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BAUDELAIRE O EL EXILIO

El motivo del exilio, sea explícito o tácito, literal o alegórico, es recurrente en la obra de
Baudelaire, desde sus poemas hasta sus notas privadas. Pero seguramente el texto capital es
“El cisne”, poema que pertenece a los “Cuadros parisinos” de Las flores del mal. Leamos el
poema e intentemos escuchar lo que tiene para decirnos acerca del exilio.

El cisne

A Víctor Hugo.

¡Andrómaca, pienso en ti! Este riacho,


Pobre y triste espejo donde antaño resplandeció
La inmensa majestad de tus dolores de viuda,
Este Simoïs mentiroso que con vuestras lágrimas crece,

Ha fecundado de pronto mi memoria fértil,


Cuando yo atravesaba el nuevo Carrousel.
El viejo París ya no es (la forma de una ciudad
Cambia más rápido, ¡ah!, que el corazón de un mortal);

Yo no veo sino con el espíritu todo este caserío,


Este montón de capiteles esbozados y los fustes,
Las hierbas, los grandes bloques verdecidos por el agua de las charcas,
Y brillando en las ventanas, el bric-a-brac confuso.

Allí se mostraba antaño una casa de fieras;


Allá yo vi, una mañana, en la hora en que bajo los cielos
Fríos y claros el Trabajo se despierta, en que la basura
Empuja un sombrío huracán en el aire silencioso,

Un cisne que se había evadido de su jaula,


Y, con sus patas palmípedas frotando el empedrado seco,
Sobre el suelo' áspero arrastraba su blanco plumaje.
Cerca de un arroyo sin agua la bestia abriendo el pico

Bañaba nerviosamente sus alas en el polvo,


Y decía, el corazón lleno de su bello lago natal:
"Agua, ¿Cuándo lloverás? ¿Cuándo tronarás, rayo?"
Yo veo este desdichado, mito extraño y fatal,

Hacia el cielo algunas veces, como el hombre de Ovidio,


Hacia el cielo irónico y cruelmente azul,
Sobre su cuello convulsivo tender su cabeza ávida,
¡Como si dirigiera reproches a Dios!

II

¡París cambia! ¡pero nada en mi melancolía


Se ha movido! palacios nuevos, andamiajes, bloques,
Viejos arrabales, todo para mí vuélvese alegoría,
Y mis caros recuerdos son más pesados que rocas.

También ante este Louvre una imagen me oprime:


Y pienso en mi gran cisne, con sus gestos locos,
Como los exiliados, ridículo y sublime,
¡Y roído por un deseo sin tregua! y luego en vos,

Andrómaca, de los brazos de un gran esposo caída,


Vil rebaño, bajo la mano del soberbio Pirro,
Cabe una tumba vacía en éxtasis doblegado;
Viuda de Héctor, ¡ah! ¡y mujer de Heleno!

Yo pienso en la negra, enflaquecida y tísica,


Chapaleando en el lodo, y buscando, la mirada huraña,
Los cocoteros ausentes del África soberbia
Detrás de la muralla inmensa de neblina;

En cualquiera que ha perdido lo que no se encuentra


¡Jamás, jamás! ¡en los que beben lágrimas!
¡Y maman del Dolor cual de una buena loba!
¡En los flacos huérfanos secándose cual flores!

Así en el bosque en que mi espíritu se exilia


¡Un viejo Recuerdo resuena con la plenitud del cuerno!
Pienso en los marineros olvidados en una isla,
¡En los cautivos, en los vencidos!... ¡y en muchos otros todavía!

El motivo del exilio se presenta ya en la dedicatoria, pues Víctor Hugo se encontraba


entonces exiliado en Guernsey. El poema está dedicado, puede decirse, al exilio, es un
poema al exilio. Sin embargo, la primera palabra del poema, un nombre propio, un
apóstrofe, que cae como un rayo abriendo la bruma, es el nombre de Andrómaca, la esposa
de Héctor, que, tras la muerte de su esposo, vive, así la evoca Baudelaire, en su exilio en el
Epiro, casada con Heleno, su cuñado, también desterrado tras la caída de la ciudad.
Andrómaca viene a la memoria de Baudelaire, o mejor, según dice el poema, el
pensamiento del poeta va hacia Andrómaca, la evoca a través del espacio y el tiempo, pero
de tal modo que la trae aquí, ahora, mientras pasea junto al río. Es precisamente el río, este
río el que suscita el recuerdo o el pensamiento. Ahora bien, ¿qué río es éste? El Sena,
seguramente, ya que el poeta dice que camina por la plaza del Carrousel, frente al Louvre.
Pero el Sena es también entonces el Simois, el río troyano, o más bien el fingido Simois, el
río del exilio junto al que Heleno construye una ciudad a imitación de Troya y junto al que
Andrómaca levantó un túmulo en honor de Héctor para llorarlo aunque sea sobre una tumba
vacía. El Simois no es el Simois. Si atendemos a la caracterización de Andrómaca
descubriremos una indicación preciosa. No sólo, como se ha señalado, Andrómaca, fecunda
en sus lágrimas, recuerda la fecundidad literaria de Hugo en el exilio, sino, lo que nos
importa más aquí, su majestad, perdida, es cierto, pero presente en cuanto perdida, es la
misma que se dice de la paseante en ese otro célebre poema de los “Cuadros parisinos”, “A
una que pasa”. De Andrómaca se recuerda, reflejada en el Simois o en el Sena o en un río
que no es ninguna de los dos y corre en la memoria, “la inmensa majestad de tus dolores de
viuda”. A la paseante parisina se la describe como “alta, delgada, de riguroso luto y
majestuoso dolor”. La evocación de Andrómaca en el exilio no es, pues, una evasión, pues
el recuerdo devuelve al poeta al aquí y ahora de su paseo, a un exilio más próximo que
recién empieza a descubrirse. Porque si el Sena puede hacer pensar en el Simois es porque
tampoco es del todo el Sena, porque hay en él una diferencia, una distancia respecto de él
mismo que lo aleja y lo extraña, lo exilia de sí. París cambia, indudablemente, y cambia
más rápido que el voluble corazón de los mortales. El viejo París ya no es, ya no queda,
como dice la glosa de un tango de la vieja calle Corrientes. Al pasar por el nuevo Carrousel,
el poeta atraviesa también, en espíritu, es decir, en el recuerdo, los viejos arrabales que
arrasó la piqueta de Haussmann. Como Andrómaca, Baudelaire pasea por un falso París,
por un París que ya no es y por un París que no es París, o que él, en su recuerdo, ya no
reconoce, no puede ni quiere reconocer como París. Exiliado de París en París, Baudelaire
es la figura de aquél que, olvidado por la ciudad que cambia, no quiere olvidar lo que ha
sido y ya no es. En el presente, Baudelaire pasea en el pasado, o mejor, pasea en la
diferencia entre presente y pasado. Es el paseo, la flânerie del exilio. Pero antes de arribar
al flâneur hay que pasar por esa otra figura, ese otro mito, “extraño y fatal”, del exilio que
da título al poema: el cisne, precisamente. El paseante recuerda que hace tiempo, cuando en
el Carrousel había un pequeño zoológico, vio a un cisne que, escapado de su jaula,
arrastrándose por el pavimento junto a un arroyo seco, levantando al cielo su cabeza, “como
el hombre de Ovidio”, y con el pecho lleno de su lago natal, deploraba su suerte. La
mención de Ovidio, a quien también hizo alusión, tácitamente, el episodio de Andrómaca,
es importante porque Ovidio es el gran poeta exiliado de la Antigüedad. Pero además el
cisne recuerda la posición erguida del hombre sólo para tornarla irrisoria. “Ridículo y
sublime”, “como los exiliados”, dice el poema, el cisne es la figura del hombre caído, es
decir, del hombre a secas, puesto que Baudelaire piensa la vida como exilio (y de lo que la
vida está exiliada no es tanto una vida anterior o un paraíso remoto sino, como Blanchot ha
señalado, de la sola posibilidad de morir). Pero más particularmente, el cisne es emblema
del poeta. Aquí la referencia es el poema “El albatros”, pero asimismo dos poemas en prosa
de El spleen de París, “Pérdida de aureola” y “El viejo saltimbanqui”. Sublime en el cielo,
el albatros resulta en su exilio terrestre torpe, feo, ridículo. Así el poeta, ese habitante de
paraísos, que ha perdido su aureola y ahora representa su papel de comediante para
diversión de la plebe. Pero para volver al cisne, hay que subrayar que su exilio es un exilio
urbano, que él está exiliado en la ciudad –el pavimento polvoriento por el que arrastra sus
alas, el aire hinchado del olor de los basurales, el paso de los obreros rumbo al yugo trazan,
inequívocos, el cuadro parisino. Lo mismo sucede con la otra figura, la otra exiliada del
poema, “la negra flaca y tísica” que busca, detrás del muro de bruma de la ciudad, los
cocoteros ausentes de su África natal. Si el cisne alegorizaba lo sublime caído, la negra
alegoriza lo exótico caído. La negra está perdida en la cotidiana vulgaridad de la ciudad,
está exiliada en la ciudad, en la que lo cotidiano es extraño y hostil. Pero ello quiere decir
que lo exótico, la lejanía a la que la imaginación viajaba para huir del mundo, está aquí, y
que aquí es un lugar de exilio. O aun, dicho quizá más rigurosamente, que el afuera del
mundo con el que se fingía soñar (reléase el poema “Out of the world”, de El spleen de
París) está en el mundo, que no hay afuera del mundo pero el mundo es el afuera, la
intemperie, un desierto de ennui sembrado de oasis de horror, como ya sabía “El viaje”, el
poema final, que es también la última renuncia, de Las flores del mal. Es precisamente la
renuncia a la ilusión del viaje la que abre a la necesidad de la flânerie, del paseo aquí y
ahora, estrictamente intrascendente. Se recordará el final del poema “El abismo”: “-¡Ah!,
¡no salir jamás de los números y de los seres!” Se ha observado la dificultad de interpretar
el verso, decidir si la interjección es un signo de desesperación o de alivio, de queja o de
éxtasis. Si lo que se llama el abismo, ese abismo que está en todo (“todo es abismo”, dice el
poema), se confunde con el fondo sin fondo (lo que también se llama el infinito: “Sólo veo
infinito en todas las ventanas”), el fondo sin fondo de las imágenes, el vacío del que vienen
y en el que se hunden enseguida, entonces el deseo del abismo es el deseo del olvido de las
imágenes, el gusto de la nada como olvido, pero el horror del abismo es la pasión de las
imágenes, el gusto del número, de la multiplicidad de los seres en cuya dispersión sin
embargo ya acecha el infinito. Precisamente, el flâneur es aquél que, porque padece esa
enfermedad que consiste en sentir el horror del domicilio, elige domicilio en el número, en
el movimiento, en lo fugitivo y en lo infinito, es decir, en una palabra, en la multitud. Si la
multitud es el sitio del exilio, si uno se exilia en la multitud, el flâneur hace de ese exilio
todavía un asilo, habita la multitud callejera como su única casa, su único domicilio. El
flâneur afirma el exilio. El exilio ya no es algo meramente padecido, sufrido como
imposición, aunque sea voluntario. El exilio es ahora una pasión, la afirmación del afuera
como única patria o ausencia de patria del alma, de aquélla que no conoce domicilio ni
interioridad ni vida. Habría que recorrer todos los textos en los que Baudelaire trata de esta
relación del solitario con la multitud. Baste con citar un párrafo del poema en prosa titulado
“Las muchedumbres”: “Aquello que los hombres llaman amor es muy pequeño, muy
exiguo y muy débil comparado con esa orgía inefable, con esa santa prostitución del alma
que se da toda entera, poesía y caridad, a lo imprevisto que se muestra, a lo desconocido
que pasa”. Es la multitud la que trae a la paseante a cruzarse con el poeta en medio del
estrépito callejero, pues la que pasa, la que no tiene otra consistencia que su paso
fugacísimo –“¡Un relámpago… luego la noche!”–, es nada más que una singularidad de esa
multiplicidad, el número de lo innumerable, como una aparición de la multitud que no
aparece. Lo mismo sucede con los exiliados, con todos los exiliados de los que habla “El
cisne”. Se recordará el final del poema: “Pienso en los marineros olvidados en una isla,/
¡En los cautivos, en los vencidos!... ¡y en muchos otros todavía!” Hugo, Ovidio,
Andrómaca, el cisne son apariciones de los muchos, anónimos, olvidados, vencidos por el
tiempo, restos, desechos de la historia. Starobinsky ha señalado que ese “otros más” del
final hace que el poema se prolongue como una pieza sin cadencia, sin retorno a la tónica,
es decir, que él mismo quede exiliado de sí, afuera de sí y como su propio afuera, ruina de
una ciudad en ruinas. En cuanto es el lugar en el que el poeta ve con la mirada de la
memoria, el poema es también el lugar del exilio: “Así en el bosque en que mi espíritu se
exilia/¡Un viejo Recuerdo resuena con la plenitud del cuerno!” Que la palabra ‘bosque’ no
nos confunda. No hay aquí ningún paisaje, ninguna naturaleza; tampoco se trata de aquél
“bosque de símbolos” de las “Correspondencias”, en el que las cosas miran “con miradas
familiares”. Aquí estamos en la ciudad, es decir, en el exilio de lo familiar, donde las cosas
no se responden ni nos responden, presentes a nosotros y unas a las otras. El poema es el
espacio no de las correspondencias sino de la alegoría. “Todo para mí deviene alegoría”,
dice el flâneur. La alegoría dice a la vez el exilio y el asilo del sentido. Si todo deviene
alegoría es porque ha perdido su sentido propio, está ahí sin sentido, opaco y como muerto,
pero está expuesto por eso asimismo a la posibilidad del sentido, a cualquier sentido, a un
sentido siempre cualquiera. La negra y Andrómaca, el Simois y el Sena, no se responden,
pero, exiliados de sí mismos, se igualan en el exilio. Es por eso que se dice que la alegoría
introduce el tiempo en la palabra y descubre el tiempo en la cosa. El “cuerno del Recuerdo”
suena en ella. Las cosas no recuerdan nada, pero se las mira en la memoria, “en espíritu”,
dice Baudelaire, y las palabras sólo sirven para recordar, sólo las pronuncia el pasado del
recuerdo. Por eso el poema, en cuanto espacio alegórico, es el asilo del exilio como exilio,
y, así, la única fidelidad al exilio. El poema “El cisne” no sólo es es un poema sobre el
exilio, es también un poema escrito desde el exilio y, sobre todo, un poema al exilio, es
decir, dedicado al exilio y en dirección al exilio, esa dirección que la preposición francesa à
indica suficientemente, como señalándole al pensamiento no sólo su objeto sino su destino
y su exigencia (“Andromaque, je pensé à vous”). Por eso, finalmente, el poema piensa el
exilio, es el lugar en el que el exilio llega al pensamiento, su último, precario, exiliado
asilo.

BIBLIOGRAFÍA

Bundy, Stephanie, "Exile in modernity: the localized dislocation of Charles Baudelaire’s Le Cygne" (2009).
ECLS Student Scholarship.
http://scholar.oxy.edu/ecls_student/22
Cavallin Jean-Christophe. Baudelaire et « l'homme d'Ovide ». In: Cahiers de l'Association internationale
des études francaises, 2006, n°58. pp. 341-357, http://www.persee.fr/doc/caief_0571-
5865_2006_num_58_1_1622