre la
ley y la situación particular (supuesta la intención recta del sujeto). Su originalidad
entonces permitiría excepciones en las acciones intrinsece mala.

-no es la garante de la autenticidad personal, de la verdad de la vida de la


persona, una comprensión autorreferencial mediante la que el sujeto vincula las
elecciones concretas a su opción fundamental. Se confunde entonces la verdad práctica
con la intención recta como opción personal.

3. Discernimiento crítico y líneas de integración de la VS

-“La dignidad de la conciencia y la autoridad de su voz y sus juicios brotan de la


verdad sobre el bien y el mal moral, que ella debe escuchar y expresar” (VS 60).

-La conciencia es la adhesión personal a una ley que el hombre descubre dentro
de sí y que se hace obligatoria en ella, porque es ahí donde reconoce la especie moral
concreta (especificación de la norma).

Conciencia es pues: el íntimo juicio práctico concreto de un acto moral.

1º) Íntimo: por tanto exclusivamente personal, nadie puede juzgar nuestra
conciencia sino Dios. Es el paso del "tú debes" al "yo debo", que sólo yo puedo hacer.
(nn. 57-58). No se puede confundir la conciencia con ningún psicologismo o proceso
educacional (“íntimo” no es simplemente “interior”). Es un hecho libre y existencial.

2º) Juicio: por eso dice relación a la verdad. Es distinto de la decisión. No es la


ley interior, la ley habla en imperativo y la conciencia en primera persona.

3º) Práctico: no es teórico. Esto, sin embargo, no permite distinguir la ley


teórica, que se acepta con la inteligencia, y la conciencia, que sería la “ley práctica”.
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Eso es no conocer que la ley moral es desde el principio práctica y que procede del
conocimiento práctico. Ley y conciencia son juicios prácticos.

3º) Del acto moral: no es un juicio sobre la ley o la norma. Yo no juzgo si sigo o
no una norma. No es por tanto una opinión ni un capricho, sino la obediencia rendida de
la voz de Dios2. No se puede aducir la conciencia para no seguir una norma moral. Ésta
se basa en razones y se puede distinguir.

5º) Concreto: no es universal como la ley. Algunos interpretan la conciencia


como fuente de excepciones respecto a la ley universal: VS, n. 57: "Estas normas no son
tanto un criterio objetivo vinculante para los juicios de conciencia, sino más bien una
perspectiva general que, en un primer momento ayuda al hombre a dar una impostación
ordenada de su vida personal y social". "No pueden sustituir a las personas en tomar una
decisión personal sobre cómo comportarse en determinados casos particulares".

3.1 Características de la conciencia en el dinamismo del obrar

-La conciencia es inmanente (interior, de ahí el deber de seguir siempre la


conciencia, pecando el que no la sigue), aunque puede equivocarse (conciencia
farisaica, por ejemplo).

-La conciencia es trascendente, como presencia de la Verdad en el espíritu


humano. De aquí que no sea creativa y que se exprese mediante juicios (no decisiones)
que toman su valor de la verdad que reflejan.

-La conciencia es práctica. Su verdad se reconoce como disponibilidad de su


libertad a la acción, que proviene de principios propios (originalidad práctica de la

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Cfr. L. MELINA, Conciencia y verdad en la encíclica "Veritatis splendor", cit., 629 s.: "Una nueva
redacción, divertida y maliciosa, del relato del pecado original, para ilustrar las paradójicas consecuencias de
una concepción autonomista de la conciencia: «Vio, pues, la mujer que el árbol era bueno para comerse,
hermoso a la vista y deseable para alcanzar por él la sabiduría, y, adoptando una decisión de conciencia,
tomó de su fruto y comió, y dio también de él a su marido, el cual, en conciencia, también decidió comerlo...
Cuando después oyeron a Dios que paseaba por el jardín, permanecieron perfectamente tranquilos y
continuaron comiendo. El Señor Dios llamó a Adan y le preguntó: “¿Es que has comido del árbol de que te
prohibí comer?” Adán contestó: “A decir verdad, mi mujer y yo hemos hablado de ello con la serpiente y
hemos sopesado también sus razones y, en conciencia, hemos decidido comer de él”. El Señor Dios quedó
muy complacido de esta respuesta y alabó el valor de Adán y de Eva, los cuales siguieron viviendo libres y
felices en el paraíso terrenal y continuaron comiendo de los frutos de todos los árboles, de acuerdo con el
juicio de su conciencia».
'... En todo caso, al menos una cosa debería quedar clara de todo lo dicho hasta el momento, y
también del relato citado: no basta que un juicio provenga de la conciencia [es decir, que sea íntimo] para
que sea verdadero, no basta remitirse a la propia conciencia para quedar justificados. El juicio de conciencia
no puede contraponerse al precepto de Dios; al contrario, se reviste de valor precisamente en la medida en
que expresa una verdad que le precede y lo supera." El relato está tomado de: A. LAUN, Das Gewisen. Sein
Gesetz und seine Freiheit, en Aktuelle Probleme der Moraltheologie, (Wien 1991) 32 -33.
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conciencia y concordancia de la conciencia con la verdad en connaturalidad del sujeto


con el bien).

-La conciencia es comunional, abre a una verdad universal que nos pone en
contacto con otros (cum alio scientia). La comunión interpersonal es una dimensión
interior de la conciencia. A partir de este principio, una autoridad exterior también
puede guiar la conciencia sin violar su interioridad.

4. Tipología de la conciencia

a) En referencia al acto.

-conciencia antecedente. Juicio del acto a realizar o evitar, con valor moralmente
obligatorio.

-conciencia consecuente. Juicio valorativo del acto realizado, que aprueba o


desaprueba.

b) En referencia a la verdad moral objetiva.

-conciencia verdadera. Realiza adecuadamente su función de aplicación al caso


concreto de la norma universal.

-conciencia errónea. Por diversos motivos (precipitación, ignorancia de los


principios, mal conocimiento de la especificidad de la acción…). Puede ser culpable in
causa (por desinformación u oscurecimiento de la verdad) y también vencible o
invenciblemente errónea. Quien obra con conciencia venciblemente errónea peca
siempre, porque muestra al menos una falta de cuidado respecto a la posibilidad de
pecar. La conciencia invenciblemente errónea obliga moralmente por la apariencia de
verdad que muestra, aunque si es culpable en su causa (descuido, olvido), la acción
realizada es moralmente negativa.

c) Por el grado de certeza y obligación.

-conciencia cierta. Ausencia de temor a equivocarse (lo que no garantiza la


verdad de la conciencia).

-conciencia recta. El juicio es fruto de una búsqueda diligente y desinteresada de


la voluntad por amor a la verdad: certeza moral.

-conciencia probable. Juicio probable después de haber buscado cuidadosamente


la verdad.
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-conciencia dudosa. No alcanza a salir de la falta de certeza. Alguna de sus


dudas se pueden subsanar por estudio o consejo (dudas especulativas o
circunstanciales). Siempre es pecado obrar con conciencia dudosa, porque demuestra la
disponibilidad a cometer eventualmente un pecado. Es preciso buscar formarse siempre
una conciencia cierta. Los medios son la oración, estudio y consejo. Hoy se siguen
aplicando en bioética algunos principios de los “sistemas morales” para clarificar la
conciencia dudosa. Tras una búsqueda honesta, se puede decidir con libertad lo que se
juzga más conveniente (en los casos ordinarios, al menos).

d) En referencia al carácter subjetivo.

a) Conciencia delicada: es sensible a los valores morales y cuida la rectitud hacia


los mismos. Por eso mismo consulta las dudas y necesita aclaraciones. En caso de duda
hay que ir a favor de la conciencia.

b) Conciencia laxa: sensibilidad moral muy genérica, en relación a


comportamientos externos y en comparación social. Procura no aclarar su propia
situación para no cambiar de vida. Hay que darles razones para la acción. En caso de
duda hay que inclinarse por la culpabilidad.

c) Conciencia ruda o cauterizada: apenas si existe una valoración moral, no se


puede insistir en sensibilización moral de modo directo, sino sólo en relación a
comportamientos concretos fácilmente perceptibles: muy pocas cosas y muy claras.

d) Conciencia farisaica. Se justifica por elementos exteriores. Es rigorista en


algunos puntos y extremadamente laxa en otros. Ej: el que pregunta a todos hasta
encontrar el que le da la razón. Ej: aquel que por estar en un voluntariado se cree el
mejor del mundo.

e) Conciencia escrupulosa: (“vanas e irrazonables aprensiones” San Alfonso de


Ligorio). Significaban las piedras pequeñas con las que se equilibraban las balanzas.
Hipersensibilidad en temas determinados, que puede coexistir con laxitud en otros.
Imposibilidad de tomar decisiones por sí mismo. Duda sistemática que puede llegar a
ser un trastorno psicológico. Es un fenómeno obsesivo. Se busca una certeza absoluta en
un campo en el que sólo cabe una certeza moral. La angustia que causa la duda
irresoluble hace volver una y otra vez sobre el tema separado de su aspecto práctico. Por
eso no se vence tanto por el medio espiritual de la confesión, cuanto por el crecimiento
en la seguridad para que actúe.
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e) Conciencia perpleja. La que se no se decide a obrar por temor al error. Un


auténtico “conflicto de deberes” es contradictorio, pues o Dios no puede ponerme en tal
situación o si estoy tan obligado a pecar, entonces no peco. Por esto, se trata de salir del
error mediante estudio o consejo. En la urgencia de la resolución práctica, se debe
adoptar el comportamiento menos negativo.

5. La conciencia en el dinamismo del obrar

El discurso de la conciencia pertenece a una ética de la tercera persona, reflexión


de segundo grado sobre el obrar (reflexión sobre el conocimiento práctico directo). Es
decir, es el correlato reflexivo de la virtud de la prudencia sin sus principios afectivos.

Aplicación de las normas universales de la ciencia moral, se expresa en la forma


de deber. Es el nivel meramente racional del juicio prudencial, verdadera fuente
hermenéutica de la conciencia.

En la prudencia, se conjugan la racionalidad con la inclinación afectiva actual.


Sólo cuando la complejidad de las situaciones o la falta de connaturalidad virtuosa
aparecen es cuando la conciencia tiene el papel resolutivo en la forma de casos
problemáticos o situaciones de conflicto.

En ese sentido, es un juicio extrínseco en el proceso de la deliberación y no


garantiza la elección buena. La conciencia obra a partir de principios abstractos,
hipotéticos, especulativos (el bien en sí), pero pueden estar en oposición con las
inclinaciones actuales del sujeto (el bien para mí). Los principios morales no están
percibidos afectivamente, como en la prudencia, por las virtudes morales, que obran
entonces como factores de construcción de la acción buena.

La conciencia funciona como preparación a las virtudes con sus juicios


obligatorios y sus juicios de valoración, pero finaliza en el plano de la prudencia, como
contexto originario de la racionalidad práctica y del dinamismo del obrar excelente.

5.1 La forma cristiana de la conciencia moral

La conciencia necesita adquirir su forma completa en las relaciones teológicas


que constituyen su identidad. Siendo Cristo la forma personal de la verdad, la plenitud
de la ley natural y el significado completo de la ley antigua y el Decálogo, el principio
cristocéntrico se ofrece como la revelación definitiva de la forma de la conciencia. “El
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mismo se hace Ley viviente y personal” (VS 15). La conciencia cristiana es una
participación en la conciencia filial de Cristo. Su origen está en el acto de fe por el que
se reconoce al Hijo de Dios y se lo acoge como verdad plena. En la medida limitada de
nuestra acogida de la Ley nueva de Cristo, la conciencia sigue necesitando leyes escritas
y la autoridad que las interprete.

En la conciencia filial, sigue habiendo una alteridad que permanece y se expresa


como obediencia, y se integra el conflicto entre autonomía y heteronomía: el otro se
acepta de forma libre y amorosa.

La forma cristiana de la conciencia se representa por la Anunciación de María.


Cristiano es tener la mente de Cristo, para lo que hay que engendrarlo. La vergüenza de
María representa entonces su conciencia, en la que está presente su intimidad y su
trascendencia. La conciencia consiente, por el Espíritu Santo, en la verdad de Cristo. La
conciencia cristiana es abrirse a una verdad más grande, lo que lo hace posible el
Espíritu Santo.

6. Principios reflexivos para la solución de casos difíciles

Principios y criterios de la tradición manualista para facilitar la aplicación de la


ley, sobre todo donde surgen dudas y dificultades interpretativas o conflictos. En una
ética de la primera persona se alcanza a entender el objeto intencional del acto, por lo
que el alcance de estas normas aparece insuficiente. Pueden ser sin embargo, todavía
útiles para confirmar el juicio prudencial personal.

6.1 Uso de la Casuística

Reflexión inductiva que compara las soluciones que se dan en circunstancias


similares y que por analogía, verifica la coherencia de la aplicación de los principios.
Pero se ha de seguir defendiendo que el caso es una generalización impersonal, y no
puede eximir del juicio personal garantizado por la prudencia en su verdad práctica. Si
no, se acaba convirtiendo en una búsqueda de coartadas: “Ecce patres qui tollunt
peccata mundi” (Pascal a los Jesuitas en Les provinciales).

Algunos principios casuísticos de referencia


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6.2 Principio del doble efecto

Surge en los años 30 del siglo pasado en torno a la legitimidad de la extracción


de un útero canceroso con efecto abortivo en la terapia quirúrgica.

Cuatro condiciones:

1) La acción debe ser en sí misma buena o al menos indiferente

2) El efecto bueno no debe ser obtenido mediante el efecto malo

3) Debe haber una razón proporcionadamente grave para poner la causa del
efecto malo

4) La voluntad solo debe intentar el efecto bueno.

El criterio tercero de “razón proporcionada” se leyó en los años 60-70 como la


consideración teleológica de las consecuencias cuando una norma considerada
deontológicamente resultaba demasiado rígida por el conflicto de valores
provocado. El error está en perder el intrínseco contenido intencional del acto
realizado (la “razón” del acto) por los múltiples bienes exteriores que se siguen
(las “razones” del obrar). Desde nuestra perspectiva del sujeto agente, se alcanza
a determinar el intrínseco objeto intencional que especifica moralmente el obrar:
la extracción del útero canceroso, mientras la muerte del feto es la consecuencia
prevista pero no querida “directamente” (el voluntario directo o indirecto como
criterio clásico) que cae por tanto fuera de la intención.

6.3 Principio de totalidad

Las partes que componen una unidad compleja están subordinadas al interés
primario de la unidad que las integra. El todo es determinante para la parte, y
puede disponer de ella a su interés (Pio XII). Aplicable al ser personal, en sus
órganos y funciones, y también al orden somático como subordinable al psíquico
para el bien superior de la persona. El trasplante obligado de los órganos de un
muerto no puede ser justificado con este principio, sino desde el de solidaridad o
caridad. Tampoco en la unidad conyugal o familiar vale este principio.
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6.4 Cooperación al mal

Contribución parcial a la realización de acciones malas llevadas a cabo por otros.


No es aceptable declinar la propia responsabilidad en virtud de la preeminencia
de la responsabilidad superior o de la configuración jurídica.

Distinción entre cooperación material y formal: formal: concurso en la mala


voluntad del otro: intención negativa compartida. Material: concurre solo con la
mala acción, pero fuera de la intención (praeter intentionem). Si el objeto moral
del acto de cooperación no tiene otra finalidad intrínseca que la de ayuda a la
mala intención del agente principal, también se comparte la mala voluntad y se
hace formal la cooperación.

Cooperación material: se puede entender como un abuso de la contribución del


otro, y el efecto malo es ciertamente colateral, aun previsto, fuera de la intención
del cooperante. Criterios:

-distancia mayor posible del acto malo del agente principal, para entender que
sea una ocasión de la que el otro se aprovecha.

-Razones proporcionadamente graves. La caridad de impedir el abuso no obliga


“cum gravi incomodo”. A la vez, solo graves responsabilidades morales pueden
justificar la cooperación material.

-La tentación de pasar poco a poco a una cooperación formal.

-el escándalo de la apariencia de aprobación del mal.

6.5 La epiqueya

Cuando una ley parecía inaceptable. Lo conveniente (epieikés) (Aristóteles)


como correctivo de la justicia legal necesario para alcanzar la verdadera justicia.

Suárez interpretó tres casos de aplicación:

-cuando la obediencia a la ley positiva parece mas allá de nuestras fuerzas.

-cuando el cumplimiento de la ley es excesivamente difícil, intolerable y sin


beneficio proporcionado.

-cuando la no observancia de la ley está de acuerdo con la intención benigna del


legislador. O sea, interpretación benévola de la intención del legislador.
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Esta solo es aceptable no en una consideración proporcionalista (las necesarias


excepciones convenientes a las normas rígidas de la ley natural), sino como dimensión
subjetiva de la virtud general de la justicia. Entonces no es flexibilidad, sino disposición
virtuosa que entiende el sentido profundo de la norma, cuando una observancia literal
daría lugar a una injusticia real.

Preguntas sobre la conciencia:

-La conciencia es autojustificación? Todo juicio es verdadero por provenir de un


juicio de conciencia? Existe la conciencia errónea?

-La conciencia opina sobre la ley y su conveniencia? Es una verificación de la


ley desde las circunstancias del sujeto?

-La conciencia es la instancia de la libertad y la autonomía de la persona?

II. Conciencia y verdad

El sagrario del hombre

54. La relación que hay entre libertad del hombre y ley de Dios tiene su base en

el  corazón  de   la   persona,   o   sea,   en   su  conciencia   moral:  «En   lo   profundo   de   su

conciencia —afirma el concilio Vaticano II—, el hombre descubre una ley que él no se

da a sí mismo, pero a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en

los oídos de su corazón, llamándolo siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal:

haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón,

en cuya obediencia está la dignidad humana y según la cual será juzgado (cf. Rm 2, 14­

16)» 101.

Por   esto,   el   modo   como   se   conciba   la   relación   entre   libertad   y   ley   está

íntimamente vinculado con la interpretación que se da a la conciencia moral. En este

sentido, las tendencias culturales recordadas más arriba, que  contraponen y separan

entre   sí  libertad   y   ley,   y   exaltan   de   modo   idolátrico   la   libertad,   llevan   a   una


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interpretación   «creativa»   de   la   conciencia   moral,  que   se   aleja   de   la   posición

tradicional de la Iglesia y de su Magisterio.

55. Según la opinión de algunos teólogos, la función de la conciencia se habría

reducido, al menos en un cierto pasado, a una simple  aplicación de normas morales

generales a cada caso de la vida de la persona. Pero semejantes normas —afirman—

no son capaces de acoger y respetar toda la irrepetible especificidad de todos los actos

concretos de las personas; de alguna manera, pueden ayudar a una justa 
   valoración 
   de
   

la situación,  pero  no pueden sustituir a las personas  en tomar una  decisión  personal

sobre cómo comportarse en determinados casos particulares. Es más, la citada crítica a

la interpretación tradicional de la naturaleza humana y de su importancia para la vida

moral induce a algunos autores a afirmar que estas  normas  no son tanto un criterio

objetivo   vinculante   para   los   juicios   de   conciencia,   sino   más   bien   una  perspectiva

general que, en un primer momento, ayuda al hombre a dar un planteamiento ordenado

a su vida personal y social. Además, revelan la complejidad típica del fenómeno de la

conciencia: ésta se relaciona profundamente con toda la esfera psicológica y afectiva,

así como con los múltiples influjos del ambiente social y cultural de la persona. Por otra

parte, se exalta al máximo el valor de la conciencia, que el Concilio mismo ha definido

«el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más

íntimo de ella» 102. Esta voz —se dice— induce al hombre no tanto a una meticulosa

observancia de las normas universales, cuanto a una creativa y responsable aceptación

de los cometidos personales que Dios le encomienda.

Algunos   autores,   queriendo   poner   de   relieve   el   carácter  creativo  de   la

conciencia, ya no llaman a sus actos con el nombre de juicios, sino con el de decisiones.

Sólo tomando  autónomamente  estas decisiones el hombre podría alcanzar su madurez

moral. No falta quien piensa que este proceso de maduración sería obstaculizado por la

postura demasiado categórica que, en muchas cuestiones morales, asume el Magisterio
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de la Iglesia, cuyas intervenciones originarían, entre los fieles, la aparición de inútiles

conflictos de conciencia.

56. Para justificar semejantes posturas, algunos han propuesto una especie de

doble estatuto de la verdad moral. Además del  nivel doctrinal y abstracto, sería

necesario   reconocer   la   originalidad   de   una  cierta   consideración   existencial   más

concreta. Ésta, teniendo en cuenta las circunstancias y la situación, podría establecer

legítimamente unas excepciones a la regla general y permitir así la realización práctica,

con buena conciencia, de lo que está calificado por la ley moral como intrínsecamente

malo.   De   este   modo   se   instaura   en   algunos   casos   una   separación,   o   incluso   una

oposición, entre la doctrina del precepto válido en general y la norma de la conciencia

individual, que decidiría de hecho, en última instancia, sobre el bien y el mal. Con esta

base   se   pretende   establecer   la   legitimidad   de   las   llamadas  soluciones  pastorales

contrarias   a   las   enseñanzas   del   Magisterio,   y   justificar   una  hermenéutica  creativa,

según la cual la conciencia moral no estaría obligada en absoluto, en todos los casos,

por un precepto negativo particular.

Con   estos   planteamientos   se   pone   en   discusión   la  identidad   misma   de   la

conciencia moral ante la libertad del hombre y ante la ley de Dios. Sólo la clarificación

hecha anteriormente sobre la relación  entre libertad y ley basada en la verdad hace

posible el discernimiento sobre esta interpretación creativa de la conciencia.

El juicio de la conciencia

57. El mismo texto de la carta a los Romanos, que nos ha presentado la esencia

de la ley natural, indica también el sentido bíblico de la conciencia, especialmente en su

vinculación específica con la ley:  «Cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen

naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como

quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su
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conciencia con sus juicios contrapuestos que los acusan y también los defienden» (Rm

2, 14­15).

Según las palabras de san Pablo, la conciencia, en cierto modo, pone al hombre

ante la  ley,  siendo  ella  misma  «testigo»  para  el  hombre:  testigo  de  su fidelidad  o

infidelidad a la ley, o sea, de su esencial rectitud o maldad moral. La conciencia es el

único testigo. Lo que sucede en la intimidad de la persona está oculto a la vista de los

demás   desde fuera.  La   conciencia   dirige  su  testimonio   solamente  hacia  la persona

misma. Y, a su vez, sólo la persona conoce la propia respuesta a la voz de la conciencia.

58. Nunca se valorará adecuadamente la importancia de este íntimo diálogo del

hombre consigo mismo.  Pero, en realidad, éste es el  diálogo del hombre con Dios,

autor de la ley, primer modelo y fin  último del hombre. «La conciencia —dice san

Buenaventura— es como un heraldo de Dios y su mensajero, y lo que dice no lo manda

por sí misma, sino que lo manda como venido de Dios, igual que un heraldo cuando

proclama el edicto del rey. Y de ello deriva el hecho de que la conciencia tiene la fuerza

de obligar» 103. Se puede decir, pues, que la conciencia da testimonio de la rectitud o

maldad del hombre al hombre mismo, pero a la vez y antes aún, es  testimonio de

Dios mismo, cuya voz y cuyo juicio penetran la intimidad del hombre hasta las raíces de

su alma, invitándolo  «fortiter et suaviter» a la obediencia: «La conciencia moral no

encierra al hombre en una soledad infranqueable e impenetrable, sino que lo abre a la

llamada, a la voz de Dios. En esto, y no en otra cosa, reside todo el misterio y dignidad

de la conciencia moral: en ser el lugar, el espacio santo donde Dios habla al hombre»

104.

59. San Pablo no se limita a reconocer que la conciencia hace de  testigo,  sino

que   manifiesta   también   el   modo   como   ella   realiza   semejante   función.   Se   trata   de

razonamientos  que   acusan   o   defienden   a   los   paganos   en   relación   con   sus


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comportamientos (cf. Rm 2, 15). El término razonamientos evidencia el carácter propio

de la conciencia, que es el de ser un juicio moral sobre el hombre y sus actos. Es un

juicio de absolución o de condena según que los actos humanos sean conformes o no

con la ley de Dios escrita en el corazón. Precisamente, del juicio de los actos y, al

mismo tiempo,  de su autor y del  momento  de su definitivo  cumplimiento,  habla  el

apóstol Pablo en el mismo texto: así será «en el día en que Dios juzgará las acciones

secretas de los hombres, según mi evangelio, por Cristo Jesús» (Rm 2, 16).

El juicio de la conciencia es un  juicio práctico,  o sea, un juicio que ordena lo

que el hombre debe hacer o no hacer, o bien, que valora un acto ya realizado por él. Es

un juicio que aplica a una situación concreta la convicción racional de que se debe

amar, hacer el bien y evitar el mal. Este primer principio de la razón práctica pertenece

a  la   ley  natural,  más   aún,  constituye  su  mismo  fundamento   al  expresar   aquella   luz

originaria sobre el bien y el mal, reflejo de la sabiduría creadora de Dios, que, como una

chispa  indestructible  («scintilla  animae»), brilla  en  el  corazón  de  cada  hombre.  Sin

embargo,   mientras   la   ley   natural   ilumina   sobre   todo   las   exigencias   objetivas   y

universales   del   bien   moral,  la   conciencia   es   la   aplicación   de   la   ley   a   cada   caso

particular, la cual se convierte así para el hombre en un dictamen interior, una llamada

a realizar el bien en una situación concreta. La conciencia formula así la obligación

moral a la luz de la ley natural: es la obligación de hacer lo que el hombre, mediante

el acto de su conciencia,  conoce  como un bien que le es señalado  aquí y ahora.  El

carácter universal de la ley y de la obligación no es anulado, sino más bien reconocido,

cuando la razón determina sus aplicaciones a la actualidad concreta. El juicio de la

conciencia   muestra  en   última   instancia  la  conformidad   de   un   comportamiento

determinado respecto a la ley; formula la norma próxima de la moralidad de un acto

voluntario, actuando «la aplicación de la ley objetiva a un caso particular» 105.

60. Igual que la misma ley natural y todo conocimiento  práctico, también  el


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juicio   de   la   conciencia   tiene   un  carácter   imperativo:   el   hombre  debe   actuar  en

conformidad con dicho juicio. Si el hombre actúa contra este juicio, o bien, lo realiza

incluso no estando seguro si un determinado acto es correcto o bueno, es condenado por

su misma conciencia,  norma próxima de la moralidad personal.  La dignidad  de esta

instancia racional y la autoridad de su voz y de sus juicios derivan de la verdad sobre el

bien y sobre el mal moral, que está llamada a escuchar y expresar. Esta verdad está

indicada por la «ley divina», norma universal y objetiva de la moralidad. El juicio de la

conciencia no establece la ley, sino que afirma la autoridad de la ley natural y de la

razón   práctica   con   relación   al   bien   supremo,   cuyo   atractivo   acepta   y   cuyos

mandamientos acoge la persona humana: «La conciencia, por tanto, no es una fuente

autónoma y exclusiva para decidir lo que es bueno o malo; al contrario, en ella está

grabado profundamente un principio de obediencia a la norma objetiva, que fundamenta

y condiciona la congruencia de sus decisiones con los preceptos y prohibiciones en los

que se basa el comportamiento humano» 106.

61.   La   verdad   sobre   el   bien   moral,   manifestada   en   la   ley   de   la   razón,   es

reconocida práctica y concretamente por el juicio de la conciencia, el cual lleva a asumir

la responsabilidad del bien realizado y del mal cometido; si el hombre comete el mal, el

justo juicio de su conciencia es en él testigo de la verdad universal del bien, así como de

la malicia  de su decisión  particular.  Pero el  veredicto de la conciencia  queda en el

hombre incluso como un signo de esperanza y de misericordia. Mientras demuestra el

mal cometido,  recuerda también el perdón que se ha de pedir, el bien que hay que

practicar y las virtudes que se han de cultivar siempre, con la gracia de Dios.

Así, en el juicio práctico de la conciencia, que impone a la persona la obligación

de realizar un determinado acto, se manifiesta el vínculo de la libertad con la verdad.

Precisamente   por   esto   la   conciencia   se   expresa   con   actos   de  juicio,  que   reflejan   la

verdad sobre el bien, y no como decisiones arbitrarias. La madurez y responsabilidad de
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estos juicios —y, en definitiva, del hombre, que es su sujeto— se demuestran no con la

liberación de la conciencia de la verdad objetiva, en favor de una presunta autonomía de

las propias decisiones, sino, al contrario, con una apremiante búsqueda de la verdad y

con dejarse guiar por ella en el obrar.

Buscar la verdad y el bien

62. La conciencia, como juicio de un acto, no está exenta de la posibilidad de

error. «Sin embargo, —dice el Concilio— muchas veces ocurre que la conciencia yerra

por ignorancia invencible, sin que por ello pierda su dignidad. Pero no se puede decir

esto cuando el hombre no se preocupa de buscar la verdad y el bien y, poco a poco, por

el hábito del pecado, la conciencia se queda casi ciega» 107. Con estas breves palabras,

el Concilio ofrece una síntesis de la doctrina que la Iglesia ha elaborado a lo largo de los

siglos sobre la conciencia errónea.

Ciertamente,  para tener una «conciencia  recta» (1 Tm  1, 5), el hombre debe

buscar la verdad y debe juzgar según esta misma verdad. Como dice el apóstol Pablo, la

conciencia debe estar «iluminada por el Espíritu Santo» (cf. Rm 9, 1), debe ser «pura»

(2   Tm  1,   3),   no   debe   «con   astucia   falsear   la   palabra   de   Dios»   sino   «manifestar

claramente la verdad» (cf. 2 Co 4, 2). Por otra parte, el mismo Apóstol amonesta a los

cristianos   diciendo:   «No   os   acomodéis   al   mundo   presente,   antes   bien   transformaos

mediante  la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la

voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rm 12, 2).

La amonestación de Pablo nos invita a la vigilancia, advirtiéndonos que en los

juicios de nuestra conciencia anida siempre la posibilidad de error. Ella no es un juez

infalible: puede errar. No obstante, el error de la conciencia puede ser el fruto de una

ignorancia invencible, es decir, de una ignorancia de la que el sujeto no es consciente y

de la que no puede salir por sí mismo.
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En el caso de que tal ignorancia invencible no sea culpable —nos recuerda el

Concilio— la conciencia no pierde su dignidad porque ella, aunque de hecho nos orienta

en modo no conforme al orden moral objetivo,  no cesa de hablar en nombre de la

verdad sobre el bien, que el sujeto está llamado a buscar sinceramente.

63. De cualquier modo, la dignidad de la conciencia deriva siempre de la verdad:

en el caso de la conciencia recta, se trata de la verdad objetiva acogida por el hombre;

en el de la conciencia errónea, se trata de lo que el hombre, equivocándose, considera

subjetivamente verdadero. Nunca es aceptable confundir un error subjetivo sobre el bien

moral con la verdad objetiva, propuesta racionalmente al hombre en virtud de su fin, ni

equiparar el valor moral del acto realizado con una conciencia verdadera y recta, con el

realizado siguiendo el juicio de una conciencia errónea 108. El mal cometido a causa de

una ignorancia invencible, o de un error de juicio no culpable, puede no ser imputable a

la persona que lo hace; pero tampoco en este caso aquél deja de ser un mal, un desorden

con relación a la verdad sobre el bien. Además, el bien no reconocido no contribuye al

crecimiento moral de la persona que lo realiza; éste no la perfecciona y no sirve para

disponerla al bien supremo. Así, antes de sentirnos fácilmente justificados en nombre de

nuestra conciencia, debemos meditar en las palabras del salmo: «¿Quién se da cuenta de

sus yerros? De las faltas ocultas límpiame» (Sal 19, 13). Hay culpas que no logramos

ver y que no obstante son culpas, porque hemos rechazado caminar hacia la luz (cf. Jn

9, 39­41).

La conciencia, como  juicio último concreto, compromete su dignidad cuando

es  errónea culpablemente,  o sea «cuando el hombre no trata de buscar la verdad y el

bien, y cuando, de esta manera, la conciencia se hace casi ciega como consecuencia de

su hábito de pecado» 109. Jesús alude a los peligros de la deformación de la conciencia

cuando advierte: «La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo

estará luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz
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que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!» (Mt 6, 22­23).

64. En las palabras de Jesús antes mencionadas, encontramos también la llamada

a formar la conciencia, a hacerla objeto de continua conversión a la verdad y al bien.

Es  análoga   la  exhortación   del  Apóstol  a  no  conformarse  con  la  mentalidad  de  este

mundo, sino a «transformarse renovando nuestra mente» (cf. Rm 12, 2). En realidad, el

corazón convertido al Señor y al amor del bien es la fuente de los juicios verdaderos de

la conciencia. En efecto, para poder «distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo

agradable, lo perfecto» (Rm 12, 2), sí es necesario el conocimiento de la ley de Dios en

general, pero ésta no es suficiente: es indispensable una especie de «connaturalidad»

entre el hombre y el verdadero bien  110. Tal connaturalidad  se fundamenta  y se

desarrolla en las actitudes virtuosas del hombre mismo: la prudencia y las otras virtudes

cardinales, y en primer lugar las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad.

En este sentido, Jesús dijo: «El que obra la verdad, va a la luz» (Jn 3, 21).

Los   cristianos   tienen   —como   afirma   el   Concilio—  en   la   Iglesia   y   en   su

Magisterio   una   gran   ayuda  para   la   formación   de   la   conciencia:   «Los   cristianos,   al

formar su conciencia, deben atender con diligencia a la doctrina cierta y sagrada de la

Iglesia. Pues, por voluntad de Cristo, la Iglesia católica es maestra de la verdad y su

misión es  anunciar  y enseñar auténticamente  la Verdad, que es Cristo, y, al mismo

tiempo, declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen

de   la   misma   naturaleza   humana»  111.   Por   tanto,   la   autoridad   de   la   Iglesia,   que   se

pronuncia sobre las cuestiones morales, no menoscaba de ningún modo la libertad de

conciencia de los cristianos; no sólo porque la libertad de la conciencia no es nunca

libertad con respecto a la verdad, sino siempre y sólo en la verdad, sino también porque

el Magisterio no presenta verdades ajenas a la conciencia cristiana, sino que manifiesta

las verdades que ya debería poseer, desarrollándolas a partir del acto originario de la fe.

La Iglesia se pone sólo y siempre  al servicio de la conciencia,  ayudándola a no ser


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zarandeada aquí y allá por cualquier viento de doctrina según el engaño de los hombres

(cf. Ef 4, 14), a no desviarse de la verdad sobre el bien del hombre, sino a alcanzar con

seguridad, especialmente en las cuestiones más difíciles, la verdad y a mantenerse en

ella.