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PREDICA: LA TRANSFIGURACIÓN DE JESÚS

Hermanos y hermanas, es de mucha alegría estar nuevamente


con ustedes, para que juntos reflexionemos la Palabra del Señor,
estamos viviendo la Cuaresma, este caminar de 40 días de
preparación, para llegar con gozo y alegría a celebrar la Pascua.

Recordemos que la semana anterior se nos presentó un


escenario el “desierto” Atravesar el desierto es lucha, resistencia,
porque es un lugar lleno de pruebas, esa es la realidad de nuestra
vida luchar cada día, en el desierto no podemos quedarnos a
vivir, esto nos enseña a no echar raíces en las cosas que el
mundo nos ofrece; hay que caminar, hay que peregrinar, como
los israelitas, con la mirada puesta en la tierra prometida, aunque
el camino sea cuesta arriba, nuestra esperanza, es que al final del
camino veremos a Jesús en su Gloria. La montaña es el segundo
escenario que la liturgia de la palabra nos presenta en esta
cuaresma que nos debe fortalecer para seguir cargando nuestra
cruz por muy pesada que esta sea.

Lectura del Santo Evangelio Según San Marcos; 9, 2-10

Para entrar en la Gloria de Dios es necesario pasar por la


Cruz.

En el contexto del Evangelio que acabamos de escuchar


encontramos que Jesús en Cesarea, declaró que iba a sufrir y a
padecer en Jerusalén en manos de los sacerdotes, ancianos y de
los escribas, con esta noticia los discípulos estaban muy
desanimados, llevaban 6 días de estar entristecidos por no ver a
un mesías como ellos se lo habían imaginado, un triunfalista.

Jesús llama a San Pedro, Santiago, y San Juan, y los lleva con él
a subir al Monte alto, para desterrar del alma de ellos el
escándalo de la Cruz, una gota de miel en medio de la amargura,
que servirá para ver más allá del momento.

Para empezar hay que emprender el camino, subir la montaña


alta, nos imaginamos que a los discípulos les habrá costado
subirlo, habrán encontrado piedras, espinas, animales, para

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subirlo tuvieron que abrazar una Cruz, pero perseveraron hasta


llegar a la cima, encontraron la Gloria de Dios, que es la promesa
de la transfiguración.

Muchos se quedan abajo, en la comodidad, dicen; de que sirve ir


a la Iglesia a perder el tiempo, dichosos los que no tienen nada
que hacer, se quedan en los afanes del mundo.

Subir a la montaña es entrar en contacto con la presencia de


Dios. Moisés y Elías tuvieron esa experiencia, Moisés se encontró
con Dios en el Monte Sinaí, en donde Dios le da las tablas de la
ley.

Jesús hace lo mismo, San Lucas es el que nos presenta a Jesús


en constante intimidad con su Padre, sube a Orar en los montes,
en esta ocasión, en el momento de su oración se Transfigura, su
rostro cambia de aspecto, los apóstoles vieron a Jesús con un
resplandor que casi no se puede describir con palabras: su rostro
brillaba como el sol y sus vestidos eran resplandecientes como la
luz.
Los personajes que hablaban con Jesús eran Moisés y Elías.
Moisés el que recibió la Ley de Dios en el Sinaí representa a la
Ley, Elías por su parte representa a los profetas, por tanto, los
representantes de la ley y de los profetas respectivamente, que
vienen a dar testimonio de Jesús, quien es, el cumplimiento de
todo lo que dicen la ley y los profetas.

Lo que los discípulos estaban viendo era algo extraordinario,


maravilloso, un anticipo del cielo, aunque asustados, San Pedro
se sentía bien y quería quedarse ahí, por eso dice a Jesús:
“Maestro, ¡Qué bien que estemos aquí! Estaba en presencia de
Dios, viéndolo como era y él hubiera querido quedarse ahí para
siempre.
Jesús no se encuentra con Dios, como Moisés, sino que se
muestra como el mismo Dios-Hijo, Aquí tenemos la respuesta
de quien es Jesús, Él es verdadero Dios, en Él se revela y se
hace presente el Padre, Jesús; verdadero Dios y verdadero
hombre, y es confirmado por el Padre, “Este es mi Hijo amado
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escúchenlo” voz que sale de la nube que los envuelve, la nube


que en las sagradas escrituras, es presencia de Dios.

Cuando hemos sido tocados por la experiencia de Dios, su luz


resplandece y alcanza a quienes nos rodean, cuando subimos al
monte de Dios, esa experiencia nos lleva a un punto tal que
resplandecemos. Cuáles son nuestros montes donde debemos
subir; al monte de la Oración personal, la oración comunitaria,
cuando vivimos los sacramentos, especialmente la Santa
Eucaristía.

¿Resplandecemos nosotros cuando salimos de la Eucaristía?


¿Pueden ver los demás ese resplandor como lo vio el pueblo
en Moisés? ¿Estamos transparentando a Cristo glorioso?

Podemos decir que si, como el apóstol San Pedro, “Que bien que
estemos aquí” Tan a gusto estamos en nuestros grupos de
oración, que ya no queremos salir: ¿nos aferramos a los templos?
¿Nos paralizamos en cuatro paredes? Pregonamos que solo
queremos estar en la Iglesia, porque solo ahí me siento bien. No
es que sea malo que nos sintamos bien, porque de eso se trata,
pero el cristiano no debe olvidar que junto con la contemplación y
la celebración, está la acción y el compromiso; subir al monte es
encontrarnos con Dios en la Oración, pero que tras la oración la
realidad del mundo nos aguarda.

Subir al monte de la Santa Eucaristía en donde el Señor sigue


transfigurándose para nosotros, cada vez que asistimos a la
Eucaristía revivimos la maravilla de la presencia de Dios, donde lo
contemplamos, pero la Eucaristía no termina en el templo, no
hemos de quedarnos en la cima del monte, debemos bajar del
monte, bajar a nuestra realidad.
Jesús no se quedó en la cima del monte bajó para enfrentar la
cruz, porque no podemos entrar en la Gloria de Dios sin pasar por
la cruz, hemos de salir al mundo para anunciar a todos lo que
hemos contemplado.

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Mostrar el resplandor de la luz de Dios a los demás, esto si


realmente contemplamos el Rostro de Jesús en la Eucaristía, o en
la oración, porque muchas veces solo estamos de cuerpo
presente, ni siquiera vemos a Jesús, salimos peor que cuando
entramos y así como vamos a transparentar a Jesús, por eso
muchos no damos testimonio al salir de la Eucaristía.
La oración no es, un tengo que hacerlo, la eucaristía no es, me
toca ir, al vivir la Eucaristía tengo que estar convencido, que me
estoy encontrando con Dios, que me gozo en su presencia,
entonces al salir mi rostro irradiará a Cristo, pero hay que bajar a
nuestra realidad a dar testimonio. Quizá nuestro rostro no brille
pero que se nos note la alegría, siendo amables, serviciales, que
llevemos la paz de Cristo a nuestros hogares.

Esto nos enseña a seguir adelante aquí en la tierra aunque


tengamos que sufrir, con la esperanza de que Él nos espera con
su gloria en el Cielo y que vale la pena cargar con nuestra cruz,
cual es nuestra cruz o cuales son nuestras cruces, la cruz de
nuestros problemas, la cruz de nuestros sufrimientos personales y
familiares, la cruz que cargamos por seguir a Jesús: Las críticas,
nos juzgan, encontramos humillaciones, todo esto vale la pena
porque como cristianos estamos convencidos de que venimos de
Dios y vamos hacia Dios, aquí en la tierra solo somos peregrinos,
nos espera el cielo, pero es preciso pasar por la Cruz.

Hermanos y hermanas que nos escuchan y nos ven, el Señor nos


dice, mucho ánimo, a veces oímos que estar sirviéndole al Señor,
estar en la Iglesia, es encontrarnos con más problemas y nos
desanimamos y optamos por quedarnos en nuestra comodidad,
hoy el Señor nos invita a asumir con responsabilidad nuestra
cruz, seamos amigos de la cruz y no enemigos como nos lo dice
San pablo en su carta a los filipenses:

“Porque hay muchos que viven como enemigos de la Cruz de Cristo;


se lo he dicho a ustedes muy a menudo, ahora lo repito llorando”.

Muchos son enemigos de la Cruz de Cristo, porque quieren un


cristianismo suave, un cristianismo sin compromiso, que sea a
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nuestro gusto, es como cuando un estudiante universitario quiere


ganar el semestre si estudiar o un atleta quiere ganar la media
maratón sin entrenar; el camino hacia la meta requiere exigencia,
hay que asumir los problemas, cargar nuestra cruz, Jesús nos
dijo; el que quiera seguirme que se niegue a sí mismo y cargue su
Cruz, solo se llega a la Gloria de la Resurrección, afrontando la
Cruz.

Jesús sabe que el Padre lo acompañará, todo lo que hace, lo


hace a la manera del Padre, nosotros queremos hacer las cosas
a nuestra manera no a la manera de Jesús; Jesús escucha a su
Padre, nosotros debemos escuchar a Jesús.

“Escúchenlo” es el mandato del Padre, solo la escucha frecuente


de la Palabra de Dios, la Oración constante va a modelarnos
como Jesús, a cambiar nuestra vida, a servir a los demás y no
aprovecharnos de ellos, tener los mismos sentimientos de Jesús,
entonces los demás podrán ver en nosotros a Jesús, como lo dice
san Pablo: “ya no soy yo el que vive, sino es Cristo el que vive en
mí”

Hermanos y hermanas que en esta cuaresma no sea una


cuaresma más, sino una nueva oportunidad que Dios nos regala
para hacer cambios en nuestra vida, ya no sigamos
desfigurándonos por el pecado, por la mediocridad, las injusticias,
la pereza, el orgullo, el odio, el consumismo, etc. Que lejos
estamos de multiplicar nuestros talentos, hemos ido
empobreciendo nuestra existencia, nos hemos ido desfigurando.
Transfigurémonos en Cristo, mostrando amor a la vida y a las
personas, mostrar coraje en las dificultades y dignidad en los
problemas que encontramos, mantenernos unidos en familia
antes los embates que sufrimos, saber perdonar y solucionar las
diferencias que tenemos con las personas amadas, luchemos por
imitar a Cristo, no perdamos de vista, hacia dónde vamos, al cielo
a encontrarnos con Jesús en su Gloria, aunque para eso
tengamos que pasar por la Cruz. Pero vale la pena mis Hnos. y
Hnas. AMEN

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